38944.fb2 Lo Imborrable - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 7

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– ¿Una cosa relativa a Walter Bueno puede ser determinante de algo? Primera noticia -digo.

– Su artículo expresaba el sentimiento de muchos-dice Alfonso.

– Fíjese.

Y metiendo la mano en el bolsillo de su campera, con rapidez brusca y un poco inhábil, igual que si, habiendo estado buscando desde un buen rato antes la oportunidad de hacerlo, hubiese aprovechado de un modo furtivo y vergonzante el primer pretexto, demasiado vago como para garantizar la espontaneidad de su gesto, saca un ejemplar ajado en la tapa y en lomo y ennegrecido en los bordes de una de las innumerables ediciones de bolsillo de La brisa en el trigo. Cuando estiro la mano para agarrarlo, ya que Alfonso me lo extiende con energía casi perentoria, noto que en las mejillas pálidas de Vilma aparecen, de golpe, dos manchitas de rubor, accidente del que, me doy cuenta ahora, la creía al abrigo, y la semisonrisa constante con que había venido siguiendo la conversación se esfuma, dejando en su lugar una expresión grave, expectante, un poco en suspenso, una curiosidad preocupada y soñadora podría decirse, muy semejante quizás a la que, sin darse cuenta, debe mostrar el chico de cuatro años cuando, fascinado, se pregunta si su hermanito de dos, que lo va acercando lentamente, va o no a meter el tenedor en el enchufe. Alfonso no parece notar nada, removiéndose un poco en su silla, entre la duda y la ofuscación.

– Usted lo ha demolido desde el punto de vista literario -dice. -Yo pongo en evidencia una por una todas sus inexactitudes. Desgraciadamente, no tengo el talento suyo para escribir un artículo.

Un poco abrumado por la vivacidad súbita de Alfonso y, con la intención de inducirlo a callarse simulando concentrarme, abro el libro en la portada bajo el nombre del autor y en el título, LA BRISA EN EL TRIGO, en grandes letras de imprenta, la palabra, TRIGO está inscripta en un óvalo verde que se prolonga hacia abajo en una flecha, bajo cuya punta la frase aparece escrita con la misma birome verde, en letras de imprenta irregulares, trazadas sin duda a toda velocidad y encerradas por un triple signo de admiración.

Algo turbio, obsceno, ligeramente demencial emana de los trazos, de obnubilación o furor, que me estremece un poco y sobre todo me avergüenza, a tal punto que no me atrevo a alzar la vista para no toparme con la mirada de Vilma y Alfonso, de modo que, para ganar tiempo, y tratando de mantener la más perfecta impasibilidad, simulo un interés convencional y bien educado, y me pongo a hojear el libro.

Las hojas que van deslizándose bajo mi pulgar permiten ver que, por encima del texto impreso y en los márgenes, a cada página, sin ninguna excepción, rayas, llaves, círculos, óvalos, hechos con biromes de diferentes colores cubren casi todo el espacio blanco que dejan las letras de imprenta y que si la frase verde de la portada me ha dado la impresión de haber sido hecha con violencia repentina, los signos que se acumulan en cada página parecen aplicados, metódicos, hechos con una escritura diminuta pero clara y legible, con subrayados de varios colores -una paciencia razonada para señalar, sin dejar pasar ninguno, todos los errores del libro, con un trabajo minucioso que debió insumir meses y que, justamente a causa de esa minucia, delata la apuesta descabellada de quien lo emprendió, ya que la insignificancia del libro entero, su inexistencia en tanto que literatura, define la tarea de ponerse a refutar sus detalles como mero delirio. Que me cuelguen si tengo ganas de leer las anotaciones que sin embargo, a pesar de la pequeñez de la escritura, son claras y fáciles de comprender, aunque a veces se acumulan tanto en el margen que únicamente gracias a los diferentes colores pueden ser individualizadas, pero que me cuelguen más alto todavía o me la corten en rebanadas si, por el contrario, me gustaría encontrar ahora la mirada de Vilma y sobre todo la de Alfonso. Pero cuando después de diferir el movimiento de cabeza que me topará con ellas, simulando estudiar con atención las anotaciones, cierro por fin el libro y alzo la vista, descubro, no sin cierta satisfacción, que el dispositivo Vilma/Alfonso se ha puesto otra vez en funcionamiento, reactivando los signos de inteligencia que me excluyen, las sonrisas llenas de sobreentendidos, las formas exteriores del complot del que pretenden ser los artífices cuando yo apostaría que son las víctimas, y mi alivio perdura a pesar de que, de una manera indiscreta, casi ostentosa, la mirada que intercambian, si pudiera traducirse en palabras significaría más o menos Nos dio trabajo pero ya logramos meter al león en la jaula así que ahora podemos ir a fumar tranquilamente un cigarrillo a la sombra esperando que se calme.

