38945.fb2
Karin sufría unos bajones preocupantes, cuatro días bien y cinco mal, hasta que llegaba Martín con un paquete del tamaño de una mano que Karin se llevaba a su habitación. Al principio no me fijé en la relación que había entre el paquete y la salud de Karin, pero poco a poco una cosa llevó a la otra. Los ojos veían que el paquete llegaba y que Karin mejoraba y luego la mente hacía su trabajo hasta que no tuve más remedio que sospechar que había gato encerrado. ¿Qué había en el maldito paquete? Nunca lo dejaban al alcance de mi mano. Si Karin estaba en la cama cuando Martín llegaba, se lo subía él mismo o Fred, o bajaba ella. Si estaban fuera, abría la salita-biblioteca con una llave que sacaba del bolsillo, lo dejaba allí y se guardaba de nuevo la llave. Lo que al principio me parecían simples costumbres se habían ido convirtiendo en auténticos misterios: el uniforme, el paquete, la cruz de oro, la puerta cerrada. Quizá había estado tan ocupada buscando la cruz de oro que no me había percatado de algo tan sencillo. A esto se debía de referir Julián cuando me decía una y otra vez que tuviera los ojos bien abiertos y que uno se cree que no está viendo nada cuando está viendo muchas cosas. Seguro que, como el paquete, habría muchas más señales interesantes, por lo que ellos siempre tendrían la mosca tras la oreja sobre qué podría haber descubierto yo. Cuando me metieron en su casa, en la mismísima boca del lobo, ni se les pasaba por la cabeza que alguien tan joven como yo, tan alejada de su mundo, alguien despistado que no sabía qué hacer con su vida, que vomitaba en la playa más sola que la una cuando la encontraron, alguien que ni siquiera había ido a la universidad, no se les pasaba por el magín que ese alguien se fuese a tropezar con otro alguien como Julián y que este Julián descorriese un velo y que detrás de ese velo estuviese la verdad.
A principios de noviembre, Karin llevaba varios días bajo mínimos, con la artrosis por las nubes y muy fatigada, no podía ni subir la escalera y Fred dijo que tendrían que ir pensando en instalar una silla mecánica, algo a lo que siempre se había negado Karin por la sensación de decrepitud que daban esas sillas. Se pasaba el día en la cama. Yo tampoco me encontraba bien, tosía, estornudaba y a veces me notaba como si tuviese décimas.
Fred estaba muy preocupado por su mujer, su cara de por sí seria se había vuelto mucho más seria aún, como si cada rasgo y cada arruga y pequeño músculo pesaran toneladas de cemento. Se pasaba el día observando el empeoramiento de Karin y subía y bajaba las escaleras constantemente nervioso. Cada diez minutos preguntaba si habían traído algún paquete, de vez en cuando le parecía oír el timbre de la puerta. Supuse que Martín no llegaba con el paquete tal como estaba previsto y que era vital para que Karin se recuperase. El pastel se iba descubriendo y según estaba el ambiente de un momento a otro me enteraría de todo, y yo por una parte quería saber, saciar la curiosidad, pero por otra me daba miedo que ellos supieran que sabía y poniéndome el anorak encima le dije a Fred que me marchaba.
– No puedes irte ahora -dijo con cara de cabreo.
– Tengo que hacer unas cosas. Tengo que ir a la farmacia a comprarme algo para el catarro.
– No te preocupes por el catarro, eso no tiene importancia.
No me gustaba el tono de Fred, su ira contenida que podía estallar de un momento a otro.
– De verdad, lo siento -dije-. Vendré en cuanto pueda.
– ¡No! -dijo Fred. Y añadió algo en noruego o alemán, para el caso era igual, que daba mala espina.
Pensé que si llegábamos al forcejeo yo sería más ágil, pero él era más grande, aunque fuese tan viejo, y tenía fuerza, podía abrir las conservas que yo no podía abrir y si había sido oficial de alto grado de las SS sabría un montón de formas de inmovilizarme. Podría darle una patada en los huevos con mis botas de montaña, pero no estaba segura de acertar y después de haberlo intentado la situación se volvería terrible. Me quedé en el sitio, con el anorak puesto, mirándole y tosiendo, una tos más nerviosa que de catarro.
– Hoy te necesito yo a ti. Hasta hoy nos has necesitado tú a nosotros.
– ¿Cómo? -dije, intuyendo que no sólo se refería a que me hubiesen dado un empleo.
– Sí, pequeña, podrías estar ya en el fondo del mar si Karin y yo no te hubiésemos protegido.
Me dejé caer en el sofá tratando de pensar rápidamente, ¿cómo saldría de ésta?, ya sabían que yo sabía, ¿más o menos de lo que sabía?, ¿merecía la pena seguir haciéndome la tonta?
– No entiendo -dije por si colaba.
– No tengo tiempo de tonterías. El tiempo de las tonterías y de las chicas alegres e ingenuas con piercings y tatuajes se ha acabado. Ahora estamos todos en el mismo barco.
– Quiero saber por qué estoy en peligro y quién quiere matarme.
– No hay tiempo, pero ten por seguro que si te dejo a tu suerte vas a poder montarte en la moto dos veces más como mucho. No estoy para bromas, ni tú tampoco, te lo digo yo. Vas a hacer lo que te diga -continuó, sin que yo pronunciara una sola palabra, no se me ocurría nada que decir-. Karin y yo no queremos que te suceda nada malo y eso no pasará si me haces caso.
Mientras Fred hablaba, me preguntaba si habrían descubierto a Julián. Yo había venido a Dianium huyendo de cualquier tipo de dependencia, había venido por miedo a perder la libertad, a sentirme prisionera de alguien, y ahora mi vida, no sólo mi libertad, estaba en manos de un montón de gente que no conocía.
Me sentía acorralada por Fred, nunca me había hablado así. No encontré otra salida que hacer lo que me pedía. Debía ir a casa de Alice y arreglármelas para robar una de esas cajas que hacían revivir a Karin y que contenía ampollas.
Era más aconsejable la moto que el todoterreno, el todoterreno hacía pensar en Fred y Karin, así que cogí la moto para acercarme a casa de Alice. Me tentó la idea de ir a contárselo todo a Julián o de huir y olvidarme de todo, pero ya estaba metida en esto y no debía de ser tan fácil dejarlo, se me echarían encima, y además en un instante pensé que si la vida me había lanzado este reto por algo sería. Aparqué y llamé a la puerta del número 50 y me santigüé como en los momentos trágicos de la vida. Lo hice de espaldas a las cámaras de vigilancia y respiré hondo. No hacía bien poniendo a mi hijo en peligro, pero haría bien en despejar el mundo, en el que iba a vivir, de gentuza. Nadie contestó al videoportero, lo que casi suponía un alivio. Volví a llamar y cuando me disponía a marcharme se abrió la puerta. A pesar de que hacía frío empecé a sudar, en ese momento me di cuenta de que era cobarde, nunca lo reconocería pero era cobarde y por eso estaba haciendo esto, para fingir que no lo era. Sólo los cobardes son capaces de hacer estas cosas.
Era Frida quien apareció entre el jardín y la calle.
Aguanté su mirada tosca de persona que hace lo que le mandan y dije que venía a ver a Alice.
– Está en yoga -dijo Frida-, pero puedes esperarla.
– ¿Sabe Alice que estoy aquí? -pregunté imaginando que la habrían llamado por teléfono.
– Sí, vendrá dentro de veinte minutos. Puedo prepararte un té.
– De acuerdo -dije mientras nos encaminábamos a las columnas-.; Y Otto?
– Está en su despacho. No se le puede molestar.
– No hay ninguna necesidad -dije yo.
Nada más abrir la puerta de la casa, salieron a recibirnos los revoltosos perrillos de Alice. Como ella no estaba, no me molesté en hacerles carantoñas. Eran graciosos, pero no sentía nada por ellos. Y me senté en el salón mientras me mordisqueaban las botas. A pesar del calor no me quité el anorak. Mientras Frida me servía el té, me pasé la mano por la barriga y le pregunté por el baño. Me indicó el aseo de cortesía al lado de la escalera. Me metí en el aseo, era pequeño y con un lavabo muy bonito de porcelana rústica de la zona. No sabía qué hacer, ni por dónde empezar a buscar y además me iban a pillar, era demasiado arriesgado con Frida y Otto en la casa.
Fred me había pedido o mejor dicho ordenado que buscara cajas de inyectables con líquido incoloro y sin ningún nombre grabado ni en las ampollas ni en la caja. Podría encontrarlas en el dormitorio, en el primer piso. Nada más entrar a la derecha vería una cómoda, puede que allí guardasen algunas cajas porque Alice se las inyectaba continuamente. También podrían estar en los armaritos del cuarto de baño principal y en la caja fuerte con toda seguridad, pero era impensable que yo pudiera abrirla. No era capaz de inventar ninguna excusa para subir al primer piso.
Me miré en el espejo, tú no estás hecha para esto, que lo haga Fred si quiere. Salí del baño y me dirigí a la puerta de salida, llevaba todo conmigo, no necesitaba volver al salón, pero cuando tenía la mano en el pomo Frida me dio el alto, la rubia Frida a la que me imaginaba bastante bien gaseando a la gente sin pestañear.
– No puedo esperar, no me encuentro bien -dije.
Pintonees apareció Otto quitándose las gafas de cerca y poniéndose las de lejos y me tendió un pequeño paquete, la mitad del que solía llevar Martín, pero un paquete al fin y al cabo.
– Toma, llévale esto a Karin, le hace falta. Llamaré dentro de diez minutos para saber que has llegado.
– De acuerdo -dije-. Saludos a Alice.
Me monté en la moto completamente desconcertada. No había tenido que buscar ni que robar nada en casa de Alice, me lo habían entregado por las buenas. Me consideraban uno de ellos y había estado a punto de meter la pata por culpa de Fred. Fred me había dicho que la amistad con Otto y Alice se había resentido por mi culpa, que la Hermandad no había visto con buenos ojos que me metieran en su casa. Yo no preguntaba, no preguntaba lo que ya sabía, y había estado a punto de pedirle que no me contara más.
Aunque Otto había dicho que llamaría a los diez minutos me sentí tentada de parar un momento y abrir la caja. Al fin y al cabo lo había pasado mal intentando ser una ladrona de guante blanco. En serio, lo había pasado mal, nunca me había encontrado en una situación semejante y creí que me merecía ver las famosas ampollas, contemplarlas de cerca.
Sabía que era imposible que el paquete quedase exactamente como antes y que se notaría que lo había abierto, pero la curiosidad podía más que nada y me desvié por una calle apartada del camino. Detuve la moto, me bajé, puse el paquete sobre el sillín e inicié la operación de deshacer el cordón, desenvolver el papel y abrir la caja rezando para que no se me cayese y las ampollas se hicieran añicos. También recé para que ninguno de los coches que pasaban lentamente a mi lado fuese de la Hermandad. Fue difícil deshacer el nudo de la delgada cuerda que ataba la caja, tuve que afilarme las uñas por así decir, y cuando lo conseguí aún había que abrir el papel que la envolvía, despegar con mucho cuidado el celo que pegaba los bordes y luego tendría que tratar de envolverlo igual y que casaran los pliegues del papel y pegar el celo en el mismo sitio.
Sólo había cuatro ampollas, eran bastante grandes, y eran incoloras y sin ningún nombre, como me había dicho Fred. ¿Y si cogía una y la guardaba para dársela a Julián y que pudieran analizarla en un laboratorio? Esta idea casi me vuelve loca. ¿Qué hacía? ¿Me arriesgaba un poco más? Quizá la dosis fuese de cuatro ampollas y Fred notase inmediatamente que yo había quitado una. Lo que era seguro es que se lo comentaría a Alice y Otto y que enseguida sabrían que yo la había cogido. Pero si no me quedaba con esta muestra ¿para qué servía todo lo que estaba haciendo? ¿Para qué servía que me estuviera jugando el pellejo? Pero ¿y si se trataba de una prueba? Era muy raro que me hubiesen confiado la caja. La podría haber llevado Otto o la misma Frida. Algo no encajaba, por lo que volví a envolverlo todo lo mejor que pude. El cordón, si uno se fijaba, se notaba que había sido desatado y atado dos veces, pero al menos estaban las cuatro ampollas.
Cuando llegué, Fred salió medio corriendo a abrirme la puerta con sus propias manos. Volvió a correr detrás de la moto. En el garaje le di el paquete.
– Otto ha llamado hace diez minutos. Me dijo que ya tendrías que estar aquí.
– Me he tenido que parar a orinar, no podía aguantar.
A Fred esta explicación le dejó satisfecho y a mí también. Entramos en la casa. Karin estaba tumbada en el sofá vestida con unos vaqueros anchos, horrorosos, que se ponía para estar cómoda. Seguramente se había preparado por si tenía que marcharse al hospital. Fred abrió la caja en mi presencia, sacó una jeringa de una bolsa de las que se usan para guardar cosméticos, rompió una ampolla, pasó el líquido a la jeringa y se la clavó a Karin en el muslo encima de la tela, luego Karin se recostó y cerró los ojos con un suspiro. Fred tiró la jeringa y la ampolla rota al cubo de la basura y miró dentro de la caja con más detenimiento.
– ;Sólo te ha dado esto?
Me encogí de hombros.
– Lo quiere todo para ella -dijo, y nada más decirlo se arrepintió-. Si quería desahogarse podría haberlo dicho en noruego, pero necesitaba compartir su enfado con alguien.
– Olvida todo lo que te he dicho sobre este asunto -dijo Fred-. Era una exageración. Es un medicamento que aún se está ensayando, no está patentado aquí, nos viene del extranjero a través de un amigo de Otto y de pronto tuve miedo de que no fueran a suministrárnoslo nunca más. Me puse nervioso. Lo siento.
– Bueno, no pasa nada -dije yo quitándole importancia-. Lo importante es que ahora Karin se pondrá bien.
– Creo que no hace falta que te diga que es algo que no se debe contar.
Le hice un gesto de que no se preocupara.
– Eres muy extraña. Me has dejado muy sorprendido aceptando ir a casa de Alice con el encargo de robar.
– Sí, yo tampoco sé por qué lo he hecho, quizá no quería ver sufrir a Karin.
Fred me observaba con sus ojos de águila. Quizá tampoco él sabía qué veía en mí exactamente. Y yo me preguntaba de dónde vendrían esas inyecciones y qué llevarían dentro.
Por fin pude deshacerme de la pareja feliz y acudir a mi cita con Julián en el Faro, entre palmeras salvajes. Dije que debía ir a la farmacia a comprar algo para el catarro, porque aunque no preguntasen era mejor adelantarse y no dar ocasión a suposiciones. Cada día anochecía antes y hacía frío y pronto tendríamos que citarnos siempre bajo techo. Circulé todo lo deprisa que pude por aquellas curvas deseando con todas mis fuerzas que Julián me hubiese esperado, si no sentado en el banco ni en la heladería, resguardado en el coche. Ojalá hubiese tenido la paciencia de esperarme los aproximadamente tres cuartos de hora que me estaba retrasando, tenía tanto que contarle, era tan sabrosa la información que me bullía en la cabeza. En el fondo daba gracias a Dios por estar metida en esta aventura. Sabía cosas que ninguno de los habitantes de este pueblo podría imaginar. Aunque ¿realmente sabía, o imaginaba que sabía con la ayuda de Julián?
