38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 17

—Para darle celos. Y, se los di. ¡Se puso nerviosísimo, madrastra!

Se rió con una risa que proclamaba una espléndida alegría de vivir. Su papi se había puesto pálido; se le saltaron los ojos, aunque, al principio, no comentó nada. Pero, estaba recomiéndolo la curiosidad y se moría de ganas de saber más. ¡Se lo notaba tan muñequeado! Para facilitarle la cosa, Fonchito abrió el fuego:

—¿Crees que mi madrastra piensa volver a casarse, papi?

A don Rigoberto se le avinagró la cara e hizo un extraño caballuno, antes de contestar: —No lo sé. Debiste preguntárselo tú —Y, luego de una vacilación, tratando de aparecer natural—. Quién sabe. ¿Te pareció que ese señor era más que un amigo?

—Bueno, no sé —habría dudado Fonchito, moviendo la cabeza como el cucú del reloj—. Estaban del brazo. El señor la miraba igual que en las películas. Y ella también le echaba unas miraditas muy coquetas.

—Yo a ti te mato, por bandido y mentiroso —La señora Lucrecia le lanzó uno de los cojines, que Fonchito recibió en la cabeza con grandes aspavientos—. Eres un farsante. No le dijiste nada, estás burlándote de mí a tu gusto.

—Por lo más santo, madrastra —se reía el niño, a carcajadas, besando sus dedos en cruz.

—Eres el peor cínico que he conocido —le disparó ella otro cojín, riéndose también—. Cómo serás de grande. Dios guarde a la pobre cándida que se enamore de ti.

El niño se puso serio, en uno de esos bruscos cambios de ánimo que desconcertaban a doña Lucrecia. Había cruzado los brazos sobre el pecho y, sentado como un Buda, la examinaba con cierto miedo.

—¿Lo decías en broma, no, madrastra? ¿O, de veras piensas que soy malo?

Ella estiró la mano y le acarició los cabellos.

—No, malo, no —dijo—. Eres impredecible. Un sabidillo con demasiada imaginación, eso sí.

—Quiero que ustedes se amisten —la interrumpió Fonchito, con ademán enérgico—. Por eso le inventé esa historia. Ya tengo un plan.

—Como yo soy la interesada, por lo menos deja que le dé mi aprobación.

—Es que… —Fonchito se retorció las manos—. Todavía me falta completarlo. Tienes que tenerme confianza, madrastra. Necesito saber algunas cosas de ustedes. Por ejemplo, cómo se conocieron tú y mi papá. Y, cómo fue que se casaron.

Una cascada de imágenes melancólicas actualizó en la memoria de doña Lucrecia el día aquel —once años ya— en que, en aquella tumultuosa y aburrida fiesta para celebrar las bodas de plata de unos tíos, le habían presentado a ese señor de carota lúgubre, grandes orejas y beligerante nariz, camino a la calvicie. Un cincuentón del que una amiga celestina, empeñada en casar a todo el mundo, la puso al tanto: «Viudo fresco, un hijo, gerente de Seguros La Perricholi, un poco estrafalario pero de familia decente y con plata». Al principio, sólo retuvo de Rigoberto el aspecto funeral, su actitud huraña, lo inapuesto que era. Pero, desde esa misma noche, algo la había atraído de ese hombre sin encantos físicos, algo que adivinó de complicado y misterioso en su vida. Y, doña Lucrecia, desde niña, había sentido fascinación por asomarse a los abismos desde lo alto del acantilado, por hacer equilibrio en la baranda de los puentes. Esa atracción se había confirmado cuando aceptó tomar té con él en La Tiendecita Blanca, asistir en su compañía a un concierto de la Filarmónica en el Colegio Santa Úrsula, y, sobre todo, cuando entró a su casa por primera vez. Rigoberto le mostró sus grabados, sus libros de arte y sus cuadernos donde estaban sus secretos, y le explicó cómo renovaba su colección, penalizando con las llamas a los libros e imágenes que reemplazaba. Se había impresionado oyéndolo, observando la corrección con que la trataba, su formalidad maniática. Para asombro de su familia y de sus amigas («¿Qué esperas para casarte, Lucre? ¿Un príncipe azul? ¡No puede ser que rechaces a todos tus aficionados!») cuando Rigoberto le propuso matrimonio («Sin haberme dado un beso») aceptó inmediatamente. Nunca se había arrepentido. Ni un solo día, ni un solo minuto. Había sido divertido, excitante, maravilloso, ir descubriendo el mundo de manías, rituales y fantasías de su esposo, compartirlo con él, ir construyendo a su lado esa vida reservada, a lo largo de diez años. Hasta la absurda, loca, estúpida historia con su hijastro a la que se dejó arrastrar. Y, con un mocosito que ahora ni siquiera parecía acordarse de lo ocurrido. ¡Ella, ella! La que todos creían tan juiciosa, tan precavida, tan bien organizada, la que siempre calculó todos los pasos con tanta sensatez. ¡Cómo había podido tener una aventura con un niñito de colegio! ¡Su propio entenado! Más bien, Rigoberto se había portado muy decente, evitando el escándalo, limitándose a pedirle la separación y dándole el apoyo económico que le permitía ahora vivir sola. Otro la hubiera matado, despedido con cajas destempladas, sin un centavo, puesto en la picota social como corruptora de menores. Qué tontería pensar que Rigoberto y ella podrían reconciliarse. Él seguiría mortalmente ofendido por lo que pasó; no la perdonaría jamás. Sintió que otra vez los bracitos se enroscaban en su cuello.

