38961.fb2 Los cuadernos De don Rigoberto - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 9

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—Ahora, ya sabes mi secreto, también —dijo Modesto, una vez que, aplacados los vecinos y la recepción, apagadas sus risas, sosegados sus ímpetus, envueltos en las blancas batas de baño del Cipriani, se pusieron a conversar—. ¿Te importa que no hablemos de esto? Como te imaginarás, me da vergüenza…

En fin, déjame decirte, una vez más, que nunca olvidaré esta semanita, Lucre.

—Yo tampoco, Pluto. La recordaré siempre. Y no sólo por el concierto, te lo juro.

Durmieron como marmotas, con la conciencia del deber cumplido, y estuvieron a tiempo en el embarcadero para tomar el vaporcito al aeropuerto. Alitalia se esmeró también y salió sin retraso, de modo que alcanzaron el Concorde de París a New York. Allí se despidieron, conscientes de que no volverían a verse.

—Dime que fue una semana horrible, que la odiaste —gimió, de pronto, don Rigoberto, apresando por la cintura a su mujer y encaramándola sobre él—. ¿No, no, Lucrecia?

—Por qué no haces la prueba de cantar algo, a grito pelado —le sugirió ella, con la aterciopelada voz de los mejores encuentros nocturnos—. Algo huachafo, amor. La flor de la canela, Fumando espero, Brasil, terra de meu coraçâo. A ver qué pasa, Rigoberto.

III. EL JUEGO DE LOS CUADROS

—Qué chistoso, madrastra —dijo Fonchito—. Tus medias verdeoscuras son exactas a las de una modelo de Egon Schiele.

La señora Lucrecia se miró las gruesas medias de lana que abrigaban sus piernas hasta por encima de las rodillas.

—Son buenísimas para la humedad de Lima —dijo, palpándolas—; gracias a ellas, tengo los pies calientitos.

Desnudo reclinado con medias verdes —recordó el niño—. Uno de sus cuadros más famosos. ¿Quieres verlo?

—Bueno, muéstramelo.

Mientras Fonchito se apresuraba a abrir su bolsón, que, como siempre, había tirado en la alfombra de la salita comedor, la señora Lucrecia sintió el difuso desasosiego que el niño solía transmitirle con esos arranques que siempre le parecían ocultar, bajo su apariencia inofensiva, algún peligro.

—Qué coincidencia, madrastra —decía Fonchito, mientras hojeaba el libro de reproducciones de Schiele que acababa de sacar del bolsón—. Yo me parezco a él y tú te pareces a sus modelos. En muchas cosas.

—¿En qué, por ejemplo?

—En esas medias verdes, negras o marrones que te pones. También, en la frazada a cuadritos de tu cama.

—Caramba, qué observador.

—Y, por último, en la majestad —añadió Fonchito, sin levantar la vista, enfrascado en la búsqueda del Desnudo reclinado con medias verdes. Doña Lucrecia no supo si reírse o burlarse. ¿Se daba cuenta de la rebuscada galantería o le había salido de casualidad?— : ¿No decía mi papá que tienes una majestad tan grande? ¿Que, hagas lo que hagas, nada en ti es vulgar? Yo sólo entendí lo que quería decir gracias a Schiele. Sus modelos se levantan las faldas, muestran todo, se las ve en posturas rarísimas, pero nunca parecen vulgares. Siempre, unas reinas. ¿Por qué? Porque tienen majestad. Como tú, madrastra.

Confundida, halagada, irritada, alarmada, doña Lucrecia quería y no quería poner punto final a esta explicación. Volvía a sentirse insegura, una vez más.

—Qué cosas dices, Fonchito.

—¡Acá está! —exclamó el niño, alcanzándole el libro—. ¿Ves lo que te digo? ¿No está en una pose que, en cualquier otra, parecería mala? Pero no en ella, madrastra. Eso es tener majestad, pues.

—Déjame ver —La señora Lucrecia cogió el libro y, después de examinar un buen rato el Desnudo reclinado con medias verdes, asintió—: Cierto, son del mismo color que las que tengo puestas.

—¿No te parece lindo?

—Sí, es muy bonito —Cerró el libro y se lo devolvió con presteza. Otra vez, la abrumó la idea de que perdía la iniciativa, de que el niño comenzaba a derrotarla. ¿Pero, qué batalla era ésta? Encontró los ojos de Alfonso: brillaban con una lucecita equívoca y en su fresca cara amagaba una sonrisa.

—¿Podría pedirte un favor grandísimo? ¿El más grande del mundo? ¿Me lo harías?

«Me va a pedir que me desnude», se le ocurrió a ella, aterrada. «Le daré una cachetada y no lo veré más.» Odió a Fonchito y se odió.

—¿Qué favor? —murmuró, tratando de que su sonrisa no fuera macabra.

—Ponte como la señora del Desnudo reclinado con medias verdes —entonó la meliflua vocecita—. ¡Sólo un ratito, madrastra!

—¿Qué dices?

—Claro que sin desvestirte —la tranquilizó el niño, moviendo ojos, manos, respingando la nariz—. En esta pose. Me muero de ganas. ¿Me harías ese gran, gran favor? No seas malita, madrastra.

—No se haga de rogar tanto, sabe de sobra que le dará gusto —dijo Justiniana, apareciendo y exhibiendo su excelente humor de cada día—. Como mañana es cumpleaños de Fonchito, que sea su regalo.

