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La cruz de oro parecía la prueba que necesitaba para comprobar que las sospechas de Julián no eran meras fantasías y que yo no me estaba volviendo loca. Se me ocurrían dos sitios en que podrían haberla guardado: en algún cajón cerrado con llave de la salita-biblioteca o en la caja fuerte del armario junto con las joyas de Karin, y por lo tanto sería imposible dar con ella. Tendría que averiguar cuál era la combinación para poder abrirla, algo imposible hoy por hoy. Y, sin embargo, era sencillo, sólo había que decir: ¡Ábrete, Sésamo!
Esa tarde. La tarde del ¡Ábrete, Sésamo! habíamos ido a comprar el vestido y los zapatos para la fiesta de cumpleaños de Karin, que llevábamos preparando varios días a jornada completa. Todos los pequeños roces o, mejor dicho, recelos y dudas parecían disiparse con los preparativos que nos mantenían subidas todo el día en el todoterreno yendo a buscar mil cosas. El vino a un pueblo del interior, los salazones a otro, las tartas a un horno especial. El pescado y el marisco lo encargamos en la lonja y así todo. Lo más pesado fue encontrar un vestido nuevo (un trapo al lado de los que tenía en el armario) y unos zapatos.
Era un vestido de chiffon rojo. Despedía reflejos metalizados y con él Karin parecía un regalo, un regalo en el que lo más bonito era el papel. La convencí de que los zapatos no fueran también rojos, porque parecería que iba a una boda, sino de un color beige, neutro, aparte de que no podía llevar mucho tacón por la deformidad de los dedos debido a la artrosis. Karin me hacía caso para que me gustara sentirme involucrada en todo lo suyo. Le encantaba que hablásemos de ella hasta la saciedad, aunque fuese de sus pies medio torcidos, y a mí no me costaba nada.
– Con este vestido irían bien unos pendientes grandes de brillantes o un collar -dije distraídamente sin pensar muy bien en lo que decía.
– Creo que aún me quedan brillantes. Si no recuerdo mal aún tengo un collar de brillantes.
Me chocó vagamente el comentario, no tanto como tendría que haberme chocado porque me agotaba toda la atención que chupaba de mí Karin. En el fondo de mi mente revoloteaba el comentario de alguien que se refería a sus brillantes como quien dice no sé si me queda algún racimo de uvas en el frigorífico, como alguien que no los ha tenido que comprar, ni siquiera pagar, ni que elegir. Nadie habla así de sus joyas por muchas que tenga y por mucho dinero que le sobre, lo que tampoco era el caso de Fred y Karin, que no llegaban a tener avión privado ni yate ni mansiones en distintos puntos del planeta, que parecen ser las posesiones que más concuerdan con tantos brillantes.
Terminamos las compras casi a la hora de la cena y al llegar a casa y saludar a Fred, feliz porque su mujer estaba intensamente entretenida y porque él estaba viendo un partido de fútbol y el mundo giraba lentamente hacia la oscuridad, Karin me obligó a subir con ella a su dormitorio. Aunque ya lo conocía, nunca había tenido tranquilidad para fijarme detenidamente en él. Era muy grande y algo infantil, con muchos almohadones y muñecos antiguos, que parecían de colección y que Frida tendría que limpiar con sumo cuidado. Los armarios, la cómoda, las mesillas y el escritorio estaban llenos de curvas, como los cajones, las patas y los espejos. Las lamparitas de las mesillas eran de raso rosa plisado con borlas. También la colcha, las cortinas y las pantallas de las lámparas eran de raso rosa y los adornos de los muebles, dorados. Y no hacía falta entender de alfombras para saber que eran auténticas alfombras persas. Todo era muy, muy caro. Y esa cama rosa sería la cama en que harían el amor aquellas noches espeluznantes en que yo había creído que estaban muriéndose o algo por el estilo. Iba a preguntarme qué cosas habrían oído aquellas paredes y aquellos muebles tan femeninos, pero ni las paredes ni los muebles sienten ni padecen, y por eso duran más que nosotros, soportan todo lo que no sean martillazos ni ningún tipo de destrucción directa, mientras que a las personas nos afectan las miradas, los sonidos. Los sonidos cuanto más bajos más nos perturban, si es que se está hablando de nosotros.
Karin sacó de las bolsas lo que habíamos comprado y lo desplegó sobre la cama. Colocó el vestido y los zapatos, de forma que parecía que ella estaba dentro y que era rosa. Qué bonito, dijo. Yo me senté en un pico de la cama porque no tenía ninguna gana de intuir lo que habrían hecho aquí estos dos, porque al ser yo un cuerpo vivo sí que podría presentirlo.
– Creo que hemos acertado -dije.
Y entonces hizo algo tan sencillo como abrir el armario, inclinarse sobre la caja fuerte y abrirla. Cuando sacó otra caja que había dentro, una caja de madera, yo estaba mirando para otro lado para que viera que no había estado pendiente de cómo la abría. Puso la caja sobre la cama al lado del vestido. Metió la mano y sacó del fondo un collar de brillantes. También había uno de perlas de varias vueltas con brazalete a juego, pendientes, alguna diadema, anillos. De no saber que todo aquello era auténtico me habría parecido bisutería de la que venden en el todo a un euro, lo revolvía con la mano como si fuera chatarra.
– Antes, cuando metía el brazo en la caja, las joyas me llegaban hasta el codo -dijo.
Colocó el collar en el cuello rosa de la cama. Armonizaba maravillosamente con el rojo del vestido.
– ¿Puedo? -le dije, acercando la mano a los pequeños destellos que se escapaban de la caja.
– Adelante, querida -dijo ella con esa manera de hablar un poco antigua que tenía-, pruébate lo que quieras, todo es auténtico.
Cogí unos pendientes de rubíes y los dejé colgando de los dedos sobre las orejas, pero sin llegar a ponérmelos porque no quería ponerme unos pendientes que probablemente le habían sido arrebatados a alguien, junto quizá con su vida. Me miré en un espejo de marco dorado y vi que ella me observaba.
