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TERCERA PARTE. El Este y el Oeste se encuentran

Capítulo primero. «O-5»

1

La última jugada de Hitler en el Sudeste había fracasado. La ofensiva de Sepp Dietrich, que pretendía escindir primero y aniquilar después a las tropas de Tolbulkhin, comenzó con una acción desesperada, y terminó en el más completo desastre.

El grupo de combate del teniente coronel SS Fritz Hagen, después de sustraer gasolina a otra unidad, llevó a cabo un profundo avance a través del lodo y las ciénagas del centro de Hungría, pero después de cuatro días, y de un recorrido de setenta y dos kilómetros, sus tanques de vanguardia aún se hallaban a treinta y dos kilómetros del Danubio. Cuando Hagen informó de su posición le preguntaron qué demonios hacía tan lejos de los demás, y en seguida le ordenaron que se retirase.

– ¿No sabe usted que los rusos están atacando en dirección a Viena?-le preguntaron.

Hagen se mostró disgustado, y aún lo estuvo más cuando se enteró de que en el momento en que Dietrich comenzaba su ataque, Tolbukhin lanzaba el suyo, mucho más potente aún. Consecuencia de ello fue que la mayor parte del Sexto Ejército Panzer de Dietrich quedó destruido en el tremendo encuentro. Los supervivientes fueron retirados apresuradamente, en un desesperado intento por detener el avance de Tolbukhin hacia Viena.

Hagen se retiró con los veinticinco tanques que le quedaban, a una posición que denominaba la autopista de Budapest a Viena. Por allí avanzó la vanguardia de Tolbukhin con tan temerario descuido, que los tanques «Panzer» alemanes, a pesar de estar escasos de municiones, dejaron fuera de combate a 125 grandes tanques «Stalin».

Cuando Dietrich avanzaba por el Nordeste, hacia Viena, se vio obligado a alejarse del Sexto Ejército del general Hermann Balck, para situarse a su derecha, y el 1.° de abril Tolbukhin envió una potente fuerza acorazada a la brecha que había quedado abierta.

Con su flanco totalmente desguarnecido, Balck dijo sarcásticamente al general Woehler, comandante del Grupo de Ejército Sur:

– Si la Leibstandarte (la selecta división Adolf Hitler, de Dietrich) no puede resistir, ¿qué van a esperar de nosotros? La transcripción de este comentario irritó considerablemente a Hitler, quien exclamó:

– ¡Si mi propia Leibstandarte no es capaz de mantenerse firme, les considero incapaces de llevar mi emblema personal!

Y ordenó a Keitel que enviase a Dietrich el siguiente telegrama:

«El Führer juzga que las tropas no han luchado como lo exigía la situación, y ordena que las divisiones Adolf Hitler, Das Reich, Totenkopf y Hohenstaufen, sean despojadas de sus brazaletes.»

Según se afirma, después de leer esto, Dietrich, que había reunido a sus comandantes, lanzó el telegrama sobre la mesa y dijo:

– ¡He aquí vuestra recompensa por todo lo que habéis hecho durante estos últimos cinco años!

Luego contestó a Hitler que prefería pegarse un tiro antes que llevar a cabo semejante orden, y le remitió sus medallas. En realidad, Dietrich no se mostró irritado con el Führer; estaba plenamente seguro de que le habían informado mal, por lo que decidió desobedecer la orden. Algo, sin duda, que muy pocos comandantes hubieran osado hacer.

De todos modos, el contenido del mensaje de Hitler se divulgó entre los oficiales. Cuando Hagen se enteró, mostróse totalmente desconcertado. Hitler era su ídolo, y nunca podría olvidar el momento en que, con otros veinte oficiales alemanes, fue recibido por el Führer en la Cancillería del Reich. Hitler estrechó maquinalmente las manos que le tendían, pero después de haber pasado ante el arrogante ejemplar de soldado que constituía Hagen, el Führer giró en redondo y volvió a estrecharle la mano entre las dos suyas, mientras le observaba fijamente con sus penetrantes ojos grisáceos. Desde ese momento, Hagen hubiera dado con gusto su cabeza por el Führer.

El desconcierto de Hagen se convirtió en irritación. Llamó a sus oficiales y dijo:

– Traed un orinal; pongamos en él las medallas y atemos alrededor la cinta de la División Goetz von Berlichingen. [41]

Pero la ira se fue desvaneciendo, y el Grupo de Batalla Hagen regresó al combate.

Malinovsky y Tolbukhin avanzaban al mismo tiempo hacia Austria. Por el norte, Malinovsky se vio frenado de pronto por unas escarpadas colinas, pero Tolbukhin siguió avanzando por la carretera principal, y el 30 de marzo estaba próximo a la frontera austríaca, que distaba sólo sesenta y cuatro kilómetros de Viena.

2

Durante el año anterior se habían constituido por toda Austria numerosos grupos de resistencia. A comienzos de 1945, el comandante Carl Szokoll, oficial de Estado Mayor de la Wehrmacht, de nacionalidad austriaca, se presentó ante un grupo conocido como «el Comité de los Siete». Este comité estaba constituido por dirigentes civiles de la resistencia austríaca, de todas las facciones políticas, unidos por su odio común a los nazis. Szokoll les dijo que el éxito de un levantamiento en Austria dependía de la estrecha colaboración entre los grupos de resistencia civiles y militares, y reveló que había formado un fuerte grupo clandestino de patriotas que servían en el ejército germano.

Szokoll era un hombrecillo delgado, de poco más de un metro y medio de estatura. Contaba treinta años de edad, y había tomado parte en la conspiración del 20 de julio, contribuyendo al encarcelamiento de varios funcionarios de la Gestapo y de las SS en Viena. Al fracasar la conspiración, se dio maña para convencer a sus superiores de que había obrado en cumplimiento de su deber.

«El Comité de los Siete» y Szokoll decidieron unir sus fuerzas, y resolvieron denominar a la coalición grupo «O-5». Esta era la cifra clave de las dos primeras letras de la palabra Osterreich (el nombre de Austria antes del anschluss de 1938, en que se la designó como Ostmark). Los miembros de la Resistencia comenzaron a escribir el «O-5» en los tableros oficiales de propaganda. La gente se enteró de que era el símbolo del movimiento de resistencia y entonces se convirtió casi en un deporte nacional, para los austríacos de todas las edades, el pintar con tiza dicha cifra, de un extremo a otro del país, dando la sensación de que el movimiento se hallaba más extendido de lo que estaba en realidad.

A mediados de marzo de 1945, los dirigentes de «O-5» tuvieron el convencimiento de que Hitler quería sacrificar a Austria en la lucha final, y de que Viena sufriría el mismo sino que Budapest. Además de salvar a su ciudad, querían demostrar al mundo que a pesar de la prolongada ocupación nazi y del encarcelamiento de centenares de líderes de su resistencia, el deseo de libertad no había muerto en Austria.

El 25 de marzo, el comandante Szokoll manifestó en una reunión del grupo «O-5» que Viena sólo podía salvarse si ayudaban al Ejército Rojo a tomarla.

– Si aceptan nuestras condiciones, debemos entregarles la ciudad -manifestó, y explicó a continuación la manera como podría llevarse a cabo lo que proyectaba. Su misión en el Distrito XVII del ejército alemán consistía en contribuir a la formación de una línea que defendiese a Viena de un ataque desde el Este. Ello le había permitido colocar algunos batallones leales al «O-5» en los bosques de Viena, situados al sur de la ciudad. En el momento del ataque final, aseguró Szokoll, se limitaría a retirar dichas tropas, y los rusos podrían avanzar por los bosques, entrando inesperadamente en la capital por la retaguardia, y con la ayuda del grupo «O-5» Viena caería sin gran efusión de sangre. El plan de Szokoll fue aprobado con entusiasmo, y se eligió una comisión para organizar el enlace entre los militares y los civiles.

Cinco días más tarde, siendo Viernes Santo, los habitantes de Viena escucharon por vez primera el retumbar de los cañones de Tolbukhin, que ya se acercaba a la frontera austríaca. Aquella noche el cielo de la ciudad aparecía purpúreo hacia el Sudeste. Se estableció la Ley Marcial, y al día siguiente, por la mañana, se iniciaron los bombardeos de la aviación aliada sobre ferrocarriles, puentes del Danubio e importantes cruces de carreteras. Se produjeron tantos incendios en diversas partes de la ciudad, que los bomberos se mostraron incapaces de luchar contra el fuego. Los vieneses trasladaron sus lechos a los sótanos y refugios, y comenzaron a vivir en la clandestinidad. El tránsito no podía circular a través de las calles llenas de escombros, muchas veces intencionadamente; los tranvías funcionaban deficientemente; sólo había gas y electricidad durante unas pocas horas al día, y muchos distritos carecían de agua por completo.

Los colaboradores políticos y los funcionarios del Partido Nazi, que habían dominado en la ciudad, no osaban aparecer en público con sus uniformes pardos. Por las noches, las carreteras se llenaban de gente que había contado con influencia suficiente para obtener permisos de salida.

La mayoría no podía huir, pero siendo vieneses, no perdían su buen humor, y una de las últimas frases que circulaban era: «El Domingo de Resurrección podremos tomar el tranvía hasta el frente de batalla.» Aquello no resultó ser una broma, y en dicho día se corrió el rumor de que Tolbukhin había irrumpido a través de las líneas defensivas de Dietrich, situadas al sudeste de Viena, y se hallaba a sólo trece kilómetros de los suburbios. El gauleiter, y en esos momentos comisario de Defensa, Baldur von Schirach, antiguo jefe de las Juventudes Hitlerianas, declaró Festung a la ciudad, y llamó a los Volkssturm para que prestasen servicio inmediato. Niños y ancianos comenzaron a construir trincheras en los alrededores de la población, y todos los civiles se vieron obligados a erigir barreras antitanques en las calles, y barricadas con piedras, árboles y raíles de los tranvías. Los miembros de las Juventudes Hitlerianas recibieron la orden de apostarse con bazookas en las trincheras.

– ¡Ha llegado la hora de Viena, el momento de la prueba decisiva! -proclamó Schirach.

Un periódico escribió: «El odio es nuestra plegaria, y la venganza nuestra consigna.» A su vez, Sepp Dietrich dijo por radio:

– ¡No es por nosotros, sino por el Partido! ¡Viva nuestro Führer!

A última hora de ese mismo día, Szokoll se enteró al fin de la posición y la consigna de los últimos refuerzos de Dietrich, formados por dos divisiones de las SS. Ya en poder de esta información, Szokoll reunió urgentemente a los dirigentes del grupo «O-5».

La entrevista se celebró en secreto, la noche del 2 de abril, en uno de los lugares más insospechados: el puesto de mando del Distrito XVII del Ejército, situado en Stubenring, donde Szokoll tenía su despacho.

– ¿Quién de ustedes, señores, se ofrece voluntario para exponer mi plan al alto mando soviético?-inquirió Szokoll.

Observó a los que le rodeaban en la habitación, y su mirada se detuvo en Ferdinand Käs, un fornido individuo de treinta y un años. Ambos se conocían desde hacía once años, y sus padres habían servido en el mismo regimiento durante la Primera Guerra Mundial.

– Ha llegado el momento, sargento -dijo Szokoll.

– Estoy dispuesto, comandante -declaró Käs, al tiempo que daba un paso al frente.

Szokoll dio instrucciones para que rodease la línea principal de fuego, situada al sudeste de la ciudad, y le entregó un salvoconducto falso y un pequeño mapa de la zona. Luego los dos hombres se estrecharon la mano.

Käs se encaminó hacia el Sur en el coche que conducía el chófer del comandante, cabo Johann Reif. Después de recorrer veinticuatro kilómetros, llegaron al famoso balneario de Baden, donde Tolbukhin rompería las líneas alemanas más tarde. Siguieron hacia el Sur veinticuatro kilómetros más, hasta llegar al Wiener Neustadt. Allí comenzaron a rodear hacia el Sudoeste, por carreteras secundarias, y poco antes del amanecer del 3 de abril alcanzaron un sector tranquilo, por donde esperaban filtrarse a través de las posiciones alemanas. Penetraron sin inconvenientes en la línea de batalla, pero cuando lanzaron el coche para atravesarla, los centinelas de los últimos puestos de avanzada comenzaron a disparar sobre el automóvil. El «Opel» resultó alcanzado y varios centenares de metros más adelante se detuvo. Käs y Reif saltaron a una zanja y comenzaron a arrastrarse entre una lluvia de balas.

Poco después, un soldado ruso tocado con un gorro de pieles, y que llevaba en una mano una balalaika, y en la otra un fusil, salió de detrás de un árbol y exclamó:

– Rukiv verkh! (¡Arriba las manos!)

Pasaron varias horas mientras los dos austríacos eran llevados de un puesto de mando a otro, y hasta las diez de la noche no llegaron al cuartel general del Tercer Frente ucraniano, situado en Hochwolkersdorf, pueblo a unos dieciséis kilómetros al sur de Wiener Neustadt. Después de una hora de espera, Käs fue introducido en el salón de una gran mansión. Tres generales y media docena de oficiales tomaron asiento alrededor de una mesa y escudriñaron a Käs con mirada recelosa. Uno de los oficiales, el de mayor graduación, coronel general Alexei Sergeievich Zheltov, pidió cortésmente a Käs que tomase asiento, y luego, con acento más tajante le dijo:

– Nachinaj! (¡Empiece!)

Käs reseñó el plan de Szokoll, pero manifestó que el mismo no sería puesto en práctica a menos que los rusos dieran algunas garantías: los ataques aéreos contra Viena debían cesar; los miembros del grupo «O-5» no serían detenidos por los soviéticos, y los prisioneros de guerra austríacos serían liberados antes que los demás.

Disgustados ante las exigencias austríacas, los demás oficiales rusos se mostraron menos corteses que Zheltov, y comenzaron a bombardear a Käs con preguntas:

– ¿Qué es el grupo «O-5»?¿Poseen armas, municiones, tropas?¿Quiénes son los jefes?¿Qué son: sociales demócratas, socialistas, comunistas o fascistas?¿Cuál es la situación política de Austria?¿Cuál es la fuerza actual del Partido Social Demócrata?¿Y la del Partido Comunista?¿Acaso no son nazis todos los austríacos? De no ser así, ¿por qué acogieron con tanto entusiasmo a Hitler cuando éste entró en Austria?

Käs comprendió que estaban tratando de tenderle una trampa y contestó con mucha cautela. Por fin colocaron un gran mapa sobre la mesa, y Käs señaló Hochwolkersdorf.

– ¿Cómo sabe usted dónde nos encontramos?-le preguntó uno de los presentes, sorprendido.

– Porque hay una señal sobre el cuartel de bomberos -contestó, y todos se echaron a reír.

Käs mostró las posiciones germanas sobre el mapa, y luego dijo:

– La guerra ha terminado prácticamente, y cada soldado que muere ahora, muere en vano. Nosotros, los austríacos, queremos que ustedes consideren a Viena como una ciudad abierta. Los nazis la han declarado ya Festung. El movimiento de resistencia no es lo suficientemente poderoso para evitar la destrucción de Viena, pero puede conducir las tropas rusas hasta la ciudad, sin que se produzcan muertes inútiles.

Käs demostró la forma en que el Ejército Rojo podría avanzar a través de los bosques de Viena, de Baden, y luego dar un rodeo y entrar en la capital por el Oeste. Allí los miembros del «O-5» entrarían en contacto con los rusos y les conducirían hasta el corazón de la ciudad, mientras otras fuerzas de la Resistencia se apoderaban de lugares estratégicos.

Un oficial ruso de Inteligencia comprobó la situación de las fuerzas germanas que Käs había dibujado en el mapa, y manifestó que todo estaba de acuerdo con sus informes. Esto impresionó favorablemente a varios oficiales rusos, pero otros aún seguían teniendo sospechas. Uno de ellos, un ceñudo general de división, dijo que no creía que Käs fuera sólo un sargento mayor, sino que evidentemente era un oficial enviado por el Alto Mando alemán para atraer a una trampa a las tropas soviéticas. Käs se dirigió al general Zheltov, que le había parecido un hombre inteligente y objetivo, y se ofreció voluntario para dirigir el primer tanque de la columna rusa. Zheltov quedó convencido, pero afirmó que la aprobación final debería darla el Alto Mando de Moscú. La respuesta llegaría pocas horas más tarde.

Al día siguiente, 4 de abril, despertaron a Käs muy temprano y le llevaron hasta la habitación donde se había celebrado la entrevista el día anterior. El ambiente era más propicio y Käs vio algunas caras nuevas. Un general de edad avanzada, que el día anterior apenas había hablado, se puso de pie, y después de encender un cigarrillo, dijo en alemán:

– El Alto Mando del Ejército Rojo ha aceptado las condiciones de la organización austríaca de resistencia.

Prosiguió diciendo que el grupo «O-5» debía comprometerse a ocupar los puntos clave de la ciudad, tales como los edificios públicos y los puentes, y a restablecer la administración civil y la Policía. El grupo «O-5» conduciría al Ejército Rojo hasta Viena, pero serían los rusos quienes combatirían.

Zheltov intervino diciendo que si Käs accedía, los ataques de los Aliados contra el este de Austria cesarían inmediatamente, y el Ejército Rojo protegería las instalaciones esenciales para la vida de la capital.

– Acepto en nombre de Viena -dijo Käs, poniéndose de pie.

Zheltov también se puso de pie, y ambos se estrecharon la mano. Se encaminaron de nuevo hacia la mesa donde se hallaba el mapa con el plan de ataque del Estado Mayor General del Ejército Rojo. Una flecha aparecía trazada sobre los bosques de Viena, hasta la parte posterior de la capital. Tolbukhin seguiría el plan de Szokoll. Otra flecha se dirigía hacia la ciudad desde el Nordeste: era el Segundo Frente Ucraniano, de Malinovsky. En ese momento repiqueteó el timbre del teléfono. Dijeron a Käs que era el mariscal de campo Alexander, desde Italia, el cual había prometido secundar la promesa del Ejército Rojo de no bombardear Steiermark, ni la Baja Austria, ni Viena.

Käs se sintió enormemente aliviado. Lo único que le faltaba era regresar a Viena.

Una muestra de la importancia que Hitler concedía a Viena, fue el hecho de que ordenase a una de las divisiones Panzer que defendían Berlín, su traslado a las defensas de la capital austríaca. Por la misma orden se privaba a Heinrici, del Grupo de Ejército Vístula, de dos divisiones de infantería, que pasaban al Grupo de Ejército del Centro, bajo el mando de Schoerner.

Heinrici se dio cuenta de que aquel traslado de tropas podía significar el hundimiento de su frente, ya bastante disperso en esos momentos. La pérdida de tres divisiones resultaría catastrófica, y su única salvación consistía en hallar reemplazos inmediatamente. Sólo se le ocurrió una solución: solicitar el envío de los dieciocho fogueados batallones del coronel Biehler, que se hallaban en el interior del Festung de Francfort. Estos deberían ser retirados más allá del Oder, y colocados a lo largo de la importante autopista Francfort-Berlín. Aquello, lógicamente, suponía que Heinrici debía convencer de algún modo al Führer para que suspendiese el Festung de Francfort.

En la tarde del 4 de abril, Heinrici y su oficial de operaciones, coronel Eismann, atravesaron el jardín de la Cancillería para dirigirse a la entrada del bunker subterráneo. El jardín era un conglomerado de árboles caídos, trincheras y nidos de ametralladoras. Los dos militares descendieron los escalones, hasta llegar al refugio del Führer. Dos fornidos guardias SS se les acercaron y les preguntaron cortésmente si permitían que les registrasen. Heinrici asintió y uno de los soldados le miró en los bolsillos y le palpó cuidadosamente el cuerpo. Vaciaron la cartera de Eismann, y por fin les permitieron seguir adelante. Todo se hizo correctamente, de manera digna, pero Heinrici no dejó de pensar: «¡A dónde hemos llegado!»

Al final del prolongado corredor se hallaban reunidos unos treinta importantes funcionarios. Una vez que se hubo servido café y bocadillos, Von Keitel dijo:

– Las siguientes personas deberán entrar para dar sus informes… -y nombró a Doenitz, Bormann, Jodl, Krebs, Himmler, Heinrici y Eismann.

Heinrici entró en el pequeño salón de mapas, donde aparecían una serie de bancos dispuestos lateralmente, un gran mapa y una silla, junto a él. Todos tomaron asiento en los bancos, a excepción de Bormann, que lo hizo sobre un cajón que había en un rincón. En seguida se presentó Hitler, que llevaba gafas oscuras. Después de estrechar la mano a Heinrici y Eismann, el Führer tomó asiento.

Krebs sugirió que Heinrici y Eismann hablasen en primer lugar a fin de que pudieran regresar cuanto antes al campo de batalla. Hitler asintió, y Heinrici comenzó a describir vívidamente la situación que reinaba en su frente. De pronto se volvió hacia Hitler, y le propuso que los dieciocho batallones de Biehler fuesen retirados del Festung de Francfort. En seguida, se preparó para la violenta reacción del Führer.

Hitler no pareció incomodarse lo más mínimo. Heinrici llegó a preguntarse, incluso, si estaría despierto, ya que no podía verle los ojos a través de los cristales oscuros. Por fin, el Führer se volvió con lentitud hacia Krebs y le dijo:

– Creo que el general tiene razón.

– Sí, mi Führer -contestó Krebs, al tiempo que Doenitz movía afirmativamente la cabeza.

– Adelante, Krebs -murmuró Hitler-. Dé las órdenes.

Heinrici quedó sorprendido ante lo fácil que había resultado su gestión. De improviso se abrió la puerta y Goering entró ruidosamente en la estancia. Tras pedir disculpas por llegar con retraso, colocó su abultado abdomen contra la mesa y anunció pomposamente que acababa de visitar una de las divisiones aerotransportadas suyas, que estaban en el frente de Heinrici. La voz de Goering hizo estremecer a Hitler, como si hubiera estado dormitando. El Führer se puso de pie y exclamó con voz aguda, mientras le temblaban las manos a causa de la excitación:

– ¡Nadie me comprende! ¡Nadie hace lo que yo quiero! ¡En cuanto al asunto del Festung, ya hemos resistido con éxito en Breslau, y hemos contenido a los soviéticos muchas veces, antes de ahora, en Rusia!

Todo el mundo quedó en silencio, a excepción de Heinrici, quien comprendió que estaba a punto de perder lo que había ganado unos instantes antes. Movió entonces la cabeza y manifestó que las tropas Volkssturm no podrían contener a los rusos. Declaró que debía considerarse un Festung de dos maneras: los defensores podían luchar hasta el último instante, y dejarse matar, o bien podían contener al enemigo y retirarse, para reanudar luego la lucha, en el momento oportuno.

– ¿Quién es el oficial que se halla a cargo de Francfort?-interrumpió Hitler, secamente.

– El coronel Biehler.

– ¿Es un Gneisenau? [42]

– Lo sabremos después del primer ataque soviético importante -declaró Heinrici-, pero creo que lo es, en efecto. -Quiero verle inmediatamente.

Heinrici afirmó que aquello era imposible, hasta que transcurriesen al menos un par de días, y de nuevo insistió en la retirada de los batallones del Festung.

– Está bien -concedió Hitler-. Le autorizo a que retire seis batallones. ¡Pero Francfort seguirá siendo un baluarte!

Comprendió Heinrici que aquello era todo lo que iba a conseguir, y comenzó a exponer su plan defensivo ante el inminente avance de las tropas de Zhukov. Planeaba una retirada subrepticia de las tropas de primera línea, a posiciones preparadas de antemano. Hitler aprobó la idea, pero inquirió:

– ¿Por qué no se traslada ahora a esas posiciones?

Heinrici explicó que deseaba hacer creer a los rusos que la línea principal se hallaba unos cuantos kilómetros al Este. Poco antes de que los soviéticos comenzasen a bombardear esa línea falsa, sus hombres se escabullirían hasta las defensas verdaderas, dejando tras ellos una fuerza ficticia. Las granadas caerían en terreno vacío, por consiguiente. Admitió que había aprendido esa artimaña de los franceses, en la Primera Guerra Mundial. Hitler sonrió complacido, y Heinrici pensó que ése era el momento de lamentarse por la transferencia de tantas unidades a Viena y Schoerner.

– Pero no es mucho lo que me ha quedado del Noveno Ejército -declaró-. Esto es un rudo golpe para mí.

– Y para mí también -contestó Hitler, sarcásticamente.

– Los rusos están a punto de atacar -protestó Heinrici-. ¿Qué refuerzos puedo esperar?

El Führer pareció algo desconcertado, y después de unos momentos manifestó:

– ¿No le han dicho que van a reforzarle numerosas tropas procedentes de Prusia Oriental, así como fuertes columnas de tanques pesados?

– Eso no es del todo seguro -declaró Krebs, manifiestamente inquieto-. Esas columnas también van para el general Schoerner.

– No comprendo nada de esto -exclamó Heinrici-. No sé lo que ocurre en la zona de Schoerner.

Hitler no pareció mostrarse muy preocupado, y con certidumbre que asombró a Heinrici contestó:

– El ataque principal del enemigo no tendrá lugar sobre Berlín, que sólo va a ser objeto de ofensivas secundarias. El empuje principal será sobre Praga.

La confianza de Hitler se debía a un informe del general Reinohld Gehlen, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército, cuyos agentes secretos descubrieron que Stalin había ordenado lanzar el principal ataque soviético contra Praga, debido sobre todo a que Bismark dijo en una ocasión que el que ocupase Praga dominaría el centro de Europa.

Los agentes de Gehlen tenían razón. Lo que ignoraban era que la orden de Stalin encontró una violenta oposición por parte de Zhukov y otros dirigentes militares, que insistían en hacer de Berlín el blanco principal, puesto que Hitler se hallaba allí.

Así, pues, pese a Bismarck y Stalin, el Ejército Rojo estaba preparando su ofensiva más poderosa contra Heinrici.

Este afirmó que tenía la seguridad de que los rusos atacarían Berlín, y comenzó a hablar de la división aerotransportada de Goering, que había sido situada en la línea que defendía a Berlín.

– Son soldados jóvenes y bien armados -manifestó-. En realidad, excesivamente armados, en tanto que la infantería que está a su lado tiene falta de armas.

Goering sonrió vanidosamente, como si le hubieran hecho un elogio personal.

– Pero esos soldados -prosiguió diciendo Heinrici- carecen de experiencia. La mayoría son reclutas con sólo dos semanas de instrucción, y les dirigen pilotos.

– ¡Mis soldados son excelentes! -estalló Goering.

– Nada digo contra sus hombres, sino que carecen de experiencia en el combate -contestó Heinrici.

Luego se dirigió a Hitler diciendo que el Grupo de Ejército Vístula iba a ser atacado también por el Norte. Hitler afirmó que aquello era imposible, ya que la zona ocupada por el Tercer Ejército Panzer de Manteuffel se hallaba inundada por completo. Heinrici hizo caso omiso de la observación del Führer, e insistió en la necesidad de disponer de más hombres para defender su prolongado frente. Declaró que una división pierde cuando menos un batallón, en un día de combate.

– ¿De dónde voy a sacar quien los reemplace?-inquirió-. ¡Necesito al menos cien mil hombres!

Se produjo un largo silencio. De pronto Goering se puso de pie y manifestó:

– Mi Führer, puedo proporcionar cien mil soldados de la Aviación.

Doenitz declaró a su vez:

– Yo puedo dar doscientos cincuenta mil hombres de las dotaciones de mis buques.

– ¡Y yo aportaré quince mil hombres! -exclamó lleno de entusiasmo Himmler, que no podía quedarse atrás.

– ¡Ahí tiene a su gente! -afirmó Hitler, dirigiéndose a Heinrici.

Este reconoció que todo aquello era admirable, pero que no podía hacer guerra con «gente», sino que necesitaba divisiones organizadas.

Animado aún por los espontáneos ofrecimientos de tropas, Hitler dijo a Heinrici que utilizase los cien mil soldados de reserva en la segunda línea de defensa.

– Se encargarán de aniquilar a los rusos que irrumpan por las brechas.

Heinrici comenzó a decir que el empleo de tropas inexpertas sólo conduciría a una matanza, pero alguien se inclinó hacia él y le dijo en voz baja:

– Deje ya de lamentarse. Hemos perdido dos horas, hasta el momento.

Pero Heinrici no parecía dispuesto a callarse. Dijo haber inspeccionado las tropas que bordeaban el Oder, observando que la mayoría no tenían experiencia en el combate.

– Por consiguiente, no puedo garantizar que resistan el inminente ataque de los rusos. Y la falta de reservas adecuadas disminuye también considerablemente mis posibilidades de detener la ofensiva soviética.

– Ya tiene usted sus cien mil hombres -aseguró Hitler, reposadamente-. Por lo que se refiere a mantener las líneas, es cosa suya el fortalecer el ánimo de las tropas y darles confianza. Con ello se ganará la batalla.

El Führer parecía hallarse satisfecho, cuando Heinrici se marchó a las cinco de la tarde.

Pero el comandante del Grupo de Ejército Vístula, por su parte, se encontraba profundamente disgustado. Había perdido tres divisiones, y a cambio de ello recibía sólo seis batallones y cien mil hombres de escasa utilidad. Además, Francfort aún seguía bajo la orden que la declaraba un reducto a defender hasta el último hombre.

Dos días más tarde Biehler llegó extenuado al bunker de Hitler, para informar acerca del Festung de Francfort, y mientras esperaba en la antesala se quedó dormido. Cuando al fin le condujeron al salón de conferencias, declaró que podía mantener todas sus posiciones, pero que sus vecinos de la orilla del Oder eran débiles, con lo que los rusos no tardarían en irrumpir a través de ellos.

– Entonces me será imposible seguir resistiendo en Francfort. Sugirió una retirada simultánea de todas sus tropas al otro lado del Oder, así como el fortalecimiento de los flancos en la orilla oeste del río.

– Debe usted fortalecer sus flancos, como desea -manifestó Hitler, con voz suave-. Y también debe procurar hacer lo mismo en la retaguardia. Pero la cabeza de puente seguirá estando en Francfort, y el Oder continuará siendo Festung. Esto es una orden directa.

El Führer miró a Biehler, para que le diera su confirmación, pero éste no sabía bien lo que debía contestarle. Comenzó a decir «Sí…», y Hitler le interrumpió, declarando:

– Biehler ha dicho que sí.

– No, mi Führer -replicó de pronto.

Los que estaban a su lado le miraron espantados. Hitler se puso de pie lleno de cólera y señaló hacia la puerta, al tiempo que gritaba:

– ¡Salga de aquí!

Biehler recogió sus mapas y demás papeles, y salió de la estancia. Mientras se dirigía hacia la salida del jardín, Krebs corrió tras él y le dijo:

– ¡Le han destituido! Vaya a ver al general Busse. El le informará de lo que va a ser de usted.

El hombre que había luchado tan denodadamente en Francfort, no podía dar crédito a lo que oía. Aquello no era posible. Haciendo caso omiso de la orden de Krebs, Biehler se encaminó hacia el cuartel general de Zossen para recibir órdenes. Sin duda todos se habían trastornado momentáneamente en el bunker. Pero a Zossen había llegado antes que Biehler la noticia de su caída en desgracia, y los oficiales le eludieron, cuando le vieron entrar. Hasta su viejo amigo, el general Dethleffsen, le dijo:

– Será conveniente que cuides de tu propia seguridad.

Aún desconcertado, Biehler se dirigió hacia el frente, y desesperado al no hallar apoyo de nadie, llamó por teléfono a Heinrici, directamente.

– Biehler -le contestó Heinrici, sin vacilar-. Puede estar seguro de que todo saldrá bien.

Esas eran las primeras palabras positivas que oía Biehler en todo el día. Apenas si pudo creer lo que Heinrici le dijo a continuación:

– Vuelva a Francfort y asuma el mando.

Heinrici sabía más sobre la situación de lo que Biehler creía. Unos momentos antes Burgdorf había llamado a Heinrici para leerle un sarcástico mensaje de Hitler, que decía: «Biehler no es un Gneisenau.» Luego Burgdorf dijo a Henrici que Biehler había sido destituido.

– Solicito que se rescinda esa orden -dijo Heinrici-. Biehler debe ser restituido a su puesto, y deberían otorgarle la Cruz de Caballero.

Añadió que era totalmente ridículo prescindir de un hombre que era el espíritu de la cabeza de puente.

– ¡Imposible! -replicó Burgdorf-. Son órdenes de Hitler.

– O se queda Biehler, o me voy yo -contestó Heinrici, y colgó el auricular.

4

Habían transcurrido sesenta horas desde que el sargento Käs abandonara Viena, a fin de llevar a cabo su misión de entregar la ciudad a los rusos.

En el puesto de mando del Distrito XVII del Ejército, en la mañana del 5 de abril, Szokoll aún ignoraba si Käs había llegado siquiera hasta las líneas rusas. La noche anterior hubo intenso fuego de artillería, y se dijo que los soldados de Tolbukhin avanzaban hacia los suburbios del sur de la ciudad. Al despacho de Szokoll llegaron varios integrantes del grupo «O-5», llenos de excitación, quienes informaron que las operaciones de resistencia se hallaban a punto. Todos ellos preguntaban si Käs había tenido éxito en su misión.

Szokoll también se veía apremiado por las peticiones constantes del Grupo de Ejército Sur y del general Rudolf von Rünau, el cual debía mandar la defensa final de Viena. Los alemanes pedían a Szokol tropas de reemplazo, que él mismo necesitaba para provocar la agitación en diversos puntos neurálgicos, en cuanto se iniciase la rebelión.

Poco antes del mediodía, el secretario de Szokoll comprobó que en el cielo sin nubes de la ciudad no aparecía un solo avión aliado, contra lo acostumbrado. Szokoll se preguntó si ello se debería a la gestión de Käs, o bien a la proximidad del ataque soviético, por lo cual los aviones angloamericanos no desearían dañar a sus aliados. En ese momento un oficial informó que el avance de Tolbukhin se había detenido. Szokoll comenzó a pensar que Käs había tenido éxito, y envió mensajeros a los demás jefes de «O-5» para asegurarse de que todo marchaba conforme se había proyectado.

En esos momentos Käs y Reif se encontraban a unos cuarenta y ocho kilómetros al sur de Viena. Atravesaron las líneas alemanas junto con una gran multitud que trataba de huir de los rusos. Una vez en territorio alemán, hicieron señas a un automóvil para que se detuviera. El coche conducía al gauleiter de Wiener Neustadt, el cual iba a entrevistarse en Viena con Baldur von Schirach.

Käs le enseñó su salvoconducto falsificado y le pidió que le llevase con él. Cuando Käs supo que se dirigían hacia Baden, lo cual les llevaba directamente hacia las tropas de Tolbukhin, exclamó:

– ¡Dé la vuelta, los rusos ya han ocupado Baden!

El jefe del distrito declaró que allí sólo había tropas alemanas, e insistió en dirigirse a Viena por el camino más corto. Käs le cogió por la garganta y le dijo que se detuviera. Reif se colocó entonces al volante y se encaminó a la capital dando un rodeo.

Al mediodía entraron en Viena. Las calles se hallaban vacías, las tiendas aparecían cerradas y numerosos tranvías estaban abandonados en medio de la calle. Käs y Reif bajaron del coche cerca del museo Kunsthistoriches, situado en la Ringstrasse.

– Heil Hitler! -exclamó airado el gauleiter.

– Heil Hitler! -contestó burlonamente Käs.

Luego se encaminaron él y Reif hacia el hotel Bristol, desde donde llamaron por teléfono a Szokoll, informándole de que todo había salido bien.

Aquella misma noche los jefes del grupo «O-5» se reunieron con Szokoll en el despacho de éste, a las once de la noche, para tomar las decisiones de último momento. Szokoll dijo al comandante Karl Biedermann que colocase las unidades más dignas de confianza de su Patrulla Armada de Viena -integrada por austríacos- en los lugares estratégicos, y que por encima de todo evitase la destrucción de los puentes del Danubio. El capitán Alfred Huth tendría la misión de interferir la emisora de radio de Bisamberg con un pelotón de motoristas. El teniente primero Rudolf Raschke correría con la defensa del edificio del Distrito XVII del Ejército, sede de las futuras operaciones del grupo «O-5». Szokoll dijo que él personalmente encabezaría un grupo de oficiales hasta el puesto de mando del general Von Bünau, obligándole a capitular.

Szokoll declaró a los componentes del grupo clandestino que Tolbukhin se estaba acercando en esos momentos a los bosques de Viena, próximos a Baden. Cuando los soviéticos se aproximasen a la ciudad, lanzarían bengalas rojas al aire, y «O-5» replicaría con bengalas verdes. Los rusos avanzarían con banderas rojas y blancas al frente, en tanto que las fuerzas de la resistencia exhibirían banderas blancas. El santo y seña sería una palabra de pronunciación similar en alemán y ruso: Moskva.

Poco después de concluir la reunión, se divisaron las bengalas rojas que eran lanzadas desde los bosques situados al sur de la capital. Después de unos momentos, el cielo se iluminó con bengalas verdes procedentes de Viena, la cual estaba a oscuras por orden de las autoridades. Szokoll dio la orden de que comenzase la rebelión a media noche. En ese momento, el santo y seña del grupo «O-5», Radetzky, sería difundido por la emisora del Gobierno, y constituiría la señal para que todos los grupos clandestinos entrasen en acción. Se tomarían los puentes y los edificios más importantes, comenzarían las huelgas, serían detenidas las personalidades nazis, se interrumpirían las comunicaciones, y se levantarían barricadas al sur de la ciudad, con el fin de evitar la retirada del frente de las tropas de Dietrich. Pero antes de que hubiera podido difundirse por radio la palabra clave, el levantamiento se vio traicionado. Un motorista de las tropas del comandante Biedermann contó a un amigo suyo, el teniente Walter Hanslick, que su unidad se iba a apoderar de la emisora de Bisamberg. Hanslick, que era un nazi fanático, sospechó lo que ocurría e informó a sus superiores. Una hora más tarde Biedermann recibió la orden de presentarse ante el general Von Bünau, en el cuartel general del Festung. Biedermann comprendió que había sido descubierto, pero obedeció, pues, a su entender, huyendo hubiera comprometido aún más al levantamiento.

En el cuartel general, Biedermann fue interrogado minuciosamente. Como no revelase nada, le sometieron a tortura. Aguantó hasta las primeras horas del 6 de abril, y al fin dio el nombre de los principales conspiradores: Szokoll, Käs, Raschke y Huth.

A las 4,30 de la mañana, Käs recibió la desagradable noticia de que Biedermann había sido detenido. Esto enfrentaba a Szokol con un grave dilema: podía dejar que siguiese la rebelión, como se había planeado, esperando que Biedermann no revelase nada importante, o bien podía trazar nuevos planes. Decidió seguir adelante, y ordenó al puesto de mando de Bünau que atacase inmediatamente para liberar al prisionero. Cuando Szokoll llegó al cuartel general del Festung, se encontró con que el edificio estaba protegido por dos unidades de combate de las SS.

Aquello constituía un doble golpe. No sólo Szokoll se veía en la imposibilidad de rescatar a Biedermann, sino que el cuartel general resultaba inexpugnable, y no había posibilidad de obligar a Von Bünau a capitular. Szokoll comprendió que su puesto de mando en el edificio del Distrito XVII del ejército carecía de seguridad, por lo que envió allí a Käs con órdenes de retener el edificio a toda costa, hasta que él pudiera regresar.

Käs llegó al puesto de mando a las 6,30 de la mañana, dio las órdenes oportunas a Raschke, y mandó llamar a los guardias, a quienes ordenó que detuvieran a todo aquel que tratase de entrar en el edificio dando la consigna de la pasada noche, Gneisenau. Pero un momento más tarde el comandante Neumann, jefe de Estado Mayor de Von Bünau, irrumpió en el despacho de Raschke -le habían dejado pasar con el santo y seña del grupo «O-5», Radetzky -e inquirió:

– ¿Dónde está el comandante Szokoll?

– Está en su casa… le dolía el estómago -contestó Ratschke. El edificio quedó cercado totalmente por los alemanes, pero dos secretarias pudieron llamar por teléfono a Szokoll y a otros jefes del grupo «O-5», informándoles de los inesperados acontecimientos.

Szokoll pensó que nada podía haber salido peor: Biedermann había sido capturado; Von Bünau se hallaba a salvo en su puesto de mando; se había perdido el edificio del Distrito XVII con sus armas, y estaban arrestados importantes componentes de su movimiento clandestino. Con ello, resultaba imposible llevar a cabo la fase militar del levantamiento.

Pero aún quedaba una esperanza. Cuando los conspiradores civiles se enteraron de aquella serie de desastres, no perdieron la cabeza. Sus centros de reunión y los núcleos de combate no habían sido descubiertos, y los dirigentes aseguraron a Szokoll que cumplirían con el cometido que les había sido asignado. A las unidades armadas del grupo «O-5» se unieron los soldados austríacos desertores del ejército alemán, los cuales habían permanecido escondidos durante varias semanas en los parques de la capital. Al concluir el día, la rebelión adquiría renovados bríos.

El mando alemán no llegaba a vislumbrar el alcance de la rebelión, y las detenciones provocaban una inquietud general. ¿Podía confiarse en alguna unidad austríaca? Esta preocupación quedó relegada a un segundo plano cuando llegó otra noticia aún más alarmante: ¡Los rusos estaban atacando a Viena desde la retaguardia!

Se ordenó el envío de contingentes de tropas hacia el oeste de la ciudad, pero ya era demasiado tarde: los tanques del Ejército Rojo ya avanzaban a través de los jardines de Grinzing y de otros puntos claves de las afueras, en el noroeste de Viena. Hasta el momento, los rusos no se habían encontrado con tropas alemanas, y las dotaciones de los tanques avanzaban despreocupadamente, con las escotillas abiertas. Los hombres del grupo «O-5» trataron de conducirlos hasta el centro de la ciudad, pero los soviéticos no confiaban excesivamente, y se mantuvieron en las afueras.

Por toda la ciudad los habitantes comenzaban a salir de sus sótanos y bodegas, para colocar sábanas y fundas de almohadas en las ventanas y puertas de sus domicilios. Cuando algunos soldados alemanes trataron de hacerse fuertes en las casas, algunos propietarios se opusieron resueltamente. Grupos 'de mujeres gritaban a los alemanes que se marcharan a su país, y los soldados austríacos que desertaban, se ocultaban en domicilios particulares, donde les proporcionaban ropas civiles. Millares de trabajadores forzados vagaban por las calles en busca de armas. Polacos, ucranianos, checos, servios, griegos, franceses y belgas regateaban con los civiles para conseguir cualquier arma, fuera blanca o de fuego, ofreciéndoles a cambio hasta sus vestimentas. Todos querían ajustar las cuentas a sus antiguos amos. Los rumores de la rebelión se extendieron hasta el frente, y hasta los mismos alemanes comenzaron a desertar. Cuando Dietrich se enteró de que las tropas de Tolbukhin habían pasado a través de sus líneas y casi habían cercado a Viena, se dio cuenta de que no podría resistir más. Amaba la vieja ciudad y no quería verla convertida en un campo de batalla donde no había esperanzas. Desoyendo la orden de vender caro cada palmo de la población, Dietrich mandó a sus tropas que se retirasen más allá de la misma, para formar otra línea de defensa algo más lejos.

Al anochecer las tropas rusas afluían hacia Viena desde el Este casi sin oposición alguna, en tanto que los componentes del grupo «O-5» circulaban por las calles disparando contra todo aquel que llevaba uniforme alemán. Aquella noche, el jefe de Estado Mayor de Dietrich informó al Grupo de Ejército Sur: «Los disparos han comenzado en el interior de Viena, pero proceden de los austríacos contra nuestras fuerzas, y no de los rusos.»

El éxodo aumentó cuando los bomberos, los guardias antiaéreos y hasta los policías, se unieron a la desordenada muchedumbre que huía de la ciudad.

Al día siguiente, 7 de abril, el cuartel general militar y civil del grupo «O-5» se trasladó al palacio de Auersperg, propiedad de la princesa Agatha Croy, la cual pertenecía asimismo al movimiento de resistencia. Desde allí, Szokoll y los jefes civiles continuaron dirigiendo el alzamiento, que había adquirido tales proporciones que el general Von Bünau llegó a telegrafiar lo siguiente al Führer:

«La población civil, izando banderas rojas y blancas, dirige contra nuestras tropas un fuego aún más intenso que el del enemigo.»

Berlín le contestó de este modo:

«Proceda contra los rebeldes de Viena con los medios más brutales a su alcance. Hitler.»

Entrada ya la noche, las avanzadas soviéticas del grueso del ejército se aproximaban a Viena, en la cual habían estallado numerosos incendios. Las pocas brigadas de bomberos que aún quedaban en la ciudad, corrían de distrito en distrito tratando en vano de apagar las llamas.

El domingo 8 de abril, los soldados de Tolbukhin, que habían sufrido retrasos por dificultades en el suministro, se internaron aún más en los suburbios de la capital, donde casi no hallaron resistencia. Los socialistas de la zona convencieron a la mayoría de los defensores y les hicieron entregar las armas y quitarse el uniforme. En un solo distrito los habitantes ayudaron a los soldados alemanes a convertirse en «civiles austríacos», despojándoles del uniforme y ocultándoles en buhardillas y sótanos. Los primeros rusos entraron dentro del casco urbano hacia el mediodía. Sus disparos fueron escuchados por Paula SchmuckVachter, que se ocultaba con su hijo de seis años y su madre en el sótano de la casa. Al oír airadas voces arriba, creyó que todos iban a morir. Para calmarse se puso a leer Fausto, de Goethe. Una de las partes la repitió varias veces:

«…Todo parece como un sueño angustioso

donde reina la confusión sobre el desorden,

y la falta de ley es la ley,

creando un mundo de errores interminables.»

La madre de Paula escondió a ésta y a su hijo en la carbonera, y murmuró:

– «Nacerán más niños y la vida proseguirá.»

Sin embargo, los rusos no justificaron el miedo que se les tenía. Se mostraron corteses e incluso cariñosos con los niños. Pusieron de manifiesto gran interés por todo objeto mecánico que desconocían, y algunos gozaban tirando de la cadena de los inodoros, que no habían visto hasta aquel momento. Otros tomaron el inodoro por una fresquera con agua y colocaban los alimentos dentro del artefacto. Hubo algunos que perdieron la comida al tirar de la cadena sin querer, y pegaron a los dueños de la casa por creer que habían saboteado la fresquera.

En un piso cercano al de Paula los rusos se mostraron afectuosos, hasta que uno de ellos fue herido por un tirador apostado. Los encolerizados camaradas del herido obligaron entonces a un soldado austríaco enfermo a pegar fuego a su piso. En cuanto el austríaco creyó que los rusos se habían marchado, empezó a echar cubos de agua sobre las llamas. Pero un ruso de alto sombrero caucasiano regresó y disparó un tiro en la cabeza al herido. Una mujer comenzó a llamar asesino al ruso, mientras lloraba desesperadamente, y el ruso se limitó a enfundar la pistola mientras decía:

– Ustedes buenos, nosotros buenos. Ustedes malos, nosotros malos.

Puede decirse que en la zona de Viena no había plan de lucha ni línea de fuego. Algunos grupos de soldados alemanes se defendían en numerosos puntos de la ciudad, pero la bandera roja, blanca y roja flameaba en numerosos edificios. Los rebeldes tenían en su poder el Parlamento y el Ayuntamiento. Otros integrantes del grupo «O-5» invadían la sede de la Policía, en Schottering, poniendo en libertad a los prisioneros que allí se hallaban.

