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En una de las casas más antiguas de la orilla derecha del río, primer piso, vivían los Alvear. Los balcones de la fachada daban a la Rambla, frente por frente del café Neutral, situado en el centro de la más acogedora hilera de arcos de la ciudad; ventana y balcón traseros colgaban sobre el río, el Oñar.
La casa, pues, comunicaba entre sí dos vidas, al igual que las restantes a lo largo de la Rambla. De ahí que en el piso el misterio fuese alegre y que para crear intimidad fuera preciso cerrar todas las puertas. Si por descuido quedaba abierta alguna, se oían todos los relojes de la población; no obstante, los Alvear sabían que en un puñado de metros podían crear un mundo íntimo y aun infranqueable.
En aquellos pisos era posible porque las casas eran antiguas. Por lo demás, la mayor parte de las puertas no sólo cerraban, sino que a veces se cerraban por sí solas, lo cual era un encanto teniendo en cuenta la proximidad del río y que éste a veces olía mal.
En efecto, el lugar era tenido por insalubre. Tal vez el trecho en que vivían los Alvear fuera el menos afectado, pues el agua del Oñar alcanzaba allí, casi siempre, ambas orillas. En cambio, quinientos metros más abajo, cercana su confluencia con el río Ter, la corriente se encharcaba, formando pequeños remansos pantanosos.
Otro inconveniente lo constituían las periódicas inundaciones. Tampoco éstas afectaban a los Alvear, dada la altura de la ventana y el balcón; en cambio, los inquilinos de la planta baja, cuando el Oñar llegaba crecido, no tenían remedio. El Ter no le admitía el caudal y entonces el pequeño río se hinchaba y se introducía por todas las brechas y agujeros de la casa, cruzaba con furia cocina, comedor y pasillo, y salía en tromba por la puerta de la fachada, vertiendo, en la Rambla, frente por frente del Neutral, mil secretos familiares.
El piso de los Alvear era más bien pequeño -pasillo y tres habitaciones, comedor y cocina-, pero mucho mejor que los que habían ocupado en Madrid, Jaén y Málaga, en las temporadas que residieron en estas ciudades. El cabeza de familia, Matías Alvear, estaba encantado con él, especialmente porque el sol le rondaba todo el día, por la calidad y tono discreto de los mosaicos y por la estratégica situación de ambos balcones. El de la Rambla lo utilizaba después de comer para controlar la entrada en el café de las componentes de su peña de dominó; el del río lo utilizaba a la caída de la tarde, para pescar. Pescar desde el propio hogar, recordando a menudo la penosa esterilidad del Manzanares, en Madrid.
En el dominó era un as, una suerte de seis doble; como pescador, cero. Tan raramente era mordido su anzuelo, que cuando ello ocurría, en algún verano bochornoso, el hombre se ponía a horcajadas, izaba sigilosamente la caña, entraba con ella en el comedor y haciendo bailotear el pececillo, lo restregaba con sorna por las narices de sus hijos. En una ocasión la presa fue de tal tamaño que, algo asustado, entró caña en alto en la mismísima cocina y depositó el pescado directamente en la sartén, ante los atónitos ojos de su esposa, Carmen Elgazu, recia mujer que cuando le llamaba loco lo hacía en vascuence.
Matías Alvear tenía cuarenta y seis años, era funcionario de Telégrafos y en Gerona formaba entre los forasteros. Era madrileño. Llevaba cinco años en la ciudad y parecía haberse aclimatado a ella.
En Madrid dejó un hermano, Santiago, anarquista militante, que no vivía feliz sino rodeado de mujeres y folletos clandestinos. En Burgos otro hermano, casado, también empleado de Telégrafos, de ideas avanzadas pero algo más teórico que Santiago, y con el que Matías sólo se ponía en contacto por Navidad, felicitándose a través de sus respectivos aparatos telegráficos.
Toda la familia de Matías Alvear fue siempre extremista, y sobre todo anticlerical. El padre, muerto joven, proponía fundir todas las custodias de la nación y repartir el oro entre los pobres de Almería y Alicante. Ahora Santiago, en Madrid, encorajinado con la República, repetía por los tranvías la propuesta, si bien Carmen Elgazu, que se preciaba de conocerle bien, decía siempre que le veía capaz de fundir las custodias de la nación, pero no de emplear el oro en lo que su padre propuso.
Matías fue siempre el más reposado. Republicano toda la vida, y también anticlerical, hasta el punto que cuando se casó con Carmen Elgazu apenas si sabía cómo se dobla, ante el Señor, una rodilla; pero Carmen Elgazu había heredado del Norte el tipo de fe que «mueve las montañas», y en este caso la montaña movida fue Matías Alvear. El funcionario de Telégrafos amaba tanto a su mujer, que de pronto la idea de que con la muerte todo termina le horrorizó. Le parecía imposible que Carmen Elgazu no fuera eterna y a su vez deseó vivamente disponer de toda una eternidad para continuar viviendo junto a ella. A los diez años de matrimonio, su deseo era convicción. Creía en todo lo que negaban sus hermanos y se sorprendió persignándose con respeto. Halló gran consuelo en este nuevo orden de pensamientos y acabó escuchando la historia del gallo de San Pedro con una naturalidad que él mismo, pensando en su juventud, no acertaba a explicarse.
La familia de Carmen Elgazu era, ciertamente, lo opuesto. Vasca, tradicional y católica hasta la medula. El padre murió abrazado a un crucifijo, y al morir dijo a sus hijos: «No os caséis con personas que no crean en Dios». La madre vivía aún en un pueblo de Vasconia, erguida a pesar de sus ochenta y tantos años, escribiendo sin cesar cartas y más cartas a sus ocho hijos, en tinta violeta y letra increíblemente enérgica dada su edad; cartas apostólicas que sólo Carmen Elgazu leía enteras, pero que ninguno se atrevía a tirar o quemar.
Carmen Elgazu llevaba en el cuerpo el sello de esta reciedumbre. De mediana estatura, cabellos negrísimos, recogidos en moño, cabeza bien sentada entre los hombros. Cuando, arremangada, lavaba ropa se veía hasta qué punto tenía los brazos bien torneados. En la cintura se le notaba que había tenido hijos. Sus piernas eran las dos columnas del hogar.
Lo que más destacaba de su persona eran las cejas, pobladas y también muy negras. Matías Alvear las comparaba, riendo, a los arcos de la Rambla. Carmen Elgazu consideraba aquello un piropo, pues para ella una mujer sin cejas no era nada.
Y luego los ojos. Imposible imaginar ojos más opuestos a los de un ciego. Brillantes, expresivos, sin rodar como los de los locos, sin permanecer extáticos como el de Dios. Ojos humanos, cambiantes, auténticas ventanas del alma. A causa de los ojos, las cejas y el alma, le bastaba con ponerse un vestido negro y unos tacones altos para parecer una reina. Una reina con gran ternura en su porte, especialmente cuando se hablaba de alguien que sufría o cuando, terminado el trabajo en la cocina o en los dormitorios, se quitaba el delantal y se sentaba en el comedor a repasar la ropa, bajo un precioso calendario de corcho que representaba una tempestad.
Matías Alvear, seco, tenía más distinción; pero era menos impresionante. Llevar bata gris en Telégrafos, y sobre todo lápiz en la oreja, acaso le restara cierta autoridad. Sin embargo, era un hombre. El sentido del humor se le manifestaba en el bigote, ameno siempre, en un sinnúmero de expresiones irónicas, en la manera de llevar el sombrero. Sus ojos eran más pequeños que los de Carmen Elgazu, pero también negros. La energía se le concentraba en la nariz, pegada a su cara como un impacto. Sus manos eran de funcionario, pero cuando escuchaba tonterías les imprimía unos espasmos de duda muy sutiles, de gran expresividad. Era cuidadoso, vestía preferentemente de gris corbatas discretas excepto en las fiestas onomásticas de sus hijos. Le gustaba el dominó porque decía que era un juego limpio, que las fichas eran limpias y agradables al tacto. Sin una peña de amigos para cambiar impresiones, hubiera muerto.
Sus querellas con Carmen Elgazu se limitaban a temas religiosos relacionados con la educación de los hijos, y a comparar Madrid y Bilbao. Para Matías Alvear, Madrid; para Carmen Elgazu, Bilbao. Cuando estaban de buen humor, Carmen Elgazu comparaba el Oñar con el Cantábrico y Matías Alvear el edificio de Telégrafos de Gerona con la Telefónica de Madrid, pero luego uno y otro se arrepentían de ello y admitían que Gerona, sobre todo en la parte antigua y la Dehesa, era muy hermosa.
Carmen Elgazu decía a veces que Matías Alvear no era nada sabio, pero que tenía mucho sentido común. Los componentes de la peña de Matías Alvear corroboraban lo segundo y le rebatían lo primero. Creían que Matías era conocedor de más cosas de las que Carmen Elgazu sospechaba, porque sabía leer el periódico y porque los telegramas le habían enseñado a comprender el cruce de los acontecimientos y a sintetizar. De todos modos, lo que más amaba en él Carmen Elgazu eran los sentimientos. Le quería tanto que era evidente que sólo consentiría en parecer reina a condición de que el rey fuera Matías Alvear.
Matías Alvear, después de ganar oposiciones en Madrid, había sido destinado sucesivamente a Jaén, Málaga y Gerona. Todos sus hijos Ignacio, César y Pilar, habían nacido en Málaga, lo cual se prestaba a muchas bromas. «Los aires del Sur -decía Matías-; los aires del Sur.»
Cuando les llegó el traslado de Málaga a Cataluña, Ignacio, el mayor, tenía diez años. Había nacido el 31 de diciembre de 1916, a las doce de la noche, o sea en un instante solemne y trascendental. Carmen Elgazu, que siempre había prometido a Dios ofrecerle el primero de sus hijos, dio a aquella circunstancia una interpretación profética. Varias vecinas malagueñas, entre ellas una gitana, entendieron que, según los astros, su hijo sería un talentazo, probablemente obispo y sin duda alguna un gran predicador. Matías Alvear arrugó el entrecejo; pero, en efecto, Ignacio a los pocos meses discurseaba de lo lindo: «¡Ya lo ves! -gritaba Carmen Elgazu, alborozada-. ¡Es un ángel y en un santiamén convertirá a la gente!»
César tenía, al llegar a Gerona, ocho años, y era mucho más tímido que Ignacio. Dotado de grandes orejas, miraba a los que le rodeaban y al mundo como si todo fuese un milagro. Matías siempre contaba que, al bajar del tren y ver la Catedral y a su lado el campanario de San Félix, había dicho que aquello «le gustaba más que el mar de Málaga» Luego las vecinas le informaron: «Pues, chico, por campanarios aquí no te vas a quejar».
Pilar tenía un año menos que César: siete. A ella todo lo que fuera viajar le encantaba. Al darse cuenta de que bajaban las maletas, exclamó, mirando a todo lo ancho de la estación: «¡Oh…! ¿Ya se ha terminado?»
La instalación de la familia en Gerona -en el piso colgando sobre el río- coincidió con un inefable triunfo de Carmen Elgazu y de la gitana malagueña: Ignacio accedió a entrar en el Seminario.
Carmen Elgazu no había cejado un solo instante en inculcar a su hijo la vocación. Cualquier detalle le servía de trampolín. Si Ignacio se quedaba inmóvil contemplando el paso de un entierro, le decía: «¿Qué, te gustaría rociar con agua bendita, verdad?» Si pintaba en un cuaderno un hombre con una corona alrededor de la cabeza, le decía a Matías Alvear: «Ya lo ves: todo lo de la Iglesia le tira».
Ignacio fue adaptando sus ojos a aquella manera de mirar. Sin querer reprimía su temperamento revoltoso. Había sentido sobre su cabeza la mano de varios curas que le preguntaban: «¿De modo, pequeño, que quieres entrar en el Seminario?» Por la noche, al arrodillarse ante la cama para rezar, Carmen Elgazu le señalaba como ejemplo a la atención de César y la pequeña, y aun a la de Matías Alvear.
Cuando, llegados a Gerona, el ambiente eclesiástico de la ciudad facilitó tanto las cosas que Ignacio dijo: «Sí, madre, quiero ser sacerdote», la alegría de Carmen Elgazu fue una especie de inundación que llegó también de una a otra orilla. Las propias vecinas se contagiaron. «¡Mi chico al Seminario, mi chico al Seminario!» Le besó veinte veces; hubiera querido sentarle en la falda del Sagrado Corazón que presidía majestuoso, el comedor, frente al reloj de pared.
Los preparativos duraron una semana, la semana que faltaba para principiar el curso. Mosén Alberto, importante autoridad eclesiástica, les aconsejó que, visto el temperamento díscolo del chico, le tuvieran interno. A Matías le dolió desprenderse de su hijo, pero Carmen Elgazu le tiraba de la nariz: «¡Tendrías que estar orgulloso, más que tonto!» Iniciales rojas, «LA.», brotaron en toda la ropa interior del muchacho.
El día en que Ignacio desapareció tras los imponentes muros del Seminario, que se erguían en la parte alta de la ciudad, coronando las escalinatas de Santo Domingo, en el piso de la Rambla hubo gran jolgorio. Carmen Elgazu preparó un bizcocho vasco, cruzado de parte a parte por el nombre de pila de su hijo y debajo una raya ondulada, blanca. Pilar se reía mirando vacía la silla de su hermano, y quería sentarse en ella. Matías dijo: «¡No, que está ocupada por el Espíritu Santo!» Carmen Elgazu también se rió y se dirigió a Matías. «¿Sabes lo que podríamos hacer? Luego voy a buscarte al Neutral y me llevas a la Dehesa a dar una vuelta.»
Así se hizo. Pilar se fue a las monjas del Corazón de María, César, a los Hermanos de la Doctrina Cristiana. También empezaba el curso. En cuanto a Matías, a las tres en punto tuvo que abandonar las sillas del café y trasladarse a los bancos de piedra de la Dehesa.
– ¿No te gustan más estos plátanos que las fichas de dominó? -ironizaba Carmen Elgazu.
Matías Alvear se ladeaba el sombrero, pero disfrutaba lo suyo. Porque su mujer era feliz y porque, en efecto, los plátanos de la Dehesa, altísimos y alineados en cantidad incalculable, estaban muy hermosos a la luz del otoño.
De regreso, la madre de Ignacio entendió que era preciso perpetuar la jornada. Detuvo a su marido y le preguntó:
– ¿No me tienes prometido un regalo?
– Sí.
– ¡Pues ésta es la ocasión!
Matías sonrió, aunque aquello iba a alterar con exceso el presupuesto familiar. Miraron escaparates y por fin se decidieron por algo práctico, que les hacía mucha falta: un perchero. Lo instalaron sin pérdida de tiempo en el vestíbulo, y abrieron dos o tres veces la puerta para comprobar que el efecto era sorprendente.
Ignacio quería mucho a sus padres, sin saber por qué. Acaso por el ambiente de paz que había creado en torno suyo. Su madre le parecía el centro de su vida. Su padre la persona que más le había hecho reír en el mundo, sin necesidad de hablar mucho, con sólo guiños y gestos. A veces se había esforzado, a su manera infantil, en pensar en cosas serias, y entonces creía que los amaba por el esfuerzo que hacían para que no les faltara nada ni a él, Ignacio, ni a César ni a Pilar, a pesar de ser pobres, a pesar del sueldo ínfimo que le daban en Telégrafos, según oía decir.
Era un chico más bien alto, moreno, de cara estirada. La forma del cráneo, alargada, y la nariz eran de su padre, así como la manía de ir bien calzado; de su madre había heredado las cejas, negras, el sólido emplazamiento del cuello entre los hombros y la fuerza en los brazos. Cuando hablaba, tenía a la vez la gracia de Carmen Elgazu y la capacidad de síntesis de su padre, pero a veces se tornaba taciturno y se pasaba una semana sin abrir la boca.
La entrada en el Seminario le afectó mucho. La primera noche no podía dormir. En el techo, altísimo, leía su pasado. Todo se le aparecía con relieve poderoso, especialmente las escenas que de un modo directo o indirecto se relacionaban con la pobreza. En su casa, el pensamiento de que en el cuarto contiguo estaban sus padres, amortiguaba esta preocupación, innata en él; en aquel edificio, las manchas húmedas de las paredes le acuciaban.
Ésta era la herencia moral que la familia Alvear había introducido en las venas del muchacho: una precocísima preocupación por los problemas de la miseria. Por ejemplo, el viaje de Málaga a Gerona no lo olvidaría jamás. Lo hicieron en tercera clase, en un tren lento, agotador, que cruzó España entera, repleto de viajeros que no cesaron en todo el trayecto de escupir y de pelar naranjas. Había varios enfermos y una niña bizca, de su edad, que continuamente sacaba el brazo por la ventanilla. En el inmenso dormitorio le pareció que aquella niña bizca se paseaba por entre las camas de los seminaristas pidiendo: «¡Una gracia de caridad por el amor de Dios!»
Por fortuna, la herencia moral de la familia Elgazu acudió en su ayuda diciéndole que el objetivo de la religión era precisamente mitigar la pobreza. Y que por ello él se encontraba en el Seminario, bajo aquel techo inalcanzable, para llegar a ser un día vicario -no obispo, como insinuó la gitana-, simple vicario de pueblo, para llamar a las puertas de los ricos y llenar de monedas las manos de aquella niña bizca y de todas las personas de la parroquia que viajaran en tercera mondando naranjas.
Al día siguiente, al levantarse, se colocó en la fila con la mejor voluntad. Llevaba aún pantalón corto y le ordenaron: «Di que te traigan unas medias. Negras».
– ¿Medias…?
– Sí. No vas a andar por ahí enseñando esos muslos.
Luego, en el patio, se instaló un barbero con una máquina y unas tijeras, y fue cortando al rape el pelo de todos los nuevos ingresados. Ignacio quedó estupefacto; no había pensado en aquello. Quería seguir el curso de los cabellos que le iban cayendo en el pantalón, en las mangas, en el suelo, pero unos y otros no tardaban en confundirse con los de los seminaristas que le habían precedido.
Todo lo aceptó. Que la inmensidad del edificio le diera vértigo, no le sorprendía. Era tan inmenso, que de repente parecía solitario, a pesar de cobijar a trescientos doce seminaristas y estar bajo la advocación de la Sagrada Familia. Pero tenía muchas ventajas. Estaba situado en el centro del barrio gótico. Todos los edificios circundantes eran nobles y su solidez le recordaba, sin saber por qué, la que a veces se desprendía del cuerpo de Carmen Elgazu. Por otra parte, y para que la ilusión fuera completa, se divisaba la cúpula de Correos y Telégrafos, donde trabajaba Matías Alvear.
Era muy niño. Se le escapaba el sentido de la palabra «trágico». Por ello no acertaba a definir la impresión que, de pronto, a las cuarenta y ocho horas, le causó el Seminario. Rezaba mucho, en la capilla miraba con fijeza el Sagrario, seguía el grave paso de los profesores pensando: «Cuando yo pueda llevar sotana…» En el patio, a la hora de recreo, era una auténtica furia pegándole patadas a una pelota de trapo, las únicas permitidas, porque las de goma saltaban la tapia y las invisibles niñas de un colegio vecino chillaban bromeando y se negaban a devolverlas. Se repetía mil veces por día: «Soy feliz, soy feliz». Pero le invadía el desasosiego.
Él lo atribuía a la brusca separación de la familia. «¿Qué estaría haciendo César, qué estaría haciendo Pilar?» Pero, a pesar suyo, observaba. Le pareció que la comida era escasa, aunque evidentemente la gula era un pecado. Le preguntó a otro chico: «¿No te parece que en este patio hay demasiado polvo? Fíjate, fíjate…» El chico le miró inquisitivamente y aquello selló sus labios por una semana.
A los ocho días tenía hambre. Un hambre atroz. Comprendía que trescientas bocas eran muchas y que el Seminario era pobre; pero tenía hambre. Y además, le dolían los ojos a causa de las bombillas. No había pantallas en ningún sitio. Las bombillas pendían del techo desnudas, amarillentas, temblando por dentro como viejos gusanos. ¡No mirarlas y sanseacabó! Pero una de ellas pendía precisamente frente a sus ojos, en la sala de estudio. Una bombilla horrible con hilillos internos que temblaban como fuego. Aquella bombilla le causaba intenso dolor en las sienes, y le parecía oír un zumbido. «Si pusieran una pantalla…»
La sola idea de que acaso no tuviera vocación le producía tal malestar, que se sentía capaz de soportarlo todo. ¡Vicario, vicario del pueblo! Y las asignaturas le interesaban. ¡Qué hermoso el latín, qué hermosa la Historia! El profesor de Historia era un hombre magnífico, que hablaba de los cartagineses como su padre, Matías Alvear, contaba aventuras de Madrid. «Musa, musae.» A su madre se le caería la baba oyéndole: «¡Hijo mío, estás hecho un predicador!»
Pero no todo el mundo se parecía al profesor de Historia. Los ayos, los ayos le tenían obsesionado, aunque en esto no estaba solo; a muchos otros seminaristas les ocurría lo mismo. Todos los ayos llevaban lentes con montura metálica y al leer libros santos durante las comidas arrancaban de sus pechos el más lúgubre tono de voz de que eran capaces. Ignacio pensaba: «Tal vez sea su voz». Pero le extrañaba que las voces de todos los ayos, sin excepción, fueran tan lúgubres. Su vecino le dijo: «Yo, durante el almuerzo, ni lo noto». Y era verdad. Durante el almuerzo llegaba luz de afuera, del patio, rayos de sol que brincaban en las cabezas redondas de los chicos, alegrándolas; pero a la hora de la cena era otro cantar. La tristeza de la noche había ganado los muros. El ayo se sentaba en el púlpito y una de las bombillas amarillentas, pegada a sus sienes, le iluminaba entre sombras chinescas. Y de este modo se ponía a leer.
Cuando sus padres fueron a verle, todo se le pasó. «¡Ya lo creo que me gusta!» Carmen Elgazu le llevó butifarra, queso, chocolate. Hubiera querido abrazarlos a todos una y otra vez, pero no daba tiempo. Diez minutos de conversación. César miró un momento al patio y dijo: «¡Qué bien debes de estar ahí!», y Pilar le tiraba de las orejas. Matías Alvear echó un vistazo a las paredes y luego al chico. Carmen Elgazu hablaba con el padre rector: «Muy bien, muy bien. Estudia mucho. Tal vez un poco criticón…» y se rió.
¡Criticón! Falta de obediencia, poco espíritu de sacrificio. Ignacio, en señal de penitencia, pensó en repartir entre sus condiscípulos la butifarra, el queso y el chocolate. Pero tenía hambre, un hambre atroz. Y en cuatro días se lo comió todo.
¡Qué bien le supo la visita de la familia! Le dieron a leer la última carta de la abuela: «Decidle a Ignacio que rezo por él todos los días».
Terminadas las provisiones, se plantó ante uno de los ventanales y vio su silueta. Entonces enrojeció. ¡Medias! Llevaba medias. Le pareció grotesco. Se pasó las manos por las piernas. «Aunque seminarista, soy hombre», se dijo. Luego vio la forma de su cráneo pelado. Se pasó la mano por él. Cien veces. Pensó en el mechón de pelo que caía sobre la frente de César. ¡Pensó incluso en las trenzas de Pilar! En el moño de su madre. Y en las plateadas sienes de su padre. Menos mal que sus trescientos condiscípulos iban de idéntica suerte. Menos mal que, aparte la familia, no se recibían visitas nunca.
La hora más alegre para él continuaba siendo la de la clase de Historia. Y luego, la de la pelota de trapo. Un día la tiró a propósito, por encima de la tapia, al patio de las chicas del colegio vecino. En todo el Seminario se hizo un silencio aterrador, y él mismo quedó sorprendido de su acto. Un ayo pasó por allí.
– ¿Qué le ocurre, Alvear? ¿Juega al tenis?
Y todo el mundo se rió.
El combate duró tres años. Durante el curso conseguía aclimatarse, porque se nutría en el Sagrario todas las mañanas y porque había una docena de personas que rezaban por él; pero al llegar las vacaciones estaba perdido. El contacto con la ciudad traía el desconcierto a su espíritu.
En primer lugar, la familia. El piso era alegre, pues Carmen Elgazu les sacaba brillo a todos los metales, y Pilar lo barría de arriba abajo a diario. Luego, el perchero. El flamante perchero en el que Matías Alvear colocaba el sombrero, siempre en el mismo gancho, hasta el punto que él, César y Pilar tenían una apuesta hecha para el día en que se equivocara. Luego, la radio galena. Matías Alvear había comprado una radio galena. Por desgracia, sólo se oía la emisora local, y aun en forma vaga y lejanísima. Pero algo es algo y todo aquello era alegre.
Luego, las distintas iglesias. Podía variar de templo, no ocupaba siempre idéntico banco en la misma capilla. Hoy al Sagrado Corazón, mañana a San Félix, pasado mañana a la Catedral.
Y, sobre todo, la gente. Ver pasar gente distinta, varia, la humanidad. Claro está, le estaba prohibido salir de paseo en horas de bullicio y más aún levantar la vista en dirección a paredes y carteleras. Pero… en su casa había un balcón que daba a la Rambla. Espléndido palco al mediodía, a la hora en que toda la juventud de la población se daba cita bajo el sol, y antes de cenar, a la salida del trabajo.
El balcón de la Rambla turbaba el espíritu de Ignacio. Tanto, que consiguió que su madre accediera a ponerle pantalones largos, porque no quería ser visto con medias; por desgracia, en lo tocante al pelado al rape no había nada que hacer y mosén Alberto, sabio sacerdote que a través de las confesiones de la madre de Ignacio se había convertido en amigo de la familia, le había dicho al muchacho: «Mala señal, si verdaderamente deseas llevar el pelo largo».
Y con todo, en los primeros veranos no le había ocurrido nada de particular, salvo que en los paseos que daba con su hermano César, el seminarista parecía éste y no Ignacio, habida cuenta la manera de andar y los comentarios que los incidentes provocaban luego en uno y otro.
Éste era uno de los detalles que más habían llamado la atención de Matías Alvear. El contraste se iniciaba en el momento de elegir itinerario. Ignacio proponía siempre correrías alegres: al valle de San Daniel, donde cantaban aguas y pájaros; a un lejano recodo del Ter, donde podían bañarse… ¡con poca ropa! César, por el contrario, no se prestaba a tal complicidad, sino que decía: «No, no, yo prefiero las murallas, la Catedral, el Camino del Calvario».
Ignacio se veía obligado a acceder, y entonces el regocijo era el de César. Porque para el pequeño la Catedral, mole inmensa, con sus corredores, escalinatas -¿cómo llegar al campanario?-, altares jamás iluminados, y fosos, era una granítica caja de sorpresas que le encandilaba y en la que hubiera pasado las vacaciones enteras. Lo mismo que en los conventos, cuya sola fachada le enamoraba, por su seriedad. Lo mismo que el Camino del Calvario, con las catorce capillitas blancas que iban jalonando la colina, hasta llegar a la cima, donde una ermita presidía todos los alrededores de la ciudad. ¡Sí, sí, definitivamente César prefería esto al mar de allá abajo, al mar de Málaga! Sobre todo desde que Ignacio le dijo un día: «Un seminarista me ha asegurado que por ahí, por San Félix, deben de encontrarse las Catacumbas».
¡Las Catacumbas! César soñó noches enteras con esta palabra.
Luego, Matías Alvear oía los comentarios que hacían uno y otro. Al parecer, los dos hermanos discutían siempre durante el trayecto, si no de palabra, pues César era muy tímido y muy callado e Ignacio le quería mucho y además procuraba refrenar sus propios impulsos, por lo menos de obra. Matías Alvear contaba siempre lo que les ocurría al subir al castillo de Montjuich, montaña árida e impresionante, donde todavía asomaban huesos de cuando la guerra con los franceses.
Al parecer, Ignacio quería saltar entre las piedras y los huesos, respirar hondo, y golpearse el pecho de felicidad; César, no. Se detenía, y en cada piedra, brizna de hierba o reflejo mineral, veía lo de siempre: el milagro. «¡Bien, darlo por sabido y adelante, echar a correr!» No, al parecer César quería darle vueltas a ese milagro, y meditarlo. Con lo cual la tarde corría de prisa y había que regresar a casa sin que Ignacio hubiera podido ver la mitad ni la cuarta parte de las cosas que se había propuesto.
– ¿Te parece lógico todo esto? -le decía Matías Alvear a Carmen Elgazu. Ésta contestaba:
– ¿Qué mal hay en ello? Ignacio está encerrado todo el año. Necesita expansionarse.
Carmen Elgazu no dudaba en absoluto respecto de Ignacio. Sabía que al llegar septiembre el muchacho le diría: «Madre, hay que preparar las camisas, los calzoncillos, los calcetines. Y que las iniciales sean visibles…» Por ello, cuando los veía regresar, les daba a uno y otro la merienda que se merecían y luego les decía, con la mayor naturalidad: «Sentaos, chicos, que hay carta de la abuela». Y en la manera de sentarse uno y otro para escuchar, Carmen Elgazu se convencía de que estaba en lo cierto. «Nada, nada -pensaba-. César parece más respetuoso porque es más tímido. Pero Ignacio oye todo sin pestañear.»
Y, no obstante, el tercer verano fue decisivo. Ignacio se contuvo más que nunca, disimuló, se mordía los labios y el alma, pero el balcón de la Rambla le atraía de una manera fatal. Y así como en las vacaciones anteriores contemplaba el ir y venir en abstracto, el de la vida discurriendo tranquila, los chicos que compraban mantecados, la gente que bailaba sardanas, al verano siguiente los ojos se le iban tras las parejas. Muchachos y muchachas mayores que él… unos y otras con brillante cabellera. Riéndose, cuchicheándose cosas al oído, de repente cogiéndose de la mano o del brazo.
¡Cogerse de la mano! Ignacio no sabía lo que era. Sólo había llevado de la mano a Pilar, algunas veces en que ésta le acompañaba a misa, cuando Carmen Elgazu le decía a la muchacha: «¡A ver si eres más devota, Pilar, que parece que en la iglesia te pinchan!», y otra vez le tomó de la mano César, en ocasión de aparecer en el cielo el arco iris. Pero su hermana era su hermana, y lo de César le resultó desagradable; en cambio, ir de la mano con una chica de quince, de catorce, de dieciséis…
Aquel pensamiento se le clavó en la mente como los auriculares de la galena se clavaban en las orejas de su padre. Y por más que hizo no consiguió arrancarlo. A veces se contemplaba su palma derecha, impecable, casta, que no había rozado nada que no fuera sagrado. Y notaba en ella un ligerísimo temblor, en las diminutas estrías de la piel, en la raya del corazón, en la de la cabeza y, sobre todo, en la de la vida. Sufría mucho por ello y se daba cuenta de que, aun sin mirarlas, había visto las carteleras de los cines. ¡Santos Dios! «Madre, hay que preparar las camisas, los calzoncillos, los calcetines.» «Vicario de pueblo, para ayudar a las niñas bizcas y a la gente que viaja en tercera.» A veces se despertaba sobresaltado. Le parecía tener ante sí el Padre Superior señalándole con el índice: «¡Alvear! ¿Por qué has tirado otra vez la pelota de trapo al otro lado de la tapia?»
Ignacio volvió al Seminario arrastrando los pies. Una docena de personas rezaba por su vocación, entre ellas César. Y, sin embargo, en cuanto la puerta se cerró tras él, se dijo: «No hay nada que hacer». Ya no se trataba del hambre, del horario absurdo, de los corredores sombríos. Ponía objeciones tremebundas, desarrolladas con la edad. ¿Por qué los profesores no le hablaban nunca de la pobreza, de la miseria que sufría el mundo, de la que había en Gerona, por el barrio de Pedret y la calle de la Barca? ¿Por qué aquella religión puramente defensiva? Tenía catorce años. Iba para quince. ¿Cómo entendérselas luego, cuando saliera sacerdote, con las personas que pecaban en el mundo, con los amigos de su padre que bromeaban al ver pasar la procesión, con los chicos que escamoteaban el dinero en sus casas para comprarse helados, con las parejas cuyas manos temblaban al enlazarse…? A Ignacio le parecía que las trescientas cabezas que se educaban allí acabarían siendo trescientas cabezas trágicas. Trágicas… ¡Era preciso salir de allí! De lo contrario, entre las trescientas cabezas se contaría la suya.
Combatió hasta que las imágenes entrevistas en el verano se acumularon de tal suerte en su cerebro que le mancharon. No supo cómo ocurrió, no acertó a explicárselo. Navidad se acercaba; la cúpula de Correos resplandecía al sol invernal. Todo el día estudió y jugó como un jabato para agotarse. De pronto, al toque de silencio, después de rezar las oraciones en la capilla, todos los seminaristas subieron en fila a los dormitorios, haciendo resbalar las manos a contrapelo en la barandilla de la escalera.
En silencio entró cada cual en su pequeña morada, corrió las blancas cortinas, se desnudó. Al cabo de diez minutos todas las camas habían crujido, incluyendo la suya. Oyéronse los pasos del ayo, la luz se apagó.
Entonces Ignacio, sin saber cómo, descubrió su cuerpo. Quedó inmóvil y aterrorizado. Le pareció que acababa de verter su última probabilidad. Lloró quedamente y hubiera jurado que oía el llanto de Carmen Elgazu. Y no obstante, una extraña dulzura invadía su cuerpo… ¡Qué misterio, Señor! Escuchó el silencio del dormitorio. Y al no oír una sola respiración fatigosa, una sola convulsión, entendió que todos los demás seminaristas dormían un sueño santo y se sintió culpable único.
Le aterró la pérdida de la gracia, la pérdida de la blancura de su mano. Bajo las sábanas, él y Dios. Le aterrorizaba la confesión del día siguiente, la noche sería interminable.
Al toque de la campana fue a los lavabos. Un seminarista le tiró, bromeando, agua en la cara. Él frotaba, frotaba sin cesar.
Luego, en la capilla, se arrodilló en el confesionario. El confesor era el padre Anselmo, hombre sin tacha.
– Padre, he pecado.
El confesor le escuchó. Luego le hizo preguntas. «No sé, padre, no sé…» El padre Anselmo le habló de la pérdida de la vocación, le preguntó si los muros del Seminario se le antojaban tristes. «Pues… un poco sí, padre…»
¡Natural! El pecado entristece los ojos del alma. Le habló de las pasiones, citó las palabras «estercolero» e «infierno». Le dijo: «Si no te dominas, estás perdido».
Ignacio asentía con la cabeza, presa de un sufrimiento inexplicable. Porque en lo íntimo de su ser pensaba que lo que él necesitaba eran armas para defenderse, y, sobre todo, consuelo. Sufría ya que, por esfuerzos que hiciera, no conseguía justificar la palabra estercolero, ni la palabra infierno le causó el horror esperado.
Por lo demás, ¿cómo era posible que estuviera perdido? Salió del confesionario hipando.
A las pocas semanas se proclamó la República. Matías Alvear se alegró lo indecible. Al parecer, se alegró Gerona entera. Una llama tricolor iluminaba las casas a derecha y a izquierda del río. En Telégrafos, un compañero de trabajo le dijo al padre del seminarista: «¡A ver si tu hijo, en vez de dar hostias, las recibe antes de tiempo!» Matías se quitó el lápiz de la oreja, sin contestarle como se merecía, porque pensó que es ley que en todo movimiento haya exaltados.
Carmen Elgazu también se alegró. Ella no entendía de política, pero uno de sus hermanos, que había sido croupier en el casino de San Sebastián, le escribió que aquélla era la gran ocasión que tenían los vascos para hacer prevalecer sus derechos.
Ignacio, al recibir la noticia, se conmovió. Las caras de los profesores reflejaban una miedosa expectación. La palabra república, oída desde el interior del Seminario, sonaba a algo nuevo, reformador. Ignacio suponía que de un momento a otro llegaría un delegado de la autoridad y diría: «¡A ver, los seminaristas pobres, un paso al frente!» Y que por lo menos los alimentarían con abundancia durante un mes y que luego instalarían calefacción, celdas individuales, pantallas.
Un chico le dijo:
– Sí, sí. Todo eso lo harán en las escuelas laicas, pero en el Seminario…
Y, sin embargo, a Ignacio la noticia le había alegrado sin saber por qué, acaso porque le constaba que su padre consideraría aquello un gran adelanto, lo mismo que toda la familia.
Y así era. En realidad, sólo una persona en el piso de la Rambla lamentó la venida del nuevo régimen: Pilar.
Para su mentalidad infantil las palabras rey y reina eran mágicas. Significaban fiestas, carrozas, coronas; por el contrario, las palabras «presidente de la República» dejaban su imaginación totalmente huera. Cuando se lo dijo a su padre, éste sonrió:
– No seas tonta. Cuando seas mayor comprenderás que lo bueno que tiene es precisamente éso, que el presidente de la República sea un hombre como los demás.
Pero Pilar se retorcía las trenzas inquieta.
Al mes exacto de la proclamación de la República, en mayo de 1931, estando Matías Alvear de servicio en la oficina, el aparato telegráfico a su cargo comunicó que en Madrid ardían iglesias y conventos, entre ellos el de los Padres jesuitas en la calle de la Flor. Inmediatamente pensó que su hermano Santiago habría figurado entre los asaltantes. Y en efecto, no erró.
A los pocos días el propio Santiago se jactaba de ello en una carta, en la que decía que ya era hora de acabar con tanto cuento. Luego añadía que su hijo José -que por entonces debía de rozar los veinte años- se había portado como un hombre.
La preocupación de Matías Alvear fue escamotear periódicos y cartas para que Carmen Elgazu no se enterara de aquello, y lo consiguió. En cambio, en el Seminario se filtró la noticia. Faltaba un mes para terminar el curso. Ignacio, pasado el primer estupor, reaccionó como su padre: «Unos cuantos exaltados, unos cuantos exaltados…»
César se enteró porque en los Hermanos de la Doctrina Cristiana no se hablaba de otra cosa. ¡Iglesias quemadas! El chico quedó hipnotizado. También pensó: «Quién sabe si mi primo de Madrid… Y mi tío…» Pero tampoco había visto la carta. Le pareció un deber desagraviar de algún modo a Dios. Al salir del Colegio tomó automáticamente la dirección de la Catedral. Y allá permaneció, solo y diminuto bajo la bóveda inmensa, hasta que el sacristán salió de un muro haciendo tintinear sus gruesas llaves.
El aspecto de la ciudad había cambiado. Carmen Elgazu regresó de la compra diciendo: «No sé qué les pasa. No pueden soportar que no hable en catalán». En todas partes se formaban corros, sobre todo en las esquinas y los puentes.
Matías Alvear había notado el cambio en la barbería donde acostumbraba a servirse. «¡Vamos a dar pal pelo a más de cuatro!», decían sin precisar. En el Neutral la radio tocaba todo el santo día La Marsellesa y el Himno de Riego. En los balcones de los partidos políticos que durante la Monarquía llevaban vida lánguida, el rótulo había sido barnizado de nuevo, y siempre se veían, bajo el asta de la bandera, dos o tres hombres fumando.
Aquel mes pasó de prisa e Ignacio se presentó a los exámenes finales. Su decisión estaba tomada, por lo que contestó a los profesores sin nerviosismo alguno. Ello le valió las mejores notas, que nunca había tenido. «¡Con lo contenta que estaría mi madre si esto fuera de veras!», pensaba. No había comunicado a nadie, ni siquiera al padre Anselmo, su proyecto. Siguió las costumbres del Seminario como si tal cosa. Escuchó los consejos para las vacaciones, subió a los dormitorios, preparó la maleta, se despidió afectuosamente de sus condiscípulos. Luego se fue a los lavabos y robó, como recuerdo, una bombilla.
Cruzó el umbral. ¡Gerona! Respiró. Bajó las escalinatas de Santo Domingo. Vio en los balcones las banderas y los hombres fumando. Subió al piso de su casa. Su madre había salido a la función de las Cuarenta Horas y el muchacho se alegró de ello. Prefería hablar primero con su padre a solas. Cuanto antes mejor. Ardía en deseos de hacer los proyectos de su nueva vida, orientarla en algún sentido concreto; pero temía la reacción de su madre. El disgusto que se llevaría sería tan grande, que la idea le anonadaba. Su padre era la única persona en el mundo que podía mitigar las cosas.
Había imaginado mil preámbulos. En el momento de la verdad dijo, simplemente:
– Padre, no quiero volver al Seminario.
Todo fue más fácil de lo que cabía esperar. Matías, que estaba pescando en el balcón, izó lentamente la caña. Luego dio media vuelta y miró a su hijo.
– No te preocupes. Ya lo esperaba.
Ignacio sintió un gran consuelo en su corazón. Quería dar un beso a su padre. Éste entró con lentitud en el comedor y dejó la caña en su rincón de siempre.
– Tu madre se llevará un gran disgusto.
– Ya lo sé.
Matías entró en la cocina a lavarse las manos.
– Vamos a ver si la consolamos.
La cosa se reveló difícil. Carmen Elgazu reaccionó más dramáticamente aún de lo que se había supuesto. Se lo comunicaron después de cenar, cuando Pilar ya se había acostado. Levantó los brazos y estalló en un extraño sollozo. Miró fijamente a Ignacio y estrujó el delantal. «Pero… ¿Por qué, por qué?» Ignacio optó por retirarse a su cuarto y Matías no sabía qué hacer. Fue preciso pasar la noche prácticamente en vela y al día siguiente llamar a mosén Alberto para que tratara de hacerla comprender. A Carmen Elgazu le parecía que, de pronto, se había convertido en una mujer estéril.
Ignacio pasó unos días en un estado de angustia increíble.
– Madre, ¿qué puedo hacer? No iba a seguir sin vocación, ¿verdad?
– Ya lo sé, hijo, ya lo sé. Pero me había hecho tantas ilusiones…
Pilar miraba a su hermano con el rabillo del ojo. Ella casi se alegraba. Nunca había imaginado a Ignacio sacerdote y cuando llevaba medias se mofaba de él. Ahora les había dicho a sus amigas del Colegio.
– ¿Sabéis? ¡Mi hermano no será cura!
Matías Alvear pasaba unos días que no se los deseaba a nadie, ni siquiera a don Agustín Santillana, contertulio antiliberal. Resoplaba buscando soluciones. ¡Era preciso consolar a su mujer! Su esperanza era César, pero éste no se decidía a hablar.
¡Diablo de chico! Todo el día dirigía miradas furtivas, cuando no se encerraba en su habitación como si escondiese un gran secreto.
Una noche Matías, harto de esperar, le llamó y le tiró de la oreja.
– Vamos a ver, pequeño -le dijo-. O yo no soy tu padre, o estás queriendo y no queriendo. ¿Verdad o no?
César se pasó la mano por el mechón de la frente. Miró a su padre con cara entre miedosa y esperanzada.
– ¿Qué quieres decir…?
– Pues…muy sencillo. ¿Quieres cantar misa tú, o no…?
César esbozó una sonrisa, que al pronto su padre no comprendió. Las facciones todavía indefinidas del chico le traicionaban. Finalmente, éste contestó:
– Habla con mosén Alberto.
¡Acabáramos! Matías Alvear se fue al Museo Diocesano, cuyo conservador era mosén Alberto. El sacerdote, impecablemente afeitado, le dijo que aquella visita le alegraba. En efecto, llevaba muchos días estudiando a César…
– Es un chico extraño. Es un alma sensible. El problema es delicado… Tanto más cuanto que creo que no está muy bien de salud.
Matías Alvear se impacientó.
– No es fuerte como Ignacio, desde luego. Pero… ¿tiene vocación o no la tiene?
Mosén Alberto tomó arranque para contestar:
– Señor Alvear, yo creo que su hijo tiene vocación de santo.
Matías soltó una imprecación. Que César era un santo, ¿quién mejor que su padre para saberlo? También era una santa Carmen Elgazu, y otro santo Ignacio, y todos. Todos eran santos.
– De acuerdo, de acuerdo. Pero yo lo que querría saber es eso: si tiene vocación para cura o no.
El reverendo, por fin, sentenció:
– Si en septiembre no le lleva usted al Seminario, el chico se muere.
¡Por los clavos de Cristo! Matías se desabrochó el botón del cuello. Tomó asiento. Habló largamente con el sacerdote, aun cuando consideraba a este hombre algo tortuoso. Y se enteró de muchas cosas. Supo que, en realidad, mosén Alberto no había tenido nunca confianza en Ignacio. El sacerdote hablaba del muchacho en tono reticente, como si le inspirara graves temores.
– ¿Quiere que le diga una cosa? -cortó Matías.
– Diga.
– Si fuera usted hombre casado, ya querría tener un hijo como Ignacio.
La conversación se dio por terminada. Y el resto, fue coser y cantar. Matías regresó a casa alegre como unas pascuas. Llamó a Ignacio y le comunicó:
– Me parece que tu madre va a llevarse una sorpresa.
Esperó unos días aún. Esperó a que César en persona le dijera: «Padre, de lo que me preguntó, sí», para llamar a su mujer, liar lentamente un cigarrillo y comunicarle la noticia.
– Ahí tienes. Ahí tienes el sustituto. -Y hallándose con las manos ocupadas, con el mentón señaló a César.
Carmen Elgazu comprendió en seguida, pues llevaba días notando algo raro; miradas como diciendo: «Sí, sí, sufre. Para lo que te va a durar».
Miró a César y el muchacho asintió con la cabeza.
– Madre, quiero ser el sustituto de Ignacio.
¡Hijo! Ya no cabía duda. Carmen Elgazu recibió la noticia en pleno pecho. De pie bajo el calendario de corcho, exclamó: «Me vais a matar a emociones». No sabía qué hacer. Le parecía que sus entrañas volvían a ser fecundas. De repente le asaltó una duda.
– ¿Lo has consultado ya con mosén Alberto?
César se disponía a contestar, pero Matías se le anticipó:
– ¡Sí, mujer, sí! Él mismo va a elegir el otro perchero.
Era preciso esperar hasta septiembre. César preparándose para el Seminario. Ignacio para emprender su nueva vida. Ignacio miraba a su hermano con agradecimiento, pues su madre volvía a ser dichosa.
En cuanto a él, era libre. ¡Libre! Lástima no poder disponer de la habitación entera. Tendría que continuar compartiéndola con César hasta septiembre.
Pero su vida cobraba ahora tal novedad que los pequeños obstáculos no contaban. El instante más solemne de su victoria lo vivió en la barbería, cuando al tomar asiento ante el espejo pidió una revista y ordenó, en tono grave: «Sólo patillas y cuello».
Matías Alvear entendía que personalmente había ganado con el cambio. Esperaba mucho de Ignacio, seglar. Tampoco creyó que la Iglesia española hubiera perdido nada: César valdría por dos. De Vasconia se recibió una carta quilométrica, llena de advertencias para el desertor y de parabienes para César. En Madrid, en cambio, parecieron tomarse todos aquellos manejos un poco a chacota.
Muy pronto, Ignacio empezó a experimentar una curiosa sensación. De repente, sus cuatro cursos del seminario le parecían una pesadilla vivida por otro ser; otras veces se presentaban a su memoria con relieve angustioso. En realidad era demasiado sensible para enterrar con tanta facilidad un mundo que fue el suyo. Otros muchos ex seminaristas lo hacían y pregonaban su prisa por vengarse de Dios. Ignacio, en realidad, no sabía. Por el momento sentía una infinita curiosidad.
Porque le ocurría que en los cuatro años había crecido: ya un ligero bozo apuntaba, negro, y se daba cuenta de que su formación intelectual, con ser incompleta, pues en el Seminario había muchas asignaturas importantes que no figuraban en el programa, era muy superior a sus conocimientos «de la vida». En realidad, Ignacio había estudiado unas materias básicas, que le daban cierto sedimento clásico. Se daba cuenta de ello al escuchar a Pilar y enterarse de las tonterías que explicaban las monjas. Y se daba cuenta incluso escuchando a su padre y a sus contertulios del Neutral. De modo que por este lado no había mucho que lamentar. Ahora bien, «de la vida…», nada. Enfrentado con la calle, con la sociedad, sabiendo que podía mirar a la gente cara a cara, leer los periódicos, fisgar las fachadas sin sensación de culpabilidad, se daba cuenta de que no entendía una palabra. De ahí sus ganas de saber. ¿Cómo era el mundo? ¿Por qué unos hombres tenían coche y otros no? ¿Por qué las parejas? ¿Era bueno o malo que el presidente de la República fuera un hombre como los demás?
Se daba cuenta de que no conocía ni su propia habitación. Hasta entonces siempre la había ocupado como algo provisional; ahora sabía que podía arreglarla a su modo, por lo menos la parte de ella que le correspondía, y dos estanterías de armario que Carmen Elgazu le destinó. ¡Pronto pondría allí libros suyos!
Luego, tampoco conocía absolutamente nada de la ciudad. A veces creía que conocía mejor Málaga, como si los ojos de un niño captaran mejor que los ojos de un seminarista. La ciudad… Aquello le atraía de manera irresistible. Conocer Gerona. A veces pensaba: «Debería buscarme un amigo». Pero no. Mejor solo. Salir de madrugada, o hacia el atardecer, y recorrer calles y mirar. Placer de mirar. Analizándolo bien, casi no conocía sino la parte antigua, la del Seminario y edificios nobles, pero de todo el barrio moderno, el ensanche, y los campos que venían luego, nada. Y tampoco de la parte del Oñar, remontándolo hacia el cementerio, y menos aún del barrio de los pobres, del misterioso barrio que empezaba a los pies del campanario de San Félix y se extendía luego, en casas que parecían de barro.
Allí le llevaba su corazón, hacia la calle de la Barca, Pedret. Aquella aglomeración de edificios húmedos, de balcones con ropa blanca y negra puesta a secar, con gitanos, seres amontonados, mujeres de mala nota.
Empezó por el barrio moderno. No le satisfizo en absoluto. Le decía a su padre: «Pero esto ¿qué es?» Matías le contestaba: «Cubista. ¿Te parece poco?» A Ignacio se le antojaba que la alegría era allí artificial, aunque las tiendas estaban llenas de cosas dignas de ser compradas, no se podía negar.
Luego remontó el río y llegó hasta un pequeño montículo que llamaban Montilivi -monte del Olivo-. Desde la cima descubrió un panorama menos grandioso que el que se divisaba desde Montjuich o el Calvario, pero entrañable. Un pequeño valle, la Crehueta, verde, cuadriculado, por cuyo centro pasaba el tren chillando y despertando la vida. Luego empezaba el bosque, los árboles trepando hasta la ermita de los Ángeles, lugar de peregrinación.
¡Cuántas cosas se veían, cuántos árboles, trenes, personas! ¡Qué dilatado horizonte! Siguiendo la carretera, llegaría al mar. Todo era un poco suyo. Grabó su nombre en una piedra.
Se tendía boca arriba para mirar. Pero luego volvía a mirar el valle porque le parecía más a su medida. «¿Por qué la gente de Gerona no subía a Montilivi a respirar?»
