38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 12

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—No es nada, se te irá volando. ¿Y la otra?

En el hombro y parte del antebrazo. Abriendo la bata Justiniana le señaló el moretón que comenzaba a hincharse. Doña Lucrecia advirtió que la muchacha tampoco llevaba sostén. Tenía su pecho muy cerca de sus ojos. Veía la punta del pezón. Era un pecho joven y menudo, bien dibujado, con una tenue granulación en la corola.

—Esto está más feo —murmuró—. ¿Aquí, te duele?

—Apenitas —dijo Justiniana, sin retirar el brazo que doña Lucrecia frotaba con cuidado, más atenta ahora a su propia turbación que al hematoma de la empleada.

—O sea que —insistió, imploró don Rigoberto—, ahí sí pasó algo.

—Ahí, sí —concedió esta vez su mujer—. No sé qué, pero algo. Estábamos tan juntas, en bata. Nunca había tenido esas intimidades con ella. O, tal vez, por lo de la cocina. O, por lo que fuera. De repente, yo ya no era yo. Y ardía de pies a cabeza.

—¿Y ella?

—No lo sé, quién sabe, creo que no —se complicó doña Lucrecia—. Todo había cambiado, eso sí. ¿Te das cuenta, Rigoberto? Después de semejante susto. Y fíjate lo que me estaba pasando.

—Esa es la vida —murmuró don Rigoberto, en voz alta, oyendo resonar sus palabras en la soledad del dormitorio ya iluminado por el día—. Ese es el ancho, el impredecible, el maravilloso, el terrible mundo del deseo. Mujercita mía, qué cerca te tengo, ahora que estás tan lejos.

—¿Sabes una cosa? —dijo doña Lucrecia a Justiniana—. Lo que tú y yo necesitamos para sacarnos las emociones de la noche, es un trago.

—Para no tener pesadillas con ese mano larga —se rió la empleada, siguiéndola al dormitorio. Se le había animado la expresión—. La verdad, creo que sólo emborrachándome me libraré de soñarme con él esta noche.

—Vamos a emborracharnos, entonces —Doña Lucrecia iba hacia el barcito del escritorio—. ¿Quieres un whisky? ¿Te gusta el whisky?

—Lo que sea, lo que usted vaya a tomar. Deje, deje, yo se lo traigo.

—Quédate aquí —la atajó doña Lucrecia, desde el estudio—. Esta noche, sirvo yo.

Se rió y la muchacha la imitó, divertida. En el escritorio, sintiendo que no controlaba sus manos y sin querer pensar, doña Lucrecia llenó dos vasos grandes con mucho whisky, un chorrito de agua mineral y dos cubos de hielo. Regresó, deslizándose como un felino entre los almohadones esparcidos por el suelo. Justiniana se había reclinado en el espaldar del chaise longue, sin subir las piernas. Hizo ademán de levantarse. —Quédate ahí, nomás —volvió a atajarla—. Arrímate, cabemos.

La muchacha vaciló, por primera vez desconcertada; pero, se recompuso de inmediato. Descalzándose, subió las piernas y se corrió hacia la ventana para hacerle sitio. Doña Lucrecia se acomodó a su lado. Arregló los cojines bajo su cabeza. Cabían, pero sus cuerpos se rozaban. Hombros, brazos, piernas y caderas, se presentían y, por momentos, tocaban.

—¿Por quién brindamos? —dijo doña Lucrecia—. ¿Por la paliza a ese animal?

—Por mi silletazo —recuperó su espíritu Justiniana—. Con la cólera que tenía, hubiera podido matarlo, le digo. ¿Cree que se la partí, la cabeza?

Volvió a beber un trago y la sobrecogió la risa. Doña Lucrecia se echó a reír también, con una risita medio histérica. «Se la partiste y yo, con el rollo de amasar, le partí otras cosas.» Así pasaron un buen rato, como dos amigas que comparten una confidencia jovial y algo escabrosa, estremecidas por las carcajadas. «Te aseguro que Fito Cebolla tiene más moretones que tú, Justiniana», «¿Y qué pretextos le dará ahora a su mujer, para esos chinchones y heridas?», «Que lo asaltaron los ladrones y le dieron una pateadura». En un contrapunto de chacota, acabaron los vasos de whisky. Se calmaron. Poco a poco, recuperaron el aliento.

—Voy a servir otros dos más —dijo doña Lucrecia.

—Yo voy, déjeme a mí, le juro que sé prepararlos.

—Bueno, anda, pondré música.

Pero, en vez de levantarse del chaise longue para que la muchacha pasara, la señora Lucrecia la cogió de la cintura con las dos manos y la ayudó a deslizarse por encima de ella, sin retenerla pero demorándola, en un movimiento que, por un momento, tuvo a sus cuerpos —la patrona abajo, la empleada arriba— enlazados. En la semipenumbra, mientras sentía el rostro de Justiniana sobre el suyo —su aliento le calentaba la cara y se le metía por la boca— doña Lucrecia vio asomar en el azabache de sus ojos un resplandor alarmado.

—¿Y, ahí, notaste qué? —la conminó un atorado don Rigoberto, sintiendo a doña Lucrecia moverse en sus brazos con la pereza animal en que su cuerpo zozobraba cuando hacían el amor.

—No se escandalizó; sólo se asustó un poquito, tal vez. Aunque no por mucho rato —dijo, semiahogada—. De que me hubiera tomado esas confianzas, haciéndola pasar encima mío cogida de la cintura. Tal vez, se dio cuenta. No sé, no sabía nada, no me importó nada. Yo, volaba. Pero, de eso sí me di: no se enojó. Lo tomaba con gracia, con esa malicia que pone en todo. Fito tenía razón, es atractiva. Y, más, medio desnuda. Su cuerpo café con leche, contrastando con la blancura de la seda…

—Hubiera dado un año de vida por verlas, en ese momento —Y don Rigoberto encontró la referencia que hacía rato buscaba: Pereza y lujuria o el sueño, de Gustave Courbet.

—¿No nos estás viendo? —se burló doña Lucrecia.

Con total nitidez, pese a que, a diferencia de su diurno dormitorio, aquél era nocturno, y esa parte de la habitación estaba en penumbra, fuera del alcance de la lámpara de pie. La atmósfera se había adensado. Aquel perfume penetrante, que mareaba, intoxicó a don Rigoberto. Sus narices lo aspiraban, expelían, reabsorbían. Al fondo, se oía el rumor del mar, y, en el estudio, a Justiniana preparando los tragos. Media oculta por la planta de hojas lanceoladas, doña Lucrecia se estiró y, como desperezándose, puso en marcha el tocadiscos; una música de arpas paraguayas y un coro guaraní flotó en la habitación, mientras doña Lucrecia volvía a su postura en el chaise longue y, los párpados entornados, esperaba a Justiniana con una intensidad que don Rigoberto olió y oyó. La bata china dejaba ver su muslo blanco y sus brazos desnudos. Tenía los cabellos alborotados y sus ojos atisbaban detrás de las sedosas pestañas. «Un ocelote que acecha a su presa», pensó don Rigoberto. Cuando Justiniana apareció con los dos vasos en las manos, venía risueña, moviéndose con desenvoltura, acostumbrada ya a esa complicidad, a no guardar con su patrona la distancia debida.

—¿Te gusta esta música paraguaya? No sé cómo se llama —murmuró doña Lucrecia.

—Mucho, es bonita, pero no se baila ¿no? —comentó Justiniana, sentándose en el borde del chaise longue y alcanzándole el vaso—. ¿Está bien así o le falta agua?

No se atrevía a pasar por encima de ella y doña Lucrecia se arrimó hacia el rincón que había ocupado antes la muchacha. La animó con un gesto a que se echara en su lugar. Justiniana lo hizo y, al tenderse junto a ella, la bata se le corrió de modo que su pierna derecha quedó también descubierta, a milímetros de la pierna desnuda de la señora.

—Chin chin, Justiniana —dijo ésta, chocándole el vaso.

—Chin chin, señora.

Bebieron. Apenas apartaron los vasos, doña Lucrecia bromeó:

—Cuánto hubiera dado Fito Cebolla por tenernos a las dos como estamos ahora.

Se rió y Justiniana también se rió. La risa de ambas creció, decreció. La muchacha se atrevió a hacer una broma, ella también:

—Si al menos hubiera sido joven y pintón. Pero, con semejante sapo y encima borracho, quién se iba a dejar.

—Al menos, tiene buen gusto —La mano libre de doña Lucrecia revolvió los cabellos de Justiniana—. La verdad, eres muy bonita. No me extraña que hagas hacer locuras a los hombres. ¿Sólo a Fito? Habrás causado estragos, por ahí.

Siempre alisándole los cabellos, estiró su pierna hasta tocar la de Justiniana. Esta no apartó la suya. Quedó quieta, media sonrisa fijada en la cara. Después de unos segundos, la señora Lucrecia, con un vuelco de corazón, notó que el pie de Justiniana se adelantaba despacito hasta hacer contacto con el suyo. Unos dedos tímidos se movían sobre los suyos, en un imperceptible rasguño.

—Te quiero mucho, Justita —dijo, llamándola por primera vez como hacía Fonchito—. Me di cuenta esta noche. Cuando vi lo que ese gordo te estaba haciendo. ¡Sentí una rabia! Como si hubieras sido mi hermana.

—Yo también a usted, señora —musitó Justiniana, ladeándose un poco, de modo que, ahora, además de pies y muslos, se tocaban sus caderas, brazos y hombros—. Me da no sé qué decírselo, pero, la envidio tanto. Por ser como es, por ser tan elegante. La mejor que he conocido.

—¿Me permites que te bese? —La señora Lucrecia inclinó la cabeza hasta rozar la de Justiniana. Sus cabellos se mezclaron. Veía sus ojos profundos, muy abiertos, observándola sin pestañar, sin miedo, aunque con algo de ansiedad—. ¿Puedo besarte? ¿Podemos? ¿Como amigas?

Se sintió incómoda, arrepentida, los segundos —¿dos, tres, diez?— que Justiniana tardó en responder. Y le volvió el alma al cuerpo —su corazón latía tan de prisa que apenas respiraba— cuando, por fin, la carita que tenía bajo la suya asintió y se adelantó, ofreciéndole los labios. Mientras se besaban, con ímpetu, enredando las lenguas, separándose y juntándose, sus cuerpos anudándose, don Rigoberto levitaba. ¿Estaba orgulloso de su esposa? Por supuesto. ¿Más enamorado de ella que nunca? Naturalmente. Retrocedió a verlas y oírlas.

—Tengo que decirle una cosa, señora —oyó que Justiniana susurraba en el oído de Lucrecia—. Hace mucho, tengo un sueño. Se repite, me viene hasta despierta. Que, una noche, hacía frío. El señor estaba de viaje. Usted tenía miedo a los ladrones y me pidió que viniera a acompañarla. Yo quería dormir en este sillón y usted «no, no, ven aquí, ven». Y me hacía acostarme con usted. Soñando eso, soñando, ¿se lo digo?, me mojaba. ¡Qué vergüenza!

—Hagamos ese sueño —La señora Lucrecia se enderezó, llevando tras ella a Justiniana—. Durmamos juntas, pero en la cama, es más blanda que el chaise longue. Ven, Justita.

Antes de entrar bajo las sábanas, se quitaron las batas, que quedaron al pie del lecho de dos plazas, cubierto por un cubrecama. A las arpas había sucedido un vals de otros tiempos, unos violines cuyos compases sintonizaban con sus caricias. ¿Qué importaba que hubieran apagado la luz mientras jugaban y se amaban, ocultas bajo las sábanas, y el atareado cubrecamas se encrespaba, arrugaba y bamboleaba? Don Rigoberto no perdía detalle de sus amagos y arremetidas; se enredaba y desenredaba con ellas, estaba junto a la mano que embolsaba un pecho, en cada dedo que rozaba una nalga, en los labios que, luego de varias escaramuzas, se atrevían por fin a hundirse en esa sombra enterrada, buscando el cráter del placer, la oquedad tibia, la latiente boca, el vibrátil musculillo. Veía todo, sentía todo, oía todo. Sus narices se embriagaban con el perfume de esas pieles y sus labios sorbían los jugos que manaban de la gallarda pareja.

—¿Ella no había hecho eso nunca?

—Ni yo tampoco —se lo confirmó doña Lucrecia—. Ninguna de las dos, nunca. Un par de novatas. Aprendimos, ahí mismo. Gocé, gozamos. No te extrañé nada esa noche, mi amor. ¿No te importa que te lo diga?

—Me gusta que me lo digas —la abrazó su esposo—. ¿Y ella, no se sintió mal después?

En absoluto. Había mostrado una naturalidad y una discreción que impresionaron a doña Lucrecia. Salvo a la mañana siguiente, cuando llegaron los ramos de flores (el de la patrona decía: «Desde sus vendajes, Fito Cebolla agradece de todo corazón la merecida enseñanza que ha recibido de su querida y admirada amiga Lucrecia» y el de la empleada: «Fito Cebolla saluda y pide rendidas excusas a la Flor de la Canela») que se mostraron la una a la otra, el tema no se había vuelto a tocar. La relación no cambió, ni las maneras, ni el tratamiento, para quienes las observaban desde fuera. Es verdad que, de cuando en cuando, doña Lucrecia tenía pequeñas delicadezas con Justiniana, regalándole unos zapatos nuevos, un vestido o llevándola de compañía en sus salidas, pero eso, aunque daba celos al mayordomo y a la cocinera, no sorprendía a nadie, pues todos en la casa, desde el chofer hasta Fonchito y don Rigoberto, hacía tiempo habían notado que con sus vivezas y zalamerías Justiniana se tenía comprada a la señora.