38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 23

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—Sólo me falta pintar los cuadros —se rió él. Volvió a tumbarse y a mirarse las manos. Las movía y lucía imitando las extravagantes poses con que aparecían en los cuadros y fotos de Schiele. Doña Lucrecia, divertida, observaba su pantomima. Y, de pronto, decidió: «Voy a leerle mi carta, a ver qué dice». Además, leyéndola en voz alta, sabría si lo que había escrito estaba bien y decidiría si mandársela a Rigoberto o romperla. Pero, cuando iba a hacerlo, se acobardó. Más bien, dijo:

—Me preocupa que día y noche sólo pienses en Schiele —El niño dejó de jugar con sus manos—. Te lo digo con todo el cariño que te tengo. Al principio, me parecía bonito que te gustaran tanto sus pinturas, que te identificaras con él. Pero, por tratar de parecerte a él en todo, estás dejando de ser tú.

—Es que yo soy él, madrastra. Aunque lo tomes a broma, es así. Siento que soy él.

Le sonrió, para tranquilizarla. «Espérate un ratito», murmuró, mientras, incorporándose, cogía el libro de reproducciones, lo hojeaba buscando algo, y se lo volvía a poner sobre las rodillas, abierto. Doña Lucrecia vio una lámina en colores; sobre un fondo ocre, se extendía una sinuosa señora embutida en un disfraz carnavalesco, con filas de barras verdes, rojas, amarillas y negras, dispuestas en zigzag. Llevaba los cabellos ocultos bajo un rodete aturbantado, iba descalza, la miraba con lánguida tristeza en sus grandes ojos oscuros y tenía las manos alzadas sobre la cabeza como si se dispusiera a tocar castañuelas.

—Viendo ese cuadro me di cuenta —oyó decir a Fonchito, con total seriedad—. Que yo era él.

Trató de reírse, pero no lo consiguió. ¿Qué pretendía este chiquito? ¿Asustarla? «Juega conmigo como un gatito con una gran ratona», pensó.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te reveló en este cuadro que eres Egon Schiele reencarnado?

—No te has dado cuenta, madrastra —se rió Fonchito—. Míralo de nuevo, pedacito por pedacito. Y verás que, aunque lo pintó en Viena, en 1914, en su taller, en esa señora está el Perú. Repetido cinco veces.

La señora Lucrecia volvió a examinar la imagen. De arriba abajo. De abajo arriba. Por fin, reparó que, en el coloreado vestido de payaso de la descalza modelo, había cinco minúsculas figuritas, a la altura de los brazos, en su costado derecho, sobre la pierna y en el ruedo de su falda. Se llevó el libro a los ojos y las examinó, con calma. Pues, sí. Parecían indiecitas, cholitas. Estaban vestidas como las campesinas del Cusco.

—Eso es lo que son, indiecitas de los Andes —dijo Fonchito, leyéndole el pensamiento—. ¿Ves? El Perú está metido en los cuadros de Egon Schiele. Por eso me di cuenta. Para mí, fue un mensaje.

Siguió hablando, haciendo gala de esa prodigiosa información sobre la vida y la obra del pintor que a doña Lucrecia le daba la impresión de la omnisciencia y la sospecha de una conjura, de una calenturienta emboscada. Tenía su explicación, madrastra. La señora del retrato se llamaba Frederike María Beer. Era la única persona retratada por los dos más grandes pintores de la Viena de su tiempo: Egon y Klimt. Hija de un señor muy rico, dueño de cabarets, había sido una gran dama; ayudaba a los artistas y les conseguía compradores. Poco antes de que Schiele la pintara, había hecho un viaje por Bolivia y Perú y de aquí se había llevado esas indiecitas de trapo, que se compraría en alguna feria del Cusco o La Paz. Y a Egon Schiele se le ocurrió pintarlas en el vestido de la señora. O sea, no había ningún milagro en que hubiera cinco cholitas en ese cuadro. Pero, pero…

—¿Pero, qué? —lo animó doña Lucrecia, absorbida por el relato de Fonchito, esperando una gran revelación.

—Pero, nada —añadió el chiquillo, con un gesto de fatiga—. Esas indiecitas fueron puestas ahí para que yo me las encontrara algún día. Cinco peruanitas en un cuadro de Schiele. ¿No te das cuenta?

—¿Se pusieron a hablarte? ¿Te dijeron que tú las pintaste, hace ochenta años? ¿Que eres un reencarnado?

—Bueno, si te vas a burlar, hablemos de otra cosa, madrastra.

