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Martín llevaba y traía a Sebastian al Nordic Club, a los bancos, a una firma de abogados y a hacer viajes largos. El Ángel Negro pasaba mucho tiempo en los asientos traseros del coche revisando papeles. También Martín le acompañaba al restaurante del acantilado. A veces comía con él y otras le esperaba fuera. Fue uno de estos momentos en que estaba solo cuando aproveché para acercarme a su mesa. Le dije mi nombre completo y le pregunté si podía sentarme un momento.
Tal como me imaginaba, Martín se acercó corriendo, pero Sebastian le hizo un gesto con la mano para que no me molestara. Reaccionaba tal como había supuesto, en plan caballeroso. Martín se le aproximó al oído y le dijo algo mientras me miraba. Sebastian hizo un mohín de disgusto no sé si por oír la voz de Martín tan cerca o por mí.
Me presenté formalmente. Le dije que era un republicano español que había estado en Mauthausen el último año de la guerra y que posteriormente me había enrolado en una organización dedicada a la caza de nazis. Me escuchaba con mucha atención.
Cogió una ostra de la bandeja con hielo picado y me invitó con la mano a que hiciera lo mismo. Yo negué también con la mano. Me ofreció champán y dejé que me sirvieran una copa, pero no bebí.
– No me sienta bien -dije, lo que era cierto.
– Siento que tuviera que pasar por aquello -dijo.
– ¿De verdad lo siente? -pregunté en su mismo tono, un tono de conversación normal, incluso amigable. Para algunos pareceríamos viejos conocidos, lo que en cierto modo era verdad.
– ¿Por qué no iba a sentirlo? Jamás tuve el propósito de que la gente sufriera. Luchaba por un mundo mejor. El mundo siempre mejora porque unos cuantos toman las riendas y conducen a los demás. El pueblo generalmente no sabe lo que quiere.
– El pueblo no quería lo mismo que vosotros, perdisteis.
– Perdió el mundo, la especie humana perdió. Queríamos evitar la mediocridad, queríamos dar un salto hacia la excelencia y en muchos casos se consiguió, mucha gente se ha favorecido de nuestros esfuerzos. Aunque es verdad, perdimos la guerra.
– Sois depredadores, robabais, os quedabais con el esfuerzo y el talento de los demás. Robabais la vida de los demás, aunque claro no lo llamabais vida, lo llamabais material humano.
El tuteo no le agradó, pero lo pasó por alto, tampoco podía hacer otra cosa. O esto o un escándalo en su restaurante favorito.
– Hubo algún desenfreno, nunca estuve de acuerdo.
– ¿Fue un desenfreno matar a millones de personas?
Pensaba mientras masticaba la molla de la ostra.
– ¿Sabe quién soy?, ¿no se habrá confundido?
– Creo que no. Fredrik y Karin Christensen, Otto Wagner, Alice, Antón Wolf, Elfe, Aribert Heim o el Carnicero de Mauthausen, Gerhard Bremer y Sebastian Bernhardt y unos cuantos más. Es una buena historia, este pueblo va a hacerse famoso. Sus guardias, Martín, Alberto y los otros no podrán contener a la prensa.
– No nos asusta la prensa.
– ¿Y la justicia?
– ¿Qué puede hacernos la justicia a estas alturas de la vida?
– No me refiero a esta justicia, sino a la justicia que logra que haya un equilibrio en el universo, que haya la justa cantidad de helio para que podamos existir y que haya la proporción necesaria de bien y mal, de sufrimiento y de placer para poder vivir. Vosotros rompisteis el equilibrio.
– Ahora -dijo adelantando el cuerpo todo lo que pudo hacia mí- es muy fácil juzgar, porque perdimos, salió mal, pero imagínese por un momento que hubiésemos ganado. Se habría conseguido el equilibrio del que habla, porque el equilibrio es orden, belleza y pureza.
– Te he buscado durante muchos días, necesitaba hablar contigo. Necesito que me comprendas.
Sebastian asintió y no le pareció oportuno coger otra ostra. Cruzó las manos sobre el mantel de hilo.
– Ya no hay tiempo de dar marcha atrás. Es el momento de la verdad. Quiero saber si comprendes mi sufrimiento, mi humillación, mi dolor por haber sido reducido a material humano.
Me miró a los ojos, me tomaba muy en serio.
– No disfruto pensando que sufrió, pero en momentos históricos de transformación profunda de la realidad no hay tiempo para separar el trigo de la paja.
– Y tu deber era transformar la realidad, hacer que la realidad fuese otra.
– Exacto. Siempre pensé que vine al mundo para cambiarlo. Mi vida tenía un objetivo, una misión, si no habría sido absurdo nacer, y el nacionalsocialismo me dio la oportunidad de actuar.
– Tenías un mundo ideal en la cabeza.
– Sí, un planeta bello.
– En el campo donde yo estuve no había ninguna belleza. ¿Te parecen bellos los experimentos que hacía Heim con nosotros?
– No nos dio tiempo de ver los resultados. El resultado es lo que importa. Tal vez en algún otro momento de la historia…
– Ni tú ni yo lo veremos.
– Una vez visité tu campo-dijo tuteándome por primera vez-, en la primavera del año que dices que estuviste allí, había nevado mucho.
Era terrible compartir algo con este hombre, pero yo era uno de los que apenas podía levantar la pala aquella primavera.
– No pensé en vuestro sufrimiento, ni siquiera pensé en vosotros. Os veía sin pensar, las cosas eran así. Pertenecíamos a un sistema, a una organización. Yo iba con el uniforme de las SS y vosotros con el uniforme de rayas de los prisioneros. Estábamos dentro de un orden establecido, imposible de romper. No había nada que pensar. Habíamos conseguido un equilibrio, ¿comprendes?
– ¿Y ahora qué piensas? El mundo ha cambiado sin vosotros.
– Fue un golpe duro porque estoy absolutamente convencido de que la sociedad se ha equivocado. Estoy convencido de que ahora todo sería más perfecto.
– ¿Y comprendes que os odie y que desee veros padecer más de lo que yo padecí en estos últimos días de vuestra vida?
– ¿Tendría que comprender que me mordiese un perro rabioso?
– Pero yo no soy un perro. Yo no te mordería, haría algo peor.
– Lo que yo te hice no fue por cuestiones personales sino por razones superiores que están más allá del bien y del mal. Por eso tú te comportas como un perro y yo no.
Hablaba en serio, estaba convencido de lo que decía. Todos ellos se habían agarrado a ideas y programas para desechar la culpa.
– ¿No sientes ningún tipo de responsabilidad por todas aquellas muertes, millones de asesinatos?
– La culpa, los remordimientos y el arrepentimiento frenan el progreso de la humanidad. ¿Sientes muchos remordimientos cuando abren una vaca en canal, cuando trasquilan a una oveja para aprovechar la lana? Si se ve con claridad el objetivo y el camino para llegar a él y que ese objetivo es bueno globalmente como se dice ahora, no hay que dudar.
– ¿Y crees que yo tendría que comprenderte a ti?
– Sería casi imposible, tú has estado en el lado de las víctimas.
– Lo que me parece imposible es que no haya habido nadie, ninguno entre vosotros a quien no le haya atormentado haber participado en vuestras atrocidades.
Pensó durante unos minutos. Ya no le quedaba café y tomó un poco más de champán.
– Casi nadie se atormenta por lo que ha hecho, sino por lo que no ha hecho y que se morirá sin hacer. Es como el caso de la pobre Elfe, que decía que bebía para olvidar, pero puede no ser verdad. Uno siempre busca excusas para justificar los vicios.
La pobre Elfe. Dijo su nombre sin darle importancia porque no se podía imaginar que yo la conocía. Sebastian, pensé, no lo sabes todo.
– ¿Y ya no bebe?
– Si continúa bebiendo será en otra parte, sin obligarnos a tener que soportar su debilidad mental.
– No sé si dices la verdad, y si no me la dices ahora y a mí, la huella que dejes en este mundo será siempre borrosa. No habrás llegado a ser del todo real.
Asintió con una leve inclinación de cabeza. Se estaba tomando muy en serio nuestra conversación.
– No te falta razón. Ahora para bien o para mal somos invisibles, nadie nos ve, salvo tú, claro.
– Si ahora me echas a tu gente encima -dije- será mentira que actuabas sirviendo a una causa mayor. Si me matas será por algo puramente personal, será porque os he descubierto y he puesto en peligro vuestra vida.
Volvió a asentir. No sabía si esta afirmación significaba que me iba a matar o que tenía razón, y esperé alguna señal.
– Hay una chica que se ha incorporado hace poco al grupo -me dirigió una mirada inquisitiva que me puso los pelos de punta-, se llama Sandra. No sabe bien dónde está metida, no es de los nuestros. Es una rosa fresca, que dentro de nada se marchitará en el mundo mediocre en que le ha tocado vivir. Se buscará un trabajo que no le llene, un marido, tendrá hijos, de hecho creo que está embarazada y envejecerá sin disfrutar su vida. Tal vez podamos salvarla de todo eso. Hay que ayudar. No todo el mundo sabe cómo salvarse. La gente no conoce su destino.
No dije nada, fingí que no prestaba demasiada atención, que no me decía nada el nombre de Sandra. ¿Le habría dicho la Anguila que Sandra se veía a escondidas conmigo? Y en caso contrario, ¿por qué no se lo habría dicho?
Le dejé tomándose otro café. Tenía una salud de hierro. Yo estaba bastante nervioso, había tenido que controlarme tanto para no darle un puñetazo o romperle la copa en la cabeza que me temblaban las manos. Fuera, dentro de un coche, estaba Martín esperándole, me vio marcharme, me siguió con los ojos. Estaba casi seguro de que Sebastian no le iba a decir quién era yo porque en el fondo yo venía del mundo que él había perdido y querría volver a hablar conmigo. Durante la conversación, en algún momento, me pregunté qué estaría haciendo y diciendo Salva en mi lugar y creo que tendría su aprobación a medias.
Salva era mucho más listo que yo y seguramente habría puesto a Sebastian contra las cuerdas, le habría hecho dudar, le habría desmoronado por dentro. Del mismo modo que a mí había sabido animarme tantas veces, del mismo modo que el día en que intenté suicidarme me convenció de que la vida merecía vivirse siempre. A Sebastian le habría hecho ver que su plan siempre, absolutamente siempre, fue una imbecilidad. Por el contrario yo le había ofrecido armas para reforzarse.
