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«Te equivocaste, Orlando. Aquí no. Busca otra manera de vernos. Ten más imaginación. No te burles de mi familia ni me obligues a despreciarme a mí misma.»
Laura reanudó su vida familiar, herida por la muerte del abuelo y la salud quebrantada del padre. La seducción por Orlando y la muerte de la señorita Aznar, Laura las expulsó, no de la memoria, sino del recuerdo; jamás se volvió a referir particularmente a ellas, nunca las mencionó a los demás, ni se las mencionó a sí misma. No las recordó, por más que la memoria las guardase, para siempre bajo la llave de lo que no se saca del cofre del pasado. Añadir «Orlando Ximénez» y «Armonía Aznar» a las penas y dificultades de su hogar, le resultaba insoportable, tanto como el contagio malsano que Orlando trajo a la memoria de Santiago; ésta, Laura sí la quería conservar pura y explícita. Lo que menos le perdonaba al «petimetre» era que hubiese dañado esa parte de la vida de Santiago que continuaba guardada en el alma de Laura.
¿Vive también Santiago en el alma de mi padre?, se preguntaba la muchacha de veintidós años mirando la figura vencida de Fernando Díaz.
Era imposible saberlo. La diaplejía del contador y banquero avanzaba a un ritmo maldito; rápido y parejo. A la pérdida de las piernas siguió la del resto del cuerpo y más tarde, la del habla misma. Laura no tenía cupo en su corazón para otra cosa que no fuese la intensa piedad que le inspiraba su padre, confinado por fin a una silla de ruedas, a ser alimentado como un niño, con babero, por la devota tía María de la O, y a mirar al mundo con unos ojos indescifrables en los cuales no era posible adivinar si oía, pensaba, o se comunicaba más allá del desesperado parpadeo y el intento, igualmente desesperado, de evitarlo, manteniendo los ojos abiertos, alertas, inquisitivos, más allá del aguante normal de una persona, como si un día, al cerrar los ojos, no los volviera a abrir nunca más. La mirada se le llenó de vidrio y agua. En cambio, don Fernando desa-
rrolló un aventajado movimiento de cejas; de su posición habitual, las fue conduciendo a una expresividad que a Laura le daba miedo. Como dos arcos que sostuviesen lo único que le quedaba de su personalidad, las cejas del padre no se levantaban asombradas; se arqueaban aún más, como si fuesen a un tiempo interrogación y comunicación.
La tía morena se afanaba en atender al inválido mientras Leticia atendía el hogar. Pero era Leticia la que aprendió, poco a poco, a leer la mirada de su marido, a tomarle la mano, y comunicarse con él.
– Quiere que le pongas el fistol en la corbata, María de la O.
– Quiere que lo saquemos a pasear por Los Berros.
– Tiene antojo de moros con cristianos.
¿Decía su madre la verdad o creaba un simulacro de comunicación y por ende, de vida? María de la O se adelantaba a cualquier quehacer penoso para Leticia; ella se encargaba de limpiar al inválido con toallas tibias y jabones de avena, vestirlo todas las mañanas como si el amo del hogar fuese a la oficina, con traje completo, chaleco, cuello duro, corbata, medias oscuras y botines altos; y en desvestirlo de noche y colocarlo en la cama a las nueve, con la ayuda de Zampayita.
Laura no sabía hacer otra cosa que tomar la mano de su padre y leerle las novelas francesas e inglesas que él tanto amaba, aprendiendo ella misma esos idiomas como un homenaje al padre vencido. El derrumbe físico de Fernando Díaz se imprimió velozmente en sus facciones. Se hizo viejo, pero mantuvo el dominio de sus sentimientos, pues sólo una vez lo vio Laura llorar, cuando ella le leyó la emotiva muerte del niño Little Father Time, que se suicida cuando oye a sus padres decir que no pueden alimentar tantas bocas, en Jude el oscuro de Thomas Hardy. Ese llanto, sin embargo, regocijó a Laura. Su padre la entendía. Su padre escuchaba y sentía detrás del velo opaco de la enfermedad.
– Sal, hija, haz la vida propia de tu edad. Nada entristecería más a tu padre que saberte sacrificada por él.
¿Por qué usaba su madre esa forma verbal, el subjuntivo que según las señoritas Ramos era un modo que necesitaba juntarse a otro verbo para tener significación, un indicativo de hipótesis, decía la primera señorita Ramos; de deseo, amplificaba la segunda; algo como decir «si yo fuera tú…» decían las dos a un tiempo, aunque en lugares distintos. Vivir día a día con el inválido, sin prever de-
senlaces, era la única salud que podían compartir padre e hija. Si Fernando la entendía, Laura le contaría qué hacía diariamente, cómo era la vida en Xalapa, qué novedades se iban presentando… Y entonces Laura se daba cuenta de que no había novedades. Sus compañeras de escuela se habían graduado, se habían casado, se habían ido a la ciudad de México, lejos de la provincia, porque sus maridos se las llevaron, porque la revolución centralizaba el poder aún más que la dictadura, porque las leyes agrarias y obreras amenazaban a los ricos de provincia, porque muchos se resignaron a perder lo que tenían, abandonar la tierra y la industria en el interior devastado por la contienda y rehacer sus vidas en la capital a salvo del desamparo rural y provinciano; todo ello se llevó lejos a las amigas de Laura.