El general Von Bünau, sin embargo, seguía firmemente atrincherado en la Ciudad Interior, que estaba rodeada por la amplia avenida denominada Ringstrasse, y por el canal del Danubio hacia el Nordeste.

Por la tarde, una pequeña caravana de automóviles salió de la zona del Festung, para dirigirse hacia una plaza cercana. Unos miembros de la Gestapo, y tropas de las SS, sacaron a Biedermann, Huth, y Raschke de uno de los automóviles. Les quitaron las insignias de los uniformes y procedieron a atarles las manos a la espalda. Lanzaron una cuerda alrededor de una señal de tránsito y luego ataron la soga al cuello de Biedermann. Este fue ahorcado, lo mismo que Raschke, unos minutos más tarde. Después ataron otra cuerda a un indicador de parada del tranvía, y colocaron el nudo corredizo alrededor del cuello de Huth, el cual gritó antes de morir:

– ¡Por Dios y por Austria!

Pero en el interior de la fortaleza aún seguía un «traidor». Este era el teniente Scheichelbauer, un miembro del «O-5» que pasaba por leal afiliado nazi. En las primeras horas de la tarde, Scheichelbauer había hecho un notable descubrimiento en la sala de operaciones militares. Era el nuevo plan de defensa de la Ciudad Interior, que describía con detalle la situación y la fuerza de cada una de las unidades leales a Von Bünau.

Scheichelbauer logró apoderarse del plan, que entregó a Szokoll. Los documentos eran tan importantes que Szokoll decidió llevárselos personalmente a los rusos. El 9 de abril, a las cuatro de la madrugada, y mientras las tropas de Von Bünau eran empujadas lentamente hacia el Danubio, el comandante y diez soldados de escolta cruzaron hacia las líneas rusas. Dos horas más tarde Szokoll se hallaba ante el mismo Tobulkhin. Le habló de las nuevas posiciones alemanas y mostró la forma en que los rusos podían penetrar en la Ciudad Interior a través de una serie de túneles.

El viaje de regreso de Szokoll fue accidentado. Szokoll se dirigió a toda velocidad en su coche hasta un puente del Danubio, en compañía de varios altos oficiales de Tolbukhin. Al llegar al río advirtió, ya tarde, que el puente había sido destruido, y el auto se precipitó al agua. Dos de los rusos murieron, pero Szokoll se salvó. Consiguió otro automóvil y se lanzó temerariamente por la carretera, atravesó las líneas alemanas y llegó poco después, a salvo, al palacio de Auersperg.

5

Al día siguiente regresó a su ciudad otro vienés que estaba preocupado por la suerte de la capital. A petición del propio Hitler, Otto Skorzeny se hallaba en viaje de inspección por el Frente Oriental. Skorzeny estaba comiendo en compañía de Schoerner, cuando se le acercó un ayudante comunicándole que los rusos habían entrado en Viena.

La familia de Skorzeny se hallaba aún en la capital de Austria, lo mismo que dos de sus unidades de comandos, que no quiso él sacrificar en una acción regular de combate. Skorzeny llegó a los suburbios de su ciudad natal. Quedóse asombrado al contemplar la multitud de soldados alemanes que se retiraban en desorden de Viena, y su cólera aumentó considerablemente cuando vio a los heridos avanzando a pie por la carretera, en tanto que muchos hombres ilesos iban sentados en camiones cargados de mobiliario.

Skorzeny vio en ese momento un carro que iba cargado de muebles y en el que viajaban también varios soldados y una muchacha. De un salto aferró por el cuello a un sargento, le dio unas bofetadas y gritó:

– ¡Tirad todos esos muebles y haced sitio para los heridos! Luego entregó la pistola del sargento a un herido y le ordenó:

– ¡Que carguen sólo a los heridos!

Ya había anochecido cuando Skorzeny entró en Viena. Descubrió lleno de alivio que sus dos unidades ya se habían marchado, y entonces trató de averiguar la suerte corrida por su familia. Halló semiderruida la casa de su madre. Esta había salido de Viena pocos días antes. También el piso de su hermano estaba destruido y vacío. A continuación Skorzeny atravesó en su coche las calles desiertas, en dirección a la fábrica que había establecido antes de la guerra y donde se fabricaban andamiajes para construcciones de obras. Los ruidos de la lucha fueron haciéndose más intensos conforme Skorzeny fue acercándose al palacio de Schoernbrunn. Una granada estalló cerca de su coche. Después vio a dos ancianos policías y se detuvo para preguntarles acerca de la situación. Los policías adoptaron una rígida actitud de firmes.

– Coronel -dijo uno de ellos, con un gesto significativo-, nosotros somos la línea de defensa de Viena.

En la fábrica no había electricidad, y los obreros se amontonaron alrededor de Skorzeny, tratando de estrecharle la mano, mientras que su secretaria procuraba calentar el agua para el té con una vela. Le dijeron que los tanques rusos habían pasado por allí camino del centro de la ciudad. Los mismos ciudadanos se entregaban al saqueo más que los propios rusos. Era el fin de la Antigua Viena y de Austria, decían.

Skorzeny comprendió que Hitler desearía recibir un informe de la situación que reinaba en el interior de Viena. El hecho de que los tanques soviéticos estuvieran entre él y la Ciudad Interior, no le desalentó en absoluto. Siguiendo las callejas que conocía tan bien, Skorzeny guió al chófer a través de la oscuridad hasta llegar al cuartel general de Von Bünau. Dijo al general que no había visto soldados alemanes, sino muchos rusos.

– Cuando me marche de aquí -manifestó Skorzeny-, diré al Führer que Viena se ha perdido.

El general Von Bünau le preguntó si deseaba ver a Baldur von Schirach, el comisario de Defensa, que se encontraba en el vestíbulo, donde tenía su despacho.

Skorzeny se encaminó hacia una vasta estancia iluminada con candelabros y amueblada con gran lujo. Schirach levantó la vista de su escritorio y le sonrió.

– Ya lo ve, Skorzeny, tengo que trabajar a la luz de las velas -dijo.

– No he visto a un solo soldado alemán -volvió a quejarse Skorzeny-. Los puestos de vigilancia de las carreteras están desiertos, y los rusos pueden andar por donde les place.

– ¡Imposible!

Skorzeny dijo a Von Schirach que se diera una vuelta por la ciudad para comprobarlo por sí mismo. El antiguo dirigente de las Juventudes se resistía aún a creerlo, y cuando Skorzeny le aconsejó que huyese, le contestó:

– No. Jamás abandonaré este puesto. Prefiero morir en él. Pero nada se ha perdido. Se acerca una división desde el Oeste, y otra va a cruzar el Danubio para reforzarnos. Contendremos a los rusos.

– Es usted un iluso -contestó Skorzeny-. Informaré al Führer que Viena está perdida.

Al amanecer del 11 de abril, el automóvil de Skorzeny cruzó el puente de Floridsdorfer bajo un intenso fuego de tiradores apostados que disparaban desde los techos de las casas. Skorzeny se volvió para echar una última mirada a Viena. La ciudad estaba en llamas y el estampido de los cañones hacía vibrar la tierra. Dentro de su ser algo pareció derrumbarse.

En el próximo puesto de mando de la Gestapo que halló, Skorzeny envió el siguiente telegrama a Hitler:

«En las calles que conducen al oeste, desde Viena, presencié escenas caóticas. Propongo la adopción de medidas extraordinarias en la ciudad. Viena se halla prácticamente indefensa y caerá en manos de los rusos esta misma mañana.»

Las tropas de Von Bünau se vieron obligadas a retroceder hasta la otra orilla del Danubio, para establecer una línea de defensa fuera de la ciudad. Se procedió a volar cuatro puentes, dejando sólo el Reichsbücke, para que por él cruzaran las últimas tropas. Cuando el último soldado de Von Bünau hubo pasado a la otra orilla, un equipo de demolición se preparó a destruir la gran estructura, pero los guardias del puente, que eran miembros del grupo «O-5», volvieron sus fusiles ametralladores contra los alemanes y les obligaron a marcharse.

Durante tres días prosiguió la lucha, pero el 14 de abril concluyó definitivamente la batalla de Viena. Las calles estaban llenas de tanques incendiados y de caballos muertos, y millares de alemanes, vieneses y rusos yacían sin vida unos al lado de los otros. Los heridos y enfermos eran transportados a hospitales de emergencia en carretillas y cochecillos de niños. Mucha gente se parapetó en sus casas, para rechazar a los rusos, a los trabajadores forzados e incluso a los mismos vieneses, que se dedicaban al pillaje y a violar. Se adiestró a los niños para que corrieran al puesto de mando más próximo en busca de auxilio. Si la patrulla llegaba a tiempo, el delincuente era fusilado en el acto. Pero en otros casos sólo se le detenía, o le hacían una severa e inútil advertencia.

Si bien los depósitos de agua se hallaban intactos, las conducciones habían quedado destruidas por las bombas y las granadas, y la gente hacía largas colas ante las pocas fuentes de las que aún surgía el líquido. El problema de la alimentación era todavía mas grave. Los almacenes que no habían quedado destruidos, fueron saqueados por la gente. No había casi nada en disposición de usarse. Las tarjetas de racionamiento resultaban inútiles, y prosperaba el mercado negro.

En las calles imperaba la ley de la fuerza. Extrabajadores forzados extranjeros se apoderaban de las armas y asumían singulares funciones policíacas, en tanto que grupos de saqueadores bien organizados se dedicaban a despojar sistemáticamente almacenes, tiendas y hogares. Funcionarios civiles, nombrados a sí mismos como tales, sacaban a la gente de sus pisos y colocaban en ellos a sus familias. En algunos distritos no había más que decir que una vivienda pertenecía a un nazi, para tomar posesión de la misma.

Ya en esos momentos estaban organizándose distintos movimientos políticos. Ernst Fischer, un notorio comunista vienés, llegó por vía aérea desde Moscú. El doctor Karl Renner, antiguo Canciller, fue llevado igualmente a la ciudad por los soviéticos. El comandante Szokoll fue proclamado por los rusos comandante civil de Viena, y quedó instalado en el Rathaus (Ayuntamiento). A los dos días de hallarse en funciones, se presentó ante él un coronel ruso, que le dijo:

– Le acaban de nombrar jefe de policía de Viena. Sígame, hemos hallado algunos criminales de guerra.

Szokoll declaró que estaba demasiado ocupado para marcharse, pero el coronel llamó a varios guardias, y Szokoll fue llevado hasta un coche que esperaba ante la alcaldía.

Sólo entonces el coronel reveló que era un oficial del NKVD. Acusó al comandante de ser un espía de los Aliados Occidentales, que había ido al cuartel general de Tolbukhin para descubrir los planes soviéticos. También se le achacó la culpa del fracasado levantamiento, y le amenazaron con ejecutarle.

Por la tarde, los guardias del NKVD encerraron a Szokoll en un sótano lleno de humedad. El comandante se acostó sobre una alfombra que había encima de unos cajones y se quedó dormido. [43]

Capítulo segundo. «Esas viles mixtificaciones»

1

El activo intercambio de telegramas que provocó la «Operación Amanecer», sólo parecía haber agravado la situación. El día de Viernes Santo, Roosevelt recibió un nuevo mensaje. En él, Stalin declaraba que a causa de las conversaciones de Ascona, los alemanes habían podido enviar tres divisiones desde Italia al Frente Oriental. [44] Stalin se quejó, además, de que lo acordado en Yalta, en el sentido de atacar simultáneamente desde el Este, Oeste y Sur, no se cumplía, por parte de los aliados, en Italia.

«…Esta circunstancia disgusta al comando soviético y genera la desconfianza… En una situación de tal naturaleza, los Aliados no deben tener nada que ocultarse mutuamente.»

Exasperado, el presidente pidió a Marshall y a Leahy que redactasen una respuesta. La junta de jefes militares se mostraba preocupada ante las acusaciones de Stalin, y temió que una ruptura de relaciones con Rusia fuese «el único milagro que evitase el rápido derrumbe de los ejércitos alemanes». Por todo ello se redactó una contestación que a un tiempo trataba de ser conciliadora y enérgica. El telegrama de Roosevelt decía así:

«Debo repetir que la entrevista de Berna <strong>[45]</strong> tuvo por único fin entrar en contacto con competentes oficiales militares germanos, y no para llevar a cabo negociaciones de ninguna especie… Todo este asunto se debió a la iniciativa de un oficial alemán al que se considera allegado a Himmler, y existe desde luego la posibilidad de que su único objetivo sea el de crear sospechas y desconfianza entre los Aliados. No hay razón alguna para permitir que logren un éxito en tal sentido. Confío en que la categórica exposición de la situación actual, y de mis intenciones, contribuirá a disipar los temores que usted expresó en su mensaje del 29 de marzo.»

Los temores de Stalin sobre lo que ocurriría con las aspiraciones comunistas en el norte de Italia, si los alemanes se rendían en corto plazo, se hallaban bien fundados. Confundido evidentemente por los erróneos informes de sus agentes en Suiza, Stalin envió otro telegrama a Roosevelt el 3 de abril. Era un mensaje que para proceder de un aliado era asombroso y en él se acusaba abiertamente a los Aliados Occidentales de actuar con engaño.

«Afirma usted que hasta el momento no se han llevado a cabo negociaciones. Según parece, no está usted bien informado. Por lo que se refiere a mis colegas militares, que se basan en los informes que poseen, están seguros de que las negociaciones ya han tenido lugar, y que terminaron en un acuerdo con los alemanes, por el cual el comandante germano del Frente Occidental, mariscal Kesselring, abrirá el frente a las tropas angloamericanas, permitiendo que avancen hacia el Este, mientras que los británicos y americanos prometieron, a su vez, atenuar las condiciones del armisticio para los alemanes.

»Creo que mis colegas no andan muy errados. En caso contrario, la exclusión de los representantes del comando soviético, de la conferencia de Berna (Ascona), resultaría inexplicable.

»Tampoco puedo confiar en la reserva de los británicos, que han dejado que usted intercambiase conmigo una correspondencia acerca de un asunto tan desagradable, mientras ellos guardan silencio, cuando es sabido que la iniciativa en el asunto de las negociaciones de Berna pertenece a los ingleses…»

El conciliador telegrama que Eisenhower enviara poco antes acerca de Berlín, pudo incluso haber suscitado las sospechas de Stalin, el cual proseguía diciendo que las «negociaciones» de Suiza permitían a los Aliados occidentales avanzar «casi sin resistencia» por el centro de Alemania, mientras que en el Este la lucha seguía con toda ferocidad.

Uno de los norteamericanos que consideraba improcedentes las exigencias rusas en ése ni en ningún otro asunto, era Averell Harriman. En cuanto el telegrama de Stalin pasó por sus manos, envió otro mensaje al Departamento de Estado manifestando que los soviéticos trataban todos los asuntos únicamente desde el punto de vista de sus egoístas intereses.

«…Han divulgado, en beneficio de su propia política, la especie de que reina una penosa situación alimenticia en los países liberados por nuestras tropas, como Francia, Bélgica e Italia, en tanto que las condiciones son muy satisfactorias en las zonas que el Ejército Rojo ha salvado de la cautividad… Por consiguiente, lamento llegar a la conclusión de que debemos cuidar primero de nuestros aliados occidentales y de otras zonas colocadas bajo nuestra responsabilidad, dejando a Rusia lo restante.»

Harriman seguía afirmando que la única forma de apoyar a los pueblos antitotalitarios, y de detener la penetración del comunismo, consistía en ayudar a dichos países a alcanzar rápidamente una situación de estabilidad económica.

«…Por consiguiente, recomiendo que encaremos las realidades de la situación y orientemos nuestra política económica en consecuencia…»

Las conclusiones fueron notificadas al presidente, lo cual sin duda influyó para que éste enviase a Stalin, el 5 de abril, el telegrama más enérgico e indignado que se redactó desde el comienzo de la guerra:

«…Resulta inadmisible la creencia del Gobierno soviético de que he llegado a un acuerdo con el enemigo sin obtener primero la total conformidad de usted.»…Constituiría una de las mayores tragedias de la historia el que, en el mismo momento de la victoria, ahora ya a nuestro alcance, esa desconfianza, esa falta de fe, llegase a perjudicar al conjunto de la empresa, después de las enormes pérdidas de vidas, material y pertenencias que hemos sufrido.

»Hablando francamente, no puedo evitar una sensación de amargo resentimiento contra sus informadores, sean quienes sean, por esas viles mixtificaciones acerca de mis actos y los de mis subordinados de confianza.»

Cuando Churchill recibió una copia del telegrama, se sintió sumamente complacido. Manifestó que la última frase, sobre todo, «parecía el mismo Roosevelt encolerizado». Inmediatamente escribió al presidente manifestando su asombro porque Stalin le hubiese dirigido un mensaje tan ofensivo para el honor de Estados Unidos y de la Gran Bretaña. Luego mandó a Stalin un largo telegrama que concluía así:

«…Me adhiero, junto con mis colegas, a la última frase de la respuesta del presidente.»

La nota que Harriman envió al otro día al Departamento de Estado, ponía de manifiesto que la «generosa y considerada actitud» de Norteamérica era tenida por los soviéticos como un signo de debilidad. «No podría enumerar las afrentas casi diarias y la total desconsideración que los soviéticos evidencian en los asuntos que nos conciernen», declaró, y exhortó a que se tomasen urgentes represalias para hacer comprender a los soviéticos que no podían «continuar con su actual actitud, si no era a costa de un gran precio, que pagarían ellos mismos».

La convicción de Harriman de que sólo una actitud enérgica daría resultado con los soviéticos, pareció confirmarse con la respuesta de Stalin al mensaje en el que Roosevelt hablaba de las «viles mixtificaciones». Evidentemente inquieto ante el dolido y agresivo tono del presidente, Stalin trató de suavizar un poco la tensión.

«…Nunca he dudado de su integridad o de la confianza que nos merece, del mismo modo que jamás he dudado en ese aspecto acerca de míster Churchill.»

Pero seguía afirmando que los rusos debieron haber sido invitados a la entrevista llevada a cabo en Suiza, e insistió en que su punto de vista era «el único correcto». También declaró -no sin cierta razón- que la lánguida resistencia alemana en el Oeste no se debía sólo «al hecho de que se les infligieran rudos golpes».

«…Los alemanes tienen 147 Divisiones en el Frente Oriental. Podrían retirar, sin graves perjuicios, de 15 a 20 divisiones de dicho frente, con el fin de ayudar a las fuerzas del Frente Occidental. Sin embargo, no han actuado así, sino que luchan desesperadamente contra los rusos por Zemlenice, una ignorada localidad de Checoslovaquia, que ellos necesitan tanto como un muerto puede necesitar una cataplasma, mientras rinden sin presentar resistencia algunas ciudades tan importantes del corazón de Alemania como Osnabruck, Mannheim y Kassel. Debe usted admitir que este comportamiento por parte de los alemanes resulta bastante inexplicable.»

Stalin también telegrafió a Churchill una vehemente nota de disculpa:

«…Mis mensajes son personales y absolutamente secretos. Esto me permite hablar clara y francamente. Esa es la ventaja de la correspondencia secreta; pero si usted toma cada afirmación mía como una afrenta, entonces el valor de esta correspondencia queda considerablemente afectado. Puedo asegurarle que nunca he tenido, ni tengo ahora, la menor intención de ofender a nadie.»

Otros mensajes de Stalin enviados a sus aliados aquel mismo día, aunque manifiestamente vehementes, mostraban una inclinación a mostrarse más razonable. El mariscal dijo a Roosevelt, entre otras cosas, que el asunto polaco había llegado a un punto muerto a causa de que los embajadores de Estados Unidos y Gran Bretaña se habían basado en las instrucciones de la Conferencia de Crimea. Pero unos renglones más adelante, Stalin declaraba tener grandes deseos de arreglar el asunto en el tiempo más corto posible. Aunque no había valido para otra cosa, la indignada frase del presidente acerca de las «viles mixtificaciones» había creado un saludable temor en la Unión Soviética. Una vez que Roosevelt hubo leído el mensaje relacionado con Polonia, telegrafió lo siguiente a Churchill:

«…Tendremos que considerar más cuidadosamente las consecuencias de la actitud de Stalin, así como el paso que deberemos dar inmediatamente. Como es lógico, no tomaré decisión alguna, no haré declaración de ninguna clase, sin consultarle a usted, y sé bien que usted hará lo mismo.»

Ambos hombres -con un solo modo de pensar, al fin y al cabo- consideraban que la actitud de Stalin había cambiado lo suficiente como para poder albergar, según afirmaba Churchill, «algunas esperanzas de progreso».

Mientras los diplomáticos disputaban entre sí, las fuerzas anglo-francesas-americanas seguían avanzando en todo el Frente Occidental. Tales éxitos no impedían que los jefes británicos siguieran criticando la decisión relacionada con Berlín. Cuando el delegado de Eisenhower, el mariscal del Aire inglés A. W. Tedder, asistió a la entrevista de jefes británicos del 3 de abril, trató de justificar la actuación de Eisenhower manifestando que éste se había visto forzado a tratar directamente con Stalin sólo debido a que Montgomery había dado a las tropas una orden que chocaba con sus propias órdenes.

– Me asombra que Ike considerase necesario recurrir a Stalin para dominar a Monty -fue la sarcástica respuesta de Brooke.

En un largo telegrama que enviaron al día siguiente, los jefes británicos pedían a sus colegas americanos que considerasen de nuevo «la conveniencia que suponía para las fuerzas angloamericanas el apoderarse de Berlín lo antes posible». Pero Churchill quiso terminar con la discusión. Estaba convencido de que los americanos nunca cambiarían de parecer, y el 5 de abril envió el siguiente telegrama a Roosevelt:

«Considero terminado el asunto. Y para demostrar mi sinceridad, utilizaré una de las pocas citas latinas que suelo emplear: Amantium irae amoris integratio est. (Las disputas de los amantes son parte del amor).»

Pocas horas más tarde, sin embargo, en un mensaje que envió a Roosevelt acerca de la Operación Amanecer, Churchill no pudo resistir el traer a colación, de nuevo, el asunto de Berlín, y manifestó que deberían «estrechar las manos con los ejércitos rusos lo más al Este posible, y si las circunstancias lo permitían entrar en Berlín».

Eisenhower también se mostró incapaz de dejar de lado dicho tema. Siguió dando largas explicaciones a Marshall, el cual ya había dejado de combatir las objeciones británicas. Hasta el mismo Montgomery se convenció de que las discusiones ulteriores no darían fruto alguno, y con buen humor telegrafió lo siguiente a Eisenhower:

…«Sé muy bien lo que usted desea. Arrollaré por el flanco norte, y haré todo lo que pueda por mantener a las fuerzas enemigas alejadas del ataque principal que lleva a cabo Bradley.»

El Noveno Ejército del general Simpson avanzaba rápidamente hacia el Elba y Berlín, y el general no tenía la menor idea de que la capital alemana no era ya el objetivo final de los Aliados, y por consiguiente no sintió recelo alguno cuando Bradley le ordenó detener su avance «para tomar un respiro». Varios días más tarde, Bradley llamó de nuevo por teléfono y manifestó:

– Adelante.

Simpson dijo a sus comandantes que avanzasen «a toda marcha» hacia Berlín, y decidió realizar el ataque final sobre la autopista de Magdeburgo, con la 2.ª División Acorazada del general Isaac White, y la 30.ª o la 83.ª División de Infantería. Simpson disponía de suministros en abundancia, tenía muchos camiones de diez toneladas, y sus hombres se hallaban en perfectas condiciones.

2

Los frentes de batalla de Hitler se iban derrumbando por todas partes, pero a pesar de ello millares de prisioneros aliados se encaminaban hacia la zona del Reducto Nacional, situada en el sur de Baviera. En hora temprana del 5 de abril, los componentes del grupo que procedía de Hammelburg entraron mojados y ateridos a causa de la fría lluvia, en la cuna espiritual del Nacional Socialismo: la ciudad de Nuremberg.

Causó gran impresión en los cautivos el tremendo destrozo que las incursiones aéreas aliadas habían provocado en la ciudad. Las fábricas de la I. G. Farben se hallaban casi en ruinas, pero aún seguían produciendo. Las calles aparecían obstaculizadas por innumerables vehículos inservibles, y la gente se trasladaba de un lado a otro a pie o en bicicleta. No se veían niños por ninguna parte. Cuando la columna de prisioneros llegaba al otro extremo de la ciudad, el cielo se despejó. Se ordenó a los prisioneros que se detuvieran y les concedieron una hora para comer. El grupo del padre Cavanaugh tomó asiento en un prado, al calor de los rayos solares, y sus componentes procedieron a consumir los alimentos de la Cruz Roja. A continuación se desperdigaron para dormir un poco. Minutos antes del mediodía alcanzaron a oír las sirenas de alarma antiaérea de la ciudad. Se oyeron fuertes detonaciones en la lejanía. A un kilómetro escaso de distancia, más allá de una franja arenosa, se hallaban las vías del ferrocarril, y al lado se divisaban diversas fábricas, almacenes y depósitos de combustible.

En ese momento, una muchedumbre de alemanes, muchos de ellos soldados, comenzaron a saltar sobre el terraplén de las vías, dirigiéndose hacia donde estaban los prisioneros.

– ¡Mirad cómo corren esos Fritz! -exclamó uno de los norteamericanos.

El padre Cavanaugh advirtió una serie de puntos oscuros en el cielo, a gran altura. Eran dos grupos de catorce bombarderos. Luego aparecieron otras dos escuadrillas. Conforme se aproximaban, pudo observar una serie de nubecillas blancas entre los aparatos: eran las granadas antiaéreas.

– ¡Dios santo, estamos en blanco! -gritó de pronto uno de los prisioneros.

El sacerdote se puso de pie y con voz serena exclamó:

– ¡Haced acto de Contrición, hijos míos!

Y mientras las bombas comenzaban a estallar en las cercanías, principalmente en las fábricas, anunció la breve fórmula de la absolución general. El padre Cavanaugh se cubrió la cabeza con una manta y siguió orando. La tierra se estremecía bajo sus pies. Por fin hubo un momento de calma y miró hacia las factorías, de las que surgían grandes llamaradas y una densa humareda. Unas figurillas como muñecos diminutos huían de allí para ponerse a salvo de la hecatombe.

– ¡Al suelo otra vez! -exclamó una voz.

Otras escuadrillas se aproximaban. Se percibió el silbido de las bombas al caer, seguido de atronadoras explosiones. Los depósitos de municiones estaban siendo alcanzados por las bombas. El estruendo de las paredes al desmoronarse ahogó el rumor de la tercera oleada de aviones, cuando ésta pasó sobre los prisioneros y dejó caer algo más allá su mortífera carga.

– Creo que esto se ha terminado -dijo el padre Cavanaugh, mirando por debajo de su manta. El polvo y el humo oscurecían extrañamente el cielo, y los hombres parecían aferrarse a la tierra, que se estremecía violentamente. Pero aún no había llegado el final. Después de la tercera oleada de aviones vino la cuarta, y luego la quinta. Una serie de columnas de tierra y arena se levantaban cada vez más cerca. El estruendo era aterrador.

– ¡Un médico, un médico! -comenzaron a gritar numerosas voces lastimeras.

El sacerdote se levantó y comenzó a distribuir rápidamente la extremaunción a cada figura inanimada que descubría, corriendo desesperadamente de un grupo a otro, hasta que llegó a la cabeza de la columna.

– Debo de haber omitido a alguno -murmuró algo más sereno, y se dirigió de nuevo hacia atrás.

– Padre, ayúdenos a sacar a ese hombre de ahí -exclamó un oficial, mirando fijamente a un herido que se hallaba en el interior del cráter producido por una bomba.

Otros cinco oficiales miraban también, como si estuviesen hipnotizados. El padre Cavanaugh sacudió a un par de ellos con violencia.

– ¡Vamos, de prisa! -les gritó-. ¡Ayúdenme, tengo otras cosas que hacer!

Luego el padre Cavanaugh se aproximó a Johnny Losh, que yacía tendido boca abajo.

– Hola, padre -dijo Losh, sonriendo forzadamente, a causa del dolor-. Me alegra que no le hayan dado a usted.

– A Johnny le han herido en el vientre, padre -explicó Keough, un amigo de Losh.

El sacerdote observó la camisa manchada de sangre, que habían colocado alrededor del abdomen del herido para evitar la salida de los intestinos, y se dio cuenta de que el hombre estaba agonizando. Le dio la absolución, y trató de animarle.

– ¿Cree usted que todo saldrá bien, padre?

– Eso espero, Johnny. Pronto llegará un médico para atenderte.

El padre Cavanaugh encontró después a Douglas O'Dell sentado en el agujero abierto por una bomba. Dos hombres le estaban atando un torniquete -una camisa sucia y desgarrada- alrededor de lo que quedaba de una de sus piernas.

– Bueno, padre, me parece que esto ya no tiene remedio -dijo O'Dell, tristemente, señalando hacia una destrozada pierna, que se hallaba algunos metros más allá-. Ahí queda una parte de mi cuerpo.

Luego dijo que estaba tranquilo y que no culpaba al Señor.

Se acercó entonces el capitán John Madden, el cual dijo al sacerdote:

– Padre, uno de los capellanes protestantes ha muerto, y los hombres quieren que vaya usted.

El padre Cavanaugh se dirigió con Madden hacia otro grupo, y vio el cuerpo exánime del capellán Koskamp. Al inclinarse para ungir al muerto, el sacerdote advirtió que en la frente de éste ya aparecía trazada una aceitosa señal de la cruz.

El número de víctimas era elevado. Veinticuatro hombres habían muerto, y muchos más eran los heridos. Los guardias alemanes se congregaron alrededor de los que podían andar, unos cuatrocientos prisioneros, y con ellos siguieron la marcha hacia el Sur. Los cuatro capellanes sobrevivientes, así como tres médicos y siete oficiales, se quedaron atrás para cuidar de los heridos. Luego alinearon en filas a los muertos, y por fin se sentaron en el suelo, agotados.

El sargento de los guardias alemanes preguntó el padre Cavanaugh si tenía un cigarrillo. El sacerdote extrajo un paquete, y de pronto sintió que todo giraba violentamente a su alrededor. Cuando recuperó el conocimiento, se dio cuenta de que alguien le estaba dando de beber en un vaso. Era el sargento alemán, que se hallaba sentado junto a él, en la hierba. Los dos hombres contemplaron la escena dantesca que se ofrecía ante sus ojos, pero no pudieron decir una sola palabra.

Los compañeros de campamento que el padre Cavanaugh había dejado en Oflag XIIIB estaban a punto de ser liberados por la 14.ª División de Estados Unidos, que avanzaba rápidamente hacia Hammelburg. A las once de la mañana del día siguiente, 6 de abril, el comandante del campo, general Von Goeckel, dijo el médico americano, comandante Berndt, [46] que sus compatriotas se aproximaban cada vez más y que no tardarían en tomar el campamento.

– Tengo órdenes de Berlín de retirarme con las tropas de mi guarnición. Por consiguiente, le cedo a usted el mando del grupo americano, y le encargo de proteger adecuadamente a sus compatriotas. También quería pedirle un favor.

El general Von Goeckel señaló a unos cientos de metros más allá, y añadió:

– En esa casa dejo a mi esposa y mi cuñada. Le pido que acepte la responsabilidad de cuidar de ellas en mi ausencia. Estoy preocupado a causa del campamento de los rusos, que será liberado poco después de éste.

Al hacerse más próximas las detonaciones, Berndt envió a dos médicos para que vigilasen la casa del general. Desde el segundo piso de la enfermería, el propio Berndt pudo ver a los tanques americanos que ascendían por la ladera de la colina. Resultaba un espectáculo sumamente grato para él. Los americanos avanzaban disparando con sus cañones, pero no hubo respuesta alguna.

Los tanques se hallaban a unos cien metros de distancia, cuando dos ayudantes de Berndt desplegaron un par de banderas de la Cruz Roja y de Estados Unidos, cuyos colores habían sido pintados con mercurocromo y azul de metileno. Los tanques cesaron de disparar, y arrollaron las alambradas, penetrando en el campamento. Prisioneros de todas las nacionalidades salieron a su encuentro, gritando llenos de júbilo. Algunos no podían reprimir su emoción y lloraban inconteniblemente, y otros llegaban hasta a besar los tanques

Berndt buscó al comandante de la fuerza especial, teniente coronel James Lann, del 47.° Batallón de carros de asalto, y le dijo que el coronel Waters debía ser enviado inmediatamente a un hospital. La noticia fue transmitida al Tercer Ejército, y a las cinco de la tarde, el coronel Charles Odom salió del cuartel general de Patton en avión, para hacerse cargo del yerno del general.

Al día siguiente, 7 de abril, Patton fue a ver a Waters al 34.° hospital de evacuación, de Francfort del Main. Aunque débil y muy delgado, el coronel se hallaba con buena moral, y los médicos aseguraron que además de no correr peligro su vida, probablemente no quedaría paralítico.

– ¿Sabía usted que me encontraba en Hammelburg?-inquirió Waters.

– No, no lo sabía -contestó Patton-. Me enteré de que había prisioneros de guerra americanos en el campamento, y quise liberarlos.

Unos ciento veinte kilómetros al Nordeste, dos mujeres alemanas que iban en busca de una matrona fueron detenidas por unos soldados de la policía militar americana, pertenecientes a la 90.ª división, en las cercanías de la mina de sal de Merkers. Mientras charlaban, una de las mujeres señaló hacia la mina y dijo como sin darle importancia:

– Ahí es donde está escondido el tesoro.

No tardó mucho en saber Patton que en la mina de sal habían sido hallados más de mil millones de dólares en billetes de Banco, así como las bóvedas selladas del Reichsbank alemán. Patton llamó personalmente a Eddy, el cual manifestó que las bóvedas, a su entender, contenían el total de las reservas de oro de Alemania. Patton ordenó a Eddy que las hiciese saltar para comprobar el contenido. Si realmente se trataba de las reservas de oro, al anunciarse su caída a manos del enemigo, los billetes de Banco alemanes perderían todo su valor.

Gay tomó el teléfono de manos de Patton, y manifestó jovialmente:

– ¡Matt, no se rompa las espaldas tratando de transportar todo el oro!

Al día siguiente Eddy informó que buena parte de las reservas de oro se encontraban evidentemente en la mina de sal. Según la primera apreciación, debía de haber unos doscientos millones de dólares en oro, así como 2.750 millones de Reichsmarks. El cambio oficial asignaba a las monedas un valor de unos 84 millones de dólares, lo cual hacía que fuera aquel uno de los mayores depósitos del mundo. Pero además, en las enormes bóvedas había otro tesoro no menos estimable, y que Eddy no había mencionado: una serie de obras de arte de valor incalculable, entre las que se hallaban las que fueron evacuadas del Kaiser Friedrich Museum, de Berlín.

Patton avanzaba hacia el Este, en dirección a Weimar, cuna de Schiller, Liszt, Goethe… y donde se hallaba también Buchenwald. Este campo de concentración estaba situado en la colina que dominaba la ciudad, no lejos del Roble de Goethe, que el poeta solía visitar en sus paseos. En los ocho años de existencia del campo, unos 56.000 internados habían sido eliminados allí. Su capacidad normal, de unos setenta mil prisioneros, había disminuido a veintiún mil, por las recientes evacuaciones. Pero en numerosas fosas seguían aún muchos cadáveres sin recibir sepultura.

Conforme Patton se iba acercando, el comandante del campo dudaba entre utilizar las amenazas o las súplicas para salvarse.

– Después de todo, no soy de los peores -declaró a los internados, y les rogó que dijeran a los norteamericanos lo benévolo que había sido con ellos. Al mismo tiempo, y para evitar cualquier posible rebelión, decidió ejecutar a cuarenta y seis prisioneros políticos.

Uno de ellos era el doctor Zenkl, antiguo alcalde de Praga y antinazi acérrimo durante muchos años. Cuando su nombre apareció en la lista, Zenkl, junto con otros condenados, decidió esconderse. Enterró sus documentos y notas y escribió una carta de despedida a su familia. Un amigo le cortó el pelo, le afeitó el bigote, le recortó las espesas cejas, y lo trasladó a otro barracón. Durante el resto de la noche, el sexagenario Zenkl se vio obligado a buscar una serie de escondites.

La orden de ejecutar a los cuarenta y seis prisioneros tuvo la virtud de unir los dos movimientos clandestinos del campamento: los comunistas y los anticomunistas. Ambos grupos convinieron en no entregar a los condenados. Con tal fin se pasó una consigna de barracón en barracón según la cual ningún prisionero debería contestar a las listas, en el momento de pasarlas por la mañana. La tensión se elevó conforme se iban acercando las ocho de la mañana, hora en que se pasaría lista. Cuando sonó la hora, ninguno de los veintiún mil prisioneros se presentó en el gran patio central. Por último, Zenkl, observando a través de una grieta de la pared, vio una figura solitaria que se presentaba a pasar lista. Se trataba de un industrial francés. Los guardias le tomaron el nombre, y le dejaron marchar, como para demostrar a los demás que nada les hubiera pasado de haber obedecido.

El comandante ordenó inmediatamente que se pasara lista de nuevo. Esta segunda vez no apareció absolutamente nadie. Los policías del campamento fueron enviados a los barracones para que buscasen a los condenados. Los guardias se mostraron exageradamente minuciosos en su búsqueda, abriendo incluso los cajones de las mesas. Era evidente que no esperaban ni deseaban hallar a nadie. Y es que cada vez se oían retumbar con más fuerza los cañones de Patton.

Algunos de los que habían conspirado para eliminar a Hitler: Fabian von Schlabrendorff, el pastor Dietrich Bonhoeffer, el almirante Wilhelm Canaris, antiguo jefe de Inteligencia del OKW, y su ayudante, el general Hans Oster, se hallaban enfrentados con la muerte, sin esperanza de salvación. Les habían enviado al campo de concentración de Flossenbürg, cerca de la frontera germano-checa, junto con un extenso grupo de prisioneros eminentes, entre los que se contaba el general Franz Halder, el antiguo canciller austríaco, Kurt von Schuschnigg, el doctor Hjalmar Schacht, el mago de las finanzas, y Josef «Ochsensepp» Müller, que habían persuadido al Papa, en 1939, para que actuase como intermediario entre los británicos y un régimen antinazi.

El 8 de abril, Müller fue conducido al cadalso desde su celda, y en ese momento le dijeron:

– El último acto va a comenzar. Será usted ahorcado inmediatamente después de Canaris y de Oster.

Pero allí la situación parecía ser aún más confusa que en Buchenwald. Sin darle otras explicaciones, Müller fue devuelto a su celda, y casi al momento le volvieron a llevar al cadalso, donde le hicieron permanecer de pie. Por fin, alguien declaró:

– Por hoy vamos a olvidarnos de usted.

Y volvieron a llevarle a su celda. Esa misma noche un oficial de la Gestapo, evidentemente desconcertado, se presentó en la celda de Schlabrendorff y le preguntó si era Dietrich Bonhoeffer. Contestó que no, y el oficial se marchó, pero al cabo de unos minutos el miembro de la Gestapo regresó y volvió a preguntar lo mismo. También le hicieron igual pregunta a Müller. Este se dispuso a dormir, pero alrededor de las cuatro le despertó la voz de un niño. Creyó estar soñando o delirando. Pero ocurría que la esposa del doctor Schuschnigg y su hijito, junto con el doctor Schacht y los generales Halder y Thomas, eran introducidos en esos momentos en una camioneta para trasladarlos a Dachau.

Un par de horas más tarde alguien anunció en voz alta algunos números de celda, y luego Müller oyó que Canaris solicitaba que le permitieran escribir algunas líneas a su mujer. Dos horas después entró un guardia que declaró desconcertado:

– No sé lo que ocurre. Me dijeron que era usted el principal de los criminales, y ahora no saben qué hacer con usted.

Müller se dirigió hacia la pequeña ventana de su celda. Fuera vio a dos oficiales extranjeros (uno era un agente secreto británico, Peter Churchill, detenido en 1943) que se hallaban en el patio de ejercicios.

– ¿Es usted uno de los funcionarios importantes que van a ser colgados?-preguntó a Müller desde abajo el compañero de Churchill.

– Eso creo.

– Ya han ahorcado a sus compañeros, y ahora los están incinerando detrás del edificio.

Algunos tenues residuos carbonizados penetraron a través de los barrotes de la celda de Müller, flotando en el aire. Pasaron unos minutos antes de que Müller se diera cuenta, horrorizado, de que aquello podía ser lo que quedaba de Canaris o de Oster.

3

En Berlín, el ministro de Finanzas de Hitler, conde Lutz Schwerin von Krosigk, se dio cuenta a esas alturas de que la guerra estaba inevitablemente perdida, y quiso salvar al pueblo alemán de ulteriores padecimientos. El conde era un ferviente católico, y habiendo estudiado en la Universidad de Oxford, se sentía fuertemente vinculado a Inglaterra. En consecuencia, decidió hacer partícipe a Goebbels de sus preocupaciones acerca del sino que esperaba a Alemania. Tal vez el ministro de propaganda fuese capaz de convencer a Hitler para que negociase la paz con Occidente.

Goebbels también se mostró preocupado, pero manifestó que existían más posibilidades de lograr la victoria de lo que la gente creía. La escisión entre los bolcheviques y los angloamericanos era cada día más acentuada.

– Lo único importante que podemos hacer, es permanecer alerta, a la expectativa de la ruptura que va a producirse -declaró Goebbels. Eso ocurriría, según él, tres o cuatro meses más tarde.

– Yo también creo que va a ocurrir esa ruptura -replicó el conde, si bien manifestó que para entonces ya sería demasiado tarde, por lo que era necesario no perder un solo momento. Prosiguió diciendo que la situación militar era desesperada, y que había que enviar al extranjero, con carácter oficioso, a varios representantes de reconocida competencia, los cuales podrían negociar con algún intermediario, como el doctor Burkhardt o el Papa.

Ante la sorpresa de Schwerin, Goebbels no sólo se mostró de acuerdo con la idea, sino que reveló los pasos que secretamente había dado en tal sentido. Lo único que sabía hasta el momento era que a los norteamericanos y los soviéticos no parecían desagradarles la propuesta, pero los británicos, en cambio, mostraban una actitud totalmente negativa. [47]

– Las negociaciones, por nuestra parte, cuentan con la oposición de Von Ribbentrop -añadió Goebbels, y puso de manifiesto que por desgracia no podía criticar abiertamente, ante el Führer, la actitud del ministro de Asuntos Exteriores, ya que corrían rumores de que el mismo Hitler quería hacerse cargo de dicha cartera.

– Tiene usted que comprender -prosiguió diciendo el ministro de Propaganda- que el Führer no va a escuchar consejos de personas extrañas. Por otra parte, lo del 20 de julio le afectó psíquicamente más que físicamente. Esa traición fue para él un terrible golpe, que le ha hecho aún más receloso y solitario. Pero sé bien lo mucho que el Führer aprecia la honradez y la sinceridad de que usted hace gala, y en cuánto estima sus consejos, pues sabe que nunca ha querido nada para sí mismo.

Goebbels hizo una breve pausa, y luego inquirió:

– ¿No le importaría que concertase una entrevista entre usted y el Führer?

Sin dar al atónito conde una oportunidad de contestarle, Goebbels agregó:

– Podrá usted iniciar la conversación dándole un informe acerca de su departamento. El Führer comenzará a hablar de la situación general, y ello le dará ocasión para tratar del tema que nos interesa. Pero recuerde usted que el Führer no puede soportar a los derrotistas. Tendrá usted que elegir cuidadosamente sus palabras.

– Puede usted pedir al Führer que me reciba -dijo el conde. [48]

De pronto, Goebbels pareció recobrar su antiguo entusiasmo. Describió cómo había leído recientemente a Hitler el relato de Carlyle acerca de los penosos días de la Guerra de los Siete Años, en la que Federico el Grande, abrumado por su evidente derrota en Prusia, declaró que si no se producía un cambio antes del 15 de febrero, se envenenaría. «Valeroso rey -escribió Carlyle-, espera un poco, pues se acerca el fin de tus sufrimientos. El sol de tu fortuna está escondido tras las nubes, y no tardará en aparecer ante ti.» El 12 de febrero moría la zarina, y se producía un cambio milagroso en la suerte de Federico el Grande. Al terminar la lectura, aseguró Goebbels, el Führer tenía los ojos llenos de lágrimas.

Luego reveló que el horóscopo de Hitler del 30 de enero de 1933, había pronosticado victorias hasta 1941, y luego una serie de reveses que culminaban en un desastre en la primera quincena de abril de 1945. Pero luego habría un éxito temporal en la segunda quincena de ese mismo mes, seguido de un período de calma, hasta producirse la paz en el mes de agosto. Alemania pasaría tres años de grandes privaciones, pero en 1948 comenzaría a levantarse de nuevo.

Al día siguiente Goebbels envió al conde el horóscopo, y si bien las predicciones no parecían del todo exactas, Schwerin se sintió intrigado por lo que podría ocurrir durante la segunda quincena de abril.

4

Si era verdad que iba a producirse algún cambio increíble en la fortuna de Alemania, éste no parecía probable que fuera a producirse en el Frente Occidental. En la mañana del 11 de abril, una avanzada del Primer Ejército de Hodges, el comando de combate B, de la 3.ª División Acorazada, convergía rápidamente hacia Nordhausen, localidad del centro de Alemania donde se hallaban las instalaciones en que se construía una de las principales armas secretas de Hitler, los proyectiles dirigidos de Wernher Von Braun.

Von Braun, que estaba recuperándose de un serio accidente automovilístico, al punto que aún tenía el pecho y el brazo izquierdo enyesados, escuchó el Domingo de Resurrección la noticia de que los tanques de Estados Unidos se hallaban a pocos kilómetros al sur de donde 61 se encontraba. Temió que los SS siguieran la táctica de «tierra arrasada», preconizada por Hitler, y destruyesen la enorme cantidad de planos y documentos relativos a la «V-2». Decidió que aquello debería ser puesto a salvo. En consecuencia, Von Braun dio instrucciones a su ayudante personal, Dieter Huzel, así como a Berhard Tessmann, jefe de proyectistas de las instalaciones de pruebas de Peenemünde, para que ocultasen los documentos en lugar seguro.

– Lo mejor será hallar una vieja mina o una bodega… algo por el estilo -dijo Von Braun-. No se me ocurre nada más que eso, y no hay tiempo que perder.

Se necesitaron tres camiones para transportar nada menos que catorce toneladas de documentos. La pequeña caravana inició la marcha hacia el Norte, el 3 de abril, en dirección a las montañas Harz, conocidas por sus balnearios, y en las que abundaban las minas. Tessman y Huzel buscaron desesperadamente durante todo el día un escondite apropiado, hasta que al fin dieron con una mina de hierro abandonada, en el retirado pueblecillo de Doernten. Treinta y seis horas más tarde, todos los documentos se hallaban cargados en una pequeña locomotora, y fueron introducidos en el interior de la mina, quedando depositados en el polvorín de la misma.

«Misión cumplida», pensó Huzel, que se hallaba agotado por el esfuerzo realizado. Al día siguiente regresó con su colega y dinamitó la galería que conducía al polvorín. Posteriormente, el anciano guardián de la mina hizo estallar otra carga, quedando de este modo completamente sellada la galería. Sólo Tessman, Huzel y el guardián se hallaban al corriente de la situación exacta de los documentos. Y este último no tenía la menor idea del valor incalculable de los papeles que allí había escondidos.

