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En el estudio de la productora de cine Filmo Centro se convocaron los voluntarios que querían dar su testimonio de cómo estaban sufriendo la dictadura: madres con hijos desaparecidos, mujeres violadas, adolescentes torturados, obreros con riñones molidos a golpes, ancianos sordos, cesantes sin hogar, estudiantes expulsados de la universidad, pianistas con las muñecas fracturadas, pezones mordidos por perros, oficinistas con la mirada perdida, niños con hambre. Una mujer de cincuenta años se le acercó a Bettini acompañada de un guitarrista.
– Quiero que presente en su programa mi cueca.
– Una cueca está bien -dijo el publicista-. Es algo alegre.
– Este joven es mi hijo, Daniel. Es guitarrista.
– Hola, Daniel.
– Es una cueca dedicada a mi marido. Detenido desaparecido.
– ¿Con quién la va a bailar?
– Con él, caballero. Con mi marido.
Del pecho extrajo un pañuelo blanco y lo agitó finamente entre el índice y el pulgar de la mano derecha. El muchacho hizo los rasguidos introductorios y con voz aguda introdujo el primer verso: «Mi vida en un tiempo, yo fui dichosa…»El hecho de que la mujer reaccionara a los pasos de baile de su desaparecido con una dignidad sin énfasis hacía su danza tanto más demoledora. Bettini se excusó con un gesto vago y fue hasta el baño.
Echó a correr el agua sobre su nuca sin importarle chorrearse la camisa. Y se frotó el rostro bajo el chorro como si quisiera pulverizar su palidez.
Así, de esa manera, también sus lágrimas se disolvieron en el lavatorio.