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LE esperaba con la mesa puesta, la luz eléctrica apagada y una vela encendida. En aquel tenue resplandor temblaban las cosas en su misterio. Le pareció entrar en una almendra, defendido por aquellas paredes. Imaginó la mesa abastecida de diccionarios, pero tal como estaba, con su mantelito de color celeste, los platos de cenefa azul y las copas de agua y de vino rutilantes, le pareció el rincón más prometedor para la vida más deseable. Tenía algo del rincón pintoresco de una posada alpina.
Llegó Poe con una botella de vino, que compró de camino en una bodega próxima al Mercado de San Miguel.
No entendía de vinos. Se guió por el nombre, por la etiqueta y por el precio, pero deseó que a ella le agradase. Seguramente una mujer como Hanna, de su experiencia, habría ya descorchado muchas botellas de vino. Se la tendió en el momento en que ésta le abrió la puerta. Le dijo, he traído esto. No sabía si era así como se hacían las cosas, si había que llevar o no presentes a las casas en las que se era invitado. En el pueblo de donde procedía nadie invitaba a nadie. Pero había visto la semana anterior en una película de Rohmer que un joven se presentaba en casa de una amiga, para cenar, y le llevaba una botella de vino. En París la gente le da importancia al vino, pensó Poe, que jamás había salido de España. En Madrid las cosas seguramente ocurrían igual que en París. Todos decían que Madrid se había convertido en la capital de Europa y vivían como si Madrid hubiese ganado unos campeonatos del mundo en cosmopolitismo.
En la película que había visto Poe, la chica esperaba también al chico con una vela encendida. Ese detalle tranquilizó a Poe por lo que hacía a su botella. Quizá hubiera visto Hanna la misma película, aunque no con él, desde luego. Quizá por encima de los Pirineos las cosas sucedían de esa manera, con candilejas, con manteles, incluso con el detalle de haber metido dos claveles en un vaso con agua, sobre una repisa. Para Poe todo eso resultó nuevo, no eran así como sucedían las cosas en el pueblo en el que había vivido hasta hacía seis meses, hasta que pidió el traslado y se vino a Madrid. En realidad en su pueblo no sucedía nada. Se alegró de haber dado aquel paso, y estar en Madrid, incluso pasando por el trago de dejar a su madre sola.
Hanna le libró de la botella. La luz de la vela causó al joven una impresión muy grata y le sugestionó favorablemente. Se había vestido ella para la ocasión con un pantalón vaquero y una blusa blanca, con flores bordadas en el pecho. A la altura de las corolas de estas flores se marcaban sutilmente los pezones. Con aquella luz de la vela se formaba a su alrededor una sombra mitigada, que se los señalaba aún más, pero Hanna esto no lo podía saber, porque cuando se probó la blusa lo hizo con la luz eléctrica, y con ésta no notó nada especial. Fue después cuando encendió la vela y apagó la bombilla del techo cuando los dos botones se insinuaron con su sensualidad propia. Quizá de haberlo sabido antes Hanna hubiera buscado otra blusa en el armario. No quería parecer una descarada. Los españoles tendían a creer que ella, como danesa, estaría dispuesta a irse a la cama con el primero que se lo pidiese. También se había maquillado un poco, ella que jamás lo hacía. Algo debajo de los ojos, un secreto crepúsculo. Era mayor que él. Tal vez quisiese disimular la diferencia de edad. Poe se quedó mirándola. En un segundo tuvo que dilucidar si le gustaba más así, con aquella sombra azul que gravitaba en sus párpados, o sin ella. Pero no tuvo tiempo, porque las cosas en los sueños van muy deprisa siempre, y aquella velada había empezado para él como un sueño.
Dejó Hanna la botella sobre la mesa y ayudó a su amigo a quitarse el abrigo. Parecía, por la angostura de todo, que al quitarse el abrigo alguno de los dos iba a tener que salir al rellano de la escalera, porque no iban a caber allí los tres, ellos dos y el abrigo.
Se entraba directamente de la escalera en aquel saloncito abuhardillado, que servía al mismo tiempo de cuarto de trabajo y de estudio, de comedor y de salita. Una puerta al fondo comunicaba este cuarto con un dormitorio en el que sólo echado o sentado sobre la cama podía estarse con comodidad, debido a las pronunciadas pendientes del tejado que iba a morir donde acababa la habitación. La cama, hecha sobre una plataforma de unos veinte centímetros de alto, estaba cubierta con un edredón de patchwork, muy nórdico. Como cabecera, pinchado en la pared, había un paño indio, con graciosos renacuajos acróbatas. Se descubría en los primores y minucias la ordenada mano de una mujer. No es muy grande el apartamento, le explicaba Hanna a Poe mientras le servía de cicerone. A Poe no se le pasó por alto la anchura de aquella cama, las dos lámparas encendidas a uno y otro lado, sobre sendos cubos mínimos de madera. En la mesilla próxima a la pared, en la parte en la que incluso tumbado era fácil rozar el techo con la frente, había dos o tres libros. ¿También de Hanna, de alguna otra persona? Imaginó que en cada lado de aquel tálamo podrían dos personas enamoradas llevar una vida feliz en común, cada cual con sus libros de cabecera, sus mañanas de sábado prolongadas, sus descansos reparadores dominicales… Le gustaban los ambientes recogidos, silenciosos, un poco misantrópicos como él mismo. Imaginó que las sábanas olerían a lavanda, a genciana, a malvavisco o a cualquiera de esas flores que salían en los cuentos de Andersen. Tras el dormitorio, el cuarto de baño parecía en realidad el de una casa de muñecas, lo mismo que la cocina, a la que se accedía por la puerta de la derecha y cuyo tamaño era más propio de la cabaña de Blancanieves. En ella vio Poe los cuencos y fuentes en los que esperaba, ya preparada, la cena, el cestito del pan, la jarra de agua, la botella de vino que él había traído, junto a la mercada por Hanna.
No había muchos muebles allí, no podía haberlos. En el saloncito, aquella mesa camilla, dos sillas de enea, un sillón orejudo metido en un rincón, junto a una discreta estantería de maderas lavadas con dos docenas de libros, un póster de una mujer de Matisse, un espejito de marco moruno, en el rincón una pequeña cintia que rozaba con sus hojas en el techo bajo. Frente a la mesa se encontraba una ventana balcón a la que se accedía por dos peldaños, pintados del color de las baldosas, rojo de carruaje.
Hanna conocía bien el itinerario que debían seguir aquellas visitas guiadas, coronadas en la mínima terraza desde la que se atalayaba un panorama fascinante, formidable, único. No era tampoco un espacio generoso, ciertamente. Participaba de la escala liliputiense que tenía todo allí. Pero la joven conocía de sobra la impresión que aquello solía causar a las visitas, de modo que cediéndole el paso a Poe se quedó detrás, vagamente escorada, pendiente de la expresión de su rostro, atenta a lo que en él se pintaría en cuanto se enfrentara a lo que ella desplegó para él, como un inmenso tapiz.
– Caramba, Hanna, esto es lo más hermoso que he visto nunca en mi vida.
Hanna se acercó, complacida por la felicidad de su amigo.
Llamarle terraza a algo que no era mayor que la cofa colgada en lo más alto de un mástil, habría sido excesivo. Apenas cabían ellos dos allí, y tenían que disputarse el espacio libre con un gran número de macetas, geranios rosas en su mayoría. Tuvo incluso que decir Hanna la frase que reservaba para ese lugar a modo de disculpa: en su modestia aquellas macetas tan cuidadas no desmerecían de toda la majestuosa fábrica del Palacio Real.
– Soy aficionada a las plantas -dijo, como quien confiesa una debilidad más que un don.
Poe hubiese seguido en silencio toda la noche, pero hizo un esfuerzo de iniciar algo que se pareciese a una conversación.
– Y de todos los millones que han vivido en Madrid, seguramente sólo unas docenas de personas habrán visto esto alguna vez.
Se sintió como un elegido, alguien señalado por el dedo de la Fortuna.
Hanna ni siquiera le respondió. Miraba a aquel alumno con curiosidad. Jamás había invitado a un alumno a su casa. A ella habían venido, en grupo, algunos. Encontraba obscenas las relaciones personales entre profesor y alumna, y por lo mismo, entre alumno y profesora.
Luego guardó silencio, porque le pareció que cualquier palabra en aquel momento, en aquel lugar, en aquella compañía, era una profanación.
Hacía frío. Hanna entró en la habitación y salió después de echarse sobre los hombros lo primero que encontró a mano.
Casi al alcance de su mano se hallaba el Palacio Real, iluminado como el decorado de una ópera que fuese a empezar en ese momento para ellos dos solos.
Desde aquel privilegiado lugar el Palacio era grande y pequeño a la vez, monumental y doméstico, algo que sobrecogía y algo que hubieran podido modificar sus manos, como esas construcciones elementales hechas a base de tacos geométricos de madera, que los niños combinan de forma caprichosa.
Más allá, las infinitas lucecitas de los barrios extremos que cercaban la ciudad, tras la mancha negra de los bosques de la Casa de Campo, se perdían en lontananza confundidas con las estrellas que también en lontananza cimentaban el cielo.
– Es bellísimo -susurró Poe.
Se arrepintió al momento de repetir una frase que quizá le dejara por charlatán.
Hanna reparó entonces en que el abrigo que le cubría no era el suyo, sino el de su amigo, y deseó que él se percatara de ese detalle, pero también que se le pasara por alto. Empezaba a experimentar sentimientos contradictorios. Se alarmó, porque su experiencia le decía que tales contradicciones eran la antesala de un amor violento y apasionado, abocado, como todos los suyos, a un final que dejaría en ella secuelas dolorosas.
La experiencia de Poe en ese terreno era mucho menor que la de Hanna, por no decir nula. Del pueblo de donde él venía, nadie arrastraba equipajes demasiado historiados por lo que se refiere al amor. En aquel remoto lugar de la profunda España las vidas tenían trayectorias rectilíneas que empezaban un día en la primera comunión y acababan otro, quince años después, en el matrimonio, sin salir de la misma iglesia y sin cambiar de cura.
La estrechez de la terraza, tanto como el frío, les había acercado. Permanecían en silencio frente a la noche y la inconcreción de sus propios pensamientos. En el cuarto contiguo seguía ardiendo la vela. Su resplandor llegaba a la terraza extenuado, como un soldado herido que hubiera ascendido con sobrehumano esfuerzo aquellos dos escalones, para acabar agonizando sobre la fría tierra. Entró algo de brisa en la habitación y movió ligeramente la llama, y aquel resplandor muerto pareció resucitar las sombras dormidas. Sintió Poe en el estómago lo que Sam Spade llamaba «aleos de mariposa», «heraldos de la muerte» en sus novelas. Los nervios. Su corazón galopaba sin freno. Sintió el joven en el pecho unos golpes secos y precipitados que distaban de ser agradables. No sabía si aquello era «siempre» así. Hanna tenía acaso diez años más que él, y debía saber, por tanto, cómo ocurrían las cosas, y puesto que le había llevado hasta allí, le había mostrado tal panorama y miraban ambos con romanticismo la noche de Madrid, quizá era porque esperaba que él le pasara el brazo por los hombros y la atrajera hacia sí, como así se lo sugería el hecho de que ella se hubiese cubierto con su abrigo, detalle que en efecto no se le pasó por alto. Y que si la abrazaba, había de besarla a continuación. El quería besarla, desde luego. ¿Quién no hubiera querido besar a una mujer como ella?
Era subyugante. Parecía una criatura arrancada de los sueños de un adolescente, mucho más hermosa aún, porque ni siquiera necesitaba vagar por ellos. Llevaba el pelo recogido en una corta cola de caballo, adornada con una cinta de terciopelo negro. La cinta era también una invitación a deshacerle el lazo y soltarle el pelo, acariciárselo, ensortijarse los dedos con él, olerlo, embriagarse de ese olor del que se había impregnado, gencianas, lilas, malvavisco, y que Poe podía aspirar ahora, perfume como a violetas frías. El silencio de las estrellas le oprimía tanto como el dolor del pecho. Debería decirle que su pelo olía a violetas. A genciana. No, a malvavisco. No, a lilas. Eso era bonito, pensó Poe, quizá le gustara oírselo decir. Le parecía una mujer poética. Hechicera. Pero tuvo miedo de resultar cursi, y que Hanna pensara que además de hablador era afectado. Así que no dijo nada ni del pelo, ni de las violetas ni de las otras flores. Y recordó Poe de manera inoportuna en ese instante lo que cierto día, precisamente en El Comercial, poco antes de que entrara a formar parte de los ACP, le contó Hanna a propósito de la obsesión de los españoles de hacerle proposiciones que estaban lejos de su cabeza, y que bastaba que eso ocurriera para que ella perdiera el interés por esa persona. Sí, quizá pensara que si le hablaba de las violetas era con fines interesados.
Por otro lado, los brazos, los besos, ¿no eran consecuencia de la cena? No sabía que pudiesen ser su prólogo. Si llegaban, y él así lo deseaba, sería al final.
Desistió Poe de extender su brazo por los hombros de Hanna. Hubiera podido tomar cualquier excusa. El frío, por ejemplo. Preguntar, ¿tienes frío? Ya se había dado cuenta de que el abrigo que se había puesto por encima su amiga era el suyo. ¿Qué hacían entonces allí, frente a la noche madrileña? Habían bajado tanto las temperaturas que era una temeridad quedarse ni un minuto más a la intemperie, pero Hanna tampoco parecía dispuesta a dejar la terraza y pasar de nuevo a la buhardilla.
Los diez años que sacaba Hanna a Poe le permitieron a ella mirarlo todo con mayor lucidez, pero no con menor nerviosismo que él. Le parecía justo que eso ocurriera, que la vida pusiera a su alcance algún fruto bueno, sano, fresco. Estaba cansada de una vida que veía excesivamente escarpada y sin alicientes, cuando ni siquiera había cumplido los treinta. Por eso deseaba que Poe pasara el brazo por su hombro. ¿A qué, si no, estaba esperando allí? Y comprendió también su timidez. Le gustaban los hombres tímidos, más que todos aquellos a quienes su presencia despertaba irrefrenables acosos. Esos diez años de más no quería que sirvieran para atemorizar o avasallar a aquel muchacho que aún se encontraba saliendo de las para ella remotísimas playas de la adolescencia. Desde luego le parecía una tontería todo eso de quién debe o no llevar la iniciativa en una relación amorosa, pero le importaba demasiado aquel chico para crear cualquier equívoco. No era desde luego su primer amante, en el caso de que lo llegara a ser. Lo sería. En el fondo no lo dudaba. ¿Qué hombre se le había resistido? No recordaba ninguno. En un país meridional como España unos ojos azules, un pelo rubio y unas formas como las suyas eran tanto como una llave maestra. Pero no quería usarla con él. En cierto modo le veía como un niño, hubiera podido manejarle a su antojo. Era también la primera vez en su vida que cenaba a solas con un alumno. Reparó en ello, allí, frente a las constelaciones, y una sombra de tristeza se posó en su frente: se sintió una mujer vieja, una solterona condenada desde ese momento a buscar entre alumnos cada vez más jóvenes unas horas de compañía. Se espantó de aquella penosa perspectiva y preguntó con fingida ligereza:
– Rafael, ¿entramos?
La luz de la vela los recibió como a dos huérfanos perdidos en el bosque.
– Somos Hansel y Gretel -dijo Poe nervioso, frotándose las manos para hacerlas entrar en calor.
A Hanna le pareció una delicadeza aquella alusión nórdica, que aunque no era danesa, se le acercaba. Eran las cosas que le atraían de aquel muchacho.
– ¿Por qué lo dices?
– Por la luz de la vela. Viviría toda la vida con velas, con candiles, al lado de un fuego. Eso es real. La luz eléctrica no lo es. La llama es algo más, es vida, es calor, es un fuego, es el mismo amor.
Enrojeció su cara súbitamente ante la desproporción retórica de una frase como ésa, y no quiso Poe dejarla así, sin intentar arreglarlo:
– Una bombilla es preciosa, pero no para mí. Una bombilla te echa de su lado. Una llama te llama -añadió.
Con el retruécano se hubiera mordido la lengua o, mejor aún, se hubiera partido el cráneo contra la pared. Se sintió un completo pedante.
Hanna, que no estaba para pensar en retruécanos y tampoco entendió las disculpas que le siguieron, le oía arrobada. Le oía, pero no siempre le escuchaba. Le era imposible. Transcurrió la cena en medio de una nube de sobrentendidos que llenaban el ambiente de excitación y zozobra. Con la segunda copa de vino, Poe llegó incluso a estar locuaz, contra su costumbre. Su única preocupación era saber cómo sucederían las cosas, cómo iba decirle su profesora que tenía que volverse a casa. Incluso, viéndola tan silenciosa, temió que se estaba aburriendo. Lo que ni siquiera podía imaginar es que en realidad en esas ausencias, los pensamientos de Hanna eran bastante elementales. Dios, qué guapo es, pensaba, me lo comería aquí vivo, no es más que un niño, es un pedazo de estrúdel, mejor que el estrúdel. Su mismo pensamiento le arrancó una sonrisa un poco cínica y glandular.
Creyó Poe que tal sonrisa se debía a algo que había dicho.
– ¿Qué te ha hecho gracia?
– Tú.
– No soy un niño -replicó Poe con la timidez de siempre, otra vez retraído, bajando la cabeza, dispuesto a cerrar sobre sí las valvas de su misantropía.
Hanna se sobresaltó. Pensó que había forzado la puerta de los pensamientos de su joven amigo de una patada y que éste, de vuelta a si mismo, le había sorprendido revolviendo entre ellos con indiscreción.
– ¿Quién ha dicho que eras un niño?
– A veces te sale a la cara lo que piensas.
– ¿Y no lo eres?
– No… Creo que no. No lo he sido nunca. Creo que no he podido serlo. Quizá no me han dejado.
– Cuéntame cosas de ti.
– ¿Qué quieres saber?
Habían acabado de cenar. Hanna había cocinado un pastel de manzana de postre. Nunca había probado Poe el estrúdel. Quedó admirado de su sabor. Hasta ese momento no le constaba que a las chicas con las que había tonteado, incluso salido, les gustase cocinar, ni siquiera que lo supiesen hacer, y menos aún que fuesen capaces de preparar un postre de la complejidad que creyó hallar en aquél. Muchas eran las cosas que estaban sucediendo aquella noche por primera vez y todas parecían sucederle a él.
– ¿No quieres hablarme de ti?
– Hablame tú primero de ti. ¿Qué haces en España?
Antes de decir nada, extendió Hanna con la palma de la mano una arruga que el mantel no tenía. Pensó Poe, quizá quiere que se la acaricie. Sí. Eso significa. Si no, no la habría acercado. Pero no se atrevió. Hanna arrancó con la punta de la cucharita un pedacito del pastel, lo mantuvo unos instantes a la altura de los ojos y cuando al fin lo llevó a la boca lo retuvo cierto tiempo contra el paladar, como si del sabor allí obtenido procedieran directamente los recuerdos más remotos de su vida pasada, dejada en su país como en un guardamuebles.
– ¿Qué quieres saber? -preguntó sonriendo enigmática, dándole a entender que tenía demasiados secretos como para compartirlos todos de golpe.
– ¿Por qué dejaste Dinamarca?
– Estuve casada un año y me separé. Entonces me vine aquí. No lo pensé antes. No conocía a nadie y no había estado nunca en España y además esto se encontraba lo bastante lejos de mi marido y de todo aquello como para que sólo por eso me pareciese el país ideal.
Aquella palabra, marido, desconcertó a Poe. Hanna se dio cuenta.
Aquí se interrumpió. Le pareció a Hanna que media verdad era mejor que una mentira. No quiso contar que aquel «aquello» escondía algunas cosas que había tratado de olvidar, y casi lo había conseguido, salvo cuando aparecía su fantasma, como en ese momento, tres años de drogas, pisos sórdidos, relaciones absurdas, una destrucción irresponsable y un acabar su vida como terminaba su marido la suya no sabía dónde, en qué antro, tirado en qué sórdido rincón, si acaso no la había terminado ya, en ese mismo momento en el que ella pasaba una agradable velada con un joven alumno. La palabra droga ahuyenta a mucha gente, y por ello ni se le ocurrió pronunciarla en aquella habitación.
– … Llegué aquí y me puse a dar clases. Y desde entonces doy clases. No hay más. He ahí la historia de mi vida. ¿Y tú?
Poe también tenía sus secretos. ¿Quién no tiene secretos a los veinte años, incluso más que a los treinta? Pero sintió que no podía contarlos, porque los secretos de los veinte años son todavía sagrados. Ni siquiera pensaba que podría estar vivo con treinta años.
Puso Poe los codos en la mesa, entrelazó las manos y apoyó en ellos la barbilla.
– Lo mío es más vulgar. Hice unas oposiciones a un banco, las aprobé, trabajé en mi pueblo tres años, solicité una plaza en Madrid, me la dieron, vine, me he pasado seis meses probando pensiones y hostales, voy de vez en cuando a ver a mi madre, y aquí estoy.
– ¿Nada más? ¿No tienes novia?
Poe sintió que esa pregunta se la permitían a Hanna hacérsela los diez años de más que tenía, porque a él también se le había ocurrido preguntarle cómo es que una mujer tan guapa como ella no tenía una cola de pretendientes, pero antes de hacerle una pregunta tan directa se habría muerto de vergüenza. No obstante Poe se alegró de que le hiciera una pregunta como ésa, porque le daba pie a devolvérsela y poner las cosas donde a él le gustaban, en un plano de igualdad.
– No. Yo no tengo novia. Y tú, ¿tienes novios?
Comprendió de pronto lo estúpido de aquel plural. No supo cómo pudo cometer tal torpeza. Fue como un acto fallido.
A Hanna no se le escapó, en efecto, aquel «novios» y protestó más por broma que por otra cosa. Hubiera querido contarle toda su vida en un segundo, y no ocuparse más de ella. No era una vida que valiera demasiado.
– Sí. No son muchos, bueno, sólo tres.
Esperó a ver la reacción de Poe, pero éste no movió un solo músculo de la cara.
– En realidad -matizó seria Hanna-, sí, tengo uno, una especie de novio.
Se hizo un silencio que ni Poe ni la propia Hanna hubieran interpretado correctamente, porque a los dos empezaba a incomodarles la conversación, pero ninguno de los dos hubiera querido interrumpirla en ese punto.
– ¿Quién es?
Hanna soltó una carcajada.
– Ah, los españoles, siempre tan directos.
Tenía Poe un gesto recurrente, como un tic, cuando no se hallaba cómodo: se llevaba la mano al pelo y se lo apartaba de la frente. Fue lo que hizo. No le gustó a Poe aquella comparación. ¿Qué tenía que ver él con los españoles?
– Tú lo conoces -le respondió al fin Hanna.
– ¿Yo?
Brilló en los ojos claros de Hanna la oscuridad de la malicia. Poe se dio por vencido.
– Jaime Cortinas -desveló al fin la joven, abriendo los brazos, como el voila de los magos que ponen ante el asombro del público un truco de magia.
– ¿El director de la academia? Si es un viejo… y está casado. -La sorpresa de Poe no era fingida. A continuación se avergonzó de un comentario tan poco cosmopolita.
Hanna se lo tomó a risa. Aquel hombre era un viejo, desde luego. Cincuenta años, vistos desde los veinte arriscados de Poe, eran lo más parecido a uno de los viejos y áridos tesos de su pueblo, y en comparación con los treinta de ella, casi un delito.
Poe era demasiado joven para saber que una confesión como aquélla lejos de inquietarle, debería infundirle ánimos, porque no era sino el preludio de una ruptura que se le anunciaba como primicia. El pesar que asomó a la mirada de Poe, aligeró el humor de la joven.