—Por qué te has puesto triste —la consoló Fonchito—. ¿Hice algo malo?

—De pronto, me acordé de algo y como soy una sentimental… Ya se me pasó.

—Cuando vi que te ponías así ¡me vino un susto!

El niño volvió a besarla en la oreja, con los mismos besitos diminutos, y a rematar los cariños humedeciéndole otra vez el pabellón de la oreja con la punta de la lengua. Doña Lucrecia se sentía tan deprimida que ni siquiera tuvo ánimos para apartarlo. Al poco rato, oyó que le decía, con un tono distinto:

—¿Tú también, madrastra?

—¿Qué cosa?

—Me estás tocando el potito, pues, igual que los amigotes de mi papá y los curas del colegio. ¡Qué les ha dado a todos con mi pompis, caramba!

CARTA AL ROTARIO

Ya sé que te ofendiste, amigo, por mi negativa a incorporarme al Rotary Club, institución de la que eres dirigente y promotor. Y, sospecho que quedaste receloso, nada convencido de que mi reticencia a ser rotario de ninguna manera significa que vaya a enrolarme en el Club de Leones o el recién aparecido Kiwanis del Perú, asociaciones con las que la tuya compite implacablemente para llevarse las palmas de la beneficencia pública, el espíritu cívico, la solidaridad humana, la asistencia social y cosas por el estilo. Tranquilízate: no pertenezco ni perteneceré a ninguno de esos clubs o asociaciones ni a nada que pudiera parecérseles (los Boy Scouts, los Ex–alumnos Jesuítas, la masonería, el Opus Dei, etcétera). Mi hostilidad al género asociativo es tan radical que hasta he desistido de ser miembro del Touring Automóvil Club, y no se diga de esos llamados clubs sociales que miden la categoría étnica y el patrimonio económico de los limeños. Desde mis años ya lejanos de militancia en la Acción Católica y a causa de ella —pues fue ésa la experiencia que me abrió los ojos sobre la ilusión de toda utopía social y me catapultó a la defensa del hedonismo y el individúo—, he contraído una repugnancia moral, psicológica e ideológica, contra toda forma de servidumbre gregaria, al punto que —no es broma— incluso la cola del cine me hace sentirme atropellado y disminuido de mi libertad (a veces, no tengo más remedio que acolarme, claro), retrocedido a la condición de hombre–masa. La única concesión que recuerdo haber hecho se debió a una amenaza de sobrepeso (soy un convencido, como Cyril Connolly, de que «la obesidad es una enfermedad mental») que me llevó a inscribirme en un gimnasio, donde un tarzán sin sesos nos hacía sudar a quince idiotas una hora diaria, al compás de sus rugidos, ejercitando unas simiescas contracciones que él llamaba aerobics. El suplicio gimnástico confirmó todos mis prejuicios contra el hombre–rebaño.

