38945.fb2
Sentí un enorme alivio el día que Sandra me confirmó que Fredrik era Fredrik al encontrar la cruz de oro. Imaginaba lo mal que estaría pasándolo por no poder lucirla en el pecho ni enseñársela a nadie fuera de sus «hermanos». Sus hermanos estarían hartos de la dichosa cruz porque Fred era un advenedizo, ario, eso sí, pero en el fondo alguien que había llegado hasta el corazón del Reich para arrebatarles la gloria a otros, para ocupar un lugar. A él lo habían despreciado un poco y a Karin la habían temido, porque cuando Karin se embarcó en esto tenía muy claros sus objetivos: aproximarse al Führer y seducirle, contaminarse con su poder y mandar sobre el mundo. Corría la leyenda de que había intentado desbancar a la mismísima Eva Braun en el corazón de Hitler. ¿Sería el Führer capaz de enamorarse mientras cualquier ligero movimiento suyo provocaba oleadas de muerte? ¿Suspiraría por Eva o por Karin mientras en Auschwitz o Mauthausen mataba a miles de personas sólo con desearlo? ¿Qué vio Karin en sus ojos? ¿Vería en ellos todo el mal del mundo humano y del universo, de las estrellas y del cielo y el infierno, del futuro y del origen de la vida?
Ni siquiera Satanás, que se suponía que encarnaba el mal, se habría atrevido a ser todo el mal a la vez.
Pero no quería que estos pensamientos me distrajesen de lo fundamental, y lo fundamental consistía en conocer los pasos de Aribert Heim o, mejor dicho, el Carnicero de Mauthausen. Pertenecía al grupo pero hacía una vida un poco aparte. Pasaba prácticamente todo el tiempo en el Estrella, anclado en el puerto, haciendo crujir su bonita y agradable madera. Se pasaba las horas muertas limpiándolo y cuidándolo y cuando no estaba en el barco estaba en la lonja comprando el mejor pescado al mejor precio. Cuando había buena langosta, gamba roja y rodaballo volvía más deprisa al barco, loco por probarlos.
Era evidente que había hecho del barco y de la comida el centro de su vida. Aun en invierno iba en pantalón corto. La constante vida al aire libre le había mantenido fuerte, sobre todo las piernas, con músculos y nudos. Las mías por el contrario estaban flacas y blancas, casi azuladas. Andaba encorvado, lo que le hacía parecer un animal obcecado con un objetivo fijo. No miraba a los lados, y si miraba no se notaba. Sus destinos eran el barco, la lonja y el supermercado, no necesitaba más. Con frecuencia salía del barco un intenso olor a pescado asado y se le veía cenar a solas esos extraordinarios manjares con una botella de vino, que se suponía bastante buena. Tras el festín permanecía repantigado mirando el firmamento, y cuando el espectáculo del firmamento se acababa, se iba abajo a ver la televisión, puesta a todo volumen porque debía de estar sordo de algún oído.
Estaba seguro de que Salva lo había localizado aquí y que le había estado observando como yo lo observaba ahora mismo y que habría pensado en mí en esos momentos. Y como yo se habría preguntado cómo se comportaría semejante psicópata en la intimidad con sus mujeres, con la legítima y con la amante, con los hijos. ¿Se olvidaría en esos momentos de sus impulsos asesinos?
Era el más aburrido de la Hermandad, metódico hasta dar asco. Tenía comprobado que tardaba una hora en ir y venir tanto del paseo del supermercado como de la lonja, a veces en la lonja tardaba más, pero nunca menos. Y tardaba una hora en cenar y mirar las estrellas. Tenía un coche aparcado en un garaje de una casa de vecinos del puerto y hasta este momento sólo lo vi sacarlo una vez, quizá para ir a reunirse con sus amigos. Era un coche grande, brillante, impoluto, quizá también lo sacase para hacer una compra grande, lo que ocurriría de tarde en tarde. Mientras le estuve observando, todo lo que necesitaba cabía en dos bolsas y las transportaba una en cada mano.
Hacía dos o tres días, aprovechando que se había marchado en dirección a la lonja, que era donde más tiempo pasaba, me colé en el barco. Podía verme alguien, pero corrí el riesgo, lo hice rápido y de forma natural. Lo que había en cubierta ya lo tenía más que visto, así que bajé las escaleras tan relucientes como todo lo que veía. Un santuario para un cerdo. Olía a café recién hecho, las cortinillas eran de pequeños cuadros rojos. En los cajones de la cocina, los cubiertos estaban perfectamente organizados y, en los armaritos, la vajilla y la cristalería. Cogí un cuchillo por si venía antes de tiempo y me lo encontraba frente a frente.
En el frigorífico tenía tuppers con el nombre escrito de lo que contenían y hasta había instalado un conservador de cristal de botellas de vino. En el baño no faltaba un detalle y olía a flores. En una jabonera de plata había reunido pequeñas pastillas de jabón de las que ponen en los hoteles. Cogí una y me la eché en el bolsillo de la chaqueta. Salí al salón dormitorio. Había florecillas naturales en un jarrón y también cogí una que fue a hacerle compañía a la pastilla. En un miniarmario había colocado los calzoncillos y los calcetines en primorosos montones. Unas gafas de cerca reposaban en un estante y estuve a punto de cambiarlas de sitio para desconcertarle, aunque sabía que notaría lo de la florecilla y la pastilla, y tenía la esperanza de que pensara que estaba perdiendo facultades.
¿Dónde guardaría los cientos de notas que había tomado de sus experimentos? En algún sitio tendría que haber cuadernos escritos a mano, donde apuntaba absolutamente todo lo que hacía. Algunos de esos cuadernos habían servido para juzgarlo y condenarlo, pero tendría que haber más. Con toda seguridad se las habría arreglado para llevarse con él material que le recordase sus días de gloria cuando él era Dios y los seres humanos cobayas. Incluso ahora seguía anotando lo que hacía, porque no dejar de ser como era, aunque no pudiera hacer todo lo que le pedía el cuerpo, le permitía vivir mejor que otras personas que no habían matado nunca. Yo también apuntaba mis pasos, en eso nos parecíamos, así que me pregunté dónde escondería yo aquella información. Por supuesto él contaba con que nadie la entendería porque estaba en alemán y que nadie la buscaría porque nadie sabía quién era. Un viejo extranjero en un barco. ¿Cómo se haría llamar?
Yo no guardaría los cuadernos en cajones, ni en el altillo del pequeño armario, ni entre la ropa, ni entre los pliegues de una manta doblada. Si nadie los iba a buscar, ¿por qué tendría que esconderlos? Los pondría a la vista entre cosas parecidas. Se me puso la carne de gallina cuando cogí uno. Estaban en la estantería ordenados como libros. Les había puesto las tapas de novelas de aventuras.
