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¿Y lo otro? ¿La otra ausencia? ¿La aplacaba algo, alguien? En las periódicas tardes en que solían conversar, tomando té con pastelitos, Manuel mantenía una notable discreción sobre el asunto, que Lucrecia, por supuesto, no cometía la imprudencia de mencionar. Sus conversaciones eran chismográficas, reminiscentes de una niñez miraflorina y juventud sanisidrina, de los antiguos compañeros de barrio que se casaban, descasaban, recasaban, enfermaban, engendraban y a veces morían, salpicadas de comentarios de actualidad sobre la última película, el último disco, el baile de moda, el matrimonio o la quiebra catastrófica, la estafa recién descubierta o el último escándalo de drogas, cuernos o sida. Hasta que un día —las manos de don Rigoberto pasaban rápido las hojas del cuaderno en pos de una anotación que correspondiera a la secuencia de imágenes ya claramente en movimiento en su mente febril— doña Lucrecia había descubierto su secreto. ¿Lo había descubierto, de verdad? ¿O Manuel se arregló para que ella lo creyera, cuando, en verdad, no hacía más que meter el pie en la trampa que le tenía preparada? El hecho es que un día, tomando el té en su casa de La Planicie, rodeados de eucaliptos y laureles, Manuel hizo pasar a Lucrecia a su recámara. ¿El pretexto? Mostrarle una fotografía de un partido de vóley en el Colegio San Antonio de hacía muchos años. Allí se había llevado ella la mayúscula sorpresa. ¡Un estante entero de libros dedicados al escalofriante tema de la castración y los eunucos! ¡Una biblioteca especializada! En todas las lenguas, y, sobre todo, aquellas que no entendía Manuel, que sólo dominaba el español en su variante peruana, y, más precisamente, miraflorino–sanisidrina. ¡Y una colección de discos y C.D. con aproximaciones o simulaciones de la voz de los castrati!
—Se ha vuelto un especialista en el tema —le contó a don Rigoberto, excitadísima con el descubrimiento.
—Por razones obvias —dedujo él.
¿Había sido aquello parte de la estrategia de Manuel? La cabezota de don Rigoberto asintió, en el pequeño círculo de la lamparilla. Naturalmente. Para crear una intimidad escabrosa, una complicidad en lo prohibido que le permitiera, luego, implorar el temerario favor. Le había confesado —¿simulando cortedad, con vacilaciones de tímido?, así mismo— que, desde la brutal cirugía, el tema lo había ido obsesionando, hasta tornarse la preocupación central de su existencia. Se había convertido en un gran conocedor, capaz de perorar horas sobre aquello, abordándolo en sus aspectos históricos, religiosos, físicos, clínicos, psicoanalíticos. (¿Habría oído hablar el ex–motociclista del vienés del diván? Antes, no; después, sí, y hasta había leído algo de él, aunque sin entender una palabra.) En conversaciones que los hundían a ambos cada vez más en una entrañable sociedad en el curso de esas, en apariencia, inocentes reuniones a la hora del té, Manuel explicó a Lucrecia la diferencia entre el eunuco, variante principalmente sarracena practicada desde el medioevo con los guardianes en los serrallos, a quienes la ablación inmisericorde de falo y testículos volvía castos, del castrado, versión occidental, católica, apostólica y romana, que consistía en privar sólo de los mellizos —dejando en su sitio lo demás— a la víctima de la operación, a quien no se quería privar de la cópula, sino, simplemente, impedir la transformación de la voz del niño que, al llegar a la adolescencia, baja una octava. Manuel contó a Lucrecia la anécdota, que ambos habían festejado, del castrati Cortona, quien escribió al Pontífice Inocencio XI pidiéndole permiso para casarse. Alegaba que la castración lo había dejado indemne para el refocilo. Su Santidad, que no tenía nada de inocente, de puño y letra escribió al margen de la solicitud: «Que le castren mejor». («Esos eran Papas», se alegró don Rigoberto.)
