38971.fb2 Los hombres lloran solos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

Los hombres lloran solos - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 13

CAPÍTULO XI

LA TERTULIA DEL CAFÉ NACIONAL se enriqueció de pronto con la incorporación del librero Jaime, cuyo negocio iba viento en popa. Jaime había conseguido incluso adquirir en una masía del Alto Ampurdán un incunable impreso en Gerona -la tradición impresora de Gerona era antiquísima-, por el que mosén Alberto le pagó sus buenos dineros. El incunable fue inmediatamente expuesto en el museo y desfilaron muchas personas para poderlo hojear. Manuel Alvear vigilaba atentamente aquella joya y al quedarse solo se emocionaba viendo los dibujos miniados que la ilustraban. Por cierto, que Manuel entraría pronto en el seminario, puesto que su vocación se había definido en forma inequívoca y Paz, rondada por la Torre de Babel -éste a punto de cobrar la pieza-, se había limitado a pegar varios gritos de protesta y a verter algunas lágrimas. "Anda, sí, hazte cura. Nuestro padre, enterrado en Burgos, estará muy contento y nuestra madre saldrá del nicho para estar presente el día que cantes misa".

En la primera semana de septiembre, Jaime se presentó en el café dispuesto a pagar la cuota de anecdotario nacional que constaba en el reglamento. Trajo tres opúsculos publicados últimamente en Madrid, con la sana intención de simular que todo funcionaba a buen ritmo. Los títulos eran: "El regaliz y la economía nacional". "La harina de pescado y sus grandes aplicaciones". "La ballena y su importancia para la autarquía".

Se dedicó un aplauso especial a Jaime, sobre todo por el título de la ballena. Marcos, que continuaba sospechando que Adela, su mujer, tenía otros amores, comentó:

– A lo mejor el yate Azor, en el que viaja el Caudillo, se dedica a pescar ballenas y nosotros sin enterarnos…

Matías dijo a su vez que noticias de ese calibre eran malas para la hipertensión y qué hablaría con Moncho para que lo inmunizara en la medida de lo posible.

Galindo aportó también su cuota particular. Según los periódicos y la radio, de un tiempo a esta parte se comunicaba al pueblo que gran parte de los inventos conocidos habían tenido un precursor español. Un mecánico de Toledo estaba ultimando la puesta a punto de un coche muy barato cuya fabricación en serie provocaría en el mercado una gran convulsión. Por otra parte, en Murcia, el doctor Muñoz Calero, en magnífica operación quirúrgica, había colocado medio cráneo de Pessy-Glas a un enfermo desahuciado. Y por último, el rey del ronquido era español. Se trataba de Ramón Rodríguez, soldado americano de padres españoles. "Señores, el caso de los ronquidos de Ramón Rodríguez está siendo estudiado por eminentes médicos".

Carlos Grote puso sobre la mesa un chascarrillo que circulaba por Madrid. Al parecer se preguntaba a los divisionarios que habían vuelto de Rusia: "Cómo encuentras la nueva España?". Y el divisionario contestaba: "Cuando la haya encontrado te lo diré".

Matías, que también traía algo en el caletre, ante esta alusión de Grote se calló. Recordó a Mateo; y a Pilar…

– Señores -dijo-, tengo la impresión de que el cupo de este sábado está sobradamente cubierto y, en consecuencia, propondría empezar nuestra partida de dominó.

El camarero Ramón se llevó un disgusto. Nunca se perdía palabra de las que pronunciaban aquellos clientes de postín. Sólo intervino para decir que envidiaba a los ayudantes de Churchill porque viajaban mucho. "Tengo entendido que ahora preparan una estancia en Teherán".