Me quedo inmóvil, con el libro cerrado en la mano, confiando en que, dentro de algunos segundos, Vilma y Alfonso van a desmantelar el dispositivo que ponen en funcionamiento cada vez que estoy en su presencia, pero antes de que eso suceda son ellos los que, casi sin transición, se vuelven a la vez nítidos y remotos, en tanto que lo que era "yo", con sensaciones, imágenes, recuerdos, después de flotar unos instantes en una especie de inconsciencia, desaparece dando paso a laexterioridad bien definida del bar del hotel, con cada uno de los ruidos que se superponen y que resuenan para nadie, paradójicos, puesto que son percibidos, porque no basta que resuenen y que sean percibidos si la duda de ser "yo" quien los percibe continúa, y no bastan, por incontrovertibles que parezcan, para probar, sin contradicción posible, mi presencia. "Yo" pareciera haber traspuesto ya la entrada embanderada, pasando junto al "portero negro", olvidando sobre la silla un envoltorio de sí mismo lo bastante independiente y aéreo como para que, volviendo desde el mediodía oscuro a atravesar la entrada embanderada a instalarse otra vez dentro de su envoltorio, "yo" deba alzar la mano y tocarse la mejilla para asegurarse de que lo ha recuperado. Ahora Vilma y Alfonso, que me habían parecido nítidos y remotos, se han vuelto cercanos pero turbios nuevamente y, desmantelando por completo el dispositivo, me encaran sonriendo otra vez.

– Veo que lo ha leído con cuidado -le digo a Alfonso, extendiéndole el libro.

– No, no -dice Alfonso. -Guárdelo unos días. Échele una mirada. Va a descubrir muchas cosas sobre ese señor Bueno.

– Alfonso -le digo. -Lo que caracteriza a la novela de Walter Bueno es que, justamente, no hay nada que descubrir en ella.

– No importa. Téngala unos días. Le aseguro que se va a sorprender -dice Alfonso.

Intrigado por su obstinación, que quisiera mostrarse indolente y objetiva, pero en la que noto un matiz perentorio, me vuelvo, en busca de informaciones suplementarias, hacia Vilma Lupo, esperando que en sus facciones aparezca la explicación de tanta insistencia, pero la sonrisa neutra, un poco abstraída, que me devuelve, y que ni siquiera se acentúa cuando nuestras miradas se encuentran de un modo fugaz, me despoja de mi ilusión irrazonable: lo que los une, sin que se sepa bien qué es, parece funcionar sin interrupciones.

– Cómo hago para devolvérselo -le digo, antes de meter el libro en el bolsillo del sobretodo, esperando que, por haber realizado una fijación afectiva con el fruto de su trabajo como se dice, Alfonso tenga la intención de conservarlo y tema dejarlo en manos de alguien que, después de todo, apenas si ha visto dos veces en su vida.

– No se preocupe -dice. -Nos vamos a ver seguido espero. Todo Rosario quiere que usted dirija nuestra revista. Y no se olvide que estamos abriendo una sucursal en la ciudad.

– No me olvido -dijo, y guardando por fin el libro en el bolsillo, me levanto. -Ha sido un placer.

– ¿Come con nosotros? -dice Alfonso.

– Gracias, no. Tengo un almuerzo en familia -le digo.

– Entiendo que lo aburran los debates -dice Vilma. -Pero no nos va a fallar para el cóctel el viernes a mediodía.

