38961.fb2
—Que te las preste mi madrastra.
En vez de cortar el juego, como la razón le aconsejaba, se oyó decir: «Por supuesto». Fue a su cuarto y regresó con las medias negras de lana que se ponía las noches más frías. El niño se estaba quitando la camisa. Era delgado, armonioso, entre blanco y dorado. Vio su torso, sus esbeltos brazos, sus hombros de huese–cillos que resaltaban y doña Lucrecia recordó. ¿Había pasado todo aquello, entonces? Justiniana había dejado de reír y evitaba mirarla. Estaría en ascuas, también.
—Póntelas, Justita —la apuró el niño—. ¿Quieres que te ayude?
—No, muchas gracias.
También la muchacha había perdido la naturalidad y la confianza que rara vez la abandonaban. Se le enredaron los dedos, se puso las medias torcidas. Mientras se las alisaba y subía, se doblaba, tratando de ocultar sus piernas. Quedó cabizbaja, en la alfombra, junto al niño, moviendo las manos sin ton ni son.
—Empecemos —dijo Alfonso—. Tú boca abajo, la cabeza sobre tus brazos, cruzados como una almohada. Tengo que pegarme a tu derecha. Las rodillas en tu pierna, mi cabeza a tu costado. Sólo que, como soy más grande que el del cuadro, te llego al hombro. ¿Nos parecemos algo, madrastra?
Con el libro en la mano, ganada por un escrúpulo de perfección, doña Lucrecia se inclinó sobre ellos. La manita izquierda tenía que aparecer debajo del hombro derecho de Justiniana, la carita más aquí. «Apoya la mano izquierda sobre su espalda, Foncho, que descanse en ella. Sí, ahora se parecen bastante.»
Se sentó en el sillón y los contempló, sin verlos, embebida en sus pensamientos, asombrada de lo que pasaba. Era Rigoberto. Corregido y aumentado. Aumentado y corregido. Se sintió ida, cambiada. Ellos permanecían quietos, jugando con toda seriedad. Nadie sonreía. El ojo único que la postura dejaba a Justiniana ya no refulgía con picardía, se había empozado en él una modorra lánguida. ¿Estaría excitada, también? Sí, sí, como ella, más que ella. Sólo Fonchito —los ojos cerrados para parecerse más al niño sin rostro de Schiele— parecía jugar el juego sin trastienda ni añadidos. La atmósfera se había espesado, los ruidos del Olivar apagado, el tiempo escurrido, y la casita, San Isidro, el mundo, evaporado.
—Tenemos tiempo para otro más —dijo, por fin, Fonchito, levantándose—. Ahora, ustedes dos.
¿Qué les parece? Sólo puede ser, voltea la página, madrastra, ése, cabalito. Dos jovencitas yaciendo entreveradas. No te muevas, Justita. Date la vuelta, nomás. Échate a su lado, madrastra, de espaldas sobre ella. La mano así, bajo la cadera. Tú eres la del vestido amarillo, Justita. Imítala. Este brazo aquí, y, el derecho, pásaselo a mi madrastra bajo las piernas. Tú, dóblate un poquito, que tu rodilla choque con el hombro de Justita. Levanta esta mano, pónsela a mi madrastra en la pierna, abre los dedos. Así, así. ¡Perfecto!
Ellas callaban y obedecían, plegándose, desplegándose, ladeándose, alargando o encogiendo piernas, brazos, cuellos. ¿Dóciles? ¿Embrujadas? ¿Hechizadas? «Derrotadas», admitió doña Lucrecia. Su cabeza reposaba sobre los muslos de la muchacha y su diestra la asía de la cintura. De tanto en tanto, la presionaba, para sentir su humedad y la calidez que emanaba de ella; y, respondiendo a esa presión, en su muslo derecho los dedos de Justiniana se hundían también y la hacían sentir que la sentía. Estaba viva. Claro que lo estaba; ese olor intenso, denso, turbador, que aspiraba ¿de dónde iba a venir sino del cuerpo de Justiniana? ¿O, vendría de ella misma? ¿Cómo habían llegado a estos extremos? ¿Qué había pasado para que, sin darse cuenta —o, dándose— este niñito las hubiera hecho jugar a esto? Ahora, no le importó. Se sentía muy a gusto dentro del cuadro. Con ella, con su cuerpo, con Justiniana, con la circunstancia que vivía. Oyó que Fonchito se alejaba:
—Qué pena tener que irme. Con lo bonito que estaba. Pero, ustedes, sigan jugando. Gracias por el regalo, madrastra.
Lo sintió abrir la puerta, lo sintió cerrarla. Se había ido. Las había dejado solas, tendidas, entreveradas, abandonadas, perdidas en una fantasía de su pintor favorito.
LA REBELIÓN DE LOS CLÍTORIS
Entiendo, señora, que la variante feminista que usted representa ha declarado la guerra de los sexos y que la filosofía de su movimiento se sustenta en la convicción de que el clítoris es moral, física, cultural y eróticamente superior al pene, y, los ovarios, de más noble idiosincrasia que los testículos.
Le concedo que sus tesis son defendibles. No pretendo oponerles la menor objeción. Mis simpatías por el feminismo son profundas, aunque subordinadas a mi amor por la libertad individual y los derechos humanos, lo que las enmarca dentro de unos límites que debo precisar a fin de que lo que le diga después tenga sentido. Generalizando, y para empezar por lo más obvio, afirmaré que estoy por la eliminación de todo obstáculo legal a que la mujer acceda a las mismas responsabilidades del varón y en favor del combate intelectual y moral contra los prejuicios en que se apoya el recorte de los derechos de las mujeres, dentro de los cuales, me apresuro a añadir, el más importante me parece, igual que en lo concerniente a los varones, no el derecho al trabajo, a la educación, a la salud, etcétera, sino el derecho al placer, en lo que, estoy seguro, asoma nuestra primera discrepancia.
Pero la principal y, me temo, irreversible, la que abre un insalvable abismo entre usted y yo —o, para movernos en el dominio de la neutralidad científica, entre mi falo y su vagina— radica en que, desde mi punto de vista, el feminismo es una categoría conceptual colectivista, es decir, un sofisma, pues pretende encerrar dentro de un concepto genérico homogéneo a una vasta colectividad de individualidades heterogéneas, en las que diferencias y disparidades son por lo menos tan importantes (seguramente más) que el denominador común clitórico y ovárico. Quiero decir, sin la menor pirueta cínica, que estar dotado de falo o clítoris (artefactos de frontera dudosa, como le probaré a continuación) me parece menos importante para diferenciar a un ser de otro, que todo el resto de atributos (vicios, virtudes o taras) específicos a cada individuo. Olvidarlo, ha motivado que las ideologías crearan formas de opresión igualadora generalmente peores que aquellos despotismos contra los que pretendían insurgir. Me temo que el feminismo, en la variante que usted patrocina, vaya por ese camino caso de que triunfen sus tesis, lo cual, desde el punto de vista de la condición de la mujer no significaría otra cosa, en vulgar, que cambiar mocos por babas.
Estas son para mí consideraciones de principio moral y estético, que usted no tiene por qué compartir. Por fortuna, tengo también a la ciencia de mi parte. Lo comprobará si echa una ojeada, por ejemplo, a los trabajos de la profesora de Genética y Ciencia Médica de la Universidad de Brown, doctora Anne Fausto–Sterling, quien, desde hace bastantes años se desgañita demostrando, ante la muchedumbre idiotizada por las convenciones y los mitos y ciega ante la verdad, que los sexos humanos no son los dos que nos han hecho creer —femenino y masculino— sino, por lo menos, cinco, y, tal vez, más. Aunque yo objeto por razones fonéticas los nombres elegidos por la doctora Fausto–Sterling (herms, merms y erms) para las tres variedades intermedias entre lo masculino y femenino detectadas por la biología, la genética y la sexología, saludo en sus investigaciones y en las de científicos como ella a unos poderosos aliados de quienes, tal cual este cobarde escriba, creemos que la división maniquea de la humanidad entre hombres y mujeres es una ilusión colectivista, cuajada de conjuras contra la soberanía individual —y por ende contra la libertad—, y una falsedad científica entronizada por el tradicional empeño de los Estados, las religiones y los sistemas legales en mantener ese sistema dualista, en contra de una Naturaleza que lo desmiente a cada paso.
La imaginación de la libérrima mitología helénica lo sabía muy bien, cuando patentó a esa hechura combinada de Hermes y Afrodita, el Hermafrodita adolescente, que, al enamorarse de una ninfa, fundió su cuerpo con el de ella, volviéndose desde entonces hombre–mujer o mujer–hombre (cada una de estas fórmulas, la doctora Fausto–Sterling dixit, representa un matiz distinto de coalición en un solo individuo de gónadas, hormonas, composición de cromosomas y, por lo mismo, origina sexos distintos a lo que conocemos por hombre y mujer, a saber los cacofónicos y yerbosos herms, merms yferms). Lo importante es saber que esto no es mitología sino realidad restallante, pues, antes y después del Hermafrodita griego, han nacido esos seres intermedios (ni varones ni hembras en la concepción usual del término) condenados por la estupidez, la ignorancia, el fanatismo y los prejuicios, a vivir en el disfraz, o, si eran descubiertos, a ser quemados, ahorcados, exorcizados como engendros del demonio, y, en la era moderna, a ser «normalizados» desde la cuna mediante la cirugía y la manipulación genética de una ciencia al servicio de esa falaz nomenclatura que sólo acepta lo masculino y lo femenino y arroja fuera de la normalidad, a los infiernos de la anomalía, monstruosidad o extravagancia física, a esos delicados héroes intersexuales —toda mi simpatía está con ellos— dotados de testículos y ovarios, clítoris como penes o penes como clítoris, uretras y vaginas y que, a veces, disparan espermatozoides y a la vez menstrúan. Para su conocimiento, estos casos raros no son tan raros; el doctor John Money, de la Universidad de John Hopkins, estima que los intersexuales son un cuatro por ciento de los homínidos que nacen (sume y verá que, solos, poblarían un continente).
La existencia de esta populosa humanidad científicamente establecida (de la que me he enterado leyendo esos trabajos que, para mí, tienen un interés sobre todo erótico), al margen de la normalidad y por cuya liberación, reconocimiento y aceptación lucho también a mi fútil manera (quiero decir, desde mi solitaria esquina de libertario hedonista, amante del arte y los placeres del cuerpo, aherrojado tras el anodino ganapán de gerente de una compañía de seguros) fulmina a quienes, como usted, se empeñan en separar a la humanidad en compartimentos estancos en razón del sexo: falos aquí, clítoris del otro lado, vaginas a la derecha, escrotos a la izquierda. Ese esquematismo gregario no corresponde a la verdad. También en lo referente al sexo los humanos representamos un abanico de variantes, familias, excepciones, originalidades y matices. Para aprisionar la realidad última e intransferible de lo humano, en este dominio, como en todos los otros, hay que renunciar al rebaño, a la visión tumultuaria, y replegarse en lo individual.
Resumiendo, le diré que todo movimiento que pretenda trascender (o relegar a segundo plano) el combate por la soberanía individual, anteponiéndole los intereses de un colectivo —clase, raza, género, nación, sexo, etnia, iglesia, vicio o profesión— me parece una conjura para embridar aún más la maltratada libertad humana. Esa libertad sólo alcanza su sentido pleno en la esfera del individuo, patria cálida e indivisible que encarnamos usted con su clítoris beligerante y yo con mi falo encubierto (llevo prepucio y también lo lleva mi hijito Alfonso y estoy contra la circuncisión religiosa de los recién nacidos —no de la elegida por seres con uso de razón— por las mismas razones que condeno la ablación del clítoris y de los labios superiores vaginales que practican muchos islamistas africanos) y deberíamos defenderla, ante todo, contra la pretensión de quienes quisieran disolvernos en esos conglomerados amorfos y castradores que manipulan los hambrientos de poder. Todo parece indicar que usted y sus seguidoras forman parte de esa grey y, por lo tanto, es mi deber participarle mi antagonismo y hostilidad a través de esta carta, que, por lo demás, tampoco pienso llevar al correo.
Para levantar algo la seriedad funeral de mi misiva y terminarla con una sonrisa, me animo a referirle el caso del pragmático andrógino Emma (¿debería, tal vez, decir andrógina?) que refiere el urólogo Hugh H. Young (asimismo de John Hopkins) que la/lo trató. Emma fue educada como niña, pese a tener un clítoris del tamaño de un pene, y una hospitalaria vagina, lo que le permitía celebrar intercambios sexuales con mujeres y hombres. De soltera, los tuvo sobre todo con muchachas, oficiando ella de hombre. Luego, casó con un varón e hizo el amor como mujer, sin que ese rol, empero, la deleitara tanto como el otro; por eso, tuvo amantes mujeres a las que horadaba alegremente con su virilizado clítoris. Consultado por ella, el doctor Young le explicó que sería muy fácil intervenirla quirúrgicamente y convertirla sólo en hombre, ya que ésa parecía su preferencia. La respuesta de Emma vale bibliotecas sobre la estrechez del humano universo: «¿Tendría usted que quitarme la vagina, no, doctor? No creo que me convenga, pues ella me da de comer. Si me opera, tendría que separarme de mi esposo y buscar trabajo. Para eso, prefiero seguir como estoy». Cita la historia la doctora Anne Fausto–Sterling en Myths of Gender: Biological Theories about Women and Men, libro que le recomiendo.
Abur y polvos, amiga.
BORRACHERA CON CARAMBOLA
En el sosiego de la noche barranquina, don Rigoberto se enderezó en su cama con la ligereza de una cobra convocada por el encantador. Ahí estaba doña Lucrecia, bellísima en su escotado vestido negro de gasa, hombros y brazos desnudos, sonriente, atendiendo a la docena de invitados. Daba órdenes al mayordomo que servía las bebidas y a Justiniana que, en su uniforme azul con mandil blanco almidonado, pasaba las bandejas de bocaditos —yuquitas con salsa huancaína, palitos de queso, conchitas a la parmesana, aceitunas rellenas— con desenvoltura de dueña de casa. Pero, el corazón de don Rigoberto dio un bote, quien pugnaba por ocupar toda la escena en su indirecta memoria de aquel suceso (él había sido el gran ausente de esa fiesta, que conocía a través de Lucrecia y su propia imaginación) era la voz estrambótica de Fito Cebolla. ¿Ya borracho? Camino de estarlo, pues los whiskies se sucedían en sus manos como cuentas de rosario en las de una devota.
—Si tenías que viajar —se enterró en sus brazos doña Lucrecia—, debimos cancelar el coctel. Yo te lo dije.
—¿Por qué? —preguntó don Rigoberto, ajustando su cuerpo al de su esposa—. ¿Pasó algo?
—Muchas cosas —se rió doña Lucrecia, la boca contra su pecho—. No te lo voy a contar. Ni te lo sueñes.
—¿Alguien se portó mal? —se animó don Rigoberto—. ¿Se propasó Fito Cebolla, por ejemplo?
—Quién, si no —le dio gusto su mujer—. Él, por supuesto.
«Fito, Fito Cebolla», pensó. ¿Lo quería o lo odiaba? No era fácil saberlo, pues despertaba en él uno de esos sentimientos difusos y contradictorios que eran su especialidad. Lo había conocido cuando, en un directorio, decidieron nombrarlo relacionista público de la compañía. Fito tenía amigos por todas partes y, aunque estaba en franca decadencia y lanzado hacia la dipsomanía más babosa, sabía hacer bien lo que sugería su nombramiento rimbombante: relacionarse y ser público.
—¿Qué barbaridad hizo? —preguntó, anheloso.
—A mí, meterme la mano —se avergonzó, escabulló y repuso doña Lucrecia—. A Justiniana, por poco la viola.
Don Rigoberto lo conocía de oídas y estuvo seguro de que lo detestaría apenas lo viera aparecerse en la oficina a tomar posesión de su puesto. ¿Qué otra cosa podía ser sino una canalla impresentable, un sujeto de vida jalonada de actividades deportivas —su nombre se asociaba, en los vagos recuerdos de don Rigoberto, a la tabla hawaiana, el tenis, el golf, exhibiciones de moda o concursos de belleza de los que solía ser jurado y a las páginas frivolas, donde con frecuencia irrumpían su dentadura carnicera y su piel tostada por las playas del planeta, vestido de etiqueta, de sport, de hawaiano, de noche, de tarde, de amanecer y de crepúsculo, una copa en la mano y enmarcado por mujeres muy bonitas. Se esperaba la imbecilidad integral, en su variante alta sociedad limeña. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que Fito Cebolla, siendo exactamente todo lo que podía esperarse de él —frivolo, cafiche de lujo, cínico, vividor, parásito, ex–deportista y ex–tigre del coctel— era, también, un original, un impredecible y, hasta el colapso alcohólico, divertidísimo. Había leído algo alguna vez y sacaba provecho a esas lecturas, citando a Fernando Casos —«En el Perú es admirable lo que no sucede»— y, entre carcajadas admonitivas, a Paul Groussac: «Florencia es la ciudad–artista, Liverpool la ciudad–mercader y Lima la ciudad–mujer». (Para comprobar este aserto estadísticamente, llevaba una libreta en la que iba anotando las mujeres feas y bonitas que cruzaba en su camino). A poco de conocerse, mientras tomaban un copetín con dos compañeros de oficina en el Club de la Unión, habían hecho una apuesta entre los cuatro a ver quién pronunciaba la frase más pedante. La de Fito Cebolla («Cada vez que paso por Port Douglas, en Australia, me zampo un bistec de cocodrilo y me tiro a una aborigen») ganó por unanimidad.
En la soledad oscura, don Rigoberto fue presa de un arrebato de celos que alteró su pulso. Su fantasía trabajaba como una mecanógrafa. Ahí estaba otra vez doña Lucrecia. Espléndida, hombros pulidos y brazos rozagantes, empinada sobre los zapatos calados de tacón de aguja y sus torneadas piernas depiladas, departía con los invitados, explicando, pareja por pareja, la urgente partida de Rigoberto a Río de Janeiro, esa tarde, por asuntos de la compañía.
—Y qué nos importa —bromeó, galante, Fito Cebolla, besando la mano de la dueña de casa después de su mejilla—. Qué más queremos.
Era flaccido, pese a las proezas deportivas de sus años mozos, alto, contoneante, ojos de batracio y una boca movediza que pringaba de lujuria las palabras que emitía. Por supuesto, se había presentado al coctel sin su mujer ¿sabiendo que don Rigoberto sobrevolaba las selvas amazónicas? Fito Cebolla había dilapidado las modestas fortunas de sus tres primeras esposas legítimas, de las que fue divorciándose a medida que las exprimía paseándolas por los mejores balnearios del ancho mundo. Llegada la hora del reposo, se resignaba a su cuarta y, sin duda, última mujer, cuyo disminuido patrimonio le aseguraba, ya no lujos ni excesos de orden turístico, vestuario o culinario, apenas una buena casa en La Planicie, una correcta despensa y escocés suficiente para cebar la cirrosis hasta el fin de sus días, a condición de no pasar de los setenta. Ella era frágil, menuda, elegante y como pasmada de admiración retrospectiva por el Adonis que en algún tiempo fue Fito Cebolla.