– Aún no tienes edad de llevar estas cosas -dijo disuadiéndome de que me encaprichara de ellos.
Los dejé en la caja y seguí sacando piezas y mirándolas a la luz, mientras tenía la vista puesta en una cajita que había en el fondo.
– ¿Por qué no te pruebas el collar con el vestido? -dije-. Estoy deseando ver el conjunto.
Mientras se desnudaba, yo hacía que miraba joyas distraídamente y cuando ya lo tenía todo puesto y se estaba contemplando extasiada en el espejo, viendo a la legendaria enfermera Karin dispuesta para una fiesta más, yo con la mano derecha abrí la cajita de terciopelo y vi que en su interior había una cruz, la cruz que había visto en las películas prendida de los uniformes nazis. El corazón me dio un vuelco y empezaron a temblarme y a sudarme las manos, las metí para cerrar bien la cajita, y cuando Karin se volvió hacia mí, saqué el collar de perlas y lo hice crujir entre los dedos. Me clavé las perlas para tranquilizarme.
– Bellísima, Karin, bellísima. ¿Quieres que te vea Fred?
– ¡No! -dijo aniñándose todo lo que pudo-, que sea una sorpresa.
Tapé bien la cajita con las joyas y cuando Karin se cambió y fue a devolverlas a la caja fuerte le dije que antes mirara bien por si se nos había caído alguna. Lo dije porque necesitaba que confiara en mí, y en efecto me hizo caso y pasó la mano varias veces por entre las piedras, como si sólo con el tacto supiera lo que había. Estaba todo, así que la dejé cerrando la caja fuerte.
Antes de conocer a Karin no se me habría ocurrido pensar que la maldad siempre está fingiendo que hace el bien. Karin siempre fingía que hacía el bien y debió de fingirlo cuando mataba o ayudaba a matar a inocentes. El mal no sabe que es el mal hasta que alguien no le arranca la máscara del bien.
A las cuatro, tal como habíamos acordado, estaba en el Faro. No me senté directamente en el banco, daba vueltas nervioso entre las palmeras pensando en mil cosas.
Desde el año 63 llevaba viviendo aquí Antón Wolf. Seguramente los que formaban esta comunidad habrían estado yendo y viniendo ante las narices de todos, como si fueran invisibles. Pasaron de ser unos jubilados jóvenes a ser unos jubilados muy, muy viejos. Una auténtica infamia.
Sandra se retrasó, lo que me puso más nervioso aún. ¿Qué haría sin Sandra? Tenía que reconocer que nada habría sido igual sin ella. Sandra era mi testigo. Lo que hacía no caía en saco roto, no era completamente inútil porque Sandra estaba viéndolo, aunque no se lo contase todo. Sandra era el repuesto que Salva había dejado en su lugar. Y si Sandra se tomase en serio lo de marcharse, gran parte del edificio que estábamos montando se desmoronaría. Era tanto lo acumulado, era tanto el peso de lo que sabía que necesitaba más de dos manos para sostenerlo. Menos mal que oí el ruido de la moto, el maravilloso sonido rodando sobre los guijarros y luego parando. No quise salir a su encuentro, me senté como si llevase así todo el rato y noté a mi espalda cómo se iba aproximando. Sandra tenía andares deportivos, largos y flexibles, pero no hombrunos. Cuando ya estaba junto a mí, me volví y vi su cara de estupefacción, ésta era la palabra de las que yo conocía que más le cuadraba a la cara que vi.
– No me puedo creer nada de lo que está pasando -dijo-, parece que estoy viviendo un sueño o mejor dicho una pesadilla.
No quería interrumpir sus pensamientos y me anudé mejor el pañuelo del cuello. Era evidente que traía novedades de alguna clase porque me miró muy fijamente. Desde que la conocía, hacía tan poco, su mirada había cambiado, era más madura, más dueña de sí, vagaba menos por el ambiente y seleccionaba más.
– He visto la cruz de oro.
– ¿Estás segura?
Asintió.
– Hasta ahora dudaba de todo. Cuando uno va buscando se puede encontrar cosas que encajen con lo que busca y que sin embargo forman una impresión falsa. Pero ver la cruz de oro ha sido definitivo. Tú mismo lo dijiste. La cruz de oro es la verdad. ¿Por qué iban a tener ellos algo así si no fuese suyo?
Cabeceé afirmativamente.
– Yo ya lo sabía -dije-, pero tú necesitabas una prueba.
– ¿Y qué hacemos ahora?
– Deja esto a los profesionales, tú márchate, ya has hecho bastante, te lo digo en serio, después podría ser demasiado tarde.
– Aún no, ellos no saben que lo sé, no ha cambiado nada y, sin embargo, ya no soy aquella tontita que encontraron en la playa. ¿Para qué me quieren?
– Puede que para nada en concreto, te quieren para lo que estás haciendo, alegrarles la vida, poner más vida, la tuya, en la de ellos. Les haces un servicio.
– Me haré a la idea de que no sé nada, de que no he visto la cruz de oro y continuaré como hasta ahora. Mañana celebramos el cumpleaños de Karin y no sé qué regalarle. Querría que fuese algo que le gustara, que la pusiera a mi favor más todavía, así podría enterarme mejor de su vida.
– Pero, Sandra, ya sabemos quiénes son y que de ahora en adelante podrás encontrar más y más trapos sucios en su casa y en sus cabezas. Ahora que ya sabes lo fundamental te darás cuenta de muchas más cosas, y no podemos seguir así indefinidamente, lo que necesitamos es dar un giro a la situación, que se pongan nerviosos, que se delaten y que nunca sepan por dónde les vienen los tiros.
– ¿Y cómo se hace eso?
– Surge, sólo hay que meter un poco de presión. Venga, vamos a comprar tu regalo. Lo cargaremos en mi cuenta.
