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Los ACP dejaron de verse. No fue, ciertamente, un final memorable para un grupo que había tratado de asentar en España los principios científicos del Crimen Perfecto, la constitución, como quien dice, de ese capítulo de las bellas artes, por denominarlo con la misma ironía de De Quincey.
Pero aún hubieron de sufrir los ACP una muerte que a muchos les afectaba de manera tan directa y que hizo que de nuevo volvieran a barajarse hipótesis de secta y asesinatos organizados: la tarde del lunes catorce de abril apareció muerta en su apartamento Hanna Larson. Fue Poe quien descubrió el cadáver y quien avisó a la policía. El caso del asesinato de don Luis Alvarez no se había cerrado todavía, pero su expediente había sido dejado encima de la mesa de un despacho en espera de mejores tiempos o de un golpe de suerte o de una prueba inesperada que no llevaba trazas de aparecer nunca.
No tardó la policía en unir si no ambas muertes, sí las personas que se relacionaban con ambos muertos, pese a que la muerte de Hanna se había producido por sobredosis y la del policía por bala. Pero cuando se desconoce todo de todo, pueden hacerse mundos de la nada con enorme facilidad, y teorías a cada cual más extravagantes y pintorescas empezaron a circular entres quienes llevaban a cabo las investigaciones. Hubieran hecho las delicias de los ACP si hubieran seguido reuniéndose, pero si la primera muerte ya había puesto en desbandada a los más pusilánimes y escrupulosos miembros del Club, la segunda, de la que se enteraron en unos casos por la policía y en otros por llamadas telefónicas angustiadas de los propios ACP, les puso a la mayor parte de éstos en tal estado de ansiedad que algunos incluso colgaban el teléfono cuando reconocían al otro lado la voz de uno de los viejos amigos, temiendo tener los teléfonos intervenidos. Todos desconfiaban de todos, y temieron estar siendo utilizados por la mente de un asesino tan calculador como despiadado, amamantado quién sabe si a sus mismos pechos. El hecho de que Hanna hubiese muerto de sobredosis y a don Luis le hubiesen matado en aquel descampado próximo a un poblado en el que se vendía droga abrió vías de investigación que tuvieron entretenida a la policía durante muchos meses.
Hubo, no obstante, aspectos sombríos en aquella segunda muerte. Las muertes imprevistas ahogan toda capacidad de maniobra y las cosas hubieron, en muchos casos, de improvisarse.
En principio a Poe no se le detuvo ni se le acusó de nada. Aunque fue la propia policía quien comunicó al consulado de Dinamarca la muerte de aquella súbdita, con el fin de que se localizase y avisase a la familia, correspondió a Poe recoger y adecentar la casa de Hanna, de la que seguía teniendo una llave y a la que frecuentaba de nuevo en los últimos tiempos. De hecho no podía decirse que eran novios, palabra excluida de su vocabulario, pero sí que eran amantes, o, traducido en el lenguaje policial: que estaban liados. Y como a uno de sus ligues trató la policía a Poe. Porque dio con el paradero de al menos otros dos, de los cuales Poe ni siquiera tenía noticia. Estos, entre otras cosas, proporcionaban dinero a la ex profesora, lo cual, dicho sea de paso, le permitió a la policía insinuar que Hanna ejercía una prostitución encubierta con la que se costeaba la droga, ya que, después de abandonar la Academia, no se le conocía otra fuente de ingresos que no fuese ésa.
– ¿Vivías aquí con ella?
Poe creyó revivir la escena de aquel viejo de la calle del Pez, sólo que ahora le tenía a él ya que no como sospechoso, al menos como un testigo privilegiado.
Salió Poe a la terraza, mientras los policías hacían un concienzudo registro de la casa y esperaban a los empleados del Instituto Anatómico Forense. Las plantas de las macetas de la terraza, salvo unos geranios que resistían heroicamente la mengua de riego y de cuidados, llevaban secas meses, quizá el último año. La tierra seca, la estopa que era todo el vestigio que quedaba de plantas en otro tiempo verdes, los cascotes de algunas macetas, amontonados en un rincón, contrastaban con la magnificencia de la vista.
La pregunta se la hacía un hombre joven, que vestía un traje de pana, con barba y pelos largos.
– ¿Vivíais juntos?
– No.
– ¿Cómo entraste aquí?
– Con una llave.
– ¿Te la había dado ella?
– Sí.
En las novelas policiacas hay siempre alguien que anota todas esas cosas. Aquel policía sólo parecía preocupado, mientras le interrogaba, por encontrar un mechero para encender su cigarrillo. Al fin pudo encenderlo y pasar a preguntas de más calado.
– ¿Era tu novia?
– Creo que no.
– Esas cosas se saben. ¿Eras su novio?
– No… -pero Poe volvió a su primera respuesta-. Creo que no.
– Bien. ¿A qué habías venido?
– Me llamó el domingo por la tarde y me preguntó si podía venir a verla.
– ¿Eres drogadicto?
– No, señor.
No tenía el policía tantos años como para que se le diese ese tratamiento tan protocolario, acaso tres o cuatro años más s que él.
– ¿Sabías que ella lo era?
– Creía que lo había dejado. O lo estaba dejando. Así me lo dijo hace poco, cuando volví con ella. Eso creo.
– Tranquilo, chaval, no pasa nada. No te pongas nervioso.
Poe no estaba nervioso.
La tarde era magnífica. Se acordó Poe de la primera vez que había estado en aquella terraza. Como entonces, la visión era grandiosa, pero a los policías no parecía impresionarles. Los policías han visto ya de todo como para dejarse impresionar por nada, ni siquiera por el Palacio Real desde aquella atalaya exclusiva. Faltaban unas dos horas para que anocheciese. El cielo se había llenado de vencejos que pasaban muy cerca de sus cabezas. Abajo, atravesados sobre la acera, esperaban dos coches oficiales, con las señales luminosas propagando su alarma con verdadero escándalo. Habían empezado a agruparse los primeros curiosos.
– ¿Y sabías qué quería decirte?
– No. A eso venía. A hablar de ello.
Poe miraba al policía con un gesto que le partía la sonrisa en gesto de cansancio y tristeza.
Habían pasado la tarde del sábado juntos Hanna y él. Las cosas no iban mal entre ellos. Se veían de vez en cuando, cada dos o tres semanas. A veces aquello acababa en una acostada, otras no. Hanna le hablaba de volverse a su país. Poe le hablaba de volverse a su provincia. Se entendían bien, se querían a su modo. Compartían su tristeza. No la llamaban tristeza. Ni siquiera tenían que hablarse. En ocasiones Hanna, como un cumplido, le decía: Hubiera estado bien habernos encontrado antes, ¿eh, Poe? Y Poe sonreía. Le decía también ella: Rafael, tú no eres de nadie; no cuentas nada, no se sabe lo que te pasa por dentro, lo que estás pensando. Y Poe decía: No pienso nada, no hablo porque no se me ocurre nada que decir, soy como un gato por los tejados. No es verdad, le decía también Hanna. A veces yo te he visto hablar con Paco o con Marlowe. Eso es distinto, le decía Poe, porque hablamos de crímenes, de novelas policiacas, y eso es como estar callado, no cuesta hacerlo. Los crímenes son como una partida de ajedrez. No creo que sea muy divertido hablar de ajedrez con el que no sabe de ajedrez, decía Poe. Y añadía: Hanna, tú tampoco dices mucho. No es verdad, protestaba ella. Hanna le contaba cosas, hablaba de volver a dar clases, y lo mismo pensaba en regresar al norte que en perderse para siempre en el sur, en cualquier playa de Marruecos. En cuanto ahorrara algo de dinero. Ese de juntar algo de dinero era su sueño recurrente. Yo en cambio voy a ser siempre esto, trabajaré en un banco toda la vida, luego me jubilaré, y después me moriré. ¿Sólo?, le preguntaba Hanna. ¿A qué te refieres?, preguntaba Poe, ¿a si sólo haré esto o a si lo haré solo? A eso último, dijo Hanna. Solo, lo haré solo; ¿cómo quieres que arrastre a ninguna mujer a vivir una vida como esa? Nuestras vidas están marcadas desde el principio, y no es fácil torcerlas. Y la mía está así, y aún es mejor que las de mis hermanos. Ellos tienen que trabajar doce horas, pero no tienen una vida mejor. Tienen mujeres, maridos, tienen hijos, pero apenas les ven. No creo que tengan vida tampoco. Cuando están juntos se pasan el día discutiendo entre ellos, con los chicos. Son también infelices, pero ni siquiera lo saben, incluso algunos días creen ser felices, porque son infelices casi siempre.
De todo eso hablaron ese sábado. Pero, a la policía, ¿qué le importaba todo eso? No contó nada. Eran ya las once de la noche cuando Hanna se lió un porro delante de Poe. Luego dijo: ¿No querrás que deje también los porros? Además muchos médicos los recomiendan.
Escucharon música y cenaron pasta, que preparó Hanna sobre la marcha.
Qué diferente todo de aquella primera vez. La casa, ¡cuánto había cambiado! No sólo la terraza. La terraza parecía haberse convertido en un basurero. En el rincón de las macetas rotas, había también una silla vieja que encontró Hanna en un contenedor, entre material de derribo. La había subido pensando que le serviría, que la compondría, pero había cambiado de opinión, y allí la había dejado abandonada, descompuesta, como se la encontró. De haber tenido chimenea habría hecho un buen fuego. Después de cenar, Poe se marchó. Hanna no hizo nada tampoco por retenerle.
– ¿De verdad no sabías que se drogaba?
No es que aquellos policías jóvenes quisieran ponerle trampas. Era todo más sencillo. Ni siquiera se acordaba el policía que esa misma pregunta se la había hecho antes de que llegara su ayudante. Tampoco le preguntaba más. Hablaba por hablar con él, por si le podía ayudar en algo, para consolarle. Le dijo también, si el comisario quiere, te hará más preguntas.
– Me dijo que lo había dejado -matizó Poe.
Siguieron hablando un rato. El policía quiso saber dónde vivía, qué hacía, que relación tenía con ella. Cuando se llevaron el cuerpo de Hanna, tuvo que acompañarles a la comisaría. Pensó decirles que tenía un amigo en la policía, pero el recuerdo del asesinato de don Luis le contuvo.
La policía buscó a Peter, el marido de Hanna, pero no lo encontraron. Nadie supo dar con él.
Después de unas horas y de avisar al consulado y hablar con el empleado encargado de dar con los parientes de la joven, Poe volvió a la casa de Hanna. Pensó que quizá a los familiares de ella, si acaso decidían viajar a Madrid, les gustaría encontrarse esa casa con otro aspecto. La policía aún la había desbaratado más.
Se la encontró precintada con un sello del juzgado. Rompió el sello, entró, y ordenó las cosas. Luego salió, volvió a poner el sello sin preocuparse de que se notara que había estado allí o que había sido él quien había entrado.
Esa misma noche, después de darle la noticia a Marlowe, telefoneó a Paco Cortés. Los ACP habían pasado a la historia, pero algunos viejos miembros de aquel club aún seguían viéndose.
La cabeza de Paco Cortés, habituada a los pasos policiales, iba por delante.
– ¿No les has hablado de lo de mi suegro? Les va a faltar tiempo para saberlo. Por suerte el domingo estuvimos todos en Segovia, con mi suegra, y el lunes estuve haciendo cosas en el despacho de Modesto y en la editorial.
Espeja el viejo había llegado a un acuerdo con su antiguo colaborador y escritor de novelas policiacas. No hay nada que no pueda soldarse, era la divisa del viejo astuto…
Poe se sorprendió con la noticia, y Paco prometió ponerle otro día al corriente de los pasos que se habían dado para ese arreglo. Lo importante en ese momento era ocuparse de Hanna.
A la mañana siguiente Marlowe acompañó a su amigo Poe al Instituto Anatómico Forense. Al rato llegaron Paco y Dora. En cierto modo aquella muerte también servía a dos seres que ante la tragedia parecían haber apartado todos sus problemas personales, empequeñecidos de pronto, y mientras permanecieron allí no se soltaron de la mano, hecho éste del que acaso ni ellos mismos fueron conscientes. Le parecieron a Poe sus amigos Hansel y Gretel en aquel bosque de la muerte, y se acordó cuando él encontró esa comparación para Hanna, el primer día que estuvieron solos. Metidos en estrechas cabinas esperaban su entierro los cuerpos de dos docenas de desdichados. La tragedia de la muerte allí se redoblaba por todos los rincones. En muchos casos nadie velaba aquellos cadáveres de mendigos, indigentes, suicidas, sobredosificados, envenenados, desconocidos. La mayor parte, vidas desarregladas y muertes estremecedoras. El velorio de algunos de estos cadáveres eran duelos de alivio: se veía que se había dado por concluida una vida triste. Habían amortajado a Hanna con un sudario blanco que le envolvía igualmente la cabeza. Habían dejado por fuera sus manos, dos finas tallas de madera, en las que carne y uñas parecían estar hechas ya de una misma sustancia parafinada. El cuerpo semejaba un bloque de mármol del que el escultor sólo hubiera querido sacar a la vida el rostro y las manos, dejando el resto en basto.
Al fin hallaron a Poe, solo, en un cuartito vacío, separado del féretro por un cristal.
Los dos amigos, y luego los que fueron llegando, Mason, Maigret, el padre Brown, se dirigieron al muchacho como si fuese el destinado por la suerte para sobrellevar en solitario, y a falta de parientes próximos, el dolor de aquella muerte sin ángel, un peso demasiado pesado para sus veintidós años.
Ninguno de ellos sabía qué iba a suceder, qué había que hacer, cómo tendrían que conducirse. ¿La enterrarían? ¿La incinerarían? ¿Repatriarían su cuerpo a Dinamarca? ¿Sus cenizas? ¿Vendría alguien del consulado, alguien de su familia?
A media mañana los amigos acabaron marchándose cada uno a sus ocupaciones, como les pidió el propio Poe. Se quedó allí todo el día. Sólo a última hora le dijeron que a la mañana siguiente se incineraría el cuerpo y se enviarían las cenizas a Dinamarca. Se fue a su casa. Dejó el cuerpo de su amiga con inevitable sensación de perplejidad. Se preguntó: ¿estas cosas no podrán hacerse de otro modo? Le pareció más natural un crimen que la manera de enterrar a los muertos, mucho más inhumano hacer desaparecer un cadáver que liquidar una vida.
Al día siguiente estuvo presente en la incineración él solo. Duró poco la ceremonia, apenas unos minutos. No habló con nadie, ni siquiera con el empleado de la funeraria que pronunció a la puerta del tanatorio el nombre de la difunta en voz alta, por si había alguien cerca al que interesara saberlo. Supuso Poe que los empleados sabrían qué hacer con las cenizas. No imaginaba aún hasta qué punto aquella muerte le afectaba o no. Demasiado próxima todavía. Supo, sin embargo, que quería volverse a su provincia, quizá pensó que de no hacerlo le esperaba a él una muerte tan absurda como aquélla, tarde o temprano. En su pueblo se encontraría mejor. Quizá había llegado el momento de las huidas. Tenía veintidós años, pero era ya un viejo, o como tal se sentía.
Tampoco había resultado mejor la experiencia con Marlowe, en el piso que compartían. Todo seguía como el primer día, con cajas de cartón sin abrir por los rincones, el mismo destartale, idéntica precariedad. Se habían dado de plazo hasta el verano, cuando el contrato del piso, por un año, tocaba a su fin. No renovarían. Marlowe retornaba a la casa paterna. No era hombre de vivir solo, le confesó a Poe, echaba de menos los guisos maternos, la ropa limpia, los domingos tirado frente al televisor sin tener que ocuparse de compras, lavadoras ni comidas.
De todos los amigos sólo a Paco Cortés parecía sonreírle el porvenir. Espeja el viejo había entrado en razón. La marcha de su autor preferido había significado un duro revés para los ingresos de la editorial, y sin el menor empacho, en cuanto le llegó la notificación de la demanda, se puso en contacto con él con una carta de la que, sin la menor duda, se habría ennorgullecido Espeja el muerto.
«Mi querido Paco: Te debo esta carta desde hace catorce meses, así como mis disculpas. Soy un hombre orgulloso, pero también reconozco mis defectos y mis errores…»
Paco, que le leía la carta a Dora en voz alta, después de habérsela leído a Modesto, no pudo evitar el comentario:
– Los que reconocen que su defecto es el orgullo, son además soberbios, y consideran el orgullo una virtud, y por eso lo confiesan. No falla.
– Volverás a escribir -le dijo a los pocos días un animado Modesto, que se hacía la ilusión de leer nuevas aventuras de sus héroes preferidos.
– No -le desengañó Paco-. Eso se ha terminado. Se lo he dicho esta tarde a Espeja. He vuelto a la editorial no como autor, sino como gestor. Todo en esta vida tiene sus ciclos.
– ¿Has estado con él?
– Sí.
– Y si no vas a volver a escribir novelas -preguntó Modesto- ¿para qué has ido a verle?
– Se le ha ocurrido una idea que considera una genialidad: plagiar nuestras propias novelas.
Todos le miraron con expresión de sorpresa.
– Hay que ambientar las novelas en España. Es lo que se estila ahora. El público está cansado de que los crímenes ocurran a tres mil kilómetros de aquí. No valoran el que sean o no perfectos, sino que se huela o no la sangre, y cuanto más próxima esté la sangre, mejor, y cuanto más familiar, mejor todavía. Por eso en España gustan tanto las guerras civiles. Y yo voy a probar con Las Amazonas de Chicago.
Se trataba de una novela de monederos falsos que se acuartelaban en un club de alterne de Chicago, con ese nombre, Las Amazonas.
– Lo ambientaré aquí, en Madrid, en Los Centauros…
– Es un local de travestís -dijo Marlowe, orgulloso de conocer los escenarios antes incluso de que fuesen novela-. Yo he estado allí.
– Quién lo diría, Marlowe.
Se levantó Paco y al rato traía un sobre con los contratos que Espeja le había preparado. Se los entregó a Modesto y le pidió que los mirase.
– Esta vez ya no ocurrirá como antes. Lo haremos todo legal.
– Paco, no te entiendo. ¿Cómo puedes volver con alguien al que ibas a llevar a juicio? ¿Cómo puedes fiarte de él?
– No me fío. Pero yo no he nacido para dar clases. Lo mío son las novelas policiacas, es lo que conozco y a eso me voy a dedicar, si puedo. Espeja quiere que me vaya a trabajar con él a Preciados, con un contrato y un sueldo. Tendré que ir, en principio, por las tardes. La mitad de las tardes él ni siquiera está, y Espeja hijo no quiere oír hablar de ese trabajo. A él lo tienen de economista en otro sitio y le ha dicho a su padre que no piense que se va a hacer cargo del negocio. Por eso Espeja el viejo ha echado mano de mí. Ahora somos una gran familia, Espeja el viejo, Clementina y yo. Dora está de acuerdo.
Dora lo confirmó con un movimiento de cabeza, mientras se despejó el pelo de la cara para que quien quisiera pudiese leer en su sonrisa la ambigua sinceridad de tal aserto.
De modo que ése fue el gran cambio en sus vidas. Se produjo otro, de orden íntimo, sin embargo, algo de lo que únicamente se había percibido Paco Cortés.
– Paco, no sé lo que me pasa -le dijo Dora-. A veces me despierto por la noche mientras estamos durmiendo. Otras sueño que me despierto. Pero siempre es lo mismo, me acuerdo de él. Cuando nos llevaba a mi hermana y a mí de niñas a los toros en Ciudad Real, con ocho o nueve años. Tenía entradas gratis y nos llevaba, presumiendo de niñas. Entonces le veíamos feliz, vestido como si fuese él el torero. No venía mamá. Nos llevaba a nosotras. Me acuerdo cuando se compró su primer 1.500, y que nos fuimos a tomar un refresco a la Cuesta de las Perdices, para probar el coche. Me acuerdo de muchos momentos felices, fugaces, pero completos. Y siento por él un enorme cariño. No puedo evitarlo. Y es raro porque no te puedes figurar el daño que me ha hecho. Otras veces me acuerdo cuando nos casamos. Estaba borracho, pero cuando se despidió de mí, se echó a llorar, y a mí entonces me daba asco verle así, me acordaba todavía de lo que me había hecho.
– ¿Qué te había hecho? -preguntó Paco, pensando que su mujer se refería a algo en lo que él no había reparado lo suficiente.
Dora se quedó paralizada por aquel desliz, y salió como pudo del paso:
– Todo; lo que nos hizo a todos durante tantos años…, pero en sueños, cuando viene a despedirse, se me parte el corazón de verlo así y de cómo lo mataron.
– Sólo son sueños -trataba de consolarla Paco.
– Cuando éramos niñas creo que no era todavía una mala persona…
– Las malas personas como tu padre lo son desde que nacen, Dora.
Paco empezó a no saber si aquellas fantasías de su mujer había que atajarlas o hacer caso omiso de ellas.
– Pero Dora, a este paso tu padre va a resultar que era un santo.
– Le hicieron malo las circunstancias.
– Y las circunstancias vuestras, ¿fueron mejores que para él? Y vosotras no habéis salido malas personas.
– Sí, pero…
En unas semanas la imagen de su padre sufrió una notable transformación cada vez que lo mencionaba, y tuvo que referirse a él muy a menudo, porque con su muerte hubieron de arreglar innumerables papeles, Dora no decía «papá» o «mi padre», sino «el pobre papá» o «mi pobre padre», y si no hablaba de él más a menudo era porque las mismas circunstancias de su muerte, acaso vergonzosas, así lo desaconsejaban.
Paco Cortés, respetuoso con la muerte de su suegro, evitaba en lo posible tener que mencionarla delante de Dora, por no tener que soportar aquello.
Otra cosa bien distinta fue su suegra. Tampoco ella fue ajena al cambio experimentado por su hija, y no pudo estar menos de acuerdo. Desde que se quedó viuda pasaba muchas tardes con ellos o se quedaba con la niña. Paco, que sentía por la mujer una mezcla de cariño y de lástima, cuando iba a recoger a su hija pequeña, se quedaba hablando con ella.
Era la típica mujer de policía. Para ella no había habido en toda la vida otro horizonte que ese: ascensos, quinquenios, inquinas de las comisarías, servicios, venganzas entre los compañeros, vejaciones de los superiores, servicios especiales, viajes desagradables, cursos y cursillos ingratos, rutinas… Pero todo eso en el fondo le era indiferente. El asesinato de don Luis había sido para ella una liberación de tan amplias dimensiones, que si lo reconocía, se apresuraba a enterrar ese sentimiento como un pensamiento pecaminoso y desnaturalizado.
– Hijo -le confesaba a Paco Cortés-, se me hace todo muy raro. Todavía no me creo que se haya muerto. No sabes qué alivio ha sido, Dios me perdone.
Hubiera sido difícil saber si con ello decía que no se resignaba a que hubiese ocurrido aquel trágico desenlace o que el grado de liberación era tal, que no acababa de creerse que algo tan bueno le hubiera sucedido a ella, después de haberlo deseado seguramente de una forma tan oscura que jamás lo hubiese reconocido.
Y la mujer se echaba a llorar como cuando vivía su marido y le daba aquella mala vida, llanto de felicidad y de culpa al mismo tiempo por sentir ambas, pues no le parecía bien alegrarse por la muerte de nadie, siendo tan religiosa, ni renunciar a su felicidad, habiendo sido tan desdichada. Y gracias a eso, sostenía, había soportado lo que ella y su confesor únicamente sabían que había soportado.
No obstante ocurrió algo cierta tarde. Paco Cortés tenía que pasar por la casa de su suegra a recoger a Violeta, a donde la abuela la había llevado después del colegio.
Llegó Paco más pronto de la hora convenida. El trabajo en la editorial, el suyo, era aún bastante impreciso. Las cosas, después de más de cincuenta años, marchaban allí solas, imprentas, distribuidores, devoluciones, albaranes, facturas. Se lo había dicho una vez Clementina a Mason: aquí lo guardamos todo. Y por esa inercia, más que un trabajo, aquello era una cómoda guardia. A veces, antes del horario previsto y pactado con Espeja el viejo, las ocho de la tarde, Paco Cortés salía a la calle y se volvía andando a casa, dando un largo paseo.
En esa ocasión se presentó a las siete en casa de su suegra. Vivía en Sáinz de Baranda, un piso en una casa de los años treinta, fúnebre y con largos, altos y sombríos pasillos por todas partes.
Dora, que había salido con antelación del médico, a donde había ido, se había llevado a la niña antes de lo previsto.
– Me dijo que te llamó al trabajo -le informó su suegra-, pero ya te habías marchado.
Encontró a su suegra sentada en el sofá del salón, con un gran despliegue de cajas, cajones, archivadores, sobres de un amarillo ajado e infinidad de papeles de todo tipo, personales y timbrados, familiares y comerciales, cartas y viejas facturas…
– Haciendo limpieza -dijo justificando el desorden en el que aparecía la habitación-. En algo tengo que ocuparme.
Era aquélla la borrachera ordenancista de las primeras horas de viudedad.
Junto a los papeles estaba el arma, su viejo Cádix, en su funda de cuero negro, un objeto informe y deprimente, con brillos grasientos.
Paco Cortés sintió repugnancia al ver el revólver. La suegra debió de notarlo, porque se apresuró a quitarlo de la vista como si se tratara de una vieja dentadura postiza:
– He dicho ya treinta veces que pasen a recogerlo.
Le invitó a que se sentara, le ofreció un whisky y ella se sirvió una copita de un licor pastoso de color canela.
En una papelera iba arrojando papeles rotos en cuatro trozos y fotografías que no se libraban del escrutinio.
– Llevaba lo menos cuarenta años sin verlas -le confesó la suegra-. Sabía que estaban en ese cajón, pero no me gustaba mirarlas. Demasiados recuerdos y demasiado tristes.
Paco sintió curiosidad. La mujer trató de ocultárselas con una risa demasiado artificiosa para ser sincera.
– ¿Qué vas a ver? ¿Lo vieja que me he hecho?
Eran todas las fotografías de su niñez, de sus padres, de Luis, de los padres de su marido, él de joven, ella de soltera, algo así como la historia pretérita, bodas de otras gentes que a Paco le resultaban desconocidas, hombres y mujeres sentados en banquetes en cuyas copas aún destellaban los raros lampos de la felicidad, gentes bailando en esos mismos banquetes, fotos de las niñas, una foto de los cuatro delante de aquel 1.500 al que se había referido hacía poco Dora, todo de tiempos anteriores al nacimiento de las niñas, Dora y Amparito, y de después también…
– Esta era mi suegra…-empezó a decir.
Se veía a una mujer de unos setenta años, una foto de tres cuartos, con los contornos difuminados, como las que solían ponerse en los cementerios. Era una mujer gruesa, casi un fenómeno de feria. La cara parecía que fuese a salirse de los límites de la fotografía. Tenía un bigote que la descaraba. Causaba risa y espanto. Llevaba un traje negro que disimulaba mal aquella papada que se le desbordaba sobre un collar de perlas. Estaba de medio lado y se le veía una oreja grande y descolgada, también con una perla…
– Me hizo la vida imposible. Era un monstruo. Lo que no me hizo llorar. Al poco de casados se vino a casa, cuando faltó mi suegro. Vivió con nosotros cuatro años, hasta que se murió. Se pasaba el día diciendo que yo era una inútil, que no sabía hacer nada, que su hijo había hecho el peor negocio de su vida, porque se había casado con una señorita… En aquella época Luis ya no venía muchas noches a casa. Se las pasaba por ahí. En el servicio, decía. Mi suegra sabía todas estas cosas, porque de soltero debía de ser lo mismo. Pero sorbía el aire por donde él pasaba. La tenía coladita. Como era hijo preferido, y luego único, es que se lo comía con los ojos. Parecía como un novio. Al principio yo todavía tenía fuerzas, y discutíamos. Mi suegra nos oía desde su habitación, y al día siguiente lo primero que me decía, en cuanto él volvía a marcharse, era que encontraba muy natural que se fuese a buscar fuera lo que no encontraba en casa. Era malvada, malvada de verdad. Lo decía para humillarme. Nunca le dije nada a Luis de aquellas peleas con su madre. Eso le habría puesto furioso. Que yo criticara a su madre le sacaba fuera de sí. Ocurrió un día. Me levantó la mano y me la puso delante, toda abierta, como si se contuviese para no aplastarme la cara contra la pared. Era un hombre muy violento. Cuando bebía se ponía mal. Un día me dijo que si tenía agallas me volviera a casa con mi madre. A mi madre habíamos tenido que internarla en un sanatorio. Se había vuelto loca la pobre, después de la guerra, por todo lo que había pasado. Fue una crueldad horrible decirme aquello, yo tenía diecinueve años, era una niña, y tenía que haberle dejado entonces, haberle dicho, ahí te quedas, pero… el no saber.
La mujer lanzó un par de gemidos agudos y secos, luego humedeció los labios en aquel licor apelmazado, y siguió hablando.
Nunca Paco, hasta ese momento, había hablado con su suegra más de cinco minutos en serio. Años en la familia, y sólo habían intercambiado frases banales. Le extrañaba todo aquello, nuevo para él. Mason habría dicho que no era lógico, después de tantos años.
– Y me quedé con mi marido. Y desde ese día supe que mi vida iba a ser un suplicio. Y cada vez que caía más bajo, él se crecía más y más. No se puede figurar nadie las cosas que he visto en esta casa, lo que he tenido que soportar no se lo puede figurar nadie, ni Dora ni Chon… Era horrible. Yo estaba asustada. No sabía nada de la vida. Vosotros no os podéis figurar lo que fue la guerra, sois demasiado jóvenes. Y yo me decía que él no era como los demás, y me creía lo que me contaba, porque ya no sabíamos lo que podíamos creer o no. Luego le destinaron fuera de Madrid unos meses. Yo me dije, aquí la vida va a ser más fácil, mi suegra se quedará, no querrá venir con nosotros. Pero tuvimos que llevárnosla, y se pasaba todo el día rabiada por tener que estar en una ciudad de provincias como aquélla, que era un pueblo de mala muerte, y volvió a pagarla conmigo, porque no podía meterse con su hijo, y aunque él decía que aquello le gustaba menos que a nadie, yo sabía que había sido él quien había pedido el traslado, porque le ascendían y además porque el trabajo le gustaba. En Madrid tampoco me ves el pelo, y a ti qué más te da estar aquí o allí, para lo que tienes que hacer todo el día. Fue un infierno. No quiero ni acordarme. Tenía mucho trabajo, les traían todos los días gente que detenían. Apenas paraba en casa. Siempre fuera, y yo allí, encerrada con mi suegra en una pensión y en una ciudad en la que no conocíamos a nadie. Yo le lavaba las camisas, no quería que las lavase la muchacha. Cuando no las traía manchadas de carmín las traía manchadas de sangre. Por suerte, y Dios me perdone, mi suegra se murió a los tres meses, y luego vino Chon, y nos destinaron otra vez a Madrid. Un día dijo que lo tenían sentenciado los del maquis, que lo habían sabido por unos a los que habían cogido, y ya teniendo familia, pidió el traslado a Madrid. Pasé mucho miedo. Me imaginaba que cualquier día lo traerían muerto… Tu suegro no era una buena persona, Paco. No lo fue con nadie. Si me apuras, ni con su madre. No podía soportarla, no soportaba a nadie, en el fondo odiaba a todo el mundo, por eso empezó a beber, aunque creo que empezó a beber antes, en la guerra. La guerra les hizo a todos alcohólicos…
La mujer seguía con la foto de su suegra en la mano, sin saber qué hacer con ella. Pareció despertarse de un sueño, se lo sacudió con un ligero movimiento de cabeza, y devolvió la fotografía a su caja. Paco ni siquiera se atrevió a curiosear entre las muchas que allí había. Algunas eran diminutas, como de carnet, su suegro vestido de falangista, de paisano, con el bigote más, menos recortado, con traje, sin él.
Al volver a casa, Dora se disculpó con Paco, por no haberle podido avisar con tiempo y haberle despachado el recado de recoger a la pequeña, y Paco se disculpó a su vez por llegar con más de dos horas de retraso.
– ¿Cómo has encontrado a mi madre?
– Bien, entretenida ordenando papeles.
Paco le contó a su mujer la conversación con su madre. Dora le dijo:
– Sí que es raro; la mitad de esas cosas yo no las sabía. Quizá no las sepa ni mi hermana.
Cuando al domingo siguiente Dora le comentó a su madre, fingiendo enfado, que la mitad de las cosas que le había contado a Paco de cuando ella y su padre eran jóvenes ni siquiera se las había contado a ella, la mujer se defendió como pudo:
– Hija, te las he contado mil veces, sólo que ya no te acuerdas.
Y cambió de conversación. El momento propicio de las confidencias íntimas había pasado, y quizá no se volviese a repetir jamás, como ese cometa cuya vuelta nos hallará ya muertos.
Y sin embargo fue aquel día en el que Paco y su suegra hablaron tanto tiempo el que le dio al ex novelista la clave para resolver el asesinato de su suegro.
Ni siquiera participó sus sospechas a Dora. Al día siguiente telefoneó a Maigret. Tenía urgencia de verle, aunque no le adelantó nada por teléfono, por temor a que Dora escuchase algo. Luego hizo lo mismo con Mason. Quedaron citados los tres en el viejo Comercial.
Llegó Maigret a la cita antes que los demás. Entró en el café, del que llevaban tanto tiempo ausentes, como quien vuelve al país natal. Reconocía las cosas, los veladores, los espejos, los parroquianos, el mostrador, los camareros… Todo seguía igual que entonces, el vago entonces. Pero no se reconocía a sí mismo en aquellos espejos leprosos.
Era muy poco lo que tenía, cuando se reunían los ACP. Pero su vida no carecía de contenido entonces. La amistad en sí misma justifica muchas vidas, se dijo. Podrían haber seguido viéndose después de la muerte de don Luis. Fueron unos momentos de pánico. Nada más. Las cosas no se habían resuelto, pero tampoco se resolvía un treinta por ciento de los asesinatos. Y recordó lo que tantas veces se había dicho en aquel café: los crímenes perfectos no son perfectos porque no se descubra al criminal, sino porque no se le pueden probar al asesino, por lo mismo que parecer culpable no le hace inocente a uno.
Vio Maigret entrar a Mason y levantó el brazo para que le descubriera. Mason se sorprendió de encontrarle allí. Paco Spade no les había dicho a ninguno de los dos que el otro también estaba citado.
– Por fin. Los ACP cabalgamos de nuevo -proclamó Mason en cuanto se sentó con su amigo, y aquella sorpresa puso inopinadamente de buen humor al abogado, despertándole la fantasía:
– Tomás, hoy tráeme un whisky, uno de malta, de verdad, nada de nacionales…
– ¿O no cabalgamos de nuevo? -preguntó Mason en cuanto el camarero se alejó.
– Creo que no -le desengañó el policía-. Me parece que no van por ahí los tiros.
Paco Spade se retrasaba. Los amigos hablaron de su presente.
– Mi vida es un asco. Modesto. Si pudiera dejaría el trabajo. Pero ¿qué puede hacer un policía? Donde quiera que vaya, siempre será un policía. Es como si eres militar. El militar y el policía siempre serán policías y militares. Lo mismo que los curas, aunque se casen. Hay profesiones muy malas.
– Por esa regla de tres, a mí me pasaría lo mismo. Nadie está a gusto con lo suyo.
– Cuando teníamos nuestras reuniones de los ACP, por lo menos contábamos con algo que valía más -dijo Maigret-. Yo esperaba los días de la tertulia con verdadera ilusión, como pueden esperar los forofos del fútbol el partido de su equipo. Sólo que nosotros nos ocupábamos de cosas importantes. Saber por qué razón alguien mata a otro es importante. Saber cómo es posible, si es posible, que alguien viva con la culpa de haber matado a alguien, también lo es. La Naturaleza del Mal y la Naturaleza de la Mentira. Y en el otro extremo, el Bien y la Verdad. Aquí parecía que nos divertíamos, y todo eso de las novelas y los crímenes iba muy en serio. Yo al menos me lo tomaba en serio.
– Y yo -admitió Modesto Mason-. Para mí además era saberme necesario. Conozco a Paco desde hace más de veinte años, lo vi empezar, su vida es también parte de la mía. Me gustaba verle escribir. Tenías que haberle visto tú sacarse una novela de la cabeza en una semana. Era increíble. Las escribía silbando. Para mí eso es lo más bonito que me ha pasado nunca. El me consultaba cosas, me preguntaba, me pedía que le hiciese informes. Todo lo que tenía que ver con leyes, se lo resolvía yo. A veces era yo también el que le disipaba las dudas. Como no viajaba, le contaba cómo eran los sitios por donde nosotros íbamos. Le traía las guías de todas partes, los planos de todas las ciudades. Me pedía que le contara casos que me llegaban al despacho. Tuve un cliente que llevó a juicio a un comisionista suyo, porque decía que éste se había quedado con dos carteras de bisutería fina. Se lo conté a Paco, y cuando menos me lo podía imaginar, te traía un novelón como la copa de un pino, No lo hagas, muñeca, que va de todo eso de las esmeraldas. Le contabas las cosas y parecía que no atendía, pero todo lo iba metiendo en la cabeza, y luego lo soltaba ya elaborado.
– ¿Y por qué hemos dejado de vernos, entonces? -preguntó con tristeza Lorenzo-. Si todos añoramos los ACP, ¿por qué no volvemos a quedar?
– Lo he intentado muchas veces con él. Pero Paco dice, reuniros vosotros, sin mí. Yo le digo: pero ¿qué te cuesta ir? Antes no te costaba nada. Vas, te sientas, y hablamos los demás. Pero él no quiere ya. Dice: todo en esta vida tiene su momento. Yo creo que a él esto le hace daño, ya no quiere saber nada de novelística, para él eso terminó, se ha secado. Ve a otros jóvenes que empiezan y a los que todo les sonríe, y cree que se le ha pasado su tiempo. No habla de ello, pero sé que es así. Hace un mes, cuando empezó a trabajar de nuevo en la editorial, volví a la carga. Le dije, ahora que estás de nuevo en lo policiaco, volveremos a reunimos, ¿no, Paco? No, me dijo; y con más razones que antes. Tengo una familia y voy a ganar algo, lo que no he ganado en veinte años. No tenemos nada. Yo ya no voy a escribir más. Y entonces, ¿qué harás en la editorial?, le pregunté yo. Refritos, me contestó, y buscar a otros que escriban. Pues eso, le decía yo, los ACP te van a permitir seguir en activo. Y él me dijo, no, porque antes para mí, mientras el crimen era una diversión, funcionaba. En cuanto se ha convertido en trabajo, me da lo mismo. No me creo nada; pensaba, algún día podré hacer mi propia novela, la mía, no la de los asesinos y la de los policías; ¿qué tiene que ver todo eso con la vida? Nuestras vidas son pacíficas, pero necesitan de un infierno para sobrevivir, y lo describen sobre el papel, y necesitan acabar en una novela con la vida de otros, para que la nuestra valga algo. Pero lo cierto es que las vidas si algo valen es en lo que son, y algún día, pensaba, haría una novela de mi purgatorio, sin tener que recurrir al infierno de otros. Pero ese momento no ha llegado, y sé que ya no llegará. Mi infierno es no poder escribir una novela sólo mía; mi purgatorio es saberlo, y mi pobre cielo haber escrito treinta y tres novelas que han hecho felices a otros menos a mí. Yo le decía. Paco, puedes hacer coincidir las dos cosas, la novela policiaca y la tuya; los caballeros andantes, ¿qué tenían que ver con Cervantes?, le dije. Y Paco me respondió, yo no soy Cervantes, y para hacer eso que tú pides, habría que ser un genio, y no lo soy. Ni lo ha sido nadie. Las novelas policiacas son mentales, y la novela es algo que sale de la vida, no de una ecuación. Ha habido grandísimos escritores policiacos, pero falta que nazca el mesías del género, el Cristo, el Cervantes, el Shakespeare de lo policiaco, y ése no soy yo. El que entone el más melodioso canto fúnebre de la novela al mismo tiempo que su canto del cisne. Además, me dijo también, en cuanto le ves las vueltas a una cosa, pierdes interés por ella.