Permíteme, a propósito, que te transcriba una de las citas que atestan mis cuadernos, pues sintetiza maravillosamente lo que pienso. Su autor es un asturiano trotamundos acantonado en Guatemala, Francisco Pérez de Antón: «Un rebaño, como se sabe, está compuesto de gente despalabrada y esfínter más o menos débil. Es un hecho comprobado, además, que, en tiempos de confusión, el rebaño prefiere la servidumbre al desorden. De ahí que quienes actúan como cabras no tengan líderes sino cabrones. Y algo se nos debe de haber contagiado de esta especie cuando en el humano rebaño es tan común ese dirigente capaz de conducir a las masas hasta el borde del arrecife y, una vez allí, hacerlas saltar al agua. Eso si no se le ocurre asolar una civilización, que es algo también bastante frecuente». Dirás que es paranoico divisar tras unos benignos varones que se reúnen a almorzar una vez por semana y discuten en qué nuevo distrito levantar esas estelas de piedra caliza con la placa de metal «El Rotary Club les da la bienvenida», cuya erección pagan a escote, una ominosa depreciación en la escala humana de individuo soberano a individuo–masa. Tal vez yo exagere. Pero, no puedo descuidarme. Como el mundo avanza tan de prisa hacia la desindividualización completa, la extinción de ese accidente histórico, el reinado del individuo libre y soberano, que una serie de azares y circunstancias hiciera posible (para un número reducido de personas, desde luego, y en un número aún más reducido de países), estoy movilizado en zafarrancho de combate, con mis cinco sentidos y las veinticuatro horas del día, para demorar lo más que pueda, en lo que a mí concierne, esa derrota existencial. La batalla es a muerte y totalizadora; todo y todos participan en ella. Esas asociaciones de engordados profesionales, ejecutivos y burócratas de alto rango que, una vez por semana, comparecen a comer un menú regimentado (¿compuesto por una papa rellena, un bistecito con arroz y unos panqueques con manjarblanco, todo ello rociado con vinito tinto Tacama Reserva especial?) es una batalla ganada a favor de la robotización definitiva y el oscurantismo, un avance de lo planificado, lo organizado, lo obligatorio, lo rutinario, lo colectivo, y un encogimiento aún mayor de lo espontáneo, lo inspirado, lo creativo y lo original, que sólo son concebibles en la esfera del individuo.

¿Por lo que llevas leído recelas que, bajo mi incolora apariencia de burgués cincuentón, se embosca un hirsuto antisocial medio anarquista? ¡Bingo! Acertaste, hermanón. (Hago una broma y no resulta: la palabreja hermanón me sugiere ya la inevitable palmada en el hombro que la acompaña y la asquerosa visión de dos varones embarrigados por la cerveza y la inmoderada ingestión de picantes, colectivizándose, formando una sociedad, renunciando a sus fantasmas endovenosos y a su yo.) Es verdad: soy un antisocial en la medida de mis fuerzas, que por desgracia son flaquísimas, y resisto la gregarización en todo aquello que no pone en peligro mi supervivencia ni mis excelentes niveles de vida. Tal como lo lees. Ser individualista es ser egoísta (Ayn Rand, The Virtue of Selfishness), pero no imbécil. Por lo demás, la imbecilidad me parece respetable si es genética, heredada, no si es elegida, una deliberada toma de posición. Temo que ser rotario, igual que león, kiwani, masón, boyscout, opus, sea (perdóname) una acobardada apuesta a favor de la estupidez.