Él, él, Manuel, as de las motos, en sus invitaciones a tomar el té y posando de hombre moderno que criticaba a la Iglesia, había explicado a Lucrecia que la castración sin ánimo belicoso, con objetivos artísticos, empezó a practicarse en Italia desde el siglo XVII, por la prohibición eclesial a que hubiera voces femeninas en las ceremonias religiosas. Esta censura creó la necesidad del híbrido, el varón de voz feminizada («voz caprina» o «falsete» «entre vibrante y tremolante», explicaba en el cuaderno el experto Carlos Gómez Amat) algo posible de fabricar, mediante una cirugía que Manuel describió y documentó, entre tazas de té y alfajores. Había la manera primitiva, sumergir a los niños de buena voz en agua helada para controlar la hemorragia y chancárselos con piedras de amasar («¡Ay, ay!» gritó don Rigoberto, olvidado de las ratas y la mar de divertido) y la sofisticada. A saber: el cirujano–barbero, anestesiando al niño con láudano, con su navaja recién afilada le abría la ingle y tiraba de allí las tiernas preseas. ¿Qué efectos producía la operación a los niños cantores que sobrevivían? La obesidad, el ensanchamiento torácico y una voz aguda potente, así como un sostenido inusual; algunos castrati, como Farinelli, emitían arias sin respiro por más de un minuto. En la sosegada oscuridad del estudio, rumor marino al fondo, don Rigoberto estuvo oyendo, más entretenido y curioso que gozoso, la vibración de aquellas cuerdas vocales que, en un agudo delgadísimo, se prolongaba indefinida, como una larga herida en la noche barranquina. Ahora sí, olió a Lucrecia.
«Manuel de las prótesis, envenenado de la muerte», pensó poco después, contento con su hallazgo. Pero, inmediatamente recordó que citaba. ¿Envenenado de la muerte? Mientras sus manos buscaban en el cuaderno, su memoria rehacía el humoso y apretado local de la peña criolla donde Lucrecia lo arrastró aquella noche insólita. Había sido una de las pocas memorables inmersiones en el mundo nocturno de la diversión, en el extraño país al que vendía pólizas de seguros, administrativamente el suyo, contra el que había levantado este enclave y del que, a fuerza de discretos pero monumentales esfuerzos, había conseguido saber muy poco. Ahí estaban los versos del vals Desdén:
Desdeñoso, semejante a los dioses yo seguiré luchando por mi suerte sin escuchar las espantadas voces de los envenenados de la muerte.
Sin la guitarra, el cajón y la sincopada voz del cantante, algo de la audacia lúgubre y narcisista del bardo compositor se perdía. Pero, aun sin la música, se preservaban la genial vulgaridad y la misteriosa filosofía. ¿Quién había compuesto este vals criollo «clásico», como lo había calificado Lucrecia cuando quiso averiguarlo? Lo averiguó: era chiclayano y se llamaba Miguel Paz. Imaginó un criollito montaraz y noctámbulo, de bufanda al cuello y guitarra al hombro, que daba serenatas y amanecía en los antros del folclore entre virutas y vómitos, la garganta rota de cantar toda la noche. En todo caso, bravo. Ni Vallejo y Neruda combinados habían producido nada comparable a estos versos, que, además, se bailaban. Le sobrevino una risita y volvió a capturar a Manuel de las prótesis, que se le estaba escapando.
Había sido después de muchas conversaciones vespertinas regadas de té, luego de haber volcado sobre doña Lucrecia su enciclopédica información sobre eunucos turcos y egipcios y castrati napolitanos y romanos, que el ex–motociclista («Manuel de las prótesis, Pipí perpetuo, el Húmedo, el Goteante, el del Sombrerillo, la Bolsa Líquida», improvisó don Rigoberto, con un humor que mejoraba cada segundo) había dado el gran paso.