Como siempre hacía, por precaución, rebasé el Faro para luego aparcar junto a la heladería, que en este tiempo servía cualquier cosa menos helados, y caminé hacia la zona pedregosa. Ya no se veía el mar, sólo se oía y se olía, era como estar ciega. Apenas comencé el recorrido a pie, sonó una bocina, seguí su dirección y me encontré con el coche de Julián. ¡Qué alivio!, ¡qué enorme alivio!, me había convertido en un juguete en manos de las emociones rápidas.
– Estaba preocupado -dijo en cuanto abrí la puerta, y le creí porque tanto para él como para mí estas citas eran sagradas, era el momento en que los detalles más absurdos y el comportamiento de los Karin, Fred, Otto, Alice y Martín (menos el de Alberto) llegaban a tener sentido.
– No podré quedarme mucho, antes de volver tengo que ir a la farmacia a comprarme algo para el catarro.
– He estado pensando -dijo Julián-, y creo que soy un insensato y que te he metido en una buena, te estoy poniendo en peligro, total ¿para qué? Por mucho que lleguemos a saber no nos servirá para nada. Estamos solos, y ellos son más y están organizados. Nada que descubramos podrá llevarlos a la cárcel, son muy viejos, son las piltrafas de algo que ocurrió en una pesadilla.
– ¿Y los jóvenes? ¿Martín, la Anguila (cuando dije Anguila se me trabó un poco la lengua) y los otros?
– Hay mucha gente que pertenece a alguna organización secreta, mientras no se carguen a alguien… como…, bueno…, a Elfe. Oye, en serio, no quiero que vuelvas allí, no sabemos de qué son capaces.
– No ha llegado el momento, lo noto. Mi vida siempre ha sido un caos, he hecho las cosas porque sí, sin pensar, y ahora de pronto todo va encajando, cualquier movimiento que hago sirve para formar una cadena. Hoy por ejemplo, y estaba deseando contártelo, ha ocurrido algo, que parece importante, pero no sé hasta qué punto.
Y sí que era importante porque según le hablaba de las inyecciones y de las asombrosas mejorías de Karin y de la vitalidad de todos en general y de la de Alice en particular, Julián movía la cabeza, no mucho, pero sí lo suficiente, como señal inconsciente de que lo que oía encajaba con algo que tenía en la cabeza. Y dejó de moverla y se quedó paralizado cuando le dije que seguramente ese líquido tenía que ver con la llamativa juventud de Alice. Y ahora, precisamente ahora, me daba cuenta de que lo más seguro era que Otto y Alice se hicieran los remolones con el medicamento no por mi culpa, no por haberme acogido los Christensen en su casa, sino porque el producto escaseaba y no querían compartirlo.
Cuando le dije a Julián lo que sospechaba y que Fred era un manipulador y que había intentado utilizarme para robar algo que sería mucho peor que robar cocaína o heroína, se limitó a decirme que tal vez sí y que tal vez no.
– ¿Cómo que tal vez no?
– Hasta que no conozcamos su composición no podemos estar seguros de que se peleen por ese líquido. Tal vez tenga efecto placebo, la gente se toma cualquier potingue que se salga de los circuitos comerciales normales.
– Pero si lo creen para el caso es igual. Podrían pelearse por algo que no vale nada pensando que sí que vale, sobre todo si les hace efecto. Y te puedo asegurar que a Karin se lo hace. Tiene una artrosis de caballo y cuando se inyecta ese líquido se le pasan todos los males.
– Si de verdad fuese una fórmula tan increíble la curaría para siempre.
Tras decir esto, se calló y yo también me callé. Dejamos aquí el asunto. Estaba claro que el paso siguiente sería hacernos con una de aquellas ampollas. Julián no iba a pedírmelo después de haberme rogado que me marchara de aquella casa, y yo no iba a ofrecerme por las buenas, ni siquiera le dije que ya había estado a punto de birlar una inyección del paquete.
– ¿Has llamado a tu familia? -preguntó mientras seguía pensando en la nueva información que le había dado.
Negué con la cabeza. ¿Qué iba a decirle a mi familia? Y además cada semana que pasaba tenía menos que decirles. Ellos estaban allí y yo estaba aquí, en dos vidas completamente distintas.
– Deberías hablar con ellos, oír sus voces, así te acordarás de cómo eres.
Y siempre me quedaba con ganas de hablarle a Julián de lo que más me importaba, de Alberto y de volar.
Después de nuestro encuentro en el Faro bajamos hacia el pueblo, yo delante en el coche y Sandra detrás en la moto. De vez en cuando desaparecía del retrovisor y luego volvía a aparecer. Debía volver a Villa Sol con algo de la farmacia en la mano que justificase su salida de esta tarde. Lamentablemente para Sandra ya se había abierto la puerta de la simulación, del engaño, de la atención en la colocación de ciertos detalles para ocultar otros. La bolsa de la farmacia ocultaría nuestro encuentro, como la vejez de Fred y Karin ocultaba su maldad.
Le propuse que fuese yo quien bajase en la moto, pero Sandra se negó en redondo, dijo que ella estaba más acostumbrada a aquel cacharro, que se me podía meter una mota en un ojo o algo así y no quería que me pasara nada. Sin embargo yo no me preocupaba por ella, daba por hecho que si había sobrevivido hasta ahora, seguiría sobreviviendo. En el fondo, no quería preocuparme más de la cuenta y perder de vista el objetivo que me había traído hasta aquí, sobre todo ahora que había descubierto algo esencial, mejor dicho, me lo había descubierto Sandra. Acababa de comprender que aquella frase de la carta que me envió a Buenos Aires mi amigo Salva en que decía que aquí podría encontrar la eterna juventud no era una frase hueca. Era una pista, que se habría quedado en nada si no me hubiese tropezado con Sandra, y Salva no podía prever que una Sandra se fuese a cruzar en esta historia, por lo que tal vez Salva sólo tenía indicios de este compuesto que traían de alguna parte del mundo y no quería que me obsesionara. Bien podría haberme contado en la carta todo lo que sabía para que yo no tuviera que empezar de cero.
Me detuve cuando Sandra aparcó la moto ante la cruz verde de una farmacia. Me detuve unos metros más adelante y observé por el retrovisor cómo entraba y salía de la farmacia y luego subía en la moto, miraba en mi dirección y arrancaba. Volvía a Villa Sol, tendría que seguir viéndose las caras con esos dos monstruos sin fuerza que conocían mil formas de acabar con la gente y para quienes la vida no era sagrada sino un arma.
Salva y yo vimos mucho en Mauthausen. Vimos esqueletos andantes, y montones de cuerpos desnudos en el patio pisando nieve, una extraña clase de ganado de color rosa ceniza. Nuestros cuerpos se convirtieron en nuestra vergüenza. Los dolores de estómago por el hambre, las enfermedades, la falta de intimidad. Todo iba al cuerpo. No era fácil elevarse por encima de los propios despojos, así que un día sí y otro no pensaba en el suicidio. Era una forma de liberación, me liberaba pensar que aquello podía tener un final, que si yo quería se terminaba para mí. La muerte era mi salvación. Hitler era un enfermo y nos había hundido a todos en su terrible mente. Vivíamos en el repugnante cerebro de ese hombre, donde ocurrían las atrocidades más monstruosas y sólo había una manera de salir de su cabeza, o moría él o moría yo, no soportaba que la maravillosa vida con su sol, sus árboles y sus canciones fuera terrorífica. Pero no quería que me matara su demencia, lo haría con mi voluntad y mirando al cielo si era posible, así que sentado junto al barracón saqué del bolsillo una laja de la piedra que arrancábamos en la cantera y me corté las venas, y alguien que me vio avisó a Salva y él me salvó. No sé cómo se las arregló pero me salvó, me curó y me dijo que pasara lo que pasara, que aunque estuviésemos metidos en la mierda hasta el cuello, que aunque fuésemos humillados, aunque fuésemos de la peor clase de esclavos mi vida era mía. Desde luego que no era una buena vida, no era una vida decente, ni digna de vivirse, pero era mía, nadie la podía vivir por mí. Y bien, Salva, al final Hitler murió antes, pero cuánto mal dejó, cuánto mal en mi corazón. Muchas veces sueño que ganaron la guerra y me despierto sudando.
Te referías a las ampollas que se inyectan estos viejos nazis cuando mencionaste la eterna juventud, ¿verdad? Tal vez con sus numerosos y horrendos experimentos encontraron alguna fórmula antienvejecimiento, una fórmula que sólo se aplican ellos mismos. ¿Dónde la fabricarán?
Cada vez iba entendiendo mejor las intenciones de Salva. Dejaba en mis manos un gran proyecto, pero un proyecto que yo tendría que ir haciendo mío con mis averiguaciones y mis propias motivaciones. Seguramente Salva sabía mucho si es que había llegado a dar con el elixir de la eterna juventud, pero no quería determinarme, no quería utilizarme para vengarse, creo que quería ponerme un juguete en las manos, darme un regalo, deseaba darme una última oportunidad.
Si toda esta suposición tenía una base real ya sabía cómo hacerles daño, se trataría de cortarles el suministro del elixir. Karin se contraería hasta acabar retorcida en una silla de ruedas, Alice se consumiría como una pasa y ellos perderían toda la vitalidad. Me pregunté si sus alevines, si el tal Martín, sabía lo que transportaba cuando llevaba los paquetes de una casa a otra.
El problema era Sandra, Sandra era un caso de conciencia. Sandra, si la presionaba, sería capaz de traerme una de las ampollas, de la que podríamos analizar el contenido y seguir el rastro de los laboratorios donde se pudiese haber sintetizado. Pero ¿iba yo a consentir que corriera peligro una chica con toda la vida por delante que había tratado de protegerme de que sufriera un percance conduciendo la moto? Y, sin embargo, tenía que llegar al final, se lo debía a Salva, que se había acordado de mí en sus últimos momentos y que me daba la oportunidad de no fracasar.
Ya no escondían el paquete con las ampollas. Estaba en un cajón de la cómoda con un par de jeringas para cuando Karin las necesitase. Si faltaba alguna sabrían que yo la había cogido y no creo que se lo tomasen a broma. En el fondo me había ido librando de muchas cosas, de muchos sustos y la buena suerte no dura para siempre.
Cuando llegué, puse la bolsa de plástico de la farmacia sobre la encimera de la cocina, saqué una cuchara del cajón, abrí el frasco del jarabe y me lo tomé delante de ellos.
– Estábamos preocupados -dijo Karin-, has tardado mucho.
– No sé -dije un poco nerviosa-. No he mirado el reloj.
Tosí para que no me interrogaran más. Y una tos llevó a otra, a la auténtica. No podía parar de toser.
– No queremos meternos en tu vida, es que estábamos preocupados. De noche, por esa carretera con tantas curvas, y en tu estado. Tienes que tener cuidado, sólo queremos tu bien.
Karin estaba recuperada, tenía la mirada despierta, daba miedo. Contemplaba cómo tosía sin hacer nada. Tuve que sujetarme en la pila de la cocina para seguir tosiendo. Y fue Fred quien se levantó y me dio un vaso de agua.
– Tendrías que acostarte, no estás bien -dijo Karin.
No me dijo que me sentara con ellos. Pero también yo quería estar el mínimo tiempo posible en su compañía. Ya no me parecían tan simpáticos. Detrás de estas caras estaban las de su juventud, insolentes y sin escrúpulos. Tal vez a Karin la había ablandado algo la edad y lo que había aprendido por el camino hasta llegar aquí, su propia debilidad también la habría hecho más humana o por lo menos la habría obligado a reconocer que necesitaba la ayuda de los demás. Pero, ni aunque viviera mil años, podría hacerme una idea de lo que pensaba y sentía esta mujer, a la que no le había temblado el pulso para inyectar todo tipo de porquerías en el organismo de los presos, para ayudar a hacer experimentos con gemelos. Si todo aquello le había parecido normal, si entre una atrocidad y otra podía disfrutar leyendo sus novelas de amor, yo nunca podría llegar a saber qué estaba pensando ni qué planes tendría para mí.
Dije que si no mejoraba tendría que marcharme con mi familia.
Los dos me miraban muy serios.
Para escapar de sus ojos me volví al frigorífico, lo abrí y me puse un vaso de leche. Lo metí en el microondas mientras intentaba pensar qué más decir sin decir nada que me comprometiese.
– Aquí tienes un futuro -dijo Fred-. Tu hijo merece una oportunidad y a tu familia siempre la tendrás. No podrás resguardarte bajo sus faldas, ¿se dice así?, toda la vida.
– Nosotros no tenemos hijos ni nietos -dijo Karin-, pero alguien nos tiene que suceder, alguien tendrá que seguir plantando este jardín y llenando la piscina de agua los veranos, no sé si me entiendes.
Saqué el vaso del microondas y empecé a beber a pequeños sorbos. Me estaban certificando que ellos serían mis abuelos soñados, los abuelos que me solucionarían la vida, el problema era que ya no me hacía la ilusión de que fueran mis abuelos soñados.
– Lo que has hecho hoy -dijo Fred- ha sido un acto de valentía. Antes de que Otto te entregara el paquete has ido al baño y has estado mirando por allí. Nos lo ha contado Frida. Queremos creer que si hubieses podido habrías robado por ayudar a Karin.
No dije nada, sonreí un poco mientras bebía. No era verdad, no me habría arriesgado tanto por Karin, tampoco hubiese llegado a robar, lo que hice lo hice porque quería saber, porque me resultaba insoportable la idea de volver a mi vida de antes dejando las cosas como estaban. Poca gente tiene algo tan importante entre manos. No sabía nada de nazis antes de conocer a Julián. Julián había venido buscándolos, y yo los había encontrado sin buscarlos, o ellos me habían encontrado a mí, y aquí estábamos, los tres en la cocina jugando a que yo sería su nieta favorita.
– No se puede andar solo por la vida -dijo Karin-. Cuando uno está solo todo es mucho más difícil, te limitas a lo que puedes hacer tú solo, mientras que si estás apoyado por otros, por muchos, lo que antes era imposible puede llegar a ser posible. El grupo da poder, lo difícil es que haya un grupo dispuesto a aceptarnos y a protegernos.
Yo no decía nada, los miraba y bebía.
– Tienes una familia a la que quieres y con la que tendrías que unirte mucho más -siguió Fred. Siempre que Fred hablaba, Karin lo observaba con mucha atención abriendo los ojos todo lo que podía. Ahora me daba cuenta de que estaba en tensión por si metía la pata-. Y aparte nos puedes tener a nosotros y a todos nuestros amigos.
– ¿A Otto y a Alice? -pregunté.