Quedaron atrás, también, las excitaciones de Orlando el dandy y de la anarquista catalana; incluso se apaciguó el culto ardiente hacia Santiago, para dar lugar a la mera sucesión de horas que son días que son años. Las costumbres xalapeñas no cambiaban, como si el mundo exterior no pudiese penetrar la esfera de tradición, placidez, satisfacción propia y, acaso, sabiduría, de una ciudad que por milagro, aunque también por voluntad, no había sido tocada físicamente por la turbulencia nacional de aquellos años. La Revolución en Veracruz era más que nada un temor de perder lo que se tenía, por parte de los ricos, y un anhelo de conquistar lo necesario, por parte de los pobres. Don Fernando hablaba vagamente, en Veracruz, de la influencia de las ideas anarcosindicalistas que entraban a México por el puerto, y luego la presencia en su propia casa de la jamás vista Armonía Aznar le daba vida a esos conceptos que Laura no entendía bien. El fin de los años escolares, la desaparición de sus amigas porque se casaron y Laura no, porque se fueron a la capital y Laura se quedó aquí, la obligaron, para asumir esa normalidad que le solicitaba su madre Leticia como alivio de las penurias familiares, a hacerse amiga de muchachas más jóvenes que ella, cuyo infantilismo resaltaba no sólo en comparación con la edad de Laura, sino con la experiencia de la niña -hermana de Santiago, la joven objeto de la seducción de Orlando, la hija del padre golpeado por la enfermedad y la madre inconmovible en su sentido del deber…
Quizás Laura, para adormecer su sensibilidad herida, se dejaba llevar sin demasiada reflexión a esa vida que era y no era la suya. Estaba a la mano, era cómoda, no importaba demasiado, ella no iba a pensar en imposibles, ni siquiera en algo, simplemente di-
ferente a la vida cotidiana de Xalapa. Nada perturbaba el diario paseo por el jardín favorito, Los Berros, con sus altos álamos de hoja plateada y sus bancas de fierro, sus fuentes de agua verdosa y sus balaustradas cubiertas de lama, las niñas brincando la cuerda, las muchachas caminando en un sentido y los galanes en el contrario, todos coqueteando, mirándose descaradamente o evitando las miradas, pero sujetos todos a la oportunidad de verse sólo por unos segundos, aunque tantas veces como la excitación, o la paciencia, lo requiriesen.
– Cuídense de los señores con bastón al hombro en el Parque Juárez -advertían las mamás a sus hijas-. Tienen malas intenciones.
El parque era el otro sitio de reunión al aire libre preferido. Avenidas de hayas, laureles de Indias, araucarias y Jacarandas formaban una bóveda fresca y perfumada para los menudos placeres de patinar en el parque, ir a la kermesse en el parque, y en días claros, ver desde el parque la maravilla del Pico de Orizaba, Citlalté-petl, la montaña de la estrella, el volcán más alto de México. El Ci-tlaltépetl poseía una magia propia asociada al movimiento que animaba a la gran montaña según la luz del día o la época del año: cercano en la madrugada diáfana, la calina solar del mediodía lo alejaba, la llovizna del atardecer lo velaba, el segundo nacimiento acordado a la jornada, el crepúsculo, le daba su más visible gloria, y en las noches todos sabían que el gran cerro era la estrella invisible pero inmóvil del firmamento veracruzano, su madrina.
Llovía constantemente y entonces Laura y sus nuevas y disparejas amigas (ya no recordaba sus nombres) corrían a buscar refugio fuera del parque, zigzagueando bajo los aleros de las casas y salvando los chorros de agua que se cruzaban a media calle. Pero era muy bello escuchar los aguaceros tibios en los techos y el susurro de las plantas. Las cosas pequeñas deciden vivir. Luego, al serenarse la noche, las calles recién bañadas se llenaban del olor de tulipanes y junicuiles. Los jóvenes salían a callejonear. De siete a ocho, era «la hora de la ventana», cuando los novios visitaban a las novias frente a los balcones abiertos a propósito y -cosa normal en Xalapa pero extraña en cualquier otra parte del mundo- los maridos volvían a cortejar, en «la hora de la ventana», a sus propias mujeres, como si quisieran renovar votos y alentar emociones.
En aquellos años que culminaban y terminaban, casi al mismo tiempo, la Revolución mexicana y la guerra europea, el cine se
convirtió en la gran novedad. La revolución armada se apaciguaba: las batallas después de la gran victoria de Álvaro Obregón contra Pancho Villa en Celaya eran sólo escaramuzas; la poderosa División del Norte de Villa se desbarataba en bandas de forajidos y todas las facciones buscaban apoyos, acomodos, ventajas e ideales -en ese orden- tras el triunfo de Venustiano Carranza, el Ejército Consti-tucionalista y la entrada en vigor, en 1917, de la nueva Carta Magna -así la llamaban los periódicos- que era objeto de examen, debate y temores constantes entre los caballeros que se reunían todas las tardes en el Casino Xalapeño.
– Si la reforma agraria se aplica al pie de la letra, nos van a arruinar -decía el padre del joven bailarín cordobés que sólo hablaba de gallos y gallinas.
– No lo harán. El país tiene que comer. Sólo las grandes propiedades producen -concordaba el padre del joven tenista pelirrojo y abusivo.
