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– ¿Entonces?
– Mi respuesta es «no».
– Mire que el honorario es altísimo.
– Por pura curiosidad, ¿cuánto es el honorario?
– El monto lo fija usted mismo. Sin límites.
Bettini recorrió con la vista la pared detrás del escritorio. Había una foto en colores del dictador y ningún otro cuadro que compitiera con su presencia.
– En verdad es la mejor oferta que he recibido en mi vida. Me da una rabia negra rechazarla, sobre todo cuando sigo cesante.
– ¡Una estrella como usted aún cesante!
– Las empresas de publicidad tienen una lista negra de profesionales emitida por su ministerio a las cuales se «recomienda» no darme trabajo.
– ¡Dios mío! ¿Y de qué vive usted, Bettini?
– Mi mujer trabaja y yo me hago unos pocos pesos componiendo jingles con seudónimo.
El ministro movió largamente el cuello con una suerte de solidaria sorpresa e indignación. Puso un dedo sobre el labio inferior y lo golpeó varias veces.
– Bien, Bettini. ¿Qué me dice?
– Lo he pensado mucho. Gracias, ministro, pero no.
– ¿Por razones morales?
– Por razones morales, señor.
Se puso de pie y estiró los bordes de su chaqueta.
– Pero su conducta ahora no tiene nada de moral. No es ético rechazar una oferta por discrepancias políticas con alguien. Imagínese un médico que rehúsa atender a un enfermo porque es su enemigo político. ¿Diría que su conducta es ética?
– Si el enfermo es Pinochet, francamente sí, señor.
El ministro caminó hacia la ventana y corrió un poco la cortina. El grisáceo smog de Santiago estaba allí, puntual y tenaz.
Le habló al publicista en tono cortante y dándole la espalda.
– Bettini, lamento no contar con sus servicios. Va a ser una campaña difícil. Gracias por haber venido.
Se mantuvo en el ventanal sin darse vuelta. Pero Bettini permaneció inmóvil hasta que el ministro se vio obligado a girar.
– ¿Algo más?
– Sí, señor. Yo vine confiadamente aquí porque usted me mandó a buscar. Me gustaría mucho poder salir igual que como entré. No sé si me entiende…
El ministro extendió una sonrisa a la cual agregó una ruidosa carcajada-Se lo garantizo.
– Gracias.
– No hay por qué.
Los pasos hacia la salida sobre la muelle alfombra lo hundían y demoraban. El alivio que sintió al tomar la manilla de la puerta fue bruscamente interrumpido.
– ¿Bettini?
– ¿Señor?
– Si por lo menos quiere darme un alegrón, no acepte dirigir la campaña del «No».
– Está bien, señor Fernández.
– Adiós, Bettini.