Me sentía muy mal. Otra oportunidad perdida. Le había dejado saboreando su copa de champán y pensando en lo que los vencedores nos habíamos perdido por tontos. Llegué al coche. Bordeé la lujosa urbanización de Sebastian y pensé que por lo menos la operación Heim estaba dando sus frutos. Hablar nunca había sido mi fuerte. Me gustaba hablar con Raquel de tonterías, de lo que me había pasado al bajar a comprar el periódico, comentar las noticias de la televisión, discutir sobre una película, decirle cariño, y que ella me dijera idiota con el mismo tono que si me dijera amor. Usar las palabras en serio siempre me había acobardado un poco porque me venía a la mente Salva y su magnífica dialéctica. A Sebastian le habría correspondido hablar con Salva y no conmigo.
Karin venía poco por el cuarto porque tenía miedo de que le contagiara la gripe. Y yo tosía lo más fuerte posible para que lo pensara, aunque la alternativa a Karin fueran los terribles Frida o Fred, que como un abuelo cariñoso solía aparecer con un zumo en la mano y algo de chocolate. Yo sólo quería dormir y pensar en Alberto. Las décimas me ponían en contacto con él y me entraban tantos deseos de verle que no lo podía resistir. Me sentía dominada por una pasión que no podía controlar, puede que para combatir la situación tan desmesurada en que me encontraba. Así que me levanté y me vestí..Era por la mañana o por la tarde? Daba igual. Bajé la escalera medio ida. Ni dormida ni despierta. Cuando estaba en el último peldaño, Karin me preguntó sorprendida adonde me creía que iba. No le contesté, le pregunté dónde podría encontrar a Alberto.
Karin después de pensarse la respuesta por lo menos cinco minutos me preguntó a su vez para qué quería saberlo.
– Para hablar con él -dije.
Podría habérselo preguntado de otro modo, con más rodeos, pero no me encontraba capaz de esa proeza, así que fui al grano.
– ;De qué?
– No sé, ya se me ocurrirá algo.
Sonrió y puso ojos de pillina.
– Te gusta ese chico…
Y sin darme tiempo a contestar continuó.
– No, no te gusta. Estás enamorada -hizo una pausa-. Pues lo siento porque te has enamorado de la persona equivocada.
La escuchaba con verdadera ansiedad. Por una vez lo que me decía esta charlatana absorbente me interesaba a muerte.
– Tiene novia. Lo han visto con una chica por la playa besándose. Prefiero decírtelo antes de que te hagas demasiadas ilusiones.
Esta información encajaba con la que me había dado el propio Julián. Parecía que todo el mundo había visto a Alberto besándose con esa chica, que según la descripción de Julián no era como para quitar el hipo.
Karin se animó, éste era un nuevo ingrediente en su vida. Alguna de sus novelas de amor se hacía realidad.
– Estás embarazada y no te conviene tener disgustos. ¿No te das cuenta de tu estado?, ¿cómo se te ha podido pasar por la cabeza que con los millones de chicas de tu edad que hay sueltas por ahí te iba a elegir precisamente a ti?
Karin se estaba pasando, era una hija de puta, pero estaba sacando de mi cabeza verdades a las que no quería enfrentarme.
– Yo no he dicho que quiera nada con él.
– Entonces ¿para qué quieres verle? A mí no me engañas.
Estuve a punto de decirle que se había quedado con el perro que le iba a regalar a ella y que quería saber si estaba bien. Menos mal que no abrí la boca, que me quedé muda y tuve tiempo suficiente para rehacerme y no dejarme atrapar por el momento y las ganas de que no machacase más mi amor propio. Antes que irme de la lengua, preferí dejarme llevar por la fiebre y por la pena que me daba a mí misma y me puse a llorar.
Me senté en el sofá y di rienda suelta a las lágrimas. Me vencía el cansancio. Ella me miraba como si estuviera viendo una película. Se puso a mi lado y me pasó la mano por el pelo. Olía a ese perfume tan caro que impregnaba cualquier sitio donde estuviera y que esperaba que se fuera al otro mundo con ella.
– Quiero ver a Alberto. Quiero saber si siente algo por mí-dije.
– Si fuese Martín, podría hacer algo, en el caso de Alberto, no. Es muy suyo, muy serio, no me atrevería a decirle nada. Aunque -dijo sonriéndome maliciosamente- se me ocurre una cosa. Si te hicieras de la Hermandad no tendría más remedio que venir porque es la mano derecha de Sebastian, nuestro jefe.
Me tumbé en el sofá todo lo larga que era. Me moría de ganas de decirle a Karin que las inyecciones por las que estaba perdiendo todas sus joyas las podía comprar en la farmacia. Me moría de ganas de decirle que la estaban timando y que si no me creía que las llevara a analizar y que puede que las auténticas se las reservase Alice para sí, pero no quería desperdiciar esta sabrosa información. Quería reservarla para algún momento crítico en que necesitase urgentemente un golpe de efecto, y creo que me dormí.
La vida es sorprendente. Era la única certeza que al cabo de los años había atesorado sobre la vida. La vida era cruel y sorprendente, monótona y sorprendente, maravillosa y sorprendente. Ahora le tocaba ser sólo sorprendente.
Ocurrió al llegar a mi cuarto después de vigilar el Estrella y los movimientos de Heim en cubierta. Volvía contento porque lo encontraba peor cada día. Subía y bajaba al camarote desorientado. Ya no reposaba tras la comilona como antes y cuando se marchaba a la lonja a comprar ese pescado que tanto le gustaba, volvía por lo menos dos veces a comprobar que todo estuviera bien cerrado. Miraba a los lados como si alguien lo vigilara, en lo que por otra parte no andaba muy desencaminado, y la última vez que sacó su impresionante Mercedes del parking le hizo un raspón en un lado. Iría a ver a Sebastian a lloriquearle y a pedirle más inyecciones. Lo que probablemente no le diría es que sospechaba que lo habían descubierto, porque si le descubrían a él descubrirían a los demás y entonces supondría un peligro para todo el grupo. Ni perder la memoria ni ser descubierto era bueno y no me extrañaba que le hubiese hecho una rozadura a su imponente armadura, la que se ponía cuando visitaba a otros ángeles caídos.
El caso es que Roberto se hizo el distraído cuando le saludé al pasar camino de los ascensores, y al llegar a mi puerta sorprendí a Tony, el detective del hotel, metiendo algo por debajo.
Se sobresaltó al verme.
– Me han pedido que le deje un recado. Al abrir, se lo encontrará.
– Qué amable, podría haberlo traído la camarera -dije, dejándole caer que fuese lo que fuese él tenía algo que ver.
Por lo menos no había entrado, los papeles transparentes estaban en su sitio. Debía de saber de sobra que allí dentro no había nada de interés. Al entrar, recogí del suelo una hoja doblada y no la leí inmediatamente. Primero bebí agua, luego fui al baño y finalmente me quité los zapatos y me tumbé en la cama. A estas alturas de la vida sabía que sea lo que sea que te espera a la vuelta de la esquina es mejor que te pille con algunas cosas hechas.
Y aunque mientras hacía estas cosas la cabeza trabajaba tratando de descifrar de quién sería la nota, y aunque daba casi por supuesto que sería de Sandra y que había sido una imprudencia que cayera en manos de Tony, la sorpresa y el alivio fueron que me había escrito… Sebastian.
Di un bote en la cama. Sebastian quería verme. ¿Qué me parecía si volvíamos a encontrarnos en el mismo restaurante de la vez anterior? ¿Podría acercarme mañana a la una y treinta de la tarde para comer? Esperaba que esta vez aceptase su invitación.
Doblé la hoja. La doblé dos veces y me la metí en el bolsillo del pantalón.
Se me pasaron mil tonterías por la cabeza, como que tendríamos que habernos citado en un lugar elegido por mí y que puede que después de todo se hubiese arrepentido…
Estaba tan débil que ya no echaban la llave. Me levanté tambaleante derecha al baño, tenía el estómago revuelto y la fiebre que achacaba a la gripe y me pasaba el día en la cama. Frida me obligaba a comer y a beber y empecé a temer que quisieran envenenarme, aunque en el fondo algo me decía que querían a mi hijo para la Hermandad y que no le harían ningún daño. Vomité el desayuno y la sopa de la comida en el lavabo. Era muy grande y de una porcelana preciosa típica de la zona con girasoles amarillos. Las paredes estaban enteladas en seda de canutillo también amarillo y había unos apliques antiguos a los lados del espejo. Salpiqué la tela amarilla con trozos de pescado y traté de limpiarla con un papel, pero la cabeza se me iba, lo del lavabo lo recogí como pude con gran cantidad de papel higiénico y me maldije por no haber agachado la cabeza sobre la taza del váter, no podía dejar de pensar que tuviera que limpiarlo Frida, me aterraba que se enfadara más conmigo.
A Karin la veía poco. Fred subía de vez en cuando para asegurarse de que seguía viva. Yo sólo tenía sueño, y en sueños veía cosas terribles, tenía sensaciones desagradables que me hacían abrir los ojos de repente. Nunca soñaba con el beso de Alberto, pero cuando estaba despierta me venían a la mente escenas de amor que tendríamos que estar teniendo en este momento. Lo veía desnudo encima o debajo de mí, pero me faltaban detalles para poder verlo completamente desnudo, así que enseguida me lo imaginaba vestido con la ropa que conocía, me gustaba mucho así, con los pantalones y su camisa medio arrugada, y me sentía muy excitada con el olor que recordaba de él. En mi vida normal, antes de irme a la cama con alguien, sin querer me preguntaba cómo sería por dentro, cómo sería su sexo… Sin embargo, de Alberto no se me ocurría preguntarme nada. De Alberto me gustaba él, todo lo que le hacía ser como era. Me imaginaba siempre abrazada a él, pegada a él, y al final me sentía muy frustrada porque no tenía nada y volvía a dormirme.
Menos ahora, en este momento en que al cerrar los ojos oí su voz, arañando la puerta cerrada, y volví a abrirlos.
– Sandra, ¿estás bien?
Abrí los ojos aún más sin atreverme a respirar. Era muy extraño que Alberto hubiera subido hasta este cuarto y que supiera que me encontraba en unas condiciones tan penosas. ¿Quién podría haberle dicho que este cuarto era una cárcel para mí? No podía confiar en lo que creía que estaba oyendo.
– Sandra.
Mi nombre atravesó la madera y llegó hasta mí.
Me incorporé en la cama. La cabeza me daba vueltas como cuando tomaba más de dos gin-tonics.
