38976.fb2 Los ?ltimos Cien D?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

Los ?ltimos Cien D?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

SEGUNDA PARTE. Ofensiva desde el Oeste

Capítulo primero. «Surgirá un telón de acero»

1

El 14 de febrero, Eisenhower fue a reunirse con Montgomery en el cuartel táctico de Zonhoven, Bélgica. El arduo problema del Alto Mando seguía abrumando a Eisenhower, el cual se quejó de «hallarse siempre presionado por Marshall y los jefes de Estado Mayor norteamericanos, quienes le acusaban de ser partidario de los ingleses, e igualmente por el primer ministro (Churchill) y los jefes militares británicos, que a su vez le culpaban de favorecer a los americanos». Preguntó Eisenhower a Monty lo que pensaba acerca de la situación. Como de costumbre, el punto de vista del mariscal de campo era definitivo: si se le consentía realizar el ataque principal ayudado por el Noveno Ejército de Simpson, creía que los resultados serían satisfactorios. En su Diario, Montgomery consignó lo siguiente:

«A Ike le encantó que yo estuviese satisfecho sobre el estado actual de la situación. No hay duda de que estaba preocupado por algo cuando llegó a Zonhoven, y esta preocupación se manifestó también durante nuestras conversaciones.

»Hasta el momento no tengo la menor idea de lo que puede causar su inquietud, pero fue evidente que en cuanto le dije que me hallaba satisfecho con la situación actual del mando militar, se convirtió en un hombre diferente, y su semblante resplandeció de satisfacción.»

Montgomery escribió a Booke expresándole su agrado porque «Ike se mostró de acuerdo en todo lo que estaba haciendo», y prometiéndole dejar a Simpson bajo su mando mientras durase la guerra. «Todo esto es muy satisfactorio, y considero que al fin nos vemos impulsados por un viento favorable para llegar a puerto. Han habido algunas tormentas, pero el cielo se presenta ahora despejado.»

Nueve días más tarde, el río Roer -inundado al destruir los alemanes los embalses- bajó lo suficiente de nivel como para poder iniciarse la «Operación Granada», gran ofensiva en la que tomaban parte trescientos mil hombres. A las 2,45 de la madrugada del 23 de febrero, el Noveno Ejército de Simpson abrió un intenso fuego de artillería. Cuarenta y cinco minutos más tarde cesó el bombardeo, y la oleada inicial, formada por cuatro divisiones de infantería, comenzó a cruzar el Roer, aún bastante crecido, en embarcaciones de asalto. Hubo escasa resistencia por parte del enemigo, al comienzo, pero las agitadas aguas volcaron numerosas embarcaciones y estorbaron la construcción de puentes.

Por el norte, Montgomery había conseguido lo que parecía imposible una semana antes: ordenar la caótica situación. La «Operación Veritable», afectada momentáneamente por la postergación de «Granada», había recuperado su impuso inicial, y esos momentos las tropas avanzaban lenta pero firmemente a través de los llanos inundados. El 30.° Cuerpo de Horroks arrolló las ciudades y pueblos fortificados, y conquistó sus dos principales objetivos, Cleve y Goch, en una de las más duras batallas cuerpo a cuerpo de la guerra.

Montgomery se mostró satisfecho al tener conocimiento de la caída de Goch, considerada como el último gran bastión de la muralla occidental. Pero la siguiente ciudad demostró ser otra Goch, y lo mismo ocurrió con todas las poblaciones que siguieron. Las once divisiones alemanas se apiñaban en la estrecha franja que se extendía entre el Roer y el Rhin, decididas a resistir y luchar hasta su total aniquilación. Era evidente, sin embargo, que los duros éxitos conseguidos por británicos y canadienses, habían hecho más fácil el camino de Simpson. Hacia el anochecer, los americanos habían cruzado el río en un amplio frente, con sólo noventa y dos muertos entre sus efectivos. Al día siguiente, la aviación y la artillería germanas trataron de detener a los ingenieros de Simpson, pero siete brigadas de Clase 40, capaces de transportar carros de asalto, y doce brigadas ligeras, consiguieron pasar el Roer.

En el 25 de febrero, la 30.ª División de Infantería se abrió paso a través del bosque de Hambach. Pocos obstáculos quedaban ya ante Simpson, a excepción de la gran llanura de Colonia, la cual, cruzada por una buena red de carreteras, era en realidad un paraíso para las unidades de carros de asalto. Varios comandos de combate de la 2.ª y la 5.ª divisiones acorazadas irrumpieron a través de las brechas enemigas, y avanzaron rápidamente hacia el Rhin. Sidney Olson, periodista del Time, observó las avanzadas de la 2.ª División Acorazada desde una avioneta. Vio grandes oleadas de carros de asalto norteamericanos avanzar como enormes escarabajos a través de los campos de coles. Luego innumerables camiones llenos de soldados se adelantaron formando una masa impresionante. Para Olson, aquello fue «una de las demostraciones magníficas de la unidad y el perfecto funcionamiento de la maquinaria militar, en un momento de pura acción bélica».

2

Por más que la reacción alemana ante la «Operación Veritable» fue bastante lenta, el cruce del Roer por Simpson tuvo la virtud de poner en claro las intenciones de los Aliados, y el mariscal de campo Gerd von Rundstedt, el anciano comandante del Frente Occidental, se dio cuenta de que con «Veritable» como yunque, y con «Granada» como martillo, dos de sus ejércitos quedarían destruidos, a menos que iniciase una rápida retirada. Pese a la contundencia de los dos ataques que sufría su flanco norte, Von Rundstedt comprendió que el desconcertante Patton suponía una amenaza aún mayor en el sur, y el 25 de febrero pidió a Hitler que le diese nuevas instrucciones, declarando que a menos que se llevase a cabo una retirada general al otro lado del Rhin, el Frente Occidental se desmoronaría en su totalidad.

Este llamamiento desesperado no fue tenido en cuenta, y Von Rundstedt sugirió entonces una retirada más modesta, hasta la confluencia de los ríos Roer y Maas. En esta ocasión Berlín replicó con una seca negativa, a la que siguió el 27 de febrero un mensaje personal de Hitler informando a Rundstedt que no era posible pensar siquiera en una retirada general más allá del Rhin.

En la conferencia que celebró varios días más tarde, Hitler ridiculizó la insistencia de Rundstedt por replegarse.

– Quiero tenerle pegado al muro occidental el mayor tiempo posible. Por encima de todo, debemos curarle la idea de retirarse de allí, porque en el preciso momento en que el enemigo tenga el Sexto Ejército inglés (se refería al Segundo Ejército británico) y las tropas americanas en libertad de acción, se lanzarán todos contra aquí. Este hombre carece por completo de visión. Sólo sería trasladar la catástrofe de un punto a otro. En cuanto me retirase de allí, el enemigo quedaría en libertad de atacar. No puede asegurarme que el enemigo se mantendrá quieto, sin avanzar.

Era casi como si Hitler hubiese escuchado los planes hechos en Yalta para lanzar un ataque por el norte, mientras se resistía en el.sur.

A continuación, el Führer sugirió que se enviasen observadores al Frente Occidental.

– Tenemos que mandar a un par de oficiales allí, aunque sólo tengan un brazo o una pierna. Oficiales que sean buenos elementos, y que puedan obtener una clara visión de lo que allí ocurre.

Siguió diciendo Hitler que no podía confiarse en los informes oficiales, y añadió:

– Sólo sirven para arrojar polvo a nuestros ojos. Todo parece bien explicado, y después nos encontramos con que nada de lo que dicen ha ocurrido.

Por lo que se refería al Frente Oriental, Hitler animó a Himmler para que crease un frente a cualquier precio, incluso reclutando mujeres.

– Muchas mujeres están deseando empuñar un fusil, y podíamos mandarlas allí inmediatamente.

La idea de utilizar mujeres repugnaba a un militar como Guderian, pero éste no dijo nada, y Hitler prosiguió:

– Son muy valientes, y si las colocamos en segunda línea, al menos los hombres no saldrán corriendo. Detrás del Rhin, nadie puede ir contra el enemigo. Eso es lo que hace gracia, sólo piensan en retroceder.

3

Tanto Hodges como Patton habían hecho avances apreciables, pero ambos se veían contenidos por Eisenhower: hasta que Montgomery no hubiese llegado al Rhin, Hodges no podría atacar Colonia, ni Patton tomar Coblenza. Con cierta amargura, Patton dijo a Bradley que la historia criticaría al Alto Mando Americano por su falta de energía. Luego pidió que le dejase «echar una carrera hasta Coblenza». Bradley le dijo que podía hacerlo, si se le presentaba la ocasión. Esta llegó el 27 de febrero cuando la 1.ª División Acorazada, cedida temporalmente a Patton, llegó a diez kilómetros de Tréveris, antigua ciudad situada tan estratégicamente a orillas del Mosela, que una vez desalojados los germanos de allí, tendrían que replegarse hasta el Rhin.

Al anochecer, Patton llamó por teléfono a Bradley manifestando que se hallaba a la vista de Tréveris, y pidiéndole autorización para seguir adelante, aun cuando la 10.ª División Acorazada debía ser devuelta al Alto Mando aquella noche. Bradley declaró que continuase, al menos hasta que Eisenhower ordenase personalmente la devolución de la división. Luego Bradley lanzó una risita y dijo que se alejaría bastante del teléfono. Patton creyó que él y Bradley estaban haciéndole una jugarreta a Eisenhower, pero lo cierto es que la insubordinación de Bradley era totalmente ficticia, ya que él y Eisenhower habían decidido en privado dejar que Patton avanzase más allá del Rhin, acuerdo éste tan secreto que ni los mismos ayudantes de Bradley sabían nada de él.

Así pues, la 10.ª División Acorazada siguió avanzando hacia Tréveris, y poco antes de la medianoche del 28 de febrero, la fuerza de asalto del teniente coronel Jack J. Richardson entró sin mayor oposición en los suburbios del sudeste de la ciudad y capturó, sin disparar un solo tiro, una compañía que defendía un cruce de ferrocarriles. Uno de los prisioneros declaró que su tarea consistía en advertir a los equipos demoledores de puentes, situados en los dos puentes del Mosela, de la llegada de los norteamericanos. Decidido a capturar intactos los puentes, Richardson envió a la mitad de sus hombres al puente norte, que fue volado antes de que llegasen los norteamericanos. La otra mitad de los efectivos se encaminó al Kaiserbrücke, construido en tiempos de los romanos.

El propio Richardson dirigía el avance hacia el Kaiserbrücke. A la luz de la luna llena, pudo ver que sus hombres eran abatidos por las balas de los fusiles disparados desde la otra orilla del Mosela. Ordenó barrer el otro extremo del puente con fuego de ametralladoras, e hizo que lo cruzasen cinco tanques y un pelotón de infantería. Seis alemanes borrachos trataron de volar el extremo opuesto, pero los americanos los abatieron antes de que pudieran poner las cargas.

Al amanecer, dos comandos de combate de la 10.ª División Acorazada, reforzada con efectivos de la 94.ª División, penetraban en la ciudad, rodeando a los asombrados y soñolientos soldados germanos. Con Tréveris y el puente en su poder, Patton podía seguir Mosela arriba hasta Coblenza y el Rhin, o bien dirigirse al sudeste, hacia la región industrial del Sarre. Fuese cual fuere el curso que eligiera, ¿quién podía ya detenerle? En ese momento Patton recibió un mensaje del Alto Mando ordenándole que eludiese Tréveris, ya que necesitaría al menos cuatro divisiones para hacer efectiva su captura. Con singular deleite, Patton replicó: «He tomado Tréveris con dos divisiones. ¿Qué quieren que haga, que la devuelva?»

El mismo día, primero de marzo, los infantes de la 29.ª División de Simpson se apoderaron de Moenchen-Gladbach, la mayor ciudad conquistada hasta el momento, a sólo veinte kilómetros del Rhin. Para Simpson, la «Operación Granada» había sido «como un partido de fútbol, con cada jugada llevada a cabo con toda precisión». Eisenhower giró una visita al cuartel general del Noveno Ejército, y dijo que se hallaba sumamente interesado en los planes de Simpson para apoderarse de un puente sobre el Rhin. En aquella zona había ocho puentes, y un rápido avance podía permitir la captura de uno al menos. Simpson explicó que proyectaba iniciar un ataque al día siguiente hacia uno de los tres puentes de Neuss-Düsseldorf. Eisenhower y Simpson se dirigieron hasta el frente, bajo la lluvia, e inspeccionaron un regimiento de la división que había capturado recientemente Moenchen-Gladbach.

Eisenhower dijo en tal ocasión:

– Quiero anticiparle una noticia confidencial. Dentro de unos días recibirá la visita del primer ministro Churchill. ¿Qué automóvil tiene, para poner a su disposición?

Simpson sólo tenía un «Plymouth». Según parece, alguien en retaguardia se quedaba con los coches que le destinaban.

– Ya me cuidaré de este asunto -manifestó Eisenhower-. Otra cosa, a Churchill le gusta el whisky escocés. Ocúpese de tener una buena provisión a mano.

Los soldados reconocieron a Eisenhower en el asiento delantero del «jeep», y comenzaron a gritar:

– ¡Ahí está Ike!

Los dos generales avanzaron a pie sobre el barro, hasta la falda de una colina, donde se habían reunido 3.600 soldados de infantería. Simpson presentó al Comandante Supremo, el cual habló en términos emocionados durante cinco minutos. Cuando se disponía a marcharse, Eisenhower resbaló y cayó sentado en el barro. Estalló una carcajada general. Eisenhower se puso trabajosamente de pie, y luego sonrió y enlazó sus manos por encima de la cabeza, al estilo de los boxeadores. Hubo un segundo rugido -esta vez una ovación- de los soldados.

Eisenhower también visitó a Montgomery aquel mismo día, y le dijo confidencialmente que estaba al corriente de los manejos de Brooke para hacer que Alexander le fuese asignado como ayudante a cargo de las operaciones terrestres. Una vez más el comandante americano preguntó el parecer de Monty. Este contestó que el fin de la guerra se hallaba próximo, y que el nombramiento de Alexander sólo serviría para suscitar resentimientos en ciertos sectores norteamericanos.

– Por todos los cielos, eliminemos a toda costa cualquier causa de fricción que pueda originarse. Estamos a punto de ganar la guerra en Alemania. Dejemos que Alex siga en Italia. Montgomery recibió a otro visitante de importancia, Churchill, que había llegado al Continente para compartir personalmente las grandes victorias del 21.° Grupo de Ejército. En la mañana del 3 de marzo, Churchill, Brooke y Montgomery se trasladaron en dos «Rolls-Royce» a Maastricht, para hacer una visita a Simpson. El grupo, al que acompañaba un buen número de corresponsales de guerra, se instaló luego en una caravana de coches para efectuar una inspección del campo de batalla.

Por consejo de Montgomery, Simpson tomó asiento junto a Churchill. Un «jeep» se acercó en ese preciso momento, y el soldado que lo conducía entregó un paquetito a Churchill. El primer ministro lo desenvolvió, extrajo de su interior su dentadura postiza, se la colocó en la boca, y comenzó a entretener a Simpson contándole episodios de los días iniciales de la guerra. Dijo haber volado hasta París durante la invasión alemana de 1940, para ofrecer ayuda permanente de Inglaterra. Los dirigentes franceses rechazaron su oferta. Acerca de Dunquerque, explicó:

– Creo que tuvimos suerte, al conseguir que volviesen cincuenta mil soldados.

Cuando la comitiva se aproximaba a un puente erigido sobre una pequeña cañada, Simpson hizo notar:

– Mister Churchill, la frontera entre Holanda y Alemania corre bajo ese puente que está ante nosotros.

– Dígale a su ayudante que pare, y bajemos -dijo Churchill.

El primer ministro cruzó andando el puente, y descendió por la orilla del río hasta una larga fila de «dientes de dragón», una de las defensas germanas contra los carros de asalto. Allí esperó a que se le uniesen Montgomery, Brooke, Simpson y otros generales más.

Desde el puente una multitud de periodistas y fotógrafos observaban interesados la escena. Churchill, que había manifestado tener deseos de ir un momento al excusado, manifestó sonoramente:

– Caballeros, me gustaría que me acompañasen. Orinemos todos sobre el Gran Muro Occidental de Alemania.

En seguida apuntó con un dedo hacia los fotógrafos, que se disponían a empuñar las cámaras, y dijo:

– Esta es una de esas operaciones de guerra que no deben ser reproducidas fotográficamente.

Brooke se hallaba junto al primer ministro, y pudo advertir «el gesto infantil de intensa satisfacción que apareció en su rostro cuando miró hacia abajo, en el momento crítico».

4

Poco antes de marchar en avión hacia el Frente Occidental, Churchill fue requerido en la Cámara de los Comunes, entre una gran controversia, para que aprobase la decisión de la Conferencia de Crimea acerca de Polonia.

– Es evidente que en estos asuntos se basa el futuro del mundo -aseguró-. Los lazos existentes entre los tres grandes potencias se han fortalecido, lo mismo que la mutua comprensión. Estados Unidos han entrado profunda y constructivamente en la vida y la salvación de Europa. Los tres nos hemos dado la mano para lograr compromisos de largo alcance, los cuales son prácticos y solemnes, a la vez.

Una abrumadora mayoría de la Cámara aprobó las decisiones de Yalta, obteniéndose sólo veinticinco votos en contra del Gobierno.

Al día siguiente, 1.° de marzo, Rooselvelt abandonó la Casa Blanca para encaminarse al Capitolio en compañía de su mujer, de su hija Anna y del esposo de ésta. Allí procuraría hacer lo mismo que Churchill: obtener la aprobación de la Conferencia de Yalta por parte de las dos Cámaras del Congreso.

La señora Roosevelt había notado un acentuado cambio en su esposo desde su regreso. Comprobó que necesitaba tomar un descanso en la mitad del día, y que cada vez tenía menos deseos de recibir a la gente. Sólo cuando hablaba de Yalta, su entusiasmo parecía reavivarse.

– ¡Fíjate en el parte de Crimea! ¡Mira el camino que traza! Desde Yalta a Moscú, a San Francisco y Ciudad de Méjico, a Londres, Washington y París, sin olvidar que menciona a Berlín. ¡Ha sido una guerra universal, y ya hemos comenzado a construir una paz universal!

Sam Rosenman, que había trabajado con Roosevelt en el discurso sobre Yalta, tuvo la impresión de que el presidente estaba inquieto, «totalmente gastado», y que el abrumador peso de doce años de presidencia se hacía en él cada vez más palpable. Pero cuando Frances Perkins, secretaria de Trabajo, vio entrar al presidente en la sala de sesiones, quedó agradablemente sorprendida. Roosevelt tenía el semblante alegre, los ojos brillantes, y la piel de color sonrosado. «Este hombre es una maravilla -se dijo a sí misma-. Se encuentra deshecho, pero en cuanto se le proporciona un poco de descanso en un viaje por mar, se reanima en seguida.»

Roosevelt siempre se había dirigido al Congreso desde la tribuna de la Cámara de Representantes. En esos momentos, una mesa sobre la que brillaban varios micrófonos, se encontraba a sólo un metro de la primera fila semicircular de asientos. Entró Roosevelt, seguido por el vicepresidente, Harry Truman, y el presidente de la Cámara, Sam Rayburn. Por vez primera Roosevelt no se puso de pie para hablar.

– Señor vicepresidente, señor presidente de la Cámara, señores representantes -comenzó diciendo Roosevelt-. Espero que sabrán disculparme por la poco habitual actitud de permanecer sentado durante mi discurso. Yo sé que comprenderán que para mí es mucho más fácil no tener que avanzar con los cinco kilos de acero en la parte inferior de mis piernas, y también que acabo de hacer un viaje de veintidós mil quinientos kilómetros.

Era ésa la primera vez que Roosevelt hacía mención pública de su dolencia, y muchos de los que escuchaban por los aparatos de radio quedaron asombrados. Un número sorprendente de norteamericanos ignoraban que su presidente era un inválido. La señora Perkins tuvo la impresión, en cambio, de que lo dijo de modo tan elegante, y demostrando tan poca lástima por sí mismo, que nadie debió de sentirse incomodado. La secretaria de Trabajo quedó también impresionada por el discurso que siguió. En él contestaba cualquier temor que ella podía haber albergado. Truman, por el contrario, pasó por alto el comportamiento de Roosevelt, y Rosenman manifestó después hallarse preocupado por el vacilante e ineficaz discurso, así como por algunas observaciones extemporáneas que bordeaban el ridículo, y que debieron ocurrírsele en aquel mismo momento.

El presidente reseñó los dos propósitos principales de la Conferencia de Yalta: «Provocar la caída de Alemania lo más rápidamente posible, y con la menor pérdida de hombres por parte de los Aliados, y seguir elaborando las bases de u acuerdo internacional, que proporcionase orden y seguridad tras el caos de la guerra, y estableciese una paz duradera entre las naciones del mundo.»

Habló luego de la nueva Organización de Naciones Unidas, y de la primera conferencia, que debería celebrarse en San Francisco, el 25 de abril.

– En esta ocasión no cometeremos el error de esperar hasta el fin de la contienda para poner en marcha el mecanismo de la paz -aseguró-. Esta vez, del mismo modo que hemos luchado juntos para lograr al fin la paz, trabajaremos unidos para evitar que se produzca de nuevo la conflagración.

Si bien el discurso carecía de la habitual elocuencia de Roosevelt, el Congreso quedó impresionado por el coraje y la fuerza de voluntad que demostraba el presidente. Al terminar, éste recibió una afectuosa y sincera ovación.

– En cuanto pueda -dijo Roosevelt a Truman, un momento más tarde-, me trasladaré a Warm Springs para tomar unos días de descanso. Me encontraré perfectamente si permanezco allí durante dos o tres semanas.

Mientras Churchill y Roosevelt estaban hablando a sus respectivos pueblos de lo que se había conseguido en la Conferencia de Crimea, la unidad de los Tres Grandes se vio afectada por una grieta que apareció en Rumania. El representante político de Estados Unidos en Bucarest informó que «el sector violento del Partido Comunista tiene cada vez mayores exigencias, desfigura los hechos y efectúa acusaciones al tiempo que la posición del Gobierno mejora ante el pueblo».

Los periódicos comunistas locales tildaron los esfuerzos de la policía, por deshacer las manifestaciones que se llevaban a cabo contra el gabinete de coalición de Radescu, de «sangrientas matanzas», y exigieron la inmediata disolución del Gobierno.

Varios miembros norteamericanos de la Comisión Aliada de Control para Rumania solicitaron una entrevista para resolver la crisis, pero el presidente de la Comisión, que era soviético, se negó a ello. Como protesta, Harriman escribió a Molotov una nota oficial declarando que los acontecimientos políticos en Rumania debían estar de acuerdo con la Declaración de Europa Libre, como se había convenido en Yalta. La respuesta de Stalin fue enviar a Bucarest al comisario delegado de Asuntos Exteriores, Andrei Vishinsky, bien recordado por su lamentable actuación como acusador durante los juicios de Moscú. En Yalta, Vishinsky sonrió benévolo, y al menos en apariencia resultaba una persona agradable. Pero en Bucarest se volvió amenazador, y ordenó al rey de Rumania que hiciese dimitir inmediatamente al Gobierno de Radescu. Luego le dio dos horas y cinco minutos para que hallase un nuevo jefe de Gobierno y anunciase públicamente el nombramiento. Cuando el ministro de Asuntos Exteriores, Visoianu, protestó manifestando que el rey debía seguir las prácticas constitucionales, Vishinsky le gritó: «¡Cállese!», y se marchó dando un portazo.

Al día siguiente, aproximadamente en el momento en que Roosevelt hablaba al Congreso, el rey de Rumania designaba al príncipe Stirbey como reemplazante de Radescu. Pero los comunistas se negaron a unirse a su Gobierno, y Vishinsky aconsejó al rey que eligiese a Petru Goza, un hombre estrechamente relacionado con los comunistas.

Entretanto, una política más diplomática era puesta en práctica, en un pueblecillo húngaro, por un militar, el mariscal Tolbunkhin, comandante del Tercer Frente ucraniano. Durante los pasados meses, el mariscal de campo Harold Alexander le había enviado varios mensajes, solicitando entrevistarse con él para discutir algunos problemas de índole militar. Se trataba principalmente de que sus respectivas fuerzas se estaban aproximando unas con otras con gran rapidez, y Alexander deseaba evitar una colisión de frente. Actuando en apariencia según instrucciones de Moscú, Tolbukhin ignoró al principio los mensajes, pero como Alexander insistiera cortésmente, al fin se le invitó a trasladarse al cuartel general del Tercer Frente ucraniano en Hungría, con un pequeño grupo de expertos militares ingleses y norteamericanos. El grupo aliado fue llevado en un «C-47» soviético hasta una base aérea secreta situada justamente en la frontera húngara, y luego en automóvil, durante hora y media, por pésimos caminos vecinales. El teniente coronel Charles W. Thayer, jefe de la misión militar norteamericana en Yugoslavia -diplomático de carrera y graduado en West Point-, pidió al general de la misión rusa que le acompañase. Este dijo que no sabía si el lugar estaba en Yugoslavia o en Hungría. Al fin llegaron a un pueblo bastante grande, en el que abundaban las flores y los árboles frutales.

– Aquí está el cuartel general del mariscal Tolbukhin -manifestó el general.

Thayer contó hasta cien chalets pequeños. No había tránsito de vehículos, ni teléfono, ni ninguno de los elementos propios de un cuartel general. Incluso se advertía un escaso número de centinelas. El grupo de militares aliados fue acompañado hasta el chalet en que estaba localizado el puesto de mando de Tolbukhin. Después de una breve espera, se presentó el mariscal, que dio a Thayer la impresión de haber salido «directamente de la novela «La Guerra y la Paz ». Tolbukhin era alto, robusto y tenía la cara redonda y escaso pelo. Al general inglés Terence Airey, jefe de Inteligencia de Alexander, también le pareció un típico oficial imperial de los días anteriores a la Revolución, con su aspecto impresionante y su carácter expansivo.

Tolbukhin ocultó cualquier resentimiento que sintiese por haberse visto forzado a conferenciar con Alexander, y saludó a sus visitantes con vehementes manifestaciones. Primero sugirió que tomasen un ligero refrigerio, y les condujo hasta el comedor, donde para empezar comieron jamón, sardinas, arenque en escabeche, queso, todo regado con vodka. Thayer se dio cuenta de que al mariscal le llenaban el vaso con un recipiente especial. Tolbukhin advirtió que le observaban, y jovialmente condenó a Thayer a tomar tres vasos de vodka seguidos por espiar.

Después del desayuno, y mientras los especialistas militares se hallaban conferenciando, Thayer y el general de brigada Fitzroy Mac Lean -enviado a Yugoslavia por Churchill- dieron un paseo por el pueblo. Se trataba de la instalación militar más singular que habían visto jamás, al punto de que parecía que Tolbukhin y sus ayudantes hubiesen llegado allí sólo unas horas antes. A Thayer le hizo recordar los pueblos ficticios que Potemkin, el favorito de Catalina la Grande, hacía construir para complacer a su regia amante.

Para Alexander la reunión resultó amistosa, pero carente de frutos. Pidió disculpas por la muerte accidental de un comandante del Ejército Rojo, causada por unos cazas Aliados, y manifestó que si Tolbukhin le informase de la situación de las líneas del frente, esos lamentables accidentes no se producirían. Tolbukhin manifestó que el referido comandante había sido uno de sus mejores amigos, y añadió con resignación:

– De nada vale solicitar la situación del frente. Moscú dice que no.

En un banquete celebrado por la noche, sirvieron un enorme esturión, pavos asados y lechones cebados. Todo ello acompañado con abundante vodka, champaña de Crimea y espeso coñac del Cáucaso. Por fin, los servidores introdujeron en el comedor, con toda ceremonia, una gran tarta helada, adornada con figurillas alegóricas y símbolos patrióticos. Siguieron los brindis, y el ambiente se volvió tan liberal, que al cabo todos los comensales se hablaban a gritos de un extremo a otro de la enorme mesa. Un general de cuatro estrellas del Ejército Rojo preguntó a Mac Lean dónde había aprendido a hablar tan bien el ruso. Cuando el general inglés le dijo que había estado en la Unión Soviética durante los Juicios de Moscú, el afectuoso rostro del ruso se ensombreció súbitamente.

– Debe de haber sido una época difícil de comprender para un extranjero -manifestó, y se volvió a hablar con el comensal que tenía al otro lado.

Después del banquete, un teniente general soviético acompañó a Alexander hasta su alojamiento, y Thayer fue con ellos como intérprete. Al entrar en el chalet destinado a Alexander, encontraron en su interior a una atrayente rubia con uniforme soviético, durmiendo en un catre.

– ¿Quién es, puede saberse?-inquirió cortésmente Alexander. El general ruso parpadeó, desconcertado, y al cabo manifestó:

– Es que de ordinario vive en esta casa. Debe de haber vuelto inconscientemente.

– ¿Cómo una paloma?-preguntó Alexander.

Despertaron a la muchacha y la hicieron salir del aposento. Thayer, por su parte, encontró también a una chica de uniforme en las habitaciones que compartía con el general de división Lyman Lemnitzer, un militar americano que integraba el personal de Alexander.

– ¡Pero qué demonios pasa aquí! -exclamó Lemnitzer-. ¿Para qué es esta auxiliar?

Thayer explicó que seguramente se trataba de una asistente.

– Dormirá en la habitación de al lado, no tiene por qué preocuparse.

En aquella habitación, la muchacha había hecho la cama para Thyer en el catre. Cuando éste estuvo acostado, le arropó como si 'fuera un niño y le trajo un vaso de leche caliente. Luego la chica se envolvió en un abrigo y se acostó en el suelo. Thayer se despertó a las cinco de la mañana, cuando la muchacha le empezó a lavar la cara con un trapo empapado en agua fría. Después de haberle afeitado, la joven dijo:

– Ahora abra la boca, que le voy a limpiar los dientes.

El desayuno con Tolbukhin comenzó y terminó como de costumbre, con vodka, por lo que la mayoría de los componentes de la misión aliada recordaban bastante poco de su viaje cuando se despertaron en Belgrado al día siguiente. Indudablemente, Moscú lo había planeado así de antemano.

En Bucarest habían pasado varios días desde que Vishinsky pidiera al rey de Rumania que formase un nuevo Gobierno encabezado por Groza, el candidato soviético. Los ministros del rey se mostraban indecisos, y al fin, el 5 de marzo, Vishinsky perdió la paciencia y ordenó al monarca que anunciase la formación del Gobierno de Groza aquel mismo día. De no hacerlo así, gritó Vishinsky, la Unión Soviética lo consideraría como un acto hostil. A las siete de la tarde, el nuevo Gabinete, integrado por trece partidarios de Groza y cuatro representantes de otros partidos, daba su juramento de fidelidad. Sin elecciones, y por medio de amenazas, el comunismo había entrado en Rumania.

Harriman protestó, como lo había hecho desde que comenzó la crisis, pero se limitaron a contestarle cortésmente que el antiguo Gobierno fue eliminado por fascista. Actuando como si fueran los únicos defensores de la democracia, los soviéticos declararon además que «la política terrorista de Radescu, que era incompatible con los principios demócratas, había quedado superada con la formación de un nuevo Gobierno».

Por una de las ironías de la política, Goebbels había escrito hacía poco un artículo titulado «El año 2000», previniendo al Occidente acerca de semejante duplicidad. Pero, ¿quién podía creer en un enemigo, especialmente cuando mezclaba tan liberalmente la fantasía con la realidad?

«…En la conferencia de Yalta, los tres dirigentes enemigos, a fin de llevar a cabo su programa de aniquilación y exterminio del pueblo alemán, han decidido ocupar Alemania hasta el año 2000…

»¡Qué vacío debe de estar el cerebro de esos tres personajes, o al menos el de dos de ellos! Ya que el tercero, Stalin, ha trazado sus planes para mucho más adelante que sus dos compañeros…

»Si el pueblo alemán se rinde, los soviéticos ocuparán… todo el este y el sudeste de Europa, además de la mayor parte de Alemania. Delante de este enorme territorio, incluyendo la Unión Soviética, surgirá un telón de acero… El resto de Europa caerá en un caos político que será el período de preparación para la llegada del bolchevismo…»

Aunque Goebbels no hubiera hecho otra cosa, con las palabras «telón de acero» inventó una frase que los occidentales deberían estudiar detenidamente, y que luego manifestaron haber inventado ellos mismos.

Capítulo segundo. Pleamar y bajamar

1

Un período de calma había descendido sobre el Frente Oriental. En parte se trataba de un simple efecto de estrategia, ya que la tremenda ofensiva soviética había dejado a sus tropas escasas de aprovisionamiento. En parte era también el resultado de la valiente, aunque desordenada defensa germana. El Primer Frente ucraniano, de Koniev, había encontrado cada vez mayor resistencia en las tropas de Schoerner, y aunque Zhukov había tendido tres pequeñas cabezas de puente sobre el Oder, estaba hallando una firme oposición en Francfort, Kütrin y Schwedt. Por otra parte, el limitado ataque de Steiner en el Norte, había provocado tal alarma en el Alto Mando del Ejército Rojo, que se decidió suspender el avance hacia Berlín, hasta que se hubiesen taponado las brechas.

La preocupación de Hitler ante la amenaza soviética quedó de manifiesto cuando trasladó a uno de sus mejores comandantes al Frente Oriental, desde otro frente que estaba a punto de hundirse. Hitler ordenó al barón Hasso von Manteuffel, cuyo Quinto Ejército Panzer había constituido la avanzada de la batalla del Bulge, que tomase un importante sector del río Oder. Manteuffel era un joven y enérgico general, nieto de un gran héroe militar. Pese a medir escasamente un metro sesenta, había sido un gran jinete, y además de ser campeón alemán de pentatlón personificaba la mejor tradición militar prusiana. Era uno de los pocos que osaba mostrarse en desacuerdo con Hitler, y en una ocasión incluso desobedeció una orden directa del Führer. Albert Speer, ministro de Armamento y Producción de Guerra, y antiguo amigo de Manteuffel, le había rogado que no destruyese los puentes, presas y fábricas de la importante zona industrial de Colonia-Dusseldorf, ya que en este caso el pueblo alemán se vería sumamente perjudicado después de la guerra. Manteuffel estaba de acuerdo, y no pensaba destruir tales efectivos más que en caso de ineludible necesidad estratégica.

El 3 de marzo, Von Keitel se encontró con Manteuffel en una antesala de la Cancillería del Reich, y le dijo con gesto preocupado:

– Manteuffel, es usted joven e impetuoso. No le ponga nervioso. No le cuente demasiadas cosas.

Un momento más tarde, el pequeño general fue introducido en el despacho del Führer, donde halló a Hitler derrumbado en su sillón, como un anciano. Antes de la batalla del Bulge, cuando discutieron acerca de los planes de ataque, Hitler ya parecía encontrarse mal. Ahora su aspecto era aún más deplorable. Hitler alzó la mirada, y en lugar de saludar a Manteuffel con su habitual cordialidad, exclamó:

– ¡Todos los generales son unos mentirosos!

Era la primera vez que Hitler le levantaba la voz, y Manteuffel se sintió ofendido.

– ¿Sabe acaso el Führer que el general Von Manteuffel y sus oficiales son unos mentirosos?¿Quién le ha dicho eso?

El único testigo, el ayudante militar de Hitler, se hallaba allí presente, de pie y en silencio. Hitler parpadeó nerviosamente y manifestó que no se había referido concretamente a Manteuffel y sus generales. Luego, ya más sereno, explicó cortésmente la situación. Manteuffel quedó anonadado ante la ignorancia de Hitler acerca de la superioridad de los Aliados en el aire, y tuvo que explicarle que en la zona del Rhin no había vehículo alguno, fuesen convoyes o camiones aislados, que pudieran desplazarse sin ser atacados por los aparatos aliados.

– Cuesta creer eso -comentó escuetamente el Führer.

– En los pasados meses, tres camionetas, en una de las cuales yo mismo viajaba, fueron alcanzadas por el fuego de los aviones enemigos -explicó Manteuffel, y Hitler quedó asombrado. El Führer dijo entonces que la calma en el Frente Oriental era sólo momentánea. Zhukov se hallaba ante el Oder, a una hora de Berlín, por carretera, con más de 750.000 soldados. Para proteger la capital, Himmler había reorganizado por completo el Grupo de Ejército Vístula. Todas las fuerzas disponibles habían sido reunidas en dos ejércitos: uno más allá de Frankfurt y Küstrin, que mandaba el general Theodor Busse, y el otro a la izquierda de este último, formando una línea que iba hasta el mar Báltico. Este segundo ejército tenía necesidad de un hombre que conociera la forma de luchar contra los rusos, aseguró Hitler, y pidió a Monteuffel que informase de ello inmediatamente al reichsführer Himmler, en su cuartel general. Manteuffel ya había oído que Himmler ostentaba el mando nominal del grupo de ejército, lo cual le parecía demasiado absurdo, y no pudo evitar preguntar al Führer la razón de que hubiera sido elegida esa persona.

Hitler se limitó a encogerse de hombros, y dijo, como si quisiera disculparse:

– Himmler ha sido nombrado comandante en jefe, sólo como un gesto de carácter político.

Cuando Manteuffel pasaba por la antesala, tras la entrevista con el Führer, Von Keitel se le acercó.

– He oído lo que le ha dicho al Führer -dijo con tono de reproche-. No debería usted hacer eso. El ya tiene bastantes preocupaciones.

2

En Wugarten, pueblo situado en la otra orilla del Oder, la tensión había disminuido algo, entretanto. Los prisioneros aliados que mandaba el coronel Fuller ya no temían el contraataque alemán procedente del norte. Su mayor preocupación era, en esos momentos, los rusos, que se preparaban para el asalto a Berlín. Cada pocos días una nueva unidad soviética pasaba por la ciudad, violando y cometiendo toda clase de desmanes. En cierta ocasión en que Fuller protestó ante un general ruso por el desastroso comportamiento de sus soldados, éste replicó:

– Debe usted recordar, coronel, que todas las mujeres son propiedad del Ejército Rojo. Es mejor que no moleste más a mis hombres.

Para empeorar la situación, la escasez de alimentos en el pueblo había llegado a un nivel crítico. Y cuando el 4 de marzo, el tan prometido camión de suministros soviéticos llegó al pueblo, sólo dejó dieciséis cajas de tabaco, y una carta del Cuartel General informando a Fuller que dentro de unas horas llegarían a Wugarten varios camiones para transportar al Este a los prisioneros americanos, para su repatriación. Al amanecer, los habitantes del pueblo contemplaron en silencio cómo sus protectores trepaban a cinco camiones. Antes de marcharse, Fuller recomendó que el capitán Foch, pariente del famoso mariscal, fuese colocado al mando de los restantes prisioneros. Para los italianos, ésta era la ofensa definitiva que se infería a su jefe, el general Geloso.

Fuller hizo subir a su camión a Hegel, el intérprete alemán que pasaba por americano, y le advirtió que no se dejase ver cuando pasaran por las ciudades. En una de las paradas que hicieron para descansar, el capitán Donald Gilinski observó que en una zanja yacía un soldado ruso, y dijo a un sargento soviético que tomase el nombre y el número de serie del muerto.

– ¿Por qué?

– A fin de que en su División lo sepan.

– ¿Eso para qué?

– Para que lo notifiquen a sus familiares.

– Bueno, cuando vean que no vuelve, sabrán que ha muerto -replicó el sargento.

Cuanto más se acercaban a Posen, más excitado se ponía Hegel, ante la perspectiva de ver a su mujer y su hijo. Fuller y otros oficiales norteamericanos volvieron a advertirle que no se pusiera en evidencia, ya que si le descubrían, todos sufrirían las consecuencias. Cuando pasaban por la calle en que vivía Hegel, éste no pudo resistir la tentación de echar un vistazo desde el camión, pero un oficial americano le empujó hacia adentro.

Siguieron por las calles de la ciudad hasta llegar al gran campamento de prisioneros de guerra de la localidad de Wrzesnia, el cual se hallaba atestado de norteamericanos, ingleses, franceses, polacos, yugoslavos, rumanos e italianos. Entre ellos se contaba también un brasileño, el único de este país. Un grupo de americanos que había desembarcado con Fuller en Normandía, le recibió con todo entusiasmo. Pero la reacción de los británicos fue bastante fría, y uno de los soldados rasos ingleses se acercó incluso al desprevenido Fuller y le derribó al suelo de un golpe.

– Pero, ¿qué le ocurre a este infeliz?-inquirió Fuller. -Siente tentación de golpear a todo aquel que tiene aspecto de oficial -explicó otro soldado británico.

En la noche siguiente, todos los norteamericanos y británicos del campamento subieron a un tren destinado a Varsovia y luego a Odesa. Desde allí serían llevados a Italia en buques británicos.

Cuando el grupo de Fuller se acercaba a la capital de Polonia, dos jóvenes polacos trataban por su parte de huir de Varsovia para no ser ejecutados por los rusos.

Uno era Jan Krok Paszkowski, de dieciocho años, hijo de un comandante de división capturado por los alemanes en 1939, el cual aún seguía prisionero de los nazis. El hermano de Jan, un teniente del ejército, había luchado contra los rusos mientras su padre hacia lo propio contra los germanos. Luego se unió a la resistencia polaca, pero fue capturado por los nazis y ejecutado en Maidenek. Imitando a su hermano, Jan se hizo guerrillero. Luchó con las desafortunadas tropas del general Bor, durante el levantamiento de Varsovia, y fue herido dos veces. El y otros trescientos trataron de escapar por las cloacas, pero la inundación de las mismas les obligó a salir…, justamente frente al cuartel general de la policía alemana. Cuando los llevaban al lugar de ejecución, Jan logró huir una vez más, y con la ayuda de unos campesinos se ocultó en una casa que tenía la familia en los alrededores de la ciudad.

En cuanto se inició la gran ofensiva soviética del 12 de enero, y los rusos hubieron cruzado el río Vístula, el ejército polaco quedó disuelto, y se aseguró que Polonia sería libre. Pero era evidente que Stalin pretendía hacer del país un satélite comunista, en lugar de liberarlo, y la mayor parte de los componentes de este ejército, incluyendo a Jan, volvieron a la resistencia, una vez más.

A principios de marzo, Jan se enteró de que los rusos iban a detenerlo a causa de su participación en el levantamiento de Varsovia, y decidió huir al Oeste. Oyó entonces un rumor según el cual los alemanes iban a iniciar un contraataque en las proximidades de la frontera polaco-checoslovaca. Jan y otro joven partisano pensaron escapar a través de la línea de batalla, en la confusión de la misma, y tomaron un tren para Katowice, en el sur de Polonia. Jan vestía un viejo frac raído (que le habían proporcionado los miembros de la resistencia, junto con dos monedas de oro que valían en total unos diez dólares), y calzaba botas altas de caballería, pero no causó demasiada curiosidad, ya que por aquella época las indumentarias eran lo más variadas que pueda imaginarse.

Katowice se había convertido en la Meca de las personas desplazadas y los oportunistas. La curiosidad de los dos amigos se vio de pronto espoleada por un letrero que campeaba en la parte exterior de una tienda, y que decía: «SOCIEDAD DE TERRITORIOS OCCIDENTALES». Una vez dentro, se enteraron que por unas cuantas botellas de vodka podían hacerse con nuevos documentos de identidad, que les permitirían establecerse en los territorios alemanes prometidos a Polonia en Yalta. Jan sospechó que se trataba de una pandilla de truhanes. Así era, en efecto, pero también se enteraron de que por alguna razón desconocida, los rusos aceptaban aquellos documentos de identidad.

Al día siguiente, los dos jóvenes provistos de sus nuevos documentos de identidad, se aproximaron a un puente que cruzaba el Oder. Los detuvieron en un puesto de control ruso, y los llevaron junto con otros a un vallado que se encontraba al este del río. Allí dijeron a un oficial de la NKVD que habían sido enviados por la Sociedad de Territorios Occidentales para organizar el establecimiento de colonos en Neisse, una antigua ciudad alemana situada a unos sesenta kilómetros al oeste del río del mismo nombre, cerca de la frontera checa. Los rusos creyeron su historia, y les dieron un salvoconducto que les permitía viajar en cualquier vehículo soviético. Mediada la tarde, los dos muchachos volvían a dirigirse hacia el oeste, y cruzaban el Oder en un camión ruso. Al anochecer el camión se detuvo cerca del puente que daba acceso a la carretera de Neisse, y les dijeron que se apearan. Al encaminarse hacia el puente alcanzaron a ver la ciudad en llamas, al otro lado del río, y oyeron también varias ráfagas de ametralladoras.

En el puente había dos puestos de control. Pasaron libremente el primero, pero les detuvieron en el segundo, donde les dijeron que allí se hallaba la nueva frontera entre Polonia y Alemania. Jan señaló hacia la ciudad incendiada -conocida como la Roma de Silesia- e inquirió si podía contribuir a salvar los históricos edificios de Neisse, ciudad que iba a formar parte de la nueva Polonia. Este argumento satisfizo de tal modo a un comandante ruso, que no sólo ordenó que les franquearan el paso, sino que mandó a un teniente y un soldado que los acompañasen. Mientras se encaminaban a la ciudad, el soldado raso, un hombre joven y fornido, les dijo:

– He sido oficial, pero me degradaron por matar a otro oficial que estaba violando a una muchacha.

Jan sospechó que se trataba de un miembro del NKVD que actuaba como espía, pues el teniente ruso le trataba con gran respeto.

En la ciudad, el pequeño grupo trató de reclutar soldados para apagar los incendios, pero todos ellos se hallaban ocupados en saquear los domicilios. Los rusos vagaban borrachos por las calles, disparando a sus propia imágenes, reflejadas en los cristales de las ventanas.

– ¡Los comunistas no actuamos como bestias salvajes! -gritaba en vano el fornido soldado soviético-. ¡Vosotros sois comunistas, lo mismo que yo, y no debéis incendiar una ciudad polaca! ¡Ellos y nosotros somos hermanos!

Sin ayuda alguna, los cuatro consiguieron al fin salvar unos pocos edificios durante la agotadora noche, y al amanecer el viejo frac de Jan estaba literalmente hecho jirones. El soldado ruso proporcionó nuevos trajes a los dos polacos, y les entregó unas escarapelas rojas y blancas, para que no los matasen por error.

Por la noche, los llevaron a un rancho de oficiales, donde se celebraba una fiesta, y allí fueron presentados como representantes del «primer Gobierno polaco». Jan tomó asiento entre dos agraciadas muchachas, oficiales del Ejército Rojo, que hablaban un polaco inteligible, pero que se mostraron muy atentas.

Mientras comían, siete músicos -prisioneros civiles alemanes, cada uno de ellos con un brazalete que decía «músico»-, interpretaron algunas piezas populares occidentales. Después de la cena, se inició,una extraña diversión. Los hombres comenzaron a bailar solos, o bien entre sí, pero rara vez con las muchachas. El entretenimiento prosiguió con renovado vigor hasta las tres de la mañana, y para aquel entonces los dos jóvenes polacos estaban tan imbuidos de su papel, que casi se lo creían ellos mismos.

Cuando se hizo de día, comprendieron que lo mejor era marcharse mientras aún tenían ocasión, pero antes de que llegaran al extremo occidental de la ciudad, dos coches se aproximaron a ellos, seguidos de un camión lleno de soldados que agitaban banderas polacas. Uno de los coches se detuvo, y de él bajaron las dos mujeres oficiales, vestidas ahora de calle. Ante la consternación de Jan, una de ellas le habló en correcto polaco.

– Nos alegra que se encuentren aquí -manifestó la muchacha-. Hemos venido para establecer el primer grupo de autoridades comunistas.

Luego presentó a los que iban en el coche como camaradas del Partido, y preguntó si podían ayudarles en algo.

El amigo de Jan pensó con rapidez, y manifestó: -Pertenecemos al departamento de cultura, y nuestra tarea es salvar los edificios de valor artístico y los museos.

Esta añagaza pareció lógica a los comunistas, pues no tardaron en instalar a los dos jóvenes en un despacho, proporcionándoles también un camión y un permiso para viajar hasta la frontera de Checoslovaquia, a fin de recuperar piezas valiosas de museo. Incluso les facilitaron cómodo alojamiento en un yate fondeado en el río. Todo lo que tenían que hacer, desde entonces, era descansar y esperar la hora de la victoria.

3

El rumor que Jan había oído, acerca de una contraofensiva alemana junto a la frontera checa, no carecía de fundamentos. Hitler estaba planeando, efectivamente, una ofensiva relámpago bien al sur, en Hungría concretamente, donde los rusos se preparaban a su vez para atacar la ciudad de Viena. Hitler tenía esperanzas de evitarlo atacando el primero, y ordenó a los Ejércitos Panzer Primero y Sexto que lanzasen una ofensiva desde el lago Balaton hasta un punto del Danubio situado al sur de Budapest, con el fin de dividir el Tercer Frente ucraniano del mariscal Tolbukhin en dos partes. Los alemanes se dirigían entonces sobre el norte, y aplastarían al Segundo Frente ucraniano del general Malinovsky. Como puede verse, la tarea del Sexto Ejército Panzer, mandado por el excéntrico general de las SS Sepp Dietrich, era sencilla, aunque descabellada al mismo tiempo. En un reciente y vano intento por salvar a Budapest, que se hallaba cercada, su ejército había perdido al menos el treinta por ciento de los tanques y de la infantería. Y ahora se proyectaba que avanzase más allá del Danubio.

El 3 de marzo uno de los hombres que iba a dirigir el ataque, el SS obersturmbannführer (teniente coronel) Fritz Hagen [19] fue a reconocer las posiciones de sus efectivos. Estaba lloviendo en esos momentos, y el joven Hagen, que era uno de los comandantes de carros de asalto más enérgicos del Waffen SS, y había ganado varias condecoraciones, dijo a su chófer que detuviera el vehículo. Señaló entonces hacia el vasto cenagal que se extendía ante ellos, y declaró a sus acompañantes:

– Señores, estamos ahora ante nuestro campo de batalla. Todos se echaron a reír, pero en seguida comprendieron el sarcasmo de Hagen.

En cuanto éste hubo regresado a Veszprém, llamó por teléfono al cuartel general del Cuerpo y manifestó:

– Lo que yo tengo son tanques, no submarinos. Tómenlo como les parezca, pero no pienso hacerlo.

– Tenga calma -le dijeron-. Estamos procurando solucionar ese obstáculo.

El cuartel general informó acerca de las desfavorables condiciones del tiempo al comandante del Grupo de Ejército Sur, general Otto Woehler, el cual prometió hablar a Hitler de un posible aplazamiento del ataque. Se ordenó a Hagen que trasladase sus tropas a las proximidades del punto de ataque, y que esperase allí hasta conocer la decisión del Führer. Sin embargo, el tiempo no era el único problema que tenía Hagen. A su izquierda, dos oficiales soviéticos se habían rendido a un alemán, el teniente Erich Kernmayr. Uno de los rusos era ucraniano, el otro, oriundo del Uzbekistán, era un ardiente comunista que creía que Stalin había traicionado a Marx y a Lenin, volviéndose imperialista. En cuanto al primero, manifestó hallarse harto de bolcheviques. Ambos revelaron que unos tres mil vehículos blindados soviéticos se hallaban preparados para atacar en masa.

Si no se aplazaba el ataque del Sexto Ejército Panzer, los alemanes serían aplastados en esa rara posibilidad que teme todo militar: un encuentro en que dos grandes fuerzas de asalto chocan con tremendo impacto.

Kernmayr acompañó personalmente a los dos rusos hasta el cuartel general del Grupo de Ejército Sur, pero el oficial de Inteligencia de Woehler, oberstleutnant (teniente coronel) conde Von Rittberg, no compartía su alarma. Rittberg dijo que el hecho era «muy interesante» y «que hablaría de ello al general durante la comida». Las horas pasaron mientras Kernmayr esperaba. Entretanto, Rittberg cabalgaba, jugaba al ajedrez y asistía a una fiesta de cumpleaños. Era casi de noche cuando regresó.

– El general se ha mostrado muy interesado por el relato de usted -dijo alegremente-. Verdaderamente interesado. Salude en mi nombre al general Gille.

Como Rittberg observase el gesto de consternación de Kernmayr, preguntó:

– ¿Hay algo más?

– Pero, ¿qué vamos a hacer?¿Qué debo informar? Comprenda que se trata de una amenaza sumamente peligrosa sobre nuestro flanco.

– Mi querido amigo -manifestó el conde Rittberg-, no se preocupe. Tienen ustedes al 25.° de húsares húngaros…

Kernmayr le recordó que los húngaros sólo disponían de dos ametralladoras por cada compañía.

– Todo está previsto, querido amigo. El Grupo de Ejército procederá según convenga -concluyó Rittberg.

Pero, lo cierto es que nada se hizo, y el 4 de marzo Hitler ordenó a Woehler por radio que comenzase la ofensiva según se había planeado. Al día siguiente, las tres divisiones de tanques que encabezarían el ataque de Dietrich, se situaron en sus posiciones, seguidas de dieciséis divisiones que irrumpirían por la brecha. Una frase se divulgó entonces de unidad en unidad: «¡Regalar al Führer los pozos de petróleo rumanos, para' su cumpleaños!»

A medianoche el grupo de batalla de Hagen se aproximó a su punto de partida. Los tanques, con el agua hasta la parte inferior de la carrocería, avanzaban lentamente mientras la infantería seguía en silencio y en fila india, a través de la intensa oscuridad reinante. Un gris amanecer reveló después las planicies cubiertas de agua. De pronto, las granadas de los cañones alemanes silbaron sobre sus cabezas en un atronador bombardeo. Los atacantes se miraron con orgullo, y en ese momento la artillería rusa inició a su vez tal fuego que eclipsó por completo el de los germanos. El espectáculo era aterrador y mortífero. Los infantes germanos se vieron atrapados, e incapaces de cavar hoyos en el cieno, quedaron muertos o heridos en su mayoría.

Hagen llamó por teléfono a sus comandantes sugiriendo que no se atacase a las ocho de la mañana, como estaba previsto, sino que se hiciese lo más pronto posible, pues no tenía idea de lo que podía ocurrir más tarde. Los puestos de observación húngaros, instalados sobre plataformas de madera, informaron que no alcanzaban a divisar nada. De todos modos, Hagen dio la orden de poner en marcha los motores de los tanques, pero ninguno arrancó, ya que el combustible se había mezclado con el agua. Algunos voluntarios se arrastraron debajo de los carros de asalto, reteniendo la respiración cuando el agua helada sumergía sus cabezas, y vaciaron la gasolina aguada en los depósitos, en tanto que otros soldados recorrían la zona en busca de más combustible. Al mediodía, el grupo de batalla de Hagen, provisto de nueva gasolina conseguida casi a punta de pistola, de otra unidad, puso en marcha sus motores, disponiéndose a iniciar el ataque.

4

A las nueve de la noche del 4 de marzo, recibió un norteamericano, por vez primera, la orden de cruzar el Rhin, si ello era posible. El coronel Edward Kimball, del Comando de Combate B, perteneciente a la 8.ª División Blindada, recibió la orden de tomar Reheinberg, una pequeña ciudad situada a sólo tres kilómetros del río, en el extremo norte de la línea de Simpson.

– Siga adelante -le ordenaron-, y si la situación no es muy comprometida en Rheinberg, cruce el Rhin y establezca una cabeza de puente en la otra orilla.

Kimball tenía que tomar Rheinberg en la noche del día siguiente, antes de que los alemanes se diesen cuenta del ataque. El coronel americano estaba impaciente por avanzar. Era la primera vez que tenía preferencia en unas operaciones.

Bajo la grisácea luz del amanecer, los primeros efectivos pasaron a través de la línea defendida por la 35.ª División de Infantería, rumbo a Kamp-Lintfort, a trece kilómetros hacia el Noroeste. A otros ocho kilómetros más adelante se encontraba Rheinberg. Encabezaba el ataque la Fuerza de Combate Roseborough, que era esencialmente una unidad de infantería, y que tenía por misión apoderarse de Kamp-Lintfort y avanzar hasta Rheinberg. Por su parte, la Fuerza de Combate Van Housten, unidad acorazada, seguiría a la primera y tendría como objetivo la ciudad de Rheinberg. El optimismo era general entre los americanos, pues según informes fidedignos, entre ellos y el Rhin sólo había trescientos desmoralizados soldados germanos. Por la noche podían estar haciendo historia.

La Fuerza de Combate Roseborough encontró escasa resistencia en Kamp-Lintfort, pero a las tres en punto llegaron a Kimball noticias inquietantes del frente: el capitán Tucker, comandante de las tropas de reconocimiento, informó que «se había desatado el infierno» cuando sus hombres se aproximaban a Rheinberg. Era evidente que la pequeña ciudad se hallaba defendida por algo más que por trescientos soldados y tres baterías. Kimball pensó que era ya demasiado tarde para solicitar un ataque aéreo. La única solución residía en efectuar un rápido y demoledor asalto con los tanques apoyados por la infantería. Kimball manifestó entonces al teniente coronel Van Houten haber encontrado una inesperada resistencia en Rheinberg, y le ordenó que cruzase con el grueso de sus fuerzas a través de las atascadas unidades de reconocimiento, para avanzar y apoderarse luego de la ciudad. No tardó Van Houten en hallarse cargando, por la llanura, con sus tanques. Sin embargo, el terreno no era apropiado para los carros de asalto, ya que había numerosos canales que recorrían sinuosamente el suelo, y sólo se observaban escasos bosquecillos, que apenas si ocultaban la maniobra de ataque.

Pocos minutos más tarde, Van Houten se aproximó al hombre que le había informado acerca de las dificultades surgidas en Rheinberg, el capitán Tucker.

– Duplique los efectivos de reconocimiento, y siga atacando -ordenó Van Houten.

Tucker se dirigió hacia el Este, y casi en seguida atrajo el fuego del enemigo. Pero él contestó y prosiguió adelante. Van Houten le vio dirigirse hacia el Norte, y le ordenó por radio:

– ¡Siga hacia la derecha!

– ¡Estoy matando alemanes a derecha e izquierda! -fue la contestación de Tucker.

Pero los infantes ya no se hallaban detrás de él, y al cabo de media hora sufrieron los embates del fuego enemigo. Cuando Van Houten lo observó, ordenó a Tucker que colocase sus tanques delante de la infantería.

– Diríjase hacia Rheinburg y ataque desde el Sudoeste -añadió Van Houten.

Tucker hizo lo que le ordenaban y avanzó sobre la ciudad bordeando un canal, con los infantes encaramados sobre los tanques, hasta que tuvieron que bajarse a causa del intenso fuego antitanque y de morteros.

A su derecha, la compañía B también estaba atacando Rheinberg. El capitán David Kelley dirigía esta columna en un rápido avance hacia los suburbios del sur de la ciudad. Era un pequeño distrito de calles sinuosas y antiguos edificios rodeados por los restos de una vieja muralla. En cuanto el fuego antitanque comenzó a estallar por todas partes, Kelley retrocedió para reunir a su compañía que, algo desconcertada, se había dispersado a lo largo de la carretera.

– ¿Puedo mantener mi posición en este lugar?-preguntó por radio a Kimball, y añadió que necesitaba ayuda de la infantería, antes de intentar de nuevo el asalto de la ciudad. Sólo le quedaban siete tanques. Kimball se mostró de acuerdo. Un momento más tarde Van Houten llamó a Kimball para decir que no deseaba que los tanques penetrasen en el mismo casco urbano de Rheinberg. Dos habían sido ya alcanzados y estaban bloqueando la carretera. Agregó que enviaba a su ayudante, el comandante Edward Gurney, con los tanques ligeros de otra compañía, a que realizase el asalto de la ciudad por el Oeste.

Había transcurrido un cuarto de hora escaso cuando Kimball recibió una llamada desesperada del mismo Gurney, que manifestó haber perdido nueve tanques y dijo que quedaría aniquilado si no recibía pronto auxilio. Kimball reunió rápidamente cuantos infantes pudo encontrar, y los hizo subir a varios camiones.

– ¡Por Dios, consiga alguna ayuda! -gritó por teléfono Kimball a su ayudante, y saltó al vehículo que tenía más cerca. Llegaron hasta un puesto volado y Kimball ordenó a sus hombres que le siguieran, tras lo cual comenzó a avanzar a pie, entre un denso fuego de morteros, bazookas y fusiles. Delante vio un espectáculo estremecedor: nueve tanques de Gurney estaban en llamas, con cadáveres colgando de las escotillas, como si aún estuviesen tratando de escapar.

Kimball siguió avanzando a pie hasta llegar a donde se encontraba Gurney, el cual estaba preparando otro ataque contra Rheinberg con los dieciocho tanques que le quedaban. Kimball hizo señales a sus hombres con los brazos, y subió a una de las tres camionetas que conservaba Gurney. La caravana se dirigió hacia Rheinberg, mas por el camino unos soldados alemanes ocultos en nidos de ametralladoras situadas a ambos lados de la carretera abrieron fuego cruzado sobre los vehículos con bazookas y ametralladoras. Kimball saltó de la camioneta y trepó a uno de los tanques ligeros.

– Adelante, siga a los otros tanques -ordenó al conductor del carro de asalto.

