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XIV. Todos los sitios, el sitio: 1940

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Viajaba a La Habana, Washington, Nueva York, Santo Domingo, le mandaba telegramas al Hotel L'Escargot, a veces llamaba al teléfono mexicano de su casa y sólo hablaba si oía la voz de ella y ella decía, «No, no es Ericsson, es Mexicana»; era la clave acordada, «no había moros en la costa», ni marido, ni hijos, aunque a veces a Jorge Maura no le importaba, hablaba y ella se quedaba callada o decía tonterías porque el marido o los hijos andaban cerca, no, necesito el plomero hoy mismo, o ¿cuándo estará listo el vestido?, o ¡qué caro se ha puesto todo! es que ya viene la guerra, mientras Jorge le decía: éstos son los mejores días de nuestra vida, ¿no crees?, ¿por qué no contestas?, y ella reía nerviosamente y él comenzaba, qué bueno que fuimos impacientes mi amor, ¿te imaginas si nos hubiéramos aguantado aquella primera noche?, ¿en nombre de qué íbamos a ser pacientes?, se nos va la vida, mi mujer adorada, mi fembra placentera y ella silenciosa mirando a su marido leer El Nacional o a los chicos hacer la tarea, queriendo decirle a Maura, di-ciéndole en silencio, nada calmaba mi ansiedad de vida hasta encontrarte a ti, y ahora me siento satisfecha. No pido nada más, mi hidalgo, sólo que vuelvas sano y salvo y nos juntemos en nuestro cuartito y me pidas que lo deje todo por todo y eso lo haré sin dudarlo, ni hijos ni marido ni madre me lo van a impedir, sólo tú porque junto a ti siento que no he agotado mi juventud, ¿permites que te lo diga con franqueza?, ayer cumplí cuarenta y dos años y sentí que no estuvieras aquí para celebrarlo juntos, a Juan Francisco y a Dantón se les olvidó por completo, sólo Santiago se acordó y le dije «Es nuestro secreto, no les digas a ellos» y mi hijo me indicó con un abrazo que éramos cómplices, ésa sería mi felicidad completa, tú y yo y mi hijo predilecto, ¿por qué negarlo?, qué necedad pretender que queremos por igual a todos los hijos, no es cierto, no es cierto, hay hijos en los que adivinas lo que te falta, hijos que son alguien

más que ellos mismos, hijos como espejos del tiempo pasado y por venir, así es mi Santiago que no se olvidó de mi cumpleaños y me hizo pensar que tú me has dado ese indulto que necesita una mujer de mi edad, y si no tomo, mi hidalgo, la vida que tú me das no tendré vida que darle yo misma, en el tiempo por venir, a mis hijos, a mi pobre marido, a mi madre…

2.

La muerte de Leticia, la Mutti magnífica y adorada, la imagen femenina central de la vida de Laura Díaz, la columna a la que se trenzaban todas las hiedras masculinas, el abuelo don Felipe, el padre don Fernando, el igualmente adorado hermano Santiago, y el doloroso y doliente Orlando Ximénez, el marido Juan Francisco, los niños criados por la abuela mientras la vida del país se calmaba después de una revolución tan larga, tan cruenta (tan lejana ya), mientras Laura y Juan Francisco se buscaban inútilmente, mientras Laura y Orlando se disfrazaban para no verse ni ser vistos, todos eran trepadoras que subían hasta el balcón de la madre Leticia, todos salvo Jorge Maura, el primer hombre independiente del tronco veracruzano nutrido por la madre, poderosa gracias a su integridad, su cuidado, su minuciosa atención a las labores de cada día, su inmensa capacidad de ofrecer confianza, de estar allí y de no comentar nada; su discreción…

Se fue Leticia y con su muerte llegaron todas las memorias de la infancia. La muerte hoy da presencia a la vida ayer. Laura no podía recordar, sin embargo, una sola palabra dicha por su madre. Era como si la vida entera de Leticia hubiese sido un largo suspiro disimulado por el cúmulo de actividades para que todo marchara bien en las casas del puerto y de Xalapa. Su discurso era su cocina, su limpieza, su ropa almidonada, sus roperos bien ordenados y olorosos a lavanda, su tinas de baño de cuatro patas y sus tibores de agua hirviente y sus aguamaniles de agua fría. Su diálogo era su mirada, su sabio silencio para entender y hacer entender sin ofensa ni mentira, sin regaño inútil. Su pudor era entrañable porque dejaba adivinar un amor protegido en la entraña, sin necesidad, jamás, de exhibirse. Tuvo una dura escuela: la separación de los primeros años, cuando don Fernando vivía en Veracruz y ella en Catemaco. Pero esta distancia impuesta por las circunstancias, ¿no permitió a Laura,

niña aún, llegar a la compañía de su hermano Santiago el Mayor justo cuando el encuentro debió ocurrir, cuando los dos pudieron, unidos, ser un poco niños y un poco adultos, jugar primero y llorar después, sin otro contacto que enturbiase la pureza de ese recuerdo, el más hondo y bello de la vida de Laura Díaz? No pasa noche sin que ella sueñe con el rostro de su joven hermano fusilado, enterrado en el mar, desapareciendo bajo las olas del Golfo de México.

El día del entierro de Leticia su madre, Laura vivió dos vidas al mismo tiempo. Automáticamente, cumplió con todos los ritos, dio todos los pasos de la velación y el entierro, ambos muy solitarios. De las viejas familias, ya ninguna quedaba en Xalapa. La pérdida de las fortunas, el temor a los nuevos gobernadores expro-piadores, comecuras y socialistas, el imán de la ciudad de México, la promesa de nuevas oportunidades fuera del solar provinciano, la ilusión y la desilusión, lanzaron a todos los viejos amigos y conocidos lejos de Xalapa. Laura visitó la Hacienda de San Cayetano. Era una ruina y sólo en la memoria de Laura se escuchaban los valses, las risas, el trajín de los meseros, el chocar de copa contra copa, la figura erguida de doña Genoveva Deschamps…

La Mutti descendió a la tierra pero en la segunda vida de su hija ese día, el pasado se hacía presente como una historia sin reliquias, la ciudad de la sierra aparecía súbitamente a orillas del mar, los árboles mostraban, viejos, sus raíces, las aves pasaban como relámpagos, los ríos desembocaban en el mar llenos de cenizas, las estrellas mismas eran de polvo, y la selva era un grito huracanado.