– Nos vemos -digo.

Y atravesando despacio el bar mientras me abrocho el sobretodo, cruzo el hall, paso bajo la entrada embanderada, junto al "portero negro", y salgo del hotel internándome en la penumbra de la mañana. Estacionario. El cielo gris uniforme, con sus bulbos de un gris todavía más denso y más bajo, encapota la ciudad en este mediodía de invierno. Cuando meto las manos en los bolsillos para protegerlas del frío, la izquierda se topa, olvidado en el fondo después de unos minutos, con el libro de Walter Bueno. Las yemas de los dedos palpan el borde rugoso de las hojas que se separan con facilidad a causa de las masas de escritura apretada que las espesan y de las ajaduras verticales que se han formado en el lomo debido a las lecturas frecuentes y cuidadosas de Alfonso. Como si hubiesen puesto en funcionamiento un sistema de proyección al rozar los bordes del libro, las yemas de los dedos encienden, en algún lugar impalpable y móvil detrás de la frente, imágenes coloreadas que representan, además de la escritura densa y las líneas de color que subrayan páginas enteras, la textura quebradiza y llena de anfractuosidades diminutas que, a causa de las anotaciones, tendrían esas páginas si las yemas del pulgar y el índice, abriendo el libro en el fondo del bolsillo, se pusiesen a frotarlas con suavidad. Pero el contacto del papel y de la cartulina ajada suscita algo más que las imágenes de su espesor y de su textura; igual que una escritura para ciegos que pudiese descifrar lo incorpóreo encerrado en las rugosidades de la materia, igual que el humo en una botella, los dedos van desplegando la historia misma que los signos convencionales impresos en tinta negra, capaces de combinaciones sin fin. formaron haciendo aparecer La brisa en el trigo, la novela más vendida de la última década que, en unos pocos relámpagos sucesivos, aparece entera detrás de la frente y si debiese resumir otra vez en palabras ese encastramiento de líneas claras, podría hacerlo de la siguiente manera: un muchacho joven, inteligente, buen mozo,

se recibe de maestro en una ciudad de provincias y va a ejercer por primera vez en un pueblo de la llanura, no lejos de Rosario. El muchacho joven -Wilfredo- tiene una fuerte vocación literaria. se nos cuenta, en primera persona, su llegada, su instalación, sus primeras clases, se nos describen el campo, losambientes, los problemas escolares, los personajes secundarios, los paisajes. En el tercero aparece Alba, otra maestra que, por problemas de salud (alguien sugiere una tentativa de suicidio) ha comenzado la escuela un poco más tarde. Atracción mutua. Algo mayor que Wilfredo, es casada, no puede tener hijos y lleva una vida triste en el pueblo con su marido, un comerciante en artesanías que viaja mucho a causa de su trabajo. Paseos por el campo. Descripción de los medios rurales. Pasión erótica. Eufemismos en profusión para describir los distintos aspectos de la actividad sexual. Largas fornicaciones pseudopoéticas. Mensaje social: el campo no debe ser dejado al abandono, por ser lo más auténtico de todo lo nuestro. Imprudencias de la pareja. Murmuraciones pueblerinas. El marido, sin sospechar nada, brinda su amistad. El desenlace se prepara. En el papel del destino, el jefe de redacción de un gran matutino de Buenos Aires que, entusiasmado por los cuentos que Wilfredo le envía con regularidad, lo invita a incorporarse al plantel de periodistas. Adiases desgarradores. En el último capítulo, unos meses más tarde, Wilfredo, que ha pasado la noche en una fiesta mundana, al regresar a su casa encuentra una carta llegada la tarde anterior, y en cuyo sobre reconoce la escritura del marido. La cana le informa del suicidio de Alba quince días antes. Wilfredo se queda pensativo en el balcón. Amanece en el Río de la Plata.