Sandra protestó, pero era lo menos que podía hacer en ese momento en que me estaba dejando llevar por un mal pensamiento necesario. La llevé a una tienda de perros y gatos que había visto en el centro comercial, y a Sandra le pareció una gran idea.
Karin, el último día, el día de la fiesta, quiso que la maquillara. Parecía que iba a celebrar este cumpleaños como si fuese el último de su vida y seguramente tendría razón. Iban a venir todos sus amigos y estaba muy excitada, apenas si notaba la artrosis. La notaría cuando todo pasase y se relajara, entonces sería mejor huir de aquí. Lo que para ella era una gran diversión para mí era una pesadez. Acabé completamente harta y lo peor es que lo que se dice acabar no se acababa nunca, porque el día anterior aún no le había comprado el regalo. Fue precisamente Julián quien me aconsejó comprarle un perrito. Estaba seguro de que a la auténtica Karin le gustaban mucho los perros, sobre todo una raza en concreto. Y tuvo el gesto de correr él con el gasto. Era un cachorro negro y marrón de rottweiler, una bola tierna y preciosa. Se lo entregaría en una cesta de mimbre forrada con un relleno de flores y un lazo grande de rafia roja en un lado.
Me vestí un poco formalmente para estar a tono con los demás. Me puse un vestido de tirantes y encima un chal y una flor en el pelo, arrancada del jardín, más grande que una rosa, que no sabría decir cómo se llamaba. La verdad es que todo había quedado precioso y Fred se encargó de encender velas por todas partes. En cuanto llegaron los primeros invitados se empezaron a abrir botellas de champán, y un camarero contratado para la ocasión pasaba bandejas de canapés hechos en el mejor restaurante de la zona. Karin me presentaba a todos como si fuese de la familia, menos a Alice y Otto, que me conocían de sobra y que se limitaron a saludarme con frialdad, y a Martín y Alberto, que también vinieron a la fiesta con varios más como ellos y que me preguntaron si yo era de la Hermandad, hasta que Martín les dijo algo por lo bajo y se alejaron de mí. Frida también estaba, había asado el pescado y hecho unas coloridas ensaladas de lechuga, remolacha, pimientos agrios y salazones.
Y había unido unas cuantas mesas para preparar una larga en el invernadero, que con las plantas y las velas encendidas no podía resultar más agradable. No sé por qué, sentada entre aquella gente que se preguntaba quién era yo y que se dirigía a mí por estricta cortesía y con gran curiosidad, tenía cierto sentimiento de culpa por no haberme molestado tanto en preparar jamás un cumpleaños para mi madre; ni se me había pasado por la cabeza perder varios días montándole una fiesta a mi madre.
Y ahora aquí estaba entre estos extraños celebrando un cumpleaños que en el fondo no me importaba nada. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? Iba sin norte, como cuando bajaba en la moto hacia el pueblo por la noche y enfrente todo eran estrellas y abismo.
No sabes qué clase de madre vas a tener, pensé dirigiéndome telepáticamente a mi hijo. No estoy preparada para ser hija ni para ser madre. Soy una perezosa, una inconstante, no soy nada y voy a tener un hijo que va a depender de mí. Ni siquiera sé cómo te voy a llamar y ya estás aquí, en este invernadero en medio de un rollo que ni te va ni te viene, ni a mí tampoco. Según me iba sintiendo más fuera de lugar, a mi alrededor las caras se iban enrojeciendo y las voces se excitaban más y más. La comida y la bebida no fallaban nunca en cuestión de alegrar a una tribu. Y empecé a imaginármelos muy bien a ellos con los uniformes de las SS y a ellas con los vestidos que Karin guardaba en el armario. Si fuesen jóvenes, quizá después de la cena vendría la orgía, ahora no podrían ni ponerse a cuatro patas. Y entre ellos, rindiéndoles pleitesía, venerándolos, estaban Martín y sus amigotes. Se habían puesto traje y corbata y parecían matones de discoteca, salvo la Anguila, que observaba de lado con la cabeza gacha. Era el que más hablaba con Otto y Alice, y al que más pillé mirándome de reojo.
Continué teniendo ganas de llorar hasta que llegó la tarta con diez velas simbólicas. No se podían clavar ochenta y dos velas, así que le propuse poner dos números de cera, pero a ella los números no le gustaban, entonces le sugerí una vela, pero a Karin una sola vela le parecía ridículo, al final optamos por diez, que llenaban bastante.
Después de soplarlas, cantar y brindar con champán, Karin abrió algunos regalos y dijo que era el día más feliz de su vida, que nunca pensó que llegaría a esta edad rodeada de amigos y a continuación dijo unas palabras en alemán. Yo me escurrí hacia el garaje. Por la tarde había dejado a Bolita en el todoterreno, de forma que si gemía no se notase. Le dejé que me chupara el dedo para que no hiciera ningún ruido hasta entrar en el invernadero y entregárselo a Karin.
Aunque yo no era de mucho sonreír puse una media sonrisa al entregarle la cesta. Karin me miró con la gran arruga que le cruzaba el entrecejo y luego miró en el interior de la cesta. El perrito se movió y gimió. Lo sacó con la mano derecha donde se había puesto una pulsera de brillantes y un anillo haciendo juego.
– ¿Qué es esto? -dijo contemplándolo desconcertada.
– ¿He acertado? ¿A que te gusta? -dije yo.
Karin no me dio las gracias, no me contestó, no me miró, lo devolvió al cesto y lo dejó junto a los otros regalos. No hubo ningún comentario. El silencio sólo lo rompían Bolita, como llamaba al perro, y el ruido de las hojas cuando alguien se rozaba con las plantas. Hasta que Fred dijo que las copas las tomarían en la casa y todos se encaminaron hacia allá. Yo me quedé en el invernadero. No podía beber alcohol, por lo menos esto quería hacerlo bien: no pasarle a mi hijo nada malo que pudiese evitar, y me metí entre las plantas sin saber qué pensar.
