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El hombre había depositado a Lucrecia bajo el cono de luz y, desprendiéndose con firmeza de sus brazos que querían atajarlo, sin atender a sus ruegos, dado un paso atrás. Como don Rigoberto, la contemplaba también desde la oscuridad. El espectáculo era insólito y, pasado el desconcierto inicial, incomparablemente bello. Luego de apartarse, asustados, para hacerle sitio y observarla, agazapados, indecisos, siempre alertas —chispas verdes, amarillas, bigotillos tiesos—, olfateándola, las bestezuelas se lanzaron al asalto de esa dulce presa. Escalaban, asediaban, ocupaban el cuerpo enmelado, chillando con felicidad. Su gritería borró las protestas entrecortadas, las apagadas medias risas y exclamaciones de doña Lucrecia. Cruzados los brazos sobre la cara para proteger su boca, sus ojos y su nariz de los afanosos lamidos, estaba a su merced. Los ojos de don Rigoberto acompañaban a las irisadas criaturas ávidas, se deslizaban con ellas por sus pechos y caderas, resbalaban en sus rodillas, se adherían a los codos, ascendían por sus muslos y se regalaban también como esas lengüetas con la dulzura líquida empozada en la luna oronda que parecía su vientre. El brillo de la miel condimentada por la saliva de los gatos daba a las formas blancas una apariencia semilíquida y los menudos sobresaltos que le imprimían las carreras y rodadas de los animalitos tenían algo de la blanda movilidad de los cuerpos en el agua. Doña Lucrecia flotaba, era un bajel vivo surcando aguas invisibles. «¡Qué hermosa es!», pensó. Su cuerpo de pechos duros y caderas generosas, de nalgas y muslos bien definidos, se hallaba en ese límite que él admiraba por sobre todas las cosas en una silueta femenina: la abundancia que sugiere, esquivándola, la indeseable obesidad.
—Abre las piernas, amor mío —pidió el hombre sin cara.
—Ábrelas, ábrelas —suplicó don Rigoberto.
—Son muy chiquitos, no muerden, no te harán nada— insistió el hombre.
—¿Ya gozabas? —preguntó don Rigoberto.
—No, no —repuso doña Lucrecia, que había reanudado el hipnotizante paseo. El rumor del armiño resucitó sus sospechas: ¿estaría desnuda, bajo el abrigo? Sí, lo estaba—. Me volvían loca las cosquillas.
Pero había terminado por consentir y dos o tres felinos se precipitaron ansiosamente a lamer el dorso oculto de sus muslos, las gotitas de miel que destellaban en los sedosos, negros vellos del monte de Venus. El coro de los lamidos pareció a don Rigoberto música celestial. Retornaba Pergolesi, ahora sin fuerza, con dulzura, gimiendo despacito. El sólido cuerpo desuntado estaba quieto, en profundo reposo. Pero doña Lucrecia no dormía, pues a los oídos de don Rigoberto llegaba el discreto remoloneo que, sin que ella lo advirtiera, escapaba de sus profundidades.
—¿Se te había pasado el asco? —inquirió.
—Claro que no —repuso ella. Y, luego de una pausa, con humor—: Pero ya no me importaba tanto.
Se rió y, esta vez, con la risa abierta que reservaba para él en las noches de intimidad compartida, de fantasía sin bozal, que los hacía dichosos. Don Rigoberto la deseó con todas las bocas de su cuerpo.
—Quítate el abrigo —imploró—. Ven, ven a mis brazos, reina, diosa mía.
Pero lo distrajo el espectáculo que en ese preciso instante se había duplicado. El hombre invisible ya no lo era. En silencio, su largo cuerpo aceitoso se infiltró en la imagen. Estaba ahora allí él también. Tumbándose en la colcha rojiza, se anudaba a doña Lucrecia. La chillería de los gatitos aplastados entre los amantes, pugnando por escapar, desorbitados, fauces abiertas, lenguas colgantes, hirió los tímpanos de don Rigoberto. Aunque se tapó las orejas, siguió oyéndola. Y, pese a cerrar los ojos, vio al hombre encaramado sobre doña Lucrecia. Parecía hundirse en esas robustas caderas blancas que lo recibían con regocijo. El la besaba con la avidez que los gatitos la habían lamido y se movía sobre ella, con ella, aprisionado por sus brazos. Las manos de doña Lucrecia oprimían su espalda y sus piernas, alzadas, caían sobre las de él y los altivos pies se posaban sobre sus pantorrillas, el lugar que a don Rigoberto enardecía. Suspiró, conteniendo a duras penas la necesidad de llorar que se abatía sobre él. Alcanzó a ver que doña Lucrecia se deslizaba hacia la puerta.