– Y sin él los ACP no serían lo mismo, ¿no? -dijo Maigret.
No se sabía si Lorenzo lo afirmaba o si, al preguntarlo, dejaba un pequeño resquicio a la esperanza.
– En los grupos siempre hay alguien que es la médula. Sin médula, todo eso se viene abajo como un montón de huesos. Dale una médula, y los huesos se ponen en pie, y eso camina. Además el grupo ya no podría ser lo mismo. ¿Tú volverías a reunirte con Miss Marple, con Sherlock, con el padre Brown, después de lo pésimamente que se portaron con él y de dejarlo solo? Actuaron como unos cobardes. Ellos podrían ser amigos del Crimen Perfecto, pero antes hay que ser amigos de los amigos, y si un amigo te sale criminal, con más razón.
– El que tiene razón eres tú -admitió cariacontecido Lorenzo-. Y, ¿qué estamos esperando aquí?
Con más de media hora de retraso, apareció Paco Cortés.
– ¿Sabíais que Poe ya no vive en Madrid?
Los amigos negaron con la cabeza.
– Vengo de estar con Marlowe. Me he pasado por la relojería de su padre. Me lo he llevado a tomar un café. No se ha despedido de ninguno de nosotros. ¿Por qué lo habrá hecho? Nosotros nos portamos bien con él. ¿Por qué nos habrá hecho eso? ¡Qué decepción! Marlowe me dijo que la muerte de Hanna le afectó mucho. No hablaba con nadie, no llamaba a nadie, se volvió muy taciturno. No salía ni siquiera de casa. Actuaba de una manera muy rara. No se ha vuelto a su pueblo, como quería, pero salió una vacante en Castellón, y se ha ido para allá. Podría haberse despedido. ¿En qué quedó todo lo de Hanna?
Paco le hizo esta pregunta a Maigret.
– En nada. Una sobredosis. No lo sé muy bien. Si quieres me entero. Las cenizas las mandaron a Dinamarca.
– Poe se ha ido. ¡Vaya con el chico! Raro tipo -exclamó Mason.
– Pero muy inteligente -añadió Maigret.
– De eso quería hablaros -dijo Paco.
Mason y Maigret se miraron, y éste volvió a repetir:
– Muy inteligente. Fue el único que vio que el viejo de la calle del Pez se había suicidado.
– A eso voy -dijo Paco Cortés-Y cuando hablamos en la tertulia de ese asunto, Poe dijo que la mitad de un caso se resuelve averiguando en el pasado de la víctima y el pasado del sospechoso. Yo no sé quién puede ser el sospechoso de la muerte de mi suegro. Pero sí sé que la víctima, en ese caso, puede ser a la vez el sospechoso.
– ¿Cómo? ¿Insinúas que a tu suegro le asesinó alguien y que ese alguien era tu suegro? Paco -dijo Lorenzo Maigret- la verdad es que ya no eres el que eras.
– Quiero decir que a mi suegro le mató su pasado. Mi suegro fue otra víctima más de la guerra civil, o sea, víctima de sí mismo.
– Por favor, deja ese rollo de la guerra civil -suplicó el policía-. Estoy harto de la guerra civil. No aguanto ni un gramo más de guerra civil. Una película más de la guerra civil, y nos vamos a suicidar todos. Basta de batallitas, ni una historia más del maquis, ni de las Brigadas Internacionales, ni de los que la perdieron ni de los que la ganaron. La perdieron ellos o la ganaron ellos. No nosotros. Estoy hasta el propio gorro de los cuarenta años de franquismo y de Franco. No aguanto oír hablar de los vencidos otros cuarenta años después de habernos tragado cuarenta oyendo la matraca de los que ganaron. Y todavía aguanto menos a los ingeniosos que dicen eso de que la guerra civil no fue civil sino incivil y que esa guerra no la ganó nadie, sino que la perdió España. ¿Es que en España no hay nada más que guerra civil y Eta? En el caso de aquel viejo de la calle del Pez, de acuerdo. Pero tenía que estar loco para matarse. Cuando alguien se suicida, es porque ya estaba muerto mucho antes. A ese viejo le mataron en la guerra y durante muchos años ni siquiera lo supo. También de acuerdo. En ese sentido Poe acertó. Pero no todo el mundo es como ese viejo. ¿Qué tenía que ver ese viejo con don Luis? Don Luis era un bicho, y eso lo sabes tú, Paco, lo sabíamos todos los compañeros y lo sabía el mundo entero, y estaba encantado de haber hecho la guerra, de haberla ganado y de volverla a hacer. Pero como cien mil más. No creo que pensase en la guerra civil cuando lo mataron. Cuando lo mataron estaba incluso más tranquilo, porque al final le dejaron fuera de las tramas del golpe del 23 F, estando metido en el ajo hasta el bigote, como sabíamos todos. Así que tú me dirás qué tiene que ver una cosa con otra.
– Tiene que ver -dijo Paco-. No digo que tenga que ver con el pasado remoto. Puede tener que ver con un pasado reciente.
– Investigaron -dijo Maigret- los casos más importantes en los que había intervenido en los últimos cinco años.
– ¿Por qué sólo los de los cinco últimos años?
– Porque ése es el tiempo en el que todos olvidamos las cosas.
– Si no se está loco.
– En ese caso, da lo mismo cualquier cosa. Si vamos a hablar de locos lo mejor es llamar a los loqueros, no a la policía -dijo Maigret-. Había casos comprometidos, de droga, una banda que se dedicaba a robar joyerías, que él desarticuló, otra que se especializó en la falsificación de documentos y otra que estafaba a la gente, vendiéndoles apartamentos en Torremolinos. Pero no conseguimos nada. Ninguno de esos casos llevaba hasta la Fuenclara.
– No, lo que decía Poe era más preciso. La mitad de la solución está en el pasado.
– Valiente deducción -dijo Mason-. Eso lo sabemos todos.
– Sí, pero la gente se cansa de buscar -dijo Paco-. A la gente el pasado no le gusta, ni el de las catedrales. Se cansan pronto. A la gente el pasado le da miedo. Prefiere comerse unas gambas actuales. Busca en lo que está más cerca, pero alejarse unos pasos más, le da pereza, porque a medida que te alejas más, más te pierdes. Mientras vas ampliando el círculo, más difícil es todo, más medios te hacen falta y, sobre todo, más tiempo. Y si a la policía le falta algo son esas dos cosas: medios y tiempo. Pero ésa es una labor de un solo hombre. Un investigador privado.
– ¿No saldrás ahora otra vez con lo de la agencia de detectives? -preguntó Mason.
– No, éste es un trabajo personal. Digamos que lo voy a resolver por interés familiar.
No les fue difícil reconstruir, entre los tres amigos, la biografía de don Luis.
Había nacido en el Ferrol, como el Caudillo, en 1918. Esa circunstancia hizo que muchos creyeran que Franco en persona había tutelado la carrera de su paisano, demasiado vertiginosa y ascendente, al menos en los primeros tiempos, velando por ella en dos o tres momentos en los que sin un padrino poderoso esa misma carrera se habría estancado, como la de tantos. También el paisanaje con Franco, y su protección, explicaría el amor que sentía don Luis por él.
Sin embargo a Paco no le constaba que entre su suegro y Franco hubiera habido otra relación que la del paisanaje. Si como decían las habladurías, don Luis había tenido alguna relación con Franco, lo hubiera sabido, porque esas cosas se saben en las familias. No obstante, volvió a preguntárselo a su suegra.
– Luis le conocía, porque era de Ferrol, y conocía a sus padres, y a sus hermanos -le explicó su suegra-. Ahora, nada más. Una vez, al acabar la guerra, coincidió en un servicio con él. Y le dijeron, Excelencia, este chico es de su pueblo. No estábamos todavía casados, todavía no le conocía yo. Y Franco le preguntó, cómo se llama usted. Franco era muy estirado, hablaba a todo el mundo de usted. Y Luis le contestó, y él dijo, conocí a su padre y a su abuelo de usted. Y se dio la vuelta, y ya no hubo más palabras.
No obstante muchos compañeros, sabiendo que era de Ferrol, lo suponían más o menos relacionado con el militar, cosa de la que don Luis, no desmintiéndola, se beneficiaba a menudo.
Aquellos recuerdos trajeron otros.
– Los rojos habían matado también a un hermano suyo que era falangista -siguió diciendo Asunción-, y de verdad, vosotros no podéis haceros una idea de lo que era Madrid en la guerra, las cosas que vimos…
Que era como decir que si no hubiese sido por Franco, hubieran acabado con todos ellos, no hubiesen dejado a nadie vivo, a nadie que no fuese de los suyos.
A Paco eso ya le daba igual. Le dijo también a su suegra:
– Estoy ambientando una novela sobre esa época. ¿Puedes enseñarme los papeles de Luis?
– Pero, hijo, ¿tú no ponías todas tus novelas en el extranjero?
– Sí, Asunción. Pero los tiempos han cambiado.
Fue sólo una treta para volver a aquella carpeta de fotografías que había visto la tarde que llegó a recoger a su hija Violeta.
A escondidas, y sin contarle nada a Dora, aprovechando que recogía a la pequeña de casa de su suegra, Paco menudeó las visitas y se demoró en mirar esos papeles, en muchos casos con la excusa de ayudar a su suegra a ponerlos en orden.
Por primera vez en su vida empezó a ver a su suegro de otra manera. Su presencia física era tan poderosa mientras vivía, él mismo era tan desagradable, de aspecto tan ruin y desmedrado, aquel rostro color vino, congestionado por el alcohol, las puntas de los dedos manchadas de nicotina, el bigote paródico, recortadito como los chistes que se hacían de los fascistas, sus gafas oscuras, caricatura de sí mismo, el modo que tenía de relacionarse, buscando siempre la palabra que más pudiera herir a la persona con la que hablaba, eligiendo con cuidado la más venenosa, la más hiriente, el modo en que se dirigía a los extraños, tan ceremonioso, con tanta hipocresía, con amabilidad que jamás empleaba para los más próximos, su buen humor, que podía confundir a cualquiera y hacerle pasar por alguien incluso divertido, todo aquello que condicionaba cualquier juicio sobre él, fue desapareciendo poco a poco. Su método era más científico.
Paco, mientras miraba aquellas fotografías, parecía tener a alguien al que podía acercarse sin peligro. Como a una alimaña muerta.
De joven don Luis había sido, incluso, un hombre atractivo. Como las fotografías no daban la estatura, parecía hasta apuesto en aquellos documentos de identidad, de conducir, de policía, del economato… Había también otras cosas, interesantes, por ejemplo, un recorte viejo de un periódico, con el traslado de los restos de José Antonio a Madrid, aquella cabalgata fúnebre con hachones y crespúsculos llenos de luceros por todas partes y lontananzas épicas; en él una flecha, puesta a mano, tinta ya rancia, señalaba a un joven, entre una masa de ellos, del que podía suponerse que se trataba de Luis Álvarez, no por el parecido, acaso por el uniforme, los correajes, la camisa azul.
Asunción Abril dejó aquella caja a Paco, pero no parecía dispuesta a retomar las confidencias de la primera tarde.
– Hijo, ha pasado ya tanto tiempo, que ya no me acuerdo -era la frase elegida para cambiar de tema.
Se tuvo que conformar con las cosas que le contó la primera y única vez. Toda una vida en común resumida en la hoja de una libreta. En cierto modo las vidas de todo el mundo, pensó, se reducen a eso. A algunas incluso les cuesta trabajo encontrar algo para poner entre las dos fechas de la lápida que cubre sus restos en el cementerio.
– Esto es lo que he logrado averiguar de mi suegro -dijo a sus amigos quince días después de aquella reunión del Comercial-. Nació en Ferrol, en 1918. Su padre era marino, se retiró de comandante y murió en 1936, dos meses después de que empezara la guerra. Estaba enfermo. Su madre vivió en Ferrol, hasta que después de la guerra su hijo se quiso quedar en Madrid. Se la trajo con él. Era el menor de dos hermanos.
A su hermano mayor, falangista, lo mataron en Madrid. La mujer, según mi suegra, era una arpía, una verdadera coronela, acostumbrada a mandar, avinagrada y despótica. Le hizo la vida imposible. Creyó que el asesinato de su hijo mayor le daba derecho a toda clase de excesos en su tiranía sobre el pequeño. Éste estudiaba cuarto de Derecho en Santiago cuando estalló la guerra. Fue voluntario desde noviembre de 1936 en la Tercera Bandera de Falange, y terminó la guerra en Madrid, donde entró con las primeras fuerzas del Cuerpo Jurídico del
Ejército. Todo ese período es muy nebuloso. Y tampoco mi suegra me ha querido contar nada, bien porque ya no se acuerda, bien porque fue antes de que se hicieran novios, bien porque no ha querido.
– Ahí entro yo en acción -dijo Maigret-. Llegó a Madrid el 16 de mayo, y se le adscribió a una llamada Jefatura de Investigación Criminal inmediatamente. Ya como policía.
Debió de terminar la carrera de Derecho, porque en todas partes se hace constar que era Licenciado en Derecho.
– Parece que Derecho va recogiendo toda la basura de todas partes -se lamentó Mason, con aflicción corporativa.
– Tampoco iba a necesitar la carrera, pero sin duda que le ayudó, porque fue inspector muy joven. Lo fue con treinta y dos. Después de la guerra, a la gente le daban los títulos en una rifa. Trabajó los primeros meses en los campos de concentración de Valencia, reconociendo a gente, y luego en un centro de los llamados Especiales de la calle Almagro.
– Mala cosa -sentenció Mason-. Eran los que nutrían los Consejos de Guerra, y la gente salía de ellos con una o más penas de muerte de las que pedía el fiscal.
– Sigo -atajó Maigret-. Pidió el traslado en 1940 a Pontevedra, por estar cerca de su madre. Se lo concedieron, pero a los nueve meses volvió a Madrid con ella. En esa fecha conoció a tu suegra, y a los tres meses se casó con ella. Le hicieron Jefe de Grupo cuando ya estaba casado.
– La guerra metió a todo el mundo muchas prisas, porque en eso de la boda a mis viejos les pasó lo mismo -dijo Marlowe, que se había sumado a la reunión por invitación de Maigret, cosa, dicho sea de paso, que a Paco Spade no le gustó demasiado-. Sólo que lo de mis viejos tuvo más gracia: se casaron y a la semana mi viejo se largó a Rusia, con la División Azul. Estaban locos.
– No creo que ni Dora sepa que su madre y su padre se casaron sólo cuando llevaban tres meses de novios -dijo Paco-. Me lo habría comentado alguna vez.
– Se casarían de penalty, como era lo normal. Mis viejos también se casaron de penalty -argüyó Marlowe-. Entonces todo el mundo se ve que se casaba a la carrera.
– Quizá se conocieran de antes -matizó Maigret-, pero se casaron después de que volvió a Madrid. Si fueron novios, durante ese tiempo no se vieron o se vieron poco. Y ahí vino su segundo traslado, ya ascendido, con un buen sueldo. Era muy joven. Tenía veinticuatro años. Se llevaron consigo a la madre de él.
– El traslado, ¿adonde? -preguntó Paco Spade-. A Albacete, ¿no es eso?
– Atiza, ¿cómo coño lo sabes? -respondió Maigret.
– ¿Quién es de Albacete? -preguntó Paco, para responderle.
Mason y Maigret se miraron sin comprender la pregunta.
Se pararon unos instantes a pensar. No conocían a nadie que fuese de Albacete.
– Poe es de Albacete -dijo Marlowe.
– Yo creía que era de un pueblo -corrigió Maigret.
– Sí, de La Almunia, pero su familia venía de Albacete -informó Marlowe.
– ¿Y qué tiene que ver eso con tu suegro? -preguntó Mason.
– Es sólo una intuición -dijo Paco-. ¿Cómo apareció Poe por esta tertulia?
Ninguno de los tres amigos recordaba los detalles. Paco lo hizo.
– Dijo que estudiaba en la academia que está aquí arriba. Nos dijo también que preparaba el acceso a la universidad. ¿No es cierto?
Mason y Maigret empezaban a recordar. Marlowe asintió.
– He estado en el Rectorado de la Universidad. Conseguí ver el expediente académico de Poe. El año pasado, cuando mataron a mi suegro, Poe estaba matriculado en la Universidad, en el turno de tarde, pero en tercer curso de Derecho. Lo que quiere decir que el ingreso lo había hecho dos años antes. ¿Por qué mentía en algo tan inocente?
– ¿Adonde quieres ir a parar?
– La represión en Albacete, cuando terminó la guerra, fue horrible. Murieron cientos de personas. Lo sabe todo el mundo.
– ¿Otra vez la guerra civil? -protestó Maigret-. Espera,
Paco. A tu suegro le trasladan de nuevo a Madrid en 1949.
Consultó Maigret la chuleta en la que había copiado el expediente laboral de don Luis.
– Además -añadió Maigret- el padre de Poe debió de morir ya en los años sesenta.
– En el año sesenta, exactamente -confirmó Paco Spade-. Poe nació en el año sesenta. Tiene ahora veintidós o los cumple este año.
– ¿No estarás insinuando que Poe es sospechoso de algo? No es lógico -dijo un Mason a quien la lógica volvía a preocupar.
– La lógica en estos asuntos de la guerra civil no tiene la menor intervención. Las cosas que pasaron tampoco tuvieron lógica. Habría que saber únicamente si entre el padre de Poe y mi suegro hay un vínculo.
– Imaginemos que lo hubo, que la vida les juntó a los dos. De ahí a que el hijo de uno matara al otro es tan inverosímil como una novela de Agatha Christie.
– No te metas con Agatha Christie, Loren -advirtió Mason muy dolido.
– Es una corazonada.
– ¿Corazonada?
– La mayor parte de las novelas de Chandler están hechas con corazonadas. Allí todo el mundo tiene una, y los casos se resuelven porque tienen corazonadas. No se sabe por qué los americanos pueden tener corazonadas, y los españoles, no. Quiero decir -continuó Paco- que Poe era un tipo especial. Introvertido, serio, atento. Y muy inteligente. Jamás se confió a nadie…
– A Marlowe -dijo Maigret-. Y a mí mismo. Hemos estado viéndonos hasta que se marchó a Castellón. No era tan introvertido. Conmigo hablaba.
Marlowe miró a Maigret, pero no dijo nada.
– ¿Y qué te ha contado de su vida? -preguntó Paco-. Para las veces que habéis estado juntos, ¿qué es lo que sabes tú de él? Ahora es el momento de decirlo, si lo sabes. Si la suya es una pista mala, la abandonamos. Pero no vas a poder decir nada. Porque Poe no hablaba nunca de sí mismo. Podía pasar por alguien incluso desenvuelto, sociable. Se sumaba a las conversaciones, intervenía, pero en el fondo nadie conoce nada de él.
– Esa es la verdad -admitió Maigret-. El primer día me dijo que no había conocido a su padre porque había muerto ya cuando él nació. Y nunca más me habló de eso, ni de sus hermanos. Me dijo que los hermanos le sacaban bastantes años. Pero ahí se pararon sus confidencias.
