38963.fb2 Los d?as del arco iris - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 19

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Capítulo18

El hombrecito que hacía sonar el timbre de la casa con el alboroto de una maquinista de tren poseía una cabellera hirsuta que lo elevaba diez centímetros por encima de su frente y un par de lentes gruesos enmarcaban los vidrios de sus anteojos. El bigote le caía desordenado sobre sus labios, y parecía que ningún pelo rimaba con otro. Su atuendo no le iba a la zaga: un traje negro pulido por los años destellaba por aquí y allá contrastando con algunas manchas de vino o ketchup, asunto que Magdalena de Bettini no supo determinar a primera vista.

– ¿Señor? -inquirió tentativamente la mujer ante el aspecto sorprendente del sujeto.

– ¿Es la casa de Adrián Bettini?

– Efectivamente.

– ¿Del gran publicista Adrián Bettini?

– Eso dicen algunos.

El hombrecito se inclinó con una reverencia anticuada.

– Necesito hablar con él.

– ¿De qué se trata? -dijo Magdalena tratando de juntar un poco más la puerta para impedir que el hombre empinado en la punta de sus pies localizara a su marido al fondo del living.

– Confidencial.

– Soy su esposa. Puede hablarme con toda confianza.

– Confidencial, señora, confidencial.

– Pero si al menos pudiera decirme de parte de quién viene…

El hombre carraspeó limpiándose al mismo tiempo la frente con un pañuelo gris. O un pañuelo que alguna vez había sido blanco. Otro tema difícil de discernir para Magdalena.

– Vengo de parte del joven Nico Santos. Mi contraseña es «Nicómaco». Para abundar en detalles: la ética de Aristóteles. ¿Puedo pasar ahora?

La mujer amplió la abertura de la puerta y el hombrecito se filtró con la velocidad de un lagarto. En segundos estuvo frente a Bettini, quien replicó con una sobria inclinación de cuello a la versallesca inclinación de su visita.

– Mister Bettini, I guess?-dijo con una sonrisa que le elevó hasta la nariz su poblado mostacho.

– Yes-exclamó el publicista.

– Mucho gusto en conocerlo, caballero. Me llamo Raúl Alarcón, pero mis amigos me dicen Florcita Motuda. Mido un metro cincuenta y ocho centímetros y soy poeta y compositor.

– ¿En qué puedo servirlo?

– Me manda Nico Santos. Nicómaco, suegro.

– Dígame.

– El Nico me dijo ayer en el colegio que usted va a encarar la publicidad del «No» con alegría. Que usted nos va a decir que cuando gane el «No» la alegría volverá a este país.

Bettini intercambió una mirada con su esposa y pudo ver cómo ésta se llevaba un dedo a la sien indicando que al sorpresivo huésped le faltaba un tornillo.

– Ésa es mi intención. Pero hasta el momento no he llegado muy lejos. Ni siquiera tengo la canción para la campaña.

– Por eso es que Nico, Nicómaco, me mandó a verlo. Yo tengo la canción del «No» que usted necesita para la campaña.

– ¿La compuso usted?

– Oh, no. La compuso Johann Strauss. Pero la letra es mía.

– Cántela, por favor.

Alarcón movió su cabeza en distintas direcciones como picoteando el salón con su mirada.

– ¿Piano habemus?

– Habemus-repuso Bettini sintiendo que una súbita palidez le teñía el rostro.

Lo condujo hasta el estudio, levantó la tapa del Baby Orand y le indicó al visitante el sillín giratorio. Antes de sentarse, el hombrecito limpió la felpa del pisito con la manga de su chaqueta. Hizo desfilar los dedos en un par de escalas y aspiró profundo antes de golpear nuevamente las teclas con un acorde atronador.

El próximo minuto fue una briosa interpretación de El Danubio azul. Luego se detuvo abruptamente y le clavó al dueño de casa una mirada desafiante.

– ¿Cacha la melodía?

A pesar de la creciente palidez, Bettini no pudo dejar de sonreír ante el coloquial «cacha», en principio impropio en ese personaje que le parecía arrancado de una página de la picaresca española del Siglo de Oro.

– La cacho -dijo cauteloso-. Se trata de El Danubio azul de Strauss.

– ¿Usted cree que habrá en este país algún individuo o individua que no sea capaz de entonar esta canción?

– Francamente, lo dudo. Es un tema muy oreja.

Alarcón se golpeó alegremente los muslos.

– Oreja. Efectivamente, un tema muy oreja.

– Ahora estoy curioso por saber adónde nos lleva todo esto.

Los ojos del hombrecito despidieron chispas.

– Así que está metido el huevoncito, ¿ah?

Si Bettini no había dado crédito a sus ojos al ver a Florcita Motuda en su atuendo intemporal, ahora no dio crédito a sus oídos tras oír esta verdadera antología de argot chileno. Pero la curiosidad lo azuzaba más que el espanto.

– Estoy metido, Alarcón. Supermetido.

– Y ahora, cáchese la ondita. -Carraspeó y se humedeció los labios-. Perdón por la voz, caballero.

– Adelante.

Tras una breve y florida introducción al piano, Raúl Alarcón, alias el Chiquitito, también llamado por sus amigos Florcita Motuda, emitió el siguiente texto sobre el inmortal El Danubio azul de Strauss:

Se empieza a escuchar el «No», el «No»

en todo el país, «No, no»,

cantan los de allá, «No, no»,

también los de acá, «No, no»,

canta la mujer, «No, no»,

y la juventud, «No, no»,

el «No» significa libertad,

todos juntos por el «No».

Por la vida: «No.»

Por el hambre: «No.»

Y el exilio: «No.»

A la violencia: «No.»

Al suicidio: «No.»

Todos juntos bailaremos

este «No».

No, no.

No, no.

No, nooo.

No, no, no.

No, no.

No, nooo.

No, no.

No, no.

No, no.

Todos juntos bailaremos este «No».

No, no.

No, no…

– ¿Me permite que lo interrumpa un momento, señor Alarcón?

– Por supuesto, señor Bettini.

– Tengo que hacer un llamado exactamente a esta hora.

– Comprendo.

– Vuelvo en seguida.

Bettini marcó los dígitos del teléfono de Nico Santos como si lo estuviera apuñalando.

– ¿Nico?

– ¡Don Adrián!

– Está aquí, en mi casa, Alarcón.

– ¿El Chiquitito?

Bettini miró al personaje, quien le hizo una simpática morisqueta con la mano.

– El Chiquitito, sí.

– ¿Y qué le parece?

– Me parece que si me vuelves a mandar a un loco como éste no te dejo entrar más a mi casa. Además, le prohíbo a Patricia que vuelva a verte.

– Pero ¿qué le pasa, don Adrián?

– ¡Me pasa que creo que en este país no cabe un gramo más de locura y tú me metes en mi propia casa al rey de los locos!

– ¿Y?

– ¿Y qué?

– No quería alegría, don Adrián. Ahí la tiene, pues. «No, no, no, no, no, nooo…» ¡Yo lo encuentro genial!

Bettini canceló la comunicación poniendo lúgubre el fono en la horqueta. Con la cabeza gacha caminó hacia Alarcón, que lo aguardaba expectante.

– ¿Y qué le pareció mi Vals del No, señor Bettini?

El publicista dejó caer las silabas como piedras de su boca:

– Genial, señor Alarcón. Genial.

– Gracias, pero yo sólo me atribuyo la mitad de la obra. La otra mitad se debe al talento de Strauss.

– Alarcón y Strauss.

– Una dupla ganadora.

– Usted y Strauss se entienden a la perfección.

– Como gemelos.

– Como uña y mugre, como culo y calzón.

– Exactamente.

Bettini lo agarró del cuello y sin dificultad consiguió levantarlo del piso. En vilo lo llevó hasta la puerta de salida y allí le aplicó el empujón final.

– ¡Fuera!

Recién entonces se dio cuenta de que, llave en mano, Patricia Bettini acababa de presenciar la inusual escena.