Tres tanques, que aún seguían hacia Rheinberg, eran los únicos vehículos que continuaban avanzando, pero luego de sólo quinientos metros, una granada de 88 mm. dejó al tanque de Kimball fuera de combate. El y el conductor saltaron del vehículo cuando comenzaba a humear, y eludiendo el fuego de ametralladoras se lanzaron hacia una zanja.

Los supervivientes de los efectivos de Gurney también se hallaban en la misma zanja, con su comandante, que estaba herido en el vientre. Eran las 16,30, cuando alguien exclamó:

– ¡Si queréis salir con vida, huid de este infierno!

Kimball vio una granja a unos cincuenta metros de distancia. Corrió hacia ella, seguido de un soldado. Una granada estalló a pocos pasos de Kimball, el cual se arrojó al suelo, lo mismo que el soldado que le seguía. Echaron otra carrera entre el fuego de las ametralladoras, y se introdujeron en la casa por una ventana del sótano.

Una vez en el interior, el soldado encendió un cigarrillo y se lo entregó a Kimball, mientras ambos recuperaban el aliento.

– Gracias a Dios, nos hemos salvado, coronel -comentó el soldado.

– Eso creo -contestó Kimball, moviendo significativamente la cabeza.

A unos cuarenta y cinco kilómetros por el Sur, Hodges también se aproximaba al Rhin y a Colonia, la cuarta ciudad en importancia de Alemania. En el curso de dos semanas, el teniente general J. Lewton Collins, del 7.° Cuerpo, había procurado satisfactoria protección al flanco derecho de Simpson, y simultáneamente encabezó un ataque del Primer Ejército hacia el Rhin. La operación se inició con miras modestas, pero su desarrollo fue tan halagüeño, que Hodges dio plena libertad de acción al impetuoso Collins, a quien sus hombres apodaban «el rayo Joe». Dos de las divisiones de Collins, la 104 de infantería, y la 3.ª acorazada, convergían en esos momentos con tal implacable eficacia, que el 71.° Cuerpo alemán se veía obligado a retirarse en medio de un total confusión. Su comandante, el general Friedrich Koechling, sólo tenía bajo su mando en aquel momento dos divisiones maltrechas, la 9.ª Panzer y la 363 de infantería. Las avanzadas de la 3.ª División Acorazada americana iniciaron el ataque contra el puesto de mando adelantado de Koechling, a unos trece kilómetros al norte de Colonia. El general alemán observó los restos de la 9.ª Panzer, desbordados por el avance de los tanques americanos, y al fin se vio obligado a evacuar su propio puesto de mando. Bajo el fuego enemigo, Koechling recorrió en automóvil varios kilómetros, hasta llegar a Merkenich. En la bodega de una cervecería halló al comandante de la 9.ª División Panzer, el cual anunció que su división retrocedía en forma más o menos ordenada. Pero no había noticia alguna acerca de la División 363.

Poco después del mediodía, Koechling se retiró hasta Colonia, instalándose en un bunker situado a un kilómetro al norte del puente de Hohenzollern. A continuación se hizo cargo de la defensa de la ciudad. En el centro de Colonia casi todos los edificios se hallaban derruidos, pero milagrosamente las torres gemelas de su famosa catedral aún seguían apuntando al cielo. El templo había sido salvado por un enemigo, el general Collins, quien prohibió que sus torres fueran utilizadas como punto de referencia de la artillería americana.

El anterior comandante de la ciudad dijo a Koechling que la situación local era desesperada, ya que no había fuerzas ni equipo para defender la urbe, a excepción de unos pocos efectivos Volkssturm. Mientras se hallaban hablando, el gauleiter local irrumpió en la estancia y gritó:

– ¡Hay que defender a Colonia hasta el fin! ¡ La Volkssturm puede detener a los tanques americanos con bazookas!

Los militares observaron divertidos mientras el funcionario iba de un oficial a otro rogando, exigiendo y al fin amenazando. Después de este extraño comportamiento, el gauleiter pidió a Koechling que se trasladase a su propio puesto de mando, pero Koechling se negó a hacerlo. Más tarde, de los mil doscientos componentes del «selecto» cuerpo de la Volkssturm, que había prometido el gauleiter, sólo se presentaron sesenta.

Al día siguiente, cuando las unidades de la 104.ª división norteamericana se acercaban al centro de la ciudad, Koechling fue relevado de su mando y detenido, probablemente por instigación del gauleiter. Pero antes de abandonar su puesto, Koechling escribió un crudo informe, pronosticando que «en cuestión de horas» la ciudad y el gran puente de Hohenzollern que cruzaba el Rhin, caerían en poder del enemigo. Siguió diciendo que a causa de la desesperada situación que reinaba al oeste del Rhin, «la voluntad de lucha ha dado paso a la resignación y la apatía por parte del mando, así como de las mal pertrechadas tropas…». Koechling firmó la nota y se colocó bajo la custodia de su jefe de Estado Mayor. Los dos cruzaron el Rhin, y Koechling fue detenido para ser juzgado por negligencia en el deber y posible traición.

No sorprendió a los americanos cuando el puente de Hohenzollern saltó en pedazos ante la llegada de sus tropas, pero lo que sí les llenó de asombro fue la conducta totalmente inesperada de los habitantes de la ciudad. Desafiando el fuego de los soldados germanos, aún escondidos en algunas casas, millares de civiles alemanes salieron de sus domicilios para recibir a los norteamericanos, no como invasores, sino como libertadores.

Algunos se mostraron muy explícitos al acusar a Hitler, y uno de ellos, que vestía unos pantalones raídos y una camisa desastrada, dijo al corresponsal Iris Carpenter:

– ¡Les estábamos esperando desde hace mucho tiempo!

Luego, en la derruida plaza en la que se alzaba el teatro de la ópera, los alemanes señalaban burlonamente hacia un letrero que decía, en alemán e inglés:

«Dadme cinco años y no reconoceréis a Alemania.

»Adolf Hitler.»

Capítulo tercero. «¿Y si me estalla en la cara?»

1

El Rhin, que no había sido cruzado por invasor alguno desde la época de Napoleón, era considerado desde hacía mucho por los aliados como la última gran barrera que les separaba del corazón de Alemania. Durante los meses en que se trabaron los planes para cruzarlo, nadie pensó seriamente en la posibilidad de encontrar un solo puente intacto. Aquello era totalmente absurdo.

Y siguió pareciéndolo, hasta el 2 de marzo, en que el Noveno Ejército de Simpson se acercó al río, y su 83.ª división se enteró de que unos veinticinco kilómetros adelante había un puente intacto que conducía a Düsseldorf. Se organizó inmediatamente una fuerza especial, con tanques pintados de modo que pareciesen alemanes, y al anochecer el grupo de carros de asalto, en el que iban soldados que hablaban perfectamente el alemán, inició la marcha seguido por efectivos de infantería.

Los norteamericanos pasaron fácilmente a través de las líneas enemigas, sin ser molestados, y siguieron dieciséis kilómetros adentro, cruzándose en algunas ocasiones con tropas germanas que marchaban en sentido contrario.

Al amanecer la fuerza especial pudo divisar el puente, pero en ese momento un soldado alemán que iba en bicicleta, detrás de una columna de tropas, reconoció los uniformes americanos. Estos eliminaron rápidamente la columna alemana, pero al momento una sirena comenzó a difundir la alarma. Cuando el primer tanque americano avanzaba hacia el puente, se produjo una gran explosión, y del río se elevaron cuatro columnas de agua. Cuando desapareció la humareda, la mayor parte del puente había desaparecido.

A su vez, el 3 de marzo, la Segunda División Acorazada de Simpson se acercó aún más para tratar de apoderarse de un puente sobre el Rhin, situado veintitrés kilómetros al norte de Düsseldorf. Además de acelerar en varias semanas el avance de Montgomery hacia Berlín, la captura del puente causaría al Führer un gran disgusto, ya que el mismo llevaba su nombre. El coronel Sidney Hinds, del Comando de Combate B, de la Segunda División Acorazada, expuso su plan al capitán George Youngblood, del 17.° Batallón de Ingenieros Blindados: una compañía de infantería perteneciente a la Fuerza Especial Hawkins avanzaría rápidamente por el puente Adolf Hitler y pondría fuera de combate a los centinelas alemanes de la otra orilla, mientras que los ingenieros de Youngblood procedían a desarmar las cargas explosivas colocadas en el puente. Era una jugada con pocas probabilidades de éxito, pero Hinds comprendió que había que intentarla.

La primera unidad de la Fuerza Especial Hawkins, integrada por la sección de tanques del teniente Peter Kostow, llegó al Rhin hacia el mediodía. Ante Kostow se hallaba el gran puente Adolf Hitler, de tres arcos, que medía unos quinientos metros de largo. Las granadas estallaban en las proximidades de los extremos del puente. Durante quince horas y media, el 92.° batallón de artillería acorazada había conseguido impedir que los alemanes volasen el puente. Kostow bajó de su carro de asalto, y antes de que los alemanes que se hallaban al otro lado se dieran cuenta, corrió hacia el puente y comenzó a cruzarlo, al tiempo que aumentaba su excitación con cada paso que daba. Kostow fue e] primer aliado que cruzó el Rhin. Se trataba de un momento histórico, pero él sólo estaba interesado en regresar para decir a Hawkins que el puente se hallaba intacto.

Cierto es que el puente estaba incólume, pero los alemanes estaban dispuestos a defenderlo a toda costa. Los primeros cuatro tanques que envió Hawkins fueron destruidos antes de que llegaran al puente. Después se enviaron dos batallones de infantería, que alcanzaron el puente, pero fueron eliminados por el fuego concentrado desde la orilla. Avanzó entonces otro grupo de tanques, los cuales se vieron detenidos por un gran embudo de granada, de unos cinco metros de diámetro, que se hallaba en la mitad de la carretera.

En cuanto oscureció, el teniente Miller, del 41.° Regimiento de Infantería, comenzó a avanzar para inspeccionar el puente. La noche era oscura, sin luna. Rodeó el orificio de la carretera y se dirigió hacia el extremo occidental del puente. Como Kostow, cruzó hacia la orilla oriental, donde el alquitrán de la carretera estaba ardiendo a causa de los disparos de la artillería norteamericana. De pronto, de una casa vecina partieron una serie de disparos, y Miller retrocedió corriendo hacia la orilla occidental. De pronto se produjo una explosión, que fue seguida un momento después por otra, la más potente que Hawkins había oído jamás. Pensó que los alemanes habían volado el puente, pero estaba demasiado oscuro para ver lo que pasaba, por lo que ordenó a tres soldados que examinasen la estructura del puente para ver si aún estaba en buenas condiciones.

El capitán Youngblood decidió que no podía esperar por la infantería, y se encaminó hacia el puente con sus ingenieros. Dejó tres soldados a retaguardia, y condujo a los otros entre la oscuridad, que sólo se veía atenuada por las explosiones de las granadas americanas y alemanas. Varias ráfagas cayeron sobre el puente, pero los ingenieros se arrastraron hacia adelante, cortando todos los cables que encontraban e inspeccionando los pilares y las uniones. En la orilla oriental vieron también arder el alquitrán de la carretera, y a continuación emprendieron el regreso. El puente estaba intacto. Aún había una oportunidad de hacer cierto lo que parecía imposible.

Mientras Hawkins reorganizaba a sus hombres para el ataque del amanecer, los alemanes se arrastraron a su vez por el puente y trabajaron febrilmente para reemplazar los cables de demolición cortados. Poco antes del alba se dejó oír una tremenda explosión, a la que siguieron otras más. Los americanos, que se aprestaban a iniciar el ataque, se detuvieron atemorizados, y vieron cómo la mitad oriental del puente se estremecía, derrumbándose luego sobre la corriente del río.

De todos los puentes que aún quedaban en pie sobre el Rhin, el que menos interesaba capturar era, como es lógico, el menos valioso. Durante los extensos preparativos para el ataque del Rhin, el puente ferroviario de Ludendorff, situado en Remagen, a ochenta kilómetros al sur de Düsseldorf, era uno de los que nunca había sido mencionado como posible punto de cruce. Las carreteras que llevaban hacia Remagen desde el Oeste eran deficientes, y una vez al otro lado del puente, los invasores tendrían que vérselas con un talud de basalto de doscientos metros de altura. Además de esto, durante una extensión de unos veinte kilómetros, se veían montes boscosos, atravesados por caminos poco transitables, que hacían casi imposible el avance de las unidades acorazadas. Pero la captura de cualquier puente sobre el Rhin constituiría una de las grandes hazañas militares de la guerra, por lo que el 4 de marzo, el general Hodges discutió esta posibilidad con el general John Millikin, comandante del Tercer Cuerpo. Las probabilidades eran muy remotas, ya que después del episodio de Urdingen los alemanes estarían más alerta que nunca.

El oponente de Hodges, general Gustav von Zangen, se hallaba sumamente preocupado por tal amenaza. Tuvo un presentimiento. Su Ejército, el 15.°, retenía con éxito una extensa sección del muro occidental, a unos cuarenta kilómetros al oeste de Remagen. Pero su vecino del Norte, el Quinto Ejército Panzer, había tenido que retroceder hasta el Rhin, dejando una brecha entre ellos de unos noventa y seis kilómetros. Zangen presentía continuamente que Hodges irrumpiría por su sección para apoderarse del puente de Ludendorff desde atrás. Por consiguiente, habló a su comandante de grupo de ejército, el mariscal de campo Walther Model, acerca de esta posibilidad, y le pidió permiso para retirar tres de sus divisiones del muro occidental para taponar la brecha. Fiero y competente, Model era un celoso discípulo de Hitler, y estaba resuelto a cumplir a toda costa su orden de defender cada palmo de tierra hasta el último momento.

– ¿Cómo puede usted justificar un movimiento tan importante de tropas?-inquirió Model, severamente.

– Los americanos tendrían que ser imbéciles si no aprovechasen la ventaja que les proporciona esta brecha, y no hicieran avanzar los carros de asalto hasta el Rhin. Creo que se lanzarán sobre este valle como la riada de una inundación.

– Eso es absurdo -replicó secamente Model, pensando que sólo un necio cruzaría por aquel punto tan escarpado-. Ninguno de sus efectivos será retirado del muro occidental, general. Sin embargo, algo interesante debió de encontrar Model en el razonamiento de Zangen, ya que un momento más tarde manifestó:

– En realidad, no creo que ocurra nada si se debilita un poco el muro occidental.

Alentado por estas palabras, Zangen sugirió que se enviasen también algunas tropas al puente de Ludendorff, para fortalecer sus débiles defensas.

– No debe usted pensar tanto en la retaguardia -contestó Model ásperamente, de nuevo, prohibiéndole que enviase un solo hombre a Remagen.

Zangen regresó resignado a su puesto de mando, donde se enteró de que una de las avanzadas de Hodges había tomado Colonia, mientras la otra se dirigía rápidamente hacia la brecha que estaba a su derecha. Zangen decidió arriesgar su carrera, y tal vez su vida, desobedeciendo las órdenes recibidas. Mandó entonces que su flanco derecho, el 67.° Cuerpo del general Otto Hitzfeld, retrocediese hacia el Nordeste y se abriese paso hasta Bonn, a unos veinticuatro kilómetros al norte de Remagen, donde establecería contacto con el Quinto Ejército Panzer. Esto cerraría el camino que llevaba a Remagen.

Ante la sorpresa de Zangen, Model no se irritó, y llegó incluso a prometer que lanzaría un ataque desde Bonn, con una unidad del Quinto Ejército Panzer, a fin de encontrarse con Hitzfeld. Por vez primera en una semana Zangen suspiró aliviado. Si la maniobra de Hitzfeld no conseguía parar a Hodges, al menos le detendría durante unas jornadas, y daría al comandante de la segunda línea de defensa, generalleutnant (general de división) Walther Botsch, la ocasión de fortalecer los efectivos de Remagen.

Botsch se sintió tan apesadumbrado acerca de lo del puente de Ludendorff como el mismo Zangen, y llegó a arrancar a Model la promesa de que enviaría refuerzos a las defensas de Remagen. Pero antes de que llegasen tales refuerzos, Botsch fue transferido sumariamente por Model. El mando directo del puente de Ludendorff se hallaba ahora en manos del general Von Bothmer, para el cual lo importante era defender Bonn, el lugar donde había nacido Beethoven, en tanto que Remagen ni siquiera merecía que se le efectuase una visita personal. Por el contrario, Bothmer envió a un oficial de enlace que desconocía la zona, y que sin sospecharlo se aproximó hacia la unidad norteamericana que se hallaba más cerca de Remagen.

Esta era la 9.ª División Acorazada, que mandaba el general de división John Leonard. Model, por error, creyó haber destruido esta unidad en la batalla del Bulge, pero en esos momentos era la avanzada que Hodges enviaba para que se encontrase con una columna de Patton procedente del Sur, en un gran movimiento envolvente destinado a cercar unos 250.000 soldados alemanes, incluyendo el conjunto del 15.° Ejército de Zangen. Leonard irrumpiría en Remagen y luego marcharía hacia el sur, por la margen occidental del Rhin, durante unos cuarenta y siete kilómetros, hasta encontrar la avanzada del general Patton en las proximidades de Coblenza.

Hacia el mediodía del 6 de marzo, la división de Leonard había penetrado por la brecha que existía entre los dos ejércitos alemanes, tal como había temido Zangen. Hacia la derecha avanzaba el Comando de Combate A, y a la izquierda, por el norte, el Comando de Combate B, mandado por el general de brigada William Hoge. A las cuatro, Hoge avanzó con su unidad hacia la ciudad de Meckenheim, a diecinueve kilómetros de Remagen, y hacia su importante puente ferroviario, después de una rápida ofensiva, de dieciséis kilómetros. Hoge, que era un hombre sereno y lacónico, había hecho avanzar implacablemente a sus hombres la semana anterior, sacando partido de la debilidad que se apreciaba en la resistencia del enemigo.

– Si encuentran algo en el camino, es conveniente que lo aparten -dijo Hoge a sus comandantes de unidad-. Los batallones eludirán las ciudades, si se hace necesario… Consigan ayuda de los tanques mientras puedan, y háganlos avanzar en cuanto no observen fuego antitanque. Les iré dando los objetivos conforme vaya desarrollándose la operación.

Hoge consideraba que era el momento de sacar pleno partido de la situación. Nunca había pretendido que sus hombres le tuvieran un gran afecto, pero al menos deseaba que le respetaran. Graduado en West Point, lo mismo que dos hermanos y dos hijos suyos, había luchado en la misma división que Leonard y Hodges durante la Primera Guerra Mundial. Su actuación en la actual guerra fue sobresaliente: dirigió la descarga de suministros en Playa Omaha, durante el desembarco de Normandía, y luchó con valor en St. Vith, durante la batalla del Bulge. Otros menos capacitados que él, pero también menos sinceros, le habían dejado atrás en el escalafón militar.

Hoge mandó llamar a su oficial de operaciones, comandante Ben Cothran, y le dijo que eligiese una buena carretera para llegar a Bonn, a veinticuatro kilómetros al norte de Remagen. Se encargó al Comando de Combate A, situado a la derecha, que tomase Remagen y luego se dirigiese hacia el sur. Pero a las seis, Hoge hizo saber a Cothran que los planes habían cambiado, y que debía esperar a recibir nuevas órdenes. El agotado Cothran, antiguo editor del Journal, de Knoxville, que había pasado casi una semana sin dormir, se derrumbó sobre su catre.

Pocas horas después Leonard recibió una llamada telefónica de su inmediato superior, el general Millikin, del Tercer Cuerpo. Ambos hablaron de la misión que debería desempeñar Leonard al día siguiente, y en un momento de la conversación, Millikin dijo, como al azar:

– ¿Ha visto esa pequeña franja oscura que es el puente de Remagen? Pues bien, si consigue usted tomarlo, su nombre se cubrirá de gloria.

Millikin colgó el auricular y no tardó en olvidar lo que había dicho. Todo militar trataba siempre de apoderarse de un puente, pero no creía que allí surgiera realmente esa ocasión.

2

El comandante de la compañía de seguridad del puente, hauptmann (capitán) Willi Bratge, se hallaba también al teléfono, procurando reforzar sus endebles defensas. En teoría contaba con más de un millar de hombres: 500 Volkssturm, 180 miembros de las Juventudes Hitlerianas, 120 voluntarios rusos, unos 220 soldados de las baterías antiaéreas y de los cohetes, y su propia compañía, integrada por 36 hombres.

Bratge era un hombre severo y minucioso, antiguo maestro, que en 1924 se vio forzado a ingresar en el ejército a causa del desempleo. Sabía que en caso de emergencia sólo podía contar con sus treinta y seis hombres, pero éstos en su mayoría se hallaban convalecientes de las heridas recibidas. De los miembros del Volkssturm, sólo seis no habían huido, y muchos de los servidores de las baterías antiaéreas, situadas en el farallón que se alzaba a unos cien metros del extremo oriental del puente, habían desaparecido misteriosamente. Bratge trató de alzar trincheras de troncos en los accesos al puente, por el lado de Remagen, pero los airados vecinos de la ciudad invocaron un antiguo edicto que prohibía la destrucción de los preciados árboles germanos. Por raro que parezca, los superiores de Bratge no quisieron tomar cartas en el asunto.

Poco después, Bratge telefoneaba a un teniente de artillería llamado May, del cuartel general de Model, informándole que había terminado la tarea de colocar maderos sobre una de las dos vías del puente de Ludendorff, por lo que el mismo se hallaba ya en condiciones de permitir el paso de vehículos en dirección al Este.

Bratge pidió a continuación refuerzos urgentes, pues los americanos se hallaban tan cerca que llegaba a escuchar los disparos de los tanques.

– Los americanos no van a Remagen -dijo el teniente May, repitiendo las palabras de Model-. Se dirigen hacia Bonn. Luego restó importancia a los disparos escuchados por Bratge: debían proceder de alguna pequeña unidad americana que protegía un flanco del cuerpo principal.

– Soy militar desde hace tiempo -replicó Bratge, que había luchado en Polonia, Francia, Rusia y Rumania-, y le aseguro que éstas no son fuerzas pequeñas, sino importantes. Colgó Bratge el auricular, y lleno de desaliento se dirigió al exterior. Avanzó entre la niebla hasta el extremo occidental del puente, y allí se encontró con Karl Friesenhann, el capitán que mandaba los ciento veinte ingenieros cuya misión era destruir el puente en el último momento. Friesenhann, un hombre delgado, de mediana edad y pelo canoso, miraba en ese momento hacia el sur, donde se hallaba su ciudad, Coblenza. El cielo aparecía, en aquella dirección, enrojecido a causa de las llamas. Preocupado sin duda por la suerte de su familia, Friesenhann criticó ásperamente a Bratge por enviar a casi la totalidad de sus treinta y seis hombres a Viktoriaberg, la colina que se encontraba al oeste de Remagen, y le preguntó por qué no se hallaban abajo, protegiendo el puente. Bratge montó en cólera y contestó que sus hombres estaban apostados en la colina para señalar la aproximación de los americanos, a fin de que Friesenhann y sus ingenieros tuvieran tiempo de volar el puente. Ambos capitanes eran hombres bajitos, y se miraron fieramente, como gallos de pelea. La explicación no satisfizo a Friesenhann, pero éste no tuvo otra alternativa que encogerse de hombros y alejarse del lugar.

Hitzfeld, que no había podido cerrar la brecha por la que la división de Leonard se estaba introduciendo, acababa de recibir una misión más: defender el puente de Ludendorff. Lo mismo que Zangen, comprendía la importancia que tenía el puente, y mandó llamar a su ayudante, el comandante Hans Scheller, al que consideraba un hombre capacitado y prudente. De todos los que tenía a su disposición, Scheller le parecía el más adecuado para enfrentarse con la crítica situación. Hitzfeld ordenó a Scheller que asumiese el mando de todas las fuerzas que defendían el puente, y que cuidase de los preparativos para su destrucción final.

– Si se hace necesario -agregó-, dé usted mismo la orden de volar el puente.

Scheller se sintió alborozado, y dijo inmediatamente a su ordenanza:

– Prepara en seguida el coche. ¡Esto me valdrá al menos una cruz de Caballero!

3

En el puesto de mando de Hoge, el coronel John Growdon -«Pinky», para sus hombres-, oficial de operaciones de Leonard, se presentó a las 2,30 de la madrugada con nuevas órdenes: a las siete de la mañana deberían desplazarse dos columnas hacia Remagen y Sinzig, ciudad ésta situada a cinco kilómetros de la anterior. Growdon dijo también que no había órdenes especiales en relación con el puente de Ludendorff, a excepción de que debía de bombardearse con granadas de tiempo. Estos proyectiles estallarían antes del ataque americano, evitando que los alemanes cruzasen el puente, pero sin dañar seriamente su estructura.

Al amanecer del 7 de marzo comenzó a caer una llovizna sobre los soldados que limpiaban apresuradamente los escombros de las calles de Meckenheim, con objeto de que los carros de asalto de Hoge pudieran salir de la ciudad. El general reunió a sus comandantes a fin de darles instrucciones. Las fuerzas se dividirían en dos unidades especiales. El teniente coronel Leonard Engeman conduciría su 14.° Batallón de carros de asalto, y el 27.° Batallón de infantería acorazada, directamente hacia el este, hasta Remagen, a fin de apoderarse de la ciudad. La otra fuerza especial, integrada por el 52.° Batallón de infantería acorazada, al mando del teniente coronel William R. Prince, debía desempeñar presumiblemente una misión mucho más difícil, Prince tenía que atacar hacia el sur de Remagen para establecer una cabeza de puente sobre el río Ahr, tributario del Rhin, a cuyo fin debería apoderarse de la ciudad de Sinzig.

La fuerza especial de Prince inició su avance en el momento previsto, pero los escombros de la parte oriental de la ciudad detuvieron a los efectivos de Engeman, el cual no pudo partir hasta las 8,20 de la mañana.

Encabezaba las fuerzas un pelotón de la Compañía A, perteneciente al 27.° batallón de infantería acorazada, y detrás de él seguía un pelotón de M-26, los nuevos tanques «Pershing» de gran tamaño, armados con cañones de 90 milímetros.

Entretanto, Hoge se hallaba estudiando en Mackenheim un plano con una lupa luminosa, cuando se le acercó el general Leonard y le dijo:

– ¿Qué tal va eso, Bill?

Hoge levantó la vista, con los ojos azules entrecerrados en un gesto característico.

– John, ¿qué le parece este puente sobre el río?-dijo al tiempo que trazaba un círculo alrededor del puente de Ludendorff.

– ¿Qué sabe de ese puente?

– Su Servicio de Inteligencia no ha podido decirme si aún sigue en pie. Suponga que me encuentro con que este puente no ha sido volado. ¿Debo tomarlo?

– Desde luego -contestó Leonard, sin vacilar-. Crúcelo en cuanto pueda.

Al ver que Cothran, que se hallaba presente, se dirigía hacia la puerta, Leonard añadió:

– Adónde demonios va usted?

– Si Engeman tiene que cruzar ese puente, es mejor que alguien se lo diga -contestó Cothran, con su característico acento del sur-. No creo conveniente transmitirlo por radio. Estamos demasiado cerca de los «fritz».

Leonard hizo un gesto significativo. Como los demás, él también creía que había pocas probabilidades de adueñarse del puente.

– Está bien -dijo Leonard-. Vaya, y seguramente su nombre aparecerá en los periódicos.

– General, no deseo que aparezca mi nombre en los periódicos; sólo quiero que termine esta maldita guerra, para regresar a casa.

4

Los vehículos que habían estado cruzando el puente desde el amanecer fueron todos inspeccionados por Bratge. Ya agotado y de mal humor, montó en cólera cuando vio a un grupo de soldados que arrastraban algunas baterías antiaéreas hacia el puente, en las últimas horas de la mañana. Estaban reemplazando los cañones que habían sido enviados a Coblenza para detener a las tropas de Patton. Por vez primera Bratge se dio cuenta de que el estratégico risco estaba casi desprovisto de baterías antiaéreas. Miró hacia la colina que había al otro lado del río, y gritó a los sudorosos hombres:

– ¡Atención, se aproximan los americanos!

Luego se dirigió hacia su puesto de mando, situado a algunos cientos de metros del extremo occidental del puente. El día era sombrío, y Bratge se sintió extrañamente deprimido. Apareció entonces un oficial alto, de aspecto cansado, y dijo ser el comandante Scheller, nuevo comandante de combate de Remagen. Bratge creyó que traía los refuerzos que había pedido, y preguntó en qué lugar se hallaban. Scheller dijo que no tenía idea de lo que le decía el capitán, por lo que éste sospechó que era un espía, hasta que al fin Scheller le enseñó sus documentos. La preocupación inmediata de Scheller eran los preparativos para la destrucción del puente. Se colocaron setenta cargas explosivas en lugares estratégicos, y poco antes del mediodía los dos oficiales empezaron a unir las cargas a un cable principal conectado con el detonador, el cual estaba localizado en el túnel situado al otro lado del río.

Al mismo tiempo que se realizaban estas operaciones, la Fuerza Especial Engeman, de los americanos, atravesaba el pueblecillo de Bierresdorf, que se hallaba a cinco kilómetros de Remagen. La columna se dirigió entonces en línea recta hacia el este y penetró en los bosques de la meseta que dominaba el Rhin. Cerca de la vanguardia de la columna, el sargento del Primer Pelotón de la Compañía A sintió sospechas ante la extraña quietud que reinaba en el bosque, y para asegurarse de que no había nada raro disparó algunas ráfagas de fusil ametrallador contra los árboles. Era Carmine Sabia, un joven bajo y fornido, de veinticinco años, que procedía de Brooklyn. Se detuvo la columna, y Sabia, junto con otros nueve soldados de la Compañía A, saltó del camión en que viajaba y avanzó cautelosamente. Sabia se dirigió carretera adelante, y alrededor de las 13 horas llegó hasta una curva cerrada que se dirigía hacia la derecha. A continuación pudo ver ante él el magnífico panorama que ofrecían el sinuoso curso del Rhin y la ciudad de Remagen.

– ¡Cielos, mirad eso! -gritó, y quedóse inmóvil, sin poder decir nada más. Por fin, preguntó al hombre que tenía más cerca-: ¿Sabes tú cómo se llama ese maldito río?

El sargento Joseph De Lisio se acercó para ver si podía echar una mano. Igual que Sabia, era bajo, robusto, usaba bigote y tenía veinticinco años, pero no era de Brooklyn, sino del Bronx. Cuando divisó el Rhin, también se quedó sin habla, a causa de la belleza del panorama. La guerra cesó en aquel momento para él. Pero pasados los primeros instantes de hechizo, advirtió hacia la derecha algo increíble: un gran puente con numerosos vehículos circulando sobre él. De Lisio pensó inmediatamente que se trataba de una trampa. Por lo general, no tenía miedo de nada. Por ejemplo, uno de sus métodos favoritos para descubrir a un tirador apostado consistía en salir a terreno abierto con una gran bufanda amarilla alrededor del cuello. Pero aquello del puente no le gustaba. Tenía la sensación de que en cuanto se hallasen sobre él, saltaría en pedazos por el aire. El descubrimiento hizo que el comandante de la compañía, segundo teniente Karl Timmermann, y el jefe del pelotón, Emmet Burrows, se dirigiesen rápidamente hacia la curva de la carretera. Como los anteriores, ellos también se maravillaron ante el paisaje que se extendía a su vista. Al mirar hacia el puente con los prismáticos, pudieron ver que además de los vehículos circulaban por él vacas y caballos, conducidos por soldados. Burrows mandó llamar a su escuadra de morteros, y dio una orden:

– Prepárense a disparar sobre la línea de retaguardia.

Pero Timmermann consideró que era una tarea que debía dejarte a los tanques y la artillería. No era momento adecuado para cometer un error, ya que se trataba de su primer día en el mando. Timmermann era alto, rubio, de semblante serio. La mayor parte de sus hombres sentían simpatía por él, pero algunos consideraban que era demasiado estricto en los asuntos de disciplina, y en las reuniones de oficiales se había opuesto algunas veces a sus superiores con comentarios demasiado atrevidos.

El comandante de la fuerza especial, coronel Engeman, se dirigía también hacia la cabeza de la columna en su «jeep» y un minuto más tarde se encontró junto a los demás. Era un hombre de rápidos movimientos, bajo y rechoncho. Manifestó que aquello era una suerte, una increíble suerte. Después de observar el tránsito que se advertía sobre el puente, dijo a sus artilleros que preparasen las piezas.

Mientras tanto, la Fuerza Especial Prince se dirigía rápidamente hacia el sudeste, casi sin hallar oposición alguna, y recibía en cada pueblo la bienvenida de los civiles alemanes, que les saludaban agitando trapos blancos. A varios kilómetros al oeste del Rhin dieron la vuelta hacia el sur, y cruzaron con tal ímpetu el río Ahr, en dirección a Sinzig, que tomaron totalmente por sorpresa a los defensores que hallaban apostados en las casamatas de hormigón.

Trescientos alemanes cayeron prisioneros. El teniente Fred De Rango interrogó por su parte a varios civiles de la localidad, y uno de ellos le informó que el puente de Ludendorff iba a ser volado a las 16 horas. De Rango envió un mensaje al nuevo cuartel general de Hoge, en Bierresford, y trató también de ponerse en comunicación directamente por radio con la Fuerza Especial Engeman. Como no lo consiguiera, De Rango inició la marcha con su pelotón hacia el puente, rogando para sus adentros que pudiera llegar a tiempo para inutilizar las cargas de dinamita.

5

Engeman ordenó a la Compañía A que saliese hacia Remagen a pie, y a la C que siguiera, pocos minutos después, a la anterior en camiones. A continuación dijo al teniente John Grimball, del 14.° Batallón de carros de asalto, un larguirucho abogado de Carolina del Sur:

– Quiero que dispare hacia Remagen, John. Cubra bien el puente con el fuego de los tanques, y líbrese de cualquiera que pretenda volarlo.

A las 13,50 Timmermann envió a todos sus efectivos, menos a un pelotón de la Compañía A, hasta la sinuosa carretera que conducía a Remagen, con el pelotón del teniente Burrows a la cabeza. El otro pelotón, que mandaba el agresivo sargento De Lisio, cortó camino colina abajo, a través de un escarpado terreno cubierto de viñedos. Pasaron detrás de la famosa iglesia de San Apolinario, reconstruida en los siglos XIII, XVII y XIX a partir de una capilla erigida en tiempos de los romanos, y luego penetraron en la carretera Bonn-Remagen, que bordeaba la orilla occidental del Rhin. Allí encontró De Lisio un puesto de carretera abandonado. Dejó en él una ametralladora con sus servidores, para defender la posición, y se adelantó sin vacilar hacia las márgenes del río. Una vez allí torció hacia la derecha, en dirección a la ciudad y al puente, que estaba más allá de la misma. De unas casas cercanas partieron algunos disparos, pero cuando llegaron a ellas se encontraban ya vacías.

En ese momento un soldado se aproximó corriendo hacia De Lisio.

– ¡El sargento Foster acaba de capturar a un general alemán! -gritó el soldado, lleno de excitación.

De Lisio siguió al soldado hasta una casa, donde Foster y su escuadra rodeaban a un alemán de uniforme y a dos mujeres.

– ¿Qué te parece esto, Joe?-inquirió Foster.

De Lisio comenzó a reírse y manifestó:

– Dejad marchar a ese hombre. Lo que habéis capturado es un empleado de ferrocarriles.

Siguió De Lisio por las márgenes del río hasta Remagen. Un kilómetro más allá divisó lo que parecían las dos torres de un castillo, y que eran el extremo occidental del puente de Ludendorff.

Escondidos de De Lisio, detrás de la fábrica de muebles de Becher, se hallaban el capitán Friesenhann y cuatro ingenieros voluntarios, en cuclillas alrededor de una carga de dinamita que iban a colocar en el extremo occidental del puente. Con ella pretendían hacer en la carretera un orificio lo suficientemente grande como para detener a cualquier vehículo americano. Una unidad de artillería, en retirada, debería llegar de un momento a otro, y Friesenhann estaba esperando hasta el último momento para colocar la carga.

Al acercarse la Compañía A al puente se dejó oír el fuego de armas ligeras alemanas, y los tanques de Grimball comenzaron a disparar sobre el lugar donde se hallaban los ingenieros militares alemanes. Friesenhann aún no se decidía a volar la calzada, pero cuado oyó la sirena de la fábrica de muebles, y advirtió el brillo de los cascos americanos en las ventanas de la misma, el capitán alemán se resolvió y lanzó la orden:

– ¡Fuego!

Uno de los soldados oprimió el percutor, y todos se pusieron a cubierto. Seis segundos más tarde, a las 14,35, se produjo una explosión. Cuando el humo se disipó, Friesenhann comprobó satisfecho que en la carretera aparecía un cráter de unos diez metros de diámetro. Hizo una señal a sus hombres, y retrocedió atravesando a la carrera el puente. Una granada de un tanque «Pershing» estalló a unos pocos metros del capitán alemán, que quedó inconsciente en el suelo. Quince minutos más larde, Friesenhann volvió en sí y avanzó tambaleándose hacia la orilla oriental.

Más atrás, otras dos siluetas se escabulleron hacia el puente. Eran el sargento Gerhard Rothe, encargado de los puestos de vigilancia de Viktoriaberg, y otro suboficial. Ambos hombres bordearon el gran agujero de la carretera, pero Rothe, herido tres veces en una pierna, se tambaleó al llegar al puente. Mientras se arrastraba penosamente hacia el otro extremo, las balas se estrellaban a su alrededor. Sólo le faltaban recorrer trescientos metros, pero la distancia le parecía interminable.

El general Hoge recibió informes de Cothran acerca del puente y se encaminaba en esos momentos en su coche hacia el lugar de la operación. Cuando descubrió que el puente aún se hallaba intacto, casi no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos, y de pronto recordó lo que Leonard le había dicho por la mañana. Ninguno de los dos creía aún que podía llevarse a cabo aquello. Tal vez los alemanes esperarían a que los hombres de Engeman cruzasen, para volar el puente.

– Apodérense del puente! -gritó Hoge a Engeman.

De pronto, a Hoge todo le pareció que marchaba con demasiada lentitud.

– Tome algunos tanques -añadió-, colóquelos en la orilla y haga que disparen sobre la margen opuesta. Cuando el fuego le proporcione la superioridad deseada, envíe a la infantería a través del puente.

Los que le rodeaban nunca habían visto a Hoge tan agitado como en aquellos momentos. Tranquilo, por lo común, el general se impacientaba ahora por lo que consideraba una demora intolerable. Preguntó ásperamente a Engeman el porqué de que aún no se hubiera apoderado de Remagen, y éste le explicó haber enviado poco antes a dos compañías de infantería seguidas de los tanques del teniente Grinball. Hoge no quería explicaciones, sino que le entregasen Remagen lo antes posible.

– Será magnífico si logramos apoderarnos del puente -dijo con gesto pensativo.

– Sí, señor -contestó Engeman, el cual dio instrucciones por radio a sus hombres para que se apresurasen.

A las 15,15 el operador de radio de Hoge le entregó un mensaje. Procedía de De Rango, y en él informaba que el puente sería volado probablemente cuarenta y cinco minutos más tarde.

– Tiene que darse prisa -gritó el general a Engeman-. Van a volar el puente a las 16 horas. Oculte el puente con una cortina de humo, pero sin disparar sobre él. No quiero que los «fritz» vean lo que estamos haciendo. Cubra el avance con tanques y haga que sus hombres corten los cables de las cargas. Engeman contestó que ya había dado la orden de lanzar una cortina de humo. Sus palabras quedaron subrayadas por densas humaredas de blanco fósforo que se alzaban alrededor del puente, pero sin llegar verdaderamente a ocultarlo. Hoge examinó el puente con sus prismáticos. No se apreciaba ninguna actividad. ¿Qué era lo que impedía el ataque? Entonces se dirigió al comandante Murray Deevers, el despreocupado comandante del batallón de infantería acorazada, y le ordenó que descendiese con sus efectivos hacia la falda de la colina. Luego volvió a advertir a Engeman:

– Quiero que tome ese puente lo antes posible.

– Estoy haciendo todo lo que puedo por apoderarme de ese condenado puente -contestó Engeman, al tiempo que ascendía a un «jeep». Cuando Engeman llegaba a las afueras de Remagen, ordenó por radio a Grimball:

– Diríjase hacia el puente.

– Ya estoy en él.

– Está bien, cúbralo entonces con sus disparos y no consienta que los «fritz» vuelvan a tocarlo.

A continuación, el coronel Engeman envió una nota al teniente Hugh Mott, del 9.0 Batallón de Ingenieros. Pocos minutos más tarde ambos se encontraban detrás de un hotel situado cerca del puente.

– Mott -dijo el coronel-, diríjase hacia el puente, corte los cables, quite los explosivos y dígame en cuánto tiempo puede quedar en condiciones de que lo atraviesen los tanques. Cuando el teniente observó el gran cráter de diez metros que habían hecho los hombres de Friesenhann, comprendió que durante varias horas los tanques no podrían cruzarlo. Mott llamó después a dos de sus sargentos, y los tres se dispusieron a dirigir el primer grupo de asalto contra el puente.

Para ese entonces el comandante Deevers había llegado y se hallaba preparando su ataque. Encontró al teniente Timmermann cerca de la fábrica de muebles, y le dijo:

– ¿Cree que podrá conducir a su compañía a través del puente? Timmermann echó una ojeada. De las dos torres del otro lado del río llegaba el fuego de los fusiles y las ametralladoras, pero no podía dejarse escapar la ocasión.

– Lo intentaremos, señor -contestó.

– Adelante, entonces.

Timmermann volvió a mirar hacia el puente, en cuya superestructura estallaban las grandes granadas lanzadas por los alemanes desde la cima del farallón situado en la orilla opuesta.

– ¿Y si me estalla en la cara?-inquirió Timmermann.

Deevers no le contestó, y el teniente se deslizó al interior del cráter hecho por una granada, donde le estaban esperando los jefes de pelotón.

– He recibido órdenes de iniciar el cruce -dijo con tono sereno-. La Compañía Alfa irá en cabeza. El orden de la marcha será el siguiente: primer pelotón, segundo pelotón y tercer pelotón.

El sargento Sabia, que simpatizaba con el teniente, manifestó: -Es una trampa. Cuando estemos en el medio harán saltar el puente.

De Lisio, que no le profesaba mucha simpatía, tampoco se sintió muy contento con la orden, pero nada dijo.

Timmermann vaciló y luego manifestó:

– Ordenes son órdenes. Nos han dicho que vayamos, así que, ¡en marcha!

Y diciendo esto saltó fuera del cráter.

En la cima de la colina, Hoge acababa de recibir un mensaje del Tercer Cuerpo, por el que quedaba cancelada su actual misión. Patton había llegado casi hasta el Rhin, y a Hoge le ordenaban que se dirigiera inmediatamente con sus tropas hacia el sur, para encontrarse con aquél en Coblenza.

Era el colmo de la mala suerte. Hoge estaba a punto de llevar a cabo una de las grandes hazañas de la contienda, y una orden se lo impedía. Siempre que cumpliera la orden, claro está. Echó una ojeada al puente con sus prismáticos. La infantería de Deevers aún no había comenzado el ataque. Aún podía detenerse la operación. Vaciló, pero sólo unos instantes. Era una decisión dura, pero clara, para un militar. Si tenía éxito, sería un héroe; si fracasaba, perdería el mando y su carrera quedaría arruinada definitivamente.

Hoge decidió intentar el asalto del puente, y mandó al demonio las posibles consecuencias.

En la otra orilla del río, el capitán Friesenhann, aún algo conmocionado, avanzó tambaleándose hacia el túnel del ferrocarril que se abría en la base del farallón.

– ¡Los americanos se encuentran en la fábrica de muebles! -exclamó, cuando llegó junto a los demás.

– Vuele el puente -le sugirió Bratge, con voz excitada. Friesenhann vaciló. Una hora antes había rogado a Scheller que le dejase destruir el puente, pero éste le recordó la orden reciente de Hitler de someter a juicio de guerra al que volase un puente sobre el Rhin prematuramente.

– El comandante Scheller es el que tiene que dar la orden -contestó Friesenhann, con acento inseguro.

El sargento Rothe acababa de cruzar el puente, y le ayudaron a entrar en el túnel. Confirmó entonces que los americanos avanzaban en gran número hacia el otro extremo del puente. Bratge dijo impaciente a Friesenhann que tomaría el asunto en sus propias manos, y se dirigió hacia el puesto de mando de Scheller, situado al otro lado del túnel, a unos cuatrocientos metros de distancia. Avanzó medio a tientas, en la oscuridad, sobre las vías del ferrocarril, pero le costaba gran trabajo adelantar debido a los grupos de aterrados campesinos que se interponían en su camino. Por fin llegó a la boca posterior del túnel, situada a unos pocos cientos de metros de Erpel.

– ¡Tenemos que volar el puente! -dijo Bratge con voz agitada a Scheller, refiriéndole que los americanos ya se habían apoderado de la fábrica de muebles.

Pero Scheller recordaba igualmente las órdenes de Hitler y tampoco se decidía.

– Si no da usted la orden -agregó impulsivamente Bratge-, yo mismo la daré.

El comandante suspiró resignadamente y al cabo de un momento dijo:

– Está bien, haga que vuelen el puente.

Bratge regresó laboriosamente hasta el otro extremo del puente, y en cuanto vio a Friesenhann, le espetó:

– ¡Vuele usted el puente!

Friesenhann parecía vacilar aún; luego se dirigió a los que le rodeaban y les dijo que se tendieran en el suelo y abrieran la boca para evitar que sufrieran los tímpanos. Luego se arrodilló junto al detonador, el cual estaba conectado a sesenta cargas distribuidas por todo el puente, dio vuelta a una llave parecida a la de un viejo reloj,' y luego se tendió en el suelo. Pero no ocurrió nada. El capitán manipuló frenéticamente la llave del detonador, sin que se produjera la esperada explosión. Comprendió que el circuito principal había sido cortado, tal vez por una granada de los americanos. Friesenhann ordenó entonces que un grupo de ingenieros se dirigieran al puente para restablecer el circuito, pero en cuanto los soldados salieron del túnel fueron recibidos con una descarga de los tanques americanos, lo que les obligó a entrar de nuevo en el túnel. Friesenhann solicitó entonces un voluntario que fuera a encender la mecha de una carga de emergencia -trescientos kilos de Donerita-, situada entre las dos torres de la margen oriental del río. Durante un largo momento los hombres permanecieron en silencio, luego el sargento Faust dijo que trataría de cumplir la misión. A las 15,35, Faust salió arrastrándose fuera del túnel, ante una mortífera descarga de las ametralladoras americanas, y luego emprendió una carrera hasta el primer pilar, situado unos ochenta metros adelante.

Friesenhann, sin poder contener su impaciencia, salió del túnel para ver lo que sucedía. El estallido de un proyectil le hizo saltar a un cráter. Al mirar de nuevo, vio decepcionado que el sargento regresaba. Algún inconveniente se había producido con la carga de emergencia. Maldijo este segundo fracaso sin tener en cuenta el tiempo que tardaba la mecha en arder por completo. En seguida se oyó una explosión, y vio volar muchos maderos por el aire. Afortunadamente, el puente había quedado destruido a tiempo.

Hoge oyó una detonación no muy fuerte, pero al ver estremecerse el puente, tuvo la certeza de que los alemanes lo habían volado, al fin. Aquello constituía una gran decepción, sólo atenuada por la dificultad casi insuperable de la empresa. Pero al disiparse la humareda, vio con sorpresa que el puente se hallaba intacto. Saltó Hoge a su «jeep» y se lanzó colina abajo para decir a Engeman que hiciese avanzar inmediatamente a la fuerza especial a través del puente.

Por su parte, el teniente Timmermann contempló también cómo se estremecía la estructura con la explosión y exclamó:

– ¡Todo se acabó! No podemos cruzar el puente porque acaban de destruirlo.

De Lisio pensó aliviado que aquello les significaría varios días de descanso. Pero alguien gritó en seguida:

– ¡Miren, todavía está en pie!

– Muy bien, entonces vamos a cruzar el puente. ¡Adelante! -dijo Timmermann, haciendo una seña a sus jefes de pelotón.

El teniente inició la marcha hacia el puente, pero sus hombres dudaban. El comandante Deevers, siempre dispuesto a hacer una broma, se acercó al primer pelotón y dijo alegremente:

– Vamos, muchachos, a cruzarlo. Os veré en la otra orilla y cenaremos todos juntos pollo asado.

Esto provocó una grosera respuesta de algún soldado, y nadie se movió.

– ¡Vamos allá! -gritó Deevers, abandonando su tono festivo-. ¡En marcha!

El sargento Anthony Samele se volvió hacia el sargento Mike Chinchar, jefe del Primer Pelotón, y le dijo:

– Vamos, Mike, sólo tenemos que pasar por ahí.

Chinchar comenzó a avanzar cautelosamente hacia el puente. Detrás seguía Art Massie, luego el teniente Mott, al que habían ordenado cortar todos los cables, y el tercero era el fornido sargento Samele.

– ¡Atención, vamos a cruzar! -gritó Chinchar, volviéndose hacia los demás, que se apresuraron detrás de él, temiendo que de un momento a otro el puente se desintegrase.

– Massie, sígueme hasta aquel agujero -añadió Chinchar, apuntando al orificio creado por la carga que hiciera estallar el sargento alemán, y que se hallaba a un tercio del otro extremo del puente.

– No me hace gracia, pero lo haré -replicó Massie. Las balas comenzaron a rebotar alrededor de los americanos. No muy lejos, el teniente Timmermann exhortaba al grupo siguiente a que se dieran prisa.

– ¡Vamos, adelante! ¡Adelante! -gritaba una y otra vez. Desde la orilla, el capitán William T. Gibble tomaba vistas del asalto al puente con su cámara de 8 mm.

A Mott se le unieron en seguida sus dos sargentos, y los tres ingenieros comenzaron a cortar todos los cables que se hallaban a la vista. No encontraron explosivos hasta que estuvieron en la mitad del puente, donde hallaron cuatro cargas de unos doce kilos sujetas a la parte inferior de las vigas del puente. Arrancaron la conexión y siguieron avanzando. El sargento Chinchar guió a sus hombres por la parte izquierda del puente, en tanto se estrellaban alrededor de ellos las balas procedentes de las dos torres de piedra del puente. De Lisio preguntó que de dónde procedían aquellas balas.

– Son tiradores apostados -contestó Chinchar.

– ¡Cielos! ¿Vamos a consentir que un par de granujas escondidos acaben con todo el batallón?¡Vamos a por ellos!

El impetuoso De Lisio ordenó a su segunda escuadra que avanzase, y comenzó a correr hacia delante. Esperando que volase el puente de un momento a otro, se dirigió hacia la parte izquierda del puente, hasta que oyó a alguien que decía:

– ¿Qué hacemos con la torre de la derecha?

Entonces De Lisio cruzó al otro lado y comenzó a apartar algunos haces de heno que tapaban la entrada de la torre de la derecha.

Sabia iba detrás de él. La carrera sobre el puente le había parecido interminable, como si corriera sobre la rueda de un molino en movimiento. No se atrevía a mirar hacia abajo, donde fluían las aguas del río, a treinta metros bajo sus pies. No se consideraba un buen nadador, ni mucho menos, y se preguntó lo que sería de él cayendo desde semejante altura. En eso oyó un silbido y gritó:

– ¡Joe, te han dado!

De Lisio se palpó, pero no sentía dolor alguno.

– Estás loco -contestó.

– Me pareció que recibías el balazo -insistió Sabia, y en seguida se dirigió corriendo hacia la otra torre. De Lisio, que había quedado solo, ascendió por la torre de la derecha y descubrió a cinco alemanes que se afanaban alrededor de una ametralladora encasquillada. De Lisio hizo dos disparos con su fusil ametrallador, y gritó:

– Hände hoch!

Los sorprendidos germanos se volvieron y alzaron las manos, como les habían ordenado. De Lisio se inclinó y con una mano quitó el cargador de la ametralladora, arrojándolo al exterior, para que sus compañeros supieran que el artefacto había quedado fuera de combate. Luego preguntó en un rudimentario alemán:

– ¿Hay alguien más arriba?

– Nein.

– Vamos a verlo -dijo De Lisio, empujando a los cinco alemanes escaleras arriba.

En lo alto de la torre encontraron a dos hombres, un soldado y un teniente. El primero se quedó inmóvil, pero el teniente, que parecía estar bebido, intentó abalanzarse torpemente hacia un arma que había en un rincón. De Lisio le disparó a los pies y luego le empujó, junto con los demás, escaleras abajo.

En el exterior, Alex Drabik, un larguirucho oriundo de Ohio, esperaba impaciente la aparición de su jefe de pelotón, De Lisio. Le hubiese gustado estar ya en el túnel del ferrocarril. Por fin gritó a los demás:

– ¡De Lisio debe de estar allí sólo! ¡Adelante!

– ¡Adelante! -repitió Sabia, que había ayudado unos momentos antes a Chinchar, Samele y Massie a dejar fuera de combate la ametralladora de la torre de la izquierda. A continuación, siguió al animoso Drabik. Unos segundos más tarde, De Lisio hizo salir a sus siete prisioneros de la torre, los llevó hasta donde estaban las tropas americanas, y corrió luego detrás de Sabia.

Drabik corría tan rápidamente que se le cayó el casco, a pesar de lo cual no se detuvo y fue el primer norteamericano que cruzó el puente.

Inmediatamente después llegó Marvin Jensen, un muchacho de Minnesota que no cesaba de gritar:

– ¿Crees tú que lo conseguiremos?

Pisándole los talones iban Samele, De Lisio, Chinchar, Massie y Sabia.

Timmermann fue el primer oficial que cruzó el puente. Señaló hacia la boca del túnel, situada a unos cien metros adelante, y dijo a Sabia:

– Explore allí, pero no se meta en escaramuzas. Llévese a Joe y a otros dos más.

Como era de esperar, De Lisio había ya decidido investigar dentro del túnel. Sabia le advirtió que caminase sobre las traviesas de las vías, a fin de no hacer ruido y evitar cualquier complicación. Seguidos por varios soldados, penetraron en el oscuro túnel, sin saber lo que podía aguardarles. Pasaron ante unas barricadas y unos vagones de carga. Más allá de una curva se alcanzaba a oír voces apagadas. De Lisio disparó sobre el techo del túnel, y los estampidos se amplificaron con el eco. Se presentaron entonces dos soldados alemanes con las manos en alto. Los americanos los escoltaron hacia atrás, fuera del túnel, y les hicieron atravesar el puente.

6

Cuando Bratge se enteró de que los americanos estaban cruzando el puente, retrocedió hasta donde se hallaba Scheller, en la parte posterior del túnel, y le dijo que necesitaba algunos soldados para llevar a cabo un contraataque. Scheller accedió y el capitán volvió a su puesto, llevándose por el camino a los soldados que encontraba. Cuando llegaba a la boca del túnel que daba al puente, se acercó corriendo un sargento y le dijo que Scheller y dos oficiales más habían desaparecido. Bratge consideró que quedaba al mando de las tropas. Trató de conducir a sus hombres hasta una colina que dominaba el puente, pero los disparos de los americanos le hicieron retroceder. Los civiles que había en el interior del túnel estaban asustados y rogaron a Bratge que cesara en la lucha, tratando incluso de desarmar a los ingenieros. Bratge reunió a los restantes oficiales, que eran Friesenhann y tres tenientes.

– El comandante Scheller y otros dos oficiales se han marchado -dijo Bratge con su pomposa entonación-. No sé el motivo. Lo que sí sé es que no podemos seguir luchando.

Bratge recordó entonces una reciente orden de Hitler, que decía: «Todo aquel que quiera luchar, aunque sea soldado raso, podrá mandar a los demás.»

– ¿Quiere alguno de ustedes luchar?-inquirió a los oficiales-. Porque en tal caso recibirá el mando.

Nadie contestó.

Iba a hacer la misma pregunta a los soldados, cuando un grupo de civiles se dirigió hacia la salida con una bandera blanca. Bratge dijo a sus soldados:

– Os ordeno cesar la lucha, abandonar las armas y salir del túnel.

Al abandonar el túnel, Sabia condujo a sus hombres hacia la pequeña estación de ferrocarril de Erpel, situada a un centenar de metros de la boca del túnel. Un tren avanzaba lentamente procedente del norte. Sabia indicó a sus hombres que se escondieran en una zanja, y observó cómo descendían del tren cierto número de soldados alemanes de edad más que mediana, armados con fusiles, los cuales eran alineados por un joven e impecable teniente. Sabia pensó que aquello iba a resultar como en una película cómica. Así ocurrió, en efecto. Una vez que los soldados se hallaron en línea, los americanos tuvieron que incorporarse y gritar:

– Hände hoch!

Ninguno de los ancianos soldados trató de resistirse, y tampoco lo hizo el atildado teniente.

El resto de la Compañía A estaba tratando de escalar los farallones casi verticales de Erpel Ley bajo un intenso fuego de artillería antiaérea. Resulta aún peor que cruzar el puente. Entretanto, la Compañía C había rodeado el farallón y avanzó hacia la parte posterior del túnel, guardado sólo por un soldado alemán que portaba un «Panzerfaust» (fusil antitanque). Un americano le gritó que se adelantase, a lo cual obedeció el germano.

Al cabo de pocos minutos, Bratge y unos doscientos soldados habían sido capturados.

El teniente coronel Sears Y. Coker, jefe de ingenieros de la división, estaba esperando a Hoge en el puesto de mando de Bierresdorf, cuando el general regresó desde Remagen. Al tener conocimiento del problema de Hoge, Coker se ofreció para marchar al cuartel general de la división a fin de explicar la razón de que Hoge hubiese hecho caso omiso de la orden recibida. Poco después de la marcha de Coker, se presentó el mismo comandante de la división, y antes de que el general Leonard pudiera salir de su coche, Hoge le dijo:

– Bien, hemos tomado el puente.

– ¿Para qué demonios ha hecho esto?-inquirió Leonard, aunque Hoge no se dio cuenta de que estaba bromeando. Luego añadió-: Entonces hemos cogido al toro por el rabo, y les hemos dado un buen dolor de cabeza. Sigamos adelante, e informemos al cuerpo de ejército.

Hoge le tendió entonces el mensaje que había recibido del Tercer Cuerpo, ordenándole seguir hacia el sur.

– Aquí están mis nuevas órdenes. ¿Qué puedo hacer?-inquirió-. Ya tengo las tropas al otro lado.

– Ha desobedecido una orden -manifestó Leonard, quien añadió, haciendo un gesto expresivo-: Pero tenía usted razón y voy a defenderle.

Hoge estaba seguro de que Leonard iba a decirle aquello, pero de todos modos se sintió muy aliviado.

– Conserve lo que ha conseguido hasta ahora -añadió Leonard, con tono decidido-. La división va a ser responsable de lo del puente.

Leonard se preguntó de pronto si los alemanes no habrían colocado bombas de tiempo en la estructura.

– Suponga que vuelan aún el puente -manifestó-. Si ocurre antes de treinta y seis horas, todas las tropas de la orilla oriental se habrán perdido.

Hoge consideró que valía la pena correr aquel riesgo, y declaró:

– Sólo tenemos una fuerza especial en la otra orilla, y la guerra casi ha terminado.

Leonard lanzó un suspiro. Podía ser una trampa del enemigo, pero decidió que también valía la pena correr aquel riesgo.

– No es nada aconsejable el desobedecer órdenes -afirmó-, pero yo también estoy con usted, Bill. Considero que tiene razón.

El coronel Harry Johnson, jefe de Estado Mayor de Leonard, acababa de enterarse de la toma del puente, por boca del coronel Coker, y estaba llamando por teléfono al Tercer Cuerpo. Le atendió el coronel James Phillips, jefe de Estado Mayor de Millikin, al que informó acerca de la captura del puente. Phillips reaccionó lanzando una carcajada, y Johnson trató de convencerle de que no bromeaba.

– Tengo a mi lado a un teniente coronel de West Point, que acaba de llegar de allí y ha hablado personalmente con Hoge. Phillips se puso serio al momento y dijo que el general Millikin había salido de inspección y no regresaría hasta pasadas algunas horas. Johnson se negó a cortar la comunicación; quería que se consintiese a Hoge permanecer en el puente.

– Esto puede resultar decisivo para la marcha de guerra -manifestó.

– Está bien -dijo Phillips, por fin-, manténganse ahí, pero sin grandes sacrificios.

Pero después de una «vehemente y hábil persuasión», por parte de Johnson, accedió a que Hoge trasladase todos sus efectivos al otro lado del Rhin.

Una vez que Phillips había comprometido al Tercer Cuerpo, se propuso hacer lo mismo con el Primer Ejército. Pero también el general Hodges se hallaba de inspección, y su oficial de operaciones no se decidía a darle permiso para extender la cabeza de puente de Remagen. Por vez primera Phillips se encontraba ante un obstáculo, y por vez primera también se ponía en duda la ventaja de semejante golpe de fortuna. Incluso había la posibilidad de que Hoge, Leonard y Phillips, que habían ignorado las órdenes recibidas, pudieran recibir un castigo como consecuencia de la iniciativa demostrada, la que en realidad debía esperarse de todo buen soldado.

