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DELLEY nunca pensó que un timbre pudiese gruñir como un armadillo.
Fggg…Fgggggg…Fggg…
Se había quedado dormido sobre la cama. Llevaba el impermeable y los zapatos puestos. Se sobresaltó. Unos zapatos viejos, color malasuerte, llenos de barro. Echó mano del revólver. Diez horas en aquel mechinal. El que timbraba se azorró unos instantes, pero volvió a la carga. Parecía una melodía, timbrazos cortos, timbrazos largos. Abrió los ojos. Le punzó algo en ellos, no supo qué. Los ojos a veces duelen. Querían jugar con él al ratón y al gato. El timbre era gato y él era ratón. Miró a su alrededor con el pasmo atravesado, sin reconocer dónde se hallaba. Le escocían los párpados. Echó una rápida mirada a la ventana. Se había hecho de noche. El neón de la tienda de electrodomésticos del viejo Valentini metía en el cuarto un parloteo triste y monótono. Timbraron de nuevo. Rojo y negro, rojo y verde, una muñeca muy sexi con un pecho fundido que enarbolaba un secador de pelo que le lanzaba la cabellera al viento y que tartamudeaba. Pensó que tantos «que» en una misma frase eran muchos «que», pero por lo que le pagaban podían irse al infierno todos los relativos. Se fijó en el pelo de la chica del secador, también fundido. Un nuevo timbrazo percutió en su cerebro como si le metieran una aguja de tricotar en el tímpano. Sintió la descarga también en el estómago vacío. Los que escriben noveluchas policíacas llaman a ese aleo en las tripas el «heraldo de la muerte». Se sentó en la cama sin hacer ruido, con movimientos instintivos, del felino que adivina dónde está el peligro. Había pasado de ratón a gato.
Cuando dejaron de flagelarle aquellos toques, Delley oyó al otro lado la respiración de los sabuesos. Quizá la orden que traían era mucho más sencilla. Lo iban a trufar de plomo y a dejarle allí, con el reflejo de aquella chica tan sexi encima. Seguramente ni siquiera habrían venido de uniforme. Sí, acabaría tirado sobre la alfombra, haciendo un dúo con la muñeca voltaica. Delley dedujo por el alboroto que eran tres o cuatro los hombres. Volvieron a llamar.
Crg. crg. crg…
Esta vez fueron golpes secos, nerviosos, efectuados con el mocho de una pistola. Delley estaba cansado, había llegado al final, estaba harto de ver muertos.
La habitación olía a tabaco y a whisky de malta, sobre todo a whisky Por la mañana, al dejar el periódico en el que había leído la noticia de la muerte de Dora, vertió sin querer el vaso sobre la alfombra. Quiso evitarlo y derribó la botella, que estaba junto a la cama, en la mesilla de noche, trató de detener su caída con un torpe movimiento, pero la botella se rompió. El suelo se llenó de cascotes cortantes, y en dos segundos aquello olía como una destilería. Los vidrios rotos aún seguían tirados y parte del whisky se había evaporado. Eso había ocurrido hacia las diez. Luego pidió que le subieran del bar de Lowren algo de comer, otra botella de whisky, cigarrillos y un café bien cargado. No dejó pasar al camarero. No quería que viese los vidrios rotos ni el charco de whisky. Pero Joe, el chico que trabajaba para Lowren, arrugó la nariz. Se le puso en la boca una sonrisa maliciosa. Era un buen muchacho.
– Señor Delley, no sé qué hace, pero ahí dentro huele tanto a whisky que como encienda una cerilla saltará todo el edificio por los aires. Se lo digo porque sé de dónde saca el señor Molloy ese brebaje.
Delley le largó un billete de veinte pavos por la ranura de la puerta, y le despidió. Ya a solas bebió el café, pero los restos de una hamburguesa sanguinolenta siguieron tirados en un rincón entre los cristales rotos. Como si los hubiera desechado un perro. Un gato. Una rata. Le habían cazado como a una rata. No, él no era una rata.
– Eh, Delley, sabemos que estás ahí, abre la puerta. Queremos charlar contigo. Venimos por las buenas, nos envía el Gobernador.
– Olson, vete al diablo y dile al señor Austin que se vaya también al infierno. Al primero que cruce esa puerta le voy a llenar el cuerpo de corcheas. Lo que pase luego es asunto que me trae al pairo.
– Sé razonable, Delley. Eh, tú -y Delley oyó que Olson preguntaba a alguien que tenía al lado, bajando la voz-, ¿qué ha querido decir Delley con eso de las corcheas?
Delley se imaginó la cabezota gorda de Olson.
Uno de los secuaces de éste recorrió el pasillo hasta el extremo. Se oyeron sus pisadas. Un estrecho corredor con las paredes pintadas de opresión y diez o doce puertas, del mismo color, a uno y otro lado. Acababa en una ventana. Lo que se veía a través del cristal era aún más inquietante, un patio de luces como para arrojar desde lo alto a un hombre y decir que se había matado cuando trataba de huir. Los goznes orinecidos rechinaron cuando probó a abrirla. Un chillido al mismo tiempo de ratón y de gato. Sacó medio cuerpo a un patio angosto y lo inspeccionó por si había una escalera de incendios.
– Dile a tus gorilas, Olson, que no soy tan idiota de meterme en una madriguera con escalera de incendios. Si queréis entrar por la ventana vais a tener que llamar al Hombre Araña. Aunque siempre estáis a tiempo de pegarle fuego a los apartamientos, pero en ese caso lo que venís buscando saldrá volando por el aire. Tengo conmigo una de las botellas de Molloy y ya sabéis lo que eso significa. Y cuando veáis todos estos billetes hechos pavesas en el cielo estrellado quizá os entren ganas de iros de picnic y llevaros a vuestra chica para que viva una noche romántica.
– Basta de chácharas, Delley. Abre de una vez, ¿me oyes? Se me está acabando la paciencia. Te voy a concluir.
– Te oigo, Olson, no grites. Déjame en paz.
– Paco, ¿estás en casa?
– He dicho que me dejes en paz; iros u os meteré más plomo en el cuerpo del que cabe en una linotipia.
Pensó que ese «u os llenaré» no estaba a la altura de alguien como Delley, y tachó con equis linotipia. Aquellas equis sonaron como un corta ráfaga de una metralleta con tambor basculante. Una M32 soviética. A alguien como Delley las linotipias le traían también sin cuidado y seguramente no había visto ni una en su vida. Tampoco la M32 de tambor basculante. No le gustaban los soviéticos. ¿Para qué tanto socialismo si luego habían sido incapaces de aportar nada memorable al género policíaco?
– ¿Vas a abrir de una vez, Delley?
– ¿Y a ti, Olson, no te han enseñado a preguntar más cosas?
– Paco, ¿estás en casa?
Alguien estaba llamando a la puerta.
Paco tardó en hacerse una idea aproximada del tiempo transcurrido desde que se había sentado a escribir esa mañana. Se veían restos de un bocadillo de tortilla de patata en el suelo, en un platito, en el que mordisqueaba el gato Poirot. Tenía gato desde que se había separado de Dora. En la mesa había también medio vaso de whisky, todo lo que quedaba después de que se le cayera la botella al suelo.
Cuando trabajaba se metía tanto en los personajes y en la acción que no era capaz de distinguir lo que sucedía en la realidad, y lo que se formaba en los formidables y apoteósicos trasiegos de su cabeza parecía ir tomando cuerpo de realidad a medida que escribía.
Al derramarse el whisky había manchado unas cuantas cuartillas, pero la mayor parte de líquido había ido a parar a la alfombra y al tillado. Pero ¿qué era un whisky cuando dos hombres estaban a punto de matarse de una manera tan sanguinaria?
– Paco, ¿estás ahí?
– Ya voy -gritó Paco desde el fondo de la casa.
Se levantó y aún continuó un rato, de pechos, sobre la máquina de escribir, leyendo en el papel que asomaba en el carro.
Una vieja Underwood, alta, pesada, negra. Un verdadero catafalco a prueba de terremotos y de argumentos. Para él la vieja Underwood era lo mismo que para Delley Wilson su viejo Smith & Wesson de calibre especial. Paco en cambio no había visto un Smith & Wesson en su vida, sólo en lámina, en un libro. Tenía varios sobre armas de fuego. ¿Cuántos cientos de hombres habían muerto entre aquellas teclas, picados por el golpe certero de las matrices, cuántas cabezas habían rodado bajo aquellas cuchillas implacables, cuántas coartadas habían quedado desvanecidas en el fuego cruzado de la q y la m, cuántos asesinos, malhechores, barbianes, belitres, malsines, rufianes, bergantes, granujas, truhanes, bribones y bellacos habían dado cuenta a aquel cilindro encauchutado de todas sus fechorías, cuántas mujeres se habían evaporado igualmente en los brazos de quienes no habrían tenido otra recompensa en su lucha contra el crimen que ese efímero, pasajero y subyugante minuto de amor? ¿Cuántos caballeros andantes del crimen no habían salido de aquella inamovible montaña de los sueños?
– ¿Abres, Paco?
– Ya.
Seguía leyendo las últimas frases que acababa de escribir. Se hubiera dicho que temía que aquellos Delley y Olson actuaran por su cuenta mientras iba a abrir la puerta, y cometieran cualquier desaguisado que echase por tierra el trabajo de las dos últimas semanas.
Le quedaban únicamente un par de cuartillas para acabar esa novela y aún no sabía si Delley mataría a Olson o si Olson vendimiaría a Delley Ambos desenlaces los encontraba sugerentes y posibles. Ambos le convenían.
Delley era un tipo romántico y resuelto. En el fondo se parecía a él mismo. Olson había matado a Dora y él quería a Dora. Pero Dora le había traicionado y su doble juego le había llevado por un camino peligroso que naturalmente acabó cierta noche en un sucio y tenebroso callejón de Detroit, a la salida de un tugurio, donde los hombres de Olson la habían mandado al otro barrio. Una mujer ambiciosa, sin escrúpulos, y bellísima. Era la clase de heroínas que le atraían, de las que se había enamorado siempre y que siempre le habían hecho desgraciado. Las chicas malas. ¿Por qué a los hombres nos gustan las chicas malas?, solía preguntarse en sus novelas cuando no se atrevía a respondérselo a sí mismo. Y a menudo había alguien por allí, página antes, página después, que lo hacía por él con cualquier frase de repertorio. En cuanto a Olson…
– ¿Qué ha pasado? Aquí dentro apesta a whisky
– Hola, Modesto. Esta mañana Poirot tiró la botella cuando quería comerse la tortilla -respondió Paco, sentándose de nuevo frente a su inseparable e idolatrada Underwood, con la cabeza puesta más en su novela que en lo que acababa de preguntarle a su amigo.
Muchos lunes Modesto Ortega se abstenía de comer con la familia. Dejaba su despacho a las tres o tres y media, tomaba cualquier cosa y se llegaba a casa de su amigo Francisco Cortés, escritor de novelas policíacas, de detectives y de intriga en general. A continuación salían, tomaban café en algún bar y se dirigían, andando, a la reunión semanal de los ACP, que empezaba en el café Comercial, de la Glorieta de Bilbao, a las cuatro y media, y que solía alargarse hasta las seis y media o las siete.
– ¿Cómo se titula ésta?
Modesto Ortega echó un vistazo somero a la hoja, mientras leía por encima del hombro de Paco Cortés.
– Es sólo un momento, Modesto. Diez minutos. Siéntate. Tengo que acabarla hoy mismo. La están esperando. Necesito el dinero. Debo dos meses de alquiler y tengo que llevarle lo suyo a Dora.
Desde hacía dos años la mayor parte de las mujeres de sus novelas se llamaban Dora, como su ex mujer. O Dorothea o Dorothy o Dory o Dorita o Devora. A algunas les cambiaba el nombre luego, en pruebas. Pero el arranque era ése. Trataba de conmoverla, de seducirla de nuevo, de pedirle perdón por lo que le había hecho, de convencerla de que las cosas ya no volverían a ser como antes. A veces, como ahora, hacía que alguien la matase. Era una manera de decirle que estaba desesperado y que por amor era capaz de todo. Otras, la mandaba a la penitenciaría, pero por lo común la protagonista de sus novelas acababa perdiéndose sola, entre poéticas sombras, al encuentro de su propio destino, desilusionada por el trato que le daban los hombres, ninguno de los cuales estaba a la altura ni de su juventud ni de su belleza irresistible, a la espera del hombre de su vida, o sea, él, Francisco Cortés, que ya había sido el hombre de su vida, lo había dejado de ser y esperaba serlo de nuevo.
Destino era una palabra que le gustaba mucho a Cortés cuando escribía novelas, porque no había nada que hacer cuando aparecía por medio. Había que plegarse a ella y aceptarla, como ante el mismo destino. Paco, en cambio, no aceptaba que Dora le hubiera echado de su lado y se hubiese tenido él que ir de casa, a los dos años de casados. Por eso le gustaba tenerla cerca cuando escribía.
– Luego la terminas; vamos a llegar tarde -recordó Modesto, pero ni su voz ni su actitud querían apremiarlo.
Francisco Cortés leía distraído las últimas frases para retomar el hilo.
– Bien pensado -añadió Modesto al rato, en el momento en que su amigo comenzaba a aporrear el duro teclado-, lo mejor que tienen las tertulias es que a nadie le importa la puntualidad. La gente va, no va, y a veces incluso se muere y nadie se da cuenta hasta que pasan unos meses. Entonces viene uno y pregunta, dónde estará Fulano, y los demás se encogen de hombros, pasan otros dos o tres meses y llega uno a la tertulia con la noticia terrible; dice, Fulano está muy enfermo, y todos se quedan anonadados, piensan, podía ser yo, y a los otros dos o tres meses, va y se muere. Lo que yo te diga: para morir nacemos y olvidado lo tenemos.
– Por favor, Modesto, no seas cenizo. ¿Puedes callarte? Me distraes.
Modesto Ortega era un gran amigo de Paco. Era «su» amigo. Le había llevado como abogado la separación de Dora, pero se conocían de mucho antes, de cuando se fundaron los ACP. Tenía el despacho en General Pardiñas. Se ocupaba también de toda clase de asuntos civiles y penales. Asuntos menudos. Era una persona de aspecto serio, con un traje que parecía el mismo siempre, en invierno y en verano: no gris, no azul, no oscuro, no claro, no de lana, no de algodón, no de tergal, no de lino. O sea, un traje de abogado. Llevaba el pelo corto, a cepillo, completamente cano, y un bigote de pelos cortos, duros y tiesos que le crecían hacia adelante y le dejaban la boca como debajo de una marquesina. Las cejas, muy levantadas siempre, le daban un aspecto de asombro perpetuo. Movía el cuello a uno y otro lado igual que un mochuelo con golpes secos y precisos, muy vivos en una persona como él que estaba ya más cerca de los sesenta años que de los cincuenta. Para ser abogado no hablaba mucho. Escuchaba siempre como ido. Era también algo apocado, sin sangre.
– No entiendo cómo te has metido a abogado, Modesto -le decía de vez en cuando su amigo-. ¿Qué le dices al juez?
Definitivamente Delley estaba en un verdadero aprieto. Cercado, en una habitación de la que no podía escapar, como no fuese volando, o a través de las balas, y con la prueba, aquella maleta con el dinero, que culpaba al Gobernador, señor Austin, de la muerte de Dora, de la muerte de Dick Colleman, de la muerte de Samuel G. K. Neville y de la más desmesurada estafa de la que se tenía noticia en la ciudad de Detroit.
– Dime una cosa, Olson -dijo Delley-. ¿Ha muerto Ned?
– Para siempre.
Paco podía no ser un tipo duro, pero era un novelista duro, y retomaba el hilo como el cirujano su bisturí, después de haber almorzado opíparamente.
El amigo Ortega fue a sentarse a un angosto salón. No le escoció que Paco Cortés le hubiese mandado callar. Comprendía que ciertas cumbres sólo podían coronarse en silencio.
Se tumbó el abogado en un sofá cuan largo era, sin quitarse el abrigo, como había hecho Delley con su arrugado impermeable la mañana en que se encerró en el apartamento. Pero Modesto Ortega ignoraba aún lo que hubiera o no hecho Delley en aquel cuartucho de un edificio de St. Ángel Street, en la parte sur de la ciudad, aunque iba a ser por poco tiempo: él era el primer lector de las novelas de su amigo y cabría decir su mejor crítico, si no fuese porque jamás le criticaba nada. Las encontraba portentosas, un milagro, como el relámpago metiendo su espada entre las nubes.
Encendió el televisor. En aquella habitación hubiera podido ocurrir cualquier crimen encarnizado y violento, a tenor de los muebles, los cuadros, el sofá y los sillones.
– Paco -le dijo una vez más su amigo Modesto-: ¿No te da dolor de cabeza ese papel de la pared?
Se refería a unas flores del tamaño de coliflores que trepaban desde los rodapiés hasta el cielo raso, en colores vináceos.
– Sabes que todo esto es provisional, me lo han alquilado así -le respondía el novelista-. Cualquier día hago las maletas y me vuelvo con Dora.
– Llevas diciendo lo mismo hace dos años.
Modesto miró el televisor, encopetado con una figura de alabastro verde, representando a un chino que porteaba dos pozales pendientes de una cuerda.
– Baja el volumen -le ordenó su amigo desde el despacho.
Hablaban de una sesión de las Cortes. Como era habitual en los últimos años, el locutor aseguraba que aquélla era una sesión histórica. Apareció un tipo que subía a la tribuna de oradores, mientras otros entraban y salían sin importarles demasiado nada de lo que allí estaba sucediendo.
Se oía el furioso, inagotable y sostenido tecleo de la Underwood.
Modesto reconoció en el tableteo la inspiración en toda regla, y se imaginó la cabeza de Paco Cortés como una rotativa que imprimía a gran velocidad su fecundo pensamiento, dirigido a ordenar el mundo conforme a leyes más sagradas que las de la justicia. El, como abogado, no creía nada en la justicia. En cambio sentía hacia la vida y sus arcanos un respeto atávico. Por esa razón admiraba a Cortés…
– Paco, no me has dicho todavía cómo la vas a titular.
– Los negocios sucios del Gobernador, y espera a que termine -oyó que suplicaba su amigo sin dejar de teclear.
– Yo creo que la censura no te va a pasar ese título.
– Ya no hay censura, Modesto.
Era abogado y pese a ello a veces se olvidaba de que Franco había muerto. La costumbre. En los Juzgados las cosas seguían más o menos como siempre. En algunos, en los que ya había desaparecido la fotografía del dictador, ni siquiera se habían tomado la molestia de quitar el crucifijo.
Delley no podía cargarse a ninguno de los hombres del señor Austin, siendo como eran policías. Hubiera podido hacerlo porque los lectores sabían a esas alturas que Olson y todos los demás estaban untados de porquería hasta las barbas, pero no era una buena idea acabar una novela privando a una ciudad como Detroit de un departamento de policía más o menos respetable. Depuraría la Jefatura, pero tendría que dejar a alguien velando por los probos ciudadanos que pagan sus impuestos. Así se lo había dicho siempre su editor, el señor Espeja el viejo, sobrino del señor Espeja el muerto y padre del joven Espeja: «Si quieres hacer novelas en las que salgan policías fascistas, escribe novelas sociales. Las reglas de lo nuestro son más sencillas: el mundo está lleno de malos, que son más que los buenos y más divertidos, tienen mejores coches, mejores mujeres y mejores hígados, pero también son más tontos. Así que los buenos, después de haberse dejado patear, insultar y humillar por los malos durante ciento veinte holandesas, a seiscientas pesetas la holandesa, logran matar a la mitad de los malos y dejan la otra mitad en barbecho, porque las novelas tienen que seguir saliendo, ¿y de qué viviríamos nosotros si desaparecieran todos los malos? ¿Lo has entendido, Paco? No me fastidies. Si sacas un policía corrupto tienes que sacar otro que ayuda a las viejecitas a cruzar la calle. ¿Me entiendes? Nada de novelas sociales».
Paco Cortés no podía sufrir a su editor, pero llevaba con él diecisiete años. Había congeniado más con Espeja el muerto, pero con Espeja el viejo, no, nada.
La gente tiene una idea muy equivocada de los editores. Acaso les imaginan preocupados por la cultura y los problemas trascendentales, esa clase de hombres sensibles que en cuanto pueden apoyan la cabeza en la mano y les da por ponerse pensativos y melancólicos como los ilustrados, manoseándose la quijada. Espeja, conocido por empleados, suministradores y clientes como Espeja el viejo, para distinguirlo de Espeja el muerto y de Espeja hijo, había heredado un negociejo pasable que consistía en fabricar libros técnicos, enciclopedias del hogar, formularios para oposiciones a funcionarios del Estado y novelas rosas, novelas del oeste y novelas policíacas para los kioscos y las librerías de los Ferrocarriles Españoles. Prebenda esta última del Régimen pasado. Y por lo demás nunca estaba melancólico, sino de pésimo humor, convencido de que su empresa vivía cada minuto el último de una heroica historia empezada en 1929 por su tío Espeja el muerto o «mitío-que-en-paz-descanse», como gustaba llamarle.
– ¡No eres más que basura, Olson!
El grito de Paco, que podría referirse también a Espeja el viejo, se oyó en toda la casa, y Ortega, que se había quedado traspuesto, se despertó sobresaltado.
El diputado de las Cortes era otro. Desfilaban con el sonido quitado. Algunos, después de dejar su voto, en vez de volver a su escaño, se salían al pasillo.
Conocía bien aquellas explosiones del genio. Sabía que cuando Paco Cortés gritaba de ese modo estaba a punto de ocurrir algo grande, único, sublime. Se acercó con sigilo. Encontró al novelista entregado a los momentos más gloriosos de todo el proceso. Paco Cortés vivía aquellos finales con verdadera excitación. No podía evitarlo. Comprendía que era absurdo. Pero sucumbía a sus propias tramas. Se ponía nervioso, no aguantaba en la silla cinco minutos seguidos, se levantaba, soltaba una carcajada, encendía un cigarrillo mientras seguía encendido otro en el cenicero, batía palmas, gritaba a sus personajes como si fuesen de carne y hueso, toma, toma, clamaba, enardecido, gritaba, genial, es genial, y volvía a sentarse, escribía otro folio, descolocaba las cosas del escritorio, comía el resto de la tortilla que había dejado Poirot, se llevaba a los labios por enésima vez el vaso de whisky que llevaba sin whisky hacía lo menos dos horas, lo que estaba a un lado de la mesa lo desplazaba al otro, sus diccionarios, las novelas inglesas en las que de vez en cuando se inspiraba o de las que plagiaba tal o cual episodio, las cambiaba de sitio, a veces las devolvía a las estanterías del pasillo, seguro ya de no necesitarlas más, y se jaleaba como un niño…
Buscó Cortés en el montón de cuartillas una, y escribió en ella, entre dos líneas mecanografiadas, con el bolígrafo: «En el apartamento de Dora encontró el sobre con las fotografías que inculpaban al señor Austin…».
En las novelas policíacas todo debía ajustarse, y si no, se hacía que se ajustara. Una novela policíaca es como una contabilidad escrupulosa, y los arqueos deben cuadrar, y para eso el buen novelista policiaco tiene como mínimo un par de ases en la manga. Son como los tahúres. Eso lo sabe todo el mundo, pensaba Cortés, desde Poe hasta Conan Doyle, pasando por Agatha Christie. Así que volvió cincuenta holandesas atrás, se sacó de la manga su propio as y lo deslizó por debajo de la puerta, en forma de sobre con unas fotografías comprometedoras, sin el menor escrúpulo.
No eres más que una basura, Olson repitió en voz alta cortés.
Olson, que vio asomar el sobre, preguntó, apuntando con el arma aquel trozo de papel.
– Qué treta es esta, Delley?
Los diálogos solía Cortés soltarlos en voz alta, para hacerse una idea de cómo sonaban, al mismo tiempo que tecleaba con furia sobre la máquina.
No es mala foto, Olson. Tú has salido bien, pero yo juraría que esa zorra no es tu mujer.
– Delley, ¿qué pretendes? Eres una rata.
Delley reportó su ira, apretando los dientes, y rugió como si no hubiera oído:
Olson, cálmate. Tú mujer será comprensiva. La chica es una verdadera monada.
Modesto Ortega volvió a tumbarse. Iba para largo
Paco Cortés necesitaría, como mínimo, dos holandesas más. No le gustaba en absoluto esa solución, porque Espeja el viejo era terminante. Pagaba a seiscientas pesetas la holandesa, hasta las ciento veinte primeras, pero a partir de esa cifra no desembolsaba ni un céntimo más. «Es un problema tuyo solía repetir, yo tendré que gastarme mas papel y no puedo subir el precio de cada ejemplar. Da gracias a que no meto la tijera y podo como habría hecho mi tío que en paz descanse; entonces los editores sí tenían lo que teman que tener» Maldijo Cortés a su patrón imaginando su respuesta, pero arrostró las dos holandesas sin que le doliesen prendas. La novela quedaría terminada. Era un escritor. O eso se repetía a menudo, pesara a quien pesara. A Dora en primer lugar. Se lo había dicho muchas veces: tienes que entenderlo, amor mío los escritores tenemos estas cosas, estos inconvenientes, como si dijéramos. «¿Me estás diciendo que todos los escritores se lían con una furcia?», fue lo que Dora le pregunto, furiosa. Y Paco contestó entonces, con absoluta seriedad: «Casi todos. Al menos alguna vez. Lo da el arte».
– ¿Terminas, Paco? -preguntó Ortega en voz baja, detrás de él. Su amigo no le oyó.
Se empleaba con frenesí en las últimas frases: Delley, vivo; Olson, vivo; Evans, Emerson y el resto de sus ayudantes, vivos. Pero al señor Austin no le libraría nadie: un villano como él tenía que morir de un balazo entre ceja y ceja. Haría que una bala le besase el cráneo. Se le pegaba el estilo de los clásicos. Fue Olson quien se lo quitó de en medio. Con la misma pistola con la que había matado a Dora. Luego simuló el suicidio. Le cargarían la muerte de la muchacha. A Olson ya le arreglaremos las cuentas, pensó Cortés. En la próxima novela. Sería por novelas. Aquellas últimas frases sonaron en la cabeza de su creador como los acordes de una apoteósica sinfonía que va a dar paso a una cerrada salva de aplausos.