– ¿Y los derechos obreros? -terciaba el anciano marido de la señora que añoraba la ausencia de los guapísimos zuavos franceses-. ¿Qué me dicen de los derechos obreros ensartados en la Constitución como un par de banderillas en el lomo de un toro?
– Como un Cristo con pistolas, señor mío.
– Batallones Rojos, Casa del Obrero Mundial. Yo les aseguro que Carranza y Obregón son comunistas y van a hacer aquí lo mismo que Lenin y Trotski en Rusia.
– Todo esto es inaplicable, ya lo verán sus mercedes.
– Un millón de muertos, señores míos, y todo ¿para qué?
– Le aseguro a usted que la mayoría no murieron en los campos de batalla, sino en los pleitos de cantina.
Esto provocaba la hilaridad general pero cuando pasaron en el Salón Victoria unas películas de las batallas revolucionarias hechas por los hermanos Abitia, el culto público protestó. Nadie iba al cine a ver huarachudos con rifles. El cine era el cine italiano, sólo italiano. La emoción y la belleza eran privilegio de las divas y vampiresas italianas de la pantalla de plata; la sociedad iba a sufrir y gozar con los dramas de Pina Menichelli, Italia Almirante Manzini y Giovanna Terribili González, mujeres estupendas de ojos brillantes, ojeras profundas, cejas inquietantes, cabelleras eléctricas, bocas devoradoras y ademanes trágicos. Cuando llegaron las primeras vistas americanas, todos protestaron en la sala. ¿Por qué escondían las caras al llorar las hermanitas Gish, por qué andaba
vestida de limosnera Mary Pickford? Para ver pobreza, las calles; para evitar emociones, las casas.
Que seguían siendo, en la vida de Laura y de toda la sociedad provinciana, sedes insustituibles de la vida en común. Se «recibía» constante aunque esporádicamente, casi por turno. En las casas privadas se jugaba a la lotería y al siete y medio, formando grandes ruedas alrededor de las mesas. Allí se conservaban las costumbres culinarias. Allí se enseñaba a las muchachas más jóvenes a bailar, dando pasitos por las salas, «se hace así, levantando la falda», preparándolas para los grandes saraos del Casino, así como para las fiestas de bautizos, del acostamiento del Niño Dios en Navidad, con sus exhibiciones de pesebres y magos y en el centro del salón el «barco francés» que se abría lleno de dulces después de la misa de gallo. Luego venían el carnaval y sus bailes de fachas, los cuadros plásticos de final de cursos en la escuela de las señoritas Ramos con sus representaciones del cura Hidalgo proclamando la Independencia o el indio Juan Diego en tratos con la Virgen de Guadalupe. Pero la fiesta principal era el baile del Casino cada diecinueve de agosto. Entonces se daba cita toda la sociedad local.
Laura hubiera preferido quedarse en casa, no sólo para estar cerca de sus padres, sino porque, condenado el altillo tras la muerte de la anarquista catalana, la muchacha empezó a darle un valor particular a cada rincón de su casa, como si supiera que el placer de vivir y crecer allí no era para siempre. La casa del abuelo en Cate-maco, la casa encima del Banco y frente al mar en Veracruz y ahora la casa de un piso en la Calle Lerdo de Xalapa… ¿cuántas más le tocaría habitar durante los años de su vida? No podía prever ninguna. Sólo podía recordar las casas de ayer y memorizar la de hoy, creando los refugios que su vida incierta, nunca más previsible y segura como durante la infancia junto al lago, necesitaría para encontrar asidero en el tiempo por venir. Un tiempo que Laura, a los veintidós años, no podía imaginar, por más que se dijera, «Pase lo que pase, el futuro será distinto de este presente». No quería imaginar las peores razones para que la vida cambiara. La peor de todas era la muerte de su padre. Iba a decir que la más triste era quedarse perdida y olvidada en un pueblecito, como las tías Hilda y Virginia en la casa paterna, despojadas de la razón de su arraigo y de su soltería, que era cuidar a don Felipe Kelsen. El abuelo había muerto, Hilda le tocaba el piano a nada, a nadie; Virginia acumulaba cuartillas, poemas, que nadie conocería jamás; era preferible la vida activa, com-
prometida con otra vida, como era el caso de la tía María de la O, al cuidado constante de Fernando Díaz.
– ¿Qué haría sin ti, María de la O? -decía seriamente, sin suspirar, la infatigable Mutti Leticia.
Laura, como otro día memorizó la recámara de Santiago en Veracruz, ahora recorrió con los ojos cerrados los patios, los corredores, los pisos de ladrillo marsellés, las palmas, los helechos, los roperos de caoba, los espejos, las camas con postes, los tinajos de agua filtrada, el tocador, el aguamanil, el ropero y en los dominios de su madre, la cocina olorosa a hierbabuena y perejil.
– No te vuelvas ensimismada como tu abuela Kelsen -le decía Leticia, quien no podía dominar ya la tristeza de su propia mirada-. Sal con tus amigas. Diviértete. Sólo tienes veintidós años.
– Ya tengo veintidós años, Mutti, eso quieres decir. A mi edad, tú llevabas cinco años de casada y yo ya había nacido -y no, Mutti, ni me lo preguntes: no me gusta ningún muchacho.
– Dime si te han dejado de buscar. ¿Por todo lo que ha pasado?
– No, Mutti, soy yo la que los evito.