El ingeniero Mott y dos sargentos habían procedido a examinar detenidamente el puente. Se vieron obstaculizados en su misión por los disparos de unos soldados apostados en una embarcación medio sumergida que se hallaba unos doscientos metros corriente arriba. Luego un tanque americano lanzó unas cuantas granadas contra la barca y el fuego cesó. Poco después de las 16,30 Mott informó a Engeman que el puente había quedado libre de explosivos, entre los cuales figuraban una carga de trescientos kilos de dinamita. Un grupo de hombres se hallaba ya reparando el gran cráter que había en el acceso al puente.

– Dentro de dos horas podrá abrirse el puente al tráfico de vehículos -aseguró Mott.

– ¿Incluso tanques?-inquirió Engeman.

– Sí, también tanques.

Con el fin de obtener confirmación de lo que había hecho, Engeman envió a Hoge el siguiente mensaje:

«Puente intacto. Traslado efectivos a la otra orilla y preparo el puente para el paso de tanques. ¿Cuáles son sus planes? Aconseje lo antes posible.»

Pocos minutos más tarde, volvió a enviar otro mensaje:

«Organizándome en la otra orilla. ¿Quién protegerá nuestra retaguardia? ¿Cuáles son sus planes? Deseo conocerlos lo antes posible.»

Por fin, Hoge contestó:

«Le respaldamos con todo lo que tenemos. Establezca defensas al otro lado.»

7

Había pasado ya bastante tiempo desde la caída del puente y Hitzfeld, el general alemán bajo cuyo mando se hallaba la zona de Remagen, no sabía nada acerca de la captura del puente. Tampoco tenía noticias de ello Zangen, que había pronosticado lo que iba a ocurrir, ni el superior de éste, Model, cuyo cuartel general estaba siendo trasladado al este del río. El oficial de operaciones de Model, Günther Richhelm, que a los treinta y un años era probablemente el coronel más joven de la Wehrmacht, oyó rumores procedentes de uno de los oficiales de Von Rundstedt, el cual lo supo de un oficial de batería antiaérea procedente de Coblenza. Al no hallar a Model o a su jefe de Estado Mayor, Richhelm asumió el mando de las tropas. Inmediatamente trató de enviar a alguien a la zona del puente, pero sólo halló al comandante de las Tropas de Comunicación del Ejército, general Praun, el cual, cuando se le habló de llevar a cabo un ataque relámpago contra Remagen, protestó diciendo que él sólo era de servicios auxiliares.

Por fin, Richhelm se puso en contacto con el general Wend von Wietersheim, comandante de la 11.ª División Panzer, de Bonn, y le dijo que reuniese a sus tropas.

– Agrúpelas bajo su mando. Será usted el responsable de este ataque.

Wietersheim se mostró de acuerdo, pero no tenía combustible para trasladar sus 4.000 hombres hasta el puente, así como 25 tanques y 18 piezas de artillería.

Richhelm llamó entonces por teléfono al general Joachim von Korzfleisch, el cual se hallaba en el castillo de Bensberg, a treinta y dos kilómetros al norte de Bonn, y le asignó el mando general de toda la operación del puente. Hasta ese momento Kortzfleisch sólo había estado a cargo de la línea defensiva de retaguardia, la cual estaba integrada por algunos grupos dispersos de Volkssturm, y por soldados de reemplazo a medio entrenar. Sus tropas eran tan poco idóneas, que no hacía mucho había dicho a Model:

– Entregarles armas a ellos es como dárselas al enemigo.

Se ordenó entonces a Kortzfleisch que se hiciera cargo de dos divisiones acorazadas del frente, la 11.ª Panzer, y la Panzer Lehr. Kortzfleisch y su oficial de operaciones, oberst (coronel) Rudolf Schulz, se dirigieron hacia el sur bajo la lluvia, hasta la zona del puente. Les llevaría bastante tiempo trasladar las unidades desde el frente hasta Remagen. Lo que necesitaban realmente era una unidad preparada para operar y equipada con combustible.

En un pueblo del Rhin, algo más allá de Bonn, encontraron al fin lo que estaban buscando. Alineado en la calle principal se hallaba un batallón acorazado completo, compuesto por dieciséis tanques cargados con combustible y municiones. Su comandante, oberstleutnant (teniente coronel) Ewers, manifestó que sus fuerzas eran parte de la 106.ª Brigada Acorazada, destinada a Bonn, pero dijo estar dispuesto a echar a los americanos de nuevo al otro lado del Rhin. Durante una hora, Kortzfleisch trató vanamente de que se cambiase la misión de Ewers. Al fin, lleno de desesperación, llamó por teléfono al mariscal de campo Model.

– Si Ewers y sus veteranos soldados no hacen retroceder esta noche a los americanos -manifestó-, me temo que quedará abierto para el enemigo un importante acceso de Alemania. Ante la sorpresa de Kortzfleisch, Model replicó que estaba al corriente de la situación, y que incluso había hablado de ello con Hitler. El Führer no consideraba a Remagen de importancia, y había ordenado que la 106.ª Brigada siguiera hacia Bonn. Tranquilo de ordinario, Kortzfleisch perdió la calma.

– ¡Herr mariscal de campo! -exclamó-. Me veo obligado a informarle que esa orden será decisiva para la marcha de la guerra.

Mientras Ewers se dirigía contra su voluntad hacia Bonn, Kortzfleisch y Schulz se encaminaban hacia el sur. A cinco kilómetros de Erpel se presentó ante ellos un comandante de artillería alto y de aspecto desastrado. Era Scheller, el cual dijo roncamente que debía llamar por teléfono a Model para informarle de lo ocurrido en el puente. Schulz pensó que parecía un hombre «que acabase de salir de un cenagal, y cuyo espíritu estuviese afectado por una gran pesadumbre».

Scheller informó que la infantería americana que se hallaba en la orilla oriental era aún endeble, y podría ser fácilmente rechazada si se lanzaba un ataque inmediatamente. Rogó a Kortzfleisch que actuase en seguida, ya que una demora de unas pocas horas podía resultar desastrosa. Pero la unidad a la que Richhelm había ordenado bastante antes que llevase a cabo el primer ataque aún estaba tratando de conseguir gasolina, y no se hallaría en condiciones de operar hasta el día siguiente.

Bastante después del anochecer llamaron por teléfono a Zangen, desde el cuartel general de Model, y le informaron que siguiera manteniendo todas las posiciones al oeste del Rhin, a pesar de lo ocurrido en Remagen. Zangen se preguntó si todos se habrían vuelto locos. Pero el desobedecer órdenes se estaba convirtiendo en una costumbre, e inmediatamente mandó que todas las unidades disponibles, así como parte de la artillería, cruzasen hacia la orilla oriental del Rhin.

Desde el atentado del 20 de julio, nada había preocupado tanto a Hitler como la caída del puente de Remagen. Para él aquello era una nueva traición, y estaba decidido a castigar al responsable. Eso también le daba una excusa para librarse del anciano Von Rundstedt, el cual sólo parecía estar interesado en retirarse. En consecuencia, Hitler llamó al mariscal de campo Albrecht Kesselring, el comandante del frente italiano, y le ordenó que se presentase inmediatamente en Berlín. Kesselring pidió que le explicasen el motivo, pero sólo le contestaron que se diera prisa.

También envió Hitler una llamada urgente al hombre del que dependía cada vez más en tales situaciones: Otto Skorzeny. Cuando el corpulento austríaco llegó a la Cancillería, Hitler se hallaba en la cama, y fue Jodl quien le dijo que el Führer deseaba que destruyese el puente de Ludendorff con su grupo especial de hombres ranas. Por vez primera en su carrera militar, Skorzeny no se mostró demasiado entusiasmado. La temperatura del Rhin -aseguró- era en esa época de casi cero grados, y como los americanos estaban ya extendiendo la cabeza de puente río arriba, veía escasas probabilidades de éxito. Prometió enviar a sus mejores hombres desde Viena a Remagen, pero pidió que se dejase a los buceadores que ellos mismos decidiesen si debían correr el riesgo, después de estudiar la situación.

8

La indecisión del Primer Ejército para aprobar el cruce de Hoge terminó en cuanto Hodges regresó a Spa al anochecer. Allí se hallaba al fin la ocasión de abrir una gran brecha en el Frente Occidental, pensó Hodges, y estaba decidido a lanzar diez divisiones por aquella cabeza de puente. En consecuencia, ordenó inmediatamente que cruzasen el puente todos los efectivos disponibles. Luego llamó a Bradley a su cuartel general del castillo de Namur y le dijo con su habitual calma:

– Brad, hemos tomado un puente.

– ¿Un puente?¿Se ha apoderado de un puente intacto sobre el Rhin?

– Leonard tomó el de Remagen antes de que lo volasen.

– ¡Por todos los cielos, Courtney, esto nos facilitará las cosas! ¿Está haciendo que lo crucen ya las tropas?

– Voy a poner allí todo lo que tengo.

– Magnífico.

Hodges añadió que enviaría inmediatamente las divisiones 78.ª y 9.ª de Infantería, y preguntó si podría mandar también la 99.ª División.

– Cruce todos los efectivos que pueda, Courtney, y sujete bien esa cabeza de puente -contestó Bradley, mientras observaba su mapa de campaña-. Los de enfrente seguramente tardarán aún un par de días en reunir tropas suficientes para atacarle con algún éxito.

La captura del puente de Remagen provocó mayor sensación en los diversos cuarteles generales del Frente Occidental, que cualquier otro acontecimiento desde la batalla del Bulge, pero cuando Bradley se sentó a cenar aquella noche, aún no había llamado por teléfono a Eisenhower. Daba la coincidencia, sin embargo, de que su invitado a la cena era aquella noche el oficial de operaciones de Eisenhower, el general de división Harold Bull, el cual era también uno de los mejores amigos de Bradley. Bull era un hombre sencillo, de gran competencia en su profesión. Procedía de Nueva Inglaterra y era pequeño, de suaves modales y de pelo rojizo. Había llegado a Namur poco antes de la cena para discutir el plan de Eisenhower de enviar cuatro de las divisiones de Bradley al general Jacob Devers, a fin de reforzar el Sexto Grupo de Ejército para la proyectada ofensiva del Sarre. Igualmente deseaba ver personalmente la ayuda que necesitaba Bradley para seguir adelante con su ataque, y la posible táctica a emplear para apoyar una eventual ofensiva de Patton.

En cuanto Bull penetró en el castillo, uno de los oficiales de Estado Mayor de Bradley le preguntó:

– ¿No se ha enterado de la buena noticia?

Y le refirió lo de la captura del puente. Bull se dio cuenta de las posibilidades que la acción entrañaba, pero pensó en el efecto que podía tener sobre el cruce principal del Rhin, a llevar a cabo por Montgomery dos semanas después. Durante toda la cena Bull no dejó de pensar en el puente y en los problemas que planteaba, pero ante su sorpresa, Bradley ni siquiera mencionó el asunto. Bull se preguntaba qué decisión deberían tomar Eisenhower y Bradley.

Después de la cena, los dos militares se trasladaron a la sala de operaciones de guerra de Bradley, y por vez primera se mencionó la captura del puente. Este era un hecho «importante y heroico», según las palabras de Bull, pero no era realmente ventajoso a causa del pésimo terreno que había al otro lado.

– No irá a ninguna parte por ahí, Bradley -dijo Bull-. Además esa operación no encaja en el plan general.

– ¡Al demonio con el plan! -exclamó Bradley-. Un puente es un puente, y mucho mejor aún, si éste cruza el Rhin. -Sólo quería decir que Remagen no es el lugar ideal para cruzar el río.

– No me propongo desechar el plan general -manifestó Bradley-, sino sólo afianzar el cruce con cuatro o cinco divisiones. Tal vez pueda utilizarse como un medio de engañar a los alemanes, o bien sirva para fortalecer el movimiento envolvente del sur del Rhin. De todos modos, se trata de un cruce del río. ¡Por todos los cielos, no podemos desperdiciarlo!

– Pero una vez haya usted cruzado, Brad -insistió Bull-, ¿adónde piensa ir?

Bradley le condujo hasta el mapa mural y le enseñó un camino en una zona determinada. Después de que Hodges hubiese recorrido dieciséis kilómetros más allá del puente, hasta la autopista Bonn-Francfort, podía dirigirse hacia el sudeste, en dirección a Francfort, durante ochenta kilómetros, y luego torcer directamente hacia el este.

Bull examinó el mapa, golpeó en él levemente con el dedo y dijo bromeando:

– Apuesto a que lo conseguirán.

No obstante, reiteró que sería muy difícil cambiar todo el plan.

– Al infierno con los cambios -dijo Bradley bruscamente-. No se trata de cambiar nada en absoluto, sino de aprovechar ese puente. Tengo que sacar ventaja de la situación.

Bull quedó sorprendido del áspero tono de su amigo. Después de todo, no veía qué había de malo en que un oficial de operaciones señalase las complicaciones que la toma del puente entrañaba «aparte de sus numerosas ventajas». Por otro lado, no entendía la razón de que Bradley le pidiera a él permiso para llevar cuatro divisiones más allá del puente. Ike era el que debía decidir al respecto. De pronto Bull se dio cuenta de que Bradley aún no había hablado con Eisenhower acerca del puente, y la noticia databa al menos de hacía dos horas.

– Puede hablarme toda la noche, Brad, que eso no cambiará las cosas. No puedo darle permiso para que envíe cuatro o cinco divisiones a la otra orilla.

Eran casi las ocho de la noche cuando Eisenhower se sentó a cenar en su casa de Reims. Sus invitados eran su ayudante naval, capitán Harry Butcher, el teniente general Frederick Morgan, y un grupo de comandantes americanos, entre los que se contaban los generales de división Maxwell Taylor, James Gavin y Matthew Ridgway. Este último había sido requerido para un lanzamiento de paracaidistas al otro lado del Rhin en el curso del proyectado ataque de Montgomery. Poco antes de terminar el primer plato, Eisenhower fue llamado al teléfono. Cuando Eisenhower escuchó la noticia de Bradley acerca de la toma del puente, afirmó que apenas si podía dar crédito a lo que oía, y luego exclamó:

– ¿Cuántos efectivos tiene en la zona, que pueda trasladar a la otra orilla?

– Tengo más de cuatro divisiones, pero le he llamado para asegurarme de que la operación no perjudicaría sus planes.

Bradley no tenía por qué preocuparse, ya que Eisenhower contestó:

– Está bien, Brad, esperábamos tener esas divisiones alrededor de Colonia, pero siga adelante y utilice inmediatamente cinco divisiones, o las que haga falta, para retener nuestra conquista. Eisenhower se mostró sumamente contento, y más tarde recordaría siempre aquel momento como «uno de los más felices de la guerra».

– Eso era exactamente lo que yo pensaba hacer -manifestó Bradley alegremente-, pero el asunto que más me importaba era no obstaculizar sus planes, y por eso he querido consultar con usted.

Todos escuchaban con gran atención desde la mesa. A las palabras de Bradley contestó Eisenhower:

– Dejemos en paz los planes. Claro que sí, Brad, siga adelante y le proporcionaré todo lo que pueda, para que logremos retener esa cabeza de puente. La utilizaremos, aunque el terreno no sea el más apropiado.

Ridgway se inclinó hacia Butcher y dijo:

– Oiga, Butch, ¿no puede meternos en este asunto? Tiene buen cariz.

Después de colgar el auricular, Eisenhower regresó radiante a la mesa.

– Hodges ha tomado un puente en Remagen, y sus tropas ya lo están cruzando.

Butcher manifestó que a los militares presentes les gustaría participar en la operación. Eisenhower contestó que no tenían allí ninguna ocasión de intervenir, y que en cambio les sobraba trabajo en muchos otros lugares.

Sobre el farallón que dominaba el puente de Remagen caía la lluvia con pertinaz insistencia. Mientras las tres compañías de infantes del 27.° Batallón de infantería acorazada se protegían como podían pegándose contra el elevado risco, los ingenieros se dedicaban a reparar frenéticamente el cráter abierto en el acceso occidental del puente. Los ocupantes de los tanques esperaban con ansiedad, y algunos deseaban secretamente que el puente volase antes de que la calzada estuviese reparada.

Unos momentos más tarde comenzaron a llegar nuevos refuerzos, y la entrada del puente quedó atestada de camiones, tanques, cañones autopropulsados y otros vehículos, cuyo número aumentaba por momentos. No muy lejos de allí, en su puesto de mando situado en una bodega, el coronel Engeman decía a sus oficiales que no sabía si el puente sería capaz de soportar el peso de los tanques, después de las reparaciones efectuadas.

– Pero es menester que lo probemos -declaró.

A continuación explicó que los ingenieros trazarían una línea blanca sobre el piso del puente para guiar a los conductores de los vehículos en medio de la oscuridad nocturna. Al llegar al otro lado, los carros de asalto quedarían detenidos hasta el amanecer, en que se reanudaría el avance.

El capitán George Soumas, comandante de los tanques que iban a efectuar el cruce nocturno, se volvió hacia el primer teniente C. Windsor Miller, un corredor de bienes raíces de Washington, D. C., cuyo pelotón de tanques encabezaría la columna y le dijo:

– Creo que será mejor que lleve un tanque por delante, esta noche.

La observación se debía a la costumbre de Miller de ir siempre en el primer carro de asalto. Miller no dijo nada, pero seguía pensando ir el primero. Engeman se dio cuenta de ello, y manifestó:

– Miller, le han dado una orden. Tiene que llevar un tanque delante del suyo. No quiero perder a mis oficiales sin necesidad.

Poco después Miller se dirigía en medio de la oscuridad hacia donde se hallaba el comandante de su tanque número dos, el sargento William Goodson, apodado «Speedy» por lo rápido y desenvuelto que era.

– «Speedy» -le dijo Miller-, me han dado una orden muy desagradable, que debo transmitirle. Usted y yo deberemos cambiar de lugar esta noche.

Goodson no dijo nada, pero en su interior se preguntó irónicamente: «¿Cómo me concederán a mí semejante honor?»

Las dotaciones de los tanques ocuparon sus vehículos y esperaron. Transcurrían los minutos interminablemente, y al fin, a medianoche, dijeron a Soumas que el puente estaba en condiciones, y el capitán hizo disponer sus carros de asalto al frente de los grandes tanques pesados. Por fin, el tanque de Goodson avanzó hacia el puente con un lúgubre rechinar de piezas de acero. Goodson oyó la voz de Miller que le decía por radio:

– Con calma…, despacio. No se adelante demasiado de mi tanque.

En la mitad del puente Miller perdió de vista al tanque delantero, e inquirió:

– ¿Dónde está, «Speedy»?

– ¿No oye esos golpes? Está chocando contra mi tanque -contestó Goodson.

Miller recordó la expresión «oscura como la boca de un lobo». Así era aquella noche. Trató de descubrir la línea blanca pintada en el suelo, pero tampoco alcanzaba a distinguir. No hubo disparos por parte de los alemanes mientras los tanques cruzaron el puente, pero en cuanto éstos se internaron por la carretera que bordeaba la margen oriental del Rhin, se inició el fuego de ametralladoras. Los tanques siguieron hacia el norte, hasta Erpel, y quedaron rodeados por todas partes de alemanes. Algunos gritaban «Kamsrad!», pero la mayoría seguía disparando sus armas.

– El enemigo dispara sobre nosotros -dijo Miller, por radio-. Algunos tratan de rendirse. Envíen la infantería para hacerse cargo de los prisioneros.

– Deberá mantener esa posición aunque destruyan uno por uno a todos sus tanques -fue la respuesta de Engeman. Pero Miller se hallaba en más apurada situación aún de lo que él mismo creía. No habría refuerzos blindados hasta pasadas varias horas, ya que los tanques pesados habían seguido a los «Pershing» hasta el lugar del cráter apresuradamente reparado. Allí el primero se atascó y quedó bloqueando parcialmente el acceso del puente.

El coronel Coker, jefe de ingenieros de la división, se aproximó al tanque y estudió la posibilidad de lanzarlo al río, pues estaba inclinado sobre la orilla, pero desechó la idea por impracticable. Su preocupación aumentaba, ya que si no lograba retirar el tanque antes del alba, la cabeza de puente podía darse por perdida.

A todo esto, los soldados de infantería que habían pasado a la otra orilla comenzaron a retroceder, manifiestamente asustados. Junto al farallón habían oído el rumor de que todas las tropas tenían que retirarse inmediatamente, y como dicho rumor se originó en un oficial, se le dio crédito y cuando Deevers se dio cuenta de lo que ocurría, un tercio de los hombres habían huido hacia Remagen.

A las 4,30 de la mañana se hallaban ya reunidos los primeros refuerzos enviados por Hodges, dispuestos para cruzar el puente y fortalecer la posición de la otra orilla. Al teniente coronel Levis Maness, que dirigiría el primer grupo, le dijeron:

– No hay problema para cruzar el puente. Al otro lado sólo hay desmoralización.

Maness deseó que los desmoralizados fueran los alemanes. Al fin condujo a su batallón -unos setecientos hombres- hasta el puente, preguntándose si debía llevar a sus hombres en columna abierta o cerrada. Pero después de dar unos pasos sobre los crujientes tablones del puente la elección le pareció evidente, y exclamó:

– ¡Crucemos y salgamos de aquí lo antes posible!

Mientras tanto, el coronel Coker, lleno de barro pero triunfante al fin, había conseguido colocar una palanca que permitiría retirar el tanque de su atasco. Media hora más tarde el camino estaba de nuevo despejado. Se procedió rápidamente a reparar la calzada, y al momento los tanques, camiones y demás vehículos iniciaron el cruce en una caravana ininterrumpida.

Apuntaba el alba cuando los infantes de la 78.ª División comenzaron a cruzar a la otra orilla, mirando fascinados muchos de ellos las cenagosas aguas que se deslizaban por debajo. En ese momento cien ingenieros alemanes, enviados por el mayor Herbert Strobel, trataron de llegar al puente para volarlo. Hubo una lucha breve pero violenta, y algunos alemanes llegaron hasta el puente con una gran carga de explosivos, pero antes de que pudieran colocarla fueron capturados.

A las ocho de la mañana Hoge y Cothran pasaron el puente en un «jeep», seguidos por una camioneta de comunicaciones. Cerca de la torre que había tomado De Lisio, el general vio un casco americano caído en el suelo. Detuvo el vehículo y recogió el casco. Era el de Drabik. Las granadas alemanas estallaban en las proximidades, y Hoge pudo oír las ametralladoras americanas disparando al otro lado. Después de cruzar el puente, el general siguió hasta Erpel y estableció su puesto de mando en el sótano de la casa del alcalde.

Una hora y media más tarde, el capitán Soumas decidió que era hora de remontar la orilla del río con cinco de sus tanques. Los cinco «Pershing» avanzaron hacia el sur durante varios kilómetros, a lo largo de la carretera que bordeaba el Rhin. En los suburbios de Linz se encontraron con el capitán Gibble, el capellán que había tomado vistas del primer cruce del puente. A primeras horas de aquella mañana Gibble había instalado un altar de campaña en la entrada del túnel, pero creyendo que debía hacer algo más, se trasladó en «jeep» hasta la ciudad de Linz, donde los funcionarios locales se le rindieron de buen grado. Manifestaron que Linz había sido declarada ciudad abierta a causa de un gran hospital que en ella había, y donde sólo se encontraban heridos y personal médico alemán. Soumas, sin embargo, se mostró receloso y estableció un bloqueo inmediatamente. Poco después, desde la ciudad partían disparos de «bazookas» y armas ligeras.

Linz era el cuartel general del comandante Strobel, el que había ordenado el audaz aunque inútil ataque para volar el puente a última hora. Strobel se veía ante el dilema de haber recibido órdenes completamente distintas de dos generales: uno quería que las tropas se retirasen, y el otro que atacasen. El generalleutnant (general de división) Richard Witz, oficial de ingenieros de Model, le dio instrucciones para que cruzara a la orilla oriental del Rhin, antes de que quedasen cercadas las tropas. El generalleutnant Kurt von Berg, comandante del Área de Combate XII Norte, le ordenó que lanzase cuantos efectivos tenía contra la cabeza de puente de los americanos.

Strobel decidió obedecer la última orden, y a tal fin reunió a todos sus ingenieros para llevar a cabo el contraataque, sin exceptuar a los que manejaban los botes del río. Wirtz se enteró de esto y envió a los maquinistas de nuevo a su trabajo. Cuando Berg a su vez vio que las embarcaciones de la zona seguían en actividad, estalló iracundo, y la querella entre los miembros del mando se agudizó notablemente. Como consecuencia de éste y otros conflictos, sólo se llevaron a cabo algunos ataques esporádicos contra el puente, y mediada la tarde más de ocho mil soldados norteamericanos habían cruzado el Rhin.

Eisenhower llamó por teléfono a Montgomery y con gran tacto le propuso ampliar la cabeza de puente. El mariscal de campo se mostró totalmente de acuerdo.

– Será una grave amenaza para el enemigo, y atraerá buen número de sus fuerzas, distrayéndolas de nuestro asunto del norte -declaró Montgomery, el cual siguió adelante con su minucioso plan para cruzar el Rhin en masa.

Si bien los periodistas aliados habían oído rumores acerca de la captura del puente, y varios de ellos se encontraban ya en Remagen, sólo al anochecer se les proporcionó el informe oficial, y hasta la mañana siguiente los periódicos de Estados Unidos no publicaron la noticia. Desde el día del desembarco en Normandía los americanos no se habían mostrado tan orgullosos.

El New York Times, comentando una noticia de la Associated Press, manifestaba:

«El rápido y sensacional cruce del Rhin ha sido una acción de guerra sin paralelo desde que las legiones de Napoleón cruzaron dicho río a principios del siglo pasado.»

Han Boyle, corresponsal de la ya mencionada agencia de noticias, expresó aún mejor el sentimiento de los soldados norteamericanos:

«Exceptuando la gran batalla de carros de asalto que tuvo lugar en El Alamein, es probable que ningún combate de tanques llegue a recordarse más que el veloz ataque que por vez primera condujo al ejército americano al otro lado del Rhin, en Remagen.

»El hecho fue llevado a cabo por la Novena División Acorazada de Estados Unidos.

»No resulta exagerado afirmar que el rápido cruce del Rhin, efectuado en un lugar relativamente expuesto y por unos hombres que sabían el riesgo que corrían de que el puente volase de un momento a otro bajo sus pies, ha ahorrado a la nación americana cinco mil muertos y diez mil heridos.»

9

El 8 de marzo diez aviones germanos atacaron el puente de Ludendorff, pero las baterías antiaéreas americanas, que habían sido instaladas rápidamente, les hicieron huir antes de que pudieran ocasionar ningún daño de gravedad. El estallido de las granadas artilleras alemanas no podía evitarse, por desgracia, y aunque el farallón de Remagen protegía el puente, las explosiones en las orillas del río provocaban numerosos muertos entre los soldados americanos, y ponían en peligro la ya por sí endeble cabeza de puente.

Poco a poco fue extendiéndose ésta y entonces surgieron los problemas consiguientes. El comando de combate de Hoge, así como sus comunicaciones, no estaban en condiciones de enfrentarse con la situación, y Hoges los reemplazó con un comandante de división. Poco antes de la medianoche, el general Louis Craig, de la Novena División de Infantería, se dispuso a cruzar el puente. Aunque no lo vio, pasó al lado de un cartel que decía:

CRUCE EL RHIN SIN MOJARSE LOS PIES

CORTESÍA DE LA 9.ª DIVISIÓN ACORAZADA

Como en la noche anterior, la oscuridad era tan intensa que el cruce del puente costó no pocas dificultades al conductor del automóvil que llevaba a Craig. Este quedó convencido de que el puente sólo podía ser empleado para conducir efectivos hacia la orilla oriental. Pero hasta en ese sentido quedó interrumpido el tránsito cuando en la tarde siguiente una granada alemana acertó a un camión que transportaba municiones, en el momento en que llegaba al acceso occidental del puente. A pesar de ello, Craig siguió ampliando la cabeza de puente a los lados y en profundidad, y los alemanes, aún sin organizarse, continuaron retrocediendo poco a poco.

La suerte de la cabeza de puente no se decidió en una batalla, sino en la ciudad de Reims. El entusiasmo de Eisenhower sobre Remagen había comenzado a enfriarse. Estaba comprometido con el ataque a realizar por Montgomery, el cual exigiría diez divisiones más después de que la primera hubiese cruzado el Rhin. Por ello decidió enviar sólo cinco divisiones a Remagen. Cuando Hodges llegó al 12.° Grupo de Ejército para recibir una condecoración francesa, Bradley le dio la mala nueva, que significaba que Hodges sólo podría extender su cabeza de puente unos mil metros por día, «lo que no podría impedir que el enemigo minase y levantase trincheras alrededor de la zona». Por otra parte, cuando Hodges llegase a la autopista Bonn-Francfort, debería esperar hasta que Eisenhower le diera la orden de avanzar.

Por una vez Hodges dejó oír sus protestas. El Primer Ejército había conseguido uno de los éxitos más resonantes de la guerra, manifestó, y las posibilidades que el mismo ofrecía eran incalculables. Bradley era del mismo parecer, pero creía que había que esperar hasta que Eisenhower decidiera respecto a un plan que acababan de someterle: un segundo cruce del Rhin, llevado a cabo por Patton, el cual estaba esperando más al sur, simultáneamente con un avance desde la cabeza de puente de Remagen. Cuando las fuerzas de Hodges y de Patton se encontrasen, se dirigirían ambas hacia el Norte, para unirse a los efectivos de Montgomery al este del Rhin, con lo que quedaría cercada toda la zona industrial del Ruhr. Era un plan arriesgado pero interesante, y Eisenhower prometió estudiarlo con atención.

Kesselring llegó a Berlín al mediodía, y mientras esperaba para ver a Hitler en privado, después de la comida, alguien mencionó, como al azar, que le llamaban para que reemplazase a Von Rundstedt. Kesselring creyó que se trataba de una broma, pero Von Keitel y Jodl lo confirmaron. Kesselring, al que apodaban «Alberto el sonriente», a causa de su inagotable optimismo, frunció el ceño. Dijo que le necesitaban en Italia, y que aún no se había recuperado por completo de un accidente de automóvil que sufriera no hacía mucho. Pero Von Keitel y Jodl le aseguraron que tales argumentos no le valdrían con el Führer. Así fue, en efecto. Hitler dijo a Kesselring que la pérdida del puente de Ludendorff requería un cambio en el mando.

– Sólo un comandante más joven y activo, que tenga experiencia en la lucha contra las Potencias Occidentales, y que goce de la confianza de sus hombres, podrá quizá remediar la situación -manifestó Hitler, sin mencionar el nombre de Von Rundstedt. Luego ordenó a Kesselring que «aceptase aquel sacrificio», aun en detrimento de su precaria salud.

– Tengo confianza en que hará usted lo humanamente posible. Es de gran urgencia restablecer la situación, y estoy seguro de que puede hacerse -manifestó el Führer.

Así pues, el hombre que unas horas antes había considerado a Bonn como más importante que Remagen, afirmaba ahora que el punto más vulnerable era el puente de Ludendorff. La prolongada explicación de Hitler impresionó grandemente a Kesselring, al cual le pareció que el Führer era «notablemente lúcido y demostraba una asombrosa percepción de los detalles». También quedó en claro el papel de Kesselring en aquel complejo rompecabezas: lo único que tenía que hacer era «resistir».

La cólera de Hitler ante la captura del puente de Ludendorff por los americanos aún no había cesado, y ello se debía a un motivo especial. La caída del puente significaba igualmente la pérdida de la última defensa natural en el Oeste, es decir, el Rhin. El Führer se hallaba por consiguiente más decidido que nunca a castigar a los «responsables», por más que el culpable era él, en realidad. Su machacona insistencia de mantener a toda costa el frente occidental, había abierto la puerta de Remagen, y su propia orden, prohibiendo que los puentes del Rhin fueran destruidos hasta el último momento, había forzado a Scheller a demorarse tanto tiempo. Eran éste y Model los verdaderos responsables, pero Hitler relevó sumariamente a Von Rundstedt del mando, cuando él era precisamente el que había propuesto con sentido de la realidad una retirada ordenada detrás del Rhin, lo cual hubiera evitado la pérdida de Remagen. Siguiendo el mismo razonamiento, Hitler se preparó a castigar a los que estaban directamente encartados en el asunto, como eran Scheller y Bratge. Si a éstos se les castigaba inmediata y ejemplarmente, se impediría que cundiera la indisciplina y la cobardía en el Frente Occidental. Por consiguiente Hitler creó el «Tribunal Volante Especial del Oeste», una corte móvil que iniciaría sus juicios contra soldados y oficiales de cualquier rango, en el mismo lugar de los hechos, y que podría ejecutar sus sentencias en el acto. Para dirigir este tribunal nombró al SS gruppenführer (general de división) Rudolf Hübner, el cual era un fiel miembro del Partido.

El 10 de marzo Hübner informó a la Cancillería del Reich que iba a iniciar el proceso contra «los cobardes y traidores» de Remagen. Por la noche, Hübner y dos ayudantes -ninguno de ellos con conocimientos legales- llegaron al puesto de mando de Kesselring, situado cerca de Bad Nauheim, y explicaron su misión. El mariscal de campo replicó acaloradamente que semejante tribunal no haría más que debilitar la moral a lo largo de todo el Frente Occidental, y se excusó diciendo que tenía cosas importantes que hacer. Lo primero era telefonear al cuartel general de Von Keitel. Kesselring informó que sus impresiones acerca del frente dejaban mucho que desear. Las probabilidades en contra eran excesivas.

– Al comprobarlo de cerca -manifestó Kesselring-, la situación me parece mucho más seria de lo que había creído.

A continuación insistió en que se satisficieran todas sus necesidades total y rápidamente.

Al día siguiente, por la mañana, Kesselring y su jefe de Estado Mayor, generalleutnant (general de división) Siegfried Westphal, se dirigieron hacia una zona situada al norte de Remagen, con el fin de ver a Model. Al pasar ante numerosas tropas que se dirigían hacia el Este con vehículos llenos de bultos, Westphal hizo notar:

– Esta es realmente la situación que impera en el Frente Occidental.

Kesselring movió significativamente la cabeza y dijo:

– Si hubiese venido yo tres meses antes…

Luego, al encontrarse con Model, Kesselring declaró con acento decidido:

– Arroje a los americanos más allá del Rhin.

– Trataré de hacerlo -dijo el comandante del Grupo de Ejército B-, pero no creo que posea las fuerzas suficientes para conseguirlo.

Por la tarde los comandantes que tenían relación con Remagen elevaron sus quejas a Kesselring. El generalleutnant Fritz Bayerlein dijo que cada vez que elaboraba un plan de ataque se enteraba de que los americanos habían tomado la zona de operaciones.

– Las zonas de operaciones no resultan fáciles de establecer para el mando alemán, en vistas de los progresos de los norteamericanos -afirmó Zangen sarcásticamente, y exhortó a Kesselring a que le dejase atacar inmediatamente y con todas las fuerzas disponibles.

– Cada día que pase sin contraatacar nos obligará a lanzar el doble de hombres. De otro modo sólo experimentaremos reveses, y derrocharemos inútilmente nuestras fuerzas.

Luego Zangen predijo que los americanos, tras llegar a la autopista, harían lo que había planeado Bradley, es decir, dirigirse hacia Francfort, y después encaminarse directamente hacia el Este, en dirección al centro de Alemania.

Al terminar el día, Kesselring se convenció de que Remagen estaba consumiendo casi todos los suministros y el material enviado al frente occidental. La suerte de toda la zona del Rhin dependía de que se contuviese la cabeza de puente de los americanos. Pero, ¿cómo podría hacerlo, con el precario estado de sus tropas? Lleno de frustración, se sentía «como un pianista que debe interpretar una sonata de Beethoven ante un selecto auditorio, y que para ello sólo dispone de un antiguo y desvencijado piano».

Aquella misma mañana, a hora temprana, la primera corte marcial inició sus sesiones en una granja situada a unos cuarenta Y ocho kilómetros al este del Rhin. Los tres jueces tomaron asiento en un diván del salón de la casa, en tanto que el oberst (coronel) Felix Janert, oficial jurídico del grupo de Ejército B, se sentaba en una destartalada silla. Bratge fue juzgado in absentia y sentenciado a muerte. Luego introdujeron en la habitación al comandante Scheuer, pálido y nervioso. Las rápidas preguntas de Hübner le desconcertaron, y tardó algún tiempo en dar respuestas satisfactorias. Hübner gritó:

– ¿Admite su cobardía y su culpa?

Scheller murmuró una respuesta afirmativa, y luego se lo llevaron. Los tres jueces lo condenaron a muerte.

El siguiente fue un teniente de artillería antiaérea, Karl Peters. Dijo haber transportado la mayor parte de sus baterías al otro lado del puente de Ludendorff, pero admitió que posiblemente quedó alguna de estas armas -que se consideraban como secretas- al oeste del Rhin. Antes de que Peters pudiera explicar la razón de aquello, Hübner exclamó:

– ¡Es usted culpable de alta traición y merece ser fusilado por cobardía!

– Sí, señor -murmuró el atemorizado Peters, y pocos minutos más tarde le condenaban también a muerte. Hübner juzgó y condenó igualmente a muerte al comandante Strobel, el ingeniero militar de Linz que había lanzado el audaz ataque destinado a volar el puente, y al comandante August Fraft, superior inmediato de Friesenhahn, quien no estaba en la zona cuando le correspondía.

Kesselring, que había protestado por aquellos juicios, se vio obligado a publicar las sentencias. En un mensaje especial, advertía a todos los soldados del Frente Occidental: «El que no vive con honor, debe morir en la vergüenza.»

10

El mismo día en que Bradley dijo a Hodges que sólo podría llevar cinco divisiones a la cabeza de puente de Remagen, Patton se hallaba en Namur para recibir una condecoración de los franceses, y dijo a su jefe de Estado Mayor, general de división Hobart Gay, que Eisenhower, según Bradley, no era partidario de un ataque de Montgomery, exclusivamente, pero que temía «que debía llevarse a cabo». El disgusto de Patton quedó registrado en el Diario de Gay:

«…Un comentario originado sólo en el autor de este Diario, es que si el comandante supremo no cree en ello, debiera decir "NO", a semejanza de otro comandante americano que golpeó en su escritorio y exclamó: "No, maldición, no!", con lo cual hizo historia. Se dijo posteriormente que el Primer Ejército tenía autoridad para ampliar la cabeza de puente de Remagen hasta unos quince kilómetros de profundidad y treinta y cinco de anchura. Esta es una afirmación peregrina, si se piensa que el principal esfuerzo americano debe consistir en derrotar a las fuerzas alemanas, y que el Rhin es la última gran barrera natural que se interpone entre ellos y el Este, en esa zona…»

El hombre más afectado por la decisión temporal de Eisenhower, Courtney Hodges, no dejó que su decepción atenuase la decisión de ampliar la cabeza de puente todo lo posible hacia el Este. Las cosas marchaban demasiado despacio para su gusto. También le preocupaba el mismo puente, que estaba próximo a derrumbarse. Por fortuna, el pontón auxiliar que se construía unos quinientos metros hacia el Norte, quedó terminado el 10 de marzo. Además, era probable que quedase pronto abierto al tráfico el pesado pontón situado kilómetro y medio hacia el Sur. Por si esto fuera poco, buen número de embarcaciones fluviales transportaban municiones y gasolina a la orilla oriental, regresando con heridos. Los medios más rápidos -balsas con dos motores fuera borda- podían efectuar el peligroso viaje en ocho o diez minutos.

El Primer Ejército sólo disponía de tres puentes y de parte de otros dos, pero el coronel de ingenieros William Carter estaba trasladando al Rhin siete más. El mismo Hodges no tenía idea de la misteriosa procedencia de los siete puentes. En Amberes, uno de los hombres de Patton pintaba el letrero «Tercer Ejército» a todo puente que llegaba, pero el Primer Ejército tenía un «amigo» en la estación de Lieja que borraba concienzudamente los letreros y despachaba los puentes al coronel Carter. Aunque los hombres del Tercer Ejército de Patton se jactaban abiertamente de ser los mejores cacos de todo el frente europeo, el moderado Primer Ejército hacía merecimientos sobrados para quedarse con el título.

En la tarde del 10 de marzo, Hodges se dirigió en automóvil a Remagen para ver lo que ocurría al otro lado del río. En cuanto el tráfico del puente quedó despejado, el vehículo del general pasó rápidamente a la otra orilla. Craig dijo a Hodges que en la cabeza de puente se hallaban unos veinte mil hombres. Además, la 99.ª División estaba efectuando el cruce y se hallaría en condiciones de operar un día después. La situación parecía asegurada, y las divisiones 9.ª y 78.ª avanzaban a razón de un kilómetro por día. Aun cuando éste era el límite que Bradley había impuesto, Hodges insistió en que se acelerase la marcha.

Poco después que el general hubo atravesado el Rhin, el puente Ludendorff quedó cerrado al tránsito y los ingenieros se dispusieron a reparar con equipo pesado los grandes desperfectos que había causado la explosión de la carga colocada por el sargento alemán Faust. Los ingenieros militares manifestaron que si no se soldaba una gran plancha de acero en aquel lugar, el puente se desmoronaría. Pero el gran puente ya no era absolutamente indispensable. A las once de la noche comenzaron a pasar hacia la orilla oriental los primeros vehículos por el pontón. La cabeza de puente no tardaría en rebosar de suministros y refuerzos, y sólo era cuestión de tiempo el que las tropas de Craig traspusieran las colinas boscosas para llegar a la autopista, a unos dieciséis kilómetros de allí.

Uno de los jóvenes oficiales enviados para llevar a cabo el ataque, era el segundo teniente William MacCurdy, del 52.° Batallón de Infantería Acorazada, perteneciente a la Novena División. Ese era el primer mando de MacCurdy en batalla, y estaba deseando hacerlo lo mejor posible. Cuando llegaron por vez primera a la orilla oriental del Rhin, las dotaciones de las baterías antiaéreas que bordeaban el río les gritaron:

– ¡Volveos! ¡Lo vais a sentir!

Otros exclamaban:

– ¿Qué tal van las cosas por Estados Unidos?

MacCurdy y sus relevos contestaron con amistosos improperios y recibieron más a cambio, pero por algún motivo especial aquello les hizo sentirse mejor. Se encaminaron entones hasta el pueblo de Kasbach, unos pocos kilómetros al Sur, donde MacCurdy se presentó a un comandante larguirucho y desaseado llamado Watts, el cual sonrió débilmente y dijo:

– Y ahora, muchachos, tenéis que mostraros duros con estos hombres. Han permanecido aquí durante dos semanas, en tensión, y están muy cansados. Deberéis ser vosotros los que les alentéis a sacar las cosas adelante.

Acompañaron a MacCurdy hasta su nuevo pelotón, donde un cabo le quitó las barras doradas de su grado que llevaba en la guerrera.

– No se preocupe, teniente -dijo el cabo-. Sabemos que es usted el que manda, pero si se deja puestas estas barras será un blanco magnífico para los tiradores apostados. La mayor parte de los oficiales se las prenden bajo la solapa.

Aquello era nuevo para MacCurdy, pero le pareció razonable. Su primera misión consistió en hacer una incursión contra la vía del ferrocarril. Una compañía entera había tratado de dirigirse hacia allí, pero no lo consiguió. MacCurdy asintió al aceptar la tarea, pero se preguntó cómo podría lograr un pelotón lo que una compañía entera no había logrado.

El teniente condujo a su pelotón río abajo por un sendero del bosque. De pronto, MacCurdy vio a dos alemanes muertos cerca de una ametralladora. Uno de los soldados estaba aún en posición de disparar, pero el otro se hallaba tendido en el suelo, de espaldas. La piel tenía un color tan oscuro que MacCurdy creyó al principio que se trataba de monigotes colocados allí para atemorizar a los novatos como él. Pero al acercarse comprobó que se trataba, en efecto, de dos cadáveres, y su aspecto hizo que se le revolviese el estómago. Entonces se preguntó: «¿Por qué reina tanto silencio por aquí?»

Sólo dos días después, el 13 de marzo, Eisenhower se dedicó al fin a estudiar el proyecto de dejar a Hodges y Patton en libertad de acción al este del Rhin. Pero su decisión fue negativa. Llamó por radio a Bradley diciéndole que no dejara avanzar a Hodges más de dieciséis kilómetros, pues la cabeza de puente de Remagen sólo se utilizaría para recluir en ella a las tropas germanas procedentes de la zona del Ruhr y a las que se hallaban en las cercanías de Montgomery.

Para un comandante de campo, semejante orden resultaba ridícula, y Hodges no dudó en exponerlo claramente. Dijo a Bradley que mientras Monty preparaba laboriosamente su ataque a través del Rhin, el Primer Ejército podía maniobrar desde la cabeza de puente. Bradley le demostró su conformidad, pero dijo que de nada valía discutir; tenían que acatar la orden de Ike.

Era un fin irónicamente cauto, para lo que fuera un comienzo tan prometedor.

Capítulo cuarto. «Estoy luchando por la obra del Señor»

1

De todos los atentados de Hitler en contra de la Humanidad, su «solución definitiva del problema judío» ha sido el que más ha hecho estremecer al mundo civilizado. Pero tal actitud ya se encuentra claramente reseñada en Mein Kampf. En dicha obra, Hitler no sólo predijo repetidamente las medidas que iba a tomar más tarde, sino que reveló los orígenes de sus prejuicios.

Cuando tenía dieciocho años, el que sería más tarde «El Führer», se trasladó a Viena para estudiar arte. «Allí a donde iba no veía más que judíos -escribió-. Y cuanto más los conocía más distintos me iban pareciendo del resto de la humanidad.» Al principio la intransigencia de Hitler era sólo personal. La simple contemplación de un judío ortodoxo, con sus barbas y su extraña indumentaria le producía una gran repulsión física. Pero cuando leyó «Los Protocolos de los Antiguos Hijos de Sión», su antisemitismo se convirtió en una obsesión, y se dijo que tenía que defender al mundo de los judíos. Este documento, creado por el Servicio Secreto Imperial Ruso en 1905, alegaba que los judíos trataban de dominar en secreto al mundo, mediante una combinación grotesca de marxismo y capitalismo. «Tenemos que suscitar en todas partes la inquietud, la lucha y la enemistad», anunciaba la declaración de un pretendido dirigente judío. «Tenemos que desatar una contienda mundial, llevando a los pueblos a tal situación, que nos ofrezca el dominio del mundo».

El joven austríaco, que era ya un fanático nacionalista alemán, creyó cuanto decía el espurio documento. «En aquel período -escribió Hitler- mis ojos se abrieron ante dos amenazas en las que yo apenas había reparado hasta entonces, y cuya tremenda importancia para la existencia del pueblo alemán ciertamente yo no había llegado a comprender: el marxismo y el judaísmo.»

Hitler llamó a sus cinco años de permanencia en Viena «la más dura, pero provechosa escuela» de su vida. «Llegué a esta ciudad cuando aún era un muchacho y la dejé siendo un hombre evolucionado, sereno y grave… No sé cuál sería hoy mi actitud hacia los judíos y los demócratas sociales, o más bien hacia el marxismo en conjunto, y hacia el aspecto social, si en aquellos tempranos días las lecciones del destino -y mi propio estudio-no hubiesen forjado en mí un caudal básico de opiniones personales.»

Sus repugnancias y temores se convirtieron rápidamente en una «idea fija» que era para Hitler «el mayor acicate espiritual» de su vida. «Dejé de ser un enclenque cosmopolita y me convertí en un antisemita.» Mucho del obsesivo odio de Hitler contra los judíos tenía su raíz en su fracaso como arquitecto y como artista. Le amargaba en cambio el éxito que los judíos lograban en tales actividades. «¿Hay acaso alguna forma de porquería o libertinaje, especialmente en la vida cultural, en que no se encuentre incluido al menos un judío? Si se corta, aunque sea con cautela, en tal absceso, se hallará, como una larva en un organismo corrompido, a menudo deslumbrada por la luz repentina, una inmundicia.»

Pero era la amenaza del marxismo, en primer lugar, lo que encubría su antisemitismo. Evidentemente el orador de mayor magnetismo de nuestro siglo, Hitler, era capaz de contagiar su fanatismo a los demás. Una y otra vez insistía en sus discursos en que cuando el judío se hiciese con el control económico del mundo, mediante las finanzas, se adueñaría luego del control político de nuestro planeta. «Su último objetivo en este aspecto es la victoria de la «democracia», o bien lo que él entiende como tal: el Gobierno del parlamentarismo… Con infinita astucia procura ocultar la necesidad de justicia social que dormita en el fondo de todo hombre ario, convirtiéndola en odio contra aquellos que han sido más favorecidos por la fortuna, y de este modo confiere a la lucha por la eliminación del demonio social un sello filosófico muy definido. Así se establece la doctrina marxista.»

Después de haber actuado en esta forma, advierte Hitler, el judío acaba con la farsa y se muestra tal como es realmente. «El democrático pueblo judío se convierte en el judío de sangre, y en el tirano de otros pueblos. En pocos años trata de eliminar a los intelectuales del país, y al desposeer a los pueblos de sus jefes culturales, los convierte en presa fácil para la esclavitud permanente. El más estremecedor de los ejemplos lo constituye Rusia, donde el judío ha asesinado o dejado morir de hambre a unos treinta millones de personas, con salvajismo fanático, en parte entre torturas inhumanas, con el fin de proporcionar a una pandilla de periodistas judíos y de bandidos corredores de bolsa la dominación sobre un gran pueblo.»

Hitler se hallaba convencido de que la conjura judío-marxista llegaría a su punto culminante en Alemania. «La bolchevización de Alemania, es decir, el exterminio de la clase intelectual alemana, para poder colocar a las clases trabajadoras bajo el yugo de los financieros judíos, ha sido concebida como el paso preliminar de una extensión posterior de la tendencia judía a la conquista del mundo. Si nuestro estado y nuestro pueblo se convierten en las víctimas de esos sangrientos y avaros judíos, la tierra entera desaparecerá entre los tentáculos de semejante pulpo. Si Alemania se libra en cambio de tal abrazo, ése, que es el mayor de los peligros para las naciones, podrá considerarse desaparecido de nuestro mundo.»

No hay duda alguna de que Hitler creía interiormente cada una de las inauditas palabras que pronunciaba, y en Mein Kampf puso de manifiesto hasta dónde pensaba llegar. «Si durante la Primera Guerra Mundial se hubiese sometido al gas venenoso a doce o quince mil de esos hebreos corruptores de pueblos… el sacrificio de varios millones en el frente no hubiera sido en vano. Por el contrario: doce mil de esos truhanes, eliminados de una vez, habrían salvado la vida de millones de alemanes de verdad, inestimables para el futuro.»

Que el dirigente de un estado civilizado pudiera aceptar como verdaderos «Los Protocolos de los Antiguos Hijos de Sión», resultaba bastante improbable, pero que se podía utilizar el asesinato en masa para terminar con «la amenaza judía» era para él tan comprensible, que cuando se revelaron los horrores de los campos de concentración alemanes, la mayoría de los occidentales consideraron a Hitler como un loco, como el peor de los criminales, como un Anticristo.

Pero Hitler y el nazismo hubieran resultado aceptables, e incluso dignos de admiración, para muchos de los profetas medievales del Milenio, aquel millar de años de felicidad, buen Gobierno y libertad que pronosticaba la Revelación XX. Más que un Anticristo, Hitler hubiera constituido la misma esencia del Cristo para un hombre como Tanchelm, el cual inició un movimiento revolucionario en Flandes, a principios del siglo XII; para John Ball, jefe de la rebelión de campesinos ingleses de 1381, e incluso para Thomas Münzer, que acaudilló la revuelta alemana de hombres del campo en 1525. Cada uno de estos seudo profetas creía en cierto modo ser un Cristo redivivo, destinado a eliminar del mundo la tiranía, proporcionando a la humanidad una vida nueva y gloriosa, y consideraba que la matanza de sus enemigos era obra de la voluntad del Señor. Münzer, por ejemplo, exhortaba a sus seguidores a que matasen sin piedad. «¡No dejéis que se enfríe vuestra espada…! ¡A ellos, a ellos, a ellos, mientras alumbre la luz del día! Dios va delante de nosotros, así que adelante, ¡seguidle siempre!» Al igual que estos fanáticos, Hitler también se complacía en tratar de renovar el mundo. Aseguraba asimismo haber sido elegido para traer el Milenio a un mundo corrompido. Ofrecía ilimitadas promesas, y a diferencia de otros políticos de nuestros días, confirió a los conflictos sociales y a las esperanzas de la nación un sentido místico de majestad e intención.

Detrás de todo este misticismo se advertía un programa materialista que satisfacía las aspiraciones de todas las clases sociales, prácticamente. Hitler prometió revocar el «infame» Tratado de Versalles, devolviendo a Alemania el honor perdido; aseguró que salvaría a su país de la devastadora depresión, que extendería las fronteras de Alemania hasta Asia, y que exterminaría el bolchevismo así como a los elementos «indeseables», como los judíos.

Hitler no partía del vacío; los excesos perpetrados por él eran la culminación de una serie de persecuciones implacables que se habían desarrollado durante siglos, desde el tiempo de las Cruzadas y el Primer Reich -el Sacro Imperio Romano Germánico-, en la Edad Media, hasta el Segundo Reich de Bismarck y el Kaiser Guillermo II, cuando se originó una firme creencia en la superioridad racial germánica. El era el heredero natural de los sanguinarios profetas, y como ellos, era enérgico e implacable, estaba provisto de una fantasía apocalíptica, y se hallaba convencido de su propia infalibilidad. Hitler no fumaba ni bebía, y era vegetariano. Vivía con frugalidad casi ascética, y se hallaba por encima de cualquier corrupción personal. Tenía una amante, pero ocultaba su existencia a fin de poder presentarse ante la gente como un símbolo asexual de pureza. También su meta era elevada, y bien valía el sacrificio de millones de seres humanos. Cada uno de los antiguos profetas creía haber destruido una gran fuerza corruptora. En el caso de Hitler eran los judíos -un objetivo muy antiguo-, y su eliminación era sólo una limpieza necesaria que daría al mundo su gloria final. «(El judío) sigue su maligno camino hasta el día en que otro poder se le oponga, y en ruda lucha le rechace, invasor de los cielos, hasta el reino de Lucifer.»

Era esta apocalíptica visión que había heredado lo que llevó a Hitler a dar muerte a millones de judíos. [20] El Führer carecía de escrúpulos en este sentido. «Creo que estoy actuando de acuerdo con la voluntad del Creador Todopoderoso», decía. «Defendiéndome contra el judío, estoy luchando por la obra del Señor.»

En el mes de marzo de 1945, el fantasma de la derrota impulsó a Hitler a acelerar su programa de aniquilación, y ordenó el asesinato de todos los judíos que quedaban en los campos de concentración, antes de que pudiesen ser liberados por los rusos y sus aliados.

El masajista de Himmler, doctor Kersten, trataba de que aquél no llevase a cabo tales matanzas.

– Son órdenes directas del Führer -decía Himmler-, y debo procurar que se cumplan hasta el último detalle.

Durante una semana los dos hombres discutieron acaloradamente, sosteniendo Himmler que «todos los criminales de los campos de concentración no pueden tener la satisfacción de resurgir de las ruinas como triunfantes conquistadores». Pero el infatigable Kersten no se rendía, y siguió insistiendo hasta que obligó al reichsführer a prometer por escrito que no ordenaría volar los campamentos, ni mataría más judíos. Todos los prisioneros deberían permanecer en sus respectivos campos, para ser entregados a los Aliados «de manera ordenada».

Cuando hubo concluido de escribir este singular documento, Himmler lo examinó brevemente, y al fin, con su lenta y angulosa escritura, colocó la firma: «Heinrich Himmler, reichsführer SS.»

Lleno de gozo, Kersten cogió la misma pluma, y llevado por un impulso firmó a su vez. «En nombre de la Humanidad, Felix Kersten.»

El logro de Kersten era importante, pero después de todo se trataba de un compromiso privado, y si bien Himmler había insistido en que lo cumpliría, no había seguridad alguna de que mantuviera su palabra.

Irónicamente, mientras procuraba resistir a las demandas de Kersten, Himmler estaba tratando de establecer un acuerdo secreto en Austria con el doctor Carl J. Burckhardt, presidente del Comité Internacional de la Cruz Roja, del que podía resultar una considerable mejora de las condiciones imperantes en las cárceles y los campos de concentración. Himmler a su vez esperaba, a cambio, la benevolencia del mundo. Por otra parte, el hombre que Himmler había enviado como agente era el doctor Kaltenbrunner, y enemigos tales como Walter Schellenberg hubieran juzgado imposible que éste pudiera participar en negociaciones de un cariz tan humanitario como aquélla. [21]

El doctor Burckhardt trató de convencer a Kaltenbrunner para que dejase que la Cruz Roja visitara los campos de concentración y proporcionarse algún alivio a los internados. El mismo había tratado de obtener tal concesión del predecesor de Kaltenbrunner, el conocido Reinhard Heydrich, que se había convertido en el símbolo de la brutalidad de la Gestapo. Heydrich replicó al doctor Burckhardt defendiendo la política de los nazis. Dijo que los campos de concentración estaban llenos de criminales, espías y peligrosos agentes de propaganda.

– No debe usted olvidar que estamos combatiendo, que el Führer combate al enemigo universal -manifestó-. No sólo es cuestión de hacer que Alemania sea un país seguro, sino que tenemos la obligación de salvar al mundo intelectual de la corrupción moral. Eso es algo que ustedes no comprenden.

Luego Heydrich hizo descender el tono de su voz, hasta convertirla en un susurro de conspirador:

– Fuera de nuestro país piensan que somos los mayores brutos que hay, ¿verdad? Para el individuo en sí esto resulta algo difícil de aceptar, pero nosotros tenemos que ser duros como el granito, o la obra del Führer se hallaría en peligro. Llegará un día en que todos nos agradecerán que hayamos asumido semejantes responsabilidades.

El doctor Burckhardt obtuvo algo más que palabras del sucesor de Heydrich. Por raro que parezca, Kaltenbrunner aprobó un envío de paquetes con alimentos a los prisioneros militares, e incluso accedió a que algunos observadores de la Cruz Roja viviesen en los campamentos de prisioneros de guerra hasta el fin de las hostilidades. Alentado por la «razonable actitud» de Kaltenbrunner, el doctor Burckhardt trató el tema de los prisioneros civiles, y Kaltenbrunner ofreció para estos las mismas concesiones que para los presos militares.

– Incluso -manifestó-, puede usted enviar observadores permanentes a los campamentos israelitas.

En los días que siguieron, Himmler hizo concesiones aún más humanitarias. Kersten le convenció para que rescindiese la orden de Hitler de destruir los embalses de La Haya y de Zuyder Zee, y para que extendiese una orden prohibiendo el trato cruel contra los judíos.

Llegó a volverse tan benévolo que el 17 de marzo Kersten le pidió que se entrevistase en secreto con Storch, el agente del Congreso Judío Mundial.

– ¡No puedo recibir a un judío! -exclamó Himmler-. ¡Si el Führer se entera me matará de un tiro en el acto!

Pero ya había hecho demasiadas concesiones, y Kersten tenía una copia firmada del documento por el que se comprometía a desobedecer a Hitler. Con voz débil, Himmler dio su consentimiento a lo que le pedían.

Hitler dábase cuenta de que a su alrededor se estaban llevando a cabo cierto número de conjuras, algunas de las cuales él mismo había contribuido a instigar. Estaba al corriente, por ejemplo, de las negociaciones de Ribbentrop en Suecia y de las de

Wolff en Italia. Incluso sabía que Himmler hacía tratos con judíos. Pero Hitler siguió permitiendo que esos hombres continuaran negociando aparentemente en su nombre. Si el trato fracasaba, se haría el desentendido, y si tenía éxito, podría sacar partido de ello.

Pero resulta dudoso que estuviese enterado de que su política de «tierra arrasada» recibía la activa oposición de su ministro más capacitado, Albert Speer, hasta que éste criticó abiertamente la idea en su nota del 18 de marzo, la cual decía lo siguiente:

«No hay duda de que la economía alemana se hundirá de aquí a cuatro u ocho semanas… Después de este colapso, la guerra no podrá continuar, ni siquiera en el aspecto militar… Debemos hacer todo lo posible por salvaguardar la vida de nuestro pueblo, incluso en el nivel más primitivo… No tenemos derecho, en esta etapa de la guerra, a llevar a cabo destrucciones que lleguen a afectar la misma existencia del pueblo. Si nuestros enemigos desean destruir esta nación, que ha luchado con valor ejemplar, la vergüenza de la Historia recaerá exclusivamente sobre ellos. A nosotros nos queda el deber de dejar a la nación todas las posibilidades para que pueda reconstruirse en un futuro…»

Hitler admiró siempre a Speer, y este afecto personal se extendió a unos pocos más. Por ello tal vez esas palabras contribuyeron a enfurecerle tan intensamente. Si el Führer había vacilado en su decisión de arrasar Alemania, la nota de Speer le resolvió a actuar más rápidamente. Por consiguiente, mandó llamar a Speer y le dijo acaloradamente:

– ¡Si se pierde la guerra, el Reich también debe perecer! Eso es inevitable. No es necesario preocuparse de las necesidades elementales del pueblo para que continúe llevando una primitiva existencia. Por el contrario, será mejor que destruyamos esto nosotros mismos, porque nuestro país habrá demostrado ser el más débil, y el futuro sólo pertenecerá a la fuerte nación oriental (Rusia). Además, los que queden después de la guerra serán los inferiores, ya que los mejores habrán perecido.