Mejor te explico este insulto, así lo atenúo y la próxima vez que los negocios de nuestras aseguradoras nos junten, no me partas la cabeza de un puñetazo (o de un patadón en la espinilla, agresión más apropiada para gentes de nuestra edad). No sé de qué manera más justa definir la institucionalización de las virtudes y los buenos sentimientos que representan esas asociaciones, que como una abdicación de la responsabilidad personal y una barata manera de adquirir buena conciencia «social» (pongo la palabra entre comillas para subrayar el desagrado que me causa). En términos prácticos, lo que hacen tú y tus colegas no contribuye a mi juicio a reducir el mal (o, si prefieres, a aumentar el bien) en ningún sentido apreciable. Los principales beneficiarios de esa generosidad colectivizada son ustedes mismos, empezando por sus estómagos, deglutidores de esos menús semanales, y sus puercas mentes, que, en esas veladas de confraternización (¡horroroso concepto!) regurgitan de placer intercambiando chismes, chistes colorados y rajando sin piedad del ausente. No estoy contra esos entretenimientos ni, en principio, contra nada que produzca placer; estoy contra la hipocresía de no reivindicar este derecho a cara descubierta, de buscar el placer disimulado bajo la coartada profiláctica de la acción cívica. ¿No me dijiste, poniendo ojos de sátiro y dándome un tincanazo pornográfico, que otra ventaja de ser rotario era que la institución proveía un pretexto semanal de primer orden para estar lejos de casa sin alarmar a la mujer? Aquí, añado otra objeción. ¿Es por reglamento o simplemente costumbre que no hay mujeres en sus filas? En los almuerzos que me has infligido, nunca vi una falda. Estoy seguro que no todos ustedes son maricones, única razón tibiamente aceptable para justificar el pantalonismo rotario (león, kiwani, boyscout, etcétera). Esta es mi tesis: ser rotario es un pretexto para pasar unos buenos ratos masculinos, a salvo de la vigilancia, servidumbre o formalidad que, según ustedes, impone la cohabitación con la mujer. Esto me parece tan anticivilizado como la paranoia de las recalcitrantes feministas que han declarado la guerra de los sexos. Mi filosofía es que en los casos inevitables de resignación al gregarismo —escuelas, trabajos, diversiones—, la mezcla de géneros (y de razas, lenguas, costumbres y creencias) es una manera de amortiguar la cretinización que conlleva el pandillismo y de introducir un elemento picante, de malicia (malos pensamientos, de los que soy resuelto practicante) en las relaciones humanas, algo que, desde mi punto de vista, las eleva estética y moralmente. No te digo que ambas cosas son, para mí, una sola, porque no lo entenderías.

Toda actividad humana que no contribuya, aun de la manera más indirecta, a la ebullición testicular y ovárica, al encuentro de espermatozoides y óvulos, es despreciable. Por ejemplo, la venta de pólizas de seguros a la que tú y yo nos dedicamos desde hace treinta años, o los almuerzos misóginos de los rotarios. Lo es todo lo que distrae del objetivo verdaderamente esencial de la vida humana, que consiste, a mi juicio, en la satisfacción de los deseos. No veo para qué otra cosa podemos estar aquí, girando como lentos trompos en el gratuito universo. Uno puede vender seguros, como tú y yo lo hemos hecho —y con bastante éxito, pues hemos alcanzado posiciones expectantes en nuestras respectivas compañías— porque era preciso comer, vestirse, abrigarse bajo un techo y alcanzar unos ingresos que nos permitieran tener y aplacar deseos. No hay ninguna otra razón válida para vender pólizas de seguros, ni tampoco para construir represas, castrar gatos o ser taquígrafo. Te oigo: ¿y si, a diferencia de ti, desquiciado Rigoberto, vendiendo pólizas de seguros contra incendios, robos o enfermedades, un hombre se realiza y goza? ¿Y, si, asistiendo a almuerzos rotarios y contribuyendo con óbolos pecuniarios a levantar letreros en las carreteras con la consigna «Despacio se va lejos» materializa sus más ardientes deseos y es feliz, ni más ni menos que tú hojeando tu colección de grabados y libros impropios para señoritas o en esas pajas mentales que son los soliloquios de tus cuadernos? ¿No tiene cada cual derecho a sus deseos? Sí, lo tiene. Pero, si los más caros deseos (la palabra más bella del diccionario) de un ser humano consisten en vender seguros y afiliarse al Rotary Club (o afines) ese bípedo es un cacaseno. El caso del noventa por ciento de la humanidad, de acuerdo. Veo que vas comprendiendo, asegurador.

