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Capítulo 10

Antes de que metiera la llave en el cilindro, Magdalena le abrió desde adentro la puerta. Le impuso un enérgico beso en la mejilla y le hizo un gesto con el cuello de que mirara hacia el living room.

El líder de la oposición, don Patricio, le estaba sonriendo con esa mueca que parecía cortada con la misma tijera de Jack Nicholson.

– ¿Café, senador?

– Gracias.

– ¿Azúcar, senador?

– Está bien así. Y no me llame «senador», se lo ruego. Desde que estas bestias cerraron el Parlamento sólo me queda la nostalgia de ese título.

– ¿Y qué lo trae por acá, don Patricio?

– Algo grande, que puede llegar a ser grandioso.

– Cuénteme.

– Pinochet está a punto de autorizar que para el plebiscito del 5 de octubre la oposición pueda hacer quince minutos de campaña para votar contra él en la televisión.

– Verdaderamente increíble.

– La elección es dentro de treinta días y nuestra emisión debe comenzar la próxima semana.

– No hay tiempo para nada.

Bettini se palpó el bolsillo de la camisa y estuvo a punto de sacar un cigarrillo pero de pronto le pareció ofensivo fumar ante tan gran personaje. Mantuvo el paquete entre las manos, acariciando la cubierta de celofán.

– Esa es la estrategia del dictador. Golpear rápido, así el enemigo no alcanza a reaccionar.

Para darle trascendencia a sus palabras, se puso de pie.

– Amigo Bettini, en nombre de los dieciséis partidos concertados para votar contra Pinochet, le vengo a proponer que sea el jefe de la campaña del «No».

Adrián Bettini también se puso de pie y le hizo un gesto amable a su hija y esposa para que abandonaran el living. Leyó en los labios de Magdalena lo que decía bajo su sonrisa: «Anímate.»Una vez a solas con don Patricio, le espetó sin diplomacia:

– ¿Cuánto es el honorario?

– El honorario es… ad honórem.

– ¿Qué dicen las encuestas?

– Las nuestras, que podría ganar el «No».

– ¿Las de ellos?

– Que gana el «Sí».

– ¿Y usted qué cree?

– No sé. Pero le puedo asegurar que nuestras encuestas no están maquilladas para autocomplacernos. En Chile hay descontento e ira contra Pinochet y ese descontento es mayoritario. Pero el problema es que este plebiscito lo decidirán los que hoy están indecisos.

– ¿Hay indecisos en Chile después de quince años de terrorismo?

– Pinochet tiene a medio mundo convencido de que, si pierde, Chile se irá al carajo. Tiene arrastre entre las personas que no tienen un buen recuerdo del derrocado gobierno socialista.

– Usted fue enemigo de ese régimen socialista, y fue uno de los democratacristianos que promovieron el desorden que alentó al golpe militar.

– No es hora de reproches. Ahora usted y yo estamos en el mismo equipo: ¡contra Pinochet!

Bettini se dejó caer en el sofá y se mantuvo mirando sombrío el café, que aún no había probado. A su vez, don Patricio se sentó comedidamente y torció el cuello, estudiándolo con un gesto expectante.

– Me alegra oírlo. Pero ahí veo el gran problema por el cual no puedo aceptar hacerme cargo de la publicidad del «No».

– Explíquese.

– Porque el frente que apoya al «No» está compuesto por ¡dieciséis partidos! Es un conglomerado tan amplio que no se puede pensar que tenga identidad. Y la publicidad necesita definir con claridad un producto. El éxito no se logra con vaguedades. Son tantos los partidos detrás del «No» que ni siquiera yo los conozco. ¿Y usted?

– Son dieciséis, más los comunistas, que apoyan pero no están en el bloque.

– A ver, enumérelos.

– Bueno, estamos nosotros, democratacristianos, los socialistas, los socialdemócratas, los liberales, los… ¿No podría ahora decir «etcétera»?

