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«-¿Crees que conociste bien a Santiago? ¿Crees que tu hermano te lo dio todo sólo a ti? Qué poco sabes de un hombre tan complicado. A ti sólo te entregó una parte. Te dio lo que le sobraba de su alma de niño. Otra parte se la dio a su familia, otra a su poesía, otra a la política. ¿Y la pasión, la pasión amorosa, a quién se la dio?»
Doña Leticia, en silencio, quería terminar a tiempo el dobladillo del vestido de baile.
– No te muevas, niña.
– Es que estoy muy nerviosa, mamá.
– No hay motivo, un baile de largo no es nada del otro mundo.
– ¡Para mí sí! Es la primera vez, Mutti.
– Ya te acostumbrarás.
– Qué pena -sonrió Laura.
– Silencio. Déjame acabar. ¡Muchacha ésta!
Cuando Laura se puso el vestido de color amarillo pálido, corrió al espejo y no vio el traje de baile moderno que su madre, hábil en la costura como en todo quehacer doméstico, copió del último número de La Vie Parisienne, la revista que ahora, con retraso por la guerra en Europa y la distancia entre Xalapa y el puerto, les llegaba a pesar de todo, regularmente. París había abandonado los complicados e incómodos atuendos del siglo XIX, con sus restos versallescos de crinolinas, varillas y corsets. Ahora, como decía don Fernando el anglófilo, la moda era streamlined, es decir, fluida como un río, simplificada y linear, ajustada a las formas reales del cuerpo femenino, tenue y reveladora alrededor de los hombros, el busto y la cintura, y súbitamente ampulosa de la cadera para abajo. El modelito parisino de Laura se recogía allí, entre la cadera y la pantorrilla, con lujo de drapeado, como si una reina hubiese recogido la cola de su manto para bailar, y en vez de enrollarse al antebrazo, la cola, por ímpetu propio, se hubiese drapeado en torno a las piernas de la mujer.
Laura se miraba a sí misma, no al traje de baile. Sus diecisiete años habían acentuado, sin resolverlos aún, los anuncios de los doce; tenía una cara fuerte, una frente demasiado amplia, una nariz demasiado grande y aguileña, labios demasiado delgados aunque, eso sí, le gustaban sus propios ojos; eran de un castaño limpio, casi dorado; a veces, en horas cuando el día apuntaba o se iba, dorados de verdad. Parecía que soñaba despierta.
– La nariz, mamá…
– Tienes suerte, ve a las actrices italianas de cine. Todas son narigonas…, bueno, de perfil señalado. No me digas que quisieras ser una chatita cara de manazo, sin chiste…
– La frente, mamá…
– Si no te gusta, usa fleco y disimula.
– Los labios…
– Píntatelos del tamaño que gustes. Y mira nada más, mi amor, qué ojos más lindos te dio Dios…
– Eso sí, mamá.
– Vanidosilla -sonrió Leticia.
Laura no se atrevió a prevenir. ¿Y si la pintura de los labios se borra con los besos, no voy a parecer una farsante, me van a querer besar otra vez, o debo hundir los labios como una viejita, tocarme la barriga como si fuera a vomitar y salir corriendo al baño a rehacerme la boca? Que complicado es hacerse señorita.
– No te preocupes de nada. Estás preciosa. Vas a causar sensación.
No le preguntó a Leticia por qué no la acompañaba. Sería la única muchacha sin chaperón. ¿No daría mala impresión? Leticia ya había suspirado bastante pero se propuso no hacerlo más, recordando el hábito de su propia madre Cósima, sentada en la mecedora de la casa familiar de Catemaco. Ya había suspirado bastante. Como diría don Fernando, it never rains but it pours.
Las tres tías solteras estaban en Catemaco cuidando al abuelo Felipe Kelsen, cuyos achaques se iban juntando poco a poco, pero sin tregua, como él mismo lo predijo la única vez que le obligaron a ver un doctor en Veracruz. ¿Cómo te encontró, papá? -preguntaron las tres hermanas con una sola voz, hábito cada vez más arraigado del cual ellas mismas no se daban cuenta.
– Tengo cálculos biliares, arritmia cardíaca, la próstata del tamaño de un melón, divertículos en el estómago y un principio de enfisema pulmonar.
Las hijas lo miraron con miedo, emoción y asombro; él sólo se rió.
– No se preocupen. Dice el doctor Miquis que por separado ninguno de mis males me va a matar. Pero el día en que todos se junten, caeré fulminado.
Leticia no estaba con su padre enfermo porque la necesitaba su marido. Cuando Santiago murió fusilado, el gerente nacional del Banco mandó llamar a México a Fernando Díaz.
– No es puñalada de picaro, don Fernando, pero usted comprende que el Banco vive de su buena relación con el gobierno. Ya sé que nadie es culpable de las acciones de sus hijos, pero el hecho es que son nuestros hijos, yo tengo ocho, sé de lo que le hablo, y somos, si no culpables, sí responsables, sobre todo cuando viven bajo nuestro techo…
– Abrevie, señor gerente. Esta plática me resulta penosa.
– Pues nada, que su sustituto en Veracruz ya ha sido nombrado.
Fernando Díaz no se dignó comentar. Miró con dureza al gerente nacional.
– Pero no se preocupe. Vamos a trasladarlo a la sucursal de Xalapa. Ya ve, no se trata de castigarlo, sino de obrar con prudencia, sin dejar de reconocer sus méritos, mi amigo. Mismo puesto, pero distinta ciudad.
– Donde nadie me asocie con mi hijo.
– No, los hijos son nuestros, en donde quiera…
– Está bien, señor gerente. Me parece una solución discreta. Mi familia y yo le quedamos muy agradecidos.
Arrancarse de la casa frente al mar y sobre los portales les costó a todos. A Leticia porque se alejaba de Catemaco, su padre y sus hermanas. A Laura porque le gustaba el calorcito del trópico donde nació y creció. A Fernando porque lo estaban penalizando cobardemente. Y a los tres, porque irse de Veracruz era separarse de Santiago, de su recuerdo, de su tumba marina.
Laura pasó un largo rato en la recámara de su hermano, memorizándola, evocando la noche en que lo oyó quejarse y lo descubrió herido, ¿debió la niña contarle a sus padres lo ocurrido, hubiera salvado a Santiago?; ¿por qué pudo más lo que el muchacho le pidió: no digas nada? Ahora, despidiéndose del cuarto, trató de imaginarse todo lo que Santiago pudo escribir allí, todo lo que dejó en blanco, un largo libro de hojas ciegas esperando la
mano, la pluma, la tinta, la caligrafía insustituibles de un solo hombre…
– Mira, Laura, escribes solo, muy solo, pero usas algo que es de todos, la lengua. La lengua te la presta el mundo y se la regresas al mundo. La lengua es como el mundo: va a sobrevivimos. ¿Me entiendes?