Karin alargó el brazo y me cogió la mano. Tuve un escalofrío al sentir su piel, sus dedos en mi mano. Logré no hacer ningún movimiento de repulsión hasta que pude retirarla suavemente para coger el vaso.
– Sí, ya conoces a unos cuantos.
Se miraron y parecieron darse la conformidad para soltar algo importante. Tomó la palabra Karin.
– Hemos llamado a algunas puertas, se nos han aportado opiniones sobre ti y no sería imposible que pudieras entrar en nuestra Hermandad. Por supuesto no sería fácil, tendríamos que convencer a algunos cabezotas. Somos todos muy viejos, muy conservadores, nos cuesta acostumbrarnos a las caras nuevas…, sin embargo, no sé si debo decirte esto, son los jóvenes a los que menos gracia les hace que entres.
– No sé lo que es una hermandad, ¿es como una secta?
– Algo parecido -dijo Fred cabeceando.
Karin le recriminó con la mirada, jamás de los jamases desautorizaría a su gran obra, a un oficial con la cruz de oro, pero se quedaba con las ganas.
– Estamos hablando de ayudarnos los unos a los otros, de celebrar todos juntos cenas, fiestas y cuando alguien tiene un problema echarle una mano. No sé lo que es una secta -concluyó Karin.
– Estoy un poco cansada -dije soltando otra tos-. Ya sabéis que podéis contar conmigo para lo que sea, pero eso de la Hermandad…, no sé si sabría estar en una hermandad, no sé lo que hay que hacer…
Karin se levantó, vino hacia mí y me pasó la mano por el pelo, no moví ni un músculo, parecía realmente una abuela.
– Descansa y piénsalo, mañana lo verás todo con más claridad.
– Buenas noches -dije levantándome y yéndome hacia la escalera. En el primer peldaño me acordé del jarabe y regresé a buscarlo, pensé que era mejor controlarlo.
– Por si me entra la tos -dije.
Karin levantó la voz para que la oyese mientras me alejaba.
– Estamos descuidando la ropita del bebé.
Me dormí pensando que tendría que contarle también esto a Julián.
Al llegar al hotel después de dejar a Sandra en la farmacia, las cosas se pusieron feas. Aunque según mis cálculos le tocaba guardia a Roberto, no había nadie en recepción, puede que hubiese ido al lavabo o a tomarse un café o a fumarse un cigarrillo, lo pensé de pasada, esos pensamientos mecánicos que se forman solos sin ningún gasto de energía. Iba pensando en las inyecciones y en Sandra, en que le había crecido bastante el pelo y en que lo llevaba recogido en una cola de caballo, lo que le hacía parecer más joven. Había perdido espontaneidad, su mirada era entre seria y asombrada, había descubierto el miedo, no el miedo a no saber qué hacer con su vida, sino el miedo a los demás. Ya no había vuelta atrás, Sandra estaba saltando un precipicio y no la estaba sujetando nadie, nadie la ayudaba, ni siquiera yo.
La sorpresa fue cuando al llegar a la altura de mi habitación, vi salir de allí a Tony, el detective del hotel. ¿Qué estaría buscando?
Le pregunté si había algún problema. Él se hizo a un lado para que entrase pero no entré, no quería encontrarme dentro con él a solas.
Dijo, sin alterarse ni incomodarse lo más mínimo por que le hubiese pillado allanando mi suite, que había venido a comprobar si me encontraba bien. Era pura rutina, dijo con toda su redonda cara. Y terminó con una pregunta sin posible respuesta.
– ¿Todo en orden?
Los papelillos transparentes estaban en el suelo, y dentro aparentemente no había pasado nada, salvo que percibía la mano de Tony en los pomos de los cajones y las puertas y su mirada de huevo podrido en los papeles (anotaciones sin importancia) que había sobre la mesa.
Al día siguiente me desperté con ganas de llamar a mis padres, a mi hermana e incluso a Santi. Me estaba alejando demasiado de mi vida normal, parecía que me hubiese marchado de viaje a otro planeta y que se hubiese averiado la nave de regreso y me encontrara aquí atrapada. Me consumía la impotencia porque además si alguien me preguntaba si me habían hecho algo malo, si me habían tratado mal o si habían intentado algo contra mí, no tendría nada objetivo ni concreto que decir. Tendría que hablar de miradas, de frases con doble sentido, de sospechas, se quedaría en una pura vaguedad, en suposiciones y aprensiones. Si daba el paso de integrarme en la Hermandad tal vez me enteraría de todo, pero a saber qué cosas tendría que hacer, no creo que me permitieran ser uno de ellos sin mancharme las manos, y una vez que me las hubiese manchado debería cargar con ello sobre mi conciencia. No sería tan fácil salir del clan o la secta o la hermandad. No estaba siendo fácil para mí salir de mi relación con Santi y menos lo iba a ser salir de este extraño grupo.
Como Karin ya se encontraba bien, seguramente querría que trotásemos en el todoterreno de acá para allá, seguramente tendría un plan preparado, pero yo necesitaba tiempo para mis cosas. Después de ducharme y de hacer la cama y recoger un poco, bajé a desayunar y como imaginaba ya estaba allí Karin. Y más que oírse se olía que Frida limpiaba. Nada más verme, mientras me preparaba un café con leche, Karin me dijo que tenía un plan para hoy. El temido plan.
Hacía sol y me tomé el café mirando las ramas de los árboles. Y es que sobre el fregadero y la encimera de mármol había un hermoso ventanal alargado que daba un ambiente muy alegre y luminoso a la cocina. Karin se empeñó en hacerme un zumo no por mí, sino por ella, para que estuviera en condiciones de hacer todo lo que ella quisiera. Exprimió ella misma las naranjas con una vitalidad que hacía pensar que se había chutado otra de aquellas ampollas. Así que nada más quedarían dos, no podía llevarme una, era demasiado arriesgado.
El plan consistía en ir de compras al centro comercial. Le encantaba recorrer las distintas secciones mirándolo todo, asombrándose de lo baratos que eran los precios, de las cosas tan bonitas que se les ocurría diseñar. Le encantaba la sección de menaje del hogar y había que sacarla a rastras de allí. A mí me agotaba y me aburría, pero a ella le gustaba gastar sus energías así, la cuestión era sentirse viva. Luego iríamos a la sesión de gimnasia, la dejaría allí y tendría una hora para intentar ver a Julián y pospondría la llamada a mi familia para cuando tuviese más tiempo. Por lo menos el jarabe me había hecho bien y tosía menos.
Pero ahora lo que tenía en mente eran los inyectables.
Al recordarlos se habían apoderado de mi cabeza. Fred se había marchado a jugar al golf con Otto y unos cuantos «hermanos» más, Frida estaba en la parte de abajo, de donde llegaba el típico ruido de movimiento de muebles de la salita-biblioteca y Karin decidió esperarme sentada en el porche. Le dije que iba a coger el bolso, lo que era verdad, aunque antes de llegar a mi cuarto me pasé por el de Fred y Karin, con la puerta abierta por si subía Frida. Frida tenía un sexto sentido muy desarrollado e intuía cuándo alguien trataba de hacer algo fuera de lo reglamentario, como yo ahora mismo. Me fui derecha al baño y miré dentro de la papelera. Tuve que separar algunos papeles manchados de mocos y Dios sabe qué más con los dedos y allí estaba una de las jeringas y seguí buscando más abajo y allí estaba la otra. Karin se había puesto las dos para disfrutar más de la vida.
Qué nerviosa me sentía, si Frida me pillaba aquí estaba perdida. Arranqué un trozo de papel higiénico y envolví las jeringas, luego revolví un poco lo que había en la papelera y me metí en mi habitación justo cuando Frida empezaba a sacar brillo a la barandilla de la escalera. Salí con el bolso, el bolso más pequeño que tenía, colgado en bandolera y cruzado sobre el pecho. En un bolsillo interior iban las jeringas envueltas en el papel higiénico. Rezaba por que Frida no se diese cuenta, por que algo más importante le llamase la atención. Se me ocurrieron un par de cosas, como arriesgarme a entrar de nuevo en el dormitorio de Karin, abrir un frasco de perfume que había sobre el tocador y echarme unas gotas, suficientes para que el sabueso Frida lo detectase y justificar así mi presencia en aquel santuario dorado y rosa, pero entonces estaría confirmando de todas todas que había entrado allí y que muy probablemente yo había cogido las jeringas. Era preferible no hacer nada y no meter la pata más de la cuenta.
La barandilla era de caoba y estaba muy trabajada, con recovecos y hendiduras por donde se metía el polvo, y cuando Karin y yo nos marchamos Frida aún estaba limpiándola. ¿En qué pensaría mientras hacía sus faenas con tanta pasión? Cogí la bolsa de terciopelo con el jerseicito que estaba haciendo y las agujas, dando a entender que algunos ratos en el centro comercial la esperaría haciendo punto.
Karin iba disfrutando del paisaje. El sol, aunque no era un sol fuerte, calentaba los cristales y creaba un calor muy agradable dentro del todoterreno. Karin a veces cerraba los ojos como para llenarse de más vida. ¿Nunca pensaría en estos momentos en la gente que mató o ayudó a matar, en la gente a la que privó del calor del sol así, por las buenas, ni siquiera por un arrebato de ira? La miré de reojo, casi iba sonriendo de la pura felicidad de sentirse tan bien y no parecía que le remordiese la conciencia, parecía que sólo le importaba ella. Y era esta falta de culpa la que me hacía dudar de que Julián no se hubiese equivocado de personas o que no fuera del todo cierto lo que me decía. Podría ser que Julián hubiese sufrido tanto que ya no distinguiera a los buenos de los malos.
En el centro comercial, a la media hora de estar en la sección de jardinería, le dije que se me habían hinchado los pies y que la esperaba en el coche haciendo punto. Ella insistió en que me quedase, insistió en que precisamente andando de un lado para otro sería como se me deshincharían los pies, insistía porque le gustaba ir comentando lo que veía. Pero yo no estaba dispuesta a dar mi brazo a torcer y me marché al todoterreno y me encontré muy bien sin oír la voz de Karin. Saqué el punto, hacía días que no lo había tocado y me embebí en esta tarea, casi se me olvidó pensar en Alberto. El ausente Alberto. Abrí la ventanilla para que entrara el aire y el traqueteo de los carros metálicos hacia los coches. La vida podía ser tan sencilla, una vida apacible de jubilados cansados de guerrear empujando los carros de la compra y disfrutando de las pequeñas cosas.
A las dos horas vi a Karin a los lejos entre brillos metálicos y salí a ayudarla. Dejó que yo empujase el carro, no me preguntó si me encontraba mejor, no me habló. Tuve la impresión de que durante todo este tiempo, al no tener con quien hablar, le había dado por pensar en mí y que lo que había pensado no era muy bueno. Tragué saliva. Abrí el maletero, coloqué las cosas y le alabé unas macetas de terracota. Me dijo que se había hecho daño al levantarlas para meterlas en el carro, menos mal que una morena (¿se referiría a que era negra?) al final había venido a socorrerla. Dijo morena con desprecio y dijo socorrer con la intención de que yo sintiese que la había abandonado. Estuve a punto de decirle que no era necesario que comprase las macetas si no podía cargar con ellas, pero esto habría empeorado las cosas, yo le caería peor, pensaría mal de mí y acertaría. Así que opté por decir que lo sentía.
– Lo siento mucho, ha habido un momento en que tenía el estómago revuelto.
¿Se ablandó con estas palabras? Yo no lo llamaría ablandarse, no pensaba en mí, pensaba en que yo no había dejado de quererla, pensaba que me gustaba estar con ella y que sólo una indisposición podría apartarme de su lado.
– Cuando lleguemos a casa podrás ver todo lo que he comprado.
Le dije que estaba deseando ver aquellas cosas tan bonitas y seguimos camino hacia el gimnasio. Hoy tocaba por la mañana y por fortuna tampoco a esta hora solía haber aparcamiento cerca y ella se tenía que bajar en la puerta y yo continuaba para buscar uno. Y rezaba por que también ahora fuese así, por poder acercarme al hotel a ver a Julián o a dejarle una nota. De lo contrario, me obligaría a subir con ella y no podría negarme, y si me marchaba mientras ella estaba con los ejercicios se enteraría y tendría que justificarlo.
Una vez más el que la calle estuviera de bote en bote de coches me venía bien, más que bien. Ella misma dijo que me iba a ver negra para encontrar sitio.
Me fui derecha al hotel. Un monovolumen dejaba un hueco libre prácticamente en la puerta cuando llegué. Pregunté por Julián en recepción y llamaron a su habitación, no estaba. No estaba y yo no quería regresar con las inyecciones, antes que regresar con ellas encima las tiraría, pero antes de tirarlas tenía que intentar entregárselas a Julián.
¿Dónde estaría? ¿Qué hacía cuando no estaba conmigo en el Faro? Todo tenía que hacerlo yo. Estaba harta, ¡harta! Salí deprisa y bajé al Paseo Marítimo, allí había puestos de flores. Me acerqué al primero que encontré y compré el ramo más barato que había. Eran flores de temporada, por supuesto de invernadero, no olían a nada, lo que mejor olían eran los tallos cortados y mojados. La florista china los sacó chorreando de un cubo y los envolvió en papel transparente. Le pedí un poco de aquel papel extra y que se diese prisa, aunque ya que lo compraba tampoco quería que el ramo quedase hecho un adefesio. También me dio un sobre con tarjeta para que escribiese algo.
Me senté en un banco mirando al puerto y envolví las dos jeringas sin quitarles el papel higiénico en el papel de celofán que me acababa de dar la china sin comprender ella por qué querría un trozo de papel que no serviría para nada. Introduje este pequeño paquete entre los tallos. No se notaba nada en absoluto, iba además atado por un lazo muy grande que disimularía cualquier cosa. Escribí en la tarjeta:
¡Feliz cumpleaños! Que encuentres siempre entre los tiernos tallos de estas flores la juventud que no se olvida.
En lugar de «la juventud que no se olvida» iba a poner «tu eterna juventud», pero me pareció demasiado explícito en caso de que cayese en manos indeseables. Por supuesto era pura paranoia, pero por una simple frase no me la iba a jugar. Esperaba que después del riesgo que corría quedase alguna gota en buen estado en las jeringas que pudiera ser analizada. Regresé al hotel y dejé el ramo en recepción para que se lo entregaran a Julián en cuanto llegase.
A continuación me metí en un bar cercano y llamé a mi madre.
Casi pegó un grito al oírme y me dijo que estaban preocupados por mí, que dónde me había metido después de que mi hermana me hiciera salir del bungalow. Mi madre cuando se enfadaba con mi hermana llamaba bungalow al chalé, por lo que deduje que debían de haber discutido por mi culpa. Le dije que no se preocupara, que estaba compartiendo un apartamento con unas amigas y que me encontraba encantada de la vida.
– ¿Y no tienes que decirme nada más?
– No. Esto es todo lo que hay.
