38944.fb2
Algo es más que seguro: desde el primer vagido ciego que dio mi cuerpito flojo y ensangrentado al salir a la luz del día por entre los labios rugosos que ahora estaban cerrándose definitivamente en la habitación de al lado, desde el primer latido, empecé a rodar otra vez de vuelta hacia la oscuridad de la que provenía, y el año pasado llegué por fin al último escalón, húmedo y resbaloso a causa de la masa informe que, desde un infinito de negrura, día a día, lo carcome. Hasta que una mañana, en marzo, mi madre amaneció muerta. Las entrañas que mantuvieron durante nueve meses en la ilusión la masa de cartílagos y nervios que no pretendía otra cosa que perdurar indefinidamente en el paraíso tibio de lo idéntico, y la dejaron caer, todavía inacabada e inhábil en el torbellino de lo exterior, se paralizaron por completo y empezaron a fundirse y a confundirse otra vez en el Del mismo modo que ella me expelió de su vientre al mundo, el mundo la expelió a ella del suyo, exactamente igual a como, cualquiera de estos días a pesar de las ilusiones y de los espejismos en los que se acuna, el mundo mismo será expelido a su vez del vientre del ser para ahogarse en su propia nada. Lo cierto es que la enterramos a la mañana siguiente y que un par de días después, recién bañado y afeitado, habiendo interrumpido, por decisión propia, la ingestión de alcohol, somníferos y tranquilizantes, salí a la terraza y empecé a pasearme despacio, frágil y todavía tembloroso, bajo el sol de otoño.
Aunque todavía falta un poco para que anochezca, los letreros luminosos ya brillan duplicándose, invertidos en el suelo mojado por la lluvia. Cuando cierro detrás de mí la puerta de calle y me dispongo a abrir el paraguas, advierto que, durante los cinco minutos de conversación que acabo de tener con mi hermana sentada frente al televisor, la lluvia ha parado. A causa probablemente de la noche que se avecina, pero también de las nubes que siguen acumulándose, el cielo está tan negro como a mediodía, pero gracias a la lluvia la temperatura ha subido un poco, lo que promete más lluvia para dentro de un rato y al mismo tiempo me permite salir de impermeable, bastante más liviano que el sobretodo, y dejar los guantes en reserva en los bolsillos delimpermeable. A pesar de la hora -las seis y media más o menos- la calle está bastante de la tiranía quizás, las telenovelas probablemente, retienen a la gente en sus casas, en las que ya se ven, a través de las ventanas, las luces encendidas. Los autos, los colectivos, pasan rápido levantando con sus cubiertas que adhieren al asfalto un rumor de agua. Junto a los cordones corre un agua rugosa hacia los desagües de las esquinas. En los sectores rotos de las veredas, donde faltan las baldosas, la lluvia se ha acumulado formando estanques cuadrados, rectangulares, oblongos, en forma de T o de L, según la cantidad de baldosas que faltan y el orden en el que se han despegado, y las cosas que se reflejan en esos charcos, fachadas de casas, fragmentos de árboles, o de vidrieras, o de cielo, yo mismo en contra picado cuando me detengo un momento a contemplarlos, ganan, a pesar de que la oscuridad del aire también se adensa al duplicarse, en nitidez, en contraste y en cohesión, ganando también realidad al aislarse durante unos segundos, en los límites estrictos de su propia imagen, del vasto mundo amorfo, incierto y contradictorio al que pertenecen. El letrero luminoso lila, en la vereda de enfrente del bar, sigue en cortocircuito, y me paro a mirarlo un momento, en medio de la vereda casi vacía, las grandes letras de neón lila que anuncian ZAPATOS y que parpadean rápidas, chirriando un poco y sacando algunas chispas a la altura de la Z y de la primera A, de modo tal que un resplandor lila un poco más vivo se enciende y se apaga, rápido pero discontinuo, sobre la vereda.
Cuando me cruzo para mirar de más cerca, deduzco que Vilma y Alfonso no están en el bar, porque las mesas pegadas a la vidriera están vacías, pero para asegurarme empujo la puerta encortinada y entro: la decena de clientes no parece notar mi presencia cuando me paseo un poco entre las mesas, saludo al cajero alzando la mano, y vuelvo a salir a la calle.