El perrito no sólo no le había gustado sino que le había provocado una reacción extraña, lo que significaba que no se quedaría con él. Y esto sí que era un problema, ¿qué iba a hacer yo con un cachorro? Lo que me faltaba. Me estaban entrando ganas de llorar, pero me aguanté.
Detrás del cristal del invernadero, la luna temblaba ligeramente. Estaba enormemente grande y brillante. Cuántas veces había oído decir eso de que no somos nada, ahora me acordaba de la frase. Me había cobijado entre dos grandes plantas de apariencia tropical y tuve la estúpida sensación de que de un momento a otro sus grandes hojas se me iban a enredar en el cuerpo y me iban a devorar. Tenían algo humano, sonaban a respiración, y no era una fantasía porque cuando el compás de la respiración se aceleró me volví y la Anguila me estaba mirando fijamente. La luz de la luna enfocaba unos ojos terriblemente brillantes. Me estremecí y me moví hacia la mesa donde estaban los regalos para separarme de él y ocurrió todo lo contrario. Tuve que rozar todo el cuerpo contra el suyo para esquivar un cactus, se trataba de elegir con qué espinas prefería herirme. Él no se movió, me observaba hacer, lo que me puso aún más nerviosa. Ojalá pudiera volverme invisible, desaparecer, pero no, debía mantener el tipo como fuera.
– ¿Por qué te quedas aquí? ¿No vienes a tomar una copa?
El perrito gimió fuerte y dentro de nada ladraría a pleno pulmón.
– No puedo beber alcohol.
Nada más decirlo me arrepentí, acababa de volverme demasiado vulnerable. No me gustó la forma en que bajó sus resbaladizos ojos hacia la barriga. No tendría que habérselo dicho y cerré los labios con la intención de no volver a abrirlos. Si me quedaba o dejaba de quedarme en el invernadero a él no le importaba. Cogí a Bolita de la cesta y me lo puse junto a la cara, me lamió, le tocaba el biberón. Contaba con que Karin se encargaría de sus necesidades, pensé que la entretendría, y ahora, mira lo que me había echado encima yo sola.
– ¿Te gustan los perros? -le pregunté.
– Has metido la pata -contestó-, y creo que ni siquiera lo sabes. ¿Quién te aconsejó que le regalaras este perro a Karin?
Ya había hablado más de la cuenta. Ni loca pensaba soltar el nombre de Julián.
– Fue una casualidad. Fue el que más me gustó. Ahora resulta que a Karin no le gustan los animales, pues ya está, qué le vamos a hacer.
Me miraba tratando de comprender, de comprender ¿el qué? Y yo me quité la flor que me había puesto en el pelo, estaba harta de la flor. La tiré en una maceta.
– Voy a hacerte un favor, me voy a llevar el perro, lo criaré yo, a cambio, un día de estos saldrás conmigo, ¿o/(ay?
¿Qué pesaba más, hacerme cargo del cachorro o soportar durante toda una cena sus ojos frente a mí?
Se lo entregué en la cesta.
– Espera -dijo marchándose a paso ligero.
Casi no tuve tiempo de reflexionar sobre la situación porque regresó enseguida con leche en un tazón. Bolita se la bebió y casi me dio pena deshacerme de él. Pensaba que lo más seguro era que mañana yo no siguiera en esta casa.
– No le hagas daño -dije.
– ¿Por quién me has tomado? -miró el reloj-. Se me ha hecho tarde.
Se dirigió a la salida con la cesta colgando de la mano, y al poco se oyó el motor de un coche.
Cogería la moto y saldría huyendo, me iría a casa de mi hermana, a «la casita», pero el inquilino, un profesor de secundaria, había venido antes de lo previsto y estaba a punto de ocuparla. También podría irme a un hotel, tenía dinero, aunque ese dinero me duraría poco, se lo comería todo la habitación del hotel, y sobre todo era una cobardía sentirme herida por la reacción de Karin, marcharme de estampida. Una madre, una futura madre, debía saber hacer frente a cualquier situación. Ya no era una niña y no podía tirar la toalla por cualquier contratiempo. Seguro que mañana lo vería todo de otra manera. Además me tocaba hacerme una ecografía. Tenía pensado que me acompañase Karin, compartir con ella el momento en que se descubriera el sexo de mi hijo. Pero acababa de cambiar de opinión, iría sola, quizá llamase a mi madre desde la misma clínica, porque Karin no era mi madre ni podía importarle nada mi hijo. En la vida hay constantemente situaciones completamente artificiales. Y mi relación con Karin era artificial porque no existía hace unos meses ni existiría después, era como una colchoneta hinchable en medio del mar.
Lo mejor sería irme a la cama y tratar de dormir.
Entré tímidamente en el salón. Algunas mujeres bailaban y otras estaban sentadas. La puerta de la salita-biblioteca había quedado entreabierta, se veía y no se veía lo que pasaba dentro, lo suficiente para saber que los jóvenes estaban reunidos allí con Fred y Otto y los demás. Salía olor a tabaco y a porro. Se reían. Una mano cerró la puerta. Fuera sólo se había quedado un tipo alemán que parecía español, bajo de estatura y ojos negros. Bostezaba repantigado en un sillón. No parecía interesarle nada. Al verme se sonrió un poco, no me sonrió a mí sino a sí mismo.
– ¿Te diviertes? -dijo.
Le iba a decir que sí, pero le dije que no.
– No, estoy cansada.
– ¿Te gustaría dar una vuelta por el jardín?
– Iba a acostarme.
Él ya se había puesto de pie y me hizo una ligera reverencia con la cabeza en señal de despedida, algo que jamás me habían dedicado en mi vida. Así que me recoloqué el chal y me lancé a pasear con él.
– ¿No duelen los piercings? -dijo mirándome las orejas y la nariz, aunque dudaba que con la tenue luz del jardín pudiera verlos, seguramente se habría fijado en ellos antes.
– No, una vez que el agujero está hecho, ya no duelen, aunque yo jamás me haría uno en la lengua.