* * *

La salud de don Emilio Santos empeoró. Apenas si salía de casa. Dificultades respiratorias y el corazón débil. Le asistían el doctor Chaos y Moncho, quienes hacían lo imposible para parchear sus dolencias y prolongarle la vida. Mateo estaba consternado, al igual que Pilar. Mateo, que tantas muertes presenció, había llegado a creer que su padre sería eterno. Don Emilio Santos tenía' muchos momentos de lucidez, durante los cuales su cabeza funcionaba al mismo ritmo que las del profesor Civil y el notario Noguer, que eran sus más asiduos visitantes. Mateo, intentando alegrar la situación, les llamaba "el trío de la bencina" y profetizaba que su padre se curaría y que los tres vivirían una vejez feliz.

En el caso de don Emilio Santos la profecía estaba lejos de cumplirse. Apenas si podía sostener en brazos al pequeño César y se levantaba justo para almorzar, hasta el caer de la tarde. El resto se lo pasaba en la cama, rodeado de periódicos y con la radio a su cabecera. La radio era indispensable para él. Gracias a su Telefunken se enteró de que los Estados Unidos e Inglaterra habían inventado el radar, que les proporcionaría enormes ventajas en la navegación marítima y en el pilotaje de los aviones.

Sufría mucho y a menudo se ponía la mano en el corazón. "Por qué es tan importante el corazón?", le preguntaba a Moncho. Éste, que mediante los análisis le calculaba a don Emilio Santos un máximo de dos meses de vida, le contestaba: "Es más importante el cerebro. Cuando el cerebro deja de irrigarse, entonces es cuando hablamos de la muerte". Eva había visitado tambien al padre de Mateo, al que sólo le achacaba que se hubiera pasado la vida distribuyendo tabaco.

El notario Noguer no era el hombre adecuado para levantar la moral de don Emilio Santos. También flacucho de salud -era diabético-, apenas si cumplía con su cargo de presidente de la Diputación. El camarada Montaraz le echó un cable asignándole un secretario llamado Lucas, que se las ingeniaba para que el notario Noguer sólo tuviera que firmar, lo mismo en la Diputación que en su despacho particular. Manolo, que estaba en contacto permanente con él, le acusaba de ser excesivamente meticuloso en su trabajo. El notario Noguer le contestaba: "A mi edad, no se tiene prisa. La eternidad está cerca". Ahí estaba. Siempre había un tono melancólico en sus palabras, que contagiaban fácilmente a don Emilio Santos. Hablando de la guerra siempre decía: "Las guerras son injustas. Mueren precisamente los jóvenes. Si esta guerra dura mucho, los viejos nos veremos obligados a volver a empezar". En el fondo no aceptaba envejecer, la limitación de facultades. Se acordaba de cuando era niño y hacía excursiones por Montjuich, las Pedreras, las murallas, el valle de San Daniel. Siempre corría por las calles. Ahora debía apoyarse en un bastón y la diabetes le obligaba a dos pinchazos diarios y a no comer dulces. También había notado una progresiva pérdida de la visión.

– Mi querido don Emilio, todos tenemos nuestros achaques… Y es inútil rebelarse. Cuando veo en la Rambla a las parejas jóvenes pisando firme y comiéndose el mundo peco de envidia. Lo confieso. Peco de envidia… Le preocupa a usted mucho la muerte, don Emilio?

Don Emilio, en la cama, la cabeza recostada en dos almohadones, le contestaba:

– Pues sí, me preocupa. Procuro no pensar en ella, pero leo la sentencia en los ojos del doctor Chaos, de Moncho, de Mateo y de Pilar… Y sobre todo, del pequeño César! A veces me lo traen y me llena de besos como si se despidiera de mí… -don Emilio aspiraba el aire con todas sus fuerzas-. Sí, amigo Noguer. Yo creí que me conformaría con el cupo de vida que Dios me otorgara; pero ahora que se acerca el final me dedico insensatamente a protestar… Me hubiera gustado vivir unos años aún, para ver el triunfo de Mateo, para presenciar su reconciliación con Pilar y para tener otros dos o tres nietecitos… En vez de esto, me conformo con que el padre Forteza me dé una y otra vez la absolución. Y pensar que cuando estaba en la checa la muerte no me daba miedo! Imposible entender el corazón humano, aunque se trate de un corazón pachucho como el que me sostiene en estos momentos…

