38963.fb2 Los d?as del arco iris - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

Los d?as del arco iris - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 43

Capítulo 42

Patricia Bettini le muestra a Nico Santos la agenda forrada en cartón azul donde su padre fue anotando sus observaciones para la campaña del «No».

Un caballo galopa en la pradera, es el caballo de la libertad.

Se mueven los limpiaparabrisas de un taxi, es el «No» de la libertad.

Un corazón late de sístole a diástole, es el ritmo de la libertad.

Una anciana compra una bolsita de té en el almacén de don Aníbal, es el té de la libertad.

Un carabinero golpea en el cráneo a un estudiante, es la hora de la libertad.

Canción:

No lo quiero, papá, no lo quiero, mamá, no lo quiero ni en inglés, ni en mapudungún, ni en tango, ni en bolero, ni en foxtrot, ni en cumbia ni chachachá, no lo quiero a él, yo no lo quiero, mi amor, lo que yo quiero es la libertad.

Christopher Reeves está en Chile. Grabarlo: vino a proteger a los actores amenazados de muerte. Que diga algo. Algo así: «OK, folks, you're right, remember that the vote is secret and that Chile be a free country depends on you.»

Grande Superman, en inglés la libertad.

Filmar a Jane Fonda, no sé dónde la pueden pillar, la oí decir en la radio: «During all these years the pain of Chile has been our pain, now the future of Chile is in your hands.»

Meter a la Jane con la canción de las botas: «These boots are made for walking, and they will walk all over you, walk boots, walk over Pinochet, walk, walk, walk hacia la libertad.»

Y usar alguna cueca: «Tiquitiquití, tiquitiquitá, di que no y se enciende la libertad.»

Y no se olviden de Violeta: me dio el abecedario, con él las palabras que pienso y declaro, me dio la «N», me dio la «O», me dio el «No», me dio medio a medio el «No» de la libertad.

Le quebraron las manos, le rompieron el fémur, le metieron setenta y dos balas, le perforaron el vientre, duele la libertad (sin decir de quién hablamos, la gente sabe, es mejor que la gente se active sola).

La policía no lo deja bajar del avión a Serrat, se encierra en el baño, graba con un periodista una casete, para la libertad (poner ese disco).

La pareja de jóvenes espía hacia una esquina, juntan monedas y billetes de poco monto, quieren pagar una pieza en el motel, el amor barato de la libertad.

Yo, Bettini, le pido a la muerte que se aguante un poco, que deje pasar septiembre, que me conceda un último deseo, que nada más espere el 5 de octubre, que espere la libertad.

La chica vestida de negro atraviesa la avenida Apoquindo en plena primavera y sus caderas oscilan siguiendo el ritmo de la libertad.

Sobre la cabeza del barbudo rey, una corona de cartón piedra se enchueca, va a llegar la libertad.

Esa mano que se alza y se despide de alguien dice «No», quiere libertad.

El carpintero raja con el serrucho la madera, salta el aserrín de la libertad.

La enamorada deshoja una margarita, me quiere mucho, poquito, nada, la libertad.

El Silabario Matte: papá ama a mamá, el niño come la papa, la niña ama la libertad.

Qué pájaro o ángel le gana a volar más alto a la libertad.

El Pacífico eleva catedrales azules hacia las nubes, olas que suben y suben hacia la libertad.

No me digas menos, no me digas más, dime la palabra justa, libertad.

A ver esas palmas, chiquillos, marcando el ritmo, así, clip, clap, una vez más, clip, clap, clip, clap, la libertad.

Nico deja la libreta de Bettini sobre el velador de la pieza del motel.

Pero ella quiere que él lea una vez más (usa esta palabra) la profecía: «La pareja de jóvenes espía hacia una esquina, juntan monedas y billetes de poco monto, quieren pagar una pieza en el motel, el amor barato de la libertad.»

Patricia le pide que la ayude con el brassière.

Nico acierta a desprenderlo como si tuviera experiencia.

Está frente a la espalda de la mujer que ama. La piel se extiende pálida y por primera vez se acerca a tocar con sus labios un lunar sobre el omóplato. El omóplato. Anatomía.

Ella gira su cuerpo. Ahora están los senos frente a la boca.

Ella parece haber surgido de esa nube alborotada suspendida más allá del ventanal.

Ella está seria.

El sonríe.

Entre los dos juntaron los quince mil pesos. La pieza por tres horas. «No se queden dormidos, jóvenes, que si no tengo que cobrarles otros diez mil extra. Dos cubalibres incluidos.»«La libertad», piensa.

Y trepa con la lengua por su cuello, y llega hasta la boca de Patricia Bettini, y le hunde la lengua entre los dientes.

Ella cierra los ojos.

Tiene que haber un modo de hacerlo bien.

Un modo de hacerlo con clase.

Como lo han visto en las películas.

Como lo soñaron tantas veces en sábanas mojadas.

Tiene que brotar el gemido lento, tiene que henchirse el seno, abultarse erudito el miembro, tiene que humedecerse, empaparse el vientre, su lengua tiene que saber encontrar el punto perfecto, asediarlo con la destreza de un torero, el diminuto punto electrizado del planeta.

Tiene que tener calma, todo esto es demasiado abrupto, las manos aprietan y rasguñan, saltan de un lugar al otro como conejos asustados.

Habría que tener treinta años, experiencia de piel, doctorados en senos para darle placer a la amada Patricia Bettini, pálida y caliente bajo la tenue luz del día que se filtra entre la cortina de tela estampada con flores, margaritas, girasoles, rododendros, en la sombra agobiante de ese hotel castigado por un sol insolente que parece querer incendiar el puerto.

Patricia apoya la espalda sobre el verde respaldo acolchado de la cama, despliega las rodillas, con el dedo del medio y el índice de la mano derecha avanza sobre su vientre.

Se acaricia el punto, el instante, la copa de champagne burbujeante. Y la otra mano va a la nuca de Nico Santos.

Y la otra mano conduce suave pero decidida la cabeza de Nico a su vientre, lo doblega, y el joven estudiante acata ese rumbo, roza los cabellos lisos castaños, en la ruta aspira hondamente el olor de esas secreciones que se expanden triunfales.

Certero, va con la punta de su lengua al mínimo tigre oculto en esa verdura abrupta, más oscura que lo que profetizaban sus sueños, de un tono más salvaje que el plácido castaño italianísimo de su cabellera, como rizada por una súbita electricidad.

Y si hasta el momento no había habido palabras, ni siquiera monosílabos, sólo la saliva en la piel, el roce de las nalgas en las sábanas, ahora Nico Santos oye una palabra.

Patricia Bettini susurra «sí», repite «sí», dice una y otra vez «sí» y «sí», y también «así» y «así», y sus dedos aprietan eléctricos el cráneo de Nico Santos, y ya no dice nada más, y ya no dice más «sí», ya no dice «sí, sí, así, así», y calla ferozmente, concentradamente calla, y brutalmente aprieta la mandíbula, y lo que Nico no puede ver, lo que aún no sabe es que Patricia Bettini está llorando.