—¿Y, cuál fue tu reacción, cuando te contó eso?
Acababan de ver, en la televisión del dormitorio, Senso, un hermoso melodrama stendhaliano de Visconti, y don Rigoberto tenía a su esposa sobre sus rodillas, ella en camisón de dormir y él en pijama.
—Me quedé lela —repuso doña Lucrecia—. ¿Crees que es posible?
—Si te lo contó destrozándose las manos y con llanto, debe serlo. ¿Por qué te mentiría?
—Claro, no había ninguna razón —ronroneó ella, retorciéndose—. Si me sigues besando así en el cuello, grito. Lo que no entiendo, es por qué me contaría eso.
—Era el primer paso —la boca de don Rigoberto fue escalando el tibio cuello hasta llegar a la oreja, que también besó—: El siguiente, será pedirte que lo dejes verte o, por lo menos, oírte.
—Me lo contó porque le hizo bien compartir su secreto —trató de apartarlo doña Lucrecia y el pulso de don Rigoberto se desquició—. Saber que yo sé, lo hizo sentirse menos solo.
—¿Apostamos que en el próximo té te lo propone? —insistió en besarle despacito la oreja su marido.
—Me iría de su casa dando un portazo —se revolvió en sus brazos doña Lucrecia, decidiéndose también a besarlo—. Y no volvería más.
No había hecho ninguna de esas cosas. Manuel de las prótesis se lo había pedido con tanta humildad servil y llanto de víctima, con tantas excusas y atenuantes, que ella no había tenido el valor (¿ni tampoco las ganas?) de ofenderse. ¿Habría dicho «¿Te olvidas que soy una señora decente y casada?» No. ¿Acaso, «Estás abusando de nuestra amistad y destruyendo el buen concepto que tenía de ti» ? Tampoco. Se contentó con tranquilizar a Manuel, quien, pálido, avergonzado, le rogaba que no fuera a tomarlo mal, a enojarse, a privarlo de su amistad tan querida. Una operación de alta estrategia y exitosa, pues, apiadada con tanto psicodrama, Lucrecia volvió a tomar el té con él —don Rigoberto sintió agujas de acupunturista en las sienes— y terminó por darle gusto. El envenenado de la muerte oyó esa argentina música, fue embriagado por el líquido arpegio. ¿Sólo oyendo? ¿No habría sido, también, viendo?
—Te juro que no —protestó doña Lucrecia, abrigándose contra él y hablándole a su pecho—. En la más absoluta oscuridad. Fue mi condición. Y la cumplió. No vio nada. Oyó.
En la misma posición, habían visto un vídeo de Carmina Burana, en la Ópera de Berlín, dirigida por Seiji Osawa y los coros de Pekín.
—Puede ser —replicó don Rigoberto, la imaginación atizada por los latines vibrantes de los coros (¿habría castrati entre esos coristas de ojos rasgados?)—. Pero, también, que Manuel haya desarrollado de manera extraordinaria su visión. Y que, aunque no lo vieras, él sí te viera.
—Puestos a hacer conjeturas, todo es posible —discutió todavía, aunque sin mucha convicción, doña Lucrecia—. Pero, si vio, sería apenas, nada.