Va de cajón que de todas las inepcias que vienen publicándose en nombre del arte literario desde la invención de la escritura La brisa en el trigo es la más torpe y la más insignificante y que su éxito comercial entre las amas de casa semianalfabetas fue el resultado de una campaña orquestada como diría Alfonso por la televisión y los semanarios de gran tirada, y que si yo me molesté en demoler el libro en un artículo, fue para de algún modo recordarle a Walter Bueno que si el creía que podía actuar con impunidad al amparo de fuerzas tenebrosas, algunos seguíamos todavía vigilantes -advertencia que dio en el blanco, puesto que un poco más tarde oí a Waltercito referirse por televisión a los intelectualoides provincianos que, por impotencia y envidia, pretenden criticar las obras plebiscitadas por el gran público. El género al que pertenece mi artículo no es la crítica literaria sino la carta de amenazas; leído entre líneas no significa Henos aquí ante otra tentativa desgraciadamente fallida de nuestra indigente actualidad literaria sino Es mejor que te andes con cuidado porque desde hace tiempo venimos siguiendo tus manejos de modo que si esto continúa puede que se nos termine la paciencia y nos decidamos a tomar los recaudos necesarios para hacértelo pagar muy caro. El único elemento verídico del libro es que suministra, de un modo involuntario, un retrato excelente de su autor, que el lector percibe de inmediato como un sujeto inculto, superficial, vanidoso y, a juzgar por errores persistentes que no pueden atribuirse ni a los tipógrafos ni a los correctores, bastante flojo en sintaxis y en ortografía. Nadie con dos dedos de frente y un mínimo de gusto literario podría perder cinco minutos de su vida en hacer una crítica seria de ese libro. Que Alfonso se haya tomado el trabajo de refutarlo frase por frase, señalando sus inexactitudes y sus contradicciones demuestra, no la inconsistencia del libro, del que basta una lectura rápida para verificaría, sino, con efectos desalentadores, la del propio Alfonso.

– Papá. Eh, papá -dice la voz de Alicia a mis espaldas, mientras siento que se ha aferrado de mi sobretodo y lo tira para llamar mi atención;

– ¿Vas dormido, o qué?

– Iba pensando -le digo, mientras me inclino para besarla en la mejilla viendo, por encima de su hombro, el grupo de chicos y la maestra que la esperan en la esquina, mirando en nuestra dirección.

– Venimos del museo de ciencias naturales -dice Alicia.

– Me parece muy bien -le digo.

Amontonados cerca del cordón de la vereda, esperando para cruzar, abrigados, por encima de sus guardapolvos, con tapados y sobretodos, bufandas, gorros y guantes de lana de todos los colores, inflados bajo el guardapolvo por sus camperas y sus pulloveres gruesos y sus camisetas de frisa, las mejillas y las narices enrojecidas por el frío, muchos de ellos sorbiéndose los mocos o incluso dejándolos colgar sobre el labio superior, los cachetes hinchados por los bombones duros que chupan o las mandíbulas, con la boca entreabierta, moviéndose sin pausa en razón de los chicles que mascan sin parar, sus compañeros de clase nos observan curiosos, indiscretos y desapasionados. La maestra, parada en el cordón, no mucho más alta que ellos, me saluda de lejos y sacude la cabeza con "aire de comprensión", para mostrar que no la incomoda esperar unos segundos que Alicia y yo crucemos algunas frases. Le devuelvo, de un modo mecánico, una sonrisa no menos convencional que la suya.

– Había una arañas grandes así -dice Alicia, bosquejando en el aire un óvalo exagerado con sus manos enguantadas. Y después baja las manos y se queda mirándome. En el aire ennegrecido de mediodía, veinticinco pares de ojos abiertos y fijos aunque inescrutables y vacíos me contemplan- las veinticinco imágenes de mi envoltura exterior, invisible para mí en su mayor parte, estampadas detrás de las frentecitas lisas que emergen apenas bajo los gorros de lana de colores, han de estar flotando, repetidas e idénticas, fosforescencia espontánea -"el padre de Alicia en sobretodo negro"- de la que ni siquiera son conscientes, exterioridad cruda y fragmento de realidad más irrefutable para ellos que para mí mismo. Durante unos segundos las veinticinco imágenes de tamaño reducido que adivino flotando en el revés de las miradas fijas, me dan la impresión de ser, no el reflejo simultáneo de mi presencia en el mundo, sino veinticinco reliquias estilizadas de mi propio ser presente, expuestas en una dimensión autónoma y remota.

