38963.fb2 Los d?as del arco iris - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 40

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Capítulo 39

– Señor Fernández. ¡Qué honor, ministro!

– Ex ministro, Bettini. Acabo de presentar mi renuncia y estoy juntando mis papeles para irme a casa.

– Las vueltas de la vida, doctor Fernández.

– Pero no crea que esto es el fin de la historia. Usted logró que dieciséis gatos y perros se pusieran de acuerdo por una vez para apoyar a un solo candidato. A Mister No. Pero ahora que van a tener que ponerse de acuerdo para designar a un solo candidato presidencial se van a sacar los ojos entre ustedes.

– En esta campaña aprendimos a unirnos…

– ¿Unirse? Ustedes están pegados con cinta scotch y escupito, Bettini. El verdadero ganador de este plebiscito es Pinochet, porque el cuarenta y tanto por ciento de los votos que recibió son de él solito. En cambio, el cincuenta y pico por ciento de ustedes van a tener que dividirlo entre dieciséis partidos. Con ese cuarenta por ciento mi general puede hacer lo que se le dé la gana.

– ¿Un golpe de Estado como el que dio en 1973 contra Allende?

– ¿Por qué no?

– No creo, señor ministro…

– ¡Ex!

– No creo, señor ex ministro. Esta vez no cuenta con las Fuerzas Armadas ni el apoyo de Estados Unidos. Ni con algo más que sí tenía en el 73.

– ¿Qué, Bettini?

– ¡Alguien a quien derrocar! ¿O Pinochet va a ser tan amable de derrocarse a sí mismo?

– Mi general será recordado como un gran demócrata. Cuénteme de algún otro «dictador» que organice un plebiscito y que cuando lo pierde se va para la casa… No se duerma sobre sus laureles, mi amigo. Este paisito hay que gobernarlo con autoridad, y no con canciones bobas como «Es tan rico decir que no».

– ¿Cuál es el propósito de su llamada, señor ex ministro?

– ¡Qué cosa! Hablando leseras se me había olvidado. Mire, Bettini: asómese a la ventana y podrá ver que en la calle hay un auto gris, sin patente…

– Sí, lo veo.

– Bueno, son mis boys.

– Sí, se ve que son sus boys.

– ¿Cuántos son?

– Tres, cuatro… Asistencia completa. Día de gala.

– ¿Qué hacen?

– Están todos fuera del coche. Uno fumando y los otros tomando agua en vasos de plástico. Hace un calor de rompe y raja.

»Bien, por favor, vaya hacia ellos y dígales que se retiren. Dígales que ha habido cambio de planes.

– A decir verdad, no tengo el menor deseo de dejar mi casa ahora.

– No tenga miedo, Bettini. Dígales lo siguiente: «El Coco les ordena que escampen.»

– «El Coco les ordena que escampen.»

– Ecco. Y todo solucionado.

– Le agradezco su generosidad. ¿Le puedo preguntar por qué lo hace?

– Cuando la cena termina hay que lavar los platos. Hoy por ti, mañana por mí. Nos estamos viendo, Bettini.

El corte de la comunicación fue casi una pedrada. Por el contrario, él puso el fono en la horqueta exageradamente lento. En un trance. Conjurando algo.

Estaba solo en la casa. Frente al espejo del vestíbulo, se metió bajo los pantalones la vieja polera de los Rolling Stones con el dibujo de la lengua roja fuera. Humedeciéndose los labios, se amarró las zapatillas de basketbally demoró una eternidad en pasar los cordones por los orificios de arriba.

– «El Coco les ordena que escampen» -murmuró bajito-. ¿Hasta cuándo va a durar esta pesadilla?

Abrió la puerta de casa de par en par y una bofetada de sol cayó sobre su rostro encegueciéndolo un segundo. Se puso la palma de la mano derecha como visera sobre las cejas y dirigió la mirada hacia los hombres del auto al otro lado de la calle.

El único que fumaba tiró el cigarrillo sobre el asfalto y lo molió con el pie.

Otro puso el vaso de plástico del cual bebía sobre el chasis.

El tercero arrojó el suyo sobre el empedrado y luego masajeó su puño derecho en la concavidad de la palma de la mano izquierda.

El último siguió bebiendo, casi indiferente.

– Fuera. Fuera de aquí -susurró Bettini avanzando hacia ellos.

Y cuando los tuvo al alcance de la mano extendió enérgico el brazo hacia el horizonte.

– ¡Fuera!