38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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—De que sufrieras —susurró doña Lucrecia, abrazándolo.

«Comienza a transpirar», comprobó don Rigoberto. Se sentía feliz acariciando ese cuerpo cada instante más activo y tuvo que poner su conciencia en acción para controlar el vértigo que empezaba a dominarlo. En el oído de su mujer, murmuró que la amaba, más, mucho más que antes del viaje.

Ella comenzó a hablar, con intervalos, buscando las palabras —silencios que eran coartadas para su confusión—, pero, poco a poco, estimulada por las caricias y las amorosas interrupciones, fue ganando confianza. Al fin, don Rigoberto advirtió que había recuperado su desenvoltura y relataba tomando fingida distancia de lo que contaba. Adherida a su cuerpo, apoyaba la cabeza en su hombro. Sus manos respectivas se movían de rato en rato, para tomar posesión o averiguar la existencia de un miembro, músculo o pedazo de piel de la pareja.

—¿Había cambiado mucho? Se había agringado en su manera de vestir y de hablar, pues continuamente se le escapaban expresiones en inglés. Pero, aunque con canas y engrosado, tenía siempre esa cara de Pluto, larga y tristona, y la timidez e inhibiciones de su juventud.

—Te vería llegar como caída del cielo.

—¡Se puso tan pálido! Creí que se iba a desmayar. Me esperaba con un ramo de flores más grande que él. La limousine era una de ésas, plateadas, de los gángsters de las películas. Con bar, televisión, música estéreo, y, muérete, asientos en piel de leopardo.

—Pobres ecologistas —se entusiasmó don Rigoberto.

—Ya sé que es una huachafería —se excusó Modesto, mientras el chofer, afgano altísimo uniformado de granate, disponía los equipajes en la maletera—. Pero, era la más cara.

—Es capaz de burlarse de sí mismo —sentenció don Rigoberto—. Simpático.

—En el viaje hasta el Plaza me piropeó un par de veces, colorado hasta las orejas —prosiguió doña Lucrecia—. Que me conservaba muy bien, que estaba más bella todavía que cuando quiso casarse conmigo.

—Lo estás —la interrumpió don Rigoberto, bebiendo su aliento—. Cada día más, cada hora más.

—Ni una sola palabra de mal gusto, ni una sola insinuación chocante —dijo ella—. Me agradeció tanto el haber ido que me hizo sentir la buena samaritana de la Biblia.

—¿Sabes lo que iba pensando, mientras te decía esas galanterías?

—¿Qué? —doña Lucrecia enroscó una pierna en las de su marido.

—Si te vería desnuda esa misma tarde, en el Plaza, o tendría que esperar hasta la noche, o hasta París —la ilustró don Rigoberto.

—No me vio desnuda ni esa tarde ni esa noche. A menos que me espiara por la cerradura, mientras me bañaba y vestía para el Metropolitan. Lo de las habitaciones separadas era cierto. La mía, tenía vista sobre Central Park.

—Pero, al menos, te cogería la mano en la ópera, en el restaurante —se quejó él, decepcionado—. Con la ayudita del champagne, te pegaría la mejilla mientras bailaban en Regine's. Te besaría en el cuello, en la orejita.

Nada de eso. No había intentado cogerle la mano ni besarla en el curso de esa larga noche en la que, sin embargo, no había ahorrado las flores verbales, siempre a distancia respetuosa. Se había mostrado simpático, en efecto, burlándose de su inexperiencia («Me muero de vergüenza, Lucre, pero, en seis años que llevo casado, no engañé una sola vez a mi mujer»), y confesándole que era la primera vez en su vida que asistía a una función de ópera o ponía los pies en Le Cirque y Regine's.

—Lo único que tengo claro es que debo pedir champagne Dom Perignon, olfatear la copa de vino con narices de alérgico y ordenar platos escritos en francés.

La miraba con reconocimiento inconmensurable, perruno.

—Si quieres que te diga la verdad, he venido por vanidosa, Modesto. Además de la curiosidad, por supuesto. ¿Es posible que en estos diez años, sin habernos visto, sin saber nada uno del otro, hayas seguido enamorado de mí?