– No me creo que no tengas novia. Eres muy guapo. Veo cómo te miran las chicas en clase. Se te rifan con la mirada. No me digas que no te has dado cuenta.
No sólo no tenía novia sino que su experiencia al respecto hubiera podido ser declarada zona catastrófica. Además él no se había dado cuenta de que sus compañeras de clase le dirigieran no ya la palabra; ni siquiera le miraban, o eso le parecía a él.
– No he tenido mucha suerte en eso -confesó después de pensárselo un rato.
¿No tenía una novia en el pueblo?, insistió Hanna, que llevaba aquella conversación como si leyese apresuradamente las páginas de un folletín. No, ya le había dicho que no tenía novia, le dijo Poe. Pero ¿se volvería algún día al pueblo con sus padres? No tenía padre. No, Hanna no tenía que sentirlo. Casi ni él lo sentía. Para él su padre no era más que unas fotografías borrosas, perpetuas en sus viejos marcos, en el salón de su casa, y las lágrimas de su madre todos los aniversarios de su muerte, o tantas otras veces, cuando se hablaba de él, unas veces sí y otras no, no se sabía cuándo su madre lloraría por su padre, a veces contaba algo que hacía presagiar el lloro, y no lloraba, y en cambio en otras ocasiones, estaba tan tranquila, y bastaba con que se rozase su nombre, para que la mujer no pudiese contener el llanto. En general su padre era un silencio, más angustioso aún que las lágrimas. Esos eran parte de sus secretos. De eso no se podía hablar, cómo murió el padre, cuándo, de qué modo, lo que ello significó en casa, su madre, sola, embarazada de él, con sus hermanos, teniendo que ponerse a trabajar en lo que le salía, con sus propias manos, sus hermanos dejando los estudios, sacándoles del colegio para buscar cualquier colocación, también en lo primero que les salía, la mayor con dieciséis años, el otro con trece, sin haber podido terminar la primaria. Y sin que allí, en el pueblo, nadie les socorriera, ni la familia de su padre, ni la de su madre, que vivía en la otra punta de España, nadie quiso hacerse cargo ni ayudar, todos se sacudieron la responsabilidad, porque de una y otra parte le culparon a él de ser el único responsable de todo lo que le había ocurrido. Porque no era la primera vez. Pero no fue culpa de su padre, y eso lo defendería Poe si era preciso a golpes con quien sostuviera lo contrario…
Esas eran las cosas de las que no hablaba con nadie, porque a nadie le interesaba saber cómo sucedieron en realidad. Nadie quiere saber la verdad. Sienten y piensan por aproximaciones, porque la verdad compromete tanto como la realidad. Ni siquiera entre ellos, los de su propia familia, su madre y sus hermanos, querían hablar de ello. Demasiado doloroso, demasiado habían penado ya todos ellos, demasiado daño les habían hecho, así que nadie quería meter de nuevo el dedo en una herida que estaba aún abierta como el primer día. Incluso parece que le reprocharan a él algo, cuando le decían, no te puedes figurar cómo fue aquello, no, no tienes ni idea. Y le dolía que le dijeran aquello porque sucediera antes de su nacimiento, marcado por ello como el que más.
Había una foto de su padre enmarcada en casa, él sí que era guapo, delgado, con el pelo peinado hacia atrás, la boca grande y unos ojos profundos, negros, con una mirada melancólica, la nariz recta, la frente levantada y un hoyuelo en la barbilla. Todo el mundo decía que era guapísimo, como un actor, y lo que todo el mundo decía también: cómo debía de ser tu madre de joven, cuando se conocieron, para que un hombre tan guapo se fijara en ella. Pues igual que él, de «bandera», le contaron que decía su padre de su madre, se lo contaba su madre incluso, envanecida y avergonzada al mismo tiempo, gustosa de recordarlo en una de esas ocasiones que Poe no sabía nunca si se rematarían en risas o en sollozos; sí, eran como una pareja de actores de cine. A Poe algunas de las mujeres del pueblo que habían conocido a su padre le decían, tú has salido majo, pero para majo, tu padre. La foto enmarcada no era una foto sólo del padre, sino de ambos, madre y padre, la foto de la boda, uno con su traje y en la solapa aquel luto por alguien, por cualquiera, qué más daba, porque en esos años todos estaban de luto por alguien y los lutos se encadenaban unos con otros, había muertos por todas partes, de todas las clases, para llevar luto por el que se le antojara. Había muertos y desgracias donde elegir a gusto. Y su madre con un collar de perlas que fue lo que primero llevó a vender, cuando murió su padre y necesitaron dinero. Y gracias a esa fotografía Poe no olvidaba nunca cómo había sido su padre, y en casa no se le dejó de recordar nunca, lo que había hecho, si tu padre estuviera aquí, tu padre por aquí, tu padre por allá, si tu padre viviera, si tu padre no hubiese ido a Madrid ese día, se hablaba de esas cosas pero no de lo que sucedió cuando su padre cierto día de 1960 fue a Madrid y se encontró de casualidad en el Retiro con su amigo Remigio. Fue una casualidad. La policía no creyó nunca que lo fuese, porque cuando se piensa de una determinada manera, no hay azar ninguno, sino que el Mal se larva oscura y enterradamente sin descanso. Así como la policía y el Bien tienen sus horas de reposo y asueto, que dedican a repararse del trabajo que les cuesta velar por el Orden, y se entregan al sueño, a la familia y a los esparcimientos honestos, el Mal se aprovecha de tales treguas, para desde lo más soterrado del mundo erosionar sus cimientos y echar abajo ese Orden establecido, que no es otro que la Ley Natural, sustituyendo la libertad verdadera por el libertinaje, etcétera, etcétera, y por eso se lo llevaron detenido, porque la policía no creía nunca por principio lo que dijera alguien con los antecedentes suyos, y mucho menos cuando empezaba defendiéndose con la palabra casualidad. No sólo vivían en el error, sino que vivían de la mentira. Y en el libertinaje. Y si la verdad puede uno hallarla por casualidad, la mentira no es sino el trabado empeño de muchos años de empecinada y voluntariosa existencia en el error. Y se recordaba Poe a su madre, llorando por los rincones de la casa, cuando era pequeño, o sobre la máquina de coser, por la noche, cuando cosía, como en una de esas escenas de cine neorrealista que pasaban a veces por la televisión, que eran comedias de las que hacían llorar. Podía oler incluso la miseria de la casa, un olor a borra y a cebolla. Y se recordaba él en casa de una vecina todo el día, mientras su madre asistía las casas. Una buena vecina de esas que hay en todas partes, la samaritana que se hacía cargo de él, cuando no había nadie para atenderlo, con tías y abuelas en el mismo pueblo, pero a cargo de una vecina porque después de aquello dejaron de hablarles todos, unos apestados, sin poderse ir a ninguna parte, y la vecina mejor que de la familia, su familia desde entonces, le crió con sus propios hijos, sin preguntar si la culpa de todo la había tenido su padre, o la mala suerte, o esta maldita España y la maldita política, mirando únicamente para que aquella viuda sacara como fuese a sus hijos…
Lo raro es que no lo mataran después de la guerra. Poe le pedía a su hermana, a su hermano, volvedme a contar lo que padre os contaba. Y ellos le contaban el día que se los llevó de pesca, o cuando se compró el primer camión, que se fueron los cuatro a merendar a una venta, para festejarlo. Y a su madre le decía, madre, cuéntame otra vez dónde os conocisteis padre y tú. Y ella, soñadora, recordaba aquella tarde en Valencia, el año 38, un día de julio, que se toparon con unos que venían del frente, y se fueron todos a merendar a una taberna donde les frieron unos huevos frescos que traía del campo uno de los milicianos, y que allí mismo se enamoraron. Poe se sabía sus palabras de memoria, como si fuese un cuento de hadas, y no habría consentido que por abreviar se saltara ni uno solo de los detalles. Y que se casaron a los treinta y dos días sin dudarlo. ¿De qué habían de dudar? Y luego todo lo demás, lo que pasó cuando terminó la guerra. Y que él se la llevó a su pueblo, y que nunca les gustó en el pueblo a la familia de él que viniese casado con una que era menos que ellos, decían, y tan guapa, decían también, que levantaba sospechas del trasiego que traería. Y que su padre le rogaba, por Dios, Angelines, no te pintes, nadie te va a perdonar que seas tan guapa, pasa desapercibida, ya eres muy guapa sin pintarte. Y le contaba la denuncia de un falangista después, cuando creía que ya había pasado todo, qué incautos, quién nos lo iba a decir, se lamentaba siempre Angelines al llegar a este punto de sus recuerdos, y el año danzando de campo en campo de concentración, y Angelita detrás, embarazándose a salto de mata, en las visitas, detrás de unas matas, a dos pasos de los guardias, a los que había que contentar llevándoles algo de comida o darles algo de dinero para que hiciesen la vista gorda. Y los dos primeros hijos perdidos, en una meningitis uno y el otro de penuria. Con dos y tres años. Y que a él, Rafael, le acabaron poniendo el nombre que había llevado el otro, el mayor, el muerto. Y que llevaba el nombre de un muerto, y que por eso a lo mejor era tan serio. Pero todo pasó, y lo pasado, pasado. Ya nadie volvió a acordarse de aquello. Alguna vez en casa, en voz baja, por miedo a que alguien estuviese escuchando, se contaban tales historias. Nunca delante de los chicos. No se hablaba de la guerra en su casa, pero la guerra lo había sido todo, y acabó con todo. Y eso fue lo que ocurrió. Esa fue la desgracia. Pero todo fue el azar. Algo en lo que la policía no cree nunca. Pero el azar es el principio fundamental de todo Crimen Perfecto, y el del padre de Poe fue un crimen perfecto también. Y lo mataron sin que tuviera él nada que ver con lo que la policía imaginaba. ¿Qué era lo que imaginaba? Nunca lo supieron, nunca les dijeron nada. Jamás le dijeron a su madre, lo detuvimos por esto o por lo otro. Nada. Y aquel no saber era aún peor que saber a medias. Sólo sabía que su padre quería cambiar de camión y se fue a ver uno a Madrid, aprovechando que era la Feria de Muestras de junio. Eso era todo. Pero le detuvieron en casa de Remigio. Y a éste, buen elemento, ya le venían siguiendo los pasos desde hacía lo menos un año. Se pusieron a hablar de los viejos tiempos y de los presentes. Había sido su capitán en la guerra. Y hablaron de todo. ¿Te acuerdas? ¿Cómo no voy a acordarme?, respondía el otro. Y su madre, en cuanto vio que su marido no venía de Madrid, lo buscó como loca, llamó a todos los hospitales de todas partes, a la Guardia Civil, a todos lados, al principio deseó que sólo fuese un desliz, no sé, pensó, éste se ha liado con una por ahí, y cuando quiera, ya vendrá, pero pronto empezó a temer, y a desear de todo corazón que sólo fuese una farra del marido, ya le había perdonado en su corazón con tal que apareciese, hasta que, cuatro días después, cuando pensaba que se iba a morir del dolor, la Guardia Civil vino a su casa, y se la registraron de arriba abajo. Fue ella a Madrid. ¿Y por qué le han detenido? No lo sé, señora, y no le puedo decir nada más. Y su madre se estuvo veinte días en una pensión de la calle Carretas, y se pasaba el día allí, queriendo ver a su marido y tratando de saber por qué lo habían detenido. Y un guardia se compadeció de ella y la dejaba estar en la puerta el tiempo que quisiera, sin decirle que se marchara. Y la madre no sabía lo que estaba sucediendo, porque sabía que su marido después de que salió preso, después de la guerra, ya no se había metido en nada. Y se lo contó al guardia de la puerta llorando, y el guardia le decía, ¿qué quiere usted que le haga señora? Yo aquí soy el último mono. El guardia era una buena persona, ande mujer, no llore, vayase, le decía otras veces, no me comprometa usted, que si yo me entero de algo, se lo diré. Desde ese día, gracias a aquel guardia se enteraba de algunas cosas. No puedo decirle más, mujer, me está usted comprometiendo, insistía. Pero por él supo que no estaba bien, que le apretaban las clavijas, y que parecía un buen hombre, y usted no se apure, porque si es inocente, le decía, acabarán soltándolo. Pero en aquellos dieciocho días que lo tuvieron detenido no logró hablar con él ni verle ni llevarle siquiera un poco de comida. También dijeron que él debía de estar ya enfermo, porque no era normal que no hubiese aguantado lo que otros mucho más débiles que él aguantaban sin dificultad, debía de estar tuberculoso o algo parecido, escupía sangre, y eso no es normal, tuvo que haber venido averiado del pueblo, dijeron, porque lo lógico no era que se le encharcaran los pulmones. A nadie se le encharcan los pulmones por hacerle unas cuantas preguntas Y no hubo autopsia y el juez dio por buenas las explicaciones de la policía. Y durante unos años el nombre de aquel policía que dirigió los interrogatorios de su padre, y que firmó las diligencias, fue una obsesión para todos ellos, para su madre, para sus hermanos, había sido el causante de que la vida para ellos se convirtiera en un infierno. Hubo que vender, con pérdida, el camión recién comprado por su marido, traspasar el negocio, vendió su madre algunas joyas, lo que había de valor en casa, y el culpable de todo fue alguien que lo confundió con otra persona, acaso que no le confundió con nadie, que se confundió él mismo sin más, e hizo pagar su error a un pobre desdichado que pasaba por allí. Pero transcurrió el tiempo y el nombre de aquel policía se olvidó, como trataron ellos de olvidar todo lo sucedido entonces, en la penosa sucesión de aconteceres que habían sido las vidas de todos ellos.
Poe sí, él había ido al instituto hasta los catorce años, su madre quería que siguiera estudiando, valía para ello, los hermanos se reunieron y le dijeron, lo que nosotros no pudimos, hazlo tú. Pero Poe dijo, yo como todos, y entró en el banco, de botones, y siguió estudiando, y sacó su bachillerato superior y ahora quería pasar a la universidad. Y empezaron a ir mejor las cosas para todos. ¿Qué más podía pedir? No necesitaba nada, y ahora estaba en Madrid, le gustaba Madrid, y era feliz allí. Tanto que iba a entrar en la Universidad. ¡En la Universidad! Lo que su padre hubiera dicho de eso. ¿Y los ACP? Se acercó a ellos porque estaba solo y no conocía a nadie en Madrid y siempre estaban hablando de libros y a él los libros le gustaban. El no era de esos, era tímido. Había visto a los ACP muchas veces. Le parecían extravagantes, echando humo de sus cachimbas, con aquellas trazas estrambóticas, parecían extras de una película. Sherlock vestía sin saberlo como Sherlock Holmes; llevaba un abrigo que podría parecerse a un carrik. Y la gabardina de Nero, cómo era. Poe observaba, y un día se les acercó. Estudiaba siempre en el café, le parecía mejor que una biblioteca. La gente y las conversaciones ajenas le acompañaban. Todo el día solo, en el banco, y luego en la pensión. No conocía a nadie allí. A su madre era lo único que le preocupaba, que no se hiciera un raro. Hijo, ¿has conocido ya a alguien? ¿Tienes ya amigos? Y una tarde se acercó y les dijo, sé quiénes son ustedes, y a mí también me gustan las novelas policiacas, ¿puedo sentarme con ustedes un rato y aprender algo?
Hanna sostenía su cabeza con las manos y oía sin cansarse. Se decía, no sé cómo sería su padre, pero él es guapísimo…
De pronto el propio Poe pareció despertarse de un sueño. Llevaba hablando desde hacía media hora, y se interrumpió con brusquedad.
– Bueno, ya te he contado mi vida…-y sintió en ese momento un gran vacío.
También Hanna despertó de su sueño. Se levantó de la mesa, se acercó a donde él estaba, tomó sus manos, tiró de ellas hacia arriba con suavidad haciendo que se pusiese en pie, y cuando lo tuvo delante de sí, le rodeó el cuello con sus brazos y le besó profunda y apasionadamente. Cuando aquel beso terminó, Hanna, sin soltar sus manos, le condujo al dormitorio, no sin antes soplar sobre la llama de la vela. En el momento en que se apagó, apareció en el balcón el sortilegio de todas las estrellas, y la luna extendió, como una alfombra, el misterio de su sudario.
SEIS meses llevaba Dora sin saber de Paco Cortés y sin que éste le llevara, como solía hacerlo puntualmente, el dinero de la pensión, que le hacía llegar ahora por giro telegráfico.
Seis meses llevaba Paco Cortés postrado en una depresión sin salir de casa, agotando las últimas reservas de dinero que le quedaban, consolado al caer la tarde por whiskies que para mayor dolor no podían salir, como el que bebían los personajes de sus novelas, de míticos alambiques de Kentucky, sino de unas miserables destilerías segovianas.
Y seis meses llevaban los ACP sin ver el pelo a su fundador por la tertulia de El Comercial.
En ese tiempo dejaron éstos de hablar de novelas policiacas y de crímenes perfectos, para dilucidar la manera en que podían ayudarle.
Las noticias que se tenían del antiguo escritor de novelas policiacas, de detectives y de intriga en general no eran ni mucho menos tranquilizadoras. Se hablaba de una destrucción sorda, constante e imparable.
A su apartamento de la calle Espartinas destacaron los ACP una comisón de ojeadores. Nero, el padre Brown y Mason, el más preocupado de todos sus amigos, se presentaron una mañana, a la una del mediodía.
Lo anómalo de la hora delataba lo excepcional del cometido.
Les recibió un Cortés al que sacaban de la cama en ese momento. Se sorprendió de verlos allí. Les pasó al salón, abriendo la comitiva, mientras trataba de quitar de en medio algunas de las cosas que estorbaban su paso. Disimularon bien sus amigos la mala impresión que les causó el estado de abandono general de la casa, no menos limpia y ordenada que cualquiera de los cubiles en los que suelen vivir los detectives de las películas de serie b, con botellas de whisky Dyc y de vodka nacional vacías por todos lados, ceniceros llenos, periódicos mal doblados por el sueño y noveluchas tiradas en los rincones.
El proyecto de la agencia había sido arrumbado para siempre, por descabellado, al segundo día de haberlo concebido. Comerse el orgullo con Espeja el viejo tampoco le sirvió de nada, porque éste, cuando le telefoneó una semana después de su trifulca, el 3 de marzo, no cesó de insultarle y exigirle la devolución inmediata de un préstamo que Cortés ya no pensaba devolverle.
Por iniciativa de Mason resolvieron entonces actuar contra el viejo editor, pero la situación que afloró no pudo resultar más calamitosa. Con los contratos en la mano, Espeja el viejo tenía los derechos de todas sus novelas, lo cual quería decir que las tenía como quien dice a perpetuidad, ya que mientras siguieran editándose o hubiera en almacenes un número de ejemplares superior al diez por ciento del total de la edición, los derechos permanecían en manos de su editor, y como Paco Cortés sospechaba que Espeja el viejo hacía de todas ellas reimpresiones fraudulentas, iba a ser imposible arrebatárselas y vendérselas a otro editor.
El padre Brown, moviendo hilos largos y sutiles como los del laberinto, le buscó en la Biblioteca de Autores Cristianos trabajo de corrector de pruebas.
Agradeció enormemente Paco Cortés a su amigo Benigno el cura las gestiones, y después de meterse entre pecho y espalda un voluminoso tratado sobre las virtudes teologales de un benemérito padre dominico, excusó persistir en aquella labor encaminada a poner en claro peliagudas cuestiones, mucho más complejas que las de cualquier avisado detective.
Todos conocían también la negativa de Cortés a escribir novelas de nueva planta, pero lo que no sabía nadie, ni siquiera Mason, es que en tres o cuatro ocasiones se había puesto a la tarea, dejando como resultado el rastro penoso de tres novelas que no habían pasado de la página doce.
Había que reconocer, y así lo reconocía él, que el manantial se había secado. Pero si Sam Spade tiraba a sagaz, Paco Cortés era orgulloso, y no comunicó a nadie el origen de aquella depresión: se sentía acabado, porque lo estaba.
Cierta tarde llegó Maigret a la tertulia con noticias no menos tranquilizadoras.
– El suegro de Paco -informó- se lo quiere llevar por delante. Me ha encargado que si le veía aquí le diera un recado. Le he dicho que hace seis meses que nadie le ve. No lo creyó. Piensa que le guardamos las espaldas y que le tenemos por un Dios, cuando, ha dicho, no es más que un sinvergüenza, un vividor y un golfo que lleva sin pasarle la pensión a su hija los dos últimos meses. Y…
La comisión mediadora de los ACP volvió a la carga en una segunda, tercera, cuarta intentona.
En esa cuarta visita, que efectuaron Mason y el padre Brown, sin Nero, les sorprendió lo que vieron en el salón. Las ocho estanterías que llenaban una pared entera, del suelo al techo, habían sido vaciadas. Eran la viva imagen de la decadencia y la precariedad. Eso sólo podía querer decir una cosa: su magnífica biblioteca de novelas policiacas, acabalada con tanto esfuerzo, así como todos los libros auxiliares de que se había servido para escribir las suyas, guías, mapas, diccionarios, lexicones de argot y demás, seguramente uno de los acopios más completos que pudieran imaginarse en España sobre asuntos criminosos, había emprendido el camino sin retorno a la librería de viejo.
Para el padre Brown y para Mason, que se habían abastecido en ella tantas veces, fue un gran disgusto y la prueba de la gravedad de la situación. Si el manantial de Paco Cortés se había secado, el pozo del que ellos habían bebido todos esos años también se había vaciado de repente.
– ¡Dios mío, Paco! ¿Qué ha sucedido aquí?
Había corrido el padre Brown hacia las estanterías vacías con los brazos abiertos, como si tratara de contener la huida de alguno de los libros, si acaso se hubiese quedado rezagado o escondido en las costuras.
– No te apures, Benigno. Cuando quieras una novela, yo te la contaré. Están todas aquí -y un sarcástico Paco Cortés se golpeó la cabeza con el dedo índice con tanta fuerza, que Mason y el padre Brown se miraron de una manera significatica: su amigo se estaba volviendo loco.
Le miraron a los ojos. Los tenía Paco Cortés desorbitados bajo unas cejas circunflejas, y estaba perdiendo el pelo. Los que le quedaban, largos e hirsutos, se le alborotaban.
Conociendo a su amigo, que tenía por aquellos libros no ya amor, sino una devoción de idólatra, la decisión de venderlos les dio la medida real de las estrecheces por las que debía de estar atravesando.
– Deberías pasarte por El Comercial, eso te distraería -le aconsejó dulcemente el padre Brown.
– No, Benigno, para mí todo eso ha terminado. Le he perdido el gusto a la lógica. La vida no tiene nada de lógica ni aritmética. Que se lo pregunten a Poirot.
El gato, que se había refugiado en su regazo, pegó un brinco y desapareció de su vista como la biblioteca.
– Pero ¿los libros? -dijo el Vicario Supremo de la Lógica en esa reunión de amigos.
– Modesto, los libros son otra cosa. Los libros sí tienen lógica, si son buenos. Volveré a comprarlos y volveré a escribirlos.
Cortés se quedó un momento pensativo, y añadió:
– Los compraré cuando vuelva a escribirlos.
– Me lo temía -dijo el padre Brown mirando a Mason, con ese tono bromista que se emplea con los enfermos graves para que no puedan ni siquiera sospechar la gravedad de su dolencia-. No hay un criminal que no filosofe. Y yo añadiría que menos aún un novelista de novelas policiacas. Y, si me permites citar al verdadero Spade, cuanto más ruin es el rufián, más chachara sabe. O ésta otra: vete a tus funerales antes de compadecerte de ti mismo. La vida está en todas partes, lo mismo que Dios, Paco.