Don Fernando, sigilosamente, se había acercado a la niña. Le puso la mano sobre el hombro y dijo que él, también, echaba de menos a Santiago y pensaba en lo que pudo ser la vida de su hijo. Lo había dicho siempre, mi hijo es una promesa, es más inteligente que todos los demás juntos y ahora, aquí, se quedaba solitaria la recámara donde el muchacho iba a pasar su año sabático, el lugar donde iba a escribir sus poemas… Fernando abrazó a Laura y ella no quiso mirar los ojos de su padre; a los muertos se les lloraba una sola vez y luego se trataba de hacer lo que ellos ya no pudieron. No se podría amar, escribir, luchar, pensar, trabajar, con el llanto nublándonos los ojos y la cabeza; el luto prolongado era una traición a la vida del muerto.
Qué distinto era Xalapa. Veracruz, la ciudad de la costa, guardaba de noche, aumentándolo, el calor del día. Xalapa, en la sierra, tenía días cálidos y noches frías. Las tormentas veloces y estruendosas de Veracruz se convertían aquí en lluvia fina, persistente, llenándolo todo de verdor y colmando, sobre todo, uno de los puntos centrales de la ciudad, la presa de El Dique, siempre llena hasta los bordes, dando una impresión de tristeza y seguridad a la vez. De la presa ascendía la ligera bruma de la ciudad al encuentro con la espesa bruma de la montaña; Laura Díaz recuerda la primera vez que llegó a Xalapa y registró: aire frío-lluvia y lluvia-pájaros-mujeres vestidas de negro-jardines hermosos-bancas de fierro-estatuas blancas pintadas de verde por la humedad-tejados rojos-calles angostas y empinadas-olores de mercado y panadería, patios mojados y árboles frutales, perfume de naranjos y hedor de mataderos.
Entró a su nuevo hogar. Todo olía a barniz. Era casa de un solo piso, hecho que la familia hubo de agradecer muy pronto. Laura se dijo de inmediato que en esta ciudad de brumas intermitentes ella se dejaría guiar por el olfato, ésa sería la medida de su tranquilidad o de su inquietud: humedad de los parques, abundancia de flores, cantidad de talleres, olor de cuero curtido y espesa brea, de talabartería y de tlapalería, de algodón en paca y de cuerda de henequén, olor de zapatería y de farmacia, de peluquería y de percal. Perfumes
de café hervido y de chocolate espumoso. Se hacía la ciega. Tocaba las paredes y las sentía calientes, abría los ojos y los tejados lavados por la lluvia brillaban, peligrosamente inclinados, como si ansiaran que el sol los secara y la lluvia corriese por los canalizos, por las calles, por los jardines, del cielo al dique, todo moviéndose en una ciudad mustia dueña de una naturaleza incesante.
La casa repetía el patrón hispano de toda la América Latina. Los muros ciegos e impenetrables de cara a la calle, el portón sin adornos, el techo de dos aguas y los tejaroces en lugar de cornisas. Era la típica «casa de patio», con las estancias y recámaras distribuidas alrededor del cuadrángulo cuajado de macetones y geranios. Doña Leticia se trajo lo que consideraba suyo, los muebles de mimbre que estaban pensados para el trópico y aquí no protegían contra la humedad y las dos pinturas del píllete y el perro dormido que, ésos sí, los colocó en las paredes del comedor.
La cocina satisfizo a Leticia; era su dominio reservado, y al poco tiempo la dueña de casa adaptó sus costumbres costeñas a los gustos de la sierra, empezó a preparar tamales y pambazos cubiertos de harina blanca, y al arroz blanco de Veracruz añadió ahora el chileatole xalapeño, un sabroso compendio de masa, elote, pollo y queso de panela, preparado en forma de pequeñas trufas, casi como bocadillos.
– Cuidado -decía don Fernando-. La comida aquí engorda porque la gente se defiende del frío con la grasa.
– No te preocupes. Somos familia de flacos -le contestaba Leticia mientras preparaba, ante los ojos cariñosos y siempre admirativos de su marido, la molota xalapeña, quesadillas de masa suave y frita rellenas de frijol y carne picada. El pan se hacía en casa: la ocupación militar francesa había impuesto la baguette como el pan de moda, pero en México, donde el diminutivo es la forma de cariño para tratar a cosas y personas, se convirtió en el bolillo y la telera, porciones de baguette del tamaño de una mano. No se sacrificaron, sin embargo, los panes dulces de la tradición mexicana, el polvorón y la cemita, las banderillas y las conchas, sin olvidar el regalo más sabroso de la panadería española, los churros largos fritos, azucarados y remojados en chocolate.
Leticia tampoco renunciaba a los pulpos y a las jaibas de la costa que dejó de añorar porque ella, sin pensarlo demasiado, se adaptaba naturalmente a la vida, sobre todo cuando la vida le deparaba, como en esta nueva casa, una cocina importante, con horno grande y brasero redondo.
Casa de un solo piso, sólo contaba, al fondo de la entrada de atrás, que era la puerta cochera, con un altillo que Laura quiso reclamar para ella, intuitivamente, como un homenaje a Santiago, porque en algún lugar mudo de su cabeza, la muchacha creía que ella iba a cumplir su vida, la vida de Laura Díaz, en nombre de Santiago; o, quizás, era Santiago el que seguía cumpliendo, desde la muerte, una vida que Laura encarnaba en su nombre. En todo caso, ella asoció la promesa de su hermano a un espacio propio, un lugar alto y aislado en el cual él hubiese escrito y ella, misteriosamente, encontraría su propia vocación gracias a un homenaje al desaparecido.
– ¿Qué vas a ser de grande? -le preguntaba su compañera de banca Elizabeth García, en la escuela de las señoritas Ramos.
Ella no sabía qué cosa contestar. ¿Cómo iba a decir lo secreto, lo incomprensible para los demás: yo quisiera cumplir la vida de mi hermano Santiago encerrada en el altillo?
– No -le contestó su madre-. Lo siento, allí arriba vive Armonía Aznar.
– ¿Y ésa quién es? ¿Por qué tiene derecho al altillo?
– No sé. Pregúntale a tu padre. Parece que siempre ha vivido allí y es condición de la casa que se la acepte y que nadie la moleste o, mejor aún, que nadie le haga caso.
– ¿Está loca?
– No seas simple, Laurita.
– No, recalcó don Fernando, la señora Aznar está allí porque es, en cierto modo, la dueña de la casa. Ella es española e hija de anarcosindicalistas españoles, ya ves que muchos se vinieron a México cuando Juárez derrotó a Maximiliano. Creían que aquí estaba el futuro de la libertad. Luego, cuando llegó al poder don Porfirio, se desilusionaron. Muchos se regresaron a Barcelona, habría más libertad allá con el turno pacífico de Sagasta y Cánovas que aquí con don Porfirio. Otros renunciaron a sus ideales y se hicieron comerciantes, agricultores y banqueros.
– ¿Y eso qué tiene que ver con que esa señora viva en el altillo?
– La casa es de ella.
– ¿Nuestra casa?
– Nosotros no tenemos casa propia, hijita. Vivimos donde el Banco nos deja. Cuando la institución decidió comprar esta casa doña Armonía no quiso venderla porque no cree en la propiedad privada. Entiéndelo como quieras y entiéndelo si puedes.
