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Ojos para ver, nariz para oler, dedos para tocar y orejas como cuernos de la abundancia para ser frotadas con las yemas, igual que la jorobita de la jorobada o la panzita del Buda —que traen suerte— y, después, lamidas y besadas.
Me gustas tú, Rigoberto, y tú y tú, pero, por encima de todas tus otras cosas, me gustan tus orejas voladoras. Quisiera ponerme de rodillas y aguaitar esos agujeritos que tú limpias cada mañana (la que sabe, sabe) con un palito algodonado y les arrancas los vellitos con una pinza —pelito ay por pelito ay junto al espejo ay— los días que les toca la purificación. ¿Qué vería yo por esos hondos huequecitos? Un precipicio. Y, así, descubriría tus secretos. ¿Cuál, por ejemplo? Que, sin saberlo, ya me amas, Rigoberto. ¿Alguna otra cosa vería? Dos elefantitos con sus trompitas levantadas. Dumbo, Dumbito, cuánto te amo.
Entre gustos y colores no han escrito los autores. Tú, para mí, aunque hay quien dice que por tu nariz y tus orejas ganarías el concurso El Hombre Elefante del Perú, eres el ser más atractivo, el más buen mozo que se ha visto. A ver, Rigoberto, adivina, si me dieran a escoger entre Robert Redford y tú ¿quién sería el elegido de mi corazón? Sí, orejita mía, sí, narigoncito, sí, Pinochito: tú, tú.
¿Qué más vería, si me asomara a espiar por tus abismos auditivos? Un campo de tréboles, todos de cuatro hojas. Y ramos de rosas cuyos pétalos tienen retratada, en su peluza blanca, una carita amorosa. ¿Cuál? La mía.
¿Quién soy, Rigoberto? ¿Quién es la andinista que te ama y te idolatra y algún día no lejano escalará tus orejas como otros escalan el Himalaya o el Huascarán?
Tuya, tuya, tuya, La loquita de tus orejas
IV. FONCHITO EN LAGRIMAS
Fonchito había estado cabizbajo y paliducho desde que llegó a la casa de San Isidro y doña Lucrecia estaba segura de que sus ojeras y su mirada huidiza tenían algo que ver con Egon Schiele, tema infalible de cada tarde. Apenas abrió la boca mientras tomaban el té y, por primera vez en estas semanas, olvidó elogiar los chancays tostados de Justiniana. ¿Malas notas en el colegio? ¿Descubrió Rigoberto que faltaba a la academia para venir a visitarla? Encerrado en un mutismo tristón, se mordía los nudillos. En algún momento había mascullado algo terrible sobre Adolf y María, padres o parientes de su reverenciado pintor.
—Cuando algo lo carcome a uno por adentro, lo mejor es compartirlo —se ofreció doña Lucrecia—. ¿No me tienes confianza? Cuéntame qué te pasa, tal vez pueda ayudarte.
El niño la miró a los ojos, azorado. Pestañeaba y parecía que fuera a romper en llanto. Sus sienes latían y doña Lucrecia divisó las venillas azules de su cuello.
—Es que, he estado pensando —dijo, al fin. Apartó la vista y se calló, arrepentido de lo que iba a decir.
—¿En qué, Fonchito? Anda, dime. ¿Por qué te preocupa tanto esa pareja? ¿Quiénes son Adolf y María?
—Los papas de Egon Schiele —dijo el niño, como si hablara de un compañero de clase—. Pero, no me preocupa el señor Adolf, sino mi papá.
—¿Rigoberto?
—No quiero que termine como él —la carita se ensombreció aún más y su mano hizo un extraño pase, como ahuyentando un fantasma—. Me da miedo y no sé qué hacer. No quería preocuparte. Todavía lo quieres a mi papá ¿no, madrastra?
—Claro que sí —asintió ella, desconcertada—. Me dejas en la luna, Fonchito. ¿Qué tiene que ver Rigoberto con el padre de un pintor que murió al otro lado del mundo, hace medio siglo?
Al principio, le había parecido divertido, muy propio de él, ese juego inusitado, encandilarse con las pinturas y la vida de Egon Schiele, estudiárselas, aprendérselas, identificarse con él hasta creer, o decir que creía, que era Egon Schiele redivivo y que moriría también, luego de una carrera fulgurante, de manera trágica, a los veintiocho años. Pero, este juego se iba enturbiando.