—¿Volverás mañana? —preguntó, ansioso.
—Y pasado y traspasado —respondió la muda silueta que se perdía—. ¿Acaso me he ido?
Los gatitos, recuperados de la sorpresa, tornaban a la carga y daban cuenta de las últimas gotas de miel, indiferentes al batallar de la pareja.
EL FETICHISMO DE LOS NOMBRES
Tengo el fetichismo de los nombres y el tuyo me prenda y enloquece. ¡Rigoberto! Es viril, es elegante, es broncíneo, es italiano. Cuando lo pronuncio, en voz baja, sólita para mí, me corre una culebrita por la espalda y se me hielan los talones rosados que me dio Dios (o, si prefieres, la Naturaleza, descreído). ¡Rigoberto! Reidora cascada de aguas transparentes. ¡Rigoberto! Amarilla alegría de jilguero celebrando el sol. Ahí donde tú estés, yo estoy. Quietecita y enamorada, yo ahí. ¿Firmas una letra de cambio, un pagaré, con tu nombre cuatrisílabo? Yo soy el puntito sobre la i, el rabito de la g y el cuernito de la t. La manchita de tinta que queda en tu pulgar. ¿Te desalteras del calor con un vasito de agua mineral? Yo, la burbujita que te refresca el paladar y el cubito de hielo que escalofría tu lengua–viborita. Yo, Rigoberto, soy el cordón de tus zapatos y la oblea de extracto de ciruelas que tomas cada noche contra el estreñimiento. ¿Cómo sé ese detalle de tu vida gastroenterológica? Quien ama, sabe, y tiene por sabiduría todo lo que concierne a su amor, sacralizando lo más trivial de su persona. Ante tu retrato, me persigno y rezo. Para conocer tu vida tengo tu nombre, la numerología de los cabalistas y las artes adivinatorias de Nostradamus. ¿Quién soy? Alguien que te quiere como la espuma a la ola y la nube al rosicler. Busca, busca y encuéntrame, amado.
Tuya, tuya, tuya La fetichista de los nombres
II. LAS COSITAS DE EGON SCHIELE
—¿Por qué te interesa tanto Egon Schiele? —preguntó doña Lucrecia.
—Me da pena que muriera tan joven y que lo metieran a la cárcel —respondió Fonchito—. Sus cuadros son lindísimos. Me paso horas mirándolos, en los libros de mi papá. ¿A ti no te gustan, madrastra?
—No los recuerdo muy bien. Salvo las posturas. Unos cuerpos forzados, dislocados, ¿no?
—Y también me gusta Schiele porque, porque… —la interrumpió el niño, como si fuera a revelarle un secreto— . No me atrevo a decírtelo, madrastra.
—Tú sabes decir muy bien las cosas cuando quieres, no te hagas el sonsito.
—Porque, siento que me le parezco. Que voy a tener una vida trágica, como la suya.
Doña Lucrecia soltó la risa. Pero, una inquietud la invadió. ¿De dónde sacaba este niño semejante cosa? Alfonsito seguía mirándola, muy serio. Al cabo de un rato, haciendo un esfuerzo, le sonrió. Estaba sentado en el suelo de la salita comedor, con las piernas cruzadas; conservaba el saco azul y la corbata gris del uniforme, pero se había quitado la gorrita con visera, que yacía a su lado, entre el bolsón, el cartapacio y la caja de lápices de la academia. En eso, Justiniana entró con la bandeja del té. Fonchito la recibió alborozado.
—Chancays tostados con mantequilla y mermelada —aplaudió, súbitamente liberado de la preocupación—. Lo que más me gusta en el mundo. ¡Te acordaste, Justita!
—No te los he hecho a ti, sino a la señora —mintió Justiniana, simulando severidad—. A ti, ni un cacho quemado.
Iba sirviendo el té y disponiendo las tazas en la mesita de la sala. En el Olivar, unos muchachos jugaban al fútbol y se veían sus ardorosas siluetas a través de los visillos; hasta ellos llegaban, en sordina, palabrotas, patadones y gritos de triunfo. Pronto, oscurecería.