El 10 de abril se detuvo por completo el trabajo en la gran factoría subterránea de las «V-2», en Nordhausen. Los especialistas en proyectiles dirigidos, que entre técnicos y obreros sumaban unas 4.500 personas, se dispersaron en dirección a sus hogares, en tanto que los trabajadores forzados regresaban al cercano campo de concentración. Anteriormente ya habían sido enviados quinientos especialistas a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros hacia el Sur, hasta Oberammergau -sede de la representación de la Pasión -, por orden del general SS Hans Kammler, comisario especial del programa de armas V, el cual evacuó a los hombres en su tren privado, el «Expreso Venganza». En la mañana del día siguiente, 11 de abril, la fuerza especial Welborn, de la 3.ª División Acorazada, se aproximaba a Nordhausen por el Norte, en tanto que la fuerza especial Lovelady lo hacía por el Sur. Ambos comandantes habían sido puestos sobre aviso por el Servicio de Inteligencia, el cual les notificó que «debían esperar algo anormal en la zona de Nordhausen».

Creyeron al principio que se trataría del campo de concentración de la ciudad, donde se amontonaban cinco mil cadáveres corrompidos en los barracones y los patios. Pero varios kilómetros al noroeste de Nordhausen, en las laderas del Harz, se encontraron con otros prisioneros vestidos con sucios pijamas rayados, los cuales afirmaron que había «algo extraordinario» en el interior de la montaña.

Los dos comandantes miraron dentro del largo túnel, y vieron numerosos camiones cargados con finos cohetes provistos de aletas. Junto con el comandante William Castille, oficial de Inteligencia del Comando de Combate, ambos penetraron en las entrañas del monte. Castille manifestó que aquello parecía «la cueva de un hechicero». En ordenadas hileras aparecían distintas partes de los proyectiles «V-1» y «V-2», y la maquinaria de precisión se hallaba aparentemente en perfecto estado de conservación.

Cuando el coronel Holgar Toftoy, jefe de Artillería Técnica, destinado en París, se enteró del notable hallazgo, comenzó a organizar la «Misión Especial V-2». Su tarea consistiría en trasladar cien «V-2» completas desde Alemania hasta el Polígono de pruebas de White Sands, en Nuevo Méjico. Pero como nadie se molestó en decir a Toftoy que el área de Nordhausen iba a quedar en la zona soviética al terminar la guerra, el coronel se puso a realizar su cometido sin mayores prisas.

A unos sesenta y dos kilómetros en línea recta, hacia el Sudeste, la avanzadilla acorazada de Patton acababa de entrar en Weimar. En la colina que dominaba la ciudad, la tensión que reinaba entre los prisioneros de Buchenwald resultaba casi insoportable. La liberación debía producirse para ellos en cuestión de minutos. Al mediodía todos los guardias de las SS recibieron la orden de marcharse. Para Zenkl, el antiguo alcalde de Praga, la marcha de los amedrentados nazis constituyó el espectáculo más grato que había presenciado en toda su vida. Cuando el último camión de las SS hubo partido, los prisioneros desarmaron a los desamparados centinelas que habían dejado atrás los nazis, y se apoderaron también de las torres de vigilancia. A continuación desplegaron un gran trapo blanco cerca de la entrada del campamento.

Aquella misma tarde los carros de asalto estadounidenses ascendieron colina arriba y entraron en el reducto cercado. Los jubilosos prisioneros rodearon los tanques, tratando de abrazar a los soldados americanos. Zenkl reconoció al corresponsal de guerra, Edward R. Murrow.

– ¡Le conozco de Praga! -exclamo Zenkl.

Pero Murrow no tenía idea de quién podía ser aquella esquelética figura.

– ¡Soy Zenkl! -añadió, y a las pocas horas Murrow comunicaba a Londres por radio que el alcalde de Praga había sobrevivido al cautiverio de Buchenwald.

Pero Zenkl estaba muy lejos de hallarse a salvo. Durante los últimos años los comunistas se habían adueñado secretamente del mando en Buchenwald, como en muchos otros campamentos, y Zenkl había sido un anticomunista acérrimo desde el año 1920. Mediante su disciplina de hierro y valentía, los comunistas lograron apoderarse de los puestos clave del campamento, y al fin eran ellos quienes decidían las tareas que cada recluso debía desempeñar. Los comunistas eran los que designaban los jefes de las cocinas, del hospital y del crematorio, así como los prisioneros que se enviaban a trabajar a las fábricas, fuera del campamento. Incluso lograban salvar en muchas ocasiones a sus correligionarios de las cámaras de gas.

Zenkl había tenido numerosos conflictos con los comunistas de Buchenwald, y lo extraño es que aún siguiera con vida. La camarilla comunista no tenía intenciones de dejarle ocupar de nuevo ningún puesto político importante en Praga. Durante una entrevista, Murrow se enteró de este hecho y lo puso en conocimiento de Zenkl. Al anochecer, éste huyó del campamento y desapareció entre los bosques circundantes. Horas más tarde detuvo un camión en la carretera, y antes del amanecer llegó al puesto de mando norteamericano, donde al fin se halló a salvo.

Algo más tarde, a unos cien kilómetros al oeste de Buchenwald, Eisenhower, Patton y Bradley se encontraban en el interior de un rudimentario ascensor que manejaba un alemán. Se hallaban en la mina de sal de Merkers, con el fin de inspeccionar las reservas de oro del Reich. Mientras el renqueante cajón descendía por el pozo de seiscientos metros, Patton comenzó a contar las estrellas que había en las hombreras de sus compañeros de armas, y luego, al tiempo que miraba hacia el único cable del que pendía el ascensor, manifestó:

– Si ese cordel se rompe, los ascensos en el ejército de Estados Unidos se verán notablemente estimulados.

– Bueno, George -replicó Eisenhower-, ya está bien. Basta de bromas, hasta que hayamos llegado al fondo de la mina.

Una vez allí, avanzaron trabajosamente por un túnel débilmente iluminado, hasta llegar a unas cámaras abovedadas donde había sacos llenos de monedas, lingotes de oro, cuadros de gran valor y cestos repletos de monturas dentales de oro. Patton echó una mirada a los cuadros que habían pertenecido a los salones del Kaiser Friedrich Museum. Por lo que a él se refería, bien podían valer dos o tres dólares, y no quedarían mal en un vestíbulo.

El guardián de la mina señaló una docena de grandes sacos de monedas, y explicó que aquellos tres mil millones de Reichsmarks eran las últimas reservas de los billetes de Banco.

– Las necesitarán para hacer frente a los pagos del Ejército.

– Dígale -declaró Bradley al intérprete- que no creo que el ejército alemán siga haciendo pagos por mucho tiempo. Luego Bradley se volvió hacia Patton y añadió:

– Si estuviésemos en los antiguos días en que los militares se quedaban con el botín de guerra, usted sería ahora el hombre más rico del mundo.

Patton sonrió significativamente.

Más tarde, durante la comida que tuvo lugar en el puesto de mando del XII Cuerpo, Patton manifestó que no se había incomodado en absoluto por las protestas de los corresponsales, cuando trató de ocultarles el asunto de la mina de sal.

– Sé que tenía razón, al proceder de esa forma -agregó Patton.

– Hasta que dijo eso, pensé que estaría acertado, en efecto -declaró Eisenhower-, pero si tan seguro está, me temo que se haya equivocado.

Patton guiñó un ojo hacia el otro extremo de la mesa, en donde estaba Bradley, el cual se echó a reír y dijo:

– Pero, ¿por qué mantenerlo en secreto, George?¿Qué iba usted a hacer con tanto dinero?

Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Patton, el cual hizo notar que el Tercer Ejército se hallaba al respecto dividido en dos grupos que pensaban de distinto modo. La mitad quería que con el oro se hicieran medallones.

– Uno para cada bergante del Tercer Ejército -añadió Patton.

El resto quería que se escondiese el tesoro hasta que el Congreso decidiese la devolución de las propiedades particulares. Entonces el Tercer Ejército podría sacar el dinero de su escondite para comprar nuevas armas.

Eisenhower movió significativamente la cabeza, al tiempo que se volvía hacia Bradley y le decía:

– ¡Siempre tiene usted respuesta para todo!

Después de la comida el grupo salió hacia el cuartel general del XX Cuerpo, situado en Gotha, en las proximidades de Erfurt. El comandante, general de división Walton H. Walker, les informó acerca de la situación y sugirió que efectuasen una visita al campo de concentración de Ohrdruf Nord.

– Nunca llegarán a imaginar lo despreciables que son estos Fritzs -manifestó Patton-, si antes no echan una mirada a ese agujero de pesadilla.

El hedor a carne corrompida resultaba insoportable antes de que los americanos hubiesen traspuesto la empalizada del campamento. Dentro había unos 3.200 cuerpos desnudos, esqueléticos, amontonados en fosas de escasa profundidad. Los supervivientes, cubiertos de parásitos, aparecían dispersos por las callejas del recinto. Eisenhower palideció ante aquel espectáculo. Hasta entonces sólo había oído hablar de tales horrores. Sin poder disimular su impresión, manifestó:

– Esto está fuera de la comprensión de la mentalidad norteamericana.

Bradley se hallaba demasiado conmovido para hablar, y en cuanto a Patton, se dirigió a un rincón y se puso a vomitar. Eisenhower, sin embargo, consideraba que tenía la obligación de visitar todas las secciones del campamento. Cuando el grupo se hallaba esperando los automóviles a la entrada, para regresar, un soldado americano tropezó accidentalmente con un guardia alemán, y le sonrió con gesto de disculpa.

Eisenhower miró al joven soldado y le dijo secamente:

– Le resulta difícil odiarles, ¿verdad?

A continuación se volvió hacia los demás generales y les dijo:

– Quiero que cada uno de los soldados americanos que no se encuentre en la línea de fuego, vea este sitio. Se dice que el soldado americano no sabe por lo que lucha. Ahora, al fin, sabrán contra lo que están luchando.

Ya en el cuartel general del Tercer Ejército, Eisenhower envió una serie de telegramas a Washington y Londres exhortando a ambos Gobiernos a que enviasen al campamento grupos de legisladores, así como periodistas. Manifestó que había que revelar inmediatamente a los pueblos americano y británico la barbarie del nazismo.

Después de la cena, Patton convidó a Eisenhower a tomar unas bebidas.

– No alcanzo a comprender la clase de mentalidad que tienen que tener estos alemanes para verse impulsados a hacer semejantes cosas -observó Eisenhower, que todavía no había recobrado su color normal-. Nuestros soldados jamás podrían mutilar los cadáveres como lo han hecho los alemanes.

– No todos los Fritzs tienen estómago para eso -dijo el ayudante de Patton-. En uno de los campamentos hicimos que la población alemana echase un vistazo, y cuando el alcalde y su mujer volvieron a su casa se cortaron las venas.

– Bueno, eso es lo más esperanzador que he oído hasta el momento -contestó Eisenhower-. Indica que algunos de ellos todavía tienen algo de sensibilidad.

Cuando Eisenhower quedó a solas con Patton, le refirió confidencialmente que el Noveno Ejército y el Primero tendrían que detenerse dentro de poco, pero que las fuerzas de Patton podrían continuar avanzando hacia el Sur. Luego reveló espontáneamente algo que no había contado a ningún otro comandante.

– Desde el punto de vista táctico -declaró-, no resulta nada aconsejable que el ejército americano tome Berlín, y espero que las influencias políticas no me obliguen a apoderarme de la ciudad. Esta carece de valor táctico, y arrojaría sobre los americanos la carga de centenares de miles de alemanes, de prisioneros de guerra aliados, y de personas desplazadas.

Patton se mostró sumamente afligido y contestó:

– Ike, no sé cómo puede pensar de esa forma. Es conveniente que tomemos Berlín, cuanto antes mejor, y que luego sigamos avanzando hacia el Oder. [49]

5

En las primeras horas de la tarde de aquel 12 de abril, Goebbels, junto con su ayudante y el doctor Werner Naumann, se encaminaron hacia el cuartel general del Noveno Ejército, situado cerca del río Oder. Allí Goebbels contó a Busse y a sus oficiales la anécdota relacionada con Federico el Grande que ya había contado a Schwerin von Krosigk. Uno de los presentes inquirió con tono escéptico:

– Bien, ¿y cuál es la zarina que va a morir esta vez?

– No lo sé -contestó Goebbels-, pero para los Hados todo es posible.

En ese momento, en Warm Springs, Georgia, sólo eran las once de la mañana. En la casa de campo de seis habitaciones apodada «La pequeña Casa Blanca», situada a tres kilómetros de la Fundación Warm Springs, el presidente Roosevelt estaba tratando de descansar. El mal tiempo había hecho desviar al avión correo de Washington, y la correspondencia de la mañana no llegaría hasta el mediodía. Sin nada apremiante que hacer, Roosevelt decidió quedarse en cama, y se puso a leer la Constitución de Atlanta.

– No me siento nada bien esta mañana -dijo Roosevelt a Lizzie McDuffie, una anciana criada negra, y dejó el tomo de la Constitución sobre la novela de misterio que estaba leyendo.

Esta era The Punch and Judy Murders, y se hallaba abierta en un capítulo titulado «Dos metros de tierra».

Una hora más tarde Roosevelt se encontraba sentado en su sillón de cuero, charlando con dos sobrinas, Margaret Suckley y Laura Delano, y con una antigua amiga, la señora Winthrop Rutherfurd. El presidente vestía traje gris oscuro, chaleco y una corbata roja de Harvard. Le disgustaba usar chaleco, pero lo llevaba porque iban a hacerle un retrato. Su secretario, William Hasset, le llevó en ese momento la correspondencia para la firma, y Roosevelt comenzó a firmar las cartas. Una de ellas, redactada por el Departamento de Estado, le obligó a hacer un comentario.

– Una carta típica del Departamento de Estado -dijo a Hassett-. No dice nada de nada.

Una dama alta, de digno porte, comenzó a colocar un caballete cerca de la ventana. Era Elizabeth Shoumanoff, la cual había pintado ya una acuarela del presidente. En esos momentos estaba pintando otra, que Roosevelt tenía intenciones de regalar a la hija de la señora Rutherfurd.

La artista colocó una capa azul alrededor de los hombros del presidente, y comenzó a pintar. A la una de la tarde Roosevelt echó una ojeada a su reloj y dijo:

– Aún nos quedan quince minutos.

Mientras la señorita Suckley proseguía haciendo punto, y Laura Delano se dedicaba a colocar flores en los jarrones, Roosevelt encendió un cigarrillo. De pronto se tocó la sien con la mano izquierda, y en seguida su brazo cayó inerte.

– ¿Se le ha caído algo?-inquirió Margaret Suckley.

Roosevelt cerró los ojos y dijo, tan débilmente, que sólo ella, que estaba a su lado, pudo oírle:

– Tengo un dolor de cabeza terrible.

Luego se inclinó hacia un costado, y perdió el conocimiento. Eran la 1,15 de la tarde. Habían pasado los quince minutos. Pocos momentos más tarde llegó el comandante de marina Howard Bruenn, que era el médico que asistía al presidente, y ordenó que trasladasen a Roosevelt a su dormitorio. El enfermo respiraba penosamente. Tenía 104 pulsaciones y muy alta la presión arterial. Bruenn comprendió que se trataba de una hemorragia cerebral, y procedió a aplicar algunas inyecciones al presidente.

A las 2,05 Bruenn llamó por teléfono a Washington, al almirante Ross MacIntire, médico personal del presidente, y le dijo que Roosevelt estaba inconsciente, después de lo que parecía ser un ataque cerebral. MacIntire telefoneó al doctor James Paullin, antiguo presidente de la Asociación Médica Americana, y le rogó que se trasladase inmediatamente a Warm Springs.

Aproximadamente en ese momento Laura Delano se puso en comunicación con Eleanor Roosevelt, en la Casa Blanca, y le dijo que su marido se había desmayado mientras le estaban haciendo un retrato. Poco después MacIntire llamó también a la esposa de Roosevelt. Dijo que no estaba alarmado, pero que creía conveniente que ambos fuesen a Warm Springs por la noche. Le aconsejó, sin embargo, que cumpliese con sus compromisos de la tarde, ya que una cancelación inesperada de los mismos podía provocar excesivos comentarios. En consecuencia, Eleanor Roosevelt partió en coche hacia el Club Sulgrave, con el fin de asistir a una reunión de carácter benéfico.

El doctor Paullin corría en su automóvil por las carreteras secundarias que conocía tan bien, y a las 3,28 de la tarde llegó a la Pequeña Casa Blanca. Encontró al presidente con «sudor frío, color ceniciento, y respiraba con dificultad». Su pulso era escasamente perceptible, y a las 3,32 los latidos desaparecieron por completo. Paullin le administró una inyección intracardíaca de adrenalina. El corazón de Roosevelt volvió a latir dos o tres veces, y luego se detuvo definitivamente. Eran las 3,35 de la tarde, hora de los Estados Centrales.

En Washington eran en ese instante las 4,45, y Eleanor Roosevelt todavía se hallaba en el Club Sulgrave, escuchando el concierto de la pianista Evalyn Tyner. A las 4,50 alguien le susurró al oído que la llamaban por teléfono. Era Steve Early, el secretario de Prensa del presidente, el cual le dijo con voz alterada:

– Venga a casa en seguida.

La señora Roosevelt no preguntó el motivo. Sabía muy bien «que algo terrible acababa de ocurrir». Pero comprendía que «había que guardar la debida compostura», y regresó al salón. Una vez que la pianista hubo concluido la pieza, Eleanor Roosevelt aplaudió y anunció que tenía que retirarse, pues la reclamaban desde su casa. Mientras la llevaban hacia la Casa Blanca, la mujer de Roosevelt permanecía en silencio, estrujándose las manos.

Eleanor se dirigió en seguida al salón de la Casa Blanca, donde halló a Early y a MacIntire, quienes le dijeron que el presidente había muerto unos momentos antes. Reaccionando automáticamente, Eleanor mandó llamar al vicepresidente Truman, y dispuso lo necesario para trasladarse en avión a Warm Springs aquella noche.

Harry S. Truman se encontraba en el Capitolio, presidiendo una reunión del Senado. Aburrido por el prolongado discurso del senador Alexander Wiley, de Wisconsin, el vicepresidente estaba escribiendo una carta a su madre y su hermana:

«Queridas mamá y Mary:

»Estoy tratando de escribiros una carta desde el escritorio del presidente del Senado, mientras un pomposo senador está pronunciando un discurso sobre un tema que desconoce por completo…

»Tengo que permanecer sentado aquí para hacer respetar las reglas parlamentarias, algunas de las cuales son sensatas, en tanto que otras no lo son…

»Poned la radio mañana a las 9,30 de la noche, de vuestra hora, y oiréis a Harry dirigirse a la nación en el Día de Jefferson. Creo que saldré por toda la red de emisoras, de modo que no os resultará difícil captarme. Después hablará el presidente, al que yo presentaré.

»Espero que ambas os encontraréis bien, y que sigáis del mismo modo.

»Os quiero a las dos.

»Escribid en cuanto podáis.

»Harry.»

El Senado levantó la sesión a las 4,56 de la tarde, y Truman entró en la oficina de Sam Rayburn para tomar una copa. El locutor del Senado le entregó un vaso de whisky, y de pronto recordó que Steve Early acababa de telefonear pidiendo que Truman llamase a la Casa Blanca. Un minuto después Early decía a Truman con voz llena de excitación:

– Por favor, venga en seguida y entre por el acceso principal de la Avenida Pensilvania.

Eso fue todo lo que Truman recordaba que le hubiera dicho Early, y más tarde escribió manifestando que no se inquietó en absoluto, sino que imaginó simplemente que Roosevelt había regresado desde Warm Springs. Sin embargo, Rayburn dijo que Truman palideció repentinamente, y uno de los empleados del vicepresidente declaró que éste entró con aire agitado en la oficina, al tiempo que manifestaba:

– Me voy a la Casa Blanca.

Truman llegó al edificio presidencial a las 5,25 de la tarde, e inmediatamente le condujeron hasta el despacho que tenía en el segundo piso la mujer de Roosevelt. Sólo cuando Truman descubrió que la hija del presidente, Anna Boettiger, y Early se hallaban presentes, comprendió al fin -según escribió más tarde- que «algo desusado había ocurrido».

Eleanor Roosevelt se adelantó hacia Truman con serena dignidad, y colocando una mano sobre su hombro le dijo:

– Harry, el presidente ha muerto.

Truman se sintió incapaz de hablar durante unos segundos Por fin, dijo:

– ¿Puedo hacer algo por usted?

– ¿Hay algo que nosotros podamos hacer por usted?-replicó ella-. Pues es usted el que se halla ahora en un aprieto. Entonces Eleanor Roosevelt manifestó lo mucho que lo sentía por él y por el pueblo de Estados Unidos.

Más tarde, la mujer de Roosevelt envió el siguiente telegrama a sus hijos:

«Padre se ha dormido para siempre. Sin duda espera que sigáis adelante con vuestras tareas, y que las terminéis satisfactoriamente.»

A las 5,45 el fiscal del Estado (o ministro de Justicia), Francis Biddle, se hallaba en una reunión en compañía del secretario de la Marina, James Forrestal, y de Stettinius, cuando llegó un mensaje para este último pidiéndole que se trasladase a la Casa Blanca. Como Secretario de Estado, le correspondía proclamar la muerte del presidente. Cuando se encaminaba al despacho de la mujer de Roosevelt, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Truman pidió a éste y a Early que reuniesen inmediatamente a los integrantes del Gobierno, y una vez más preguntó a Eleanor Roosevelt si deseaba que hiciera algo por ella. Esta preguntó si sería correcto trasladarse en un avión del Gobierno hasta Georgia. Truman le aseguró que sería correcto e incluso aconsejable.

Luego Truman pasó al despacho presidencial, en el ala oeste del edificio, y llamó por teléfono a su esposa y a su hija para que se trasladasen a la Casa Blanca. Después telefoneó al presidente de la Corte Suprema, pidiéndole que se presentase lo más pronto posible, para tomarle el juramento como nuevo presidente de Estados Unidos.

Poco después de las seis, Truman reunió al Gabinete y les dijo que tenía el penoso deber de comunicarles que el presidente había fallecido.

– La señora Roosevelt me ha dado la noticia, y al comunicármelo, hizo notar que «había muerto como un soldado». Sólo me queda añadir que procuraré desenvolverme como sé que él hubiera deseado que lo hiciese yo, y también todos nosotros. Desearía que todos ustedes siguieran en sus puestos, y espero contar con toda la ayuda que voy a necesitar. En este aspecto, estoy seguro de que sigo los deseos del presidente.

En toda la nación cundió el asombro aquella tarde, y al principio se creyó que la noticia no era cierta. Cuando Robert E. Sherwood, el dramaturgo y consejero presidencial, se enteró de que Roosevelt había fallecido, se quedó un rato junto al receptor de radio «esperando el anuncio -probablemente de su alegre y tranquilizadora voz- de que todo había sido un error, de que la crisis bancaria y la guerra habían concluido, y que todo marchaba perfectamente bien».

En la Casa Blanca, entretanto, se hacían rápidos preparativos para la jura del nuevo presidente. Poco después de las siete de la tarde hallaron al fin una Biblia, que fue colocada en uno de los extremos de la gran mesa de extraña forma que había sido obsequiada a Roosevelt por Jesse Jones. Truman, con su esposa y su hija a la izquierda, se colocaron ante el presidente del Tribunal Supremo, Stone. Los ojos de la mujer de Truman estaban enrojecidos, y miró con aire asustado a su marido cuando éste cogió la Biblia con la mano izquierda. Pero Truman se olvidó de levantar la mano derecha, y Stone se lo recordó con toda calma. En aquellas circunstancias, recordó Forrestal, la serena actitud de Stone prestaba dignidad a la escena.

Repitiendo las palabras de Stone, Truman dijo:

– Yo, Harry Truman, juro solemnemente que desempeñaré fielmente el cargo de presidente de Estados Unidos, y procuraré con toda mi capacidad mantener, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos.

Eran en esos momentos las 7,08 de la tarde.

Todos abandonaron la estancia, menos el nuevo presidente y su Gobierno. Tomaron todos asiento alrededor de la mesa, en un ambiente que parecía extrañamente apagado. Truman iba a empezar a hablar, cuando Early irrumpió diciendo que los periodistas se preguntaban si la Conferencia de San Francisco tendría lugar, como estaba previsto, el 25 de abril.

– La conferencia se celebrará como el presidente Roosevelt lo había establecido -replicó Truman, sin vacilar.

Luego miró a los miembros de su Gobierno a través de los gruesos cristales de sus gafas, y declaró que pensaba continuar con la política extranjera y doméstica de la administración de Roosevelt. Añadió que iba a ser presidente por derecho propio, y que asumiría plenamente la responsabilidad de sus decisiones. Esperaba que no dudasen en aconsejarle, pero dijo que todas las resoluciones finales las tomaría él solo. En el espacio de pocos minutos, Truman demostró que no tenía el menor reparo de poner en claro cuanto pensaba. Después de la breve reunión, Stimson se quedó con el nuevo presidente, diciendo que tenía que tratar con él un asunto de la mayor trascendencia. -Quiero que conozca la existencia de un proyecto de inmensa envergadura que está en vías de realización; un proyecto relacionado con un nuevo explosivo de poder destructivo casi increíble -manifestó Stimson, y agregó que eso era todo lo que podía decirle en aquel momento.

Cuando Truman salió pocos minutos después con dirección a su piso de la Avenida de Connecticut, 4701, aún se sentía abrumado por la noticia.

Todo parecía transcurrir normalmente aquella noche en Berlín, cuando el secretario de Prensa, Rudolf Semmler, recibió una llamada telefónica urgente en el refugio antiaéreo del ministerio de Propaganda. Alguien perteneciente al Deutsches Nachrichtenbüro, la agencia oficial de noticias alemana, manifestó:

– Oiga, escuche; ha ocurrido algo increíble. ¡Roosevelt ha muerto!

– ¿Está usted bromeando?

– No, esto es lo que dice el despacho de la agencia Reuter: «Roosevelt ha fallecido hoy al mediodía.»

Semmler repitió en voz alta la noticia. Los adormecidos ocupantes del refugio se pusieron repentinamente de pie, totalmente despiertos, y comenzaron a lanzar gritos de júbilo. Algunos se estrechaban la mano y reían desaforadamente. El cocinero del ministerio se santiguó y dijo:

– ¡Este es el milagro que el doctor Goebbels predecía desde hacía tiempo!

Semmler llamó al Noveno Ejército, donde le dijeron que Goebbels se había marchado y no tardaría en llegar a Berlín. Entonces llamaron de la Cancillería del Reich, solicitando que Goebbels telefonease al Führer en cuanto llegase. Quince minutos más tarde el automóvil de Goebbels se detenía ante el ministerio, a la luz de los incendios del hotel Adlon y de la Cancillería. Varios funcionarios corrieron escaleras abajo para recibir a Goebbels.

– Herr Reichminister -dijo un periodista-, Roosevelt ha muerto.

Goebbels saltó fuera del coche y permaneció unos instantes como si estuviese hipnotizado. En seguida se volvió hacia frau Inge Haberzettel, y a otros miembros del departamento, que se habían reunido llenos de excitación a su alrededor, y dijo con voz emocionada:

– ¡Que traigan nuestro mejor champaña, y luego sostendremos una conversación con el Führer!

Cuando se dirigía hacia su despacho, Semmler no pudo resistir la tentación de gritarle él también la novedad. Goebbels, con el rostro intensamente pálido, manifestó:

– ¡Este es el hecho decisivo que esperábamos!

Unas diez personas se apiñaban en torno a Goebbels, cuando éste llamó por teléfono a Hitler.

– ¡Mi Führer -dijo lleno de ardor-, le felicito! ¡Roosevelt ha muerto! Está escrito en los astros que la segunda quincena de abril será decisiva para nosotros. ¡Hoy es viernes 13, del mes de abril! (Era algo pasada la medianoche.) La Providencia le ha librado de su mayor enemigo. Dios no nos abandona. Dos veces le ha salvado de impíos asesinos. La muerte, que le rondó a usted en 1939 y 1944, ha abatido a nuestro enemigo más peligroso. ¡Es un milagro!

Luego Goebbels escuchó a Hitler unos instantes, y a continuación manifestó la posibilidad de que Truman fuese más moderado que Roosevelt. ¡Cualquier cosa podía ocurrir desde entonces!

Goebbels cortó la comunicación y con los ojos reluciendo de entusiasmo comenzó a endilgarles una apasionada perorata. Semmler nunca le había visto tan excitado; era como si la contienda estuviese a punto de terminar.

Patton se preparaba para acostarse en su camión vivienda, después de haber pasado una prolongada velada con Eisenhower y Bradley. Su reloj de pulsera se había parado, de modo que conectó la radio para escuchar la señal horaria de la BBC. En lugar de ello, oyó el anuncio de la muerte de Roosevelt. Patton corrió entonces hacia el pabellón donde dormían los demás, y llamó a la puerta de Bradley.

– ¿Ocurre algo?-inquirió Bradley.

– Es mejor que venga conmigo, para que hablemos con Ike. El presidente ha muerto.

Los dos generales se encaminaron hacia la estancia de Eisenhower, y luego el grupo permaneció hablando hasta la madrugada, preguntándose sombríamente el efecto que la muerte de Roosevelt podría tener en la paz futura. Dudaban de que cualquier otro hombre de Estados Unidos tuviese la experiencia que tenía Roosevelt para tratar con Stalin y otros dirigentes, y convinieron en que para Estados Unidos constituía una verdadera tragedia el tener que cambiar de presidente en un momento tan crítico. Por fin, cada uno de ellos se fue a acostar, sintiéndose todavía tristes y deprimidos.

Cuando Churchill se enteró de que Roosevelt había muerto, notó como si le hubieran asestado un fuerte golpe, y quedó «abrumado por la sensación de haber experimentado una pérdida profunda e irreparable». El primer ministro llamó a Baruch al Claridge, y con voz afligida le preguntó:

– ¿Cree usted que debo ir a Washington?

– No, Winston; considero que debe permanecer aquí, atendiendo sus deberes.

Baruch prometió a continuación ir a ver a Churchill antes de regresar a Washington. Cuando llegó al número 10 de Downing Street, Churchill aún se encontraba en el lecho, con aspecto de hallarse sumamente afectado.

– ¿Le parece que debo ir?-volvió a preguntar a Bernard Baruch.

Este le contestó que resultaba más aconsejable que permaneciese en Inglaterra. El, por su parte, regresaría en el avión presidencial, con el juez Rosenman y los demás. Era mediodía cuando el aparato despegó para realizar su largo y triste viaje hasta Washington. Ninguno de los pasajeros tenía ganas de hablar, pues se hallaban demasiado embebidos en sus propios pensamientos.

Baruch recordó el día que conoció a Roosevelt en Albany, cuando éste era un joven y altivo senador. Luego vino a su memoria el gran momento de la Convención Democrática de 1924, en que, ya gobernador de Nueva York, Roosevelt se acercó con muletas al estrado para hablar en favor de Al Smith. Pese a sus errores y defectos -y ambos habían disentido en numerosas ocasiones-, Roosevelt «creía intensamente en los ideales de la democracia» y «consideraba la libertad, la justicia y la igualdad no como términos abstractos, sino en su relación con los seres humanos».

Al tener conocimiento el conde Schwerin von Krosigk de la muerte de Roosevelt sintió «el aleteo del ángel de la Historia en la habitación», y se preguntó si sería aquél el «cambio de fortuna tan largamente deseado». Llamó entonces a Goebbels y le felicitó por su reciente predicción, aconsejándole que cuidase de la Prensa en seguida. No debía calumniarse al presidente ni elogiarle, y sobre todo, había que procurar no mencionar la querella entre Roosevelt y Goebbels.

– Es posible que surjan nuevas oportunidades -aseguró Schewerin-, y hay que evitar que la Prensa las destruya con su torpeza.

Goebbels se mostró de acuerdo, y declaró:

– Esta noticia provocará un cambio total en la moral del pueblo germano, ya que se puede considerar este acontecimiento como una manifestación providencial de justicia.

El conde se hallaba tan animado, que después de la conversación telefónica se sentó y escribió además una carta a Goebbels, la cual decía, entre otras cosas:

«…Personalmente veo en la muerte de Roosevelt la mano divina, pero es un don de Dios del que tendremos que hacernos acreedores. <strong>[50]</strong> Esta muerte elimina el obstáculo que impedía entrar en contacto con Estados Unidos. Ahora habrá que explotar esta ocasión providencial, procurando todo lo necesario para iniciar las negociaciones. La única forma que esto tiene valor para mí, es a través del Papa. Como los católicos norteamericanos constituyen un bloque fuerte y unido, a diferencia de los protestantes, que se hallan divididos en numerosas sectas, la voz del Papa podría tener un peso considerable en Estados Unidos. Considerando la gravedad de la situación militar, no debemos dudar…»

En una conferencia que sostuvo a última hora de aquella mañana del viernes 13, Goebbels aconsejó a los periodistas que escribiesen objetivamente y sin apasionamiento acerca de Truman, sin decir nada ofensivo para el nuevo presidente. También les dijo que procurasen ocultar su júbilo ante la muerte de Roosevelt. Pero por la tarde, la alegría del ministro de Propaganda comenzaba ya a desvanecerse, pues cuando el general Busse le llamó preguntándole si la muerte de Roosevelt era el hecho al que se había referido el día anterior, Goebbels replicó con escaso entusiasmo:

– No lo sabemos; habrá que esperar para comprobarlo.

Lo cierto es que los primeros informes del frente indicaban que el cambio de presidente no había afectado en absoluto las operaciones del enemigo, y en las últimas horas del día, Goebbels declaró a Semmler y a otros componentes de su personal:

– Tal vez el destino se muestre de nuevo cruel con nosotros y quiera engañarnos. Quizá hayamos vendido la leche antes de ordeñar la vaca.

No todos los alemanes, sin embargo, se habían mostrado jubilosos ante el fallecimiento de Roosevelt. Así, Edward W. Beattie Jr. -un corresponsal de guerra americano recluido en Stalag IIIA de Luckenwalde, unos cincuenta y seis kilómetros al sur de Berlín-, observó que algunos guardias del campamento parecían sinceramente entristecidos. Beattie no había llegado a comprender hasta entonces lo que Roosevelt significaba para el oprimido pueblo de Europa. Durante todo el día, los polacos, noruegos y franceses recluidos en el campo de concentración, estrecharon la mano de sus compañeros americanos, en señal de pésame.

El general de división Otto Ruge, antiguo comandante en jefe de las fuerzas noruegas, escribió al oficial americano de mayor graduación, teniente coronel Roy Herte, manifestando que «el mundo ha perdido un gran hombre, y mi país, un gran amigo». El oficial inglés de más alto grado, comandante de ala Smith, escribió por su parte: «Nosotros, los súbditos del Imperio Británico, hemos perdido un ardiente y leal amigo… Nuestros deseos habrían sido que hubiese vivido lo suficiente para recoger los frutos de una labor que llevó a cabo con toda dedicación y valentía.»

En los barracones de los americanos, el coronel Herte ordenó que se leyera el anuncio de la infausta noticia. Mientras los prisioneros guardaban un minuto de silencio, en actitud de firmes, muchos de ellos lloraban sin poder disimularlo.

Para Truman fue aquel un día muy atareado. Cuando se dirigía hacia la Casa Blanca, llevó consigo en su automóvil a Tony Vaccaro, de Associated Press.

– Pocos hombres han igualado en la historia -declaró el presidente- a aquel cuyos pasos estoy siguiendo. Ruego en silencio a Dios que me permita ponerme a la altura de mi tarea.

Luego Truman mandó llamar a Stettinius y le pidió que preparase una reseña de las principales dificultades que había con la Unión Soviética. Se trasladó a continuación al Capitolio y preguntó a un grupo de dirigentes del Congreso si podrían concertar una reunión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes, a fin de poder dirigirse a ellos personalmente el 16 de abril.

– Harry, usted ya estaba decidido a llevar a cabo eso -dijo uno de los senadores-, nos gustase o no.

– En efecto -contestó Truman, con su característico acento del Oeste Medio americano-, pero preferiría hacerlo con el pleno apoyo de ustedes.

Los periodistas se alinearon en la parte exterior de la oficina del Senado, y el presidente les fue estrechando la mano uno por uno.

– Muchachos -dijo Truman-, si alguno de ustedes reza, hágalo ahora por mí. No sé si se les habrá caído encima un fardo de heno, en alguna oportunidad, pero cuando ayer me dijeron lo que había ocurrido, me sentí como si la luna, las estrellas y todos los planetas hubieran caído sobre mí, pues me veía ante la tarea de mayor responsabilidad que puede tener un hombre.

– Buena suerte, señor presidente -dijo un periodista.

– Habría preferido que no me hubiese tenido usted que llamar así.

Durante todo el día Truman recibió telegramas de condolencia y aliento. El de Stalin decía así:

«El pueblo americano y las Naciones Unidas han perdido en la persona de Franklin Roosevelt un gran estadista de talla universal y un adalid de la paz y la seguridad de posguerra…»

En Moscú, la muerte de Roosevelt causó sincera pena, y también un evidente temor por lo que pudiera acontecer en el futuro. Las primeras páginas de los periódicos aparecieron orladas de luto, se izaron banderas con crespones negros, y el Soviet Supremo guardó un minuto de silencio. Hasta un enemigo, el nuevo jefe del Gobierno japonés, almirante Kantaro Suzuki, expresó su «profundo sentimiento» hacia el pueblo americano, por la pérdida del hombre que podía considerarse como el responsable «de la ventajosa situación de que los americanos gozaban en la actualidad». Algunos propagandistas japoneses, sin embargo, difundieron la especie de que Roosevelt había muerto en medio de grandes padecimientos morales, y cambiaron sus últimas palabras: en lugar de «tengo un tremendo dolor de cabeza», manifestaron que Roosevelt había dicho: «He cometido un tremendo error.»

Truman agradeció el mensaje de condolencia de Churchill, y añadió que dentro de poco le notificaría acerca de su punto de vista en relación con el asunto polaco. A las tres de la tarde Truman recibió a Stettinius y Bohlen, quienes le informaron sobre ese mismo asunto. El presidente redactó entonces otro telegrama para Churchill.

«La respuesta de Stalin a usted y al presidente Roosevelt hace que nuestro próximo paso tenga suma importancia. Aunque con pocas excepciones, no nos deja mucho lugar para el optimismo, pero creo firmemente que podremos entendernos con él.»

Mientras Truman estaba redactando este mensaje, Stettinius le llevó un telegrama de Harriman. El embajador acababa de ver a Stalin, el cual manifestó que esperaba trabajar tan unido con Truman como lo había hecho con Roosevelt. Harriman sugirió a Stalin que la mejor manera de demostrar a todos que los soviéticos tenían deseos de seguir colaborando, sería el enviar a Molotov a San Francisco. Stalin dijo sin vacilar a Harriman que así lo haría si Truman le pedía oficialmente que Molotov fuese en primer lugar a Washington y luego a San Francisco.

El presidente solicitó a Stettinius que redactase la oportuna petición.

Harry Hopkins estaba llamando por teléfono a Sherwood desde el St. Mary Hospital, de Rochester, Minnesota, sólo con el fin de poder hablar con alguien acerca de Roosevelt. -Usted y yo tenemos algo inestimable, que llevaremos con nosotros durante el resto de nuestras vidas -manifestó Hopkins-. Es un gran descubrimiento el saber que resulta cierto lo que tantas personas pensaban de él, y lo que les hacía sentir por él un profundo afecto.

Admitió que el presidente parecía hacer excesivas concesiones con el fin de llegar a un acuerdo, si bien dijo que en los asuntos de verdadera importancia nunca dejó de tener en cuenta el interés de su pueblo.

Eleonor Roosevelt se dirigía hacia Washington en el mismo tren en que viajaba el cadáver de su esposo. Según declaró después, el día fue «largo y agotador». Durante toda la noche permaneció en su litera, viendo desfilar el paisaje, y «observando a las gentes que en las estaciones, e incluso en los pasos a nivel, se acercaban a tributar su último homenaje» al presidente.

A las diez de la mañana del 14 de abril, llegó el tren a la Union Station, de Washington. Anna Boettinger, acompañada por su hermano, el general de brigada Elliot Roosevelt, y su esposa la actriz Faye Emerson, entraron en el vagón que transportaba el cadáver. A continuación hicieron lo propio Truman, Henry Wallace y Byrnes.

Una cureña tirada por seis caballos blancos transportó el ataúd, que se hallaba cubierto con la bandera de Estados Unidos, por la Avenida de la Constitución hasta la Casa Blanca, mientras centenares de miles de personas observaban el paso de la comitiva. Ningún presidente, desde Lincoln, había afectado tanto con su muerte al pueblo de Estados Unidos. Muchas personas lloraban calladamente; otras tenían el ceño fruncido, o lo observaban todo como hipnotizadas. Resultaba difícil aceptar el hecho de que el hombre que había sido presidente desde 1933 había muerto. Truman observó a una vieja negra que se secaba los ojos con el delantal, mientras lloraba desgarradoramente como si hubiera perdido un hijo.

Cuando Rosenmann y su esposa pasaban bajo el pórtico de la Casa Blanca, ella susurró:

– Aquí termina una época de nuestras vidas.

También era el fin de una época para Estados Unidos e incluso para el mundo, pensó Rosenmann, y recordó entonces la última frase del discurso que Roosevelt debió pronunciar el día anterior, con motivo del día de Jefferson, que decía: «Sigamos adelante con fe activa e inquebrantable.»

Pocos minutos después de haber regresado Truman a su despacho, llegó Harry Hopkins.

– ¿Qué tal se siente, Harry?-inquirió Truman, al ver lo pálido que estaba Hopkins-. Espero que no le moleste mi llamada en estos momentos, pero es que necesito saber todo lo que pueda decirme acerca de nuestras relaciones con Rusia, y todo lo que sepa sobre Stalin y Churchill, y sobre las conferencias de El Cairo, Casablanca, Teherán y Yalta.

Hopkins declaró que le satisfacía ayudarle, pues confiaba en que Truman seguiría adelante con la política de Roosevelt, de la que estaba bastante impuesto. Hablaron durante más de dos horas, y comieron allí mismo.

– Stalin es un ruso tosco y empedernido de los pies a la cabeza -dijo Hopkins-. Es como un partisano soviético, que no piensa más que en su país. Pero se le puede hablar con sinceridad.

Cuando Hopkins manifestó que pensaba retirarse en mayo, Truman contestó que deseaba que siguiera en su puesto, si la salud se lo permitía. Hopkins declaró que lo pensaría seriamente. Poco antes de las cuatro de la tarde, Truman, junto con su esposa y su hija, se encaminaron hacia la Habitación Oriental de la mansión ejecutiva, para asistir a los oficios fúnebres por el presidente fallecido. La cureña se hallaba colocada ante un balcón, y estaba rodeada de flores. Uno de los doscientos asistentes, Robert Sherwood, sintió una mano que le oprimía el hombro. Era Hopkins, con el rostro intensamente pálido. Sherwood pensó que tras la muerte de Roosevelt, Hopkins parecía haber perdido toda razón para vivir.

Nadie se puso de pie cuando Truman entró en la estancia, y Sherwood tuvo la seguridad de que «aquel hombre sencillo ni siquiera se había dado cuenta de la descortesía», o en caso contrario, debió de comprender que los presentes aún no le asociaban con su elevado cargo, y sólo se daban cuenta de que el presidente había muerto. Pero en cuanto la mujer de Roosevelt apareció en la puerta, todo el mundo se levantó de sus asientos. Después del servicio fúnebre Hopkins pidió a los Sherwood que fueran a su casa de Georgetown. Hopkins se hallaba tan agotado que en cuanto llegó a su hogar se acostó, mientras Sherwood tomaba asiento junto al lecho.

– Bueno, ahora tendremos que hacerlo todo nosotros -manifestó Hopkins, con un brillo especial en sus ojos hundidos-. Hasta ahora todo nos había resultado fácil, porque sabíamos que él estaba a nuestro lado, y teníamos la ventaja de consultarle. Fuere cual fuere el asunto, y lo que pensásemos al respecto, podíamos exponerle nuestras ideas, y si éstas tenían algún mérito, nunca dejaba de ponerlas en práctica, sin temor alguno del idealismo o el riesgo que entrañasen. Bueno, ya no está a nuestro lado, y vamos a tener que hallar la forma de hacer las cosas nosotros solos.

Era evidente que Harry Hopkins aún tenía un motivo para seguir viviendo.

Pero manifestó que él y los demás miembros del Gobierno deberían renunciar.

– Truman querrá tener junto a él a su propia gente, y no a la de Roosevelt -añadió Hopkins-. Si estuviésemos alrededor de Truman, éste siempre tendría la sensación de que al observarle pensaríamos para nosotros: «El Presidente no lo hubiera hecho de ese modo.»

Capítulo tercero. Victoria en el Oeste

1

Los Aliados seguían avanzando a lo largo de todo el frente occidental, casi sin hallar resistencia. En el Norte, Montgomery se acercaba implacablemente hacia Hamburgo. Su único obstáculo era el ejército del general Günther Blumentritt, el cual estaba decidido a retirarse incruentamente, con el menor número de bajas en sus efectivos. No podía decirse que aquello fuera una guerra, realmente. Blumentritt había llegado a un acuerdo de caballeros con los británicos, y hasta llegó a enviar un oficial de enlace para advertir al enemigo de la presencia de una zona donde se habían escondido bombas de gas.

A la derecha de Montgomery, los tres ejércitos de Bradley estaban haciendo progresos mucho más rápidos. Tanto Patton como Hodges habían llegado casi al río Elba, y Simpson, que ya había tendido dos cabezas de puente sobre dicho río, se hallaba a menos de ciento veinte kilómetros de la Cancillería del Reich. Pero esto no asustó a Hitler, el cual urdió un plan no sólo para detener a las tropas de Simpson, sino también para salvar los efectivos de Model, que se hallaban cercados en la zona del Ruhr. El proyecto se apoyaba en un nuevo ejército que el Führer acababa de crear, el 12.°, y que mandaba un hombre aún no recuperado totalmente de un grave accidente automovilístico: Walther Wenck.

Este se encontraba aún usando un corsé ortopédico, y sólo contaba con un grupo de oficiales, unos pocos mapas, doscientos mil hombres -en teoría-, y la orden de Hitler de lanzar una poderosa contraofensiva desde la misma zona que estaba ocupada por las cabezas de puente de Simpson. El plan consistía en abrir un pasillo de trescientos veinte kilómetros de profundidad a través de la zona de Simpson, hasta llegar al área del Ruhr. De poderse conseguir esto, se salvaría a los efectivos de Model de la trampa en que se hallaban, y los ejércitos de Montgomery y Bradley quedarían separados entre sí.

El 13 de abril, Hitler mandó llamar al joven oficial de operaciones de Model, coronel Günther Reichhelm, y le comunicó que desde ese momento era el jefe de Estado Mayor del general Wenck.

– El 12.° Ejército deberá introducir una cuña entre las tropas inglesas y norteamericanas, hasta llegar al Grupo de Ejército B. ¡Tienen que avanzar sin detenerse, hasta el Rhin!

Para aquel que hubiera contemplado la situación desesperada en que se hallaba la bolsa del Ruhr, aquello era una insensatez descomunal. Pero, además, Hitler quería poner en práctica una artimaña que utilizaban con frecuencia los rusos.

– Estos se infiltran en nuestras líneas por la noche, con pocas municiones y armamento.

Hitler ordenó que Richhelm reuniera doscientos «Volkswagen» y los utilizase para introducirse en las líneas enemigas, provocando tal confusión en su retaguardia, que el 12.° Ejército pudiera contraatacar sin dificultades.