Sin darse cuenta retardaba el momento de irse al barrio pobre. Le atraía, pero le inspiraba temor. Le parecía que descubriría allí algo importantísimo, que tal vez fuera definitivo para él. Cuando su padre decía: «Chico, no sé cómo vamos a hacer para llegar a fin de mes», su expresión era sombría, y, sin embargo, en su casa había un mínimo asegurado; en cambio, bajo el puente del ferrocarril…
Un día tomó la decisión. Y entró en la calle de la Barca. Y la impresión que recibió fue profunda. No le impresionaron ni la basura ni el color de las fachadas ni los perros famélicos: le impresionaron los ojos. Éste fue su gran descubrimiento: que en el fondo de una mirada humana pudiera concentrarse todo el rencor, toda la tristeza y todos los colores sombríos de su mundo circundante.
Aquello no era cubista ni el horizonte era dilatado. Era una calle estrecha y otra y otra de empedrado desigual. Con tabernas llenas de peones ferroviarios, de traperos, de vagabundos. Con escaleras oscuras, con mujeres sentadas en la acera comiendo tomates y sandías y bebiendo en porrón.
Ignacio se exaltó lo indecible. Atardecía. «¡Eh, cuidado, chaval!» Y echaban un cubo de agua.
Se paraba en las esquinas. Afectando indiferencia, estudiaba los rostros. Hombres de boina torcida, hembras de moño loco. Los viejos tenían cierto aire de paralíticos, y eran como espejos del futuro. Los niños jugaban… ¡con pelotas de trapo!
Los nombres de los bares y tabernas eran significativos. Bar «El Cocodrilo», taberna del Gordo, del Tinto. Ningún parangón con los nombres de la parte céntrica: café Neutral, La Alianza, La Concordia. Para no hablar del Casino de los señores…
Vio que se armaba un altercado. Hizo como si se abrochara los zapatos para oír el diálogo.
– Tú lo que eres, un hijo de p…
– Y tú, ídem.
– Me dan ganas de preguntarte si eres hombre.
– Pregúntaselo al obispo.
– Eso tú, que te tuteas con él.
– Anda y que te emplumen.
Ignacio se irguió y echó a andar. Aquel léxico le reveló la ira de los corazones. Corazones como los de la gente que mondaba naranjas en el tren. Ignacio sabía que muchos de aquellos hombres habían llegado de provincias misérrimas, casi todas del Sur, y de Albacete, de Murcia, en busca del pan cotidiano. Ahora vivían allí, poniendo a secar ropa blanca y negra y comiendo sardinas en la acera. Ignacio fue a la calle de la Barca y pasó bajo el puente del ferrocarril muchas tardes. Y poco a poco le parecía que iba conociendo nuevos detalles de aquella humanidad. Le pareció que muchos de ellos, a pesar de su miseria y de la exaltación que les producían los periódicos, no podían sustraerse a una innata y racial alegría. Con frecuencia bastaba que apareciera un organillo para que se formara un corro y sonasen las palmas. Nunca faltaba el profesional de la ira, el más letrado, más hablador o más chulo, que permanecía recostado en un farol, con bufanda de seda, fulminando con la mirada a los que se reían.
Las mujeres eran más vulgares que los hombres, porque utilizaban menos que éstos los ojos para increparse, armar jolgorios u odiar. En seguida chillaban. Gritos, gritos y arañazos y moño loco. Tal vez porque las faenas más tristes y puercas les tocaban más de cerca. Los hombres tenían, algunos de ellos, una misteriosa serenidad. Como si meditaran algo muy hondo, muy hondo. Entre eructos y blasfemias intercalaban refranes muy ajustados e imágenes sorprendentemente poéticas. Las mujeres de mala nota utilizaban los ojos para atraer clientes.
Ignacio regresaba a su casa con vértigo, víctima de sentimientos opuestos. Con frecuencia quería engañarse a sí mismo y adoptaba aires de venir de quién sabe de dónde y de estar estudiando los más delicados problemas sociales. En estos casos se sentaba a la mesa con cara reflexiva, silencioso, o mirando afuera distraídamente. Matías Alvear, que conocía sus correrías, le espiaba divertido y Pilar le señalaba a la atención de César por medio de codazos.
Las reacciones de César eran muy distintas. Desde que su ingreso en el Seminario había quedado decidido, había renunciado voluntariamente a la libertad de mirar y recorrer calles. César tenía trece años y en los Hermanos de la Doctrina Cristiana había recibido una excelente educación. Nunca le interesaron ni las matemáticas, ni jugar al fútbol, ni estudiar francés. A pesar de sus esfuerzos, estaba lejos de ser el primero de la clase. Sin embargo, el Hermano Director había dicho a Matías: «Es el chico más educado del colegio».
Matías suponía que a los eclesiásticos les bastaba que alguien fuera piadoso para considerarle educado. No obstante, tal vez en el caso de César fuera cierto. Ahora, desde que su lucha interior, iniciada el mismo día en que Ignacio había entrado en el Seminario, había cedido, no hacía otra cosa que medir sus gestos, que pensar en su vocación. Comprendía que sus antiguos deseos de entrar en un templo y permanecer en él, que su alegría inexpresable al ver que el campanero de la Catedral era izado triunfalmente por las cuerdas al tocar a gloria, no fueron sino un preludio. Así, pues, el milagro era ya suyo y se detendría en él toda la vida. Por de pronto, no iba más que al Museo Diocesano o a la iglesia, y regresaba a leer o a hablar con su madre. De vez en cuando hacía una visita al Hermano Director, a sus profesores o al Hermano Alfredo, sacristán, que siempre le daba regaliz, que él traspasaba luego a Pilar.
Sólo se olvidaba de sí mismo y de su vocación para pensar en los demás, especialmente en Ignacio. Porque le parecía que éste, con quererle mucho, sentía cierto resquemor hacia él. No siempre, claro está. Lo que ocurría era que el humor de Ignacio era muy variable. Debía de sentirse aún un poco desplazado.
También le parecía que su padre tenía a Ignacio en mayor estima. Entonces pensó: «Yo debo de ser terriblemente antipático». Se preguntaba si sería por las orejas. Sus enormes orejas y sus grandes pies, que le daban al andar un aire un tanto desmazalado. Ello le planteó varios problemas. Su deseo hubiera sido pelarse al rape en seguida, pues le hubiera parecido que, en cierto modo, «recibía las primeras órdenes». Pero comprendía que, con la cabeza al rape, sus orejas aumentarían aún de tamaño. El segundo problema era que su padre le intimidaba. ¿Cómo hablar con él de lo que sentía, de las cosas que le ocurrían?
Por ejemplo, no sabía si confesarle o no que todos los días hacía una visita al cementerio. Temía que su padre considerara aquello enfermizo, pero tampoco quería engañarle. Así que se lo dijo. Matías Alvear se quitó los auriculares de la radio y miró a su hijo como se mira a un loco. «Pero…», y no acertó a continuar. Luego se pasó la mano por la cabeza y gritó: «¡Carmen!» Carmen Elgazu acudió y sonriendo se puso de parte de César. Entonces el padre perdió los estribos y, dirigiéndose al rincón del comedor, cogió la caña de pescar.
El cementerio, que había descubierto Ignacio a los pies de Montilivi, en un recodo de la carretera que venía de la costa, ocupaba la vertiente sur de la montaña de las Pedreras, prolongación de la de Montjuich. A César le gustaba porque en aquella montaña estaban las canteras de piedra con la que se habían construido la Catedral, los puentes y todos los monumentos de la población, así como las tumbas y los panteones del cementerio.
Lo cierto es que César entraba en el recinto de los muertos pisando levemente. Su padre hubiera errado creyéndole morboso; era la suya una actitud familiar hacia la muerte; simplemente se sentía rodeado de hermanos. Contemplaba las cruces del suelo sin que le parecieran puñales. De las fotografías de los nichos le impresionaban especialmente los hombres que aparecían con uniforme de la guerra de África, y un niño que había en un rincón con marinera blanca, sosteniendo un pato de celuloide. César iba allá para rezar, y así lo hacía. Al entrar, el cementerio parecía enorme. Visto desde las Pedreras era un rectángulo diminuto, que daba ideas de la raquitiquez de los esqueletos por más que intenten agruparse.
Aquél era el problema. Matías Alvear juzgaba que Ignacio picaba más alto; a su entender, César se entretenía en minucias. Carmen Elgazu lo veía de otro modo: «Déjale, déjale, él obedece a mosén Alberto y bien está que lo haga».
Un detalle había que resolver: lo del Seminario. Cuando Ignacio comprendió que la intención de sus padres era llevar a César a la Sagrada Familia, ocupando su puesto, reaccionó en forma que los dejó perplejos a todos.
– ¿César allí? Se moriría.
Carmen Elgazu le interrogó con abrumadora severidad. Entonces Ignacio, que siempre les había ocultado lo que ocurría en el interior del edificio, les explicó. Habló del régimen alimenticio, de la humedad, del frío. «Yo he aprendido a declinar tiritando.»
– ¿Tan mal estabas?
– La verdad… César no lo soportaría.
Matías se mordió los labios. Algo había barruntado la primera vez que visitó a Ignacio. Ahora comprendía que éste tenía razón. César no era fuerte. Nada concreto, pero no era fuerte. Varias veces le habían sorprendido apoyándose con la mano en la pared. El médico les había dicho: «Sobre todo, cuidado con la humedad». Por eso en el piso le habían destinado la habitación que daba a la Rambla, no la que daba al río.
César había escuchado a Ignacio estupefacto. «¡Hambre, frío!» ¿Era posible sentir hambre y frío en el Seminario?
Carmen Elgazu dijo:
– Todo esto es una locura. Hay que consultar con mosén Alberto Mosén Alberto, por una vez, dio la razón a Ignacio.
– Sí, la Sagrada Familia es algo duro.
Carmen Elgazu exclamó:
– ¿Qué hacer, pues?
Mosén Alberto reflexionó un instante.
– Podría ir al Collell.
¡El Collell! Ignacio puso una objeción.
– En el Collell hay que pagar.
Mosén Alberto dijo:
– Sí, pero está entre montañas, se puede decir que son los Pirineos.
Matías dijo que pagar una pensión crecida le era imposible. Ignacio añadió:
– ¡Pues no es poco! Es un internado de ricos. Casi todos estudian comercio.
Mosén Alberto le dejó hablar. Luego intervino:
– Si he hablado de Collell, por algo será -dijo-. El Collell es un internado de ricos, de acuerdo. Pero… hay quince plazas gratis destinadas a seminaristas. Claro, que los seminaristas son los que se encargan de los trabajos cotidianos: de barrer, cortar el pan, hacer las camas, etcétera…
Matías Alvear cortó:
– Para hablar en plata, los criados.
Mosén Alberto levantó los hombros.
– ¡Bueno! Es un poco teórico. Yo no los iba a engañar. El trabajo es escaso -hay muchas monjas- y están bien tratados. Los profesores son muy competentes; nutrición, la que quieran. ¡Y el aire! En fin, les aconsejo que vayan a ver.
A Carmen Elgazu la palabra criado la había levantado en vilo. Pero tenía confianza ciega en mosén Alberto.
– Matías, no perdemos nada. Vamos a ver.
El viaje de Matías, Carmen Elgazu y César a Nuestra Señora del Collell fue un acontecimiento. Tomaron el autobús de línea, destartalado. La comarca era espléndida y pronto todo aquello adquirió un tono de inefable intimidad. A cada curva de la carretera esperaban mujeres con cestos, un hombre con el correo, o simplemente la novia de un soldado con un paquete.
El conductor frenaba el carromato, se apeaba y no sólo los atendía a todos, sino que se sentaba un rato en la cuneta a platicar con uno y otro, liando un cigarrillo.
Matías, que se había tomado todo el día de vacaciones, no tenía prisa. Por ello gozaba de lo lindo, especialmente al oír en el techo del vehículo el bailoteo de los que se habían instalado arriba y que armaban un jaleo de mil demonios. Cualquier incidente bastaba para que todos los viajeros estallaran en una risotada. Un neumático que hubiera reventado, y la gente habría alcanzado el límite de la felicidad. A Matías todo aquello le recordó ciertos aspectos del espíritu madrileño.
En Bañolas hubo trasbordo. Otro autobús, éste de color azul. A la salida del pueblo apareció el lago, de indescriptible serenidad matinal. A César se le antojaba que entraban en un paraíso.
Luego empezaba la cuesta. El paisaje iba adquiriendo gravedad, entre colinas de un verde profundo y bosquecillos de salvaje aspecto. El Collell surgió inesperadamente, sobre un promontorio, con esa fuerza telúrica de los monasterios erigidos lejos de la civilización.
El Colegio estaba casi deshabitado; el curso tardaría todavía tres semanas en empezar. Todo les gustó. La naturaleza circundante, la dignidad del edificio, la campechanía del Director, el aspecto diligente de las monjas de la enfermería. El trato quedó cerrado, y fueron advertidos de que a los seminaristas allí se los llamaba «fámulos».
César hubiera querido quedarse. Le encantó su celda, en el último piso, con un reclinatorio que parecía hecho a su medida. El Director pareció acogerle con simpatía. Le dio un golpecito en la espalda y dijo:
– Aquí no es como en la Sagrada Familia, muchacho. ¿Ves allá abajo? -señaló un terreno llano, a unos quinientos metros-. Ahora construiremos otra pista de tenis.
Regresaron a Gerona, contentos. Sobre todo, César y Carmen Elgazu. Ésta, mecida por el traqueteo del autobús, por un momento imaginó a su hijo con sotana y una raqueta en la mano, luego rechazó el pensamiento por frívolo y se entretuvo recordando lo amable que había estado el Director con ellos. También pensaba: «A lo mejor Ignacio perdió la vocación por éso, porque no se nos ocurrió traerlo aquí».
Sólo una sombra se cernía sobre los resultados del viaje. Matías no quería hablar de ello con su mujer, porque veía que ésta no mencionaba nunca el tema: el Gobierno de la República había anunciado una serie de proyectos que implicaban el laicismo en la enseñanza, la secularización de los cementerios y la separación de la Iglesia y el Estado. Azaña había dicho: «España ha dejado de ser católica». Matías se preciaba de conocer a sus compatriotas y suponía que el porvenir de los seminaristas, aunque los llamaran «fámulos», no se presentaba demasiado brillante.
Los gobernantes de la República parecían decididos a complicarle la vida a César, pero a mejorarla, en cambio, a millones de españoles.
Por de pronto, orden draconiana para el cultivo de tierras improductivas: ello proporcionaría trabajo a setenta mil obreros en paro, especialmente en Andalucía. Luego reglamentación del Trabajo, que buena falta hacía. Seguro de vejez, reducción del cuadro de oficiales del ejército, que descendería de veinticinco mil a nueve mil, y la creación de siete mil escuelas en el territorio nacional.
– Blanca doble.
– ¡Paso!
Un camarero se acercó a la mesa:
– ¿No podrían ustedes hablar en catalán?
Matías se quedó perplejo. Aquel asunto se estaba convirtiendo en un verdadero problema, que a él y a muchos como él les impedía saborear a gusto las órdenes draconianas. Con la proclamación de la República catalana los ánimos se habían exaltado hasta tal punto que ser manchego, andaluz o castellano iba suponiendo en Gerona, incluso para jugar al dominó en el Neutral, un auténtico problema.
El hombre no comprendía aquella situación. Le parecía grotesco que la gente se arrodillara al oír tocar la Santa Espina. ¡Y lo más grave era que su propia mujer acababa de recibir de Bilbao una boina de tamaño cinco veces superior al diámetro de su cráneo! ¡Ella, que nunca había leído el periódico, ahora esperaba los del Norte con impaciencia y nunca llegaba al final de la página sin soltar un «¡ene!», que le ponía a uno carne de gallina!
Y el problema no era sólo catalán y vasco. Navarra elaboraba también su estatuto. Galicia seguía el ejemplo, Aragón, Valencia, Extremadura, Baleares y Canarias. ¡Incluso Cádiz se disponía a pedir estatus de ciudad libre!
– Dentro de un mes -dijo Matías-, un telegrama dirigido desde el centro de Madrid a la Moncloa o Chamberí pagará tarifa del «Extranjero».
Toda la peña se echó a reír. Julio García, el policía, también madrileño, se pasó la boquilla de un extremo a otro de los labios. El empleado de Hacienda, don Agustín Santillana, se quitó las gafas, las limpió y volvió a ponérselas. El tercer jugador era un desconocido, que hablaba con acento aragonés.
Julio García era amigo de la infancia de Matías Alvear, aunque un poco más joven. Era hombre con cara de pequeño crimen pasional, pero que con aquel gesto de la boquilla inspiraba súbitamente cierto respeto. Moreno, frente ligeramente abombada, daba la impresión de tener gran confianza en sí mismo. Había entrado en la policía al regresar del servicio militar y se decía que en la Dirección General de Seguridad había obtenido éxitos espectaculares. Habitualmente hablaba en tono un tanto irónico, y, en ocasiones, de repente se callaba, evidentemente dispuesto a no añadir una palabra más.
Carmen Elgazu le tenía por hipócrita, pero Matías se ponía siempre de su parte, alegando que la vida a veces obliga a defenderse.
A César nunca le hizo el menor caso; en cambio demostraba un gran interés por Ignacio. Se alegró enormemente de que el muchacho dejara la carrera sacerdotal. Julio había recibido una educación religiosa parecida a la de Matías Alvear, con la diferencia de que se casó con una mujer muy distinta de Carmen Elgazu. Vivían en un piso espléndido, cerca de la Plaza del Ayuntamiento. Don Agustín Santillana no comprendía cómo podía sostener aquel tren y Carmen Elgazu veía en ello algo misterioso; Matías estaba convencido de que Julio había heredado algún dinero, y que no tener hijos permite muchas cosas.
Lo cierto era que el policía resolvía siempre las situaciones con sutil precisión psicológica. El problema de la hostilidad catalana no le afectaba, por madrileño que fuera. Su actitud había sido radical: dárselas de más catalanista que los propios catalanes. En la Rambla bailaba sardanas hasta quedar exhausto y pronunciaba el nombre de Maciá en tono de visible emoción.
Fue con Julio García con quien consultó Matías Alvear el último problema que quedaba pendiente: el porvenir de Ignacio.
– Hay dos cosas -dijo Matías-. El muchacho quiere estudiar una carrera; por lo tanto, tiene que empezar el Bachillerato. Ahora bien -añadió-, yo necesito que trabaje. Hay que buscarle un empleo y que estudie en una academia nocturna.
Julio contestó:
– Casi toda la gente que ha llegado a ser algo lo ha hecho así.
Matías continuó:
– Yo conozco aquí poca gente. Tendrás que echarme una mano. Me refiero a lo del empleo.
Julio se ladeó el sombrero y se echó para atrás en la silla.
– Nada fácil.
– ¿Por qué?
– Nada fácil no siendo catalán.
Matías replicó:
– Ignacio lo habla perfectamente.
Julio dijo:
– Lo habla, pero no perfectamente. Y, además, no lo escribe.
Matías hizo un signo meditativo con la cabeza.
– ¿Por lo tanto…?
– Por lo tanto… no habrá otro remedio que emplearle en un Banco.
Matías le tendió el librillo de papel de fumar.
– ¿Te parece… que hay probabilidad?
– Lo intentaré.
Un Banco. Un Banco no estaba mal. Matías entendía que era un centro de experiencia.
– Tiene un inconveniente -explicó Julio-. Se cobra poco. Sobre todo, al empezar. Pero… ya sabes que se cobra poco en todas partes.
Matías respondió:
– La cuestión es que nos ayude en algo.
Permanecieron un rato callados, fumando.
– Y… ¿por qué crees que hay una probabilidad?
– Pues… porque conozco a varios directores.
Julio añadió:
– Especialmente uno, el del Banco Arús.
– ¿Banco Arús, Banco Arús…?
– Sí. Esa Banca de la calle Ciudadanos. Poco espectacular…pero sólida.
Matías asintió con la cabeza.
– Bien, bien. Lo dejo en tus manos.
Luego el policía le preguntó por el bachillerato.
– ¿No crees que los cuatro cursos del Seminario podrían valerle?
Matías contestó:
– Pues claro. Mosén Alberto ha ido al Instituto. Le examinarán el día quince, de tres cursos a la vez.
Julio preguntó:
– ¿Quién es mosén Alberto?
– El conservador del Museo. Del Museo Diocesano, se entiende. Un cura importante.
Julio sonrió.
La entrevista había sido positiva. Matías sólo tenía una duda: no sabía cómo sería acogido en casa lo del Banco. Carmen Elgazu más bien había pensado en un empleo particular, en el despacho de un notario, de un corredor de fincas…
Tuvo suerte. La noticia fue bien recibida. Su mujer exclamó: «¡Un Banco! Buena cosa. Segura, por lo menos». Luego añadió, sonriendo, y recordando varias quiebras célebres en Bilbao: «Si los directores no son unos granujas, naturalmente». Por su parte, Pilar palmoteo. «¡Ole, ole, un Banco!» Le pareció que Ignacio iba a ser rico, que pronto iban a ser ricos todos.
Matías decía:
– No os hagáis ilusiones. Julio ha dicho que lo intentará.
Ignacio lo daba por hecho, y también se alegraba de ello. Lo daba por hecho porque tenía en Julio tanta confianza como Carmen Elgazu en mosén Alberto; y se alegraba porque… podría ayudar a sus padres. ¡Pues no era poco regresar a fin de mes con un sobre y decir: «Tomad. Ésto lo gané yo»! O simplemente: «Tomad». Por lo menos podría pagarse los estudios, los libros y la academia nocturna. Por lo demás, un Banco le parecía una especie de laboratorio secreto de la Economía, donde se provocaba por medios científicos la felicidad o la bancarrota de muchas familias.
La confianza que Ignacio le tenía a Julio provenía de un hecho simple: del respeto que le inspiraba la profesión de policía. Suponía que los policías con sus ficheros y olfato debían de estar enterados de terribles secretos individuales; para no hablar de los misterios de la ciudad y aun de la nación. Estaba seguro de que el director del Banco Arús no podría negarle nada a Julio, so pena de verse apabullado por un sinnúmero de acusaciones oficiales, que le llevarían a la cárcel.
Por otra parte, Julio, personalmente, le causaba enorme impresión. Ignacio correspondía al afecto que el policía le profesaba. Especialmente desde que colgó los hábitos charlaba mucho con él, cuando Julio subía al piso a hacerles una visita y le decía a Carmen Elgazu: «Doña Carmen, ¿un cafetito de aquellos que usted sabe…?» Incluso un par de veces fue el chico a casa de Julio invitado, a oír discos y a ver la biblioteca. Julio le ofreció, recorriendo los lomos como si fueran las teclas de un piano: «Lo que te interese de aquí, ya lo sabes».
Ignacio veía en el policía alguien muy a propósito para satisfacer su curiosidad. Julio era muy culto, mucho más desde luego que su padre. Con una experiencia de la vida más… compleja y mundana. Siempre empleaba la palabra «Europa» y hablaba sobre muchas cosas con la misma autoridad con que en el Seminario el catedrático de Historia hablaba de los cartagineses. Muchas veces le decía: «Eso de que la parte moderna de Gerona no te gusta… cuidado, ¿sabes? Naturalmente hay arquitectos malos, y por otra parte aquí copiamos de Alemania y demás. Pero no olvides esto: «arquitectura funcional». Es curioso que un hombre que haya aprendido a declinar, tiritando, en un edificio «de los antiguos» se horrorice porque vea grandes ventanales, aceras limpias y calefacción. Al fin y al cabo, te marchaste del Seminario asqueado, ¿no es éso? -Le ponía un disco de flamenco-. Ya verás, ya verás que la República te irá enseñando muchas cosas».
Éso era lo que Ignacio había pensado: «que la República traería calefacción». Claro que él no lo había enlazado con el resto. Lo evidente era éso: que Julio sabía muchas cosas. Por ejemplo, de política sabía más que su padre, a pesar de que Matías Alvear se leyera de cabo a rabo La Vanguardia, artículos de fondo y sesiones del Parlamento, sonriera como un bendito al leer: «Risas en la sala» y se moviera inquieto en la silla al leer: «Tumulto en los escaños». Julio sabía no sólo lo que ocurría sino por qué. Por algo era policía, y además hombre culto. El día que Ignacio quisiera saber con exactitud qué diferencias existían entre radicales, socialistas, radicales socialistas, etc., no tendría más que acudir a Julio. Claro que de eso su padre también debía de saber lo suyo.
En todo caso, no le sorprendió en absoluto que, apenas transcurridas cuarenta y ocho horas de la conversación en el Neutral, Julio subiera y, después de pedir el cafetito a Carmen Elgazu, les comunicara que el director del Banco Anís estaría encantado de conocer al muchacho.
– ¿De veras? -preguntó Matías.
– En realidad, podrá empezar el primero de octubre. Cualquier día le hacéis la visita de cortesía. En fin, que vea la cara que tiene.
Fue desde luego una gran alegría para todos y Carmen Elgazu se preguntó una vez más: «¿Cómo se las arregla ese hombre para tener tanta influencia?» A decir verdad, Julio le daba un poco de miedo. No comprendía por qué se le había despertado aquel interés por Ignacio, dada la diferencia de edad. «En cuanto Ignacio se traiga algún libro suyo -se dijo-, llamo a mosén Alberto. Estoy segura de que será materia prohibida.»
Ignacio, por el contrario, se entregó sin reservas. La seguridad del empleo, la seguridad de poderse pagar las matrículas del bachillerato, la bruma en que iba quedando envuelto el Seminario y la paz de su familia hicieron de él un hombre virtualmente feliz. ¡Los tres cursos de bachillerato los aprobaría en mayo, sin dificultad! Tenía todo el invierno por delante.
Los días que faltaban para llegar al primero de octubre los empleó en éso, en ser feliz. En ser feliz, en hacer rabiar a Pilar porque mojaba las plumillas con la lengua antes de estrenarlas, en ir a la calle de la Barca y en leer. Todavía no había osado pedirle libros a Julio, pero la Biblioteca Municipal, situada en la misma Rambla, estaba abierta y llena de estudiantes con un sentido del humor que, pensando en los ayos del Seminario, le oxigenaban el pecho. También seguía allí con el dedo los títulos de los libros imitando el ademán del policía. Era incapaz de leer nada completo. Husmeaba aquí y allá. Los rusos, el Quijote, Dante. También consultaba en el Diccionario Espasa palabras que le inquietaban; aunque muchas veces los tomos necesarios habían sido requisados antes de su llegada y veía cuatro cabezas de estudiantes concentradas sobre una página.
De repente, en medio de un párrafo cualquiera, encontraba una frase que le penetraba como una bala. Así le ocurrió con un libro de Unamuno. Refiriéndose a las personas sin ímpetu ni curiosidad leyó: «caracoles humanos». ¡Caracoles humanos! Era cierto. El Seminario estaba lleno de caracoles humanos. Debía de estar lleno de ellos el mundo. Los Julio García y los Matías Alvear no abundaban como sería menester. ¿Cuántos caracoles humanos habría en Gerona? ¿Cuántos en el Banco Arús…?
En la cima de Montilivi, sintiendo el azote del viento, se decía luego que por el hecho de ser caracoles los hombres no eran despreciables ni mucho menos. Tal vez tuvieran que ser doblemente amados por éso. Recordaba unas palabras de Carmen Elgazu: «No digas tonterías, hijo. Todos somos hijos de Dios».
De todos modos, su felicidad era tan grande que no podía compartirla con nadie, excepción hecha de su padre. Cuando se cansaba de estar solo, le buscaba donde fuera: en el balcón, en el Neutral y aun en Telégrafos. Varias veces se había presentado en Telégrafos, con cualquier pretexto, y al ver a Matías Alvear con bata gris, el paquete de la merienda sobre la mesa, captando misteriosos mensajes, sentado ante una máquina incomprensible, experimentaba una auténtica emoción. Porque pensaba que con aquel aparato su padre ganaba el sustento de todos, los había educado a él, a César y a Pilar. «Ta-ta-ta», «ta-ta-ta.» Había algo muy noble en el acto de intercambiar esfuerzo y sustento. Por lo demás, Matías Alvear no perdía su ironía mientras vigilaba el aparato, por lo menos estando él allá, y se veía que los demás funcionarios le querían mucho. «Ya lo ves, hijo. Comunicando horarios de llegada, y si la cigüeña ha traído chico o chica.» Ignacio le preguntaba: «¿No podrías comunicar con el tío de Burgos y decirle que estoy aquí?» Matías se reía. «Hay que pasar por Barcelona, ¿comprendes? Y además… hoy no es Navidad.» Con gusto hubiera leído Ignacio todo el montón de telegramas de la mesa. «Léelos, léelos. De vez en cuando se aprende algo.» Ignacio los leía. «Es verdad -decía-. ¡Cuántas cosas pasan, cuántos problemas hay!»
Quedaba demostrado que el director de Nuestra Señora del Collell era un hombre irónico. Cuando, en presencia de Matías Alvear y Carmen Elgazu, le dijo a César que aquel año se iba a construir una pista de tenis, no se refirió a que César podría jugar al tenis, sino a que en aquel curso los «fámulos», además de sus trabajos habituales, tendrían éste suplementario: construir dicha pista.
La verdad era que mosén Alberto había pecado de optimista, o tal vez las cosas hubieran cambiado desde que él estuvo allá. Los «fámulos» trabajaban de lo lindo. El director estaba convencido de que la cifra de trece bastaba para servir holgadamente a ciento veinte estudiantes de pago. Este cálculo era erróneo si se tenía en cuenta que las monjas sólo cuidaban de la enfermería, la cocina y el lavado de ropa. Todo lo demás cortar leña y cortar pan, poner la mesa y servirla, barrer el monstruoso edificio, reparar grifos, matar ratas y hasta quitar el polvo al esqueleto de la clase de Historia Natural, todo iba a cargo de esos trece, el más pequeño y enclenque de los cuales aquel año resultaba ser César Alvear.
El aire era realmente sano, y la comida abundante; pero apenas si les quedaba tiempo para estudiar. En cuanto a los catedráticos, siempre mostraban con los «fámulos» una prisa exagerada.
De los trece había diez que eran de la comarca, surgidos de los bosquecillos salvajes por los que el coche de línea cruzó. Ésos lo resistían todo con facilidad pasmosa y hubieran allanado no una pista de tenis, sino un campo de fútbol; para César y otros dos chiquillos de la ciudad, la cosa resultaba más seria.
Estos dos chiquillos fueron retirados por sus padres a primeros de noviembre, con gran escándalo por parte de las monjas. César, en cambio, se sentía dichoso y así se lo escribía a los suyos y a mosén Alberto.
En realidad, la jornada empezaba para él muy temprano: diana a las cinco y media, capilla a las seis. Desayuno y ayudar a misa hasta las nueve, mientras otros despachaban el comedor y encendían las estufas. A las nueve, primer piso. Cuarenta celdas a su cargo. Cuarenta camas que hacer, cuarenta veces la escoba. Y puesto que los estudiantes durante la noche quedaban incomunicados sin poder siquiera ir a los waters, César a la mañana siguiente tenía que llevar consigo, además de la escoba, un cubo de asa muy alta. Cubo que a lo largo del pasillo iba pesando cada vez más.
Lo cierto es que César llegó a conocer las cuarenta celdas mucho mejor que la suya propia. Y a través de ellas, a los cuarenta internos. Cada una llevaba un sello personal, sin razón aparente, pues estaba prohibido pegar nada en las paredes. Especialmente las camas revelaban mil tendencias. De algunos internos se hubiera dicho que no la rozaban; de otros que se peleaban con ella. Muchos vaciaban con cómica exactitud su silueta en el centro del colchón, a un lado, en diagonal. Uno muy joven, pelirrojo, retorcía siempre la almohada como un pingajo. Había noches extrañas, en que los sueños dejaban por doquier humanos documentos.
A las once, clase hasta mediodía. A las doce, almuerzo; a las doce y media, lectura en el gran comedor. Le habían elegido… porque su voz era dulce. Después de comer le situaban ante una enorme cuchilla con la que debía cortar doscientas cuarenta raciones de pan -merienda y cena-. Luego, clase, luego ayudar a las monjas, luego ponerse a las órdenes del director, o barrer la capilla, o reparar fusibles. Y así hasta las nueve de la noche.
Uno de los catedráticos dijo de César que era un pájaro; si la metáfora fue angélica, acertó; si se refería a facilidad para volar… Porque lo cierto era que a César le costaba horrores seguir aquel ritmo, a causa del corazón. Debía de tener un corazón muy grande, pues con frecuencia lo sentía latir aterradoramente.
Pero el chico estaba contento. No consideraba que servir fuera ninguna humillación. Llevaba consigo una estampa de San Francisco de Asís, que le proporcionaba gran consuelo, excepto cuando le obligaban a matar ratas. En estas ocasiones sufría horrores. Sus compañeros campesinos mostraban estar en su elemento, y las perseguían por entre las cajas y montones de leña pegándoles punterazos triunfales. César las buscaba y las evitaba a un tiempo, y no concebía que sus alpargatas se tiñeran de sangre. Los campesinos conocían su flaqueza, y le situaban cubriendo la puerta del almacén, y ellos desde el otro lado lanzaban contra él verdaderos ejércitos de animales despavoridos; entonces César mataba, por obediencia.
De San Francisco de Asís, inconscientemente, imitaba muchas cosas, pero sobre todo la cortesía. Era cortés con todo el mundo, empezando por los objetos. Ni que decir tiene que lo era especialmente con el latín. El latín, idioma de los papas. Estuvo mucho tiempo creyendo que Jesucristo hablaba en latín, y por ello daba a las declinaciones un sentido de acercamiento a la divinidad.
A veces se asustaba. Le parecía ser muy poca cosa y que nunca llegaría a un buen sacerdote. Tenía una idea muy vaga de lo que, desde el punto de vista humano, ser sacerdote pudiera significar. En realidad, no pensaba sino en que podría levantar la Sagrada Forma y perdonar muchos pecados. Perdonarlos y convertir. Su idea fija era convertir a mucha gente, empezando por su primo José, el de Madrid, y su tío Santiago.
Un hecho le estaba resultando incomprensible: que Ignacio, teniendo todo aquello a su alcance, hubiese preferido dejarse crecer el pelo y trabajar en un Banco. Banco significaba dinero y él no entendía qué cosas podían comprarse. Y se azoraba lo indecible cuando de tarde en tarde subían camiones con víveres, y oía a los chóferes hablar de que pronto se iba a utilizar aquel Colegio para la formación de una nueva generación de maestros.
César rezaba mucho, sobre todo muchas jaculatorias. No sabía por qué, pero se acordaba especialmente de su hermana Pilar. Había algo en Pilar que le daba miedo. Sobre todo desde un día en que la halló en el balcón riéndose como una boba porque abajo, en la acera, tres chiquillos habían encendido un pitillo con derecho a dos chupadas por barba.
Otra cosa le azoraba: quitar el polvo de las imágenes de la capilla. El problema era insoluble. Comprendía que la cabeza de San José merecía estar limpia y que dejar crecer telarañas entre las siete espadas de la Dolorosa era sacrílego; pero, por otra parte, no hallaba el medio a propósito para impedirlo. Sus compañeros utilizaban simplemente el plumero; a él le parecía un instrumento demasiado frívolo. Tampoco un trapo le satisfacía, pues a fuerza de frotar saltaba la purpurina, especialmente la de las coronas y túnicas. Pasó muchas semanas intranquilo, y generalmente se decidía por soplar. Prefería soplar, con cuidado, aun a riesgo de que el polvo regresara como un alud a sus ojos.
Con el esqueleto de la clase de Historia Natural le sucedió algo extraño. Fiel a su propósito de contrariar continuamente sus pequeños impulsos y deseos, había resistido siempre a la tentación de tirar del cordel que salía, por un agujero redondo, de la vitrina. Una mañana tuvo un momento de flaqueza y tiró de él: y entonces el esqueleto se puso a bailar. Su impresión fue tan grande que retrocedió. Porque aquello modificaba por completo su concepción de la muerte, asimilada en el cementerio, que se basaba en la inmovilidad, y aun la del cielo, que se basaba en la contemplación extática. Cuando se confesó de su falta al profesor de latín, éste le preguntó:
– ¿Te asustaste mucho?
– Sí, padre.
– Pues en penitencia tirarás del cordel una vez por día, durante una semana.
César obedeció. César obedecía siempre, con lo cual su paisaje interior se iba enriqueciendo. Hablaba poco, pero de repente, como les ocurría a los hombres de la calle de la Barca, acertaba con imágenes extrañamente poéticas, que nadie recogía. Hacía pequeños sacrificios, como dar el mejor pan al interno que le tratara peor. Algunos de estos internos le tomaban por loco y le jugaban bromas pesadas. Siempre salía quien le defendía, y varios habían intentado ofrecerle un par de pesetas de propina, que él había rechazado con gesto entre enérgico y asombrado.
Un día rogó a sus superiores que los domingos por la tarde le permitieran recorrer, solo, durante un par de horas, los alrededores del Collell. Nadie halló inconveniente en satisfacer su deseo; César, entonces, en estas excursiones, alcanzó una compenetración muy directa con la naturaleza.
Porque el mundo en los alrededores del Collell era impresionante. Mucha tierra y muchos árboles y muchos pequeños abismos. Árboles duros, de figura gigantesca, presididos por robles y alcornoques. César palpaba los troncos y, al sentirse totalmente incapaz de trepar por ellos, se reía. Con los pies ponía buen cuidado en no hacer crujir con excesivo dolor la hojarasca. La hojarasca era un gran elemento otoñal y día por día iba tomando el color rojizo y arrugado de la tierra. Tierra apretada, residente allí desde miles de años. De trecho en trecho, un barranco, corte hecho por alguna cuchilla mucho mayor que la que él utilizaba para las raciones de pan. Arroyos venidos de Dios sabe dónde se compadecían de vez en cuando de los barrancos, y bajaban dulces o tumultuosos a arrancar de ellos profundas sonoridades; César se sentaba y oía, y algunas veces se quedaba dormido.
En el fondo, todo aquello era una revelación. El saber que era seminarista había revelado en él mil disposiciones latentes, igual que le ocurrió a Ignacio al saber que no lo era. Desde el punto de vista de cualquier estudiante comodón y bromista procedente de Barcelona, el chico cometía muchas excentricidades; pero este punto de vista era discutido por el profesor de latín, quien decía que ponerse cabeza abajo para ver el cielo puede ser un acto muy meritorio.
El pelado al rape le había dejado al descubierto una cabeza minúscula que, de serle permitido, a gusto hubiera cubierto con una boina, pues sentía frío. Para las faenas duras se ponía una bata amarilla que había encontrado en el almacén, y que por milagro llevaba siempre impecable, mientras los demás «fámulos» andaban siempre con manchas de cloro. Crecía mucho. Él no se daba cuenta, pero se estiraba. Por ello estaba delgado y sus ojos, heredados de Carmen Elgazu, le ocupaban la mitad de la cara, rodeados de un cutis muy fino. Ahora andaba de prisa, como dando grandes saltos. Varias de las monjas sentían adoración por él.
En Gerona sólo se enteraban del aspecto positivo de su vida en el Collell. Acaso Matías Alvear hubiera olido entre líneas que el trabajo no era tan escaso como se les dijera. Pero Carmen Elgazu asistía alborozada a aquel despliegue de entusiasmo. Mosén Alberto decía: «César llegará al altar».
Le emocionaban mucho las cartas de la familia, en las que casi siempre firmaban todos. Y le parecía hermoso que su madre rayara previamente a lápiz el pedazo de papel que le correspondía, así como que su letra se pareciera grandemente a la de la abuela. Se preguntaba si podía guardar las cartas. Todo el mundo le decía que podía hacerlo; pero él acababa por quemarlas y esparcir las cenizas al viento.
La marcha de César y la llegada del invierno habían alterado el ritmo de la casa. Le echaban mucho de menos. El chico era un gran elemento de serenidad. Las semanas en que Matías Alvear hacía turno de noche en Telégrafos, había cierto desconcierto en la familia, pues tenía que dormir durante el día. De todos modos, el hombre no faltaba nunca a la mesa, presidiéndola.
Por su parte, Ignacio había empezado a trabajar. Había empezado el primero de octubre, tal como estaba previsto.
El Banco Anís era lo que dijo Julio: poco espectacular, pero sólido.
Un oscuro vestíbulo para el público, frente a una hilera de ventanillas bajas. Al otro lado de las ventanillas, doce mesas de escritorio y doce sillones que crujían; ocupando estos sillones, doce «caracoles humanos».
Ignacio fue recibido con perfecta indiferencia, que le humilló. En realidad, pronto advirtió que le habían empleado en calidad de botones. El director le dio órdenes como si fuese una simple prolongación del botones anterior, que partió alegando que quería aprender un oficio. Los empleados le mandaban a buscar periódicos, sellos y bocadillos.
Cínicamente el cajero, ya entrado en años, demostró acogerle con franca simpatía. Por lo menos le llamó y de un tirón y sonriendo abrió ante sus ojos la gran caja de caudales. Ante aquellas montañas de billetes en cierto modo muertos, Ignacio experimentó vértigo y oscuras tentaciones cruzaron su mente.
Había un empleado que, por lo altísimo y tartamudo, sugería la idea de la Torre de Babel. Había otro tan bajito que nunca se sabía si estaba sentado o de pie. La mayoría llevaban gafas, tenían la tez amarillenta y sumaban a velocidades increíbles. Continuamente se metían clips en la boca. Cambiaban muy a menudo de plumilla y también muy a menudo se levantaban para estirarse o ir al lavabo. Cuando el director se encerraba en su despacho, inmediatamente iniciaban una gran conversación en voz alta. Los temas preferidos parecían ser las nuevas bases de trabajo que estaba redactando el Sindicato -U.G.T.- y el gol que Alcántara metió en Burdeos.
El encargado de los cupones parecía el más rico de la comunidad. Parecía incluso más rico que el cajero. Con sus tijeras en la mano hacía pequeños montoncitos de cupones trimestrales, que luego ataba con una gomilla y que contemplaba con una seguridad de rentista que anonadaba. Parecía decir: «Éstos son mis poderes».
El encargado de la correspondencia trabajaba aparte, en un cuarto-miniatura. Eran él, su lámpara y su máquina de escribir. A Ignacio le mandaron allá a pegar sellos y sobres, siguiendo un sistema en cadena muy ingenioso.
Todos estos empleados sentían por el director una viva repugnancia. No sólo porque representaba al Amo, sino porque, al parecer, adulaba a los clientes, mientras que con los inferiores era un déspota. El encargado de los cupones había advertido que la pipa que le pendía siempre de los labios humeaba en presencia de los empleados en tanto que se le apagaba automáticamente en cuanto se enfrentaba con un cuentacorrentista.
El subdirector era muy católico, muy sensato y muy calvo.
Ignacio hizo cuanto pudo para ganarse las simpatías de aquella sociedad, pero fue inútil Se le imputaba un grave cargo: tener aire de señorito de Madrid. «¿Cómo cambiar mi aire? -pensaba Ignacio-. Imposible: el aire es uno mismo.»
Por añadidura, salía del Seminario. Era una rata de sacristía, un beato. Un día le preguntaron si era virgen: él contestó que sí. Su virginidad corrió de escritorio en escritorio. Todos los sillones crujieron, excepto el del subdirector. El encargado de la correspondencia, muerto de risa, pulsó sin darse cuenta el botón de las mayúsculas.
Él se indignó, y sin pensarlo mucho lanzó un discurso que le salió magistral, diciéndoles que era la primera vez que veía a unos seres humanos reírse de un hombre que lucha y vence. El argumento rebotó en la risa de los empleados; sin embargo, el de los cupones confesó que la postura de Ignacio tenía cierta dignidad.
Ignacio se dio cuenta en seguida de que era muy inexperto. Aquella gente proyectaba sobre muchas cosas un foco de luz muy violenta, que sacaba a flote su ángulo ridículo. En sus diálogos usaban mucho la frase: «¿Os acordáis de…?» Evidentemente, eran personas mayores que él, que tenían un pasado.
Los más parecían ateos. Hablaban de Dios con ironía de caracol resentido. Empleaban los más extraños argumentos: «¡Que venga y compruebe estas sumas con los ojos vendados!», decía uno cuando las cuentas no le salían. «¡Que convierta este tintero en un jamón!», provocaba el empleado bajito, que siempre tenía hambre.
El más consciente de los ateos tal vez fuera el de la correspondencia. Se llamaba Vila, aunque todo el mundo le llamaba por su nombre y apellido, Cosme Vila, no se sabía por qué. Era un hombre de unos treinta y cinco años, cuya cabeza, a la luz de la lámpara de mesa, cobraba un volumen extraordinario. Siempre miraba las paredes del Banco como si todo aquello fuera provisional para él. Cada frase suya tenía tres o cuatro sentidos. Con frecuencia se inhibía por completo de las preocupaciones de los demás y se ponía a leer folletos, que escondía bajo la máquina de escribir.
Hablando de religión, era de una dureza inconcebible, que a Ignacio le sentó mal desde el primer momento.
– A ver, a ver, cuéntame cosas del Seminario. ¿Qué os decían, por ejemplo, de la Virgen? Ya os dirían que tuvo varios hijos, ¿no?
Ignacio en varias ocasiones, le suplicó que le dejara tranquilo. Por último, al ver que el empleado insistía metiéndose incluso en detalles íntimos de su conciencia, le dijo:
– ¿Verdad que yo no te pregunto si crees en el diablo o no? Como vuelvas a molestarme en mis cosas te partiré la máquina de escribir en la cabeza.
Éste era el doble juego del muchacho. Su brusca entrada en el mundo de los seres libres le había producido tal conmoción, que se abrían brechas a su felicidad. La sensibilidad le jugaba malas pasadas. De ahí que mientras en el Banco se dedicaba a defender con valentía y aun fanatismo sus convicciones, precisamente a causa de la hostilidad que encontraba, en su casa procedía a la inversa, sin darse a sí mismo explicación aceptable. En su casa no quería confesar que su contacto con aquella gente constituía de momento una especie de fracaso. Por el contrario quería dar a entender que estaba aprendiendo muchas cosas. Y cuando su madre le advertía que a todo cuanto oyera opusiera su fe, él contestaba que sí, que desde luego, pero que ahora veía claro que muchas cosas en el Seminario se las habían explicado de una manera somera, elemental.
Carmen Elgazu empezó a sospechar que los empleados del Banco Arús se echaban como cuervos sobre su hijo.
– A ver. ¿Quiénes son los que se entenderían conmigo de todos tus compañeros de trabajo?
Ignacio reflexionó un momento.
– ¿Contigo…? Me parece que hay uno solo: el subdirector.
Matías les daba poca importancia a las opiniones religiosas flotantes en el Banco. Su teoría era muy simple: «Mucho chillar, pero acabarán como yo mismo: comulgando por Pascua Florida». Se interesaba preferentemente por la filiación política de los empleados. E Ignacio le informó de que todos, excepto el subdirector, pertenecían a partidos izquierdistas.
Matías lo estimó muy lógico, vistos los sueldos miserables que percibían y las condiciones en que trabajaban. No obstante, Ignacio señaló que lo que no comprendía era la gran diversidad de sus tendencias y además que todos criticaran tan ferozmente a los jefes de su Sindicato, jefes que ellos mismos habían elegido. Como fuere, él era también víctima de aquel atraso social: el primer año cobraría sesenta pesetas mensuales.
Los empleados le gastaban bromas respecto a las ideas políticas que debía de profesar la familia Alvear. A veces simulaban hablar entre sí, concluyendo que, habida cuenta de la inclinación sacerdotal de los hijos, la ficha de los padres era fácil de establecer: el padre, monárquico recalcitrante; la madre, presidenta del Ropero Parroquial y probablemente admiradora de Mussolini. Un día, Ignacio les contestó:
– ¡Bah! Son mejores republicanos que vosotros. -Y el cajero, rodeado de pedestales de duros sevillanos, le hizo signo de asentimiento.
Al cajero le complacía que Ignacio demostrara carácter. Sin embargo, era difícil luchar contra quince. Julio García le dijo: «Sólo los vencerás actuando. No tengas prisa. Tendrás ocasión de demostrarles quién eres».
Pero al muchacho le roía un gran malestar. Esperaba la ocasión con delirio. No se atrevía a soltar ningún exabrupto por miedo a perder el empleo; al fin y al cabo, era el último de la fila y no le quedaba más remedio que aguantar, no tratándose de asuntos del trabajo.
Una cosa le consolaba: siendo mucho más joven que todos ellos, había estudiado mucho más, excepción hecha, tal vez, de la Torre de Babel y de Cosme Vila. Tenían experiencia, eso era todo, y eran muy directos y muy mordaces, dominando bien el léxico agresivo de la región; pero su horizonte mental era tan limitado como su porvenir.
Así que su mejor sistema de venganza era el estudio. Ninguno de ellos era bachiller; él, en cambio, preparaba sus cursos con voluntad indomable. Después de mucho deliberar, Matías había decidido que a la salida del Banco Arús fuera a una academia nocturna. Se eligió la Academia Cervantes, uno de cuyos profesores era amigo de don Agustín Santillana. Ignacio se inscribió, y allí se debatía con las matemáticas, la física y la química, rodeado de alumnos que sólo hablaban de bujías de radio y de que acababan de recibir los últimos números de las mejores revistas técnicas americanas.
Un pequeño éxito lo obtuvo con motivo del problema de las horas extraordinarias. En los últimos cuatro o cinco días de cada mes, se les obligaba a trabajar hasta las nueve de la noche so pretexto de balances y otras amenidades. Todo el mundo protestaba… en voz baja. A Ignacio le perjudicaba aquello, pues no podía ir a la academia. En consecuencia, de resultas de un diálogo con el cajero, se sentó a la máquina y redactó una demanda en regla, modelo en su clase y, sobre todo, muy valiente. Y entonces resultó que, excepto Cosme Vila, nadie se atrevió a firmar.
Fue un descubrimiento clave para Ignacio. Se quedó con la protesta temblándole entre los dedos, y luego dedicó a la oficina en pleno una mirada mitad de asombro, mitad de reto. Cosme Vila le dijo: «Pues ¿qué te creías? Son una pandilla de cobardes». De regreso a su casa pensó que el de la correspondencia tenía razón.
Su padre le aconsejó que tuviera más calma, advirtiéndole que es muy difícil no ser cobarde cuando uno se encuentra sin protección. «¿Y el Sindicato? -objetó Ignacio-. ¿Y la República?» Matías le dijo que de momento los Sindicatos, sobre todo en provincias, tenían muy poca fuerza. Los dirigentes eran unos cuantos hombres de buena fe, pero sin preparación política, y demasiado pobres para que no les temblara la voz. Los empresarios eran muchos más poderosos y la República no había tenido tiempo material de equilibrar la situación.
Ignacio no lo veía claro. Le parecía que era un simple problema de decisión. No le cabía en la cabeza que el director, con su pipa, pudiera vencer a quince hombres de cuerpo entero que se presentaran en su despacho. De nada le servía a Matías explicarle que el director tampoco era nada, que era un simple director de Sucursal y que aquellos asuntos -y ésta era la gran trampa- se ventilaban en los grandes centros económicos. «¡Pues ir allá!», exclamaba Ignacio. Carmen Elgazu le contemplaba entre orgullosa y asustada.
Discusión aparte, su acto de redactar la protesta le ganó entre los empleados una buena dosis de consideración, que ninguno de ellos acertaba a disimular. Sin embargo, ocurrió lo que nunca hubiera podido prever: a las veinticuatro horas el director le llamó y le dijo que era muy jovencito para dedicarse a organizar motines y que a la próxima se encontraría de patitas en la calle, aunque fuera un día de tempestad.
Ignacio comprendió dos cosas: primera, que en el Banco había un soplón; segunda, que era lógico que el que tuviera hijos reflexionara antes de firmar.
A la salida le contó todo a la Torre de Babel, muchacho que vivía en las afueras y con el que iba haciendo buenas migas. La Torre de Babel llamó a los demás y todos parecieron indignados. El grupo no se disolvió y llegaron hasta la Rambla, donde la conversación fue subiendo de tono hasta alcanzar una violencia inusitada, después de haber acordado que el soplón no podía ser otro que el subdirector. El problema ya no era el de la protesta, sino que se generalizó hacia la situación de toda España.
– ¡Aquí lo que convendría sería un poco de trilita!
– ¡Tonterías! Cortando cabezas no se va a ninguna parte.
– ¿Ah, no…? ¿Y la Revolución francesa?
– ¡Toma! ¿Es que vas a comparar?
– ¿Por qué no?
Otra voz cortaba:
– Hay otra solución.
– ¿Cuál?
– ¡Entregar el país a Norteamérica! ¡En diez años transformaban a España!
– ¿Transformar…? ¿En qué?
– Trenes, carreteras…
– ¡Sí! Pero a pico y pala tú, y yo, y tu padre…
– Eso ya lo veríamos.
– Ya lo hemos visto con los ingleses, en Riotinto.
– Pues ¿qué creías? Aquí el que no corre, vuela.
– Nada, nada. Lo que dije. Trilita. Y al que se muera que le parta un rayo.
Ignacio quedó perplejo. Otra vez la ira de los corazones. Pero aquí entre gente de clase media, que se veía obligada a llevar corbata. Cosme Vila, al comienzo de la conversación, había asentido con la cabeza. Y no hizo otra cosa hasta el final. Llevaba un libro bajo el brazo e Ignacio se esforzó en leer el título, pero no lo consiguió. Cuando el grupo se dispersó, Cosme Vila, como si la familia no le esperara para comer, se sentó en uno de los bancos de la Rambla y se puso a leer.
Ignacio subió a su casa. Le contó a su padre lo ocurrido. Matías comentó:
– A mí me revienta esa gente que habla de trilita. Estoy viendo que esos empleados son una pandilla de cretinos.
Ignacio no contestó, pero se dijo que todo aquello no era tan sencillo. En los primeros días tal vez hubiera dado la razón a su padre, sin más. Ahora no podía, a pesar de aquella conversación.
A Ignacio le parecía que acaso él mismo se hubiera precipitado considerando mediocres a sus compañeros de trabajo. Iba pensando que tal vez lo fueran en colectividad, en el Banco, embrutecidos por la rutina; pero vistos a solas, en su vida personal e intransferible, cada uno debía de tener su carácter y probablemente alguna gran ilusión. Por ejemplo, entre los solteros, casi todos tenían novia. Y con sólo verlos al lado de la novia uno quedaba desconcertado. Parecían otros seres. Educados, con una dignidad formal y a la vez alegre; excepto uno de la sección de Impagados, que llevaba trece años arrastrando monótonamente a la misma mujer sin decidirse a llevarla al altar. Y muchos tenían conocimientos extraprofesionales, como tocar el violín, o jugar muy bien a las cartas, o cultivar tabaco. Un hecho le había llamado grandemente la atención: por Navidad, y algún que otro domingo corriente, Ignacio sorprendió a varios de ellos en misa, muy compuestos. Él los miró sonriendo; entonces ellos le pusieron la novia por delante, como demostrando que no se trataba de claudicación, sino de mera cortesía.
Esta necesidad que a veces sentían de justificarse ante él indicaba otra cosa: que no tomaban al muchacho del todo en broma. Algunos de los empleados no admitían esta situación y, con más amor propio que expresa voluntad de escándalo, parecían decididos a humillarle y, sobre todo, a resquebrajar las defensas de su espíritu. La experiencia les aconsejó atacar por un flanco inesperado: el chiste subido. Iniciaron conversaciones escalofriantes sobre mujeres, en tono francamente escandaloso. El oído de Ignacio, al principio, las rechazó; pero, sin darse cuenta, el tono le fue penetrando, hasta el punto que muchas imágenes que a su entrada en el Banco hubiera repelido de su mente con decisión, pronto las admitió como si fueran habituales, sin contar con los detalles de tipo técnico que brincaban alegremente por los escritorios. Esto constituía un evidente peligro, del que su madre se dio cuenta en seguida, pues algunos de aquellos chistes de repente brotaron en la mesa del comedor, ante la sonrisa de Matías Alvear, quien pensó para sus adentros: «Tienen hule esas historietas. En Telégrafos caerán bien».
Mosén Alberto estaba alarmado con Ignacio. Esperaba que el día menos pensado se levantaría de la mesa, tenedor en alto, afirmando que Dios no existe. Por otra parte, el sacerdote conocía al personal del Banco, pues en tiempos tuvo en él una pequeña cuenta corriente, y los consideraba nefastos, especialmente al Director.
A veces Ignacio se cansaba de aquellos escarceos psicológicos, en el centro de los cuales el recuerdo de César actuaba siempre de censor. Y entonces le entraba de nuevo aquella especie de alegría luminosa que se contagiaba. En el Banco había conseguido arrancar grandes carcajadas, carcajadas nuevas de aquella comunidad, contándoles anécdotas del Seminario, de la academia nocturna y detalles soberbios de la juventud de su padre. Estas estaciones de alegría y su intensidad de vida y trabajo le impulsaron a buscarse también un saber extra, que resultó ser el billar. De pronto se aficionó al billar de una manera loca. Comía de prisa para poder estar en el café Cataluña, donde había dos tapetes viejos, antes de que otros le tomaran la delantera, y los domingos por la mañana los pasaba prácticamente con un taco en la mano. Encontró un compañero ideal para el juego, un muchacho de su edad, que no podía ni estudiar ni trabajar porque estaba enfermo, Oriol de apellido.
Por otra parte, el juego era muy adecuado para aquellos meses de invierno, que invitaban a permanecer en locales cerrados. Era un invierno crudo, sobre todo enero y febrero. Un invierno que tenía dos maneras precisas de manifestarse: la lluvia, monótona, que transformaba a Gerona en pantano de humedad, con los muros y la bóveda de todas las arcadas chorreando y el río de color rojizo a causa de la arena que arrastraba, y luego de repente la tramontana, viento glacial que, viniendo de Francia, cruzaba los Pirineos y la llanura del Ampurdán como un caballo desbocado, inclinando pajares, postes y árboles, y entraba en Gerona levantando en vilo la ciudad. Cuando la tramontana llegaba, ocurrían extraños sucesos: la gente se disponía a doblar una esquina y no podía, o se encontraba con que una persiana le caía en la cabeza. Las barracas en el mercado se desplazaban solas con sorprendente facilidad. Flamantes sombreros, rozando las barandillas de los puentes, se caían al río, y a veces eran pescados entre gran jolgorio por algún atento Matías Alvear; pero, sobre todo, el cielo alcanzaba su apoteosis de azul. La tramontana era un viento seco, limpio, que se llevaba las nubes por el horizonte. El cielo aparecía claro, sereno, lejanísimo y contra él se recortaban las murallas de la ciudad, las Pedreras y Montjuich y, más cerca, los altos campanarios de la Catedral y San Félix. Todo ello desembocaba en una nitidez nocturna difícil de imaginar. En las noches de tramontana aparecían millones de estrellas rodeando una luna grande, tan hermosa que asustaba. Estrellas como los reflejos que surgían de los tejados. Gerona se convertía en una ciudad sonámbula, comprendiéndose que los antepasados eligieran la piedra sólida. Eran noches frías en que Pilar se ocultaba bajo las mantas, porque le parecía que de un momento a otro se iba a encontrar en medio del río.
Entretanto, Pilar iba creciendo. Trece años. Todavía llevaba trenzas, que encuadraban con mucha gracia sus pómulos alegres y sonrosados. De la familia era la que mejor hablaba catalán. Matías, a quien en Telégrafos habían obligado a estudiar la gramática de aquel idioma nuevo para él, decía siempre: «La pequeña es la que me toma la lección. Y más de una vez me saca de apuros».
Pilar contaba de las monjas del Corazón de María cosas que a Cosme Vila le hubieran puesto la carne de gallina. A las alumnas internas les prohibían totalmente pintarse los labios y depilarse las cejas. «Hay que respetar lo que Dios ha hecho.» Les censuraban la correspondencia y si una de ellas pasaba ocho días seguidos sin comulgar, la Superiora la llamaba y con discreción le preguntaba «si había incurrido en falta grave».
Sin embargo, el clima era más que alegre, pues algunas de las monjas eran, de corazón, unas chiquillas. Pilar quería especialmente, entre las amigas, a Nuri, María y Asunción, que vivían también en la Rambla y que la llamaban todos los días a la misma hora pegando un aldabonazo escalofriante en la puerta de abajo; entre las monjas prefería a la Madre Caridad. Esta monja era sorda y se paseaba por el convento con una trompetilla en la oreja. Por la trompetilla y porque tocaba el armonio, una de las internas empezó a llamarla Sor Beethoven. Este apode tuvo poco éxito entre las pequeñas. Pero, a medida que crecían comprendían el significado y entonces la llamaban también Sor Beethoven. Dejar de llamarle Madre Caridad a la monja sorda era un poco el diploma de mayoría de edad.
En cuanto Matías Alvear se enteró de que su hija había conseguido este diploma, advirtió a Carmen Elgazu: «Prepara a la chica, que de un momento a otro va a ser mujer y no quiero que se lleve un susto». Carmen Elgazu le contestó: «Tú no te metas en cosas de mujeres. Tiene mejor vista que tú».
Matías era un hombre liberal, equilibrado, que huía de los fanáticos en la medida de lo posible. Por ello, antes de elegir el café al que iría todos los días, tarde y noche, y la barbería en la que haría tertulia tres veces a la semana, lo pensó mucho. No era cosa de pasarse media vida rodeado de cerebros unilaterales, cuya fuerza motriz fuera el odio al adversario.
Por eso, en cuanto al café, eligió, después de múltiples tanteos, el Neutral. Porque, salvo excepciones, los habituales del establecimiento hacían honor a su nombre. Pesaban el pro y el contra, y cuando alguien se encabritaba le rociaban con humor de buena ley. Los grandes espejos del Neutral multiplicaban a diario corros sonrientes, puros enormes y palmadas en la espalda. La atmósfera era de benignidad y al poner a secar el alma del prójimo contaba lo humano de las gentes, no su filiación.
Por idénticas razones eligió Matías la barbería «Raimundo», porque Raimundo el barbero sentenciaba siempre: «Aquí lo mismo afeitamos a Alfonso XIII que a Largo Caballero». Era una barbería en que sólo era mal visto quien hablara en contra de los toros. Las paredes estaban empapeladas con carteles de toros, cuyos cuernos apuntaban al techo o a los ojos de los clientes. Raimundo, el patrono, dirigía, navaja en ristre, las conversaciones. Su bigote se le sostenía increíblemente horizontal, y aquella línea era el símbolo del sosiego que reinaba en el establecimiento.
Matías se sentía bien allí, hojeando revistas y escuchando, o metiendo baza si se terciaba, si se le pedían, por ejemplo, datos de Madrid. Raimundo no dejaba nunca de advertirle si veía pasar por la calle a Pilar, cuando salía de las monjas, o a Ignacio. El barbero captaba sin olvido todo el rumor del barrio. Los clientes tenían la seguridad de que serían avisados si algo ocurría que les afectara de algún modo.
El Neutral, la barbería de Raimundo y, por supuesto, Telégrafos eran los tres observatorios ideales para vivir al día, las tres mejores antenas de Matías. Una hora en el café, otra en la barbería y luego el trabajo bastaban para tomarle el pulso a la ciudad y al mundo.
Gracias a tales observaciones, Matías creía entender que en la ciudad se operaban grandes cambios, que penetraban en ella elementos nuevos, de momento en estado embrionario, pero que acaso un día sentaran plaza. Siempre hablaba de ello con Julio y con don Agustín de Santillana. Minúsculos detalles que demostraban que unas cosas iban muriendo y que, por el contrario, otras nacían a la vida con fuerza biológica.
Según Julio -¡Raimundo estaba inconsolable!-, moría la afición a los toros. Tal vez fuera cierto. Por de pronto se decía que los ingleses consideraban el espectáculo cruel e inhumano. Por su parte, don Agustín Santillana asistía estupefacto a la irrupción del jazz. El jazz surgía en todas partes, llevándose por delante las polcas y similares, y amenazando incluso al vals. Matías no se imaginaba a sí mismo siguiendo aquellos nuevos ritmos con Carmen Elgazu pegada a su cintura. Moría -en ello todos estaban de acuerdo- el silencio en las orillas del Ter, que todas las tardes quedaban abarrotadas de atletas. El deporte, sobre todo el boxeo, el atletismo y la natación, tomando como base la gimnasia. Se decía que dos antiguos almacenes habían sido habilitados para gimnasios obreros y en los escaparates de las librerías había profusión de manuales de cultura física, todos de autores extranjeros. Todo ello era notorio y cada cual lo interpretaba a su manera. Se había fundado un orfeón -moría el canto individual- y un enjambre de bicicletas había penetrado en la ciudad. Orfeón y Peña Ciclista, dos flamantes instituciones, cuyos reglamentos Julio había visto aprobar en Comisaría. Ya el paseo dominguero por la Dehesa, con la esposa del brazo, iba haciéndosele difícil a Matías y a muchos matrimonios como el que éste y Carmen Elgazu formaban. Difícil sentarse en un banco, mirando las ramas de los árboles, o a los jugadores de bochas, que delimitaban el campo con un cordel, no sin que por detrás se les acercaran hombres con visera y les gritaran: «¡Eh, eh, cuidado, apártense! ¡Que llegan los corredores!»
Ignacio, muy ocupado con el trabajo y los estudios, apenas advertía estos cambios, y al oír hablar de ellos les concedía poca importancia. Julio, que consideraba superficial la actitud del muchacho, procuraba abrirle los ojos. Las visitas de Ignacio al piso del policía eran periódicas, y Julio las aprovechaba para iniciarle en lo que él llamaba la sociología.
– Cometerías un grave error suponiendo que se fundan orfeones porque sí, como podrían fundarse clubs de coleccionistas de cosas raras. Son movimientos que tienen su ley.
Julio entendía que aquellos desplazamientos obedecían a una rebelión instintiva de la masa, rebelión que el nuevo clima político facilitaba. Según él, el deporte era una declaración de voluntad de poder que lanzaba la gente modesta -«fíjate en que la mayor parte de los que van al Ter son trabajadores»-; el jazz era el punto de evasión, los cuerpos buscando posturas menos rígidas que las adoptadas en las ceremonias religiosas; la bicicleta era la primera negativa rotunda que daba el pueblo a continuar marchando a pie. Y todo llegaba a través del cine y del prestigio de Norteamérica.
Ignacio acabó por pensar que el policía tenía razón. En el Banco, la Torre de Babel se especializaba en triple salto para impresionar al director, y en vísperas de competición le pedía permiso para salir más temprano. El empleado bajito, Padrosa de apellido, estudiaba el trombón porque decía que el clavicémbalo había pasado de moda. El de Cupones alardeaba de que con su bicicleta siempre dejaba atrás a los coches en el casco urbano.
Todo ello se lo contaba a Julio y éste lo gozaba. Gozaba sintiéndose comprendido por Ignacio. Julio había pedido permiso a Matías para retener a Ignacio incluso dos noches a la semana, y Matías había accedido a ello. El resultado de este contacto era visible: a Ignacio le ocurría lo que a la ciudad: unas cosas morían en él, otras germinaban en su pecho.
Moría definitivamente la posibilidad de juzgar de prisa y a rajatabla. Nunca tuvo esa tendencia, pues presentía que el corazón y las circunstancias son complejos: ahora el sentido crítico del policía le llevaba a pesar y medir, lo cual, dada su edad, no le resultaba cómodo ni añadiría a su cuerpo un gramo de grasa. Ignacio cruzaba las calles, miraba las banderas y leía los anuncios de los periódicos con la convicción de que unas y otros escondían mundos. Porque Julio le decía que todo es síntoma, que nada existe pequeño ni gratuito. ¡Los anuncios de los periódicos! Especialmente los económicos constituían, según el policía -compraventa, peticiones de empleo- una excelente piedra de toque para comprender la sociedad en que se vivía. «Observa que muchas chicas de pueblo se ofrecen para servir en Gerona. Es la desbandada, el triunfo de la curiosidad.» «Observa que los libreros de lance quieren comprar, comprar. Especulan sobre la evolución del pensamiento. Saben que materias ahora corrientes serán muy pronto joyas arqueológicas.»
Nacían en Ignacio dudas y sentimientos, y su piel se llenaba de granos. Julio, de pronto, daba un bajón y le hablaba de cualquier cosa, creando un clima de sencillez y naturalidad. Con frecuencia, para con seguir esto, utilizaba los discos. Una sesión de discos.
– ¿Qué quieres oír? -le preguntaba, acercándose al mueble del rincón.
Ignacio parpadeaba como despertando de un sueño y contestaba:
– Lo de siempre.
Y lo de siempre no era precisamente jazz. Ignacio prefería mala güeñas, seguidillas, coplas, saetas. Guitarra, mucha guitarra y cantejondo. Aquella música le llegaba al alma; por otra parte Julio era un erudito en la materia y tocaba incluso las castañuelas.
A estas reuniones en casa del policía asistía un tercer personaje: la mujer de Julio. Y su presencia era lo único que molestaba a Ignacio. Porque éste la aborrecía. Nunca llegaría a explicarse cómo un hombre como Julio había elegido por compañera aquel ser fatuo -doña Amparo Campo- que se paseaba en bata roja por el piso. Regordeta, le parecía tener derecho, porque su marido era policía, a colgarse media docena de brazaletes y a embadurnarse la cara con harinas de primera calidad.
En cambio, doña Amparo Campo le tenía a él mucha simpatía. Le alababa el pelo negro y encrespado, el bigote que apuntaba, la voz varonil que se le iba definiendo. «Hay que ver lo bien que te sienta el traje azul marino ese que tienes.» Y siempre le advertía a Julio: «¿Ves? Deberías llevar brillantes los zapatos como Ignacio».
Ignacio no le hacía el menor caso. Cortaba sus peroratas y, volviéndose hacia Julio, le interrogaba de nuevo sobre algo que le interesase.
Las sesiones no se prolongaban nunca hasta más allá de medianoche. A las doce, Julio despedía al muchacho, el cual invariablemente se lanzaba escaleras abajo con la sensación de haber aprendido algo.
Muchas veces su excitación era tal que al llegar a su casa le resultaba imposible estudiar. Sentado en la cama, el libro de texto se le caía de las manos y se quedaba pensando en la teoría de la evasión o en la influencia de Norteamérica.
Por suerte, su padre estaba allí. Ignacio quería a su padre cada día más y se sentía incapaz de defraudarle. Además, sabía que en cualquier momento Matías llamaría a su puerta, entreabriéndola, y asomando en pijama y zapatillas, le diría: «Recuerdos a Newton». O: «Los ángulos de un triángulo…» ¿Cómo no tener la luz encendida hasta una hora avanzada de la noche?
Sí, muchas cosas nacían y morían en Ignacio. A veces el muchacho barría de su mente a Julio y el resto, y se dedicaba a pensar en la ciudad en que le tocaba vivir. Pensaba que Gerona le gustaba. No concebía la vida en un pueblo más pequeño; pero tampoco en una gran ciudad. Era muy hermoso seguir la evolución de los seres. Uno tenía la sensación de tocar la vida con la mano. Algunas de las parejas que había visto desde el balcón cuando lo del Seminario… ya tenían hijos. No conocía al hombre ni a la mujer, pero había asistido al proceso de su expansión. Los había visto cuando no eran nada, cuando eran simples dedos entrelazados a mediodía, bajo el sol; y ahora habían creado un nuevo ser. Los veía llevándolo en brazos o paseándole por las aceras en un cochecito. En una gran ciudad todo aquello no se vivía, los seres venían al mundo sin que se supiera de dónde ni de quién. La población aumentaba, aumentaba como si en ello intervinieran las máquinas; los pueblos pequeños ofrecían otras dificultades, Gerona se le antojaba la medida exacta. En un pueblo, los animales domésticos cobraban demasiada importancia y ello a Ignacio le causaba también verdadero espanto.
Estas cosas las echaba de menos en los libros de texto, especialmente en los de Ciencias. Mucho Newton y demasiados ángulos y triángulos.
Aquello le llevaba a pensar que nunca sería ingeniero ni químico. Tal vez abogado. La idea de defender a alguien le atraía poderosamente. Por desgracia, don Agustín Santillana le dijo un día que en todos los pleitos defender a una de las partes implica atacar a la otra. Y aquello le había desconcertado.
Mosén Alberto había nacido en un pueblo de la provincia, Torroella de Montgrí, de matrimonio modesto y sólido, pequeños propietarios. Era la gloria de la familia. Más bien alto, siempre impecable, su tonsura eclipsaba las demás de la localidad. Y, no obstante, todo el mundo al evocar su imagen le veía con sombrero de pelo liso, cuello almidonado, manteo cayéndole con autoridad, zapatos de horma chata.
Lo más claro que había en él era la sonrisa. Cuando sonreía, inspiraba súbita confianza, y más de una persona que le tenía prevención, al verle sonreír pensó que a lo mejor era más sencillo de lo que la gente andaba diciendo.
Fue vicario de Figueras, pero pronto obtuvo del Palacio Episcopal el nombramiento de conservador del Museo Diocesano. Vivía en el mismo Museo, en unas habitaciones inmensas, servido por dos hermanas que parecían gemelas, mujeres silenciosas, solícitas hasta lo inverosímil, que le trataban como si ya fuera canónigo. Él las deslumbraba con sus libracos.
Era muy intolerante. Siempre hablaba «de los enemigos de la Iglesia». Distribuía el tiempo entre la misa, el Museo, la redacción de catecismos y las visitas a diversas familias gerundenses. La única familia no rentista y no catalana con la que hacía buenas migas era la familia Alvear.
Debía de tener mucha personalidad, pues, a pesar de contar con muchos adversarios dentro del mismo clero, siempre se salía con la suya. Con frecuencia, en el momento de la verdad, los adversarios se abstenían de perjudicarle y aun se ponían de su parte.
El Museo Diocesano era una institución en la localidad. Su mayor riqueza consistía en unos retablos catalanes primitivos, varias casullas venerables, varios cálices, las maderas de una gran colección de grabados al boj y una cama en la que había dormido el beato Padre Claret. Estaba instalado en la Plaza Municipal, en un caserón histórico que había pertenecido a una familia de abolengo. Mosén Alberto daba la impresión de sentirse más próximo a esta familia que a la suya propia, que continuaba viviendo en el pueblo.
Siempre tenía varios seminaristas a su servicio, cuyo estímulo alimentaba mostrándoles de vez en cuando algún secreto del Museo. Era un hombre convencido de que Gerona era una fuente de Historia y que bastaría un poco de sentido común en las excavaciones para poner al descubierto muros sensacionales.
El obispo tenía en él mucha confianza y más de una vez le había ofrecido una de las tres parroquias de la localidad: Mercadal, San Félix o Catedral. Pero a última hora se decidía que continuara en el Museo y ocupándose en modernizar el sistema catequista de la Diócesis.
Estaba al corriente de toda la vida religiosa de la población. Todos los conventos de monjas le consultaban sus dificultades, antes de atreverse a subir a Palacio. Para celebrar misa no tenía iglesia fija. A veces se iba a los Hermanos de la Doctrina Cristiana, donde César, que fue el primero de la familia que entró en contacto con él, le reconoció.
Las monjas sentían adoración por mosén Alberto. Porque siempre les explicaba algo nuevo sobre la Pasión, sobre la vida de los apóstoles y sobre las misiones. Era él quien organizaba las grandes colectas de sellos para mandarlos a los negritos. Matías Alvear le decía: «Vea, mosén. A mí lo de las misiones me inspira un gran respeto; pero lo de los sellos…» En cambio Carmen Elgazu estimulaba a sus ocho hermanos a que le escribieran para poder dar sellos a mosén Alberto.
Entre las familias que más frecuentaba se contaba la del notario Noguer, persona muy solvente, la de don Santiago Estrada, propietario, y varias que guardaban pergaminos y papeles relacionados con la historia de la ciudad. Su sensibilidad era muy aguda y a la tercera visita notaba que la mitad de los miembros de la casa le eran simpáticos y la otra mitad lo contrario. Ello le ocurría con las monjas, con todo el mundo.
Habitar los grandes salones del Museo le había incitado a adoptar varias costumbres patriarcales. Las visitas que no eran de puro trámite tenían la seguridad de que por una de las puertas disimuladas aparecerían las dos sirvientas llevando una bandeja con chocolate y otra con picatostes. Asimismo la altura de los techos le habían familiarizado con los grandes espacios. Era el sacerdote que con más naturalidad y prestancia bajaba las escalinatas de la Catedral.
La familia Alvear no escapó a la ley de la clasificación, como no había escapado a la del chocolate. Mosén Alberto, después de la tercera entrevista, se dio cuenta de que había situado a la derecha a Carmen Elgazu y a César; a la izquierda a Matías e Ignacio… A Matías le decía, sonriendo: «A usted, Matías, siempre le quedarán resabios». Con Ignacio la cosa era más fuerte que él. Tal vez una suerte de repugnancia física. Pilar pasaba inadvertida para él, a pesar de que la niña, al verle, acudía a besarle la mano, iniciando una genuflexión.
Carmen Elgazu fue quien operó el milagro de que el sacerdote se interesara realmente por ellos. Mosén Alberto tuvo la impresión de que era una mujer de muchos arrestos y muy buena, hasta el punto que tardó poco en presentarla como modelo a las familias que visitaba. «Sí, sí -decía-. Está visto que los vascos pueden enseñarnos muchas cosas.»
La consideraba una auténtica madre cristiana. Explicaba que toda su solidez giraba en torno de la religión, desde su manera de hacer las camas -con respeto porque el crucifijo estaba presente- hasta cocinar.
– Figúrese usted -le decía al notario Noguer-, que en la única medida de tiempo en que cree para hacer un huevo pasado por agua, es en el rezo del Credo.
– ¡Eso también lo hago yo! -le interrumpió un día la esposa del notario.
Mosén Alberto no se arredró.
– ¿Y para el café? -le preguntó-. ¿Qué hace usted, antes de servirlo a la mesa?
La esposa del notario se mordió los labios.
– Nada. Nada. Creo que lo huelo -añadió por último.
Mosén Alberto trasladó su manteo al brazo izquierdo.
– Carmen Elgazu dice: «Esperen un momento, que se está "serenando". Y el serenarse dura exactamente lo que tres padrenuestros y una salve».
A Ignacio le recriminaba mosén Alberto muchas cosas. No le gustaba la barbería que había escogido, no le gustaba que fuera al café Cataluña a jugar al billar, no le gustaban sus incursiones en la biblioteca municipal, y menos aún sus buenas migas con Julio García. Mosén Alberto consideraba a Julio una de las más funestas importaciones de la ciudad, y en Palacio se había hablado de ello con frecuencia. «Es un hombre que ahora está quieto. Pero el día que empiece…» En cambio, consideraba excelente persona a don Emilio Santos, director de la Tabacalera. «No hay más que fijarse en él. Tiene una cabeza venerable.»
Ignacio pagaba a mosén Alberto en la misma moneda. Le bastaba saber que algo le molestaba para ponerlo sobre el tapete. Estaba seguro de que en sus últimos años de seminarista tenía que haber sido «ayo», un ayo de voz más lúgubre que ninguno. Y no le gustaba su manera de proceder. Prefería a otros sacerdotes más humildes que había en Gerona, los cuales ejercían su ministerio calladamente. Siempre citaba como ejemplo a uno muy joven, de la parroquia de San Félix, bajito y con el sombrero calado hasta las cejas, pero que no daba un paso que no fuera para prestar algún servicio. No negaba que mosén Alberto fuera inteligente, y probablemente muy entendido en lo suyo, pero le parecía que todo aquello hubiera podido llevarlo a cabo sin ser sacerdote. «Mosén Alberto tenía que haber seguido la carrera diplomática», decía.
Incluso su manera de celebrar misa le parecía afectada. Separaba los dedos de la mano, sobre todo los meñiques, en forma espectacular. Probablemente era cierto que desde el punto de vista litúrgico cada genuflexión suya era una obra maestra; pero Ignacio decía que lo que necesitaban los fieles eran obras santas. «Las obras maestras, que las guarde en el Museo.»
En el Banco criticaban mucho al sacerdote y aseguraban que tenía mucho dinero. A Ignacio le constaba que ésto no era cierto. Si ganaba algo con los catecismos lo empleaba inmediatamente en editar otras cosas, en adquirir algún aparato de proyección para los colegios o en reparar algo del Museo. No era culpa suya si tenía facha de rico, si accionaba el manteo con aire palaciego. Y referente a su pulcritud, él aseguraba que antes no era así, que se acostumbró mal a causa de las dos sirvientas, las cuales, de verle salir con arrugas en la sotana, habrían sufrido un ataque.
En todo caso, en el Banco Arús su ficha no figuraba desde hacía tiempo. En cambio había dos sacerdotes que guardaban a su nombre un pliego considerable de láminas. Ignacio, cada vez que veía sus apellidos en algún papel del Banco, se ponía nervioso.
Lo que más lamentaba mosén Alberto era que hubieran sido prohibidas las procesiones, especialmente la de Semana Santa y la de Corpus. Cuando el 14 de Abril, primer aniversario de la República, presenció la manifestación de júbilo popular -con representantes de Barcelona- añoró con toda su alma la procesión que por aquellos días salía en otros tiempos, como remate de la Cuaresma. Ahora en vez de las campanas doblando a muerto o del silencio patético del Jueves y Viernes Santo, se oían himnos, sardanas y tremolaban muchas banderas. Para el día del Corpus, triunfo de Cristo Rey, en los cristales se había anunciado con mucha anticipación: «Excursión a Perpiñán, salida en autobús, precios moderados».
Mosén Alberto sufría por aquella relegación absoluta de las funciones religiosas al interior de los templos, a un plano semiclandestino.
El invierno era tan crudo en Gerona, que al llegar marzo, abril y mayo era maravilloso salir con palio, antorchas y cruces y proclamar la vitalidad de la Iglesia en la rítmica sucesión de las estaciones. En aquel año, el trimestre mágico fue triste para mosén Alberto. A don Santiago Estrada le decía: «Menos mal que tengo placas de todo esto, y que vamos proyectándolas por la Diócesis. De otro modo, los chicos acabarían no sabiendo lo que es una procesión».
Mosén Alberto estaba convencido de que Ignacio habla perdido bastante tiempo desde que entró en el Banco, que no había estudiado lo debido. Y puesto que él había sido quien garantizó al muchacho cerca del director del Instituto para que éste accediera a examinarle de tres cursos a la vez, ahora temía que Ignacio, al llegar mayo, quedara mal en los exámenes. De modo que le decía a Carmen Elgazu: «No sé, no sé. Me parece que se lo toma un poco a la ligera». Carmen Elgazu le contaba lo de la luz en la habitación a horas avanzadas; el sacerdote comentaba: «Bien, bien, que Dios la oiga».
Cuando Ignacio se enteró de los comentarios del sacerdote redobló sus esfuerzos. «Le colgaré los sobresalientes en las narices.» No faltó ni un día más a la Academia, a pesar de que el ambiente de ésta le aburría. Le favoreció el brusco cese del frío. Porque en la Academia ocurría lo mismo que en el Seminario: no había estufas. Inconcebible, pero era así. Las ideas de estudio y frío habían llegado a confundirse en la mente de Ignacio. Mosén Alberto no veía aquello claro, pues decía que los muros donde estaba instalada la Academia eran de idéntico espesor que los del Museo y que conservaban todo el año una temperatura razonable, alrededor de los diecisiete grados. Ignacio no se tomaba la molestia de contestar.
El día en que se instaló el primer puesto de helados en la Rambla, precisamente bajo el balcón de su casa, comprendió que la cosa iba de verdad, que los exámenes estaban próximos. Entonces su madre le dijo: «Mira, en Bilbao todas tus tías hacen una novena a la Virgen de Begoña para que apruebes». ¡Santo Dios, aquello era una gran responsabilidad! Matías le tranquilizó: «No lo creas. Si apruebas, será la Virgen de Begoña. Si te suspenden, será porque no habrás estudiado». Carmen Elgazu replicó: «Valdría más que te callaras, hombre de poca fe».
En el Banco había cierta expectación para ver si Ignacio aprobaba. Cosme Vila esperaba el resultado con tanta impaciencia como mosén Alberto. Porque estaba convencido de que en el Seminario no le habían enseñado nada práctico y que, por lo tanto, tres cursos a la vez eran muchos. El subdirector le animaba: «¡Ale, ale, déjalos! Tú a lo tuyo y no te pongas nervioso». El subdirector sentía que las circunstancias políticas no fueran otras para haberle buscado una recomendación.
La Virgen de Begoña debía de tener mucha influencia, pues Ignacio lo aprobó todo en un abrir y cerrar de ojos. Notable; ¡en latín sobresaliente! Mosén Alberto arrugó el entrecejo.
Mucha alegría en la familia, bizcocho vasco con tres velas encendidas. En el Banco, todo el mundo le felicitó. Él se sintió tan ligero que al entrar en su cuarto dio varios saltos increíbles, uno de los cuales lo aprovechó para depositar los libros encima del armario. ¡Tres cursos de Bachillerato! Y en septiembre se examinaría del cuarto.
Matías Alvear dijo en la tertulia: «Pues sí… Mi chico se come las manzanas de Newton de tres en tres». En la barbería de Raimundo, éste le dio la enhorabuena. «Vaya pase de muleta, ¿eh…?»
Julio se alegró de ello doblemente. Primero por Ignacio y luego porque en un momento dado temió que, siendo éste madrileño, los catedráticos del Instituto le suspendieran.
Llegó la primavera. A Carmen Elgazu le desaparecieron los sabañones, Pilar cambió el uniforme azul marino de las monjas por unos vestidos floreados que le sentaban muy bien. Todo, en la ciudad y en los corazones, se ponía tan hermoso que la vida parecía deslizarse como los chicos del Instituto por la baranda. Los cafés de la Rambla vertían sus redondas mesas de mármol al exterior, ocupando la mitad de la calzada. En el centro de cada mesa, un solitario sifón. La hilera de sifones constituía una visión inédita para los forasteros. Las luces que caían de las fachadas arrancaban del duro cristal de los sifones reflejos de todos los colores. Pilar decía siempre a sus amiguitas Nuri, María y Asunción: «El sifón tiene sabor de calambre en una pierna».
La primavera significaba muchas cosas para los Alvear. La estufa barrida del comedor, la alegría del mundo, la alegría de la Rambla, más trabajo para Matías en Telégrafos, a causa de la proximidad del verano; y sobre todo, en aquel año, significaba el retorno del ausente entrañable, del otro examinando de la familia, de César.
El acontecimiento ocurrió el 15 de junio. El 15 de junio César montó en un camión en el Collell, en dirección a Gerona, para pasar las vacaciones.
Iba montado en la parte trasera del camión, al aire libre, sobre unas cargas de alfalfa. Con el traqueteo se iba hundiendo en ellas y llegó un momento en que se sintió a sí mismo vegetal, cuerpo de raíces verdes. Hicieron el viaje en un santiamén. Al descender en la Plaza de la Independencia, le salía alfalfa por todos lados. Dejó la maleta en el suelo y se quitó las briznas más aparatosas, pero al echar a andar los picores no le dejaban vivir.
Cuando Pilar oyó el timbre de la puerta, sintió que el corazón le daba un vuelco. «¡Mamá, es César, es César!» Carmen Elgazu, alocada, soltó el molinillo del café y exclamó: «¡Dios mío!» Se arregló el moño rápidamente y se precipitó al comedor en el momento en que César entraba en él y se echaba en sus brazos.
Carmen Elgazu recibió una impresión profunda. Su hijo había crecido increíblemente. «¡Hijo mío!» Aire feliz, expresión de inocencia, una manera muy personal de estrechar entre los brazos, como en pequeñas sacudidas. ¿Qué importaban las rodilleras en el pantalón? Se plancharían. ¡César estaba allí! En cuanto Carmen Elgazu pudo verle detenidamente el rostro, observó que sus ojeras eran muy pronunciadas. Tal vez por culpa del viaje. ¡Primer curso, primer curso!
Pilar contemplaba a su hermano pensando: «Pues claro que le quiero como a Ignacio. ¿Quién dice que no?»
Ignacio, al regresar del Banco, se encontró colgado del cuello de César sin darse cuenta. «Bien venido, hermano. Ya tenía ganas de verte.» Matías fue quien afectó más naturalidad. Llegó de Telégrafos convencido de que en casa encontraría a César; así fue. Matías Alvear podía alcanzar tal grado de emoción que el corazón casi se le paralizaba. Nadie más que él sabía lo que sufría en estos casos; los demás no leían en su semblante más que una ternura un poco irónica.
Fueron días inolvidables. «¿Qué tal la pista de tenis? ¿Qué tal el director? ¿No pasabas mucho frío? ¿Te gustaba leer en el comedor? ¿No te cortaste nunca los dedos con el cuchillo del pan? ¿No te ha invitado ninguno de los internos a ir a Barcelona?»
Le obligaron a sentarse en el comedor, presidiendo la reunión en torno a la mesa. El muchacho contestaba a todas las preguntas como si cada una fuese la primera. Cada vez inclinaba todo el cuerpo hacia el interlocutor de turno. En realidad, estaba un poco aturdido y aun asombrado de que se interesaran por los detalles más prolijos de su estancia en el Collell. «¿No te han salido manchas de humedad en el techo de la celda? ¿A qué horas dices que os levantabais los domingos?»
César, que tenía una obsesión: «He subido el primer peldaño de la escalera», se dio cuenta entonces de que era terriblemente distraído. Muchas de las cosas que le preguntaban no podía contestarlas. No se acordaba, no se había fijado. «¿Habían salido o no habían salido manchas de humedad en su celda?»
En cambio, cuando una cosa le era conocida, contestaba con rara precisión y con el menor número posible de palabras. Ignacio pensó:
«El latín se le nota». Matías más bien lo atribuía a herencia de estilo telegráfico.
La alfalfa continuaba cosquilleándole, y Carmen Elgazu dijo:
– ¿Sabes qué? Ignacio te acompañará a tomar un baño.
César no vio ninguna razón para negarse. Aquel brusco cambio de ambiente le tenía algo desorientado. Por la mañana había ayudado aún la misa del padre Director, como todos los días. Y al barrer la inmensa terraza había visto aún aquellos árboles, robustos, aquella tierra amarillenta, los barrancos; ahora se encontraba en un pequeño comedor, rodeado de los suyos. Y dentro de poco se encontraría dentro de una bañera.
Ignacio le acompañó, resolviendo los detalles administrativos con el encargado del establecimiento. Le abrió incluso la puerta del cuarto de baño. Luego permaneció fuera y por los ruidos fue siguiendo mentalmente las operaciones de César. Sonrió porque, a juzgar por la catarata de agua que se oía, debía de estar luchando a brazo partido con la ducha. No se atrevió a llamar porque le supuso desnudo y que aquello le azoraría más aún. Finalmente, la tromba de agua se calmó y César salió colorado y sonriente.
– Limpio de cuerpo -dijo.
Al regresar a casa y encontrar todo su equipaje cuidadosamente clasificado en el armario, se sintió repentinamente más adaptado. Un hecho quedó patente a la hora de cenar: la presencia de César elevaba el tono de todos y cada uno. Pilar adoptó posturas más correctas ante el plato y se dio cuenta de lo difícil que era sorber la sopa sin hacer ruido. Matías Alvear dudó mucho rato entre sentarse a la mesa en mangas de camisa, como siempre, o no. Finalmente no lo hizo: «Por un día tengamos paciencia». Carmen Elgazu se bajó las mangas hasta que éstas alcanzaron decentemente las muñecas.
Y en cuanto a Ignacio, fue, tal vez, quien más se afectó. No sólo aquel día, sino en los siguientes. Sin querer se encontró observando a César en forma casi enfermiza. No se le escapaba detalle de él. ¡Su hermano constituía un mundo tan distinto al del Banco! Se halló como planchado entre los dos. La cortesía de César le evidenciaba que él había adquirido varios gestos vulgares. La voz de César le pareció una invitación a moderar el tono de la suya, que a veces le salía disparada con violencia. La concisión del lenguaje de César, además de recordarle el latín, le descubrió que él intercalaba vocablos e interjecciones innecesarias. En resumen, se encontró ante una especie de juez, cuya originalidad consistía en que lo era sin saberlo. Que con frecuencia le miraba y le sonreía: «¿Y pues, Ignacio…? ¿Estás bien en el Banco? ¿Estás bien…?»
A Ignacio le ocurría una cosa extraña: a los pocos días advirtió que el resquemor hacia su hermano no había muerto. Le fatigaba el examen de conciencia a que la presencia de César le sometía. ¿Cómo adoptar, en la cama, la postura que le fuera más cómoda, con César tendido en la cama contigua, impecablemente, sin respirar apenas…? Y más con el bochorno de aquellas noches. Por suerte, el seminarista tenía detalles entrañables, que le llegaban al corazón. Por ejemplo, aparecer en el Banco inesperadamente, a media mañana, con pan y una tortilla, si Ignacio había olvidado tomarla en casa. La manera de pasar el brazo por la ventanilla para que Ignacio pudiera alcanzar el paquete sin necesidad de levantarse del sillón, era un prodigio de buenos deseos… y de equilibrio. La Torre de Babel se preguntaba si César no era en potencia un campeón de alguna especialidad atlética que exigiera más destreza que fuerza.
En el fondo, los empleados del Banco tomaban al seminarista en broma, por sus orejas, por su cabeza al rape, por los pantalones, entre los que a veces se le enredaban los pies. «Tu hermano es un tipo muy pintoresco -le decían a Ignacio-. Será de esos curas que no llegan nunca a canónigos. Que el obispo manda a un pueblo y ale, hasta que se pudran.»
Fuera de estos empleados, la persona que menos se dio por enterada del ascetismo de César fue mosén Alberto. Mosén Alberto estaba muy familiarizado con el ansia de perfección de los seminaristas en los primeros cursos de la carrera. «A partir del tercer año -decía-, ya es otro cantar.»
Mosén Alberto le dijo: «Bien. Vamos a ver si ponemos un poco de orden en tus vacaciones. Mira, vamos a hacer una cosa, si te parece. De momento, todas las tardes te vienes aquí y me ayudas en el Museo. Luego veremos por las mañanas qué se puede hacer».
¡Válgame Dios! ¿Qué otra cosa deseaba César? En el Museo había tallas de la Virgen, un cuadro que representaba el martirio de San Esteban…
Fue al Museo. Por un momento había imaginado que haría cosas importantes. ¡Cuánto podía dar de sí el estudio de un retablo! Pero la realidad se impuso pronto. Todo aquello no era para su edad. ¿Qué sabía el chaval de la transición del gótico o de la influencia bizantina en tal o cual cruz de cobre hallada en una ermita de la Diócesis? Lo que hizo fue, más o menos, barrer, quitar polvo, soplando también de vez en cuando; montar guardia por si llegaban visitantes, frotar metales y llevar muchos, muchos recados al Palacio Episcopal.
La única diferencia con el Collell estribaba… en el chocolate. Cuando menos lo esperaba, estando sentado entre una gigantesca armadura y la cama del beato Claret, aparecían ante él las dos sirvientas, que le trataban con una deferencia que le abrumaba, y le ponían en las manos una taza de chocolate y picatostes. César, al principio, se opuso ¡No, no, no faltaba más! Pero en seguida leyó en los ojos de las sirvientas una tal pena que con ademán de autómata tomó la taza. «¿Es que no le gusta? ¿Quiere que le preparemos otra cosa?» César movió la cabeza. Se dio cuenta de que las dos sirvientas de mosén Alberto eran las únicas personas en el mundo que le trataban de usted. «Sí, sí me gusta. Claro, claro. Muchas gracias.»
Algunas tardes, las sirvientas eran las únicas visitantes del Museo porque de la ciudad no iba casi nunca nadie, excepción hecha de algunos arquitectos -un tal Massana, un tal Ribas-. El resto eran, en todo caso, turistas extranjeros, gente extraña. César tenía orden de echar escaleras abajo al primero que se presentara con calzón corto. «¡Dios mío -rezaba, al oír que llamaban a la puerta-, que no sea un inglés o un francés con calzón corto!»
A veces le entraba miedo al sentirse guardián de aquellos tesoros. «¿Qué haría, pobre de mí, si ocurriera algo?» Había tardes en que se entretenía leyendo crónicas antiguas sobre la ciudad, enterándose de mil detalles que le apasionaban y que fortalecían el gran respeto que había sentido siempre por la parte antigua, por las piedras y los monumentos religiosos.
Puesto que las mañanas, de momento, se las dejaba libres, se dedicó a sus correrías de siempre. Volvió al cementerio. Y su reencuentro con los hombres retratados con el uniforme de la guerra de África y el niño del rincón sosteniendo un pato de celuloide, el hallarlos a todos en el mismo sitio y en idéntica posición, le recordó la cosa definitiva que había en la muerte, a pesar de los bailoteos del esqueleto de la clase de Historia Natural.
De regreso a la ciudad, sudaba. Sentía un poco de vértigo, solo en la carretera bajo el sol que caía. Pensaba en lo que le había dicho su profesor de latín, que la religión era la única potencia que había creado edificios vencedores del clima: las iglesias. Entonces se decía: «Es cierto. En el Museo no hace calor». También pensaba en los claustros de la Catedral, con el surtidor murmurando.
La Catedral: subía a ella con frecuencia. ¿Cómo era posible que brazos humanos hubieran erigido aquel monumento? Aquellos bloques inmensos unos sobre otros. Los de la base eran comprensibles… Pero, por ejemplo, ¿aquel ya cerca del campanario…? En el Collell, un interno le había dicho: «Pues no era difícil, ¿sabes? A base de esclavos». César no lo creería jamás. Tal vez hubiera intervención de manos humanas. Seguro, claro está, que hubo mano de obra. Pero el arranque de aquel monumento, el grito espiritual que él simbolizaba, obedecía a algo maravilloso. «Y si no, a ver… ¿por qué no se construían ya catedrales?»
Volvió al camino del Calvario, a las catorce capillas que jalonaban la colina. Siempre había una mujer arrodillada ante la última estación…
Un día, remontando el río Galligans hacia el valle de San Daniel, hizo un descubrimiento: el convento de clausura. ¡Santo Dios! Aquello le atrajo de una manera especial, pues le habían dicho que albergaba dos monjas que llevaban más de cincuenta años sin salir de él. Ello significaba que si les pusieran los auriculares de la galena en las orejas, se llevarían un susto… Se detuvo ante la tapia y acercándose a la yedra, respiró hondo, respiró olor de santidad.
Ignacio no perdía detalle de las correrías de su hermano. Sabía que éste, estimulado por las crónicas antiguas que leía en el Museo, y por mosén Alberto, se dedicaba a estudiar el barrio antiguo de Gerona, convencido más que nunca de que ocultaba tesoros de todas clases. Trozos de muralla, extrañas rejas, losas que retumbaban… todo excitaba su imaginación. Con frecuencia, a la hora de comer, el seminarista llegaba sudoroso y contaba que con la ayuda de unos compañeros estaba sobre la pista de tal o cual capilla, o de las catacumbas… ¡Las catacumbas! Esta palabra obsesionaba a César, pues se decía que San Narciso, patrón de la ciudad, había sido martirizado en ellas.
Ignacio era su aguafiestas.
– Es perder el tiempo -le decía-. No hallaréis nada. Se ha edificado encima, ¿comprendes? La Catedral está encima de la antigua basílica; con San Félix ocurre algo parecido. ¡Las catacumbas eran una pieza de seis metros de largo, no más!
Un día, Carmen Elgazu, mientras arrancaba la hoja del calendario para leer la historieta del dorso, comentó:
– Bueno, ¿y qué? Déjale. ¿En qué mejor emplear las vacaciones?
E Ignacio contestó, inesperadamente:
– En pensar en los pobres.
¡Santo Dios! Toda la familia le miró. La respuesta le salió en tono desorbitado. En realidad, el ataque tenía mucha amplitud en la mente del muchacho. Y el origen era antiguo: se remontaba a los tiempos en que Ignacio hacía aquellas visitas a la calle de la Barca; ahora su gran curiosidad por la miseria se había despertado en él de nuevo, con brío insospechado. Las causas eran muchas, algunas sutiles, otras vulgares; las más recientes, el comportamiento estúpido de un cliente del Banco y unas novelas de Baroja que le prestó Julio.
Cierto, en el Banco se hablaba mucho de la injusticia del mundo, pues las cifras que arrojaban los libros de contabilidad daban qué pensar al menos impresionable. Había familias que guardaban en él sumas enormes, dinero sobrante que permanecía allá años enteros sin convertirse en pan para nadie; y el jefe de una de estas familias era don Jorge de Batlle, rentista del que se contaba que poseía ochenta masías en la provincia y que cuando las visitaba les decía a los colonos: «Si no me robáis, tenéis casa hasta la muerte». ¡Hasta la muerte!
Ignacio acababa de conocer a don Jorge… y de ahí el ex abrupto del muchacho en el santo almuerzo familiar. Don Jorge: mediana estatura, sombrero hongo, guantes, su hijo menor al lado, en protección simbólica. El encuentro entre el propietario e Ignacio no pudo ser más desafortunado. Ocurrió en el Banco. Había caído un chaparrón enorme, veraniego, e Ignacio, que continuaba siendo el último del escalafón, había olvidado sembrar serrín en la entrada. Don Jorge abrió la puerta del Banco y al sortear los charcos que habían formado los paraguas al escurrir, enrojeció, llamó al director, y con el índice iracundo le fue señalando el curso del agua y las salpicaduras en sus botines.
El director, con la pipa apagada, llamó a Ignacio y le reprendió con hipócrita severidad. Ignacio enrojeció como la grana y la sonrisa de Cosme Vila le sulfuró más aún. Miró a don Jorge. Dio media vuelta. Fue en busca del serrín y llenó un cubo, sintiendo que no fuera materia más resistente para hundir en ella las manos, arañándola. Regresó vaciando su contenido, luego fue por otro cubo y luego por otro, con la evidente intención de levantar un parapeto de serrín. El director le dijo:
– Cuando hayas terminado, entra en mi despacho.
El segundo toque de alarma fue Baroja. Los personajes de Baroja le parecieron víctimas de don Jorge, o almas que se rebelaban contra él y sus semejantes. Golfos, mujeres malolientes, aventureros, anarquistas, con un punto de crueldad, trágicos, fugaces, sin Dios, cerebros sin esperanza. Ignacio había leído tres libros consecutivos de Baroja, La Busca, Mala hierba, Aurora Roja, y sin saber por qué se había sentido proyectado violentamente contra una serie de cosas en que creía. Todas las bromas anticlericales de los empleados del Banco le parecieron menos gratuitas, como si Baroja les hubiera proporcionado justificación psicológica. Vagas intuiciones de que la vida era un desorden afloraban a su piel, y de que en realidad el mundo estaba lleno de peces grandes que se comían a los chicos, de índices que señalaban los charcos de agua.
Todo ello le llevó a pensar, cuando veía a mosén Alberto en su casa oliendo el café que le había preparado Carmen Elgazu, que el sacerdote haría mucho mejor, en vez de pasarse la tarde allí, invitando a hombres pobres a merendar en el Museo; y en cuanto a César… menos civilizaciones subterráneas y más acción, más obras de misericordia.
Carmen Elgazu le salió al paso diciendo que censurar a César en el aspecto que fuere, era un acto rastrero, indigno de él. Y el propio Matías recordó a Ignacio que su hermano estaba en el Collell haciendo trabajos bastante más duros y miserables que los que a él pudieran ordenarle en el Banco.
Ignacio no insistió. Se encogió de hombros y se encerró en su cuarto.
Nadie se atrevió a mirar al seminarista, que permanecía inmóvil, como si le hubieran asestado un golpe. Todos creyeron que estaba afectado por lo intempestivo de la acusación de Ignacio; la realidad era muy otra. Lo estaba porque desde el primer momento pensó que la acusación era justificada.
Al oír la palabra «pobre», César se había dado cuenta de que todo aquello era cierto, de que su ansia de perfección hasta entonces carecía de valor, pues no se inspiraba en la caridad. En sus sacrificios no buscaba otra cosa que la paz del alma, y en ello pensaba y no en el prójimo cuando daba el mejor pan al interno que le tratara peor. Intercambiaba buenas acciones por alegría, eso era todo. ¿Por qué olía la yedra de los conventos de clausura, sino para su satisfacción interior?
Consideróse a sí mismo dominado por un egoísmo feroz. Recordó escenas de miserias entrevistas en su infancia, y más recientemente en el barrio de Pedret, al llegar del Collell en el camión de alfalfa. No comprendía cómo podía buscar las catacumbas y aceptar chocolate y picatostes sentado al fresco en el Museo, mientras Gerona hervía, muchas familias comían arenques, cargadas de chiquillos que en vez de bañarse, como él, en un establecimiento de azulejos blancos, se remojaban en las pequeñas playas pantanosas del Oñar.
Le pareció estar en pecado. Su madre quería tocarle y él, sin darse cuenta, la rechazaba. Tenía húmedos sus grandes ojos, abrumados de culpabilidad. Se levantó, miró un momento a todos y luego, cruzando el pasillo, salió.
Nadie sabía qué hacer, y todos pensaban que sufría por Ignacio, y la indignación contra éste aumentó. Entretanto, César se arrodillaba ante mosén Alberto, en el despacho donde el sacerdote redactaba sus catecismos.
Mosén Alberto le ordenó que se levantara:
– ¡Te prohíbo que tengas esos escrúpulos! ¡Te prohíbo que te tortures de esa forma, y a partir de ahora daré orden de que te sirvan más chocolate! Te prohíbo incluso que vuelvas al cementerio.
Fueron días terribles para César. Por obediencia llegó a casa sonriendo. Y con su presencia tranquilizó a la familia. Pero las sirvientas de mosén Alberto cumplieron -¡hasta qué punto!- el mandato, y cada vez él hubiera querido esconderse en el interior de la gigantesca armadura, ya que no bajo las sábanas del beato Padre Claret. Y el no poder ir al cementerio le angustiaba como quien ha de faltar a una cita, que en este caso era con personas conocidas, pues se sabía de memoria las fechas de nacimiento y muerte de muchos antepasados gerundenses, y había conseguido lo que nadie antes que él: hablar diez minutos con el sepulturero, el cual le dijo que no era cierto que el espectáculo de la muerte no le afectara.
Fueron días de prueba para el seminarista, que se hallaba en la rara situación del hombre que peca con sólo proponerse hacer el bien.
Lo que más sentía era no poder demostrar a Ignacio que le agradecía el aviso. Decirle: «¿Ves…? Ahora me acuerdo de los pobres. He hecho esto y aquello. Todo gracias a ti». Mosén Alberto se lo había prohibido. «Te prohíbo que halagues ni una pulgada la vanidad de ese necio que es tu hermano.»
Ignacio leyó en el semblante de César todo cuanto ocurría. A veces tenía ganas de decirle: «Bueno, mira. No iba por ti, ¿sabes?» Pero no lo hacía.
La sutileza de la situación escapaba a Matías Alvear; en cambio, Carmen Elgazu vio la cosa clara. En primer lugar, tenía que dar una lección a Ignacio; en segundo lugar, tenía que tranquilizar a César.
Ambas cosas eran difíciles y urgentes. ¿Qué hacer? ¿Cómo dar con las palabras justas?
Comprendió que lo más urgente era tranquilizar a César, pues éste sufría demasiado. Decirle que obedeciera a mosén Alberto, que obedeciendo cumplía «como si visitara a diario a los muertos y como si acariciara las pústulas de los pobres de la ciudad».
Muchas veces estuvo a punto de parar a su hijo y hablarle, pero siempre le estorbaba alguien: Ignacio, Matías o Pilar, la cual continuaba deslizándose por los pasillos. Y además, aquello no era una solución. Nadie le quitaría de la cabeza al seminarista que su obligación era darse entero a los necesitados. ¡Y mosén Alberto no pensaba levantarle la condena hasta el verano próximo!
Carmen Elgazu vio ante sí y ante César todo el invierno. Todo un invierno con su hijo en el Collell, roído aquél por los escrúpulos. Era preciso inyectarle una esperanza, dar con algo que llenara su mente y saciara su hambre de misericordia.
¡Qué fácil le resultó, a la postre, dar con la solución! ¡Y cómo se arquearon de alegría sus cejas al ver que César, vencida la primera perplejidad, le tiraba del delantal y le decía: «¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Eso haré!»
Carmen Elgazu dio con algo inesperado y sencillo: le sugirió a César que durante el invierno, en el Collell, aprendiera el oficio de barbero.
– Mosén Alberto me ha prometido que si para mayo llegas aquí sabiendo afeitar y cortar el pelo, te comprará un estuche con todo lo necesario y podrás hacer uso de él cuanto quieras en la calle de la Barca.
¡Viejos, enfermos; tomar entre las manos la cara y el cráneo de viejos y enfermos y afeitarlos, cortarles el pelo, lavarles luego la cabeza… y besársela! «¡De acuerdo, de acuerdo, eso haré!»
¡Cuánta alegría aleteó en la casa! Y, sin embargo, Carmen Elgazu no cantaba victoria aún. Siempre tuvo confianza en que lo de César se arreglaría. A ella los ángeles no le daban miedo; en cambio, los diablos…
¿Cómo darle a Ignacio su merecido sin herirle, pues bien claro se veía que se estaba arrepintiendo? ¿Y dejar sentada su autoridad?
De momento había pasado dos días mirándole con extraña dureza. Varias veces estuvo a punto de pegarle un bofetón tremendo, pero siempre se contuvo, y se alegraba de ello… ¿Qué hacer? Tal vez lo más sutil fuera darle una lección de serenidad…
Ésta fue la decisión que tomó. El instinto le decía que adivinaba, que sería lo eficaz. La misma noche en que convenció a César para que se hiciese barbero llevó a Ignacio, a la cama, un tazón de leche humeante y le dijo:
– Ignacio, sabes mejor que yo lo que te mereces, ¿verdad?
Al ver que el chico tomaba la taza sin decir palabra, añadió:
– Bueno, sólo quería hacerte una advertencia. En esta casa sólo hay una persona que pueda hablar de los pobres: tu padre, pues él sí ha pasado hambre, lo mismo que sus hermanos. Pero tú has tenido siempre un tazón de leche, lo mismo que yo. Así que hablar de ese asunto es tontería. En todo caso, lo único que cabe es salir a la puerta y darlo todo.
Las palabras de Carmen Elgazu fueron certeras. «Lo único que cabe es salir afuera y darlo todo.» Cuando, a la mañana siguiente, Ignacio despertó, sintió que algo le quemaba en el pecho. Se desayunó sin decir nada y bajó las escaleras en dirección al Banco. Al llegar a la esquina de la Plaza Municipal, miró el monedero. Llevaba seis pesetas; se las dio íntegras a la vieja que formaba parte de aquellos muros.
Suponía que su rasgo era ingenuo, que acaso no tuviera valor, que su madre debía de haberse referido a una acción periódica; pero hecho estaba. Y en todo caso, las seis pesetas tendrían valor para la vieja.
Y para él. Porque, en el fondo, fue la base de su reconciliación. De su reconciliación con César, con sus padres, con todo el mundo. Incluso con el director del Banco. El director del Banco, a raíz del incidente con don Jorge, le dijo que era la segunda vez que le avisaba. «A la tercera, te quedarás en la calle.» Pero luego el hombre se rió, Quería mucho a Ignacio, no podía disimularlo. «El cliente siempre tiene razón, ¿comprendes?», terminó diciendo.
Carmen Elgazu se sintió satisfecha de su intervención. Cuando ocurrían aquellas cosas se asustaba mucho. Nada podría contra los cambios que se operaban en la ciudad; pero, por lo menos, que la familia se sostuviera intacta.
Carmen Elgazu se asustaba porque sabía que la edad de Ignacio era crucial y porque entendía que sus ex abruptos eran fruto de los malos ejemplos. A la corta o a la larga, ella se enteraba de todo e iba pensando: «Mal asunto para Ignacio». De la quema de iglesias y conventos en Madrid acabó enterándose primero por los periódicos de Bilbao, que Matías no consiguió ocultar, y luego porque mosén Alberto se lo contó. Y se afectó extraordinariamente, tanto como César. Desde entonces la República le daba un miedo inexplicable, que el tiempo no conseguía mitigar. Cuando leía que en Andalucía había estallado un movimiento comunista libertario decía: «No me extraña, no me extraña». Cuando veía los modelos de traje de baño que se exhibían en los escaparates se horrorizaba. «No me extraña, no me extraña.» Y siempre pensaba que aquello podía abrir brecha en Ignacio. «Ver quemar una iglesia es comprobar que una iglesia puede ser quemada», filosofó a su manera, hablando con mosén Alberto. «Claro, claro -contestó el sacerdote-. Por ahí se empieza.»
En cuanto a Ignacio, salió de aquel incidente como César del baño después del viaje: limpio, con sólo el vago recuerdo del escozor de la alfalfa. Y se dijo que, en realidad, lo que más le impresionó de la advertencia materna fue lo primero: «En esta casa sólo hay una persona que puede hablar de los pobres: tu padre». El origen humilde de su padre le causaba siempre gran respeto. Cualquier gesto de su padre, cualquier acto y el desarrollo de sus costumbres tenían para él un significado especial cuando pensaba en su origen humilde. A no ser por el recuerdo del «ta, ta, ta; ta, ta, ta» del aparato telegráfico, los puros que encendía Matías Alvear le hubieran sabido amargos. Ignacio se dijo: «Lo que tengo que hacer es llevar una vida normal y no complicar la de los míos». Por un momento casi deseó ser rico: hubiera querido hacerle un regalo a su madre, otro a César, otro a Pilar. En esta disposición de ánimo entró en agosto, viendo que las vacaciones de César pasaban de prisa, de prisa…
Carmen Elgazu hubiera querido hacer una cura radical. Que aquello no fuera un baño, sino una purga. Y, al efecto, le había dicho: «Puesto que no puedes impedir los movimientos comunistas libertarios de Andalucía, ni que los empleados del Banco sean como son, ni que sea como es Julio García, por lo menos hazme un favor: obedece por una vez a mosén Alberto y no vayas ni a esa barbería ni al café Cataluña».
¡Ah! Por ahí no había nada que hacer… A Ignacio le ocurría como a Matías Alvear: tenía sus costumbres. Siempre decía que los chicos que cambian de barbería es que no tienen estabilidad; y en cuanto al café Cataluña…
A Carmen Elgazu no le gustaba la barbería de Ignacio -tampoco le gustaba mucho la de Raimundo, pero ¡qué hacer!- porque sabía que el patrón y los dependientes eran muy extremistas y estaban abonados a todas las revistas pornográficas. «Dios sabe lo que oirás mientras te cortan el pelo, hijo mío.» Ignacio no tenía ninguna intención de cambiar. No encontraba nada especial en el establecimiento, pero ya le conocían; y, además, uno de los dependientes tenía un hermano casado con una malagueña. Aquel detalle le fue simpático.
Poder entrar en la barbería y preguntar: «¿Qué, qué tal su cuñada?, ¿qué cuenta de Málaga?», le traía a la memoria mil recuerdos de infancia.
Y en cuanto al café Cataluña, la cosa era más seria. Poco a poco el ambiente había ido penetrando en él. Carmen Elgazu detestaba aquel café porque le parecía ordinario: futbolistas, limpiabotas, tratantes de ganado que jugaban al julepe y por la noche al bacará…; pero Ignacio tenía sus razones.
La primera era el billar. Continuaba jugando al billar, especialmente los domingos, sacando la lengua y levantando la pierna derecha cuando la bola pasaba rozando, lo cual le ocurría con machacona frecuencia. Su padre siempre le decía: «En el billar, mientras no se domina el «retroceso» no hay nada que hacer». E Ignacio no acertaba con él. En cambio, su compañero de juego, Oriol, poseía taco propio, el cual le permitía hacer retroceder su bola cuanto le daba la gana.
Y luego le gustaba, porque entendía que aquel café era un gran campo de experiencia. Ignacio creía que había hecho en él dos descubrimientos claves: el de que los limpiabotas eran, entre el pueblo, una institución tan importante como el clero entre la clase media y alta, y el de que los obreros en paro eran seres muy desgraciados y fácilmente infalibles.
Los limpiabotas eran prácticamente el centro en torno al cual giraba la vida del bar Cataluña. Todos los de la ciudad se reunían en él, por turno, y entre todos lo sabían todo e informaban de todo a todo el mundo.
Había algo en su cara -o tal vez en su faja y en sus pantalones de pana- que les confería autoridad. Muchos clientes del café los escuchaban como a un oráculo, y los rodeaban como los muchachos jóvenes rodeaban a los ases del fútbol. Entonces, sin gesticular, ellos hablaban lentamente, y poco a poco iban vertiendo opiniones de una violencia inaudita, eficaces porque por su forma de expresión no parecían exageradas, sino al contrario. Hasta el punto que, excepción hecha de un tal Blasco, anarquista militante que alardeaba de serlo, Ignacio no conocía la filiación exacta de ninguno de ellos. Aunque era evidente que eran mucho más extremistas que Raimundo y el barbero de Ignacio juntos. Ignacio, a veces, había pensado que en el oficio de aquellos hombres, en tener que arrodillarse ante el cliente, estaba el origen de su resentimiento.
En todo caso, exaltaban sistemáticamente a todo el mundo, incitando a uno y otro a esto o aquello y tratando de vender piedras de mechero y postales pornográficas. En opinión del compañero de billar de Ignacio, algunos futbolistas se habían convertido en desechos de hombre -bebiendo y jugando- a causa de los limpiabotas. Éstos siempre decían: «Hay que ayudar a la República a hacer la revolución. Encuentra muchos enemigos». El 10 de agosto, cuando Sanjurjo se sublevó en Sevilla, los limpiabotas fueron los que pidieron en el Cataluña, con más sangre fría, la cabeza del general y de los demás militares comprometidos.
Ignacio había notado que sus víctimas más fáciles eran los segundos seres motivo de su observación: los obreros en paro. Obreros silenciosos muchos de ellos, que se sentaban en la acera fumando o dejándose caer la gorra sobre los ojos, para protegerse del sol. Los limpiabotas les daban tabaco y aun les pagaban alguna copa de anís, a cambio de que les oyeran lentas y complicadas segregaciones oratorias. «Dile a tu mujer que vaya a ver al obispo para que te de trabajo. Por lo menos, podrá sentarse en un buen sillón mientras espera.» Ignacio, viendo aquellos obreros, sentía por ellos una gran pena. Deseaba que las cosas se arreglaran para sus familias, que la República llevara a cabo, en efecto, la revolución. Los futbolistas se lamentaban: «Los ricos no vienen ni siquiera al fútbol. Si nosotros cobramos alguna prima, es gracias a la clase media y a los obreros».
En cuanto al juego, fue otro descubrimiento del muchacho. En seguida comprendió que, de tener dinero, se aficionaría a él como algunas personas que estaban allí día y noche, con la baraja en las manos. A veces, encontrándose en el salón del billar, se le acercaba un limpiabotas y le decía: «Mira en aquella mesa. A duro y a poner todos». A Ignacio aquello le atraía cuando la apuesta era importante. Sufría tanto como los propios jugadores.
Su padre le había advertido muchas veces: «Lo que quieras, pero las cartas no». Por eso le ocurrió lo que le ocurrió. El día en que el director del Banco le comunicó que iba a proponer a la Central, a Barcelona, que le admitieran como meritorio, con aumento de sueldo, no sólo pensó que las seis pesetas que dio a la vieja le eran devueltas con creces, sino que no pudo resistir la tentación de decirle al limpiabotas: «Ahí van tres pesetas. Juega por mí». Le pareció que, no teniendo él las cartas, no desobedecía tan gravemente a su padre.
Y no obstante, el dinero ganado -once pesetas en menos de diez minutos- le produjo tal emoción, tal desconcierto, que comprendió que aquello no era bueno. Los dos duros y la peseta le tintineaban en el bolsillo como si fuesen campanillas. Llegó un momento en que le pareció que todo el mundo las oía, especialmente los obreros parados. Entonces salió del café incrustándose las monedas en el fondo de la mano cerrada.
Carmen Elgazu, que no cesaba de observar a César, veía que el seminarista estaba contento. Contento primero por el cambio que estaba dando Ignacio; y luego porque había tenido una idea que, expuesta a la familia -fue excluido Matías Alvear- mereció la aprobación más entusiasta, especialmente por parte de Pilar.
Fue un pequeño complot, que Ignacio dirigió con arte consumado. Ocurrió un domingo por la mañana, el último domingo de agosto, próximas a su fin las vacaciones.
A las diez, Matías, en pijama y silbando, según su costumbre, salió de su cuarto y colgó el espejo en la ventana que daba al río, dispuesto a afeitarse. Su rostro expresaba la mayor felicidad.
Apenas dio media vuelta en dirección a la cocina para recoger sus enseres, cuando César salió de ella triunfalmente blandiendo una navaja, jabón y brocha, en tanto que Ignacio retiraba el espejo y la propia Carmen Elgazu preparaba una silla de cara a la luz, y con ademán cortés invitaba a Matías a sentarse en ella. Detrás de César, por encima de su hombro, sonreían Pilar… Nuri, María y Asunción.
– Pero… ¿qué pasa? -barbotó Matías, horrorizado al ver la navaja en manos de su hijo-. ¿Qué complot es éste?
– ¡Nada, nada! ¡Que César va a afeitarte! -explicó Pilar.
– ¿A mí…?
– ¡A ti, sí! -rubricó César-. ¡Tengo que aprender!
Tal jolgorio se armó que Matías, aun sin comprender los verdaderos motivos, entendió que no podía defraudar a aquel pequeño mundo y, levantando los hombros, exclamó:
– ¡Un momento! Me dejaré afeitar con una condición.
– ¿Cuál?
– Que por la tarde salgamos todos juntos a dar un paseo por la Dehesa.
– ¡Hurra…!
Se sentó. César le llenó de jabón la boca, las orejas, los ojos. De vez en cuando Matías estallaba en una carcajada y entonces salpicaba a todo el mundo. Sin embargo, la navaja empezó a deslizarse por la mejilla derecha con sorprendente facilidad. Luego la izquierda, luego el cuello. Nadie osaba respirar.
– ¿Te hago daño?
– ¡Adelante!
– ¡Espera! ¡Ponle un poco de jabón ahí!
¡Una maravilla! Sólo hacia al final, entre el labio inferior y el mentón, el barbero pareció tropezar, a juzgar por las muecas que hizo, con un pequeño bache que se las traía.
– ¡Servidor!
– ¡Hurra!
César ni siquiera se dio cuenta de que todos le felicitaban, de que todo el mundo se reía y de que Carmen Elgazu exclamaba: «¡Y pensar que él siempre se corta un par de veces!» El seminarista no cesaba de contemplar la navaja y luego su mano.
– ¿Qué te ocurre?
Le ocurría algo extraño, que no se atrevió a contar. En el momento de empezar, le había parecido que alguien, invisible, que estaba a su lado, le guiaba la mano.
Todos se dieron cuenta de que, prácticamente, César había dejado de pertenecerles. Apenas llevaba dos meses en su compañía y ya el autobús destartalado volvía a esperarle para conducirle al Collell. Apenas la maleta había sido colocada encima del armario, tenían que bajarla de nuevo. Otra vez los calcetines, las camisas, la pasta dentífrica, el Misal Romano entre dos pijamas, misal que Ignacio le había comprado con aquellas once pesetas.
Carmen Elgazu hubiera preferido no leer las historietas del calendario con tal que los días se hubieran detenido. César se llevaba consigo el afecto de todos, una docena de pañuelos con iniciales bordadas por Pilar, la advertencia del médico: «En cuanto notes cansancio, te sientas», y la orden de mosén Alberto: «Si el director del Collell me dice que has terminado con tus escrúpulos, el verano próximo te daremos menos chocolate».
Matías le había acompañado al doctor, un amigo del director de la Tabacalera, para que diagnosticara sobre las ojeras del chico. «No sé, no sé, no le noto nada. Es su complexión. Que coma mucho.» Carmen Elgazu le recomendó: «Ya lo oyes. Diles a las monjas que te den ración doble». Era deseo de Matías que antes de marcharse fuera a despedirse de Julio García y doña Amparo Campo. César le dio satisfacción. Julio, al verle, le puso la mano en la rapada cabeza y le preguntó: «¿Qué, te ha dado buena propina mosén Alberto por tanto recado?» Doña Amparo Campo le contemplaba como si fuera un bicho raro.
Cuando el seminarista subió al autobús y éste arrancó, dirigió una última mirada a los suyos y luego a los dos campanarios de San Félix y la Catedral. Y fue pensando que en el Collell no encontraría otros padres de su sangre, como Matías Alvear y Carmen Elgazu, otros hermanos de su sangre, como Ignacio y Pilar; en cambio, encontraría una capilla hermana de aquella que se cobijaba debajo de los campanarios. Y el mismo Dios.
Partió el 10 de septiembre. El 15, Ignacio se examinó del cuarto curso de Bachillerato. En los últimos días había hecho un notable esfuerzo, y aprobó. Matías le regaló una corbata, Carmen Elgazu puso en la mesa cuatro velas… El 20 se recibió la noticia de que la Central del Banco Arús había aprobado la propuesta del director, en virtud de la cual Ignacio pasaba a meritorio, con un sueldo de cien pesetas mensuales. El día 1 de octubre otro botones le sustituía, y él quedaba adscrito a la sección de Impagados, frente por frente del empleado que no se decidía a llevar su novia al altar.
Luego, el otoño llegó a la ciudad, montado en la tramontana. Y con él la lluvia. Desde el Banco se oía llover fuera, monótonamente. Las murallas, la ermita del Calvario, sin el sol… y sin César, debían de estar desiertas.
El otoño pareció reagrupar las fuerzas que con el verano se habían dispersado en playas y montañas. Los obreros en paro del bar Cataluña buscaron en el interior un sitio donde molestaran lo menos posible. En la barbería de Raimundo el agua era puesta a calentar antes de remojar con ella a los clientes.
Entonces los partidos políticos se alinearon. Izquierda Republicana, el mejor local de la ciudad, preparó su colosal estufa y celebró Asamblea General: presidentes, los hermanos Costa, industriales importantes, gemelos e inseparables. La Liga Catalana adquirió unos cuantos volúmenes para la biblioteca y renovó la Junta: presidente honorario, don Jorge de Batlle; vicepresidente, el notario Noguer. En el salón del fondo, la juventud del Partido fue autorizada para organizar bailes los domingos y fiestas de guardar. La CEDA adquirió dos pings-pongs, y don Santiago Estrada, reelegido, propuso que las señoras tuvieran voz y voto en las decisiones internas. El partido socialista quedó prácticamente unificado con la UGT; en el Banco Arús se dijo: «Eso está bien, pero harían falta dirigentes jóvenes. En Barcelona, el Sindicato pita mucho, pero aquí somos unos borregos». La CNT cobraba auge, y los limpiabotas se habían afiliado a ella en bloque. Se reunían en el mayor de los tres gimnasios de la localidad. La FAI estaba compuesta de menores de edad, que no sabían si eran de la FAI o de las Juventudes Libertarias, pero que obedecían ciegamente al jefe de la CNT. El partido comunista era embrionario como agrupación. Un tal Víctor, encuadernador en los talleres del Hospicio, hombre ya mayor, canoso y aficionado a la fotografía, era el jefe, y había conseguido reunir en una barbería unos cuantos admiradores de Rusia. Víctor tenía una cabeza venerable y era muy respetado. Se le escuchaba con fervor. Siempre decía: «Es lástima que seamos tan individualistas. Si todos los comunistas de corazón y de instinto vinieran… La labor en este invierno tiene que consistir en eso: en agruparnos y encontrar un local». Los monárquicos se reunían en la redacción de El Tradicionalista, donde los partidarios de Alfonso XIII hacían buenas migas con los que todavía guardaban la boina roja… Estat Català abrió un local coquetón, con chimenea de ladrillos rojos y arcos decorativos. El arquitecto Ribas era el jefe. Los militares se reunían en un café de la Rambla, muy cerca del Neutral, y quien llevaba la batuta era el comandante Martínez de Soria.
Los partidos políticos se alinearon porque se esperaban acontecimientos. Y, en efecto, llegaron: en Madrid se promulgaron simultáneamente el Estatuto Catalán y la Ley de Reforma Agraria.
La Ley Agraria fue muy bien recibida. Todo el mundo estaba de acuerdo: el problema del campo en España era pavoroso. La Torre de Babel decía: «Todavía se trabaja como en tiempo de los romanos».
Don Agustín Santillana, descendiente de grandes propietarios, discutió acaloradamente los términos de la Ley. «Expropiar es muy bonito, repartir la tierra, etcétera… Pero luego hay que conceder créditos, conseguir maquinaria, abonos. Será un fracaso espantoso. ¡Con las pocas ganas que hay de trabajar…!» Matías Alvear casi se indignó. «Es el primer esfuerzo serio que se hace desde muchos años. Usted, como empleado de Hacienda, tendría que saberlo. No me va usted a decir que sea justo que Romanones posea casi toda la provincia de Guadalajara.»
– Yo no digo eso, Matías. Pero lo que pueda hacer este Gobierno… ¿No se da cuenta de que se dedican a la demagogia? Prometer, prometer… A mí me gusta estar en la mesa con mi mujer, ¿comprende? A la sirvienta, pagarla bien y hasta buscarle un novio soldado, con bigote; pero en la cocina, ¿comprende?
Matías Alvear se encogió de hombros. «¡Tres doble! ¡Paso!» Se encogió de hombros porque sabía que nunca convencería a don Agustín.
Tocante al Estatuto Catalán… la cosa le pareció menos clara. La explosión de entusiasmo fue tal en la región, que Matías le dijo a don Emilio Santos: «¿Qué cree usted que va a pasar?» En Gerona se hubiera dicho que lo que estaba pasando era un huracán. Banderas por todas partes, sardanas lanzando al viento las notas de sus tenoras, Estat Català emitiendo por la radio local parabienes a Barcelona, Lérida y Tarragona; insignias en las solapas, ¡cinturones y calcetines con las cuatro barras de sangre! El notario Noguer hizo un discurso desde el balcón de la Liga Catalana, el propio mosén Alberto dio orden a la imprenta de catecismo de que retiraran los textos castellanos y esperaran el envío inmediato de un Catecismo en catalán. «Hay que rezar en el idioma materno», sentenció. Pilar, al enterarse, repuso: «¡Estaría bueno! Yo tendría que rezar en vascuence». Julia García se dirigió hacia el único establecimiento de música de la localidad, situado en la calle Platería, y compró seis discos de canciones catalanas de Navidad.
Matías Alvear no veía claro… Le daba miedo presentarse en Telégrafos. «¿Qué va a pasar?»
– No te echarán del Cuerpo -le dijeron, apenas entró-. Pero te trasladarán, desde luego. A Madrid, o tal vez a Soria.
Matías perdió la respiración. No es que Soria le asustase, y mucho menos Madrid. Pero estaba ya harto de traslados, además de que en Gerona tenía un buen piso y había encauzado como Dios manda los estudios y la educación de sus hijos.
– ¿No os parece grotesco llevar las cosas a ese extremo? ¿No somos de la misma raza?
Sus compañeros de trabajo se encogieron de hombros… Matías no podía con aquello. A gusto hubiera salido a la escalinata de Correos y gritado a Cataluña entera: «¡No tantos humos!» Pero al pensar en la boina vasca de su mujer se diluyeron los suyos.
Julio García le dio esperanzas. «No tengas miedo. Te quedarás.»
Y así fue. De diversas oficinas partieron hacia otras regiones muchos funcionarios, con sus familias. Extraño éxodo en el interior de una misma nación. ¡El filósofo don Agustín Santillana fue uno de ellos!; pero Matías pudo quedarse, no sin antes haber demostrado que conocía al dedillo la gramática catalana. Julio le dijo: «Agradécelo a los seis discos de canciones navideñas».
Matías continuaba haciendo turno de noche. Su compañero habitual era un hombre pacífico, más joven que él, Jaime, a quien el Estatuto pareció transformar en un ser agresivo. Quería a Matías, pero estaba exaltado. No hacía más que hablarle en tono irónico de lo atrasadas que eran las gentes de Segovia, Badajoz o Cuenca.
– ¿Usted ha viajado por allí? -le preguntó Matías.
– No, jamás.
– Entonces ¿se lo han dicho?
– Quizá.
– Ya… De todos modos, le aconsejo que si un día tiene ocasión, vaya por esos sitios. Tendrá una sorpresa.
– No creo.
– ¡Ya verá! Y en cuanto a atrasados… yo estuve unos días en Canet de Mar, y luego también en la provincia de Lérida… ¡En fin, para qué hablar!
– ¿Es que pretende comparar Cataluña al resto?
– ¿Comparar en qué?
– En nivel social, en producción, en… manera de vivir. En todo.
– En nivel social… no. En cuanto a manera de vivir… ustedes se parecen mucho a Francia, claro.
– A mucha honra.
– Pues un castellano no se lo envidiaría, Jaime, se lo aseguro.
– ¡Claro! Allí, diciendo todo eso del Cid están más que satisfechos.
– Usted lo cree. Lo que pasa es que no admiten que tener unas cuantas fábricas de tejidos signifique ser más hombre.
– ¡Vamos!
– ¡Natural! ¿A qué tanto Cuenca y Badajoz porque allí hay menos cuartos de baño que en Barcelona? ¿Es que creen ustedes que son más felices?
– Ni más felices ni menos felices. Simplemente, somos distintos. Por eso queremos separarnos.
– ¿Y si los de Segovia y el resto les declaran el boicot y no les compran nada?
– ¿Con qué se vestirán?
– Si tan salvajes son… ¡andarán desnudos!
– Bueno, el mercado extranjero es algo, creo yo. ¡Imagínese que toda España fuera como Cataluña! Tendríamos una potencia mundial.
– ¿Económicamente?
– Y culturalmente.
– Si tanto le interesa la cultura, ¿por qué se hizo telegrafista?
– Lo mismo digo.
– Yo no he pretendido nunca que mi tierra fuera Grecia. Lo que me interesa es no deber nada a nadie, ni en este mundo ni en el otro.
– ¿Frase de los muchachos…?
Llegados aquí, Jaime se dio cuenta de que Matías, personalmente, no se merecía aquello. Se rió y le ofreció un cigarrillo.
Pero Matías quedó preocupado. Nunca le gustó hacer turno de noche; pero ahora mucho menos. Jaime volvería a las andadas. ¡Se había puesto a escribir versos en catalán! Tenía un diccionario al lado. Buscaba palabras nuevas. Cuando el aparato telegráfico se ponía de súbito en marcha, su inspiración quedaba cortada. «¡Perro oficio! -se lamentaba-. Si Maragall hubiese sido telegrafista, no hubiera escrito el Cántico Espiritual. ¿Quiere usted que le recite el Cántico Espiritual, Matías?»
A veces irrumpía en aquella tertulia de a dos el propio Julio García.
El policía era trasnochador de suyo y con frecuencia se acercaba a Correos y Telégrafos, y por la puerta que ponía «Prohibido entrar», entraba.
En este caso la discusión tomaba mayores vuelos, pues el hombre en cuanto había tomado parte en un par de rondas de manzanilla era capaz de recitar no sólo a Maragall, sino a Goethe en alemán. Aunque prefería reclinarse en la ventana que daba a la Plaza, ladearse el sombrero y canturrear flamenco o algún chotis. Matías gozaba de lo lindo oyéndole y diciéndole a Jaime:
– Compare, compare el texto de este chotis con ese soneto pirenaico que está usted pergeñando.
Luego, Julio tomaba asiento y se ponía a hablar del problema social. Ahí el propio Jaime se convertía en su oyente. La manzanilla ponía al alcance de Julio todo el léxico de que disponía. Matías le escuchaba doliéndose de que don Agustín Santillana se hubiera marchado, porque sus discusiones con Julio eran célebres en el Neutral.
Julio, comentando la promulgación de la Ley de Reforma Agraria, imponía el tema del terrateniente español, al que juzgaba odioso:
– Ignacio sabe algo de esos personajes -decía-, pues todas las semanas desfilan por el Banco un par de docenas a cortar el cupón. Es gente fanfarrona… y desde luego despótica. En su piso o en su casa de campo leeréis siempre, a la entrada: «Ave María Purísima»; en el vestíbulo, veréis el árbol genealógico de la familia. Todo allí recuerda a todo el mundo, especialmente a la propia mujer y a los hijos, que en aquella casa hay que permanecer serios, guardar la compostura siempre… Entretanto, a lo largo de la tapia de la finca… terribles trozos de vidrio, capaces de descarnar a un crío. Y muchos de ellos -el notario Noguer, para citar un ejemplo- tienen dada orden a su guarda de disparar contra el primer intruso.
Matías admitía todo eso como cierto. Todo eso y mucho más. Consideraba al terrateniente español más responsable que los de naciones menos pobres y que no se considerasen católicas; pero invitaba a Julio y a Jaime a admitir que muchos de ellos, personalmente, eran unos aristócratas…
¡Cómo no! Julio lo admitía, admitía que la aristocracia era un hecho natural, que a uno podía no gustarle, pero que era un hecho, y que por ello despreciaba más aún a los industriales nuevos ricos, tan despóticos como los primeros y por añadidura chabacanos.
A veces, estas sesiones terminaban en partida de dominó, juego en que los tres eran maestros.
Matías, al día siguiente, repetía en la mesa su conversación con Julio, después de caricaturizar la labor poética de Jaime. Carmen Elgazu, como siempre que se hablaba del policía, ponía mala cara. Más aún, en los últimos tiempos daba a entender que sabía mucho referente al amigo de infancia de Matías Alvear.
– Creéis que es simple policía, ¿eh…? ¿Dónde habéis visto que un policía sepa tantas cosas, sea tan sabio?
Ignacio replicaba:
– Los policías no leen nada y él sí. Eso es todo.
– ¡Ya, ya! -insistía Carmen Elgazu-. ¿Todos los policías reciben, tanta correspondencia como él recibe, inclusive del extranjero…? Matías se reía.
– Y eso ¿qué tiene que ver?
A Carmen Elgazu le parecía que tenía mucho que ver.
– Y además… me obligaréis a desembuchar del todo. En Madrid no mandan a las provincias fronterizas como ésta a un cualquiera… ¡No, no, si no he terminado! ¿Queréis saber una cosa…? -Un día miró a todos en señal de reto y soltó-: Julio es especialista en suicidios.
– ¿Especialista en…? -Varias voces repitieron la palabra.
– ¡Sí, sí! Y también por eso se encuentra aquí. Porque en esta provincia hay muchos suicidios, aunque no lo parezca.
Nadie comprendió. Ignacio se encogió de hombros, aun cuando le costaba suponer que su madre erraba. Sabía que su madre no hablaba nunca porque sí, que sus palabras arrancaban siempre de instintos muy profundos.
Matías acabó diciendo que, de continuar de aquella manera, se abstendría de contar en la mesa sus tertulias nocturnas en Telégrafos. Pilar protestó al igual que los demás, pues si bien la chica no entendía nada de política, nunca faltaba entre dos réplicas alguna agudeza, que luego le valía un éxito entre las amigas.
Carmen Elgazu no dio su brazo a torcer e intensificó su labor informativa. Un día en que Matías llegó celebrando los dichos de Julio más que de ordinario, puso cara de circunstancias, se arregló el moño y soltó la gorda. Dijo que Julio era, ni más ni menos, el capitoste de los comunistas de la provincia.
Todo el mundo se quedó estupefacto. Matías la miró y, cambiando de expresión, repuso:
– ¡No tantos vuelos, mujer, no tantos vuelos…! Anda, basta ya. -Luego añadió-: Julio… es un pobre hombre, como yo…
Y aquella frase desarmó a Carmen Elgazu.
Se acercaba Navidad y el cumpleaños de Ignacio. Con ello los turrones, los belenes y la lotería.
Pilar fue la encargada del belén. Se eligió su habitación porque era la que ofrecía más espacio libre y donde sus amigas Nuri, María y Asunción podrían trabajar sin estorbar. Pilar comenzó el montaje utilizando una mesa espaciosa, plegable, que guardaba en el cuarto de trastos de la azotea. Pintaron un fondo de montañas y cielo azul. Para el portal, se guiaron por un plano que le había hecho César, ex profeso, fiel a la Biblia. Pilar hubiera querido algo magnífico, regio, con figuras de tamaño natural; Ignacio les decía: «No seáis tontas. Los belenes tienen que ser sencillos. Así, con un río de papel de plata».
De los turrones se encargó Carmen Elgazu, y fue mandado un paquete de dos kilos al Collell; de la lotería se cuidó Matías.
Matías Alvear convencía todos los años a la tertulia del Neutral para comprar, entre todos, un billete. Aquel año faltaba don Agustín Santillana, pero le sustituyó el subdirector del Banco de Ignacio.
El director de la Tabacalera, que si tenía un pasar era gracias a la lotería, le preguntó a Matías:
– Así, pues, ¿qué haría usted, Matías, si le tocara el gordo? Además de mandar a freír espárragos a los de Telégrafos se entiende.
Matías colgó el sombrero en el perchero del café y dijo, sentándose y pasándose las manos por los muslos:
– Pues…la verdad, lo primero cumplir una promesa que le tengo hecha a mi mujer: llevarla a Mallorca.
– ¡Vaya! Segunda luna de miel.
– Eso. Luego… -continuó, arrellanándose en el sillón, y llamando al camarero- creo que iría a la barbería de Raimundo y me daría el gustazo de decirle: «Anda, haz lo que te de la gana». Me gustaría comprobar cuánto subiría la cuenta.
El camarero del Neutral se detuvo a escucharle, sonriendo, lo mismo que Julio.
– ¿Y qué más, y qué más?
– Pues… no sé. ¡Podría uno hacer tantas cosas! Quedarse aquí, o estar pescando en el Ter o en el balcón durante años…
El director de la Tabacalera le miró sorprendido.
– ¿Continuaría usted pescando en el balcón?
Matías disolvió con parsimonia el azúcar en el café.
– ¿Por qué no? ¿Qué querría? ¿Que me fuera a pescar ballenas?
Matías aseguraba que a él el dinero no le haría perder la cabeza jamás.
El camarero quedó un poco decepcionado. Era un chico exaltado, Ramón de nombre, que siempre soñaba con aventuras inverosímiles.
– ¿Y usted, Julio…? -preguntó Ramón al policía al ver que se había hecho el silencio.
Julio se pasó también las manos por los muslos.
– Yo…lo primero que haría es ocultarle a mi mujer que me había tocado un céntimo.
El camarero torció la boca y se alejó. A todos les dio pena y, llamándole, le regalaron una participación de cinco pesetas. Pero… de nada sirvió. Rodó la Fortuna y a la tertulia del Neutral no le tocó nada, ni pedrea.
Sin embargo, Navidad llegaba para todos. En el piso de la Rambla estaban el belén, los turrones, una carta de César dirigida especialmente a Pilar, a quien felicitaba por haber estrenado unas medias y a quien censuraba su proyecto de cortarse las trenzas. Carmen Elgazu hizo canelones. Luego hubo pollo y champaña. Matías dijo: «Si queréis, puedo recitaros un soneto de Jaime. Sota el cel blau…»
Todos protestaron enérgicamente.
El 31 de diciembre, cumpleaños de Ignacio -diecisiete años-, se invitó a todas las amistades a tomar café. Pilar estaba muy contenta viendo a tantos hombres en casa. El único que le daba miedo era mosén Alberto. Cuando éste llegó, la chica salió al balcón del río, le hizo una seña a Nuri, que permanecía a la escucha tres balcones más arriba, y a la media hora ésta, María y Asunción se hallaban reunidas en el cuarto de Pilar, parloteando, cambiando de sitio las ovejas del belén y mirando de vez en cuando al comedor por el ojo de la cerradura.
Pilar les leyó la carta de César. Estaba muy orgullosa con ella.
Nuri le dijo: «Yo quiero que tu hermano me case». Asunción, que cada vez que se acercaba a la cerradura, deseaba que el ángulo visual comprendiera a Ignacio, dijo sonriendo: «Yo quiero casarme con tu hermano».
Pilar ocultaba a sus amigas que Ignacio no le hacía caso. En realidad, ella continuaba prefiriéndole. Si Ignacio hubiese querido, la chica le hubiera seguido a todas partes. Aquel día les decía a todas: «Diecisiete años, y ya cobra cien pesetas».
Ignacio sostenía raramente una conversación larga con su hermana. Excepto si le interesaba algo preciso, preguntarle detalles de las monjas o de sus amigas. Se interesaba especialmente por María y Asunción, porque éstas eran hijas de militar. «¿Qué cuentan de sus padres?» Le interesaban porque en el Banco se decía que los militares eran los verdaderos enemigos del progreso y de la República. Se hablaba con particular agresividad del comandante Martínez de Soria, monárquico recalcitrante. Pilar se encogía de hombros, ignoraba todo aquello. Se limitaba a decirle que a María y a Asunción, lo mismo que a otras chicas que conocía, les gustaba mucho ser hijas de militar.
En el comedor se hablaba de lo importante que era aquella fecha, el último día del año. De que la vida pasaba de prisa. ¡Julio recordaba a Matías de pantalón corto -sin medias- correteando por Madrid!, mosén Alberto sus años de Seminario, «cuando lo que ahora era patio en la Sagrada Familia era entonces huerta con coles y nabos y una acequia de agua clara», don Emilio Santos dijo: «Pues hoy hace quince años que murió mi mujer». Todo el mundo guardó silencio un instante. Luego Carmen Elgazu explicó que ella y Matías se conocían desde hacía veinticinco años. «Nos conocimos en Bilbao. En un viaje que él hizo allí, nunca he sabido por qué…»
– ¿Por qué fui a Bilbao…? -Matías soltó una carcajada-. Pues ha quedado claro, me parece…
– ¡Nada, nada! Ni siquiera sabías que yo existiera.
Éste era el gran misterio, según mosén Alberto. Que las personas se cruzaran a mitad de camino…
Luego se habló de lo que cada uno haría aquella noche. Julio y doña Amparo Campo se irían al baile de Izquierda Republicana y se tomarían las doce uvas. Don Emilio Santos a dormir, lo mismo que Matías. Mosén Alberto tenía que terminar la Memoria anual de actividades del Museo. A Carmen Elgazu la horrorizó que alguien, en el momento de empezar el nuevo año, se atreviera a estar en un baile y comer uvas. «Son costumbres de quién sabe dónde», dijo.
– ¿Usted qué hará, pues? -le preguntó el policía.
– ¿Yo…? Pues como todos los años. Me llevaré a Ignacio y Pilar a la Catedral, y empezaremos el año oyendo misa.
Matías intervino.
– Anda, mujer, cuéntalo todo. Haréis algo más, supongo.
– ¿Qué quieres decir?
– No sé. -Matías sonrió-. ¿No haces nada al oír las doce campanadas?
Carmen Elgazu se arregló el moño que se le estaba cayendo.
– ¡Ah, sí, claro! Besaremos el suelo doce veces.
Julio empequeñeció los ojos. Don Emilio Santos miró a la mujer de Matías con admiración.
– ¿Besar el suelo…?
– Claro. En señal de humildad.
Ignacio corrigió:
– No es exactamente eso. Es recordar que el tiempo pasa y que volveremos a ser polvo.
A Ignacio le gustaba demostrar a Julio que él continuaba estando al otro lado.
– ¿Tú también lo harás…? -le preguntó el policía.
– Naturalmente -dijo Ignacio.
Carmen Elgazu rubricó:
– En mi casa, en Bilbao, la familia lleva más de trescientos años besando el suelo a fin de año, cuando dan las campanadas.
Así se hizo. Julio comió las uvas en Izquierda Republicana -su mujer hubiera preferido otro lugar de más postín-; mosén Alberto se paseó solo por las inmensas salas del Museo catalogando objetos y mirando de vez en cuando las estrellas; Carmen Elgazu e Ignacio se fueron a la Catedral.
Ceremonia de fin de año. ¡Ignacio cumplía los diecisiete! Madre e hijo arrodillados; sonó el reloj; ¡ambos se doblaron y pegaron su frente y sus labios a las losas del templo! La sangre le subió a Ignacio a la cabeza. De reojo miraba a su madre y pensaba: «Hace diecisiete años, esta mujer en vez de estar boca abajo, como en este instante, estaba tendida panza arriba, las manos en los barrotes de la cama, abierto el vientre para darme la vida». Cuando las doce campanadas se extinguieron, Ignacio asió del brazo a su madre, ayudándola a reincorporarse. Sintió el tibio contacto de su antebrazo. El perfil de Carmen Elgazu era duro y noble, destacaba sobre los sillares de la Catedral, era un perfil que debía de tener también trescientos años… «¿Yo perfecta…? -protestaba a veces Carmen Elgazu-. Sí, sí. También siento mis antipatías, también. Y mis celos y mi amor propio. Es imposible que una mujer casada sea perfecta.»
Año Nuevo. Ignacio oyó resonar con magnificencia el órgano del templo. Un coro cantaba, que parecía de ángeles. «¿Por qué al señor obispo le rodeaban con tantos almohadones?»
– Señor… que en este año de 1933 apruebe el quinto de Bachillerato, que en casa tengamos salud y continuemos todos tan unidos como ahora. Que Pilar, dentro de un año, pueda construir de nuevo el belén, con un río de papel de plata.
El día 2 de enero, en el Banco, quiso enterarse de lo que habían hecho los empleados en la noche de San Silvestre. Resultó que varios de ellos también habían besado el suelo: el de Impagados y Padrosa.
Se emborracharon de tal forma en el Cataluña, que al salir se cayeron a la acera. «Porque Blasco nos empujó», se disculparon. El subdirector fue al cine con su mujer; la Torre de Babel, a ver un vaudeville que daban en el Teatro Municipal. «Me dolía el estómago de tanto reírme.»
En realidad, a Ignacio le interesaba la actuación de uno de los empleados, de Cosme Vila. Cosme Vila, con su cabeza mongólica y la nuez del cuello inmóvil, escondió algo bajo la máquina de escribir.
– Yo hice como todos los días: me quedé en casa a leer.
Ignacio le preguntó:
– ¿Se puede saber qué es lo que lees? ¿O si es que estudias algo?
Cosme Vila contestó:
– Leo… libros sociales. Me interesa lo social.
Ignacio preguntó:
– ¿Zola, Tolstoi…?
Cosme Vila se pasó la mano por su prematura calvicie.
– No, no. Prefiero textos precisos.
– ¿Sorel…?
– Sí. ¿Por qué no? Y Marx.
Ignacio se mordió los labios.
– ¿Tú… tienes familia? -le preguntó.
– No. Ahora vivo solo. Pero la tendré. -Luego añadió-: Quiero tener un hijo.
Cosme Vila trataba a Ignacio como a los demás. Siempre guardaba cierta distancia. Ignacio había pensado a veces que estudiar quinto curso y haber redactado aquella protesta contra las horas extraordinarias le granjearían la consideración de Cosme Vila. Pero no era así. El empleado de Correspondencia los miraba a todos un poco como casos perdidos, como si se movieran en una órbita o en un mundo destinado a perecer.
Aquel día le dijo:
– ¿Y tú qué hiciste en la noche de San Silvestre?
Ignacio se rascó con rapidez el negro y encrespado pelo.
– ¡Bah! -sonrió-. Lo mío no te interesa.
Luego, el nuevo año empezó bajo el signo de los mítines. Todos los Partidos organizaron mítines. Preparación de la campaña electoral.
A Matías le gustaban mucho los mítines. Todos, del color que fueran. No se perdía uno. Ignacio, en esta ocasión había de acompañarle, aun a riesgo de faltar a la Academia nocturna, y el espectáculo iba a ser para él un gran descubrimiento.
En los mítines le pareció que empezaba a conocer lo que cada Partido pretendía y en ellos oyó hablar y conoció a los diputados, que tantas veces citaban, para bien o para mal, El Tradicionalista, órgano de las derechas, y El Demócrata, órgano de las izquierdas.
Ignacio se dio cuenta de que era muy sensible a aquel sistema de propaganda. La idea de unas personas elegidas por voto popular, recorriendo los escenarios de la capital y los pueblos, agradeciendo a los ciudadanos la confianza que habían depositado en ellas, rogándoles que expusieran sus necesidades, para tratar de ellas en el seno del Gobierno, le pareció un sistema perfecto de enlace, algo así como una gran conquista de la organización humana. Recordaba lo que a veces había oído sobre la Dictadura; que un hombre solo decidía a rajatabla, sin contacto directo con la gente, con zonas de la nación por las que ni siquiera había pasado nunca, y le parecía algo muy inferior.
Por su parte, salía de los mítines convencido. De tener voto, casi siempre hubiera votado por los últimos que acababa de oír.
Le gustaban las banderas cruzándose con hermandad, las ovaciones. Y sobre todo, la gravedad de los diputados, el calor y la sinceridad con que hablaban.
Y, sin embargo, no todo el mundo estaba de acuerdo con él. El subdirector del Banco, pulsó un poco de rapé como era su costumbre y le dijo:
– ¡Uf, chico! Yo soy de la CEDA, ya lo sabes. Pues mira. En todo eso hay mucho teatro, la verdad. ¡Qué quieres!
Ignacio supuso que el subdirector hablaba en tal forma porque su partido era de derechas.
Pero recogió otra opinión. La del cajero, hombre ya maduro, cuñado del diputado don Joaquín Santaló, de Izquierda Republicana.
Al oír la pregunta de Ignacio, se rascó la cabeza.
– Pues sí… hay mucho camelo… Claro que hay algún diputado que habla de buena fe, pero la mayoría… -Atrajo a Ignacio hacia sí, cerca de la caja de caudales-. Te puedo dar un detalle. En casa hay la gran juerga cuando llega mi cuñado. Mi mujer, que no tiene pelos en la lengua, le pregunta: «Esta vez, ¿qué prometiste?» Mi cuñado le contesta: «Ale, no seas idiota». Pero cuando quedamos solos me dice: «No sé. Depende de lo que prometan los demás. Quizá los muros de contención del Ter, contra las inundaciones».
Ignacio se indignó. «¿Cómo podían ser unos farsantes si exponían el pellejo por su idea? Porque él había presenciado muchos incidentes: interrupciones, insultos, piedras a la salida.»
– Ya, ya -admitió el cajero-. Eso es verdad. Pero forma parte del caldo.
A Ignacio le preocupaba precisamente lo contrario: creer que todos tenían razón. Porque apenas si veía diferencia entre un programa y otro, excepción hecha del aspecto religioso. Todos demostraban preocuparse del bienestar de la gente. Los Costa, los industriales jefes de Izquierda Republicana, daban el ejemplo tratando a sus obreros con verdadera esplendidez. La UGT si no hacía más, era porque no podía. Y las derechas lo mismo, a pesar de lo que le confesó el subdirector.
El cajero le dijo:
– Bien, ¿y no te amosca un poco que, siendo adversarios, todos empleen el mismo lenguaje?
Un hecho inquietaba a Ignacio, le sumía en la mayor confusión: que toda la gente que le rodeaba, perteneciendo a una misma clase social y teniendo, por lo tanto, idénticas o muy parecidas necesidades, militara con tanto fanatismo en partidos distintos, que se hacían la guerra entre sí. Padrosa y la Torre de Babel eran socialistas. Para ellos la UGT acabaría arreglándolo todo. «El día en que cuente con dirigentes jóvenes y preparados.» El de Cupones y el de Impagados, cuando veían entrar en el Banco a los Costa, si no gritaban «¡Viva Izquierda Republicana!» era porque estaban en casa ajena. Adoraban a los dos industriales, muy campechanos desde luego y muy sencillos. El director hablaba siempre de los radicales, el subdirector, de la CEDA. En pro de don Santiago Estrada, y no digamos por Gil Robles, se habría dejado matar. Cosme Vila… no decía nada, pero el nombre de Marx era harto elocuente. Su propio padre, Matías Alvear, creía en Izquierda Republicana, pero no en la de los Costa. «La Izquierda de aquí -decía- sólo piensa en Cataluña.» Don Emilio Santos era más bien monárquico. Julio, no se sabía.
Ignacio estaba sumido en la mayor confusión.
El cajero le dijo que no debía darle demasiada importancia a aquel aspecto de la cuestión, como tampoco a la de los mítines. Que todos los sistemas políticos tenían sus puntos débiles. El democrático fallaba por ahí: no toda la gente era lo bastante responsable para votar, y los diputados, hombres como los demás, a veces prometían muros de contención de un río, sin tener la menor intención de transportar una piedra para ello. Ahora bien, el sistema tenía muchas ventajas. La posibilidad de derribar del poder a los vividores -en cambio a un dictador o a un rey había que aguantarle-, la prensa, la libertad…
– La libertad… recuerda esta palabra -concluyó-. En fin, ya te irás convenciendo. El sistema democrático es el único en que una persona puede considerarse verdaderamente una persona.
Hubo noticias frescas de ambas familia (Alvear-Elgazu), empezando por los hermanos de Matías. El de Burgos, que tenía una hija de la edad de Ignacio y un hijo algo más joven que Pilar, fue nombrado jefe de la UGT. El hombre no hubiera querido aceptar, pero por fin se sacrificó porque entendió que sería útil. Santiago, el de Madrid, hacía vida marital con una joven, mecanógrafa del Parlamento. Matías se rió mucho con aquella noticia y a partir de aquel día las discusiones de los diputados tuvieron doble significado para él. En la carta en que Santiago les anunciaba su nuevo «enlace» había una posdata que ponía: «Mi hijo José, dentro de unas semanas, hará un viaje a Barcelona por motivos políticos. Supongo que no os importará que vaya a Gerona a veros».
Aquello fue un toque de clarín. A Carmen Elgazu la anunciada visita no le hacía ninguna gracia; pero sabía que para Matías su familia era cosa sagrada y no se atrevió a rechistar. ¡Ignacio más que intrigado!; para él su primo era un ser fabuloso, que en Madrid se jugaba la vida cinco veces al día. Además, estaba cansado de no tener un amigo de su edad.
De Vasconia las noticias eran varias. La vida separaba a la madre y los ocho hermanos de Carmen Elgazu. El mayor se iba a Asturias, de encargado en una de las fábricas de armas de Trubia. Luego venían dos hermanas, casadas más bien que mal, en Santander y Élbar. Luego el que fue croupier en San Sebastián. ¡Eligió mejor número de lotería que la tertulia del Neutral! Le habían caído veinte mil duros. El siguiente vivía en América desde hacía tiempo y no escribía. Las tres pequeñas eran solteras y las únicas que permanecían en Bilbao, cuidando de la madre; aunque la última, Teresa, que había sido siempre la preferida de Carmen Elgazu, en mayo entraría de novicia en el convento de las Salesas, de Pamplona.
Aquel despliegue de personajes por caminos tan diversos era muy impresionante y a Ignacio, en un momento en que se quedó solo en la Dehesa, contemplando el Ter, que bajaba crecido, le pareció que tenía mucho paralelismo con el de la Naturaleza. El croupier avanzaba como el Ter ahora, turbulento; las hermanas casadas eran valles tranquilos. Y si la madre, con sus ochenta y siete años representaba el tronco inmóvil, el hermano de América sugería esa nube que de pronto se despega, sola.
Las cartas de la madre decían: «Teresa rezará por tus hijos, empezando por Ignacio, que al parecer te inspira temores. No tengas miedo. He estado leyendo y releyendo su felicitación de Navidad y revela un corazón bueno. Hijo tuyo y de Matías, no podía ser de otra manera».
En cambio, Ignacio creía que todo el mundo -excepción hecha, al parecer, de la abuela de Bilbao- podía ser de otra manera. Mil sentimientos le embargaban a diario. Febrero y marzo fueron meses extraños en los que ni siquiera las luces eran precisas. Ignacio se daba cuenta de una cosa: le faltaba un amigo de su edad. Los del Banco eran mayores que él, y moralmente estaban muy distanciados; los de la Academia, demasiado estudiosos. Si se les hacía una broma parecían medir su área o la posibilidad de adaptarle corriente alterna. Y, peor aún… le faltaba también una chica en quien soñar. Julio se lo había advertido varias veces, con razón. También había conocido varias muchachas en la propia Academia y otras en la Rambla, por azar. Y le gustaban mucho, enormemente. La verdad es que se las comía con los ojos, hasta asustarlas; sin embargo, parecía que le gustaban en bloque, porque eran muchachas y él estaba en la edad; pero sin hallar ninguna especial cuya imagen ocultara a todas las demás.
A veces recibía un impacto, inesperadamente, que le hurgaba por dentro durante unos días; pero nunca prosperaba. Tal vez el más durable fuera la imagen de una chica de unos quince años, a la que un día, en que ayudó misa en la parroquia, sirvió la Comunión. Era una chica de cabellos larguísimos y cuello de cisne. Al administrarle el sacerdote la Sagrada Forma cerró los párpados con tan maravillosa dulzura, que Ignacio quedó sin respiración. Desde entonces, cada vez que la veía sentía un extraño cosquilleo. Tenía ganas de decirle: «A ver, cierra los párpados». Preguntó por ella en la Academia. Le dijeron que era hija de un abogado, que pertenecía a una gran familia. Ignacio pensó, en voz alta: «¿Por qué sólo tendrán cuello de cisne las hijas de buena familia?»
En otro aspecto había una gitana que le sorbía el seso. Era de las tribus establecidas en las orillas del Ter, que formaban parte de la ciudad como el verde de la primavera. Debía de tener unos catorce años, pero ya era una mujer. Mujer joven, que danzaba al andar, cuyos pies eran como sandalias. Ignacio aseguraba que nunca había visto una joven tan hermosa, de ojos tan misteriosos; de un color de piel tan aristocrático. Iba con un gitano mucho mayor que ella, que no se sabía si era su hombre o no. El director del Banco, que los conocía, dijo que dicho tipo era a la vez su hombre y su padre. Ignacio se impresionó mucho al saberlo. «No hay nada que hacer, no hay nada que hacer -comentó la Torre de Babel-. Las gitanas no van nunca con un blanco. Su raza se lo prohíbe.»
La Torre de Babel le decía siempre que un gran medio para alternar eran los bailes. «Si quieres echarte una novia, vete a los bailes.» Pero en Gerona había pocos, como no fuera en fiestas excepcionales. O mejor dicho, ninguno a su medida. Había uno cerca de la Dehesa, llamada El Globo, que se llenaba de jóvenes mujeres de la vida. Otro cerca del Teatro Municipal, que se componía de muchachas de la fábrica y modistillas. En cuanto al Casino…
Ignacio había ido, por curiosidad, un par de veces al de las modistillas. Pero se aburrió. En primer lugar no se podía dar un paso. Aquello no era bailar. Y luego, las chicas no ofrecían ningún interés. Despeinadas, con una excitación especial y extraordinariamente distraídas. Se veía que bailaban con éste, que querían hacerle caso, pero que al mismo tiempo pensaban en aquél. Continuamente consultaban el carnet. «El próximo es con Ramón.» Veían pasar a alguien. «¡Perdona un momento!», decían. E iban a murmurarle algo al oído. Vivían una serie ininterrumpida de momentos provisionales.
Por lo demás, tuvo muy poco éxito. Le miraban de arriba abajo y se excusaban: «Lo siento, no sé bailar», o «Estoy cansada». Una criada dijo, mirando a sus amigas: «¡Jolín, bastantes señoritos tengo en casa!»
El 15 de abril, Matías registró con su aparato un telegrama que le iba dirigido: «Llego mañana tren tarde, José».
Toda la casa se alteró. Carmen Elgazu, cuando tenía que recibir a alguien, aunque le tuviera en el concepto en que tenía a su sobrino, no vivía hasta que no quedaba una mota de polvo en el piso. «¡Pilar, los cristales de tu cuarto, que están hechos una porquería!»
La entrada de José en Gerona fue triunfal. Acudieron a la estación Matías e Ignacio; y éste, con sólo verle saltar del coche al andén, le admiró. Le admiró por una especie de espontaneidad que se desprendió de su salto, y luego porque le estrechó la mano con camaradería, sin besarle en la mejilla; y porque de ningún modo permitió que ni él ni Matías le llevaran la maleta, maleta extraña, de madera, atada por el centro con un cinturón.
Carmen Elgazu, al ver aquella maleta, pensó: «¡Dios mío, tiene pinta de esconder un par de bombas!»; y no era verdad. A menos que se consideraran bombas unas hojas de propaganda de la FAI y una cajita de preservativos.
José era más alto que Ignacio, y tenía dos años más que él, o sea diecinueve. Corpulento, pletórico de sangre joven, pelo negro y alborotado como el de la familia Pilón. Voz bien timbrada, gestos poco refinados pero de impresionante eficacia expresiva. Acostumbrado a hablar de mujeres, siempre silueteaba curvas en el aire.
– ¿Qué tal, tía Carmen? -le dijo a Carmen Elgazu, abrazándola con familiaridad-. ¡Está usted más guapa que en las fotos! -La mujer sonrió lo mejor que pudo.
Matías se rió de buena gana. Aquello era un huracán. Al entrar en el comedor y ver la imagen del Sagrado Corazón presidiendo, pareció hallar precisamente lo que buscaba.
– ¡Ya está armada! -exclamó, frotándose las manos-. ¡Aquí va a haber más lío que en Waterloo!
Ignacio intervino:
– Si quieres lavarte, ahí tienes.
– No, no. No vale la pena.
El problema del alojamiento fue resuelto. Dormiría en la cama de César, en la habitación de Ignacio. Carmen Elgazu había dicho: «O si prefiere estar solo, le daremos la habitación de Pilar y que la niña duerma en el comedor». Pero José se negó rotundamente a aquella combinación. «¿Por qué? Nada, nada. Encantado de compartir el cuarto con Ignacio. Así podremos charlar.»
Le abrieron la puerta para que lo viera. José echó una ojeada rápida y dejó la maleta sobre la cama.
Luego Matías le enseñó el piso, empezando por la ventana que daba al río.
– ¡Caray, cualquiera se suicida ahí! A lo mejor tocas fondo y te matas.
Al cruzar el pasillo y ver que Carmen Elgazu se disponía a abrir una puerta pequeña, cortó:
– Sí, ya sé. Lo de siempre.
Vio la alcoba, con una alfombra coquetona y una mesilla de noche a ambos lados de la cama. Y luego salieron al balcón que daba a la Rambla.
¡Eso! Eso fue lo que más le gustó. El forastero encontró aquello muy alegre, un palco ideal.
– Aquí viene todo el mundo a presumir, ¿no es eso?
– Exacto.
José respiró hondo y miró a uno y otro lado de la Rambla. De repente, al ver que Carmen Elgazu y Pilar se habían rezagado y que sólo quedaban hombres en el balcón, preguntó, en tono malicioso:
– ¿Hay buen ganado en este pueblo?
Ignacio quedó perplejo.
– ¿Ganado…?
– Sí. -José le miró, sacando su pitillera-. ¿No sabes lo que es el ganado?
Ignacio enrojeció.
– No sé. Las chicas, ¿quizá…?
– ¡Pues claro!
Ignacio se rió.
– No creo que estemos del todo mal, la verdad -informó. Se volvió y señaló la Rambla, que empezaba a llenarse.
Matías intervino, con sorna:
– Por regla general, la gente que llega a Gerona pregunta por los monumentos.
– Lo mismo da -objetó José-. También se las puede llamar monumentos.
La franqueza de su primo continuaba gustando a Ignacio.
– Si quieres -propuso éste-, creo que podemos dar una vuelta antes de cenar.
José le miró.
– Chico, por mí encantado.
Matías consultó su reloj.
– Es verdad. Tenéis un par de horas.
– Pues andando -dijo Ignacio-. Vamos a estirar las piernas.
A Carmen Elgazu le pareció de muy mala educación que se marcharan en seguida. Apenas hacía media hora que habían llegado de la estación.
José levantó el brazo como dispuesto a darle unos golpes de desagravio en la espalda, pero no se atrevió.
– ¡Ya charlaremos tía, ya charlaremos!
Se peinaron en el cuarto de Ignacio. José usaba brillantina. Matías los iba siguiendo, reclinándose en las paredes. Cada ademán de José le recordaba a su hermano Santiago y su propia juventud.
– ¡Hasta luego!
– ¡Hasta luego!
Apenas abierta la puerta, Ignacio se sintió contagiado de la vitalidad de José. Fue el primero en bajar los peldaños de cuatro en cuatro, e irrumpir en la Rambla, al aire libre, como una ráfaga de optimismo.
La Rambla estaba ya abarrotada. Y apenas hubieron dado cincuenta pasos, siguiendo la corriente de los grupos y las parejas, José se sintió a sus anchas. Empezó a hacer gala de sus procedimientos habituales, exagerando por hallarse en terreno forastero.
Cuando pasaba «algo bueno» se quedaba plantado e iba virando en redondo, y luego silbaba o decía: «¡Niña…! ¡Que estoy cansado de pagar recargo de soltería!» A una le susurró, inclinándose hacia su oído:
– ¿Te vienes conmigo, chachi?
Ignacio le advirtió:
– ¡Vete con cuidado, que esto no es Madrid!
– ¡Bah! Todas las mujeres son lo mismo, aquí y en Pekín.
Ignacio observó muy pronto que los gustos de su primo diferían mucho de los suyos. José elegía más bien mujeres rellenitas, de alto peinado, gruesos pendientes y risita de conejo.
– Ya veo el género que te gusta -le dijo, intentando adaptarse a su léxico-. Será mejor que vayamos por otro barrio. Sígueme.
Tomaron la dirección de la calle de la Barca. Al final de la Rambla pasó una mujer rubia, esquelética.
– ¿Cómo estamos de calderilla? -preguntó José, de sopetón.
Ignacio volvió a quedar sin respiración. En realidad desconocía la metáfora, pero supuso a lo que se refería. Y recordando que la Torre de Babel decía siempre que «no había por dónde agarrarse», comentó, con naturalidad:
– Mal; no hay donde agarrarse.
José se detuvo un momento y se rascó la nariz.
Continuaron andando, cruzándose con mucha gente que salía de las fábricas. Pero no hubo suerte. En el barrio de la Barca no había más que chiquillos canturreando y viejas que regresaban a sus casas llevando una col en la mano.
– Habría que revolucionar esto -dijo José, que se estaba impacientando-. ¡Este pueblo huele!
Ignacio contestó:
– Pues a mí me gusta.
– ¿De veras? ¿Por qué?
– No sé. Porque sí.
– Hablas como un carcunda.
– No sé por qué lo dices.
– ¡Nada! ¡Te invito a una copa!
Entraron en el Bar Cocodrilo, que por sus dibujos en los cristales siempre llamaba la atención. Era el clásico ambiente: soldados con un codo en el mostrador, un par de gitanos sentados uno frente a otro en un rincón, un anuncio del Anís del Mono y debajo de él un tipo algo torero, con bufanda de seda. De la lámpara pendía un papel matamoscas. José pidió coñac, Ignacio anís.
Los soldados hablaban de un sargento chusquero, que al parecer tenía más humos que un general. Cuando la Dictadura pegaba tortazos a granel; ahora, con la República, andaba con más cuidado, pero nunca conseguía llegar a las diez de la noche sin haber merecido que le fusilasen.
– A mí me arrestó porque me faltaba un botón de la guerrera.
– ¿Cuánto te echó?
– Un mes.
– ¡A mí me salieron ocho días porque, estando en filas, me metí un dedo en las narices!
José soltó una carcajada. Se le veía con ganas de meter baza en la conversación.
– ¿Eres de Madrid? -le preguntó a uno de los soldados.
– Sí.
– Yo también. ¿De dónde?
– Carabanchel Bajo.
– Yo de Argüelles.
Fraternizaron. Se bebió otra ronda.
– Éste es un primo mío -dijo José, presentando a Ignacio-. Pero todavía no ha hecho la «mili».
– Comprendido -cortó el de los dedos en la nariz.
Ignacio no supo lo que querían decir.
– ¿No estáis hartos de llevar el caqui? -prosiguió José.
– Tú dirás…
– La Patria… -añadió el de Madrid, echándose con indolencia el gorro para atrás.
Se oyó una risotada. Era el patrón.
– ¿Qué te pasa, compadre?
– ¡La Patria! ¡Mirad! -rió el hombre, tocándose el vientre.
– ¿No te da vergüenza? -interpeló José, zampándose otro coñac-. ¡Materialista!
– ¿Y tú qué eres? -le preguntó el del botón-. ¿El Papa?
– ¿Yo…? Yo soy la Pasionaria.
Todos estallaron en una carcajada, incluso Ignacio.
– Conque ¿Moscú…? -añadió, interesado, el de los dedos en la nariz.
– No. Fue un camelo -explicó José-. Yo soy anarquista.
– ¡Anarquista!
– Sí. ¿Qué pasa? ¿Te da miedo?
– ¿Miedo? A mí no me da miedo ni la Siberia.
Los dos gitanos miraron a José.
– ¿A que no sabéis lo que es el anarquismo? -les preguntó el primo de Ignacio, dirigiéndose a ellos.
Los dos gitanos levantaron los hombros, haciéndose el tonto.
– Yo lo sé -intervino uno de los soldados.
– ¿Ah, sí…? ¿Qué es?
– ¡La abolición de la moneda!
– ¿Tú crees…?
– Y del Estado.
– ¿Y qué más?
– ¡Y de todos los mangantes! -rubricó, soltando una carcajada.
– ¡Chócala! -exclamó José con entusiasmo.
– Ahora falta saber quiénes son los mangantes -intervino el patrón, encendiendo su caliqueño.
– ¿Eh…? -desafió José, avanzando los labios-. ¡Pues desde Azaña hasta el alcalde de este pueblo!
– ¡Bravo!
– ¡Y todos los curas! ¡Y todos los que tienen coche! ¡Y todos los que han puesto eso de las fronteras!
– ¡Abajo las fronteras! -gritó alguien.
– ¡Abajo los cuarteles!
– ¡Abajo el Estado!
Salieron de allí. Las luces empezaban a encenderse.
– Toda España es así -le dijo José-. Se habla de la revolución como si fuera una corrida de toros. ¡Abajo los mangantes!: esto es todo lo que se sabe del anarquismo. Hablando de Rusia se dice: ¡Entrega de los hijos al Estado! Y se acabó.
Ignacio le miró con curiosidad. Él había creído que hablaba en serio.
– Entonces… ¿tú seguías la broma?
– ¡Pues qué creías! Me gusta comprobar que esto es igual que Madrid.
Ignacio estaba pensativo.
– Así, pues…¿tú eres anarquista de verdad?
– Desde que me parieron.
– Me vas a tomar por imbécil, pero… ¿cuál es tu base?
– ¿Base? ¡Hombre! ¿Te parece poca base la libertad?
– Te diré… La libertad…
– ¡Sí, se ha hablado mucho, ya sé! Tendrías que oír en Madrid. ¡Hasta los socialistas hablan de libertad! Y luego expropian las tierras y para repartirlas te hacen firmar mil papeles. Y luego no te las dan. -Marcó una pausa-. Libertad quiere decir libertad: eso es todo. No estar ahí pendiente de las porras todo el día y con un Código más largo que la Castellana. -Marcó otra pausa-. Discutir de hombre a hombre, sin tanta estadística.
No pudieron continuar la conversación. Habían subido por San Félix y de pronto desembocado en la Plaza de la Catedral, que se erguía ciclópea sobre las grandes escalinatas.
José se detuvo. Levantó la vista. Era evidente que aquella súbita aparición le había impresionado. A la derecha se erguía el convento de las Escolapias, a la izquierda el del Corazón de María, donde iba Pilar.
José entornaba los ojos para contemplar la fachada de la Catedral. De pronto ladeó la cabeza.
– ¿Más allá qué hay? -preguntó.
Ignacio repuso:
– Empiezan las murallas.
José torció la boca como si masticara algo.
– Ahí está -dijo-. Como en Ávila, como en Segovia, como en Santiago. Catedrales, murallas. -Marcó una pausa-. ¿Sabes lo que dice mi padre…? Las murallas no impiden entrar, sino salir. ¿Me comprendes?
Ignacio movió las cejas.
– Es un juego de palabras muy bonito. Y muy madrileño.
José le miró con cierto respeto, lo cual no pasó inadvertido al hijo de los Alvear.
Subieron por las escalinatas. La fachada ocultaba el cielo y precipitaba la llegada de la noche.
Ignacio se había animado. Quería mostrarse a la altura de su primo.
– ¿Cómo compaginarás -le preguntó, incisivo- la libertad de opinión con la quema de las iglesias?
José sonrió.
– Ya esperaba eso -dijo-. Éstos -y señaló la Catedral- explotan el miedo, ¿comprendes? Dicen: ¡Obedeced; de lo contrario, no tendremos más remedio que echaros al infierno!
– Y mientras tanto pasan la bandeja, ¿no es eso…?
– Eso es -aceptó José.
– ¡Pero llevan dos mil años pasando la bandeja…!
José puso cara de anarco-sindicalista.
– Yo no creo en estas cosas, ¿me entiendes? El hombre ha de ser «libre». ¡Satanás, uh, uh…! ¿Quiénes son para dictar leyes? Le hacen a uno morder el suelo y con los cirios le van haciendo cosquillas en los pies.
Ignacio se sintió algo decepcionado. Morder el suelo… No era cierto. Él conocía eso…; y en cuanto a la esclavitud… César era tan libre que cuando obedecía pesaba menos. Le vinieron a la mente frases de púlpito: «Ser esclavo es precisamente ceder a las pasiones». Ahí estaba su primo. Llegaba a Gerona hablando de libertad y en vez de tener el espíritu libre para contemplar la ciudad, se interesaba por «el ganado». Esclavo. Por otra parte, ¿quién no lo era? El patrón del Cocodrilo, esclavo de su vientre. El sargento chusquero, esclavo de su vanidad. Aquellos soldados, esclavos de la vida en Carabanchel Bajo. Los gitanos, esclavos de los caminos. Las viejas que habían hallado por la Barca, esclavas de su columna vertebral. ¡Y su padre, Matías Alvear, esclavo de Telégrafos, confiando en la lotería para poder ir a Mallorca!
Regresaron a casa. Fue una cena animada. Matías Alvear no podía ocultar que sentía por José el afecto que da la misma sangre. El primo de Ignacio contó anécdotas muy graciosas de su viaje de Madrid a Barcelona. Al parecer, a un artillero le cayó encima un paquete de harina que le blanqueó el uniforme, y entonces un marino se levantó muy serio y cuadrándose le dijo: «¡A sus órdenes, mi capitán!» Ignacio temía que en cualquier momento José olvidaría que Pilar estaba delante y soltaría alguna inconveniencia; pero no fue así. Se contuvo y a su manera se comportó con corrección. A Pilar, José le pareció también un hombre guapo y desde el balcón le había gritado a Nuri:
– ¡Nuriiiii…! ¡Tengo algo que decirteeee…!
A las diez y media, Carmen Elgazu dijo:
– José, espero que no te importará que sigamos nuestra costumbre le rezar el rosario.
– ¡Cómo! -cortó Matías-. No hay ninguna necesidad. Cada uno puede rezarlo luego en la cama.
– ¡Por favor! -intervino José-. No hay por qué alterar la costumbre. Yo me iré a acostar.
– ¿No te importa?
– ¿Por qué? Hasta mañana a todos.
– ¡Hasta mañana!
Se despidió. A Pilar le dio un tirón en la mejilla. Y en cuanto hubo traspuesto el umbral de la habitación, quedaron en el comedor, solos, los Alvear. Cerraron el balcón y Carmen Elgazu inició el Rosario.
El forastero, desde la cama, oyó las voces monótonas atravesar la puerta e incrustarse en su cerebro. ¡Cuántos años hacía que no oía rezar! La voz de Carmen Elgazu se le hacía antipática, le parecía demasiado rotunda; pero cuando los restantes de la familia contestaban a coro, José sentía que se le colaba por entre las sábanas como un levísimo escalofrío, algo apenas perceptible, pero que sin duda existía, aunque fuera por sugestión. Procuraba superar cada una de las voces, distinguirlas, y al final lo consiguió. Su tío Matías era el que rezaba con más lentitud. Con una voz grave, algo cansada. Se parecía mucho a la voz de Santiago, su padre. ¡Qué curioso! José oyó algo sobre Salve Regina y sin saber por qué recordó su entrada violentísima en la Iglesia de la Flor, poco después de instaurada la República. Llevaba una pistola y disparó contra un santo, no sabía cuál, apuntándole al corazón. Acaso disparase contra la «Salve Regina». Su padre rociaba los altares, y un compañero suyo, Martínez Guerra, iba echando por todos lados pedazos de algodón encendidos. Y de pronto los altares empezaron a ser pasto de las llamas. Aquello olía a azufre, a humo, a sacristía y a caciquismo. ¿No decían que el fuego era purificación?
Fue durmiéndose arrullado por los Ora pro nobis de su familia.
Al día siguiente José dijo que podría quedarse ocho días, si no les importaba. Estaba encantado con toda la familia y además tenía algo que hacer.
Por su parte, Ignacio, después de consultar con sus padres, se fue al Banco con la idea de pedir al director que aquellos ocho días se los diera de vacaciones, a deducir de los quince anuales que le correspondían. De este modo podría acompañar a José.
El director no tuvo inconveniente. Siempre se mostraba amable con él.
– En realidad -dijo-, menos competencia para los turnos de verano. ¡Anda! Divertíos mucho.
– ¿Quién es ese primo tuyo? -le preguntaron los empleados-. ¿También seminarista?
– No por cierto -contestó Ignacio.
Matías, en Telégrafos, comentó: «Tengo uno de mis sobrinos aquí. Un chico estupendo».
De regreso a casa, Ignacio iba pensando en el programa que podía ofrecer a su primo. Desde luego, una cosa se imponía: presentarle a Julio García. ¡Canela fina una discusión entre ambos! Luego al campo de fútbol, la piscina que se había empezado a construir al norte de la Dehesa, la plaza de toros. Tal vez quisiera bañarse en el Ter, aunque el agua estaría aún muy fría. Los tres cines, el teatro. ¡El baile de las modistillas! José se haría el amo. Ni chóferes ni panaderos ni nadie. Tal vez jugara bien al billar.
Tocante a las instituciones de postín -Casino, etc…- era de suponer que no le interesarían. Y las bibliotecas tampoco. Y en cuanto al Museo Diocesano… José fue escuchándole mientras se desayunaba:
– ¡No te preocupes! Habrá tiempo para todo. Sí, sí, desde luego al policía ese me lo traes. O vamos allá, lo mismo da. ¿Casino…? ¡Ni hablar! ¿Ves? Eso de los Museos me gusta, aunque no lo parezca.
¿Mosén qué…? ¿Roberto, Alberto…? ¿Es catalanista? ¡Vaya, no faltaba más! ¿Y dos para cuidarle? ¡Ejem, ejem! ¿Piscina…? ¡Si hay sirenas, cuenta conmigo! ¡Plaza de toros! ¿Qué…? ¡Bien, bien, lo que tú digas, lo que tú digas!
– De todos modos -añadió, en cuanto se hubo tomado el café, levantándose-, esta mañana, nada. Esta mañana he de entrevistarme con unos camaradas.
Ignacio se quedó perplejo.
– ¿Cómo?
– Nada. Es un encargo del Partido. «Ya que vas para allá, pues aprovecha.»
– Pero… ¿qué camaradas? ¿Conoces gente de la FAI aquí?
– Nadie. Pero los conoceré. Traigo una dirección. -Sacó un papel.
– A ver.
– Rutila, ochenta. ¿Qué es eso? ¿El local?
– ¿Local…? ¿Rutila? No creo. Eso está pasados los cuarteles de Artillería, un barrio extremo.
– Me extraña. Porque aquí lo primero que se hace es esto, tener un local.
– Pues no. De todos modos -añadió Ignacio-, ¿irás ahora?
– ¡Toma! Primero el deber. Hecho, hecho está.
– Bien, bien.
– Tú esperas aquí. Y ahora me indicas esa calle.
– Desde luego. Ven. Desde el río la verás.
De buena gana, Ignacio le hubiera acompañado. «¡Ya que vas para allá, pues aprovecha!» ¿Qué diablos se le habría perdido a su primito en Gerona?
En cuanto José hubo salido, Carmen Elgazu apareció en el marco de la puerta de la cocina.
– Esto no me gusta.
– ¡Bah! ¿Por qué? Cada uno tiene sus ideas.
– Sí, ya. Tú no los conoces. ¡Si conocieras a tu tío! Simpático, no se puede negar. Como José. Pero por la política pierde la cabeza. Son capaces de cualquier cosa. Celebra que César no esté aquí; ya ves lo que te digo.
Ignacio se puso repentinamente serio, pues recordó que su madre le había hablado precisamente del hambre que habían pasado los Alvear. Pero no dijo nada.
Carmen Elgazu se quedó pensativa. ¡Le temía a la posible influencia de José sobre Ignacio! Había llegado en un mal momento. Además, le faltaban dos meses para los exámenes y lo que Ignacio tenía qué hacer era estudiar.
Éste se cansó de estar en su cuarto y salió al balcón. Lucía un sol espléndido. La Rambla estaba desierta a media mañana. Los limpias se paseaban aburridos. Algún viajante, con los brazos tocando el suelo bajo el peso de los muestrarios. En el club de los oficiales se veía a un capitán joven coqueteando con una caña de bambú.
Ignacio pensó:
«Si pasara el cuello de cisne…» Pero no. Mujeres que regresaban de la compra. ¡Doña Amparo Campo, su sirvienta cargada como los viajantes! Le tintineaban los brazaletes. Doña Amparo Campo saludó a Ignacio con una ancha sonrisa. Vista así, a distancia, parecía menos vulgar. Tenía algo, desde luego. Pero ¡qué fardo de vanidad! Debía de ser terrible andar con tanta vanidad a cuestas, día y noche.
José regresó a mediodía en punto. Ignacio iba a preguntarle: «¿Qué tal la entrevista?», pero no hubo necesidad. El muchacho regresaba hecho un basilisco.
– ¿Qué ha pasado?
José había hablado con el jefe de la CNT en Gerona, que al parecer lo era a la vez de la FAI. Le llamaban El Responsable. ¿Responsable de qué…? «Nada. Una especie de burgués.» De anarquismo sabía menos que el soldado del Cocodrilo.
– Cree que basta con echar pestes contra los santos. «¿Nos traes armas?», me ha preguntado en seguida. Y no creo que haya manejado una en su vida.
Ignacio se interesó mucho.
– Ven a mi cuarto -le dijo- y hablaremos. Siéntate. -Se sentaron cada uno en una cama-. Así que… ¿mala impresión?
– ¡No tienen la menor técnica! Nada. Unos fanfarrones, nada más.
– Pero… a ti también te gustan las armas…
– ¡Toma! ¿Crees que en Madrid dan caramelos?
– Claro… -Ignacio prosiguió-: Aquí, desde luego no sé si tendrán técnica, pero sé que el número de afiliados es bastante crecido. Se reúnen en un gimnasio. Me refiero a la CNT. ¿Quién es ese Responsable?
– No sé. Se llama Agustín. Trabaja en una fábrica de alpargatas.
– ¿Agustín…? ¿Alpargatas…? -Reflexionó un momento-. ¡Espera! ¿Es un hombre que tiene dos hijas… muy deportistas, rubias?
– Pues… no sé. ¡Sí, eso creo! He visto a dos rubias por allí.
– ¡Claro, ya sé quién es! Sí, vive en la Rutila. Pero no sabía que fuera… Uno del Banco le conoce mucho.
– ¿Y qué dice?
– ¡Nada! Una de las dos chicas le gusta, pero hay un sargento que está antes que él.
– ¿Sargento…? ¡Exacto, lo de siempre! Supresión de las fuerzan armadas, y su hija dándole el pico a un sargento.
– ¿Sabes lo que diría Julio García?
– ¿El policía ese sabio?
– Sí. Diría que es el temperamento.
– ¿Qué temperamento?
– El nuestro. El español.
– ¡Al cuerno, pues, con el temperamento español!
– ¿Ves? Tú haces lo mismo.
– Bueno, vas a ver la que se arma. Ahora hablemos de otra cosa -prosiguió, molesto por todo aquello-. ¿Tú tienes novia?
Ignacio se había puesto de buen humor.
– Yo no. ¿Y tú?
José se levantó.
– ¿Yo…? Imposible. Me gustan todas. -Se hubiera dicho que había olvidado por completo al Responsable-. Figúrate -añadió- que me gusta hasta la mecanógrafa que vive con mi padre.
José era el primer chico experimentado en la materia con que Ignacio se encontraba, y con el que podría desahogarse sin vergüenza. Tenía el proyecto de preguntarle muchas cosas… Por de pronto, le explicó que a él también le gustaban todas, pero que echaba de menos una novia.
Le habló de las chicas de la Academia. «Son más feas que yo», dijo. Habló de otras que conocía, pero que no tenían nada en la cabeza. «Es, igual, es igual -le interrumpía José-. En la cabeza es igual.» Ignacio se reía y le habló de la gitana, que vendía cortes de traje tarados y que posaba para los pintores de la ciudad. Una belleza.
– ¿Es verdad que con las gitanas no hay nada que hacer? -le preguntó Ignacio.
– Chico, las de aquí no sé… Pero en Madrid, si abres la cartera…
Luego Ignacio se decidió a hablarle de lo que le había ocurrido con la chica de cabellos larguísimos, «hija de gran familia».
– Es una tontería; porque yo soy como tú, un don nadie, desde el punto de vista postín. Pero ¡qué quieres! Ahora mismo, en el balcón, mientras te estaba esperando pensaba: «Me gustaría verla pasar». ¿Tú qué opinas?
Entonces José le demostró que entendía algo de la vida. Pareció que volvía a pensar en el Responsable o, por lo menos, puso la misma cara. Ignacio había temido que le llamara snob y, por el contrario, a José le pareció todo aquello muy normal.
– A todos nos ocurre -dijo-. No hay ninguno de nosotros, ningún pobre, que en un momento dado no sueñe con la hija de un abogado o en una princesa. Si yo te contara… Y es que -añadió- todavía no las conocemos lo bastante. Si las conociéramos, ya no nos tomaríamos esa molestia. -Pareció que el tema le iba gustando-. Son víboras, que andan por el mundo restregando su vanidad por las narices de los pobres. En España las hay de dos clases: las que declaran francamente que lo son, descendientes de Isabel la Católica, que pasan delante de uno como si uno fuese una mosca, y las que lo disimulan bajo la capa de las Conferencias de San Vicente, o de los hospitales, o de la Cruz Roja. Éstas son las más peligrosas y las hay en todas partes: Barcelona, Madrid, Gerona, Andalucía. Sonríen con tanta naturalidad, que el proletario cree que son seres humanos; pero debajo del hábito llevan un látigo por si se les acerca demasiado.
– ¡Contra esto luchamos!, ¿comprendes? -añadió José, exaltándose inesperadamente-. ¡Ni socialistas, ni radicales, ni jurados mixtos ni los cuernos de Lenin! ¡Arrasar esas víboras como pulgas! ¿Crees que con gente como tu padre ésto se iba a terminar? ¿Y con gente como tu hermano? ¿Qué hará tu padre toda la vida? Cursar telegramas que digan: «Princesa del Campo de Velasco de la madre que la parió: el partido de golf será el sábado a las tres». ¿Qué hará tu hermano? Confesarlas. Seis ora pro nobis y se acabó. Al cielo. Y los proletarios, ¿qué? Tocándonos lo que tú sabes. Más de doscientos años llevamos así. Y tú trabajando en un Banco por veinte duros al mes.
Ignacio estaba impresionado, a pesar de que José por un lado se quejaba de que el Responsable le pidiese armas y por otro decía que había que arrasarlo todo.
Quiso cambiar de conversación. Verdaderamente, José era un exaltado, era de una espontaneidad escalofriante. A veces los del Banco hablaban en forma parecida, quizá no tan rotundamente. La corbata ponía sordina a muchas cosas. Y por lo demás, había una diferencia: si ellos hubieran podido casarse con una princesa sin temor a hacer el ridículo, se habrían casado. En cambio José… ¿José no…? No, desde luego. Ignacio pensaba que allí estaba la diferencia. Los del Banco hablaban por hablar, se veía que nunca la acción seguiría a la palabra, que nunca arrasarían a nadie si ello implicaba jugarse el pellejo; en cambio, José se lo jugaría a cara o cruz. Ahora parecía un tigre enjaulado, con sus negros ojos relucientes y el espejo del armario repitiendo hasta el infinito sus gestos. Iba en mangas de camisa. Los tirantes le subían o bajaban según hablase de Isabel la Católica o de los jurados mixtos.
Ignacio le preguntó:
– Dime una cosa. Nunca te has preguntado… ¿por qué eres así?
José le miró, tosiendo con impaciencia.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir… cuándo empezaste a tener esa manera de ver las cosas.
– Ya te dije que desde que me parieron.
– Bueno, bueno. Eso es una frase. -Marcó una pausa-. Te lo preguntaré de otra forma. ¿Es que de pequeño viste algo que te quedó grabado?
José se tumbó en la cama y se puso a fumar en esta posición.
– Sí, ya sé por donde vas. Si hubiese nacido en Palacio, sería rey.
Ignacio asintió con la cabeza, aunque su primo no lo viese.
– Exacto.
José guardó silencio un momento.
– Pues verás… Eso del Palacio es verdad a medias, a mi modo de ver. A mí siempre me ha parecido que yo lo llevaba en la sangre.
– Pero si fueras rey…
– ¡Entiéndeme! Desde luego no sería de la FAI. Pero sería revolucionario de otra manera… ¡Qué sé yo! A lo mejor me cargaría a los ministros uno tras otro.
Ignacio se rió. Pero luego se quedó pensativo de nuevo.
– Así… que tú crees que las ideas políticas se llevan en la sangre…
– Todo se lleva en la sangre.
Ignacio dijo:
– En ese caso… ¿qué responsabilidad hay? -Marcó una pausa-. ¿Qué culpa tienen las señoras de las Conferencias de San Vicente de Paúl?
José encogió las piernas y las cruzó una sobre otra, balanceando el zapato.
– ¡Caray, primito, no tienes un pelo de tonto! Pero… -de repente se incorporó y se sentó frente por frente de Ignacio, con los pies plantados en el suelo-. Eso no es una razón, ¿comprendes? Hay que arrasar lo que sea, para el bien de la humanidad. Para que mañana la sangre sea otra. No vamos a andar con microscopios para ver si los glóbulos tal y si los glóbulos cual. El que la hace la paga, y se acabó. Si tiene la culpa él, ahí lo tiene; y si la tenía su padre, lo lamento.
Ignacio meditaba. Se le antojaba que su primo era un exaltado… en la forma, pero que en lo más hondo de lo que decía latía un punto luminoso de verdad. Un ansia de justicia que…
Ignacio oyó que la puerta del piso se abría y reconoció el ruido característico que hacía su padre con las llaves. ¿Cómo era posible que su padre fuera tan distinto de José? Pensó en doña Amparo Campo. ¿Por qué extraños caminos -de sangre, tal vez- había llegado a querer ser una señora, a querer figurar y humillar a su criada? Había nacido en un pueblo de Ciudad Real, en una especie de pesebre… sin aliento de asno y buey. Pensó en el Responsable. Ya lo creo que sabía quien era. Lo mismo que José… pero con más años a la espalda. Consideraba burgueses incluso a los obreros en paro del bar Cataluña. Varios muchachos jóvenes le escoltaban siempre, pegados a sus pantalones. Claro, claro, eran los de la FAI. ¡Así que el Responsable era a un mismo tiempo jefe de la CNT y de la FAI… y pedía armas! ¡Bah…! Y sus hijas, las dos rubias del Responsable… eran muy populares y llamativas. La del sargento era conocida por toda la ciudad. Las llamaban «las vegetarianas» y siempre andaban por el Ter.
Ignacio vio la huella que José había dejado en la cama. Era más profunda que la que acostumbraba a dejar César. ¿Por qué el recuerdo de César le asaltaba cada dos por tres? Claro, todo estaba lleno de él, especialmente aquella habitación.
José preguntó:
– ¿Me da tiempo de escribir una carta antes de comer?
Una carta… Ignacio pensó en la última que se había recibido del Collell. César escribía que todos los jueves por la tarde era el encargado de recoger las pelotas en las pistas de tenis. Los internos jugaban y él recogía las pelotas. Decía que no conseguía entender una palabra de lo que hablaban; mejor dicho que no entendía su manera de contar por sets. Treinta iguales, treinta cuarenta. «¿Qué diablos querían decir?»
De todos modos, estaba contento. Hacía ejercicio al aire libre. ¡Vaya por Dios! Ignacio vio que José se agachaba para recoger un papel. Entonces recordó muchas otras cosas de César. Por ejemplo, que llevaba cilicio. Sus padres lo ignoraban, pero era así. Un día Ignacio le vio en la cama: llevaba cilicio. ¡Horrorizaba pensar que a lo mejor lo llevaba al agacharse, cuando recogía las pelotas de tenis! Todo aquello era un modo de expresión muy distinto del de José, y tal vez en el fondo uno y otro persiguieran lo mismo.
Matías llamó a la puerta de la habitación.
– ¿Qué hacéis, tunantes? ¿Es que no oléis el arroz?
Ignacio y José se levantaron y abrieron la puerta. Matías estaba allí, con los auriculares de la galena. Les había puesto un cordón larguísimo para poder pasearse por todo el piso.
Después de comer, Nuri, María y Asunción, en vez de llamar a la puerta de abajo, llamaron a la del piso. Entraron en el comedor remoloneando, conducidas por Pilar y como dirigiéndose al cuarto de ésta. Matías comprendió y dijo:
– Mira, José. Estas amigas de Pilar quieren conocerte.
José miró a las tres chiquillas sonriendo.
– Son muy guapas -dijo-, aunque no tanto como Pilar -añadió.
– ¡Oh, oh…! -Y todas entraron precipitadamente en la habitación.
Pilar se había pasado todo el almuerzo contemplando a su primo, un poco molesta porque él prefirió hablar de Inglaterra -de la miseria de algunos barrios de Londres- y de Norteamérica -los linchamientos de negros- a interesarse por ella, por lo que hacía en las monjas y por si la había imaginado tal como era o un poco más baja.
De tal modo, que a los postres la chica quiso dejar sentado que también entendía algo de aquellas discusiones.
– José… -dijo-, ¿en Madrid también persiguen a las monjas como aquí?
– ¿A las monjas?
– Sí.
– ¿Quién persigue a las monjas?
– El Gobierno.
– ¿El Gobierno?
Pilar se ruborizó.
– Sí. La Madre nos ha dicho que ha salido una ley.
Matías intervino.
– Claro, claro -explicó, mirando a José-. Pilar se refiere a la Ley sobre las Congregaciones. -Movió la cabeza-. Un poco dura, en efecto.
– ¿Esas cosas os cuenta la Madre?
Pilar prosiguió, evidentemente dispuesta a continuar ocupando el primer plano.
– También nos ha dicho que hoy hay un mitin para protestar contra eso.
– ¿Un mitin…?
Esta vez fue Ignacio quien intervino.
– Hoy hay un mitin, desde luego. De la CEDA. Y hablarán de esa Ley. Pero -añadió- no creo que sea el tema principal.
José le preguntó:
– ¿Ah, no…? ¿Hay otros… más importantes aún?
Ignacio alzó los hombros.
– Todo en conjunto. Quieren protestar… contra la Enseñanza laica, el Estatuto Catalán. Y las concesiones a Vascongadas. -Miró a su madre e inclinó la cabeza- y a Navarra. Contra… ¡Ah! Lo principal, es pedir la amnistía para los militares que se sublevaron en agosto.
Matías preguntó:
– ¿Dónde dan eso?
Ignacio dijo:
– En el Teatro Albéniz. Los demás locales son pequeños.
José se olvidó de Pilar y de que el fin de aquel mitin era tranquilizar a las monjas. Se interesó por la CEDA.
– ¿Qué tal marchan aquí? -preguntó-. En Madrid se gastan millones para propaganda.
Matías dijo:
– Aquí… para ellos es un hueso, por el asunto separatismo, ¿comprendes? Pero en fin, hay gente que los sigue, ¡qué duda cabe! Gil Robles tiene prestigio.
José meditó un momento.
– Ya sabréis que el Partido lo fundaron los jesuitas, supongo…
Carmen Elgazu abrió los ojos, pero ante su asombro Matías asintió con la mayor naturalidad.
– Sí, sí, ya lo sabemos.
– ¿Por qué dices eso, Matías? -intervino la mujer.
Matías se volvió hacia Carmen Elgazu.
– Porque es lo cierto, mujer. Los jesuitas son los que aconsejan a Gil Robles.
Pilar intervino, inesperadamente.
– De eso, la Madre no ha dicho nada… -Todos se volvieron al oír su voz y ella sonrió con coquetería.
Poco después entraron Nuri, María y Asunción, y José se disponía a darles detalles sobre la familia de Burgos. Pero entonces el timbre de la puerta volvió a sonar. Ignacio fue a abrir. ¿Quién era? Matías y Carmen Elgazu reconocieron en seguida la voz de mosén Alberto.
– Es mosén Alberto… -informó Matías a su sobrino. Supuso que a José le divertiría tener un sacerdote tan cerca.
Pero no fue así. José, al oír la palabra mosén, arrugó el entrecejo.
– ¿Va a entrar aquí? -preguntó.
– Claro.
Se le veía dudar.
– Bueno… -dijo, con brusquedad-. Si me permitís me iré a mi habitación a escribir unas cartas.
Y levantándose se dirigió al cuarto de Ignacio. En aquel momento mosén Alberto, que se había quitado el manteo y el sombrero en el vestíbulo, irrumpía en el pasillo, seguido de Ignacio, y se cruzó con José. Éste le miró e hizo una casi imperceptible inclinación de cabeza. Ignacio se disponía a presentarlos, pero en el acto comprendió que lo que buscaba José era evitarlo, pues ya abría la puerta del cuarto y se metía en él.
Todo el mundo presenció la escena. Carmen Elgazu no sabía qué hacer ni qué decir. Era la primera vez que en aquella casa se desairaba a un sacerdote.
Mosén Alberto quiso disimular. Entró en el comedor sonriendo. Matías dijo:
– Es… mi sobrino. -Hizo un gesto de impotencia-. Tiene su manera de pensar.
Mosén Alberto se miró la sotana.
– Ya lo veo. Parece que le damos miedo.
Carmen Elgazu intervino.
– ¿Miedo él…? -Iba a añadir algo pero Matías le hizo un signo invitándola a tranquilizarse.
– Por lo demás -dijo-, es… un chico alegre. ¡Vamos! Quiero decir amable y tal.
– No lo dudo, no lo dudo -asintió mosén Alberto en gesto que daba por zanjado el asunto-. Exactamente, ¿qué ideas tiene? -preguntó, en tono de simple curiosidad.
– Pues… ya se lo puede figurar -contestó Matías.
Ignacio precisó:
– Es anarquista.
– Ya…
Después de un silencio, mosén Alberto preguntó, dirigiéndose a Carmen Elgazu:
– ¿Es el que intervino en Madrid en la quema de las iglesias?
Carmen Elgazu asintió con la cabeza.
– Así es. -Y de repente añadió, como dispuesta a desahogarse-, ¡Por desgracia! ¡Me gustaría que le hablara usted delante de Ignacio! -prosiguió, decidida-. ¡Me asusta pensar que van a salir ocho días juntos!
– ¡Ni una palabra! -exigió Matías repentinamente serio.
– ¿Por qué se ha encerrado en su cuarto de esa manera? -insistió Carmen.
– Eso… mosén ya conoce su oficio…
– Cierto -admitió el sacerdote.
Ignacio añadió, por su parte:
– Y hablarle delante de mí, ¿por qué?
Mosén Alberto le miró.
– Tú… ya eres mayorcito, ¿no es eso?
– No tanto, pero en fin.
Nada podía mosén Alberto contra aquel sentimiento: Ignacio le sacaba de quicio. Nada del muchacho le caía en gracia. Sentía por él repugnancia física.
En realidad, éste era su gran drama: con aterradora frecuencia sentía repugnancia física por las personas. Era algo extraño que le recorría la piel. A veces lo notaba cuando le besaban la mano, otras cuando en el confesionario el penitente se le acercaba demasiado. Otras al dar la Comunión.
– Es algo físico, es algo físico -se repetía a sí mismo. Un médico lo atribuyó a disturbios gástricos. Otro le enseñó un libro en el que se decía que el ejercicio prolongado de la castidad puede en ciertos casos producir estas reacciones.
Carmen Elgazu creía que era Ignacio quien le pinchaba. Por ello aquel día sufrió horrores ante la actitud de Matías, quien le prohibía con la mirada empeorar las cosas.
Por suerte Nuri, María, Asunción y Pilar entraron en tromba y despejaron la atmósfera. Mosén Alberto se tomó la taza de café «sereno» y dijo: «Bueno, ahora ya los he visto a ustedes», y discretamente se retiró.
El subdirector del Banco de Ignacio estaba convencido de que la CEDA obtendría mayoría absoluta en las próximas elecciones. De modo que todo cuanto hacía por el Partido lo hacía con unción religiosa. Era un hombre tranquilo, de ojos bonachones, que, al igual que el cajero, no había conseguido tener hijos. Ahora miraba a Gil Robles como a hijo suyo. Un hijo que le hubiera salido precoz, brillante. Los empleados se mofaban de él, aunque en el fondo le querían porque en el trabajo les daba facilidades.
A las seis y media Ignacio subió al piso en busca de José. Carmen Elgazu zurcía calcetines junto al balcón. Cuando estaba nerviosa, Ignacio se lo notaba en algo indefinible al clavar la aguja. Ignacio llamó a la habitación de su primo y entró. Encontró a José medio desnudo, en slip, haciendo gimnasia ante el espejo.
– Anda, que es tarde. Tenemos que ir al mitin.
– Voy en seguida. Uno, dos, uno, dos.
– Estará lleno, ¿comprendes?
– ¿De veras? Uno, dos. Claro. Arriba, abajo, arriba, abajo.
– Sea lo que sea, hay que ir.
– Voy volando. ¿No tenéis ducha?
– Lo siento.
En diez minutos José estuvo preparado. Su traje azul marino, de anchos hombros; el pelo brillante, gran nudo de corbata.
Cuando salieron del cuarto fue en busca de Carmen Elgazu.
– ¡Hasta luego, tía!
Carmen Elgazu levantó la cabeza.
– Id con Dios.
Cuando salieron a la calle se cruzaron con Pilar, que regresaba del colegio.
– ¿Me compráis un helado?
– ¡Hombre! -José echó mano a la cartera. Se acercaron al carro con tres capuchas que se había instalado frente al Neutral.
– ¡Un cucurucho para la señorita!
– ¿Vainilla o chocolate?
– Mitad y mitad.
En el camino, José dijo a su primo:
– ¿Sabes que Pilar empieza a ser de buen ver?
Ignacio asintió.
– ¡Sí, es cierto! Me he dado cuenta ahora, viéndola a lo lejos. Es curioso -añadió- lo que cambian las personas vistas de lejos.
El Teatro Albéniz estaba, efectivamente, lleno a rebosar, y todavía la Plaza de la Independencia era un hormiguero de gente. Grandes carteles, sensación de juventud.
– ¡Caray con los jesuitas! -comentó José.
Entraron dando codazos, como todo el mundo. Tuvieron que instalarse en el pasillo central, de pie, presionados por la masa.
El aspecto del escenario era impresionante. Brillaban las banderas, la sonrisa optimista del jefe, don Santiago Estrada, las joyas de varias señoras de la presidencia y la calva del subdirector. Entre el público se veía muy poca gente de la clase trabajadora. Burguesía y muchos jóvenes del Partido, con brazaletes verdes en la manga.
Los preparativos era lo que más gustaba a Ignacio. El silencio sepulcral que se hacía cuando el primer orador terminaba de sacar sus cuartillas y se disponía a hablar.
¡El primer orador! Dijo que el programa social del Partido se inspiraba en las encíclicas papales y que su fuerza residía en la moralidad de los dirigentes.
– Por eso estáis aquí en tan gran número. Porque sabéis que los dirigentes de la CEDA son personas honradas.
Luego describió la incalificable demagogia de los gobernantes de la República. El fracaso de la Reforma Agraria. «Han dejado a los colonos sin créditos, sin elementos, sin nada. Muchos de ellos piden a sus antiguos propietarios volver a las condiciones de antes.» Describió la terrible campaña antirreligiosa en todos los sectores de la sociedad. «Estamos gobernados por gentes que creen más en París y Londres que en España, que van contra lo tradicional en la Patria. Se queman iglesias, se persigue a las Congregaciones, se prohíbe la enseñanza religiosa, se implanta el divorcio. ¡Todo eso es progreso! Y los quioscos y las barberías… y hasta los salones de espera de ciertos abogados populares están llenos de revistas pornográficas.»
Luego habló de los obreros. De la influencia del oficio sobre la mentalidad. «Un hombre sin oficio es un desgraciado -dijo-. Hay que dar un oficio a cada hombre y hacer que lo ame. Aumentar los salarios sin conseguir que los obreros amen su oficio, es no hacer nada.»
Todo bien, todo perfecto. Las ovaciones se sucedían. Ignacio recorría con la mirada toda la platea y los palcos en busca de gente conocida. Debía de haber muchos curiosos como ellos, pues vio a la Torre de Babel, surgiendo un palmo más que los demás, y a Julio García. Hasta el tercer orador no consiguió localizar a su padre, de pie en el pasillo lateral derecho, con el mismo aire satisfecho de quien asiste a una revista con combinaciones de luces.
– ¡Señoras y señores! -empezó de pronto el cuarto orador, con voz dispuesta a levantar a las masas-. ¡Es para mí un honor…!
El orador era un hombre experimentado, que comunicaba, por algo indefinible en el optimismo de su rostro, simpatía a la multitud. No decía nada, pero surtía efecto.
– ¿Queréis prestaros al juego de las fuerzas marxistas y extranjerizantes que invaden nuestro suelo…?
– ¡Nooooo…!
Luego preguntó, esta vez agitando las manos:
– ¿Queréis una Patria próspera, justa y cristiana, donde…?
– ¡Sííííí…!
La atmósfera se había caldeado.
– ¡Nosotros daremos a los ciudadanos…!
– ¿Qué les daréis? -gritó, de pronto, una voz rotunda, que se impuso en la sala-. ¿Un bombón?
Era la voz de José Alvear.
– ¿O un pico y una pala?
El escándalo fue fenomenal. Silbidos, murmullos, todo el mundo se puso en pie. Matías Alvear miraba por todos lados, como si hubiera reconocido la voz. La Torre de Babel, erguido en primera fila, intentaba ver a través de sus gafas ahumadas.
José sintió que una mano poderosa se posaba en su hombro izquierdo. Habituado a aquellos lances, con la barbilla dio un golpe rápido y seco a los dedos y luego dijo, con el rostro ladeado:
– Cuidado, nene… que esto quema…
El orador no se había dado por vencido y agitaba sus brazos intentando reconquistar la atención.
– ¡No! -gritaba-. ¡Nosotros no prometemos bombones! ¡Es Largo Caballero quien los ha prometido, y no los ha dado! ¡Es Azaña quien los ha prometido! ¡Para bombones, los de Casas Viejas…!
– ¡Bravo…!
Un silbido escalofriante cruzó la sala. «¡Fuera, fuera! ¿Y Sanjurjo, qué?»
Esta vez José no tenía nada que ver. Sin embargo, fue él quien recibió un puñetazo en la cabeza. No fue gran cosa, pero lo suficiente para que el agresor recibiera una respuesta que justificaba el «uno, dos, arriba, abajo» de aquella tarde. Ignacio vio al agresor caerse desplomado: hubo un gran barullo. Mueras, vivas, nuevos gritos de ¡fuera, fuera! De repente Ignacio distinguió a Julio, abriéndose paso hacia ellos, acompañado de dos agentes. José, dócilmente, se dejó expulsar del local. Ignacio le siguió a distancia.
Al llegar afuera, Julio dijo, dirigiéndose a Ignacio:
– ¿Es tu primo?
– Sí.
– Mañana le traes a tomar café. Ahora, andando. -Y dio media vuelta con los agentes.
– ¡Qué borregos! -comentó José, componiéndose el nudo de la corbata-. ¡En Madrid hubieran salido cincuenta en mi ayuda!
– Aquí nadie te conoce…
– ¡Qué tiene que ver! -La cosa estaba clara. Armar camorra…
Disimulando, salió de un café un hombre bajito, sin afeitar, con las manos en los bolsillos, y fue acelerando el paso hasta alcanzarlos y ponerse a su lado.
– ¡Mira! -exclamó José-. ¡Ahora aparece el Responsable!
– Buen trabajo, camaradas -dijo éste, guiñando un ojo a José y a Ignacio.
– ¿Sí? ¿Te ha gustado?
– Ese bombón lo llevarán en la tripa.
José se paró, y se quedó mirándole, moviendo la cabeza.
– Conque… ¿en la tripa, eh? ¿Y vosotros qué? ¿Tocando el violón?
– Un par de esas píldoras y van que chutan.
– ¿Tú crees? -Y de repente le agarró por la solapa-. Y vosotros ¡qué! ¡Mutis como ratas! Si me cortan el pescuezo, ¿qué pasa? Mala suerte, ¿no es eso? ¡Si estuviéramos en Madrid hablaríamos con calma! -Y le soltó.
El hombre bajito se irguió sobre sus pies. Sus ojos habían ido cobrando el color del acero, y los labios, apretados, le infundían una extraña expresión de energía. Por fin susurró, arrastrando con lentitud las sílabas:
– Nada de ratas, ¿me oyes…? ¡Nada de ratas! Cuando tú mamabas, yo ya me había jugado esto -y se pegó a sí mismo, seco, en la mejilla-. ¡Aquí sabías muy bien que nadie te cortaría el pescuezo! Conque ¡menos chillar!
– Pero el mitin continúa.
– ¿Y qué? La CEDA no es peligro aquí. No voy a meterme entre rejas para darte gusto.
– Bonita excusa.
– Esta mañana ya te calé. Un quinto. Cuatro gritos, y en Madrid ya os mandan de inspección. Aquí os querría yo ver… -continuó, volviendo a arrastrar las sílabas- con tanto obispo y tanto obrero lamiendo al patrón.
– Yo querría verte a ti en Madrid -contestó José-. Abres la boca y te encuentras con un chupinazo dentro. ¡Aquí hay mucha confitería, y por las noches todos jugáis juntos al dominó!
– Dominó, ¿eh? ¡Toma! -y escupió en el suelo-. M… para ti y para ése. -Y se fue.
José continuaba arreglándose el nudo de la corbata. Ignacio estaba sobre ascuas. Era la primera vez que le dedicaban «aquello». Estaba furioso porque no se había ofendido. Sin embargo, se sentía arrastrado por una carrera apasionante. Aunque, en realidad, ¿qué pasaba? La postura de José no había quedado muy holgada. Claro que, tal vez fuera él quien tuviese razón. Si bien el otro parecía tener más experiencia. En fin, aquello era vivir.
La gente estaba acostumbrada a interrupciones de aquel tipo en los mítines. Sin embargo, lo de José tuvo, al parecer, una gracia especial, pues al día siguiente mucha gente hablaba de ello. El Demócrata hizo varios comentarios jocosos, ridiculizando al orador. El Tradicionalista juzgó un éxito que el único obstructor hubiera resultado «un forastero menor de edad». José exclamó: «¡Aquí envejecería yo en menos de un mes!»
Matías Alvear e Ignacio tenían idéntico temor: que Carmen Elgazu se enterara de lo ocurrido. Era preciso no aludir para nada a ello. Durante la cena hablaron de la familia de Burgos, de la de Bilbao, y luego se repitió la escena del rosario, aunque esta vez José se quedó dormido como un tronco nada más meterse en cama.
Pero a la mañana siguiente Carmen Elgazu lo supo todo de pe a pa. Antes de las diez. Fue en la pescadería donde la informaron.
– ¿Merluza, doña Carmen?
La mujer notó algo raro en varias de las vendedoras.
– Pero ¿qué pasa?, ¿por qué me miran así? -Finalmente, una de ellas, que le tenía gran simpatía, se lo contó.
– ¡Virgen Santísima! ¡Déme, déme la merluza!
– Hace usted muy buena compra, doña Carmen. Es del Cantábrico.
Carmen Elgazu regresó a casa desorientada. «¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Y no me dijeron nada! ¡Y esto tiene que durar una semana!» Estaba decidida a provocar un escándalo.
Por desgracia, en el piso ya no había nadie. José se había levantado en plena forma, sin acordarse en absoluto de lo ocurrido, y le había propuesto a Ignacio ir a ver la parte moderna de Gerona.
Ignacio le había seguido, comprendiendo que hay personas cuyos actos impiden pensar. José era una de ellas. A su lado era imposible ordenar las ideas, pues tomaba las decisiones más bruscas e inesperadas.
Carmen Elgazu pensó incluso en ir a Telégrafos y comunicar a Matías lo que había decidido. Pero le pareció demasiado espectacular. Por lo demás, Matías se pondría furioso. ¡Durante la cena se estuvo comiendo con los ojos a su sobrino! Cuán cierto era lo de los «resabios» de que hablaba mosén Alberto.
«Señor, Señor -pensaba Carmen Elgazu-. Dios me perdone, pero ojalá le hubiera venido un calambre al tomar el billete en la estación. ¡Si es que tomó el billete!», exclamó para sí.
Carmen Elgazu tampoco lo podía remediar: sentía repugnancia por varias personas. Toda la familia de su marido… Cuando los tenía cerca, no era la misma. A ésto se refería cuando le decía a Ignacio: «¿Yo perfecta? También tengo mis celos y mis cosas, hijo». Ella había dudado menos que mosén Alberto y se lo había dicho al confesor habitual, un viejo canónigo de una paciencia infinita; y el canónigo le aconsejó: «No se torture, hija mía. Procure tener caridad. Contra esto… no podemos nada».
Ahora hubiera podido aprovecharse de esta última frase, que en cierto modo le daba carta blanca; pero no debía disgustar a Matías. Recordó que éste, en Bilbao, tuvo mucha paciencia con sus hermanas, algunas de las cuales le ponían nervioso. Mientras hacía la cama de José, iba pensando: «Caridad». Pero consideraba que para Ignacio todo aquello no era bueno. Al hacer la cama de éste, contempló un momento su pijama. «¡Ignacio!» Lo dobló con cuidado, con mucho cuidado, sintiendo que del de José se había desprendido lo antes posible. «Contra esto no podemos nada. ¡Qué le voy a hacer!»
La maleta de José estaba allí. Sentía deseos de abrirla. Pero no lo hizo. Al regresar al comedor vio que el Sagrado Corazón, sentado en su trono, sostenía en la palma de la mano el globo que representaba el mundo. Había una gran quietud matinal en toda la casa. Todo aquello la tranquilizó. «¡Si Vos protegéis a mi hijo, Señor, me río yo de la CEDA y de los mítines!» Luego pensó que, en el fondo, cinco días que faltaban no eran mucho.
Las andanzas de Ignacio y José eran diversas. Primero habían ido a la barbería. A la de Ignacio, situada en la arteria comercial de la ciudad, calle del Progreso. Los Costa, los jefes de Izquierda Catalana, la habían hecho prosperar. Arrastraron a mucha gente y además impusieron la moda de las lociones y de las propinas crecidas.
Allí tuvieron la gran sorpresa. El patrón, al verlos entrar, lo reconoció en seguida: «Amigo, le reconozco a usted del mitin. Pida usted el masaje que quiera». José quedó estupefacto. «¡Sí, sí, usted!» Ignacio soltó una carcajada, divertido. «Curioso -pensó- que un grito anticedista pueda valer un masaje.»
Aquello puso definitivamente de buen humor a José. Recorrieron la Gerona moderna, que a José le pareció espantosa. A las doce dijo, de repente: «Ahora me doy cuenta de que desde que salí de casa no les he mandado ni una postal».
– Mándales un telegrama -propuso Ignacio.
– ¡Hombre! -exclamó José-. Es una idea. -Y alegres, pensando en Matías, echaron a andar hacia Telégrafos.
Matías no pudo atenderlos como hubiera deseado. Tenía mucho trabajo.
– Habrá huelga -les dijo- y todo el mundo manda telegramas.
– ¿Cómo huelga?
– Sí. No se sabe si huelga general, o sólo de la CNT.
CNT… José volvió a pensar en el Responsable. Lo mismo que Ignacio. A éste le había parecido que el gesto del jefe anarquista de pegarse, seco, en la mejilla, tuvo una gran dignidad. Todavía no había digerido su encuentro rapidísimo con aquel personaje. Los ojos de acero del Responsable los tenía clavados en la memoria. Y su gorra calada hasta las cejas. Bajito, sin afeitar…
A José le hubiera gustado olfatear por Telégrafos y, sobre todo, por la Sección de Correos. Le gustaba ver montones de cartas. Nunca había comprendido por qué la gente se escribía tanto. «Ya ves, yo todavía ni una postal.» Aquel pensamiento le envaneció tanto que decidió no mandar el telegrama. «¡Nada! Cuando llegue, ya me verán.»
Matías se despidió de ellos.
Luego fueron a la Rambla comentando lo de la huelga. Ignacio ya había oído hablar de ello. Los ferroviarios cobraban un salario ínfimo, y además había habido varios despidos, al parecer injustificados. Lo mismo entre los camareros. Pero los camareros eran menos decididos y por otra parte pertenecían a la Unión General de Trabajadores.
José le preguntó:
– ¿Así… que la CNT pita, a pesar de todo?
Ignacio no estaba muy bien informado, porque en el Banco le habían afiliado a la UGT. Pero desde luego el Responsable abría brecha. Tenía poca ayuda, al parecer, pero era de una tenacidad implacable. «Ya lo viste.»
José le preguntó:
– ¿Y me dijiste que se reúnen en un gimnasio?
– Sí. Eso cuentan.
Ignacio le explicó entonces que el cajero del Banco Arús vivía enfrente y siempre les contaba el pintoresco efecto que hacía ver a unos hombres muy serios, discutiendo de salarios y demás, rodeados de poleas, paralelas, cuerdas con anillos, etc.
– Si la sesión se prolonga -añadió- sin darse cuenta empiezan a utilizar los objetos. -Ignacio se animó hablando de ello-. Al parecer a veces terminan como si todos fueran atletas. El Responsable sentado en el potro y éste haciéndole dar tumbos, y sus hijas rubias haciendo bíceps con dos bolas de hierro.
José también se divertía.
– ¿Sus hijas también asisten a las reuniones?
– ¡Cómo! No abandonan nunca a su padre.
– ¡Caray! Como si dijéramos, una familia modelo…
– Es así.
A José le entraron unas ganas inmensas de conocer todos los locales políticos de la ciudad.
– ¿Y la CEDA?
– ¡Uf! Es una especie de Balneario.
– ¿Y Liga Catalana?
– ¿Liga Catalana…? Un despacho de notario… ¡Bueno, no! También saben divertirse, cuando quieren.
– ¿Y los comunistas?
– ¡Oh! Ésos… peor que la CNT. Se reúnen en una barbería.
– ¡Vaya! Con el retrato de Stalin y demás.
– No sé. No lo he visto nunca.
– Pero… ¿y qué sabe el barbero de comunismo?
– No sé. Ya te digo. -Ignacio se echó a reír-. Ahora recuerdo que la Torre de Babel un día fue allá y se encontró en pleno jaleo. Miraban una revista antigua en que se veían unos oficiales rusos y el barbero decía: «¡Eso es pelo bien cortado y no lo que hacemos aquí!» Y todos los clientes asentían con la cabeza.
José no reaccionó como Ignacio había supuesto. Se detuvo un momento en el centro de la Rambla, precisamente frente al café de los militares, y le dijo:
– Aquí tomáis a los comunistas un poco a broma, ¿no?
Ignacio se detuvo a su vez.
– ¿A broma? Chico, no sé. A mí me parece que si peco por algo es por tomarlo todo demasiado en serio.
José continuó mirándole e insistió:
– ¿Tú conoces algún comunista?
– Pues… no. Creo que no. Conozco uno… que desde luego siempre lee a Marx y cosas por el estilo. Pero no sé si está afiliado o no.
– ¿Y qué tal?
– Es un compañero de trabajo. Del Banco.
– ¡Vamos!
Ignacio añadió:
– Desde luego, allí es el que tiene más personalidad.
José sonrió: -¿Más que el subdirector…?
Ignacio reflexionó.
– Entiéndeme… Según lo que entiendas por personalidad.
La Rambla estaba abarrotada de estudiantes. El sol caía vertical.
Ignacio dijo:
– ¡Toma! Eso significa que es la hora de comer.
José se volvió de repente, se acercó a una muchacha que pasaba sola.
– ¿Te vienes conmigo, chachi?
Había algo que Julio García no podía soportar: la fanfarronería. Dividía los actos en útiles e inútiles. La fanfarronería la consideraba siempre inútil. Sentarse en el coche del tren y desplegar el periódico como si uno estuviera solo, lo consideraba un acto inútil. Ello era tanto más sorprendente cuanto que Matías, que tenía fama de certero, hablando del policía decía siempre: «Sólo tiene un defecto: que es un fanfarrón».
Julio García, durante su infancia, en Madrid, no tuvo hermanos, como Matías, que le acompañaran en sus andanzas. Tuvo que arreglárselas solo. Estuvo mucho tiempo pensando, cada vez que recibía un par de bofetadas injustas: «Ese hombre acaba de ejecutar un acto inútil». Pero un día se dio cuenta de que a fuerza de actos inútiles el prójimo acabaría por aplastarle la nariz. Y entonces decidió pegar el primero.
Sin que ello le reconciliara con la fanfarronería. De ahí que cuando, en el mitin de la CEDA, vio a José con su aire de perdonavidas y supo que no sólo él había sido el primero en armar escándalo sino que había tumbado de un puñetazo a un pobre panadero que había perdido la calma, se dijo: «A ese mocito le doy yo una lección». Y por eso le invitó a tomar café, junto con Ignacio.
Por el físico de José y sus métodos directos dedujo que se trataba de un ser primitivo, del clásico mozalbete de la FAI dispuesto a tirar un petardo en un desfile o a pegar una paliza al primero que defendiera la conveniencia de las Aduanas. Pero Matías, en el Neutral, había dicho: «Te equivocas. José, a su manera, está muy documentado. Se ha leído más de un libro. Me parece que es muy capaz de sostener una controversia».
Julio había exclamado:
– ¿De veras…? Tanto mejor. Lo que yo daría para que fuera un auténtico teórico del anarquismo.
Matías le preguntó:
– ¡Bah! ¿Por qué te interesa tanto este asunto?
– ¿Por qué? Pues porque sí. Porque estamos en el país del anarquismo.
– ¿No crees que hay anarquistas en todas partes?
Julio hizo un gesto de desolación.
– Matías… siento decírtelo, pero anarquistas ya sólo quedan en España, y en algunos países de la América del Sur.
Por su parte Ignacio había advertido a José de que Julio era un hombre bastante complicado, del que nunca se sabía si decía todo lo que pensaba o sólo la mitad.
– Especialmente en cuestiones políticas, siempre habla en términos vagos. Está muy enterado, ¿sabes? Quiero decir que los hechos, los conoce al dedillo. Cuando las cosas se ponen oscuras es cuando él tiene que dar su opinión. «Claro, claro, quién sabe…» «Sí, la República es siempre algo.» ¿Te das cuenta?
José se había quedado inmóvil, mirando a Ignacio.
– ¿Qué periódicos lee?
– Chico, yo creo que los lee todos.
José dijo, bruscamente:
– ¡Vamos, vamos a conocer a esa fiera! -Y al saber que le daría un excelente coñac, en el camino entró en un estanco y se compró un cigarro habano.
A Carmen Elgazu aquella visita no le había hecho ninguna gracia. «Ignacio entre dos fuegos», pensó. Una vez más le había advertido que a todas las teorías que oyera les hiciera poco caso. «Ya sabes que sólo hay una verdad, hijo: ser bueno. Y tú lo eres.»
Les abrió la criada y los hizo pasar a la sala de estar, en la que Julio se hallaba esperando. Al verlos, se levantó en seguida y por su actitud creó un clima de confianza.
– ¡Caramba! A eso se le llama puntualidad.
Estrechó la mano de José y al mismo tiempo el antebrazo de Ignacio.
– ¡Sentaos, sentaos! Encantado de teneros aquí. En seguida viene mi mujer y tomaremos una copa. ¿Usted qué prefiere, José? -Viendo que José se mordía los labios para reflexionar, Julio apretó un botón de un mueble que tenía al lado y en el acto apareció, rutilante, toda una licorería.
Aquel mueble-bar encantó a José. Por su colorido y exuberancia. Y en cuanto entró doña Amparo Campo, con bata verde y encarnada, pensó que se parecía mucho al mueble-bar.
– Señora… -José parecía enteramente un caballero. El cigarro habano le daba un aspecto sorprendentemente burgués.
Las frases de trámite duraron poco. En cuanto todo el mundo estuvo servido, Julio dijo:
– José, no crea que esté usted aquí por lo del mitin… Les dije que vinieran para charlar un rato, simplemente.
– ¡Ya, ya! Ya lo supongo.
Julio se tomó el café de un sorbo. Luego, reincorporándose, prosiguió:
– De todos modos, me va a permitir una pregunta. Por lo que vi -esbozó una sonrisa- los de la CEDA no son santos de su devoción, ¿verdad?
– ¿De mi devoción? -A José la presencia del coñac le había producido un efecto saludable. Había enrojecido un poco, y se veía que se hallaba a sus anchas-. ¿Qué le parece, madame? -añadió, dirigiéndose a doña Amparo Campo-. ¿Tengo yo cara de ser devoto de la CEDA?
Doña Amparo Campo contestó:
– No sé, no sé. ¿Por qué no?
– ¡Vaya!
Julio continuó:
– No. Desde luego, no tiene usted cara de la CEDA. -Luego añadió-: ¿Socialista…? -Al ver que José miraba con fijeza, cortando el cono truncado de la ceniza en el cenicero añadió-: Desde luego, si le molesta hablar de eso, no he dicho nada.
El primo de Ignacio levantó los hombros.
– ¿Por qué? Por mí, encantado. -Marcó una pausa-. Yo soy de la FAI.
Julio enarcó las cejas en expresión de sorpresa.
– ¡Hombre, estupendo!
– ¿Por qué estupendo? -preguntó José.
– ¡Qué sé yo! Siempre me han gustado los anarquistas.
– ¡Ah, sí…! ¿Por qué?
– Pues… ¡Cómo se lo explicaré! Ya lo sabe mi mujer. A mí… todo lo romántico me gusta.
– ¡Vaya! -José se envolvió en humo-. Conque ¿le parecemos unos románticos?
– ¿Y a usted no?
Julio se echó para atrás en el sillón y dijo, como si la polémica hubiera llegado ya a un punto de madurez lógica:
– ¡Parten ustedes de un principio magistral: que el individuo es perfecto, y que por lo tanto puede dársele libertad absoluta!
– Exacto.
– Luego viene el individuo, que no es perfecto, y mata a su madre.
– ¿Y qué pasa con ello? -preguntó José.
– ¿Qué pasa…? Pues… ¡nada! Que si el padre vive… ¡pues se queda viudo!
José añadió que no había que reparar en medios para conseguir la libertad. Destruir todo lo que la sociedad ha creado de ficción y coacción.
Julio, al oír esto, recobró los ánimos.
– Claro, claro -dijo, intentando elevar el tono del adversario-. Ustedes han leído en algún sitio: «¡Hay que tener una mística!» Y la han comprado en la primera esquina.
– Nada se consigue sin fanatismo.
– Sí, es cierto. Pero… a condición de contar con unos dirigentes… que sean fríos.
José afirmó que ellos ya conocían esta regla desde niños. Y citó como ejemplo lo que ocurría en su familia.
– Mi padre -dijo- es un fanático del anarquismo. Todo Madrid le conoce; pues bien, nunca ha tenido cargo en la Federación. En cambio yo, que aunque usted no lo crea, soy hombre frío, soy jefe de grupo en mi barrio.
Julio preguntó, sin inmutarse:
– ¿Cree usted que un hombre frío declara que es jefe de grupo a un policía que acaba de conocer, y de provincia fronteriza por más señas?
– ¡Bah! ¿En qué puede perjudicarme?
– Por ejemplo, podría arrestarle por tenencia ilícita de pistola.
– ¿Cómo sabe usted que llevo pistola? -preguntó José, con calma.
– Porque usted me lo ha dicho.
José se mordió los labios.
– ¡Mira que tal! Le advierto que por mi barrio ya nadie cree en Sherlock Holmes.
– Hacen ustedes muy bien. Yo tampoco.
Ignacio iba poniéndose nervioso. Todo aquello era interesante, pero él hubiera preferido ceñir el tema. Le hubiera gustado oír a Julio exponer sus propias ideas.
– Espero que no van a discutir sobre eso -dijo-. Aquí lo interesante sería confrontar opiniones.
Julio hizo un gesto de asombro.
– ¿Y qué otra cosa estamos haciendo?
Ignacio ladeó la cabeza.
– Perdone… -dijo-, pero hasta aquí sólo hay uno que ha expuesta las suyas: mi primo.
Doña Amparo Campo intervino.
– ¡Uy, hijo! Yo llevo doce años con él y todavía no sé lo que piensa.
José aplastó de nuevo la ceniza en el cenicero.
– Pues yo creo que no tardaría tanto en saberlo -dijo, en tono que no disimulaba el resentimiento.
Julio le miró.
– ¿De veras?
– Sí. -José se dirigió a doña Amparo-. ¿Me permite… que hable con franqueza?
Doña Amparo Campo se sintió halagada. -¡Claro, claro que sí!
José añadió, en tono que le salió inesperadamente duro:
– Usted es el clásico tipo que echa al ruedo a los demás y luego se come la liebre, ¿no es eso?
Julio movió la cabeza.
– No creo que sea eso, la verdad…
– Sí -prosiguió José-. Por ejemplo -reflexionó un momento-, creo que uno de estos días va a haber huelga. Usted no dirá nunca: «¡Tienen razón; lo que cobran los ferroviarios es una vergüenza!» Usted… criticará la manera de hacer la huelga, el día que se ha elegido, y si tiene que tomar el tren y resulta que el tren no funciona, armará la de Dios es Cristo. Ahora bien… se aprovechará del caos… para pedir aumento de sueldo. Doña Amparo Campo no pudo reprimir una carcajada, lo mismo que Ignacio, porque José, al término de la frase, había parodiado con extrema gracia un pase de muleta. Julio, en cambio, sacó otra botella del mueble-bar y se sirvió.
– En fin, si usted cree que soy así, debe de ser cierto… -Marcó una pausa-. Por nada del mundo me atrevería yo a dudar de la inteligencia de un anarquista.
A Ignacio le pareció que en el fondo Julio perdía terreno. José se había echado para atrás y paladeaba de nuevo su coñac.
– De todos modos… -añadió Julio-. ¿Me permite usted que le de un dato?
José no contestó, pero él añadió:
– Da la casualidad de que esta huelga -que será exactamente el viernes-, la he aconsejado yo.
Ignacio semicerró los ojos.
– Sí -continuó-. Conocen ustedes al Responsable, ¿no es eso? Es muy amigo mío. Le dije: «Hazlo, es el momento. Los ferroviarios lo merecen». A mí siempre me ha parecido que el oficio de ferroviario es muy duro. Aunque tal vez el que ejerza José todavía lo sea más…
Se calló. Sus palabras habían surtido efecto, sobre todo en Ignacio. Ignacio pensaba: «¿Es cierto todo eso? Y si lo es… ¿por qué diablos se mete en esas cosas?»
Julio añadió, no queriendo dejar ningún cabo suelto:
– Y en cuanto a obtener aumento de sueldo, yo tengo mi criterio: ganarse por méritos un ascenso.
Doña Amparo Campo empezaba a sospechar que tendría que admirar a su marido. Pero José no se había dejado amedrentar.
– Me sorprende que le interesen a usted los ferroviarios -dijo-. ¿Por qué será? ¿Le traen contrabando de Francia?
Julio se indignó. La salida era inesperada.
– Ni por casualidad uno de ustedes razona una vez con lógica -respondió, conteniéndose-. Si yo utilizase a los ferroviarios como contrabandistas, tendría interés en que ganaran poco sueldo, ¿no le parece? ¿Se da cuenta de lo equivocado que está en todo?
José replicó:
– Eso de equivocarse no se ve hasta el final. Es muy bonito contemplar a los demás como si fueran peces en un acuario. Pero no olvide una cosa: somos muchos miles, muchos miles. Con lógica o sin ella, pero muchos miles. En Barcelona, en Madrid, en Andalucía…
Julio le interrumpió:
– En cambio, ¿ve usted…? En Francia prácticamente no hay anarquistas. Ayer se lo contaba al padre de Ignacio, hablando de un viaje que pienso hacer a París. ¿Por qué no son anarquistas los franceses? Porque son gente de método.
– ¡Ah, ya…! Claro… Los franceses son gente de método porque tienen un suelo que da muchas coles. Aquí, para regar los terrenos, tenemos que hacer pipí.
– Lo que interesaría, pues, sería traer agua y no dedicarse al «terrorismo sistemático» como ordena el reglamento de la FAI.
– Con barrenos a lo mejor aparece un peco. Y lo que queremos ante todo es lo dicho, la emancipación del individuo.
Ignacio miró a su primo.
– ¿Otra vez en las nubes? -prosiguió Julio-. ¿Qué es el individuo, y qué significa la palabra emancipación?
José estaba furioso.
– Individuo es el hombre que si no quiere votar, no vota; es el ferroviario que si no quiere trabajar, ahí se las den todas. Emancipación…
Julio se quitó la pipa.
– ¡Ya salió! Lo que el Responsable me dijo hace poco: «En las próximas elecciones CNT-FAI nos abstendremos de votar». ¡Muy bien, hombre, pero que muy bien! Ochocientos mil votos que la República perderá… Esto en el momento en que la CEDA avanza que da gusto verla y en que por vez primera vota la mujer. En un país en que no hay ninguna mujer (ni siquiera la mía…) que no lleve al cuello cuatro o cinco medallas. Total, que si el individuo se emancipa, en estas elecciones ganarán las derechas.
José soltó una carcajada.
– ¡Qué nos importa a nosotros que la República pierda esto o lo otro, que ganen las derechas o las izquierdas! Para nosotros la República ya lo ha perdido todo. Lo perdió en el momento en que continuó haciendo pagar cédula a los ciudadanos, sosteniendo cuarteles… y tantos policías como en tiempos de la Dictadura.
Julio dijo:
– Ustedes son unos insensatos, ahí está, y unos irresponsables. La masa tiene un instinto revolucionario certero, pero ustedes lo desvían de una manera grotesca. Son ustedes niños de teta.
José se sulfuró. Cambio de expresión.
– ¿De veras…? ¿Y usted qué es? -De pronto soltó-: ¿Un pillo redomado?
– Váyase con cuidado, amigo…
– ¿Un Dick Turpin con bigote…?
Doña Amparo Campo palideció, pero en todo aquello había algo que le gustaba.
José se había levantado y, doblándose sobre la mesa en dirección a Julio, con la uña del pulgar golpeaba uno de sus dientes.
– Pero a mí ni pum, ¿comprende? ¡Ni pum! ¡Ni así!
Ignacio se había levantado a su vez. Julio permanecía impasible, como si nada ocurriera.
De pronto el policía dijo, dirigiéndose a Ignacio:
– Acompaña a tu primito a la puerta, anda. Devuélvelo a tu padre. Que hay señoras…
Doña Amparo se emocionó. José resoplaba y miraba la botella de coñac, dispuesto a derribarla de un puñetazo.
Pero se contuvo. Viendo la estúpida sonrisa de doña Amparo, barbotó:
– ¡Me asfixio! -Y dio media vuelta en dirección a la puerta. Y sin esperar a Ignacio, desapareció.
Ignacio le alcanzó ya a mitad de la calle.
– José, chico… Francamente…
– ¡Calla, hombre, calla! ¿No te has dado cuenta?
– ¿De qué?
– Ese marica es un comunista de marca mayor.
– ¿ Comunista…?
Ignacio se quedó parado en seco, y todo el discurso que había preparado se le borró de la memoria.
– ¡Si los conoceré yo! -añadió José, sin dejar de andar.
Ignacio le alcanzó de nuevo. Aquello era inesperado.
– Pero… ¿por qué crees que lo es?
– No seas imbécil. Ha empleado todos sus argumentos. Enemigo de CNT-FAI, ¿comprendes? El viaje a París… Miedo a que fracase esta República, que les sirve de trampolín. Estadísticas… Ellos a la reserva… Y los brazaletes de su mujer… Es el retrato completo.
Ignacio no podía hablar. Mil pensamientos le asaltaban.
– ¡Es curioso! -dijo por fin, olvidando el resto-. Mi madre cree lo mismo.
– ¿Tu madre?
– Sí.
José preguntó:
– ¿Desde cuándo está ahí el tipo?
– Hace cuatro o cinco años.
– Es un tío listo.
– ¡Ya lo creo! -Ignacio añadió-: Y, desde luego, sea como sea… a nosotros nos ha hecho muchos favores.
– Pues id con cuidado. Ésos no quieren a nadie.
Ignacio le preguntó, al cabo de un momento:
– ¿Y vosotros sí…?
– ¿Nosotros…? Más de lo que te figuras. Lo único cierto que ha dicho ese hombre es que somos unos románticos.
– ¿Es verdad, papá, que los rusos desnudan a las monjas y las tocan? -preguntó Pilar, inesperadamente, a la hora de cenar.
– ¡Pilar! -amonestó Carmen Elgazu-. ¡Qué barbaridad es ésa!
José estalló en una risa convulsiva, lo mismo que Ignacio. De nada servía que Carmen Elgazu pusiera cara cada vez más seria. La cosa valía la pena.
– ¿Quién te lo ha dicho? ¿Otro sermón de la Madre?
Matías quiso salvar la situación, aun cuando por dentro se reía como el que más, y preguntó:
– Bueno, ya está bien, ya está bien. ¿Qué tal la entrevista con Julio? Todavía no nos habéis explicado nada.
José exclamó:
– ¡Ay! Hacía años que no me reía tanto. -Una vez calmado, pudo contestar-: ¿Julio…? ¡Pues muy bien! -Luego añadió-: Tienen ustedes ahí un comunista de los de postín.
A Carmen Elgazu se le pasó el mal humor. Echó a su marido una mirada que valía un Perú.
– ¡No digas tonterías! -cortó Matías-. Eres más niño aún que Pilar. ¿Qué quieres que busquen en España los comunistas? ¡Caray! ¡Buen país para la disciplina!
– ¿En España? Pues muy sencillo -dijo José-. Lo que buscan en todas partes; entrar en la casa de al lado y llevarse la radio.
– ¿O sea que lo que busca Julio es llevarse mi aparato de galena?
– ¡No te hagas el tonto! -intervino Carmen Elgazu-. ¡Se entiende muy bien lo que José quiere decir! Y creo que tiene razón.
La víspera de la huelga, Ignacio y José, después de cenar, salieron al balcón con una silla cada uno y tomaron asiento. Las luces de la Rambla estaban semiapagadas. En las mesas del paseo, gente sentada con indolencia; debajo de un farol dos conocidos de Ignacio jugando, absortos, al ajedrez.
Pilar también salió un momento, pero luego su madre la mandó a la cama. Entonces los dos muchachos quedaron solos. Era una noche clara y dulce, una de las noches dormidas de Gerona.
Hablaron con lentitud, como si cada uno midiera las palabras. Ignacio preguntó, después de un silencio, con la cara vuelta hacia el firmamento:
– ¿Te impresiona a ti la noche…?
– ¿La noche…? Según.
– ¿Cómo te explicas que haya estrellas?
– Pues… allá están.
– Ya, ya, pero… ¿cómo han ido ahí?
– Eso mismo digo yo: ¿cómo?
Al cabo de un rato, José preguntó:
– ¿Así que… cuánto te falta?
– ¿Para qué?
– Para terminar el Bachi.
– Pues, si en mayo apruebo, me faltará un año.
– Y luego, ¿qué harás?
– Abogado.
– ¡Abogado! ¿Pleitos de ricos?
– ¿Por qué?
– ¡Qué sé yo…! Los pobres…
– Lo que crea justo.
– Habrá que mantener cierta posición social…
– ¡Yo no pretendo eso!
– Ya me lo dirás por teléfono…
Más tarde Ignacio dijo:
– ¿Te pregunto una cosa?
– Anda.
– ¿Has matado a alguien?
– ¡Tú, a jugar limpio…!
– Es una pregunta.
– ¿Por qué te interesa?
– Pues… no lo sé.
Luego José comentó:
– Hablando de otra cosa… ya has visto a la mujer de tu amigo, ¿no?
– ¿Qué quieres decir?
– Se te come con los ojos.
– ¿A mí…?
– ¿Pues a quién, a Romanones?
Por último añadió:
– ¿Por qué no me hablas de César?
– ¡Bah! No entenderías nada.
– Hoy sí, mira. Hoy estoy de buenas.
– Pues… por el Collell anda, afeitando a los criados.
– ¿Cómo…?
– Ya te dije que no entenderías.
– ¿Todavía se echa sal en el agua?
– Todavía.
– Los hay de remate.
– Si le miraras de frente, verías que no.
A Ignacio le gustaba el cariz que tornaba Gerona en un día de huelga. Las tiendas cerradas tenían un encanto especial, como si los comerciantes hubieran dicho: «¡Al diablo el trabajo! Nos vamos al campo y allí viviremos felices». Los trenes, parados; la maquinaria de las fábricas, muda.
El jueves se confirmó la noticia dada por Julio: la huelga empezaría al día siguiente, viernes. Lo anunció la radio y también El Demócrata. El Demócrata informó que la UGT se había desinteresado de la cuestión, así como Izquierda Republicana y demás partidos, a causa de la intransigencia de los dirigentes de la CNT.
Ello significaba que las Empresas más afectadas serían: la fábrica Soler, la más importante de la ciudad -botones, cintas, artículos de mercería-, la fábrica de Industrias Químicas, situada en los arrabales, y la fundición de los hermanos Costa, diputados. En estas tres empresas el porcentaje de anarquistas era muy crecido, suficiente para paralizar el trabajo. El resto de huelguistas quedaba repartido entre talleres más pequeños, especialmente del ramo de metalurgia, y luego, en bloque, los ferroviarios. Los conductores, revisores y personal administrativo de los ferrocarriles pertenecían a la UGT, de modo que el servicio de trenes quedaba asegurado.
Ignacio no comprendía que los socialistas no se adhirieran a la huelga. No comprendía que, si verdaderamente los ferroviarios y los obreros de las tres grandes fábricas cobraban jornales insuficientes, no se solidarizaran con su causa todos los demás, que prevalecieran rencillas de Partido o Sindicato.
Lo más entusiastas eran los limpiabotas del bar Cataluña. El jueves por la noche le dijeron al patrón del bar: «Guárdanos ese betún, que mañana no trabajamos ni por ésas». Y le entregaron las cajas, los cepillos.
A Ignacio, el sistema de declararse en huelga le parecía un hallazgo comparable al de la elección provincial de diputados, entre otras razones porque la paralización de la industria que ello traía consigo, demostraba irrefutablemente que quienes llevaban el peso de la producción eran los obreros. ¡Si en el Banco el día en que el botones estaba enfermo todo el mundo andaba de coronilla!
Matías Alvear, aunque en Telégrafos no hubieran hecho huelga jamás («nosotros somos como los seminaristas -decía-, tenemos mucha paciencia»), era partidario del derecho de huelga. «Es una de las bases de la democracia.» Carmen Elgazu cada vez que se cerraban las puertas de las fábricas, decía que aquello perjudicaba a las gentes como ellos, a la pacífica clase media.
En la mañana del viernes, Ignacio se levantó más temprano que José. Ardía en deseos de ver el aspecto de las calles. Salió y, como siempre, entró un momento en el Banco y allí la Torre de Babel le dijo, simplemente:
– Hoy habrá tortas.
– ¿Por qué?
– La Liga Catalana ha organizado sardanas en la Rambla, a las doce.
– ¡No es posible!
– Ya lo verás.
Don Jorge, presidente honorífico; el notario Noguer, vicepresidente… Ignacio consideró aquello de mal gusto. ¡Santo Dios! Pensó en el Responsable y en su séquito. ¿Qué pasaría? En los «limpias» había adivinado que aquello no iba a ser como en otras ocasiones. Había un punto de violencia en el ambiente; bien claro lo demostraba el aire de los limpiabotas. El subdirector dijo: «No creo que la Liga Catalana se atreva a hacer eso».
En cambio, Ignacio supuso en seguida que se atreverían. La gente de la Liga Catalana le parecía impermeable a todo lo que fuera popular. Eran abogados, agentes de Bolsa, accionistas de Sociedades Anónimas, catedráticos a la antigua, la élite, en fin, económica e intelectual de la ciudad. El padre de la muchacha de cuello de cisne era de la Liga Catalana… Julio había dicho un día: «Se niegan a admitir que el rumor de las masas sea profundo».
Ignacio salió del Banco y regresó a la Rambla. Los huelguistas habían empezado a hacer acto de presencia. Se veían muchos en el Puente de Piedra, tomando el sol. Sentados en las barandillas, esperaban la llegada de la prensa de Barcelona. Charlaban animadamente; algunos grupos se movían con agitación. Los más vestían su habitual indumentaria de trabajo; pero varios se habían endomingado absurdamente, se habían puesto zapatos relucientes, o una gorra nueva.
Las mujeres pasaban algo asustadas con sus cestos de compras, un poco más de prisa que de ordinario. Los transportistas hacían sonar en mitad del puente la bocina como diciendo: «¡Paso libre, allá vosotros; nosotros lo que queremos es trabajar!» Los pequeños comerciantes sudaban la gota gorda, pues en la huelga anterior hubo considerable rotura de cristales. Pasaban las monjas veladoras, que se retiraban. Dos gitanas merodeaban por entre los grupos, ofreciéndose para leer la buenaventura.
A las diez y media en punto, el mercado de legumbres y carne empezó a despejarse. Acudieron los barrenderos. Llegaron los periódicos. Algunos ponían: «¡El proletariado gerundense en huelga!» Aquello enardeció los ánimos. El personal de las tres grandes empresas se había concentrado allí, así como todos los empleados menores del tren.
Ignacio se había detenido en la acera del bar Cataluña, junto con unos futbolistas. Y de repente, vieron asomar un entierro por la plaza del Ayuntamiento, viniendo de la iglesia del Carmen. El monaguillo en vanguardia, con la cruz en alto. Detrás del monaguillo seis sacerdotes cantando, perfectamente alineados. Luego los caballos engalanados, dos cocheros con sombrero de copa; y detrás del féretro, solo, el hijo del muerto, al que seguía una larga comitiva, comitiva algo desordenada hacia el final.
Por el número de sacerdotes y coronas y por la calidad de la madera del ataúd, resultaba evidente que se trataba del entierro de alguien de categoría; sin embargo, los huelguistas abrieron sus líneas y todos se quitaron la gorra o la boina. Varios, al pasar el féretro, levantaron el puño.
Pero al hijo del muerto, muchacho de la edad de Ignacio, le acribillaron a miradas amarillas; aunque por fortuna él no lo advirtió.
– Hasta entre «fiambres» hay clases -barbotó alguien-. Si pagas, más curas y más cocheros.
– Pero una vez en el hoyo, se acabó -contestó otro-. Cuando llueve, llueve.
– A mí que no me vengan con coronas.
– Yo sí, yo querré una del Sindicato.
Pasado el entierro apareció, acercándose por la orilla del río, el Responsable. Le escoltaban sus dos hijas y un sobrino suyo, cojo, muy joven, que siempre llevaba un pañuelo rojo en el cuello. Eran las once de la mañana.
Ignacio le vio andar con su paso menudo, decidido, la misma gorra del día del mitin, los mismos ojos de acero. Tenía algo de pequeño general vestido de paisano y recordó que se decía de él que había aprendido a hipnotizar.
Ignacio no pudo resistir la tentación de acercarse al grupo que se formó en torno de aquél. El contacto directo entre el jefe y los suyos le pareció un detalle honrado. Ignacio odiaba con toda su alma «los organizadores de revoluciones desde un despacho».
Tan ensimismado estaba, que no se dio cuenta de que una de las dos hijas del Responsable le había clavado una banderita en la solapa, hasta que la chica hizo tintinear por tercera vez ante él una bolsa llena de calderilla.
– ¡Ah, perdón! -se registró los bolsillos hasta dar con unas monedas.
El Responsable decía: «Tenemos que esperar». Y su sobrino, el cojo, muy joven, pero mucho más alto que él, con eternas costras en los labios, se reía frotándose las nalgas con las manos.
Momentos después Ignacio sintió que le tocaban en el hombro: era José, que llegaba con cara de sueño. José, después de cenar, había salido solo, sin dar explicaciones, y regresado muy tarde.
– ¿Qué pasa?, ¿cómo está eso? -preguntó.
Ignacio le dijo:
– No sé. El Responsable acaba de llegar.
José echó una mirada de conjunto, con aire experimentado. Movió de arriba abajo la cabeza. Se le veía con ganas de actuar. Ignacio pensó en la absoluta inutilidad de aquella discusión con Julio. Nadie convencería a José. En cuanto veía costras en los labios de alguien, también empezaba a frotarse las nalgas.
Quedó perplejo al ver que, sin preámbulos, José se abría paso entre los grupos.
– ¡José…!
José no le oyó. En pocos segundos se plantó audazmente frente al Responsable.
– ¡Salud, camaradas! -dijo. Ignacio le había seguido y pronto estuvo a su lado.
El Responsable, al ver a José, permaneció inmóvil. El primo de Ignacio le sostuvo la mirada y le ofreció la mano.
El Responsable dudaba. Miró a su gente, como consultándola. Pero muy pocos conocían a José, aunque todos estaban pendientes de la escena y algunos murmuraban su nombre.
Por fin el Responsable tomó una decisión.
– Salud -dijo, y estrechó la mano a José, dando con aquel ademán por liquidado el asunto del mitin. Y acto seguido se la estrechó a Ignacio.
José no perdió tiempo en explicaciones.
– Parece que esto marcha -dijo.
– Sí. La gente ha respondido.
– Salarios de paria, ¿no es eso?
El Responsable tomó un pitillo que llevaba entre la gorra y la oreja. El Cojo se lo encendió.
– Hay ferroviarios padres de familia que cobran jornales de seis pesetas.
– ¿Y las mujeres?
El Responsable lanzó por la nariz dos larguísimas columnas de humo, que bifurcaron hacia su pies, clavados en el suelo.
– ¿Mujeres…? En la fábrica Soler, en la sección de embalaje, las hay que cobran dos cincuenta y tres pesetas. Trabajando de pie las ocho horas; incluso estando embarazadas.
– ¿Y cómo es posible que la UGT no haya colaborado?
El Responsable dijo:
– A ésos un día habrá que arreglarles las cuentas.
– ¡Dos cincuenta! -A Ignacio aquel dato le había dejado sin respiración.
– ¿Hay una Comisión nombrada?
– No. ¿Para qué? Hemos presentado nuestra propuesta.
– ¿A la Inspección de Trabajo?
– Claro. Esperamos que nos llamen.
José dijo:
– ¿Y si no aceptan…?
– Entonces -contestó el Responsable, enarcando las cejas-, veremos.
José miró a lo largo del puente. ¿Qué podría hacerse sin el apoyo de los demás sindicatos? Trescientos, cuatrocientos camaradas…
Mucha gente salía a los balcones y entraba de nuevo. Hacia las doce, empezaron a salir del Gobierno Civil patrullas de guardias de Asalto. A la vista de los uniformes, los huelguistas se miraron sin decir nada. Caía un sol aplastante, que daba vértigo.
Pasaron unos chavales repartiendo prospectos: «¡Gran audición de sardanas, a las doce!»
Oyóse un rugido.
– ¡Quietos! -ordenó el Responsable.
Exactamente frente al Club de los militares, unos empleados del municipio empezaron a instalar el tablado de los músicos.
Las sirenas de las fábricas que trabajaban dieron la hora, despidiendo a la gente. ¡Todo el mundo a la Rambla!
La curiosidad los movía. Pasaban cerca de los huelguistas como diciéndoles: «A ver, a ver si nos dais un espectáculo que valga la pena».
El Responsable se negaba a dar crédito al anuncio de las sardanas. Ni siquiera en aquellos momentos, a pesar de ver que los músicos iban llegando, que se dirigían hacia el tablado llevando sus instrumentos.
– Dejadlos, dejadlos, no se atreverán -decía.
José no comprendía al Responsable.
– ¿Cómo que no se atreverán? Soplarán como demonios.
Los curiosos iban dividiéndose en dos mitades. Los que permanecían cerca de los huelguistas, mordiéndose las uñas, y los que se desentendían de ellos y se acercaban a los músicos dispuestos a bailar al primer soplo de la tenora. El café Neutral había instalado en un santiamén dos docenas de mesas que fueron materialmente asaltadas.
El Responsable empezó a comprender que aquello iba en serio. Y a los cinco minutos se convenció de ello. La tenora tronaba en el espacio con alegría y fuerza desbordantes.
No hubo necesidad siquiera de dar la señal. Los huelguistas echaron a correr hacia el tablado capitaneados por José y el Responsable.
La mancha oscura de los monos azules eran tan intensa que la gente les abrió paso. Llegados allí, el Responsable ordenó a los músicos, sin preámbulo:
– ¡Fuera! ¡Abajo!
Uno de ellos, el del trombón, se levantó.
– Aquí de la CNT sólo hay ése -y señaló a uno de los triples-. Si quiere hacer huelga, que la haga. Los demás tocaremos.
– Veintidós obreros de metalurgia despedidos.
– Comprendido. Pero si nosotros no soplamos, no comemos. No vamos a perder un jornal porque vosotros estéis de mal humor.
– Tampoco comen los camaradas ferroviarios que cobran seis pesetas.
– Nosotros no somos ferroviarios. Somos músicos.
José no se podía contener.
– ¿Hay compañerismo, o no lo hay?
El Responsable parecía dispuesto a agotar los argumentos.
– Esperad la respuesta de la Inspección de Trabajo -dijo-. Si es favorable, podréis tocar.
El del trombón se impacientó.
– A nosotros lo que nos estáis tocando es otra cosa.
El de la tenora no pudo aguantarse. Había permanecido sentado. Era un hombre de ojos beatíficos que cuando hacía un solo alcanzaban su plenitud. Se puso a tocar, evidentemente dispuesto a cortar, el diálogo.
Algunos sardanistas empezaban a protestar, pataleando. Los acontecimientos se precipitaron. El Responsable miró al Cojo en forma al parecer convenida.
José estimó que había comprendido la señal.
– ¡Camaradas! -gritó, irguiéndose sobre sus pies-. Última tentativa. ¿Hay compañerismo o no lo hay?
Por toda respuesta el del fiscorno hizo: bub, bub.
– ¡Camaradas! -gritó de nuevo José-. ¡Como si estuviéramos en Madrid!
Y de un salto subió al tablado, derribó al músico más próximo y empezó a lanzar sillas a cinco metros de distancia.
Otros huelguistas le imitaron. Los músicos se defendieron, pero fueron derribados. Hubo desbandada general. Al otro lado de la Rambla aparecieron los de asalto blandiendo sus porras.
– ¡Ignacio, Ignacio! -gritaba Carmen Elgazu desde el balcón-¡Sube, sube!
De repente, el viejo del trombón mostró a la multitud el instrumento magullado y hecho trizas.
– ¡Fuera, fuera! -gritó un grupo de jóvenes, con franca hostilidad hacia los anarquistas. Eran estudiantes, que lo que querían era bailar. Otro gritó:
– ¡Fuera esos de Murcia! ¡Boicotean las sardanas!
Los de asalto acababan de llegar. José recibió un porrazo en la cabeza. Saltó del tablado al suelo y se parapetó tras un árbol.
Las hijas del Responsable vociferaban:
– ¡Viva la CNT!
– ¡Fue…ra! ¡Fuera…!
El camarero del café Neutral se subió a una mesa.
– ¡Viva Cataluña…! ¡Boicotean las sardanas! ¡Viva Cataluña!
Un hondo rumor se extendió por la Rambla.
– ¡Viva España! -contestó alguien. Era un teniente, apoyado en un farol.
Varios se dirigieron a él.
Ignacio comprendió que la cosa tomaba derroteros imprevistos. El camarero había sido un imbécil gritando aquello.
Los que se dirigían hacia el teniente eran personas que hasta entonces habían quedado al margen. Se habían levantado de las mesas.
– ¡Cuidado, que lleva armas! -gritó alguien.
El teniente sonrió y, abriendo las dos manos, las levantó a la altura de los hombros.
Pero se había formado otro altercado a pocos metros y la gente retrocedía en desorden. La multitud cayó sobre el teniente, derribándole.
Entonces se oyó un grito y, de pronto, un disparo. O por lo menos lo pareció. En todo caso fue una detonación seca.
Cundió el pánico. Todo el mundo se refugió bajo los arcos, y los más próximos a las casas se introdujeron en ellas. Entonces los de asalto, en magnífico estilo, formaron un cordón impecable.
– ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Dispersarse!
A José le dolía horriblemente la cabeza. Continuaba tras el árbol. Un guardia se dirigía hacia él, por lo que optó por dar media vuelta y meterse en la casa. Una vez allá subió al piso.
Ignacio había coincidido con el cajero del Banco bajo los arcos y no parecía estar nada asustado. El cajero le dijo:
– Vete a tu casa. No hagas tonterías.
– ¿Por qué? Ya está terminado.
– Te digo que te vayas.
El muchacho obedeció. Cruzó a grandes zancadas la desierta Rambla y se refugió también en su casa.
Otros, en cambio, resistían. El Cojo salió vendado de una farmacia. Al Inspector del Trabajo le había pillado aquello camino de la Comisaría y tuvo que refugiarse también en un portal.
Al llegar arriba, Ignacio vio en el comedor a José, tendido sobre dos sillas, y a un desconocido con una enorme herida en el mentón. Supuso que se trataba de uno de los huelguistas, que habría seguido a José.
Carmen Elgazu, con expresión elocuente, iba y venía con paños y agua caliente, y Pilar sostenía un espejo entre las manos.
Matías Alvear había encontrado todo aquello lamentable. De pie en la puerta del pasillo, murmuraba: «Anarquistas, músicos, Liga Catalana… ¡Todo menos republicanos!»
José rabiaba de dolor y el desconocido se miraba en el espejo que le presentaba Pilar.
– Gracias, pequeña. Bueno, bueno. -Se tocaba el tafetán que Carmen Elgazu le había pegado en la herida-. Creo que ya estoy bien.
Ignacio era menos optimista, pues el herido tenía la mejilla manchada y muy amoratada.
– Descanse usted un rato y luego le acompañaremos -ofreció.
– ¡No, no, muchas gracias! No vale la pena. -Pero se veía que le costaba esfuerzo mantenerse en pie.
Entonces sonó de nuevo el timbre de la puerta. Pilar fue a abrir. Era Julio García.
José, al reconocer su voz, se incorporó. No quiso que el policía le viera tendido sobre las sillas.
Ignacio juzgó aquella visita intempestiva; por el contrario, Matías estimó que era de agradecer. Julio, después de cualquier suceso anormal en la ciudad, subía a verlos, para cerciorarse de que no les había ocurrido nada malo.
– ¿Todo tranquilo…? -le preguntó a Pilar al entrar.
– Excepto José.
– ¿De veras…? ¿Qué le ha pasado?
– Ha recibido un golpe.
Julio entró en el comedor y, antes de que pudiera preguntar nada, Matías salió a su encuentro.
– ¿Qué se dice en la Policía?
Julio se encogió de hombros.
– ¡Bah! Todo eso es corriente.
– ¿Hay detenidos?
– No. -El policía se volvió hacia José-. El trombón ha presentado una denuncia.
– Por mí -hizo José- como si la presenta el Papa.
Julio se dirigió de nuevo a Matías e hizo un ademán de impotencia. Luego añadió, señalando con la cabeza en dirección a la Rambla:
– Bueno… ¿Tú habías visto en tu vida algo tan insensato?
– ¿A qué te refieres…?
– Atacar una cobla de sardanas… ¡en Cataluña!
– ¡Ah, claro! -admitió Matías-. ¿Quieres decir que se habrán ganado antipatías?
– ¡Cómo antipatías…! Los sardanistas les jurarán odio eterno.
José se puso en pie -llevaba una toalla en la frente- y dijo que ellos no estaban dispuestos a pedir adeptos como quien pide limosna, y que siempre que se tratase de una huelga justa se llevarían por delante cuantas coblas de sardanas se opusieran.
– Queremos que se nos escuche, eso es todo.
Matías no pudo reprimir una respuesta dura.
– ¡Si por lo menos supierais lo que queréis! -dijo. Era la primera vez que el hombre censuraba la conducta de su sobrino.
La sorpresa de éste fue total. Se puso muy nervioso buscando un cigarrillo.
Julio, entonces, tomó asiento. Se dirigió a José, a pesar de todo.
– Ya sabe usted que soy el primero en admitir que la huelga era justa. Pero lo que digo… es que la habéis llevado con los pies.
– ¿Ah, sí…?
– Naturalmente. -Luego añadió-: Lo que teníais que haber hecho era mandar subir al tablado de los músicos, de una manera pacífica, a los veinte obreros despedidos. Gorra en mano, a saludar a la multitud. -Ante el asombro de todos explicó-: A la gente lo que la emociona es conocer directamente a las víctimas, verlas de carne y hueso.
José se mordió los labios. La toalla empapada en agua fría le bailoteaba en la cabeza. Se disponía a barbotar algo, pero el desconocido de la herida en el mentón intervino inesperadamente:
– Eso hubiera sido humillante.
El policía hizo otro gesto de impotencia.
– Pero eficaz.
José pegó un puñetazo en la mesa. Entonces sintió sobre sí la mirada de Carmen Elgazu. Con un esfuerzo sobrehumano consiguió dominarse y, cruzando el comedor en dos zancadas, se retiró a su cuarto.
Carmen Elgazu estaba indignada. El espectáculo que en la Rambla había dado José la había trastornado. No podía salir sin que le dijeran: «Caramba, doña Carmen, se ve que su familia tiene el genio vivo». Se estaba preguntando si podría resistir por más tiempo semejante situación.
Por fortuna, José pareció querer facilitar las cosas. A la hora de cenar no dijo nada, a la mañana siguiente tampoco. Pero en cuanto vio que el chichón de la cabeza no era nada importante, decidió marcharse. Había comprendido que la cosa se ponía mal. La visible hostilidad de Carmen Elgazu no le importaba; pero que su propio tío le dijera: «Si por lo menos supierais lo que queréis…»
Una cosa sentía: separarse de Ignacio. Le había tomado afecto. Creía que había en él madera de anarquista. Con muchos resabios que pulir, naturalmente, y una extraña soberbia personal. Sería necesario darle a leer mucho Bakunin y muchos Manuales Bergua. Y menos crucifijo en la cabecera de la cama… Pero, en fin, el chico sentía que el mundo era injusto y esto era un gran paso.
Pero era preciso marcharse. Esto les dijo a todos, a la hora de comer. Matías quedó perplejo. «¿No quedamos que ocho días? Todavía faltan dos…» No fue posible convencerle.
– Sentiría haberte molestado ayer, pero creí que era mi deber.
Ignacio tampoco consiguió nada.
– ¡Nada, nada! ¡Ahora vente tú por Madrid!
El tren salía a las cinco y media. Ignacio aprovechó aquellas tres horas para estar con su primo. Hablaron mucho, con gran cordialidad.
– ¡Te veo casado con la niña esa del abogado!
– No lo creas.
Ignacio preguntó:
– ¿Qué harás ahora en Madrid?
– Como siempre.
– ¿Trabajas en algo?
– Lo que cae.
Luego hablaron de la familia de Burgos, e Ignacio se enteró de que su prima, «hija de tío Dionisio», era guapísima y que hacía de secretaria en el despacho de la UGT.
– Todo Burgos se hará socialista -rió José.
– ¿Y el chico? -preguntó Ignacio.
– Pues… un poco tonto. Pero ya aprenderá.
Matías le dio varios puros para su hermano Santiago. Carmen Elgazu le preparó una sólida merienda. Pilar salió de las monjas media hora antes para poder darle un beso de despedida. La maleta extraña, de madera -rebajado su contenido- volvió a salir del cuarto y fue llevada a la estación.
Antes que el tren arrancara, Matías dijo, con sorna:
– Recuerdos a mi cuñada, la mecanógrafa.
Al arrancar el tren, Ignacio le gritó:
– ¡Escribe! ¡Cuenta cosas de Madrid!
José estaba menos alegre que cuando llegó. Era un sentimental. Le dolía irse. Hubiera vuelto a bajar.
– ¡Si no fuera por tantos campanarios!
– ¡Déjalos en paz!
Se oyó un silbido.
– ¡Recuerdos a César!
– ¡De tu parte!
– ¡Salud, salud!
– ¡Adiós, adiós…! -El tren arrancó y las manos se saludaron hasta perderse de vista.
Ignacio quedó solo. Apenas entró de nuevo en su casa, en su cuarto, y vio que la maleta de José había desaparecido, así como la botella de brillantina del lavabo y sus enseres de afeitar, se dio exacta cuenta de la realidad. Comprendió que la marcha de José significaba el término de aquellas vacaciones extemporáneas. Se sintió situado de nuevo frente a la realidad de su vida: el Banco y la Academia.
Volvería al Banco, volvería a estudiar. Algo había ocurrido, sin embargo. En la tarde del domingo, su soledad se hizo patente. Su primo le había dejado huella. También a él le habían dado, en cierto modo, un golpe en la cabeza.
Tanta tensión le había fatigado. Comprendió que su soledad era grande cuando después de cenar pasó un rato agradable contemplando un cuaderno de dibujo en colores que guardaba de cuando era chico: el prado verde, los tejados rojos. «¿Por qué diablos pinté yo de amarillo todas las ovejas?», comentó en voz alta. Matías le contestó, con sorna: «La lana es oro, hijo, la lana es oro». Fue una velada lenta y magnífica, con Pilar dormida al lado, los codos sobre la mesa.
Al entrar en el Banco, el lunes, le recibieron con sonrisas alusivas. Y aquello duró varios días. «Caray, uno de estos días te vemos entrando a sangre y fuego en el Palacio Episcopal.» Le identificaban ex profeso con José. El subdirector no quería equívocos. «Nada, nada. Ya sé que era tu primo y que le acompañaste por obligación.» Luego añadía: «¿Y qué…? ¿Te gustó el primer orador?»
Le entró el sarampión del cine. Quería ver películas del Oeste. Se evadía en la grupa de los caballos y deseaba con toda el alma el triunfo del sheriff. Cuando más intenso el tiroteo, pensaba en el disparo que se oyó en la Rambla y en que la Torre de Babel aseguraba que la bala le rozó la cabeza.
Entre las personas que le identificaban con José, se contaban evidentemente el Responsable y su séquito. Al encontrarle por la calle, le saludaban como amigo. Con cierto agradecimiento incluso, o por lo menos lo parecía; porque la huelga había sido un fracaso. Los ferroviarios habían vuelto a sus martillos y las tres empresas habían vuelto a abrir sin que el Inspector de Trabajo hubiera accedido a las peticiones del personal. Especialmente Blasco, el «limpia» del bar Cataluña, y el Cojo, que todo el día iba de acá para allá, le trataban como a un amigo. Blasco, ya mayor, siempre con boina y un palillo entre los dientes, le invitó dos o tres veces a fumar, al encontrarle en el salón del billar; aunque Ignacio rechazó. Y en cuanto al Cojo, era obsesionante. Sus costras en los labios, al sonreír, parecían abrirse. Era alto, desgarbado. Tenía un punto de enajenado en la mirada. Un día le dijo a Ignacio: «Nos convendrían unos cuantos como tú, que tuvieran letra».
Carmen Elgazu leía en los pensamientos de su hijo, y en la primera ocasión propicia le echó un sermón. Carmen Elgazu el día de tumulto en la Rambla se había dado cuenta de una cosa: hubo un momento en que Ignacio se hubiera subido a gusto al tablado de los músicos.
– Eso no, ¿comprendes? ¡Eso no! Te dejas llevar por el primer exaltado. ¿Qué quieres, arreglar el mundo? ¿No ves que eres un mocoso? Merecerías un bofetón. Lo que hace falta es gente como don Emilio Santos. Gente limpia y sencilla. Si todo el mundo fuera como él, no habría problema; en cambio, si todo el mundo fuera como José, yo tendría que curar un par de docenas de heridos diarios. Lo siento por tu padre, pero José es un desgraciado, ni más ni menos, Y ahora lo que tienes que hacer es no pensar más en él.
Ignacio admiraba mucho a su madre. A veces le molestaba cierto tono suyo de excesiva seguridad; pero no cabía duda de que era toda una mujer. De todos modos, ¿puede uno borrar de la memoria lo que le place?
Su padre le dijo:
– ¿Te das cuenta de que tienes los exámenes encima?
El contestó:
– No te preocupes. Aprobaré.
Pero se equivocó. Le suspendieron en Filosofía, Ciencias Naturales y Física. Él juró que había hecho un buen examen, que no acertaba a explicarse su fracaso.
Hubo gran revuelo en la familia. Carmen Elgazu lo atribuía simplemente a que había trabajado poco y a que en las últimas semanas pensó en otras cosas. Nuri, María y Asunción apenas osaban subir al piso a ver a Pilar.
Ignacio sabía que no era cierto, que se había preparado a conciencia. Desde mayo, todas las noches se concentró en los libros, sentado en la cama hasta que el sueño le rendía. «¡Os juro que hice un buen examen! ¡Os lo juro!»
Dos días después de recibir las notas, entró en su casa con expresión agitada.
– ¿Veis? A todos los de la Academia Cervantes nos han suspendido de lo mismo: de Filosofía, Ciencias Naturales y Física.
Matías le miró.
– ¿Y eso qué significa?
– Sencillamente -contestó Ignacio-. Los tres catedráticos son nuevos, nombrados después del Estatuto, y han declarado el boicot a la Academia.
– ¿Boicot…? ¿Por qué?
– Porque el Director se niega a quitar el crucifijo de las clases.
Matías comprendió que la explicación era verosímil. Sin embargo, preguntó:
– Y eso… ¿cómo lo sabéis?
– ¡Uf! El director ha ido a protestar. En seguida se ha visto qué ideas tenían. En fin, se lo han dicho claramente. Sobre todo, el de Filosofía.
– ¿Quién es?
– El catedrático Morales.
Pilar rubricó:
– ¿Ése…? Las monjas dicen siempre que pobres de nosotras si hiciéramos el bachillerato.
La noticia reconcilió a Ignacio con la familia. Sin embargo, ello no resolvía nada; un signo más del tiempo en que se vivía.
– Bueno, ¿y qué hacer ahora? -preguntó Matías.
Ignacio había recobrado los ánimos.
– Pues aprobaré en septiembre. Estudiaré como un negro todo el verano, ya lo veréis. No tendrán más remedio que aprobarme.
– Sí, pero…
– Desde luego -añadió- el próximo curso ni hablar de la Academia Cervantes. Lo siento, pero será el último y no puedo exponerme a que me suspendan.
El muchacho dio pruebas de energía. La dificultad le estimuló. «Aprobaré en septiembre.» Le había gustado la espontaneidad con que le salió la frase. De tal modo que quería extender a todos los problemas que le planteara la existencia, la actitud definida que había adoptado ante las papeletas en blanco. No se le escapaba que ahí estaba lo difícil, porque con frecuencia pensaba una cosa y luego hacía otra, desviado por algún suceso imprevisto.
Le parecía que veía con mucha claridad sus defectos: era demasiado impulsivo, como decía su madre; y además se dejaba influir. Según como Julio se tocara el sombrero, le parecía que era el policía quien tenía razón y no su madre.
Según como se tocara el sombrero… Le pareció que descubría un detalle muy importante: que en el fondo lo que a él le impresionaba no eran las ideas, sino las personas. Que seguía a las personas, no lo que decían. La cosa resultaba evidente pensando en José… ¿Cómo era posible que, en efecto, en un momento dado, con sólo verle subir al tablado, hubiera sentido necesidad imperiosa de pegar un salto y participar en la rotura del trombón? ¿Qué tenía él de anarquista para hacer una cosa así…? Reflexionando, veía abundancia de puntos débiles en la estructura mental de su primo. Para hablar sin rodeos, sus teorías no tenían pies ni cabeza; en cambio, la persona le había impresionado, el hálito que emanaba de ella.
Lo mismo que le ocurría con Julio, sucedía con Cosme Vila… Ahí estaba. Él no sabía nada de Marx; por otra parte, Cosme Vila no tenía ningún interés en catequizarle… de palabra. Pero le atraía la persona de Cosme Vila, su poderosa frente, su calvicie prematura, su insobornable aire distante. No distraído, como pretendía Padrosa, sino lo contrario: concentrado. Siempre solo en el diminuto cuarto de la correspondencia, junto a la lámpara y a su máquina de escribir. Había en él algo religioso, que a Ignacio le llamaba la atención mucho más que todas las bravatas y explicaciones de la Torre de Babel.
Otro ejemplo lo tenía en la impresión que le había causado al entrar en el comedor el desconocido de la herida en el mentón. En seguida sintió que no se trataba de un ser vulgar. Descubrió algo en su porte, en sus ojos, inquietos y titilantes. Y he aquí que Julio se lo confirmó luego… Porque resultó que Julio le conocía. El desconocido se llamaba David Pol y era maestro, socialista e hijo de suicida, lo mismo que su mujer. Hombre preocupado, un poco trágico, barojiano, con ideas personales sobre la pedagogía, al parecer.
Se dio cuenta de que se estaba examinando a sí mismo. En el fondo era verdad que el Banco constituía una gran experiencia. Aquellas montañas de plata del cajero… El día en que vio a los obreros concentrados en el Puente de Piedra se dijo: «¿Qué pasaría si volcáramos ahí un par de sacos?» Bajo las gorras nuevas llevaban el signo de la vida dura. ¡Y la crueldad de los empleados! El de impagados, cuando leía los nombres de los comerciantes que no podían cumplir con sus pagos, decía: «Otro que se cae con todo el equipo». ¿Todo el equipo? En este caso el equipo era la tienda, era la familia. Se iba a caer con toda la familia.
El domingo en que se quedó solo después de la marcha de José, había vuelto a la calle de la Barca. Y allí, gracias al Cojo, que le invitó a una copa, entró en una taberna extraña, próxima al bar Cocodrilo. Por lo visto el patrón conocía al Cojo, porque le dijo: «¡Hola! Sube. Verás a mi mujer, que todavía no se levanta». Ignacio vio la escalera tan oscura y sórdida, con una bombilla, que le recordó las del Seminario y, sin saber por qué, retrocedió y salió fuera. Aquella escalera le penetró mucho más que todos los discursos. Le pareció que sabía perfectamente lo que había arriba. Y, sin embargo, cuando diez minutos después el Cojo le alcanzó y le preguntó: «¿Por qué no subiste?» y él contestó: «¡Bah, ya me figuro lo que hay!» el Cojo le miró con una sonrisa de compasión indefinible.
– Lo que hay allá sólo lo saben ellos -comentó.
A Ignacio le pareció comprender. Le pareció que, en efecto, el Cojo tenía razón. Que al modo como sólo él, Ignacio, podía saber -y no don Jorge ni el Responsable- hasta qué punto es hermoso vivir en una familia como la suya -Alvear-Elgazu- con una madre que se sentía feliz si le salía bien un estofado y un padre que ponía cara de ángel el día que conseguía oír sin interrupción la radio, tampoco nadie podía saber lo que había allá arriba sin vivirlo. Que no bastaba con figurárselo, ni siquiera con verlo. Que lo realmente terrible de aquella escalera debía de ser lo cotidiano: subirla y bajarla cientos de veces, un día comprobar que tal peldaño empieza a crujir, a ceder otro, que la mano se queda pegada con asco a la barandilla. Vivirla: ésa era la palabra, y respirarla.
Todo convergía hacia el mismo centro: las personas, lo directo, la entraña. Y le gustaba que fuera así. Imposible concebir la existencia de otra manera. El propio Julio se lo advirtió a José, hablando de la huelga y de los metalúrgicos despedidos: «Lo impresionante hubiera sido verlos».
Ignacio se dijo que debía de ser la causa de esto por lo que sus simpatías y antipatías eran tan manifiestas. Le pareció comprender por qué la presencia de mosén Alberto le desasosegaba; porque debía de haber un desequilibrio entre las pláticas dominicales del sacerdote y sus actos, su vivir cotidiano. En cambio, su afecto por el subdirector del Banco, aun tratándose de un hombre modesto y de ojos beatíficos, se debía seguramente a lo contrario: a que éste vivía sus ideas, a que por la CEDA aceptaba de buen grado crearse enemistades, arrostraba las bromas de los empleados y ahorraba durante cinco meses para poder regalar un ventilador al Partido.
Ello tal vez le indujera a no poder penetrar el sentido de ninguna doctrina sin verla encarnada por alguien. De ahí, probablemente, que se le escapara el fondo de muchas palabras que brincaban sin cesar a su alrededor y que iban tomando cuerpo: por ejemplo, la palabra comunismo.
No, el hálito de la persona de Cosme Vila no le bastaba. Le sería necesario verle actuar…
Tampoco le bastaban las suposiciones de su madre y de José respecto de Julio: también sería necesario verle actuar.
Aunque, respecto de Julio, le ocurría algo singular. Iba creyendo que, en efecto, el policía era comunista. Algo instintivo le impelía a creerlo, y a afirmarlo… No el examen de la dialéctica del policía -método empleado por José-, ni los viajes de Julio a París ni los brazaletes de doña Amparo Campo. El mecanismo deductivo de Ignacio operaba siempre en terrenos más poéticos. Cierto, el primer día en que Ignacio tuvo la íntima certeza de que Julio era comunista, ello se debió a algo sencillo, absurdo y probablemente grotesco: al hecho de que Julio tuviera en el piso una tortuga.
Ignacio estaba solo, Julio hablando por teléfono. Permaneció un cuarto de hora contemplando el animal, le vio avanzar implacablemente, con desesperante tenacidad, por entre las patas de la silla, bordeando la alfombra, siempre en el mismo sitio y a la vez un poco más allá, con su universo a cuestas… y pensó que Julio era comunista. Y desde entonces muchas veces pensó en ello. Cuando el animal permanecía horas y horas quieto, el muchacho pensaba: «Está preparando un gran salto». Y cuando su amo le acariciaba o le contemplaba sonriendo, el bicho cobraba vida de símbolo, a pesar de que doña Amparo sentía por él verdadero horror.
El compañero de billar de Ignacio, Oriol, chico tuberculoso, al escuchar este relato le dijo: «Me gusta que tengas ese tipo de sensibilidad. A mí también me ocurren esas cosas».
Cada vez que Ignacio tenía un choque -una discusión en el Banco, el fracaso de un proyecto- se refugiaba en el billar. Con motivo de no aprobar, volvió a él. Y en esta ocasión descubrió en su compañero de juego un ser nuevo. Es decir, acaso fuera el mismo de siempre, pero antes no se había fijado mucho en él: su compañero de billar era un muchacho sutil, muy inteligente y de una gran distinción. Le costó mucho darse cuenta de ello porque el chico era callado hasta lo inverosímil. Sólo de vez en cuando decía, sonriendo: «En el fondo, el billar es perder el tiempo». Y entonces Ignacio comprendía que el chico jugaba porque su enfermedad le impedía hacer otra cosa más importante.
Muchas veces había pensado que las torturas a que el billar obliga debían de perjudicar a su amigo. Y, en efecto, de repente éste quedaba tendido sobre el tapete verde, con el taco inmóvil, y se ponía a toser, en cuyo momento la bola roja parecía de sangre; pero nunca se había atrevido a advertirle. En todo caso, viéndole ahora pensó: «No cabe duda de que la aristocracia es un hecho». Y entonces volvió a sentir un inexplicable rencor.
Pero lo venció. La primavera era tan hermosa en la ciudad que el simple hecho de mirar era un gozo. Desde los vestidos de las chicas hasta el matiz de los verdes de la Dehesa todo invitaba a la alegría, a crecer, a pujar. Ignacio a veces, después de cenar, antes de meterse en cama con los libros de texto, llamaba a Pilar y entre los dos, con los codos sobre la mesa, iban rellenando en colores las páginas de sus cuadernos de niño que habían quedado sin pintar.
E Ignacio, que consideraba metal más puro la alegría que el oro, ahora pintaba las ovejas de color azul.
En este estado de ánimo le halló César. ¡Santo Dios! El muchacho se trajo del Collell un soplo de aire bienhechor. Operó, como siempre, un súbito cambio de decoración. Pareció como si al entrar borrara del umbral de la puerta la imagen de José y devolviera a la familia su verdadera razón de ser, regular y humilde.
Carmen Elgazu tuvo una alegría infinita al verle. ¡Alto, definitivamente alto! Con cara malucha, desde luego. «Pero vas a ver cómo te trata tu madre. ¡Pobre, pobre! En un mes vas a engordar seis kilos.»
César había traído una carta del Director, dirigida a Matías Alvear. Éste la abrió muy intrigado, pues era la primera vez que tal cosa ocurría: «Cuiden a su hijo. Se desmaya con frecuencia».
Matías no se atrevió a hablar de ello con su mujer. En cambio, se lo dijo a Ignacio y éste repuso, repentinamente indignado: «¡Natural! ¡Hace tonterías!»
– ¿Qué tonterías?
Ignacio le contó lo del cilicio. Matías se enfureció hasta un punto indescriptible. Llamó al muchacho, le tocó la cintura y leyó en su rostro una expresión de dolor. Entonces le pegó una bofetada.
– ¡Pero…!
– ¡Quítate eso en seguida! -César, mudo y como alelado, fue a su cuarto y empezó a desnudarse.
– ¡A ver, dame eso!
Matías tomó el hierro en sus manos. Con la yema de los dedos fue tocando las pequeñas púas. No acertaba a comprender: «¡Este verano harás lo que yo te diga! Menos mosén Alberto y más…»
– Pero, papá… Mosén Alberto no sabía nada de esto.
Apenas si Matías le oyó. Había salido del cuarto, cruzado el comedor y echado al río el hierro de su hijo.
César permaneció inmóvil, con los ojos húmedos. Ignacio entró a peinarse y salió, sin decirle una palabra. El seminarista no sabía qué hacer, todo aquello era durísimo e inesperado. ¡De ningún modo quería contrariar a los suyos!
Matías habló con su mujer, teniendo buen cuidado de ocultarle el incidente del cilicio. Llevaron el chico al médico. Nada alarmante: «Llévenle al óptico».
Así se hizo y César apareció a las pocas horas llevando lentes con montura de plata. ¡Qué suspiro dio el muchacho al saber que todo su vértigo y su inestabilidad provenían de la vista!
Mosén Alberto se puso en contra de César. Le dio órdenes severísimas de no tomar ninguna decisión de tipo corporal sin consultárselo antes.
César dijo:
– Muy bien, padre; pero… es que yo quiero perfeccionarme.
– ¡Pues por eso! Obediencia. ¿Qué sabes tú lo que te conviene? Hay quien lleva cilicio porque así se siente a cubierto, o porque le cuesta menos obedecer.
César quedó desconcertado, pero asintió con la cabeza.
Sólo una larga serie de comuniones fervorosas consiguieron devolverle la tranquilidad. De pronto, el bofetón le dolía como si los dedos hubieran sido también de hierro. ¡Había debido de darle un gran disgusto a su padre para que se decidiera a pegarle! ¿Cómo era posible que un acto bueno, o por lo menos bienintencionado, pudiera traer consecuencia tan graves?
Matías no pudo soportar ver sufrir a César. Seguía sin comprender, pero entró en su cuarto y le tiró de una oreja.
– Ya sabes lo que te dije. Este verano, descansar. Lo máximo que te permitiré será que vuelvas a afeitarme.
Fue un rayo de luz para César. Era evidente que su padre no quería cortarle todas las alas. Faltaba convencer a mosén Alberto, que el verano anterior ya le había dicho: «¡Te prohíbo que tengas escrúpulos!», y le había inundado de tazas de chocolate.
El chico sacó fuerzas de flaqueza para hablar con el sacerdote.
– Padre -le dijo-. Ya no llevo nada, ¿ve? -Y se tocó la cintura-. Le prometo también que no iré al cementerio ni me pondré sal en el agua. Le prometo también que obedeceré a todos mis superiores. Pero… quería pedirle una cosa: que me permitiera afeitar…
¡Afeitar…! Mosén Alberto estaba al corriente. Sabía que durante el invierno, en el Collell, el muchacho le había dado a la navaja… ¿Cómo negarle este permiso…?
– ¡Pues anda y afeita a quien quieras…! -Y el sacerdote miró cómo el seminarista se lanzaba escalera abajo y desaparecía.
En el fondo, mosén Alberto tenía también este censor: César. En sus épocas de sequedad espiritual, cuando en los momentos más importantes de la misa se notaba a sí mismo distraído y hueco, murmurando sin emoción santas palabras ante el cáliz, sin que tal rutina impidiera que el milagro del Verbo hecho sangre se realizara, mosén Alberto pensaba de repente: «Si al pobre César le fuera dado celebrar…» Había llegado a la conclusión de que el ansia de César de perfeccionarse no era igual que la de los demás seminaristas en los primeros cursos de la carrera. Y aquello le llevaba a besar el altar con vivos deseos de contrición y devoción.
Mosén Alberto se daba cuenta de que, poniéndose la sotana, no se había desprendido de todo apego humano. Sus mismas aficiones artísticas tenían un punto de frivolidad. Y le gustaba que le halagaran y ahora mismo se sentía feliz porque acaso le nombraran maestro de Ceremonias de la Catedral. Su desgracia tal vez hubiera sido ésta: ser el primero en clase durante los catorce años de la carrera. Y ver que todo el mundo le consultaba cosas: las monjas, las señoras, los vicarios jóvenes. ¡Y su madre! Su madre le trataba con un respeto infinito como si en vez de su hijo fuera auténticamente su rey. Su madre, baja y raquítica, con un inmenso pañuelo negro sobre los hombros, hacía algún viaje desde el pueblo a Gerona, casi siempre aprovechando la tartana de algún campesino que bajara al mercado. Y al llegar al Museo y ser recibida por su hijo, levantaba la cabeza para mirarle y asirle las manos, que le besaba. Y luego miraba el Museo con ojos de admiración. Tenía unos ojos pequeñísimos, que siempre parecían reír aun cuando llorasen. Y luego se confesaba en él… Ego te absolvo in nomine Patris. ¿Cómo era posible que pudiera perdonar los pecados de su propia madre?
Una cosa le consolaba: tal vez Carmen Elgazu experimentara frente a César impresiones similares… Sin embargo, la diferencia estaba en que él no había pedido nunca a nadie permiso para afeitar.
Éste fue el gran triunfo de César. Recibir a media mañana un flamante estuche que contenía todo lo necesario para el oficio: brocha, jabón, navaja, ¡y maquinilla para cortar el pelo! Con una tarjeta de mosén Alberto.
Carmen Elgazu se emocionó lo indecible, Matías Alvear dijo, examinando la afiladísima hoja cerca de la ventana: «Más de una vez me afeitaré yo con ese cacharro». Pilar se adueñó de la maquinilla de cortar el pelo y se divirtió media hora persiguiendo a todos por el piso: «Cre, cre-cre-cre-crec…cre-cre-cre-cre-cre-crec…»
Y luego, todo fue sencillo. A las tres de la tarde, César, a grandes zancadas, ligeramente encorvado y bamboleando la cabeza, se dirigió a la calle de la Barca. Cierto, Raimundo, con su bigote horizontal, tenía más aspecto de barbero que él con sus lentes de montura de plata. Así lo dijo Matías, por lo menos. Sin embargo, César, para vencer a la competencia tendría a su favor varios factores: el esmero en el trabajo, el trabajo a domicilio y el precio. No pediría sino que la barba les creciera pronto, para poder afeitarlos de nuevo.
No conocía a nadie en la Barca, ni el barrio. Pero Ignacio le había dicho: «Habla con el patrón del Cocodrilo».
Y fue un acierto. El patrón, con su minúscula gorra, su caliqueño y su gran barriga, soltó una carcajada al verle.
– ¿Afeitar…? ¿Viejos…? ¿Enfermos…? Pero… oye, ¿tú estás loco o qué?
César le miró sin pestañear y luego, colocando el estuche sobre el mostrador, lo descubrió ante él, reluciente.
El patrón cambió de parecer súbitamente. -¡Eh, eh, Manolo…! ¡Mira, aquí hay un barbero espontáneo!
Apareció un gitanillo joven, con bufanda de seda. -¡Déjate, déjate!
César comprendió que allí se jugaba su destino.
– Deje, por favor. No le haré daño, ya verá.
El gitanillo se pasaba la mano por la mejilla. Pero ya el patrón del Cocodrilo había dado la vuelta al mostrador y, riéndose, le había clavado en una silla.
César pidió luz al Señor, fuerza a su muñeca, que a veces se le cansaba, y empezó su tarea. Tan bien le remojó, tan fácilmente se llevó los escasos y arbitrarios pelos del gitano, tan lisas y llanas quedaron las mejillas de éste, que todo el bar Cocodrilo pareció llenarse de espejos de establecimiento de lujo.
El patrón se entusiasmó.
– ¡Lista de viejos, apunta! Ahí al lado, tercer piso. Entra, de frente hasta una cueva negra que verás al fondo. Grita: ¡Fermín! Fermín contestará y le afeitas. Ahí enfrente vive otro, pero si sabe que eres cura te echará a patadas.
Todo fue empezar. La hija de Fermín fue la primera en propagar la nueva. A la salida de la fábrica, encontró a su padre sentado en la cama, guapo, sonriendo, más guapo y más joven que nunca.
– Pero… ¿qué ha pasado?
– Un chico que ha venido. Orejas grandes.
Orejas grandes, orejas grandes… Manolo el gitano también mostraba su rasurado rostro a los vecinos…
El patrón del Cocodrilo colgó un cartel a la entrada: «Barbero a domicilio, gratis. Para viejos y enfermos».
Otras hijas de otros Fermines reclamaron sus servicios.
– ¿Y cortar el pelo? ¿También corta el pelo?
¡Éso no sabía, pero estaba aprendiendo!
El propio patrón ofreció su cogote como conejillo de Indias. Se sentó y depositó su cabeza sobre su barriga. ¡Ay, ay! No importaba. Los pelos le entraron por la camisa y le escocieron durante una semana. Pero no importaba.
En algunas casas le recibieron con hostilidad.
– ¿Crees que aquí nos vendemos por un brochazo? ¡Anda a afeitar al obispo!
– Aquí, menos chulería. ¡Largo de ahí!
Pero los peores eran los que no le hablaban… como Blasco. Los que le clavaban sus ojos de odio y, sin moverse, le obligaban a retroceder, a retroceder hasta encontrarse bajando los peldaños de cuatro en cuatro.
Pero todo iba a pedir de boca. Consuelos no le faltaban ni miradas de simpatía y aun de agradecimiento. «¡Adiós, adiós…!»
De pronto, el panorama cobró dimensión. Dos o tres niños sintieron celos. «A ellos los afeita y por nosotros no hace nada. ¿Por qué no hace algo por nosotros?»
¡Dios mío, los niños! «Dejad que los niños se acerquen a mí.» En el barrio había millares de niños que aleteaban bajo los balcones, como moscas o como ángeles.
La hija de Fermín, que trabajaba en la fábrica de los Costa, le dijo: «¿Por qué no enseña a leer a estos críos?»
¡Mosén Alberto también accedió! Y aquello fue coser y cantar. Cerca del puente del ferrocarril existía un zaguán de grandes dimensiones, con las paredes ennegrecidas, que servirían de cartelera y pizarra. En él se improvisó la escuela, la clase. César, pálido, sentado en el primer peldaño, los chiquillos sentados en el suelo, con las piernas cruzadas.
«B, a, ba, B, e, be.» Días después se oyó 4x4, 16, y se habían unido al coro varios alumnos de más de veinte años.
Más allá de la Barca, nadie sabía nada. Más acá, tampoco. Hubiérase dicho que no ocurría nada. El suelo del zaguán era de ladrillos rojos, se estaba fresco. Las vecinas se turnaban para limpiarlo. Era una comunión simple y natural. Los transeúntes le tomaban por un maestro de verdad, que aprovechaba las vacaciones para ganarse unas pesetillas. Muchas familias no sabían en absoluto de qué casa era y la mayoría de los alumnos ignoraban su nombre. «Tú, tú… -le decían-. ¡Dame un caramelo!»
Más tarde la cosa se complicó. El sol caía a plomo sobre la ciudad, y los balcones de la calle de la Barca despedían vaharadas de fuego. Los chiquillos iban sucios, zarrapastrosos, y César los llevó a la orilla del río para que se lavasen. Si alguno se resistía, le lavaba él mismo, frotando duro en las rodillas y las piernas. Un día se hizo con champú y los llevó a una fuente más limpia. Y fue allí donde una mujer, al reconocer a su hijo, que se había sumado a la comitiva, se puso a chillar:
– ¡Eh, tú…! ¿Crees que su madre es una puerca? ¡Deja en paz a mi hijo!
Otro día, cuando los alumnos se despidieron, una mujer joven, cubrió la puerta, desnudos los brazos… El seminarista se abrió paso, y salió con inesperada calma. Entonces ella barbotó: «¡Vete ya, 4 x 4!» Detrás del Cocodrilo empezaban las casas de mala nota. El calor echaba a la calle a todo el mundo, la tomaron con él, bromeando y distrayendo a los chiquillos. César supuso que debía de haber alguna impureza en su acto, acaso vanidad, y redobló sus esfuerzos para recrear el clima original.
Intentó enseñar catecismo. Al principio fue un éxito. Varios de los pequeños le eran muy fieles, y a veces le acompañaban hasta el extremo de la calle. Fue allí donde una tarde les dijo:
– ¡Vamos a ver! Sentaos aquí.
Los críos siempre jugaban por las escaleras de las iglesias sin cuidado ninguno, tirando piedras a los ventanales u orillándose en los muros. Cuando César les explicó que aquéllos eran lugares santos, presididos por un Ser bueno y omnipotente, que era el que había creado aquel cielo, el Oñar y todo, primero le miraron con escepticismo, pero de pronto uno de ellos, que adoraba a César, se levantó y echó a correr.
– ¡Eh, Pedrito…! ¿Dónde vas? -le preguntó César.
El chico no contestó. Pero fue a la fachada de San Félix y borró como pudo, frotando con su camisa, una luna sonriente que el día anterior había dibujado con la tiza de la escuela.
Sin embargo, al día siguiente el seminarista recibió la visita de un peón ferroviario y dos o tres desconocidos, que le amenazaron con tirarle al río si tocaba aquel asunto.
– ¡Aquí, letra y números! Lo demás, mutis.
El buen tiempo había traído consigo el florecimiento de las manifestaciones artísticas regionales. Matías decía, al regresar de Telégrafos: «No se puede negar que ésto es un pueblo de artistas».
Con ello no se refería solamente a los sonetos de Jaime, quien continuaba buscando palabras nuevas durante la noche; se refería a los conciertos al aire libre que daba el orfeón, a la multitud de ejercicios de piano que se oían gracias a los balcones abiertos, y, sobre todo, a la invasión de pintores aficionados.
El arquitecto Ribas, Jefe de Estat Català, y su íntimo colaborador el arquitecto Massana llevaban meses organizando en el salón anexo a la Biblioteca exposiciones de pintura regional. Desde retablos antiguos, traídos de Barcelona unos, prestados por mosén Alberto otros, hasta las escuelas modernas, todo había desfilado por la ciudad.
En El Demócrata intentaban, por medio de la crítica, orientar a la opinión, sin conseguirlo. Porque por un lado loaban todo cuanto fuera vanguardista -y ahí estaban en la Gerona moderna los edificios que daban testimonio de ello- y por otro se extasiaban ante la pintura costumbrista y hogareña -la vieja hilando, el payés bebiendo en porrón y el paisaje relamido.
La opinión acabó tomando partido de acuerdo con su gusto personal; y lo tomó por la pintura costumbrista y el paisaje relamido. En las exposiciones se oían frases que ponían los pelos de punta a Julio García, que tenía la casa llena de reproducciones impresionistas. «¡Mira, mira ese vaso! ¡Se puede coger con la mano! ¡Mira esa vaca, qué bien está!» Las esposas de los arquitectos Ribas y Massana suponían que era imposible pintar mejor.
El buen tiempo desencadenó un alud de imitadores. El Estat Català en pleno, con sus jefes al frente, se lanzó a la Dehesa y al valle de San Daniel todas las tardes después del trabajo y todos los domingos por la mañana, dispuestos a captar la naturaleza con el máximo verismo posible. El paisaje era realmente hermoso. Árboles altos, prados frondosos, cielo de luz pura y diáfana, suficientemente matizada para no matar el color. El arquitecto Ribas, con una visera y un taburete portátil que se impusieron como prendas oficiales, decía, mientras mojaba su pincel: «Acabaremos creando una Escuela Gerundense». Julio García, que se paseaba mirando de caballete en caballete, comentaba: «Yo creo que verdaderamente ya la tienen ustedes creada».
Los más audaces pintaban figuras y escenas locales: el mercado, una audición de sardanas, gitanos alrededor de un carro. ¡Y la Catedral! La Catedral y San Félix reflejándose en el río, con los balcones y las ventanucas colgando. Era el tema inevitable. No había cuadro en que no apareciera el balcón desde el que Matías Alvear pescaba, y más de una vez, en las exposiciones, Pilar había dicho a Nuri, María y Asunción: «¡Mira, mira, esa ropa tendida es la nuestra; la combinación de mamá, la camisa de Ignacio!»
El orfeón… tenía gran éxito. Se llamaba «Gerunda» en honor de los que estudiaban latín. El director era un hombre salido del Hospicio, cuadrado y de gran melena, cuyo retrato deseaban hacer todos los pintores. La masa coral se componía de sesenta y ocho voces, mixtas, obreros en su mayor parte; excepto el tenor, cartero socialista al que Matías siempre tomaba el pelo, y varias voces de bajo, entre las que se contaban personas como Raimundo el barbero. La afición de aquellas sesenta y ocho voces y de su director -compositor al mismo tiempo- era ejemplar. Vivían para el orfeón. Muchos obreros se pasaban la jornada de trabajo canturreando el repertorio, para tenerlo a punto en el ensayo. El cartero utilizaba su poderosa voz para advertir a las vecinas que tenían carta. El dependiente de Raimundo les decía a los clientes: «¿Ven…? Eso de cantar, el patrón lo hace sintiéndolo. No es un embuste como su afición a los toros». La base de la masa coral era el folklore, con incursiones en motetes religiosos, que los anticlericales del «Gerunda» cantaban con sorprendente seriedad. La peña del Neutral no se perdía concierto del orfeón. Don Emilio Santos, a quien el canto enternecía, al terminar se acercaba siempre al tablado y ofrecía al director el mejor puro de la Tabacalera. Julio García aplaudía frenéticamente. Matías escuchaba, bien mirando al cielo o al techo, o con los ojos fijos en la abierta boca de su amigo Raimundo, cuyos bigotes molestaban a los vecinos. «Me dan ganas de hacerle cosquillas en la laringe», decía a veces. El silencio del auditorio era también entrañable. El Demócrata escribía: «Un pueblo que canta, no puede morir. Un pueblo que canta es un pueblo pacífico». Mediado el concierto, las chicas del orfeón clavaban banderitas catalanas en la solapa.
A medida que el buen tiempo desembocaba en el implacable sol del verano, la faz de la ciudad cambió. Empezó el éxodo en masa. ¡Las vacaciones! Todo el mundo dejó el pincel, guardó las partituras. Los Sindicatos habían conseguido que todas las Empresas, sin excepción, concedieran vacaciones retribuidas a sus obreros. Gracias a ello, al llegar agosto la ciudad quedó desierta; por el contrario la costa, la Costa Brava, muchas de cuyas playas desde la creación del mundo eran privilegio de sus habitantes y de algún hacendado, recibieron las primeras oleadas de turismo popular.
Los pudientes de la localidad preferían la montaña. Don Jorge se fue con su familia a una de sus propiedades de Arbucias, don Santiago Estrada se despidió del subdirector. «Dejo la CEDA en sus manos. Nos vamos a Puigcerdá.» Los trenes hacia el mar, abarrotados, ¡y las caravanas de la Peña Ciclista! ofrecían poco atractivo para ellos. Además de que consideraban que la montaña era mucho más sana. Don Jorge siempre decía que los médicos que habían puesto de moda los baños de sol o eran unos ignorantes o era gente de mala fe.
Otras personas aprovecharon para hacer viajes que tenían pendientes. ¡Julio tomó billete para París! Ignacio se dio cuenta una vez más de que el policía realizaba siempre cuanto prometía.
– ¿Y para qué va usted a París, si se puede saber?
– A ver las francesitas, chico, a ver las francesitas.
Mosén Alberto tuvo una idea más espectacular aún: el jubileo de Roma. Era año jubilar en Roma. Convenció al notario Noguer y a su esposa para hacer el viaje conjuntamente, partiendo hasta Génova en barco. Ninguno de ellos había estado nunca en Roma.
Cuando César, con los ojos húmedos, le despidió en la estación, mosén Alberto le dijo:
– A ver al Santo Padre, chico, a ver al Santo Padre.
– ¡No lo olvide! -le pidió César-. Una bendición para mí.
A Ignacio le hubiera gustado cualquiera de los itinerarios: Roma, París, la montaña y el mar. Pero los ocho días de vacaciones a que todavía tenía derecho no podría disfrutarlos hasta octubre, los demás empleados tenían prioridad en la elección de turno.
En cambio, Matías Alvear tuvo, de un tirón, los quince reglamentarios. Y ahí llegó lo inesperado en la familia. Coincidiendo con una advertencia del médico con relación a Pilar, que andaba llena de granos y molestias, Matías decidió alquilar una casucha, por dos semanas, en San Feliu de Guíxols.
Ignacio no acertaba a comprender.
– ¿Pero… y el dinero?
Carmen Elgazu tuvo entonces una sonrisa maliciosa:
– Tu tío de San Sebastián -explicó.
– ¿Cómo…?
– Cuando le tocó la lotería, nos mandó un pequeño regalo…
– ¡Vamos! ¡La primera noticia!
Matías añadió:
– ¿De dónde crees que han salido tus matrículas? ¿Y la montura de plata de César? ¿De las cuarenta pesetas que te han aumentado?
– No, no. Muy bien, muy bien. Tanto mejor.
Fue un acontecimiento. Pilar saltaba de gozo. ¡El mar, los veraneantes! Se decía que éstos organizaban carreras de balandros… ¡Nuri, María y Asunción ya se habían marchado y ella temía ser la única que no pudiera hacerlo!
Ignacio y César fueron a despedirlos a la estación. Matías, en la ventanilla del tren, tenía gesto de hombre responsable de un batallón. Carmen Elgazu se había negado rotundamente a ponerse un pañuelo en la cabeza atado a la barbilla. «Cuidaos, hijos, cuidaos. A mí no me gusta marcharme sin vosotros.» Pilar no se retiró al interior del coche hasta mitad del trayecto.
Ignacio y César quedaron solos. Ignacio trabajaba en el Banco sólo de ocho a dos, de manera que las tardes las tenía libres. Jornada intensiva, éxito exclusivo de la UGT. A César, mosén Alberto le había encargado de la vigilancia del Museo y allá se iría, esperando turistas, hasta las cinco de la tarde, en que las dos sirvientas le presentarían ¡imposible rehusar! el chocolate y los picatostes, y luego podría ir a la calle de la Barca a afeitar y dar clase.
Carmen Elgazu había llegado a un acuerdo con una vecina para que en su ausencia cuidara de los dos chicos, especialmente comida y lavado de ropa. «Las camas se las harán ellos mismos. Y que barran también el piso, ¡qué caramba! En todo caso, el sábado da usted un repaso a los metales y al suelo.»
– ¿Y los cristales, doña Carmen?
– ¿Los cristales…? ¡Que los limpie Ignacio!
A los dos hermanos se les hizo muy cuesta arriba comer y cenar solos, frente a frente en la mesa. Ignacio se ponía a leer el periódico o Crimen y Castigo, cuyo primer tomo había empezado. César hubiera querido aprovechar aquella circunstancia para comulgar en ideas con su hermano, para hablar mucho y hacer incluso alguna excursión como antaño, a las murallas o a Montjuich; pero casi nunca conseguía ser escuchado, como no fuera en el balcón, después de cenar. A esa hora, sí. Salían los dos, sacando una silla cada uno, como cuando estaba José, y ante las semiapagadas luces de la Rambla, bajo el firmamento cálido de agosto, hablaban de todo lo divino y humano.
Ignacio, aun cuando el periódico y Crimen y Castigo le absorbieran, no dejaba por ello de inspeccionar a su hermano. Y tal vez para inspeccionarle mejor guardara silencio durante el día. Le gustaba ver la unción con que César ejecutaba el más insignificante de sus actos: el de tomar el pan, el de llevarse la cuchara a los labios, el de plegar la servilleta. No hacía ruido. No hacía el menor ruido… excepto cuando estornudaba.
Aquélla era una jocosa y muy frecuente escena. César, de repente, se ponía a estornudar. Y soltaba cuatro, cinco, seis y hasta ocho estornudos seguidos. Pero unos estornudos breves, raquíticos, fracasados. «¡Jesús, Jesús, Jesús…!» Al terminar, alzaba la vista y los ojos le lloraban. Se los secaba con el pañuelo, se sonaba. «¡Caramba con mi nariz!», decía. Y movía la cabeza, entre tímido y extrañado.
Ignacio tuvo que ponerse muy serio para que su hermano le permitiera limpiar los cristales. «Deja, deja, ya lo haré yo.» Ignacio se negó rotundamente. «Tú, a barrer, que lo haces muy bien.» Y era cierto. A Ignacio le encantaba ver cómo barría César. La práctica adquirida en el Collell, con las cuarenta celdas diarias, no había sido baldía. Asía la escoba por la parte más elevada del mango y apenas la levantaba del suelo. Avanzaba con rapidez increíble, en pequeñas y rítmicas sacudidas. La vecina quedaba maravillada. «Si lo hace mejor que yo…» César explicaba que, acostumbrado a barrer la terraza del Collell, de ladrillos rojos, barrer aquella solería era lo más fácil del mundo.
Un día decidieron hacerse la comida. César peló las patatas, Ignacio las freiría. Uno y otro querían freír los huevos. «¡Lo haremos a cara o cruz! No, no, mejor que cada cual se fría el suyo.»
El de Ignacio quedó precioso. Una aureola blanca, orlada de oro, y la yema amarilla, impecable, en el centro. A César no se le reventó el suyo, pero habiendo utilizado el mismo aceite que Ignacio, se le ensució; se le ennegrecieron el huevo y el plato. Pero lo comieron muy a gusto, frente por frente, riéndose como benditos al mojar en él el pan. El piso era ancho, enorme para los dos. Les parecía que habían zonas inexploradas. Un día Ignacio propuso: «¿Por qué no vamos durmiendo en camas distintas? Hoy duermes tú en la mía y yo duermo en la de Pilar. Mañana yo en la de Pilar y tú duermes en la…» No, les fue imposible. Uno y otro pudieron dormir en la de Pilar, aun cuando a César le dio gran angustia, como si fuera sacrilegio, un pecado. Lo hizo para que Ignacio no le tildara de timorato o para que no le dijera como otras veces que los escrúpulos le volverían loco; pero en la de sus padres… imposible. Sólo al decirlo sintieron como un nudo en la garganta. Y luego, al entrar Ignacio en la alcoba y encontrarse ante el robusto y tibio lecho matrimonial, se sintió poseído de tal respeto, que tuvo que retroceder.
En cambio, una tarde en que se quedó solo pasó revista al armario de luna de la alcoba de sus padres. Vio viejos sombreros de Matías Alvear, todos con la forma de su cabeza, con algo irónico que había impreso en ellos la presión de sus dedos. ¡Luego descubrió, en un tubo de cartón, el diploma de la Primera Comunión de Carmen Elgazu! Firmado en Bilbao, en 1903… El nombre, en letra redondilla, todo con una pátina de comienzos de siglo que recordaba el estilo pictórico de la flamante Escuela Gerundense.
Ignacio supuso que César experimentaría una emoción fortísima al ver aquel diploma, con su ilustración, que representaba una niña vestida de blanco -Carmen Elgazu- arrodillada en el altar, con Jesús en persona dándole la comunión y dos ángeles sosteniendo uno la palmatoria, el otro la patena. Y sin embargo… metió otra vez el diploma en el tubo de cartón y lo dejó en su sitio. No sabía por qué, pero algo indefinible le impelía a privar a su hermano de aquel gusto. Al cerrar el armario se vio en el espejo llevando aún uno de los sombreros de su padre. Entonces se atusó el naciente bigote. Le pareció que acababa de cometer una villanía. «Se lo enseñaré -se dijo-, se lo enseñaré. ¿Por qué diablos seré tan complicado?»
Luego descubrió postales que Matías Alvear escribía a Carmen Elgazu cuando eran novios. Fechadas en Madrid, 1913, 1914… «Claro, claro, todavía yo no había nacido…» Ignacio recordó que cuando niño este pensamiento le había preocupado con frecuencia: que sus padres no los hubieran conocido ni a él, ni a César ni a Pilar… desde siempre. ¿Cómo pudieron vivir? Aquel día se dijo que él también tendría probablemente hijos un día y que tampoco los conocía. Y pensó en Cosme Vila: «Yo quiero tener un hijo». El hijo de Cosme Vila… ¿tendría alguna vez diploma de Primera Comunión? Fueron jornadas de rara intensidad. La soledad parecía conducir los pensamientos hacia algo hondo y secreto, no perceptible en medio de la agitación cotidiana. Alguna vez, en el Seminario, Ignacio había experimentado aquella sensación. Cuando el día moría, tras las montañas de Rocacorba, en una apoteosis de rosa y rojo y nubes áureas, Ignacio se subía a la azotea para verlo. Y con frecuencia, al acercarse a la barandilla que daba a la Rambla, veía llegar, diminuto, andando con los pies separados, a César, con el estuche de afeitar bajo el brazo. Nunca más le diría que debía pensar en los pobres… Luego César le contaba. Sobre todo de los chicos. Pero también le hablaba de una mujer. La hija de Fermín le pidió que cortara el pelo al rape a una mujer joven que tenía el tifus. César recibió una impresión profunda al descubrir su nuca, sus sienes, el realismo indescriptible de su cráneo. Era una mujer bonita, que luego, al mirarse en el espejo, se puso a llorar. César barrió los cabellos con mucho cuidado… Y después de cenar salían al balcón. Era la hora preferida por uno y otro. Había noches en que el cielo se extendía tan rutilante y espléndido sobre los tejados, que los dos muchachos permanecían callados porque las palabras hubieran roto el encanto. Noches en que entre estrella y estrella se presentía la oscuridad insondable, el ignoto abismo planetario. De la Rambla ascendían mil olores, los faroles estaban soñolientos. El bastón del vigilante tenía una sonoridad concreta, de emperador de la noche. Pasaba gente extraña, amigos y desconocidos. El cajero del Banco, del brazo de su gruesa mujer, un panadero en camiseta, la hija del Responsable con su sargento, besuqueándose. ¡Y los del ajedrez, inconmovibles! Y César despidiéndose de pronto para irse a la cama, para cumplir la orden paterna de dormir diez horas diarias.
¡Válgame Dios! Los últimos días de agosto señalaron el retorno de los desertores. De los peregrinos del jubileo, de Julio García, ¡de Matías Alvear, Carmen Elgazu y Pilar!
Hubo abrazos a granel, exclamaciones, apertura de maletas.
– ¡Contad, contad! ¡Mamá, cuéntanos!
Matías dijo:
– ¡No esperéis que abra la boca! Pasó demasiado miedo.
– ¿Miedo yo?
– ¿Ah, no…? Escuchad bien. Metía un pie, luego otro… y luego retrocedía con los dos.
La mujer exclamó: -¡Ay, hijos! ¿Creéis que estoy para esos trotes?
A Ignacio le entusiasmó la situación.
– Pero… ¿qué traje de baño llevabas, mamá?
– Negro y muy decente -contestó ella, simulando naturalidad-. Uno muy bonito, ¿verdad, Pilar?
– ¡Precioso! Sobre todo, con las dos calabazas en la cintura.
– ¡Pilar, ya sabes que no me gustan esas bromas!
– Pilar tiene razón -continuó Matías, dirigiéndose a Ignacio-. Nunca hubiera creído que vuestra madre tuviera tan buen tipo. Llamó mucho la atención.
– ¡Matías! ¡Eres un sinvergüenza!
– No me extrañaría que hubiese sido la causa de…
– ¡Oh, oh…!
– ¡Seguro! -rubricó Pilar, excediéndose-. Sobre todo cuando se puso aquel gorrito amarillo.
– ¡No me imagino a mamá con gorrito amarillo! -rió César.
– Pues yo no la puedo imaginar de otra manera -opinó Matías.
Y viendo los aspavientos de Carmen Elgazu, todos se levantaron, la rodearon y abrumaron a caricias, hasta hacerle saltar lágrimas de enfado, de ternura y felicidad.
Todo el mundo fue regresando. Las primeras lluvias de septiembre barrieron playas y montañas. En el bar Cataluña había gran satisfacción, pues se decía que a no tardar se anunciarían elecciones en España. La huelga de la CNT había fracasado en Gerona, pero en otras ciudades se iban encadenando otras huelgas. El otoño se presentaba movido.
Los obreros contaban maravillas de la Costa Brava. Aquello era vivir… Muchos habían instalado tiendas de campaña bajo los pinos y bailado en todos los entoldados de la comarca. En la costa, las Fiestas Mayores se celebraban en verano. Llegaban con el cutis y la espalda tostados, y sin un céntimo en el bolsillo. Al llegar a Gerona se encontraban desplazados, como si no sólo la fábrica, sino las calles y los arcos y los sólidos edificios fueran cárceles.
Julio García llegó también de París. En el Neutral, a lo primero, se limitó a enseñar un mechero muy original, que tenía la forma de un tapón de champaña, y a sentenciar: «París continúa siendo la capital del mundo». Pero todos le acuciaron, empezando por Ignacio, quien al anuncio de su llegada acompañó a su padre al café. Y entonces los deslumbró. «¡Qué impresión más triste da Gerona viniendo de allá!», dijo. Traía también otra boquilla, que parecía de ámbar; y al contrario que los veraneantes, estaba más pálido. Habló del lujo de las tiendas, de la impecable organización del Metro, de las grandes librerías de viejo del Barrio Latino, de la torre Eiffel, de las revistas, de los cabarets, del escultor español Mateo Hernández, que se paseaba por Montparnasse llevando en una mano un oso y en la otra una pantera; de las catacumbas…
– Si mi mujer viera aquello, ¡cualquiera la hacía regresar!
Ignacio le oía encandilado. Pero mucho más que él, el camarero. el camarero, Ramón, lo mismo que soñaba en la lotería, escuchaba como hipnotizado los relatos de viajes. Era un chico al que bastaba oír la palabra Estambul o la palabra Vladivostok para poner los ojos en blanco. Su capacidad admirativa divertía mucho a la tertulia. Siempre suponía que los demás vivían aventuras extraordinarias. «¡Vaya cosas que debe usted de pillar en los telegramas!», le decía a Matías. Envidiaba muchos oficios. ¡El de Julio no digamos! «Aquí, si no fuera por ustedes y los viajantes, no me enteraría de nada de lo que hay por el mundo.» Y se ponía la servilleta al brazo en ademán de gran resignación.
Ignacio le preguntó a Julio:
– Y sus asuntos, ¿qué?
Julio le contestó:
– ¡Ah, muy bien! ¡Muy bien! Todo ha salido bien. -Y no explicó más.
Mosén Alberto, por su parte, regresó de Roma, con el notario Noguer y su esposa. El matrimonio Noguer contaba y no acababa en la Liga Catalana de todo cuanto vieron y de lo útil que les resultó la compañía del sacerdote. «El Vaticano, el Vaticano. ¡Y esos cretinos querrían destruir la religión!»
El sacerdote llegaba transformado, triunfante. No sólo por el manteo nuevo que el matrimonio Noguer le regaló en Génova y que dejó patidifusa a sus dos sirvientas, sino por el espectáculo que ofrecía Roma con motivo del jubileo. Pensando en la magnificencia de las ceremonias pontificias, le parecía que sus intermitentes vanidades en el humilde Museo eran un poco más excusables. En realidad aquello le hizo sentir una imperiosa necesidad de expansionarse, de contar. Por ello fue infinitamente más explícito que Julio. No olvidaba detalle, como no fuera hablando con los demás sacerdotes, ante los cuales se hacía un poco el misterioso. Con lo cual su prestigio aumentó mucha entre el mundillo eclesiástico, especialmente entre las monjas.
Pero donde se expansionó más a sus anchas fue en casa de los Alvear. No sólo por la presencia de César, sino por la de Carmen Elgazu. Cuando le explicó a César que vio al Padre Santo en persona, aunque en audiencia colectiva, el seminarista se sintió transportado. Y cuando le describió a Carmen Elgazu el fervor de millares de peregrinos apiñados en la plaza de San Pedro, con el arco iris encuadrando la Basílica en el momento de aparecer Pío XI en el balcón, la mujer comprendió que no se perdonaría nunca que mientras aquello ocurría, ella estuviera en San Feliu de Guíxols, con un traje de baño negro y dos calabazas en la cintura.
– ¡No te preocupes! -le dijo Matías-. Si otro hermano tuyo saca a la lotería, iremos a Roma.
Luego mosén Alberto les dio a cada uno unos rosarios bendecidos por el Papa.
También los del Banco regresaron. La Torre de Babel con la piel de la espalda hecha jirones. Padrosa, con tres kilos menos en el cuerpo a causa de los baños de mar. El de Cupones contaba horrores del derroche de dinero de muchos veraneantes. «Y luego se quejan si un obrero de su fábrica prende fuego a los almacenes.»
Cosme Vila no había ido a la costa. Se fue a Barcelona. «¿Es que tiene familia allá?» «No, pero tengo amigos.» Cosme Vila explicó que había conocido a un ruso, Vasiliev, hombre de una personalidad que ya querría para sí Julio García…
– Cuando le conté lo que ganamos en el Banco me dijo, atusándose la barba: «Exactamente lo que yo ganaba en Odesa en 1916…»
A Ignacio todo aquello le sorprendió mucho. Hubiera dado no sé qué para subir un día al piso en que vivía Cosme Vila. El de Impagados lo conocía, pero un día en que aquél estuvo enfermo había ido a visitarle. Decía que casi no tenía muebles, que no tenía nada, todo desnudo excepto algunos libros y un canario en la cocina. Dormía en un diván medio roto.
Ignacio, al oír lo de Vasiliev, no pudo menos de sonreír, pues Julio García le había contado hacía poco que en Barcelona había conocido a un alemán, doctor Relken, hombre de una personalidad que ya querrían para sí…
¿Qué diablos ocurría en Barcelona, con tanto alemán y tanto ruso? ¿Tenía algo que ver aquello con las huelgas, con los disturbios, como aseguraba don Emilio Santos, o con las elecciones cuya fecha se iba a anunciar?
De todos modos, Ignacio no quería preocuparse demasiado por ello. Los exámenes estaban al caer. Estudió cuanto pudo tal como había prometido. Matías Alvear veía luz en su cuarto a las tantas de la noche y pensaba. «Sí, sí, todo eso está muy bien. Pero ¿por qué los catedráticos van a aprobarle ahora, si le suspendieron en mayo por lo de la Academia?» Sin que el chico lo supiera, pues a Ignacio le daba horror oír hablar de recomendaciones, Matías habló con Julio. Y Julio exclamó: «¡Hombre! El catedrático Morales no me va a negar nada a mí…»
Algo de cierto habría, pues Ignacio aprobó en un santiamén. Quinto curso completo. Ya sólo faltaba uno. Bizcocho vasco con cinco velas encendidas. Pilar les dijo a María, Nuri y Asunción: «Ya veis… Catedráticos en contra, y a pesar de eso, ¡zas…!»
Tal vez fuera Pilar quien había llegado más transformada de las vacaciones. La niña tenía ya catorce años, iba para quince y, tal como observó José, estaba hecha una mujer. Cuando César e Ignacio la vieron bajar del tren, quedaron estupefactos. El cuerpo desarrollado precozmente, hasta el punto que la familia decidió que tenía que cortarse las trenzas. Matías dijo: «Si en traje de baño parece una mujer… Anda, anda, fuera trenzas».
Fue un momento muy importante para la muchacha. Parecido al de Ignacio cuando en la barbería ordenó: «Sólo patillas y cuello». Se quedó sola en su cuarto, con las dos trenzas en la mano, y se miró al espejo. Pómulos redondos, sonrosados, algo más morenos ahora a causa del sol. Pícara nariz arremangada, barbilla con un hoyuelo en el centro, muy gracioso; su cabeza era ahora más torneada. Dejó las trenzas sobre la cama y se pasó las manos por los cabellos, enmendólos. Le dio un escalofrío pensar en la mujer del tifus de que habló César… Sí, sí, ya era una mujer. Y en San Feliu había visto muchas cosas. Cómo vestían las chicas de Barcelona, con qué gusto en todo, desde los bolsos de playa hasta las alpargatas. Se preocupaban mucho de la cintura, al parecer. Ceñida, delgada. Claro, claro, la cintura era muy importante… Al guardar las trenzas en una caja de zapatos que le dio su madre, le pareció que entraba en la vida, que ya nunca más ayudaría a Ignacio a pintar prados verdes y tejados rojos en los cuadernos.
En cuanto a César, todo había transcurrido en un abrir y cerrar de ojos. Hizo lo que pudo, se ganó amigos. Al Museo fue muy poca gente; en cambio, para la calle de la Barca un hombre era poco… Se ganó la amistad del patrón del Cocodrilo, del gitano Manolo, de la hija de Fermín, de muchos chiquillos que continuaban recitando: «B, a: ba; b, e: be; cuatro por cuatro, dieciséis» y gritándole: «¡Eh, tú! ¡Dame un caramelo!» Cuando por la calle corrió la noticia de que César se iba a marchar, hubo un revuelo de pena. Algunas vecinas dijeron: «¿Qué más da? Para lo que les iba a servir saber de letra…» Otras comprendían que, de todos modos, el frío hubiera terminado por echarlos de la casa muy pronto; pero hubo dos mujeres que no querían que aquello quedara así, y el 13 de septiembre le llevaron a casa, como muestra de afecto, una bufanda amarilla y colorada.
Aquella bufanda a César le dio calor en el corazón. Al montar en el autobús, puesto que se vio obligado a ir arriba, se la puso alrededor del cuello. La última visión de César que tuvieron los suyos fue ésta: sentado entre maletas y soldados en el autobús, con la minúscula cabeza al rape y una bufanda amarilla y colorada.
César llegó al Collell satisfecho, porque además, en el fondo de la maleta, junto al estuche de afeitar, llevaba una Biblia… ¡Pero resultó protestante! El profesor de latín soltó una carcajada que aumentó la indescriptible confusión del seminarista. «No te preocupes, anda, no te preocupes -le explicó, al ver que estaba a punto de llorar-. No es culpa tuya. Los libreros lo hacen ex profeso. Ahora las dan muy baratas, ¿comprendes?»
Por fin los periódicos anunciaron la fecha exacta: el 19 de noviembre, elecciones en España.
Como una sacudida eléctrica recorrió la ciudad. Todos los partidos se lanzaron al combate. El Demócrata publicaba páginas extraordinarias. El Tradicionalista, estadísticas de «desaciertos» de la República desde su instauración. Coches de propaganda recorrían la ciudad y los pueblos. Los candidatos y oradores parecían poseer el don de la ubicuidad, pues sus nombres se anunciaban en tres locales a la vez.
La CEDA desplegaba un gran aparato y el jefe, don Santiago Estrada, y sus colaboradores, así como las señoras y jóvenes del Partido no se daban tregua repartiendo folletos y exponiendo por todos los medios su programa. Insistían en lo de siempre: mantenimiento del orden, amnistía para los militares condenados, defensa de la religión, revisión de la Reforma Agraria, que consideraban un monstruoso aborto, etc. El subdirector, apenas daba la hora en el Banco, se cambiaba el chaleco y corría como un gamo al Partido, a ayudar en lo que fuera.
Don Jorge se había instalado en la Liga Catalana dando órdenes, y el notario Noguer cuidaba de que fueran puestas en práctica. Los monárquicos rendían culto a sus convicciones, por boca de su jefe, don Pedro Oriol, padre del amigo de Ignacio que jugaba con éste al billar.
Todos estos partidos daban la impresión de estar unidos, de perseguir el mismo fin y se hablaba de una alianza; en cambio, en el campo izquierdista las divergencias eran, al parecer, graves. Matías contó veintiún partidos izquierdistas que presentaban candidatura en España. Cada uno con promesas que ponían la carne de gallina a la gente de espíritu conservador.
En Gerona el partido socialista no dio entrada a dirigentes jóvenes, como hubiesen deseado los empleados del Banco Arús. Un momento se habló de un tipógrafo, Antonio Casal, muchacho de gran carácter, según informes; pero finalmente volvieron a los viejos de siempre. Por boca de éstos hablaba la UGT y su programa se manifestó violentísimo, con alusiones al control obrero en las Empresas.
Los industriales hermanos Costa representaban a Izquierda Republicana. Demócratas por temperamento, mecenas del orden, del fútbol y otros deportes, eran muy populares. Sus figuras eran un símbolo opuesto al que constituía don Jorge. Lo avanzado del programa socialista los obligó a excederse en sus promesas, por lo cual la clase media se asustó y echó un poco marcha atrás. Los Costa se mantenían firmes, deseosos, además, de captarse el gran número de anarquistas que tenían en sus propios talleres, y que se habían adherido a la huelga del Responsable. Y por encima de todo, sus grandes protestas de catalanismo les valían muchas simpatías.
Otra candidatura de extrema izquierda presentaba a los Costa como disfrazados paladines del capitalismo. Los radicales socialistas, que se reunían en un café donde jugaban al chapó, presentaron un candidato. Víctor, el jefe comunista, encuadernador del Hospicio, reunió a los suyos en la barbería de siempre y decidieron no presentarse, de momento; en cambio, en Barcelona el partido comunista entraba en liza con bríos.
Ignacio advirtió en seguida el cambio de tono con relación a los mítines de unos meses atrás. La moderación había desaparecido, dando con ello razón a las teorías del cajero. Sin embargo, los partidos derechistas tenían a su entender un punto antipático: se limitaban a atacar al adversario, a poner de relieve la amenaza extremista que significaba la orientación de los Sindicatos. Y se los veía ajenos por completo a los auténticos problemas de las clases necesitadas. Matías decía: «Si ganan las derechas, son capaces de rebajarnos el sueldo con la excusa de hacer economías».
A Ignacio toda aquella confusión no le asustaba. A gusto hubiera seguido paso a paso el curso de los acontecimientos con el fin de llegar a tener un criterio definido; pero no quería perder de vista sus problemas personales, especialmente el que le planteaban los estudios, obligado a encontrar profesores aptos para el sexto curso de bachillerato.
En el fondo, le hacía gracia la actitud del Responsable. Iba contra unos y contra otros y se desentendía de las elecciones. Como réplica a los mítines políticos, el jefe de la CNT movilizó dos veteranos del anarquismo, que subieron a los escenarios a exponer sus doctrinas higiénicas. Eran dos hombres muy conocidos por su austeridad de vida y por su desprecio absoluto de la civilización occidental. Hablaban con familiaridad de los yogas, de la respiración rítmica. Su aspecto era de cuarenta y cinco años y se calculaba que tenían sesenta. Alguien aseguraba que dormían sentados y que podrían permanecer enterrados días sin daño alguno para su organismo. Sus conferencias y demostraciones llamaron mucho la atención. Ni un atleta de la ciudad dejó de asistir a ellas. La Torre de Babel quedó muy impresionado y fue a consultarles algo con referencia a las posibles mejoras en su especialidad: triple salto. Los dos veteranos le contestaron que no había ninguna necesidad de saltar para ser feliz.
Matías consultó con Julio el problema de Ignacio y el policía, después de reflexionar, le preguntó:
– El programa es muy duro, ¿verdad?
Matías contestó:
– Eso dice el chico.
– Pues… -añadió el policía- a mí me parece que valdría la pena hacer un esfuerzo y que fuera a clase con el maestro que conocisteis, con David.
– Pero ¿David enseña bachillerato?
– ¡Toma! ¿Crees que el sueldo de la escuela les basta? Él y su mujer dan clases particulares.
Matías movió la cabeza repetidas veces.
– ¿Y por qué dices que valdría la pena hacer un esfuerzo?
– Porque creo que la mensualidad que cobran es bastante crecida.
– Ya. ¿Es… que son muy buenos? -se interesó Matías.
Julio dijo:
– Puedo darte un detalle: todavía no les han suspendido ningún alumno.
Matías alzó los hombros.
– Bueno. Eso… después de la experiencia de la Academia Cervantes…
– No, hombre, no. Son muy buenos. Su mujer es casi mejor que él. Son muy inteligentes. -Y luego añadió-: Pilar sabría algo más de lo que sabe si hubiese ido con ellos.
Ahí estaba el inconveniente, que Matías vio en seguida: las ideas de los maestros. Recordó que Julio le había hablado a Ignacio del socialismo de David, de su sistema pedagógico, de que en la clase mezclaba ex profeso chicos y chicas… A él todo eso le tenía sin cuidado, pues para enseñar Ciencias a Ignacio una hora diaria por la noche no hacía falta hablar de Largo Caballero; pero Carmen Elgazu… Desde luego su mujer no sabía nada de cuanto Julio había contado. Más bien estaba predispuesta en favor del muchacho de la herida en el mentón, pues le dio pena saber que él y su esposa eran hijos de suicidas.
A Ignacio la noticia de que David y su mujer enseñaban bachillerato le pilló de sorpresa. Se informó en el Banco y todos coincidieron en que tenían fama de excelentes maestros. El de Cupones sentenció: «Es muy sencillo. Son los mejores de la ciudad». Estos informes, unidos a la curiosidad que Ignacio sintió por David desde el primer momento, le habrían hecho aceptar en el acto, pero… también le daba miedo su madre. Ella no admitía distingos, ella estaba segura de que nada existía que fuera indiferente, de que la Física y el Cálculo integral tenían mucho que ver con la Religión, según la manera como fueran enseñados.
Matías dijo a Ignacio:
– Mira, lo primero vete a ver. Condiciones y demás. Luego pensaremos si le decimos una pequeña mentira a tu madre.
Dicho y hecho. El muchacho visitó a los maestros sin pérdida de tiempo. David abrió de par en par sus ojos, al reconocerle. Llamó a su mujer: «¡Olga, ven, tendrás una sorpresa!» La entrevista fue cordialísima. ¡Encantados de tenerle por alumno! La clase de sexto curso, diaria, de ocho a nueve de la noche, hora a propósito para los que trabajaban. Los honorarios, veinte pesetas mensuales. Un poco crecidos, ya lo sabían, pero su sueldo era exiguo -si se ganaban las elecciones les iban a aumentar- y entretanto tenían que vivir. Hablaron largo rato y la simpatía fue recíproca. Especialmente Olga pareció sentir un gran interés por Ignacio.
Éste salió de allá alegre como unas pascuas. ¡Al diablo los profesores autómatas de la Cervantes!
La pequeña mentira… Mejor que mentira fue omisión. Matías e Ignacio se confabularon para ocultar a Carmen Elgazu cuanto sabían sobre las ideas de David y Olga. Se limitaron a informarle de las referencias sobre su competencia, a explicarle, libros de texto en mano, lo terriblemente difícil del programa. Sabían que mosén Alberto pondría el grito en el cielo antes de una semana; pero… la cuestión era situarla ante el hecho consumado.
Carmen Elgazu no sospechó ni por un momento. Los inconvenientes que veía eran muy otros.
– ¿No es muy raro? ¿Y no tendrás que ir demasiado lejos, hijo? Bien, bien, si a vosotros os parece…
Matías fue al Neutral a tomarse una copa de coñac por lo que acababa de hacer. Y en cuanto a Ignacio, empezó las clases en seguida, David y Olga le presentaron los tres muchachos, hijos de familias humildes del barrio, que serían sus compañeros de curso.
Y pronto se dio cuenta de que, efectivamente, sus nuevos profesores se salían de lo vulgar. Olga llevaba peinado corto y liso, de cabellos muy negros, y tenía unos ojos muy grandes y muy hermosos. Delgada, pero de músculos desarrollados, daba la impresión de tener un cuerpo muy bien equilibrado, como si hubiera asimilado las lecciones de los dos veteranos del anarquismo. David era un poco más alto. Curada su herida de la barba, sus facciones parecían mucho más angulosas aún y desde luego aparentaba más edad de la que tenía.
David le pareció a Ignacio mucho más tímido y serio que cuando le conoció en el piso de la Rambla. Por lo visto, al hallarse entre una familia desconocida que le atendía con tanta amabilidad, se creyó en la obligación de decir cosas como: «¡Quién me manda a mí bailar sardanas!»
Las primeras lecciones transcurrieron con normalidad, sin una alusión a nada que no fueran las materias del curso. Sin embargo, Ignacio se enteró por sus compañeros de curso de que David y Olga no estaban casados por la Iglesia, a pesar de que Julio García lo creía así.
Ignacio no habló a solas con ellos hasta el primer sábado, día en que se quedó para pagarles la semana -preferían cobrar por semanas- y en que Olga le preparó un café. Entonces Ignacio, por un súbito e irresistible impulso y estimulado porque también ellos le habían hecho muchas preguntas, les preguntó sin rodeos si la información que le habían dado sus compañeros era verídica. «Ya sé que es un poco insolente preguntar eso, pero…»
Entonces Olga le contestó, con toda naturalidad, que no había nada de insolente en ello, que cada uno podía pensar y preguntar lo que quisiera. En cuanto a la información, era verídica. No estaban casados por la Iglesia. «En realidad -añadió-, hubieran considerado humillante confiar a un tercero la misión de bendecir un amor que nació libremente, y de establecer entre ambos, en virtud de unas frases en latín, lo que llamaban lazos perdurables.»
– Si estos lazos se rompen aquí, Ignacio -concluyó, señalándose el corazón-, no hay bendiciones que valgan; y si no se rompen, no hay ninguna necesidad de bendiciones.
El muchacho reflexionó mucho sobre ello, y halló reparos a la teoría de Olga. Reconoció que, efectivamente, aquella unión parecía sólida. Sin embargo, no se sabía hasta qué punto resistiría una dura prueba de celos, de ausencia prolongada, de nacimiento de un hijo anormal. En cambio, era evidente que el matrimonio Alvear-Elgazu lo resistiría todo, aunque cayeran sobre él las diez plagas de Egipto.
Aquel día fue el comienzo de periódicas conversaciones. Las cuales estuvieron a punto de quebrarse en seco cuando Carmen Elgazu llegó una noche sofocada exclamando: «Pero… ¡Dios mío! ¿Es que no sabíais quiénes eran esos maestros, o es que os habéis prestado al juego?» Mosén Alberto acababa de decirle textualmente: «Después de Julio García, son las dos personas más nefastas de la ciudad».
Matías e Ignacio fingieron una sorpresa absoluta, aunque por dentro uno y otro sentían cierto remordimiento. Sin embargo, la cosa no era como para dudar.
– Pero, mamá… ¡Yo qué sé qué ideas tienen! Lo que puedo decirte es que con ellos he aprendido más en un semana que en la Cervantes en un mes.
– ¡Pero ni siquiera están casados!
Matías intervino:
– Pero, mujer, cálmate. Yo no sé si están casados o no, pero lo que sé es que tú y yo sí lo estamos y que somos nosotros los padres de Ignacio.
Carmen Elgazu no cedía y lloriqueaba. Presentía grandes catástrofes para la mentalidad de Ignacio.
– Le pervertirán, la pervertirán. No faltaba más que eso.
Ignacio acabó por reaccionar en serio.
– Pero ¿es que crees que sigo al primero que llega? Tengo mis ideas y se acabó. Y además, te repito que nunca se habla de eso. Somos cuatro en clase, y bastante trabajo hay.
Carmen Elgazu comprendía que si dejaba avanzar el curso luego ya no habría remedio. De modo que gastó toda su pólvora en aquella ocasión; pero Ignacio y Matías no cedieron. Matías terminó por decirle que su fanatismo se hacía insoportable a veces.
– No sé lo que quieres, francamente. Me parece que querrías que hasta yo me fuera al Seminario. ¡Caray con la caridad! Al que no piensa como vosotros le negaríais hasta el saludo. -Se levantó y añadió-: No se hable más del asunto.
A Ignacio todo aquello le causó pena, sobre todo porque en el fondo tenía la sensación de que estaban jugando un poco sucio. Y por lo demás, era cierto que David y Olga le atraían con fuerza… Sus teorías le atraían menos, o por mejor decirlo, las conocía muy poco. Pero, como siempre, su manera de vivir, la gran seguridad de sus personas le influían poderosamente.
El muchacho no se arredraba hablando con ellos y no negó que creía en todos los Misterios habidos y por haber. Los maestros, oyéndole, reaccionaban en forma distinta a la de Julio. Julio sonreía, y a lo máximo se ponía a acariciar la tortuga; por el contrario, David y Olga parecían tomárselo muy en serio y muchas veces se miraban como indicando: «Ya ves hasta dónde puede conducir la educación que ha recibido…»
Con frecuencia Olga encendía un pitillo, en cuyo momento Ignacio no podía menos de pensar en el padre de la muchacha cuando se voló a sí mismo, con un petardo en los labios, frente al mar. David acababa poniéndole la mano en el hombro y diciéndole: «En el fondo yo creo que estamos bastante próximos. Nos falta ponernos de acuerdo sobre el valor de las palabras».
Por de pronto, la experiencia era importante e Ignacio no perdía detalle de cuanto le rodeaba. Desde el tamaño de los mapas en la clase -el de Cataluña mucho mayor que el de la URSS-, hasta el empaque de varias gallinas que se paseaban como grandes señoras por el jardín anexo a la vivienda de que disponía la escuela.
De los tres compañeros de curso, dos llegaban siempre leyendo Claridad. Oyéndolos, hubiera podido creerse que vivían muy exaltados con las elecciones y que acogían con entusiasmo las noticias que llegaban de todas partes referentes al malestar reinante. Sin embargo, en el fondo se quedaban tan frescos cuando David les decía que aquel clima de inseguridad era fatal en época de elecciones, y que con ello no se conseguiría sino unir a los adversarios. Los tres muchachos hablaban de socialismo por rebeldía oscura, a la vez que por escalofriante frivolidad juvenil. A veces empleaban un vocabulario parecido al de José, pero que en sus labios perdía la mitad de la fuerza.
A Ignacio le dieron un poco de pena porque los veía obsesionados por el problema sexual. Y le parecía entender que las raíces de su gozosa adhesión a la revolución proletaria estaban ahí: más conmoción sísmica, más facilidades para la vida desordenada y, sobre todo, más impunidad. Ignacio admiraba el esfuerzo de David y Olga para, entre lección y lección, elevar su entendimiento. En algunas ocasiones lo conseguían, pero al salir a la calle se veía que todo había quedado lo mismo.
Los maestros se movían en su mundo con un aplomo que era muy difícil no admirar. A sus alumnos de enseñanza primaria -veinte niños y quince niñas- los tenían absolutamente embebidos, por lo menos durante las clases. Lo mismo que lo estaba Ignacio, cuando David, sin dejar de hablar, se paseaba de un extremo a otro de la clase con las manos a la espalda o cuando Olga le miraba con una sonrisa apretada, alisándose lentamente los cortos cabellos.
Continuamente los comparaba con Julio y le parecían mucho más sinceros, o por lo menos más espontáneos. Al igual que el subdirector, los maestros también encarnaban su doctrina. Ante ellos uno no sólo veía la escalera, sino que la vivía, y la respiraba. Claro que Julio decía siempre: «Los jóvenes confundís la ingenuidad con la sinceridad». Pero era innegable que David y Olga adaptaron sus actos a sus convicciones. Siempre iban juntos, todo lo hacían juntos, no se separaban jamás, como ejemplo vivo de la solidaridad humana que preconizaban.
La escuela estaba situada casi en las afueras, siguiendo la calle en que vivía el Responsable y remontando el Oñar. Los muros eran blancos lo mismo los de la escuela que los de la vivienda, y el jardín cuidado con esmero. Era conocida por Escuela Libre. Las chicas del barrio imitaban a Olga y se ponían jersey alto y en verano sandalias. Algún domingo, los maestros entraban a su casa, bailaban un par de piezas, se tomaban una gaseosa y se volvían a estudiar. Los alumnos, al verlos por la calle, acudían a saludarlos.
David y Olga parecían preferir la amistad de la gente humilde a la de personas de importancia con las que sin duda alguna hubieran podido codearse. Sólo de vez en cuando se relacionaban con el catedrático Morales, hombre extraño que vivía solo en un quinto piso; y luego con los arquitectos Massana y Ribas, en Estat Català. David y Olga pertenecían a Estat Català. Y allá iban todos los sábados por la noche, a oír tocar el piano o a hablar de arquitectura o de libros.
«A nosotros nos gusta la gente normal, la gente que tiene defectos», le decía David a Ignacio. Olga añadió un día que las personas capaces de dejarla plantada a mitad de la conversación y empezar a elevarse del suelo con un círculo luminoso alrededor de la cabeza, le inspiraban gran recelo.
A Ignacio no se le escapó la alusión a César y aquel día salió algo molesto. Sus compañeros de curso se rieron de él, porque se tomaba aquello en serio.
– Hay que vivir la vida -decían siempre.
Para Ignacio vivir la vida era precisamente tomarse aquellas cosas en serio; pero ellos opinaban de otra forma. No cesaban de hablar de las postales que vendían los «limpias», aludían constantemente a la virilidad y aseguraban que nada hay tan poético como una buena chavala.
– ¡Tráeme una buena chavalina y te regalo la Diada!
En la vida que llevaban aquellos chicos había algo que a Ignacio le había picado siempre la curiosidad: una llamada buhardilla a que siempre hacían referencia. Por lo visto era su secreto, su entorchado. Debía de estar instalada muy cerca de la escuela, pues iban y venían con suma facilidad.
Muchas veces le habían invitado a subir a ella y se había negado siempre, por instintivo temor. Ignacio, a pesar del Banco, de Julio García, de David, de Olga y de todo, continuaba acariciando en su interior varias reliquias: el amor a la familia, la castidad. Eso último era muy importante para él. Sentía que mientras ésto se conservara incólume, ninguna pieza maestra de su edificio espiritual se vendría abajo. Tentaciones las tenía por docenas y nunca olvidaría lo que tuvo que luchar aquel verano, precisamente en los días en que quedó solo con César. Las revistas en la barbería, plagadas de escenas de las playas, se le habían ofrecido con fuerza casi irresistible. Pero había vencido con sólo el pensamiento de que luego tendría que enfrentarse con su hermano.
Ahora le ocurría lo mismo pensando en Pilar. Su hermana era tan pura, a pesar de su picardía, de sus regateos con las amigas y de que mirara también por el ojo de la cerradura, que quería poder darle un beso cuando tuviera ganas de hacerlo, sin tener la sensación de que a la chica le quedaba señal.
Y, sin embargo, tampoco podía huir de sus compañeros de curso ni hacerse el salvaje. Además de que les tenía sincero aprecio, dado que intentaban remontar el origen humilde de sus familias estudiando bachillerato. Así que acabó aceptando la invitación de éstos a subir a la buhardilla.
A ciencia cierta, no tenía idea de lo que encontraría allá arriba. Los tres muchachos eran capaces de cualquier cosa, de todo lo bueno y de todo lo malo. También podía ser algo digno de locos, de esa edad en que la clandestinidad dispara la imaginación hacia mundos monstruosos. Podía ser humorístico, podía ser macabro.
La casa se hallaba a doscientos metros escasos de la escuela, y la escalera estaba oscura.
– Es aquí -dijeron. Y penetraron en ella.
– Tú, síguenos… -le ordenaron-. Subiremos, entraremos, y en cuando estemos todos dentro encenderemos la luz. Así te hará mayor efecto. Ignacio obedeció. Iba el último de los cuatro. La escalera crujía bajo sus pies, pues era de madera. Hacían gran ruido. A tientas dio con la puerta y en el acto tuvo la sensación de que se encontraba en una habitación inmensa. Sin embargo, no veía nada.
De pronto, estalló la luz. Y el muchacho recibió en la retina una impresión imborrable. Cuatro paredes blancas, abarrotadas de láminas sin nombre. Eran fotografías de mujeres desnudas, arrancadas del semanario Crónica. En un rincón, un ancho diván. Por todos lados, sillas desvencijadas.
Los tres muchachos soltaron una carcajada, pues ya esperaban el desconcierto de Ignacio.
La primera intención de éste fue huir. Pero le pareció que se reirían de él toda la vida. Afectó naturalidad. Y, sin embargo, el descubrimiento de la mujer desnuda le recorrió la columna vertebral. Eran figuras de cuerpo entero en actitudes de falso pudor. De un tono dorado, litográficamente bastante imperfecto. Por fin, dijo:
– Bueno… yo no discuto eso, pero valía la pena haberme advertido. Y salió.
Y mientras bajaba la escalera sentía en su espíritu una gran turbación. ¿Por qué todo aquello, ahora que ya el verano había pasado? Al alcanzar el aire libre respiró hondo. Sentía no tener tabaco para poder fumar. El camino era largo, se oía el rumor del río. Pensó en la noche en que en el Seminario cedió, pensó en el padre Anselmo. Y casi lo que más dolorosamente resonaba en sus oídos era la carcajada estúpida, extemporánea, de sus compañeros.
¿Qué ocurría en el cuerpo del hombre, que tan imperiosamente tendía al exceso? ¿Por qué la gente se empeñaba en no dejar su cuerpo tranquilo? La barbería, los del Banco, la Torre de Babel, diciéndole cada dos por tres: «El día que quieras yo te acompañaré…» David y Olga distinguiendo entre vicio y las exigencias de la naturaleza.
Al llegar a su casa, todos habían cenado. Carmen Elgazu le miró inquisitivamente. Pilar, rendida de sueño, se había quedado dormida, esperándole.
César le había dicho un día que para él el Misterio más grande era el de la Resurrección. Ignacio creía en el Espíritu Santo. Muchas veces había experimentado su intervención directa, precisa, sobre su cabeza. Una lengua de algo que descendía sobre él salvándole de un peligro. A veces le parecía que podría andar entre abismos y que si pedía ayuda al Espíritu Santo, llegaría al otro lado con las manos en los bolsillos, silbando.
Al día siguiente de la escena en la buhardilla, a media mañana, en el Banco, pensó en ello con más intensidad que nunca. Porque las láminas de las paredes se mezclaban en su mesa -sección de Impagados- entre los nombres de los comerciantes que no podían pagar las mercancías, y al oír la voz de su compañero que iba canturreando: «Otro que se va a caer con todo el equipo… Y otro… y otro…», él iba pensando: «¡Quién sabe si esta vez seré yo quien se caiga con todo el equipo!»
Y, no obstante, llegó el aviso. De pronto oyó a su espalda los pasos del subdirector. En el acto tuvo la impresión de que se le dirigía para comunicarle algo importante. El subdirector le quería mucho y siempre le enteraba de lo que suponía interesante para él. Ignacio se preguntó: «¿La CEDA…? ¿Aumento de salario…?»
Pero no fue nada de eso. El subdirector extendió El Tradicionalista ante sus ojos e Ignacio vio en primera página una inmensa esquela:
ERNESTO ORIOL, DE 18 AÑOS, HA ENTREGADO SU ALMA AL SEÑOR
¡Su compañero de billar! Ignacio se levantó y quedó como yerto. Volvió a leer la esquela, miró al subdirector. Éste le sostuvo la mirada con una expresión comprensiva y dolorosa. ¿Qué había ocurrido? Nada, todo, un hecho corriente y elemental. El muchacho sutil y magnífico que pocos días antes le había dicho: «Me gusta que seas así. A mí también me ocurren esas cosas», había muerto. Allí estaba, en letras negras «entregado su alma al Señor».
Ignacio, sin pedir permiso a nadie, como ebrio, sin acordarse de que era un empleado a sueldo, se abrió paso entre las mesas y salió a la calle, y una vez en ella echó a correr en dirección al domicilio de su amigo dando a aquella muerte un sentido de redención exclusiva para él.
¡La escalera de la casa era distinta de la buhardilla! Arriba no habría carne en las paredes, sino cirios juntos a un amigo.
La puerta estaba abierta. Entró. Nunca había estado allí, pero se hubiera dicho que flechas en el aire indicaban la habitación mortuoria. Él nunca había visto un muerto. Llegó junto a la cama de su compañero y la emoción le cortó en seco las lágrimas.
El cadáver le pareció enormemente reducido de tamaño. Recordaba de su amigo la voz, su peculiar manera de coger el taco. Ahora le tenía delante, seco, con la nariz apuntando al infinito. Tan seco le parecía aquel cuerpo, tan muerto y como mineral, que a Ignacio no le bastó pensar que lo que le había ocurrido era simplemente que su corazón había dejado de latir. Algo más hondo le había ocurrido a su amigo; había huido de él. Algo no tocable, no fisiológico, mucho más vital que la sangre, el aire de los pulmones o el cerebro. El alma, claro, bien claro lo decía la esquela: «ha entregado su alma al Señor». De su cuerpo -no de su alma- había huido -hasta la Resurrección- el Espíritu Santo.
Le invadió una gran tristeza y durante muchos días la voz de su amigo y la imagen del entierro, que el padre de éste presidió dignamente y al que él asistió, se sobrepusieron en su memoria a toda otra imagen o voz. Ignacio llegó hasta el cementerio con los íntimos, sin título aparente para ello, sin que, en caso de ser interrogado hubiera podido contestar otra cosa que: «Jugaba con él al billar».
Debía de ser un aviso. Cultivaría aquella tristeza como otra reliquia de las que no se confían a nadie. A ello le ayudaría un elemento de gran fuerza que acababa de llegar a la ciudad: el otoño, que avanzaba entre mítines y cábalas.
El otoño montado sobre octubre. Un octubre profundo, cruzado de luces, de rara riqueza interior, turbada de vez en cuando por el recuerdo de la buhardilla. Las lluvias habían llegado a Gerona, tiñéndola de un color gris que daba a sus piedras una nobleza dulce. ¿Por qué no llorar? A Ignacio le había conmovido siempre la lluvia. Tanto como a los viejos el calor del fuego. Siempre había oído con encanto los relatos de su madre sobre la lluvia en las montañas vascas, que terminaban por encrespar el Cantábrico. En aquella ocasión el sirimiri estaba de acuerdo con su ánimo, y por ello se mecía en él.
Sobre todo le conmovían las sonoridades insospechadas que en Gerona el agua arrancaba de las cosas. Por ejemplo, del río, en el que las gotas se hundían como dedos o como si fueran de plata. O de las escalinatas de la Catedral. O del alma. La lluvia arrancaba sonoridades del alma e Ignacio percibía este misterio con claridad perfecta.
Y, no obstante, ningún misterio bastaría para detener el río de su corazón. Era imposible luchar contra su corriente. Su amigo estaba ya enterrado; las horas y la misma lluvia diluían su figura diminuta. En cambio, las láminas de Crónica parecían bajar por sí solas la escalera de la buhardilla y acercarse a él desplegadas sobre el fondo blanco de la pared. Su tamaño era enorme y llevaban escolta. A la derecha, las teorías de David y Olga, a la izquierda el «Yo te acompañaré»… de la Torre de Babel.
Con esta carga subió una tarde al piso de Julio. Quería pedirle el segundo tomo de Crimen y Castigo. También quería oír cualquier pieza de música, cualquier cosa, con tal que no fuera complicada.
Y entonces sobrevino la revelación. Todo ocurrió con sencillez abrumadora. Julio no estaba en casa, la criada tampoco. Doña Amparo Campo le recibió: «Te encuentro raro… pero estás muy bien…»
Tuvo que sentarse y pedir coñac. Y al instante recordó la frase de José: «¿No has visto que se te come con los ojos?» Era cierto. Doña Amparo, enfundada en una bata roja le decía: «¡Estás hecho un hombrecito!» También era cierto. El bigote, negro, ya no era un simple esbozo y su voz había adquirido rotundidad.
– ¡Estoy muy contenta de tenerte aquí!
Ignacio estaba muy nervioso. Contemplaba a aquella mujer y nada en ella le molestaba fundamentalmente; e incluso hallaba cierta gracia en aquellos pendientes que se le balanceaban.
– ¿Por qué no te sientas aquí, a mi lado? Estarás más cómodo…