El Banco le ofreció dejarla en su altillo a cambio del usufructo de la casa.
– Pero cómo vive, cómo come…
– El Banco le da todo lo necesario, diciéndole que es dinero que le envían de Barcelona sus camaradas.
– ¿Está loca?
– No, es testaruda y cree que sus sueños son realidades.
Laura le agarró ojeriza a doña Armonía porque, sin saberlo, era la rival de Santiago: le vedaba al joven muerto un lugar para él solo en la nueva casa.
Armonía Aznar -a quien nadie veía jamás- huyó de la atención de Laura, cuando la muchacha fue inscrita en el colegio de las señoritas Ramos, dos jóvenes cultas pero empobrecidas que abrieron la mejor escuela privada de Xalapa y la primera, además, mixta. Aunque no eran mellizas, se vestían, peinaban, hablaban y se movían igual, de manera que todo el mundo las creía cuatas.
– ¿Por qué lo creerán, si viéndolo bien son bien distintas? -le preguntó Laura a su compañera de banca Elizabeth García.
– Porque ellas quieren que las veamos así -contestó la joven rubia y radiante vestida siempre de blanco y que, a los ojos de Laura, podía ser muy boba o muy discreta, sin saberse a ciencia cierta si se hacía la tonta por cazurra, o si fingía ser inteligente para ocultar su tontería-. ¿Te das cuenta? Entre las dos saben más que cada una por separado; pero las juntas y la que sabe música pues también resulta matemática, y la que recita poesía te describe también cómo sopla el corazón, Laurita, pues ya ves cómo hablan los poetas del corazón por aquí y el corazón por allá, y resulta que no es más que un músculo bastante poco confiable, tú.
Laura se propuso distinguir a una señorita Ramos de la otra, viendo que en efecto una era así y la otra asado, pero a la hora de definir diferencias, la propia Laura se sentía confusa y se volvía muda, dudando: ¿Qué tal si de veras son la misma, qué tal si de veras lo saben todo, como la Enciclopedia Británica que mi papá tiene en su biblioteca?
¿Qué tal si se anuncian como las señoritas y sólo son una señorita? -insistió otro día, con una sonrisa perversa, la niña Elizabeth. Laura dijo que éste era un misterio como la Santísima Trinidad. Simplemente se creía en ella, sin averiguar más. Igual, las señoritas Ramos eran una que son dos que son una y sansea-cabó.
Le costó a Laura resignarse a esta fe y se preguntó si Santiago hubiera aceptado la ficción de las profesoras duplicadas y unificadas, o si, audazmente, se habría presentado de noche en casa de las maestras, para sorprenderlas en camisón y asegurarse: -son dos-. Porque en la escuela buen cuidado se tomaban una y otra de jamás mostrarse juntas. Éste era el origen, bien pensado o fortuito, ¿quién sabe?, del misterio. Y Santiago también habría escalado la crujiente escalera que conducía al altillo de la cochera o, como ahora empezaba a decirse, del garaje. Pero en Xalapa, tan tarde ya, no se había visto todavía un coche sin caballos, un «auto-móvil», ni los caminos coloniales hubiesen permitido la circulación de motores. El tren y el caballo bastaban, en opinión de la escritora doña Virginia, para andar por tierra, y si por mar en buque de guerra, como decía la canción esa de los rebeldes…
– Y la diligencia, cuando le cortaron los dedos a la abuela.
Habían pasado por Xalapa los caballos y los trenes de la revolución, pero casi sin pensarlo. La meta de todos los bandos eran el puerto y la aduana de Veracruz; allí se controlaban los ingresos y se vestía y daba de comer a las tropas, aparte del valor simbólico de ser dueños de la capital alterna del país, el sitio donde se instalaban los poderes, rebeldes o constitucionales, para desafiar al gobierno de la ciudad de México: -Yo sí, tú no-. Veracruz fue ocupada por la infantería de marina norteamericana en abril de 1914 para presionar al vil dictador Victoriano Huerta, el asesino del demócrata Madero por el cual dio la vida el joven Santiago.
– Qué brutos son los yanquis -decía el anglófilo don Fernando-. En vez de perjudicar a Huerta, lo convierten en paladín de la independencia nacional contra los gringos. ¿Quién se atreve a luchar contra un dictador latinoamericano, por siniestro que sea, mientras los Estados Unidos lo estén atacando? Huerta se ha valido de la ocupación de Veracruz para intensificar la leva diciendo que los pelones van a ir a Veracruz contra los yanquis, cuando en realidad los manda al norte a combatir a Villa y al sur contra Zapata.
Los jóvenes estudiantes de la Escuela Preparatoria de Xalapa se formaron marcialmente con sus kepis franceses y sus uniformes azul marinos con botonadura dorada y pasaron marchando con sus fusiles rumbo a Veracruz para combatir a los gringos. No llegaron a tiempo; Huerta cayó y los gringos se fueron, Villa y Zapata se pelearon con Carranza, el primer jefe de la Revolución, y ocuparon la ciudad de México, Carranza se fue a refugiar a Veracruz hasta que
Obregón, en abril de 1915, derrotó a Villa en Celaya y retomó la ciudad de México.
Todo esto pasaba por Xalapa como rumor a veces, noticia otras; como canción cantada en corridos y baladas, embargo de papel periódico, y sólo en una ocasión, cabalgata con gritos y fusiles tronando de algún grupo rebelde. Leticia cerró las ventanas, echó a Laura al suelo y la cubrió con el colchón de la cama. Ya en el año quince, parecía que la paz regresaría a México, pero los hábitos de la pequeña capital de provincia no habían sido perturbados excesivamente.
Hasta aquí llegaban rumores de la gran hambruna de ese mismo año en la ciudad de México, cuando el resto del país, convulso y atento a sí mismo, se olvidó de la lujosa y egoísta ciudad de México, dejó de enviarle a la capital carne y pescado, maíz y frijol, frutas tropicales y granos templados, reduciéndola al escuálido producto de las vacas lecheras del rumbo de Milpa Alta, y las hortalizas dispersas de Xochimilco a Ixtapalapa. Había, como siempre en el Valle, muchas flores, pero ¿quién comía clavel y alcatraz?
Corrió el rumor: los comerciantes acaparaban el escaso producto. Entró a México el tremendo general Alvaro Obregón y lo primero que hizo fue poner a los tenderos a barrer las calles de la ciudad, como escarmiento. Vació sus almacenes y restableció las comunicaciones para la entrada del producto a la ciudad famélica.
Eran rumores. Doña Leticia, de todos modos, dormía con un puñal debajo de la almohada.