– ¿Estás segura? -dijo con ese tono inquisitorial que tanto le gustaba usar cuando nos había pillado a alguno en falta.
– ¿Qué quieres decir? -dije.
– Me refiero a…, ya sabes.
– No, no lo sé -dije yo para mortificarla a ella o para mortificarme yo misma.
– ¡Por Dios!, Sandra, soy tu madre. No naciste en una maceta.
¿En una maceta? Cuando estaba fuera de sí decía tonterías como ésta, así que pensé que éste sería un momento tan bueno como cualquier otro para confesar.
– ¿Te refieres a niños, a los niños que vienen al mundo?
– Sí, a eso me refiero. Tu hermana me lo dijo, no podía cargar con ese secreto sobre su conciencia.; Y si te ocurriera algo?
Se puso a llorar, había tardado mucho, para tratarse de lo que se trataba.
– Le dije a tu hermana que no tenía que haber alquilado el bungalow, que tenía que habértelo dejado hasta que volvieras.
– Mamá, necesitará el dinero, déjala, ya te he dicho que estoy fantástica.
Le dije que me había hecho una ecografía y que su nieto iba a ser un niño. Le dije que era un niño muy sano, perfecto y que los paseos por la playa y la vida al aire libre me estaban viniendo de miedo. Se puso a llorar torrencialmente. Nada de lo que yo hacía encajaba en su idea de cómo tenían que ser las cosas.
– ¿Necesitas dinero? -dijo con la voz entrecortada.
– He encontrado un trabajo, vivo bien -dije-. Cuando mis amigas se marchen podréis venir a verme.
En el fondo me encontraba más aliviada y sólo se me había olvidado hacerle prometer que no le diría nada a Santi, pero el tiempo se me había echado encima y debía ir a recoger a Karin. Y no sabía si volver con Karin era volver a la realidad o a la irrealidad más absoluta.
Cuando llegué ya estaba esperando en la puerta con la bolsa de deporte colgada al hombro. Como siempre, su retorcida cara, sobre todo ahora que el sol le hacía contraerla más, expresaba por sí misma un interrogatorio que yo no pensaba contestar. Ni siquiera acudí a la socorrida excusa de haber tenido que dejar el coche en el quinto pino y luego haber estado dando vueltas hasta que salió. Me limité a preguntarle qué tal le había sentado la gimnasia.
– De maravilla -dijo.
Fred y ella usaban el idioma con gran soltura, aunque con acento, y tenía su gracia oírles decir frases hechas.
Karin estaba cansada y no hablamos mucho hasta casa, dijo que la profesora les había dado una paliza. De pronto, Karin dejaba de ser una bruja para convertirse en una anciana con problemas. No pudo meter en la casa ni una bolsa, cada vez consumía antes las energías. Tuve que hacerlo todo yo. Nada más entrar se tumbó en el sofá. Frida había dejado hecha una sopa, era increíble que le diese tiempo a hacer tantas cosas y encima a estar ojo avizor por si sucedía algún pequeño detalle fuera de lo normal.
Según iba sacando las cosas de las bolsas y colocándolas y diciéndole lo bonitas que eran, ella me preguntó si había pensado en la propuesta de entrar en la Hermandad, precisamente Fred estaba tratando de convencer a Otto y los otros de que aceptasen.
– Para eso sirven el golf, las comidas y las cenas con los amigos -me dijo.
Le dije la verdad. Le dije que lo había olvidado, que no lo había pensado y que les agradecía mucho sus esfuerzos, pero que comprendieran que para mí todo aquello suponía una sorpresa, algo que nunca se me había pasado por la cabeza hacer. Se quedó adormilada y le coloqué encima la manta de cuadros con la que solía echarse la siesta. Seguí colocando las cosas temiendo que de un momento a otro llegara Fred, posiblemente con su amigo Otto.
Ahora Fred ya no era como antes. De aquel hombre que me socorrió en la playa, que me levantó con sus grandes manos, que se quemó las plantas de los pies para llevarme agua, a éste había un abismo. Éste era simple y obediente y me parecía capaz de cualquier cosa. Si Karin le decía que me matase me mataría, si la Hermandad se lo ordenaba también me mataría. Desde que Karin y él eran novios habían vivido dentro de un grupo y para él la verdadera ley y la verdadera justicia eran las del grupo, todo lo de fuera habría que aceptarlo de mala gana, sin protestar en público.
Me pasé la mañana de un lado para otro continuando con la búsqueda de información sobre los amigos de Fredrik y Karin y lo que estaba viendo me parecía un sueño, un sueño de pesadilla. Salva había descubierto un nido de nazis, nazis en las últimas, pero nazis. La pregunta era por qué no me habría dejado en la Residencia la información que habría ido consiguiendo. Tendría que haber dejado dicho expresamente que me entregasen la caja, el maletín, el sobre o lo que fuese donde lo hubiese guardado. Seguro que cuando me escribió ya debía de saber cuántos eran, quiénes, qué tipo de vida llevaban y qué se traían entre manos aparte de unirles su afición por torturar y matar. Me había hablado de la eterna juventud y sabría muchas más cosas, por lo que en cuanto pudiese haría una excursión a la Residencia. Ahora debía descansar un poco. Comer y descansar.
Fui al bar de siempre y me pedí un menú. A estas alturas el camarero me conocía y me había tomado cierta simpatía y ya al verme entrar salía de detrás del mostrador empuñando el cubierto en una mano y ondeando en la otra un mantel de papel, lo colocaba todo, si estaba libre, en una mesa del fondo mirando hacia la puerta. Era algo que no podía evitar, secuelas que me habían quedado de mi trabajo en el Centro. No sentarme nunca de espaldas a una puerta y volverme de repente en la calle si alguien andaba demasiado cerca de mí y taparme el número del brazo que me pusieron en el campo incluso en verano. A veces me ponía una venda encima o una tirita, para que los niños cuando mi hija era pequeña e íbamos a la playa no me preguntaran qué era aquello. No me gustaba que me compadecieran ni que me vieran como alguien diferente, ya había sido diferente y por otro lado, no quería empezar a amargarles la vida a los niños, ni tampoco empezar a engañarlos.
Los niños enseguida se fijan en lo importante, por insignificante que parezca a simple vista. Hubo un tiempo en que mi hija sentía predilección por la arena del patio del colegio y metía la más dorada en una bolsita de plástico y me la traía al regresar a casa. Aún conservo algunas de aquellas bolsitas y me había traído una como talismán. Afortunadamente siempre lo llevaba conmigo en el bolsillo de la americana y cuando registraron la habitación no pudieron quitármelo.
No reparamos en lo más evidente, y el secreto del mundo, la revelación, seguramente está en lo más evidente, en los granos de arena dorados por el sol. Mi hija me dijo que ahora los números del brazo seguramente se me podrían borrar con láser, pero yo le dije que una cosa era ocultarlo y otra eliminarlo. Aquel número formaba parte de mí, mi vida no pudo volver a ser la misma después de que me grabaran este número. Me estaría engañando si lo hiciera desaparecer. Y además, ¿para qué?, mi futuro estaba aquí, lo que ahora hiciera sería lo que quedaba de futuro.
Había pasado de las tortillas francesas de los primeros días al menú. Entre unas cosas y otras me salía casi igual de precio y estaba bien alimentado para todo el día, el camarero cuidaba que no me echasen sal y me recomendaba lo que mejor podría sentarme. De vez en cuando le dejaba una propina decente. En el bar sabían que me alojaba en el Costa Azul y me decían que hacía bien en ir a comer allí y no querían hablar más, no querían líos, hacía bien en no comer en el hotel y sanseacabó.
El hotel me resultaba un poco antipático, no lograba sentirme en el hotel como en el bar. Y el colmo fue al llegar después de comer para echarme un rato y poner en orden las notas que iba tomando en la biblioteca, en el ayuntamiento, en el registro de la propiedad, en el registro de defunciones y en el catastro. Un sitio me iba llevando a otro y lo que iba sacando en claro es que algunos nazis vivían aquí desde los años cuarenta y cincuenta, que otros se habían ido incorporando al reclamo de los que seguían aquí y varios se habían marchado o habían simulado que se marchaban. El caso es que habían tenido una vida dorada, incluso habían montado negocios muy prósperos, se habían dedicado a la promoción inmobiliaria y a la hostelería y uno había abierto consultas privadas de ginecología. No sabía exactamente en qué año se había instalado Salva aquí, pero la información acumulada por él debía de ser inmensa. Tuvo que sentir una impotencia infernal cuando comprendió que moriría antes que muchos de ellos. No creía en Dios ni en el más allá, ni yo tampoco, fuimos toda la vida republicanos ateos. Después de lo que vimos negábamos la existencia de cualquier entidad a la que le pudiésemos preocupar. Y, sin embargo, me habría gustado que le enterraran y poder llevarle a mi amigo unas flores al cementerio.
Como decía, fue el colmo. Para ir a los ascensores no había más remedio que pasar por recepción y allí estaba el detective del hotel con un ramo de flores en la mano. Conocían mis costumbres y mi horario más o menos, cosas de la vejez, a la que nos es imposible sobrevivir si no es a base de hábitos y rituales. De joven jamás me habría ocurrido, pero bueno, aquí estaba Tony dándome un ramo de flores.
– ¿Y esto? -dije.
– Feliz cumpleaños -dijo Tony.
Estaba admirando las flores y continué así para que ningún movimiento me delatase, ¿por qué me diría semejante cosa?
– Gracias -le dije poniendo un gesto festivo que servía tanto para el caso de que fuera verdad como si era una broma-. Estáis en todo.
Tony sabía que había gato encerrado y yo también y no se pronunció, se limitaba a mirarme. Fue Roberto, el recepcionista de la peca, quien no resistió la tensión.
– Lo sentimos, don Julián, no hemos sido nosotros. Lo ha traído una joven, una punki -dijo mirándome fijamente a los ojos para que yo comprendiera a quién se refería.
Ambos permanecieron esperando una explicación.
– Vaya, qué detalle. Por eso echaba de menos mi patria, porque aquí la gente es de una amabilidad a prueba de bomba -dije tratando de retirarme hacia los ascensores con el ramo.
Sin embargo, aunque sorprendido y algo empachado por el delicioso guisado de carne con patatas del bar, conservaba algo de lucidez y busqué dentro del papel transparente la tarjeta que siempre se entrega con un ramo y por la que el cotilla Tony se habría enterado de lo de mi falso cumpleaños.
– ¿No han dejado tarjeta?
Roberto se precipitó a dármela, no quería meterse en líos. A Tony no le habría importado lo más mínimo quedarse con ella, había nacido y crecido para esto.
Saqué la tarjeta del sobre y le eché un vistazo por encima, la leería con calma en mi cuarto.
– No me digas que has leído la tarjeta -le dije a Tony, fijando en él los ojos, conocía a estos animales como para saber que tenían que comprender que no se les temía.
– El sobre estaba abierto -dijo sin apartar sus ojos de pez muerto de los míos-. Lo hacemos por motivos de seguridad. No podemos recepcionar nada extraño sin garantías.
Recepcionar, ¡qué gilipollez!
– ¿Un ramo es algo extraño5
– Si yo fuese usted -dijo Tony-,;no le resultaría extraño que una chica joven, que no parece una monja precisamente, me trajese un ramo de flores? Podríamos estar hablando de un acto terrorista o de alguna amenaza. Soy responsable de todo lo que ocurra aquí.
– Compréndalo -intervino Roberto-. Si supiésemos quién es esa chica, si supiésemos que usted la avala, ya no nos resultaría tan extraño cuando apareciese por aquí con otro ramo. Después de lo que ocurrió en su cuarto estamos preocupados por usted.
– No es una terrorista, y como habréis visto por la tarjeta tampoco me amenaza -dije, comprendiendo que era mejor seguirles la corriente-. Es una chica normal a la que socorrí en la playa, se mareó y en algún momento debí de decirle que uno de estos días cumplía años… Es una manera de agradecer mi gesto.
Por fin me encontraba metido en el ascensor. Alguien en condiciones normales no se habría dejado interrogar, en condiciones normales ni se les habría pasado por la cabeza meter las narices en mis asuntos, pero todos sabíamos que estábamos en medio de una guerra sorda. Y no me gustaba nada, pero nada, que hubiesen visto a Sandra, era la segunda vez que había venido al hotel, tendría que decirle que fuese más cuidadosa, no me fiaba de Tony. Al fin y al cabo estábamos en un pueblo, y en un pueblo todo el mundo se conoce y todo el tiempo está relacionando una cosa con otra sin descanso y al final se acaban atando cabos.
Dejé caer el ramo dentro de un florero que había sobre una mesita, como si se diese por sentado que en una suite tarde o temprano entran ramos de flores. Miré hacia el cuarto de baño y miré la tarjeta. ¿Qué hacía primero, leer la tarjeta o echar agua al florero? Me quité los zapatos con esta duda, pero como me los había quitado sentado en el borde de la cama me tumbé y alargué la mano para coger el pequeño sobre.
Leí detenidamente. Leí las palabras de Sandra varias veces. Sonaban a poesía, pero era un mensaje en toda regla. Hablaba de los tallos, de la eterna juventud entre los tallos. Salté de la cama y saqué el ramo. Rompí la cinta del lazo fuertemente atado con el sacacorchos que en las suites parece estar siempre esperando una botella de vino. Me costó trabajo romperlo y no había ninguna señal de haber sido manipulado, por lo que afortunadamente y protegido por una gran suerte, por la suerte de que Tony no fuese tan perspicaz como él creía, yo sería el primero en ver qué había entre los tallos.
Dentro de un papel de celofán había otro envoltorio y casi me pincho con lo que había dentro. ¡Dios santo! Las jeringas desechables con las que debía de inyectarse Karin el misterioso líquido, el oro blanco, porque si no fuese misterioso se podría comprar aquí en cualquier farmacia.
En un laboratorio podrían extraer una muestra para analizarla. Bajaría a la cabina del hotel y buscaría en las páginas amarillas por laboratorios clínicos. Llamaría a unos cuantos por si encontraba alguno abierto.
Así lo hice, pero primero cerré los ojos veinte minutos y procuré relajarme y descansar porque era inútil forzar la máquina y acabar no sirviendo para nada. Por veinte minutos más o menos nada iba a cambiar. En el vestíbulo del hotel, junto a los lavabos, había un teléfono con separadores de madera de caoba a los lados, cogí la guía y comencé a llamar a los tres laboratorios que encontré. El horario al público era hasta mediodía, y sólo en uno me contestó una voz humana. Le dije que no se trataba de una analítica de sangre ni de orina, sino de otra sustancia que no estaba en mi cuerpo. Dijo que analizaban todo tipo de fluidos orgánicos y no orgánicos y me citó para las nueve de la mañana.
Ahora sí que tenía un rato para repasar mis notas antes de ir al encuentro de Sandra. Después de Raquel era la mujer más maravillosa y valiente que había conocido nunca, mi hija era aparte. A mi hija no solía compararla nunca con nadie, nunca habría sido objetivo.
Cuando terminé de colocar los cacharros que Karin había comprado y mientras se calentaba la sopa que había dejado hecha Frida, subí a echar una ojeada al cuarto de baño de Fred y Karin. Entrar en aquella habitación siempre imponía, por el cabecero y la colcha de raso y las cortinas y sus retratos en la pared y la foto del periódico que yo les había regalado enmarcada y que seguramente pensaron que sería preferible que no la vieran los otros sobre la repisa de la chimenea. Era imponente el armario por dentro con los largos y escotados vestidos de Karin, por los que quizá pasó la mano el mismo Führer, y los enormes pantalones y chaquetas de Fred. Había un ambiente especial, lleno de pensamientos de estos dos monstruos, lleno de sus pesadillas, aunque no había observado que tuviesen ningún problema con el dormir, sólo se desvelaban para sus coitos y si al día siguiente tenían que hacer algo fuera de lo habitual. No diría que fueran personas con remordimientos de ninguna clase.
A veces me extrañaba verlos y que fuesen personas de carne y hueso que yo pudiese mirar, porque las atrocidades de las que me hablaba Julián no podían haber sido hechas por seres humanos. Así que cuando después de esto oía decir que alguien era muy humano no sabía si era bueno o malo.
El baño también era imponente. Estaba hecho de mármol traído de las canteras de Macael, como las escaleras, lo que siempre me hacía pensar en las canteras de Mauthausen, donde Julián había estado encerrado como la pobre gente que tantas veces había visto en los documentales. Era un mármol muy fino, fresco, rosa y sobre él destacaban de una manera lujosa los frascos de perfume de Karin. Dentro de los armarios había tarros de crema con tapas doradas y nombres indescifrables. Pero ahora no me fijé en nada de eso, había oído cómo se abría la puerta de la calle con el típico ruido de llaves de Fred. Le gustaba llevarlas un rato tintineando en la mano y según fuera el tintineo así estaba él de mejor o peor humor.
Abrí la tapa metálica de la papelera sanitaria o como narices se llame y para mi sorpresa vi que Frida no la había desocupado. Parecía que los papeles arrugados, dos rulos de cartón de rollos gastados de papel higiénico, un bote de champú vacío y varias cosas más estaban más o menos como yo las había dejado. Parecía que la visión que ahora tenía de aquel contenido se acoplaba a la última que había tenido por la mañana, pero no podía estar segura, no estaba segura de que Frida no estuviera jugando conmigo, porque conociéndola no era lógico este descuido. Frida era la campeona de la limpieza, no se escaqueaba, no dejaba nada sin hacer, era concienzuda, era un soldado de la limpieza. Sentí un temblor por dentro que me quitó radicalmente las ganas de tomarme ninguna sopa al pensar que Frida se hubiese dado cuenta y que fuese a contárselo a Fred y Karin al día siguiente, eso si no había localizado ya a Fred y se lo había cascado. En ese caso, ¿qué excusa podría poner yo? Era su palabra contra la mía y la creerían a ella.
Pero a continuación ocurrió algo que me sacó del bloqueo y que me hizo pensar que antes de tomar decisiones drásticas como confesar o tirarme por una ventana habría que esperar, tendría que esperar callada a que ocurriese algo, porque siempre ocurre, sólo hay que tener paciencia.
Lo que ocurrió fue que Fred estaba hablando con Karin en noruego de una manera que me sobresaltó. Fred nunca le levantaba la voz a Karin, Fred era el perro de Karin, por eso me sorprendió tanto. Salí de puntillas de la habitación dorada y rosa a tiempo de ver cómo subían ellos dos. Fred prácticamente empujaba a Karin, y Karin se vencía sobre una cadera y sobre la otra agarrándose a la barandilla como podía. Al principio pensé que era por mí, Karin debía de ser mi protectora y si aún no me habían pillado espiándolos era porque no habían querido o porque yo tenía un don especial que los cegaba o porque según la ley de la probabilidad era muy improbable que una chica que se habían encontrado vomitando en la playa fuese una espía. Pero afortunadamente el enfado no tenía nada que ver conmigo. Fred estaba tan cabreado que casi ni me vio en el pasillo dirigiéndome a mi cuarto desde el suyo.
Karin vino hacia mí medio llorando y cuando llegó a mi altura se me abrazó. Fred nos miró enternecido. Yo me di cuenta de que Karin fingía que estaba medio llorando. Me separé de ella un poco y le pasé la mano por el pelo mirando a Fred, preguntándole con los ojos qué pasaba.
Me lo dijeron. Karin con su fingido medio llanto me dijo que Fred no comprendía lo que significaban para una mujer sus joyas. Fred pretendía que se las diera a Alice.
Asentí tal como pretendía Karin a pesar de que ambas sabíamos que yo era una mujer sin joyas y que jamás se me había ocurrido pensar en ellas.
– Por Dios, Karin -dijo Fred-, hay cosas más importantes que las joyas.
Karin no dijo nada y Fred continuó.
– La vida es más importante, ¿o no? Vida a cambio de joyas.
– Esa zorra… -dijo Karin-. Me está dejando sin nada.
Entendí que las inyecciones que Otto y Alice les daban tenían un precio en joyas.
– Quiero que vayas a su casa -dijo Fred abriendo la caja fuerte empotrada dentro del armario- y que le digas que se te había olvidado entregarle este pequeño presente y que lo sientes. En mi vida he pasado tanto bochorno como cuando Otto me ha llamado al orden.
– ;No puedes ir tú? -dijo Karin.
– No -dijo, sacando la caja-joyero, que yo conocía, de la caja fuerte. Y en ese momento me salí, me pareció prudente no quedarme mirando las joyas de Karin, sobre todo porque no quería verlas.
– Que te acompañe Sandra. Así os dais un paseo.
La sopa olía a quemado y bajé corriendo y entonces empecé a toser como en días pasados. Me corría un sudor frío por la nunca. Separé la sopa del fuego y me tumbé en el sofá prácticamente en el hueco que había dejado Karin un momento antes.
Debían de estar eligiendo qué joyas llevarle a Alice y me dio tiempo a reponerme y a servir la sopa en unos cuencos de madera que había comprado Karin en el centro comercial.
Nos la tomamos con la presencia de la bolsa de plástico que yo había traído de la farmacia y que usó Fred para meter las joyas para Alice y que dejó caer con un chasquido sobre la mesa. Hablaron un poco en noruego reprochándose cosas, quizá que Fred no hubiese llegado a controlar ese producto que tan caro les costaba, hasta que él dijo que iba a llamar a Otto para decirle que Karin iba a ir a ver a Alice porque tenía mucho interés en hacerle un regalo.
Se levantó, llamó y dijo que nos esperaba a las cinco. Precisamente la hora acordada con Julián para vernos en el Faro.
– ¿No creéis que deberíais ir vosotros? No me siento cómoda, la verdad, involucrándome en un asunto tan privado.
– Por eso quiero que vayas -dijo Fred-, porque quiero que comprendan de una puta vez -Fred dio un puñetazo en la mesa que me dejó pasmada- que eres de la familia y que te mereces entrar en la Hermandad, que te lo mereces más que muchos de los que han hecho méritos haciendo gamberradas por la calle.
Karin miró con admiración a su marido y luego me sonrió.
– Tiene razón -dijo.
Me asustaba que quisieran compartir tantas cosas conmigo. Me asustaba que Fred pudiese rebelarse contra su tribu por mí, esto era algo con lo que no contaba. Seguramente llevaban tanto tiempo guardando secretos y tramando asuntos entre ellos que necesitaban desesperadamente que entrase un tercer jugador para no aburrirse. La Hermandad les proporcionaba seguridad, pero ninguna diversión. Las fiestecitas de antaño estaban bien pero les sabrían a poco. Y más que nada me estaba poniendo muy nerviosa la idea de no poder encontrarme con Julián.
– Tengo cita a esa hora para apuntarme en un curso de preparación para el parto. Podemos ir más temprano a lo de Alice o mejor, mañana.
Fred y Karin negaron con la cabeza.
– Más temprano -dijo Fred- Alice está acostada, es imposible verla desde las dos hasta las cinco. Por que retrases un día la preparación para el parto no creo que ocurra nada.
– Es que se pueden acabar las plazas, ése es el problema -dije.
– No te preocupes -dijo Karin con su diabólica sonrisa-. En mi gimnasio también preparan para el parto, sólo tengo que hablar con el director. Así, mientras yo hago mis ejercicios, tú haces los tuyos. Mañana mismo hablo con él.
Era imposible. Les resultaba imposible no hacer lo que querían en cada momento. Les violentaba tener que amoldarse a las necesidades de otro.
A las cinco en punto aparcaba el todoterreno en la puerta de Alice. Llamamos al timbre y tardaron unos cinco minutos en abrirnos, lo que estaba humillando a Karin. Yo sin querer (qué más me daba Karin que Alice), me puse de su parte. Vivía en casa de Karin, tenía más roce con ella, la conocía mejor. Aunque llegado el momento las dos pensasen en quitarme de en medio, era imposible no tomar partido.
No dije nada para no mortificarla más, ni siquiera la miraba de frente.
– Esta Alice me las va a pagar -dijo mientras se abría la puerta lentamente.
Y mientras andábamos hacia las columnas dóricas me pregunté quién sería peor de las dos, quién podría más contra la otra. Por lo pronto Alice tenía más juventud y fuerza y era quien controlaba el líquido, por lo que
Karin no tenía mucho que hacer, sino aguantar y tragar saliva.
Nos recibió Frida, que por las tardes debía de limpiar esta mansión y tuvimos que esperar un poco más en el salón. Yo estaba ansiosa por reconocer en la cara de Frida si había descubierto el robo de las inyecciones usadas, pero apenas me miró. Ahora que reparaba más en ella me daba cuenta de que me consideraba una intrusa en la Hermandad y que mi presencia en casa de los Christensen debía de haberla irritado mucho.
– ¡Qué mal gusto! -dijo Karin en voz baja paseando la vista por relojes de bronce, por candelabros de plata, por espejos enmarcados en oro, por tapices antiquísimos, por cuadros de museo.
– ¿Son auténticos? -pregunté.
– Si lo son, como si no lo fueran -dijo Karin con desprecio.
Le pregunté si había cogido la bolsa con las joyas y se tocó el bolso en señal de confirmación. Tampoco es que Karin tuviera un gusto exquisito pero era algo más personal y le gustaban las cosas bonitas aunque no fueran caras ni lujosas. Lo de Alice era puro lujo, el abarrotamiento del lujo, que impedía que destacase nada en especial. Me sentía como en una tienda de antigüedades, donde uno va reparando en cada una de las cosas e imaginándosela en un lugar diferente. Yo nunca había comprado una antigüedad, no tenía dinero para comprarla ni casa donde colocarla, pero de lo que estaba viendo me gustaba un jarrón chino que debía de tener dos mil años.
De pronto apareció Alice en lo alto de la escalera. Empezó a bajarla como una actriz, despacio. Llevaba unos pantalones anchos de terciopelo negro con una caída increíble que le daban mucha clase al bajar. Por lo que veía le gustaba mucho el terciopelo, porque también las cortinas eran de terciopelo, azul turquesa en este caso. Llevaba una chaqueta ajustada de lo mismo que los pantalones y le faltaba una boquilla larga para parecer una vampiresa pasada de moda. Al verme le cambió el gesto, no supe si para bien o para mal. Se ahuecó el pelo con las manos, lo que me hizo suponer que era para bien. Se alegraba de verme, y ellos lo sabían. Fred y Ka-rin sabían que el verme la ablandaría y que todo iría mejor. Acababa de darme cuenta de que este gesto les favorecía más a ellos que a mí. Tal vez cuando masacraban a los judíos y a la gente como Julián pensaban que les hacían un favor.
Y aun así yo estaba de parte de Karin, no de Alice. Nos ofreció té. Siempre estaban con el té. Yo pasé del té. Dije que me daba insomnio.
– Con lo joven que eres -dijo Alice-. No me lo creo. Ni siquiera sabes lo que es eso. Te haré una manzanilla.
Me arrepentí de no haberme conformado con el té porque la manzanilla nos retrasaría más. Ya eran las cinco y media. Y encima no consintió que la hiciera Frida, lo que seguramente le envenenaba aún más la sangre a Frida contra mí. Estaba perdida. Fue ella misma a la cocina e hirvió el agua y puso la bolsita en la taza, lo trajo todo en una pequeña bandeja y la colocó ante mí con cierta adoración. Me dio miedo. Después se sentó cruzando elegantemente sus largas piernas y tomó una taza de una porcelana muy bella en la que a saber quién habría bebido antes.
Miró fijamente a Karin por encima de la taza.
– ¡Ah! -dijo Karin sacando la bolsa de plástico con la cruz verde de la farmacia-. Espero que te gusten. Es lo mejor que tengo y lo que más te puede favorecer.
– Pues vamos a verlo -dijo Alice volcando el contenido en el cristal de la mesa baja entre las tazas, el azucarero y las cucharillas. Karin me dirigió una mirada como diciendo: es una ordinaria y no se merece ni mirar estas joyas.
– Un collar de rubíes -dijo Alice sosteniéndolo en la mano-, pendientes a juego, una pulsera de perlas, un anillo con zafiro, si no me equivoco, un anillo con amatista, ¿es oro blanco?
Cogió la pulsera de perlas, tenía cuatro vueltas.
– Es una pena lo de esta pulsera porque le falta el collar.
– ¿El collar? -dijo Karin-. ¡Ah, sí! El collar. Se me ha debido de caer en el bolso.
Ante la despiadada mirada de Alice, Karin hizo como que rebuscaba en el bolso y sacó un collar de perlas de dos vueltas que debía de costar una fortuna.
– Gracias -dijo Alice al cogerlo-. Sé que a ti no te gustan demasiado las perlas, sin embargo a mí me encantan.
Se levantó y se lo puso frente al espejo enmarcado en oro.
– Pesa un poco -dijo-, pero es bonito.
Karin se terminó el té de la taza, yo hice un esfuerzo por tragarme la manzanilla ardiendo y nos levantamos. Miré el reloj, eran las seis menos cinco, puede que Julián aún estuviese esperando.
– Nada de eso -dijo Alice, no os vais aún, vais a probar un bizcocho que ha hecho Frida.
Le dijimos que no teníamos hambre, que habíamos comido muy tarde y que a ninguna de las dos nos entraba un trozo de bizcocho en el estómago.
– Un poco nada más, sólo para probarlo, es espectacular -dijo sin levantarse y con el collar de perlas puesto.
– ¡Frida! -gritó-. Trae un poco de ese maravilloso bizcocho que has hecho.
Nos tuvimos que sentar. También Alice estaba acostumbrada a que los demás hicieran lo que a ella le salía de las narices. Le sirvió más té a Karin, y yo para que no fuese a preparar otra manzanilla le dije que ahora sí que tomaría un poco. Frida apareció con el mismo bizcocho que solía hacer en casa de Karin y nos sirvió un trozo descomunal a cada una, un trozo que casi se salía del plato.