¿Por tan poca cosa te santiguas? Tu señal de la cruz me insta a pasar a otro tema, que es el mismo. ¿Qué papel ocupa la religión en esta diatriba? ¿Recibe ella también las bofetadas de este renegado de la Acción Católica, ex–lector enfebrecido de San Agustín, el Cardenal Newmann, San Juan de la Cruz y Jean Guitton? Sí y no. Si soy algo en estas materias, soy agnóstico. Desconfiado del ateo y del creyente, a favor de que la gente crea y practique una fe, pues, de otro modo, no tendría vida espiritual alguna y el salvajismo se multiplicaría. La cultura —el arte, la filosofía, todas las actividades intelectuales y artísticas laicas— no reemplaza el vacío espiritual que resulta de la muerte de Dios, del eclipse de la vida trascendente, sino en una muy pequeña minoría (de la que formo parte). Ese vacío vuelve a la gente más destructora y bestial de lo que es normalmente. Al mismo tiempo que estoy a favor de la fe, las religiones en general me incitan a taparme la nariz, porque todas ellas implican el rebañismo procesionario y la abdicación de la independencia espiritual. Todas ellas coartan la libertad humana y pretenden embridar los deseos. Reconozco que, desde el punto de vista estético, las religiones —la católica, acaso, más que ninguna otra con sus hermosas catedrales, ritos, liturgias, atuendos, representaciones, iconografías, músicas— suelen ser unas soberbias fuentes de placer que halagan el ojo, la sensibilidad, atizan la imaginación y nos combustionan de malos pensamientos. Pero, en todas ellas hay emboscado siempre un censor, un comisario, un fanático y las parrillas y tenazas de la inquisición. Es cierto, también, que, sin sus prohibiciones, pecados, fulminaciones morales, los deseos —el sexual, sobre todo— no hubieran alcanzado el refinamiento que tuvieron en ciertas épocas. Pues, y esto no es teoría sino práctica, gracias a una modesta encuesta personal de limitado horizonte, afirmo que se hace mucho mejor el amor en los países religiosos que en los secularizados (mejor en Irlanda que en Inglaterra, en Polonia que en Dinamarca) y en los católicos que en los protestantes (en España o Italia mejor que en Alemania o Suecia) y que son mil veces más imaginativas, audaces y delicadas las mujeres que pasaron por colegios de monjas que las que estudiaron en colegios laicos (Roger Vailland ha teorizado al respecto en Le regard froid). Lucrecia no sería la Lucrecia que me ha colmado de una impagable felicidad, noche y día (pero, sobre todo, de noche) a lo largo de diez años, si su niñez y juventud no hubieran estado a cargo de las estrictísimas monjas del Sagrado Corazón, entre cuyas enseñanzas figuraba la de que, para una niña, sentarse con las rodillas abiertas era pecado. Estas sacrificadas esclavas del Señor, con su exacerbada suceptibilidad y casuística en materia amorosa, han ido formando a lo largo de la historia dinastías de Mesalinas. ¡Benditas sean!

¿Y, entonces? ¿En qué quedamos? Yo no sé en qué quedarás tú, querido colega (para usar otra expresión vomitable). Yo me quedo en mi contradicción, que es, también, después de todo, una fuente de placer para un espíritu díscolo e inclasificable como el mío. En contra de la institucionalización de los sentimientos y la fe, pero a favor de los sentimientos y la fe. Al margen de las iglesias, pero curioso y envidioso de ellas, y diligente aprovechador de lo que puedan prestarme para enriquecer el mundo de mis fantasmas. Te señalo que soy un desembozado admirador de esos príncipes de la Iglesia que fueron capaces de congeniar en el más alto grado la púrpura y la esperma. Rebusco mis cuadernos y encuentro, como ejemplo, aquel Cardenal sobre el que escribió el virtuoso Azorín: «Escéptico refinado, se reía a solas de la farsa en que se movía su persona, y asombrábase a ratos de que no se acabase la estupidez humana que mantenía con su dinero aquella estupenda comedia». ¿No es éste, casi, un medallón del famoso Cardenal de Bernis, embajador dieciochesco de Francia en Italia, que compartió en Venecia a dos monjas lesbianas con Giacomo Casanova (vide sus Memorias) y atendió en Roma al marqués de Sade sin saber de quién se trataba, cuando éste, prófugo de Francia por sus excesos libertinos, recorría Italia emboscado bajo la falsa identidad de Conde de Mazan?

Pero, ya veo que bostezas, porque esos nombres con que te tiroteo —Ayn Rand, Vailland, Azorín, Casanova, Sade, Bernis— son para ti unos ruidos incomprensibles, de modo que corto y pongo punto final a esta misiva (que, tranquilízate, tampoco enviaré).

Muchos almuerzos y placas, rotario.