Como si respondiesen a un aviso de cambio incomprensible, vibrando como hojas de un verano tardío, las muchachas, menores a ella, que ahora frecuentaba Laura, habían decidido prolongar sus infancias, aunque haciendo concesiones coquetas a una edad adulta que ninguna, desconcertada, deseaba. Se llamaban a sí mismas «las pingüicas» y continuaban haciendo travesuras impropias de sus dieciocho años. Brincaban a la cuerda en el parque para que les salieran chapas antes del paseo seductor; tomaban largas siestas antes de jugar al tenis en Los Berros; se burlaban inocentemente de sus novios disfrazados durante el carnaval.
– ¿Eres cirquero?
– No me insultes. Soy príncipe, ¿no ves?
Patinaban en el Parque Juárez para perder los kilos que ganaban comiendo los «diablos», pasteles de chocolate por dentro y turrón blanco por fuera que eran la delicia de los golosos en esta ciudad con olor a panadería. Se prestaban a representar cuadros plásticos en los finales de cursos de las señoritas Ramos, única ocasión en que se hubiese podido ver que las profesoras eran dos personas distintas, sólo que mientras una presidía las representaciones, la otra andaba entre bambalinas.
– Me sucedió algo espantoso, Laura. Estaba representando el papel de la Virgen cuando me entraron las ganas. Tuve que hacer gestos terribles para que la señorita Ramos corriera el telón. Fui a hacer pipí y regresé a ser virgen otra vez.
– Pues en mi casa ya se aburrieron de mis comedias y disfraces, Laura. Mis padres han contratado a un solo espectador para que me admire, ¿qué te parece?
– Estarás muy ufana, Margarita.
– Es que he decidido ser actriz.
Entonces salían todas alborotadas al balcón para ver el paso de los cadetes de la Preparatoria con sus kepis franceses, sus fusiles, sus uniformes con botonadura de oro y sus braguetas muy apretadas.
El Banco les avisó que deberían abandonar la casa en septiembre, después del baile del Casino. Don Fernando recibiría su pensión, pero un nuevo gerente vendría a vivir en la casa, como era natural. También habría una ceremonia en el altillo develando una placa en honor de doña Armonía Aznar. Los sindicatos mexicanos habían decidido honrar a la valiente cantarada que dio dinero, sirvió de correo a los Batallones Rojos y a la Casa del Obrero Mundial durante la Revolución y hasta guareció a sindicalistas perseguidos aquí mismo, en la casa del gerente del Banco.
– ¿Tú sabías eso, Mutti?
– No, Laura. ¿Y tú, hermana?
– ¡Qué va!
– Pues más vale no saberlo todo, ¿verdad?
Ninguna de las tres se atrevió a pensar que un hombre tan honorable como don Fernando, a sabiendas, hubiese tolerado una conspiración bajo su propio techo, sobre todo dado el antecedente del fusilamiento de Santiago el 21 de noviembre de 1910. Al pensar esto, Laura se imaginó que Orlando Ximénez sabía la verdad, era el intermediario entre el altillo y los anarcosindicalistas de doña Armonía. Desechó esta sospecha; Orlando, el dandy, el frivolo… ¿O quizás por eso mismo era el más indicado? Laura se rió con ganas; acababa de leerle a su padre The Scarlet Pimpernel de la Baronesa d'Orczy y se estaba imaginando al pobre de Orlando como un Pimpinela mexicano, dandy de noche y anarquista de día… salvando a los sindicalistas del paredón.
Ninguna novela preparó a Laura para el siguiente episodio de su vida. Leticia y María de la O se dieron a buscar una casa cómoda pero con renta adecuada a la pensión de Fernando. La media
hermana declaró que, en vista de la situación, Hilda y Virginia deberían vender la finca cafetalera de Catemaco y, con el dinero, comprar una casa en Xalapa para vivir todas juntas y ahorrar gastos.
– ¿Y por qué no regresar todos a Catemaco? Después de todo, allí vivimos… y fuimos felices -dijo, sin suspirar como su ensimismada mamá, Leticia.
Su pregunta se volvió baladí apenas se presentaron en la casa de Xalapa, cargadas de bultos, cajones con libros, baúles, maniquíes, jaulas con loros, y hasta el piano Steinway, las hermanas solteras, Hilda y Virginia.
La gente se reunió en la calle de Lerdo a ver el arribo de tan curioso equipaje, pues las pertenencias de las hermanas colmaban una carreta tirada por mulas y ellas mismas, cubiertas de polvo, parecían refugiadas de un combate perdido muchos años atrás, con sus grandes sombreros de paja atados a las barbillas por los velos de gasa que protegían los rostros contra los moscos, el sol y las polvaredas del camino.
Su historia fue breve. Los agraristas veracruzanos se armaron y, sin más, tomaron la finca de los Kelsen y todas las demás propiedades de la región; las declararon cooperativas agrarias y corrieron a los dueños.
– Ni modo de avisarles -dijo la tía Virginia-. Aquí nos tienen.
No sabían que la casa xalapeña sería desocupada en septiembre, después del baile del Casino en agosto. Con las hermanas encima, el marido inválido y Laura sin boda en el horizonte, Leticia al fin se quebró y se soltó llorando. Las hermanas expropiadas se miraron perplejas. Leticia pidió perdón, enjugándose las lágrimas con el delantal, las invitó a pasar y acomodarse y esa noche, en la recámara de Laura, la tía María de la O se acercó a la cama, se sentó y le acarició la cabeza a la muchacha.