Ni rastro de Vilma y Alfonso, a quienes me imagino todavía en el salón Capri o en el bar del hotel Iguazú distribuyendo carpetas amarillas a los futuros vendedores y tomando los primeros cócteles de la noche, y cuando empiezo a alejarme del bar, no puedo menos que asombrarme de un levísimo sentimiento de decepción, tanto la lectura de los comentarios de Alfonso a La brisa en el trigo ha despertado en mí la curiosidad, e incluso una especie de intimidad con el comentarista y su pequeño mundo.
El deseo de saber más sobre el intríngulis como se dice, aunque ya me parece presentirlo todo, me hace vacilar un momento cuando llego a San Martín, más iluminada que el resto de la ciudad en el anochecer de invierno, y estoy a punto de tomar el rumbo del hotel Iguazú, pero después de unos segundos me decido por la dirección contraria y, dejando atrás San Martín, me interno en una lateral más oscura en dirección al Parque del Palomar; al cruzar una bocacalle diviso, una cuadra y media hacia el norte, la silueta del Conquistador en neón verde, las piernas abiertas, las manos aferradas a la empuñadura de la espada ancha de neón igualmente verde cuya punta se apoya en la base del rectángulo de neón rojo que enmarca toda la figura, el monstruo de neón verde sin espalda, sin reverso y que, constituido de dos partes delanteras vigila desde la altura, apoyado en su espada ancha, al mismo tiempo del norte y el sur.
Con su presencia amenazadora y muda, el gigante de neón parecedesaprobar mi interés por lo irrazonable, el lado turbio de las cosas que, por el hecho mismo de trabajar contra lo establecido, lasvuelve mucho más interesantes. Por separado, el best-seller de la década y sus marionetas inconsistentes son, y esto es más que seguro, la inepcia integral, pero, introduciendo lo irrazonable, los comentarios de puño y letra de Alfonso los reintegran al espesor contradictorio del mundo real; lo irrazonable es más excitante no únicamente para mí, sino incluso para el propio Alfonso, y en cierto sentido hasta el incoloro Walter Bueno sale ganando en la operación.
A quince metros del palomar, sumergido ahora en la oscuridad, las primeras gotas de lluvia me sorprenden, frías y gruesas, picándome de refilón en la frente, en el filo de la nariz, y estrellándose apagadamente contra la coronilla de lacabeza y los hombros protegidos por el impermeable; en vez de abrir el paraguas, apuro un poco el paso y subo los tres escalones que conducen a la jaula, refregando a propósito los zapatos contra el suelo de portland para excitar los cuerpitos tensos que, más que seguro, deben ya estar alertas en la oscuridad, pero por más que intento sacudirlos con el ruido de mis zapatos, del que la suela de goma contribuye a reducir la intensidad, y hasta con la punta del paraguas que golpeo varias veces contra el piso, las palomas siguen inmóviles, y a no ser por algunos aleteos aislados, semejantes al temblor autónomo de un párpado o de un músculo secundario en un cuerpo en reposo, ningún signo de excitación general, aparte de un fluido indefinible de desconfianza o de extrañeza tal vez, me llega desde el recinto oscuro. Es cierto que la lluvia, adensándose, se ha puesto a repicar sobre el techo de tejas del palomar, y que quizás las palomas, incapaces de reaccionar a dos estímulos diferentes a la vez, están tratando de elaborar el rumor que rodea ahora su morada, la lluvia banal que, a causa de su interrupción de algunas horas, adquiere, como cada vez que recomienza, la novedad de lo insólito, llenando de estupor y de ansiedad sus sesitos sin memoria.