EL OLOR DE LAS VIUDAS

En la noche húmeda, sobresaltada por la agitación del mar, don Rigoberto se despertó de golpe, bañado en sudor: las ratas innumerables del templo de Karniji, convocadas por las alegres campanillas de los brahmanes, acudían a la merienda de la tarde. Las enormes pailas, las fuentes de metal, los cuencos de madera ya habían sido llenados con trocitos de carne o con el lechoso sirope, su manjar preferido. De todos los huecos de las paredes de mármol, horadados para ellas y equipados con manojos de paja para su confort por los piadosos monjes, miles de grises roedores salían de sus nidos, ávidos. Atrepellándose, unos sobre otros, se precipitaban hacia los recipientes. Se zambullían en ellos a lamer el almíbar, mordisquear los pedazos de carne, y, los más exquisitos, a arrancar con sus blancos incisivos bocaditos de callos y durezas de los desnudos pies. Los sacerdotes las dejaban hacer, halagados de contribuir con esas sobras de su piel al placer de las ratas, encarnaciones de hombres y mujeres desaparecidos.

El templo había sido construido para ellas hacía quinientos años en ese rincón norteño del Rajastán hindú, en homenaje a Lakhan, hijo de la diosa Karniji, apuesto mancebo que se transformó en una rata gorda. Desde entonces, detrás de la imponente construcción de plateadas puertas, marmóleos pisos, muros y cúpulas majestuosos, el espectáculo tenía lugar dos veces al día. Ahí estaba ahora el brahmán–jefe, Chotu–Dan, oculto bajo las decenas de grises animales que se subían a sus hombros, brazos, piernas, espaldas, rumbo a la gran paila de almíbar a cuyas orillas estaba sentado. Pero, lo que le revolvía el estómago y tenía a punto de vomitar a don Rigoberto, era el olor. Denso, envolvente, más hiriente que la bosta de la acémila, el aliento del basural o la carroña putrefacta, el hedor de esa muchedumbre parda estaba ahora dentro de él. Recorría el envés de su cuerpo con sus venas, la transpiración de sus glándulas, se empozaba en los resquicios de sus cartílagos y el tuétano de sus huesos. Su cuerpo se había convertido en el templo de Karniji. «Estoy embutido de olor a ratas», se asustó.

Saltó de la cama en pijama, sin ponerse la bata, sólo las zapatillas, y corrió a su estudio, a ver si hojeando algún libro, escrutando un grabado, oyendo música o garabateando sus cuadernos, otras imágenes venían a exorcizar a las sobrevivientes de la pesadilla.

Tuvo suerte. En el primer cuaderno que abrió, una cita científica explicaba la variedad de anofeles cuya característica más saltante es percibir el olor de sus hembras a distancias increíbles. «Soy uno de ellos», pensó, abriendo sus narices y husmeando. «Puedo ahora mismo, si me lo propongo, oler a Lucrecia dormida en el Olivar de San Isidro, y diferenciar nítidamente las segregaciones de su cuero cabelludo, de sus axilas y de su pubis.» Pero se encontró con otro olor —benigno, literario, placentero, fantaseóse— que empezó a disipar, como el viento del amanecer la neblina nocturna, los hedores ratoniles del sueño. Un olor santo, teológico, elegantísimo, exhalado por la Introducción a la vida devota, de Francisco de Sales, en la traducción de Quevedo: «Las lámparas que tienen el olio aromático despiden de sí un más suave olor cuando las apagan la luz. Así, las viudas, cuyo amor ha sido puro en su casamiento, derraman un precioso y aromático olor de virtud de castidad, cuando su luz, esto es, su marido, es apagada por la muerte». Ese aroma de viudas castas, impalpable melancolía de sus cuerpos condenados al soliloquio físico, exhalación nostálgica de sus deseos insatisfechos, lo inquietó. Las ventanillas de su nariz afanosamente latieron, tratando de reconstruir, detectar, extraer del ambiente algún rastro de su presencia. La mera idea de ese olor de viuda lo puso en vilo. Evaporó los restos de la pesadilla, le quitó el sueño, devolvió a su espíritu una confianza saludable. Y lo llevó a pensar —¿por qué?— en esas señoras flotando entre ríos de estrellas, de Klimt, mujeres olorosas, de caras traviesas — ahí estaban Goldfish, hembra–pececito de colores y Dánae, simulando dormir y exhibiendo con simplicidad un curvilíneo culo de guitarra. Ningún pintor había sabido pintar el olor de las mujeres como el bizantino vienés; sus aéreas y cimbreadas mujeres siempre le habían entrado a la memoria, simultáneamente, por los ojos y la nariz. (Y, a propósito, ¿no era hora de comenzar a inquietarse por el desmesurado interés que ejercía sobre Fonchito el otro vienés, Egon Schiele? Tal vez, pero no en este momento.)