Volvería.
Salí como había entrado, limpié con el pañuelo la escalera, y ya en el muelle me di cuenta de que no había devuelto el cuchillo a su sitio. Me lo había metido en el bolsillo del chaquetón y allí seguía. Yo sí que estaba perdiendo facultades. Iba a tirarlo al mar, pero me contuve. Quién me iba a decir que a este hombre, cuyo solo nombre producía terror, que este hombre que había despojado de todo, incluida la vida, quién me iba a decir entonces que le iba a quitar de su propia casa una pastilla de jabón, una florecilla y un cuchillo. Me marché a ver a Sandra.
Al no encontrar a Julián en el Faro no pude contarle que había descubierto que Frida estaba enamorada de Alberto y que eso podría convertirla en una enemiga aún más peligrosa. Me metí en la cama pensando que cada vez debía tener más tacto con los noruegos y con Frida. Tratar con ellos era como andar por un alambre. Lo mejor era darles la sensación de que me manipulaban más de lo que creían, y no podían manipularme porque Julián neutralizaba el poder con que Karin intentaba dominarme constantemente, la verdad que con éxito muchas veces. Estaba acostumbrada a imponer su voluntad y a tratar a los demás como juguetes. La tensión me estaba machacando físicamente. Y encima después de lo que había visto por la tarde no estaba nada segura de a qué estaría jugando Alberto.
En cuanto apagué la luz vi a los monstruos que se ocultaban dentro de los cuerpos humanos normales de los «hermanos» y vi que yo era un juguete para ellos y que cuando se adueñaran de mí completamente también se adueñarían de mi hijo. De alguna manera estar en sus retorcidas mentes, estar en sus pensamientos, era entrar un poco en el infierno. Pero al hacerse de día y como por arte de magia, como si se hubiese corrido un velo, todo cambió, y ellos dejaron de ser tan peligrosos y yo pensé que me había dejado llevar por el pánico. También achaqué mi tendencia a exagerar estas situaciones al hecho de que eran desconocidas, de que no las había vivido antes, pero también a la revolución hormonal que sufría y que me hacía más inestable. Por lo menos todo el mundo decía eso de la revolución hormonal, y puede que esa revolución hubiese cambiado el mundo para mí.
Me levanté tarde para el horario noruego. Fred ya no estaba, se habría marchado a sus quehaceres de la Hermandad, y Karin me pidió que bajara al pueblo y le trajera unas cremas y unas revistas. Era una manera de darme libertad, y vi el cielo abierto. Me consumían las ganas de saber si ya tendríamos los resultados de los análisis, y eso me animaba porque iríamos sobre seguro. En el fondo deseaba que el famoso líquido se mereciese tantas idas y venidas, los ratos de enorme nerviosismo y el miedo. Esperaba no haber hecho una montaña de nada.
Como se trataba de un recado para Karin, cogí el todoterreno y en un cuarto de hora estaba leyendo una nota que Julián me había dejado bajo la piedra, donde decía que el resultado de los análisis había sido un éxito. Yo le dejé otra diciéndole en pocas palabras que esta misma tarde me pasaría de nuevo por aquí a la hora acostumbrada por si estaba.
Hice los recados en un periquete. Me pasé lo que quedó de mañana paseando por el jardín, respirando el aire fresco y bebiendo mucha agua para rebajar las flemas. Karin estaba dentro escribiendo cartas y dándose cremas hasta que llegó Fred y nos tomamos una sopa que había dejado hecha Frida. Puse la mesa con los mantelitos bordados y los platos del filo dorado y esperé a que la probaran ellos primero, lo que me produjo una sensación extraña. ¿Sospechaba que me querían envenenar? ¿Me estaría volviendo tarumba? ¿Cómo se puede tener la seguridad de estar cuerdo al cien por cien? ¿Era razonable haberle hecho tanto caso a un anciano como Julián? A mí las continuas peleas de mis padres me habían perturbado mucho y a Julián una vida tan larga también podría haberle trastornado. Los pirados no saben que están pirados. Vi cómo se llevaban un par de cucharadas a la boca y entonces probé la sopa. Estaba buena, tenía trozos de pollo y verduras. Me estaba tomando esta sopa hecha por una desconocida con unos ancianos desconocidos, pero que ya, quisiera o no, formaban parte de mi mundo. Y mientras se echaban la siesta (Fred dormitando en el sillón con la televisión encendida y Karin roncando en el sofá tapada con una manta) me marché al Faro en la moto.
Julián estaba allí. Se le había ocurrido subir a mirar por si le había dejado algún recado y también por si me encontraba. Habíamos pensado lo mismo. Había habido suerte.
Estaba loco por contarme que las ampollas que a Fred y Karin les costaban una fortuna y que acabarían arruinándoles no tenían ningún misterio, se podían fabricar sin problemas. Para estos viejos nazis en el fondo no había pasado el tiempo, soñaban que sus científicos, de una raza superior que el resto de científicos, habían logrado con sus experimentos dar con la clave de la eterna juventud entre otras cosas. Aún vivían de aquellas fantasías de grandeza que les hacían tragarse sus propios engaños. Habían intentado retorcer el mundo para convertir sus ideas fantasiosas en realidad. Seguramente sólo uno de ellos sabía que no eran tan poderosos como creían.
No le conté a Julián que había sorprendido a Alberto y Frida juntos porque era difícil de explicar. De habérselo dicho también tendría que haberle confesado que ya no sabía dónde terminaban sus maldades y dónde empezaban mis imaginaciones.
En lugar de esto, le dije que después de lo que me había contado de Elfe, de sospechar que la habían matado y de lo que sabía que eran capaces de hacer, me preocupaba la integridad física del inquilino de la casita. Karin le había tomado ojeriza, le aborrecía y me había dicho que pensaba mandar allí a Martín a darle una lección.
Tenía un demonio dentro, no lo podía evitar. ¿Por qué hacía estas cosas? ¿Por qué tenía esta actitud con Sandra? El demonio había estado dormido muchos años y acababa de despertar. Lo sentí cuando Salva se enamoró de Raquel en aquel infierno y lo sentía ahora, con la diferencia de que ahora no lo podía dominar, actuaba solo, era más rápido que yo y más listo. El demonio quería que Sandra siguiera siendo como la conocí, una chica desorientada, que no sabía lo que quería. El demonio no quería que estuviera enamorada de la Anguila y que la Anguila pudiera apartarla del viejo Julián. Hasta ahora Sandra y yo habíamos formado un equipo, compartíamos un secreto. Y de pronto todo eso podía cambiar y el demonio no quería que me quedase solo. Pero yo, cuando el demonio se distraía, no quería que a Sandra le ocurriese algo irremediable, que sufriese un tremendo desengaño que la dejase tocada para el resto de su vida, prefería ir poniéndole la verdad ante los ojos y esperaba que decidiese volver a su vida de siempre.