El notario Noguer no encontraba las palabras adecuadas para distraer a don Emilio Santos. Mientras se limpiaba los cristales de las gafas proseguía:

– Tal vez lo peor no sea la muerte, don Emilio, sino este pasillo intermedio que es la vejez. Se ha fijado usted en el profesor Civil? Su mujer enferma y él empieza a andarle a la zaga… No es el mismo de antes. Antes daba gusto oírle hablar. Hacía saltos mortales con las palabras. Ahora se esfuerza, pero a mí no puede engañarme… Y es curioso que el doctor Chaos nos haya recetado a los tres casi las mismas cosas, con sólo algunas variantes…

El profesor Civil, pese a la opinión del notario Noguer, era otro cantar. Cada visita a don Emilio la planeaba como si se tratara de un combate. Hacía acopio de noticias que no tenían nada que ver con la vejez y las soltaba una tras otra, mientras Pilar le preparaba un tazón de chocolate, que le sabía a gloria. Cierto que también había perdido facultades; pero su labor en Auxilio Social le llenaba el alma. Todavía llevaba larga la uña del pulgar, como algunos taponeros, porque le recordaba las cruces que con ella había trazado en la pared de la cárcel. Todavía repetía, hablando del futuro: "El gallo ha de cantar, pero la mañana es de Dios". De pronto miraba el reloj y gritaba: "Pilar!, que es la hora de las pildoras amarillas…" Y Pilar acudía solícita. Y les besaba en la frente a los dos y se volvía de puntillas al comedor.

El profesor Civil le traía de la calle un aire fresco. Le decía que se había puesto de moda entre las chicas unos zapatos llamados "topolino", que consistían en un tacón de corcho altísimo, que a buen seguro les perjudicaba la columna vertebral, y que también llevaban unos peinados altos que se llamaban Arriba España. Le decía que en la Rambla se había abierto una cafetería, cafetería España, al frente de la cual estaba Rogelio, aquel camarero que se marchó a la División Azul. "No tiene usted idea del éxito del establecimiento. La gente se queda de pie en la barra, pide lo que le apetece y se marcha. Y otro aluvión. Aquello es una máquina de ganar dinero y Miguel Rosselló, el capitalista, se va a forrar. Por cierto, que con frecuencia veo allí a los cónsules de los Estados Unidos y de Inglaterra. Claro, la costumbre es anglosajona, no faltaría más!".

También le decía que Gerona estaba viviendo una revolución demográfica. Llegaban a la estación, en caravana, muchos andaluces y extremeños, que en sus tierras no tenían de qué vivir. "Teníamos ya muchos, como usted sabe; pero es que ahora, en cuestión de un semestre, y pese a los emigrantes a Alemania, ha sido la invasión. Y al parecer cabe decir lo mismo del País Vasco y de Madrid capital. Es la huida del campo a la ciudad. Es la tentación. Aquí se instalan en el barrio de la Barba, que es ya una especie de ghetto y también en la fortaleza de Montjuich. Viven en cabanas. Beben agua del Oñar. Santo Dios! Cuando algún niño se muere, no tienen con qué pagar el entierro. Yo me cuido de ello, a través de Auxilio Social. Menos mal que el gobernador, aunque a mí me parece más totalitario que su predecesor, Juan Antonio Dávila, me tiende la mano, me ayuda en los casos que claman al cielo. Pero esta inmigración, que es de prever que continúe, repercutirá fuertemente en el porvenir de la Cataluña de mis amores. Ya se oyen más panderetas que fiscornos y tenoras. Ya se bailan más tangos de Cádiz que sardanas. Las mocitas llevan trajes de lunares y a veces me pregunto si Pilar saldrá a la calle con uno de ellos… Ja, ja! Perdone que me ría, querido don Emilio, pero es que si España llega un día a ser Andalucía y Extremadura, yo me largo con mi mujer a Andorra y pedimos el cambio de nacionalidad".

