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Capítulo 2

El jueves por la tarde Adrián Bettini recibió una carta. No la traía el cartero del barrio sino dos funcionarios jóvenes con insignias de policías bajo la solapa que tocaron brevemente el timbre y le sonrieron a la empleada cuando pidieron entregarle la carta personalmente al dueño de la casa. El joven Nico Santos, invitado en la ocasión a tomar té, vio la escena desde el comedor, y luego se detuvo en la mirada que Patricia Bettini le dirigió cuando su padre, con tranco informal y resignado, avanzó hasta la puerta vestido con una desteñida casaca de lana.

Tras firmar y anotar el número de su célula de identidad en el cuaderno que los despreocupados jóvenes le extendieron para que certificara la recepción del documento, rasgó el sobre y se introdujo en el contenido.

Como adivinando que su hija y Nico le preguntarían de qué trataba la misiva, se adelantó a ellos y les dijo que era una citación del ministro del Interior para asistir mañana, a las diez, al edificio de la sede de gobierno del general Pinochet.

Patricia Bettini no pudo evitar un sobresalto. Su padre había estado dos veces en la cárcel y, en una ocasión, matones no identificados lo habían raptado y agredido hasta dejarlo inconsciente.

El hombre pidió a su esposa Magdalena que se les uniera a la mesa del té y tras agitar largamente la cucharilla en su taza confesó que dudaba entre presentarse al día siguiente a la cita con el dictador o hacer ya mismo de prisa una maleta con un poco de ropa y esconderse por algunos días en casas de amigos.

Patricia Bettini le recomendó que se escondiera.

Su esposa le recomendó que acudiera a la cita. Era mejor enfrentar las cosas que pasar una vida escondido.

Nico Santos le puso una porción de palta molida a su tostada y la expandió con el cuchillo por la superficie. Era tal el silencio que ese ínfimo movimiento sobre el pan le pareció estridente