—¡Bravo, Justita! —palmoteo el niño—. Entre los dos, la convencemos. ¿Me harás ese regalo, madrastra? Eso sí, tienes que quitarte los zapatos.

—Confiesa que quieres ver los pies de la señora porque sabes que los tiene muy bonitos —lo azuzó Justiniana, más temeraria que otras tardes. Disponía en la mesita la Coca Cola y el vaso de agua mineral que le habían pedido.

—Ella tiene todo bonito —afirmó el niño, con candidez—. Anda, madrastra, no nos tengas vergüenza. Si quieres, para que no te sientas mal, Justita y yo podemos jugar después a imitar otro cuadro de Egon Schiele.

Sin saber qué replicar, qué broma hacer, cómo simular un enojo que no tenía, la señora Lucrecia se vio, de pronto, sonriendo, asintiendo, murmurando «Será tu regalo de cumpleaños, caprichosito», descalzándose, ladeándose y estirándose en el largo sillón. Trató de imitar la reproducción que Fonchito había desplegado y que le señalaba, como un director teatral instruyendo a la estrella del espectáculo. La presencia de Justiniana la hacía sentirse protegida, aunque a esta loca le había dado ahora la ventolera de ponerse de parte de Fonchito. Al mismo tiempo, que estuviera allí, de testigo, añadía cierto aderezo a la insólita situación. Intentó llevar a la chacota lo que hacía, «¿Es así la cosa? No, más arribita la espalda, el cuello como gallinita, la cabeza derechita», mientras se apoyaba en los codos, alargaba una pierna y flexionaba la otra, calcando la pose de la modelo. Los ojos de Justiniana y Fonchito iban de ella a la cartulina, de la cartulina a ella, rientes los de la muchacha y los del niño con profunda concentración. «Este es el juego más serio del mundo» , se le ocurrió a doña Lucrecia.

—Está igualita, señora.

—Todavía —le quitó la palabra Fonchito—. Tienes que subir más la rodilla, madrastra. Yo te ayudo.

Antes de que tuviera tiempo de negarle el permiso, el niño entregó el libro a Justiniana, se acercó al sofá y le puso las dos manos bajo la rodilla, donde terminaba la media verde oscura y apuntaba el muslo. Con suavidad, atento a la reproducción, le alzó la pierna y la movió. El contacto de los delgados deditos en su corva desnuda, turbó a doña Lucrecia. La mitad inferior de su cuerpo se echó a temblar. Sentía una palpitación, un vértigo, algo avasallante que la hacía sufrir y gozar. Y, en eso, descubrió la mirada de Justiniana. Las pupilas encendidas de esa carita morena eran locuaces. «Sabe cómo estoy», pensó, avergonzada. El grito del niño vino a salvarla:

—¡Ahora sí, madrastra! ¿No está exacta, Justita? Quédate así un segundito, por favor.

Desde la alfombra, sentado con las piernas cruzadas como un oriental, la miraba arrobado, la boca entreabierta, sus ojos un par de lunas llenas, en éxtasis. La señora Lucrecia dejó pasar cinco, diez, quince segundos, quietecita, contagiada de la solemnidad con que el niño tomaba el juego. Algo ocurría. ¿La suspensión del tiempo? ¿El presentimiento del absoluto? ¿El secreto de la perfección artística? Una sospecha la asaltó: «Es igualito a Rigoberto. Ha heredado su fantasía tortuosa, sus manías, su poder de seducción. Pero, por suerte, no su cara de oficinista, ni sus orejas de Dumbo, ni su nariz de zanahoria». Le costó trabajo romper el sortilegio:

—Se acabó. Les toca a ustedes.

La desilusión se apoderó del arcángel. Pero, de inmediato, reaccionó:

—Tienes razón. En eso quedamos.

—Manos a la obra —los espoleó doña Lucrecia—. ¿Qué cuadro van a representar? Yo lo escojo. Dame el libro, Justiniana.

—Ahí, sólo hay dos cuadros para Justita y para mí —la previno Fonchito—~. Madre e hijo y el Desnudo de hombre y mujer reclinados y entreverados. Los demás son hombres solos, mujeres solas o parejas de mujeres. El que tú quieras, madrastra.

—Vaya sabelotodo —exclamó Justiniana, estupefacta.

Doña Lucrecia inspeccionó las imágenes y, en efecto, las mencionadas por Alfonsito eran las únicas imitables. Descartó la última, porque ¿qué verosimilitud podía tener que un niño imberbe hiciera de ese barbado pelirrojo identificado por el autor del libro como el artista Félix Albrecht Harta, que, desde la foto del óleo, la observaba con expresión boba, indiferente al desnudo sin rostro, de medias rojas, que reptaba como sierpe amorosa bajo su pierna flexionada? En Madre y niño había al menos una desproporción de edad semejante a la de Alfonso y Justiniana.

—Qué posesita la de esa mamá y ese hijito —fingió que se alarmaba la empleada—. Supongo que no me pedirás que me quite el vestido, sinvergüenza.

—Al menos, ponte unas medias negras —le contestó el niño, sin bromear—. Yo me quitaré los zapatos y la camisa solamente.

No había maledicencia en su voz, ni sombra de trasfondo malicioso. Doña Lucrecia aguzaba el oído, escrutaba con desconfianza la carita precoz: no, ni sombra. Era un actor consumado. ¿O, un niño puro y ella una idiota, una vieja impura? Qué tenía Justiniana; en los años que llevaba con ella, no recordaba haberla visto tan disforzada.