Dejaron de existir la noche y el día.

El mundo sin Leticia amaneció decimado.

Sólo el perfume de la eterna lluvia de Xalapa despertó de su ensoñación a Laura Díaz para decirle a María de la O:

– Ahora sí, tiíta, ahora sí tienes que venirte con nosotros a México.

Pero María de la O no dijo nada. Nunca volvería a decir nada. Afirmaría. Negaría. Con la cabeza. La muerte de Leticia la dejó sin palabras y cuando Laura tomó la maleta de la tiíta para salir de la casa de Xalapa, la anciana mulata se detuvo y giró en redondo, lentamente, como si otra vez ella, y sólo ella, pudiese convocar a todos los fantasmas del hogar, darles un sitio, confirmarlos como miembros de una familia… Laura sintió una gran emoción viendo a la última de las hermanas Kelsen despedirse de la casa ve-racruzana, ella que llegó, desposeída y marcada, a que la redimiera

un hombre bueno, Fernando Díaz, para quien hacer el bien era tan natural como respirar.

Pronto la picota se llevaría la casa de Xalapa en la calle Boca-negra con su portón inservible para inservibles coches tirados por caballos o vetustos Issotta-Fraschini devoradores de gasolina. Desaparecerían los aleros protectores contra el chipichipi pertinaz de la montaña, el patio interior con macetones de porcelana y vidriecillos incrustados, la cocina de carbones como diamantes en fuego y metates humildes y abanicos de palma, el comedor y los cuadros del pille-ce mordido por un perro… María de la O sólo rescató los anillos de plata para las servilletas de sus hermanas. Pronto vendría la picota…

María de la O, último testigo del pasado provinciano de su estirpe, se dejó llevar mansamente por Laura a la estación del Tren Interoceánico, tan mansamente como el cadáver de Leticia fue conducido al camposanto de Xalapa junto al cuerpo de su marido. ¿Qué iba a hacer la tiíta sino imitar a su hermana desaparecida y pretender que ella, María de la O, seguía animando a su línea de la única manera que le quedaba: tan inmóvil y silenciosa como una muerta pero tan discreta y respetuosa como lo había sido su inolvidable hermana la Mutti, que todos los días de su cumpleaños se vestía de blanco, cuando era niña, y salía a bailar al patio de la hacienda en Catemaco:

El doce de mayo la Virgen salió vestida de blanco con su paletó

Porque en la memoria de María de la O se confundieron, a la hora de la muerte, los recuerdos de la hermana Leticia y de la sobrina Laura.

3.

Un día, hacía un año, Jorge Maura regresó apresuradamente de Washington y Laura Díaz lo atribuyó todo -la prisa, la tristeza- a lo inevitable: el 26 de enero, los franquistas tomaron Barcelona y avanzaron hacia Gerona; la población civil emprendía la diáspora por los Pirineos.

– Barcelona -dijo Laura-. De allí venía Armonía Aznar.

– ¿La mujer que vivía en cu casa y a la que nunca viste?

– Sí. Mi propio hermano, Santiago, estaba con los anarcosindicalistas.

– Me has hablado muy poco de él.

– Es que no me caben dos amores tan grandes en la boca -sonrió-. Era un chico muy brillante, muy guapo y muy valiente. Era como el Pimpinela Escarlata -ahora rió nerviosamente-, posaba como un fifí para proteger su actividad política. Es mi santo, dio la vida por sus ideas, lo fusilaron cuando tenía veinte años.

Jorge Maura guardó un silencio inquietante. Por primera vez, Laura lo vio bajar la cabeza y se dio cuenta de que esa cabeza ibero-romana siempre se había mantenido levantada y orgullosa, incluso un poco arrogante. Ella lo atribuyó a que los dos iban entrando a la Basílica de Guadalupe, a donde Maura insistió en llevarla como un acto de homenaje a doña Leticia, la madre de Laura a quien él no llegó a conocer.

– ¿Eres católico?

– Creo que en España e Hispanoamérica hasta los ateos son católicos. Además, no quiero irme de México sin entender por qué la Virgen es el símbolo de la unidad nacional mexicana. ¿Sabes que las tropas realistas españolas fusilaban la imagen de la Virgen de Guadalupe durante la guerra de independencia?

– ¿Te vas de México? -dijo muy neutralmente Laura-. Entonces la Virgen no me protege.

Él hizo un gesto de hombros que quería decir, «como siempre, voy y vengo, ¿de qué te asombras?». Estaban hincados lado a lado en la primera fila de bancas de la Basílica, frente al altar de la Virgen cuya imagen enmarcada y protegida por cristal, le explicó Laura a Jorge, había quedado estampada, según la creencia popular, en el sayal de un humilde indio, Juan Diego, un tameme o cargador, al cual la Madre de Dios se le apareció un día de diciembre de 1531, apenas consumada la Conquista española, en la colina del Te-peyac, donde antes se adoraba a una diosa azteca.

– Qué listos eran los españoles del siglo dieciséis -sonrió Maura-. Consuman la conquista militar y en seguida se dedican a la conquista espiritual. Destruyen -bueno, destruimos- una cultura y su religión, pero les devolvemos a los vencidos nuestra propia cultura con símbolos indios -o quizas les devolvemos su propia cultura, pero con símbolos europeos.

– Sí, aquí la llamamos la Virgen morena. Ésa es la diferencia. No es blanca. Es la madre que necesitaban los indios huérfanos.

– Lo es todo, te das cuenta qué cosa más genial? Es una virgen cristiana e indígena, pero también es la Virgen de Israel, la madre judía del Mesías esperado, y tiene un nombre árabe, Guadalupe, río de lobos. ¡Cuántas culturas por el precio de una estampa!