De la Revolución, quedaban imágenes fotográficas en los diarios y revistas que don Fernando consumía a pasto: Porfirio Díaz era un anciano con cara cuadrada y pómulos de indio, bigotes blancos y el pecho cubierto de medallas despidiéndose del «páis», como el dictador decía, en el vapor alemán Ipiranga, zarpando de Veracruz; Madero, un hombrecito pequeño, calvo, con bigote y barba negros, ojos soñadores y asombrados por su triunfo al derrocar al tirano; eran ojos que anunciaban su propio sacrificio a manos del general Huerta, un verdugo con cabeza de calavera, anteojos negros y boca sin labios, como de serpiente; Carranza era un viejo con barba blanca y anteojos azules, con vocación de páter nacional; Obregón, un general joven, brillante, de ojos azules y bigotes altivos, al que le volaron un brazo en la batalla de Celaya; Zapata, un nombre de silencio y misterio, como si fuese un fantasma al que se le concedió la gracia de encarnar por poco tiempo: Laura se fascinaba mirando los
ojos enormes y ardientes de este señor al que los periódicos llamaban «el Atila del Sur» como llamaban «Centauro del Norte» a Pancho Villa, del cual Laura no conocía una sola foto en que no se sonriera mostrando blanca dentadura de mazorca y ojitos de chino astuto.
Sobre todo, Laura se recordaba a sí misma con el colchón encima y el tiroteo en las calles ahora que se miraba en el espejo, tan erguida, «tan chula ella», le decía su madre, disponiéndose a salir a su primer baile de largo.
– ¿Estás segura que debo ir, mamá?
– Laura, por Dios, ¿en qué estás pensando?
– En mi papá.
– No te preocupes por él. Ya sabes que yo lo cuido.
Empezó don Fernando con un dolorcillo en la rodilla al que no le dio mayor importancia. Leticia le untó linimento de Sloane cuando el dolor se extendió de la cintura a la pierna, pero pronto su marido se quejó de dificultades para caminar y de brazos entumidos. Finalmente, una mañana se cayó al piso al levantarse de la cama y los doctores no tuvieron dificultad en diagnosticar una diaplejía que afectaría las piernas primero y más que los brazos.
– ¿Es curable?
Los doctores negaron con la cabeza.
– ¿Cuánto tiempo?
– Puede ser toda la vida, don Fernando.
– ¿Y el cerebro?
– Nada, todo bien. Necesitará usted ayuda para moverse, es todo.
Por eso la familia entera agradeció que la casa fuese de un solo piso y María de la O se ofreció para viajar a Xalapa y ser la enfermera de su cuñado, atender a sus necesidades y llevarlo en silla de ruedas al Banco.
– Tu abuelo está bien cuidado en Catemaco por tus tías Hilda y Virginia. Lo discutimos y estuvimos de acuerdo en que yo vendría a ayudar a tu mamá.
– ¿Cómo dice mi papá en inglés? Cuando llueve, truena, o algo así. En otras palabras, nos cayó el chahuistle, tiíta.
– Anda, Laura. Una cosa. No me vayas a defender si alguien me maltrata. Te meterías en dificultades. Lo importante es cuidar a tu padre y permitir que Leticia mi hermana lleve el hogar.
– ¿Por qué lo haces?
– Yo le debo a tu padre tanto como a tu abuela que me llevó a vivir con ustedes. Algún día te contaré.
La doble preocupación que cayó sobre la casa, añadida al luto por Santiago, no amilanó a doña Leticia. Sólo se volvió más flaca y más activa; pero el pelo empezó a encanecer y las líneas de su bello perfil renano se cubrieron poco a poco de arrugas finísimas, como esas telarañas que cubrían los cafetales enfermos.
– Debes ir al baile. Ni lo pienses. No va a pasarle nada a tu padre, ni a mí.
– Júrame que si se pone malo me mandas buscar.
– Por Dios, hija, San Cayetano está a cuarenta minutos de aquí. Además, ni que fueras solita y tu alma. Elizabeth y su mamá te acompañan, recuerda; nadie podrá decir nada de ti… si algo pasara, te mando a Zampayita con el landó.
Elizabeth iba preciosa, tan rubia y bien formada como era a los dieciséis, aunque más baja y más llenita que Laura y más des-cotada también, metida con trabajos en un vestido anticuado ya, aunque acaso eterno también, de tafeta color de rosa, olanes y vuelos sin fin.
– Niñas, no vayan a enseñar las pechugas -les dijo la madre de Elizabeth, una Lucía Dupont que toda su vida luchaba por decidir si su nombre era tan corriente en Francia como aristocrático en los Estados Unidos, aunque cómo se fue a casar con un García, sólo los encantos masculinos de su marido lo sabrían explicar, aunque no la tozudez de su hija en llamarse sólo García y no García-Dupont, así con el distinguido hyphen angloamericano.
– Laura no tiene problemas porque es plana, mamá, pero yo…
– Elizabeth, hijita, me pones mal…
– Ni modo. Así me hizo Dios, con tu ayuda.
– Bueno, olvídense de las tetas -dejó caer sin pudor la mamá de Elizabeth-. Piensen que hay cosas más importantes. Busquen las conexiones más distinguidas. Pregunten familiarmente por los Olivier, los Trigos, los Sartorious, los Fernández Landero, los Esteva, los Pasquel, los Bouchez, los Luengas.
– Los Caraza -interrumpió la niña Elizabeth.
– No andes de ofrecida -relampagueó su madre-. Atesoren los nombres de la buena sociedad. Si los olvidan, ellos se olvidarán de ustedes.
Miró a las dos muchachas con compasión.
– Pobrecitas. Fíjense bien en lo que hacen los demás. ¡Imiten, imiten!
Elizabeth mimó con exageración. -¡Basta, mamá! ¡Me atarantas, me desmayo!
San Cayetano era una hacienda cafetalera pero era su casco central lo que todos llamaban «San Cayetano». Aquí, las tradiciones españolas fueron olvidadas y en cambio un petit cháteau a la francesa se había levantado, desde los años setenta, en medio de un bosque de hayas cerca de una cascada espumeante y un río rumoroso y estrecho. La fachada neoclásica se sostenía sobre una columnata con remates de vid.
La casa grande era de dos pisos, con una higuera enorme y una fuente silenciosa a la entrada, quince escalones de terraplén para llegar a la puerta labrada de la planta baja que era -le advirtió Leticia a su hija- donde estaban las recámaras. Una escalinata de piedra elegante y amplia conducía al segundo piso que era la planta de recepción: salones, comedores, pero sobre todo -era la característica del lugar- una gran terraza equivalente en su dimensión a la mitad de la superficie de la casa, techada por la azotea pero abierta al fresco por los tres costados -el frente, la derecha y la izquierda de la construcción- que abarcaba, y demarcada sólo por las balaustradas que convertían a la terraza en un gran balcón abierto a las brisas de la noche y, en las tardes, en columpio dormilón de siestas asoleadas.
Aquí, las parejas podían descansar apoyadas contra la balaustrada de esta bellísima galería y conversar depositando las copas cuando decidían bailar aquí mismo, en las tres terrazas del segundo piso. Toda su vida, en la memoria de Laura, este lugar volvería una y otra vez como el sitio del encanto juvenil, el espacio de una alegría de saberse joven.
