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LIQUIDADA LA GUERRA EN EUROPA todas las miradas se dirigían al Japón. El general Sánchez Bravo fue quien trascribió los cálculos hechos por los aliados de que la toma de aquel Imperio les costaría a los atacantes la cifra de 500.000 muertos. Los americanos no podían aceptar semejante holocausto, sobre todo teniendo en cuenta que el triunfo sobre Alemania les había costado 200000 víctimas y que la primera guerra mundial se saldó para ellos con 53.000 muertos.
La capitulación de Alemania había sido recibida en el Japón con frialdad: una prueba más de la debilidad de los occidentales. Ochenta millones de japoneses estaban dispuestos a defender sus territorios. Tenían a su favor los accidentes geográficos, las innumerables islas… y los kamikaze.
Esta palabra había intrigado siempre al camarada Montaraz, quien acababa de recibir con disgusto la carta del cónsul Paúl Günther, enviada desde Lisboa, anunciándole su evasión. Se disponía a comunicarlo a los mandos superiores cuando recibió una llamada telefónica de la embajada de Madrid: enviarían muy pronto un sustituto. Entretanto, los ayudantes de Paúl Günther habían envenenado a sus dos perros picardos, pues "era un capricho exclusivo del cónsul".
En los libros de historia de la biblioteca del casino el camarada Montaraz halló la explicación de la palabra kamikaze, que tanta importancia iba teniendo en la lucha en el Extremo Oriente. Se trataba de un viento divino que, según los japoneses del siglo XIIl, protegían el suelo patrio de los invasores mongólicos. Un nieto de Gengis Khan, llamado Kubilai, en 1281 quiso anexionar el Japón a su inmenso reino. Los tifones lo impidieron: el viento kamikaze. Desde entonces tomaron este nombre los japoneses dispuestos a morir para defender su patria.
El general Sánchez Bravo, agarrándose a una última oportunidad, dijo: "Los americanos aprenden esta palabra en sus propias carnes". Era verdad. Los americanos bombardeaban constantemente Tokio, la fragilidad de cuyas construcciones -en su mayoría, de madera- facilitaban su tarea. La multitud se lanzaba a la calle y perecía abrasada. Se iba conquistando la periferia del archipiélago; pero los kamikaze estaban ahí, no sólo con sus aviones sino con sus lanchas torpederas. Cuando los americanos desembarcaron por sorpresa en Okinawa, los kamikaze convirtieron en chatarra el portaaviones Franklin y averiaron seriamente otros dos: el Wasp y el Yorktown.
Los voluntarios kamikaze se contaban por millares, incluso entre los estudiantes de bachillerato. Mil quinientos muchachos y seiscientas muchachas encabezaron la lista de suicidas, que en días sucesivos se multiplicaron por diez. Las pérdidas americanas se elevaron en pocas jornadas a siete mil muertos entre los combatientes terrestres y a cinco mil desaparecidos en el mar. Desaparecidos en el mar! Esto impresionaba especialmente al general Sánchez Bravo y al camarada Montaraz, quienes le tenían un miedo al agua comparable al de Hitler y que los situaba en la cota opuesta a la de Ignacio, Ana María y Manuel Alvear.
Varios generales japoneses, viendo, pese a todo, perdida la lucha, se hicieron el harakiri. Cho redactó este epitafio: "Chi Igum, teniente general del ejército imperial. Edad, 51 años. Muero sin pena, sin miedo, sin vergüenza y sin deudas". Pero otros muchos jefes, oficiales y soldados estaban dispuestos a combatir hasta el fin.
De ahí que, el 6 de mayo, Churchill sugiriera a Truman la celebración de otra conferencia de los tres grandes parecida a la de Yalta. La reunión tuvo lugar en Potsdam y una vez más Stalin salió vencedor. Churchill, en efecto, se hallaba cansado y Truman se reveló tan ingenuo como Roosevelt, pese a haber comunicado a Stalin que los Estados Unidos podían contar con la bomba atómica, lo que no pareció impresionar demasiado al prohombre de la URSS. "Espero -respondió éste- que se servirán ustedes de esa bomba contra el Japón".