El diálogo fue interrumpido por el himno soterrado que nacía a espaldas de ellos y avanzaba desde la puerta de la Basílica como un eco antiquísimo que no brotaba de las voces de los peregrinos, sino que los acompañaba o quizás los recibía desde los siglos anteriores. Jorge miró hacia el coro pero en lugar del órgano no había nadie, ni organista ni niños cantores. La procesión venía acompañada de su propia cantata, sorda y monótona como toda la música india de México. No alcanzaba sin embargo a silenciar el rumor de las rodillas penosamente arrastradas por el pasillo. Todos avanzaban de rodillas, algunos con cirios encendidos en las manos, otros con los brazos abiertos en cruz, otros más con los puños apretados contra el rostro. Las mujeres portaban escapularios. Los hombres, pencas de nopal sobre pechos desnudos y sangrantes. Algunos rostros entraban velados por máscaras de gasa atadas a la nuca que convertían a las facciones en meros esbozos pugnando por manifestarse. Las oraciones en voz baja eran como cantos de pájaro, trinos altibajos totalmente ajenos, adivinó Maura, al tono parejo de la lengua castellana, una lengua que se mide neutralmente para que suenen más fuerte sus cóleras, sus órdenes, sus discursos: aquí no había una sola voz que pudiese, concebiblemente, enojarse, mandar o hablarle a los demás en un tono que no fuese el del consejo apenas, el del destino acaso, pero tienen fe, levantó Maura la voz, sí, se adelantó Laura, tienen fe, ¿qué te pasa, Jorge, por qué hablas así?, pero ella no podía comprender, tú no puedes comprender Laura, entonces explícamelo, cuéntamelo tú, Maura, revirtió Laura, dispuesta a no dejarse vencer por el temblor de duda, la cólera apenas dominada, el humor irónico de Jorge Maura en la Basílica de Guadalupe, viendo entrar a una procesión de indios devotos, portadores de una fe sin interrogantes, una fe pura sostenida por una imaginación abierta a todas las sugerencias de la credulidad: es cierto porque es increíble, repetía Jorge arrebatado súbitamente del lugar y de la persona donde estaba, con la cual estaba, la Basílica de Guadalupe, Laura Díaz, ella sintió esto con una fuerza incontenible, ella no tenía nada que hacer, le correspondía nada más oír, no iba a detener el torrente pasional que la

entrada de una procesión de indígenas mexicanos descalzos desató en Maura, quebrando en mil pedazos su sereno discurso, su reflexión racional, para lanzarlo a un torbellino de recuerdos, premoniciones, derrotas que giraban en torno a una sola palabra, fe, la fe, ¿qué es la fe?, ¿por qué tienen fe estos indios?, ¿por qué tuvo fe en la filosofía mi maestro Edmundo Husserl?, ¿por qué tuvo fe en Cristo mi amante Raquel?, ¿por qué tuvimos fe en España Basilio, Vidal y yo?, ¿por qué tuvo Pilar Méndez fe en Franco?, ¿por qué tuvo su padre el alcalde de Santa Fe de Palencia fe en el comunismo?, ¿por qué tuvieron los alemanes fe en el nazismo?, ¿por qué tienen fe estos hombres y mujeres desvalidos, muertos de hambre, que jamás han recibido una recompensa del Dios al que adoran?, ¿por qué creemos y actuamos en nombre de nuestra fe a sabiendas de que no seremos recompensados por los sacrificios que la fe nos pone como pruebas?, ¿hacia dónde avanzan estos pobrecitos del Señor?, ¿quién era, qué era, la figura crucificada en la que se fijaba Jorge Maura, porque la procesión no venía a ver a Cristo, sino a su Madre, convencidos a pie juntillas que concibió sin pecado, que la preñó el Espíritu Santo, no un carpintero cachondo verdadero padre de Jesús?, ¿sabía uno solo de los penitentes que avanzaban arrodillados hacia el altar de Guadalupe que la concepción de María no fue inmaculada?, ¿por qué él, Jorge Maura, y tú, Laura Díaz, no creemos en esto?, ¿en qué creemos tú y yo?, ¿podemos creer juntos en Dios porque se despojó de la impunidad sagrada de Jehová haciéndose hombre en Cristo?, ¿podemos creer en Dios porque Cristo volvió a Dios tan frágil que los seres humanos nos pudimos reconocer en él?, ¿encarnó Cristo para que nos reconociéramos en él, Laura?, pero para ser dignos de Cristo ¿tuvimos que rebajarnos aún más para no ser más que Él?, ¿es ésa nuestra tragedia, es ésa nuestra desgracia, que para tener fe en Cristo y ser dignos de su redención, tenemos que ser indignos de él, menos que él, pecadores, asesinos, concupiscentes, orgullosos, que la prueba verdadera de la fe es aceptar que Dios nos pide hacer lo que no permite?, ¿hay un solo indio en este templo que piense esto?, no, Jorge, ninguno, no puedo imaginarlo, ¿tenemos que ser tan buenos y simples y ajenos a la tentación como estos seres humildes para ser dignos de Dios, o tenemos que ser tan racionales y vanidosos como tú y yo y Raquel Mendes-Alemán y Pilar Méndez y su padre el alcalde de Santa Fe de Palencia para ser dignos de lo que no creemos?, ¿la fe del indio mexicano o la fe del filósofo alemán o la fe de la judía conversa o la fe de la militante fascista o del militante comunista?, ¿cuál será,

para Dios mismo, la mejor, la más verdadera fe de todas? -dímelo Laura, cuéntamelo, Jorge…

– Baja la voz. ¿Qué te pasa hoy?

– Sabes -contestó intensamente Maura-. Estoy mirando a ese pobre indio descalzo y vestido de manta y lo estoy viendo al mismo tiempo con un uniforme rayado y un triángulo verde en el pecho porque es criminal común y un triángulo rojo porque es un agitador político y un triángulo rosa porque es un maricón y un triángulo negro porque es un antisocial y una estrella de David porque es judío…

Se llama Raquel Mendes-Alemán. Fueron estudiantes juntos en Friburgo. Tuvieron el privilegio de asistir a las clases de Edmundo Husserl, no sólo un gran maestro sino un compañero filosófico, una presencia que guiaba el pensamiento independiente de sus alumnos. La relación de simpatía entre Raquel y Jorge se estableció en seguida porque ella era descendiente de judíos sefarditas expulsados de España en 1492 por los Reyes Católicos. Hablaba el español del siglo XV y sus padres leían periódicos sefardíes en el español del Arcipreste de Hita y Fernando de Rojas y cantaban canciones hebreas en honor de la tierra española. Tenían, como todos los sefardíes, las llaves de sus antiguas casas castellanas colgando de un clavo en sus nuevas casas alemanas, en espera del día anhelado -después de más de cuatro siglos- de su regreso a la península ibérica.

