38963.fb2 Los d?as del arco iris - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 44

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Capítulo 43

Patricia corre la cortina estampada del motel en lo alto del cerro y luego abre la pequeña ventana. Apoya la frente sobre el marco de madera, ladea el cuello y entrega la vista a la distancia. Entran con más fuerza los sonidos del puerto: grúas que depositan cajas de madera gigantes sobre las cubiertas de los barcos, bocinazos, sirenas de ambulancias, las radios del vecindario con los hits de la semana.

– Ven.

Camino hasta su lado. No cambia la postura. Sin mirarme, coge mi brazo y lo pone rodeando sus hombros. Besa mi mano. Es muy extraño, porque está al mismo tiempo lejos, dispersa por el mar hacia el horizonte, y también muy aquí. Es un cuerpo dividido. Bello, tierno, tibio.

– Mira -dice ariscando un poco la nariz y apuntando hacia los cerros de Valparaíso-. Si quieres conocerme mejor, así soy yo.

– ¿Qué quieres decir?

– Los cerros y todo eso.

– Así eres tú.

– Es una manera de decir, tonto. Yo -se golpea suave el corazón, como marcando sus latidos-, yo soy esto. Es decir, si alguien me pintara y yo fuese un paisaje, sería de muchos colores…

– Mira ahora aquí. ¿Qué ves?

– Surtido.

– Techos, tejas, muros amarillos, verdes, violetas, azules, granates, terracota, chimeneas, gaviotas, pelícanos, escaleras, peldaños, cables al alcance de la mano, ascensores que parecen casitas trepando por los rieles, los perros vagabundos, los volantines, y todo se sostiene apilado como si alguien lo hubiera puesto así al lote, dejándolo todo para más tarde.

– Así que así eres tú. Te has dejado para más tarde.

– Es decir, las cosas que me han pasado en la vida tienen algún significado. Están ahí con la emoción que viví, i cachái?

– Una de las cosas que más me gustan de ti es que casi nunca dices «cachái». Es curioso, porque yo te veo…

Me detengo. Beso su hombro desnudo, aspiro profundamente el olor de su cuello. Recorrer su piel ayuda a que encuentre la palabra exacta…

– ¿Cómo me ves?

– Armónica, bronceada. Elegante, Patricia Bettini. Esto de que te ves a ti misma como un carnaval me sorprende.

Se da vuelta hacia mí y con dos dedos recorre suave mis párpados.

– Quizá -dice sonriendo con los ojos, pero no con los labios- es el trauma post virginidad perdida. ¿Sabes qué es lo que me da la armonía?

– Eso lo discutí con tu viejo.

– ¡¿Tú hablas de mí con mi padre?! ¿Qué te dice?

– Que eso es the Italian touch. El toquecito italiano. Es decir, alboroto interno, pero expresión clara.

– Armónica.

– Claro, como si te hubieras pasado en limpio.

– ¿Y Laura Yáñez?

– Laura Yáñez es un borrador. ¿Viste los cuadernos de caligrafía de los niños desordenados?

– Letra chueca, borrones. ¡Salvó a tu padre, Nico!

– La adoro por eso. Pero no sé si ella se podrá salvar a sí misma.

Patricia está súbitamente seria. Casi grave. Me indica con la barbilla que vuelva a mirar la rada.

– Todo concluye en el mar.

– No comprendo.

– Es decir, siempre estás ahí y al mismo tiempo ahí está el infinito. Si tienes cerca el mar pones todo lo chiquitito de todos tus días en el infinito.

Exagero mi bostezo.

– Debieras conversar estos temas con el profesor Santos. Mi viejo es fan de Aristóteles y de Anaximandro.

– No lo cacho.

– Anaximandro es el más antiguo de los filósofos. Se conserva de él vínicamente un pequeño fragmento de su obra.

– ¿De qué habla?

– Me lo sé de memoria. «De donde viene a las cosas su ser hacia allá necesariamente han de volver, según el orden del tiempo.» El loco se hizo famoso con ese cachito de filosofía.

Patricia va hacia el velador y levanta su vaso de cubalibre medio vacío. Lo prueba. Hace una mueca. Está tibio.

– ¿Pido hielo?

– Déjalo. Es hora de que volvamos a Santiago. Mi viejo debe de estar buscándome para matarme. Le dejé una nota clavada con alfileres en su almohada.

Justo dice eso y suena la sirena de un coche policía muy cerca del motel.

– Ahí está -sonríe.

– ¿Qué mensaje le dejaste?

– Uno que lamentablemente va a saber captar. Tres palabras: «Virginidad, Valparaíso, Libertad.»

Despliega sus labios delgados en una sonrisa que me desarma. ¡Dios, cómo la amo! ¡Cómo comienzo a desearla nuevamente!

– ¿Te gusto?

Niego con la cabeza.

– ¿Ni un poco?

Asiento. No me gusta ni un poco. Frunzo despectivo los labios.

– ¿Me encuentras fea?

Asiento entusiasta. La encuentro ho-rro-ro-sa.

Patricia Bettini corre del todo la cortina. Expone sus senos a Valparaíso y con toda la fuerza de sus pulmones le dedica una canzonetta.

E che m'importa a me

se non sono bella

se ho un amante mio

che fa il pittore

che mi dipingerà

come una stella

e che m'importa a me

se non sono bella.

– Volvamos a Santiago -digo.

– ¿Te dio miedo?

– Un poco. No creo que don Adrián te mate, porque es italiano y sentimental y le daría mucha pena cometer un magnicidio, pero no tendría por qué tener escrúpulos conmigo. De entre todos los que conozco, en este momento debo de ser yo el candidato a cadáver number one en su lista.

Despliega sus brazos en un feroz bostezo al que acompaña con la profunda exhalación de un «Ahhhhh». Cuando termina, levanta un dedo didáctico, como el de una maestra rural.

– Yo entonces creo que todos volveremos al mar. Lo digo por Anaximandro.

No me importa que la cubata esté tibia. La bebo de un envión.

– El «No» nos tiene vueltos locos -digo cerrando la ventana, pero no puedo dejar de volver a echarle una última mirada al mar-. «… se sale de sí mismo a cada rato, dice que sí, que no, que no, que no, que no, dice que sí en azul, en espuma, en galope, dice que no, que no.»

– ¿De Neruda?

– Del gran Neruda. O, como diría tu viejo, del fucking Neruda.