Ahora, era un abotargado sesentón e iba por la vida armado de una libretita y unos prismáticos con los que, en sus andanzas por el centro y en la luz roja de los semáforos cuando conducía su anticuado Cadillac color concho de vino, veía y anotaba, además de la estadística general (feas o bonitas), una más especializada: las respingadas nalgas, los encabritados pechos, las piernas mejor torneadas, los cuellos más cisnes, las bocas más sensuales y los ojos más brujos que le deparaba el tráfico. Su investigación, rigurosa y arbitraria a más no poder, dedicaba a veces un día, y hasta una semana, a una parte de las anatomías femeninas transeúntes, de manera no muy diferente a la que don Rigoberto configuraba para el aseo de sus órganos: lunes, culos; martes, pechos; miércoles, piernas; jueves, brazos; viernes, cuellos; sábados, bocas y domingos, ojos. Las calificaciones, de cero a veinte, las promediaba cada fin de mes.
Desde que Fito Cebolla le permitió hojear sus estadísticas, don Rigoberto había comenzado a presentir, en el insondable océano de los caprichos y las manías, una inquietante semejanza con él, y a consentir una incontenible simpatía por un espécimen capaz de reivindicar sus extravagancias con tanta insolencia. (No era su caso, pues las suyas eran disimuladas y matrimoniales.) En cierto sentido, aun restando su cobardía y timidez, de las que Fito Cebolla carecía, intuyó que éste era su par. Cerrando los ojos — en vano, porque las sombras del dormitorio eran totales— y arrullado por el rumor vecino del mar al pie del acantilado, don Rigoberto divisó la mano con vellos en los nudillos, decorada con aro de matrimonio y sortija de oro en el meñique, aposentándose a traición en el trasero de su mujer. Un quejido animal que hubiera podido despertar a Fonchito rajó su garganta: «¡Hijo de puta!».
—No fue así —dijo doña Lucrecia, sobándose contra él—. Conversábamos en un grupo de tres o cuatro, Fito entre ellos, ya con muchos whiskies adentro. Justiniana pasó la fuente y entonces él, de lo más fresco, se puso a piropearla.
—Qué sirvienta más bonita —exclamó, los ojos inyectados, los labios babeando su hilito de saliva, la entonación desguasada—. Una zambita de rompe y raja. ¡Qué cuerpito!
—Sirvienta es una palabra fea, despectiva y un poco racista —reaccionó doña Lucrecia—. Justiniana es una empleada, Fito. Como tú. Rigoberto, Alfonsito y yo la queremos mucho.
—Empleada, valida, amiga, protegida o lo que sea, no pretendo ofender —siguió Fito Cebolla, imantado, a la joven que se alejaba—. Ya me gustaría tener en mi casa una zambita así.
Y, en ese momento, doña Lucrecia sintió, inequívoca, poderosa, ligeramente mojada y caliente, una mano masculina en la parte inferior de su nalga izquierda, en el sensible lugar donde descendía en pronunciada curva al encuentro del muslo. Por unos segundos, no atinó a reaccionar, a retirarla, apartarse ni enojarse. Él se había aprovechado de la gran planta de crotos junto a la cual conversaban para ejecutar la operación sin que los demás lo advirtieran. A don Rigoberto lo distrajo una expresión francesa: la main baladeuse. ¿Cómo se traduciría? ¿La mano viajera? ¿La mano trashumante? ¿La mano ambulante? ¿La mano resbalosa? ¿La mano pasajera? Sin resolver el dilema lingüístico, se indignó de nuevo. Un impávido Fito miraba a Lucrecia con su insinuante sonrisa mientras sus dedos comenzaban a moverse, plisando la gasa del vestido. Doña Lucrecia se apartó con brusquedad.
—Mareada de cólera, fui a la repostería a tomar un vaso de agua —explicó a don Rigoberto.
—¿Qué le pasa, señora? —le preguntó Justiniana.
—Ese asqueroso me puso la mano aquí. No sé cómo no le di una trompada.
—Debiste dársela, romperle un macetero en la cabeza, rasguñarlo, botarlo de la casa —se enfureció Rigoberto.
—Se la di, se lo rompí, lo rasguñé y lo boté de la casa —Doña Lucrecia frotó su nariz esquimal contra la de su marido—. Pero, después. Antes, pasaron cosas.