Model no se sentía tan optimista como el Führer en sus mensajes. Se daba cuenta de que Wenck seguramente no llegaría a entrar en contacto con sus tropas. Los trescientos mil hombres del Grupo de Ejército B se encontraban en esos momentos rodeados en una zona de cincuenta kilómetros escasos de diámetro, con comida y municiones para poco más de tres días. La situación era tan desesperada que el nuevo jefe de Estado Mayor de Model, general Carl Wagener, urgió a Model a que pidiese autorización al alto mando para rendirse. Dijo que una petición de tal naturaleza, proviniendo de un militar tan pundonoroso como Model, quizá haría que el alto mando llegase incluso a poner fin a una guerra que ya estaba irremediablemente perdida.

– No me es posible hacer una petición de esa clase -contestó Model, al que repugnaba la idea de rendirse.

Al terminar aquel mismo día, sin embargo, se hizo evidente que la capitulación era inevitable. Las tres ciudades más importantes que se hallaban entre Berlín y él: Hannover, Brunswick y Magdeburgo, habían caído en poder de los norteamericanos. Con un acento que Wagener difícilmente pudo reconocer, Model declaró que tenía la responsabilidad personal de salvar a sus hombres, y decidió tomar una medida que no tenía precedente: iba a disolver por mandato el Grupo de Ejército B, librando a las tropas de la humillación de tener que rendirse. Pero instruyó a Wagener para que antes desmovilizase a los soldados más jóvenes y más ancianos, a fin de que pudieran regresar a sus hogares como civiles. Los demás dispondrían de setenta y dos horas para decidirse por una de las tres alternativas siguientes: podrían regresar a sus casas, rendirse individualmente o tratar de retirarse luchando.

Al día siguiente, 15 de abril, los Aliados seccionaron en dos la bolsa del Ruhr. Cuando Hitler se enteró, ordenó que las dos partes volvieran a unirse. Model se limitó a ojear el telegrama y no se molestó en transmitir aquella orden imposible de llevar a cabo. Todo era inútil, y al anochecer la bolsa oriental cayó en poder de los Aliados.

El general Ridgway, comandante del XVIII Cuerpo Aerotransportado, acababa de enviar a su ayudante, el capitán F. M. Brandstetter, al puesto de mando de Model, con una bandera blanca, para pactar. El capitán portaba una generosa carta de Ridgway, que debió dejar asombrado a Model, si en aquellos momentos éste pudiera aún asombrarse de algo.

«Nunca la historia, ni la profesión militar, han registrado la existencia de un carácter más noble, un maestro más brillante en el arte de la guerra, y un subordinado más fiel a los intereses del Estado, que el general americano Robert E. Lee. Este mes hace ochenta años que con su mando diezmado, carente de medios de combate y totalmente rodeado por fuerzas que le superaban considerablemente en número, eligió una honrosa capitulación.

»Ante usted se presenta ahora la misma elección. Por el honor militar, por la reputación del Cuerpo de Oficiales alemán y en beneficio del futuro de su nación, le exhorto a que deponga las armas al momento. Las vidas alemanas que usted pueda salvar servirán para restituir a su nación al lugar que le corresponde dentro de la sociedad. Las ciudades alemanas que se salven de la destrucción gracias a usted serán un bien insustituible para el bienestar futuro de su pueblo.»

Brandstetter regresó con uno de los oficiales del Estado Mayor de Model, el cual le contestó verbalmente que Model no podía rendirse, pues así se lo había jurado personalmente a Hitler, y la sola consideración a la proposición de Ridgway hubiera significado atentar contra su honor.

A unos trescientos veinte kilómetros al Este, Simpson se hallaba en su puesto de mando del frente, cerca del río Elba, haciendo los planes finales para la toma de Berlín, cuando le llamaron por teléfono. Era Bradley, el cual deseaba que se trasladase inmediatamente al cuartel general táctico del 12.° Grupo de Ejército, situado en Wiesbaden. Simpson supuso que Bradley querría saber cuándo iba a atacar Berlín el Noveno Ejército. Ya en camino hacia el puesto de mando de Bradley, Simpson revisó de nuevo sus planes. En cuarenta y ocho horas, las divisiones 2.ª Acorazada y 83° de Infantería atacarían en grupo a lo largo de la autopista que conducía hasta Berlín. En cuanto regresase, daría las órdenes finales.

Cuando descendió del avión en Wiesbaden, Bradley ya le estaba esperando. Se estrecharon la mano, y lo primero que manifestó Bradley fue lo siguiente:

– Voy a decírselo ahora mismo: debe usted detenerse donde se encuentre; no puede seguir adelante.

– ¿Quién demonios ha dado esa orden?-inquirió Simpson, estupefacto-. ¡Podría hallarme en Berlín dentro de veinticuatro horas!

– Acabo de recibir la orden de Ike.

Simpson insistió en que había escasa oposición al otro lado del Elba. En su opinión había camino libre hacia Berlín, y no esperaba hallar defensa alguna hasta llegar a los suburbios de la capital. Pero las discusiones no servían de nada, y totalmente descorazonado, Simpson regresó a su puesto de mando.

– Bien, señores, esto es lo que ha sucedido -dijo a los corresponsales de guerra, que estaban esperándole-. Tengo órdenes de detenerme donde estoy. No puedo seguir hacia Berlín.

– ¡Eso es vergonzoso! -exclamó un periodista.

Simpson trató de disimular su propia decepción, y dijo con tono forzado:

– Esas son las órdenes que he recibido, y no tengo más comentarios que hacer.

Una de las razones que decidieron a Eisenhower a eludir Berlín, hacia fines de mayo, fue el hecho de que los rusos se hallaban mucho más cerca de la capital alemana, y sin duda llegarían primero. Pero dos semanas más tarde, Simpson y Zhukov se encontraban casi a la misma distancia de la Cancillería del Reich, y la declaración de Simpson al manifestar que podía estar en Berlín al cabo de veinticuatro horas, no era una simple bravata. A excepción de algunas unidades alemanas dispersas, la mayoría de las cuales ofrecería poca o ninguna resistencia, nada se interponía entre él y Hitler, más que Eisenhower. [51]

2

En Moscú, entretanto, el embajador Harriman estaba poniendo en práctica los métodos que desde hacía mucho tiempo recomendaba a sus superiores. El y el general Patrick J. Hurley, embajador de Estados Unidos en China, se hallaban en el Kremlin conferenciando con Stalin y Molotov. Harriman aprovechó la ocasión para protestar contra la arbitraria acción de haber hecho aterrizar en Poltava a 163 pilotos americanos a causa del proceder de unos pocos aviadores americanos, que actuaron a su entero albedrío. Uno de los pilotos, por ejemplo, se llevó consigo a un polaco del que afirmó que era un compatriota. En otro caso, un bombardero que aterrizó en un aeropuerto polaco para efectuar algunas reparaciones, volvió a despegar sin tener permiso para hacerlo. Stalin exclamó que tales casos no hacían más que probar que el aterrizaje forzoso estaba justificado, y que los norteamericanos «estaban conspirando con los polacos de la Resistencia, en contra del Ejército Rojo».

– ¡Está usted poniendo en duda la lealtad del Alto Mando norteamericano, y eso no puedo consentírselo! -replicó Harriman, acaloradamente.

Hurley trató de apaciguarle, pero Harriman siguió acusando a Stalin de «dudar de la lealtad del general Marshall s.

– Respondería del general Marshall con mi propia vida -contestó Stalin-. Pero no se trata de él, sino de oficiales de menor graduación.

Hurley cambió nerviosamente el tema hacia China. Dijo haber fomentado las negociaciones entre el Partido Comunista chino y el Gobierno de Chiang-Kai-Chek, y aseguró que ambos perseguían el mismo objetivo: «La derrota del Japón y el establecimiento en China de un Gobierno libre, democrático y unido.» Según manifestó Hurley, Roosevelt le había dado instrucciones para que China hallase el modo de ser la dueña de su propio destino, sin ingerencias extrañas, y le autorizó asimismo a que tratase el tema con Churchill. El primer ministro y Eden ya habían respaldado la política de dejar que China estableciese por sí misma una forma de Gobierno democrática y libre, y unificase todas las fuerzas armadas chinas a fin de lograr cuanto antes de la derrota del Japón.

Después de la entrevista con Stalin, Hurley escribió una carta llena de entusiasmo a Stettinius.

«El mariscal se mostró complacido y manifestó estar de acuerdo, y dijo que en vista de la situación general, deseaba hacernos saber que daría totalmente su apoyo a una acción inmediata que propugnase la unificación de las fuerzas armadas de China, con el pleno reconocimiento de un Gobierno nacional bajo la jefatura de Chiang-Kai-Chek. En resumen, que Stalin se mostró implícitamente de acuerdo con la política americana en China, según ésta le había sido expuesta a lo largo de la conversación.»

Pero Harriman tenía la seguridad de que Hurley había quedado impresionado por la aparente cordialidad del jefe de Estado ruso, e informó que «Stalin no colaboraría durante mucho tiempo con Chiang-Kai-Chek, y que cuando Rusia entrase en el conflicto del Lejano Oriente, apoyaría plenamente a los comunista chinos». George Kennan, otro diplomático americano destacado en Moscú, que también se hallaba familiarizado con el modo de actuar de los soviéticos, se mostró igualmente en desacuerdo con la carta de Hurley, y manifestó que, en su opinión, Rusia sólo quedaría satisfecha cuando dominase Manchuria, Mongolia y el norte de China.

«Resultaría realmente trágico si nuestro natural deseo de ayudar a la Unión Soviética en esta coyuntura, junto con el empleo por parte de Stalin de palabras de significado muy amplio para gran número de personas, nos llevase a confiar excesivamente en la ayuda soviética, o incluso en la aquiescencia de los rusos para el logro de nuestros objetivos a largo plazo en China…»

En los últimos tres días, Truman había ya tenido ocasión de comprobar «la increíble carga» que suponía la Presidencia. Al regreso del entierro de Roosevelt en Hyde Park, el domingo, se dedicó a elaborar el discurso que debería pronunciar en la tarde siguiente ante las dos cámaras del Congreso. Al irse a dormir, rogó que pudiera ponerse a la altura de la tarea que tenía que llevar a cabo. Al día siguiente, 16 de abril, por la mañana, Truman leyó un resumen del último informe de Harriman, en el que éste negaba «una serie de manifestaciones de Stalin en relación con la labor de la Comisión Polaca», y recomendaba «seguir insistiendo en que no podemos aceptar la protección encubierta al régimen de Varsovia».

Mediada la mañana llegaron Eden y lord Halifax, el embajador británico en Estados Unidos, quienes en compañía de Truman, estudiaron los borradores del mensaje que pensaban enviar a Stalin en relación con Polonia. La nota conjunta final resultaba cortés, pero insistía en que Mikolajczyk y otros dos polacos de Londres debían ser invitados a asistir a Moscú para consultar con ellos, a pesar de las objeciones del Gobierno de Varsovia. Truman ordenó despachar el mensaje por radio a Harriman, y le pidió que lo entregase personalmente.

Eden se sintió «muy animado» después de su primera entrevista con Truman, y envió a Churchill el siguiente telegrama:

«Mi impresión de la entrevista es que el nuevo presidente es honrado y que actúa amistosamente. Tiene conciencia de sus nuevas responsabilidades, pero no se siente abrumado por ellas. Sus alusiones hacia usted no han podido ser más afectuosas. Creo que tendremos en él un leal colaborador.»

Eran las 13,02 cuando Truman entró en el salón del Congreso, donde fue acogido con una gran ovación. El presidente contempló, lleno de orgullo, las galerías abarrotadas de público, y al fin localizó a su esposa y su hija Margarita.

– Señor anunciador… -comenzó a decir.

– Un momento, Harry -susurró Rayburn-. Déjeme que le presente.

Un momento más tarde, el presidente Truman dirigía su primer discurso a la nación.

– Con el corazón lleno de dolor me dirijo a ustedes, mis colegas y amigos. Un trágico sino ha descargado sobre nosotros graves responsabilidades. Debemos superarlas. El líder que nos ha abandonado jamás miró hacia atrás, sino que lo hacía siempre hacia delante, y hacia delante avanzaba. Eso es lo que él quería hacer, y eso es lo que América hará…

Manifestó luego que seguiría manteniendo los planes de guerra y de paz preconizados por Roosevelt; solicitó fuerte apoyo de las naciones aliadas y reafirmó la decisión de exigir una rendición incondicional, y de castigar a los criminales de guerra. -La estrategia primordial de las naciones aliadas, en el campo de la guerra, estuvo determinada, y no en pequeña medida, por la visión de nuestro desaparecido comandante en jefe. Quiero que el mundo entero sepa que tal dirección será mantenida, sin cambios ni vacilaciones… Nada resulta más esencial para la futura paz del mundo que la colaboración continuada de las naciones que deben hallar la fuerza necesaria para derrotar la conspiración de las Potencias del Eje, que pretenden dominar el mundo.

Después de solicitar la ayuda de todos los norteamericanos, Truman añadió:

– En este momento, desde mi corazón se eleva una plegaria. Al asumir mis pesadas tareas, humildemente me dirijo a Dios todopoderoso con las mismas palabras del rey Salomón: «Proporciona a tu siervo un juicio claro para comprender a tu pueblo, a fin de que pueda discernir entre el bien y el mal; pues, ¿quién podrá juzgar mejor a éste, tu gran pueblo?» Lo único que pido es llegar a ser un servidor fiel y eficaz de mi Señor y de mi pueblo.

Era evidente que este vivaz norteamericano de la clase media, que sabía ser altivo en un determinado momento y modesto un instante después, se hallaba vinculado por lazos políticos y personales a todas las decisiones tomadas por Roosevelt. Aun cuando Truman hubiera querido adoptar una actitud más resuelta en relación con Rusia, por ejemplo, ello hubiese representado para él una gran dificultad. El pueblo norteamericano había apoyado con abrumadora unanimidad la política moderada de Roosevelt, y los últimos telegramas del presidente a Stalin, Churchill y Harriman, parecían confirmar, en efecto, tal actitud. A Churchill, por ejemplo, le dijo que el problema soviético debería ser minimizado todo lo posible, ya que situaciones como la Operación Amanecer podían surgir diariamente. También dio instrucciones a Harriman para que «considerase el malentendido de Berna (Ascona) como un incidente sin importancia», y comentó con Stalin que «disensiones de esta naturaleza no deberían surgir en el futuro».

Estos mensajes no indicaban, sin embargo, la creciente resolución de Roosevelt a colaborar firmemente con Churchill, en contra de Stalin. Eso sólo se puso de manifiesto al final de su nota para el primer ministro, cuando declaró: «Debemos mostrarnos firmes, y por otra parte, seguir con nuestra actitud, que hasta el momento es correcta.» Pero para un nuevo presidente, semejante consejo resultaba demasiado sutil.

Como había ocurrido con todos los vicepresidentes que asumieron antes que él la suprema magistratura del país, Truman tampoco se hallaba al corriente de los enormes problemas con que debía enfrentarse el presidente. Por ejemplo, no se le había revelado la existencia de la habitación de mapas secreta de la Casa Blanca, hasta que Roosevelt partió para Yalta, y aun así, todavía Truman no había entrado en ella. El nuevo presidente, en consecuencia, se hallaba deficientemente preparado para encarar tal cantidad de abrumadoras responsabilidades. Sólo su agilidad mental y su gran dosis de sentido común le permitirían librarse de cometer imperdonables errores en los días que se avecinaban.

En la mañana del 17 de abril convocó Truman su primera conferencia de Prensa. Un número no igualado anteriormente de representantes de periódicos, emisoras y revistas, en número de 350, trataron de congregarse en su despacho, pero ello no fue posible, y muchos tuvieron que permanecer en el vestíbulo. Con sus característicos modales, bruscos pero afables, Truman contestó a las preguntas que se le hicieron, las cuales unas veces eran claras, y otras no lo eran tanto.

Uno de los corresponsales le preguntó si deseaba entrevistarse con los otros dirigentes aliados, es decir, con Stalin y Churchill.

– Sería para mí una gran satisfacción poder encontrarme con ellos, y también con el general Chiang-Kai-Chek -contestó Truman-. Lo mismo que con el general De Gaulle. Si éste desea verme, yo lo haré con gusto. Estoy dispuesto a entrevistarme con los jefes de todos los Gobiernos aliados.

El 18 de abril, Truman se enteró por vez primera acerca de las zonas de ocupación de Alemania, cuando Churchill le envió un telegrama exhortándole a que ordenase a sus tropas avanzar todo lo posible hacia el Este, y a que se mantuvieran firmes en el territorio conquistado. [52] Este era otro espinoso problema del que Truman sabía poco o nada. «Me sentí como si hubiera vivido cinco vidas enteras en mis cinco primeros días de presidente -escribió posteriormente-. Es un salto considerable el que se da desde la vicepresidencia a la presidencia, cuando se ve uno forzado a hacerlo sin previo aviso.»

La misma noche del 18 de abril, Truman escribió a su madre y a su hermana:

«Ya antes de prestar el juramento, tuve que tomar dos decisiones de trascendental importancia: seguir adelante con la guerra, y confirmar la realización de la Conferencia de Paz en San Francisco. El sábado y el domingo transcurrieron entre las ceremonias fúnebres del desaparecido presidente. El lunes tuve que manifestar ante el Congreso cuál iba a ser mi actuación futura. Me pasé todo el domingo por la tarde, la mitad de la noche y el lunes hasta las once de la mañana, redactando el discurso. Creo que estuve inspirado al escribirlo, ya que el Congreso y el país se pronunciaron unánimemente en mi favor, según parece. El lunes por la tarde recibí a numerosas personas y tomé toda clase de decisiones, cada una de las cuales afectaba a millones de seres humanos. El martes por la mañana todos los periodistas de la ciudad y también de otros lugares, vinieron a hacerme innumerables preguntas. Me proporcionaron quince minutos bastante arduos, pero hasta de semejante pesadilla parece que salí bien parado.

»Luego tuve que pasarme la tarde y las primeras horas de la noche preparando un discurso de cinco minutos para transmitir por radio a los combatientes, hombres y mujeres. Hasta la una no me fui a acostar. El día de hoy también ha sido bastante atareado. Estaba a punto de acostarme, pero pensé que debía escribiros unas letras. Espero que sigáis bien.

»Con todo cariño,

»Harry.»

Truman mandó llamar a Harriman a Moscú para sostener con él una entrevista personal, y ambos se reunieron al mediodía del 20 de abril. El presidente tenía gran interés por conocer la impresión directa del embajador acerca de los rusos.

Según Harriman, la Unión Soviética consideraba que podía llevar a cabo con éxito dos políticas simultáneamente: colaborar con Estados Unidos y Gran Bretaña, y a la vez extender el dominio soviético sobre los Estados vecinos, por medio de una actuación independiente. Algunos de los consejeros de Stalin interpretaban erróneamente la buena voluntad de Norteamérica, confundiéndola con debilidad.

– En mi opinión, el Gobierno soviético no tiene ningún deseo de romper con Estados Unidos, debido a que necesitan nuestra ayuda para la reconstrucción -declaró Harriman, y afirmó que, en consecuencia, Estados Unidos podían demostrar firmeza en los asuntos importantes, sin peligro de correr graves riesgos.

Cuando Harriman comenzó a señalar determinadas dificultades, Truman le interrumpió diciendo:

– No temo a los rusos. De todos modos, creo que éstos nos necesitan más a nosotros, que nosotros a ellos.

Luego manifestó que mostraría hacia Rusia una actitud firme, aunque correcta.

– A mi juicio, nos hallamos enfrentados con una invasión bárbara de Europa -advirtió Harriman-. Debemos decidir la actitud que hay que tomar en vista de un hecho tan desagradable.

Prosiguió diciendo Harriman que aquello no quería decir que él se mostraba pesimista. Por el contrario, podía llegarse a un acuerdo con los rusos.

– Esto nos exigirá estudiar de nuevo nuestra política -añadió el embajador-, y abandonar cualquier ilusión de que el Gobierno soviético llegue a actuar de acuerdo con los principios a que se ajusta el resto del mundo en los asuntos intercontinentales.

Truman comprendió que deberían hacerse ciertas concesiones por ambas partes. No esperaba que Stalin le concediese el ciento por ciento de lo que iba a pedirle.

– Pero creo que podremos conseguir un ochenta por ciento -manifestó.

Inquirió Harriman si Truman consideraba importante el asunto polaco en relación con la Conferencia de San Francisco, y la participación de Norteamérica en las Naciones Unidas. Truman contestó rápidamente que, a menos que la cuestión polaca quedase solucionada de acuerdo con lo estipulado en Yalta, el Senado nunca aprobaría el ingreso en una organización de naciones.

– Pienso decirle esto a Molotov, con esas mismas palabras cristalinas -manifestó el presidente, enfáticamente-. Estoy dispuesto a mostrarme firme en mis relaciones con el Gobierno soviético.

Al terminar la entrevista, Harriman dijo confidencialmente que el único temor que tuvo al regresar a Washington fue que Truman no llegase a comprender, como lo había comprendido Roosevelt, que Stalin estaba quebrantando sus convenios.

– Mi temor -concluyó diciendo el embajador- se basaba en el hecho de que usted no habría tenido tiempo aún de estudiar los últimos telegramas intercambiados, pero me satisface mucho comprobar que los ha leído todos, y ver que vamos a hacer frente a la situación.

3

Entretanto, la batalla en Europa estaba alcanzando un dramático aunque previsible punto culminante. En la mañana del 17 de abril, el heterodoxo plan de Model fue puesto en práctica, y los restos que quedaban del Grupo de Ejército B dejaron de existir por otra de un plumazo de su comandante. La batalla de la bolsa del Ruhr había terminado. El pequeño y denodado mariscal de campo se volvió hacia su jefe de Estado Mayor, y dijo:

– ¿Hemos hecho lo necesario para justificar nuestra actuación frente a la historia? ¿Qué recurso le queda a un comandante derrotado?

Model hizo una pausa y sus palabras inmediatas no sólo contestaron su pregunta, sino que señalaron su propio sino:

– En tiempos pasados solían envenenarse.

Model tuvo razón acerca de la ofensiva de Wenck. Era imposible que el recientemente formado Doceavo Ejército abriese un pasillo hasta el Ruhr. Lo cierto es que Wenck jamás llegó a iniciar tan descabellado ataque. Bastante trabajo tuvo con mantener la línea del Elba, cuyo flanco izquierdo ya estaba amenazado por el firme avance de Hodges. Wenck ordenó al general Max von Edelsheim que protegiese su flanco reteniendo Halle y Leipzig. Pero el 17 de abril, Hodges se apoderó de Halle y dejó aislada a Leipzig.

Esta última ciudad era una reliquia histórica, así como una de las ciudades industriales de Alemania. Lutero pronunció su primer sermón en la iglesia de Santo Tomás, la misma en la que Bach tocó el órgano durante veintisiete años, y donde el gran músico fue enterrado. También en ese templo fue bautizado Wagner. En Leipzig se hallaba asimismo uno de los monumentos más venerados de Alemania, el de la Volkerschlacht (Batalla de las Naciones), con que se honró a los muertos de 1813. El colosal monumento tenía cien metros de altura, y los alemanes, con su estadística mentalidad, aseguraban que se necesitaría un tren de cincuenta y cinco kilómetros de largo para acarrear las piedras y el cemento que integraban su estructura. Más que un monumento parecía una fortaleza, y lo cierto es que en eso precisamente se convertiría pocos días más tarde.

Las endebles defensas de Leipzig se hallaban bajo el mando del coronel Hans von Poncet, y consistían en unos 750 hombres del 107 Regimiento de Infantería Motorizado, y un batallón motorizado de reemplazo que constaba de 250 soldados. Disponía asimismo de unas pocas unidades de la 14.ª División antiaérea, de varios batallones de tropas Volkssturm, y de 3.400 hombres del general Wihelm von Grolmann, jefe de policía de la ciudad. Von Grolmann era en realidad un policía, no un comandante militar, y se oponía con todas sus fuerzas al empleo de los muchachos del Volkssturm en una lucha sin esperanzas.

– La policía se halla bajo mi mando -dijo Von Grolmann al coronel Von Poncet, y aseguró que no estaba dispuesto a ceder sus hombres para otros fines. Las fuerzas resultaban mucho más endebles, ya que estaban completamente desprovistas de armas. Concluyó diciendo que los esfuerzos para defender la ciudad eran totalmente estériles, y sólo servían para arriesgar inútilmente la vida de los 750.000 habitantes de la misma.

En el momento en que Hodges comenzó a rodear la ciudad con las divisiones 2.ª y 69.ª de Infantería, Von Grolmann y Poncet seguían actuando contrariamente uno respecto al otro. Así, mientras el coronel mandó erigir trincheras en la zona del Ayuntamiento, para que se parapetasen la mayor parte de sus tropas, y luego ocupó en secreto el gran monumento de la ciudad con trescientos de sus mejores hombres, Von Grolmann se preparaba para rendirse.

El 18 de abril, Von Grolmann anunció por radio que había asumido el mando, y que representaría los intereses de los ciudadanos lo mejor que pudiese. A las cuatro de la tarde logró ponerse en comunicación con el general de división norteamericano Walter Robertson, de la 2.ª división, y le ofreció la rendición de Leipzig.

Robertson dijo que Grolmann tendría que convencer al coronel Von Poncet para que depusiera las armas, y luego se comunicó por radio con su comandante, el general Clarence Huebner, del V Cuerpo -quien a su vez habló con Hodges-, manifestando que estaba a punto de negociar la rendición de Leipzig. Hodges contestó que sólo se aceptaría una rendición incondicional. A todo esto, Von Grolmann había establecido contacto telefónico con el coronel Von Poncet, el cual se hallaba ya en el interior del monumento con sus tropas, si bien Von Grolmann lo ignoraba.

– No tengo la menor intención de rendirme -manifestó el coronel Von Poncet, y cortó la comunicación.

A pesar de todo, Von Grolmann envió a uno de sus oficiales al puesto de mando norteamericano más cercano, con otra oferta de capitulación. Estaba ya anocheciendo cuando el alemán fue escoltado hasta el puesto de mando del capitán Charles B. MacDonald, comandante de la Compañía G del 23.° Regimiento, perteneciente a la 2.ª División. Mac Donald sólo tenía veintidós años de edad.

– ¿Sabe él que soy un capitán?-inquirió Mac Donald al intérprete-. ¿Va a rendirse a un capitán?

– Jawohl! Ist gut! -fue la vehemente respuesta afirmativa. Y al cabo de una hora, el jeep de Mac Donald avanzaba por las calles de Leipzig ante los asombrados ciudadanos, que le contemplaban atónitos o le saludaban cordialmente. En el cuartel general de la policía, Mac Donald se reunió con tres oficiales alemanes impecablemente uniformados. MacDonald se pasó la mano por la hirsuta barba, dándose cuenta de pronto de que hacía un par de días que no se lavaba, y varios más que no se afeitaba. Se preguntó si debía saludar militarmente. Para no quedar mal, así lo hizo, e incluso dio un fuerte taconazo, como vio que lo hacían los alemanes.

Los oficiales acompañaron a MacDonald hasta la oficina de Von Grolmann, el cual se adelantó hacia el americano con la mano extendida, el rubicundo semblante sonriente y un monóculo en el ojo izquierdo. Para MacDonald, Von Grolmann resultó ser la encarnación del jerarca nazi, tal como lo pintaban las películas de Hollywood. Después de tomar un coñac, se dispusieron a conferenciar. El alemán manifestó que estaba dispuesto a rendir todos los efectivos de la policía, pero movió negativamente la cabeza, con desaliento, cuando el capitán le dijo que también debían deponer las armas las tropas de la Wehrmacht.

– No tengo autoridad alguna sobre el coronel Von Poncet, y ni siquiera sé dónde se encuentra su puesto de mando -dijo Von Grolmann

No obstante, manifestó que, a su entender, la mayor parte de las tropas del Ejército habían dejado ya la ciudad, por lo que consideraba que Von Poncet no crearía ningún problema Mas la 69.ª División americana comprobaría poco después que la situación era muy distinta. La unidad estaba entrando en ese momento en la ciudad por el Sudeste, avanzando en cabeza la Fuerza Especial del teniente coronel Zwiebol.

Al aproximarse la avanzada americana al monumento, los soldados de Poncet que se hallaban en el interior del mismo abrieron fuego. Los tanques de Zwiebol, que avanzaban normalmente a unos dieciséis kilómetros por hora, iniciaron una carrera calle abajo, hacia la zona del Ayuntamiento, a una velocidad tres veces superior, con lo que iban cayendo poco a poco los infantes que viajaban sobre los tanques. En la última calle antes de llegar al Ayuntamiento, Zwiebol se enteró por un aviador italiano de que en aquel lugar había por lo menos trescientos soldados de las SS. Como sólo le quedaban sesenta y cinco infantes, pues ciento sesenta habían caído en la vertiginosa carrera, o fueron eliminados por el fuego enemigo, Zwiebol decidió ocultarse para pasar la noche.

Al amanecer, una compañía de infantería de la 69.ª División intentó llevar a cabo un asalto contra el barroco edificio del Ayuntamiento, pero el ataque fracasó. Zwiebol avanzó para apoyar a los infantes con su puñado de tanques.

Gabrielle Herberner y una amiga suya se encontraban en la intersección de dos calles importantes cuando la Fuerza Especial se acercó al lugar. Ambas muchachas creyeron que los carros de asalto eran alemanes, hasta que uno de los tanques aminoró la marcha y alguien gritó desde dentro en inglés:

– ¡Alto, muchachos!

Por la torrecilla de uno de los tanques surgió la cabeza de un soldado, el cual dijo a las chicas:

– Marchaos a un refugio. Al final de la calle está el Ayuntamiento, y vamos a atacarlo.

El norteamericano sonrió y desapareció para asomarse al momento, al tiempo que les arrojaba algunos caramelos. Aún desconcertadas, las muchachas se dirigieron a un refugio, preguntándose qué clase de enemigo era aquél.

Zwiebol hizo avanzar sus efectivos en dos columnas y comenzó el ataque al edificio de la alcaldía, al mismo tiempo que lo hacía la compañía de infantes. Una vez más, los norteamericanos se vieron detenidos por un nutrido fuego de bazookas, ametralladoras y fusiles. Hacia las nueve, después de otros dos asaltos infructuosos, Zwiebol decidió emplear la persuasión en lugar de la fuerza. Convenció a un jefe de bomberos alemán para que llevase un ultimátum al Ayuntamiento: si el comandante no se rendía inmediatamente, los norteamericanos atacarían al cabo de veinte minutos con artillería pesada, lanzallamas, y una división completa de infantería.

Pocos minutos más tarde, ciento cincuenta soldados alemanes salieron del edificio con las manos en alto. En el interior de la alcaldía, los norteamericanos encontraron los cadáveres del alcalde Freyborg, de su ayudante y de las familias de ambos, todos los cuales se habían suicidado.

La única resistencia seria que quedaba en Leipzig era la del monumento, donde Von Poncet se había hecho fuerte y tenía en su poder a diecisiete prisioneros norteamericanos. Los proyectiles norteamericanos, incluso los de gran calibre, tenían escaso efecto sobre la estructura, y algunos rebotaban sobre la superficie de granito. Aquello tenía aspecto de que iba a resultar un largo y penoso asedio. El capitán Hans Trefousse, del 273.° Regimiento, tuvo una idea. Dijo a su comandante, el coronel C. M. Adams, que esperaba convencer a Von Poncet para que se rindiera. Nacido en Francfort del Main, Trefousse había huido de Alemania a Estados Unidos en 1936, y seis años después se graduó en una Universidad americana

A las tres de la tarde, Trefousse, acompañado por el teniente coronel George Knight y por un prisionero alemán que portaba una bandera blanca, comenzaron a ascender los escalones que conducían a la tienda de recuerdos, situada en la parte posterior del monumento. Von Poncet y otros dos oficiales alemanes se acercaron para recibir a los parlamentarios.

Trefousse dijo a Von Poncet que era inútil seguir resistiendo. -No tienen ninguna posibilidad de vencer. La guerra está perdida para ustedes, y lo más sensato es entregarse y salvar la vida de los que combaten.

– Tengo órdenes del Führer en persona. No puedo rendirme -contestó Poncet.

También se negó en poner en libertad a los diecisiete norteamericanos prisioneros, o a hacer un intercambio con los mismos. Sólo accedió a que se celebrase una tregua de dos horas para evacuar los heridos del monumento.

Mientras los enfermeros norteamericanos sacaban una docena de bajas, Trefousse siguió discutiendo con Poncet en el exterior de la tienda de recuerdos, y a las cinco le convenció para que continuasen las conversaciones en el interior del monumento. En el resto de la ciudad, la lucha había terminado, a excepción de algún tirador apostado que seguía disparando, y las tropas norteamericanas comenzaban a llenar la ciudad. Los soldados de Estados Unidos recorrían las calles en jeeps y camiones, agitando banderas nazis de las que se habían apoderado. Uno de ellos iba de pie en la parte trasera de un camión, imitando a Hitler con un peine bajo la nariz, a guisa de bigote, y cantando una canción alemana. Hasta los mismos germanos se reían. Para muchos, era la primera risa, desde hacía varios años.

Günther Untucht y otros chiquillos miraban con gesto ansioso cómo comían algunos soldados norteamericanos, los cuales al concluir quemaron los desperdicios con gasolina. Uno de los chicos alcanzó a extraer de las llamas una de las latas que estaba llena por la mitad, pero un soldado se la quitó. La mayor parte de los norteamericanos, sin embargo, no se mostraban tan hostiles y distribuían chocolate entre los niños, si bien muchos hacían la pregunta acostumbrada:

– ¿Tienes una hermana?

Gabrielle Herbener estaba tratando de cambiar dos botellas de coñac por alimentos. Pasó ante una fila de tanques buscando un rostro amistoso, cuando acertó a descubrir al conductor del tanque que le había entregado los caramelos por la mañana.

– Tengo coñac -le dijo la muchacha-. ¿Me daría algo de comida, a cambio?

– Está bien, dame tu pañuelo -dijo el soldado, cogiendo las botellas.

Gabrielle se quitó la pañoleta y observó, atónita, cómo el norteamericano la iba llenando con raciones de campaña, dulces y jabón. Luego, encima de todo aquello, el soldado colocó las dos botellas de coñac que le había dado la chica.

Trefousse y Von Poncet seguían discutiendo cuando ya era medianoche.

– Si fuera usted un bolchevique -dijo el alemán-, no me molestaría en hablarle. Al cabo de cuatro años, los dos nos encontraríamos en Siberia.

– Si piensa usted así -contestó Trefousse-, ¿no es una pena sacrificar a todos estos soldados alemanes que podrían ayudarnos contra los rusos?

– En efecto, pero tengo órdenes de no rendirme.

– Estoy seguro de que conoce usted la anécdota del príncipe de Homburg -manifestó Trefousse-, el cual ganó una batalla para el Elector desobedeciendo sus órdenes.

Algo más tarde, Trefousse dijo a Poncet y a sus oficiales que acababa de recibir una oferta del puesto de mando de la división: si Von Poncet salía del monumento y se rendía junto con sus hombres, dejarían en libertad a todos. Von Poncet aceptó y a las dos de la madrugada del 20 de abril, salió por la puerta principal de la gran estructura. La batalla del monumento había terminado.

Pero cuando Trefousse iba a soltar al resto de los alemanes el coronel Knight manifestó que se había producido un malentendido. El general Emil F. Reinhardt, comandante de la división, sólo había dado permiso para liberar a Von Poncet. Los demás deberían quedar recluidos temporalmente en el interior del monumento. Trefousse regresó adonde estaban los demás oficiales alemanes y trató de convencerles para que aceptasen las nuevas condiciones. Como estímulo les dijo que trataría de conseguirles una estancia de cuarenta y ocho horas en Leipzig, si le prometían no huir. Sólo un alemán insistió en que debía mantenerse el acuerdo inicial, y Trefousse le soltó sin entrar en mayores discusiones. Aunque no fuese general, Trefousse consideró que no debía quebrantar la palabra que había empeñado. Luego trató de persuadir a Knight para que aprobase el permiso de cuarenta y ocho horas.

– Está bien -contestó Knight-, pero tenemos que sacar a los alemanes y devolverlos al monumento sin que se entere Reinhardt.

Mientras se procedía a desarmar a los soldados, Trefousse escabulló a una quincena de oficiales alemanes fuera del monumento y los llevó a sus hogares. Cuando regresó a recogerlos, dos días más tarde, todos se hallaban esperándole menos uno, que dejó tras él una nota disculpándose.

Este tipo de extrañas rendiciones tenía lugar por todo el frente occidental en esos días. En muchos casos, por ejemplo, los oficiales norteamericanos se limitaban a llamar por teléfono concertando una capitulación pacífica con el alcalde de la ciudad más próxima.

A todos los efectos, la guerra en el Oeste había concluido. Pero Kesselring consideró que aún debía tratar de retener la línea del río Elba frente a la capital de Alemania, a fin de que Hitler pudiese lanzar todos los soldados de que disponía en Berlín a la batalla final contra los bolcheviques.

El hombre que mandaba esa línea tenía, sin embargo, una idea muy distinta. Sin orden alguna, e incluso sin consultar al cuartel general del Führer, el general Walther Wenck ordenó a su 12.° Ejército atacar en sentido contrario. Sus soldados volvieron la espalda a los norteamericanos y comenzaron a avanzar contra las tropas rusas.

Capítulo cuarto. «Sobre el filo de la navaja»

1

Durante casi dos meses había reinado una calma relativa a lo largo del frente del Nordeste, mientras Zhukov preparaba su ataque final contra Berlín, y Heinrici había empleado ese respiro para tratar de fortalecer las endebles defensas del Grupo de Ejército Vístula. Por algunos prisioneros rusos se enteró de que la ofensiva principal sería precedida unos días antes por pequeños ataques de tanteo en la zona de Küstrin-Francfort. Cuando comenzaron éstos, tal como se había proyectado, el 12 de abril, la estrategia de Heinrici, que éste había imitado de los franceses, fue puesta en práctica. Se ordenó a Busse que esperase tres días y que luego retirase su Noveno Ejército -dejando sólo un contingente fantasma-, al amparo de la oscuridad, hasta quedar a cubierto tras las sierras situadas detrás del Oder. Varias horas antes de la subrepticia retirada, llegó al puesto de mando del Grupo de Ejército Vístula, situado cerca de Prenzlau, un inesperado visitante: Albert Speer.

– Me alegro de verle por aquí -le dijo Heinrici, después de saludarle-. Mi comandante de ingenieros ha recibido dos órdenes contradictorias.

– Por eso he venido -manifestó Speer, y explicó la razón de que hubiera dado de intento dos órdenes confusas: deseaba proporcionar a los comandantes de campo una excusa para que ignorasen la orden de «tierra arrasada» de Hitler.

Heinrici dijo que no destruiría ninguna propiedad alemana si no resultaba totalmente imprescindible.

– Pero, ¿qué harán los gauleiters? Ellos no están bajo mi jurisdicción.

Speer declaró que tenía esperanzas de que el general influyese para evitar que esos funcionarios del Partido entrasen en acción. Heinrici prometió hacer cuanto estuviera de su parte, pero dijo que se vería obligado a destruir algunos puentes, especialmente los más próximos a Berlín, por razones militares. Sugirió que se trasladasen a la oficina exterior, donde se hallaba esperando casualmente el comandante de Berlín, teniente general Helmuth Reymann. Heinrici pidió a éste que fuese con él hasta el frente, con el fin de discutir sobre el terreno los problemas que presentaba la defensa de Berlín.

Reymann contestó que las únicas tropas de que disponía en la capital eran noventa y dos batallones de Volkssturm deficientemente entrenados.

– Tengo también un contingente bastante fuerte de baterías antiaéreas, dos batallones de tropas de la Guardia y las llamadas Tropas de Alarma, integradas por empleados y cocineros. Eso es todo. ¡Ah! Y también poseo unos pocos tanques.

– ¿Qué hará usted cuando ataquen los rusos?-preguntó Speer. -Tendré que volar los puentes de Berlín.

– Herr general -dijo Speer, frunciendo el ceño-, ¿se da usted cuenta de que si destruye esos puentes inutilizará los servicios públicos de más de dos millones de personas.

– ¿Qué otra cosa puedo hacer? O eso o mi cabeza. Respondo con mi vida de la defensa de Berlín.

Speer recordó que por los referidos puentes discurrían tuberías de gas, cañerías de agua y cables conductores de electricidad. Si se destruía todo aquello, los servicios más vitales quedarían interrumpidos, los cirujanos no podrían operar, y la ciudad se quedaría sin agua potable.

– Yo he hecho un juramento, y estoy obligado a cumplirlo -insistió Reymann, visiblemente afligido.

– Le prohíbo que destruya uno solo de los puentes -dijo Heinrici, con su escueta manera de expresarse-. Si se presenta alguna dificultad, debe ponerse en contacto conmigo, para solicitar mi permiso.

– Está bien, general, pero, ¿y si tengo que actuar con toda urgencia?

– Examinemos el mapa -dijo Heinrici, e indicó varios puentes que no conducían gas ni cables eléctricos-. De ocurrir lo peor, puede usted volar estos puentes. Para los demás tiene que consultar antes conmigo.

Speer quedó satisfecho, y Reymann se mostró más tranquilo. Había alguien más que asumía la responsabilidad.

En el bunker de la Cancillería se estaba celebrando una reunión especial, en el curso de la cual Hitler estaba revelando una singular estrategia para salvar a Berlín: las tropas alemanas que se retiraban hacia la capital crearían un núcleo defensivo que atraería indefectiblemente al Ejército Rojo. Esto daría lugar a que las otras fuerzas alemanas quedasen aliviadas de la presión de los últimos días, pudiendo así atacar a los bolcheviques desde el exterior.

– Los rusos han extendido tanto su frente que la batalla decisiva puede ganarse en Berlín -dijo el Führer, lleno de confianza-. Esto los eliminará como factor de negociación en una paz futura.

En cuanto a él, aseguró que permanecería en la ciudad para estimular a los defensores. Varios de los que le escuchaban le exhortaron a que se trasladase a Berchtesgaden, pero Hitler no quiso ni siquiera discutir el asunto. Como comandante en jefe de la Wehrmacht que era, y como líder de su pueblo, tenía la obligación de quedarse en la capital.

A continuación redactó una arenga de ocho páginas -la última que iba a dirigir a las tropas- y la envió a Goebbels. Cuando el ministro de Propaganda leyó la proclama, comprobó que aquello llegaba al colmo de lo ampuloso y altisonante, y la arrojó sin más al cesto de los papeles. Luego la extrajo de donde la había tirado y trató de corregirla. Sin molestarse en consultar con el Führer para que aprobase la versión final, Goebbels distribuyó las copias entre los combatientes del Este.

«¡SOLDADOS DEL FRENTE ORIENTAL!

»Nuestro mortal enemigo, el judío bolchevique, ha iniciado su ataque final en masa. Con ello espera aniquilar a Alemania y eliminar a nuestro pueblo…»Si en los días y semanas que se avecinan cada uno de los soldados del Frente Oriental cumple con su deber, el último ataque de Asia fracasará…

»Berlín sigue siendo alemán, Viena debe volver a serlo, y Europa jamás será rusa…

»En estos momentos todo el pueblo alemán nos contempla, mis combatientes del Este, y sólo espera que con vuestra tenacidad y vuestro fanatismo, con vuestras armas y bajo vuestra guía, el ataque bolchevique quedará ahogado en un baño de sangre. En el mismo instante en que los hados han eliminado al mayor criminal de guerra de todos los tiempos [Roosevelt], la suerte de la contienda ha quedado decidida.

»Adolf Hitler.»

Una noche antes de haber regresado a Washington para ver a Truman, Harriman se había entrevistado con Stalin. Al terminar la prolongada conferencia, Harriman mencionó la noticia alemana de que el Ejército Rojo estaba proyectando una nueva ofensiva contra Berlín.

– Estamos a punto de comenzar dicha ofensiva -manifestó Stalin, en un tono de voz con el que parecía querer restar importancia al hecho-. No sé qué éxito tendrá, pero el ataque principal se llevará a cabo contra Dresde, como ya he informado al general Eisenhower.

Pero mientras Stalin se expresaba de este modo, Zhukov estaba haciendo los preparativos finales para el ataque en masa contra Berlín. Se iban acumulando en la orilla oriental del Oder grandes efectivos de morteros y cañones de considerable calibre, con los que se pensaba llevar a cabo uno de los bombardeos de artillería más intensos de la historia. Cuatro mil tanques aguardaban en las márgenes orientales del río, la mayor parte de ellos destinados a irrumpir por la zona de Küstrin-Francfort. A ambos lados de Küstrin se emplazaron 1.750 reflectores con un alcance de más de cuatro kilómetros, con el fin de iluminar el camino de las fuerzas principales que se dirigían hacia Berlín, y para cegar al mismo tiempo a los defensores.

En el cuartel general de Zhukov estaba a punto de comenzar una importante reunión de oficiales de alta graduación del Primer Frente Ruso Blanco. El teniente coronel Vladimir Yurasov era el oficial de menos grado, y representaba al Departamento de Material de Industrias de la Construcción, filial del Comité Especial para el Desarme Económico de Alemania y sus satélites. Su tarea consistía en transportar fábricas de cemento, completas e intactas, hasta la Unión Soviética, para el programa de reconstrucción de posguerra, y ya había enviado las suficientes instalaciones polacas como para fabricar un millón de toneladas de cemento anuales.

El general Nikolai Bulganin (más tarde jefe de Gobierno) fue el primero en hablar.

– ¡La guerra aún no ha concluido! -manifestó-. Hemos derrotado a Hitler, pero no al fascismo. Este existe en todo el mundo, especialmente en América. Necesitábamos el Segundo Frente, y los Capitalistas nos lo han negado. ¡Ello nos cuesta la vida de millones de hermanos!

Mientras Zhukov permanecía en silencio, un general tras otro fueron poniéndose de pie para arengar a los presentes. -Norteamérica es nuestro principal enemigo -aseguró uno de los oradores-. Hemos destruido la base del fascismo. Ahora debemos destruir la base del capitalismo: ¡Norteamérica!

Posiblemente el punto más importante de la línea de defensa de Heinrici era el pueblo de Seelow, situado cerca del extremo sur de la referida línea y de la orilla occidental del Oder. Cruzaba el pueblo la autopista Küstrin-Berlín, sobre la que Zhukov proyectaba lanzar el ataque principal. Una vez que el Ejército Rojo llegase a la cima de la colina por la que discurría la autopista en aquella zona, quedaría abierto para sus efectivos el camino hasta Berlín.

Nada puede ilustrar mejor el deplorable estado del Grupo de Ejército Vístula, que la clase de tropas que defendían la localidad de Seelow. Eran muchachos de la Novena División de Paracaidistas, de Goering, con sólo dos semanas de entrenamiento en la Infantería. Sus oficiales eran antiguos pilotos llenos de espíritu combativo, pero con escaso conocimiento de las tácticas de combate en tierra.

Uno de los defensores que podía considerarse como característico era Gerhard Cordes, que contaba dieciocho años de edad y era hijo de un director de escuela primaria. Su regimiento, apresuradamente organizado, acababa de atrincherarse en la ladera oriental de la colina. Armados sólo con granadas, fusiles automáticos, rifles y bazookas, estaban apoyados por media docena de cañones antiaéreos y por varios cañones antitanques. Al anochecer del 15 de abril comenzó a caer en sus posiciones un bombardeo esporádico de la artillería rusa, y se les dijo que se afianzasen mejor en sus posiciones. Ninguno de ellos tenía la menor idea de que la fuerza principal germana estaba siendo retirada en secreto más allá de la colina, quedando ellos solos para dar una apariencia de fuerza militar. A las dos de la madrugada, abrieron fuego repentinamente veintidós mil cañones rusos de largo alcance en toda la extensión de un frente que abarcaba ciento veinte kilómetros de longitud. La mayor concentración se hallaba precisamente frente a Seelow, y al aterrado Cordes le pareció como si cada centímetro cuadrado del terreno fuese a quedar arrasado por los disparos.

Algo más tarde cesó el fuego de la artillería, y también de improviso se originó un resplandor deslumbrante a ambos lados de la autopista Küstrin-Berlín, y centenares de tanques avanzaron estrepitosamente hacia la colina. A la luz cenicienta que precedía al alba, los soldados de las primeras trincheras, situadas unos seiscientos metros delante de Cordes, en un terreno llano y pantanoso, comenzaron a retroceder gritando:

– ¡Vienen los rusos!

Cordes atisbó fuera de su trinchera y vio un espectáculo aterrador: una oleada de grandes tanques se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Después de la primera, venía una segunda oleada, y detrás una muchedumbre de infantes.

De improviso se dejó oír un ensordecedor estruendo. Desde la cima de la colina centenares de cañones antiaéreos, que apuntaban hacia abajo, lanzaban su mortífera carga contra los rusos. Los tanques soviéticos comenzaron a quedar envueltos en llamas, mientras los soldados que iban encima de ellos trataban de ponerse a salvo. Los aviadores empezaron entonces a hacer fuego desde sus posiciones, y las tropas rusas comenzaron a flaquear. Unos pocos «T-34» soviéticos irrumpieron por los flancos, pero fueron destruidos cuando trataban de trepar por la falda de la colina. Al amanecer, los atacantes retrocedieron, tras haber experimentado enormes pérdidas.

Los jóvenes aviadores habían sufrido pocas bajas, y se hallaban confiados, incluso engreídos con su triunfo. «Después de todo, la cosa no ha resultado tan mal», pensó Cordes. Sin embargo, él y sus camaradas se sintieron notablemente aliviados cuando llegó la orden, de trinchera en trinchera, de retirarse hacia la colina. A mitad de camino les hicieron tomar posiciones en los bosques que cubrían la falda del promontorio. Más abajo se hallaba un buen campo artillero, y detrás había una zona protectora de árboles. Se sintieron seguros, sin llegar a comprender que, aun después de su retirada, seguían siendo la línea defensiva de choque de Heinrici, y que en el curso de algunas horas volverían a ser el objetivo principal de Zhukov.

Al retirar al grueso de sus fuerzas poco antes de iniciarse el fuego de artillería, Heinrici no sólo había salvado millares de vidas, sino que había ganado bastante tiempo. Al encontrar vacías las trincheras y emplazamientos, los rusos temieron alguna trampa y vacilaron, en lugar de llevar a cabo el ataque final contra la colina, que seguramente hubiera tenido éxito.

Por la tarde, Krebs llamó a Heinrici y le felicitó por los resultados obtenidos en Seelow. Más el pequeño general no se mostraba demasiado optimista. Dijo que Busse había sufrido bastantes pérdidas, y que debían esperarse ataques mucho más intensos.

– No nos alegremos de antemano -declaró Heinrici.

Los aviadores de Goering se hallaban atrincherados a lo largo de la autopista de Berlín. A ambos lados del pueblo de Seelow, y en la mitad de la falda de la colina, una veintena de cañones antiaéreos de varias clases y calibres dirigían sus puntos de mira en un ángulo casi increíble, por encima de la cabeza de los aviadores situados en las trincheras.

Poco después del mediodía, Cordes observó un fila de tanques soviéticos que iniciaban prudentemente la marcha, y que tras doblar una curva de la carretera se dirigían hacia Seelow. Era evidente que trataban de atraer el fuego enemigo para revelar las posiciones germanas. Pero no sucedía nada, a pesar de que los tanques se iban acercando cada vez más. Tanto se aproximaron, que Cordes alcanzó a ver la sombría expresión del comandante de uno de los vehículos, mientras se mantenía resueltamente en la escotilla. De pronto se oyó un intenso silbido, y luego una granada estalló junto al tanque. La dotación del mismo salió rápidamente por la escotilla y corrió colina abajo.

Una orden fue circulando de trinchera en trinchera, entre los alemanes: no disparar y permanecer inmóviles. Mientras pasaban los minutos, aumentaba la nerviosidad de los soldados, que deseaban ya que ocurriese algo… lo que fuera. Entonces, a la luz rojiza del atardecer, Cordes vio una columna de tanques rusos que se deslizaba fuera de los bosques situados en la falda de la colina, y comenzaban a ascender por la ladera. Un solo cañón antiaéreo empezó a hacer fuego, y la columna giró en redondo torpemente y volvió a esconderse entre los árboles. Durante dos horas reinó un silencio opresivo, y Cordes sintió como si hasta la misma vida se hubiera interrumpido. De pronto a las siete de la tarde, volvió a dejarse oír el estruendo de los tanques al avanzar. Debían ser unos cuarenta, por lo menos. El ruido era cada vez más intenso y Cordes comprendió que los vehículos estaban ascendiendo por el lado izquierdo de la carretera, es decir, por su lado. Más allá alcanzaba a percibir otro rumor, como de unos veinte tanques, que avanzaban por el otro lado.

Los aviadores cumplían la orden de no hacer fuego, pero no dejaban de mirarse unos a otros, preguntándose si estarían actuando correctamente. Desde una batería de 88 mm. emplazada justamente detrás, Cordes oyó una voz que exclamaba:

– ¡Quiero tener a esos malditos ante mi cañón, antes de que se dispare el primer tiro!

Apareció una forma monstruosa, más grande aún de lo que Cordes había visto hasta entonces en materia de tanques, al punto que se sintió estremecer de pies a cabeza.

– No te preocupes -dijo un hombre de más edad, que había saltado al agujero donde se hallaba Cordes-. No tienes nada que hacer aún, a menos que se dirijan directamente contra ti. En tal caso debes usar tu bazooka.

A continuación Cordes vio nuevas formas. El estruendo de los motores y las orugas de los tanques era ensordecedor, y hacía estremecer la tierra. El joven cogió su bazooka. Desde atrás se inició un coro de detonaciones. Los proyectiles de 88 mm. silbaron sobre su cabeza y fueron a estallar contra los primeros tanques. Las llamas surgían por todas partes de los vehículos incendiados, y fragmentos de metal llovían sobre los ocupantes de las trincheras. Seis tanques, por lo menos, habían quedado fuera de combate, pero otros seguían llegando incesantemente. En medio de esta indescriptible confusión, irrumpió la infantería soviética. Debían de ser unos ochocientos soldados, que al ascender por la colina comenzaron a gritar como si hubieran perdido el juicio, según el parecer de Cordes.

Los aviadores empezaron a disparar, y centenares de rusos cayeron al suelo. Los demás siguieron avanzando, siempre lanzando gritos, y al fin, como una gran ola que se debilita y termina por volver hacia el mar, después de haber roto en la playa, los atacantes dieron media vuelta y se retiraron.

Cordes se recostó sobre el suelo, extenuado. Al fin podría descansar un poco. Pero un momento después un tanque pesado alemán pasó ante Cordes y cruzó al otro lado de la autopista. El tanque hizo fuego, y el resplandor del disparo permitió ver los veinte tanques rusos al lado de la carretera. Los soldados rusos de infantería avanzaban detrás de ellos, y comenzaron a dirigirse hacia arriba, en dirección a las baterías de grandes cañones alemanes.

Cordes, junto con los demás que se hallaban en el lado izquierdo, se volvieron y comenzaron a disparar. Las descargas de una pieza antiaérea de cuatro cañones producían un ruido atronador, no lejos de donde se hallaba Cordes. Los proyectiles estallaron en el centro de un grupo de infantes rusos, y una docena de ellos cayeron como si los hubieran segado con una hoz. Un segundo tanque pesado alemán cruzó la carretera y comenzó a barrer a los supervivientes con su ametralladora.

– ¡Maldición, allí hay cuatro más! -gritó el compañero de Cordes, y señaló un pequeño grupo de carros de asalto que había al otro lado de la autopista.

– Están inutilizados -dijo otra voz, no muy lejos-. No se mueven.

De pronto surgió un fogonazo anaranjado de uno de los tanques que se hallaban inmóviles, y la batería que estaba detrás de Cordes saltó en el aire, incluida la dotación.

– ¡Liquiden esos malditos tanques con un bazooka! -gritó una voz detrás de Cordes.

Este y otros dos soldados comenzaron a arrastrarse colina abajo. Los cuatro tanques habían empezado a moverse, y sus siluetas se agrandaban conforme se iban acercando. A la derecha, un soldado alemán hizo fuego. La descarga atravesó la carretera como un cohete de juguete, y fue a estrellarse contra la torrecilla del primer tanque. Se produjo un resplandor, y luego un colosal estampido al estallar el depósito de municiones del tanque.

Cordes disparó hacia el segundo tanque, que quedó envuelto en llamas. Otro soldado acertó al tercero y el vehículo se incendió, como los dos anteriores. El comandante del cuarto tanque gritó algo mientras movía los brazos con violencia. El enorme vehículo giró rápidamente y comenzó a descender colina abajo. Cordes alzó su fusil e hizo fuego. El comandante cayó fuera de la torrecilla, mientras el tanque seguía alejándose.

Poco después quince de los cuarenta tanques habían logrado pasar la barrera defensiva y se acercaban a la cima de la colina. Empezó entonces un duelo con las baterías antiaéreas casi a bocajarro, y la colina entera pareció haber entrado en erupción. Se produjo un tremenda confusión, y Cordes no tenía la menor idea de lo que estaba ocurriendo. Aparecieron más tanques soviéticos, pero el estrépito de los motores y de las detonaciones había mareado a Cordes hasta tal punto que no sabía hacia dónde se dirigían los tanques.

– ¡Dejen los tanques y disparen sólo contra los soldados! -gritó una voz.

Cordes saltó de nuevo al interior de su agujero e hizo fuego contra las formas que avanzaban a pie. De pronto, un ruso se precipitó en el agujero de Cordes. Tenía los ojos desorbitados y presentaba un orificio en la mandíbula, del que manaba abundante sangre. Cordes extrajo el pequeño botiquín individual, pero cuando el ruso comprobó que era un enemigo, saltó fuera del agujero y se alejó dando tumbos colina abajo.

– Déjale que se vaya -dijo el soldado de más edad-. No llegará muy lejos, y no volverá a molestarnos.

A las once y media se produjo un repentino silencio. No se oía una sola descarga de artillería, ni el golpeteo metálico de los tanques. Cuando Cordes se hubo acostumbrado al relativo silencio, comenzó a oír los lamentos de los heridos. Resultaba increíble, pero la línea había resistido. A derecha e izquierda de Cordes, los agujeros y trincheras estaban llenos de cadáveres o de moribundos. Detrás, la situación no era mucho mejor. Al menos el treinta por ciento de los aviadores habían perecido, y de los grandes cañones, sólo quedaban dos del calibre 88. No podían esperarse reemplazos de cañones u hombres, y lo único que pudieron hacer Cordes y sus camaradas fue esperar en sus puestos a que se iniciase el siguiente ataque.

2

En horas más avanzadas de aquella misma tarde, el VII Cuerpo alemán de Tanques comenzó a ser cargado a bordo de una docena de buques situados a una milla frente al poblado de Hela, que se hallaba en una delgada península de la bahía de Danzig. Estos supervivientes de las duras batallas que tuvieron lugar en la zona de Danzig eran trasladados de frente para contribuir a la defensa de Berlín.

Más de diez mil fugitivos civiles luchaban entre sí por conseguir un lugar en los barcos. Hasta el momento habían llevado una precaria existencia en las dunas de la estrecha península, siendo el blanco de los incesantes bombardeos aéreos y de la artillería. Al anochecer, sólo faltaban por admitirse un puñado de pasajeros en el mayor navío del convoy, el «Goya». El oficial de embarque del buque, Werner Jüttner, vio una joven pareja con una criatura, que trepaban al barco desde una lancha. El marido se volvió hacia dos ancianos, presumiblemente sus padres, y les empujó hacia atrás, mientras les decía:

– Ya no valéis para nada. ¡Sois demasiado viejos!

Cuando la lancha dio la vuelta hacia tierra, los ancianos miraron desconsolados a su hijo, que les miraba impasible desde la cubierta del «Goya» y que ni siquiera levantó una mano para despedirse de ellos.

Hacia las siete y media de la tarde, el convoy puso rumbo al Nordeste, protegido sólo por dos destructores. La noche era fresca y despejada, y Curt Adomeit, como muchos otros miembros de las dotaciones de los tanques, estaba tan excitado por el hecho de haber escapado de los rusos, que se sentía incapaz de dormir, y se puso a recorrer el barco. Los soldados y los fugitivos civiles se apiñaban en los camarotes y pasillos. El número de los que viajaban no sería menor de siete mil, calculó Adomeit. Ascendió a la cubierta superior y se apoyó en la borda. A las once de la noche oyó un retumbar de cañones. El blanco era uno de los buques. Seguramente los submarinos rusos habían localizado el convoy. Para ese entonces, Adomeit se hallaba demasiado cansado para preocuparse, y se echó a dormir sobre unos cajones. Poco antes de la medianoche le despertó una explosión, y luego se produjo otra más. Las luces se extinguieron y Adomeit oyó enérgicas voces de mando en la oscuridad. Se produjo un breve silencio, y luego se percibió claramente el borboteo del agua al penetrar por una abertura: los torpedos habían abierto dos orificios en el casco del buque.

Jüttner se hallaba de guardia cuando escuchó las dos explosiones. Observó su reloj, que marcaba exactamente las 23'56. El buque comenzó a inclinarse rápidamente hacia estribor, y por los altavoces se oyó una voz que exclamó:

– ¡Pónganse a salvo! ¡Nos han alcanzado dos torpedos!

Los refugiados se apiñaron en las escaleras, forcejeando por salir a cubierta. Sólo había mil quinientos cinturones salvavidas para siete mil pasajeros. Los marineros trataron de arriar los botes salvavidas, pero era evidente que el buque se iría a pique antes de que pudiera realizarse la maniobra. Al inclinarse el «Goya», las municiones y demás carga que iba sobre cubierta se deslizó sobre la misma y cayó al mar, en tanto que la gente se aferraba desesperadamente a la borda.

Dominando los gritos de espanto, Jüttner oyó el estampido de las pistolas con las que algunos soldados se suicidaban. Corrió Jüttner hacia una escalera, y en la cubierta superior vio a centenares de personas que se lanzaban al agua. Estaba a punto de hacer lo mismo, cuando una ola lo lanzó al mar. Cerca había una balsa salvavidas y Jüttner subió a bordo.

Adomeit, a todo eso, observó que el «Goya» se estremecía. Inmediatamente el casco se partió en dos, y se encontró al momento sumergido en el agua helada. Escuchó los gritos con que algunas madres desesperadas llamaban a sus hijos. Adomeit divisó una luz amarilla que refulgía desde una de las balsas que flotaban a su alrededor. Los que se hallaban en el agua procuraban subirse a las balsas, y sus ocupantes los rechazaban a golpes e incluso a tiros. Resultaba una escena infernal. Pero al fin Adomeit luchó denodadamente y pudo izarse a una gran balsa. Del agua surgió de pronto una gran llamarada. Sin duda, había estallado una de las calderas del buque. A la luz que produjo la explosión, Jüttner vio a centenares de personas que flotaban en el agua y agitaban los brazos, pidiendo ayuda. Tras haber izado a cinco de ellos a la balsa, Jüttner comprobó que el agua le llegaba a los tobillos. Los que estaban en el mar lanzaban juramentos que Jüttner no había oído antes, contra Hitler y otros dirigentes, e incluso contra Dios y contra los santos. Las madres lloraban angustiadas al ver a sus hijos desaparecer bajo el agua. Jüttner se dijo que no podía resistir un momento más aquel espectáculo, y extrajo la pistola para pegarse un tiro. Luego pensó en su familia, y lanzó el arma al agua, antes de que pudiera cambiar de parecer. Jüttner prometió entonces llevar una vida mejor, si se salvaba.

Los que flotaban aferrados a maderos y otros restos del naufragio, se aproximaban a la balsa y trataban de subir a bordo. Pero el agua había subido de nivel en forma alarmante y Jüttner, tomando una dolorosa decisión, se unió a los demás de la balsa y comenzó a golpear a los que pretendían subir a ella. De lo contrario, pensó, todos morirían ahogados. Pero mientras rechazaba a uno de los náufragos se dijo que aquello no era una disculpa válida, y que siempre se sentiría culpable. En definitiva, no era mejor que el joven que rechazó a sus padres cuando querían ascender al buque.

Los gritos desesperados de los que se hallaban en el agua no tardaron en acallarse, y Adomeit pronto escuchó únicamente el ruido de las olas al romper contra la balsa. Había perdido toda esperanza de salvación, ya que se hallaban a cien millas de la costa. De pronto refulgió tenuemente una luz en las cercanías y se oyó una voz que gritaba en alemán.

Cuando Adomeit subió a bordo del barco salvador, pensó que en el escaso lapso de veinte minutos toda una comunidad humana había desaparecido de este mundo. ¿Quién iba a informar a los familiares de los muertos? Nadie. Durante muchos años las mujeres esperarían inútilmente a sus maridos; los hombres a sus esposas, las madres a los hijos. En aquel lugar del mar, pensó, no quedaría nada que pusiese de manifiesto que allí estaba la tumba de casi siete mil seres humanos. De éstos sólo ciento setenta habían sobrevivido.

3

A las cinco de la mañana del 17 de abril todavía era de noche en la colina de Seelow. Cordes estaba adormilado, pero se despejó en seguida, cuando vio una serie de siluetas de tanques que ascendían en la semioscuridad por la parte derecha de la autopista. Esperó confiado a que comenzase el fuego de los cañones que estaban a su espalda, pero no oyó nada. El ruido de los tanques que se acercaban era ya ensordecedor…

Cuando el cielo comenzó a clarear, Cordes vio centenares de tanques «T-34», seguidos por soldados de infantería, que trepaban por ambos lados de la carretera, levantando nubes de polvo. Cordes lanzó dos disparos de bazooka, cuando oyó detrás una voz que le gritaba:

– ¡Huyamos de aquí! ¡No hay más municiones!

Los aviadores, que habían luchado con éxito en la oscuridad, se vieron poseídos por el pánico. Como respondiendo a una consigna, salieron todos de sus trincheras e iniciaron una desordenada retirada hacia la cima de la colina. Cordes se despojó de los correajes, el casco y el fusil, y corrió hacia el pueblo de Seelow, que estaba desierto.

Pocos minutos más tarde, los soldados del Ejército Rojo llegaban a la cima de la colina y miraban hacia el oeste, por donde se extendía la autopista, libre de obstáculos. Poco más de setenta kilómetros más allá estaba el bunker de Hitler.

Heinrici se enteró de que las líneas de Busse habían quedado duramente afectadas en Seelow, y también a unos treinta kilómetros al sur, por debajo de Francfort, así como hacia el norte, en Wriezen. Pero hasta el día siguiente no se dio cuenta de la magnitud del desastre ocurrido en Seelow: la totalidad de la Novena División de Paracaidistas se había retirado de la colina y había dejado libre el camino hacia Berlín. Los tanques rusos ya habían traspuesto la cima del promontorio, avanzando veinticuatro kilómetros por la autopista, en dirección a la capital de Alemania.

Antes de que Heinrici se hubiera recuperado de tan desastrosas noticias, le entregaron un despacho de Busse en que éste le notificaba acerca de una nueva catástrofe, ocurrida en una zona inesperada: dos de los ejércitos de tanques de Konev -el Segundo y el Cuarto- habían abierto una brecha entre el flanco derecho de Busse y el izquierdo de Schoerner, justamente al sur de Francfort.

Era evidente que Konev se aproximaba a Berlín desde el sur, para encontrarse con Zhukov al oeste de la ciudad, en un movimiento envolvente.

Heinrici llamó a la Cancillería y pidió permiso para sacar las tropas de Biehler fuera del Festung de Francfort, a fin de lanzarlas sobre la brecha del Sur. Pero Hitler se negó: había que retener Francfort, por lo que Heinrici tendría que contraatacar con otras fuerzas. Heinrici cortó la comunicación lleno de desaliento. ¿Cómo podía luchar con unas tropas que huían para salvar la vida? El 19 de abril, toda la colina, desde Seelow hasta Wriezen, se hallaba en poder de los rusos. Por la noche Heinrici llamó por teléfono a Krebs, el cual había reemplazado a Guderian, para que le consintiera retirar la totalidad del ejército de Busse, a fin de formar un escudo delante de Berlín.

Heinrici oyó un sonido gutural al otro lado de la línea telefónica.

– ¡Hitler nunca consentirá eso! ¡Conserve sus posiciones! -contestó Krebs.

Heinrici colgó el auricular, convencido de que era inútil seguir discutiendo con Krebs, el cual no sólo obedecía ciegamente a Hitler, sino que tenía una peligrosa tendencia a minimizar todas las dificultades. Si se le decía que estaba atacando una división rusa, informaría que atacaba «sólo un millar de soldados».

Por raro que parezca, el mismo Busse no se mostraba dispuesto a retirarse.

– Tenemos que mantener el frente del Oder hasta que los americanos nos golpeen en la espalda -dijo a Heinrici.

– Pero, ¿llegarán los norteamericanos hasta aquí?-contestó Heinrici, el cual había oído hablar de la línea de separación entre el Este y el Oeste, y se preguntaba si ello no detendría el avance americano. En este aspecto, Busse se mostró evidentemente confiado, y aseguró:

– Estados Unidos tienen gran interés en mantener alejados a los rusos de Berlín.

4

En la emisión que por la noche se difundió a toda Alemania con motivo de cumplir Hitler los cincuenta y seis años, Goebbels manifestó entre otras cosas:

– …Nunca una situación nos ha presentado tan claramente el filo de la navaja, como en estos momentos. No podemos celebrar el cumpleaños del Führer de la forma tradicional. Sólo puedo decir que esta época, con toda su sombría y dolorosa majestad, tiene como único representante de valor al Führer. Tenemos que agradecerle, sólo a él, que Alemania exista en la actualidad, y que el Occidente, con su cultura y su civilización, no haya desaparecido aún ante el negro abismo que se abre ante nosotros…»Allí donde se presenta nuestro enemigo, aparecen la pobreza y el dolor, el caos y la devastación, el desempleo y el hambre… Por el contrario, teníamos un claro programa de restauración que ha demostrado su eficacia en nuestro propio país y en los demás países europeos en que ha podido implantarse. Europa tuvo ocasión de elegir entre los dos bandos. Se decidió por el de la anarquía, y hoy está pagando las consecuencias. Reconoció Goebbels que la guerra estaba próxima a su fin, pero profetizó que al cabo de pocos años Alemania florecería de nuevo.

– De su arrasada campiña brotarán ciudades y pueblos más nuevos y hermosos, que poblarán gentes felices. Una vez más seremos amigos de las naciones de buena voluntad… Habrá trabajo para todos. El orden, la paz y la prosperidad reinarán en lugar del caos.

Goebbels hizo luego una predicción aún más asombrosa; sólo el Führer podía llevarles a la victoria, y por el medio más singular:

– Si la historia puede demostrar que el pueblo de esta nación no abandona a su jefe, y que éste tampoco deja de lado a su pueblo, ésa será nuestra victoria.

Para los fieles nazis aquello estaba claro: Si la nación seguía mostrando fidelidad a Hitler hasta el final, su espíritu se alzaría triunfante, como el ave Fénix, de las cenizas de la derrota circunstancial.

A diferencia de Goebbels, Hitler aún pensaba en una victoria material en la víspera de su cumpleaños. Estaba decidido a avanzar hasta el Rhin con el 12.° Ejército de Wenck, pese a que aún no se había enterado de que Wenck, por propia iniciativa, se estaba enfrentando con los rusos. Para proteger a Wenck, Hitler había ordenado hacía poco que todos los bombarderos quedasen bajo el mando del combatiente que más admiraba: Hans-Ulrich Rudel.

Dos semanas antes, Rudel había tratado de librarse de tal co metido. Manifestó que toda su experiencia se limitaba al bombardeo en picado y al combate contra los tanques.

– Me he propuesto -declaró- no dar una sola orden que no pueda cumplir yo mismo.

Hitler le contestó que en lo sucesivo no debía volar.

– Hay innumerables personas con experiencia -afirmó-, pero eso no es suficiente. Necesito alguien que pueda organizar y llevar a cabo la operación con vigor.

El Führer accedió, sin embargo, a reservarse la decisión y permitió que Rudel regresara a su base de Checoslovaquia, donde efectuaba diariamente misiones de combate, aun cuando el muñón de su pierna derecha estaba lejos de hallarse curado.

Tiempo antes, Skozerny había visitado a Rudel en un hospital de Berlín, esperando hallarle deprimido. En lugar de ello encontró al aviador bromeando con todos y dando saltos por la habitación sobre su única pierna.

– ¡Tengo que volver a volar! -dijo Rudel.

– ¿Cómo piensas hacerlo?-inquirió Skorzeny.

– Mis mecánicos están montando un mecanismo para que pueda manejar los pedales con el muñón.

– Eso es absurdo, Rudel. Piénsalo. En primer lugar, tu herida no está curada, sino abierta. No puedes ir al frente de ese modo. Se te declararía la gangrena.

– Tengo que salir de aquí -manifestó Rudel, dejándose caer sobre un sillón-. Tengo que adiestrar mi pierna más corta.

Cuando Skorzeny llamó al hospital unos días más tarde para preguntar por Rudel, el médico exclamó:

– ¡Ah, ese loco se escapó!

Sólo un hombre dotado de semejante espíritu, pensó Hitler, podría desempeñar con éxito la misión que deseaba encomendarle, y dijo al general Karl Koller -el jefe de Estado Mayor de Goering, que aún estaba asombrado por su elección- que la experiencia en ese caso no tenía demasiada importancia.

– Rudel es una gran persona -manifestó el Führer-. Todos los demás, en la Luftwaffe, no son más que payasos. Son actores, comediantes, eso es lo que son.

Hitler volvió a llamar a Rudel a Berlín el 19 de abril. Cuando el aviador entró cojeando en la sala de conferencias, el Führer se puso de pie para saludarle con afecto. En primer lugar, Rudel tuvo que escuchar una conferencia acerca de la superioridad técnica de los alemanes. Tal superioridad, manifestó Hitler, tenía que explotarse al máximo a fin de hacer que la victoria se inclinase hacia el bando alemán. Rudel quedó impresionado por la memoria de Hitler para las cifras, así como de su conocimiento de los asuntos técnicos, pero no dejó de notar un brillo febril en sus ojos, y un temblor continuo en las manos. Además se repetía en numerosas ocasiones, lo cual no le había ocurrido nunca anteriormente.

De pronto Hitler dijo una vez más a Rudel que quería que asumiese el mando de las unidades de bombardeo, con el fin de mantener libre el cielo sobre las tropas de Wenck.

– Quiero que esta difícil tarea sea realizada por usted, la única persona que luce la máxima condecoración alemana al valor.

Por segunda vez Rudel rehusó hacerse cargo de la misión, y comenzó a dar disculpas. Sólo era cuestión de unos días, dijo, el que los rusos y los angloamericanos se encontrasen, dividiendo a Alemania en dos partes. Eso haría que resultase imposible llevar a cabo la operación que proponía el Führer. Hitler hizo notar, con tono satisfecho, que sus diversos comandantes de ejército le habían asegurado que no habría más retiradas. Rudel se mostró en desacuerdo. Manifestó que no creía posible conseguir la victoria a la vez en los frentes oriental y occidental.

– Pero podremos vencer en un frente, si logramos un armisticio en el otro -afirmó Rudel.

El aviador observó que en el rostro de Hitler aparecía una cansina sonrisa.

– Es fácil hablar de ese modo -dijo el Führer-. Una y otra vez he tratado de concertar la paz, pero los Aliados no han accedido a ello. Ya desde 1943 han exigido una rendición incondicional. Mi sino personal, como es lógico, no tiene importancia, pero cualquier hombre en sus cabales debe comprender que no puedo aceptar una rendición incondicional, en razón de la suerte del pueblo alemán. Hasta en estos momentos hay negociaciones pendientes, pero ya he perdido toda esperanza de conseguir algo. Por consiguiente, debemos hacer todo lo posible para superar la crisis, con objeto de que las nuevas armas nos proporcionen la victoria.

A pesar de esas confiadas palabras, Hitler dijo que esperaría, y que si la situación general tomaba un cariz favorable, llamaría a Rudel a Berlín, confiando en que entonces aceptase la misión que le encomendaba.

Era ya tarde -pasada la medianoche- cuando Rudel dejó a Hitler. Al pasar por la antesala, el aviador advirtió que ésta se hallaba llena de personas que deseaban felicitar al Führer con motivo de su cumpleaños.

Entretanto, en el sanatorio del doctor Gebhardt, Himmler y Schellenberg brindaban por Hitler con unas copas de champaña. La ocasión estaba muy lejos de ser placentera. El reichsführer tenía aspecto de hallarse sumamente preocupado, y no dejaba de hacer girar en su dedo el anillo en forma de serpiente. Lo mismo que Hitler, parecía a punto de derrumbarse físicamente.

Durante los últimos meses una docena de personajes, por lo menos, le habían exhortado sin cesar a que tomase una decisión trascendental. A todos les hizo promesas. En algunos casos pensaba cumplirlas, pero en otros las rompía unos minutos más tarde.

Tal vez la promesa más importante la hizo a Kersten y a Schellenberg. Al fin Himmler consintió en entrevistarse con Gilel Storch, el funcionario del Congreso Mundial Judío, para discutir sobre la suerte de los judíos que aún sobrevivían en los campos de concentración. Pero en cuanto supo que Storch se disponía a tomar el avión para Alemania, su decisión se vino abajo por temor de que Kaltenbrunner se enterase e informase de ello a Hitler. Pero Schellenberg le tranquilizó, recordándole que Kaltenbrunner salía hacia Austria. La entrevista con Storch podía celebrarse, sin que nadie se enterase, en la finca de Kersten, en el norte de Berlín.

– Es usted el único, aparte de Brandt (el ayudante de Himmler), en quien puedo confiar por completo -dijo Himmler a Schellenberg.

Admitió luego que la paz con el Oeste no podría negociarse a menos que Hitler dejase el poder. Pero, ¿quién iba a librarse del Führer? No podían matar a Hitler de un tiro, ni envenenarle, ni siquiera detenerle, ya que entonces todo el engranaje militar se vendría abajo.

Schellenberg manifestó que aquello no tenía importancia. Sólo había dos posibilidades: hacer renunciar a Hitler o echarle por la fuerza.

El valor de Himmler se evaporó instantáneamente, y con semblante pálido manifestó:

– Si hablase al Führer de que debe renunciar, le daría tal acceso de cólera que me mandaría fusilar al momento.

Los problemas de Himmler se agudizaron en la víspera del cumpleaños del Führer. El conde Schwerin von Krosigk insistió en que debía convencer a Hitler para que negociase un armisticio por intermedio del Papa o del doctor Burkhardt.

– ¿Acaso el Führer no es capaz de considerar la situación con realismo, sin vanas ilusiones? Yo me pregunto qué es lo que está esperando.

Himmler se mordisqueó la uña del dedo pulgar y contestó: -Es que el Führer tiene un plan, si bien no nos revela cuál es.

– Entonces debe usted librarse del Führer de cualquier modo -dijo el conde, en tono desesperado.

– ¡Todo se ha perdido! Mientras viva el Führer no hay la menor posibilidad de poner término a la guerra -manifestó Himmler, al tiempo que miraba a su alrededor con gesto amedrentado, y se colocaba una mano ante la boca, como si quisiera retener las traicioneras palabras que había pronunciado.

El conde se preguntó si su interlocutor se habría vuelto loco de repente. Luego Himmler levantó una mano y repitió varias veces, con gran excitación, que no podía prometer absolutamente nada.

No bien Himmler acababa de abandonar furtivamente el despacho del conde, por una puerta trasera, cuando el ministro de Trabajo, Franz Seldte, fue introducido en la estancia. Seldte manifestó haber oído un rumor según el cual el conde iba a ver a Himmler, y quería animarle al respecto. Cuando Schwerin von Krosigk explicó que acababa de hablar con el reichsführer, Seldte propuso que le entrevistasen los dos.

– Es mejor que le hable usted solo -aconsejó el conde-. Si ve a dos personas, se pondrá tan nervioso que no conseguiremos nada.

Seldte se encaminó a la oficina de Himmler, y una vez ante él le dijo:

– Tiene que hacer algo. El Führer debe tratar de negociar la paz. Ya no se trata de un asunto personal; es el destino de todo el pueblo alemán el que se halla en juego.

Himmler prorrumpió en manifestaciones de fidelidad hacia el Führer.

– Mi buen Himmler -le interrumpió Seldte-. Sólo tiene usted una solución: ¡matar a Hitler!

Himmler salió huyendo hacia el sanatorio del doctor Gebhardt, donde le esperaban más problemas. Kersten acababa de llegar en avión a Tempelhof, con el representante del Congreso Mundial Judío, Norbert Masur (sustituto de Storch, el cual había decidido no hacer el viaje por cierto número de razones). [53] Un automóvil de la Gestapo llevaba en esos momentos a Masur y a Kersten a la finca de éste, Gut Harzwalde, a sólo unos pocos kilómetros de distancia. Y eso no era todo: el conde Bernadotte no tardaría en llegar a Berlín, para solicitar otra entrevista con el reichsführer.

Himmler estaba sumamente excitado, y comenzó a dar pueriles excusas. Dijo que no podía recibir a dos personas al mismo tiempo, y que consideraba mejor postergar ambas entrevistas. Por fin, desesperado, pidió a Schellenberg que se trasladase a Gut Harzwalde y que sostuviese una «entrevista preliminar» con Masur. Schellenberg accedió y como acababa de dar la medianoche, ambos brindaron por el Führer, que cumplía años el día que se iniciaba.

Pero Schellenberg se mostró desanimado por las últimas vacilaciones de Himmler, de modo que despertó a Kersten para contarle lo que había sucedido. Hablaron incansablemente, tratando de hallar una forma de convencer a Himmler. Poco antes de irse a dormir, a las cuatro de la madrugada, llegaron a la conclusión de que no había otra alternativa que hacer nuevos intentos para obligar a Himmler a tomar una medida decisiva. Varias horas después, Schellenberg se despertó con el estruendo de los aviones aliados y de sus bombas. Durante el desayuno, Kersten presentó entre sí a Masur y Schellenberg. Este dijo que era el día del cumpleaños del Führer, y que Himmler no podría hablar con Masur hasta últimas horas de la noche. Schellenberg afirmó esto confiadamente, y rogó en silencio que tuviera razón. Más tarde Bernadotte le llamó desde la legación sueca, y dijo que sólo estaría en Berlín veinticuatro horas. Con igual muestra de confianza, Schellenberg contestó que Himmler le vería por la noche, en el sanatorio del doctor Gebhardt.

Masur pasó la tarde recorriendo la propiedad y hablando con la gente que allí trabajaba. Pertenecían a una secta religiosa especial -algo así como los Testigos de Jehová-, y como se habían negado a tomar las armas y a decir «Heil Hitler», pues para ellos sólo se podía saludar con el «Heil» a Dios, habían sido recluidos allí desde el advenimiento de Hitler al poder. Tres hombres hablaron a Masur de las estremecedoras experiencias que habían sufrido en Buchenwald durante algunos años. Las cosas se pusieron mejor para ellos en noviembre de 1938, afirmaron los alemanes, «cuando llevaron allí a gran número de judíos, y el sadismo de los guardias se volcó sobre los recién llegados».

Mientras Kersten, Schellenberg, Schwerin von Krosigk y otros alentaban a Himmler para que negociase con Occidente, Kaltenbrunner y el general de las SS Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, aconsejaban cautela. En especial, desaprobaban la peligrosa asociación de Himmler con los judíos.

El obersturmbannführer (teniente coronel) de SS Karl Adolf Eichmann, encargado del «problema judío» en la Gestapo, reprobó tales contactos aún más abiertamente que su jefe. Con tono de reproche dijo a un funcionario de la Cruz Roja que los judíos del campamento de Theresienstadt estaban recibiendo mejores alimentos y cuidado sanitario que los ciudadanos alemanes, y ello debido a la reciente orden de Himmler de tratar a los judíos con «humanidad».

– Personalmente no estoy de acuerdo con tales métodos -dijo Eichmann-, pues constituyen una deslealtad hacia el Führer.

Poco después, Eichmann entraba indignado en la oficina de Müller. Como a muchos otros oficiales de las SS, a Eichmann le habían entregado un certificado atestiguando haber trabajado en los últimos años para una firma civil.

– Bueno, Eichmann, ¿qué le ocurre?-inquirió el jefe de la Gestapo.

– Herr gruppenführer, no necesito estos papeles -manifestó Eichmann, y dio unas palmadas sobre la culata de su pistola-. Este es mi certificado. Cuando vea que no hay otra salida, será mi último remedio. No necesito nada más.

Eichmann fue luego a ver a Himmler, el cual parecía hallarse bastante optimista.

– Conseguiremos un tratado -dijo el reichsführer, golpeándose una pierna-. Perderemos algunas plumas, pero resultará algo conveniente. Reconozco que me he equivocado. Si tuviera que comenzar de nuevo, establecería los campos de concentración en la forma que lo hacen los británicos.

Después de esto, Eichmann se dirigió a sus oficinas de Kurfürstendamm, a fin de despedirse de sus ayudantes.

– Si tiene que ocurrir -manifestó serenamente-, con gusto bajaré a la tumba sabiendo que cinco millones de enemigos del Reich (los judíos), han muerto ya como animales.

Durante toda la jornada del 20 de abril, Hitler siguió diciendo a los visitantes que acudían a felicitarle con motivo de su cumpleaños, que aún creía que los rusos iban a sufrir su mayor derrota en Berlín. Por la tarde, el Führer recibió a Arthur Axmann y a un grupo de sus miembros de las Juventudes Hitlerianas en el jardín de la Cancillería. En presencia de Goering, y Goebbels, agradeció a los muchachos su bravura en el combate, en defensa de la capital, y condecoró a varios de ellos.

Luego volvió a descender al bunker y recibió al grossadmiral Karl Doenitz, el cual recibió la impresión de hallarse ante un hombre abrumado por un peso considerable. Hitler agradeció después a Von Keitel.

– Nunca lo olvidaré -dijo estrechando la mano del militar-. Nunca olvidaré que usted me salvó del atentado, y que me sacó de Rastenburg. Tomó las decisiones apropiadas, e hizo todo lo que convenía.

Von Keitel no se atrevió a felicitar al Führer. Murmuró algo acerca de la milagrosa salvación de Hitler el 20 de julio, y luego manifestó que las negociaciones para la paz deberían iniciarse inmediatamente, antes de que Berlín se convirtiese en un campo de batalla.

– Keitel, sé bien lo que quiero -le interrumpió Hitler-. Moriré combatiendo, bien sea dentro de Berlín o fuera de él.

Von Keitel pensó que aquellas eran palabras huecas, pero antes de que pudiera hacer algún comentario, Hitler le tendió la mano y le dijo:

– Muchas gracias. Traiga a Jodl, ¿quiere? Hablaremos de este asunto más tarde.

Después de una conversación personal con Jodl, Hitler pasó lentamente ante una fila de dirigentes civiles y militares, entre los que se contaban Bormann, Von Ribbentrop y Speer, estrechándoles las manos e intercambiando algunas palabras con cada uno de ellos. Casi todos expresaron la opinión de que el Führer debía huir de inmediato hacia Berchtesgaden, mientras aún quedaba libre alguna carretera, pero Hitler rechazó todas las sugerencias. Desde ese momento, manifestó, el Reich quedaría dividido en dos mandos separados, haciéndose cargo Doenitz del sector norte. Kesselring parecía el candidato para el sur, pero Hitler pensaba en Goering -tal vez como solución política-, y aseguró que dejaría decidir a la Providencia. Recomendó que los diversos mandos militares se dividieran en dos partes, y que los designados para el sur saliesen inmediatamente hacia Berchtesgaden. Goering preguntó si tenía que dirigirse hacia el sur, o si enviaba a su jefe de Estado Mayor, Koller.

– Vaya usted -manifestó el Führer, recomendando que Koller permaneciese en el norte.

Los dos hombres, que una vez habían estado tan unidos, se separaron cortés aunque fríamente. Goering se encaminó hacia Karinhall, donde su mayordomo, Robert Kropp, le estaba esperando con catorce camionetas cargadas de maletas y obras de arte. Bien entrada la madrugada, la caravana salió de Karinhall. Goering ordenó que se volase la mansión, con el fin de que los rusos no pudiesen disfrutar de todo lo que allí dejaba, entre lo que figuraba, incluso, una gran estancia con ferrocarril en miniatura completo. El reichsmarshall se dirigió hacia Berchtesgaden, pero dijo a Kropp que se detuviese en la vieja casa familiar, cercana a Nuremberg, para echar una última mirada a los cuadros que había en el sótano de la misma.

5

Himmler abandonó la reunión de cumpleaños que se celebraba en el bunker, y se dirigió en automóvil hasta su cuartel general, donde Schellenberg le comunicó que Masur se hallaba con Kersten, en tanto que Bernadotte se encontraba en el sanatorio del doctor Gebhardt. Los dos deseaban verle.

El persuasivo Schellenberg consiguió al fin llevar a Himmler a un coche, y ambos se encaminaron hacia la casa de Kersten, para ver a Masur. Durante el viaje, Schellenberg pidió a Himmler que no sacase a relucir el pasado, y que no expusiera sus teorías astrológicas y filosóficas.

– Dígale sólo lo que hay que llevar a cabo en el futuro -manifestó Schellenberg.

Kersten salió bajo la lluvia que caía en esos momentos a recibir el automóvil, cuando éste llegó a Gut Harzwalde a las dos y media de la mañana. Después se llevó a Himmler aparte, y le aconsejó que se mostrase atento y considerado con el representante del Congreso Mundial Judío. Era aquella la ocasión para demostrar al mundo, aseguró, que en el Reich se estaban tomando en esos momentos medidas humanitarias.

Himmler pareció dispuesto a complacerle.

– Deseo enterrar el hacha que nos separa de los judíos -dijo Himmler-. De haber dependido de mí, las cosas habrían ocurrido de muy distinto modo.

Luego acogió a Masur con un efusivo Guten tag, en lugar del habitual «Heil Hitler», y le dijo lo satisfecho que estaba de hablar con él. Mientras Kersten pedía que les llevasen té y café, Masur examinó disimuladamente a Himmler. Este aparecía elegantemente ataviado con un uniforme impecable, en el que relucían sus insignias y condecoraciones. Parecía gozar de buena salud, y a pesar de lo avanzado de la hora se mostraba muy vivaz. Masur se dijo que Himmler tenía mejor aspecto en persona que en las fotografías. Tal vez sus ojos diminutos, su mirada errática, eran señales de sadismo y crueldad, pero Masur pensó que de no haber sabido nada de él, nunca hubiera creído que «ese hombre era el responsable de los mayores crímenes en masa cometidos en toda la Historia».

Himmler comenzó a hablar sobre generalidades y manifestó:

– Los judíos eran en nuestro medio un elemento extraño que siempre había sido causa de fricciones. Los expulsaron de Alemania varias veces, y siempre regresaron. Cuando llegamos al poder quisimos resolver este problema de una vez por todas, y yo proyecté una solución humana mediante la emigración. A tal fin negocié con algunas organizaciones americanas para que llevasen a cabo una rápida emigración, pero hasta esos mismos países que se consideran amigos de los judíos, pusieron trabas para dejarlos entrar dentro de sus fronteras.

Masur -un judío sueco, alto y delgado, de cuarenta y cuatro años- recordó fríamente a Himmler que era contrario a las leyes internacionales el expulsar a la gente de un país en el cual sus antepasados habían vivido durante generaciones.

– Con la llegada de la guerra -prosiguió diciendo el obcecado Himmler, sin tomar en cuenta las palabras de Masur- establecimos contacto con las masas de judíos orientales, lo cual creó nuevos problemas. No podíamos soportar semejante enemigo sobre nuestras espaldas. Los judíos se hallaban plagados de graves enfermedades, especialmente el tifus. Yo mismo perdí millares de mis mejores guardias SS a causa de tales epidemias. Además, los judíos ayudaban a los partisanos.

Masur preguntó cómo podían haber ayudado los judíos a los partisanos, cuando se encontraban recluidos en los ghettos.

– Los judíos suministraban informes a los partisanos -contestó Himmler-, y también disparaban contra nuestras tropas desde los ghettos.

Esa era, pues, según Himmler, la versión de la heroica batalla de los judíos en el ghetto de Varsovia.

Con el fin de prevenir la difusión de epidemias -continuó diciendo Himmler-, tuvimos que construir crematorios para incinerar los cadáveres de la gente que moría a causa de tales enfermedades. ¡Y ahora nos van a echar en cara precisamente el haber hecho eso!

»La guerra en el Este era increíblemente dura. No queríamos entrar en guerra con Rusia, mas de pronto descubrimos que Rusia tenía veintidós mil tanques, y nos vimos obligados a actuar. Era cuestión de vencer, o de resultar subyugados por ellos… El soldado alemán sólo pudo sobrevivir porque se mostró implacable. Si asesinaban a un alemán en un pueblo, toda la población debía ser arrasada. Los rusos no son enemigos ordinarios. No resulta fácil comprender su mentalidad. Se negaban a rendirse, incluso en las circunstancias más desesperadas. Si los judíos sufrieron a causa de la crueldad de la lucha, no debe olvidarse que los alemanes tampoco se vieron libres de tales sufrimientos.

En seguida Himmler comenzó a lamentarse de las falsedades que se contaban acerca de los campos de concentración.

– La mala fama de esos lugares se debe a su equivocada denominación -aseguró-. Debimos haberlos llamado «reformatorios». Allí no sólo había judíos y prisioneros políticos, sino también alemanes criminales, a los que no se dejaba en libertad, aunque hubieran cumplido su condena. Por esta razón, en 1941, es decir, ya en el curso de la guerra, Alemania gozó de uno de los índices de criminalidad más bajos de su historia. Cierto es que los prisioneros tenían que trabajar duramente, pero lo mismo hacían los alemanes. El tratamiento en los campos de concentración era severo, pero justo.

Masur no pudo dominarse por más tiempo. ¿Cómo era posible negar los crímenes que se habían cometido en los campos de concentración?, inquirió.

– Admito que se cometieron algunos, ocasionalmente, pero ordené castigar a los culpables.

Y añadió que la ejecución del comandante de Buchenwald, SS Standartenführer, Karl Koch, se debió precisamente a los malos tratos que infligía a los prisioneros.

– Ocurrieron muchas cosas que no tienen disculpa -manifestó Masur, pretendiendo apartar a Himmler de su postura defensiva-, pero si deseamos tender un puente entre nuestros pueblos, en el futuro, en tal caso todos los judíos que hoy habitan en zonas dominadas por los alemanes deben seguir con vida.

Masur pidió que los judíos fueran enviados a Suecia y a Suiza, y Kersten le apoyó en su petición. Himmler informó entonces acerca del número de judíos que se hallaban internados en los campamentos, pero Masur consideró que había exagerado notablemente las cifras. Himmler afirmó que habían dejado 450.000 judíos en Hungría.

– ¿Y qué pago recibí a cambio de eso?-aseguró con acento compungido-. Que los judíos disparasen contra nuestras tropas en Budapest.