—Enamorado no es la palabra justa —la aclaró él—. Enamorado estoy de Dorothy, la gringuita con la que me casé, que es muy comprensiva y me deja cantar en la cama.

—Eras para él algo más sutil —le explicó don Rigoberto—. La irrealidad, la ilusión, la mujer de su memoria y sus deseos. Yo quiero amarte así, como él. Espera, espera.

La despojó del mínimo camisón y volvió a acomodarla de modo que las pieles de ambos tuvieran más puntos de contacto. Refrenando su deseo, le pidió que siguiera.

—Regresamos al hotel apenas me vino el primer bostezo. Me dio las buenas noches lejos de mi recámara. Que me soñara con los angelitos. Se portó tan bien, estuvo tan caballero, que, a la mañana siguiente, le hice una pequeña coquetería.

Se había presentado a tomar el desayuno, en la habitación intermedia entre los dormitorios, descalza y con una salida de cama veraniega, muy corta, que dejaba al descubierto sus piernas y muslos. Modesto la esperaba afeitado, bañado y vestido. La boca se le abrió de par en par.

—¿Dormiste bien? —articuló, desmandibulado, ayudándola a sentarse ante los jugos de frutas, tostadas y mermeladas del desayuno—. ¿Puedo decirte que te ves muy linda?

—Alto —la atajó don Rigoberto—. Déjame arrodillarme y besar las piernas que deslumbraron al perro Pluto.

Rumbo al aeropuerto y, luego, en el Concorde de Air France, mientras almorzaban, Modesto volvió a adoptar la actitud de atenta adoración del primer día. Recordó a Lucrecia, sin melodrama, cómo había decidido renunciar a la Universidad de Ingeniería cuando se convenció que ella no se casaría con él y partir a Boston, a la ventura. Los difíciles comienzos en aquella ciudad de inviernos fríos y granates mansiones victorianas, donde demoró tres meses en conseguir su primer trabajo estable. Se rompió el alma, pero, no lo lamentaba. Había conseguido la indispensable seguridad, una esposa con la que se entendía y, ahora que iba a empezar otra etapa volviendo a la Universidad, algo que siempre echó de menos, se estaba corporizando una fantasía, el juego adulto en que se había refugiado todos estos años: la semana ideal, jugando a ser rico, en New York, París y Venecia, con Lucre. Podía morirse tranquilo, ya.

—¿De veras te vas a gastar la cuarta parte de tus ahorros en este viaje?

—Me gastaría los trescientos mil que me tocan, pues los otros son de Dorothy — asintió él, mirándola a los ojos—. No por toda la semana. Sólo por haber podido verte, a la hora del desayuno, con esas piernas, brazos y hombros al aire. Lo más lindo del mundo, Lucre.

—Qué habría dicho, si además te hubiera visto los pechos y la colita —la besó don Rigoberto—. Te amo, te amo.

—En ese momento, decidí que, en París, vería el resto —doña Lucrecia escapó a medias de los besos de su marido—. Lo decidí cuando el piloto anunció que habíamos roto la barrera del sonido.

—Era lo menos que podías hacer por un señor tan formalito —aprobó don Rigoberto.

Apenas se instalaron en sus respectivos dormitorios —la vista, desde las ventanas de Lucrecia, abarcaba la oscura columna de la Plaza Vendôme perdiéndose en la altura y las rutilantes vitrinas de las joyerías del contorno— salieron a andar. Modesto tenía memorizada la trayectoria y calculado el tiempo. Recorrieron las Tullerías, cruzaron el Sena y bajaron hacia Saint–Germain por los muelles de la orilla izquierda. Llegaron a la abadía media hora antes del concierto. Era una tarde pálida y tibia de un otoño que había ya tornasolado los castaños y, de tanto en tanto, el ingeniero se detenía, guía y plano a la mano, para dar a Lucrecia una indicación histórica, urbanística, arquitectónica o estética. En las incómodas sillitas de la iglesia atestada para el concierto, debieron sentarse muy juntos. Lucrecia disfrutó de la lúgubre munificencia del Réquiem de Mozart. Después, instalados en una mesita del primer piso de Lipp, felicitó a Modesto:

—No puedo creer que sea tu primer viaje a París. Conoces calles, monumentos y direcciones como si vivieras aquí.