– No subiste a verme anoche- dice Alicia.

– No quería toparme con esa vieja- le digo.

– No le digas vieja a la nona- dice Alicia, con una reprobación neutra, de la que no sé si es una defensa de su abuela, una exhortación que me dirige para incitarme a moderar mi lenguaje, o un tono desapasionado y convencional del que ella piensa que debe usar una nena de su edad bien educada cuando habla con su padre. Trato de develar la explicación correcta pero en su cara lisa y enrojecida por el frío, entre el gorro de lana y la bufanda, ningún indicio lo autoriza: como el resto de lo externo y lo exterior, su cara es al mismo tiempo insondable y familiar.

– De acuerdo- le digo. -El viernes a la noche te busco para que pases con nosotros el fin de semana.

– Regio -dice y, poniéndose en puntas de pie, gira un poco la cabeza y me presenta la mejilla para significar que el encuentro ha terminado. Inclinándome, rozo la mejilla con los labios y ella se vuelve rápido con la clase.

Arracimados contra el cordón de la vereda, los primeros frotándose a la espalda de la maestra que, con los brazos bien abiertos, mientras vigila el tránsito, los contiene para que no desborden sobre la calle, los chicos forman un tumulto ondulante y nervioso de cabezas encasquetadas del que rayas, flecos y borlas de lana multicolor, constituyen la culminación agitada. Antes de mezclarse con el grupo, Alicia se da vuelta y me dirige una sonrisa fugaz, de connivencia tal vez, o de complicidad, que contrarresta su reproche de hace un momento, una concesión condescenciente de su yo presunto y mítico, impermeable todavía a lo relativo, con expresión semejante a la de una princesa que, encaminándose con su séquito hacia una fiesta en los jardines del palacio, se cruza con un condenado a muerte y, con una mirada breve, antes de evacuarlo para siempre de su memoria le dice, sin necesidad de palabras y más como homenaje a su propia magnanimidad que por compasión: importa poco lo que hayas hecho; yo, por ser yo, te perdono. Por fin la maestra baja a la calle y, alzando el brazo para inducir a los automovilistas, que vienen despacio y en profusión a causa de la hora, a aminorar y a detenerse, empieza a cruzar seguida por los chicos que forman una doble fila irregular detrás de ella. Me quedo mirándolos hasta que desaparecen a la vuelta de la esquina, en la somnolencia de la penumbra matinal y del frío, ya substraídos por la esencia misteriosa del espacio a la experiencia, e improbables y aún inaccesibles para el recuerdo.

– ¿Sopa otra vez? -le digo, con ironía calculada, a mi hermana, cuando llena mi plato hondo con el líquido humeante, entre naranja y ladrillo, que podría estar compuesto de zanahoria o de zapallo o de calabaza, y mi hermana asume la actitud misteriosa de anoche, con orgullo reprimido por haber logrado, en unas pocas horas, presentar un redondel humeante de color completamente distinto en nuestros platos hondos, bajo el fluorescente de la cocina, sobre el mantel cuadriculado verde y blanco. El gusto impreciso, ligeramente azucarado, no revela nada inequívoco, a no ser un equivalente, en la imaginación, de la tonalidad anaranjada del líquido y, en la lengua, la textura al mismo tiempo rugosa y blanda de las partículas de legumbres que se vuelven por fin una substancia homogénea en la boca. Tal vez por contraste con la cocina iluminada la penumbra invernal del exterior da la impresión de haber aumentado, adquiriendo un tinte verdoso de tormenta; y estoy observándolo a través de la ventana que da al patiecito cuando un trueno, uno solo, señal única y anacrónica que manda, después de días y días de oscurecimiento gradual, el cielo encapotado, hace vibrar la casa, la cocina, los muebles, la vajilla que reluce en la luz artificial y demasiado blanca del fluorescente. Alarmada, mi hermana se incorpora dejando caer la cuchara en el plato semivacío, pero se inmoviliza al cruzar la mirada interrogativa que le dirijo por encima de la cuchara que estoy elevando hacía la boca.