– España -rezaban a coro en las noches los padres y familiares de Raquel-, España, madre ingrata, expulsaste a tus hijos judíos que tanto te amábamos, pero no te guardamos rencor, tú eres nuestra madre muy amada y no queremos morirnos sin regresar un día a ti, España querida…

Raquel no se unía a la oración porque había tomado una decisión muy severa al año de inscribirse en los cursos de Friburgo. Se convirtió al catolicismo. Se lo explicó así a Jorge Maura:

– Me criticaron mucho. Hasta en mi casa me criticaron. Creían que me había hecho católica para evitar el estigma judío. Los nazis se organizaban para asaltar el poder. No cabía duda, en la Alemania de Weimar, quién iba a ganar en un país empobrecido y humillado. Los alemanes querían un hombre fuerte para un país débil. Les expliqué que yo no evitaba ningún estigma. Era todo lo contrario. Era un desafío. Era una manera de decirle al mundo, a mi familia, a los nazis: miren, todos somos semitas. Me hago católica por una diferencia fundamental con mis padres. Creo que el Me-

sías ya llegó. Se llama Jesucristo. Ellos lo siguen esperando y esta esperanza los ciega y los condena a la persecución, porque el que espera la llegada del Redentor es siempre un revolucionario, un factor de desorden y de violencia. En las barricadas como Trotski, en el pizarrón como Einstein, cámara en mano como Eisenstein, en la cátedra como nuestro maestro Husserl, el judío trastorna y transforma, inquieta, revoluciona… No puede evitarlo. Está en espera del Redentor. En cambio, si admites como yo, Jorge, que el Redentor ya vino al mundo, puedes cambiar el mundo en su nombre sin paralizarte ante la expectativa chiliástica, la esperanza del milenio que todo lo cambiará apenas ocurra.

– Hablas como si los herederos del mesianismo judío fuesen los progresistas modernos, incluyendo a los marxistas -exclamó Jorge.

– Es que lo son, ¿no te das cuenta? -dijo Raquel con premura- Y está bien. Son los que esperan el cambio milenario y entretanto su impaciencia los lleva, por una parte, a descubrir la relatividad, el cine o la fenomenología, pero por la otra parte los expone a cometer todos los crímenes en nombre de la promesa. Sin darse cuenta, son los verdugos del mismo futuro que tanto anhelan.

– Pero los peores enemigos de los judíos son estos nazis que se andan paseando vestidos de café y con sus esvásticas por todas las calles…

– Es que no puede haber dos pueblos elegidos. O son los judíos o son los alemanes.

– Pero los judíos no matan alemanes, Raquel.

– Ésa es la diferencia. El mesianismo hebreo se sublima creativamente en el arte, la ciencia, la filosofía. Se vuelve un mesianismo creativo porque de otra manera es inerme. Los nazis no tienen ningún talento creativo. Su genio es sólo uno: la muerte, son los genios de la muerte. Pero teme el día en que Israel decida armarse y pierda su genio creativo en nombre del éxito militar.

– Quizás los nazis no les dejen, como pueblo, otra salida. Quizás los judíos se cansen de ser las eternas víctimas de la historia. Los borregos.

– Ruego que no se conviertan nunca, a su vez, en verdugos de nadie. Que los judíos no tengan sus judíos.

– La iglesia católica no se quedaba atrás en cuanto crímenes, Raquelita. Recuerda que soy español, y tú, en cierto modo, también.

– Prefiero el cinismo de la iglesia católica al fariseísmo de la iglesia comunista. Los católicos juzgamos…

– Bravo por el plural obsesivo. Te beso, mi amor…

– No seas payaso, Jorge. Te digo que nosotros juzgamos los crímenes de la iglesia porque traicionan una promesa ya cumplida, que es una obligación: imitar a Cristo. Los comunistas en cambio no pueden juzgar los crímenes de su iglesia porque sienten que traicionan una promesa que está en el futuro. Que aún no encarna.

– ¿Entrarías entonces a una orden religiosa? ¿Voy a tener que convertirme en un Donjuán para seducirte en el convento?

– Oh, no bromees. Quietas las manos, Donjuán.

– No, si no hablo en broma. Si te entiendo bien, esa pureza cristiana implica una obediencia a la lección de Jesús que sólo se puede cumplir enclaustrándose en un convento. Get thee to a nun-nery, Rachel!

– No. Se debe cumplir en el mundo. Además, ¿cómo me voy a hacer monja después de conocerte a ti?

Habían seguido juntos los cursos de Husserl con una devoción casi sagrada. Estudiaban con el maestro, pero sin darse cuenta, porque Husserl encauzaba las cosas con discreción, con independencia de él, con estudiantes motivados por él pero libres gracias a las alas que él les regalaba.

– A ver, George, ¿qué quiere decir el maestro cuando habla de «sicología regional»?

– Creo que se refiere a la manera de ser concreta de las emociones, de los actos, del conocimiento. Lo que él nos pide es suspender nuestra opinión mientras no veamos todas esas evidencias como fenómenos originales, como él dice, «en carne y hueso»… Primero los ojos bien abiertos para mirar lo que nos rodea en nuestra «región», allí donde realmente estamos. Después, la filosofía.

Caminaban mucho de noche por la vieja ciudad universitaria a las puertas de la Selva Negra, explorando los costados de la catedral gótica, perdiéndose en los pasajes medievales, cruzando los puentes del Dreisam apresurado por unirse al Rin.

Friburgo era como una antigua reina de piedra con los pies en el agua y una corona de pinos y la pareja de estudiantes la recorría elaborando y reelaborando las lecciones del día, admirados él y ella -tomados del brazo primero, ahora de las manos- de que el propio maestro estuviese elaborando él mismo, nervioso y noble, con su altísima frente aclarando el ceño preocupado y las cejas ame-

nazantes, su recta nariz olfateando ideas y sus grandes barba y bigote cubriendo unos labios largos, tan largos como los de un animal filosófico, un mutante que saliese del agua nutritiva de la primera creación a una tierra ignorada, empeñado en dar voz a más ideas de las que caben en un discurso. Las palabras de Husserl no alcanzaban a la rapidez de su pensamiento.

Todos lo llamaban «el maestro». Desnudo ante los ojos de sus alumnos, les proponía una filosofía sin dogmas, sin conclusiones, abierta en cada momento a la rectificación y a la crítica del profesor y de sus alumnos. Todos sabían que el Husserl de Friburgo no era el de Halle, cuando inventó la fenomenología a partir de una simple propuesta: primero se acepta la experiencia, luego se piensa. No era ya el Husserl de Gotinga, centrado en la atención a lo que aún no es interpretado porque en ello puede residir el misterio de las cosas. Era el Husserl de Friburgo, el maestro de Jorge y Raquel, para quien la libertad moral del ser humano dependía de una sola cosa: reivindicar la vida contra todo lo que la amenaza. Era el Husserl que había visto desplomarse la cultura europea en la Primera Guerra Mundial.

– No entiendo, George. Nos pide reducir los fenómenos a la conciencia pura, a una especie de sótano más abajo del cual ya no hay nada reducible. ¿No podemos excavar debajo, ir más hondo?

– Bueno, creo que en ese sótano como tú lo llamas están la naturaleza, el cuerpo y la mente. Ya es mucho. ¿E doppo? ¿Adonde nos quiere llevar el viejo?

Como si leyese los pensamientos de sus alumnos gracias a sus ojos de águila, tan salvajemente contrastados con su tieso cuello de paloma, su plastrón, su chaleco cruzado por una leontina, su anticuada levita negra, sus pantalones con tendencia a colgarse sobre los botines negros, Husserl les dijo que después de la Gran Guerra, el mundo espiritual europeo se había desplomado y si él predicaba una reducción del pensamiento a las bases mismas de la mente y la naturaleza, era sólo para renovar mejor la vida de Europa, su historia, su sociedad y su lenguaje.

– No concibo al mundo sin Europa y a Europa sin Alemania. Una Alemania europea que sea parte de lo mejor que Europa le ha prometido al mundo. No hago una filosofía abstracta, caballeros y señoritas. Estoy enraizado en lo mejor que hemos hecho. Lo que puede sobrevivimos. Nuestra cultura. Lo que puede inspirar a los hijos y nietos de ustedes. Yo no lo veré. Por eso lo enseño. Me adelanto a mi muerte.

Entonces los dos salieron a celebrar en un alegre keller estudiantil que generalmente evitaban por su ruidosa camaradería pero esta noche todos se asombraron o rieron por los brindis que hacían Raquel y Jorge con los tarros de cerveza en alto, ¡por la in-tersubjetividad!, ¡por la sociedad, el lenguaje y la historia que todo lo relacionan! ¡no estamos separados! ¡somos un nosotros ligado por lengua, comunidad y pasado!

Causaron risa, simpatía, alboroto y gritos de ¿cuándo se casan?, ¿pueden dos filósofos llevarse bien en la cama?, ¿es cierto que su primer hijo se va a llamar Sócrates?, ¡oh, intersubjetividad, ven a mí, déjame interpenetrarte!

Entraron a la catedral después de recorrer sus costados con la mirada maravillada, inteligente y sensual de descubrir allí mismo, en esta famosa Münster terminada en el albor del siglo XVI, una ilustración perfecta de lo que les preocupaba, como si las lecciones del maestro regresasen, no a complementar, sino a renacer en el tímpano del pecado original que aquí, en un costado de la catedral, precedía a la Creación descrita en la arquivolta, diciéndonos que era la Creación lo que redimía el pecado, lo dejaba atrás. La Caída no era la consecuencia de la Creación, no hay Caída, se dijeron los amantes de Friburgo, hay Origen y luego hay Creación.

En el lado occidental del edificio, en cambio. Satanás, posando como «Príncipe del Mundo», encabeza una procesión que se aleja no sólo del pecado original, sino de la Creación divina. Frente al desfile satánico se abre, sin embargo, la puerta principal de la catedral y es allí, no afuera sino adentro, o más bien en el ingreso mismo al recinto, donde se describe y declara la Redención.

Entraron por esa puerta y casi como en comunión, sentados lado a lado de rodillas, sin temor alguno al ridículo, oraron en voz alta,

vamos a regresar a nosotros mismos vamos a pensar como si fundáramos el mundo vamos a ser sujetos vivos de la historia vamos a vivir el mundo de la vida

Los nazis corrieron a Husserl de Friburgo y de Alemania. El viejo exiliado continuó enseñando en Viena y en Praga, con la Wehrmacht siempre pisándole los talones. Lo dejaron regresar a morir en su amado Friburgo pero el filósofo ya había dicho que «en

el fondo de todo judío hay un absolutismo y un amor del martirio». En cambio, su discípula Edith Stein, ella sí ingresada como monja al Carmelo después de renunciar a Israel y convertirse al cristianismo, diría ese mismo año, «Las desgracias caerán sobre Alemania, cuando Dios vengue las atrocidades cometidas contra los judíos». Fue el año de La Noche de Cristal organizada por Goebbels para destruir las sinagogas, los comercios judíos, y a los judíos mismos. Hitler anunció su propósito de aniquilar para siempre a la raza judía en Europa.

Fue el mismo año en que Jorge Maura conoció en México a Laura Díaz y en que Raquel Mendes-Alemán, con la estrella de David pegada al pecho, saludaba a los SS en las calles con el grito «[Alabado sea Cristo!» y lo repetía en el suelo, sangrante, pateada y golpeada, «¡Alabado sea Cristo!».

El 3 de marzo de 1939, el vapor Prinz Eugen de la Lloyd Triestino zarpó de Hamburgo con doscientos veinticuatro pasajeros judíos a bordo, convencidos de que serían los últimos en salir de Alemania después del terror de la Kristalnacht del 9 de noviembre de 1938 y debido a una serie de circunstancias, algunas atribuibles a la demencia aritmética de los nazis (¿quién es judío?, ¿el hijo del padre y madre judía, o también el de un solo progenitor hebreo, o los descendientes de menos de tres abuelos arios, etcétera, etcétera, hasta la generación de Abraham?), otras a la riqueza de los judíos acomodados que pudieron comprar su libertad entregándoles a los nazis dinero, cuadros, residencias, muebles (como la familia de Lud-wig Wittgenstein en la Austria anexada al Reich), otras a amistades viejas que ahora eran nazis pero que guardaban un recuerdo cálido de sus amigos hebreos de antes, otras, porque le dieron sus caricias a un jerarca del régimen para salvar, como Judith, a sus padres y hermanos: pero este Holofernes era inmortal: \5\ otros, en fin, debido a funcionarios consulares que, con o sin autorización de sus gobiernos, intercedieron a favor de judíos individuales.

Raquel empezó a usar, el mismo día que los SS la golpearon, la cruz de Cristo al lado de la estrella de David, t $ y acabó encerrada en su pequeño estudio de Hamburgo, porque esa doble provocación significó que la esperarían a la puerta de su casa, con perros salvajes sin bozal y cachiporras en los puños, advirtiéndole, sal, atrévete, puta judía, semilla podrida de Abraham, peste eslava, piojo levantino, chancro gitano, sal, atrévete, hetaria andaluza, trata de encontrar comida, escarba en los rincones de tu pocilga, marrana,

come polvo y cucarachas, si un judío puede comer oro también puede comer ratas.

Les advirtieron a los vecinos que si me daban de comer, ellos mismos se quedarían sin raciones primero y si reincidían, los mandarían a un campo: yo, Raquel Mendes-Alemán, decidí morirme de hambre por mi raza judía y por mi religión católica; decidí, George, ser testigo absoluto de mi tiempo y supe que no tendría salvación cuando el partido nazi declaró que «nuestros peores enemigos son los judíos católicos». Es cuando abrí mi ventana y grité a la calle, «San Pablo dijo: ¡Soy hebreo! ¡Soy hebreo! ¡Soy hebreo!» y mis propios vecinos me apedrearon y a los dos minutos una ráfaga de metralla destruyó mis vidrios y tuve que acurrucarme en un rincón, hasta que llegó con un salvoconducto el cónsul mexicano, el señor Salvador Elizondo, y me dijo que tú habías intercedido por mí para embarcarme en el Prinz Eigen y salir a la libertad de América. Yo me había jurado quedarme en Alemania y morirme en Alemania como testigo de mi fe en Cristo y en Moisés. Cedí entonces, mi amor lejano, y sabía por qué, no por miedo a ellos, no por temor a que me llevaran a esos lugares cuyos nombres todos conocíamos ya -Dachau, Oranienburg, Buchfnwald- sino por la vergüenza de que mi propia iglesia y mi propio Padre, el Papa, no levantasen la voz para defendernos, a los judíos todos, pero también a los judíos católicos como yo. Roma me dejó huérfana, Pío XII nunca habló en defensa del género humano George, no de los judíos solamente; el Santo Padre nunca le dio la mano al género humano. Me la diste tú, me la dio México. No había mejor oportunidad que embarcarse en el Prinz Eugen que nos iba a llevar a América. El presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, iba a hablar con Franklin Roose-velt para que nos dejaran desembarcar en la Florida.

Durante la travesía de nueve días, hice amistad con los demás fugitivos judíos, algunos se extrañaron de mi fe católica, otros me comprendieron pero todos pensaron que era una treta fallida de mi parte para escapar a los campos de concentración. No hay comunidades uniformes, pero Husserl tenía razón al preguntarnos, ¿no podemos todos juntos regresar a un mundo donde pueda volverse a fundar la vida, y reencontrarnos allí a nosotros mismos como semejantes?

Quise comulgar, pero el pastor luterano de a bordo se negó a atenderme. Le recordé que su función legal en un barco era ser no denominacional y cuidar por igual a toda fe. Se atrevió a decirme, Hermana, éstos no son tiempos legales.

Soy una provocadora, George, lo admito. Pero no me acuses de orgullo, de la hybris griega que nos explicaban en Friburgo. Soy una provocadora humilde. Todos los días durante el desayuno colectivo en el comedor, lo primero que hago es tomar un pedazo de pan con una mano, hacer la señal de la Cruz con la otra y decir con voz pareja, «Éste es mi cuerpo» antes de llevarme la migaja a la boca. Escandalizo, irrito, enojo. El capitán me dijo, pone usted en peligro a sus propios compañeros de raza. Me reí en sus barbas. «Es la primera vez que nos persiguen por razones raciales, ¿se da usted cuenta, Herr Kapitán? Siempre nos han perseguido por razones religiosas». Mentira. Isabel y Fernando nos corrieron por proteger su «pureza de sangre». Pero el capitán tenía su respuesta. «Señora Mendes, hay agentes del gobierno alemán a bordo. Nos vigilan a todos. Están dispuestos a frustrar este viaje con el menor pretexto. Si lo han permitido, es para ofrecerle una concesión a Roosevelt a cambio de que los Estados Unidos mantenga sus cuotas restringidas de admisión de judíos alemanes. Cada parte se está poniendo a prueba. Usted debe entenderlo. Así ha procedido siempre el Führer. Tenemos una pequeña oportunidad. Contrólese. No eche usted a perder la oportunidad de salvarse y salvar a los suyos. Contrólese.»