Despidió el Führer perentoriamente a Speer, y dictó la orden que éste había tratado de impedir. En ella se mandaba destruir todas las instalaciones militares, industriales, de transportes y comunicaciones, antes de que cayeran en manos del enemigo. Los gauleiter nazis y los jefes de la defensa deberían contribuir a la ejecución de tales medidas. «Todas las directivas opuestas a lo antedicho -concluía la orden -quedan anuladas.»

Ya desde Stalingrado, Hitler había estado tomando decisiones tan brutales y arbitrarias como ésta, y desde el atentado del 20 de julio se volvió más irritable e inflexible. Sus consejeros comprobaron desalentados que tendía a hallar una solución desesperada y única para cada problema, en lugar de buscar varias alternativas, como ocurría en el pasado.

Sin embargo, el Führer seguía siendo considerado y afable con su chofer Kempa y con sus secretarios y servidores, pero hasta éstos podían comprobar que se hallaba abrumado por la tensión nerviosa.

– Me mienten por todas partes -dijo en cierta ocasión a uno de sus secretarios-. No puedo confiar en nadie; todos me traicionan. Esto me pone enfermo. Si no fuera por mi fiel Morell (el médico que le daba tantas píldoras) estaría totalmente deshecho. Y esos idiotas de médicos quieren librarse de él. Pero no dicen lo que sería de mí sin Morell. Si algo me pasa, Alemania quedará sin líder, pues no tengo sucesor. El primero, Hess, está loco; el segundo, Goering, ha perdido la simpatía del pueblo, y el tercero, Himmler, sería rechazado por el Partido.

Se disculpó Hitler de hablar de política durante la comida, y luego añadió:

– Estrújese el cerebro de nuevo y dígame quién puede ser mi sucesor. Eso es algo que me pregunto continuamente, sin hallar jamás una respuesta.

Hitler puso de manifiesto las mismas dudas a otras personas con las que se entrevistó en una de sus últimas «conversaciones privadas». Después de quejarse de que se había visto obligado a llevar a cabo todo en el corto espacio de su existencia, el Führer declaró:

– Ha llegado el momento en que me pregunto si entre mis inmediatos sucesores podrá hallarse un hombre destinado a levantar y seguir portando la antorcha, una vez que ésta haya caído de mis manos. También ha sido mi sino el servir a un pueblo con un pasado tan trágico, a un pueblo tan inestable y versátil como el germano, a un pueblo que va, según las circunstancias, de un extremo al opuesto.

Manifestó que hubiera sido magnífico de haber dispuesto de tiempo para imbuir a la juventud alemana de la doctrina Nacional Socialista, dejando luego que las generaciones futuras emprendieran la inevitable guerra.

– La tarea que me propuse, de elevar al pueblo alemán al lugar que le corresponde en el mundo -siguió diciendo-, no es por desgracia una tarea que pueda llevarse a cabo por un solo hombre, en una sola generación. Pero al menos les he abierto los ojos a la grandeza que ello entraña, y les he inspirado la idea de la unión de los alemanes en un Reich grande e indestructible. He sembrado una buena semilla.

Profetizó luego que alguna vez se recogerían los frutos, y concluyó diciendo:

– El pueblo alemán es un pueblo joven y fuerte; un pueblo con el futuro por delante.

2

La creación de la Nueva Europa, instituida por los enemigos de Hitler en Yalta, comenzaba ya a resquebrajarse. Los Tres Grandes habían trazado el plan dentro de una relativa armonía, pero no se ponían de acuerdo a la hora de llevarlo a la práctica. Las discusiones se centraban en el caso de Polonia. La reunión de los representantes de las tres grandes potencias, celebrada en Moscú, no dio resultado alguno. Molotov proclamó una y otra vez que el Gobierno de Lublin representaba verdaderamente al pueblo polaco, en tanto que Harriman y sir Achibald Clark Kerr, el embajador británico en la Unión Soviética, manifestaban que debía establecerse un Gobierno más representativo, en el que se incluyesen hombres como Mikolajczyk.

Mientras se discutía esto, los polacos de Londres y Norteamérica atacaban los resultados de Yalta, cada vez con mayor aspereza.

– Considero que se ha producido una gran calamidad -dijo el general Anders a Churchill, con acento acusador, y éste le contestó:

– La culpa es de ustedes.

Las palabras de Churchill desmentían su verdadera postura. Estaba luchando en secreto por Polonia, y aún trataba de conseguir el apoyo de Roosevelt para enfrentarse con Stalin. Afirmaba que ambos podían enviar un mensaje al líder soviético, pidiéndole que cumpliese los acuerdos de Yalta y permitiese la instauración de un verdadero Gobierno democrático en Polonia. Por fin, el 11 de marzo Roosevelt contestó a la petición de Churchill en los siguientes términos:

«…Creo que nuestra intervención personal debe ser evitada hasta que se hayan agotado todas las demás posibilidades de llevar al Gobierno soviético por donde corresponde. Desearía por lo tanto que no enviase usted un mensaje al tío José en estas circunstancias, sobre todo porque considero que algunas partes del texto que propone podrían causar una reacción contraria a la que pretendemos…»

En toda la zona de los Balcanes, los soviéticos estaban instalando Gobiernos comunistas en los países liberados, y a menos de que se detuviese el comunismo, en ese momento, Churchill preveía que iba a adquirir un impulso peligroso. De mala gana suspendió el envío del mensaje a Stalin, pero rogó al presidente que permitiese a Harriman y Clark Kerr elevar ante el Gobierno soviético los puntos establecidos en su nota.

«…Polonia ha perdido su frontera. ¿Va a perder ahora su libertad?… Considero que una actitud perseverante y firme en los puntos sobre los que hemos estado tratando, así como mi propuesto mensaje a Stalin, tendrán grandes probabilidades de obtener éxito.»

También Bernard Baruch encontró a Roosevelt reacio para tomar una decisión, cuando visitó la Casa Blanca el 15 de marzo. Primero hablaron de Yalta y luego acerca del mundo de la posguerra.

– Aprendimos buen número de lecciones en la Primera Guerra Mundial -declaró Baruch-. En cuanto se termina la lucha todo el mundo es un héroe. Los esfuerzos de los americanos serán minimizados. Debemos actuar enérgicamente y dejar solucionados los problemas antes de licenciar a las tropas.

– Bernie, ¿cuánto tiempo cree que hará falta para que impere una paz verdadera en el mundo?-inquirió Roosevelt, repentinamente.

– Cinco o diez años.

– ¡No, por Dios!

– Si queremos que haya paz, debemos encontrar hombres que sepan cómo funciona ésta, y cómo se logra que la gente vuelva a trabajar en las actividades de su elección.

Roosevelt pareció de acuerdo con estas últimas palabras, y tras repetirlas, dijo:

– Sí, eso es lo que tenemos que hacer.

– Eso también dependerá de la posición que asumamos en la mesa de la paz. ¿Piensa usted presentarse para otro período presidencial? No podrá hacerlo. Es necesario que piense en el que va a sucederle.

Baruch mencionó a tres o cuatro candidatos, pero Roosevelt siguió mirando por la ventana, hacia el río Potomac.

– Tenemos que tomar alguna decisión -urgió Baruch-. ¿Qué le parece estipular un tratado, especificando la clase de paz a establecer?¿Y qué me dice de pensar en su sucesor?

Pero Roosevelt seguía sin decir nada. Tenía muchos problemas que eran ignorados hasta por un confidente como Baruch. Stimson le había revelado recientemente que a no tardar se hallaría lista para probar una bomba atómica, cuyos efectos en el mundo de la posguerra nadie podía prever.

El presidente se mostraba en aquellos difíciles días cada vez más irritable. Por vez primera su mujer comprendió que «no era capaz de sostener una verdadera discusión». Si ella le contradecía, Roosevelt se encolerizaba. «Franklin había dejado de ser la persona serena e imperturbable que en el pasado me había exhortado a discutir sobre asuntos políticos. Era otra muestra del cambio que a todos nosotros nos costaba reconocer.»

Esto quedó confirmado por la respuesta que Roosevelt dio el 16 de marzo al segundo telegrama de Churchill, para actuar con firmeza contra Stalin en Polonia. Manifestó que no estaba de acuerdo en que se estuviesen dejando de cumplir los acuerdos de Yalta, y pidió que Harriman y Clark Kerr siguieran tratando con Molotov en Moscú. Churchill consideró que éste y otros recientes mensajes no eran los habituales en Roosevelt, y envió al mismo un sentido telegrama que sirviera para «facilitar la marcha cuesta arriba de los asuntos oficiales».

«…Nuestra amistad es la roca con la que cuento para construir el mundo del futuro, puesto que soy yo uno de los constructores. Siempre recuerdo aquellos difíciles días en que usted nos dio su ayuda… Tampoco olvido la parte que nuestras relaciones personales han jugado en favor de la causa del mundo, que se acerca ahora a su primer objetivo militar…

»Como ya he dicho anteriormente, cuando concluya la guerra de gigantes comenzará la de los pigmeos. Habrá un mundo devastado y hambriento para alimentar el conflicto, ¿y qué dirá el tío José o su sucesor de la forma en que actuaremos?

»Mis mejores deseos.

»Winston.»

3

La cabeza de puente de Remagen se había extendido más de dieciséis kilómetros hacia el Este, y las patrullas de la 9.ª División se aproximaban a su objetivo, la autopista de Frankfort a Colonia. A pesar de los ataques aéreos y de artillería, el puente de Lundendorff aún seguía en pie, y en su desesperación los alemanes llevaron a la zona un enorme cañón montado sobre orugas, el «Karl Howitzer», de 540 milímetros. Este monstruo, que pesaba 132 toneladas, disparaba granadas de dos mil kilos. Después de algunas andanadas que no acertaron en el puente, tuvo que ser retirado para someterle a unas reparaciones. Desde Holanda se lanzaron doce V-2 supersónicas, que estallaron en una zona muy amplia, y sólo originaron algún daño al acertar a una casa situada a trescientos metros al este del puente, dando muerte a tres norteamericanos.

El puente, a todo esto, recibía las sacudidas causadas por los disparos de las cercanas baterías antiaéreas americanas, y por el estallido de los obuses de 200 mm. alemanes. A las tres de la tarde del 17 de marzo, los ingenieros militares americanos estuvieron en condiciones de soldar una gran plancha de acero sobre el arco que casi estaba seccionado. Una vez que la pieza estuviese en su sitio, el puente quedaría seguro. El teniente coronel Clayton Rust, comandante del 276.° Batallón de Ingenieros de Combate, se hallaba en el centro del puente, observando la realización de los trabajos, cuando oyó un estallido seco, como el disparo de un fusil. Cuando miró a su alrededor oyó otra detonación, y vio que parte de la estructura se desprendía. Antes de que pudiera dar la voz de alarma, el puente se estremeció y empezó a levantarse polvo de la estructura de madera. Los soldados que se hallaban trabajando arrojaron sus herramientas y corrieron hacia la orilla más próxima. Rust echó a correr en dirección a Remagen, cuando el centro del puente vibró y lentamente se hundió en las aguas, en medio de una serie de chirridos metálicos. Todo el puente desapareció en el Rhin. Rust y muchos de sus hombres fueron arrastrados corriente abajo hasta el pontón auxiliar, donde los extrajeron del agua, pero veintiocho soldados murieron en el derrumbe o se ahogaron en las aguas.

En Spa, el general Hodges estaba en ese momento llamando por teléfono a Millikin para decirle que se le relevaba del mando del Tercer Cuerpo.

– Tengo malas noticias que darle -comenzó diciendo Hodges.

– Señor -le interrumpió Millikin-, también yo debo darle una mala noticia: el puente del ferrocarril acaba de hundirse.

Desaparecido el puente de Lundendorff, los hombres rana de Skorzeny decidieron destruir el otro pontón que había corriente arriba. Hacia las siete se sumergieron en las frías aguas del Rhin, llevando cada uno un recipiente con cuatro paquetes de explosivos plásticos. Pero antes de que llegaran a su objetivo, los descubrieron los americanos con el poderoso reflector secreto CDL -cuyo foco no podía detectarse-, y comenzaron a disparar sobre los osados nadadores. Dos de los hombres rana murieron, y los restantes fueron capturados.

Entretanto, todo el Grupo de Ejército B, de Model, había sido aniquilado, y sus restos fueron rechazados más allá del Rhin por Montgomery y Rodges, que en conjunto habían capturado 150.000 prisioneros. Más al Sur, el Grupo de Ejército G, del general Paul Hausser, estaba siendo empujado contra la orilla occidental del río y se hallaba en peligro de quedar cercado entre el Tercer Ejército de Patton, por el Norte, y el séptimo Ejército del teniente general Alexander Patch, por el Sur. Hausser, un ingenioso y cáustico alemán de sesenta y cinco años, comprendió que se enfrentaba con el desastre, y rápidamente pidió a Kesselring que le permitiera cruzar el Rhin antes de que fuese demasiado tarde.

– La política de defensa a ultranza al Oeste del río sólo puede dar lugar a tremendas pérdidas y a una probable aniquilación de las tropas -manifestó.

Kesselring se mostraba vacilante.

– Es menester decidir rápidamente una retirada más allá del Rhin -añadió Hausser, impaciente.

– Rechazado -contestó al fin Kesselring, secamente-. Mantenga sus posiciones.

Hausser repitió sus argumentos, pero Kesselring se limitó a mover la cabeza negativamente, y dijo en tono de disculpa:

– Esas son mis órdenes. Debe usted resistir.

Sin embargo, en cuanto Kesselring hubo abandonado la habitación, Hausser dijo a sus comandantes que se preparasen para una retirada en el mayor secreto.

Dos días más tarde, el 15 de marzo, Patton irrumpió a través del Ejército que Hausser tenía más al Norte, y avanzó en dirección al Rhin. Hausser ordenó una retirada y luego llamó a Kesselring pidiendo autorización para llevarla a cabo.

– Mantenga sus posiciones -dijo Kesselring-, pero evite que le rodeen.

Eso era lo que Hausser quería oír.

– Está bien, ¡gracias! -manifestó, y colgó el auricular rápidamente. Pero ya era demasiado tarde. La mayor parte del Grupo de Ejército G se hallaba ya sentenciada.

El mismo día en que el puente de Ludendorff se hundió, Eisenhower decía a Patton con toda seriedad:

– Lo malo de ustedes, los del Tercer Ejército, es que no se dan cuenta de su propia grandeza. No son lo suficientemente astutos. Dejen que el mundo sepa lo que están haciendo, pues de otro modo el soldado americano no será apreciado en todo lo que vale.

Luego, Patton y su ayudante, el coronel Charles Codman, se trasladaron con Eisenhower en avión hasta el cuartel general del Séptimo Ejército, situado en Lunéville. Por el camino, el comandante supremo siguió elogiando al Tercer Ejército.

– George -dijo Eisenhower, con tono expresivo-, no sólo es usted un buen general, sino que también es un general afortunado, y, como recordará, Napoleón estimaba más la suerte de un general que su capacidad.

– Vaya -dijo riendo Patton-, éste es el primer elogio que me hace, en los dos años y medio que llevamos sirviendo juntos.

Durante la entrevista de Lunéville, Eisenhower manifestó que el Muro Occidental aún se mantenía en pie ante el Séptimo Ejército de Patch, en tanto que Patton ya había abierto una brecha. Preguntó entonces Eisenhower a Patch si permitiría que Patton atacase por el sector norte del Séptimo Ejército. Patch accedió en seguida.

– Estamos todos en el mismo conflicto -manifestó.

De vuelta ya al cuartel general del Tercer Ejército, Patton se mostró alegre y optimista durante la cena.

– Creo que Ike lo ha pasado bien -afirmó-. Tendría que salir más a menudo.

– Lo que no llego a comprender es eso de que el Tercer Ejército no es lo bastante astuto -musitó Gay-. ¿Cómo explicaría usted esas palabras?

– Es fácil -respondió Patton, mientras removía la sopa con la cuchara-. Dentro de poco, Ike estará preparando su candidatura para presidente. El Tercer Ejército supone un buen número de votos.

Al ver las sonrisas que aparecían en el rostro de los que le rodeaban, Patton añadió:

– ¿Creen que bromeo? De ningún modo. Esperen y verán.

Capítulo quinto. Operación «Amanecer»

1

Al regresar a Italia, Karl Wolff pudo comprobar que su preocupación acerca del futuro se veía compartida por uno de sus oficiales de Estado Mayor, el SS standartenführer (coronel) Eugen Dollmann, un mundano y apuesto militar que se caracterizaba por su mordacidad. Para los amigos, Dollmann era un hombre de ingenio, y para los enemigos, un malicioso. Su madre era italiana, y él tenía numerosos vínculos sociales e intelectuales en Italia. Hasta el mismo Wolff le llamaba Eugenio. También Wolff había tenido varias conversaciones sobre este tema con el doctor Rudolf Rahn, el embajador alemán ante el Gobierno neofascista de Mussolini. Dos años antes, cuando era ministro plenipotenciario en Túnez, Rahn había contribuido a salvar del exterminio a la población judía de aquel país.

Los tres hombres tenían la seguridad de que los partisanos del norte de Italia establecerían un Gobierno comunista, si la resistencia alemana cedía repentinamente. Junto con los comunistas franceses del Oeste, y Tito en el Este, constituirían un amplio cinturón bolchevique que se extendería por el sur de Europa. La única solución consistía en concertar una rendición condicional de las fuerzas alemanas, con el fin de que los occidentales pudieran hacerse con el norte de Italia antes de que los partisanos estableciesen allí su control.

Poco después de esta conversación, Dollmann hizo notar en una fiesta, como sin darle importancia, que «estaba cansado de aquella maldita guerra», y que era una lástima que alguien no pudiera ponerse en contacto con los Aliados. Esta indiscreción pudo haber echado a pique el plan, pero tuvo en cambio un efecto contrario. Guido Zimmer, un oficial subalterno de las SS, había escuchado las palabras de Dollmann. Por fortuna, él también consideraba que la guerra estaba perdida, y como devoto católico que era, deseaba evitar toda muerte y destrucción inútiles. Zimmer sacó en conclusión que si Dollmann pensaba de aquel modo, Wolff también sería de la misma opinión.

Zimmer creyó que disponía del hombre que se necesitaba como intermediario, el barón Luigi Parrilli, un antiguo representante de la firma Nash-Kelvinator, fabricantes de refrigeradores, y yerno de un industrial milanés. Zimmer había oído rumores de que Parrilli estaba ayudando a algunos judíos italianos a escapar en secreto del país. Por consiguiente, fue a ver al barón y le dijo lo que había oído comentar a Dollmann. Al igual que Wolff, Parrilli también temía un levantamiento comunista en el norte de Italia, donde tenía sustanciales intereses financieros. Escuchó con interés lo que Zimmer le explicaba, de que sólo Wolff podía conseguir algo positivo, ya que por ser jefe de las SS y de la Policía, su tarea era precisamente la de reprimir tales tentativas.

Todo ello le pareció sumamente razonable a Parrilli, y prometió ayudarles. El 21 de febrero, el barón tomó el tren hacia Zürich, en Suiza, para ponerse en contacto con su viejo amigo, el doctor Max Husmann, director de un conocido colegio de muchachos de Zugerberg. Husmann le escuchó con simpatía, pero manifestó que no creía que los Aliados iniciasen una negociación que entrañase un acto hostil hacia Rusia. De todos modos, llamó a un amigo, el comandante Max Waibel, un militar de carrera, de cuarenta y cuatro años, que había estudiado en las Universidades de Basilea y Francfort, y que era doctor en Ciencias Políticas. Waibel también se había dado cuenta de la amenaza comunista que se cernía sobre el norte de Italia. Génova era el puerto que Suiza utilizaba principalmente para su flota mercante, y si quedaba en manos comunistas la economía de su país experimentaría grandes quebrantos. Waibel comprendió que si conspiraba y le sorprendían, su carrera quedaría arruinada, pero el plan en el que se hallaba envuelto Wolff le interesaba, y prometió colaborar, aunque no oficialmente, claro está, ya que ello hubiera implicado violar la neutralidad suiza.

Husmann no podía haber elegido mejor hombre para llevar adelante el proyecto. Waibel era un alto oficial de Inteligencia del Ejército Suizo, que podía arreglárselas para llevar en secreto a su país a cualquier negociador alemán. También conocía a Allen W. Dulles, un misterioso personaje del que se creía que era el representante personal de Roosevelt en Suiza.

En 1942, Dulles abrió una oficina en Berna, empleando la imprecisa denominación de «Ayudante Especial del ministro de Estados Unidos». La Prensa suiza, sin embargo, siguió llamando a Dulles «Representante Especial de Roosevelt», a pesar de sus manifestaciones en contrario. Lo cierto es que éste no era ni lo que decía ser, ni lo que le achacaban. Se trataba en realidad del general de división William J. Donovan, representante del OSS (Oficina de Servicios Estratégicos) americano, para la zona de Alemania, del sudeste de Europa y de una parte de Francia e Italia. Dulles era hijo de un pastor presbiteriano, nieto de un secretario de Estado del Gobierno, sobrino de otro, y había trabajado durante quince años en el despacho de abogado de su hermano mayor, John Foster Dulles. Era un hombre alto, tranquilo y de aspecto amistoso, que solía fumar en pipa y vestía trajes deportivos. Tenía el aire de un profesor, hundido en su poltrona, pero se dedicaba con singular placer a las operaciones de contraespionaje político, y gozaba entrando y saliendo de los restaurantes por la puerta de servicio, o desapareciendo misteriosamente en medio de una fiesta.

El 22 de febrero, un día después al de la llamada telefónica de Husmann, Waibel invitó a Dulles y a su ayudante principal, Gero von S. Gaevernitz, a una cena. Les dijo que tenía dos amigos que deseaban discutir un asunto de mutuo interés con ellos.

– Si les parece, se los puedo presentar después de la cena -declaró Waibel.

Dulles, como era lógico, no podía comprometerse, pero sugirió que su ayudante se entrevistase en primer lugar con «los dos amigos».

Gaevernitz era hombre de corteses modales, con cierto aire misterioso en su persona. Su padre, Gerhard von Schulze Gaevernitz, un conocido liberal, profesor universitario y miembro del parlamento alemán antes de la llegada del nazismo, había ayudado a redactar la Constitución de Weimar. Durante la mayor parte de su vida había luchado, en unión de un grupo de amigos, por establecer una alianza germano-británico-americana, como medio más seguro para mantener la paz en el mundo. Su último libro era una contestación al Decline of the West, de Spengler, y expresaba una fe absoluta en la democracia.

El joven Gaevernitz había recibido el doctorado en Economía, en Francfort, y se trasladó a Nueva York en 1924, donde trabajó en la banca internacional y se hizo ciudadano americano. Al subir Hitler al poder, Gaevernitz puso en práctica las creencias de su padre. Consideró que su misión particular era mantener en estrecho contacto a los elementos antinazis de Alemania y el Gobierno de Estados Unidos. Algunos de estos dirigentes antinazis ya le conocían, y confiaban en él. Gaevernitz a su vez consideró que si podía convencer a Dulles de la sinceridad de esos hombres podría hacerse bastante para debilitar el régimen de Hitler o bien para acortar de un modo u otro la duración de la guerra. Cuando Dulles abrió su oficina en Berna, pidió a Gaevernitz que trabajase con él, y poco después se establecía entre ambos hombres un estrecho vínculo de compañerismo.

Parrilli habló a Gaevernitz de la situación imperante en Italia. Este le escuchó con cortés suspicacia -todo resultaba demasiado fantástico-, y dijo que volvería a verle si le traía una oferta concreta: Parrilli preguntó si Gaevernitz o algún conocido querría hablar directamente con Zimmer o Dollmann.

– Eso puede arreglarse -contestó Gaevernitz, y quedó pendiente la entrevista.

Regresó Parrilli a Italia, y por vez primera el mismo Wolff fue informado del contacto establecido con Dulles. Wolff decidió entonces abandonar sus esfuerzos para tratar con el Papa o los ingleses, y envió a Dollmann a Suiza. El 3 de marzo, el comandante Waibel introdujo clandestinamente a Dollmann y Zimmer a través de la frontera suiza, por la localidad de Chiasso, donde se encontraron con Parrilli y el doctor Husmann. Ante su asombro, comprobaron que Dollmann actuaba como un igual, y no como alguien que suplica un favor. En el restaurante Bianchi, de Lugano, anunció que esperaba negociar con los Aliados una «paz justa» que acabase con las aspiraciones de los comunistas en el norte de Italia. El doctor Husmann declaró que Alemania no se hallaba en situación de imponer condiciones, y que era absurdo pensar que Occidente podía separarse de la Unión Soviética hasta después de haberse terminado la contienda.

Dollmann escuchó sin hacer comentarios lo que consideraba como un tedioso y pedante sermón, hasta que Husmann dijo que Alemania sólo podía esperar una rendición incondicional. Entonces el coronel enrojeció y se puso de pie bruscamente.

– ¿Habla usted de una traición?-exclamó.

Según parecía, el rendirse no era una traición para Dollmann, si los términos eran convenientes. Dijo que Alemania se hallaba en muy buenas condiciones para ceder a una rendición incondicional, y que había un ejército de un millón de hombres, en Italia, que podría entrar en lucha en cualquier momento.

– Piénselo -manifestó Husmann-. Su situación es desesperada. Hable con sus amigos.

Dollmann no se preocupó por continuar la discusión con un intermediario. Deseaba que llegase el representante de Dulles para poder hablar con él. Pero cuando este hombre -era un tal Paul Bloom, no Gaevernitz- apareció al fin, también manifestó que los términos se basarían en una rendición incondicional. Añadió que se tendría consideración con los alemanes de buena voluntad que ayudaran a poner término a las hostilidades. Luego entregó a Dollmann un papel. En él se leían los nombres de dos jefes no comunistas de la resistencia italiana, Ferruccio Parri y el comandante Usmiani, que se hallaban prisioneros de los alemanes. El asunto le pareció a Dollmann como «un juego de prendas en una fiesta de colegialas», pero trató de conservar el semblante impasible y preguntó:

– ¿Qué ocurre con estos hombres?

Parrilli explicó que Dulles consideraría como una muestra de voluntad si se les dejaba en libertad y se les permitía escapar desde Italia hasta Suiza. Dollmann manifestó que haría todo lo posible, y la segunda entrevista terminó con un amistoso apretón de manos.

La demanda de rendición incondicional disgustó menos a Wolff que a Dollmann. Al menos se habían iniciado unas negociaciones, y tal vez en entrevistas posteriores se lograsen acuerdos más honorables. La liberación de dos importantes prisioneros políticos era algo diferente. Se trataba de un riesgo considerable que podía poner en peligro todo el plan. Pero Wolff decidió que era la única manera de impresionar favorablemente a bulles. Dollmann le aconsejó que marchase a Suiza, ya que su presencia en aquel país, como comandante supremo de las SS en Italia, podría impresionar de modo insospechado a los norteamericanos. Wolff dijo que lo pensaría. El asunto no dejaba de tener sus riesgos, ya que Wolff era muy conocido en Suiza. Al día siguiente Wolff se dirigió al cuartel general de Kesselring. Wolff le consideraba casi como a un hermano mayor, y esperaba que esta amistad le permitiría obtener la aprobación que se necesitaba para llevar a cabo la rendición. Sin mencionar nombres, Wolff dijo al mariscal de campo que había establecido contacto con unos norteamericanos de Suiza e insinuó que podría establecerse una paz negociada. Kesselring no quiso comprometerse demasiado, pero dio a Wolff la impresión de que le apoyaría si podía concertarse una paz honorable.

Al día siguiente, Parrilli se entrevistó con Wolff en el lago Garda, y en nombre de Dulles le emplazó a una conferencia en Zürich, el 8 de marzo. Wolff aceptó.

Aquel 8 de marzo fue un día memorable. Cayó el puente de Remagen, y Kesselring fue llamado a Berlín, relevado de su cargo en Italia y enviado al Frente Occidental. En la mañana de ese mismo día, Wolff y Dollmann, junto con Parri y Usmiani, los dos partisanos italianos, cruzaron clandestinamente la frontera suiza con uno de los hombres de Waibel, y fueron llevados en tren a Zürich, donde se escondió a los italianos en una clínica privada. Ni a Parri ni a Usmiani les habían dicho la razón de su salida de la prisión italiana.

Por la noche Waibel llevó a Dulles y a Gaevernitz al hospital. Parri, que hasta la noche anterior había estado en manos del SS, estaba seguro de que le iban a matar, y cuando vio a su viejo amigo Dulles, rompió a llorar. Era una conmovedora escena, pero para Dulles era algo más: era una prueba de buena fe. Entonces dijo que estaba dispuesto a ver a Wolff. Aproximadamente una hora más tarde, Husmann acompañó al general Wolff a un viejo edificio situado cerca del lago, en el que Dulles tenía un piso para concertar entrevistas secretas.

Gaevernitz fue el primero en hablar con Wolff, al que quería tranquilizar antes de que hablase con Dulles.

– General, he oído hablar bastante de usted -comenzó diciendo Gaevernitz, y añadió rápidamente-: Pero lo que he oído dice mucho en su favor.

En efecto, un tiempo antes, la condesa Mechtilde Podewils había dicho a Gaevernitz que un nazi influyente -sin duda Wolff-había salvado a Romano Guardini de ser enviado a un campo de concentración.

– General -prosiguió diciendo Gaevernitz-, tengo entendido que salvó usted la vida de Guardini, el famoso filósofo católico. Creo que tenemos una amistad común, una hermosa dama que me ha hablado mucho de usted.

Después de escuchar aquellas palabras, Wolff sonrió ligeramente.

Dulles fue presentado a los alemanes, y el doctor Husmann inició las conversaciones.

– General Wolff -manifestó-, ¿ha quedado claro, en el curso de nuestra prolongada conversación en el tren, que la guerra está irrevocablemente perdida para Alemania?

Wolff se había hecho a la idea de que había que conseguir la paz a cualquier precio, incluso con una humillación personal, y contestó afirmativamente.

– ¿Se desprende de nuestra conversación que sólo podrá ser considerada una rendición incondicional?-volvió a preguntar Husmann.

– Sí -contestó Wolff, sumisamente.

– Si a pesar de ello usted trata de hablar en representación de Himmler, la conversación sólo durará unos segundos, ya que míster Dulles se retiraría al momento -siguió diciendo el profesor-. ¿No es así míster Dulles?

Dulles lanzó una bocanada de humo y se limitó a afirmar con la cabeza.

Wolff siguió explicando que mandaba las unidades de retaguardia, así como los efectivos de las SS y la Policía. Como buen alemán, correría cualquier riesgo para contribuir a que acabasen las hostilidades. El tono de las palabras de Wolff trasuntaba sinceridad, y por vez primera Gaevernitz pensó que algo podría sacarse en concreto de la entrevista.

– Estoy dispuesto a colocar mi persona y toda mi organización a la disposición de ustedes, con el fin de poner término a la guerra.

Para ello, sin embargo, debería disponer de la aprobación de la Wehrmacht, aseguró Wolff, y dijo que contaba con la simpatía de Kesselring. Una vez que el mariscal de campo estuviese comprometido, él mismo influiría sobre los comandantes de otros frentes para que capitulasen.

Unos meses antes, Gaevernitz había hablado a Dulles de que muchos generales alemanes estaban a punto de rebelarse contra Hitler, y que en aquel momento él mismo estaba tratando de inducir a cinco generales germanos prisioneros para que incitasen a una revuelta contra el Führer.

Mientras Wolff seguía hablando, las sospechas de Gaevernitz se desvanecieron, y quedó convencido de su sinceridad. Wolff no pedía nada para sí mismo, y sus razonamientos eran sensatos, Dulles resultó asimismo favorablemente impresionado. A su entender, Wolff no era de la misma ralea que Hitler o Himmler, y las conversaciones con él bien podían dar lugar a una capitulación completa de los alemanes en Italia.

Wolff llegó a dar más pruebas de su buena voluntad. Declaró que estaba evitando toda destrucción innecesaria en Italia, y por propia iniciativa y con gran riesgo personal, había salvado los famosos cuadros de los palacios Uffizi y Pitti, así como la colección de monedas del rey Víctor Manuel, de inestimable valor. Todo ello se hallaba en lugar seguro, afirmó, y en modo alguno sería enviado a Alemania.

– Estos son casi la mitad de los cuadros -manifestó Wolff. Con gesto reverente, los norteamericanos examinaron una lista de trescientos cuadros, entre los que se hallaban obras de Botticelli, Ticiano y otros maestros.

Dulles tomó, una decisión. Dijo que trataría con Wolff siempre que el general no estableciese otros contactos con los Aliados. Esto fue del agrado de Wolff, el cual prometió hacer todo lo posible para proteger la vida de los prisioneros y evitar la destrucción de fábricas, centrales eléctricas y tesoros artísticos.

Con esta manifestación de buenos deseos terminó la entrevista, que había durado una hora, aproximadamente, y Waibel acompañó al grupo de alemanes hasta la frontera. En el Expreso del Gotardo se discutió la posible constitución de un nuevo Gobierno del Reich. Para presidente, nadie mejor que Kesselring. Para ministro de Asuntos Exteriores, Von Neurath, el cual ya se había desempeñado hábilmente en ese puesto. Ministro de Finanzas, el viejo zorro, Schacht, desde luego. Como ministro de Gobernación, se sugirió al general Wolff, el cual, tras enrojecer ligeramente, se negó. Aquello parecía como una recompensa por haber cooperado con los Aliados.

Pero Wolff volvió a la realidad en cuanto cruzó la frontera y se enteró de que Kesselring había sido llamado a Berlín por el propio Hitler. Se preguntó Wolff si en caso de que reemplazasen al mariscal de campo, podría influir igualmente sobre su sucesor.

También llegó un desagradable mensaje de Kaltenbrunner, informando que Wolff debía trasladarse inmediatamente a Innsbruck, justo al otro lado de la frontera italoaustríaca. Wolff estaba seguro de que el segundo de Himmler se había enterado de sus negociaciones con Dulles, y que por consiguiente, un viaje a Innsbruck podía terminar para él en la cárcel, o peor aún, en el paredón de fusilamiento. En consecuencia, Wolff decidió ignorar la orden de Kaltenbrunner.

Dulles informó al general Donovan acerca de la entrevista que había sostenido con Wolff, y recibió instrucciones de continuar la negociación bajo el nombre clave de «Operación Amanecer». Los dos generales de división pertenecientes a las fuerzas de Alexander, que habían sido invitados de Tolbukhin en Hungría -el americano Lyman Lemnitzer y el inglés Terence Airey-, se dirigieron en automóvil hasta la frontera suiza el 15 de marzo, vistiendo ropas civiles. Su misión era encontrarse con Wolff para establecer los acuerdos definitivos de la capitulación.

En la aduana suiza, Lemnitzer contestó satisfactoriamente las numerosas preguntas que le hicieron, pero Airey sabía poco de Norteamérica. Por fortuna no hubo inconvenientes, ya que Waibel había dado instrucciones a los guardias fronterizos para que admitiesen a los dos generales.

Después de pasar dos días con Dulles en Berna, fueron llevados a Lucerna, donde Waibel les dijo que había recibido noticias inquietantes de Italia: Kesselring había sido sustituido por el generaloberst Heinrich von Vietinghoff. De todos modos, Wolff se hallaba en camino, como estaba convenido, para entrevistarse con los dos generales aliados.

Gaevernitz llevó a los generales a Ascona, un pueblo cercano a Locarno desde el cual se contemplaba el lago Mayor, y les instaló en su casa, una antigua y pintoresca granja, donde permanecieron como invitados. Al día siguiente, durante la comida, Gaevernitz les dijo que Wolff había llegado con Dollmann y otras dos personas, y que se alojaba en una casa situada a orillas del lago.

La entrevista de los generales de las SS con Dulles, Lemnitzer, Airey y Gaevernitz, comenzó a las tres de la tarde de aquel mismo día. Nadie más estaba presente en la pequeña casa del lago. Mientras Gaevernitz actuaba como intérprete, y en algunos momentos intervenía en ayuda de las negociaciones, Dulles dijo que le complacía el que un alemán prominente estuviese negociando sin efectuar demandas personales.

Wolff apreció tales manifestaciones, y contestó que el cambio de mando en Italia amenazaba a toda la operación. Tal vez Kesselring había sido relevado a causa de haberse descubierto las negociaciones, y quizá les arrestasen a ellos cuando regresaran a Italia. Frau Wolff, por lo tanto, había quedado recluida en su castillo por una orden de Kaltenbrunner. De todos modos, Wolff prometió hacer cuanto pudiese para que fuese un hecho la rendición. Le sugirieron que viese a Kesselring lo antes posible para persuadirle a que hiciera un acuerdo similar en el Frente Occidental. Wolff consideró que sería mejor si le pedía solamente que aprobase la rendición de Italia.

Luego Gaevernitz llevó aparte a Wolff hasta la terraza de la casa y le preguntó la cantidad de prisioneros políticos que había en los campos de concentración italianos. Wolff dijo que había varios miles de diversas nacionalidades.

– Hay órdenes de darles muerte -agregó.

– ¿Va usted a obedecer esas órdenes?

Wolff se paseó por la terraza y al fin se detuvo ante Gaevernitz.

– No -contestó.

– ¿Puede usted darme su palabra de honor?

– Sí, confíe en mí -concluyó Wolff, estrechando la mano de Gaevernitz.

2

Ese mismo día se extendieron entre las tropas aliadas del Frente Occidental rumores de haberse iniciado las negociaciones de paz, que parecieron tomar cuerpo en el cuartel general de Hodges, cuando Bradley llamó por teléfono al mediodía y dijo al comandante del Primer Ejército que se trasladase en avión a Luxemburgo, inmediatamente, para entrevistarse con él mismo y Patton.

Hodges consideró que sólo se trataba de otra conferencia militar. Bradley comenzó por anunciar que Eisenhower acababa de dar permiso para que se utilizasen nueve divisiones más en Remagen. Por fin Hodges podría ampliar la cabeza de puente y prepararse para atacar desde ella hacia el Norte y el Nordeste. Patton se disponía a felicitar a Hodges, cuando Bradley agregó que el ataque no podría comenzar hasta después del 23 de marzo, día en que Montgomery efectuaría el cruce en masa del Rhin. Bradley dijo entonces a Patton «que le parecía más conveniente que el Tercer Ejército no tratase de cruzar el Rhin en las proximidades de Coblenza». En lugar de ello podría hacerlo en la zona de Mainz-Worms. En otras palabras, Patton no debería intentar el cruce inmediato de Coblenza, sino en Mainz, de la que le separaban aún dieciséis kilómetros.

Patton regresó a su cuartel general con evidente disgusto, convencido de que si Montgomery cruzaba primero el Rhin, el conjunto de los suministros y reservas de los Aliados serían enviados al Norte, y el Tercer Ejército tendría que batirse a la defensiva. Sólo disponía de cuatro días para vencer a los ingleses en el cruce de Rhin. Ni siquiera era tiempo suficiente, en condiciones ordinarias, para alcanzar la zona de Mainz y someterla a un control total. Sólo había una solución: pedir a sus hombres algo extraordinario.

En Reims, el general Smith acababa de convencer a Eisenhower de que «o tomaba algún descanso o sufriría una postración nerviosa», y el comandante supremo había salido hacia Cannes para tomarse unas breves vacaciones. Como de costumbre, su avión emprendió el vuelo atestado de acompañantes.

3

Ya desde el comienzo, los embajadores Harrimann y Clark Kerr habían mantenido informado a Molotov acerca de la «Operación Amanecer», y también desde el principio, el ministro ruso insistió una y otra vez en que un oficial soviético acompañase a Lemnitzer y Airey a Suiza. Pero Harrimann manifestó al Departamento de Estado que los rusos no permitirían que ningún oficial occidental tomase parte en una acción similar en el Este. La aquiescencia del Occidente sólo sería considerada como un signo de debilidad, y alentaría a los rusos a hacer demandas aún menos razonables en el futuro. Los jefes militares conjuntos se mostraron de acuerdo, y por consiguiente la histórica reunión tuvo lugar en Ascona, el 19 de marzo, sin participación soviética.

Dos días después, Churchill dijo a Eden que informase a los rusos acerca de los resultados alcanzados en Ascona. La reacción fue rápida y violenta. Al cabo de pocas horas, Molotov entregó a Clark Kerr una nota redactada en términos que rara vez se empleaban entre diplomáticos. Irritado sin duda por haber quedado peligrosamente amenazadas las aspiraciones políticas soviéticas en el norte de Italia, Molotov acusó a los Aliados de connivencia con los alemanes «a espaldas de la Unión Soviética, que es la que lleva la mayor carga en la guerra contra Alemania», y calificó el asunto, «no de malentendido, sino de algo peor».

Harriman recibió una carta igualmente hiriente, que procedió a enviar a Washington. Durante varias semanas Harriman había exhortado a Roosevelt a que tomase una actitud más enérgica contra los soviéticos, y tuvo la esperanza de que esa muestra de la inquina soviética decidiría al fin al presidente a actuar. En su telegrama manifestó que la destemplada carta soviética demostraba que los dirigentes rusos habían cambiado drásticamente de táctica desde los días de Yalta.

«El arrogante lenguaje de la carta de Molotov demuestra, a mi entender, de manera clara, una actitud dominante en relación con Estados Unidos, que ya anteriormente habíamos sospechado. Sostengo que más tarde o más temprano tal actitud creará una situación que resultará intolerable para nosotros.

»Por consiguiente, recomiendo que hagamos frente a la situación siguiendo en la trayectoria razonable y generosa que hemos emprendido, aconsejando al Gobierno soviético, con términos firmes y amistosos, en tal sentido.»

Harriman no alcanzaba a comprender la razón de que Stalin «hubiese aceptado los acuerdos de Yalta, si pensaba quebrantarlos luego tan rápidamente». Llegó entonces a la conclusión de que «el mariscal quizá pensaba cumplir sus promesas en un principio, pero cambió de intención por cierto número de razones». En primer lugar, algunos miembros del Presidium del Partido Comunista habían criticado a Stalin por haber hecho demasiadas concesiones en Yalta. En segundo lugar, Stalin se estaba mostrando cada vez más receloso con todo el mundo. Así, cuando unos aviadores norteamericanos sacaron por su cuenta y bajo cuerda a varios soviéticos que querían salir de Rusia, Stalin calificó el asunto como una conjura oficial de Estados Unidos. [22] En tercer lugar, y lo más importante, Stalin creyó confiadamente en Yalta que el Ejército Rojo sería aceptado como libertador de los pueblos del este de Europa y de los Balcanes. Era evidente, sin embargo, en esos momentos, que los polacos de Lublin no entregarían Polonia a Stalin en unas elecciones libres, y también que en los Balcanes se consideraba ya a los rusos más como conquistadores que como libertadores. Fuesen cuales fuesen las razones, [23] Stalin había decidido ignorar las promesas que hiciera anteriormente en Yalta a sus aliados. Esto era algo que no presentaba dificultades para un hombre que manifestó una vez con acento imperturbable a Harriman -en relación con otro acuerdo- que no había roto su promesa, sino que había cambiado de parecer.

Otro factor que sin duda debió de haber alentado al dirigente soviético a realizar un cambio tan repentino, fue la revelación que le hiciera Roosevelt en la conferencia de Yalta, de que Estados Unidos retirarían sus tropas de Europa lo antes posible. Ese fue probablemente el mayor error que los Aliados cometieron en el curso de toda la conferencia, ya que una vez en posesión de tal seguridad, Stalin podía considerar -y de hecho así lo hizo- todas las protestas americanas -incluyendo las notas personales del presidente- con manifiesto desdén.

Capítulo sexto. La casa de las conchas

1

A las cuatro de la mañana del 9 de abril de 1940, las tropas alemanas cruzaron la frontera de Dinamarca sin la menor advertencia previa. Otras tropas germanas desembarcaron en varios puertos daneses, incluyendo la capital, Copenhague. Mientras los bombarderos volaban amenazadoramente sobre el país, una hora más tarde, el representante diplomático alemán en Dinamarca entregó al Gobierno danés una nota exigiendo la sumisión. Los germanos manifestaron que sólo se habían adelantado para proteger a Dinamarca de la invasión de los aliados occidentales, y no con intenciones hostiles, y prometieron respetar la neutralidad danesa y no injerirse en los asuntos internos.

El Gobierno danés capituló, pero los cuatro millones y medio de recios e independientes daneses se negaron a aceptar tal humillación, y no tardaron en surgir pequeños grupos de guerrilleros. Como en Polonia, no había entre las partisanos diferencias políticas, y no era raro ver a un comunista actuar hombro con hombro con un conservador. Los jefes surgieron de distintas esferas. Había profesores universitarios, hombres de negocios, obreros y profesionales.

Los daneses fueron más allá de los habituales actos de sabotaje y de los retrasos en el trabajo, y se dedicaron a realizar una guerra psicológica que ponía de manifiesto su genio e imaginación. Al comienzo pasaban ante los alemanes como si éstos no existiesen. No tardaron en circular anécdotas -posiblemente falsas, pero que indicaban la actitud de los daneses-, como la siguiente: Un centinela se hallaba en el interior de una casamata circular, que le llegaba al pecho, en el centro de Copenhague. Le sorprendió que de pronto los que pasaban le empezasen a tomar en cuenta. Todos se reían de un letrero que algún bromista había colocado en el exterior de la caseta, y que decía: «Está sin pantalones.» Había comenzado un programa para ridiculizar a los alemanes.

En agosto de 1943 ya se producían seis o siete actos de sabotaje importantes al día. Los alemanes replicaron ocupando las fábricas, en las que se desató una oleada de huelgas. Desesperados, los germanos llenaron las calles de tropas, establecieron el toque de queda y amenazaron con capturar rehenes, lo cual sólo contribuyó a agravar la situación.

El doctor Werner Best, jefe administrador nazi, se trasladó en avión a Berlín y solicitó paciencia y una política más benévola. Dijo que la rebelión podía aplacarse si se hacían concesiones. Pero el Führer no quedó convencido, y el 28 de agosto envió un ultimátum al Gobierno danés exigiendo la aplicación de la ley marcial, la censura alemana directa, la prohibición total de las huelgas y reuniones, y la pena de muerte para los actos de sabotaje. Al día siguiente el Gobierno danés, con la plena aprobación del rey Cristián X, rechazó la petición. Por la noche, los soldados alemanes asumieron abiertamente el control de Dinamarca. Pero los problemas de Hitler en este país no habían hecho más que comenzar, pues toda la nación se hallaba ahora unificada detrás del movimiento de resistencia.

Un mes más tarde los alemanes ordenaban la detención de los judíos daneses, pero cuando una policía especial comenzó a practicar los arrestos, todos los judíos, a excepción de 477 ancianos, habían desaparecido misteriosamente. Un número de seis mil, fueron enviados clandestinamente a Suecia por la resistencia danesa. Por vez primera, los nazis habían hallado una oposición concreta, por parte de toda una población, para la puesta en práctica de su «solución final».

Esta operación clandestina en masa animó a los daneses a efectuar más actos de resistencia. Planeados por el Consejo de Liberación, un grupo de siete jefes de la Resistencia, aumentaron los sabotajes en los ferrocarriles, hasta que el movimiento de las tropas alemanas disminuyó a un 25 por ciento de lo normal. Los partisanos se habían vuelto tan audaces que llegaban a destruir fábricas enteras, como la «Globus», de Copenhague, que fabricaba piezas importantes de las «V-3».

Si bien los daneses no se hallaban oficialmente en guerra con Alemania, no hay duda de que actuaban como si lo estuvieran, y por más que su territorio estuviese ocupado, estaban contribuyendo a la caída del régimen de Hitler. Hacia el otoño de 1944, sin embargo la Gestapo había llegado a reunir tal cantidad de datos sobre la Resistencia, que los jefes de ésta pidieron a la RAF británica que destruyese los archivos que se encontraban en la Universidad de Aarhus. La incursión aérea tuvo tanto éxito que la Resistencia solicitó otra, esta vez contra la casa de las Conchas, de Copenhague, donde se encontraban los principales archivos de la Gestapo. Pero los ingleses se mostraron reacios a cumplir esta petición, ya que el último piso de la casa había sido convertido en prisión, y en ella se hallaban recluidos importantes personajes daneses.

Un mes más tarde la radio de la Resistencia comenzó de nuevo a hacer peticiones: el material de la Casa de las Conchas era tan peligroso que se hacía necesario destruirlo, a pesar del daño que pudieran sufrir los prisioneros daneses. Después de numerosas deliberaciones, el Ministerio del Aire británico terminó por cambiar de parecer, y comenzó a estudiar el plan para la incursión aérea. Se construyó un modelo a escala de todos los edificios que se hallaban dentro de una zona de un kilómetro, alrededor del blanco, así como de las zonas que deberían sobrevolar los aviones. Algunos periodistas que eran miembros de la Resistencia proporcionaron a los ingleses las últimas fotografías del sector. Las importantes fotografías aparecieron en la publicación danesa Berlingske Tidende como ilustraciones de un inocente artículo. La censura nazi no sospechó nada y al día siguiente el periódico salió hacia Londres vía Estocolmo.

2

El 19 de marzo, el capitán de grupo Bob Bateson comunicó a unos setenta aviadores ingleses del aeródromo de Norfolk que al mediodía siguiente procederían a bombardear la Casa de las Conchas en tres oleadas. Luego describió el blanco Svend Truelsen, el cual no sólo se hallaba relacionado con el espionaje de la Resistencia danesa, sino que era también comandante de la Inteligencia del Ejército inglés. Se trataba de un edificio en forma de U, de cuatro pisos de altura, y disimulado convenientemente con franjas de color pardo y verde. Era el único edificio de tales características en toda la ciudad. Truelsen dio instrucciones a los pilotos para que volasen bajo y lanzasen las bombas en la parte inferior de la fachada del edificio, lo cual daría ocasión a los prisioneros para huir por las escaleras posteriores.

Al día siguiente el tiempo era tan malo que hubo que suspender la operación. Pero el 21 de marzo amaneció despejado, y un bombardero «Mosquito» despegó con fuerte viento del aeródromo de Norfolk. Su piloto, un tal comandante de ala Smith, dio la señal convenida, y otros dieciocho «Mosquitos» comenzaron a despegar por parejas. Luego hicieron lo propio veintiocho cazas «Mustang P-51».

El «comandante Smith» era el vicealmirante del Aire Basil Embry, el cual había mandado personalmente la incursión aérea contra Aarhus. Dirigiría la formación hasta la zona del blanco, donde el capitán Bateson se haría cargo de ella. Los bombarderos pasaron tan bajo sobre la superficie del mar del Norte, que las encrespadas aguas mojaron los cristales de las carlingas, manchándolas de sal. Pero los bombarderos siguieron avanzando a esa altura, con la esperanza de eludir el radar de los alemanes.

En la Casa de las Conchas, uno de los treinta y dos prisioneros que se hallaban en la cárcel del último piso, el inspector jefe Christen Lyst Hansen, de la Policía danesa, fue conducido escaleras abajo. Hansen preguntó adónde le llevaban.

– No puedo decírselo -dijo el guardia, quien después susurró-: Froslev.

Era éste un campo de concentración situado cerca de la frontera alemana, y donde, según los rumores que corrían, se fusilaba a los presos importantes. Pero Hansen llegó a la puerta principal en el momento en que partía el coche destinado al campamento, y le hicieron regresar a su celda.

Hacia las nueve, obligaron a subir a otro grupo de prisioneros daneses hasta una estancia situada en el tercer piso de la casa. Durante dos horas, un juez alemán y un intérprete danés interrogaron a uno de estos prisioneros, Jens Lund, el cual se negó a contestar a lo que insistentemente le preguntaban. A las 11,15 un soldado llegó con dos correas de cuero, y Lund se dio cuenta de que le iban a castigar brutalmente. Recordó entonces la milagrosa escapatoria del pastor protestante Sandbaek, de manos de la Gestapo, durante la incursión de Aarhus, y rogó que ocurriera otra vez algo parecido.

Los «Mosquitos» se aproximaban a Copenhague a unos cincuenta metros de altura. A través de los cristales manchados de sal, el capitán Bateson vio una amplia zona ferroviaria y un momento más tarde descubrió lo que buscaba: el lago detrás del cual se hallaba la Casa de las Conchas.

En el piso superior, el profesor Mogens Fog, un neurólogo que era miembro del Consejo de Liberación, creyó que el rugido de los motores procedía de algunos cazas alemanes que picaban sobre el edificio para asustar a los prisioneros. Ni el sonido de las ametralladoras le convenció de que era un ataque real, y trepó al techo para echar un vistazo a través de un ventanuco. ¡Los aviones se dirigían directamente hacia él! Bajóse de un salto y se lanzó al suelo en el momento en que las bombas iniciaban su sibilante descenso. Luego se arrastró debajo del catre, y trató de protegerse la cabeza con una maleta.

Lund, en el piso de abajo, también había oído el estrépito de las ametralladoras, y preguntó qué estaba ocurriendo. El juez, con la boca abierta, no contestó y Lund creyó que eran los alemanes, que estaban haciendo prácticas de tiro. De repente se oyó el estampido, y toda la habitación se estremeció. El juez cogió a Lund por un brazo y le empujó hacia las escaleras, mientras se levantaban nubes de polvo del revoque de las paredes. La gente se precipitaba hacia abajo, llena de pánico. Lund se desasió del juez, y se lanzó hacia la escalera, entre grupos de hombres y mujeres que gritaban. En el segundo piso halló la escalera tan atestada que al cabo de un momento ésta se desplomó en parte, viéndose como un hombre desaparecía entre una nube de humo y polvo. A un lado observó Lund un orificio en la pared, y debajo divisó la calle. Sin pensarlo dos veces dio un salto y fue a caer sobre la acera.

Los seis primeros «Mosquitos» lanzaron con éxito la mayor parte de las bombas en la base de la Casa de las Conchas, y las sirenas antiaéreas no empezaron a sonar hasta que se aproximó la segunda oleada. Uno de los aparatos pasó demasiado bajo, un ala rozó una torreta del ferrocarril, y las bombas se desprendieron del avión, antes de que éste se estrellase contra una escuela. Empapada de gasolina de alto octanaje, la escuela comenzó a arder con violencia. Los otros cinco aparatos «Mosquito» siguieron adelante. Uno dio la vuelta hacia el Este, en dirección a Dagmarhus, donde se hallaba otro cuartel general alemán, y el resto bombardeó con éxito la Casa de las Conchas. Los aviones de la tercera oleada fueron atraídos por una gran humareda que se elevaba cerca de las vías del ferrocarril. Lanzaron sus bombas sobre el lugar de donde partía el humo, y emprendieron el regreso a Inglaterra, creyendo haber bombardeado en el blanco. En realidad, lo que atacaron fue la escuela, de donde partía el humo.

En cuanto hubo cesado el primer ataque, el profesor Fog salió de debajo del catre y se lanzó contra la puerta de la estancia donde se hallaba recluido, pero la puerta no cedió. Oyó entonces aproximarse a los aparatos de la segunda oleada, y corrió de nuevo a ocultarse bajo la cama. Algunas celdas más allá el inspector de policía Hansen se aferraba desesperadamente a su catre. Todo el edificio se tambaleaba, y temía caer a través de un agujero del suelo. Cuando se extinguió el ruido de los bombarderos, Hansen cogió una banqueta de madera y la estrelló contra la puerta. Esta cedió, y el inspector echó a correr por el pasillo. Se asombró entonces al comprobar que sobre él aparecía el cielo abierto. Todo el techo había volado, con las explosiones. Oyó entonces gritar a Fog y a otros prisioneros, que también golpeaban en sus puertas para que les sacasen de allí.

– ¡Tenemos que soltarles! -gritó al único guardia alemán que se encontraba en el lugar.

Fog oyó sus palabras e inmediatamente gritó a través de la puerta:

– Die Nückeln!

El guardia estaba inmovilizado por el terror, lo que aprovechó Hansen para quitarle las llaves. Los prisioneros, una vez liberados, echaron a correr escaleras abajo, alejándose de la fachada de la casa. Fog siguió a los demás al principio, pero luego pensó que los alemanes también deberían haber escapado por allí, y seguramente les estaban esperando para volver a capturarlos. En el segundo piso se dirigió hacia la escalera del frente, y allí encontró a otro prisionero, el doctor Brand Rebberg. Fog no dejó de pensar en lo curioso que era el que de todos los prisioneros sólo los dos profesores hubiesen pensado en huir por la parte anterior del edificio.

Rehberg, sin embargo, parecía estar anonadado, y se hallaba rodeado por varios cadáveres. Fog le golpeó en la espalda y le dijo:

– ¿Nos vamos de aquí?

Avanzaron entonces por entre los escombros, hacia la puerta principal, donde hallaron tendida en el suelo a una muchacha herida. Fog comenzó a arrastrarla hacia la calle, cuando se dejó oír una sirena.

– ¡Los Hipos se acercan! -gritó alguien, refiriéndose a los policías daneses renegados.

Fog y su amigo abandonaron a la muchacha, y huyeron por la calle, alejándose de las sirenas. De los treinta y tres prisioneros, sólo seis murieron en el bombardeo. Los restantes pudieron escapar.

J. Jalser dirigía los seis camiones de bomberos hasta la Casa de las Conchas, que se hallaba en llamas. Comprendió que la mayoría de los prisioneros tratarían de huir por la parte de atrás del edificio, y hacia allí se dirigió para tratar de salvarlos. Le detuvo un oficial alemán, el cual le ordenó que llevase los camiones ante la fachada del edificio, para apagar el incendio. Jalser hizo como que no entendía el alemán, pues también deseaba que las llamas consumieran los archivos de la Gestapo.

Un bombero se aproximó ofreciéndose para actuar como intérprete, pero Jalser le dio un discreto pisotón, y el bombero se marchó, lo mismo que el disgustado oficial alemán. Unos momentos más tarde llegaron varias autobombas alemanas. Jalser señaló hacia una caseta de hormigón y gritó:

– ¡Explosivos! ¡Explosivos!

Todo el mundo corrió a esconderse, inclusive los soldados alemanes.

Libre ya para actuar, Jalser condujo a sus hombres hacia la parte posterior del edificio, que empezaron a regar con sus mangueras. Para entonces el frente de la casa, donde se hallaban los archivos de la Gestapo, se encontraba envuelto en llamas, y al cabo de una hora las paredes se desplomaron.

La escuela seguía ardiendo cuando llegó Jalser con sus cinco autobombas. Entre los bomberos y las monjas trataron de sacar a más de un centenar de niños atrapados entre las ardientes paredes. Jalser quedó impresionado ante el espectáculo de los muebles, los escombros y los cuerpos de los niños, todo formando un conjunto estremecedor. Oyó entonces a uno de los bomberos que repetía incansablemente:

– ¡Qué crueldad! ¡Qué crueldad!

Una niña que estaba semienterrada entre los escombros gritó:

– ¡Mi madre no sabe dónde estoy!

Para tranquilizarla, uno de los bomberos le dijo:

– Ya he telefoneado a tu mamá.

– Es que nosotros no tenemos teléfono -musitó la niña.

Otro bombero, atrapado entre las ruinas con algunos niños, gritó desesperado:

– ¡Sacadme de aquí!

Pero sus compañeros tuvieron que retroceder al tomar incremento las llamas.

La mayor parte de los niños rescatados de aquel infierno se hallaban aterrados, pero una chiquilla no cesaba de decir, mientras se sacudía la ropa:

– ¡Qué sucio está mi vestido!

Los daneses experimentaron un gozo indecible al ver envuelta en llamas la Casa de las Conchas, junto con las pruebas que podían llevar al paredón de ejecuciones a centenares de miembros de la Resistencia, hasta que se enteraron de la tragedia de la escuela Juana de Arco, próxima al blanco del bombardeo, en la que perecieron ochenta y tres niños, veinte monjas y tres bomberos.

Al día siguiente la publicación clandestina Nordic News Service habló en nombre de todos los daneses en los siguientes términos:

«…Expresamos nuestra gratitud a los pilotos que destruyeron ese monumento a la infame gesta germana y al terror de la Gestapo que era la Casa de las Conchas, situado en el corazón de Copenhague…

»Por desgracia, además del objetivo especial de la incursión, han perecido gran número de daneses, sobre todo niños de la escuela francesa de Frederiksberg Allé… Para aquellos padres que han perdido a sus seres queridos, no hay consuelo posible, y sólo podemos expresarles nuestro más profundo sentimiento.

»El sacrificio que ellos han hecho indirectamente en la batalla de Dinamarca debe incitar, sin embargo, al resto de nosotros, para que contribuyamos con todos nuestros esfuerzos a. que otros niños daneses puedan vivir, y hacerlo además en una Dinamarca libre y segura, donde la muerte no amenace en las calles y los caminos porque las naciones agresoras así lo deciden, y porque los bárbaros practican una política de opresión.»