– Voy a desenchufar el televisor -dice, un poco indecisa ahora, a causa de mi falta de reacción.

– No vale la pena -le digo.

Brusco, el ruido de la lluvia se superpone a mis palabras y, más convincente que ellas, induce a mi hermana a sentarse otra vez y a retomar, recuperando la calma, la cuchara.

– Si se corta la luz -dice después de un momento- me quedo sin la novela.

– El tipo que vi esta mañana -le digo- me parece que lo conoció a Walter Bueno.

– ¿El que se mató en la ruta a Mar del Plata? -dice mi hermana.

– El mismo hijo de su madre -le digo.

– No -dice mi hermana-. Si era tan simpático. Y qué buen mozo. Dicen que estaba drogado cuando se mató.

– Es posible -le digo-. Por esnobismo, hacía cualquier cosa.

– No quieren a nadie ustedes -dice mi hermana. El "ustedes" un poco amargo que profiere, esquivando mi mirada, tan errática como la suya por otra parte, a pesar de que sería incapaz de formularlo con las mismas palabras, y a pesar también de la solicitud sincera con que se ocupa de mí desde mi infancia, significa, sin la menor duda posible, hasta tal punto sus convicciones coinciden sin darse cuenta con las que propala, incesante, y de un modo tácito, la televisión, los intelectualoides provincianos que, por impotencia y envidia, pretenden criticar las obras plebiscitadas por el gran público. Fingiendo no darme cuenta, intuyo que se siente un poco culpable por la agresión, mientras el ruido de la lluvia, que ha estado resonando durante nuestro diálogo, sin que sin embargo la oscuridad disminuya, se acrecienta. No se oye otra cosa, ni siquiera nuestra respiración, ni siquiera el crujido de los muebles o el de las sillas en las que estamos sentados; únicamente el ruido, extraordinariamente denso, a la vez uniforme y múltiple del agua que cae en torrentes y. de tanto en tanto, nuestras voces intermitentes y apagadas y el tintineo, en dos tiempos diferentes, de las cucharas contra la loza blanca de los platos.

Estoy seguro de que también ella, en los tejidos y en las vísceras, en los músculos y en la circulación remota de la sangre más que en las emociones y en el pensamiento, siente como yo hasta qué punto estamos aislados, cortados del mundo improbable del que nos separan capas y capas de lluvia densa y oscura, y ahora que subo por la escalera que lleva a la terraza, protegiéndome sin mucha eficacia con el diario de la víspera desplegado sobre mi cabeza y me paro un momento bajo el techo del lavadero, antes de entrar a mi cuarto, para contemplar la lluvia, compruebo que las masas espesas de agua gris verdosa reducen lo visible a un horizonte estrecho, borroso y sombrío.

La edición anotada de La brisa en el trigo aterriza sobre la carpeta amarilla de Bizancio, en el borde izquierdo del escritorio: en el cuarto iluminado, encastrado en la penumbra paradójica del día, en el envoltorio ruidoso del agua helada, mi propio cuerpo, inverosímil y extraño se inmoviliza unos segundos antes de que la mano derecha abra por fin el primer cajón del escritorio, saque la carpeta color ladrillo y vuelva a cerrar consuavidad el cajón. Las cinco o seis hojas manuscritas, un poco ajadas y arrugadas, llenas de tachaduras y de correcciones se deslizan con más facilidad que el montón liso y regular de hojas blancas sobre el que se apoyan. De los cinco sonetos que he escrito hasta ahora, únicamente dos, Lucy y The blackbole están completos, aunque todavía en borrador; en los tres otros, La mañana, Eco y Narciso y el que todavía no tiene título, faltan versos, incluso estrofas enteras, y lo ya escrito está demasiado recubierto de correcciones, variantes y tachaduras, más desalentadoras que estimulantes, como para decidirme a seguir trabajando en ellos, de modo que me resigno a pasar en limpio lo que ya está más o menos terminado. Así que en una de las hojas blancas, con una birome verde, empiezo a copiar: