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QUINTA Y ÚLTIMA PARTE

Del 18 al 30 de Julio de 1936

CAPÍTULO LXXXIV

Julio comprendió que los dados estaban echados. No era de prever que los militares esperaran hasta noviembre. Aprovecharían el clima creado por los últimos sucesos para intentar dar el golpe. El policía lamentaba que Gerona fuera tan pequeño. Imposible esquivarse unos a otros. Sabía que si pasaba por la Rambla se encontraría con el alférez Roma; si daba la vuelta, se encontraría con el teniente Delgado.

Leía en los rostros de éstos una sonrisa irónica. Le miraban a la cabeza. Julio se decía: «No seáis bobos; en casa, Wagner y no folklore andaluz…»

Se entrevistó con el general y con el coronel Muñoz. Les manifestó sus temores: sería preciso entregar armas al pueblo.

El general supuso que Julio se había vuelto loco. Le rebatió los argumentos uno por uno, por centésima vez. ¿Sanjurjo, Franco? ¿Qué podían hacer? Uno en Portugal, el otro en Canarias. Lo de las armas al pueblo era una propuesta inaudita, dadas las circunstancias. «Tengo entendido que los campesinos organizan una concentración aquí. ¿Por qué no les damos un par de cañones?»

Julio les dijo:

– Viven ustedes en el limbo. Un día de éstos se encontrarán en el calabozo. El comandante Martínez de Soria arengará a la tropa y la repartirá por la ciudad. Supongo que cuenta con unos doscientos paisanos, quizá trescientos. Nos fusilará a todos. ¡A todos!

Las tres hijas del general llamaron a éste por teléfono. Aquello salvó a Julio de encontrarse en los sótanos del cuartel haciendo compañía al teniente Martín, quien les decía a los centinelas que lo más duro de la cárcel era verse privado de mujeres.

Julio no se arredró. Tenía su plan y lo pondría en práctica. ¡Un general era poco para echar las cosas a rodar! No podía confiar en nadie. «Tendré que salvar personalmente la ciudad.»

Comprendía que era el único enlace posible con Cosme Vila, con el Responsable, con Casal y con todos. Hizo un rápido cálculo de los hombres. Pensó en Mateo. «Mateo cree que sólo ellos están dispuestos a dar la vida. Va a ver los que surgen en el otro lado. Me gustará darle una lección a ese crío.»

Doña Amparo Campo admiraba la calma de su marido. Con tantos quebraderos de cabeza, y nada le impedía hacer su vida normal: tomarse su baño diario, escuchar unos discos, leer a Voltaire. A veces permanecía con el doctor Relken, hablando de filosofía, hasta las tres de la madrugada. «Las dos ideas, las dos ideas de que yo hablaba -decía el policía-. El mundo se está dividiendo en dos bandos.» El doctor Relken entendía que los problemas eran más complejos. Se reía de él. «Así, pues, las partes del mundo ya no son cinco -bromeaba-; son dos.»

El doctor Relken también era partidario de armar al pueblo. «Y debería usted encarcelar al resto de Falange.»

Julio negaba con la cabeza al oír esto último.

– Se han alistado otros muchos. Las familias se exasperarían más aún. Los padres de los falangistas irían a ofrecerse al Ejército.

Julio no perdía la cabeza porque tenía la seguridad de que la sublevación sería un fracaso. Tal vez provisionalmente, y por sorpresa, los militares ganaran en alguna plaza; pero en la mayoría sería un desastre. Por lo tanto lo que le preocupaba era el aspecto individual. Salvar a Gerona. Porque veinticuatro horas les bastarían al comandante o al alferecillo aquel para acabar con su baño y su discoteca…

Al doctor Relken le aconsejó que se marchara. «Váyase a Barcelona. Se lo ruego. Hasta que todo haya pasado. De la primera escapó usted; de la segunda no sé…» El doctor estimó que Julio le aconsejaba razonablemente.

– Pero… ¿no cree usted que podría serles útil?

– No lo veo. Usted ya cumplió su misión cuando las elecciones.

El doctor quedó pensativo.

– Siento marcharme porque me interesaba lo de las minas -añadió.

– ¿Qué quería hacer? ¿Meter baza en el asunto?

– Pues… ¿por qué no? Es un asunto muy importante para todos.

Julio le dijo:

– ¡Pero no sea idiota! Ya volverá. Cuando todo esté despejado; y entonces sacaremos del Pirineo hasta platino si le place.

Cosme Vila y el Responsable acudieron al llamamiento de Julio. Y éste quedó estupefacto al ver la naturalidad con que ambos le contestaron: «Nosotros daríamos la vida en el acto».

Julio les preguntó si sus afiliados estarían dispuestos a hacer lo propio. El Responsable se indignó, consideró que la duda era humillante. En cambio, Cosme Vila movió la cabeza. La sugestión le pareció interesante.

Imposible contestar. ¿Por qué no enterarse?

Cosme Vila no pensaba nunca en la muerte. Le parecía que ello paralizaría sus acciones. La doctrina por la que luchaba era tan grandiosa, que se perpetuaba en el tiempo. Por lo tanto ¿a qué pedir más? Él podía disolverse en la tierra; su obra se habría realizado.

Y, sin embargo, la pregunta de Julio le recordó que el peligro era colectivo y que su decisión personal no bastaba. Era preciso conocer uno por uno los granos de arena para calcular su resistencia. En realidad, el fichero de su despacho indicaba que unos hombres estaban dispuestos a vivir, y querían que este vivir se desarrollara dentro de un orden nuevo; pero no especificaba si estaban dispuestos a morir. ¡Diablo de Julio! Cosme Vila pensó en ello. Habló con el catedrático Morales. A Morales la idea le entusiasmó. Era preciso completar el fichero. No podía hacerse con rapidez. Sería preciso arrancar verdades sin que dolieran, mirar profundamente a los ojos, en medio de una conversación.

– ¿Preguntar a quién?

– A los afiliados. A los hombres de más de veinte años.

Cosme Vila reflexionó. Le parecía un poco espectacular. Y sin embargo… Pensó que no bastaba con saber que sus afiliados obedecerían una orden. La verdadera potencialidad radicaba en la disposición previa, arrebatada y ciega.

Cosme Vila salió del despacho y miró al azar entre los militantes. Gorki y Morales podían realizar la labor. ¿Qué importaba? La conciencia no podía ser un secreto.

Morales empezó al día siguiente, al regresar de la redacción. El local estaba lleno a cualquier hora, gracias a la huelga. Todos los camaradas, al verle, le saludaban. «¡Hola, Lope de Vega!»

Habló con un hombre de unos cuarenta años, cojo, accidente del trabajo en las canteras. Hablaron en un rincón. El hombre vivía enfurecido ante la inminencia de la sublevación militar y juraba que él lo había previsto hacía tiempo.

Morales asentía con la cabeza. De pronto le preguntó:

– ¿Tú estarías dispuesto a dar la vida para derrotarlos?

El hombre no titubeó un solo instante.

– Desde luego.

Morales hizo un signo de satisfacción. Luego dijo:

– A mí me llena de orgullo todo eso. En el fondo soy novato en el Partido y vuestro ejemplo me infunde mucho valor.

– Yo tengo el carnet 120 -explicó el hombre.

Morales le miró con fijeza.

– A veces pienso una cosa -prosiguió-. Los momentos son graves. ¿Qué haríamos si el Partido nos pidiera el máximo de sacrificio? Por ejemplo… -añadió, después de una pausa- si nos pidiera dar la vida, no por los militares sino… sin explicarnos la causa. ¿Qué haríamos?

El hombre quedó perplejo. Se pasó la mano por la cabeza.

– ¿A qué viene eso?

– A nada. Me lo pregunto.

El hombre marcó a su vez una pausa. Luego dijo:

– Eso no se sabe nunca. Yo… creo que la daría.

El catedrático Morales pareció emocionarse.

– ¿Eres casado o soltero?

– Soltero.

Gorki no había oído aquella conversación. La misión le gustaba, pero le daba miedo. «Preguntarle a un hombre si estaría dispuesto a morir es mucho preguntar…» Sin embargo, Cosme Vila le había dicho: «¿Qué importa? Total, la conciencia no debe ser un secreto».

Sin saber cómo, se encontró en el balcón interrogando al carnet número 171. Un muchacho de unos treinta años, empleado de una tintorería. Estudiaba ruso hacía tiempo, sin resultado. «¿Darías la vida por el Partido?»

– Desde luego.

– ¿Casado o soltero?

– Casado.

Gorki invitó a su interlocutor a fumar. Recordó los consejos de Cosme Vila.

– ¿Y si el Partido nos pidiera algo peor? -prosiguió Gorki, en tono distraído.

El militante sonrió.

– No sé qué puede haber peor que dar la vida.

Gorki echó una bocanada de humo.

– Pues… hay algo peor… Dar la vida de otro.

– ¿De otro?

– Sí. De otro.

El militante no comprendía.

– No comprendo.

– De cualquiera -prosiguió Gorki-. De cualquier camarada…de Víctor. -Se reclinó en la barandilla. Luego añadió, en el mismo tono-: Dar la vida de tu mujer.

El militante se echó para atrás Por un momento supuso que aquello iba en serio.

– ¿Qué ha hecho mi mujer? -preguntó.

Gorki le tranquilizó.

– No, no, no tengas miedo. No se trata de que haya hecho nada. Tenemos una conversación, ¿no es eso?

Cosme Vila se acercó a ellos. El militante daba vueltas a la gorra con una sola mano. La idea de la mujer le obsesionaba.

– Pues… para mi mujer -dijo, mirando súbitamente a Cosme Vila- querría saber el porqué.

Cosme Vila disimuló. Hizo un gesto como denotando que ignoraba de qué estaban hablando. Y, sin embargo, arrugó imperceptiblemente el entrecejo. Al sugerir la pregunta a Gorki y Morales lo hizo por un placer casi exclusivamente intelectual. Ahora, al tener ante sí un hombre de carne y hueso, casado, comprendió que la cosa tenía verdadera importancia. Hasta tal punto que se preguntó a sí mismo si sacrificaría a su mujer. Recordó sus facciones, su pálido rostro después del parto, su manera inhábil de manejar el fusil en el Centro Tradicionalista. Le pareció que la sacrificaría. Se reclinó en la barandilla. El militante se había marchado, nervioso. Cosme Vila pensó en su hijo, en el crío que ya señalaba con el índice caballos y vacas en el libro en colores. «Al crío, no. Al crío no -se dijo-. También querría saber de qué se trata.»

Esta frase le salió casi en voz alta, de modo que Gorki le interpeló:

– ¿Qué estás diciendo?

– Nada, nada -contestó Cosme Vila.

Morales proseguía su labor. Se sentaba frente a los interrogados. Recordaba los exámenes en el Instituto, cuando preguntaba a los alumnos: «¿Quiénes fundaron Roma?» Ahora las preguntas las hacía a hombres y eran mucho más importantes.

El comandante Martínez de Soria había procedido, sin saberlo, a una encuesta parecida. En realidad, cuantos oficiales, en la sala de armas, le habían dado su palabra de honor habían hecho con tal acto ofrecimiento de sus vidas. Y lo mismo los doscientos treinta y cinco hombres que sumaban las últimas listas -la lista definitiva- suministradas por los cuatro Partidos que él llamaba nacionales.

Pocas horas después de conocida la muerte de Calvo Sotelo había recibido la orden de prepararse. Ante la dramática situación, el Alzamiento se adelantaba en cuatro meses a la fecha prevista. De un momento a otro recibiría la orden de concentrar las fuerzas disponibles y declarar el estado de guerra en la ciudad. «Queda usted facultado para tomar las medidas que estime convenientes.»

El comandante se paseó por el cuartel, inhóspito y sucio. Leyó en los muros toda suerte de inconveniencias escritas por los soldados. Éstos, al licenciarse, querían dejar constancia de su desacuerdo. Ponían la fecha y el nombre, lo cual era honrado de su parte.

El alférez Roma y el teniente Delgado no se movían de su lado. Por fin el telegrama llegó, cifrado. Decía escuetamente: «Día 19».

CAPÍTULO LXXXV

Mateo recibió la orden mientras estaba preparando la comida de Pedro.

Le ocurría una cosa estúpida, sin explicación. Las horas se le hacían tan largas que continuamente se acercaba a la ventana de la cocina y miraba la inmensa mole de piedra del campanario de la Catedral. Y de pronto le parecía que este campanario, en el que el sol daba de lleno, empezaba a inclinarse, a inclinarse, que su base era móvil y que de un momento a otro caería sobre su cabeza. Mateo retrocedía en la cocina, tropezando con la silla de patas cojas. Se pasaba la mano por los ojos. Aquello era una pesadilla. Quería dominarse y volvía a la ventana. Luego se dirigía a los fogones a preparar la comida de Pedro.

Pedro se había dado cuenta de su nerviosismo y le había dicho:

– Si quieres, iré a buscarte una mujer. Tendremos las luces apagadas.

Mateo, por más esfuerzos que hizo, no pudo indignarse. Comprendió que tal vez Pedro estuviera en lo cierto. No obstante, se dominó. No sólo por el peligro y su promesa de vida casta, sino por Pilar. La Historia Universal continuaba ofreciéndole a menudo la entrañable plegaria: «Virgen Santa, Virgen Pura, haced que me aprueben de esta asignatura».

Rodríguez le dijo: «El día diecinueve, a las seis y media de la mañana».

La preocupación de Mateo era saber si subiría a ver a Pilar o no, antes de presentarse en el cuartel. Las seis y media de la mañana le parecía una hora inconveniente. A veces dudaba y pensaba: «Me parece que mi obligación sería subir a ver a mi padre, que se lo merece de sobra».

A Pedro no había podido sino arrancarle una confidencia: Estaba seguro de que en Rusia el hombre era feliz.

– Mi padre, en Rusia, no se hubiera suicidado -dijo.

Mateo le miró con simpatía.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Porque no, porque allí hubiera sido feliz.

Mateo intentó explicarle que en Rusia la felicidad era imposible porque los creyentes se veían perseguidos y los no creyentes llevaban en el alma, como en todas partes, la angustia de lo incompleto; pero Pedro negaba con la cabeza, mientras comía sardinas, que era lo que más le gustaba.

– Ojalá fuera esto como aquello. Mi padre no se hubiera suicidado.

El muro que constituía Pedro a veces descorazonaba a Mateo. Se preguntaba si después de la victoria conseguirían convencer a alguien. Pensando en los albañiles y el electricista, cobraba ánimos. Pero se decía que cada alma en torno suyo buscaba lo absoluto y que lo absoluto -bien claro se veía en San Agustín- no podría darlo aquí abajo ni siquiera Falange… Entonces llegaba Rodríguez y en el entusiasmo del guardia civil bañaba de nuevo su espíritu.

Mateo tenía otra preocupación: que el comandante Martínez de Soria les permitiera custodiar al general, al Comisario y a Julio García hasta que se decidiera sobre su suerte. Mateo creía que nadie como Falange era digna de confianza para tal misión.

Rodríguez le preguntó:

– ¿Has tirado muchos tiros?

Mateo sonrió.

– En Madrid.

– ¡Caray, cuántas cosas hacíais en Madrid! -comentó el guardia.

«La Voz de Alerta» y don Jorge supieron por Laura que se acercaba el momento de su liberación, pero no conocían la fecha exacta. Desde aquel momento vivían con el oído atento a las pisadas en la escalera. Reconocían el caminar de todos los de la cárcel y pronto se miraban decepcionados. Sólo el gitano les daba a veces alguna esperanza, pues el ritmo de sus pies era variable. Casi siempre subía soñoliento; pero alguna vez parecía bailar. Los pasos del baile les sugerían la imagen de un emisario haciendo tintinear las llaves… y llevándoles armas en abundancia.

Laura había conseguido introducir un revólver por entre las rejas. Don Jorge lo quería para él, «La Voz de Alerta» también. A veces, cuando Teo se paseaba por el patio, «La Voz de Alerta» le apuntaba con la imaginación. Pero en varias ocasiones había sentido pena por el gigante. Teo no parecía el mismo desde su entrada en la cárcel. La decepción que sentía por el hecho de que Cosme Vila no le liberara, era indescriptible. El mundo se le caía encima. Toda su escala de valores se veía transformada. «¡Yo, que hubiera dado la vida por él!» Tampoco se explicaba que no acudiera a liberarle la valenciana, Don Jorge había advertido que Teo, fuera del contagio de la multitud y separado de su carro, era un niño. La gigantesca plataforma de su carro y la multitud le convertían en algo que no era él, en un bruto, en un loco.

Uno de los abogados hacía observar a don Jorge y a «La Voz de Alerta» que probablemente también ellos habían cambiado… Fuera de la cárcel, imposible soñar en que hallaran un punto humano en Teo. Al oír esto, ambos pensaban en los consejos de mosén Francisco el día en que se confesaron con él. Y de rechazo en el peligro que continuaba cernido sobre sus cabezas. «Hacemos muchos planes de liberación y quién sabe si saldremos vivos.»

La ciudad comprendió que la hora crucial se acercaba, porque de pronto los trenes fueron suspendidos. Al parecer, en Barcelona existía un especial estado de alarma y se habían declarado varias huelgas y las comunicaciones habían quedado rotas. Los que tenían parientes en aquella capital se inquietaban.

El Responsable entendía que ya no podía dilatarse más el plazo concedido al comandante Martínez de Soria… Sus costumbres eran conocidas, la sublevación era inminente. ¡Manos a la obra! Se había decidido «disparar contra él con pistola, por la espalda, en cuanto doblara la esquina de la Plaza Municipal, bajo los arcos, al dirigirse al cuartel por la tarde, entre tres y cuatro». Existía allá una escalera que comunicaba con una extraña azotea… El fugitivo caería a través de ella en una buhardilla que ocupaba un limpiabotas amigo de Blasco.

Como autor del atentado se había designado a Porvenir. El Cojo fue considerado demasiado impulsivo. Era preciso apuntar a la nuca, como los guardias a Calvo Sotelo.

Era de suponer que el alférez Roma y los dos tenientes titubearían un instante y que su gesto sería el de atender al comandante al verle caer; aquellos segundos le bastarían a Porvenir -quien, por lo demás, iría disfrazado- para penetrar en el portal y cerrarlo. Porvenir le dijo a Blasco: «A ver sí tu camarada el limpiabotas me tiene preparada una media de ron».

La hija del Responsable le preguntó:

– ¿No te temblará el pulso? Al fin y al cabo, el comandante es un hombre.

Porvenir negó con la cabeza.

– A su hija, no podría… -dijo. Luego añadió-: Pero a él, que lo parta un rayo.

Referente a mosén Alberto habían surgido dudas. En todo caso se vería luego. Primero interesaba el comandante, puesto que los trenes ya no marchaban y se esperaba de un momento a otro la noticia.

Y, no obstante… Porvenir pasó tres días disfrazado de otro ser, con bigote y barba, en la escalera que hacía esquina en la Plaza Municipal, sin ver al comandante.

El comandante no había olvidado la advertencia del Rubio. El hecho de haber desaparecido Ideal, Blasco y el resto le hizo suponer que el período de vigilancia había terminado; su última salida fue el día en que recibió el telegrama. A su regreso decidió permanecer en casa hasta la madrugada del día 19, con un fusil ametrallador al alcance de su mano.

El Cojo lanzaba terribles improperios: «¡Nos lo merecemos! ¡Por haber tardado tanto!» El Responsable estaba furioso. Ideal proponía asaltar el piso. «Nos achicharraría», contestaba el jefe.

Cosme Vila había desistido, por su parte. Supuso que el comandante habría aleccionado suficientemente a un substituto; y nada le molestaba tanto como una acción que creara enemigos y que no fuera eficaz en sí misma. Su única preocupación consistía en saber la fecha exacta, el día de la sublevación. Hablaba de ello con Julio. No conseguían dar con la llave. Julio se inclinaba a creer que sería el primero de agosto. Cosme Vila creía que antes. El doctor Relken, antes de marchar, les dijo: «De todos modos, Gerona tiene poca importancia. A la larga tendrán ustedes que correr la suerte de Barcelona».

El Responsable, ante el cariz que tomaban los acontecimientos, alteró sus planes. Ordenó a Porvenir ocultarse en un piso frente al que ocupaba el comandante y en el que una vieja les alquiló una habitación exterior. Desde esta habitación se dominaba la salida de la escalera. Ideal y Santi se turnarían en la vigilancia; en cuanto el comandante asomara, Porvenir se lanzaría a la calle y se confiaría al azar.

El comandante suponía, más o menos, todo aquello, y vivía horas angustiosas, lo mismo que todo el mundo. El profesor Civil había ido a ofrecerse para salir con armas a escondidas de su mujer. ¡Era la primera cosa que le ocultaba desde la guerra de Cuba! Y sentía remordimientos. Sin embargo, el notario Noguer le había dicho:

– Se lo agradecemos mucho, profesor. Que una persona como usted se haya decidido, nos prueba que cumplimos con nuestro deber. Pero tal vez no hagan falta tantos hombres. En todo caso, no pierda cuidado; si le necesitamos, le mandaremos aviso.

El profesor se sintió algo humillado. Supuso que le rechazaban por la edad. También él oía dar las tres en la Catedral, las cuatro, las cinco, como Matías Alvear. A veces preguntaba: «¡Si me habré contagiado de ese diablo de Mateo!» Porque las peroratas del profesor en contra de la violencia habían sido muy numerosas, tanto como los alegatos en favor del concepto de Gobierno legítimamente constituido y similares; conceptos que daban risa a Mateo, que siempre le contestaba que era suicida y estúpido circunscribir el porvenir de la Patria a un problema jurídico.

Y a pesar de ello, el profesor Civil se había decidido. Se decidió el día en que vio a Vasiliev desfilar, entre una doble hilera de mujeres, ante la Cooperativa. En la mirada del ruso le pareció descubrir una ironía incalificable. «¡Mujeres españolas!», exclamó el profesor Civil. Pensó en la suya. Ignacio le hizo observar que aquella exclamación podía haberla lanzado Mateo. Por lo demás, Ignacio había observado que muchas personas, sin darse cuenta, utilizaban el lenguaje de Falange. El propio Prieto en sus discursos hablaba de «lo nacional», «de los valores del espíritu», de «las aventuras históricas». El subdirector hablaba «del hondo patrimonio de la raza».

El profesor Civil entendía que la cosa en él era más simple. Se había contagiado, no de Mateo, sino de Benito, de su hijo. Había claudicado ante él. El profesor quería demasiado a sus hijos para no hallar razones con que justificar sus locuras… y aun seguirlas. Su claridad mental y su dominio en el terreno teórico sucumbía frente al sentimiento de la familia. A lo largo de su vida se había dado cuenta de ello en ocasiones sin importancia; ahora la cosa había afectado a lo principal. El profesor decía: «Si uno de mis nietos, con una peonza en la mano, me pidiera que perdonara a los judíos, creo que les perdonaría».

Ignacio había sacado de todo ello una conclusión: la atmósfera reinante alteraba los cerebros. Se operaba una gran transformación. Se advertía incluso en los rostros. La Torre de Babel tenía una nariz más afilada que antes, con un punto de crueldad; Carmen Elgazu se hundía en sus grandes ojeras, que le infundían aspecto dramático. El flequillo de Marta había empequeñecido y ahora sólo le brotaban de la cara los ojos. Unos ojos decididos, serenos, negros, de una intensidad indefinible; mirando a Ignacio, a César, a Pilar, a todos, al comandante Martínez de Soria, a Padilla y a Rodríguez, a la ciudad, con todo el ardor de su juventud; mirando de vez en cuando, sin hablar de ello con nadie, al balcón tras el cual Ideal y Santi cuidaban de Porvenir como de un tenor en día de estreno.

El día 17, la señal de alarma resonó en la ciudad: algunas guarniciones de África se habían sublevado. El comandante Martínez de Soria no acertaba a explicárselo, pues la consigna era para el día 19. Supuso que el temor de que el Gobierno tomara medidas en aquella zona, considerada vital, había forzado a sus jefes a adelantarse a la Península en cuarenta y ocho horas.

Sin embargo, no se sabía nada. Sonaba el nombre del general Franco. Este nombre inspiraba gran confianza al comandante, porque conocía el prestigio del general entre las fuerzas de Marruecos. De todos modos, se hablaba más que nada de la Legión. «Entonces, es el teniente coronel Yagüe», informaba el comandante.

Imposible saber nada en claro. El coronel Muñoz había objetado: «¿Cómo puede ser Franco, si está en Canarias?» El coronel pretendía conocer a los jefes y estaba seguro de que Sanjurjo se hallaba en España desde muchos días antes y de que la cabeza directora de todo era el general Mola.

Hasta el día siguiente, 18, las radios no empezaron a dar noticias algo precisas. Lo de África era un hecho y no se trataba solamente de la Legión. Todas las fuerzas marroquíes y todas las guarniciones: Melilla, Ceuta, Tetuán, Larache… En el Banco hacían semana inglesa y el subdirector se pasaba las horas oyendo emisoras de onda corta. El Hermano de la Doctrina Cristiana estaba a su lado. El aparato lanzaba gritos de «¡Viva España!» En los llanos de Axdir, el Caíd había convocado a los guerreros de Beni Urriaguel y les había dicho: «¡Por la gloria de Dios, por la fuerza y el poderío que residen en Él. Al glorioso héroe, tan afortunado de mano, alma y corazón: al general Franco. ¡Que las bendiciones divinas sean sobre ti y los que contigo combaten en la buena senda! Nosotros no regresaremos de España hasta que los mayores y los menores gocen de vuestra paz. Porque Dios ayuda al siervo tanto como dure la ayuda del siervo a su hermano. ¡Y veréis como a nuestros heroicos hombres no les importa la muerte!»

Julio estaba al corriente de aquello y le pareció comprender que el proyecto de los que empezaban a ser llamados «rebeldes» sería utilizar tropas marroquíes. «¡Bendiciones divinas! -ironizó-. Siempre lo mismo. Musulmanes defendiendo el catolicismo.»

Lo que no comprendía era cómo lograrían transportar las tropas a la Península, pues Julio estaba convencido de que la Marina se pon iría de parte del Gobierno y bloquearía el Estrecho de Gibraltar.

– Las transportarán por el aire -sugirió el agente Sánchez.

– No sé de dónde sacarán los aparatos.

A última hora se decía que el Gobierno era dueño de la situación.

Aquello desencadenó una crisis de alegría entre todas las personas opuestas a la sublevación. Casal, David y Olga no salían de la UGT, pendientes de la radio. Los Costa habían recibido una llamada telefónica de sus mujeres, desde País. «¿Qué pasa, qué pasa? Venid aquí con nosotras. Estamos asustadas.» Los Costa les prometieron ir, pero su intención era muy otra. La sublevación les había devuelto todo su entusiasmo democrático. Olvidaron la huelga, el cierre ilegal de los locales de derechas. Y pensaron con renovada seriedad en el problema de Cataluña. El arquitecto Ribas tenía razón. Aquello significaría el fin de Cataluña. Era la voz que se iba extendiendo por toda la ciudad. «¡Veríamos a los moros invadiendo Cataluña!» Alguien creía saber que el proyecto era trasplantar en masa la población catalana. Por fortuna, las noticias de África eran optimistas. «¡Y si fracasan en África ni siquiera se atreverán a continuar!»