En vez de correr para protegerme del agua, opto por caminar despacio, pegándome a la pared en la vereda desierta, de tan cerca que por momentos el paraguas, contra el que el tableteo de la lluvia es incesante, a veces roza o choca alguna saliente de las fachadas, balcones de planta baja, molduras, letreritos bajos que sobresalen de las paredes, al costado de las puertas, anunciando alguna profesión o un comercio. De tanto en tanto, algún paseante refugiado en el umbral de una puerta me mira pasar más con desconfianza que con curiosidad. El agua, sacudida por la lluvia que sigue cayendo, corre en torrentes hacia los desagües de las esquinas, que ya empiezan a saturarse, y la claridad que proyecta en las bocacalles él alumbrado público está enteramente atravesada de masas líquidas que, substituidas instantáneamente, al precipitarse, por nuevas masas líquidas, parecen una miríada discontinua y en suspensión, agitándose en una órbita fija, únicos elementos móviles en el interior de un sistema regido por la más perfecta inmovilidad, como un simulacro de nieve sacudiéndose dentro de una bola de cristal. En la esquina iluminada, el agua me impide seguir avanzando, no únicamente la que cae del cielo negro, sino sobre todo la que cubre la calle, y que de un momento a otro desbordará los cordones para cubrir también las veredas, de modo que en la entrada profunda de un negocio que ocupa toda la ochava, entre dos vidrieras iluminadas llenas de prendas femeninas, polleras, vestidos, sacos de cuero y de piel, corpiños y bombachas blancas y negras festoneadas de puntilla, saltos de cama transparentes, cinturones de piel de víbora o de yacaré, lo que hasta no hace mucho tenía la costumbre de llamar "yo", la llamita increíble y frágil que sigue ardiendo a pesar de los torbellinos de agua y de noche que se sacuden en lo exterior, espera apoyándose con las dos manos en el mango del paraguas que he vuelto a cerrar, y que chorrea agua, que la lluvia amaine para continuar su caminata.
Aunque no deben ser ni las siete y media, ya es noche cerrada y no se ve, como se dice, ni un alma en la calle. Desde el lugar en el que estoy parado, lo que cae ya no son masas líquidas y fijas, en suspensión en el mismo punto, sino, hecha visible por la incidencia de la luz, lluvia verdadera, es decir varas líquidas, transparentes y parcialmente brillantes que, cuando chocan contra el pavimento abovedado y contra la superficie líquida que se expande en la calle, levantan, cada una, una especie de corola lisa y fugaz, surgiendo del pequeño tumulto que producen las gotas al estrellarse, de modo que todo el suelo visible está continuamente lleno de esas formaciones idénticas, pasajeras y vivaces.
Durante unos minutos, aparte de la lluvia y de la impresión que me asalta, súbita, de estar todavía vivo, en el lugar en el que estoy y en ningún otro, diciéndome a mí mismo con calma pero con obstinación estar vivo es esto, esto, y ninguna otra cosa, aparte de estar otra vez bien encastrado, tenue y frágil, en el presente, no pasa nada, hasta que, alzando la cabeza, habiendo adivinado su presencia antes de captarlo con los sentidos, veo un coche que avanza, despacio, por la transversal a oscuras, a una cuadra y media más o menos, de modo que cuando pasa por la bocacalle iluminada para internarse otra vez en la calle oscura, su lentitud se confirma, de igual modo que el modelo, de los más recientes, que ya había adivinado por la altura y por la separación relativamente grande de los faros que antes de llegar a la bocacalle mandaron una señal para anunciar su presencia, y después descendieron otra vez a una posición más atenuada.
El color cereza del auto me tranquiliza: es en coches del mismo modelo de color verde oliva, que los hombres del general Negri suelen pasearse por la ciudad y parándose de tanto en tanto ante alguna casa, o en plenacalle, junto al cordón de la vereda, sin detener el motor, bajan armados y meten a los golpes en el asiento trasero a algún paseante desprevenido, del que nunca más se vuelven a tener noticias, a menos que no aparezcan sus restos mutilados -los testículos en la boca y los senos cortados al ras revelan el estilo del general Negri- una mañana cualquiera, en algún baldío o flotando aguas abajo, devuelto por el río después de varios días de inmersión. Si el color cereza me tranquiliza, la lentitud me intriga un poco, ya que evoca menos un. avance prudente a causa del agua que cubre la calle, que un aire de indolencia, casi de pereza, e incluso de anacronismo teniendo en cuenta la potencia evidente del motor, que gira tal vez en segunda velocidad, y el tiempo desproporcionadamente largo que le lleva a la máquina color cereza recorrer los cien metros de distancia entre la última bocacalle iluminada que acaba de cruzar y ésta en la que estoy parado entre las dos vidrieras llenas de prendas femeninas, observándolo cuando llega a la esquina, aminora todavía más, con la intención de doblar, ya que, casi a paso de hombre, el auto rojo comienza la maniobra, pero cuando empieza a bordear la esquina para encaminarse hacia el sur, frena, sin parar el motor, recula unos metros, y atraviesa la bocacalle, con tanta lentitud inhábil, que mi mirada baja hacia la patente sin alcanzar a descifrarla ni aun cuando, con la torpeza orgánica de un escarabajo, viene a detenerse junto al cordón a tres metros de donde estoy parado, haciendo desbordarhacia la vereda el agua de la calle. Los ocupantes se mueven deformes silenciosos y confusos detrás de los vidrios empañados por dentro y chorreando agua por fuera, y los limpiaparabrisas, funcionando continuamente, no logran despejar los chorros de agua que vienen a estrellarse contra los vidrios. Pero por fin la ventanilla delantera, con la misma lentitud propia del auto entero, comienza a bajar, y que me la corten en rebanadas si no es Alfonso en persona quien aparece por el rectángulo y sacude el brazo en mi dirección.