El triunfo soviético en la conferencia de Potsdam fue total. Selló la división de Europa, descuartizó Alemania entre el mundo libre y el mundo comunista y perpetuó inesperadamente la presencia de las tropas americanas en Europa. Su peripecia más espectacular fue la desaparición de Churchill, quien en su país perdió las elecciones, siendo sustituido en la propia conferencia por mister Atlee.
Pese a los kamikazes y a sus efectos mortíferos, pronto las cinco grandes ciudades japonesas -Tokio, Osaka, Nagoya, Koba y Yokohama- cayeron destruidas en un cincuenta por ciento, incluidos los principales objetivos industriales. Simultáneamente, la flota marítima nipona había quedado fuera de combate: hundidos los acorazados Ise, Haruma y Huiga; los portaaviones Amagi, Katsuragi y Ruhiyo; los cruceros; las lanchas torpederas, etcétera.
Truman entregó una nota al Departamento de Estado japonés proponiéndole deponer las armas. El gobierno imperial decidió "ignorar" el ultimátum de Truman. "Somos ochenta millones. No podrán matar a ochenta millones de japoneses. Por lo tanto, Japón es invencible".
Amanecer, por orden del camarada Montaraz, y ante el asombro de Núñez Maza, publicó estas noticias. Ignacio comentó: "Clásico estoicismo oriental. El viento divino les protegerá…" Ana María no daba crédito a lo que leían sus ojos y María Fernanda, siempre con el pensamiento puesto en don Juan, le decía a Cariota: "A veces, Franco me recuerda al emperador nipón. Está acorralado, pero no cede. O cree en su baraka o en el brazo incorrupto de santa Teresa de Jesús".
El camarada Montaraz y Mateo daban vueltas y más vueltas a la situación. Iban enterándose de que a Caldas de Malavella llegaban periódicamente el motorista y una furgoneta: nada podían hacer. Llegó el cónsul sustituto, Mark Steinderk, más bajito que Paúl Günther, pero igualmente soberbio. Le invitaron a cenar y repitió el consabido sonsonete: "El comunismo ha vencido. Las democracias, maldita sea!, nos han dejado en la estacada".
Mateo escuchaba a menudo Radio España Independiente, emisora de Moscú. Pilar le aconsejaba que no lo hiciera, pues al reconocer la voz de Cosme Vila se ponía nervioso. Pero él replicaba: "Lo malo es que no tienen necesidad de mentir. Casi todo lo que sueltan es verdad".
Marta vivía una etapa contradictoria. Contaba con un asidero inexistente medio año antes: Ángel. El muchacho ya no se limitaba a mirarla "de un modo particular". Se hacía el encontradizo. Más aún: la cortejaba. Ella, recordando lo ocurrido con Ignacio, se colocaba a la defensiva; pero sus "hermanos" José Luis y Gracia Andújar la empujaban.
– Espera a ver… Con tu temperamento y todo lo que te ha ocurrido no esperes vivir un amor ardiente. Comprendes, Marta? Pero un amor cálido, por qué no? No, no, nada de la compañía que se hacen los viejecitos! Eres joven, no te das cuenta? Qué sientes al lado de Ángel?
– Pues… -Marta meditaba-, eso, buena compañía. Y protección. A su lado me siento protegida. Tal vez más adelante sienta otra cosa; de momento, no…
Pero Marta reconocía que Ángel era bien educado, honesto y que se estaba labrando un porvenir espléndido. Le repugnaba? No, ni pensarlo… Entonces, a qué esperar?
– No te comportes como una esfinge, que el chico emprenderá el vuelo hacia otras latitudes… Y no le atosigues con la Falange. Ángel es apolítico y eso no es ningún pecado. Debes comprenderle: está harto del fanatismo de su padre.
Marta no conseguía digerir que se llamase fanático a tener una creencia. En este caso, Gracia Andújar sería una fanática del ballet y José Luis un fanático de la ciencia jurídico-militar.
– No compares, mujer… Yo no diría que Mac Arthur es un fanático. Yo diría que es un fanático el emperador del Japón.