– ¡Qué espanto! -dijo mientras admiraba la luna-, los jóvenes estáis locos, los jóvenes siempre están locos, también nosotros hicimos barbaridades.
– ¿Y qué barbaridades hacíais?
– Entonces no nos parecían barbaridades, las hacíamos porque podíamos y parecían normales. Como ponerse un pendiente en la nariz.
La conversación empezaba a ponerme nerviosa, no sabía si estábamos hablando en clave.
– Yo puedo hacer muchas cosas que no hago. Podría matar a alguien y no lo mato -dije.
– Porque no te resultaría fácil y te crearía un trauma. Te descubrieran o no, serías alguien al margen de la ley, te sentirías en pecado o simplemente criminal. Pero imagínate que existiera un sistema en el que fuese legal y patriótico que mataras a cierto tipo de gente y que después nadie fuera a señalarte con el dedo ni te pidiera cuentas.
Sacó un cigarrillo de una pitillera de plata, que hizo un agradable chasquido al cerrarse, y se lo encendió. No me ofreció, por lo que supuse que sabía que no fumaba. De joven debió de ser alguien de mucho temple, y no parecía que sus amigos le volvieran loco de alegría.
– En fin, lo hecho hecho está, no se puede dar marcha atrás. Además la vida es corta, cuando llegas al final parece que has despertado de un sueño de cinco minutos, y en los sueños se hacen cosas fuera de toda lógica.
– Como clavarse una bola de acero en la lengua -dije.
– Por ejemplo.
– Mientras uno nada más se haga daño a sí mismo… -dije.
– Tienes razón, al final el daño a uno mismo es lo único que puede aliviar la conciencia.
Estaba apoyada en un árbol y al separarme de él di por concluida la conversación. No quería que me dijera nada más, tal vez había bebido y mañana se arrepintiera de habérmelo dicho y no tenía ninguna gana de que me hicieran daño. Le dejé terminándose el pitillo, ensimismado en su pasado, la luna arrojando toda su palidez sobre él. No se volvió hacia mí, parecía una estatua insoportablemente melancólica. Y yo quería que amaneciera y saliera el sol y que sus rayos se me clavaran en la cabeza.
Debió de ser un hombre elegante. Ahora llevaba un traje gris marengo con vuelta en los pantalones y debajo un suéter de cuello alto negro. Era la imagen de un ángel negro, sin saber lo que eso significaba para otros. Pero era lo primero que me vino a la cabeza, un ángel negro. Puede que fuese el más inteligente de esta pandilla, no parecía sentirse dominado por el ambiente en que vivía, sin embargo no podía salirse de él, aún debía de tener miedo a la soledad. Ninguna de las mujeres que había allí era la suya, puede que fuese viudo. Debía de ser muy desesperante que nada más te quede el pasado y no poder compartirlo con nadie, por eso había estado a un minuto de compartirlo conmigo, el problema es qué me ocurriría a mí luego. Para suerte suya, aún podía contar con estos monstruos aunque le repugnaran a ratos.
Cuántas cosas en unas horas. A la mierda la reacción de Karin con el perro, a la mierda que no me dirigiera la mirada, a la mierda el ángel negro y todo. Subiría las escaleras lo más rápidamente posible a la habitación. ¡Como si fuera tan fácil subir a la habitación!, con un pie en el primer peldaño una mano me cogió el brazo con fuerza.
Era Alice.
No se la podía considerar vieja, no se la veía vieja, no le sobraba piel ni tenía descolgamientos, que era lo propio de los años. Aparentaba unos sesenta cuando en realidad debía de tener más de ochenta. Y no podía deberse sólo al deporte, el sol y los zumos naturales. Daba la impresión de haberse sometido a algún experimento. Incluso se le marcaban los bíceps de los brazos.
– ¿Quieres bailar conmigo?
La propuesta me dejó noqueada. No podía negarme, no podía ser grosera según estaban las cosas, necesitaba al experimento Alice de mi parte.
Sonaba una lenta que no olvidaré en toda mi vida, Only you, así que bajé el escalón que había subido y la cogí de la cintura. Llevaba un elegantísimo vestido de terciopelo verde oscuro sin mangas y con escote en pico por delante y por detrás. Era un terciopelo resbaladizo con una caída de ensueño. Le llegaba a los pies. De cerca tenía la típica piel pecosa del sol, y pasé la mano por el terciopelo, no por placer desde luego, sino por curiosidad. Sentía curiosidad por saber cómo era la cintura de Alice, si tendría algún pequeño michelín o duros huesos. Y, vaya, era un cuerpo bastante normal, mejor que normal, perfecto. Creo que Alice interpretó mi tanteo como algo más y se acercó de una manera que me incomodó, aunque sólo me incomodó un segundo. ¡Qué más daba!, Alice, aunque sospechosamente joven, era una mujer, y prefería que se propasara conmigo una mujer que Martín o su amigo la Anguila, el Ángel Negro u Otto o cualquiera de ellos. No me vendría mal un poco de calor humano, necesitaba que me abrazaran y me besaran. Y fue lo que hizo Alice, me abrazó, y puso los labios sobre mi pelo hasta que terminó la canción, entonces me desprendí de sus brazos y con la cara un poco gacha le dije que estaba cansada. Ella dijo algo en alemán y la miré, era un idioma difícil de interpretar, no se podía saber si era bueno o malo lo que estaba diciendo.
– ¡Qué joven eres! -dijo a continuación, cogiéndome la mano de una manera que me dio miedo. Si hubiese podido se habría quedado con mi juventud.
Sus ojos, inexpresivos normalmente, me miraban con dureza. Quería lo que yo tenía, algo difícil de robar. Me deshice como pude del contacto de su mano en la mía y subí deprisa para que nadie volviera a retenerme.