– Ni más ni menos que el maestro Tomatis -grita, riéndose.
Sacudiendo el paraguas en el aire para secarlo un poco en vez de abrirlo, avanzo unos pasos por la vereda y me inclino hacia él.
– Alfonso -le dijo con jovialidad melancólica, pero alzando la voz a causa del estruendo de la lluvia. -Cuanto más grande más zonzo.
La voz de Vilma Lupo me grita algo desde el asiento trasero en penumbra, y como no le entiendo, me inclino un poco más hacia la ventanilla abierta, comprobando que Julio César Parola, el especialista en marketing de Buenos Aires, está sentado al lado de Alfonso, y que la cabeza rubia de Vilma, proyectándose hacia adelante, parece flotar sobre el respaldar del asiento delantero entre las dos cabezas masculinas.
– ¿Cómo? -le digo.
– Le pregunto si está estudiando para mojarrita -dice Vilma.
– Suba, suba. Lo secuestramos -dice Alfonso. Haciendo girar el paraguas cerrado en el aire para referirme al auto color cereza le digo:
– ¿Esta máquina impresionante se la debemos a Somerset Maugham?
Parola mira su reloj pulsera, impaciente, en vez de reírse, pero Vilma y Alfonso, como de costumbre, al unísono, lanzan una carcajada.
– Las ruedas son una contribución de André Maurois -dice Vilma, y desapareciendo de entre las dos cabezas masculinas, se inclina en la penumbra y abre la puerta trasera. Cuando me instalo junto a ella, me empieza a palpar el impermeable, las mejillas -tiene las manos tibias- y la cabeza.
– Está todo mojado -dice.
– Lo llevamos al amigo Parola al aeropuerto, y después volvemos a la ciudad. Media hora -dice Alfonso.
– Bueno -le digo. -Pero preste atención al volante que morir en su compañía puede resultar sumamente comprometedor.
– La gente diría -dice Vilma- tuvo una muerte horrible: murió conversando con Alfonso.
Y que me cuelguen si tenía proyectado encontrarme a las ocho de la noche, en medio de una lluvia torrencial como se dice, rodando en el auto de Alfonso, prácticamente a paso de hombre, en dirección alaeropuerto. Mi sistema filosófico, el casualismo, demuestra una vez su pertinencia: es obvio que la lluvia, por fuerte que sea. no puede impedirme realizar el paseo del anochecer, uno de los tres elementos, junto con la higiene corporal y la abstinencia de alcohol, de mi reconstitución física y mental, pero una lluvia un poco fuerte no hubiese bastado para obligarme a buscar refugio en ese negocio, y debo por lo tanto mi viaje al aeropuerto al empeoramiento imprevisible de las condiciones climáticas: por otra parte, si acaban de salir del Hotel Iguazú, me pregunto cómo diablos pudo hacer Alfonso para pasar por la esquina en la que yo estaba parado, ya que se encuentra al norte y no al sur del hotel, es decir en dirección opuesta al aeropuerto. Si el determinismo y no la casualidad rigiesen el mundo, yo tendría que estar en este momento en la cocina de mi casa, tomando la sopa frente a mi hermana, y oyendo el ronroneo de la televisión, antes de subir a leer un rato en mi cuarto para meterme después en la cama.