– Benigno, te agradezco el esfuerzo y el detalle, pero es mejor dejar a Dios aparte. Ya sabes lo que pienso de tu idolatrado padre Brown: las cosas que sabe, las sabe antes de que hayan ocurrido, porque Chesterton se las sopla al oído, pero aquí no hay nadie que nos diga lo que tenemos que hacer ni lo que ocurrirá mañana. Claro que para vosotros los curas detectives todo es un juego, hasta la salvación. Pero me temo que es todo menos divertido: aquí no se salva nadie.
Benigno era un cura paciente, desoyó aquella blasfemia y sonrió.
– Os lo agradezco de veras, Lorenzo, Modesto, Benigno.
Paco ni siquiera llamaba ya a sus compañeros con el nombre de guerra.
Antes de marcharse Mason le transmitió el recado de su suegro que Maigret le había dado antes de marcharse. Paco se quedó mirando a los amigos sin decir nada. Les ofreció, si querían, una copa. No, ellos no querían. Paco buscó un vaso limpio, no lo encontró, y en uno en el que quedaban los restos aguados de un whisky usado, vertió las postrimerías de una botella de vodka.
Los amigos le vieron beberse aquel mejunje sin decir nada.
El padre Brown consideró obligado aleccionarlo, pero una sonrisa amarga de Cortés le detuvo.
Salió la comitiva de casa de Paco Cortés con gran consternación. El padre Brown, que no creía en los milagros, sólo confiaba en uno que hiciese reaccionar a su amigo y le sacara del hoyo en el que había caído.
Regresó la comisión a la tertulia con las manos vacías y los ánimos por los suelos. Pusieron al tanto de la situación al resto. Las reuniones languidecían. La presencia de Milagros, Miles, que no dejó de asistir a ellas, ponía una nota luctuosa o cuando menos premonitoria: parecía la viuda que recordaba en todo instante que el alma de aquella tertulia había dejado de asistir a sus reuniones y volaba cada vez más suelta por las regiones del éter.
Miles fue a verle, se lo llevó a su casa, una casa lujosa, amplia, con una vieja criada que tenía a su señora en palmitas, y allí vivieron juntos ella y Sam Spade una semana, pero tampoco aquello dio resultado.
– No te lo tomes a mal, Miles. Debe de ser la bebida. Ya no valgo ni como amante.
– No me importa -le dijo la mujer-. Quédate conmigo.
Paco prefirió su covacha de Espartinas.
La consigna más repetida de los ACP se convirtió en un «hay que hacer algo».Traducida sonaba a: «Salvemos a Spade».
Pero o Spade se salvaba a sí mismo o ningún otro podría socorrerlo.
Y eso fue lo que hizo el propio Cortés. Poner término a su degradación. Llegó a la conclusión de haber pasado, en seis meses, de la adolescencia a la vejez. Decidió ir a ver a su padre.
A nadie hablaba Cortés de su familia. En realidad era un hombre que no hablaba de sí mismo. Por eso, tal vez, se había hecho novelista tan joven. Para no tener que contarle nada a nadie. Prefería que hablasen por él unos personajes, unos muñecos, los títeres de su desdicha. Ni siquiera solía hablar de sí mismo con Dora.
Los padres de Paco vivían en un piso de la calle Lagasca, esquina con Padilla. No se veía con ellos desde que había nacido su hija. Se la llevó, para que la conocieran, pero lo dijo después Paco Cortés a Dora, que se negaba a acompañarle en esa visita siempre pospuesta: si habían sido desnaturalizados como padres y de una crueldad humillante como suegros, no iban a poder ser mejores como abuelos.
Tuvo lugar el encuentro durante una comida, un domingo, al que asistieron, además, tres de sus hermanas, con sus cuñados.
No le impresionaba el ambiente de aquella casa a Paco, porque lo conocía bien y precisamente de él había huido cuando tenía veinte años para escribir novelas policiacas: un mundo asfixiante de negocios, dinero, mentiras y un servicio tratado con paternalista despotismo o con déspota paternalismo.
Las hermanas, cuando se lo encontraron, reaccionaron con el interés que se pone en una nueva fiera traída al zoo, sin saber si mordería si se acercaban a ella o si se limitaría a hacer cabriolas y payasadas.
Porque eso ocurría con Paco Cortés en el momento que se ponía en contacto con el ambiente familiar: reaccionaba como una base a la que se le acerca una sal, transformándose en otra cosa. Y sin saber por qué sí y por qué no, para pasar el trago, consumía el tiempo que permanecía con sus progenitores y sus hermanos comportándose como un imbécil en grado superlativo y diciendo tonterías que luego, fuera de allí, sería incapaz de repetir a nadie sin sonrojarse, con lo cual aquellos encuentros significaban para él una humillación en la que nadie tenía más culpa que él.
Por suerte para él ese domingo acudió al almuerzo familiar lo bastante sombrío como para no despegar los labios mientras duró, sin responder siquiera a las provocaciones de sus cuñados que querían verle hacer los volatines y charlotadas de costumbre.
Esperó que se marchara todo el mundo y cuando se quedó solo con los padres, tuvo lugar una conversación que Cortés ni siquiera había preparado.
No se trataba de pedirles dinero. Eso habría sido demasiado sencillo y es lo que su padre estaba esperando, para recordarle, por fin, con aires de triunfo, que ese momento, que él llevaba veinte años esperando, se había hecho al fin realidad.
– ¿Has dejado de escribir novelas policiacas? -preguntó su padre enarcando las cejas con asombro.
El señor Cortés miró a la señora Cortés, pero ninguno de los dos se atrevió a añadir nada. Esperaban quizá una revelación de otra naturaleza. Paco aguardó unos segundos. ¿Esperaba un «necesitas algo, hijo», «¿estás bien?» o al menos un sencillo «¿y qué vas a hacer ahora?», que es lo que le preguntaron todos sus amigos. Si lo esperaba, hubo de conformarse con mucho menos. El gran abogado Cortés y su mujer no se dignaron a decir nada, tal vez para no herir a quien a menudo se había reído de los consejos que ellos solían darle.
En vista de que nadie añadía nada, Paco acabó por levantarse, se despidió de su padre con un apretón de manos, cortando de ese modo el movimiento de aquél, que se le acercó peligrosamente para abrazarlo y quién sabe si darle un beso, besó a su madre, y sin que nadie le detuviera, ganó la puerta de la indigencia que le había llevado hasta allí un par de horas antes.
No vivía lejos Dora, y se fue paseando en esa todavía muy calurosa tarde de septiembre. La sobremesa dominical había anestesiado las calles del barrio de Salamanca, que estrechaban su sombra hasta hacerse angostas incluso para las propias sombras.
A Madrid aún no se le había ido el olor ronco del geranio y del esparto, y eso ponía en el ánimo de Paco Cortés una rara angustia que le secaba la garganta y pedía regarla con algo fuerte.
Se dirigió Paco a casa de Dora. Seis meses sin saber de ella. Ni siquiera tenía conocimiento de la ruptura de Dora con su novio reportero. ¿Y Violeta? Había pensado en ella muchas veces en aquellos seis meses, pero no había tenido fuerzas para verla. Así de raro es el corazón humano. No había dejado de pensar en ella un solo día y en cambio no habría encontrado fuerzas para cruzar la calle y darle un beso. Pasó al lado de una cabina de teléfono. Pensó que debería llamar antes, pero supo también que si entraba en aquella cabina y hablaba con Dora, no la vería. Siguió de largo, como pasó de largo delante de un bar, pese a que la garganta le pedía algo que le quitara esa sequedad de esparto que se le había puesto también a él.
Se iba diciendo, si el portal está cerrado, me daré media vuelta. No se puede mantener la primera conversación después de seis meses con una ex mujer a la que se ha dejado de ver y hacerlo por el telefonillo. En el momento de llegar, alguien que salía le reconoció y mantuvo la puerta abierta, para que entrara.
Paco Cortés se arrepintió de haber pulsado el timbre pero el silencio y la quietud que siguió a ese timbrazo le dio alguna esperanza: no estarían. Ya se había arrepentido de encontrarse allí. No había tenido un domingo tan familiar desde que era adolescente: padres, hermanos, cuñados, ex mujeres, hija…
Había empezado Paco a bajar las escaleras, cuando Dora abrió la puerta. Le vio de esa manera, sólo una cabeza que iba hundiéndose en la sombra. Se asustó. Le encontró envejecido.
Cortés se volvió hacia ella.
También halló muy cambiada a su mujer.
Fue una suerte que Paco Cortés dijera entonces la única cosa que le franqueó las puertas de aquella casa, la única que hubiera podido franqueársela.
– Vengo de casa de mis padres.
Dora comprendió la gravedad de la situación. Y la posibilidad de una desgracia se sobrepuso a la sorpresa de tenerlo delante.
– ¿Ha pasado algo, están bien?
Le daban igual sus suegros, pero la muerte siempre arranca de todo el mundo sentimientos piadosos, siquiera por un par de segundos.
– No -respondió Paco.
Dora estaba nerviosa y desconcertada, y se disculpó por no haber oído antes el timbre. Dormía una siesta. La niña seguía dormida sobre el sofá. Paco Cortés se quedó mirándola de pie, a su lado, un buen rato, sin atreverse a hablar.
Dora preguntó entonces:
– ¿Quieres pasar un rato?
Nadie podía entender a las mujeres. Esa era una de las razones por las que dejaba la novelística de policías. Ya no las comprendía ni en las novelas ni en la realidad. Dora invitándole a que entrara en casa. ¿Qué había sucedido?
Entraron sin decirse palabra. Se arrodilló junto a la niña, que dormía sobre el sofá. También la extrañaba. Había crecido mucho.
– Hazlo -dijo su madre-. Despiértala ya, lleva ya más de una hora durmiendo.
Paco se acuclilló a su lado y tomó en las suyas la mano de la niña. Era como un mazapán de Toledo. Se la llevó a los labios y la rozó. Estuvo viéndola dormir más de diez minutos. Dora se sentó a su lado, de espaldas, sin decir nada. La niña se despertó al fin, como si presintiese algo. Se quedó mirando a su padre, sonrió como en sueños y le echó los brazos al cuello.
– ¿Papá?
Paco no tenía respuesta para esa pregunta. Al rato dijo:
– He estado de viaje, pero ya he vuelto.
– ¿Has vuelto de verdad?
Quien preguntó esto último era Dora.
Paco sonrió con tristeza, pero no se atrevió a volver la cabeza para mirarla. Dora imaginó esa sonrisa, porque le conocía.
Y en ese momento Paco supo que ya no vivía allí el reportero. Esa noticia que en otro momento le hubiese llenado de alegría, le dejó indiferente.
Trajo Dora de allí a un rato dos cafés, y en la misma bandeja la merienda de su hija.
– ¿Qué ha pasado?
Paco, acaso sorprendido por aquel recibimiento de su ex mujer, por la visión de la niña o por tener, tras aquellos seis meses, extenuados los nervios, notaba un pipo en la garganta que no le dejaba tragar, igual que aquella otra tarde que discutió con Espeja. La tarde que dejó de ser novelista.
– No lo sé, Dora. Mi vida es horrible, es un asco. No debería quejarme, pero no sé por dónde tirar.
– Si mi padre se entera de que estás aquí, se armaría una buena. Lleva dos meses diciendo que como te vea te pega un tiro. Te has convertido en su bicha negra. Se lo conté a mamá, le dije que no te veía desde hacía seis meses, y le pedí que no se lo contara a papá. Pero no sabe guardar un secreto. Y con mi madre las cosas no pueden estar peor. Salen a tres peleas diarias. Mamá me da pena. Basta que le diga que vaya a ver a un médico, y mi padre comienza a pegarla. Ella dice que no, que eso nunca, que jamás le ha puesto la mano encima. Le digo que le deje. Y ella me dice, a dónde voy a ir, y que entonces, sí, la mataría. Yo le he dicho cien veces, vente con la niña y conmigo. Pero ella dice que su sitio está con su marido. Es todo horrible. Tu vida será horrible, pero la has elegido tú. La mía, ¿quién ha elegido la mía por mí? Por favor, no me vengas diciendo nada de tu vida. Paco, yo no quiero convertirme en mi madre, no quiero ser como ella, no quiero sufrir porque el hombre del que estuve enamorada una vez, quiere hacerme una desgraciada. ¿Lo entiendes? Esta vida es un asco, me la habéis convertido en un asco todo el mundo. Y por si fuésemos pocos, a mi padre le están sacando en las listas del 23 F y podrían echarle del Cuerpo y quitarle la paga. O peor, meterle en la cárcel. ¿Y tú eres el que vienes aquí después de seis meses diciendo que tienes problemas y que la vida es un asco?
Paco estaba avergonzado. Ni siquiera se atrevió a pedirle perdón.
De todos los Paco Cortés que conocía Dora el que más le gustaba era aquél, sin caretas, sin aquella actitud presuntuosa que se le ponía a veces, sin la euforia del que se sabía más inteligente que todos los demás porque era capaz de aplicar en sus novelas fórmulas matemáticas que las hacían exactas como una ecuación, sin la actitud del gallo que se pasea por el corral gustando a todas las mujeres. El que tenía frente a sí no era ya aquel hombre vanidoso por la opinión de unos amigos que lo consideraban un genio. Tampoco un ser fracasado o vencido, sino alguien que había llegado a ella desnudo de nuevo, con el corazón, sin lógica, sin estrategias, sin esas frases baratas que aprendía en las novelas policiacas de otros para ponerlas en las que él mismo escribía. Pero al mismo tiempo se asustó. Lo veía muy desmejorado, muy delgado, quizá estuviese enfermo, había perdido pelo y el que le quedaba se había encanecido de forma ostensible.
– Paco, tú sabes que de ésta saldrás. Tienes recursos para eso y más.
– Quién sabe. Siento no haberte traído el dinero estos meses. Aquí tienes los atrasos y los dos próximos.
Sacó el dinero de la venta de los libros y lo dejó en la mesilla, metido en un sobre.
– Paco, nunca te he pedido dinero. Lo que yo he pedido siempre era otra cosa. ¿Puedes dármela? No te quería para mí sola, no quería que te sintieras angustiado en casa. Pero tampoco quería que me reprochases jamás que por mi culpa habías fracasado ni que tu vida, como me dijiste una vez, transcurría frente a un muro demasiado alto. No he deseado eso nunca ni para ti ni para mí.
– ¿Todavía me quieres?
La niña, sentada en una silla alta, con las piernas colgando, merendaba frente a un vaso de leche y un bollo.
A Dora aquella pregunta, así formulada y en tales circunstancias, la irritó profundamente, y la hirió en lo más hondo.
– ¿Con qué derecho me haces una pregunta así? ¿Crees que puedes venir, después de seis meses, con una pregunta que seguramente ya no tiene respuesta? No lo sé -dijo Dora con expresión abatida y sarcástica.
Se había puesto nerviosa, y se llevó la taza de café a los labios, a pesar de que ya estaba vacía.
– No querría que dentro de unos años nos miráramos y nos viéramos igual que mis padres, que los tuyos. Y que la niña nos viera igual que les vemos nosotros a ellos. Entonces la vida sería insoportable para nosotros y para ella. He deseado muchas veces que volvieras a casa. La última vez que estuviste aquí me pasé la noche llorando y reprochándome haberte dejado ir. Pero no sabía qué decirte, porque no soy yo la que tiene que decir nada. Yo no sé decir cosas bonitas como las que tú dices. A mí ni siquiera me gustan las novelas policiacas, porque todo eso no tiene nada que ver con nosotros. Todo lo que me ha ocurrido desde que te dije que te marcharas, ha sido lo único que me ha ocurrido. No podría decirte otra cosa. Durante un tiempo, al principio de estar juntos, ese no ser nada aún me provocó mucho más rencor, pues me obligabas a hacer cosas que yo no sentía en absoluto. Pero me engañaba para poder hacerlas. Yo era todavía como una niña. No tenía ninguna experiencia. Las relaciones que he tenido después han sido porque tú las habías tenido antes con otras. Yo me fui con otros hombres porque tú habías estado con otras mujeres. Pero yo no los deseaba. Sólo te deseaba a ti, sólo soñaba con que vinieras y me miraras de aquella manera con la que me mirabas antes. Me tomabas la cara con las dos manos como para que no pudiera írseme la mirada a ninguna parte, y te quedabas mirándome los ojos. Me decías, Dora, no me canso de beber en ellos, son como un pozo. Y yo me derretía. Quería que eso sucediera de nuevo. Pero volvías por la noche y al principio no me importaba, hasta que empecé a ver que no volvías, sino que aunque estabas conmigo te habías quedado muy lejos de esta casa, porque me decías cosas raras, de tus novelas. No aguantaba que me llamaras muñeca, que me dijeras pequeña, ven, toma, sé una buena chica. Odiaba que me llamaras flaca como Humphrey Bogart a Lauren Bacall. Odiaba todas las mujeres que sacabas en las novelas y odiaba sobre todo las que sacabas después de separarnos. Que las llamaras como a mí. Yo no era como tú me veías, pero sobre todo, nunca he querido ser así. Yo no soy una heroína, no soy Lauren Bacall, sólo soy Dora, y quiero tener contigo una vida normal, sin locuras, sin fantaseos, una vida llena de realidad, una vida real. Nunca me dijiste qué pasó. Por qué cambiaste. Yo comprendo que un hombre se líe con una mujer, pero no entendí por qué lo habías hecho tú, diciéndome como me decías lo del agua del pozo, lo de que no querías a nadie como me querías a mí. Te pregunté, te dije, ¿al menos eres feliz con ellas? Y me dijiste que no, que no lo eras. Y entonces comprendí que las harías desgraciadas a ellas y nos harías desgraciadas a nosotras, a mí y a la niña.
Paco Cortés oía a su ex mujer con la mirada perdida en unos hilos sueltos de la alfombra.
– Creo que tu principal problema -siguió diciendo Dora- es que no sabes aún quién eres, ni lo que quieres, y eso te ha ido destruyendo. Fíjate en todos esos pobres ACP. Tienen todos unas vidas como la tuya. Sois parte del mismo fracaso. Ninguno está satisfecho con la vida que lleva, y les consuela ver morir en una novela a alguien, o que alguien lo mate. Cada uno de ellos querría ocupar el puesto de la víctima o la del verdugo. Algunos nacieron para víctimas, y otros para verdugos. Modesto es víctima. Miss Marple, verdugo. Ninguno quiere vivir la vida por sí mismo, no sabría cómo hacerlo. Modesto habría matado a su padre por haberle obligado a estudiar una carrera que detesta, sufre cada vez que tiene que hablar delante de un juez. Me lo ha dicho Bea cien veces. Miss Marple seguramente mataría a su marido por todas las veces que le ha sido infiel, si no fuese porque de ese modo ella se quedaría aún más sola. Marlowe seguramente lleva preparando un golpe para robarle a su padre media joyería, y que lo pague el seguro. Y acabará haciéndolo. Y Maigret, pobre hombre. ¿Qué vida le espera? ¿La de mi padre? Yo vivía en una nube, todo lo negra que quieras, pero una nube. Mira a Agudo. Los problemas con sus hijos no le dejan vivir, odia ser médico, es un misógino, no soporta a las mujeres, se hizo ginecólogo porque lo era su padre también, así que no ha encontrado otra escapatoria que la de las novelas negras. Y don Benigno, dime tú ése qué tiene de cura. Tenía que dejar la sotana y buscar una mujer. No sabes las miradas que me echaba, cuando me veía, parecía que me desnudaba. Y el pobre Modesto. No es más que un infeliz. Sabes que le tengo cariño. Mi propio abogado me lo dijo, cuando nuestra separación: con él conseguiremos lo que queramos. Se dejaría matar por ti, pero no podría ayudarte aunque quisiera, porque no sabe quién eres tú. Y no sabe quién es él. Te veneran, pero en el fondo sabes que ninguno de ellos puede hacer nada por ti. ¿No acabas de decirme que llevas seis meses sin aparecer por El Comercial? Es la primera vez que te he visto así de hundido, la primera vez que habrías necesitado que alguien te hubiese echado una mano de verdad, y no has tenido a nadie a donde acudir. Aquí, has venido aquí, el único sitio que debería cerrarte las puertas. Y a casa de tus padres, de los que no se sabe qué es más grave, si te dan pena, si te dan asco o si te dan risa. Hacéis una sociedad patética con todo eso de las novelas policiacas. Soy hija de un policía y tuve que casarme con un loco de las novelas policiacas. No sabes cuántas veces me he maldecido por ir a buscar a mi padre aquella tarde a la comisaría. Si tú no hubieras estado allí, si yo no hubiera ido, mi vida ahora sería distinta…
– Y la mía -admitió Cortés con la tristeza del que ve partir el barco que le ha dejado en tierra.
– No, la tuya seguiría siendo la misma. Tú no cambiaste nada cuando me conociste. Escribías novelas y seguiste haciéndolo. Ibas los jueves al Comercial con tus ACP antes de que me conocieras, y continuaste haciéndolo, sin faltar una sola vez, después. Te acostabas a las cinco de la madrugada y te levantabas a las doce antes de casarte, y eso seguiste haciendo después. Si la niña hubiera nacido un jueves, tú no habrías estado en el parto. Salías antes de conocerme por las noches, y seguiste haciéndolo. Las novias que tuviste antes de conocerme a mí, seguiste viéndolas a mis espaldas, hasta que yo lo descubrí. No, fue mi vida la que cambió. Pensé que iba a poder decir adiós a todo lo que me había hecho desgraciada, y a los cuatro años estaba donde antes, con una hija, con el mismo padre horrible, con una madre desquiciada, desdichada y alcohólica, y con un marido de serie b que decía que me quería, pero que no dejaba de hacerme daño. Durante unos meses, cuando empecé a salir con Ramón, creí que las cosas iban a empezar a cambiar de veras. Él era distinto, me lo encontraba todas las noches en casa, no tenía novias, me quería. Pero a los siete meses comprendí que nunca iba a poder sacarte de mi vida. Pensaba en ti, y se me deshacían los huesos, me temblaban las piernas, no sabía lo que me ocurría cada vez que venías a traerme la paga del mes. Cuando le besaba a él tenía que andarme con cuidado para que no fuese tu nombre el que se me escapara de los labios, y así con todo. Hasta que él no pudo más, y tuvo que dejarme a mí por las mismas razones que yo te había dejado a ti.
Había empezado Dora a llorar, pero aquellas lágrimas se derramaban sin dramatismo, sin exigencias, ni ofensoras ni ofendidas. No era más que la savia desbordada de un árbol al que había herido en otro tiempo el filo de un hacha demasiado afilada.
– No, Paco. He esperado que vinieras a mí y me dijeras algo. No si yo te quería, si seguía queriéndote. Lo que tienes que preguntarte es otra cosa, es si tú me has querido alguna vez, si has sabido algo de amor en todos estos años, conmigo, con la niña, con las otras mujeres, si eres capaz de amar algo o a alguien que no sean tus pobres novelas y tus estúpidos ACP.
– Llevo seis meses sin ver a nadie, ni siquiera a los ACP -empezó excusándose Paco, sin saber cómo iba a continuar. Se le pasó por la cabeza que era así como le sucedía en las novelas. Empezaba un diálogo y luego él sólo se iba colocando en la trama. Pero no quería que aquello se le fuese a estropear una vez más por no saber dónde llegaba la literatura y dónde empezaba la vida.