Don Emilio conseguía sonreír. Un día había visto bailar al Niño de Jaén, junto con varias gitanas.

– Reconozco que aquello era contagioso… Yo me sorprendí palmeando y el notario Noguer me dijo: "Qué le pasa? Siente usted muy adentro las campanas de la Giralda? Hay que ver, hay que ver…"

– De todos modos -argüía el profesor Civil-, a lo mejor quienes se contagian son ellos y les da por la laboriosidad… No digo para el ahorro, porque esto, dadas las circunstancias, sería una burla. Pero últimamente he visto algunos andaluces que se esfuerzan por abrirse camino. Ha oído usted hablar de Charo, la mujer de Gaspar Ley, director del Banco Anís?

– Pues, no…

– Es andaluza y se ha venido a vivir aquí. Está a punto de abrir una peluquería de lujo para señoras, que haga pendant con la barbería de Dámaso… Todo a la última moda, incluidos esos espejos que le quitan a uno quince años de encima. Y todas las dependientas, andaluzas. Lo que saben las andaluzas de arreglarse el pelo! Lo ensortijan, lo caracolean, peinan incluso a las mil imágenes de la Virgen que adoran allí… Y digo adoran porque muchos andaluces no creen en Dios, pero sí creen en la Virgen.

Eran diálogos repletos de humanidad. A menudo don Emilio Santos palidecía y tenía una crisis: el corazón. Entonces el profesor Civil le secaba con el pañuelo el sudor de la frente.

Si coincidía con Mateo, la estrategia funcionaba mejor todavía. Mateo quería mucho a su padre y agradecía al notario Noguer y al profesor Civil tan amistosa asiduidad…

– Qué, padre? Qué le ha contado hoy el profesor? Que los rusos están a punto de tomar Berlín?

– Anda, no pinches, no pinches… -replicaba don Emilio-. Me ha hablado de los zapatos "topolino" y de los peinados Arriba España.

– Oh, sí, es verdad!

– Y de la cafetería España…

– Pues sí que está al corriente! Rogelio se está forrando, al igual que Rosselló. Es una lástima que a mí no me dé por los negocios… -Mateo miraba el reloj y exclamaba-: Pilar, un vaso de agua! Es la hora de las pildoras rojas!

Pilar acudía con idéntica solicitud y entre todos rodeaban a don Emilio de un afecto que se había merecido a lo largo de sesenta y cinco años de existencia.

* * *

Hasta que don Emilio Santos murió. El mismo día en que murió, en Francia, León Daudet. El mismo día en que Montgomery, en África, en El-Alamein, iniciaba la contraofensiva contra Rommel. Don Emilio Santos murió de un colapso cardíaco. El padre Forteza acudió veloz, pero no le dio tiempo a suministrarle la extremaunción. Hizo la señal de la cruz sobre el cadáver y leyó un responso. Don Emilio Santos, muerto, cobró una placidez que causaba a la vez respeto y espanto.

– Un santo varón… -murmuró el padre Forteza.

Los demás asintieron llorando.

* * *

El entierro fue multitudinario. El profesor Civil, el notario Noguer y el camarada Montaraz escoltaron a Mateo, cuya cojera pareció acentuársele más. Tampoco andaban lejos Matías e Ignacio. Y Manolo. Y Alfonso Estrada. Y José Luis Martínez de Soria… Y el doctor Chaos y Moncho, los cuales estuvieron de acuerdo en algo tan corriente y vulgar como que cada muerto era un fracaso de su profesión.

Ah, por supuesto! Sin don Emilio Santos el piso de la plaza de la Estación pareció otro. A la noche, retirados todos los acompañantes, Mateo y Pilar se quedaron solos, junto a la cuna del pequeño César, con la única excepción de la sirvienta Teresa, que se las ingenió para retirarse pronto a descansar.

Silencio tenso el de la pareja, con Mateo que aparecía derrotado y Pilar que no sabía dónde posar la mirada. Finalmente la posó en la máquina de coser, en la que había pedaleado horas enteras recordando su aprendizaje en el taller de las hermanas Campistol.