Le había prometido a Sandra acercarme por la casita aun sabiendo que era una tontería. Sandra tenía miedo de que el inquilino, un profesor que no podía tener la más remota idea de quién había posado sus ojos en él, corriera la suerte de Elfe. Ni Karin ni ninguno de ellos podían permitirse el lujo de eliminar a los que les cayesen mal, sobre todo si no suponían ningún obstáculo en su camino. Sin embargo, por nada del mundo querría engañarla otra vez y fui a la «casita» a comprobar si seguía vivo el inquilino.
Fue como regresar al pasado. Dejé el coche en el entrante de tierra, que siempre parecía reservado para mí, y anduve por el camino dejándome empapar por aquel olor a flores y por el piar de los pájaros, tan concentrado que te dejaba sordo. La calle estaba levemente inclinada hacia abajo, la tranquilidad era absoluta. En este porche había hablado con Sandra por primera vez. Me detuve ante él y me pareció que iba a salir la auténtica Sandra de los piercings y los tatuajes, la chica de la playa que se dejaba llevar por la vida porque la vida era transparente y fresca como el agua de un río. Pero ahora estábamos en otra vida y en otro río.
A mi espalda alguien me preguntó si quería algo. Debía de ser el inquilino, con el pelo revuelto y una cartera en la mano, debía de venir del instituto.
– Me envía Sandra, la hermana de la dueña. Quiere saber si todo va bien y si necesita algo.
– ¿Que si necesito? Vaya pregunta, necesito más mesas y más estanterías. Esta casa parece de juguete.
Pasé detrás de él.
Abrió la puerta sin llave, sólo empujándola. Tiró la cartera en el sofá y me señaló los montones de carpetas en el suelo, los libros apilados, los papeles que cubrían la mesa del comedor.
– Bueno, estas casas son de veraneo.
– ¿Y qué hago yo? -preguntó limpiándose las gafas con el pico de la camisa-. Dígale que no he podido encontrar la carpeta.
– No sé… ¿Se lee todo esto?
– Nadie se lo lee todo, pero hay que tenerlo por si hace falta en algún momento.
– Me llamo Julián -dije tendiéndole la mano.
– Juan -dijo él sin tendérmela.
– Perdone la pregunta, ¿no cierra la puerta de la calle?
Me miró con la cabeza un poco gacha como si le hubiese pillado en una falta y fuese a castigarle.
– He perdido la llave. Dígaselo si quiere y que me eche de aquí para que tenga que buscar otra casa tan absurda como ésta y tenga que trasladar todas mis cosas.
– No se preocupe, no diré nada. No creo que nadie entre aquí para llevarse los libros.
– En ese caso -dijo sentándose a la mesa ante un millón de folios- ha sido un placer.
– ¿Qué tal las clases? -dije yéndome hacia la puerta.
– Un tostón. Son unos mendrugos.
– ¿Y tiene todos los días?
Pude sacarle que su horario era de tres a siete de la tarde, a veces de tres a seis y algún día de tres a ocho.
Ya no tenía que pensar qué estrategia seguir, qué pasos dar, el plan se iba trazando solo. Poco a poco se había ido montando un mundo a mi alrededor invisible para otras personas, un mundo en el que yo tenía algo que decir y que hacer. Así que en cuanto cumplí con el recado de Sandra, en cuanto me subí al coche, ya sabía lo que tenía que hacer.
Tenía que ir de nuevo al barco del Carnicero ahora que él estaría comprando o dando un paseo, la única casa o morada de toda la Hermandad que era accesible, probablemente porque llevaba muchos años viviendo así sin que le ocurriera nada y no tenía por qué recelar. Pasar desapercibido, camuflarse, ser uno de tantos, no tener aparentemente nada que ocultar era más seguro para él que rodearse de muros y vigilancia. Sin embargo, de pronto, una pastilla de jabón menos, una floréenla menos, un cuchillo menos. Pero ¿quién iba a entrar en el barco para coger estas cosas?, sólo podría achacarlo a un despiste suyo.
Me quedé en calcetines para bajar la escalera. Todo estaba como la última vez. Ser tan intensamente organizado le daría sensación de estabilidad y de que su pequeño mundo no podía cambiar. Le entendía porque a mí me pasaba igual. Si me cambiaba las gafas de bolsillo, me hacía un lío. Así que volví a poner la pastilla en su sitio, el cuchillo en el suyo y las flores no las toqué. A continuación cogí de las estanterías todos los cuadernos escritos de puño y letra de Heim que pude cargar. Salí, me puse los zapatos y esperé sentado en un banco de enfrente a que llegara.
Entró con sus fuertes piernas nudosas y la cabeza dirigida al suelo y bajó al recinto sagrado. Tenía frío pero esperé hasta verle salir a cubierta. Dio zancadas de un lado a otro y volvió a bajar. En los catamaranes de los lados no había nadie y a nadie podía preguntar si habían entrado en su barco. ¿Y por qué iba a entrar alguien para hacer aquella tontería? Trataría de ser prudente y consideraría que él no había visto bien y que había pensado que faltaba algo cuando en realidad no faltaba. Decidió volver a bajar. Al subir de nuevo escudriñó el suelo de cubierta como debió de escudriñar el de dentro y las escaleras. Y en un momento determinado sacudió la cabeza como diciéndose a sí mismo que esto era una tontería y que no merecía la pena pensar más en ello.
Pero al día siguiente, antes de acudir a mi cita con Sandra, en la hora en que él solía ir a la lonja o a darse una vuelta en tierra firme, no salió. Seguramente quería comprobar si algo se movía, si desaparecía o aparecía mientras él estaba allí. La semilla de la inseguridad en sí mismo estaba sembrada, ahora sólo había que esperar a que creciera. Estaba seguro de que empezaría a hacer por sí mismo lo que habría hecho yo. Él mismo se encargaría de regar la planta de la sospecha. Día sí y día no me pasaba por allí, no quería perder de vista al Carnicero. Me dolía verle y al mismo tiempo no podía dejar de verle en sus tareas cotidianas de limpiar su querida cubierta como en otros tiempos había hecho esas otras tareas cotidianas de cargarse a seres humanos con el mismo primor y organización.
En cuanto Sandra se metía en el bunker de Villa Sol nos quedábamos incomunicados y no sabía cuándo podría tranquilizarla diciéndole que el inquilino estaba bien y que por muy locos que estuvieran todos ellos no iban a jugársela por un capricho de Karin.