Cuando uno de los guardianes de la cárcel anunció con indignación el levantamiento contra la República, «La Voz de Alerta» sonrió: «¿A eso le llaman República? Son una pandilla de bandoleros».

El comandante Martínez de Soria no se dejaba impresionar y comprendía que en África el movimiento había triunfado. Lo mismo que en Canarias. Era la primera etapa. Al día siguiente, 19, se decidiría la suerte de la Península…

El comandante temía que durante la noche el general y Julio mandaran ocupar la ciudad, tomando como fuerza básica los Guardias de Asalto. No suponía que se atrevieran a armar al pueblo.

Se acostó sin quitarse el uniforme, dispuesto a dormir intermitentemente. De vez en cuando se levantaba y, acercándose a la ventana miraba afuera. Al ver que todo estaba tranquilo y que las calles continuaban libres le decía a su mujer: «¡Cuidado que son ingenuos! No comprendo que no vean que eso tiene que ser hoy».

Empezó a clarear. El comandante Martínez de Soria saltó de la cama. ¡Era el momento! Su mujer se levantó a su vez y, aprovechando que el comandante había salido del cuarto, se arrodilló ante el crucifijo. El comandante, al regresar, la sorprendió en esta actitud. No dijo nada. Se le acercó y le dio un beso en los cabellos. Marta se estaba vistiendo en su cuarto. Tenía un botiquín sobre la mesilla de noche con las iniciales: CAFE.

Marta había advertido a su padre que los anarquistas vigilaban desde uno de los balcones de enfrente, por lo que el comandante había ordenado al teniente Delgado que fuera a buscarle en coche. De este modo a Porvenir o a quienes fueran, no les daría tiempo de actuar.

A las seis y cuarto llegó el Rubio. A las seis y diecisiete minutos, tres soldados de confianza. Los cuatro permanecerían en el piso custodiando a la esposa del comandante.

A las seis y veinte minutos un coche se detuvo ante la puerta, en silencio. «¡Ahí están!» El comandante y Marta bajaron saltando los peldaños. La portezuela del coche se abrió. Penetraron en él. «¡Viva España!» El teniente Delgado ocupaba el volante. Pisó el acelerador. El comandante le preguntó:

– ¿Todo el mundo en su puesto?

– Todo el mundo, mi comandante.

Camino del cuartel se veían hombres que andaban pegados a los muros o por el centro de las calles, disimulando. Eran los voluntarios, los que habían prestado juramento.

Una hora después, la ciudad quedó ocupada. Todo funcionó con precisión matemática. Tropa, guardia civil y paisanos. El general, en pijama, daba vueltas en su cuarto, horrorizado. Sentados en tres sillas le contemplaban, arma al brazo, el alférez Roma, Benito Civil y un muchacho de la CEDA. Este último había pedido a una de las hijas del general una taza de café. El coronel Muñoz se encontraba encerrado en su despacho, en compañía del comandante Campos, bajo la vigilancia de un capitán, de Padilla y del hijo de don Jorge. El Comisario quedó detenido en su domicilio, lo mismo que Cosme Vila, el Responsable y Casal. Los únicos que no se habían dejado sorprender habían sido Julio y el doctor Relken. El doctor Relken salió la víspera para Barcelona, en coche. Julio no se hallaba en casa. Cuando el guardia Rodríguez, a las órdenes de un teniente, llamó a la puerta, salió con los ojos desorbitados doña Amparo y dijo: «¿Qué quieren ustedes? No está, no está». Registraron el piso y no estaba. Doña Amparo se negó a dar noticias sobre su paradero. «Le esperaremos», dijo el teniente. Y puso en marcha la gramola.

A medida que la ciudad despertaba, se iba dando cuenta de lo que ocurría. Era domingo. Muchas personas, al salir de casa con el misal en la mano, retrocedían un momento. ¡Hombres armados! Al reconocer a las personas que llevaban fusil, sentían que el corazón les latía con sentimientos indefinibles. ¡Dios mío, la suerte estaba echada! Algunos se alegraban francamente, otros lo consideraban una canallada. Más de una docena miraban a los paisanos voluntarios y se decían: «Yo debí hacer otro tanto».

En el campo contrario la reacción fue sórdida, de una violencia interior indescriptible. Los huelguistas salieron a la calle y sus miradas expresaban odio de siglos. Pero las consignas eran severas. ¡Dispersarse! Prohibidos los grupos de más de cuatro personas. El día se presentaba radiante. En cuanto alguien se resistía, las culatas de los fusiles se prestaban a actuar. En la actitud de algunos soldados se advertía cierta reticencia, pero los oficiales vigilaban de cerca. Los paisanos voluntarios cumplían su misión con una conciencia que llenaba de gozo al comandante.

Éste declaró el estado de guerra, montado en su caballo. Un momento pensó en el jefe que cayó en octubre, en idéntica actitud…

«La Voz de Alerta», don Jorge y los demás propietarios habían sido liberados. Teo, al verlos marchar, apretó los puños, aunque suponía que era el término legal de la condena. «¡Decidle a Cosme Vila que es un c…!» Todos los sentimientos humanitarios de «La Voz de Alerta» habían desaparecido.

Octavio, Haro y Rosselló salieron asimismo del calabozo. Estaban pálidos como víctimas de una enfermedad. Al ver aparecer, en el calabozo, el rostro de dos guardias civiles a aquella hora de la mañana, se habían mirado inquietos. Al oír ¡Viva España! se pusieron en pie de un salto. Al ver que se les tendía un fusil a cada uno, comprendieron. Cruzaron la puerta dando gritos y al asomar a la calle miraron al cielo nítido, y luego vieron a Mateo, que los esperaba sonriendo. «¡Arriba España!», gritó éste. Los tres falangistas querían abrazarle. «¡Arriba!», contestaron. Mateo les dijo: «Vuestro puesto está en el Hospital Militar. No perdáis tiempo. Presentaos al sargento Hurtado».

Mateo había salido a las seis y quince minutos. Pedro, que los domingos se levantaba tarde, al verle aparecer en el comedor y dirigirse a la puerta temió que se repitiera la escena del suicidio de su padre.

– ¿Dónde vas? -le preguntó.

Mateo le dijo:

– A defender a España.

Pedro se incorporó. No comprendía. Temía que Mateo se hubiera vuelto loco.

Mateo le informó:

– Lo de África es cierto. Hoy nos toca a nosotros.

Pedro, súbitamente, comprendió. Le miró con ira repentina.

Mateo se le acercó con decisión.

– Te agradezco mucho lo que has hecho. Y no olvides que hay diez mil falangistas en España dispuestos a corresponderte en cuanto nos necesites.

No dio otra explicación. Comprendió que le sería imposible convencer a Pedro. Salió a la calle y no fue a ver ni a su padre ni a Pilar; directamente al cuartel. Pero pasó por la Rambla y su mirada se dirigió, emocionada, al balcón de los Alvear.

Todavía no había conseguido conocer a los dos albañiles y al electricista, los cuales montaban guardia en la estación.

Hacia mediodía, las calles se hallaban llenas de curiosos. En realidad, las fuerzas eran pocas, dada la extensión de la ciudad. Había zonas de ésta que daban la impresión de que la cosa no iba en serio. El espíritu crítico se adueñaba de muchos, pues había personas, como el subdirector, a las que el fusil en la mano les sentaba como alpargatas en día de fiesta. En cambio, don Jorge lo llevaba con maestría, lo mismo que don Pedro Oriol.

Se hablaba de sublevación en Barcelona, en Madrid y en todas partes. Alguien aseguraba que en todas partes era un éxito. Por el contrario, llegaban noticias de combates en las calles de Barcelona. La sublevación de algunas plazas, como la de Zaragoza, había dejado estupefacto al general. «¿Cómo es posible? ¡En Zaragoza está Cabanellas, republicano como yo!» El muchacho de la CEDA que le custodiaba levantaba los hombros irónicamente. «¡Qué le vamos a hacer, mi general! Tal vez Cabanellas no llevara mandil.» El alférez Roma reprendió severamente al chico. Su conciencia de militar le impedía mofarse del comandante de la plaza. A gusto le hubiera pegado un tiro al general, pero de ninguna manera consentiría ofenderle.

Ante los sindicatos, la guardia era sólida. Prohibida la entrada. Ello impidió las consabidas concentraciones. Los militantes de Cosme Vila, del Responsable, de Casal y los miembros de Izquierda Republicana y Estat Català se hablaban entre sí en una esquina, o se visitaban a domicilio. «¡Esto es intolerable! ¿Qué hacer?» Unos decían: «Yo tengo arma; yo un fusil, yo una pistola». Pero ¿cómo organizarse? Al saberse que los respectivos jefes estaban detenidos, el furor de unos y otros aumentó. «¡Hay que hacer algo!» El catedrático Morales temía que fusilaran a Cosme Vila. Olga estaba convencida de que lo mismo le ocurriría a Casal. «¡Hay que hacer algo!» Pero… aunque pocas, allí estaban, en lugares estratégicos, las ametralladoras. Y un par de cañones. Todos tenían la sensación de que habían sido unos imbéciles. «¡Si nos lo estaban diciendo ellos mismos!»

Era evidente que ante el enemigo común se despertaba de hombre a hombre un sentimiento de solidaridad. Muchos militantes se repartían por la ciudad en actitud provocadora. Elegían los lugares custodiados por los muchachos de la CEDA y de Falange. Se detenían y sacaban la petaca. Rosselló y el hijo mayor de don Santiago Estrada no se avenían a razones y se les acercaban apuntándoles. Ante el Matadero Municipal, Mateo ordenó a varios: «¡Manos arriba!» Y procedió a registrarlos. Halló un bulto extraño. Era una pipa. El militante sonrió. A otro le halló un revólver. Mateo se llevaba detenido a este militante. Un alférez se le acercó. «¿Qué ocurre? No hagas nada sin consultármelo a mí.» Fue el alférez quien se llevó al detenido.

Gran número de familias habían prohibido a sus hijos salir de casa. Algunas no les permitieron ni siquiera ir a misa. El número de personas que encontraban justificada la sublevación era crecido, pero de una parte el desconocimiento de las verdaderas intenciones de los militares y de otra el temor de que todo aquello fuera un fracaso, con las terribles represalias que ello traería consigo, mantenían los ánimos en un estado de angustia incalculable.

Matías Alvear había prohibido a los suyos que salieran. Sólo hacia las once de la mañana, al ver que en realidad en las calles no había nada que temer, accedió a los constantes ruegos de Ignacio y Pilar y permitió que ambos fueran a dar una vuelta, con la orden de no separarse. Ignacio quería ver el aspecto de la ciudad, a los sublevados en acción, y a Marta; Pilar quería ver a Marta con el botiquín… ¡y sobre todo a Mateo! Las cuatro horas de espera, de las siete a las once, se le habían hecho interminables. Continuamente oteaba la Rambla desde los cristales del balcón. Había visto a muchos soldados, al notario Noguer, a «La Voz de Alerta», pero no a Mateo. Al salir, cruzaron calles y más calles sin resultado. No veían ni a uno ni a la otra. Finalmente, delante del Matadero, vieron a Mateo.

Pilar perdió la respiración. Allí estaba su novio, con camisa azul, unas flechas bordadas en el pecho, arma al brazo. Pálido por la encerrona; larguísimos cabellos, que reclamaban unas tijeras. Mateo no la veía. Fue Padilla quien le dijo: «Me parece que allá viene alguien sospechoso».

Mateo se volvió como un rayo. Al ver a Pilar quiso acercarse, instintivamente. Pero el alférez le miró con fijeza. La chica vio que Mateo, sin insistir, desde lejos se dirigía a ella inclinando la cabeza, y comprendió que aquello era lo máximo que le estaba permitido. Apretó los dientes y se hubiera puesto a patalear. Entonces se dio cuenta de que a cinco metros escasos había una ametralladora y que unos soldados les hacían signos de que se alejaran. Pilar contempló aquel artefacto diabólico, nervudo, con tentáculos de muerte. Se hubiera echado a llorar. Quería gritar: «¡Mateo!»; pero éste había dado media vuelta otra vez, cumpliendo alguna orden. Por su parte Ignacio, al ver a su amigo con el arma, había recibido una impresión fortísima y todas sus conversaciones sobre la «dialéctica de las pistolas» le vinieron a la mente. ¡Mateo, en 1935, ya se había alistado a un proyecto de marcha sobre Madrid, desde la frontera de Portugal! Ahora observaba sus gestos siguiéndolos uno a uno. Al verle acercarse a un grupo de hombres y registrarlos, experimentó un indecible malestar, a pesar de que Mateo actuaba sin fanfarronería. Luego dirigió la vista hacia la ametralladora, lo mismo que Pilar. Y su angustia aumentó. El cañón, increíblemente estrecho y delgado, apuntaba a la fachada de Correos, a la puerta por donde a diario entraba y salía Matías Alvear.

Ignacio asió a Pilar del brazo. «¡Vámonos! Cuando todo esté terminado, que venga él a casa.» Pasaron frente al local comunista. Desierto. El letrero cubría el balcón como algo no estrenado. La Catedral dio las horas. La luz temblaba en Montjuich, como si las murallas sintieran vivir jornadas importantes.

Imposible dar con Marta. ¡Por Dios, que no le ocurriera nada! «La Voz de Alerta» gritaba en el Puente: «¡Dispersaos!» Llevaban arma personas que no se hubiera sospechado nunca. Varios empleados del Banco, bajo los arcos, usaban metáforas futbolísticas para profetizar la derrota de los militares.

De repente, Ignacio vio al comandante. Pasaba en coche, con el teniente Delgado, lentamente. El comandante sacó la mano por la ventanilla y los saludó a él y a Pilar. Pilar, sin darse cuenta de lo que hacía, se llevó la mano a los labios y les mandó un beso. ¡Continuaba queriendo mucho al padre de Marta! Le tenía por un valiente; y el comandante continuaba obsequiándola con cocktails a escondidas.

Ignacio se limitó a inclinar la cabeza.

El paso del comandante transformó a Pilar. La chica pensó que, en realidad, ella también hubiera debido salir… con botiquín. ¡Ahora se daba cuenta! ¿Y si los comunistas empezaban a disparar desde los balcones? ¡Dios mío, qué pocas enfermeras debía de haber! Claro que ella no sabía ni siquiera poner inyecciones… Y, sin embargo, lo hubiera dado todo por encontrar a Marta y preguntarle qué debía hacer. Ignacio le decía: «¡Ale, a casa, que ya deben de estar intranquilos!» Por la Rambla pasaba el subdirector. Encontró el medio de acercarse a Ignacio. Estaba desesperado. Pensó que la primera providencia sería ir a la Logia de la calle del Pavo y poner al descubierto todo aquello, y el comandante se había negado. Un teniente se les acercó: «Basta de conversaciones».

Ignacio y Pilar subieron las escaleras. La mesa estaba puesta. ¡Don Emilio Santos sentado en el comedor! Al verlos, se levantó. No había podido resistir la soledad, en su piso, con su criada que de tan nerviosa había roto un plato y una taza a la hora del desayuno. Se quedaría a almorzar con ellos.

– ¿Habéis visto a Mateo…?

– Sí. Está delante de Correos.

Don Emilio Santos había recorrido media ciudad sin dar con él.

«¡Hubiera podido venir a verme!», lamentó. Ignacio dijo: «Si no lo ha hecho, es que le estaba prohibido. Hay un alférez que los tiene en un puño».

Don Emilio Santos había escuchado las radios. En muchas ciudades se luchaba a brazo partido. «¡Cuánta gente está muriendo en estos instantes!» Se sabía de varias provincias en que el Alzamiento había fracasado. Las emisoras del Gobierno daban noticias alarmantes para los sublevados… Se veía que las autoridades no habían dudado en entregar armas al pueblo. Al parecer, casi todo el litoral mediterráneo se había declarado adicto al Gobierno.

Las palabras de don Emilio Santos convirtieron la fuente de arroz en algo frío y poco apetitoso. A todos se les hizo un nudo en la garganta. ¡El litoral! Aquello significaba que Cartagena… Pero don Emilio Santos tenía confianza en que sería un bulo. Ignacio pensó también en Alicante, donde estaba detenido José Antonio… «A lo mejor, en los primeros momentos le han liberado…» «¡Cuánta gente está muriendo en estos instantes!» Esta frase martilleaba los cerebros, mientras los tenedores subían lentamente hacia la boca. Carmen Elgazu pensó: «Deberíamos encender otra vez la mariposa». Sin embargo, en vez de encenderla a San Ignacio, no sabía por qué le pareció más adecuado hacerlo a San Francisco de Asís.

Don Emilio Santos le dijo:

– San Ignacio, San Ignacio, que era militar…

– ¿San Ignacio era militar? -preguntó Pilar, sorprendida.

Carmen Elgazu accedió a los deseos del huésped. Matías Alvear estaba nervioso. Era de las personas que con más hondura sentía la importancia de lo que se estaba ventilando. Comprendía que cualquiera que fuera el resultado, los acontecimientos seguirían una marcha loca. Pensaba en su hermano de Burgos. Burgos, probablemente, quedaría en manos de los militares. En toda Castilla, Falange era poderosa. Aunque los campesinos… ¿Qué harían los militares con su hermano, jefe de la UGT? En Gerona se decía que a Casal iban a fusilarle… ¿Y si los mineros asturianos bajaban al asalto de Castilla…?

Carmen Elgazu preguntó si se sabía algo del Norte. Don Emilio Santos no sabía nada. «No se sabe, no se sabe… El Norte es católico. Estará al lado de los militares. Pero no se sabe nada.»

César oía a unos y otros sin pronunciar una palabra. Le había impresionado en grado sumo la arenga del Caíd, que don Emilio Santos también había oído por radio. «Las bendiciones sean sobre ti.» «Dios ayuda al siervo tanto como dure la ayuda del siervo a su hermano.» ¿Qué significaban estas últimas palabras? Era la imprecisa poesía musulmana. El Caíd también había dicho: «¡Ya veréis cómo a nuestros heroicos hombres no les importa la muerte!»

César pensó: «A mí tampoco». Luego se arrepintió de su vanidad. Y, sin embargo, era lo cierto. Mejor dicho, la deseaba. Él no entendía una palabra de lo que estaba ocurriendo. No sabía si la dureza de la mirada del comandante era loable, si eran ciertas las cifras dadas por Calvo Sotelo; si estas cifras justificaban lo otro… Lo único evidente era que en España había faltado caridad, y que para expiar el mal era preciso que alguien diera la vida. Él se ofrecía. Él no era Cosme Vila, ni soldado ni pertenecía a Falange; él era un seminarista. En resumen, representaba a la Iglesia renovándose eternamente; pero también al pecador. Había ido a misa a las seis y media de la mañana, y su regreso coincidió con la salida de las tropas. ¡Fue de los escasos ciudadanos que oyeron la primera declaración de Estado de Guerra! En la misa le pareció que mosén Francisco, en el momento de la Elevación, contemplaba la Hostia con ojos de súplica infinita. Como si supiera que «en aquella jornada morirían muchos hombres». Mientras don Emilio Santos hablaba, César pensaba en mosén Francisco. Estaba seguro de que a mosén Francisco tampoco le importaría la muerte.

Carmen Elgazu le dijo a César:

– ¿Qué te pasa, hijo? ¿Por qué no comes?

El sol caía a chorros sobre la ciudad.

CAPÍTULO LXXXVI

Hora por hora, las noticias iban siendo alarmantes. El Movimiento fracasaba en muchos lugares. El país vasco se había declarado adicto al Gobierno. El comandante Martínez de Soria no se lo explicaba. ¡San Sebastián se consideraba seguro! Pudo más en los vascos su nacionalismo que otras consideraciones.

En Madrid se combatía encarnizadamente. Valencia era «leal». En Barcelona… por de pronto, el general Aranguren, de la Guardia Civil, se había puesto a disposición de las autoridades gubernamentales. Aquello fue un nuevo golpe para el comandante. El capitán Roberto, de la Guardia Civil, y Padilla y Rodríguez casi lloraban de rabia. «¡La Guardia Civil al lado de estos canallas, no!» Y, sin embargo, era cierto, y muy posible que aquello inclinase la balanza de la ciudad en favor del Gobierno, arrastrando a toda Cataluña, la frontera, los puertos de mar.

Las únicas noticias satisfactorias continuaban llegando de África, de Castilla, de Navarra, ¡de Oviedo!, y de algunos puntos aislados del Sur: Cádiz, Granada… En Sevilla, el general Queipo de Llano manejaba como podía sus hombres y los refuerzos que llegaban de Marruecos por vía misteriosa.

Casi todos los aeródromos en que había aparatos, estaban en manos del Gobierno. La Marina también, tal como previo Julio. El destructor Churruca, después de desembarcar unos legionarios en Cádiz, había zarpado rumbo a puerto gubernamental.

El comandante Martínez de Soria decía: «Madrid se ha considerado siempre perdido, y los planes han previsto desde el primer momento dirigir sobre la capital cuatro columnas, dos del Norte y dos del Sur. ¡Pero habiendo fallado el país vasco, todo cambia!»

Se sabía que en Castilla los falangistas voluntarios se contaban por centenares, y que en Navarra los requetés acudían en masa al llamamiento del general Mola. «Hay familias en que se presentan con boina roja, el abuelo, el padre y todos los hijos», informaba don Emilio Santos. Carmen Elgazu decía: «Los navarros son medio vascos». «¡No me hables de los vascos!», gruñía Pilar. Pero, por otro lado, en muchas plazas «el pueblo» se había lanzado a la calle con absoluto desprecio del peligro.

A última hora de la noche llegó la noticia definitiva, sin remedio, que no dejaba lugar a la esperanza: las fuerzas sublevadas en Barcelona se habían rendido. El propio general Goded, ¡el general Goded!, había hablado por radio pidiendo que se evitara un inútil derramamiento de sangre. Ello significaba que las demás guarniciones catalanas debían seguir su ejemplo.

¡Rendirse! El comandante Martínez de Soria palideció. El alférez Roma y los dos tenientes le miraron con sobrehumana intensidad. El teniente Martín, que también había sido liberado, pensaba: ¿Rendirse? ¡Jamás! Muchos de los voluntarios que montaban guardia en las calles no sabían una palabra de lo que ocurría; suponían que todo marchaba viento en popa.

El comandante Martínez de Soria calculaba las posibilidades sólidas de resistencia. Consideraba que más de la mitad de la población estaba con él. Había pedido flores para el cementerio, para el comandante muerto en octubre, y todo el día fue un desfile de personas llevando ramos. Contaba con edificios macizos, con las murallas, con Montjuich… Pensó en la guerra de la Independencia. En la cima del monumento rugía el león…

Pero comprendía que sería una locura. Siempre se había considerado que en Barcelona las fuerzas sindicales podían organizar en pocas horas un ejército de 80.000 hombres. ¡Éstos y la Guardia Civil acarrearían el fracaso! Caerían sobre Gerona con ímpetu incontenible. Sin contar con los campesinos de la provincia. Sin contar con los enemigos del interior, armados en su mayor parte.

No era posible resistir. Gerona estaba perdida. El comandante suponía que Castilla, Navarra, Galicia -al parecer en Galicia se había triunfado-, Sevilla y África bastarían para organizar desde estos puntos la reconquista del territorio. Estas regiones y algún milagro… Pero Gerona estaba perdida y no cabía otro remedio que rendirse… Ya los huelguistas y otra gente que hablaba de «leales» y «facciosos» -«¿Leales a quién -decía el comandante-, a Casares Quiroga, a Vasiliev?»-, se agitaban, parecían prepararse a caer sobre la presa.

El comandante Martínez de Soria, en el cuartel, pidió que le sirvieran coñac. Pensó en su esposa, en la arenga que leyó en sus ojos. Pensó en Marta, que se hallaba en el Hospital Militar con el botiquín esperando heridos, que por fortuna no llegaban… Pensó en los doscientos treinta y cinco hombres a los que había arrastrado a la aventura. En los otros doscientos, como el profesor Civil, cuyos servicios no se habían utilizado pero que figuraban en las listas.

El comandante sabía que le tocaría morir. Podía tomar un coche y acercarse a la frontera. A la sola idea sintió que su carne se despreciaba a sí misma. ¡Gritaría «¡Viva España!» hasta que el plomo mandara callar su corazón! Mejor era morir de esta suerte que no haber perecido unos días antes en manos del Cojo… Por lo menos ahora había plantado la semilla. Y se reuniría con su hijo. «¿Dónde estaba su hijo?» Mateo decía: «En los luceros». El comandante sonrió. El otro, Fernando, estaba en Valladolid… y Valladolid era de España. ¡Barcelona se ha rendido, Barcelona se ha rendido! Se hubiera dicho que las voces salían de los muros. El comandante se levantó. Era preciso dar la orden de retirada a los voluntarios, advirtiéndoles que se había fracasado y que quedaban libres de irse a sus casas o tomar la decisión que estimaran conveniente. «Hay que indicarles que probablemente las represalias serán espantosas.» ¡El Movimiento acabaría por triunfar!, pero de momento en Gerona no había esperanza. Los soldados… que regresaran al cuartel. Los oficiales debían imitar su ejemplo personal, y él pensaba entregarse a las autoridades. ¡Que cada uno sepa morir con honor, como caballeros del Ejército Español!

Era una noche cálida, en la que se hubiera dicho que todos los misterios de la antiquísima ciudad salían a flote. Lluvias de estrellas descendían sobre la Catedral y el profesor Civil, viéndolas, le decía a su mujer que presagiaban la guerra. En el empedrado de las calles solitarias se oían pisadas. Rodríguez, que patrullaba, les decía a sus compañeros que aquellas pisadas eran las de la tropa que luchó contra Napoleón. «¡Entonces hasta las mujeres tomaron un fusil!» «Ahora no ha habido más que una mujer: Marta.» Rosselló le contestó: «Si hay guerra verás como saldrán Martas por docenas». Los que montaban guardia en la vía oían el rumor de las turbias aguas del Ter, Del fondo del pozo de la casa Pilón subían chillidos de extraños pajarracos. Tras las murallas, las estaciones del Vía Crucis, pintadas en blanco, trepaban por la colina recibiendo el beso de la luna. Era una milagrosa ciudad en donde se hubiera dicho que el amor debía de ser rey. Bajo los arcos se hubieran podido cantar salmos, uno tras otro, en letanía inefable.

En cambio, la consigna que comenzó a circular recordaba más bien el Dies irae. Retirarse, se había fracasado; la represalia sería espantosa. Los pajarracos del pozo de Pilón cruzaban la bóveda subterránea como locos. En una hora escasa los doscientos treinta y cinco voluntarios conocieron la verdad. ¿Cómo era posible? ¡Ahora empezaban a comprender las sonrisitas que vieron a última hora, las frases alusivas! Blasco había gritado con insolencia: «¡Mañana, todos calvos!» Los voluntarios se miraban unos a otros bajo la lluvia de estrellas, con el pánico retratado en el semblante. Las diferencias de edad acusaban mayormente la situación. ¡Retirarse!… Sálvese quien pueda. Goded se había rendido. ¿Y el comandante Martínez de Soria?

– El comandante Martínez de Soria es quien ha dado la orden.

Un soldado dijo:

– Se acabó la farsa.

Aquélla fue la revelación del electricista, del último alistado. Traspasó su fusil a la mano izquierda, y acercándose al soldado le arrancó el gorro de la cabeza y con él le dio en la cara a modo de guantazo. Hubo un altercado tremendo, el primero desde la declaración del Estado de Guerra. El soldado barbotó: «¡Ya nos veremos, guapo!» Mateo acudió. Había sido presentado al electricista a media tarde. «Has hecho muy bien», le dijo. Luego se dirigió al soldado:

– ¿A qué llamas tú farsa? ¿A la redención de España?

El soldado, sonriendo, se alejó. Entonces un oficial le ordenó cuadrarse y le dio un bofetón de una dureza inimaginable.

Cada hombre hacía sus planes. Algunos suponían que no les ocurriría nada y se volvían a sus casas dispuestos a permanecer en ellas. A otros les entró un miedo indescriptible, y pensaban en los más inverosímiles lugares donde esconderse. Otros decían: «Inútil, inútil; darán con nosotros dondequiera que nos metamos». Alguien insinuó tímidamente que los militares se habían precipitado y que no era como para agradecerles el lío en que los habían metido.

La orden era: «Devolver el arma al cuartel». Algunos obedecieron, otros la guardaron consigo. Todos pensaban en sus familias, en cómo los recibirían al verlos regresar derrotados, en el miedo que se apoderaría de todos. Voces serenas hacían oír su timbre. «¡Qué más da! Hemos cumplido con nuestro deber. ¡Viva España! ¡Arriba España!» Los ojos se humedecieron al oír aquello: «¡Viva España!»

Empezaba a clarear cuando las calles se desalojaron. La ametralladora de Correos había desaparecido, lo mismo que los cañones. Sólo quedaban los guardias civiles, algunos soldados y algunos oficiales y los de Falange. Los demás hombres se habían retirado.

«La Voz de Alerta», al llegar a su casa y contar a Laura lo ocurrido, temblaba de pies a cabeza. «¡Tengo que huir, tengo que huir!» Comprendía que no tenía salvación. Pensaba en los Costa. «¡Hay que avisar a tus hermanos en seguida!» Laura lloraba. «¿Qué quieres pedirles? Estaban furiosos por la sublevación. Además que no sé si conseguirán nada. ¡Dios mío!, ¿qué vamos a hacer?» En la puerta de la alcoba sonaron dos golpes. Era la criada, Dolores. «Señorito…sé lo que ocurre. Todo el día de ayer estuve pensando en usted. Cojamos el coche y nos vamos a mi pueblo. Ya sabe usted que allí todos le queremos. Le defenderemos todos, ¡todos!» «La Voz de Alerta» sintió que aquellas palabras eran el Evangelio: «¡Haz las maletas! Pon esto, pon lo otro…»

El notario Noguer subió a ver a mosén Alberto, el cual no se había acostado. El notario le dijo: «Hay que pasar la frontera inmediatamente. Hay que ir en coche hasta donde sea y luego buscar un guía. Usted se viene también con nosotros».

Mosén Alberto dudó. Dijo que no podía tomar ninguna determinación sin consultarlo con el señor Obispo. «¡Pues vaya a Palacio y vengan a casa antes de las ocho! El comandante no hablará con las autoridades hasta media mañana. No hay tiempo que perder.»

Don Pedro Oriol no quería moverse del piso. «Estoy fatigado. Además, ¿qué pueden hacerme? Supongo que les interesarán otras víctimas.»

Mateo reunió a todos los falangistas y les dijo: «Camaradas, ya sabéis que en Gerona el Movimiento no ha fracasado. Quien diga lo contrario, miente. Aquí hemos triunfado… sin resistencia además. Nuestra labor ha resultado inútil. Ahora tenemos que retirarnos porque en Barcelona ha habido traición. ¡Pero no importa! Tal vez muramos todos, pero España se salvará. Con sólo un reducto que hubiera quedado bastaría, y han quedado no sólo reductos, sino provincias enteras. Que Dios nos proteja. ¡Arriba España!»

Todos le rodearon con efusión. Rosselló le dijo: «Por lo menos tú, ponte a salvo». Mateo contestó: «Yo me voy a visitar a mi padre. Tal vez volvamos a vernos. Os doy mi palabra de honor de que haré lo que crea mejor para el servicio de España. Si pudiera dar la vida para salvar la de José Antonio o la vuestra, la daría».

CAPÍTULO LXXXVII

A las nueve en punto, el comandante izó la bandera blanca en el cuartel y mandó una nota al general indicándole que se rendía con todos sus hombres y armamento «para evitar derramamiento de sangre». La nota añadía: «Creo haber servido a España. Una y mil veces volvería a hacer lo que he hecho».

Aquélla fue la señal. Todos cuantos custodiaban a los detenidos se retiraron al cuartel y luego a sus casas. El general salió a la calle y se encontró con el coronel Muñoz que salía en su busca. Ambos se dirigieron a Comisaría. El Comisario estaba en su puesto, secándose el sudor. También el agente Antonio Sánchez. Julio no había llegado todavía. El general dijo: «Hay que proceder inmediatamente a la detención de esos traidores. Vamos al cuartel». El Comisario sugirió la conveniencia de esperar unos minutos. Había mandado aviso a todos los jefes de los Sindicatos y Partidos Políticos que se habían mantenido adictos al Gobierno de la República, y parecía deber de corrección que ellos formaran parte de la comitiva que fuera al cuartel. «No hay que olvidar que ha sido el pueblo el que ha ganado la batalla en Barcelona y en tantos lugares.»

El general creía que era asunto estrictamente militar y de Orden Público. El coronel Muñoz lo mismo. «Vamos nosotros, usted como Comisario y Julio como Jefe de Policía. ¿Dónde está Julio?» Los acompañarían guardias de Asalto.

El Comisario accedió de mala gana. ¡Cosme Vila, el Responsable, Casal! Se indignarían al saberlo. Tal vez estuvieran detenidos aún. «Tal vez alguno de ellos haya sido fusilado.»

Salieron a pie, formando un grupo compacto que cruzó la Rambla en medio de la mayor expectación. La gente empezaba a salir, insegura. Al reconocer al general y a sus acompañantes, todo el mundo comprendió lo que había pasado. La rendición era un hecho. «Se dirigen al cuartel a detener al comandante Martínez de Soria.»

La comitiva cruzó el Puente de Piedra. Un extraño silencio se había adueñado de aquella parte de la ciudad. Tomaron la avenida paralela al río. Allá al fondo, frente a los cuarteles, se veían manchas oscuras. Se hubiera dicho que había agitación. A medida que avanzaban, percibían voces y ruidos. «¿Qué ocurre?» Suponían que encontrarían el cuartel muerto, con los oficiales formados en espera de su llegada. En vez de esto, era evidente que había gran movimiento. El general, de pronto, temió que la nota mandada por el comandante fuera una estratagema y que los oficiales se aprestaran a disparar sobre ellos a quemarropa. A lo lejos se veía, pequeña, la bandera blanca. Y los gritos continuaban. Ordenó a varios guardias de Asalto que se acercaran a ver lo que ocurría. Éstos obedecieron y regresaron con la noticia de que la gente que había allá eran militantes del Partido Comunista y de la CNT-FAI. Habían visto la bandera blanca en seguida y se habían adelantado a pedir justicia. El general lanzó varias imprecaciones. «¿Son muchos?» «Continuamente llega más gente. Si no se da usted prisa, asaltarán el cuartel.»

Echaron a andar. Y al llegar a unos quinientos metros del edificio se ofreció a sus ojos un espectáculo inaudito. Del cuartel empezaban a salir los soldados tirando sus gorros al aire y pisoteándolos. «¡Licenciados, licenciados!», gritaban. Se quitaban las guerreras, y algunos paisanos les cedían, riendo, sus chalecos, camisas o boinas, poniéndose por su parte la indumentaria militar, en actitudes ridículas. Había mujeres que se quitaban las blusas y las colocaban sobre la cabeza de los soldados a modo de pañuelo.

– ¿Quién ha ordenado licenciarlos? -gritó, exasperado, el general.

Nadie contestó. Los soldados, al verle, iniciaron un movimiento de huida, algunos ni eso. De pronto alguien informó: «¡El comandante Campos!» Porvenir estaba allí y comentó, en voz alta: «No vamos a continuar con Ejércitos, ¿verdad?»

El coronel Muñoz hizo comprender al general que lo más urgente era proceder a la detención de los oficiales sublevados. Todo aquello se arreglaría más tarde. «¡Paso, paso!» La multitud que se iba congregando era enorme. La noticia de la rendición se había propagado ya por toda la ciudad. «¿Y dónde está el comandante Campos?»

Éste apareció en la puerta del cuartel, en compañía de dos sargentos que se habían quedado en sus casas durante la sublevación. El comandante Campos explicó al general que, al ver que la turba se congregaba ante el cuartel, había temido lo peor, y que licenciar a los soldados fue la única forma que vio eficaz para evitar que lincharan a los oficiales. «La orden de reincorporación podrá darse en cualquier momento», añadió.

El general le oía enfurecido, pero estimó que todo aquello era razonable. Entró en el cuartel. «¿Dónde están esos cretinos?» «En el salón de oficiales.» Allá se fueron, y el general en persona abrió la puerta.

El comandante Martínez de Soria estaba en el centro de cuantos habían secundado el movimiento. Eran unos veinte y el general fue mirándolos uno a uno, deteniéndose especialmente en el alférez Roma, que le había tenido en pijama unas cuatro horas, en su cuarto. Los oficiales estaban de pie, los brazos a lo largo del cuerpo. Ninguno de ellos se cuadró ante el general ni saludó militarmente. Éste comprendió. No acertó a articular una sílaba: tanta era su indignación. Se acercó al comandante Martínez de Soria y de un tirón le arrancó la estrella, respetando las condecoraciones. Luego hizo la propio con los demás, con ritmo nervioso y rapidez inaudita. Mientras tanto, el coronel Muñoz procedía a desarmarlos. Al quitarle el sable al comandante le dijo: «Lo siento…» Éste, al encontrarse sin sable, se quitó también los guantes blancos y los dejó sobre la mesa, al lado de la botella de coñac.

El general hizo un breve discurso anunciándoles que se les acusaba de rebelión militar contra el Gobierno al que habían jurado fidelidad, y que serían sometidos a juicio sumarísimo. El comandante Martínez de Soria le hizo observar que habían jurado fidelidad a España, pero no a un Gobierno que procedía a su ruina. El general le contestó que no era el momento de jugar con palabras.

– ¿Dónde quedan detenidos? -preguntó el coronel Muñoz.

El general replicó:

– ¡En… el calabozo! ¡En cualquier calabozo!

El comandante Campos se acercó al general. Le advirtió que la masa concentrada afuera preferiría sin duda alguna la cárcel, la cárcel civil. «No olvide, mi general, que sido el pueblo el que…»

«¡Al diablo con el pueblo!» El general estaba harto de oír aquella palabra. Por desgracia, los calabozos en condiciones estaban en el cuartel de Infantería. «¡Hay que trasladarlos allá ahora mismo! ¡Andando!»

El comandante Martínez de Soria palideció. Había oído el rumor de la multitud afuera y sabía que sólo el comandante Campos y el temor de las pistolas habían contenido aquel alud. ¡Salir ahora, seguramente a pie y cruzar la ciudad! Conocía al general. No suponía que hubiera mala fe. Había en él algo inconsciente, obraba por instinto.

– General -dijo-, aquí al lado, en el despacho, está mi hija. Le agradecería a usted que mandara custodiarla hasta mi casa.

El general abrió y cerró los ojos precipitadamente.

– ¿Su hija…? ¿Qué hace su hija?

El comandante marcó una pausa.

– Pues… ahí está.

El coronel Muñoz intervino:

– No se preocupe. Se la acompañará a su casa.

Los guardias de Asalto rodearon a los detenidos. El general, el coronel Muñoz y el Comisario salieron, y aquéllos detrás. Al comandante Campos le parecía una enorme imprudencia, pero sabía que el general no le daba importancia a nada y suponía que con un grito contendría una multitud.

Al aparecer en la puerta del cuartel la figura del comandante Martínez de Soria, el clamor de la turba fue infernal. «¡Asesinos, asesinos!» Por primera vez se hallaban verdaderamente mezclados comunistas y anarquistas, sin distinción. Socialistas en menor número, pero tampoco faltaban. Y soldados, con boinas o blusas de mujer en la cabeza. Y en primera fila los murcianos. La colonia de murcianos estaba allá entera, con algunos chiquillos. «¡Asesinos, asesinos!» Muchos iban armados y blandían sus pistolas. Al aparecer el teniente Martín el clamor redobló en intensidad. «¡Las tumbas de Joaquín Santaló y Jaime Arias!» Casi las habían olvidado. El teniente había encendido un cigarrillo, y un oficial de Asalto, de un manotazo, se lo tiró al suelo. «¡No haga el chulo, idiota!»

La comitiva echó a andar. La guardia era cerradísima; imposible abrir brecha. De pronto se oyó una voz que salía de lo alto de un camión militar parado allí. «¡Por las armas!» El general no entendió claramente, pero se volvió en redondo. «¡Por las armas!» La multitud se dividió instantáneamente en dos grupos definidos. Los que preferían ver al comandante Martínez de Soria sin estrella, sin sable, sin guantes blancos, despidiendo dolor por los ojos y el alma; al alférez Roma adoptando una actitud de olímpica indiferencia; al teniente Delgado, pálido como un cadáver; al teniente Martín y a los demás; los que preferían esperar que de un momento a otro pudiera despejarse la escolta y echar todos los oficiales al río, y los que al grito de «¡Armas!» se sintieron subyugados por esta palabra, recordando las que habían visto la víspera en manos de los amotinados, la ametralladora de Correos y los cañones. Los primeros continuaron cercando a los oficiales; los segundos entraron en tromba dentro del cuartel.

El general comprendió que era tarde para actuar, y que la media docena de sargentos que había dejado en el cuartel sería impotente para contener el alud. En cuanto al comandante Martínez de Soria dio un grito en dirección del coronel Muñoz: «¡Me ha prometido usted velar por mi hija!» El coronel le contestó: «Y he cumplido, no tenga usted miedo».

Los soldados licenciados fueron los guías de los que prefirieron entrar en el cuartel. Los acompañaron a través de largos corredores en dirección al depósito de fusiles, de bombas de mano. En uno de los patios aparecieron dos cañones. Los milicianos montaron en ellos. A gusto hubieran disparado. Querían arramblar con cuantas armas pudieran. Algunas bombas de mano, por su tamaño, no les cabían en los bolsillos; otras sí. Se llenaban de ellas la pechera. Cogían balines y los tiraban al aire o hundían las manos en ellos, dejándolos caer en cascada. Muchos se pusieron uno en la boca. El contacto frío y metálico los refrescaba. Los más sagaces descubrieron fusiles ametralladoras, se apoderaron de ellos y salieron afuera. Otros se ponían correajes con dos pistolones. Trozos de bandera servían para colocárselos en el cuello, a imitación del Cojo. Algunos se los doblaban en la cabeza a la manera de los piratas. Los soldados decían: «¡En el cuartel de Infantería hay mucho más!» El camión que había fuera fue abarrotado de armas y alguien lo condujo a toda velocidad hacia el local del Partido Comunista.

Entretanto la otra comitiva avanzaba, cruzando el Puente de Piedra. La gente había ocupado las aceras y contemplaba el paso de los oficiales detenidos. «¡Asesinos, asesinos!» «¡En Barcelona han muerto tres mil camaradas!» «¡En Madrid dos mil!» Aquellas cifras impresionaban al general. Los guardias de Asalto se multiplicaban para que ningún oficial ofreciera blanco seguro a la muchedumbre.

Al entrar en la Rambla se produjo el choque inesperado. En dirección contraria avanzaban, en fila, Cosme Vila, el Responsable, la valenciana, el catedrático Morales y Julio. Los primeros acababan de ser liberados. Julio se había decidido a salir de su escondite en casa del doctor Rosselló.

El Comisario, al verlos, gritó: «¡Ahí están!» El general ordenó avanzar sin hacer caso. Pero la multitud había visto a sus jefes y, dirigiéndose a su encuentro con los puños en alto, gritaba: «¡Viva Cosme Vila! ¡Viva el Partido Comunista! ¡Viva la CNT! ¡Viva Rusia!» El alférez Roma le dijo al teniente Delgado: «Ni un solo viva a la República». El teniente Delgado no pudo contenerse y gritó: «¡Viva España!» Solo le oyeron unos cuantos. El coronel Muñoz le miró por primera vez retadoramente. El teniente Delgado le dijo: «¿Un coronel se asusta de oír Viva España?»

Cosme Vila parecía un muerto. En veinticuatro horas sus ojos se habían hundido de forma inverosímil, como si los centinelas que le tocaron en suerte no hubieran cesado de apretar en ellos los dedos.

Alrededor de la cabeza tenía aún mucho pelo, pero arriba la calvicie era absoluta y ahora relucía al sol. Iba en mangas de camisa, con el cinturón ancho regalo de su suegro y las alpargatas ligeramente abiertas. Correspondió a los vivas de la multitud levantando el puño como sólo él sabía hacerlo. Todo el mundo advirtió que en el costado derecho llevaba un enorme pistolón.

El Responsable llevaba dos. Su gorra, puesta con energía increíble, su visera saliendo agresiva, no bastaban a ocultar, allá al fondo, el color gris de sus ojos. Era más bajo que Cosme Vila, pero al andar se afincaba más en el suelo. Cosme Vila revelaba al andar su origen burocrático, de empleado de Banca. Había llevado zapatos durante muchos años. El Responsable apenas levantaba el pie. Y avanzaba, avanzaba con ritmo incontenible. Daba la impresión de que hubiera podido atravesar los cuerpos del comandante Martínez de Soria, del general, de la multitud, y continuar avanzando sin detenerse. Los suyos le habían rodeado. Santi, de un salto, se le había colgado al cuello y le habla dado un beso. Luego miraba los dos pistolones y los acariciaba. El Cojo decía, mirando al teniente Martín: «¡Y no podemos matarlos!»

La valenciana llevaba el escote de las grandes solemnidades. Al ver a los críos de los murcianos se enterneció. «¡Cinco hijos, cinco hijos!», gritó, señalándose los senos. Julio le dijo: «Ale, ale, no decir tonterías».

El catedrático Morales llevaba un libro debajo del brazo y su aspecto era digno. Parecía el teórico de todo aquello, que interiormente sacaría grandes conclusiones sobre la psicología de las masas. En cuanto a Julio, estaba serio. Aquello no le gustaba. Al ver a los oficiales detenidos y la multitud siguiéndolos, comprendió lo que había pasado. Su primera intención al salir de su escondite había sido dirigirse al cuartel y hacerse cargo personalmente de todo; pero comprendió que era el momento de ganarse o perderse a Cosme Vila y al Responsable. Y prefirió ganárselos. «Si todos nos pusiéramos en contra, no habría nadie capaz de frenarlos.»

Estaba contento porque la multitud le vio junto a ellos, en medio de los dos jefes, identificado. Aquel gesto bastaba. Ahora podría dedicarse a entorpecer los proyectos de ambos, que imaginaba apocalípticos.

El Comisario, al verle, se le acercó. «¡Gracias a Dios!», exclamó. La frase sonó extemporánea en aquel ambiente. La valenciana lanzó una carcajada. «¡Eres más fascista que Lope de Vega!»

Cosme Vila y el Responsable, al alcanzar la comitiva, se miraron un momento y parecieron ponerse de acuerdo. ¡Los eternos guardias de Asalto! Ni siquiera se permitía al pueblo tomarse la justicia por su mano respecto a los militares. El Cojo tenía razón.

El coronel Muñoz se acercó a Cosme Vila. «Le ruego que distraiga a esa gente. A los militares hay que juzgarlos oficialmente. Es ley en todo el mundo.»

Cosme Vila miró al coronel. Julio apoyó la tesis del coronel Muñoz, ¡e incluso el catedrático Morales! «Es ley en todo el mundo.» Fue un acierto psicológico del coronel. Cosme Vila pensó en la prensa del mundo entero relatando los hechos.

– Distraiga a esa gente.

Cosme Vila miró al Responsable. Éste estaba furioso y los suyos bailoteaban alrededor, esperando órdenes. Por otra parte, el general no se había detenido, de modo que los oficiales y la escolta se habían distanciado unos doscientos metros.

– A nosotros estas leyes no nos interesan -dijo el Responsable-. ¿Quién las firmó? ¿Alfonso XIII?

Cosme Vila se encogió de hombros.

– Tú haz lo que quieras con los tuyos. Yo creo que a los militares hay que juzgarlos.

El coronel suspiró. Dio media vuelta y se alejó. El Responsable se mordió los labios. Estaba en juego su amor propio. Se le acercaron sus hijas.

El catedrático Morales intervino:

– Pero hay que exigir que el Tribunal sea popular, que sea el pueblo.

Aquellas palabras provocaron un entusiasmo indescriptible. ¡Tribunal del pueblo! La valenciana se veía con toga y una campanilla, sentenciando a derecha e izquierda. La idea subyugó al mismísimo Responsable.

– Pero que sea pronto -dijo.

La agitación entre la muchedumbre que no oía el diálogo crecía por instantes, al ver que se perdía contacto con la comitiva. Ya los oficiales y los guardias habían doblado la esquina de la Plaza Municipal. «¿Qué se hace, qué se hace?» El caudal de energía disponible era incalculable.

Entonces se oyeron bocinazos. El camión que había ido a dejar las armas del Partido Comunista regresaba abarrotado de militantes, los de los pañuelos en la cabeza a modo de piratas. Todos llevaban fusil ametrallador. En el centro de ellos iba Gorki. Cosme Vila reconoció entre los del camión al obrero de la tintorería, que dijo: «Para mi mujer querría saber de qué se trata».

Gorki pegó un salto desde el camión, a pesar de su barriga, y se acercó a Cosme Vila. «¡En Madrid están muriendo los nuestros por centenares! ¡El Ejército y los curas se han atrincherado en el Cuartel de la Montaña!»

Los curas, los curas… Fue la palabra mágica. Fue el acierto psicológico de Gorki.

«¡Camaradas, el pueblo da su sangre, en Gerona el pueblo ha ganado! ¡A exterminar las cuevas de la oposición!»

Cosme Vila, en mangas de camisa, con su cinturón ancho y sus alpargatas, se puso en marcha en dirección opuesta a la de los militares. Su decisión estaba tomada. Era preciso arrasar las iglesias de la ciudad. ¡No más farsa ni espera!

La dirección que tomaba era la de la iglesia del Sagrado Corazón, la de los jesuitas. Era la más cercana. La multitud comprendió en seguida y se olvidó del comandante Martínez de Soria con sorprendente facilidad. También comprendió Julio y, disimulando, se retiró, tomando el camino de Comisaría. Cosme Vila arrastró tras sí el millar de fanáticos entre gritos, vivas y mueras. La iglesia apareció a la vista de todos. El espectáculo de sus torres grises, serenas, y, sobre todo, el de su enorme puerta cerrada, acabó de enardecerlos. «¡Han cerrado, sabían lo que les esperaba!» Junto a la iglesia estaba la residencia de los jesuitas, abandonada. Alguien sabía que a través de ella se comunicaba con el templo. ¡Adelante!

Los conductores de la turba irrumpieron en la residencia. Nadie, todo desierto. En la sala de espera, una mesa y un enorme álbum cronológico de los Papas. Santi se había colado entre los primeros y tocaba todos los timbres que hallaba a su paso. A través de un corredor austero dieron con la puerta de comunicación. Entraron en la iglesia. Los que habían quedado fuera esperaban que de un momento a otro la inmensa puerta del templo se abriera de par en par.

Cuando oyeron los primeros golpes no pudieron contenerse y todos a una subieron los peldaños y, embistiendo con los hombros, ayudaban a los que forcejeaban desde dentro. «¡A… hoop! ¡A… hoop!» A la sexta tentativa la puerta cedió. Y al instante se encendieron todas las luces del templo. Santi había dado con el tablero de interruptores en la sacristía y había iluminado la fiesta. El templo se manifestó impotente para contener a todos. Se oyeron disparos. El Responsable, con su arma, disparaba contra el Sagrado Corazón del altar mayor. No fallaba un tiro, pero la imagen no se caía. Casi siempre le daba en la boca, de modo que la imagen, a cada tiro, cambiaba de expresión, lo cual enardecía más y más a todos. Otros asaltantes destrozaban los altares laterales, los bancos. La valenciana se había mojado la cara en agua bendita. Gorki se había subido a uno de los púlpitos y con un bastón larguísimo que alguien le dio intentaba alcanzar la enorme lámpara central, cuyos cristales tintineaban.

Lo que más obsesionaba a la mayoría eran los confesonarios. En cada uno había una tarjeta con el nombre del confesor. «¡Lástima que ninguno de ellos esté ahí dentro!» La madera era dura, resistente. Los culatazos apenas hacían mella en los ángulos. Unos se sentaban en el interior, otros se arrodillaban. «¡Las cosas que habrán pasado ahí!»

Porvenir era el atleta. Fue el primero en acercarse al inmenso crucifijo de la entrada. Agarrándolo por los pies pidió ayuda. «¡Al río, al río!», gritó. Pronto docenas de manos se ofrecieron. «¡Paso, paso!» La caravana salió. Cristo había quedado tendido, inclinado hacia abajo, pues los que sostenían la imagen por detrás eran más altos que Porvenir. Al alcanzar la barandilla del río se ofreció el Oñar, fangoso, a su vista. Para tirar la Cruz abajo tuvieron que apoyarla en la barandilla y levantarla con esfuerzo sobrehumano. «¡Va…!» Cristo cayó, dando media vuelta completa. Se cayó y quedó clavado en el barro como una flecha. Los brazos de madera de la cruz eran patéticos, señalaban en todas direcciones. La imagen, cabeza abajo, como San Pedro.

En el interior de la iglesia la lucha de los hombres contra la materia estaba en su apogeo. No habría otro remedio que emplear el fuego. Todo era de primera calidad. «¡Lo que tendrán ahí esos tíos!» Cosme Vila fue el primero en incendiar el altar mayor. Se decidió a ello porque calculó que, dado el espesor de la piedra, el edificio no ardería, de modo que no habría peligro para la vecindad. Sólo arderían los altares. Las llamas prendieron en las telas. Ardió un confesionario, luego unos bancos. El Responsable disparaba ahora contra la lámpara y muchos le imitaron. Cosme Vila, al ver a Gorki en el púlpito, de repente pensó: «En realidad, el alcalde tiene que ser él».

El catedrático Morales no comprendía que fuera tan fácil destruir cosas que tenían siglos. Y lo que le llamaba la atención era que todo ocurría sin apenas intervención de la voz humana. Cada ser empleaba las manos, los pies; derribaba obstáculos empujándolos con el vientre, disparaba; unos se reían, otros pensaban en que se habían casado allí; sonaba una bandeja como si fuera un gong, temores supersticiosos de que se cayera algo y los aplastara; Ave María Grafía Plena Dominus Tecum siguiendo la concavidad de la cripta; colores; sorpresas al tacto, pero apenas intervención de la voz humana. El catedrático Morales se reía viendo actuar a Raimundo el barbero. ¿Por qué se mezclaban hipócritas en aquella labor?

De pronto las llamas crecieron de tamaño. El humo se iba haciendo espeso. Todos, el propio Cosme Vila, comprendieron que había sido un error provocar el incendio tan de prisa. Aquello los obligaría a salir. ¡Con la cantidad de juegos que podían inventar allá dentro! Ninguno estaba satisfecho de lo que había conseguido. Sólo Porvenir… Porvenir destrozaba los tubos del órgano.