Por suerte, ni el pájaro disecado ni el retrato de José Antonio estaban en el comedor. Junto a la radio, una foto de la boda, una de don Emilio Santos, otra de César. Las fotografías de la familia Alvear estaban en la alcoba conyugal.

Mateo rompió la pausa.

– Ahora tendremos que arreglárnoslas solitos, Pilar. A ver si de una vez por todas consigo volver a ser tu marido…

Pilar jugueteó con la medalla que le colgaba del pecho.

– Hago lo que puedo, Mateo… Pero hay algo dentro de mí que no consigo vencer -y besó la medalla.

– Jamás pude imaginar que tu rabieta durara tanto… Te escribí desde Rusia mis mejores cartas de amor.

– Si no te hubieras ido, las cartas hubieran sido innecesarias.

– Pero me fui. Y me siento orgulloso de mi cojera…

Pilar suspiró.

– Eso es lo que nos separa. Que no te arrepientes de nada. Ni siquiera al saber que tu padre empeoró en cuanto tú te marchaste.

Mateo se pasó la mano por su gran cabellera negra e hizo un esfuerzo para no estallar. Estaba fumando, enlazando un pitillo tras otro.

– Qué te aconsejan tus padres? Que sigas en la brecha?

– No me aconsejan nada. Ni siquiera Ignacio… Soy yo la responsable y la madre del hijo que me diste.

Mateo aplastó la colilla en el cenicero.

– De modo que te he perdido para siempre?

– Yo no he dicho eso. Te quiero igual que antes. Sólo que ahora me consta que hay cosas en la vida que las prefieres a mí…

Mateo abrió los brazos.

– Crees que el nuestro es un caso único? Millares de hombres prefieren su profesión a la vida familiar. Otros prefieren la bebida, como el capitán Sánchez Bravo… Otros, su tertulia en el café. Y las mujeres aguantan y no les vuelven la espalda.

– Por lo visto yo soy un caso aparte. Te necesito a mi lado. Y esto es un pecado mortal…

Mateo tuvo un rapto. Se levantó, se acercó a Pilar y tomándole la cabeza entre las manos la besó en los labios con todas sus fuerzas… Pilar comprendió que aquel momento era crucial. Cortarlo en seco significaría la rotura. Se acordó de don Emilio Santos, que la víspera le había dicho: "Hija, cuándo volverás a mirar a Mateo como antes?". Pilar aceptó el beso. Y le correspondió. Era la primera vez que cedía desde el regreso de Mateo. Éste, en un momento determinado pensó: "Eureka! He vuelto a la vida". Pero Pilar tuvo un acceso de tos y el beso se interrumpió. Y miró a Mateo. Y en un segundo repasó la película de sus vidas, como, según el doctor Andújar, les ocurría a los moribundos. Mateo estaba de pie y parecía llorar. Mateo no lloraba nunca. Ni siquiera lloró en el cementerio. Aquello humedeció también los ojos de Pilar. Su conflicto interno era agotador. Los sentimientos, al cruzarse, la desbordaban.

– Mateo… -murmuró, por fin.

Al muchacho le dio un vuelco el corazón.

– Por la memoria de tu padre, abrázame otra vez… -y Pilar se puso de pie.

Mateo la abrazó hasta casi sentir que le crujían los huesos. La lámpara del comedor parecía de plata.

Al separarse, Pilar se arregló el pelo y dijo:

– Es la primera vez que he sentido que algún día me olvidaré del lago limen…

Mateo abrió los ojos de par en par.

– De modo que… todavía tengo que esperar?

Pilar miró la mecedora en la que solía sentarse don Emilio Santos.

– No vamos a elegir precisamente el día de hoy para decir que hemos resucitado…

* * *

La reconciliación, una semana después, fue un hecho. Pilar volvió a llorar, pero esta vez de felicidad. Mateo volvió a juguetear con su mechero de yesca. Todavía no se atrevió a enseñarle las fotografías de Rusia, en las que se le veía también con gorro de astrakán o con casco alemán, sobre un fondo infinito de nieve. Pero todo se andaría. Por de pronto, gran alborozo en el piso de la Rambla. Matías y Carmen Elgazu abrazaron a su yerno. Matías le invitó a ir a pescar. Carmen Elgazu, a un plato de crema catalana. "No me preguntéis de dónde he sacado los ingredientes, no me lo preguntéis". El combate más duro se libró en el cerebro de Ignacio, quien acababa de defender, y ganar, otro pleito en la Audiencia referido a la compra ilegal de unos productos intervenidos. Ignacio no podía con el fanatismo de Mateo. Se dio cuenta de que éste no había abdicado de ninguna de sus ideas y que ni siquiera se quitaba de la camisa azul el emblema del Ejército alemán. Por si fuera poco -aunque esto suponía una gran ventaja-, volvía a disponer de coche oficial. Por el momento Mateo no podía conducir y se le asignó un chófer llamado Hernando, quien precisamente acababa de separarse de su mujer.

Ignacio abrazó a Mateo y volvió a sentir que le quería entrañablemente, como cuando ambos discutían bajo las arcadas de la Rambla el ser y no ser de España. También le vino a las mientes toda la película de su amistad. Mateo, imposible negarlo!, tenía una inteligencia desbordante, que se le manifestó muy precozmente. El primer diálogo no protocolario de ambos recordó una partida de ping pong.

– Aunque lo disimules, tú eres inteligente… -le dijo Ignacio.

– Me gustaría verte togado… -replicó Mateo-. La toga debe sentarte como a Cristo dos pistolas.

– No lo creas. Los hermanos Costa saben algo de eso…

– Los hermanos Costa perderán los pleitos pequeños, pero lo de más bulto, vaya usted, señor abogado, a comer ranas al restaurante de la Barca… -y Mateo echó una bocanada de humo al rostro de Ignacio.

– No me hagas estornudar, que me sé cuáles son tus puntos débiles…

– Cuáles, a ver?

– Los dientes. Te pego un puñetazo jurídico en los dientes y la Voz de Alerta tiene que ponértelos de oro, con lo que dejarás en ridículo al cantarada Montaraz.

Mateo se rascó la nariz.

– Sabías que el camarada Montaraz colabora en ' La Codorniz'?

– No, no lo sabía -admitió Ignacio-. Pero no me sorprende. En el fondo, para ser gobernador civil en un Estado totalitario hace falta mucho sentido del humor…

– No vuelvas a las andadas, que te recordaré los arduos combates que libraste en Esquiadores, con el retrato de Franco en la mochila…

– No me recuerdes nada. He sabido doblar la página…

– Yo también he doblado una. La de Pilar.

– Lo lamento mucho. Sin cuñado a la vista, vivía como los ángeles…

– Ahora tendrás que soportarme.

– Ya sabes que estoy muy ocupado.

– Yo también. Quiero terminar la carrera de abogado y enfrentarme contigo a la primera ocasión.

– Prepárate… Ahora ya no valdrá, como antes, tu curriculum. Ahora, muchos codos en la mesa.

– El problema es el tiempo. De dónde lo saco? Pero no importa. En Rusia aprendí a no dormir…

– Los eslavos no duermen?

– Cuando se emborrachan, sí… Y se emborrachan todas las noches.

– Entonces, no te quejes.

– No me quejo de nada.

– Te reto a una partida de futbolín… -brindó Ignacio.

– Acepto. A condición de que el pequeño Eloy no te eche una mano.

* * *

La eclosión reconciliadora tuvo lugar en casa de Manolo y Esther. Éstos invitaron a cenar a Mateo y Pilar, a Moncho y a Eva, y a Ignacio… Faltaba Ana María para que el emparejamiento fuera completo. Aunque Ana María le había telefoneado a Ignacio: "Estoy preparando un viaje a Gerona, invitada por Charo. Pienso estar lo menos una semana, aprovechando que mi padre se va a Portugal por no sé qué asunto de cuadros de pintores clásicos".

Manolo y Esther le pidieron permiso a Pilar para hablar un poco de Rusia, tema que, aparte de la guerra, debía de ser apasionante.

– No te parece? Olvídate de que Mateo fue allí a pelear… Entre los matrimonios no puede haber tabúes, so pena de que la confianza mutua se tambalee. Deja que Mateo se despache a gusto, fórmula mágica para zanjar la cuestión.

Pilar hizo un mohín impreciso, que nadie supo cómo interpretar. Por un lado parecía resignada, pero por otro era obvio que se había colocado a la defensiva.

Manolo insistió.

– Rusia ocupa la sexta parte de la superficie terrestre. Una inmensidad. No vamos a eliminarla de un plumazo por culpa de la División Azul… Si la BBC no miente, y no miente nunca, ahora ha empezado de veras la batalla de Stalingrado, en la que, al parecer, Hitler empeña gran parte de sus fuerzas.

Mateo intervino.

– Y qué queréis que os cuente yo de la batalla de Stalingrado? Nosotros vimos una Rusia en miniatura, una parcela, algo así como un diograma… Aprendí varias palabras, el sonido del samovar y creí haberme vacunado contra el dolor que puede producir una muerte… Pero ahora, al morir mi padre, comprobé que no es así. Diríase que los muertos en la guerra son menos muertos que los demás.

Mateo sacó su mechero de yesca -su ex librís- y dio lumbre al cigarrillo de Esther. Ésta preguntó:

– Es cierto lo del estoicismo de los rusos?

– Ciertísimo. Nadie lo niega. Fueron siempre esclavos y lo serán hasta el fin de los siglos.

– Y su brutalidad? -preguntó Moncho-. Crees que son más brutos que los demás? En mi opinión, todos los pueblos son idénticos cuando son idénticas las circunstancias…

– Nada de eso… -impugnó Mateo-. Depende de las costumbres, del clima, de la tradición. Y lo que no querría es generalizar. La Rusia norteña que yo conocí nada tiene que ver con la de Ucrania, con la del mar Negro. Un esquimal no puede ser igual que un negro del Congo.

Ignacio preguntó a su vez, mientras apuraban el consomé:

– Qué es lo que te daría más miedo si los rusos, vamos a suponer, avanzaran hacia el Oeste?

Mateo dejó la taza en el plato.

– Que ya no se retirarían nunca más. Y las violaciones… -Se hizo un silencio y Mateo prosiguió-: Ante una mujer desconocida, distinta de las suyas, se comportan brutalmente y son capaces de preñar a los mismísimos demonios.

Ignacio intervino de nuevo.

– Eso queda claro leyendo a sus novelistas, que de un tiempo a esta parte han sido mi obsesión, dejando a un lado el tema de las religiones orientales… Gogol llega a decir que el alma rusa se comerá el alma de los demás pueblos y que sólo entonces se podrá hablar de revolución universal.

Mateo movió la cabeza negativamente.

– Ésa es otra cuestión… No tengo más remedio que afirmar que Hitler acabará con los sueños de Gogol y de todos sus correligionarios.

Pilar tuvo un gesto de desencanto. Ella había confiado en que el diálogo tomaría otro cariz. Todos lo advirtieron y se produjo un silencio, que Moncho, el analista del grupo, rompió, aprovechando que en la mesa se había servido el segundo plato.

– Ignacio, qué te pasa a ti con Oriente? Te has hecho budista, o qué? No le temes al señor obispo?

Hubo un titubeo. A Mateo le hubiera gustado seguir hablando de Rusia, de sus tics temperamentales, y a Manolo y a Esther también. En cambio, Eva, que por fin parecía haber aprendido a vestirse, se interesó vivamente por la invitación hecha a Ignacio.

Éste tomó la palabra, a sabiendas de que Pilar se lo agradecería. Las religiones orientales, que precedían de siglos al cristianismo, eran un universo que Occidente se empeñaba en olvidar, como en España se olvidaba la influencia del islam.

– Si os pregunto qué son el Yin y el Yang ninguno de vosotros sabrá a qué me refiero.

Moncho levantó el brazo indicando stop.

– Perdone usted, orientalista, pero yo sé de qué se trata, porque he estudiado y practicado, lo mismo que Eva, la acupuntura y no simplemente para anestesiar. El Yin y el Yang son los dos principios básicos de este arte de curar, de estos polos de energía, que a Esther le irían de perlas para esas molestias que le dan la lata a su columna vertebral…

Esther se interesó al máximo.

– Adelante con la acupuntura! Pongo mi cuerpo, con permiso de Manolo, a vuestra disposición.

Manolo sonrió.

– Con tal de que te curen, estoy incluso dispuesto a pagarles sus buenos honorarios.

– Hablaremos de eso -terció Moncho-. Es más serio de lo que vosotros os figuráis…

– Por supuesto -admitió Mateo-. Por eso hay que estar al tanto de lo que van a hacer los japoneses… Según mi amigo Núñez Maza, forman una raza aparte, que caerá sobre el Imperio británico, que ha caído ya, como si el volcán Fujiyama se pusiera en erupción…

Era evidente que Mateo no daba su brazo a torcer. Desde cualquier ángulo, él revertía los temas al de la guerra en curso. Claro que olvidarla era también un pecado de inhibición.

Ignacio no se inmutó. Él había penetrado en Oriente de la mano de las biografías y los textos de Gandhi que el librero Jaime le había proporcionado. El hinduismo!

– Si los aquí presentes fuéramos hindúes, esta cena se nos antojaría un despilfarro y nos pasaríamos el rato juntando las manos en actitud de plegaria…

– Psé, psé… -replicó Moncho-. Me has defraudado. Esto es puro folklore, como lo de las vacas. Esto lo sabe hasta tu ahijado Eloy.

– Pues claro! -exclamó Ignacio-. Qué te creías? Que iba a daros aquí, entre salsas y solomillo, una lección sobre Buda y sobre Confucio? Hoy no me da la gana, para que veáis. Hoy vengo aquí a brindar por Mateo y Pilar, para que me den todos los sobrinos que les apetezcan…

La distensión fue total. Se terminó la cena, llegó la hora del café -Esther alardeó de sus facultades de ama de casa-, y luego se presentaron sus hijos, Jacinto y Clara, a dar las buenas noches.

La presencia de los dos hijos de Manolo y Esther alegraron la reunión, sobre todo porque llevaban dos vistosos e idénticos pijamas.

– Verdad que no parecen rusos? -apuntó Esther, atrayéndolos hacia sí.

– En absoluto -dijo Mateo-. Si lo fueran, les habríais tatuado una estrella roja en mitad de la frente.

Se oyeron las doce campanadas en el reloj de la catedral. Y entonces empezó el desfile. La despedida fue breve, pues, en un sitio como Gerona, todos volverían a verse con asiduidad.

Moncho y Eva, a los que gustaba andar de noche, bajo las estrellas, se fueron a pie. Rambla arriba. También, un poco más tarde, se marchó Ignacio. Por fin, salieron Mateo y Pilar: el coche oficial, con Hernando al volante, les esperaba fuera, ya que Mateo, se cansaba todavía mucho al caminar.

Gerona estaba tranquila a aquella hora. Era un remanso de paz. Sólo en el casino de los señores estaban reunidos los jugadores de póquer, entre los que figuraban el capitán Sánchez Bravo y el bibliotecario Ricardo Montero.

Al llegar al piso de la plaza de la Estación, Mateo y Pilar se abrazaron.

– Eres feliz? -preguntó Mateo.

– Estoy a punto de serlo… -dijo Pilar.

Y ambos se fueron a la cuna en la que dormía César y, cogidos de la mano, le contemplaron hasta que el niño se movió como si fuera a despertarse.