Había que esperar a vernos en el Faro a las cuatro de la tarde día sí y día no para contarnos las novedades, salvo que Sandra se las arreglase para dejarme algún mensaje en el hotel, en el buzón del Faro o que yo me dejase ver cuando traía al pueblo a Karin a gimnasia. Lo bueno de que seamos animales de costumbres es que acabamos teniendo un horario más o menos fijo. Yo mismo, a pesar del tipo de vida en el que estaba metido en estos últimos tiempos, sin rendir cuentas a nadie y teniendo que aprovechar cualquier oportunidad que se me presentase para seguir con mis pesquisas sobre la Hermandad, no tenía más remedio que hacer un alto al mediodía para descansar y acostarme temprano por la noche.
Tenía que administrar mis energías y no saltarme la medicación. Y gracias a este viaje me había dado cuenta de que sabía cuidar de mí mismo. Me vigilaba como si estuviera fuera de mí y me obligaba a beber agua aunque no tuviera sed y a comer aunque no tuviese mucha hambre, también me obligaba a hacer estiramientos al levantarme por la mañana, unos minutos de gimnasia sueca que Salva me había enseñado a hacer en el campo, sobre todo cuando llegamos allí. Al final ya no nos quedaba fuerza ni para respirar, pero hasta ese momento Salva decía que el ejercicio venía muy bien para la cabeza porque activaba la circulación de la sangre y el transporte de oxígeno al cerebro. Y después de que intentase suicidarme de aquella manera tan pobre y tan lamentable no dejé de hacer las flexiones ni un solo día.
No se me ocurría cómo penetrar en ese otro mundo de Sandra cuando me vino a la mente la afición de Karin por ir al centro comercial. Eran las siete y media de la tarde, así que lo más probable es que Karin le pidiese a Sandra dar una vuelta por allí. Y aunque tenía pensado acercarme por el Nordic Club por si tenía suerte y veía a Sebastian Bernhardt, tiré hacia el centro comercial.
Estaba hasta los topes. Cerca de nuestra casa en Buenos Aires también había uno y a Raquel le encantaba ir por allí tarde sí y tarde no. A mí al principio me repateaba, me parecía una pérdida de tiempo, tenía cosas más importantes que hacer, como ir detrás de tal o cual nazi, pero con el tiempo noté que me relajaba, noté que allí me olvidaba de todo y sólo pensaba en lo que veía, era como darse una vuelta por el cuerno de la abundancia, por la cueva de Alí Baba. Allí estaba todo, lo que necesitabas y lo que no necesitarías nunca. Así que no me importaba meterme en este supermercado y aprovechar para comprarme unos calcetines y unos pañuelos de tela. Mi hija me decía que era más higiénico sonarse con pañuelos de papel, pero a mí me gustaba el contacto del suave algodón en la nariz y no pensaba renunciar a esto. No sé si eran lujos o manías porque tampoco soportaba los calcetines de fibra sintética, tenían que ser de fibra natural y los calzoncillos de algodón cien por cien, como las camisas. Necesitaba que la carrocería de mi cuerpo fuese suave y cómoda y que la notase lo menos posible. Y cuando veía a los viejos de la Hermandad pensaba que también ellos tendrían sus manías, como las camisas anormalmente anchas de Fredrik, y que habíamos llegado al mismo punto, unos por el camino de los verdugos y otros por el camino de las víctimas. Habíamos llegado al borde del precipicio.
No llegué a entrar en el centro comercial propiamente dicho. Nada más aparcar entre dos columnas y abrir la puerta del coche alguien vino por detrás y me empujó contra una de las columnas. Me golpeé con el cemento en la espalda y la cabeza. Como aún tenía las llaves en la mano se las clavé a aquel energúmeno en el estómago lo más fuerte que pude, pero me encontraba tan cerca que no llegué a herirle, se separó y me retorció la muñeca en que llevaba las llaves. Era la Anguila.
Le pedí que me dejara.
– Te dejaré si te alejas de Sandra.
– ¿Sandra? -pregunté.
– Sí, Sandra -contestó retorciéndome un poco más la mano.
– Está bien -dije soltándome como pude, porque si me hacía más daño ya sí que no podría volver a ver a Sandra.
– Está bien -repetí-. ¿A qué viene esto?
En la mirada de la Anguila no había ira, estaba llena de cansancio, de tristeza quizá.
– Márchate y no vuelvas a acercarte a Sandra.
Con una de las manos me apretaba el cuello y le pedí que me soltara si no quería que me muriese allí mismo. Cuando estuve libre, carraspeé y me cogí la mano retorcida con la otra. Esto me iba a costar caro, me dolería todo el cuerpo varios días. Abrí el coche y me senté. Él me veía hacer.
– ¿Quién eres? ¿Por qué has venido a este pueblo?
– Un amigo me invitó a venir pero cuando llegué él había muerto. O volvía a hacer otro largo viaje de vuelta o me quedaba. Decidí quedarme, hacía mucho que no tenía vacaciones.
La Anguila sabía que no le decía toda la verdad. Se sentó en el asiento de al lado y se encendió un pitillo sin pedir permiso. Evidentemente alguien que me acababa de pegar no iba a tener miramientos de esa clase.
– ¿Y de qué conoces a Sandra? -dijo mirando alrededor. Estaba considerando que llevaba muchas cosas en el coche. Vio la manta del hotel, el agua, las manzanas, los prismáticos, un cuaderno, periódicos. Si ahora no se le ocurría ponerse a registrar se le ocurriría más tarde.
– La conocí en la playa y nos hicimos amigos. Cuando nos vemos, nos saludamos.
– Es mucho más que saludaros. Pasáis mucho tiempo juntos. Os citáis con frecuencia.
Su tono era malicioso. La muñeca y la mano me dolían bastante.
– Quizá Sandra se siente sola y necesita hablar con alguien. No seré el hombre de sus sueños, pero puede contar conmigo. Por lo menos yo no la engaño, no le creo falsas ilusiones y no me dedico a ver cómo lo pasa mal mientras yo continúo con mi vida de Don Juan.
Lo de Don Juan le provocó una mueca burlona en la boca.
– Perjudicas a Sandra dejándote ver con ella. Imagino lo que buscas e imagino que Sandra se ha cruzado en tu camino e imagino que se te ocurren mil cosas que Sandra podría hacer para ayudarte, pero también imagino que no querrás morir precisamente ahora que tus sueños podrían cumplirse o ahora que por lo menos tienes sueños.
– Hace mucho que para mí la vida es pura propina.
– Eso era antes, ahora no quieres perderla. Y créeme, como te volvamos a ver con ella, se acabó, ¿me entiendes?
Afirmé y por fin la Anguila salió del coche.
Se me quitaron las ganas de entrar en el centro comercial a comprarme los calcetines.
Lo mejor sería marcharme al hotel antes de que el cuerpo se me enfriara y no pudiera moverme.
