38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

—Tú y yo tenemos que hablar de algo muy feo, caballerito.

Vio la expresión intrigada y los ojos azules que se abrían, inquietos. Se había sentado frente a ella, con las piernas cruzadas. Doña Lucrecia notó que tenía suelto uno de los pasadores de sus zapatos.

—¿De qué, madrastra?

—De una cosa muy fea —repitió, mostrándole la carta y la postal—. De lo más cobarde y sucio que existe: mandar anónimos.

El niño no palideció, ni enrojeció, ni pestañó. Siguió mirándola, curioso, sin el menor desconcierto. Ella le alcanzó la carta y la postal y no le quitó los ojos de encima mientras Fonchito, muy serio, una puntita de lengua entre los dientes, leía el anónimo como deletreando. Sus despiertos ojitos volvían sobre las líneas, una y otra vez.

—Hay dos palabras que no entiendo —dijo, por fin, bañándola con su mirada transparente—. Helena y batik. Una chica en la Academia se llama Helena. Pero, aquí está usada en otro sentido ¿no? Y, nunca he oído batik. ¿Qué quieren decir, madrastra?

—No te hagas el idiota —se molestó doña Lucrecia—. ¿Por qué me has escrito esto? ¿Creías que no iba a darme cuenta de que eras tú?

Se sintió algo incómoda con el desconcierto, ahora sí muy explícito, de Fonchito, quien, luego de mover un par de veces la cabeza, perplejo, volvió a llevarse a los ojos el anónimo y a leerlo, moviendo los labios en silencio. Y se sintió totalmente sorprendida cuando, al levantar el niño la cabeza, vio que sonreía de oreja a oreja. Con alegría desbordante, alzó los brazos, saltó sobre ella y la abrazó, lanzando un gritito de triunfo:

—¡Ganamos, madrastra! ¿No te das cuenta?

—De qué debo darme cuenta, geniecillo —lo apartó.

—Pero, madrastra —la miraba con ternura, compadeciéndola—. Nuestro plan, pues. Está resultando. ¿No te dije que había que ponerlo celoso? Alégrate, vamos muy bien. ¿No quieres amistarte con mi papá?

—No estoy nada segura de que este anónimo sea de Rigoberto —vaciló doña Lucrecia—. Yo, más bien, sospecho de ti, mosquita muerta.

Se calló, porque el niño se reía, mirándola con la benevolencia cariñosa que merece un pobre de espíritu.

—¿Tú sabes que Klimt fue el maestro de Egon Schiele? —exclamó de pronto, adelantándose a una pregunta que ella tenía en los labios—. Lo admiraba. Lo pintó en su lecho de muerte. Un carboncillo muy bonito, Agonía, de 1912. También pintó, ese año, Los ermitaños, donde él y Klimt aparecen con hábitos de monjes.

—Estoy convencida que lo escribiste tú, revejido que sabes tanto —volvió a sublevarse doña Lucrecia. Se sentía dividida por conjeturas contradictorias y la irritaba la cara despreocupada de Fonchito y que hablara tan contento de sí mismo.

—Pero, madrastra, en vez de ser tan mal pensada, alégrate. Esta cartita te la manda mi papá para que sepas que ya te perdonó, que quiere amistarse. Cómo no te das cuenta.

—Tonterías. Es un anónimo insolente y un poco cochino, nada más.

—No seas tan injusta —protestó el niño, con vehemencia—. Te compara con un cuadro de Klimt, dice que cuando pintó a esa chica estaba adivinando cómo serías. ¿Dónde está la cochinada? Es un piropo muy bonito. Una manera que ha buscado mi papá de ponerse en contacto contigo. ¿Le vas a contestar?

—No puedo contestarle, no me consta que sea él —Ahora, doña Lucrecia dudaba menos. ¿De veras, querría amistarse?

—Ya ves, ponerlo celoso funcionó a las mil maravillas —repitió el niño, feliz—. Desde que le dije que te vi del brazo con un señor, se imagina cosas. Se asustó tanto que te escribió esta carta. ¿No soy buen detective, madrastra?

Doña Lucrecia cruzó los brazos, pensativa. Nunca había prestado seriedad a la idea de reconciliarse con Rigoberto. Le había seguido la cuerda a Fonchito para pasar el rato. De repente, por primera vez, no le parecía una remota quimera, sino algo que podía suceder. ¿Eso quería? ¿Volver a la casa de Barranco, reanudar la vida de antes?

—Quién si no mi papá te podía comparar con una pintura de Klimt —insistió el niño—. ¿No ves? Te está recordando esos jueguecitos con cuadros que tenían ustedes en las noches.

La señora Lucrecia sintió que le faltaba el aire.

—De qué hablas —balbuceó, sin fuerzas para desmentirlo.

—Pero, madrastra —respondió el niño, accionando—. De esos juegos, pues. Cuando te decía hoy eres Cleopatra, hoy Venus, hoy Afrodita. Y tú te ponías a imitar las pinturas para darle gusto.

—Pero, pero —En el colmo del bochorno, doña Lucrecia no alcanzaba a encolerizarse y sentía que todo lo que decía la delataba más—: De dónde sacas eso, tienes una imaginación muy retorcida y muy, muy…

—Tú misma me lo contaste —la anonadó el niño—. Qué cabecita, madrastra. ¿Ya se te olvidó?