—No me gusta oírte decir tonterías —dijo ella—. Ni que pienses tonterías, ni que creas tonterías. Tú eres tú y Egon Schiele era Egon Schiele. Tú vives aquí, en Lima, y él vivió en Viena a principios de siglo. La reencarnación no existe. Así que, no vuelvas a decir disparates, si no quieres que me enoje. ¿De acuerdo?

El niño asintió, de mala gana. Tenía su carita compungida, pero no se atrevió a replicarle, porque ella le había hablado con una severidad desacostumbrada. Trató de hacer las paces.

—Quiero leerte algo que he escrito —murmuró, sacando de su bolsillo el borrador de la carta.

—¿Le has contestado a mi papá? —se alegró el niño, sentándose en el suelo y avanzando la cabeza.

Sí, anoche. No sabía aún si se la mandaría. Ya no podía más. Siete, eran muchos anónimos. Y el autor era Rigoberto. ¿Quién, si no? ¿Quién otro podía hablarle de esa manera tan familiar y exaltada? ¿Quién, conocerla tan al detalle? Había decidido acabar con ese teatro. A ver, qué le parecía.

—Léemela de una vez, madrastra —se impacientó el niño. Tenía los ojos brillantes y su carita delataba una enorme curiosidad; también, algo de, algo de, doña Lucrecia buscaba la palabra, de regocijo malicioso; incluso, de maldad. Carraspeando antes de empezar y sin levantar los ojos hasta el final, leyó:

Amado:

He resistido la tentación de escribirte desde que supe que eras el autor de esas misivas ardientes que, desde hace dos semanas, han llenado esta casita de llamas, de alegría, de nostalgia y de esperanza, y a mi corazón y a mis entrañas del dulce fuego que abrasa sin quemar, el del amor y el deseo unidos en matrimonio feliz.

¿Para qué ibas afirmar unas cartas que sólo tú podías escribir? ¿Quién me ha estudiado, formado, inventado, como tú lo has hecho? ¿Quién podía hablar de los puntitos rojos de mis axilas, de las rosadas nervaduras de las cavidades ocultas entre los dedos de mis pies, de esa «fruncida boquita circundada por una circunferencia en miniatura de alegres arruguitas de carne viva, entre azulada y plomiza, a la que hay que llegar escalando las lisas y marmoleas columnas de tus piernas» ? Sólo tú, amor mío.

Desde las primeras líneas de la primer a carta, supe que eras tú. Por eso, antes de terminar de leerla, obedecí tus instrucciones. Me desnudé y posé par a ti, ante el espejo, imitando a la Dánae de Klimt. Y volví, como tantas noches añoradas en mi soledad actual, a volar contigo por esos reinos de la fantasía que hemos explorado juntos, a lo largo de esos años compartidos que son, para mí, ahora, una fuente de consuelo y de vida a la que vuelvo a beber con la memoria, para soportar la rutina y el vacío que han sucedido a lo que, junto a ti, fue aventura y plenitud.

En la medida de mis fuerzas, he seguido al pie de la letra las exigencias no, las sugerencias y ruegosde tus siete cartas. Me he vestido y desvestido, disfrazado y enmascarado, tumbado, plegado, desplegado, acuclillado y encarnado con mi cuerpo y mi almatodos los caprichos de tus cartas, pues ¿qué placer más grande, para mí, que complacerte? Para ti y por ti, he sido Mesalina y Leda, Magdalena y Salomé, Diana con su arco y sus flechas, la Maja Desnuda, la Casta Susana sorprendida por los viejos lujuriosos y, en el baño turco, la odalisca de Ingres. He hecho el amor con Marte, Nabucodonosor, Sardanápalo, Napoleón, cisnes, sátiros, esclavos y esclavas, emergido del mar como una sirena, aplacado y atizado los amores de Ulises. He sido una marquesita de Watteau, una ninfa del Tiziano, una Virgen de Murillo, una Madonna de Piero della Francesca, una geisha de Fujita y una arrastrada de Toulouse–Lautrec. Me costó trabajo pararme en puntas de pie como la ballerina de Degas, y, créeme, para no defraudarte, hasta intenté, a costa de calambres, mudarme en eso que llamas el voluptuoso cubo cubista de Juan Gris.

Jugar de nuevo contigo, aunque a la distancia, me ha hecho bien, me ha hecho mal. He sentido, de nuevo, que era tuya y tú mío. Cuando terminaba el juego, mi soledad aumentaba y me entristecía aún más. ¿Está perdido, para siempre, lo perdido?