– Y tú, ¿qué más sabes de mi suegro? -preguntó Paco a Maigret.
– Que se vino a Madrid, y que ya no se movió de aquí. Y la fama que tenía ya conoces cuál era.
– Eso -dijo Paco- es como no saber nada. Alguien tiene que saber más cosas de él.
– La vida de un policía -reconoció Maigret- es, por una parte, los casos en los que ha intervenido y, por otro, la relación con los compañeros. Pero olvidan antes que nadie, porque no podrían vivir con todo lo que la vida les echa encima. Ni siquiera a los que tienen más cerca les cuentan ni una décima parte de lo que sucede en su trabajo. Un policía vive siempre dos vidas, y de una de ellas, precisamente la de policía, lo olvida todo cuando sale de la comisaría. Pero sucede también algo curioso. Si un policía tiene que recordar, puede recordar casos incluso que hayan pasado cincuenta años antes.
– Tiene que haber un modo de llegar al centro de toda la historia de mi suegro. Toda historia tiene un centro, y no hay una sola a la que no se pueda llegar. Acordaros del anagrama de los ACP, un laberinto…
– Sí, pero ése -recordó Mason- es un laberinto que no llega nunca al centro, lo roza, y te echa otra vez fuera.
Paco comprendió que no había elegido bien el ejemplo, y rectificó sobre la marcha.
– Pues aquí haremos que llegue al final. Uno de nosotros ha de averiguar algo más sobre mi suegro, y otro, algo más sobre Poe.
Las investigaciones de los tres amigos, por llamarlas de alguna manera, se tropezaron con parecidas dificultades que las de la policía.
Transcurrió un año con la limpieza que pasa en esta misma línea. La vida para todos ellos siguió como hasta entonces.
Por supuesto los ACP no volvieron a reunirse. Algunos lo habrían hecho gustosos, como Nero Wolfe, uno quizá de los que más añoraba a sus viejos amigos. Empezó incluso nuevos libros de asientos, para poner al día los asesinatos curiosos del día, porque aquellos otros libros que le requisaron no se los devolvieron por más que los solicitó, y aparecerían un día, como tantas cosas, en un contenedor, de donde alguien los rescataría para llevarlos a la Cuesta de Moyano o al Rastro, como de hecho sucedió. Ya nadie se acordaba de don Luis Alvarez, tampoco de Poe, menos aún de Hanna. La vida continuaba con su insignificancia. Incluso de Marlowe perdieron la pista Paco, Mason, Maigret. El joven relojero se había echado una novia, se iba a casar, al fin llevaba personalmente el negocio de su padre. No era necesario ni siquiera que robara su propio negocio, como en cierta ocasión malició Dora. Únicamente Maigret, Paco y Mason se veían de vez en cuando, almorzaban y comentaban cómo les iba en la vida.
Maigret, cada vez más descreído de su profesión, se limitaba a sacar adelante su trabajo sin mayores alardes; Mason, con la mirada puesta en la jubilación, llevaba sus casos de rutina, y Paco Spade, tras la muerte de Espeja el viejo, al que se llevó por delante una cirrosis traidora, puesto que era abstemio, y de acuerdo con Espeja hijo, que seguía siendo el dueño del negocio familiar, Paco se hizo cargo de la editorial, y remodeló y activó el negocio con la contratación de nuevos autores y nuevas traducciones, como demandaban los lectores del género. En el aspecto sentimental y familiar de los tres amigos, las cosas habían variado ligeramente: Maigret iba igualmente a casarse en breve, Dora estaba embarazada de su segundo hijo y a Mason la hija mayor se le había metido monja.
– Monja en estos tiempos -se quejaba amargamente el padre.
– Siempre será mejor que policía -le consolaba su amigo Maigret.
– O que dar cuentas a un Espeja -corroboró Paco.
Cierto día sucedió algo que vino a cambiar las cosas.
La suegra de éste, que parecía haberse remozado en muchos sentidos tras la muerte de su marido, en otros, los mentales, dio muestras de una senilidad cada vez más preocupante, desarrollando manías enteramente nuevas, y así dio en temer que los socialistas iban a quitarle la pensión, a ella y a todas las viudas de militares y policías que hubiesen servido en tiempos de Franco.
Esa manía encontraba eco, naturalmente, en otras amigas suyas, viudas igualmente de militares y policías, que de forma más o menos estridente, manifestaron sus temores y organizaron una Sociedad para la vela de sus intereses o, como solía decirse entonces, para defensa de su problemática.
– Me ha llamado la mujer de un compañero de tu suegro. Su marido está preocupado. Hablan de depuraciones en la policía y de recortar las pensiones. Incluso podrían quitarme la mía.
A doña Asunción, asustada, todo le asfixiaba. Se veía poco menos que mendigando por las calles.
– Tranquila, ¿qué ha sucedido?
Estaban almorzando un domingo, en casa de Paco y Dora.
– Han publicado un libro en Albacete en el que el marido de esta amiga mía y tu suegro no salen bien parados.
Hablaba de su amiga Carmen Armillo y su marido, también comisario, don Carmelo Fanjul.
Dora sabía a quién se refería su madre al hablar de Carmen Armillo y Carmelo Fanjul. Los recordaba como amigos de sus padres, cuando eran niñas su hermana y ella. Paco, salvo el nombre, ni siquiera los identificaba.
Doña Asunción ni quería hablar de ello ni, cuando lo hacía, lo hacía abiertamente, molesta de tener que volver a una vida pasada que creía definitivamente enterrada, convencida por ello de que la vida no es lo que se vivió, sino lo que se recuerda. Y ella lo había olvidado todo. Era pues inocente, como se sabría después que también lo había olvidado todo su marido Luis, no menos inocente por esa regla de tres.
– ¿Qué libro es ese? -preguntó Dora.
– Uno que habla de las cosas que tu suegro hizo en Albacete, después de la guerra -le respondió a Paco, porque le resultaba más fácil dirigirse a él para tratar esos asuntos, que a su hija.
Asunción llevaba una existencia pacífica, con sus nietos, viendo a sus hijas, respirando al fin libremente después de cuarenta años de casada. Aquel imprevisto metía en su vida un elemento de incertidumbre y congoja. No hacía ni dos años que su marido había muerto, y le parecía que toda su vida con él era cosa de un pasado remoto, ya sepultado para siempre. Incluso cuando se refería a uno y otro, marido y pasado, parte todo del mismo nebuloso sufrimiento, lo hacía de tal modo, que parecía que no había tenido nada que ver con ellos. Nunca decía, por ejemplo, «mi marido». Jamás hablaba de los años pasados. Siempre era «tu padre», «tu suegro», «tu abuelo», o, cuando ya no había más remedio, «Luis», como hubiera podido decir «Ramiro» de un mecánico. En cuanto al pasado no era más que ese indeterminado «hace ya muchos años», que lo mismo podía abarcar sus tiempos de niñez, de juventud o de casada.
– Dicen que tu suegro hizo cosas horribles…
Asunción meneó la cabeza, aunque no se podía determinar si lo hacía por desaprobarlas o por los estragos de ciertos temblores seniles. Se echó a llorar. Dora trató de consolarla. Paco guardó silencio y lo impuso a la pequeña Violeta, que alborotaba cerca. No hubiera podido explicar fácilmente aquellas lágrimas de la buena mujer. No eran, desde luego, porque se hubiese manchado o ultrajado la memoria de su marido. Ella era la primera en haberla menoscabado, olvidándose de él. Pero para ella, «una mujer de otro tiempo», expresión en la que solía escudarse para explicar no ya lo que no tenía explicación, sino lo que ella ya no alcanzaba a comprender, para ella, digo, don Luis no dejaba de ser el padre de sus hijas, como ella no dejaba tampoco de ser, aunque le pesara, la mujer que había compartido cuarenta años de su vida y la cama donde durmió todos esos años.
A Paco Cortés, sin embargo, la noticia le excitó lo indecible. Sentía, como el perro de raza, despertarse instintos de detective, y la voluptuosidad de acercarse a la verdad fue mayor que el dolor que esa verdad podía causar en seres queridos. Pensó en Dora.
Esta vez, ya solos, cuando doña Asunción se fue, no tuvo más remedio que contarle todo lo que, a sus espaldas, habían tratado de saber sobre su padre, él, Maigret, Mason, incluso el propio Marlowe.
Dora escuchó en silencio. El cataclismo de la muerte de su padre significó un verdadero desbarajuste en los afectos de la hija. Fue como si un golpe de ola hubiera movido de sitio todos los muebles y enseres de un camarote. Luego sobrevino la calma, y Dora, que cuando vivía su padre no desaprovechaba la ocasión para mortificarle o irritarle de forma consciente, pasó, ya muerto, y tras aquellos breves y pasajeros fervores que siguieron a su muerte, a no hablar nunca de él. Se habría dicho que había precisado de veinte meses para que se muriese realmente en sus afectos, desarraigándolo para siempre de ellos.
– Me da mucha lástima todo lo de mi padre. No tengo ya fuerzas ni para olvidarlo.
Estaban sentados los dos. Dora se acariciaba distraídamente la tripa apandada por un embarazo muy adelantado ya.
– ¿Y crees que a mamá eso de Albacete le podría perjudicar?
– No. Lo dicen hasta los periódicos: aquí ha cambiado todo menos la policía, y por eso las cosas en España han podido cambiar tanto. Los mismos que estaban, están. Lo demás es cosa de tu madre, todo le afecta mucho. Pero yo querría preguntarte algo. Si conocieses al asesino de tu padre, y supieras quién es, ¿lo denunciarías?
Dora se asustó de aquella pregunta. Miró a los ojos de Paco, como si de ellos pudiera extraer una verdad terrible. Paco se dio cuenta de ello, pero permaneció en silencio esperando que su mujer dijera algo.
Dora respondió con otra pregunta:
– ¿Tú sabes quién es?
– No. Pero podría saberlo. Sólo quiero que me respondas a lo que te he preguntado. Si conocieses al asesino de tu padre, ¿lo denunciarías?
– Creo que sí… ¿No lo harías tú?
– No sé -dijo Paco-. Muchos crímenes que pasan por crímenes, no lo son; y a otros, que no lo son, se les considera así. Yo no sé lo que haría. Tu madre sólo ha empezado a vivir desde que mataron a tu padre. Imagina lo que hubiese sido su vida en común después de que tu padre se hubiera jubilado.
Si mientras estaba en activo fue un infierno, después, ¿qué hubiera sido, con él a todas horas en casa? La hubiera matado o hubieran tenido que separarse. Hazte a la idea de que tu padre viviera todavía…
Dora, a quien esa suposición le pareció abusiva, se estremeció.
– Nunca hemos visto a mi madre tan feliz como ahora.
Si mi padre resucitara, ella se moriría. Pero no se puede quitar de en medio a la gente, Paco. Una cosa son las novelas, y otra la vida real. Lo sabes muy bien. Y en la vida real hemos de vivir todos a medias, con las cosas descacharradas. Ésa es la vida. A cambio tenemos nuestras pequeñas alegrías, nacen hijos, los vemos crecer, nos reímos con ellos. Esa felicidad es real. En las novelas las cosas malas pesan mucho, pero no tienen en cambio una sola cosa buena real. Las novelas negras se llaman negras porque sale en ellas la basura del hombre, y el que las lee, piensa: mi vida es mejor que la de esos, a mí nadie me va a disparar, yo no moriré. Nosotros, en cambio, tratamos de ver lo limpio de la vida, sí. Tenemos nuestra alegría. Pero no podríamos vivir si tuviésemos que soportar en la conciencia la muerte de alguien. Y no sólo la muerte, sino la maldad. Y la maldad no es más que el rostro de una mentira, y la mentira sólo engendra culpa. Te lo he leído cien veces en las novelas que escribes. Queremos hacer un mundo mejor, no peor. Eso, desde un punto de vista literario, quizá no sea oportuno ni conveniente, pero tenemos que vivir en la vida, no en una novela. Para vivir precisamos no lo ficticio, sino lo necesario. Y eso es lo que me has estado diciendo todo este tiempo, para explicarme por qué ya no vas a escribirlas tú.
– La gente convive también con la mentira, y quiere también hacer el mundo mejor -le replicó su marido-. La gente que ha cometido un crimen, que se ha portado mal con alguien, no va a la policía y le dice: deténganme, porque soy el asesino. Tampoco va nadie y le dice a un amigo, Fulano, me he portado como un cerdo. Acabo de estar en tal sitio y te he gastado una mala jugada. En cuanto a lo otro, a don Quijote, para vivir, le bastaba con lo ficticio. Lo necesario acabó con su locura, pero también con su vida.
– No me líes, Paco. Tú no eres don Quijote. Sí, ya sé que nadie va y le dice a su mujer, estoy liado con una golfa. Lo que yo digo es que estoy en contra de la muerte, y me da igual que la pena de muerte la ponga el Estado o que sea un particular el que la administre o el que la suministre.
– Pero está el arrepentimiento…
Dora volvió a estremecerse. Le recordó aquella conversación que mantuvieron ella y Paco a propósito de Milagros, y que les llevó a la separación.
– Por favor, no me asustes -y Dora se llevó las manos a la tripa, como si así defendiera al bebé de una agresión inminente. Y precisamente porque no era una persona a la que gustase andarse por las ramas, hizo la pregunta de la única forma que hubiera podido hacerla.
– ¿Mataste tú a mi padre?
A Paco se le arquearon las cejas. Siempre le sorprendía Dora. No entendía la cabeza de las mujeres. En parte su fracaso como novelista provenía de que no las conocía lo suficiente. En sus novelas las mujeres que salían estaban sacadas de otras novelas, no de la vida. Y en las novelas que a él le gustaban, las mujeres eran todas bastante previsibles. Las malas, eran muy malas, y las buenas muy buenas. Ninguna hacía preguntas imprevisibles, como Dora.
– ¿Fuiste tú, Paco?
Se le ocurrió a Paco una respuesta de novelista duro, decir, por ejemplo, «Dora, ésa es la pregunta de un policía». Pero no lo hizo, porque cuando se ama a alguien se pone siempre uno en el lugar del más débil.
Dora estaba muy seria. Tenían el televisor encendido, aquel televisor que fue testigo de la última vez que vio con vida a su padre. Lo que pasaba en ese momento cobró una importancia inusitada, que parecía estorbar una respuesta. Por eso Dora, con el mando en la mano, bajó el volumen.
– Dímelo, Paco. Tengo derecho a saberlo.
Y Paco iba a decirle la verdad. Siempre se la había dicho, hasta donde la verdad no le hiciese daño a ninguno de los dos. Pero esperó un momento. La tenía frente a sí. Se dio cuenta de que la había asustado. Estaba tan amilanada como aquella vez que ella le preguntó sobre Milagros. El embarazo la había embellecido mucho. No quería ser cruel con ella, y sonrío. Decidio prolongar aquello un poco más, por conocerla mejor.
– ¿Me crees capaz de matar a alguien?
– Tampoco te creía capaz de que me engañaras con aquella puta.
Paco Cortés se asustó de veras. Pensó que estaba llevando el juego algo lejos. No le gustó ni se esperaba aquella contestación. ¿A qué venía recordarlo ahora? Se enfureció consigo mismo, por haber querido jugar con Dora al ratón y al gato, como solían hacer los personajes de sus novelas, pero no podía seguir adelante sin atajar aquel comentario. ¿Qué tenía que ver todo aquello con su suegro?
– ¿Por qué has dicho eso, Dora?
– Porque no me gusta, Paco, que me mientas ni que juegues conmigo. Para mí es mi padre, y no una cosa de diversión. Y cada vez que hablas de él, me duele, como si me clavaras un cuchillo, como ni siquiera te puedes tú figurar.
Paco, que quiso desdramatizar la situación dijo con ternura:
– Sí puedo.
– No, Paco, no puedes. Soy su hija y sé mucho mejor que tú lo que se siente cuando se tiene un padre como el mío, porque pone delante de mí cosas que aborrezco con toda el alma, cosas que a veces las noto corriendo por la sangre de las venas.
Dora no iba a llorar. El embarazo la tenía más sensible que otras veces, pero no lloraría. El modo de sobreponerse a la pena que la causaba todo fue hacer de nuevo la pregunta, que formuló como una orden.
– Dime de una vez si lo mataste tú.
Esta vez Paco no tardó en contestar.
– No, Dora. No he sido yo. Pero podría saber quién lo hizo.
– Y en ese caso, ¿qué vas a hacer?
– Por eso te lo preguntaba.
Dora se tomó su tiempo para contestar. Se le pasaron por la cabeza algunos recuerdos de su padre. Otra vez ella con su hermana, vestidas de blanco, con aquellas sandalias blancas, y los calcetines blancos, en San Isidro, en los toros, su padre y ellas dos en la barrera, como unas princesas, centro de todas las palabras amables de la gente. Y su padre fumando y riéndose en la boda de su primo Juan Luis, de inusitado buen humor. Y un día, riendo los cuatro, una Nochebuena. Pero al mismo tiempo el fantasma de aquella otra noche que entró en su cuarto asomó por el rincón más sombrío de su cabeza. Era ése un recuerdo que nunca aparecía del todo. Era más que un recuerdo, una mancha sin contorno, que se extendía en lo más hondo de la conciencia para secarse luego dejando tras de sí una abrasiva aridez. No hubiera podido permanecer más de dos o tres segundos en tal recuerdo, porque no había dejado de ser el episodio más sucio y vergonzoso de su vida. Le espetó, y ahora lo recordó al fin, un día te mataré, un día te mataré por esto que me has hecho. Al principio se dijo que aquello no había sucedido. La manera de que no le hiciera daño era contarse que nunca había ocurrido nada así. Y para cuando empezó a tener que admitirlo, había pasado tanto tiempo, que ya era parte del pasado, y desde allí no tenía por qué hacerla daño. ¿Y cómo iba a habérselo contado a su madre? ¿Para sumar más sufrimiento al sufrir de ella? ¿Y a su hermana? Esta adoraba a su padre, era un amor loco entre ellos, se sabía, lo sabían ellos, se adoraban padre e hija. ¿De qué serviría que aquello se supiese? ¿Quizá su padre lo hizo también con ella, acaso a su hermana no le importó? La sola idea le hizo sentir náuseas. Tal vez sólo fuesen náuseas de embarazada. Alguna vez pensó quitarse de encima un peso tan grande, y decírselo a Paco. Pero siempre se había alegrado de no haber compartido ese secreto con nadie. ¿En qué hubieran mejorado las relaciones de su marido con su padre? Al contrario. No, Dora sabía oscuramente que hay cosas que sólo pueden ocurrirle a una mujer, y que ningún hombre entendería, en realidad, cosas que le ocurren a una persona sola, y que nadie del género humano podría compartir con ella.
– ¿Es alguien que conozca yo? -preguntó Dora.
– Sí.
Volvió Dora a guardar silencio.
– Dime quién es.
– No -dijo Paco-. Antes tienes que responder a la pregunta que te he hecho. ¿Qué harías tú si supieses quién es? ¿Lo denunciarías?
Dora se lo pensó mejor, porque las cosas que se piensan cuando pueden ser reales no son las mismas que cuando no pasan de ser posibles.
– No lo sé.
– En realidad yo tampoco sé a ciencia cierta quién fue el asesino de tu padre, pero tengo mis sospechas. Están todavía en ese estado borroso en el que se presentan las sospechas.
Al oír el nombre de Poe, Dora se llevó la mano a la boca, para ahogar la sorpresa. Había conocido a Poe al poco tiempo de reconciliarse ella y Paco y aquél había ido por su casa muchas veces. Ellos dos, Paco y ella, frecuentaban la buhardilla de la Plaza de Oriente, cuando Poe vivía con Hanna. El tiempo en que lo había tratado, había sido un buen amigo. Era un muchacho delicado. Nunca le pareció igual a todos los demás ACP. Estos tenían un punto de chifladura. Él no. Tímido, callado, salvo cuando jugaba con su hija Violeta. Se entendía bien con ella. Alguna vez les hizo de canguro. Le gustaban los niños. La niña le adoraba. Se la había metido en el bote. Habría sido incapaz de hacerle daño a nadie. Había llamado alguna vez desde Castellón. Lo había hecho hacía poco para disculparse por no haberse despedido. Luego llamó dos o tres veces más. Preguntaba cómo les iban las cosas, cómo estaba la niña. Era un chico reservado, pero cariñoso. Él, siempre bien, decía, pero no contaba más.
Paco enumeró a Dora las cosas que sabía.
– ¿Y por qué iba a querer Poe hacer una cosa así? ¿Qué le importaba a él mi padre?
Paco estaba convencido de que la vida de don Luis y la del padre de Poe se habían cruzado en algún momento.
– Pero ¿el padre de Poe acabas de decir que murió mucho después?
– Sí, pero también te acabo de decir lo que le dijo una vez a Lorenzo, cuando le llevó a ver al viejo que se había suicidado: en los asesinatos, la mitad está en el pasado. En los suicidios, también. En esa época él debía de estar planeando su crimen. Todo cuadra. Tu padre había salido de la comisaría para comer. Se encontró con Poe. Pudo hacerlo. Hemos hablado con Marlowe. Recuerda que ese día estaba de baja, con gripe. No fue al trabajo. Tu padre lo conocía de sobra, de verle por allí, esperando a Maigret. He hablado con Lorenzo, y me contó que el 23 F le metió en su despachó y habló un rato con él a solas. Poe iba a esperar muchas tardes a Maigret. Sólo esperaba la ocasión para matarle. Tu padre creía que Lorenzo y Poe eran primos. Por eso debió de ver a tu suegro y le contó algo, no sé cómo, pero le convenció para que le acompañara a alguna parte. Y luego le mató.
– Pero ¿por qué? ¿El qué sacaba con eso?
– Un Crimen Perfecto, ¿te parece poco?
– Por favor, esto no es una de vuestras novelas. Estamos hablando de algo serio.
– Y yo hablo en serio. Ahora tenemos una pista, la de ese libro, y la vamos a seguir. Esto no es más que una venganza aplazada durante cuarenta años. Es un asesinato político. ¡Quién le iba a decir a tu padre que lo iba a matar una bala de la guerra, cuarenta años después!
Las cosas que contaba Paco podían no ser convincentes, pero él sí era persuasivo.
Convinieron, desde luego, en que de todo ello no debía llegar una sola palabra a su madre.
Convocó Paco a sus dos amigos. Les expuso lo avanzado de sus sospechas. La máxima sagrada de un detective era la de ver donde los demás sólo miran. Las pruebas, desde La carta robada, suelen estar siempre a la vista de todos, por eso la gente no las ve, porque no es suficiente con mirarlas. La gente mira sin ver, por lo mismo que el detective ve otras veces sin mirar siquiera.
No le resultó a Paco difícil conseguir el Guerra civil y primera posguerra en Albacete, de Alberto Lodares y Juan Carlos Rodríguez, ni, a través de la editorial Alpuerto, donde se publicó, dar con los autores.
Desde luego el inspector Luis Alvarez, conocido también entre las gentes a las que interrogó en aquellos años como «Escobajo», porque a alguien se le ocurrió que se parecía a la raspa de un racimo de uvas, y el apodo hizo fortuna, había dejado triste memoria de su paso por la ciudad, él, un jefe suyo, un tal don Germán Guinea López, y otro policía de la edad de Luis Alvarez, alférez provisional en la guerra como él, Carmelo Fanjul, que organizaron, dirigieron y llevaron a cabo una de las represiones más brutales que siguieron a la guerra civil, en una comisaría por la que pasaron en dos años más de novecientos detenidos políticos.
A Maigret le desagradó el sesgo de las cosas.
– Siempre la guerra civil. Es como una mierda en el zapato. ¿En este país no se puede dar un paso sin toparse con la guerra civil?
Paco Cortés se citó un miércoles con los periodistas manchegos. Tomó un tren a primera hora de la mañana y a la una estaba en Albacete. Pero si fácil fue dar con ellos, mucho más difícil les resultó a los dos periodistas dar con un nombre, el del padre de Poe, que había desaparecido hacía veinte años.
Habiendo preguntado Paco a diferentes personas que pudieron haberlo tratado o conocido, sus informantes se encogían de hombros con la frase fatídica: no les sonaba como persona comprometida políticamente en los años cincuenta. Y lo de la guerra ya les quedaba a todos muy lejos.
Como último recurso, los periodistas le habían preparado un cita a Paco Cortés con un hombre que conocía bien el pasado reciente. Era la memoria viva de la ciudad para esos asuntos. Lo recordaba todo. Tenían depositadas en él las últimas esperanzas de que pudiera decirles algo más de ese hombre. Condujeron a Paco Cortés a un piso de una barriada obrera recién edificada, en medio de unos desmontes, en los lindes mismos de los metafísicos campos de La Mancha. Todo en el edificio olía todavía a yeso fresco. Les recibió el interesado, un coloso de unos setenta años, todavía animoso y locuaz, alto, delgado, con unos brazos fuertes y largos y una mano descomunal en la que desapareció la de Cortés, cuando se la estrechó en el saludo.
El coloso les pasó a una salita en la que apenas cabía él, y un tresillo, una mesita baja y un televisor, todo como acabado de traer de la tienda de muebles. Contó que había sido compañero de Domiciano Hervás, padre de Rafael, en la cárcel.
– Hicimos la guerra juntos…
Y contó lo que sabía. Eran de pueblos vecinos. Él, de Melgares; Domiciano, de Gestoso. Los dos habían estado adscritos a servicios motorizados; él como tanquista; Domiciano, que se casó por entonces con Angelita, con una ambulancia. Nada más acabar la guerra, les metieron en el mismo campo de Valencia, les trajeron a Albacete y les llevaron a la cárcel. Permanecieron allí casi un año juntos. A Domiciano le soltaron y al coloso le condenaron a veinte años. Cumplió siete. Al salir se puso a trabajar con un camión, como Domiciano. Según el coloso, Domiciano no volvió a meterse en nada, se dedicó a trabajar, a su camión, a sus portes. Se veían de vez en cuando. Tenían una buena amistad y se llevaban, como dijo, «muy a bien». Hasta que Domiciano tuvo la desgracia. Domiciano fue a Madrid a la Feria de Muestras. Fue el propio coloso quien había hablado a Domiciano de ciertos camiones de segunda mano que traía más cuenta comprar en Madrid que en Albacete. Le acompañó su amigo a la feria, y después de comprar el camión, se despidieron y quedaron en verse por la noche, para ir a dar una vuelta por la ciudad.
El coloso hablaba con parsimonia, sin efectismos. Los periodistas y Paco Cortés no se atrevían a interrumpir.
– En la feria de muestras nos encontramos con uno que también estuvo con nosotros en la cárcel. La casualidad. Uno que se llama Primitivo. Estuvimos hablando un buen rato, y quería que nos fuésemos con él a comer. Yo no podía, porque tenía cosas que hacer, antes de volverme al pueblo. Domiciano me dijo, en lo que tú haces tus cosas, como yo con él, y nos citamos él y yo para cenar juntos. Me extrañó que no viniera luego. Pensé, se le habrá ido el santo al cielo.
Luego supimos que Primitivo se lo llevó también a cenar a su casa, porque quería presentarle a su mujer. Y Domiciano que no, que había quedado conmigo. Y el otro, que qué más daba, que hacía veinte años que no se veían. Total, cuando estaban en casa cenando, llamaron a la puerta. Salió a abrir la mujer de Primitivo. Era la policía. Venían a registrar la casa. Había chicos pequeños durmiendo. Y se llevaron a los dos hombres detenidos. Si hubiera ido yo, también se me llevan a mí. Domiciano dijo, yo no sé nada. Dijo, yo estoy aquí de casualidad, como era la verdad. No hubo modo de convencer a la policía, que tenía su idea. Se los llevaron a la misma DGS, donde estaba por aquel entonces el «Escobajo». En cuanto Domiciano lo vio, lo conoció. El «Escobajo», al que tampoco se le despintaba una cara, lo mismo. Tiraron de antecedentes penales, y salió lo de la cárcel y todo lo demás.
Les acusaron de pertenecer al Comité Provincial, y a Domiciano de estar en Madrid para una reunión de la que la policía tenía noticia. Domiciano les dijo mil veces que aquello era una equivocación. Lo tuvieron tres o cuatro semanas en comisaría. A todo esto, la mujer de Domiciano me llamó a mí para preguntarme. Yo le conté lo que había pasado, y que Domiciano me había dicho que le iba a llamar para decirle que se quedaba otra noche, y traerse el camión al día siguiente. Fue un escándalo.
Angelita se marchó a Madrid. Al final le dijeron, señora, su marido está enfermo, llévelo a un hospital. Al parecer en los calabozos cogió una neumonía. Se volvieron a Albacete, después de pasar en el hospital otra semana más. Domiciano no quiso hablar de ello, no le contó nada a su mujer. Decía sólo, ha sido mala suerte, y que la culpa de todo la tenía el «Escobajo».
Al mes Domiciano murió. Angelita quiso denunciar aquel atropello, pero los amigos le aconsejamos que no lo hiciese. Su hijo mayor, que estaba estudiando, se puso a trabajar, y la hermana hizo lo mismo. La mujer, embarazada de Rafaelito, temió que el niño se malograra. El hecho de que hubiese sido siempre un chico flaco, enfermizo y retraído lo atribuyó a todo lo que había pasado. Y entre todos le ayudamos como pudimos. Yo tuve que venderles el camión que acababa de comprar y que el hombre ni siquiera disfrutó, una pena.
Paco Cortés se volvió a Madrid con la certidumbre de que Poe conocía la identidad del asesino de su padre, que don Luis era el mismo que el «Escobajo» y que éste había sido el causante en cierto modo de que Domiciano Hervás hubiese muerto, porque al fin y a la postre no hubo cargo ninguno contra él.
Volvieron a reunirse. Maigret le objetó:
– Concedamos que don Luis fuese el asesino del padre de Poe, pero eso no significa que Poe sea además el asesino del asesino. Tendríamos que hablar con él. Seguramente está deseando que llegues tú para hacer una confesión en toda regla casi dos años después, y quitarse ese peso de la conciencia. Seguro que va a decirte como en Crimen y castigo: No sabes, Paco, el peso que me quitas de encima: yo fui el que asesiné a tu suegro porque él fue quien asesinó a mi padre deteniéndolo primero, y torturándole después. Es grotesco. Olvídate de todo eso, Paco. Ni nosotros en la policía resolvimos el caso ni lo resolverás tú. Déjalo. No serviría de nada tampoco resolverlo. Es imposible reconstruir los hechos, con el tiempo transcurrido. Vete a decir a alguien que no es culpable que pruebe su inocencia recordando qué hizo o qué no hizo entre tal hora y tal otra de tal día un año antes.
Masón le dio la razón al policía.
– No, si eres culpable. Si lo eres, te acuerdas de todo -dijo Paco-. Nada para refrescar la memoria como la culpa.
– Además, Paco, ¿para qué quieres descubrir al asesino de alguien como tu suegro? No se lo merece -añadió el abogado-. Por las cosas que habéis contado de él, merecía quedarse sin asesino, como se tienen merecido otros quedarse sin tumba para que se los coman los perros.
– Se nota que eres abogado, Modesto. A ti la verdad te da lo mismo; pero si hay verdad a mano, la mentira es dañina.
– Te equivocas -le respondió Masón-. En estos asuntos cuanto menos se sepa, mejor para todos. Mejor para tu madre, para Dora y para ti.
– Te olvidas de que soy novelista de detectives. O lo era. No puedo evitar querer saber lo que ocurrió de verdad.
– Paco, esto es la vida; déjate de novelas -siguió diciéndole Masón-. ¿Qué conseguirías delatando a Poe en el caso de que él hubiese sido el asesino? ¿Tú crees que Poe es una amenaza para la sociedad, que él va a seguir encontrando motivos para asesinar a todo el que no le caiga bien? ¿Que se va a regenerar y rehabilitar en la cárcel? ¿Crees eso? ¿Que será una especie de asesino en serie que va a suprimir a todos los que ganaron la guerra, responsables subsidiarios de la muerte de su padre? Tu suegro tenía bien merecido morir como murió. Y poco más hay que hablar.
– Alto ahí. Os olvidáis de que yo soy policía -intervino Maigret-. Tendría que dar parte incluso de estas hipótesis, y decir que investigaran a Poe, ¿no os parece?
– ¿Lo vas a hacer? -preguntó Paco.
– No, ¿para qué? Estoy de acuerdo con Masón. Cada día salen de la cárcel gentes tanto o más culpables que él, en el caso de que él lo hubiera hecho. Y otros que siéndolo mucho más, ni siquiera entran, y aquí no pasa nada. Desde luego que no voy a decir ni mu, para mí sería una complicación. Lo que no acabo de entender es qué interés tienes tú, Paco, en que se sepa la verdad. Si llegara a conocimiento de tu suegra el nombre del asesino de don Luis, obraría en consecuencia, y por mucho que detestara a su marido, todo lo que ella es, católica, una persona de orden, con una conciencia chapada a la antigua, etcétera, etcétera, le llevaría también a detestar a su asesino, y sería la primera en pedir justicia. Dora, por lo que cuentas, quizá tampoco te lo perdonara.
– Quien no me lo perdonaría sería mi cuñada, si se llegase a enterar de que yo sabía quién era el asesino de su padre, y no lo denunciaba -admitió Paco.
– ¿Y desde cuándo te importa tu cuñada?
Paco guardó silencio.
– Vamos a dejarlo estar -añadió un Masón conciliador-. Aparte de que en absoluto me creo que Poe tenga nada que ver en todo eso, la experiencia me dice que algo va a salir mal como sigamos por ese camino.
Paco Cortés prometió olvidarse del caso, pero en cuanto dejó a Maigret y a Masón, fue a buscar a Marlowe.
El único que seguía realmente en relación con Poe era Marlowe. Paco y Dora habían hablado dos o tres veces con Poe, pero ni siquiera tenían su dirección. Paco habló con el joven relojero.
A éste la vida le sonreía. Su padre, ya jubilado, se había marchado a Alicante buscando temperos más dulces para sus huesos viejos, y le puso a él al frente del negocio relojero. Sus ansias de independencia y de pendencia habían llegado a su fin. Preparaba su boda para el año siguiente. ¿De Poe? Desde luego que seguían en contacto.
– Viene de vez en cuando a Madrid. Cuando lo hace se queda a dormir en mi casa.
Era la primera vez que tenía noticia de que Poe viniese a Madrid. ¿Por qué, entonces, nunca había querido visitarlos? Le constaba que por su hija Violeta sentía verdadero cariño. Le dolió enterarse así de la intrascendente doblez, pero no le dijo nada a Marlowe. Fue directamente al grano. Quiso saber si su padre conservaba su colección de pistolas.
– Sí.
_¿ Nunca ha echado de menos alguna vez alguna de ellas, tanto de las de colección como de las que usabais en los ejercicios de tiro?
– Nunca.
Le preguntó igualmente Paco Cortés si conocía bien a Poe.
Marlowe, que en principio no recelaba nada de este interrogatorio, se mostró un buen colaborador con su amigo, y ni siquiera quiso saber a qué venían todas esas preguntas. Y quizá fuese esa naturalidad tan bien fingida lo primero que desconcertó a Paco. Se encontraban en una cafetería de la Puerta del Sol, Vanessa, que acababan de abrir. Pese a que se habían refugiado en una especie de gallinero al que se accedía por una escalera, el estrépito de los autobuses, que congestionaban y obturaban la calle de Alcalá, se colaba dentro y estorbaba las confidencias.
Quizá el propio Marlowe, buen lector de novelas policiacas, comprendió que no podía no mostrarse perplejo, y acabó preguntando a su vez; pero ya era tarde.
– ¿Por qué quieres saber todas esas cosas de Poe, Sam?
– Ya soy Paco, Isidro. Y eso no es un juego. Quiero únicamente que me digas si te habló alguna vez de su padre.
Más que las respuestas, son importantes, para según qué preguntas, cómo se impresionan las palabras en el rostro del interlocutor, los gestos que hace, por mínimos que sean, un parpadeo, esa fracción de segundo en la que los ojos miran a otra parte y se corrigen de nuevo, la mano que busca un cigarrillo, o a veces la más ostentosa interrupción, como llamar a un camarero, mirar a uno y otro lado para cruzar una calle o levantarse para ir al cuarto de baño, todo con tal de ganar tiempo y pensar una respuesta adecuada.
– No querría ser indiscreto con Poe, Sam, Paco. Entiéndelo. Dime para qué quieres saber todas esas cosas.
– ¿Te pidió alguna vez Poe que no contaras a nadie lo que te contó a ti de su padre?
– No, nunca, pero creo que eran cosas muy personales suyas, e íntimas. Yo no creo que tenga derecho a contarlas ahora.
Fue entonces el propio Paco Cortés quien lo hizo, quien le relató la historia de Domiciano Hervás, su militancia en la UGT antes de la guerra, los diversos destinos durante la guerra, en diferentes frentes y en los distintos cometidos, su apresamiento y posterior internamiento en el campo de Albatera, su liberación posterior, sin cargos, el desafortunado viaje a Madrid y su detención.
– ¿Te habló Poe de mi suegro? -insistió Cortés.
Marlowe no podía negarse a contestar. Le bastaba estar allí con él, para sospechar que su amigo lo sabía ya todo. Los dos sabían que lo sabían. Para Paco sólo era cuestión de esperar un poco de tiempo, el que quizá Marlowe ya no tenía, por eso cambió la mirada y buscó con los ojos al camarero. De haber podido le hubiese pedido, más que una nueva consumición, claridad para sus ideas. Paco le observaba en silencio. Ahora sabía que todo era labor de la paciencia.
– Sí, sabía que había sido el policía que detuvo a su padre -admitió al fin Marlowe-, o al menos el que lo interrogó cuando lo detuvieron, el que dirigió los interrogatorios y el que le devolvió a casa.
– La primera vez o la segunda.
La expresión de Marlowe fue de sorpresa. A él sólo le constaba una vez, poco antes de que muriese. Paco le puso al corriente de la primera detención y la fama de don Luis en Albacete en 1939.
– ¿Te contó que él le torturó? -preguntó después Paco.
– De eso no dijo nada. No sé si lo sabría o si no quiso hablar de ello. Supongo que se imaginaría que sí lo hizo. ¿Piensas que fue Poe quien lo mató? Yo no lo creo.
Ahora era Marlowe el que contratacaba.
– Es incapaz de matar a nadie -continuó diciendo-. Yo estaba delante cuando cogió una pistola por primera vez. Fue precisamente el 23 F, en la galería de tiro. Y viéndole coger a alguien una pistola, se sabe si puede ser o no un asesino, como cuando le ves coger a alguien una paleta sabes si es o no un albañil. Eso se nota a la legua. Y Poe sería incapaz de matar a una mosca, como suele decirse.
– Tú dijiste que Poe era zurdo. ¿Te acuerdas?
– Me acuerdo. Era una broma. ¿Cómo iba a pensar que hubiera podido él solo haber matado a un hombre tan experimentado como tu suegro?
– ¿Y por qué sabes que quien mató a mi suegro lo hizo solo? Dejemos eso ahora. ¿Nunca echaste en falta ninguna de tus pistolas?
– Nunca. Desengáñate, Poe no ha sido. La mayor parte de los crímenes perfectos no pueden resolverse nunca por una serie ilimitada de coincidencias. En unos casos las coincidencias desbaratan lo que era perfecto, y en otras, la casualidad convierte en perfecto un crimen que no era más que una chapuza. Además, ¿cómo logró llevar a tu suegro hasta allí? ¿Qué le dijo para que el otro tragara el anzuelo? Tres disparos… Pobre Poe. Se hubiese muerto de miedo al primero. Esa pista no te llevará a ninguna parte.
Paco Cortés fue a la comisaría esa misma mañana a ver a Maigret, en cuanto se despidió de Marlowe.
Quería el informe de la policía. Siempre, en todo momento, se había hablado de dos disparos, uno en la pierna y otro en la cabeza. Marlowe mencionó tres. No era precisamente un detalle que careciese de importancia. Y lo cierto, como le confirmó el propio Maigret, es que había habido un tercero, descubierto un día después, en los talleres de las dependencias policiales, en el curso de una revisión más minuciosa del coche. Había en efecto un orificio de bala que atravesaba el suelo de la parte derecha, correspondiente al asiento del acompañante. El mal estado de la alfombrilla disimulaba el agujero. Como para entonces la nota policial hablaba de dos disparos, este tercero ni siquiera logró el protagonismo que merecía, pese a que podría ser el que pusiera en la pista a Paco para el esclarecimiento de la muerte de su suegro. De hecho, al volver a casa comprobaría lo cierto de ese tercer disparo, inspeccionando el coche de su suegro, que Dora y él usaban, en realidad que él usaba, porque para Dora, sabiendo que allí habían asesinado a su padre, era superior a sus fuerzas meterse en él.
Maigret fue de la misma opinión que Paco.
– Marlowe sabe la verdad -le dijo el novelista al policía-. Poe se lo ha dicho y Marlowe trata de encubrirle, es lo lógico. Son amigos.
Paco no podía presentarse en Castellón con un par de conjeturas y esperar que Poe se declarara culpable del asesinato del comisario don Luis Alvarez, sólo porque un ex escritor de novelas policiacas tenía una buena teoría de origen piscológico, como un nuevo Dostoyevski. Precisaba de algo más. La única baza era precisamente aquella tercera bala. Si hubiera seguido escribiendo novelas, y hubiese llevado a las cuartillas aquel caso, hubiera titulado el libro La tercera bala. Sin la menor duda.
Pasó por la relojería de la calle Postas y sacó a Marlowe a un bar cercano, para seguir su conversación mientras se tomaban un café.
– ¿Cómo sabías que hubo tres disparos? Los periódicos y la televisión sólo hablaron de dos. Ni siquiera yo sabía que habían disparado tres veces. Ha sido Lorenzo el que me lo ha confirmado ayer.
– ¿Yo dije que habían sido tres disparos? No me acuerdo.
Marlowe empezaba a no querer colaborar de tan buena gana como lo había hecho la primera vez, y era evidente que trataba de conservar la calma, incluso su casticismo.
– Dos, tres, Paco, ¿dónde están ya? Y sobre todo, ¿a quién le importan?
– Lo que dijiste exactamente es que Poe hubiera sido incapaz de disparar tres veces, porque a la primera se habría muerto de miedo.
– ¿Y eso es tan importante?
Marlowe sabía perfectamente que en un interrogatorio de esa naturaleza era vital invertir los papeles y tratar de averiguar antes lo que el otro ya sabía. Pero volvía a suceder lo mismo: Marlowe sabía que Paco sabía.
– Isidro, por favor, tú y yo somos perros viejos.
– Como en tus novelas.
– Exactamente.
– Paco, tú sabes que siempre protegeré y encubriré si fuese necesario a un amigo. Y no digo más. Tú no eres policía y aunque se lo cuentes a Maigret es tan poco probable que él te hiciera caso, que nadie se tomaría en serio un asunto que incluso han olvidado los propios compañeros. Tú no eres tampoco el primero en saber que tu suegro no valía ni siquiera las dos horas que se gastaron con él en la autopsia o las tres balas que le dispararon.
– ¿Te dijo Poe que lo hizo? -le preguntó Cortés al cabo de un rato.
Marlowe se lo quedó mirando de una manera opaca. Hablaban en voz baja, con largas interrupciones que disimulaban la tensión entre los dos amigos. Marlowe pareció en ese momento mucho más viejo de lo que en realidad era. Fue como si en un segundo la barba se le hubiese cerrado y le hubiese sombreado la cara.
– No voy a decirte nada más, Paco. Ni se lo diré a la policía, si viene a interrogarme. Ellos saben incluso menos que tú, sabiéndolo todo.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Paco.
– Nada.
DIJO a Dora que tenía que ir a Barcelona por cuestiones de trabajo, a entrevistarse con un autor que Ediciones Dulcinea trataba de contratar, y Dora nada receló.
Gracias a Maigret y a la colaboración de la policía castellonense, se enteraron, sin levantar sospechas, del lugar de trabajo de su amigo Poe y del piso que tenía alquilado. Se plantó a las tres menos cinco frente a los bajos donde el joven oficinaba, y esperó que saliera. Aunque no era del todo improbable que Marlowe hubiese puesto sobre aviso a su amigo de la conversación habida con él, consideró que el factor sorpresa podía venirle muy bien.
Vio salir a Poe con el resto de los empleados. Éste se despidió de ellos para seguir solo. Hacía poco más de un año que Paco no le veía. Aún se diría que el muchacho estaba más delgado. Le siguió durante unos minutos y ya en el Paseo, en un paso de peatones, se hizo el encontradizo.
Poe mostró al mismo tiempo su sorpresa y su alegría, aunque sin que abandonara esa timidez que le era característica, y que al principio le hacía tartamudear y repetir cada frase un par de veces.
– Me alegro de verte, Paco. Me alegro mucho de verte. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es que has venido? ¿Y Dora? ¿Está bien? ¿Esta bien Dora? ¿Y la niña? ¿Qué tal Violeta?
Acabaron almorzando juntos en una tabernita en la que Poe, dijo, solía hacerlo muchos días.
– He venido a ver a un escritor de novelas policiacas que vive en Castellón, Ed Donovan-dijo Paco Spade.
– ¿Del mismo Castellón?
– Este es un inglés de verdad, pero sus novelas las firma, desde hace unos años, con un seudónimo español, José Calvario. El mundo está al revés.
En Paco Cortés aquellas improvisaciones resultaban tan naturales y artísticas que habría sido una lástima considerarlas una mentira.
Poe dio por buena las explicaciones de su amigo, pero no dejó de protestar por no haberle avisado de su visita.
– No sabía -se excusó Cortés- que iba a ser tan breve. Nos hemos puesto de acuerdo en todo. Le he dejado los contratos en su casa y él me los devolverá la semana que viene, por correo. He llegado esta mañana y me vuelvo en el último tren. Hay que ver qué casualidad encontrarte.
– ¿Dónde vive?
– ¿Ed Donovan? A dos manzanas de aquí, más o menos, en la calle Margarita Gautier.
Habían llegado a los postres y seguían hablando de los viejos tiempos de los ACP. Nunca resulta fácil acusar de asesinato a un hombre, así que Paco aprovechó la dulzura del tocinillo de cielo para verter en la conversación unas gotas de acíbar:
– Estoy aquí por la muerte de mi suegro.
Poe apoyó los codos en la mesa, juntó las manos, trenzó sus dedos y apoyó en ellos su nariz. Se limitó a observarlo. Sin despegar los labios.
Se hizo un silencio. La vida seguía a su alrededor, había ruido de platos, otras conversaciones, gentes que dejaban la cuenta y se levantaban, pero allí se estaba resolviendo acaso la vida de un hombre. Paco comprendió que Marlowe tenía razón. Poe no podía ser un asesino de nada, de nadie, y sintió de pronto vergüenza de haberle ido a acusar de un asesinato que no sólo no había cometido, sino que hubiese sido incluso imposible probárselo.
– ¿Sabías que Marlowe fue quien mató a mi suegro?
– ¿Me haces esta pregunta porque lo sabes o porque quieres saberlo?
– Sinceramente no lo sé. Hasta hace diez minutos creía que lo habías hecho tú. Eras el único que tenía un móvil. Hablé con Marlowe hace una semana, y entonces pensé que lo habíais hecho a medias. Ahora he comprendido que sólo pudo hacerlo él. Para hacer un Crimen Perfecto, por altruismo, para quitármelo de enmedio a mí.
– Podrías estar equivocado.
– Sí, pero estoy tan cerca de la verdad, que tarde o temprano me quemaré las manos. Encontraré una prueba.
– O no. O puede que sí, pero aunque se trate de una prueba, ¿de qué te va a servir si no te sirve para atrapar al asesino? Los crímenes perfectos saben contener la respiración cuando pasan a su lado los policías y los detectives. Son perfectos porque no se delatan gritando: ¡He sido yo! Hubiera sido preferible que le hubiese matado por error un chorizo, o un drogadicto, de una cuchillada, a la salida de un cine, por la noche, alguien que ni siquiera supiese que era policía y un cabrón, alguien que le hubiese dejado desangrándose en el portal de su casa toda la noche, con la luz apagada. Sin saber que moría por todos los crímenes que él cometió a lo largo de su vida. Este no es ni siquiera un Crimen Perfecto, no es más que un asesinato justo, un poco de justicia poética. Ha pagado él por todos aquellos que jamás pagarán por lo que hicieron.
– ¿Que hicieron quiénes? -preguntó Paco.
– ¿Quiénes? -y pareció que aquella triste sonrisa le costaba incluso esbozarla. Paco Cortés supo que su amigo Poe ni siquiera se tomaría la molestia en responderle.
– Pero tú no puedes tomarte la justicia por tu mano, Rafael.
El cambio de Poe a Rafael traía la cuestión al plano de lo real.
– La justicia se la ha tomado la propia vida, Paco. Por eso se dice que es justicia poética, porque nace de la vida y porque es la única justicia que cabe esperar, cuando ya no es posible la otra, a la que todo hombre tiene derecho, la que no tuvo mi padre. El hambre de justicia despierta sed de venganza, y muchos que creen querer vengarse, sólo esperan un poco de justicia. Eso sería suficiente. Nos parece bien que los judíos persigan a los nazis hasta en el último rincón del mundo, que los cacen, que se los lleven a Israel, y que allí los juzguen, los metan en la cárcel y los ahorquen. Es mucho más de lo que tuvieron las víctimas. Y nos parece bien para que no se olviden los crímenes que cometieron. Los crímenes que cometieron las gentes como tu suegro han quedado impunes, porque son la moneda con la que hemos pagado para que se produjera esto que tenemos ahora en España. Una vez preguntaron a uno de esos cazanazis si no podía perdonar. Y dijo, sí, yo puedo, pero no en nombre de los muertos. Aquí es al revés. De modo que una vez más los muertos de hace cuarenta años siguen pagando, muertos, para que nosotros podamos seguir vivos. Se les quitó la vida, y se ensucia su memoria. A algunos puede que esto les parezca bien, pero a otros les resulta excesivo, no porque sea mucho, sino por lo mucho que han soportado durante tanto tiempo. A la democracia no ha llegado todo el mundo de la misma manera. Los hay que han llegado frescos, limpios, en magníficas barcas de salvamento. En cambio otros han llegado derrotados, extenuados, como los náufragos, y algunos han llegado, devueltos por el mar, ya ahogados. Lo que no se les puede decir ahora a los náufragos es que costeen de su dinero y de su dolor los cruceros de placer en los que han viajado tantos durante estos años.
– Pero no puedes vivir toda la vida entre el resentimiento y la sed de venganza. Eso está bien para las novelas policiacas, pero la vida se construye sobre algo más firme. Todo ha de tener un punto final.
– Y yo estoy de acuerdo. Para mí el punto final ya está puesto. Tu suegro ha muerto. Déjalo ahí. ¿A ti qué más te da quién lo haya matado? Ha muerto por España, como mi padre. Si detienen a su asesino, ¿se habrá arreglado algo, la sociedad será mejor? No, peor, porque deteniendo al asesino de tu suegro y castigándolo parecería que tu suegro era mejor de lo que fue, y fue mucho peor de lo que nos imaginamos. Creí que te lo habían dicho en mi pueblo, cuando estuviste preguntando a unos y otros, husmeando en nuestra vida.
Paco fingió que no entendía a lo que se refería Poe, y dijo:
– Sé que estoy muy cerca. Ya lo decía el doctor Boyne, casi nunca he encontrado un criminal que no filosofe.
– Pero yo no soy un criminal ni tampoco he filosofado. Mi pueblo además es pequeño, y todo se sabe. Cuando me contaron que estuviste en Albacete, me dije, pobre Paco, la afición le puede; cree que las novelas y la vida son la misma cosa. Esa noche mi madre ya sabía que había venido alguien de Madrid preguntando por mi padre. Deberías haber ido a ella directamente, te habría contado cómo sucedieron las cosas de verdad. ¿Aún las quieres saber?
Sam Spade hizo un vago gesto de disponibilidad.
– Después de la guerra a mi padre se lo llevaron a un campo y luego a la cárcel. Casi un año sin saber de qué le acusaban, sin saber si lo iban a matar, viendo cada día cómo sacaban para picarlos a hombres como mi padre, ni mejores ni peores, con el mismo delito que ellos, haber luchado por sus ideas. Y un año en aquellas cárceles no es para contarlo. Pero se libró bien, lo soltaron y se reunió con mi madre, que acababa de perder a su segundo hijo. Ella dijo que era de la miseria y de lo que les hicieron pasar. Empezó a trabajar. Se compró con muchos sacrificios un camión viejo. No le iban mal las cosas. Nacieron mis dos hermanos, y cuando todo parecía que iba mejor, cuando ya nadie se acordaba de la guerra ni de nada, cuando se habían olvidado de los falangistas y parecía que les iban a dejar vivir, pasó lo que le pasó en Madrid. Desde que le detuvieron hasta que se murió pasaron dos meses. Mi padre no entendía por qué le había sucedido aquello cuando mejor estaban.Tenía dos hijos que se le habían criado bien y otro estaba en camino. Y no hacía más que hablar de aquel policía que volvía a cruzarse en su vida por segunda vez. Mientras mi padre estuvo enfermo mi madre luchó. Pero al morirse mi padre, se vino abajo. Tuvo que vender el camión y sacarnos adelante como pudo. Fue a ver a todos los abogados del mundo, porque decía que iba a demandar a la policía por haberle hecho a su marido lo que le habían hecho, pero ni un solo abogado quiso coger ese caso, ni tampoco los médicos quisieron firmarle un certificado en el que dijeran que la neumonía era consecuencia del estado lamentable en el que lo devolvieron, porque hasta lo de las dos costillas rotas dijeron que se las había podido romper de cualquier manera, bajando una escalera. Eso era España en 1960. Ahora, dos de los abogados que no quisieron defender a mi madre entonces son diputados en el Parlamento, desembarcaron en el Parlamento en un buque de lujo, los votos, y dicen que son demócratas de toda la vida, y piden pensiones y reconocimiento para los del «otro lado» porque aquélla fue una guerra «incivil». ¿Quién la hizo incivil? ¿No es chistoso? Y el que era Jefe de Servicio en el hospital cuando mi padre murió y que no quiso firmar un parte de defunción contando todo lo que tenía y por qué, es hoy el director del Hospital Provincial.
– ¿Y vais a matarlos a todos? ¿Vais a matar a los abogados, al médico, a todos los que en 1960 no quisieron reconocer el atropello que habían cometido con tu padre?
– Yo no he asesinado a nadie ni voy a matar a nadie. Tu suegro hacía el mal a sabiendas. Los otros actuaban sólo por miedo.
– Mi suegro también actuaba por miedo. Ya se sabe que cuando te subes a un tigre, no puedes bajarte de él. Y eso les ocurrió a todos los del Régimen. Vivieron en permanente amenaza. Yo he visto a mi suegro descomponerse porque pensaba que en cualquier momento volverían los comunistas y harían con él lo que ellos hicieron después de la guerra con los comunistas y con todos los demás. Y por eso seguían reprimiendo. También tenían miedo.
– Sí, Paco, el miedo de los verdugos. Tú lo has dicho. Entonces, al miedo de las víctimas, ¿cómo hay que llamarle? Hay que elegir entre víctimas y verdugos, no entre miedos. Y no todos los que estaban a favor de Franco eran unos asesinos, hasta ahí estoy dispuesto a concederte. Pero aún debes conocer más. A mi padre lo mataron en 1960. Fue una víctima más de la guerra. Pero lo peor vino luego. A mi madre le rompieron la vida. Adoraba a mi padre, no podía vivir sin él. La gente lo decía, llevaban casados veintidós años y seguían como si fuesen novios. Yo he crecido viéndola saltársele las lágrimas cada vez que salía a la conversación mi padre, y todavía ahora no se las puede aguantar, y hay fotos de mi padre por toda la casa, yo me he criado no en una casa sino en un panteón. Mi madre tenía entonces treinta y cinco años. Treinta y cinco años. Se casó con mi padre cuando era una niña y no ha conocido a otro hombre. Pero entonces se le acabó la vida. Y mi madre no supo nunca por qué le había sucedido a ella, pero sí supo quién lo hizo. Y para ella ése es el culpable. No le hables de Historia de España ni de la guerra. En cambio sabe que en 1940 llegó alguien a Albacete, y que sembró la ciudad de muertos y que veinte años después volvió a encontrarse a mi padre y creyó que aquél venía a matarle por lo que había hecho entonces, y se lo dijo a mi padre, en cuanto comprobó de dónde era y los antecedentes penales. Le dijo, os conozco a todos y creéis que os vais a tomar la justicia por vuestra mano. Sois vengativos, alimañas, malos. Y mi padre le dijo que ni siquiera se acordaba de él. Y eso era verdad cuando lo dijo. Quiero decir que se dio cuenta de que era él, pero llevaba diecinueve años sin acordarse de él, había logrado sacarlo de su vida. Porque para sobrevivir tuvieron que olvidar todo lo que había pasado y todo lo que sabían. Ellos no. El criminal sólo puede vivir en el día del crimen y en el escenario del crimen. Pero a mi padre se le había olvidado ya. Porque inocencia es olvido. Y tu suegro hizo que se acordara otra vez, y de qué manera. Me habría gustado que alguien hubiese juzgado aquellos crímenes, porque somos las víctimas. No ha sido así, y no lo será. Habríamos sido felices si alguien hubiese asesinado a Franco, pero tuvimos que conformarnos asistiendo a aquella agonía espantosa. Y a eso le llamamos también justicia poética, que es como decir, sucedáneo de justicia. Y la muerte de tu suegro ha sido otro sucedáneo.
Hacía un buen rato que los últimos clientes se habían levantado de aquella tabernita, y se habían ido. Sólo Poe y Sam Spade seguían sentados delante de sus cafés. El camarero esperaba para despejar la mesa, poner unos manteles limpios, como había hecho ya en otras mesas para los servicios de la cena, y marcharse a su casa.
Poe se ofreció a acompañarle a la estación. Se sentaron en uno de los bancos de la sala de espera.
– Mi vida es tranquila aquí -le confesó Poe-. Y seguirá siéndolo, si está de mi mano, y de la tuya. No sé cómo pudo morir tu suegro, ni cómo sucedió todo, y si apretando un botón en mi casa, sin que nadie lo supiese, yo hubiese podido asesinar a Franco lo hubiera hecho. Como en El mandarín de Eca de Queiros. Para suerte de los hombres, algunas cosas sólo pueden suceder en las novelas. De ese modo nos ahorramos problemas morales irresolubles. Para mi madre Franco era un canalla, pero su Franco personal, el que a ella le hizo daño, se llamaba como tu suegro, y si ella hubiera podido acabar con él en silencio, en la impunidad, no te quepa la menor duda de que no lo habría hecho, pero seguiría abrasada por el resentimiento y la sed de venganza. Y yo lo mismo, porque más terrible que un crimen es acabar pareciéndose en algo al asesino. Para mí es preferible padecer la injusticia que cometerla, desde luego. No tenía nada que expiar. Ni siquiera soy culpable de haber querido venganza. Tu suegro, en cambio, sí tenía mucho que expiar, y no muerto. Y por eso habría sido lo último que yo hubiese querido hacer, acabar con la vida de tu suegro.
Paco se había distraído mientras su amigo le hablaba.
– Eso no quiere decir que no acabaras con él. Pero si tú no lo hiciste, ¿por qué lo hizo Marlowe?
– Te digo lo de antes. Paco: ¿lo preguntas porque lo sabes o lo dices para que yo te lo confirme? A tu suegro le mataron las circunstancias, como las circunstancias mataron a mi padre. Nadie pagó por el asesinato de mi padre y nadie debe pagar por la muerte de tu suegro. Te repito que es a eso a lo que se le llama justicia poética.
– No me convence nada eso, Poe. Siempre pueden encontrarse razones para matar a alguien, a poco que se busquen.
– No seas sofista. Durante muchos años me imaginaba que algún día me encontraría con el asesino de mi padre. Me obsesionó. Entre los catorce y los dieciocho años no pensaba en otra cosa. Me despertaba cada noche con la misma pesadilla. Para mí no era más que un nombre repetido a todas horas en casa, en voz baja, por los rincones: don Luis Alvarez, el «Escobajo». No tenía rostro. Mi madre estaba aterrada de que a alguno de nosotros le sucediera algo parecido a lo que le pasó a mi padre, así que dejamos incluso de hablar de él. Pero él jamás se fue de allí. En los sueños tu suegro no era más que el espíritu del mal encarnado en un nombre. Me encontraba con él, yo con un arma en la mano y él delante, le decía, soy el hijo de Domiciano Hervás. Y él decía, no sé quien es ese Domiciano, déjame en paz. No se acordaba de nada. Ya has visto tú ahora que nadie se acuerda de nada de lo que ocurrió no hace ni siquiera diez años. Pero ahí tienes a mi madre, y como ella a muchas otras personas con el problema contrario: no pueden olvidar. Lo que no darían por olvidar. Les han robado la inocencia, y les hacen sentirse culpables. Es monstruoso. Mi madre ha pensado mil veces lo que hubiera ocurrido si mi padre no hubiese ido ese día a Madrid. No se habría encontrado con su amigo, y no habría pasado nada. Durante años soñaba cada noche con que me lo encontraba, pero jamás pensé que me tropezaría con él en la realidad. Para mí no era parte más que de una ficción siniestra. Y en sueños le decía quién era y lo que había hecho con mi padre, hasta tenerlo de rodillas pidiéndome perdón, pidiéndole perdón a mi madre, a mis hermanos, suplicando clemencia. Y al ir a disparar, me despertaba. Cuando salió todo aquello del 23 F y vi su nombre en el periódico y supe que era él, me hubiera alegrado si lo hubiesen detenido y juzgado y me hubiera dado igual que lo hubiesen condenado por lo reciente, teniendo pendiente tanto de lo pasado, como a la gente le dio igual que Al Capone fuese a la cárcel por no pagar impuestos y no por sus crímenes. Tenías que haberlo visto esa noche. Pero hasta en eso tuvo suerte. Hubiera sido sencillo haberlo matado. Tenía a mano hasta una pistola, y cien, como sabes, si hubiese querido. Pero no quise. Nunca lo he querido, y ahora que ha sucedido, no me alegro de que haya muerto, pero tampoco me apena que lo esté. Me da igual que me creas o no. Sólo te digo una cosa: tu suegro no merecía ni siquiera saber por qué moría.
Aquellas palabras le recordaban tanto las de Marlowe, que la hipótesis de que lo habían hecho juntos cobró de nuevo fuerza.
– ¿No es verdad que ya estabas matriculado cuando nos contaste aquel cuento de la universidad? ¿No planeaste acercarte a los ACP, en el Comercial, para hacerte amigo de Maigret y poder entrar en la comisaría y ver de cerca a mi suegro?
– Es un honor que me haces, Paco, creyéndome tan inteligente. Pero te repito lo que Dora te ha dicho cien veces. Hazle caso a ella, ya que de mí no te fías: esto no es una novela policiaca. No es más que la vida, y la vida raramente tiene brillo. En cuanto a la universidad, fue una tontería deciros aquello. Fue lo primero que se me ocurrió. Estaba allí por Hanna. La vi un día, la seguí, entré en la academia y me apunté a sus clases. Pero eso no lo podía contar. Ni siquiera se lo conté a ella entonces. Me da igual que me creas o no. Te lo vuelvo a decir: tu suegro no merecía saber ni siquiera por qué lo mataron.
– Y lo supo, ¿verdad? Y tú lo sabes también -afirmó Paco.
– Sí, y tú, Paco: por todos sus crímenes. Algunos de nuestros militares y policías no fueron mejores en muchos casos que los nazis, pero viven tranquilos con su empleo o sus pensiones, porque se han sellado unos pactos ¿En nombre de quién? ¿En nombre de la transición pacífica? ¿Me lo han preguntado a mí, a mi madre, se lo han preguntado a mi padre? De acuerdo. Nadie pide que se los mate, ni siquiera que se los condene. Las víctimas se conformarían con que los juzgaran. Pero nadie les va a juzgar, y es entonces cuando la vida trata de compensar las asimetrías con muertes como la de tu suegro, que nunca se resolverán, pero en la que algunos verán algo armónico.
– Pero hasta los comunistas han dicho que había que poner un punto final.
– ¿Le han preguntado a los comunistas muertos, a los comunistas que se tiraron en la cárcel treinta años, a los que se suicidaron en las escolleras del puerto de Alicante, cuando estaban entrando los italianos? Nadie quiere que maten a los asesinos, a los torturadores, a los cómplices. Ni siquiera llevarles a una cárcel como llevaron a Hess, aunque se lo merecerían. Pero la única manera de que no olvidemos sus crímenes, es que podamos juzgarlos a la luz de los hechos. Te recuerdo que a tu suegro le dieron a título póstumo la medalla al mérito policial. ¿Mérito de qué? Y a mi padre, ¿qué le han dado? Mi madre ni siquiera tuvo derecho a una pensión. Pero ¿sabes lo que pasó cuando le di la noticia a mi madre de que habían matado a ese cabrón? Se me quedó mirando y no dijo nada. Nunca le conté que le había conocido, que le había visto en la comisaría de la calle de la Luna. No lo sabe ni lo sabrá, pase lo que pase, Paco; prométemelo.
Paco se limitó a asentir, para no interrumpirle.
– Pero ella no dijo nada -continuó Poe-. Se sentó y no abrió la boca. Tampoco a mis hermanos. Me conoces. Sabes que no me gusta hablar. Pero a mi madre tuve que decírselo, cuando le mataron, y mi madre se sentó, cogió una foto de mi padre que tiene siempre puesta en la mesita del comedor, y con la foto entre las manos empezó a llorar. No sé lo que se le pasaría por la cabeza en ese momento. No sé por qué, ni me digas cómo, pero supe que aquellas lágrimas también le comprendían a tu suegro, y eso era injusto. Me puse furioso. Le grité que dejara de llorar, porque ésa era una buena noticia. Y me dijo que la única buena noticia sería que mi padre no hubiese muerto, y lo sentía, porque a lo mejor aquel hombre dejaba una mujer como ella, y unos hijos. Mi madre me acababa de dar una lección, y comprendí por qué habían perdido la guerra. Porque nunca se hubieran puesto a la altura de los criminales. O sea, que tu suegro se fue al otro mundo incluso con el perdón de sus víctimas, y eso le hacía todavía más mezquino. Deja que las cosas se queden como estaban.
– Quizá, pero todos los crímenes tienen que tener un asesino, y éste también. Es lo único que he aprendido de todos estos años.
– No, Paco. El asesinato de un asesino puede alegrarnos, pero no beneficia a nadie, como tampoco el mundo es mejor por una rata menos.
Esperaban el tren de Madrid. Paco Cortés se quedaba sin resolver el único caso real que había tenido entre manos. En las novelas, lo sabía, todo sucede mucho más fácilmente. En la suya propia, aquélla que ni siquiera estaba reconociendo como novela, todo quedaba a medio terminar. Se marchaba de allí con el convencimiento de que Poe había matado a su suegro de una u otra manera, sólo o con la ayuda de Marlowe, sólo o induciendo al asesinato a su amigo el relojero. Pero supo también que nunca podría probarlo.
– Es curioso que todo esto me ocurra a mí, Rafael…
Paco Spade, el gran Sam Spade, volvía a llamar a Poe por su nombre de pila.
– ¿Qué?
– Es curioso -repitió el ex novelista-, porque en las novelas policiacas todo adquiere una apariencia de realidad, pero lo que sucede en ellas tiene el mismo valor moral que lo que sucede en un tablero de ajedrez, donde los peones, según en qué posición, pueden valer lo que una reina, y los reyes pueden llegar a comportarse como auténticos peones. Sólo los caballos parecen estar en su sitio. Y esto es lo que has estado haciendo conmigo todo el día, dando saltos de caballo de un lado para otro.
Poe sonrió a su amigo. Los altavoces anunciaron que el tren que esperaban entraría de un momento a otro en el andén.
– Se cometen crímenes por alguna de estas tres razones, Poe: por amor, por dinero o por poder. Raramente mata nadie por honor, y mucho menos por justicia poética, como tú la has llamado, y cuando esto ocurre, estamos ante un romántico, no ante un asesino. No sé. Lo que he sacado en claro de este día es que jamás actuaría contra ti.
– Paco, te lo agradezco -dijo Poe con una gran tristeza-: pero yo no soy un romántico, tampoco soy un asesino y acaso nunca sabremos cómo ocurrió. Si hubiese sido un asesinato y lo hubiese cometido yo, lo habría hecho por amor. Amor a la vida, como el médico que extirpa un cáncer. Pero no lo cometí. La vida es muy generosa con nosotros, y como en las pesadillas, nos despierta siempre en el preciso momento en que el horror parecía ya inevitable.
No tenían más que decirse. El tren llegó al andén moribundo, entre resuellos chirriantes.
– Me ha gustado mucho eso de tu amigo Ed Donovan, alias José Calvario -dijo Poe-. ¿Por qué no vuelves a escribir novelas, Paco? Es muy difícil mentirle a quien ha sufrido mucho.
– Poe, siempre dije que de todos los ACP tú eras el más listo y el más sagaz. ¿Por qué no te crees ahora lo de Ed Donovan?
– Porque no hay ninguna calle de Margarita Gautier en todo Castellón.
Paco sonrió como un niño al que han sorprendido metiendo el dedo en el tarro de la mermelada.
Se estrecharon la mano. Poe se quedó de pie en el andén, ya vacío. Arrancó el tren y Paco Cortés repitió un impreciso gesto de amistad y despedida. Poe le correspondió con otro en el que los adioses se hicieron aún más difusos.
Paco bajó la ventanilla; no oía lo que decía su amigo.
– ¿Qué dices, Poe? -gritó Paco con el tren en marcha.
– Que por muy inteligente que seas, las deducciones perfectas a veces están equivocadas.
– ¿Qué?
Paco no había oído las últimas palabras, y cabeceaba mientras hacía pantalla con la mano detrás de la oreja.
– Nada -respondió Poe con una triste sonrisa en el rincón de la boca, y añadió como si necesitara oírselo al menos a sí mismo-, que esto no es una novela.
Al día siguiente Paco Cortés volvía a entrevistarse con Marlowe en la cafetería de la Puerta del Sol. La gestión del negocio le dejaba pocos momentos libres.
– Sabrás que ayer he estado con Poe.
– No, no lo sabía -mintió Marlowe.
– ¿No te ha llamado Poe?
– No.
– No me lo creo. Conseguisteis que mi suegro os acompañara hasta la Fuenclara, y allí uno de los dos lo liquidó.
– ¿Lo sabes o lo preguntas?
– Has hablado con Poe.
– De momento eso no es un delito. Y además, ¿qué harías tú si alguien acusa a un buen amigo tuyo de un asesinato? En efecto. Pudo ser Poe. Yo te dije que me extrañaba que fuese él, porque no se llevaba bien con las armas. Ahora dices que pude ser yo. Pude, en efecto, ser yo, aunque no tenía móvil. Pudimos ser los dos, él puso el móvil y yo puse el arma. Pero pudo ser otro cualquiera. Y eso es lo que hace de este crimen un crimen perfecto: tenemos cadáver, tenemos móviles, tenemos sospechoso o sospechosos, pero no tenemos al asesino. Por si fuese poco, esa muerte ha beneficiado a todo el mundo: a su familia en primer lugar, a sus compañeros de trabajo, a las que fueron sus víctimas y a la sociedad, que cuenta ya con un bicho menos. ¿Qué más se puede pedir? Y si estás esperando que uno de nosotros dos dijera: he sido yo, o ha sido el otro, o hemos sido los dos, vas listo. Y a estas alturas, ¿dónde encontraríais testigos que desbarataran una coartada? No una coartada de Poe o mía, de cualquiera. Encontrad a un sospechoso que diga: a esa hora yo me encontraba almorzando en tal lugar. Han pasado dieciocho meses. La policía tampoco tiene el arma ni está esperando en algún rincón de un armario un traje con manchas de sangre de tu suegro o unos zapatos con barro de la Fuenclara. Te lo dijo Poe y te lo repito yo. Por suerte para los crímenes perfectos, esto no es una novela. Y que conste que no tengo nada contra ti, por querer saber la verdad. Era tu suegro. Si hubiese sido el mío, seguramente me habría tocado hacer lo mismo. Pero olvídate de encontrar al asesino, porque no lo hay.
– Pero estuvieron a punto de endosármelo a mí. Te recuerdo que durante unos días hubo quien pensó que me lo había cargado yo, incluso que había sido un complot de los ACP. Hubierais permitido que me lo echaran encima.
– No presumas, Paco -dijo el relojero.
Paco Cortés y Marlowe se despidieron como buenos amigos. Nunca habría pensado Paco que Marlowe hubiese sido capaz no ya de cometer un asesinato, sino de blindarse tan oportunamente de razonamientos, él, que parecía un tipo caprichoso y extravagante.
– Los dos son inteligentes -les dijo dos días después a Maigret y a Masón, frente a unos whiskies, en el Trafalgar Pub de Fuencarral-. Quién iba a decirlo. Los alevines de los ACP dándonos lecciones a los veteranos. El único fallo lo cometió Marlowe con lo de las tres balas, pero fue lo bastante hábil y tuvo la suficiente sangre fría para negarlo. Poe le habló de su padre y de lo que mi suegro le había hecho, quizá le convenciera de llevar a cabo un crimen perfecto, y Marlowe, con ese espíritu deportivo que tiene siempre, se prestó a ello. Sólo hay algo que no cuadra. No pudieron hacerlo solos. El lugar en el que apareció el cadáver es un descampado. La boca de metro más próxima está a una hora andando, y la parada más cercana de autobús, a media. Llevarían el arma homicida encima.
No creo que se expusiesen a andar por aquellos lugares y permitir que alguien les viese y les pudiese identificar. Ni Poe ni Marlowe tenían entonces coche ni creo que supiesen conducir. De modo que hay que pensar que alguien les estaría esperando. Y ¿dónde buscar mejor que entre los ACP?
Maigret y Masón lo miraron asombrados. Aquél era el Sam Spade de siempre, implacable, analítico, sin dejar resquicios de ojos oscuros y fríos que se abrían paso entre los hechos con el sigilo infalible del lince.
– Si queréis podemos repasar quién pudo ayudarles -insinuó Paco.
– Te olvidas que su novia, la danesa, todavía no había muerto, y ella sí tenía coche.
– Es verdad -admitió el ex novelista-. Y podía haber accedido por dos razones: dinero o amor. Poe me dijo que de haberlo hecho él, lo habría hecho por amor. O, puesto que para entonces estaba ya metida de nuevo en la droga necesitaba dinero. Pero cualquiera que sepa de crímenes perfectos sabe que no se debe confiar en nadie por dinero para cometer un crimen. Ese es el eslabón por donde antes se rompe esa cadena. Por amor pudo hacerlo, pero no es probable. Por entonces estaba ya regularmente con su marido y además no tenía la menor experiencia criminal, ni antecedentes. Los criminales no se improvisan. Sigamos. Descartemos al padre Brown…
– No es lógico -dijo decepcionado Masón.
– Un cura puede recoger y encubrir, de momento, a un criminal, pero no creo que esté dispuesto él mismo a cometer un crimen.
– La pobre Miss Marple… Por cierto, me llamó hace un mes. Me preguntaba si ya no íbamos nunca más a volver a nuestras reuniones. Le dije que le avisaría en el caso de que volviéramos a vernos. Si llegase a saber que estamos barajando su nombre como encubridora de un asesinato real, huiría despavorida y no volvería a vernos en lo que le queda de vida. Pobre Miss Marple… Sherlock habría sido capaz de eso y de mucho más. Es un hombre calculador, pero interesado, tanto, que le habría delatado el móvil. En este caso, no tenía ninguno para matar a alguien que no conocía. Hemos de descartar también a los ACP que ni Poe ni Marlowe conocían, porque los trataban poco…
– Milagros también tiene coche -recordó Maigret.
– Y Milagros hubiera sido capaz no sólo de ayudarles a cometer ese crimen, sino a cometerlo ella personalmente. Por novelera. Pero ni Poe ni Marlowe tenían ninguna relación con ella, aparte de la que mantenían cuando se veían aquí, que era ninguna, porque sabéis de sobra que Milagros y la Esfinge son hermanas. Dejemos aparte a Nero y a los demás. Sólo quedamos nosotros tres. Tú, Masón, no te lo tomes a mal, eres un inútil para el negocio asesino.
– Tampoco es eso -protestó su amigo.
Paco giró los hombros para dirigirse a Maigret, dando a enteder que aquello iba a ser sólo una cuestión que dirimirían entre ellos dos.
– Te sigo -dijo el policía muy solícito-. Estoy muerto de curiosidad.
– Pude ser yo -admitió Paco-. De hecho es lo que al principio creyeron en la policía. Pero hubiese sido absurdo que pudiendo haberlo cometido yo solo, quisiese cometerlo con otros, a los que en principio no podía imaginar en qué les iba a beneficiar. Para entonces yo no conocía la relación que existía entre Poe y mi suegro, así que difícilmente podría haberle propuesto que entrara en la combinación. Respecto a Marlowe habría sido la última persona a la que hubiese confiado un secreto de esa naturaleza. Yo conduzco, es verdad, pero daba la casualidad de que el único coche del que hubiera podido disponer lo conducía en ese momento mi suegro, al que es difícil que convenciera para irnos de picos pardos esa tarde. Sólo quedas tú, Lorenzo. Y tú sí tienes coche.
– En Madrid hay un millón de coches. Paco -le dijo Maigret de magnífico humor-, y no hay un millón de sospechosos de haber matado a tu suegro, sin embargo.
– Pero tú, en cambio, sí hubieras podido tener una buena razón para matarlo. Era tu jefe e iba a hacer que te destinaran a otra parte.
– ¿Cómo sabes tú eso?
La expresión alegre de Maigret se mudó en sorpresa y extrañeza. Masón miró significativamente a su amigo Paco. Como broma no le parecía acertada, pero no se atrevió tampoco a intervenir.
– Estas últimas tardes tratamos de poner en orden los papeles de mi suegra. Va a dejar esa casa. Se le echa encima. Se muda a una residencia. En una carpeta me apareció a mí un borrador de expediente disciplinario en el que figura tu nombre. Llevaba fecha de un mes antes de su muerte. No sé cuáles eran vuestras diferencias. Pero antes quiero decirte que aunque tú ayudaras a Poe y a Marlowe, no cambiarán las cosas. No me importa demasiado. Aunque tus razones no fueran tan nobles como las de Poe, incluso como las de Marlowe, no lo haría, ni siquiera me tomaría la molestia de reabrir este caso. Puedo encontrar razonable que alguien quiera hacer justicia allá donde la justicia no comparece. Entiendo que alguien como Marlowe, por amistad, se preste también a ayudar. Ahora, que alguien quiera vendimiarle la vida al jefe porque éste no se porta bien con él, me parece indigno, peor aún, mezquino. Por otro lado según parece, la tarde del crimen vieron por la Fuenclara un Peugeot blanco, y tú tenías entonces un Peugeot blanco.
Maigret le había dejado hablar. Sostenía el vaso de whisky en la mano, pero desde que empezó Paco su alegato, el policía se había olvidado incluso de la bebida, y sus labios estaban secos. A Paco no se le escapó este detalle, porque de los detalles es de donde salen siempre las deducciones irrebatibles.
– Bebe, Loren, se te va a calentar el whisky.
Paco Cortés pensó en ese momento: si Loren no bebe y deja el vaso en la mesa, me va a costar sacarle nada. Ahora, si bebe, acabará contándome lo que pasó.
Maigret apuró distraído de un largo trago lo que quedaba de whisky, incluso se metió en la boca uno de los trozos de hielo, y dejó a continuación el vaso sobre la mesa. Como cualquier sospechoso, quería tomarse unos segundos para meditar la respuesta. En términos policiacos, aquel trozo de hielo en su boca era una tregua para tomarse su tiempo antes de hablar.
– Peugeot blancos como el mío debía de haber entonces en Madrid lo menos mil…
– Ya hemos bajado de un millón de sospechosos a mil… -dijo sarcástico Cortés.
– Sin embargo te equivocas con lo de ese expediente. Es la primera noticia que tengo de él, y puedes o no creerme. Unas semanas antes yo había tenido una discusión muy violenta con don Luis. Todos los que habían trabajado con él habían tenido alguna vez una o más. Una de las vías de investigación fue por ese lado. También nos investigaron. Tu suegro estaba convencido de que había sido yo el declarante contra él en una información de régimen interno que se había realizado antes sobre la noche del 23 F Nunca me tragó y a mí no me caía simpático. No sabía que estuviera preparando un informe sobre mí. Esto no tiene nada que ver con lo que pasó.
Maigret levantó la mano para atraer la atención del camarero. Paco corroboró hasta qué punto la mecánica de los sospechosos es elemental.
– Cuéntanoslo tú, Lorenzo. ¿Cómo ocurrió?
Se tomó unos momentos antes de contestar. Le sudaban las manos. En su interior se estaba librando una batalla que lo torturaba moralmente. Miró a Paco y miró a Modesto, consciente de la gravedad del momento.
– Un día -dijo por fin el policía-, después de una de las tertulias de los ACP nos quedamos Poe y yo solos. Nos fuimos a cenar juntos. Solíamos hacerlo algunas veces. Me dijo, oye, Lorenzo, tú tienes coche y te voy a pedir un favor. Me dijo, ¿puedes esperarme en tal sitio a tal hora? Era donde compraba la droga Hanna, dijo también. Es un sitio muy raro, muy solitario, da cierto miedo, me explicó. Hanna me ha contado, me dijo Poe, que allí está el tipo que le robó un dinero que yo le presté a ella y que no se lo quiere devolver y me ha dicho que si yo voy, quizá consiga algo. Pero no me fío ni siquiera de Hanna, porque ella está tan pillada, que no hace más que mentir. Es bastante dinero. Son doscientas mil pesetas. Yo creí a Poe. ¿Por qué iba a engañarme? Nunca mentía, no lanzaba faroles, no exageraba, no era Marlowe. Entonces yo le dije que era mejor que fuese con él a esa casa. Me dijo, no, Hanna te conoce; mejor te quedas cerca. Y si tardo en aparecer, te presentas tú. Yo me creí todo lo que me contó. Y eso hicimos, al día siguiente él acudió por su cuenta y yo estaba en el sitio convenido. A la media hora, como habíamos convenido, por fin vi aparecer a Poe. Pero le acompañaba Marlowe. El día anterior no había mencionado a Marlowe. Se metieron en el coche y Poe me dijo, Lorenzo, acabo de matar a Luis Alvarez. Yo miré a Marlowe. Si me lo hubiese dicho Marlowe habría creído que era una broma, porque siempre está con bromas de ésas, ya lo conocéis, pero lo dijo Poe, que nunca se reía por nada, siempre tan serio. Quise saber lo que había pasado. Poe se disculpó conmigo, estaba tranquilo. A Marlowe, en cambio se le veía descompuesto, silencioso. Poe me dijo, don Luis Álvarez mató a mi padre. Yo nunca había hablado de su padre con él ni sabía nada de su familia, salvo cuando hablamos la primera vez. Entonces no me contó muchas cosas. Yo le pregunté, ¿lo trajisteis aquí para matarlo? No, contestó Poe. Tendré que dar parte, dije yo. Bueno, dijo Poe, es natural. No estaba nervioso, pero quiero que sepas, añadió, que yo sólo quería hablar con él. Y yo le repliqué que para hablar con él no tenía que habérselo llevado a Vallecas. Al lado de la comisaría hay doscientas cafeterías donde hacerlo. Y Poe me dijo que para lo que tenía que decirle, sí; quería tener la seguridad de que no se marchaba, porque tenía que oírle y quería hacerle sentir aunque fuese un momento todo el miedo que él hizo sentir a tanta gente, que hizo sentir a su padre. Y por eso iba armado. Hacerle un juicio, el juicio que no tuvo su padre. Y me contó no sé qué de un sueño que tenía siempre, y que en ese sueño le miraba a los ojos al asesino de su padre. Estábamos en el coche, arranqué y nos marchamos de allí. Por suerte no nos vio nadie… De todos modos a mí seguían sin cuadrarme muchas cosas de las que Poe contaba. Nos fuimos a mi casa. Poe le había pedido a Marlowe que le acompañara, porque tenía miedo de que tu suegro fuese incluso capaz de matarle a él. Fue a ver a don Luis y le dijo, ¿se acuerda de mí? Soy el primo de Maigret, y le contó una milonga sobre ti, Paco. Como en aquel tiempo don Luis estaba obsesionado contigo, que fue, acuérdate, cuando subió a la academia y te organizó aquel escándalo, le fue a ver y le dijo, don Luis, su yerno está metido en cosa de drogas. Le dijo también para picarle, su hija creo que también anda metida en eso, don Luis; la ha metido su yerno. Estaba todo calculado, eso es lo que creo. Cuando tu suegro había tragado el anzuelo, más por ansias de que fuese verdad que porque estuviese bien urdido, le dijo, y yo sé dónde le puede usted pillar. Como a mí, le contó un cuento parecido, que tú, Paco, le debías mucho dinero a él, que te lo había prestado cuando estabas separado de Dora, que no se lo habías devuelto, porque decía que lo tenía un camello de Vallecas, y que le habías dicho que ese camello iba a tener dinero al día siguiente. Poe le dijo: sólo quiero recuperar mi dinero; lo demás me da igual. Tu suegro lo primero que quería era meter a toda la brigada en el piso donde Poe aseguró que operaba o vivía el camello y a donde se suponía que ibas a ir tú, y pillaros a los dos. Pero Poe le dijo, no, no haga usted eso, porque es muy probable que allí esté también Dora, pinchándose, y no querrá que detengan también a su hija. Lo que resulta increíble es que se tragara una historia como ésa siendo policía. Quizá se la tragó porque lo era; hemos visto tanto que no nos sorprende ya nada. Don Luis se puso como loco, ciego de ira. Hubiera podido telefonear a su hija y hablar con ella. Pero no, prefirió creer a un desconocido, porque creerle venía a confirmar todo lo que siempre había dicho de su yerno. En caso de que hubiera telefoneado a Dora, y hablado con ella, quizá tu suegro estuviese vivo. El destino quiso que no lo hiciera, fue a reunirse con el suyo propio. Como tú dices, Paco, cuando el destino anda por medio no hay mucho que hacer. Tu suegro llamó a tu suegra y le dijo que no iba a ir a casa a comer. El plan era llevarle a ese descampado. Llegaron a la Fuenclara y allí les esperaba Marlowe, que se coló en el coche. Poe quería hablar con él, interrogarle delante de un testigo, meterle miedo, decirle, tú mataste a mi padre, tú le torturaste, tú torturaste a media provincia de Albacete, y luego dejarle allí. Y para eso me llamó a mí.
Maigret volvió a bisar el ademán que advertía al camarero, y le pidió que le pusiese otro whisky.
– ¿Y qué pasó? ¿Qué dijo mi suegro de que entrara en el coche uno que no conocía de nada?
– Nada. Como Poe le saludó, debió de pensar que era el camello o un gancho, cualquier cosa. Hasta que Poe, ya con Marlowe en el coche, va y le pregunta: ¿Le recuerda a usted algo el nombre de Domiciano Hervás? Al principio tu suegro no se acordaba de nada. Poe le dijo, yo soy el hijo de Domiciano Hervás y usted mató a mi padre. Parece que cuando oyó esto, tu suegro se puso muy nervioso. No se acordaba de ese Domiciano, pero lo dio por cierto. Poe sólo quería que tu suegro dijera, sí, me acuerdo de tu padre, y siento lo que le pasó. Pero no recordaba nada. Estuvieron allí un buen rato. Hablando.
– Y Marlowe, ¿qué hacía?
– Nada, en el asiento de atrás, escuchando.
– ¿Iba armado? -preguntó Masón.
– No lo sé, no me lo dijeron. Supongo -añadió Maigret-. Al principio tu suegro negó todo. Según me contaron, tenía mucho miedo. Le temblaban las piernas. El hombre estaba muy nervioso, no le salía la voz. Empezó diciendo que no se acordaba de nada, luego que él recibía órdenes y que hacía lo que le mandaban, pero juraba y perjuraba que del padre de Poe no se acordaba, porque él estaba con la cabeza todo el tiempo puesta en 1940, hasta que le dijo que no, que era en 1960 cuando lo había matado, en Madrid, no en Albacete, y cómo fue, y entonces parece que sí se acordó. Tanto que quiso sacar la pistola, pero Poe sacó la que le había dejado Marlowe. El policía trató de quitársela. Poe me dijo que en ese momento supo que le mataría a él como había matado a su padre. Forcejearon. Un tiro fue al suelo, otro a la pierna y otro le dio en la cabeza. Y que todo sucedió muy deprisa.
– ¿Y tú, siendo policía, te creíste todo ese cuento? -preguntó Paco Cortés.
– Sí.
– ¿Nadie oyó los tiros, nadie vio el coche?
– No.
– ¿Y por qué no diste parte? Te jugabas mucho si te descubrían.
– Llegué a un pacto con Poe. Si veía que las investigaciones llegaban cerca de mí, él se entregaría y contaría una versión maquillada de los hechos, sin mencionarnos ni a Marlowe ni a mí. Por experiencia sé que un diez por ciento de los asesinatos se quedan sin resolver o sin detener al culpable. No se perdía nada esperando unos días. Y siempre podría negarlo todo. Luego las sospechas apuntaron hacia ti, y nos tranquilizamos.
– ¿Y tu te creíste que Poe se entregaría? ¿En qué parte has visto tú que alguien se entregue a la policía y confiese su crimen?
– En todas partes, a diario. Y Poe lo habría hecho, de eso estoy seguro.
– Me hubierais dejado solo -dijo Paco sin demasiado pesar, tampoco muy convencido.
– Las acusaciones eran insostenibles. Estaba claro que no te hubiese pasado nada.
– No, podrían habérseme complicado las cosas. La vida está llena de falsos culpables y de falsos inocentes. Y yo siempre he dicho que el crimen perfecto trae aparejado un falso culpable y la condena de un inocente.
– No dramatices. El caso es que cuando pasaron los tres primeros meses -siguió diciendo Maigret-, todo eso fue diluyéndose, y en comisaría volvió a cobrar fuerza la teoría del atentado, de los Grapo. Es una suerte que en España haya un grupo como ése, porque cuando algo no cuadra, se le atribuye.
– Pero tú supongo que tendrás una teoría, por si llega el caso de que tengas que echar mano de ella.
– No. Unas veces pienso que fue un accidente. Poe no es alguien que responda a la tipología del asesino. Pero al mismo tiempo, fue capaz de organizar ese secuestro, para hablar con don Luis. Yo insistí mucho; podrías haber hablado con él en otra parte, le decía. No, repetía. Quería hacerlo en un sitio del que no pudiese marcharse. Tenía que oírme todo lo que no quiso escuchar de mi padre. Y además creerme. Y también me dijo Poe que si tu suegro hubiese pedido perdón, no hubiera pasado nada, pero sólo se le ocurrió sacar su pistola y luego arrebatarle a Poe la suya. Lo que nunca sabré es por qué le pidió a Marlowe que lo acompañara ni por qué me lo pidió a mí. Poe es lo bastante inteligente como para haber pensado en otra manera de acabar con tu suegro, si eso es lo que le interesaba, o hacerse oír, si era lo que perseguía. Ni necesitaba a Marlowe ni me necesitaba a mí.
– No lo creo -dijo pensativo Paco-. He hablado con ellos dos, con Poe y con Marlowe, y ahora contigo. Ellos son buenos amigos y sobre todo son muy jóvenes; no creen en la justicia, pero sí en la justicia poética. Lo que hicieron, lo hicieron juntos, por justicia poética. Si lo hicieron. Quiero decir, si se pudiese probar que lo hicieron. Mientras no se les pueda probar, ellos no cometieron ese crimen. Basta con que tú sigas negando que fuiste a recogerlos. Poe me dijo, textualmente: Tu suegro al final murió por su propia estupidez; no me siento responsable de su muerte, pero tampoco me apena que haya muerto.
– A mí -dijo Maigret- llegó a decirme más. Me dijo: En el fondo me habría gustado que aquella pistola no se disparase; que hubiese podido vivir con el miedo que hemos vivido todos, y que hubiese llevado su infierno en este purgatorio.
Masón había estado todo el tiempo taciturno. Por fin abrió la boca, y dijo:
– Puesto que son culpables, lo mejor sería decir la verdad. Desde ahora yo también soy cómplice y la verdad nos hace libres. Eso al menos es lo que estudiamos en Derecho.
– No, Masón -dijo Maigret-. A mí, si se supiese la verdad, seguramente me haría menos libre, y a Poe le haría menos justo. Y acuérdate de aquello que decía Sherlock Holmes: muchas veces deteniendo al criminal se causa un perjuicio mucho mayor que el que él causó cometiendo su crimen. Y en este caso es algo palpable.
– Las cosas están bien como están ahora. ¿No me dijiste una vez, Modesto, que tú estarías dispuesto a encubrir un crimen según en qué circunstancias, y que por ello eras abogado? No vas a tener mejor ocasión de hacerlo que en ésta.
Masón rumió estas palabras de su amigo Paco y asintió con la cabeza.
– Míralo como una manera simbólica y poética de cerrar la guerra -añadió Paco Cortés-. Ya lo decía Poe. Todo está en el pasado. Si sojuzgase a Poe y a Marlowe, si se probase que fueron ellos quienes mataron a mi suegro, cosa que está por ver que se pudiera probar, no se habría arreglado nada. Ahora Poe, o Poe y Marlowe, han traído, sin haberlo pretendido, más justicia a este mundo y más tranquilidad. Ha sido la propia vida quien se ha cobrado su tributo. Poe y Marlowe no han hecho más que de recaudadores.
– Pero ése es el cuento de nunca acabar. En el mismo caso de Poe habrá lo menos en España doscientas mil personas -dijo enfadado Masón, que nunca perdía los estribos-. Y si cada uno de ellos se dedica a quitar de en medio a su particular verdugo, en España habría en quince días otros doscientos mil muertos. Otras doscientas mil injusticias.
– No exageres. Masón -dijo Paco-. Si se pudiese hacer esa justicia tan silenciosamente como se ha hecho por esta vez, sería una maravilla. Si todos los malvados desapareciesen discretamente en unas horas, el mundo mejoraría.
– ¡Por Dios, Paco! Lo que acabas de decir es una barbaridad. No somos asesinos. Al mundo lo hacen bueno también los malos -arguyó Masón.
– Eran ganas de hablar, Modesto. Como en las novelas.
Se quedaron los tres reflexionando en silencio.
Al cabo de un rato dijo Maigret:
– Poe y Marlowe han actuado en la sombra. Y en el fondo si nadie en la policía quiere volver sobre el caso, es porque todos creen que esa muerte era la que le estaba destinada a tu suegro desde siempre.
– Exactamente, Lorenzo -dijo Paco, dirigiéndose a Masón-. Pongamos las cosas a la inversa. Imagina que en la punta de su dedo tu suegra tiene un botón, y que, pulsándolo, le devolvía la vida a su marido. Es una bellísima persona, muy religiosa y no me cabe la menor duda de que fue además una buena esposa, hasta donde pudo serlo, y una madre estupenda. ¿Creerías que lo apretaría?
Masón, cabizbajo, buscó una respuesta, sin hallarla.
– Eso no va a ocurrir nunca. Y lo que no puede ocurrir es de tontos pensarlo, así que no está bien ni siquiera que lo plantees. Eso es demagogia policiaca, no un problema moral. ¿Le contarás todo esto a Dora? -interrogó a su amigo Cortés.
– Sí, más adelante. Cuando le sirva la verdad para algo más que para la desesperación.
Se hacía de noche. Aquella reunión había durado más tiempo de lo normal.
– Es curioso -concluyó Paco Cortés-. En las novelas el Crimen Perfecto no es posible. Atentaría contra la norma de las propias novelas policiacas, porque sobrarían en primer lugar los detectives y los policías. Los crímenes perfectos sólo pasan en la vida, y es en la vida donde cumplen su función. En las novelas de Crimen Perfecto, todo suele empezar por un cadáver que aparece como por casualidad, y hay que averiguar de quién se trata y quién es el asesino. A nosotros nos ha pasado al revés. Nos hemos tropezado con uno al final de los ACP, y además era de alguien que todos conocíamos. Llevábamos un montón de años buscando como los alquimistas un crimen verdaderamente perfecto. Y no lo encontrábamos. Y ahora que tenemos uno, no nos sirve de nada, porque ni siquiera podemos participar a los demás nuestro descubrimiento. Ya digo, como los alquimistas: hemos hallado la piedra filosofal, pero no podemos confiar a nadie nuestro secreto.
– ¿Quiere decir eso que no va a pasar nada, que nada ha ocurrido? -preguntó Masón.
– Nada ha ocurrido, y ha ocurrido todo. La vida -dijo Paco- no se acaba nunca, y cuando parece que va a hacerlo, se abre para otros. Los mecanismos tienden a la mecánica. Los organismos a la vida, y la vida da vueltas. Se parece a un mecanismo, pero no lo es.
– O sea -concluyó el abogado Modesto Masón-: que hemos perdido todos estos años.
– Si lo expresas así, tal vez -asintió ex Sam Spade- Pero míralo también de esta otra manera: lo que la vida te quita por un lado, te lo da por otro, lo que no resuelve en un rincón, lo resuelve en otro; el crimen que no era perfecto, la vida lo hace perfecto, y el que lo era, deja de serlo por una casualidad. Había dejado de escribir novelas, y se me presenta por fin un Crimen Perfecto; lo resuelvo, y el caso desaparece como desaparece un puño cuando se abre la mano. Pero siempre quedará la mano.
– Siempre nos quedará París -ironizó Maigret.
Y tras aquella leve parodia la vida se puso de nuevo en marcha, con su renqueante y alegre música de tiovivo.
Madrid, primavera de 2002