Pero no se oyó nada. La casa estaba en silencio. Era una casa triste, con más habitaciones de las que precisaban él y su gato, con poca luz, sin otros muebles que los que la dueña de la casa le había alquilado, pasados todos de moda, maltratados por el uso de anteriores inquilinos, lámparas como para ahorcarse de ellas, armarios de luna entera para ponerse cada mañana el fracaso diario, y mirárselo uno bien, el fracaso con forro de aburrimiento, y el sofá en el que estaba tumbado su amigo Modesto, mirando un televisor todavía en blanco y negro que parecían haber encontrado en la basura. Modesto Ortega debía de haberse quedado dormido otra vez. Lo hacía siempre. En cuanto se descuidaba, se le cerraban los párpados y descabezaba un sueñecito, incluso de pie. El decía, pidiendo un poco de comprensión: es la medicación que tomo. No se sabía para qué tenía tanta prisa por ir a la tertulia, cuando se pasaba la mitad de ella dormitando.
– ¿Qué tiene que ver eso de dormirse con cometer un Crimen Perfecto? -dijo Ortega como si le leyese el pensamiento a su amigo.
– ¿Tú serías capaz de cometer un crimen, Modesto?
– Todos cometeríamos un crimen alguna vez, si nos garantizaran el anonimato y la impunidad. Yo mismo…
– No presumas, Modesto. Tú eres incapaz de matar un mosquito…Además, con ese nombre. ¿Y ayudarías a un asesino? ¿Lo encubrirías?
– Soy abogado, Paco. La duda ofende: sí, si fuese mi cliente, y no, si no lo fuese. Creo muy poco en la justicia, pero mucho menos en los asesinos.
Ortega se quedó traspuesto de nuevo, de modo que no hubiera podido asegurar si el diálogo anterior había tenido lugar o lo había soñado, pero lo cierto es que, lo creyera o no Cortés, él sería capaz de cometer un crimen, como el resto de los mortales, si le asistiese un móvil razonable y contase con la víctima adecuada en el lugar preciso, con la adecuada coartada y la discreción atenta de la policía.
Lo había pensado muchas veces. Moralmente razonable, sí. ¿Moralmente? Sí, eso dijo Modesto Ortega. No había más que esperar. Empieza a pensarlo. Soñaba.
– ¿Modesto?
Le respondieron por él desde el cuarto de la televisión unos profundos, serenos y líricos ronquidos.
FIN. A Francisco Cortés le gustaba rematar con esa rotundidad sus novelas, por si quedaba alguna duda, aunque no era ésa la última página que escribía, sino la penúltima, ya que reservaba ese privilegio a la primera. Manías de novelista. Nombre y título de la obra. Metió en la Underwood una holandesa impecable. Le gustaba aquel trozo de papel inmaculado. Era la página que menos le costaba escribir y en cambio cobraba por ella lo mismo que por el resto. Los negocios sucios del Gobernador. Subió cuatro espacios en el carro, centró a ojo esa línea con los tabuladores respecto de la que acababa de escribir, y reflexionó un momento. Puso Samuel Speed. Con dos dedos. Siempre escribía con dos dedos, a una velocidad endiablada, como si disparase a dos manos una ametralladora. Una M32 soviética de tambor basculante.
Tenía muchos otros seudónimos donde elegir: Fred Madisson, Thomas S. Callway, Edward Ferguson, Peter O’Connor, Mathew Al Jefferson, Ed Marvin Jr. y una docena más que utilizaba caprichosamente.
Nunca había firmado nada con su nombre. ¿Quién iba a comprar una novela policíaca escrita por alguien que se llamara Francisco Cortés, separado, que llevaba una vida patética y vecino de Madrid en una casa sita en la calle Espartinas? Espeja el muerto había sido de la misma opinión, lo era Espeja el viejo y lo sería Espeja hijo, andando el tiempo y si la suerte no le mejoraba. Y si aún hubiera tenido la audacia de cargar con tal nombre, ¿quién iba a creer que alguien al que seguramente llamarían Paco iba a tener conocimientos sobrados para hablar de Chicago, de Detroit, de Londres, de Nueva York o de cualquiera de esas oscuras provincias francesas, en las que, a la manera de Simenon, había desplegado sus tramas? Cierto que podría trasladar los argumentos a Madrid. Pero era una cuestión de crédito, lo más importante en el arte de novelar. Porque también eso estaba más que excusado: ¿Quién iba a creerse que en un lugar como Lavapiés sucedieran crímenes como los de Nueva York, Londres, Chicago o Marsella? No. Hammett y Chandler, esos sí que sabían matar a conciencia. Ocho, diez, doce muertos por novela. Sin ningún problema, esperando la lógica, el tesón, la agudeza que resolviera el caso. Y qué ojo. Ellos sí tenían ojo para todo. Ahí estaba el detective de Bay City Blues, capaz de ver por la noche como los buhos. Estaba buscando un revólver caído entre la pinaza de un bosque. Noche cerrada. Ni una luz. Ni una linterna. Ni la brasa de un cigarrillo. Al fin lo descubrió medio enterrado, antes de agacharse y recogerlo, vio que «una hormiga se arrastraba a lo largo del tambor». Los clásicos son geniales. Paco Cortés quería ser un clásico. En ese momento nadie espera que el lector se vaya a fijar en una hormiga, ni siquiera se para a pensar que las hormigas se recogen temprano como las gallinas, y que no andan por ahí de picos pardos, ni mucho menos metiéndose en el tambor de un colt 45, pero a los clásicos se les perdona todo. Para Paco Cortés el crimen era una cosa muy seria. Crímenes como Dios manda, bala o cuchillo, nada de amaneramientos, como él decía. Consideraba, igual que De Quincey, que todos los casos de envenamiento, comparados con el estilo legítimo, o sea, la muerte con sangre de por medio, lo mismo que las figuras de cera respecto de una estatua de mármol, o un cromo en comparación con un verdadero cuadro de museo, eran una estafa. Al diablo todos los traficantes de veneno que no se atienen a la honesta costumbre de cortar cuellos sin recurrir a esas abominables innovaciones para lucimiento de la policía científica, decía. Cuando se es un clásico, hay que apechar con ello. Por eso el lector había de creerse desde el primer momento que eso que le contaban podía o no ser verdad, pero tenía que ser real, o podía haberlo sido, y todo lo que ocurría demasiado cerca de él, en Madrid, viniendo al caso, acababa siendo mediocre y vulgar, y nadie se lo creía. ¿Qué pensaría un lector de un asesino que se llamara Casimiro Palomo, natural de Torrijos, provincia de Toledo? Eso estaba bien para El Caso, nada más. Con un nombre como ése no se escalan las rampas del arte. ¿No resultaba más convincente que un negro se llamara Newton Milles y fuese él quien se cargaba al dueño de una casa de empeños? ¿Las cosas que sucedían en la Down Street de Los Ángeles, frente a la bahía, junto a las dársenas del puerto podían ser tan creíbles como las que sucedieran en la Costanilla de los Angeles? No, desde luego. Cortés seguía con atención la sección local de los periódicos y sobre todo El Caso, en busca de argumentos servidos en bandeja por Lolita Chamizo, redactora de ese periódico y amiga suya, pero nunca le aprovechaban: unas veces, demasiada sangre y demasiado notoria, y otras, demasiado escasa y poco conmovedora. Y el arte, y las novelas policíacas eran la expresión sublime de ello, busca el equilibrio aristotélico: en medio está la virtud, o dicho de otro modo: ni tanto ni tan calvo. Aquí los asesinatos se cometían de uno en uno, cada mucho tiempo. Pero ¿y esa maravilla de hecatombes en las que perecían quince o veinte hombres a balazo limpio, con su escenario, su móvil, sus sospechosos, tal y como sabía hacer el maestro de maestros, Raymond Chandler? Veinte muertos en un poblacho de cinco mil habitantes, qué maravilla. Aquí uno tenía que bregar con las palizas de la Guardia Civil en un despacho con un crucifijo flanqueado por una foto del Caudillo y otra del Ausente…Eso era sencillamente apestoso. Podría servirles a los directores del nuevo cine español que empezaba a descollar, pero no era para él. Espeja el viejo tenía razón, y aunque le repatease harto, había que dársela en eso: nada de novela social. Lo que él perseguía era siempre sutil.
Sam Speed. Bastaron tres disparos de la equis para que Samuel quedara convertido en Sam. Sam Speed. Así le pareció más sonoro, rotundo y convincente. Además recordaba bastante a Sam Spade.
Empezó a canturrear. Solía sobrevenirle la euforia en cuanto terminaba. Pero la euforia no tardaba en devolverle a su propio descrédito.
Modesto, al que despertaron las primeras notas de ese himno de la alegría, oyó los preparativos. Iban con retraso. Habían sido más de diez minutos. Cortés extrajo de una carpeta azul unos cuantos folios, que dejó sobre la mesa, y metió en ella la novela nueva. El ruido de los cordones elásticos, al cerrarse, le sonaron a gloria celestial.
– Ya, Modesto. Podemos irnos.
– ¿Es buena?
Se dejó contagiar del buen humor de su amigo, y también se le iluminó el rostro, aunque al mismo tiempo se encogió de hombros.
– Ya sabes tú cómo son estas cosas. Podría haber sido peor.
– No. Siempre te quedan bien. Los lectores no notamos que les haga falta nada. Es increíble la facilidad con la que se te ocurren las historias. No sé de dónde las sacas. Y en un mes. Eso no lo hace nadie en España.
– No exageres.
– Tú me entiendes.
– Lo importante es que dentro de media hora vamos a cobrar setentaidos mil pesetas.
Le gustaba mucho a Modesto Ortega que Paco se acordara de meterle en aquellos plurales.
Media hora más tarde estaban llamando a la puerta de Ediciones Dulcinea, S. L., en la calle Preciados.
SE trataba de un piso destartalado y decrépito, frente a Galerías Preciados, alquilado por Espeja el muerto a su dueño en 1929, y mantenido por su heredero con la misma renta y una falta de higiene que no hacía sino ir en aumento, en pro de la solera. Doce balcones a la calle, suelos de madera gastados por los remordimientos generales, un olor difuso a lejía y a vinagre, más de diecisiete habitaciones y aposentos ocupados en su totalidad por mesas en las que ya no se sentaba nadie y estanterías en las que dormían unos miles de ejemplares, algunos de hacía cuarenta años, llenos de polvo, testigos cabales de la historia de la empresa familiar y de la decadencia de la raza española. Lo peor de lo peor para los prestigios sólidos y modernos: casticismo puro.
– ¿Cómo va a ser lo mismo tener al editor en la Cuarenta y cinco esquina con la Quinta Avenida, que en la calle Preciados? Tú me entiendes -le dijo Cortés a su amigo mientras subían a pie las escaleras-. Y sin ascensor.
– Además -subrayó el abogado al que el esfuerzo aceleraba el fuelle.
Una mujer, igualmente de la cosecha de 1929 y con un traje negro de cuello blanco, les abrió la puerta.
Lo hizo como si les franquease la entrada al capítulo primero de una novela gótica. Lo normal es que, con el aspecto de la recepcionista, no salieran vivos de allí. Alguien les asesinaría y vendería sus despojos al criado de un médico maniático y sin escrúpulos.
Eran las cuatro de la tarde, pero se habría dicho que la oficina contaba con todos sus efectivos: secretaria, contable, tesorero, el viejo mozo para todo y el propio señor Espeja el viejo, aferrado a su escritorio de roble como el capitán al timón del buque. Buena imagen.
– Van a tener que esperar. El señor Espeja está en este momento ocupado con doña Carmen. Voy a avisarle de que estás aquí, Paco.
– Vaya usted, Clementina.
La vieja secretaria entró en un despacho contiguo. Era una mujer alta, caballuna, con una joroba apenas disimulada y desviada hacia el hombro derecho, y andares atentados y sigilosos. El detalle del cuello blanco, con rizos de huevo frito, y las puntillas blancas de los puños, almidonados, le daban un aspecto aún más siniestro.
El señor Espeja el viejo, como era habitual, gritaba de una manera poco considerada. Cuando se vieron solos, el propio Paco Cortés susurró a Modesto Ortega que aquella doña Carmen era Carmen Bezoya, responsable de la línea rosa editorial casi desde los mismos orígenes de la novela rosa en el mundo. Se decía, o se había dicho, para ser más exactos, que aquella mujer había sido la amante de Espeja el muerto.
– Es sólo un minuto.
Clementina, de vuelta, fue a sentarse en su sitio. Sobre la mesa, junto al teléfono, modelo de baquelita, que tampoco había sido sustituido desde 1929, había en un platito una maceta de tamaño yogur. Entre chinaros negros nacía un cactus como un acerico erizado de alfileres y coronado por una diminuta flor color brasil. Parecía haberse pinchado con los alfileres la yema del dedo. Modesto Ortega se quedó mirando a la vieja secretaria, que ni siquiera se tomó la molestia de sonreírle. Entre el cactus y ella se diría que había un vago parentesco.
«Se lo tengo dicho, doña Carmen, y no me haga usted que se lo repita: nada de novela social. Lleva usted escribiendo novelas rosas desde hace sesenta años, así que no tengo que recordarle cómo se hacen. A las lectoras les gusta que las mujeres sean jóvenes, guapas y pobres y los hombres canallas, guapos y ricos. Las guapas son un poco tontas y las buenas son menos guapas, pero más decentes. Las guapas, golfas y las feas, en cambio, muy buenas madres, novias y hermanas. Lo de los hombres no tiene variación: siempre egoístas y depredadores de su virtud. Usted me entiende. Las guapas acaban pasándose de tontas y las listas acaban siendo un poco más guapas. ¿Me sigue usted? ¿Qué porquería es esa de que la protagonista se enamore ahora de un cura obrero? ¿Usted cree que va a venir lo de Rusia y que estamos aquí para hacer novela socialista? ¿Quiere usted arruinarme un negocio que lleva funcionando desde 1929? A escribir teología de la liberación a otra parte. Eso aquí no vende.»
Paco Cortés y Modesto Ortega oían en silencio, sin atreverse a moverse de sus asientos, aquella explosión de ira de Espeja el viejo que desbordaba la puerta de su despacho. La señorita Clementina trató de quitarle importancia:
– Ya sabes cómo se pone. Toma, acaba de llegar.
Le tendió a Paco Cortés un ejemplar de No lo hagas, muñeca, por Smiles Hudges, otro de sus seudónimos. En la portada, de Manolo Prieto, como todas las de Dulcinea, se veía a un hombre con sombrero y gabardina que trataba de arrebatarle la pistola de caño corto, en principio una Colt A-1 Commander, a una rubia platino, vestida también con una gabardina, aunque por el escote se insinuaba que debajo de la gabardina podía no llevar nada. Miró por encima el dibujo y le pasó el libro a Ortega, que se apoderó de él con ansiedad.
– ¿Esta es la que me contaste de las esmeraldas que pasaban de contrabando en un cargamento de café?
Cortés asintió con un movimiento de cabeza.
Aquel cuarto, comunicado con otros, era luminoso, pero estrecho y largo. Con tantas ventanas recordaba a un tranvía. Como dos guardianes flanqueaban el despacho del director sendos bustos de escayola, metidos en hornacinas a uno y otro lado. El polvo de más de cuarenta años les había apelmazado la severidad del porte. Toda la fantasía decorativa de Espeja el muerto había fraguado en aquella nota artística, mantenida allí desde la fundación del emporio como imagen de un sagrado tabernáculo.
– ¿Quiénes son? -preguntó Modesto Ortega que acariciaba el libro recién horneado sin atreverse a mirarlo, posponiendo con ello la voluptuosidad de leerlo y remirarlo más tarde a solas.
– Quevedo y Lope -respondió Cortés.
Aquella respuesta humilló al abogado. Tratándose de Quevedo y Lope todo el mundo tendría que reconocerlos. Se limitó a barbotear: «Claro, ¿quiénes iban a ser, si no?».
Cortés, sentado en un sillón forrado de terciopelo rojo, ajado y acárico, sólo pensaba en llevar el dinero a Dora. ¿No habría una manera de arreglar las cosas? Estaba dispuesto a perdonárselo todo. ¿Qué me tienes tú que perdonar? Imaginó que ésta era la pregunta que le lanzaba Dora, llena de rencor, así que Cortés procuró que su pensamiento fuese aún más silencioso, para que ni siquiera llegase un eco de él, en la imaginación, a su ex mujer. Acostumbrado a que los personajes de las novelas le hablasen dentro de la cabeza, esa manía se había trasladado a los seres de carne y hueso, de modo que bastaba que pensase en ellos, para que empezasen ellos a dialogarle bajo su frente.
Estaba dispuesto a perdonarla, aunque no tuviera nada que perdonarle, porque en realidad había ocurrido por culpa de él. Pero ¿qué culpa tiene un escritor? Las cosas que le suceden a los escritores son muy diferentes de las que les ocurren al resto de los mortales. Ella lo tenía que saber desde el día en que se casaron. No es que me gusten las mujeres, se había disculpado, es que me gusta la intriga. Y ella…
– Después de la tertulia voy a ir a llevarle a Dora el dinero. ¿Me acompañas, Modesto?
Musitó la frase, como si se encontraran en la sala de espera de un médico.
Modesto Ortega, distraído, observaba no sin desconfianza las facciones de Quevedo y Lope. Le costaba reaccionar. Sus pensamientos tenían algo de aceite, más que de agua. Era viejo, pero no lo sabía. De vez en cuando, cuando reparaba en su pelo, ya completamente cano, decía: me siento un chaval. O sea, un viejo. Y las ideas iban por dentro de él a su aire. Flotaban más que fluían. Como el aceite. No era rápido. Quizá por eso no era bueno en las salas de los juzgados.
– ¿Uno de esos no tenía que ser Cervantes? ¿Ésta no es la editorial Dulcinea? Por lo menos tenían que poner a don Quijote. Las cosas no tienen ninguna lógica.
Por eso le gustaban a él tanto las novelas policíacas y de detectives. En ellas la lógica era primordial. Como en el ajedrez. También le gustaba jugar al ajedrez. Y su amigo Paco era el rey de la lógica. Cómo hacía que encajase todo. No se le escapaba un solo detalle. Incluso, si tenía tiempo, podía conseguir, como esos confiteros virtuosos, algo genial: espolvorear la novela, ya escrita, de detalles significativos, lógicos, como si fuese azúcar glas, proposiciones y nudos falsos que acaban deshaciéndose al tirar de los extremos. Eso contribuía a que el lector, agradecido, conociese las cimas del goce deductivo en las últimas páginas. Pero ¿qué lógica podía haber en una editorial que se llamaba Dulcinea y que tenía un busto de Quevedo y otro de Lope?
Se abrió la puerta del despacho y apareció una dama de unos doscientos años, pequeña como un dije, envuelta en vapores de naftalina y con labios tan al rojo vivo que causaban una gran impresión. Vestía blondas blancas, encajes y sedas a medio planchar, que parecían haber dejado el baúl de los recuerdos media hora antes. Sí, se hallaban en una novela gótica Seguramente la dama, a juzgar por la intensidad del carmín, acababa de comerse el hígado del señor Espeja el viejo. O como mínimo un cactus.
Doña Carmen al ver a Cortés, al que conocía de tropezárselo por allí desde que era un muchacho, consideró que tema que decir algo, pero al descubrirle la compañía de Ortega, recapacitó, respiró hondo, meneó la cabeza, la levantó en una gallarda sacudida y salió sin despedirse, aunque no tan orgullosa como para disimular que el despiadado señor Espeja el viejo le había hecho llorar. Por eso salió tambaleándose. A ella. una anciana de su distinción, que había conocido a Espeja el muerto, Espeja el viejo le había arrancado las lágrimas. ¿Por qué no viviría Espeja el muerto para lavar la ignominiosa infamia de aquella contumelia? Así describía ella en sus novelas las afrentas de honor.
– Clementina ordenó la mujer, dile de mi parte que espero que me llame para pedirme disculpas. Estaré en casa.
Salió de escena por un forillo al tiempo que Paco entraba por otro.
– Paco, acabo de despedir a doña Carmen. Nos llevaba a la ruina. Cierra la puerta. Está cada vez más chocha.
Modesto Ortega se quedó fuera esperando, sin quitarle el ojo ni a Quevedo ni a Lope.
– ¿Nunca ha habido un busto de Cervantes ahí, o de don Quijote?
La señorita Clementina no entendió la pregunta y le miro de la misma manera que le miraba a ella el cactus.
– No, desde que yo estoy aquí siempre he visto a esos dos. Los compró el Sr. Espeja-que-en-paz-descanse en una tienda de escayolas precisamente de la calle Cervantes -la coincidencia la encontró divertida y le hizo soltar un graznido que se parecía en algo a una risita-. Aún estará la factura. Aquí no se tira nada.
Pasaron otros diez minutos sin decirse nada, mientras la mujer remecía con la punta afilada de un lápiz las piedrecitas volcánicas.
– Es una momia -continuó argumentando Espeja el viejo a Paco Cortés al otro lado de la puerta-. ¿Tú puedes creer que le ha dado por hacer novelas con curas obreros? Esto es cosa de la democracia. El otro día me trajo una en la que una duquesa se liaba con su chófer, aunque el chófer a quien gustaba era a la hija de la duquesa. Hasta ahí todo bien. Pero a continuación no se le ocurrió otra cosa que poner que el capellán de palacio se enamoraba del chófer, y la hija, a quien también le gustaba el chófer, se cargaba al cura, con quien el chófer estaba liado sin que la duquesa lo supiera. ¿Me sigues? Asesinado. Yo le dije: Mujer, ¿qué le han hecho a usted los curas? ¿Se va a pasar usted a la novela social o lo que quiere hacer es novela policíaca? Si quería que el chófer se acostase con la hija, con el cura o con todos a la vez, era un problema suyo. Pero ¿qué necesidad tenía usted de envenenarlo con el vino de misa?
– Pobre doña Carmen. No sabe que en las novelas no conviene envenenar a nadie. Eso es cosa de los italianos, que son muy ceremoniosos y un poco afeminados -dijo de pronto Paco Cortés.
– ¿De qué demonios me estás hablando? -rezongó Espeja el viejo-. El caso es que cuando le decía todo eso, la espantajo me miraba como si se hubiese vuelto idiota. Sabes que yo he seguido con ella todos estos años por consideración a la memoria de mi tío-que-en-paz-descanse. Él le tenía aprecio. Pobre tía Lola, lo que sufrió. ¿Quieres tú escribir novelas rosa, Paco? Son seiscientas veinte la holandesa, veinte pesetas más que las de detectives. A ti te daré seiscientas cincuenta. Se venden el doble. Y más fáciles de escribir, porque a las mujeres les da igual que las cosas cuadren o no, con tal de que acaben en boda. Y ahora puedes ponerte incluso guarro. A las tías les va también esa marcha, ya me entiendes. Y ahora, con la democracia, eso se puede hacer. Pero nada de curas maricas ni de maricas. ¿Qué me dices? Quizá te conviniera cambiar de género. Tú también te estás volviendo idiota…
No había día que estuviese con Espeja el viejo que éste no le faltase al respeto.
– De momento lo que me conviene es cobrar ésta -respondió Paco con sequedad.
A la euforia que sobrevenía a la palabra FIN de sus novelas sucedía, a veces, sin solución de continuidad, un estado de afasia, depresivo, y el humor se le desvió definitivamente.
Espeja se levantó, se dirigió a un gran escritorio de roble, que tenía a su espalda, uno de esos de persiana, propiedad sin duda del difunto Espeja, y abrió uno de sus cajones. Sacó de él una pesada caja metálica, esmaltada en color verde, y la puso sobre su mesa de despacho. Se sentó de nuevo y empezó a tirar de una cadena que llevaba prendida en el chaleco hasta que le vino a las manos un desmesurado manojo de llaves, entre las que buscó una diminuta.
Cuando el contable no estaba, Espeja el viejo se ocupaba personalmente de los pagos. Contó el dinero de Cortés. Quedaba allí más del triple, así que antes de que Espeja el viejo cerrara la cueva de Alí Baba, Cortés se atrevió a pedir un adelanto a cuenta de la próxima.
– Sabes que esta editorial es una casa seria, y no de préstamos -refunfuñó con cara de pocos amigos…-. ¿Cuánto necesitas?
Cortés tuvo la agilidad felina de Delley. Pensó: necesitaría otras cincuenta mil, pero si pido cincuenta me dará diez, así que pediré cien y me dará cuarenta, pero como él está pensando en ese momento lo mismo que yo, no tengo más remedio que pedirle…
– Ciento cincuenta mil pesetas.
Esa cantidad sacudió a Espeja el viejo. Las llaves saltaron de sus manos como una alimaña que hubiese recobrado la libertad, y habrían caído al suelo si no hubieran estado sujetas por la cadena.
– Eso es mucho dinero -advirtió de un modo sombrío.
– Dora. Hazte cargo. Hace cuatro meses que no le paso la pensión -mintió, porque Cortés no hacía otra cosa que contar los días para poder llevarle el dinero a su mujer. Pero Espeja no conocía esos detalles, como ningún otro de la vida de sus empleados-. A cuenta de las dos próximas novelas -añadió Paco Cortés sin hacer ni una concesión al pordioseo.
– No tengo tanto disponible -mintió Espeja, y contó treinta billetes de mil, y guardó el resto en la caja verde.
El rostro del editor se nubló con el sablazo.
– Fírmalo.
Paco quitó el dinero de la vista, por si se arrepentía, y firmó el recibo que le tendió el editor.
– ¿Qué me dices, Paco? Me das una de detectives, y una de amor, hasta que encuentre a alguien que me escriba sólo las de amor. A ti lo mismo te da escribir una basura negra que una basura rosa.
Creyó cobrarse los primeros intereses de su préstamo llamando basura a la carpeta azul que estaba sobre la mesa.
Francisco Cortés hubiera creído media hora antes más verosímil que allí mismo la señorita Clementina y Espeja el viejo les iban a asesinar que lo que iba a suceder en ese preciso momento. Como hubiera dicho el propio Modesto Ortega, habría tenido más lógica. Pero nada la tenía en esta vida.
