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A la mañana siguiente, un mozo le trajo a la cama un ramo de rosas con una tarjeta: «Ojos que ven, corazón que siente, memoria que recuerda y un can de dibujos animados que te lo agradece con toda el alma».
—Te deseo demasiado —se disculpó don Rigoberto, tapándole la boca con la mano—. Debo amarte.
—Figúrate, entonces, la nochecita que pasaría el pobre Pluto.
—¿El pobre? —reflexionó don Rigoberto, después del amor, mientras convalecían, fatigados y dichosos—. ¿Por qué, pobre?
—El hombre más feliz del mundo, Lucre —afirmó Modesto, esa noche, entre dos sesiones de striptease, en la apretura del Crazy Horse Saloon, rodeados de japoneses y alemanes, cuando se hubieron bebido la botella de champagne—. Ni el tren eléctrico que me trajo Papá Noel al cumplir diez años se compara con tu regalo.
Durante el día, mientras recorrían el Louvre, almorzaban en La Closerie de Lilas, visitaban el Centre Pompidou o se perdían en las callecitas remodeladas del Marais, no hizo la menor alusión a la noche anterior. Continuaba oficiando de compañero de viaje informado, devoto y servicial.
—Con cada cosa que me cuentas, pienso mejor de él —comentó don Rigoberto.
—Me pasaba lo mismo —reconoció doña Lucrecia—. Y, por eso, ese día, di un pasito más, para premiarlo. En Maxim's, sintió mi rodilla en la suya toda la comida. Y, cuando bailamos, mis pechos. Y, en el Crazy Horse, mis piernas.
—Quién como él —exclamó don Rigoberto—. Irte conociendo tipo serial, por episodios, pedacito a pedacito. El gato y el ratón, a fin de cuentas. Un juego que no dejaba de ser peligroso.
—No, si se juega con caballeros como tú —coqueteó doña Lucrecia—. Me alegro de haber aceptado tu invitación, Pluto.
Estaban de regreso en el Ritz, alegres y soñolientos. En la salita de la suite, se despedían.
—Espera, Modesto —improvisó ella, pestañeando—. Sorpresa, sorpresa. Cierra los ojitos.
Pluto obedeció en el acto, transformado por la expectativa. Ella se acercó, se pegó a él y lo besó, primero superficialmente, advirtiendo que él demoraba en responder a los labios que frotaban los suyos, y en replicar luego a los amagos de su lengua. Cuando lo hizo, sintió que en ese beso el ingeniero iba entregándole su viejo amor, su adoración, su fantasía, su salud y (si la tenía) el alma. Cuando la cogió de la cintura, con cautela, dispuesto a soltarla al menor rechazo, doña Lucrecia permitió que la abrazara.
—¿Puedo abrir los ojos?
—Puedes.
«Y entonces él la miró, no con la mirada fría del perfecto libertino, de Sade, pensó don Rigoberto, sino con la pura, ferviente y apasionada del místico en el momento del ascenso y la visión.»
—¿Estaba muy excitado? —se le escapó, y se arrepintió—. Qué pregunta tonta. Perdona, Lucrecia.
—A pesar de estarlo, no intentó retenerme. A la primera indicación, se apartó.
—Debiste irte a la cama con él esa noche —la amonestó don Rigoberto—. Abusabas. O, tal vez, no. Tal vez, hacías lo debido. Sí, sí, por supuesto. Lo lento, lo formal, lo ritual, lo teatral, eso es lo erótico. Era una espera sabia. La precipitación nos acerca al animal, más bien. ¿Sabías que el burro, el mono, el cerdo y el conejo eyaculan en doce segundos, a lo más?
—Pero, el sapo puede copular cuarenta días y cuarenta noches, sin parar. Lo leí en un libro de Jean Rostand: De la mosca al hombre.
—Qué envidia —se admiró don Rigoberto—. Estás llena de sabiduría, Lucrecia.
—Son las palabras de Modesto —lo desconcertó su mujer, retrotrayéndolo a un Orient Express que perforaba la noche europea, rumbo a Venecia—. Al día siguiente, en nuestro camarote belle époque.
Eso decía también el ramo de flores que la esperaba en el Hotel Cipriani, en la soleada Giudecca: «A Lucrecia, bella en la vida y sabia en el amor».
—Espera, espera —la devolvió a los rieles don Rigoberto—. ¿Compartieron ese camarote, en el tren?
—Uno con dos camas. Yo arriba y él abajo.
—O sea que…
—Tuvimos que desvestirnos uno encima de otro, literalmente —completó ella—. Nos vimos en paños menores, aunque en penumbra, pues apagué todas las luces, salvo la veladora.
—Paños menores es un concepto general y abstracto —se sulfuró don Rigoberto—. Precisiones.