George, mi amor, todo fue en vano. No nos permitieron desembarcar en Miami las autoridades americanas. Le pidieron al capitán retirarse a La Habana y esperar aquí el permiso americano. No va a llegar. Roosevelt está atado por la opinión pública adversa a que entren más extranjeros a los Estados Unidos. Las cuotas, dicen, ya están saturadas. Nadie habla por nosotros. Nadie. Me han dicho que el anterior papa, Pío XI, tenía lista una encíclica sobre la «unidad del género humano amenazado por racistas y antisemitas». Murió antes de promulgarla. Mi iglesia no nos defiende. La democracia no nos defiende. George, dependo de ti. George, por favor, sálvame. Ven a La Habana antes de que tu Raquel no pueda ni siquiera ya llorar. ¿No le dijo Jesús: «Cuando seas perseguido en una ciudad huye a otra ciudad distinta»? ¡Alabado sea Cristo!

4.

Maura: Te pregunto una cosa, Vidal: ¿No se vuelve imposible el ideal que tú sostienes, cada vez que se aniquila a un solo

individuo por el pecado de pensar con nosotros pero distinto de nosotros? Porque todos los republicanos estamos a favor de la República y en contra del fascismo, pero somos distintos entre nosotros, no es lo mismo Azafia que Prieto, ni Companys que Durruti, ni José Díaz que Largo Caballero, ni Enrique Líster que Juan Ne-grín, pero ninguno de ellos ni todos juntos son Franco, Mola, Serrano Súñer o el represor asturiano Doval.

VIDAL: No hemos rechazado a nadie. Todos tienen cabida en el frente amplio de las izquierdas.

Maura: Cuando la izquierda aspira al poder. Pero cuando llega el poder, el PC se encarga de eliminar a todos los que no piensan como ustedes.

VIDAL: Por ejemplo.

Maura: Bujarin.

VIDAL: Otro hombre, aparte de un traidor.

MAURA: Victor Serge. Y una pregunta, ¿es revolucionario no interesarse por la suerte de un camarada despojado de su posición pública, deportado sin juicio, separado para siempre de los suyos, únicamente porque es «sólo un individuo» y un individuo singular y solitario no cuenta en la gran epopeya colectiva de la historia? Yo no veo la traición de un Bujarin que quizás habría salvado a Rusia del terror estalinista con su proyecto de un socialismo plural, humano, libre, y más fuerte por todos esos motivos.

VIDAL: Concluyamos ya y «revenons á nos moutons». ¿Qué debió hacer la República, según ustedes, Maura y Baltazar, para conciliar la victoria y la ética?

MAURA: Hay que cambiar la vida, dijo Rimbaud. Hay que cambiar al mundo, dijo Marx. Los dos están equivocados. Hay que diversificar la vida. Hay que pluralizar al mundo. Hay que abandonar la ilusión romántica de que la humanidad sólo será feliz si recupera la unidad perdida. Hay que abandonar la ilusión de la totalidad. La palabra lo dice, hay sólo un paso entre el deseo de totalidad y la realidad totalitaria.

VlDAL: Tienes todo el derecho de desdeñar la unidad. Pero sin unidad no se gana una guerra.

MAURA: Se gana en cambio una sociedad mejor. ¿No es lo que queremos todos?

Vidal: ¿Cómo, Maura?

MAURA: Dándole el valor a la diferencia.

Vidal: ¿Y la identidad?

MAURA: La identidad la fortalece una cultura de diferencias. ¿O crees que una humanidad liberada sería una humanidad perfectamente unida, idéntica, uniforme?

VlDAL: No tiene lógica lo que dices.

MAURA: Es que la lógica es sólo una cosa, es una manera de decir: sólo esto tiene sentido. Tú que eres marxista deberías de pensar en la dialéctica que es, por lo menos, una opción, un «esto o aquello».

VlDAL: Que te da la unidad de la síntesis.

MAURA: Que en seguida se vuelve a dividir en tesis y antítesis.

VlDAL: Entonces, ¿tú, en qué crees?

MAURA: En un ambos y más. ¿Te parece una locura?

VlDAL: No. Me parece políticamente inútil.

BALTAZAR: ¿Puedo decir algo, mis socráticos amigos? Yo no creo en un milenio feliz. Creo en las oportunidades de la libertad. A cada hora. Todos los días. Déjalas pasar, y no volverán, como las golondrinas de Bécquer. Y si debo escoger entre el menor de los males, prefiero quedarme sin ninguno. Creo que la política es secundaria a la integridad personal, porque sin ésta no vale la pena vivir en sociedad. Y temo mucho que si nosotros, la República que somos todos, no damos prueba de que ponemos la moral por encima del recurso, el pueblo nos va a dar la espalda y se va a ir con el fascismo porque el fascismo no tiene dudas sobre la inmoralidad, y nosotros sí.

MAURA: ¿Y tu conclusión, Basilio?

BALTAZAR: Que el verdadero revolucionario no puede hablar de revolución porque nada merece ese nombre en el mundo actual. Conoceréis a los verdaderos revolucionarios porque nunca hablan de revolución. ¿Y la tuya, Jorge?

MAURA: Que me encuentro entre dos verdades. Una es que el mundo va a salvarse. La otra, que está condenado. Ambas son verdaderas en un doble sentido. La sociedad corrupta está condenada. Pero la sociedad revolucionaria también lo está.

VlDAL: ¿Y tú, Laura Díaz? Tú no has abierto el pico. ¿Qué piensas de todo esto, compañera?

Laura bajó la cabeza un instante, luego miró cariñosamente a cada uno, finalmente habló:

– Me llena de alegría ver que la disputa más encarnizada entre los hombres siempre revela algo que les es común.

– Se ven ustedes muy enamorados -dijo Basilio Baltazar mirando a Jorge y a Laura-. ¿Cómo miden el amor en medio de todo esco que está ocurriendo?

– Dilo mejor así -terció Vidal-. ¿Sólo cuenta la felicidad personal, no la desgracia de millones de seres?

– Yo le hago otra pregunta, señor Vidal -dijo Laura Díaz-. ¿Puede el amor de una pareja suplir todas las infelicidades del mundo?

– Sí, supongo que hay maneras de redimir al mundo, seamos los hombres tan solitarios como nuestro amigo Basilio o tan organizados como yo -dijo con una mezcla de humildad y arrogancia Vidal.