Conduje con la mano buena, la derecha, sujetando el volante, y con la magullada en los cambios de marcha. Saqué fuerzas de no sé dónde para dejar el coche lo más oculto posible y antes de subir a la habitación me pedí un vaso de leche caliente en el bar del hotel y me lo llevé a la habitación. Me temblaban las manos, no de miedo, sino de cansancio. Aunque aún era pronto, estaba deseando tomarme la medicación, quitarme las lentillas, ponerme el pijama y meterme en la cama. No retiraría el cobertor acolchado porque necesitaría todo el calor posible y olvidarme de Sandra y de lo que le pudiese estar ocurriendo para ser capaz de funcionar al día siguiente.
Cuando ya tenía puestas las gafas de culo de vaso, llamaron a la puerta. No me parecía éste el momento más apropiado para que llegara el fin. Si de verdad hubiesen querido liquidarme, tendrían que haberlo hecho en el parking del centro comercial, vestido de calle y con el coche al lado, como si fuese un robo. Ni siquiera habría merecido una nota en los periódicos. Por el contrario llamaría muchísimo la atención que asesinaran a un anciano completamente indefenso en la habitación de un hotel. Así que pregunté quién era.
Entró Roberto mirando la suite como si quisiera comprobar que no faltaba nada. A mí ya no me parecía tan impresionante como antes, me había acostumbrado y encontraba que era un quiero y no puedo de suite.
– ¿Se encuentra bien? Los de la cafetería me han dicho alarmados que tenía la cara descompuesta y mucho temblor en las manos.
Vio el vaso de leche sobre la mesilla y luego observó que me cogía una mano con la otra.
– Me he resbalado y me he hecho daño.
– Deje que le eche un vistazo -dijo.
– Me duele por la contusión, pero no es nada.
Insistía en que tendrían que hacerme una radiografía, pero yo le dije que ya tenía el pijama puesto y que no pensaba salir del hotel.
– Sólo quiero descansar.
Empecé a pensar que quizá Roberto el de la gran peca era mi amigo y que podría contarle qué hacía aquí y entregarle el álbum de fotos de Elfe y los cuadernos incriminatorios de Heim y los míos. Demasiado fácil, demasiado amigo y demasiada debilidad por mi parte. Deseché la idea a pesar de que volvió a subir con pomada y una venda que me colocó muy bien colocada y que le agradecí mucho.
Soñé que la Anguila le retorcía la mano a Sandra y que le dolía, que le latían las articulaciones de puro dolor y que yo se la vendaba. Pero cuando desperté, a quien le dolía la mano era a mí y no podía hacer nada por Sandra si no quería salvarse. Podría huir de Villa Sol aprovechando cualquiera de los momentos en los que bajaba al pueblo. Podría ir a la estación de autobuses y desaparecer. Aunque yo pudiese entrar en la casa, inmovilizarlos a todos y cogerla de la mano para sacarla de allí, ella no querría, se había envenenado con ideas de venganza, de justicia o de acabar lo que había empezado o de enamoramientos. Así que debía pensar en asuntos más prácticos.
De un momento a otro me desvalijarían el coche. Ellos sabían que yo guardaba pruebas y que no las iba a ocultar en el hotel, así que el coche se convertía en la mejor opción. No tuve que pensar mucho. Desde que estuve en la «casita» hablando con el inquilino, me venía a la mente una y otra vez el caos de libros y papeles en que vivía hundido el profesor. Allí no llamarían la atención los cuadernos y el álbum, o no se la llamaría a él. Tenía tanto que leer que no buscaría por la casa más papeles aún.
Me tomé un gelocatil con el desayuno. No tenía hambre, pero no podía desfallecer y como hacía sol sin viento, pensé que lo mejor sería acercarme por la playa para fortalecerme con sus rayos. Me sentaría junto al muro donde el sol pegaba más fuerte, luego volvería al hotel a tumbarme un rato en la cama y a eso de las tres y pico me acercaría por la casita.
Todo ocurrió como había previsto. Esperé hasta ver salir al inquilino con la cartera y subir a un Renault de tercera mano por lo menos, y entré sin problemas. Si me sorprendía, tenía pensado decirle que estaba tomando medidas para las estanterías, pero no hizo falta. Abrí la pequeña verja y en varias zancadas estaba ante la puerta de la calle, que se abrió con suavidad. Entre montañas de papeles y carpetas logré alcanzar la escalera. En las habitaciones de arriba enseguida deduje que la suya era la que tenía la cama revuelta y periódicos y revistas por el suelo. Había alguna Playboy y no quise mirar más. En el resto de los cuartos parecía que entraba menos. Uno de ellos, el más grande, tenía dos camas (recordaba vagamente que la había visto cuando Sandra me enseñó la casa) y dos mesas de estudio con cajones a los lados y en una pared una estantería con libros del colegio de los que debían de ser los sobrinos de Sandra. No creía que al inquilino fueran a llamarle la atención aquellas cosas, y de interesarle ya las habría investigado, así que abrí uno de los cajones. Había cuadernos y folios cosidos con dibujos desde primaria. Sólo a sus padres podría interesarles, así que metí debajo el álbum de fotos de Elfe, y los cuadernos de Heim y los míos los coloqué de forma apaisada detrás de los libros de texto. Era imposible que nadie que no los buscase expresamente los encontrara. Y si dieran con ellos por casualidad no sabrían interpretar las anotaciones de Heim ni qué hacer con el álbum.
Salí bastante aliviado con la certeza de que ni la Anguila ni ninguno me relacionaban con la casita, por lo menos no se les ocurriría sospechar que era mi caja fuerte. Lo que ya no me gustaba tanto es que pudiese entrar cualquiera, por lo que mañana, día que nos tocaba vernos a Sandra y a mí, le contaría que había visto al inquilino en perfecto estado y que sería conveniente darle una llave nueva.
Después me fui a Urgencias del hospital para que me vieran la mano.
Le entregué una llave nueva de la casita a Julián, y él se ofreció a llevársela al inquilino. Me había guardado una por si surgía una emergencia y mira por dónde había surgido. No pensaba decirle a mi hermana que hoy por hoy cualquiera podría entrar en la casa y desvalijarla porque no quería que viniese y que pusiera mi mundo más patas arriba de lo que ya estaba. Julián estaba hecho polvo, se había resbalado en el parking del centro comercial y se había torcido la mano, pero no era nada. En Urgencias le habían puesto una venda elástica.