El olor estaba allí y no había duda posible: corporal, íntimo, ligeramente marino y con reminiscencias frutales. Cerrando los ojos, lo aspiró con avidez, sus narices muy abiertas. «Estoy oliendo el alma de Lucrecia», pensó, enternecido. El alegre chapaleo del chorrito en la taza no dominaba aquel aroma, apenas matizaba con un toque fisiológico lo que era una exhalación de recónditos humores glandulares, transpiraciones cartilaginosas, secreción de músculos que se adensaban y confundían en un efluvio espeso, valiente, doméstico. A don Rigoberto le recordó los momentos más remotos de su niñez —un mundo de pañales y talcos, vómitos y excrementos, colonias y esponjas embebidas de agua tibiecita, una teta pródiga— y las noches anudadas con Lucrecia. Ah, sí, qué bien comprendía al motociclista cercenado. Pero, no era indispensable ser émulo de Farinelli ni haber pasado por el trámite de la prótesis para asimilar esa cultura, convertirse a esa religión, y, como el envenenado Manuel, como el viudo de Neruda, como tantos anónimos exquisitos del oído, el olfato, la fantasía (pensó en el Primer Ministro de la India, el nonagenario Rarji Desai, que leía sus discursos con pausas para beber traguitos de su propio pipí; «¡ah, si hubiera sido el de su esposa!»), sentirse transportado al cielo, viendo y oyendo al acuclillado o sentado ser querido interpretando esa ceremonia, en apariencia anodina, funcional, de vaciar una vejiga, sublimada en espectáculo, en danza amorosa, en prolegómeno o posdata (para el decapitado Manuel, sucedáneo) del acto del amor. A don Rigoberto se le llenaron los ojos de lágrimas. Redescubrió el terso silencio de la noche barranquina y la soledad en que se hallaba, entre grabados y libros autistas.
—Lucrecia querida, por lo que más quieras —rogó, imploró, besando los cabellos sueltos de su amada—. Orina también para mí.
—Primero, tengo que comprobar que, cerrando puertas y ventanas, el baño queda totalmente a oscuras —dijo doña Lucrecia, con pragmatismo de albacea—. Cuando sea el momento, te llamaré. Entrarás sin ruido, para no cortarme. Te sentarás en el rincón. No te moverás ni dirás palabra. Para entonces, los cuatro vasos de agua empezarán a hacer su efecto. Ni una exclamación, ni un suspiro, ni el menor movimiento, Manuel. Caso contrario, me iré y no pisaré más esta casa. Puedes quedarte en tu rincón mientras me seco y arreglo el vestido. En el momento de salir, acércate, arrastrándote, y, en agradecimiento, bésame los pies.
¿Lo había hecho? Seguramente. Se habría arrastrado hasta ella por el suelo embaldosado y acercado su boca a sus zapatos con gratitud perruna. Luego, se lavaría manos y cara y, con los ojos mojados, habría ido a reunirse con Lucrecia a la sala, a decirle, untuoso, que le faltaban las palabras, lo que había hecho por él, la inconmensurable felicidad. Y, abrumándola de alabanzas, le contaría que, en realidad, era así desde chico, no sólo desde su salto al precipicio. El accidente le había permitido asumir como su única fuente de placer lo que, antes, le producía una vergüenza tan grande que se lo ocultaba a los demás y a sí mismo. Todo había comenzado de muy niño, cuando dormía en el cuarto de su hermanita y la niñera se levantaba a medianoche a botar los líquidos. No se molestaba en cerrar la puerta; él oía clarísimo el chorrito susurrante, cristalino, rebotante, que lo arrullaba y hacía sentirse un angelito en el cielo. Era el más bello, el más musical, el más tierno recuerdo de su infancia. ¿Ella lo comprendía, no es cierto? La magnífica Lucrecia lo comprendía todo. Nada la espantaba en la laberíntica madeja de los caprichos humanos. Manuel lo sabía; por eso, la admiraba, y por eso se atrevió a pedírselo. Sin la tragedia motociclista, nunca lo habría hecho. Porque su vida había sido, hasta el vuelo de su moto hacia el abismo rocoso, en lo que se refiere al amor y al sexo, una pesadilla. Lo que de veras lo enardecía, era algo que nunca se atrevió a pedir a las chicas decentes, sólo a negociarlo con prostitutas. Y, aun pagándolo, cuántas humillaciones soportó, risas, burlas, miraditas despectivas o irónicas que lo cohibían y hacían sentirse una basura.