La aparición del sistema solar no es menos casual que la del auto cereza, y las masas de materia que se dispersaron después de una explosión cualquiera sin duda, quedaron girando, por cuestiones de masa, de velocidad, de inercia, de gravedad -todas palabras que no tienen el menor sentido por otra parte, flatus vocis como se dice-, alrededor de un cuerpo que llaman el sol, el cual por casualidad también, a causa de una distancia que nadie dispuso, alumbra y calienta la tierra. Todo esto es un fenómeno aleatorio y está ocurriendo por ahora -a decir verdad la cuestión me importa tres pepinos- y hace falta una mentalidad de pequeño propietario para pensar de otra manera: entiendo que si se ha comprado un terreno en Córdoba, se aspire a la eternidad de lo creado, aunque más no sea para no tener la impresión, después de años de sacrificios, de haber hecho un mal negocio.
Cualquier hecho o cosa que se analice muestra de inmediatosu origen casual, el imperativo categórico kantiano por ejemplo, las pirámides de Egipto, o la forma de las nubes. Basta tener un poco de imaginación para encontrar la casualidad en algún punto del recorrido.
A propósito de Egipto, mi concepción del universo da la siguiente definición de Napoleón: un pedo que la casualidad se tiró en Córcega, y, siguiendo la misma concepción, obtenemos para el imperio romano: puesto que en esos tiempos el mundo era considerado plano, podemos imaginarlo como una bosta de vaca, chata y circular, con Augusto transformado en mosca verde, asentado en el centro y royendo sin descanso hacia la periferia.
– Usted me dice Tomatis si le estoy errando al camino -dice Alfonso, que se ha puesto grave de golpe, concentrándose en el volante.
– Por ahora va bien -le digo. -Apenas llegamos a la avenida de circunvalación, el aeropuerto está indicado.
– No se ve un cuerno con esta lluvia -dice Vilma, con un tono más bien despreocupado a tal punto que, desinteresándose de la cosa, se recuesta suspirando contra el respaldar del asiento.
– ¿Le parece que vamos a horario? -dice Parola.
– Son veinte minutos de auto más o menos -digo.
El tal Parola ni siquiera juzga necesario responderme. Estoy por repetir la frase, pensando que no me ha escuchado, cuando siento la mano de Vilma que se aferra a mi muslo y lo aprieta, con la intención evidente de sugerirme que me calle. Trato de encontrar su mirada en la penumbra del automóvil, y Vilma sacude la cabeza y se encoge de hombros, queriendo significar más o menos No vale la pena que pierda el tiempo tratando de ser amable con este plomazo, y después, inclinándose hacia el asiento delantero, con la más melodiosa y falsa de las entonaciones, seleccionada de entre la vasta gama de la que la creo capaz, se dirige al especialista de marketing de Buenos Aires.
– Parola -dice. -Estuvo regia la conferencia de esta mañana. Yo pude comprobarlo esta tarde en los seminarios de grupo.
– Lo importante es que la gente se sienta motivada -dice Parola.
– Tengo el palpito de que de aquí va a salir un lindo equipo devendedores -dice Alfonso, y después, echándose un poco hacia atrás en el asiento, dirigiéndose a mí pero sin dar vuelta la cabeza, para seguir vigilando el camino. -Esta es la parte menos romántica del asunto, aunque trabajar con material humano es siempre apasionante. Espero que no lo aburramos.
– Al contrario -le digo. -Me tienen fascinado. Únicamente Vilma y Alfonso se ríen. El tal Parola sigue ignorándome.
– Hay un mercado casi virgen para conquistar en el norte. Santiago del Estero, el Chaco, Formosa, Corrientes y Misiones -dice.
– Incluso el Paraguay -dice Alfonso. -Es uno de mis viejos sueños el Paraguay.
– No se nos ponga romántico usted también, Alfonso -dice Vilma.
– Mi viejo sueño después de usted, señora -dice Alfonso.
Siguiendo una serie de carteles indicadores, Alfonso entra en la avenida de circunvalación y acelera un poco.
– Los poetas siempre tienen razón -dice Alfonso.
– Ya indican el aeropuerto.
Rodamos en silencio. Al cabo de dos o tres minutos, Parola mira la hora y murmura, no muy convencido.
– Sí, sí, probablemente vamos a horario.
– ¿Quiere que acelere más todavía? Piense que si nos matamos en un accidente, la vida intelectual de este país se retrasaría durante un siglo por lo menos – dice Alfonso.