—El destino de su papá se está repitiendo también en el mío —balbuceó Fonchito, tragando saliva—. No quiero que se vuelva loco y sifilítico como el señor Adolf, madrastra.
—Pero, qué tontería —intentó calmarlo ella—. Vamos a ver, la vida no se hereda ni se repite. De dónde se te ha ocurrido un disparate así.
Incapaz de contenerse, al niño se le descompuso la cara en un puchero y rompió a llorar, con sollozos que estremecían su esmirriada figura. La señora Lucrecia saltó de su sillón, fue a sentarse junto a él en la alfombra de la salita comedor, lo abrazó, lo besó en los cabellos y en la frente, con su pañuelo le secó las lágrimas, lo hizo sonarse la nariz. Fonchito se apretó contra ella. Hondos suspiros levantaban su pecho y doña Lucrecia sentía brincar su corazón.
—Cálmate, ya pasó, no llores, ese adefesio no tiene pies ni cabeza —le alisaba los cabellos, los besaba—. Rigoberto es el hombre más sano y tiene la cabeza mejor puesta que se ha visto.
¿El padre de Egon Schiele era sifilítico y había muerto loco? Picada de curiosidad por las continuas alusiones de Fonchito, doña Lucrecia había ido a buscar algo sobre Schiele a la librería La Casa Verde, a dos pasos de su casa, pero no encontró ninguna monografía, sólo una historia del expresionismo que le dedicaba apenas parte de un capítulo. No recordaba que mencionara para nada a su familia. El niño asintió, la boca fruncida y los ojos semicerrados. De cuando en cuando, lo recorría un escalofrío. Pero, se fue sosegando y, sin apartarse de ella, encogido, y, se diría, feliz de estar protegido por los brazos de doña Lucrecia, comenzó a hablar. ¿No conocía ella la historia del señor Adolf Schiele? No, no la conocía; no había podido encontrar una biografía de ese pintor. Fonchito, en cambio, había leído varias en la biblioteca de su papá y consultado la enciclopedia. Una historia terrible, madrastra. Decían que, sin lo que les pasó al señor Adolf Schiele y a la señora María Soukup, no se podía entender a Egon. Porque esa historia escondía el secreto de su pintura.
—Bueno, bueno —trató de despersonalizar el asunto doña Lucrecia—. ¿Y cuál es, pues, el secreto de su pintura?
—La sífilis de su papá —repuso el niño, sin vacilar—. La locura del pobre señor Adolf Schiele.
Mordiéndose el labio, doña Lucrecia aguantó la risa, para no herir al niño. Le pareció oír al doctor Rubio, un psicoanalista conocido de don Rigoberto, muy popular entre sus amigas desde que, citando el ejemplo de Wilhelm Reich, se desnudaba en las sesiones para interpretar mejor los sueños de sus pacientas, y que solía soltar cosas por el estilo en los cocteles, con la misma convicción.
—Pero, Fonchito —dijo, soplándole la frente, brillosa de sudor—. ¿Sabes acaso qué es la sífilis?
—Una enfermedad venérea, que viene de Venus, una diosa que no sé quién fue — confesó el niño, con sinceridad desarmante—. No la encontré en el diccionario. Pero, sé dónde se la contagiaron al señor Adolf. ¿Te cuento cómo fue?
—A condición de que te calmes. Y de que no vuelvas a atormentarte con fantasías descabelladas. Ni eres Egon Schiele ni Rigoberto tiene nada que ver con ese caballero, tontorrón.
El niño no le prometió nada, pero tampoco le replicó. Quedó un rato en silencio, en los brazos protectores, la cabeza en el hombro de su madrastra. Cuando comenzó a contar, lo hizo con el lujo de fechas y detalles de un testigo de lo que contaba. O, protagonista, pues ponía la emoción de quien lo ha vivido en carne propia. Como si, en vez de nacer en Lima a fines del siglo veinte, fuera Egon Schiele, un mozalbete de la última generación de subditos austro–húngaros, la que vería desaparecer en la hecatombe de la primera guerra mundial la llamada Belle Époque y el imperio, esa sociedad rutilante, cosmopolita, literaria, musical y plástica que Rigoberto amaba tanto y sobre la que había dado a doña Lucrecia tan pacientes lecciones los primeros años de casados. (Ahora, Fonchito continuaba dándoselas.) La de Mahler, Schoenberg, Freud, Klimt, Schiele. En el sobresaltado relato, restando anacronismos y puerilidades, una historia se fue perfilando. Una aldea llamada Tulln, a orillas del Danubio, en los alrededores de Viena (a 25 kilómetros, decía) y la boda, en esos años finales de siglo, del funcionario de los ferrocarriles imperiales Adolf Eugen Schiele, protestante, de origen alemán, 26 años recién cumplidos, y la adolescente católica de origen checo, de 17, María Soukup. Un matrimonio alacrán, contra la corriente, debido a la oposición de la familia de la novia. («¿Se opuso la tuya a que te casaras con mi papá?» «Al contrario, quedaron encantados de Rigoberto.») Esa época era puritana y llena de prejuicios ¿no, madrastra? Sí, seguramente, ¿por qué? Porque María Soukup no sabía nada de la vida; no le habían enseñado ni cómo se hacían los niños, la pobrecita creía que los traían las cigüeñas de París. (¿La madrastra no sería tan inocente cuando se casó? No, doña Lucrecia sabía ya todo lo que había que saber.) Tan inocente era María que no se dio cuenta siquiera de que había quedado embarazada y se le ocurrió que su malestar era culpa de las manzanas, que le encantaban. Pero, eso era adelantarse. Había que retroceder al viaje de novios. Allí comenzó todo.
—¿Qué pasó en esa luna de miel?
—Nada —dijo el niño, enderezándose para sonarse. Tenía los ojos hinchados, pero se le había ido la palidez y estaba pendiente en cuerpo y alma del relato—. María tuvo miedo. Los tres primeros días, no dejó que el señor Adolf la tocara. El matrimonio no se consumó. De qué te ríes, madrastra.
—De oírte hablar como un viejo, siendo el pedazo de hombre que eres todavía. No te enojes, me interesa mucho. Bueno, los tres primeros días de casados, Adolf y Marie, nada de nada.
—No es para reírse —se apenó Fonchito—. Más bien, para llorar. La luna de miel fue en Trieste. Para recordar ese viaje de sus padres, Egon Schiele y Gerti, su hermanita preferida, hicieron un viaje idéntico, en 1906.
En Trieste, durante la frustrada luna de miel, comenzó la tragedia. Porque, en vista de que su esposa no se dejaba tocar —lloraría, patalearía, lo rasguñaría, haría un gran escándalo cada vez que él se acercaba a darle un beso—, el señor Adolf se salía a la calle. ¿Adonde? A consolarse con mujeres malas. Y, en uno de esos sitios, Venus le contagió la sífilis. Esta enfermedad comenzó a matarlo a poquitos desde entonces. Lo hizo perder la cabeza y desgració a toda la familia. A partir de ahí, cayó una maldición sobre los Schiele. Adolf, sin saberlo, contagió a su mujer, cuando pudo consumar el matrimonio, al cuarto día. Por eso, Marie abortó los tres primeros embarazos; y, por eso, murió Elvira, la hijita que vivió apenas diez añitos. Y, por eso, Egon fue tan debilucho y propenso a enfermedades. Tanto que, en su niñez, creían que se moriría pues se las pasaba visitando médicos. Doña Lucrecia terminó por verlo: un infante solitario, jugando con trencitos de juguete, dibujando, dibujando todo el tiempo, en sus cuadernos de colegio, en los márgenes de la Biblia, hasta en papeles que rescataba del basurero.
—Ya ves, no te pareces en nada a él. Tú fuiste el niño más sano del mundo, según Rigoberto. Y te gustaba jugar con aviones, no con trenes.
Fonchito se resistía a bromear.
—¿Me dejas terminar la historia o te está aburriendo?
