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Arranco la hoja del calendario. El mes que comienza está lleno de feriados. Las Fiestas Patrias, el Día del Golpe, el Día del Ejército. En la radio dicen que en el mes de la patria va a haber una amnistía para los presos. Acaso suelten a mi viejo.
Falta poco para el plebiscito.
El padre de Patricia cambia de oficina cada tres días. Trata de evitar que allanen los locales donde está la cinta grabada de la campaña contra Pinochet. Quiere mantener en secreto las imágenes para que los publicistas del «Sí» no alcancen a reaccionar.
Estamos en clase de dibujo. Recién la profesora nos explicó los girasoles amarillos de Van Gogh. Dice que los colores provocan sensaciones, estados de ánimo. El azul es el más triste de todos. Es un color frío, como el verde. Los otros son cálidos. Estamos en silencio con nuestras acuarelas pintando algo que convoque una emoción. A la vuelta de la página tenemos que escribir qué es lo que pretendíamos con el dibujo. Espío el trabajo del Che. Se trata de la cordillera, pero en vez de nieve en las cumbres ha puesto ángeles que sacuden sus alas. No sé qué pretende.
Yo no tengo dónde perderme. Atrás anoté «Alegría» y adelante estoy pintando un arcoíris.
Entra el inspector Pavez. Tenemos instrucciones de levantarnos cada vez que llega una visita. Pero el inspector nos señala con las manos que permanezcamos sentados. Algo en la dirección de su mirada me hace intuir que no debo sentarme. Y así no más es, pues dice con su voz ronca:
– Santos.
Sé lo que están pensando todos los compañeros del curso. Sé que recuerdan el día en que se llevaron a mi padre. Y sé que saben que ahora me van a llevar a mí. Tenía razón el papi. No debí haberme metido en líos. Fui un estúpido al decir mi discursito delante del teniente Bruna. El inspector tiene cara grave. Una seriedad funeraria. Ahora temo que hayan encontrado a mi padre. Temo que lo hayan encontrado muerto y es lo que me va a decir el rector, y por eso la cara de Pavez con la mandíbula apretada.
Los chicos se han sentado, menos el Che.
– Te acompaño -me dice.
Me ha pasado la mano por el hombro y me aprieta el brazo. Siento la garganta áspera. Miro nuestros dibujos sobre la mesa y dudo si guardar mis útiles en la mochila antes de salir. Todo es tan horriblemente lento: yo no quiero partir y al parecer el inspector Pavez quiere demorar el minuto en que me lleve a la rectoría.
– ¿De qué se trata, inspector? -dice muy suave la profesora de dibujo.
El hombre no contesta y da un manotazo en el aire conminándome a que me apure. Opto por dejar todo como está.
– ¿Por qué cambiaste la nieve por los ángeles, Che? -le digo desprendiéndome de su abrazo.
– Nos hacen falta los locos.
Hace pasar de una hojeada las páginas de su cuaderno de croquis y en la mayor parte de las páginas tiene un ángel. A veces volando, o acostado, o sentado en la cuneta, o llevando una gallina en las manos.