Capítulo séptimo. Entre dos ríos

1

El día 22 de marzo, la Gran Alemania de Hitler se hallaba reducida al territorio comprendido entre dos ríos, el Oder y el Rhin. Y tanto desde el Este como desde el Oeste, los enemigos lanzaban ataques en masa que sin duda terminarían por proporcionarles la victoria final. El ataque de Montgomery a través del Rhin, denominado «Operación Saqueo», estaba proyectado para iniciarse al día siguiente, y a diferencia de las ofensivas norteamericanas, fue estudiado con toda atención hasta el menor de los detalles. Todo se hallaba en su lugar, y cada unidad sabía exactamente lo que se esperaba de ella.

Cuando Montgomery trazó por vez primera los planes a fines de enero, designó al teniente general Miles Dempsey, del Segundo Ejército británico, para que corriese con el peso del ataque y cruzase el Rhin al norte de Wesel, una ciudad estratégicamente situada a unos treinta y dos kilómetros al norte de Düsseldorf. En la acción sólo intervendría una tercera parte del Noveno Ejército americano de Simpson, y esos efectivos -el 19.° Cuerpo- desempeñarían un papel secundario, ya que apoyarían el ataque con un cruce en Rheinberg, pocos kilómetros más abajo de Wesel, y constituirían los puentes para cruzar el río.

Cuando Simpson recibió esta orden quedó anonadado. Sus tropas se dedicarían poco más que a la construcción de puentes, y por si esto fuera poco, se hallarían bajo las órdenes de Dempsey, no bajo su mando. Simpson protestó ante Montgomery, el cual accedió al fin a que retuviese el 19.° Cuerpo a sus órdenes.

El 14 de marzo, tres días antes de la captura del puente de Remagen, este cuerpo irrumpió repentinamente a través de las defensas alemanas, y llegó a orillas del Rhin antes del plazo fijado. El comandante, general de división Raymond McLain, llamó a Simpson por teléfono, dándole la noticia de que había hallado «un magnífico lugar para cruzar el Rhin» al norte de Düsseldorf, zona que se hallaba oculta por algunos bosquecillos. De haber estado bajo el mando de Bradley, y no bajo el de Montgomery, Simpson hubiese seguido adelante, y después habría informado al Grupo de Ejército. Pero como sabía que Eisenhower le frenaría, Simpson se dirigió a Montgomery, antes de actuar, y le pidió permiso para cruzar inmediatamente el río, señalando que los alemanes se hallaban tan sorprendidos ante el rápido avance, que aún no habían construido defensa alguna en la orilla oriental del río.

Sin echar siquiera una ojeada al plano preparado por Simpson, Montgomery manifestó:

– Sólo podrá usted usar una división o menos, por ahí, ya que no hay espacio para hacer nada. Quiero ajustarme a mi plan. Y agregó que sólo observando estrictamente su proyecto, podrían mantenerse en equilibrio sus tropas, y se conseguiría desequilibrar a los alemanes.

Patton y otros jefes militares americanos sospecharon que se retenía a Simpson a fin de que los ingleses tuvieran el honor de efectuar el primer cruce en masa del río. Pero Simpson, que era el más afectado por la medida, consideraba a Montgomery demasiado recto como para tomar una decisión motivada sólo en el afán de dar prestigio a su país. Para él, Monty sólo quería realizar una batalla ordenada, sin improvisaciones de última hora, ni cambios que afectasen al plan inicial.

Pero Montgomery decidió asegurar el éxito de «Saqueo» con una idea que se le ocurrió a última hora: el lanzamiento de dos divisiones aerotransportadas sobre el Rhin. La operación se denominó «Varsity», y su misión era «destruir las defensas hostiles del Rhin, en el sector de Wesell…».

Esta sería la primera operación aerotransportada de los Aliados que se llevase a cabo a la luz del día, y debía producirse pocas horas después del primer cruce nocturno de la infantería. Para esta tarea, el general de división Matthew Ridgway eligió a las divisiones aerotransportadas 6.ª británica y 17.ª de Estados Unidos, integrantes ambas del 18.° Cuerpo de Ejército Aerotransportado. Los paracaidistas británicos eran veteranos del desembarco de Normandía, mientras que ésta sería la primera acción de guerra de los americanos como paracaidistas, ya que habían actuado como infantes en la batalla del Bulge. El 22 de marzo, ambas unidades, imbuidas de elevada moral, fueron severamente «recluidas». Los ingleses quedaron aislados cerca de East Anglia, en Inglaterra, y los americanos en las proximidades de París. La zona donde se hallaban las tropas fue rodeada con alambre de púas, y el aeródromo quedó bajo la vigilancia de centinelas especiales. Si la información acerca de las zonas de lanzamiento trascendía, la operación «Varsity» podía concluir en un desastre.

Aún con semejantes precauciones, los alemanes debieron presentir que el lanzamiento era inminente. El comentarista radiofónico Günther Weber manifestó lo siguiente desde Berlín: -Debemos esperar lanzamientos de paracaidistas en gran escala, a fin de establecer cabezas de puente al este del Rhin. Estamos preparados para ello.

Por su parte, George S. Patton hacía sus planes personales para cruzar el Rhin. En lugar de llevar a cabo un asalto frontal contra el río, empleó sus unidades acorazadas y de infantería blindada casi como si se tratase de efectivos de caballería, efectuando profundas incursiones que no sólo resultaron espectaculares, sino que proporcionaron cuantiosos prisioneros y salvaron numerosas vidas de norteamericanos. Esto también le permitió llegar al Rhin antes de lo esperado.

Durante los tres días anteriores, desde que Bradley le diera permiso para cruzar cerca de Mainz, Patton se trasladó en avión de un cuartel general a otro, como un poseso, rogando, exhortando, exigiendo y amenazando. Quería celeridad, mucha celeridad. Sabía que Montgomery se lanzaba sobre el Rhin en la noche del 23 de marzo, y deseaba ser él el primero en cruzar en la zona de Maguncia. Patton estaba seguro, asimismo, de que un ataque imprevisto salvaría muchas vidas y le colocaría en una posición mucho más favorable para llegar al corazón de Alemania.

El 20 de marzo Patton se dirigió al puesto de mando del general de división Manton S. Eddy, comandante del 12.° Cuerpo, establecido en las cercanías de Simmnern. Mientras paseaba lleno de excitación, Patton manifestó:

– ¡Matt, quiero que cruce usted el río mañana, en Oppenheim!

Oppenheim era una pequeña ciudad situada a unos veinticuatro kilómetros al sur de Maguncia.

– Concédame otro día más -rogó Eddy.

– ¡No! -fue la respuesta de Patton, mientras agitaba los brazos con violencia.

Eddy era un hombre alto y robusto, que al principio mantuvo tercamente su petición. Pero como Patton terminase por golpear irritado con el pie en el suelo, cogió el teléfono y llamó al general de división. S. Leroy Irwin, de la 5.ª División, y le dijo:

– Va a tener que cruzar al otro lado, Red. Patton no deja de gritar.

Irvin animó tanto a sus hombres durante las treinta y seis horas siguientes, que llegaron al Rhin en Oppenheim antes del anochecer del 22 de marzo. A las diez de la noche comenzaron a cruzar calladamente el río en botes de desembarco. La primera oleada puso pie en tierra antes de que los sorprendidos alemanes pudiesen organizar una defensa, y al amanecer, seis batallones de Irvin habían cruzado ya el Rhin. Sin preparación de artillería ni bombardeos aéreos, ni paracaidistas, Patton había llevado a cabo el primer cruce del Rhin en lanchas, desde la época de Napoleón, y a un precio de sólo veintiocho bajas, entre muertos y heridos.

La noticia del éxito conseguido no tardó en llegar al cuartel general del Tercer Ejército, pero el ayudante de Estado Mayor de Patton, coronel Paul Harkins, sugirió que se ocultase la nueva a Bradley hasta la noche del día 23, en que tendría lugar el cruce de Montgomery. Esa era la clase de proposiciones que a Patton le gustaba que le hicieran.

2

El río que protegía el otro extremo de Alemania, el Oder, también había sido cruzado. Zhukov tenía ya tres cabezas de puente a sólo ochenta kilómetros de Berlín, pero el inesperado ataque de Steiner obligó a los rusos a reagruparse antes de llevarse a cabo el asalto final contra la capital.

Desde el accidente automovilístico que sufriera Wenck, Guderian no había recibido un solo informe de Himmler, el hombre responsable de detener el avance de Zhukov. A mediados de marzo, el comandante en jefe del Frente Oriental se dirigió al cuartel general del Grupo de Ejército Vístula, para intentar averiguar algo. El jefe de Estado Mayor de Himmler, SS brigadeführer (general de brigada) Heinz Lammerding recibió a Guderian a la entrada del cuartel general y le dijo:

– ¿No puede usted librarnos de nuestro comandante?

– Eso es sólo un asunto de las SS -contestó Guderian, y preguntó en seguida por Himmler.

– Se encuentra con gripe, y le está atendiendo el profesor Gebhardt, en Hohenlychen.

En el cercano sanatorio halló Guderian a Himmler, en aparente buen estado de salud, y le exhortó a que renunciase como comandante del Grupo de Ejército Vístula. Recordó a Himmler que también era el jefe nacional de las SS, así como jefe de la Policía alemana, ministro del Interior y comandante en jefe del Ejército Auxiliar. ¿Cómo podría llevar a cabo con éxito un número tan elevado de misiones?

La idea atrajo a Himmler, pero según él había graves inconvenientes.

– No puedo decirle eso al Führer -manifestó-. No le gustaría que se lo sugiriese.

– ¿Me autoriza que lo haga yo por usted?-inquirió rápidamente Guderian.

Himmler asintió, dando su aprobación, y por la noche Guderian propuso al Führer que se reemplazase en el Oder al atareado reichsführer. También Hitler debió de considerar que era necesario un cambio, ya que preguntó acerca de quién podía hacerse cargo del Grupo de Ejército Vístula.

Guderian propuso al generaloberst Gotthard Heinrici, comandante del Primer Ejército Panzer, el cual se hallaba a la derecha de Schoernes.

– No me gusta -declaró Hitler, y propuso otros nombres.

– Tiene gran experiencia con los rusos -manifestó Guderian-. Todavía no han abierto una sola brecha en sus efectivos.

Este argumento pareció impresionar más a Hitler, quien el 20 de marzo envió un telegrama a Heinrici, en su cuartel general de los Cárpatos, nombrándole jefe del Grupo de Ejército Vístula. Al día siguiente Guderian halló a Hitler y Himmler paseando por el jardín de la Cancillería. Guderian se preguntaba si podría hablar a solas con Himmler, y Hitler, afortunadamente, se marchó poco después.

– Ya no es posible ganar la guerra -dijo Guderian, sin más preámbulos-. El único problema que queda es hallar el modo de poner fin lo más rápidamente posible a esta inútil matanza y a los bombardeos. A excepción de Ribbentrop, es usted el único hombre que tiene contactos con países neutrales. Como el ministro de Asuntos Exteriores se muestra reacio a pedir a Hitler que inicie las negociaciones para la paz, tiene usted que venir conmigo para solicitar al Führer que se avenga a un armisticio.

Himmler permaneció unos momentos silencioso, y luego dijo:

– Mi querido general, es demasiado pronto para eso.

– No le comprendo. No son las doce menos cinco, ahora, sino las doce y cinco. Si no negociamos en este momento, ya nunca podremos hacerlo. ¿No se da cuenta de lo desesperada que es nuestra situación?

A pesar de los razonamientos, Himmler se negó a comprometerse. Prefería llevar las negociaciones en la forma subrepticia que le caracterizaba.

Después de la conferencia de la noche, Hitler pidió a Guderian que se quedase con él.

– Me he dado cuenta de que sus inquietudes han tomado el peor cariz -manifestó.

Sólo el oír a Guderian pronosticar la derrota en el Este causaba a Hitler una cólera creciente, y deseaba reemplazarle por alguien que no fuera un derrotista.

– Debe usted tomarse inmediatamente cuatro semanas de descanso -añadió el Führer.

Guderian comprendió lo que había detrás de las palabras de Hitler, pero replicó:

– En este momento no puedo dejar mi puesto, porque no tengo sustituto.

En efecto, el general Hans Frebs, reemplazante de Wenck, había sido herido en un reciente bombardeo al Alto Mando del Ejército, situado en Zossen. Aunque no tenía la menor intención de cumplir su promesa, Guderian añadió:

– Trataré de hallar un relevo lo más rápidamente posible, y entonces me marcharé.

Un ayudante les interrumpió. El ministro de Producción, Albert Speer, deseaba hablar con el Führer en privado.

– No puedo ver al ministro en estos momentos… ni hasta dentro de tres días -contestó Hitler irritado, y volvió a encararse con Guderian-. Cuando alguien quiere verme a solas, en estas circunstancias, es porque tiene algo desagradable que notificarme. Sus notas (las de Speer) comienzan siempre con las palabras «¡La guerra está perdida!», y eso es lo que quiere decirme de nuevo. Por eso aparto siempre sus notas sin leerlas.

Aunque Zhukov tenía tres cabezas de puente al oeste del Oder -una al sur de Francfort, otra sobre Küstrin, y la tercera a mitad de camino entre ambas ciudades-, los alemanes aún conservaban dos posiciones en la orilla oriental, en Küstrin y Francfort. Esas dos zonas eran blancos inevitables para el ataque final de Zhukov a Berlín, ya que de ellas partían directamente las autopistas hasta la capital.

La zona de Küstrin se hallaba bajo e] mando del SS oberstgruppenführer Heinzs Rheinefarth, un jefe de policía poco versado en la táctica militar. El comandante de Francfort, Ernst Biehler, aunque sólo tenía el grado de coronel, era un competente y enérgico miembro de la Wehrmacht que había convertido a su ciudad natal en un formidable bastión. Después de haber sido herido en una pierna cuando se hallaba en el Frente Oriental, a fines de 1944, Biehler fue enviado a un hospital de Francfort. Cuando los rusos avanzaban a fines de enero de 1945 hacia el Oder, Biehler salió en muletas del hospital para detenerlos con una fuerza compuesta de convalecientes, rezagados, Volkssturm y unos tres mil artilleros.

Un día de principios de febrero, Biehler estaba tomando la merienda con su mujer y sus cuatro hijos, cuando le llamaron al teléfono. Al regresar a la mesa dijo serenamente:

– Francfort del Oder tiene que convertirse en un bastión, y tengo que conseguirlo.

Cinco semanas más tarde, Biehler disponía de treinta mil hombres. La mitad de ellos fueron colocados en las colinas situadas al este del río, en tanto que la otra mitad permanecía en la orilla occidental del Oder, para su entrenamiento. La artillería de Biehler era una abigarrada colección de armas, en número de cien aproximadamente, que comprendía desde cañones yugoslavos hasta morteros alemanes y franceses. Luego le enviaron veinticinco decrépitos tanques «Panzer», y Biehler los hizo ocultar hasta la torreta en puntos estratégicos. Su única fuerza acorazada móvil era un total de veintidós camiones blindados ingeniosamente construidos a partir de materiales de desecho.

Sin embargo, Biehler no dejaba de sentirse asaltado por inquietantes dudas.

– ¿Qué utilidad tiene realmente lo que yo pueda hacer en este agujero?-preguntó a Goebbels en una de las últimas inspecciones que éste hizo al frente.

– Necesitamos esta zona del otro lado del Oder, porque planeamos una ofensiva contra los rusos hasta Posen.

Biehler le miró con gesto de incredulidad, y Goebbels prosiguió impertérrito:

– Estamos pensando en firmar la paz con Occidente, y entonces los americanos y los ingleses nos ayudarán a luchar contra los rusos. O al menos, nos permitirán trasladar todos nuestros ejércitos del Oeste al Este. Así podremos contraatacar, y tomaremos de nuevo Posen. Tal vez no tenga sentido para usted el permanecer aquí, pero es una cabeza de puente para el futuro.

Tranquilizado, Biehler arengaba a sus soldados:

– Si no resistís, los rusos se apoderarán de nuestra patria… ¡y de vuestras mujeres y vuestros hijos! ¡Debemos mantenernos firmes!

El hombre elegido para reemplazar a Himmler era un militar bajo y entrado en años. Gotthard Heinrici era hijo de un pastor protestante, pero por parte materna los hombres habían sido soldados desde el siglo XII. Era Heinrici un individuo metódico, competente y digno de confianza; precisamente el hombre que se necesitaba para hacer frente a la caótica situación que imperaba en la zona. Durante más de dos años su Cuarto Ejército había luchado bien en el sector de Moscú, pero su promoción al rango de generaloberst se vio retrasada por su insistencia de que la Gestapo dejase de inmiscuirse en su mando. Después del éxito de sus batallas defensivas contra los rusos, fue al fin ascendido, y luego se le concedió la cruz de Caballero con Hojas de Roble.

El 22 de marzo Heinrici fue a ver a Guderian, quien era buen amigo suyo desde hacía tiempo. Las calles de Zossen estaban aún cubiertas por los escombros de las incursiones aéreas de los rusos. Después de saludarle afectuosamente, Guderian le dijo:

– Personalmente le he mandado venir aquí. Eso es imposible con Himmler, quien nunca cumple una orden, ni proporciona los necesarios informes. He dicho a Hitler que es un incompetente, y que nunca ha mandado un solo pelotón a través del río.

Heinrici pidió que le describiera la situación general. Guderian vaciló y al fin explicó:

– La situación es muy difícil, y tal vez la única solución pueda hallarse en el Oeste.

Heinrici se preguntó cuál sería el significado de aquellas palabras, pero cambió de tema y comenzó a preguntar a Guderian acerca de las tácticas de combate. No comprendía por qué seguía aún defendiendo Curlandia. Guderian se agitó inquieto y luego explicó la «insensata» porfía de Hitler para que se defendiese a toda costa dicha zona.

– ¡Me llaman de Berlín a cada momento! -estalló al fin, y señaló los defectos de Hitler como Comandante Supremo.

Heinrici escuchó todo aquello, aunque con creciente impaciencia. Al fin interrumpió a Guderian.

– ¿Qué ocurre a orillas del Oder?

Guderian señaló los principales hechos: Himmler tenía dos ejércitos en el Oder para proteger a Berlín. A la izquierda se hallaba Manteuffel y a la derecha, entre Küstrin y Francfort, el Noveno Ejército del general Theodor Busse.

– No conozco muchos detalles -dijo Guderian en tono de disculpa, y lo achacó a Himmler, el cual daba, como siempre, respuestas imprecisas a las preguntas que se le hacían-, pero tengo entendido que mañana comenzará un contraataque general al sur de Küstrin.

Siguió diciendo que la más peligrosa de las tres cabezas de puente a través del Oder era la que se hallaba entre Küstrin y Francfort. Esta tenía casi veinticinco kilómetros de ancho y cinco de profundidad, y en ella se hallaba una enorme cantidad de efectivos rusos de artillería. La Luftwafe la había atacado una y otra vez, pero con escaso éxito a causa de lo eficaces que eran las defensas antiaéreas.

Zhukov estaba a punto de lanzar un ataque contra Berlín, continuó explicando Guderian, y Hitler quería contrarrestarlo. El plan del Führer consistía en enviar cinco divisiones a través del Oder hasta la cabeza de puente de Biehler y avanzar luego hasta Küstrin. Aislada por la retaguardia, la cabeza de puente de los rusos, situada en la orilla occidental, caería por sí sola. Heinrici se quedó asombrado. Cualquiera podía comprender que aquella era la táctica que emplearía un aficionado. En primer lugar, sólo había un puente ante Francfort. ¿Cómo podrían cruzar cinco divisiones a tiempo para llevar a cabo el ataque?

– Los ingenieros están también construyendo un pontón -explicó Guderian, aunque era evidente que él también desaprobaba el proyecto.

– Pero es que ambos puentes quedarán bajo el fuego de la artillería rusa -dijo Heinrici-. ¡Este es un plan descabellado!

El general había puesto el dedo en la llaga, y Guderian se daba cuenta de ello.

– Tiene usted razón -admitió Guderian, con aire sumiso.

Busse también había puesto inconvenientes, proponiendo al fin que se atacase directamente la cabeza de puente de los rusos. Pero a Hitler le disgustó la sugerencia de Busse, y envió al frente al general Krebs para que comprobase si había posibilidad de llevar a cabo un ataque en la orilla del Oder. Krebs informó que podía hacerse, y así se iba a realizar.

– Tengo que ver a Adolf ahora mismo -dijo al fin Guderian, con cierto sarcasmo, y sugirió a Heinrici que le acompañase. Heinrici pretextó que le necesitaban en el grupo de ejército.

– Tengo que obtener informes de lo que ocurre, pues no sé nada de nada. Mis explicaciones carecerían de utilidad, y sólo perdería un tiempo precioso.

Guderian lanzó un suspiro. La práctica forma de pensar de Heinrici hubiera sido sumamente útil en la Cancillería. -Le diré a Hitler que está usted imponiéndose de la situación -manifestó.

Heinrici se trasladó en automóvil hasta la zona del Grupo de Ejército Vístula, cuyo cuartel general se encontraba cerca de Prenzlau, a unos ciento sesenta kilómetros al nordeste de Berlín. Era ya casi de noche cuando entró en el puesto de mando de Himmler, un edificio de madera de un solo piso, y media hora más tarde aún seguía esperando al reichsführer. Al fin pidió que le recibieran al momento, y le condujeron a una gran estancia decorada con sencillez, pero con comodidad. Frente a la puerta colgaba una gran fotografía de Hitler, y debajo de la misma estaba Himmler, sentado ante una gran mesa escritorio. Los dos hombres no se conocían, y Himmler se levantó cortésmente cuando Heinrici manifestó, tras saludarle:

– He venido a ocupar su puesto como comandante del Grupo de Ejército Vístula.

Himmler extendió una mano y Heinrici se la estrechó. Era una mano fofa, como la de un niño de corta edad.

– Voy a explicarle las batallas que hemos llevado a cabo como acción dilatoria -comenzó diciendo Himmler-. He pedido a un taquígrafo que tome las notas oportunas y nos traerán también los mapas correspondientes.

Luego llamó al general Eberhard Kinzel, jefe de Estado Mayor, y al coronel Hans-Georg Eismann, el oficial de operaciones. Himmler comenzó a relatar sus logros, pero se detuvo tan minuciosamente en los detalles que la explicación comenzó a hacerse pesada.

– Tengo asuntos importantes que hacer -dijo Kinzel, y se fue.

Luego fue Eismann quien pidió que le disculpasen. Después de cuarenta y cinco minutos de confusa explicación, llamó el teléfono. Himmler levantó el auricular, escuchó en silencio unos instantes y luego le pasó el aparato a Heinrici. Era el general Busse, el cual manifestó:

– Los rusos han vuelto a avanzar, y han ampliado su cabeza de puente por debajo de Küstrin.

Heinrici miró con gesto interrogador a Himmler, el cual se encogió de hombros y dijo:

– Es usted el nuevo comandante. Dé las órdenes correspondientes.

– ¿Cuál es su parecer?-preguntó Heinrici a Busse.

– Desearía contraatacar lo antes posible, para estabilizar las fuerzas en torno a Küstrin.

– Está bien. En cuanto tenga tiempo iré a verle, ambos examinaremos la situación del frente.

Cuando Heinrici hubo cortado la comunicación, Himmler declaró:

– Quiero decirle algo personal. Siéntese junto a mí, en el catre. Entonces, con un tono de conspirador que llamó la atención de Heinrici, le descubrió sus tentativas de entrar en contacto con las potencias occidentales.

De pronto, todas las observaciones incomprensibles de Guderian adquirieron sentido para Heinrici, el cual dijo:

– De acuerdo; pero, ¿qué medios están en juego, y cómo podremos disponer de ellos?

– Utilizando una potencia neutral -contestó Himmler, con acento misterioso. Luego miró a su alrededor nerviosamente y pidió a Heinrici que le prometiese guardar el secreto.

Al día siguiente, Heinrici procedió a inspeccionar la mitad norte de su grupo de ejército, que estaba defendido por el Tercer Ejército Panzer de Manteuffel. Entre la línea de batalla de Manteuffel y el Oder se extendía una zona de pantanos, y éste era el último lugar por donde se podía esperar el ataque principal de los soviéticos. Heinrici se dirigió entonces en automóvil hacia el sur, hasta Francfort, atravesando el frente que defendía el Noveno Ejército, del cual era comandante Busse, el antiguo jefe de Estado Mayor de Von Manstein. Busse era eficaz y sereno en circunstancias apremiantes, cualidad que no tardaría en requerirse en grado sumo, ya que era allí, en aquella zona, terminó diciendo Heinrici, por donde atacaría Zhukov. Al anochecer, Heinrici no sólo había delimitado la probable zona de ataque a un sector de cuarenta kilómetros situado al oeste de Francfort y de Küstrin, sino que había ideado un sistema defensivo. Establecería su línea principal a unos dieciséis kilómetros al oeste del Oder, en una pequeña sierra que corría paralela al curso del río. Más allá, en todo el camino que había hasta Berlín, no se apreciaba ninguna posición natural que permitiera la defensa.

Heinrici lanzó entonces la primera orden. Mandó trasladar todas las divisiones que habían conseguido escapar de Pomerania, incluidas la 25.ª Panzer, la 10.ª SS Panzer, la de Granaderos del Führer, y la 9.ª de paracaidistas, al crítico sector situado detrás de Francfort y de Küstrin. Su segunda orden era propia de un hombre imaginativo, y nada tenía que ver con el movimiento de tropas. Heinrici mandó que se soltasen lentamente las aguas de Ottmachau, un gran embalse situado a más de trescientos veinte kilómetros al Sudeste, y que iba a verter sus aguas en el río Oder. Con ello quedaría inundada la faja de dieciséis kilómetros existentes entre la sierra y el río, con una capa de agua de medio metro de altura.

Hitler tenía esperanzas de que las líneas defensivas con que contaba en aquel momento pudieran contener la inminente ofensiva rusa. Pero algunos de sus allegados no participaban de este entusiasmo, y comenzaron los preparativos para una Alpenfestung, un reducto nacional situado en los Alpes, donde el Nacional Socialismo llevaría a cabo su resistencia final de estilo wagneriano. Por absurdo que parezca, esta idea se había originado en la mente de los americanos. En el otoño de 1944, la oficina de Dulles en Suiza oyó rumores de que Alemania estaba construyendo un sistema defensivo inexpugnable en los Alpes austríacos. Los rumores, como correspondía, pasaron a Washington y crearon un estado de aprensión que trascendió a la Prensa. Goebbels reconoció de inmediato el valor propagandístico de la noticia, y poco después la Prensa europea se extendía largamente en especulaciones acerca del formidable reducto alpino.

Contrariamente a los temores de los Aliados, no se había construido todavía en los Alpes ningún sistema defensivo, pero de medios no oficiales se sabía que algunos alemanes prominentes estaban haciendo planes a este respecto. Uno de los más interesados era el austríaco Kaltenbrunner, el cual había ido adquiriendo cada vez más poder gracias a Himmler. A mediados de marzo, Kaltenbrunner fue a ver a Wilhelm Hoettl en su nuevo cuartel general del Alt Ausee, en Austria. Antiguo historiador, Hoettl se hallaba por aquel entonces ocupado en dirigir la Operación Bernhard, consistente en la falsificación en masa de billetes de Banco británicos. [24] Kaltenbrunner se enteró de que Hoettl viajaba a menudo a Suiza, y le preguntó si en su opinión los Aliados temían verdaderamente una lucha final en el Alpenfestung. Cuando Hoettl contestó afirmativamente, Kaltenbrunner replicó que ese temor podía utilizarse como medio de obtener un permiso «explícito o implícito» para luchar contra los rusos, incluso después de haberse firmado un armisticio con el Occidente. Hoettl contestó que no bastaba con el temor; los Aliados terminarían por descubrir que no había tal reducto, y no se habría adelantado nada. Kaltenbrunner sonrió, oprimió un timbre y mandó llamar al doctor Meindl, jefe de la Steyr Werke, la mayor fábrica de municiones de Austria.

– Puedo garantizarle una producción en pequeña escala de armamentos, desde unas factorías montadas en las montañas, a partir del primero de mayo -aseguró Meindl.

Kaltenbrunner nombró también a varios industriales que se hallaban cooperando igualmente, y reveló que la Operación Bernahrd se encontraba entonces localizada en Austria, y permitiría financiar el Alpensfestung. Los 160 expertos de Sachsenhausen y su equipo de falsificación habían sido trasladados a Redl-Zipf, [25] no lejos de la ciudad austríaca que el Führer designaba como su cuna: Linz.

Sólo una cosa se requería: obtener el permiso de Hitler para proseguir la lucha en el Sur, si Alemania quedaba dividida en dos. El 23 de marzo Kaltenbrunner se trasladó a Berlín para conseguir esta autorización. Tenía la esperanza de hallar a Hitler tan preocupado por el inminente derrumbe militar, que diera al menos su apoyo a una medida desesperada como era el Alpenfestung.

Hitler estaba inclinado sobre una gran maqueta de Linz, en el momento en que Kaltenbrunner entró en su despacho. Cuando advirtió de quién se trataba, su mirada se encendió y anunció que pensaba reconstruir por completo la ciudad, convirtiéndola en la metrópolis del centro de Europa. Luego preguntó a Kaltenbrunner, como nativo de Linz que era, lo que le parecía aquel plan.

Kaltenbrunner murmuró algo ininteligible, y siguió escuchando lleno de sorpresa mientras Hitler continuaba hablando entusiasmado acerca de la nueva Linz. De pronto Hitler miró a Kaltenbrunner y dijo sonriendo levemente:

– Sé lo que ha venido a decirme, Kaltenbrunner, y créame, si no estuviese convencido de que voy a construir una nueva Linz con la ayuda de usted, tal como se advierte en este modelo, me volaría la cabeza hoy mismo. Tiene que tener fe. Aún dispongo de medios para llevar la guerra a una conclusión victoriosa.

Como tantos otros, Kaltenbrunner salió del despacho del Führer lleno de esperanzas. En cinco minutos Hitler le había convencido de que la victoria aún era posible.

3

El deseo de Patton de mantener en secreto su cruce del Rhin era comprensible, pero no fácil de llevarlo a la práctica. Al día siguiente, marzo 23, su jefe de Estado Mayor, general Gay, recibió una llamada telefónica del Séptimo Ejército, manifestando que corría el rumor de que Patton ya había cruzado el Rhin, y preguntando si era cierto.

– No estoy autorizado para contestar a esa pregunta -replicó Gay, el cual exhortó a Patton a continuación para que contase a Bradley que el Tercer Ejército ya tenía siete batallones al otro lado del río.

Bradley acababa de tomar su segunda taza de café, en el comedor del castillo de Namur, cuando le llamaron al teléfono.

– Brad -dijo Patton con acento excitado-; ¡no se lo diga a nadie, pero ya estoy al otro lado!

– ¡Cielos! ¿Quiere decir que ha cruzado el Rhin?

– Desde luego. Escabullí una división la pasada noche, pero hay por allí tan pocos «fritzs» que aún no se han dado cuenta. Así que no haga anuncio alguno. Lo mantendremos en secreto hasta ver lo que ocurre.

Bradley se mostró sumamente complacido, y dijo a Patton que el Tercer Ejército podía enviar diez divisiones a la nueva cabeza de puente. También manifestó que iba a proporcionar a Hodges lo que éste había pedido desde el principio: diez divisiones para Remagen.

Montgomery estaba ocupado en los preparativos para su gran ofensiva, la operación «Saqueo», que debía comenzar aquella misma noche. Todo se iba cumpliendo al ritmo previsto, y cada unidad se disponía a actuar en el momento oportuno. Hasta el mensaje personal de Montgomery a las tropas había sido preparado por adelantado.

«…El enemigo pensará posiblemente que se encuentra seguro detrás del obstáculo que representa este gran río, pero nosotros les demostraremos que se hallan muy lejos de estar a salvo. Esta gran máquina militar aliada, integrada por fuerzas aéreas y terrestres, sabrá resolver el problema de manera decidida.

»Y una vez cruzado el Rhin, avanzaremos inconteniblemente por las llanuras del norte de Alemania, expulsando al enemigo de cada uno de sus refugios. Cuanto más rápida y enérgica sea la acción, más pronto terminará la guerra, y eso es lo que todos deseamos; terminar la tarea lo más pronto posible y la guerra en Alemania.

»Adelante, crucemos el Rhin. Buena caza para todos vosotros en la otra orilla.

»Quiera el «Señor de las batallas» otorgarnos la victoria en nuestra última empresa, del mismo modo que la hemos obtenido en todas las batallas desde nuestro desembarco en Normandía.»

A las tres de la tarde Churchill y Brooke salieron en avión desde el aeropuerto de Northolt, en Middlesex, y dos horas después el aparato tomaba tierra en Venlo, localidad de la frontera alemana. El primer ministro, a pesar de la oposición por parte de Montgomery y Brooke, quería ver el comienzo de la Operación «Saqueo». Brooke escribió al mariscal de campo diciéndole que Churchill estaba decidido a presentarse, «¡e incluso habla de viajar en un tanque!»

Montgomery contestó: «Por lo que concierne al P. M., si está decidido a presenciar la batalla del Rhin, considero que sólo hay una solución: pedirle que permanezca conmigo en mi campamento. De ese modo podré vigilarle y evitar que vaya adonde pueda estorbar a alguien. Ya le he escrito una carta. Simpson le enseñará una copia. ¡Estoy seguro de que le gustará al viejo muchacho!»

La comitiva de Churchill, integrada solamente por su ayudante militar, comandante C. R. Thompson, su ayuda de cámara y Brooke, se trasladó en coche hasta el cuartel general de Montgomery, donde tomaron una taza de té. El mariscal de campo, vestido con un viejo jersey y unos pantalones de pana, procedió a explicar su plan de ataque. Después del bombardeo inicial, dos cuerpos del Segundo Ejército Británico y uno del Noveno Ejército de Estados Unidos, efectuarían el cruce del río. A la mañana siguiente, dos divisiones aerotransportadas serían lanzadas a pocos kilómetros de la orilla oriental del Rhin, cerca de Wesel.

Durante varios días un sector de ciento doce kilómetros de la orilla del río había quedado oculto bajo el humo para esconder los preparativos, y a la sazón los soldados estaban ya tan cansados del humo que aseguraban preferir que los vieran los alemanes. Pero a causa de tales precauciones se había conseguido situar secretamente en su sitio un gran número de tropas, así como botes de desembarco, «búfalos» (transportes anfibios), material de construcción de puentes y artillería.

A lo lejos, Churchill pudo oír los cañonazos de la artillería de vanguardia. Esta se hallaba hacia el Norte, donde el 30.° Cuerpo británico de Horrocks dominaba una amplia zona del Rhin, sobre la que se haría el cruce inicial. Poco antes de las nueve de la noche Horrocks trepó a su puesto de observación. Era una noche cálida y agradable. Aunque poca cosa podía ver en la oscuridad, a no ser el resplandor de los disparos, alcanzó a percibir a los «búfalos» de vanguardia, cargados con los infantes de las brigadas 153 y 154, cuando se internaban hacia el río por caminos marcados con cintas luminosas. No tardarían en estar navegando a través del Rhin. Hacia el Sur podía oírse igualmente el bombardeo en la zona del 12.° Cuerpo, donde los comandos escoceses efectuarían el cruce del río hacia Wesel.

Luego la artillería comenzó a rugir a lo largo de todo el sector del Segundo Ejército, en un espectacular despliegue de poderío. Más atrás, en Venlo, el viejo soldado que era Montgomery, que conocía el valor que tenía el sueño, se había retirado a su camión de campaña y se encontraba durmiendo, mientras Brooke y Churchill paseaban llenos de excitación a la luz de la luna, comentando lo trascendental de la situación. Aquel momento les traía a la memoria luchas pasadas, y ambos se acordaron de El Cairo, donde Alexander y Montgomery habían iniciado su carrera y donde Churchill hubo de confiar en la elección de Brooke. Más tarde, de vuelta a su cuartel general, Brooke escribió lo siguiente en su Diario:

«…Se encontraba (Churchill) del mejor de los talantes, y demostraba su agradecimiento por todo cuanto había hecho por él, en una forma que no era muy corriente.»Luego nos aproximamos a la caravana, y él procedió a examinar su caja, que acababa de llegar. En ella se hallaba un telegrama de Molotov -que constituyó para él un gran motivo de preocupación-, relacionado con la actitud rusa respecto a las negociaciones de paz que Wolff está tratando de llevar a cabo en Berna, y expresando su temor de que firmásemos una paz por separado en el Frente Occidental. Dictó entonces una contestación, y cuando su secretario ya había salido de la camioneta le volvió a llamar, la examinó de nuevo, redactó otra, y por fin lo dejó todo para pensarlo con mayor detenimiento al día siguiente.

»Estoy a punto de acostarme. Resulta difícil imaginar que a menos de veinticuatro kilómetros centenares de hombres se encuentran entregados a una lucha a muerte en las márgenes del Rhin, en tanto que otros tantos centenares tratan de mantenerse en su puesto, en una de las pruebas más duras de su vida. Con tal pensamiento en la mente resulta difícil acostarse y descansar pacíficamente.»

La Primera Brigada de Comandos estaba preparándose para cruzar el río hacia Wesel. En la orilla, el periodista Richard McMillan hablaba con un coronel de comandos joven y calvo.

– Me pregunto qué hará Jerry al otro lado -dijo el corresponsal, mientras se untaba el rostro con grasa oscura, y bebía un jarro de té.

A las 22 horas los comandos, que usaban gorros verdes en lugar de cascos, comenzaron a cruzar en los voluminosos «búfalos». El estampido de las granadas al estallar resultaba ensordecedor. Al cabo de varios minutos, los vehículos regresaban vacíos para recibir una nueva carga.

– La cosa no está tan mal en la otra orilla como creíamos -dijeron los conductores a McMillan.

A las 22,30 doscientos bombarderos de la RAF comenzaron a lanzar un millar de toneladas de explosivos sobre Wesel, y cuando los aparatos daban la vuelta para dirigirse hacia Inglaterra, los comandos convergieron hacia la ciudad pulverizada.

Pocos kilómetros más al sur, cerca de Alpen, Simpson y Eisenhower ascendieron a la torre de una iglesia para observar el fuego de artillería del Noveno Ejército. A la una de la madrugada del 24 de marzo, cuarenta mil artilleros norteamericanos comenzaron a efectuar un rápido fuego desde unas baterías localizadas en las llanuras al oeste del río. Durante más de una hora dos mil cañones machacaron los blancos alemanes. De pronto cesó el mortífero bombardeo y la primera oleada de la 30.ª División, con tres batallones en vanguardia, comenzó el cruce del Rhin en lanchas de desembarco propulsadas por motores fuera borda. Más al Sur, hacia la derecha, la 79.ª División bordeaba la margen occidental del río, preparándose para el cruce una hora más tarde. Ninguna de las tropas de asalto portaba máscaras antigás. Después de hacer un cálculo de probabilidades, Simpson decidió que las máscaras sólo contribuirían a aumentar el número de soldados ahogados.

Eisenhower dijo que deseaba ver el cruce de las tropas a la otra orilla, y Simpson le acompañó hasta las márgenes del Rhin, donde ambos hombres se encontraron con un grupo de infantes de la 30. ª División, que con alta moral se dirigían hacia las embarcaciones de asalto. Notó Eisenhower que uno de los muchachos parecía atemorizado.

– ¿Cómo te encuentras?-le preguntó.

– Mi general, estoy muy nervioso. Me hirieron hace dos meses y llegué del hospital ayer mismo. No me encuentro bien.

– Entonces tú y yo hacemos una buena pareja, porque yo también me encuentro nervioso. Pero debes saber que hemos planeado este ataque durante mucho tiempo, y hemos reunido todos los aviones, las tropas y los cañones que pudimos, con objeto de aplastar a los alemanes. Tal vez si marchamos juntos hasta el río, los dos nos sintamos mejor.

– Bueno, quiero decir que estaba nervioso. Ya se me ha pasado, y me parece que no se está tan mal, por aquí.

En el momento en que las primeras tropas británicas iniciaban el cruce del Rhin, Bradley se dirigía de nuevo al teléfono para atender una llamada de Patton.

– Brad -dijo éste, con voz aguda-. Por todos los cielos, ¡haga saber al mundo que hemos cruzado! Hemos abatido treinta y tres Fritz en el día de hoy, cuando se acercaron a nuestro pontón. ¡Quiero que el mundo sepa que el Tercer Ejército lo ha conseguido antes que Montgomery!

Los alemanes, en efecto, estaban ya actuando con evidente pánico ante el cruce de Patton en Oppenheim. Kesselring se mostró anonadado. Había advertido al comandante del Séptimo Ejército de una posible tentativa de cruce en su zona, y los americanos lo habían conseguido ya con toda facilidad. Pensó que aquello permitiría a Patton avanzar por detrás del Primer Ejército alemán, que aún se encontraba en la orilla occidental, y adelantarse profundamente en territorio del Tercer Reich. Remagen había sido la tumba del Grupo de Ejército de Model, y Kesselring temía que Oppenheim fuera la de Hausser.

4

A primeras horas de aquel día, en Washington, Roosevelt recibió el último informe de la junta de jefes de Estado Mayor, número 1.067, que contenía las directrices de la política de Estados Unidos para la ocupación de Alemania. En ella se atenuaba la proposición de Morgenthau de convertir Alemania en una nación agraria. Lo único que quedaba a este respecto era una vaga declaración de que el Gobierno y la economía alemana deberían ser descentralizados. Se ponía de manifiesto, sin embargo, que el potencial bélico alemán debería ser destruido.

«…Como parte del programa para alcanzar este objetivo, todos los suplementos de guerra y los elementos especializados… deberán ser apartados y destruidos. Deberá prohibirse el mantenimiento y la producción de toda aeronave o instrumento de guerra.»

Pero esto sólo eran palabras, y su eficacia dependería en gran parte de la persona que se encargase de aplicarlas.

Al mediodía Roosevelt habló con los cinco miembros bipartitos del Congreso, que representarían a Estados Unidos en la próxima Conferencia de las Naciones Unidas, de San Francisco. El almirante Leahy, el secretario de Estado en funciones, Joseph Grew, así como James Dunn y «Chip» Bohlen, del Departamento de Estado, también se hallaban presentes.

– Esta conversación no va a registrarse -comenzó diciendo el presidente.

Luego se refirió a la petición de Stalin de obtener dos votos más en las Naciones Unidas, y explicó la razón de que él y Churchill hubiesen apoyado la demanda.

– Tenía deseos de conseguir que Estados Unidos lograse en fecha posterior igual número de votos -afirmó.

Ninguno de los delegados, republicanos o demócratas, hizo la menor objeción a los votos concedidos a Rusia.

Al día siguiente, 24 de marzo, Robert E. Sherwood, que acababa de regresar de Manila, fue a ver al presidente a la Casa Blanca. El conocido dramaturgo afirmó que después de una conversación de tres horas con Mac Arthur, había quedado impresionado «con los profundos conocimientos que poseía acerca del Oriente, y sobre su amplitud de maneras», quedando convencido de que el general sería un excelente gobernador militar del Japón después de la rendición. Tras haber escuchado a MacArthur, Sherwood tuvo la sensación de que la victoria en el Pacífico «estaba bastante más cerca de lo que había creído».

– Me gustaría que algunas veces me dijera esas cosas a mí -declaró Roosevelt.

Este se preguntó si le convendría asistir a la conferencia de San Francisco.

– Steve Early no cree que debo inaugurar la conferencia…, hasta ver si fracasa -dijo riendo-. Considera que debo esperar a ver si las cosas marchan bien, y en tal caso puedo presentarme y hacer el discurso de clausura, aprovechándome de las ventajas obtenidas. Pero yo voy a estar al comienzo y al final. Todos esos países nos hacen un honor viniendo aquí, y quiero decirles lo mucho que se lo agradezco.

Roosevelt pidió luego a Sherwood que le buscase algunas citas de Thomas Jefferson en el campo de la ciencia, para su discurso del Día de Jefferson.

– Pocas personas lo saben, pero Jefferson era un científico y un demócrata al mismo tiempo, y algunas cosas de las que dijo deben ser repetidas ahora, porque la ciencia va a tener cada vez más importancia en la construcción del mundo futuro.

Sherwood, claro está, nada sabía acerca de la bomba atómica, y no alcanzaba a comprender el significado de aquellas palabras. Deseó a Roosevelt una feliz estancia en Warm Springs, a donde iba a descansar después de pasar una semana en Hyde Park, y luego se marchó a redactar una memoria sobre Mac Arthur.

Roosevelt comió aquel día con Anna Rosenberg, una de sus consejeras más fieles, en el pequeño comedor del último piso de la Casa Blanca. Hablaron durante tanto tiempo, que al fin la señora Roosevelt entró en la estancia y dijo que tenían que salir hacia la estación de ferrocarril para despedir al gobernador general de Canadá, conde de Athlone, y a su esposa.

Mientras sacaban al presidente en su silla de ruedas de la habitación, acompañado por las dos mujeres, le entregaron un telegrama del embajador Harriman que había sido previamente descifrado. Mencionaba el embajador la «arrogante» carta que había recibido de Molotov, exigiendo que la «Operación Amanecer» fuese suspendida inmediatamente. Harriman recomendaba enfrentarse a los rusos.

Roosevelt golpeó irritado los puños contra los brazos de la silla.

– ¡Averell tiene razón! -exclamó Roosevelt-. No podemos tratar con Stalin. Ha roto todos los compromisos que habíamos establecido en Yalta.

El presidente mostró hallarse tan lleno de cólera, que ambas mujeres comprendieron que desde entonces adoptaría en sus tratos con Stalin una actitud diferente, más enérgica.

La causa de las crecientes diferencias entre los Tres Grandes era el alemán Karl Wolff, el cual acababa de llegar a Berlín, requerido por Himmler, que le pidió irritado una explicación de sus manejos. Los dos hombres se entrevistaron en el piso del general de las SS Fegelein. Himmler acusó inmediatamente a Wolff de traición, y declaró que los espías de Kaltenbrunner en Suiza habían descubiertos sus manejos acerca de las negociaciones con Dulles. También acusó Himmler a Wolff de estupidez. ¿Acaso no había montado en cólera el Führer al enterarse de los fallidos esfuerzos de Ribbentrop para negociar con Suecia?

– ¿Cómo puedo decirle al Führer que está usted haciendo lo mismo sin órdenes específicas?-gritó Himmler-. ¡Tal vez mande que nos maten a todos!

Wolff hizo una sugerencia que volvió pálido a Himmler. Ambos podían ir a ver al Führer para contarle todo lo que ocurría. Durante un momento Himmler se sintió incapaz de hablar, y al cabo de un tiempo dijo:

– No es posible que usted siga tratando con Dulles. No sabe lo bastante de muchas cosas.

Y secamente, Himmler prohibió a Wolff que volviese a Suiza.

Capítulo octavo. «Hemos pasado un día divertido»

1

La reunión vespertina del Führer, el viernes 23 de marzo, no comenzó hasta las 2,26 de la madrugada del día siguiente. Los asistentes fueron escasos. Además de los tres ayudantes de Hitler, Günsche, Below y Johannmeier, se hallaban presentes Walter Hewel, del ministerio de Asuntos Exteriores, algunos funcionarios de segundo orden, y el general Wilhelm Burgdorf, el rubicundo jefe de personal del Ejército, que en los últimos tiempos se había convertido en el fiel eco de las ideas de Hitler, ganándose el desprecio de sus compañeros de la Wehrmacht. De todos los informes que procedían del frente de batalla, el cruce inesperado del Rhin por Patton era el que disgustaba más al Führer.

– Considero que la segunda cabeza de puente, la de Oppenheim, es la más peligrosa -manifestó.

– Sin duda porque el enemigo ha logrado pasar con tanta rapidez -añadió Burgdorf.

Hitler señaló a un mapa y declaró:

– En una barrera de río, un hombre negligente puede causar un gran desastre. En realidad, la cabeza superior (Remagen) es probablemente la salvación de ciertas unidades que se hallan ahí. De no haberse producido, el enemigo hubiera cruzado por el Sur con todas sus fuerzas, y nadie habría escapado. En cuanto uno se deja expulsar de una posición fortificada, todo ha terminado. Los jefes actuaron poco hábilmente en este caso. Amontonaron tropas que podían luchar mejor en terreno abierto en este lugar.

Burgdorf sacó a colación una demanda de Goebbels, quien como Defensor de Berlín que era, deseaba construir una pista de aterrizaje en la avenida llamada Eje Este-Oeste, que atravesaba el Tiergarten, el gran parque de la ciudad.

– Será necesario -hizo notar Burgdorf, con cierta ansiedad-derribar todos los postes de alumbrado de los lados, con el fin de dejar veinte metros libres a cada lado.

Hitler preguntó qué necesidad había de abrir tanto espacio.

– No van a aterrizar con «Goliaths» (carros de asalto). La avenida ya tiene cincuenta y dos metros de ancho -aseguró.

– Si los «JU-52» tienen que aterrizar en la oscuridad, esos postes serán un inconveniente.

– Está bien quitar los postes, pero cortar de veinte a treinta metros del Tiergarten a derecha e izquierda…

La idea de suprimir arboleda preocupaba mucho al Führer.

– No es imprescindible -declaró Below.

– Les bastará con cincuenta metros de anchura -prosiguió diciendo el Führer-. Más de eso no les será de utilidad, porque el terreno a ambos lados no puede pavimentarse. Les resultaría completamente inútil.

– También está la pista de la colina -intervino Johannmeier, el rechoncho ayudante de Ejército.

– Tampoco yo considero necesario el corte de treinta metros de árboles -confirmó Below, que era aviador-. En cuanto a la eliminación de los postes…

– Claro que pueden quitarse -volvió a insistir Hitler.

– Entonces esto queda solucionado -concluyó Burgdorf.

Pero Hitler aún no había terminado con el tema, y añadió:

– Se me ocurre que los «HE-162» y los ME-262» podrían despegar del Eje Este-Oeste.

Below dijo que la pista tenía suficiente longitud para el despegue de ambos aparatos.

– Pero no podrá hacerse si el Siegessäule sigue en pie -aseguró Hewel, refiriéndose al gran monumento que conmemoraba la victoria obtenida sobre Francia en 1871.

– Habría que quitarlo de allí -concedió Burgdorf.

– Hay casi tres kilómetros hasta la Columna de la Victoria -manifestó Hitler, que se negaba también al derribo del monumento-. Eso será suficiente.

El tema quedó agotado al fin, y entonces Burgdorf preguntó al Führer lo que pensaba hacer respecto al permiso que se concedía a Guderian por «enfermedad».

– ¡De una vez por todas -exclamó Hitler, exasperado-, quiero la opinión del médico acerca de Wenck! Que me dé un detallado informe. Le haré que responda de ello con su vida, y que me diga cuándo estará bien. No hacen más que hablar y hablar de que determinado día podrá dejar el hospital, pero ahora ni siquiera saben si tienen que operarle.

Era evidente que Hitler tenía esperanzas de sustituir con Wenck al cada vez más molesto Guderian.

– El médico nos dijo que Wenck deberá permanecer allí hasta mediados de abril -aclaró Burgdorf-. Pero él mismo se está impacientando.

– Mi Führer -interrumpió Below, cambiando de tema-, cuando no está usted en el Obersalzberg (Berchtesgaden), ¿sería posible ahorrar la cortina de humo? Ahora se lanza cada vez que se avista un aparato, y están agotando las reservas de la sustancia productora de humo.

– Está bien, pero si nos destruyen eso, todo se ha acabado. Es necesario que lo comprendamos. Se trata de uno de los últimos escondites de que disponemos.

Se habló luego de los bunkers de Zossen, y a continuación se inició una prolongada discusión acerca de las unidades especiales que podrían lanzarse a la batalla.

– No sabemos lo que pasa a nuestro alrededor -se quejó Hitler-. Para mi asombro, acabo de enterarme de que una división ucraniana de las SS ha aparecido repentinamente.

Siguió diciendo que era una locura entregar armas a una división ucraniana que no era muy digna de confianza.

– Más preferiría quitarles a ellos las armas y crear una nueva división alemana.

A diferencia de muchos de sus consejeros, Hitler tenía recelo de emplear unidades constituidas con soldados capturados del Ejército Rojo, que se habían ofrecido voluntarios para luchar contra Stalin.

Burgdorf le recordó oficiosamente que cada una de las divisiones voluntarias de Letonia y Estonia se habían destacado bastante en la lucha.

– Pero, ¿por qué luchan?-preguntó Hitler, sarcásticamente-. La División Vlasov, [26] por ejemplo, puede considerarse bajo dos posibilidades: si es eficaz, debe tomársela como una división regular; si no lo es, resulta absurdo equipar una división de diez u once mil hombres, cuando no puedo crear divisiones alemanas a causa de la falta de armas. Más valdría organizar una división alemana y entregarles todas esas armas.

– La legión india… -comenzó a decir Burgdorf.

– La legión india es una risa. Hay indios que son incapaces de matar una hormiga, y que antes se dejarían aplastar… Creo que si los emplearnos para tirar de carromatos, o algo por el estilo, se mostrarán como los soldados más bravos del mundo, pero utilizarlos en una lucha a muerte es algo ridículo. ¿Qué fortaleza tienen los indios? Todo eso es una idiotez. Cuando se tiene un exceso de armas puede hacerse algo semejante con fines propagandísticos, pero careciendo de ellas, tales bromas publicitarias resultan totalmente irresponsables.

Hitler siguió expresándose sarcásticamente durante varios minutos hasta que de pronto añadió:

– No quiero decir que no pueda hacerse nada con esos extranjeros. Algo puede lograrse, pero requiere tiempo. Si se los tiene durante seis o diez años, si se gobierna sus territorios de origen, como lo hizo la antigua monarquía de los Habsburgo, entonces se convertirían en buenos soldados. Pero ahora les haremos un gran favor si les decimos que no tienen que seguir luchando.

Alguien hizo notar que los 2.300 indios tenían 1.468 fusiles, 550 pistolas, 420 fusiles ametralladores y 200 cañones ligeros. -Véanlo si no -observó burlonamente Hitler-; tienen más armas que hombres. Algunos sin duda llevarán dos armas. Luego el Führer preguntó la función de esos hombres en aquellos momentos, y le contestaron que se hallaban en una zona de descanso. Hitler movió la mano con gesto significativo y declaró, disgustado:

– Esas gentes siempre están descansando, nunca luchan.

En aquel momento les interrumpió un oficial de enlace que llegó con el siguiente mensaje urgente: «El Grupo de Ejército H informó a las tres de la madrugada que el enemigo ha cambiado de posición para atacar a un kilómetro y medio al sur de Wesel, cerca de Mehrum (era la Operación «Saqueo», de Montgomery). La fuerza y naturaleza del ataque aún no ha podido determinarse. Se esperaba la ofensiva. Desde las 17 horas (del 23 de marzo) ha habido intenso fuego de la artillería enemiga sobre nuestra línea de combate principal, así como sobre las zonas de retaguardia.»

Cuando comenzaba a discutirse sobre las fuerzas germanas cerca de Wesel, y de los posibles refuerzos a enviar a la zona, un oficial de enlace llamado Borgmann recordó a Hitler que no había suficientes refuerzos para detener a Patton en Oppenheim: Sólo tenían cinco tanques pesados, y no estarían en condiciones de entrar en combate hasta el próximo día.

– En los días siguientes dos más se agregarán, de modo que la unidad podrá elevarse a siete tanques. Todo se halla ahora comprometido.

– Realmente habían sido destinados a la cabeza de puente superior -declaró Hitler.

– Así es -confirmó Borgmann-, para el batallón 512 de Remagen.

– ¿Cuándo partirán?

– Estarán dispuestos hoy o mañana. Tal vez no puedan salir hasta mañana por la noche.

– Entonces volveremos a informarnos de eso mañana -manifestó Hitler.

Luego comenzó a preguntar el tiempo que tardaría en repararse un grupo de «dieciséis o diecisiete Tigres».

– Eso tendría gran importancia -manifestó el Führer. Su preocupación por un puñado de tanques ilustraba dramáticamente el derrumbe a que había llegado el poderío del ejército alemán.

2

Poco antes del amanecer despegaron de la base inglesa de East Anglia los primeros aviones que transportaban 4.876 hombres de la 6.ª División Aerotransportada británica. Al cabo de una hora, 247 aviones «C-47» del 9.° Comando de Transporte de Tropas de Estados Unidos, así como 429 aparatos británicos con sus planeadores, se hallaban en el aire rumbo al Rhin, para llevar a cabo la Operación «Varsity».

En Francia, los hombres de la 17.ª División Aerotransportada acababan de tomar una ligera comida compuesta por bistec y tarta de manzana, y después de examinar su equipo comenzaron a trepar a los transportes y los planeadores. A las 7,17 de la mañana; despegaron los primeros aparatos. Los paracaidistas del 507.° regimiento de Infantería se lanzarían los primeros y ocuparían algunos bosques de importancia estratégica. Luego seguirían el 513.° regimiento de Paracaidistas de Infantería y cuatro grupos de planeadores, que deberían tomar tierra al este del 507. El último regimiento, el 194 de Planeadores de Infantería, tocaría tierra cerca de Wesel y se apoderaría de los puentes del canal de Issel.

Eran casi las nueve de la mañana cuando el último de los aparatos despegó. La enorme columna -226 aviones «C-47», 72 «C-46» y 610 «C-47» arrastrando 960 planeadores- se extendía más allá de donde podía abarcar la vista. Los 9.387 paracaidistas americanos volaron en dirección al Noroeste, para la cita final al sudeste de Bruselas, donde se unieron a la columna aérea británica más pequeña. [27] Uno tras otro, en una gigantesca caravana aérea de dos horas veinte minutos de largo, los dos grupos pusieron rumbo a Wesel con 213 cazas de la RAF y 676 de Estados Unidos protegiéndoles los flancos.

Para todos los paracaidistas americanos que iban en los transportes, salvo unos pocos, el salto en combate era una experiencia nueva. Muchos de ellos compartían una sensación común: un nudo en la garganta que aumentaba en intensidad, como si fuera a terminar por estrangularlos. Los que iban en los planeadores aún se hallaban más inquietos, ya que su endeble armazón se estremecía bajo la influencia de las fuertes corrientes que originaban los transportes que iban delante.

En su planeador, Howard Cowan, corresponsal de la Associated Pres, trataba de olvidar las imágenes vividas que recordaba de planeadores estrellándose en Normandía y Holanda. Miró a su izquierda y vio la punta del ala derecha del planeador gemelo, uncido al mismo «C-47», que se aproximaba peligrosamente. ¿Qué ocurriría si las dos alas entraban en colisión? Cowan rechinó los dientes, y trató de no mirar a su compañero, que vomitaba en el interior de su casco.

El teniente coronel Allen C. Miller, comandante del 2.° batallón, iba en el avión de cabeza del regimiento 513. Miller sólo medía un metro sesenta. Su casco le llegaba más abajo de las cejas, y las botas de salto le subían hasta las rodillas. Sus compañeros oficiales le llamaban «As», pero los soldados que le habían seguido durante la batalla del Bulge le conocían como «Casco y botas».

Era el aparato un gran «C-46», más veloz que el viejo «C-47». Miller miró hacia fuera, admirando el mayor despliegue aéreo que jamás había visto. El conjunto resultaba estremecedor. Se hallaba en el centro de un enjambre de aviones, una serie de prolongadas columnas de transportes que conducían paracaidistas. Había hileras de planeadores que se movían de un lado a otro por detrás de sus aparatos remolcadores, como si fueran movedizas cometas, y cientos y más cientos de cazas que avanzaban raudos como coléricas avispas. Miller pasó revista a sus hombres, tomó una píldora contra el mareo, y se echó plácidamente a dormir.

A las 9,30 de la mañana, el ayudante militar de Montgomery, Noel Chevase, acompañó a Churchill y Brooke hasta una colina que dominaba el Rhin, cerca de Xanten. Se hallaban allí para observar el lanzamiento, pero reinaba tal niebla que sólo podían verse unos pocos botes transportando tropas a través del río. Por todo el contorno sólo se veían las baterías disparando rápidamente contra los emplazamientos germanos. Pero a las 9,40 de la mañana se dejo oír otro estruendo, el aún distante pero intenso rugido de la gran flota aérea.

Los paracaidistas se daban cuenta de que estaban ya cerca del objetivo. Delante se apreciaban grandes columnas de humo, donde la artillería británica había arrasado varios kilómetros en las orillas del río.

Richard C. Hottelet, corresponsal de la CBS y el Collier's, observaba el terreno desde un «C-47». Al frente se elevaban negras columnas de humo de las zonas de lanzamiento. Sólo una cosa preocupaba a Hottelet, y era que se sentía totalmente despreocupado.

El jefe de ala Johnnie Johnson, uno de los más experimentados pilotos de caza de la contienda, mostró sus temores ante las interminables líneas de transportes y planeadores que se aproximaban al río. Lo mismo le ocurría al piloto del avión vecino, el cual le llamó por radio, para comunicarle su inquietud.

A las 9,46 de la mañana los primeros aparatos del 507 regimiento se aproximaron al Rhin. En el interior de dos aparatos comenzaron a parpadear las señales rojas, y los paracaidistas prendieron el gancho de lanzamiento y comprobaron su equipo.