Yo quería estar el mínimo tiempo posible con él en el Faro por si acaso iba Alberto por casa de los noruegos y me pillaba fuera, lo que me habría trastornado mucho. Aunque a veces estar tanto en la casa para que al final no apareciera me trastornaba más aún. Incluso a veces se me pasaba por la cabeza mandarle un recado con Martín cuando venía a traerle las inyecciones a Karin o a hablar con Fred en la salita-biblioteca, pero luego me echaba para atrás, como si el mismo Alberto me pidiese que no dijera nada. Sólo aquel beso en el puerto, la confesión de Julián de que le había visto con otra y ninguna demostración de interés por su parte después de aquella noche y a mí me preocupaba qué querría que hiciera yo. ¿Sería cretina?
¿Qué querría que hiciera?
– ¿Has hecho muchas tonterías por amor?
La pregunta pilló por sorpresa a Julián. Y no debía de haber hecho muchas porque tuvo que pensarlo demasiado. La noche en la costa era húmeda y negra y se metía en los huesos. Las urbanizaciones de veraneo estaban poco iluminadas, luces aisladas, que daban más sensación de oscuridad. Todo eran estrellas y la luna en cuarto menguante, el mar rugía invisible. La luz del Faro lo hacía asomar cada minuto entre las tinieblas. Allí se estaba fuera del mundo conocido, se estaba completamente solo en el planeta junto con otros que también estaban solos.
– No he hecho muchas, la verdad -dijo-, no he necesitado hacerlas, sólo he amado a una mujer y ella me correspondió enseguida y nunca me puso en el trance de tener que hacer nada fuera de lo normal.
– ¿Y esto que estás haciendo, por qué lo haces? ¿Por qué has venido aquí?
– Por amistad y por odio -dijo levantando la taza de café con la mano vendada-. Vine por amistad hacia mi amigo Salva y me he quedado por odio hacia los monstruos que tú conoces.
– ¿Y por nada más?
No sé por qué hice esta pregunta. Le obligó a Julián a retirar la mirada hacia otro lado, hacia la camarera.
– Estoy viviendo, me siento vivo, estoy corriendo riesgos, aquí tengo algo que hacer y lo estoy haciendo sin recurrir a mi hija, aunque creo que Raquel, escondida en algún rincón de mi cabeza, me ayuda mucho.
– ¿Y por nada más? -repetí sin ninguna intención, preguntándome por qué Alberto habría querido quedarse con Bolita. Los noruegos no sabían que lo tenía él, por lo que el perro se había convertido en un maravilloso secreto entre los dos.
– Tienes razón, no lo estoy haciendo solo, lo estoy haciendo contigo. Jamás imaginé que fuera a ocurrirme algo así. Cuando llegué aquí, Salva ya no estaba, pero estabas tú y no me ha importado el cambio -miró un poco hacia arriba como para que su amigo Salva le perdonara-. Las situaciones no se repiten exactamente iguales, y en ésta uno de los dos sobraba, uno de los dos tenía que dejarte sitio a ti.
– ¿Crees que está todo planeado, que las cosas no ocurren porque sí? ¿Crees que en ese plan estaba previsto que tú y yo estuviéramos ahora aquí tomándonos un café y un zumo?
– No, no lo creo, era una manera de hablar. Somos nosotros los que vamos uniendo esto con aquello para darle un sentido bonito, pero en el fondo todo es salvaje y brutal.
– Los sentimientos no se pueden dominar, o se tienen o no se tienen -dije pensando que nunca pude sentir por Santi lo que sentía por Alberto aunque Santi se lo mereciese mucho más.
– Sandra, he sido muy torpe contigo, no he estado a la altura, soy un viejo egoísta.
Cuando le iba a pedir que no se mortificara y que alguien tenía que enseñarme las cosas que él me había enseñado, la camarera puso el plato con la cuenta con un brusco golpe en la mesa. Era un platillo marrón oscuro con una pinza que sujetaba la factura y que serviría para que en el buen tiempo, cuando pusieran afuera la terraza, el viento no la arrancara.
Me llevé la imagen del platillo con la pequeña propina que había dejado Julián hasta casa. Cuando llegué, indagué qué visitas habían ido por allí, y los noruegos me preguntaron dónde había estado yo, por lo que quedamos empatados.
Salva, si me hubieses visto entrando y saliendo del barco de Heim a mis anchas. Salva, si pudieras ver esto, pensaba ante el espectáculo de Heim, el Carnicero, volviéndose loco. Sabía lo que sentía porque perder la memoria era, de todo el fango de la vejez en que uno acaba revolcándose, lo que más me aterraba. Y por muy distintos que fuésemos Heim y yo, en este punto podíamos coincidir. Primero fueron la pastilla de jabón, la florecilla del jarrón y el cuchillo. Desaparecieron y luego aparecieron, lo que para un hombre tan metódico y organizado, que ordenaba el mundo que le rodeaba al milímetro, debió de ser bastante inquietante. Y ahora los cuadernos con las anotaciones de sus salvajadas en Mauthausen. ¿Dónde los habría puesto?, se preguntaría, ¿por qué los habría quitado de las estanterías donde los había guardado camuflados en tapas de libros normales?, ¿habría entrado alguien al barco? No, nunca había entrado nadie, y aunque hubiesen entrado tendrían que haber sabido muy bien lo que buscaban. Y en tal caso el que hubiesen robado los cuadernos nunca explicaría la sensación de haber perdido y encontrado el cuchillo. Seguramente alguna vez habría pensado en la posibilidad de cambiar de sitio los cuadernos, ¿y si hubiese acabado haciéndolo y no lo recordara?
Fue un martes por la mañana, con buen tiempo aunque con suficiente fresco para no ir como él en pantalón corto, cuando me dediqué a contemplar cómo Heim sacaba a la cubierta prácticamente todo lo que había abajo. La llenó de libros, de sábanas, mantas, de cacerolas, de más cuadernos de tapas negras de hule que yo no había encontrado. Subía y bajaba. Al final, se sentó en la hamaca plegable en que solía dormitar tras las comidas a revisar una por una cada cosa, que iba apuntando en otro cuaderno de tapas negras. Alguna vez se cogió la cabeza entre sus enormes manos y luego continuó con la tarea. Todo lo que iba anotando lo iba bajando a su lugar correspondiente, así estuvo varios días mañana y tarde. Yo le observaba a saltos, un rato por la mañana y otro por la tarde, siempre saboreando un rico café espresso en un bar de enfrente y pensando en Salva y en lo que daría por que me acompañara. Había estado tentado de contárselo a Sandra, pero pensé que era mejor para ella no saberlo. Hasta que el último día, después de que hubiese sacado a la luz del día sus trastos varias veces y los hubiese anotado varias veces y llegase a la terrible conclusión de que el recuento no cuadraba, lo vi salir muy decidido del barco e ir hacia el parking en que tenía su majestuoso Mercedes negro.