El doctor Andújar sostenía la tesis de que los estoicos eran los españoles. No les importaba nada. No les importaba que Radio Nacional hubiera reanudado sus emisiones normales con América. No les importaba las "calumnias" que contra España aparecían en los periódicos occidentales, los cuales llegaron a afirmar que las V-I y las V-II habían sido fabricadas en Ocaña. No les importaba la actitud agresiva de las Naciones Unidas ni que algunos prisioneros rusos de los alemanes prefirieran suicidarse antes que regresar a su país. Lo que les importaba era la cogida leve de Manolete en Alicante, el 1 de julio -tardaría un mes en curarse, según el parte médico-, y el comienzo de las fiestas de San Fermín, en Pamplona. El propio don Anselmo Ichaso esperó a que el reloj del Ayuntamiento diera las doce campanadas del mediodía y oyó el estampido del chupinazo que daba comienzo al jolgorio. Javier, su hijo, que continuaba escribiendo su novela y que estaba en contra de los encierros dijo: "Este año les veo muy exaltados. Seguro que si no hay ningún muerto considerarán que las fiestas han sido un fracaso".
Dos noticias conmovieron, éstas sí, la opinión popular: Churchill pasaría unas vacaciones en Hendaya -y posiblemente visitaría San Sebastián-, y algunos soldados americanos, antes de regresar a su país, pasarían asimismo sus vacaciones en España.
La estancia de Churchill en Hendaya fue una sacudida. Despertó mucha más alteración en el lado español que en el francés. Desde España se le envió un camión con una tonelada de víveres! En el preciso momento en que el ex premier británico, por consejo médico, había decidido adelgazar. Finalmente la visita a San Sebastián no tuvo lugar y alguien recordó el viaje que también efectuó a Hendaya el entonces todopoderoso Hitler.
Soldados americanos en España… Según Amanecer, un centenar de ellos se acogieron a la medida de gracia; cuatro, en un hotel de Playa de Aro. Cuatro paracaidistas, que habían participado en la batalla de las Ardenas. Fueron recibidos como a "héroes"; pero ellos no hicieron honor a esta condición. Chapurreaban el español, porque eran oriundos de las costas de la Florida. Pero no mostraban la menor curiosidad. Intelectualmente poco desarrollados, ardían en deseos de regresar a su patria. Se reían constantemente y sólo les interesaba el mar. Se pirraban por la pesca submarina. Les proporcionaron todo lo necesario; el resultado fue que se pasaron más tiempo debajo del agua que fuera, con pesca abundante, esto sí.
Se emborracharon. Bebieron como cubas. Y tenían poco que contar. Apenas si distinguían España de Portugal, pese a fray Junípero Serra. No se sorprendieron de que en España hubiera ascensores, pero sí de que éstos funcionasen debidamente. "España es un país pobre, no es así? Eso nos enseñaron en la escuela".
Hicieron una visita a Gerona, por invitación de su cónsul, mister John Stern y mosén Alberto les acompañó al barrio antiguo. Se aburrieron mortalmente. Ni una interjección admirativa, ni una palabra de elogio. A gusto se hubieran ido a joder, pero la presencia del sacerdote les intimidó. Mosén Alberto les devolvió al cónsul y dijo: "Adiós muy buenas". No obstante, la Voz de Alerta se empeñó en sacarlos en portada en Amanecer, pese a las protestas de Mateo. Era de suponer que en otros "hoteles" tuvieron más suerte con sus invitados y que los representantes de la nación más poderosa de la tierra, Norteamérica, causaron una mejor impresión.
A medida que julio avanzaba, avanzaban los acontecimientos. El día 14 fue aprobado por unanimidad, en las Cortes, el Fuero de los españoles; apenas si nadie se enteró, ni mostró interés por saber de qué se trataba. "Qué derechos tenemos los españoles? -comentó Jaime, el librero-. La brigadilla Diéguez continúa aporreando que da gusto y las cárceles continúan llenas". El día 15 La Vanguardia empezó a publicar las Memorias íntimas del conde Ciano. Firmadas: Galeazzo Ciano, celda 27 de la cárcel de Verona, 23 de abril de 1943. Todo el mundo esperó revelaciones sensacionales; de momento, sin embargo, el autor se limitaba a defenderse a sí mismo.