Doña Lucrecia se las dio. A la hora de desvestirse —el anacrónico Orient Express cruzaba unos bosques alemanes o austríacos y, de cuando en cuando, una aldea—, Modesto le preguntó si quería que saliera. «No hace falta, en esta penumbra parecemos sombras», respondió doña Lucrecia. El ingeniero se sentó en la litera de abajo, replegándose lo más posible a fin de dejarle más espacio. Ella se desvistió sin forzar sus movimientos ni estilizarlos, girando en el sitio al despojarse de cada prenda; el vestido, el fustán, el sostén, las medias, el calzón. El resplandor de la veladora, una lamparilla en forma de champiñón con dibujos lanceolados, acarició su cuello, hombros, pechos, vientre, nalgas, muslos, rodillas, pies. Alzando los brazos, se pasó por la cabeza un pijama de seda china, con dragones.
—Voy a sentarme con las piernas al aire, mientras me escobillo los cabellos —dijo, haciendo lo que decía—. Si te provoca besármelas, puedes. Hasta las rodillas.
¿Era el suplicio de Tántalo? ¿Era el jardín de las delicias? Don Rigoberto se había deslizado al pie de la cama, y, adivinándolo, doña Lucrecia se sentó al borde para que, como Pluto en el Orient Express, su marido le besara los empeines, aspirara la fragancia de cremas y colonias que refrescaban sus tobillos, mordisqueara los dedos de sus pies y lamiera las oquedades tibias que los separaban.
—Te amo y te admiro —dijo don Rigoberto.
—Te amo y te admiro —dijo Pluto.
—Y, ahora, a dormir —ordenó doña Lucrecia.
Llegaron a Venecia en una mañana impresionista, sol poderoso y cielo azul marino, y mientras la lancha los llevaba al Cipriani entre crespas olitas, Michelin a la mano, Modesto dio a Lucrecia someras explicaciones sobre los palacios e iglesias del Gran Canal.
—Estoy sintiendo celos, amor mío —la interrumpió don Rigoberto.
—Si lo dices en serio, lo borramos, corazón —le propuso doña Lucrecia.
—De ninguna manera —dio él marcha atrás—. Los valientes mueren con las botas puestas, como John Wayne.
Desde el balcón del Cipriani, por encima de los árboles del jardín, se divisaban, en efecto, las torres de San Marcos y los palacios de la orilla. Salieron, con la góndola y el guía que los esperaban. Fue un vértigo de canales y puentes, aguas verdosas y bandadas de gaviotas que levantaban el vuelo a su paso, y oscuras iglesias en las que había que esforzar los ojos para percibir los atributos de las deidades y santidades allí colgadas. Vieron Tizianos y Veroneses, Bellinis y del Piombos, los caballos de San Marcos, los mosaicos de la catedral y dieron de comer raquíticos granitos de maíz a las gordas palomas de la Plaza. Al mediodía, se tomaron la fotografía de rigor en una mesa del Florian, mientras degustaban la pizzetta consabida. En la tarde, continuaron el recorrido, oyendo nombres, fechas y anécdotas que apenas escuchaban, entretenidos por la arrulladora voz del guía de la agencia. A las siete y media, cambiados y bañados, tomaron el Bellini en el salón de arcos moriscos y almohadillas arábigas del Danieli, y, a la hora exacta —las nueve— estaban en el Harry's Bar. Allí, vieron llegar a la mesa contigua (parecía parte del programa) a la divina Catherine Deneuve. Pluto dijo lo que tenía que decir: «Tú me pareces más bella, Lucre».
—¿Y? —la apuró don Rigoberto.
Antes de tomar el vaporcito a la Giudecca, dieron un paseo, doña Lucrecia prendida del brazo de Modesto, por callecitas semidesiertas. Llegaron al Hotel pasada la medianoche. Doña Lucrecia bostezaba.
—¿Y? —se impacientó don Rigoberto.
—Cuando estoy tan agotada por el paseo y las cosas bonitas que he visto, no puedo pegar los ojos —se lamentó doña Lucrecia. Felizmente, tengo un remedio que nunca me falla.
—¿Cuál? —preguntó Modesto.
—¿Qué remedio? —hizo eco don Rigoberto. —Un yacuzzi, alternando el agua fresca y la caliente —explicó doña Lucrecia, yendo hacia su recámara. Antes de desaparecer en ella, señaló al ingeniero el enorme y luminoso cuarto de baño, de blancas losetas y azulejos en las paredes—. ¿Me llenarías el yacuzzi mientras me pongo la bata?
Don Rigoberto se movió en el sitio con la ansiedad de un desvelado: ¿y? Ella fue a su habitación, se desnudó sin prisas, doblando su ropa pieza por pieza, como si dispusiera de la eternidad. Envuelta en una bata de toalla y otra toallita de turbante, regresó. La bañera circular crepitaba con los espasmos del yacuzzi.
—Le he echado sales —inquirió Modesto, con timidez—: ¿Bien o mal hecho?
—Está perfecta —dijo ella, probando el agua con la punta de un pie.
Dejó caer la bata de toalla amarilla a sus pies y, conservando la que hacía de turbante, entró y se tendió en el yacuzzi. Apoyó la cabeza en una almohadilla que el ingeniero se apresuró a alcanzarle. Suspiró, agradecida.