Poco después se inició un intenso fuego de baterías antiaéreas de 20 y 40 milímetros, y los soldados que se hallaban junto a las puertas abiertas de los aparatos pudieron observar a los soldados alemanes junto a sus cañones, entre los claros que dejaba la humareda. Algunos alemanes se desbandaban como las gallinas de un corral, pero otros, que no servían las baterías, disparaban desafiantes contra los aviones sus fusiles y pistolas.

Eran las 9,50 cuando se encendieron las luces verdes, y los paracaidistas comenzaron a lanzarse fuera de los transportes. El Primer Batallón fue a caer a unos dos kilómetros de la zona prevista. Cuando el coronel Edson Raff llegó al suelo, reunió a sus hombres y eliminó un nido de ametralladoras alemán desde donde disparaban incesantemente. Luego vio una batería de cañones de 150 mm. disparando entre los árboles a poco más de un kilómetro. Capturó intacta la batería, y a continuación se dirigió hacia el Sudeste, a través de los bosques.

El 513 se acercaba a su zona de lanzamiento, a las diez de la mañana, y se despertó al coronel Miller, el cual exclamó desde su puesto:

– ¡De pie! ¡Enganchen! ¡Comprueben el equipo!

Luego se dirigió a la cabina de mando y dio al piloto un golpecito en la espalda. Este, sin volverse, le hizo con los dedos el signo de la V. Miller había comenzado a dirigirse hacia la puerta del avión, cuando empezó el fuego antiaéreo por todas partes. Desde la puerta Miller podía ver el majestuoso curso del Rhin, por encima del cual los bombarderos y los cazas aliados parecían llenar el cielo. Miró hacia atrás y advirtió los grupos de «C-47», más lentos, que avanzaban en formación perfecta. Pero, ¿dónde estaban los otros grupos de «C-46» y la gran columna británica?

El aparato de Miller volaba a 120 metros de altura, y el fuego de las armas livianas comenzó a filtrarse a través de las delgadas planchas del suelo. Varios paracaidistas resultaron heridos. El jefe de la dotación corrió hacia atrás, gritando que habían herido al piloto. El «C-46» viró hacia la izquierda, y luego enderezó el rumbo.

Otros aviones del regimiento 513 se hallaban igualmente en dificultades. Las balas que percutían en el «C-46» donde viajaba el teniente Paul MacGuire, le recordaron el granizo al caer sobre un techo de cinc. Pero estaba tan atareado buscando su equipo de salto, que no se dio cuenta de que el avión se hallaba seriamente averiado hasta que advirtió la humareda que se desprendía de uno de los tanques de un ala. La dotación del aparato corrió hacia atrás; se colocaron sus integrantes los paracaídas de emergencia, y preguntaron a los demás:

– Eh, muchachos, ¿cual es la contraseña, ahí abajo, esta noche? Miller advirtió al frente unas vías del ferrocarril.

– ¡Salten! -gritó.

Se apartó un poco, dejó que varios hombres se lanzaran por la puerta, y luego él mismo se arrojó al exterior. Al abrirse su paracaídas miró hacia atrás y vio que el ala izquierda del «C-46» estallaba en llamas. Los paracaídas pintados de pardo de los soldados se abrían en el cielo a centenares, mezclándose con los de color azul, rojo y amarillo de las municiones y suministros. Desde el suelo proseguía con violencia el fuego de armas cortas alemanas. Casi debajo de Miller un paracaidista bajaba con el cuerpo inerte. La cabeza le colgaba hacia un lado, y de ella manaba sangre.

El paracaídas de Miller le llevaba directamente hacia las vías del ferrocarril. Poco después tomaba tierra cerca de una pocilga vallada. Oprimió el mecanismo que libraba automáticamente del paracaídas, pero no ocurrió nada. Mientras luchaba por librarse, unas balas de ametralladora comenzaron a estrellarse a un metro escaso de su cabeza. Se echo a rodar por el suelo, apartándose del lugar, y aferrando su cuchillo cortó el correaje que le retenía al paracaídas.

El fuego procedía de una granja cercana. Miller extrajo su pistola y se dirigió hacia lo que parecía ser un pequeño cobertizo desprovisto de ventanas. Cuando llegaba, un corpulento paracaidista saltó la valla que rodeaba el cobertizo y se dejó caer a su lado. El pequeño coronel, asustado por la repentina aparición del soldado, e irritado por su evidente aspecto de temor, le dio una fuerte patada en el trasero. Ninguno de los dos dijo una sola palabra.

Miller miró cautelosamente más allá de la esquina del cobertizo, y a un metro escaso vio a un alemán, que, de perfil, disparaba rápidamente hacia las vías y al campo que había más allá. Junto a él se hallaban otros tres soldados alemanes. En el campo reinaba gran confusión, pues los paracaidistas caían casi unos encima de otros en un reducido espacio. De pronto se le ocurrió a Miller pensar que si hubiera aterrizado donde debía -más allá de las vías-, en ese momento podía estar muerto.

Aunque no era buen tirador, se dijo que a semejante distancia no podía errar. Apuntó bien hacia el primer soldado alemán. Todos estaban tan absortos en sus disparos, que Miller mató a tres sin que se dieran cuenta. El cuarto se volvió y jadeó al ver a Miller. Este hizo fuego.

Se encontró Miller ante una puerta de cemento. El cobertizo era un bunker camuflado. Hizo una seña al corpulento paracaidista para que le siguiera, y penetró de un salto en el bunker, dispuesto a disparar. Ante su alivio la estancia estaba vacía, pero había unos escalones en la parte posterior que conducían a un túnel oscuro. Miller avanzó en la penumbra hasta llegar al sótano de la granja. Había ordenado al hombrón que le siguiera, pero cuando se dio cuenta, se encontraba solo. El paracaidista ni siquiera había penetrado en el túnel. El coronel advirtió una figura en un rincón. Ya iba a disparar cuando algo le detuvo. Se trataba de una anciana, con el rostro mortalmente pálido. La mujer quedóse inmóvil mientras él comenzaba a subir escaleras arriba, hacia la cocina.

Ante una ventana protegida por sacos de arena se hallaban tres alemanes haciendo fuego con una ametralladora. El coronel fue arrastrándose de habitación en habitación. Casi todas las ventanas estaban ocupadas por otros tantos servidores de ametralladoras. La casa había sido convertida en un fortín que dominaba los campos adyacentes. Entonces Miller recordó las palabras del locutor alemán: «Estamos preparados.»

Miller lanzó apresuradamente una granada de termita en dirección a la cocina, y otra granada demoledora hacia el comedor. Antes de que estallasen echó a correr fuera de la casa, en dirección a las vías del ferrocarril, pasando al lado del bunker donde había estado unos momentos antes. De pronto se dio de bruces contra un hombre; era un amigo, el capitán Jack Lawlor, pero se hallaba muerto. Miller vaciló, y luego cruzó las vías, dirigiéndose a los prados. Allí abundaban los muertos y los heridos, y la carnicería le recordó un cuadro que había contemplado algunos años antes

El capitán Oscar Fodor, ayudante del cirujano del batallón, levantó la vista de la herida que estaba curando y vio a Miller. Señaló entonces hacia un bosquecillo, donde algunos de los integrantes del regimiento 513 estaban tratando de organizarse. En ese momento los planeadores británicos aparecieron por un extremo del campo, dirigiéndose hacia un grupo de paracaidistas americanos que estaban a punto de tomar tierra. Miller contempló horrorizado cómo un «Horsa», mucho mayor que los planeadores americanos, aterrizaba encima de unos cuantos paracaidistas que acababan de posarse en el suelo. El planeador se deslizó hasta detenerse junto a Miller, y luego de abrirse la cola del aparato, de su interior se deslizó un carro blindado. Los alemanes que se hallaban en la casa abrieron fuego sobre el vehículo. Este estalló en llamas, pero el artillero británico comenzó a disparar su cañón hasta que el fuego se lo impidió.

En el bosque, Miller encontró a veintidós hombres, entre los que se contaban algunos pilotos y paracaidistas británicos. Los condujo hasta una granja que el capitán Fodor utilizaba como hospital de emergencia. De la pierna del médico manaba un reguero de sangre. Con toda calma se levantó la pernera del pantalón y se aplicó un torniquete.

– Creo que me han herido -dijo, sin darle importancia, y regresó al exterior.

Encima, el ruido era ensordecedor. Miller observó los «Liberator B-24», que rozaban con increíble audacia las copas de los árboles mientras lanzaban los primeros suministros de municiones y medicamentos. Tan bajo volaban que Miller podía ver el rostro decidido de los pilotos. El espectáculo le emocionó. Los soldados que se hallaban en el suelo agitaban los brazos y vitoreaban a los aviones, y Miller se sintió orgulloso de ser norteamericano.

Uno de los audaces «Liberator» estalló en llamas, y luego ocurrió lo mismo con varios más. Los suministros, colocados en cilindros de acero de algo más de un metro de largo, caían en racimos innumerables colgando de sus paracaídas. Uno de ellos rebotó y fue a dar contra Miller, el cual quedó semienterrado en el blando suelo que pisaba. Fue aquella la vez que Miller se sintió más cerca de la muerte, en toda la contienda.

Poco después, el comandante del regimiento 513, coronel James Coutts, corrió hacia Miller con un puñado de hombres, y le dijo:

– ¡Quiero que ataque hacia el Sur, sobre las vías, con los hombres que le queden!

Señaló entonces hacia un sector de la pradera desde donde acababa de iniciarse un intenso fuego de ametralladora que obligaba a todos a tenderse en el suelo.

El pequeño coronel se puso de pie y gritó:

– ¡Seguidme!

Ni un solo hombre se movió. Aunque rara vez perdía los estribos, en esa ocasión Miller se desató en improperios.

– ¡Malditos! ¡Moveos de una vez! -gritó, y corrió entre sus hombres rugiendo una y otra vez la orden. Al fin dos hombres se pusieron en cuclillas, como si estuvieran desconcertados, y luego iniciaron un prudente avance. Les siguieron a continuación algunos más y al fin todos comenzaron a avanzar. Cuando los alemanes observaron que Miller y sus soldados cargaban contra ellos a pesar de sus disparos, dieron media vuelta y huyeron.

La tercera unidad americana aerotransportada, el 194.° Regimiento de Infantería de Planeadores, se aproximó a su objetivo, que estaba constituido por los puentes del canal del Issel, a las 10,20 de la mañana.

– Esto no durará mucho -dijo un sargento al corresponsal Howard Cowan, de la Associated Press.

Los dos hombres se estrecharon la mano y se desearon suerte mutuamente. Cowan mantenía la mirada fija en el piloto, esperando verle pulsar la palanca que dejaría en libertad al planeador.

– ¡Abajo! -gritó el piloto.

Mientras el aparato picaba repentinamente, el sargento manifestó:

– Ahora es cuando hay que rezar.

La gente había estado rezando desde que el avión despegó, pensó Cowan. Los planeadores penetraron en una amplia nube de humo acre, y Cowan se sintió como si se encontrase en un edificio incendiado. Abajo, en el suelo, decenas de planeadores se hallaban inmóviles, en ángulos absurdos. De improviso pareció que el suelo se precipitaba hacia él. Luego se oyó una serie de crujidos, cuando el aparato fue a dar contra una valla, y pasó por encima de una hondonada. A continuación una de las alas se estrelló contra otra valla, y luego reinó el silencio. Se hallaban en un prado, a salvo. Cowan saltó del planeador y miró a su alrededor.

Al principio Cowan observó intrigado cómo saltaban algunos manojos de hierba en torno suyo. ¡Eran disparos! Se lanzó rodando hacia una zanja llena de agua cenagosa. Allí se quedó sintiéndose seguro. Otro planeador pasó sobre su cabeza, desgajó las ramas más altas de un árbol próximo y se detuvo suavemente unos cien metros más allá. Cowan salió de la zanja donde se hallaba y miró cautelosamente en torno suyo. El tiroteo había terminado, al menos por el momento. Elevó una plegaria en señal de agradecimiento, y prometió no volver a subir en su vida a un planeador.

Muchos de estos aparatos se habían estrellado como si fueran cajas de cerillas, quedando sus ocupantes muertos o heridos. Otros hombres perecieron bajo los disparos de los alemanes. Pero al menos el 194.° Regimiento había tomado tierra en el sitio designado, formando un grupo compacto. Todo había salido hasta el momento como se había previsto, hecho poco frecuente en una acción de guerra. Las piezas de artillería fueron extraídas de los planeadores cuando el regimiento quedó en orden, y las tropas comenzaron a dirigirse hacia el canal de Issel, con el fin de apoderarse de los puentes.

Desde su ventajoso observatorio, Churchill y Brooke dominaban a la perfección las columnas de aparatos que se dirigían directamente al frente de ellos, pero los aviones desaparecían algo más allá entre la neblina y el humo. Momentos después se veía regresar a los transportes con las puertas abiertas y las cuerdas de lanzamiento revoloteando detrás.

Poco antes del mediodía, Churchill y Brooke se trasladaron en camiones blindados unos dieciséis kilómetros al Norte, hasta unos terrenos más elevados situados cerca de Kalkar, desde donde observaron el cruce del río por la 51.ª División Highland. El guía de los personajes tenía órdenes concretas de Montgomery:

«Manténgase apartado de la lucha hasta después de la hora de la merienda, y evite que ocurra cualquier desgracia.» Pero en cuanto terminó la comida, el primer ministro hizo una osada petición: quería cruzar el Rhin. Chevasse, el guía, habló con el ayudante militar de Churchill, comandante Thompson, y se le aconsejó que consultase con Montgomery.

Aquella misma noche, el divertido Brooke escribió lo siguiente en su Diario:

«Winston se puso entonces un poco pesado; quiso efectuar un cruce personalmente, y tuvimos alguna dificultad para disuadirle. De todos modos, al fin se portó bien y le trajimos de vuelta en nuestros carros blindados hasta donde habíamos dejado los automóviles, y de allí al cuartel general, donde se echó a dormir, lo cual buena falta le hacía. Ya en el coche se había quedado dormido, inclinándose poco a poco sobre mis rodillas.»

Durante la cena, Churchill se mostró de tan buen talante, que entretuvo a Montgomery y los demás comensales con una expresiva lectura de la Vida de la Abeja , de Maeterlinck.

Eran las 13,04 cuando el último de los paracaidistas se lanzó al exterior, es decir, tres horas y catorce minutos más tarde que el primero. Menos de una hora después, los paracaidistas americanos establecieron contacto con los ingleses de la 1.ª Brigada de Comandos, que habían avanzado hacia Wesel durante la noche anterior. Casi al mismo tiempo, los hombres de la 6.ª División Aerotransportada se reunieron con la 15.ª División inglesa en Hamminkeln, ciudad situada unos diez kilómetros al este del Rhin.

El general Matthew Ridgway cruzó el río inmediatamente después de saber que sus tropas habían establecido contacto con las unidades de tierra. Mientras el pesado vehículo -un «Alligator»- trepaba por la margen opuesta, los soldados que escoltaban al general dispararon con sus fusiles ametralladores varias ráfagas contra los matorrales que hallaban al paso. Nadie contestó al fuego.

Luego el comandante del 18.° Cuerpo Aerotransportado y sus cuatro acompañantes salieron del vehículo y avanzaron a pie, en busca del general de división William Miley, comandante de la 17.ª División Aerotransportada. Como de costumbre, del cinturón de Ridgway pendían varias granadas de mano. Aferrando un fusil «Springfield 1903», el general marchó en cabeza hacia un bosquecillo. Como líder nato que era, su máxima en la batalla rezaba: «Muéstrate agresivo, y luego más agresivo aún.» Al doblar un caminito se encontró con un soldado alemán en un agujero. El general se detuvo y miró al soldado. Este le contemplaba con los ojos muy abiertos: estaba muerto.

El reducido grupo siguió adelante hasta que Ridgway observó un movimiento entre los árboles que había más adelante, y oyó unos golpes rítmicos. Ridgway hizo señas a los demás para que se pusieran a cubierto. Apareció entonces por el sendero un macizo caballo de granja sobre el que iba montado un paracaidista de Estados Unidos, con un rifle en bandolera y un sombrero de copa en la cabeza, sonriendo con aire satisfecho. El general salió de su escondite y se interpuso en el camino del jinete. A la vista de las dos estrellas que lucía Ridgway, el muchacho se desconcertó, y parecía no saber muy bien si debía saludar, presentar armas o quitarse el sombrero de copa. Pero cuando vio que Ridgway se echaba a reír, se tranquilizó y sonrió también.

Ridgway llegó poco después al puesto de mando de la 17.ª División Aerotransportada, y junto con el general Miley, se trasladó hasta el puesto de mando de la 6.ª Aerotransportada para conferenciar con el general Eric Bols. Ya de regreso al cuartel general de Miley, en una caravana de tres jeeps, se aproximó a un camión del que sólo quedaban los restos calcinados, y se detuvo para examinarlo. En la oscuridad, Ridgway observó varias figuras que huían. Saltó entonces al suelo y comenzó a disparar su «Springfield» apoyándolo en la cadera. Se oyó un grito y una de las sombras se desplomó. Ridgway se echó detrás de su jeep para introducir otro cargador en su arma. Se oyó un estampido y el general sintió una quemadura en un hombro. Una granada acababa de estallar bajo el jeep, a sólo medio metro de su cabeza, pero el vehículo le había salvado de la explosión.

En el silencio que reinó a continuación, Ridgway alcanzó a oír a los hombres que jadeaban en torno suyo. Dejó de disparar, temeroso de herir a alguno de sus soldados. Luego observó un leve movimiento detrás de unas matas, y con voz potente gritó:

– ¡Levanta las manos, perro!

– ¡Alto, no dispare! -contestó una voz, con inconfundible acento americano.

Ridgway quitó el dedo del gatillo. Cuando pareció que la patrulla alemana había huido, habló con Miley.

– ¿Cómo se encuentra, Bud? Creo que le he dado a uno de ellos -manifestó, pero no dijo que le habían herido. El grupo siguió adelante en dos jeeps, hasta que Miley vio algo que se movía en el oscuro tramo de carretera que había delante. Disparó con su pistola, y no hubo réplica. Salió Miley del vehículo y descubrió a uno de los paracaidistas que se hallaba detrás de una ametralladora.

– Condenado, recibiste órdenes de disparar -dijo Miley-. ¿Por qué no lo has hecho contra mí?

El soldado se limitó a sonreír tímidamente, y Miley, no sabiendo si regañarle o darle las gracias, optó por marcharse del lugar.

A unos doscientos cuarenta kilómetros río arriba, George Patton y sus dos ayudantes, el universitario coronel Charles Codman y el agresivo tejano, comandante Stiller, se hallaban en ese momento cruzando el pontón de Oppenheim.

– Es hora de hacer un alto -dijo Patton, mirando hacia el final del puente.

Luego, sin decir una palabra más, se puso a imitar la singular ceremonia que llevara a cabo Churchill sobre las fortificaciones alemanas.

– Estuve esperando esto durante mucho tiempo -añadió satisfecho, mientras volvía a abotonarse.

El reducido grupo siguió hacia la orilla oriental. Cuando Patton, al que preocupaban mucho aquellos momentos trascendentales, puso pie en la orilla, se dejó caer al suelo a imitación de Guillermo el Conquistador, del cual se cree que dijo, al descender de su embarcación: «Mirad, me he apoderado de Inglaterra con ambas manos.»

Patton cogió un puñado de tierra y se incorporó. Luego, dejando que la tierra se escurriese de entre sus dedos, manifestó: -Así, como Guillermo el Conquistador.

3

En la cima de la sierra que Heinrici había elegido como principal línea defensiva detrás del Oder, se hallaba el pueblo de Seelow. Fue allí, el Domingo de Ramos, 25 de marzo, donde conoció a Theodor Busse, el corpulento y optimista comandante del Noveno Ejército. Busse le explicó que el apresurado ataque que lanzara dos días antes había fracasado, tal como pronosticara al Alto Mando. Sus carros de asalto rompieron las líneas del Ejército Rojo, pero los inexpertos infantes no supieron consolidar el avance y tuvieron que retroceder.

Heinrici le ordenó, a pesar suyo, que lanzase otra ofensiva inmediatamente, ya que aunque había pocas probabilidades de lograr un éxito, la situación era desesperada. Tras la breve entrevista sostenida con Busse, terminó la inspección que Heinrici efectuó al grupo de Ejército Vístula. Luego el general se trasladó a Berlín para su primera reunión con el Führer. Era mediada la tarde cuando Heinrici llegó a la Cancillería donde los que iban a asistir a la conferencia se encontraban ya reunidos en el pasillo. Había unas treinta personas, entre las que se hallaban Von Keitel, Jodl, Guderian y Burgdorf. Antes de que hubieran terminado de tomar el café y los bocadillos, alguien dijo:

– Viene el Führer.

Todos se apresuraron a entrar en la pequeña sala de órdenes, que tenía corridas las cortinas para atenuar la luz del exterior. Se abrió una puerta en el lado opuesto y entró Hitler, avanzando con los hombros encogidos y la espalda encorvada.

Le presentaron a Heinrici, y al estrecharle éste la mano, se sintió descorazonado ante el endeble apretón de Hitler. El Führer esperó detrás de un gran escritorio hasta que su ayudante le colocó un sillón detrás. Se hundió en el sillón, y con su mano derecha levantó el brazo izquierdo, que tenía paralizado, y lo dejó caer sobre el escritorio. Entonces otro ayudante le entregó unas gafas de cristales oscuros.

Alguien dijo a Heinrici, en voz baja, que se sentase a la izquierda del Führer, pues no oía bien del oído derecho. Sin más preámbulos, Heinrici comenzó a informar acerca de la situación en el Frente Oriental, hablando con tanta franqueza como lo había hecho con Guderian. En medio de su explicación, le entregaron un mensaje de Busse, en el que éste le anunciaba que la segunda ofensiva había fracasado igualmente.

Hitler frunció el ceño ante este informe y se puso de pie bruscamente.

– Contraataque una vez más, y restablezca por cualquier medio las líneas con Küstrin -manifestó.

Luego quiso averiguar la razón de que los dos ataques anteriores hubieran fracasado.

– ¿No había suficiente artillería?-preguntó.

– Llegué a tiempo para ver volar los proyectiles desde ambos lados -dijo Heinrici-. Los rusos también tienen artillería. Hitler prefirió ignorar este sarcasmo y repitió que Küstrin debía ser recuperada a toda costa.

– En tal caso no podremos lanzar una ofensiva desde la zona de Francfort -manifestó Heinrici, al que parecía cada vez más insensato un ataque realizado desde allí.

– Primeramente tomaremos Küstrin -declaró Hitler, como si quisiera corregir al general.

4

Al amanecer del domingo, Ridgway había rechazado ya dos fuertes contraataques de los alemanes. La Operación «Varsity» podía ya considerarse como un éxito arrollador. El precio, sin embargo, era elevado. Los americanos sufrían aproximadamente un diez por ciento de bajas, y los ingleses un treinta por ciento, pero en conjunto habían destruido casi por completo las tres divisiones alemanas que se hallaban en la zona de lanzamiento -la 84.ª de Infantería, y las 7.ª y 8.ª de Paracaidistas-, así como numerosas unidades de artillería y antiaéreas. Y lo que era ciertamente más importante, habían también asegurado el éxito del ataque principal de Montgomery, la Operación «Saqueo».

Después de asistir a los servicios religiosos del Domingo de Ramos, Churchill, Montgomery y Brooke se dirigieron a entrevistarse con Eisenhower, Bradley y Simpson en un castillo que dominaba el Rhin cerca de Rheinberg. La conversación fue vivaz, pues todos estaban contentos ante el éxito obtenido por la inmensa operación. Una y otra vez Churchill repetía a Eisenhower:

– ¡Mi querido general, los alemanes están deshechos! ¡Ya les tenemos! ¡Esto está acabado!

– Gracias a Dios, Ike, se ajustó usted a su plan -dijo Brooke-. Tenía toda la razón, y lamento que mis temores fueran una carga más para usted. Los alemanes ya no tienen nada que hacer. Ya sólo se trata del momento que elijan para rendirse. Afortunadamente, se mantuvo usted en sus trece.

Por lo menos, esto es lo que Eisenhower recordó que Brooke había dicho. Este, por su parte, sólo creía haber felicitado cortésmente a Eisenhower por su éxito, afirmando que su proceder era el más adecuado. Escribió luego que nunca admitió que Eisenhower estaba «totalmente acertado», ya que aún seguía convencido de que el comandante supremo se hallaba «totalmente equivocado».

Después de una agradable comida en los jardines, Eisenhower sugirió que se trasladasen a un pequeño reducto a orillas del Rhin, desde el que podrían observar las operaciones. Cuando llegaron, pudieron ver a las embarcaciones que cruzaban incesantemente de una a otra orilla.

– Me gustaría cruzar en una de esas lanchas -hizo notar Churchill.

– No, señor primer ministro -contestó Eisenhower-. Soy el comandante supremo y me niego. Podrían matarle.

Pero una vez que Eisenhower se hubo marchado, Churchill llamó la atención de Montgomery sobre una pequeña lancha que había llegado en ese momento y dijo:

– ¿Por qué no cruzamos ahí y echamos un vistazo a la otra orilla?

– ¿Y por qué no?-contestó el mariscal de campo, no sin que Churchill se mostrase algo sorprendido.

Simpson regresó de acompañar a Eisenhower hasta el avión, y se encontró con que Churchill, Montgomery y algunos oficiales más trepaban a una lancha de desembarco de la marina de Estados Unidos.

– Ahora que se ha marchado el general Eisenhower -dijo Churchill, con gesto travieso-, voy a cruzar.

El sol brillaba con fuerza cuando desembarcaron en la orilla opuesta, donde las granadas alemanas estallaban intermitentemente. Entonces, antes de que nadie pudiera evitarlo, Churchill comenzó a avanzar rápidamente hacia la línea de fuego, dando violentas chupadas a su cigarro.

– Este no es sitio para el primer ministro -dijo Simpson a Montgomery-. Me disgustaría que le ocurriese algo en mi propia zona.

El general americano apresuró su paso para ponerse a la altura de Churchill, el cual parecía como si nunca fuera a detener su marcha.

– Si seguimos andando así -dijo Simpson, con mucho tacto-, no tardaremos en hallarnos en el campo de batalla.

Al repasar de vuelta el Rhin, Montgomery se contagió con el espíritu aventurero de Churchill, el cual preguntó al capitán de la lancha:

– ¿No podemos ir río abajo, hasta Wesel, para ver lo que ocurre allí?

Esto era materialmente imposible, ya que en la zona había una serie de cadenas para detener minas flotantes, pero en cuanto llegaron a la orilla occidental, el mariscal de campo se inclinó hacia Churchill, y le dijo, como un conspirador le diría a otro:

– Vamos hacia abajo, hasta el puente de ferrocarril del Wesel, para echar un vistazo.

El referido puente de hierro había quedado destruido parcialmente, y aún se hallaba bajo el fuego enemigo. Colocándose de nuevo en cabeza, Churchill inició la marcha ágilmente hacia la estructura metálica. Las granadas caían cada vez más cerca, levantando columnas de agua en la cercana corriente. Por fin, una salva dio en el puente, como si los alemanes se hubiesen dado cuenta de que Churchill se hallaba allí.

Un joven oficial se acercó a Simpson y con tono preocupado le hizo notar que los alemanes tenían observación directa desde una batería de morteros.

– Ya nos han localizado -manifestó-. Uno o dos tiros más, y darán en el blanco.

Simpson se acercó entonces a Churchill y ceremoniosamente le expuso:

– Señor primer ministro, hay tiradores apostados delante de nosotros, y están haciendo fuego sobre ambos extremos del puente, así como sobre la carretera que se halla a nuestra espalda. No puedo aceptar la responsabilidad de que permanezca usted aquí, y debo pedirle que se retire.

El rostro de Churchill pareció adoptar, para Brooke, que le estaba observando, la expresión de un escolar al que le sorprenden en falta. Entonces, ante el alivio de todos, se encaminó hacia el extremo del puente y de mala gana regresó a la orilla. Churchill había dicho a Brooke varias veces:

– La mejor manera de morir es luchando, cuando la sangre está revuelta y no se siente nada.

A Brooke le pareció en ese momento como si el primer ministro estuviese deseando correr todos los riesgos posibles, a fin de morir valientemente en el campo de batalla, librándose de las preocupaciones de posguerra, con la Unión Soviética.

Fue aquél un día de aventura para el primer ministro, pero ni aun en el frente fue capaz de escapar al problema que planteaba Rusia. En el cuartel general de Montgomery le estaba esperando un mensaje de Londres. Era de Eden, quien le preguntaba si sería conveniente acudir a la conferencia de San Francisco, en vista de la actitud arrogante de la Unión Soviética. «¿Cómo podremos sentar las bases de un Nuevo Orden, en el mundo, si existe tal ausencia de confianza en las relaciones entre Rusia y los angloamericanos?» -escribía en su nota.

Churchill contestó inmediatamente afirmando que «todo el asunto de la conferencia de San Francisco sigue aún en la balanza». Luego cambiaba de tema para afirmar con cierta nostalgia: «Hemos pasado un día divertido, en el cruce del Rhin.»

Ya más tarde, aquella misma noche, Churchill volvió a escribir a Eden. La repentina decisión de Stalin de enviar a Gromyko a San Francisco, en el puesto de Molotov, era, según dijo, «la manifestación soviética del disgusto acerca de la Operación Amanecer», y opinó que «una actitud definida de Gran Bretaña y Estados Unidos contra una ruptura de los acuerdos de Yalta, se hace ahora necesaria, si deseamos que la conferencia tenga algún valor».

Pero Churchill aún recelaba de que Roosevelt no le respaldase en un frente unido contra Rusia. Dos mensajes del presidente americano a Stalin, aquel mismo día, hicieron poco por atenuar la preocupación del primer ministro. En uno Roosevelt se lamentaba cortésmente de la ausencia de Molotov en San Francisco, y en otro defendía la Operación Amanecer en términos conciliadores. La intensa ira de Roosevelt al leer el áspero mensaje de Molotov aún no se ponía de manifiesto en esa nota oficial, y Churchill tampoco tenía indicios de que el presidente fuese al fin a respaldarle con mayor firmeza contra Stalin.

Capítulo noveno. Fuerza especial Baum

1

El 24 de marzo, Patton lanzó su 4.ª División Acorazada a través del Rhin. Ahora bajo el mando del general William Hoge, el mismo que había capturado el puente de Remagen, la división avanzó unos treinta y dos kilómetros hacia el próximo obstáculo natural, el río Main. El Comando de Combate A cruzó por Hanau, al este de Francfort; el Comando de Combate B, a unos treinta kilómetros al sudeste del anterior, en Aschaffenburg.

El comandante del XII cuerpo, general de división Manton Eddy, llamó a Hoge por teléfono para encomendarle una extraña tarea: Patton deseaba enviar una misión especial a unos cien kilómetros por detrás de las líneas enemigas, en un intento de liberar a novecientos prisioneros americanos confinados en el campamento de Hammelburg. Hoge pensó que, efectivamente, se trataba de un asunto singular, pero no hizo comentarios.

Al final de aquel mismo día el propio Patton llamó por teléfono a Hoge, y con voz más alterada que de costumbre dijo: -¡Esto va a hacer que la incursión de MacArthur contra Cabanatuan [28] resulte una insignificancia!

Hoge no replicó a Patton, pero dijo a Eddy que no le gustaba la idea. Enviar una fuerza especial al Este sólo contribuiría a dispersar los efectivos de su división, la cual ya estaba extendida a lo largo de un frente de treinta y dos kilómetros, con órdenes de dirigirse hacia el norte, después de haber cruzado el Main. ¿Para qué correr semejante riesgo, estando tan próximo el fin de la guerra? Había muchos campos de prisioneros de guerra. ¿Era tan importante el de Hammelburg? Eddy dijo que hablaría del asunto con Patton.

Hammelburg era una ciudad de cierta importancia que se hallaba situada a orillas del sinuoso río Fränkische Saale, a unos ochenta y ocho kilómetros en línea recta desde Francfort del Main. Treinta y dos kilómetros más al Este se hallaba Schweinfurt, el famoso centro fabril de rodamientos de bolas. El Oflag XIIIB (Offizierslager, campamento de oficiales prisioneros de guerra) se hallaba situado en una meseta en forma de bandeja, sobre un escarpado monte a unos cinco kilómetros al sur de Hammelburg. En una de las secciones había unos tres mil oficiales del Real Ejército Yugoslavo, capturados después de la corta campaña de 1941. Los yugoslavos, que preferían llamarse a sí mismos servios, eran orgullosos, vehementes y tenían la tez morena. Sus uniformes se hallaban raídos, aunque conservaban sus muchos adornos. Se mostraron extremadamente atentos y generosos con los ochocientos oficiales americanos que llegaron en enero de 1945, y por votación general donaron ciento cincuenta de sus paquetes de alimentos a sus aliados.

La mayoría de los americanos se habían visto obligados a rendirse al comenzar la batalla del Bulge. Por consiguiente, no sentían orgullo por su unidad, y mostraban poco respeto hacia sus oficiales de mayor graduación. Casi no había ninguna actividad interna organizada, a excepción de los servicios religiosos dominicales. A diferencia del campamento de Sagan, no había espectáculos atléticos, musicales ni teatrales. Pocos eran los que pensaban en escapar, pues era evidente que la guerra sólo duraría unos meses más. Los paquetes de la Cruz Roja llegaban una vez al mes, lo cual no era suficiente para paliar la corta ración del campamento y ello daba lugar a numerosos casos de debilitamiento, y como consecuencia a la extensión de la gripe y la pulmonía. La disentería era una dolencia generalizada.

Todo el grupo, en resumen, se hallaba en un estado lamentable, y así siguió hasta el 8 de marzo, en que llegaron de Szubin, Polonia, otros 430 prisioneros americanos, mandados por el coronel Paul Goode. Este, un hombre entrado en años, había sido instructor en West Point. Cuando llegó del viaje se hallaba sumamente cansado, pero al entrar en el campamento había tal determinación en su ajado rostro, que los prisioneros del Bulge sintieron en su interior una oleada de orgullo.

De la noche a la mañana Goode y su competente ayudante, el teniente coronel John Knight Waters, instauraron de nuevo la disciplina y el orden, y «Pop» -así apodaban a Goode- se convirtió en una palabra mágica para los jóvenes oficiales que nunca se habían sentido muy satisfechos con su pasado. Se limpiaron los uniformes y los zapatos, y se ordenó un corte de pelo y de barba general. Las reuniones tomaron un cariz más militar, y se procedió a limpiar los barracones. Goode dirigió su atención en seguida hacia el comandante alemán del campamento, generalleutnant (general de división) Günther von Goeckel. Mejoraron los alimentos, se hizo mejor uso de las instalaciones del campamento, y «Pop» Goode se convirtió en un héroe para todos, a excepción de unos pocos a quienes disgustaba su autoridad.

El 25 de marzo, el comandante Alexander Stiller, uno de los ayudantes de Patton, llegó inesperadamente al cuartel general de Hoge. Stiller era un hombre taciturno, antiguo Ranger de Tejas, de rostro inexpresivo y frío, que había sido sargento al servicio de Patton durante la Primera Guerra Mundial. Stiller se limitó a decir que acompañaría a la expedición que iba a marchar contra Hammelburg. Hoge se mostró sorprendido. Estaba convencido de que se había dejado de lado la empresa, y por consiguiente volvió a protestar ante Eddy, quien le contestó que no se preocupase, ya que él encontraría el modo de manejar adecuadamente a Patton.

A la mañana siguiente Patton se trasladó en avión al puesto de mando de Edtly. Cuando entró en el edificio fue informado por el general de brigada Ralph Canine que Eddy se hallaba de inspección.

– Coja el teléfono y hable con Bill Hoge -dijo Patton, con impaciencia-. Dígale que cruce el río Main y que se dirija hacia Hammelburg.

– General, lo último que me ordenó Matt antes de salir fue que si venía usted y mandaba que se cumpliera la orden, yo debía contestarle que no lo haría.

Patton no montó en cólera ante semejante acto de insubordinación.

– Que se ponga Hoge al teléfono -dijo tranquilamente-, y yo se lo diré personalmente.

Un momento después estaba ordenando a Hoge que «llevase adelante el plan». Hoge adujo que no podía prescindir de un solo hombre ni de un solo tanque.

– ¡Le prometo que le reintegraré cada soldado y cada vehículo que pierda! -exclamó Patton.

Hoge se sintió desconcertado ante el tono casi suplicante que había en la voz de Patton, y con mirada sorprendida se volvió hacia Stiller, que había estado escuchando. Este le explicó en voz baja que el «viejo» se hallaba totalmente decidido a liberar los prisioneros de Hammelburg, y reveló que entre ellos se encontraba John Waters, el yerno de Patton. [29]

Forzado a obedecer la orden directa de Patton, Hoge accedió de mala gana a enviar el ayudante de división, general de brigada W. L. Roberts, al teniente coronel Creighton Abrams, cuyo Comando de Combate B acababa de tomar un puente de ferrocarril sobre el río Main. Cuando Abrams se enteró de que iba a ser él quien tendría que enviar una fuerza especial a Hammelburg, llamó por teléfono a Hoge y le explicó que una sola compañía, aun con refuerzos, sería aniquilada totalmente. Si había que hacerlo, sería necesario enviar todo el comando de combate. Hoge le dijo que Eddy ya se había negado a emplear todo un grupo de combate para semejante misión. La primera orden seguía en pie.

2

En la tarde del 26 de marzo, el capitán Abraham Baum, natural del Bronx neoyorkino, se hallaba durmiendo en el interior de un carro blindado cuando le despertaron y le dijeron que se presentase inmediatamente en el puesto de mando del Comando de Combate B.; Baum, antiguo cortador de patrones en una fábrica de blusas, era oficial de Inteligencia del 10.° Batallón de Infantería Acorazada. Medía algo más de un metro ochenta y cinco de estatura, y al igual que su comandante de combate era sumamente enérgico. Su bigotillo, su corte de pelo y la expresión del rostro, contribuían a darle sensación de seguridad en sí mismo.

Baum aún estaba tratando de librarse de la modorra, cuando entró en el puesto de mando. Pero se despejó inmediatamente en cuanto Abrams le ordenó que avanzase con una fuerza especial por detrás de las líneas enemigas y liberase a novecientos prisioneros americanos. No se le dio razón alguna, ni Baum la esperaba. Solamente se limitó a volverse hacia el comandante de su batallón, teniente coronel Harold Cohen, y le dijo bromeando:

– Con eso no se van a librar de mí. Volveré.

Le contestaron que eligiera sus hombres y que se pusiera en marcha en seguida.

A las siete de la tarde la Fuerza Especial Baum se hallaba lista para partir. Estaba integrada por 397 hombres, todos ellos experimentados en la lucha. Disponía de diez tanques «Sherman» y seis tanques ligeros, tres cañones de asalto de 105 mm., veintisiete camiones oruga para trasladar a los prisioneros, siete jeeps y un vehículo auxiliar sanitario.

Baum revisó su plan de acción. Tenía que internarse unos cien kilómetros a través de las líneas enemigas con una fuerza de reconocimiento. Sin poderío suficiente para soportar un contraataque intenso, debería aprovecharse de la sorpresa y avanzar por una zona que le era totalmente desconocida y de la que hasta ignoraba la localización de los puntos donde el enemigo tenía concentradas sus fuerzas. En resumen, debía internarse por un país desconocido, para luchar sabía Dios contra qué, y traer de vuelta a novecientos pasajeros.

Inquieto por la misión en sí, Baum recibió otro disgusto cuando Abrams le dijo que el comandante Stiller iría con él.

¿Cómo se entiende eso?-inquirió Baum, con tono receloso.

Abrams le aseguró que Stiller sería sólo un observador, sin mando de ninguna clase, y que posiblemente Patton deseaba que Stiller se curtiese en la batalla. Pero una simple mirada a Stiller bastaba para convencerse de que éste no necesitaba curtirse en modo alguno. En cierta ocasión Patton dijo jocosamente al coronel Codman que le gustaría tener la cara de fiero luchador que poseía el comandante Al Stiller.

A semejanza de Hoge, Abrams conocía el verdadero fin de la misión. Stiller acababa de admitir confidencialmente a Cohen y a uno o dos más:

– Creo que el yerno de Patton está allí.

Los hombres de Baum, por supuesto, nada sabían de esto. En realidad, la mayor parte de ellos ni siquiera sabían que iban tras las líneas enemigas a conquistar un campamento de prisioneros de guerra.

El plan de Abrams para lanzar la Fuerza Especial Baum a través de la delgada corteza de defensas alemanas era muy sencillo. El Comando de Combate B cruzaría el puente recién capturado y limpiaría de enemigos la pequeña ciudad situada al otro lado. Luego Baum se introduciría por la brecha que quedaría abierta, y avanzaría hasta Hammelburg, unos noventa y cinco kilómetros adelante, adonde llegaría a primeras horas de la tarde del 27 de marzo. Con buena suerte estaría de regreso a las líneas americanas por la noche del mismo día.

A las 21 horas del 26 de marzo, el Comando de Combate B cruzó el río Main. Aunque el servicio de Inteligencia aseguró que habría escasa oposición, Abrams se vio comprometido y tuvo que lanzar cuantos efectivos tenía para abrir una brecha por la que pudiera pasar Baum. Era medianoche, es decir, varias horas después de lo previsto, cuando la Fuerza Especial Baum pudo al fin cruzar el puente y puso rumbo al Este, con los infantes subidos a los tanques, y suplementos de municiones y gasolina en los camiones. Hacía calor, el ambiente estaba seco y no había luna. La columna avanzó rápidamente a través de los primeros pueblos, sin hallar casi resistencia a causa de la sorpresa de la incursión. Los artilleros de los tanques barrían la pequeña oposición que hallaban al paso, y los infantes lanzaban granadas dentro de las puertas y ventanas para evitar la acción de los tiradores apostados.

Pero poco después el mando del Séptimo Ejército alemán se enteró de que una unidad acorazada había irrumpido entre sus efectivos -pensaban incluso que podía tratarse de una división entera-, y sospecharon que debían de ser las fuerzas de Patton, a causa de lo temerario del ataque. En efecto, los comandantes alemanes le temían y les infundía más respeto que ningún otro general americano. Los pueblos y ciudades que bordeaban la carretera recibieron la orden de fortalecer sus defensas y de bloquear el paso, pero Baum se desplazaba con tal rapidez y violencia que por más que sufrieron el fuego de algunos bazookas y armas ligeras al atravesar las poblaciones, pocas fueron las bajas que tuvieron.

Poco antes del amanecer, la Fuerza Especial, después de haber recorrido cuarenta kilómetros, entró impetuosamente en la ciudad de Lohr. Cuando los tanques ligeros llegaron ante una barricada que obstruía la carretera, se echaron a un lado y dejaron que los pesados «Sherman» abriesen camino. Un panzerfaust disparó desde corta distancia y dejó fuera de combate a uno de los «Sherman», pero la dotación del tanque se trasladó a un camión y la columna siguió avanzando. De improviso se vieron frente a una caravana alemana que marchaba despreocupadamente hacia Lohr. Los americanos ametrallaron los camiones sin detenerse. Cuando un joven oficial vio que algunos de los muertos eran muchachas de uniforme se indispuso y vomitó.

Los invasores se dirigieron hacia el nordeste, siguiendo la orilla izquierda del sinuoso río Main. Cuando pasaron ante un convoy ferroviario antiaéreo, destruyeron la locomotora y lanzaron granadas de termita contra los cañones de 20 mm. Poco después del amanecer la expedición se acercó a Gemünden, una ciudad situada en la confluencia de los ríos Sinn y Saale. La localidad le pareció a Baum un lugar perfecto para una emboscada, por lo que ordenó que no se utilizara la radio, y que ni tan sólo se hablase en voz alta. A las 6,30 de la mañana la columna entró en Gemünden. El sargento Donald Yoerk, que se hallaba en uno de los últimos tanques, quedó sorprendido al ver a los soldados alemanes que andaban despreocupadamente por las calles con sus carteras en la mano. Esta ciudad, a diferencia de las demás que habían atravesado, estaba ignorante de que se aproximaba una fuerza especial americana. Hacia la derecha de la carretera, Yoerk vio un tren que iba a cruzar un paso a nivel por donde ellos tenían que pasar. Desde el tanque que le seguía Frank Malinski disparó, y alcanzó a la locomotora con la primera andanada. Luego siguió haciendo fuego contra los vagones, hasta que de pronto estalló un vagón de municiones. Cuando se disipó la humareda, Yoerk sólo pudo ver cuatro ruedas sobre la vía, en el lugar donde había estado el vagón. Más adelante, los tanques ligeros ya habían destruido varias lanchas que navegaban por el río, y puesto fuera de servicio un tren de carga y pasajeros. Luego avanzaron los «Sherman» y destruyeron una docena más de convoyes ferroviarios, dejando obstruidas las vías. Por suerte, de uno de los trenes estaba desembarcando una división alemana, que se vio sumida en la confusión.

Baum ordenó al teniente William Nutto que adelantase los «Sherman» por el centro de la ciudad, arrasándola a ambos lados mientras avanzaban. Dos pelotones de infantería acompañaron a los tanques, pero cuando los dos primeros soldados penetraron en un puente del centro de la población, voló en pedazos y los dos hombres perecieron. Los «Sherman» arrasaron cuanto salía a su paso, a pesar de estar aislados del resto de la columna, que marchaba detrás. Los alemanes comenzaron a disparar panzerfaust (bazookas) desde las ventanas y los techos de las casas circundantes.

Baum y Nutto se hallaban algo más atrás, estudiando la situación. Oyeron el ruido de disparos en vanguardia, y corrieron hacia el puente destruido, a tiempo de ver a uno de los «Sherman» cubierto de soldados alemanes. El tanque movía la torreta en todas direcciones, como si quisiera librarse de los alemanes. En ese momento estalló una granada junto a Baum y Nutto, lanzándolos contra la calzada. Cegado momentáneamente, Nutto se aferró el pecho que le dolía. También le habían dado en las piernas. Baum sintió dolor en la mano derecha y en una rodilla, y observó que la sangre se deslizaba por la pernera de su pantalón.

– ¡Salgamos de aquí! -gritó con todas sus fuerzas, y ordenó retroceder a la columna.

La carretera principal hacia Hammelburg estaba cortada, y Baum seleccionó rápidamente una nueva ruta. [30] Dio la vuelta hacia el norte, a lo largo de la orilla occidental del río Sinn, buscando un cruce. A las 8,30 de la mañana envió su primer mensaje al puesto de mando, solicitando un ataque aéreo contra los cuarteles de Gemünden.

El Séptimo Ejército alemán acababa de tener conocimiento de la destrucción de Lohr y Gemünden, y ordenó inmediatamente que todas las fuerzas disponibles detuvieran a los soldados americanos. Fue un alemán, sin embargo, el que ayudó a Baum a resolver su problema inmediato. Un paracaidista germano cansado de la guerra, le hizo saber que el mejor lugar para cruzar el río Sinn era por Burgsinn, unos trece kilómetros más arriba de Gemünden.

Dos kilómetros más adelante los americanos capturaron a otro alemán. Este era más importante, pero resultó de menos utilidad. Se trataba de un general cuyo «Volkswagen» fue a meterse directamente entre la columna americana.

– ¿Quién demonios es usted?-inquirió Baum, cuando el general avanzó con gesto orgulloso, colocándose los guantes.

El alemán comenzó a explicarse en su idioma, pero Baum le interrumpió diciendo:

– Metan a este cerdo en un camión y sigamos adelante.

La columna cruzó el río Sinn y luego se internó hacia el sudeste, por un camino de montaña. El terreno era desigual y boscoso, pero el suelo resultaba lo suficientemente firme para el avance de los tanques y los vehículos. Al cabo de algunos minutos llegaron junto a un grupo de unos setecientos prisioneros soviéticos, que al ver los tanques americanos asaltaron a sus guardias y les quitaron las armas. Baum entregó a los rusos los doscientos alemanes que había capturado, y los soviéticos le aseguraron que se dedicarían a la táctica de guerrillas por la zona, hasta que llegasen las tropas americanas.

La fuerza especial atravesó a continuación el Fränkische Saale, y sólo faltaban ocho kilómetros para su meta cuando un avión alemán de reconocimiento se dejó caer sobre la columna. Baum ordenó hacer alto. En el relativo silencio que siguió alcanzó a escuchar el sonido de vehículos acorazados no muy lejos. No tenía objeto el ocultarse, de modo que decidió encaminarse hacia el nordeste, directamente sobre Hammelburg. Poco después vio los primeros tanques alemanes, sólo dos, que tras hacer algunos disparos inofensivos desaparecieron. Pero Baum sabía que había otros en las proximidades.

A las 14,30 apareció al fin ante la columna la ciudad de Hammelburg. A un kilómetro escaso de los primeros edificios, la caravana salió de la carretera y comenzó el ascenso de la escarpada colina, en dirección al campamento de prisioneros.

De improviso apareció al frente un tanque alemán, y luego varios más. Baum ordenó a sus seis «Sherman» que atacasen, y por radio mandó al sargento Charles Graham que hiciese avanzar los tres cañones autopropulsados. La batalla por el campamento Oflag XIIIB había comenzado.

3

Los prisioneros percibieron a lo lejos el primer intercambio de disparos entre los tanques atacantes y los defensores. Entonces el general Goode corrió a reunirse con los demás prisioneros, que se habían concentrado junto a las vallas de alambre de púas. A través de los campos, en los que pastaban las ovejas, el padre Paul Cavanaugh, capellán jesuita de la 106 División, observó cómo dos pelotones de centinelas alemanes se colocaban en lugares preestablecidos, sobre la cima de la colina, mientras una compañía completa se situaba en posición a lo largo de la carretera de Hammelburg. A un lado de la misma carretera se advertían dos cañones de 40 milímetros.

Durante treinta minutos los prisioneros esperaron, hasta que de improviso estalló un atronador estrépito de ametralladoras, bazookas, fusiles y morteros a través de la pradera.

– Esa es la forma en que comienza una batalla de tanques, padre -declaró el coronel Goode-. He presenciado las suficientes para darme cuenta de ello. Los muchachos del general Patton se están acercando, y los alemanes sin duda van a trasladarnos de aquí.

Dijo que de todos modos esperaba que los americanos les ganasen la partida.

Mientras crecía el rumor de la batalla, algunos de los hombres se encaminaron a la cocina para apoderarse de lo que había en las despensas y darse un buen atracón. Otros cien, en cambio, se dirigieron hacia el barracón del padre Cavanaugh, donde éste iba a confesarles antes de la misa. A las 15,50, la sirena dio unos cuantos avisos y por los altavoces se divulgó la siguiente advertencia.

– ¡Todos los prisioneros deben permanecer en sus barracones!

Unos pocos rezagados cruzaron rápidamente hacia el lugar donde se estaba celebrando la misa.

– Como ya somos demasiados -dijo el padre Cavanagh un momento después-, comenzaré la misa inmediatamente, y más tarde impartiré una absolución general, antes de la Santa Comunión.

Mientras se colocaba las vestiduras, vio que caían algunas granadas, que no llegaron a estallar. Comenzó en seguida a rezar las plegarias ante un altar improvisado con una sencilla mesa. Al llegar al Evangelio, otra granada cayó en las proximidades, y todo el mundo se arrojó al suelo. Después de un momento, el padre Cavanaugh salió de debajo del altar, con la sensación de que no estaba dando muy buen ejemplo. Pidió calma a los prisioneros y les rogó que siguieran de rodillas.

– Si algo ocurre, no tenéis más que tenderos en el suelo -manifestó-. Voy a daros la absolución general.

Con mano temblorosa hizo la señal de la cruz ante su congregación, y añadió:

– Tened calma. Acortaré la misa todo lo posible para que todos podáis recibir la Comunión.

De cara al altar, el sacerdote leyó la plegaria «Hanc igitur». Nunca hasta entonces parecieron tener aquellas palabras un mayor significado:

– Acepta la ofrenda de nuestra sumisión, ¡oh Señor! Danos la paz. Líbranos del mal eterno y recíbenos en el grupo de tus elegidos. Por Cristo nuestro Señor, amén.

Norman Smolka no era católico, pero se hallaba presente porque dormía en aquel mismo barracón. Cuando levantó la vista del suelo, vio los rayos del sol que entraban por una ventana, bañando en luz al sacerdote. Este, según su propia expresión «parecía el mismo Dios».

Algo más allá, el yerno de Patton, se hallaba observando la acción desde el piso bajo del barracón de Goode. Waters era un apuesto joven oriundo de Baltimore, de treinta y nueve años de edad. Había asistido dos años a la universidad de Johns Hopkins, donde estudió artes y ciencias, y luego trasladó sus estudios a West Point. En 1931 se graduó como segundo teniente de caballería. Era un hombre tranquilo, de habla parsimoniosa y de notables aptitudes, que desempeñaba el cometido de oficial ejecutivo en el Primer Regimiento Acorazado, cuando le capturaron en febrero de 1943, en el norte de África.

Waters alcanzaba a ver varios tanques americanos desplazándose por el campo y disparando sus cañones. En ese momento entró el general Von Goeckel, el cual manifestó que se constituía en prisionero de Goode, y que la guerra había terminado para él. Preguntó si algún americano se ofrecía voluntario para ir afuera y ordenar el alto el fuego. Según parece, los americanos disparaban contra los barracones de los yugoslavos, porque los tomaban por alemanes a causa de su uniforme.

– Iré yo -dijo Waters-. Hay que conseguir una bandera americana y un trapo blanco, a fin de que no nos disparen.

Unos minutos más tarde, Waters salía por la puerta principal del campamento. Detrás iba el capitán Fuchs, un intérprete alemán, y a continuación seguían otros dos voluntarios americanos, uno con la bandera de Estados Unidos, y el otro con una sábana blanca atada a un palo. Tenían la intención de eludir el campo de batalla, estableciendo contacto por un lado.

La Fuerza Especial Baum estaba dirigiéndose en esos momentos hacia el terreno elevado donde los guardias se hallaban parapetados. La lucha de tanques en la colina había sido breve pero feroz. Baum perdió cinco camiones oruga y tres «jeeps», pero sus «Sherman» habían puesto fuera de combate a tres tanques alemanes y tres o cuatro camiones cargados con municiones.

Densas nubes de humo cubrían la zona en el momento en que la partida de Waters seguía avanzando en dirección a la columna de Baum. A un kilómetro de la puerta del campamento encontraron un granero rodeado de una valla. Cincuenta metros más adelante vieron correr hacia ellos a un soldado de extraño uniforme. Waters no sabía si se trataba de un soldado alemán o de un americano vestido de paracaidista, y gritó:

– Amerikanisch!

El soldado era alemán, y al oír a Waters saltó sobre la valla, empuñó el fusil e hizo fuego contra ellos antes de que el intérprete alemán pudiera explicarle lo que ocurría. Waters notó como si le hubiesen golpeado con un palo, pero a pesar de ello no sintió dolor alguno. Mientras yacía en la zanja donde había caído, Waters pensó: «Maldito, me has estropeado la fiesta.»

A Fuchs -el capitán intérprete- le costó varios minutos convencer a su compatriota de que no debía disparar, pues eran parlamentarios. Luego el yerno de Patton fue colocado sobre una manta y le llevaron de vuelta al campamento.

Dentro de los barracones, los americanos se agolpaban contra las ventanas, vitoreando a los tanques americanos como si estuvieran presenciando un partido de béisbol. Una bala perdida destrozó unos cristales, y todo el mundo se lanzó al suelo, pero al cabo de unos momentos regresaron a las ventanas. Desde el segundo piso de la enfermería, el comandante médico Albert Berndt, de la 28.ª División, vio a los tanques «Sherman» que enfilaban hacia la meseta. De pronto una ametralladora alemana comenzó a disparar desde el techo. Temiendo un ataque a la enfermería, que no tenía distintivo alguno, Berndt corrió hacia la oficina de Goode y le sugirió que los médicos y enfermeros trasladasen su sección al otro lado del edificio. Goode concedió el permiso a Berndt para llevar a cabo el traslado, pero le aconsejó que esperase a que el fuego disminuyese de intensidad. Una hora y media más tarde Goode se enteró de que aún no se había hecho el traslado y mandó llamar a Berndt. Este explicó que no había juzgado prudente enviar a sus hombres afuera, bajo el intenso fuego. En ese momento se abrió la puerta y llegaron los que portaban a Waters, herido.

El padre Cavanaugh estaba dando la Comunión, y sus manos temblaban tanto que temió dejar caer al suelo las Sagradas Hostias. Cuando estaba concluyendo, se dejó oír un grito de alegría en el exterior. El sacerdote se volvió hacia el altar y terminó la misa. Después preguntó:

– ¿Qué ha ocurrido?

– ¡Padre, somos libres! ¡Nos han liberado!

En efecto, el general Von Goeckel acababa de rendirse a Goode.

– Es algo maravilloso -manifestó el comandante Fred Oseth-. Mientras se celebraba la misa, hemos sido liberados. Ya no es usted prisionero de guerra, padre.

Vestido aún para la misa, el sacerdote miró a través de la ventana y observó un tanque americano que se detenía en el patio. Los prisioneros se apiñaron a su alrededor, tratando de abrazar a sus libertadores. El padre Cavanaugh no dejó de notar el fuerte contraste que ofrecían los recién llegados, al compararlos con los descarnados prisioneros. El sacerdote se quitó lentamente les vestiduras sagradas y las empaquetó en una caja de cartón. Cuando salió al exterior vio innumerables sábanas blancas colgando de las ventanas. Los americanos y los yugoslavos gritaban llenos de júbilo, estrechándose las manos y dándose abrazos.

Mientras los prisioneros daban cuenta de la comida más abundante que jamás se había servido en Oflag XIIIB, llegó la orden de Goode de empaquetar las pertenencias personales. Al anochecer los americanos formaron en fila de cinco en fondo, con mantas a la espalda y sacos del campamento como equipaje. El padre Cavanaugh llenó un saco de harina -que le había sido regalado por un yugoslavo para que lo emplease como toalla- con su ropa, un breviario y algunos alimentos. Otros se llevaban hasta unas estufas que habían improvisado con latas de conserva.

Iluminados por las llamas de un edificio incendiado, los americanos pasaron triunfalmente ante los yugoslavos, que no cesaban de dar vítores. Salieron luego a través de un gran agujero abierto en la valla exterior por los tanques de Baum, y se encaminaron hacia los campos, después de dejar atrás las torres de los centinelas, que estaban vacías. A unos dos kilómetros del campamento se reunieron con el cuerpo principal de la Fuerza Especial Baum, situada en la cima de la meseta, y cuyos tanques se destacaban contra el cielo como oscuros patos gigantes. Agotados por los acontecimientos del día y por el ejercicio que suponía trepar la colina, los exprisioneros se sentaron sobre la tierra helada, sintiéndose libres, al fin. No cesaban de reír y de bromear. De pronto se dejaron oír dos disparos de fusil, y la tensión se apoderó otra vez de todos. Circuló la orden de no encender cigarrillos ni luz alguna. Durante casi dos horas permanecieron todos sentados, temblando de frío, en tanto que la luna aparecía y desaparecía entre las nubes. Goode estaba hablando con Baum, quien se enteró con sorpresa de que no había 900 prisioneros, sino 1291, demasiados para poder llevarlos a todos de vuelta. Entristecido, Baum se volvió, mirando a los hombres que se hallaban allí sentados, llenos de esperanza por regresar a sus hogares. Entonces dijo a Goode que sólo se llevaría a los que estuvieran en condiciones de montar sobre los tanques y de ir en los camiones, luchando durante el regreso. Goode se aproximó a sus hombres y les dijo que habría que dividirlos en tres grupos: los que quisieran escapar sin ayuda alguna, los que pudieran viajar sobre los tanques y en los camiones, y los que por hallarse demasiado agotados juzgasen que deberían regresar al campamento.

– Hemos sido liberados -afirmó Goode-, pero hasta que lleguemos a las líneas americanas, cada uno debe valerse por sí mismo. Tenemos que recorrer una distancia de cien kilómetros sin alimentos ni otros suministros, y nos hallamos muy debilitados… Cada uno puede hacer lo que crea más conveniente.

Para la mayoría fue un rudo golpe enterarse de que aquellas fuerzas no eran la vanguardia del ejército de Patton, sino sólo una pequeña columna que osadamente se había abierto paso entre las tropas enemigas, y que ahora tendría que regresar con gran trabajo a sus líneas. Pero al menos allí había una esperanza de huir, y unos setecientos prisioneros comenzaron a recorrer los vehículos de la fuerza especial, buscando sitio para subir, e incluso luchando por conseguir un lugar.

Las pertenencias individuales se arrojaron a la cuneta, a fin de que cupieran más viajeros. Mientras éstos subían y se les entregaban armas, un grupo de alemanes se acercaron subrepticiamente y lanzaron andanadas de bazookas. Uno de los tanques quedó envuelto en llamas. Baum ordenó rápidamente formar de nuevo la columna en un lugar más a cubierto.