– ¿Y usted quiere que de esa masa abigarrada de tendencias tan diferentes yo saque un concepto publicitario claro?

– Si no supiéramos que es el mejor, no habríamos acudido a usted.

El publicista se levantó víctima de una súbita comezón que lo hizo rascarse el cuello. Corrió la cortina y miró la cumbre nevada de la cordillera de los Andes.

– ¡Qué curioso país que es Chile! A pesar de que soy el mejor publicista, estoy cesante en un país en que todo es publicidad. Por buen publicista, me amenazan, me meten preso, me torturan, me tiran de vuelta a la calle marcado a fuego. Cuando me ofrecen un trabajo que no puedo aceptar, es el mejor sueldo del mundo. Cuando me ofrecen una campaña que debería aceptar, el sueldo es ad honórem.

El senador avanzó hasta la ventana y puso sobre su hombro una mano fraternal.

– Su cuadro privado calza muy bien con el cuadro público. Una feroz dictadura que agarró el poder a cañonazos, bombardeos aéreos, torturas, prisión, terror, exilio, decide perpetuarse en el poder no por las armas, sino con el gesto versallesco de someter la continuidad del régimen a un plebiscito. Y como coronación de la ironía nos ofrece a los opositores quince minutos en la televisión por primera vez en quince años de censura total para que convenzamos al pueblo de que vote contra el dictador.

– Se van a legitimar internacionalmente como una democracia.

– Y la única manera de evitar eso es que les salga el tiro por la culata. Es decir, señor Bettini, que usted haga que gane el «No». ¿Qué me dice?

El publicista cerró los ojos y se frotó fuertemente los párpados como si quisiera borrar una pesadilla.

– Querido senador, no tengo ningún optimismo de que gane el «No». No creo que este país envenenado ideológicamente y aterrorizado se atreva a votar contra el «Sí», y no tengo ni la más mínima idea en mi cabeza de cuál podría ser el lema de la campaña.

Don Patricio le palmoteo afectuosamente una vez más y, levantando sus pobladas cejas, sonrió.

– Me parece un valioso capital para comenzar. ¿Acepta?

Por encima del hombro de don Patricio, Bettini vio estupefacto que su esposa levantaba el dedo pulgar aprobatorio asomándolo por la puerta entreabierta.

– Senador, he aquí la traducción chilena para la palabra japonesa haraquiri: ¡sí!

El político lo abrazó y calzándose el sombrero salió corriendo de la casa acaso temiendo que Bettini se arrepintiera.

Desde la ventana el publicista lo vio subir al coche, y también pudo observar cómo, una vez que hubo arrancado, un auto partía detrás de él.

Decidió no alarmarse. Mientras no apareciera públicamente con su campaña, no le daría un disgusto al ministro del Interior. En cuanto a la seguridad de don Patricio, al menos hasta el plebiscito debería estar a salvo. Si Pinochet se quería ahora legitimar como un demócrata, no podía mandar matar al jefe de la oposición. Buen argumento el de Magdalena. Pero para un país racional, no uno donde impera la arbitrariedad.

Ahora sí se permitió encender un cigarrillo y exhaló la primera bocanada sentado frente al piano. No se le ocurrió una canción para promover el «No», pero no pudo evitar que sus dedos golpearan las teclas en un irónico ritmo circense. Improvisó, como el buen Garrick riendo para no llorar, unas rimas:

Soy el Superman de la publicidad.

Un día estoy aquí, otro día estoy allá.

Por las noches vendo cárcel, por la mañana libertad.

Hoy me muero de risa, mañana me matarán.

Soy el Superman de la publicidad.

Me dan palos porque no llueve

y palos si hago llover de verdad.

Todos me golpean aunque digan que me quieren.

Magdalena entró al estudio y se apoyó en la cola del piano.

– ¿Y?

Adrián se limpió la ceniza que le había caído sobre la solapa y, aspirando profundamente el cigarrillo, cerró la tapa negra.

– David y Goliat -dijo.