Notó en la garganta un cuesco de dátil, que ni subía ni bajaba. Quizá me esté cogiendo la gripe, pensó Paco. Tampoco se le ocurrió media hora antes que pudiera estar pillando una gripe. La conversación con Espeja el viejo había puesto en fuga todas sus defensas. Cuando escribía sólo era real lo que iba quedando en el papel. Lo demás no contaba. Eso era algo que Dora le reprochaba. Le decía: cuando estás fuera, porque estás fuera, y cuando estás en casa, porque estás escribiendo. Nunca te tengo para mí sola. Y llevaba razón. Iba a llevarle el dinero y le diría que la perdonaba. No, no diría que la perdonaba, porque eso sería poner peor las cosas. No le gustaba mendigar. Iba a dejar las intrigas, las mujeres. Eran como la nicotina, como el alcohol, como la droga. Uno se adicta a los crímenes, a las mujeres, a las novelas como al tabaco. Sin darse cuenta. Se empieza por broma, por hacerse el hombre. Le diría que la amaba sobre todas las cosas. El era personaje de sí mismo y de su propia vida, como lo eran los de sus novelas de las ficciones que urdía para ellos. Las cosas le sucedían sin pensar. Unas traían a las otras. Se levantaba cada día sin saber cómo iba a acabarlo, por lo mismo que dos holandesas antes de poner la palabra FIN Delley y Olson estaban todavía resolviendo cuál de los dos iba a sobrevivir o si morirían los dos o si se salvaban los dos. Y de la misma manera que sus personajes, se conducía él. ¿Por qué Dora no entendía eso que ya le había explicado un centenar de veces? Las mujeres en él no eran un desenlace, sino un planteamiento. Era la lógica de la realidad, aunque reconocía que en sus novelas había mucha más lógica, porque al llegar al final podía volver sobre las cuartillas escritas y amañarlo todo convenientemente. ¿Cómo se volvía al pasado y se arreglaban los errores? ¿Cómo pegar los trozos de un jarrón roto sin que se notara? Su vida era un jarrón roto, del que ya faltaban algunos trozos. Eso es seguro. Siempre se pierde alguno. Sí, le dolía la garganta. En una novela él hubiera tachado las palabras dolor de garganta con unas equis, y habría dejado de dolerle. En una novela habría suprimido el pasaje donde el jarrón se rompía, y el jarrón seguiría incólume. No hubiera tachado su aventura con Mariola, porque no veía en ella nada malo. Pero habría hecho que Dora no se enterase de ella y no le hubiera dado lugar a echarlo de casa. No le habría hecho daño con esa absurda traición, si no se hubiese llegado a enterar. Pero en la vida las cosas ocurrían de modo imprevisto. A la salida tendrían que pasarse por una farmacia. Les venía de camino de la tertulia, se consoló. En las novelas las cosas, sobre todo las inmotivadas, sucedían más fácilmente. Pero ¿cómo meterse de nuevo en la vida de Dora, saltar a los capítulos anteriores, y allí cambiar penosos episodios, y hacer que los que habían sucedido no hubieran sucedido nunca, o que los olvidara para siempre en los capítulos siguientes? ¿Cómo iba a olvidar ella?, y le pareció que otra vez había pensado demasiado en alto, porque ésa era la pregunta que imaginó que podía estar haciéndole su ex mujer. Y ahora, aquel imbécil recordándole que su vida era una basura llena de novelas basura.
– ¿Qué me respondes, Paco? Es lo que digo, te estás volviendo idiota. Bebes demasiado. Despierta. A ti lo mismo te da escribir una mierda que otra, y a mí me resuelves la papeleta. Lo de esa vieja se estaba viendo venir. Está acabada.
Fue aquella malsonancia la que colmó el vaso, pensó luego Paco Cortés. Espeja había encendido un puro barato que le aureolaba la cara como a un brujo. Tenía un aspecto de viejo indecente: metido en un traje color ala de mosca, corbata negra, de luto o de ordenanza ministerial, no se sabía, delgado, mal color, una calva bruñida, el pecho hundido, manos blancas y femeninas con las puntas teñidas de amarillo por la nicotina y las uñas sucias de los poetas y un tic nervioso que le hacía toser de continuo y pasarse por la boca unos pañuelos no demasiado limpios, que doblaba con sumo cuidado antes de devolvérselos al bolsillo. Qué porquería.
– ¿Qué me dices? Parece que te ha dado la tontera.
Paco Cortés se había quedado mirando por la ventana. Pensaba en Dora. También en Espeja. Cabrón. Tuvo miedo de que Espeja el muerto-que-en-paz-descanse le hubiera oído el pensamiento y se lo hubiera soplado al oído a Espeja el viejo, tan cerca como le tenía. Cada vez que le llevaba el dinero a Dora se producía una escena imprevisible. El préstamo le daría para llevarle un ramo de flores. No, flores no. Nada disgusta tanto a una mujer como que le regale flores el hombre que ella no quiere que le regale flores. Eso lo quieren ellas reservar para el hombre suyo, como hace la mujer de la vida con los besos en la boca, que guarda únicamente para su novio. Quizá pensara que no tenía derecho a regalarle flores. Un pañuelo. Un pañuelo, en cambio, les gusta a todas. Le compraría un pañuelo en el puesto de las gitanas de Gran Vía, después de pasarse por la farmacia. Se vio un poco miserias. Con el dinero que había logrado sacarle a Espeja, podía estirarse algo más y entrar en una tienda. Había sido un buen golpe. Debió de pillarle desprevenido. Treinta mil extras. Sintió Paco la euforia de los audaces con suerte. Y además, a este bicho le tengo ahora cogido. Lamentó sólo no haberle pedido trescientas mil.
– No pienso escribir más novelas ni rosas ni negras ni verdes, Espeja. Se acabó. No me vas a volver a ver el pelo, porque eres un viejo indecente y un explotador, como ya lo era el puto Espeja el muerto y como lo será el puto Espeja hijo. Una familia de putos indecentes.
Paco se había vuelto loco. No le gustaban las palabras malsonantes, no las decía nunca él ni las pronunciaban sus personajes. Cosas de la censura, y él se había acostumbrado a la censura. Ninguno de sus personajes, por ejemplo, hubiera dicho puto nada. Las novelas policíacas modernas, después de 1977, sí. En ellas había mucho y que te follen, hijo de puta, gilipollas, así te mueras, cabrón, eres un montón de mierda. A él eso ya le llegaba tarde. En realidad algo estaba pasando. Cada día aparecían diez novelistas nuevos, muchos, todos los días, en el periódico, en carteles, en la televisión. No se sabía de dónde podían salir tantos. Y luego se iban todos a Cuenca, a Gijón, a Barcelona. Congresos, simposios, seminarios. Demasiado intelectuales para él. Sus personajes habrían dicho: maldito, o canalla, por lo mismo. No. El era un caballero sudista. En sus novelas no había hijos de puta, sino bastardos, ni cabrones, sino cabritos, ni jódete o que te follen, sino muérete o que te aspen. No hablaban mal, no decían tacos jamás, en sus novelas no los metía. Por eso la palabra puto le sacudió a él mismo el pecho como un esputo duro y cabrón, pero en ese momento paladeó aquellos putos lenta, golosamente, como pastillas de café con leche.
– Ya lo has oído, Espeja, sois todos una familia de putos Espejas.
Espeja se quedó de piedra, oyendo motejar a su tío Espeja el muerto y a su hijo de putos e indecentes, y se le descolgó la mandíbula. La ceniza del cigarro estuvo a punto de caérsele sobre la portañuela. No daba crédito a lo que había oído. Perdía a su autora de novelas rosas y a su autor de novelas negras el mismo día, pero en cuanto al lenguaje jamás había tenido ni los escrúpulos de Cortés ni el celo de la censura.
– Paco, tú eres el que eres un hijo de la gran puta -gritó, poniéndose de pie-. Sal inmediatamente de esta casa.
Los cristales temblaron.
– Adiós -se limitó a decir Paco, encogiéndose de hombros.
Vio la carpeta azul sobre la mesa. Pensó llevársela. Pero eso habría complicado las cosas.
Era una despedida demasiado breve para veintidós años de relaciones laborales con ambos Espeja. En un segundo le cruzaron a Paco Cortés por la cabeza al menos diez respuestas brillantes que hubiera podido pronunciar cualquiera de sus personajes novelescos.
Delley hubiera dicho: «Bien, Espeja, a partir de ahora vas a tener que escribir tú mismo esas novelas que son una porquería…».
John Murray, el detective aristócrata de Surrey, habría sido más cínico: «Espeja, no dejes de mandarme ninguna de esas novelas nuevas. Seguramente serán obras maestras…».
De pronto la palabra le gustaba lo indecible, puto, puta…
Francis Avon, otro de sus detectives, habría sido más contundente: «Espeja, ahórcate». O mejor: «Espeja, que te aspen».
Pero en su cabeza Paco Cortés oyó una traducción simultánea. Que te follen, Espeja. También le dio gusto esa conjugación. Lástima que lo hubiera descubierto justamente en el momento en que había decidido dejar de escribir. Se lo cedía a los jóvenes. Lamentó no haber salido de esa época de su vida sin dar un portazo. Pero si quería recuperar a Dora, tendría que dejar la novelística. Es lo malo de la vida: acaba muchas veces por donde debería empezar y empieza cuando ya está acabada. Lo mismo que las decisiones graves, como ésa. Percibió que en realidad ya la había tomado mucho antes, no supo cómo. Todo lo que sucede, sucede siempre un poco antes, como ocurre con los relámpagos, con los truenos, con los rayos. Y aquél había resonado de manera grandiosa en aquel cuarto.
Cuando iba a salir del despacho, Espeja le gritó:
– Eh, ¿crees que puedes dejarme así, gilipollas?
Espeja, en cambio no sentía el menor apuro en utilizar la viva lengua del pueblo.
– Yo tengo unos compromisos con la imprenta -siguió tronando-, tengo unos compromisos con la distribuidora. Y unas letras que pagar al banco. ¿Te enteras? Tengo el papel comprado para todo el año, y estamos en febrero. Esto es una maquinaria que funciona como un reloj y si no cumples, te demandaré. Te voy a freír vivo.
El nuevo «gilipollas» que cerró su frase, sonó como la expectoración de un sargento en combate. Modesto y la señorita Clementina se miraron sin saber si tenían que intervenir y separar a dos hombres que por las apariencias se diría que se estaban matando allí dentro.
Cuando apareció Cortés, Modesto Ortega ya le esperaba de pie. El novelista salía pálido y despulsado. Le temblaba ligeramente el labio, con un tic nervioso que Modesto no le conocía.
La señorita Clementina se levantó agitada. Llevaba en la mano el lápiz con el que había estado meneando la tierra negra del cactus. Alarmada por lo sucedido, y fiel a su jefe como una perra vieja, tenía todo el aspecto de ir a clavar el lápiz en el cuello del novelista.
Espeja insultaba a Paco sin reparar en el abogado.
– Esto no se va a quedar así, imbécil -gritaba cada vez más fuerte.
– Adiós Clementina. Dele recuerdos a su madre.
Paco Cortés siempre le daba recuerdos para su madre. Creía que las secretarias viejas agradecían mucho esa fineza y que un escritor de novelas policíacas podía perder los nervios ante un superior, pero nunca ante una secretaria.
Espeja había salido de detrás de su mesa, gesticulaba con el puro en la mano y hacía con él fintas de florete.
– No eres nadie, ¿te enteras, cretino? Te has hecho en esta editorial, ¿y así es como nos pagas a mi-tío-que-en-paz-descanse y a mí? ¿Crees que van a querer publicarte esa bazofia en otra parte? En España no hay otra editorial para novelas de kiosco. Esta es la número uno. Muy bien, escribe novela social, que es lo tuyo, muerto de hambre…Eres hombre muerto.
La última frase era a todas luces un plagio de las novelas de Cortés, que tan malas le parecían. De pronto Espeja recordó que Cortés se llevaba treinta mil pesetas prestadas, y los alaridos subieron al cielo.
– Y devuélveme ahora mismo ese dinero…Te voy a meter un paquete, ladrón, más que hijo de la gran puta.
– ¿Qué ha pasado? -le preguntó Modesto Ortega ya en la calle. Se agarraba al ejemplar de No lo hagas, muñeca como a un salvavidas.
– No voy a volver a escribir.
Modesto Ortega pegó un brinco y cambió de sitio. Antes caminaba a la derecha de su amigo y al oír esa noticia se halló en el lado izquierdo, sin saber bien cómo.
– Paco, ¿qué estás diciendo? Si hay que pleitear, se pleitea. Seguro que este caso lo tenemos ganado. Ese hombre es un negrero.
Paco Cortés caminaba en silencio y no oía muy bien las palabras de ánimo que le prodigaba su amigo. Le silbaban los oídos con un pitido agudo que aumentaba y decrecía, dejándole en él mínimos acúfenos alónales.
Se diría que el novelista ni siquiera era consciente del paso que había dado.
– Ya no aguantaba más. Es un viejo indecente -concluyó, tratando de infundir serenidad a sus palabras-. Se acabó.
Modesto Ortega caminaba junto a Cortés como un boxeador sonado da vueltas por el ring. ¿Qué se iban a hacer de las andanzas del bueno de Wells, siempre tan solícito, tan desprendido, tan de vuelta de todo, tan romántico? ¿Y la inteligencia de Tom Guardi, el italiano que conocía como nadie los entresijos de la mafia, implacable, amante de las tradiciones de sus ancestros, capaz de descubrir las más endiabladas tramas criminales ante un plato de pasta y un vaso de vino de Marsala? ¿Y Marck Flaherty, el irlandés que sabía de contrabandistas de whisky lo que no estaba escrito? ¿Iban a desaparecer para siempre? ¿Y el distinguido caballero inglés James Whitelabel, el discreto, ingenioso, excéntrico sir James, con castillo en Escocia, un ama de llaves implacable, un hijo bala perdido y una inteligencia a prueba de una bomba atómica, siempre dispuesto a socorrer a los atolondrados inspectores de Scotland-Yard para resolver crímenes que se presentaban como irresolubles? ¿También él iba a pagar a Carente con el dinero del señor Espeja y a perderse para siempre en el otro lado de la laguna Estigia?
– No puedes hacer eso. Paco. Piénsalo fríamente antes de tomar ninguna decisión -acertó a mistarle con un hilo de voz-. ¿Cuántas novelas llevas escritas ya?
– Por eso mismo, Modesto. Mírame. Treinta y tres con Los negocios sucios del Gobernador, y sigo como sigo; eso quiere decir que las cosas no iban bien, Modesto. Ahora quieren otra cosa. Los detectives son expertos en cocina mediterránea y filosofan sobre la lucha de clases. Antes los que filosofaban eran los sargentos de la comisaría y los horteras de farmacia. Los jóvenes buscan emociones sofisticadas que yo soy incapaz de darles. Quieren novelas en las que los asesinos sean más inteligentes que los policías, los ladrones más despiertos y con mejor suerte que las personas decentes y los sinvergüenzas más subyugantes que la gente honrada. Los malos son los buenos y los buenos, los tontos. Y desde que hay sociología, la culpa de los crímenes la tienen o la infancia atribulada o el medio hostil. Nadie es culpable de nada ni el mal existe en sí mismo. En una palabra, el problema no reside en el Whos done it? Todos creen que lo que determina el crimen es el campo de fuerzas que se crea alrededor de la víctima, la coacción al destino, que emana de ella, de su relación con los demás, ese sistema de fuerzas y probabilidades que rodea a toda criatura humana y que se suele llamar destino. ¿Me sigues? Yo creo en el destino, pero dentro de un orden, o sea, de un caos. Porque es verdad que sin destino no hay Crimen Perfecto, pero sin caos no hay novela ni literatura. Ahora todo el mundo quiere ser como Bogart en el cine, pero al mismo tiempo hacerse millonario, tener una casa en Beverly Hills y ponerle un pisito a Lauren Bacall para hacer con ella, los fines de semana, escalibada con ajitos tiernos y sepia a la plancha, en la cocina. Se podía ser detective y cultivar rosas, pero ¿dónde se han visto detectives con el mandil puesto? Hemos degenerado como bizantinos. Se han roto las reglas. Somos de otro tiempo. Además, en todos estos años yo no he dado con un personaje como Dios manda. He tenido buenos casos, no lo niego, pero los han resuelto malos personajes. En este negocio depende todo del detective. Los crímenes son poco más o menos todos igual en todas partes y en todas las épocas. Se mata por amor, por dinero o por poder. Lo que varía es el modo de resolver los casos. Tampoco entiendo a las mujeres en las novelas. No se me dan bien. Todo lo que me gustan en la vida, en las novelas se me atragantan. Las novelas policíacas clásicas, como yo las entiendo, son cosa de hombres, como las de caballería. ¿Quién es Dulcinea? Nada, nadie, una sombra, el deseo de don Quijote. Por eso el Quijote no les gusta a las mujeres. Allí no sale una mujer romántica, que suspira. El que suspira es el hombre, y eso a las mujeres no les gusta ni en la vida ni en las novelas. Dímelo a mí. Los crímenes, los toros y las guerras son cosa de hombres. Qué le vamos a hacer. El sol asoma por otros cerros. Las que compran los libros hoy son las mujeres, y quieren resarcirse con un poco de romanticismo. Así que los que vienen ahora las sacan a todas desnudas y con una temperatura para mí inalcanzable. Siguen de rodillas, pero con amor y fantasía se las engaña. Yo, Modesto, no he dado con un buen personaje, ni de hombre ni de mujer. He picoteado aquí y allá, he floreado, como quien dice, todos los asuntos. ¿Y con qué resultado? A la vista está. El primer imbécil puede decir que lo que hago no es más que una porquería. Y además lleva razón. Se lo voy a decir a Dora esta misma tarde. Se acabó la intriga, en las novelas y en la vida, al menos para mí. Me corto la coleta. Ella tenía razón.
Modesto Ortega permanecía mudo. Se quedó sin argumentos, y el único que se le ocurría no le pareció decoroso emplearlo. Un abogado también se movía por la lógica, pero sobre todo por la ética. Dora no iba a volver con él. Si Paco dejaba la intriga para recuperar a su mujer, no iba a conseguir nada. Vivía con un hombre desde hacía lo menos un año. Y Paco lo sabía. Estaba contenta, después de la separación se la veía feliz por primera vez. Con tal de que le pasara la pensión para su hija, a ella le iba a dar igual que su ex marido dejara de escribir novelas policíacas o que le llevaran en andas a Beverly Hills como guionista, a lo Chandler, a lo Faulkner.
– A mí me gustan tus novelas y le gustan a mucha gente, Paco. No es verdad que no salgan mujeres. Hay historias de amor. La que salía en Cuenta tres, entre Violeta y Flaherty era de las que hacen época. Tienes que seguir escribiéndolas. Si no gustaran, no te las habrían publicado. Claro que tu editor era una sanguijuela y en el fondo a lo mejor has hecho bien. Sólo hay que buscar otro editor.
– No, esto se acabó -admitió Paco Cortés como el que acaba de quemar sus naves ante sus leales y ante la historia-. ¿No te das cuenta de que todo eso acabó? Como el blanco y negro en el cine. Novelas negras…Ahora son todas en technicolor. Lo que te he dicho: escalibada y gambas de Palamós.
– Eran novelas preciosas…A mí me gustaban -entonó Modesto Ortega, como si fuese una balada villoniana.
Ambos amigos guardaron silencio durante unos minutos. El propio Modesto advirtió, con pena, que acababa de hablar en pasado.
Cruzaban el barrio de San Ildefonso. Habían pasado de largo junto a las gitanas de Gran Vía, y a Paco se le había olvidado comprar uno de aquellos pañuelos de imitación. A esa hora no había demasiada gente en la calle. También había dejado atrás una farmacia. Ya no le dolía la garganta. Creyó encontrarse mejor. Hacía un día gris, con el cielo sucio, del color de las aceras, y las casas parecían medio torcidas, a punto de venirse al suelo al menor temblor de tierra. Y eso es lo que estaba temiendo Modesto Ortega que sucediera en cualquier momento. La noticia haría tambalear a toda la ciudad. Iba a ser un montón de ruinas en el momento menos pensado. Sintió su corazón sepultado en una escombrera. No caminaban por la Gran Vía ni por Valverde sino por un paisaje lleno de cascotes chamuscados y cráteres humeantes. ¿Qué iba a ser de su vida sin las novelas de su amigo? ¿Qué les reservaba el futuro? Temió por el de Cortés. Sabía tan bien como él que no tenía más ingresos que los que le venían de la editorial Dulcinea y que no había hecho otra cosa en los últimos veintidós años que escribir novelas policíacas, de detectives y de intriga en general.
– ¿Cómo le vas a pagar la pensión a Dora? Sabes que me tienes para lo que necesites hasta donde yo pueda…
– Gracias, Modesto. Le he sacado al viejo otras treinta mil pesetas, aparte de las setentaidós mil de la novela. No pienso devolvérselas. Voy abrir una agencia de detectives. Lo tengo muy bien pensado.
Mentira. Acababa de ocurrírsele en ese preciso instante.
Del susto, Modesto Ortega volvió a experimentar una sacudida en toda regla que le transportó del lado izquierdo de Cortés, por donde iba, al derecho, e igualmente sin que se diera cuenta de cómo había sucedido.
– Mira lo que dices, Paco. Yo sé lo que cuesta ganarse la vida con el público. Eso es una lucha para empezarla de joven. A tu edad hay que olvidarse de películas. Y acuérdate de Sherlock Holmes…
– ¿El nuestro?
– No, el auténtico. Cuando a Conan Doyle, después del éxito que había tenido con su Sherlock Holmes y de que todos creyeran que él y su personaje eran la misma cosa, le hicieron de Scotland-Yard, ¿qué pasó?
– Sí, no supo resolver ni su primer caso, y fracasó estrepitosamente. Yo no soy Conan Doyle. Yo no soy un lord. Está decidido. Paso de la literatura a la vida. Me estaba anquilosando. Me lo ha dicho Espeja, y tiene razón. Se acabaron los Fred Madisson, los Thomas S. Callway, los Edward Ferguson, los Mathew Al Jefferson, los Peter O’Connor. Adiós, Sam Speed, ha sido tu primera y última salida al mundo. A partir de ahora vuelvo a ser Francisco Cortés, más concretamente Paco Cortés. La vida vuela, y todo estaba muerto.
– ¿Cómo muerto? -le interrumpió escandalizado el abogado-. ¿Y todo lo que yo he sacado de tus novelas? ¿Esas descripciones, ese pintar como tú pintabas las cosas, que parece que las tienes delante?
– Nada. Ahora el personaje soy yo. Yo sé quien soy, y sobre todo, yo sé ya quién quiero ser, que no es el que era hasta ahora. Ahora, a lo mejor vas a ser tú el que tengas que contar mi vida -bromeó el ex novelista-. Yo soy el protagonista de mi propia novela. He dejado de ser el que se inventaba unos personajes, y voy a ser el que se inventa a sí mismo. ¿Me sigues? Como una novela de Unamuno. Esto a Dora le va a entusiasmar.
– ¿Lo de Unamuno?
– No -precisó Cortés-. Precisamente lo contrario, lo de dejar de escribir libros. Y lo de Mariola sabe que no fue nada. Se acabó para siempre. Volveremos a vivir juntos, con la niña.
– Paco, te estás volviendo loco. Ha sido de trabajar veintidós años para la editorial Dulcinea. Vamos a cambiar de editorial -y devolvió ese plural a Paco en justa correspondencia-. Es un disparate lo que vas a hacer. Tú sabes escribir novelas policíacas, y eso es lo a lo que tienes que dedicarte.
– Tú me puedes echar una mano. Siempre me lo has dicho. Los abogados están tan cerca del delito que necesitan más de los detectives que de la policía, y que cuanto peores son los delincuentes, mejores hacen a los abogados.
– ¿Cuándo te he dicho yo eso?
– Lorenzo también podrá arrimar el hombro al principio.
Se refería a Lorenzo Maravillas, inspector de policía adscrito desde hacía tres años a la comisaría de la calle de la Luna, y desde dos meses y medio tertuliano, y uno de los más activos y entusiastas, de los ACP.
– En la última novela, en la que le acabo de dar a Espeja, saco un bar que se llama el Lowren; por él.
Los Amigos del Crimen Perfecto apreciaban esas atenciones. En todas las novelas solía meter Paco Cortés el retrato de alguno de los colegas, de la misma manera que no se olvidaba de Dora, ni de su hija, Violeta, o de colocar las cosas que ellos le contaban, en fin, guiños que se tomaban como gentilezas de su amigo.
– Loren parece una buena persona -admitió Modesto-. Pero ¿en qué te va a poder ayudar él?
– A lo mejor quiere ser socio mío. Podíamos hacer una sociedad. Un policía, un abogado y un detective. Es perfecto. Loren me pasa los casos, yo los resuelvo y tú defiendes a los criminales.
– Pero lo que llega a la comisaría de Loren suele ser gente que se quiere sacar el carnet de identidad.
Modesto no le encontraba lógica a los proyectos de su amigo.
– Además, Paco, ¿tú crees que Madrid da como para que haya otra agencia de detectives? Hay cuatro o cinco y sobran la mitad. Lo he visto en la tele el otro día. Es como lo de los médicos. Me parece que la gente no se gasta una peseta en uno particular, si puede ir a uno del seguro. Así que para eso está la policía.
– No creas. Ahora con lo del divorcio y todas estas cosas nuevas la gente anda muy agitada, y necesita detectives que espíen. Es la moda, y a la gente le gusta estar a la moda. Yo también leí ayer que desde que hay ley del divorcio se han separado en España ciento cincuenta mil matrimonios, y la cosa va en alza.
– ¿Y qué tiene eso que ver con las novelas que has escrito? Tú escribes de la mafia, de los contrabandistas, del hampa, de gente que aparece muerta con un cuchillo en la espalda en una habitación cerrada, de detectives corruptos y prostitutas honradas, de organizaciones criminales, de asesinos profesionales…¿Cuántos asesinos a sueldo conoces tú en la ribera del Manzanares?
– Lo importante es el método, Modesto. En cuanto tienes método, puedes resolver cualquier cosa. Todo eso es un mundo. Yo hablo mucho con policías. Soy como quien dice del Cuerpo, ya lo sabes. No te puedes figurar la cantidad de cosas que ven y la de casos que a los de la policía se les escapan. Todos casos increíbles que están pidiendo una mente sagaz.