¿Despedía el cuerpo de Lucrecia ese santo olor salesiano desde que estaban separados? Si así fuera, aún lo quería. Pues, ese olor, según San Francisco de Sales, testimoniaba una fidelidad amorosa que trascendía la tumba. Entonces, no lo había reemplazado. Sí, aún seguía «viuda». Los rumores, infidencias, acusaciones, que llegaban hasta él —incluido el chisme de Fonchito— sobre los recién contraídos amantes de Lucrecia, eran calumnias. Su corazón se regocijó, mientras olfateaba con encarnizamiento el contorno. ¿Estaba ahí? ¿Lo había detectado? ¿Era el olor de Lucrecia? No. Era el de la noche, la humedad, los libros, los óleos, las maderas, las telas y cueros del estudio.

Trató de retrotraer del pasado y la nada, cerrando los ojos, los olores nocturnos que aspiró en esos diez años, aromas que tanto lo habían hecho gozar, perfumes que lo habían defendido contra la pestilencia y fealdad reinantes. La depresión se apoderó de él. Vinieron a consolarlo unos versos de Neruda, al volver una página de ese mismo cuaderno:

Y por verte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo, y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma…

¿No era extraordinario que el poema de esos versos se llamara Tango del viudo? Sin transición, divisó a Lucrecia, sentada en la taza del excusado, y escuchó el alegre chapaleo de su pipí en el fondo del recipiente, que lo recibía cascabeleando agradecido. Por supuesto, silencioso, acuclillado en el rincón, absorto, místicamente concentrado, escuchando y oliendo, ahí estaba también el feliz beneficiario de aquella emisión y aquel concierto líquido: ¡Manuel de las prótesis! Pero, en eso apareció Gulliver, salvando a la Emperadora de Lilliput de su palacio en llamas con una espumosa meada. Pensó en Jonathan Swift, que vivió obsesionado con el contraste entre la belleza del cuerpo y las horribles funciones corporales. El cuaderno recordaba cómo, en su poema más famoso, un amante explica por qué decidió abandonar a su amada, con estos versos:

Nor wonder how I lost my wits; Oh! Celia, Celia, Celia shits

«Qué estúpido», sentenció. Lucrecia también shited y eso, en vez de degradarla, la realzaba a sus ojos y narices. Por unos segundos, con la primera sonrisa de la noche dibujada en su cara, su memoria aspiró los vapores reminiscentes del paso de su exmujer por el cuarto de baño. Aunque ahora se entremetía allí el sexólogo Havelock Ellis, cuya más recóndita felicidad era, según el cuaderno, escuchar a su amada licuar, proclamando en su correspondencia que el día más feliz de su vida había sido aquel en que su complaciente mujer, amparada en las vueludas faldas victorianas que la arropaban, orinó para él entre inadvertidos paseantes, irreverentemente, a los pies del Almirante Nelson, observada por los monumentales leones de piedra de Trafalgar Square.