Y llegó el 18 de julio, noveno aniversario del Alzamiento. La Falange se movilizó. En Madrid, el Caudillo entregó 500 viviendas protegidas a productores beneficiarios; en Gerona, cincuenta, construidas por los hermanos Costa. Se celebró un Te Deum en la catedral, durante el cual el obispo, doctor Gregorio Lascasas, sufrió un soponcio. El accidente resultó aparatoso, puesto que el templo estaba lleno a rebosar, presidido por las autoridades. El doctor Andújar acudió en ayuda de monseñor, el cual, en la sacristía, no llevaba trazas de reaccionar. Opresión en el pecho. Fue trasladado a la clínica Chaos, donde los doctores Casellas y Rovira, que estaban de guardia, le sometieron a exploración. Un amago de angina de pecho. Debía guardar descanso y someterse a tratamiento, hasta que le dieran de alta.
– Moriré? -preguntaba el obispo-. Moriré, doctor? Doctores, moriré?
El pánico se cebó en él. Mosén Iguacen le oyó en confesión. Jamás el doctor Chaos, que acudió en seguida, hubiera creído que su ilustre paciente fuera tan cobarde. El obispo, en pijama, casi inspiraba compasión. Tenía mucho pelo en el pecho y se lo acariciaba como si quisiera proteger su corazón.
– De ésta no se muere, monseñor… Pero, esto sí, es un aviso -El doctor Chaos le preguntó-: Ha tenido usted algún disgusto fuerte últimamente?
– Sí, el artefacto que estalló ante el palacio episcopal.
– Ya…
Todas las monjas de la ciudad y diócesis -sin exceptuar la ex, sor Genoveva- elevaron sus preces a Dios para el restablecimiento del doctor Gregorio Lascasas. Para ellas era un pastor ejemplar, que vivía por y para sus ovejas. Nada sabían de su pánico ni de su aspecto vestido en pijama. Sólo le habían visto con ropaje acorde con su jerarquía, acariciándose el pectoral y bendiciendo a la comunidad o a la multitud.
Eclesiásticamente, fue un 18 de julio pasado por agua. Para Carmen Elgazu también, puesto que en Bilbao naufragó un pesquero llamado precisamente Jesús Nazareno. En cambio, para el camarada Montaraz fue un triunfo. Reunió en la Dehesa no menos de diez mil personas a las que dedicó el mejor discurso de su vida. "España triunfará. España resistirá todos los ataques de sus enemigos. El Caudillo no aceptará componendas ni afrentas contra nuestra patria". Las diez mil gargantas corearon los gritos de rigor: "Viva Franco! Arriba España!", del camarada Montaraz. Éste conocía a su grey, mejor que el obispo la suya. Sabía que arrinconar al pueblo español contra las cuerdas era la peor estrategia que sus enemigos podían elegir. El sentimiento patriótico se ponía en marcha y personas como Cefe y Félix Reyes se levantaban al unísono en defensa del suelo que les vio nacer. "En realidad '-comentó el gobernador-, en esto nos parecemos a los rusos. El patriotismo primero, la política después".
Además, el camarada Montaraz estaba satisfecho porque su amigo el ministro José Antonio Girón se había casado con la señorita María Josefa Larrueca Samaniego, a los acordes de la marcha nupcial de Mendhelson. Él lucía uniforme de gala, ella vestido blanco con encajes antiguos y velo tul ilusión. El camarada Montaraz había asistido a la boda, que fue fáustica y se celebró entre abrazos y buenos deseos.
El 18 de julio por la noche, siguiendo la tradición, hubo baile en el casino, amenizado nada menos que por la orquesta barcelonesa Bernard Hilda, la de mayor prestigio de la región. María Fernanda dio todo un recital, pues se mantenía ligera y en forma. Carlota, en cambio, había perdido facultades. ' La Voz de Alerta' le preguntó: "Pero qué te ocurre, querida?". "Nada, señor alcalde. Que los años no pasan en balde". Mateo, debido a su lesión, no pudo bailar, y Pilar pasó ágilmente por muchos brazos. Marcos estaba presente, pero su mujer, Adela, apenas si se daba cuenta. Los ojos se le iban tras Ángel y tras Ignacio, a escoger. Pero ambos se comportaron como era debido. Ángel bailó una y otra vez con Marta -qué torpeza, la de la muchacha!-, e Ignacio basculó entre Esther y Ana María.
Se produjo el inevitable cruce de miradas. En el casino nadie se acordó del auténtico significado del 18 de julio, y menos aún de que en Francia había empezado el juicio contra el mariscal Pétain, quien probablemente sería condenado a muerte.
Núñez Maza le había preguntado a Miguel Rosselló si había alguien en Gerona capaz de pintarle un buen retrato al óleo. "No importa el precio. Mis amigos lo pagarán". Miguel Rosselló, a la mañana siguiente, se presentó en el hotel Colón, de Caldetas, con Cefe, éste con su mejor pajarita en el cuello y con su enorme cabellera.
– A ver, hágame usted un apunte al carbón… -le indicó Núñez Maza.
Quince minutos le bastaron a Cefe para pasar la prueba.
– Adelante. Sobresaliente…
Cefe se pasó quince días yendo y viniendo de Caldetas. Núñez Maza posó en su habitación, abarrotada de libros y de papeles. Se sentía mucho mejor de salud, el espejo se lo ratificaba y de ahí que aprovechara los "tiempos libres" para semejante operación. Al fondo se verían las rocas y el mar. Un Núñez Maza delgado, altivo, fibroso, con la camisa azul y al fondo las rocas y el mar. En alguna de las sesiones estuvo presente la "señorita Semir", de Sabadell, hija de un conocido fabricante de tejidos. Era charlatana y a veces estorbaba a Cefe en su labor; pero lo que decía era interesante.
Al parecer no estaba de acuerdo -Núñez Maza tampoco- con la remodelación del gobierno que Franco había llevado a cabo. Especialmente en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Franco despidió a José Félix de Lequerica y nombró para sustituirle a un católico a ultranza, Alberto Martín Artajo, director técnico seglar de la Acción Católica Española. "Estas injerencias del nacional-catolicismo hacen un daño enorme a la nación. Ministro de Asuntos Exteriores! Como si estuviera el horno para bollos y como si Truman formara parte de las Congregaciones Marianas".
Cefe sabía algo de esas injerencias y les contó lo que acababa de ocurrirle en su taller de Gerona. Mosén Falcó se enteró de que pintaban desnudos -sobre todo para que Félix Reyes cogiera la onda del oficio- y se presentó en casa de Cefe casi blandiendo un crucifijo.
– Precisamente la modelo era una prostituta, la más joven pupila de la Andaluza, que es la patrona gerundense en esas lides. Mosén Falcó la increpó y me increpó a mí. Fue una escena violentísima. Tuve que echarle del taller casi a patadas -Cefe se rió, pues todo terminaba tomándoselo por el lado bueno-. Él y el obispo, si es que éste salva su corazoncito, pueden impedirme que haga una exposición; pero en mi taller, como si quiero pintar desnuda a la esposa del gobernador…
Núñez Maza se rió, porque conoció a mosén Falcó, aunque sólo de pasada, en la División Azul.
– Ése sería capaz de crear un infierno aquí en la tierra, si no estuviera convencido de que existe otro en el más allá.
Cefe añadió:
– Ahora se va a Jaca a unas conferencias sobre el Concilio de Trento… Cuando regrese, seguro que llevará en la maleta ese su infierno particular.
Núñez Maza respiraba hondo. Se sentía dichoso. En la clínica Chaos habían hecho maravillas con él y por primera vez en mucho tiempo notaba que el cuerpo le respondía. Además, la "señorita Semir" era un encanto de criatura. Independizada económicamente por su padre, se interesaba vivamente por la política. Estaba al corriente de todo lo que ocurría en el país y jamás hubiera soñado en conocer tan a fondo a Núñez Maza, del que en tiempos había oído hablar. Se había enamorado de él, pero él le dijo desde el primer momento que hasta nuevo aviso se negaba a corresponder a su amor. "Estoy desterrado. Convaleciente. Sin un céntimo. Te equivocas… Seguro que en Sabadell encontrarás un heredero educado en los jesuítas y mucho más entero que yo…" La señorita Semir -Purita para los amigos- negaba con la cabeza.
– Eres tonto de capirote. O me caso contigo o me meto en un convento.
Fue Purita quien le comunicó a Núñez Maza que, en vista de los acontecimientos, don Juan pensaba dejar Lausana y trasladarse a Portugal, a Estoril, "para estar más cerca de España".
– Por si llega la ocasión…
También le comunicó que Otto Skorzeny, de 1,92 de altura, con cicatriz prusiana en la cara y liberador de Mussolini en el Gran Sasso había sido detenido, pero con la promesa de que pronto sería autorizado a trasladarse libremente a España y a residir en Madrid.
– Oh, en Madrid ocurren muchas cosas! En una fonda puede leerse un anuncio: "Hospedería para el alemán desamparado". Y en las calles de la capital, ante el asombro de la gente, ha aparecido el primer jeep americano…
Núñez Maza sonrió.
– Es lo que dice el conde de Foxá -explicó, ante el entusiasmo de Cefe: El día que se vaya Franco, menuda patada le van a dar en nuestro culo!
En otro orden de cosas, el notario Noguer vivía días amargos. El hombre, de formación francesa, como su gran amigo el difunto profesor Civil, sentía en la entraña, todo lo que ocurría en Francia. No sólo el mariscal Pétain había empezado a ser juzgado, sino que Fierre Laval, que se había refugiado en España, según noticias estaba a punto de ser entregado por Franco a los aliados. "Es una traición sin nombre. El mariscal, tal vez salve la pelleja; pero a Laval lo van a fusilar".
Por otra parte, en París acababa de fallecer uno de sus escritores preferidos: Paúl Valéry. Tropas francesas desfilaron ante el catafalco instalado en la terraza del Palais de Chaillot. "Francia honra así a sus hombres ilustres; en cambio, aquí, ha regresado del exilio José Ortega y Gasset, en automóvil y nadie ha desfilado ante él. Y ha muerto el pintor Gutiérrez Solana y apenas si la prensa se ha hecho eco del suceso".
Al notario Noguer sólo le compensaba que De Gaulle "hubiera metido la nariz" entre los cuatro grandes. Sin su enorme personalidad, Francia figuraría en la lista de los vencidos en la guerra; ahora figuraría entre los vencedores y sin duda recibiría ayuda masiva de los Estados Unidos para su reconstrucción. Por de pronto. De Gaulle había prohibido a los comunistas españoles que editaran periódicos y organizaran mítines por su cuenta, lo que a los maquis debió de sentarles como un tiro.
El notario Noguer se ocupaba de Carlos Civil, porque el padre de éste, el profesor Civil, antes de morir le encargó: "Vigile usted a mi hijo, que al lado de los hermanos Costa no sé dónde irá a parar". El notario Noguer no podía hacer nada… Carlos Civil era mayor de edad y además los hermanos Costa, pese a la estampida de don Rosendo Sarro, habían demostrado tener bien puesta la cabeza sobre los hombros. Redujeron a la fuerza su volumen de negocios -y de esto sabía algo Gaspar Ley-, pero externamente nadie lo advertía y además habían comprado el chalet y el yate de Ana María a Ignacio. Carlos Civil era la cara opuesta de los hermanos Costa. Introvertido, jefe de la EMER, actuaba bajo mano. Hacía negocios por su cuenta, como antaño el coronel Triguero, convencido de que sus "amos" no se enteraban. Éstos, por descontado, estaban rigurosamente al corriente de todas sus actividades.
Carlos Civil era miedoso y aprensivo. Cualquier cosa le producía sobresalto. Si leía que en Huesca habían lanzado a la piscina a uno de los "guardias de la moral", pensaba: "Esto ocurrirá aquí y Dios sabe la que se va a armar". De haber sufrido la urticaria que turbaba a la Voz de Alerta no se hubiera movido de la clínica Chaos o del hospital Provincial. Detestaba a su mujer, sin saber por qué. Decía que "olía mal", que su aliento era insoportable. Y que de noche, en la cama, la pobre tenía pesadillas y pegaba puntapiés. Qué más? Que leía la revista Hola y las novelas del Coyote y que escuchaba los seriales de la radio. Leopoldo, el contable, le decía: "Pero si eso lo hacen todas las mujeres de Gerona, sin exceptuar la del gobernador". "No digas tonterías, que la mujer del gobernador huele bien".
Muchas veces había pensado en suicidarse. Tampoco sabía por qué. Las cosas se le presentaban de cara, pero no le gustaba un ápice el mundo que le había tocado vivir. De no ser por el recuerdo de su padre, de sus consejos, tal vez se hubiera tirado por una ventana. Pero su padre le había dicho siempre: "Lo que te ocurre es que te saltas la historia a la torera. Todas las épocas han sido iguales. Lo del valle de lágrimas no se dice porque sí. El hombre es insensato; pero cada cual, en su interior, puede formarse un lago en calma. Si tu madre no estuviera tan enferma yo disfrutaría de ese lago. Elige bien tus amistades, tu pequeño mundo, y todo lo verás de otro modo". Carlos Civil pensaba: "Sí, claro, pero el aliento de mi mujer es insoportable".
A raíz del suicidio de Ricardo Montero, el bibliotecario, Carlos Civil se pasó tres noches sin apenas dormir. "Ha sido más valiente que yo". Su mujer era muy desgraciada. "Cuándo te veré sonreír?". Carlos Civil, callado en la oficina, de pronto en casa pegaba gritos a lo Tarzán: "Ho-hé! Ho-hé!". Sus hijos se asustaban. Entonces los cogía y los llevaba al cementerio a depositar un ramo de flores a la tumba de sus "abuelos".
Tal vez fuese un sádico-masoquista. A menudo le castañeteaban los dientes. A Jaime le pedía libros sobre la Revolución Francesa, porque se deleitaba con las cabezas cortadas por la guillotina. Leopoldo le decía: "Fuma, fuma mucho y todo esto se te pasará". Leopoldo le tenía miedo. "Algún día cometerá una barbaridad. Hará saltar la oficina a pedazos, con todos nosotros dentro". Lo malo es que le tenía la moral ganada. Carlos multiplicaba mentalmente a una velocidad vertiginosa. "No te asombres -le decía a Leopoldo-. En el manicomio, y el doctor Andújar lo sabe, hay un loco que multiplica mucho más de prisa que yo…"
Había oído hablar de las teorías de José Luis Martínez de Soria sobre el Maligno, sobre Satán; pero decía:
– Nada de Satán. Aquí es el hombre el que destruirá el universo…
Los hechos parecieron dar la razón a Carlos Civil. El gobierno imperial del Japón había decidido "ignorar" el ultimátum de Truman que exigía deponer las armas. En vista de esto, se trazaron todas las disposiciones y el 5 de agosto una bomba atómica -no se sabía exactamente en qué consistía- cayó sobre Hiroshima, "arrasando la ciudad y no dejando apenas supervivientes". Sólo los sabios podrían, tal vez, calcular sus efectos; el resto de los mortales, no. En Gerona se oyó un grito de horror y de protesta. Todo el mundo conectó las radios, que daban noticias contradictorias. Se hablaba de un hongo, de un formidable hongo rojizo emergido de la tierra y que había sepultado Hiroshima. Por qué precisamente esta ciudad? Sin duda se trataba de un aviso, de una sirena de alerta.
El asombro se apoderó de las gentes, sobre todo porque, a través de alguna emisora inglesa, se dijo que, en el momento de ocurrir la catástrofe el presidente Truman se hallaba a bordo del crucero Augusta haciendo gala de buen humor. Y que cuando recibió la noticia: "Misión cumplida", le dijo a la tripulación: "Chicos, les hemos metido en el blanco un pepino de 20000 toneladas de TNT!". Veinte mil toneladas… TNT. Eva, física de profesión, se llevó las manos a la cabeza y no daba crédito a sus oídos. Pero las radios facilitaban detalles. El bombardero que llevaba la carga mortífera había sido bautizado Enola Gay, por el nombre de la madre del piloto, coronel Tibbets.
El 9 de agosto trajo consigo el colofón. Una segunda bomba atómica había caído sobre Nagasaki -donde se encontraba de misionero el hermano del padre Forteza-, con daños comparables a los de Hiroshima. Al parecer, las bombas levantaban un viento de 120 kilómetros por hora, derribando los muros y cuanto les salía al paso y calcinando los cuerpos. Y se decía que sólo en Hiroshima los muertos rebasaban los cien mil y que los supervivientes vomitaban sangre por la boca y que la piel les caía a jirones.
El general Sánchez Bravo diagnosticó:
– El Japón se rendirá… De lo contrario, nadie les impide a los americanos lanzar una tercera bomba sobre Tokio.