Desde que recibí la primera carta, he vivido esperando la siguiente, devorada por las dudas, tratando de adivinar tus intenciones. ¿Querías que te contestara? ¿O, el enviármelas sin firma indica que no quieres entablar un diálogo, sólo que escuche tu monólogo? Pero, anoche, después de haber sido, dócilmente, la hacendosa señora burguesa de Vermeer, decidí responderte. Algo, desde ese fondo oscuro de mi persona que sólo tú has buceado, me ordenó tomar la pluma y el papel. ¿He hecho bien? ¿No habré infringido esa ley no escrita que prohibe a la figura de un retrato salirse del cuadro a hablarle a su pintor?

Tú, amado, sabes la respuesta. Házmela saber.

—Carambas, qué carta —dijo Fonchito. Su entusiasmo parecía muy sincero—. ¡Madrastra, tú quieres mucho a mi papá!

Estaba ruborizado y radiante, y doña Lucrecia lo notó también —por primera vez— hasta confuso.

—Nunca he dejado de quererlo. Ni siquiera cuando pasó lo que pasó.

Fonchito puso de inmediato esa mirada blanca, amnésica, que vaciaba sus ojos, cada vez que doña Lucrecia aludía de algún modo a aquella aventura. Pero, notó que el rubor desaparecía de las mejillas del niño y lo reemplazaba una palidez nacarada.

—Porque, aunque a ti y a mí nos gustaría que no hubiera, y aunque nunca hablemos de eso, lo que pasó, pasó. No se puede borrar —dijo doña Lucrecia, buscándole los ojos—. Y, aunque me mires como si no supieras de qué te hablo, lo recuerdas todo tan bien como yo. Y, seguro que lo lamentas tanto o más que yo.

No pudo seguir. Fonchito se había puesto otra vez a mirarse las manos, mientras las movía, imitando los disfuerzos de los personajes de Egon Schiele: tiesas y paralelas a la altura de su hombro, con el dedo pulgar oculto y como cercenado, o sobre su cabeza, adelantadas como si acabara de lanzar una lanza. Doña Lucrecia terminó por echarse a reír:

—No eres un diablito sino un payaso —exclamó—. Deberías dedicarte al teatro, más bien.

El niño se rió también, distendido, haciendo morisquetas y jugando siempre con sus manos. Y, sin abandonar las monerías, sorprendió a doña Lucrecia con este comentario:

—¿Has escrito esa carta en estilo huachafo, a propósito? ¿Tú también crees, como mi papá, que la huachafería es inseparable del amor?

—La he escrito imitando el estilo de tu papá —dijo doña Lucrecia—. Exagerando, tratando de ser solemne, rebuscada y truculenta. A él le gusta así. ¿Te parece muy huachafa?

—Le va a encantar —le aseguró Fonchito, asintiendo varias veces—. La leerá y releerá muchas veces, encerrado en su escritorio. No se te ocurrirá firmarla ¿no, madrastra?

La verdad, no había pensado en eso.

—¿Debería mandársela anónima?

—Por supuesto, madrastra —afirmó el niño, enfático—. Tienes que seguirle el juego, pues.

Tal vez tenía razón. Si él se las mandaba sin firma, por qué la firmaría ella.

—Sabes las de Quico y Caco, chiquito —murmuró—. Sí, es una buena idea. Se la mandaré sin firma. Total, él sabrá muy bien quién se la ha escrito.

Fonchito se hizo el que aplaudía. Se había puesto de pie y se alistaba para irse. Hoy no había habido chancays tostados, porque Justiniana estaba de salida. Como siempre, recogió el libro de reproducciones y lo guardó en su bolsón, se abotonó la camisa gris y se ajustó la corbatita del uniforme, observado por una Lucrecia a la que divertía verlo repetir cada tarde los mismos gestos, al llegar y al partir. Pero, esta vez, a diferencia de otras, en que se limitaba a decirle «Chau, madrastra», se sentó a su lado en el sillón, muy junto.

—Quisiera preguntarte algo antes de irme. Sólo que me da un poco de vergüenza.

Había puesto la vocecita delgada, dulce y tímida que ponía cuando quería despertar su benevolencia o su piedad. Y, aunque a doña Lucrecia nunca la abandonaba la sospecha de que era pura farsa, siempre terminaba despertando su benevolencia o su piedad.

—Tú no tienes vergüenza de nada, así que no vengas a contarme el cuento ni a hacerte el inocente —le dijo, desmintiendo la dureza de sus palabras con la caricia que le hacía, tironeándole la oreja—. Pregunta, nomás.

El niño se ladeó y le echó los brazos al cuello. Hundió la carita en su hombro.