No la aburría, la entretenía; pero, más que la peripecia y los finiseculares personajes austro–húngaros, la pasión con que Fonchito los evocaba: vibrando, moviendo ojos y manos, con inflexiones melodramáticas. Lo terrible de esa enfermedad era que venía despacito y a traición; y que deshonraba a sus víctimas. Ésa fue la razón por la que el señor Adolf nunca reconoció que la padecía. Cuando sus parientes le aconsejaban que viera al médico, protestaba: «Estoy más sano que cualquiera». Qué lo iba a estar. Había comenzado a fallarle la razón. Egon lo quería, se llevaban muy bien, sufría cuando empeoraba. El señor Adolf se ponía a jugar a las cartas como si hubieran venido sus amigos, pero estaba sólito. Las repartía, conversaba con ellos, les ofrecía cigarros, y en la mesita de la casa de Tulln no había nadie. Marie, Melanie y Gerti querían hacerle ver la realidad, «Pero, papá, si no hay con quién hablar, con quién jugar, ¿no te das cuenta?». Egon salía a contradecirlas: «No es cierto, padre, no les hagas caso, aquí están el jefe de la guardia, el director de correos, el maestro de la escuela. Tus amigos están contigo, padre. Yo también los veo, como tú». No quería aceptar que su papá tenía visiones. De repente, el señor Adolf se ponía su uniforme de gala, gorro de visera brillante, botas como espejos, y salía a cuadrarse en el andén. «¿Qué haces aquí, padre?» «Voy a recibir al Emperador y a la Emperatriz, hijo.» Ya estaba loco. No pudo seguir trabajando en los ferrocarriles, tuvo que jubilarse. De vergüenza, los Schiele se mudaron de Tulln a un lugar donde nadie los conocía: Klosterneuburg. En alemán quiere decir: «El pueblo nuevo del convento». El señor empeoró, se olvidó de hablar. Se pasaba los días en su cuarto, sin abrir la boca. ¿Veía? ¿Veía? Súbitamente, una agitación angustiosa se apoderó de Fonchito:
—Igualito que mi papá, pues —estalló, soltando un gallo—. Él también, regresa de la oficina y se encierra, para no hablar con nadie. Ni conmigo. Hasta sábados y domingos hace lo mismo; en su escritorio todo el santo día. Cuando le busco conversación, «Sí», «No», «Bueno». No sale de ahí.
¿Tendría la sífilis? ¿Se estaría volviendo loco? Le habría venido por la misma razón que al señor Adolf . Porque se quedó solo, cuando la señora Lucrecia lo dejó. Se fue a alguna casa mala y Venus se la contagió. ¡No quería que su papá se muriera, madrastra!
Rompió a llorar de nuevo, esta vez sin bulla, para adentro, tapándose la cara, y a doña Lucrecia le costó más trabajo que antes calmarlo. Lo consoló, qué delirios tan absurdos, acariñó, Rigoberto no tenía mal alguno, acunó, estaba más cuerdo que ella y Fonchito, sintiendo las lágrimas de esa rubicunda cabeza mojar la pechera de su vestido. Después de muchos mimos, logró serenarlo. A Rigoberto le gustaba encerrarse con sus grabados, con sus libros, con sus cuadernos, a leer, oír música, escribir sus citas y reflexiones. ¿Acaso no lo conocía? ¿No había sido siempre así?
—No, no siempre —negó el niño, con firmeza—. Antes, me contaba las vidas de los pintores, me explicaba los cuadros, me enseñaba cosas. Y me leía de sus cuadernos. Contigo, se reía, salía, era normal. Desde que te fuiste, cambió. Se puso triste. Ahora, ni siquiera le interesa qué notas saco; me firma la libreta sin mirarla. Lo único que le importa es su escritorio. Encerrarse ahí, horas de horas. Se volverá loco, como el señor Adolf. A lo mejor, ya lo está.
El niño le había echado los brazos al cuello y reclinaba su cabeza en el hombro de la madrastra. En el Olivar, se oían grititos y carreras de chiquillos, como todas las tardes, cuando, a la salida de los colegios, los escolares de la vecindad afluían al parque desde las innumerables esquinas a fumar un cigarrillo a ocultas de sus padres, patear la pelota y enamorar a las chicas del barrio. ¿Por qué Fonchito no hacía nunca esas cosas?
—¿Todavía lo quieres a mi papá, madrastra? —La pregunta volvía cargada de aprensión, como si de su respuesta pendiera una vida o una muerte.
—Ya te lo he dicho, Fonchito. Nunca he dejado de quererlo. ¿A qué viene eso?
—Él está así porque te extraña. Porque te quiere, madrastra, y no se consuela de que ya no vivas con nosotros.
—Las cosas pasaron como pasaron —Doña Lucrecia luchaba contra un malestar creciente.
—¿No estarás pensando en casarte otra vez, no, madrastra? —insinuó tímidamente el niño.
—Es lo último que haría en la vida, volver a casarme. Jamás de los jamases. Además, Rigoberto y yo ni siquiera estamos divorciados, sólo separados.