– Y, aunque suene patético -siguió diciendo-, quiero cambiar, pero no sé cómo. Sé cómo no quiero ser, pero no sé en qué quiero convertirme. En todo este tiempo he pensado mucho en las cosas que me sucedían, lo de las mujeres, lo de salir y todo lo demás. Cuando estás cerca de lo peor del hombre, eso acaba por afectarte, es como una mancha. La gente planea crímenes horribles por intereses mezquinos. Unos por celos, otros por dinero, otros por venganza. Al final, cuando sales de todo eso, sólo quieres oxigenarte un poco, y te crees que encontrarás el aire que te faltaba con unas, con otras, bebiendo con los amigos. Pero cuando uno se hace daño a sí mismo no sabe por qué es. No es por dinero ni por celos ni por venganza. Sencillamente, no lo sabe. Y eso aún le hace más daño todavía.
– Sí, Paco, pero en la vida no todos son criminales, no todos son policías que tratan de coger a los criminales. Esto no es un juego para que se diviertan bibliotecarias solteronas o los que van en un tren o los que no pueden dormir por la noche. Hay muchas más cosas. Si tú hubieras separado tu trabajo de tu vida, no creo que me hubiese importado. Pero lo has mezclado todo. Creías que el detective es el que al final se va una noche con la guapa, y luego cada cual por su lado. Yo te dije, vete con ellas, con alguna, pero déjame a mí con mi vida real. Y tú me decías, son historias de una noche, no tienen importancia. Y yo te dije, tienen importancia porque las noches que les has dado a todas las demás son un universo entero de vidas, y la mía ya no tiene luz propia, porque tú se la apagaste, pero es en la que vivo yo, y ni tú ni nadie tenéis derecho a convertirla en un montón de cenizas frías.
– No llores, por favor Dora, me rompes el alma.
– Paco, tú me las has roto hace mucho tiempo, y por eso se me van todas las lágrimas por todas partes. ¿Cuántas veces me has visto llorar? Yo antes jamás lloraba. Me fui de mi casa sin una lágrima. Ahora no hago otra cosa. Tengo el alma como una jarra hecha pedazos. Querías que te esperara en casa para cuando llegases agotado de tus fantaseos, y consolar al duro detective que iba a buscar en la vida argumentos para las novelas. Me llegaste a decir eso: que eras novelista y que los novelistas no son como todo el mundo, que ellos tienen licencia para ligar como el agente 007 tiene licencia para matar.
– Eh, Dora, yo nunca dije eso -protestó con amargura Paco.
– La frase quizá no, pero en la práctica era lo mismo. Tú creías que las novelas se buscaban en la vida. Yo no entiendo mucho de esto, pero más bien es al revés: es la vida la que busca las novelas, la que se las encuentra. Y si no, vale más que lo dejes, porque acabarás en un manicomio con todos esos que se creen Napoleón. Sólo que tú has acabado creyéndote Sam Spade, el gran Sam Spade. ¿Qué diferencia hay entre tú y el Napoleón que va con un embudo en la cabeza?
– Para mí se han acabado las novelas, Dora.
– ¿Cómo lo sabes?
– ¿Cómo supiste tú que lo nuestro se había terminado?
– O sea, no lo sabes. Yo creía que lo nuestro se había acabado para siempre, pero aquí estamos ahora, hablando de cosas pasadas, porque no han pasado, y por enésima vez, como al principio.
– Yo te digo que no volveré a escribir novelas. Nadie lo cree, menos yo. Para mí es el final. Me he acabado. Quiero llevar la vida de alguien de carne y hueso. Se terminaron los Madisson, los Peter O'Connor, y Sam Spade ha muerto también, y todas esas tertulias. Te quiero a ti y a la niña. Ya no habrá más crímenes perfectos. Quizá no veas a un hombre nuevo desde el primer día, pero sí a uno distinto, que trata de resucitar de mis cenizas…
– Pero que no sean las mías -le interrumpió Dora.
– A mi edad la novedad es ya cosa poco probable -concluyó Paco.
Sonrió Dora con escepticismo. Aquella sonrisa la volvió luminosa. Era una mujer alta, un poco más que Paco. A veces decía con nostalgia, me habría gustado ser bailarina, pero tan alta, ¿quién me iba a recibir en brazos? Y se sonreía de su recuerdo, cuando lo tenía. Cada vez menos. Aquello le quedaba ya muy lejos. De todos modos su padre se negó a que tomase clases de baile, y acabó resignada trabajando en una gestoría, cuando dejó la carrera de económicas, al conocer a Paco. Y eso tampoco se lo perdonaba don Luis, que hubiese interrumpido sus estudios por un golfo como el escritor.
– ¿Vas a reprocharme que dejaste de estudiar por mi culpa?
– Nunca lo hice y nunca lo haré. Sabes que no me gustaba la carrera. Y ni siquiera me costó ponerme a trabajar. Por ti, en parte. Siempre te dije que no me importaba que viviésemos de mi sueldo, si querías buscar otra cosa. Pero también encontrabas eso humillante.
Paco Cortés negó sin convicción con un gesto vago.
– ¿Y lo seguirías diciendo ahora?
– Ahora sólo quiero que la niña viva en una casa que no sea un infierno como en la que viví yo, que sea feliz ella, que sea más libre para hacer las cosas y que no tenga que arrastrar toda su vida las heridas que tú y yo tenemos en el cuerpo, que parece que nunca se van a cerrar. Eso es lo único que puedo decirte ahora. Todo lo demás me da igual.
Eran las tres de la mañana y siguieron hablando hasta el alba.
Cuando la claridad rosada lavó los cristales del balcón, Dora acarició la mano de Paco:
– Desde que éramos novios no habíamos hablado tanto.
Paco trabó sus dedos con los de aquella mano que le devolvía a tactos olvidados y queridos, y tras aquella larga conversación se acordaron tres importantes cuestiones: Francisco Cortés y Adoración Alvarez volvían a la vida en común, no comunicarían nada de esto a don Luis hasta que fuese inevitable, y Paco Cortés buscaría un trabajo. ¿Cuál? Cualquier cosa, incluso la corrección de pruebas escolásticas.
Los ACP se movilizaron para conseguir trabajo a su amigo Cortés.
Vivieron su vuelta como la de Enrique IV a la corte de los mendigos.
El revuelo que se armó en El Comercial cuando Cortés apareció fue general. Todos anhelaban un porvenir glorioso para la agrupación. Tomás y Abundio, camareros, le participaron que la primera consumición de esa tarde corría, para él, a cuenta de la casa. Lo recibieron todos con la fanfarria que se le reserva a un explorador que ha escapado de las garras de la muerte. Al mismo tiempo nadie se atrevía a preguntarle por todas las cosas que habían sucedido, por miedo a herir susceptibilidades o reabrir heridas, mal cicatrizadas aún. Lo importante era que Sam Spade había regresado.
– Sam, no te puedes figurar lo muerto que estaba esto sin ti -dijo Miles, la que nunca decía nada.
Paco Cortés, que estaba allí para despedirse, no se atrevió a desengañarla. Spade había muerto, y nadie quería aceptarlo.
Miles le observaba con arrobo, pero algo debió de adivinar, porque apenas llevaba media hora se levantó y se marchó sin dejar tras de sí otra estela que la de su perfume a tabaco rubio y a «Delire» de Dior.
Sherlock cargó su pipa como en las mejores ocasiones, dispuesto a emprender la más larga y feliz travesía de su vida.
Maigret fue también uno de los que más celebró la vuelta de su amigo. Esa tarde traía además de la comisaría de la calle de la Luna una noticia sensacional, relacionada con su jefe.
– Hay un juez que ha aceptado una querella criminal contra tu suegro por malos tratos y tortura. Se libró de la instrucción del sumario del Golpe, pero esto otro parece que va adelante. En el fondo me alegro. Es un animal.
– ¿Qué malos tratos?
Maigret bajó la voz, como si la respuesta le concerniera especialmente, y reconoció que detrás de don Luis irían otros tres policías, los que participaron en el interrogatorio de aquel infeliz de la calle del Barco.
Nadie parecía acordarse del caso.
Maigret rememoró algunos detalles, como el de ahorcarse de un picaporte.
– Yo estuve allí contigo, Maigret -dijo Poe.
– Me acuerdo -corroboró Maigret.
– ¿Fue un asesinato?
– Ahí vamos. Todos creíamos que lo había sido.
Poe estuvo a un tris de recordar que él precisamente había sido el único que no lo creyó, pero se mantuvo callado.
– Era lo lógico -intervino Mason, que estaba al corriente de los pormenores.
– ¿Lógico? -le respondió Maigret citando a Chesterton-. Una conclusión puede ser lógica y no por eso ser verdadera.
No todos los presentes recordaban los detalles, y se enumeraron algunos.
– Para empezar -continuó Maigret-, el sobrino del viejo no tenía coartada, y no pudo probar dónde estuvo de las cuatro a las siete, que fue el tiempo en que según la autopsia el viejo había muerto.
Cortés, que oía en silencio, no quería intervenir, pero la costumbre o el virus policiaco hondamente arraigado en él, le hizo decir:
– Es típico de la policía: no hay coartada, tenemos sospechoso. Los de la policía tendrían que leer más novelas.
– Pero acabó confesando que lo había hecho él o lo que es lo mismo, no lo negó. ¿No era suficiente?
– No -intervino Cortés-. ¿Antes qué había dicho?
– Primero dijo que había estado en el taller, pero su ayudante lo desmintió. Había tantas contradicciones, que creyeron que confesaría, si le asentaban la mano. La mujer del sobrino confirmó que su marido y su tío no se hablaban, pero el caso es que en el testamento el muerto se lo dejaba todo a él, y eran bastantes cosas, la casa donde vivía, dos o tres finquitas en el pueblo, en fin. Se le hizo una inspección al negocio y se descubrió que estaba lleno de deudas. Él mantuvo que era inocente todo el tiempo que pudo. Hasta que se vino abajo. Luego supimos que esa tarde había estado con una fulana, con la que llevaba dos años, la había puesto un piso y todos los meses le pasaba un sueldito. Para mayor escarnio, esa mujer le daba muy mala vida, con unos y con otros. Ya no sabía dónde sacar el dinero para dárselo a ella. Pensó pedirle algo a su tío, aunque se llevaba mal con él. Ya lo había hecho una o dos veces más. La vecina tenía razón. Esa tarde apareció por allí para pedirle algo más de dinero, y se encontró con que estaba muerto. Y al final, desesperado, prefirió cargar con esa muerte que confesarle la verdad a su mujer y a sus hijos.
– Pero ese tío es idiota -saltó Marlowe.
– ¿Por qué? -dijo Cortés-. La ley está hecha para castigar a los culpables, no a los idiotas, y yo no creo que él fuese idiota. No era más que un hombre enredado en la vida.
– Pero entonces, ¿cómo se ha descubierto el pastel? -preguntó Marlowe a Maigret.
– Ahí viene lo mejor. Hace dos semanas llegó una carta al juez que había estado dando vueltas de los Juzgados a la calle del Pez todo este tiempo, porque únicamente estaba dirigida a los Juzgados de Plaza de Castilla. En los Juzgados alguien, viendo que no se dirigía a nadie, decidió devolverla, y el cartero que debía de ser un hombre de alcances y que conocía lo que había pasado en aquel piso y viendo que la carta estaba dirigida a un juzgado y remitida por el muerto, la llevo el mismo en mano a la Plaza de Castilla. y se la dio a un juez. Se armó un revuelo. En el sobre venía una carta y una fotocopia con el carnet de identidad, cosa por cierto bastante absurda porque si pensaba matarse, ¿para qué quería aquel hombre el original? En fin, sigo. En la carta decía que, ante lo sucedido en el Congreso de los Diputados, se ahorcaba. No quería ver más. no quería pasar por lo que había tenido que pasar en la guerra y, sobre todo, por lo que había tenido que pasar despues. Se veía que estaba escrita en una crisis de angustia, porque auguraba para España un nuevo baño de sangre. El ya había visto bastante, y se iba antes de que se lo llevaran por delante Y que no se le culpara a nadie, y que pedía perdón sobre todo a su sobrino, a quien aquella muerte seguramente iba a darle algún quebradero de cabeza. No lo supo el bien luego la firmaba, el mismo día. El hombre tuvo la sangre fina de escribir la carta, hacer una fotocopia del carnet, meterla en un sobre, ponerle un sello, buscar un buzón, echarla, volver, y ahorcarse de esa manera. ¿Cómo lo hizo? Un misterio. Así que ésta es la historia de un loco y de un idiota. Y lo primero que hizo ese juez fue preguntar dónde estaba el sobrino lo trajeron de la cárcel, habló con él, mandó llamar a los que declararon, el idiota contó la verdad de lo sucedido, acuso al comisario y a los policías de haberle obligado a firmar la declaración, y entre eso y su propia ofuscación el juez encontró motivos para procesarle.
– Bonita historia -dijo asombrado Mason.
– Y tú, ¿por qué supiste que no era un asesinato? -le preguntó Maigret a Poe.
– ¿El chico lo adivinó? -preguntó Cortés.
– Fue el único.
La pregunta de Cortés estaba en todas las miradas: ¿cómo lo había adivinado?
– No sé -respondió Poe.
Una vez más se puso nervioso. Todos estaban pendientes de sus palabras. No tenía costumbre de hablar ante tanta gente.
– En primer lugar -empezó diciendo- porque estaba todo muy ordenado y no había violencia por ninguna parte. Yo no podía imaginar todo esto, pero entre las cosas que vi en aquella casa fue, en la estantería del cuarto de estar, lo menos doscientos libros todos de guerra civil. No había de otra clase. Y lo demás fue, como las intuiciones, algo confuso.
– ¿Y el juez?
– El juez se creyó lo que le contó la policía, pero el acusado se echó atrás en su declaración, y dijo que lo había admitido bajo torturas. Sí, se ve que era idiota, porque ¿quién puede declararse culpable de un asesinato que no ha cometido?
– Da lo mismo. La gente se inculpa de crímenes que no ha cometido y nadie sabe por qué lo hace -dijo Poe-. Es lo que pasa en Crimen y castigo, que como novela de castigo podrá ser una obra maestra pero como novela de crimen es un fiasco, creo. También allí sale un idiota que aseguró haber matado a las dos viejas.
Asintieron todos, porque aquella obra de Dostoyevski estaba muy desprestigiada entre los ACP desde el punto de vista policial.
– Loren, admítelo, el chico tiene razón -dijo Cortés-. La policía acaba explicándolo todo de la misma manera: el muerto era un loco, y el falso culpable, un idiota. Los únicos inteligentes, los de la policía.
– El de la prestamista sí que está lejos de ser un crimen perfecto -hablaba de Crimen y castigo el doctor Agudo, al que de vez en cuando le gustaba lucirse con discursos intelectuales-. El asesino no puede llegar al comisario y decirle: Mire, no puedo más con la culpa, libéreme de ella, ni el comisario decir tampoco: Hijo, confiesa tu crimen, y sentirás un gran alivio en el alma. Además en un momento en el que ya tenían un retrasado que se había declarado culpable del asesinato de la prestamista y de su hermana. En una novela los hechos han de hablar por sí mismos, y no los novelistas o los criminales o los detectives. Estos han de estar callados, creo yo. Y por mucho que ese comisario dijera o lo dijera el sobrino, el hecho es que allí no había el menor rastro de lucha ni el forense encontró otros signos de violencia en el muerto que los de la cuerda. Así que no había que dejarse engañar. Ésas son las pruebas. Y la policía se dejo engañar, una vez más.
Intervino Cortés:
– Acuérdate también de aquello: «Las pruebas son siempre un arma de doble filo». Y las pruebas podían declarar inocente al sobrino, y no serlo. El mejor recurso para un delincuente es no ocultar del todo lo que no se puede ocultar, y en este caso lo que no podía ocultar era el orden, así que el sobrino pudo muy bien respetar ese orden, incluso rehacerlo meticulosamente, después de haberlo desbaratado.
Poe, que le había escuchado con atención, se quedó caviloso. Maigret hizo un gesto reticente. De vez en cuando le tocaba padecer las críticas de todos los errores que la policía cometía en el mundo. A Paco el caso ni siquiera le entretenía.
– Puede ser cierto -dijo al fin Poe-, pero también en Crimen y castigo dice el comisario Porfirii Petrovich que de cien conejos no se hace nunca un caballo, ni de cien sospechas se hace nunca una prueba o una evidencia.
– Ole por el niño -exclamó Miss Marple batiendo palmas como una colegiala.
El propio Cortés aplaudió con parsimonia al joven, como un maestro que reconoce haber sido descabalgado de una partida de ajedrez por un alumno.
Miss Marple celebraba tanto los crímenes como las investigaciones que sacaban a la luz a los culpables, y lo hacía con el júbilo de quien veía en ese asunto algo verdaderamente festivo. Mientras el crimen seguía sin resolver, partidaria incondicional de la astucia del asesino; y una vez empezaban a desmoronarse los obstáculos o a disiparse las espesas conjeturas que el criminal favorecía entre su crimen y la definitiva resolución del mismo, Miss Marple se deslizaba sin ningún rebozo de parte del investigador o de la policía. Disfrutaba lo que se dice con todo, en todos los papeles, como esos glotones que encuentran tan placentero buscar las viandas en el mercado, cocinarlas o comérselas. Era una mujer de unos cincuenta y cinco años, fondona, teñida de gris plata, con ojos muy claros, azules, la nota más exótica de aquella tertulia, porque por su aspecto parecía la mismísima reina Victoria Eugenia, así de compuesta y enjoyada se presentaba a la tertulia. El nombre se lo habían adjudicado, claro, no por su especial agudeza, sino porque, a imitación de Agatha Christie, se lamentaba continuamente de los buenos tiempos en los que los personajes de las novelas invertían en minas birmanas, petróleos americanos, fosfatos tunecinos o diamantes rodhesianos. El mundo del crimen moderno lo encontraba ella muy poco sofisticado. ¡Qué manía de irse a matar a un suburbio!, solía decir. Fuera le esperaba siempre su chófer, pero dentro se comportaba como una camarada más de los ACP y especialmente dichosa a la hora de sostener su cachimba en la mano y contribuir al escote sacando las monedas, que extraía de un bolso de marca, una por una, a pellizcos. Era también una de las más asiduas proveedoras que tuvo nunca Paco Cortés de guías telefónicas, comerciales o de espectáculos, así como de planos de las ciudades europeas o americanas a donde viajaba a menudo, acompañando a su marido para estorbarle en lo posible sus traiciones y aventuras. Miss Marple, que participaba de la proverbial tacañería de las personas de su posición social y económica, le presentaba aquellos mamotretos como si fuesen el vellocino de oro, aunque Paco Cortés sabía que las había sustraído o se las habían proporcionado gratis en los hoteles, y se las celebraba siempre como si con ellas las tres cuartas partes de sus novelas estuvieran ya resueltas, cosa que por supuesto también creía Miss Marple.
Y así se llegó al final de la tertulia.
En cuanto Paco Cortés se ausentó, el padre Brown, el único que podía abordar aquella cuestión abiertamente, preguntó a Miss Marple.
– ¿Su marido no podría encontrarle algo a Sam?
Miss Marple era de las que cuando se le planteaban asuntos que la incomodaban, empezaba a emitir unas risitas ratoniles que buscaban desviar la cuestión hacia regiones de más grato clima, alegradas por céfiros y ruiseñores.
– Si supiera algo de relojes, mi padre le contrataría. Necesitamos un oficial…
– Marlowe, no digas bobadas. ¿Cómo quieres que sepa de relojes Sam? -dijo Maigret malhumorado por cómo lo habían vapuleado con el asunto del pobre hombre de la calle del Barco.
– Lo decía con la mejor intención -se disculpó Marlowe-. ¿Y lo de la agencia de detectives no sigue adelante?
– ¿Con qué dinero? -preguntó Mason.
De todos los amigos de Paco Cortés, fue Mason el que más había sufrido con la retracción de éste. En secreto, y a espaldas de su mujer, le había estado prestando dinero todo ese tiempo, y aunque Paco Cortés le aseguraba que llevaba puntual cuenta de él, el abogado lo daba por perdido y, lo más importante, por bien empleado.
De todos los ACP era Mason no sólo el más compulsivo lector de novelas policiacas, sino el que conocía las de su amigo con pelos y señales, gracias a las lecturas reiteradas que de ellas hacía. La última de todas, Los negocios del Gobernador, sobre la que se tiró con avidez en cuanto apareció por los kioscos, le pareció una obra maestra. Dos veces la había leído ya, una detrás de otra. No se lo dijo para adularle. Tenía a gala leerse una novela al día, tras el trabajo, y la suya no tenía nada que envidiar a la biblioteca que su amigo había vendido al librero de viejo. En un primer momento esto, por cierto, molestó a Mason, a quien pareció que aquella venta había sido un acto impropio y vandálico del novelista.
– Ha sido una decisión irresponsable. Yo te la hubiera comprado, Paco.
– Sí, lo sé, pero yo, con el dinero que te debo, no hubiera podido cobrártela, y lo necesitaba para dárselo a Dora.
– Pero has vendido hasta tus propias novelas. Eso no lo hace nadie. Eres un bárbaro.
Fue también Mason el primero a quien Spade le relató su reconciliación con Dora.
– Me alegro por ti. ¿Y qué harás?
– Pleitear con Espeja.
– Ya vimos eso. Paco. No hay muchas posibilidades. Pero si tú estás resuelto, me tendrás a tu lado.
Fue la ocupación primordial de Paco en los meses que siguieron. Ante la imposibilidad de avenirse con Espeja el viejo, lo llevaron a juicio. Le acusaron de fraude, engaño reiterado, mala fe y estafa, así como de infringir la ley a sabiendas con contratos que la propia ley condenaba.
Y con la decisión de disputarle a Espeja el viejo el derecho sobre más de la mitad de su obra, pareció cambiar la suerte de Cortés. Hanna Olsen, la profesora de Poe, convertida ya en novia oficial de éste, le hizo a Cortés una proposición interesante, que Paco tardó en aceptar todavía un tiempo, por la inseguridad de hacer algo que nunca antes había hecho.
A las pocas semanas de reintegrarse a la vida civil, como él la llamaba, Paco Cortés empezó a intimar con la facción joven de los ACP.
Hanna y Poe pasaron a formar parte de sus amigos más allegados. Se veían los viernes, con la propia Dora y con Marlowe, que a veces les acompañaba. El relojero les divertía con sus chocarrerías. Preocupado por la suerte de Cortés, improvisaba para él empleos y ocupaciones de lo más pintorescas.
– Me he enterado que una casa de Barcelona está buscando en Madrid un representante de bisutería. Trae la mejor bisutería holandesa. Es un género que se vende solo. Paco, eso te conviene.
– Marlowe, ni siquiera sabía que Holanda estaba a la cabeza de la bisutería -le decía.
Otros días Poe y Marlowe se veían solos. El relojero se llevaba a su amigo a la galería de tiro de casa. Trataba de infundirle amor a la balística, como él decía.
– Cómprate una pistola -le aconsejaba Marlowe-. Y el permiso de armas nos lo arregla Maigret.
– No -le decía Poe-. No creo que a Hanna le gustase mucho tener un arma en casa. Es vegetariana.
Esa era otra de las razones por las que Paco Cortés y Dora se veían tan a menudo con Poe y Hanna. Estos habían estabilizado su relación hasta el punto de que la profesora había animado a Poe a dejar su calvario por las pensiones de Madrid y mudarse a vivir con ella.
– Pagaremos el alquiler a medias.
Con ese argumento convenció la joven a Poe, que arrastró a la buhardilla de la Plaza de Oriente su pacotilla de lona blanca.
Aquellos días fueron especialmente felices para todos. Coincidieron con el veranillo de San Martín, proverbialmente pródigo con la ciudad en crespúsculos dilatados y espectaculares. Poe y Hanna los compartían algunos sábados con sus amigos, convirtiendo el reducido espacio del apartamento en un estrecho camarote.
Pese a la inquietud de Paco Cortés, que seguía buscando trabajo, Paco y Dora volvían a conocer los mejores días de su noviazgo, los vivían y goloseaban sin rebozo. Se reían incluso de su felicidad.
– Toca madera -advertía Cortés.
Y para confirmar la superchería del novelista, vino a interrumpir aquel estado de completa armonía un hecho tan inesperado como desagradable y desgarrador, sobre todo para Dora.
Fue ésta quien había rogado a Paco que durante un tiempo al menos ocultaran a sus padres la reconciliación. No le gustaba tener que dar explicaciones y por otra parte el estado natural de las relaciones entre padres e hijos acaba siendo siempre el de los secretos o, mejor aún, el del secretismo. De la niña no había que preocuparse, porque era aún demasiado pequeña como para no saber darle la vuelta a las indiscreciones que pudiera cometer. Por ello cuando sonaba el teléfono era siempre Dora quien lo descolgaba y a la comida dominical en casa de sus padres, acudía, como era lo habitual, únicamente ella y su hija.
Pero vinieron las circunstancias a enredar las cosas cuando cierto domingo don Luis esperaba en casa con una gratísima sorpresa: dos magníficos televisores último modelo, veintiocho pulgadas, procedentes de un decomiso irregular, idénticos, uno para ellos y otro para su hija.
Era evidente que Dora no iba a poder cargar con aquella enorme caja, a menos que alguien le echara un mano. Don Luis se ofreció a llevárselo a casa ese mismo domingo, tras el almuerzo, camino de la comisaría, donde esa tarde estaba de guardia. Improvisó Dora toda clase de excusas, cada vez más angustiada, al comprobar que ninguna de ellas haría desistir al policía de una determinación que le llevaría a darse de bruces con Paco, en cuanto llegaran.
Encontraron a Paco Cortés tumbado en el sillón, sin zapatos, dormitando con una novela en la mano frente a un viejo televisor en blanco y negro, junto a Poirot, que al ver al extraño huyó a refugiarse en otra habitación.
Del susto don Luis estuvo a punto de soltar su parte del botín y rodar él mismo por los arriscados abismos de aquel sueño. Se le fue el color de la cara. No se dignó ni siquiera a preguntárselo al propio Cortés, por no cruzar con él una palabra:
– ¿Qué hace ese gilipollas en mi casa?
Así recordó a su hija que aquel piso lo había pagado él y aún seguía a nombre suyo.
Paco ni siquiera retiró los pies de la mesilla baja en la que descansaban. Tal vez hubiera debido hacer eso o algo parecido por Dora, pero no lo hizo porque estaba dormido y seguramente llegó a creer que toda aquella escena formaba parte de la misma pesadilla, de modo que se limitó a mirarle de una manera que el policía reputó arrogante
– No me mires con esa chulería y sal de esta casa inmediatamente.
– Eso es asunto nuestro -terció Dora, pero el policía ni siquiera la oyó.
La sangre tiñó su rostro de alcohólico y las venas del cuello y de las sienes se llenaron de pulsos que podían oírse.
Paco le observaba sin decir palabra, con los pies encabalgados. En sus ojos era difícil leer nada, aparte del desconcierto y la sorpresa. La pasividad fue interpretada por don Luis como una manifiesta obstinación, si no, más probablemente, una forma de provocación, de modo que no se lo pensó dos veces, se lanzó sobre su yerno con el puño por delante, se lo hundió en la cara, en una embestida formidable y extraordinariamente gimnástica para una persona de su edad, y acabó avasallándole pecho y garganta con las rodillas.
Las gafas de Paco Cortés, a consecuencia del violento sosquín salieron despedidas por el aire y acabaron estrellándose en la pared, de donde cayeron a plomo con una de las alas rota.
El novelista, que logró zafarse de las rodillas de su agresor, se levantó de un salto. Se echó mano a la nariz, se la puso delante de los ojos y la visión de la sangre le enfureció de tal modo que se lanzó contra aquel viejo correoso y alcohólico, y de la bofetada que le propinó lo sentó en el sillón.
– ¿Qué haces? -gritó Dora a su marido, sujetándole por la espalda.
El policía, que temió que su yerno se le echara encima, metió la cabeza debajo de los brazos, gimoteando de una manera acelerada y desconcertante.
Algunos vecinos, ante las voces, se habían asomado al rellano de la escalera. Dora, sin saber a qué acudir primero, corrió a cerrar la puerta, que había quedado abierta, sin perder de vista a su padre.
Este se puso de pie, se sacudió los brazos, sacó pecho, se colocó la corbata en su sitio, se remetió la camisa por el pantalón, repasó su chaqueta, la echó hacia atrás para dejar claro que llevaba el arma encima y que como lo mostraban sus ademanes era ya el mismo hombre de siempre…
– … Y te lo advierto -repelió-. Vas a dejar esta casa o te meto dos tiros.
Todo lo hubiese arreglado con esos dos mágicos tiros: España, el terrorismo, la delincuencia, su familia.
Dora reaccionó al fin, y pese al terror que le causaba su padre, sacó fuerzas y se encaró con él.
– Aquí vivo yo y yo decido con quién. Se acabó. ¡Fuera!
Don Luis hizo como que no oía y no le quitaba el ojo a Paco.
Este seguía buscando las gafas por todas partes, sin hallarlas, dándole la espalda a su suegro. Esta indiferencia le exasperó más aún. La niña, que había presenciado la escena, muda de espanto, se acercó a su padre, le rozó la rodilla con la mano y le tendió las gafas que había recogido en el otro extremo de la habitación.
– No vuelvas a poner los pies aquí, ¿me entiendes? Nunca más.
Era Dora la que ordenaba a su padre, con el brazo extendido señalando la puerta, que saliera de aquella casa.
Don Luis volvió sobre la corbata, que repasó con toques nerviosos.
– Te vas a acordar de mí.
Quedaron esas amenazas tiradas en el suelo como papeles sucios. A continuación el policía ganó la puerta, no sin antes propinar una patada brutal a la caja del televisor, que se había quedado en medio del pasillo, estorbándole el paso.
La marcha de aquel hombre dejó la casa en un silencio extraño. Dora se sentó en una silla en un estado de nervios difícil de describir. La niña corrió y se encaramó a su regazo. Paco Cortés buscaba la patilla rota, y cuando la encontró, ensayó una posible compostura, como si ese arreglo fuese todo lo que le preocupara en ese momento, con tal de no pensar.
Se acercó a Dora. Parecía un animal herido de muerte. Ni siquiera se hubiese atrevido a confesar a su marido que la fuente de su dolor no se encontraba en la escena que acababan de vivir. Había que buscarla mucho más lejos, en una mina mucho más honda, inagotable y empozoñada. Pero a nadie se lo había confesado y a nadie lo confesaría jamás. Todos tenían sus secretos, tan sagrados como venenosos. Se habría muerto no ya de vergüenza, sino de espanto, incapaz de permanecer incólume ante los ojos abiertos de su conciencia. Según con qué verdades no se puede vivir. Lo sabía bien ella, se lo había repetido cuántas veces. Es preferible vivir en la mentira, en el olvido, en el engaño, y sólo el cobarde logra sobrevivir a veces. De modo que para Dora era algo que no había sucedido nunca, pero que de vez en cuando emergía del centro de su ser, como un volcán entra en erupción, abrasándola como si vomitara una tierra abrasiva. Reconocer que había sucedido la hubiera llevado a cambiar muchas cosas en su vida. Pero había sucedido ya. Ocurrió una vez, y nada podría hacer que aquello desapareciera de la historia universal de los crímenes más sórdidos y crueles. Tal vez para su padre tampoco había sucedido. Estaba demasiado borracho aquel día como para que tantos años después admitiera que aquello sucedió realmente, pero Dora sabía que era imposible que lo hubiese olvidado. Su madre se había quedado en el chalet Manzanares, con su hermana pequeña. Ella había vuelto a Madrid, con su padre, porque estaba de exámenes. Era ya verano. Hubiera podido recordarlo todo segundo a segundo, desde que entró en su habitación y salió, cinco minutos después. Cuando todo hubo terminado, sólo pareció preocuparle una cosa. Acababa de violarla, pero le dijo, lleno de resentimiento y de desprecio:
– No eras virgen.
Y le pareció suficiente como para quedarse tranquilo, aquella transacción de secreto por secreto. Callarás sobre lo que ha ocurrido esta noche por lo mismo que no diré nada de tu virginidad. Debió de parecerle aceptable tal simetría. Acaso la creyó merecedora de la violación como castigo a la pérdida de su virginidad. Jamás volvió, en efecto, a producirse nada parecido, ni se habló de nada. Al contrario. A la mañana siguiente, don Luis se levantó de muy buen humor, mientras su hija tendía las sábanas y el camisón que había lavado con asco y angustia esa misma noche. Y tales detalles aún le remejían las entrañas y le producían náuseas, aquel preservativo repugnante que sólo podía acusarle de premeditación y que hizo desaparecer él mismo como quien elimina del escenario del crimen las pruebas que lo inculparían, el buen humor que mostró esa mañana y el beso que intentó darle como despedida cuando marchaba a su trabajo, tal y como acostumbraba cada día…
– No quiero volverle a ver nunca más, Paco. Es lo que tendría que haber hecho hace años. No dejes que vuelva a entrar en esta casa ni que vuelva a ponerle las manos encima a mi hija.
Una hora más tarde llamaba su madre por teléfono, llorosa, asustada, y culminaba aquella tragedia con lamentos que en las tragedias suelen estarle reservados al coro, poniéndose una vez más del lado de su padre («¿Cómo has permitido que Paco le pusiera las manos encima a tu padre, hija?», fueron sus palabras exactas).
Dora dejó de ver a su padre y las comidas dominicales quedaron radical y definitivamente interrumpidas. La madre de Dora, y a escondidas de don Luis, volvió algunas tardes a ver a la niña.
Otras cosas en cambio entraron en vía de solución. Hanna, viendo que se había metido octubre y que Paco no se resolvía a dar respuesta a su proposición, le urgió.
– Decídete, Paco. Ahora estamos a primeros de curso y necesitamos un profesor.
Nunca hubiese pensado Paco Cortés que terminaría en una academia, enseñando español a un alumnado pintoresco de japoneses y canadienses en su mayor parte, en la Academia Nueva, escindida de la Academia Gran Vía en parte por el enrarecimiento de las relaciones de su director y Hanna, y que ésta y otros antiguos profesores de la Gran Vía abrieron unas manzanas más allá, en un piso amplio y destartalado de la calle San Mateo.
Su experiencia como profesor fue positiva, e hizo que se olvidara poco a poco y para siempre de las novelas. Ni necesitaba de las de otros ni sentía nostalgia por las que él mismo había escrito.
– Deberías haber conservado las tuyas -le dijo Dora-. A la niña de mayor seguramente le hubiera gustado tener las novelas de su padre.
– Pero yo soy un hombre duro -bromeó Paco, fingiendo el mismo aire que hubiese podido adoptar Sam Spade ante el más violento revés de la fortuna.
Era un hombre nuevo desde que vivía, como lo llamó él, el segundo noviazgo con Dora. Por eso se entiende mal lo que ocurrió dos o tres meses después con Milagros, Miles.
Pero eso es ir demasiado deprisa en esta narración. En cambio el noviazgo de Hanna con Poe fue decayendo, hasta convertirse en una relación de conveniencia, que dejaba rebabas peligrosas y cortantes, que a menudo les herían a ambos.
Dormían juntos, puesto que en aquella casa no había más que una cama, pero arbitraron, a instancias de Hanna, uno de esos reglamentos que beneficia mucho más a uno de los que lo suscriben, en detrimento de los derechos del otro: cada cual era libre para mantener las relaciones que quisiera, si se le presentaban y le convenía, siempre y cuando las acostadas tuviesen lugar fuera de aquella casa y, claro, fuera de aquella cama.
Poe sufrió tales cláusulas como imposiciones contra las que no hubiera sabido actuar.
En un primer momento pensó que era así como habían de desarrollarse las cosas en todas las parejas del mundo, por encima de los Pirineos. A menudo las mismas películas de las que él aprendía comportamientos cosmopolitas trataban de eso, como aquel detalle de comprarle a Hanna una botella de vino el primer día que habían quedado citados para cenar. Así que se vio obligado a aceptar la nueva política sobre la promiscuidad, porque era aquello o arrastrar de nuevo su vida solitaria por las pensiones de Madrid.
Matriculado al fin Poe en la Universidad, apenas tenían él y ella tiempo para verse.
La mañana la consumía el trabajo del banco; unas tardes, las clases y otras, las reuniones de los ACP, que volvieron a celebrarse con la misma regularidad de siempre. Incluso Dora no vio nada malo en que Paco asistiera a ellas, a sabiendas de que por allí podía aparecer Miles.
En cuanto a Poe y a Hanna la convivencia acercó y aproximó sus caracteres, su verdadera naturaleza: ambos eran personas tranquilas y reservadas, les gustaba leer, oír música, estar en silencio. No teniendo, además, mucho que decirse, algo así era fácil de llevar a efecto. En cierto modo les iba bien, no se preguntaban demasiadas cosas de sus vidas privadas, esa libertad de relación a la que aludía Hanna, y dedicaban los fines de semana a permanecer juntos en su vida rutinaria, sentados en la terraza, frente al teatro magnífico de los atardeceres madrileños, si hacía bueno, o dentro, leyendo, oyendo música o en la repostería, una de las aficiones de Hanna.
Cierto día ésta preguntó:
– Poe, si yo me fuera a otra parte, ¿te vendrías conmigo?
– Teniendo en cuenta que ya no tenemos nada que ver, que podemos acostarnos con quien queramos en la misma medida en que cada vez nos acostamos menos tú y yo y que tú cocinas muy bien, no deja de ser una proposición interesante. ¿Te has cansado de España? ¿Iríamos a Dinamarca?
– No. Te lo preguntaba por preguntar.
Hanna tenía la expresión ausente y triste.
– ¿De qué trabajaría allí? ¿De carpintero?
– Sí, es difícil -admitió Hanna, y volvió a hundir los ojos en las páginas del libro que estaba leyendo.
Esa semana había visto a Peter Kronborg, su ex marido. Estaba en Madrid. La había telefoneado y se habían visto. Iba de paso. Le aseguró que había dejado la droga, que trabajaba en una compañía alemana y que había estado cinco días en Barcelona. Había venido a Madrid para verla: la compañía lo destinaba a Madrid.
Hanna no encontró cómo decirle a Poe que lo había visto, que su ex marido iba a vivir en Madrid. Jamás hablaban de su marido, de Dinamarca, de nada que tuviera que ver con su pasado. Poe tampoco lo hacía. Entre ellos no había familias, ni planes, ni otra cosa que dos personas que ni siquiera se declaraban lo que sentían entre ellos. Vivían juntos, pagaban el alquiler a medias, pasaban sábados y domingos durmiendo o mirando el mundo clásico por el balcón. La visión del Palacio Real les devolvía invariablemente una imagen de su vida mucho más armoniosa de lo que en realidad era. A veces hacían el amor. Poe no sabía si lo hacían bien o mal, porque no tenía elementos de comparación. Hanna sabía que no lo hacían demasiado bien, pero tampoco le juzgaba mal por ello. Era una mujer que mostraba bastante indiferencia hacia tales asuntos. Nadie lo hubiese sospechado, viéndola tan hermosa. Los dos, templados los primeros y ardientes abrazos, parecían no necesitar de las labores del sexo, pero la visita de Peter fue para Hanna un seísmo íntimo y devastador.
Empezó a verse en secreto con él. Poe, demasiado joven para el oficio de las sospechas, permaneció ajeno a la aventura de Hanna durante cinco semanas.
Hanna se ausentó algunas noches de casa, y acabó haciéndolo también los fines de semana. A Poe sólo le quedó preguntarse, cuando transcurriera el tiempo, si aquella proposición de Hanna de que cada cual era libre para mantener otras relaciones, se la había hecho porque había visto ya a su ex marido, o si todo resultó una pura coincidencia.
Hanna, experimentada en lances parecidos, arbitró sobre la marcha una nueva cláusula de la que tampoco se había hablado antes.
– Dijimos que cada cual era libre para hacer lo que quisiera, y que la nuestra es una relación libre. Tampoco hablamos de que hubiese ninguna obligación por parte de nadie para tener que contarle al otro las cosas, si no quería. He conocido a alguien, y a ese alguien tampoco le importa que viva contigo.
Para Poe fue un cataclismo. Quedaba ya muy lejos, evaporada del todo, aquella primera noche, la magia que entre los dos había brotado, los escasos réditos que ese milagro les había producido. Parecían haberse marchitado las caricias, los abrazos, la intriga que para los dos significaba la búsqueda de placeres comunes que les llevaban indistintamente a aquella cama baja o al antepecho de la terraza, para contemplar los atardeceres espectaculares y renovados.
Después de pensárselo una semana, Poe llegó con una nueva propuesta.
Había empezado a observar algunas cosas inopinadas en su amiga. Algunos lunes, cosa rarísima en ella, no aparecía por casa, pero más raro aún: tampoco lo hacía por la academia.
Así que, cierto día, después de una de las tertulias de los ACP, Poe le anunció a Hanna:
– Estoy pensando en mudarme a otra parte.
Hanna le miró con tristeza, pero no se atrevió a oponerse. No habría tenido argumentos. Se limitó a pegarse a él y acariciarle con ternura el pelo.
Incluso Cortés lo adivinó.
– A Hanna y a ti os pasa algo.
– Eres un buen detective, Cortés -ironizó Poe, el único de los ACP que se había tomado en serio la decisión del ex novelista, y le llamaba por su nombre, y no Sam o Spade.
Este le contó cómo estaban las cosas y Spade le confirmó algunos detalles inquietantes.
– Sí, ha dejado de venir a algunas clases. Las suyas, de inglés, se las doy yo. Pero está creando un mal ambiente entre los alumnos y entre los compañeros.
Esa noche, después de hablar con Paco, aprovechó Poe un momento en el que Hanna y él, como muchas noches, leían antes de apagar la luz, en la cama.
La explosión de cólera de la joven fue violentísima. Poe jamás la había visto de aquella manera. Hanna exigía respeto para su vida privada.
Estaban ya en mayo, pronto se echarían encima los exámenes finales y no era cuestión de empezar de nuevo la vieja transhumancia, así que adelantó su decisión de mudarse.
– En cuanto termine los exámenes, me buscaré otro piso.
A Hanna también le quedaría la duda de si Poe tomó la decisión de dejar la buhardilla de la Plaza de Oriente al conocer que había reanudado su relación con las drogas.
En todo caso Hanna se mostró de acuerdo, acaso aliviada de que esa decisión la hubiese tomado por ella el propio Poe, pero el mismo desapego que mostró Hanna le mortificó lo indecible a él; su frialdad le escoció amargamente a ella. ¿Qué podía hacer él? ¿Qué podía hacer ella? Los dos, ¿qué podían hacer ya?
Poe le contó a Marlowe lo que ocurría. Era su mejor amigo en Madrid, acaso el único de verdad.
Se entendía bien con él, no sólo porque fuesen de la misma edad, sino porque era todo lo contrario a él. Y Marlowe acabó protegiendo a Poe como si fuese algo de su sola incumbencia, convencido de que por Madrid no se podía dar un paso a derechas si no se contaba con un buen guía, y eso era él, un experto cicerone y un buen amigo. Marlowe vio en el hecho de que Poe iba a procurarse una nueva guarida la circunstancia favorable para buscar con él un piso, al que poder irse también, dejando atrás a «sus viejos».
– ¿Tu familia está de acuerdo? -le preguntó Poe.
– Mi vieja está de acuerdo; mi viejo, no, porque lo que más le gusta es llevarme la contraria. Pero como en mi casa la que manda es mi vieja, a mi viejo no le quedará más remedio que tragar.
Marlowe era por constitución el ser más feliz de la tierra. Le preocupaba, en este orden, lo siguiente: las mujeres, las armas y las novelas policiacas. El resto giraba de una u otra manera alrededor de este universo, parcialmente desordenado y caótico. Las mujeres estaban tan alejadas de él como Saturno del Sol, con las armas lo mismo tenía apasionados idilios que períodos de indiferencia, y sólo en las novelas policiacas encontraba él la compañía y la confortación necesarias; decía que lo que sabía para la vida, lo había sacado de esas novelas, tanto las cosas que había que decirles a las mujeres y el modo de conducirse con ellas, como la ética de las pistolas.
A él correspondió, pues, la idea genial, pues así hay que calificarla, de crear un Crimen Perfecto.
UN CRIMEN PERFECTO, escribió en el encabezamiento de una hoja blanca, ante el resto de los miembros de los ACP.
En todo el tiempo que llevaban reuniéndose éstos, jamás se habían tropezado, en la realidad, se entiende, con ningún crimen que pudiese ser considerado modélico. Todo lo más, casos sin resolver, que distaban muy mucho de la perfección anhelada que puede convertir un acto espantoso y criminal en algo digno ya que no de admiración, al menos de estudio.
Lo planteó un jueves del mes de mayo. El revuelo que se armó en la tertulia fue enorme.
– Un Crimen Perfecto; eso es -resumió categórico.
El padre Brown no se mostró en absoluto de acuerdo.
– Las armas las carga el diablo -dijo-. Lo que ha de hacer el hombre justo es pensar por el criminal y atraerle al bien, si se halla en el mal, incluso antes de que lo cometa. Lo que no podemos es llevarle al mal, para ensayar con él una operación de rescate por afán de lucimiento. No hay nada tan bello y legítimo como hacer el bien ni ciencia tan ardua como saber vivir esta vida de un modo virtuoso y de forma natural.
– Tú siempre te tomas estas cosas a la tremenda, Benigno -intervino Paco Cortés-. Esto no es más que un juego ¿Y en qué habías pensado, Marlowe?
– En algo excelso. Algo como el caso Williams.
Se refería al caso del marinero irlandés, escocés según otros, que cometió los siete brutales asesinatos que exterminaron a dos familias enteras en un arrabal marinero de Londres. Todos en los ACP estaban más que al corriente de ese caso clásico que había dado lugar a unas páginas mediocres de De Quincey, quien tuvo el acierto de encontrar para ellas un título feliz al que no hace el honor el contenido, El asesinato como una de las bellas artes, y retomadas por P. D. James en La octava víctima, obra magistral del género, donde las haya.
– Algo llamativo -continuó diciendo Marlowe-, pero la idea en realidad es de Poe.
Poe, a quien no le gustaban los primeros planos de la notoriedad, hizo una somera inclinación de cabeza para dar por buena la atribución.
– Era sólo una idea, aunque yo no llamaría al caso Williams crímenes perfectos se disculpó. Yo sólo lo llamaría algo con un buen escenario, como los muelles de Londres en 1811 un crimen en principio gratuito, que no beneficiaba a nadie espectacularidad en su comisión, víctimas pacíficas, escasez de medios para cometerlo, celeridad y un resultado aparatoso en la suma de todos estos factores. A saber, no es un Crimen Perfecto, es sólo un crimen clásico.
Sherlock, que escuchaba con atención, sentenció como a él le gustaba:
– La perfección es clásica.
– Puede ser -objetó el amante de la lógica, Mason-. Pero lo clásico ya no es posible. Lo que se ha impuesto es lo moderno. Cometer o planear un crimen clásico en 1811 era muy sencillo. Esos asesinatos hoy la policía los habría resuelto en un cuarto de hora, en cuanto hubieran tomado las huellas dactilares.