De buena gana habría echado el cerrojo a la puerta, pero no había cerrojo. De pronto me di cuenta de que había cerrojos en todas las habitaciones menos en ésta. Me duché para ahuyentar los labios de Alice de mi pelo y luego saqué el camisón de debajo de la almohada y como siempre lo arrojé sobre el sillón. Me puse la camiseta de dormir, encendí la lamparita y cogí de una pequeña estantería una novela rosa de Karin en noruego con las tapas manoseadas. Abajo sonaba barullo, la música, las voces, la puerta de la calle que se abría y se cerraba cuando alguien se marchaba, los coches arrancando. Las indescifrables páginas de la novela me adormecían, pasaba la vista por una historia que estaba sucediendo ante mis ojos sin entenderla. Apagué la luz y me tapé hasta el cuello, no me molestaban los ruidos, ocurrían en otro mundo, un mundo lejano de gente extraña.
No me desperté hasta que la luz entró por la ventana, atravesando las cortinas, ante la ausencia de persianas en toda la casa. Fue un despertar pensativo, había soñado sueños raros, pesados, había sentido las caras de Fred y Karin observándome y también la de Alice. Y la de Alice era la que más nerviosa me había puesto. Y arrastré este nerviosismo durante todo el día.
Bajé a las nueve mientras ellos todavía dormían. Frida ya estaba recogiendo los desperdicios de la fiesta con su habitual sigilo. De hecho no la vi, la intuí por el buen olor y el brillo que empezaban a aflorar de los muebles y el suelo. Me estaba preparando el desayuno cuando su voz me sobresaltó.
– Hoy no podré arreglar tu cuarto. Tengo mucha faena aquí abajo.
– No importa -dije-. Luego haré la cama.
Frida sacaba copas y más copas del lavavajillas y todas juntas sobre la encimera de la cocina producían un efecto luminoso e intenso que casi me hipnotizó.
Tenía frío. Había refrescado mucho y el sol ya no era suficiente, debería comprarme botas cerradas y calcetines y también un anorak. En la entrada había un armario empotrado con impermeables colgados, paraguas, chaquetas y calzado de batalla para salir al jardín y andar por la playa. Me puse unas deportivas gastadas de Karin. Me iban un número grande, pero no importaba, no quería acatarrarme en mi estado. Y también cogí una chaqueta de lana con los bolsillos caídos de tanto como Karin había metido las manos. Me la abroché bien y arranqué la moto, el todoterreno era demasiado aparatoso para aparcarlo y además no me atrevía a llevármelo sin el permiso de Karin, tenía la impresión de que algo había cambiado por la noche y que ya no nos encontrábamos en la misma sintonía.
El viento se colaba entre los puntos de la chaqueta de lana y me helaba los huesos. Parecía que la maldita carretera de curvas no iba a terminar nunca. Aparqué cerca del hotel de Julián, quería contarle lo del perro y sobre todo quería hablar con alguien que no fuese de la Hermandad. La Hermandad, alguien había pronunciado esta palabra y era la que mejor le cuadraba a la tribu en la que había ido a caer sin proponérmelo.
El conserje, un hombre con una peca bastante grande en la mejilla derecha, me dijo que Julián había salido a dar una vuelta. Me pregunté por dónde me gustaría a mí dar una vuelta a esas horas y me dirigí al puerto. Andando, la chaqueta me molestaba, así que me la quité y me la eché por los hombros y entonces empecé a tiritar. Recorrí el puerto buscando con la mirada a Julián hasta que descubrí un sombrero blanco junto a los catamaranes y barcos de vela.
– Hola -dije.
A Julián no le sorprendió verme.
– Estoy absorbiendo vitamina D. ¿Quieres una poca? -dijo haciéndome sitio en el poyete en que estaba sentado.
Estornudé y me puse la chaqueta de nuevo.
No dormí bien a pesar de que me tomé un sedante. Me lo tomé porque no tenía la conciencia tranquila y sabía que en algún momento de la noche, bien en sueños o despierto, aparecería Raquel con sus reproches. Mi mujer no habría consentido que metiera a esta chica en un asunto tan retorcido sin su consentimiento. Me habría prohibido que la utilizara. Me habría dicho que me había vuelto como ellos, que me había contaminado con su maldad. Por suerte Sandra estaba aquí sentada junto a mí, pero los remordimientos me impedían mirarla a los ojos. Le pregunté cómo se encontraba con la vista puesta en el balanceo del Estrella, el barco de Heim, a lo lejos.
– Bien -dijo, y a continuación me contó más o menos lo que yo había imaginado que ocurriría con el dichoso perro.
– No lo entiendo -dijo ella-. Tienen tanto jardín y la casa es tan grande que un perro no podría molestarles, les haría compañía, les protegería. Y luego está Frida, que podría darle de comer. Me quedé desfondada con la reacción de Karin.
– Lo siento -dije sintiéndolo de verdad, arrepintiéndome sinceramente, pero sin confesarle que los perros de esa raza eran los que Fred y Karin utilizaban en el campo de concentración para aterrorizar a los prisioneros (era uno de sus rasgos más conocidos e identificativos, por lo que su reacción me confirmaba que sin duda alguna eran ellos) y los que mataron entre los dos cuando entraron los aliados y tuvieron que salir huyendo. Seis perros de raza, fuertes y asesinos como sus dueños, quedaron tumbados en el suelo con un tiro en la cabeza, como si fueran las sombras de Fredrik y Karin. No se lo conté a Sandra porque necesitaba un poco más de su inocencia.
Y me sentí mucho más cerdo y miserable cuando me confesó que estaba nerviosa porque le iban a hacer una ecografía para saber el sexo de su hijo. Tenía los dedos de las manos entrelazados, en ambos dedos corazón llevaba anillos grandes. El sol le caía sobre los mechones rojos, los tenía más largos que cuando la conocí en la casita, aunque cortados de forma desigual, que era la moda de los jóvenes. Brillaba el pequeño pendiente de la nariz. Era tan hermosa y natural, a pesar de todo lo que se ponía, que pensé que no merecía estar a su lado, no merecía hablarle ni mirar sus ojos verdosos. No merecía que me sonriera ni que me considerara un semejante. Aunque estábamos juntos yo pertenecía a un planeta distinto, yo había pertenecido a la fuerza a un pasado sin perdón. También podía sentarme junto a una rosa de rojos pétalos aterciopelados y junto a una roca o bajo una estrella fulgurante y no por eso éramos lo mismo. Me dijo que en el fondo tenía la sensación de traicionar a su madre si le permitía a Karin vivir este momento con ella. Sandra tenía unos problemas morales tan bellamente ingenuos que daban ganas de abrazarla y de protegerla en una burbuja de cristal.