Por lo visto no había unanimidad en el alto estamento japonés. Varios generales eran partidarios de la capitulación, otros querían luchar hasta el fin. En definitivas cuentas, pronto se dio a conocer la decisión. El emperador, Hiro Hito, dirigió un mensaje a su pueblo optando por la capitulación. En las ciudades y en las aldeas, ochenta millones de japoneses, que nunca habían oído la voz del emperador, se estremecieron. Capitulación! Y el viento divino, el kamikaze? El viento había alcanzado la velocidad de 120 kilómetros a la hora y los kamikaze, con sus aviones y sus lanchas, se precipitaban al fondo del mar, mientras una serie de generales se hacían el harakiri y grupos de patriotas les imitaban a su vez, prosternados en silencio ante el puente Niju Bashi, entrada principal del palacio imperial.
La capitulación se firmó a bordo del acorazado Missouri. Mac Arthur firmó por parte de los americanos, Shigenitu por parte del Japón. Por lo visto el discurso de Mac Arthur fue magnífico. Significaba el fin de la guerra, que había durado exactamente 2194 días y en la que habían participado 110 millones de hombres. El número de víctimas tardaría mucho tiempo en ser evaluado. Pero Mac Arthur habló de que, pese a todo, aquello suponía el comienzo de la paz y que la vida continuaba sobre la tierra, a excepción, tal vez, de Hiroshima y Nagasaki, pues nadie podía afirmar que la radiactividad permitiera proseguir sobre su suelo la existencia.
Todas las personas que en Gerona empezaban a sobrecogerse ante los detalles de los "campos de exterminio" alemanes, y que antes lo hicieran a través de los bombardeos de Coventry y otras ciudades inglesas, tuvieron un argumento que esgrimir a su favor.
– Nada puede compararse a las bombas atómicas -afirmó el camarada Montaraz, respaldado por el general Sánchez Bravo-. Porque, lo más grave de ellas es que, en el momento de ser lanzadas, se ignoraba por completo la magnitud de los daños que podían ocasionar. Podían radioactivar a toda la población japonesa y contornos! Ah, el presidente Truman. Su responsabilidad es histórica. Más le hubiera valido seguir vendiendo corbatas…
Mateo era de su parecer, tanto más cuanto que la aviación inglesa había coventryzado ya una serie de ciudades alemanas, como Dresde, Bremen, Hamburgo, etc. "Los aliados tampoco se han andado con chiquitas y también la historia los juzgará". Marta se fue a rezar a la iglesia del Sagrado Corazón, donde encontró al padre Forteza, arrodillado, sumido en una profunda meditación…
Manolo y Esther no sabían a qué carta quedarse. Lo sucedido era verdaderamente horrible y resultaba difícil justificarlo. Por último se aferraron a un argumento que les facilitó Moncho, analista de profesión. "Tal vez, de no haber usado las bombas atómicas, las víctimas en el Japón hubieran sido mucho más numerosas, dado el fanatismo de quienes no se querían rendir".
– Hubieran tenido que ocupar el archipiélago palmo a palmo… Me gusta hablar con claridad. Tal vez la fórmula elegida haya sido la correcta.
Moncho dijo esto y se volvió a sus microscopios, mientras Manolo y Esther se sentaban frente a frente, ella en su diván amarillo, él con su batín floreado, en su butacón preferido.
– Qué cosas tiene la vida! -comentó Manolo-. Se ha terminado la guerra y todos deberíamos estar eufóricos; sin embargo, esta inesperada massacre me ha puesto un nudo en la garganta…
– Lo mismo te digo -terció Esther, mientras atendía a Jacinto y Clara, que le reclamaban la merienda-. Siento un dolor extraño; sobre todo, porque ese hongo rojizo presupone una incógnita para el porvenir…
– No creo que estemos tan locos -replicó Manolo-. He leído que el científico Fermi estaba en contra del uso de la bomba. Y quién sabe lo que Einstein andará pensando en su interior!
Esther marcó un silencio.
– Si he de serte sincera, ya no me fío de nada… Ahí tienes a Franco, decretando tres días de fiesta nacional.
– De ése puede esperarse cualquier cosa. Ya habrás oído dónde ha pasado estos días: en su amada Galicia, pintando… -y Manolo se levantó y se fue al ventanal, a contemplar la Rambla.
Esther, viendo merendar a sus hijos, sintió que le ganaba un hambre atroz. Pidió a Rosario que les sirviera el té, con abundancia de pastas. Ello la reanimó. Se atrevió a levantar la taza y decir:
– En fin, brindemos por la terminación de la guerra!
– Brindemos… -repitió Manolo, pidiendo que le añadieran una raja de limón.