– Sí, pero esos se quedan sin resolver, y se quedan sin resolver porque detrás no hay una peseta. ¿De qué vivirás? ¿Para qué van a necesitar un detective? ¿Te vas a pasar el día siguiendo a una pareja para ver dónde se adulteran, y hacerles un par de fotografías?
– Al principio, a lo mejor. Es como tocar el piano. En cuanto tienes el método, puedes interpretar lo que te apetezca. Al principio serán casos sin importancia, pero la gente que echa mano de los detectives es la de dinero, y donde hay dinero termina habiendo delito, y donde hay delito siempre hay alguien dispuesto a cometerlo, y una vez cometido, siempre aparece el que quiere delatarlo a la policía y otros que tratan de impedir que la policía lo sepa. A esa noria quiero subirme yo.
– No sé…
– Está decidido. Yo creo que no era escritor. En la vida hay que dar de vez en cuando un golpe de timón, como en las novelas, cuando se te atascan… Y no pasa nada. Saldré adelante.
– Pero ¿cómo puedes sostener una cosa así después de haber escrito las novelas que has escrito? Si tú no eres novelista en España, ¿quién lo va a ser? Tienes tanto talento como cualquiera, incluso más, porque al fin y al cabo casi todos escriben de lo que ven. Eso no tiene ningún mérito. Mérito el tuyo, que hablas de cosas que te tienes que sacar de la imaginación. No has estado nunca en Chicago, ni en Nueva York, ni en Londres, no has salido de Madrid en tu vida, pero cuando hablas de todas esas ciudades, están vivas. Parece que estás allí. No se cómo lo consigues. Tú no has estado en Londres y yo sí. Cuando me paseé por Hampstead, era igual que el barrio que sacas en El té de la seis. ¿Te acuerdas cuando escribiste sobre el incendio del Hotel Majestic de Los Ángeles, o de la cabaña al lado del lago Michigan? Parece que te encontrabas delante. Todavía estoy oyendo los patos. ¿Cómo sabías tú que en el lago Michigan había patos? Yo los vi con mi mujer, cuando fuimos a llevar a Martita a estudiar allí. Más que oyendo, parece que los estoy viendo. Esos personajes son ya más que tú, Paco, que antes que tú pensaras en ellos no existían y que andan ahora sueltos llevando un poco de justicia por el mundo, de orden, de lógica…Eso era muy…
Se estaba emocionando y resultaba incluso elocuente. Quizá en los tribunales se transformara también, y le viniese la facilidad de palabra.
– Déjalo, Modesto. Te lo agradezco igual. A lo mejor eres un buen abogado.
– Tú te podrías morir -continuó- y nadie se daría cuenta. Ahora, si tus personajes dejaran de existir, los lectores podrían denunciarte por asesinato, y demandarte por daños y perjuicios…
Aquello era un alegato…
Francisco Cortés, el autor de novelas policíacas, de detectives y de intriga en general, o lo que de él quedaba, se sintió conmovido. Pero no era persona que tomada una decisión se volviera atrás. Como decía Unamuno, al que citaba de vez en cuando para elevarse la categoría: «En las decisiones, y en los libros, hay quienes son vivíparos y ovíparos, los que tienen que incubar el huevo durante semanas, y los que paren decisiones o libros en unos instantes. Y yo soy de éstos, no hay más que verme». Eso era una enseñanza que había sacado también de las novelas. Duro, había que ser duro. A las mujeres les gustan duros, y a los lectores más aún. Dora le dejó por blando, aunque a él los lectores, a partir de ese momento, le daban lo mismo, igual que las linotipias a Delley. La prueba estaba en que había tardado veintidós años en tarifar con los Espeja. Francisco Cortés iba a ser en adelante un hombre duro. A última hora de la tarde se iba a llegar por casa de Dora, y le diría: haz las maletas, coge a la niña; os venís a casa. Y Dora le seguiría. Pero ¿qué tonterías estaba pensando? La casa de Dora era la suya. ¿Cómo iban a seguirle a la casa en la que vivía, donde no se podía vivir? Daba igual, era una manera de pensar. Sí. Empezó a ver que todo eran ventajas.
Estaban llegando al Comercial. Eran cerca de las cinco.
– Voy a hablar con Loren esta misma tarde. Con este dinero me da para alquilar un bajo un par de meses, y empezar a funcionar. Y luego ya todo rodado. La noria de la vida. La ronda. Empezarán a venir, aquello será una procesión, cornudos, mujeres engañadas, socios que se engañan entre sí, estafas, herencias despilfarradas antes de tiempo, escamoteos, dobles vidas, dolos, escalos, agravantes…
Ese era precisamente el título de otra de sus novelas, Dobles vidas…El mismo había llevado una doble vida y por eso se veía como se veía…
Tendría que decirle a Dora que este mes no le podría pasar la paga convenida. Le explicaría. Entendería. Malo. No le iba a gustar nada que no le pasara la pensión. Pensaría que había vuelto a las andadas. No era el momento de ver los contra sino los pro. En seguir a alguien no se gasta nada. El metro, un taxi. Nada. No hay más que tener una libreta y un bolígrafo.
– Modesto, no le digas a nadie que he dejado la novelística. Y menos a Milagros.
VIERON llegar a Sam Spade y a Perry Mason y como ambos venían con la cara desencajada, lo atribuyeron a lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados.
Spade preguntó si había venido Maigret, el policía de la comisaría de la calle de la Luna. Le respondieron que no y que con lo que estaba cayendo, era improbable que lo hiciera.
– ¿Cayendo dónde?
Spade les miró como cuando se sospecha que los demás conocen ya una noticia terrible de la que ninguno quiere ser mensajero, aunque en este caso fue lo contrario, porque cuando vieron que ni Perry Mason ni Spade estaban al corriente aún de lo sucedido, se atropellaron por contárselo todos a la vez, mezclando los hechos contrastados con toda clase de incertidumbres y congojas naturales del momento. Por una vez, ahora sí, estaban viviendo algo «histórico»: unos guardias habían entrado en el Congreso de los Diputados y se estaba produciendo un golpe de Estado. ¿En ese preciso momento? Sí. ¿Con qué repercusiones «a nivel del Estado»? Se ignoraba.
– Eso es imposible -concluyó un Perry Mason aturdido.
No. Había sucedido. Estaba sucediendo. ¿La televisión? No sabían. En el Comercial no tenían televisor. Sólo Tomás, el camarero, Thomas para los ACP, con un transistor pegado a la oreja, como Miss Marple, iba trayéndoles a la mesa, entre las consumiciones, las novedades que iba atropando en diferentes emisoras, en las que libaba con avidez.
Sherlock Holmes, sentado junto a uno de los ventanales, miraba distraído a la calle. Sostenía, mortecina, una gran pipa de espuma de mar, regalo de su mujer. La manoseaba nervioso. De todos los ACP era el más alterado. También el único que había vivido y hecho la guerra, y creía que lo que estaba sucediendo era un calco alarmantísimo de todo lo acaecido en España en los lejanos días de julio de 1936. Así que no hacía más que espiar a través de los ventanales del café lo que pasaba afuera. Temía ver aparecer en cualquier momento, por los bulevares, provenientes de Brunete, los tanques, avasalladores, blindados y estrepitosos. Sin embargo lo que se divisaba desde allí era lo mismo que cualquier otro día, coches que subían, que bajaban, que giraban, el pacífico kiosquero, unas gentes con cara de sinapismo que el metro fagocitaba y escupía, desavisadas de lo que le estaba ocurriendo a España.
– Lo mismo que cuando mataron a Calvo Sotelo; esto es igual que aquello -solemnizó Sherlock Holmes-. No se puede vivir con un muerto diario, como vivimos.
A Sherlock Holmes se le había ido el color, y su bronceado permanente, que le daba un aire de viejo galán de cine, se había vuelto verde. Le sudaban las manos y trataba de disimular frotándoselas como si no acabase de entrar en calor, mientras sus dientes mordían la pipa.
– Yo me voy a ir -comentó con evaporada voz.
Pero antes quiso recordar algunas cosas a sus amigos. Les quería bien, los ACP le daban la vida. Según Sherlock las detenciones, sacas y paseos iban a comenzar desde esa misma noche.
Mason sacudía la cabeza con gravedad, y no se sabía si le daba la razón o se la quitaba. Pensaba al mismo tiempo en Paco y la escena que acababa de vivir en la editorial de Espeja, en aquel golpe de Estado y en su propia familia. Las palabras de Sherlock le robaron su flema. Su hija Marta vivía en Barcelona. Imaginó la línea de un frente de guerra dividiendo durante tres años a España, su mujer y él a un lado, su hija al otro. También quería marcharse, pero no sabía cómo decirlo. No quería parecer un cobarde. Toda la vida admirando a los tipos duros de las novelas tenían que haberle enseñado algo.
Como buen industrial, Nero Wolfe sólo se preocupaba de las repercusiones que aquello iba a tener para la marcha del país.
– Si va a ser igual que el 36, veremos pasar necesidades en Madrid -advirtió.
A la sensación de miedo, en Sherlock y Perry Mason al menos, se sumó la de hambre, que cundió en el ambiente.
Nero Wolfe era un niño cuando la guerra. No recordaba mucho de la guerra, pero sí el hambre que padecieron después.
Mason asintió de nuevo sin decir nada. Sherlock insistió:
– Va a ser un calvario…
– Por favor, Sherlock, no nos asustes. Y tú, Mason, deja de darle la razón, no seas cenizo -y al mismo tiempo Spade levantó el brazo, chasqueó los dedos un par de veces y llamó a Tomás, Thomas, que se encontraba en el otro extremo, atendiendo a un cliente.
Una agencia de detectives, pensó, apenas necesita gastos. Habría que darle un nombre. La excitada conversación que tenía lugar a su lado era sólo un rumor lejano que no lograba distraerle. Un nombre: Argos, el de los cien ojos. Tenía buena mano para los títulos. Se le ocurrían siempre a la primera y no tenía ni siquiera que retocarlos. Esperaba al final, y llegaban solos, felices, como si nada. Cuando los necesitaba: Mal asunto, El diamante de Vermont, A medias con la viuda de Ascot, La Meca del crimen, La luna llena está vacía, Caramelos de azúcar negro, Los cinco ases de la baraja, El dedal de zafiros, El gabinete de la señora Seis dedos, A dos pasos del lugar del crimen, Lunes y martes…Ahora necesitaba uno para la agencia, y ya lo tenía. Argos, detectives. Al día siguiente se ocuparía del papeleo, y para eso precisaba de la muestra comercial. Encargaría una placa vistosa, dinámica, moderna, en forma de flecha, para indicar que los detectives de Argos acudirían raudos allí donde se precisase de ellos. No entendía por qué les preocupaba a todos tanto lo de los guardias civiles en el Congreso. Una asonada vulgar, se quedaría en eso, ruido de sables. Qué vergüenza España. Por eso a él le gustaban Inglaterra, Francia, los Estados Unidos, la novela negra. ¿De qué iban a entrar los bobbies en el Parlamento británico? ¿A quién, sino a un español, se le había podido ocurrir esos tricornios de charol que daban idea bastante precisa de lo que hay debajo de ellos, todo cuadriculado, hasta las coronillas, y lleno de destellos fúnebres? Si él pudiera, rompería su nacionalidad en cien pedazos. Argos. Si los títulos son la mitad de una novela, pensó, el de Argos sería media empresa. El porvenir le sonreía en esas horas aciagas para España. De los suyos le gustaban muchos, Casi perfecto, No me pidas más sueños, Uno y uno son tres, No quiero justicia, primera parte de Sólo pido venganza, el ya mentado El té de las seis…Tendría que pensar en el logotipo. La otra mitad del éxito. También era importante eso. Un caduceo. No tenía nada que ver con Argos, sino con Mercurio, pero Mercurio era un dios muy apropiado para una agencia de detectives: tenía alas en los pies, y la rapidez en ese negocio es cosa primordial. Un caduceo es algo bonito, un casco con alas, un palo y dos culebras subiendo por él como una trenza…Las novelas policíacas están muy desprestigiadas, pero gracias a ellas, a leerlas y a tener que escribirlas, se había hecho una sólida cultura de enciclopedia.
– ¿Qué piensas, Spade?
– ¿Qué?
Se rompieron sus pensamientos dentro de la cabeza como la botella de whisky de Delley. Se asustó.
– El 18 de Julio nadie creyó que aquello fuese a durar tres años ni mucho menos que después iban a ser otros treinta y cinco…Volverá la quema de iglesias y conventos.
Esta última frase se la dirigió Sherlock especialmente al padre Brown, otro de los ACP, pero sin dejar de mirar a Mason, en quien Sherlock había descubierto un aliado para el repliegue.
– …Tú te acuerdas también de eso, Mason, ¿no? Y usted, don Benigno, ¿no dice nada?
El padre Brown sonrió beatíficamente, vació su pipa en el cenicero con ligeros toques, comprobó que no quedaba escoria en la cazoleta, y dijo risueño:
– Conventos, pobres, ya quedan pocos, pero de iglesias no estaría mal que se quemaran algunas…
Mason seguía asintiendo de manera sombría, ajeno a la broma del padre Brown, y también desenfundó su cachimba.
Se hubiese dicho que aquella reunión más que de los ACP era del Club de los fumadores de pipa. Miss Marple también tenía la suya. Ni siquiera se daban cuenta del efecto tan raro que podía hacer verles a todos ellos con sus pipas…
– Sherlock, nos estás dando la tarde. Además el padre Brown es bastante rogelio, ¿o no, padre? Y tú, Mason, no le mires con esa cara de cenizo.
El habla de Marlowe era muy madrileña, siempre como si estuviera pidiendo un bocadillo de calamares en una de las freidurías de la Plaza Mayor.
Mason tenía fama entre los ACP de ser algo cenizo, cierto, con aquel bigote de pincho tan triste y el pelo blanco, pero cuando se lo llamaba otro que no fuera Spade se retraía como un molusco, y torcía el gesto, y más cuando quien se lo decía era alguien como Marlowe. No le caía simpático. Pero no se atrevía a pararle los pies ni a contradecirle. No tenía mucho carácter Mason, desde luego, y hubiera podido pensarse que aquel nombre era un escarnio, de no ser porque se lo pusieron en pleno auge de la serie televisiva del mismo nombre.
No se sabía cómo haría en los juzgados para no dejarse avasallar por los contrincantes. No tenía ninguna lógica que fuese abogado, desde luego, pero esa falta de lógica, la más notoria de todo cuanto constituía su vida, era la que le había pasado inadvertida siempre. La candorosa insolencia de Marlowe le mortificó, y no volvió a abrir la boca.
– Bah, Mason, te lo tomas todo a la tremenda -insistió
Marlowe bromeando, ajeno a los sentimientos que despertaba en el abogado.
Marlowe era el hijo del relojero de la calle Postas, «Suministro. Fornituras. Herramientas». Cuando hablaba de sus padres les llamaba siempre «mis viejos». Mi viejo, mi vieja…La familia tenía también otro almacén en la calle Carretas, arriba, casi en Gran Vía. Marlowe hacía unas veces de relojero y otras de recadero entre Postas y Carretas. En estas idas y venidas, como hijo del jefe, escamoteaba algunas horas para asistir a las reuniones de los ACP. Hacía colección de pistolas. En realidad seguía la colección de pistolas que había empezado su «viejo», antiguas y modernas, todas en uso, incluso las más antiguas, que él restauraba y componía. Decía que los relojes le habían enseñado mucho a leer las novelas policíacas y las novelas a entender mejor las pistolas. Un buen crimen está muchas veces en una buena arma. Tampoco era partidario de los venenos, pero menos aún de la balística sofisticada, carabinas de alcance kilométrico o miras telescópicas con rayos x. «El Crimen Perfecto es como un buen reloj, ni atrasa ni adelanta, se produce a su hora.» Le gustaban estas frases, que dejaban un tanto anonadados e inermes a los que las escuchaban. Acababan de licenciarlo de la mili. De estatura mediana, cabeza grande, facciones que denotaban tenacidad y audacia, subrayada por la mirada. Miraba a los ojos, impetuoso y desafiante. Muy arreglado siempre, muy afeitado y muy perfumado con varoniles lociones, dispuesto al asalto y conquista de las primeras faldas que se movieran a su lado. Se le podía definir como un perfecto hijo del pueblo de Madrid. Era también el más joven de todos los ACP hasta que entró Poe.
– ¿Y Poe? -preguntó alguien.
– No ha venido -contestó Marlowe-. Y vosotros, viejales, parece que os estuvierais cagando por la pata abajo.
En ese momento, como convocado por la alusión, apareció Poe por la puerta.
– Más respeto, chaval -le dijo Sherlock, estirando el cuello y sin esperar a saludar al recién llegado-. No sabes lo que fue aquello.
– ¿Cómo que no lo sé? Mi viejo estuvo en la División Azul, con dos cojones, matando bolcheviques -dijo Marlowe.
– Marlowe -advirtió Spade, a quien la palabra cojones había bajado de su nube- no hables así delante del clero y de las mujeres.
El cura se encogió de hombros, dando a entender que por él le perdonaba, y de las mujeres, la vieja, Miss Marple, que tampoco simpatizaba con Marlowe, asintió, y la otra, la joven vestida de negro, no movió ni un músculo de la cara.
– Bueno -continuó Sherlock sin hacer caso de esa interrupción-. Yo conocí aquello y fue horrible. Sacaban a la gente, la mataban por la noche, aparecían los cadáveres en las cunetas o los sitios más raros. Yo estuve yendo con mi madre al Parque Móvil de Bravo Murillo a mirar si entre los cuerpos que traían todas las mañanas estaba el de un tío, un hermano de mi madre. Fuimos durante un mes, y no apareció nunca, pero vimos más de lo que quisimos y de lo que podría olvidarse.
Nadie dijo nada. El fantasma de la guerra civil, como el genuino y agorero cuervo de Poe, se instaló en medio de la tertulia, sobre la mesa, entre las tazas de café, los vasos de agua y los tiques con las cuentas de las consumiciones, y graznaba su apodíptico nevermore.
En el Café, aparte de los ACP, quedaban dos viejos esqueléticos, uno que debía de llevar allí sin moverse desde hacía unos ochenta años y el que acababa de entrar, a su lado, ambos sin hablarse, tan tranquilos, tomándose a sorbitos su café con leche. Tampoco parecían haberse enterado de nada.
Los funéreos vaticinios de Sherlock pusieron una nota luctuosa en el ambiente. Nadie se atrevió a contradecirle. Nunca en las reuniones de los ACP se había hablado de política. Ni siquiera Maigret el policía, que hubiera podido contar y no parar de las cosas que había tenido que ver en el servicio, gastaba un minuto de su tiempo en esas cuestiones que apasionaban por entonces a toda la población. Y no es que estuviese prohibido hablar de política entre los ACP, sencillamente ése era un asunto que no le interesaba a nadie lo más mínimo, al menos allí. Los ACP, a imitación del Detection Club que formaron Chesterton, D. L. Sayer. Agatha Christie, F. Willis, Crofts, Wade y otros, era un club de amantes de la novela policíaca, un grupo de personas a las que unía el amor del arte por el arte, el arte puro, el asesinato como una de las bellas artes, para decirlo con frase impar.
Spade se animó a intervenir en la conversación, y preguntó, sin darse cuenta, lo mismo que ya había preguntado al llegar.
– ¿Alguien sabe si va a venir Maigret?
Sí, faltaba Maigret. Maigret era Lorenzo Maravillas. Maigret era la pieza clave en aquel momento. Era lógico, estando como estaba metido en la policía, que, de saberse algo más de lo que estaba sucediendo, lo sabría él. Los golpes de Estado no se preparan sin que la policía lo sepa antes, y menos aún con una policía como la española.
– No -dijo Spade-, a mí me da igual lo del golpe, porque conociendo a la policía española, aparte de estar en el golpe, no sabrán nada más. Esos hacen las cosas sin saber por qué.
– No estaría de más que se acercase alguno de nosotros a la calle de la Luna -sugirió Mason.
Miraron todos a Spade, pero éste negó con la cabeza.
– Yo no puedo presentarme allí.
Todos lo entendieron.
Alguien sugirió entonces que lo mejor era esperar. Quizá Maigret acabase apareciendo.
Maigret no se perdía ni una sola tertulia. Era un entusiasta por naturaleza. Estaba soltero y había dejado el País Vasco hacía cuatro años, y este hecho le mantenía en un estado de permanente euforia. Era habitualmente el primero en llegar a las reuniones y el último en dejarlas, cuando se lo permitiera el servicio.
Por las actas que llevaba tan al día Nero Wolfe, se sabe que ese 23 de febrero asistieron a la reunión del Comercial, Spade, Perry Mason, Milagros, Poe, Miss Marple, el propio Nero Wolfe, el padre Brown y Marlowe. Un tercio de los integrantes de los ACP, pero también los más asiduos. Faltaban Max Cuadrado, un joven ciego bautizado así en memoria del insigne detective ciego Max Carrados que resolvía los casos con la ayuda de los ojos de su amigo Parkinson; Néstor Burma, pieza ornamental del grupo, en cama con una gripe, como tantos por aquellos días; Mike Dolan, alias de Lolita Chamizo, redactora de El Caso, otro miembro más de los que fumaban en pipa, aparte de su atuendo enteramente masculino, con trajes, chalecos, camisas de cuello blando y corbatas de aspecto judicial, y, por último, el miembro más viejo de la tertulia, don Julio Corner, que a la manera del personaje de la baronesa de Orczy se ufanaba de resolver todos los casos sin salir de su rincón. Éste, que era un sabio, solía decir que para comprobar que el cielo es azul en todas partes no hace falta dar la vuelta al mundo, teoría plenamente secundada por Sam Spade, que la llevaba a la práctica escribiendo de ciudades en las que jamás había puesto el pie y con tanta fiabilidad como un cronista oficial de las mismas. En cuanto a las actas no figura ese día el nombre de Maigret, pero la realidad se encargaría de contradecirlas, porque Maigret finalmente apareció. Y si no figura en el libro de asiento es, sin duda, porque Nero Wolfe se lo llevó antes de que Maigret asomase por allí.
Sherlock Holmes seguía junto al ventanal, sin encontrar el momento propicio para levantarse, marcharse y no parecer un cobarde.
– Tendríamos que ir a aprovisionarnos, por lo que pueda pasar.
Fue Nero Wolfe el de la sugerencia. Nero Wolfe tenía un restaurante, y el instinto hizo que se acordara de avituallarse.
A la cara equina de Sherlock asomó el hambre sufrida en la guerra y en la posguerra.
– Donde hay que estar ahora es en casa, con la familia -advirtió.
– Como en Nochebuena.
Ese era el humor cáustico de Spade. Inconfundible. Lo sacaba también en las novelas. La discusión con Espeja el viejo, mucho más que por el golpe de Estado, se lo había afilado.
– Tú haz lo que quieras, pero yo me voy a ir.
Sherlock se levantó, molesto por primera vez en su vida por el comentario de su amigo y con el semblante borrascoso. El padre Brown, a quien tampoco le gustaba que la gente cargara cruces en solitario, se levantó por hacerle a Sherlock de Cirineo, pero estaba tranquilo: si iba a haber de nuevo persecución religiosa, él debía ir corriendo a quitarse el alzacuellos y ponerse otra ropa, aunque tal como pintaban las cosas temió que fuese lo contrario: tendría que sacar la sotana de la sacristía.
– Yo también me voy. En la parroquia pueden necesitarme.
Tampoco faltaba nunca el padre Brown. Eso era más explicable que lo de Maigret: estaba convencido de que la feligresía siente mayor y más natural propensión al mal que al bien. Miss Marple apagó el transistor que había tratado de meterse por la oreja, lo guardó en el bolso y se dispuso a marcharse también. Mason se coló en su abrigo sin decir nada y Nero cerró con parsimonia el libro de asientos, como maestro de ceremonias, dando la reunión por finalizada, sumándose al grupo de los desertores. La preocupación y la inquietud se habían generalizado, pero no iba a suceder nada por que un día, después de quince años, no se celebrase la tertulia.
Se quedaron solos Spade, Marlowe, Poe y Milagros.
Milagros, la mujer de negro, tampoco decía nunca nada. Era muy reservada. Todo lo que se le había escuchado en aquellas tertulias de los ACP hubiera podido memorizarlo un loro. No bebía alcohol ni refrescos ni agua, sólo un café tras otro. Se estaba con la espalda recta como una tabla, escuchando atenta, y moviendo la cabeza sin despeinarse. Aunque se la tuviera de frente, parecía de perfil, como las egipcias faraónicas. Hierática, con su cara fina, larga, pálida, con los labios descoloridos y unas ojeras como dos lirios para dos ojos de color azabache incógnita. Fumaba con la misma voracidad con la que trasegaba los cafés cortados, pero tampoco expulsaba el humo, se lo tragaba y parecía que se lo quedaba dentro por no llamar la atención. Vestía siempre de negro vernáculo, y nunca faldas, siempre pantalones, veranos incluidos, blusas negras, diademas negras y pañuelos oscuros. Sólo en los zapatos o en las sandalias se permitía agudas audacias, y eran éstos a veces de color crema, rosa o blancos. Eso en cuanto a su aspecto exterior, pero por dentro sólo perseguía una cosa: ser real, es decir, una de las heroínas de las novelas de su amigo. Si se lo hubiesen preguntado a Sam Spade, lo hubiese confirmado, porque era el único que lo sabía, y nadie sino ella llevaba peor el hecho de que toda la realidad que había en las obras de Spade se decantara siempre del lado de Dora, la mujer oficial, y no de ella.
Milagros había sido novia de Spade antes de que éste conociese a Dora de casualidad un día en la comisaría de la calle de la Luna y se casase con ella a los tres meses. No acogió ni mucho menos bien la noticia, pero acabó aceptándola. Después de aquella boda, Milagros, conocida en los ACP como Miles, en recuerdo del personaje de Patricia Highsmith, dejó de acudir al Comercial. Nadie le preguntó a Spade, porque todo el mundo sobrentendió que las cosas no debían de poder ser de otra forma. Pero cuando Dora y Spade se separaron, Miles apareció de nuevo. ¿La llamó Spade? ¿Se enteró la propia Miles, como esas golondrinas que llegan de África y van directas al nido viejo? Tampoco nadie se atrevió a preguntarle nada en la reaparición, si habían o no reiniciado la relación. El mismo hieratismo en ella, la misma indiferencia en él. Al salir del Comercial, terminada la tertulia, ella solía quedarse a veces con él. Otras, paraba un taxi con dos dedos en cuyas puntas ardía siempre un cigarrillo, y se metía en el coche sin decir nada ni despedirse de nadie. Se diría que hubiera querido aparecer y desaparecer como los espíritus. Y jamás una palabra de más, una broma, una frase de complicidad. Sofisticada y muda como una esfinge. Tampoco sabía nadie a qué se dedicaba. No trabajaba en nada. Vivía de rentas. Había estado casada con un hombre muy rico, pero su fortuna era propia, de familia.