– Puedo ir contigo, si quieres. Yo no soy una mujer, no traicionarás a tu madre. Sé lo que son esas cosas. Tengo una hija y tú podrías ser mi nieta.
No tendría que haber dicho esto, ¿habría tratado a mi propia nieta como a ella?, ¿la habría expuesto así?
– Sí, creo que eres la persona que quiero que venga conmigo-dijo.
Hasta la hora de la consulta fuimos a la calle comercial porque quería comprarse calzado de invierno. Se compró unas botas negras hasta el tobillo con suela de goma, seis pares de calcetines en oferta y un anorak chubasquero amplio. Se puso unos calcetines, las botas, el anorak y metió en una bolsa las deportivas y la chaqueta de lana que llevaba. Yo me compré un chaquetón tres cuartos al gusto de Sandra.
– Ahora ya podemos ir a la eco -dijo.
Con las botas era tan alta como yo. Iba andando por la calle como una reina y a mí me gustaba ir a su lado. De vez en cuando estornudaba como si hubiese cogido un resfriado. El viento venía del mar y arrastraba algunas gotas frías.
Al llegar a la clínica, nos sentamos en la sala de espera hasta que la llamaron. No me levanté, le dije que aguardaría allí. Fue ella quien me pidió que la acompañara, y no es que me sintiera incómodo, es que era consciente de que estaba en una situación que no me correspondía, no me lo merecía, y no me creía capaz de darle el apoyo que necesitaba.
Entramos en una habitación muy pequeña donde apenas cabíamos Sandra tendida en la camilla, la médica sentada en una silla giratoria junto a ella y yo en un rincón sujetando la bolsa de las zapatillas y el jersey y la mochila de Sandra y encima de todo ello mi sombrero.
– Es un niño -dijo la médica.
Hubo un silencio y después Sandra preguntó:
– ¿Un niño?, ¿está segura?
– Bastante segura. Mira, éste es el corazón.
Adelanté la cabeza para mirar en el monitor, pero todo era muy confuso, podría ser un niño o cualquier otra cosa. He de reconocer que en ese momento se me olvidó todo, incluso quién era yo y qué hacía allí.
– ¿Y está bien? -preguntó Sandra.
– Perfectamente -dijo la médica, pasándole un papel absorbente por la barriga y quitándose los guantes con un latigazo.
– Felicidades -le dije yo.
– ¿;Es usted su abuelo? -preguntó la médica de modo mecánico.
No llegamos a contestar, ambos consideramos que era innecesario mentir a alguien que no tenía ningún interés en nosotros. Le tendí a Sandra el anorak y la mochila y yo cargué con la otra bolsa.
– Un niño -murmuró Sandra.
Creí que lo mejor era sonreír.
– Ni siquiera sé qué nombre voy a ponerle, no soporto a la gente que parece que tiene un hijo para ponerle un nombre que ha buscado hace mil años.
– Ya se te ocurrirá alguno. Tienes tiempo. ¿Qué te parece si lo celebramos? Te invito a comer. Vamos a buscar un buen restaurante.
Estaba siendo un insensato, por nada del mundo tendría que haberme dejado ver con Sandra por el pueblo. Me relajé y decidí confiar en la suerte, en que no diese la casualidad de que nadie que me reconociera nos viese juntos. Pobre chica, había pasado del nido de víboras a la serpiente venenosa.
Le pregunté dónde había dejado aparcada la moto y le propuse ir en mi coche a algún restaurante del interior que fuese menos turístico y donde pusieran comida tradicional, y de paso visitaríamos algún sitio que nos llamase la atención. Le pedí que me esperase en una terraza mientras iba al hotel a buscar la medicación.
Roberto me salió al paso para decirme que había venido a buscarme una chica entre pelirroja y morena, una punki casi.
– No es una punki -le dije-. Los punkis llevan cadenas, cuero, crestas. Ya apenas hay punkis.
Por la cara que puso deduje que le había hecho gracia mi comentario. Notaba que cada vez me respetaba más, que debajo de esta capa de arrugas y huesos iba descubriendo una vida.
– Bueno, parece que sabe de quién le hablo.
Le dije adiós con la mano camino de los ascensores y de nuevo cuando pasé ante él camino de la salida con las pastillas en el bolsillo de la camisa.
Cuando regresé a la terraza donde la había dejado, encontré a Sandra con la cara apoyada en la mano y sumida en la más absoluta ensoñación. Cualquiera podría haber pensado que esa chica estaba aburrida y que no le interesaba nada de su alrededor, pero yo sabía que era todo lo contrario, que Sandra tenía mucho en que pensar. Ahora mismo la vida era completamente suya y si hubiese querido nos habría dejado a los demás sin nada. Necesitaba concentrarse en ese poder y me senté unos minutos sin decir nada.
Le pedí que condujese ella. Abrió el coche tarareando.
– Cuando volvamos llamaré a mis padres desde algún bar, no puedo guardarme esto para mí sola, es imposible.
– El móvil no me funciona aquí, no lo saco del hotel.
– No importa, no es nada urgente.
– No deberías haber ido al hotel, no es seguro -dije.
Sandra se encogió de hombros.
