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Capítulo 30

Mientras subía al auto llevando de vuelta el video que sería la primera emisión de la campaña del «No», Bettini dudó que pudiera coordinar bien los movimientos. Las copas de más no eran nada comparadas con el sismo que recorría su cuerpo. De modo que los comisarios políticos encontraban que su campaña era inofensiva, un simpático comentario a pie de página, una mosquita muerta, un deslavado tecito de anciana.

Todas las noches de insomnio y furia contra el piano para parir «alegría» no habían conducido sino a sonrisas irónicas de los hombres que lo habían contratado.

Si el enemiguísimo ministro del Interior logró que le quebraran la clavícula, sus propios clientes le habían quebrado el alma.

Sintió en su estómago el sollozo. Los ojos hinchados. La llovizna era el fiel perro acompañante de los mendigos. Se tuvo piedad. Se abrazó a su autocompasión.

Este «No», que sería su reencuentro con la creación, comenzaba a ser una carta de despedida. Su padre le había enseñado a no poner demasiadas esperanzas en nada, a no hacer depender la vida actual del eventual resultado de alguna empresa. «Piensa siempre que vas a perder.» Una filosofía del todo alejada a la que practicaban su esposa Magdalena y sus amigas: consejos para mejorar la digestión, autoayuda, budismo en la vida cotidiana, zen para aquí, zen para allá. Si tienes malos pensamientos, convocarás los malos hechos. Si piensas positivo, la felicidad vendrá hacia ti moviendo la colita. Había creído en el fucking «No» como en el ángel de la guarda cuando era niño. Delegado en él su protección, sus anhelos. Había ido contra la sensatez y su certeza de que David no iba a vencer esta vez a Goliat. Que la poesía no tenía ni la fuerza del pulmón de un canario para vulnerar al ogro.

El pensar poético de Magdalena era puro wishful thinking. La marejada de la dictadura había arrojado sobre los roqueríos y las playas nada más que detritos de naufragios: Raúl Alarcón y su partner Strauss, Olwyn, convencido por su buena fe de que podría llegar a ser el rey de la libertad, y su sueño -ese arcoíris desprendido del cielo- era la premonición de un cataclismo y no un himno de victoria.

Puso la llave en el partidor del coche y sintió que el gas del tubo de escape entraba al cubículo por alguno de los varios orificios de su anciana carrocería. El olor de Santiago estaba allí, un animalejo impreciso duplicándose en la llovizna alentado por los faros de los coches, que avanzaban con dificultad en la hora del taco, mordiendo los neumáticos recauchados hasta la ignominia.

Ya llegaría la primavera, pero no la de los poetas. La maldita primavera de la canción en la radio.

La primavera de septiembre de los militares que habían dado el golpe un martes 11 y que ahora -cuando viniera el plebiscito de octubre- verían limpiarse mágicamente las manchas rojas de sus uniformes. Pinochet ganaría con comodidad y seguiría flagelando al país incólume, muerto de la risa. Sus almirantes levantarían una vez más burbujeantes champañas.

Y el pueblo apuntaría el dedo hacia él.

Adrián Bettini había tomado, como en el poema de Frost, el camino menos transitado, y éste sí desembocó en la originalidad, pero también en el abismo.

¡Su campaña por el «No» y por la alegría no calentaba a nadie!

Aliviado, el ministro del Interior iba a autorizar su emisión por la TV gracias al inofensivo coro del futuro premio Nobel Raúl Alarcón. Ese «valsecito» había aguado la mecha explosiva que la gente esperaba se encendiera en ese breve escaparate de quince minutos. ¡Inocente humor en un país que había derramado sangre tratando de conseguir la libertad!

Inofensivo.

Al llegar a la esquina se llevó instintivamente la mano "a la nariz para cubrir su estornudo. Bastó ese segundo para que su auto se estrellara contra el vehículo de adelante. No había sido gran cosa, apenas una herida más en el viejo Fiat, un rasguño más en la vida, en nada comparable con el abollón mayor en su alma.

De la resignación fatalista saltó al pánico al descubrir que el vehículo que había estrellado era un furgón de carabineros.

En una ráfaga de lucidez ocultó la cinta U-Matic con la campaña del «No» bajo el asiento del conductor y resignadamente accionó la manilla que abría su ventana.

Los bocinazos de los choferes impacientes por este nuevo atasco se amplificaron a través de la ventana abierta. Le hacían chirriar los nervios, justo en este momento en que necesitaba calma, cordura, sagacidad. Temple. Buen ánimo.

Allí estaba ahora el carabinero y su característico exceso de formalidad ordenándole agrio:

– Sus documentos.

Al hundir la mano en la chaqueta apareció junto a su billetera la invitación al acto cultural de la embajada argentina. Sintió que había allí la posibilidad de un refugio, una breve estratagema para amortiguar el golpe que vendría.

Le extendió la invitación con el escudo transandino. Tras mirarla con desgano, el policía se la devolvió indiferente.

– Sus documentos, señor.

– Sí, sí, mi teniente -dijo Bettini hurgando en su billetera. Mientras lo hacía, como exhibiendo un absurdo salvoconducto, agregó-: Sepa usted que vengo de una recepción en la embajada argentina. Aquí no más. A dos cuadras. En Vicuña Mackenna. Una recepción del señor embajador.

El uniformado tomó los documentos protegiéndolos de la llovizna con la mano izquierda.

– ¿Su nombre es Adrián Bettini?

– Sí, mi teniente. Vengo de una recepción en la embajada argentina. La embajada de la hermana República Argentina.

– Apague el motor y bájese.

– Con mucho gusto. No sé cómo sucedió este lamentable accidente. El asfalto mojado…

– El asfalto está mojado para todos. Sólo usted choca.

– Sí, mi oficial. Es que yo venía de una recepción en la embajada argentina…

– ¿Consumió alcohol?

Absurdamente trató ahora de cubrir su aliento. También absurdamente contestó:

– No creo.

– Va a tener que acompañarme a la comisaría, caballero.

Su colega desvió el tráfico hacia un costado y le indicó a Bettini que estacionara el auto sobre la vereda.

– Va pa'dentro. Conducir bajo el efecto del alcohol y daño a vehículo fiscal de las Fuerzas Armadas y de Orden.

Una vez que hubo puesto el auto al borde de un plátano oriental, Bettini se bajó del vehículo y, tras cerrarlo, quiso guardarse las llaves en el bolsillo. El carabinero le sujetó la muñeca.

– Con las llaves me quedo yo.

– Es que…

– ¿Es que, qué?… ¿Cree que los carabineros le van a robar su auto?

No podía decir que qué.

Allí estaba la campaña del «No», que en pocos días iba a presentarse ante todo Chile. Para su humillación. Para su funeral. Su apocalipsis.

¿Para qué decir nada?

– Vengo de una recepción en la embajada argentina…