Quedó muda. ¿Ella se lo había dicho? Escarbó su memoria, en vano. No recordaba haber tocado ese tema con Fonchito ni siquiera de la manera más indirecta. Nunca jamás, claro que no. ¿Pero, entonces? ¿Sería que Rigoberto le hizo confidencias? Imposible, Rigoberto no hablaba con nadie de sus fantasías y deseos. Ni con ella, durante el día. Esa había sido una regla respetada en sus diez años de matrimonio; nunca, ni en broma ni en serio, aludir durante el día a lo que decían y hacían en las noches en el secreto de la alcoba. Para no trivializar el amor y conservarle un aura mágica, sagrada, decía Rigoberto. Doña Lucrecia recordó los primeros tiempos de casados, cuando comenzaba a descubrir el otro lado de la vida de su marido, aquella conversación sobre el libro de Johan Huizinga, Homo Ludens, uno de los primeros que él le había rogado que leyera, asegurándole que en la idea de la vida como juego y del espacio sagrado se encontraba la clave de su futura felicidad. «El espacio sagrado resultó ser la cama», pensó. Habían sido felices, jugando a esos juegos nocturnos, que, al principio, sólo la intrigaban, pero que, poco a poco, habían ido conquistándola, espolvoreando su vida — sus noches— de ficciones siempre renovadas. Hasta la locura con este niñito.

—Quien a solas se ríe, de sus maldades se acuerda —la sacó de sus divagaciones la fresca voz de Justiniana, quien traía la bandeja del té—. Hola, Fonchito.

—Mi papá le ha escrito una carta a la madrastra y prontito se amistarán. Tal como te dije, Justita. ¿Me hiciste chancays?

—Tostaditos, con mantequilla y mermelada de fresa —Justiniana se volvió a doña Lucrecia, abriendo los ojazos—: ¿Se va a amistar con el señor? ¿Nos mudamos de nuevo a Barranco, entonces?

—Tonterías —dijo la señora Lucrecia—. ¿No lo conoces?

—Veremos si son tonterías —protestó Fonchito, atacando los bizcochos mientras doña Lucrecia le servía el té—. ¿Una apuesta? ¿Qué me das si te amistas con mi papá?

—Un cacho quemado —dijo la señora Lucrecia, doblegada—. ¿Y qué me das tú a mí, si pierdes?

—Un beso —se rió el niño, guiñándole el ojo.

Justiniana soltó una carcajada.

—Mejor me voy y dejo solos a los tortolitos.

—Calla, loca —la reprendió doña Lucrecia, cuando la muchacha ya no podía oírla.

Tomaron el té en silencio. Doña Lucrecia seguía impregnada de reminiscencias de su vida con Rigoberto, dolida de que hubiera pasado lo que pasó. Esa ruptura no tenía arreglo. Había sido demasiado tremendo, no cabía marcha atrás. ¿Sería acaso posible la vida de los tres, juntos de nuevo en la misma casa? En ese momento, se le ocurrió que Jesucristo, a los doce años, había asombrado a los doctores del templo discutiendo con ellos de igual a igual sobre materias teologales. Sí, pero Fonchito no era un niño prodigio como Jesucristo. Lo era como Luzbel, el Príncipe de las Tinieblas. No ella, sino él, él, el supuesto niño, había tenido la culpa de toda esa historia.

—¿Sabes en qué otra cosa me parezco a Egon Schiele, madrastra? —la sacó el niño de su fantaseo—. En que él y yo somos esquizofrénicos.

No pudo contener la carcajada. Pero, la risa se le cortó de golpe, porque, como otras veces, intuyó que por debajo de lo que semejaba una niñería, podía anidar algo tenebroso.

—¿Sabes qué es un esquizofrénico, acaso?

—En que, siendo uno solo, te crees dos personas distintas o más —Fonchito recitaba una lección, exagerando—. Me lo explicó mi papá, anoche.

—Bueno, tú podías serlo, entonces —murmuró doña Lucrecia—. Porque, en ti, hay un viejo y un niño. Un angelito y un demonio. ¿Qué tiene que ver eso con Egon Schiele?

Otra vez la cara de Fonchito se distendió en una sonrisa satisfecha. Y, luego de murmurar un rápido «Espérate, madrastra», escarbó en su bolsón en pos del infaltable libro de reproducciones. O, más bien, los libros, pues la señora Lucrecia recordaba haber visto por lo menos tres. ¿Andaba siempre con uno en su maletín? Estaba pasándose de la raya con su manía de identificarse en todo y a toda hora con ese pintor. Si ella tuviera comunicación con Rigoberto, le sugeriría que lo llevara donde un psicólogo. Pero, en el acto, se rió de sí misma. Qué descabellada idea, darle consejos a su ex–marido sobre la educación del niñito que causó la ruptura matrimonial. Se estaba volviendo idiota, últimamente.

—Mira, madrastra. Qué te parece.

Cogió el libro por la página que Fonchito le señalaba y durante un buen rato lo hojeó, tratando de concentrarse en esas imágenes calientes, contrastadas, en esas figuras masculinas que, de a dos, de a tres, se exhibían ante ella, mirándola con impavidez, vestidas, embutidas en túnicas, desnudas, semidesnudas y, alguna vez, tapándose el sexo o mostrándoselo, erecto y enorme, con total impudor.

—Bueno, son autorretratos —dijo, al fin, por decir algo—. Algunos, buenos. Otros, no tanto.

—Pintó más de cien —la ilustró el niño—. Después de Rembrandt, Schiele es el pintor que más se retrató a sí mismo.

—Eso no quiere decir que fuese esquizofrénico. Más bien, un Narciso. ¿Tú también eres eso, Fonchito?