Lo pasamos bien. Visitamos algunos pueblos pequeños y encontramos al pie de una carretera estrecha un restaurante donde nos sirvieron unas rebanadas de pan tostado en el horno y rociado con aceite de oliva en las que podíamos untar alioli casero con un delicioso sabor a ajo. Nos pusimos las botas con los embutidos y los salazones y Sandra me contó que nunca se le había dado bien estudiar ni trabajar, que se aburría mucho haciendo ambas cosas. Había terminado la FP de Administración a trancas y barrancas y su padre consiguió meterla en las oficinas de una constructora. A la semana la invadió una gran tristeza y a los seis meses había adelgazado seis kilos y al año no era capaz de enterarse bien de las noticias del telediario. Santi la ayudó mucho. Era medio jefe y un día le pidió que visitase al médico de la empresa, y el médico le dio una baja por depresión. Santi se portó muy bien, era cariñoso y siempre se empeñaba en encontrar cualidades en Sandra que Sandra sabía que no tenía. Le aconsejó que aprovechara el rollo de la depresión lo más que pudiera y cuando se le acabara la baja que se diera el piro porque esto no era lo suyo. Ella tenía un espíritu más artístico. No todo el mundo servía para estar ocho horas entre cuatro paredes. Total que no servía para nada.
– Cuando me enteré de que estaba embarazada se me pasó por la cabeza abortar. No sé si hago bien teniendo a este hijo. No sé si voy a saber criarlo. Si voy a poder darle lo que necesita. No sé si…
– No te preocupes, los niños se crían solos, son capaces de vivir en condiciones que ni te imaginas. Lo único que hay que hacer es quererles y darles de comer. Y no creo que tu familia permita que os muráis de hambre.
Sandra estaba a punto de llorar y me asusté. Movía la cabeza de un lado a otro, negando mis palabras.
– Este niño se merecería tener una madre inteligente, una madre que hubiese estudiado y que fuera capaz de hacerle jerséis bonitos.
– Ese niño se merece tener una madre que no piense esas cosas de sí misma. Tú eres muy valiente, más valiente de lo que crees, cuando pasen unos años lo comprenderás, entonces mirarás atrás y verás que eras espléndida y que con lo que tenías hiciste lo que pudiste de la manera más honrosa posible.
Me miró con los ojos a punto de reventar de lágrimas. Estaba soportando una carga emocional más fuerte de lo que creía. Lo sabía yo mejor que ella. Ella no podía ver desde fuera el laberinto en el que estaba metida, por eso cuando se llega a mi edad y podemos verlo desde arriba desearíamos volver atrás y recorrer el camino sin agobios ni angustias.
Le pasé mi servilleta de papel para que se sonara.
– Y ahora te vas a tomar un trozo de tarta de chocolate con nata, y yo un cortado. Y mañana Dios dirá.
De improviso, como atendiendo a alguna pregunta que le hubiese hecho inconscientemente, me dijo que el perrito se lo había quedado uno de los amigos de Fred y Karin. Se llamaba Alberto, pero ella lo llamaba la Anguila por la forma tan resbaladiza que tenía de mirar. Probablemente la cabeza también le estallaba con información de la que no era consciente al cien por cien. Probablemente le causaba ansiedad estar procesando datos y detalles que no sabía encajar. Creemos que sólo nos hace daño lo que sabemos que nos hace daño, pero hay multitud de recuerdos e imágenes que crean una gran melancolía porque no entendemos su sentido.
– Dice que tengo que salir con él un día.
Me quedé mirando fijamente a Sandra tratando de descubrir qué querría aquel elemento de ella. Por cómo me lo describía no me parecía el típico fanático sin luces. Este olía a psicópata.
– No puedes fiarte de él. Trata de hacer lo que él espera que hagas. Lo que no sabemos es qué quiere de ti.
– Voy a decirle que no puedo ir. No quiero hablar con él. Antes iría con el ángel negro, me inspira más confianza.
El Ángel Negro. ¿El ángel negro? Alemán, moreno, de mi estatura, elegante, afable, de apariencia equilibrada, inteligente, el cerebro de cualquier organización. Por lo que Sandra me dijo de él podría ser Sebastian Bernhardt. No, era imposible, la historia oficial decía que había muerto tranquilamente en Munich en 1980. Sin embargo también podría ser que hubiese echado de menos su maravilloso refugio español. Estas ratas entraban por un agujero y salían por otro, estaban acostumbradas a morir y a resucitar. Suponía un alivio saber que no eran eternas aunque lo hubiesen intentado, aunque hubiesen buscado desesperadamente el elixir de la eterna juventud. Y a qué precio. Que se lo pregunten a los prisioneros, víctimas de locos como Heim.
– Espera un momento. Voy a buscar algo al coche.
Sandra no contestó, se estaba comiendo la tarta pensativa, pequeños trozos de tarta con la punta de la cucharilla.
Y cuando volví con el álbum de fotos de Elfe continuaba en la misma posición pensando en su hijo, en el Ángel Negro o en la Anguila, quizá en Karin o en su madre, que no tendría ni la más mínima idea de en qué estaba metida su hija.
– Mira -le dije abriendo el álbum-. Mira a este hombre.
Era Sebastian. Iba con traje, lo que facilitaría la identificación. Un traje oscuro, entradas en el pelo, ojos también oscuros.
Ella lo miró al tiempo que salía de su particular ensoñación.
– ¿Podría ser el Ángel Negror -pregunté.
– Podría ser. Fuma de la misma manera.
Dudé si revelarle a Sandra quién era el Ángel Negro porque cuanto más supiese peor sería para ella. Ya no lo miraría igual o se le podría escapar el nombre verdadero, no le hablaría con el sano tono del desconocimiento. Sandra era una chica franca y sincera sin nada que ocultar y ellos enseguida leerían en sus ojos lo que sabía. Por otra parte no me consideraba capaz de manipularla hasta ese extremo. Tenía derecho a conocer el nido de víboras en que estaba metida. Me había hecho participar de un hermoso acontecimiento de su vida y no debía caer tan bajo como para traicionarla, como para contemplar cómo se despeñaba sin avisarla de que el abismo la esperaba a diez metros.
– Tienes que decidir -dije-. Tienes que decirme si quieres que te cuente quién es ese individuo. Ten en cuenta que cada dato que sepas será un paso más hacia el infierno.