Lo esperé. El morro salió lentamente del garaje, él iba mirando al frente sin parpadear, su cara era como una piedra debajo de la gorra. Era fácil seguirle. A pesar de llevar una carroza tan impresionante estaba peor de reflejos que yo y más aún con la inseguridad que le había entrado. Hijo de puta, pensé, ojalá llegues a sentirte una mierda, un ser inútil, ojalá que sientas que tu vida no merece vivirse y que pruebes tu propia medicina.
Salió del pueblo y circuló unos veinte minutos hacia el siguiente pueblo, pero antes de llegar se internó por una zona residencial que yo conocía, Apartamentos Bre-mer, donde vivía Sebastian Bernhardt, protegida a cal y canto de los extraños por guardias de seguridad. Probablemente el Carnicero venía a consultarle su problema a Sebastian, lo que confirmaba la jerarquía del Ángel Negro por encima de Otto, Alice y Christensen. Me invadió una gran agitación, iba entendiendo el funcionamiento de esta comunidad de invisibles. Era Sebastian quien habría evitado durante todo este tiempo que hicieran demasiadas tonterías, que se expusieran demasiado y quien había buscado la forma de que tuvieran una vida exageradamente larga para no quedarse solo en un mundo ajeno. Él debía de infundirles confianza y los mantendría unidos bajo los lazos de la Hermandad. Él era quien aleccionaría a los jóvenes. Sería la abeja reina, y muerta la reina los demás no sabrían qué hacer. Para infundirles confianza les habría hecho creer que era invulnerable y que podía volverles invulnerables a ellos con un producto destinado únicamente a ellos.
A los tres cuartos de hora Heim salió por donde había entrado, su Mercedes negro se deslizaba por las calles de un planeta al que se habían adaptado como los insectos.
Me quedé por si Sebastian salía.
Lo vi el jueves de improviso cuando iba a mi encuentro con Julián. En esta ocasión no tuve que dar muchas explicaciones al marcharme porque acababa de llegar Martín con algo que contarles a Fred y Karin dentro de la salita-biblioteca, cosas de ellos, de su Hermandad y de sus rollos patateros. Eran las tres y media y por una vez iba a llegar puntual al Faro. Salí con la sensación de que esta historia no podría durar mucho más. A Julián se le estaba acabando el dinero. A pesar de que no quería quejarse, a veces se le escapaba que ya no podía soportar el gasto del hotel y que tenía que poner la gasolina con cuentagotas. Tampoco un hombre de su edad podría aguantar más tiempo semejante ajetreo, y yo no podría seguir enredándome con esta gente y su mundo aparte. Tendría que llegar el momento en que este asunto estallara o en que cada uno nos fuésemos a nuestra casa. No había que decidir nada, lo decidiría el momento.
Salí de Villa Sol y en la calle sentí un latigazo en los ojos, en el cerebro.
¡Ese coche!
Dentro del coche estaba Alberto haciendo un crucigrama apoyado en el volante. Me quedé paralizada sobre la moto.
¡Alberto!
Lo llamé sin mover los labios, y él lo oyó sin oír. Volvió la cabeza hacia mí.
Aún seguía siendo él. Los mismos ojos, la misma boca. Salió del coche con unos vaqueros azul oscuro, una camisa de cuadros y un jersey por los hombros. Me alegró ver que no se había puesto la chupa que le regaló Frida. Se paró ante mí, yo continué sentada en la moto.
Pelo castaño claro sin peinar, frente y nariz rojas del viento y el sol. No era ninguna belleza. La cartera le asomaba por un bolsillo de atrás y llevaba desatado uno de los náuticos.
– Llevas desatado el cordón.
Lo miró sin hacer caso ni intentar agacharse para anudarlo.
– ¿Adonde vas? -dijo como si nos acabásemos de ver hacía cinco minutos.
– A ti qué te importa.
– Si te lo pregunto es porque me importa.
Estaba a unos metros de la casa y no había sido capaz de entrar a verme. Me dolía tanto que ya no le quería.
– No lo creo -dije-. Haré como que no te he visto.
El último orgullo que me quedaba me impidió llamarle cerdo.
– Y yo haré como que no he salido del coche, ¿verdad?
– Tú sabrás. Parece que tienes muy claro lo que tienes que hacer y lo que no.
– Sí, lo tengo claro. Y tú también deberías tenerlo, pero prefieres actuar a lo loco, sin medir las consecuencias.
– Siempre me estás amenazando.
– Estás amenazada, pero no soy yo quien te amenaza. Te dije que te fueras, que dejases esto.
Me gustaba mucho, quería que fuese el padre mi hijo, y también sabía que el día que dejase de gustarme lo odiaría.
– Todos me decís lo mismo, que me marche, pero ¿adonde?
– ¿Todos? ¿Quién más te dice que te marches?
– Es una manera de hablar. No puedo marcharme, me atan más cosas aquí que en cualquier otra parte.
– Anda, vamos a dar una vuelta en la moto -dijo subiéndose detrás de mí.
– ¿Adonde quieres ir?
– Vamos al Faro, hay una vista muy bonita desde allí.
Fue entonces cuando me acordé de Julián, que precisamente me estaría esperando en el Faro.
– ¿Al Faro? ¿Estás seguro? ¿No prefieres ir a la playa o al puerto?
– El Faro es un lugar más tranquilo. Además hay un enorme acantilado y podré tirarte desde allí. Nadie podrá encontrarte, es mentira eso de que el mar devuelve todo lo que se traga.
Ya había puesto en marcha la moto. Hacía viento y con la velocidad el viento se reforzaba. Tiré hacia el Faro, no podía disimular que conocía bien el camino, casi podría hacerlo con los ojos cerrados. Sin embargo, iba todo lo despacio que podía, me encantaba sentir a Alberto detrás. Me quitaba el viento, me protegía, era imposible que se le pasara por la cabeza hacerme algo malo. Me parecía que todo el tiempo en que no había estado con él había sido tiempo perdido, tiempo de tanteo.
Al llegar a la explanada donde no había más remedio que aparcar, vi el coche de Julián, que estaría en la heladería y que tal vez me habría visto llegar desde la ventana. Podría decirle a Alberto que tenía que ir al baño y que me esperara un momento y aprovechar para hacerle alguna seña a Julián, pero no quería perder ni un minuto de estar con él, así que dejé que Julián se aburriese y acabara marchándose o que hiciese lo que quisiera. Desde luego lo que no pensaba hacer era estropear este momento que me había venido a las manos cuando menos lo esperaba.
Pasamos entre las palmeras salvajes, pisando cantos y pequeñas rocas, hasta casi el precipicio. El mar arrancaba desde allí inmenso, azul en su mayor parte y verde en algunos trozos, al fondo se juntaba con el cielo. Sólo estábamos nosotros.
– Parece mentira -dijo refiriéndose al espectáculo que teníamos delante, o a nosotros dos, o a la vida en general.