Masur manifestó que si sólo habían quedado 450.000 judíos en Hungría, entonces, de los 850.000 que había al principio, 400.000 debieron ser deportados, o se desvanecieron misteriosamente. Himmler hizo caso omiso de tal observación. Pensó Masur que Himmler parecía regirse por lo expresado por La Fontaine, quien escribió en una ocasión: «Cet animal est très méchant, quan on l'attaque, il se défend.» (Este es un animal dañino; cuando se le ataca, se defiende.)

– Siempre fue mi intención cambiar la situación en los campamentos. Así lo hice en Bergen-Belsen y en Buchenwald, pero fíjese lo que me hicieron a cambio. En Bergen-Belsen, los Aliados ataron a un guardia y le fotografiaron al lado de algunos prisioneros muertos. Y ahora esa fotografía ha dado la vuelta al mundo. Estaba desmantelando Buchenwald, pero los americanos, en su avance, comenzaron a disparar. El hospital se incendió y tomaron fotografías de los muertos. Ahora emplean esos documentos gráficos para sus historias de atrocidades. El año pasado, cuando dejé escapar a veinticinco judíos a Suiza, el hecho fue empleado una vez más contra mí en la Prensa. Dijeron que había soltado a esa gente para tener una disculpa a la que aferrarme. Yo no necesito disculpas. Siempre he hecho lo que creí mejor para mi pueblo, y me hago responsable de todo ello. Sin duda nada de esto ha hecho de mí un hombre rico.

La indignación de Himmler se volcó entonces contra los periodistas_

– Nadie ha sido objeto de mayores difamaciones, por parte de ellos, que yo en los últimos doce años. Pero eso nunca me preocupó. Hasta en Alemania pueden escribir sobre mí lo que les parece bien.

Masur trató de cortar aquella avalancha de quejas, manifestando que los judíos no tenían culpa alguna de lo que se escribía en los periódicos. Prosiguió diciendo que no sólo los judíos, sino también otros países estaban interesados en el rescate de los judíos supervivientes, y que ello provocaría un efecto favorable en los Aliados.

Como judío que era el mismo Masur, «le repugnaba el tener que tratar con aquel hombre, responsable de las crueldades cometidas contra millares de seres humanos». Por si esto fuera poco, una de sus hermanas, así como varios miembros de su familia, habían muerto en campos de concentración. A pesar de ello, no dejó que los sentimientos personales se interpusieran en la misión que se había impuesto, de salvar innumerables vidas. Masur se mostró especialmente interesado por la suerte de las mujeres prisioneras en Ravensbrück, lugar situado a treinta kilómetros escasos de donde se hallaban en ese momento, y quiso saber lo que se pensaba hacer con ellas. Como Himmler vacilara, Kersten sugirió que se examinase una lista de las mujeres internadas en el campamento. Schellenberg se dio cuenta de que Himmler no lo haría delante de Masur, y entonces pidió a Himmler que le acompañase a una estancia vecina para cambiar algunos puntos de vista en privado.

Al examinar la larga lista de reclusas, Kersten insistió en que debían seguir siendo fieles al acuerdo establecido en marzo. De pronto, Himmler preguntó a Kersten si querría trasladarse en avión hasta el cuartel general de Eisenhower, para tratar del cese inmediato de las hostilidades.

– Haga todo lo posible por convencer a Eisenhower de que el verdadero enemigo de la Humanidad es la Rusia soviética, y de que sólo nosotros, los alemanes, estamos en condiciones de luchar contra ella -prosiguió diciendo Himmler, sin esperar por la respuesta-. Concederé la victoria a los aliados occidentales, los cuales sólo deberán proporcionarme tiempo para lanzarme contra Rusia. Si dejan que me haga con el material necesario, aún estoy en condiciones de lograrlo.

Luego, contestando a la pregunta de Masur, Himmler dijo que dejaría en libertad a mil mujeres judías de Ravensbrück, inmediatamente, pero estipuló que su llegada a Suecia se mantendría en secreto. A tal fin sugirió que se dijese que eran polacas, en lugar de judías. Masur pensó que tales precauciones eran características de Himmler, el cual no quería crearse más complicaciones a causa de los judíos.

A las cuatro y media Schellenberg comenzó a pensar en que Bernadotte pudiera hallarse impaciente en el sanatorio del doctor Gebhardt, donde había pasado la noche. A las cinco, Himmler se despidió de Masur, y salió con Kersten de su despacho, para ir al encuentro de Bernadotte en compañía de Schellenberg.

– Ach, Herr Kersten, hemos cometido graves errores -dijo Himmler, lanzando un suspiro-. Queríamos la grandeza y la seguridad para Alemania, y hemos dejado tras nosotros montones de ruinas, un mundo destrozado. Pero lo cierto es que Europa debe iniciar una nueva etapa, aunque todo se haya perdido. Siempre he querido lo mejor, pero con frecuencia he tenido que actuar en contra de mis convicciones. Créame, Kersten, que todo ello me desagradaba y resultaba amargo para mí. Pero el Führer ordenaba que así debía ser, pues Goebbels y Bormann influían nocivamente en él. Como leal soldado me veía obligado a obedecer, pues no hay Estado que pueda subsistir sin obediencia y disciplina. Sólo me queda decidir el tiempo que voy a seguir viviendo, ya que mi vida ahora carece de sentido. ¿Y qué dirá la Historia de mí? Las mentalidades estrechas, propensas a la venganza, darán a la posteridad una descripción falsa y deformada de todo lo grande y bueno que con la mirada puesta en el futuro he hecho por Alemania. La culpa de muchos delitos cometidos por otros, recaerá sobre mí. Lo mejor del pueblo alemán desaparece con los nacional socialistas, ésa es la verdadera tragedia. Los que queden, los que van a gobernar Alemania, no tienen ningún interés en nosotros. Los Aliados podrán hacer lo que quieran con Alemania.

Himmler subió con gesto cansino a su automóvil y extendió la mano, como si lo hiciera por última vez, al tiempo que decía:

– Kersten, le agradezco desde lo más hondo de mi corazón estos años en que he recibido los beneficios de su destreza médica. Mis últimos pensamientos son para mi pobre familia. ¡Adiós!

Los ojos de Himmler estaban cubiertos de lágrimas cuando dijo estas últimas palabras. Al llegar Himmler y Schellenberg al sanatorio, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Bernadotte observó que el reichsführer parecía estar agotado, si bien se hallaba preso de una intensa agitación. Himmler, adivinando los pensamientos del conde, manifestó que apenas si había dormido unos minutos durante las últimas noches. Luego se sentaron a desayunarse. El cansancio de Himmler no parecía haber afectado a su apetito, pues comió en abundancia.

Himmler se opuso inesperadamente a la moderada petición de Bernadotte, en el sentido de que se dejase en libertad a los prisioneros escandinavos, para que regresasen desde Dinamarca a Suecia. Luego espontáneamente ofreció permiso para que la Cruz Roja Sueca se hiciera cargo de todas las mujeres que había en Ravensbrück, a pesar de que pocas horas antes había limitado el número a sólo un millar. A continuación se retiró a su dormitorio.

Poco después del mediodía, Himmler mandó llamar a Schellenberg. El reichsführer tenía un aspecto lastimoso, en su lecho, y dijo que se encontraba enfermo.

– Nada más puedo hacer por usted -dijo Schellenberg, exasperado.

Había pasado las últimas semanas concertando entrevistas clandestinas, y de ellas se habían obtenido escasos resultados. Algo más tarde, cuando el coche en que iban ambos avanzaba por la atestada carretera, en dirección al cercano cuartel general, Himmler declaró:

– Schellenberg, siento temor por lo que pueda ocurrir.

– Eso le dará valor para entrar en acción.

Himmler permaneció en silencio.

Después de la cena Schellenberg comenzó a criticar a Kaltenbrunner por su «ceguera y su actitud poco práctica, al insistir en la evacuación a todo trance de la totalidad de los campos de concentración».

Aseguró que aquella pretensión era un crimen.

– Schellenberg, no vaya usted a decirme lo mismo -manifestó Himmler con aspecto de niño que ha recibido una reprimenda-. Ya Hitler ha estado clamando furioso varios días porque Buchenwald y Bergen-Belsen no habían sido evacuados por completo antes de caer en manos enemigas.

De todos los campos de concentración, los que más preocupación causaban en ese momento al Comité Internacional de la Cruz Roja, eran los dos que se hallaban justamente en el camino de Zhukov, en su avance hacia Berlín: Sachsenhausen y Ravensbrück. El delegado de la Cruz Roja, doctor Pfister, no llegó hasta las tres de la mañana del 21 de abril a Sachsenhausen, que se hallaba en los alrededores de Oranienburg, treinta kilómetros al norte de la Cancillería. En ese momento algunos de los internados eran conducidos fuera de los barracones, y alineados bajo la lluvia para emprender la marcha. Dieciséis kilómetros al Este, los cañones de Zhukov rugían amenazadoramente. Pfister pidió inmediatamente al comandante del campo, SS standartenführer (coronel) Keindel, que entregase Sachsenhausen a la Cruz Roja. Pero Keindel se negó alegando que tenía órdenes de Himmler de evacuar todo menos la enfermería, ante la llegada de los rusos. Mientras tanto, en Gut Harzwald, Himmler aseguraba a Masur que las evacuaciones habían cesado en todos los campamentos.

Casi cuarenta mil prisioneros, enfermos, desnutridos y vestidos con jirones, fueron alineados en dos largas columnas. Los guardias los hicieron avanzar todo lo rápido que se podía hacia el noroeste, bajo la lluvia, y los que no podían seguir a la columna recibían un tiro y quedaban tendidos en la cuneta. El doctor Pfister siguió a la triste caravana, y en los primeros siete kilómetros contó veinte cadáveres, todos ellos con un disparo en la cabeza.

– ¿Qué puede pretenderse de un pueblo cuyos hombres no quieren luchar, y cuyas mujeres son violadas?-decía Goebbels. En las retorcidas palabras de su discurso de cumpleaños, Goebbels profetizó que de la aparente derrota surgiría una inesperada victoria. Pero en esos momentos ya reconocía amargamente, ante los que le rodeaban, que la guerra estaba irremediablemente perdida, no por culpa de Hitler, sino a causa del pueblo, que no había respondido.

– Todos los planes, todas las ideas del nacional socialismo, son algo demasiado elevado y noble para estas gentes… Se merecen la suerte que va a caer sobre ellos.

Luego Goebbels miró a sus ayudantes con gesto sarcástico, y añadió:

– ¿Y vosotros, para qué habéis trabajado conmigo?¡Ahora os van a cortar bonitamente el cuello! ¡Ah, pero cuando bajemos a la tumba, hagamos al menos que tiemble la tierra!

También admitió la derrota al hablar ante un grupo de dirigentes civiles, a los que pidió también un sacrificio personal.

– Mi familia está en casa -dijo, con lágrimas en los ojos-. Nos quedamos aquí, y yo les pido, caballeros, que permanezcan en su lugar. Si es necesario, sabremos morir en nuestros puestos.

El iracundo Goebbels siguió fluctuando todo el día entre la desesperación y el resentimiento. Cuando supo que dos de sus secretarios huyeron al campo en bicicleta, se quejó a su ayudante de Prensa en los siguientes términos:

– Y ahora yo pregunto, ¿cómo ha podido ocurrir semejante cosa?¿Cómo puede uno tener seguridad, ahora, de que van a haber horas regulares de oficina?

Por todo el frente oriental alemán se difundía el rumor, de uno a otro puesto de mando, de que los dirigentes de Berlín habían abandonado toda esperanza y que el Alto Mando se preparaba para trasladarse a Berchtesgaden. Esto no hizo más que animar a Heinrici, pues pensó que tal vez Hitler se dirigiese hacia el Sur, con lo que sería factible una retirada en orden.

Los rusos habían irrumpido a través de las líneas del Grupo de Ejército Vistula en media docena de puntos. Era la ofensiva final absoluta, que el Ejército Rojo había estado esperando desde los aciagos días de Moscú, y Zhukov se había mantenido despierto las seis últimas noches, en compañía de sus ayudantes, gracias al coñac. Los avances más profundos eran en Seelow y unos sesenta y cinco kilómetros al norte, en la localidad de Wriezen. El ataque sobre Seelow continuó hacia el oeste, en dirección a Berlín, y los rusos se hallaban en esos momentos a treinta y dos kilómetros de su objetivo, el bunker de la Cancillería. La cuña de Wriezen había llegado a una profundidad doble, y se encontraba ya por encima de Berlín. Se estaba aproximando al campo de concentración de Sachsenhausen, y su objetivo consistía en rodear a Berlín para atacarlo desde la retaguardia, al sudoeste. Allí se encontrarían con la columna de Konev, que inesperadamente avanzaba desde el sur, y Berlín quedaría totalmente rodeado.

Heinrici dijo a Krebs que deseaba defender Berlín desde el exterior de la ciudad, y ordenó al general Reymann que detuviese a los rusos que habían irrumpido a través de Seelow. Reymann lanzó sus noventa batallones Volkssturm hacia el Este en taxis, metropolitanos y ferrocarriles elevados, a semejanza de la caravana francesa de taxis que llevó tropas al Marne en la Primera Guerra Mundial. Poco antes del mediodía del 21 de abril, Heinrici llamó nuevamente a Reymann por teléfono preguntándole el número de batallones que se hallaban ya en sus puestos.

– Trece -contestó Reymann-. Pero la mayor parte de estas gentes no tienen armas. Las que hay son anticuadas, y por si fuera poco, vienen muy mal vestidos.

Al mediodía, los rusos que habían irrumpido por Seelow se hallaban tan cerca de Berlín, que los proyectiles de la artillería pesada comenzaron a caer dentro de los límites de la ciudad. Las explosiones alcanzaban a oírse débilmente en el interior del bunker, cuando Krebs y Jodl informaron acerca de la situación en que se encontraba Heinrici. Busse y Manteuffel se mantenían bastante bien, había dicho Heinrici, pero Zhukov logró introducir una columna entre ambos en Wriezen, la cual había llegado casi a Oranienburg. Ese avance amenazaba con dejar cercado al ejército de Manteuffel. Para impedirlo, Heinrici había colocado sus escasas reservas, constituidas por el núcleo de un cuerpo de tanques bajo el mando del general SS Felix Steiner, a unos cuarenta kilómetros al norte de Berlín.

Hitler se sintió algo más animado. Para él Steiner era un nombre mágico, como los de Skorzeny y Rudel. Fue su desesperado avance desde Pomerania, en febrero último, lo que aminoró la ofensiva de Zhukov. Hitler comenzó a examinar el mapa. Luego levantó la vista, mientras sus ojos relucían.

– ¡Contraataque! -exclamó, lleno de excitación.

Steiner avanzaría hacia el sudoeste y dividiría en dos las avanzadas de Zhukov. Con ello, de un solo golpe, se salvaría a Berlín y se impediría que Manteuffel quedase cercado.

– ¡Todo comandante que consienta a sus hombres retroceder, perderá la vida en las cinco horas siguientes! -dijo Hitler.

Nadie puso la menor objeción, y la orden pasó a Heinrici, el cual de mala gana la transmitió a los comandantes que tendrían que hacerla cumplir.

De todas las órdenes absurdas que Steiner había recibido en los últimos meses, aquella era la más fantástica. Su Cuerpo de Tanques sólo existía de nombre. En total disponía de diez mil hombres, que acababan de llegar de Stettin y Danzig por mar. Con estas tropas agotadas y un puñado de tanques, se le pedía que irrumpiese a través de una poderosa fuerza acorazada de al menos cien mil hombres.

Al anochecer, Heinrici se enteró de que la ofensiva de Konev había progresado alarmantemente hacia Berlín. A las 18'45 Heinrici llamó por teléfono a Krebs y dijo que el Noveno Ejército de Busse debería ser retirado durante la noche, o quedaría totalmente cercado.

– Me debo a mi conciencia y a mis tropas -añadió Heinrici, al comprobar que no contestaban al otro lado de la línea.

– El Führer asume la responsabilidad de sus órdenes -contestó al fin Krebs con frialdad.

– No se trata de eso. Yo también tengo responsabilidades en relación con mis tropas.

Ya entrada la noche, Krebs llamó a Heinrici y con voz excitada le dijo que Schoerner había detenido el avance de Konev sobre Berlín.

– ¡El enemigo ha quedado dividido en dos partes, por la retaguardia! -añadió Krebs-. El Führer quiere hacerle notar que su decisión de mantener al Noveno Ejército en su puesto aún sigue vigente. Considera que sólo si continúan allí podrá Schoerner iniciar un contraataque.

– ¿Cuándo va a contraatacar Schoerner?

– Dentro de dos o tres días.

Heinrici sabía que para entonces Busse habría quedado totalmente aislado.

– Entonces ya será demasiado tarde -dijo Heinrici, escuetamente, y cortó la comunicación.

Heinrici demostró tener razón. Konev sólo experimentó un retraso momentáneo a consecuencia del contraataque de Schoerner, y poco después volvía a avanzar hacia Berlín con renovada energía.

Capítulo quinto. «¡E1 Führer ha sufrido un colapso!»

1

Aunque Stalin había asegurado a Harriman que la ofensiva principal de los soviéticos iba dirigida contra Dresde, las intenciones del gobernante soviético eran evidentes, hacia el 22 de abril, aún para el más ingenuo de los observadores. Cierto era que Konev hacía avanzar una columna sobre Dresde, pero otra mucho más potente ya irrumpía hacia el noroeste, entre Schoerner y Heinrici, y al amanecer llegó a Luckenwalde, situado unos cincuenta y seis kilómetros al sur de la Cancillería. A las seis de la mañana un diminuto vehículo blindado soviético avanzó por la calle principal del cercano campamento de prisioneros de guerra, el Stalag IIIA. Los diecisiete mil prisioneros aliados, a medio vestir, salieron lanzando gritos de júbilo de sus barracones. Cuando el pequeño coche se detuvo en el patio, y el conductor salió por la escotilla, los prisioneros rusos le levantaron en vilo y lo lanzaron al aire varias veces, en señal de alegría.

Cuatro horas más tarde una reducida unidad acorazada soviética penetró por las puertas del campamento. Sobre el primer tanque iba un soldado de rudo aspecto que tocaba el acordeón y cantaba a voz en cuello. Detrás, en un camión oruga, otro soldado tocaba la «balalaika», como si fuera muy natural para ellos ir a la guerra con música. Los curtidos rusos saltaron a tierra, estrecharon la mano a los más próximos, y distribuyeron vino, vodka y cerveza, brindando luego incesantemente por los Tres Grandes, así como por Eisenhower, Konev, las «Fortalezas Volantes», los aviones «Stormovik» y los coches «Studebaker». Cuando la columna soviética se dispuso a abandonar el campamento, uno de los tanques arremetió contra la valla de alambre y la echó abajo en buena parte de su extensión.

– ¡Ya estáis libres! -exclamó el comandante, en alemán.

Más al Sur, el avance de Konev hacia Dresde había encontrado una oposición inesperada, por lo tenaz. Era allí donde Hitlet había colocado sus defensas más fuertes, en la errónea creencia de que Stalin apuntaba hacia aquel objetivo. En algunos puntos, los rusos eran incapaces de detener el contraataque de Schoerner. Una sección de un kilómetro y medio se hallaba bajo el mando heterogéneo de dieciocho oficiales soviéticos de la reserva, entre los que se contaba Mikhail Koriakov, el oficial de aviación que había sido relegado a la infantería a causa de sus creencias religiosas.

El capitán Koriakov era en esos momentos un humilde oficial de infantería.

Al amanecer del 22 de abril, Koriakov apoyó su fusil contra la pared de la cabaña que servía como puesto de mando del pelotón y cogió un icono dorado con la efigie de la Virgen María. Arrodillóse y comenzó a orar. Una gruesa mujer alemana y sus tres rollizas hijas le imitaron. Koriakov acababa de salvarlas de ser violadas por un teniente ucraniano.

A continuación, Koriakov entregó alimentos a los hombres que se hallaban en los agujeros abiertos en el suelo, entre la hierba. Varios centenares de metros más adelante había un bosque cortado en dos por una carretera. Todo aparecía tranquilo, cuando de improviso aparecieron varias figuras en la carretera.

– ¡Capitán! -exclamó el comandante del pelotón-. Averigüe quiénes son esas gentes.

Koriakov avanzó y vio una larga hilera de fugitivos civiles que, cargados con maletas, avanzaban en bicicleta o sobre camiones o carros. De pronto, Koriakov escuchó disparos de fusiles automáticos alemanes procedentes del bosque. Los caballos se encabritaron y volcaron varios carros. Un grupo de niños que iba a pie se desplomó a tierra, al tiempo que una granada hacía explosión. Koriakov se lanzó al suelo, pues se hallaba entre dos fuegos. Cada vez que trataba de levantarse, una andanada del bosque le hacía arrojarse de nuevo a tierra. Tendido boca abajo, comenzó a rezar en voz alta:

– No tenemos ayuda, no tenemos más ayuda que la tuya, Santa Madre de Dios…

Una mano poderosa le cogió por el cuello y le sacudió rudamente. Al levantar la vista, Koriakov descubrió a un corpulento soldado alemán que le miraba amenazadoramente, al tiempo que le apuntaba con el fusil.

– ¿Polaco?-gritó el soldado alemán.

Koriakov trató de explicarle que era un capitán soviético. El alemán apartó el arma y le empujó hacia otro soldado, un muchacho de unos catorce años. En el puesto de mando preguntaron a Koriakov si había violado a alguna mujer alemana.

El ruso movió negativamente la cabeza y uno de los capitanes alemanes se rio despectivamente de Koriakov. Luego le abofeteó, haciéndole caer las gafas al suelo, y comenzó a gritar en alemán con acento irritado. Koriakov sólo consiguió comprender una palabra:

– Erschiessen! (¡Que le fusilen!).

En ese momento, cuatro robustas alemanas avanzaron hacia ellos. Al frente iba la mujer que Koriakov había salvado de que la violaran. Las cuatro gritaban con acento compungido al capitán germano, mientras procuraban secarse las lágrimas que les bañaban el rostro. Mientras Koriakov.

Un anciano coronel alemán, que era testigo de la escena, recogió las gafas de Koriakov y, sin decir una palabra, las entregó al ruso.

2

En el bunker de la Cancillería, aquella mañana el tema principal de la conversación era Steiner. Todos se preguntaban si su ataque desde el Norte habría sido llevado a cabo, con objeto de aliviar la situación de Berlín. Media docena de veces hizo Hitler a Krebs esa pregunta, y en otras tantas ocasiones éste le contestó que no tenía nada que informar.

A las once, Krebs pudo al fin comunicarse telefónicamente con Heinrici, pero antes de que pudiera preguntarle nada, el pequeño general manifestó:

– Hoy es el último día de que dispone Hitler para abandonar Berlín. Sucede, sencillamente, que no tengo las tropas necesarias para defenderle.

– ¿Qué ocurre con Steiner?

Heinrici sintió ganas de echarse a reír, pero cortésmente replicó que era absurdo fundar la menor esperanza en lo que Steiner pudiera realizar. Krebs comenzó a gritar lleno de cólera, y dijo que Heinrici tenía la obligación de evitar que Berlín quedase cercado. Era vergonzoso que abandonase a Hitler. Aquello no hizo más que exasperar a Heinrici.

– Me echa en cara que debo evitar que el Führer quede cercado -replicó airado, a su vez, Heinrici-. Y sin embargo, en contra de mi voluntad y mis consejos, y a pesar de que he puesto mi cargo a su disposición, aún sigue impidiéndome que haga retroceder a las tropas desde el frente, para protegerle.

Antes de que Krebs pudiese contestar, la comunicación se cortó. Cuando ambos generales pudieron ponerse de nuevo al habla, Krebs manifestó:

– El Führer no da su consentimiento a esa retirada, debido a que con ello Alemania quedaría dividida en dos partes, una al Norte y otra al Sur.

– Esa división es ya un hecho -manifestó Heinrici, y luego solicitó que apelase de nuevo al Führer y que le hiciese conocer la respuesta hacia la una.

A las tres, Krebs llamó al fin para decir que Busse podía hacer una retirada parcial.

Heinrici llamó en seguida a Busse, el cual no se mostró muy satisfecho al recibir la noticia.

– ¡Esas decisiones a medias! -declaró-. Una de dos: o me retiro con todos los hombres, o me quedo donde estoy.

– Está bien, retírese -decidió Heinrici.

Pero Busse no podía consentir que Heinrici cargase con toda la responsabilidad, y dijo:

– He recibido una orden del Führer que me obliga a permanecer aquí.

Esto sólo era una excusa. Si se retiraba en esos momentos, tendría que abandonar a Biehler y sus hombres en el Festung de Francfort. Biehler se hallaba rodeado por el enemigo, y durante las pasadas veinticuatro horas había tratado en vano de romper el cerco soviético. Sólo cuando Biehler consiguiera unirse al resto del Noveno Ejército, Busse se retiraría.

3

El doctor Goebbels parecía haber olvidado ya las invectivas que el día anterior había dirigido contra el pueblo alemán. -Bien, debo admitir que los berlineses son un puñado de gentes valerosas -manifestó a su secretario de Prensa, mientras miraba desde la ventana los aviones aliados que se cernían sobre la ciudad-. No se molestan en ir a los refugios, y en lugar de ello, se quedan mirando al cielo, a ver qué ocurre. Las calles estaban tan atestadas de escombros y de vehículos inservibles, que Goebbels decidió cancelar la conferencia de Prensa diaria, y en lugar de ello, comenzó a grabar un discurso para el pueblo. Pero antes de que pudiera terminar, las granadas soviéticas comenzaron a estallar en las cercanías. Una lo hizo tan cerca, que destrozó los pocos cristales que quedaban en las ventanas. Goebbels dejó de grabar, pero reanudó serenamente su tarea un momento más tarde. Cuando el discurso estuvo concluido, se volvió hacia el técnico de sonido y le preguntó si el ruido se escucharía en la emisión.

– Constituirá un singular efecto sonoro, ¿no le parece?-observó Goebbels.

Luego, durante la comida, se mostró alegre y hasta fanfarrón, calificando a Churchill de «hombrecillo», y a Eden de «petimetre fanfarrón». Pero cuando su antiguo amigo, el doctor Winkler, fue a verle, le agradeció solemnemente los favores que le había hecho y dijo sombríamente:

– No volveremos a vernos.

Con cada hora que pasaba, Hitler se ponía más nervioso e irritable. No tenía noticias del ataque que había ordenado a Steiner, y se encolerizaba cada vez que Krebs le decía que no había ningún informe al respecto. (El endeble «cuerpo Panzer» de Steiner, con sus diez mil hombres, había conseguido avanzar sólo trece kilómetros hacia el Sudeste, para quedar definitivamente detenido.)

Aquella tarde había algunas caras nuevas en la conferencia diaria del Führer. El vicealmirante Erich Voss representaba a Doenitz, que se hallaba en el norte de Alemania, estableciendo un comando militar independiente. El general de la Luftwaffe Eckard Christian, que había contraído matrimonio con una de las secretarias de Hitler, se hallaba allí representando a Koller, cuyo cuartel general se encontraba en esos momentos al noroeste de Berlín. Bormann, como de costumbre, estaba presente, lo mismo que Von Keitel, Jodl, Krebs, y el ayudante militar que había recibido de Guderian, comandante Freytag von Loringhoven, así como otros ayudantes militares y secretarios.

Jodl interrumpió al optimista Krebs para decir a Hitler la verdad: Berlín se hallaba rodeada en sus tres cuartas partes. Una de las columnas de Zhukov avanzaba por el este de la ciudad, otra lo hacía hacia Postdam, desde el Sur, y probablemente se encontraría en aquella localidad, al cabo de una semana, con una columna de Konev.

Ya nervioso por las palabras de Jodl, Hitler quiso saber al momento el resultado del ataque de Steiner. Por último, Krebs tuvo que admitir que las fuerzas de Steiner estaban en proceso de reorganización, y que no había nada que informar.

Hitler comenzó a mover la cabeza, mientras respiraba pesadamente. Con voz ronca y tensa ordenó a los demás que salieran de la habitación, con excepción de los generales y de Bormann. Lo hicieron aquéllos saliendo precipitadamente de la estancia, y en la sala adyacente permanecieron silenciosos y desanimados. En cuanto la puerta se hubo cerrado, Hitler se puso de pie, con el brazo izquierdo cayendo lacio al costado. Exclamó que estaba rodeado de traidores y mentirosos, mientras gesticulaba violentamente con el brazo derecho y paseaba de uno a otro lado de la habitación. Los que le rodeaban, afirmó, eran demasiado mezquinos para comprender sus elevados fines. Era una víctima de la corrupción y la cobardía, y en esos momentos todos optaban por abandonarle.

Los que escuchaban al Führer nunca le habían visto perder el control de sí mismo de manera tan absoluta. Apuntó acusadoramente a sus generales con el índice, culpándoles de los desastres de la guerra. El único que protestó fue Bormann. Los militares se sorprendieron, pero era indudable que más que defenderles a ellos, lo que trataba Bormann era de calmar al Führer.

Hitler gritó algo acerca de Steiner, y de pronto se dejó caer en su sillón. Con voz angustiada, dijo:

– ¡La guerra se ha perdido!

Luego añadió temblorosamente que el Tercer Reich había terminado en un fracaso y que lo único que le restaba era morir. Su rostro palideció y todo su cuerpo se estremeció espasmódicamente, como si estuviese bajo los efectos de un ataque. De pronto, el Führer se quedó quieto. Su mandíbula pendió inerte, y quedóse mirando hacia adelante, con la vista perdida. Esto alarmó más aún a los presentes que su furia anterior. Pasaron así los minutos, que se hacían interminables, hasta que al fin un ligero tono rosado apareció en las mejillas de Hitler, que de nuevo se agitó inquieto en su asiento.

Bormann, Burgdorf y Von Keitel le pidieron que tuviera fe. Si él la perdía, entonces todo habría concluido. Le aconsejaron que saliera inmediatamente hacia Berchtesgaden, pero el Führer movió lentamente la cabeza, y con voz apagada dijo que nunca dejaría el bunker. Si ellos querían marcharse, estaban en libertad de hacerlo, pero él se enfrentaría con el fin en la capital. Luego, Hitler preguntó por Goebbels.

Los que estaban en la sala contigua habían oído casi todo. Fegelein cogió el teléfono y contó a Himmler lo que había ocurrido. El atemorizado reichsführer llamó a Hitler y le rogó que no perdiese las esperanzas, prometiendo enviarle inmediatamente numerosas tropas SS.

– ¡Todo el mundo está loco en Berlín! -dijo Himmler al SS obergruppenführer (teniente general) Gottlob Berger, jefe del mando principal de las SS.

Para el práctico Berger, que en ningún momento había dudado de los grandes fines perseguidos por el Nacional Socialismo, sólo había una cosa que hacer.

– Tiene que ir usted a Berlín, herr reichsführer -aseguró-, llevándose su batallón de escolta, desde luego. No debe tener tropas de escolta aquí, en momentos en que el Führer se dispone a permanecer en la Cancillería.

Como Himmler no contestase, Berger añadió, con tono de disgusto:

– Bien, yo me voy a Berlín, y su obligación es hacer lo mismo.

Pero el reichsführer se encaminó al teléfono, llamó a Hitler y le rogó que se marcharse. Fegelein se puso después al habla y pidió a su jefe que fuera a hacer personalmente la petición. Discutieron unos momentos, hasta que al fin Himmler accedió a encontrarse con Fegelein en Nauen, una ciudad a cuarenta y cinco kilómetros al oeste de la Cancillería… que se hallaba en el único pasillo de escape que le quedaba a Berlín.

Himmler esperó a Fegelein en el lugar establecido, en compañía del doctor Gebhardt, al que aquél había nombrado recientemente presidente de la Cruz Roja alemana, tras el suicidio del profesor Grawitz. Después de dos horas de espera, Gebhardt manifestó que iba a ver a Hitler, para que él confirmase su nombramiento.

Accedió Himmler con presteza. Así él también podría regresar a su cuartel general, sin tener que esperar por Fegelein. Dijo a Gebhardt que asegurase al Führer que el batallón de escolta del reichsführer estaba dispuesto a defender el bunker hasta el fin. Luego, Himmler dio media vuelta y se perdió en la oscuridad, hacia el Norte.

Goebbels aún se encontraba en su casa cuando se enteró de lo ocurrido al Führer. Le dijeron que éste deseaba verle inmediatamente. La catastrófica noticia le afectó más profundamente que cualquier otra. Mientras se disponía a marcharse, supo que Hitler también quería ver a Magda y a sus hijos. Eran aproximadamente las cinco, cuando la esposa de Goebbels dijo a su niñera, con voz serena, que preparase a los niños para ir a ver al Führer. Los pequeños se mostraron llenos de alegría y preguntaron si el tío Adolfo les iba a dar chocolate y dulces. La madre pensó que tal vez se dirigiesen a la muerte. Con débil' sonrisa en los labios manifestó:

– Cada uno de vosotros puede llevar un juguete, pero sólo uno.

Goebbels y su familia salieron poco después en dos automóviles. Mientras Semmler les miraba alejarse, observó que su jefe aparecía sereno y, en cambio, Magda y los niños lloraban. La familia quedó instalada en cuatro pequeñas habitaciones, no lejos de las dependencias de Hitler. Luego, Goebbels y su esposa fueron a ver al Führer. Goebbels anunció que él también iba a permanecer en el bunker, y que al final se suicidaría. Magda anunció que haría lo mismo, a pesar de las protestas del propio Hitler. Añadió que los seis niños morirían con ellos. Von Keitel logró que se marchasen los asistentes a la reunión para poder hablar en privado con Hitler. Quería convencerle de que debía trasladarse a Berchtesgaden aquella misma noche, iniciando luego las negociaciones de rendición desde allí. Como había ocurrido muchas veces anteriormente, el feldmarschall no había hecho más que empezar a hablar cuando Hitler le interrumpió.

– Sé muy bien lo que va a decirme: «¡Hay que tomar una decisión en seguida!» -dijo Hitler, alzando la voz-. Pues bien, ya he tomado mi decisión. Nunca abandonaré Berlín. Defenderé la ciudad hasta mi último aliento.

Von Keitel dijo que aquello era «una locura» y se sentía obligado a «pedir» al Führer que se trasladase inmediatamente a Berchtesgaden, desde donde podría seguir gobernando el Reich y las Fuerzas Armadas. Eso ya no podía hacerse desde Berlín, ya que las comunicaciones quedarían probablemente cortadas de un momento a otro

– No hay nada que le impida a usted marcharse ahora mismo a Berchtesgaden -contestó Hitler-. En realidad, le ordeno que lo haga. Pero yo me quedaré en Berlín. Hace sólo una hora lo anuncié por radio. No puedo echarme atrás.

Jodl entró en el preciso momento en que Von Keitel anunciaba, con voz angustiada, que sólo se marcharía si le acompañaba el Führer.

Hitler mandó llamar a Bormann y le ordenó que huyese junto con Jodl y Von Keitel a Berchtesgaden, donde este último asumiría el mando, siendo Goering el representante personal del Führer.

– En los siete últimos años nunca he desobedecido una sola de sus órdenes, pero me niego a obedecer ésta -manifestó Von Keitel.

Recordó a Hitler que él aún seguía siendo comandante supremo de las fuerzas armadas, y añadió:

– No puede concebirse que después de habernos dirigido durante tanto tiempo, despida ahora a su personal militar diciéndoles que se arreglen como puedan.

– Todo está perdido, y ya nada queda por hacer -contestó Hitler.

El resto, agregó, quedaba en manos de Goering.

– No habrá soldado que quiera luchar por el reichsmarschall -aseguró uno de los generales.

– ¿Qué es eso de «luchar»? Poco es lo que queda ya de combate, y si se trata de entablar negociaciones, el reichsmarschall puede hacerlo mejor que yo. Voy a iniciar la batalla de Berlín y la ganaré, o moriré en la ciudad.

Agregó Hitler que no deseaba correr el riesgo de caer en manos del enemigo, y que se mataría en el último momento.

– ¡Esa es mi última e irrevocable decisión! -exclamó el Führer.

Los generales aseguraron que la situación aún no era totalmente desesperada. Schoerner todavía estaba fuerte, y el 12.° Ejército de Wenck podía aún ser retirado hasta Berlín, para su defensa. Además, dentro de pocos días Steiner dispondría de tropas suficientes como para lanzar al fin un ataque simultáneo desde el Norte.

De pronto, los ojos de Hitler refulgieron. Por increíble que parezca, la esperanza había vuelto a él, y con ella su determinación. Comenzó a hacer preguntas, y un momento más tarde establecía con todo detalle la forma en que a su juicio podía salvarse Berlín.

Von Keitel dijo que iría a ver inmediatamente a Wenck para darle las órdenes personalmente. Hitler había vuelto a ser el hombre afectuoso de siempre, y solícitamente le mandó que tomase algún alimento antes de marcharse. Decidió que Von Keitel y Jodl estableciesen la sede del Alto Mando algunos kilómetros al Oeste, cerca de Potsdam, de modo que pudiesen huir para reunirse con Doenitz si Berlín quedaba cercado. Krebs permanecería en el bunker como consejero militar del Führer. Poco después, Von Keitel y Jodl abandonaron las ruinas de la Cancillería del Reich en un coche del Estado Mayor, llevándose un cesto con bocadillos, coñac y chocolate, que ordenó preparar el Führer en persona. La oscuridad era impenetrable, y mientras el automóvil avanzaba, Von Keitel dijo:

– Sólo hay una cosa que puedo decir a Wenck, y es que la batalla de Berlín ha comenzado, y que la suerte del Führer se halla en juego.

Era poco antes de la medianoche cuando Von Keitel halló casualmente el puesto de mando de Wenck en la cabaña de un guardabosques, a unos cien kilómetros al sudoeste de la Cancillería. Von Keitel le ordenó que atacase hacia el Nordeste, contra los efectivos de Konev, que trataban de rodear a Berlín. Al mismo tiempo, Busse atacaría hacía el Noroeste, y entre ambos aliviarían la situación de la capital. Wenck aseguró que aquello era imposible, pues Busse se hallaba totalmente cercado, y sólo disponía de escasas municiones.

Von Keitel recurrió a las súplicas. Dijo que la batalla de Berlín había comenzado, y que de ella dependía la suerte de Hitler y de Alemania. Los ejércitos 12.° y 9.° tenían la responsabilidad de acudir en ayuda de Hitler. Aseguró que la vida del Führer dependía por entero de Wenck, y confesó algo que ni siquiera había contado a Jodl: estaba dispuesto a sacar al Führer del bunker por la fuerza, si era necesario.

El plan para aliviar la situación de Berlín, aseguró Wenck, se basaba en la ayuda de unas divisiones inexistentes. Pero Von Keitel insistió tanto que el joven general dijo que haría lo que pudiese. Mientras contemplaba como se alejaba el automóvil de Von Keitel, Wenck pensó en Berlín, la ciudad donde se había hecho hombre, y en la suerte que correrían su esposa y sus hijos. Había luchado contra los rusos, y sabía bien la forma en que trataban a los cautivos.

Durante algunos días, el comandante Freytag von Loringhoven estuvo aconsejando a Krebs que tomase alguna medida para que ambos no acabasen en aquel bunker. Pero su jefe, que no podía o no quería actuar en tal sentido, prefirió dejarse llevar por los acontecimientos. Krebs dijo al joven barón que no le enorgullecía el hecho de ser el último consejero militar del Führer.

– Pero no puedo hacer otra cosa. Me ha ordenado que me quede, y usted tiene que quedarse conmigo.

Poco después de la medianoche del 23 de abril, Krebs logró al fin una concesión por parte de Hitler: Busse podía retroceder. Krebs llamó inmediatamente por teléfono a Heinrici para comunicarle la buena nueva. Aquello, desde luego, se hacía para que Busse pudiese ayudar a Wenck en el ataque destinado a aliviar la situación de Berlín.

Pero Busse se negó a retroceder. En esta ocasión, sin embargo, dijo a Heinrici la causa de su proceder.

– No puedo retirarme hasta que las tropas de Biehler no estén fuera de Francfort -manifestó-. Me quedo hasta que el coronel se haya unido a nosotros.

Heinrici escuchó exasperado el razonamiento, pero comprendió y cortó la comunicación.

4

Pocas horas después del ataque sufrido por el Führer, el general Christian irrumpió en el puesto de mando del general Koller, situado en las afueras de Berlín.

– ¡El Führer ha sufrido un colapso! -exclamó, y dio una estremecedora relación de lo que había sucedido.

El primer impulso de Koller fue llamar por teléfono a Goering a Berchtesgaden, ya que el reichsmarschall era el sucesor de Hitler.

– El único en el que podíamos confiar no saldrá de donde se encuentra -dijo Koller al ayudante de Goering, oberst (coronel) Bernd von Brauchitsch-. Pero tengo que irme de aquí.

Von Brauchitsch comprendió que Koller se refería a Hitler, y dijo:

– El reichsmarschall quiere que venga usted aquí inmediatamente.

Al otro lado de la línea, Koller cortó la comunicación, y luego preguntó a Christian:

– ¿Qué hace el Alto Mando?

– Está abandonando Berlín. Sus componentes se reúnen esta noche en Krampnitz (una escuela de adiestramiento de tanques situada entre Berlín y Potsdam), y han decidido retirar tropas del frente occidental para proseguir la guerra en el Este.

Koller llamó entonces al bunker de la Cancillería.

– ¿Qué ocurre?-preguntó al coronel Von Below, ayudante de Hitler para asuntos de aviación-. Christian me ha contado algunas cosas. Estoy asombrado. ¿Es eso cierto?

– Así es.

Koller preguntó si debía dirigirse hacia el Norte.

– Sí.

Pero Koller esperaba una respuesta diferente, y contestó evidentemente disgustado:

– Eso no es conveniente, en momentos tan decisivos. Sería mejor que me trasladase hacia el Sur, para informar de todo personalmente al reichsmarschall.

– Está bien -le contestaron.

– ¿Hay alguna posibilidad de que él (Hitler) cambie de forma de pensar?

Esta vez Below contestó negativamente.

Koller se dirigió apresuradamente hasta el nuevo cuartel general del Alto Mando, y pidió a Jodl que le confirmase el increíble hecho que le habían contado

– Lo que ha dicho Christian es cierto -contestó Jodl, con calma.

Preguntó Koller si el Führer llegaría a cumplir su amenaza de suicidarse.

– El Führer está decidido, en ese aspecto.

– Cuando el alcalde de Leipzig se mató y dio muerte a su familia, el Führer dijo que era absurdo, que se trataba de una cobarde forma de evadir responsabilidades -dijo Koller, indignado-. ¡Y ahora él quiere hacer lo mismo!

– Tiene usted razón.

– Y bien, ¿qué piensa hacer? ¿Tiene alguna orden que darme?

– No -contestó Jodl.

Koller declaró que tenía que marcharse para informar inmediatamente a Goering. Debía contarle, sobre todo, que el Führer dijo: «Si se trata de negociar, el reichsmarschall podrá hacerlo mejor que yo.» Semejante informe, aseguró Koller, no podía darse por medio de un telegrama. Era indispensable que fuera él en persona.

– Tiene razón -contestó el lacónico Jodl-. No tiene más remedio que ir.

Así, pues, poco antes del amanecer del 23 de abril, Koller y sus ayudantes militares salieron hacia Munich en quince aparatos «J U-52».

En Obersalzberg, un centro turístico situado en las cercanías de Berchtesgaden, Goering ya estaba bastante al corriente de lo que había ocurrido, gracias a una información inesperada. Aquella mañana había dicho a Josef Zychski, su mayordomo, que acababa de recibir un mensaje radiado secreto, de parte de Bormann, en el que éste le informaba acerca del derrumbe nervioso que había experimentado Hitler, y donde pedía a Goering que asumiese el mando. Goering se mostraba receloso. ¿Qué podía hacer? ¿Debía actuar inmediatamente o era aconsejable esperar?

Koller no llegó adonde Goering se hospedaba -una mansión cómoda, aunque sencilla, que se hallaba en Obersalzburg- hasta el mediodía. Con gran agitación contó al reichsmarschall y a Philip Bouhler, un funcionario del Partido, lo relativo al colapso sufrido por el Führer. Como Goering ya estaba enterado de la mayor parte de lo sucedido, no demostró gran sorpresa. Inquirió si Hitler aún seguía con vida, y si había nombrado a Bormann sucesor suyo. Koller contestó que el Führer seguía vivo cuando él abandonó Berlín, y que todavía había uno o dos caminos para escapar. La ciudad tal vez resistiese una semana.

– De todos modos, es usted quien tiene que actuar ahora, herr reichsmarschall.

Bouhler asintió, pero Goering aún se mostraba vacilante. Tal vez Hitler hubiera nombrado sucesor a Bormann, y no a él. Bormann, antiguo enemigo de Goering, podía haberle enviado aquel telegrama con el fin de hacerle caer en una trampa, empujándole a apoderarse del mando prematuramente.

– Si actúo, me llamará traidor, y si no lo hago, me acusará de abstenerme en el momento más crítico -dijo Goering.

Mandó llamar luego al ayudante personal de Bormann, quien se hallaba casualmente en la vecindad, y al comandante del destacamento de las SS en Obersalzberg. También requirió la presencia de Hanns Lammers, jefe de la Cancillería del Reich y experto legal, que tenía bajo su custodia los dos documentos oficiales redactados por el mismo Hitler en 1941, donde establecía quién había de ser su sucesor legal. En dichos documentos, Hitler nombraba a Goering delegado para el caso de que él se viera temporal o perpetuamente impedido de desempeñar sus funciones. También sería el sucesor de Hitler, en caso de muerte.

Goering quiso saber si la situación militar en Berlín se sostendría un tiempo, pero Lammers no pudo pronunciarse en tal sentido. Goering estaba al corriente de que su influencia sobre el Führer se había desvanecido, al tiempo que aumentaba la de Bormann, y preguntó si Hitler había dado alguna orden desde el año 1941, invalidando su decisión anterior.

Lammers contestó negativamente.

– Si el Führer dio alguna vez tal orden, ciertamente me hubiera llamado la atención -manifestó, añadiendo que cada cierto tiempo se había asegurado de que los documentos no hubiesen sido anulados.

El decreto, aseguró, tenía fuerza de ley, y ni siquiera hacía falta promulgarlo de nuevo.

Alguien sugirió enviar un mensaje por radio, para asegurarse de si el Führer deseaba que Goering fuese nombrado su sucesor. Todos se mostraron de acuerdo, y Goering comenzó a escribirlo, pero como se extendiera demasiado, Koller le interrumpió para decirle que un mensaje tan largo no podría ser enviado.

– Sí, tiene razón -concedió Goering-. Redacte usted uno, en tal caso.

Tanto Koller como Brauchitsch redactaron un mensaje cada uno, y Goering eligió el que decía: «Mi Führer, ¿es su deseo, en vista de su decisión de permanecer en Berlin, que asuma el mando absoluto del Reich, de acuerdo con el decreto del 29 de junio de 1941?»

Cuando Goering lo hubo leído, añadió: «Con plenos poderes en los asuntos nacionales y extranjeros», esto con el fin de poder negociar la paz con los Aliados.

Preocupado aún, manifestó:

– Supongamos que no llega respuesta alguna. Debemos establecer un tiempo máximo para esperar la contestación.

Koller propuso un plazo de ocho horas, y Goering añadió debajo: «Si a las diez de la noche no se ha recibido respuesta alguna, interpretaré que se ha visto usted privado de su libertad de acción, y consideraré que se hallan en vigor los términos de su decreto, actuando yo entonces en beneficio de nuestro pueblo y de la Patria.» Goering hizo una pausa, y luego añadió apresuradamente: «Debe comprender lo que siento hacia usted en la hora más difícil de mi vida. No encuentro palabras para expresarlo. Dios le bendiga y le haga venir aquí lo antes posible. Su leal, Hermann Goering.»

El reichsmarschall se recostó pesadamente contra el respaldo de su sillón.

– Es terrible -dijo-. Si no recibo una contestación antes de las diez de esta noche, tendré que hacer algo inmediatamente, como dirigir una proclama a las Fuerzas Armadas, apelar a la población, y otras cosas similares.

Pero su actuación comenzó a ponerse en claro cuando al fin dijo:

– Haré cesar la guerra inmediatamente.

Mientras tanto, y por extraña coincidencia, Hitler estaba siendo aconsejado por Albert Speer para que nombrase a Doenitz como sucesor suyo. Preocupado, el Führer consideró la proposición, pero no dijo nada.

Speer había llegado a Berlín para despedirse personalmente de Hitler, y para hacerle una confesión. Sin pedirle disculpas, manifestó que durante las últimas semanas había estado obstaculizando la política de «tierra arrasada» de Hitler, tratando de convencer a generales y funcionarios para que no destruyesen los puentes y fábricas. (Pero no confesó, claro está, que hacía poco había proyectado asesinar a Hitler vertiendo un tóxico en el sistema de ventilación del bunker, lo que fracasó debido a existir una cubierta protectora alrededor del conducto de ventilación.) A los veintinueve años, Speer comenzó a trabajar bajo la dirección del arquitecto de Hitler, profesor Paul Troost. Poco después, el Führer incluía al joven en el círculo de sus allegados, y en esos momentos le consideraba afectuosamente como uno de sus amigos más íntimos. Speer esperaba ser detenido y tal vez fusilado, pero Hitler sólo se mostró «profundamente conmovido» por la revelación de su ministro.

Aún se encontraba Speer con Hitler cuando llegó el telegrama de Goering. Antes de que el Führer pudiese hacer comentario alguno, Bormann, indignado, calificó de ultimátum la petición de enviar una respuesta antes de las diez de la noche. Parecía más irritado que nadie, y lo mismo que Goebbels exigió la ejecución de Goering.

Hitler vaciló, y al fin admitió que se había dado cuenta en los últimos tiempos de la decadencia de Goering. El reichsmarschall era, además, adicto a las drogas. No obstante, Hitler pareció no tomar esto en cuenta.

– Aún es capaz de negociar la capitulación -dijo el Führer-. Da lo mismo quien lo haga.

Prevaleció, sin embargo, la opinión de sus consejeros, y aunque se negó a ordenar la muerte de Goering, le convencieron para que mandase el siguiente telegrama:

«Su modo de obrar constituye alta traición contra el Führer y el Nacional Socialismo. La pena con que se castiga la traición es la muerte, pero en atención a sus anteriores servicios al Partido, el Führer no ordenará la pena máxima si renuncia a todos sus cargos. Conteste sí o no.»

Este telegrama había sido dictado por Bormann, y un poco más tarde, Hitler envió otro:

«El Decreto del 29-6- 41 ha quedado anulado por orden mía. No se puede poner en tela de juicio mi libertad de acción. Le prohibo cualquier actuación suya en tal sentido.»

Siguió luego un tercer mensaje que difería marcadamente de los dos anteriores. En él, Hitler expresaba con mayor precisión su propia actitud:

«Su creencia de que me encuentro privado de realizar mis deseos es totalmente errónea, e ignoro cuál pueda ser el ridículo origen de la misma. Exijo que combata inmediatamente esta suposición, y afirmo, al mismo tiempo, que sólo entregaré el poder a quien yo considere oportuno, y en el momento que crea conveniente. Hasta entonces, seguiré ejerciendo el mando yo mismo.»

Bormann debió de temer que este último mensaje fuese el comienzo de una actitud benévola, y clandestinamente envió por radio una orden al comandante de las SS en Obersalzburg, para que detuviese a Goering por alta traición. [54]

5

Las catástrofes ocurridas durante las últimas semanas habían llegado a causar la desintegración en el mando militar, tan venerado por los oficiales germanos. Nunca en la historia de la Wehrmacht hubo tantos comandantes que se independizaron hasta llegar al borde del amotinamiento. Primero fue Guderian el que se encaró abiertamente con Hitler, hasta hacerse acreedor a su destitución. Luego, Heinrici manifestó su oposición al Führer, y por último, era Wenck quien ignoraba las órdenes directas y se decidía a proseguir por su cuenta la guerra en el Este.

La rebelión iba descendiendo igualmente en la escala jerárquica. Mientras Heinrici se oponía a Hitler, por ejemplo, Busse se resistía a cumplir las órdenes de Heinrici. En parte alguna había mayor confusión que en el propio mando de Busse. Una de sus unidades, el LVI Cuerpo Panzer, se había separado del resto del Noveno Ejército y se hallaba entonces a treinta kilómetros al este de Berlín, tratando de contener a los rusos que habían irrumpido a través de la brecha de Seelow. Su comandante, el general Helmuth Weidling, había recibido órdenes contradictorias: Busse le mandaba dirigirse hacia el Sudeste, para reunirse con el cuerpo principal de las tropas, en tanto que Hitler amenazaba con hacerle fusilar si no se encaminaba inmediatamente hacia las afueras de Berlín.

Apodado «Karl, el duro» por sus tropas, a causa de su rudo aspecto y sus bruscos modales, Weidling era un típico militar profesional que no anhelaba otra cosa que cumplir con su deber. Por consiguiente, decidió ver a Krebs personalmente para aclarar de una vez la situación.

En el bunker, Weidling fue acogido fríamente por Krebs y Burgdorf.

– Bueno, ¿qué pasa aquí y por qué me van a fusilar?-espetó Weidling, sin más preámbulos.

Krebs contestó secamente que el Führer estaba irritado a causa de que había trasladado su puesto de mando al oeste de Berlín. (Alguien informó falsamente que Weidling había retrocedido con sus tropas hasta Potsdam.)

– ¿Eso es ridículo! -estalló Weidling.

Se acercó a un mapa mural para demostrar que su puesto de mando jamás había estado a más de tres kilómetros de las líneas rusas. No podía dudarse de tales afirmaciones, y los otros dos militares aseguraron a Weidling que informarían de ello inmediatamente al Führer.

Krebs y Burgdorf hicieron lo que decían, y cuando regresaron hallaron a Weidling con el semblante intensamente pálido. Acababa de recibir un mensaje de su propio cuartel general, según el cual el Alto Mando le destituía de su cargo.

Weidling acusó a los otros dos militares de no tener valor para decir a Hitler la verdad. Krebs no se sintió ofendido. Dijo que aquella orden ya había sido cancelada, y que el Führer quería verle inmediatamente. Descendieron algunos peldaños y siguieron por un corredor hasta la sala de espera. Varias personas se hallaban sentadas en un banco, pero el único al que Weidling reconoció fue a Ribbentrop.

Krebs y Burgdorf le acompañaron rápidamente hasta el salón principal de conferencias, donde Hitler se hallaba sentado detrás de una mesa, observando un mapa. Cuando entraron, Hitler se volvió hacia ellos, mostrando un semblante abotagado sobre el que destacaban sus febriles ojos. El Führer sonrió forzadamente, tendió la mano a Weidling y le preguntó, en voz baja:

– ¿Nos han presentado antes?

Weidling contestó que sí, un año atrás, en el Obersalzberg, cuando Hitler le había condecorado con las Hojas de Roble de la Cruz de Caballero.

– Recuerdo el nombre -dijo Hitler-, pero no me acordaba de su rostro.

El semblante del Führer era una máscara, pensó Weidling, el cual no dejó de notar el gesto de dolor de Hitler cuando tomó asiento.

Ante una sugerencia de Krebs, Weidling reveló que ya había ordenado a sus tropas trasladarse al Sudeste, con el fin de reunirse con el resto del ejército de Busse. Si no se cancelaba este movimiento, dijo Krebs, quedaría abierta una brecha al este de Berlín, a través de la cual la columna de Zhukov, que procedía de Seelow, podría filtrarse.

Hitler, cuya mano derecha temblaba continuamente, asintió con la cabeza y comenzó a dar una larga explicación de su plan destinado a aliviar la situación de la ciudad. El 12.° Ejército de Wenck atacaría desde el Sudoeste, en tanto que Busse lo hacía desde el Sudeste. El conjunto de las dos fuerzas derrotaría a los rusos al sur de Berlín. Simultáneamente, Steiner procedería a atacar desde el Nordeste, deteniendo la columna de Zhukov al norte de Berlín. En cuanto Wenck y Busse hubiesen derrotado a los rusos en el Sur, darían vuelta hacia el Norte, ayudando a aniquilar allí al enemigo en un ataque conjunto en masa. Si todo aquello parecía factible a Hitler, no le ocurría lo mismo a un militar práctico como era Weidling. ¿No estaría soñando el Führer?

De pronto, Krebs anunció que Weidling se haría cargo de las defensas oriental y sudeste de Berlín. Mientras el asombrado Weidling se ponía de pie, Hitler trató de hacer lo propio, pero cayó pesadamente hacia atrás en su silla, con lo cual sólo les tendió la mano, en señal de despedida. Weidling salió profundamente afectado al observar el estado físico del Führer. ¿Qué pasaba allí? ¿Podía seguir considerándose aún a aquel hombre como comandante supremo de la Wehrmacht?

En el bunker superior, Weidling habló por teléfono con su cuerpo de ejército y ordenó que se tomasen las posiciones necesarias para defender los suburbios orientales de Berlín. Luego, inquirió a Krebs:

– ¿Bajo qué mando me encuentro?

– Directamente bajo el mando del Führer.

Weidling examinó un mapa de Berlín y sugirió que se colocase la responsabilidad de la defensa de la ciudad sobre un solo hombre.

– Ya existe ese hombre -contestó Krebs-. Es el Führer.

– Tengo la sensación de que vive en un mundo de fantasía -replicó, a su vez, Weidling-. Sus efectivos de tanques, así como otras unidades del ejército de Busse, han sido aniquilados. ¿Cree usted que las potentes fuerzas soviéticas pueden ser rechazadas con sólo proponérselo? Si Berlín no puede defenderse desde el río Oder, es necesario que se la declare ciudad abierta.

Krebs se limitó a sonreír, como si se tratara de una antigua historia, y dijo:

– El Führer ha ordenado la defensa de Berlín, porque tiene la seguridad de que la guerra terminaría una vez que cayese la capital.

6

Poco antes de medianoche, varios automóviles se aproximaron a una casa de reducidas dimensiones situada en las cercanías de un parque, en la ciudad de Lübeck, puerto alemán del mar Báltico. Himmler y Schellenberg, seguidos de varios oficiales de las SS, entraron en la casa, que no era otra que el consulado de Suecia, donde les esperaba Folke Bernadotte. Este acompañó a Himmler y Schellenberg hasta una pequeña estancia que aparecía iluminada únicamente por candelabros. Cuando estaban hablando, se inició una alarma aérea y Bernadotte preguntó si Himmler querría bajar con los demás al refugio. Como de ordinario, Himmler tardó bastante en decidirse, y cuando supo que el refugio era sólo una bodega corriente, otra vez se mostró vacilante. Al fin se decidió a bajar, y durante la mayor parte de la hora que permanecieron recluidos en el sótano, Himmler fue haciendo preguntas de persona en persona como si estuviese confeccionando una estadística. Bernadotte notó que Himmler se encontraba totalmente exhausto, y que recurría a toda su fuerza de voluntad para aparecer sereno.

Cuando cesó la alarma, regresaron a la pequeña estancia superior. Al ofrecérsele algo de bebida, Himmler sólo pidió soda.

– He llegado a la convicción de que está usted acertado -manifestó el reichsführer, inesperadamente, con gesto resignado-. La guerra debe terminar. Admito que Alemania está derrotada. En esos momentos, prosiguió diciendo, el Führer podía estar ya muerto, porque él ya no estaba ligado por juramento personal al mismo.

La temblorosa luz de los candelabros hacía aparecer el rostro de Himmler aún más furtivo e indeciso. Prosiguió diciendo que todo dependía de una sola cosa: la forma en que los Aliados iban a tratar a los alemanes. Si los aniquilaban por completo, Hitler perduraría en el recuerdo como un héroe y un mártir.

– En la situación actual -añadió Himmler, sorbiendo pausadamente su bebida-, tengo las manos libres para actuar. A fin de salvar todo lo posible de Alemania, de manos de los rusos, estoy dispuesto a capitular en el frente occidental, pero no en el oriental. Siempre fui, y lo seguiré siendo, un enemigo irreconciliable del bolchevismo.

Luego preguntó si el conde aceptaría trasladar esa proposición al Ministerio de Asuntos Exteriores sueco para que éste la transmitiese al Occidente.

A Bernadotte no le gustó la idea. No era probable que los Aliados occidentales, declaró, concertasen una paz por separado con Alemania, si ésta proseguía su lucha en el Este.

– Me doy perfecta cuenta de las grandes dificultades que entraña la misión -replicó Himmler-, pero de todos modos deseo hacer una tentativa para salvar a millones de alemanes de la ocupación soviética.

Bernadotte accedió a transmitir el mensaje de capitulación a su Gobierno, pero quiso saber lo que haría Himmler si rechazaban su oferta.

– En tal caso, me haré cargo del mando del frente oriental, hasta morir en combate -contestó Himmler.

Manifestó luego que esperaba entrevistarse con Eisenhower para rendirse a él incondicionalmente, sin más demora. Al despedirse, Himmler declaró que aquel era el día más amargo de su vida, y que debía marcharse inmediatamente hacia el frente oriental.

A continuación, Himmler penetró en su automóvil. Inició la marcha y el vehículo fue a enredarse entre los alambres de espino que rodeaban el edificio Los suecos y los alemanes presentes consiguieron liberar al fin al automóvil, y el reichsführer se alejó de allí. El conde hizo notar a los que le rodeaban que en aquel suceso había mucho de simbólico.

7

Al día siguiente, 24 de abril, Krebs y sus dos ayudantes, el comandante Freytag von Loringhoven, y el capitán Gerhard Boldt, entraron en la sala de conferencias del Führer. También se hallaban allí Goebbels y Bormann.

Mediado el informe de Krebs, Boldt fue llamado al teléfono. Cuando regresó, dijo haber recibido un despacho del frente de batalla.

– ¿Qué noticias hay?-inquirió Goebbels, inclinándose sobre la mesa.

Boldt declaró que un ataque repentino de tanques, efectuado sobre cuarenta y ocho kilómetros por los efectivos del Segundo Frente Ruso Blanco de Rokossovsky, no sólo estaba aislando a las tropas de Manteuffel en el Norte, como lo había hecho ya Zhukov en el Sur, sino que indicaba que Stalin estaba volcando sus máximos esfuerzos hacia Berlín. De este modo, tres frentes rusos, con un total de dos millones y medio de hombres, convergían sobre la capital del Reich.

Hitler se volvió esperanzado hacia Bolot, sin poder dominar el constante tic que agitaba su cabeza. El capitán le dio cuenta del nuevo desastre, y Hitler permaneció en silencio durante un momento, hasta que luego comenzó a hablar con voz ronca.

– Teniendo en cuenta el gran obstáculo natural que representa el río Oder, este éxito ruso es, sencillamente, el resultado de la incompetencia de los dirigentes militares germanos.

Krebs trató de defender a Heinrici y Manteuffel. Dijo que sus escasas reservas habían sido apresuradamente retiradas hacia Berlín, incluyendo los efectivos de Steiner. Esto hizo recordar de nuevo al Führer el ataque de Steiner y al tiempo que apuntaba inseguramente hacia un mapa, comenzó a decir que había que iniciar al día siguiente una nueva ofensiva desde el norte de Berlín.

– El Tercer Ejército Panzer deberá emplear todas las fuerzas disponibles para el ataque, retirando tropas de las otras secciones del frente que no se hallen sometidas a la ofensiva. Es necesario restablecer las comunicaciones entre el Norte y Berlín. Ese es el objetivo inmediato.

La sugerencia de Burgdorf, en el sentido de que Steiner debía dirigir el nuevo ataque, irritó a Hitler.

– ¡No necesito a esos arrogantes y obtusos jefes de las SS! -exclamó-. En ningún caso quiero que Steiner asuma el mando.

Cuando Krebs salió de la sala de conferencias, vio a Weidling esperando en la antecámara, y le dijo:

– Anoche causó usted una excelente impresión al Führer. Le ha designado para asumir la defensa de Berlín.

– Mejor habría sido que me hubiese usted pegado un tiro -contestó Weidling.

Y aceptó el mando con la única condición de que sólo él daría órdenes para la defensa de la ciudad. No quería intromisión alguna de parte de gentes como Goebbels, que ostentaba el cargo nominal de «Defensor de Berlín».

Esa misma tarde, Jodl llegó al puesto de mando de Steiner, el único hombre del que se suponía que nada iba a tener que ver con el nuevo ataque desde el Norte.

– Por orden de Hitler -anunció Jodl-, debe usted comenzar inmediatamente la ofensiva.

– No deseo dirigirme hacia Berlín -replicó Steiner, con el tono de desafío que se había convertido en algo corriente entre los miembros de la Wehrmacht -. No tengo quien me cubra, y la mayor parte de mis hombres morirá. No pienso hacerlo.

Jodl le miró fijamente, lleno de ira, al tiempo que su calva se ponía de color escarlata, signo evidente de que se estaba conteniendo a duras penas. Pero Steiner resistió su mirada. Su comportamiento no era descabellado. Estaba convencido de que sólo una paz negociada con el Oeste podría salvar a Alemania, y una semana antes había convenido secretamente con Manteuffel que establecerían contacto con Eisenhower lo antes posible, diciéndole que las tropas norteamericanas podían pasar a través de sus líneas para llegar hasta el Oder, donde estaban los rusos. En medio de la discusión con Jodl, Steiner recibió la noticia de que acababan de llegar mil miembros de las Juventudes Hitlerianas y cinco mil pilotos. Jodl ordenó que los movilizasen para integrar el ataque en dirección a Berlín. Una vez más, Steiner se rebeló. Dijo que esas tropas carecían de entrenamiento y que enviarlas al combate era un asesinato. Por consiguiente, las mandaría de vuelta a las bases de donde procedían.

Jodl se dio por vencido y regresó al Alto Mando Central. Pocas horas más tarde llegó Von Keitel y conminó a Steiner para que iniciase el ataque.

Steiner no dejó de asombrarse. ¿Se había visto alguna vez a un mariscal de campo alemán humillarse de aquella manera? A pesar de todo, contestó:

– No, no lo haré. Este ataque es un disparate, un asesinato. Haga conmigo lo que crea conveniente.

Por fin, Von Keitel se dio cuenta de que la situación no tenía remedio, y se marchó.

8

El Comité Internacional de la Cruz Roja había fracasado en su intento de detener la evacuación de prisioneros de Sachsenhausen, a pesar de las promesas de Himmler y del jefe de la Gestapo, Müller, pero aún había esperanzas de salvar a las veinte mil mujeres del cercano campamento de Ravensbrück. Los miembros del Comité enviaron un delegado, Albert de Cocatrix, con una carta urgente para el coronel SS Rudolf Hess, jefe suplente de los campos de concentración, y antiguo comandante de Auschwitz.

Cocatrix se vio demorado en su camino hacia el Norte por los innumerables fugitivos que llenaban las carreteras, y no llegó a Ravensbrück hasta el anochecer. Se presentó ante el SS Sturmbannführer (comandante) Fritz Suhrens, comandante del campo, y le dijo que tenía que ver a Hess. Pero éste acababa de sufrir un accidente de automóvil y no se encontraba allí.

Cocatrix describió las atrocidades que se estaban cometiendo con los prisioneros que trasladaban desde Sachsenhausen, y advirtió a Suhrens que los responsables deberían rendir cuentas al fin de la guerra. Propuso entonces que las mujeres de Ravensbrück quedasen a cargo de la Cruz Roja, en la persona de un delegado, y se mantuvieran en sus sitios hasta la llegada de los rusos.

Pero Suhrens dijo que tenía instrucciones especiales de Himmler para evacuar el campamento. Por otra parte, la situación militar no era del todo desesperada. No sólo se detendría a los rusos, sino que se los rechazaría a las estepas en una colosal contraofensiva que estaba a punto de ser lanzada.

– Sólo las mil quinientas enfermas podrán permanecer en el campamento -añadió Suhrens-. ¿Sabe usted que las enfermas rusas han pedido de rodillas que no las dejásemos atrás, pues no querían caer en manos de los rusos, y que además gritaban: «Nix Bolscheviki!»?

A las nueve de la mañana siguiente, 25 de abril, varios millares de mujeres fueron alineadas ante sus viviendas. Suhrens recibió a Cocatrix en su despacho y habló de la buena moral en que se hallaban las «damas», y ofreció enseñarle varias cartas de recomendación que ellas habían escrito para él.

En ese momento entró en la estancia una mujer miembro de las SS y dijo:

– Los archivos han quedado destruidos.

El comandante hizo disimuladamente una señal para que se callase, y tras de presentarla, le preguntó en qué forma se había tratado a los prisioneros recientemente evacuados.

– Humanitariamente -contestó la mujer, sin vacilar.

– ¡Ya lo ve, ya lo ve usted! -exclamó Suhrens, y alzó triunfalmente los brazos, al tiempo que alababa el sistema de los campamentos de concentración y ponía de manifiesto los notables resultados obtenidos en la educación y entrenamiento de los prisioneros. Las tremendas cosas que se escribían acerca de los campamentos, manifestó, eran sólo «atrocidades de la propaganda», y ofreció a Cocatrix que viese el de Ravensbrück por sí mismo.

Lo que vio Cocatrix semejaba a un campo de prisioneros de guerra, si bien los barracones estaban atestados de literas de tres lechos. Visitó también la enfermería, la biblioteca y la cárcel, que mostraba un aspecto notablemente pulcro. Sin embargo, no se le permitió inspeccionar varios edificios en la parte Este del campamento, y donde, según Suhrens, se hallaban montadas unas plantas textiles que producían tejidos para la Wehrmacht.

Suhrens paró a una prisionera, como al azar, y le preguntó si había recibido malos tratos, o si tenía quejas de alguna clase. La mujer sólo tuvo palabras de alabanza para sus captores. Otras que fueron interrogadas en el mismo sentido, siempre por Suhrens, contestaron aproximadamente de igual manera. En cada caso, Suhrens se volvía hacia el funcionario de la Cruz Roja y decía, con acento significativo:

– Bitte!

Luego el comandante del campamento llamó a una mujer miembro de las SS.

– ¿Ha infligido usted malos tratos a las prisioneras?-le preguntó.

– ¡Eso está prohibido! -contestó la mujer, con acento escandalizado.

– ¿Qué pasaría si ustedes las castigasen corporalmente?-Nos sancionarían.

De otras guardianas se obtuvieron respuestas semejantes. Al abandonar la zona del campamento, Cocatrix se sintió tentado de pedir a Suhrens que le enseñase la cámara de gas y el crematorio, pero optó por callarse.

En el despacho le presentaron al coronel de las SS Keindel, comandante de Sachsenhausen, quien un poco vagamente negó que se hubieran cometido atrocidades en la evacuación de su campamento. Cocatrix dijo que un delegado de la Cruz Roja y dos chóferes habían presenciado numerosas asesinatos.

Keindel se encogió de hombros y contestó:

– Tal vez algunos guardias de las SS hicieron eso para acabar con sus sufrimientos…, como un acto de humanidad. No alcanzo a comprender por qué se arma semejante alboroto a causa de unas pocas muertes, cuando nada se dijo del bombardeo terrorista de la población civil de Dresde.

Algunos soldados de las SS pudieron haber actuado un poco rigurosamente, admitió Keindel, pero por lo general, los que peor trataban a los reclusos eran los húngaros, los rumanos y los ucranianos, es decir, gente de mentalidad diferente.

Cocatrix se dispuso a abandonar el campamento, y Suhrens, tomándole familiarmente por el brazo, le dijo de manera confidencial, refiriéndose a lo que había manifestado el coronel Keindel:

– Conmigo, nada tiene usted que temer a ese respecto.

9

El comandante de las SS en Berchtesgaden actuó inmediatamente después de recibir el telegrama de Bormann, y colocó a Goering y su familia bajo arresto domiciliario. Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido las más tempestuosas en la dramática carrera del reichsmarshall: el Führer se había derrumbado; creyó que era el sucesor en el mando del Tercer Reich; luego recibió tres telegramas de Hitler, y por último, en esos momentos, tenía la seguridad de que sería ejecutado.

La noche anterior, un SS había colocado un pistola con una bala, en la mesilla de noche de Goering.

– No pienso hacerlo -dijo éste a su mayordomo Zyschi, apartando con desdén el arma-. Voy a afrontar las responsabilidades de todo lo que haya hecho.

Al día siguiente, 25 de abril, por la mañana, varios oficiales de las SS, trataron de convencer a Goering, en presencia de su esposa y del mayordomo, para que firmase un documento declarando que renunciaba a todos sus cargos a causa de hallarse enfermo. Goering se negó. A pesar de los telegramas que había recibido, tenía la seguridad de que Hitler estaba mal informado. Pero cuando los SS extrajeron sus pistolas, Goering firmó con presteza. En ese preciso momento, el zumbido de los motores de aviación hizo que todos se refugiaran en el sótano de la casa en que se hallaban.

Los aviones aliados pasaban con frecuencia sobre Berchtesgaden camino de Salzburgo, Linz, y otros objetivos, pero hasta el momento, la zona de Obersalzberg no había recibido daño alguno. Pero en aquella ocasión, dos grandes oleadas de bombarderos se encaminaban hacia allí para tratar de eliminar el posible retiro de los dirigentes del Reich a las montañas. Eisenhower tenía la seguridad de que Hitler permanecería en Berlín, pero también estaba convencido de que la mayoría de los gobernantes nazis se habían trasladado al Reducto Nacional para establecer sus puestos de mando en el Obersalzberg.

A las diez, los primeros bombarderos cruzaron sobre el monte Hohe Goell y dejaron caer bombas de alto poder explosivo en la zona donde el Führer tenía sus instalaciones. Media hora más tarde se presentó una oleada de bombarderos mucho mayor, y durante casi sesenta minutos un avión tras otro, dejaron caer grandes cargas demoledoras sobre el Obersalzberg.

Cuando el último bombardeo se hubo alejado, el general de aviación Robert Ritter von Greim, comandante de la Luftflotte 6, en Munich, se dirigió en automóvil hacia el Obersalzberg. La residencia de ensueño del Führer había quedado reducida a un conjunto de ruinas. Greim miró a su alrededor, lleno de aflicción. La mansión de Hitler, la famosa Berghof, había recibido un impacto directo. Tenía uno de los muros totalmente derruido, y el techo volado en su mayor parte. Algunos centenares de metros más allá una negra humareda se elevaba de la casa de Bormann, detrás de la cual podía verse lo poco que quedaba de la de Goering. Los cuarteles de las SS, así como el «Hotel Platterhoff» y la cabaña donde Hitler había escrito buena parte de su libro Mein Kampf, se hallaba en llamas.

Nazi concienzudo, Greim había recibido un telegrama desde Berlín pidiéndole que informase al bunker directamente. Halló Greim a Koller, y comenzó a culpar a Goering de haber abandonado el bunker, para llevar luego a cabo actos de traición. Al principio, Koller trató de disculpar a Goering, su jefe, pero luego dio rienda suelta a su resentimiento, largo tiempo reprimido.

– No soy precisamente yo quien debe defender al reichsmarschall -manifestó-. Son muchos sus defectos, para eso. Me hizo la vida insoportable, tratándome de forma desconsiderada, diciendo que me iba a llevar ante un tribunal militar para que me juzgasen y me fusilasen. También amenazó con hacer dar muerte a otros oficiales del Estado Mayor delante de otros miembros de ese cuerpo.

Sin embargo, Koller no se mostró de acuerdo con Greim, en todos los aspectos.

– Sé bien que el reichsmarschall no hizo nada, en los días 22 y 23 de abril, que pudiera recibir el nombre de traición.

Greim no se sintió impresionado por las palabras de Koller. La actitud de Goering no admitía defensa, declaró, tras lo cual emprendió el regreso hacia Berlín.

10

En horas tempranas de aquella misma mañana, Schoerner, que había sido ascendido recientemente a generalfeldmarschall, descendía de un avión que había tomado tierra en las cercanías de Berlín y se encaminó hacia el bunker. Hitler le había mandado a llamar, y Schoerner temía que el Führer se hubiera enterado de sus tentativas de negociación con los aliados occidentales. A semejanza de Himmler, Wolff y Steiner -todos ellos dirigentes de las SS-, Schoerner había actuado por cuenta propia. La iniciativa, sin embargo, partió del doctor Hans Kauffmann, [55] un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores que había tenido algunos altercados con Von Ribbentrop, por lo que le habían trasladado a un batallón de ametralladoras del Grupo de Ejército del Centro. El doctor Kauffmann llegó a convencer a Schoerner de que los nacionalistas checos podían ser utilizados para concertar un armisticio con los aliados occidentales. Se trataba de un plan complicado, pero después de numerosos viajes secretos del doctor Kauffmann, dos aviones alemanes llenos de checos fueron enviados, uno a Suiza y el otro a Italia, con el fin de entablar negociaciones. Pero los ingleses y americanos, ignorando que Schoerner estuviese detrás de todo aquello, rechazaron todas las proposiciones.

Mas Schoerner no tenía nada que temer. Hitler acogió a su comandante preferido con el entusiasmo y afecto con que solía recibirle. Sin embargo, las siguientes palabras del Führer causaron una enorme sorpresa a Schoerner:

– Trasládese de zona y organice un reducto defensivo en los Alpes.

Añadió que la zona montañosa situada entre Alemania y Austria debería fortificarse lo más rápidamente posible, enviándose allí a las mejores tropas disponibles. Siguió explicando el Führer que aquella defensa no se establecía contra el Occidente sino como último baluarte contra los bolcheviques.

Schoerner abandonó el bunker para entrevistarse con Goebbels y el doctor Naumann. El ministro de Propaganda explicó que existía un Proyecto Norte, semejante, que estaba llevando a cabo Doenitz en el canal del Kaiser Guillermo (el canal de Kiel). Ambos reductos tendrían gran importancia política, aseguró Goebbels, y puso de manifiesto que era indispensable mantener una estricta disciplina militar en ambas zonas. Entonces, si se hacía necesario rendirse a los occidentales, las tropas se hallarían bajo un control tan perfecto, que Eisenhower sin duda permitiría a los jefes militares alemanes que asumieran el mando de las mismas.

Añadió Goebbels que los pueblos occidentales no tardarían en enterarse de los lamentables acuerdos estipulados en la Conferencia de Yalta, que permitían a Rusia ocupar la mayor parte de Europa oriental, y que obligarían a Churchill y Truman a atacar la Unión Soviética. Y los jefes aliados sabían que solos no podrían vencer al Ejército Rojo, por lo que aceptarían agradecidos la ayuda de las tropas alemanas establecidas en los reductos norte y sur del país.

El movimiento envolvente que efectuaban las tropas soviéticas en torno a Berlín estaba a punto de completarse. El pasillo existente entre Zhukov y Konev sólo tenía ya unos pocos kilómetros de anchura. La lucha era especialmente enconada en los suburbios del sur, cerca del aeropuerto de Tempelhof, donde hubiera resultado casi suicida el intento de cualquier aparato que pretendiese tomar tierra.

Weidling pasó la mayor parte de la jornada reorganizando sus defensas en torno a la ciudad, y era cerca de la medianoche cuando llegó al bunker para dar un informe de la situación. Hitler se hallaba en ese momento examinando un mapa que se encontraba sobre una mesa. Goebbels aparecía sentado sobre un banco, como si fuera un ave, frente a él. Weidling pasó junto a los demás y señaló sobre el gran mapa, al tiempo que decía hoscamente que el anillo no tardaría en cerrarse sobre Berlín. Hitler se irguió, con el ceño fruncido. Weidling hizo caso omiso de esto, y manifestó que podía advertirse en el mapa que las fuerzas oponentes eran iguales: una división alemana se enfrentaba con otra de los rusos.

– Sólo que nuestras divisiones no existen más que en teoría -añadió sarcásticamente-, además de que el número de soldados soviéticos es diez veces superior al de los nuestros, y la potencia de la artillería aún mayor.

Hitler se negó a reconocer las verdades de Weidling. Afirmó que la caída de Berlín supondría la ruina de Alemania, por lo que permanecería en el bunker, se ganase o se perdiese. Luego habló Goebbels, sólo para hacerse eco de cuanto había dicho Hitler. La manera de pensar de ambos era tan semejante que a menudo el uno parecía terminar las frases del otro.

Weidling se sintió irritado al comprobar que nadie era capaz de opinar de modo diferente. Todo lo que decía Hitler quedaba implícitamente aceptado. ¿Acaso estaban todos demasiado atemorizados para hablar? Se sintió tentado de gritar: «¡Qué locura, mi Führer! ¡Una gran ciudad, como Berlín, no puede ser defendida con las endebles fuerzas y las escasas municiones que nos quedan! ¡Piense, mi Führer, en las intolerables privaciones que pasará el pueblo de Berlín durante esta batalla!» Pero él también, quizá contagiado por los demás, optó por callarse.

El frente de Heinrici era un desbarajuste en su totalidad, si bien éste había recibido un informe que tenía algo de esperanzador: Biehler había logrado al fin romper el cerco en torno a Francfort, tras unirse a los efectivos del Noveno Ejército, y Busse comenzaba a retirarse hacia el Oeste, adonde se hallaba Wenck.

Manteuffel también estaba a punto de quedar aislado por los ataques conjuntos de Zhukov, por el Sur, y Rossokovsky, por el Norte. A pesar de todo, Hitler insistía en que Manteuffel debía seguir resistiendo.

– ¿Tiene posibilidades de cumplir esta orden?-le preguntó Heinrici.

– Podremos aguantar donde estamos, probablemente durante el resto del día -fue la respuesta de Manteuffel-, pero luego tendremos que retirarnos.

Heinrici manifestó que aquello seguramente significaría combatir en marcha.

– No nos queda mucho donde elegir -replicó Manteuffel-. Si permanecemos aquí, quedaremos copados, como el Noveno Ejército.

Heinrici convino en que se hacía necesaria una retirada en las próximas horas. Luego se dirigió hacia el Sur, para hablar con Steiner, el cual le había dicho por teléfono que el Alto Mando aún pretendía que iniciase un ataque en dirección a Berlín.

Heinrici encontró a Steiner discutiendo acaloradamente con Jodl, una vez más. Decía Steiner que el pretendido ataque era absurdo, y que supondría un sacrificio innecesario de vidas.

– Se trata de un caso especial -intervino Heinrici-. Sólo en una ocasión como ésta se puede liberar al Führer. Al menos debe usted hacer una tentativa.

Agregó que el movimiento tenía una justificación táctica, y que protegería también, en cierta medida, el flanco de Manteuffel. No obstante, Steiner se negó en definitiva a prometer nada.

Mientras Heinrici y Jodl se dirigían en automóvil hacia el cuartel general del Alto Mando, que acababa de ser trasladado a las cercanías del sanatorio del doctor Gebhardt, Heinrici llamó la atención de su compañero sobre la multitud de fugitivos que atestaban las carreteras, así como sobre los incendios y las minas resultantes de los últimos bombardeos.

– ¿Ve usted todo esto?-inquirió Heinrici-. ¿Para qué seguimos luchando todavía? Observe esas gentes, cómo sufren.

– Debemos liberar al Führer.

– Y después de eso, ¿qué haríamos?

Jodl replicó vagamente que una vez liberado, el Führer era el único capaz de dominar la situación.

Aquellas respuestas inciertas demostraron a Heinrici que el Alto Mando no tenía un plan determinado para proseguir con la guerra. Al entrar en su propio puesto de mando, comenzó a sonar el teléfono. Heinrici alzó el auricular, sin quitarse el capote.

– Habla Manteuffel -dijo una voz tajante-. Los rusos han entrado en los pantanos que constituyen mi zona de defensa secundaria. Solicito permiso inmediato para retirarme a posiciones más seguras. Será ahora o nunca.

La orden de Hitler, confirmada recientemente, prohibía cualquier retirada en gran escala que no hubiese sido aprobada por el Alto Mando. A pesar de ello, Heinrici contestó:

– Inicie la retirada y abandone también el festung de Stettin. Luego, Heinrici cortó la comunicación y dijo al coronel Eismann que informase al Alto Mando que había ordenado la retirada del Tercer Ejército Panzer, y que la orden de Hitler podía irse al demonio.

Capítulo sexto. «Tenemos que crear un mundo nuevo, un mundo mucho mejor»

1

El mismo día en que Hitler sufrió su momentáneo derrumbe, una columna motorizada de la 84.ª División norteamericana penetraba en la ciudad de Salzwedel, a unos ciento sesenta kilómetros en línea recta de la Cancillería. Apiñados en las casas, y casi tan asustados como los habitantes del lugar, se hallaban cuatro mil reclusos de los campos de concentración y trabajadores forzados, a quienes sus guardianes habían abandonado. Tadeusz Nowakowski fue uno de los primeros que se arriesgó a salir a la calle. En 1937, a la edad de diecisiete años, había ganado un premio de la Academia Polaca de Literatura, instituido para escritores jóvenes. Dos años más tarde fue detenido junto con su padre por publicar un periódico clandestino titulado Polonia aún vive. El más viejo de los Nowakowski no llegó a vivir lo suficiente para ver liberado el campamento de Dachau, donde se hallaban internados, pues un guardia brutal lo mató propinándole golpes con una pala. El hijo soportó la estancia en una serie de prisiones de la Gestapo y de campos de concentración. Por fin logró huir a comienzos de febrero, y en Salzwedel halló refugio entre los trabajadores forzados de una refinería de azúcar.

Las calles de Salzwedel, al entrar los norteamericanos, quedaron atestadas de jeeps, motocicletas, camiones y blindados, que levantaban nubes de polvo. Nowakowski alcanzaba a escuchar el ruido que producían los motores de los aviones. Era la escena de la liberación, con la que había estado soñando desde hacía varios años.

Un jeep se detuvo ante el grupo en que se hallaba el polaco, y de él bajó un fornido negro, que recibió un diluvio de flores y el aplauso de los presentes. El norteamericano apartó a un lado a los que le aclamaban y clavó a un poste un cartel que indicaba «Despacio» a los demás vehículos. Luego se enderezó el casco, regresó al jeep y partió, abriéndose paso a bocinazos. Los demás norteamericanos aparecían igualmente indiferentes y miraban a los prisioneros fríamente, aun cuando a veces les arrojaban algunos paquetes de cigarrillos. No podía decirse que actuaran con arrogancia, pero su comportamiento mostraba un desdén mal disimulado, ante el espectáculo que ofrecían aquellos míseros desvalidos. O tal vez, pensó Nowakowski, ya estaban cansados de todo.

Sólo un grupo de fotógrafos manifestó algún interés, y dijeron a los depauperados prisioneros que regresaran al cercano campo de concentración para que pudieran tomarles fotografías detrás de las alambradas. Algunos chiquillos lloraban aterrados cuando les pedían que entrasen de nuevo por aquella puerta.

En las ciudades, turbas de trabajadores forzados vagaban por las calles en busca de venganza. Rumanos descalzos vaciaban en las aceras barrilillos de mermelada, al tiempo que iracundas mujeres rompían las vitrinas de los comercios y esparcían las mercancías por la calle.

Un guardia de las SS fue arrastrado fuera de un garaje, donde se había refugiado herido, y fue pisoteado hasta que quedó muerto. Los prisioneros, en gran número, pisoteaban el cuerpo del enemigo, a pesar de que sus fuerzas eran escasas. Nowakowski sintió deseos de gritar: «¡Sacadle los ojos! ¡Por mi padre torturado, por mis compañeros, por mi ciudad arrasada!», pero las palabras se le trabaron en la garganta, y sólo atinó a reírse histéricamente, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas y pensaba que, al fin y al cabo, aún estaba vivo.

Una patrulla norteamericana lanzó una descarga sobre las cabezas del enardecido grupo, tocó la bocina en señal de reprobación, y siguió su camino. Era una escena de pesadilla. Ante una tienda, Nowakowski vio a dos franceses borrachos que se habían metido dentro de un mismo vestido de novia destrozado, y que danzaban penosamente. Una vieja polaca vomitaba sangre sobre la acera, en la que varios chiquillos derramaban el contenido de unos sacos de harina.

Al otro lado del canal, el polaco vio a una turba de antiguos prisioneros trepar a un vagón-tanque del ferrocarril, que transportaba alcohol. Como nadie podía abrir la válvula, alguien se procuró un pico, y pronto surgió del tanque un gran chorro de alcohol. La multitud se acercó aullando, y todos procuraron llenar cazos, sombreros y hasta zapatos. Un checo gritó:

– ¡Cuidado, es alcohol metílico! ¡Es veneno!

Pero nadie le hizo caso.

Un grupo de rusos ató al alcalde de la población a la lápida de una tumba y delante de él rasgaron las vestiduras de su mujer y su hija, dejándolas desnudas. Un ruso de rojizo semblante gritó que esa era la suerte que su mujer había corrido en Khartov, y empujó a varios de sus compatriotas hacia la muchacha. La madre se lanzó al suelo y comenzó a besarle los pies, en señal de súplica.

Se produjo un momento de vacilación. Luego un ruso fornido cogió a la muchacha y la obligó a echarse al suelo. Su padre pugnó enérgicamente por liberarse de su sujeción. Arrancó la lápida de donde estaba enterrada, pero se desplomó muerto de un tiro. Nowakowski observó al ruso que había iniciado todo el episodio. El hombre comenzó a alejarse con las manos en los bolsillos, pero luego se sentó al borde de la carretera y hundió la cara entre las manos, con ademán de desesperación. El tumulto alcanzó tales proporciones que los norteamericanos se vieron obligados a contener a los prisioneros. Nowakowski quedó encerrado en el gimnasio de un antiguo campamento del ejército, junto con otros centenares de revoltosos. Pero la pesadilla continuó bastante tiempo aún. Un grupo de jóvenes polacas cantaba canciones de su tierra, en tanto que unos metros más allá, varios hombres, borrachos hasta la intoxicación, vomitaban en medio de movimientos agónicos. Los que sufrían de diarrea tenían que aliviar sus necesidades en el mismo lugar donde se hallaban, y los vecinos los apartaban a golpes, llenos de irritación.

Un grupo de muchachos encontró un equipo de gimnasia en aparatos, y entonces todos comenzaron a trepar por las cuerdas y a columpiarse en los trapecios como si estuvieran locos. Ni siquiera detuvieron sus contorsiones y alaridos cuando uno de ellos cayó sobre un montón de hierro viejo, y tras unos instantes de lamentarse, dejó de existir.

Hacia media noche la situación se hizo intolerable. Unos cuantos hombres arremetieron contra el lugar donde dormían numerosas mujeres polacas y ucranianas. Nowakowsky oyó una serie de gritos, risas, maldiciones y lamentos ahogados. Se oía la voz de un hombre que decía una y otra vez:

– ¡Pero si no puedo, no puedo!

Un italiano enloquecido por el alcohol sufrió un ataque. Como una fiera pasó sobre los durmientes, rugiendo desaforadamente, Cuando llegó a la pared empezó a darse golpes contra la misma, hasta que tropezó contra el radiador. Entonces se desplomó sobre el suelo y quedó inmóvil.

Al amanecer, los norteamericanos abrieron el gimnasio e hicieron salir a los franceses, holandeses, belgas, luxemburgueses y checos, para llevarlos a los alojamientos de oficiales. Esto provocó una serie de lamentos indignados de los que quedaban, que comenzaron a maldecir a los norteamericanos y al día de la liberación.

– ¡También nosotros somos aliados! -gritaba lleno de cólera un italiano.

Una ola de histerismo se extendió por la gran estancia. Una ucraniana sospechaba que una polaca le había robado su peine y se lanzó sobre esta última, que, a su vez, comenzó a gritar pidiendo ayuda a los demás polacos.

– ¡Matad a los ucranianos! -se oyó gritar.

Mas de improviso se dejó oír la potente llamada de atención de los altavoces, en cinco idiomas, anunciando que se iba a proceder a inspeccionar el lugar. A las ocho, varios oficiales norteamericanos observaron desde la puerta, y aterrados, se retiraron rápidamente. Luego ordenaron que sacaran a todos los niños. Entre los reclusos se extendió el rumor de que las mujeres judías estaban siendo alojadas en casitas, y que les daban pan, huevos y chocolate. Uno gritó:

– ¡Toman baños calientes y duermen con los norteamericanos!

– ¡Ya veis cómo esos malditos cuidan de los suyos! -vociferó otro-. ¡El judío siempre ayuda a los de su raza, mientras que a los cristianos los dejan morir como perros!

– ¡Sí, como perros! -corearon un centenar de voces.

– ¡Es porque no somos sucios judíos, como ellos! -gritó una vieja que llevaba una gorra de hombre.

Pero una muchacha replicó, con voz airada:

– ¡Eso es porque a nosotras nos quemaban en los crematorios, mientras vosotras os entendíais con los granjeros alemanes en los graneros!

De pronto, reinó el silencio. Todos miraron a la chica. Era pequeña y fea, con una cabeza grande, que parecía una calabaza sobre una estaca. Tenía las orejas rojas y salientes. Al fin, gritó:

– ¡Vamos, pegadme!

– Judin -exclamó alguien.

Y de pronto, la turba se lanzó sobre la muchacha. Un anciano, con aspecto de profesor, rodeó a la muchacha con ademán protector, al tiempo que exclamaba:

– ¡No la toquen!

Los frenéticos atacantes hicieron caso omiso de la advertencia, arrojaron a ambos al suelo, y comenzaron a golpearlos. El anciano presentó escasa resistencia. Las mujeres arrancaron a la chica mechones de cabellos y le metieron los dedos en los ojos, al tiempo que vociferaban:

– ¡Esto es por el chocolate! ¡Esto es por lo de los alemanes en el granero, sucia judía!

El defensor de la muchacha no tardó en quedar inmóvil, con los miembros inertes.

– ¡Cielos! -exclamó una mujer-. ¡Están muertos!

Las mujeres se apartaron rápidamente. Dos rusos lavaron la sangre que cubría el rostro de las víctimas, y las arrojaron encima de un montón de cadáveres.

El altavoz volvió a dejarse oír, exhortando a los reclusos a que tuvieran paciencia. No tardarían en llevarles alimentos, y se los trasladaría a otros alojamientos. Al cabo de algunos minutos, en efecto, comenzaron a distribuir platos de sopa caliente y trozos de pan blanco. Durante las horas siguientes, los asombrados prisioneros presenciaron una increíble transformación: se procedió a limpiar el gimnasio y, después de hacerlos duchar, les entregaron ropas limpias.

Los reclusos formaban filas para recibir paquetes de comida de un sargento, que se las arreglaba para desempeñar su misión mientras leía una revista de historietas. Todos se aproximaban a la mesa como si ésta fuera un altar. La expresión salvaje había desaparecido ya del semblante de los niños, y los adultos sonreían. Todo pareció sencillo y fácil. El altavoz difundía una canción que decía:

«I love you, I love you, I love you…»

Pero el milagro norteamericano aún no había concluido. Poco más tarde llegaron varios camiones con cuatro capillas portátiles que se instalaron en el campo de fútbol del gimnasio, y al cabo de media hora celebraron servicios religiosos de los respectivos cultos, un sacerdote católico, otro ortodoxo, un pastor protestante y un rabino judío. Al concluir los correspondientes himnos sagrados, los altavoces se dejaron oír por todos los alrededores:

– ¡Aleluya! ¡El Señor ha vencido, y el espíritu de la injusticia ha quedado reducido a polvo y cenizas! ¡Aleluya! Las cadenas que aherrojaban las muñecas de los justos se han roto, y el incienso del Sacrificio Divino se eleva hacia los cielos…

Se distribuyeron octavillas donde estaba impresa la plegaria completa, y Nowakowski guardó algunas como recuerdo de aquellos momentos.