—Me he preparado para este viaje como para un examen de fin de carrera, Lucre. Consultado libros, mapas, agencias, interrogado a viajeros. Yo no junto estampillas, ni crío perros, ni juego al golf. Hace años, mi único hobby es preparar esta semana.

—¿Siempre estuve yo en ella?

—Un paso más en el camino de las coqueterías —advirtió don Rigoberto.

—Siempre tú y sólo tú —se ruborizó Pluto—. New York, París, Venecia, las óperas, restaurantes y lo demás eran el setting. Lo importante, lo central, tú y yo, solitos en el escenario.

Regresaron al Ritz en taxi, fatigados y ligeramente achispados por la copa de champagne, el vino de Borgogne y el cognac con que habían esperado, acompañado y despedido la choucroute. Al darse las buenas noches, de pie en la salita que apartaba los dormitorios, sin el menor titubeo doña Lucrecia anunció a Modesto:

—Te portas tan bien, que yo también quiero jugar. Voy a hacerte un regalo.

—¿Ah, sí? —se atoró Pluto—. ¿Cuál, Lucre?

—Mi cuerpo entero —cantó ella—. Entra, cuando te llame. A mirar, solamente.

No oyó lo que Modesto respondía, pero estuvo segura de que, en la penumbra del recinto, mientras su enmudecida cara asentía, rebalsaba de felicidad. Sin saber cómo lo iba a hacer, se desnudó, colgó su ropa, y, en el cuarto de baño, se soltó los cabellos («¿Como me gusta, amor mío?» «Igualito, Rigoberto.»), regresó a la habitación, apagó todas las luces salvo la del velador y movió la lamparilla de modo que su luz, mitigada por una pantalla de raso, iluminara las sábanas que la camarera había dispuesto para la noche. Se tendió de espaldas, se ladeó ligeramente, en una postura lánguida, desinhibida, y acomodó su cabeza en la almohada.

—Cuando quieras.

«Cerró los ojos para no verlo entrar», pensó don Rigoberto, enternecido con ese detalle púdico. Veía muy nítido, desde la perspectiva de la silueta dubitativa y anhelante del ingeniero que acababa de cruzar el umbral, en la tonalidad azulada, el cuerpo de formas que, sin llegar a excesos rubensianos, emulaban las abundancias virginales de Murillo, extendido de espaldas, una rodilla adelantada, cubriendo el pubis, la otra ofreciéndose, las sobresalientes curvas de las caderas estabilizando el volumen de carne dorada en el centro de la cama. Aunque lo había contemplado, estudiado, acariciado y gozado tantas veces, con esos ojos ajenos lo vio por primera vez. Durante un buen rato —la respiración alterada, el falo tieso— lo admiró. Leyendo sus pensamientos y sin que una palabra rompiera el silencio, doña Lucrecia de tanto en tanto se movía en cámara lenta, con el abandono de quien se cree a salvo de miradas indiscretas, y mostraba al respetuoso Modesto, clavado a dos pasos del lecho, sus flancos y su espalda, su trasero y sus pechos, las depiladas axilas y el bosquecillo del pubis. Por fin, fue abriendo las piernas, revelando el interior de sus muslos y la medialuna de su sexo. «En la postura de la anónima modelo de L'origine du monde, de Gustave Courbet (1866)», buscó y encontró don Rigoberto, transido de emoción al comprobar que la lozanía del vientre y la robustez de los muslos y el monte de Venus de su mujer coincidían milimétricamente con la decapitada mujer de aquel óleo, príncipe de su pinacoteca privada. Entonces, la eternidad se evaporó:

—Tengo sueño y creo que tú también, Pluto. Es hora de dormir.

—Buenas noches —repuso al instante aquella voz, en el ápice de la dicha o la agonía. Modesto retrocedió, tropezando; segundos después, la puerta se cerró.

—Fue capaz de contenerse, no se echó sobre ti como una fiera hambrienta — exclamó don Rigoberto, hechizado—. Lo manejabas con el meñique.