– Sí -dije.
– Tengo ganas de verte, creo que te quiero -dijo.
¿Te quiero? ¿Lo había dicho o yo quería escucharlo?
– Yo también -dije.
Después sonó otra voz distinta a la de Alberto. Me pareció la de Martín. Ambas voces se mezclaron como si discutieran y se alejaron. Dejé caer la cabeza en la almohada y traté de recordar el te quiero de Alberto tal como lo había oído, en voz baja, al otro lado de la puerta. Te quiero, te quiero, te quiero. ¿Y yo qué hacía?
Antes de ir a ver a Sebastian, pasé por Villa Sol en el coche. Me parecía raro que hubiesen transcurrido tantos días sin tener noticias de Sandra. Me estaba preocupando en serio, estaba nervioso. Ni había acudido a nuestras citas, ni me había dejado ningún recado en el buzón del Faro ni había tenido ningún mensaje de ella en el hotel. Ya sabía cómo entrar allí y llegar hasta mi habitación sin ser vista y deslizar un papel bajo la puerta. Nada. No había ocurrido nada de eso.
Las ventanas del segundo y tercer pisos de Villa Sol estaban cerradas. No tenía modo de enterarme de si Sandra se había marchado de improviso. Podría habérselas arreglado para darme alguna explicación, aunque si había tenido que salir huyendo no habría sido tan fácil. De no ser porque quizá la habría puesto en peligro, estuve tentado de buscar a la Anguila para preguntarle por ella. La verdad era que no sabía qué hacer. Tenían mi foto, me conocían, no podía presentarme en la casa sin más ni más. Así que continué hacia los Apartamentos Bremer, que como había sospechado eran propiedad de Gerhard Bremer, otro nazi que jugaba con ellos al golf, un constructor rico a quien nadie le había tocado un pelo. Allí seguramente Sebastian se encontraba seguro, pero no dejaba de ser una torpeza para alguien de su inteligencia, a no ser que pensara que a nadie se le ocurriría buscarle allí. A mí desde luego no se me habría ocurrido.
Aparqué cerca. Con el sol dando en las cristaleras parecía que el restaurante iba a echar a volar sobre el acantilado. En la puerta Martín me dijo que estaba en una mesa del fondo. Era muy cómodo no tener siquiera que preguntar por él.
En la mesa del fondo, envuelto en una transparencia diabólica, Sebastian tenía un cigarrillo en la mano. Creo que lo sostenía para completar su imagen más que para fumar, en realidad no vi que se lo llevase en ningún momento a los labios. Al verme me invitó a sentarme con un gesto.
– He encargado un arroz negro y langosta -dijo-. Claro que si prefieres otra cosa pediré una carta.
Le dije que me parecía bien, lo que no le dije es que no pensaba probar bocado, ni un grano de arroz, nada pagado con su dinero.
– No me esperaba que quisieras verme -dije-. Bueno, en el fondo sí lo esperaba, no sé por qué.
– Nunca llegaremos a comprendernos. Es imposible una reconciliación. Tú no perdonas y yo no me arrepiento. Creo que hubo un momento en que a nosotros nos faltó visión de la realidad. Nada más.
– ¿Y para esto me has hecho venir?
El camarero comenzó a llenar la mesa de manjares y le faltó inclinarse de rodillas ante Sebastian, a mí no me miró.
– Te he hecho venir para pedirte que hagas algo por Sandra, la chica que vive con los noruegos -también él los llamaba como Sandra y yo-. Está enferma y no quiero que le ocurra nada malo. Aquello se acabó. Perdimos. Y el daño inútil no sirve para nada. Sabemos que es tu topo, tu enlace dentro del grupo. Llévatela, nosotros no viviremos para siempre. Llévatela y que la vea un médico.
– A Sandra la conocí en la playa cuando ya vivía con los noruegos. Yo os investigaba y me tropecé con ella, nos hicimos amigos, pero ella no sabe qué estoy haciendo, piensa que soy un viejecito sin más, le recuerdo a sus abuelos.
Se quedó pensativo. Me ofrecía de las bandejas, pero yo no picaba, luego volvía a dejarlas en su sitio mientras pensaba si lo que le decía era verdad.
– ¿No sospecha nada?
No pensaba darle argumentos en contra de Sandra, no pensaba reconocer la verdad. En estos casos había que negar, negar hasta morir.
– Nada en absoluto. Tú le caes muy bien, te llama el Ángel Negro. No sabe nada de las SS.
– Entonces ¿por qué nunca te ha invitado a casa de los noruegos?
– Sí me ha invitado. He sido yo el que le ha puesto excusas para no ir. Tendríais que convencerla para que se marchase, yo no tengo razones de peso, además hace bastante que no la veo.
– Esa chica es maravillosa -dijo Sebastian-. ¿Por qué me llama el Ángel Negro?
Negué con la cabeza.
– Quizá porque te vio por la noche a la luz de la luna y le pareciste mejor que los demás.
– ¿Mejor? -dijo con una sonrisa escéptica, sardónica, desagradable-. Soy como ellos, y ellos no son peores que mucha gente que anda por la calle.
– Pues yo tengo muchos años y no he conocido a nadie peor.
Nos sirvieron un aromático arroz negro en los platos, que no probé. Él tomó un par de bocados y lo dejó. Esta vez habían servido vino tinto y agua. Se mojaba los labios con el vino y bebía agua. Yo aunque tenía sed no la probé.
– Te diré una cosa -dijo limpiándose con una blanca servilleta de hilo, que daba pena arrugar-, tenemos un traidor dentro y me alegra que no sea Sandra. Me alegra que no tenga que sufrir ningún accidente. Me alegra que sea pura y feliz.
Me bajaron sosteniéndome entre dos, se me iba la cabeza por las décimas y la flojedad que sentía. Al pie de la escalera me esperaban caras conocidas y otras que no había visto en mi vida y que también debían de ser miembros de la Hermandad. Había unos cuantos tipos como Martín y el mismo Martín, un señor de pelo blanco junto con dos o tres, que parecían españoles, algún extranjero más y el resto me resultaba familiar. Cerré los ojos para que las caras no se fundieran unas con otras.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó la voz de Karin lo más dulcemente que pudo.
Negué con la cabeza, ¿cómo iba a encontrarme bien? Era una pregunta absurda, ella sabía perfectamente lo mal que estaba, pero tenía ganas de montar una fiesta y cualquier pretexto era bueno.
Había logrado vestirme con enorme esfuerzo, la verdad era que me había vestido Frida. Me había puesto uno de los dos vestidos que tenía colgados en el armario porque lo demás eran vaqueros, camisetas, jerséis. Ella, que no solía hablar, en esta ocasión hizo todo tipo de comentarios sobre mi ropa, las botas de montaña y los pelos que llevaba, sobre los piercings y los tatuajes. Como me costaba levantar los brazos para que me metiera el vestido me zarandeó de mala manera, hasta que me cabreé y le dije que no me tocara más y que no tenía ganas de ceremonias. Vete a la mierda, le dije. Os vais todos a la mierda y me dejáis tranquila, dije, y me recosté de medio lado en la cama con el vestido a medio poner.
– Voy a darte una aspirina -dijo.
– No se te ocurra darme una aspirina, no puedo tomar nada.
Los ojos le brillaban. Eran tan azules y tan brillantes que se parecían mucho a unas bombillas que colgaba mi madre en la terraza en Navidad. Tenía ganas de matarme, pero no podía. Abajo había un montón de gente esperando verme.
– Está bien, tengamos la fiesta en paz. Te trataré bien y tú haces lo que te diga. A ver, un brazo por aquí… La princesa ya está lista -dijo sentándome en el borde de la cama. Frida era muy fuerte, tenía bolas en los brazos.
Como según ella las botas de montaña no pegaban con el vestido de flores que ya me había puesto en el cumpleaños de Karin, nos decidimos por las sandalias de plataforma, aunque ya no hacía tiempo para esto. Pero puesto que ya tenía gripe, ¿qué más daba? Después fue al cuarto de baño y vino con el colorete y una brocha y me puso como un cristo.
– Así parece que estás medio normal.
Llamó a Fred y entre los dos bajé las escaleras. Busqué con la mirada a Alberto y no lo vi. Fue entonces cuando Karin me preguntó con todo cinismo si me encontraba bien. Tirité y ella me puso encima su chal, que apestaba a perfume.
– En el sótano siempre hace más frío -dijo.
No me gustó oír lo del sótano. No me hacían mucha gracia los sótanos, en las películas en el sótano es donde ocurría lo peor. Donde dejaban encerrado a alguien o donde lo mataban o donde escondían el arma del asesinato. Desde que vivía en esta casa sólo había bajado una vez al sótano y no volví a hacerlo.
Lo único bueno es que todos me trataron con amabilidad. Me preguntaron cómo me encontraba, y el Ángel Negro se acercó a mí y me besó la mano, a continuación la retuvo un poco entre las suyas.
– Tiene fiebre -dijo dirigiéndose a alguien-. No creo que esté en condiciones de participar en este acto, no va a enterarse de nada.
– Es el momento, créeme -dijo Fred.
Al sótano me bajaron entre Frida y Martín.
En efecto, hacía más frío que arriba. Era un frío húmedo.
Todos se situaron alrededor del sol grabado en el suelo y a mí me pusieron en el centro. Vi a Alberto, que me miraba muy fijamente y muy serio. Alberto, había venido, estaba aquí. Me pasé las manos por el pelo, en un movimiento reflejo de estar lo más guapa posible. No me explicaba cómo no lo había visto antes y cómo lo estaba viendo ahora. Entonces el Ángel Negro (y ahora entendía por qué me dio por llamarle así) pronunció algo así como una plegaria. Más o menos dijo: Sol de la sabiduría que iluminas el mundo verdadero, el mundo de los espíritus. A través de ti, Sandra consagra su alma. Estás oculto tras el sol de oro, que alumbra el mundo material. Deseamos ascender a tu luz, al sol de la sabiduría para alcanzar la iluminación y la verdadera vida. Más allá de los cielos y en las profundidades del corazón, en una pequeña cavidad, reposa el universo, un fuego arde ahí irradiando en todas las direcciones. La oscuridad desaparece, ya no hay ahora ni noche ni día. Más allá del dique que mantiene el mundo no hay ni noche ni día, no hay vejez, muerte ni dolor, obra buena ni mala. Más allá de ese dique, el ciego ve, las heridas se cierran, la enfermedad se cura y la noche se hace día.