2

A las dos de la tarde del 23 de abril, el presidente Truman celebró una importante conferencia con sus principales consejeros militares y diplomáticos: Stimson, Forrestal, Leahy, Marshall King y Stettinius. También se hallaba presente el secretario ayudante de Estado, James Dunn, así como tres expertos en asuntos soviéticos que acababan de regresar de Moscú: Harriman, Bohlen y el general Deane.

Stettinius informó que Molotov, que debía entrevistarse con el presidente pocas horas después, se mostraba intransigente acerca de la cuestión polaca, y seguía exigiendo un puesto para el Gobierno de Lublin en la Conferencia de San Francisco.

– Nuestros acuerdos con la Unión Soviética han ido hasta ahora en una sola dirección, y esto no puede seguir así -dijo Truman, resueltamente-. O ahora, o nunca. Pienso ir con algunos planes a San Francisco, y si los rusos no se deciden a unirse a nosotros, bien pueden irse al infierno.

Luego Truman pidió la opinión de cada uno de los presentes. Stimson admitió que no estaba muy al corriente del problema, pero declaró que no le parecía aconsejable una política excesivamente enérgica.

– Eso me preocupa… En mi opinión debemos tener gran cuidado, y sería prudente que intentáramos suavizar la situación, en lugar de chocar directamente.

– No es éste un incidente aislado -contestó Forrestal-, sino uno de los que caracterizan la acción unilateral por parte de Rusia. Los soviéticos han adoptado actitudes semejantes en Bulgaria, Rumania, Hungría y Grecia, y creo que es hora de enfrentarnos con la situación.

– Lo que verdaderamente importa es si vamos a servir de colaboradores en el programa soviético de dominación de Polonia -declaró Harriman-. Es evidente que nos hallamos enfrentados con la posibilidad de una ruptura con los rusos, pero creo que actuando adecuadamente, aún es posible evitar dicha circunstancia.

– No tengo intención de entregar un ultimátum al señor Molotov -aseguró Truman, y dijo que sólo quería poner en claro la posición del Gobierno de Estados Unidos.

Stimson aún se mostraba preocupado por la actitud del presidente.

– Me gustaría saber hasta dónde llegaría la reacción de los rusos ante una enérgica postura nuestra, respecto al asunto de Polonia -declaró.

Pensó luego para sus adentros que era necesario contener a gentes como Forrestal y Harriman, quienes evidentemente se sentían cada vez más irritados contra los rusos. En cuanto a Truman, lo sentía por él, que había heredado una situación poco halagüeña, y que tal vez se viese impulsado a tomar decisiones apresuradas.

– Tengo la impresión de que tal vez los rusos se muestren más acertados en lo que concierne a su seguridad, que nosotros con la nuestra -declaró en seguida-, y lamentaría que este incidente proyectase una sombra sobre las relaciones de ambos países.

– Espero que se presente el asunto a los rusos de manera que no se les cierre la puerta a un arreglo posterior -dijo-. Abandoné Yalta con la impresión de que el Gobierno soviético no tenía intenciones de permitir que un Gobierno libre mandase en Polonia. Lo sorprendente habría sido que el Gobierno soviético hubiese actuado de forma diferente. El acuerdo de Yalta puede interpretarse de dos formas, y la ruptura con los rusos es un asunto bastante serio. Pero debemos decirles que apoyaremos una Polonia libre e independiente.

Por fin, Marshall sacó a colación lo que estaba en la mente de todos.

– Tengo esperanzas de contar con la participación soviética en la guerra contra el Japón, y en un momento en que nos resulte de utilidad, pues los rusos tienen la posibilidad de demorar su entrada en el conflicto del Lejano Oriente hasta que nosotros hayamos hecho el trabajo más pesado.

A semejanza de Leahy y Stimson, Marshall afirmó igualmente que la posibilidad de una desavenencia con Rusia era algo muy peligroso.

Después de haber escuchado a todos, Truman dijo haberse formado ya una opinión, y aseguró que a su entender la actitud más aconsejable era la de Forrestal y Harriman.

– Pienso decir a Molotov -manifestó el presidente- que esperamos que Rusia cumpla con las decisiones de Yalta, del mismo modo que lo hacemos nosotros.

A las cinco y media llegó Molotov en compañía del embajador Gromyko y del intérprete, M. Pavlov. Stettinius, Harriman y Leahy se quedaron con el presidente, lo mismo que Bohlen, que iba a actuar como intérprete de Truman. Después de saludar a los recién llegados, Truman manifestó:

– Lamento saber que no se ha hecho progreso alguno a fin de resolver el problema polaco.

Sus modales, directos y decididos, debieron causar inquietud a los rusos, acostumbrados como estaban a la actitud suave y persuasiva de Roosevelt. Prosiguió diciendo Truman que Estados Unidos estaban decididos a seguir adelante con los planes para establecer una organización de Naciones Unidas, a pesar de las dificultades que pudieran hallar en el camino. Pero de no llegarse a un acuerdo sobre Polonia, era difícil, afirmó, que la colaboración de posguerra tuviese éxito.

– Esto se aplica tanto al aspecto económico como a la colaboración política… Y no tengo esperanzas de lograr estas medidas del Congreso, a menos que sean apoyadas por la opinión pública.

Luego entregó a Molotov una carta que había escrito para Stalin.

«…En opinión del Gobierno de Estados Unidos, la decisión de Crimea acerca de Polonia sólo puede cumplirse si se invita a Moscú a un grupo de representantes genuinos de los dirigentes democráticos polacos, a fin de consultar con ellos… Estados Unidos y Gran Bretaña han hecho cuanto ha estado de su parte para mejorar la situación y para cumplir con las decisiones de Crimea, en el mensaje conjunto que fue enviado al mariscal Stalin el 18 de abril…

»El Gobierno soviético debe comprender que la imposibilidad de proseguir adelante en estos momentos, junto con el significado de la decisión de Crimea acerca de Polonia, dañaría seriamente la confianza en la unidad de los tres Gobiernos, y su determinación a proseguir colaborando en el futuro, como lo han hecho en el pasado.

»Harry Truman.»

Molotov cogió la carta, y dijo con su habitual formulismo rebuscado:

– Espero poder expresar el punto de vista del Gobierno soviético, al afirmar que éste desea la colaboración de Estados Unidos y Gran Bretaña, como anteriormente.

– De acuerdo -replicó Truman-. De lo contrario, no tendría sentido la conversación que estamos sosteniendo.

Algo desconcertado, Molotov prosiguió diciendo que las bases de la colaboración ya estaban implantadas, y que los tres Gobiernos tenían capacidad para hallar un lenguaje común que allanase diferencias. Por otra parte, los tres Gobiernos siempre habían actuado de común acuerdo, sin haberse presentado el caso de que una o dos de las partes hubiesen querido imponer su voluntad a las restantes.

– Todo lo que pedimos -dijo Truman- es que el Gobierno soviético cumpla con las decisiones establecidas en Crimea acerca de Polonia.

La sinceridad del presidente resultaba alentadora, pensó Harriman. Leahy también se mostró favorablemente impresionado ante la actitud de Truman.

Molotov contestó con gesto serio que su Gobierno se atenía a las decisiones de Crimea.

– Es un asunto de honor, para nosotros. Las buenas relaciones del pasado, ofrecen brillantes perspectivas para el porvenir. El Gobierno soviético está convencido de que pueden superarse todas las dificultades.

La voz nasal de Truman volvió a dejarse oír:

– Se ha llegado a un acuerdo acerca de Polonia; ahora sólo hay una cosa que hacer para el mariscal Stalin y consiste en cumplir con el convenio según sus promesas.

Molotov replicó que Stalin había expresado su punto de vista, al respecto, en su mensaje del 7 de abril.

– No puedo creer que si los tres Gobiernos han llegado a coincidir en el asunto del Gobierno yugoslavo, no sea posible aplicar la misma fórmula al caso de Polonia.

– Acerca de Polonia ya se ha establecido un acuerdo -dijo vivamente Truman-. Ahora sólo se necesita que el Gobierno soviético lo cumpla.

Molotov se hallaba visiblemente incómodo. Aseguró que su Gobierno apoyaba los convenios de Yalta.

– Pero no puedo estar de acuerdo en que la revocación de las decisiones por parte de los demás pueda ser considerada como una violación de las mismas por el Gobierno soviético. Es seguro que la cuestión polaca, por tratarse de un país vecino, tiene el mayor interés para el Gobierno soviético.

Truman no quiso desviarse del asunto principal que discutían, y manifestó:

– Estados Unidos están preparados para cumplir lealmente todos los acuerdos estipulados en Yalta, y sólo piden que la Unión Soviética actúe del mismo modo.

Aseguró luego que Estados Unidos deseaba la amistad con Rusia, y añadió:

– Pero entiendo que esto sólo puede lograrse observando mutuamente los acuerdos, y no sobre la base de la conveniencia de una de las partes.

Por vez primera Molotov dio muestras de hallarse irritado, y exclamó:

– ¡Nunca en mi vida me han hablado de semejante forma!

– Cumplan lo convenido -contestó Truman-, y no le volverán a hablar de esa manera.

3

Después de tomar la ciudad de Leipzig, Hodges prosiguió hasta el río Mulder, y se detuvo a esperar la llegada de los rusos. Las fuerzas de Patton también se aproximaban a la zona donde debían detenerse, y el encuentro con el Ejército Rojo se esperaba de un momento a otro. En la mañana del 23 de abril, el sargento Alex Balter, de la 6.ª División Acorazada, estaba llamando por su emisor de radio, en el Canal 4.160:

– Fuerzas americanas aproximándose en el sur de Alemania. ¡Atención, tropas rusas! Esta es la voz de vuestros aliados americanos, que se hallan en Mittweida, esperando el encuentro entre los dos ejércitos.

A las 8'20 de la mañana Baiter repitió el mismo mensaje varias veces. De improviso, una voz rusa comenzó a repetir una y otra vez:

– ¡Bravo, Amerikansky!

Pero la comunicación quedó interrumpida por la interferencia de una emisora alemana de aficionado.

A las 9'30, Baiter, que conocía el ruso, pues su madre era de esa nacionalidad, estableció un segundo contacto con el Ejército Rojo y dio su posición. Mientras preguntaba a los rusos la de ellos, volvió a oírse música alemana, y una voz empezó a lanzar invectivas contra los enemigos de la Patria y los partidarios de los judíos. La interferencia era tan intensa y persistente, que hasta las 13'10, Baiter no volvió a escuchar voces rusas. Esta vez formaban un coro en señal de felicitación. Por fin, una voz masculina inquirió en son de broma:

– ¿Dónde están los alemanes? Parece que todos se quedan a esperarnos hasta que están hambrientos, y luego los condenados se rinden a mansalva.

Los soviéticos se negaron a divulgar su situación, y añadieron: -Nos encaminamos hacia las líneas americanas; den alguna posición mejor que Mittweida.

– Chemnitz -contestó Baiter.

El ruso corrigió la defectuosa pronunciación de Baiter.

– Nuestras fuerzas están intactas -prosiguió diciendo Baiter-. Hemos llegado a nuestro destino. Felicitaciones. Saludamos a nuestros amigos.

– Camaradas y hermanos, mañana. El gran momento llegará mañana. Estad atentos. Será por la mañana. Dios os acompañe, amigos. Mañana, a las ocho. Esperad donde os encontráis, ¡vamos hacia ahí! -contestaron los soviéticos.

Poco después otra voz agregó en ruso:

– Tercer Ejército, Tercer Ejército, nos estamos acercando a vosotros ahora mismo. No podemos decir más, por el momento. Vuestros camaradas rusos no duermen. Estamos trabajando con gran intensidad.

– Americanos, no os preocupéis -interrumpió una voz alemana, sarcásticamente-, vais a encontraros con vuestros amigos, los rufianes rusos.

Cuando Balter informó lleno de agitación a su comandante acerca de estas conversaciones, éste le dijo:

– Baiter, no me estará usted tomando el pelo, ¿verdad?

– Coronel Harris -contestó seriamente el sargento-. Llevo con usted tres años y jamás me he atrevido a tomarle el pelo.

A pesar de las promesas hechas por los rusos a Baiter, al día siguiente ninguna fuerza soviética se presentó para tomar contacto con las tropas de Patton. Las tropas de Hodges aún se hallaban más impacientes. Habían permanecido en las orillas del Mulde durante una semana. Mediada la tarde algunos ansiosos oficiales se ofrecieron para conducir patrullas hacia el este, pero se les advirtió que contuvieran sus impulsos.

Por fin, se consintió al primer teniente Albert Kotzebue, de la Compañía G, 273.° Regimiento de Infantería, 69.ª División, que avanzase con siete jeeps hacia el este del río Mulde. Le informaron que se habían visto varias patrullas rusas recorriendo la estrecha franja situada entre los ríos Mulde y Elba. Si encontraba tropas soviéticas, debería concertar una entrevista entre su comandante y el coronel C. M. Adams, cuyo regimiento había tomado recientemente el monumento de Leipzig. De todos modos, no debía avanzar en ningún caso más allá de los tres kilómetros hacia el este.

El teniente Kotzebue, hijo de un coronel de ascendencia rusa, reunió a treinta y cinco hombres, cruzó el Mulde y se encaminó hacia el Elba. Después de cierto tiempo de viaje se encontró con setenta y cinco alemanes que no tenían más deseo que rendirse. Se hallaban desarmados y les dijeron que se encaminasen hacia la retaguardia. Eran casi las 17'30, cuando Kotzebue llegó al límite que le estaba permitido, la localidad de Kühren.

Kotzebue llamó entonces por radio a «Tryhard», nombre clave de su regimiento, y le ordenaron que explorase otros cinco kilómetros en todas direcciones. No encontró nada, a excepción de algunos soldados alemanes y otros pocos prisioneros de guerra aliados, abandonados por sus guardias, todos los cuales agitaban los brazos y saludaban al paso de la patrulla. En una casa hallaron a un matrimonio y sus dos hijos, postrados sobre la mesa familiar. Se habían envenenado. Kotzebue regresó a Kühren, y como ya había oscurecido, decidió permanecer allí para pasar la noche.

Al día siguiente, 26 de abril, Kotzebue partió temprano con su patrulla hacia el Este. Le habían dicho que entrase en contacto con los rusos, y estaba decidido a hacerlo. Aunque tenía orden de no pasar de los cinco kilómetros, siguió hacia el Elba a través de una zona que aparecía cubierta de colinas, dejándose llevar por la tentación de seguir hasta otro promontorio, cada vez que coronaba uno más. Procuró viajar siempre alejado del vehículo que portaba el aparato de radio, pues temía que le ordenasen regresar.

En el bunker de la Cancillería, Heinz Lorenz, de la agencia oficial alemana de noticias, estaba informando a Hitler que acababa de captar un comunicado según el cual los rusos y los americanos se habían encontrado a orillas del río Mulde. Se originaron algunos conflictos en relación con los sectores a ocupar por las tropas de ambas potencias, y los rusos acusaron a los americanos de infringir los acuerdos de Yalta.

Hitler escuchaba erguido, con los ojos relucientes. Luego se recostó en su silla y dijo:

– Señores, ésta es una prueba evidente de la desunión que reina entre nuestros enemigos. ¿No me tacharía el pueblo alemán, y la Historia, de criminal, si firmase la paz ahora, cuando aún hay posibilidades de que mañana estalle entre nuestros enemigos un grave conflicto?

El Führer pareció tratar de reunir fuerzas antes de proseguir hablando.

– ¿Acaso no es posible que a cada día, sí, incluso a cada hora, llegue a originarse la guerra entre los bolcheviques y los anglosajones por causa de su presa, Alemania?

Luego Hitler se volvió hacia Krebs y le hizo un ademán casi imperceptible. El jefe del Estado Mayor del Ejército comenzó a dar su informe, pero se vio interrumpido dos veces por Hitler, quien le preguntó sucesivamente dónde se hallaba Wenck, y si el Tercer Ejército de Manteuffel hacía algún progreso. A ambas preguntas Krebs se limitó a contestar, con aire contrito:

– No hay informes.

A las diez y media de la mañana el teniente Kotzebue se hallaba a mitad de camino entre los ríos Mulde y Elba. Continuó avanzando entonces por una carretera polvorienta de segundo orden. Una hora más tarde su pequeña fuerza llegó a un punto situado a sólo kilómetro y medio del río Elba. De pronto los americanos vieron un jinete con sombrero de pieles. Kotzebue, lleno de excitación, procuró darle caza, y al fin logró arrinconarle con su vehículo. Era un jinete de la caballería rusa, que le observó recelosamente. A través de un intérprete Kotzebue le preguntó dónde se hallaba su comandante. El ruso se limitó a señalar con el brazo en dirección al Este.

Al cabo de unos minutos los americanos se hallaban en el Elba. Siguiendo corriente arriba dos kilómetros, llegaron al pueblo de Strehla, que parecía abandonado. Kotzebue vio los restos de un puente hundido a medias en la corriente. Al otro lado del río se veían varias figuras moviéndose. Ordenó a su patrulla que se detuviese y observó a través de sus prismáticos. Por la hechura de los uniformes y el brillo de las condecoraciones, Kotzebue dedujo que eran soldados rusos. Miró su reloj. Eran exactamente las 12'05 del mediodía.

Trató Kotzebue de establecer contacto por radio con los soviéticos. Como no lo consiguiese, ordenó a su conductor, Edward Ruff, que lanzase la señal de reconocimiento entre los rusos y los americanos. Ruff lanzó dos bengalas verdes por medio del mecanismo de su fusil. Por curioso que pudiera parecer, los soldados que había al otro lado del río sólo se aproximaron a la orilla y se quedaron mirando. Kotzebue gritó entonces:

– Amerikansky!

Pero no obtuvo respuesta alguna. Decidió entonces cruzar al otro lado de algún modo. Vio cuatro botes amarrados juntos, cerca de la orilla, y embarcó en uno de ellos en compañía de Ruff y de John Wheeler, un servidor de ametralladora; Larry Hamlin, fusilero; Stephen Kowalski, sanitario que hablaba ruso, y Joseph Polowky, fusilero que dominaba el alemán.

Comenzaron a cruzar el río remando con trozos de tablas y con la culata de los fusiles. La corriente era rápida, pero al fin llegaron al extremo del pontón que sobresalía en la orilla opuesta. Cuando los americanos salían de su embarcación, tres rusos se acercaron a ellos cautelosamente, bajando por el talud de la orilla. Kotzebue se identificó y dijo que le gustaría que se celebrase una entrevista entre los comandantes ruso y americano lo antes posible. Sólo entonces los soviéticos reaccionaron, y deshaciéndose en sonrisas comenzaron a dar palmadas en la espalda, llenos de entusiasmo, a los americanos.

Mientras un periodista se dedicaba a tomar fotografías, se acercó en un coche un oficial con el pecho constelado de medallas. Era el teniente coronel Alexander T. Gardiev, del 175.° Regimiento de Fusileros, el cual devolvió el saludo de Kotzebue con un apretón de manos, asegurando que aquél era un momento histórico para ambos países. Kotzebue se mostró de acuerdo con él. Un rechoncho oficial de enlace se acercó en ese momento y dijo a los americanos que regresaran a la otra orilla con un fotógrafo soviético y que volviesen a cruzar el Elba corriente arriba, con el fin de encontrarse con el comandante de la 58.ª División de Infantería soviética.

El grupo volvió a subir a la embarcación y comenzó a remar con todas sus fuerzas, pero la intensidad de la corriente les llevó corriente abajo. En la orilla occidental del río, los jeeps americanos siguieron lentamente al endeble bote, hasta que éste llegó al fin a la orilla.

Se dirigieron todos hacia un transbordador rudimentario, y a las 13'30, Kotzebue escribió el siguiente mensaje para enviar al comandante de su regimiento:

A Com. «Tryhard».

»Misión cumplida. Estableciendo acuerdos para una entrevista entre Coms. Situación actual (87-17). No hay bajas.»

Desembarcaron en la orilla oriental del Elba, y cuando los fotógrafos les estaban tomando unas instantáneas, Kotzebue oyó que alguien decía en inglés:

– ¡Cielos, si son americanos!

Miró a su alrededor y vio a tres prisioneros liberados, dos norteamericanos y un escocés, que gesticulaban llenos de júbilo. A pesar de la oposición de los rusos, Kotzebue insistió en que los tres hombres se unieran a sus tropas. Se envió entonces el grupo americano hasta el puesto de mando del regimiento ruso, que se hallaba instalado en una granja, donde ya habían puesto la mesa para celebrar un banquete. Kotzebue se quitó las botas y los calcetines, que tenía totalmente empapados, y al instante comenzó la celebración del histórico momento.

Al iniciarse los primeros brindis se presentó el general de división Vladimir Rusakov. El comandante de la 58.ª División se mostró reservado, y no pareció complacerle tener que sentarse junto a un teniente americano de veintiún años, que además iba descalzo. Se hicieron más brindis a la salud de Roosevelt, Truman, Churchill y Stalin, y por fin Rusakov se marchó, con lo que la celebración adquirió un tono de mayor familiaridad. Tanta fue ésta, que un americano de raza india se lanzó sobre una rusa de la policía militar, de atractivo aspecto, y sólo después de que Kotzebue hubo propinado un fuerte porrazo al vehemente soldado, la muchacha se vio libre del acoso.

El mensaje de Kotzebue tardó casi dos horas en llegar al puesto de mando del regimiento. Cuando el coronel Adams lo leyó, se dio cuenta de que Kotzebue había violado las órdenes recibidas, en su impaciencia por establecer contacto con los rusos. Lleno de aprensión, el coronel informó al general de división Emil F. Reinhardt, el cual se mostró sumamente irritado. Sus superiores le habían ordenado explícitamente no enviar patrullas más allá de ocho kilómetros al este del río Mulde, so pena de que se produjesen incidentes desagradables, y Kotzebue había avanzado al menos cuarenta kilómetros.

Reinhardt quiso confirmar la certeza del encuentro antes de informar a sus superiores, quienes seguramente se mostrarían tan disgustados como él con la acción de Kotzebue. En consecuencia, ordenó el más estricto secreto para que nada trascendiese a la Prensa, y envió a su oficial de operaciones a que volase en avión sobre el lugar del encuentro, para confirmar lo ocurrido. Sin embargo, la posición dada por Kotzebue a Adams era incorrecta, y éste se dirigió a ocho kilómetros al sur del punto exacto. A las cuatro, Adams recibió un segundo mensaje de Kotzebue, que decía:

«Acuerdos aún incompletos. Comunicaré con usted más tarde.»

Adams no sabía que otra patrulla de su regimiento, con órdenes de dedicarse sólo a recoger fugitivos, había llegado igualmente a orillas del Elba. Poco después del mediodía, el segundo teniente William Robertson, oficial de inteligencia del Primer Batallón -un hombre bajo, de aspecto reposado-, llegó a Torgau, que se hallaba treinta kilómetros al norte del punto por donde cruzó Kotzebue la primera vez.

Acababa de recoger a dos prisioneros americanos, liberados recientemente del campamento cercano, cuando una descarga infernal de armas ligeras se desató desde la orilla opuesta del río. Robertson corrió hacia una droguería donde halló pinturas roja y azul, así como una tela blanca. Pintó entonces una rudimentaria bandera americana, y trepó con ella hasta la torre del castillo de la ciudad, dejando la enseña colgada del muro. Debajo alcanzaba a ver un puente semihundido, como un juguete destrozado. Agitó los brazos y gritó:

– ¡Alto el fuego! Tovarisch! American! Amerikansky! ¡Rusia, América! Kamerad!

Se dio cuenta en seguida de que había cometido un error con la última palabra, que era alemana, y al momento añadió:

– ¿Ninguno de ustedes habla inglés?

Cesó el fuego al momento y vio a varios hombres que salían de las ruinas, al otro lado del Elba. Se le ocurrió pensar que podían haber disparado por la fuerza de la costumbre, ya que ninguna oposición había desde la orilla donde él estaba. Uno de los americanos liberados, el alférez Peck, se unió a Robertson en la torre, y cuando sacó la cabeza se produjo otra descarga cerrada. Los gritos y ademanes de Robertson volvieron a detener los disparos, y de la orilla opuesta surgió una bengala verde, seguida de otra, poco después: era la señal de reconocimiento. Robertson ordenó entonces a dos de sus hombres que trajeran un prisionero ruso del cercano campamento de internados de guerra.

Siguió Robertson lanzando gritos para apaciguar a los rusos de la otra orilla, y exhortándoles a que cruzasen el río. Como nadie lo hiciera, Robertson se disculpó diciendo que no tenía bengalas, pensando que el no haber él contestado era motivo de la desconfianza de los soviéticos. A las 15'20, los rusos comenzaron de nuevo a disparar, y una granada antitanque casi hirió a Robertson. En medio del fuego llegó el prisionero ruso y empezó a lanzar gritos a sus compatriotas. Varios soldados del Ejército Rojo se dirigieron hacia el puente semihundido, en tanto que Robertson y los demás corrían desde la torre por la calle abajo. El prisionero ruso tomó la delantera y trepó penosamente por las retorcidas vigas del puente que conducía al otro lado. Detrás de él iban Robertson y Peck. En la orilla oriental, los soldados soviéticos esperaban cerca del otro extremo del puente, pero uno de ellos comenzó a avanzar por las ruinas para ir al encuentro del grupo de Robertson.

Este soldado y el exprisionero soviético se encontraron cerca de la orilla oriental. Después de cambiar los primeros alborozados saludos, siguieron avanzando hacia donde habían quedado los demás soviéticos. Robertson continuó arrastrándose cautelosamente hacia el otro lado. De pronto se vio frente a un soldado ruso. No se le ocurrió nada apropiado en aquel momento, y se limitó a hacerle un gesto amistoso y a darle unos golpecitos en el hombro.

A las cinco y media de la tarde, cuando aun ignoraba el segundo encuentro que había tenido lugar en Torgau, Adams envió por radio el siguiente mensaje a Kotzebue:

«Mantenga en suspenso acuerdos para una entrevista hasta que reciba más órdenes. Informe por correo, no por radio, magnitud e identidad de la unidad rusa, así como hora, lugar del contacto y tipo de comunicación que los rusos tienen con su cuartel general más cercano. Mantenga contacto con nosotros e infórmenos de cualquier movimiento.»

El siguiente mensaje que recibió Adams no procedía de Kotzebue, sino del comandante Fred Craig, oficial de su Segundo Batallón, y decía:

«He encontrado al teniente Kotzebue, que se halla en contacto con los rusos.»

Adams se mostró totalmente desconcertado. ¿Acaso Craig había llegado también hasta el Elba, o tal vez se refería a un contacto por radio? Aquello era para volverse loco.

Otras dos patrullas habían sido enviadas anteriormente con la misma misión que la de Kotzebue, y con la advertencia correspondiente de no avanzar más de ocho kilómetros hacia el Este. Una de éstas era la del comandante Craig, integrada por cuatro oficiales y cuarenta y siete hombres. A semejanza de Kotzebue, Craig había investigado cada vez más hacia el Este, a pesar de los dos mensajes radiados de Adams ordenándole que se detuviera. A las quince horas se encontró con el jeep de comunicaciones perteneciente al grupo de Kotzebue, y se enteró de que se había establecido el primer contacto con los soviéticos.

Craig decidió seguir avanzando hacia el Este. De pronto, por una carretera paralela que corría a la derecha, Craig vio una fila de soldados de caballería que sobre sus monturas se dirigían hacia el Oeste. Los americanos se detuvieron en medio de una nube de polvo y gritaron unánimemente:

– ¡Son rusos!

Los jinetes, que iban acompañados por algunos ciclistas y motoristas, al ver a los americanos comenzaron a galopar rápidamente hacia ellos. El soldado americano Igor Belousevitch, nacido en China, de padres rusos, extrajo su aparato fotográfico y tomó una instantánea de la escena. El primero en llegar fue un ciclista ruso. Pedaleó frenéticamente hasta donde estaban los americanos, y poco antes de llegar a ellos cayó al suelo. En seguida se levantó, se acercó al grupo, y sonriendo les tendió la mano. Eran las 16'45.

Se aproximaron los jinetes como en una escena del Oeste, lanzando gritos de «Amerikansky!» y «Russky!». Belousevitch se dirigió hacia un teniente del Ejército Rojo y le dijo en ruso:

– Le saludo en nombre del Ejército de Estados Unidos y de nuestros comandantes, en esta histórica ocasión. Para mí es un privilegio y un honor hallarme aquí.

– La ocasión es histórica -contestó el soviético, como si se preparase a decir un discurso-. Es el momento por el cual nuestros dos ejércitos han estado luchando. También me siento honrado de encontrarme aquí, y me alegra que haya sido en este lugar. Es un momento que pasará a la historia.

Mientras se tomaban fotografías y se intercambiaban cigarrillos, un americano saltó sobre un caballo y cabalgó diestramente unos instantes, como un vaquero. El teniente soviético declaró que tenía que continuar con su misión, y Craig decidió seguir hasta el Elba. En la orilla opuesta le recibió un general soviético, bajo y robusto. Era Rusakov. Belousevitch saludó, identificó a la patrulla y presentó a Craig.

Rusakov dijo astutamente:

– Enséñenme sus documentos y le mostraré los míos.

Craig le entregó su tarjeta de identificación. Intrigado por la insignia de división de Belousevitch, Rusakov inquirió:

– ¿Qué es eso?

– Es el distintivo de la 69.ª División -dijo Belousevitch, señalando el seis y el nueve entrelazados. El general sonrió levemente.

A las veinte horas el coronel Adams, aún desconcertado, se preguntaba si Craig habría entrado realmente en contacto con la patrulla de Kotzebue. Por otra parte, aún no sabía nada del encuentro de Robertson con los rusos en Torgau. Robertson se dirigía en ese momento en su jeep al puesto de mando del Primer Batallón, en compañía de cuatro rusos. El comandante Víctor Conley, que mandaba el batallón, se hallaba en ese momento fuera del edificio, y se figuró que Robertson traía con él un hatajo de fugitivos polacos o rusos. Estaba a punto de mandar al demonio a Robertson, cuando éste le presentó a tres oficiales y un suboficial del Ejército Rojo.

Al principio Conley no pudo dar crédito a lo que veía. Se sintió anonadado, y su primer impulso fue dar a los soviéticos una botella de whisky, pensando en enviarles de vuelta con una palmadita en la espalda y un «me alegro de conocerles». Pero luego recapacitó y llamó al coronel Adams para decirle que tenía allí a cuatro representantes del Ejército Rojo, y que le indicase lo que debía hacer con ellos.

– ¡Cielos! -exclamó Adams.

Pasado el primer momento de asombro, el coronel ordenó que los enviasen al puesto de mando del regimiento. Eran casi las nueve de la noche cuando el grupo entró en el comando, que estaba revolucionado por la noticia.

En cuanto Reinhardt se enteró de que los americanos habían regresado con cuatro rusos, estalló en invectivas. El había ordenado que no avanzasen más de ocho kilómetros. Algo andaba mal, cuando un oficial no sabía distinguir ocho kilómetros de cuarenta. Por consiguiente ordenó que todos los encartados en el asunto, incluso los rusos, se presentasen en su cuartel general, con el fin de interrogarles personalmente.

Adams llamó a continuación a su comandante de Cuerpo, el general Huebner, que era tan iracundo como Reinhardt. El exaltado Huebner se puso en comunicación con Courtney Hodges, quien a su vez llamó a Bradley. Este recibió la noticia con calma.

– Gracias, Courtney, gracias por el informe -manifestó-. Lo esperábamos desde hacía mucho tiempo. Sin duda los rusos han demostrado una gran tranquilidad, al cubrir tan despacio esos ciento veinte kilómetros desde el Oder.

Luego Bradley cortó la comunicación, abrió una botella de refresco, y trazó un círculo alrededor de Torgau, en el mapa que pendía sobre la pared.

4

En Washington, el embajador Winat estaba informando a Truman, después de la comida, de que Churchill quería hablarle por la línea trasatlántica acerca de una oferta que Himmler le había sometido a través del Gobierno sueco, con el fin de rendir a todas las fuerzas germanas en el frente occidental. El presidente llamó por teléfono a Marshall, el cual sugirió que se recibiese la llamada en el centro de comunicaciones del Pentágono.

El general de división John E. Hull, jefe de la Sección de Operaciones de Marshall, dio las órdenes necesarias y llamó por teléfono a Joseph Grew, en el Departamento de Estado, para obtener algunos informes, pero no pudo enterarse de nada más. Sin embargo, en otra parte del mismo edificio, se estaba descifrando un telegrama en clave de H. V. Johnson, perteneciente al personal diplomático de la Embajada de Estados Unidos en Suecia. Poco después se reunieron en el Pentágono Truman, Leahy, Marshall, King, Hull y el coronel Richard Park, y a las 14,10 se oyó decir a Churchill:

– ¿Es usted, señor presidente?

– Habla el presidente, señor primer ministro -contestó Truman.

– Cuánto me alegra oírle.

– Muy agradecido. También me alegra escucharle a usted.

– He llamado varias veces a Franklin, pero… ¿Ha recibido el informe de su Embajada en Estocolmo?

Churchill añadió que él a su vez tenía en su poder una detallada relación de sir Víctor Maller, embajador británico en Suecia, e imaginaba que Truman habría recibido otro similar de Johnson. Truman supuso que se refería al informe de Winat, sin saber que Grew salía en esos momentos del Departamento de Estado con un mensaje cifrado del embajador Johnson. Por consiguiente contestó:

– Sí, lo he recibido.

– ¿Acerca de esa propuesta?

– Sí. Tengo un breve telegrama (el de Winat) en el que se menciona tal propuesta.

– Claro, claro -replicó Churchill, creyendo siempre que Truman se refería al mensaje de Johnson-. Nos ha parecido muy conveniente.

– ¿Y qué piensa rendir (Himmler)?

Desconcertado ante la aparente falta de comprensión de Truman, Churchill dijo que se hablaba de Italia y Yugoslavia, así como del frente Occidental.

– …Pero él (Himmler) no habló de armisticio en el Frente Oriental, de modo que hemos pensado que será necesario hablar con Stalin. Eso quiere decir, desde luego, que a nuestro entender la rendición debe ser simultánea.

Si Churchill se mostraba un tanto impreciso, Truman no lo fue en absoluto.

– Considero que debe obligársele a que se rinda a los Gobiernos: Rusia, ustedes, y Estados Unidos. Creo que ni debe pensarse en un armisticio parcial.

– Claro, desde luego -contestó Churchill, rápidamente-. Nada de armisticios parciales, para un hombre como Himmler. Este puede hablar por el Estado alemán como pocos pueden hacerlo. Por consiguiente, creemos que sus negociaciones deben llevarse a cabo con los tres Gobiernos.

– Eso es. Así es justamente como yo pienso.

Por fin Truman comprendió que ambos se estaban refiriendo a dos mensajes distintos y dijo:

– Aun no he recibido el telegrama de Estocolmo. El informe que usted me da ahora es el único que tengo hasta el momento sobre el asunto, a excepción de haberme dicho que su conversación iba a referirse a un mensaje que había recibido usted de Estocolmo.

– Comprendo -replicó Churchill, y leyó el telegrama que le habían enviado desde la capital de Suecia, diciendo que era su obligación hablar a Stalin acerca de la oferta que les hacia Himmler.

– Eso creo yo también -contestó Truman-. ¿Ha notificado ya a Stalin?

– Quise detener el asunto un par de horas, en espera de obtener una respuesta al telegrama que yo le envié.

Dicho telegrama aún estaba en curso de expedición,, pero Grew ya se estaba aproximando al Pentágono con el mensaje de Johnson.

– Pero hace unos momentos despaché el telegrama de Stalin. Decía así…

Truman no se preocupó por el hecho de que Churchill hubiese actuado por cuenta propia, y le interrumpió diciendo: -Está bien, usted informa a Stalin y yo le hago saber inmediatamente acerca de esta conversación que ambos hemos sostenido.

– Muy bien. Esto es lo que le digo a Stalin: «El telegrama que sigue lo he recibido del embajador de Suecia. El presidente de Estados Unidos también está al corriente.» Supongo que habrá recibido el suyo ¿verdad?

– No, aún no me ha llegado -contestó Truman.

Churchill prosiguió citando el mensaje enviado a Stalin:

– «Por lo que al Gobierno de Su Majestad se refiere, no hay inconveniente en formalizar una rendición incondicional simultánea ante las Tres Grandes Potencias.»

– Estoy plenamente de acuerdo con eso.

– …«Considerando que debe hacerse saber a Himmler que las fuerzas alemanas, bien individualmente o por unidades, deben rendirse a las tropas aliadas o a sus representantes, en el lugar que se encuentren. Hasta que esto ocurra, el ataque de los Aliados en los frentes donde continúe la resistencia proseguirá con el mayor vigor.» Lo envié hace algunos minutos -prosiguió diciendo Churchill-. E iba a mandárselo a usted con mi telegrama. He reunido al Gabinete de Guerra, y han aprobado el mensaje que le acabo de leer.

– También yo lo apruebo.

– ¿El que le mandé a Stalin?

– En efecto. Y yo voy a enviar otro a Stalin, inmediatamente por el mismo tenor.

– Muchas gracias. Es justamente lo que yo deseaba -replicó Churchill.

Sin embargo, uno al menos de los que se hallaban escuchando junto al presidente americano, el general Hull, sintió sus dudas sobre la veracidad de lo que decía el primer ministro. A su entender, Churchill estaba tratando de sondear a Truman acerca de un posible trato con Himmler a espaldas de los rusos.

– Estoy muy satisfecho -añadió Churchill-. Tengo la seguridad de que continuaremos de acuerdo, y espero que Stalin nos conteste en seguida diciendo: «También estoy de acuerdo.» En tal caso, podremos autorizar a nuestros representantes en Estocolmo, para que informen a Bernadotte del resultado obtenido. Porque nada puede hacerse hasta que no hayamos llegado los tres a un entendimiento.

– Perfectamente.

– De nuevo, muy agradecido.

– Gracias a usted -contestó el presidente.

– ¿Recuerda esos discursos que pensamos hacer sobre la reunión en Europa?

Truman se mostró algo desconcertado.

– Creo que no comprendo sus últimas palabras, señor primer ministro -declaró.

– Me refiero al discurso, a las declaraciones escritas. Pues bien, pienso que debemos dejarlo todo hasta que se lleve a cabo la reunión.

– Sí, creo que tiene razón en eso -replicó Truman, comprendiendo al fin-. Me parece bien… Espero poder verle dentro de poco.

– Estoy planeando lo mismo. Le enviaré algunos telegramas al respecto bastante pronto. Estoy plenamente de acuerdo con su actuación en el asunto polaco. Creo que avanzamos los dos por el mismo camino.

– Deseo continuar de igual modo -aseguró Truman.

– En realidad, estoy siguiendo sus pasos, y le respaldaré en todo lo que haga en este sentido.

– Muchas gracias. Buenas noches.

A las ocho de la noche, el presidente de Estados Unidos comenzó su alocución radiada a los delegados que asistían a la sesión de apertura de la Conferencia de las Naciones Unidas, que se celebraba en San Francisco.

Aseguró que nunca había sido tan necesaria una reunión, como lo era aquélla, y añadió:

– Ustedes, los miembros de esta conferencia, van a ser los arquitectos de un mundo mejor. En sus manos descansa el futuro, y por la labor que desarrollen en esta conferencia, sabremos si la doliente Humanidad va a conseguir una paz duradera y justa…»Esta conferencia dedicará sus energías únicamente al problema de establecer la organización que sirva para mantener la paz. Son ustedes los que deben escribir su carta fundamental.

»La esencia de nuestro problema consiste en suministrar un instrumento apropiado para allanar las disputas que surjan entre las naciones.

»Debemos construir un mundo nuevo, un mundo mucho mejor, en el que se respete la dignidad del hombre…»

Dos días más tarde, los Tres Grandes anunciaron simultáneamente que los ejércitos norteamericano y ruso se habían encontrado en el frente, y el mundo se vio pronto inundado con los detalles del encuentro del teniente Robertson en Torgau. Cuando él y los tres soldados que le acompañaron en la ocasión, se presentaron ante Eisenhower con la rústica bandera que habían agitado ante los rusos, el comandante supremo de Europa, en la creencia de que eran ellos los que habían establecido el primer contacto con los soviéticos, ascendió inmediatamente un grado a los cuatro.


  1. <a l:href="#_ftnref41">[41]</a> Goetz von Berlichingen era el rudo caballero de la obra de Goethe que ordenó al obispo de Bamberg: "¡Besa mi asno!"

  2. <a l:href="#_ftnref42">[42]</a> Oficial de las guerras napoleónicas que defendió una fortaleza con tal resolución que su nombre se convirtió en el símbolo de la resistencia más tenaz.

  3. <a l:href="#_ftnref43">[43]</a> Varias semanas después Szokoll fue enviado a un campamento de prisioneros de guerra. Consiguió escaparse, pero fue detenido nuevamente, aunque después de tres meses lo soltaron definitivamente. Hoy es productor de cine y su figura sigue suscitando controversias en Viena. Para unos es un héroe y para otros un traidor que vendió la ciudad a los comunistas.

  4. <a l:href="#_ftnref44">[44]</a> Sólo una división fue retirada de Italia y transferida al frente occidental, pero este hecho nada tuvo que ver con las conversaciones.

  5. <a l:href="#_ftnref45">[45]</a> En todos los mensajes se daba a Berna como sede de la histórica entrevista, en lugar de Ascona. Tal vez se hizo esto para engañar a los rusos. El caso es que también se han confundido muchos historiadores.

  6. <a l:href="#_ftnref46">[46]</a> Después de destituir al comandante Berndt por "insubordinación", el coronel Goode le restituyó a su puesto pocos minutos más tarde, y le ordenó que permaneciese en el campamento con los otros dos médicos, a fin de que atendiese a los heridos.

  7. <a l:href="#_ftnref47">[47]</a> Hasta el momento no se ha podido demostrar que estas negociaciones hubieran tenido lugar realmente.

  8. <a l:href="#_ftnref48">[48]</a> La conversación no llegó a concertarse. Schwerin von Krosigh escribió recientemente: "No sé si ello se debió a Goebbels, que no se atrevía a ver a Hitler, o a que éste se negó a hablar conmigo."

  9. <a l:href="#_ftnref49">[49]</a> Más tarde, en el puesto de mando del Tercer Ejército, Patton, en presencia del general Clay, volvió a pedir a Eisenhower que tomase Berlín. Afirmó que podía hacerse en cuarenta y ocho horas. "¿Y a quién le interesa eso?", inquirió Eisenhower. Patton hizo una pausa, colocó ambas manos en los hombros de Eisenhower y dijo: "Creo que la Historia contestará esa pregunta por usted."

  10. <a l:href="#_ftnref50">[50]</a> Alude a la frase de Goethe "Was du ererbt von deinen Vätern hast, erwirb es um es zu besitzen". (Antes de poseer lo que has heredado de tus antepasados, debes saber ganarlo.)

  11. <a l:href="#_ftnref51">[51]</a> Seis días después, Bedell Smith manifestó en una conferencia de Prensa celebrada en el "Hotel Scribe", de París, que Berlín "ya no es importante". Un periodista preguntó si Eisenhower se había detenido en el Elba debido a algún acuerdo con los rusos. "No -contestó Smith-, nuestro único acuerdo con los rusos ha consistido en elegir la zona en que esperamos reunirnos con ellos. En nuestra correspondencia de hace un tiempo -de hace unas siete u ocho semanas, para precisar- convinimos 'con los rusos que nos encontraríamos en la zona de Leipzig-Dresde."Al día siguiente, Drew Pearson escribió en el Washington Post:"Aunque haya negativa oficial, lo cierto es que las patrullas americanas llegaron el trece de abril, un día después de la muerte de Roosevelt, hasta Potsdam, que es a Berlín lo que el Bronx a Nueva York… [pero] al día siguiente se retiraron de los suburbios de Berlín hasta el río Elba, unos ochenta kilómetros al Sur. Esta retirada se ordenó principalmente debido a un acuerdo previo con los rusos por el que éstos ocuparían Berlín."Harry Hopkins escribió una indignada réplica:"Este relato de Drew Pearson es totalmente falso. En Yalta no se estipuló si los rusos deberían entrar primero en Berlín, y jamás se trató de ese asunto. Los jefes de Estado Mayor aliados convinieron con los soviéticos y con Stalin en la estrategia general, que era la de que cada uno avanzase tanto como pudiera."Esto era cierto, pero las siguientes frases de Hopkins revelan una indudable ignorancia acerca de la verdadera situación que reinaba a orillas del Elba."También es falso que el general Bradley se haya detenido en el Elba, a petición de los rusos, con el fin de que éstos puedan entrar los primeros en Berlín. Bradley tuvo una división en disposición de llegar a Potsdam, pero no lo consiguió pues los suministros eran totalmente inadecuados. Todo aquel que está al corriente del asunto sabe que habríamos tomado Berlín de haber podido hacerlo. Ello hubiera sido una gran satisfacción para nosotros, y el que Drew Pearson manifieste ahora que el Presidente estaba de acuerdo en que los rusos tomasen antes Berlín, es un completo absurdo."

  12. <a l:href="#_ftnref52">[52]</a> Churchill también hizo una última petición para que se tomase Berlín, pero Truman reaccionó como antes lo había hecho Roosevelt, es decir, apoyando a Eisenhower.

  13. <a l:href="#_ftnref53">[53]</a> "No abandoné Suecia por varias razones -escribió Storch recientemente-. En primer lugar, no recibí el pasaporte sueco en el momento de marcharme, si bien éste no fue el motivo principal. En segundo lugar, Kleist se enteró de que me marchaba, y por ello no quise abandonar Estocolmo. Tercero, habíamos conseguido, en efecto, nuestro propósito de trasladar diez mil judíos a Suecia. El único motivo fue evitar que Kaltenbrunner lo impidiese, como había hecho en Buchenwald… Como yo no podía marcharme, elegí a Masur en el último momento. Le preferí a él porque tenía bigote y parecía mayor que los demás. Por desgracia, Masur no estaba al corriente de nuestras negociaciones, y en vista del poco tiempo que teníamos (dos horas), no pude explicárselo con detalle."

  14. <a l:href="#_ftnref54">[54]</a> Krebs llamó por teléfono a Von Keitel desde el bunker y le contó detalladamente lo relativo a la destitución de Goering. Keitel se mostró "horrorizado", y manifestó que allí debía haber alguna interpretación errónea. De pronto Bormann intervino en la conversación y dijo que Goering había sido destituido "hasta de su cargo de Cazador Mayor del Reich". Von Keitel no se dignó contestarle. A su entender, la situación era "demasiado seria para hacer manifestaciones tan sarcásticas". El feldmarschall no pudo dormir, después de oír novedades tan desalentadoras. De pronto se dio plena cuenta "del ambiente de desesperación que reinaba en la Cancillería del Reich, y de la creciente influencia de Bormann". Sólo él pudo llevar al Führer a la situación temeraria en que se hallaba, pensó Von Keitel. Luego se preguntó qué ocurriría a continuación. ¿Acaso Hitler había decidido dar muerte a Goering y suicidarse después en el último momento?

  15. <a l:href="#_ftnref55">[55]</a> No es su nombre verdadero. Esta persona aún teme las represalias de algunos de sus compatriotas, por intentar negociar independientemente con los Aliados.