Muchos eran los prisioneros que aún no se habían decidido y que vagaban por los alrededores, sin saber qué partido tomar. Bruce Matthews, un capellán protestante, se acercó a su antiguo comandante de regimiento, el coronel Theodore Seeiy, y le preguntó si tenía que darle alguna orden.

– Ninguna, capellán; cada uno está en libertad de hacer lo que le plazca.

– ¿Tiene algún consejo que darme?

– No, capellán.

– ¿Puede decirme lo que piensa hacer, señor?

– Voy a regresar al campamento -dijo Seely, sencillamente.

– Gracias, señor -replicó Matthews, y sin vacilar trepó al guardabarros izquierdo de un camión. El calor del motor le produjo una grata sensación, en la noche helada.

El teniente Alan Jones, hijo del comandante de la 106.ª División, fue izado sobre un tanque, ya que sus pies habían quedado congelados durante el penoso viaje desde las Ardenas. Luego el comandante del tanque decidió que varios hombres estorbaban los movimientos del cañón de la torreta, y Jones y otros tuvieron que bajarse. Se vio entonces a Jones, que iniciaba con paso vacilante la marcha hacia el Oeste, guiado por las estrellas. Varios centenares de prisioneros americanos habían formado ya grupos de fugitivos que iban desapareciendo en la oscuridad. El teniente Alexander Bolling, amigo de Jones e hijo del general Alexander R. Bollin, comandante de la 84.ª División, se unió a otros tres prisioneros y juntos se dirigieron colina abajo, hacia el Oeste. Oyeron ladridos de perros. La caza acababa de comenzar.

Más de un tercio de los hombres se encontraban en malas condiciones para marchar o luchar, y regresaron lentamente al campamento. Más tarde Cavanaugh se reunió con aquel triste y silencioso grupo. Poco después de la medianoche el sacerdote volvió a atravesar el orificio practicado en la valla del campamento. Los yugoslavos, que habían dado a los americanos tan ruidosa despedida unas horas antes, contemplaron calladamente su regreso.

Cuando el sacerdote entraba en los barracones, alguien le dijo con tono decepcionado:

– Aún no estamos libres, padre.

– Bien, de todos modos, vamos a descansar -contestó el padre Cavanaugh, y se acostó en su catre.

Pocos minutos habían transcurrido, cuando otro prisionero gritó:

– ¡Los alemanes nos trasladan de aquí! ¡Estén preparados dentro de quince minutos!

A la 1,30 de la madrugada del 28 de marzo, 500 americanos, que no se encontraban en condiciones de marchar hacia la libertad, fueron alineados ante los barracones por cuarenta centinelas, los cuales les hicieron salir a continuación por la puerta del campamento. Se les hizo llenar a los bolsillos con el único alimento que había en el lugar: patatas. Mientras el desalentado grupo iniciaba la marcha hacia Hammelburg, comenzó a caer una llovizna helada sobre la región. En la oscuridad pudieron entrever numerosos grupos de soldados alemanes que esperaban con calma al otro lado de la carretera. Pocos minutos más tarde una columna motorizada se acercó a los prisioneros, que se echaron a los lados para dejarla pasar. Algunos vehículos se detuvieron, y el padre Cavanaugh pudo oír a los conductores de la caravana hablar con los guardias en voz baja.

4

La Fuerza Especial Baum, cuyos componentes se hallaban agotados por el esfuerzo realizado, avanzaba lentamente cuesta abajo, al otro lado de la colina, por un camino bastante malo. Los hombres de Baum llevaban viajando y luchando veinticuatro horas, aproximadamente, y aún les quedaba una prueba más dura, hasta llegar a las líneas americanas. El camino se hizo más estrecho, hasta que por fin los tres tanques medianos que iban en vanguardia no pudieron continuar y tuvieron que retroceder al Oeste. Unas débiles señales que aparecían en la superficie rocosa, ponían de manifiesto que los tanques ligeros enviados por delante, con fines de reconocimiento, habían pasado por aquel lugar.

Cuando el cuerpo principal de la expedición iniciaba la marcha por el nuevo camino, observaron que los tanques ligeros regresaban. El jefe de los mismos tenía buenas noticias que darles: el camino conducía casi directamente hasta Hessdorf, ciudad situada en la autopista Hammelburg-Würzburg. Por consiguiente, la Fuerza Especial inició el avance con relativa rapidez, haciendo notables progresos a pesar de las frecuentes paradas que debían hacerse para permitir el agrupamiento de los vehículos.

Eran casi las dos de la madrugada cuando la columna entró en Hessdorf. Cerca de la plaza principal de la población la caravana se vio bloqueada por dos camiones que habían abandonado los alemanes. Varios exprisioneros saltaron de los tanques, empujaron los camiones fuera del paso, y la caravana siguió su camino. El estrépito alarmó tanto a los habitantes de la población, que en las puertas y ventanas de las casas comenzaron a aparecer sábanas blancas colgando. La columna prosiguió adelante en la oscuridad, y al fin se dirigió hacia el Norte, en dirección a Hammelburg. Baum y sus efectivos se hallaban ya en una carretera principal. Podían regresar por donde habían llegado, pero Baum intuía que toda la zona sería en esos momentos un avispero de alemanes, por lo que decidió dirigirse hacia el Noroeste, hasta establecer contacto con la 4.ª División Acorazada.

Su manera de razonar era correcta, pero los alemanes también le estaban esperando dos kilómetros más adelante, en la próxima ciudad. En los suburbios de Hollrich el tanque que iba en cabeza tuvo que frenar apresuradamente para evitar estrellarse contra unos bloques que obstruían la carretera. De pronto surgieron unos fogonazos cegadores a ambos lados del camino, y los proyectiles de los bazookas alemanes estallaron sobre el tanque, matando a su comandante y a uno de los exprisioneros. El artillero del tanque lanzó andanadas a ciegas con su ametralladora.

Una nueva descarga de bazookas se abatió sobre los tanques de vanguardia. En el segundo tanque uno de los ocupantes pretendió escapar y cayó muerto por una granada, cuando salía por la torreta. Otros que iban encima del vehículo quedaron malheridos. Pasaron unos minutos antes de que los exhaustos americanos pudieran reaccionar. Entonces los ocupantes de los tanques iniciaron un fuego endiablado contra los lados de la carretera, y los alemanes tuvieron que ponerse a cubierto.

Reinaba una tremenda confusión mientras las trazadoras balas amarillas y rojas iluminaban la noche en todas direcciones, y de pronto la lucha cesó tan bruscamente como había comenzado, dejándose oír solamente el rumor de los motores y los lamentos de los heridos. Para Baum resultaba suicida seguir adelante a través de la ciudad a oscuras, por lo que los tanques y camiones retrocedieron pesadamente por la estrecha carretera, hasta que estuvieron en condiciones de dar la vuelta. Pocos minutos más tarde la caravana salió del camino para reorganizarse en la cima de una colina. La intensidad de la acción había estimulado a los exprisioneros, que no cesaban de aconsejar a las dotaciones de los tanques, las que por fin les ordenaron que se callasen.

Baum hizo un balance de sus fuerzas. Había comenzado la expedición con 307 hombres y ahora sólo disponía de un centenar en condiciones para luchar. El mismo se hallaba herido en una mano y una rodilla. Le quedaban seis tanques ligeros, tres medianos, tres cañones de asalto y veintidós camiones oruga. Ordenó entonces que se trasladara la gasolina desde ocho camiones a los tanques.

Se prendió fuego a continuación a los camiones oruga que ya no eran de utilidad, y se colocó a los heridos graves en un edificio donde se pintó el emblema de la Cruz Roja. Luego Baum reunió al resto de sus hombres y les dijo que iban a cruzar a campo través y que se utilizarían los camiones como puentes, si era necesario, para atravesar los ríos. A lo lejos podía oírse el rumor de los tanques enemigos que se acercaban desde el Este. Baum terminó con unas palabras de ánimo, y por fin gritó:

– ¡En marcha!

La Fuerza Especial Baum se hallaba rodeada casi por completo. Por el Sur y el Nordeste se acercaban cañones autopropulsados. Dos compañías de infantería y seis tanques se aproximaban desde el Sudeste, en tanto que seis «Tigres» lo hacían desde el Norte, y una columna de carros blindados por el Noroeste.

Baum acababa de subir a su «jeep» cuando presenció la descarga cerrada de tanques más intensa que jamás había contemplado. Los camiones incendiados hacían que la caravana resultase un blanco perfecto para los alemanes. Los tres cañones de asalto de Baum lanzaron una cortina de humo, en un vano intento por ocultar a los demás vehículos, pero las descargas alemanas siguieron produciéndose con mortífera exactitud. Dos cañones de asalto, así como un tanque ligero y varios camiones oruga fueron alcanzados de lleno, y las llamas que de ellos se alzaron atrajeron nuevas descargas desde varios puntos.

El comando Don Boyer, de la 7.ª División Acorazada, estaba manejando una ametralladora en el interior de un tanque. Aunque maldecía continuamente, no dejaba de sentirse contento por vez primera desde que le habían capturado en la batalla del Bulge. Pero la valentía no era suficiente en aquellas circunstancias, y la Fuerza Especial Baum estaba siendo aniquilada por un enemigo que no alcanzaba a ver. Al cabo de quince minutos todos los vehículos americanos se encontraban en llamas, y los tanques y la infantería alemanes comenzaban a estrechar el cerco. Al quedarse sin tanques, Baum se encaminó a los bosques, donde procedió a reorganizar los restos de sus fuerzas. Varias veces trató de llevar a cabo un ataque contra el lugar que habían abandonado, para ver si aún podía salvarse algo, pero en cada ocasión, el puñado de americanos fue rechazado duramente.

– ¡Formen grupos de cuatro y dispérsense! -exclamó Baum.

Luego dio algunas órdenes apresuradas y se alejó en unión de un exprisionero y del comandante Stiller, el cual demostró ser un valiente y callado luchador. Los tres procuraron ocultarse en una arboleda, pero se vieron perseguidos por una jauría de perros. En la confusión, Baum resultó herido en una pierna. Era la tercera herida que recibía en dos días.

Todo ocurrió tan rápidamente que Baum apenas si tuvo tiempo de librarse de su chapa de identificación, a fin de que los alemanes no descubriesen que era judío. Cuando él y otros seis eran conducidos hacia un granero por un solo soldado alemán, Baum se quitó el casco e iba a golpear con él al desprevenido guardia, cuando Stiller se lo impidió aferrándole por la muñeca.

Los prisioneros fueron sometidos a interrogatorio, y varios ex-cautivos del campamento dijeron a los alemanes que Baum era uno de ellos, y le permitieron unirse al grupo que regresaba hacia el Oflag XIIIB. Apoyándose en Stiller y otro hombre, Baum emprendió la marcha por la carretera.

Las primeras luces del día revelaron una colina sembrada materialmente de restos humeantes de tanques y camiones. También los bosquecillos circundantes se hallaban ardiendo. El edificio señalado con el símbolo de la Cruz Roja estaba en ruinas. Era la tumba de la Fuerza Especial Baum.

La misión de Hammelburg fue un completo fracaso, pero la valiente columna realizó un cometido muy distinto y aún más importante de lo que Patton había previsto. La Fuerza Especial Baum dejó a su paso un reguero de destrucción. Cada una de las ciudades por donde había pasado se hallaba en un estado total de confusión. El cuartel general del Séptimo Ejército alemán aún no estaba del todo al corriente de lo que había sucedido, y lanzó contra la zona el equivalente de varias divisiones, con el fin de vigilar los cruces estratégicos y los puentes, en tanto que otra fuerza considerable recorría las colinas ayudada por perros de presa, procurando rodear al millar de prisioneros que habían escapado del campamento.

El precio de la hazaña no fue pequeño. Además de las pérdidas experimentadas por la fuerza de Baum, John Waters, el yerno de Patton, se hallaba malherido en un hospital de Hammelburg. La bala le había entrado por un muslo, saliéndole por la cadera izquierda. Un médico yugoslavo, el coronel Radovan Danich, equipado sólo con vendajes de papel y un cuchillo de mesa, estaba tratando diestramente de curarle la herida.

El oficial de Prensa del Tercer Ejército se limitó a decir que se había perdido una fuerza especial, y no dio más explicaciones. Algún tiempo más tarde, sin embargo, se revelaron algunos detalles acerca de lo acontecido, y Patton reunió a los corresponsales en una conferencia de Prensa. Manifestó categóricamente a los periodistas que hasta nueve días después de haber llegado Baum a Hammelburg no supo que su yerno se encontraba entre los prisioneros. Para demostrarlo exhibió su Diario oficial y el privado, y declaró a continuación:

– Tratamos de liberar el campamento porque temíamos que los alemanes, al retirarse, pudieran dar muerte a los prisioneros americanos.

Hoge, Abrams y Stiller sabían que las cosas habían ocurrido de modo diferente, pero como buenos soldados guardaron silencio. Stiller murió sin revelar la verdad, y los otros dos esperaron casi veinte años para hacerlo.

Capítulo diez. Decisión en Reims

1

Durante muchos años Danzig había jugado un papel de vital importancia en la historia de la Europa Oriental. No sólo era la principal salida de Polonia al mar, sino que constituía el puerto más valioso del Báltico. En aquel momento, además de ser el punto más importante desde donde huían los alemanes cercados por la ofensiva soviética, era uno de los pocos festungen o reductos que quedaban en el Este. Tal era su importancia que Hitler había ordenado que se defendiese la zona hasta el último hombre. Situado a más de trescientos sesenta kilómetros en línea recta al nordeste de la cabecera de puente más próxima de Zhukov, sobre el Oder, este reducto se había convertido en el amparo de innumerables refugiados civiles y militares que procedían de Prusia, al punto que en esos momentos se apiñaban casi un millón de almas en Danzig y su puesto gemelo, Gotenhafen, situado unos veinte kilómetros al Norte.

A comienzos de marzo, el mariscal Rokossovsky había hecho avanzar su Segundo Frente Ruso Blanco por detrás de Danzig, cortando por completo la retirada hacia el Reich, a excepción de la ruta marítima. El 22 de marzo, el mariscal soviético introdujo repentinamente una cuña entre Danzig y Gotenhafen, Gdynia, para los polacos. Dos días más tarde unos folletos exhortando al cese de la resistencia, firmados por el propio Rokossovsky, fueron lanzados desde aviones soviéticos. El mariscal advirtió que estaba instalando efectivos de artillería para bombardear ambos puertos. «En semejantes circunstancias -escribía-, vuestra resistencia resultará insensata, y sólo tendrá como consecuencia la aniquilación de centenares de miles de mujeres, niños y ancianos… A los que se rindan les garantizo que será respetada su vida y los bienes personales.» Los demás serían muertos durante la lucha.

La respuesta llegó aquella misma noche desde el propio cuartel general del Führer: «Cada metro cuadrado de la zona Danzig-Gotenhafen debe ser defendido hasta el fin.»

Era la sentencia de muerte para dos ciudades que se hallaban ya exhaustas. Los aviones del Ejército Rojo comenzaron poco después a lanzar bombas incendiarias y explosivas, en tanto que la artillería procedía sistemáticamente a arrasar la zona. Al cabo de unas horas, un muro de humo y llamas se alzaba de la ciudad de Danzig.

También imperaba el terror en la población. Para incitar a la resistencia, los miembros de las SS procedían a ahorcar en las ramas de los árboles a numerosos hombres. Alrededor del cuello les colgaban letreros que decían: «Soy un traidor», «Soy un cobarde», «Desertor», «He desobedecido a mi comandante». Y cuando los vehículos de los fugitivos se apiñaban en las carreteras, sus conductores eran con frecuencia arrastrados fuera de ellos y ahorcados, como advertencia para los demás. Los oficiales denunciaron en ocasiones este terrorismo, y hubo momentos en que estuvieron a punto de producirse conflictos entre los propios defensores.

Por la noche del Domingo de Ramos, 25 de marzo, frau Klara Seidler, una anciana viuda, se refugió con unos amigos en el sótano de una casa próxima de Danzig. De pronto el edificio se estremeció como por efectos de un fuerte terremoto; las luces se apagaron y sobre el grupo cayó una lluvia de escombros. La explosión derribó la puerta y comenzaron a arder los restos de la casa. El pequeño grupo, con la cara cubierta con toallas mojadas, logró salir a la calle, conduciendo cada persona la mayor cantidad posible de objetos personales. Corrieron a través de las calles llenas de humo, buscando un refugio contra la lluvia de bombas y granadas, que caían cada vez en mayor número. Hallaron varios lugares atestados, y al fin se introdujeron en una casa, al tiempo que estallaba una granada a la entrada de la misma. Llenos de pánico, salieron de nuevo a la calle, pasando sobre los cadáveres de cinco personas, y luego trataron en vano de entrar en el bunker situado en las proximidades del dique, que se encontraba atestado de gente hasta las escaleras.

Pocos minutos más tarde, el bunker recibía un impacto directo y se convertía en una hoguera. Con los vestidos y el pelo ardiendo, mucha gente salió al exterior tambaleándose y gritando. El grupo de frau Seidler abandonó todas sus pertenencias, menos el equipo de mano. Corrieron calle abajo, pasando sobre innumerables bultos y maletas, y sobre los cuerpos de muertos y moribundos. Al fin hallaron refugio junto con otras dos mil personas, en el sótano de la compañía del gas, donde permanecieron todos apiñados y llenos de terror, a lo largo de toda la noche, mientras las granadas estallaban sobre sus cabezas con aterradora regularidad.

Por la mañana, casi todos los que estaban en buenas condiciones huyeron del sótano, pero el grupo de frau Seidler permaneció allí todo el día. A medianoche se produjo un repentino silencio, y luego oyeron unas marchas militares transmitidas por altavoces. A las dos de la madrugada del 27 de marzo se oyó gritar a alguien desde la calle:

– ¿Se rinden los que están ahí abajo?

Sacaron apresuradamente un trapo blanco, que colgaron en la puerta del sótano. Pasó media hora más de tensión nerviosa, al cabo de la cual varios soldados rusos de flamantes uniformes penetraron en el refugio y cortésmente rogaron a todos que regresaran a sus casas. No habría más bombardeos. Todo había terminado.

Ante la casa de frau Seidler se detuvo un vehículo soviético y cuatro oficiales del Ejército Rojo pidieron a la viuda que les proporcionase agua. Tenían miedo de que lo demás que les ofrecían estuviese envenenado, y rechazaban el café y el té. A semejanza de los rusos que entraron en el sótano, los oficiales se mostraron correctos, y ofrecieron cigarrillos a los atemorizados civiles. Al fin, uno de los alemanes se sentó ante el piano y tocó todas las tonadas rusas que alcanzaba a recordar, en tanto las mujeres cosían los botones que faltaban en las guerreras de los militares.

Por todo Danzig los soldados rusos comenzaron a violar a las mujeres y a saquear. Los del grupo de frau Seidler estuvieron a salvo hasta que sus protectores se marcharon al anochecer. Entonces entraron numerosos soldados rusos que repetían sus frases preferidas:

– Uri, uri! Frau, komm!

Frau Seidler dijo a Inge Bart, una chiquilla de trece años, que se sentase sobre sus rodillas y aparentase ser una niña de corta edad. Ambas se salvaron, pero muchas mujeres de diversas edades fueron arrastradas fuera del piso donde estaban, para ser violadas.

Sin embargo, lo peor aún faltaba por llegar. Al mediodía comenzó de nuevo el bombardeo de la ciudad por la artillería. Aterrorizados otra vez, los componentes del grupo cogieron lo que tenían a mano y corrieron calle abajo, esquivando las paredes que se derrumbaban a su paso. Uno de los hombres, el padre de Inge Bart, recordó de pronto que había dejado olvidado su canario y regresó al piso, donde halló a varios soldados rusos borrachos que destruían los muebles mientras gritaban con voz ronca. Había un par de ellos sentados sobre el piano, golpeando en el teclado con los pies. El canario ya estaba muerto.

Bart abandonó el piso y se reunió con el grupo, que encontró un edificio al que las llamas habían respetado. Por último cesó el bombardeo y salieron al exterior, enfrentándose con otro terror. Los soldados rusos avanzaban por la calle, violando y matando a su paso. Un joven soldado que aferraba una botella de vino, arrastró a frau Seidler hacia una cabina telefónica.

– ¡La abuela es muy anciana! -suplicó ella.

Pero el soldado no le hizo caso. Cerca, una madre con tres niños pequeños trató de ocultarse en un sótano. Varios rusos se apoderaron de la mujer, y los chiquillos comenzaron a gritar:

– ¡Mamá, mamá!

Entonces un fornido soldado cogió a uno de los niños y lo lanzó de cabeza contra la pared, haciendo luego lo mismo con el segundo y el tercero. Frau Seidler nunca olvidó el horrible sonido de los cráneos al aplastarse contra la piedra.

Cuando los rusos se hubieron marchado, frau Seidler ayudó a la madre a incorporarse, pero ésta, sin fuerzas, cayó de rodillas y comenzó a gatear. Se acercó otro grupo de soldados, y ocho hombres se colocaron delante de la mujer para ocultarla, pero fue descubierta, y uno a uno los soldados la fueron violando.

Las tribulaciones de frau Seidler estaban muy lejos de haber terminado. Un polaco y su amiga observaron el anillo de oro que llevaba la anciana en un dedo. Como no saliera con facilidad, el hombre extrajo un cuchillo, con la intención de cortarle el dedo. Por fin, frau Seidler logró quitarse el anillo, y se lo entregó al polaco.

Por la noche, el grupo encontró un nuevo refugio, que no resultó más seguro que los anteriores. Se echaron de bruces, inmóviles, en tanto que los rusos vagaban por los alrededores en busca de mujeres. Todo Danzig se encontraba en llamas. El humo resultaba sofocante y los edificios se desplomaban uno a uno. El pequeño grupo halló una camioneta y decidió huir a los alrededores de la ciudad. Atravesaron las ruinas humeantes, y vieron a una mujer, medio enloquecida, que repetía incesantemente:

– ¡Mi dinero y mis joyas están en el sótano!

Siguieron adelante lentamente entre los edificios incendiados, con la garganta reseca por el calor y el humo. Costaba tener abiertos los ojos, enrojecidos por la humareda.

Al anochecer llegaron a los suburbios de la ciudad, y se echaron al suelo a dormir, a pesar de que llovía, de que luego comenzó a nevar. Pero los proyectiles de la artillería empezaron a caer de nuevo, y todos se encaminaron a una casa semidestrozada que ya estaba atestada de fugitivos. Se hallaban a salvo, aunque sólo momentáneamente, pues los rusos encontraron la casa y por todas las habitaciones repercutieron sus gritos:

– Frau komm!

Las mujeres, incluso la anciana frau Mietke, de sesenta y siete años de edad, fueron arrastradas a algunas habitaciones, donde las violaron y les mordieron salvajemente los pechos, entre el estampido de las granadas al estallar y de las ametralladoras. Esta vez frau Seidler consiguió escapar ocultándose en una cuna de niño y cubriéndose con libros y cascotes. Un ruso la descubrió y le preguntó si estaba enferma. Ella asintió y el hombre se fue, con lo que la mujer decidió seguir empleando el mismo subterfugio.

2

La situación en el Este, que empeoraba por momentos, estaba dando lugar a que lo hiciesen igualmente las relaciones entre Hitler y su comandante en dicho frente. Mientras Guderian y el comandante Freytag von Loringhoven se dirigían en automóvil desde Zossen a Berlín, en la mañana del 28 de marzo, el ayudante pensaba que la entrevista de aquel día resultaría tormentosa, pues era evidente que Guderian había llegado al límite de su tolerancia. Pensó Von Loringhoven lo lamentable que era que uno de los mejores comandantes de campo de Alemania desperdiciase su tiempo y su talento en una sala de conferencias, discutiendo nimiedades con el Führer.

– ¡Hoy voy a decírselo! -manifestó Guderian.

Lo que más le dolía eran los doscientos mil soldados alemanes que sin necesidad alguna se hallaban atrapados a centenares de kilómetros por detrás de las líneas rusas, en Curlandia.

El automóvil atravesaba en esos momentos las calles llenas de escombros de Berlín, pasando ante innumerables edificios que humeaban y cuyos muros se hallaban semiderruidos, y dejando atrás a grupos de habitantes que rebuscaban para ver si hallaban algunos restos de alimentos.

Se apearon en las proximidades de la Cancillería destruida también en parte, y poco después avanzaron a lo largo de los interminables pasillos. Por fin, un centinela les acompañó escaleras abajo, hasta una puerta con refuerzos de acero ante la cual montaban guardia dos miembros de las SS. Era la entrada de la nueva morada de Hitler: el bunker situado debajo del jardín de la Cancillería.

Bajaron otras escaleras, hasta alcanzar un estrecho corredor cuyo suelo se hallaba cubierto por treinta centímetros de agua. Cruzaron haciendo equilibrio sobre unos tablones, y llegados ante una puerta ascendieron unos pocos escalones hasta el nivel superior del bunker. El vestíbulo central de éste, que también servía de comedor, daba paso a una docena de habitaciones pequeñas.

Guderian y su ayudante cruzaron el vestíbulo y descendieron una vez más por una escalera de contorno semicircular, al final de la cual se hallaban los aposentos del Führer. Había dieciocho estancias además de un vestíbulo de entrada que se dividía en dos partes: sala de espera y salón de conferencias. En otro pequeño vestíbulo adyacente se abría una salida de escape cuyos escalones de hormigón conducían el jardín de la Cancillería. A la izquierda del salón de conferencias había una habitación de mapas, la sala de los guardespaldas del Führer, y seis habitaciones privadas que utilizaban Hitler y Eva Braun. A la derecha se hallaban las habitaciones de los doctores Theodor Morell y Ludwig Stumpfeggei (éste había sustituido al doctor Karl Brandt como cirujano del Führer), así como una sala de primeros auxilios. El bunker estaba protegido por un techo reforzado, de cuatro metros de espesor, encima del cual habían diez metros de hormigón. Esta sería la tumba de Hitler, o bien el bastión de su victoria.

Los dos oficiales fueron registrados por otros centinelas, y se les admitió al fin en la sala de conferencias, ya llena de importantes personajes. El aire estaba viciado a pesar del sistema de ventilación, cuyo monótono zumbido se difundía por todas las estancias del bunker.

Poco después se presentó Hitler con paso cansino, y la conferencia del mediodía se inició con un informe del general Busse dando cuenta de sus infructuosos esfuerzos para salvar la situación en Küstrin. Cuando Busse trató de explicar la razón de que hubiesen fracasado los tres contraataques, Hitler contestó ásperamente:

– ¡Yo soy el comandante! ¡La responsabilidad de las órdenes sólo me concierne a mí!

Esta destemplada interrupción no desconcertó a Busse, el cual ya había asistido a numerosas conferencias, junto con Von Manstein, y estaba acostumbrado a las intemperancias del Führer. Pero Guderian parecía tener menos dominio de sí mismo y dijo:

– Permítame que le interrumpa ahora a usted. Ayer le expliqué detalladamente, tanto de palabra como por escrito, que el general Busse no tenía nada que reprocharse por el fracaso del ataque a Küstrin.

Guderian parecía contener su furia en cada palabra que emitía. Luego elevó la voz y su actitud se volvió violenta.

– El Noveno Ejército empleó las municiones que le suministraron -exclamó-. Las tropas cumplieron con su deber, lo que puede comprobarse por el elevado número de bajas. ¡Por consiguiente, le pido que no acuse al general Busse!

Ante aquel ataque directo, Hitler se puso de pie con actitud amenazadora. Guderian no se dejó intimidar, a pesar de ello, y trajo a colación el tema que él y Hitler habían discutido en las últimas semanas.

– ¿Va a evacuar el Führer el ejército de Curlandia?-preguntó acusadoramente.

– ¡Jamás! -contestó Hitler, agitando su brazo derecho.

El rostro del Führer se tornó intensamente pálido, en tanto que el de Guderian enrojecía de ira. El general August Winter, delegado de Jodl, retuvo a Guderian por las ropas, mientras Burgdorf procuraba de Hitler que volviese a tomar asiento en su sillón.

Tanto Winter como Jodl trataron de apartar a Guderian de Hitler y de aplacar su furia, pero el general seguía gritando al Führer en voz alta, perdido el dominio de sí mismo. Freytag von Loringhoven temió que Guderian fuese arrestado, por lo que corrió a la antecámara y llamó al jefe del Estado Mayor General. Rápidamente explicó al general Krebs lo que estaba sucediendo, y le pidió que retuviera la comunicación. Luego volvió al salón de conferencias y dijo a Guderian que le llamaban con urgencia al teléfono. Durante los veinte minutos siguientes, Krebs habló con Guderian, y cuando éste regresó a donde se hallaban los demás, ya había vuelto a recuperar la serenidad.

Hitler estaba sentado en su sillón, con una expresión torva en el rostro, y aunque le temblaban las manos, también parecía haberse tranquilizado algo.

– Debo pedir a todos los caballeros presentes que abandonen la estancia -dijo serenamente-, a excepción del feldmarschall y el generaloberst.

Cuando Von Keitel, Guderian y Hitler estuvieron a solas, este último manifestó:

– General Guderian, el estado de su salud exige que se tome inmediatamente un permiso de seis semanas.

Guderian extendió el brazo y saludó rígidamente.

– Me iré -contestó, haciendo ademán de salir.

– Tenga la bondad de permanecer aquí hasta el fin de la conferencia -dijo Hitler secamente.

Guderian tomó asiento, y la reunión prosiguió como si nada hubiera sucedido. Después de varias horas, que parecieron interminables a Guderian, la entrevista concluyó. Pero el general aún no estaba libre. El Führer le dijo una vez más que se quedase.

– Por favor, cuídese -manifestó Hitler, con solícito acento-. Dentro de seis semanas la situación puede ser muy crítica, y le necesitaré con urgencia. ¿A dónde piensa ir?

Von Keitel sugirió un balneario del oeste alemán, como Bad Liebenstein, pero Guderian le contestó sarcásticamente que los americanos ya estaban allí.

– ¿Y qué le parece Bad Sachsa, en el Harz?-inquirió Von Keitel, con tono conciliador.

Guderian dijo que elegiría algún lugar que no cayese en manos del enemigo al menos durante las siguientes cuarenta y ocho horas. Luego saludó militarmente y acompañado de Von Keitel salió del bunker en dirección a su coche. Von Keitel mostró su satisfacción por que Guderian no se hubiera opuesto al mandato de Hitler, y ambos partieron en el automóvil.

Era ya de noche cuando Guderian llegó a su puesto de mando en Zossen.

– La conferencia ha durado muchísimo esta vez -manifestó la mujer de Guderian.

– Sí -replicó el agotado general-, y ésta será la última. Me han destituido.

A continuación, los esposos se abrazaron.

3

En aquellos momentos, por la capital de cada país neutral de Europa circulaba un rumor diferente en relación con el armisticio. Por Estocolmo se difundieron varios, todos ellos tan fantásticos que se desvanecieron rápidamente. Quizás el más original era el que aseguraba que Alemania estaba tratando de concertar la paz con Rusia, y los únicos que le prestaron crédito fueron los que estaban directamente relacionados con el asunto. Las negociaciones, en efecto, habían comenzado a mediados de marzo, cuando el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, llamó al embajador japonés en Berlín, general Hiroshi Oshima, a su despacho.

– Como político, no puedo hacer nada por mi país, en estos momentos, si no es concertar la paz con la Unión Soviética -declaró Von Ribbentrop, si bien olvidó explicar que Hitler no sabía nada del asunto-. Esto permitiría que nuestras tropas del Este concentren sus esfuerzos contra los ingleses y los americanos.

La opinión de Oshima fue que ya resultaba demasiado tarde para dar semejante paso, pero escuchó sin hacer comentarios a Ribbentrop mientras éste declaraba que como el Japón y la Unión Soviética tenían un pacto de neutralidad, la paz ruso-germana permitiría tanto a Alemania como al Japón canalizar sus esfuerzos para vencer a los británicos y americanos.

– Las conversaciones pueden llevarse a cabo en Tokio o Moscú, por intermedio de los círculos diplomáticos japoneses -prosiguió diciendo Ribbentrop-; pero será mejor evitar Tokio y Moscú.

Añadió que sería más conveniente celebrar una entrevista con Molotov en alguna otra parte, a través del general Makoto Onodera, agregado militar japonés en Estocolmo, con lo que el asunto podría arreglarse en poco tiempo.

Oshima se mostró algo escéptico, pero prometió sondear la opinión de Onodera.

El 25 de marzo, el teniente general Mitsuhiko Komatsu, agregado militar en Berlín, envió a Onodera el siguiente telegrama:

«El embajador Oshima desea sostener una franca conversación con usted. Rogamos venga a Berlín inmediatamente. La aviación alemana garantiza la seguridad de su vuelo… Por otra parte, evite que nuestro ministro en Estocolmo y Tokio se enteren de que el embajador Oshima ha enviado a buscarle.»

Tres días después, el 28 de marzo, Onodera llegó en un avión sueco a Tempelhof, y fue trasladado en automóvil hasta la Embajada japonesa. Allí conferenció con el embajador Oshima, el general Komatsu y tres funcionarios de la representación diplomática.

– Como ya sabe usted, Alemania se ve amenazada por el Este y el Oeste, y su situación es cada vez más desesperada -comenzó diciendo Oshima.

Describió luego la extraña entrevista que había sostenido con Von Ribbentrop. Su impresión era que el plan tenía pocas posibilidades de éxito, pero todos convenían en que tratándose de Stalin lo más fantástico era posible. Lo cierto es que valía la pena intentarlo, y decidieron que Onodera regresase a Estocolmo y se pusiera en contacto con el embajador soviético en Suecia.

Al día siguiente Oshima informó a Ribbentrop que Onodera había accedido a entrar en conversaciones con los rusos. Por vez primera reveló entonces Ribbentrop que Hitler no estaba al corriente del plan, y pidió al embajador japonés que no tomase ninguna decisión hasta que el Führer aprobase el asunto. Oshima regresó a su Embajada. Era cerca de la medianoche cuando le pidieron que acudiera a la oficina de Ribbentrop en seguida.

– El Führer se ha negado (kategorisch abgelehnt!) -manifestó Von Ribbentrop, lleno de excitación-, y me dijo: «Estoy plenamente convencido de que conseguiré la victoria final contra el Este y el Oeste.»

Añadió Ribbentrop, no obstante, que podía presentarse otra ocasión para negociar.

– Diga al general Onodera que tenga esto en cuenta -manifestó.

Mientras atravesaba las calles cubiertas de escombros de la ciudad, Oshima se preguntó por qué Von Ribbentrop había tenido una idea tan absurda. Pero lo que más le impresionaba era la categórica respuesta de Hitler a Ribbentrop, demostrando su fe inquebrantable en la victoria. Oshima quedó tan desconcertado ante el optimismo del Führer, que decidió informar sobre el asunto a Tokio. [31]

4

El mismo día en que Guderian fue relevado del mando, 28 de marzo, Dwight Eisenhower se preparaba para tomar una decisión, la cual resultaría una de las más trascendentales de la contienda. Los importantes acontecimientos de los dos últimos meses, hacían que el comandante supremo sintiera necesidad de estudiar de nuevo sus planes para llevar a cabo el asalto final contra le corazón de Alemania. ¿Quién hubiera supuesto, seis meses antes, que Zhukov tendría ya instaladas varias cabezas de puente al otro lado del río Oder, a sólo sesenta y cinco kilómetros en línea recta de la Cancillería del Reich? ¿Que Hoge se apoderaría de un puente intacto sobre el Rhin, o que Patton avanzaría tan arrolladoramente por el Palatinado, cruzando luego el Rhin en Oppenheim?

Eisenhower se dijo que los alemanes no podían sostenerse en Berlín más allá de unas pocas semanas. ¿Cómo iba a llegar el primero a la capital, cuando Simpson, situado en Dorsten, se hallaba aún a cuatrocientos sesenta kilómetros del centro de Berlín, y de ésta le separaban las montañas Harz y el río Elba? Por otra parte, si Eisenhower seguía con su ataque principal contra Berlín, como esperaban sus comandantes, la acción daría lugar prácticamente «a la inmovilización de las unidades a lo largo del resto del frente».

En consecuencia, había que abandonar la idea de una ofensiva contra Berlín. En lugar de ello, rodearía el Ruhr y lanzaría el ataque principal contra Munich y Leipzig. Las tropas dirigidas hacia Leipzig avanzarían para encontrase con los rusos lo antes posible, en tanto que los efectivos restantes se encaminarían hacia el sur de Baviera, y a Austria, a fin de eliminar el Reducto Nacional, donde se rumoreaba que Hitler preparaba la última y desesperada defensa. Montgomery, por su parte, en vez de encaminarse a Berlín, daría la vuelta hacia el Noroeste y tomaría Lübeck, el importante puerto del Báltico, situado justamente encima de Hamburgo, cortando la retirada a las tropas alemanas que se hallaban en Dinamarca y Noruega.

Este era el razonamiento oficial que ponía de manifiesto Eisenhower para justificar su decisión de no apoderarse de Berlín, pero también pudo haberse dejado influir por motivos de índole más personal. Sabía que algunos de los principales generales americanos -Bradley, Patton, Simpson y Hodges, en especial-consideraban que no se les había empleado en toda su capacidad desde la batalla del Bulge. Este nuevo plan permitiría hallar un motivo para trasladar la iniciativa a los norteamericanos. El avance hacia Leipzig y Munich debería ser dirigido por Bradley, y requeriría la devolución del Noveno Ejército de Simpson, una vez que el Ruhr estuviese rodeado.

Tal vez hubo otro factor que contribuyó a dar forma a los pensamientos de Eisenhower. Recientemente Churchill le había enseñado el airado mensaje de Molotov, acerca de la Operación Amanecer. ¿Qué acto más abierto y conciliador podía llevarse a cabo, que la revelación de su nuevo plan a Stalin? Ello probaría sin duda que podía confiarse en los americanos.

Fuera cual fuese la razón, Eisenhower la consideró tan importante que en la tarde del 28 de marzo envió a Stalin un telegrama personal -sin someterlo a la aprobación de los jefes militares conjuntos-, por intermedio del general Deane, que se hallaba en Moscú, el cual debía entregarlo a Stalin, y esperar una «respuesta definitiva».

Eisenhower ponía de manifiesto su decisión de lanzar el ataque principal de sus fuerzas hacia el sur de Berlín, dejando la capital a los soviéticos:

«…Antes de decidir la realización de mis planes, considero muy importante que éstos se coordinen lo más estrechamente posible con los de usted, en cuanto a dirección y fechas. Sería conveniente, por lo tanto, que me hiciera usted saber sus intenciones, así como si los fines reseñados en este mensaje se ajustan a su probable línea de acción.

»Si deseamos llevar a cabo la completa destrucción de los ejércitos alemanes cuanto antes, considero esencial que coordinemos nuestros actos y hagamos todos los esfuerzos posibles por mejorar los contactos entre nuestras fuerzas de vanguardia. Estoy dispuesto a enviarle a mis oficiales para lograr tal fin.»

Seis meses antes Eisenhower había escrito a Montgomery que Berlín era sin duda alguna el objetivo principal. «No albergo la menor duda de que debemos concentrar todas nuestras energías y recursos en un rápido avance hacia Berlín». Y hasta la noche del 28 de marzo, Montgomery siguió creyendo que Eisenhower aún pensaba de la misma forma. Luego el mariscal recibió un mensaje informándole de que tina vez que la zona del Ruhr se hubiera rendido, Simpson con su ejército debería volver bajo las órdenes de Bradley, el cual dirigiría el principal ataque aliado contra Leipzig. Por consiguiente, el papel de Montgomery desde entonces se limitaría a «la protección del flanco norte de Bradley». El mensaje de Eisenhower constituía, desde luego, un rudo golpe para el hombre que ya se encaminaba hacia Berlín con la principal fuerza aliada, y eran escaso consuelo para él las últimas palabras: «Como usted dice, la situación parece buena…»

Dos ejércitos americanos se hallaban dedicados a la tarea de rodear la zona industrial del Ruhr en un movimiento de pinza envolvente. En el extremo norte se hallaba Simpson, en el extremo sur, Hodges, y ninguno de los dos generales sabía que en cuanto se encontrasen, después de cercar por completo el grupo de ejército de Model, los deseos americanos se cumplirían: Simpson regresaría bajo el mando de Bradley, y las tropas estadounidenses llevarían a cabo el principal ataque aliado.

En la vanguardia de la pinza de Hodges se hallaba la 3.ª División Acorazada, y en cabeza de la misma, a su vez, avanzaba la Fuerza Especial Richardson. En las últimas horas de la noche del 28 de marzo, el teniente coronel Walter Richardson recibió la orden de presentarse ante el coronel Robert Howze, comandante del Comando de Combate de Reserva de la 3.ª División. Richardson se hallaba bastante descontento. Había estado luchando durante más de una semana, casi sin dormir, y aún temía que iba a perder algo más de sueño. En el puesto de mando de Howze encontró a su viejo amigo y coterráneo tejano, el teniente coronel Sam Hogan. Ambos habían luchado hombro con hombro por toda Francia, en el Bulge y por fin en la zona del Rhin.

Howze, que era por lo general un hombre parsimonioso, se hallaba en esos momentos sumamente excitado.

– Vamos a avanzar -dijo a los dos tenientes coroneles-. ¡Vamos a avanzar de verdad!

Y señaló en el mapa a Paderborn, mientras miraba significativamente a Richardson. La distancia era de más de ciento sesenta kilómetros hacia el Nordeste.

– ¿Quiere decir que vamos a llegar hasta Paderborn en un sólo día?-inquirió Richardson, sin poder dar crédito a lo que le decía Howze.

Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

– Mañana por la mañana usted sale hacia Paderborn, ¡como una flecha! Debe apoderarse de la zona del aeropuerto de Paderborn.

Luego Howze se volvió hacia Hogan y le ordenó que cubriera el avance de Richardson, desde la izquierda. La Fuerza Especial Walborn, desde otro comando de combate, avanzaría a la derecha de Richardson, siguiéndoles luego el resto de la división del mejor modo que fuera posible.

– Lleguen hasta Paderborn sin detenerse -declaró Howze, y explicó que la 2.ª División Acorazada de Simpson les esperaría allí. Con ello toda la zona del Ruhr quedaría cercada.

Este era el tipo de misión que agradaba a Richardson, quien se olvidó al momento de su cansancio… De vuelta a su puesto de mando, dijo a sus oficiales que saldrían a las seis de la mañana. Añadió que Howze le había dado una sola orden: «¡Adelante!», y que tenían plena libertad para avanzar por cualquier medio terrestre, por carretera, caminos vecinales o autopistas, con tal de que llegasen a Paderborn en un solo día. Característico de Richardson fue que se levantase a las cuatro de la madrugada y reconociese personalmente en su «jeep» cinco kilómetros delante de ellos, con el fin de que la Fuerza Especial iniciase el avance con buen impulso. Como no hallase nada anormal, regresó e inspeccionó las tropas para cerciorarse de que los vehículos tenían suficiente gasolina de reserva.

A las seis en punto de la mañana la Fuerza Especial Richardson inició el avance a cincuenta kilómetros por hora, con órdenes de rodear cualquier obstáculo que se presentase, avanzando a través de los campos, si se hacía necesario. A la cabeza marchaba un camión oruga y varios «jeeps». Luego seguía el «jeep» de Richardson y tres tanques «Sherman», atestados de equipo militar y de soldados. Seguían diecisiete «Sherman», también recargados de infantes, y luego tres grandes «Pershing» con sus descomunales cañones de 90 milímetros. Por orden, avanzaban luego los ayudantes de Richardson, una batería de cañones autopropulsados, otros diecisiete tanques «Sherman», varios tanques ligeros y una larga fila de camiones llenos de soldados, municiones y alimentos. Era una fuerza móvil experimentada, y a pesar del agotamiento general, casi todos estaban tan ansiosos por lograr su objetivo como el mismo Richardson.

Pocas novedades ocurrieron durante la mañana, mientras la columna avanzaba rápidamente hacia el Norte. Al mediodía destruyeron sobre la marcha un tren de pasajeros alemán, y luego hicieron lo propio con unas instalaciones militares de pacífico y engañoso aspecto. Cuando se vieron ante una serie de obstáculos que bloqueaban la carretera, Richardson se limitó a arrollarlos, empleando los tanques delanteros como arietes.

Poco antes del anochecer, Richardson observó el cuadro de instrumentos y vio que habían salvado ya ciento veinte kilómetros. Pero comenzaba a extenderse la niebla, y su operador de radio no podía establecer contacto. Sólo había una cosa que hacer: seguir adelante. Al entrar en Brilon, pocos minutos más tarde, Richardson recibió una orden radiada del comandante de la división, general Maurice Rose: La Fuerza Especial Richardson debería limpiar la zona de Brilon. Richardson acusó recibo del mensaje, pero como dependía de las órdenes de Howze, se limitó a seguir avanzando. Paderborn se hallaba a unos cincuenta kilómetros de distancia, todavía, y no sabía qué camino elegir. En consecuencia, siguió adelante con unos pocos vehículos, para hallar la mejor ruta, y envió al cuerpo principal de la columna a Brilon, a fin de que hiciera una rápida investigación.

Pasó otra hora más antes de que Richardson se enterase gracias a un civil que algo adelante se hallaba un buen camino hacia Paderborn, pero para entonces había tanta neblina y oscuridad, que comprendió que alguien tendría que ir delante, guiando a pie la columna. Richardson había descendido ya de su «jeep», para realizar él mismo el cometido, cuando oyó que el núcleo mayor de sus fuerzas se acercaba. Se preguntó lo que les habría retenido tanto tiempo en Brilon. Un joven teniente, que iba al mando de un pelotón, saltó del primer tanque y se aproximó a Richardson en medio de la creciente oscuridad.

– ¡Sígame! -ordenó el coronel, y comenzaron a andar carretera adelante. Richardson notó que el teniente tenía el rostro blanco como la cera, a causa del miedo. Pero no le culpó en absoluto.

Los tanques avanzaron retumbando detrás, con las luces cubiertas con trapos azules, y acercándose por momentos. Richardson avanzó rápidamente, pero el primer tanque seguía ganando terreno. Por fin le golpeó en la espalda, y Richardson se lanzó a una zanja. Como un perro fiel, el tanque le siguió. El coronel corrió de un salto a la calzada y agitó frenéticamente su linterna, pero el tanque prosiguió su marcha detrás de él. Richardson vio más atrás el segundo y el tercer tanque que hacían eses y trataban en vano de seguir al que iba en cabeza. Inmediatamente detrás vislumbró el símbolo de la Cruz Roja. ¿Qué demonios hacían las ambulancias en vanguardia? Por fin, como respuesta a sus señales con la linterna, el primer tanque se detuvo con un chirrido metálico. Se oyó un golpetazo al chocar contra el primero el segundo tanque, y poco después otros dos golpes. Richardson increpó ásperamente al conductor del primer tanque, y se volvió hacia el joven teniente.

– ¿Qué demonios le ocurre al comandante de ese tanque?-inquirió.

El teniente trepó a la torrecilla y miró adentro.

– Algo no anda bien -manifestó cuando hubo descendido-. El suelo del tanque está cubierto de champaña.

Trepó Richardson a su vez, y vio al comandante del tanque, con los ojos vidriosos, sentado en el suelo de la torrecilla y aferrando un par de botellas de champaña. El coronel saltó de nuevo al suelo.

– Guíe a los tanques por la carretera -ordenó al teniente-. Arroje afuera el champaña y mantenga abiertas todas las escotillas.

Pensó que de este modo la húmeda y fría neblina obraría benéficamente sobre los borrachos. Era evidente que la mayor parte de la columna se hallaba en las mismas condiciones. Cuando se dirigía hacia la primera ambulancia, descubrió una figura familiar que se le acercaba arrastrando los pies. Sólo podía ser el doctor «Scattergood».

– Tenernos que volver a Brilon -dijo el doctor, con gesto misterioso, y le hizo un guiño.

– Scat, ¿qué demonios pasa aquí?-inquirió Richardson, cada vez más extrañado.

– Coronel, tengo que decirle la verdad -declaró el médico, y le confesó que era él quien había descubierto un almacén lleno de champaña en Brilon.

Richardson llamó por radio a su oficial ejecutivo para que hiciese salir de Brilon inmediatamente el resto de la columna que aún se encontraba allí, aunque tuviera que disparar sobre ellos, y luego reanudó la marcha a pie por la carretera. Pocos kilómetros más adelante la niebla se disipó, y el coronel regresó a su jeep.

A medianoche volvió a observar el tablero de instrumentos y descubrió que habían avanzado ciento setenta y cinco kilómetros, pese a lo cual sus únicas bajas eran unos cuantos borrachos. Pero ocho kilómetros adelante se hallaba Paderborn, sede de una escuela de tanques y de un regimiento de relevo de las SS. Richardson ordenó detener la columna y dijo a sus hombres que comieran y se echaran a dormir unas pocas horas. A la mañana siguiente comenzaría la lucha.

5

La airada reacción de los jefes militares británicos, ante la decisión de Eisenhower, era fácilmente presumible. «Para empezar -escribió Brooke en su Diario, la noche del 29 de marzo-, no tenía por qué dirigirse a Stalin directamente, sino que debió hacerlo a través de los jefes militares conjuntos. En segundo lugar, redactó un telegrama que resultaba ininteligible. Y finalmente, lo que en él se decía carecía totalmente de base, y rectificaba todo lo que se había acordado previamente.»

Llevados por su cólera, y sin consultar a Churchill, los jefes militares británicos enviaron un extenso telegrama a los jefes americanos. Protestaron de que Eisenhower se había excedido en sus atribuciones al escribir directamente a Stalin. Y lo peor era que la decisión de cambiar el curso del ataque era un grave error político y militar. También hicieron notar que la inteligencia británica estaba muy poco preocupada con los rumores que circulaban acerca del Reducto Nacional, el cual debía dejarse de lado al establecerse los planes militares futuros.

La reacción de Marshall ante esta unánime protesta consistió en enviar un telegrama personal a Eisenhower, señalando las principales objeciones británicas, y solicitando una aclaración. Esto impulsó a Eisenhower a hacer algunas modificaciones en la nota, y telegrafió inmediatamente a Deane en Moscú preguntándole si había entregado ya el mensaje a Stalin. Eisenhower debió de sentir un profundo alivio cuando Deane contestó que aún no lo había hecho, y que esperaría hasta recibir más noticias en ese sentido.

Lo mismo que sus militares, Churchill también creyó que Eisenhower había cometido un tremendo error. Durante los primeros años de la guerra, el primer ministro británico se mostró tan impaciente como Roosevelt por aniquilar a Hitler, y en consecuencia sacrificó a veces las consideraciones políticas a la efectividad militar. Pero desde Yalta aumentó su convencimiento de que los problemas del Este adquirían una peligrosa importancia para el futuro, y que el aspecto político cobraba mayor trascendencia al aproximarse la victoria. Para él resultaba ya claro que Rusia «se había convertido en un peligro mortal para el mundo libre… que aquel frente debía quedar lo más al este posible de Europa… que Berlín era el principal objetivo de los ejércitos angloamericanos».

Por otra parte, Churchill creía firmemente que Praga debería ser liberada por los americanos, que Austria debía ser dirigida por el Occidente en iguales términos que los soviéticos, y que había de moderar las ambiciones de Tito. Y lo que era más importante, comprendía que era necesario resolver una serie de problemas importantes entre Rusia y el Oeste, antes de que los ejércitos occidentales se hubiesen disgregado.

Singular mezcla de sentimentalismo y de cinismo, Tory aristocrático con sabiduría popular, Churchill estaba demostrando ser, pese a sus manifiestos defectos, el jefe occidental que poseía un juicio más claro y ajustado a la realidad. Durante más de un mes trató una y otra vez de convencer a Roosevelt de que debían mantener una actitud firme ante las agresiones que Stalin llevase a cabo posteriormente.

«Parece que sólo hay una alternativa para evitar nuestro fracaso total en este aspecto -escribió a Roosevelt en una carta-. Y esa alternativa consiste en mantenernos fieles a la interpretación de la Declaración de Yalta… En vista de ello, ¿no es el momento de enviar un mensaje conjunto a Stalin acerca de Polonia?»

Impulsado por los repetidos ruegos de Churchill, así como por su propia irritación ante la insultante carta de Molotov, Roosevelt terminó por enviar un telegrama al primer ministro, el 29 de marzo, poniendo de manifiesto que «había llegado el momento de considerar directamente con Stalin los aspectos más importantes de la actitud soviética…», y le envió una copia del telegrama que iba a mandar a Stalin, el cual decía así:

«No puedo ocultarle la preocupación con que contemplo el desarrollo de los acontecimientos de mutuo interés, desde nuestra fructífera reunión de Yalta. Las decisiones que allí alcanzamos eran estimables, y han sido en su mayor parte acogidas con entusiasmo por los pueblos del mundo… No tenemos derecho a decepcionarlos. Pero hasta el momento ha habido una desalentadora falta de progreso en la realización -que el mundo espera- de las decisiones políticas a que llegamos en la conferencia, especialmente en lo concerniente al asunto polaco. Estoy francamente desconcertado sobre la razón de esto, y debo decirle que no alcanzo a comprender en muchos aspectos la aparente actitud de indiferencia de su Gobierno…

»Desearía manifestarle la importancia que tiene, para el desarrollo eficaz de nuestro programa de colaboración internacional, el que la cuestión polaca quedara resuelta rápida y adecuadamente. De no hacerse así, todas las dificultades y los peligros sobre la unidad aliada, que tuvimos tan presentes al concluir las decisiones de Crimea, se presentarán ante nosotros de manera mucho más aguda aún…»

Si el mensaje no era tan enérgico como Churchill hubiese deseado, al menos suponía un paso adelante, e hizo que la nota personal de Eisenhower a Stalin fuese todavía menos procedente. Era el momento de demostrar firmeza en todos los frentes.

Roosevelt envió su mensaje el mismo día en que se preparaba para ir de vacaciones a Warm Springs. Habló brevemente con cada uno de los componentes de su Gobierno. Al hacerlo con Frances Perkins, le dijo:

– Me voy a San Francisco para inaugurar la Reunión, pronunciar el discurso inaugural y recibir a los delegados social y personalmente. Luego nos marcharemos a Inglaterra -añadió con tono confidencial-. Eleanor y yo vamos a hacer una visita oficial. He esperado mucho tiempo para ello. Deseo conocer al pueblo británico por mí mismo… He dicho a Eleanor que prepare sus vestidos y que se mande hacer algunos más, a fin de que tenga realmente un aspecto agradable.

– ¡Pero está la guerra! -protestó miss Perkins-. No creo que deba hacerlo. Resulta peligroso, pues los alemanes irán tras usted.

Roosevelt colocó una mano a un lado de la boca y murmuró como en secreto:

– La guerra en Europa terminará a fines de mayo.

El presidente también conferenció con Byrnes y el general Lucius D. Clay, elegido recientemente gobernador militar delegado en Alemania. Clay, disconforme con el nombramiento, ya que deseaba luchar en el Pacífico, permaneció escuchando en silencio mientras el presidente manifestaba que se sentía satisfecho porque se enviaba a Alemania a un general que era ingeniero a la vez. Roosevelt siguió hablando de sus estudios en Alemania cuando «adquirió una profunda aversión hacia la arrogancia y el localismo germanos».

Después de la entrevista, Byrnes dijo bromeando a Clay:

– General, ha hablado usted demasiado.

– Señor magistrado, aun cuando el presidente me hubiera dado una ocasión, dudo de que le hubiese contestado, a causa de lo que me impresionó su aspecto.

– Esa observación suya me preocupa -contestó Byrnes, el cual veía a Roosevelt con frecuencia y hasta ese momento no había reparado en el rápido empeoramiento del presidente.

Cuando éste abandonaba su despacho a fin de tomar el tren que le conduciría a Georgia, el almirante Leahy marchó junto a su silla de ruedas hasta la puerta sur de la Casa Blanca.

– Señor presidente, me alegra que se vaya de vacaciones -manifestó-. También me alegra por nosotros, ya que cuando no está usted trabajamos bastante menos que cuando se encuentra aquí.

Roosevelt se echó a reír y contestó:

– Está bien, Bill; aprovéchese mientras estoy de viaje, porque cuando vuelva voy a descargar muchos asuntos en usted, y tendrá que trabajar muy duro.

En el aeropuerto de Varsovia, doce dirigentes de la resistencia polaca, que vestían un abigarrado conjunto de prendas prestadas, tales como pantalones de caza y chaquetas de ceremonia, iban ascendiendo a un avión soviético para asistir, según les habían asegurado, a una entrevista con el mariscal Zhukov en su cuartel general.

Al principio varios de los polacos se habían mostrado reacios a salir de sus escondites, pero la mayoría arguyó que la invitación de Zhukov ponía de manifiesto que Rusia deseaba ser razonable. Sólo una entrevista como aquella podría proporcionar seguridad a su país. Como muestra de buena voluntad, los soviéticos accedieron a dejar en libertad a algunos dirigentes clandestinos, entre los que se contaba Alexander Zwierzynski, jefe de los Nacionales Demócratas del ala centro derecha. También les prometieron que los ocho dirigentes más importantes serían llevados en avión directamente desde el cuartel general de Zhukov hasta Inglaterra, para que informasen al Gobierno de Londres en el exilio. Los demás polacos, desde luego, regresarían sanos y salvos a su país.

Atraídos por tales promesas, los doce polacos ascendieron al aparato soviético en Okecie, sin saber lo que les iba a ocurrir. [32] Dentro del avión encontraron, quedando sorprendidos, a Zwierzynski. Este se mostraba abatido, y les dijo que había estado en un sótano, donde le golpearon brutalmente, y que luego le habían llevado al avión. Pidió luego que le explicasen lo que estaba sucediendo.

El aparato despegó y los polacos no tardaron en comprobar que se dirigían hacia el Este. Mientras comentaban llenos de ansiedad el hecho, un joven capitán soviético de agradable aspecto les informó que se dirigían a Moscú, ya que Zhukov había sido llamado allí inesperadamente.

Algunos de los polacos tenían la seguridad de que aquello era un rapto, pero otros consideraron que era lógica una entrevista en Moscú, donde podía tratarse con los más altos funcionarios soviéticos. Por otra parte, ¿no habían cumplido los rusos su promesa de dejar en libertad a Zwierzynski?

Los motores siguieron zumbando varias horas, hasta que pareció producirse una avería y el avión planeó sobre un banco de nieve, en el que aterrizó. Después de una larga espera, varios centenares de campesinos despejaron una carretera en la nieve y el grupo fue acompañado hasta una estación del ferrocarril, y desde allí les trasladaron a Moscú, a donde llegaron con hambre y terriblemente cansados.

Zbigniew Stypulkowski, miembro del Partido Demócrata Nacional, fue colocado junto con otros dos delegados en el automóvil que iba delante. Pasaron ante el ministerio de Asuntos Exteriores, donde se dijo que iban a quedarse, y al fin los coches se detuvieron delante de un lujoso edificio de mármol, que vigilaban unos guardias del NKVD.

– ¿A qué hotel de lujo nos han traído?-inquirió impresionado uno de los delegados.

– Es una cárcel -le contestó Stypulkowski.

Se abrieron las puertas y el coche entró en un patio rodeado por paredes en las que se advertían unas ventanas cubiertas con persianas de acero.

– ¡Esto es increíble! -exclamó atónito el compañero de Stypulkowski.

Se ordenó salir del automóvil a los polacos, y cada uno de ellos fue recluido en una celda. Stypulkowski rompió el papel que les autorizaba a celebrar conversaciones con los polacos de Londres y los angloamericanos, y comenzó a tragarse los pedazos. Aunque tenía la garganta reseca, al fin pudo concluir su tarea. En ese momento entró una hermosa muchacha que le dijo en tono perentorio:

– Rozdiewatjes! (¡Desnúdese!)

Como Stypulkowski se quitase sólo el abrigo y el sombrero, la muchacha golpeó impaciente con el pie en el suelo, y repitió:

– ¡Le he dicho que se desvista!

El polaco se quitó la camisa, ella le volvió a gritar y él se quitó los pantalones. Después de un detenido examen de cada uno de sus órganos, la chica preguntó:

– ¿Tiene sífilis?

Como él le respondiera negativamente, la rusa se marchó de la estancia. Se presentó a continuación un miembro del NKVD, el cual cortó todos los botones de las ropas de Stypulkowski, le rompió el forro del sombrero y desgarró las suelas de los zapatos, para ver si ocultaba algo. Después que le hubieron quitado el anillo, el reloj y la cartera, un guardia le ordenó que se vistiera. Le trasladaron entonces a otra celda, a lo largo de un largo corredor, donde fue sometido de nuevo a una detenida inspección. Por fin le llevaron al último piso, donde le introdujeron en una celda de paredes verde oscuro. Era la celda número 99, y el ventanuco de la misma daba a un sombrío patio…, el patio de la prisión de Lubianka.

– Esta es su nueva casa -dijo el guardia, y cerró con llave la puerta.

6

Al tomar la decisión de permitir que el Ejército Rojo tomase Berlín, Eisenhower consideró que soslayaba el aspecto político, insistiendo en que se basaba en motivos puramente militares, lo cual siguió afirmando incluso cuando se cumplió la profecía de Patton y alcanzó la suprema magistratura de Estados Unidos. Mas lo cierto es que Eisenhower obraba justamente al revés. Los acontecimientos militares que se desarrollaron durante la primavera de 1945, tuvieron una consecuencia más profunda aún que la derrota de Alemania, que ya podía considerarse como un hecho consumado.