Empecé a temblar y creí que iba a desmayarme, lo que obligó a cortar la ceremonia. Parecía que lo más importante estaba hecho.
El Ángel Negro me puso las manos en los hombros.
– Nos perteneces y nosotros te pertenecemos a ti. Conocerás nuestros secretos y nosotros los tuyos.
– De acuerdo, gracias -dije sin saber qué decir. Todos me miraban como esperando algo más. Tal vez debería haber preparado algo, pero nadie me había dicho nada y si me lo habían dicho no me había enterado.
– Lo siento -añadí-. Estoy muy contenta, pero tengo frío.
Alberto me cogió por el brazo y me ayudó a subir hasta el vestíbulo. Estaba todo preparado para tomar unas copas. Alberto no se detuvo, siguió empujándome escaleras arriba.
– Ahora métete en la cama y no hables con nadie -dijo-. Descansa todo lo que puedas.
– Te quiero -dije, correspondiendo al fantasmal te quiero de hacía unos días, ¿unos días?, ¿cuánto tiempo había pasado?
Al llegar a la puerta del cuarto ya estaba allí Frida, mirándonos.
– Ya me ocupo yo -dijo arrancándome de las manos de Alberto-. Tú baja con los demás.
Alberto no me soltó, sentí cómo sus manos estuvieron hasta el último momento en mis brazos. Y luego noté que ya no estaban y me sentí completamente sola.
Frida me arrojó a la cama y yo me tumbé de medio lado sin quitarme siquiera las sandalias.
– Tendría que verme un médico -dije.
– No te preocupes, luego subirá uno.
Tuvo el detalle de ponerme una manta encima y salió. Esta vez no oí el ruido de echar la llave. Tampoco hacía falta, ¿adonde iba yo según estaba?, ¿y cómo iba a escaparme en medio de semejante concentración de enemigos? Me hice un ovillo y traté de olvidarme de todo, aunque había algo que me intranquilizaba y era eso de que iba a subir a verme un médico.
Debí de quedarme profundamente dormida, porque me costó mucho moverme y abrir los ojos. Soñaba con gente que hablaba. Y cuando por fin logré salir de entre aquellas voces y despertarme tuve la impresión de entrar en otra pesadilla al ver sobre mí las caras de Fred, Karin y el Carnicero, que estaba preparando una inyección. Esto no podía ser real, esto no podía estar pasándome a mí. Me reí y en cuestión de segundos pasé de la risa al llanto. Estaba ardiendo.
– No quiero -dije.
– Cariño -dijo Karin-, con esto te pondrás bien, él sabe lo que hace.
¡No!, ¡no!, ¡no!, grité con una angustia que hasta ahora sólo había sentido en las pesadillas. ¡No!, grité en voz alta, y me desperté. Esta vez estaba despierta de verdad. Me pellizqué para comprobarlo. Alguna vez me había pellizcado en sueños cuando no sabía si estaba dormida o despierta, pero nunca estando consciente como ahora, sólo que ahora me encontraba tan mal que tenía mis dudas sobre mi estado real.
Desde luego estaban observándome Fred, Karin y el Carnicero.
– Querida -dijo Karin-. Tienes fiebre.
El Carnicero alargó una mano hacia mí. Era enorme y llena de tendones como las raíces de un árbol. Quise esconderme debajo de la manta, quise volverme invisible y desaparecer. Separó un poco la manta, buscaba mi brazo, pero mis brazos se me habían pegado al cuerpo como dos barras de hierro. Afortunadamente no intentó separarlos. Me cogió con dos dedos la muñeca y yo cerré los ojos y me puse a pensar en posibles nombres para el niño.
– Tiene treinta y nueve y medio de fiebre. Habrá que darle un baño.
– Bien. Le diré a Frida que lo prepare -dijo Karin.
No abrí los ojos hasta que salieron todos.
Luego me cambié de ropa como pude. Me puse los pantalones, las botas de montaña y un jersey. Metí la documentación en la mochila y me la puse a la espalda.
Vomité en el baño, creo que en el suelo, y me lavé la cara con agua fría.
Abrí la ventana y tiré la mochila al jardín. ¿Y ahora qué? La cabeza se me iba. Metí la mano en el pantalón y apreté fuerte el saquito de arena que me había regalado Julián. Podría tratar de agarrarme a una de las ramas que daba en la ventana y balancearla hasta abajo. Qué fácil parece todo en la imaginación y qué difícil era hacerlo. Ni la rama estaba tan cerca ni el salto parecía seguro, pero no podía permitir que me dieran el baño. ¿Un baño de qué?, ¿un baño de agua? Lo de baño salido de la boca del Carnicero sonaba terrorífico. Así que volví adentro, mojé la toalla y me la puse alrededor de la cabeza. Fiebre, vete, dije. Me senté en el alféizar de la ventana. Desde arriba vi una sombra que se movía y un punto rojo como de cigarrillo encendido. Esperé a que se marchase e inicié los intentos de alcanzar la rama. Hasta que unos brazos me rodearon por detrás. Traté de deshacerme de ellos, pero luego me resultaron familiares.
– Tranquila. No se te ocurra saltar, podrías hacerte daño.
Era Alberto, y si no podía fiarme de Alberto, la vida no merecía la pena. Me volví hacia dentro de la habitación. La toalla mojada me había venido bien, me encontraba algo más despajada.
– Quiero marcharme. Van a darme un baño.
– Es para que te baje la fiebre.
– Ya me ha bajado, ayúdame. Tengo que salir de aquí. Necesito que me vea un médico normal.
Me miraba muy serio, triste.
Me quité la toalla, y me pasó la mano por el pelo mojado.
– Está bien. Voy a ayudarte a bajar. Primero saltaré yo, luego te acercaré esa rama y te cogeré desde debajo por las piernas. Vamos allá.
Alberto se lanzó a la rama y cayó al suelo. Tuve miedo de que la rama se partiese, pero no se partió. Frida estaría al llegar, aunque puede que estuviera esperando a que se fueran casi todos los invitados para darme el baño. Así que cuando rocé la rama con los dedos la agarré como pude y con mis pocas fuerzas me colgué, me balanceé y en esos pocos segundos sentí que se me estiraba el cuerpo, las articulaciones, las vértebras y fue muy agradable, pero al caer, Alberto no pudo sujetarme a tiempo y me hice daño en el costado y me entró el pánico.
Alberto actuó deprisa, colocó mi brazo izquierdo alrededor de su cuello y me cogió por la cintura. Me llevaba en vilo. Salimos rápidamente. Había aparcado el coche un poco lejos y hasta que llegamos allí fui arrepintiéndome dolorosamente de todo lo que había hecho, no me habría importado si sólo me hubiese puesto en peligro a mí misma, pero había involucrado a un ser inocente que se suponía que yo tenía que proteger.
Entramos en el hospital y después de explicar Alberto a una enfermera tras un mostrador que tenía fiebre, quizá gripe, que estaba embarazada y que me había caído, nos hicieron esperar en una salita. A los cinco minutos Alberto dijo que tenía que marcharse pero que no me preocupara por nada porque aquí me cuidarían y que volvería en cuanto pudiese. Entonces cerré los ojos y todo comenzó a dar vueltas.
Después de todo lo que me ocurría, me habría esperado cualquier cosa menos ver entrar a la Anguila en mi habitación. Casi me quedo en el sitio. De pronto oí a alguien maniobrar en la cerradura y antes de que pudiese saltar de la cama, lo vi venir hacia mí. Vi venir a la muerte. Estaba recostado en dos grandes almohadones con el pijama y con las gafas de culo de vaso puestas leyendo el periódico. Había cenado ligero y me había tomado las siete pastillas de rigor. Me había relajado tanto que me costaba bastante hacer cualquier movimiento.
– Tranquilícese. Sólo quiero hablar con usted.
La Anguila se quedó mirando cómo tardaba una eternidad en retirar las mantas y asomar mis flacas canillas y poner los pies sobre las zapatillas colocadas en un lugar tan preciso que ni siquiera había que mirar para encajar en ellas los pies y no coger frío cuando me levantaba para ir al baño.
– Hay que darse prisa -dijo-. Tiene que ir al hospital. Sandra está allí. Se encuentra muy mal.
Hablaba telegráficamente para que ninguna palabra sobrante me confundiera y para que le entendiera lo mejor posible.
– ¿Qué le ha ocurrido? -pregunté tratando de comprender la situación.
– La he llevado yo. Ha tenido que escapar por la ventana de Villa Sol.
– ¿Por la ventana?
Por fin me estaba espabilando. Visualicé las ventanas del segundo piso donde tendría su cuarto Sandra.
– Por la ventana -repetí-. ¿Y tú, cómo has entrado aquí?
– Con mucha facilidad. En estos sitios no hay ninguna seguridad. Vístase y vaya al hospital, yo tengo que volver a casa de los Christensen. ¿Lo hará?
Estaba descolgando de una percha la camisa que había llevado puesta ese día. Tuve que quitarme delante de él la chaqueta del pijama para ponérmela y como imaginaba se quedó mirando mis flacos brazos. Creí ver en su cara una ráfaga de compasión y admiración. Cuando llegase a mi edad se daría cuenta de que uno hace lo que puede en cada momento de la vida y que en esto no Había ninguna heroicidad.
Para que me diese más prisa me ayudó a ponérmela.
– ¿Dónde tiene los zapatos? -preguntó mirando alrededor mientras me quitaba los pantalones del pijama.
– En el cuarto de baño.
Siempre los dejaba allí con los calcetines dentro.
– Al saltar se ha hecho daño. Ha caído en tierra en una mala postura -dijo mientras me acercaba los zapatos, y se marchó con rapidez, sin darme tiempo a preguntar.
Sólo me faltaba ponerme las lentillas. También me pasé rápidamente la maquinilla de afeitar y cogí medicación para dos tomas.
La noche era húmeda y cuando llegué al hospital me dijeron que estaban examinando a Sandra. Me preguntaron si era pariente suyo y asentí. Les dije que yo me hacía cargo de ella.
Sabía en qué consistía el examen en Urgencias. Te metían en un compartimento separado por cortinas llamado box y te tomaban muestras de sangre y orina para analizarlas, te ponían suero. Pregunté si podía entrar a hacerle compañía, pero no me dejaron. De repente sentí miedo de que ella no estuviera consciente, de que no se diesen cuenta de que estaba embarazada y le hiciesen una radiografía. Ni que fuesen tontos, eso era imposible. Aparte de que la Anguila no me había dicho que no estuviera consciente. De todos modos me acerqué al mostrador.