Pero Manuel no había sido un poeta como Neruda, ni un moralista como Swift, ni un sexólogo como Ellis. Apenas, un castrado. ¿O, más bien, un eunuco? Diferencia abismal, entre esos dos negados para la fecundación. Uno tenía todavía falo y erección y el otro había perdido el adminículo y la función reproductora y lucía un pubis liso, curvo y femenil. ¿Qué era Manuel? Eunuco. ¿Cómo había podido Lucrecia concederle aquello? ¿Generosidad, curiosidad, compasión? ¿O, vicio y morbo? ¿O, todas esas cosas combinadas? Ella lo había conocido antes del célebre accidente, cuando Manuel ganaba campeonatos motociclísticos enfundado en un casco rutilante y un buzo de plástico, encaramado sobre un equino mecánico de tubos, manubrio y ruedas, de nombre siempre japonés (Honda, Kawasaki, Suzuki o Yamaha), catapultándose a sí mismo con ruido de pedo ensordecedor a campo traviesa —lo llamaban motocross—, aunque también solía participar en galimatías como Trail y Enduro, esta última prueba de sospechosas reminiscencias albigenses— a doscientos o trescientos kilómetros por hora. Sobrevolando acequias, trepando cerros, alborotando arenales y saltando rocas o abismos, Manuel ganaba trofeos y salía retratado en los periódicos descorchando botellas de champagne y con modelos que besuqueaban sus mejillas. Hasta que, en una de esas exhibiciones de acendrada estupidez, voló por los aires, luego de ascender como bólido una colina equivocada, tras cuya cumbre lo esperaba, no, como él, incauto, creía, un sedante tobogán de amortiguadoras arenas, sino un precipicio con rocas. Se precipitó en él, gritando una palabrota arcaica —¡Ojete!— cuando volaba montado en su corcel de metal rumbo a las profundidades, a cuyo fondo llegó segundos después sonoramente, en un estruendo de huesos y fierros que se machacaban, rompían y astillaban. ¡Milagro! Su cabeza quedó intacta; sus dientes, completos; su visión y su audición, sin daño alguno; el uso de sus extremidades, algo resentido a causa de los huesos quebrados y los músculos desgarrados y tundidos. El pasivo quedó compensatoriamente concentrado en su genital, que monopolizó las averías. Tuercas, clavos y punzones perforaron sus testículos pese al elástico suspensor que los guarnecía e hicieron de ellos una sustancia híbrida, entre la melcocha y la ratatouille, en tanto que el peciolo de su virilidad fue cercenado de raíz por algún material cortante que tal vez —ironías de la vida— no provino de la moto de sus amores y triunfos. ¿Qué lo castró, entonces? El grueso crucifijo punzo–cortante que llevaba encima para convocar la protección divina cuando perpetraba sus proezas motociclísticas.

Los diestros cirujanos de Miami soldaron sus huesos, estiraron lo que se había encogido y encogieron lo que se había estirado, zurcieron lo desgarrado y le construyeron, disimulándolo con pedazos de carne arrancados a su glúteo, un genital artificial. Andaba siempre tieso, pero era pura pinta, una armazón de piel sobre una prótesis de plástico. «Mucha presencia y pocas nueces, o, para ser matemático, ninguna nuez», se encarnizó don Rigoberto. Le servía sólo para orinar, mas ni siquiera a voluntad, sino cada vez que tomaba algún líquido, y como el pobre Manuel no tenía la menor potestad para que ese constante escurrir de sus líquidos no empapara sus fundillos, llevaba colgada, a modo de sombrerito o estrambote, una bolsita de plástico que recogía sus aguas. Salvo esta inconveniencia, el eunuco llevaba una vida muy normal y —cada loco con su tema— todavía enfeudada con las motocicletas.

—¿Vas a ir a visitarlo otra vez? —preguntó don Rigoberto, algo amoscado.

—Me ha invitado a tomar el té y, ya sabes, es un buen amigo al que le tengo mucha pena —le explicó doña Lucrecia—. Si te molesta, no voy.

—Anda, anda —se disculpó él—. ¿Después me cuentas?

Se habían conocido de chicos. Formaban parte del mismo barrio y fueron enamorados cuando estaban en el colegio y ser enamorados consistía en pasearse de la mano los domingos después de misa de once en el Parque Central de Miraflores, y en el Parquecito Salazar luego de una matiné sincopada de besos y algún manoseo tímido y gentil en la platea. Y, habían sido novios, cuando Manuel cometía sus hazañas rodantes, salía retratado en las páginas deportivas y las chicas bonitas se morían por él. Su mariposeo sentimental hartó a Lucrecia, que rompió el noviazgo. Dejaron de verse hasta el accidente. Ella fue a visitarlo al hospital, llevándole una caja de Cadbury. Reanudaron una relación, ahora sólo amistosa —así lo había creído don Rigoberto, hasta descubrir la líquida verdad— que continuó luego del matrimonio de doña Lucrecia.