– ¡Fuera, fuera…!

Todos obedecieron. Era una pena. El incendio era oloroso. Todo el templo despedía olores excitantes: la madera, el incienso. Olor a cosa buena. La lámpara central acababa de desplomarse y el chico de uno de los murcianos se había salvado de milagro.

Al aparecer en la puerta, Cosme Vila se llevó la gran sorpresa. Imaginaba que la muchedumbre que no había cabido en el templo se habría estacionado fuera, y no era así. «¿Dónde están?», preguntó. Vio que en realidad, excepto los de dentro, no había quedado casi nadie.

– Se han ido -informó alguien-. A otras iglesias.

Era cierto. No habían podido soportar el suplicio de la inactividad y pronto se había formado otra columna, capitaneada por Blasco, que se dirigió a la iglesia del Carmen.

Cosme Vila se enfureció. Hubiera querido organizar todo aquello metódicamente. Pero no era posible. Entonces el Responsable se dio cuenta, por su parte, de que en realidad Cosme Vila dirigía la orquesta. ¡Con el trabajo que había en la ciudad! Llamó a los suyos y sin decir una palabra echó a andar hacia otro lado, como tocado por una idea repentina. Antes de abandonar la calle, volvió la cabeza. Y vio que la primera llama gigantesca salía por la puerta principal. Era extraño que uno no quisiera tan sólo ver el remate de la obra empezada, que se cansara uno tan pronto de operar en el mismo lugar. Era la riqueza. La cantidad de guaridas de la oposición que se ofrecían a su labor purificadora.

Mientras la iglesia de los jesuitas ardía por dentro, en la del Carmen, ocupada por Blasco y su grupo, se repetía la escena anterior, pero con mayor experiencia. El Cojo, que odiaba copiar -y, sobre todo, copiar a Cosme Vila o a Gorki-, en vez de subirse al púlpito y otras zarandajas, se había dirigido directamente al Sagrario, destrozándolo de un culatazo. Su idea era sacar el copón y así lo hizo. Lo tomó en sus manos y de pronto se volvió. «¡Fratres, fratres!», gritó. Lo levantó cuanto pudo. Los llamaba a todos, invitándolos a que se acercaran. Los milicianos acudieron, aunque de momento no comprendían las intenciones del Cojo. Sin embargo, de súbito sus cerebros se iluminaron. ¡La comunión! El Cojo los invitaba a eso. Algunos se arrodillaron, otros permanecieron de pie. El Cojo afectaba aire serio y con su pata coja se acercó al comulgatorio. Entonces empezó a distribuirles una pequeña Forma a cada uno, murmurando cada vez: «Miserere nobis». Al llegar a la docena no pudo contener la risa. Soltó una carcajada y entonces abriendo la pechera de Blasco, que hacía de monaguillo, le vertió el resto de las Sagradas Formas entre la camisa y la piel. Blasco se movió como una bailarina. El limpiabotas cogió una Forma e intentó pegársela a la frente. Le pareció que el momento más divertido sería cuando, echando a correr, los discos blancos fueran saliéndole por debajo, por los pantalones.

El Cojo trepó entonces por los peldaños del altar mayor. Se situó tras la imagen de la Virgen del Carmen y de un empujón la tiró abajo. Entonces él ocupó su lugar, la hornacina, y extendió los brazos como un predicador. Alguien había encendido las luces, por lo que las costras de los labios del Cojo eran visibles, en tono amoratado. Se oyeron disparos, auténticas ráfagas con destino a las imágenes. El Cojo temió que le confundieran con un santo. «¡Cuidado!» Y pegó un salto. La madera del altar cedió bajo sus pies y se encontró hundido hasta medio cuerpo, causándose rasguños de los que brotó sangre. Aquello desató su ira. Pudo liberarse con la ayuda de varios camaradas. Al pisar terreno firme vio un marco y un cristal que relucían en el suelo. Los destrozó de un taconazo. Era el Evangelio de San Juan.

Este grupo de asaltantes parecía tener más imaginación. A los de Cosme Vila, en realidad, había terminado por deslumbrarles el oro. El oro de los candelabros, de las coronas, de la custodia. Moverse entre objetos de oro pudiendo destrozarlos; el Cojo y sus huestes se inclinaron más bien por la parodia. Atacaron al hombre posible mejor que a los objetos. Así que, en vez de sacar a la calle el mayor Crucifijo, sacaron dos confesonarios. Y un comunista salió del interior de uno de ellos mostrando a los transeúntes una colección de postales pornográficas y diciendo que las había encontrado allí. Del otro confesionario otro individuo sacó un porrón. «¡Eh, eh, para rociar los pecados!» Se puso a beber. Todos querían participar de la ronda. Algunos transeúntes se reían. La mujer de Casal -su piso estaba allí mismo- había salido a la ventana y preguntaba: «¿Sabéis dónde está Casal, sabéis dónde está Casal?»

Nadie la oía. Del interior del templo surgían también llamas. Unas llamas inmensas, lenguas de monstruo, de tonos diversos. El material parecía más combustible que el del Sagrado Corazón; los olores menos penetrantes.

En toda la ciudad se estableció una suerte de competencia. Lo que empezó siendo una multitud, eran ahora grupos dispersos de cincuenta a cien individuos. La sensación de que eran libres había despertado en muchos de ellos la idea de constituirse en jefes. No se resignaron a ayudar a Porvenir a tirar a Cristo al río. Quisieron obrar por su cuenta.

Ello originó que en dos horas escasas fueran ocho las iglesias que se incendiaran en la ciudad. Y tres conventos de monjas -el de Pilar, las Dominicas y las Escolapias- habían quedado destrozados. ¡El pupitre en el que Pilar había estudiado, hecho astillas! Y las camas virginales de las monjas, orinadas. Y los pianos. Los pianos de aquellos conventos cuya Madre Superiora no quiso seguir el consejo de mosén Alberto. ¿Y dónde se habían metido las monjas? Los milicianos no encontraban una sola, pero, en cambio, descubrían sus secretos… En las Escolapias, víveres para cinco años; en el convento del Corazón de María… un pasadizo subterráneo.

«¡Las catacumbas, las catacumbas de que hablaban!» «Sí, sí, catacumbas, esto debe de comunicar con la sacristía de San Félix, con los curas. ¿O creéis que dormían solas?» El capitán de aquel grupo era Ideal. El chico, con una lámpara eléctrica, se internó por el oscuro pasillo. Adelante, adelante. Los demás le seguían con la seguridad de dar, ¡por fin!, con el centro vivo y oculto donde radicaban las orgías eclesiásticas y las torturas. De pronto notaron humedad. Agua, mucha agua. «¿Cómo puede ser si el nivel de esto es mucho más elevado que el río?» «¡Lo habrán inundado, lo habrán inundado para que no veamos nada!» Desesperados, tuvieron que regresar. Pero pronto descubrieron una bifurcación. Y entonces, a pocos pasos, hallaron una especie de patio rectangular en el que se veían losas adosadas a la pared y montones de tierra removida. Ideal se detuvo. Le acompañaba el brigada Molina, de la Milicia Popular. «¿Qué hay aquí?» Alguien trajo un pico y un martillo. Con el pico despegaron una de las losas, que cedió con facilidad y la atrajeron hacia sí. «¡Esqueletos!» ¡Allí estaban! «¡Miserables!» «¡Allí escondían los cadáveres!» Alguien dijo: «Los cadáveres de los críos que tenían de extranjis». Bien claro se veía. Eran esqueletos raquíticos, como encogidos. Una a una fueron despegando las losas. Ideal hundió sus manos entre los huesos de un esqueleto y el armazón se desmoronó. En cambio, otros se conservaban enteros dentro de ataúdes de madera. «¡Afuera con eso, afuera con eso!» Sacaron los ataúdes. Subieron con ellos al convento. Salieron. «¿Dónde los dejamos?» «¡Ahí en la acera, para que todo el mundo los vea!». «¡Puercas, cochinas!». «¡Traed aquel del crío, el pequeño!»

La exposición de los esqueletos en la acera desató la imaginación de todos. Murillo, que capitaneando su célula trotkista era quien trabajaba en el convento de enfrente, en el rico convento de las Escolapias, fue informado del hallazgo en el convento del Corazón de María. Le pareció que limitándose a no dejar títere con cabeza y a comerse los víveres de cinco años, hacía el ridículo. ¡Un disidente tenía que superar a los adversarios en todo! Su lugarteniente era Salvio, el novio de la criada de Mateo. Murillo había visto demasiado yeso roto en sus tiempos de decorador para que derribar imágenes o fusilarlas le impresionara. Por lo demás, desde aquella parte de la ciudad se veían cuatro incendios. El más cercano, el de San Félix. De modo que quiso superarse. La plaza del convento era la de las escalinatas de la Catedral. El decorado era, pues, grandioso. Entró en la sacristía con un grupo y todos se pusieron las vestiduras sagradas. Murillo un alba que le llegaba a media pierna y luego la casulla más dorada que encontró y un bonete viejo que colgaba en el perchero. Salvio se puso una sobrepelliz y se enroscó una faja roja en la cintura. Y otra casulla. Ni uno solo dejó de ponerse casulla. Tomaron el hisopo, dos incensarios y misales. Y luego el palio. Alguien descubrió un pequeño palio que las monjas utilizaban cuando el obispo visitaba su capilla. Y luego la custodia, que Murillo tomó en sus manos. Y de este modo salieron afuera.

Al otro lado, en la acera, los esqueletos. A este lado la procesión improvisada, cantando Miserere nobis. Todos cantaban Miserere nobis. En el centro, la inmensa escalinata de la Catedral y luego la fachada, altísima, majestuosa, y luego el campanario, que continuaba dando las horas como siempre, como cuando las oía Matías Alvear, de noche, desde la cama.

Ideal fue informado a su vez. Salió con los demás a contemplar la farsa. Murillo, bajo palio, subía ya los peldaños de la escalinata. Los incensarios bamboleaban en el aire. Sus poseedores eran inhábiles en el manejo y se golpeaban las rodillas, lo cual provocaba hilaridad. De pronto, Murillo se volvió con la custodia. Sus grandes bigotes le daban aspecto feroz. Y en aquel momento se cansó de todo aquello. Le pareció que, en realidad, aquello no era nada al lado de los esqueletos que había encontrado Ideal. Lanzó la custodia al aire y quiso bajar de prisa como poseído repentinamente de una idea. Pero la casulla le estorbaba. Todo el mundo se rió. Los del palio se sintieron desamparados. Por suerte, alguien con un cáliz iba repartiendo vino. Aquello alegró a todos, aunque pronto unos y otros volvieron a mirar a uno y otro lado, como queriendo contemplar de nuevo lo hecho, e imaginar nuevas cosas que hacer.

En realidad, era increíble lo poco que daba de sí una custodia. Ideal hubiera creído que uno podía mofarse de ella durante toda una vida; una vez rota no era nada, no se diferenciaba de cualquier trasto de los que Blasco tenía en su habitación.

Sin embargo, los cuatro incendios crecían en tamaño y mantenían aquel estado de ánimo. «¡A ver lo que ha pasado en San Félix!» Todos juntos, Murillo y los suyos, anarquistas y el resto se lanzaron pendiente abajo. Sólo dos o tres mujeres permanecieron ante los esqueletos, montando guardia a los huesos y repitiendo: «Hay que ver, esas cochinas».

La iglesia de San Félix olía a sangre. Las llamas brotaban de aberturas inverosímiles y mucha gente se había congregado en la plaza contemplándolo. El campanario era hermoso como cuando, en otros tiempos, en la noche de San Juan, lo iluminaban con focos desde abajo.

En el centro de la muchedumbre congregada destacaba por encima de toda ella un hombre, un gigante: Teo. A las nueve de la mañana había salido liberado junto con el gitano y el mozo que persiguió a un hermano suyo con una hoz. Teo sabía que Cosme Vila había dado la orden de liberación; pero no se lo agradeció. ¡Días y días olvidado! No quiso presentarse a Cosme Vila. Contempló el paso de los oficiales desde el balcón de un amigo. Y luego vio que la multitud se dirigía al templo del Sagrado Corazón… sin contar con él. Ni una vez se habla vuelto Cosme Vila para preguntar: «¿Dónde está Teo?»

Entonces Teo obró por cuenta propia. Bajó a la calle en el momento en que el Responsable había formado su columna dirigiéndose hacia el convento de las Dominicas. La imponente humanidad de Teo consiguió arrastrar consigo unos cincuenta de estos hombres y dirigirse a San Félix. «¡Después de la Catedral es lo más importante!» Antes hubiera querido ir al piso de «La Voz de Alerta» y al de don Jorge, pero comprendió que la gente exigía trabajos de importancia.

Por ello San Félix olía ahora a sangre. Porque los que siguieron a Teo, casi en bloque, fueron los murcianos. Cosme Vila los intimidaba, pero no Teo. De modo que al penetrar en el templo y descubrir que, contrariamente a lo ocurrido en el Sagrado Corazón, los bancos no estaban desiertos, todo el sol que había caído sobre sus cabezas en la plaza de S'Agaró, todas sus súplicas al arquitecto para obtener agua potable, todas las escenas de su infancia en su tierra pusieron una venda ante sus ojos, los cegaron y apenas se dieron cuenta de lo que hacían.

Se acercaron a los bancos, antes de incendiar nada. Cada uno llevaba un fusil ametrallador: en el cuartel habían sido «de los sagaces». Y en los bancos hicieron otro descubrimiento: las personas que había allí arrodilladas no eran personas como ellos las entendían, no eran como sus hermanas o sus mujeres: eran monjas. Y los murcianos, contrariamente a Ideal, que acusaba a éstas de tener bebés en los pasadizos subterráneos, las acusaban de no querer tenerlos, de no querer ser madres, de traicionar a la humanidad. Por ello, y por sus moños ridículos, y por sus vestidos largos, y por sus aires de moscas muertas, y por el pánico de sus ojos al volverse y ver aquellos hombres con pañuelos rojos en la cabeza, y por los diminutos puntos luminosos de los rosarios que tenían en las manos, las acribillaron a balazos. No sabían cuántas eran; cinco o seis. Unas se doblaron hacia delante, apoyadas en el banco de enfrente como si continuaran rezando. Otras se cayeron de lado, sobre las piernas de las primeras. Una, la más joven, se echó para atrás y su cara, chata, desorbitada, se quedó contemplando la bóveda del templo, extendidos los brazos.

Teo no supo si aquello era bueno o malo. En todo caso, algo, era un acierto: se había hecho sin tener orden de Cosme Vila. Por lo demás, ¿qué más daba? ¿No creían en el cielo? Allá se encontrarían con el hermano Alfredo. Por más que, según decían, a éste no le gustaban las mujeres…

De todos modos, a Teo el espectáculo le desagradó. Llevaba días sin ver la plataforma gigantesca de su carro y no creía ya en una disciplina que aconsejaba a un jefe abandonar en la cárcel a un militante como él. Su alma individual se había reencontrado a sí misma. De modo que no pudo resistir la visión de los murcianos introduciendo las manos entre los vestidos de las monjas para ver qué había dentro, si joyas o carne que no era de mujer. Y decidió quemar la iglesia. Lo decidió sin que ello hubiera sido su intención al ponerse en cabeza de la columna. Su intención había sido simplemente comprobar una cosa que le torturaba desde su infancia: la historia de la incorruptibilidad del cuerpo de San Narciso, que era el patrón de la ciudad y que guardaban en una urna de cristal en aquella iglesia, tras el altar que llevaba el nombre del Santo. Teo recordaba que su madre, cuando las Ferias, los había llevado allí a él y a su hermano y les hacía besar el relicario. ¡Quería conocer la verdad! Porque estaba seguro de que todo el cuerpo era de madera. No le quedaba más remedio que quemar la iglesia, para que el espectáculo de las monjas muertas no le persiguiera y para no ver a los murcianos haciendo tonterías. Ahora bien… ¿por qué no sacar antes, afuera, la urna con el cuerpo del Santo e incendiar la iglesia luego? «¡Eh, eh…!» Llamó a los más forzudos. Todos querían ayudarle. Les costó horrores, la urna estaba empotrada. Pero lo consiguieron. Teo era un gigante. «¡A mi casa, a mi casa!» leo vivía allí mismo, al comenzar la calle de la Barca. Subieron a su casa y abandonaron la reliquia. Y cuando regresaron al templo, ya éste ardía por dentro, ya las llamas brotaban de inverosímiles aberturas.

Aquello olía a sangre… y no a madera ni a incienso. Olía a sangre para los murcianos y para Teo, los únicos que conocían la verdad, Murillo, al ver al gigante, retrocedió. Recordó que cuando su expulsión en la Asamblea, al escapar del escenario, Teo había intentado hacerle la zancadilla. Y, sin embargo, ahora todo ocurría de otro modo. Teo también le había visto, y al descubrir la casulla, el alba hasta media pierna y el bonete en la cabeza, todos sus resquemores desaparecieron y hasta el desagrado por los cinco -o seis- asesinatos. Teo lanzó una carcajada. «¡El obispo, el obispo!» Se acercó a Murillo, Todo el mundo le siguió. Teo recordó que Murillo odiaba a Cosme Vila. Le abrazó. Murillo no comprendía. Detrás de él, Ideal, con su hisopo, bendecía la escena.

La ciudad entera parecía un campo volcánico del que de pronto pudiera surgir la última llama, la grandiosa y definitiva. Docenas de corazones sentían en su centro, en ese diminuto y exacto centro sólo perceptible en las grandes ocasiones, que la humanidad del hombre había muerto, que en su lugar se había introducido entre los huesos algo inferior, ajeno a él, participante a la vez del estado primitivo y del que tal vez dominara en los últimos instantes del universo, que le convertía en un ente desenfrenado, que buscaba saciar su sed precipitando al abismo el agua de todas las fuentes.

Mosén Francisco, desde una ventana de cocina parecida a la que se asomó tantas veces Mateo en casa de Pedro, había visto a Teo sacando en hombros la urna del cuerpo de San Narciso, y luego vio las llamas brotar del templo. Se arrodilló en el suelo de la cocina, con las manos en el rostro, y sus sollozos inundaron la casa y un gato que había allí, sobre los fogones, le miró como electrizado y se le acercó, restregando su pelo suave en su sotana. De pronto mosén Francisco se levantó y quiso lanzarse escaleras abajo, como si recordara la frase del Caíd que César le había aplicado desde el fondo de su memoria; pero los dueños de la casa le detuvieron. Le dijeron que era demasiado joven para morir. Mosén Francisco quería salvar la Custodia, el cáliz, el cuerpo de San Narciso, a Teo y al mundo; el dueño de la casa pidió una cuerda a su esposa y ató el vicario a una silla. Le ató las manos y los pies y le puso en un rincón. Mosén Francisco entendió que la voluntad de Dios era que continuara vivo y entonces dejó de presionar con sus brazos para romper las cuerdas. Sonrió. Dijo: «Hágase tu voluntad». Y rogó al dueño que le liberara una mano, una mano tan sólo para acariciar al gato.

Docenas de personas seguían con angustia la división de las columnas por la ciudad, y sabían que el Responsable, en las Dominicas, incendiaba no sólo la capilla, sino el edificio entero, e Ignacio había visto al huir del Banco -¡el Banco trabajaba, a pesar de todo!- que Cosme Vila subía en persona, escoltado por seis milicianos, al domicilio de don Jorge, y otros al de «La Voz de Alerta» y otros al de don Santiago Estrada, y cómo inesperadamente, de una tienda de música brotaban guitarras, violines -¡y pianos!- e iban a parar al río, donde unos se hundían en el barro hasta quedar ocultos y otros se clavaban en él como el Cristo del Sagrado Corazón.

Todo el mundo sabía que el general y los veinte oficiales habían llegado ya al cuartel de Infantería y que los veinte detenidos habían quedado encerrados en el calabozo, sin estrellas, sin guantes blancos. Todo el mundo sabía que Julio había salido alocado, echándose el sombrero a uno y otro lado, en busca de Cosme Vila, para que pusiera coto a su obra demoledora. Todo el mundo sabía que en muchas ciudades de España los combates continuaban, que en Barcelona los anarquistas habían llevado el peso de la batalla, que otros como Cosme Vila y el Responsable alcanzaban su plenitud revolucionaria, que misteriosas radios anunciaban que en el puerto de Cartagena los marineros se habían sublevado contra los oficiales y los habían tirado uno a uno con piedras y bolas de hierro atadas al cuello y en los pies, al mar, al Mediterráneo que tanto amaba el profesor Civil, y aquella noticia había paralizado el corazón de don Emilio Santos, pensando que su hijo mayor estaba allí, y, en cambio, había llenado de gozo a su criada, la cual por primera vez desde que estaba a su servicio le dijo a don Emilio que le odiaba, «por fascista».

Cosme Vila y el Responsable sabían todo eso y más. Ahora sabían que por el lado de la Catedral se habían hecho sensacionales descubrimientos: víveres para cinco años… y esqueletos. Esqueletos de bebés en las monjas. Se decía que estaban expuestos a los pies de las escalinatas de la Catedral. ¡Era preciso ir a verlos! Era preciso comprobar aquello, hacer fotografías, informar a Vasiliev, a los anarquistas de Barcelona, a Rusia, al mundo entero. «¡Víctor, trae tu máquina fotográfica!» El Responsable prepararía su andar incontenible. «Reunidos todos los hombres y en marcha hacia los esqueletos, a los pies de las escalinatas de la Catedral.»

Así se hizo. Y aquella consigna que recorrió las calles volvió a reunir a todo el mundo. De un golpe, sin saber cómo, los mil hombres y mujeres -los dos mil quizá- que cuando la rendición de los oficiales se habían congregado ante el cuartel, se encontraron de nuevo todos sin que faltara uno solo, en la plaza de la Catedral, dispuestos a contemplar los esqueletos.

Pero todos tuvieron una decepción. Eran huesos, pobres huesos nada más. Todos se dieron cuenta de que un esqueleto, fuera de monja o de hijo clandestino, no era más que un montón de huesos como el que cada uno llevaba consigo, que con sólo tocarlo se desmoronaba. Además… ¿quién decía que eran de bebé? El tamaño no correspondía; a menos que las monjas, por gracia especial, dieran a luz cuerpos ya crecidos.

La decepción ante el espectáculo de lo muerto dirigió la mirada y el pensamiento de todos hacia lo vivo. Se interrogaban unos a otros. ¿Qué había, próximo a ellos, que estuviera vivo? ¿Lo más vivo posible, el mismísimo símbolo de la vida, de la fuerza, de lo que perdura por encima de los años? ¡La Catedral! Fue un grito que salió del fondo de alguna garganta reseca, que no había participado ni de la ronda de porrón en la iglesia del Carmen ni de la de cáliz que organizó Murillo. ¡La Catedral! Todos miraron las inmensas escalinatas, en uno de cuyos peldaños brillaba abandonada una casulla. Y vieron la fachada y luego el campanario. La cima de éste era la cima de la ciudad. Era lo más alto, lo que presidía, era el principio de vida. A su altura ningún hombre, ni siquiera Teo. Sólo las montañas del Pirineo, visibles al fondo de los meandros del Ter.

Cosme Vila y el Responsable se miraron. ¡A la Catedral! Santi llevaba una bandera roja. Se hubiera dicho que las fabricaba con su propia carne, o con la sangre que había brotado del Cojo al saltar éste desde la hornacina de la Virgen del Carmen. Todos juntos empezaron a subir, en filas compactas, las escalinatas. Cosme Vila tenía un presentimiento: no llegarían arriba sin que ocurriera algo. ¿Cuántos peldaños había? Los chicos del Instituto aseguraban que noventa, otros decían que ciento. En todo caso eran muchos y el sol caía sobre ellos y la calva de Cosme Vila.

Cosme Vila tenía el presentimiento de que ese algo que ocurriría sería la aparición del señor obispo. El señor obispo habría sido informado del incendio de esto y lo otro, de los jesuitas, de las Dominicas. El señor obispo era de prever que lo permitiría todo excepto eso: que le incendiaran la Catedral. Para él la Catedral debía de ser lo que para Cosme Vila sería el Kremlin, llegado el caso. ¿Qué no haría Cosme Vila por salvar el Kremlin?

Los mil hombres y mujeres -dos mil quizá- subían lentamente los peldaños ajenos a los pensamientos de Cosme Vila. Y, no obstante, y como siempre, fue éste quien tuvo razón. Antes de llegar arriba apareció alguien. No era el obispo: eran los arquitectos Massana y Ribas, delegados de Cultura de la Generalidad. Y a su lado otro hombre con un libro en la mano: el catedrático Morales.

¿Qué ocurría? Los tres hombres extendieron sus brazos en lo alto de la escalinata indicando con ello que querían hablar a la multitud. Todo el mundo se detuvo y ellos hablaron. Comprendían los sentimientos que inspiraban al pueblo, su propósito de tomar venganza, pero… aquello sería un error fatal y la revolución tenía que ser constructiva y no destructora. ¿Qué sacarían con incendiar la Catedral? El mundo entero hablaría de ello. Si como iglesia merecía ser incendiada, como obra arquitectónica, especialmente por la amplitud de su nave, era única en la tierra y por eso tenía que ser guardada y convertida en Museo del Pueblo. Se incendiaría todo lo que hubiera en ella de religioso: altares, imágenes, misales; se fundirían incluso las campanas para fabricar armas con su bronce, armas con que sostener al pueblo donde le hiciera falta, en Zaragoza, Castilla o en Madrid, en el cuartel de la Montaña. Pero el edificio tenía que ser respetado y convertido en Museo del Pueblo, instalando allí todos los trofeos y la historia viva de las conquistas de la revolución. Cataluña entera se lo agradecería. Sería una honra para Cataluña. «¡Viva la Revolución, viva Cataluña, viva el Museo del Pueblo!»

La voz del arquitecto Ribas obró el milagro. Enardeció al propio Cosme Vila. Éste comprendió que el arquitecto tenía razón y el asentimiento del catedrático Morales a sus palabras le confirmaron en ello. ¡Museo del Pueblo…! Idea excelente. Llevarían allí el árbol genealógico de don Jorge, el sillón de dentista de «La Voz de Alerta», que parecía un sillón de tortura, el cuerpo «incorrupto» de San Narciso.

Cosme Vila se volvió de cara a la multitud.

– ¡Camaradas! ¡El camarada Ribas tiene razón! ¡Dispersarse! ¡Basta por hoy! ¡Él, el arquitecto Massana y representantes del pueblo se encargarán de este Museo! ¡Por ello el arquitecto Massana acepta presentar su dimisión de alcalde, porque tendrá que encargarse de este Museo! ¡Por ello propone como sustituto el camarada Gorki, y éste también acepta! ¡Camaradas, a las seis todos en la Plaza Municipal! -Cosme Vila sentía que debía decir algo para contentar al Responsable y a los anarquistas-. ¡Nos hemos unido todos para hacer frente al enemigo común! ¡La Cooperativa continuará funcionando para todos! ¡Que las mujeres vayan a buscar lo que les haga falta! Ahora mismo, los encargados de ella se dirigen a abrir las puertas. ¡Salud! ¡Viva la Revolución!