– Por favor, dígale a los doctores que la chica está embarazada.
– Ellos saben lo que tienen que hacer -respondió la enfermera-. No se preocupe.
No se preocupe, no se preocupe. Las peores cosas de la vida pasan por no preocuparse. Me senté en la salita de espera. ¿Por qué habría escapado por la ventana? Tendría que haber salido hace mucho por la puerta y no por una ventana.
Estaba tan ansioso de saber cómo estaba, de que saliera algún médico a hablar conmigo, que no me atrevía a ir a buscar café a la máquina del pasillo. Cuando por fin me decidí, lo dejé dicho en el mostrador sin ninguna garantía de que me hiciesen verdadero caso. Así que cuando regresé, y a riesgo de que me considerasen un plasta, pregunté si no me habrían llamado mientras estaba en la máquina del café.
– Voy a ver -dijo la enfermera cogiendo el teléfono-. Puede entrar.
Me bebí el café de un sorbo, quemándome la lengua y me metí en aquel lugar que yo había visto desde la camilla hacía unas semanas.
Sandra se sorprendió al verme.
– ¿Has estado consciente todo el tiempo?
– Sí, creo que sí -dijo.
– ¿No te han hecho radiografías?
Negó con la cabeza y se me quedó mirando con enorme cansancio.
– Estoy bien y el niño también. Me han bajado la fiebre y me han dicho que sólo necesito descanso, que todo se debe a un fuerte estrés. Y tú ¿por qué estás aquí? ¿Cómo te has enterado?
– Me lo ha dicho la Anguila, se preocupa mucho por ti.
– ¿Dónde está? -preguntó con la típica ansiedad.
Yo me encogí de hombros porque la verdad es que no lo sabía.
Antes de marcharnos, para asegurarse, le hicieron una ecografía. Salimos de allí a las seis de la mañana bajo la responsabilidad de Sandra. Le habían bajado la fiebre y le pusieron un tratamiento que sobre todo consistía en descansar mucho.
En el coche me dijo que no tenía absolutamente nada.
La mochila con el dinero que le había ido pagando Fred y algunas cosas suyas se la había dejado tirada en el jardín. Le dije que no se preocupara y le pregunté qué hacíamos. Me dijo que iríamos a mi cuarto por la ruta alternativa del hotel, pero que antes pararíamos en una farmacia de guardia para comprar el jarabe que le habían recetado y un cepillo de dientes.
Hice todo lo que me pidió preguntándome cómo nos las arreglaríamos en la cama de matrimonio de mi cuarto. De ser yo joven, me habría bastado con el cobertor doblado y dos mantas para montarme una cama en el suelo, pero ya no estaba para esas cosas. Si lo hacía me levantaría con los huesos molidos, y entonces sería Sandra quien tuviese que cuidar de mí. También podría unir los sillones del saloncito, pero más que eso me preocupaba que viese mi verdadero yo, el de las gafas culo de vaso, que viese al tío meón que tenía que levantarse cinco o seis veces por la noche, que me viera en camiseta. Quizá ésta era la última lección que tendría que aprender Sandra durante nuestra corta amistad, y la lección que tendría que aprender yo.
Anduvimos por los pasillos y escaleras que ya conocíamos, algunas veces a oscuras. Abrimos puertas tratando de no hacer ruido aunque Sandra cojeaba por el golpe y yo tenía miedo de tropezar y caerme también. Suspiramos aliviados cuando nos encontramos en la puerta de la habitación. Saqué la tarjeta, la metí por la ranura, se encendió la luz verde, entramos, y Sandra se dejó caer en la cama y se puso a llorar, no estrepitosamente. Sólo se le caían las lágrimas y se mordía el labio.
Dentro de una hora abrirían el bufé del desayuno y podría traerle a Sandra ricos manjares. Le dije que se metiera en la cama en el lado que estaba sin usar y que no se preocupara de nada, que descansara y que mañana lo vería todo de otra manera. Eran nada más que palabras, pero palabras razonables que la convencieron. A los cinco minutos estaba profundamente dormida.
Me tumbé en el lado donde me acostaba siempre junto al teléfono y cerca del baño y cogí del suelo el periódico. Ya era el periódico de ayer, hoy estaban ocurriendo otras desgracias. Ni siquiera me quité los zapatos, no quería dormirme antes del desayuno, después seguramente también me echaría a descansar.
No bajé al restaurante a primera hora, quería que estuviera más lleno para, después de desayunar yo, poder meter en la bolsa que llevaba fruta, dos cruasanes y un pequeño bocadillo que haría de jamón con tomate. Cogería un sobre de descafeinado de los que ponen en las mesas y echaría leche caliente en un vaso y me lo llevaría colgando de la mano junto a la pierna de forma que el vaso no llamase la atención y si me preguntaban algo diría que no me había dado cuenta, algo nada sorprendente en un hombre de mi edad.
En cuanto me vi en el ascensor, consideré que el trabajo estaba hecho.
Aunque casi tiré la leche al abrir la puerta, me sentí muy satisfecho cuando pude colocar en la mesita-escritorio, sobre unas servilletas de papel, los cruasanes, la fruta y el vaso de leche, con sus sobres de azúcar y de descafeinado. Cuando Sandra se despertase se lo encontraría, con la leche fría, eso sí, pero tal vez podría meter este vaso largo y estrecho en uno ancho del minibar con agua caliente del grifo.
Coloqué el cartel de no molestar en la puerta, me tumbé en mi lado de la cama sobre la colcha, me quité las lentillas, los zapatos, me tapé con una manta y me lancé a dormir como un niño. Al despertarme, serían las once de la mañana, Sandra seguía dormida. Me cambié de camisa y me aseé haciendo el menos ruido posible, no quise ducharme para no despertarla. Dejé una nota junto al desayuno.
Por el pasillo aún había un carrito de la limpieza, busqué a la camarera y le dije que hoy no hicieran la habitación porque estaba cansado y pensaba subir enseguida.
Traté de localizar a la Anguila. Pasé por la casa de Frida a la hora en que tendría que estar limpiando en Villa Sol. El viejo coche de Elfe que la Anguila solía conducir últimamente no estaba. De todos modos esperé una hora en el cruce con la carretera que todos los que vivían en esos caminos tendrían que tomar para ir a cualquier parte. Comprendía que aquel día en el parking del supermercado la Anguila no quiso hacerme daño, sino advertirme de que sería peligroso para Sandra que me vieran con ella y quería transmitirme la intensidad del peligro. No contaba con que a mí se me podría quitar de en medio de un guantazo. Me gustaría saber si había ayudado a Sandra sólo por amor o si había algo más. Pero ¿qué podría haber más fuerte que el amor?
Por otra parte, estaba intranquilo. Si pensaban buscar a Sandra acabarían relacionando mi habitación con ella, por lo que cuanto antes se marchase mucho mejor. Debía actuar con rapidez y no preguntarle qué iba a hacer, simplemente debería sacarle un billete de autobús para una hora de madrugada, cuando menos gente viaja.
Me desperté completamente sobresaltada, como si me hubieran pegado una bofetada: no había sido Frida quien me había metido la ampolla en el bolso. Habían sido Fred y Karin para enredarme más en la trampa que me habían tendido. Me la habían tendido para que no tuviera más remedio que entrar en la Hermandad. Y allí me querían porque iba a aportar un nuevo ser que ellos educarían a su imagen y semejanza. Me dolía el costado, pero ya no tenía fiebre. Ahora sólo me sentía desorientada, de repente no sabía dónde me encontraba. Era la habitación de un hotel. Volví a cerrar los ojos, era el cuarto de Julián, y Julián no estaba. Era la una y media del mediodía. Recordaba el golpe que me había dado contra el suelo y el hospital. Ya era libre. Me levanté para ir al baño y vi el desayuno encima de la mesa y una nota en que Julián me decía que no saliese del cuarto. Descorrí las cortinas. Vaya terraza hermosa. Se veían los tejados y una línea muy fina de mar al fondo. Abrí la puerta de cristal y respiré. Me envolvió un fresco muy agradable que al momento se convirtió en frío. Me bebí un vaso de agua de una botella que había por allí, luego volví a acostarme. Quizá debería dejar de preocuparme que la vida no tuviese sentido. Hay gente que se da cuenta muy pronto de que no tiene sentido y todo se lo plantea a corto plazo, otros tardan más y durante un tiempo viven como en una ilusión, como yo.
Yo había vivido en una ilusión hasta este mismo momento. A partir de ahora sabía que la realidad dependía de mí. No quería ni podía regresar a Villa Sol y sin embargo no me sentía capaz de abandonar Dianium sin volver a ver a Alberto y pedirle que abandonase esa mierda de Hermandad y empezara una nueva vida conmigo. Y me fastidiaba que mis cosas, aunque fuesen pocas, se quedasen en manos de los noruegos. Preferiría tirarlas a la basura.
Cuando me desperté de nuevo eran las tres. Tenía hambre. Me tomé el desayuno y me duché y vestí. Salí a respirar a la terraza. Ahora sí que esta aventura había acabado para mí. Tenía la terrible sensación de que no volvería a ver a Alberto. Lo sentía como los amores de verano de la adolescencia que quedaban encerrados en el mes de vacaciones como la mariposa que yo llevaba tatuada en el tobillo.
Sandra estaba mucho mejor, incluso de buen humor. Se había tomado el desayuno que le dejé en la habitación por la mañana y estaba leyendo tranquilamente el periódico tumbada en la cama. Dijo que había notado pasos junto a la puerta y que había temido que en algún momento entrase la camarera.
– Según van pasando las horas este lugar se va volviendo más inseguro -dije-. Te he sacado un billete de autobús para mañana a las seis. Hasta entonces tienes tiempo de descansar y recuperar fuerzas. ¿Te duele el golpe?
– Me siento un poco magullada, nada más -dijo pensativa.
– Ya no hay marcha atrás, Sandra. Aquí ya no tienes nada que hacer.
– No voy a marcharme sin mis cosas. Por lo menos quiero la mochila que se quedó en el jardín con mi dinero y la documentación y tengo que devolver la moto, no es mía.
– Todo eso tiene arreglo. Te puedes hacer otro DNI y la moto es vieja. No merece la pena el riesgo.
– No pienso irme sin nada -dijo enfurruñada, determinada-. No voy a consentir que esos dos se queden con lo mío. Han vivido de todo lo que robaron y a mí no me van a robar.
– ¿No será que quieres ver una vez más a la Anguila?
– Si pudiera, también me llevaría a Alberto, pero que decida él, ya sabe dónde estoy…
Su tono, de pronto, se hizo más melancólico y soñador, como si el solo nombre de la Anguila la transportara a otro mundo.
– Iré yo. Tengo ganas de hablar con Fredrik Chris-tensen y puede que éste sea el momento. Si no diera señales de vida de aquí a la noche, ponte el despertador al acostarte y sal del hotel por la ruta alternativa con tiempo suficiente para poder ir andando a la estación de autobuses por si no encontraras taxi. En ese caso olvídate de mochilas y de historias. Toma veinte euros para gastos.
– Es muy egoísta por mi parte, no me perdonaría que te pasara nada malo -dijo.
– No me pasará, pero hay que ponerse siempre en lo peor para tener un plan B.
Sandra me sonrió entre enamorada de la Anguila y temerosa por mi integridad física y preocupada por lo que iba a suceder de aquí a mañana y por lo que le sucedería más tarde cuando llegase a su vida normal.
Le pregunté si tenía hambre y quería que le trajese algo de comer y me dijo que aún tenía una manzana y que últimamente siempre acababa estando encerrada en algún sitio.
El tiempo pasó volando hasta que consideré que había llegado el momento de marcharme a Villa Sol.
Aparqué casi en la puerta de Villa Sol. No se oía un alma tras los muros. Por encima de ellos de vez en cuando se disparaba una llovizna de hojas, que regaba la calle. Atardecía y toqué al timbre.
Me preguntaron quién era y dije la verdad, que era amigo de Sandra.
Vino Fredrik en persona a abrir la puerta. No la abrió de par en par, sólo lo suficiente para vernos.
– Vengo a recoger las cosas de Sandra. Dice que se dejó una mochila en el jardín y algunas otras cosas en la habitación y la moto en el garaje.
– Sandra -repitió para darse tiempo a pensar-. ¿Dónde está? Estamos preocupados por ella.
– Se encuentra bien, se ha marchado del pueblo.
Me observó más detenidamente. De pronto me había reconocido.
Yo le miré sin parpadear.
– Sí, soy el de la foto, el que te ha estado siguiendo a ti y a los otros.
Abrió la puerta para que pudiera entrar y volvió a cerrarse automáticamente detrás de nosotros. El jardín era muy agradable. Piscina, tumbonas alrededor, cenador, barbacoa. Árboles que llegaban al cielo, plantas semisalvajes, olor a tierra mojada. Nos sentamos en unas sillas de hierro forjado alrededor de una mesa muy bonita y yo me anudé mejor el pañuelo al cuello. Él estaba más acostumbrado al frío e iba en mangas de camisa.
– Sé quiénes sois -dije- y es mejor que dejemos aparte a Sandra. Ella no sabía nada de vosotros hasta que yo se lo conté.
– Ya es de los nuestros.
– Sabes que no. Sandra nunca será ni de los tuyos ni de los míos. Está en manos del viento. Llegó a esta casa por puro azar.
– Nada es por azar. Está con nosotros, en nuestra vida, y eso no lo cambia nada ni nadie.
Fredrik Christensen era una mala bestia, tozudo y con un repugnante aire de superioridad. Hablaba con la barbilla alta, mirándome como si fuera una cucaracha.
– Si me entregas las cosas de Sandra y la dejáis en paz, no os descubriré.
– ¿Cómo puedo estar seguro?
Sentí un escalofrío. Por los ventanales del salón nos observaba alguien, seguramente Karin.
– A nuestras edades ninguno llegaríamos al juicio. Al principio sólo pensaba en la venganza, ahora pienso en el futuro de gente como Sandra.
– A mí no me engañas -dijo Fredrik-. Si alguien me hubiese hecho lo que te hicimos a ti no lo perdonaría jamás.
– No olvides que somos muy distintos. Además, moriréis pronto.
Sonrió hacia dentro.
– Sé un secreto que tú seguramente no sabes.
Evidentemente a Christensen le costaba trabajo tener frío. Se recostó en la silla extendiendo los brazos a lo largo y dejándose acariciar por el aire.
– ¿Tanto te interesan los cuatro trapos de esa chica?
– Trapos o no, son suyos.
– Bien, si el secreto merece la pena te los daré.
– Se trata de los inyectables que os ponéis.
Se desconcertó completamente.
– He hecho analizar su contenido.
– Es imposible -dijo.
– En el laboratorio lograron sacar una muestra de unos usados. Los encontré en el contenedor de basura.
No le estaba gustando nada lo que escuchaba.
– Puedo enseñarte los resultados, te vas a quedar de piedra.
– Ahora estás en mis manos. Si quiero no vuelves a salir vivo de aquí.
– Entonces nunca sabrás la verdad.
– Dime algo más.
– Es un compuesto multivitamínico en elevada concentración, pero en el fondo como muchos de los que venden por ahí.
– No puede ser de ninguna manera -dijo incrédulo-. Karin mejora en cuanto se lo inyecta.
– Se trata de un efecto placebo. Primero mejora y luego empeora. No le digas la verdad si eso le ayuda. Pero no os alarga la vida. Un día de éstos tendrás una neumonía y ya no saldrás del hospital y Karin está a un paso de no levantarse de la silla de ruedas.
– ¡Serás cabrón!
– Eso da igual, lo que importa es que es la pura verdad. Lleva una ampolla a analizar si no me crees, quizá después te ahorres mucho en joyas y cuadros.
Levantó trabajosamente su gran armadura de huesos y entró en la casa. Hasta que salió, Karin estuvo espiándome tras los cristales. Aunque tenía el culo helado por el hierro de la silla no me moví y no pensé, no quería distraerme pensando. Aguanté el frío mientras me mantenía alerta una media hora y sentí una gran satisfacción al verle regresar con la mochila en la mano y otra bolsa de viaje con ropa dentro.
– Aquí tienes -dijo-. La moto la he sacado por el garaje, está junto a tu coche.
Abrí la mochila para comprobar que estaba el dinero que Sandra había ganado en esta casa. Había unos tres mil euros, una revista y los carnés de identidad y de conducir. No miré en la bolsa de plástico, con esto era suficiente.
Tuve que levantarme para meterme la mano en el bolsillo de atrás del pantalón y sacar una hoja doblada con los resultados de los análisis.
– Mira, no te engaño. Además, puedes comprobarlo por ti mismo.
– Me pides que me crea que estas pruebas son de las ampollas. Podrían ser de cualquier cosa.
– Piensa lo que quieras, pero ésta es la verdad.
Ya no volví a sentarme. Mientras él leía aquello me dirigí con la mochila y la bolsa hacia la salida. Me costó trabajo abrir la puerta desde dentro, pero al final cedió y me sentí tan libre fuera de sus muros que me dieron ganas de cantar.
Tuve que bajar a la casita y convencer al inquilino para subirle en el coche hasta el Tosalet y que bajara conduciendo la moto. Fue muy trabajoso hacerle ver que no era una argucia de su ex mujer para que se matase por la carretera. Me quedé tranquilo cuando por fin la vi encadenada a la buganvilla.
Antes de volver al hotel, pasé por una tienda de pollos asados y compré uno con patatas fritas. Cuando llegué a mi planta el ascensor olía a pollo que apestaba.
Metí nervioso la tarjeta en la puerta. No sabía qué podría haber pasado durante mi ausencia, quizá ya habían venido por ella. ¡Sandra!, dije nada más cerrar. Apreté las mandíbulas al no oír ninguna respuesta, ningún ruido.
Dejé la mochila y la bolsa sobre la cama completamente abatido, dolido y machacado por el enemigo. Iba a mirar en el cuarto de baño antes de lanzarme en su busca cuando entró desde la terraza.
– ¿Cómo ha ido?
Jamás sabrá Sandra la felicidad que sentí. Entró por aquella terraza como la noche que se echaba encima y las nubes azul oscuro que viajaban por el cielo.
– Mejor de lo que creía. Ahí están tus cosas.
– Lo he pasado fatal pensando en lo que podría estar ocurriéndote en Villa Sol sólo por un capricho mío.
– La moto la he dejado en la casita -dije como contestación a sus maravillosas palabras.
Julián se echó vestido en la cama. Dijo que prefería estar preparado por si teníamos que salir pitando, aunque imaginé que no sería sólo por eso.
– Descansa, no te preocupes. Te despertaré a las cinco, yo duermo poco.
Julián me daba paz, tanta que me dormí profundamente y me pareció que hacía cinco minutos que me había acostado cuando sentí que me tocaban el brazo.
– Es la hora -dijo.
Salimos clandestinamente por la ruta alternativa del hotel a la hora más triste del día, cuando la gente aún duerme y no es de noche ni de día.
Nos dio tiempo de tomar él un espresso y yo un café con leche antes de subir al autobús, le pedí que le diera mi dirección a Alberto. Y luego le dije adiós con la mano desde la ventanilla. Llevaba el chaquetón que se había comprado en el pueblo y el pañuelo al cuello, iba tan perfectamente afeitado como siempre. No dejé de mirarle hasta que le perdí de vista.
Las historias no terminan hasta que no se acaba con ellas, hasta que no se les da la puntilla con la cabeza o con el corazón. Para Sandra el fin de esta historia había llegado nada más montarse en el autobús de regreso a casa, aunque continuara haciéndose ilusiones con la Anguila, pero incluso si esta relación llegara a cuajar tendría que ser en otro mundo, no en el mundo de ayer. Ése de momento aún era cosa mía. Si con tantos sobresaltos no me había muerto sería porque me quedaba algo por hacer y debía seguir marcando el paso como un soldado. ¿Habría dado Fredrik Christensen la voz de alarma después de nuestra conversación en su jardín? De tomar medidas, ya las habría tomado Sebastian en nuestro primer encuentro. En el fondo, pensaba en todo esto para no pensar en Sandra alejándose en el autobús hacia un futuro completamente desconocido para mí.
Dejé que las piernas me llevaran hacia algún lado, tenía ganas de andar, últimamente había pasado demasiado tiempo en el coche. Me abroché el cuello del chaquetón, me metí las manos en los bolsillos y me dejé atraer por la brisa del mar, por su humedad, bendita humedad que me abría los pulmones y me hacía respirar como si no me hubiese fumado tres cajetillas diarias durante años y años de mi vida. Y cuando quise darme cuenta me encontré en el puerto. La mañana se había abierto completamente y unos rayos de sol fríos le iban dando a todo un aire de normalidad. Anduve automáticamente, guiado por el recuerdo de mis propios pasos hasta el Estrella y Heim, o mejor dicho, hasta el lugar donde el Estrella solía estar.
Miré desconcertado alrededor, puede que el sentido de la orientación se me estuviera resintiendo, no sería el primer caso en que un día, un viejo como yo, de pronto no sabe dónde está o no está donde creía estar. Sin embargo, lo único que faltaba era el Estrella, el bar de enfrente continuaba en su sitio y los catamaranes de los lados, el mojón con dos rayas pintadas en rojo, un solar que servía como aparcamiento unos doscientos metros más allá. El Estrella no estaba ni Heim tampoco, y esto sí que me ponía nervioso, sobre todo porque me habían arrebatado a Heim. Al darse cuenta de que ya no estaba en sus cabales se habrían deshecho de él como de Elfe. Los que aún eran capaces de defenderse no querían lastres innecesarios, no tenían fuerza para tirar de los otros. Por mucho Heim que fuese, él mismo se habría reducido a material molesto.
Me tomé otro café, éste descafeinado, calculando a cuántos kilómetros de distancia se encontraría ya Sandra. Me habría gustado ir a Madrid con ella, aún podía permitirme algún extra como un viaje en autobús, unos días en algún hostal y otros cuantos menús. Pero para mí solo el viaje no me merecía la pena, ya no me daba tiempo de ver ni una milésima de todo lo que no había visto, así que era mejor dejar las cosas como estaban, no moverlas ni para adelante ni para atrás. Me quedaría aquí, el lugar que Salva había elegido para acabar sus días, no había nadie tan parecido a mí como Salva y me había preparado el camino, ¿para qué rechazarlo? Desde el mismo momento en que tomé el avión en Buenos Aires supe que emprendía el viaje de los elefantes y que no iba a regresar. Regresar ¿para qué?, mis recuerdos no se separaban de mí. Tres Olivos era una buena opción. Con mi pensión podría pagar la residencia y nadie me buscaría allí. Cuando la vida te pone algo en bandeja hay que tomarlo, porque si no acabas pagándolo caro. La vida siempre sabe más que nosotros.
De nuevo mis piernas flacas y fatigadas, que conservaban mejor memoria que yo, me dejaron junto al coche, que había aparcado cerca de la estación de autobuses. Me fui al hotel sin pensar en peligros de ninguna clase. Me quité las lentillas, me puse el pijama y me metí en la cama, algo que nunca había hecho de día, salvo en caso de enfermedad. Pero ahora el cuerpo me pedía descanso y recuperarme de tanta tensión y dormir sin pensar en nada, sin preocuparme, tratando de que las imágenes de Sandra mirándome desde la ventanilla del autobús me alterasen lo menos posible.
Hasta que no salimos de Dianium y cogimos la autovía no reparé en el pasajero que iba a mi lado. Había estado concentrada en mis pensamientos mientras las luces del amanecer, esas luces desperdigadas entre la neblina, iban desapareciendo. Estuve mirando a Julián hasta que lo perdí de vista, me daba pena perderle de vista para siempre y no sé por qué no podía dejar de mirar el pañuelo que llevaba al cuello. Tuve que respirar hondo. No podía evitar saber lo delgados que tenía los brazos a pesar de que en el cuarto tuvo buen cuidado de no quitarse la camisa delante de mí, pero los sentía cuando los tocaba accidentalmente, y vi en el baño el arsenal de medicinas que tomaba. Era un hombre en las últimas y sin embargo no tenía miedo, y no creo que el miedo entienda de edades. A mí me daba más miedo llegar al final del trayecto que el peligro que había pasado en manos de la Hermandad. Temía mucho más la normalidad, la vida corriente en que no tenía oficio ni beneficio. De todos modos ya no era la misma atontolinada que llegó a Dianium en septiembre cuando creía que el mundo me debía algo. Ahora sentía algo distinto, algo más agrio y al mismo tiempo más reconfortante. No sabría explicarlo. Al despedirnos estuve a punto de darle un abrazo a Julián, de apretarle contra mí, pero en ese momento pensé que no sería bueno para ninguno de los dos. ¿Qué tiene de bueno despedirse? El de al lado tendría unos veinticinco y se durmió nada más sentarse. Ahora la cabeza descansaba en mi hombro y las piernas las llevaba tan despatarradas que las mías apenas tenían sitio. Le incliné la cabeza para el otro lado y él volvió a buscar su punto de apoyo en mí, pero yo no estaba dispuesta a soportar aquello y le desperté. Me miró asombrado, como si yo hubiese aparecido en su cama de repente, hasta que se orientó.
– Perdona, anoche estuve de marcha.
Le sonreí muy levemente para disculparle sin darle confianza, no tenía ganas de hablar con él. Tenía ganas de pensar en los noruegos, en qué harían hoy y cómo digerirían mi huida. Era imposible que dieran conmigo porque no tenían ni idea de dónde vivía y les llevaría demasiado trabajo descubrirlo. De sentirse amenazados sería más fácil que pegaran ellos la estampida. Si le contara a este chico lo que me había pasado se quedaría de piedra, ¿qué sabría él de nazis?
Le eché un vistazo de reojo, ni en mil años podría ser como Alberto.
En Montilla paramos para ir a los baños y tomar algo en un restaurante de carretera atestado de viajeros. Mi compañero de viaje se empeñó en invitarme a una coca-cola y dijo bostezando que me encontraba triste.
– Eres muy observador -dije dando por terminada la coca-cola y la conversación-. En este momento lo que más me gusta del mundo es estar triste.
Pagaba el hotel por semanas y al pagar la última le comuniqué a Roberto que abandonaba la habitación. Se sorprendió de que dejase una suite por un precio casi ridículo y trató de explicarme que si comparaba con otros hoteles vería que era un cliente privilegiado y que el desagradable suceso por el que dejé un cuarto normal y pasé a la suite puede ocurrir en cualquier parte, pero que él personalmente se comprometió a que no se repitiera y como veía no se había repetido. Comprendí que estábamos en temporada baja y que era su obligación retener a los clientes como fuese. Más valía tener ocupada una suite por el precio de una doble interior que tenerla muerta de risa.
Tuve que cortarle la descripción de las maravillas que yo estaba disfrutando sin saberlo en el hotel para decirle que no era cuestión de dinero, sino que me marchaba del pueblo. Por supuesto si me hubiese quedado más tiempo no se me habría ocurrido irme del hotel. Las vacaciones se me habían terminado y regresaba a mi país. Roberto se sintió confuso: los jubilados teníamos todas las vacaciones del mundo, pero no soltó nada, sabía muy bien guardar sus curiosidades para él. Le dije que dejaba también el coche de alquiler y que devolvía a la habitación una manta, que había cogido por si me sucedía alguna emergencia, y una toalla. Para ir al aeropuerto tomaría un taxi.
Roberto hizo que me bajaran el equipaje e insistió en pedirme un taxi por teléfono, pero me negué en redondo. Le dije que prefería parar uno en la calle porque además debía hacer tiempo hasta la salida del avión. No quería por nada del mundo que luego pudieran localizar el taxi y preguntar dónde me había llevado.
– Lo siento -dije en plan de broma-. Es mi última voluntad.
Así que salí del Costa Azul a las once de la mañana arrastrando la maleta de ruedas y con una bolsa colgada al hombro.
Cuando estuve lo suficientemente lejos del hotel como para que nadie pudiera seguirme, le di el alto a un taxi y pedí que me llevara a la residencia de ancianos Tres Olivos. Durante el viaje miré para atrás varias veces y nada. Mi decisión les había pillado por sorpresa sin que Tony se encontrara en el hotel y sin que les diera tiempo de ponerse en marcha para controlarme.
Esta vez al llegar a Tres Olivos despedí el taxi.
Me gustó el aspecto del jardín con varios tipos como yo muy abrigados jugando a la petanca, hablaban de si uno estaba más torpe que el otro y de fútbol. Me dirigí a la oficina y volví a encontrarme con la frescachona de la vez anterior.
Hizo como que no se acordaba de mí, pero sí que se acordaba y no entendí por qué lo negaba, a no ser que estuviese acostumbrada a decir de entrada a todo que no.
Fui claro. Le dije que no quería ser una carga para mi hija y que si me hacían un buen precio de aquí hasta que me muriera y me daban la habitación que había ocupado mi amigo Salva me quedaría con ellos. Abrió la boca, pero se la cerré.
– Es usted muy guapa y muy inteligente y me gustaría pasar el resto de mis días en un sitio donde pudiera verla, eso me alegraría mucho la vida.
– No me digas que también tienes buen pico como Salva.
– ¿Salva también se quedó aquí para verte?
– Todos están aquí por eso -dijo riéndose a carcajadas.
– Esa habitación lleva una semana ocupada -añadió un poco más seria-, pero veré qué puedo hacer para cambiarte allí. Me llamo Pilar.
Acababa de entrar en la auténtica ancianidad. Estaba en manos de Pilar. Pilar me había tuteado en cuanto comprendió que era suyo. Uno más para Pilar. Y con mucho gusto. Era lo que necesitaba, una Pilar, la petanca y gente que hubiese vivido una vida y a la que aún se le estuviese dando algo de propina.
Esperé sentado en un banco a que Pilar solucionara lo de mi habitación y entonces pasó ante mí, como una visión, como si estuviese dormido y soñase con sucesos y personas de aquellos días y los mezclase sin sentido. Vi, digo, pasar e ir hacia el bosquecillo de árboles a Elfe.
En cuanto acabé de reaccionar, salí detrás de ella, pero Pilar me dio el alto.
– ¿Dónde vamos tan deprisa?
– Me ha parecido reconocer a alguien.
– Bueno, ya tendrás tiempo, de aquí no se marcha nadie -no se rió, como habría sido lo normal-. Ahora vamos a tomar posesión del cuarto de Salvador, has tenido suerte. Y te enseñaré un poco todo esto.
Una camarera estaba terminando de arreglar la habitación y dejé la maleta en un rincón y la bolsa encima de un pequeño escritorio. La ventana estaba abierta y el aire que entraba se iba llevando los humores del anterior inquilino y filtraba la presencia invisible de Salva.
Las instalaciones no eran gran cosa. Había pocos viejos jóvenes, por lo que las pistas de tenis y pádel no les resultarían rentables. La cocina estaba limpia, y lo mejor era una piscina cubierta tirando a pequeña que era el orgullo de la residencia. Pilar me dijo que cuando la probase no querría salir de allí, pero a mí la gimnasia sueca me había ido relativamente bien y no sabía si me iba a atrever a cambiar.
– ¿Salva se bañó ahí?
– No, decía que se fiaba más de una gimnasia que hacía, gimnasia sueca, creo.
Hablaba y miraba y atendía las explicaciones de Pilar pensando en Elfe.
Estuve a punto de preguntarle a Pilar, para confirmarlo, si tenían en la residencia a una mujer alemana, de mi edad más o menos, ex alcohólica o alcohólica llamada Elfe, y en caso afirmativo quién la había traído. Pero no lo pregunté porque no quería levantar la liebre nada más llegar.
Tenía razón la frescachona, ya tendría tiempo, la hora de la comida estaba encima. Esto sí que no me lo habría esperado. No la habían matado, la habían recluido. En el fondo matar era más comprometido que traerla a esta reserva donde contase lo que contase podrían ser imaginaciones.
No me dio tiempo de abrir la maleta, llegaban los olores de sopa y pescado y el ajetreo de los platos en el comedor. Cuando entré, me quedé un poco parado porque todos sabían dónde sentarse y no quería quitarle el sitio a nadie y tener que levantarme. Esperé a que hubiese un hueco libre, ansioso por ver a Elfe en alguna mesa.
Un hombre grueso me hizo una seña para que me sentara a su lado. Mientras comíamos no paraba de hablar. Yo no me enteraba de nada, pendiente de la entrada de Elfe. Qué lejos quedaban ya Sandra y su futuro hijo. Había sido un regalo del cielo como tantos regalos que me había hecho la vida. No todo el mundo era recompensado como lo había sido yo. A mi hija le había dicho que había descubierto unas instalaciones hoteleras para gente de mi edad y que me quedaría aquí otro mes. La casita que tanto me gustaba al final los dueños la habían alquilado y no tenía ganas de buscar más. Tendría que conformarse con un hotel cuando viniera a verme. También le dije que la echaba mucho de menos pero que nos convenía darnos un poco de espacio.
En los postres le dije al hombre grueso que un amigo me había encargado darle un recado a una tal Elfe, una mujer alemana con ciertos problemas.
– A veces viene a comer y a veces no, ya sabe -e hizo el gesto de empinar el codo.
Estuve tristona una temporada. Era la única manera que tenía de retener todo lo de Dianium, de no olvidar a Alberto ni a Julián, ni siquiera a los noruegos, ni lo mal que lo había pasado en aquella habitación del primer piso de Villa Sol. Estaba situada a la derecha, según se subía por la escalera y se recorrían unos diez metros de pasillo, diez metros de distintos tipos de pisadas, que me llegaron a taladrar el cerebro. Más o menos enfrente estaba el baño y recuerdo que una vez vomité en el lavabo de preciosos girasoles amarillos y sentí verdadero terror por haberlo ensuciado y por no tener fuerzas para escapar. Ahora sabía lo importante que era no dejarse debilitar, no dejarse amedrentar y no dejarse manipular. No era fácil evitarlo, pero conocía las consecuencias de la inocencia, ahora sabía que el enemigo puede ser cualquiera.
Al llegar a Madrid me marché directamente a casa de mis padres. En cualquier otro momento no habría soportado la idea de lo que se me venía encima, pero ahora me parecía una tontería. Unos lloros de mi madre, unos consejos de mi padre mientras se gritaban y se quitaban la razón uno al otro, una cena caliente, unos cuantos reproches, una cama agradable. Entré en mi cuarto y dejé la mochila sobre la colcha blanca de algodón de verano (mi madre aún no había sacado el edredón, como si en el fondo dudasen de que fuese a volver). Me quité las botas que me había comprado en Dianium mirando alrededor, en las baldas aún estaban los libros del instituto. Los pósters, el flexo, el escritorio, todo tenía cierto aire adolescente. Mi cabeza empezaba a aclararse, evidentemente había vuelto para marcharme.
No fue difícil, mi hermana alquiló a muy buen precio un pequeño local en un centro comercial y montamos una tienda de bisutería. Nos fue tan bien que incluso pudimos contratar a una dependienta, y yo me hipotequé en un apartamento. Santi volvió a mi vida de una forma más real que antes. Apreciaba en él cualidades en las que ni había reparado y me pareció que podría ser un buen padre. No se puede estar esperando el amor perfecto toda la vida. El amor perfecto no es real, nada perfecto es real, por lo que tampoco nuestra relación tenía que ser perfecta, y nos limitamos a vernos de vez en cuando y a sacar juntos a Janín al parque. Le conté a medias lo que había vivido en aquellos días tan fantasmales y tan aislados de todo y a veces se me escapó el nombre de la Anguila, prefería llamarle así delante de Santi para quitarle emoción, para rebajar lo que sentía por él porque además Alberto seguramente fue la ilusión que necesitaba para soportar la tensión que vivía en Villa Sol y, sin embargo, su nombre no era sólo un nombre, era su cazadora azul oscuro, la camisa arrugada, la ceniza del cigarrillo cayéndole en los mocasines, era el pelo algo largo y la frente enrojecida por el viento del mar, era su olor y la mirada preocupada y la voz arrastrándose por debajo de la puerta cuando me dijo te quiero. Y después nada, no volvió por el hospital ni por la habitación del hotel de Julián. Huí, y él se quedó. Santi se alegraba de que hubiese sentado la cabeza y decía que lo pasado pasado estaba, pero no era cierto.
Durante un tiempo estuve tentada de volver a Dianium para buscarle y quitármelo de la cabeza de alguna manera, pero luego el niño y el trabajo me ocupaban todo el tiempo, el presente me devoraba y a veces parecía que había pasado página… hasta que caía rendida por la noche en la cama y me dormía, entonces aquellos días volvían y estaban tan frescos como si fueran hoy.
En mi primer día en la residencia, Elfe no se hizo visible hasta la noche. Fui a cenar sin ganas, sólo para que las pastillas no me cayeran mal y no ponerme malo nada más aterrizar allí y por si la veía.
Contemplando los olivos tras la ventana pensé sin querer en el bar de los menús y en la destartalada suite del Costa Azul. Pensé en Sandra y en la Anguila. Hacía tan poco de todo aquello y al mismo tiempo estaba tan lejos. Cuando decidí venir aquí sabía que éste era un lugar para rondar el pasado, porque cuando el cuerpo no da más de sí nos queda el poder de la mente y la imaginación para recrearnos en los mejores momentos de nuestra vida.
Esto pensaba hasta que vi entrar a Elfe en el comedor con cara de ida aunque más aseada que la vez que la vi en su propia casa rodeada de vómitos. Dijese lo que dijese nadie se la tomaría en serio.
Le hice una seña para que se sentara con el hombre grueso y conmigo. Empezábamos a formar un grupo.
Se sentó y no me reconoció, ¿cómo iba a reconocerme? Esta mujer había conseguido vivir como un fantasma.
– Elfe tiene cuadros en su habitación que valen millones de euros, ¿verdad, Elfe? -dijo el hombre guiñándome un ojo.
– Un Picasso -dijo Elfe-, un Degas y un Matisse, creo.
Elfe se quedó mirando al techo tratando de recordar y el hombre movió la cabeza con pena.
– Parece que todos venimos de una vida mejor -dijo él, sin sospechar ni por lo más remoto que lo más seguro era que los cuadros de Elfe fuesen auténticos. Luego Elfe preguntó con una inseguridad lastimosamente infantil:
– cSabéis dónde está mi perro?
El hombre me dirigió una mirada que decía: está como una cabra, sin imaginar que yo sí sabía dónde estaba el perro, en casa de Frida.
Cuando terminamos me ofrecí a acompañarla hasta su cuarto. Al abrirlo vi los cuadros colgados en las paredes, eran tan auténticos que parecían falsos.
– ¿Quieres tomar una copa? -dijo metiendo la mano en el armario como en un nido de víboras.
Me marché y cerré la puerta. Tendrías que ver lo que está pasando, Salva, no te lo creerías.
Ni yo tampoco me hubiese creído que varios días después bajase de un taxi un hombre alto, encorvado, torpón, arrastrando dos maletas de ruedas. Me costó un poco encajar a Heim en el pequeño jardín de la residencia. Y tuve que hacer un esfuerzo para que la visión de Heim hablando con Pilar fuese real.
Así que había tenido que abandonar su querido barco, el Estrella. No cabía duda de que tendría que haberle dolido, pero le habrían convencido de que ante su alarmante pérdida de facultades tendría que recluirse si quería sobrevivir. Y evidentemente había preferido sobrevivir por encima de todo. En el fondo pensaría que al ser de una raza superior aún le quedaban muchos años por delante y que se le ocurriría algo para frenar su demencia. ¿Sabría que también estaba Elfe aquí? ¿Cómo reaccionaría Elfe cuando lo viera?
Fisto parecía no acabarse nunca, cuando yo no iba a ellos, ellos venían a mí, revivían para mí. Por algo sería. Sentía que estaban en mis manos y que el espíritu de Salva me guiaba.
Cuando por fin Pilar cumplió con el protocolo de llevar a Heim a su cuarto y de enseñarle las instalaciones, explicarle los horarios, preguntarle si era diabético para el asunto de las comidas y demás temas con los que también me aturdió a mí en un primer momento, fui a hablar con ella.
– Un nuevo cliente.
– Sí -dijo mientras tecleaba en el ordenador la ficha de Heim, bajo por supuesto otro nombre que no me apetecía memorizar-, a ver si éste es un alemán como Dios manda y llega puntual a comer, no como Elfe, ¡qué castigo de mujer!
– Los puntuales son los ingleses, no los alemanes.
– Pero se supone que los alemanes son los más organizados. No sabes cómo trae de ordenadas las maletas este hombre.
Le di la razón, los que yo había conocido eran muy organizados.
– Oye, Pilar -le dije mirándola fijamente a los ojos-. No sé cómo soportas estar con tanto viejo. Una mujer tan guapa como tú tendría que estar luciéndose por ahí.
Se rió no muy alegremente.
– Por ahí no es oro todo lo que reluce -dijo.
– Eso también es verdad -dije-, ¿y qué te parecería si un viejo como yo te propusiera ir al cine o dar una vuelta por el mundo?
Aguanté bien el rato que tardó en contestar.
– No me parecería mal. Seguro que tienes muchas cosas que contar.
– Más de las que tú te crees.