Ésa era la razón por la que había roto con tantas enamoradas. A todas les faltó darle ese premio extraordinario que doña Lucrecia acababa de concederle: el chorrito de pis. Una carcajada conmiserativa sacudió a don Rigoberto. ¡Pobre infeliz! Quién se hubiera imaginado, entre las esculturales bellezas que salían, se reían y se enamoraban con el astro deportivo, que la luminaria del motorcross, el jinete de acero, no quería acariciarlas, desnudarlas, besarlas ni penetrarlas: apenas, oírlas en el mingitorio. ¡Y la noble, la magnánima Lucrecia había meado para el damnificado Manuel! Esa micción quedaría grabada en su memoria como las gestas heroicas en los libros de historia, como los milagros en los santorales. ¡Lucrecia querida! ¡Lucrecia condescendiente con las debilidades humanas! ¡Lucrecia, nombre romano que quería decir afortunada! ¿Lucrecia? Sus manos pasaban rápidamente las páginas del cuaderno y no tardó en aparecer la referencia:
«Lucrecia, dama romana, famosa por su hermosura y virtud. Fue violada por Sexto Tarquino, hijo del rey Tarquino el soberbio. Luego de contar a su padre y a su esposo el ultraje e incitarlos a vengarla, se mató en su presencia, clavándose un puñal en el pecho. El suicidio de Lucrecia desencadenó la expulsión de los Reyes de Roma y la instauración de la República, en el año 509 antes de Cristo. La figura de Lucrecia se convirtió en símbolo del pudor y de la honestidad y, sobre todo, de la esposa honesta.»
«Es ella, es ella», pensó don Rigoberto. Su mujer podía provocar cataclismos históricos y perennizarse como símbolo. ¿De la esposa honesta? Entendiendo la honestidad en un sentido no cristiano, por supuesto. ¿Qué esposa habría compartido con tanta devoción las fabulaciones de su marido como lo había hecho ella? Ninguna. ¿Y lo de Fonchito? Bueno, mejor contornear esas arenas movedizas. Por último, ¿no había quedado todo en familia? ¿Habría hecho ella lo mismo que la matrona romana, al ser violada por Sexto Tarquino? Un hielo atravesó el corazón de don Rigoberto. Con una mueca de espanto, se esforzó por alejar la imagen de Lucrecia tendida en el suelo con el corazón atravesado por un puñal. Para conjurarla, retrotrajo al motociclista encandilado por la destilación de las vejigas hembras. ¿Sólo hembras? ¿O, también machos? ¿Lo soliviantaba por igual el espectáculo de un caballero surtidor?
—Nunca —confesó Manuel de inmediato, con acento tan sincero que doña Lucrecia le creyó.
Bueno, tampoco era cierto que su vida hubiera sido sólo una pesadilla por culpa de esa necesidad (¿cómo llamarla para no decir vicio?). Coloreando el desértico panorama de insatisfacciones y frustraciones, hubo momentos balsámicos, efervescentes, deparados casi siempre por el azar, modestas compensaciones a su angustia. Por ejemplo, aquella lavandera cuya cara Manuel recordaba con el afecto con que se recuerda a esas tías, abuelas o madrinas más ligadas a la calidez de la infancia. Venía a lavar la ropa, un par de veces por semana. Debía padecer de cistitis porque, a cada momento, corría del lavadero o la tabla de planchar al bañito de servicio, junto al repostero. Y allí estaba el niño Manuel, siempre alerta, encaramado en el entretecho, la cara aplastada contra el suelo, aguzando el oído. Venía el concierto, la cascada rumorosa y cuantiosa, una verdadera inundación. Esa mujer era una vejiga futbolística, un embalse vivo, dado el ímpetu, abundancia, frecuencia y sonoridad de sus micciones. Una vez — doña Lucrecia vio dilatarse golosamente las pupilas del motociclista de la prótesis—, Manuel la había visto. Sí, visto. Bueno, no entera. En un acto de audacia, por el enrejado del jardín se izó hasta el tragaluz del bañito de servicio y, por unos gloriosos segundos, sosteniéndose en el aire, divisó la mata de cabellos, los hombros, las piernas con medias de lana y los zapatos sin taco, de la mujer sentada en la taza que se desaguaba con bulliciosa indiferencia. ¡Ay, qué alegría!