– Paco, no tenías que haberte metido con Sherlock. Es muy buena persona.
Este Paco, no oído jamás en el Comercial referido a Spade, devolvió tono de intimidad a la conversación, un aire de familiaridad que extrañó a Marlowe y a Poe, porque igual que de las reuniones estaba excluida la política, todos allí se llamaban por el apodo, sin excepción, y muchos se trataban de usted, otra de las normas, raramente acatadas, de los ACP.
Sí, Sherlock era una buena persona, pero Spade no tenía la culpa de lo que había ocurrido con Espeja.
Se hizo un desmesurado silencio. Marlowe y Poe no se atrevieron a romperlo, y sólo Spade, al cabo de unos minutos, por animar el cotarro, preguntó de qué se hablaba antes de que se hubiese sabido lo de los guardias civiles en el Congreso.
– Fijábamos una vez más las reglas de la verdadera novela policíaca -dijo Poe tímidamente, como un alumno aplicado.
Para todos Poe era, antes de que se sumara a la tertulia, un estudiante como otros muchos que repasaba los temas y apuntes en una de las mesas del café, y al que a veces se veía hablando con una chica algo mayor que él. Se acercó a ellos una tarde y les dijo: Siempre hablan ustedes de novelas policíacas y a mí me gustan las novelas policíacas, ¿les importa que me siente a oírles?
Se quedaron al mismo tiempo sorprendidos y halagados de aquella buena disposición y de la naturalidad con que formuló el ruego. Sherlock preguntó, ¿qué novelas le gustan a usted? Poe, oyéndose tratar de usted, vaciló. No había leído muchas. El estudiante dijo la primera que se le vino a la cabeza: Los crímenes de la calle Morgue, y fue Spade el que le puso el nombre. Dijo, mire, aquí todos tenemos un nombre. A usted le vamos a llamar Poe, ¿le parece bien? Se da un aire romántico, tan pálido, tan delgado. ¿Y por qué no Dupin?, dijo Poe. ¿Prefiere Dupin?, le respondió reconciliador Spade. Poe se lo pensó bien y dijo, no, Poe está bien, me gusta.
Fue el primer neófito de su iglesia en todos aquellos años, nacido al menos de aquella manera tan espontánea, y se mostraron no sólo de acuerdo, sino encantados, sobre todo algunos como Marlowe o el propio Spade, ya que a ninguno de los ACP se le había pasado por alto la presencia de aquella joven bellísima que le acompañaba algunas tardes, extraordinariamente hermosa, como un ángel.
Se llamaba Hanna y era danesa. Ese día 23 de febrero no estaba con él. Poe la había conocido en la academia a la que iba entonces. Era una academia general y se encontraba justo encima del café, en el tercer piso. Después de trabajar en un banco, Poe preparaba su acceso a la Universidad. Hanna daba en la misma academia clases de inglés y era diez o doce años mayor que Poe.
A Spade le caía bien Poe. Le cayó también bien Hanna. Para ella no buscaron nombre. Nunca mostró interés en formar parte de los ACP y unas veces se sumaba a la tertulia y otras no.
El muchacho tenía en verdad un aire romántico, tan delgado, tan pálido, tan tímido. Era más bien alto, con el pelo muy negro, lacio y brillante. Lampiño y con las manos muy largas, surcadas por venas azules. Podrían haberle puesto Chopin en vez de Poe, y habría valido lo mismo. Hablaba con un hilo de voz y a veces tenía que repetir las cosas dos veces, porque la primera no se le oía, y esas repeticiones le daban un aire de mayor indefensión. Era también analítico y frío, y eso se veía cuando se abordaban en la tertulia cuestiones o enigmas policiacos. Era el primero en resolverlos o, si no, el que trazaba un ángulo de visión más original e inesperado.
– Bien-Spade carraspeó…
Se esperaba que dijese algo. Era una tertulia a la medida de Spade, y allí todo el mundo le respetaba como la incuestionable autoridad en la materia, lo mismo los miembros más antiguos que los más jóvenes.
Habló Spade durante un buen rato y al tiempo que eso le fue animando, hizo que se olvidase del altercado con Espeja y del mismísimo golpe de Estado. Incluso de que tenía que ir luego a ver a Dora. Esto, lo de las reglas de la novela policíaca, era fundamental, desde luego, y algo muy peliagudo, para establecer de una vez por todas, en los anales de la criminología, qué es o no un CP, o sea un Crimen Perfecto, dentro del género de las novelas policíacas, teniendo en cuenta que ellos se llamaban los Amigos del Crimen Perfecto.
– Para empezar -sentenció Spade-, se aprende más de los asesinatos vulgares que de los maquiavélicos crímenes de Estado…
– Bien dicho -secundó Marlowe-. Sobre todo el día en que se está cometiendo uno muy gordo en España.
– Marlowe, no interrumpas -continuó Spade-. A menos que esté de por medio Shakespeare. Para el detective todos los crímenes son iguales, lo mismo que para el hepatólogo lo son todos los hígados. Los crímenes son siempre de lo más democrático. En cuanto te matan, eres un cadáver, y como cadáver todo el mundo queda bien. Mientras se está vivo hay que demostrar muchas cosas. Ahora, de muerto sabe hacer hasta el más tonto.
Spade, a lo grande, sintetizó para su exiguo auditorio las reglas de un CP.
– Todo el mundo sabe que la policía dice que no hay Crimen Perfecto, sino detectives descuidados o incompetentes…
Se acercó Tomás, el camarero:
– Vamos a tener que cerrar. Ha llamado el dueño.
– Pero media hora ya nos dejarán estar -sugirió Spade.
– Media hora sí, pero no mucho más. El dueño ha dicho que en el momento en que el café se quede vacío, aquí se cierra -admitió Tomás, quien bajando la voz pareció susurrarles-. Están diciendo que se van a sublevar todas las capitanías generales.
Spade desoyó el vaticinio y siguió con lo que estaba diciendo.
– Decía que los policías aseguran que no hay Crimen Perfecto para mantener el prestigio del Cuerpo, pero gracias a que existen crímenes perfectos, pocos, siguen cometiéndose incluso los que no lo son, que son la mayoría. A pesar de haber nacido todos para ser crímenes perfectos. No hay criminal tan tonto que cometa su crimen por deseo de terminar en la cárcel. Y gracias a que se producen crímenes perfectos, existe la policía, mucho más que como consecuencia de todos los crímenes chapuceros que ellos resuelven con tanta publicidad, publicidad que han aprovechado los novelistas para poner las cosas en su sitio, depurando, elevando y fijando la calidad y perfección de un crimen como un escultor clásico habría hecho con un canon de escultura.
No le gustó haberse recordado a sí mismo este último punto, cuando había dejado de ser novelista esa misma tarde y había renegado de todos los cánones que no le habían conducido a ninguna parte, y menos que a ninguna, al clasicismo.
– Bueno -continuó después de un carraspeo y de refrescarse la garganta con otro trago de gin-tonic. Le dolió algo al tragar. Quizá tuviese anginas de verdad.
– Primera norma…
Spade cerró el puño y disparó su dedo índice…
– …el lector y el detective deben tener las mismas oportunidades para resolver el problema. Eso es fundamental. Como ir a cazar. No se le puede esperar al zorro con la escopeta a la salida de la madriguera. Hay que dejarle libre. Lo mismo que a los toros. Si el problema fuese matar al toro, se le podría matar en los toriles. Pero los toros son arte, y la novela policíaca es un arte también, hoy el más sobresaliente en la literatura, según mi modesta opinión. Segunda…
Y el dedo corazón salió a hacerle compañía al dedo índice, que seguía rígido…
– …El autor no debe emplear otros trucos y astucias que los mismos que usa el culpable con el detective. Tercera -y el anular se sumó a los anteriores-: En la verdadera novela policíaca no han de mezclarse asuntos de amor. Faldas las que se quiera, pero amor, nada. Eso haría saltar por los aires el mecanismo puramente intelectual. Cuando hay de por medio un CP, hay que estar a lo que se está. Camas a discreción, pero nada de sentimentalismos.
Milagros rizó la boca en un pliegue de incredulidad y de sarcasmo, que Spade pasó por alto.
– Cuarta: el culpable no puede ser nunca ni el detective ni ningún miembro de la policía. Sería un timo tan vulgar como inaceptable. -Mostró su mano abierta con todos los dedos irradiados-. Quinta: al culpable se le debe descubrir por deducciones, no por accidente ni por azar ni por la confesión espontánea del culpable: señor comisario, he sido yo, me doy preso. Lo del Raskolnikov de Crimen y castigo, como se ha repetido hasta la saciedad en estos ACP, es inaceptable. La mayor parte de las obras de los clásicos terminan con ese procedimiento chapucero, admitido por la misma razón que alguien puede sostener que una película muda es una obra maestra y que una pintura rupestre es digna de compararse con las Meninas y la Venus de Willendorf, o como diablos se llame, equiparable a Fidias.
Al verse la mano de nuevo cerrada con el pulgar hacia arriba, prescindió de enumeraciones, y prosiguió.
– No existe ninguna novela policiaca sin cadáver. Leer trescientas páginas sin la recompensa de un bonito fiambre, sería sencillamente monstruoso, porque nos privaría del sentimiento de horror y del deseo de venganza. No debe haber más que un detective por novela. Bajo ningún concepto, nunca, el novelista podrá elegir al culpable entre los empleados domésticos, mayordomos, jardineros, lacayos, chóferes, etcétera. Ésa siempre es una solución acelerada y hay que ser serios: hay que buscar un culpable que valga la pena. Y por lo mismo que no hay más que un solo detective, conviene que haya un solo culpable, para concentrar en él todo el odio que vaya experimentando el lector. Para algunos las mafias y las asociaciones de criminales no deberían tener un lugar en las novelas policiacas… Yo no estoy muy de acuerdo, pero en fin. Nada de pasajes descriptivos ni poéticos ni pormenorización de atmósferas. Retardan la acción y desconcentran al lector. Diálogos, muchos diálogos. Son más variados y más cortos, cuesta menos escribirlos, los lectores los agradecen, la acción avanza y el editor paga lo mismo los folios de líneas cortas que los de líneas largas.
Esta mera mención a un editor, le recordó el suyo con disgusto.
– La solución de los casos ha de ser realista y científica. Los milagros están excluidos de las novelas policiacas. En esto está de acuerdo hasta el padre Brown. Tampoco hay que buscar al criminal entre los profesionales del crimen. Lo que impresiona no son los crímenes cometidos por los hampones, sino por las damas de caridad o por el presidente del Tribunal Supremo o por una mosquita muerta o por un caballero de conducta intachable o por un cura, ahora que el padre Brown no nos oye. Un cura asesino es un buen tema. Yo tengo una novela en la que el asesino era un cura. La censura no la pasó al principio, pero la segunda vez dije que era un cura protestante, y no pusieron ningún inconveniente. Y es imperdonable que lo que durante toda una novela se ha presentado como un asesinato se convierta, cuando se acaba, en un accidente o en un suicidio. En ese caso el lector estaría en su perfecto derecho para denunciar al novelista por estafa o esperarle a la salida de casa y asesinarle a su vez. Importantísimo: el móvil del crimen ha de ser personal. Los complots internacionales y todas esas bobadas de 007 son cosa de tebeos, lo mismo que salvarle en el último minuto haciendo salir del tacón de su zapato un avión supersónico, con sauna y doce huríes del paraíso. Nada tampoco de usar trucos indignos. Nada de descubrir al protervo criminal por una colilla encontrada en el lugar del crimen, ni por falsas huellas digitales, ni porque el perro de la casa no ha ladrado, nada de hermanos gemelos ni de sueros de la verdad, nada de asesinatos cometidos en una habitación cerrada en presencia de un inspector de policía y desde luego, nada de criptogramas ni de jeroglíficos que se descifran en las trastiendas de una tienda de antigüedades en el barrio chino, nada tampoco de manuscritos o instrumentos misteriosísimos rescatados en una subasta, nada de enigmas que esperan desde el tiempo de los egipcios en una almoneda, con la consiguiente maldición faraónica… Y ese decálogo se resumiría en un único mandamiento: el Bien es el Bien y el Mal el Mal; nada de que el Bien pase a ser el Mal ni al revés, ni que los buenos se hagan malos ni los malos buenos; los crímenes de las novelas son un juego de niños, y a los niños les gusta en los cuentos que les cuentan saber de qué lado ponerse. Y sobre todo no hay que olvidar que el crimen perfecto no es más que una metáfora extrema de la lucha por la vida, donde aflora lo mejor y lo peor de la naturaleza humana; por eso hay tanta gente intrigada con el asesinato como una de las bellas artes: tras la gracia del ángel, la importancia de Lucifer.
Spade después de esa parrafada bebió otro largo trago de su gin-tonic y Marlowe se arrancó con cinco o seis palmadas de aplauso, aprovechando las dos últimas, batidas con más fuerza, para atraer la atención de Tomás, a quien nada podía molestar más que se le llamase como a los serenos. Llegó refunfuñando y Milagros, cuando lo tuvo delante, pidió otro café.
– Hemos desenchufado la máquina. Se va a armar una buena y ustedes están tan tranquilos…
No esperó a que le dijeran nada, se dio media vuelta y se largó en dirección a la barra.
Spade agradeció con una reverencia la retirada del camarero y con una ligera sonrisa el favor de su público, especialmente el de Marlowe, a quien desde luego no aclaró que algunas de aquellas normas las había tomado del Código de Van Dim, a quien no citó por lo mismo que Virgilio no citaba sus fuentes. Pero al mismo tiempo no pudo evitar pensar que quizá aquella última sesión de la tertulia había sido el canto del cisne. Se puso ligeramente triste. Tristeza sobre tristeza. Espeja, ACP. Todo llegaba a su final. ¿Qué iba a ser de los ACP? ¿Qué iba a hacer él mismo? ¿Y si en España sucedía lo que en Chile? Novelas policiacas siempre tendría que haber. Pero él ya no era novelista. Lo sabía. Comprendió que lo sabía desde hacía ya algunos años. Se había estado engañando. Le costaba trabajo no pensar en sí mismo como había pensado en los últimos veintidós años. Acaso no fuese una simple cuartelada. Se disolverían los ACP, prescindirían de sus preciosos apodos, se concluiría el modo de vida que había conocido hasta ese momento. Quizá Espeja le estuviera telefoneando a su casa. Todo había llegado al final. Otra vez sintió el insidioso e íntimo convencimiento de su fracaso.
Spade era clarividente y columbró que aquel día era la tumba de la democracia y de Sam Spade, de Miss Marple, de Nero Wolfe, de Néstor, de Perry Mason, de Poe…
Tampoco dejó traslucir ninguno de sus temores.
– Allí viene Maigret -exclamó de pronto Marlowe.
Miraron todos a un tiempo a través de la cristalera. Se había confundido. Era alguien que se le parecía y que pasó de largo.
– Tenía que verle -recordó un Spade apesarado. Ninguno de los que le acompañaban podía ni siquiera sospechar las turbulencias que lo sacudían por dentro.
– La verdad es que los nombres que tenemos estaban bien puestos -dijo de pronto Spade.
– ¿Y eso a qué viene ahora, Sam? -preguntó Marlowe.
– Se me ha pasado por la cabeza.
– A mí el mío no me gusta -disintió Marlowe-. Hubiera preferido otro. Yo soy más guapo que Humphrey Bogart.
Marlowe hizo uno de sus gestos característicos, se llevó la mano derecha al pecho y la deslizó lentamente de arriba abajo, como si llevase corbata y quisiera alisarla, al tiempo que adelantaba la mandíbula y abría la boca en un «ahí queda eso».
Se llamaba Isidro Rodríguez Revuelto, y se había puesto Marlowe por ninguna razón detectivesca en particular. En el fondo, acaso, porque le gustaba la mano que Marlowe se daba con las mujeres, cómo las llamaba muñeca, preciosa, flaca, chatilla, pequeña, y las besaba sin que le respondiesen, sosteniéndolas por el talle con una mano, doblándolas hacia atrás y atornillándoles la boca con la lengua, y sin soltar el cigarro de la otra, y cómo se las llevaba a la cama sin que se enterase nadie, a veces ni siquiera los lectores, y sin tener que hablar luego de todo ello, cada cual por su camino, una noche de frenética y cínica pasión, y a la mañana siguiente adiós, el largo adiós, sin rencor, como buenos amigos, cada cual por su camino, como los perros callejeros. Eso le parecía poético.
Spade se le quedó mirando y sonrió. Al contrario que a Mason, a él Marlowe le hacía gracia, la gracia del pueblo de Madrid.
Spade contaba entonces treinta y ocho años. Perry Mason, según la ficha, había nacido quince antes. Marlowe tenía veintidós, Poe veinte, y Milagros, treinta y siete.
Todas las fichas tienen su fotografía. Spade en la suya no parece de treinta y ocho años, sino mucho más joven, y Perry Mason, mucho mayor, con unos ojos de vulpeja que contrastan con su aspecto inofensivo, de gastrónomo francés.
En la mirada de Marlowe se apreciaba cierta desfachatez, simpática desde luego, pero también un fondo de desdicha. ¿Qué lector, incluso de novelas del oeste o de detectives, no es desdichado? Y tampoco era tan insolente como Mason creía. Era lo que se dice un tipo bromista.
Poe llevaba entonces un corte de pelo que podría calificarse de ominoso, con unas patillas largas que ya parecían pasadas de moda. Estaba muy delgado. Quizá tuviese razón su madre, sosteniendo que en Madrid no se comía bien.
Ese día la tertulia era atípica. Ya no sabían de qué hablar pero tampoco querían marcharse a casa. En los plenos de los ACP el tiempo se les hacía corto para comentar los últimos adelantos de la criminología o los casos más interesantes, dejando fuera de lugar cualquier conato de privacidad. Sin embargo ese día no tenían nada que preguntarse, y quizá por eso Marlowe, que decía proteger, en tanto que forastero, a Poe, le preguntó por Hanna.
– Hanna debe de estar asustada con todo esto que pasa aquí. Tendríamos que llamarla para tranquilizarla. Poe se quedó mirando a su amigo, pero no movió un solo músculo de la cara. Siempre era difícil saber en qué estaba pensando.
De su amiga Hanna no hay ficha, lo cual quiere decir, con toda probabilidad, que jamás formó parte de los ACP. Pero sí figura en una foto de grupo, de las que se conservan algunas.
Parece, en efecto, una mujer muy guapa, delgada, con una expresión de dulzura general. En esa foto tiene el pelo lacio, largo, de color rubio, casi blanco, como el oro blanco, como la avena vana que crece en las cunetas en agosto, y los ojos azules o verdes, difícil saberlo.
– Si me permites decirlo -dijo Marlowe dirigiéndose a Poe en un tono que sólo podía querer decir que iba a soltarlo, quisieran o no escucharle-, Hanna es una preciosidad.
Sonó la galantería como una restitución a la tesorería de las Verdades Universales.
– De veras -insistió Marlowe por si no había quedado claro.
En la foto Hanna lleva un jersey blanco de cuello de cisne. Un cisne.
No se sabe de quién partió la idea de confeccionar esas fichas.
Son las mismas que usaba entonces la policía. Donde iba el escudo, en el mismo rincón superior izquierdo, va sobrepuesto el anagrama de los propios ACP. En algunas ese papel se ha despegado y asoma el águila imperial, que quiere levantar el vuelo con el yugo y las flechas en las garras. El anagrama de los ACP representa un laberinto, una circunferencia con intrincados viales. Se parece a uno de esos ideogramas que se ven en los letreros de los restaurantes chinos. Son como unos cuantos caminos interrumpidos, imposibles y engañosos que no desembocan en ninguna parte, sino que acaban en el mismo punto del que se parte. Resulta notorio que estaba ideado y realizado de una manera significativa y seguramente por el mismo Spade, porque muchas de sus novelas parten de la misma hipótesis: no sólo el criminal regresa al lugar del crimen, sino que el crimen le deja en el mismo lugar en el que se cometió, o peor, en el mismo lugar donde estaba antes de cometerlo, dispuesto a cometerlo de nuevo.
POR fin Thomas les echó de allí con mala cara, mientras los otros dos camareros, sin chaquetilla, vestidos de calle, esperaban que aquello concluyese.
– Vamos a cerrar, en Sevilla y en Valencia van a sacar los tanques a la calle. En Valladolid también. Y en Madrid unos dicen que ya está en camino la División Brunete, y nosotros nos vamos a casa.
Transmitido de esa manera, con la boca seca y la lengua pastosa, parecía que todas esas cosas tenían la misma importancia. La discusión sobre las características de la novela negra que distinguen un Crimen Perfecto de uno que no lo es, asunto tan peliagudo como el de la belleza inmarcesible de Hanna, quedó, pues, aparcada para más sosegado capítulo.
Se levantaron los cuatro amigos.
– ¿Qué vais a hacer? -preguntó Marlowe ya en la calle, frente al sumidero del metro.
Todos acordaron marcharse a sus casas.
Acaso Sherlock tuviese razón. Eran situaciones que había que pasarlas en familia. Spade, que no tenía otra familia que a su hija pequeña, dudó si dirigirse a casa de Dora o a la suya propia.
Milagros bajó del bordillo y se plantó en medio de la calle para avistar un taxi libre. No pasaba ninguno. Antes lanzó una mirada de uno o dos segundos, alusiva y llena de significación, a las mismas pupilas de Spade, para saber algo en lo que sobraban las palabras. Poe se dio cuenta de esa mirada. No era persona a la que se escapasen los detalles menudos. Miró a Spade, que pese a haber recibido la mirada de Miles, la había dejado a un lado, tal y como le llegó, como esa octavilla propagandística que nos tienden en plena calle y que se va a la papelera sin que ni siquiera nos molestemos en saber de qué trataba.
Marlowe, ajeno a tales trasvases sentimentales y con la curiosidad de los verdaderos hijos del pueblo de Madrid para los acontecimientos históricos, dijo que él iría andando hasta la Carrera de San Jerónimo, con el fin de echarle una ojeada al «ambiente». Pero como verdadero hijo del pueblo de Madrid tampoco quería ir solo y le preguntó a Poe, ¿te vienes conmigo?, y a Poe, que no le desviaba demasiado del camino porque vivía entonces en un hostal de la calle Hileras, uno más del rosario de pensiones y hostales por los que anduvo aquellos meses, dijo, bueno, tranquilamente, sin sacarse las manos de los bolsillos.
Cuando estaban despidiéndose vieron llegar, a la carrera y contra todo pronóstico, a Maigret.
– ¿Ya os vais? Se está preparando una buena. Supongo que estaréis enterados de lo que ha pasado.
Por si no fuera suficiente, traía dos avisos inopinados, recién sacados del horno. Una mujer muerta en un piso de la calle del Pez y un robo en la casa de la madre de un compañero.
– Ya son ganas irse a morir un día como hoy -dijo.
– Y ya son ganas de robarle a la madre de un policía -añadió Marlowe.
Maigret era un hombre joven, de unos treinta y cinco años, alto, de complexión atlética, moreno, vestido muy deportivamente con ropa cara.
Tenía que ir a los dos sitios, no había más remedio. ¿No iban ni siquiera a tomar algo rápido?
Le explicaron que acababan de cerrar El Comercial. Maigret torció el gesto. Tenía que volver a comisaría.
Llevaba un pantalón gris de franela, americana de pana negra, camisa de cuello americano y corbata a cuadros. Zapatos de tipo mocasín. A cuerpo. Jamás usaba ni gabán ni gabardina ni ninguna otra prenda de abrigo. El aspecto deportivo conjuntaba con su pelo, largo, fino y despeinado. Le habían dado el nombre de Maigret porque pertenecía a la policía científica, pero no guardaba parecido ninguno con el verdadero Maigret. Este era un tipo aburrido, padre de familia, conservador, burgués, gris hasta decir basta, una especie de héroe para franceses de clase media y un promedio de trescientos litros de vino tinto al año. Lorenzo Maravillas, de quien Spade había sacado el Lowren de su última novela, tenía un aspecto mucho más saludable, alto, guapo, con los ojos grandes, algo rasgados y verdes, nota exótica ésta de los ojos que le había valido en comisaría el segundo apodo: Sandocán.
En comisaría se dedicaba a hacer las fotografías de los delincuentes y revelar las huellas digitales de los escenarios donde se cometían los delitos, con sus brochas, sus pinceles y su polvera, como un maquillador de estrellas de cine.
La presencia de Maigret tranquilizó algo a Spade, Marlowe y Poe, porque lo mismo que un segundo antes creía que aquello era el fin del mundo, tuvo claro que aquel trueno formidable no pasaría de una asonada sin consecuencias
Miles seguía oteando el horizonte en busca de un taxi, mientras, de vez en cuando, le lanzaba esas rapidísimas miradas a Spade, por si pescaba algo.
– Son todos unos bozacas, empezando por tu suegro -dijo Maigret dirigiéndose a Spade.
Necesitaba tomarse un café antes de empezar a trabajar. La noche se presentaba movida. Les habían ordenado a todos que se personaran en su lugar de trabajo, con disponibilidad absoluta de servicio.
A veces, cuando la tertulia finalizaba, algunos, por seguir el copeo, se refugiaban en el Trafalgar Pub, un híbrido bastante cursi de la calle Fuencarral, entre pub y puticlub, con altas banquetas tapizadas de cuero, chinchetas de latón dorado y tres tragaperras epilépticas puestas en batería. Convencieron a Milagros, que desistió de buscar un taxi, encendió un cigarrillo y dirigió a Spade una nueva y más demorada mirada de naturaleza apremiante y rasposa.