– No te desanimes, niña. Veme nomás a mí. A veces has de pensar que mi vida me ha sido difícil, sobre todo cuando vivía sola con mi madre. Pero ¿sabes una cosa?, venir al mundo es una alegría, aunque te hayan concebido en medio de la tristeza y de la miseria, quiero decir tristeza y miseria de adentro, más que de afuera; llegas al mundo y tu origen se borra, nacer es siempre una fiesta y yo no he hecho más que celebrar mi paso por la vida, sin importarme un comino de dónde vengo, qué pasó al principio, cómo y dónde me parió mi madre, cómo se portó mi padre… ¿Sabes?, tu
abuela Cósima lo redimió todo, pero aun sin ella, sin todo lo que le debo a tu abuela y lo mucho que la adoro, yo celebro al mundo, yo sé que vine al mundo para celebrar la vida, en las duras y en las maduras, niña, y lo voy a seguir haciendo, con mil carajos. Y perdóname que hable como alvaradeña, pero allí me crié…
María de la O se apartó un momento de la cabeza de Laura para mirar a su sobrina con una sonrisa radiante, como si la tiíta trajera para siempre el calor y la alegría en los labios y los ojos.
– Y algo más, Laurita, para completar el cuadro. Tu abuelo fue a salvarme y me trajo a vivir con ustedes y eso me salvó, me canso de repetirlo. Pero tu abuela no se preocupó más por mi madre, como si bastara con salvarme a mí y a ella que se la llevara el diablo mandinga. El que se preocupó fue tu padre Fernando. No sé qué habría sido de mi mamá si Fernando no la busca, la ayuda, le pasa dinero y le permite que se haga vieja con dignidad: perdóname la brusquedad, pero no hay cosa más melancólica que una puta vieja. Lo que quiero decirte es lo siguiente. Lo que importa es estar viva y dónde estás viva. Vamos a salvar esta casa y su gente, Laura, te lo jura María de la O, la tía a la que tú has sabido respetar más que nadie. ¡No lo olvido!
Estaba engordando y le costaba un poco moverse. Cuando llevaba a pasear al padre inválido en la silla de ruedas, la gente evitaba la mirada por temor a compadecer a la pareja de un hombre tullido y una mulata color ceniza y con tobillos gordos empeñados en pasearse y aguarle la fiesta a la gente joven y sana. La voluntad de María de la O era mayor que cualquier obstáculo y las cuatro hermanas, al día siguiente del arribo de Hilda y Virginia, decidieron no sólo encontrar casa para la familia, sino convertirla en casa de huéspedes, contribuir a sostenerla, cada una pondría de su parte, cuidarían a Fernando.
– Y a ti, Laura, te pido que no te preocupes -dijo la tía Hilda.
– No te faltará nada -añadió la tía Virginia.
(… no me preocupo, tiítas, Mutti, no me preocupo, sé que no me faltará nada, soy la niña de la casa, no tengo veintidós años, sigo teniendo siete, indefensa pero protegida, como antes de la primera muerte, antes del primer dolor, antes de la primera pasión, antes de la primera rabia, todo eso que ya pasé, ya tengo, ya dominé y ahora me dejo dominar por todo lo que ya ocurrió, ya sé vivir con el dolor, la pasión, la rabia y la muerte, con ellas yo creo que sé vivir,
con lo que no puedo vivir es con la disminución de mí misma no por los demás sino por mí misma, achicada no por las niñas bobas o las tías protectoras o la Mutti que no quiere aceptar ninguna pasión para mantenerse lúcida y cumplir con la casa porque sabe que sin ella la casa se iría derrumbando como esos castillos de arena que hacen los niños en la playa de Mocambo y si esas tareas no las hace ella, ¿quién?, mientras yo me pienso, Laura Díaz, me observo tan lejana de mi propia vida, como si fuera otra, una segunda Laura que ve a la primera, tan separada del mundo que me rodea, tan indiferente a las personas fuera de mi casa, ¿es sano ser así?, pero tan preocupada por los que viven aquí conmigo pero en ambos casos tan separada y sin embargo tan culpable de ser una carga, como el niño de la novela inglesa de Thomas Hardy, soy querida por todos, pero ahora les peso a todos aunque no lo digan, soy la niñota que va para los veintitrés años sin traer pan a la casa donde le dan pan, la niña grande que se cree justificada porque le lee libros a su padre paralítico, porque los quiere a todos y todos la quieren a ella, voy a vivir del amor que doy y el amor que recibo, no basta, no basta amar a mi madre, llorar por mi hermano, compadecer a mi padre, no basta adoptar mi propio dolor y mi propio cariño como derechos que me liberan de otra responsabilidad, ahora quiero desbordar mi amor por ellos, exceder mi dolor por ellos, liberándolos de mí, quitándome de encima, dándoles la gracia de no preocuparse por mí sin que yo deje de preocuparme por ellos, papá Fernando, Mutti Leticia, tiítas Hilda y Virginia y María de la O, Santiago mi amor, no les pido ni comprensión ni ayuda, voy a hacer lo que debo hacer para estar con ustedes sin ser más de ustedes pero ser para ustedes…).