Esa mirada no escapó a Basilio ni a Jorge. Tampoco a Laura que no supo comprenderla. Lo que su intuición le dijo esa noche era que ésta era la tertulia de los adioses. Que había una tensión, una tristeza, una resignación, un pudor y, abarcándolo todo, un amor en esas miradas, que preludiaban una separación fatal, y por eso los argumentos eran tan contundentes como una lápida. Eran adioses: eran visiones perdidas para siempre, eran las mentiras del cielo que en la tierra se llaman «política». Entre las dos mentiras, hacemos una verdad dolorosa, «la historia». Y sin embargo, ¿qué había en la mirada brillante y triste de Basilio Baltazar sino un lecho con sus huellas de amor, qué había en la mirada ceñuda de Domingo Vidal sino un desfile de visiones perdidas para siempre? ¿Qué había en la mirada melancólica y sensual de su propio Jorge, Jorge Maura…? ¿Y qué había, yendo hacia atrás, en la mirada del alcalde de Santa Fe de Palencia sino el secreto público de mandar fusilar a su hija para probar que amaba a una patria, España, y a una ideología, el comunismo? ¿Y en la mirada de Clemencia ante el espejo, había sólo la repugnante visión de una vieja beata satisfecha de suprimir la belleza y la juventud de su posible rival, su propia hija?

Basilio abrazó a Jorge y le dijo, hemos llorado tanto que conoceremos el futuro cuando llegue.

– La vida sigue -se despidió Vidal abrazando al mismo tiempo a los dos camaradas.

– Y la fortuna pulsa, hermano -dijo Maura.

– Cojamos la ocasión por la cola -se separó, riendo, Vidal-. No nos burlemos de la fortuna y dejemos de lado los placeres intempestivos. Nos vemos en México.

Pero estaban en México. Se despedían en el mismo lugar en donde se encontraban. ¿Hablaban los tres en nombre de la de-

rrota? No, pensó Laura Díaz, hablaban en nombre de lo que ahora empezaba, el exilio, y el exilio no tiene patria, no se llama México, Argentina o Inglaterra. El exilio es otra nación.

5.

Le vendaron la boca y mandaron cerrar todas las ventanas que rodeaban la Plaza de Santa Fe. Sin embargo, como si nada pudiese silenciar el escándalo de su muerte, la persiguieron de la puerta romana al coso taurino grandes gritos, gritos bárbaros que quizás sólo la condenada a muerte podía escuchar, a no ser que los vecinos todos mintiesen, pues todos, esa madrugada, juran que oyeron gritos o cantos que venían del fondo de la noche moribunda.

Las ventanas cerradas. La víctima amordazada. Sólo los ojos de Pilar Méndez gritaban, ya que su boca estaba cerrada como si el fusilamiento ya hubiese ocurrido. «Séllale la boca -pidió Clemencia la madre al alcalde justiciero, su marido-, lo único que no quiero es oírla gritar, no quiero saber que gritó». «Será una ejecución limpia. No te afanes, mujer.»

Puedo oler la muerte, se iba diciendo Pilar Méndez a sí misma, despojada de su manto de pieles, vestida sólo con un sobrepelliz carmelita que no ocultaba las puntas de sus senos, descalza, sintiendo con los pies y el olfato, puedo oler la muerte, todas las tumbas de España están abiertas, ¿qué quedará de España sino la sangre que beberán los lobos?, los españoles somos mastines de la muerte, la olemos y la seguimos hasta que nos maten.

Quizás esto pensó ella. O quizás lo pensaron los tres amigos, soldados de la República los tres, que se quedaron fuera de las puertas de la ciudad, todo oído ellos, atentos sólo al tronar de los fusiles que anunciarían la muerte de la mujer por cuya vida estaban dispuestos a dar algo más que las suyas, su honor de militares republicanos, pero también su honor de hombres unidos para siempre por la defensa de la mujer amada por uno de ellos.

Dicen que al final fue arrastrada por la arena del coso, levantando con los pies arrastrados el polvo de la plaza, hasta que ella misma se vistió de tierra y desapareció en una nube granulada. Lo cierto es que esa madrugada el fuego y la tormenta, enemigos mortales, sellaron un pacto y cayeron juntos sobre la villa de Santa Fe de Palencia, silenciando el trueno de los fusiles cuando Basilio, Do-

mingo y Jorge se arraigaron en el mundo como un homenaje final a la vida de una mujer sacrificada, se miraron entre sí, y corrieron a la montaña, para avisarles a los heraldos que no apagaran el fuego, que la Ciudadela de la República no estaba vencida.

¿Qué prueba traen?

Un puñado de cenizas en las manos.

No vieron el río otoñal ahogado de hojas, pugnando ya por renacer del seco estío.

No imaginaron que el hielo del invierno próximo paralizaría las alas de las águilas en pleno vuelo.

Ya estaban muy lejos cuando la multitud azotó como un látigo, con su gritería, la plaza donde Pilar Méndez fue fusilada y donde su padre el alcalde le dijo al pueblo yo actué por el Partido y por la República sin atreverse a mirar la celosía por dónde lo miraba con odio satisfecho Clemencia su mujer, diciéndole en secreto, diles, diles de verdad, tú la mandaste matar, pero la que la odiaba era su madre, yo la maté a pesar de quererla, su madre quiso salvarla a pesar de que la odiaba, a pesar de que las dos éramos franquistas, del mismo partido, católicas las dos, pero de edad y belleza disímiles: Clemencia corrió al espejo de su recámara, trató de recuperar en su rostro envejecido los rasgos de su hija muerta, muerta Pilar sería menos que una mujer vieja, insatisfecha, plagada de calores súbitos y los rumores que se le quedaban sepultados entre las piernas. Sobrepuso las facciones de su hija joven a las suyas, vieja.

– No apaguen los fuegos. La ciudad no se ha rendido.

Laura y Jorge se fueron caminando por Cinco de Mayo, rumbo a la Alameda. Basilio arrancó en sentido contrario, hacia la Catedral. Vidal chifló para detener un camión Roma-Mérida y lo pescó al vuelo. Pero cada uno volteó a verse por última vez, como si se enviasen un postrer mensaje. «No se abandona al amigo que nos acompañó en la desgracia. Los amigos se salvan o se mueren juntos.»