– Tengo una noticia que daros -declaró con cierta solemnidad Spade cuando se hubieron sentado los cinco alrededor de una mesa espinillera-. Lo mío no es un golpe de Estado, pero para mí como si lo fuese: he dejado la editorial, dejo la novelística. No voy a volver a escribir novelas. Me vuelvo a mi casa derrotado, como don Quijote, pero no vencido. Y voy a montar una agencia de detectives con Modesto: Argos, detectives. Marlowe se sacudió el cuerpo con una tiritona, como si ése fuese el modo de asimilar tantas nuevas extraordinarias. Poe se limitó a observar a Miles, por la curiosidad de ver la reacción de la mujer. Esta se quedó como estaba, hierática. Maigret se llevó las manos a la cabeza y a continuación se aflojó el nudo de la corbata, para pasar mejor la novedad.
Por otra parte la primera parte de la historia, que había dejado la editorial, Spade se la quería participar personal y especialmente a Milagros, y la segunda, que iba a montar una agencia, a Maigret.
– ¿No será una broma? -preguntó Marlowe.
– ¿Te parece éste un día de bromas, con el país entero metido en un golpe de Estado?
Marlowe bajó la cabeza lleno de pesadumbre.
– Tus novelas son buenas -recalcó el joven.
– Gracias Marlowe -reconoció Spade, aunque sin prestarle demasiada atención, y continuó, dirigiéndose a Maigret-. Habíamos pensado Modesto y yo que tú querrías ser socio. Tienes experiencia y no es incompatible con tu trabajo. Lo de las fotos se te da bien. Podrías ser el que las hiciera, ya sabes, a los que tengamos que seguir o lo que se tercie. Modesto sería el Director del Departamento Legal, tú serías el Director de Documentación y Servicios Especiales, y yo el Director Ejecutivo.
Maigret se quedó pensativo. Todos estaban pendientes de él. Al cabo de un rato, el policía le dijo:
– Si me permites un consejo, Spade: no lo hagas. Lo tuyo es escribir, y créeme, lo de las agencias de detectives no es negocio. En Madrid ya hay ocho o diez y todas van mal.
Exageró para desanimarle.
– Yo podría trabajar con vosotros también -intervino de pronto Marlowe con un entusiasmo refrescante, jubiloso, como si hubieran acabado de alistarle en los boys scouts-. Haría lo que fuese por dejar a mi viejo y empezar por mi cuenta en algo. El trabajo menudo podría correr de mi cuenta, lo de seguir a la gente y meterme en los sitios. Soy bueno, tengo don de gentes, soy guapo, la sin hueso mía es una artista. De momento podrías nombrarme Director de Enlaces Operativos. Me encargaría del Detectivismo Práctico: los bigotes postizos, las chaquetas de dos caras, la plombagina, el albayalde, el negro de marfil…
– Ya lo has visto, Loren, hasta Marlowe le ve porvenir. Hay que fiarse de la juventud -sentenció Spade.
Marlowe, que recordó un diálogo del John Dalmas de Chandler, lo soltó de corrido, cambiando el tono de voz:
– «Yo quiero veinticinco dólares por día y dietas. Demasiado, ¿cuántas dietas? Gasolina y aceite; quizá una puta o dos, algo de comer y whisky. Sobre todo whisky.. Su voz era más seca que un pedazo de tiza, le miré y él me devolvió lo que devuelven las máquinas tragaperras, nada…» ¿Qué os ha parecido?
Nadie le aplaudió la actuación. Poe le dio ánimos, haciendo que se destocaba un sombrero imaginario, sin despegar los labios.
Maigret no quería entrar en discusiones, pero era un buen amigo, y de la manera más mitigada le dio a entender que tampoco el día era el más apropiado para hablar del futuro de nadie, cuando estaba en el aire el futuro de todos.
– Me tengo que ir. Se me ha hecho tarde. Hablaremos de eso en otro momento. ¿Me acompañas, Sam? -preguntó Maigret.
– Sabes que no puedo aparecer por allí -dijo Spade contrariado, porque era de su negocio de lo que quería tratar; lo demás le traía sin cuidado, así se estuviese preparando el fin de los tiempos.
Salieron del Trafalgar Pub. En menos de dos horas la circulación de Madrid había clareado mucho. Caminaron hacia la Glorieta de Bilbao, pero se detuvieron cuando Maigret advirtió que él iba en sentido contrario.
– Yo voy hacia allí -y Maigret miró en dirección a la calle Colón-. Si alguien viene, me voy.
– Te acompaño -dijo Poe tímidamente.
– ¿Tú no ibas a venir conmigo a ver el ambiente de la Carrera de San Jerónimo? -preguntó Marlowe.
– Acabo de pasar por allí. Lo han cortado todo y no se puede entrar- informó Maigret.
– No me importa. Yo me voy a dar un garbeo.
– Yo tendré que ir a ver a mi mujer -se disculpó Spade como si fuese una pesada obligación.
– Tú ya no tienes mujer, Paco.
Fue un golpe bajo de Miles, quien a continuación, sin despedirse de nadie, desapareció en un taxi.
Paco Spade se quedó con una frase en los labios sin poder desflorarla. Se despidió hasta el jueves siguiente, si no mediaba otra guerra civil, y también partió en dirección a Genova.
Siguieron juntos un buen trecho Maigret, Marlowe y Poe. A llegar a la calle Colón, para tomar hacia la Corredera Baja de San Pablo, Marlowe siguió su camino. Se hubiera asegurado que partía a una kermesse.
– Abur.
Maigret y Poe siguieron solos. Apenas se conocían, no habían hablado nunca, ni en la tertulia de los ACP ni fuera de ella. Maigret ni siquiera sabía el nombre de pila de Poe, de modo que empezó por ahí.
– Llevamos viéndonos tres meses y la verdad es que no nos han presentado como Dios manda. Me llamo Lorenzo.
Mientras se estrechaban la mano, Poe dijo:
– Lo sé, ya lo sé. Yo me llamo Rafael, Rafael Hervás.
La timidez le hacía repetir las cosas que decía.
Lorenzo Maravillas le preguntó qué hacía, a qué se dedicaba, dónde vivía. Poe le contó lo del banco y que vivía en un hostal cerca de Sol.
– ¿Y ahora dónde vas? ¿Qué vas a hacer esta tarde? ¿Tienes familia en Madrid?
Tenía familia, sí; madre y dos hermanos mayores que él, pero no en Madrid. En Madrid, a nadie. Padre no, su padre había muerto.
– Vaya, lo siento -murmuró el policía.
– Fue hace mucho, yo no lo conocí -dijo Poe a modo de disculpa.
Caminaron un buen trecho en silencio.
– No sabía nada -dijo Maigret al cabo de todo ese tiempo, por decir algo-. Debe de ser triste no conocer a tu padre.
Poe, tan reservado siempre, tan tímido, tan silencioso, se descolgó con una confidencia inusual en él.
– Sí que lo es, no puede ni figurárselo.
Siguieron sin hablarse otro trecho. Maigret empezó a pensar en desembarazarse de aquel joven, que llenaba la conversación de tantos silencios incómodos. Él era comunicativo, y le contrariaban los taciturnos. Fue Poe el que rompió el hielo esta vez, y lo hizo con naturalidad.
– ¿Usted tiene familia aquí?
– ¿Por qué me tratas de usted? No, en Sevilla.
– Me dijeron que una de las normas de los ACP era tratarse todo el mundo de usted -dijo tímidamente Poe.
Maigret le informó que la norma del usted regía únicamente en El Comercial.
– Acabo de decírtelo. Eso son tonterías de Spade, que a veces se pone estupendo. ¿Has visto que allí alguien se trate de usted?
– Yo trato de usted a todo el mundo. Fue lo que me dijeron que tenía que hacer.
– ¿Quién te dijo una cosa así?
– Marlowe.
Aquella puntualización lejos de darle a la conversación un aire de camaradería, la envaró un poco más
– ¿Eres de Sevilla? -preguntó al fin Poe, con esfuerzo patente y sin recobrar su aplomo.
– Sí -respondió Maigret.
– No se te nota el acento
No se habituaba al tuteo. Le resultaba difícil a Poe mantener una conversación normal con la gente. Acaso por eso estaba en Madrid, con veinte años, sin amigos, en una pensión de Sol. Quizá eso le hacía sufrir. Ni siquiera se lo confesaba.
– Mi madre vive en La Almunia -dijo de pronto Poe, y le contó a Maigret que también vivían allí sus hermanos y sus sobrinos, y dónde estaba ese pueblo y que no tenía a dónde ir esa tarde, pero que no le apetecía mucho volver a la pensión.
Hablaba Poe en voz baja, con la vista al frente, siempre con la cabeza gacha. Sin mirar a los ojos nunca. Maigret se compadeció del muchacho.
– Poe, ¿cuántos años tienes?
Poe se sonrojó de nuevo, para su mortificación.
– Veinte.
– ¿Ya has hecho la mili?
– No, no voy a hacerla por hijo de viuda. Mi madre es viuda. Ya lo he dicho. Mi hermana me saca diecisiete y mi hermano trece. Mi madre depende de mí.
– Vente conmigo, si quieres. Si te preguntan algo en comisaría, les dices que eres primo mío.
El animoso Maigret era hombre de resoluciones optimistas.
– ¿Te gustan las novelas policiacas?
Poe ni siquiera abrió la boca.
– Pues hoy va a ser como una clase práctica.
En menos de dos minutos Maigret había pasado de querer librarse de aquel chico a adoptarlo y enseñarle algunas cosas. Decididamente, le caía bien.
En la comisaría la sordidez del lugar y el desamparo en el que se hallaban las dependencias de abajo, la mayor parte de ellas con la puerta abierta y vacías, contrastaba con los calambrazos estridentes de los teléfonos y las voces que provenían de la parte de arriba. En todas las paredes había huellas, y no pocas, de goma negra, como si organizaran palizas en los pasillos y a los policías se les escapara de vez en cuando una patada propinada sin tino, cosa bien absurda porque eran aquellas oficinas del primer piso donde se tramitaban únicamente los documentos de identidad y los pasaportes.
Subieron a la segunda planta, donde Maravillas, al final de otro pasillo no menos estrecho y de paredes igualmente maltratadas y asquerosas, con manchas grasientas y numerosos caliches que las convertían en fidedignas cartografías de países imaginarios, tenía su despacho, junto a otros compañeros, y el laboratorio fotográfico.
El paroxismo en aquel angosto tabuco a esa hora era extremo. Mientras España entera se recogía en casa, como si fuese
Nochebuena según la ironía de Spade, allí parecía estar preparándose el cotillón de Nochevieja. Observada de cerca, esa actividad resultaba tan inútil como caótica. Había tres transistores a todo volumen, sintonizados en emisoras distintas, un televisor portátil en el que aparecían imágenes escoriadas y deficientes con un sonido de fritura que llegaba a hacerse molesto, y no menos de catorce policías, unos de paisano y otros de uniforme, unos dando vueltas sin saber qué hacer, como fieras a las que acosan y excitan pasando por los barrotes de la jaula una barra de hierro, y otros, contrarios abiertamente a la aventura golpista, taciturnos, vigilantes y sombríos.
En cuanto el jefe de Maravillas, Maigret o Sandocán sintió llegar a éste, salió de su despacho gritando antes de preguntar por qué razón aparecía tan tarde y amenazándole con meterle un paquete, porque le tenía hasta cierta parte, dijo.
Era un viejo cenceño de estatura ruin, flaco y enérgico, de unos sesenta años, con un traje gris de corte ejecutivo, con cuatro mechones largos untados al cráneo y una cara llena de venillas rojas y azules que parecían haberle estallado todas al mismo tiempo. Eso le daba una coloración vinácea que subrayaba la irascibilidad de su carácter. Estaba borracho. Siempre lo estaba, desde el mediodía, que empezaba con el vermú, hasta la medianoche, que cerraba con los whiskíes, el vodka o la ginebra preceptivos. Esa tarde apestaba a ginebra. La lengua se le trababa. Para disimularlo gañía las palabras con energía inaudita en alguien que no se sabía de dónde podía sacarla.
– ¿Quién es ése y qué hace aquí?
Lo gritó de tal modo que Poe lamentó haber acompañado a su amigo e inició un discreto movimiento de repliegue, cuando Maigret le detuvo cogiéndole del brazo.
– Es primo mío. Un buen chico, de los suyos, don Luis.
Fue como echarle de comer a una fiera, porque don Luis, el comisario jefe, se aplacó al momento por ensalmo.
– Eso se dice antes. Chaval, ¿cómo te llamas?
Le llenó la cara de un aliento pestilente, le pasó el brazo por el hombro y se lo llevó al despacho, mientras, dándole la espalda a Maigret, siguió impartiendo órdenes al retortero, a todos y a ninguno.
– Maravillas, ¿sabes lo de la vieja de la calle del Barco? Tienes que salir para allá ahora mismo echando leches.
Y mirando con curiosidad a Poe, añadió con la mayor amabilidad:
– Así que de Fuerza Nueva.
Poe no supo cómo defenderse de la camaradería de aquel desconocido que le clavaba las uñas en el cuello.
El despacho de don Luis lo presidía el retrato de un Caudillo joven, napoleónico, con un fajín verdoso y esa mirada perdida en el infinito que se les pone a los que han ganado una guerra, han dejado un millón de muertos en los campos de batalla y pueden subir al cielo con el deber cumplido. Debajo del retrato había una bandera descomunal, seguramente traída desde los tercios de Flandes, y sobre su mesa, levantado en un Gólgota de carpetas, un Cristo de metal cromado le servía de pisapapeles.
Al fin soltó don Luis su presa, y fue a sentarse detrás de la mesa. A voces le comunicó a Maigret, y a toda la plantilla de la comisaría, ya que la puerta seguía abierta, que «unos tíos con lo que hay que tener» habían hecho lo que en España había que haber hecho desde hacía ya mucho tiempo, y que las cosas volverían a donde tenían que volver, y de pronto sonó una ventosidad esperpéntica que las reglas de la verosimilitud habrían encontrado demasiado tópica para ser real, incluso en la novela más mediocre, o demasiado pedregosa y atronadora para venir de un hombre tan enteco.
– Es por culpa de los antibióticos. Me dan gases -se disculpó.
Poe estaba cohibido. Maigret había desaparecido y el muchacho no sabía qué pintaba en aquel despacho.
– ¿Y tú eres de FN? -repitió con desconfianza.
Poe respondió con un gesto ambiguo de cejas.
– Sandocán -gritó de nuevo como un energúmeno hacia la puerta en el mismo momento en que rayaba el teléfono de su mesa-. Llévate a tu primo de aquí. Es idiota.
Entró Maigret y lo arrancó de la vista del Comisario Jefe, que hablaba ya por teléfono. Les despidieron varios de sus «a sus órdenes, mi general», y algo de «los maricas y los comunistas», y cuando ya estaban a salvo, aún les alcanzó el vozarrón de don Luis, con un «cerradme esa puerta», seguido de un resoplido de aires marciales.
Maigret llevó a Poe a su laboratorio.
– Pasa -le ordenó, cediéndole el paso.
Se trataba de un cuartucho asfixiante, mal cuadrado y provisional, como Módulo Experimental dependiente del Gabinete de Identificación de la Puerta del Sol, a la espera de mejoras urgentes. Maigret había ingeniado un sistema que le permitía pasar en él cómodamente sentado horas enteras, leyendo sus novelas policiacas, sin que nadie le molestara. Mediante el cableado apropiado, la bombilla roja sobre la puerta se encendía a conveniencia, estuviera o no trabajando.
Le pidió disculpas.
– Es el suegro de Spade.
Poe puso cara de sorpresa.
– ¿No lo sabías?
Era patente que no.
– Ya nos vamos -añadió, mientras se cruzaba en bandolera una máquina de hacer fotos y arrancaba del suelo una maleta de paredes de zinc. Se la pasó a Poe.
– Verás un crimen al natural. Nada que ver con los que salen en las novelas.
Al tiempo que llegaban Maigret y Poe al domicilio de la vieja, en la calle del Pez, llamaba Spade a la puerta del piso en el que seguía viviendo su ex mujer, por encima de la Plaza de Roma.
No le gustaba a Dora que Paco se presentara sin telefonearla con antelación, y mucho menos a esas horas de la tarde. Era de todo punto inadecuado. Entre otras cosas porque compartía el piso desde hacía once meses con un periodista de la edad del propio Paco Cortés, y no quería Dora que nada interfiriese en una relación que al menos le había devuelto la ilusión por la vida.
– Sabes que no me gusta que te presentes aquí, y menos sin avisar.
Dora no estaba dispuesta a franquearle la entrada.
– ¿Está la niña? -se arrepintió de haber hecho una pregunta idiota, y para resarcirse, añadió, mientras arañaba la jamba de madera:
– Dora, estas guapísima…
No tenía aún los treinta años. Verdaderamente era muy guapa, pero no tanto como le parecía a Paco Cortés, que la reputaba, exceptuando a Ava Gardner, la criatura más bella de la creación.
Era tan alta como él. Era morena, con ojos grandes. Pero con todo era su voz lo que la hacía tan atractiva. A veces, cuando estaban juntos, Paco cerraba los ojos y le decía, cuéntame cosas o léeme algo en voz alta. Y se envolvía en aquella voz arrulladora como en un trozo de terciopelo. Qué voluptuosidad. Tenía una cabellera negra de amplias ondas, ojos insumisos, destellantes y negros, una boca proporcionada, lo mismo que la nariz recta y una cara clásica de cariátide.
– …preciosa de verdad.
Era notorio que nadie como Paco Cortés le había dicho jamás esas cosas con tanto encanto, pero había sucumbido tantas veces a esas palabras y a otras parecidas, que la sola idea de ceder un centímetro, hacía que esos mismos cumplidos consiguieran irritarla. Por otro lado le constaba que cosas parecidas había tenido que decírselas a muchas.
– ¿Has venido a decirme eso? -le preguntó secamente, sin moverse un centímetro, cerrándole el paso, con una mano apoyada en la puerta.
– ¿Está el reportero?
Tampoco nadie podía ser tan impertinente.
– Paco, por favor, déjalo estar. ¿Qué quieres? Tengo cosas que hacer.
Paco conocía bien a Dora y conocía bien al género humano, gracias a las novelas policiacas, y se dio cuenta de que la respuesta de Dora a su pregunta sólo podía ser un no. El campo estaba libre. Así que empezó por disculparse adoptando un aire sumiso.
– Lo siento, Dora. ¿Sabes ya lo del Congreso?
Dora asintió con un movimiento apesarado de párpados.
– Me ha llamado por teléfono mamá. Está preocupada por mi padre. Le cogió con la gripe en cama, pero en cuanto se ha enterado, ha salido corriendo a la comisaría. Iba ya bastante cargado. Conociéndole es capaz de cualquier cosa.
– Por eso he venido. Me he preocupado por vosotras. Todos dicen que la situación es muy grave. Creo que estos momentos son para estar con la familia. ¿Puedo pasar a ver a la niña?
Dora estuvo a punto de decirle que ellas ya no eran su familia, pero no tenía ganas de empezar una refriega, y acabó franqueándole la entrada con un gesto de fastidio y resignación.
– Sólo un momento. Luego te vas.
La niña, que jugaba en un rincón, reconoció a su padre y lo recibió con aspavientos de júbilo. Paco Cortés la levantó en brazos y la lanzó a lo alto tres veces, como si fuese la gorra de un cadete, y eso pintó en el rostro de la pequeña una expresión de gozo y de pánico.
Dora contemplaba la escena con una triste sonrisa. El entusiasta delirio que el padre causaba en la pequeña enorgullecía a la madre y la llenaba de inquietud al mismo tiempo. Se echó Paco la niña sobre el brazo izquierdo y con la mano derecha extrajo del bolsillo de la gabardina, una vieja y arrugada gabardina como la de Delley, como la Sam Spade y como la de Sam Speed, una excavadora de hierro que estuvo a punto de rasgárselo por mil sitios con toda suerte de palas dentadas y volquetes. La niña recibió con hurras aquel nuevo juguete que añadió al parque móvil desplegado por el suelo, y se desentendió de su padre.
– ¿Puedo sentarme un minuto?
Dora se encogió de hombros, como ante una fatalidad. Paco se dejó caer en el sofá. Enfrente de él Dora alivió su cansancio en el borde mismo de una silla, recordándole con ello que la visita había de ser breve.
– ¿No está él?
Procuró Paco que ese él, sabiéndolo lejos, sonase lo más educadamente.
– No -respondió Dora, sin que Paco pudiera adivinar si no estaba porque no había llegado o no estaba porque no iba a venir.
– Tengo una buena noticia que darte -dijo Paco Cortés.
Dora no se mostró entusiasmada. Las noticias que su marido le presentaba como sensacionales nunca lo eran, porque nunca llevaban a ninguna parte. «Me parece que quieren traducirme las novelas al inglés. ¿Te imaginas?» «Me ha dicho Espeja que a partir de enero me va a pagar más por holandesa. Se ha dado cuenta de que me podría ir con la competencia.» «A partir de ahora vamos a ser felices, Dora.» Esas eran las buenas noticias de Paco.
Dora esbozó un rictus que quería ser amistoso, sin llegar a serlo.
– También te he traído a ti esto.
Buscó en el otro bolsillo un paquete envuelto en papel de regalo, y se lo tendió. Había entrado por fin en unos almacenes de la calle Goya y le había comprado un pañuelo de seda. Dora ni siquiera abrió el paquete, que dejó a un lado.
– ¿No piensas abrirlo?
– Luego.
A Paco le hirió aquel menosprecio. No quería transigir. Paco, para ella, era un hombre peligroso, un seductor nato, lleno de recursos. Por eso se había ido a pique su pareja. Y cada vez que le veía, en aquella misma casa que los dos habían compartido, propósitos e ideas se venían abajo.
Le encontraba todavía muy atractivo. Estaba más delgado. Le relucían los ojos. Tenía Paco Cortés unos ojos muy bonitos también. Se parecían a los suyos. Somos iguales, se decían al principio. Le gustaba incluso aquella nariz desmesurada, aguileña, fina, de árabe. «De judío», matizaba él, sólo porque no creía que a los árabes les gustaran las novelas policiacas.
Paco desvió la mirada hacia su hija, que jugueteaba feliz. Estuvo así, sin descoser los labios, un rato, mirando a la pequeña, como si eso bastara. Pero esperaba que Dora abriera el regalo y sabía que Dora sabía que él lo estaba esperando, y Dora sabía que era eso lo que Paco esperaba, y antes de que pudiera evitarlo, Dora estaba deshaciendo el envoltorio.
– Es bonito, Paco.
Y dijo bonito porque le pareció claudicar menos que decir precioso. Pero el pañuelo era precioso. Le gustaba de Paco que tenía gusto, sabía las cosas que le gustaban. ¿Dónde habría aprendido tanto de las mujeres? Y pensar en las mujeres relacionadas con su marido le hizo daño, y le hizo daño recordar que había sido Paco el primero en hacerle olvidar la aversión que llegó a sentir por todos los hombres, consecuencia del daño irreparable que le había infligido uno de ellos. También le pareció que no se entregaría del todo si lograba no deshacer los pliegues del pañuelo, de modo que de forma deliberada lo dejó encima de la mesa tal y como salió del envoltorio, sobre el papel manila.
– He discutido con Espeja…
Se hizo un silencio. Paco estudió en la cara de Dora su reacción. Ella estaba distraída, pasando el dedo por una de las flores estampadas del pañuelo.
Paco quería también dosificar la noticia. Respiró, adoptó un aire de misterio y reserva, y añadió:
– Dejo lo de las novelas, Dora. Se acabó, no volveré a escribir.
Dora no se movió. Había oído a su marido, sucesivamente o a la vez, que dejaría de fumar, que dejaría de beber, que dejaría de llegar a las tantas de la madrugada o que dejaría el lío de faldas que les llevó a la separación. Pero jamás le había escuchado que fuese a dejar de escribir novelas. Aquello era sagrado. Lo único con lo que Paco jamás había bromeado.
– ¿Qué novelas? ¿Las de Espeja o las tuyas?
– Todas, Dora. Si no he escrito hasta ahora las mías, las de verdad, las que me habría gustado escribir, es porque sólo he sido capaz de escribir las de Espeja.
De todas las personas a las que ese mismo día había participado esa decisión, la única que le creyó fue Dora, quizá porque era la única a quien nunca había mentido. La había engañado muchas veces, pero no mentido. Cuando le preguntó, hacía dos años, si venía de estar con una mujer, Paco guardó silencio y la miró a los ojos. Los ojos de Dora le gustaban siempre. Tan negros, tan vivos, tan elocuentes. Aquel día eran más de las tres de la mañana y Dora, que había estado llorando, le esperaba levantada. Nunca le había importado que su marido saliera con los amigos algunas noches. Incluso era ella la que le animaba a hacerlo, después de verle todo el día metido en casa, trabajando. Conocía bien a todos aquellos amigos. No eran los de la tertulia, sino otros, acopiados aquí y allá, en sus épocas lejanas del colegio, de los años de la universidad, de la vida, conservados un poco de cualquier manera. A veces le acompañaba Dora en esas salidas, y siempre acababan hablando de lo mismo, las novelas policiacas, mientras ella se aburría con las mujeres de aquellos amigos, si las había, con tediosas conversaciones domésticas.
Acabó por no acompañarlo. En aquella ocasión, la noche de la que hablamos, Paco no respondió a la pregunta directa de Dora, y ésta hubo de hacerle la pregunta una vez más. ¿Has estado con una mujer? Sí, le respondió Paco secamente. Los ojos de Dora, aquellos preciosos ojos negros, volvieron a llenarse de lágrimas, pero tampoco se movió.
En las novelas de Paco, las mujeres no lloraban jamás, y menos por un hombre. Las bellísimas heroínas que salían de la cabeza de Paco Cortés antes se hubiesen dejado arrancar las uñas que ponerse a llorar por hombre ninguno. Las penas las ahogaban en Martinis, como ellos podían ahogarlas en whisky de malta. Pero Dora no era una heroína, sino una mujer real. Tampoco Dora lloraba mucho. Dos veces había llorado en su vida. Y ésa era la segunda. De la primera ni siquiera Paco tenía noticia. Tampoco hubiera podido adivinar la causa, relacionada con aquel penoso episodio que a Dora le había llevado a odiar y despreciar a los hombres, que le resultaron repugnantes, durante casi diez años. Estaban uno enfrente de otro, de pie. ¿Has estado más veces con ella? Ese «ella» era aún para Dora un terreno minado, pues no sabía si tenía que hablar de muchas mujeres a la vez, o sólo de una. No sabía qué sería peor. Y Paco Cortés, que no quería herirla con la verdad no quiso tampoco afrentarla con la mentira, y dijo bajando algo la voz, pero no la mirada: Algunas veces.
Era una respuesta demasiado evasiva para lo que Dora pedía, para aquellas lágrimas que a ella la humillaban más que a él, y repitió la pregunta. Paco dijo al principio, ¿qué más da las veces? Dora se limitó a esperar la respuesta. Después de unos minutos Paco concedió, no sé, diez, tal vez doce, dijo. ¿Una sola mujer? Paco, que había respondido mal que bien a todas esas preguntas con una palabra, no se atrevió ante ésa más que a parpadear con circunspección, para no parecer un cínico, y Dora, que no había podido contener las lágrimas, acabó por no poder contener la rabia tampoco y se lanzó contra él, le gritó, le abofeteó, le insultó, le pateó las piernas, le golpeó el pecho con los puños tan fuerte como pudo, sin que Paco cediera un centímetro de terreno, sin que hiciera nada por defenderse ni cubrirse. Y en ese mismo momento Paco comprendió que se había portado como un imbécil: acababa de perder a la mujer de la que estaba enamorado. Pero aún le dolió más cuando Dora, entre sollozos llenos de ira, le espetó, los hombres sois todos unos cabrones, sin comprender del todo a quién reunía aquel plural.
Dora exigió que abandonase en ese momento el piso y Paco se pasó la noche barzoneando por las calles desiertas de Madrid, a la espera del alba y del perdón.
«Qué noche tan amarga. No se es hombre hasta que no se pasa una noche paseando solo por una ciudad, sin rumbo fijo, con el amargo sabor de la desdicha en la boca, sintiendo al mismo tiempo en los ojos la mordaza del sueño y las brasas del insomnio, sintiendo en el alma la angustiosa paz de la muerte y el abrasivo cuchillo de la desdicha, sintiendo en la imaginación el temor de los finales y la perspectiva infinita de un dolor que no ha hecho más que comenzar.» Esto mismo, con las mismas palabras, se lo hizo decir al héroe de la novela que escribiría quince días después, que tituló precisamente, La noche es inocente. Esa noche, sin embargo, estaba aún lejos de poder pensar en sí mismo con la frialdad de ninguno de sus detectives.
Llegó puntual la aurora, pero el perdón no amaneció por ninguna parte. Trató de arreglar las cosas. Dora se negaba a hablarle. Mandó llamar a un cerrajero y cambió la cerradura. Paco insistía en volver, se culpó de todo. Cedió al fin Dora y Paco entró de nuevo en la casa con la pesadumbre de los convictos. Pero un hecho fortuito, una llamada telefónica de otra de las chicas que había conocido una de aquellas noches locas suyas, y que jamás supo Paco cómo había conseguido su teléfono, lo echó todo a rodar de nuevo. Y Paco, que no le mintió la primera vez, tampoco le mintió esa segunda. Te juro, le aseguró, que ya no hay nada entre ella y yo. Y si no hay nada, ¿por qué llama a casa? No sirvió que esa misma pregunta se la hiciese Paco: ¿Por qué había llamado? Maldijo su suerte. Inopinadamente, una aventura desactivada y muerta fue la que fracturó una pareja a quien parecía sonreír el porvenir, la aurora.
Nunca dejó de reprocharse Paco por qué razón no mintió a su mujer, como habían hecho tantos en la historia de la humanidad, seguían haciendo y harían en el futuro para honra de la institución y bienestar de los abonados a ella. Esa misma escena se revuelve cada día en millones de hogares del mundo con una simple mentira. Y gracias a ello parece que el mundo funciona. Por la trapaza. Paco, sin embargo, no pudo hacerlo, por lo mismo que ninguno de sus detectives mentía. En la vida y en las novelas policiacas hay que saber de qué parte se está. El había jugado el mismo partido en dos equipos a la vez, y las cosas habían salido mal. Esta segunda vez acabó interviniendo el padre de Dora, don Luis, que ya se había opuesto en su día a la reconciliación primera, como se había opuesto a la boda, y vio en aquellas escaramuzas el modo de quitarse de en medio a un yerno que le parecía un vago, un sinvergüenza, un mujeriego y el peor partido para su hija. Échale de casa, le aconsejó a Dora entonces, ése es un golfo, y no me hagas hablar más de la cuenta.
Lo había hecho seguir. Y Paco, que se pasaba la vida haciendo que en sus novelas todo el mundo vigilara, espiara y se rastrearan unos a otros, jamás se percató de que tenía detrás a dos policías de la misma calle de la Luna, por la que él se había pasado con tanta frecuencia, que lo seguían por todo el rosario de barras americanas y clubs de alterne en los que Paco buscaba, como él decía a Dora, tratando de justificarse, «material» para sus novelas. Si escribiera novela social, o «serias», como quería Espeja el viejo, tal y como él le prometía a Dora que haría alguna vez, no saldría de los poblados de chabolas y de los barrios obreros. Pero el crimen gusta de las putas y las putas del crimen. «Son cosas que van juntas, como mierda y culo», según dijera en frase poco memorable el sargento Bob Martín, de narcóticos, al descubrir cierto importante alijo en el recto de Tim Ferguson.
Y ese «no me hagas hablar más de la cuenta» de don Luis, sólo podía significar una cosa. Que le contó a su hija todo lo que sabía, y aún más de lo que sabía, y que era sólo admisible en el terreno de las conjeturas.
Pero Dora, que estaba enterada por Paco de muchas de estas incursiones, a las que creía inocentes, atajó a su padre, cuando éste trató de escupir sobre ella todo el veneno que llevaba dentro.
No se avenían bien padre e hija, pero no dejaba de ser el abuelo de la niña, así que un día, antes de que Dora mandase venir por vez segunda al cerrajero, se encontró Paco a sus suegros en casa, don Luis ligeramente borracho como era habitual en él o sea, lo justo para que nadie pudiese notar nada raro. Como te vuelva a ver molestando a Dora o a cien metros de esta casa, te meto dos tiros, le dijo, y antes de que nadie pudiese evitarlo, don Luis estaba a un paso de Paco, con el puño levantado ante su cara, y la niña, que entonces no llegaba al año, rompió a llorar asustada por las voces. El lloro de la pequeña arrancó, no menos alarmante, el de la suegra, una mujer amante de las joyas, las permanentes marmóreas y las uñas pintadas de coral. Dora, también a gritos, interponiéndose entre su padre y su marido, pidió un poco de cordura. Don Luis se había echado las manos a las caderas para apartar hacia atrás la chaqueta, con el único objeto de que se viese que iba armado. Era una actitud que solía adoptar también, cuando quería impresionar a alguien, una mujer joven, por ejemplo, un detenido, incluso un pipiolo recién salido de la Escuela de Policía de la calle Miguel Ángel. Paco se limitó en esa ocasión a mirar la escena con la cabeza ladeada, como se mira una pintura abstracta. Esa indiferencia aún exasperó más al comisario, que hubo de extremar aún su actuación, lo que le llevó a insistir en que le metería un par de tiros si volvía a verle por allí.
Desde entonces Paco no había vuelto a ver a su suegro, ni a pasarse por la comisaría a ver a sus viejos amigos, y tenía que conformarse con citarse con Dora y la niña una o dos veces al mes, con frecuencia en una cafetería, a media tarde. Ni siquiera tenían el tiempo de tomarse un refresco. Tampoco hacían planes sobre el futuro de su hija.
Pero esa noche el futuro preocupante era el de los adultos.
– Paco, tienes que marcharte.
– ¿Va a venir él?
– No. No está en Madrid.
– Tendría que quedarme con vosotras, por lo que pueda pasar. Yo puedo dormir en el sofá. Un golpe de Estado es mucha tela. Violeta también es hija mía.
Hablaban en voz baja, como dos amantes, y eso le llenó a él de vagas esperanzas y a ella de inquietud.
– ¿No me vas a preguntar qué pienso hacer?
– ¿Qué vas a hacer, Paco?
Dora estaba cansada. Se veía que tal conversación la habían mantenido ya otras doscientas veces.
– La verdad, no lo sé -le respondió Paco con aire de desolación.
No se atrevió a contarle la peregrina idea de la agencia de detectives que pensaba montar, pero sí la escena con Espeja el viejo.
– Habrá estado llamando a Espartinas toda la tarde, para pedir disculpas.
Se echó mano a la cartera y le extendió a Dora las treinta mil pesetas que le había pedido prestadas y otras cincuenta.
– Tómalas. A mí ya no me van a hacer falta.
Se refería a la agencia de detectives, pero él mismo advirtió en la frase un sesgo dramático que le convenía, más que el misterio que buscaba, el efecto misterioso.
Dora recogió el dinero, sin saber cómo interpretar esas palabras.
– Es más de lo que tienes que darnos -dijo sin haberlo contado, sólo por el volumen.
– Ya haremos las cuentas.
– Tiene que ser ahora. Para saber cuándo tenemos que vernos la próxima vez.
– Si no te voy a ver hasta que toque, devuélveme lo que sobre, y te veré a finales de mes, como siempre.
Dora contó en silencio, apartó lo que le correspondía y le tendió el resto.
Paco insistió en que se quedase todo.
– ¿No podemos ser amigos?
– Lo somos, Paco. Y ahora tienes que marcharte. Tengo que dar de cenar a la niña.
– ¿Puedo quedarme a ver cómo le das de cenar?
Lo pensó Dora:
– No.
Y sin embargo todas esas frases estaban hiladas en un susurro, como si se las dijese uno a otro en un mismo lecho, recién despertados de una pesadilla.
– Te quiero, Dora.
– Por favor, Paco, no empieces -y el copo de la conversación se ahusó en lo delgadísimo de su voz, casi como una caricia.
Habían llegado a ese punto en el que ninguno de los dos podía dar un paso más. Dora se puso de pie y Paco la siguió. Ni siquiera encontró éste fuerzas para despedirse de la niña, enfrascada con sus juguetes.
En la puerta Dora dijo:
– Ten cuidado en la calle, Paco. Vuelve a tu casa pronto. Ya hablaremos.
Y Dora, que hacía casi dos años que ni siquiera le estrechaba la mano cuando se encontraban o se despedían, le rozó los labios en un beso fugaz, imprevisto, sonámbulo, y antes que Paco reaccionara, ya había dicho adiós y cerrado la puerta.
Paco, solo, en el descansillo, no supo qué hacer. ¿Qué había querido Dora decir con aquel beso? Le gustó aquel beso por lo que tenía de novelesco. Le gustaba mucho la vida cuando se parecía en algo por lo menos a una novela de las suyas. Pulsó de nuevo el timbre. Sabía que al otro lado estaba Dora, pero no sabía que ahogaba como podía un sollozo desgarrador, y que había cruzado los brazos sobre el pecho para defenderse de su propia desdicha, y que, más que abrazarlos, sujetaba con las manos los hombros al mástil de sus propias convicciones, como el reducido Ulises, para evitar salir corriendo detrás de aquel hombre del que aún seguía enamorada perdidamente, y traerlo a casa, y metérselo en la cama y levantarse con él, con ese hilo de voz de los medios sueños.
Esperó Paco unos instantes, y cuando comprendió que Dora no iba a abrir la puerta, tampoco mostró interés en llamar al ascensor y bajó a pie, lentamente, como muchos de esos héroes de los que tanto hablaba en sus novelas, para ninguno de los cuales tuvo, sin embargo, el menor recuerdo en ese instante.
Y poco más o menos en el mismo momento en que Paco Cortés dejaba la casa de Dora, precintaba la policía judicial el piso de la calle del Pez, y Poe, Maigret y tres compañeros de éste de la brigada ganaban la calle y con ella el fantasmal, frío y enrarecido aire de una noche que prometía ser tan larga como de incierto desarrollo.
En Madrid los escasos coches que aún circulaban, lo hacían a una velocidad endiablada que lo mismo podía eximirlos de toda culpa en aquel golpe de Estado o hacerles cómplices de él, porque se diría que sus ocupantes corrían a sumarse a la algarada o que trataban de ponerse salvos en lugar seguro.
El cuadro de la calle del Pez había sido involuntariamente solanesco, por lo que reunía en sí de desolación, vejez y derrota. Para ser el primer muerto de Poe, el chico resistió con la entereza de un forense. Este en cambio, lo mismo que el juez, apenas echaron de lejos una mirada al cadáver, lo dejaron todo en manos de sus ayudantes, se escurrieron hacia un saloncito en el que el primero tomaba sus notas y el segundo iniciaba las primeras diligencias. Aquel humor contrariado quizá no se debiera tanto al drama como a que éste les hubiera sacado de sus apacibles guardias en un momento tan inoportuno, y quizá también por eso mostraron su irritación y descargaron un par de frases agrias sobre Maigret a propósito de su tardanza, ya que no podían proceder al levantamiento del cadáver hasta no haber tirado las fotografías.
Un anciano de unos ochenta años, no una anciana, como habían informado al principio, había aparecido ahorcado del picaporte de una puerta. Naturalmente, y pese a su estatura jibarizada y la ruindad de su envergadura física, las rodillas del muerto descansaban sobre el suelo. Tenía la cabeza vencida, un hematoma le ocupaba buena parte de la mitad derecha de la cara y los brazos colgones se le separaban un poco del cuerpo, como si el pobre hombre tratara de salir volando.
Era improbable que se tratara de un suicidio. Desde luego ninguno de los presentes, incluido el forense, un médico viejo, de lo más saludable, había presenciado nada que se pareciese a aquello ni por rumores.
Uno de los policías no desaprovechaba la ocasión para hacer chistes a costa de aquella muerte tan inaudita.
El pisito del interfecto, en aquel inmueble gótico, de renta antigua, con una escalera pestilente de peldaños caprichosamente desiguales, se había llenado de curiosos y vecinos, que no salían de su asombro, tan espantados como locuaces. Cada uno de los presentes tenía ya, cuando llegaron Maigret y Poe, conjeturas sólidas, pero no menos contradictorias, que exponían con novelería convincente.
El juez, sin atreverse a rozarse con aquellos muebles, por temor a llevarse pegado en el traje algo de la mugre y de la miseria del lugar, efectuaba de pie los primeros interrogatorios, mientras el secretario, sentado en un sofá, indiferente lo mismo a la mugre que a su propio traje, tomaba por escrito las declaraciones: quién había encontrado el cadáver, si el muerto vivía o no solo en esa casa, quién y cuándo había visto al difunto por última vez, qué parientes tenía, si los tenía, dónde vivían, cómo era, qué carácter tenía, qué vida hacía…
– Mira, Poe, éste sí que es un caso interesante. ¿Suicidio o asesinato?
Cuando Maigret ya se había olvidado de la pregunta, mientras maquillaba con una brocha los picaportes de todas las puertas, Poe, que había estado dando vueltas por la casa, a su aire, se acercó a su amigo y estuvo un rato a su lado, mirando cómo trabajaba.
– Yo diría que ha sido suicidio. Un suicidio.
Se le empañaba la voz, por la timidez.
– Si fuese un asesinato -continuó diciendo-, sería un crimen perfecto, y no hay crimen perfecto, como sabemos. Si existiese un criminal capaz de hacer esto, lo conoceríamos, nos habría dejado su tarjeta de visita.
– Maravillas, ¿de dónde has sacado a este Sherlock Holmes? -preguntó uno de los de la brigada, que oyó la deducción.
– Es primo mío -aclaró Maigret.
Poe, avergonzado y ruborizado hasta las raíces del pelo, se juró no volver a despegar los labios así le preguntara su opinión el mismo doctor Watson en persona.
En efecto, nada en la casa indicaba luchas o forcejeos, todo estaba en orden, incluso el suicida se había quitado los zapatos, vaya nadie a saber por qué, y los había dejado al pie de la puerta, colocados uno junto al otro, limpios, como si esperasen la venida de los Reyes Magos. En el respaldo de una silla próxima, doblada cuidadosamente en cuatro partes, había puesto una bufanda, la misma que a buen seguro había usado ese mismo día para salir a la calle. Tampoco los vecinos habían advertido nada extraño. La mujer que vivía enfrente se encontró la puerta abierta, le llamó, y como nadie le respondía, fue a llamar a su marido, un jubilado que procedió al registro de la casa.
De este samaritano la única preocupación era que, viendo trabajar a Maigret con la cerusa y otros reactivos, se encontrarían sus huellas digitales en el picaporte de la puerta de la entrada, y trataba de advertirle al juez que pese a esa evidencia, él no tenía nada que ver con aquello, al tiempo que maldecía su mala suerte y la achacaba a su buen corazón y a meterse donde nadie le había llamado. «Me pasa a mí -repetía- por ser como soy», o sea, por ser tan buena persona, insinuaba sin decoro, y acaso se veía a sí mismo, con enorme disgusto, pasando los últimos años de su vida en una cárcel, por un error judicial.
Como no lograban deshacer el nudo de la cuerda que agarrotaba el pescuezo del cadáver, sin romperle la quijada, el médico procedió a cortarla con el bisturí, previa consulta con el juez y el inspector que llevaba la voz cantante, para evitar en lo posible fracturas o interferencias de competencias, a las que tanto el Cuerpo policial, el cuerpo forense y el cuerpo judicial eran sumamente sensibles, y una vez le libraron al muerto de la cuerda, tendieron el cadáver en la alfombra. Su cara era una de las más tristes que cabe imaginar: esquelética, con aquella mancha que le ocupaba buena parte de la sien y del pómulo y los ojos hundidos, parecía que sólo estaba dormido, en medio de una pesadilla. El rictus espantado de la boca ponía una nota lúgubre a la estampa. Un policía le registró los bolsillos, pero no encontró otra cosa que una cajetilla de cigarrillos, mediada. La miró, sacó uno, lo encendió con su propio encendedor y se guardó el paquete con absoluta naturalidad.
En el registro encontraron las libretas de ahorros del viejo y una suma de dinero apreciable, así como otros documentos personales, una cajita de plástico con unas tarjetas de visita, la cartilla de la seguridad social, algunos crismas paleolíticos y unas docenas de fotografías amarillentas de seres que parecían haberle precedido hacía ya muchos años en el camino de la muerte. Buscaron cajas de medicamentos, pero no hallaron otros que los habituales en una persona saludable, que se ha tomado unos cuantos comprimidos y se ha desinteresado del resto. Se hallaban en un armario del dormitorio. A veces esas muertes eran consecuencia de depresiones mal medicadas, y las medicinas acabaron en el fondo de una bolsa de plástico que cerró Maigret.
Ni médico ni juez ni ninguno de la brigada podía comprender de dónde había sacado fuerzas aquel cuerpecillo para ahorcarse, si es que alguien puede ahorcarse del picaporte de una puerta. La mayoría de los presentes creyó más probable la hipótesis del asesinato.
Las habitaciones y habitáculos del piso eran angostos. Para pasar de una a otra habitación policías y vecinos se veían en la necesidad de saltar por encima del cadáver, atravesado en el pasillo, y las conversaciones se habían animado tanto que se hubiese dicho que se encontraban celebrando algo. Al rato se presentaron los empleados del Instituto Anatómico Forense, se llevaron el cuerpo y contribuyeron algo a serenar los ánimos y a aliviar las apreturas.
Se iba a retirar ya todo el mundo, cuando apareció por allí un sobrino del fallecido, al parecer la única familia que le quedaba a éste.
Era un hombre de unos cuarenta años, malencarado, sin afeitar, con las manos aún sucias porque le habían arrancado del trabajo, un taller de coches. Un hombre corpulento, con exagerada barriga cervecera. Recelaba de todo el mundo, irritado porque se hubiera invadido un lugar que se suponía era ya de su propiedad. Según le confesó al juez había venido porque su tío así se lo había pedido por teléfono unas horas antes, pero no ocultó desde el primer momento que sus relaciones con él no habían sido en los últimos meses todo lo buenas que fueran en otras épocas y aseguró que no lo veía desde hacía lo menos un año. La mujer del vecino oyó esa afirmación, y se llevó a Maigret a un rincón, para asegurarle que le había visto en las últimas semanas al menos en un par de ocasiones. Maigret dio las gracias a la mujer por esa información, le pidió que no hablase con nadie y esperó a que el juez acabara de tomar declaración al sobrino. En cuanto le dejaron, Maigret informó al juez y le puso al corriente, de espaldas a los curiosos, de la información de la vecina. Al juez esta revelación inesperada, que complicaba el caso, le contrarió aún más, porque quería acabar cuanto antes y marcharse a su casa, de modo que dio por concluidas diligencias y preguntorios, ordenó que se llevaran detenido al sobrino, echó a todo el mundo de allí y declaró secreta la instrucción del sumario.
La brigada volvió andando a la comisaría. Bien porque ésta se encontrara a unas manzanas de distancia, bien porque esa tarde especial todo andaba desquiciado, debieron conducir al detenido, esposado, entre dos guardias, a pie, por aquellas calles viejas, iluminadas con farolas exhaustas y lampiones isabelinos. La escena, de otros tiempos, contribuyó sin duda a que las personas que presenciaron la marcha de aquel cortejo siniestro sacaran conclusiones erróneas y creyeran que había empezado lo que Sherlock había vaticinado con tanto pesar: ni siquiera habían esperado a medianoche para las primeras sacas y paseos.
Maigret, sensible a las alarmas sociales, ordenó a los policías armados que apretaran el paso y que marcharan con más recato por una acera y no por mitad de la calle.
– Has sido tú -concluyó uno de los inspectores, uno joven también, alto, indiferente al drama-. Está bien claro. No hay más que verte para saber que eres un tío raro. Vas a cantar de plano. Los locos sois los que mejor cantáis, os gustan los auditorios.
– Se os coge por tontos, más que por malos -abundó su compañero, mientras ofrecía con buena camaradería un cigarrillo al reo, que se lo llevó con las manos esposadas a la boca.
– Aquí hay caso -dictaminó Maigret-. Tú, Poe, qué piensas.
Poe, por respeto al hombre que llevaban detenido, no se atrevió a abrir la boca. El detenido aguantaba con paciencia las imputaciones de los policías.
– ¿Qué nombre es ése? -preguntó el inspector alto a Poe.
Este no respondió.
– Venga -insistió Maigret-. Alguna teoría tendrás.
El muchacho se detuvo y dejó que el corchete de guardias, los inspectores y el detenido se adelantara unos pasos.
– ¿A veces no hay gente que se suicida con una bolsa de basura? -preguntó tímidamente Poe-. A lo mejor esto es un suicidio.
– Pero aquí no había ninguna bolsa de plástico -objetó Maigret.
Le producía lástima aquel hombre que llevaban preso, pero no se atrevió a confesar un sentimiento tan ingenuo.
– Chaval, tú no tienes ni idea -respondió el alto, que alcanzó a oír su hipótesis.
Maigret y Poe, que cargaba con la maleta, se retrasaron unos metros más, para evitar nuevas intromisiones.
– Lo que tendría que hacer Spade es olvidarse de todo eso de la agencia, dejar de escribir novelas americanas, y ocuparse de lo nuestro. ¿Qué tienen los americanos que no tengamos nosotros? Este va a ser un caso interesante y Spade podría contarlo como nadie -dijo el policía-. Si se tiene una muerte, y muerte la tenemos, y se tiene un asesino, y asesino lo tenemos, tenemos una vida y una muerte, y con eso, ¿para qué se quiere más? Las novelas hablan todas de lo mismo, una muerte y una vida. Si las novelas empiezan por una vida y acaban en una muerte, es literaria. Si la novela empieza por una muerte y acaba contando una vida, es policiaca. Las dos son buenas.
– No sé -dijo Poe, con esa costumbre de empezar siempre con un no, para no contrariar a nadie. Quizá haya sido el sobrino. Podría ser el sobrino, aunque lo dudo. En ese caso habría demostrado que es más pobre hombre de lo que parece. Él es el único heredero. Pero ¿heredero de qué? Cuatro tiñas, dos trajes viejos, una cartilla de ahorros y un piso en el que olía a puerros. Si lo hubiera matado él, no se le habría pasado por alto que él sería el principal sospechoso. De modo que no hay móvil manifiesto. Además el viejo tenía ya ochenta y dos años y un aspecto no precisamente saludable. Podría haberle asesinado en un arrebato, si hubiera vivido con el, pero no se veían apenas. Todo el mundo ha confirmado además que era un hombre tranquilo, afable, educado. Un bendito En la casa no había muestras de violencia. Como crimen, con ese detalle de los zapatos y la bufanda tan colocados por el asesino para despistar a la policía, es un crimen de novela. Pero la vida no está hecha de novelas, sino al revés, las novelas están hechas a partir de la vida. Por eso la mitad de las novelas de las que hablamos en los ACP son tan malas. Para mi la clave de esta muerte está en el pasado de ese hombre. Habría que investigar cuál ha sido su vida. Ésta es una historia que empieza en una vida y acaba en una muerte. No es de las que empieza en una muerte, aunque lo parezca. En la gente que muere tan vieja y de modo tan dramático y misterioso, la clave de lo que es está en su pasado. En un noventa y nueve por ciento. Me parece. No puede explicarse nada si nos limitamos a buscar una causa para cada efecto, porque cada efecto es consecuencia de muchas causas, y todas ellas tienen detrás otras muchas causas de muchos otros efectos. A todo ello le llamamos el pasado.
Maigret le miró desconcertado.
– ¿A qué pasado te refieres?
Poe le contestó encogiéndose de hombros.
La noche era fría y la luz de los faroles parecía soldarse a su alrededor con el halón moribundo. Se diría incluso que pese a que las calles estaban vacías, también lo estaban las casas, la mayor parte de cuyas ventanas, a oscuras, certificaban el color del miedo.