– No pretenderás que nos comamos todo esto -dijo Karin con su sonrisa diabólica.
Entonces Alice le dijo algo en alemán y Karin le contestó otro tanto y estuvieron así unos diez minutos, soltándose lo que parecían reproches, hasta que Karin se levantó.
– Ahora sí que nos vamos -dijo Karin-. Esta criatura tiene cosas que hacer y yo también. Te sale muy bueno el bizcocho, Frida.
Yo también balbuceé que estaba muy bueno aunque lo comía para desayunar cada dos por tres. Por la cara que se le había quedado a Alice daba la impresión de que en la discusión en alemán había ganado Karin. Y por la que se le había quedado a Frida daba la impresión de que le satisfacía que yo aún no pudiese atravesar la barrera del idioma y de los grandes secretos.
– Espera un momento -dijo Alice cuando íbamos a salir.
Karin resopló y miró el reloj como si tuviese algo que hacer, quizá en el transcurso de la visita se le había ocurrido ir al centro comercial, no me extrañaría. Alice abrió una puerta de la planta baja y a los cinco minutos salió con uno de los paquetes de siempre.
– Éste es un regalo personal, es cosa mía.
Karin lo cogió y le dio algo parecido a un abrazo, un apretón de hombros. Se habían reconciliado. En el fondo, como especie en extinción, estaban condenadas a entenderse.
Y hubo un momento, un instante, mientras se desarrollaba esta escena, en que instintivamente me volví a la derecha y pillé a Frida mirándome. Desvió enseguida la vista y no pude sacar ninguna conclusión, pero era evidente que Frida me estudiaba o me vigilaba, y también era evidente que no le había dicho nada a Alice de que yo hubiese cogido las inyecciones usadas, luego o no lo sabía o se guardaba esa baza para otra ocasión. Podría ser que durante el tiempo en que yo ni me fijaba en Frida, Frida ya estuviese observándome.
Para despedirse, Alice me estrechó contra ella como la noche de la fiesta. Noté los huesos de sus caderas contra mí.
Cuando por fin nos sentamos en el todoterreno no me atreví a mirar el reloj, no quería ponerla sobre aviso de que yo por ahí tenía una vida propia.
– Parece que la has puesto en su sitio -dije con cierta admiración, la verdad.
– He tenido que recordarle un par de cosas, la gente es muy olvidadiza. Y ya que estamos en el coche -dijo- podríamos dar una vuelta por ahí, ¿no te parece?
– Vale -dije; estaba cansada de tanto tira y afloja.
– Esta mujer me saca de mis casillas, quiere todo lo que tienen los demás. Si se encontrase tirado por la calle el diamante más precioso y más grande del mundo no le interesaría, sólo lo querría si lo llevase alguien puesto. Y en ti, si no estuvieses con nosotros, ni se habría fijado.
La depredadora Alice. Todos eran depredadores, cada uno con su estilo. Menos Alberto. Alberto me había dado más que me había quitado. Aunque bien mirado, me había quitado la paz. El amor es un arma de doble filo, sirve para ser feliz o para ser desgraciado. Me acordé del Ángel Negro, parecía el más inteligente de todos y quizá él fuera el jefe de la Hermandad. Sólo había aparecido por nuestra casa en la fiesta de Karin y daba la impresión de estar harto de todos ellos. Se me ocurrió preguntarle a Karin por él.
– ¿Y Sebastian?, aquel señor tan elegante que estaba en tu fiesta.
– Sebastian… Sí, ése tiene clase. No tiene nada que ver con Alice. Alice es alguien venido a más, una nueva rica decís vosotros, ya lo habrás notado en sus modales, mientras que Sebastian es otra cosa, a estas alturas aún mido las palabras cuando estoy con él.
Tiré hacia el Faro. Karin iba mirando por la ventanilla. Estaba oscureciendo.
– ¿Adonde vamos? -preguntó.
– No lo sé. El pueblo estará hasta los topes y en casa de Alice ha empezado a dolerme la cabeza.
– Sí, Alice se ha puesto muy pesada.
Para llegar a las palmeras salvajes del Faro había que tomar un camino de tierra, desviarse. Traté de distinguir desde la carretera el coche de Julián y como era natural no eran horas de que continuara esperando, pero ya que estábamos allí era una tontería no acercarme, Karin no podía relacionar la visita a aquel lugar con nada más.
Aparqué junto a la heladería. Sus luces arrojaban fantasmas sobre los árboles de alrededor. A mí me gustaba esta sensación de paz y soledad, pero sabía que a Karin la aterraba, ella necesitaba ajetreo.
– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Karin, que preferiría estar en el centro comercial viendo gente y cosas bonitas.
– Me han entrado ganas de orinar. Seguramente ahí habrá un baño.
– Podrías haberlo hecho en el campo, nadie te iba a ver -dijo soltando una carcajada.
– Sí, es verdad, es la costumbre. Si no quieres bajar, vuelvo enseguida.
– Te espero. No tardes -dijo fastidiada porque no estaba haciendo todo lo que quería.
Por mi parte había sido demasiado atrevida al traerla aquí y me estaba arrepintiendo, contaba con que estuviese ofuscada con la idea de ir al pueblo.
Pasé sin esperar encontrar a Julián y sin saber bien cómo sacar provecho a la situación. Había dos o tres parejas sentadas y dos hombres en la barra bromeando. La camarera de siempre al verme ir hacia los baños me miró y yo la miré. Me acerqué y le pregunté si habían dejado algún mensaje para mí.
– ¿Para ti? -dijo sopesando si estaba dispuesta a darme esta información.
El corazón me latía muy fuerte. Si a Karin le daba por entrar estaba perdida. La camarera miraba por debajo del mostrador. Oí el portazo de un coche y estuve por echar a correr para fuera, cuando aquella metomentodo sacó un papel, me miró detenidamente a la cara con ganas de darme su opinión sobre mi relación con el viejo Julián y me lo dio. Me lo guardé en el bolsillo e iba a decirle que por favor tuviera los labios cerrados, pero no dije nada porque sería darle demasiada importancia y al final recordaría mejor este suceso. Salí sin pasar por el baño y una vez fuera vi otro coche junto al nuestro y comprobé si a través de la ventana del local me habría podido ver Karin hablando con la camarera y metiéndome la nota en el bolsillo. Y era posible.
– ¿Ya? -dijo Karin.
No dije nada, me limité a suspirar como si me presionara el diafragma y puse el coche en marcha.
– Todas las joyas eran preciosas, pero el collar de perlas… -dije mientras dirigía el morro del todoterreno hacia el pueblo.
– A ti te habrían quedado muy bien y no a esa vieja, no sé qué se creerá que es. Las perlas son para las jóvenes. ¿No piensas quitarte nunca el pendiente de la nariz?
– Ya que me hice el agujero tengo que aprovecharlo.
Se removió en el asiento a gusto, le agradaba estar conmigo. Pasé de largo el desvío hacia el Tosalet y me introduje en el fragor del pueblo. Notaba el entusiasmo creciente de Karin, no me decía nada por si no me había dado cuenta y daba la vuelta a casa. Me detuve en el parking del centro comercial.
– ¿No decías que te dolía la cabeza? -dijo algo excitada.
– Sí, pero ya se me ha pasado y tenemos que olvidar lo de Alice, ¿verdad?
Estaba como una niña con zapatos nuevos, como se suele decir. No se esperaba que saliera de mí ir al centro comercial sin tener que pedírmelo ella. Confiaba en que cualquier duda, cualquier sospecha, cualquier sombra que en el Faro se le hubiese cruzado por la cabeza se desvaneciese ahora. Cuando estábamos dentro y ya habíamos cogido el carro y a ella se le iban los ojos tras las cosas bonitas, le dije que no sabía si me había dejado las luces encendidas y que regresaba enseguida, que sabría dónde buscarla.
En cuanto la perdí de vista saqué la nota del bolsillo. Era un croquis sin nombres. Había dibujados unos círculos, tres para ser exacta. Cada uno tenía una letra, A, B, C. El círculo C encerraba una cruz. También había un rectángulo y unas palmeras. Cerré los ojos para serenarme, y al abrirlos y mirarlo detenidamente, el dibujo empezó a parecerme familiar. Palmeras bajas, salvajes, banco y piedras. Era el lugar del Faro donde Julián y yo nos sentábamos antes de que refrescase, lo que podría significar que debajo de la piedra C me había dejado algún recado. Podría ser una forma de decirme que no fuese por el hotel, sino al Faro. Pero ahora sería complicado ir. Tardaría demasiado y a Karin le extrañaría y se impacientaría. Aunque también podría inventarme algo por el camino, cuando Karin era feliz estaba dispuesta a creérselo todo. Karin sabía que no le quedaba mucho de buena vida, en cuanto se cerrase el grifo del líquido mágico ella se encogería, se postraría en una silla y ya no podría salir de casa. Las joyas también se le acabarían algún día. Tenía que disfrutar el momento.
Salí de allí, pitándole a todo coche que se me cruzaba y me entorpecía. En la moto habría llegado en un periquete, pero con este tanque todo se complicaba.
Por fin llegué al Faro. Era una locura haber dejado sola a Karin. Tardé un cuarto de hora en recorrer el camino por las malditas curvas. Dejé las luces apuntando al banco y a las palmeras y cuando di con la piedra C me abalancé sobre ella. Pesaba bastante, pero finalmente la tumbé, cogí un papel que había debajo envuelto en plástico, coloqué de nuevo la piedra y salí corriendo. Era como estar en un concurso de esos de la tele en que hay que superar pruebas a gran velocidad. ¿Me sentaría mal tanto ajetreo? Dentro de dos meses desde luego no podría hacerlo, ahora afortunadamente aún podía. Subí ai coche, lo puse en marcha. En los semáforos suplicaba que se abriesen pronto, suplicaba con toda mi alma, y luego supliqué que hubiese un sitio vacío en el parking. A esta hora el centro comercial se iba poniendo hasta los topes, y si no encontraba un sitio no habría forma humana de explicarlo. Y mis súplicas fueron oídas, encontré sitio un piso más abajo. En este punto, si Karin preguntaba algo, quizá pudiera hacerle dudar de sí misma. Sudaba por todos los poros de mi cuerpo y el corazón me iba a mil. En cuanto pisé el supermercado traté de controlar la respiración, no quería que me viese agitada. Me sequé el sudor de la cara. Había tardado casi tres cuartos de hora. Y otra súplica más, me juré que ésta sería la última de la tarde. Supliqué ser capaz de distinguirla enseguida entre aquella multitud.
Me situé en un punto central, me concentré y barrí con la vista sección por sección. En la súplica se incluía el que no estuviera detrás de ninguna columna. La vi. La vi en la sección de librería comprando varias novelas de letras doradas.
Me situé a su lado y le cogí la bolsa con los libros.
– ¿Dónde te has metido?, estaba preocupada. No te habrás mareado.
El comentario tenía trampa, lo sabía, así que le dije que no, que simplemente no la encontraba, era imposible con tanta gente y estaba a punto de tirar la toalla y hacer que la llamaran por megafonía cuando la había visto.
– ¿Son buenas esas novelas?
– Estoy deseando empezar. Hoy no voy a ver la televisión.
Bueno era saberlo para subirme yo también corriendo a mi cuarto. No quería quedarme sola con Fred. Eran ya tantas las cosas que tenía que ocultar que alguna se me podría escapar.
Para desviar la atención de Karin del hecho de tener que coger el ascensor para bajar un piso y del poco tiempo que figuraría en el ticket del parking, le dije que me gustaría aprender alemán, que pensaba que aprender alemán me abriría puertas y que tal vez ella podría enseñarme.
– Por ejemplo -le dije-, ¿cómo se diría: «Vivo en casa de Fred y Karin. Fred y Karin son mis amigos»?
Karin soltó una parrafada en alemán y luego se quedó pensativa.
– No creo que tenga paciencia para enseñarte, es mejor que vayas a una academia. Conozco una muy buena.
A lo tonto a lo tonto, Karin había pagado el ticket y yo lo había cogido y lo había tirado en una papelera, habíamos bajado el primer piso y ya estábamos abriendo el capó y metiendo allí la compra de Karin. Esta vez, además de sus típicos caprichos, había comprado cosas prácticas como fruta y leche. Fue entonces cuando miró a su alrededor y dijo que no habíamos aparcado aquí. Le dije que sí, lo que pasaba es que ahora en lugar de las escaleras mecánicas habíamos cogido el ascensor.
Volvió a echar otro vistazo alrededor y no dijo nada. Podría haberle dicho que al volver a comprobar si me había dejado las luces me había dado cuenta de que estábamos aparcadas en una plaza reservada a los inválidos y que había tenido que moverlo, pero opté por el camino más corto. Si se lo creía, bien y, si no, tampoco se habría tragado lo otro.
– ¿Nos vamos ya a casa? -pregunté para sacarla de sus pensamientos.
– Iremos más por ti que por mí, yo no me canso.
Le pregunté, para sacarla de nuevo de sus pensamientos, si no le importaba que antes pasáramos por casa de mi hermana para comprobar que todo estuviera en orden y para recoger una carpeta que me había olvidado allí, una carpeta que por supuesto no existía.
Estuve esperando en el Faro una hora y Sandra no apareció. Era muy fácil que le surgiese cualquier contrariedad y no pudiera acudir a la cita. Cuando ocurría esto no sabía si esperar más o marcharme. Me daba pena que inventara cien mil historias para poder venir y que yo me hubiese ido. Y lo que me parecía realmente peligroso es que apareciera otra vez por el hotel. Sobre todo quería avisarla de que no fuera por allí a buscarme, de que cuando necesitara comunicarse conmigo lo hiciera aquí mismo, en el Faro. Nuestro problema hasta ahora había sido dónde podría dejarme mensajes y yo a ella. A veces había estado tentado de hacerme con un móvil de aquí y darle dinero a ella para que pudiera llamarme, pero las llamadas acaban delatando, las llamadas son indiscretas, nunca puedes saber en qué situación se encuentra la persona a la que llamas. Era mejor así. Cuanto menos pudieran localizar nuestras vías de contacto, mucho mejor. Por eso la pareja noruega no usaba móviles y muchos de los invisibles tampoco tenían teléfono fijo. Por lo general usaban el de alguien conocido o de bares cerca de casa. Fue entonces cuando me vino a la mente el que podría ser el buzón para nosotros más sencillo: el sitio que mejor conocíamos, el banco de piedra donde tantas veces nos habíamos sentado. Ése era el lugar donde podríamos dejarnos los mensajes y mientras en la heladería me tomaba un descafeinado y un bollo a rebosar de mantequilla y azúcar le dibujé un pequeño plano del lugar. Era muy elemental, pero si no se podía relacionar una cosa con otra no era tan fácil descifrarlo.
Doblé el papel y puse: «Entregar a la chica del pendiente en la nariz».