Había habido, también, la americana aquella, rubia, bronceada, ligeramente varonil, siempre en botas y sombrero cowboy, que vino a participar en La vuelta de los Andes. Era una motociclista tan arriesgada que casi la ganó. Pero, Manuel no recordaba tanto su destreza con la máquina (Harley Davidson, por supuesto) sino sus maneras despercudidas, su falta de remilgos, que le permitía, en las etapas, compartir los cuartos de dormir con los pilotos y bañarse delante de ellos si no había más que un baño y hasta entrar al excusado y hacer sus necesidades sin incomodarse si en la misma habitación, separados por un tabique, había varios motociclistas. ¡Qué días! Manuel había vivido una crepitación crónica, una prolongada erección del órgano ido, escuchando aquellos desahogos líquidos de la emancipada Sandy Canal que convirtieron aquella competencia, para él, en fiesta interminable. Pero, ni la lavandera ni Sandy ni ninguna de las experiencias casuales o mercenarias de su mitología, se podía comparar con la de ahora, superlativa gracia, maná licuante, con que lo había hecho sentirse un dios doña Lucrecia.
Don Rigoberto sonrió, satisfecho. No había ninguna rata por las cercanías. El templo de Karniji, sus brahmanes, ejércitos de roedores y las pailas de almíbar, estaban allende los océanos, continentes y selvas. Él, aquí, solo, en la noche que terminaba, en su refugio de grabados y cuadernos. Había indicios de amanecer en el horizonte. Hoy también estaría bostezando en la oficina. ¿Olía a algo? El olor a la viuda se había disipado. ¿Oía algo? Las olas, y, perdido entre ellas, el cascabeleo de una señora haciendo pis.
«Yo —pensó sonriente— soy un hombre que se lava las manos, no después, sino antes de orinar».
MENÚ DIMINUTIVO
Ya sé que te gusta comer poquito y sanito, pero riquito, y estoy preparadita para complacerte también en la mesita.
En la mañanita iré al mercado y compraré la lechecita más fresquita, el pancito recién horneadito y la naranjita más chaposita. Y te despertaré con la bandejita del desayuno, una florcita fragante y un besito. «Aquí está su juguito sin pepitas, sus tostaditas con mermeladita de fresita y su cafecito con leche sin azuquítar, señorcito.»
Para tu almuercito, sólo una ensaladita y un yogurcito, como te gusta. Lavaré las lechuguitas hasta que brillen y cortaré los tomatitos artísticamente, inspirándome en los cuadritos de tu biblioteca. Los aderezaré con aceitito, vinagrito, gotitas de mi salivita y, en vez de salcita, mis lagrimitas.
En las nochecitas, cada día una de tus preferencias (tengo menucitos para un añito, sin repetirse ni una sola vececita). Olluquitos con charquicito, frejolitos colados, pepiancito, causita, caucaucito, sequito de lomito y de chabelito, bistecito a la chorrillana, cevichito de corvina, chupecito de camarones o a la limeña, arrocito con patito, arrocito tapadito, tacutacucito, rocotitos rellenitos, ajicito de gallina. Pero, mejor paro, para no abrirte el apetito. Y, por supuesto, tu vasito de vinito tinto o una cervecita bien heladita, a escoger.
De postre, los guargüeritos de la abuelita, suspiritos a la limeña, frituritas con miel, sopaipillitas, buñuelitos, peditos de monja, mazapancitos, rosquillitas, quesito helado, melcochitas, turroncitos de doña Pepa, mazamorrita morada y pastelitos de higo con requesoncito.