– Estoy totalmente de acuerdo -corroboro Maigret, que recogió la opinión de Mason como un cumplido al Cuerpo de Policía en general y a su amado Gabinete de Identificación en particular-. Habría bastado el análisis de la sangre que encontraron en las ropas del asesino para saber si correspondía o no a las de las víctimas. Hoy pueden hacerse esos análisis en cualquier parte, por trescientas pesetas y en menos de un cuarto de hora. De haber sucedido esto no habría habido un Crimen Perfecto ni libro clásico. Perfección y clasicismo borradas del mapa de un plumazo. Cometer crímenes cuando ni siquiera se sabía nada de las huellas dactilares es una audacia para principiantes. Ahora te llevan una máquina al lugar del crimen y sólo por el análisis de aire se sabe si ha estado o no allí cierta persona.
– ¡No! -exclamó la crédula Miss Marple.
– Es una manera de hablar, mujer -le dijo en un aparte el padre Brown, a quien no le gustaba que se abusara del candor de los inocentes.
– De todos modos -intervino Poe- el número de asesinatos sin resolver es hoy seguramente el mismo que hace doscientos años. Los adelantos científicos sirven de poco, cuando se trata de la perfección. En esto es como el arte: hemos llegado a la Luna, pero nadie puede pintar como Velázquez, y andan sueltos tantos asesinos como en tiempo de De Quincey, si acaso no más, porque hoy hay mucha más afición al asunto, y seguramente más razones para la afición. La gente tiene una desesperación que hace doscientos años no sentía, y si mata más es porque sufre más.
– Tengo que intervenir, Poe -dijo el padre Brown-. No puedes justificar de ese modo a los asesinos.
– Yo no justifico nada, padre -se defendió Poe-. Trato únicamente de comprender lo que entendemos todos por un crimen perfecto.
– Y a la perfección de un crimen que se halla directamente ligada a la precariedad de los medios para descubrir al asesino, yo no lo llamaría perfección -añadió un Marlowe que parecía compenetrado con Poe-. Es más bien una chapuza. Me refería a fabricar un Crimen Perfecto de 1982 para la policía de 1982 y para los ACP de 1982, un crimen distinguido y cruel.
– ¡Hurra! -exclamó Miss Marple, que encontraba en ese proyecto algo muy divertido y excitante.
– Lo decía el filósofo -dijo Cortés con sorna-: «La crueldad en literatura es signo de distinción».
– ¿Qué filósofo? -preguntó alguien.
– Sam Spade -reveló Cortés-. Porque hablamos de un crimen literario, ¿no, Poe?
– Eso no hay ni que preguntarlo, Spade -dijo el padre Brown, a quien no le gustaba que se jugase ni con las cosas santas ni con las que no lo eran en absoluto.
– Bien -intervino Nero, en un momento en que pudo dejar de anotar en su libro de actas las cosas que cada cual iba diciendo.
– Lo primero de todo -dijo de pronto Mike- es elegir bien un escenario. Yo llevo haciendo un inventario de todos los escenarios de crímenes cometidos en España desde 1900 en adelante hasta nuestros días.
Mike Delan era una mujer de edad indeterminada, lo mismo que de sexo. El trabajo le impedía aparecer por los ACP tanto como querría. Podría tener lo mismo cuarenta años que sesenta, y lo mismo hubiera podido ser mujer que un agregado de embajada. Vestía como un hombre, con traje de chaqueta y corbata, permitiéndose incluso la fantasía de unos chalecos floreados muy balzacquianos. Fumaba igualmente en pipa, de boquilla larga y recta, que manejaba como una batuta, y llevaba el pelo corto. Estaba casada con un periodista que hubiera hecho un magnífico Mefistófeles en Fausto, quien la venía a recoger algunas tardes a la puerta del Comercial, como el galanteador de una primadonna de teatro. Mike solía hablar como los novelistas policiacos, lo cual no contribuía en absoluto a que se entendiese lo que decía.
– En primer lugar -dijo frunciendo las cejas en un gesto que se le figuraba de suma astucia y muy novelesco- hay que descartar como escenario los domicilios de las víctimas, a menos que se trate de mansiones o casas con un cierto carácter. Nada de crímenes en el pasillo, en la cocina o en un cuarto de baño. La degradante ignominia de un crimen ha de encontrar la infamia apropiada del medio, la naturaleza humillada busca sacudirse el infierno en el que vive…
Los ACP, siempre respetuosos, pudiendo parodiar el modo de hablar de Mike, así apodada por el inolvidable personaje de Helen Queen de Chester Himes, se cuidaban mucho de hacerlo, porque sus aportaciones, una vez despojadas de esos perendengues retóricos, estaban bien.
– Un cine en el que se reponen películas mudas -sugirió-, es un buen escenario; el carromato de un domador de circo, también; la caja fuerte de un banco; el confesonario de una catedral; la sala de espera de una estación de tren; las atarazanas y los silos. Hace dos años apareció un ingeniero del Forpa en un silo de trigo. Lo llevaban buscando ocho meses, todos creían que se habría fugado y cuando vaciaron el silo, apareció, como recién muerto, incólume como una de las momias de Egipto; dijeron que el grano había actuado de secante y que la propia fermentación natural del cereal había consumido el oxígeno, por lo cual fue como si el cadáver hubiese estado conservado al vacío y en el medio más propicio: completamente seco y curtido.
Los aspavientos de asombro de Miss Marple animaron a Milke a adornarse en los detalles.
Aunque nadie tenía una idea clara de cómo fabricar un Crimen Perfecto, y mucho menos delante del padre Brown, que los condenaba todos, o delante de Miss Marple, a quien todos asustaban por igual, Milke siguió enumerando escenarios ideales para crímenes perfectos durante media hora.
Todos ellos están consignados en el libro de actas correspondiente que llevaba tan al día Nero Wolfe.
SE trata de media docena de álbumes, confeccionados especialmente para ese cometido.
Dado lo aparatoso de su tamaño y su peso, pues hablamos de verdaderos mamotretos de unos cuarenta centímetros de alto por veinticuatro de ancho, y más de doscientas hojas, raramente los llevaba Nero Wolfe a la tertulia de los ACP, salvo cuando quería mostrar algún trabajo especial, en el que se hubiese esmerado. Otras veces, se quedaban en el Comercial bajo la custodia de Tomás, Thomas, el camarero.
Bien por pereza, bien porque la sesión no resultara interesante o porque la escasez de material nuevo no tuviera más que reseñar, no pocas entradas de tal contabilidad criminosa se limitaban a dejar constancia de los asistentes a la reunión. Otras de esas páginas, en cambio, son un verdadero mosaico de los horrores, con fotografías de asesinos, entierros, víctimas, armas homicidas y crónicas que se acomodaban en las páginas de los libros de asiento como verdaderos mausoleos en un aseado cementerio y por las que hoy cualquier artista conceptual pagaría su peso en oro, para convertirlas en una atractiva instalación de arte moderno.
La preparación de un Crimen Perfecto les llevó al menos todas y cada una de las sesiones de los meses que quedaban hasta agosto.
El último jueves de julio Nero Wolfe resumió, en su peculiar estilo taquigráfico, las conclusiones a las que los ACP habían llegado, tras arduas discusiones:
«Víctima: joven, futuro prometedor, buena familia. Así más pena. Varón, no hembra. Razones obvias: público no gusta víctimas sean mujeres. Público mucho en Crimen Perfecto; público con su imaginación y capacidad fabuladora hace perfecto crimen. Público considera pérdida menor, si mujer. Cuando víctima mujer, ocho de cada diez lectores varones piensan que parte culpa es mujer. Sociedad así, y crímenes se producen en sociedad, no quieren transformarla. Sería primera vez que sociedad cambia a base crímenes. También importante: de diez lectores, siete mujeres, pero de diez lectores novelas policiacas, ocho hombres, y mujeres prefieren novelas policiacas escritas mujeres, Agatha Christie, P. D. James, Patricia Highsmith, más que Conan Doyle, Poe o Chesterton. Todo esto científico, estadísticas. Asesino: malvado de cine: cruel, no escrúpulos, más edad que víctima. Móviles descartados: celos o dinero… Esos son móvil de setenta y dos por ciento de crímenes. No móviles puros: sólo por amor, sólo por dinero. Habría que oscurecerlos: celos y humillación y complejo clase; dinero y rencor y orgullo. Mucha ignominia, mucha infamia, ignominia de infamia e infamia de ignominia. Humillación también y sentimientos degradados o degradación sentimientos. A Crimen Perfecto da lo mismo. Escenario: ninguno habitual para víctima. No su casa, no lugar de trabajo, no su coche. Sí, en cambio, noria de parque de atracciones, boda amigo, salida de un restaurante o cuarto baño de restaurante, también antesala notario, día en que sólo víctima sabe; también bueno escenario, misa de Gallo. Nada redención criminal. Criminal muy criminal y cuanto peor mejor».
Todos encontraron estas anotaciones, que leyó Nero como el secretario de un Consejo de Administración, muy apropiadas, aunque suscitaron las protestas del padre Brown.
– Desde luego lo de hacer que suceda en la Misa del Gallo, lo encuentro excesivo. No se sabe qué pinto yo en los ACP, si no puedo evitar un crimen en Nochebuena y llevarlo limpio a presencia de Dios…
Mike entrecerró los ojos y aspiró el cargado aire del café como si se tratara de las verdaderas y embriagadoras esencias del arte criminal.
– Ha de ser un golpe certero -dijo paladeando su sadismo.
Las semanas siguientes fue cada cual aportando datos para ese Crimen Perfecto, menos Paco Cortés, que miraba condescendiente esos preparativos.
– Yo ya me entretuve de novelista casi veinticinco años. Eso ahora os toca a vosotros, los jóvenes y los amateurs.
No obstante le erigieron en arbitro, capacitado para elegir de entre los argumentos, los matices o las coartadas, cuál era la más convincente, las más artística, la más lógica.
– La víctima debería ser un mecánico de la Renault -decía, por ejemplo, alguien-. Hay que acercar el arte al pueblo, hablarle en su lenguaje, contarle cosas y ambientes que reconozca, y ejemplarizar: hacer ver a esta sociedad que las condiciones embrutecedoras en las que trabajan tantos, sólo puede generar violencia.
– De ahí a la novela social, un paso -corregía Paco, recordando lo que Espeja le decía.
En tales disquisiciones se les fueron a todos los ACP dos meses de intenso trabajo creativo que no dieron cuartel a Nero Wolfe para llevar sus libros.
En manos de un juez o de la policía, con un crimen real de por medio y sin poder explicar las razones por las cuales se confeccionaron, pondrían en un grave aprieto a quien los poseyese.
Parecían el diario de un psicópata que guardara religiosamente todo lo relacionado con su perversión, y lo ordenara como si fuese el ara sacra donde ofrendar los bajos instintos a una divinidad del mal.
Pero Nero Wolfe era todo lo contrario de un hombre que aparentase tener ninguna patología. Le había puesto el nombre, como de costumbre, Paco Cortés, más que por su finura detectivesca, que la tenía y mucha (era un deductivo nato), por su aspecto. Era como el detective de Rex Stout: pesaba unos ciento treinta kilos, y se ganaba la vida con el restaurante de la calle Larra, con mayor cartel cada día. Sus aficiones eran las novelas de detectives y la pesca de cangrejos, lo que iba perfectamente con su carácter elegiaco: ya no había novelas como las de antes ni quedaba ya un solo cangrejo en los ríos españoles. Era el amigo más antiguo de Paco. Se habían conocido precisamente el día en que a Cortés le publicaron su primera novela con Espeja el muerto: La noche es joven.
En la cubierta de aquel libro, una verdadera reliquia para los coleccionistas, se veía una chica tirada en el suelo. Al caer se le había subido la falda y se veía el arranque de la pierna por encima de la rodilla, y una liga. Eran los tiempos de la censura. El vestido era blanco, muy escotado, y el artista había captado aquel escorzo con mucho sentimiento. De los pies había uno que seguía calzado con un zapato de tacón de aguja. El otro zapato, tirado de cualquier manera, estaba a un lado. Las uñas de ese pie descalzo estaban pintadas de rojo, y por problemas de ajuste de la impresión las manchas rojas no pisaban exactamente sobre las mismas uñas, sino algo desviadas, con lo cual daba la impresión de que se lo estaban comiendo por las puntas cinco cucarachas rojas. Paco Cortés, que entonces era sólo el Lemmy Burnett de la cubierta, ni siquiera reparó en esas minucias. Y Lemmy Burnett, Lemmy por el Lemmy Caution de Peter Cheney y Burnett por William Riley Burnett, el del Little Cesar que interpretó magistralmente en la pantalla Edward G. Robinson, Lemmy Burnett, decía, entró al azar en aquel restaurante de la calle Larra para celebrarlo, al grito de, precisamente, «la noche es joven», y lo hizo con cierta novia con la que por entonces andaba. Antes de llegar al segundo plato, ya estaban borrachos. Cuando el dueño del restaurante se les acercó para preguntarles qué tal iba todo, la novia de Paco Cortés le mostró el libro que habían apoyado en la botella de agua, para que no se les despistase ni un segundo.
– Lo ha escrito éste.
Nero Wolfe, que entonces tampoco gastaba ese apodo, sino su nombre verdadero, Antonio Sobrado, no lo creyó, porque el autor que figuraba en la cubierta no casaba del todo bien con el castellano perfecto de Paco Cortés. Creyó que era una broma de borrachos.
Paco se puso muy serio y le dijo:
– Estamos borrachos, pero esta novela la he escrito yo, y también otras cinco más.
– No conozco a ese autor -le dijo Sobrado.
– ¿Cómo le va a sonar, si le estoy diciendo que ese nombre soy yo y es la primera vez que lo he usado? Ésta es la novela número seis.
– No le creo.
A los cinco minutos, hablaban apasionadamente de novelas policiaca.
– ¿Qué novelas te gustan a ti?
– ¿De las grandes? -preguntó Cortés.
Nero Wolfe comprendió que estaba en efecto delante de un experto.
– ¿A qué llamas tú grandes?
– Lo siento -se disculpó el recién estrenado novelista-. Me refería a los clásicos, ya sabes Malet, McCoy, William Irish…
– Yo creía que los grandes eran Doyle, la Christie, Simenon.
– Esos son los clásicos.
– De acuerdo -empezó a decir Antonio Sobrado-. De los tuyos me gusta, de McCoy, Di adiós al mañana, y de Irish, La novia iba de negro. Y de los míos El regreso de Sherlock Holmes, de sir Arthur, El hombre que oyó pasar trenes toda la noche, de Simenon, y de La Dama, El asesinato de Roger Ackroid, quizá los Diez negritos, no sabría con cuál quedarme.
Soltó todos esos títulos con un aplomo admirable, sin el menor titubeo, como el examinado que aspira a la matrícula de honor.
Paco y su novia quedaron impresionados.
– No está mal -dijo el novelista-. Pero ¿conoces El misterio de la habitación amarilla de Gastón Lerroux, Lord Peter y el desconocido de Dorothy Sayers, El asunto Benson de Van Dine, El problema del telegrafista de Dickson Carr o El misterio del sombrero de seda de Ellery Queen? Las que tú has dicho son novelas de sobresaliente. Éstas son de magna cum laude, y son clásicas. Son a las novelas policiacas lo que el Rolls a los motores y Miguel Ángel a las Capillas Sixtinas. Mañana te las dejo.
Y así fue como Cortés y Sobrado empezaron a ser amigos. Él le presentó a su abogado, otro amigo del crimen de papel. El abogado, Modesto Ortega, era aún más entusiasta de las novelas policiacas que el propio Sobrado, que le había captado para esa secta.
Seis meses después de tales encuentros se fundó el club de los ACP, siendo su núcleo fundacional Sobrado, Ortega, Paco Cortés y la novia de éste, Milagros, una joven a la que no se conocía ninguna otra particularidad que la de haberse separado de un marido riquísimo cuando ni siquiera llevaban un año de casados.
Desde el primer momento Sobrado, que tenía una gran experiencia en llevar contabilidades, se prestó a abrir unos libros con los haberes y deberes de los ACP, así como actas de todas las reuniones que tuvieran efecto. Cuando él no podía asistir, alguien tomaba nota por él de lo que se debatía, y en unos años los anales de los ACP eran un documento digno de atención: los casos más extraordinarios de la criminalidad mundial, ordenadamente recortados, clasificados y comentados en aquellos álbumes que las cuotas de los asociados sacaban periódicamente de una imprentilla de la calle Farmacia.
Y fueron esos álbumes lo primero que requisó la policía, cuando se iniciaron las investigaciones del asesinato de don Luis Alvarez, comisario de policía adscrito a la Comisaría de la calle de la Luna, y llegaron hasta Paco Cortés y los ACP, camino que fue más tortuoso de lo que pudiera pensarse.
Aquella muerte les implicó a todos ellos, a unos durante unas horas y a otros durante semanas, y tuvo, como cabe suponer, consecuencias penosas. El propio Maigret vio cómo aquella muerte amenazaba con echar por tierra su futuro en el Cuerpo, pues a raíz de las investigaciones salieron a la luz no sólo su relación con los ACP, sino cosas de índole laboral, como aquel sistema ideado para poder estarse las horas bobas en su laboratorio sin que nadie le molestara.
El hecho crucial fue éste: don Luis apareció con un tiro en la cabeza, en su propio coche, en un descampado próximo al pueblo de Vallecas, conocido antiguamente con el nombre de la Fuenclara y en la actualidad como el Poblado de las Eras.
El calibre de la bala era un 7,65 mm, el mismo de la pistola del propio don Luis, sólo que la pistola de éste, un revólver de la marca Cádix, se halló en su pistolera, en su costado derecho, y el arma homicida no apareció por ningún lado.
Como el calibre de la munición no era el mismo que solía utilizar en sus atentados la banda terrorista Eta, descartaron de entrada poder atribuírselo a esa organización, como quizá hubiera convenido, de modo que se resignaron atribuyéndoselo a otra de las organizaciones terroristas operativas en esas fechas, los Grapo, que usaba a menudo pistolas robadas a la policía. El hecho de endosárselo a los Grapo no dejaba de ser un asesinato de tercera, pues en la policía a los militantes de esa organización se les consideraba poco menos que retrasados mentales, a diferencia de los etarras, a quienes se suponía desalmados y calculadores, lo cual muchos, incluidas personas muy sensatas, situaban muy cerca de la inteligencia.
Y así fue como apareció la noticia al día siguiente en la primera página de todos los periódicos y abriendo todos los telediarios: «Reaparecen los Grapo en Madrid. Comisario de Policía asesinado».
Se le hicieron las honras fúnebres en las dependencias de la calle de la Luna donde quedó instalada la capilla ardiente, se cubrió su cadáver con la bandera de España, se le concedió a título póstumo la medalla al mérito policial y doña Asunción Abril, su viuda y madre de Dora y Chon, pasó a disfrutar una pensión equivalente al sueldo íntegro de su marido.
Y al funeral acudieron la señora Álvarez con sus hijas, quienes tuvieron, por cierto, que pedir prestada ropa de luto, aquí y allá, entre sus amigas, porque ni tenían ellas ni era el momento de pasearse por las tiendas buscándola.
Los sentimientos de Dora fueron confusos en ese momento. No había vuelto a ver a su padre desde la tarde aquella en que la acompañó con el televisor y se encontró a Paco Cortes. Desde entonces las amenazas de don Luis a su yerno fueron bien explícitas, hasta el extremo de que llegó a visitarlo en la Academia Nueva y allí, delante de los alumnos, a la salida de una clase, le organizó una bochornosa escena: había descubierto que Paco seguía viendo a escondidas a su antigua novia Milagros.
Desde luego que Paco Cortés había asegurado a Dora haber dejado de verla. ¿Qué fue a hacer a casa de Miles aquella primera vez después de la reconciliación? Paco hubiera podido explicarlo: en casa de Miles había algunas cosas suyas, ropa, libros y unos cuadernos que quería recuperar. Miles le dijo, si las quieres, ven tú por ellas. Así de inocente todo. Pero no lo fue, no lo era, y no hubiera podido justificar lo sucedido. El propio Paco no lo entendía, y le avergonzaba en la misma medida que le enfurecía, tanto porque no sentía hacia Miles nada especial, como por estar enamorado de Dora, y aquello era una deslealtad imperdonable. Y lo fue que se hubiesen visto otras tres veces más, recaídas que sumieron a Paco en consideraciones sombrías, ya que su relación con ella no pasaba de beber en su compañía unas cuantas copas, cómodamente sentados en conversaciones tan inocentes como cómplices, mientras Miles esperaba paciente un cambio de vientos. El altercado de don Luis en la Academia, y todas sus amenazas, sirvieron al menos para que el ex novelista se tomara en serio las cosas y dejara de ver a Miles. Y si a Paco le constaba que Dora y su padre no habían vuelto a hablarse, no hubiera podido asegurar que su suegra no le hubiese dicho a Dora nada de aquellas visitas a Miles durante los dos primeros meses de la reconciliación.
En estas cosas fue en lo que pensó Paco cuando tuvo delante, de cuerpo presente, a su suegro.
Junto a él, sentadas, estaban Dora, la mujer del comisario, y su cuñada Chon.
El rigor de la muerte ni siquiera llegó a borrar del todo cierta expresión colérica del policía, explícita en el amargo pliegue de la boca.
Durante todo un día desfilaron gentes desconocidas que abrazaban a las tres mujeres, se condolían y les daban el pésame.
Unas veces detrás, de pie, y otras sentado junto a Dora, soportó Paco Cortés velatorio, responsos, misas y funeral. Fue precisamente su amigo Maigret quien primero le informó de diligencias que le atañían directamente.
Por estirar las piernas, se había salido del salón donde el féretro naufragaba en un mar de coronas de claveles y gladiolos que saturaban el ambiente con olores dulzones.
– Paco, uno de los compañeros que acompañó el otro día a don Luis a la Academia, ha dicho que allí le amenazastes de muerte, como no te dejara en paz a ti y a Dora, cuando fue a reclamarte el piso, que quería alquilar.
– Fue exactamente al revés. Lo del piso es cierto, pero lo único que le dije es que nos dejara a nosotros con nuestros problemas.
– Han abierto una vía de investigación por ese lado. Van a interrogarte. Cosa de puro trámite. Nadie se cree lo de los Grapo. Supongo que tendrás una coartada.
– Desde luego. Estuve en el cine. Dora puede corroborarlo.
– ¿Estuvo contigo?
– No. Pero sabía que iba al cine.
– Por favor, Paco. Que tú no eres nuevo en esto.
– Pero así son las cosas. Tenía la tarde libre en la Academia. Comí solo. No me vio nadie, no estuve con nadie, nadie pudo reconocerme y después del cine fui andando hasta casa dando un paseo.
– ¿En qué cine fue?
– En la Gran Vía.
– ¿Y te fuiste andando desde Gran Vía a tu casa? Paco, esto va en serio. Hasta yo podría oler que estás mintiendo. Como no necesitas más que una hora para sumarla a las dos de la película, te inventas eso del paseo.
Paco estaba tranquilo.
– Sonará como suene, pero ésa es la verdad, y no voy a declarar otra cosa. Si yo hubiera querido matar a mi suegro, lo hubiese matado mucho antes. Además, ¿cuál sería el móvil? Tú tampoco eres nuevo en esto, Loren.
– Quedaros con el piso. Suficiente. La gente mata por mucho menos. Tu suegro esperaba que Dora, entre tú y el piso, eligiera el piso.
– Eso es de locos, Loren.
La gente que entraba en la capilla ardiente se sorprendía de ver a aquellos dos hombres porfiando acaloradamente sin levantar la voz.
– ¿Por qué querría matar a mi suegro, eh? ¿Porque era una mala persona? ¿En un arrebato? ¿Por ahorrarnos el alquiler? En un arrebato no voy con él hasta Vallecas, llego a un descampado, le pego un tiro y me doy la vuelta. Alguien debería haberme visto. ¿Habéis interrogado a la gente de por allí? En aquellas chabolas había gente, ¿no? En las chabolas siempre hay alguien. ¿Vieron a alguien? ¿Me vieron a mí? No. Sólo un misterioso Peugeot blanco. Yo ni siquiera conduzco. No tengo una coartada, pero vosotros tampoco tenéis una prueba…
– Paco, lo siento. No hables de «nosotros», porque yo no soy de «ellos». Yo ya sé que no tienes que ver con todo eso, pero eres mi amigo y he querido avisarte de que te darán la lata. Ten las ideas claras, y te dejarán en paz.
– Lo más seguro es que lo hayan hecho los del Grapo. Esos son tan chapuceros que de vez en cuando las cosas les salen como si fuesen artistas.
– No han sido ellos -dijo Maigret muy convencido.
– Ahora bien -continuó diciendo Paco Cortés-, si lo que me quieren preguntar en comisaria o el juez es si siento la muerte de mi suegro, diré que lo más mínimo. Era un tipo indecente que destrozó la vida de su mujer y la de sus hijas y amargó la de todos los que tuvieron relación con él. Y habría que enterrarle debajo de una losa de dos toneladas, por si no estuviera bien muerto.
Le enterraron, desde luego, pero no fueron precisos aquellos dos mil kilos de granito, sino unas paletadas de yeso, que sellaron un nicho de La Almudena.
Al día siguiente, a las once de la noche, poco después de haber acostado a la pequeña Violeta, vinieron a buscar a Paco. Abrió la puerta Dora. No había visto nunca a esos policías. Tampoco quisieron pasar cuando les invitó a hacerlo. Sólo preguntaban por Paco, y si estaba en casa, que les acompañara. Como hija del Cuerpo que acababa de perder a su padre en un atentado o en un asesinato le aguantaron los insultos.
– Pero ¿se puede saber qué horas son éstas de venir a molestar a nadie? ¿No teníais otra manera de comunicarle a mi marido que se pasara mañana por comisaría?
Formaban el corchete dos inspectores de paisano y un guardia de uniforme. Otro se había quedado en el coche. Parecían completamente idiotas. Ni siquiera acertaban a disculparse. ¿Las acusaciones concretas? No las sabían.
La explosión de ira de Dora fue la esperable.
De todos modos Paco no había llegado aún a casa. Lo hizo a la media hora. Dora le contó lo sucedido, y Paco cenó y se marchó a la comisaría.
Dora no podía dejar sola a la niña. En casa quedó sin saber a quién reclamar, porque a su madre, a quien ni siquiera se le pasó por la cabeza consultarla, tampoco se le hubiera ocurrido qué hacer en ese trance.
Al final Dora se decidió a llamar a Modesto Ortega.
Este, de costumbres morigeradas, estaba ya en la cama, dormido.
Le contó lo que había pasado.
Media hora después Modesto Ortega se personó en la comisaría donde estaba adscrito el Grupo Sexto de Homicidios, en la calle de San Francisco de Sales.
Como una atención especial, a la que no estaban obligados, el inspector de guardia le puso al corriente de las diligencias. A Paco lo pasaron a una habitación, que podría considerarse como calabozo, y esa noche, según informaron a su abogado, no le interrogaron. ¿Por qué le habían retenido entonces? ¿Temor a que huyera?
No hizo falta que nadie le respondiera: le habían retenido porque sí. Para macerarlo. Antes de un interrogatorio trascendente los acusados, según algunas teorías policiales, precisan, incluso reclaman ellos mismos, que se les ponga en capilla, por la necesidad que tienen, en el caso de ser culpables, de aligerar la conciencia. Estas ideas aún seguían vigentes en nueve comisarías de cada diez. En el caso de que el detenido fuese inocente, sólo habría pasado una mala noche en la prevención, algo que cualquiera puede resistir fácilmente. ¿Y no había casos en que esas detenciones lejos de llevar un poco de claridad a un detenido inocente, le confundieran y le perjudicaran en su declaración? Había sucedido con el caso del viejo de la calle del Pez.
Nadie se hubiese tomado la molestia de responder a esta última pregunta, porque el lema de la policía y de cualquier órgano de justicia sigue siendo el de Veritas splendet, la verdad al final resplandece.
Modesto acudió a las diez de la mañana siguiente a la calle San Francisco de Sales, tal y como el inspector le indicó. Ésa era la hora en la que se incorporaba el comisario jefe, encargado del caso, un tal don Ángel de Buen, que llegó, en efecto, a las once y media. En atención a la calidad del detenido y a la víctima, se mostró con el abogado muy seco, como si temiese que alguien pudiera acusarle en el futuro de prevaricaciones.
El asesinato desde luego no era obra de los Grapo. No tenían ellos ninguno de esos grupos localizados, a la sazón, ni en Madrid ni en los alrededores. Y los indicios estaban claros: en el coche de la víctima habían encontrado huellas de Paco por todos lados y, más importante, una colilla de los cigarrillos que fumaba éste, cuando se daba la circunstancia que éste había negado haber visto a su suegro a solas hacía más de seis meses, exceptuando el encontronazo que tuvo lugar en la Academia. Por si no fuese bastante, tampoco tenía coartada. Decía que había estado en el cine.
– ¿Y mi cliente qué dice? -preguntó Mason.
– Eso: que estuvo en el cine, y lo de todos: que él no ha sido.
Quedó la policía en comunicarle a Modesto Ortega, verdadero Perry Mason al fin de un caso real de homicidio, cuándo lo pasarían del juez. Modesto se marchó a su despacho, y el comisario pidió que le trajeran al detenido.
Paco estaba tranquilo, sorprendido acaso de ver que las cosas en la realidad guardaban poca relación con las novelas policiacas, o al menos con las que él había escrito. Fue su primera enseñanza: la perspectiva cambia mucho si se está del lado de la ley o enfrente, si la ley le mira a uno como inocente o como sospechoso, si se está a un lado del pelotón de fusilamiento o en el contrario, y desde luego no tiene nada que ver si uno cree que es inocente o culpable. Paco podría haber dejado de escribir novelas, pero en absoluto se arrepintió de no haberlas ambientado en España ni con policías españoles. Aquello no parecía ni un crimen. Era algo triste, penoso, en lo que todo el mundo estaba equivocado sin que a nadie le importase nada.
– ¿Francisco Cortés? -preguntó don Ángel de Buen al detenido, cuando se lo trajeron, y torció el gesto, con indisimulada gravedad, por ese placer que sienten también algunos médicos con los peores diagnósticos delante de su paciente.
– Por favor, comisario o inspector o quien sea -dijo Paco-. Si usted pide que le traigan a un detenido que se llama Francisco Cortés, ¿a quién espera que le traigan?
Se da una gran variedad de comisarios: los hay orgullosos, acomplejados y por tanto imprevisibles, ladinos, crueles, serpentinos, amargados, retorcidos, sádicos, cínicos, ordenancistas, mediocres, de vez en cuando alguno inteligente…nada en otra proporción que no sea la que encontramos en todas partes. Aunque hay algo que les es común: son conscientes del poder que detentan, de los incontables padecimientos que les ha costado alcanzarlo y de las insidias y vejaciones que han tenido que soportar en el propio escalafón, por lo que no dudan en absoluto ejercer tal poder sin piedad y sin concesiones.
A ese comisario no le gustó la respuesta del detenido, pero éste tenía razón, cosa que, siendo de los inteligentes, admitió de mala gana. Sabía, porque así se hacía constar en el informe que tenía delante, que el detenido era escritor de novelas policiacas y de intriga en general. Y eso no le gustó en absoluto. Justa correspondencia: si los novelistas piensan que los policías, en una gran proporción, son idiotas, éstos no tienen en mejor opinión a los novelistas, que les parecen en general burdos estafadores que deberían ir a la cárcel por propalar infundios de la peor especie sobre su profesión. Desde luego no había leído ninguna de las novelas de Paco Cortés, pero un fino instinto de investigador le dijo que por ahí podía humillar y rebajarle los humos al detenido.
– No te vayas a creer que aquí nos chupamos el dedo y que esto será como una de esas novelas en las que todos os creéis muy listos, mamón.
Cierto que una de las cosas que suelen hacen los inspectores, en cuanto les promueven al cargo de comisarios, es dejar los insultos, considerándolos de poca categoría, pero no es menos cierto que de vez en cuando quieren volver a paladear su pedregoso sabor, como esas angelicales vedetes salidas del pueblo necesitan de vez en cuando, en plebeyo secreto, comerse una morcilla en la áspera soledad de su cocina.
El comisario se sonrió y miró a su ayudante, por quien tampoco podía tolerar que el detenido se le insolentase.
– Y por qué razón me tratas de tú.
Paco Cortés, muy serio, sin querer entrar en más discusiones, subrayó el tuteo.
Es la segunda regla que no suelen saltarse los inspectores promovidos a comisarios: dejan de tutear a todo el mundo, menos al comisario que hasta ese momento era su jefe, para ustear hasta a la mujer de la limpieza a la que venían tuteando desde hacía diez años.
De todas las respuestas esa era la que menos se hubiera esperado don Ángel de Buen. Carraspeó el policía, hizo como que no había oído y empezó un interrogatorio que ya se le había practicado otras tres veces, evitando en lo posible el tú y el usted, para que el inspector presente y el guardia de la puerta no pensaran en una claudicación.
– Se lo he dicho antes a sus compañeros -empezó diciendo Paco-. Estuve en el cine. El día anterior mi suegra vino a casa y dejó el coche en nuestra plaza de garaje. Yo se lo saqué de allí porque a la mujer no se le da bien eso; debía estar fumando, apagué el cigarrillo en el cenicero del coche…
Don Ángel creyó tener ya resuelto el caso y cogido al culpable.
– Pero aquí dice que Francisco Cortés ha declarado que no conduce.
– Sí, y que no conduzca no quiere decir que no sepa hacerlo.
Don Ángel tuvo que llevar el interrogatorio a otro lado.
– Pero donde hay huellas del sospechoso Francisco Cortés -y subrayó la palabra sospechoso- es en la puerta del acompañante, no del conductor.
– ¿Usted -preguntó Paco- es consciente de todas las huellas dactilares que vamos esparciendo por ahí? Dejamos huellas como esporas un helecho, a millones.
– Esto no es una novela policiaca -advirtió el comisario cada vez con menos argumentos y guardó silencio mientras parecía buscar algo en los papeles que le habían puesto delante.
– Perdone que me meta en su trabajo -empezó diciendo un Paco Cortés que trató de no ser demasiado arrogante-. No tengo la menor idea de por qué me han traído aquí. Pero si lo que quiere saber es por qué hay huellas mías en el coche de mi suegro, no se lo puedo explicar. Quizá abrí desde dentro la puerta, para que mi suegra entrase. Todo lo que tienen que preguntarse es la razón por la cual yo querría haber cometido ese crimen a sangre fría. ¿Qué ganaría con ello? Mi mujer hacía seis meses que no se hablaba con su padre, y era por ello la mujer más feliz del mundo. Ese día pudo haber ocurrido de todo: desde alguien que se la tuviese jurada por alguna cosa relacionada con el trabajo o alguien al que mi suegro hubiese gastado una faena, cosa que no debía de ser tan rara. También pudo ser alguien que lo secuestrase para que le llevase a aquel poblado. ¿No se vende droga allí cerca? Alguien que se metió en su coche y le dijo que le llevara. ¿No hemos visto cien veces que unos chorizos roban un coche de la funeraria con muerto y todo, sin darse cuenta de que era un coche fúnebre hasta más tarde? Siendo estrictos, quizá deberían interrogar a mi suegra, ella es la principal beneficiaría de esa muerte, va a descansar como no pueden ustedes figurarse, porque mi suegro era una mala persona que ha hecho de ella una desdichada. O a mi mujer. O puede también que lo haya hecho un compañero suyo…
– ¡Basta! -El comisario, que no había levantado la vista de los papeles, tampoco parecía haberle escuchado-. ¿Y qué hay de esa secta donde se estudian y planean crímenes perfectos? Hemos hablado con sus compinches, y todos le señalan como cabecilla. Qué desvergüenza, médicos, abogados, empleados de banca…
– …policías -añadió Paco.
Buscó con la mirada el comisario al inspector que presenciaba el interrogatorio, de pie, junto a la puerta, y pareció decirle con una media sonrisa, «ya lo tenemos».
Sin embargo nadie sabía por dónde seguir.
– Hemos interrogado a Lorenzo Maravillas, de la comisaría de la calle Luna…
– Un buen amigo…-admitió Paco.
– Seguramente en El Comercial son todos unos fuera de serie.
Paco comprendió que aquel hombre daba palos de ciego.
– Se lo advierto -dijo don Ángel en tono amenazador-. Sabemos que lo mataron entre todos, y tú eres el que los dirigió.
Volvió al tuteo, reservado, como se sabe, a los convictos.
– No nos cabe la menor duda. No te dejaremos en paz. Os interrogaremos uno a uno, y acabaréis cayendo. Cometeréis un error, encontraremos una prueba, y el edificio se vendrá abajo. Siempre ocurre así. Y por muchas novelas que hayan leído ustedes, el culpable acabará en la cárcel.
– ¿Ha terminado usted? -preguntó Paco muy en serio-. ¿Sabe cuál es mi teoría, comisario? No sé quién pudo matar a mi suegro ni las razones por las que lo hizo, pero a quien lo hiciera le comprendo perfectamente y le admiro más cuando me paro a pensar en el beneficio que sacaría de esa muerte, o sea ninguno, porque no se me ocurre pensar en otro móvil en este asesinato que el de suprimir de este mundo a una mala persona. Es decir, la filantropía. Eso por un lado. Y la medalla al mérito policial deberían habérsela dado al asesino y no a don Luis. Por otro, si es usted el que dirige esta investigación y no encuentra a los culpables…
– Ajajá, ¿y cómo sabes que son más de uno los culpables?
– …No me impresiona usted nada, comisario. Y déjeme terminar la frase. Decía que no se haga usted ilusiones cuando no encuentre a los culpables o al culpable. Un Crimen Perfecto lo es no porque alguien sea incapaz de dar con el autor o los autores, sino porque no hay forma material de demostrárselo ¿Entiende usted lo que quiero decirle?
Ni siquiera le llevaron al juez. Le soltaron después de ese interrogatorio, sin cargo ninguno, pero con una advertencia bien explícita que le devolvió al tuteo definitivamente:
– Te crees muy listo, Paquito. Pero acabarás en la cárcel.
Toda la vejación que se llevó de aquel lugar, la ignominiosa infamia y la ignominia infamante, fue aquel «Paquito», tan ominoso.
LA primera deserción fue la de Miss Marple, la primera también a quien llamaron a declarar en comisaría.
La llevó su chófer. Se puso para la ocasión un traje de crêpe rosa, elegantísimo, convencida de que estaba viviendo alguna de las novelas de Agatha Christie que tanto le gustaban. El preguntorio estuvo a cargo del mismo comisario en jefe, don Ángel.
– Señora, sabemos que usted no tiene que ver en el complot, pero si nos informara…
Miss Marple respiró tranquila.
– …sabemos que se ha usado su secta…
– ¿Qué secta, señor comisario?
– La que ustedes tienen en el café Comercial.
– ¡Una secta! Pero si yo llevo años yendo allí, y aquello es de lo más inocente…
– Es lo que usted cree, señora. Lo peligroso de las sectas es que tienen una apariencia normal y ni siquiera los que están en ellas saben dónde están metidos. Por eso nos cuesta tanto localizarlas, desmantelarlas y meter a los responsables en prisión. Sabemos que esa secta, no con usted, desde luego, usted no era más que una de sus coartadas, preparaba la comisión de crímenes que ellos llamaban perfectos…
– ¿Ellos?
– Sí, Francisco Cortés…
– ¿Sam? ¿Sam Spade?
– ¿Quién es Sam Spade? ¿Ése es nuevo?
Don Ángel miró al funcionario que tenía al lado, desconcertado, por si éste sabía algo más.
– Sam es Paco -aclaró Miss Marple.
– En efecto. Paco Cortés, alias Espei…-corroboró el inspector adjunto ayudándose de unas chuletas.
– Bueno -siguió don Ángel-. Es el responsable. Andábamos detrás de él hace ya mucho tiempo…
– ¡Dios mío! -dijo horrorizada Miss Marple-. ¿Cómo es posible?
– Son cosas que pasan, señora. Un psicópata y un maníaco fracasado.
– Pues es encantador…
– Los psicópatas lo son. Pero no olvide que estamos hablando de varios asesinatos, que nunca fueron aclarados, tras de los cuales sospechamos que pudiera estar él…
A la buena mujer se le estremecieron las alhajas, como arenas movedizas que amenazaran con engullirla.
– ¡No!
– ¡Sí, señora! ¡Varios! Sin contar el de don Luis.
La pobre Miss Marple lanzó un agudo chillido de gaviota.
El comisario, que rubricó su aserto con una cabezada solemne, consideró que ya había impresionado lo suficientemente a la dama para intentar el asalto final.
– De modo que toda información que usted nos pueda dar, sería preciosa. ¿Les hablaba a menudo de la víctima?
– ¿Qué víctima?
Hasta el comisario empezó a darse cuenta de que aquella pobre infeliz tan educada era, además, un poco tarda, porque no se enteraba de la mitad de las cosas…
– ¿A usted le gustan las novelas policiacas? -preguntó Miss Marple.
– Por supuesto, señora -farfulló desconcertado don Ángel.
– Pues aquí no hay más víctima que Sam.
– De acuerdo, pero ¿les habló de su suegro los días antes de que se cometiera el asesinato?
– No, señor. Allí nadie habla de sus asuntos. Yo ni siquiera sabía que ese señor fuese el suegro de Sam, hasta que ocurrió todo, y me lo contaron.
Miss Marple abandonó aquel despacho con un ligero temblor de piernas y el miedo en el cuerpo. Apenas encontró fuerzas para contárselo a su marido.
– Figúrate. Un psicópata. Le servíamos de coartada, nos utilizaba para que le diéramos ideas. La policía está detrás de la pista de varios asesinatos que podría haber cometido. ¡Santo Dios! Él y algunos más del grupo. Yo sospecho de Marlowe y de Nero. No me caen bien los cocineros, con tanto cuchillo cerca. Y Marlowe todo el día hablando de pistolas. Qué horror. Y pensar que yo podía haber sido la siguiente víctima…
El escalofrío le erizó la pelusilla capilar del antebrazo.
Esa tarde telefoneó al padre Brown.
– Don Benigno, ¿puedo confesarme por teléfono?
– Mujer, ¿tanta prisa tienes?
– Lo digo a los efectos del secreto de confesión. Lo que le voy a contar tómelo usted como algo que no ha de salir de nosotros. Acabo de venir de la policía. Me han interrogado.
Contó al cura, con todo lujo de detalles, y orgullosa de salir de aquel trance tan airosa, los pormenores del interrogatorio, en el que ella quedaba como una mujer sagacísima…
– Y si le digo la verdad, es algo que una ya venía sospechando. No sé lo que habrá de cierto en lo de su suegro, pero a mí no me extrañaría nada. ¿Se acuerda cuando estuvo aquel tiempo sin venir al Comercial? Decían que se pasaba el día durmiendo y la noche por ahí, borracho, en locales de alterne. Don Luis, el suegro de Sam, sólo quería lo mejor para su hija, y le daba pena verla a ella otra vez en esa danza. Las cosas de los matrimonios, usted sabe, don Benigno, que son muy aparatosas y a mí nunca me ha gustado meterme en esos asuntos, pero sinceramente, al pobre Sam yo le he visto en estos últimos tiempos muy raro. Ya no es el mismo.
El Padre Brown quiso saber algún detalle más, tranquilizó como mejor pudo y supo a Miss Marple, quien, no obstante, había tomado ya la determinación de darse de baja de los ACP, y acto seguido el cura telefoneó al mejor amigo de Sam, que era Modesto.
– Modesto, quiero que le transmitas a Paco, y lo mismo te digo a ti, que contáis con toda mi ayuda espiritual en estos momentos difíciles.
– ¿Difíciles por qué?
Como no podía romper el secreto de confesión telefónica, se agarró a impersonales informaciones.
– He sabido que el pobre Paco ha estado metido en asuntos turbísimos. No en estos dos últimos meses, sino en los anteriores, cuando pasó aquella crisis. Yo mismo no me lo puedo creer. Seguramente se podrá aducir como eximente un estado de enajenación pasajera…
– …¿transitoria?
– Eso. No sabes qué tártago llevo encima. Días sin dormir. Han abierto una investigación a todos los ACP, y como yo no puedo involucrar al obispado en todo esto, compréndelo, tendré que dejar de aparecer por allí, y te rogaría que si te preguntaran dijeras que mi participación y mi asistencia no era en absoluto regular, como así era, por otro lado. ¿Lo harás?
– Pero a Paco le han soltado ya. Acabo de hablar con él.
– Lo sé. Pero me consta que le han dejado en libertad porque saben que les llevará a otros implicados. Están esperando que cometa el mínimo error. Las evidencias no pueden ser mayores. De ese asesinato y de, al parecer, otros ocho.
En unas horas, a la sensible tela de araña de los ACP le habían sacudido, como un estremecimiento inesperado, las gravísimas acusaciones que pesaban sobre Paco Cortés.
A la casa de Poe y de Marlowe llegó por doble conducto la noticia: a través de Maigret y de Hanna, y en ambos casos los correos fueron personales, porque la casa que compartían los dos amigos no contaba aún con teléfono.
Llegó primero Hanna. Alguna vez se veían todavía. Echo de menos aquellas puestas de sol, le decía un Poe más serio y taciturno que nunca. Y la joven le reprochaba cariñosamente: ¿y a mí no? También a ella. Pero Poe ni siquiera tenía para sí mismo esa clase de confidencias. Lo había pasado mal, pero a nadie había dicho nada.
La tarde del día en que Miss Marple depuso su declaración, por usar la jerga policial, dos inspectores subieron a la buhardilla de Hanna.
Aquélla era la dirección que figuraba en la matrícula universitaria de Poe. Les habría bastado preguntar a Maigret y les hubiera encaminado a su domicilio actual, pero la policía, compuesta al fin y al cabo por funcionarios amantes de la burocracia, nunca tiene prisa y ama los rodeos como los delincuentes los atajos.
Hanna se asustó al ver a aquellos dos policías, uno de paisano, y otro de uniforme.
En un segundo se le amontonaron en la imaginación cien desgracias o contratiempos posibles, siempre relacionados con la vida que llevaba y los amigos que frecuentaba: su marido, la heroína, el modo no siempre ortodoxo de conseguir el dinero para obtenerla…De la misma manera que dicen que a alguien que va a morir le pasan en un segundo por delante de los ojos los instantes todos de su vida, por los de Hanna pasaron todos los de su futuro: imaginó una vida en una cárcel española, su acabamiento y su muerte. Si aquellos policías venían buscando droga, les bastaría abrir la cajita que había encima de la mesa, donde guardaba, en su papel de plata, un pedazo de hachís…Sintió algo parecido al alivio. La nuca se le desbloqueó. Quizá pensó que era mejor que otros terminaran de una vez lo que ella no había podido acabar dos veces.
El policía de paisano preguntó si vivía allí Rafael Hervás Martínez.
Al semblante de Hanna afloró una extraña mueca, y pese a que la policía se negó a decirle para qué le buscaban, la profesora consideró el asunto lo bastante significativo como para tomarse la molestia de llevarle tal recado a su nueva casa.
Poe se sorprendió. No la veía por allí desde el día en que le ayudó a hacer el traslado de sus cosas, su sufrida pacotilla de marinero y dos cajones de libros. El piso que compartía con Marlowe era insuficiente. La joven y hermosa profesora se había desmejorado. Como dos lirios se le dibujaban las ojeras, pero eran las manos las que delataban su extremada delgadez.
– Han estado unos policías preguntando por ti. No han dicho qué querían. ¿Está todo bien? ¿Han venido ya aquí?
Poe se tomó un tiempo antes de contestar. Tener en su casa a Hanna le había acelerado el pulso. Aquel aspecto enfermizo la hacía mucho más atractiva, acaso, como una verdadera flor del mal. Estaban sentados en una mesa. La mano de Poe descansaba en la madera. Hanna acercó la suya y la dejó sobre la de Poe, que la sintió posarse como un manto de nieve. Sabía desde hacía mucho la razón por la cual habían tenido que dejar de vivir juntos. Tampoco habían hablado de la vuelta de su marido ni de su recaída en la droga, pero Poe la miró sabiendo y Hanna se sintió perdonada sabiendo que él lo sabía y que por ello mismo no había que hablar de ello.
– Sí, todo está bien -dijo al cabo de unos minutos Poe.
Hanna estaba inquieta. Tendría que mentirle. Su vida se había convertido en ese doloroso rosario de trapisondas que es la vida cotidiana de un drogadicto, tanto si reconoce que lo es, como si se halla aún en esa fase en la que, como Hanna, trata de convencerse de que aún está a tiempo de volverse atrás en cuanto así lo decida.
Miró a Poe con tristeza. Seguía acariciando la mano que el joven no se atrevía a retirar. La misma fuerza que le atraía de ella, parecía repelerle. Sólo su corazón permanecía en tierra de nadie, agitado y expectante. El de ella, mortecino, se consumía en recuerdos, como el tallo de esa flor que ya no encuentra fuerza para absorber el agua y con ella la lozanía perdida.
– ¿Echas de menos aquellos días, Rafael?
También se tomó unos minutos para responder. Estaban en una habitación de paredes desnudas, sin más muebles que el esqueleto de una mesa camilla y dos sillas de madera de pino, recién compradas en el Rastro.
– ¿Y tú?
Poe sintió que le flaqueaban las fuerzas, y recordó súbitamente el llamazar de su pueblo. No, no quería adentrarse en un tremedal del que no pudiera salir o del que saliera tan maltrecho como había salido la primera vez, y se tomaba sus precauciones. En cuanto a Hanna, abordó las cosas por su lado más escarpado.
– Ha sido el hombre del que he estado más enamorada en mi vida. Teníamos los dos dieciséis años cuando nos conocimos, y ya luego seguimos juntos todo ese tiempo, la universidad, los mismos amigos, las primeras casas, el primer coche, no nos separábamos ni un minuto.
– Nunca te pedí que me contaras nada cuando vivíamos los dos en la Plaza de Oriente -dijo Poe.
– Pero ahora que no, quiero yo. Estábamos juntos desde que nos despertábamos hasta que nos acostábamos. Viajamos por medio mundo y todas las cosas importantes las conocimos a la vez. También lo de la droga. Pero yo me asusté, y lo dejé, fue cuando me vine a España. Pero seguía enamorada de él. No sabes cuanto. Al principio me costó mucho, fue dolorosísimo. Le dejé como en una leprosería, y me remordía la conciencia. Me parecía que no tenía derecho a huir, si él no podía seguirme. Era como dejar a un compañero herido atrás. Cuando te conocí pensé que había pasado ya todo. Los primeros años aquí viví como acorchada. No volví a salir con nadie, ni siquiera me apetecía, hasta que empecé a hacerlo con Jaime. Aquello fue una claudicación, yo me rendía, estaba harta de estar sola. Contigo fue la primera vez que volvía a sentirme viva. Y todo marchaba bien, de verdad. Pero fue verle de nuevo y no supe lo que me pasó. Yo te quería y creía que te iba a querer siempre, pero no contaba con que apareciera en Madrid. Me di cuenta desde el primer momento de que él también había dejado la droga, y no sabes cómo me alegró eso, pero al vernos sucedió algo muy extraño, como si los dos sintiéramos de nuevo nostalgia de aquel infierno. Y lo probamos una vez. Dijimos: no nos despedimos nunca de aquello; vamos a hacer una despedida como Dios manda. No sabíamos que aquello era la nostalgia de la muerte. No me digas cómo, pero los que estamos en la droga sentimos eso que los demás no sienten. Una nostalgia superior a toda cosa, porque es una nostalgia de algo que en el fondo no conoce nadie. Es la verdadera nostalgia del Paraíso. Y nos pareció maravilloso. Y dijimos: otra segunda vez, la verdadera despedida, lo anterior sólo fue un ensayo, y nos pilló desentrenados. La segunda será la definitiva. Al principio fue sólo los fines de semana. Era como un regreso escalonado al Paraíso, y se empezó a borrar todo lo de alrededor, y el Paraíso ya ves en lo que se ha convertido. Las cosas ahora han vuelto a ser horribles, Poe. Y Peter lo sabe y lo sé yo.
– Pero ¿estás enamorada de él?
Quien ahora meditaba la respuesta era Hanna. Quería ser sincera con alguien, siquiera fuese una vez. Meneó la cabeza.
– Cuando estás enganchado, el único amor es a tu dosis, ¿sabes lo que quiero decir? Es ya como un hábito: él, yo, el caballo, aquella habitación, mi casa, todo ha vuelto a teñirse de cosas que nos son familiares, como una torre de marfil. Y si todo fuese así siempre, todo estaría en su sitio.
– ¿Y lo necesitas todos los días?
– Desde luego que no…-respondió Hanna con firmeza, como si saliera al paso de una calumnia que la afectaba de manera directa. Luego pareció admitir la realidad, y añadió en el tono bajo de las confidencias y las derrotas-. En el fondo qué más da… Sólo los fines de semana… Peter tiene aún su trabajo, pero yo he dejado la Academia.
Poe sabía que le contaba aquello porque el viaje hacia el Paraíso tenía ya parada en todos los apeaderos de la semana, y que iba a pedirle dinero. Pero no dijo nada y Hanna tampoco supo cómo continuar. Se limitó a mirar con ternura a su amigo. Poe notó que volvía a acariciar su mano de una forma mecánica, como acariciamos a un gato o a un perro, mientras pensamos en otra cosa.
– ¿Te hace falta dinero? -preguntó Poe súbitamente.
Y Hanna dijo no, sí, no, bueno, sí, algo, sin saber muy bien qué estaba diciendo.
Poe entró en una habitación y salió con unos billetes que puso en el bolso de su amiga, colgado del respaldo de la silla.
Eso hizo que Hanna, que adoptó un tono jovial, cambiara bruscamente de conversación.
– ¿Cómo podéis vivir así? -preguntó como si fuese en efecto un capítulo distinto de su novela.
Abarcó con una rápida mirada las paredes vacías, dos cajas de cartón en el suelo con los libros, un par de zapatos que alguien había abandonado allí a su suerte, el frío terrazo sin alfombra, las ventanas sin cortinas, las paredes recién pintadas sin cuadros, la mesa camilla sin faldas, las sillas sin cojines y la habitación sin más muebles que esos tres trastos…
… Y nosotros sin mucho de qué hablar.
En esta frase Poe adoptó el mismo tono desenvuelto de su amiga.
– No, Poe. A mi manera yo te sigo diciendo muchas cosas, cuando no estoy contigo. Ya sé que no sirve de nada, pero a veces me imagino que sigues viviendo allí. Te veo como solías sentarte en el sofá, sin decir nunca nada, callado, tan dulce siempre, en tu rincón, en tu sombra. ¿Querrías venir de nuevo conmigo? Me ayudarías a pagar el alquiler. Ahora paso una mala racha. He dejado las clases.
– Ya me lo has dicho.
– ¿Vendrías conmigo? -insistió Hanna.
– ¿Para qué? ¿Te ayudaría eso a salir de ese lío? Al principio yo era el hombre más feliz. Me parecía imposible que algo así me estuviera ocurriendo a mí. Tú has sido la mujer más increíble con la que he estado jamás. En realidad has sido la primera y la única -y Poe hizo esta confesión bajando aún más el tono de voz-. Eres lo más parecido a un sueño. Me gustaba que fueses conmigo un poco como yo. Éramos como dos gatos de esos que se encuentran en un tejado. Me gustaba que fueses tan tranquila, tan silenciosa, tan metódica con todo, tan respetuosa, sin preguntar nunca nada, sin agobiarme nunca, con tu alegría a todas horas, andando por el caballete del tejado sin vértigo, silenciando todas las cosas con la almohadilla de tus patas…Pero supe desde el primer momento que yo no era para ti lo que eras tú para mí. Así ocurre casi siempre. Pero me bastaba, porque de eso no hablamos nunca. Y cuando suele uno hacer algo, ya nada tiene remedio.
– Pero ¿querrías venir a vivir de nuevo conmigo?
– Creo que no.
Fue entonces Poe quien buscó su mano para acariciarla, y el joven hubiera querido llorar, pero nunca lloraba, nunca había llorado, acaso porque en su casa no había visto otra cosa que a su madre llorando por todo. No le dio ninguna importancia a esas lágrimas que no llegaron, las dejó rodar por dentro sin ocuparse de ellas, como si fuesen parte de su mirada sobre las cosas. Hanna se levantó de la silla, se acercó a él y con una caricia quiso borrar el rastro de aquel dolor, pero sólo consiguió extenderlo por todo el cuerpo. Poe se sintió mal. Era incómodo permanecer allí a su lado, de pie, mientras Poe seguía sentado y Hanna se arrodilló frente a él.
– Hazme el amor, por favor, Rafael.
Como la primera vez, era ella quien llevaba la iniciativa.
El dormitorio no mejoraba el aspecto de desolación y provisionalidad de toda la casa: una cama, incluida en el alquiler, lo mismo que un armario de luna de una moda de hacía veinte años, una habitación sin cortinas que daba a una calle trajinada con exceso de luz, un terrazo sin alfombra, una bombilla en el techo sin pantalla.
Quiso de nuevo Hanna traer un poco de alegría a aquel momento triste. Miraba Poe el techo tumbado en la cama con las manos debajo de la nuca. Hanna tenía apoyada su cabeza en el pecho lampiño del chico:
– ¿Cómo puedes vivir aquí?
Sonó el timbre de la puerta.
– ¡La policía! -dijo Hanna, que se cubrió instintivamente como si ya la tuviera delante.
Poe se puso un pantalón y así fue como le abrió la puerta a Maigret.
– ¿Estás solo?
– No.
Le invitó a pasar. Se sentaron donde él y Hanna habían estado media hora antes. Hanna seguía en el dormitorio.
– Un idiota quiere marearnos a todos -dijo Maigret-. Está convencido de que Paco mató a su suegro, pero que no lo hizo solo. Cree que estamos metidos medio ACP. Van a venir aquí dentro de un rato. ¿Sigue Marlowe guardando las armas aquí?
– Creo que las guarda en su cuarto -dijo Poe-. Va a tirar desde aquí. Hoy le tocaba. Tiene que estar al caer. Ha venido también Hanna y me ha dicho que la policía había estado con ella esta mañana. ¿Por qué no han venido ya?
– Vinieron, pero no había nadie. Ahora se han ido a comer. Después de comer vendrán.
Tenían todavía tiempo.
Maigret repasó para su amigo el estado en que se encontraban las diligencias.
– El comisario jefe de homicidios está entusiasmado con unas huellas dactilares y con una colilla de cigarrillo de la misma marca que fuma Paco.
Al rato oyeron el llavín de Marlowe.
Venía éste con su bolsa de deporte. Traía en ella dos pistolas y una caja mediada con munición.
A Marlowe nada le parecía nunca grave.
– Apuesto tres párolis a que esos polis no sacan nada en claro -dijo Marlowe, que no sabía exactamente lo que era un pároli, pero se había quedado con la expresión desde que la leyó en una pésima traducción de una novela de Dürenmatt. A continuación se metió en su cuarto, en la parte «zaguera» de aquella casa «rentada», y regresó con otra pistola más y media docena de cajas, lo metió todo en la bolsa y sin perder la sonrisa, dijo que todo era cuestión de minutos, el tiempo que tardaba en cruzar la calle, subir a casa de sus padres, dejar allí el arsenal, y volver.
Cuando lo hizo, había llegado ya la policía, pero Maigret no estaba. Había preferido marcharse. No quería que le encontraran allí. Y lo mismo hizo Hanna.
Los policías iniciaron un registro con el tedio de quien tiene puesta la cabeza más en la hora de apurar su turno de trabajo y marcharse para casa, que en resolver el asesinato de un superior por el que no sentían el menor aprecio.
Poe presentó a su amigo.
– ¿También estás en la secta?
– ¿Qué secta? -preguntó atónito Marlowe.
Uno de los proyectiles que éste usaba para sus ejercicios de tiro, con las prisas de aquella intempestiva ocultación, se había quedado entre las sábanas de la cama deshecha. Parecía una barca de pesca en medio de la galerna.
Poe, que seguía a uno de los sabuesos, lo descubrió allí. En una película de suspense aquel hallazgo habría sido acompañado por un golpe de música inesperado, para levantar a los espectadores de su asiento. Lo contrario que hizo Poe, que fue a sentarse sobre el proyectil, mientras observaba cómo el policía revolvía los cajones. Cuando se levantó, la bala estaba en su mano. Se la llevó al bolsillo del pantalón y esperó que terminara el trámite.
– Mañana pasáis por la comisaría. El jefe quiere haceros unas preguntas.
– ¿Y por qué no ahora? -preguntó Marlowe-. Podríamos huir.
La policía es seguramente de todos los Cuerpos de empleados del Estado el que peor encaja las bromas.
– Bien, listillo, -dijo el policía que llevaba la voz cantante-. Pues os venís ahora, y me pasáis la noche en comisaría.
A Marlowe aquello le pareció de perlas, y se lo tomó como quien acaba de ser invitado a una apetecible excursión.
– ¿Yo también? -preguntó Poe.
– Los dos.
– ¿Tiene orden de detención?
Esa es una de las preguntas que no debe hacérsele jamás a un policía, en primer lugar porque no les gusta que se les tome por idiotas, en segundo lugar, porque suelen llevarla consigo siempre y en tercer lugar porque dos de cada tres personas que la formulan acaban siendo declarados culpables.
– De acuerdo; me pasáis mañana por allí. Por la mañana.
– Yo trabajo en el banco, y no puedo faltar -dijo Poe.
El policía empezaba a irritarse.
– Pues pides permiso.
Los interrogatorios del día siguiente fueron tan absurdos como los que les habían hecho a todos los demás. Pero bastó que la policía metiera las narices en los ACP para que éstos quedaran diezmados en unas horas, y por primera vez en dieciséis años la reunión de la tertulia de esa semana se hizo en el pub colindante, y a ella faltaron todos los asiduos de otras horas.
– Acabaremos en las catacumbas, como los primeros cristianos, tal y como vaticinaba el padre Brown -sentenció Marlowe.
– Yo no me preocuparía -le tranquilizó Paco Cortés-, todo eso no se sostiene, pero habría que investigar por qué razón se lo llevaron a ese descampado. Si la policía está en el mal camino, nosotros la llevaremos al bueno. Me gusta poco que sea mi suegro, pero menos aún me gusta que se quede sin resolver un caso, y menos aún que me hayan querido cargar el muerto.
Estaban únicamente Poe, Marlowe y Maigret.
– De la comisaría salió en su propio coche -continuó diciendo Cortés-. Antes había telefoneado a mi suegra y le había dicho que salía para comer en casa. Pero nunca llegó. Mi suegra al ver que no llegaba, tampoco le dio importancia. Eso de decir que iba y no aparecía era algo que solía hacer con frecuencia. Sin embargo por la noche, a eso de las once, cuando no daba señales de vida, y con las cosas que pasan, se asustó. Nos llamaron a casa, y nosotros llamamos a la comisaría. Nadie había visto nada, pero todos recordaban haberlo visto salir de su despacho a las tres y media. Nadie, en cambio, le vio salir en el coche, aunque tuvo que cogerlo entonces, porque en el coche le descubrieron ya cadáver a la mañana del día siguiente. Bien en la misma comisaría, bien en algún punto del trayecto, recogió a su asesino o a sus asesinos, o éstos le recogieron a él, y a continuación le mataron. O bien acudió a un lugar, donde le estaban esperando para matarle. La autopsia dio las cinco de la tarde como hora del fallecimiento, y desde la calle de la Luna hasta el Poblado de las Eras, y a esa hora punta, se tarda, como poco, entre tres cuartos de hora y una hora. Hubo una media hora en la que algo sucedió, acaso la clave de esa muerte.
– Lo más extraño -dijo Maigret- es que hemos investigado los últimos casos en los que él personalmente trabajó, y ninguno tenía que ver remotamente con ese barrio.
Como reunión de los ACP todos la hubieran encontrado interesantísima, pero ni Miss Marple ni Nero Wolfe ni Sherlock ni el padre Brown ni Milagros, por supuesto, de baja desde hacía seis meses, habían dado señales de vida, como tampoco los menos habituales, Mike y Gatsmann, un abogado amigo de Mason. El primer Crimen Perfecto real, y todos salían huyendo. Así es la vida.
– Yo creo que tu suegro fue allí por su propia voluntad, sin que nadie le obligase a ello, buscando algo -dijo Poe.
Era acaso el único a quien aquello no divertía ni siquiera como rompecabezas.
– No me cuadra -replicó Paco Cortés, quien de todos modos concedía mucho crédito a su joven amigo-. ¿A la salida del trabajo irse a las afueras de Madrid, sin comer?
– Tú mismo has dicho que tu suegra ni siquiera lo encontró raro -recordó Poe.
– Lo raro de verdad -intervino Maigret- es que nadie le viera, primero, desde las tres y media, que salió de la calle Luna, hasta las cinco, en que lo mataron, y en segundo lugar, que no descubrieran el cadáver hasta el día siguiente, en un barrio en el que dejas el coche y como no lo conozcan lo desguazan por completo en veinte minutos sin que te des cuenta. Sin embargo cuando descubrieron el coche, ya era de día, y al coche no le faltaba nada. Ni a don Luis: tenía la cartera, el dinero, el arma reglamentaria, no faltaba nada. Y aquellos dos tiros…¿Por qué dos tiros y no uno? Esto no resultaría raro si los dos tiros hubieran estado agrupados, pero no, uno en una pierna y otro en la cabeza.
– No lo creo raro -dijo Cortés-. Mi teoría es la siguiente. Llama a su mujer, dice que va a comer a casa y en el último momento cambia de opinión. ¿Por qué? Podría ser cualquier cosa. A continuación va con esa o esas personas, por razones que desconocemos también, hasta ese lugar. Allí le chantajean o discuten por algo, le pegan un tiro en la pierna, para hacerle comprender que las cosas van en serio, y a continuación le matan.
– Hay algo que no casa -advirtió Poe-. Si es así, el que le pegó el tiro en la pierna pensaba matarle. Porque nadie va dejando por ahí vivos a comisarios de policía con un tiro en la pierna.
– Es verdad -admitió Cortés como un principiante-, a menos que llevaran el rostro cubierto.
– Podría ser. Pero llevaba su pistola. Ni siquiera se la quitaron. Si hubiesen sido del Grapo, como se dijo al principio, se la habrían llevado. ¿Por qué tampoco trató de usarla? Yo te aseguro que un policía, y más un policía como don Luis, de los de la vieja escuela, de los de pegar tiros a todo el mundo, si está armado y ve que corre peligro, se las arregla para sacar la pistola y defenderse -dijo Maigret.
– Eso sería en el caso de que mi suegro tuviese que defenderse de algo. Pero no se defendió porque el que iba con él o los que iban con él, él los conocía y se fiaba de ellos. La trayectoria de la bala indicó que se la dispararon desde el asiento delantero, y eso, una vez más, sólo quiere decir que en caso de que fuese sólo una persona la que cometió el asesinato, ésta era de la entera confianza de mi suegro, ya que se sentó delante y no en los asientos traseros, como hubiera sido lógico si le hubieran secuestrado. Aunque pudieron ser dos o más, en cuyo caso se vieron obligados a ocupar dos o más asientos. ¿Tú has visto el informe del forense?
Se lo preguntó Cortés a Maigret.
– Tú sabes cómo le asesinaron, Paco -dijo de pronto Maigret. El sí tenía la voz seca como una tiza, y a esa pregunta que sonaba a una acusación, Paco le devolvió lo mismo que una máquina tragaperras, nada, que decía el clásico, otra pregunta.
– ¿No irás a pensar tú también que tengo que ver algo en todo eso?
– No, pero no me tientes, porque si descubriera que lo habías hecho tú o lo habías planeado tú, me obligarías a ser un encubridor. Tu suegro me caía igual de mal que a ti. Sí, he visto el informe del forense.
– ¿Y a que dice que la trayectoria de la segunda bala, la que le quitó la vida, va de adelante hacia atrás?
– Pues no. Ahí te equivocas, Paco. Dice lo contrario. La bala entró de atrás hacia delante en la sien derecha. Eso prueba que le dispararon desde atrás. Uno le disparó en la pierna y otro en la sien. Por eso nos inclinamos a que eran, como mínimo, dos.
– O uno, y era zurdo. Le disparó con la izquierda, desde el asiento delantero, sobre la pierna, y luego a la cabeza.
– Poe es zurdo -dijo divertido Marlowe-. Yo le he visto disparar una vez, y lo hace con la izquierda.
Maigret le miró sin la menor gana de fiestas.
– Cállate, Marlowe. Estamos hablando de cosas serias -dijo-. Hemos barajado todas las hipótesis: que estuviera metido en un asunto sucio, de droga, de contrabando, de divisas, de algo, pero no encontramos nada. Tu suegro sólo era un fascista, no era un corrupto. A él sólo le había corrompido la política, ¿me entiendes?
– No -dijo Paco Cortés-. Sabemos que las dos cosas no son la misma, pero vamos a dejarlo. Vais a tener que cerrar el caso, tal como está. Ya se sabe: en casa del herrero, cuchillo de palo. ¿Tú qué opinas, Poe? Siempre has tenido buen tino.
Maigret se mostraba de acuerdo; cuanto antes cerraran el caso, mejor para todos. Pero había hecho una pregunta a Poe, que quiso responder.
– Ya sabéis que mi teoría es que a un hombre se le puede condenar y absolver por su pasado, más que por lo que haya hecho en el presente. Y si ese hombre era como parece que era, seguramente se encontraría no una, sino cien razones por las cuales debía morir como lo hizo, y, por tanto, cien posibles asesinos que lo hicieran. No todos los asesinos matan por razones de inmediato interés. Muchos sólo quieren contribuir con un poco de equilibrio a un mundo desequilibrado.
– ¿Y qué vamos a averiguar en un policía que no supiéramos ya? -preguntó Maigret.
– Diez veces más que en cualquier hombre -siguió diciendo Poe-. Un policía siempre está en contacto con gentes que cometen delitos en el presente por un pasado del que no son del todo responsables, de modo que se les condena por leyes del pasado, casi siempre atrasadas e imperfectas, para privarles del futuro. Si asesinar fuese algo sencillo y no comportara mayores penas y problemas, los asesinatos comprensibles serían muy superiores en número a aquellos otros que no lo son. ¿Cuántos banqueros llegarían a viejos? Todos aquellos a quienes robaron, estafaron, embargaron con engaño, arruinando sus vidas y las de sus familias, se encargarían de hacerlos desaparecer. Diríamos lo mismo de médicos, de abogados, de jueces. ¿Cuántos jueces prevarican sin que no les suceda nunca nada? ¿Y los políticos? Yo averiguaría en la vida de ese policía. Veríais como hay mil razones para que alguien quisiera matarlo.