«Parece mentira» fueron dos palabras maravillosas. Me cogió por los hombros y luego me besó. Fue un beso conocido, un beso esperado. Me supo mejor que la primera vez porque ya no había sorpresa, sólo el placer de su suavidad, de su calidez. Sentí su sexo contra mí y se retiró.
– Ahora no puede ser -dijo.
Yo le cogí una mano entre las mías. Era tirando a cuadrada y con dedos fuertes, algo insignificante en aquella grandiosa belleza del mar y el cielo, pero lo único realmente importante y capaz de darle sentido a la vida.
– ¿Y qué hay de tu marido?
– No estoy casada.
– Bueno, del padre de tu hijo -dijo escurriendo su mano de entre las mías y metiéndola en el bolsillo para sacar una cajetilla. Se encendió un pitillo.
– No tenemos relaciones. No estaba segura de quererle.
– ¿Y él te quería a ti?
– Creo que sí. Lo siento por él.
De pronto se volvió de espaldas al mar.
– Tengo que volver. Éste será nuestro sitio.
No quise preguntarle por esa chica con la que se le había visto en la playa. Tampoco quise preguntarle por Frida. La otra sería la chica de la playa y yo sería la chica del Faro. No quise estropear mi momento, mi oportunidad y mi rato de felicidad.
En la explanada ya no estaba el coche de Julián. Me preguntaba si nos habría visto. Me habría gustado que nos viese para luego poder hablar de esto con él, para poder alargar de alguna manera estas sensaciones. Quizá me había dejado un recado debajo de la piedra C, pero ahora no podía comprobarlo.
Condujo Alberto, yo me senté atrás y me abracé a él.
Mi espera mereció la pena, al final, cuando iba a tirar la toalla y volver al hotel, vi salir a Sebastian acompañado de Martín y la Anguila.
Sebastian tenía mi estatura más o menos aunque no era tan enjuto como yo. Tenía un porte elegante. Llevaba un abrigo negro hasta media pierna con las solapas subidas y una bufanda anudada de manera artística. Bajaron despacio, aguantando el ritmo de Sebastian, hasta el acantilado v entraron en el restaurante acristalado sobre el mar en que ya lo había visto con Alice. Se les veía desde fuera comiendo ostras y bebiendo champán. Hablaban y a veces se reían. Me situé junto a un coche y saqué la minicámara del bolsillo y les hice una foto. En algún momento me pareció que la Anguila miraba hacia mí, luego volvió de nuevo la cabeza hacia Sebastian.
Regresé contento. Cada vez estaba más cerca de Sebastian y de alguna manera quería celebrarlo con Sandra y me dirigí a nuestra cita en el Faro más contento de lo normal.
Se retrasaba, y esperé sentado junto a la ventana de siempre. Esta vez me pedí una coca-cola light y la camarera de siempre la puso en la mesa con un golpe seco. Me estaba acostumbrando a que me tratara mal. A pesar de lo que se cree, uno puede llegar a amoldarse con facilidad a la tiranía y al despotismo de los demás, si no que se lo digan a los pueblos que aclaman a sus dictadores y torturadores. Y a mí se me estaba haciendo familiar la brusquedad de esta energúmena.
Me bebía la coca-cola despacio para que me durara porque a Sandra tendría que pagarle un zumo y un trozo de tarta y mi cuenta estaba ya bajo mínimos. No quería fundirme todos los ahorros en el hotel Costa Azul y en este local, debía dejar algo por si surgía alguna emergencia y, sobre todo, debía pensar en el futuro de mi hija. Y ojalá que hubiese podido pagar el tentempié de Sandra porque no me habría sentido tan mal como me sentí al verla con la Anguila recostada sobre su hombro y contemplando el mar terriblemente azul y romántico.
Los vi llegar en la moto de Sandra y aparcar fuera del campo de visión de la ventana. Al rato, al ver que no entraban, pagué y salí, fui hasta nuestro banco y los vi entre las palmeras de cara al mar, los vi besándose, y en ese momento me alegré mucho por Sandra porque pasara lo que pasara esto se lo llevaba con ella. Al mismo tiempo sentí de repente un gran vacío. Como se comprenderá, jamás me habría atrevido a poner los ojos en Sandra si no fuese corno una nieta, juro que nunca la había mirado de otra manera. Fue el quedarme solo y el verme alejado de la vida feliz y maravillosa de una forma completa y totalmente irreversible lo que me dejó hueco por dentro, sin vida. Dudé si dejarle una nota debajo de la piedra C después de que se fueron y al final desistí. Me marché como había venido, mejor dicho, me marché peor de como había llegado, aunque en el fondo me alegraba de que a Sandra le hubiese sucedido algo que deseaba.
Volví a recaer. Cuando regresaba a Villa Sol en la moto con Alberto sentí varios escalofríos que achaqué a la emoción de estar cerca de él. Cuando se espera algo tanto tiempo y parece que no va a llegar nunca, cuando por fin llega te desborda. En el acantilado del Faro Alberto me desarmó, me dejó sin defensas en todos los sentidos. Se me abrieron todas las puertas del cuerpo de forma que podían entrar todos los virus y bacterias que quisieran que nadie los iba a echar.
Al llegar a la altura del coche cerca de la casa, vimos que ya estaba Martín esperando apoyado en el capó. Se notaba que esperar no le había hecho precisamente gracia, pero también se notaba que Alberto estaba un poco por encima de él en el mando y que no podía reprocharle nada.
No nos despedimos. Alberto no me dio ocasión, nada más bajar de la moto se fue hacia el coche sin mirarme. Se puso a hablar con Martín y yo arranqué hacia la casa. No tuvimos ese momento por mínimo que sea que siempre hay al final de todo y que sirve para estar recordándolo una y otra vez.
Al llegar a la puerta de Villa Sol me pareció que en el estado de agitación en que me encontraba no podría parar allí dentro y tiré hacia la playa. Necesitaba caminar deprisa, correr y gastar la energía que no me dejaba olvidarme de Alberto. No podía encerrarme con este pensamiento entre cuatro paredes porque me moriría.
Anduve por la orilla a paso rápido casi dos horas y cuando ya no pude más regresé con los noruegos. Las piernas me temblaban en la moto. Podría haber intentado ver a Julián, buscarle en el hotel o por el puerto, donde me había dicho que ahora pasaba bastante tiempo, pero no tenía ganas de hablar de nada que no fuese Alberto, ni que me obligaran a pensar en nada que no fuese Alberto.
No me fijé en qué estaban haciendo Fred y Karin cuando entré en la casa. Tampoco pude captar lo que me decían. Subí y me tumbé en la cama, estaba sudando, crucé las manos sobre el pecho y me concentré en el beso del Faro.