Llegaron a la comisaría de la calle de la Luna a las diez de la noche, y para entonces la borrachera de don Luis, multiplicada por el efecto de los antibióticos, había alcanzado cotas inimaginables. Su despacho se le había llenado de personajes pintorescos, hombres en su totalidad y en número no inferior a diez y con la siguiente característica: o eran muy jóvenes o de la edad del propio don Luis, y aun mayores. Todos ellos bien vestidos, los más viejos con la camisa azul debajo de sus abrigos. Unos se mordían las uñas, otros miraban el televisor portátil del que antes habían disfrutado los guardias, y otros confeccionaban y discutían unas listas en las que por orden de prelación se minutaban las actuaciones inminentes, especificadas en detenciones, escarmientos ejemplares y ocupaciones de diferentes locales sindicales y políticos. Reinaba allí una mezcla de euforia, escalofrío histórico, delirio de grandeza y sed de venganza y revancha. Y si cuando la muerte de Franco algunos lo habían celebrado descorchando champán, en esa noche feliz aquellos extraños habían llenado la comisaría de botellas de coñac patriótico, más aconsejable para resistir una noche como la que en principio se les ponía a todos por delante.
Diez minutos en aquel ambiente habrían sido suficientes para convencer a cualquiera de que la intentona había sido ya un rotundo éxito, de que el rey estaba al frente de ella y de que sólo había que esperar a la autoridad militar que iba de nuevo a meter en cintura al país.
Nadie reparó en la entrada de Poe, Maigret y los compañeros de la brigada, pero a Poe no se le pasó por alto aquel contubernio batutado por un don Luis que amenazaba con liarse a tiros hasta que todos los enemigos de España salieran corriendo como conejos.
Dejaron al detenido en un calabozo, solo. En el de al lado aguardaban dos mujeres, manualistas, acusadas de ejercer su oficio en las aceras de la Gran Vía, sentadas en un banco.
El panorama desanimó a Poe, que se despidió de su amigo:
– Me voy a la pensión.
Poe se quedó solo en un pasillo. Volvió sobre sus pasos, abrió el calabozo donde esperaban las descuideras, y les ordenó:
– Salgan, váyanse a casa.
Las mujeres, delante, salieron, y nadie las detuvo en la puerta. Ni siquiera supieron que tenían que darle las gracias.
Ya en la calle, Poe se llegó hasta la catefería en la que algunas noches se tomaba un sandwich de queso y un descafeinado para cenar, pero la encontró cerrada, al igual que todas las demás de la Gran Vía y los cines. Uno de ellos apagaba en ese instante las luminarias de las carteleras y dejaba frente a la taquilla a tres desavisados, locos o inconscientes espectadores que debían de considerar compatibles el séptimo arte y los golpes de Estado. Desde una cabina de teléfonos Poe llamó a Hanna, como había hecho esa tarde antes de ir a la tertulia, pero nadie descolgó el teléfono. Le habría gustado pasar esa noche con ella.
Era una mujer enigmática, pero la quería. Telefoneó luego a su madre. Tampoco pudo hablar con ella. Las líneas nacionales estaban colapsadas. Hubiera querido tranquilizarla. Era una de las personas a las que la guerra había destruido la vida. Había pensado decirle que todo estaba en orden en Madrid y que él se encontraba bien, en compañía de unos amigos. En ese momento divisó unas tanquetas de la policía y unos jeeps militares circulando en dirección a Cibeles. ¿De dónde los amigos?, imaginó que le preguntaría. Del banco, mamá, le hubiera mentido.
La sirenas y señales luminosas de los coches, tanquetas y furgones policiales, rayando a toda velocidad el aire fosco y frío de la noche, daban a la ciudad, vaciada por el miedo y la incertidumbre, un aspecto irreal y único que no conocía Madrid desde los días de la guerra.
A medida que se acercaba a la Carrera de San Jerónimo se sorprendió Poe de que nadie le impidiera avanzar. Sólo un grupo de unas veinte personas, hombres también, venían hacia él, con paso firme. Tenían todo el aspecto, por el modo de meter los tacones en el suelo, de que se trataba de un grupo de patriotas. Ellos y Poe se cruzaron a la altura de Lhardy. Unos metros antes de que se produjera el encuentro Poe levantó el brazo con el saludo romano sin dejar de caminar, como si la prisa que llevaba se debiera a que le esperaban en el cuartel general. Los del grupo, enardecidos por el gesto de aquel espontáneo, levantaron a su vez los brazos y lanzaron los vivas rituales a los que Poe no respondió. Sostuvo las miradas de aquellos extraños, sintió sobre la suya la alegría y el entusiasmo de unas vidas que de pronto parecían haber encontrado su unidad de destino en lo universal. Siguieron ellos camino de los luceros y Poe hacia el Congreso. No tenía miedo. A nadie llamaba la atención su presencia en la calle a esa hora. Qué seductora una ciudad, pensó, en la que nadie te conoce, en la que nadie puede reconocerte, y en la que tampoco conoces a nadie.
A la altura de Cedaceros le detuvo la primera barrera policial, compartida ésta por un coche de la policía y más allá por un Land Rover atravesado en medio de la calle, al mando del cual estaban unos muchachos con el brazalete blanco de la Policía Militar.
Dos policías vestidos de uniforme impidieron que Poe siguiera adelante con su caminata.
– Mi padre está dentro, es diputado. Quiero saber qué pasa. Mi madre está preocupada -dijo.
– No podemos dejarte pasar.
Le vieron demasiado joven y lampiño para tratarle de usted.
Poe no era de los que mendigase nada, y se dispuso a dar media vuelta y desaparecer. Los policías debieron de apiadarse de él, le palmearon el hombro y le extendieron su particular salvoconducto:
– Diles a los compañeros de allí -y señaló el que hablaba una segunda barrera- que vienes a preguntar por tu padre y que te hemos dejado pasar nosotros.
La segunda y definitiva barrera estaba formada a unos treinta metros de la puerta principal de los leones. Esperaban allí algunos curiosos, muchos policías de paisano, mandos en su mayoría, algunos miembros subalternos del Gobierno y altos cargos, como directores generales o secretarios de Estado, otros militares de graduación, periodistas, no muchos, e Isidro Rodríguez Revuelto, más conocido en el universo del Crimen Perfecto como Marlowe.
– Marlowe, ¿qué haces tú aquí?
Le rozó el brazo por detrás.
– De miranda, Poe -respondió Marlowe como un fulminante de zarzuela-. Pero aquí llámame Isidro, porque si no van a creer que nos pitorreamos de alguien, y no me gusta que me llamen Isi.
– A mí me da igual que me llames Rafa o Rafael, como prefieras. ¿Cómo te han dejado pasar?
– Les he dicho que mi padre estaba dentro -dijo en voz baja.
– Yo, lo mismo -dijo Poe.
La coincidencia les desató una carcajada, que los más próximos, ajenos a la causa, reprobaron con miradas escandalizadas: cuando la patria agoniza no está bien reírse por nada, ni siquiera aunque se piense heredarlo todo. Las formas son las formas. A Poe no le caía mal Marlowe, como a Mason. Audacia o atolondramiento, Marlowe entre unas cosas y otras llevaba allí tres horas largas, después de haberse pasado por su casa, tras la tertulia, merendar, cambiarse de ropa y acicalarse como para salir de ligue. Confraternizaba con algunos policías obsequiándoles con tabaco y ofreciéndose de mozo para lo que gustaran.
Las cosas en el Congreso seguían poco más o menos en un punto muerto. Nadie sabía nada. Todos esperaban al jefe de la conspiración, que no acababa de personarse. Empezaba a hacer frío de veras. Un efecto óptico levantaba de la fuente de Neptuno el mágico y engañoso cendal de niebla que subía con parsimonia por la Carrera. Los funestos presagios que venían envueltos en ella no podían ser menos ambiguos: aquello iba a terminar en un baño de sangre, y Poe y Marlowe, que no habían sentido miedo, consideraron una estupidez morir tan jóvenes por España, y decidieron que iba siendo hora de retirarse.
Rompieron de nuevo el cerco y volvieron a la Puerta del Sol. En los pocos bares que encontraron abiertos les negaron la entrada. Poe, en la puerta misma de su hostal, se despidió de su amigo. Este trataba de alargar en lo posible la compañía.
– Vamonos a mi casa. Estoy solo.
Sus viejos estaban de viaje, su hermana dormía en casa de una vecina y él, en teoría, lo haría en casa de un amigo. Pero no pensaba hacerlo. Todo había sido una añagaza para orearse y ver los acontecimientos.
– En casa he dejado cosas para cenar -añadió persuasivo.
No les resultó difícil encontrar un taxi libre. Circulaban a pares, todos vacíos, conducidos por taxistas presumidos o temerarios, o ambas cosas al mismo tiempo, como el que pararon Poe y Marlowe. El taxista no hizo más que alardear de que él era un trabajador a quien no movería nadie de su taxi así se hundiera la mitad del continente, dicho con esa fatalidad que los taxistas madrileños han creído siempre filosofía pura:
– A mí no me van a quitar de currar ni estos ni los otros.
La casa de Marlowe, o para ser más precisos, de sus padres, defendida por una puerta con cerrajerías y blindaje escandalosos, era la más extraordinara combinación que podía pensarse. Por un lado, una verdadera armería, digna del Museo del Ejército, y por otro, una colección espectacular de relojes, de pared o consola, así como otros, antiguos, de bolsillo, que se disputaban el espacio que dejaban libre las panoplias y demás doseletes armados, asombrando a todo el que, como Poe, entraba allí por vez primera.
No había un solo hueco en las paredes ni un centímetro cuadrado del amplísimo salón que no estuviese ocupado por aquellas panoplias, vitrinas y reposteros en los que se combinaba en forma de artísticos rondós o cuarteles, sobre lechos de terciopelo, en el caso de las vitrinas, o contra paredes forradas de moaré o damascos del mismo color en el caso de las panoplias, un arsenal compuesto por más de quinientas armas cortas de fuego de todos los tiempos, fabricantes y naciones, con su correspondiente y minuciosa cartela caligrafiada en preciosa gótica alemana, y un número incalculable de relojes que hubieran bastado para contabilizar los siglos transcurridos desde el comienzo de los tiempos.
Dejaron el televisor encendido y con el volumen alto, acamparon en la cocina, dieron cuenta de un pollo frío y dos botellas de vino, hablaron como dos buenos amigos de novelas y películas policiacas preferidas, repasaron uno por uno los miembros de los ACP, de los que Marlowe fue haciendo un retrato divertido, habló de sus propios proyectos de independencia y sólo después de que el rey apareciera a medianoche para tranquilizar a la nación, Marlowe le mostró a Poe los tesoros que su viejo había ido adquiriendo, estudiando y catalogando a lo largo de treinta años en los más diversos mercados, afición que había heredado él con no menos furioso y minucioso entusiasmo.
Había allí pistoletes, cachorrillos, pistolas de duelo, de avispero, colts, revólveres de lo más variado, ordenados por épocas, por tamaños, por filigrana, en roseta, con los cañones apuntando al centro, en espiga, en ringlero, en escala…
– ¿Esto es legal? -preguntó Poe.
– ¿Te refieres a tenerlas así? Seguramente no. Pero no creo que a mi viejo le digan nada. Tiene vara alta en la comandancia.
En el capítulo de las armas modernas las había igualmente variadas.
– ¿Todas en uso?
– Esa es la gracia. En principio todas deberían funcionar.
Es como si te gustan los perros y los tienes disecados. Un arma es como un criado, la mejor compañía si se sabe vivir con ella en paz. Un arma te defiende siempre y ataca sólo cuando tú quieres. Como los perros. Más que los perros. Porque una pistola piensa lo que piensa su dueño.
– Si a eso le podemos llamar pensar -insinuó Poe.
Marlowe hizo como que no había oído. Se le llenó la boca con nombres de todo tipo, pistolas de sílex, marcas exóticas, fabricantes muertos hacía ya doscientos años, Smith & Wesson clásicos, de hierro cromado y culata de marfil, las fúnebres
Berettas, las vanidosas Benelli y las Asirás compactas y cerriles, incluso uno de los míticos revólveres del Doctor Le Mat, fabricado en Nueva Orleans.
– Es interesante todo esto.
En la apreciación de Poe no había la menor simpatía. Se veía que las armas le desagradaban, pero ese disimulo no lo notó Marlowe, que se sumó a la frase de su amigo:
– ¿Verdad que sí?
Parecía Marlowe uno de esos cocineros a los que entusiasman sus propios guisos. Tomó una de las pistolas, una Mauser de leyenda, fabricada por el propio Luger en 1914, con cargador a punto, y la puso en la mano de Poe. Lo hizo Marlowe como habría hecho si se tratase de una mujer desnuda sobre la que tuviera completa competencia y permitiese a su amigo que le acariciase un pecho con un «anímate, hombre, tócaselo, me gusta que lo hagas, comprueba qué maravilloso es».
– ¿No te parece…la perfección misma?
Poe no sabía qué hacer con aquella pistola en la mano, pero tampoco dónde soltarla. Pesaba mucho. Temió incluso que al dejarla sobre la vitrina, quebraría el cristal.
– Yo no entiendo de armas -se disculpó-. Tampoco de perros. Me temo que uno es más de gatos.
No quería mostrarse descortés con Marlowe.
– ¿Has disparado alguna vez? ¿No? Eso es lo que te pasa. Hasta que no lo hagas no puedes decir que no te gustan. Es como las mujeres, una cosa es mirarlas y otra muy diferente hacerlas el amor. Pues las armas, aparte de ser como los perros, son como las mujeres. Mientras no se las acaricia no sabes de veras lo que sientes por ellas. Es un relajante. Llegas a la galería de tiro con problemas y una caja de munición y cuando se te han acabado las balas se te han acabado los problemas.
Eligió Marlowe de entre unos cuantos prodigios de precisión, guardados en un armario armero, seis o siete, pistolas y revólveres, y los metió en una bolsa de deporte, lo mismo que diversa munición.
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Poe cuando le vio dirigirse con la bolsa a la puerta.
– Vas a ver.
– Me parece que no es el mejor momento para ir por la calle con este arsenal.
Nou problen, dijo Marlowe. No había que salir del edificio. En el sótano su viejo se había preparado, insonorizada y blindada con hormigón armado, una estrecha y larga galería de tiro, con bóveda de medio punto, neones blancos que llenaban la cueva de ecos de antracita y fulgores de morgue.
Poe lo miroteaba todo como esa persona que ha resuelto no admirarse ya de nada. Marlowe le puso las orejeras y un arma en la mano, concretamente una Springfield Defender. Luego se colocó sus propios cascos. Frente a sí tenía, en papel, a doce metros, la silueta de un hombre, con una diana pintada a la altura del corazón. Con un gesto de cabeza le dio a entender que aquel monigote era un hijo de la gran puta que acababa de tropezarse con él y pretendía robarle, violar a su novia y a su hermana y quedarse con la patria. ¿Qué hacer?
– Fríele a tiros, Poe, es todo tuyo.
Por más que apretó el gatillo, no consiguió Poe disparar el arma. Fue preciso que Marlowe, con la sonrisa del que asiste a los primeros pasos de un niño, le instruyera.
– La gente que lee novelas policiacas no sé cómo se entera de lo que pasa en ellas, porque hasta que no se tiene un arma en las manos, no se sabe nada. Es como hablar de mujeres con un seminarista. Y en los ACP el único que de verdad se interesa por estas cuestiones, aparte de Maigret, es Sam, que sí sabe. Los demás no tienen ni idea y no sabrían distinguir una pistola de una libra de chocolate.
Terminado el primer cargador, Poe devolvió la pistola a Marlowe, decepcionado más que por él, por su amigo, al ver la cara que éste ponía al examinar un blanco en el que había errado todos los impactos. Pero no era hombre que se arredrara ni desalentara fácilmente
– Habrá que educar ese pulso -dijo.
A continuación probó él y de doce balas, diez se alojaron en la cabeza de su enemigo y dos en el corazón. Su cartera, su novia, su hermana y la patria estaban a salvo.
Le hizo probar otras armas, como el enólogo al que bastan unos buchitos para alcanzar las excelencias de un caldo.
Eran las cuatro y media de la mañana cuando subieron de nuevo a casa de Marlowe. De aquella noche Poe extrajo la enseñanza de que no le gustaban las armas; Marlowe, que había hecho un buen amigo; y ambos, que aquel golpe de Estado había sido una verdadera chapuza, toda vez que ni siquiera les darían un día de vacación en sus respetivos trabajos y ya sólo disponían de unas pocas horas de sueño.
Para el resto de los personajes de esta historia la noche fue igualmente memorable, lo mismo que para la mayoría de los españoles que la vivieron en ciudades por las que pasó muy cerca el fantasma de la guerra civil, aunque ninguno de los que aquí han aparecido hicieran cosas que fuesen por sí mismas dignas de ser recordadas de no haber sido por las circunstancias extraordinarias en que sucedieron.
A don Luis Alvarez fue a recogerle su mujer a la comisaría a las once de la mañana para llevárselo antes de que siguiese haciendo tonterías.
Se encontró su despacho como ese escenario en el que ha tenido lugar la representación de un gran drama: vacío, sucio y revuelto, sembrado de vasos de papel con restos retestinados de coñac y café, en los que habían apagado una ingente cantidad de cigarrillos, llenando aquel recinto de un olor pestilente.
Don Luis, hundido en un cómodo sillón rotante, se mecía a uno y otro lado con el mentón no menos hundido en su do de pecho: era lo que se dice un hombre humillado. Demacrado por el cansancio, sin afeitar y sin habla, esto último no por la emoción, sino por la ronquera, parecía estar esperando a que alguien, como en tantos apuros, lo sacara del paso. No quedaba allí más que un retén de guardia y don Luis, detrás de su mujer, se deslizó hacia la salida con sigilo y celeridad. La culebra que ha conseguido librarse del azadón del labriego se escabulle entre las zarzas con no más habilidad ni prontitud.
En el calabozo restaba sin embargo el sobrino del viejo de la calle del Pez, a la espera de que alguien le dijese de qué se le acusaba o de que un ser compasivo como Poe le pusiese en libertad. También ignoraba lo que hubiese o no sucedido con el golpe de Estado. Fuera, una mujeruca, su esposa, con un abrigo de fustán verde que no se quitó en toda la noche y un moquero arrebujado en la mano, con los ojos enrojecidos por el llanto y la vigilia nocturna, no sabía a quién preguntar, porque nadie sabía qué responder y otros ni siquiera se tomaban la molestia de escucharla.
En los días que siguieron al golpe de Estado, se le sometió a ese infeliz a concienzudos y sistemáticos interrogatorios que pautó el propio don Luis, muy interesado en borrar con eficacia policial las veleidades patrióticas de esa noche.
Desde luego al sobrino se le torturó de muy diferentes maneras durante tres días, sin permitirle dormir, sin darle de comer y con abundantes vejaciones, amenazas y maltratos a los que nadie hubiera podido calificar de torturas. No admitió nunca haber matado al viejo, desde luego, pero ni lo negó con suficiente vehemencia ni fue explícito en muchas de las respuestas, y acabó delante del juez, que ordenó su prisión.
Al igual que la mayor parte de compañeros, los más afines a él al menos, Maigret abandonó las dependencias policiales hacia las seis de la madrugada del día 24 de febrero, mientras su jefe trataba de convencerles a todos, hablando con unos y con otros, de que su celo de la tarde y parte de la noche había sido fruto de un arranque patriótico y una espontaneidad que le ponía a salvo de cualquier trama organizada, aunque aseguraba que algo como lo ocurrido, felizmente concluido sin mayores lesiones personales ni institucionales, era una cosa bonísima para la democracia y la corona, que saldrían reforzadas de aquel episodio, que era, no obstante, un toque de atención que no podía ser pasado por alto ni por la corona ni por los partidos políticos ni por los sindicatos obreros ni por la ciudadanía en general. Sin saberlo estaba expresando don Luis ideas que unas horas más tarde se verían en letras de molde en los editoriales de algunos periódicos españoles.
A Nero Wolfe, de nombre Jesús Violero Mediavilla, propietario del Restaurante Tazones, el doctor Agudo, conocido también como Sherlock Homes en el club de los ACP, consiguió meterle el miedo en el cuerpo en cuanto salieron ese día del café Comercial, y se pasó la noche sin saber si debía o no quemar los archivos, fichas y libros de asiento en los que figuraba la historia de los ACP, ya que con ese nombre podía originarse cualquier malentendido de consecuencias funestas para todos, e inventariando los víveres de los que se disponía en su negocio, por si venían mal dadas.
Por su parte, para Sherlock Holmes fue una de las peores noches de su vida: tenía un hermano filocomunista, al que ya veía cadáver en cualquier cuneta de la Casa de Campo, y dos hijos cuyo aspecto capilar, en barbas y cabelleras, les habría condenado a pena de muerte ante cualquier Junta de Justicia Militar, de modo que se pasó la noche taciturno, con un whisky en la mano del que no probó apenas gota, mirando torvamente las imágenes que sacaban en la televisión y creyendo, cada vez que en ellas veía moverse un guardia civil o salir o entrar un militar de graduación, que allí iba a empezar cualquier hecatombe.
Para Espeja el viejo el día, desde luego, no había empezado mejor, pero no en vano se era director de Ediciones Dulcinea S. L. para no saber pilotar en medio de las galernas. Se había quedado en el mismo día sin autora de novelas rosa y sin autor de novelas negras. Cierto. Tras el altercado con Paco Cortés, recapacitó un par de horas, paseándose de arriba abajo con aquel cigarro habano que se le apagaba por falta de dedicación y que apestó su despacho y su persona. Cuando al fin se marchó Simón, el viejo mozo, repartidor y paquetista, la señorita Clementina consoló al viejo editor del lobanillo en el cogote como sólo una secretaria fiel y leal es capaz de hacerlo: debía arreglar las cosas con doña Carmen y romper de una vez por todas con Paco Cortés, cada vez más insolente y engreído y de quien no podía soportar que le diera siempre recuerdos para su madre, cuando era notorio qué ni ella soportaba a su madre ni su madre la soportaba a ella, y además, ¿qué cuernos le importaba a Paco Cortés su madre, si no la había visto en su pajolera vida? Y así lo hizo Espeja el viejo esa misma tarde, como lo aconsejaba el buen sentido de la señorita Clementina.
– Doña Carmen -le dijo-, sabe que las personas tenemos de vez en cuando prontos irresponsables. ¿Quiere usted escribirme durante unos meses las novelas policiacas, además de las suyas? Le consta de sobra que sus novelas románticas me entusiasman, como le entusiasmaban ya a mi-tío-que-en-paz-descanse.
Y prometió pagarle más de lo que le pagaba a Cortés. Quinientas cincuenta pesetas.
Espeja el viejo, escamoteándole cincuenta pesetas por folio al tiempo que la hacía creer que le subía el estipendio, cuando en realidad se lo bajaba, se tuvo por el Rommel de los negocios, y desde luego que no telefoneó a Espartinas. Tampoco hubiera encontrado a Paco.
Para éste esas horas fueron bien amargas. Nunca había sido Madrid más una ciudad de cuatro millones de cadáveres como aquella noche.
Después de abandonar la casa de Dora, Sam Spade, ex escritor de novelas policiacas, noctívago como Paco Cortés, hasta llegar a El Mirlo Blanco, un pub de General Pardiñas, donde se refugió toda la noche, al igual que una docena de parroquianos inadaptados, conocidos unos, desconocidos otros, solitarios o separados como él, de vida contradictoria, desarreglada y burguesa, y con ellos y el dueño del pub siguieron a puerta cerrada los acontecimientos, bebiendo, fumando y hablando tranquilamente hasta que salió el sol, momento en el que se lo llevó del brazo una de esas mujeres jóvenes que rondan a los hombres maduros, y a las que sabía revestir en sus novelas de un halo de misterio y poesía, pese a que cuando se las tropezaba en la realidad le parecían grises y desdichadas como él mismo, con una historia sin el menor misterio y sin ninguna poesía, de retirada, como él, de todos los desórdenes.
Por la mañana Mason telefoneó a Spade. No le encontró en casa ni ese día ni al otro. Y empezó a preocuparse. Tampoco Dora, a la que Mason telefoneó el sábado siguiente, sabía de su ex marido, desde que el día del golpe de Estado salió de su casa.
Y en cuanto a noches tristes, quizá fuese ésa, para Dora, una de las más tristes. No quiso decirle esa noche a su ex marido que la relación que había mantenido durante once meses con el periodista Luis Miguel García Luengo se había terminado hacía más de quince días, cuando éste, cansado de esperar un cambio de actitud, la culpó de seguir enamorada de Paco Cortés y de ocuparse mucho más de la niña que de él mismo, y ella no encontró ni fuerzas ni ganas para negarlo ni discutírselo. Pero habérselo confesado a Paco Cortés esa noche habría sido meterlo en casa de nuevo. Así que se quedó detrás de la puerta llorando y sollozando hasta que la voz de la niña, que preguntaba por ella, la arrancó de su propio abismo. Telefoneó luego a su madre para preguntar por su padre, pero las líneas telefónicas permanecían colapsadas y sólo a las dos de la mañana su madre, bajo los efectos del Marie Brizard, le reconocía llorando que no sabía si podría soportar un minuto más a su padre y que había tenido la vida más desdichada que cabía imaginar. Nada que no supiera ninguna de las dos. Y así, hacia las cuatro de la mañana, con el televisor encendido, Dora durmió cuatro horas, hasta que a las ocho, como un reloj, la despertó su hija Violeta, uno de los seres felices que vivieron aquellas horas como otras cualquieras.
Madre y abuela hablaron esa noche por teléfono un largo rato, al cabo del cual Dora volvió a arrepentirse de haberla llamado, pues de nuevo, cuando más la necesitaba, menos disponible la encontraba.
Para el resto de los ACP aquélla fue también una noche triste, en efecto, pero a la mayoría de ellos les confirmó que la realidad era mucho más caótica, irregular e injusta que las novelas policiacas, en las que siempre solía quedar triunfadora la lógica del orden y la justicia de la lógica. Orden y justicia, al fin y al cabo eran dos buenos pilares sobre los que erigir un sólido edificio social.
En cuanto a Poe y Marlowe, a partir de esa noche, se hicieron amigos inseparables. No eran ni siquiera afines, pero se entendían. Uno introvertido, y el otro tan hablador. Uno bromista y el otro, triste. Uno lleno de fantasías coloristas y el otro retraído y taciturno. Marlowe se acostó en su cuarto y a Poe le bastó, con una manta, arroparse en un sofá y esperar a la mañana siguiente para marchar al banco, cosa que hizo antes de que Marlowe se despertara. Y desde el banco Poe logró al fin hablar esa mañana con la dulce, suave, misteriosa Hanna.