Juan Francisco López Greene era un hombre muy alto, excediendo los seis pies de estatura, muy moreno, con trazos tanto indígenas como negroides en su fisonomía, pues si los labios eran gruesos, el perfil era recto y si el pelo era crespo, la piel era lisa y dulce como la del piloncillo, y nocturna como la de los gitanos. Los ojos eran islas verdes en un mar amarillo. Sus hombros anchos y encaramados deslucían un cuello fuerte pero más largo de lo que parecía, como largos eran sus brazos y grandes sus manos devotamente obreras. El torso corto, las piernas largas y los pies más grandes que los zapatos mineros.
Era poderoso, era torpe, era delicado, era distinto.
Llegó al baile del Casino acompañado por Xavier Icaza, el joven abogado laborista, hijo de una familia de aristócratas que ahora
servía a la clase obrera y fue quien llevó al baile a un hombre tan ajeno al perfil social de las buenas familias xalapeñas.
Icaza, un hombre brillante pero poco convencional, escribía poesía vanguardista y relatos picarescos; sus libros tenían viñetas cubistas con rascacielos y aviones y su poesía daba la sensación de velocidad moderna buscada por el autor en tanto que sus novelas traían la tradición de Quevedo y el Lazarillo a la moderna ciudad de México, una ciudad que se iba llenando -le explicaba Icaza a los grupos de invitados al baile anual del Casino- de inmigrantes del campo y que no haría sino crecer y crecer. Les guiñó un ojo a los hombres de empresa locales, ahora hay que comprar barato, la Colonia Hipódromo, la Colonia Nápoles, Chapultepec Heights, el parque de la Lama, hasta el Desierto de los Leones, van a ver cómo van a subir los bienes raíces, no sean guajes -reía con sus dientes alegres-, inviertan ahora.
Lo llamaban futurista, estridentista, dadaísta, nombres que nadie había oído mentar en Veracruz y que Icaza introducía, con un soplo casi insolente, en las ciudades de provincia a donde llegaba, por carreteras primitivas, manejando un Issota-Fraschini convertible y de color amarillo, como para establecer pronto y bien sus credenciales, exigiendo la mano de la señorita Ana Guido y como los padres de ésta manifestaran dudas, Xavier Icaza lanzó el poderoso automóvil italiano escalinata arriba en plena Catedral un domingo mientras se celebraba misa; el rugir del motor y la demencia misma del coche subiendo la escalinata empinada con el joven y brioso abogado liberando todo el h.p. posible para lograrlo y, apenas detenido peligrosamente el carro donde terminaba la escalera y comenzaba el atrio, proclamando en voz alta que había venido a casarse con Anita y nada ni nadie se lo impediría.
– Yo no vendo ilusiones -iba declarando el joven abogado Icaza a sus viejos conocidos en el baile del Casino-. Se trata de conveniencias mutuas. La revolución ha desatado a todas las fuerzas dormidas del país, los comerciantes e industriales nacionales ahorcados por la entrega del país a los extranjeros, los funcionarios obstaculizados en su ascenso por la anciana burocracia porfirista, y para qué hablar de los campesinos sin tierra y los obreros ansiosos de organizarse y tener una voz pública respetada. Oigan, ¿qué eran los rebeldes de las fábricas de Río Blanco y las minas de Cananea, los primeros que se levantaron contra la dictadura, qué eran sino obreros?
– Madero no les hizo concesiones -dijo el padre del joven gallero de Córdoba.
– Porque Madero no entendía nada -alegó Icaza-. En cambio, el siniestro Victoriano Huerta, el asesino de Madero, él sí buscó el apoyo de la clase obrera y permitió las mayores manifestaciones del Primero de Mayo jamás vistas. Concedió la jornada de ocho horas y la semana de seis días, pero cuando los sindicatos le pidieron la democracia, eso sí que no. Arrestó y deportó a los líderes. Uno de ellos es mi amigo Juan Francisco López Greene a quien les presento con mucho gusto. Lo de Greene no quiere decir que sea inglés: todos en Tabasco se llaman Graham o se llaman Greene porque descienden de piratas ingleses, pero de madres indias y negras, ¿verdad, tú?
Juan Francisco sonrió y asintió. -Laura, tú que eres culta, ahí te lo dejo -habló con gracia y firmeza Icaza y se fue a otra cosa.
Laura sospechó que este recién venido, tan ajeno a las costumbres provincianas y que habría aparecido, en los saraos de la hacienda de San Cayetano, como ese «Cristo con pistolas» al que se refirió una vez el terrateniente cordobés, tendría una torpeza personal comparable a la de sus zapatones de minero, cuadrados, gruesos y con clavos en las suelas. Imaginó que su discurso sería una lluvia de piedras punteadas por el silencio. Le sorprendió, por eso, oír una voz tan pareja, serena y hasta dulce, en la que cada palabra poseía el peso de la convicción y por ello Juan Francisco López Greene se permitía ser tan suave y hablar tan «bajito».
– ¿Tiene razón Xavier Icaza? -se lanzó a decir Laura buscando apoyos para iniciar la conversación.
Juan Francisco insistió. -Sí. Yo ya sé que todos tratan de usarnos.
– ¿De usar a quién? -preguntó sin afectación Laura.
– A los trabajadores.