CAPÍTULO LXXXVIII

No hubo descanso para la ciudad, para los doscientos treinta y cinco hombres sublevados y sus familias, para los sacerdotes, monjas y militares, para todo aquel que tuviera manos finas, llevara pulsera de oro o sombrero.

La transformación había sido tal en pocas horas, que todo el mundo se sentía flotar en el aire, lo mismo los que atacaban que los que se defendían; todo el mundo excepto Cosme Vila, el Responsable, Casal, y David y Olga y los hombres que, de pronto, en las barricadas de Gerona y en los pueblos limítrofes, se constituyeron en jefes, se sentaron en la alcaldía y nombraron un Comité Revolucionario.

Acaso fuera esto último lo que dio a Cosme Vila más clara sensación de que el momento había llegado: la simultaneidad con que en el cinturón de la ciudad brotaron pequeños Comités, los Comités revolucionarios, comités que a medida que se abría el campo erigían en sus locales símbolos agrícolas, que ganaban la provincia, los mansos, la tierra y los postes telegráficos. En un santiamén cada célula comunista de campesinos quedó convertida en Comité, en unión de los anarquistas. Del cobertizo o la era pasaron a instalarse en un lugar céntrico, de la azada pasaron al fusil ametrallador, del carro al coche requisado, de lo anónimo a la dirección visible del pueblo.

Por otra parte, las radios eran implacables. El director de la Emisora gerundense se había presentado a Cosme Vila, al descender éste de la Catedral: «Camaradas, leeremos los textos que tú nos des. El catedrático Morales podría formar parte de la emisora». El catedrático Morales, mucho antes de que la multitud, a las seis en punto de la tarde, proclamara alcalde a Gorki, informó a los gerundenses de que Barcelona estaba completamente dominada, que en Madrid los militares se habían rendido en el Cuartel de la Montaña, que el Gobierno contaba con el oro, la fuerza, la moral, las simpatías de Rusia, Francia, Inglaterra y todas las grandes democracias del mundo; que aquello, en fin, había constituido un fracaso sin precedentes en la historia de los levantamientos militares. El catedrático Morales había dicho: «Antes de ocho días no quedará un solo foco faccioso en todo el territorio».

Por ello los ocho incendios de la ciudad y la noticia de que Cosme Vila, el Responsable y Casal constituirían aquella noche un Comité Revolucionario local, a imitación de los barrios y los pueblos, llevó al interior de las casas una cantidad de zozobra mayor que la que podían absorber sus habitantes. Por eso se veía a Laura corriendo desesperada en dirección a casa de sus hermanos; a las monjas del convento de clausura de San Daniel, buscando a tientas quién accedería a recogerlas; a Corbera, el de la fábrica de alpargatas, subiendo a Palacio con un mono azul para disfrazar al señor obispo y llevárselo a su casa en espera de un escondite mejor; a don Pedro Oriol negándose a salir del piso, a pesar de los ruegos de su esposa; a mosén Alberto y al matrimonio Noguer detenerse en taxi a veinte kilómetros de la frontera, y hablar con un hombre que les pedía dos mil pesetas a cada uno para conducirlos al otro lado de los Pirineos; a los dueños de la fábrica Soler haciendo planes para embarcarse en el puerto de Palamós; a Matías Alvear recibiendo en Telégrafos comunicaciones de este tono: «Felicitaciones triunfo proletariado, Vasiliev». «Llegaré mañana tarde incógnito, Vasiliev.»

Todo el mundo sintió que la eterna mesa con mantel amarillo y flores bordadas, alrededor de la cual, mejores o peores, amándose más o menos, se sentaban los seres queridos, se iba a convertir en una superficie plana con un plato vacío, o dos, y el comedor en una estancia con una o dos sillas que reclamarían inútilmente su complemento humano, aquel al que estaban habituadas.

En muchas familias las ausencias eran ya un hecho, como en casa del comandante Martínez de Soria, en casa de Mateo, en casa de don Jorge, del doctor Rosselló, de los albañiles y el electricista…

Estas familias, y muchas más, se hallaban en la situación de desear tener a los suyos a la vez próximos y lejanos. Lo más cerca posible de su corazón; lo más lejos posible de los fusiles ametralladores de los murcianos, del Comité Revolucionario que iban a constituir Cosme Vila, el Responsable, Casal.

La propia doña Amparo Campo tenía que lamentar en su piso una ausencia: la de Julio. Julio todavía no había regresado. Llevaba cuarenta y ocho horas fuera. La víspera de la sublevación se refugió en casa del doctor Rosselló. Al saber que los militares se habían rendido, se presentó en la Rambla junto con Cosme Vila y el Responsable; luego se fue a Jefatura y todavía no había regresado. Doña Amparo Campo le decía al coronel Muñoz: «Natural, quiere ver si consigue encauzar las cosas»; y el coronel Muñoz le contestaba: «La batalla ha sido demasiado dura en todas partes. Ha corrido demasiada sangre del pueblo».

El general lo veía todo fácil. «¡A la cárcel, a la cárcel!» Pero doña Amparo Campo tenía miedo y el propio Comisario se confesaba a sí mismo que disminuía de peso.

Julio era quien conservaba la serenidad, aun cuando en algunos instantes había estado a punto de perderla y en ninguno negó la gravedad de las circunstancias. Por de pronto, no creía ni en la cárcel ni en el procedimiento de perder peso para solucionar nada. ¿Por qué negarlo? Los hechos eran amargos, no tanto por sus efectos como por sus causas. Porque lo que en realidad inspiraba temor a Julio era la transmutación total, absoluta, de valores, de la escala jerárquica. En otras palabras, que Comisaría y Jefatura se hubieran convertido por arte de magia en despachos muertos. Que en otros lugares de la ciudad brotaran, independientes, como plantas salvajes, otros organismos que se arrogaran sus derechos, que ni siquiera les pedían autorización para ello, que ni siquiera les informaban de sus decisiones. Que el nudo de la autoridad estuviera enteramente en manos de los Partidos Políticos y Sindicatos.

Todo aquello era grave. Julio sabía que él era la única esperanza para las familias de mantel amarillo, con uno o dos platos vacíos. Los ocho incendios y demás… mal menor. Ahora bien ¿qué vendría luego? Su fichero de suicidas le había enseñado muchas cosas. Sabía que los suicidas, cuando estaban hartos de destruir sus objetos, su casa y sus ambiciones se destruían a sí mismos. Del mismo modo cuando los Comités Revolucionarios se fatigaran de derribar piedras, se dedicarían a derribar hombres. Ya ante sí tenía un papel anónimo que decía: «¡Por Dios, no sabemos el paradero de seis monjas del Corazón de María!»

Seis monjas. ¿Dónde podían haberse escondido? ¿Tras las losas que Ideal despegó en el pasillo subterráneo? Y el obispo, ¿dónde estaría? ¿Y «La Voz de Alerta»? ¿Y el notario Noguer? ¿Y mosén Alberto? Todos habían desaparecido. ¡Especialmente Mateo y los suyos! Ni un solo falangista parecía vivir en la ciudad. O los luceros de que hablaban los habían atraído como atrae al mar la luna, o se hallaban en el monte; tal vez se escondieran cerca, tapiando brechas con pedazos de camisa azul.

Julio había recibido una orden del coronel Muñoz: custodiar a la esposa y a la hija del comandante Martínez de Soria, garantizar sus vidas. Julio había cumplido respecto a la esposa, la cual se hallaba en el piso rodeada de guardias de Asalto; también había cumplido respecto a Marta, haciéndola acompañar por los guardias a donde ella indicó, al salir del Cuartel.

Julio decidió poner de su parte cuanto pudiera para contener la marcha de las fuerzas que se llamaban revolucionarias y que él llamaba ciegas. Era preciso hacer un llamamiento al buen sentido de Cataluña, hablar de la Generalidad y no de Rusia, de los Costa y no del Responsable. ¡Massana y Ribas habían salvado la Catedral! La ciudad y el arte les deberían su existencia. El ejemplo era consolador. Era verdaderamente una lástima que se nombrara alcalde a Gorki, aragonés, y que el coche de don Pedro Oriol lo condujera ahora un andaluz. ¿Por qué permitir eso? Era la ocasión, para Cataluña, de demostrar su personalidad… Tendría que hablar con Cosme Vila, con el Responsable; y, sobre todo, con Casal y con David y Olga.

Una cosa le preocupaba: el agente Antonio Sánchez había visto a Pilar cuando se llevaba los dedos a los labios y mandaba un beso al coche en que pasaba el comandante Martínez de Soria. El agente Sánchez sabía que la familia Alvear era sagrada para Julio, y a pesar de eso había comunicado el hecho a los demás guardias de Asalto; y la mayoría de guardias de Asalto, según el coronel Muñoz, de no ser por él y el general, al conducir a los oficiales, a gusto se hubieran hecho el tonto, permitiendo que los mil puños en alto que los seguían cayeran sobre ellos, precisamente en el momento de cruzar el río…

Julio, no sabía por qué, pensaba ahora de una manera especial en la familia Alvear. ¡Cuántas partidas de dominó con Matías! Cuántos cafés preparados por Carmen Elgazu, la cual decía: «En seguida se lo traigo; me gusta dejar que se serene…» ¿Quién los llevó a enamorarse de Mateo, de la hija del comandante? Todo aquello era ahora un lío, teniendo en cuenta la constitución del Comité Revolucionario. Y con César, a quien nadie impediría intentar poner a salvo… ¡quién sabe qué!, a lo mejor el mismísimo Museo Diocesano.

– ¡Sánchez, cierre la radio!

La voz del catedrático Morales hería los tímpanos de Julio.

CAPÍTULO LXXXIX

Los doscientos treinta y cinco hombres que habían salido a la calle con armas y que se habían retirado por orden del comandante Martínez de Soria, habían desaparecido de las calles. Fueron muy pocos los que se hicieron ilusiones; la mayor parte de ellos ya antes de que se produjera la detención de los oficiales y los incendios, comprendió, como «La Voz de Alerta», que no quedaba otro remedio que ocultarse o huir.

Huir fue la decisión que tomó Mateo. Antes de que apareciera la bandera blanca en el cuartel y en cuanto se hubo despedido de los camaradas, fue a su casa. Don Emilio Santos le abrió la puerta. Cerraron por dentro. Don Emilio Santos le abrazó.

– Padre, no puedo hacer nada por mis camaradas, tengo que huir.

Don Emilio Santos no podía con su alma.

– ¿Huir adonde, hijo mío? ¿Y cómo?

– Tengo que pasar la frontera. -¿A pie…?

– A pie, naturalmente… Las montañas se ven allá arriba.

Padre e hijo hubieran querido prolongar la escena, el abrazo, decirse muchas cosas. Pero se daban cuenta de que no había tiempo que perder. Miraban a través de la ventana. La ciudad estaba tranquila aún. Todavía la bandera blanca no había sido izada.

Don Emilio Santos le dijo, separándose por fin de Mateo:

– Deberías buscar un guía. Te daré dinero.

– Dame un poco de dinero, pero no tengo confianza en ningún guía.

Mateo expresó a su padre la seguridad que tenía en el triunfo final, en que volverían a verse. Le aconsejó que se escondiera a su vez. «Tienes que buscar un lugar seguro, salir de Gerona.» Luego añadió:

– Prométemelo.

Don Emilio Santos le contestó una y otra vez: «No te preocupes por mí».

Don Emilio Santos hablaba y no tenía conciencia clara de que se estaba despidiendo de su hijo. ¡Qué rápido iba todo aquello! Hasta que Mateo, de repente, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se echó de nuevo en los brazos de su padre. Éste le dijo: «Que Dios te bendiga». Y luego le abrazó fuerte, respirando también fuerte, como llevaba tiempo sin respirar. Sentía que su hijo entraba en una etapa más dura aún que las precedentes y quería darle ánimo, que no se perdiera por él. Imposible prolongar la escena. No había tiempo que perder. Mateo, súbitamente decidido, abrió de un empujón la puerta de su despacho sellado y lo contempló por última vez. Los libros estaban allí. Polvo, mucho polvo. Luego miró el comedor. Luego entró en su dormitorio. Luego, sin mirar a su padre, le estrechó la mano y salió, en dirección a la casa de los Alvear.

Subió la escalera de prisa y llamó. Tardaron en abrir. Una voz preguntó:

– ¿Quién es?

– Soy Mateo.

La puerta se abrió y Mateo se encontró cara a cara con Pilar. Pilar le abrazó a su vez: era la primera vez que le abrazaba. Con la mano le acarició los larguísimos cabellos de la nuca; sólo pudo balbucear: «Mateo, Mateo…»

El muchacho penetró en el piso, hacia el comedor. Ignacio estaba en el Banco, César en el Museo ayudando a mosén Alberto a hacer las maletas y a esconder en algún sitio la cama del Beato Padre Claret.

Carmen Elgazu le sirvió café. Matías Alvear le dijo que todo aquello había sido una imprudencia, que los militares debían haber esperado un mes más y asegurar el golpe de Barcelona y Madrid. Mateo le contestó: «Ya no hubiera dado tiempo».

Luego Mateo les expuso su proyecto.

– En cuanto icen la bandera, la turba invadirá la ciudad. Tengo que huir a Francia.

La noticia los dejo estupefactos. A Pilar le dio un miedo infinito que Mateo «echara a andar en dirección a las montañas…» Además, se daba cuenta de que aquello significaba la separación definitiva. Continuaba pensando en que debía irse a una gran ciudad. Tal vez Madrid…

– ¿Madrid? -Mateo suponía que en Madrid las represalias adquirirían caracteres dantescos.

Matías aprobó el proyecto de huida pero desaprobó el plan de salir a trompicones, sin conocer la provincia.

– Hay sesenta kilómetros lo menos. Te harás sospechoso. Y luego la montaña es traidora… -A su entender debía llevar un compañero. «¿No hay ninguno de tus falangistas que conozca los Pirineos?»

– ¡Jorge! -gritó-. Jorge ha ido de caza por allí.

Era cierto. Mateo enarcó las cejas. Podía ser una idea. Don Jorge tenía propiedades cerca de los Pirineos.

– Y me gustaría llevarme también a Rosselló.

La cuestión era dar con ellos.

– Jorge habrá ido a su casa. Su padre… ¡supongo!, le habrá perdonado. Rosselló no creo que haya querido ver a los suyos. Debe de estar en la fonda con Octavio.

Pilar retenía la mano de Mateo. Todos le miraban, a pesar de sentir que prolongar la escena era imprudente, que era preciso aprovechar aquel par de horas. Hasta que Matías Alvear ordenó a Pilar que saliera en busca de los dos falangistas.

Pilar obedeció y regresó con ellos -Jorge y Rosselló- y con el propio Octavio. Octavio también quería marcharse, aun cuando su novia le había asegurado que podían esconderse en lugar seguro.

Matías Alvear hizo un gesto dando a entender que los consideraba locos.

– ¡Estáis locos! ¿Dónde queréis ir cuatro hombres juntos? No llegaríais ni a diez kilómetros de aquí.

– Es verdad. Somos demasiados.

– Dividíos en dos grupos. Separados. De dos en dos.

Se convino así. Rosselló también conocía algo los caminos, o por lo menos, así lo dijo. Acompañaría a Octavio.

– ¿Y Roca, y los dos albañiles, y…?

Rosselló dijo: «Me parece que todos tienen la misma idea. ¡A ver si nos encontramos todos en Perpiñán!»

Pilar se desesperaba viendo que todo iba tan de prisa, y que la despedida había de efectuarse ante tanta gente. No podía manifestar lo que sentía. Volvió a abrazar a Mateo. Mateo le dio un beso en la frente. Uno y otro revivieron en un segundo los meses pasados juntos, la fidelidad que se habían jurado sus corazones.

– Volveré.

– ¡No, no, no volverás!

La respetuosa actitud de los demás violentaba la escena.

Por fin Mateo se separó de Pilar y acercándose a Carmen Elgazu le pidió que le diera un beso. Ella se lo dio y le colgó una medalla. Estaba emocionada. Mientras duró la discusión les había preparado una buena merienda a cada uno. Cuatro paquetes.

Matías les preguntó:

– ¿Hay alguno que no tenga dinero…?

Rosselló. Rosselló no tenía un céntimo.

– Espera un momento. -Matías entró en su cuarto y salió con cien pesetas-. No puedo darte más.

Rosselló se lo agradeció.

Salieron uno a uno, con intervalos de diez minutos. El primero que salió fue Jorge. Las parejas se formarían a la salida de la ciudad. Tomaron la dirección de la Dehesa, carretera adelante… Pilar murmuró desde el balcón: «Que Dios os bendiga…» Y luego fue a su cuarto y se desplomó sobre la cama.

En cuanto a Ignacio, no había podido despedirse de Mateo. Había salido para ir al Banco en el momento en que las tropas se retiraban y corría la voz de rendición. Al instante su preocupación había sido Marta, ¡de quien todavía no sabía nada!

En la puerta del Banco le dieron la noticia de que los anarquistas y comunistas se concentraban ante la bandera blanca en los cuarteles. Ignacio no entró siquiera. Se dirigió a casa de Marta. La madre de la chica le dijo: «Se ha ido con su padre a los cuarteles».

¡Válgame Dios! Ignacio sintió un pánico cerval, pero se dominó al instante, pues la madre de Marta le miraba con ojos de súplica.

– No se preocupe -dijo el muchacho-. Se la traeré, sea como sea. -Iba a salir cuando sonó el teléfono. El coronel Muñoz informaba a la esposa del comandante de que unos guardias de Asalto se dirigían a su piso para custodiarla. Le dio toda clase de seguridades…

Ignacio salió, bajando la escalera a saltos. Su primera intención fue ir a los cuarteles, pero pronto comprendió que si le veían sería peor. Entonces se dijo: «No hay otro remedio que hablar con David y Olga…»

Se dirigió a la UGT. ¡Cuánto tiempo llevaba sin subir aquellas escaleras! Preguntó por los maestros. Éstos salieron. Al verle no pudieron reprimir una expresión de gran sorpresa.

– ¿Tú por aquí?

En aquel momento Ignacio se dio cuenta de lo incongruente de la situación, de que había obrado sin pensar si todo aquello era lógico o no. ¡Qué mutaciones más extraordinarias! David y Olga, que no tenían nada que ver con el asunto, arrancados de sus planes revolucionarios para preocuparse de la hija del comandante Martínez de Soria. Ignacio no se arredró. Sintió que todavía creía en las cosas extraordinarias. Miró fijamente a los maestros. Y les explicó.

Los hombros de David y Olga se acercaron mutuamente, como siempre que los maestros oían algo insólito.

– ¿Te das cuenta de lo que nos pides?

– Sí.

Y sin embargo, a la maestra le bastó un segundo para dominar su sorpresa. Inmediatamente reaccionó. Pensó que tal vez la vida no fuera tan rígida como ellos a veces habían creído.

– De acuerdo. Que vaya a casa.

Ignacio dijo:

– Pero… es que está en los cuarteles.

¡En los cuarteles! Los maestros se miraron. No había tiempo que perder. Olga salió, seguida a corta distancia por Ignacio. Al llegar al Puente de Piedra vieron la multitud que se acercaba, conduciendo los oficiales hacia los calabozos del cuartel de Infantería.

Olga se dirigió a un oficial de Asalto. Éste le dijo: «La muchacha ha pedido que la acompañen al cuartel de la Guardia Civil. Allí estará».

Ignacio se reunió con Olga y propuso alquilar un coche e ir a buscarla en seguida. Así lo hicieron. Subieron a un taxi sin perder un segundo y se detuvieron en una esquina próxima al cuartel. En efecto, en él encontraron a Marta, sentada entre Padilla y Rodríguez.

Marta, al ver a Ignacio, se levantó, esperanzada. Pero en cuanto vio aparecer a Olga cambió inmediatamente de expresión. Iba a decir algo, pero Ignacio se le acercó y la asió de la muñeca con ademán conminatorio. Olga, sin inmutarse dijo: «Hay que disfrazarla». Padilla, que guardaba toda su compostura, pidió que esperaran un momento. Salió y volvió con unas trenzas que acababa de cortarle a su hija… Olga le puso las trenzas, atándolas con unas cintas… Luego, una falda de flores verdes… Y Olga se la llevó en el coche, hacia la escuela…

E Ignacio quedó solo, recorriendo la ciudad, en el momento en que comenzaban los incendios.

El rasgo de Olga y la sangre fría de Padilla superaron sus posibilidades de asombro. Fue testigo de cuanto ocurría. Vio la cruz en el río, vio formarse la columna del Responsable, las otras columnas, vio salir llamas de todas partes, vio los esqueletos a los pies de la Catedral. Su dolor fue total y comprendió que el tumor había reventado. Entonces sintió que le ganaba el sentido de responsabilidad. ¡Ya había puesto a salvo a Marta! Era preciso defender la familia… y a Mateo. Se dirigió a su casa. Mateo se encontraba ya con el paquete de la merienda y las alpargatas camino de los Pirineos. ¡Era preciso salvar a César! Fue al Museo. Mosén Alberto ya estaba fuera. Y se llevó a César a casa. ¡Era preciso salvar a la sirvienta! Volvió al Museo y la llevó, sin pedir permiso, a casa de Julio, diciendo a doña Amparo: «Supongo que no hay nada en contra…» ¡Era preciso salvar a don Emilio Santos! Fue al piso de la estación y se lo llevó consigo al piso de la Rambla.

Pensó en el subdirector, cuyo sillón había visto vacío al llegar a la puerta del Banco. Se dirigió a su casa. Llamó y una voz preguntó:

– ¿Quién es…?

– Soy Ignacio, del Banco.

Al cabo de treinta segundos la puerta se abrió. Ignacio vio al subdirector, con aire sorprendentemente digno. Éste le acompañó al comedor y le presentó al hermano Juan, de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, el cual se encontraba pegado a la radio.

El subdirector no le dejó hablar. Parecía no comprender que Ignacio había ido a advertirle que tenían que huir del piso, esconderse en algún sitio. El subdirector no pensaba sino en la radio, en las emisoras de onda corta. Le ordenó que se sentara y le obligó a escuchar un extraño locutor que aseguraba hablar desde Jaca. La voz decía que el triunfo militar era seguro, a pesar de que el Alzamiento hubiera fracasado, por traición, en algunas plazas. Repetía una y mil veces que toda Castilla estaba en poder de los militares, toda Galicia y parte del Sur. Daba gritos de ¡Viva España! y ponía compases de himnos marciales: el de la Legión, el de Falange.

Ignacio se impacientó y le dijo al subdirector:

– Todo eso está muy bien… ¡Pero pónganse ustedes a salvo!

El subdirector no reaccionaba. Estaba absorto con la radio. El hermano Juan tenía la vista baja, y se le veía pendiente del subdirector.

Ignacio asió a su superior en el Banco por las solapas.

– ¡Ande a disfrazarse y a casa de la Torre de Babel! Yo saldré primero y abriré camino. Allá estará usted seguro.

El subdirector sonrió.

– Yo no me moveré de aquí -sentenció.

– ¿Pero no comprende que es una locura?

Al subdirector le parecía que huir del piso era desertar.

– No sea usted tonto. Todo el mundo se está marchando. Supongo que don Santiago Estrada ya estará quién sabe dónde.

El subdirector le miró por última vez.

– Los demás que hagan lo que les parezca. Yo no me moveré de aquí.

Ignacio, furioso, dijo:

– Pues vendremos a buscarlos.

Salió. No sabía lo que le ocurría. Tenía el presentimiento de que sucedería algo horrible y cada persona, aunque no le unieran a ella lazos próximos, le parecía sagrada, precisamente porque entendía que su vida pendía de un hilo. Se dirigió al Banco en el momento en que los empleados salían por la puerta trasera, terminado el trabajo de la mañana.

Se extrañaron al verle llegar con tanta prisa y sudoroso. Ignacio pensó:

– Tal vez no sepan nada de los incendios.

Por el contrario oyó que hablaban de ellos en términos de absoluta indiferencia.

Se mordió los labios y llamó, aparte, a la Torre de Babel. Le describió la situación del subdirector, el peligro que corría.

– Llévatelo a tu casa.

La Torre de Babel le miró desde su enorme estatura.

– ¿Yo…?

– Sí. En tu casa estará seguro.

La Torre de Babel le miraba como si Ignacio estuviera loco.

– Pero ¿por qué? ¿Qué peligro corre?

– ¿Qué peligro…? ¿No comprendes que ha salido con armas?

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Pues… que los matarán a todos.

– ¿Que los matarán…? -La Torre de Babel reanudó su marcha-. Anda, Ignacio. Tú confundes el pueblo con los militares.

No logró convencerle. Ignacio quedó desconcertado un momento. Pensaba otro plan, pero de pronto vio pasar a Blasco seguido de unos limpiabotas. Sus rostros resultaban extraños, sus cinturas aparecían rodeadas de pistolas y puñales. Le miraron de extraña manera. Ignacio pensó que en su propia casa estarían inquietos y tomó la dirección de la Rambla. Los himnos de la emisora de Jaca le zumbaban en los oídos.

Entretanto Mateo y Jorge, con los pantalones medio rotos, veían campanarios de Gerona a lo lejos, y humo… Humo que salía del centro de la ciudad.

Mateo le decía a Jorge:

– Sí, ya sé. España está ardiendo. Pero España ¿ves…? -Le enseñaba un mapa cosido en el interior de la camisa- es un destino en…

Jorge le interrumpía:

– Ale, Mateo, que los Pirineos son más verticales que tu Sindicato.

CAPÍTULO XC

A las seis, Gorki fue nombrado alcalde. La multitud irrumpió en el edificio municipal, tirando a la calle los retratos de hombres ilustres cuya imagen les resultó desconocida. El perfumista vio, en el despacho que le estaba preparado, el inmenso sillón de la alcaldía rodeado de tapices heroicos. Estaba eufórico. Se dirigió a todos los que habían subido al despacho. «¡Camaradas, los antifascistas de Gerona tendréis agua, gas y electricidad gratis! ¡El Municipio al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio del Municipio!» Cosme Vila nombró los consejeros de Gorki: el catedrático Morales y el brigada Molina. En un cajón del escritorio, este último descubrió un paquete de cigarrillos rubios. Gorki lo levantó, mostrándolo a todos… «¡Pitillos rubios, pitillos rubios!» La carcajada fue unánime, dedicada al alcalde dimisionario, arquitecto Massana.

Afuera, simultáneamente, se efectuaba otra ceremonia que el instinto popular adivinó de primerísima importancia: la requisa de coches. Dos horas le bastaron a la multitud para hacerse con casi todos los coches de la ciudad. En realidad, el primero en apropiarse de uno había sido un andaluz, Alfredo, eligiendo el de don Pedro Oriol. Luego vaciaron todos los garajes de la ciudad. Porvenir requisó una camioneta que repartía café. Cosme Vila había dado orden para que lo menos tres coches fueran puestos al servicio del Partido Comunista. El Responsable había previsto por su parte muchos viajes. Murillo, cuya célula se manifestaba muy activa, se hizo con dos Buicks: el del notario Noguer y otro. ¡A Gorki le correspondía, por derecho propio, el Ford del Ayuntamiento! La valenciana estaba harta de montar en camiones que olían a ajo y esperaba que Teo dejaría de hacer bobadas y le ofrecería algo mejor. El Balilla de don Santiago Estrada fue requisado por la UGT.

En los garajes hubo altercados.

– ¿De parte de quién?

– Del Comité Revolucionario Antifascista.

– ¿Qué Comité es ése?

– Pronto lo sabréis.

Algunos patronos ofrecían resistencia, a pesar de todo. Los milicianos decían:

– ¿Eres de los que llevaban arma o qué?

La razón era convincente. Los garajes, cerrados por la huelga, fueron abiertos violentamente, lo mismo que los particulares. Cuando el conductor en su primera maniobra mostraba ser experto, los dueños de los garajes suspiraban con un hilo de esperanza, pero con frecuencia ocurría lo contrario.

A las siete de la tarde la ciudad era un autódromo. Coches de todas marcas y tamaños iban y venían a velocidades increíbles. El pánico de los transeúntes se acentuó hasta lo inverosímil, pues en un santiamén el aspecto de los vehículos habían cambiado por completo. Ondeaban banderas sobre los chasis; en todas partes inscripciones, preferentemente macabras. Porvenir había atado a la camioneta una tibia, que iba chocando con la madera de atrás. Los limpiabotas habían irrumpido de nuevo en el primer plano y uno de ellos había dibujado, en el parabrisas de su Renault, una calavera. Pero sobre todo, los fusiles. Los cristales del coche bajos, y cañones asomando por las ventanillas laterales. De todos los coches brotaban fusiles. Imposible salir al balcón y no sentirse apuntado desde la calle por docenas de fusiles que pasaban unos tras otros. De repente, un frenazo y milicianos que se apeaban. ¿Para qué? No se sabía. Algo importante.

La posesión de los coches dio a todos una gran seguridad. Los puestos de gasolina recibieron la orden de no agotarse. Las mujeres de los milicianos empezaron a admirar a sus hombres y a creer que verdaderamente la revolución iba en serio. Pero muchos de éstos les decían: «¡Te equivocas si crees que lo he requisado para divertirme! ¡Hay mucho que hacer, mucho que hacer!» Era lo que Julio temía, coincidiendo en ello con el profesor Civil: que la necesidad de justificar el coche llevara a correrías desenfrenadas…

Cosme Vila hubiera querido organizar todo aquello sistemáticamente y al efecto había constituido el Comité Revolucionario Antifascista de Gerona bajo su presidencia y la de Gorki, con el Responsable y Porvenir en representación de CNT-FAI, Casal y David por la UGT, y Alfredo, el andaluz, en representación directa del pueblo. Este Comité tendría poderes lo mismo para dar órdenes que para castigar abusos. Y, sin embargo, toda sistematización se reveló imposible. La reunión se celebró a las siete, en el local que por la mañana era de la Liga Catalana. Todos los miembros acudieron, excepto David, y el Comité Revolucionario Antifascista redactó un mensaje que iba a ser leído por radio. Pero con sólo salir al balcón se veía que a la masa le importaban un bledo los mensajes, que los milicianos se bastaban para planear y realizar sus operaciones revolucionarias. Las noticias que llegaban de fuera eran contradictorias; algunas hablaban de resistencia feroz por parte de los fascistas y aquello desataba los ánimos más aún. Otras ocho iglesias ardían, unas enteramente, otras sólo los altares, y los Comités Revolucionarios de los alrededores iban y venían de sus pueblos al centro de la ciudad informando de las medidas que ellos habían tomado. En seguida destacó el Comité del pueblo de Salí, cuyos dos coches, eternamente uno tras otro, fueron llamados pronto los coches de la muerte, pues en la bandera unas letras negras decían «Muerte a los fascistas». Los componentes del Comité de Salt exaltaban hasta lo indecible a los de Gerona. Ellos no sólo habían quemado la iglesia sino que al cura le habían cortado lo que le hacía hombre y luego le habían colgado en la fuente de la plaza, con los pies en el agua. ¡Podían ir a verlo! Todavía estaba allí. También habían saneado el Manicomio sacando a las monjas en un carro. ¡No hacían más que embaucar a los locos con jaculatorias, aprovechando que estaban locos! Ahora hacían trabajos útiles para la población. Algunas limpiaban los waters del cine, del café, del local del Comité Revolucionario, otras fregaban el suelo en casas de obreros y desde luego todas tendrían que ir a la fuente de la plaza todos los días y bailar un poco ante el cura colgado en ella.

Algunos milicianos de Gerona alzaban los hombros. «¿Y eso qué es? Veréis lo que pasa aquí esta noche.» Les molestaba que se las dieran de listos porque conducían coches que eran llamados de la muerte. ¡Iban a ver los nombres que daban a los suyos! Por de pronto se procedía a completar las listas, que no lo estaban. ¿Cuántos habían salido con armas? ¿Cuatrocientos, quinientos? ¿Y los de Liga Catalana? ¿Y los guardias civiles que todavía estaban en el cuartel? ¡No tantos humos porque habían mojado los pies de un cura!

A otros les hacía mucha gracia oír hablar de listas. Como si los nombres no fueran conocidos de memoria, o como si no bastara con oler para reconocer a los fascistas.

Los criterios no eran unánimes y bastaba una frase en voz alta para que esta frase fuera repetida por la población y considerada una orden. Corrían rumores de todas clases. «¡Dicen que hay que entregar todas las radios! ¡Piden las botellas vacías, no se sabe por qué! ¡Los patronos tendrán que presentarse al Comité Revolucionario para ser juzgados!» Muchas de estas órdenes eran desmentidas luego, otras quedaban en pie.

Una de ellas quedó en pie, pues no había salido de un grupo cualquiera sino del que capitaneaba el Cojo, el cual iba respaldado por una masa considerable de anarquistas. Se refería a las imágenes que hubiera en las casas particulares. Las familias tenían de plazo hasta medianoche para llevar las imágenes a la Rambla. A medianoche se haría con ellas una hoguera monumental. Y, al efecto, el Cojo y Santi, que dirigían las operaciones, habían trazado con tiza en el suelo, en el centro de la Rambla, una inmensa circunferencia.

En las familias hubo discusiones y forcejeos. Muchas mujeres consideraron pecado mortal entregar las imágenes. Salieron con sus capazos como para ir de compras y se dirigieron a las afueras de la ciudad, a enterrar a San Antonio, o a Santa Teresita del Niño Jesús en un campo, fijando en la memoria el lugar exacto. Otras las disfrazaron. Algunos Niños Jesús se convirtieron en rechonchos muñecos de largas pestañas. Muchas vírgenes vieron que les calzaban alpargatas rojas y que cintas de bailarina se enroscaban en sus piernas. El pie pisando la cabeza de la serpiente simulaba a la perfección el paso de la danza.

Matías Alvear llegó de Telégrafos diciendo que habían empezado las detenciones y que el Comité había decidido utilizar como cárcel el Seminario, del que habían evacuado todo el material, dejando los salones y las celdas libres.

También habían empezado los registros. En la calle del Progreso los milicianos subían piso por piso y Matías había visto por sus propios ojos a Porvenir lanzando a la calle, desde el balcón de un abogado, los tomos de la Enciclopedia Espasa uno por uno. Docenas de personas contemplaban el espectáculo, como esperando que de un momento a otro lanzaran al propio abogado.

Pilar salió un momento, a comprar tabaco para don Emilio Santos, y oyó que el altavoz del Cataluña repetía sin cesar: «¡Hay que dar con el paradero de los de Falange!» «¡Atención, atención!» Y daban las señas de los afiliados, uno por uno.

A última hora Ignacio volvió a salir y, entre coches que zigzagueaban a velocidades estremecedoras, se dirigió a la calle en que estaba la UGT, con la intención de esperar a que David y Olga bajaran y preguntarles si podía ir con ellos a la Escuela, a ver a Marta.

Al cabo de mucho rato bajó David y no halló inconveniente alguno. Todo el mundo sabía que habían continuado siendo amigos. En el camino David le contó que había rehusado formar parte del Comité Antifascista de Gerona porque no le gustaba el cariz que tomaba la cosa.

Ignacio apenas hablaba. Consideraba a David gran responsable y no quería hablar. Había aceptado de sus manos el favor de ocultar a Marta, pero entendía que ello no le obligaba sino a ser correcto. De hablar, diría cosas demasiado duras.

Pero el maestro parecía no darse cuenta, como si monologara en voz alta. Su obsesión eran los coches que pasaban con los fusiles, y su gran temor la llegada de la noche.

– Esta noche van a cometer alguna barbaridad -decía-. Casal intentará impedirlo, pero no sé, no sé.

Ignacio andaba por la orilla del río, adelante, recordando los tiempos en que iba a la Escuela a estudiar Bachillerato. Mil pensamientos cruzaban su mente. Pensaba en Mateo, en las montañas. Pensaba en la iglesia de San Félix -donde se había confesado con mosén Francisco-, ahora quemada. ¿Qué había ocurrido en el mundo? «¡Cuando vea claro lucharé…!» ¡En la calle de la Rutila recordó que él mismo había conspirado con el Responsable, con el Cojo, en el comedor, con una estufa al rojo vivo! La angustia le había atenazado el corazón. Y la necesidad de rescatarse, de rescatar tanta locura. De salvar. ¡Intentaría de nuevo ver al subdirector! ¡Subiría a casa del profesor Civil y lo llevaría a otro sitio, pues siendo padre de un falangista corría peligro! Las dos ideas colosales de que hablaba Julio… frente a frente. ¡Lo malo es que no estaban frente a frente, sino una encima de otra! Cuando el comandante Martínez de Soria leía el bando declarando el estado de guerra desde el caballo, Cosme Vila estaba detenido en su casa; ahora que Cosme Vila era el astro de la ciudad, el comandante Martínez de Soria dormía sobre paja en un calabozo. ¿Todo aquello duraría poco o mucho? ¿Ocurriría algún milagro y España volvería a vivir en paz? ¡Pobre España! ¿Qué ocurrirá en Málaga…qué estaría haciendo en Madrid su primo José, qué actitud habían tomado los de Bilbao…? Llevaba impresas en la retina las expresiones de los rostros envueltos en pañuelos rojos. Todo aquello era infrahumano; el hombre había renunciado a sí mismo. Ignacio sintió que una indomable voluntad penetraba en él. Ni estaba desconcertado ni tenía miedo. ¿El fuego estaba allí, las pistolas estaban allí…? Allí estaban. Haría frente a todo y salvaría cuanto pudiera de los que de una forma u otra esperaban de él. El sentido de responsabilidad. Su padre estaba demasiado abatido y su madre tal vez cometiera alguna imprudencia. ¡Pobre Pilar, lloriqueando en la cama! Monstruosos planes le vinieron a la mente. Pensó en Cosme Vila, le recordó en el Banco Arús, tecleando a máquina, y se preguntaba si sería lícito pegarle un tiro… Y otro al Responsable… Y otro a éste, a aquél… ¿Por qué pensaba en aquellas cosas sin sentir escalofrío? ¿Y dónde estaba el arma? ¿Era lícito o no era lícito? ¿Y la infancia de aquellos seres…? ¿Y el hambre…? ¿Serviría de algo? ¿Cuántos Cosme Vila saldrían, cuántos Responsables? ¿Es que iba a matar a toda una multitud?

David, a su lado, continuaba diciendo:

– Cosme Vila y el Responsable, por desgracia, se bastarán…

CAPÍTULO XCI

Con CNT-FAI y el Partido Comunista hubo bastante. Apenas las estrellas fueron dueñas absolutas del firmamento, sin nubarrones ni siquiera luna; apenas el montón de imágenes de la Rambla quedó reducido a un rescoldo negro y húmedo por la purpurina derretida; apenas todos los hombres de la edad de Matías Alvear oyeron, desde sus casas, dar lentamente las tres de la madrugada en la Catedral, CNT-FAI y el Partido Comunista abrieron para la ciudad la gran puerta del cementerio.

Las gestiones de Julio, que, al igual que David, había temido aquella noche como ninguna en su vida; el optimismo del general, que creía que juzgando pronto a los militares no pasaría nada; los interrogatorios que Casal se hacía a sí mismo, poniendo en un plato de la balanza su indignación por «el alzamiento contra la República» y en el otro el verdadero valor de una vida humana, no sirvieron para impedir que se abriera para la ciudad la gran puerta del cementerio. Tampoco las gestiones de los Costa ni de la Junta en pleno de Izquierda Republicana, que acudieron a Comisaría y luego al local del Comité Revolucionario Antifascista, diciendo que la defensa de la República no tenía nada que ver con todo aquello. Nada se consiguió. Los arquitectos Massana y Ribas habían salvado la Catedral, pero no pudieron salvar los hombres, los cuerpos. Los cuerpos de don Santiago Estrada y su mujer; los del subdirector del Banco y el hermano Juan; el de don Pedro Oriol; los de don Jorge, su esposa, todos sus hijos y sirvientas, excepto Jorge, que se hallaba en los Pirineos; el del capitán Roberto, de la Guardia Civil; los de Padilla y Rodríguez, reconocidos por un camarero como atacantes del doctor Relken juntamente con Mateo; el del cura párroco de San Félix y los tres sacerdotes de la ciudad; los de tres médicos y el del abogado de la Enciclopedia Espasa; el de Benito, hijo del profesor Civil, y los Roca y Haro: un total de treinta y seis cuerpos fueron convertidos en pasto de gusanos, porque no podían ser utilizados, como la Catedral, para Museo, ni contener nada útil al pueblo.

Fueron los coches, los fusiles que salían de éstos, los militantes que había dentro, el Partido Comunista y CNT-FAI. Cosme Vila y el Responsable habían planeado la operación desde el despacho presidencial de Liga Catalana, desde el sillón que había ocupado el notario Noguer. A las tres en punto el primer coche se detuvo ante el domicilio de don Santiago Estrada. Subieron al piso, llamaron; como nadie abría, volvieron a llamar; por fin salió el jefe de la CEDA y en el acto fue invitado a que se entregara, con la esposa y los hijos.

– ¿De parte de quién?

– Del Comité Revolucionario Antifascista.

Los hijos no estaban. Don Santiago Estrada comprendió. Su esposa estaba en cama; no le dio tiempo a vestirse. Sintió unos brazos forzudos, los de Blasco, que la empujaban hacia el pasillo, escaleras abajo, que la introducían en un coche junto a su esposo. Don Santiago Estrada y ella se miraron y cada uno leyó en el otro el miedo absoluto. Todo ocurría con sencillez abrumadora, en el silencio de la noche: el chirriar de los neumáticos, la sensación de frío, los empujones hacia la pared en la que adivinaban nichos, el vago temblor de unos cipreses, pisadas, ruido de cerrojos, el abrazo mutuo, una descarga y la muerte.

La mujer de don Pedro Oriol quería que la llevaran con éste. Porvenir dijo: «Tú no, tú no has hecho nada». Don Pedro le dijo a su esposa: «¡Quédate, y reza por mí!»

Don Jorge los recibió con solemnidad. Nadie se había acostado aquella noche. Una de las sirvientas abrió al oír los golpes y preguntó: «¿Qué desean?» «Hablar un momento con tu amo». Cuatro murcianos y Cosme Vila en persona entraron y siguieron a la sirvienta. A Cosme Vila le extrañó tanta ceremonia y empujó a los murcianos por delante. La sirvienta abrió una puerta y en el acto sonó un disparo, y luego otro y luego otro. Tres de los murcianos cayeron gritando. Cosme Vila vio a don Jorge con un fusil en la mano, guantes, botines, en actitud tranquila. A su lado toda la familia en pie, la esposa con unos rosarios colgándole de los dedos. Cosme Vila se arrimó a una pared y puso en marcha su fusil ametrallador. «Ta-ta-ta-ta.» La familia fue cayendo. Las sirvientas hicieron un movimiento para arrodillarse o huir, y fueron alcanzadas a su vez. Cosme Vila entró en la habitación y el murciano remató los cuerpos, que yacían unos sobre otros. Cosme Vila le ordenó: «Quédate aquí de guardia. Voy a buscar gente para llevar ésos al Hospital». Dos de los murcianos gemían en el suelo, el tercero estaba inmóvil.

Treinta y seis cuerpos fueron arrancados de sus casas y llevados al cementerio. Unos murieron con pánico, otros valientemente. Roca y Haro gritando «¡Arriba España!» Benito Civil llamando a su mujer; los tres médicos con el estupor retratado en el semblante; el cura de San Félix deseando perdonar a sus agresores, sin conseguirlo; el abogado de la Enciclopedia Espasa pidiendo de rodillas que le respetaran la vida; Padilla despidiéndose de su mujer con las palabras: «Que la pequeña se deje crecer las trenzas otra vez»; Rodríguez diciéndoles a los milicianos: «Pero España ganará, no os hagáis ilusiones»; el subdirector convencido de que quien había decretado su muerte era la Logia de la calle del Pavo.

La mitad de la ciudad se enteró, durante la noche, de lo que ocurría. Los vecinos de los que eran sacados de sus casas, los que se asomaban secretamente a las ventanas al oír frenar los coches, los que oían los gritos de las víctimas en la escalera, los que percibían algo doloroso, insólito, en los portazos, los que sin moverse de la cama reconocían en las pisadas de la acera algo duro, bélico, de sentencia inapelable. La otra mitad no se enteró de nada. Supuso que los registros continuaban, que los milicianos se emborrachaban del placer de conducir un Fiat o un Cadillac, que andaban mujeres de por medio.

La mayor parte de los milicianos quedaron sorprendidos al ver que matar un hombre, o cinco, era tan fácil. Pensar en la palabra «fascista», apuntar al corazón o a la cabeza y disparar, nada más. Por lo demás, la noche, a pesar de las estrellas, velaba muchas cosas en el cementerio. No se veían los ojos del condenado; eso era lo principal. Se veía un bulto pegado a los nichos, y algunas cosas que brillaban, casi siempre objetos: un botón, la pulsera, la pluma estilográfica. Pero lo principal era no ver los ojos; los ojos de don Pedro Oriol, por ejemplo.

Lo que la oscuridad no conseguía velar, sin embargo, eran las palabras. Las palabras brotaban con claridad perfecta. Invocaciones a Dios -¿quién había visto a Dios?-, amenazas como las de Rodríguez, gritos de ¡Viva España!, peticiones de clemencia. Pero, sobre todo, el tono de las voces… Alguna voz había sonado de una manera particular entre los nichos y los cipreses. Por ejemplo, la del hermano Juan. El hermano Juan era francés y exclamó: «Mon Seigneur et mon Dieu». Ideal no comprendió el significado de aquellas palabras, pero el timbre de la voz le dio, por un momento, escalofrío. Porque le pareció que el Hermano había hablado cuando ya estaba muerto, cuando él mismo y Santi se le habían acercado y le habían rematado a boca de jarro. Mucho rato después, cuando se detuvieron con el coche en el Puente de Piedra y Santi dijo: «Tengo sed», todavía Ideal oía: «Mon Seigneur et mon Dieu», y pensaba preguntar a las hijas del Responsable qué significaba aquello. No lo preguntaría en seguida, pero sí al cabo de unos días.

Quien no tuvo miedo fue el Responsable. El Responsable, por el contrario, hubiera deseado que hubiese luz, y no oscuridad. A él le molestaba no ver los ojos, aunque estaba seguro de que los hombres alineados en la pared veían los suyos. En el tercer viaje que hizo, al acercarse a tres hombres del Partido Tradicionalista para darles el golpe de gracia, de pronto sintió ganas de hundir su mano en la sangre. Fue algo más fuerte que él. Se agachó, vio una herida, no sabía en qué parte del cuerpo, no sabía de quién, y aplicó la palma de su mano deseando oír: ¡chap! No lo oyó, y aquello le enfureció.

Los que más se exaltaron fueron los que cumplieron su misión cuando ya amanecía. Entonces no había trampa ni líneas difusas ni vaguedad. Aquello que tenían enfrente no era un bulto: era una persona. Con toda su pequeñez y toda su grandiosidad. La inminencia de la muerte daba a los gestos de los condenados un inusitado relieve, una rara importancia. Algunos se arrastraban como lagartijas, daban asco. Por el contrario, otros mostraban una calma insondable y una extraña precisión en cada movimiento. Como si cada uno de sus gestos hubiera sido meditado durante años. Especialmente la manera de avanzar el pie al dirigirse al lugar elegido, y la inclinación de la cabeza. Algo como el instante de la absoluta concentración.

El amanecer ponía al descubierto todos aquellos detalles agravados por el hecho de que el decorado también era otro. En efecto, con la llegada de la luz nadie se atrevió a continuar esperando en el cementerio. Estaban tan llenas las vías a derecha e izquierda, que el espectáculo era nauseabundo, además de que el sepulturero decía: «Ya está bien, ya está bien».

Por ello decidieron -Blasco fue el primero- no detenerse allí, seguir carretera adelante y cumplir su misión en las cunetas, o en un árbol que de repente asomara en un viraje y se mostrara propicio, irguiéndose en un terraplén adecuado.

Todo ello hizo que el significado de la acción cambiara. En el cementerio había un punto de lógica en la siega de las vidas. ¡Todo aquello olía a muerto, la tierra contenía sus jugos, allá estaban Joaquín Santaló y Jaime Arias! Pero en pleno paisaje, en un árbol o en un bosquecillo…

Carretera adelante se encontraban bosquecillos alados y poéticos a la luz del amanecer. En ellos los pasos de los condenados cobraban más solemnidad aún, al dirigirse al tronco elegido. La naturaleza entera despertaba con la jornada, empezaba a vivir y he aquí que había que matar a aquellos hombres. Entonces costaba un poco más apretar el gatillo, excepto contra aquellos que se arrastraban como lagartijas y se mordían el puño.

Hubo casos en que el decorado impresionó de tal suerte a los milicianos que les entró una especie de terror y no consiguieron dominarse. Así Blasco y Porvenir, después de frenar el coche en su último viaje y obligar al abogado de la Enciclopedia Espasa y a dos curas que habían sorprendido en casa de una vieja beata a que se apearan, no pudieron esperar los instantes que se requerían para que los condenados cruzaran la cuneta y se situaran al otro lado. Algo que había en el ambiente los cegó. Y entonces les dispararon por la espalda desde el interior del coche, sin bajarse siquiera de él. Y acto seguido dieron media vuelta rápida, en dos maniobras escalofriantes, y se volvieron sin acordarse de los tiros de gracia.

Así ocurrió. A partir del alba todos los demás, hasta llegar a treinta y seis, fueron asesinados en las cunetas o en los árboles de la carretera, y dejados allá sin enterrar. Lo cual no era agradable, pues en los caseríos la vida continuaba y transitaban cerca muchachas con cántaros de leche, y algún pequeñuelo con vacas o cabras. Alguno de ellos quedó horrorizado al descubrir aquellos cuerpos y echó a correr, dándoles inconscientes bastonazos a los animales. Fue a avisar a los suyos. La gente mayor había oído los disparos. Algunos habían supuesto que eran cazadores, otros habían adivinado. En todo caso, nadie se atrevió a acercarse a aquellos lugares, pues la llegada de los coches continuaba.

No hubo dos milicianos que experimentaran sensaciones idénticas. Hubo personas, como el Cojo, que, al tiempo que sentían un gusto amargo en el paladar, se molestaban porque los cuerpos se caían. Hubieran deseado que continuaran en pie, que pudiera continuarse disparando, como en las ferias. Otros intentaban recordar los motivos por los cuales cometían aquello, y no conseguían dar con ellos. No recordaban sino motivos fútiles, como le ocurrió a Porvenir al disparar contra don Pedro Oriol. No recordó sino que un día le vio en una acera recogiendo un pedazo de papel que se le había caído. ¡Imposible recordar nada más, ni El Tradicionalista ni los bosques de su propiedad! Lo mismo que le ocurrió a Cosme Vila en casa de don Jorge. Al ver a don Jorge tranquilo, con guantes, botines y un fusil en la mano, a pesar de la rabia que este fusil le dio y del sabor a caciquismo de toda aquella casa, en el momento de disparar -ta-ta-ta-ta-ta- la imagen que vio como un relámpago que le cruzó la mente, fue simplemente la de don Jorge preguntándole un día, en el Banco Arús, dónde estaban los lavabos.

Hubo impresiones cambiantes, que se sucedieron como olas en el mar. Murillo fue pasto de ellas, en forma extraña. Murillo, por su cuenta y riesgo, en unión de Salvio y camaradas, había llevado a la cuneta a un agente de Bolsa y a dos abogados, todos de la CEDA. Y en el momento de disparar descubrió que el agente de Bolsa se parecía extraordinariamente a Cosme Vila. Enorme cabeza, calvicie prematura, delgada boca horizontal. Entonces, sin saber por qué, en vez de apuntar al corazón apuntó a la cabeza.

La única mujer que intervino en todo aquello fue la valenciana. Sólo en dos viajes. Cosme Vila, antes de ir por don Jorge, había ordenado a dos patrullas de la Milicia Popular que se encargaran de los tres médicos. La valenciana quiso seguirlos porque odiaba a los médicos. Nunca la habían curado cuando los necesitó; y en sus cinco partos tuvo que arreglárselas ella sola, jamás la ayudaron.

La valenciana no disparó, porque contrariamente a lo que suponían Gorki y Teo no sabía manejar un fusil; pero en cada viaje abrió la portezuela a los médicos y los invitó galantemente a apearse. Todo el rato los trató con extrema cortesía, a veces con refinamiento, y en el último viaje reconoció que uno y otro médico tenían aspecto venerable, de hombres con los que de joven tal vez hubiera deseado casarse.

Luego se rió, y tuvo valor después para llevarse los relojes de pulsera y los anillos; de lo cual no fue capaz nunca Blasco, ni Gorki tampoco en la vez en que intervino. En realidad, sólo saquearon objetos personales la valenciana, Porvenir, el Cojo, Santi, los murcianos y Cosme Vila. Cosme Vila, en el piso de don Jorge, al marcharse, y un momento después de haber cruzado el umbral, retrocedió y se llevó el mapa genealógico, pues recordó que se lo había prometido al Museo del Pueblo.

Los murcianos fueron, acaso, los más espontáneos. Realizaron su labor con una especie de alegría primitiva y animal. Estaban convencidos de que cumplían un deber, una importante operación quirúrgica en beneficio del obrero y la sociedad. Las calaveras de los parabrisas les parecían símbolos del bienestar futuro, la muerte de la miseria. Para ellos no contaban ni las palabras, ni los ojos, ni las frases en francés, ni los bultos ni los cambios de luz y decorado. Lo hubieran hecho todo, siempre de idéntica manera, a cualquier hora y en cualquier lugar. Y no sólo les parecía lógico quedarse con las carteras, sino con las muelas de oro.

Por eso les dolió no encontrar en su domicilio a «La Voz de Alerta». Fue el gran fracaso de la noche estrellada y revolucionaria, sin nubarrones. Todos habían imaginado que la muerte de «La Voz de Alerta», con sus lentes de oro, su sonrisita de oro, su reloj de oro, sería verdaderamente sensacional, y encontraron el piso vacío. Fue la gran decepción. Lo mismo les ocurrió a Cosme Vila, al Responsable, al Cojo y a todos. El piso de «La Voz de Alerta» fue visitado por todas las patrullas, una tras otra; y a todas les sucedió lo mismo. Puerta abierta, clínica, instrumentos de tortura. Los murcianos encontraron en la pared un retrato de un general carlista; los que llegaron después, lo encontraron, roto, en un rincón.

Lo de mosén Alberto fue distinto, porque a todos les cupo la esperanza de que la presa no se había escapado. Lo que ocurrió que el Museo lo custodiaban guardias de Asalto, respaldados por los arquitectos Massana y Ribas, delegados de Cultura de la Generalidad. Ni una sola de las patrullas dio crédito a las palabras del oficial: «Mosén Alberto no está». Pero no era cosa de empezar a tiros con ellos. Así que tiempo habría; bastaba con situar centinelas en la Plaza, bajo los arcos.

Algunas personas se inhibieron, no participaron en la matanza, como se hubiera podido esperar. Víctor trabajó toda la noche en El Proletario; el catedrático Morales estaba tan cansado de hablar por radio, que se había ido a dormir.

Lo mismo que Casal. Casal sabía que ocurriría aquello, pero nada podía hacer. Estaba intranquilo porque su combate interior no había terminado. De un lado, la medida le parecía monstruosa; de otro se decía: «Tal vez sea necesario». De todos modos, le confesó a su mujer que por primera vez en su vida había oído unas cifras que le daban vértigo.

Con las cifras se refería «a lo que quedaba por hacer». Porque era evidente que aquella noche no era sino el comienzo, y que sus grandes triunfadores, sus triunfadores indiscutibles -Cosme Vila y el Responsable- tenían en el meollo otros planes que se irían llevando a cabo en etapas sucesivas. La diferencia entre los dos jefes estribaba en que Cosme Vila aceptaba de buen grado los plazos. Comprendía que nada en el mundo, ni siquiera una bala disparada a sangre fría, puede atravesar de un golpe más de un corazón, tal vez dos. De modo que admitía como un hecho necesario que, dado el número de corazones, harían falta muchas noches y muchas balas; en cambio, el Responsable vio que se le escurrían las horas por entre los dedos, como le había ocurrido con la sangre, y se rebelaba contra este hecho. Llegó el alba y no se había avanzado casi nada en la labor. Ahora ya despertaba la ciudad, en las carreteras pasaban bicicletas, seria preciso esperar la noche próxima. ¿Por qué no podría detenerse el tiempo?

Sus hijas repitieron la frase del sepulturero: «Ya está bien, ya está bien».

El Responsable comprendió que tenían razón. Él era un triunfador. El fracasado era el sargento, el novio de su hija mayor, al que se le atascó el fusil tres veces, como si una maldición le impidiera disparar.

La fracasada era su mujer, que en el Manicomio continuaba rezando el Rosario todo el día y a la que el Comité Revolucionario de Salt había arrancado ¡por fin! las cuentas de las manos. Los fracasados eran los treinta y seis que habían sentido en sus carnes la justicia del pueblo.

El Responsable hablaba de los muertos, de su mujer y del sargento porque no conocía el verdadero fracasado de la noche, el que más raquítico se sintió, más hundido y poca cosa, más avergonzado de ser hombre: Teo.

Teo fue el gran fracasado de la noche. Porque, al fin y al cabo, los que murieron, no fueron abandonados por el hecho de morir, sino que se llevaron de los vivos, y dejaron entre ellos, algo consubstancial. Por otra parte, ni uno solo, entre los treinta y seis, murió sin compañía, excepción hecha de don Pedro Oriol.

En cambio, Teo se encontró solo, absolutamente solo. Sin coche, sin patrulla, sin objetivo fijo. Murillo le había seguido las bromas mientras llevó alba, casulla, bonete, encuadrando sus feroces bigotes; pero llegada la noche se había separado de él.

Teo había hecho mil cálculos y todos le fallaron. Imaginó que le bastaría un gesto para que la valenciana acudiera a su lado, y no fue así. La vio un momento y ella volvió la cabeza, con coquetería, y prosiguió su marcha. También había supuesto que los murcianos le pedirían que les capitanease, como en el incendio de San Félix; tampoco fue así. Los murcianos, desde la requisa de coches, habían cambiado mucho, y parecían valerse por sí mismos.

De modo que Teo se encontró solo. Se había dirigido a su casa para cenar algo, pensando que tal vez a última hora, cuando las operaciones empezaran, encontraría el apoyo de alguien, tal vez de algún taxista. De modo que se decía: «¡Claro que sí!» Pero… no contaba con San Narciso. Al abrir la puerta del piso se encontró, inesperadamente, con la urna que contenía el cuerpo de San Narciso. La impresión que recibió fue extraordinaria, porque la posición del Santo, con las manos cruzadas sobre el pecho, era de un patetismo insólito, a pesar de que, de niño, Teo había oído que su madre decía: «Parece que duerme».

Teo quiso sobreponerse aún, vencer el miedo atacándole de frente, acercarse al santo y contemplarle sin ambages, de tú a tú, con lo cual se cercioraría de que era de madera y todo aquello desaparecería. Pero entonces le ocurrió lo doblemente singular. No sólo le pareció que el rostro no era de madera, que era realmente de carne, sino que aquella carne no estaba muerta. Le pareció que era un rostro vivo, que los labios balbuceaban algo. Algo así como «ba, bo…» Entonces, quien sintió que sus músculos se agarrotaban fue él. La gorra impidió que se le erizaran visiblemente los cabellos. No pudo cenar. Salió dando un portazo. Le pareció que soñaba. Y pasó toda la noche vagando solo, sin atreverse a hablar con ningún taxista ni participar en ninguna operación. Ello le permitió ser testigo y fiscalizar muchas cosas. El guiño constante de las estrellas, la impenetrabilidad de las piedras, las llamas lentas y pobres de todos los edificios desmoronados por los incendios, convertidos en solares. Teo recorrió toda la ciudad. Veía cómo los coches se detenían y por las siluetas reconocía a los ocupantes. «Éste es Blasco, éste es Santi.» A Santi le reconocía porque entraba en las escaleras dando un salto, al Cojo por su cojera, a la valenciana porque su escote brillaba… Se ocultaba en los portales, en las esquinas. Vio que trasladaban alguien al Hospital, procedente del domicilie de don Jorge. No comprendió. Vio los esqueletos ante el convento del Corazón de María. ¡De repente, en el río, alguien erecto, con los brazos en cruz! Era el Cristo de la iglesia de los jesuitas, que continuaba cabeza abajo. La soledad de Cristo en el río fangoso era indescriptible. Teo se apoyó en la barandilla y lo contempló. También le pareció que balbuceaba algunas sílabas. Entonces temió volverse loco. Escupió. Finalmente, agotado, se fue a la cuadra donde dormitaban sus dos caballos y el carro. Allá encontró respiraciones amigas y consiguió dormir.

CAPÍTULO XCII

A media mañana, el fantasma de la muerte recorría la ciudad. Una sensación colectiva de responsabilidad flotaba a ras de las cabezas. En realidad, los treinta y seis no se habían ido: estaban presentes, tanto más cuanto que su marcha se produjo con tanta sencillez.

La gente se daba cuenta de que los enemigos contaban en la ciudad y en la vida de cada uno. Seccionados, quedaba un vacío. Las mujeres de los milicianos se sentían incompletas sin don Santiago Estrada.

Fue una mañana lenta, en la que las heridas de la víspera se abrieron a plena luz. Los edificios incendiados, los pianos en el río, un pez dormitando en las teclas de uno de ellos, la horrible mancha negra de las imágenes en la Rambla, con la torpe circunferencia trazada por Santi; una bandera roja coronando la Catedral; cerca de la estación, dos coches flamantes convertidos en chatarra.

A las once el decorado cambió. Los milicianos volvieron a salir. Habían dormido unas horas, empezaba otra jornada. Con ellos reaparecieron los coches, en los que se veían, excitadas, muchas mujeres llevando también mono azul. De pronto, las mujeres se apeaban y detenían a los transeúntes clavándoles una banderita. «Socorro Rojo Internacional.» «Para la Milicia Popular.» Los dos confesonarios del Carmen habían sido colocados a ambos lados del Puente de Piedra, a modo de garitas de arbitrios, y dos milicianas sentadas en ellos admitían donativos.

La ciudad volvió a llenarse de ruidos, en tanto que la gente iba de prisa, excepto aquellas personas que se regocijaban de lo que había ocurrido o lo juzgaban natural. Entre estas personas se contaban muchas de las que nunca se hubiera sospechado. Uno de los carteros, amigo de Matías, le cortó a éste la respiración cuando le dijo: «¡Bueno, por fin habrá pisos que se alquilen!» Otras habían comprado El Proletario y leían con sorprendente fruición las listas de las personas consideradas facciosas de la ciudad.

Los cafés y barberías habían abierto y se llenaron de milicianos, algunos de los cuales aseguraban que los militares no habían sido derrotados, ni mucho menos, en todas partes. Que en muchos lugares de España dominaban la situación y que en otros el pueblo continuaba combatiendo. Aquello ponía furiosos a los oyentes, pensando que el comandante Martínez de Soria y los demás oficiales continuaban protegidos por las autoridades. No se hacían a la idea de que pudieran matar curas, pero no a los principales responsables. ¡Y no sólo eso, sino que los familiares de éstos gozaban también de protección oficial! La esposa del comandante Martínez de Soria, Marta… Todo el mundo creía que Marta continuaba tranquilamente en su casa.

Un hecho era evidente: la gente quería pensar en los rostros conocidos que no volverían a ser vistos nunca más, y no podía. Leyes imperiosas, de defensa propia, se imponían a todo otro pensamiento. Los coches volvían a constituir una obsesión -muchos de ellos ya bautizados con nombres parecidos a los del Comité de Salt-. Y más aún que los coches, las órdenes que continuamente salían del Comité Revolucionario Antifascista. Prohibido llevar luto, prohibido preguntar por un desaparecido, prohibido investigar en las carreteras, prohibido salir de Gerona sin un salvoconducto con el sello del Comité. Acababan de constituirse los controles. A cada salida de la ciudad, centinelas armados vigilarían el paso de los vehículos y personas, pidiéndoles este salvoconducto. Bandos pegados en los muros informaban que el Comité Revolucionario Antifascista había instalado las oficinas necesarias para asegurar el funcionamiento de este servicio. «¿Sabéis si está permitido ir a tal barrio…?» «Parece que no.» Todo el mundo, instintivamente, dejó de llevar sombrero. El sombrero desentonaba en medio de los monos azules de los milicianos. Acaso los únicos sombreros que quedaran en la ciudad fueron el de Julio García, ladeado, y el de Matías Alvear.

En seguida fue localizado uno de los grandes peligros: las criadas. Las criadas eran las que se dedicaban a denunciar quiénes escondían a quién. Salían, detenían a un miliciano por la calle y le decían: «En el tercer piso se esconde un cura».

Ello ocasionó un pánico indescriptible. Las personas flotantes, en busca de refugio, se contaban por docenas. Llegaban monjas de fuera, de pueblos lejanos, disfrazadas como podían, y llamaban a la puerta de los parientes. «¡Santo Dios! ¿Tú aquí…?» Las criadas, las criadas habían observado su entrada.

La criada de don Emilio Santos denunció ante Salvio a tres fabricantes procedentes de Barcelona, que con bigote postizo y cazadora de cuero habían entrado en el inmueble vecino.

Continuamente pasaban milicianos conduciendo detenidos hacia el Seminario, convertido en cárcel. Por ello muchas personas abandonaron sus pisos, que eran ocupados por los milicianos o para instalar algún servicio revolucionario. Blasco y el Cojo se instalaron en el domicilio del notario Noguer, donde se enteraron con estupor, gracias a unos papeles que había encima de la mesa, de que don Jorge había desheredado a su hijo, Jorge, por haber ingresado éste en Falange.

Todo el mundo estaba convencido de que los detenidos iban a ser fusilados a la noche. De modo que los allegados, en cuanto se les llevaban el padre o el hermano, comprendían que sólo existía una posibilidad de salvar al ausente: conseguir que uno de los milicianos se interesara por él y tomara personalmente su defensa, alegando que le debía algún favor.

Ello originó una gran conmoción. Todo el mundo hurgaba en la memoria para recordar si en alguna ocasión había hecho un favor a éste o a aquél, a un obrero, al Cojo, a un pobre… En muchos casos, el desconsuelo era absoluto, pues el examen revelaba que no; en otros se oía un grito de esperanza. «¡Un día se había dado una propina crecida a Blasco, se había conseguido que la mujer de Alfredo, el andaluz, fuera operada gratis de apendicitis!»

Los milicianos, al recibir la visita, tiraban la colilla al suelo y la aplastaban con la punta del pie. Algunos hinchaban el pecho para meditar y luego contestaban: «De acuerdo. Estad tranquilos. Salid lo menos posible». Otros, de pronto, reaccionaban con violencia inaudita «¿Qué os habéis creído? Si algo habéis hecho, allá vosotros». Alfredo, el andaluz, repitió a todos la misma frase: «Lo siento, pero la mitad tiene que pringar para que la otra mitad viva».

Doña Amparo Campo recibía muchas visitas, a las que contestaba: «Hija mía, vamos a ver, vamos a ver lo que puede hacerse. A Julio voluntad no le falta. De lo que nosotros dependa…» También Olga fue asaltada por toda suerte de personas, que suponían que David había aceptado formar parte del Comité, lo cual no era cierto. Olga las desengañaba: «De todos modos -decía al final-, no hay por qué alarmarse tanto. Los primeros momentos son duros, en todas las revoluciones. Pero todo esto se despejará pronto». La preocupación de Olga era que alguien sospechara la presencia de Marta en la cocina de la Escuela. Marta permanecía inmóvil, absolutamente inmóvil; pero una tos inoportuna, un accidente… Por eso Olga decía a todo el mundo: «Otra vez, id a verme a la UGT y no aquí».

Entre las familias que buscaban un protector… se contaba la familia Alvear. Julio les había mandado un aviso: «Tomad precauciones. Se busca a Mateo y a Marta, y os harán un registro. Cuidado con Ignacio, cuidado con César».

Era de esperar. Carmen Elgazu sintió en el pecho que la cosa se acercaba. Y se dispuso a defender a los suyos con las uñas. No le dio por lloriquear. Estaba dispuesta a salvar a sus hijos y decidió ir en persona a ver a Julio y decirle: «Tiene usted ocasión de lavar un poco su alma. Guárdelos usted mismo en la Jefatura de Policía». La humillación que esto representaba no le importaba. Las vidas de Ignacio y César valían más que todo. Por otra parte, estaba con ellos don Emilio Santos, el cual decía: «Yo me iré, me iré, no quiero comprometerlos».

Carmen Elgazu se disponía a salir cuando Matías Alvear la detuvo. El hombre, al recibir la nota de Julio, se había concentrado de tal modo que le pareció haber dado con la solución, con el punto luminoso que le esperaba al otro confín de la memoria… ¡Ignacio había dado un día sangre en el Hospital! Matías no recordaba a quién… Pero estaba seguro de que era alguien… extraño… alguien que sin duda alguna ahora…

– Espera un momento -le dijo a su mujer-. Ignacio, ¿cómo se llamaba el hombre al que diste sangre en el Hospital?

Ignacio no perdía gesto de sus padres, esperando que ellos terminaran para poner en práctica sus proyectos, pues también tenía el suyo… Contestó:

– Dimas. Se llamaba Dimas.

– ¿Y de dónde era?

– De Salt.

¡Dimas, y de Salt…! ¡Del pueblo cuyo Comité…! Matías les dijo:

– No os mováis de aquí. Esperad un cuarto de hora. Vamos a ver si lo solucionamos todo de un golpe. Los registros en la Rambla todavía no han empezado, y me dará tiempo.

Era tal su entusiasmo y tal su decisión, que todos se dispusieron a obedecerle.

Matías salió y a la media hora justa regresó… de forma espectacular. El corazón le latía con fuerza inaudita. Todavía no se explicaba cómo había pensado en ello, por qué… Un toque de gracia. Al leer la nota de Julio deseó tanto salvar a sus hijos que dio con la solución.

Lo cierto es que regresó con un hombre alto, sin afeitar, que llévala dos pistolones. Dimas, el de Salt. Y al lado de éste otro miliciano bajo, de dientes blanquísimos, que le daban aspecto agradable. Dimas rezongaba:

– ¡Haberlo dicho, haberlo dicho! Aquí no entrará ni Dios.

Carmen Elgazu y César quedaron paralizados al oír aquellas palabras. Pero comprendieron. Lo mismo que Ignacio, lo mismo que Pilar. Matías se había quitado tal peso de encima, que el lenguaje de Dimas le hacía gracia.

La presencia de don Emilio Santos molestó a los dos hombres. Al saber quién era, Dimas miró a su secretario: «Eso ya…» Pero el recuerdo de Ignacio lo borró todo. «Nada, nada. No discuto. Aquí no entrará ni Dios.»

Dimas llevaba más de treinta horas efectuando registros y no conseguía hacerse a la idea de que en aquella casa no podía abrir los cajones ni echarlo todo a rodar. Por ello miraba sin querer a derecha e izquierda. Carmen Elgazu, al verle de perfil, se horrorizaba. Dimas tenía un perfil de enfermo o de criminal. En una de las miradas descubrió una pequeña figura con barretina, de pie en el trinchero. Dimas se acercó y dio un silbido. «Anda, anda -dijo-. La Virgen.» Pero no la derribó.

A César, aquel hombre le daba una lástima infinita. ¿Por qué hablaba de aquella manera? ¿Por qué llevaba aquellas patillas, y aquellas pistolas? ¿Cómo se las arreglaría, el pobre, para impedir que entrara Dios? ¿Y si Dios se había servido de él para entrar?

Carmen Elgazu dominó su repugnancia y tomó la palabra. Le pidió a Dimas que garantizara la vida de sus hijos y la de don Emilio Santos. Le dijo que nunca se arrepentiría de una buena acción, y que sabría que en ellos tenía unos amigos. «Ya ve usted que en la vida vamos necesitándonos unos a otros.»

Dimas asentía sin dificultad. Su secretario sonreía. No hacía sino mirar a Pilar. A Dimas la seguridad de Carmen Elgazu le imponía, además de que la mujer era la única persona en el mundo que le trataba de usted.

Matías le preguntó qué pensaba hacer para «garantizarlos».

Dimas le miró ofendido.

– El Comité Revolucionario de Salt da su palabra.

Matías no lo dudó, pero insistió en preguntar qué pensaba hacer. El secretario de Dimas dijo:

– Pues… uno de nosotros se quedará aquí de guardia, siempre.

Carmen Elgazu palideció.

– ¿Sólo uno…?

Dimas le contestó que si quería un batallón. Matías dijo:

– No seas tonta, mujer. Con uno basta. Es la presencia.

La frase gustó a Dimas.

– Tú lo has dicho. Es la presencia.

Dimas se fue, y se quedó su secretario, que dijo llamarse Agustín. Carmen Elgazu le preparó café. Sería horrible tener siempre un miliciano en casa; pero… era la presencia.

Agustín dio tal sensación de seguridad a todos, que en el acto la familia dejó de pensar en sí misma. La memoria los llevó hacia todo lo ocurrido afuera, hacia los que habían muerto, hacia los que huían a través de los Pirineos, hacia Marta, inmóvil ante el acuario.

Todos pensaron en que era preciso aprovechar y ayudar a los demás. Matías salió un momento, se fue a Telégrafos, pensando a quién podría recoger. En Telégrafos escondió dos imágenes: el San Francisco de Asís y la Santa Clara. Las encerró en una caja de hierro que llevaba meses en un rincón.

De vuelta al piso, tuvo la gran sorpresa: Ignacio y César habían desaparecido.

Ignacio había cobrado tal seguridad, además de que Agustín le confirmó que «los paseos» sólo se darían por la noche, que quiso ir a ver a Marta de nuevo, pues sin noticias suyas no podía vivir; y en cuanto a César, por primera vez había cometido una falta grave: se había escapado… a pesar de tener orden de no moverse. Carmen Elgazu no acertaba a explicárselo. Pilar tampoco. El propio Agustín, con el fusil en la mano, se preguntaba por qué diablos habría hecho aquello.

– Ha mirado el periódico y ha salido pitando -repetía sin cesar.

– ¿El periódico…?

Fue Matías quien repitió esta pregunta. Y la repitió porque le pareció comprender. Matías había visto que César se afectaba mucho al leer la lista de las iglesias incendiadas. Habría querido ir a verlas. ¡Santo Dios…! Quién sabe si se le habría ocurrido intentar salvar algo de las que quedaban sin destruir…

Matías volvió a salir en busca de su hijo. «¡Con su cabeza al rape!» Desde que se marchó el doctor Relken, la de César era la única de la ciudad. Además de que todo el mundo le conocía. Matías, jadeante por las calles, volvía a percibir, por segunda vez en pocas horas, una honda sensación de paternidad.

Pero no había peligro. Ni para César ni para Ignacio. Agustín tenía razón: «los paseos» se darían por la noche. Había tanta gente por las calles, que casi era el lugar más seguro. Un transeúnte más no importaba, a condición de no llevar sombrero… De modo que a Matías, que llevaba el suyo, le miraban con mucha mayor insistencia que a Ignacio y a César.

Regresó sin dar con su hijo. No había más remedio que esperar.

¡Qué locura, santo Dios! Ni César ni Ignacio debieron salir. Matías no pudo reprimir una mirada de súplica en dirección a la payesa con barretina que presidía el comedor.

Ignacio había llegado a la Escuela sin novedad. Marta, al verle, se le echó en brazos. La chica perdió toda la energía de que daba prueba al estar sola o con los maestros, y rompió a llorar: «Ignacio, Ignacio…» Estaba en la cocina, no se movía de allí, dormía allí. Por la noche, le daban miedo las cucarachas…

– ¿Qué hay, qué pasa en la ciudad?

Ignacio se dio cuenta en seguida de que Marta no sabía absolutamente nada de los muertos. Ni siquiera de los incendios. La ventana de la cocina no estaba orientada hacia la ciudad. La ventana daba a los campos, al río… y al cementerio. Pero ¿quién hubiera notado nada en el cementerio? La tapia era impenetrable, como siempre.

– Esta noche me ha parecido oír…

«Nada, nada.» Ignacio la tranquilizó. Pensó decir a los maestros que no le dieran nunca a leer el periódico. La tendría engañada.

– ¿Y mi madre…? ¿Y mi padre…? ¿Y Padilla y Rodríguez?

– Bien, bien. Todos bien… Tu madre está tranquila, los guardias se llevan bien con ella. Tu padre… en Infantería, ya sabes. Por el momento no se habla de nada. Mateo, a estas horas, tal vez ya esté en Perpiñán… Padilla y Rodríguez bien. Consiguieron marchar en coche, no sé cómo se las arreglaron.

– ¿Adónde…?

– No sé. Creo que a Barcelona.

María se le comía con los ojos. Le daba vergüenza llevar aquellas trenzas de la hija de Padilla y la falda de flores. «Debo de estar feísima.» Ignacio sólo la reconocía por la voz. Por la voz y por la mirada, y por el alma que ponía en cada palabra.

– ¿Y tú…? -preguntó Marta cruzando las manos en la nuca de Ignacio.

– Tranquilo, ya lo ves. Esperando. -Ignacio repitió-: Esperando. Marta, entonces, habló de los maestros. «¡Son unos canallas, ya te lo dije! Gente turbia, resentida. No hay más que verlos comer. Además, duermen aquí al lado y te juro que son unos cochinos.» Ignacio hizo una mueca de desagrado. Marta no quiso insistir. Entonces le dijo:

– ¿Sabes…? Me ocurre lo que a Pedro: mi único consuelo -además del acuario, claro está- es la radio.

Olga le había llevado un aparato pequeño a la cocina. Y con paciencia, de vez en cuando, conseguía oír emisoras lejanas, incluso África.

– No está perdido, Ignacio, ¿sabes? ¡Ni mucho menos! Claro que se ha perdido lo más importante, pero… ¿sabes cuántas capitales de provincia están en nuestras manos?

– No sé.

– ¡Veintitrés! Contando Mallorca. Y otros puntos aislados de resistencia como, en Toledo, el Alcázar.

Ignacio no compartía su optimismo, pero por nada del mundo la hubiera decepcionado. Ignacio había prestado mucha atención a las últimas declaraciones de Prieto: «¿Qué pretenden los militares? Lo tenemos todo. Tenemos el oro…»

Ignacio permaneció al lado de Marta hasta que David regresó. Quiso esperar al maestro para darle las gracias de nuevo y para pedirle que le acompañara unos quinientos metros. «Que no me vean salir solo.»

David se puso furioso al verle. En el camino le dijo: «No vengas más. ¿No comprendes que sospecharán?» Ante la expresión de sufrimiento de Ignacio añadió: «Si acaso, yo iré a buscarte de vez en cuando, y te vendrás conmigo».

Ignacio vio que David había llegado en coche, en el Balilla de la UGT.

Al llegar a casa encontró a todos en la mayor zozobra, El día iba cayendo, la cárcel se llenaba y César no había vuelto.

– ¡Agustín, por Dios, salga a ver si le encuentra! -le decía Carmen Elgazu al miliciano. Pero éste intentaba convencerla de que sería una imprudencia dejarles solos en el piso.

– El chico es uno solo y ustedes aquí son cinco.

A Carmen Elgazu le parecía que tenía el mismo valor cada uno de ellos que el resto de la familia.

Ignacio quería salir en busca de César, pero Agustín se situó en la puerta con su fusil, y se lo impidió.

CAPÍTULO XCIII

Cuando las sombras invadieron la ciudad, los coches de la muerte encendieron de nuevo sus faros. Las familias veían con angustia avanzar las horas. ¿Cuándo empezaría la razzia? ¿A quién tocaría? Los ciento setenta detenidos en el Seminario y las veintidós mujeres detenidas en la cárcel rezaban el Rosario.

Había sido necesario requisar más coches pues varios de ellos se habían estrellado durante la jornada. Julio, junto con los Costa, había ido a ver al general pues todo aquello le daba miedo; pero Cosme Vila le había dicho: «Si intentáis algo, sacamos las ametralladoras».

Julio se dio cuenta en seguida de que él mismo estaba en peligro si no tomaba una determinación. Los guardias de Asalto de Jefatura estaban nerviosísimos y se quejaban de que a aquellas alturas tuvieran que custodiar a la esposa del comandante Martínez de Soria y el Museo Diocesano. Estaba visto que no dispararían contra el pueblo jamás. La mayoría era de origen humilde, todos ardían en deseos de adherirse a aquél.

Julio vio que los coches de la muerte encendían los faros y acarició a Berta. También los Costa estaban desesperados. Habían acudido de nuevo al Comité Revolucionario Antifascista para protestar. Sólo pudieron ver a Casal, a quien si bien las cifras que oía continuaban dándole vértigo, e intentaba frenar a Cosme Vila y al Responsable, no dejaba de tener presentes los muertos que la sublevación militar había ocasionado entre el pueblo. Casal les contestó:

– ¡No sean ustedes ingenuos! ¡Protestar a estas horas! Vayan ustedes a Barcelona y entérense del número de obreros que han muerto en los combates. Y en Madrid, y en Oviedo. -Finalmente, les dijo-: Lo mejor que ustedes pueden hacer es salir poco de casa…

Los milicianos cenaron bien y bebieron lo suyo. La labor iba a ser ardua Se sabía que mucha gente estaba oculta en huecos inverosímiles. «Han tapiado paredes, puertas secretas.» ¡Con las puertas secretas que había en Gerona!

A medianoche no podían soportar la espera. Las calles, desiertas, Alfredo el andaluz subió al piso del Delegado de Hacienda, llevó a éste al cementerio, le cortó las orejas y le mató.