Allí esperaba a sus huéspedes doña Genoveva Deschamps de la Trinidad, la legendaria ama de esta hacienda y la figura tutelar de la sociedad provinciana. Laura esperaba encontrarse con una señora alta y dominante, incluso altanera, y en cambio encontró a una dama pequeña pero erguida, de sonrisa chispeante, hoyuelos en las mejillas color de rosa y ojos cordiales, grises como su atuendo de elegante monotonía. Por lo visto, la señora Deschamps de la Trinidad sí había visto La Vie Parisienne y portaba un atuendo aún más moderno que el de Laura, pues dispensaba con toda forma de falso abulta-miento y seguía, con un brillo de seda gris, el contorno natural de la
dama. Envolvía doña Genoveva sus hombros desnudos con un sutil velo de gasa color gris también y todo hacía juego con su mirada acerada, permitiendo que las joyas transparentes como agua lucieran todavía más.
A pesar de todo esto, Laura, agradecida de que su anfitrio-na fuese una mujer tan amable, se dio cuenta de que la señora Des-champs, antes y después de saludar cordialmente a cada invitado, los miraba con una frialdad extraña, cercana al cálculo, casi judicial. La mirada de la rica y envidiada dama era un sello de aprobación o desaprobación. Ya se sabría, en el siguiente baile anual de la hacienda, quiénes recibieron el plácet y quiénes fueron reprobados. Esa mirada fría -censura o aprobación- no duraba sino los escasos segundos entre el arribo de un invitado y el siguiente, cuando la mirada chispeante y la sonrisa afable volvían a brillar.
– Diles a tus padres que siento muchísimo no verlos aquí esta noche -dijo doña Genoveva, tocando ligeramente la cabellera de Laura, casi como si le arreglase un rizo despeinado-. Tenme al tanto de la salud de don Fernando.
Laura hizo una pequeña reverencia, lección de las señoritas Ramos, y se dispuso a descubrir el lugar tan mencionado y admirado por la sociedad xalapeña. Se unió al embeleso que le producían, es cierto, los plafonds pintados de un verde pálido, los florones de las paredes, los tragaluces multicolores y afuera, en el corazón de la fiesta, la terraza ceñida por sus balaustradas adornadas de urnas, la orquesta de músicos vestidos de smoking y la concurrencia, juvenil sobre todo, de muchachos de frac y muchachas con una variedad de modas, que en Laura produjeron la certeza de que un hombre vestido con un uniforme negro, una corbata blanca y una pechera de piqué siempre se vería elegante, nunca expondría nada -en tanto que cada mujer estaba obligada a exhibir peligrosamente su personal, excéntrica, conformista aunque siempre arbitraria, idea de la elegancia.
Aún no se iniciaba el baile y cada muchacha recibió de manos de un mayordomo un carnet con las iniciales de la dueña de la casa -DLT-, disponiéndose a esperar las solicitudes de baile de los galanes presentes. Laura y Elizabeth habían visto a algunos de ellos en las fiestas mucho menos extraordinarias del Casino de Xalapa, pero ellos no las habían visto a ellas cuando eran casi niñas sin gracia y con bustos muy planos, o de plano vacunos. Ahora, a punto de alcanzar la feminidad perfecta, bien vestidas, aparentando más seguridad en sí mismas de la que realmente tenían, Elizabeth y Laura salu-
daron primero a otras amigas de la escuela y de las familias y dejaron que se aproximaran los muchachos tiesos dentro de sus fracs.
Un joven con ojos de caramelo se acercó a Elizabeth a pedirle la primera pieza.
– Gracias. Ya estoy comprometida.
El muchacho se inclinó muy cortés y Laura le dio una pa-tadita a su amiga.
– Mentirosa. Acabamos de llegar.
– A mí me saca a bailar primero Eduardo Caraza o francamente no bailo con nadie.
– ¿Qué tiene tu Eduardo Caraza?
– Todo. Dinero. Good looks. Míralo. Ahí viene. Te lo dije.
A Laura no le pareció el tal Eduardo ni mejor ni peor que nadie. Había que admitirlo y hasta admirarlo; la sociedad xalapeña era más blanca que mestiza, y gente de color, como la tía María de la O, no había una sola, aunque uno que otro tipo indígena se dejaba ver por eso, porque era presentable. Laura se sintió atraída por un muchacho muy moreno y muy delgado, que parecía uno de esos piratas de la Malasia en las novelas de Emilio Salgari que le heredó Santiago junto con toda su biblioteca. Su piel oscura era perfecta, sin una mácula; totalmente rasurado y con movimientos lentos, ligeros y elegantes. Parecía Sandokan, un príncipe hindú de novela. Fue el primero en sacarla a bailar. Doña Genoveva programaba los valses en primer lugar, luego los bailes modernos y al final, regresando a una época anterior al vals, las polkas, los lanceros y el chotis madrileño.
El príncipe hindú no dijo una palabra, al grado que Laura se preguntó si su acento, o su estupidez, destruirían la ilusión de la elegancia de malayo extraviado. En cambio, su segundo compañero de vals, que pertenecía a una rica familia de Córdoba, hablaba hasta por los codos, mareándola con inanidades sobre la cría de gallinas y el cruce con gallos, todo ello sin la menor intención alusiva o picara sino por mera estupidez. Y el tercero, un pelirrojo grandulón al que ya había visto en las canchas de tenis luciendo sus piernas fuertes, esbeltas y velludas, no tuvo reparos en abusar de Laura, apretándola contra el pecho, acercándole la entrepierna, masticándole el lóbulo de la oreja.
– ¿Quién invitó a ese majadero? -le preguntó Laura a Elizabeth.
– Casi siempre se porta mejor que esta noche. Creo que lo alborotaste. O puede que se le subió el tepache. Si quieres quéjate con doña Genoveva.
– Y tú, Elizabeth -dijo Laura negando vigorosamente con la cabeza.
– Míralo. ¿No es un encanto?
Pasó valseando el tal Eduardo Caraza con la mirada perdida en el techo.
– Ya ves. Ni siquiera mira a la compañera.
– Quiere que lo admiren a él.
– Da igual.
– Baila muy bien.
– Qué hago, Laura, qué hago -tartamudeó Elizabeth a punto de llorar-. Nunca se va a fijar en mí.
Doña Genoveva se acercó a ella apenas terminó la pieza y la invitó a levantarse y seguirla hasta donde estaba, sonándose la nariz, Eduardo Caraza.
– Niña -le dejó caer en voz baja la anfitriona a la rubia lacrimosa-, no te muestres en público cuando estés enamorada. A todos les haces sentir que eres superior a ellos y te detestan. Eduardo, ahora vienen los bailes modernos y Elizabeth quiere que le enseñes a bailar el cake-walk mejor que Irene Castle.
Los dejó tomados del brazo y regresó a su puesto como un general obligado a pasar revista a sus tropas, repasando a cada invitado de pies a cabeza, uñas, corbatas, zapatos. Qué no hubiera dado la sociedad de provincia por conocer la libreta social de doña Genoveva, donde cada persona joven era calificada como en la escuela, aprobada o desaprobada para el año siguiente. Y sin embargo, suspiraba la anfitriona perfecta, siempre habrá gente a la que uno no puede dejar de invitar, aunque no den la medida, aunque no se corten bien las uñas, o combinen mal el zapato con el frac, o no sepan anudarse la corbata, o sean francamente groseros como el tenista ese.
«Se puede ser arbitro social, pero el poder y el dinero siempre tendrán más privilegios que la elegancia y las buenas maneras.»
Las cenas de doña Genoveva eran famosas y nunca decepcionaban. Un mayordomo de peluca blanca y hábito dieciochesco anunció en francés: -Madame est servie.
A Laura le dio risa ver a este sirviente moreno, obviamente veracruzano, entonar tan perfectamente la única frase en francés que le había enseñado doña Genoveva, aunque la madre de Elizabeth, conduciendo a sus dos guardias al comedor, le dio otro giro al asunto:
– El año pasado tenía a un negrito con peluca blanca. Todo el mundo pensó que era haitiano. Pero disfrazar de Luis XV a un indio…
El desfile de rostros europeos que empezó a caminar hacia los comedores justificaba a la anfitriona. Éstos eran los hijos, nietos y biznietos de inmigrantes españoles, franceses, italianos, escoceses o alemanes, como Laura Díaz Kelsen o su hermano Santiago, descendientes de renanos y canarios, que pasaron por el puerto de ingreso veracruzano y aquí se quedaron a hacer fortuna, en el puerto y en Xalapa, en Córdoba y Orizaba, en el café, la ganadería y el azúcar, la banca y la importación, las profesiones y hasta la política.
– Mira esta foto del gabinete de don Porfirio. El único indio es él. Todos los demás son blancos, de ojo claro y traje inglés. Mira los ojos de Limantour el ministro de Hacienda, parecen de agua; mira la calva de senador romano del gobernador de la ciudad de México, Landa y Escandón; mira la barba de patricio godo del ministro de justicia, Justino Fernández; o la mirada de bandido catalán del favorito Casasús. Y del dictador, dicen que usaba polvos de arroz para blanquearse. Y pensar que fue un guerrillero liberal, un héroe de la Reforma -discurseaba un sesentón de gran porte, importador de vinos y exportador de azúcar.
– Y qué quiere usted, ¿que regresemos a tiempos de los aztecas? -le contestó una de las damas a las que, inútilmente, el exportador e importador dirigía sus palabras.
– No diga usted bromas sobre el único hombre serio que ha dado la historia de México, Porfirio Díaz -interjectó otro señor con mirada de arrebatada nostalgia: -lo vamos a echar de menos. Ya verá.
– Hasta ahora, no -respondió el comerciante-. Gracias a la guerra, exportamos más que nunca, ganamos más que nunca…
– Pero gracias a la revolución, vamos a perder hasta los calzones, con perdón de las damas -fue la contestación que obtuvo.
– Ay, es que los zuavos eran muy guapos -escuchó Laura decir a la dama enojada con los aztecas y perdió el resto de la conversación entre los invitados que avanzaban lentamente hacia las mesas colmadas de galantinas, patés, patos, jamones, rebanadas de rosbif…
Una mano muy pálida, casi amarilla, le ofreció un plato ya servido a Laura. Ella notó el anillo de oro con las iniciales OX y el puño almidonado de la camisa de frac, las mancuernas de ónix ne-
gro, la calidad de la tela. Algo le impedía a Laura levantar la mirada y encontrar la de esta persona.
– ¿Crees que conociste bien a Santiago? -dijo la voz naturalmente grave pero aflautada a propósito; era evidente que sus palabras desmayadas salían de unas cuerdas vocales de barítono. ¿Por qué se resistía Laura a mirarle la cara?… Él mismo le levantó la barbilla y le dijo, la terraza tiene tres costados, a la derecha podemos estar solos.
La tomó del brazo y ella, con las manos unidas en torno al plato, sintió a su lado una figura masculina esbelta, bien vestida, ligeramente perfumada con lavanda inglesa, que la guiaba sin pausa, con un paso regular, a la terraza más apartada, a la izquierda del templete de los músicos, donde éstos habían dejado los estuches de sus instrumentos. La ayudó a evitar esos escollos pero ella, torpemente, dejó caer el plato que se despedazó contra el piso de mármol, regando las galantinas y el rosbif…
– Voy por otro -dijo con voz súbitamente grave el galán inesperado.
– No, no importa. Ya no tengo hambre.
– Como gustes.
Había poca luz en ese rincón. Laura vio primero un perfil a contraluz, perfectamente recortado, y una nariz recta, sin caballete, que se detenía al filo del labio superior ligeramente retraído respecto al inferior y la mandíbula prominente como la de esos monarcas habsburgos que aparecían en el libro de historia universal.
El hombre joven no soltaba el brazo de Laura, asombrada y hasta temerosa por la declaración que de entrada le hizo. -«Orlando Ximénez. No me conoces pero yo a ti sí. Mucho. Santiago hablaba de ti con gran cariño. Creo que eras su virgen favorita.»
Lanzó Orlando una carcajada silenciosa, echando la cabeza hacia atrás y Laura descubrió, cuando la luz de la luna la iluminó, una cabeza de rizos rubios y un rostro extraño, amarillento, de facciones occidentales pero con ojos decididamente orientales, como la piel que era del color de los trabajadores chinos en los muelles de Veracruz.
– Habla usted como si nos conociéramos.
– De tú, por favor, habíame de tú o me sentiré ofendido. ¿O quizás quieres que me retire y te deje cenar en paz?
– No entiendo, señor… Orlando…, no sé de qué me estás hablando…
Orlando tomó la mano de Laura y le besó los nudillos perfumados de jabón.
– Te hablo de Santiago.
– ¿Lo conociste? Yo nunca conocí a un amigo suyo.
– Et pour cause -rió Orlando con esa risa sin ruido que ponía nerviosa a Laura-. ¿Crees que tu hermano te lo dio todo a ti, sólo a ti?
– No, cómo lo voy a creer -balbuceó la muchacha.
– Sí que lo crees, no hay nadie que haya conocido a Santiago que no lo crea. Él se encargaba de convencernos a cada uno que éramos eso, únicos, insustituibles. C'etait son charme. Tenía ese don: soy sólo tuyo.
– Sí, era muy bueno…
– Laura, Laura, «bueno» c'est pas le mot! Si alguien lo hubiese llamado «bueno», Santiago no lo habría abofeteado, lo habría desdeñado, ésa era su arma más cruel…
– Él no era cruel, te equivocas, quieres molestarme nada más…
Laura hizo un movimiento para retirarse. Orlando la detuvo con una mano fuerte y delicada que contenía, sorpresivamente, una caricia.
– No te vayas.
– Me estás molestando.
– No te conviene. ¿Te vas a quejar?
– No, me quiero ir.
– Bueno, espero al menos haberte inquietado.
– Yo quise a mi hermano. Tú no.
– Laura, yo quise a tu hermano mucho más que tú. Aunque debo admitir que te envidio. Tú conociste la parte angelical de Santiago. Yo… bueno, debo admitir que te envidio. Cuántas veces no me habrá dicho… él… «¡Qué lástima que Laura sea una niña! Ojalá crezca pronto. Te confieso que la deseo locamente». Locamente. Eso nunca me lo dijo a mí. Conmigo era más severo… ¿Te parece que lo llame así, en vez de «cruel», Santiago el Severo en vez de Santiago el Cruel, o mejor, pourquoi pas, Santiago el Promiscuo, el hombre que deseaba ser querido por todos, hombres y mujeres, niños y niñas, pobres y ricos? ¿Y sabes por qué quería ser amado? Para no corres-ponderle al amor. ¡Qué pasión, Laura, qué hambre de vida; insaciable Santiago Apóstol! Como si supiera que iba a morir joven. Eso sí lo sabía. Por eso apuraba cuanto la vida le ofrecía. Y sin embargo, dis-
criminaba. No creas que era como dicen aquí, ajonjolí de todos los moles. Il savait choisir. Por eso nos escogió a ti y a mí, Laura.
Laura no supo qué contestarle a este joven impúdico, insolente, bello; pero a medida que lo oía hablar, se iba enriqueciendo el sentimiento de Laura hacia Santiago.
Empezó por rechazar a este invitado (lagartijo, petimetre, dandy, volvió a sonreír Orlando, como si adivinara el pensamiento de Laura, la búsqueda de calificativos que los demás le colgaban repetidamente…) y acabó por sentirse atraída a su pesar, oyéndolo hablar, dándole a ella más de lo que sabía sobre Santiago: el rechazo inicial hacia Orlando iba a ser vencido por un apetito, la necesidad de saber más sobre Santiago. Laura luchó entre estos dos impulsos y Orlando lo adivinó, dejó de hablar y la invitó a bailar.
– Escucha. Han regresado a Strauss. No soporto los bailes modernos.
La tomó del talle y de la mano, la miró profundamente con sus ojos orientales hasta el fondo de los ojos de luz cambiantes de ella, la miró como nadie nunca la había mirado, y ella, bailando el vals con Orlando, tuvo una sensación estremecedora de que debajo de los atuendos de gala, los dos estaban desnudos, tan desnudos como podía imaginarlos el cura Elzevir, y de que la distancia entre los cuerpos, impuesta por el ritmo del vals, era ficticia: estaban desnudos y se abrazaban.
Laura despertó del trance apenas alejó su mirada de la de Orlando, y vio que todos los demás los miraban a ellos, se apartaban de ellos, dejaban al cabo de bailar para verlos bailar a Laura Díaz y Orlando Ximénez.
Todo lo interrumpió una parvada de niños desvelados y en camisón, que aparecieron armando gran algarabía con sombreros grandes entre las manos, llenos de naranjas robadas en el huerto.
– Vaya. Fuiste la sensación del baile -le dijo Elizabeth García a su compañera de escuela cuando rodaron de regreso a Xalapa.
– Ese chico tiene muy mala fama -añadió, apresurada, la madre de Elizabeth.
– Pues ojalá me hubiera invitado a bailar a mí -murmuró Elizabeth-. A mí ni me hizo caso.
– Pero tú querías bailar con Eduardo Caraza, era tu ilusión -dijo asombrada Laura.
– Ni siquiera me habló. Es un mal educado. Baila sin hablar.
– Otra vez será, m'ijita.
– No mamá, estoy desencantada para toda la vida -se soltó llorando la muchacha vestida de rosa en brazos de su madre quien, en vez de consolarla directamente, prefirió salirse por la tangente advirtiéndole a Laura.
– Siento la obligación de contárselo todo a tu madre.
– No se afane, señora. A ese muchacho no lo volveré a ver.
– Más te vale. Las malas compañías…
El negro Zampayita le abrió el portón y las García-Dupont, madre e hija, sacaron los pañuelos -seco el de la señora, bañado en lágrimas el de Elizabeth- para despedirse de Laura.
– Qué frío hace aquí, señorita -se quejó el negro-. ¿Cuándo nos vamos de regreso al puerto?
Hizo un pasito de baile pero Laura no lo miró. Sólo tenía ojos para el altillo ocupado por la señora catalana, Armonía Aznar.
Tuvieron que salir muy temprano, en el lando, a Catema-co: el abuelo se iba, anunció la tía morena. Laura miró con tristeza el paisaje tropical que tanto amaba, renaciendo ante su mirada cariñosa, previendo ya la tristeza de decirle adiós al abuelo Felipe.
Estaba en su recámara, la misma que había ocupado durante tantos años, primero soltero, luego con su amada esposa Có-sima Reiter, y ahora, otra vez solo, sin más compañía que las tres hijas que lo tomaban, lo sabía bien, como pretexto para seguir solteras, obligadas por un padre viudo…
– A ver si ahora sí se casan, muchachas -dijo con sorna Felipe Kelsen desde su lecho de enfermo.
La entrada a la casa de Catemaco le pareció distinta a Laura, como si en su ausencia todo se hubiese hecho más pequeño pero también más largo y más estrecho. Regresar al pasado era entrar a un corredor vacío e interminable donde ya no se encontraban ni las cosas ni las personas acostumbradas que deseábamos volver a ver. Como si jugasen tanto con nuestra memoria como con nuestra imaginación, las personas y las cosas del pasado nos desafiaban a situarlas en el presente sin olvidar que tuvieron un pasado y tendrían un porvenir, aunque éste, precisamente, fuese sólo el del recuerdo, otra vez, en el presente. Pero cuando se trataba de acompañar a la muerte, ¿cuál sería el tiempo válido para la vida? Por eso le tomó tanto tiempo a Laura llegar hasta la recámara del abuelo, como si para hacerlo hubiese tenido que atravesar la vida misma del anciano, de una niñez alemana que ella desconocía, a la juventud apasionada por la poesía de Musset y la política de Lasalle, al desencanto político y la emigración a México,
la fundación del trabajo y la riqueza cafetalera en Catemaco, el amor con la novia por correo, Cósima, el terrible incidente en el camino con el bandolero de Papantla, el nacimiento de las tres niñas, el abrazo a la hija bastarda, la boda de Leticia y Fernando, el nacimiento de Laura, el paso de un tiempo que en la juventud es lento e impaciente y que, en la vejez, nuestra paciencia no alcanza a detener en su velocidad a la vez burlona y trágica. Por eso le tomó tanto tiempo a Laura llegar hasta la recámara del abuelo. Llegar al lecho de un moribundo requería tocar todos y cada uno de los días de su existencia, recordar, imaginar, acaso suplir lo que nunca ocurrió y hasta lo inimaginable, con la mera presencia de un ser amado que representase todo lo que no fue, lo que fue, lo que pudo ser y lo que jamás pudo ocurrir.
Ahora, en este día exacto, cerca del abuelo, tomándole la mano de venas gruesas y pecas antiguas, acariciando la piel desgastada hasta la transparencia por el tiempo, Laura Díaz tuvo de nuevo la sensación de que vivía para otros; su existencia no tenía otro sentido que completar los destinos inacabados. ¿Cómo podía pensar esto acariciando la mano de un hombre moribundo de setenta y siete años, un hombre completo y una vida acabada?
Santiago fue una promesa incumplida. ¿Lo era también el abuelo a pesar de su edad? ¿Había una sola vida realmente terminada, una sola vida que no fuese promesa trunca, posibilidad latente, aún más…? No es el pasado lo que muere con cada uno de nosotros. Muere el futuro.