– ¿Tú lo eres? -se lanzó Laura de nuevo, tuteando convencida de que no lo ofendía, desafiándolo un poco a tratarla igual, no de señorita o usted, buscando inciertamente el terreno común con el desconocido, husmeándolo, sintiéndose un poco bestia, un poco salvaje, como nunca se sintió con Orlando, que la obligaba a pensar cosas perversas, refinadas y tan sutiles que desaparecían como un perfume ponzoñoso, fuerte pero deletéreo pero fugaz.
No pudo. -Es el riesgo, señorita. Hay que aceptarlo.
(Que me hable de tú, rogó Laura, quiero que me hable de tú, que no me diga señorita, quiero por una vez sentirme diferente, quiero que un hombre me diga y me haga cosas que yo no sé o no espero o no puedo pedir, esto no se lo puedo pedir, tiene que salirle a él, y de eso va a depender todo lo que venga después, de un simple tú o usted…)
– ¿Cuál riesgo, señor Greene? -Laura revirtió al usted formal.
– El de que nos manipulen, Laura.
Añadió, sin darse cuenta (o quizás fingiendo que no se enteraba) del cambio de color en la cara de la muchacha, que «nosotros» también podían sacarles ventajas a «ellos». Laura se acostumbró allí mismo a ese extraño plural que abrazaba, sin pretensiones, sin falsas modestias, a una comunidad de gente, trabajadores, luchadores, camaradas, sí, del hombre que hablaba con ella.
– Icaza no tiene ilusiones. Yo sí -sonrió por primera vez, con un dejo de malicia, pero más que nada con ironía propia, pensó Laura-. Yo sí.
Dijo que tenía ilusiones porque la Constitución le hizo concesiones que no tenía por qué hacerle a los campesinos y a los obreros mexicanos, Carranza era un antiguo hacendado al que la barba de chivo se le crispaba cuando tenía que tratar con trabajadores y con indios, Obregón era un criollo inteligente pero oportunista que lo mismo podía sentarse a cenar con Dios o con el Diablo y hacerle creer al Diablo que en efecto era Dios, y a Dios que no se preocupara, podía ser un Diablo y no tenía por qué envidiar tanto a Lucifer; pero en todo caso, el general Alvaro Obregón sería el juez, él dictaminaría: tú eres Diablo… La Constitución consagró los derechos del trabajador y de la tierra porque sin «nosotros» -dale y dale, se dijo Laura Díaz- «ellos» no ganan la Revolución ni se mantienen en el poder…
La sacó a bailar y ella soltó la risa con una mueca adolorida y las zapatillas pisoteadas, pidiéndole al dirigente obrero que mejor practicaran en el balcón y él también se rió y dijo que sí, ni Dios ni el Diablo me hicieron para los salones de baile… Pero si a ella le interesaba lo que «nosotros» hacían, le contaría en el balcón cómo se organizó la lucha obrera en la Revolución, la gente creía que la revolución era sólo una élite criolla seguida de guerrilleros campesinos, se olvidaban que todo empezó en las fábricas y en las minas también; en Río Blanco y en Cananea; los obreros organizaron los
Batallones Rojos que salieron a luchar contra la dictadura de Huerta y fundaron la Casa del Obrero Mundial en el palacio de los Azulejos en la ciudad de México, en el antiguo Jockey Club de la aristocracia; cómo «nos» invadió la policía huertista, nos arrestó, le quiso poner fuego al palacio, «nos» obligó a huir y encontramos los brazos abiertos del general Obregón…
– Cuidado -dijo Icaza reuniéndose a Laura y Juan Francisco-, Obregón es un zorro. Quiere apoyo obrero para darle en la madre a los rebeldes campesinos, Zapata y Villa. Habla de un «México proletario» para azuzarlo contra el México campesino e indígena, que según los jefes criollos de la Revolución, cuidadito, siguen siendo el México reaccionario, retrasado, religioso, ahorcado entre sus escapularios y fumigado por el incienso de demasiadas iglesias, cuidado con el engaño, Juan Francisco, mucho cuidado…
– Pero es que es verdad -dijo con cierto calor Juan Francisco-. Los campesinos traen en los sombreros la imagen de la Virgen, van a misa de rodillas, no son modernos, son católicos y rurales, licenciado.
– Oye, Juan Francisco, deja de llamarme «licenciado» o vamos a acabar a las patadas. Y no seas tan de a tiro ranchero. Cuando conozcas a una señorita de sociedad que te guste, trátala de tú, tarugo. No te portes como un campesino reaccionario, retardado y pre-moderno -lanzó una gran carcajada Xavier Icaza.
Pero Juan Francisco insistió, sin el menor humor, que los campesinos eran reaccionarios y los obreros de la ciudad eran los verdaderos revolucionarios, los quince mil trabajadores que lucharon en los Batallones Rojos, los ciento cincuenta mil adherentes a la Casa del Obrero Mundial, ¿cuándo se había visto eso en México?
– ¿Quieres contradicciones, Juan Francisco? -lo cortó Icaza-. Piensa en los batallones de indios yaquis que se le unieron a Obregón para derrotar al muy agrario Pancho Villa en Celaya. Y vete acostumbrando, mi amigo. Las revoluciones son contradictorias, y si ocurren en un país tan contradictorio como México, pues es como para volverse loco -gimió Icaza- igual que cuando se mira a los °jos de Laurita Díaz. En pocas palabras, López Greene. Cuando la Revolución llegó al poder con Carranza y Obregón, ¿a poco aceptaron los caudillos la autogestión en las fábricas y la expulsión de los capitalistas extranjeros, como se lo prometieron a los Batallones Rojos?