Conduje despacio hacia la casita para que Karin se fuese distanciando de lo del parking antes de llegar a Villa Sol. En cuanto dejamos el pueblo atrás el paisaje se hizo precioso, oscuro con pequeñas luces aquí y allá, las sombras de los árboles se movían y el cielo nos tragaba. Y estaba compartiendo este momento con un ser que había matado a cientos de personas sin pestañear, sin remordimientos y con sadismo. Me llegaba su perfume y abrí la ventanilla.
– Eres muy romántica, ¿verdad, Karin? Te gustan mucho las historias de amor.
– No podría vivir sin eso, ahora ya soy vieja, pero hay historias que me lo recuerdan. Disfruto mucho. Es la sal de la vida, el amor, la conquista, la seducción. No puedes imaginarte cómo era Fred cuando le conocí. Era un hombre espectacular. Alto, guapo, con determinación, era tal como lo había soñado. Era un atleta, hacía toda clase de deportes, montaba a caballo, esquiaba, era montañero, un hombre superior…, completo. Me enamoré nada más verle. Era digno de estar en una novela o en una película. Ahora somos dos viejos. ¿Qué edad tienen tus padres?
– Mi madre cincuenta y mi padre cincuenta y cinco -dije pensando que la descripción que me hacía Karin de su Fred era como la que me había hecho Julián, sólo que ésta menos idealizada. Para Julián, Fred era la materia prima que Karin necesitaba para escalar posiciones y yo añadiría que para moldear sus sueños romanticoides. Por lo que había deducido hasta aquí, Karin podía ser terriblemente práctica y también fantasiosa.
– ¿Y tus abuelas?
– Ya no viven. Conocí muy poco a mis abuelas, a veces no sé si las recuerdo o las imagino.
– Ahora me tienes a mí -dijo.
Y sin querer le sonreí satisfecha; incluso sabiendo que era una escenificación por parte de ambas me sentí reconfortada. Karin ni en los momentos de mayor debilidad ni en los que lograra sentirse más humana daría más de lo que recibiese a cambio, no estaba acostumbrada a la generosidad, no entraba en su comportamiento.
En la casita, como la llamaba Julián, había luz. Detuve el todoterreno y le dije a Karin que si quería me esperase allí, pero tal como me imaginaba no quiso. Cuando se encontraba bien no estaba dispuesta a perderse nada.
Bajó del coche sujetándose en mí y esperó conmigo a que nos abriesen. En el fondo la traje aquí para que tuviese muchas cosas en la cabeza y se hiciese un lío. Pensé que en su cabeza este detalle tendría más importancia que el haber parado en el Faro o que hubiera dudado del piso en que habíamos aparcado en el súper. De contarle algo a Fred, tendría que contarle su conversación con Alice. A Fred sólo lo pondría en mi contra cuando no me necesitase o yo le fallara, mientras tanto estaba dispuesta a escenificar.
Salió un hombre en pantalón corto y con los pelos revueltos, el tipo de hombre que cuando está en casa está hecho un cerdo. Abrió la cancela cansinamente, iba descalzo a pesar del frío que hacía, el tipo de hombre para el que entrar en su casa es como entrar en la cama. Era profesor de instituto. Sabía por mi hermana que había pedido el traslado a un lugar de playa huyendo de un divorcio. Le dije que venía a ver si necesitaba algo y a recoger una carpeta que me había olvidado. Se hizo a un lado para que diéramos los cuatro pasos que nos ponían en el umbral. No quería ni pensar cómo me encontraría el salón.
– ¿Una carpeta, dices? -y se rió como un loco.
Como me temía, todo estaba inundado de carpetas, papeles y dos dedos de polvo.
– Si me dejas mirar, la reconoceré.
– Haremos una cosa, me dejas que yo la busque y mañana te pasas por aquí -y volvió a reírse, el divorcio le había trastornado, o su mujer se había divorciado de él porque estaba trastornado.
– ¿Vives solo? -dije por romper la tensión.
– Mucho cuidado con lo que preguntas -dijo acercándoseme de una manera intimidatoria-, luego no te quejes de mi contestación.
¡Dios santo! Estaba fatal.
– Muy bien -intervino Karin con su acento extraño-. Mañana a esta hora mandaremos a alguien a recoger la carpeta.
Y a continuación soltó una frase en alemán con una seriedad y una cadencia que no sólo dejó desconcertado al profesor sino también a mí.
– No he entendido nada -dijo el profesor.
– He dicho -dijo Karin mirándole muy seriamente con su difícil cara- que te metas la lengua en el culo y que te duches, esto huele a estiércol.
Me sentí muy avergonzada por Karin, por el loco profesor, por la humanidad entera y muy aliviada porque un percance así era lo que necesitaba para que Karin no pensara en que yo hacía cosas extrañas.
– Si mi hermana viese cómo está la casa -dije al subir al todoterreno-. No tiene ningún mueble bueno en la casa, pero los cuida como si fuesen los de Alice.
– Hay cosas que no se pueden tolerar -dijo Karin enfadada-. ¿Es que se cree que sólo sus repugnantes carpetas son importantes? Se ha reído de tu carpeta. Más le vale que aparezca.
De pronto, me dio miedo el odio que Karin le había tomado al pobre profesor desquiciado.
– Karin, no se ha reído de mi carpeta, nadie se puede reír de una carpeta, está un poco fuera de sí, nada más.
– Te ha hecho propuestas sexuales de muy mal gusto.
– Sólo quería asustarnos, estoy segura de que no es capaz de matar ni a una mosca. Y gracias por dar la cara por mí, pero de verdad que es inofensivo.
– Mañana vendrá alguien a buscar la carpeta y a pedirle que se comporte. No es sólo por ti, es por sus alumnos, ¿qué clase de formación dará a los jóvenes?
– No te preocupes por eso, Karin, la gente cambia mucho en el trabajo. ¿Y quién va a venir por la carpeta, Fred?
– Mandaremos a Martín. Martín sabe tratar a esta gentuza.
La noche acababa de dar un giro espectacular, me preocupaba la vida de este hombre sin peinar al que acabábamos de abordar en su casa y que sin comerlo ni Deberlo estaba corriendo un gran peligro. ¿Quién me decía que algunos de los asesinatos sin resolver que ocurrían por esta zona no eran obra de la Hermandad?
– Tendríamos que ser más caritativas. Mi hermana me contó que le ha abandonado su mujer. Está muy enamorado de ella y no lo puede soportar, se le ha ido la cabeza un poco.
– La demencia es una lacra terrible -dijo arrastrando las erres con mala leche.
Parecía que Karin tenía ganas de castigar a alguien y que le había tocado al pobre hombre.
Aparqué junto a un bar y, mientras Karin se tomaba un descafeinado con leche analizando a la gente, llamé a mi hermana desde el teléfono público y le conté cómo era el inquilino y que quizá acabaría dando problemas. Mi hermana me escuchaba menos habladora que de costumbre.
– Te noto cambiada -dijo.
– Estoy bien -dije sin saber qué decir ante ese comentario.
– Es la voz. Pareces mayor, será por la presión del diafragma.
– Pues no lo había pensado, pero yo me veo como siempre.
– Como siempre, no -dijo ella sacando a relucir su vena autoritaria. También tienes la voz más triste. No te habrás metido en un lío, ¿verdad?
– ¿En qué lío me voy a meter aquí? Tengo mis preocupaciones.
– Pues a ver si te preocupas por darle un padre a tu hijo.
Le iba a decir que a ella qué le importaba, que se metiera en sus cosas y que yo le estaba haciendo un servicio encargándome de controlar al inquilino y haciendo un seguimiento de la casa, aunque por supuesto no se lo dije, quería escuchar su voz, tan antigua como yo misma. Sólo nos llevábamos dos años y no podía decir si me gustaba o no, simplemente había crecido con ella y la echaba de menos y por eso había llamado. Ahorp que me estaba contando que mis padres se habían peleado otra vez me daban ganas de colgar, ya no la escuchaba y lo que me pedía el cuerpo era salir corriendo.
– Eres una enredadora, ahora mamá me echa en cara que no te haya dejado el chalé hasta que te saliera de las narices venir. Has conseguido que se enfade conmigo.
Hacía que me acordase de cómo era yo antes de conocer a Fred, a Karin, a Julián, a Otto, a Alice, a Martín, a la Anguila. Me recordaba que hay una vida en que no pasa nada fuera de lo normal, por trágico que sea. Karin estaba a unos pasos, sentada en un taburete con la taza en las manos y observando a la gente, a la que afortunadamente ya no podría meter en un vagón de tren camino de un campo de concentración.
Le habría dicho algo a mi hermana, le habría enviado una señal de que sí que estaba metida en un lío, en un lío y en un caso de conciencia, pero me habría pedido todo tipo de detalles, y yo no quería que lo supiera, sólo que lo intuyera, que lo adivinara. Así que le pregunté por mi cuñado y mis sobrinos con un gran sentimiento de lejanía, como si de repente yo tuviera ochenta años y tratara de no perder el pasado.
– Diles que no se preocupen por la moto, siempre le pongo la cadena.
Al llegar, Fred nos echó la bronca por nuestra tardanza de unas cuatro horas. Dijo que estaba a punto de desplegar los efectivos. ¿Los efectivos? Karin me echó una sonrisa cómplice, yo también a ella. Quería jugar a que fuésemos niñas malas y Fred nuestro protector. Él en el fondo estaba contento de ver a su mujer exultante. Me pidió que le acercara el bolso y lo abrió. Le enseñó el pequeño paquete a Fred con una sonrisa esta vez sí que diabólica de verdad. Yo iba a intervenir para decirle a Fred que Karin había puesto a Alice en su sitio, pero un sexto sentido me contuvo. Había cosas, detalles que ya eran sólo para nosotras dos. Karin abrió el paquete torpemente por la deformidad de los dedos.
Aunque lo dijo en noruego lo entendí. Tres. Alice en su infinita racanería o generosidad, no sabía bien, le había regalado tres ampollas. Menos es nada. Tres chutes más de energía. Probablemente no esperaría a sentirse mal, esa noche se inyectaría una para que le fuese haciendo efecto mientras dormía, y, ¡aleluya!, tiraría la jeringa usada en la papelera del baño y tal vez Frida al verla se hiciese un poco de lío. Tendría que olvidar a Frida, no podía estar pendiente de todo, había hecho lo que tenía que hacer y el riesgo estaba perfectamente asumido.
Me levanté muy temprano para desayunar y tomarme las pastillas y poder estar a primera hora en el laboratorio. Llevaba las inyecciones tal como las había sacado de entre los tallos de las flores, liadas en papel higiénico y después en un trozo de celofán. No quería sacarlas y que les diese el aire y que así se alterara el poco producto que pudiera quedar. Esperaba que en el laboratorio fuesen muy expertos y capaces de realizar un análisis con tan poca cosa y también esperaba que quisieran hacerlo.
Había citado a Sandra a las tres y media donde siempre. ¿Habría levantado la piedra y cogido el mensaje? Ojalá pudiera tener a esa hora los resultados de los análisis.
No se podía. Me recibió primero una ayudante y cuando vio de qué se trataba salió a hablar conmigo el jefe del laboratorio, que era casi tan viejo como yo. Había dos pacientes más en la sala y a la ayudante le dije que me gustaría que fuese confidencial, entonces me dirigió a un despacho de caoba que parecía arrancado de un bufete de abogados del siglo pasado. Saqué las inyecciones envueltas.
– Ya han sido usadas -dije mientras él las iba desenvolviendo- y querría saber si queda algún resto analizable.
– ¿De qué producto estamos hablando?
– Eso es lo malo, no lo sé, no tengo ni idea, y estoy muy preocupado. Se trata de un hijo, le he pillado varias veces inyectándose. No quiero que acabe siendo un drogadicto.
– ¿De qué edad estamos hablando?
– Treinta y ocho años, mayor de edad, pero un hijo es un hijo. No puedo mirar para otro lado.
– Comprendo -dijo.
– ¿Viven aquí?
– No, estamos de paso, de vacaciones, creí que con el mar y el sol dejaría de tomar cosas, pero no ha resultado.
– Está bien. Haré lo que pueda. Veré si puedo aprovechar alguna gota. ¿Una dirección?
– Precisamente estamos cambiando de hotel. Mi hijo nos pone en situaciones difíciles. Vendré cuando me diga.
– Estará listo mañana por la tarde o pasado, según la dificultad.
– Bien, me pasaré mañana por si hubiese suerte.
Estaba nervioso, sabía que este hombre experimentado encontraría algo verdaderamente sorprendente. Seguramente Salva no había tenido acceso al producto. Sabría de su existencia, pero nunca habría tenido una gota en la mano, aunque tal vez sí hubiese llegado a saber dónde lo fabricaban. Podría tratarse de uno de los múltiples experimentos de los nazis. Estaban muy interesados en la inmortalidad y el mismo Führer había mandado expediciones para encontrar el elixir de la la vida eterna, como había mandado buscar el Arca de la Alianza o el Santo Grial. Podría ser un experimento genético en toda regla.
De momento no tenía nada urgente que hacer hasta la hora de mi cita con Sandra, por lo que decidí resolver algo que tenía pendiente: acercarme por la residencia de Salva, Tres Olivos, y preguntar un poco más a fondo por las pertenencias de mi amigo. Hablé con la misma leona de la vez anterior, más fuerte si cabe de lo que la recordaba. Estaba insultantemente morena.
– ¿Otra vez por aquí?
Decía mucho a su favor que me recordara, significaba que prestaba atención a los detalles, y los ancianos dependemos de pequeñas necesidades y detalles que hay que atender.
– Tiene usted una memoria envidiable.
– No tengo más remedio, si no esto sería un caos.
– Mire, he venido de muy lejos para ver a mi amigo Salva y resulta que cuando llego aquí ha muerto y sólo me deja una nota. ¿No recuerda qué hicieron con sus pertenencias?
– Me parece que se lo dije, la ropa fue a una parroquia y los papeles los quemamos.
– ¿Los quemaron? ¿Todos?
Se estaba impacientando. No le gustaba dar vueltas a las cosas.
– ¿No quedará alguna caja por ahí con algo suyo?
No decía una palabra, me miraba fijamente diciendo, sin hablar: ya te he dicho todo lo que tenía que decir.
– Salva merece que nos preocupemos un poco más por él aunque ya haya muerto.
– No lo dudo -dijo-, pero mire cómo tengo el comedor. Éstos también necesitan que me preocupe por ellos.
Y entonces se me ocurrió una pregunta descabellada o que no seguía el hilo de la conversación.
– Perdone, pero ¿quién financia la residencia, es estatal?
A partir de aquí empezó a mirarme de otra manera.
– Es privada, con una pequeña subvención del Gobierno, pero está sometida a los mismos controles que cualquier residencia del Estado. Todo está en regla. Por Salva no se pudo hacer nada y él lo sabía. Fue muy consciente hasta el final de cuál era su situación. Era una persona excepcional. Sentí mucho su pérdida.