Miró Laura hasta la mayor profundidad posible los ojos claros y soñadores de su abuelo, vivos aún en medio del parpadeo de la muerte. Le hizo la misma pregunta que se hacía a sí misma. Felipe Kelsen sonrió penosamente.
– ¿No te lo dije, niña? -un día se me juntaron todos los achaques y aquí me tienes… pero quiero darte la razón antes de irme. Sí hay una estatua de mujer, llena de joyas, en medio de la selva. Me equivoqué a propósito. No quería que cayeras en supersticiones y brujerías. Te llevé a ver una ceiba para que aprendieras a vivir con la razón, no con la fantasía y los entusiasmos que tanto me costaron cuando era joven. Tenle prevención a todo. La ceiba estaba llena de espinas, filosas como puñales, ¿te acuerdas?
– Claro que sí, abuelo…
Abruptamente, como si sintiera que no tenía tiempo para otras palabras, sin importarle a quién las dirigía, e incluso si nadie las oía, el viejo murmuró:
– Soy un joven socialista. Vivo en Darmstadt y aquí he de morir. Necesito la cercanía de mi río y mis calles y mis plazas. Necesito el olor amarillo de las fábricas de química. Necesito creer en algo. Ésta es mi vida y no la cambiaría por otra.
– Por otra… -la boca se le llenó de burbujas color de mostaza y se quedó abierta para siempre.
Al terminar el baile, Orlando acercó sus labios -carnosos como de niña- a la oreja de Laura.
– Vamos a separarnos. Estamos llamando la atención. Te espero en el altillo de tu casa.
Laura se quedó suspendida entre el ruido de la fiesta, las miradas curiosas de los invitados y la asombrosa proposición de Orlando.
– Pero allí vive esa señorita Aznar.
– Ya no. Ella quería irse a morir a Barcelona. Le pagué el pasaje. Ahora el altillo es mío.
– Pero mis padres…
– Nadie sabe nada. Sólo tú. Allí te espero. Ven cuando quieras.
Y separó los labios del oído de Laura.
– Quiero darte lo mismo que a Santiago. No me decepciones. A él le gustaba.
Cuando regresó del entierro del abuelo, Laura vivió varios días con las palabras de Orlando repitiéndose como un ulular en su cabeza, ¿crees que conociste bien a Santiago, crees que tu hermano te lo dio todo a ti?, qué poco sabes de un hombre tan complejo, a ti sólo te entregó una parte de su existencia, ¿y la pasión, la pasión amorosa, a quién se la dio?
Miraba constantemente hacia el altillo. Nada había cambiado. Sólo ella. No entendía bien en qué consistía el cambio. Quizá era un anuncio que sólo se cumpliría si ella subía sigilosamente la escalera del altillo, cuidándose de que nadie la observase -su padre, su madre, la tía María de la O, el negro Zampayita, las criadas indias-. No tendría que tocar a la puerta porque Orlando ya la tendría entreabierta. Orlando la esperaba. Orlando era hermoso, extraño, ambiguo, a la luz de la luna. Pero quizás Orlando era feo, corriente, mentiroso, a la luz del día. Todo el cuerpo de Laura clamaba por el acercamiento al cuerpo de Orlando, por él, por ella, por el encuentro romántico en el baile de la hacienda, tan inesperado, pero también por Santiago, porque amar a Orlando era la forma indi-
recta pero autorizada de amar al hermano. ¿Eran ciertas las insinuaciones de Orlando? Si fuesen una mentira, ¿podría ella querer a Orlando por sí mismo, sin el espectro de Santiago? ¿Podía, en cambio, llegar a odiar tanto a Orlando como a Santiago? ¿Odiar a Santiago a causa de Orlando? Tuvo la sospecha friolenta de que todo podía ser una gran farsa, una gran mentira orquestada por el joven seductor. Laura no necesitaba las admoniciones diabólicas del cura Elzevir Almonte para alejarse de toda complacencia o facilidad sexual. Le bastó verse desnuda al espejo cuando tenía siete años y no ver allí ninguno de los horrores proclamados por el cura, para no caer en tentaciones que parecían, gracias a una intuición pronta y radical, inútiles si no se compartían con un ser amado.
El amor hacia todos los miembros de su familia, incluyendo a Santiago, era alegre, cálido y casto. Ahora, por vez primera, un hombre la excitaba de otra manera. ¿Era real ese hombre, o era una mentira? ¿Iba a satisfacerla, o corría Laura el riesgo de iniciarse se-xualmente con un hombre que no valía la pena, que no era para ella, que era sólo un fantasma, una prolongación de su hermano, un farsante, bello, atractivo, tentador, acechante, diabólico, a la mano, cómodo, esperándola en su propia casa, bajo el techo de sus padres…?
Quizás la clave se la dio, sin proponérselo, el negro Zam-payita cuando las condujo a las tres, Laura, Elizabeth y la señora Du-pont de García, de regreso a Xalapa la noche del baile.
– ¿Vieron sus mercés la higuera a la entrada de la jaula? -preguntó el negro.
– ¿Cuál jaula? -emitió la señora Dupont de García-. Es la hacienda más elegante de la comarca, ignorante. El baile del año.
– Los buenos bailes son en la calle, doña, con su pelmiso.
– Allá tú -suspiró la señora.
– ¿No te enfriaste afuera, Zampayita? -preguntó solícita Laura.
– No, niña. Me quedé mirando la higuera. Recordé la historia del Santo Felipe de Jesús. Era un niño altanero y malcriado, como algunos vi salir esta noche. Vivía en una casa con una higuera seca. Su nana se lo decía: el día que Felipillo sea santo, la higuera va florecer.
– ¿Por qué hablas así de los santos, morenito? -quiso resumir, indignada, la señora-. San Felipe de Jesús fue a Oriente a convertir a los japoneses, que lo crucificaron vilmente. Ahora es santo, ¿no lo sabes?
__Eso decía su nana, con respeto, doña dama. El día que
mataron a Felipillo, la higuera floreció.
– La de aquí está seca -se rió picaramente Elizabeth.
– La fuerza de Santiago consistió en que nunca necesitó a nadie -le había explicado Orlando en la terraza de San Cayetano-. Por eso estábamos tan a sus pies.
Un mes más tarde, dicen que encontraron en el altillo el cadáver de la señora Armonía Aznar. Dicen que lo descubrieron cuando el empleado del Banco llegó a traerle su cheque mensual antes de que Zampayita le dejara el diario portaviandas a la puerta. Llevaba muerta apenas dos días. Aún no apestaba.
– Todo está escondido y nos acecha- repitió Laura la misteriosa y acostumbrada frase de su tía Virginia. La dirigió a la muñeca china, Li Po, cómoda entre los almohadones de la cama y ella misma, Laura Díaz, decidió salvar el recuerdo de su primer baile, imaginándose esbelta y transparente, tan transparente que el vestido de baile era su cuerpo, no había nada debajo del vestido, y Laura giraba, flotaba en un vals de elegancia líquida, hasta que la cubría, agradecida, el velo del sueño.