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Después del primer whiskey hubo un segundo y suavizó el tercero agregándole cubos de hielo hasta que el vaso se rebalsó. Entre sorbos, distrajo los dedos sobre las teclas del piano en arpegios que más bien dispersaron su imaginación antes que concentrarla. Sentía tal aversión hacia la apatía política de los chilenos que se preguntó si el suicidio del presidente Allende había tenido sentido en un país tan pusilánime. ¿Qué quedaba de ese nervio de los años setenta? Toneladas de escepticismo, lastre gris que impedía volar.
En la televisión no había sino programas de concursos, estelares de musas revenidas, boleros de afeminadas lentejuelas, noticias con voces engoladas sobre el nuevo asfalto en una calle de Ñuñoa.
Y publicidad.
Vértigo de propaganda, departamentos, brassières, jeans, lápices labiales, leche achocolatada, perfumes, créditos bancarios, colchones, supermercados, anteojos, vinos en cajas de cartón, pasajes a Cancún, universidades privadas. Los spots publicitarios eran tanto mejores que las telenovelas y los cantantes de moda.
No le extrañaba: todos sus amigos cineastas, hoy cesantes, hacían cameos con un nombre falso en las empresas de publicidad. La gente estaba acostumbrada a este lenguaje. Es lo que convendría para su producto «No». Presentarlo apetecible como un helado de fresa, como un champagne francés, como una vacación en Punta del Este, como un traje de Falabella, como un crujiente pollo a la spiedo.
Se lo dijo a Magdalena cuando se sentaron a cenar. Mientras lo oía, la mujer arrancó migas de la marraqueta y comenzó a hacer pelotitas con ellas. Hasta que no contuvo más el silencio y limpiando de un palmotazo el mantel enfrentó a su marido.
– El «No» a la dictadura no es un producto. Es una profunda decisión moral y política. Tienes que convencer a la gente que es su dignidad la que está en juego. Tú siempre mantuviste tu ética. No te prostituyas ahora.
Bettini también elevó la voz.
– Sé que el «No» no es un producto. Pero para convencer a la gente, Pinochet ha hecho publicidad en la televisión durante quince años. A mí sólo me dan quince minutos para seducir a los «indecisos» a que voten contra él. Tengo que excitar a los chilenos a que compren algo que hoy no hay en el mercado.
– ¿Qué?
– ¡Alegría! Partamos por un dibujo, una simple idea que sea el afiche de la campaña.
Desplegó la cartulina blanca sobre el mantel y sujetó con cuchillos sus bordes.
– Vamos por parte -propuso la mujer-. Esa simple idea, ¿qué debe expresar?
– Debe ser un dibujo que de un solo golpe visual nos diga que hay dieciséis partidos que difieren esencialmente entre ellos pero que se han unido para triunfar.
Magdalena marcó en la cartulina un trazo con el plumón negro.
– Una mano. ¿Qué te parece? Son cinco dedos, pero una sola mano. Da la idea de unidad y diversidad.
– Hum. A esa mano le faltan dedos.
La mujer trabajó sobre la imagen inicial.
– Entonces dos manos que se estrechan. ¡Diez dedos!
– Todos los dedos son del mismo color.
Magdalena derramó tinta china sobre el cartón.
– Una mano blanca y una mano negra.
– ¿Quién la va a mirar? Este es el único país de América Latina donde no hay negros.
– Mira esto: una mano que aprieta una acuarela.
– No está mal. Pero una mano que aprieta es un puño. Un puño les puede gustar a los socialistas y a los comunistas pero no a los democratacristianos y a los liberales.
– Olvidémonos de las manos. ¿Qué texto va con la imagen?
– «No».
– ¿Nada más?
– El «No» es más fuerte solo que mal acompañado. Todos tienen que tener una razón para votar «No» y el afiche tiene que ser lo bastante amplio.
– Le falta contenido, Adrián. «No más tortura», «No más miseria», «No más desaparecidos», «No más exilio».
– Nooooo me cantes el mismo tango triste que hemos bailado todos estos años. Lo nuevo tiene que ser la alegría. La promesa de algo distinto.
– Frívolo y banal.
– Mi clavícula quebrada te agradece esos elogios.
– No tienes principios.
– Pero tengo finales. Y mi final es que debo hacer que gane el «No», y con tu ayuda patética, militante y melancólica no voy a llegar muy lejos.
– Pero ¿qué es lo que te falta?
– Alegría. Luz al final del túnel.
– ¿Cómo hacer de una palabra negativa algo positivo? Los del «Sí» la tienen fácil. «¡Sí a la vida!», «¡Sí a Chile!».
– Necesito una pausa. Necesito una tregua. Necesito un milagro.
El timbre sonó cantarino como una campanilla de trineo navideño. Ambos se dieron vuelta al mismo tiempo hacia el reloj sobre la muralla, y luego se quedaron mirando con la pregunta colgándoles de las mandíbulas.
Cuando la campana volvió a sonar, Magdalena se echó el pelo atrás, lo ató con un elástico y fue hacia la puerta.
– Yo abro -dijo.