La actuación de Eisenhower había quedado condicionada por la singular evolución del cuerpo militar americano. Antes de la guerra éste había sido un pequeño grupo altamente profesionalizado, que se preocupaba exclusivamente de la amenaza militar contra Estados Unidos, sin tener en cuenta alianzas ni amistades políticas. Bien al margen de la concepción civil, los militares sólo tenían un propósito: la seguridad militar de la nación, y su tarea consistía en preparar defensas contra los posibles enemigos, tanto del futuro como del presente. Su actitud, en relación con la política extranjera, se basaba exclusivamente en el principio de si ésta beneficiaba o perjudicaba a la seguridad militar del país. En resumen, los militares realizaban sus funciones tradicionales, sin tener en cuenta la política ni la opinión pública.

Durante los meses que precedieron a Pearl Harbour, los militares se mostraron moderadamente prácticos al considerar la utilidad que a largo plazo representaba el establecimiento de un poder de equilibrio en Europa y Asia. Aconsejaron al presidente que actuara con prudencia y evitase cualquier roce con el Japón o Alemania. Al mismo tiempo, Hopkins, Ickes, Morgenthau y el secretario de Guerra, Henry Stimson, exhortaban a Roosevelt para que acudiese en ayuda de Inglaterra. Una y otra vez los militares se mostraron opuestos a cualquier acto agresivo que pudiera tener como consecuencia una guerra en dos frentes. Pero Roosevelt se dejó al fin convencer de que el mundo sólo podría salvarse con la intervención norteamericana, y a pesar de que los militares propugnaban abstenerse de toda «precipitada acción militar», en otoño de 1941 Estados Unidos entró en guerra contra el Japón.

De pronto, los generales y almirantes adquirieron un poderío insospechado, al depositar en ellos los dirigentes civiles, de buen grado, una serie de responsabilidades sin precedentes hasta el momento. El secretario de Estado, Cordell Hull, dijo a Stimson en tal ocasión:

– Me lavo las manos de todo esto, que queda ahora al cuidado de usted y de Knox, del Ejército y la Marina.

Stimson, por su parte, manifestó que su deber en esos momentos era «apoyar y defender a sus generales».

Poco antes de Pearl Harbor, y durante la primera conferencia angloamericana, que bajo el nombre de «Arcadia» se celebró en Washington, se acordó crear un mando unificado. Así nació la Jefatura de Estados Mayores Conjuntos, que estaba compuesta por los jefes de Estado Mayor británico, y por sus equivalentes norteamericanos. Los ingleses ya estaban organizados, pero los americanos, comprendiendo que también debían presentar un frente común para no verse dominados por los británicos, crearon el Estado Mayor Unificado, que se integró con la Jefatura del Estado Mayor del Ejército, el Comando General de las Fuerzas Aéreas, y la Jefatura de Operaciones Navales. Pocos meses más tarde se añadió a dicha organización un cuarto miembro: el almirante Leahy, como representante del presidente, quien, además de haber sido un antiguo camarada de armas durante la Primera Guerra Mundial, era el hombre que tenía más contactos personales con Roosevelt, a excepción de Hopkins.

Al tiempo que la contienda se generalizaba, el Estado Mayor unificado fue adquiriendo una mentalidad cada vez más política, lo cual se debió a sus estrechas relaciones personales con Roosevelt, al cual, como comandante en jefe, y a semejanza de Churchill, le satisfacía el trato directo con los jefes militares de sus fuerzas armadas.

Fue Harry Hopkins quien «descubrió» a Marshall y le recomendó como jefe del Estado Mayor del Ejército. Al comienzo Hopkins sirvió como enlace entre Marshall y el presidente, pero hacia 1943 el jefe del Estado Mayor del Ejército se había ganado la confianza de Roosevelt y no necesitaba ya intermediarios.

Con un acceso tan directo a la suprema magistratura de la nación, Leahy y Marshall tenían un control casi completo de todos los asuntos militares. Stimson y Frank Knox, los ancianos secretarios de Guerra y Marina, respectivamente -ambos del Partido Republicano-, ni siquiera se reunían con el Estado Mayor Unificado y Roosevelt. Su influencia fue desvaneciéndose poco a poco, hasta pasar a las manos de sus subsecretarios, Patterson y Forrestal.

También el Departamento de Estado enmudeció. Cierto es que sus funciones tenían que ver con la diplomacia, y no con la fuerza, pero durante la guerra dicho departamento limitó su atención sobre todo a los países neutrales, a los aliados de menor importancia y a establecer los planes para una nueva organización mundial. Roosevelt ni siquiera permitió que el secretario de Estado, Cordell Hull, asistiese a las reuniones militares de importancia.

«A partir de Pearl Harbour, no intervine en las reuniones relacionadas con asuntos militares -escribió Hull, manifiestamente agraviado-. Ello se debió a que el presidente no me invitaba a tales conferencias. Yo le planteé el asunto en varias ocasiones… Le pregunté donde iban a desembarcar las tropas, y los caminos que iban a tomar a través del continente europeo para derrotar a Hitler, pero ése era un tema que nunca estudió conmigo el presidente, ni ninguno de sus funcionarios militares más importantes, si bien más tarde se me informó con prontitud acerca de la decisión a que se había llegado. No me dijeron nada, en cambio, respecto a la bomba atómica.»

Por otra parte, la influencia de Marshall y Leahy siguió aumentando hasta tal punto que sólo en muy raros casos se rechazaron sus consejos. Ello ocurrió una vez en 1942, en relación con la invasión del norte de África, y de nuevo en 1943 respecto a la ofensiva del océano Índico. En ambas oportunidades Roosevelt había aprobado las recomendaciones del Estado Mayor Unificado, pero luego cambió de parecer, a causa, más que nada, de la influencia británica. En definitiva, las decisiones importantes de la guerra corrían a cargo de Roosevelt, Hopkins y el Estado Mayor Unificado. Esto tuvo una consecuencia curiosa, cual era que los militares fueron introduciéndose cada vez más en los asuntos de índole política.

Al tiempo que el Estado Mayor Unificado adquiría mayor poder y alcance, apoyaba sin reservas la política del Gobierno, en la que tenía una influencia tan considerable. El Estado Mayor Unificado británico, en cambio, seguía conservando sus características militares, discrepando a veces violentamente del punto de vista del Gobierno, hasta que se llegaba a una decisión. Sólo entonces accedían a respaldar a Churchill.

Hasta el momento, los jefes militares americanos habían aceptado casi siempre la manera de conducir la guerra de Roosevelt. [33] En realidad, más que soldados eran ya militares-estadistas, que compartían los mismos puntos de vista que los civiles. Eran como perros de presa a los que se hubiese castrado. El Estado Mayor Unificado estaba en relación tan estrecha con Roosevelt que instintivamente sabía lo que éste pretendía, y cribaba cuidadosamente sus ideas antes de presentárselas, con lo cual no podían originarse grandes discrepancias. En otras palabras, el equilibrio entre los puntos de vista de los civiles y los militares se hallaba alterado, al no existir una representación genuinamente militar.

«Puede que el presidente se haya opuesto sólo en unas pocas ocasiones -escribió el capitán T. Kittredge, de la sección histórica del Estado Mayor Unificado-, pero ello se debió a que sus conversaciones con Leahy, Marshall, King y Arnold permitían a éstos conocer por adelantado el punto de vista del presidente. Los antedichos reconocieron con frecuencia las ventajas que tenía el aceptar las sugerencias del presidente, dándoles una interpretación personal, en lugar de correr el riesgo de presentarle proposiciones que aquél no iba a aceptar.»

Así pues, en nombre de la rapidez y la armonía -una armonía un tanto peligrosa- el Estado Mayor Unificado dejaba de cumplir su función básica, que consistía en aconsejar al presidente desde un punto de vista estrictamente militar. Habían llegado a dejarse influir a tal extremo por la opinión pública, que consideraban las operaciones militares, en primer lugar, desde el punto de vista de que originasen la menor cantidad de bajas posibles.

Como era de suponer, el Estado Mayor Unificado reconoció que Rusia iba en cambio a convertirse en la potencia dominante de Europa, a pesar de lo cual en la Conferencia de Quebec celebrada en 1943, no sólo votaron por la ayuda a los soviéticos, sino que propugnaron realizar «todos los esfuerzos posibles» para lograr su amistad. Y un año más tarde se mostraron de acuerdo con Roosevelt en que la colaboración entre los Tres Grandes podía contribuir a restablecer el equilibrio del poder en Europa. Declararon que la política nacional básica «debería procurar mantener la solidaridad entre las tres grandes potencias… debiendo esperarse que se lograrían acuerdos destinados a evitar futuros conflictos mundiales».

Si bien este deseo de armonía con Rusia se originaba en la esperanza de conseguir ayuda de ésta para vencer al Japón, el razonamiento era tan idealista como el que los mismos hombres hubiesen tenido cinco años antes. El Estado Mayor Unificado había eludido su responsabilidad militar fundamental: promover antes que nada la seguridad de la nación para el futuro.

Esta conciencia pseudomilitar no condujo a la victoria final, sino que dio lugar a una paz armada e inquieta. El Estado Mayor Unificado debió haber advertido al presidente de que siempre habría lucha por el poder, entre las potencias; de que las alianzas sólo eran temporales, y que el aliado de hoy podía ser el enemigo de mañana, o viceversa; de que la política europea y asiática, por penoso que resultase, sería un factor a considerar, inevitablemente, durante muchos años.

Sin embargo, no podía culparse del todo al Estado Mayor Unificado. Sus componentes se veían obligados a cambiar sus puntos de vista a causa del pueblo americano. Si hubiesen insistido en que objetivos tan poco militares como la rendición incondicional y la colaboración con Rusia debían ser rechazados, o al menos atenuados, habrían corrido el riesgo de ser apartados del mando. Estados Unidos exigía una victoria total y un mundo nuevo y valeroso. Y las aspiraciones y los logros de Roosevelt contaban con el apoyo entusiasta de la mayor parte de la nación.

Capítulo once. La bolsa del Ruhr

1

La totalidad del Frente Occidental alemán se hallaba a punto de derrumbarse. En el sur, el Grupo de Ejército G, de Hausser, había quedado dividido por Bradley, mientras que en el Norte el Grupo de Ejército H, del generaloberst Johannes Blaskowitz, estaba siendo arrollado por Montgomery. Ello significaba que tres de los ejércitos de Eisenhower -el de Simpson, el de Hodges y el de Patton- podían concentrar sus esfuerzos demoledores sobre las tropas del centro, integradas por el Grupo de Ejército B, que se hallaba al mando de Model.

Ante la inminencia del desastre, los tres comandantes de grupo rogaron al comandante del Frente Occidental, Kesselring, que les permitiese retirarse en masa. Pero Kesselring se veía obligado a mantener las directrices de Hitler -resistir a toda costa-, y les aseguró que cada día que seguían sosteniéndose en el Rhin, significaba un «fortalecimiento del frente». Para los comandantes, en cambio, cada día en el Rhin suponía la pérdida inevitable de más tropas y material. El comandante del centro, Model, no cejó en sus demandas en momento alguno, pero Kesselring siguió negándose con la misma insistencia, afirmado que Model debía retener la importante zona del Ruhr.

El 29 de marzo, Model hizo un resumen de la situación en que se hallaba, y lo envió por teletipo a Kesselring. En él manifestaba que su misión de contener al enemigo de la cabeza de puente de Remagen, evitando los avances americanos en la orilla más próxima del río, había fracasado. Proseguir con aquella defensa, por consiguiente, era algo absurdo, «ya que dicha defensa no podía contener a las fuerzas enemigas». Por lo tanto, se imponía una nueva misión, pues una unidad acorazada americana – la Fuerza Especial Richardson- había aparecido repentinamente sin saberse de dónde, y se hallaba en los alrededores de Paderborn. Si no se aniquilaba a esta fuerza, el Grupo de Ejército B se vería rebasado por el flanco. Model pidió autorización para atacar hacia el Este con el LIII Cuerpo de Infantería, desde un punto situado a unos sesenta kilómetros al oeste de Paderborn. Esto seccionaría la punta de lanza americana, aislándola del resto de las fuerzas, y dejándola sin suministros ni refuerzos. Kesselring dio su aprobación, y Model ordenó al comandante del LIII Cuerpo que atacase al día siguiente, 30 de marzo. [34]

Entretanto, Richardson preparaba en vanguardia su ataque contra Paderborn, sin sospechar que los alemanes se disponían a atacar sesenta kilómetros por detrás de él, dejándole aislado del cuerpo principal de la 3." División Acorazada. Con las primeras luces del alba, Richardson se puso en marcha. El cielo aparecía cubierto de nubes. En los cruces de las carreteras, los tanques alemanes «Panter» dejaron fuera de combate a los dos primeros tanques de Richardson, y tres kilómetros después, en un pueblo situado a sólo cinco kilómetros de Paderborn, una apreciable fuerza de «Panters» y «Tigres» surgió en el camino de la caravana, atacándola con furia.

Después de una breve y cruenta escaramuza, tanto los alemanes como Richardson se retiraron. Se hallaban en posición de tablas: ninguna de las dos partes podía maniobrar sin sufrir considerables daños. Richardson llamó por radio solicitando la ayuda de la aviación para atacar a los alemanes, que se escondían detrás de una colina, pero lo cubierto del cielo impedía una acción aérea. Desesperado ante la necesidad de municiones y gasolina, Richardson volvió a pedir que le enviasen suministros por medio de un lanzamiento aéreo.

– No hay aparatos disponibles -fue la lacónica respuesta que recibió.

Poco después Richardson recibió otra noticia aún peor: los alemanes habían lanzado un ataque relámpago sesenta kilómetros más atrás de su retaguardia, y estaban a punto de dejarle aislado del grueso de las tropas.

Desde ese momento Richardson sólo podía desear que los alemanes que tenía al frente no se decidiesen a atacar. Al menos parecían tenerle el mismo respeto que él les tenía, y no intentaron nada. Pero al anochecer Richardson tuvo que enfrentarse con otro problema: el general Maurice Rose, comandante de la 3." División Acorazada, se dirigía a inspeccionar la Fuerza Especial Richardson y deseaba que alguien fuera a buscarle. Richardson comunicó que no disponía de un solo jeep de más.

– ¡No manden al general Rose por aquí! -manifestó, y cortó bruscamente la comunicación.

Rose se hallaba a unos ocho kilómetros a la derecha de Richardson, detenido momentáneamente en la Fuerza Especial Welborn. El coronel John Welborn había sido informado unos momentos antes de que la aviación acababa de destruir cuatro tanques en vanguardia, y avanzó confiadamente. Durante algunos kilómetros no sucedió nada, pero cuando los americanos se adentraban entre unas colinas de faldas abruptas, surgió de pronto un fuego intenso y preciso de piezas de 88 milímetros, que castigó sobre todo la cabeza de la columna. Los cuatro «Tigres» supuestamente destruidos se hallaban en perfectas condiciones. Sólo habían recibido el impacto de bombas de napalm, que no parecían haberles afectado gran cosa. Welborn y sus tres primeros tanques avanzaron sin inconvenientes hasta un desfiladero, pero los siete siguientes cayeron como indefensas codornices. El general Rose, hijo de un rabino judío, era un comandante impetuoso. Tenía un rostro sincero y agradable, y solía vestir pantalones de montar y botas relucientes. Se hallaba a un kilómetro de los tanques incendiados, y después de enterarse de que los tres primeros habían pasado con éxito, solicitó por radio ayuda de la Fuerza Especial Doan, que le iba siguiendo. Pero siete u ocho «Tigres» alemanes acababan de aparecer por el Sudeste, cortando la retirada a la Fuerza Especial Welborn y bloqueando el avance de Doan. Esta nueva unidad alemana había dejado ya fuera de combate a un tanque pesado y a varios vehículos de transporte de tropas. A excepción de los tres primeros tanques, la Fuerza Especial Welborn se hallaba totalmente rodeada por el enemigo. Enfrente se hallaban cuatro «Tigres», visibles sobre una colina a un lado de la carretera, y detrás había por lo menos otros siete, disparando y acercándose poco a poco a la columna. Y a ambos lados la infantería alemana se hallaba oculta entre los árboles, esperando el momento de actuar.

Al anochecer, después de que el último avión «P-47» americano hubo partido, un grupo de nueve «Tigres», con tres de ellos a la cabeza, salió repentinamente de entre los árboles que había delante y a la izquierda, y avanzó despacio hacia la carretera, ametrallando a los vehículos que hallaban a su paso. Rose y su comitiva estaban atrapados, con tanques alemanes al frente y detrás, que destruían sistemáticamente todo lo que se les ponía por delante. La única luz que había en el campo de batalla, en esos momentos, procedía de los vehículos americanos incendiados. Ningún movimiento era aconsejable en esas circunstancias, pero a pesar de todo, era necesario salir de allí.

El coronel Frederic Brown, comandante de la artillería de la división, tuvo la impresión de hallarse «ante una vívida escena del Infierno de Dante». Aconsejó a Rose que avanzase por entre los bosquecillos de la izquierda, a pesar del fuego de armas ligeras, con el fin de rodear los tanques que bloqueaban la retaguardia. Pero Rose señaló que no había disparos de tanques en vanguardia, por donde Welborn había avanzado, probablemente debido a la retirada de los cuatro tanques alemanes. Por consiguiente, manifestó que le parecía más seguro ir hacia la derecha, alejándose de la luz que despedía la columna incendiada, para luego reunirse más adelante con los efectivos de Welborn. En consecuencia, el grupo del general -dos jeeps y un vehículo blindado, seguidos de un mensajero en una moto- se desvió de la línea de tanques en llamas para dirigirse hacia donde se hallaba Welborn. Un kilómetro y medio más adelante llegaron a un cruce. Hacia la derecha podía verse la oscura silueta de uno de los tanques. La columna de Rose se alejó de la carretera principal, que conducía hacia la Fuerza Especial Richardson, y avanzó hasta donde se hallaba el tanque. Este aparecía inutilizado y abandonado. De pronto se inició una descarga de armas ligeras desde los árboles adyacentes. El grupo de Rose volvió rápidamente a la carretera principal, y siguió hacia donde se encontraban los efectivos de Richardson. El jeep del coronel Brown, que conducía éste, iba en cabeza; luego seguía el del general Rose, el camión blindado y la motocicleta.

Los cuatro vehículos iniciaban el ascenso de una colina cuando Brown advirtió la presencia de un gran tanque que se dirigía hacia ellos en la oscuridad.

– Ahí viene uno de los nuevos tanques de Jack -dijo, creyendo que la oscura forma era uno de los nuevos «Pershing» de Welborn. Pero conforme el tanque se iba acercando, el coronel Garton, que iba en el jeep de Brown, advirtió los dos escapes del vehículo a diferencia de los «Pershing», que sólo tenían uno. Era un «Tigre», y Garton tuvo la certeza de que detrás venían otros.

– ¡Son «Tigres»! -gritó a Brown-. ¡Fuera de la carretera!

Brown siguió aún un trecho más y pasó ante otros dos «Tigres» alemanes. Los tres primeros tanques germanos no se dieron cuenta de que estaban pasando ante un grupo de enemigos, pero el cuarto comenzó a avanzar para interponerse en el camino de Brown. Este condujo el «jeep» hasta colocarlo detrás de un árbol, y trató de averiguar si el general Rose también se había apartado de la carretera. En ese momento se aproximó un quinto tanque alemán. Brown se lanzó hacia la derecha y se detuvo en medio de un prado. Detrás, los tanques alemanes comenzaron a disparar, y los ocupantes del jeep descendieron apresuradamente del mismo y se dirigieron corriendo hacia los árboles.

El jeep de Rose, que conducía T. Shaunce, y en el que iba también el ayudante del general, comandante Robert Bellinger, pasó sin novedad ante el segundo «Tigre», pero se vio bloqueado por el tercero. Rose y los demás saltaron a la carretera. Los cañones del tanque les siguieron amenazadoramente. Luego un alemán asomó la cabeza por la torrecilla, hizo una señal con una pistola, y dijo algo que no entendieron.

– Creo que quiere nuestras armas -dijo Rose.

Bellinger y Shaunce se desabrocharon los cinturones de las pistoleras, pero Rose, que estaba entre ambos, tuvo que agacharse para hacerlo.

De pronto surgió un fogonazo y Rose cayó muerto sobre la carretera. En la semioscuridad, el comandante del tanque alemán había interpretado mal los movimientos del general. Shaunce saltó inmediatamente detrás del tanque, fuera de su línea de fuego, y Bellinger lo hizo en dirección opuesta, arrojándose a una cuneta. Atrajo sobre él todo el fuego del vehículo alemán, pero por milagro no le acertaron. Luego corrió hasta internarse en el bosque. Shaunce tenía una pierna rota, pero también consiguió huir. En cambio, la dotación del camión blindado y el oficial de operaciones de la división, teniente coronel Wesley Sweat, se vieron rodeados por los alemanes.

Los supervivientes de la primera emboscada todavía seguían dispersándose por los campos. Mientras corrían, se iban aligerando de las pistolas «Luger», los relojes y otros objetos que habían quitado a los alemanes prisioneros. Sin embargo, sus temores eran infundados en la mayor parte de los casos. Muy pocos eran los alemanes que tenían deseos de venganza, o de dar caza a los americanos.

Aquella misma noche, los sargentos Bryant Owen y Arthur Haushchild, mientras huían por el bosque, fueron a dar de pronto con un centenar de soldados alemanes que les acogieron levantando las manos en señal de rendición. Los dos sargentos se turnaron para vigilar a sus prisioneros. Owen había dormido muy poco durante la semana anterior, y descabezó algún sueño durante sus períodos de descanso, pero casi siempre le despertaba un alemán que le exhortaba a que se mantuviera vigilándoles. Al amanecer, Owen y Haushchild condujeron a sus prisioneros por una senda del bosque deseando interiormente que fuera aquélla la dirección conveniente. Después de varios kilómetros de marcha llegaron ante el refugio de un centinela. Dentro vieron a un soldado, pero no pudieron precisar si se trataba de un americano o un alemán.

– ¡Dios santo! -exclamó al fin el centinela, en inglés, al ver aquella partida de alemanes. Owen se sintió tentado de darle un abrazo.

En cuanto los dos sargentos hubieron entregado los prisioneros a un oficial, recibieron la orden de regresar para recuperar el cadáver del general Rose. Les llevó cerca de una hora encontrarlo en la carretera. Sin duda los alemanes no se habían dado cuenta de que dieron muerte a un comandante de división, Los mapas y los libros de códigos seguían en su jeep, lo mismo que los del camión blindado. [35] La pistola del «45» de Rose se hallaba aún en su pistolera, y Owen la recogió para entregársela a la familia del muerto. Rebuscaron un poco por el jeep y el vehículo blindado hasta que hallaron una manta. Envolvieron con ella a Rose, colocaron su casco sobre el pecho del cadáver y comenzaron a trasladarlo hacia retaguardia. Cuando se acercaban a las líneas americanas, un segundo teniente les preguntó qué estaban haciendo. Cuando se lo dijeron, el teniente les criticó por tratar los restos de un general tan poco respetuosamente. Owen, que tenía varios amigos muertos en la carretera, le contestó de mala manera, y más tarde tuvo que presentarse ante un tribunal militar.

2

El 30 de marzo, Bernard Baruch, que acababa de llegar desde Norteamérica en misión especial, se alejaba de Londres en coche, atravesando la campiña inglesa, verde con la primavera, mientras escuchaba a Churchill hablar con afecto de Roosevelt y Hopkins, dos buenos amigos.

Varios días antes Hopkins había ido a ver a Baruch a las habitaciones que éste ocupaba en un hotel de Washington, y le señaló una serie de problemas de posguerra que Roosevelt tendría que solucionar con Churchill. Hopkins dijo que ni él ni John Winant, el embajador en Londres, había podido «ablandar» al primer ministro, por lo cual Roosevelt se preguntó si Baruch sería capaz de influir sobre su viejo amigo.

Baruch fue entonces a ver el presidente para recibir instrucciones más precisas, y Roosevelt pareció al principio estar únicamente interesado en considerar la Operación Amanecer y las inesperadas y sospechosas reacciones soviéticas. Pero al fin el presidente fue directamente al grano. Quería que Baruch viera a Churchill para que le sondease sobre «diferentes problemas relacionados con la paz». Procuró Baruch obtener más detalles, pero no lo consiguió, por lo que tuvo la sensación de que Roosevelt estaba «demasiado fatigado para tomar decisiones». En un punto, sin embargo, se mostró Roosevelt decidido.

– Sería un gesto muy favorable -manifestó- el que los británicos devolviesen Hong-Kong a la China.

Baruch no estaba de acuerdo en este punto, pero indicó que transmitiría de todos modos el mensaje.

– ¿Quiere una carta para Winston?-preguntó Roosevelt.

– No necesito carta alguna -contestó Baruch-. De este modo, más tarde podrá usted desmentir mis palabras, si lo desea.

Después de algunas recomendaciones de Stettinius, Arnold, Leahy y King, se traslado Baruch a Inglaterra en el avión personal del presidente, aparato que él había designado con el apodo de «La vaca sagrada». En el momento que se relata, hallándose en camino hacia Chaquers, Baruch preguntó a Churchill:

– ¿Qué son esos rumores de que tiene usted dificultades con los muchachos de allá?

A continuación inquirió a Churchill sobre el motivo de su oposición a la UNESCO. El primer ministro le contestó que la consideraba como una organización ineficaz.

– ¿Puede provocar algún daño?

– No, pero tampoco producirá ningún beneficio.

– En tal caso, ¿por qué no darle el gusto al presidente?

Antes de que llegasen a Chequers, Churchill había accedido a apoyar al presidente de Estados Unidos, que en definitiva también le respaldaba a él.

En otro aspecto, Churchill había recibido un mensaje de Eisenhower que a su entender revelaba una completa falta de comprensión de lo que significaba la amenaza rusa en la posguerra, El telegrama era una respuesta a una llamada telefónica personal de Churchill en la que éste ponía en tela de juicio la conveniencia de eludir la toma de Berlín. Eisenhower contestó exponiendo de nuevo sus argumentos y reafirmó su determinación de dejar la capital alemana a Stalin, encaminándose hacia el Este, sólo «para estrechar las manos a los rusos, o para alcanzar una línea general a orillas del Elba».

Los jefes militares británicos recibieron casi simultáneamente un mensaje aún más inquietante. Era la respuesta del Estado Mayor Unificado americano a la condena a la nueva decisión de Eisenhower por parte de los jefes británicos. Se manifestaba en la nota que Eisenhower era «el mejor juez de las medidas que ofrecían la posibilidad más rápida de destruir los ejércitos alemanes y su poder de resistencia», y que tal concepción estratégica era «juiciosa desde el punto de vista de aniquilar a Alemania lo más rápidamente posible, por lo que recibiría pleno apoyo». Por consiguiente, no había la menor duda: los jefes militares americanos se hallaban sólida y agresivamente alineados al lado de Einsenhower.

En Reims, Eisenhower aún seguía explicando a Marshall la razón de que no se hubiese decidido a tomar Berlín. No se trataba de un «cambio fundamental de estrategia», [36] pues Berlín no podía considerarse ya como un objetivo de especial importancia. Por otra parte, afirmó Eisenhower, su nuevo contraataque hacia el sur de la capital provocaría «una caída más rápida de Berlín… que si se diseminaban los esfuerzos».

Eisenhower se mostró aún más definido con Montgomery, en relación a Berlín, como lo demuestra el siguiente telegrama que le envió:

«…Dicho lugar (Berlín) se ha convertido, por lo que a mí respecta, en un simple punto geográfico, que nunca ha llegado a interesarme. Mi propósito consiste en destruir las fuerzas del enemigo y su poder de resistencia.»

Al día siguiente, 31 de marzo, Churchill redactó una nota destinada a los jefes militares británicos, señalando los errores que habían en el impulsivo mensaje que enviaron a los militares americanos sin haberle consultado antes a él. En general, estaba de acuerdo con ellos, afirmó Churchill, pero hizo notar que «sólo una cuarta parte de las fuerzas que invaden Alemania son nuestras, y la situación ha cambiado notablemente desde junio de 1944… En resumen, creo que el telegrama provocará una reacción airada por parte de los jefes de Estado Mayor de Estados Unidos»…

Antes de enviar su mensaje, recibió una copia de la enérgica respuesta de los militares americanos, que respaldaban resueltamente a Eisenhower, por lo que Churchill añadió lo siguiente a su misiva: P. S. Lo anterior fue dictado por mí antes de haber leído la respuesta de los jefes de Estado Mayor americano. También envió una contestación al mensaje de Eisenhower del día anterior. Con notable sentido de anticipación, Churchill objetaba cada uno de los argumentos de Eisenhower, y terminaba con unas palabras que iba a omitir en su propio libro.

«…No comprendo cuál es la ventaja de no cruzar el Elba. Si la resistencia del enemigo se debilita, como sin duda espera usted, ¿por qué no cruzar el Elba y avanzar todo lo posible hacia el Este? Tiene esto un motivo político importante, ya que los ejércitos soviéticos del Sur parece que van sin duda a tomar Viena, dominando a Austria. Si deliberadamente les dejamos Berlín, aun cuando éste se halle a nuestro alcance, la doble circunstancia puede hacerles creer, con mayor firmeza, que ya hemos hecho cuanto podíamos hacer.

»Por otra parte, no considero que Berlín haya perdido su valor militar, y mucho menos el valor político. La caída de Berlín tendrá una profunda repercusión psicológica sobre la resistencia alemana, en cualquier lugar del Reich. Mientras Berlín continúe resistiendo, serán muchos los alemanes que considerarán un deber seguir luchando. La idea de tomar Dresde para unirse con los rusos allí, no me seduce. Los departamentos del Gobierno alemán que se hayan trasladado al Sur, podrán hacerlo más al Sur, todavía. Pero mientras Berlín siga bajo la bandera alemana, no dejará de ser, en mi opinión, el punto más importante de Alemania.

»Por consiguiente, preferiría mucho más que se continuase con el plan trazado en el momento de cruzar el Rhin, a saber, que el Noveno Ejército de Estados Unidos avance con el Grupo de Ejército 21 hasta el Elba, y siga hacia Berlín. Esto no irá en desacuerdo con la gran ofensiva central que con tanto acierto está usted llevando a cabo como resultado de las brillantes operaciones de sus ejércitos al sur del Ruhr. Sólo se lanza el peso de un ejército sobre el flanco norte, lo que evita que las fuerzas de Su Majestad queden relegadas a un plano secundario.»

En Moscú, aquella misma noche, el general Deane y Harriman, junto con sus colegas británicos, se dirigieron al Kremlin y entregaron a Stalin los textos en ruso e inglés del largamente retenido mensaje de Eisenhower acerca de Berlín. Después de haberlo leído, el mariscal mantuvo el rostro tan imperturbable como de costumbre. Dijo que el plan «parecía bueno», pero que no podía comprometerse hasta no haber consultado con sus jefes militares. Luego preguntó si Eisenhower tenía algo previsto con relación al avance hacia el centro de Alemania.

– No -contestó Deane

Quiso saber a continuación si el ataque secundario del Sur se llevaría a cabo en Italia o en el Frente Occidental, y Deane le contestó que tenía entendido que se realizaría en el Frente Occidental.

Stalin inquirió si podían confirmarle los informes soviéticos que calculaban la presencia de sesenta divisiones alemanas en el Frente Occidental.

Los americanos contestaron que habían contado sesenta y una divisiones.

A su última pregunta sobre si los alemanes contaban con grandes reservas en el Frente del Oeste, los norteamericanos le contestaron negativamente.

Harriman inquirió a su vez qué tiempo reinaba en el Este.

– Ha mejorado bastante -respondió Stalin.

– ¿Creen ustedes que el plan para comenzar las operaciones a fines de marzo es todavía válido?-preguntó Harriman.

– La situación es aún mejor de lo que yo había previsto -replicó Stalin, y explicó que las lluvias habían sido tempranas aquel año y que los caminos empezaban a ser practicables. Siguieron hablando durante un tiempo acerca del frente oriental, hasta que Stalin, que había estado pensando en el mensaje relativo a Berlín, dijo de pronto:

– El plan de Eisenhower para la ofensiva principal es muy adecuado, y cumple con el importante objetivo de dividir a Alemania por la mitad.

También declaró que era favorable para la reunión de las tropas americanas con el Ejército Rojo. Tras manifestar que él, al igual que Eisenhower, consideraba que los alemanes llevarían a cabo su última resistencia en las montañas de Checoslovaquia o de Baviera, aseguró a sus visitantes que les entregaría al día siguiente la respuesta al mensaje del comandante supremo aliado. Era indudable que Stalin se mostraba satisfecho.

Mientras tanto, en Inglaterra, Brooke, que regresaba a su casa después de un día de pesca, en compañía de Mountbatten, se encontró con un mensaje del primer ministro, en el que se le notificaba que los jefes militares deberían reunirse en Chequers al día siguiente.

Por lo tanto, el fin de semana se le había aguado a Brooke, quien tuvo que partir hacia Chequers en la mañana del 1.° de abril. Durante dos horas, los militares y Churchill conferenciaron acerca de la decisión de Eisenhower. Brooke manifestó que, a su entender, todo el asunto, incluida la transferencia de Simpson a Bradley, se «debía a las aspiraciones nacionales y al deseo de asegurar que el esfuerzo de Estados Unidos no fuera a desperdiciarse bajo el mando británico». Pero el grupo comprendió que nada podía hacerse, y sacó en conclusión que las explicaciones de Eisenhower ponían en claro que «no había grandes cambios» en sus planes, a excepción de que el principal fin del avance era Leipzig, en lugar de Berlín.

Concluida la entrevista, los jefes militares redactaron una contestación, que Brooke calificó como «una nota bastante incorrecta de los jefes americanos». Churchill, entretanto, envió un extenso telegrama a Roosevelt. Era conciliador en el fondo, y se declaraba en él que las dos naciones eran «los mejores camaradas que jamás habían luchado juntos como aliados», pero Churchill seguía haciendo hincapié en que la agresiva naturaleza del comunismo debería ser puesta al descubierto y refrendada inmediatamente, por cualquier medio posible

«…Le digo con toda franqueza que Berlín sigue teniendo la mayor importancia estratégica. Nada ejercerá mayor efecto psicológico, ni producirá más desesperación en las fuerzas alemanas que aún resisten, que la caída de Berlín. Esta será la señal definitiva de la derrota, para el pueblo germano. Por otra parte, si se permite que la capital quede asediada por los rusos, en tanto la bandera alemana ondea sobre las ruinas, seguirá animando la resistencia de todos los alemanes que empuñan las armas. Hay también otro aspecto que usted y yo debemos considerar adecuadamente. Los ejércitos soviéticos no vacilarán en invadir Austria y en ocupar Viena. Si también entran en Berlín, ¿no sacarán en conclusión que han sido los principales forjadores de la victoria, lo cual daría lugar a grandes dificultades en el futuro? Considero, por lo tanto, que desde el punto de vista político debemos avanzar todo lo posible hacia el este de Alemania, y que si Berlín se halla al alcance de nuestras tropas, debemos ocuparla. Esto también parece aconsejable desde el punto de vista militar…»

Ese mismo día, horas más tarde, Brooke escribía en su Diario: «Es una lástima que las operaciones militares se hayan visto afectadas por el nacionalismo de los aliados… Pero, como dice Wiston, "sólo hay una cosa peor que luchar con aliados, y es luchar sin ellos"».

Brooke se hallaba de un talante extrañamente complaciente, pero Eisenhower se encontraba íntimamente afectado cuando contestó al último mensaje de Churchill. Y lo que más le preocupaba eran las últimas palabras del primer ministro. Tras insistir en que «no había cambiado ningún plan», y que la única diferencia era acerca de las fechas, Eisenhower continuaba:

«Me disgusta, o más aún, me duele, que sugiera usted cualquier intención por mi parte de «relegar a las fuerzas de Su Majestad a un plano secundario». Nada se halla más lejos de mi intención, y creo que mi gestión a lo largo de dos años y medio de mando sobre las fuerzas aliadas debe bastar para eliminar tal idea. Dejando de lado este punto, no veo en modo alguno cómo el prestigio del Segundo Ejército británico, y de los ejércitos canadienses, puede verse afectado por el hecho de que el Noveno Ejército, avanzando dentro de su zona, quede bajo el control de Bradley, hasta que me aseguren que nuestra retaguardia está lo bastante despejada, y que el avance hacia Leipzig se lleva a cabo con éxito…» <strong>[37]</strong>

«Como es lógico, si en algún momento las condiciones de "Eclipse" <strong>[38]</strong> adquieren un buen cariz en cualquier lugar del frente, avanzaremos rápidamente y Lubeck y Berlín quedarán incluidos en nuestros objetivos más importantes.»

Si bien los ingleses estaban disgustados con Eisenhower, el otro aliado de Estados Unidos se hallaba más que contento. Aquel mismo día el general Deane entregó al comandante supremo un telegrama personal y secreto de Stalin, que decía lo siguiente:

«Su proyecto de dividir las fuerzas alemanas uniendo las tropas soviéticas con las americanas, coincide por completo con los planes del Alto Mando soviético.»También estoy de acuerdo con usted en que el lugar para la reunión de las fuerzas debe ser la zona Erfurt, Leipzig, Dresde. El Alto Mando soviético considera que el golpe principal de las fuerzas soviéticas debe ser lanzado en esa dirección.

»Berlín ha perdido su antigua importancia estratégica. Por consiguiente, el Alto Mando soviético proyecta enviar fuerzas secundarias hacia Berlín.»

Resultaba muy significativo que Stalin emplease el mismo argumento que Eisenhower sobre la carencia de importancia estratégica de Berlín, para ocultar sus propias intenciones, ya que Zhukov, entretanto, se hallaba dando los últimos toques al ataque final y en gran escala contra Berlín.

3

El Domingo de Resurrección, algunos prisioneros de guerra aliados estaban siendo trasladados a pie hacia el interior, desde los frentes de batalla de Baviera. Otros quedaron en sus campamentos o prisiones, esperando ser liberados por los angloamericanos o los rusos, y lo había también que acababan de ser puestos en libertad por los soviéticos, aunque los libertados por éstos distaban mucho de sentirse libres. Para la mayoría, sin embargo, el día tenía un significado especial, no desprovisto de emotividad, ya que la liberación parecía hallarse a un paso de ellos.

El grupo que procedía de Hammelburg se hallaba descansando, después de haber salvado casi un tercio de la distancia que les separaba de Nuremberg. Su mayor temor lo ocasionaba los propios aviones americanos. Estos picaron en varias ocasiones sobre la columna para ametrallarlos, pero descubrieron a tiempo unos trapos que los prisioneros habían tendido como señal en el suelo. Pero, ¿cuánto tiempo les seguiría ayudando la suerte?

A las once de la mañana, el padre Cavanaugh celebró misa en una pequeña y antigua iglesia de un pueblecito. La iglesia estaba dedicada a San José, y era el primer templo católico que pisaba el padre desde su captura en el Bulge. Revestido con las pesadas vestiduras del cura del pueblo, el padre Cavanaugh comenzó a celebrar la misa ante los ochenta hombres que se apiñaban en el interior de la iglesia.

– Queridos feligreses -dijo-, éste es el día en que el Señor resucitó. Alegrémonos profundamente por ello… Durante los cuatro días pasados hemos sufrido con Jesucristo, que estuvo representado en los crucifijos que flanquearon nuestro camino…

«También tenemos mucho que pedir a Nuestro Señor; tenemos que pedirle que nos siga protegiendo, que nos libre del pecado y que nos ayude a ser mejores.»

Las lágrimas se deslizaban por muchas curtidas mejillas, y hasta el mismo sacerdote tenía los ojos húmedos.

– El Domingo de Resurrección es una fiesta de paz -prosiguió el padre-. De paz entre Dios y los hombres; de paz entre las naciones, de paz en la política, en el hogar, en el corazón de cada criatura de Dios. Ofrezcamos esta Misa, y la Sagrada Comunión, por que la paz pueda volver cuanto antes a nuestro mundo.

Los soldados que se hallaban recluidos en el campamento Stalag IIA, al norte de Berlín, no tenían la menor duda de que la paz se hallaba cerca, para ellos. Sus guardianes les trataban consideradamente, y no como prisioneros, y pasaban por alto hechos que anteriormente hubieran dado lugar a severos castigos. El domingo anterior, mientras se celebraba la misa en presencia de varios guardias, el padre Sampson se inclinó sobre el púlpito -en el interior del cual se hallaba oculta la radio del campamento- y dijo:

«Buscad el reino de los cielos, y todo lo demás se os dará por añadidura.»

Fue como si hubiera dicho «Sésamo, ábrete». La puertecilla del púlpito se abrió de improviso, pues había olvidado asegurarla por dentro, y la radio clandestina cayó dando tumbos al suelo. Mientras el azorado sacerdote colocaba de nuevo la radio en su anterior sitio, toda la congregación comenzó a reírse a mandíbula batiente. Los guardias, en cambio, permanecieron impávidos, como si nada hubiera sucedido, y no informaron del incidente al comandante de la prisión.

Si bien, en el Domingo de Resurrección, los centinelas iniciaron débiles protestas cuando millares de prisioneros de diferentes nacionalidades comenzaron a congregarse en un gran patio alrededor de un altar improvisado. El padre Sampson y los demás sacerdotes habían preparado una misa al aire libre, sin informar siquiera de ello al comandante. Sampson jamás había celebrado ante tantos fieles, excepto durante un Congreso Eucarístico nacional. El sermón, que fue dicho en francés, inglés, italiano y polaco, fue sencillo pero aleccionador: allí, en el campamento de prisioneros, no había discusiones, odios o intrigas originadas por la lucha por el poder. Había un rey, al que todos amaban y obedecían, y en tal amor y obediencia hallaban la felicidad y la libertad anhelada.

4

El 31 de marzo, a media mañana, el desesperado contraataque de Model había logrado abrir una cuña de trece kilómetros de profundidad en la 3.ª División Acorazada americana, dejando aisladas a las fuerzas especiales de Richardson y Hogan. Collins, el comandante del cuerpo que comprendía a la 3.ª División, aún no estaba al corriente de este hecho, y sólo sabía, por boca de algunos prisioneros, que los alemanes iban a lanzar un contra-ataque contra el flanco izquierdo de sus tropas. En consecuencia, Collins hizo una llamada telefónica a un viejo amigo, el general Simpson. Collins necesitaba ayuda urgente, y no vaciló en recurrir a un ejército perteneciente a otro grupo que no era el suyo. El 281.° Grupo de Ejército de Montgomery debía encontrarse con el 12.° grupo de Bradley cerca de Paderborn, pocos días después, lo cual terminaría por cerrar la bolsa del Ruhr. Pero Collins informó a Simpson que Monty avanzaba muy lentamente, y que la unión debía hacerse antes, si querían evitar que los alemanes escapasen hacia Paderborn.

– Estoy preocupado, Bill -dijo Collins-, pues mis fuerzas se extienden demasiado y se debilitan.

Pidió luego a Simpson que le enviase un comando de combate de la 2.ª División Acorazada hacia Paderborn.

Simpson accedió sin consultar con Montgomery, y al anochecer, su 2.ª División Acorazada comenzó a dirigirse hacia el Sudeste. Cerca de la cabeza de la columna se hallaba el primer teniente William Dooley, comandante de la Compañía E, del 67.° Regimiento Acorazado. No tenía idea de que se hallaba cumpliendo una misión trascendental, y tampoco sabía con exactitud hacia dónde se dirigía. Únicamente le habían ordenado que avanzase rápidamente hasta Lippstadt, una ciudad situada a treinta y cinco kilómetros al este de Pederborn. Reinaba una oscuridad impenetrable, y aunque de vez en cuando podía oír algún disparo en la lejanía, no notaba nada anormal. Del Sur llegaba el estampido regular de los cañones del Ruhr, donde se estaba librando una batalla decisiva. Los disparos eran tan potentes que hacían estremecer a los mismos tanques.

Pero la Compañía de Dooley sólo se enfrentó con disparos aislados de armas cortas, y a las seis de la mañana del Domingo de Resurrección, después de una marcha por carretera de ochenta kilómetros, llegaron a las afueras de Lippstadt. La infantería descendió con aire cansino de los camiones oruga, limpió de enemigos las primeras casas, e inició la marcha hacia el centro de la ciudad. En ese momento hizo su aparición un tanque alemán, que disparó sobre el tanque americano que marchaba en cabeza. La granada rebotó sobre el lado derecho de la torrecilla, y el tanque alemán huyó. Más adelante, los americanos se encontraron con una serie de bloques de hormigón apilados en la carretera, y los mismos civiles alemanes unieron sus esfuerzos para dejar expedito el camino, apartando los obstáculos. El segundo teniente Donald E. Jacobsen, jefe del primer pelotón, recibió la orden de avanzar hacia la ciudad. Una escuadra de infantería había quedado aislada en el interior de un hospital y necesitaba ayuda. Jacobsen cargó su pelotón sobre unos tanques, e inició el avance. En cuanto su fuerza se aproximó al hospital, unos treinta y cinco soldados alemanes se adelantaron, con las manos en alto, y fueron subidos a los tanques. Entonces Jacobsen atravesó la ciudad, buscando alguien con quien luchar. Desde lejos vio algunos tanques que se acercaban desde el Este. Cuando se preparaba para hacer fuego, reconoció los «M-5» de la Tercera División Acorazada.

Era en esos momentos la una de la tarde. Todo el grupo de ejército de Model, integrado por unos trescientos mil soldados, acababa de quedar cercado dentro de la última zona industrial de Alemania, [39] pero para los americanos que llevaron a cabo la histórica reunión, fue un día distinto. Se lanzaron unos a otros alegres pullas y se sintieron sumamente satisfechos al saber que no tendrían que luchar por la ciudad.

Jacobsen no comprendió el significado de lo que había ocurrido, hasta que fue entrevistado por un grupo de fotógrafos y corresponsales congregados al lado de una iglesia. Entonces no pudo dejar de pensar lo poco que sabían los hombres que realmente se hallaban en lo más arduo de la lucha.

Lo que más seguía preocupando a Churchill, aquel día, era la decisión de Einsenhower de dejar Berlín a los rusos. El primer ministro temía que la discusión terminase en algo serio, si no se la cortaba de raíz. A pesar de ello no se decidía a dejar de lado el tema. En consecuencia, decidió enviar a Eisenhower un telegrama razonable y amistoso:

«Le agradezco de nuevo su atento telegrama… Me siento abrumado, sin embargo, ante la importancia que tiene entrar en Berlín, la cual puede quedar abierta para nosotros por la réplica que Moscú le dio a usted, y que en el párrafo tercero dice: «Berlín ha perdido su antigua importancia estratégica.» Eso debe ser considerado según lo que dije acerca del aspecto político de la cuestión. Juzgo sumamente importante que estrechemos las manos a los rusos lo más al Este que sea posible…»

Pero este mensaje no produjo mayor efecto en Eisenhower que los anteriores, ya que el comandante supremo se hallaba totalmente abocado a su plan, y creía firmemente en las ventajas que el mismo tenía desde el punto de vista militar.

Cuando Kesselring regresó a su cuartel general, situado en los bosques de Turingia, su jefe de Estado Mayor, Westphal, le informó que había llegado una nueva orden procedente del cuartel general del Führer. Model tenía que defender el Ruhr hasta el último hombre, sin tratar de retirarse bajo ninguna circunstancia.

Kesselring apenas si pudo dar crédito a la orden. ¿Acaso no sabían en el cuartel general del Führer que en el Ruhr sólo quedaban alimentos para dos o tres semanas? Por otra parte, Eisenhower podía no tener interés estratégico en el Ruhr, y buscar su objetivo hacia el Este.

El Frente Occidental había dejado de ser un frente de guerra. Blaskowitz, en el Norte, se hallaba hecho trizas. Hausser, en el Sur, no estaba en mejor situación, y los restos de sus tropas se diseminaban en medio de la mayor confusión. En cuanto a Model, en el centro estaba sentenciado. El frente de Kesselring se había evaporado en su totalidad. Desde ese momento sólo podía tratar de retrasar lo irremediable.

Bormann estaba escribiendo a su mujer otra vez, desde hacía muchos días, pintándole la desesperación que se cernía sobre Berlín como una nube tormentosa. Aseguró a su «bien amada» que el comandante del Ejército de Viena era «tan deplorablemente malo que sólo podía esperarse allí lo peor», y por consiguiente le aconsejaba que se preparase a trasladarse desde el Obersalzberg al Tirol. «Me hace sentir triste e irritado a la vez, el que por el momento no tenga nada más alegre de que escribirte -terminaba diciendo Bormann-. Procuraré subsanarlo cuando lleguen los ansiados días de la paz.»

Pero algunos alemanes aún se resistían a enfrentarse con la realidad del desastre. Himmler sostenía que la situación militar no era desesperada.

– Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por la nación alemana, pero la guerra debe proseguir -manifestó a sus dos visitantes, el conde Bernadotte y Schellenberg, durante una entrevista que duró cuatro horas-. He dado mi juramento de lealtad al Führer, y ese juramento me compromete totalmente.

– ¿No se da cuenta de que Alemania ha perdido la guerra? -inquirió Bernadotte-. Una persona que se halla en su posición, con responsabilidades tan considerables, no puede obedecer a un superior ciegamente, sino que debe tener el coraje de tomar decisiones que beneficien a su pueblo.

Himmler permaneció en silencio, pensativamente. No se movió hasta que le llamaron al teléfono un minuto más tarde. Se puso de pie y abandonó rápidamente la estancia, como si le alegrase tener una excusa para alejarse de Bernadotte. Schellenberg se mostró satisfecho de que su jefe hubiera recibido aquella pequeña lección, y exhortó al conde a que presionase a Himmler aún más.

Pero cuando Himmler regresó, Bernadotte se limitó a hablar de su propia misión, y pidió que todos los daneses y noruegos fueran trasladados rápidamente a Suecia.

Un gesto de aprensión apareció en el rostro del reichsführer, que dijo:

– Personalmente accedería complacido a su petición, pero tal vez no me sea posible hacerlo.

A continuación cambió de tema repentinamente y reconoció que el Gobierno alemán había cometido una serie de fatales errores.

– Fue un error no habernos mostrado sinceros con Inglaterra. Por lo que a mí se refiere, bien, ya sé que me consideran como el hombre más cruel y sádico que existe. Pero sólo quiero hacer constar una cosa: jamás he vilipendiado públicamente a los enemigos de Alemania.

– Si no lo hizo usted, Hitler lo ha hecho por ambos -contestó Bernadotte-. ¿Qué fue lo que dijo…? «Aniquilaremos a cada una de las ciudades inglesas.» Por consiguiente, ¿puede sorprenderle que los aliados bombardeen sistemáticamente las poblaciones alemanas?

Al día siguiente de la unión de las tropas norteamericanas en Lippstadt, y del hundimiento de la bolsa del Ruhr, Hitler admitió al fin, durante una «conversación privada», que la derrota total no sólo era posible, sino muy probable.

– Incluso con esta perspectiva -añadió-, no se desvanece mi fe invencible en el futuro del pueblo alemán. ¡Cuánto más suframos, más gloriosa será la resurrección de la Alemania eterna! Aunque manifestó que no podría vivir en una Alemania sojuzgada, quiso dar algunas «normas de conducta» para aquellos que sobreviviesen. Les aconsejó que respetasen las leyes raciales que se habían establecido, y que mantuviesen indisoluble la unión entre todas las razas germanas.

Luego profetizó que de la derrota alemana sólo surgirían dos grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética.

– Los factores históricos y geográficos impulsarán a esas dos grandes potencias a una competencia de fuerzas, bien en el terreno militar, en el de la economía o en el campo ideológico. Estos mismos factores hacen inevitable que ambas potencias se conviertan en las enemigas de Europa.

«También es igualmente cierto que las dos potencias, llegado un determinado momento, juzgarán conveniente obtener el apoyo de la única gran nación que quedará en Europa, y que no será otra que el pueblo alemán. Yo afirmo con todo el énfasis de que soy capaz, que los alemanes deben evitar a toda costa el papel de pieza secundaria en cualquiera de los dos campos.» [40]


  1. <a l:href="#_ftnref19">[19]</a> No era su verdadero nombre.

  2. <a l:href="#_ftnref20">[20]</a> Las opiniones varían considerablemente en cuanto al número de víctimas. Algunos alemanes consideran que la cifra obtenida en el juicio de Nuremberg, 5.700.000, resulta totalmente exagerada. Gerald Reitliger afirma que el número pudo oscilar entre 4.194.200 y 4.581.200 víctimas.

  3. <a l:href="#_ftnref21">[21]</a> Según el doctor Kleist, Kaltenbrunner ya trataba de negociar la paz en 1943, "cuando resultaba muy peligroso considerar tales ideas. Kaltenbrunner hizo todo lo que pudo por ayudarme en las negociaciones con Gilel Storch, y lo que retrasó el asunto varios meses fue la intervención de Schellenberg".El doctor Kleist considera que Schellenberg quería impedir que negociasen Ribbentropp Y Kaltenbrunner, para su beneficio personal, "Era sencillamente lo que llamamos un characterschwein". Storch recientemente escribió: "En relación con el papel de Schellenberg… el conde Bernadotte y yo le prometimos que podría refugiarse en Suecia…"

  4. <a l:href="#_ftnref22">[22]</a> Mucho después Kruschev dijo a Harriman: "Sé que usted conoció bien a Stalin y que le tenía cierta consideración. Por consiguiente, debe saber que en los últimos años se fue haciendo cada vez más receloso. Cuando entrábamos en su despacho, no sabíamos si saldríamos vivos o si devolverían nuestros restos a la familia. Los hombres no pueden vivir de esa forma."

  5. <a l:href="#_ftnref22">[23]</a> Philip Moseley, representante de Estados Unidos en la E.A.C. y uno de los observadores más autorizados del panorama soviético, considera además que "la actuación dominante en la política soviética bien pudo haber pasado del Ministerio de Asuntos Exteriores… a las manos de los poderosos ministerios económicos -propensos a impedir cualquier ventaja económica para Alemania- y también a las de la policía secreta, responsable directa ante el Politburó del control soviético en las zonas ocupadas".

  6. <a l:href="#_ftnref24">[24]</a> Se hizo trabajar como falsificadores a 160 internados del campo de concentración de Schsenhausen. El fin de la Operación Bernhard era doble: perjudicar la economía británica, y proveer nuevos fondos para las operaciones de las SS. Probablemente se hayan producido unos ciento cincuenta millones de libras esterlinas en billetes de cinco, diez y veinte libras.

  7. <a l:href="#_ftnref25">[25]</a> A principios de mayo de 1945, se cargaron en dos camiones numerosos sacos de billetes falsos, con el fin de trasladarlos fuera de Redl-Zipf. Pero ambos vehículos se descompusieron casi al mismo tiempo. Uno fue devuelto intacto a la Wehrmacht, y el contenido del otro fue lanzado al río Traun. Diez días más tarde, sin embargo, los sacos se abrieron, y centenares de miles de billetes de Banco aparecieron flotando en el río Traunsee, de donde los sacaron los naturales de la región y los soldados americanos. Este descubrimiento sensacional llevó a los investigadores norteamericanos hasta el segundo camión, y a unos veintiún millones de libras esterlinas en billetes.

  8. <a l:href="#_ftnref26">[26]</a> El general del Ejército Rojo Andrei Andreevich Vlasov acusó a Stalin tres semanas después de su captura, ocurrida en 1942, y ayudó a los alemanes a movilizar un millón de prisioneros rusos, que pasaron al servicio de Hitler. Sin embargo, su principal interés consistía en abolir el comunismo, y no en apoyar el nacional-socialismo, por lo cual el Führer no dejaba de tenerle recelo.

  9. <a l:href="#_ftnref27">[27]</a> El día D tomaron tierra en Normandía 17.255 soldados aerotransportados, entre británicos y americanos.

  10. <a l:href="#_ftnref28">[28]</a> Campamento de prisioneros de las Filipinas, liberado poco antes por MacArthur.

  11. <a l:href="#_ftnref29">[29]</a> Casi un mes antes, tres oficiales americanos que se habían escapado atravesando Polonia y Rusia Occidental, dijeron al general de división John Deane, jefe de la misión militar de Moscú, que Waters y otros americanos eran conducidos hacia el Oeste por los alemanes. Deane telegrafió el dato a Eisenhower, el cual lo hizo saber a Patton.

  12. <a l:href="#_ftnref30">[30]</a> Poco tiempo después de haber abandonado Baum la localidad de Gemünden, llegó un grupo encabezado por Ernest Lagendorf, a quien le dijeron que ayudase a Baum en la ciudad. Lagendorf no tenía idea de que se encontraba cincuenta y seis kilómetros detrás de las líneas enemigas. El grupo, de tres hombres y una emisora, lanzó llama- das en alemán, y no tardaron en rendirse trescientos soldados germanas. Lagendorf les dijo que esperasen a la próxima unidad americana, y regresó a su unidad sin haber disparado un solo tiro… y sin saber que había estado varias horas en territorio enemigo.

  13. <a l:href="#_ftnref31">[31]</a> Aunque Oshima informó a su país de estos tanteos de paz, su mensaje no fue registrado, y el informe que dio se revela ahora por vez primera. Fue confirmado por el general Onodera.

  14. <a l:href="#_ftnref32">[32]</a> Unas horas antes, otros tres jefes del movimiento clandestino polaco hablan sido secuestrados por los soviéticos y conducidos en avión a Moscú.

  15. <a l:href="#_ftnref33">[33]</a> En marzo de 1944, sin embargo, Marshall y los demás jefes de Estados Unidos habían procurado sin éxito que Roosevelt restableciese los términos de rendición incondicional.

  16. <a l:href="#_ftnref34">[34]</a> Resulta curioso que en la noche del 29 de marzo el general Von Zangen, del 15.0 Ejército, y su Estado Mayor, quedaran aislados del grueso de sus tropas, que formaban parte del grupo de ejército de Model. Entre Von Zangen y sus efectivos se hallaba la mayor parte de la 3.ª División Acorazada del general Rose, que seguía a Richardson, Hogan y Welborn. Zangen se ocultó en los bosques con unos doscientos vehículos, hasta que la última columna de Rose hubo pasado. Esperó un poco, y luego se unió a la misma columna americana, empleando las luces de oscurecimiento. Rodeado de efectivos americanos, Von Zangen permaneció en la columna durante varias horas angustiosas. Por fin, cerca de Brilon, abandonó a los americanos y se internó por un camino comarcal. Pronto se encontró ante Model, que, incrédulo, exclamó: "¿Cómo, está usted aquí?"

  17. <a l:href="#_ftnref35">[35]</a> En algunos periódicos aliados se dio la noticia de que Rose había sido "asesinado" por los nazis porque era judío. Nada hace presumir que esto fuera verdad.

  18. <a l:href="#_ftnref36">[36]</a> La reacción británica ante la decisión de Eisenhower indica que resultaba un gran cambio, al menos para ellos. También sería una noticia sorprendente para cierto número de comandantes de campo americanos.

  19. <a l:href="#_ftnref37">[37]</a> Este párrafo ha sido extraído en su totalidad de la obra de Churchill Triumph and Tragedy, y no aparece en la de Eisenhower Crusade in Europe.

  20. <a l:href="#_ftnref38">[38]</a> La Operación Eclipse fue fundamentalmente un plan general para sostener la administración de Alemania tras el brusco colapso de la capitulación. Iniciada antes del desembarco en Normandía, con el nombre de Operación Talismán, se encargó al Primer Ejército Aerotransportado aliado de preparar los planes para operar contra Berlín o Kiel. El proyecto pretendía apoderarse de los aeropuertos cercanos a Berlín y Kiel, por medio de unidades de paracaidistas. Si bien hasta el fin de la guerra hubo la posibilidad de que el XVIII Cuerpo Aerotransportado de Ridgway efectuase un lanzamiento sobre Berlín, la Operación Eclipse se refería más bien a otros asuntos menos militares, como los términos del armisticio, el desarme, el desplazamiento de habitantes, los prisioneros de guerra y los tribunales germanas. En abril de 1945 no parecía probable que Alemania se rindiese antes de estar totalmente ocupada, y el Alto Mando aliado dijo que no habría cambios en los planes de la Operación Eclipse.Pocos días antes de esta decisión, los ejemplares británicos del texto de "Eclipse" llegaron sin saberse cómo al cuartel general de Kesselring, quien los hizo traducir y enviar a Hitler, junto con un mapa en que Alemania aparecía dividida en zonas de ocupación, y otro indicando a Berlín como un enclave dentro de la zona rusa, pero con división en sectores de Gran Bretaña, Estados Unidos y Rusia.

  21. <a l:href="#_ftnref39">[39]</a> La Bolsa del Ruhr recibió posteriormente el nombre del general Rose, en honor del militar americano caído en combate.

  22. <a l:href="#_ftnref40">[40]</a> Esta fue la última de las "conversaciones privadas" de Hitler. Quince días después, el 17 de abril, los documentos fueron llevados fuera de Berlín, para ponerlos a salvo.