No, protestó Juan Francisco, él sabía que «nosotros» íba- a vivir en el estira y el afloja con el gobierno, pero «nosotros»
no vamos a ceder en lo fundamental, «nosotros» hemos armado las huelgas más grandes de toda la historia de México, resistimos todas las presiones del gobierno revolucionario que quería convertirnos en títeres del obrerismo oficial, obtuvimos aumentos de salarios, negociamos siempre, volvimos loco a Carranza que no sabía por dónde cogernos, nos encarceló, nos llamó traidores, cortamos la luz de la ciudad de México, capturaron al líder de los electricistas Ernesto Ve-lasco y con un revólver en la sien lo obligaron a decir cómo se restauraba la energía eléctrica, nos quebraron una vez y otra pero «nosotros» nunca nos rendimos, siempre regresamos a la lucha y siempre regresamos a la mesa de negociaciones, ganamos, perdimos, volveremos a ganar poco y perder mucho, no le hace, no le hace, no hay que arriar las banderas, nosotros sabemos apagar y prender la luz, ellos no, nos necesitan…
– Armonía Aznar fue una luchadora ejemplar -dijo Juan Francisco López Greene al develar la placa en honor de la catalana en la casa habitada por Laura y su familia-. Como todos los anarcosindicalistas, entró a Veracruz, llegó con el anarquista español Amedeo Ferrés y organizó a los impresores y tipógrafos, en la clandestinidad, siendo don Porfirio presidente. Luego, durante la Revolución, Armonía Aznar militó en la Casa del Obrero Mundial con heroísmo y lo más difícil, sin gloria, sirviendo de correo aquí mismo en Xalapa en secreto, llevando y trayendo los documentos del puerto de Veracruz a la ciudad de México, y de la capital al puerto…
Juan Francisco hizo una pausa en su discurso y buscó, entre un centenar de asistentes a la ceremonia, los ojos de Laura Díaz.
– Esto fue posible gracias a la generosidad revolucionaria de don Fernando Díaz, gerente del Banco, que aquí permitió a Armonía Aznar refugiarse y hacer su trabajo en secreto. Don Fernando está enfermo y yo me atrevo a saludarlo y darle las gracias a él, a su mujer y a su hija, gracias en nombre de la clase obrera. Este hombre discreto y valiente actuó así, nos lo hizo saber, en memoria de su hijo Santiago Díaz, fusilado por esbirros de la dictadura. Honor a todos ellos.
Esa noche, Laura miró intensamente a los ojos mudos de su padre inválido. Luego repitió lentamente lo que dijo en la ceremonia Juan Francisco López Greene y Fernando Díaz parpadeó. Cuando Laura escribió unas palabras en un pizarrón portátil con el que la familia apostaba a la comunicación con su padre, sólo puso GRACIAS POR HONRAR A SANTIAGO. Entonces Fernando Díaz, como
acostumbraba, abrió desmesuradamente los ojos e hizo un esfuerzo inmenso por no parpadear. Todas ellas -las mujeres de la casa- conocían esas dos tesituras, parpadear repetidas veces o evitar el parpadeo hasta que las órbitas de los ojos parecían saltar de las cuencas, aunque ignoraban el significado de uno u otro acto. En esta ocasión, Fernando hizo un esfuerzo por levantar las manos y cerrar los puños, pero los dejó caer sobre el regazo, vencidos. Sólo arqueó las cejas como dos acentos circunflejos.
– Ya encontraremos una casa para instalarnos y recibir huéspedes, aquí en la calle Bocanegra -anunció pocos días más tarde la Mutti Leticia.
– Yo le leeré todas las noches a Fernando -dijo la tía escritora, Virginia, con los labios muy apretados y la mirada febril-. No te preocupes, Laura.
Laura pasó a despedirse de su padre mudo, le leyó durante media hora pasajes de Jude el oscuro y gracias a la novela de Hardy, pudo imaginar al padre muerto, el rostro embellecido por la muerte, la muerte lo iba a rejuvenecer, había que esperarla con confianza y hasta con alegría, la muerte le borraría a don Fernando las huellas del tiempo y Laura se llevaría para siempre la imagen de un hombre cariñoso pero fuerte cuando hacía falta.
– No dejes pasar la ocasión -le dijo esa misma noche la tía pianista, Hilda Kelsen-. Mira mis manos. Tú sabes lo que yo pude ser, ¿verdad, Laura? No quiero que nunca tengas que decir lo mismo.
Laura Díaz y Juan Francisco López Greene se casaron en un juzgado en Xalapa el 12 de mayo de 1920, la fecha del cumpleaños de Laura Díaz que cantaba el doce de mayo la virgen salió vestida de blanco con su paletó y el negro Zampayita barría y cantaba oralacachimbá-bimbá-bimbá ora mi negra baila pa'cá ora mi negra baila pa'llá, y Laura Díaz salió con su marido en el Interoceánico a la ciudad de México y a medio camino se soltó llorando porque olvidó a la muñeca china Li Po entre sus almohadones en Xalapa y en la estación de Tehuacán le avisaron a Juan Francisco que habían asesinado en Tlaxcalantongo al presidente Venustiano Carranza.