—¿No me vas a perdonar nunca, Justita? —se entristeció el niño—. Aprende de mi madrastra; se ha olvidado de lo que pasó y ahora nos llevamos tan bien como antes.
«Como antes, no», pensó doña Lucrecia. Una ola caliente la lamía desde los empeines hasta la punta de los cabellos. Disimuló, bebiendo sorbitos de té.
—Será que la señora es buenísima y yo, malísima—se burlaba Justiniana.
—Entonces, nos parecemos, Justita. Porque, según tú, yo soy malísimo, ¿no?
—Tú me ganas por goleada —se despidió la muchacha, perdiéndose en el pasillo de la cocina.
Doña Lucrecia y el niño permanecieron en silencio, mientras comían los bizcochos y tomaban el té.
—Justita me odia de la boca para afuera —afirmó Fonchito, cuando terminó de masticar—. En el fondo, creo que también me ha perdonado. ¿No te parece, madrastra?
—Tal vez, no. Ella no se deja engatusar por tus maneras de niño bueno. Ella no quiere que vuelva a pasar por lo que pasé. Porque, aunque no me gusta recordar eso, yo sufrí mucho por tu culpa, Fonchito.
—¿Acaso no lo sé, madrastra? —palideció el niño—. Por eso, voy a hacer todo, todo, para reparar el daño que te hice.
¿Hablaba en serio? ¿Representaba una farsa, utilizando ese vocabulario de revejido? Imposible averiguarlo, en esa carita donde ojos, boca, nariz, pómulos, orejas y hasta el desorden de los cabellos parecían la obra de un esteta perfeccionista. Era bello como un arcángel, un diosecillo pagano. Lo peor, lo peor, pensaba doña Lucrecia, era que parecía la encarnación de la pureza, un dechado de inocencia y virtud. «La misma aureola de limpieza que tenía Modesto», se dijo, recordando al ingeniero aficionado a las canciones cursis que le había hecho la corte antes de casarse con Rigoberto y al que ella había desdeñado, tal vez porque no supo apreciar bastante su corrección y su bondad. ¿O, acaso, rechazó al pobre Pluto precisamente por ser bueno? ¿Porque lo que atraía a su corazón eran esos fondos turbios en los que buceaba Rigoberto? Con él, no había vacilado un segundo. En el buenazo de Pluto, la limpia expresión reflejaba su alma; en este diablito de Alfonso, era una estrategia de seducción, un canto de esas sirenas que llaman desde los abismos.
—¿La quieres mucho a Justita, madrastra?
—Sí, mucho. Ella es para mí más que una empleada. No sé qué hubiera hecho sin Justiniana todos estos meses, mientras me acostumbraba otra vez a vivir sola. Ha sido una amiga, una aliada. Así la considero. Yo no tengo los prejuicios estúpidos de la gente de Lima con las muchachas.
Estuvo a punto de contar a Fonchito el caso de la respetabilísima doña Felicia de Gallagher, quien presumía en sus té–canasta de haber prohibido a su chofer, robusto negro de uniforme azul marino, tomar agua durante el trabajo para que no le vinieran ganas de orinar y tuviera que detener el carro en busca de un baño, dejando a su patrona sola en esas calles llenas de ladrones. Pero, no lo hizo, presintiendo que una alusión aun indirecta a una función orgánica delante del niño, sería como remover las mefíticas aguas de un pantano.
—¿Te sirvo más té? Los chancays están riquísimos —la halagó Fonchito—. Cuando puedo escaparme de la academia y vengo, me siento feliz, madrastra.
—No debes perder tantas tardes. Si de veras quieres ser pintor, esas clases te servirán mucho.
¿Por qué, cuando le hablaba como a un niño —como lo que era—, la dominaba la sensación de pisar en falso, de mentir? Pero si lo trataba como a un hombrecito, tenía idéntica desazón, el mismo sentimiento de falsedad.
—¿Justiniana te parece bonita, madrastra?
—Pues, sí. Tiene un tipo muy peruano, con su piel color canela y su fachita pizpireta. Debe haber roto algunos corazones por ahí.
—¿Te dijo alguna vez mi papá que le parecía bonita?
—No, no creo que me lo dijera. ¿A qué tantas preguntas?