A la una, Gorki y tres milicianos subieron al piso del juez de Primera Instancia, que quiso conservar su puesto cuando las bases. El hombre, en pijama, se sintió transportado al cementerio. Era el mejor amigo del Delegado de Hacienda. Le reconoció. Gritó algo. Cayó a su lado.

A la una y media, el presidente de la Audiencia. Se encargaron de él el Responsable y Porvenir, que aquella noche habían decidido trabajar juntos. Las hijas les habían dicho: «No nos gusta que os separéis. Podría ocurrir algo».

El Jefe de Telégrafos, el de Teléfonos, el de la Estación. Otros dos médicos.

El catedráticos Morales sabía que todo aquello era el principio, que la gran operación estaba prevista para las cuatro de la mañana, y se había dicho a sí mismo que faltaba gente fuerte. Los milicianos, en general, no le inspiraban confianza. Estaban borrachos. Todo el día habían estado bebiendo en compañía de los Comités de los pueblos-vecinos y ahora, en el coche, llevaban el porrón. Las mujeres eran las primeras en incitarlos a beber.

Por ello se habían procurado un "gran refuerzo para las patrullas seleccionadas: Teo. Se dijo que la ayuda de Teo iba a ser indispensable. Por su fuerza, entusiasmo y experiencia. Además de que el gigante daba lástima andando solo. Durante el día había salido con su carro y había hecho un viaje a la estación, como dando a entender que se inhibía de todo; pero en la estación llevaban una semana sin ver un tren y regresó de vacío.

Morales fue a ver a Teo. Le dijo: «Vengo de parte de Cosme Vila, Reconoce que tienes razón, aunque ya sabes que la disciplina…» Teo empequeñeció sus ojos.

– ¿Vienes de parte de Cosme Vila?

– Me ha ordenado que viniera personalmente, y que te esperamos. Además, quiere organizar un homenaje a la memoria de tu hermano, en el cementerio.

Estas últimas palabras hundieron a Teo, toda su resistencia cedió. Barbotó algo, sin duda alguna expresión alegre. Empezó a creer que sí, que Cosme Vila le llamaba. Empezó a sospechar que era lógico, que le necesitaban. El catedrático Morales añadió:

– Si no vienes, tendremos que llevar la valenciana al Manicomio. Teo pegó tal puñetazo a la urna de San Narciso, que casi rompió el cristal. Morales le dijo: «Anda, vamos, ya volveré yo por este Santo». Se lo llevó. Se llevó a Teo al Comité Revolucionario Antifascista. Cosme Vila, al verle y ver el signo de inteligencia que le hacía el catedrático Morales, sonrió. «¡Salud!» Levantó el puño. La valenciana estiró las piernas. «Salud, fascista.» Teo estrujaba la gorra entre sus dedos. Miró el despacho que fue del jefe de la Liga Catalana. En la pared vio un pequeño papel: «Instrucciones para el homenaje al hermano de Teo». No decía: «Jaime Arias»; decía «hermano de Teo». Su entusiasmo fue tal que se puso al frente de la gran operación, la que el catedrático Morales sabía que se preparaba para las cuatro de la madrugada. El Responsable y Alfredo el andaluz le consideraron un competidor de categoría. Lo mismo que Porvenir. De todos modos, pensaban: «Habrá trabajo para todos».

Nunca más andaría Teo solo por la ciudad, expuesto al sentimentalismo y a la locura. El catedrático Morales le dijo: «Escucha la radio». A los diez minutos oyó: «El Partido Comunista saluda a Teo». El gigante tomó el sello del Comité Revolucionario Antifascista, sopló en él y abriéndose la camisa se tatuó el pecho; aunque era demasiado peludo, y la valenciana le dijo, entre carcajadas: «Yo te tatuaré luego, guapo».

Los coches iban de acá para allá, frenando ante las casas de la ciudad. El pánico era absoluto y cada persona daba lo mejor o lo peor de sí misma. Teo iba a dar lo peor, lo mismo que estaban haciendo el catedrático Morales y Julio, lo mismo que se disponía a hacer Pedro, el disidente; otros daban lo mejor, y entre ellos se contaban Dimas, el miliciano, Agustín, su secretario; mosén Francisco y César.

Mosén Francisco no había aceptado la propuesta de Laura de refugiarse en casa de los Costa. Mosén Francisco no tenía más que una idea, sobre todo desde que su párroco había muerto: continuar ejerciendo su ministerio. Los dueños del piso en que vivía habían desistido de atarle de nuevo a la silla como hicieron cuando el incendio de San Félix. «Si hacéis eso, seréis responsables de muchas cosas». Mosén Francisco se había disfrazado de miliciano, mono azul, gorro, correaje, pañuelo rojo, pulsera de oro. Todo se lo había proporcionado la Andaluza, a la que mandó llamar. Ahora esperaba que llegara la madrugada para poner en práctica su plan, aunque la Andaluza le decía: «Es una locura, es una locura».

A Pedro el disidente le había ocurrido algo absolutamente inesperado: Radio Moscú se había puesto al lado del Comité Revolucionario Antifascista y el muchacho entendió que, por lo tanto, su obligación era colaborar; y sintió remordimientos graves por haber ocultado a Mateo. Radio Moscú no citó expresamente al Comité Revolucionario de Gerona pero los citó a todos al hablar del Partido Comunista Español. Pedro comió un par de sardinas, tomó un vaso de vino y se presentó en el local del Comité media hora antes del reingreso de Teo Cosme Vila, al verle, arrugó el entrecejo: «¿Qué te pasa, chaval?» «Vengo a ofrecerme.» Cosme Vila se mordió los labios. «Bien, bien, ponte a las órdenes del camarada Molina.» El brigada Molina le preguntó a Pedro: «¿Tienes arma?» «No.» «Entra ahí y toma un fusil. Y a las tres y media te vienes.»

Pedro iba a dar lo peor de sí mismo aquella noche. En cambio, Dimas y Agustín hacían honor a su palabra. César no había vuelto. La desesperación de la familia Alvear era absoluta, pero el hecho era que César había mirado el periódico, y salido, y ya no había vuelto. Toda la familia se habla reunido en el comedor, ante una vela encendida a la única imagen de la casa, la Virgen del Pilar disfrazada de payesa catalana. Se rezaba llorando; don Emilio Santos también lloraba. Carmen Elgazu hundía todo el poder de sus ojos de madre en la pequeña imagen, sus fuertes brazos habían caído a lo largo del cuerpo pidiendo protección, que le devolvieran a su hijo. Matías se había arrodillado contra su costumbre y contestaba en voz más alta que de ordinario a los rezos de su mujer. Pilar hipaba, recordando a César, le veía todavía allí, en el comedor, sentado, con su cara ingenua, sus grandes orejas, escuchando perplejo a unos y otros. ¡Cuánto quería a su hermano! Mateo siempre había dicho de él: «Es un santo que corre por la tierra». Ignacio había perdido la respiración. Habían tenido que sujetarle para impedir que saliera. Era el que más convencido estaba de que a César le había ocurrido algo malo. César no le había ocultado a Ignacio cuál era su deseo. «Siento que el Señor me llama.» ¿Qué había hecho, Señor, adonde se habría ido? Ignacio rezaba también en voz alta: «Acordaos, piadosísima Virgen María…»

Dimas y Agustín les habían ordenado que no salieran. Llevaron al piso otro miliciano de Salt, para que los custodiara. Un hombre silencioso, que se sentó en el vestíbulo, fusil en mano, como cumpliendo un rutinario deber. Y Dimas y Agustín habían salido en busca de César, a dar lo mejor que había en ellos.

Siguiendo las indicaciones de Matías Alvear, habían recorrido una por una las iglesias destruidas. Saltaban entre los escombros, entraban en las sacristías ahumadas, levantaban los bancos. César era capaz de haberse arrodillado allí, apretando contra el pecho algún objeto sagrado. En San Félix les pareció oír ruido detrás del altar de San Narciso y gritaron: «¿Quién va?» Entonces avanzaron y en el momento de asomar las cabezas vieron una pared que se desplomaba.

Luego recorrieron las tres capillas de la ciudad que habían quedado intactas, cuyos altares relucían de oro aún. Y en una de ellas, la de las Hermanas Veladoras, encontraron huellas de su paso: vieron una ventana roía. Se introdujeron por ella. Se acercaron al altar mayor, abrieron el Sagrario. ¡Nada! El copón había desaparecido. Ignacio les había dicho: «Habrá intentado salvar los copones con las Sagradas Formas».

Volvieron a salir, por la ventana, después de disparar contra la imagen del altar. En la segunda capilla había ocurrido lo mismo: faltaba el copón. En la tercera, la del Asilo de los curas, al otro extremo de la ciudad -¡lo que habría corrido el chico!- una vecina le dijo: «¡Ah, ya sé quién es! Le han sorprendido ahí dentro, tragándose las Hostias. Se lo han llevado».

– ¿Dónde…? -preguntó Dimas, mirando la carretera del cementerio.

– No, no, a la cárcel, a la cárcel. O por lo menos han tomado aquella dirección.

«Tragándose las Hostias.» Dimas no comprendía. Su secretario le dijo: «Sí, ya sé que lo hacen». Eran las once de la noche. Se dirigieron como flechas al Seminario, que servía de cárcel. ¡Si llegaran a tiempo! Tres milicianos montaban guardia en la puerta.

– Somos del Comité de Salt. Venimos a ver si hay aquí un tal César. César Alvear.

Uno de los milicianos ocupó el centro de la puerta.

– Papeles.

Dimas se llevó la mano al cinto.

– ¿No te basta con esto?

Agustín sacó un papel y se lo dio al miliciano. «¡Jefe del Comité de Salt!» El miliciano dijo a Dimas:

– Espera un momento, camarada.

Entraron todos juntos en el vestíbulo. Los timbres en la pared decían aún: «Director, Sacristía, Biblioteca». El miliciano consultó una lista que llenaba una página.

– Pero… ¿los tenéis todos anotados?

– ¡Qué va! Los primeros.

Dimas se enfureció. El Comité de Salt llevaba aquello con mayor seriedad.

Se detenían coches e iban entrando nuevos detenidos. El miliciano le dijo:

– Mira. Lo mejor es que subas y le busques por tu cuenta. Yo no puedo atenderte.

Dimas y Agustín atacaron la escalera con lo mejor de su alma. Uno y otro procuraban retener la imagen de César. Especialmente, Agustín le recordaba muy bien. «Tiene las orejas muy grandes», dijo.

Llegados al primer piso empezaron a tropezar con detenidos. Los pasillos estaban llenos, las celdas. Había poca luz. Agustín sacó una linterna y se decidió a proyectarla en los rostros. Entonces empezó el desfile espectral. La presencia de los dos milicianos, y sobre todo el aspecto indescriptible de Dimas, sembraron el terror entre los detenidos. Cada uno supuso que iba a comenzar la matanza y al sentir el foco de luz en los ojos, cada cual se decía: «Ya está». Era el desfile, el desfile de ojos aterrorizados, el del sudor. Dimas iba barbotando blasfemias. «¡Sois unos conejos! ¡Caray con el canguelo!»

No daban con César. Recorrieron celda por celda y no estaba. Subieron al segundo piso. Agustín dijo: «Mejor sería llamarle». Dimas obedeció.

– ¡Silencio! -gritó. El corazón de los detenidos se detuvo-. ¡César Alvear! ¡Que se presente César Alvear!

Nadie respondió. En el fondo de la inmensa sala, casi oscura, que había sido dormitorio mayor, en la sala en que Ignacio había dormido cuando fue seminarista, César había oído aquella voz y había querido levantarse para acudir a la llamada. Pero a su lado dos manos le detuvieron. Una le asió violentamente del brazo y la otra le tapó la boca para que no se delatase.

– ¡César Alvear! ¡Seminarista…!

Quien detenía a César y le, amordazaba era el profesor Civil. El profesor Civil había sido detenido a las diez de la noche y al ver entrar a César se puso a su lado porque le daba lástima. La consigna que había corrido por la cárcel era ésta: «¡No presentarse!» Los milicianos a veces se cansaban y aquello podía salvar a más de uno.

– ¡César Alvear!

Agustín dijo:

– Debe de estar en las celdas.

Dimas barbotó otro juramento y salieron. Gritaron el nombre de César por todos los pasillos, abrieron todas las puertas. Otra vez la linterna. Nadie le había visto.

Bajaron al vestíbulo. Hablaron con el miliciano.

– ¿No te acuerdas si…?

– ¿Cómo me voy a acordar? Hay más de trescientos.

Dimas se sintió anonadado. Con tenacidad fanática se dirigieron al Comité Revolucionario Antifascista. Allí había sesión plenaria. Era medianoche. Casal ya se había ido, pero Cosme Vila y el Responsable fumaban, en compañía de Teo, del brigada Molina, de la valenciana, de unos veinte milicianos.

Dimas se dirigió a Cosme Vila. Éste le conocía de antiguo.

– ¡Salud al Comité de Salt! -dijo Cosme.

Dimas le contó… a medias lo que ocurría. Supuso que si hablaba de respetar a César, Cosme Vila no se lo entregaría, si es que el chico estaba vivo aún… Prefirió decir que el Comité de Salt «lo reclamaba», que tenía unas cuentas pendientes con él.

Cosme Vila le miró.

– ¿El seminarista del Collell…?

– No sé de dónde. El seminarista de la Rambla.

Cosme Vila se preguntó a sí mismo: «¿Para qué lo reclamará el Comité de Salt?» Dijo:

– Espera un momento.

Se sacó un papel del bolsillo. Lo miró. Luego informó, levantando la cabeza.

– Lo siento, camarada. Llegas tarde.

Dimas soltó una blasfemia horrible. Pataleó como un niño. La valenciana se le acercó.

– ¿Tanto le querías?

Agustín había asido a Dimas del correaje y le sacaba de la habitación.

– ¡Brutos! -gritaba Dimas-. Era un crío. ¡Nos veremos las caras!

Teo se levantó dispuesto a actuar. Gorki dio un empujón a los dos milicianos y cerró violentamente la puerta.

Dimas no se atrevía a ir al piso de los Alvear a dar la noticia.

– ¡Les había dado mi palabra! ¡El otro crío me dio su sangre!

Agustín decía:

– Ha sido culpa suya. Fue un loco decidiéndose a salir.

– ¡Para comerse las hostias! -repetía Dimas.

No se atrevió a ir. Tomó, a pie, el camino de Salt, en la oscuridad de la noche. Su perfil enfermo o criminal, se dibujaba al pasar bajo los faroles. Le ordenó a Agustín:

– Vete tú.

Agustín fue el encargado de llevar la noticia. Agustín se dirigió a la Rambla latiéndole el corazón. Sabía que en cuanto abría la boca para hablar resplandecían sus dientes y se hubiera dicho que sonreía. ¿Cómo darles la noticia sin que supusieran que sonreía?

Al llamar a la puerta le abrió el miliciano que montaba guardia en forma rutinaria. Agustín se dirigió al comedor y encontró a la familia de pie en el pasillo, mirándole. Agustín dijo:

– Llegamos tarde.

La gran operación se verificó a las cuatro en punto de la mañana. Las patrullas independientes habían obrado por su cuenta desde las doce, desde que Alfredo fue a buscar al Delegado de Hacienda. El Comité había esperado en el despacho en que habían entrado Dimas y Agustín, hablando y escuchando la radio. Cosme Vila no había querido beber nada, el Responsable tampoco. Porvenir, sí, y le gastaba bromas a la valenciana. Teo les había contado: «El San Narciso de marras no es de madera; es de serrín».

Una emisora desconocida los excitó lo indecible a eso de las tres. Era una «emisora fascista», instalada en algún lugar del Sur. Oyeron una voz que dijo ser la del general Queipo de Llano, el general sublevado en Sevilla. Dijo que sus tropas se desplegaban por la provincia, se dirigían hacia Huelva y Badajoz. Dijo que su propósito era enlazar con el Ejército que había consolidado todas sus bases y posiciones en el Norte, en Galicia, Castilla, Navarra y Aragón. Dijo que cuando las fuerzas del Sur confluyeran con éstas, al oeste de Madrid, se formaría el frente continuo que se dirigiría contra el país vasco, contra Madrid y luego hacia el Mediterráneo. Hizo elogios del espíritu combativo de los moros, de los legionarios, de la Medalla, de Falange. Terminó dirigiéndose a todas las personas ocultas «en zona roja», a todos los que sufrían persecución y torturas, diciendo que confiaran en el triunfo del Ejército Salvador, «que si los rojos tenían el oro, ellos tenían la experiencia militar y la moral de miles de voluntarios que se presentaban a medida que ocupaban el territorio».

El Responsable había intentado cerrar el aparato de radio varias veces, pero Cosme Vila negaba con la cabeza. Quiso oírlo todo e iba dando golpes en el escritorio, con un lápiz. Se reía, refiriéndose a la voz aguardentosa del general.

La exaltación del Comité y de las patrullas seleccionadas que esperaban en los salones contiguos era indescriptible. Al dar las cuatro, Cosme Vila se levantó.

– ¡Camaradas! ¡Por la Revolución!

Todo el mundo se puso en pie. Todo el mundo tomó el fusil ametrallador. Algunos milicianos, como Pedro, el fusil. La rapidez de movimientos era extraordinaria; cada uno conocía su puesto. Cosme Vila los despidió y con gesto confirmó en el mando de la operación al Responsable y a Teo. Los despidió en el hueco de la escalera. Las Patrullas descendieron levantando un ruido ensordecedor. En el Comité sólo quedaron Cosme Vila, el catedrático Morales y un par de milicianos de guardia.

La columna se dirigió al Seminario. La noche era estrellada como la anterior. Los milicianos de guardia en la puerta los oyeron acercarse. Estaban sobre aviso. «¡Abrir las puertas!» Sólo había una. La abrieron de par en par. Seis camiones esperaban alineados.

El Responsable y Teo subieron por las escalinatas de Santo Domingo y alcanzaron la acera del edificio. Al llegar al vestíbulo saludaron: «Salud, camaradas». «Salud.»

Eran unos cincuenta hombres los que subieron al primer piso. Los detenidos oyeron los pasos en la escalera, y sus rezos, pensamientos o sueño se interrumpieron. Se miraron unos a otros. «Ya está.»

– ¡Concentrarse todos en la Biblioteca!

La estancia mayor, conocida de todos, era la Biblioteca. Al desaparecer los libros se había visto cuan grande era la sala. La voz del Responsable fue oída por todos los detenidos en los pasillos y celdas próximas. Los milicianos avanzaron y a culatazos los iban llevando por delante. Se habían encendido las luces. Entraban en las celdas y a puntapiés levantaban a los soñolientos. «¡A la Biblioteca!»

En cinco minutos todo el primer piso quedó concentrado allí. Ciento cuarenta y siete hombres, alineados en la pared del fondo y en la lateral derecha.

El Responsable sacó una lista.

– ¡Los que nombre, que se alineen a la izquierda!

Y la lista comenzó. El primer nombre tronó en el aire.

– ¡Juan Ferrer!

Nadie se movió. Era la consigna. Nadie debía presentarse.

Pero Juan Ferrer estaba en primera fila y Porvenir dijo:

– ¡Eh, no te hagas el sordo!

Juan Ferrer bajó la cabeza y se fue a la pared izquierda.

Uno a uno fueron cayendo los nombres, hasta ciento, que era la cifra prevista. Imposible escapar. Nunca faltaba un miliciano que los reconocía. Los que verdaderamente no estaban, era porque se hallaban en el segundo piso. A medida que se alineaban, Teo iba atándolos unos contra otros, pasándoles una cuerda por la muñeca. Había empezado por las muñecas izquierdas, pero en muchas de ellas estaba el reloj de pulsera, que molestaba. Los ató por la muñeca derecha. Hizo tres grupos, dos de quince hombres y uno de dieciséis.

Recogieron cuarenta y seis hombres. Entonces el Responsable se dirigió a todos:

– No temáis nada. Hay que despejar esto. Seréis trasladados a la Cárcel Modelo, de Barcelona.

Los detenidos se miraron. Nadie daba crédito a sus palabras. Y sin embargo…

Teo dijo a Porvenir:

– ¿Están los camiones abajo?

Porvenir hizo un gesto de asombro.

– ¿No los has visto…?

Los detenidos fueron conducidos abajo y montados en tres camiones llenos de milicianos. Los camiones se pusieron en marcha.

El Responsable y los demás subieron al segundo piso y repitieron la escena, esta vez en el dormitorio mayor.

– ¡Todos al dormitorio!

También se habían encendido las luces.

Ciento doce hombres se alinearon en la pared del fondo. El Responsable había observado que en el primer piso sólo había un cura. Se dio cuenta porque en la lista los curas figuraban con una cruz.

– ¡Los que nombre que se alineen a la izquierda!

La labor fue más penosa. A muchos de los curas no los conocía nadie, ni siquiera los milicianos. Vestidos de paisano, los sacerdotes estaban transformados. De todos modos, casi todos respondían a la llamada, a pesar de la consigna. Lo hacían porque si al nombre cantado por el Responsable seguía el silencio, los ojos de éste despedían fuego, y los sacerdotes temían que ello significara un nuevo nombre en la lista. A veces el Responsable y Teo se acercaban a las filas y les interrogaban, uno por uno, y los obligaban a dar media vuelta para ver la tonsura.

– ¿No eres tú el cura Morató? ¿No eres tú el cura Morató? -Y luego-: ¿No eres tú el párroco de la Catedral?

Al cura Morató le descubrieron porque fueron pidiendo la cartera de cada uno y entre los papeles estaba la cédula: «Jaime Morató, presbítero». Al párroco de la Catedral no hubo necesidad de pedirle documentación. El hombre no había respondido a la llamada de su nombre: Eusebio Turón; en cambio al oír: «¿No eres tú el párroco de la Catedral?», estiró el cuello y dio un paso al frente. «Sí, yo soy.»

– ¡Pues a la izquierda!

Y fue atado con los demás.

El profesor Civil no fue llamado; pero sí César.

– ¡César Alvear! -En la lista figuraba con el número 78 y al lado del nombre también había una cruz.

César dio un paso al frente. El profesor Civil le retenía la mano. César le dijo: «Déjeme, déjeme, me llaman».

César había reconocido, entre los llamados, a varias personas. Un hombre que siempre iba al Museo a preguntar: «¿Podría ver el retablo del martirio de San Esteban?» Otro que siempre estaba en el Neutral resolviendo crucigramas. Luego el señor Corbera, de la fábrica de alpargatas.

Este hombre había producido gran expectación, porque todo el mundo sabía que había sido patrono del Responsable. El señor Corbera se alineó a la izquierda mirando a su ex empleado con una sonrisa indefinible. Cuando estuvo en su sitio dijo:

– Responsable…

– ¿Qué hay?

– Que Dios te maldiga.

A César aquello le había dolido en el alma. Hasta entonces le había afectado particularmente la llamada de los sacerdotes. Sabía la falta que hacían en la Diócesis, donde alguno tenía que cuidar hasta de dos parroquias. Si se iban tantos… También le había afectado la presencia de otro seminarista, al que conocía sólo de vista, pero que sabía que estudiaba dos cursos más adelantados que él; pero al oír las palabras del señor Corbera…

A César le hubiera gustado que le ataran junto a él. Que su muñeca tocara la del señor Corbera. La del señor Corbera y, al otro lado, la de cualquier sacerdote: el párroco de la Catedral, por ejemplo. De este modo podía conseguir dos cosas. Pedir la bendición sacerdotal en el último memento y decirle al señor Corbera: «Señor, señor, tan cerca de la muerte no maldiga a nadie…»

Pero no tuvo suerte. Ni uno ni otro. Teo le ató entre dos desconocidos que lloraban en silencio. Uno y otro balbuceaban: «Criminales, criminales».

Ésta fue la palabra que oyó César cuando a una orden del Responsable los tres grupos se pusieron en marcha; cuando sintió que detrás de él las luces se iban apagando y dejaban al profesor Civil y a los demás «no llamados» fin sangre en las venas; cuando bajó la escalera y salió fuera; cuando subió al camión que le correspondía y tuvieron que ayudarle, pues era inhábil para ejecutar el salto.

¡El Seminario! Le parecía una gracia especialísima del Señor que su última morada hubiera sido el Seminario. Pensó en las palabras de Dimas: «Aquí no entrará ni Dios». Pero he aquí que le detenían y le llevaban al Seminario. El Señor conducía a cada cual donde deseaba.

Hubiera querido pedirle al conductor que pasara por la Rambla, para saludar por última vez el balcón de su casa; pero a su lado oía: «Criminales, criminales». El camión -el último de los tres- seguía por la calle de Ciudadanos -¡el Banco Arús!-, entraba en la Plaza Municipal -¡el Museo Diocesano!-, tomaba la orilla del río -¡el crucifijo del Sagrado Corazón!- y enfilaba por último la carretera del cementerio.

El viento les daba a todos en la cara y César, de pronto, sin saber por qué, miró las estrellas, que ya palidecían, y luego pensó en la edad que tenía. Exactamente… dieciséis años, tres meses y dos días… Luego pensó en los copones que había escondido en las murallas. «Hoy he comulgado sesenta veces…», se decía.

Al doblar la última curva hacia el cementerio, pensó en los suyos, en su madre, Carmen Elgazu; en su padre, Matías; en Pilar, en Ignacio. También en José, de Madrid, y en tío Santiago. «¡Cuántas almas, Señor, cuántas almas!» Y luego pensó en Dimas y Agustín. ¿Cómo era posible que Dimas y Agustín, que «habían dado su palabra» hubieran ido a la cárcel para matarle? Les perdonó. Sentía que le quedaran pocos minutos de vida porque apenas si podría rogar por ellos. La gran verja estaba abierta de par en par. En aquel momento los tres camiones que los habían precedido -los del primer piso- habían dado ya media vuelta y se volvían. Los milicianos se saludaron. «¡Salud, camaradas!» «¡Salud!» César había guardado una Hostia, una sola, en el interior del chaleco. Al sentir que le alineaban entre los nichos, entrando a la izquierda, y ver que se formaban los piquetes, con su mano libre la cogió. Se disponía a llevarla a la boca e ingerirla lentamente, perdonando a los milicianos. A su lado oía sollozos y las voces de siempre: «Criminales, criminales». Se volvió y dijo al sacerdote más próximo: «Me arrepiento de mis pecados. ¿Quiere darme la absolución, padre?…» Luego vio al señor Corbera, cuyos ojos despedían ira. «Tome», le dijo de repente. Y levantó la Sagrada Forma, sosteniéndola con unción entre los dedos pulgar e índice.

El señor Corbera parpadeó tres veces consecutivas y de pronto, comprendiendo, comulgó.

Entonces César oyó una descarga y sintió que algo dulce penetraba en su piel.

Minutos después oyó una voz que decía:

– Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. -Una voz que se iba acercando y repetía-: Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. -También oía gemidos. Abrió un momento los ojos. Vio un miliciano de rodillas, que iba sacando de su reloj de pulsera pequeñas Hostias y que las introducía en la boca de sus vecinos caídos. Reconoció, en el miliciano, a mosén Francisco, Luego, sus ojos se cerraron. Sintió un beso en la frente. Luego se cerró su corazón.

París, Villefranche-sur-Mer, París. Abril de 1949 a marzo de 1952.