Me dejó entrar en la habitación de Salva, estaba vacía, las mantas dobladas sobre el colchón. Desde su ventana se veía una huerta y luego el horizonte con montañas. Aquí Salva pensaba, aquí me escribió la carta, aquí pasó los últimos días de su vida. Abrí los armarios sin suerte, estaban vacíos y miré debajo del colchón con el mismo resultado. Sin embargo Salva era previsor, muy previsor, y era de suponer que si quería dejarme alguna información habría buscado algún sitio que yo tenía que descubrir. A Salva no le agarrotó la idea de que ya tenía la muerte encima porque conocía la muerte, la había mirado a los ojos y la había retado. Al Salva que yo conocía no le habría acojonado la muerte.
Estaba convencido de que Salva había considerado la posibilidad de que se deshicieran de sus cosas y que yo al llegar no encontrase nada. También podría ser que su legado no estuviera en la habitación, sino fuera, en alguna parte del jardín o en algún lugar donde fuera normal que hubiese papeles. En la biblioteca quizá. Cerré la puerta con la sensación de que estaba viendo algo pero no sabía el qué.
No me esperaba una biblioteca con tantos ejemplares, unos cinco mil, donación según me contó la encargada de un historiador que había pasado sus últimos años en la residencia olvidado de todo el mundo. Aquí hay mucha gente, me dijo la encargada de la biblioteca, que se deja su último aliento sin que nadie se acuerde de ellos, y las amistades que hacen aquí y nosotros mismos somos su único consuelo. Luego la familia protesta porque nos han regalado la biblioteca o nos han hecho una donación en dinero. Le pregunté qué libros solía leer Salva.
– Salvador… era un hombre muy inteligente, conservaba la cabeza en muy buen estado y era el único que no te mareaba contándote su vida. Sobre todo leía historia y algo de medicina. En general lo que más le interesa a la gente mayor que ha vivido la guerra civil es la historia y también los fascículos -me señaló varios estantes llenos de fascículos manoseados- sobre cómo cuidarse y alargar la vida. Creo que Salva se los leyó todos, pero llegó un momento en que esta biblioteca no tenía lo que él buscaba y se marchaba a la universidad. Hasta que se puso mal, mal, se pasaba los días taxi para allá, taxi para acá, la de dinero que se habrá gastado ese hombre en taxis.
Me pareció que el dinero de los mayores (como ella nos llamaba) sí que le importaba, pero no era el momento ni la persona adecuada para preguntar por el dinero de Salva. Me dirigí a la sección de historia y cogí dos volúmenes de la segunda guerra mundial. De haber anotado algo, de haber dejado alguna señal lo habría hecho en lo que a mí me resultaría más familiar, Mauthausen.
No se le concedía mucho espacio a este campo ni había nada subrayado. Busqué en el capítulo de «Republicanos españoles en los campos de la muerte» y tampoco observé nada significativo. Sería cosa de ir mirando libro por libro, pero tenía miedo de que cualquier percance que me encontrase por la carretera me impidiera llegar a tiempo al Faro, sería imperdonable, y por otra parte puede que Sandra y yo hubiésemos avanzado mucho más en la investigación de lo que Salva hubiera podido llegar a imaginar. No era probable que hubiese tenido el líquido en las manos, habría sido un sueño para él. En el fondo Salva lo único que me habría legado serían sospechas. Y más aún, si fuese creyente pensaría que Salva desde el Más Allá me había enviado a Sandra para que pudiera terminar el trabajo que él había empezado.
Y otra cosa, podría ser que estuviera sobrevalorando a Salva. Cuando pensaba en él, siempre veía al hombre de cuarenta años convertido en una máquina de cazar nazis. Como todo ser humano habría perdido facultades y puede que supiese menos de lo que yo creía. Aun así había sido capaz de descubrir él solo que en este pueblo se concentraba una hermandad de nazis y que ensayaban en sí mismos un experimento de hace cincuenta años que les rejuvenecía. O quizá de menos años. Dábamos por hecho que los nazis se limitaban a no ser descubiertos, a envejecer y a morir en paz, pero puede que hubiesen continuado desarrollando algunos inventos para su uso particular y para venderlos.
De regreso al pueblo, dudé si pasarme por el bar. Hoy tocaba macarrones con tomate y salmón a la plancha, todo muy pesado, y además la visita a la residencia me había quitado el hambre. Si Salva, como decían en la residencia, había ordenado mandarme aquel sobre después de morir, tendría que habérmelo contado todo con pelos y señales y enviarme cualquier información que me ayudará y no así con medias verdades, pensé una vez más, pero esta vez bastante cabreado por el incomprensible comportamiento de Salva. Me compré un bocadillo y una botella de agua grande y me fui derecho al Faro. Me comí medio bocadillo y me tomé las pastillas en el banco entre las palmeras salvajes en que nos sentábamos Sandra y yo cuando hacía buen tiempo. Luego empecé a tener frío y me metí en el coche, aprovecharía para dar una cabezada hasta que llegara.
A las dos ya habíamos comido con la ligereza acostumbrada, hacíamos un horario mitad europeo, mitad español. Nos había dado tiempo a ir a gimnasia y a dar una vuelta por la playa. Karin me dijo que había hablado con el director del gimnasio y que no había ningún problema para apuntarme a preparación para el parto. Al decirme esto, me di cuenta de que casi me había olvidado de la criatura que llevaba dentro y me pregunté si no sería una madre desnaturalizada, si no me habría metido en este embrollo para no estar pensando constantemente en lo que se avecinaba. No es que me hubiese olvidado de que estaba embarazada, eso era imposible, sería como olvidarme de andar, pero había dejado de darle importancia. Aunque bien mirado, a efectos prácticos y reales, pensara o no pensara en ello, la gestación seguía su curso y ninguno de los dos nos estábamos quietos, cada uno en su mundo hacíamos lo que teníamos que hacer. El futuro era una incógnita, como se suele decir, porque cuando me dijeron que estaba embarazada imaginé nueve meses en un mundo aparte, el de las embarazadas, lleno de cosas nuevas e íntimas. Y mira ahora qué vida llevaba, desde luego no llevaba vida de embarazada y puede que ninguna la llevase, esa vida no existía.
También me dijo que si me decidía por su gimnasio ella se haría cargo de la cuenta. No dije ni que sí ni que no, no me comprometí, pero había decidido que tanto esto como cualquier otra cosa relacionada con mi hijo la pagaría yo con lo que cobraba trabajando para ellos. Hasta ahora mi propio cuerpo lo separaba de ellos, no podían hacerle nada y cuando esto terminara nunca tendrían contacto con él. Sólo los pequeños jerséis que le estaba haciendo, cada vez más de tarde en tarde, servirían de recordatorio. Por supuesto jamás le pondría el que le hacía Karin. También en esto Karin me había revelado su verdadera cara. Una vez que me había atraído hacia ella con el asunto de enseñarme a hacer punto prácticamente no había vuelto a tocar las agujas. Al jersey le faltaban las mangas y el cuello y no parecía que tuviera intención de terminarlo, y eso que era diminuto. Karin no era hogareña, cuando estaba en casa era porque no tenía más remedio. Hoy había vuelto a la fuerza porque se había encaprichado con la idea de hacer una excursión a un rastrillo de antigüedades en el interior de la comarca. Tuve que decirle que retiraban los puestos al mediodía y que además Fred podría enfadarse otra vez si llegábamos tan tarde. Karin se encogió de hombros, no se tomaba en serio a Fred. Entonces tuve que decirle algo que en cierto modo era verdad: que Fred estaba a las duras y a las maduras, que Fred estaba ahí cuando ella no se encontraba bien y que a Fred no le importaba que se deshiciera de sus joyas a cambio de una medicina que le venía muy bien. Fred vivía para ella, y ella en compensación no debía crearle preocupaciones.
– Te has dado cuenta, ¿verdad? -dijo-. He tenido al mejor. Todas me envidiaban, incluso Alice me ha envidiado alguna vez. Le habría gustado quitármelo, pero no ha podido, sólo puede arrebatarme las joyas.
Me pregunté si alguna vez habría querido al Fred real, si lo habría amado con sus defectos, o si el Fred de novela se había comido al real. Él sí parecía quererla tal como era, con la artrosis y la cara de bruja y sus fantasías y su maldad, es que quizá si no fuera por ella le esperaba el abismo. Lo importante fue que, tras esta charla, se conformó con volver a casa, y yo podría acudir a mi cita con Julián. El que ahora mismo estuviese alguien fuera de esta casa esperándome, alguien que no se parecía en nada a Fred y Karin, me daba alas y ganas de luchar.
Y para continuar hablando de Fred y que no encontrara otra excusa para seguir de farra le pregunté cómo se había dado cuenta de que estaba enamorada de Fred. Tuvo que pensar. Tal vez estaba buscando alguna frase leída en sus novelas.
– No sé -dijo-, es algo que no se puede explicar.
Sería lo mismo que yo contestaría si me preguntaran qué sentía por Santi. Sin embargo, lo que sentía por Alberto era como tirarme en paracaídas. Lo sabía aunque hiciese demasiado que no veía a Alberto y nunca me hubiese tirado en paracaídas.
Julián
Oí en sueños que alguien llamaba a la puerta. Abrí los ojos y era Sandra pegando con los nudillos en el cristal. Me maldije por haberme quedado dormido, si ella no hubiese visto el coche… Pero también era cierto que me encontraba más despejado después de esta cabezada. Sandra había recuperado algo de color en la cara, como si se estuviese acostumbrando a ser una enamorada no correspondida, y desde que llevaba las botas de montaña parecía más alta. Entramos en la heladería y nos sentamos en nuestra mesa de siempre. Ya teníamos el banco de siempre, la mesa de siempre. En medio de tanta incertidumbre, de tantas sombras y sospechas habíamos ido creando un pequeño orden. No sabía si sería por su estado o por los acontecimientos, el caso es que Sandra parecía mucho más madura que cuando la vi en la playa la primera vez y luego en su casita. Parecía que habían pasado sobre ella cinco años, tal vez diez, volando.
– Mañana probablemente nos darán los resultados del análisis. Me inclino ante ti, Sandra, eres muy valiente, pero no quiero que sigas siéndolo. ¿Se ha dado cuenta alguien de lo de las jeringuillas usadas?
Negó con la cabeza, pero Sandra aún no había aprendido a mentir rotundamente, los ojos no eran tan rotundos, sus ojos verdosos un poco inclinados hacia abajo, por lo que a otros no les parecerían bonitos pero que a mí me encantaban, tenían el brillo chispeante de cuando se intenta engañar al contrario.
– ¿Se ha podido dar cuenta de algo Frida? -no dejé que contestase-. Frida es un arma letal. He estado investigándola. Se llama Frida… Bueno, es mejor que no sepas cómo se llama, se te podría escapar. Vive en una casa de campo con varios jóvenes más, que probablemente pertenecen a la Hermandad. Dos de ellos, Martín y tu amor, son gente de base a las órdenes de esta panda de carcamales por los que sienten devoción. En compensación los carcamales los mantienen muy bien. Seguramente cada uno de ellos tiene que hacerse merecedor de una buena suma en algún paraíso fiscal y entretanto pertenecen a un grupo con ideología, con armas, con una religión propia y con pasado, lo que les hace sentirse especiales. He visto a Frida, la he seguido y he comprobado que es fría y desalmada y hará cualquier cosa que le ordenen porque para ella la única ley que existe es la del grupo y todo lo de fuera es irreal. No sé si me entiendes.
La verdad es que no había visto a Frida matando a nadie, pero me la imaginaba muy bien matando a Elfe o a cualquiera que le mandasen sus jefes. ¿Quién sería su jefe directo? ¿Heim, Sebastian, Otto, Alice? No era probable que acatase la autoridad de un extranjero como Fredrik Christensen.
Sandra asintió y dijo algo que tardé dos minutos en saber encajar. Querían a toda costa hacerla de la Hermandad, lo que significaba que Fred y Karin comprendían que estaba viendo demasiado y necesitaban implicarla más, quizá presumían que sabía tanto que lo mejor sería meterla ya en el grupo. De no ser así puede que los mismos Otto y Alice mandaran liquidarla y a Frida no le importaría lo más mínimo, puesto que Sandra no se había visto obligada a hacer los mismos méritos que ella ni pasar por su mismo entrenamiento ni hacer labores de limpieza por muy persona de confianza que fuese ni tener que llevar una vida casi monástica para entrar en la Hermandad. Tendría muchos celos de Sandra y muchas ganas de cargársela o de pegarle una paliza.
– La verdad -dijo Sandra- es que no sé si se ha dado cuenta o no de lo de las ampollas usadas, nunca se sabe lo que piensa.
– Mi consejo es que hoy ya no vuelvas por allí y que te marches a Madrid a casa de un amigo donde no puedan dar contigo. ¿Les has hablado de Santi?
Cabeceó afirmativamente.
– Vete a algún barrio de la periferia donde sea imposible que den contigo.
– No quiero estar huyendo -dijo-. No quiero tener la sensación de que me siguen. Voy a esperar un poco más, quizá con más pruebas la policía pueda intervenir y hacer algo con ellos. ¿ Por qué no querías que fuese por el hotel?
– Porque nunca se sabe quién mira, no es bueno que me relacionen contigo, podrían llegar a enterarse de quién soy y estarías perdida. Déjame los recados debajo de la piedra, yo también te los dejaré ahí.
– Tengo que decirte algo -dijo entonces Sandra completamente abatida-. Ayer traje aquí a Karin, no salió del coche, le dije que tenía que hacer un alto para orinar, fue después de lo de las joyas. íbamos de vuelta a casa pero luego pensé que quizá me habías dejado algún recado, y mira por dónde me lo habías dejado debajo de una piedra. ¡Vaya ocurrencia!
– ¿Qué es eso de las joyas?
Por lo que me contó Sandra estaba hasta el cuello. Asistía a los chanchullos de Karin y Alice, inyecciones a cambio de joyas robadas a los judíos. Karin todavía estaba comprando más vida con la vida de aquellos que ayudó a matar o que mató ella misma. No hice ningún comentario. Me contó la escena entre Karin y Alice con Frida de por medio y ella misma. Le dije que seguramente continuaban considerando a Fred un nazi de segunda y que por eso no tendría acceso directo a la compra del líquido, también podría ser que Otto y Alice se hubiesen hecho con el monopolio. Se decía que Karin en su esplendorosa y malévola juventud le había caído en gracia al Führer, que se las había arreglado para acceder hasta él. Primero logra que su marido le llame la atención por ser merecedor de la cruz de oro y a través de él parecía probado que Karin tuvo algún tipo de relación con Hitler, a quien pudo haber dicho alguna palabra a favor de Otto en algún momento delicado de sus vidas. Karin podría tener cierto ascendiente moral sobre Alice, pero Alice lo tenía todo, tenía el elixir de la eterna juventud.
Pero ¿de dónde sacaban el líquido?, ¿de un laboratorio de la zona o lo mandaban de fuera? En mis seguimientos a Otto nunca vi nada raro, pero seguramente era porque no sabía que buscaba algo.