¿Me aceptas como tu cocinerita? Soy limpiecita, pues por lo menos dos veces al día me doy un bañito. No masco chiclecitos, ni fumo cigarritos, ni tengo vellitos en las axilas y mis manitas y patitas son tan perfectas como mis tetitas y mi pompis. Trabajaré todas las horas que haga falta para tener bien contentitos a tu paladar y a tu pancita. Si hace falta, también te vestiré, desvestiré, jabonaré, afeitaré, cortaré las uñitas y limpiaré cuando hagas el dos. En las noches, te abrigaré con mi cuerpito para que en la camita no tengas friecito. Además de hacer tus comiditas, seré tu valecito, tu estufita, tu maquinita de afeitar, tu tijerita y tu papelito higiénico.
¿Me aceptas, señorcito?
Tuyita, tuyita, tuyita, La cocinerita sin juanetes
VI. EL ANÓNIMO
En vez de enojada, como la noche anterior al irse a la cama con el arrugado papel en el puño, la señora Lucrecia despertó de buen humor y complacida. La rondaba una sensación ligeramente voluptuosa. Estiró la mano y cogió la misiva garabateada con letras de imprenta, en un papel granulado color azul pálido, agradable al tacto.
«Frente al espejo, sobre una cama o sofá…» Disponía de una cama, no de sedas de la India pintadas a mano ni de un batik indonesio, así que incumpliría esa exigencia del amo sin rostro. Eso sí, podía satisfacerlo tumbándose de espaldas, desvestida, los cabellos sueltos, encoger la pierna, alojar la cabeza en pensar que era la Dánae de Klimt (aunque no se lo creyera) y simular que dormía. Y, desde luego, podía mirarse en el espejo diciéndose: «Soy gozada y admirada, soy soñada y amada». Con una sonrisita burlona y unos ojos cuyos brillos de luciérnaga repetía el espejo del tocador, apartó las sábanas y jugó a seguir las instrucciones. Pero, como sólo se veía la mitad del cuerpo, no supo si alcanzaba a imitar con alguna verosimilitud la postura del cuadro de Klimt que el corresponsal fantasma le había enviado en una tosca reproducción de carta postal.
Mientras tomaba el desayuno, conversando distraídamente con Justiniana, y, luego, bajo la ducha y en tanto se vestía, sopesó una vez más las razones para dar un nombre y un rostro al autor de la carta. ¿Don Rigoberto? ¿Fonchito? ¿Y si fuera algo tramado por ambos? ¡Qué absurdo! No, no tenía pies ni cabeza. La lógica la inclinaba a pensar en Rigoberto. Una manera de hacerle saber que, pese a lo pasado y a la separación, la tenía siempre presente en sus delirios. Una manera de sondear la posibilidad de una reconciliación. No. Aquello había sido demasiado duro para él. Nunca sería capaz de amistarse con la mujer que lo engañó con su propio hijo, en su propia casa. Ese gusanito rancio, el amor propio, se lo prohibía. Entonces, si el anónimo no lo había enviado su exmarido, el autor era Fonchito. ¿No tenía la misma fascinación por la pintura que su padre? ¿La misma buena o mala costumbre de entreverar la vida de los cuadros con la verdadera? Sí, había sido él. Además, se había delatado, metiendo a Klimt. Le haría saber que lo sabía y lo avergonzaría. Esta misma tarde.
A doña Lucrecia se le hicieron larguísimas las horas de espera. Sentada en la salita comedor, miraba el reloj, temerosa de que, hoy, precisamente, fuera a faltar. «Dios mío, señora, parece como si su enamorado viniera a visitarla por primera vez», se chanceó Justiniana. Ella se ruborizó, en lugar de festejarla. Apenas se apareció, con su bella carita y el delicado cuerpecillo embutido en las desordenadas prendas del uniforme de colegio, y tiró sobre la alfombra su bolsón y la saludó besándola en la mejilla, doña Lucrecia le lanzó esta advertencia: