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Por el diccionario inglés-alemán que el documentalista de primera clase Eric Arthur Blair había tenido la amabilidad de extraer para mí de uno de los polvorientos estantes de los archivos, supe que la palabra Feigheit significaba «cobardía» en la lengua de Goethe, de que el término Doppelzüngigkeit se traducía por «doblez» y de que el germánico Naivitat se correspondía con bastante exactitud con nuestro vocablo «credulidad». Feigheit; Doppelzüngigkeit; Naivitat. Cobardía; doblez; credulidad… Ostara Keller había garrapateado estas palabras en tres hojas encontradas en la 511. Antes de que la policía iniciara el registro en toda regla de sus habitaciones, yo apenas había tenido tiempo de volver a subir allí para recoger la gran libreta de dibujos y las cartas celestes anotadas. Realmente, había actuado sin reflexionar. Tal vez porque por instinto sentía que esos documentos eran demasiado importantes para que los dejaran dormir en unos archivadores. Por las descripciones de Garance de Réault, sabía que las hojas con anotaciones eran cartas astrales. En estas páginas había nombres, nombres británicos. Feigheit resumía toda la carta astral que Keller había levantado sobre el capitán Odet Willigut Gillespie. Doppelzüngigkeit era el juicio último e infamante que la austríaca había dictado sobre el coronel Virgil Thomas Hardens. En cuanto a Naivitat, figuraba en el encabezamiento de la carta celeste de cierto nativo de Brighton, el teniente David Norman Tewp. Es decir, yo mismo. ¡Y había otros muchos nombres, una gran cantidad de estudios astrológicos en el cajón de Keller! Creo que todo el organigrama del MI6 de las Indias había sido objeto de examen,
y me preguntaba cómo había podido la joven procurarse los datos y los lugares de nacimiento de toda esa gente. ¿Por adivinación? Tal vez. Después de todo, todo lo relacionado con ella acababa por parecerme posible, e incluso lo improbable se convertía en una cuestión casi banal. Pero, aun así, encontraba más lógico pensar que había un topo entre nosotros. ¿Acaso no era normal, en el fondo? Todos los servicios de información del mundo sufren esta plaga. Al fin y al cabo nosotros mismos, los ingleses, ¿cuántos agentes dobles manteníamos en el seno del Deuxiéme Bureau francés, el OSS americano, el NKVD soviético o el Rikugun Johobu japonés? Pero esto carecía de importancia, porque ahora todos mis pensamientos se centraban en Keller. Quería encontrarla a toda costa, para abatirla como al ser dañino que era. Yo no tenía esa misión oficial. Sólo la carta blanca tácitamente concedida por Hardens después del asesinato de dos agentes y la eliminación de un destacamento de la policía militar por esta joven de veintitrés años, fina y ligera como una liana, pero torva y feroz como una loba.
Los hechos que habían ocurrido esa noche en el Harnett habían sido particularmente difíciles de explicar a las autoridades de la ciudad. Por más que la Firma gozara de cierto margen de maniobra cuando sabía actuar con discreción, la noticia del giro trágico que había sufrido la carga que Hardens había ordenado contra la ciudadana austríaca Ostara Keller había corrido, como es lógico, rápidamente por toda la ciudad y había conmocionado a más de un alma sensible. Tras ser convocado al alba por el gobernador de la provincia, Hardens había tenido que explicarse y sufrir luego las iras del cónsul Von Salzmann, quien se había puesto hecho una fiera cuando supo que la joven había sido acosada como una bestia salvaje en los pasillos de su hotel. El diplomático apenas se había inmutado cuando le habían comunicado que Keller no había dudado en matar a cuatro hombres en su huida, que existían fundadas sospechas de que era culpable del asesinato de dos agentes y que posiblemente planeaba, además, un atentado contra el rey.
– ¡Esto no tiene ningún sentido! -había soltado el berlinés tras presentársele los cargos que pesaban contra la joven del SD-. ¡Su soberano Eduardo VIII es el mayor amigo que Alemania haya tenido nunca en el trono inglés! Bien al contrario, nuestra preocupación es que reine el mayor tiempo posible para fortalecer los lazos entre su pueblo y el nuestro. ¡Dos razas emparentadas! ¡Casi hermanas! De las que nuestro propio Führer ha dicho que no deben volver a combatirse jamás. ¡No lo olvide!
Hardens sólo me había relatado fragmentos de esta conversación, y yo había deducido de ellos que el resto de la entrevista no se había desarrollado precisamente a su gusto. El coronel había vuelto cabizbajo de la sede del gobernador, consciente de que en breve se transmitiría a Londres un informe sobre él firmado por el administrador civil de Bengala. Probablemente no pasaría mucho tiempo antes de que Hardens recibiera la comunicación de un traslado a un lugar poco halagador.
– Tewp, ayer por la noche me dejé llevar. Jamás hubiera debido confiar el arresto de esta diablesa a Norrington. Hubiera debido… no sé… En fin, el caso es que Keller se ha esfumado y no volverá a asomar su bonita nariz antes de golpear. Pero ¿a quién? ¿Dónde? ¿Y cuándo? ¡Seguimos sin tener ni la más remota idea de sus intenciones! ¿Ha descubierto algo interesante entre sus pertenencias?
Evidentemente. En primer lugar, las cartas astrales. Le hablé de ellas a Hardens vagamente, sin mencionar, de todos modos, los juicios lapidarios con que la austríaca había estampillado sus estudios; no para ahorrarle un disgusto al viejo oficial, que sin duda había tenido que soportar ya una retahíla de comentarios desagradables del gobernador, sino porque era consciente de su insensibilidad a esta extraña vertiente de la personalidad de Keller. Tenía razón: el coronel descartó la información con un gesto desdeñoso.
– ¿Astrología? ¡Es ridículo! ¡Pamplinas de continentales! Ahórreme estas historias, ¿quiere?
– Sin embargo, coronel, no debemos olvidar que esta mujer se ha procurado una veintena de nombres y de fechas de nacimiento de oficiales del MI6 destinados a Delhi y Calcuta. ¡Y eso no está al alcance de cualquiera!
– Sí, tal vez. Pero le ruego que no empiece a ver topos por todas partes. No creo que existan entre nosotros. Bengala no es una posición suficientemente estratégica y cualquier ordenanza indígena espabilado estaría encantado de conseguir algunas rupias vendiendo este tipo de información a quien se lo pidiera. ¿Algo más?
De un maletín que había traído conmigo, había sacado entonces y colocado sobre el escritorio de Hardens la daga que Keller había lanzado a la garganta del soldado Liman y que yo mismo había retirado de la tráquea del desventurado. Era un cuchillo de combate largo, notablemente equilibrado, de hoja afilada en ambos bordes y con un mango de madera negra de una forma característica.
– Daga reglamentaria SS -dijo Hardens examinando el objeto-. Magnífica arma. Forjada en tamaño reducido a partir del modelo de las espadas del ejército romano tal como aparecen esculpidas en la Columna Trajana…
– ¿La Columna Trajana, mi coronel?
– Un pilar erigido para conmemorar las victorias imperiales sobre los dacios, el antiguo pueblo de la actual Rumania.
¿Los dacios? ¿En Rumania? Aquello me hizo pensar en la pareja que vivía en la inmensa villa de Shapur Street, Laüme y Dalibor Galjero… ¿No deberíamos escucharles, a ellos también, teniendo en cuenta que Keller les había visitado? Tal vez tuvieran una idea de dónde se ocultaba la joven ahora. Incluso cabía la posibilidad de que le dieran cobijo.
– ¿Quiere interrogar a los Galjero? -preguntó Hardens, atragantándose casi, cuando le comuniqué mis intenciones-. ¡Sáqueselo inmediatamente de la cabeza, Tewp!
– Pero coronel, no veo por qué esta gente tiene que beneficiarse de un trato de favor. ¡Son extranjeros en nuestro territorio, y como tales se supone que deben colaborar en las investigaciones de las autoridades de la Corona!
Hardens se aclaró la garganta, abandonó un instante su asiento para sacar dos vasos y una botella de licor que guardaba en un armario, y después de volver hacia mí y de servirnos a los dos un poco de ese jarabe rojizo, adoptó un tono confidencial para pasar a otro tema.
– ¿Recuerda que recientemente le mencioné una misión a la que quería destinarle? Una misión que le iría como un guante…
Esta introducción me daba mala espina. Me arrellané en mi sillón y me limité a emitir un gruñido a modo de respuesta.
– Pues bien… esta misión… Dese cuenta de que esto es confidencial, Tewp. Esta misión está en relación con la llegada de nuestro soberano a las Indias…
– ¿Tengo que abandonar Calcuta para seguirle, mi coronel?
– ¡No! Al contrario. Se quedará en la ciudad.
– Pero, según tengo entendido, Bengala no tiene el honor de ser una escala en la visita real.
– No se trata del rey, Tewp. Se trata de la que tal vez elija como esposa. La señora Wallis Simpson.
– ¿La americana?
– Por desgracia, sí…
A Hardens le resultaba difícil hablar y esperaba mis preguntas. Curiosamente, yo no tenía ganas de facilitarle la tarea. Crucé los brazos, como un escolar terco que no quiere entender.
– La señora Simpson acompaña al rey a las Indias, Tewp. Con carácter informal, claro está. Evidentemente permanecerá al margen de las celebraciones y del circuito oficial. Durante toda la semana en que Eduardo VIII se encuentre en viaje de representación en Karachi, Bombay, Delhi, ella le esperará aquí. En Calcuta.
Suspirando, tendí la mano hacia mi vaso y bebí de un trago el brebaje que contenía. Permanecimos ahí sentados, en silencio, durante un minuto largo. Yo sabía que las malas noticias no habían acabado. Presentía que llegaría otra. Y Hardens acabó por formularla.
– Teniente Tewp, le designo para servir de ordenanza a la señora Wallis Simpson durante su estancia. ¡Lo lamento, amigo, pero realmente no tengo elección!
Negarse no pertenecía a la esfera de lo posible. En primer lugar, porque se trataba de una orden. Luego, porque, incluso a miles de millas de Londres, yo seguía siendo un súbdito de la Corona británica y me resultaba inconcebible olvidar la fidelidad que debía a mi rey. Y finalmente, porque, por extraño y desagradable que fuera, aquello me proporcionaba una ocasión inesperada de acercarme a Keller. La llegada de la señora Simpson a Calcuta no hubiera constituido un secreto de capital importancia si Eduardo VIII no tuviera previsto reunirse aquí con ella por unos días en cuanto finalizara su visita oficial. Tenía la certeza de que ésa era la razón de que la ciudad se hubiera convertido en escenario de toda esta agitación en las últimas semanas. Por fin todo adquiría un sentido: la llegada de Keller y sus contactos con Erick Küneck, el recluido de Delhi; las alusiones de Gillespie al interés que de pronto parecía conceder la metrópoli a la región de Bengala; e incluso la frase de Surey sobre un secreto de Estado que no quería revelar a un loco como yo que daba fe a actos de brujería y hechicería.
Las piezas del rompecabezas parecían reunirse…, pero sólo en apariencia. Porque, si se analizaba bien, aún existían demasiadas zonas de sombra, demasiadas incoherencias, que entorpecían todavía una visión de conjunto. Reflexioné sobre esto mientras bajaba la escalera de los Grandes Apartamentos para volver a mi antro. Von Salzmann ya se lo había dicho a Hardens: Eduardo era el soberano soñado para los alemanes. ¿Por qué asesinarle? ¿Y por qué precisamente durante su estancia en las Indias? Si existía alguien susceptible de que ellos eliminaran, sería más bien Wallis Simpson, la única persona que podía hacer que el soberano abdicara. Si yo hubiera sido alemán, no hubiera dudado ni por un instante de que la divorciada era la reina negra que había que expulsar urgentemente del tablero político británico… Sí, era lógico. Pero de todos modos tenía necesidad de confrontar mis deducciones con una mente sólida, con un hombre familiarizado con la situación en la Corte. Necesitaba hablar con el muy chismoso y muy informado capitán médico Nicol.
– Nuestro rey Eduardo ascendió al trono en enero de este año -me recordó el oficial médico al recibirme en su refugio, una habitación que tenía tanto de gabinete de consulta como de cámara de coleccionista de antigüedades- Ahora estamos a principios de octubre. Por curioso que pueda parecer, Eduardo es todavía un rey sin corona, ya que aún no ha sido consagrado formalmente en Westminster. Desde un punto de vista administrativo, Eduardo VIII es nuestro soberano. Espiritualmente, aún no ha recibido la unción. Por eso aún puede abdicar sin que eso plantee auténticos problemas…
– ¿No cree que la otra opción sea factible?
– ¿La otra opción? ¿Qué quiere decir? ¿Que esa condenada arpía de las colonias ascienda al trono de Inglaterra? ¡No! ¡El entorno jamás permitiría que estallara semejante escándalo! Son perros guardianes, ¿sabe? Eduardo es perfectamente consciente de esto, aunque sea un poeta, un niño que no ha llegado a crecer. Este muchacho está más interesado por los placeres de una pequeña vida burguesa que hecho para la munificencia y las servidumbres de la realeza. Aunque se atreviera a revelarse para imponer esta unión, no daría la talla ante su hermano, sus primos, el primer ministro Baldwin y el arzobispo de Canterbury. No tiene ninguna oportunidad. Si quiere que la señora Simpson le sirva el desayuno en la cama sin que nadie encuentre nada que objetar, sólo tiene una salida: la abdicación.
– Capitán, ¿y si usted fuera alemán? ¿Qué actitud adoptaría frente a esta perspectiva de abdicar del trono?
Nicol se rascó la cabeza.
– ¿Si fuera alemán? Pues bien… ¡Eso no es un misterio para nadie, Tewp! Eduardo VIII está… muy próximo a ciertos medios favorables a los regímenes duros que se han establecido en el continente. Recibe a su mesa a los Mosley, así como a una de las hijas de lord Redesdale, Unity Mitford, de quien se rumorea que es la amante de Hitler, y a muchos otros también. Toda esta gente ha sido mesmerizada por los faquires de Berlín y de Roma, que no cesan de alabar ante nuestro rey su grandeza, su eficiencia, su fuerza, su audacia… Eduardo… Eduardo es un romántico. Y un indeciso además. ¡Una mala mezcla! Tal vez sea también demasiado influenciable para lo que se espera de un soberano. Recuerde que saludó al nuevo embajador de Alemania tendiendo el brazo al modo del saludo nazi. Esto no causó buena impresión entre los que, en la Corte y en los ministerios, se siguen sintiendo profundamente apegados a nuestro régimen parlamentario…
– ¿Y entonces? ¿Si fuera usted alemán?
– Rezaría todos los días para que el trasero de este gentil muchacho siguiera calentando el trono inglés el día en que mi país entrara en guerra con Polonia o con Francia, porque entonces estaría seguro de ver a Eduardo removiendo cielo y tierra para que Gran Bretaña rompiera sus alianzas y permaneciera neutral en el conflicto… ¡Lo que aliviaría considerablemente las preocupaciones de mi Führer!
– Y en consecuencia, ¿no vería mal la eliminación de Wallis Simpson?
– ¡Incluso la desearía ardientemente!
– ¿Y si Eduardo decide marcharse? ¿Quién le reemplazaría?
– Su hermano. Que entonces tomaría el nombre de Jorge VI. Y ése es el deseo de muchos, porque, al contrario que su hermano mayor, es un germanófobo declarado que no cederá ni una pulgada de terreno a los nacionalsocialistas, igual que no lo hará con los fascistas italianos o los falangistas de Madrid.
Nicol había respondido a todas mis expectativas, a todos mis interrogantes. Era evidente que, al margen de un simple asunto de cama -aunque fuera real-, se planteaban aquí toda una retahíla de consideraciones de orden diplomático y militar. Sí, decididamente la señora Simpson, más que Eduardo, era la criatura a abatir para los alemanes. Todo estaba claro ahora. Keller debía de ser la agente que el SD había enviado para eliminar a la americana y preservar a Eduardo de cualquier tentación de abdicar del trono. Era muy simple. Quizá demasiado. Sin duda todavía había trampas, dobles fondos, señuelos cuya existencia yo no percibía. Tal vez. O tal vez no… Era imposible saberlo. Le di las gracias a Nicol por la conversación, pero decliné su ofrecimiento de ir a cenar al comedor de oficiales. De pronto mis ojos sentían necesidad de impregnarse de otros colores que no fueran el caqui de los uniformes. Necesitaba animación y movimiento. Necesitaba gestos naturales, sin saludo obligatorio a los superiores y sin réplicas afectadas a los subordinados. Necesitaba un toque de vida civil.
Cogí un tranvía que me dejó en la ciudad y caminé al azar por un barrio tranquilo que en nada parecía distinguirse de los otros. Viniendo del oeste, donde se habían formado sobre las aguas del golfo de Bengala, densos escuadrones de nubes ensombrecían el cielo aún claro en el oriente. En un complot de oscuridades, la noche venía al encuentro de la tempestad. Sin embargo, paradójicamente, el calor era a cada segundo más asfixiante. Cada vez me costaba más respirar y el sudor dejaba un largo reguero pegajoso en mi espalda. Los ya escasos transeúntes, presintiendo la llegada inminente de la tormenta, aceleraban el paso para volver a sus hogares. Al oír el fragor prolongado y sordo de un primer trueno, me apresuré a buscar un refugio -una tienda, un café, un simple porche incluso-, porque sabía por experiencia que se avecinaba un diluvio. Crucé una larga explanada plantada de árboles que maltrataba el viento y luego atravesé el enlosado ya desierto de una especie de mercado al aire libre. Un poco más lejos había un edificio extraño del que veía los tejados. Corrí hacia él. Un violento relámpago iluminó mi entorno con su fosforescencia y, por espacio de un segundo, el mundo entero adquirió una tonalidad blanca. Las primeras gotas de lluvia cayeron, espaciadas, perezosas, pero grandes como ojos de toro. Al entrar en la avenida que conducía al edificio, mis ojos se deslizaron sobre la placa esmaltada donde estaba inscrito el nombre de la calle. Kalighat Road… Me detuve. Ya habían pronunciado este nombre ante mí… ¡La voz de Swamy! «Madame de Réault me pidió que la condujera al templo de Kalighat Road…», había respondido el caporal a mi pregunta de dónde había sacado la francesa a Darpán y Ananda, los sacerdotes Bon Po que habían salvado al pequeño Khamurjee y que, con su extraño saber, me habían curado a mí también de la lepra Keller. Kalighat Road, la avenida en la que habían edificado la iglesia de Durga, la diosa de la muerte. ¿Era posible que ese edificio del que había percibido confusamente los tejados fuera precisamente este monumento? La lluvia, que a cada segundo se hacía más intensa, no me dio tiempo a interrogarme sobre aquello. Las ráfagas de viento me envolvieron y me empujaron a lo largo de esta calle hacia el templo de contornos imprecisos, diluidos por las aguas del cielo. Me levanté el cuello de la chaqueta y, encorvando los hombros, franqueé corriendo una especie de terraplén fangoso procurando evitar los charcos que ya se formaban y se hinchaban visiblemente, y luego subí de cuatro en cuatro los escalones de piedra para guarecerme cuanto antes bajo el porche de columnatas negras que se levantaba a la entrada. La tormenta descargaba en cataratas, hasta el punto de que ya me era imposible ver nada de la ciudad. Me sentía aislado por una muralla de agua. Atrapado, me volví hacia el templo, donde reinaba una oscuridad distinta, más amenazadora aún. Una opacidad de caverna, un frío de mausoleo. Avancé, sin embargo, unos pasos para observar mejor el lugar. Vi algunas velas parduscas colocadas directamente sobre el suelo de piedra, que parecían constituir toda la iluminación del recinto. Entré. Aparte del chorrear del agua que caía formando cintas sobre los muros del edificio, no percibía ningún ruido. Por todas partes, mi mirada tropezaba con un bosque de columnas esculpidas. Me agaché para coger una vela y me adelanté para examinar a la luz de la llama los detalles de los pilares; pero enseguida abandoné la inspección al comprobar que la luz revelaba sólo groseras anatomías humanas impúdicamente entrelazadas. Opté por seguir avanzando a lo largo de las filas de columnas. No veía a ningún fiel, a ningún sacerdote. Aparentemente estaba solo en aquella oscura nave. Llegué al fondo de la sala. Adosada al muro, una estatua de gran tamaño representaba una figura femenina de formas redondeadas y armoniosas. El rostro de rasgos regulares de la efigie, sin embargo, me pareció deformado por una sonrisa de crueldad manifiesta. Un lecho de flores negras se extendía a sus pies y, en una copa de cobre, una paloma muerta yacía en un charco de sangre coagulada. La visión me desagradó. Di media vuelta y volví sobre mis pasos, explorando el templo en todos los sentidos sin encontrar un alma.
De pronto, los latidos de mi corazón se aceleraron. Una corriente de aire se arremolinó en torno a mí y me trajo un perfume pesado que no había percibido antes. Colocando mi mano ante la llama de la vela, remonté el hilo de viento, que me condujo al fondo de la nave, a la derecha de la gran estatua. Al escrutar mejor esta zona, distinguí una alcoba que un examen demasiado rápido no me había permitido ver hasta ese momento. El soplo parecía provenir de allí. Di un paso, aparté una cortina del mismo color del muro y descubrí la entrada de un pasaje oscuro. Verifiqué que el suelo estuviera practicable y me introduje, desafiando el buen sentido, en esa galería estrecha, apestosa, construida con piedras sin tallar. La llama de mi vela apenas perforaba las tinieblas y me veía obligado a hacer pantalla con la mano para protegerla de la corriente de aire, bastante violenta, que ululaba en este raíl de piedra. Avancé sobre un suelo plano durante unas treinta yardas aproximadamente y luego se inició un declive. Poco a poco, sentí que me hundía bajo tierra. Caminé así, con suma cautela, durante tres o cuatro minutos, respirando deprisa, palpando el aire con la mano tendida hacia delante y tanteando el suelo en cada paso que daba para no caer. Finalmente creí percibir unos ecos e incluso una luz que palpitaba suavemente al extremo del corredor. Conteniendo la respiración, seguí avanzando hasta identificar con precisión dos registros de sonidos que se mezclaban. En la escala de los agudos, reconocí algo parecido a unos gañidos de animales. No ladridos de perro, ni maullidos de gato, sino más bien unos gemidos como los que son capaces de emitir los pájaros habladores o tal vez los monos. En cambio, la escala baja era sin ninguna duda humana. Hablaban. O cantaban más bien, con suavidad, melodiosamente, como se canturrea una canción de cuna para dormir a un niño. Tres o cuatro voces de bajo profundas, tranquilizadoras, susurraban aquel ritmo hechizador, modulado en canon como en un canto de iglesia. Vi que la bóveda del túnel se interrumpía formando un arco y que más allá se abría una sala iluminada por lámparas sordas o antorchas. Me arrodillé, dejé mi vela sobre el suelo polvoriento y luego me pasé la mano por la frente para enjugar el sudor que me caía en los ojos. De rodillas, con la cabeza encogida entre los hombros, y procurando no hacer ningún ruido, llegué a la entrada de la habitación. Era una sala redonda bastante grande, pintada de ocre rojo en toda su superficie, con el aire empañado por vapores de incienso y perforada por un gran foso del que no distinguía el fondo. No había nadie en la habitación. No me cabía ninguna duda de que los cantos y los gritos que seguía oyendo procedían del pozo de piedra. Tenía que ver con mis propios ojos lo que estaba ocurriendo en este agujero de donde emanaba también toda la luz. La sala propiamente dicha estaba bastante oscura, de modo que, con un poco de suerte, y si conseguía moverme sin hacer ruido, podría pasar inadvertido. Me tendí sobre el suelo de tierra batida y me puse a reptar con precaución en dirección al pozo. Con prudencia, adelanté la cabeza más allá del borde hasta la altura de los ojos. El foso debía de tener una profundidad de casi quince pies y una anchura de al menos el doble. Sólo una vieja escalera de hierro, del modelo que se utiliza comúnmente en las piscinas públicas para bajar a los baños, permitía acceder a él. Cinco siluetas pardas se encontraban en su interior. Cinco hindúes. Cuatro hombres y una mujer. Se produjo en mí una total retracción, como si todo mi ser no fuera ya más que un nervio en carne viva sobre el que pasaran la larga llama de un soplete.
En los austeros templos ingleses acostumbran a resonar sermones interminables que evocan con horror el estupro y las fornicaciones desenfrenadas a las que se entregan las pobres almas que han olvidado a Dios. Sin embargo, no fue hasta echar una mirada al fondo de ese foso, cuando estos términos tuvieron un significado real para mí. La mujer hindú estaba desnuda. Joven, con un cuerpo liso y bien formado, estaba atada a un banco groseramente tallado en la pared del foso. Sus ataduras la mantenían abierta en una pose de parturienta, pero eso no parecía turbarla en absoluto, ya que sonreía con cierta dulzura al hombre que se encontraba junto a ella. Este hombre, lo reconocí inmediatamente, era Darpán. Turbante negro, túnica blanca, y ese permanente aire altanero, despegado, frío. Encerrados en una estrecha jaula a sus pies, dos pequeños macacos, sin apenas espacio suficiente para girar en redondo, se contentaban con lanzar débiles quejidos. Frente al sacerdote y la mujer, distinguí a otras tres figuras. Tres hindúes. Desnudos. Gordos hasta la repugnancia y de una fealdad rayana en la monstruosidad, de sus gargantas salía, sin embargo, esa melopea de sirenas. Y luego todo sucedió con inusitada rapidez. Darpán abrió la primera jaula, agarró una de las aterrorizadas bestias y, con un cuchillo que se sacó de la cintura, vació las entrañas del desgraciado animal sobre el cuerpo de la mujer. La melodía se detuvo y ya sólo se oyeron los horribles estertores de agonía del animal y los aullidos de terror del otro mono, que aparentemente acababa de comprender la suerte que le estaba reservada. Darpán comprimió cuanto pudo el primer despojo para extraer de él todas las pulpas vivas, lo lanzó al otro extremo del foso y luego actuó del mismo modo con el otro animal, para esparcir seguidamente las vísceras con el fin de cubrir hasta la más ínfima parcela del cuerpo de la joven desnuda. No me rebajaré a relatar en detalle lo que ocurrió luego porque no aportaría nada. Además, lo cierto es que no vi casi nada. La sangre derramada, los gritos de las bestias sacrificadas, el olor a incienso y a humores humanos que ascendía hasta mí y, sobre todo, el obsceno sol rojo de la desnudez de la hembra humana que se agitaba impúdicamente en sus ataduras me habían trastornado. Retrocedí hasta el fondo de la habitación y apoyé mi frente contra la piedra fría para tratar de aliviar un poco el ardor de mi piel. Me sentía al borde de la náusea y enfebrecido, como al salir de una mala borrachera. Los ruidos que llegaban ahora de la fosa no eran más que gemidos, frotamientos húmedos, jadeos grotescos; no tenía necesidad de asistir a la orgía para adivinar el horrible cuadro. Lentamente, volví sobre mis pasos y recorrí de nuevo el largo pasillo oscuro hasta la nave del templo, que atravesé corriendo, ansioso por volver al aire libre y a la luz.
Fuera, la lluvia caía con menos intensidad. La tormenta se alejaba. El agua que me resbalaba por el rostro me hizo bien, y abrí la boca para bebería y aliviar mis labios agrietados y mi lengua hinchada, seca como piedra pómez. Había caído la noche. Desgarrando las últimas nubes, un rayo de luna barrió la avenida y pasó sobre mí, liberándome de los vapores malsanos que todavía sentía pegados a mis ropas. Fui a apoyarme en el tronco de un árbol. Me costaba un esfuerzo infinito, con visos de pesadilla, extraer de mi cuerpo aquella intrusión en el templo. Acababa de sorprender a Darpán, el hombre que me había salvado la vida, entregándose a prácticas monstruosas que ligaban la muerte con la lujuria. Aquello me trastornaba. ¿Quiénes eran esas gentes a las que madame de Réault había recurrido para que me salvaran? ¿Acaso sólo había sacerdotes del mal para combatir el mal? ¿Dónde estaban los guardianes del bien? ¿Dónde estaban la pureza y la inocencia? ¿No tenían ningún valor, ninguna fuerza, en este inframundo? ¿Cómo combatir estos torrentes de abyección que corrían por las venas de los hombres, envenenando el espíritu de las mujeres y haciéndoles lanzarse unos contra otros con semejante furia, con semejante inconsciencia? Dolorosamente, rehice el camino hasta el cuartel. Una hora más tarde, empapado y con el espíritu angustiado, me encontré de nuevo en la habitación que me era familiar, pero no conseguí conciliar el sueño, me revolvía de un lado a otro en mi cama, sin dejar, muy a mi pesar, de revivir la escena del pozo. Incapaz de cerrar los ojos, volví a vestirme para tomar el aire en los jardines. Debían de ser las dos, tal vez las tres de la madrugada.
El cielo se había vaciado por completo de nubes. Bajo, sobre el horizonte, Marte brillaba como una brasa, mientras que un poco más arriba palpitaba la estrella Sirius, a la que los antiguos consideraban el sol secreto del universo. La Luna estaba en su último cuarto. Recordé las palabras de madame de Réault sobre los lazos que unían al astro de las noches con las energías destructivas que Keller había lanzado sobre mí. Era necesario un ciclo completo de veintiocho días para que se cumpliera el opus nefas, su obra de muerte. Me invadió un escalofrío al pensar en lo que hubiera ocurrido si el capitán médico Nicol no me hubiera puesto en contacto con la francesa y ésta no me hubiera confiado luego a Darpán y su acólito. Seguramente ahora me encontraría en la frontera del mundo de los muertos, sufriendo una agonía atroz en mi cama de hospital, sin una pulgada de carne sana en el cuerpo. Sí, sin Darpán no hubiera habido ninguna esperanza para mí. Y sin embargo -lo había visto con mis propios ojos- este hombre era también un monstruo, igual que la austríaca que pretendía combatir. Con las manos cruzadas a la espalda, deambulé un momento por los jardines, pensativo, solitario y taciturno. Luego, al salir de un camino de grava, vi a dos hombres sentados sobre el capó de un coche de intendencia, fumando y charlando en voz baja. No les conocía. Me interpelaron, porque la noche nos libera misteriosamente de las normas y las convenciones del día y facilita el contacto humano. Me ofrecieron un cigarrillo, que acepté. Tampoco ellos podían dormir, pero era sólo a causa del calor. Uno era un escocés de Edimburgo, el otro un shetlandés, y no estaban habituados al clima bochornoso de las colonias. Mantuvimos sólo una conversación banal, que, sin embargo, apaciguó mi ánimo. No volví a mis aposentos hasta una hora antes del alba, y por la mañana decidí volver a la ciudad para hablar con madame de Réault. Quería que me dijera dónde había encontrado a Darpán y si realmente se podía confiar en ese hombre sanguinario y lujurioso.
– Darpán es un ser excepcional -me dijo la anciana, sentada conmigo bajo la glorieta de palmeras del jardín de sus anfitriones-. Sí, un ser excepcional. No un alienado. Ni un perverso. Él sigue con constancia, con escrúpulos, una vía difícil, al término de la cual espera una transfiguración de sí mismo. Un cambio. Una metamorfosis. En una jerga que está hecha sólo para ellos, los pomposos señores de la Sorbona o de la Royal British Society of Anthropology dirían: una ruptura de nivel ontológico. Pero permanezcamos simples y dejémosles a ellos el uso de estas feas palabras. Darpán se ha comprometido con la única tarea digna que un ser humano -sea hombre o mujer- puede perseguir: la búsqueda del Poder para superar los poderes…
– ¿Quiere decir que no es un sacerdote, sino más bien una especie de… mago?
– Magia, brujería, sacerdocio… Todo es lo mismo. Cuando un sacerdote católico, ortodoxo o protestante oficia, cuando dice misa o administra los últimos sacramentos, ¿qué cree que hace? ¿Que gesticula en el vacío? ¿No llama acaso a actuar a unas fuerzas que le superan?
La pregunta me chocó.
– ¡Pero un sacerdote cristiano no puede ser comparado a un vulgar brujo, madame de Réault!
– ¡Justamente sí, oficial! Las religiones son brujerías enmarcadas e integradas en las instituciones. Nada más. Considérelas de otro modo y equivocará el camino. ¡Es el error capital que nunca hay que cometer! Yo misma realicé un enorme progreso el día que comprendí que debía hacer saltar el barniz moral que había recibido en Europa para poder captar algo en las prácticas que tienen curso en Asia. Y tuve la sensación de progresar aún más cuando apliqué esta ausencia de prevenciones a los equivalentes occidentales de estas prácticas. A modo de resumen, le diría que así es como hay que razonar: faquires, magos, brujos, chamanes o incluso sacerdotes (cualquiera que sea el nombre que les dé) manipulan energías que la ciencia positiva ignora o quiere ignorar. Estas energías son triples. Irrigan a la vez el mundo exterior, la estructura íntima del hombre y (última capa y tal vez la más importante) el imaginario de las comunidades humanas. ¡En cierto modo es como si todos los temores, todos los deseos individuales, se aglutinaran y acabaran por hacerse consistentes, activos y autónomos! Es lo que los magos más avanzados conocen como egrégores. Yo creo, ¡y lo creo porque lo he visto!, que, si se dominan, estas tres energías pueden tener efectos en casi cualquier dominio. Son los famosos «poderes» tan a menudo descritos y tan ávidamente buscados. En la mayoría de los humanos, sólo son potenciales que nunca se actualizarán. Pero para los que consiguen dirigir estas energías (por iniciación, revelación o incluso simple «accidente» a veces), el mundo puede convertirse en un campo de actuación sin límites en el que la moral conveniente para los otros hombres ya no puede, ¡no debe, estar en curso! ¿Comprende? -Creo que sí… -dije tímidamente.
– ¡Magia blanca, magia negra… todo esto no es más que una distinción intelectual para diletantes! En lo real todo se mezcla, y hombres de gran valor pueden verse conducidos a ejecutar acciones que nosotros juzgaríamos criminales aplicando el rasero de nuestra justicia profana. Sabe, es del dominio público que hubo papas que se entregaron a la magia negra para revitalizar rituales, símbolos, lugares importantes de su religión; ¡dicen que hasta la propia basílica de San Pedro! ¡Ellos no habían olvidado que el cristianismo es parcialmente un chamanismo como los otros, que obedece a las mismas leyes energéticas, a las mismas leyes mágicas! Numerosas sectas tienen como primer nivel de enseñanza la necesidad de despojarse de estos prejuicios morales. Me viene a la memoria, por ejemplo, el grupo de un tal Carpócrates, un gnóstico. Para esta gente, la purificación del alma sólo podía hacerse realidad a condición de practicar antes las peores aberraciones. Lo mismo ocurre en el caso de los musulmanes con la secta de los malamatiyya, «las gentes de la reprobación». Estos seres piadosos en extremo pensaban que mostrar una pureza de asceta ordinaria era una incalificable prueba de orgullo a los ojos del mundo. ¡Imagine cómo hubieran juzgado a Gandhi! De modo que en lugar de contentarse con vivir en el confort de una santidad demasiado visible, se lanzaron a robar, incendiar, calumniar, fornicar o incluso matar tanto como podían, todo para vivir una ascesis totalmente interior, insospechada y, por tanto, más meritoria según ellos. Dejaron textos que superan en calidad a todos los de los místicos canonizados por el gran sachem de Roma. ¡Las columnas del Cielo siempre tienen su pie en el Infierno, Tewp! No lo olvide nunca. A ojos de nuestra moral contemporánea, esto es evidentemente condenable, pero en términos de pura magia, el principio que seguían los carpocracianos o las gentes de la reprobación era simple, e incluso sano observado con mayor detenimiento: se trataba de agotar las posibilidades inferiores de su ser exprimiéndolas hasta la saturación. Es un mecanismo de deshabituación. ¡Atráquese una vez de chocolate hasta reventar y luego le repugnará toda su vida! ¡Lo mismo ocurre con los deseos lúbricos o asesinos!
– Pero ¿por qué sufrir este proceso de deshabituación?
– Simplemente porque estos potenciales inferiores bloquean la expresión y la circulación de otras energías útiles a la expresión de los «poderes».
Al ver que yo seguía pensativo, la francesa prosiguió:
– A fin de cuentas, el argumento de los psiquiatras modernos sobre la necesidad de sacar a la luz los tormentos del inconsciente para poder así librarse de ciertas obsesiones es comparable a este género de procedimientos iniciáticos. El principio es idéntico. La escena de que fue testigo ayer noche en el templo de Durga participa de esta dinámica. Porque también la India posee este tipo de vía. Y la espiritualidad hindú es incluso una de las que mejor exprime estas potencialidades a través de lo que se conoce como maithuna, una de las ramas del tantra.
Madame de Réault quiso salir a estirar las piernas antes de seguir hablando. La naturaleza de esta mujer exigía movimiento. Siempre. Los salones la aburrían. Las ciudades la ahogaban. Apenas llevaba dos meses instalada en Calcuta y ya se preparaba para partir.
– Echo en falta las montañas, oficial Tewp. Creo que pronto abandonaré Bengala. Aquí todo es demasiado… civilizado. Demasiado ordenado. Demasiado poblado también. Necesito los bosques. Necesito las cascadas y los glaciares. Incluso a mi edad. Y tal vez esta necesidad se me haya hecho aún más acuciante ahora. A usted también le ocurrirá.
Yo había reprimido una sonrisa mientras caminábamos. No, no creía que ella y yo compartiéramos la misma necesidad de movimiento incesante, la misma voluntad de liberarnos del mundo. Yo sabía bien que era tan hogareño como aventurera era esta mujer elegante y fina, de mirada aguda, pero dulce también y casi maternal cuando se posaba en mí.
– ¿ Quiere hablarme un poco más de lo que denomina tantra y maithuna, señora?
– El tantra, oficial Tewp, es una disciplina cuyo principio esencial es el de agitar y luego canalizar las energías sexuales para dirigirlas hacia un objetivo de transformación del ser entero. Es a la vez una práctica religiosa, una disciplina física y psíquica, un camino iniciático, una filosofía, una sabiduría absoluta y una infecta brujería. Maithuna es esta forma hechicera, negra, del tantra. Si me permite la expresión, es su «tubo de alcantarilla». Los celtas también tenían algo así, aunque ellos lo denominaban el tenghern. Muy duro de dominar, muy duro de soportar, pero muy eficaz, al parecer. En el maithuna todo empieza por una serie de envilecimientos sexuales destinados, entre otras cosas, a liberar al ser de su barniz cultural inicial. Todo esto puede mezclarse con magia roja, magia de sangre animal… en el mejor de los casos. Es lo que debió de ver ayer por la noche. Darpán es un maestro iniciador del maithuna. Pero no practica los oficios con sacrificios humanos. En fin, para ser del todo honesta, digamos que hace mucho tiempo que no practica oficios con sangre humana. Ha dejado atrás esta etapa.
Un estremecimiento helado recorrió mi cuerpo.
– ¿Quiere decir que Darpán ha practicado el maithuna en…?
– Según las reglas del arte, sí… en otro tiempo. Es así. Sabe, oficial Tewp, la sangre tiene sus misterios. Resuena según sus fuerzas propias, pero también es un captador y un fijador de otras energías: las del dolor, las del miedo, las del deseo carnal también. La pulpa de los sacrificados tiñe el cuerpo de los oficiantes y los imprime de una vitalidad que ayuda a su metamorfosis física y espiritual. Eso es la magia roja. Y es algo que se remonta a la noche de los tiempos. Tómelo como quiera, pero también porque se ha atrevido a franquear ciertas puertas, Darpán ha podido adquirir los conocimientos que le han salvado la vida, oficial Tewp. Si no lo hubiera hecho en su juventud, no sería tan fuerte como lo es hoy…
El desapego, la frialdad, el cinismo incluso con que madame de Réault evocaba el pasado criminal de Darpán me rebelaban.
– ¿Cómo se puede quedar tan tranquila ante la evocación de semejantes abominaciones, señora? ¡Perdóneme, pero no lo comprendo! ¡O mejor dicho, me niego a comprenderlo! ¡Verter sangre de inocentes no tiene excusa ninguna, nunca la ha tenido ni la tendrá jamás!
– ¿Quién le dice que estas personas fueron sangradas hasta la muerte? ¿Quién le dice que eran inocentes? ¡Y además, los cristianos hacen algo aún peor al comer el cuerpo de su Dios y absorber su fluido vital todos los domingos en la misa!
– ¡Pero, madame, eso sólo son símbolos!
Esta vez fue la francesa la que alzó la voz.
– ¡Ah, no, oficial Tewp! ¡Esto sería demasiado fácil! ¡Una cosa o la otra! O bien es usted cristiano, y por tanto un auténtico teófago cada vez que el sacerdote deposita la hostia sobre su lengua para que se funda y vierte luego el vino de misa en su garganta, o bien no lo es; si es así, entonces jugar a hacer creer que es un buen fiel es una abominable trampa que se hace a sí mismo. ¡Los actos de fe no soportan las medias tintas, las marrullerías ni las simulaciones, teniente!
Fruncí el ceño. En el campo de batalla de la racionalidad pura, la francesa mantenía posiciones inexpugnables. Sin embargo, me resultaba difícil admitirlo, y juzgué oportuno tratar de despertar en ella un conato de culpabilidad. Peleé duro para intentar llevarla a confesar lo que yo sospechaba desde que había expresado abiertamente su admiración por Darpán.
– Para hablar tan bien de los sacerdotes y defenderles con tanta fogosidad, seguro que usted misma habrá practicado el maithuna, ¿no es verdad?
Garance de Réault estalló en una carcajada clara y franca.
– Hace años de eso, pero es cierto, lo probé, oficial Tewp. Lo probé, pero no tuve fuerzas para recorrer esta vía mucho tiempo. Sólo conocí intensos placeres físicos, maravillosos momentos de fiesta de los sentidos… Lo que tampoco estaba tan mal. La mente, sin embargo, no quiso ir más allá. No conseguí disolverla. Siguió llena de sí misma. Así pues, fracasé y volví con mis semejantes.
Entre los mediocres. Tanto peor para mí. No lamento lo que hice. El éxito quedará para mi próxima reencarnación. ¿Quién sabe?
Madame de Réault creía en la cadena de las existencias, lo que estaba en contradicción con mis convicciones protestantes. Permanecimos una buena parte de la jornada juntos, almorzando en el círculo de la Sociedad de Estudios Asiáticos, uno de cuyos escasos corresponsales extranjeros era precisamente la francesa. Luego quise caminar de nuevo, solo esta vez, con la única intención de disfrutar de un beneficioso paseo. Me detuve un instante ante el escaparate de un librero, donde compré por cuatro cuartos un pequeño volumen de las obras de Keats que me puse a hojear mientras paseaba a la luz blanca y seca de la tarde bengalí. Releí algunos versos de La Belle Dame sans Merci, la obra que siempre había preferido entre todas las suyas.
'I met a lady in the meads
Full beautiful – a Faery's child
Her hair was long, herfoot light,
And her eyes were wild… <strong>[5]</strong>
Mientras volvía las páginas sin prestar atención a lo que me rodeaba, alguien se colocó a mi altura y me siguió en silencio. Cuando por fin le dirigí una mirada, vi que era un hombre de unos treinta años que llevaba un traje cortado a la moda hindú. Su turbante era de color negro.
– ¡Ananda! -exclamé muy sorprendido, mientras hacía desaparecer mi libro en el bolsillo.
La expresión del joven brahmán era grave y su rostro no tenía nada de amable.
– Teniente Tewp. ¿Puedo pedirle que me siga, si tiene la bondad? Mi maestro Darpán y unos amigos desearían verle de inmediato. No se le robará mucho tiempo…
El tono de su voz me desagradaba. Sorda, amenazadora incluso, no parecía dispuesta a tolerar una negativa. Y el brillo maligno que asomaba en sus ojos reforzaba esta impresión. Retrocedí instintivamente ante este hombre que quería aparecer tan frío y austero como su maestro.
– No creo que vaya a seguirle, Ananda. Swamy ha pagado a su maestro las trescientas libras pactadas y yo le he escrito un resumen de todo lo que sabía sobre Keller. Creo que ahora estamos en paz. Dejemos este asunto aquí, si le parece…
– No, oficial. ¡No será así como sucedan las cosas!
Y mientras hablaba, adelantó la mano hacia mi garganta con la velocidad fulgurante de una serpiente que se lanza al ataque. Sólo sentí una ligera presión en la articulación de mi mandíbula y acto seguido me derrumbé en sus brazos, sin perder la conciencia pero incapaz de efectuar el menor movimiento. Oí cómo llegaba un coche y aparcaba precipitadamente junto a la acera, mientras el Bon Po se apropiaba de mi arma, se la colocaba en la cintura y luego me cargaba sobre sus hombros y me conducía al vehículo, que tenía todas las puertas abiertas. Me introdujeron en el interior como si fuera un pastel listo para hornear. Con el rostro hundido en el cuero del asiento trasero, respirando no sabía cómo, lo último que vi fue mi Keats que se deslizaba de mi bolsillo para caer plano sobre las aguas sucias del arroyo…
I saw pale Kings and princes too,
Pale warriors, death-pale were they all;
They cried – La Belle Dame sans Merci
Hath thee in thrall! <strong>[6]</strong>
La decoración se reducía al mínimo. Una gran mesa, sillas. Paredes desnudas, anónimas, sin cuadros, sin adornos, simplemente encaladas. Una bombilla de poca potencia colgaba del techo. Frente a la puerta por la que me habían hecho entrar había otra puerta de madera oscura. Yo estaba sentado, con los miembros libres de ataduras; pero tampoco las necesitaba. La manipulación que Ananda había operado sobre mí seguía produciendo su efecto. El hombre no me había golpeado, y sin embargo, me había dejado inerme, en un estado incapaz de extraerme de un profundo sueño. No sabía dónde estaba. Sólo sabía que el coche había circulado mucho tiempo y que luego me habían sacado de él sin miramientos para trasladarme a esta habitación, creo que sin hacerme subir ninguna escalera. De la casa donde ahora me encontraba sólo había atisbado a ver una fachada negra y una sucesión de pasillos vacíos, oscuros también. Me habían dejado solo. Sin cerrar la puerta con llave. En mi caso, la precaución era inútil ya que apenas conseguía contraer algunos músculos para no caerme de la silla. ¿Cuánto tiempo había durado aquello? ¿Una hora? ¿Dos? Incapaz de precisarlo. Finalmente sentí que recuperaba un poco de energía. En unos minutos, la sangre se puso a circular de nuevo por todo mi cuerpo, provocando dolores que me forzaron a levantarme y a agitarme para relajar mis miembros. Ése fue el momento que eligió Darpán para aparecer.
– Lo lamento, oficial Tewp. Creo que Ananda le ha causado un tormento mayor de lo que esperaba. Esto nos ha retrasado. A usted y a nosotros. De modo que tendremos que apresurarnos.
– ¿Apresurarnos? ¿Para hacer qué? -logré articular, a pesar de que mis mandíbulas estaban tan pesadas y mi boca tan pastosa como si un dentista me hubiera anestesiado para arrancarme un diente.
– En primer lugar, tranquilícese. No pretendemos causarle ningún daño, Tewp. Si ése fuera el caso, hubiera dejado que la Keller acabara su trabajo. Relájese y vuelva a sentarse en su silla.
¿Realmente tenía otra opción? Resignado, me senté de nuevo mientras el brahmán abría la puerta del fondo para dar entrada a cuatro hombres hindúes, vestidos con largas camisas que les llegaban a medio muslo, chalecos de colores y pantalones bombachos. El más pequeño de entre ellos era el único que no llevaba barba. Unas gafas redondas sobre una nariz corta. Poco pelo. Ligeramente rechoncho. Unos hermosos labios orlados. Y también un aire de intelectual… Había visto numerosas fotografías de este personaje desde mi llegada a las Indias. Me levanté para señalar de algún modo el respeto que imaginaba que le debía sin saber muy bien por qué.
– ¡Subhas Chandra Bose! -dijo Darpán-. ¡Netaji! ¡Nuestro guía hacia la libertad!
Mi cuerpo aún estaba jadeante, pero mi cerebro funcionaba bien. Tendí hacia Netaji una mano que él no cogió, contentándose con saludarme con una breve inclinación de cabeza antes de sentarse frente a mí.
– Señor David Tewp -dijo empleando el más distinguido de los acentos-, ¿sabe usted quién soy?
– Sé quién es, como también conozco sus ambiciones políticas sobre la India. Sí. Sé que sus preferencias se inclinan por los alemanes y los japoneses antes que por los británicos. Esto no le hace particularmente simpático a mis ojos, señor.
Bose se contrajo como si le hubiera lanzado un golpe. Se ajustó las gafas, acercándolas al máximo a sus ojos, y me observó un instante sin decir nada. Su mirada era intensa, directa. La sostuve.
– En cuanto vuelva a Delhi, sus camaradas de Scotland Yard o del MI6 me detendrán, oficial Tewp. Dentro de unos días. De unas horas tal vez. Quieren impedirme actuar. Muy especialmente durante la visita que su rey Eduardo ha tenido a bien hacer a las Indias. Y yo no me opondré. Sí, tengo intención de dejar que me lleven a prisión. ¿Sabe por qué, oficial Tewp?
No, yo no sabía por qué Netaji tenía intención de acceder sin rechistar a probar los calabozos británicos. ¿Tal vez alguien le había alabado las dulzuras de los «Adán y Eva en una balsa» o los «Zeppelin en las nubes»? Bromas aparte, desconocía las motivaciones profundas de este hombre y no tenía la menor intención de devanarme los sesos tratando de adivinar su naturaleza.
– Porque voy a confiarle una misión, teniente. Y sé que usted la llevará a buen fin por mí.
– Yo no trabajo para usted, señor. Y no adivino nada que pueda atraerme al campo de los sediciosos. Si espera convertirme en un agente doble, le prevengo que no dispondrá de muchos medios de presión para alcanzar sus fines. Tengo tan pocas dependencias como necesidades, mi familia es casi inexistente y tampoco arrastro deudas de juego que usted pueda satisfacer.
Netaji suspiró.
– ¿Tan torpes nos cree, oficial Tewp? Hay ojos que le observan desde su llegada. Numerosos ojos. Ojos masculinos, ojos femeninos y, ¿quién sabe?, tal vez incluso ojos de otra naturaleza. Sí, hemos tomado nota de sus costumbres, de sus inclinaciones, de su forma de actuar. Hemos comprendido qué le impulsaba a actuar, teniente. Y por eso justamente he querido verle, porque lo considero un hombre íntegro y porque sabe tan poco sobre sí mismo que incluso sería casi cómico si no viviéramos tiempos tan agitados. ¿Qué sabe usted exactamente de la mujer occidental Ostara Keller, señor Tewp?
¡Keller! ¡Otra vez ella! Darpán ya me había planteado esta misma pregunta.
– Keller es una agente del SD Ausland. Estos últimos días ha asesinado de un modo particularmente atroz a dos agentes del MI6 y, hace dos noches, a cuatro de los soldados que habían ido a arrestarla al Harnett. Creo que prepara un atentado contra una alta personalidad que se supone que acompañará al rey al margen de su visita a las Indias. Una persona que sin duda le es muy querida y cuya brusca pérdida podría conducirle a modificar ciertos proyectos de renuncia al trono. Si interroga a Darpán, tal vez le dirá también que esta mujer es…
– Netaji sabe que Keller es una especie de bruja, oficial -cortó el brahmán-. Pero no es eso lo que interesa ahora…
Frente a mí, Netaji colocó las manos bien planas sobre la mesa.
– Las conclusiones a las que ha llegado son interesantes pero erróneas, teniente. La mujer Ostara Keller es uno de los más brillantes elementos de los servicios secretos nacionalsocialistas. Ha recibido una formación excelente, se educó en parte en Estados Unidos, habla con fluidez varios idiomas y desde hace unos meses está ascendiendo cómo una flecha en la jerarquía del SD. Es también uno de los miembros fundadores del Ahnenerbe, una sección de las SS encargada de tareas que se apartan de las normas. Su oficial de referencia en Berlín es uno de los hombres de confianza de Heydrich, el Standartenführer Thörun Gärensen. Sin embargo, en contra de lo que piensa, Keller no ha viajado a las Indias para matar a Wallis Simpson, si es a ella a quien se refiere. Ha venido para protegerla. ¡En este sentido, Keller es su aliada!
Mis costillas se elevaron como después de oír un buen chiste. Era la última revelación que hubiera esperado oír. ¿Cómo podía tener Netaji la impudicia de pronunciar semejante tontería? Yo había visto con mis propios ojos cómo Keller daba muerte a unos soldados británicos. Había sufrido en mi carne sus infectas maniobras de envenenadora…
– ¿Cómo puedo creerle, señor? El hombre que se encuentra a su lado, Darpán, sólo piensa en poner fin a los daños que causa esta mujer. Incluso sospecha que secuestra a niños en los barrios bajos…
– Justamente porque Darpán se ha interesado por este personaje, sabemos tanto sobre él, señor oficial. Sabemos mucho más… Y no avanzamos sin pruebas. ¿Se siente ahora bastante firme sobre sus piernas para acompañarnos?
Le indiqué con un gesto que sí. Netaji se levantó y me invitó a seguirle. La puerta del fondo daba a un pasillo oscuro que conducía a un gran patio que se extendía a lo largo de unos mediocres edificios de madera y adobe. Todavía había luz. Calculé que aún debían de quedar casi dos horas de claridad. Mi desvanecimiento no había sido tan largo como en un principio había temido. Una pequeña multitud se agitaba en la explanada: hombre en taparrabos, con los pies desnudos, mujeres con pantalones anchos y chaqueta larga, y niños también, con el mismo atuendo que los adultos. Ninguna mirada se volvió hacia nosotros.
– Este lugar es una escuela -me dijo Netaji-. Una escuela clandestina. Aquí se enseña un arte que hace ya tiempo que no está autorizado por los ingleses: el arte del kalaripayatt, la ciencia hindú del combate con arma blanca y con las manos desnudas. Todas las figuras que dibuja se inspiran en combates animales.
Ésas fueron todas las explicaciones que recibí entonces, ya que Netaji siguió sin detenerse mientras caminábamos por la galería abierta. Sólo tuve tiempo de echar una rápida ojeada al fantástico espectáculo que se desarrollaba ante mí. Dos hombres se saludaron, con las palmas juntas y el busto erguido, y acto seguido su cuerpo se recogió de pronto sobre sí mismo, con las rodillas dobladas y las manos abiertas tendidas hacia delante como si fueran garras, y luego se distendió para precipitarlos uno contra otro en un torbellino de polvo en el interior del cual giraban y peleaban como gatos salvajes. Sus movimientos, vivaces y furiosos, eran incisivos, terriblemente precisos. En mi vida había visto un combate como aquél. Los saltos que estos dos hombres efectuaban eran de una amplitud y una belleza prodigiosas, como si se hubieran liberado de su peso. Finalmente uno cayó al suelo y su adversario se precipitó sobre él, con los talones apuntando a su garganta. Si no hubiera apartado los muslos en el último instante para posar los pies sobre el polvo, a los dos lados del rostro del perdedor, no cabe duda de que éste hubiera acabado con la garganta destrozada y hubiera muerto asfixiado.
Reduje un poco la marcha, ávido por ver más. Un poco apartadas, vi a dos mujeres entrenando. Una, de blanco, llevaba un pequeño escudo redondo sobre su antebrazo izquierdo y sostenía una larga cinta de acero flexible en su mano derecha. La otra, vestida de azul, manejaba una lanza de punta aguzada, montada sobre un asta de madera de unos siete pies de longitud. Su enfrentamiento era encarnizado, acaso más espectacular que el duelo de los hombres. La cinta de acero que la combatiente del escudo sostenía con una especie de empuñadura cruciforme era tanto un látigo como una espada, y hendía el aire a su alrededor emitiendo horribles bufidos. La otra respondía lanzando golpes de filo y de estoque con su pica, haciendo deslizar de pronto entre sus dedos el mango aceitado para sorprender a su adversaria y descargar contra ella increíbles reversos. Sin duda ésta se veía favorecida por el mayor alcance de su arma, y juzgué que era también la más experimentada: utilizaba bien la respiración y procuraba alternar con regularidad sus fases de ataque y de defensa. Su adversaria, que visiblemente tenía menos experiencia en su arte, trataba, al contrario, de lanzar tantas ofensivas como podía, pero se agotaba pronto con este juego y podía verse que cada segundo que pasaba le hacía perder fuerzas y aliento. Finalmente, cuando parecía encontrarse ya al límite de sus fuerzas, la portadora del escudo soltó de pronto sus dos armas, el redondel de madera y el látigo de acero, y las lanzó lejos, abriendo ampliamente los brazos como una crucificada, ofreciendo sin presentar resistencia su pecho a la punta de su enemiga. Pero entonces, mientras todos contenían la respiración y la punta de acero estaba a punto de penetrar en la carne, sucedió algo increíble. Con sus palmas desnudas, como si cerrara las manos para aplastar a un insecto en pleno vuelo, la muchacha bloqueó la hoja de la pica con una presión tan intensa que la onda de choque repercutió en el asta, haciéndola vibrar con tanta fuerza que la combatiente que la sostenía la soltó. La muchacha de blanco recuperó con una torsión del cuerpo el arma que caía, y la giró con la velocidad del relámpago para apuntar con ella a la frente de su desorientada adversaria.
Yo me había quedado sin aliento, y mi corazón debía de palpitar tan rápido como el de las gladiadoras, si no más. Hubiera querido asistir a otros combates, pero uno de los guardias de corps de Netaji me dio un empellón, obligándome a avanzar. Recorrimos la galería hasta el extremo y llegamos ante una puerta con los paneles reforzados con barras de hierro, que abrieron sin usar ninguna llave. Netaji me precedió y Darpán me rogó que entrara a mi vez. Vacilando, pero conminado a hacerlo, penetré en un cuarto sin ventanas, con el suelo extrañamente recubierto por una tela alquitranada marrón que crujía bajo mis pasos y que también subía por las paredes. Por todas las paredes. La única iluminación de la habitación procedía de dos lámparas de gas. A nuestra llegada, un hombre tendido en una estrecha cama de hierro a la europea trató de levantarse, pero debía de estar enfermo, porque enseguida cayó hacia atrás.
– Acérquese, señor oficial. Le presento a Erick Küneck… Nuestro muy apreciado invitado.
El halo de las lámparas era débil, y tuve que acercarme hasta la cama para distinguir los rasgos del hombre. Incrédulo, reconocí la nariz fina, la mandíbulas hundidas y la frente huidiza del personaje que había tenido delante durante más de una hora en el Harnett, la primera mañana de la vigilancia de Keller. El estado de Küneck era lamentable. Sus manos y su torso estaban envueltos en vendas. Tenía los ojos febriles y la tez casi tan pálida como la de un muerto. Por un momento creí que también él era víctima de un hechizo.
– Si bien le estamos prodigando nuestros mejores cuidados, por desgracia el señor Küneck aún está muy débil. Sin embargo, podrá hablarle y responder a sus preguntas, oficial Tewp. Pero tal vez antes deba explicarle por qué este hombre se encuentra entre nosotros en estos momentos. Sabe, ha sido un conjunto de circunstancias bien extrañas lo que nos ha conducido hasta él. Y usted está un poco en el origen de todo. En primer lugar, cabe señalar las órdenes que su jerarquía le dio de vigilar a esa mujer, Ostara Keller. Usted realizó su cometido con tanta torpeza, oficial Tewp, que fue fácil engañarle. Personalmente tengo mis dudas sobre esta historia de hechizos en la que Darpán parece creer con tanta firmeza. Desde luego, es una posibilidad que no puedo descartar por completo, pero considero mucho más sencillo imaginar que Keller se las ingenió para hacerle ingurgitar algún tóxico químico que le provocó esos dolores que tanto le hicieron sufrir, según me han dicho. En fin, poco importa ya eso. No sé si realmente se lo debe, pero Darpán afirma que le salvó. Acepto el romanticismo de este acontecimiento tal como él lo describe. Todo esto, al fin y al cabo, no es más que una anécdota.
Emití un sonoro gruñido que quería indicar que mi vida -igual que mi muerte- no podía considerarse como una simple nota a pie de página. Pero Bose no me prestó atención.
– Sea como fuere, Darpán se empeñó en averiguar más sobre esta mujer. Localizó al hombre que usted mencionaba en la nota que le había reclamado. Lo encontró y lo… ¿Cómo decirlo?
– Le interrogué -precisó sobriamente el brahmán.
El laconismo del Bon Po provocó la risa de Bose.
– Sí. Eso es. Digamos que Darpán le interrogó. De un modo un poco apremiante, como puede constatar -dijo Netaji señalando negligentemente al pobre tipo jadeante, que apenas se movía sobre su camastro.
– No juegue con las palabras, Bose. Darpán torturó al alemán -escupí con desprecio lanzando una mirada de odio al sacerdote.
Por más que este individuo me hubiera salvado y hubiera purgado el cuerpo del pequeño Khamurjee del veneno de serpiente que lo infectaba, ahora sólo sentía odio hacia él. La horrible escena orgiástica de la que, por azar, había sido testigo la víspera, ya me había infundido desconfianza hacia este hombre. Lo que luego había sabido de boca de madame de Réault no había hecho sino alimentar esta repulsión naciente. Y el espectáculo penoso que ofrecía ahora Erick Küneck había acabado por culminar aquella imagen odiosa del brahmán del turbante negro.
– Sí, le torturó -admitió Netaji-. Sin duda por malas razones y utilizando un pésimo procedimiento, se lo concedo. Pero para conseguir una buena pesca…
– ¿Le ha revelado el paradero de Keller? -le corté, de pronto interesado por lo que iba a revelarme el jefe del Partido Nacionalsocialista.
– Tal vez. Sin embargo, eso ya no es lo importante. Señor Küneck, ¿está en situación de repetir a este oficial inglés lo que nos ha estado explicando?
Por miedo ciertamente, y sin duda por lasitud, Küneck habló. Durante cerca de una hora, con voz débil pero firme, desgranó lo que sabía de la historia de Ostara Keller, de los objetivos de su misión, y relató cómo, bruscamente, la situación había dado un vuelco. Según él, Keller había sido enviada a las Indias a petición de Donovan Phibes, un informador inglés que colaboraba con el SD Ausland desde hacía mucho tiempo y en quien los alemanes tenían absoluta confianza. Ese hombre, Phibes, había advertido muy pronto a los servicios secretos de Heydrich de la llegada a Bengala de Simpson. Keller había sido destinada al lugar para estudiar sobre el terreno la posibilidad de eliminar discretamente a la americana. Allí había establecido contacto directo con Donovan Phibes, un funcionario que ocupaba un puesto de relevancia en la administración imperial. Éste había trabajado con ella para proporcionarle vías de salida del país en cuanto hubiera cumplido su misión. También le había procurado dinero, preparado apoyos diversos y proporcionado abundante información sobre los desplazamientos previstos de Eduardo VIII y su amante. Era un hombre terriblemente bien informado. Demasiado bien informado, incluso. Esto había alertado a Keller. Con Küneck, había dado vueltas al problema, examinándolo desde todos los ángulos posibles. Indicios, detalles, verificaciones, deducciones diversas habían acabado por poner a los dos espías en la senda de la verdad: desde el inicio, ellos habían sido unos meros peones. Desde el inicio, Phibes los manipulaba. Phibes -Keller había adquirido esta convicción- no se contentaba con asesinar a Wallis Simpson. Quería acabar también con Eduardo VIII, y que la responsabilidad por este doble asesinato recayera sobre los alemanes.
– Pero ¿por qué? ¿Por qué un inglés querría montar semejante maquinación?
– Para desencadenar cuanto antes una guerra con mi país -respondió el agente del SD en un estertor.
– Alemania aún no está preparada para la guerra, oficial Tewp -intervino Netaji, al ver que el prisionero estaba exhausto-. Llegará un día en que podrá desafiar a toda Europa. Llegará un día en que será bastante poderosa para eso, tanto que incluso también podrá ayudarnos en la lucha que mantenemos por nuestra independencia. Pero aún no ha llegado esa hora. Los más clarividentes entre los antiguos aliados, franceses, ingleses (incluso americanos), son perfectamente conscientes de esto. Para ellos, atacar a Alemania y derribar a los nacionalsocialistas antes de que sea demasiado tarde es la única forma razonable de evitar una nueva guerra larga, terrible, sin duda más sangrienta que el conflicto de 1914. Asesinar al rey de Inglaterra y hacer cargar con la responsabilidad al SD es una obra de gran patriota. Donovan Phibes es un gran patriota. Pero es nuestro enemigo. Porque si su proyecto triunfa, Alemania será vencida, el poder de Inglaterra quedará reafirmado por cincuenta años y la India no será libre antes del próximo siglo. ¡Lo paradójico de esta situación, teniente Tewp, es que nuestro enemigo es también el suyo, ya que Phibes proyecta asesinar al rey al que usted ha jurado fidelidad!
Los ojos fríos de Netaji se habían hundido en los míos como para hipnotizarme, y cual conejo fascinado por la serpiente, yo ya no podía moverme, ni siquiera podía pensar. Las revelaciones de Bose habían abierto una grieta en mis convicciones; o más bien una serie de grietas. Mis certezas no eran ya más que un vidrio frágil que se resquebraja bajo una repentina granizada. Ya no estaba seguro de nada. Este hombre podía haberme mentido, claro está. Podía haber drogado a Küneck para hacerle mantener un discurso acorde a su voluntad. O sencillamente haberle amenazado con seguir torturándole. Todo era posible. Sin embargo, la exposición de Bose era coherente. Un alto responsable inglés -del gabinete de Asuntos Exteriores, probablemente-, al tanto de la situación internacional, podía haber tenido la clarividencia necesaria para anticipar las consecuencias de un nuevo conflicto que enfrentara a Inglaterra y Alemania en el curso del próximo decenio. Después de dieciocho años de ocupación francesa, Berlín acababa de recuperar la cuenca industrial del Ruhr. Su aviación empezaba a desarrollarse de nuevo y había enviado a España un cuerpo expedicionario, simbólico pero eficaz, para combatir junto a las tropas antirrepublicanas. Industrial y operacionalmente, todo indicaba que antes de diez años Alemania volvería a estar en condiciones de inflamar el continente europeo. Que un hombre decidido conspirara para precipitar los acontecimientos y perforar cuanto antes el absceso del nazismo parecía, al fin y al cabo, plausible. Sin embargo, necesitaba otras pruebas antes de aceptar esta versión. Otras explicaciones…
– ¿De modo que Darpán secuestró a Küneck sin tener la menor idea de toda esta trama?
– Netaji ya se lo ha explicado, Tewp. Yo estaba interesado en Keller porque quería determinar las fuentes de sus conocimientos ocultos. Es una maga negra muy eficaz. Estoy seguro de que tendría muchas cosas que enseñarme. Pero de hecho, Küneck apenas sabe nada de los particulares talentos de esta mujer. En cambio, cuando le «interrogué», me reveló la existencia de Donovan Phibes y me explicó que el SD había aceptado la proposición de este último de eliminar a Wallis Simpson para que Eduardo VIII permaneciera en el trono. También me dijo que Keller había adivinado finalmente las motivaciones profundas del informador. Juzgué que esto era importante para la causa de la libertad. Hice avisar a Netaji y se lo expliqué todo. El ordenó entonces que curaran a Küneck y luego quiso verle a usted. Ya conoce lo que sigue.
– Pero usted sólo se basa en suposiciones y en las palabras de un hombre llevado al límite por los malos tratos que le ha infligido. ¡Ninguna prueba tangible apoya la tesis de un complot inglés para asesinar al rey con la colaboración de una asesina alemana! Y además, nuestros servicios estuvieron muy cerca de detenerla hace dos noches. ¡Lo sé porque estaba allí!
Oí suspirar a Bose, como si mi comentario le crispara los nervios.
– Claro que le enviaron a usted y no a cualquier otro al frente de un pelotón de incapaces -exclamó-. Hardens es, qué duda cabe, uno de los cómplices de Phibes. El se encargó de designar a un teniente ingenuo de poca monta y sin experiencia como usted para que capturara a una asesina del SD, llevando como refuerzo a un equipo de militares demasiado impulsivos para conducir esta operación correctamente. Frente a ella, su unidad no tenía, evidentemente, ninguna posibilidad.
– Pero ¿por qué demonios iba a proceder de ese modo?
– Para darle la impresión de que Keller se encontraba efectivamente acosada. Y de que usted encabezaba la caza -añadió Küneck, que se había rehecho un poco.
– Donovan Phibes necesitaba a un ingenuo -continuó Bose-. Un hombre de buena fe que podría dar testimonio de los esfuerzos realizados por Hardens para detener a esta mujer. Y un hombre, también, que podría acumular las pruebas de cargo contra los alemanes después de la muerte del rey y de su amante. Un hombre simple. Un hombre honesto. ¡Usted, teniente!
Al escuchar estas revelaciones, sentí como si una tenaza de hierro me oprimiera el cráneo. Un dolor punzante surgió en mi nuca, me perforó el cerebro en línea recta y estalló en mi frente. Creo que, en ese instante, incluso mi propia muerte me hubiera parecido dulce. Bose y Darpán se habían acercado a mí. Uno se secaba los vidrios de sus gafas empañadas por el ambiente cerrado de la habitación, y el otro, un poco más atrás, me observaba sin sonreír.
– Pero ¿por qué tienen que confesarme todo esto? -les pregunté-. ¿Qué papel pretenden que represente?
– Le necesitamos, oficial Tewp, porque sabemos que Hardens le ha designado para acompañar a Wallis Simpson durante su estancia en Calcuta. Por el relato del señor Küneck, es posible que Phibes ignore aún que Keller ha descubierto su juego, a pesar de que la austríaca no se ha presentado en el escondite que él le había preparado para un caso de emergencia. Porque es un hecho: nadie sabe dónde se encuentra Keller actualmente. En adelante, los golpes pueden proceder de cualquier parte. Ya que se ha ganado un asiento en primera fila, Tewp, ahora es a usted a quien corresponde mover pieza. Y procure no equivocarse de diana cuando los acontecimientos se precipiten.
– Hay un punto que sigo sin entender, Bose. Si tengo que creerle, Phibes pretende eliminar al rey y hacerlo pasar por un atentado organizado por los alemanes.
– Exacto.
– Pero esto es estúpido. ¡Todo el mundo sabe que si Berlín tiene interés en desembarazarse de Simpson es precisamente para que Eduardo permanezca en el trono y no sea reemplazado por Jorge VI! ¡Su historia no se sostiene!
– Evidentemente, aún hay una sutileza, Tewp. Darpán, se lo ruego, ¿quiere responder por mí?
– Tal vez todavía haya un detalle que ignora, teniente. Algo que su superior Hardens aún no le ha revelado. Una vez haya finalizado la parte oficial de su visita, el rey ha decidido permanecer unos días en las Indias en visita privada, con su amante. Residirá aquí, en Bengala. Creemos que es ahí donde golpeará Phibes, de un modo u otro. Habrá un atentado que apuntará, aparentemente, sólo a Simpson, pero del que Eduardo también será víctima… un accidente… Sin embargo, el resultado estará ahí. La versión oficial de los acontecimientos que se dará al mundo será que espías alemanes han asesinado al rey de Inglaterra. Éste será el detonante que desencadenará la guerra en Europa.
– Si Eduardo muere aquí, en Bengala, con su amante, estallará un conflicto de gran envergadura en la semana posterior al drama. ¡Imagine el desastre! Le guste o no, Tewp, usted es una de las contadas personas que puede impedir que esto suceda. De modo que reflexione, porque ahora es usted quien debe decidir el papel que quiere representar.
Hubo un silencio. Yo ya no sabía qué decir ni qué pensar. La exposición de Netaji me había turbado más de lo que quería confesar. Aún confuso, busqué una forma de prolongar la conversación con la esperanza de entresacar alguna información inédita, una pista nueva que explorar.
– ¿Qué será de Küneck? -pregunté por fin señalando con el mentón al pobre tipo, que se había puesto a gemir de nuevo en su lecho de dolor.
– Temo que nuestro amigo Darpán se haya excedido un poco con él. Objetivamente es nuestro aliado. Pero se encuentra en un estado lamentable. Ha revelado todo lo que podía comunicarnos. En lo que a mí concierne, su suerte me es indiferente. Que Darpán decida.
Una gran sonrisa iluminó entonces el rostro oscuro del Bon Po, que en dos zancadas volvió junto al lecho del alemán, y, tras desenvainar un largo puñal de doble hoja que llevaba oculto bajo sus ropas, degolló al desventurado sin la menor vacilación. El sacrificado se agitó durante más de un minuto en su cama como una hoja zarandeada por el temporal, pero no gritó. Su lengua, su boca, su laringe, estaban demasiado resecas para eso. La sangre manchó el suelo y las paredes, cayendo sobre la tela alquitranada que habían extendido en la habitación sabiendo que aquel lugar se convertiría en un matadero. Salí al pasillo y me apoyé en la pared, a punto de vomitar. Bose me siguió. Ajustándose las gafas sobre su nariz en forma de botón, Netaji, el Guía, me dirigió una mirada de reproche, como si fuera indecente que mostrara compasión hacia el hombre del SD.
– Tiene usted un alma sensible. Si se equivoca de campo, Tewp, le espera esa misma suerte. De modo que recuerde nuestra conversación, porque nuestra entrevista ha terminado.
Bose chasqueó los dedos como un sultán de otros tiempos, y acto seguido dos de sus guardias me sujetaron por los brazos y me condujeron con firmeza al exterior. El patio donde se desarrollaban los entrenamientos de kalaripayatt estaba ahora desierto. De una de las alas del gran edificio se elevaban cantos graves. En el crepúsculo, la calma de las oraciones reemplazaba a la furia de los combates. Darpán nos seguía a distancia. Me hicieron subir al coche que me había traído, y el brahmán se instaló a mi lado. Cuando manifesté mi sorpresa por que me dejaran observar libremente los alrededores, sonrió.
– ¿Para qué le serviría reconocer esta casa? Ya ha cumplido su función. Dentro de una hora estará vacía, y el cadáver del alemán habrá sido desmembrado y arrojado a las ratas de las alcantarillas. En cuanto a Netaji, habrá partido de nuevo a Delhi…
– Y usted, Darpán, ¿dónde estará dentro de una hora?
– Quién sabe, David Tewp, quién sabe…
Sin ocultarse, los esbirros de Chandra Bose me habían dejado ante la entrada principal del gran cuartel de la ciudad. No hubo ninguna despedida por parte de Darpán. Ni tampoco nuevas advertencias. En apariencia, todo lo que la gente del Arya Samaj, el Partido Nacionalista hindú, tenía que decirme había sido pronunciado en la casa donde Küneck, el jefe de espías del SD Ausland, acababa de morir. De todos modos, Netaji me había devuelto el Webley, que colgaba de nuevo en mi cadera. Su peso era tranquilizador. Indeciso, trastornado aún por la escena de que acababa de ser testigo, fatigado por todas las tensiones que había acumulado en estos últimos días y con la mente decididamente incapaz de discernir entre la verdad y la mentira, opté por concederme unas horas de reposo. Volví a mi habitación, donde, evidentemente, fui incapaz de conciliar el sueño. No era demasiado tarde; a buen seguro el comedor de oficiales aún estaría abarrotado. Tal vez tenía una oportunidad de encontrar a Hardens allí. Volví a vestirme y salí a toda prisa, decidido a lanzarme y contárselo todo sobre mi encuentro con Bose. Al fin y al cabo, en tanto que oficial de la Firma, ése era mi deber.
El club de los oficiales estaba, en efecto, lleno a reventar. La atmósfera cargada de humo, el alboroto, el ruido de risas y conversaciones, no me hicieron renunciar de mi propósito de buscar al coronel. Mientras iba de mesa en mesa tratando de encontrarle, un mayor que no recordaba haber visto nunca me miró de pronto con evidente fastidio antes de señalarme a los demás con la punta de su cigarro.
– ¿No es ése el tenientecillo que el otro día creyó conveniente descargar una bala inglesa en el cuerpo de un suboficial inglés?
Era indudable, el tono cáustico pretendía ser hiriente. Yo no me di por enterado, pero otro se levantó y vino directamente hacia mí, con un vaso de ginebra en la mano. Yo conocía bien aquella silueta de fauno obtuso. Era la del capitán Gillespie. Su aliento apestaba a alcohol.
– ¡Señor Tewp! ¡Aquí está otra vez! ¿No le han indicado en la entrada que en este lugar no se aceptan mujeres, indígenas ni traidores? ¡Porque creo que puede reivindicar la pertenencia a dos, al menos, de las categorías citadas! ¡Le dejo el trabajo de elegir cuáles! -dijo volviéndose y alzando su vaso en atención a sus amigos.
La asamblea se vio agitada por una risa maligna mientras mi cuerpo se ponía en tensión. En lugar de responder, hundí las uñas en mis palmas y apreté el paso para llegar al extremo de la sala, donde por fin había entrevisto a Hardens. Pero Gillespie no parecía dispuesto a permitírmelo. El capitán se plantó ante mí y me bloqueó con su cuerpo.
– ¿Acaso no me ha oído, Tewp? Su presencia es tan poco aceptada aquí como lo sería la de un insignificante caporal indígena. ¡Vuelva con sus nuevos amigos, vístase como ellos con un turbante y un sarong, señor adorador de vacas! Pero háganos un favor, ¿quiere? Guárdenos lo mejor de su persona… ¡El jardinero de los invernaderos reales tal vez saque de sus cagarrutas un abono aceptable para sus plantaciones!
Aquella salida de tono provocó la hilaridad general. Esta vez se había excedido. Quise replicar, pero no me vino ninguna respuesta a la mente. No me quedaban más que los puños. Armé rápidamente mi brazo echándolo hacia atrás, pero alguien se había anticipado a mi reacción. Sentí el peso de un hombre abatiéndose sobre mí. Mis rodillas cedieron y caí al suelo, dominado por un mocetón que me mantenía los miembros paralizados con una fuerte presa. Atraídos por la riña, todos los oficiales se levantaron y se agruparon en torno a nosotros. Mientras mi adversario me mantenía en el suelo, tendido penosamente a los pies de Gillespie, que seguía burlándose de mí, una voz tronó, una voz que yo conocía. Era la de Hardens.
– Si estos dos hombres mantienen alguna diferencia -dijo-, es conveniente que puedan solventarla limpiamente al margen de toda jerarquía militar. ¡Señores, levanten de inmediato al teniente Tewp!
El comparsa de Gillespie aflojó su mano de hierro y permitió que me incorporara. Yo estaba rojo de vergüenza y de cólera, pero no tenía miedo. ¡Al contrario! No temía enfrentarme a quien hiciera falta en un combate cara a cara.
– Capitán Odet Gillespie, y usted, teniente David Tewp -dijo Hardens-, ¿quieren quitarse la chaqueta y olvidar sus respectivos grados para medir sus fuerzas y zanjar así sanamente su disputa?
Satisfecho al fin de poder expresar todo el desprecio que siempre había sentido por mí, Gillespie escupió un «sí» firme y bravucón, en la convicción de que podría derrotarme a las primeras de cambio. En cuanto a mí, acepté con una simple inclinación crispada del mentón. En torno a nosotros, los duelistas, se elevaron gritos de entusiasmo que hicieron resonar de un modo extraño esta gran sala consagrada habitualmente a la calma y las conversaciones amortiguadas. En un santiamén, las mesas, los divanes, los sillones de cuero que constituían el mobiliario fueron empujados contra las paredes y las alfombras enrolladas y apartadas para despejar un círculo bien marcado justo debajo de una araña de cristal que alguien encendió para iluminar el espacio. La escena se organizó en medio de gritos, silbidos y llamadas estentóreas. Se realizó una primera apuesta, y en pocos segundos el dinero empezó a circular de mano en mano. Un hombre de pequeña estatura pero vigoroso, con una pelambrera rubia que le colgaba en mechas desordenadas y unos ojos de un azul extraordinariamente claro, se abrió paso hasta mí.
– ¡Soy el aspirante Shaw, amigo! ¡Si quiere un asistente, soy su hombre!
Me cogió la mano y me la sacudió con fuerza, antes de colocarse rápidamente a mi espalda para sacarme la chaqueta con aire decidido. Agradecido por haber encontrado al menos a un aliado entre todos los rostros hostiles que me rodeaban, me dejé hacer de buena gana.
– ¿Por quién apuesta, Shaw? -pregunté mientras me arremangaba las mangas de la camisa, embriagado yo también por el ambiente de pelea de boxeo que crecía en torno a mí.
– ¡Por usted, claro está! Ya debo mis tres próximas soldadas. Si pierdo, sólo serán diez libras más que devolver. ¡Una gota de agua en el océano! ¡Pero si tumba a Gillespie, puedo rehacerme completamente! ¡Y además, mi otro vicio, aparte del juego, es mi afición a las situaciones desesperadas!
Sus palabras de aliento no habían sido particularmente exaltantes, pero fueron las únicas que me prodigaron entonces, así que tuve que contentarme con ellas. Hardens se adelantó hasta el centro del círculo e hizo que Gillespie y yo nos colocáramos uno frente a otro. Exigió de nosotros la más perfecta lealtad en el combate: no debíamos lanzar golpes por debajo de la cintura, utilizar los pies o las rodillas para golpear, morder, estrangular o hundir nuestros dedos en los ojos del adversario. Aparte de estas restricciones, todo estaba permitido. Tendí la mano a Odet Gillespie, pero él la desdeñó y se dirigió a la periferia del círculo volviéndome ostensiblemente la espalda. Alguien golpeó una bandeja de cobre con un cenicero y el combate empezó. Avancé hasta el centro del ring a pesar de los paquetes de cigarrillos vacíos o las pieles de naranja que me tiraban a la cara, a pesar también de los silbidos y los gritos hostiles que me lanzaban. Gillespie hizo lo propio, con los dientes apretados y una mirada cargada de odio. Demasiado pronto, y demasiado lejos de mí, descargó una primera salva de golpes que no me alcanzaron y que ni siquiera tuve que esquivar, tan mal había calculado las distancias. Me equivoqué al tomar esta torpeza por inexperiencia y me puse en tensión, preparando el contraataque. Pero Gillespie no era ni mucho menos un pardillo en el combate cuerpo a cuerpo. El tipo practicaba el entrenamiento militar con regularidad y le gustaba pelear. No se detuvo en su lamentable amago de ataque, sino que siguió adelante reiterando su encadenamiento de golpes, un derechazo seguido de dos pequeños crochets ascendentes, vivos, cortos y contundentes. ¡Aunque evité el primer golpe, recibí el doblete en pleno mentón! Mi cuerpo resonó bajo el impacto. Sentí en todo mi ser, hasta en el último de mis huesos, este castigo brutal, seco, severo, que me aturdió e hizo que me tambaleara como si de pronto ya no tuviera piernas. Me precipité contra los espectadores, que de un empellón me devolvieron al centro del círculo, frente a Gillespie, ya radiante y seguro de su victoria. Traté de aprovechar el impulso que me habían dado y arremetí directamente contra el capitán, con los puños tendidos hacia delante como un ariete. Pero mi carga, torpe e infantil, estaba condenada a un ridículo fracaso. Gillespie no tuvo ninguna dificultad en evitarme con un paso de lado y derribarme con una simple zancadilla. Caí cuan largo era sobre el entarimado y mis mandíbulas entrechocaron con tanta fuerza que me mordí la lengua y un líquido caliente, salado, repugnante, me llenó la boca. Escupí al suelo una burbuja de sangre y de saliva y luego me levanté como pude, sin que Gillespie se aprovechara de mi debilidad para acabar conmigo. En torno a mí, los espectadores se desgañifaban lanzando alaridos e invectivas groseras. Por espacio de un segundo, vi el rostro cuadrado de Shaw, con sus ojos azules clavados en mí, articulando palabras ininteligibles. Medio grogui, con un hilo de sangre deslizándose de la comisura de los labios, me erguí y volví a ponerme en guardia. ¿Y ahora? ¿Qué golpes debía aplicar? ¿Qué trampa podía tenderle? ¿Qué estrategia debía adoptar? A esas alturas, ya no tenía ni la menor idea. Y entonces, de pronto, una imagen estalló en mi cerebro: la de los dos combatientes hindúes a los que había visto luchar esta misma tarde en el patio de la casa donde me había encontrado con Netaji. Volví a ver a esos hombres tan nítidamente como si hubiera estado sentado en la sala de un cine, vi sus movimientos, sus trucos, sus tácticas… Si quería vencer a Gillespie, tenía que pelear como ellos. Haciendo acopio de energía, copié una de sus figuras, un salto muy alto que debía elevar el cuerpo del agresor hasta la vertical de su víctima para que pudiera asestarle un violento golpe en la fontanela, un punto extremadamente sensible de la anatomía humana. Distendiendo los músculos de mis piernas como resortes, traté de elevarme lo más alto posible mientras Gillespie, perplejo por la aparente incoherencia de mi maniobra, se quedaba súbitamente inmóvil. Pero mi cuerpo no estaba suficientemente musculado ni era bastante ágil; mi golpe, que pretendía ser tan definitivo como el de un maza abatiendo a un buey, quedó casi sin efecto, porque se deslizó por el rostro del capitán tropezando sólo con su arco superciliar. Se escucharon risas, nuevos gritos… Y luego Gillespie volvió hacia mí con la velocidad de un rayo, me descargó un golpe que no supe parar, y antes incluso de que tuviera tiempo de sentir ningún dolor, para mí no hubo más que oscuridad y el calor de una bienaventurada inconsciencia…
– ¡Teniente Tewp! ¡Teniente!
No reconocí la voz que me llamaba. Resonaba tanto que parecía salir de una trompa de cobre, y era tan desagradable que decidí no responder a ella, prefiriendo errar en un sueño febril y embriagador. Recibí una bofetada. Y luego otra. A continuación unos dedos gruesos penetraron en mi boca, abriéndose paso entre mis labios apretados y mis dientes juntos. Mis mandíbulas fueron brutalmente separadas y un líquido fuerte me regó el gaznate, en carne viva por la mordedura que me había infligido combatiendo. El agudo dolor me despertó del todo. Me incorporé, me debatí un poco, por puro instinto, sin saber por qué ni contra quién, y abrí los ojos. La cabeza rubia del aspirante Shaw estaba inclinada sobre mí. Me puse a toser y a respirar fuerte, como un asmático; cuando el ataque remitió, el aprendiz de oficial me tendió una toalla para que me secara y me acicalara un poco. Mientras me abotonaba la camisa arrugada y me ponía la chaqueta, me preguntó cómo me encontraba.
– No me duele nada, todo va bien -mentí, mientras sentía los latidos punzantes de dos o tres contusiones en la cara, el mentón y la sien.
Me levanté penosamente del canapé donde me habían tendido después de mi combate perdido contra Gillespie. Aún estaba en el club, pero el lugar había recuperado su apariencia habitual: luces tamizadas, muebles ordenados, alfombras perfectamente colocadas… Aparentemente no había nadie aparte de Shaw y de mí.
– He preferido dejar que se recuperara tranquilamente mientras los otros salían -me dijo-. ¿Se siente con fuerzas suficientes para volver a ponerse en pie?
Asentí con la cabeza.
– Ha perdido diez libras por mi causa -dije como si ésa fuera mi primera preocupación-. Lo siento. Creo que he presumido de mi ciencia pugilística.
– Sí, he vuelto a perder, pero no le guardo rencor -respondió Shaw riendo-. Es usted un tipo original y le encuentro divertido. Eso ya es un buen consuelo. Vamos, ¿quiere que le ayude a volver a su cuarto?
Rechacé su ofrecimiento. Físicamente no tenía necesidad de apoyo. Claro está, me sentía un poco aturdido, pero no tenía nada roto. Y sobre todo, no estaba de humor para conversar. Di las gracias a Shaw y le pedí que me dejara solo. Lo comprendió y no insistió. Nos separamos en el umbral del comedor de oficiales no sin que antes me aconsejara que me perdiera de vista por un tiempo y que durante dos o tres meses dejara de frecuentar el lugar.
– Está usted en cuarentena, Tewp. Todos los oficiales le darán la espalda durante un tiempo. No se lo tome mal. Primero porque pasará más rápido de lo que piensa, y luego también porque…
– ¿Porque qué, Shaw? Desvéleme el fondo de su pensamiento…
– ¡Porque en cierto sentido se lo merece, Tewp!
No. Shaw se equivocaba. Yo no creía merecerlo. Pero no insistí y preferí guardar silencio antes que lanzarme a una defensa de mi causa que hubiera sido vana y fastidiosa. Esbocé una breve sonrisa neutra para que leyera en ella las emociones que más le complacieran. Luego, nos dimos la mano y él se fue en la dirección opuesta. Taciturno, volví a mi habitación del quinto piso.
Tengo una pobre experiencia de la vida. ¿Aunque quién, por otra parte, puede realmente presumir de lo contrario? Se practica la existencia. Se sufre, pero nunca se conoce. En primer lugar porque nuestro yo sólo encarna a una mitad de la humanidad. Se nace hombre o mujer, y eso ya es un fracaso para quien quiera saberlo todo de los secretos del mundo. Pero además, ¿cuántos caminos dejamos de lado, cuántos potenciales elegimos ignorar, cuántas partes de nosotros mismos traicionamos y dejamos sin cultivar para finalmente ejercitar una sola? Y a menudo tan mal… Incluso ahora, todavía, me parece que no soy más que un niño al que le queda todo por aprender. ¿No es éste un sentimiento que compartimos todos?
El día siguiente a mi memorable derrota ante Gillespie, una mancha amarilla se extendía por mi sien, tenía la boca ladeada e hinchada y la lengua como cubierta de astillas, lo que me hacía articular las palabras poniendo más vocales que consonantes. Sin embargo, tampoco me encontraba tan mal. Al final, resultaría que aquel combate de boxeo improvisado no sólo había tenido inconvenientes. Al exigirme físicamente y aturdirme un poco, al menos me había permitido vaciar mi mente y escapar durante una noche a los horrores y las tortuosas revelaciones que habían marcado la jornada anterior. En cierto modo, por sorprendente que pueda parecer, este enfrentamiento me había permitido volver a poner orden en mis ideas. Para empezar, renuncié a ver a Hardens y a revelarle mi encuentro con Bose. Recordé una frase del pobre Surey: «Se está tramando algo, Tewp, ¡algo grave!». Surey había confesado luego motu propio que sólo tenía intuiciones, sospechas… pero ninguna prueba. Sin embargo, le habían asesinado. ¿Cómo no pensar en las palabras de Netaji? ¿Era posible que hubiera un Donovan Phibes tramando en la sombra un sorprendente complot con el fin último de que nuestro país entrara cuanto antes en guerra con Alemania, antes de que ésta recuperara todas las capacidades de destrucción de que había dado prueba veinte años antes? ¿No me había dicho Hardens algo en este sentido en el curso de nuestra primera conversación? «Al no tomarnos el trabajo de llegar hasta Berlín, no hicimos nuestra tarea correctamente…» ¡Un breve comentario que había dejado escapar inocentemente a la vuelta de una frase! ¡Hardens! ¿Sería él la clave que podía conducir a Donovan Phibes? Cuanto más pensaba en ello, más pábulo daba a la hipótesis. Mientras caminaba arriba y abajo por mi habitación, reflexioné mucho tiempo sobre esto. Pasé toda la mañana construyendo hipótesis, rebuscando en mis recuerdos para tratar de dar sentido a una mirada, un gesto, una alusión… Y al final acabé por convencerme de que la solución del enigma no estaba lejos. ¡Tal vez la había tenido incluso bajo mis ojos! Tal vez estaba en esta misma habitación donde me exaltaba en vano desde hacía horas. Bajo el efecto de una inspiración repentina, me puse a desplazar mis cosas, objeto tras objeto… sin olvidar nada. Los libros colocados en la estantería encima de mi cama, mi viejo catalejo inútilmente orientado hacia los jardines, mis ropas civiles y militares. Mi mano enfebrecida acabó por cerrarse sobre la culata de mi revólver. Lo extirpé de su funda y vacié mecánicamente el tambor. Los cartuchos rebotaron y tintinearon sobre la madera de la mesa, y aquello me hizo pensar de pronto más seriamente en la desastrosa serie de coincidencias que habían hecho que ninguno de los fusiles ametralladores del equipo de Norrington hubiera funcionado correctamente durante la operación contra Keller en el Harnett. Como si aparecieran proyectadas sobre las paredes incandescentes de una linterna mágica, volví a ver las imágenes de Wart retorciéndose en el suelo con el rostro acribillado por la explosión del cerrojo de su arma; de Liman disparando en línea recta a media altura en la sala de baile para ametrallar, por insólito que pudiera parecer, la araña de cristal, situada diez pies por encima; de Armstrong accionando desesperadamente la palanca de armado de su Sten antes de que Keller lo precipitara escaleras abajo y se rompiera la nuca; y finalmente, de mi propio revólver percutiendo en el vacío cuando la austríaca se encontraba a sólo dos pasos de mí y su daga buscaba el camino para hundirse en mi carne. ¿Había vuelto a pensar realmente en esta concatenación de coincidencias? ¿Me había tomado siquiera el tiempo de reflexionar a fondo sobre esto? ¿Cabía la posibilidad de que hubieran saboteado estas armas? ¿Que hubieran enviado a sabiendas a una sección a prender a un agente superentrenado con municiones de opereta y Stens estropeadas? Si era así, esto certificaría las palabras de Netaji sobre la existencia de un complot en el propio seno del ejército británico. Era imperioso, pues, que verificara personalmente las armas que se habían utilizado la otra noche en el Harnett. ¡Empezando por mi propio revólver! Volví a colocar las balas en mi Webley y me dirigí directamente a la armería principal, un edificio largo de una sola planta. Detrás de una reja en la que se abría una ventanilla, un sargento jefe estaba de servicio.
– Esta arma no dispara recto, jefe. Y además necesito cartuchos. Los del lote que me entregaron fallan -alegué.
El tipo me dirigió una mirada de extrañeza.
– Los lotes de cartuchos siempre son controlados antes de ser distribuidos, teniente. Hace mucho tiempo que no ha fallado ninguno. ¡Permítame ver!
El sargento abrió la puerta de su reducto y me invitó a pasar detrás del mostrador para ir al pasillo de tiro que los armeros utilizaban para verificar las armas. Era una habitación estrecha, hormigonada a lo largo de treinta yardas, en cuyo extremo colgaban unas dianas de cartón que podían desplazarse hacia los tiradores mediante un sistema de cables y poleas y un torno de manivela.
– Vacíe su arma sobre esta diana apuntando bien al centro… Tengo que valorar la importancia de la desviación.
Con el brazo tendido hacia la diana, abrí fuego, pensando que no oiría más que un triste chasquido. Pero esta vez el disparo partió, marcando un agujero redondo y limpio a sólo dos o tres pulgadas del centro de la diana. ¡Me quedé estupefacto!
– Ya ve, mi teniente. ¡Todos los cartuchos que distribuimos son buenos! Y aparentemente esta arma está bien ajustada. Deje que mire esto más de cerca…
El tipo cogió el Webley y disparó en salva los cartuchos restantes, dejando sólo un vacío perfecto en medio del cartón. Con evidente satisfacción, hizo bascular el tambor y recogió los casquillos en su palma callosa.
– Todos son nuestros, mi teniente. No hay duda. Buenos cartuchos ingleses capaces de atravesar a un cerdo de parte a parte a cien pasos. Tal vez un arma muy mal limpiada pero perfectamente ajustada, teniente -continuó el armero-. Sobre todo, en su lugar, yo no tocaría el alza. En cambio, me concentraría en eliminar los pequeños puntos de óxido en el cañón y la llave. ¿Quiere que proceda a una limpieza completa?
Tuve que cambiar de tema rápidamente para que el sargento consintiera en olvidar la limpieza de mi arma.
– Supongo que anteayer debieron de traerle las armas utilizadas por una unidad de policías militares en la ciudad… ¿Le dice algo eso?
El tipo se rascó la cabeza. Fue a consultar con un ayudante, que se desplazó para hablar conmigo.
– ¿Se interesa usted por las Sten de los Red Caps que cayeron en el Harnett, mi teniente?
– Sí. ¿Las examinó?
– Nos las trajeron, desde luego… Pero se las volvieron a llevar enseguida. No tuvimos tiempo de echarles una ojeada.
– ¿Que se las llevaron? ¿Quien lo hizo?
– Miembros de la policía militar. Orden de su coronel. ¡Lo lamento, pero es todo lo que sé!
Desde el segundo piso de los Grandes Apartamentos, Zacharias Gibbet dirigía a las dos unidades de policía que aseguraban cotidianamente el orden en el recinto de los cuarteles militares. Por regla general, las misiones que se encomendaban a estos hombres no eran muy numerosas: separar a los pugilistas del sábado por la noche, solucionar los problemas de hurtos en los dormitorios y otros asuntos menores del mismo calado. Era raro, por no decir excepcional, que se solicitara su concurso para realizar operaciones conjuntas con otras unidades. El MI6, en particular, no mantenía prácticamente ningún contacto regular con ellos. La decisión de Hardens de recurrir al capitán de la MP Norrington para proceder a la detención de Ostara Keller no tenía precedentes. No sé si fue esta anomalía de procedimiento la que resolvió al coronel Gibbet recibirme en cuanto solicité una entrevista con él, después de salir de la armería donde me habían asegurado que mi Webley no había sido manipulado. El jefe de la policía militar era un personaje curioso; la primera impresión que daba era la de ser un tipo bastante frío, altanero y desagradable, pero pronto se reveló como un hombre servicial e incluso, a medida que avanzaba la conversación, francamente jovial. La escuadra y el compás estaban grabados a fuego sobre el cuero del cartapacio en que se apoyaba para escribir.
– Semper occultus -me dijo al observar que mi mirada se detenía en este símbolo-. ¿Es el lema que eligió su Firma, no es verdad? Dígame, pues, ¿qué opina…?
– ¿Qué opino de qué, coronel? -repliqué yo, estupefacto.
– ¡Vamos! Según usted, ¿lo soy o no lo soy?
Me limité a balbucear un gruñido a modo de respuesta.
– ¡Vaya, veo que no lo sabe, y me parece perfecto! Semper occultus! -rió entre dientes-. ¡Me las arreglo para mantenerlo en suspenso! ¡En fin! De todos modos, la cuestión carece de importancia. Es extraño que haya venido aquí por propia iniciativa, teniente. Yo mismo traté de verle después de esa historia en la ciudad, la otra noche. Pero su coronel lo vetó. Espero que no sepa que está aquí.
Me contenté con negar con la cabeza. Gibbet no pareció sorprendido.
– Es mejor así… ¿Y bien? Explíqueme un poco su versión de esta infernal masacre de policías en el Harnett la otra noche…
Le hice un informe tan preciso como pude de la escena tal como yo la había vivido, antes de plantear la pregunta que me quemaba en los labios:
– Todas las armas utilizadas esa noche presentaron defectos de funcionamiento. Comprendida la mía. Los armeros redactaron un informe sobre las Sten. Me gustaría conocer las conclusiones a que llegaron.
Zacharias Gibbet hinchó sus mejillas de aire y las mantuvo así durante un buen rato, como las de un hámster. Por cómica que fuera, la mímica reflejaba una turbación real.
– El informe de la armería… Sí… Bien… Puedo darle una copia si realmente le interesa. Pero será mejor que le prevenga que no sacará gran cosa de ahí. En resumen, las armas utilizadas por el equipo de ese gran buey de Norrington estaban en buen estado. Ni sombra de duda al respecto.
En buen estado. ¡Igual que mi Webley! Lo que significaba que Hardens tal vez había cometido una imprudencia enviando a un equipo de brutos a detener a una víbora como Keller, pero que lo había hecho asegurándoles al menos los medios para una buena defensa. ¡De lo que podía deducirse que la aserción de Netaji según la cual el arresto de la austríaca había sido una simple puesta en escena destinada a sembrar la confusión no se sostenía!
– Lo mismo ocurrirá con las municiones, supongo.
– Lo mismo. Todos los cartuchos de los cargadores fueron examinados con el mayor esmero y percutidos uno tras otro. Ninguno presentaba defectos. Técnicamente, nadie se explica lo que pasó en el Harnett. Habrá que resignarse a clasificarlo en la categoría de los misterios. Aunque esto me disguste.
Las palabras de Gibbet cambiaban radicalmente el estado de la cuestión. Durante unas horas estuve cerca de admitir la teoría del complot proclamada por Netaji, pero ahora ya era imposible aceptar algo así, porque si las armas estaban en buen estado de funcionamiento, eso exculpaba a Hardens. De todos modos, para mayor seguridad, dejé caer el nombre de Donovan Phibes ante Gibbet, sin que esto provocara ninguna reacción.
– ¿Phibes? ¿Donovan Phibes? Este nombre no me dice nada. Vaya a ver en los archivos. Tal vez encuentre algo…
No era mala idea, pero las investigaciones del documentalista Blair resultaron estériles. No constaba que existiera ninguna ficha, ningún informe, sobre tal personaje. Para el MI6, Donovan Phibes no tenía más consistencia que un fantasma.
– De todos modos seguiré indagando un poco -dijo Blair después de que hubiéramos pasado una buena parte de la tarde abriendo expedientes polvorientos.
– ¡Procure no coger una enfermedad de los bronquios respirando toda esta celulosa en descomposición!
– ¡Esto sólo contribuiría a aumentar mi encanto! Las toses de los tuberculosos son lo último entre los archiveros -rió Blair-. Nos dan un aire a lo Dama de las camelias de lo más enternecedor. ¡Ah, Dumas hijo! ¿Qué talento para hacer llorar a las multitudes, no le parece?
– No lo sé -respondí-. Nunca leo autores franceses…
Cuando dejé a Blair, estaba definitivamente convencido de la inexistencia de Phibes, ese pretendido conspirador que, si había que creer a Bose, tiraba, en la sombra, de los hilos de una gigantesca manipulación. Aunque muchas cuestiones permanecían sin respuesta, aunque siguieran existiendo contradicciones, paradojas, yo prefería aferrarme a la solución más sencilla: la que afirmaba que Ostara había ido a Calcuta con el objetivo de liquidar a Simpson. No con el de protegerla. Todas las hipótesis serias iban en este sentido. Que Küneck hubiera sido secuestrado y abatido por los independentistas hindúes no contradecía, al fin y al cabo, esta teoría. Tal vez lo habían sacrificado para manipularme, para sembrar la duda en mis superiores. Tal vez las razones de que lo hubieran matado debían buscarse en un oscura rivalidad entre sangthanistas y SD. En cualquier caso, ahí no residía la clave del enigma. En cuanto a mí, la mejor conducta que podía adoptar era la del soldadito de plomo. No tenía que preguntarme por la naturaleza de mi deber: mi estatus y mis obligaciones no diferían en nada de los de cualquier otro oficial de Su Majestad. Para mí quedaba descartado, pues, practicar un doble juego con mis superiores. Sanos y rectos pensamientos que me llevaron a presentarme, sin más consideraciones, ante Hardens.
El coronel no estaba del mejor humor aquel día. Pude percibirlo en cuanto entré en su despacho. Había como un trasudor en esta habitación, que tenía, sin embargo, las ventanas abiertas de par en par, una desagradable acrimonia que hacía pensar en el ambiente enrarecido de una madriguera ocupada por un animal inquieto. A pesar de que había optado por mostrarme totalmente franco con Hardens, comprendí que me sería difícil confesárselo todo. Había algo que me retenía. No era la desconfianza hacia este hombre de apariencia bonachona, al que creía incapaz de doblez. Era más bien una suspicacia que escapaba a cualquier análisis construido o intelectualizado. Para ocultar el verdadero motivo de mi visita pretexté, pues, fútiles cuestiones de servicio referidas a mi próxima misión como acompañante de Wallis Simpson.
– Sí, Tewp, le prometí un ordenanza. Elija a quien quiera, no pondré objeciones. También acabo de ordenar que le liberen un pequeño despacho en este edificio. Así ya no tendrá que cruzarse con Gillespie por los pasillos del Tonel de Nelson. ¿Era eso todo lo que quería saber?
– No, mi coronel. ¿Qué haremos con respecto a Ostara Keller?
– Esto ya no le compete directamente. Ni, por otra parte, tampoco a mí. Delhi se ha hecho cargo del asunto. Ni siquiera me mantienen informado. De modo que olvídese de esa Kraut. Alguno de los nuestros acabará por echarle la zarpa un día, téngalo por seguro.
El tono era cortante, definitivo. Hardens se lanzó a una larga perorata bastante virulenta para hacerme comprender que el problema de esa chica ya no era el mío y que ahora debía concentrarme en mis nuevas funciones y en nada más. Lady Simpson tenía una espantosa reputación de caprichosa y coqueta. Debía contar con que me crispara los nervios con sus ocurrencias. Más que darle vueltas a la forma de encontrar a la austríaca, debía prepararme para soportar a esa infecta criatura americana.
– ¡Es un dragón, Tewp! ¡Por más que cultive esas ínfulas de caballero andante, le aconsejo que no lo olvide nunca! ¿Comprendido?
Sí, había comprendido. En el momento en que me llevaba ya el canto de la mano a la frente para saludar y despedirme, interrumpí el gesto para añadir unas últimas palabras.
– Donovan Phibes… -dije con voz temblorosa mientras Hardens ya se concentraba en los papeles dispersos sobre su escritorio.
El coronel me fulminó con la mirada.
– ¿Qué ha dicho, Tewp?
– Alguien pronunció este nombre ante mí hace poco, y no lo colmó de elogios precisamente. ¿Sabe quién es ese Donovan Phibes, coronel?
Hardens emitió un gruñido inarticulado, se encogió de hombros y se sumergió de nuevo en el estudio de sus papeles como si yo no existiera. Creí comprender que la conversación había terminado. Saludé y giré sobre mis talones. En el momento en que posaba la mano en el pomo de la puerta, Hardens me preguntó:
– ¿Quién le dio ese nombre, Tewp?
– Un informador. Un indígena de la calle… -mentí.
– ¿Un indígena de la calle? ¡Vaya por Dios! ¿De modo que los rumores son fundados, Tewp?
– ¿Qué rumores, mi coronel?
– ¿Acaso frecuenta a los hindúes ahora?
– Creo que esta gente tendría muchas cosas que enseñarnos. Tal vez los despreciamos demasiado…
– Se equivoca, Tewp. En las colonias hay dos clases de británicos: los sensibles y los pragmáticos. Los primeros se maravillan con las tonalidades de color de la flora exótica, los paisajes y el carácter pintoresco de las costumbres indígenas. Al cabo de un tiempo, se olvidan de ponerse una chaqueta para cenar, cambian su traje ceñido por un sarong y se ponen a aprender la lengua local. Unos meses más tarde, quizás acaben por romper las amarras que les retenían a Inglaterra; sin embargo, nunca se integrarán en el país, y los indígenas, al contrario, les despreciarán por haber olvidado así sus verdaderas raíces. Los otros, los pragmáticos, pueden parecer rígidos, obtusos incluso, a los espíritus delicados. Ellos se apegan a símbolos y comportamientos en apariencia fútiles, por ejemplo, embutirse en ropas prietas bajo los trópicos como si todavía estuvieran en su club de Londres, y se niegan a dirigir la palabra a los indígenas en la calle, del mismo modo que se niegan a hablar a los obreros o a las costureras en su propio país. Esta gente no abdica de su personalidad. Ni de sus orígenes. Ni de su educación. Tal vez los colonizados les odien, pero al menos les temen. Y por tanto, les respetan. Son esas personas las que han forjado el Imperio, Tewp. Ellos y nadie más. Medite sobre eso en lugar de comprometerse con los autóctonos, que le explicarán cualquier cosa para embaucarle. Donovan Phibes no existe, teniente. No sé qué habrán querido hacerle creer exactamente, pero es sólo un truco de indígena para sacarle dinero o conseguir algún favor, ¡no lo olvide!
Tras este improvisado discurso, abandoné el despacho de Hardens llevando bajo el brazo un expediente confidencial completo para uso de los servicios afectados por los desplazamientos del rey y de su mefítica amante. En el nuevo despacho que me habían asignado, examiné con severidad estos documentos, tomé notas, hice fichas y memoricé la planificación. Estaba previsto que el rey aterrizara el miércoles 14 de octubre en el aeropuerto de Delhi para, posteriormente, viajar por todo el país durante una semana, acumulando recepciones, visitas, inauguraciones y conferencias de todo tipo. Al término de estas siete jornadas, la previsión es que su recorrido oficial acabara. En ningún lugar se indicaba que a continuación tuviera que reunirse con su amante en Calcuta para una estancia privada. Netaji, una vez más, me había mentido. Por mi parte, debía esperar a esta mujer en el aeródromo militar y ponerme luego a su disposición durante toda la visita. En el documento no se precisaba la dirección de su residencia en Bengala. Esta información en concreto se daría en el último minuto. Cuestión de prudencia. En una nota que había sido redactada ex profeso para mí, se especificaba claramente que los protocolos de seguridad no formaban parte de mis competencias. En mi calidad de ordenanza local de la señora Simpson, debía alojarme bajo el mismo techo que ella, asegurarme de su bienestar y acompañarla sin discutir a todos los lugares adonde quisiera dirigirse. Para ello, me sería confiada una importante suma de dinero en metálico, procedente del tesoro real. Esta cantidad debía consagrarse a los gastos corrientes de esta mujer, a sus caprichos. Estaba autorizado a elegir dos asistentes, suboficiales de carrera o asimilados, a mi conveniencia, para que me secundaran facilitándome mis propias tareas domésticas y liberándome de cualquier preocupación no relacionada con mi misión. ¿A quién podía confiar esta función? Yo no conocía a casi nadie, y mis problemas con Edmonds y Gillespie no habían contribuido precisamente a ser un personaje popular entre los oficiales y los soldados brits. Dos nombres me vinieron a la mente: el moreno caporal Swamy y el rubio aspirante Shaw. Los mandé a buscar a ambos; pero si bien el hindú aceptó mi propuesta con entusiasmo, la reacción del inglés fue más que tibia.
– Mi teniente… -empezó, visiblemente incómodo-. Si es una orden, me veré obligado a obedecerla, evidentemente. Pero si se trata de una petición informal, permítame que decline su ofrecimiento.
– No es una orden, Shaw. No le fuerzo a nada. Sólo pensé que podría divertirle cambiar de rutina; es tan sencillo como eso.
Pero todo fue inútil. Shaw no quería que le vieran demasiado en mi compañía. Compensé esta defección con la adhesión exaltada del caporal Swamy.
– Habrá una gratificación sobre su sueldo, caporal. Y una mención en su cartilla militar.
– ¡Gracias, mi teniente!
Apenas había acabado con este reclutamiento cuando un ordenanza me trajo un bono y una nota que me conminaba a dirigirme con la máxima urgencia al sastre de los oficiales. En el último momento, Hardens había pensado que no estarían de más dos uniformes nuevos y bien cortados si quería hacer un buen papel junto a la distinguidísima señora Simpson.
En unos amplios recintos, en el interior de los cuales se amontonaban desde el suelo hasta el techo pilas de tejidos doblados, enrollados o arrugados, el maestro costurero tiranizaba a una cuadrilla de aprendices locales que se mantenían aferrados a sus máquinas de coser como si estuvieran encadenados a ellas por toda la eternidad. En todas partes sólo se escuchaba el runruneo de las lanzaderas, los chirridos de los pedaleros, el tactac de las agujas mecánicas que agujereaban la fibra, el raspado de las tijeras cortando los patrones de papel, los resoplidos de los planchadores que trabajaban medio desnudos, agobiados por el vapor y el calor… En un rincón de esta fábrica, en un despacho elevado sobre un estrado con una altura de cinco escalones, un inglés longuilíneo y huesudo controlaba y cronometraba las actividades. El tipo llevaba en la mano un silbato de jefe de estación y miraba constantemente su reloj de bolsillo con tanta ansiedad como el conejo blanco de Alicia. Me indicaron que él era el responsable del lugar. Me acerqué y le tendí mi nota. El hombre la leyó sin decir palabra, me lanzó una mirada furiosa pero resignada, hundió un instante la nariz en su plan de trabajo, y luego, con un gesto de evidente exasperación, cogió una goma de un cajón, borró dos nombres en las casillas y tocó su silbato cinco veces, soplando con todas sus fuerzas. La estridencia de los pitidos era tan insoportable que me tape los oídos para protegerme. Inmediatamente dos hindúes vestidos sólo con unos pantalones cortos y un turbante blanco abandonaron las máquinas sobre las que estaban inclinados y se acercaron para recibir órdenes.
– Este hombre -dijo a los obreros señalándome con un índice largo como una anguila-, vestido completo, traje de gala. Por duplicado. Con zapatos y accesorios. Informad al zapatero. Calidad: ¡grabado de moda! Tiempo concedido: ¡noventa minutos! ¡Usted, oficial, siga a estos hombres y déjese hacer! ¡Vuelva a verme cuando hayan acabado! ¡Vamos!
El tono no admitía réplica. Bajé los escalones y seguí a los dos tipos, que ya se habían sacado de los bolsillos una cinta métrica, uno, y una libreta y un lápiz el otro. Mientras caminábamos, uno me tomaba las medidas, revoloteando en torno a mí como una mariposa, y el otro tomaba notas. Me empujaron a una cabina con paredes de tela, me desnudaron casi completamente, me enrollaron tejidos en torno a las piernas, los brazos y el torso, los apretaron un instante con tanta fuerza que creí que me convertía en momia, y luego se fueron riendo a coser el conjunto mientras un nuevo obrero me calzaba un par de botines nuevos pero flexibles. En menos tiempo del que el hombre del silbato les había concedido, me encontré vestido de pies a cabeza, equipado con dos flamantes uniformes de gala que me sentaban de maravilla. Nunca en mi vida había tenido un aspecto tan gallardo. Encantado, volví a ver al jefe de taller.
– ¡A ver, muéstreme eso! -dijo el esqueleto mientras me inspeccionaba como si fuera un maniquí de cera en el escaparate de Harrod's-. ¡Pero si hace bolsas, por Dios! Aquí. Y allá. ¡Y en este lado aún más! ¡Una chapuza! ¡Pero tendrá que contentarse con eso, amigo! ¡Cuatrocientos uniformes que cortar de aquí a la semana próxima para el batallón de los Midlands! ¡No puedo consagrarle más tiempo! ¡Vamos, salga, no puedo hacer nada más por usted!
Disgustado al ver que mi nuevo atuendo, que yo encontraba favorecedor, era juzgado con tanta dureza por un profesional, abandoné el hangar de los costureros con paso inseguro. Tendría que habituarme a llevar estas ropas elegantes con perfecta naturalidad. Ése era el papel que se imponía ahora: ante la señora Simpson, tenía que aparecer en la medida de lo posible como un hombre de mundo. Pero ¿de qué mundo exactamente? A decir verdad, no tenía la menor idea. Desde mi llegada a las Indias, yo ya no sabía quién era. Tenía la sensación de que en poco tiempo me había metido en la piel de demasiados personajes: primero en la de un oficial novato caído de pronto del mullido nido inglés para aterrizar en el duro suelo de las colonias; luego en el de un aprendiz de espía lanzado tras la pista de peligrosos agentes de una potencia adversaria; y más tarde en el de la pobre víctima de una extraña enfermedad que sólo un asesino había sabido curar… Y estaba finalmente el David Tewp rebelde, del que sus pares renegaban en la misma medida en que era apreciado por los indígenas, ¡y para terminar, el Tewp un poco dandi, obligado a endosarse la panoplia del caballero fiel atento a las órdenes de una advenediza, una intrigante de la que todos decían que era la más detestable de las criaturas! ¿Me lamenté de mi suerte? ¡Sí! Un poco. Lo cierto es que tengo la gran debilidad de abandonarme a veces a este tipo de reacción. Pero aquello no duró mucho tiempo, porque encontré consuelo en el pensamiento de que al menos, en este país, tenía una oportunidad de acabar por encontrar al verdadero David Tewp, aquel tras el que corría desde la infancia y que, con toda evidencia, aún no había conseguido atrapar. Sí, estaba convencido: en algún lugar en esta lejana provincia de Bengala aún esperaba mi sombra, aún esperaba mi alma…
El alba siguiente nos sorprendió ya en plena tarea, a Swamy y a mí, en mi nuevo despacho de los Grandes Apartamentos. En diez minutos despejamos una zona para que el caporal se instalara a su gusto, y luego pasamos la mañana releyendo detalladamente el programa que nos habían entregado. Quedaba claro que Simpson no estaba sometida a ninguna obligación oficial. Su presencia en las Indias tenía todas las características de un puro desplazamiento privado y no debía ser mencionada a la prensa ni a nadie ajeno al servicio. Swamy y yo estábamos obligados a mantener la reserva sobre este tema y éramos perfectamente conscientes de que faltar a este deber nos costaría nuestra carrera.
– ¿Dónde se alojará esta mujer? No se habla de eso en ninguna parte.
– Protocolo de seguridad -precisé-. Deberíamos saberlo hoy. Londres aún se reserva esta información.
– Seguramente será en el gran hotel Ascot -aventuró Swamy-. Es el mejor de la ciudad.
– ¿Mejor que el Harnett? -pregunté mientras recordaba el lujo del hotel donde Keller había residido durante un tiempo.
– Incomparable, mi teniente. El Ascot es un establecimiento de primera clase para…
– …¿personas de primera clase?
– Sin ninguna duda, mi teniente -respondió Swamy sonriendo con todos sus dientes.
Luego, a falta de mejor ocupación, decidimos buscar fotografías de la señora Simpson para hacernos una idea del personaje.
– ¿Dónde podríamos encontrar un retrato de esta lady, Swamy? -pregunté.
– ¡Ciertamente no en el Pickaxe, mi teniente! -dijo bromeando, haciendo alusión a la gaceta del cuerpo de ingenieros.
¿Dónde se podía, de hecho, encontrar en un cuartel, por grande que fuera, algún periódico interesado en presentar a la señora Simpson a sus lectores?
– Tal vez en una de las salas de espera del hospital -sugirió el caporal, encantado de haber tenido aquella inspiración repentina.
Nos dirigimos al edificio sanitario y fisgoneamos por allí hasta que dimos con un montón de revistas ilustradas que subimos a nuestro despacho para hojearlas con calma. Había Esquires, Harper's Bazaars y también una revista muy reciente, Life, en la que encontré la primera fotografía de Wallis Simpson. Era una foto de gran tamaño y nítida que nos permitió hacernos una idea precisa del rostro y del aspecto general de esta mujer morena con un curioso físico afilado, hombros delgados y caderas rectas de muchacho.
– No parece de trato fácil -comentó sobriamente Swamy.
En efecto, esta mujer, todo dureza y frialdad, no parecía fácil de tratar. Y era bastante fea también, a juzgar por el retrato. Me pregunté qué podía encontrar nuestro rey Eduardo en ella. Suspiré; presentía que los días que se avecinaban no iban a ser fáciles para mí. Esa noche leí algunas buenas páginas de Joseph Conrad, en las que encontré a la vez distracción y energía, y luego, una hora después de la medianoche, apagué las luces y me dormí, con mis dos uniformes nuevos cuidadosamente cepillados y colgados de grandes perchas.
La mañana siguiente pasó en un suspiro. Hardens volvió a atiborrarme de órdenes y consejos, y al final me confirmó la hora de llegada de la amante del rey al aeródromo, entre las cinco y las seis de la tarde. Pasé, pues, el resto de la jornada en una febril espera. Me sentía nervioso como un actor en el día de su estreno. ¿Ejecutaría correctamente mi papel? ¿Iba a dar la réplica adecuada? Era imposible saberlo, y me sentía cada vez más angustiado ante la idea de tener que frecuentar a unas gentes procedentes de un mundo tan ajeno al mío.
– ¿Quiere que le enseñe cómo conducir a Daisy, mi teniente? ¡Esto nos evitaría a los dos ir dando vueltas de un lado a otro sin hacer nada! -me propuso Swamy, al que la inactividad volvía taciturno como un perro enjaulado.
Aunque en un principio la sugerencia me pareció poco tentadora, al fin me dejé convencer. Mis inicios como conductor no fueron gloriosos precisamente, pero por suerte, la lección se desarrolló lejos de los barracones, en la zona más aislada -y la más hundida también- del campo de entrenamiento. Swamy me mostró los mandos principales de Daisy: los frenos, el acelerador, el embrague, el indicador de velocidad, el de la gasolina, y luego puso el vehículo en marcha y rodó a la velocidad mínima durante diez yardas antes de pasarme el volante.
Pronto se demostró que no llevaba el pilotaje en la sangre. Me equivocaba sistemáticamente de pedal, acelerando cuando quería reducir la velocidad y deteniéndome cuando mi intención era dar gas, y me lanzaba directamente hacia los baches que salpicaban el terreno con una constancia sorprendente. Todo se balanceaba en la cabina: las lonas de las portezuelas, los asientos y nosotros mismos, abominablemente zarandeados por mi conducción errática, con paradas bruscas, arrancadas laboriosas y tiempos muertos seguidos de aceleraciones repentinas. Al cabo de una hora larga de este penoso ejercicio, me dolía el brazo de tanto sostener el volante, y las nalgas de tanto tensarlas. Swamy se apretaba la frente con la mano, porque uno de mis frenazos le había lanzado con bastante fuerza contra el parabrisas. Y sobre todo yo me encontraba desanimado y estaba convencido de que nunca sería capaz de conseguir ningún progreso en este arte. Mis torpezas acabaron por agotar las reservas de paciencia del caporal, que bajó del vehículo mirándome con aire apenado.
Y por fin llegó la hora fatídica en que tuve que abandonar a mi nuevo ordenanza para dirigirme, sólo en compañía del coronel Hardens, al aeródromo militar, donde, escoltado por dos cazas Hurricane, un Lancaster de transporte civil debía traernos a lady Simpson. Eran las cinco y cuarto. Hacía viento y unas altas nubes grises presagiaban tormenta para la noche. Hardens estaba tenso y no paraba un instante de abrir y cerrar sus grandes manos. Yo había subido delante, en el asiento del copiloto, y podía verle por el retrovisor, instalado en solitario en el asiento trasero de la limusina.
– Aún no me ha dicho en qué hotel se alojará nuestra huésped, coronel -le hice notar mientras avanzábamos por la carretera que conducía al campo de aviación.
El silencio incómodo me dio mala espina. Insistí.
– ¿Mi coronel? ¿Dónde residirá lady Simpson?
Oí un carraspeo, y luego otro, antes de que la voz de mi superior se decidiera por fin a franquear sus labios.
– Yo mismo no lo he sabido hasta bien avanzada la mañana. La señora Simpson se instalará en casa de unos viejos amigos suyos. Gente… gente que forma parte de su círculo más íntimo. Y que ha sido introducida hace tiempo en el entorno de nuestro soberano Eduardo VIII. Gente respetable en todos los sentidos, no se preocupe…
– ¿Sir y lady…? -empecé, dejando que Hardens acabara la frase.
– Sir y lady Galjero… ¡Shapur Street! -explotó finalmente, contrariado-. ¡En un momento u otro tenía que saberlo, demonios!
Sentí que se me encogía el corazón. Me volví para tener una conversación cara a cara con Hardens. Curiosamente, no me sentía sorprendido por esta revelación. Bien al contrario, era como si la hubiera estado esperando desde el instante en que se me había informado de la visita de Simpson a las Indias y su estancia temporal en Calcuta. Podría decirse que todo aquello entraba… en el orden de las cosas. Que formaba parte de un encadenamiento lógico de catástrofes. Tenía la sensación de que sostenía en la mano una botella que algún loco iba llenando con ingredientes detonantes, sin que yo pudiera intervenir hasta la inevitable explosión final.
– Mi coronel… ¿Cómo podemos dejar que la señora Simpson se instale en casa de unas personas de las que sabemos con certeza que recibieron la visita de Keller?
– ¡Eso no lo vio con sus propios ojos, Tewp! Lo sabe por los cotilleos de un taxista. No es una prueba. Y además, se han tomado todas las precauciones. Se ha realizado una investigación a fondo sobre estos Galjero. Por parte de la Firma, claro. Por Scotland Yard, también. Y sin duda por otros servicios… Si existiera la menor duda sobre su honestidad, puede estar seguro de que hubiéramos hecho lo imposible para que Simpson cambiara de opinión. Pero no se ha encontrado nada. Los Galjero están blancos como la nieve. No hay nada que reprocharles. Simpson los conoce desde hace años. Bastante antes incluso de que conociera al rey. ¿Cómo quiere prohibirle que los frecuente? Después de todo, a pesar del follón que nos ha organizado, esta borrica es una persona privada. ¡Y una extranjera, para acabarlo de arreglar! Aunque tuviera ganas de pasar un domingo en casa de Jack el Destripador, no nos quedaría otro remedio que dejarla hacer.
– Pero, en fin -protesté, crispando los dedos sobre el asiento-, usted sabe muy bien que el objetivo de Keller es matar a Wallis Simpson. Si estas personas son sus cómplices, para ella será un juego de niños conseguirlo…
– ¿Y por qué cree que le envío como pastor, Tewp? ¿Para que lleve los paquetes a esa buena mujer? ¡Utilice un poco el cerebro, amigo mío! Y le prevengo: ¡si la americana la palma por su culpa, no le entregaré a Gillespie para que se divierta, no, sino a todos los oficiales ingleses desde el paso de Jaibar hasta Borneo!
Hardens hundió sus puños en los bolsillos y se encogió en su rincón como un cangrejo ermitaño en su concha. Fin de la discusión. Lo quisiera o no, tendría que hacerme cargo, con apenas ayuda, de controlar una situación desatinada y diplomáticamente explosiva. El carácter arisco de la amante del rey pasaba de golpe a ocupar el último lugar en la lista de mis preocupaciones. El coche franqueó las rejas del aeródromo y se detuvo justo al borde de la pista de aterrizaje. Hardens y yo bajamos en silencio, guardándonos en el ínterin nuestros temores y nuestras quejas.
¿Hubiera servido de algo compartirlas? Esperamos unos minutos, y luego tres oficiales de la Royal Air Force se acercaron para anunciarnos que el avión estaba realizando las maniobras de aproximación. Giramos la vista hacia el norte, donde un punto empezó a crecer en el cielo mientras el zumbido del doble motor de hélice cubría poco a poco cualquier otro ruido. Sentí deseos de marcharme. De abandonar este lugar donde no me sentía en mi sitio y desaparecer en un agujero donde nadie pudiera encontrarme jamás. Pero no ocurrió nada de eso. Me quedé ahí quieto, estoicamente, con las manos solemnemente cruzadas a la espalda, tan rígido como una estatua en mi uniforme almidonado, con la mirada fija en la manga de aire de colores abigarrados que chasqueaba al viento. El Lancaster tocó el macadán, rebotó una vez en un largo salto airoso que hizo perder un buen grosor de goma a sus neumáticos y luego se posó del todo y rodó hasta nosotros. El piloto abrió el vidrio lateral de la cabina para saludarnos con la mano. Más arriba, planeando justo por debajo de las primeras nubes, dos Hurricane giraban sobre nosotros en un vuelo de protección.
– Empieza el espectáculo, teniente. Interprete su papel de lacayo pero no pierda de vista nada de lo que le rodea -articuló Hardens antes de franquear con paso mecánico la corta distancia que nos separaba de la escalera de desembarco, que ya colocaban bajo la puerta del aparato.
El cielo era de un gris muy hermoso, dorado por el sol bajo. Hacía calor. Un soplo de aire nos acariciaba el rostro. La señora Wallis Simpson, favorita de nuestro soberano Eduardo VIII, posible futura reina de Inglaterra y emperatriz de las Indias, apareció en la plataforma, radiante, vestida con un traje sastre ajustado de seda azul que armonizaba con su silueta, ya de por sí menuda, haciéndola más fina, flexible y amenazante que una venenosa liana de la jungla. No hubo fotografías. No hubo ramos de flores torpemente entregados por un niño. No. No hubo nada de todo eso. La única muestra de protocolo se limitó a una breve presentación por parte de un ordenanza que había viajado con la protegida del rey y que parecía visiblemente aliviado por poner de este modo término a su misión. Hubo algunos esbozos de sonrisa helados, una larga mano enguantada negligentemente tendida hacia el coronel, un amago de mirada hacia mí, y eso fue todo. La americana subió a la parte trasera de nuestro vehículo sin más formalidades y partimos en tromba hacia Shapur Street, dejando que dos camareras y una colección de privates se ocuparan de llevar las maletas de la Simpson a su destino. Desde mi puesto junto al conductor, traté de lanzar alguna ojeada a la pasajera instalada en la parte trasera, procurando ser muy discreto. Hardens, que no era hombre que soportara el silencio mucho tiempo, creyó cortés interrogar a la dama sobre el viaje que acababa de efectuar y otras banalidades del mismo fuste. Se iniciaron algunos parloteos amables a los que apenas presté atención, concentrado en analizar la situación en la que acababan de meterme. En breve, nuestro coche atravesaría las avenidas del parque de la villa Galjero. ¿Qué podía hacer yo para impedirlo? ¡Nada! Nada me salvaría esta vez del peligro que me amenazaba. Keller se había esfumado. No cabía duda de que estaba ahí, rondando a la espera de que llegara su hora. ¿Y si, en contra de lo que me decían, mis imaginaciones eran ciertas?
El coche había dejado atrás los campos para entrar en los arrabales de la ciudad. Pasamos a lo largo de un cementerio, de un aserradero industrial y, un poco más lejos, de una misión jesuita y un dispensario. En un cruce atestado de ciclistas, carretas tiradas por asnos, porteadores y vacas flacas que deambulaban sin preocuparse en absoluto por los atascos que creaban, giramos hacia el sur por una larga avenida que conducía a los barrios residenciales europeos. Aunque los latidos de mi corazón y la agitación de mi espíritu se habían calmado, las palmas de mis manos seguían húmedas. Me las sequé frotándolas contra los muslos y eché una ojeada por el retrovisor. Hardens y Simpson habían acabado con los cumplidos. Ahora miraban cómo el paisaje desfilaba por el vidrio sin preocuparse el uno del otro. Grandes manchas de sudor aureolaban las axilas de Hardens. Simpson, en cambio, parecía tan fresca como un capullo de rosa. El chófer aminoró la velocidad y dobló por fin por Shapur Street. Aún no había caído la noche, pero la zona del vasto parque que se extendía ante el edificio ya se encontraba completamente iluminada por teas, antorchas y fuegos que ardían en altos pebeteros de vidrio. El espectáculo era soberbio. Bajo estas luces fantásticas, pavos reales e ibis se deslizaban como espíritus por el césped, batiendo sus alas bajo cenadores floridos, lanzando sus gritos de almas en pena junto a los estanques y las fuentes de aguas claras. El coche se detuvo ante la fachada de la casa, una inmensa vivienda muy larga, muy blanca, con una gran terraza delante. Dos siluetas esperaban, finas y erguidas, en un rincón en sombra. Dalibor y Laüme Galjero. Las pulsaciones de mi corazón se aceleraron y tuve la sensación de entrar en una nube de algodón. Noté como si, en cierto modo, mi espíritu abandonara mi cuerpo. Me sentía muy lúcido, presente en el instante que estaba viviendo, pero al mismo tiempo perfectamente despegado de la escena, como si la parte esencial de mi ser se hubiera retirado a un lugar donde nada ni nadie podría alcanzarle nunca.
Bajé el primero del coche y abrí la puerta de la señora Simpson: un butler experto en las sutilidades de la etiqueta con años de servicio a sus espaldas no lo hubiera hecho mejor. Luego, mientras la americana ponía pie a tierra, retrocedí tres pasos para permitir que sus anfitriones vinieran hacia ella. Mientras los dos personajes bajaban el tramo de peldaños, me atreví por fin a dirigirles una mirada directa. Los rasgos de sus rostros ya me eran conocidos, igual que el perfil de sus siluetas. Nada, pues, me sorprendió realmente en su fisonomía. Pero lo que me causó un gran impacto fue el magnetismo, el carisma innegable que irradiaban. A imagen de las estrellas de cine o de los grandes cantantes de ópera tal vez. Aunque en realidad era mucho más que eso. Mucho más que una belleza formal. En ellos había otro rasgo que habría que definir con una palabra que debería ser a la vez simple y cargada de fuerza. Un término al mismo tiempo preciso, contundente y nítido, pero también abierto y solemne. No se me ocurre otro mejor que el de misterio. Sí, esas personas ocultaban un misterio. O mejor aún, encarnaban el misterio. Ante ellos, uno tenía la sensación de encontrarse frente a unas grandes fieras salvajes. Era algo a la vez arrebatador y terriblemente humillante. Entre ellos y la señora Simpson se produjo un intercambio de fórmulas de cortesía que revelaban una larga amistad y una gran confianza también. Hardens fue presentado, y luego me llegó el turno. Durante medio minuto, todas las miradas se volvieron hacia mí, pero sólo se pronunció mi graduación y no me estrecharon la mano. Aquí yo no era más que una simple función. No una persona. Lady Galjero me otorgó la gracia de una débil sonrisa, pero creí ver brillar ya en sus ojos verdes cierto asomo de burla. El coronel y yo dejamos luego que la pareja se ocupara de la recién llegada. Los tres entraron en la casa mientras Hardens me transmitía discretamente sus últimas recomendaciones.
– Dos piquetes de vigilancia harán guardia desde ahora en las inmediaciones de la casa. Saben quién es usted. Si necesita refuerzos, llámeles. Aparte de esto, tómeselo con calma y no meta la pata. Guárdese su orgullo en el bolsillo y deje sus problemas personales en el vestuario. Quiero que estos días transcurran sin incidentes. Ahora le dejo… ¡Buena suerte!
Saludé a mi superior y me quedé mirando hasta que el coche que nos había llevado hasta allí desapareció al extremo de la avenida. Un sirviente hindú vestido con un vistoso traje tradicional que recorría la gama de los rojos más luminosos vino hacia mí.
– Soy Jaywant, teniente. El segundo mayordomo. Si es tan amable de seguirme hasta su habitación, procederemos a su instalación de inmediato.
Le seguí hasta el edificio. Subimos al segundo piso y Jaywant abrió una puerta al fondo de un largo pasillo con un suelo de mármol que brillaba como un espejo.
– Hemos pensado que esta habitación le convendría, teniente. Se encuentra en el mismo piso que la suite de lady Simpson, pero una habitación inocupada le separa de ella. ¿Satisface esto sus exigencias?
Impresionado por el lujo que descubría, no respondí nada. El sirviente tomó mi silencio por una señal de descontento.
– Si este lugar le parece poco confortable, tal vez podríamos tomar otras disposiciones -empezó en un tono sinceramente apenado.
Por descontado, rechacé la oferta. La habitación, amplia y tranquila, adornada con enormes ramos de flores frescas y con las paredes revestidas con admirables sederías de Cachemira que representaban escenas mitológicas de combates entre dioses arqueros y monstruos negros de expresión aterrorizadora, era realmente magnífica. Jaywant me mostró el cuarto de baño con doble ventana y luego corrió las puertas de un ropero perfectamente equipado con diversos objetos de tocador dispuestos para mi uso.
– Toallas, jabón de afeitar, navaja, fragancias… Si encuentra a faltar alguna cosa, infórmeme inmediatamente. Me han asignado a su servicio exclusivo durante todo el tiempo de su estancia entre nosotros.
Debo confesar que todas estas atenciones me satisficieron en grado sumo. Aunque me hubieran desdeñado durante las presentaciones, era evidente que yo era una persona esperada aquí. Moralmente aquello me hizo bien. Pregunté a Jaywant por las costumbres domésticas de la casa: horario aproximado de las comidas, consignas particulares que respetar en presencia de los Galjero… ¿Formulaban sus señores exigencias especiales? ¿Apreciaban más tal o cual tipo de comportamiento? ¿Había tal vez algo más que debiera saber?
– El señor y la señora Galjero son personas muy sencillas, señor oficial -respondió Jaywant-. De costumbres muy tranquilas y de trato afable. No creo que deba modificar en nada su comportamiento para agradarles.
– ¿Hay otros invitados aparte de la señora Simpson actualmente?
– Nadie. El señor y la señora Galjero están demasiado felices de poder gozar de la presencia tan poco frecuente de lady Simpson para estropear estos instantes con otros residentes. -Bajó los ojos antes de continuar-. La cena se servirá dentro de una hora, señor. Se le instalará en una habitación adyacente a la sala donde el señor y la señora Galjero recibirán a su huésped. Su comida será la misma que la suya. Vendré a buscarle. Que descanse, señor oficial.
Y salió, después de haberme entregado la llave de mi habitación. Permanecí un momento inmóvil, preguntándome sobre la actitud que debía adoptar. De hecho, las cosas no se presentaban tan mal. Tácitamente, al parecer se había convenido que yo no sería más que humo en esta casa, una sombra de presencia. Sólo un criado vestido con un uniforme marrón claro en lugar de con una chaqueta de colores vivos. Y lo juzgaba satisfactorio. En el mejor de los casos me dirigirían la palabra una o dos veces al día para saludarme y para despedirse, y en el peor, guardarían silencio al verme y me dejarían hacer mi trabajo sin prestarle ninguna atención. Empezaba a recuperar un poco de confianza. Yo que me había preocupado tanto ante la perspectiva de tener que tratar con Simpson y los Galjero en su vida cotidiana, entreveía ahora un desenlace feliz para esta misión. Mis músculos se relajaron de golpe. Me dejé caer en la cama y cerré los párpados por unos instantes.
«¡Cuidado, Tewp! ¡No te duermas! No te dejes deslumbrar por todo este lujo que te rodea. ¡Es la mirada brillante de la serpiente que quiere debilitar a su presa!»
¿Qué? ¿Quién había hablado? ¿Una presencia desconocida aquí, en esta habitación? ¿O simplemente una parte de mí mismo que se negaba a dejarse mecer por la tranquilidad de las apariencias? Sí, eso era. Mi voz interior. ¡Mi instinto! Ansioso. Febril. Olfateando el peligro y la mentira en todas partes bajo los halagos y las conveniencias. Adivinando aquí y allá trampas y venenos bajo el mármol de los muros, los ocres de los frescos…
«¡David! ¡David, muchacho! ¡Sobre todo no te olvides de Keller! De Keller y del SD, de Bose y de Darpán… ¡Engrasa tu arma en lugar de frotarte los galones! ¡Entrena tu brazo en lugar de jugar como un niño!»
Súbitamente recuperé la lucidez, y me rocié el rostro con agua fría. Cuando Jaywant vino a buscarme, había recuperado el dominio de mí mismo y era perfectamente consciente de que había puesto el pie en el territorio de las serpientes.
Ningún elemento notable marcó esta primera velada. Como me había advertido el sirviente, me invitaron a sentarme, solo, en una mesa dispuesta en un saloncito que daba al comedor donde servían a Simpson y a los Galjero. De sus voces sólo me llegaba una melodía vaga, sin timbre ni auténticas modulaciones. De vez en cuando se escuchaban risitas, pero yo no podía adivinar qué comentarios las habían provocado. Sin llegar a estar cerrada del todo, la puerta que separaba las dos habitaciones no estaba lo suficientemente abierta para que pudiera oírles bien, y además, y sobre todo, yo no prestaba atención a lo que se decía. Igual que no me hubiera permitido abrir una carta que no me estuviera dirigida, no me sentía autorizado a escuchar tras las puertas. La constatación de este escrúpulo me divirtió. «La información no es un asunto de hombres civilizados, Tewp. ¡No, decididamente no es una materia propia de espíritus refinados!», me había advertido el capitán Gillespie en nuestro primer encuentro. Y en lo que a mí respectaba era cierto, me resultaba muy difícil hurgar en la vida de la gente, violar su intimidad, interesarme por sus historias personales. La causa tenía que ser importante para que me decidiera a hacer algo así. Pero si efectivamente se daba el caso, posiblemente pudiera encontrar en mí recursos suficientes para eliminar obstáculos que otros, menos escrupulosos y más convencionales, no hubieran podido superar. Cogí en mi palma un pesado cubierto de plata, un soberbio cuchillo que llevaba el cuño de las antiguas manufacturas reales de Francia, y me entretuve captando mi reflejo en la hoja. Mis ojos brillaban, mi corazón latía con calma y fuerza en mi pecho… Me sentía confiado. Se escucharon ruidos en la habitación vecina y vi las sombras de los criados que pasaban ante el marco de la puerta llevando platos y bandejas. Simpson y los Galjero pasaban al salón de fumar. Jaywant vino a asegurarse de que no me faltara nada y luego me presentó una caja de cigarros y me ofreció un vaso de coñac de parte del señor de la casa. Abandoné la mesa, me senté en una poltrona y esperé a que todos se decidieran a volver a sus habitaciones. Cuando estuve seguro de que la señora Simpson se había retirado a su cuarto, abandoné por fin mi reducto, caminé un poco por la terraza para aprovechar el fresco de la noche y la belleza del lugar, y luego subí por fin a acostarme.
Era la última visión que había tenido antes de caer del muro y desvanecerme en el suelo de la callejuela que corría por detrás de Shapur Street: una torre estrecha, fina y austera, con un tejado inclinado de pagoda y paredes extrañamente hinchadas por no sé qué anomalía que no podía distinguir, porque estaba lejos, demasiado lejos, para observar el edificio al detalle. Caminando delante de mí, la señora Simpson y Laüme Galjero paseaban por el parque cogidas del brazo, hablándose al oído, riendo como dos colegialas. Diez yardas largas por detrás de ellas, yo las seguía con las manos a la espalda y los músculos en tensión, echando ojeadas a los rosales, a los macizos de flores, a los animales que coloreaban la hierba con sus tonos vivos y movedizos. A la vuelta de un camino de grava fina, mi mirada se había posado sobre esa espiga de piedra negra, ese mausoleo de aspecto siniestro que brillaba al sol de la mañana. Estaba lejos, diría que casi a media milla, porque el parque era inmenso, y se encontraba protegida por una franja de árboles apretados hacia la que no parecía llegar ningún sendero, ningún camino trazado. Permanecí allí un minuto sin moverme, con la mano haciendo pantalla sobre los ojos, observando la construcción, atraído por ella, imantado por un presentimiento. Y luego oí, muy cerca de mí, una hermosa risa femenina.
– ¿Qué hace ahí pensando en las musarañas, señor oficial? ¿No preferiría venir con nosotras y explicarnos por fin quién es usted?
Se me hizo un nudo en la garganta. Aparté los ojos de la fronda y vi, azorado, a Laüme Galjero, que se acercaba a mí sonriendo dulcemente. Su larga silueta danzarina estaba ceñida por un vestido de crepé ligero que modelaba sus formas hasta el impudor. En ese instante, cuando sus ojos se hundieron por primera vez en los míos, deseé más que nada en el mundo olvidar que un día había contemplado la fotografía de su cuerpo desnudo. Sentí su mano fresca, rosada, casi fría, posándose sobre mi muñeca y apretándola para forzarme a ir con ella. Me estremecí al contacto con esta mujer, como me había estremecido en la isla de piedra cuando, bajo la luna violeta, Darpán me había despojado de mis ropas empapadas de agua helada después de cruzar el vado. Cogiéndome del brazo, con su hombro apretado contra mi cuerpo, Laüme Galjero tiró de mí suavemente para llevarme junto a lady Simpson, que parecía divertida por la escena.
– ¡Laüme, qué idea más ridícula! -dijo con una voz extraordinariamente ronca-. ¡No tortures a este pobre desgraciado, ya ves que es un ganso!
Palidecí ante el insulto. Era la primera vez que Simpson parecía fijarse en mí, y era para proferir un comentario extremadamente ofensivo. ¡Hubiera querido matar a esta mujer allí mismo, fulminarla y partirla como una rama seca! Laüme Galjero hizo un mohín.
– ¿Es verdad, señor oficial? ¿Es cierto que es usted un ganso? Desde ayer nos hemos estado planteando la cuestión… ¿Y bien? ¡Responda, o pensaré que esta malvada mujer tiene razón!
– Me perdonarán, señoras… -empecé.
Pero antes de que tuviera ocasión de desarrollar mi defensa, Simpson soltó una risa burlona:
– ¿Cuenta usted de entrada con nuestro perdón? -dijo-. ¿No le han explicado que uno no se concede el perdón a sí mismo, sino que ruega a los otros que acepten sus excusas? ¡Algo que, por otra parte, no tengo intención de hacer! ¡Ya ves, Laüme! Enseguida me di cuenta: es un ganso. Un pequeño ganso malcriado… Estás perdiendo el tiempo con él, querida…
– ¡Pero es que a mí me gusta la gente malcriada, Wallis! -respondió la Galjero, apretándome cada vez con más fuerza-. Los brutos, los catetos, los palurdos, a menudo son capaces de mostrar un vigor y unos impulsos de una voluptuosidad que han olvidado los refinados… ¿No es cierto, teniente?
Rojo de vergüenza ante la alusión excesivamente osada que Laüme Galjero acababa de formular, no respondí, bajé los ojos y, sin violencia pero con firmeza, traté de liberar mi brazo de la presa de su mano. Sin embargo, ella hizo caso omiso de mi intento y no me soltó. Muy a mi pesar, tuve que caminar a su lado, apretado contra ella, cadera contra cadera, muslo contra muslo. Y las pullas no dejaban de llover, insultantes, malignas, perversas, cada vez más equívocas. Opté por no replicar nada a todo eso. No respondí a las provocaciones. Permanecí sordo a sus demandas. Opuse un silencio altanero a sus ataques. Pero en mi fuero interno cada frase, cada palabra que intercambiaban las dos mujeres, me hería como una puñalada. Este juego pueril me lastimaba más de lo que lo habían hecho los puños de Gillespie o las manazas de Edmonds sobre mi garganta, y me enfurecía no poder responderles. Hubiera querido abofetearlas, pegarlas, azotarlas como a malas yeguas y luego dejarlas allí, jadeantes y amoratadas por los golpes, llorando en su jardincito de muñecas. Pero sólo podía soñar en todo aquello, porque nunca me hubiera atrevido a levantarle la mano a una mujer.
Caminamos así, entre risitas sofocadas y agudezas odiosas, hasta una porción de terreno dispuesta en forma de laberinto. Los setos de bambú, más altos que un hombre, habían sido cortados para formar pasillos curvados que se enrollaban, se mezclaban, se entrecruzaban en torno a un centro de fuentes y estanques. Fuimos directamente hacia él sin perdernos. Allí, por fin, Laüme Galjero me soltó el brazo. Las mujeres se sentaron sobre un reborde de piedra, cerca de un estanque decorado con tritones, náyades y un Neptuno. Quise abandonar la compañía de la divorciada insolente y la eslava de mente corrompida, pero la voz de Simpson -una voz de maestra de escuela severa y seca como un látigo- me lo prohibió.
– No le he autorizado a marcharse, mi pequeño Tewp. Quédese un poco más. ¡Hay cosas que debe saber!
El tono era grave. Sin rastro de ironía, esta vez. Me sorprendí. Por fin parecía que la conversación se desarrollaría por cauces serios.
– ¿Cosas que debo saber, señora? La escucho -dije, tratando de hacer como si los minutos precedentes no hubieran existido nunca.
Laüme sonrió. Bajó los ojos hacia el agua y hundió en ella sus ágiles dedos, de uñas largas y fuertes. Los lentos movimientos de su mano creaban corrientes y pequeñas ondas en la superficie del estanque.
– Sí -continuó Simpson-. Cosas que debe saber si quiere prestarme un buen servicio. ¿Porque ésas son las órdenes que ha recibido, no es cierto? Servirme.
– No como un criado, señora. ¡Como un soldado! -precisé irguiéndome en toda mi estatura e hinchando el pecho tanto como me lo permitía mi uniforme.
– Muy bien. ¡Como un soldado! ¿Y cómo sirve un soldado a una dama, en su opinión?
Suspiré, comprendiendo que el juego de la mosca y la araña volvía a empezar, y permanecí en silencio.
– ¡Un soldado sirve a una dama concediéndole un beso! ¡Béseme, teniente! ¡Eso es lo que quiero!
– ¡Señora! -solté indignado, rojo de cólera.
– ¿Tal vez no sabe lo que es besar y hay que enseñárselo? -sugirió Laüme Galjero, mientras con un gesto suave, muy estudiado, sacaba la mano del agua, enrollaba sus dedos en torno a los primeros botones de su vestido y los hacía saltar uno a uno, ofreciendo así a mi vista una carne clara, blanca, sedosa y palpitante.
Sin saber si sentía fascinación o repulsión, vi entonces cómo las dos mujeres se inclinaban una hacia otra muy dulcemente, muy afectuosamente, como si adoptaran una postura para intercambiar un largo, larguísimo, beso de amantes. Luego me miraron con fijeza como dos Gorgonas de ojos de hierro. Sentí que su doble mirada clavaba en mí sus puntas ardientes y mi mente se inflamó con un millón de pensamientos horrendos, de deseos repugnantes. Mortificado, giré sobre mis talones para refugiarme con paso titubeante detrás del primer seto. La sangre me palpitaba en las sienes y oía, muy cerca, sus escandalosas risas a través del follaje. Se oyeron ruidos de tela arrugada, y gritos, y luego dos grandes haces de agua surgieron, entre un ruido de chapoteo, por encima del seto.
– ¡Sobre todo no mire, teniente! ¡Estamos desnudas y tomamos un baño! -pió Simpson.
– ¡O mire, al contrario! ¡Y venga a frotar nuestras pieles con sus grandes manos callosas de mozo de cuadra! -dijo la Galjero con voz de sirena.
Se escucharon borboteos y proyecciones de agua. Yo quise salir del laberinto sin volverme, pero me perdí en los corredores, volví sobre mis pasos sin darme cuenta y, en el instante en que pensaba que por fin había encontrado la salida, desemboqué de nuevo en el ombligo del dédalo. Entonces, aunque no quería ver nada, mis ojos captaron por un instante la imagen terrible, magnífica y repugnante de los cuerpos desnudos de las dos mujeres entrelazados -con la carne deslizándose en la carne, los miembros enlazados a los miembros, los cabellos deshechos prendidos de los cabellos deshechos-, que se retorcían y gemían juntos. Retrocedí, huí, rasgué un velo de follaje para abandonar cuanto antes el lugar y volví caminando a grandes zancadas a la terraza situada en la parte posterior de la casa. Dalibor Galjero estaba sentado allí, inocente y tranquilo, descifrando en silencio una partitura, totalmente ajeno a las lubricidades degradantes a las que se entregaban su esposa y su invitada. Al percibir mi turbación, me interpeló, pero yo no quise responder y preferí la grosería a la cortesía, porque sentía que en ese momento cualquier conversación estaba por encima de mis fuerzas.
Subí a mi habitación, me remojé la cara con agua fría y me puse una camisa limpia. Cuando ya me disponía a bajar de nuevo para explicar mi actitud a sir Galjero, oí gritos procedentes del parque. Desde las ventanas de mi cuarto de baño vi a la señora Simpson y a Laüme, envueltas en inmensas toallas de baño y con los pies desnudos, que se acercaban caminando a pasitos cortos por la hierba desde el fondo del dominio. Las seguían tres o cuatro criados, todos hombres, que sostenían sobre sus brazos tendidos en ángulo recto sus vestidos empapados. Al verlas así, gorjeando juntas, con sus cabelleras húmedas recogidas en un hábil enmarañamiento de tela estampada, al verlas mover los tobillos con pasitos de china, estorbadas por la estrecha funda que formaban las toallas blancas, se hubiera dicho que eran dos graciosas e inocentes chiquillas que volvían de un simple baño. Sin desconfiar, pensando que no me verían, me adelanté hasta el marco de la ventana. Pero mi silueta debía de recortarse en la fachada blanca, porque el movimiento atrajo la atención de Wallis Simpson, que, en cuanto me vio, lanzó un grito victorioso. Con un movimiento vivo, la señora Simpson abrió los brazos, dejando caer la tela que la velaba. Desnuda, rosa sobre la hierba verde, me hizo un amplio gesto con la mano y arrancó a correr hacia la casa, sin nada encima, a la vista de todos, bajo las miradas de los boys, que parecían encantados pero no sorprendidos por el espectáculo. Laüme Galjero no la imitó, acaso prefiriendo conservar su aire de muchachita casta y recatada, sus maneras de monjita virgen bajo su toca de felpa, y caminando con calma, salió finalmente de mi campo de visión. En mi fuero interno, sin que me atreviera ni por un segundo a confesármelo claramente, hubiera deseado que fuera ella la que se hubiera despojado de todas sus ropas. Retrocedí hacia la sombra de mi habitación, más confuso, más turbado aún que antes. Llamaron a mi puerta y el picaporte giró sin darme tiempo a responder. Ahora era Dalibor Galjero quien venía a mí.
– Aún no me han dicho nada, pero creo adivinar lo que ha ocurrido en el parque con la señora Simpson y mi esposa. No se ofenda por estas chiquilladas, oficial. Es una costumbre en ellas, pero no tiene mayor importancia. Este comportamiento pueril no constituye un ataque personal contra usted, se lo aseguro.
Galjero era alto, más que Hardens, e incluso más que Darpán, aunque éste me sacaba una cabeza. Sin embargo, no era un gigante. Sólo un hombre muy espigado y muy ancho de espaldas que irradiaba una autoridad natural reforzada por el tono de su voz, no cortante y seco, sino, al contrario, muy dulce, aterciopelado casi, e impregnado de una gran fuerza. La voz de un sacerdote sin untuosidad, de un guerrero sin fanfarronería. Una voz de príncipe. De rey, tal vez.
– Confío entonces, justamente, con dar por concluido este incidente -respondí a Galjero en el tono más cortante que pude-. Me habían advertido de… los caprichos de la señora Simpson. Pero confieso que uno debe haber sido testigo, sino víctima, de ellos para juzgar en su justa medida. Ahora que sé a qué atenerme, evitaré dar pie a estos juegos. Eso es todo.
Galjero sonrió. Se adelantó hacia mí y me tendió la mano. Se la estreché.
– Reacciona usted con magnanimidad y ponderación. Pocos hubieran sido capaces de algo así, creo. Me felicito de haberle acogido bajo mi techo, teniente…
– Teniente David Tewp -dije con voz fuerte y clara.
Sir Galjero frunció las cejas.
– ¡Vaya, no imaginaba que fuera usted galés! -soltó antes de esfumarse.
¡Aquel comentario acabó de ponerme furioso!
La comida se desarrolló conforme al mismo ritual que la cena de la víspera, con la diferencia de que esta vez me preocupé de no tropezarme con nadie en los pasillos y los salones. Jaywant, a quien sin duda habían puesto al corriente del incidente del estanque, mostraba una gran solicitud hacia mí, se desvivía en cortesías. El sirviente parecía personalmente afectado por lo que me había ocurrido, lo que consideré de agradecer.
– ¿Sabe qué intenciones tiene la señora Simpson para esta tarde? -le pregunté cuando me trajo un café delicioso, sutilmente perfumado con granos de cardamomo.
– Las horas de mayor calor se dedicarán al reposo, como es costumbre. Luego la velada estará consagrada a la visita del sultán Muradeva, un habitual de la casa. Creo que es todo lo que está previsto para hoy. Pero ignoro si hay algo previsto para más tarde. Aquí no es costumbre establecer programas estrictos, señor, sino más bien ceder a la inspiración del momento.
– ¡Semper juvenescens! ¡«Siempre juvenil», como dice san Ireneo de Lyon a propósito del Espíritu Santo! ¡Sí, semper juvenescens! ¡Éste es el lema al que obedece esta casa!
En traje claro, pero con los pies descalzos y la camisa abierta sobre su torso bronceado, Dalibor Galjero acababa de apoyarse contra la puerta del saloncito. Había entrado como una sombra. Ni Jaywant ni yo le habíamos oído llegar. Los dos dimos un brinco al mismo tiempo. Como si se hubiera visto sorprendido por el diablo en persona, el sirviente se apresuró a acabar su tarea en silencio y se deslizó fuera, dejándome a solas con su amo.
– Jaywant tiene razón. Todos dormiremos una hora o dos. Estas tardes tórridas son invivibles. Pero usted no tiene que tenderse a descansar, si no es su deseo. Puede aprovechar el tiempo para leer un poco, tal como yo mismo hago mientras Laüme duerme y sueña con otros mundos… ¿Es usted un gran lector, teniente Tewp?
Respondí que sí, hasta el punto de que a menudo prefería la compañía de los libros a la de los hombres.
– ¡Cómo le comprendo! No sabe hasta qué punto comparto este sentimiento. Venga, acompáñeme. Le mostraré mi orgullo aquí, mi gran biblioteca de Calcuta. La llamo para mí mismo, con una buena dosis de ironía, la Daliboriana. Sólo es la parte india de mi colección. Conservo otra parte en Nueva York, y una tercera en París. Tengo la sensación de que domino mejor esta masa de volúmenes si la fragmento. Porque, créame, no es bueno abandonarse a un amor desmesurado por los libros, teniente Tewp. Después de todo sólo son pedazos de papel, tumbas para el pensamiento muerto. Lo que cuenta de verdad es el espíritu vivo, la carne pulsante. Nada más.
No comprendí qué quería decir Galjero. Que se refiriera con tanta ligereza a la inanidad de los libros cuando en toda Alemania se celebraban autos de fe, me turbó. Le seguí en silencio, no sabiendo qué pensar, por un dédalo de pasillos, hasta que nos detuvimos ante una ancha puerta corredera con paneles de tela rasposa enclavijada al modo japonés. Pegado a uno de los montantes de madera, vi un medallón en relieve que me recordó a los que adornaban las puertas de entrada de la villa. Como en el exterior, esta figura representaba la máscara de un animal fabuloso de hocico alargado, una especie de jabalí o de facochero. Galjero hizo deslizar la puerta sobre los raíles aceitados con alcanfor, y entramos en una amplia habitación sombreada, bañada de incienso como una nave de iglesia. Braseros de cobre distribuían de forma uniforme estos vapores por todo el espacio.
– Fumigaciones para alejar a los insectos, atroces devoradores de papel, nada más -dijo Galjero, tras ver mi reacción atónita a la vista de aquella atmósfera propia de un templo.
Columnas de estantes de teca clara cubrían los muros de la sala.
– A primera vista, no parece gran cosa, pero si se suma la longitud de todas estas estanterías, se obtiene un balance que supera el medio millar-me informó orgullosamente mi anfitrión-. No sé si hay en la ciudad una biblioteca comparable. Exceptuando la de la Sociedad de Estudios Asiáticos, evidentemente.
Sus dientes blancos, perfectos, brillaban como puntas de sable. Retrocedí por instinto. Para ocultar mi turbación, cogí una obra al azar, que apreté contra mi pecho como un escudo irrisorio. Pero Galjero permaneció tranquilo, y optó por reírse de mi elección.
– ¡Encuadernación amarilla, teniente Tewp! ¡Excelente elección! Veo que se interesa por la literatura erótica. ¡Quién lo hubiera dicho! ¿Y cuál ha elegido para la hora de la siesta? ¡Al infierno con la timidez! ¡Vamos, enséñemelo!
Y me lo arrebató de las manos antes de que yo pudiera reaccionar para impedírselo.
– Manual de urbanidad para jovencitas, del francés Pierre Louys… ¡Muy interesante! ¡Es una obra reciente, pero pasará a la posteridad! ¿Quiere que le lea un extracto?
– ¡No hace falta! -exclamé yo, desesperado por mi nueva torpeza, pero Galjero ya había abierto el volumen y volvía las páginas.
– ¡Insisto! La literatura erótica está hecha para ser leída en voz alta. Y además, este Manual es tan divertido… Es una recopilación de consejos para las ingenuas. Escuche éste…
– ¡No, gracias! Creo que seré capaz de descubrirlo por mí mismo -dije cerrando la mano sobre el libro, prefiriendo pasar por un perverso antes que soportar semejante lectura.
– Muy bien, muy bien, amigo mío… Pero ¿no quiere también el Hermaphroditus de Antonio Beccadelli? Tengo aquí una edición ilustrada muy hermosa… indispensable para traducir correctamente a Ausonio. ¿Y tal vez también esta historia encantadora, La puerta del asno? Un anónimo contemporáneo pero muy sugestivo. Mire, escuche este resumen: en Roma, bajo Domiciano, una bella patricia es falsamente acusada de adulterio y condenada al lupanar. Cójalo, saboree la continuación…
– ¡Decididamente no! Le agradezco sus atenciones, pero de hecho, mis lecturas habituales son más… castas.
– ¿Ah, sí? ¡Pues es una verdadera lástima! -exclamó Galjero con cierta decepción- Pero ¿tal vez quiere decir más… blandas? ¿Sus lecturas habituales son más blandas? Como guste, me es indiferente. Vuelva aquí cuando quiera, ahora que le conocemos… En fin, ahora que usted conoce el camino, para ser más preciso. Rebusque a su gusto y diviértase haciendo nuevos descubrimientos. Hay estampas en el gran mueble para ilustraciones y un Kama Sutra excepcional en uno de los cajones. Ahora le dejo. Hasta luego.
Y desapareció como un felino. Yo volví a dejar en su lugar los indecentes volúmenes amarillos con los que Galjero había considerado oportuno cargarme los brazos y pasé unas decenas de minutos tratando de descifrar los títulos en el lomo de los otros libros. Aquí, todos los alfabetos se mezclaban. Había textos en latín, cirílico, griego y hebreo, árabe también, mucho sánscrito, y finalmente lo que juzgué chino o japonés tal vez; e incluso vi jeroglíficos egipcios impresos en toda una serie de obras. Desde luego, dudaba de que Dalibor Galjero, por erudito y sabio que fuera, supiera descifrar ni siquiera la mitad de estos sistemas de escritura. Por desgracia, llega un punto en que los bibliófilos se dejan desbordar por su pasión y se encaprichan de los volúmenes influidos por la belleza de la encuadernación o porque prefieren soñar sobre los misterios que contienen antes que hacer el esfuerzo de aprender la lengua.
Me entretuve un poco buscando la sección de las obras de esoterismo y de magia, porque no dudaba de su existencia. Pero, sea porque estuvieran camufladas, o porque sus títulos estuvieran redactados en un alfabeto desconocido para mí, curiosamente no encontré nada parecido. Decidí salir, cansado ya de dar vueltas en medio de estos vapores de incienso que empezaban a provocarme migrañas. Volví, acalorado, a mi habitación y me dejé caer, con los brazos en cruz, sobre la cama. El calor era agobiante. En el techo, el gran ventilador de palas de cobre tenía dificultades para agitar mínimamente este aire pesado, compacto, oprimente, que incluso me hacía añorar la frescura del sótano de la prisión militar. Me arrastré hasta el cuarto de baño, donde tomé una larga ducha helada que me revigorizó. Mientras me estaba vistiendo, oí un coche que hacía crujir la grava de la avenida central. El sonido de una bocina que resonó tres veces hizo graznar a los pavos reales y espantó a los ibis, que alzaron el vuelo. La puerta de la habitación de lady Simpson chasqueó. Sus pasos martillearon el mármol del pasillo antes de desvanecerse en la escalera. Esperé un poco y luego bajé a mi vez para observar discretamente a los recién llegados.
El sultán Muradeva era uno de estos señores locales, flores marchitas después de la eclosión, surgidos de una antigua rama de la aristocracia bengalí. Estos personajes otrora poderosos, terribles, soberanos incontestados en sus tierras, hoy en día eran marionetas que permanecían en su puesto gracias a los británicos, que no veían en ellos sino a unos seguidores dóciles de su política. Desde luego, su fortuna seguía intacta, y sin duda alguna incluso había aumentado desde la llegada de los occidentales, que habían añadido a los recursos de la economía tradicional los infinitamente más poderosos de la bolsa y los intercambios internacionales. Muradeva, un hombrecillo cobrizo de rostro fino y sedosa cabellera negra, poseía de hecho una no desdeñable fortuna, que empleaba para satisfacer sus placeres más que para la felicidad de sus súbditos. Vivaracho y de un humor siempre alegre, ese botarate no dejaba de mariposear yendo de los Galjero, que reían con ganas sus ocurrencias, a Simpson, que envidiaba su munificencia pero sin atreverse a mostrarla. Siguiendo los pasillos, me deslicé hasta la habitación que ya se me había hecho familiar, y me disponía a pasar el resto de la velada allí cuando la señora Simpson, para alejarse un rato del ruidoso salón donde el príncipe exhibía su jote de vivre, vino hacia mí. Al verla, todos mis músculos se pusieron en tensión. Me levanté rápidamente de mi sillón y me inmovilicé en una postura próxima a la posición de firmes. Sin embargo, no había malicia en el rostro que se ofrecía a mi vista. Al contrario, la americana sonreía. Y me tendía la mano.
– Espero que no se haya enojado por nuestras diabluras de esta mañana, teniente. La señora Galjero y yo tenemos la tonta costumbre de hacer rabiar a los jóvenes guapos. Hagamos las paces y seamos amigos. Le prometo que en adelante seré buena con usted.
Sus ojos brillaban con un resplandor franco. La juzgué sincera. Pese a todo, no sin un atisbo de arrepentimiento, cogí su mano en la mía y la estreché con lealtad. Pronuncié unas palabras modestas, asegurándole que no le guardaba rencor y que aceptaba agradecido su solicitud de tregua.
– Mi presencia aquí es para velar a la vez por su seguridad y su comodidad, señora. Le agradezco que haya dejado de considerarme como un juguete.
– Asunto zanjado, pues, señor oficial Tewp. Asunto zanjado… Y ahora, ¿por qué no nos acompaña a escuchar al sultán Muradeva?
Con su nariz puntiaguda, sus labios finos, casi inexistentes, y su cuello elástico adornado con una triple hilera de perlas finas, Wallis Simpson me cogió del brazo y me arrastró al fresco salón donde los Galjero, apretados uno contra otro, reclinados blandamente en un ancho canapé, escuchaban sonriendo al príncipe, que les soltaba no sé qué cuento mundano. Dos siluetas envueltas en gasa blanca se mantenían silenciosas e inmóviles detrás de él. Hicieron las presentaciones oportunas sin que los fantasmas velados se movieran ni una pulgada. ¿Serían guardias? Tal vez. Pero su complexión delicada me parecía más propia de una mujer que de un fornido escolta. ¿Entonces? ¿Serían sus amantes? ¿Unas cortesanas? No hubiera sabido decirlo, pero las dos figuras estaban petrificadas hasta tal punto que llegué a pensar que podían ser auténticas estatuas. Me senté en un sillón algo apartado y me esforcé en prestar atención a las divagaciones del hindú, que embriagaba a su auditorio con una oleada de chismes, cotilleos y maledicencias sobre diversas figuras de la alta sociedad de la ciudad y la provincia. Yo no conocía a ninguno de los individuos mencionados, pero el tono era incisivo, mordaz, y las anécdotas estaban bien construidas. Por insignificante que fuera su contenido, el parloteo del príncipe Muradeva al menos sabía divertir. Muy a pesar mío, acabé riendo con los demás. Esto se prolongó una hora sin que fuera posible interrumpirle, y luego su energía se desvaneció de golpe. Muradeva se retrepó en su asiento y no quiso seguir, como si estuviera cansado de sí mismo, aturdido por su propio veneno.
– Vamos, príncipe -dijo Dalibor, que no había dejado de acariciar la mano de su esposa-, díganos de una vez quiénes son estas personas que le acompañan y que han permanecido tan tranquilas y pacientes junto a usted.
– ¡Oh, es verdad! -exclamó el pequeño sultán con voz aguda-¡Las había olvidado! ¡Es la primera de las dos sorpresas que les he traído hoy! ¡Adelantaos, palomitas, y mostraos!
Obedeciendo a su demanda, las dos siluetas se deslizaron ante nosotros, y luego, con un mismo movimiento, hicieron caer el velo que las cubría de pies a cabeza. Entonces aparecieron dos muchachas muy jóvenes, vestidas ambas con un ligero pantalón bombacho y un corpiño muy ceñido que dejaba descubiertos los brazos y exponía a las miradas su vientre plano. Unos brazaletes con campanillas cosidas rodeaban sus tobillos y sus muñecas y llevaban tiaras y joyas prendidas en los cabellos.
– Dos bailarinas… Son suyas, lady Simpson, se las ofrezco. ¡Puede llevárselas consigo a Inglaterra o tirarlas después de usarlas! ¡Ji, ji, ji!
Y soltó una odiosa risita de hiena, que me puso los nervios de punta. De buena gana le hubiera azotado.
– ¿Llevármelas conmigo?-cloqueó Simpson- ¿Como animales perdidos que se recogen al borde de la carretera? Sí, la idea es seductora. Pero creo que me contentaré con su presencia aquí. Luego se las devolveré…
– Como desee, querida. Pero permítame que le explique cómo debe utilizarlas. En primer lugar, hay que conocer sus nombres. La que ve aquí a la izquierda, la más alta, asimismo la más voluptuosa, es Rajiva. La segunda, Madurha, un poco más enjuta, es también la más experta en los juegos del amor. Las dos son muy flexibles, muy mimosas… La primera posee un vaso natural estrecho. La geografía de la segunda es más abierta. Aconsejo prioritariamente su otra vía, que cede con ciencia y con placer. Lo digo en atención a Dalibor, en el caso probable de que usted acepte prestárselas, claro está…
– Desde luego -dijo Simpson esbozando una horrible sonrisa de alcahueta dedicada a sir Galjero.
Laüme no se inmutó.
– ¡Vamos, muchachas, mostrad a vuestra nueva ama cómo domináis el arte de la danza y de la alegría!
Muradeva dio una palmada como un rey bárbaro, como un Atila de opereta. Inmediatamente las dos jóvenes iniciaron sus contoneos, ejecutando los ritmos que guiaban sus movimientos con golpes del talón y sacudidas de las muñecas que hacían tintinear las campanillas y vibrar el aire en torno a ellas. Músicas y bailarinas a la vez, las mujeres encadenaban las figuras, las posiciones, con una gracia muy particular. Sus composiciones, coordinadas, simétricas, jugaban con las anamorfosis, los contrastes de iguales, los efectos de espejo. Luego vi que sutilmente, a pequeños trazos, esta mecánica se desordenaba, que las artistas ganaban poco a poco autonomía, arrancándose a su armonía inicial. En una dinámica nueva, aparecían papeles individualizados, una dramaturgia se dibujaba. Las relaciones que revelaban sus gestos ya no eran las de la igualdad, sino, al contrario, las de una dominación y una sumisión. Alta, musculosa, Rajiva representaba al hombre. Ligera, ondina, Madurha era la mujer. Esto se prolongó durante un buen rato. Nunca antes había visto un espectáculo como aquél; ignoraba que el cuerpo humano pudiera transmitir en sus poses semejante fuerza de lubricidad y de inocencia confundidas. El sultán jadeaba, se mordía el puño mientras miraba cómo las ondinas danzaban el amor físico. Los Galjero, por su parte, parecían imperturbables, como si estuvieran asistiendo a un espectáculo banal. La señora Simpson había sacado un cigarrillo de un estuche lacado y lo había encajado en un largo tubo de nácar. Las bocanadas de humo que expulsaba y que llegaban flotando hasta mí eran especiadas, de un olor almizclado muy distinto al del tabaco ordinario. La americana tendió el objeto a lady Galjero, que se lo quedó y acabó de succionarlo con gruñidos de gata estirándose al sol. Las dos bailarinas estaban llegando al apogeo de su espectáculo. Sus cuerpos se amoldaban al ritmo cada vez más vivo de las campanillas, y luego, cuando parecía que la cadencia alcanzaba su punto máximo y no podía progresar sin desgarrarnos los tímpanos, todo se detuvo de golpe. Hubo un grito. Muradeva, con el rostro bañado en sudor, el cuello hinchado y los ojos desorbitados, bizqueaba con la mirada fija en el vientre de las muchachas. Tenía calor. Tenía frío. Ya no sabía qué hacer. Su turbación producía un efecto cómico. Por un instante pensé que era como un pedazo de estopa que se hubiera inflamado por sí mismo. Quemado con sus propios juegos, el maharajá pidió algo de beber. Un boy le trajo un vaso de limonada helada que bebió de un trago, acabando con un eructo del que no se preocupó más de lo que lo hubiera hecho un niño.
– ¿Qué me dice? -preguntó por fin, mientras trataba de recuperar la compostura.
Lady Simpson le dio las gracias por tan original presente y le prometió que haría un buen uso de él. Se expresó en un tono ponderado, tan natural, que no pude discernir si sus comentarios eran serios o irónicos.
La conversación dio un giro hacia el tantra, el arte hindú del amor. Todo el mundo parecía querer dar su opinión sobre este tema, dar a conocer sus preferencias, presentar ejemplos.
– ¿Saben -dijo el sultán- que ciertas prácticas del tantra tienen por objeto la divinización de la mujer? ¡Por desgracia, para esto hace falta que acepte, al menos durante diez meses, pasarse sin hombres! Durante todo este tiempo su futuro amante duerme en el suelo, a sus pies. A continuación, durante seis meses, está autorizado a dormir a su izquierda, pero sin que haya contacto, y luego seis meses más a su derecha en las mismas condiciones. Sólo entonces llegan las primeras caricias. Pero, para la consumación final, habrá que esperar aún un año. ¡Esto, al final, concluye en casi treinta y seis meses de total abstinencia!
– ¿Permanecer treinta y seis meses sin un hombre? ¡Imposible! -gimió la señora Simpson como si la despellejaran viva-. ¡Yo ya sufro una agonía cuando pasan treinta y seis horas sin que me toquen!
Aquello desató las risas de los allí presentes y no escandalizó a nadie. Aparentemente yo era el único en este grupo que cultivaba una moral ordinaria, propicia a la severidad, amiga del rigor. Yo apreciaba la castidad, la limpieza en las relaciones humanas, y detestaba por encima de todo los arrebatos físicos, todos los fastidiosos abandonos a las exigencias del cuerpo. Esta conversación me incomodaba, y me revolvía las tripas oír detallar todas esas excentricidades que a los otros les parecían tan naturales, tan indispensables para su equilibrio. Yo no sabía nada de aquello, y permanecía cabizbajo tratando de pasar inadvertido, rechazando incluso con un gesto, para seguir al abrigo de las sombras, que el criado que se acercaba hiciera brillar la lámpara colocada sobre la mesa a mi lado.
Por fin sirvieron la cena, y pretexté un asunto del servicio para ausentarme, y ahorrarme así una nueva sesión de parloteos. Sentía que necesitaba el aire fresco de la noche, la visión de un rostro corriente también, la simple presencia de un ser tan banal como yo. Al recordar que Hardens me había dicho que un piquete de guardias se encontraba apostado a la entrada de la villa, me agarré a esto como a una tabla de salvación y atravesé el parque para ir a saludar un instante a mis semejantes. Necesité diez minutos largos a buen ritmo para llegar de la casa a la verja de Shapur Street. Fuera, instalado cerca de dos camiones de la policía militar, un grupo de soldados montaba guardia. Me entretuve charlando con estos hombres tanto rato como pude, fumando incluso hasta el extremo un cigarrillo acre que me ofrecieron, cuyo olor a paja mojada no tenía nada en común con el aroma de esencias que exhalaba el de Simpson. Sobre mis rodillas, garrapateé una nota para Swamy y la confié a su sargento para que la entregara en mano al hombre que se había convertido, por azares del destino, en mi ordenanza. En ella fijaba una cita para el día siguiente y le pedía que me trajera algunos objetos personales que había dejado en mi habitación militar. Pero sólo era un pretexto. En realidad, tenía necesidad de hablar con alguien que me conociera un poco. Si no para desahogarme, sí al menos para compartir mi incomodidad con alguien parecido a un amigo. Después de haberse puesto mi nota en el bolsillo y cuando yo ya me disponía a volver a casa de los Galjero, el sargento quiso tener un aparte conmigo. Empezamos a caminar a lo largo del muro, cerca de los medallones grabados.
– Hay algo que querría saber, teniente… -empezó, incómodo-. ¿Cómo son las cosas ahí dentro?
Le miré extrañado, y luego me lancé, sin desconfiar, a realizar una descripción formal del lugar, pensando que sólo la curiosidad le había impulsado a formularme esta pregunta; pero él me interrumpió.
– No, no… no le pido que me diga qué pinta tiene la choza. Quiero saber si… si se siente bien ahí dentro.
No, evidentemente no me sentía bien. Podía decirse incluso que estaba muy lejos de eso. Pero no podía confesárselo. Le miré, frunciendo los labios.
– Porque nosotros aquí… En fin, los hombres y yo… No son todos, eh, pero son muchos de todos modos… Pues… uno tiene la impresión de encontrarse ante una especie de cementerio… O de matadero, más bien. Penkawr, ese que ve ahí, cerca del camión… trabajó en carnicerías industriales. Dice que esto apesta a sangre, como en las fábricas de carne. Exactamente igual. Y otras patrullas también se han fijado… Ya es mi tercer servicio en esta acera y cada vez tengo pesadillas. Sueño con este sitio. Con sangre por todas partes. ¡Y las esculturas de este muro se ríen en mi cara y quieren tragarme!
Interrumpí al sargento, que se embalaba, se sonrojaba, y de pronto parecía víctima de una crisis de angustia similar a las que yo mismo había sufrido cuando estaba aún bajo los efectos del hechizo de Keller. Le calmé lo mejor que pude, empleando palabras sencillas, banales, pero que a la larga apaciguaron su nerviosismo. Cuando ya volvíamos sobre nuestros pasos, con el suboficial retorciéndose aún las manos y yo acabando de tranquilizarle, oímos un ruido de motor acercándose. La puerta de la residencia se abrió desde el interior y el potente Torpedo blanco del sultán Muradeva pasó en tromba ante nosotros, haciendo chirriar sus neumáticos sobre el asfalto antes de desaparecer a toda velocidad por la calle pobremente iluminada. Dejé plantado al sargento y a sus visiones, y volví caminando a grandes zancadas hacia la casa, esperando que la señora Simpson no hubiera aprovechado mi ausencia para darme esquinazo. ¡Y sin embargo, eso era lo que acababa de ocurrir! La americana se había largado con el hindú para hacer una ronda por los cabarets del barrio colonial. Quise volver a la entrada, correr hasta el sargento, coger un vehículo con él y lanzarme en persecución de la evadida, pero Dalibor Galjero me disuadió de hacerlo.
– Déjelo, teniente. La señora Simpson es bastante mayor para cuidar de sí misma. Es una mujer libre y fuerte. Una garçonne, como decían en París hace quince años. No le ocurrirá nada. Y además, Muradeva conoce la ciudad como la palma de su mano. No permitirá que corra riesgos y nos la traerá al alba, fresca como un rosa y mansa como una corza, se lo aseguro.
Resignado, me dejé convencer. Refunfuñando, furioso contra mí mismo, subí a mi habitación, apagué la luz y traté de conciliar el sueño. Inútilmente. No sólo me abrumaba a reproches y me reconcomía de angustia pensando en la suerte que podía correr la amante del rey, sola en una ciudad gigantesca, hormigueante de peligros, sino que cada vez que cerraba los párpados, las imágenes de esta penosa jornada venían a atormentarme. La imagen de la mano de la señora Galjero en mi muñeca, de sus dedos mojados desabrochándose la ropa hasta el inicio de los senos, de su lengua rosa y viva mancillada por la arpía Simpson, de su cuerpo desnudo, tan blanco, tan bello, que ondulaba con tanta alegría e impudicia contra el de la americana tendida, el recuerdo de sus gemidos de felino, finalmente, mientras sus sentidos cedían al dominio de no sé qué droga desconocida. Mi carne se irritaba, trastornada por todos estos pensamientos. Me revolvía sin cesar en mi cama sin encontrar una posición que me permitiera respirar libremente. Sentía que un peso cada vez más oprimente a cada segundo, cada vez más implacable, me ahogaba. Me dolían todos los músculos y mi piel se irritaba al menor roce con las sábanas. Me levanté furiosamente de un salto, me vestí, salí de mi habitación y bajé la escalera. En el primer rellano oí voces procedentes del primer piso. Música y risas también…
Una luz suave, dorada, pasaba por la rendija de una puerta. Reconocí los maullidos apagados de Laüme Galjero. Aquello actuó en mí como una hipnosis. En ese instante dejé de pertenecerme a mí mismo, dominado por entero por la necesidad de saber qué provocaba estos gemidos de éxtasis. Con paso de sonámbulo, de autómata privado de cerebro y voluntad, avancé por el pasillo hasta la puerta por donde se filtraba la melodía y la empujé con suavidad. Giró sin ruido, sin traicionar mi presencia.
Era una habitación decorada al estilo oriental, totalmente revocada de ocre rojo, con las paredes tapizadas de sedas irisadas y el suelo cubierto de gruesas alfombras y cojines enormes, iluminada por algunas gruesas velas dispersas. No había mesa ni sillas, ni nada para sentarse que no fueran las pilas de telas irisadas, de mantas finas y pañuelos de cachemir tirados descuidadamente por el suelo.
Había cuatro siluetas en la habitación. Tres de ellas, sentadas, miraban a la última, erguida, que se movía ante las otras al ritmo de la música que surgía, así me pareció, de un gran nicho velado por una tela opaca. No era una música mecánica, salida de un fonógrafo o de un equipo radiofónico chirriante que difundiera una mala melopea moderna grabada en surcos de cera. Aquélla era una música viva, tocada y percutida con diferentes instrumentos, resonante y sin embargo discreta, para no distraer del espectáculo que la acompañaba. Reconocí el sonido de un laúd, de un tamboril, de una flauta también. Tres o cuatro músicos debían de estar instalados en la cavidad cerrada, donde tocaban sin ver las evoluciones de la danzarina que se balanceaba al son de sus lentas cadencias. Porque era una bailarina la que se movía ante los tres espectadores autorizados y ante mí, voyeur clandestino al margen de la escena. Pero esta bailarina no era ni la gran Rajiva ni la fina Madurha, sino Laüme Galjero, rayo de carne nívea, lisa, desnuda, que se balanceaba suavemente como un barco amarrado haciendo rodar su pelvis y abriendo los muslos en un movimiento rítmico, mostrando cada vez más ampliamente la herida de su vulva tierna. Y sus manos se deslizaban sobre su vientre, sobre sus flancos, acariciaban sus senos. Porque ya no era una mujer lo que tenía ante mí. Ya no era una occidental respetable y respetada, por más que fuera balcánica, sino una diablesa, un súcubo, un animal lúbrico de otro mundo al que producía tanto placer mostrarse, exhibirse, prostituirse, como a los otros tomarla y acariciarla con sus ojos húmedos. Entre esos otros se encontraba Dalibor, con los cabellos caídos sobre la frente y las manos temblorosas. También él parecía fascinado, como si contemplara la desnudez de su esposa por primera vez. En cuanto a las esclavas que había traído consigo el sultán Muradeva, el espectáculo las ponía en trance. Ante el fuego que les mostraban, Rajiva y Madurha se inflamaron de golpe. Abandonando los brazos de Dalibor, que acariciaba con negligencia su bajo vientre, se despojaron de sus ropas y se levantaron, desnudas, para unirse a la dama blanca y dibujar con ella las figuras que les enseñaba. Y pronto no fueron más que tres hermosos cuerpos moviéndose cadenciosamente, palpitando juntos, cerrándose y abriéndose de nuevo con la misma obscenidad, pero también con la misma necesidad, la misma fuerza y el mismo deseo de vivir que un músculo cardíaco. Ante esta danza de pulpo, ante estas ondulaciones de carnes finas, el último personaje lanzó un grito, un estertor. Era un hombre al que nunca había visto, macizo como un buda. Un hindú imberbe y sin turbante, de cabellos entrecanos y aceitosos que se ensortijaban sobre su grueso cuello. Estaba colocado de tres cuartos, pero la débil luz de la habitación no me permitía distinguir sus rasgos. Lentamente, Laüme Galjero empezó a deslizarse hacia una tela que se abombaba extrañamente sobre el suelo. Siempre grácil, siempre danzarina, siempre lúbrica y girando ahora sobre sí misma para mostrar bien sus nalgas duras, se inclinó para levantar el cuadrado de tela verde, que ocultaba a una inmensa serpiente recogida sobre sus anillos. La mujer cogió a la bestia fría en sus fuertes brazos, la enrolló en torno a sí, jugó a pasar su cabeza triangular por su cuello, sus hombros, sus mejillas. Mientras tanto las muchachas seguían danzando y la música no se detenía, reproduciendo sin cesar el mismo bucle melódico, profundo, embriagador como un vino dulce. Laüme, con la serpiente colocada como una estola sobre su cuerpo delicado, se acercó entonces al desconocido, y bajo la mirada consentida de Dalibor, abrió los muslos ante su rostro para que acercara la boca a su raja, tan reluciente, podía verlo claramente, como las escamas del reptil. El hombre lo tomó todo de aquel festín que le ofrecían. Aquello duró mucho tiempo. Un tiempo infinito. Horas, días, años espantosos… Ya no sabía cuánto. Me sentía mortificado, desesperado como un adolescente traicionado. Mi alma imploraba piedad, pero mis ojos querían ver, captar este momento, estos movimientos, estos intercambios enloquecedores, y conservar inscrita para siempre, en el fondo de su retina, la imagen infecta y fabulosa del goce de Laüme Galjero, sus manos aferradas a la cabellera del gordo, su vientre claro levantándose de placer, su vientre liso, nítido, desprovisto de toda marca que probara que un día había sido alimentado por la sangre de una madre.
Me aparté del marco de la puerta, retrocedí por el pasillo y huí de este piso de donde llegaban entremezclados nuevos sonidos de bacanal. Tenía la impresión de que el corazón me iba a estallar en el pecho, mis venas estaban hinchadas y oprimían mis nervios, mi garganta ya no quería abrirse y me faltaba el aire como si me ahogara. Golpeándome contra las paredes, salí tambaleándome al exterior, abrí ruidosamente una puerta vidriera y me derrumbé sobre la hierba en la parte posterior de la casa. Con la cara hundida en la tierra grasa, cerré los ojos e intenté recuperar el control de mí mismo. Poco a poco, refrescado por el suave olor del humus, que sentía penetrar en mí con el poder de un bálsamo, me calmé por fin y recuperé la serenidad y una pequeña parte de mi dignidad. Desembriagado, me levanté y tendí ante mí las manos, negras de tierra, me las pasé por el rostro y lo froté largamente. Aquello me regeneró y acabó de devolverme la lucidez. Me volví para contemplar la fachada de la villa. Desde fuera no se veía brillar ninguna luz. Todo parecía tranquilo y dormido. Sin embargo, yo sabía que tras estos muros se prodigaban las caricias más horrendas, se desencadenaban sin ningún freno las pulsiones más vergonzosas. Aquello me perturbaba y me entristecía. Me entristecía, sí, porque sentía piedad por esta gente, por los Galjero sobre todo, a los que la misericordia divina había concedido todo -belleza, fortuna, educación e inteligencia-, pero que juzgaban conveniente cultivar las perversiones más groseras, las amistades más vanas. ¡Sí, realmente esta gente era digna de compasión!
Quise caminar en medio de la noche, solo, lejos de todas estas gentes que no comprendía. Erré por el parque sin objetivo. Encontré un banco bajo un cenador y me tendí para contemplar las estrellas, limpias, nítidas, girando sobre mí. El cielo brillaba como en una escena de teatro. Los astros se movían, les veía correr de un extremo a otro de la bóveda nocturna, arremolinándose en una danza cósmica que escapaba a mi entendimiento. Sin embargo, eso hablaba. Y mejor que las palabras. Me precipité en una especie de vértigo inverso. Me sentí aspirado hacia estas alturas que eran, al mismo tiempo, la cima y el reverso del mundo. Porque juzgué entonces, en una especie de revelación, que no eran los astros los que dominaban la Tierra desde la altura, sino, al contrario, que era nuestro planeta el que se precipitaba, ebrio, perdido, solitario, hacia ellos, en una caída infinita que duraría hasta el último aliento del último hombre. Cerré los párpados y me dormí. Sobre mí, muy cerca pero a una distancia inalcanzable, se elevaba la gran stupa sombría. Luego el alba empezó a enrojecer el horizonte, los pájaros se pusieron a gorjear y sobre el césped se formó una niebla que cayó sobre mí como una sábana húmeda.
Un estremecimiento del follaje me sacó de repente de esta nueva ensoñación. Me levanté. Mis ojos, ahora habituados a la oscuridad, distinguieron sin dificultad las cuatro siluetas del matrimonio Galjero y de las dos danzarinas hindúes que caminaban a paso rápido hacia el fondo del parque. Inmediatamente me oculté en la sombra para que no me vieran y les dejé pasar, fantasmas silenciosos deslizándose en la noche claudicante del Oriente. Les seguí a una distancia prudencial, después de tomar la precaución de sacarme los zapatos para que mis pasos no hicieran crujir la grava de los caminos. Pasaron a lo largo del laberinto de bambús, atravesaron una nueva extensión de césped donde dormían los pavos reales y llegaron a la línea de árboles que parecía marcar la linde entre la parte ordenada de los jardines y su zona asilvestrada, rebelde, su jungla. Sus formas penetraron en el bosquecillo y desaparecieron de mi vista. Al acercarme yo también, vi que un macizo de espinos cortaba la pista que habían tomado. A tientas, arañándome las palmas de las manos con las hojas cortantes, traté de localizar el agujero por el que habían entrado, pero me encontré ante un muro de defensa, una malla de alambre de espino vegetal que se negaba a dejarme pasar. Recorrí la linde a lo largo de unas cien yardas, volví sobre mis pasos, caminé de nuevo en la dirección contraria, pero fue en vano. Finalmente di media vuelta, desesperado, impotente, con las manos ensangrentadas, y volví a la villa.
El sol ascendía en el horizonte. Muy pronto la casa hormiguearía de nuevo de criados, doncellas y sirvientes que se afanarían en preparar la nueva jornada de sus amos. Tenía ganas de tomar un té fuerte y caliente. Empujé la puerta de las cocinas. Sentada al extremo de la gran mesa de trabajo, me sorprendió descubrir a la señora Simpson, que hundía negligentemente los labios en un gran cuenco de café. Sus ojos parecían cansados y tenía ojeras, pero parecía tranquila, como dulcificada. Un sirviente le trajo un plato que contenía una enorme tortilla de torreznos.
– ¿Tomará algo, Tewp? -me preguntó levantando apenas la mirada hacia mí.
– No tengo hambre, gracias, señora -respondí con sequedad. -Vamos, vamos, no se abandone. Recupere fuerzas, mi guapo militar.
– ¿Fuerzas? ¿Para qué?
– El príncipe Muradeva nos prometió dos sorpresas. La primera era banal. Sólo eran las bailarinas. La segunda, mucho más excitante, es para dentro de unos días, es una…
– ¿Una…?
– ¡Una caza del tigre, mi pequeño Tewp! ¡Una caza del tigre!
Había dejado que la señora Simpson comiera sin que nada la perturbara, y luego, con el estómago lleno y los sentidos satisfechos, la mujer se había retirado a su habitación, de la que no había vuelto a salir en toda la mañana. Después de su partida, yo había permanecido un instante solo en la cocina, tamborileando nerviosamente con la punta de un cuchillo en la madera de la mesa. Al verme así instalado, sin ceremonias, en la zona de los criados, Jaywant pareció contrariado.
– Yo no soy un invitado de lady y sir Galjero como los demás -repliqué cuando me propuso servirme el desayuno en mi habitación-. Estoy aquí de servicio, no por placer. Terminaré de desayunar aquí. Mientras, aprovecharemos para charlar un poco, si le parece bien.
El segundo mayordomo me miró con sorpresa.
– ¿Charlar? Con mucho gusto, sahib Tewp… Pero ¿de qué?
– De todo y de nada… -empecé yo, un poco meloso, mientras él limpiaba los restos de la comida de Simpson-. Hábleme un poco de sus señores, por ejemplo. ¿Son gente agradable de servir?
– Muy agradables, señor. Tienen sus pequeños caprichos, como todos los amos. Pero nunca golpean a sus criados, lo que es poco frecuente. Y además, les vemos muy poco. A veces, pasan más de dos años sin viajar a Calcuta. Poseen muchas otras residencias, sabe…
Y Jaywant se lanzó a un largo panegírico de los rumanos. Lo atentos que eran con sus huéspedes, cómo ayudaban a los necesitados, cuan queridos eran por todos quienes les frecuentaban…
Todo esto me pareció, al principio, el discurso convencional de un mayordomo que considera su deber no denigrar a sus empleadores ante un tercero; pero el tono de Jaywant era tan convincente, y sus elogios tan naturales, que acabé por creer que la devoción que sentía por los Galjero era completamente sincera. Entonces decidí abordar otro tema.
– Me ha parecido ver a una persona deambulando por el primer piso -solté de la forma más inocente del mundo mientras el hindú colocaba ante mí una gran jarra de café hirviendo-. Un hombre al que nunca había visto aquí antes. ¿Hay otros residentes, aparte de la señora Simpson?
Jaywant se puso tenso.
– No, señor, no es posible. Creo que ya se lo dije. Por lo que sé, ustedes son los únicos invitados de la residencia. Si hubiera alguien más, yo lo sabría, se lo aseguro.
No parecía que Jaywant estuviera mintiendo. Y aunque probé con otras preguntas, con otras alusiones, no obtuve nada más de él. Mientras volvía a mi habitación para refrescarme un poco, me avisaron de que un ordenanza me esperaba en la verja. Swamy estaba allí, caminando arriba y abajo por la acera.
– Le traigo una nota del coronel Hardens, mi teniente -me dijo el hindú, tendiéndome un sobre sellado-. El coronel ha especificado que debía entregársela en mano.
Abrí la carta sellada con el índice. Escrita de su mano, pero no firmada, la nota era una simple orden conminándome a acudir, la próxima medianoche, ante esta verja, para encontrarme con él. Fin del mensaje. No había explicaciones ni comentarios, ni la sombra de un indicio que me permitiera entrever cuál podía ser el motivo de esta entrevista a una hora tan tardía o justificar su naturaleza clandestina. Me vi obligado a contentarme con puras especulaciones.
Ese día, la señora Simpson no quiso abandonar la residencia Galjero. Durmió hasta la hora del almuerzo, y luego pasó toda la tarde tendida en una tumbona en compañía de Laüme Galjero, hojeando revistas y comentando los artículos entre risitas, como lo harían dos mujeres normales y corrientes. Abandonado a mí mismo, ocupé mi tiempo husmeando por los alrededores de la casa, aprovechando la luz del día para buscar alguna vía que me permitiera acceder al fondo del parque, cerca de la torre negra. Todos los caminos que creía conducían hasta allí eran callejones sin salida que culminaban en altas y densas paredes vegetales. Si había un pasaje -y sin duda lo había-, debía de estar disimulado mediante algún hábil escamoteo que yo decididamente no acertaba a descubrir. Volví entonces sobre mis pasos, fingiendo que no tenía nada que hacer, pero tratando de recoger el máximo de información sobre la disposición del lugar, las costumbres del personal, los indicios que éste o el otro hubieran podido dejar de su paso o de sus actividades, intentando averiguar que se había hecho del hombre gordo entrevisto en la habitación de las orgías o de las dos bailarinas, que no había vuelto a ver desde el alba, cuando los Galjero las habían conducido al fondo del jardín.
Entré en una antigua caballeriza que había sido transformada en garaje. Cinco o seis vehículos automóviles soberbios se encontraban depositados allí al cuidado de dos criados ataviados con monos negros. Estaba pasando respetuosamente la mano por las planchas pulidas, sobre los cobres y los cromados, cuando oí la voz de Dalibor resonando a mi espalda:
– Bugatti Royale, de 41, 1927. Lo adquirí en Nueva York. Su estética está un poco pasada de moda, evidentemente, pero sus prestaciones son notables. Se lo compré a un viejo pensionista de Rikers Island, la gran prisión de la costa este de Estados Unidos. ¡La prisión de los gánsteres de Nueva York! El que me lo vendió era conocido como «el hombre que no podía morir»: ¡Legs Diamond en persona! ¿Le dice algo este nombre?
– No sé gran cosa sobre truhanes, señor Galjero. La verdad es que no tengo en gran estima a este tipo de personajes.
– Bien dicho, oficial Tewp. Sólo son unos brutos. Y además, a pesar de haber sobrevivido a las diecisiete balas que recibió en el cuerpo en el curso de su carrera, al final acabó de todos modos en un charco de sangre. Pero oiga, veo que le brillan los ojos. ¿Qué me diría de pilotar esta máquina? Lady Simpson me ha hecho saber que desea quedarse en casa esta noche. Si no le importa, permítame que aproveche la ocasión para que descubra las aceleraciones de esta mecánica.
Antes incluso de que hubiera podido responder, el rumano abrió la portezuela del Bugatti y me empujó con firmeza al interior. Las llaves estaban sobre el cuadro de mandos. Dalibor arrancó el vehículo, y en menos de un minuto habíamos abandonado la propiedad por el portal del parque. Rodamos en silencio a lo largo de las avenidas que llevaban lejos de la ciudad. Dalibor Galjero tenía una conducción ágil, fluida, y daba muestras de una gran seguridad de juicio, aunque a veces se divirtiera simulando que tomaba riesgos. Avanzamos a buena velocidad hacia el este, en dirección a la costa. El paisaje cambió rápidamente, pasando de urbano colonial a urbano local; luego atravesamos terrenos agrícolas, y finalmente llegamos a campo libre. Dalibor seguía sin decir nada, concentrado en la conducción, embriagado por la velocidad, que no dejaba de aumentar a medida que íbamos abandonando las zonas habitadas. La carretera desembocó por fin en el mar, y giramos hacia el norte para seguir el litoral en una larga línea recta.
– Aquí quería conducirle -dijo Dalibor, aminorando la velocidad-. Esta carretera es perfectamente rectilínea a lo largo de casi diez millas. Y la calzada está en bastante buen estado, en la medida en que esto es posible en las Indias, evidentemente. En esta pista, el coche dará el máximo. ¡Ocupe mi puesto, Tewp!
Quise protestar, pero él bajó y me obligó a pasar a su asiento. Suspiré. Si bien Swamy me había mostrado las maniobras rudimentarias para hacer avanzar a un viejo camión del ejército, yo desconocía si podían aplicarse a un automóvil tan potente.
– ¡Creo oportuno prevenirle, sir, de que ni por asomo soy un conductor experto!
– ¡Bah! No tiene importancia. Déjese guiar, será él quien haga el trabajo -dijo Galjero con un aire perfectamente desenvuelto mientras cortaba el extremo de un cigarro-. Vamos, se lo ruego.
Recapitulé mentalmente las operaciones necesarias para el arranque, solté con prudencia el pedal del freno, embragué, aceleré… El coche gruñó un poco pero no dio ninguna sacudida. En mis manos, el volante era ligero, dócil. Subí lentamente las revoluciones del motor hasta alcanzar una velocidad de crucero que juzgué razonable.
– ¡Vamos, vamos, Tewp! -me animó Dalibor-. ¡Ésta no es una mecánica para timoratos! ¡Le gusta que la maltraten! ¡Acelere, acelere!
Apoyé el pie sobre el acelerador. ¡Treinta millas por hora! ¡Cuarenta! ¡Cincuenta! Nunca había ido tan rápido… Mi corazón se puso a palpitar como el de un niño que se divierte ascendiendo cada vez más alto en un columpio. Pero ésa era una velocidad ridícula para Dalibor, que, empujando su pie contra el mío, ¡hundió el pedal casi a fondo! ¡En un instante pasamos de cincuenta a ochenta, y luego a cien millas por hora!
– ¡Cuanto más rápido conduzca, más seguro estará! -gritó Dalibor mientras el motor roncaba-. Cuanto más rápido rueda, más se concentran sus nervios y más reactivo está… ¡Ése es el secreto! ¡El secreto para todo, por otra parte! ¡Hay que ir rápido en todas las cosas, Tewp! ¡Vivir rápido en todo!
«¡Vivir rápido en todo!», insistía Dalibor. «¡No dudar!», me había dicho madame de Réault. En el fondo, esas personas tan diferentes practicaban una misma filosofía. El rumano apartó su pierna, dejándome toda la responsabilidad de la conducción. Yo no frené, sino que mantuve esa marcha e incluso la aumenté, encontrando de pronto una nueva confianza en mí mismo en el descubrimiento de la velocidad. Me puse a reír, embriagado, seducido.
– Creo que tiene razón, sir… ¡Es más fácil cuando se va rápido!
Dalibor Galjero no había querido que le cediera el volante al entrar en la ciudad. Volvimos al atardecer, cuando el sol caía al otro lado del mundo y los sirvientes ya encendían las antorchas plantadas sobre las vastas extensiones de césped de la propiedad. Los pavos reales gritaron y alzaron el vuelo cuando pasé cerca del estanque, donde aprovechaban la refrescante sombra para chapotear. Después de una cena sin nada digno de reseñar y que repitió sin variantes el juego de las mesas separadas, Wallis Simpson y los Galjero volvieron a sus habitaciones como escolares bien educados, de modo que a medianoche, tal como me habían ordenado, me encontraba esperando en la acera, caminando arriba y abajo ante los horripilantes medallones. La espera no se dilató mucho, sin embargo, porque un coche del alto cuartel general dobló por Shapur Street y se detuvo a mi altura. Tras bajar el vidrio, Hardens en persona me invitó a subir a su lado. Intrigado por saber qué podía significar esta nueva extravagancia, me instalé sin decir palabra en el vehículo, que tomó a gran velocidad la dirección del centro. La tez del coronel, habitualmente rosada, sanguínea, estaba ahora pálida. Sus rasgos, tensos como si padeciera una enfermedad grave, reflejaban angustia, y su silencio era tan profundo que no me atreví a preguntarle por nuestro destino. Una pregunta vana en todo caso, ya que ahora se me hacía del todo evidente que Hardens estaba involucrado en este asunto como un simple chico de los recados al que una mano anónima había confiado la misión de ocuparse de mí. Participando en su jueguecito de los misterios -un juego al que había empezado a acostumbrarme en las tres semanas que hacía que me habían separado de mis funciones jurídicas para destinarme a actuar sobre el terreno-, respeté tan bien el mutismo de mi superior que éste acabó por sentirse incómodo. Fue él quien rompió el silencio.
– Y bien, Tewp, ¿no siente curiosidad por saber adonde le conduce este coche? -preguntó sin mirarme.
– Desde luego, coronel. Pero no me siento autorizado a plantearle la pregunta. E imagino que ese halo de misterio obedece a una buena razón. Más pronto o más tarde la conoceré. De modo que sí, estoy intrigado; pero no impaciente.
Hardens gruñó como un viejo oso. Mi respuesta no le daba muchas opciones de seguir con la conversación. Sin embargo, tenía algo que decirme.
– No se haga el listo conmigo, Tewp. Se complace usted en darse esos aires de petimetre descerebrado cuando en realidad es bastante más astuto que la mayoría de nosotros. Sabe muy bien que voy a decirle adonde vamos. Y voy a decírselo porque de todos modos ya lo ha comprendido, ¿no es verdad?
Hardens se quitó la gorra y, suspirando, secó la banda interior con ayuda de un pañuelo que se había sacado del bolsillo.
– Sí, eso es -dijo después de acabar su trabajo de limpieza-. Vamos a casa de Phibes. O mejor dicho, vamos al lugar donde podemos encontrarlo. Lamento haber tenido que negar su existencia el otro día en mi despacho. Pero los acontecimientos me forzaron a hacerlo.
¡Donovan Phibes! El hombre del que me había hablado por primera vez Netaji durante mi secuestro. ¡El británico, que, según los sangthanistas, estaba organizando un complot contra su propio rey! ¡Así pues, Hardens formaba efectivamente parte del grupo! ¡Netaji tenía razón! Quise sonsacarle más información sobre aquel individuo, pero Hardens se negó a soltar prenda.
– Dentro de unos minutos sabrá todo lo que hay que saber, Tewp. No se alarme. Todo irá bien…
El coche continuó su carrera durante una o dos millas más por la Calcuta colonial. Reconocí fugazmente una parte de la Moore Avenue, y luego nos detuvimos ante el gran hotel Ascot, donde un guardacoches inglés se precipitó a abrirnos la puerta. Hardens me retuvo por la manga antes de entrar en el establecimiento.
– Espere un segundo, Tewp. Verifique su atuendo. Está a punto de tener un encuentro importante. Tire un poco de su chaqueta para alisarla y ajústese correctamente el correaje.
Obedecí y luego Hardens, como un padre que lleva a su hijo a la escuela por primera vez, comprobó que estuviera presentable.
– Ahora vamos -dijo, y entró con paso resuelto en el hotel.
El Ascot era, sin discusión, un hotel de categoría superior a la del Harnett. La opulencia de su decoración, la amplitud de su arquitectura y el ambiente refinado que reinaba en su interior superaban en mucho los fastos, sin embargo bien reales, de su competidor. Hardens pasó ante el amplio mostrador de la recepción y se dirigió al ascensor privado que daba acceso a las habitaciones más espaciosas.
– Suite 904 -dijo al botones.
La reja se cerró con un silbido aceitado y la cabina se elevó en un trayecto de algunos segundos que el coronel aprovechó para sacudirse el polvo e incluso para verificar la pulcritud de sus uñas. Fuera quien fuese Donovan Phibes, por lo visto no era un hombre que tolerara el menor indicio de descuido en la apariencia de sus interlocutores. ¿Estaría Hardens pensando justamente en él cuando me había lanzado su pequeño discurso sobre los dos tipos de colonos, los románticos, que se interesaban por las costumbres locales, y los pragmáticos, que, a riesgo de rozar el ridículo, se negaban a abandonar hasta la más nimia de las tradiciones británicas? Tal vez. Dentro de unos minutos lo sabría. El ascensor frenó y se detuvo en el noveno piso. Hardens dejó que el botones abriera la reja y luego me precedió por un pasillo corto, silencioso, tapizado con un degradado de tonos verdes. En el fondo del corredor nos detuvimos ante una hermosa puerta de doble batiente. Fijada por encima de un timbre de baquelita negra, una placa poco discreta indicaba orgullosamente «904, Suite de los Príncipes». De nuevo Hardens se volvió hacia mí y me pidió que le confiara mi revólver. Dudé por un momento. Aunque los armeros lo hubieran verificado en mi presencia, yo ya no depositaba una gran confianza en mi Webley desde los fallos de funcionamiento que había mostrado en el Harnett. Sin embargo, me inquietaba separarme de él. Y además era también -tal vez por encima de todo-una cuestión de orgullo. Deshacerse voluntariamente de la propia arma es como una renuncia, una abdicación. En este instante preciso, me incomodaba ceder sobre este punto. Con cierta impertinencia, con los ojos clavados en los del coronel, me contenté con vaciar el tambor en mi mano, confié sólo a mi superior los seis cartuchos que contenía y luego devolví el arma vacía a su funda. Desde luego, esta maniobra era puramente simbólica, pero me ahorraba la desagradable impresión de desnudez que me hubiera invadido con la ausencia del Webley de mi cadera. Hardens hizo desaparecer las balas en su bolsillo, dio tres golpes secos a la puerta y entró sin esperar una respuesta.
– Venga, Tewp. Donovan Phibes nos espera en el gran salón…
La Suite de los Príncipes era inmensa. Calculé que debía de ocupar por sí sola un tercio del noveno piso. Cruzamos una primera antecámara suntuosamente amueblada, una segunda aún más lujosa y un pasillo con dos altos espejos de marcos dorados situados frente a frente, antes de entrar en el gran salón. Yo sabía que no corría un peligro físico inmediato y que, con toda probabilidad, dentro de unos minutos, o de unas horas como máximo, saldría vivo del hotel Ascot; pero eso no impidió que mi corazón se acelerara. Con un paso un poco rígido, las mandíbulas apretadas y una punzada de nerviosismo en el estómago, avancé sin levantar la mirada del suelo. Por pudor, por angustia, por juego tal vez también, quería tomarme un tiempo antes de descubrir el rostro de Phibes.
– Teniente David Tewp, de la oficina del MI6 en Calcuta -dijo Hardens con voz potente para presentarme.
Lentamente -tan lentamente como fui capaz y con un sentido teatral que se acentuaba conforme pasaban los días-, levanté los ojos. Y mi respiración se detuvo en mi pecho. En contra de lo esperado, no me encontraba frente a un hombre. Frente a mí, sentados en mullidos sillones de cuero pardo, había doce individuos esperando. Un último asiento permanecía vacío. Al ver que estaba situado en medio de la fila, comprendí de inmediato que no era para mí. En efecto, Hardens fue a ocuparlo enseguida. ¿Cuál de entre estos personajes era Donovan Phibes? ¿Cuál era el jefe de los otros? Aunque algunos vestían uniformes diversos del ejército británico y otros simples trajes civiles de buena factura, ninguno mostraba un signo en su vestimenta que permitiera distinguirle de los demás. Estas personas, manifiestamente de edad avanzada en su mayor parte, hubieran podido constituir el público masculino tipo de una recepción de embajada perfectamente corriente. Tres
o cuatro de entre ellos llevaban frac. Uno fumaba tranquilamente su pipa, otro mordisqueaba una galleta, y algunos se contentaban con calentar el vaso de coñac que tenían en la mano.
– Tewp, le presento a Donovan Phibes -dijo Hardens señalando a todo el grupo con la mano abierta.
– Yo… no comprendo muy bien, mi coronel -balbuceé tratando inútilmente de reconocer al menos un rostro en esta reunión.
– Donovan Phibes es simplemente un nombre ficticio compuesto a partir de las iniciales de los aquí presentes. De izquierda a derecha, permítame que le presente a los señores Dolester, Obadiah, Neville, Olint, Vouillé, Arlene, Nathan, Polley (la H es por Hardens, naturalmente), y luego Ibhart, Borway, Enquist y Sebastian.
Uno tras otro, a medida que eran citados, estos señores tan dignos me obsequiaron con una leve inclinación de cabeza a la que me abstuve de responder, recordando que, a pesar de su cortesía aparente, yo aún desconocía sus intenciones con respecto a mí.
– Tal vez Donovan Phibes deba morir esta noche, Tewp -prosiguió Hardens-. Porque tal vez, y es lo que todos esperamos aquí, sea preciso encontrar un nuevo acrónimo para nuestro pequeño grupo. Un acrónimo que incluya la T de su nombre, Tewp. ¡Porque si le hemos hecho venir esta noche, es porque deseamos que se una a nuestras filas!
– ¿A sus filas? Pero ¿con qué fin, coronel? Ya he oído antes el nombre de Phibes. Me han hablado de sus objetivos. De sus intenciones… No sé si me dijeron la verdad. Pero si ése fuera el caso, creo que hizo bien en desarmarme, coronel. Porque mi deber sería poner fin al complot que prepara.
Mi perorata, y sobre todo el tono agresivo, casi arrogante, que había empleado, hicieron que más de uno abriera los ojos como platos. Vi que Hardens abría la boca para responder, pero alguien a mi izquierda se le adelantó.
– ¿Es usted consciente de lo que está sucediendo actualmente en Europa, oficial Tewp? -dijo el hombre al que me habían presentado como Obadiah, levantándose de su sillón.
Vestido con una chaqueta oscura y un chaleco gris, la O de Donovan Phibes era un anciano un poco calvo, algo rechoncho, físicamente poco impresionante pero con unos ojos negros y vivos muy chispeantes.
– ¿En Europa, señor?
– En Europa, en el continente. Desde hace tres meses, España ha entrado en una fase de guerra civil que se prevé larga y sangrienta, y cuya deriva llevará con toda probabilidad al poder a un régimen que se alinea ideológicamente con los que ya están establecidos en Roma y en Berlín. Los italianos, por su parte, han invadido Etiopía y sueñan con reconstituir el Imperio romano. En Francia, la embriaguez que ha conducido a la elección del Frente Popular tiene las horas contadas. En su proceso de reorganización, la oposición se radicaliza y busca apoyos al otro lado del Rin. El parlamentarismo tal vez no resista mucho tiempo allí, pero esto se lo explicará con más detalle el señor Vouillé, aquí presente.
Un hombre alto y distinguido, de sienes plateadas, me obsequió con una discreta inclinación de cabeza.
– En Alemania -continuó Obadiah-, algunas comunidades son perseguidas. Cada día recibimos informes más alarmantes. Informes de testigos dignos de confianza, como los que nos ha hecho llegar, por ejemplo, el burgomaestre de Leipzig, Karl Goerdeler. Desde 1934, los judíos tienen prohibida la entrada en los cafés alemanes; en las piscinas y los cines también. Las expoliaciones son cada vez más frecuentes. Ahora prohíben que los hebreos dirijan sus propias empresas, sus propias industrias… Se queman las obras de Spinoza, de Proust, de Freud… A los médicos, los abogados, los periodistas, los profesores judíos se les ha prohibido ejercer. ¿Hasta cuándo les permitirán seguir con vida? ¿Cree que todo esto se reduce a un período pasajero? ¿Que es un simple fuego de paja que se extinguirá por sí solo? Respóndame con sinceridad, teniente Tewp.
Suspiré. Obadiah me forzaba a formular una respuesta que me resistía a expresar.
– No, señor. Por desgracia, es indudable que no se extinguirá por sí solo.
– Somos de la misma opinión, señor Tewp. Y así mismo, pensamos que acabará por estallar una guerra en Europa. Un conflicto bélico que se extenderá al mundo entero. Nadie escapará a ella. Dentro de cinco años, de diez tal vez. Será la guerra más atroz y mortífera que la historia haya conocido nunca. El planeta saldrá de él conmocionado, alterado para siempre, tal vez incluso completamente desangrado. Alemania ha recuperado el Ruhr y el Sarre, sus dos grandes viveros industriales. Allí, las fábricas trabajan ahora a pleno rendimiento. Pronto, muy pronto, Berlín volverá a tener una marina, unas fuerzas aéreas, unos cuerpos blindados y una artillería que le permitirán dictar su ley en Europa central. En Austria, en Checoslovaquia, en Polonia, en Hungría, e incluso en el oeste, con toda probabilidad, en Holanda, en Bélgica o en Francia. ¿Qué podrá hacer entonces Inglaterra? Su aislamiento no la protegerá mucho tiempo si el continente se vuelve contra ella… ¿Se lo imagina, teniente Tewp? ¿Su mente es capaz de captar la increíble cantidad de sufrimientos que esta guerra generará? Muchas ciudades desaparecerán del mapa. Países y pueblos enteros también, quizá. Si de usted dependiera, teniente Tewp, ¿dejaría que las cosas siguieran su curso sin hacer nada?
Obadiah había acabado su discurso literalmente electrizado, arrastrado por los hechos que exponía, por el terrible cuadro que esbozaba. En sus gestos, en su voz, en su fervor, volvía a encontrar la misma fogosidad de Chandra Bose cuando me había dibujado el caos que, probablemente, ennegrecería el panorama de los diez años próximos. Las conclusiones y los intereses de estos dos hombres eran opuestos, desde luego, pero su encarnizamiento en la defensa de su causa era de una naturaleza muy semejante. El hombrecillo del chaleco gris volvió a tomar asiento pesadamente, provocando, en una reacción inmediata, que uno de los doce rostros restantes de Donovan Phibes se levantara a su vez. ¿Cuál era el nombre de este nuevo miembro? Tal vez se trataba de Ibhart, o Polley… En todo caso, cualquiera que fuera su patronímico, el uniforme que llevaba, gris azulado con galones dorados, era el de un oficial superior de la RAF.
– Su coronel nos ha hablado de su valor, Tewp. Tal vez debería ser él quien le precisara los motivos, pero permítame que sea yo mismo quien le explique las razones de por qué le hemos hecho venir aquí esta noche.
El aviador hizo una pausa bastante larga. Una pausa sabiamente estudiada para subrayar la importancia de sus palabras. Quería que por fin alcanzáramos el corazón del volcán, ese punto de fusión en que se suponía que todos los misterios se fundirían como la nieve al sol. A pesar de la solemnidad del instante, sentí que mis manos habían vuelto a secarse y que mi corazón no palpitaba con tanta fuerza. Todos los ojos de Donovan Phibes estaban clavados en mí, pero esto, en lugar de desconcentrarme y de privarme de mis capacidades, me daba una cierta fuerza. Aún no sabía por qué, pero adivinaba que estas personas necesitaban de mi concurso. Y esto me concedía cierta ventaja sobre ellos. Dejé que el aviador prosiguiera, procurando que la emoción no se reflejara en mis rasgos.
– Tewp, podríamos pasarnos toda la noche hablándole de nuestras convicciones. Pero por desgracia, como en su caso, no disponemos de tiempo suficiente para eso. Todos los que ve aquí reunidos son o bien altos responsables militares, como yo mismo, o bien diplomáticos o representantes de organizaciones internacionales discretas pero influyentes. Nuestras formaciones, nuestras trayectorias, nuestra nacionalidad, a veces incluso nuestras preferencias intelectuales, nos diferencian. Pero dos cosas nos unen. En primer lugar, la voluntad de actuar en beneficio de la humanidad, por el amor fraternal y la armonía entre los hombres. Y luego, una convicción: hay ocasiones en la historia en las que el Bien no debe contentarse con ser una virtud pasiva, sino que puede y debe luchar con ferocidad por su preservación, aunque para eso se vea forzado a utilizar métodos condenables. Todos sin excepción lamentamos lo que nos disponemos a hacer, Tewp. Pero ha llegado el momento de que lo sepa. Donovan Phibes sólo existe por una única y exclusiva finalidad: eliminar al rey de Inglaterra, Eduardo VIII, aquí, en Calcuta, y atribuir la responsabilidad directa por este crimen a los servicios secretos alemanes.
No pestañeé. Evidentemente, para mí, esta revelación no era tal. Aunque en su momento no hubiera creído ni una palabra de aquello, Netaji ya me había preparado para considerar la posibilidad de que se estuviese preparando un complot de este tipo. Sin embargo, aun así la impresión fue terrible, porque ahora ya no se trataba de una simple hipótesis académica, de una opción brumosa y, al fin y al cabo, excesivamente poco probable. A partir de este momento tenía que considerar la realidad inmediata y trágica de este plan. Pero Phibes aún no había acabado del todo conmigo. Hardens fue el encargado de, acto seguido, exponerme la razón de mi comparecencia ante esta asamblea reunida en la Suite de los Príncipes.
– Supongo que tiene muchas preguntas que hacer, Tewp. Y nosotros responderemos a ellas. Pero antes de eso, debemos comunicarle con toda precisión lo que esperamos de usted.
Los cartuchos se alojaban de nuevo en el tambor de mi Webley cuando el coche de Hardens me dejó, poco después de las cinco de la mañana, ante la verja de la villa Galjero. ¿Podía decir entonces que yo era el mismo hombre que el que había sido introducido ante la extraña congregación que llevaba el nombre de Donovan Phibes y actuaba entre bambalinas en el escenario mundial para tratar de modificar radicalmente la historia? No, evidentemente. Pero este cambio no se debía a que ahora supiera que el complot contra el rey Eduardo era una realidad y no la mentira de un hábil manipulador. Esta transformación era debida a otra dimensión de la intriga, una dimensión que me había sido revelada por mi coronel y que nunca hubiera podido sospechar de mi propio jefe. Una dimensión terrible, monstruosa, que estaba a punto de trastornar mi vida para siempre. Sin embargo, yo no había vendido mi alma a esos trece hombres. No la había cambiado por dinero o un favor, un aumento de graduación o una posición social ventajosa. ¡Había hecho algo mucho peor que eso! Por voluntad propia, había ofrecido mi concurso a Phibes. ¡Y ya no existía ninguna posibilidad de echarse atrás!
– ¿No se encuentra bien? Está muy pálido, teniente.
La voz grave de Dalibor Galjero me sorprendió mientras atravesaba el primer salón de la planta baja. Su alta silueta se había distendido bruscamente ante mi aproximación, lanzando su larga anatomía fuera de un rincón de sombra donde un instante antes descansaba tranquila, silenciosa, tal vez somnolienta, en un profundo diván.
– He tenido una larga entrevista de trabajo con mis superiores. Sólo es eso, sir -respondí sacándome la gorra en un gesto instintivo, como un criado obsequioso cogido en falta por su amo.
– Realmente, sus horarios de servicio son demasiado prolongados. Su jerarquía hubiera debido prever a alguien para que le relevara de vez en cuando. ¿Hay algo que pueda hacer por usted, David?
No me gustaba oír mi nombre en boca de Galjero. Aquello me hacía sentir incómodo. Él no tenía por qué rebajarse a eso, y yo no tenía por qué sufrir esta familiaridad. Se acercó a mí. Muy cerca. Casi hasta tocarme…
– Su espíritu tiembla y se agita. Puedo sentirlo. ¿No es así, David?
Bajé los ojos, sin atreverme a responder. Durante la velada pasada en compañía de los trece conjurados, nadie había pronunciado el nombre de los Galjero. Nadie había mencionado a esa extraña gente que acogía en su casa a la señora Simpson. Estos rumanos, notables en tantos aspectos, parecían ignorar la existencia de Donovan Phibes. Sin embargo, en mi fuero interno, yo no podía dejar de pensar que esta misteriosa pareja desempeñaba por fuerza un papel en la oscura mecánica que, de la habitación de Ostara Keller a la celda sórdida donde Küneck había sido degollado, ligaba de forma misteriosa a tantas personalidades de alto rango, a tantos intrigantes que pretendían decidir nada más y nada menos que sobre la suerte del mundo.
– Simplemente estoy fatigado, señor. Es inútil buscar causas imaginarias.
Galjero me miró, sonriendo suavemente.
– No me ha convencido. Pero como usted desee. Le dejo que descanse un poco. Hablaremos más tarde, tal vez…
Durante una hora apenas, permanecí tendido en mi cama, con los ojos cerrados, para tratar de olvidar la nueva situación en que me encontraba. Pero fue inútil. Sin cesar volvían a mi memoria los rostros y las voces de los hombres que habían consagrado toda la noche a convencerme de las bondades de su cruzada.
– Es innegable, Twep, que hemos creado una ola de acontecimientos que ahora se nos escapan de las manos -había confesado Olint, el principal representante del Banco de Inglaterra en las Indias- Pero aún estamos a tiempo de corregir el tiro. Y queremos que usted nos ayude a hacerlo…
– Esta mujer, Ostara Keller, ha venido aquí por nuestra causa -empalmó el armador Neville-. De eso hace tres meses ya; desde el momento en que el gabinete del rey informó al Mié y al Ministerio del Interior de que el soberano proyectaba una visita a las Indias en compañía de la señora Simpson, hemos tratado de engañar al SD Ausland. Küneck pronto mordió el anzuelo. Pero la asesina que Berlín envió aquí tuvo dudas…
– Yo mismo me he citado tres veces con ella, en esta misma habitación -había proseguido entonces sir Jacobus Dolester, un hombre de aire apático que, sin embargo, ocupaba el envidiable cargo de consejero particular del actual gobernador de las Indias, lord Linlithgrow- Por su comportamiento, enseguida percibí que Ostara Keller era diferente al común de los mortales. Durante mucho tiempo estuve jugando al gato y al ratón con ella, asumiendo lo mejor que pude la figura de Donovan Phibes, un supuesto personaje próximo a los círculos del poder aquí, en las Indias. La máscara no era muy difícil de llevar, evidentemente. Nosotros no sabíamos con exactitud la fecha exacta de la llegada del soberano, ya que aplazó su viaje en varias ocasiones de forma inopinada. Tuvimos que utilizar la astucia para que no se impacientara. E incluso enviar tras sus pasos a gente del MI6, tan poco competente como fuera posible (y me estoy refiriendo al capitán Gillespie, a sus dos incapaces esbirros y… ¡a usted mismo, querido amigo!), para que no sospechara que los responsables de la oficina, aquí, estaban al corriente de su misión.
– Una excesiva placidez de la Firma con respecto a ella hubiera acabado por acrecentar su desconfianza -había precisado Hardens- En tanto residente extranjera, era lógico que acabara por interesar a algún servicio… De modo que nosotros mismos preparamos un cortafuego. Lamento haberle designado para eso, pero tenía usted el perfil ideal, Tewp.
– ¿El de un ingenuo y un torpe, coronel?
Hardens había bajado los ojos ante mi pregunta.
– Y luego, poco tiempo después de su entrada en escena, las cosas se precipitaron -continuó Dolester-. A pesar de todas las fuentes de información de que disponemos, aún nos faltan datos para encadenar entre sí los acontecimientos que provocaron que Keller desapareciera pura y simplemente de nuestro campo de visión. En primer lugar, y tal vez fuera la espita que lo desencadenó todo, estuvo lo del asistente Edmonds, que creyó conveniente enviar un informe directo a Nueva Delhi sobre la visita de Küneck a Calcuta. A menudo los imbéciles causan daños temibles por exceso de celo. Gillespie juzgó que la información era demasiado importante para hacerla pasar primero por Hardens. Así que, en el convencimiento de que actuaba correctamente, cortocircuito la jerarquía, lo que impulsó a Delhi a declarar incompetente a su equipo de la operación en beneficio del agente Surey. Un fino rastreador. Un cazador muy hábil.
– Extremadamente hábil; demasiado, para su desgracia… -había suspirado en su rincón el llamado Nathan- Hablamos con Surey. Pero no quiso saber nada. ¡Dios sabe, sin embargo, que utilizamos todos los argumentos de que disponíamos! Hasta los más vergonzosamente materiales…
Aún veo los trece rostros de Donovan Phibes ensombreciéndose de golpe cuando uno de ellos refirió la trágica decisión que habían tenido que tomar con respecto al destino del agente Surey: Milton Millicent, un mercenario, o más bien un ejecutor de trabajos sucios, había sido el encargado de eliminar al hombre del panamá y a su compañero de equipo, y de dejar luego un grosero indicio que incriminaba a Keller…
– ¿De modo que fueron ustedes y no Surey quienes pusieron el pedazo de papel bajo mi puerta? -había exclamado yo.
– Alguien tenía que descubrir el cuerpo, Tewp. Si no, ¿cómo íbamos a emitir una orden de arresto contra ella?
Durante un largo rato permanecí inmóvil, estupefacto. Por más que le diera vueltas al problema en todos los sentidos, decididamente seguía sin comprender por qué Hardens me había enviado esa noche a la cabeza de una sección de policías militares con armas ineficaces para capturar a Keller en el Harnett. Y entonces fue el señor Vouillé quien tomó el relevo de las explicaciones.
– Actuamos así, en primer lugar, porque sabíamos que Surey había hablado con usted mientras aún estaba en su celda, Tewp. Intuimos que le había hecho partícipe de sus dudas. Darle la orden expresa de detener a Keller nos permitía jugar, y ganar, en los dos tableros. O bien, como era probable, usted perdía la vida en la operación y ya no era necesario reservarle la misma suerte que a Surey, o bien escapaba milagrosamente a la masacre y volvía del Harnett persuadido de la buena fe del coronel Hardens. Evidentemente podrá calificar nuestra maniobra de cínica. Por nuestra parte, asumimos colectivamente su vileza tanto como su necesidad.
Todas estas revelaciones me habían aterrado. Matar a Surey y a su compañero, lanzar -sin el menor escrúpulo- al encuentro de una asesina profesional a hombres inconscientes, con armas trucadas, y urdir finalmente la muerte de su propio soberano. ¿Cómo diablos podían unos hombres con tan altas responsabilidades, unos hombres que debían tenerse por seres de irreprochable conducta, concebir estos crímenes abyectos? La cuestión permanecía sin respuesta, lo que, por otra parte, tenía escasa relevancia, porque yo aún no había llegado al término de sus revelaciones…
– ¿Ni por un segundo contemplaron la posibilidad de que el capitán Norrington podía estar, a pesar de todo, en condiciones de detener a Keller en el Harnett? -había preguntado finalmente, cuando desde hacía tiempo la sangre se me había helado en las venas y ni un solo músculo vibraba en mí.
– En absoluto, teniente Tewp. Imaginábamos que podría haber supervivientes entre los miembros del grupo. Que tal vez usted mismo sobreviviría. Pero teníamos la certeza de que Keller no podía dejarse atrapar… Y ni siquiera ser herida seriamente.
– Pero ¿y las armas? No habían sido saboteadas… Yo mismo verifiqué mi Webley…
Un silencio incómodo había seguido a este comentario. Hardens había carraspeado, con el puño apretado junto a la boca. Obadiah se había puesto de pronto a mirar al techo. Neville había concentrado su atención en el suelo. Por fin, Dolester se había decidido a retomar el hilo del discurso.
– Éste es un punto bastante delicado de explicar… La agente Keller me hizo una demostración extremadamente impresionante en nuestra primera entrevista. Una demostración de la que sigo sin explicarme el funcionamiento. Le ahorraré la descripción completa de la escena. Para simplificar, digamos que…
Dolester había dejado la frase en suspenso. Tenía los labios apretados y la frente fruncida. Estaba claro que se estaba esforzando para encontrar las palabras, para elegirlas… con la esperanza de ser explícito sin verse obligado a emplear simplificaciones tal vez ridículas. Pero a pesar de su buena voluntad, no lo había conseguido. Hardens había suspirado tan ruidosamente como una vieja morsa antes de decidirse a acudir en su ayuda.
– Sir Dolester trata de decirle que esta Kraut posee la facultad de provocar disfunciones en las armas de fuego -había acabado entonces el coronel, y todo su ser se había visto sacudido por un ataque de risa nerviosa.
Tres golpecitos en la puerta me arrancaron de una duermevela agitada, cargada de recuerdos y de frases pronunciadas aquella noche. Salté nerviosamente de la cama y sólo tuve tiempo de cubrirme los riñones con una sábana para ir a abrir. Cortés, paciente y grave, Jaywant esperaba en el pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
– La señora Simpson quiere comunicarle que no saldrá de la propiedad hoy, teniente. Lady y sir Galjero le informan, por su parte, de que sólo han invitado a algunos amigos para esta noche. La jornada de mañana, en cambio, tal vez se consagre a una excursión. Es todo lo que tenía que decirle, señor oficial.
Di las gracias al segundo mayordomo con una frase inacabada, y cuando ya cerraba la puerta ante él, creí ver que se ponía de puntillas para mirar hacia el interior de la habitación. Aquello me intrigó, y me volví para buscar qué había despertado su interés. Sólo vi, en el centro del cuarto, el montón que formaba la ropa que había llevado la víspera y que había tirado negligentemente al suelo. Acepté el ofrecimiento de Jaywant de llevar mi uniforme a la lavandería, y al tenderle mi chaqueta, un largo y muy fino reflejo cobrizo retorcido en la manga atrapó la luz de la mañana que entraba en oleadas. Maquinalmente, cogí entre mis dedos lo que en un principio tomé por un simple hilo de polvo. Pero no se trataba de eso: era un cabello. Un largo cabello pelirrojo. El rastro ínfimo, casi inmaterial, pero tremendamente evocador, de un hombre espantoso, de un hombre como nunca había visto antes, que me había sido presentado por el colectivo Donovan Phibes en la Suite de los Príncipes…
– Tewp -había dicho Hardens, después de haber conseguido dominar por fin el ataque de risa que le había provocado la mención del poder milagroso sobre las armas de fuego que Dolester atribuía a Keller-, creo que ha llegado el momento de acabar con las explicaciones detalladas. Será mejor que hagamos un somero resumen; porque, bien mirado, la situación es muy simple. Hemos tratado de manipular a agentes del SD y hacerles cargar con un atentado contra la persona de la señora Simpson. Un atentado urdido por nosotros, desde luego, que hubiera debido eliminar al soberano al mismo tiempo que a la americana. Si todo se hubiera desarrollado según nuestras previsiones, hubiéramos abatido a Keller y a Küneck, para, posteriormente, proporcionar a la opinión británica todas las pruebas de la implicación de los alemanes en esta tragedia. Tras esta revelación se hubiera desatado una guerra… que nosotros hubiéramos ganado. Los hombres que usted ve aquí esta noche sólo son la parte visible de una red extraordinariamente más vasta. Donovan Phibes no se reduce a trece personas. Donovan Phibes son veinte, treinta, cincuenta veces más miembros de los que ve aquí: banqueros, generales, industriales, filósofos, diputados, ministros, científicos de once naciones diferentes repartidos por los cinco continentes… ¡Incluso hay alemanes entre nosotros, Tewp! Sí, alemanes que saben que la única solución para evitar la catástrofe anunciada es tomar la delantera y barrer a los ogros que han tomado el poder en Berlín, en Roma, y pronto en Madrid, en Rumania o en otros lugares… Todas estas personas que nos apoyan sólo esperan que surja una chispa para convencer a los antiguos aliados de que vuelvan a tomar las armas y se lancen al corazón de Europa para instalar por fin en él un régimen compatible con nuestras democracias. Un régimen pacífico del que nadie tendría ya nada que temer.
– ¿Realmente necesitan que muera un rey para esto? -había comentado yo con tristeza.
– Una acción así impresionará a la opinión pública. Es el más simple y el más directo de los casus belli… Una ocasión que no podemos desperdiciar, aunque Keller haya huido. Después de la operación del Harnett, la austríaca hubiera debido acudir al escondite que le habíamos asignado en caso de producirse alguna emergencia. Allí disponía de dinero, material…, todo lo que necesitaba. Pero no se presentó. Y también le hemos perdido el rastro a Küneck. La operación se acelera, Tewp. Se nos escapa de las manos. Sin duda los agentes del SD han comprendido el papel que pretendíamos adjudicarles. Harán lo imposible para que nuestra operación fracase. Pero aún podemos caer de pie. Tenemos a un hombre que se encuentra tras la pista de los alemanes. Ya sabe que Keller sigue en la ciudad. Pronto la encontrará… y pronto la matará.
A una señal de Hardens, el llamado Borway se había levantado entonces para abrir en silencio una puerta al fondo del salón. Un hombre había cruzado el umbral; un hombre o más bien un monstruo de feria. Un luchador. Un hércules. Un gigante. ¿Qué altura y qué peso podía tener aquel coloso de carne y músculos? Más de seis pies, sin duda. Siete como mínimo… Y trescientas libras bien contadas al menos. Trescientas cincuenta tal vez… Era tan alto que había tenido que agacharse para pasar bajo el dintel de la puerta. Sin embargo, a pesar de su excepcional corpulencia, no parecía en absoluto pesado o torpe. Aquel gigante, al contrario, desplazaba su enorme masa con vivacidad, con nervio, e incluso con los ritmos de una furtividad natural que lo convertía casi en una especie de fantasma, transparente y silencioso. Aunque en este hombre todo era enorme, su llegada no había perturbado los sutiles equilibrios de aquella habitación delicadamente decorada.
– ¡Diarmuid Langleton! -había pronunciado orgullosamente Hardens-. ¡Nuestro cazador! ¡Él localizará y despedazará en nuestro nombre a la bella señorita Keller!
Como buen calibrador de hombres, y como buen combatiente de 1914 también, el coronel no ocultaba su admiración ante el increíble fenómeno natural que constituía por sí mismo Diarmuid Langleton, escocés de Edimburgo cuyo rostro imberbe, a la vez redondo y de rasgos marcados -como es característico de los celtas-, quedaba enmarcado por una pelambrera roja que le caía en mechas rizadas y se iluminaba con dos iris de un verde tierno sorprendentemente reluciente.
– Diarmuid es un hombre de otra época, oficial Tewp. Él no utiliza armas de fuego. Por eso encontrará a Keller y no tendrá nada que temer de los pretendidos poderes mágicos que Dolester atribuye a esta mujer y que sólo puede mencionar temblando.
Había sorprendido entonces al consejero de lord Linlithgrow, hundido en su sillón, murmurando entre dientes un exabrupto destinado a Hardens.
– Por otra parte -había continuado el coronel sin darse por aludido-, esta montaña tampoco teme el acero afilado de las dagas de las SS a las que tan aficionada es esta chica. ¡Muéstranoslo, Diarmuid!
Bajo mis ojos estupefactos, y bajo la mirada asombrada de los doce hombres que, como yo, eran testigos por primera vez de ese increíble espectáculo, el escocés hizo saltar los botones de su camisa de cuello alto y, lanzándola como un trapo por encima del hombro, nos desveló un torso y un cuello enteramente cubiertos por innumerables anillas de metal. Cosidas directamente a la piel, estas piezas formaban una cota de malla apretada, impenetrable, tan imposible de sacar como de romper. La visión de esta carne humana atrapada para siempre en la rejilla de acero era tan fascinante como penosa de contemplar. Varios miembros de la honorable asamblea de los Donovan Phibes no pudieron reprimir una exclamación de disgusto…
– Caballeros, no duden de que todo su cuerpo está protegido de este modo… -había alardeado Hardens, indiferente a los comentarios, como si aún tuviera que convencernos del gran valor que había necesitado el escocés para imponerse esta mortificación.
Durante un breve instante, Diarmuid había puesto sus músculos en tensión haciendo temblar su caparazón, antes de inmovilizarse a dos pasos de mí. Como imantada por la masa metálica que veía brillar bajo la luz tamizada de las lámparas, mi mano se había adelantado hacia las anillas frotadas con aceite. Durante una fracción de segundo recordé las escamas de la serpiente que madame de Réault había abatido en la habitación 511 del Harnett. En la sabia disposición de las mallas que cubrían a Diarmuid, reconocía algo de la piel del ofidio. El mismo aspecto aterciopelado, la misma frialdad. La misma amenaza, la misma sensualidad… Luego, como un rayo cayendo de las alturas, la palma del gigante me había sujetado de pronto por la garganta. Levantado del suelo por el puño del monstruo, me había encontrado, medio estrangulado y a punto de desvanecerme, frente al rostro amenazante de Diarmuid. Su enorme boca se había acercado a mí y sus mechas rojas me habían rozado el rostro, mientras tronaba con su voz cavernosa una advertencia incomprensible. Seguramente, fue en ese instante cuando uno de sus cabellos había caído sobre la tela de mi chaqueta…
De la jornada del 17 de octubre de 1936 conservo pocos recuerdos auténticos. Jaywant me había avisado por la mañana: la señora Simpson había manifestado el deseo de pasar la mayor parte de su tiempo descansando en su habitación. En cuanto a los Galjero, simplemente habían desaparecido. Los criados no esperaban que regresaran hasta la noche, y hasta ese momento no les habían dado ninguna orden precisa. Esta relativa libertad de movimientos que se me ofrecía me iba de maravilla, porque tenía muchas cosas en que pensar. Y muchas cosas que decidir también… Este día, lo sabía, era uno de los últimos instantes de calma antes de la tempestad. Todo se había aclarado unas horas antes, en la Suite de los Príncipes, pero yo aún no había tenido tiempo para asimilar las implicaciones a raíz de mi aceptación de la propuesta de Donovan Phibes.
– ¿De modo que acepta unirse a nosotros, oficial Tewp? -había concluido Hardens al término de las largas horas de conversación y debate que se habían desarrollado en la lujosa y aislada habitación del Ascot.
– Acepto -había soltado yo, convencido en ese instante de la pertinencia de los argumentos que me habían sido presentados.
– ¡No se precipite! -me había advertido entonces el pequeño Obadiah-. ¿Está absolutamente seguro de que ha entendido bien lo que le pedimos, teniente Tewp?
¡Oh, Dios mío! Sí, había comprendido demasiado bien lo que Donovan Phibes esperaba de mí. No había sido la amenaza de entregarme, inerme a Diarmuid lo que me había decidido a entrar a formar parte de los conjurados. Era otra cosa. De hecho, había sido únicamente la más pura, simple y fría racionalidad. Estas personas habían acabado por persuadirme de la justicia de su causa. Habían conseguido su objetivo. Sí, haría lo que reclamaban de mí. ¡Yo, personalmente, mataría al rey Eduardo VIII y a su amante! ¡Desencadenaría una guerra entre las naciones del mundo! ¡Pero tal vez esa guerra fuera -eso esperábamos todos- el último conflicto a gran escala en la historia de la humanidad!
– Si Keller se entera o llega a la conclusión de que en adelante el éxito de nuestro proyecto descansa sólo en usted, evidentemente tratará de abatirle. A partir de ahora pasa usted a primera línea, Tewp. Pero tranquilícese, porque no parte totalmente al descubierto. Diarmuid le protegerá. Él encontrará a los agentes del SD antes de que consigan su propósito de hacerlo fracasar todo.
– Su escocés no tendrá que ocuparse de Küneck -había informado entonces a Donovan Phibes-. Murió en mi presencia, degollado por los nacionalistas.
Ahora que había escogido mi bando, creí conveniente no ocultar nada a mis nuevos socios. Bastaron unas pocas frases para informarles de lo que sabía sobre las intenciones de Bose y del faquir Darpán. Un largo silencio había seguido a mi relato. Un silencio no consternado, sino solemne, porque ahora la duda ya no estaba permitida: dos bandos enfrentándose, los agentes del SD aliados a los hombres de Netaji contra los conjurados del grupo de Donovan Phibes. Por un lado, la preservación a corto plazo de una paz que sería el preludio de una guerra total, y por otro, una formidable provocación que justificaría un conflicto breve y localizado destinado a extirpar de una vez por todas el absceso pardo que crecía en el corazón de Europa. Yo no me arrepentía de mi elección. Hubiera deseado no verme obligado a escoger entre estas dos facciones; pero los acontecimientos así lo habían dispuesto. Ocurriera lo que ocurriese en adelante, yo ya no podía contentarme con adoptar la personalidad del pequeño funcionario gris y anónimo que tan bien había encajado conmigo en otro tiempo. Donovan Phibes acababa de abrirme la puerta de la historia. Me gustara o no, ahora debía franquearla…
En todo ese día, la señora Simpson no se dignó aparecer. La americana permaneció recluida en su habitación, donde incluso se hizo servir la comida. Y lo cierto es que aquello me venía de perlas para mis intereses. Evidentemente no me apetecía cruzarme con ella ahora que sabía que su muerte provendría de mí. Yo aún desconocía los detalles de lo que los hombres de la Suite de los Príncipes habían preparado para matar al rey y a su amante. Aunque poco importaba la forma. Se habían limitado a explicarme que no me pedirían que actuara antes de la llegada de Eduardo a Calcuta. Los pormenores del atentado no me serían comunicados hasta el último minuto, y se ocuparía el coronel Hardens en persona. ¿Qué me habían prometido a cambio? Pocas cosas, de hecho. La impunidad, claro está; eso era lo mínimo que podía pedirse. Y dinero también. Mucho dinero incluso. Pero yo había rechazado enérgicamente cualquier forma de recompensa material. Yo no me consideraba un mercenario. No estaba en venta. Intelectual y moralmente, las posiciones de Phibes eran justas. Con mi gesto, con mi crimen, salvaría centenares de miles de vidas, millones tal vez. Aquello era retribución suficiente para mí. Incluso me hacía sentir feliz. Casi orgulloso.
Pasé la mañana sumido en este estado de exaltación. Todo me parecía claro, imparable, evidente. Me había comprometido a cometer un doble asesinato, pero no calificaba este acto mucho más condenable que matar a un perro afectado por la rabia. Y luego, a medida que avanzaba el día, empecé a sentirme dominado por un nerviosismo febril. Mis manos se retorcían, mis pulmones se comprimían. Buscaba aire, en vano. Con el paso de las horas, esta sensación de opresión se fue haciendo cada vez más insoportable, y la mala conciencia surgió por fin como una fuente sombría del fondo de mi corazón y me invadió por completo. ¿Qué había prometido a esos hombres? ¿Qué demonio me había dominado para que me alineara con su causa? ¡Phibes no me pedía que degollara a unos vulgares cerdos en el patio de una granja! Pretendían que ejecutara un doble asesinato. ¡Y no sobre cualquiera, sino sobre el rey y la mujer que sería su futura esposa! ¿Cómo había podido dar mi consentimiento a semejante aberración? ¡Tenía que reaccionar, debía hacer fracasar el complot! ¡Pero eso significaba al mismo tiempo dejar vía libre a Bose y a Keller, enemigos declarados de la Gran Bretaña! ¡Tomara el camino que tomase, estaba atrapado en un callejón sin salida! O bien ayudaba a Phibes y me convertía en un criminal, o bien dejaba actuar a Keller y favorecía los intereses de Alemania y de los independentistas hindúes contra Inglaterra. ¿Qué hacer, pues? ¿No actuar? ¿Cruzarme de brazos y ser testigo de los acontecimientos? Ya no lo consideraba posible. ¡Estático, atrapado entre dos fuegos, sólo podía ser aplastado sin piedad! En aquel estado, presa de los nervios, con el cuerpo sacudido por temblores, hablando solo mientras daba vueltas por mi habitación, debía de tener el aire de un condenado a muerte. Sin que importara a qué punto me condujera mi análisis, la constatación era siempre invariable: ¡estaba definitivamente solo frente a mi elección! ¡Ayuda! ¡Necesitaba ayuda! Pero ¿hacia quién podía volverme? ¿En quién podía confiar? ¿En Bartholomew Nicol? Sin duda; pero él no era más que un viejo capitán médico sin poder ni influencia. No podría hacer nada concreto, nada eficaz por mí. ¿En Garance de Réault? ¡Evidentemente no! Madame de Réault era una persona inteligente, de eso no cabía duda, y decidida también. Pero era una extranjera y yo no olvidaba que ella había sido la puerta de entrada de Darpán para que interviniera en la danza macabra que se desencadenaba en torno a mí. Entonces, ¿en quién? Habid Swamy y el aspirante Shaw también quedaban descartados. Un simple caporal hindú y un jovencísimo oficial sin experiencia hubieran tenido aún menos influencia que el buen Nicol. Sólo quedaba Zacharias Gibbet, el teniente coronel de la policía militar. ¿Podía realmente sincerarme con este hombre? No tenía ni idea. A decir verdad, la escuadra y el compás grabados sobre su cartapacio y su insistencia en mencionar la divisa del MI6, Semper occultus, durante nuestra entrevista no me inspiraban nada bueno. Sin duda Gibbet era también un hombre con un doble fondo. Sin embargo, era preciso que me lanzara al agua, que apostara por una solución, si no quería soportar solo y sin ningún tipo de recursos el monstruoso fardo que desconsideradamente me habían cargado a la espalda.
Así que puse fin a todo debate conmigo mismo, corrí hasta los centinelas apostados en torno a la villa Galjero y ordené a su sargento que me condujera sin pérdida de tiempo a los Grandes Apartamentos. Aún estábamos en plena jornada, y yo era consciente de que Hardens o alguno de los numerosos espías que, en el cuartel, parecían consagrados a la causa de Donovan Phibes podían detectar mi presencia allí y adivinar mis intenciones. Pero aquello me era indiferente. En cuanto hubiera franqueado el umbral del despacho del jefe de la policía militar, ya nada podría ocurrirme. Y además, era tanta la importancia de lo que estaba en juego que valía la pena intentarlo. Como un condenado, subí de cuatro en cuatro los escalones que conducían al piso de Gibbet. Alargando el paso, atravesé velozmente el pasillo de su servicio, y golpeé la puerta sin perder tiempo en hablar con el alarmado secretario que ya surgía detrás de mí para detenerme.
– ¡Mi teniente! ¡Mi teniente! ¡No tiene derecho…!
Al ver que mis golpes no obtenían respuesta, accioné el picaporte; pero la puerta estaba cerrada con llave.
– ¿Dónde está el coronel Gibbet, caporal? ¡Tengo que verle inmediatamente! ¡Es un asunto de gran importancia! -aullé al ordenanza, escandalizado por el desprecio que mostraba por las reglas más elementales de la cortesía militar.
– ¿El coronel Gibbet? Pero es que… -respondió, turbado.
– ¿Qué pasa ahora? -le espeté con malos modos.
– Pues… ¡es que murió ayer noche, mi teniente!
La brutalidad del anuncio hizo que me tambaleara. Por suerte, el caporal me sostuvo y rápidamente deslizó una silla hasta mí.
– ¿Zacharias Gibbet… está muerto? Pero ¿cómo ha ocurrido? -dije, extrañado, después de recuperarme de la impresión.
– Una caída, mi teniente. Pasó a través de los cristales del último piso de La Toldilla mientras peleaba con un tipo. Un vulgar asunto de faldas, al parecer. Cayeron ambos contendientes. Y los dos están muertos. ¿No estaba al corriente? No se habla de otra cosa en el cuartel.
– ¿Otro tipo? ¿Qué otro tipo, caporal? -pregunté con creciente aprensión.
– No conozco su nombre. Un chico de los archivos. Corre la voz de que se acostó con la amante en título del coronel Gibbet. Pero es sólo un rumor…
¡Un chico de los archivos! ¡Eric Arthur Blair, evidentemente! Sólo podía tratarse él. Desde luego, ni por un segundo otorgué el menor crédito a la versión del incidente que circulaba por los dormitorios militares. Si Blair y Gibbet no se encontraban ahora entre los vivos, no era a causa de una historia de cama. Era mucho más simple: porque me habían visto con ellos y sabían que les había preguntado por la identidad de Donovan Phibes. La atrocidad de la situación me atrapó por el cuello, oprimiéndome la laringe con más fuerza aún que el puño de Diarmuid la víspera.
El anuncio de estas dos muertes había acabado de devolverme la razón. ¿Cómo había podido olvidar que esa gente, por banqueros, diplomáticos o capitostes de la industria que fuesen, ya se había manchado las manos con la sangre del agente Surey y de su compañero? Con estas nuevas víctimas inocentes, yo obtenía también la prueba de que no dudarían en eliminarme una vez hubiera cumplido mi tarea. David Tewp era para ellos un ingenuo útil a quien habían nombrado ordenanza de Wallis Simpson para introducirle discretamente en el círculo íntimo del más alto personaje del Estado; pero cuando el papel de Tewp el Panfilo hubiera llegado al final, no tendrían más elección que eliminarle a él también. Yo conocía sus nombres. Conocía sus rostros, sus motivaciones. ¡En ningún caso podían permitirse dejarme con vida! Todas estas reflexiones cruzaron por mi mente en un instante, como una descarga eléctrica. Aún aturdido, abrumado por los acontecimientos que se precipitaban, conseguí levantarme y abandoné tan discretamente como pude los Grandes Apartamentos. Como sabía que a esa hora Nicol aún pasaba consulta, me vinieron unas ganas enormes de que me llevaran al hospital; pero resistí a la tentación, porque de ningún modo podía arriesgarme a poner otras vidas en peligro. Ocurriera lo que ocurriese en adelante, tendría que afrontar en solitario la catástrofe que se anunciaba.
Cuando volví a casa de los Galjero se estaba celebrando una fiesta improvisada, que se hallaba en su apogeo. Al parecer, Dalibor y Laüme habían traído, de no sé dónde, a un puñado de invitados, cuyos esmóquines y vestidos largos apenas disimulaban su carácter naturalmente perverso y arrogante, a imagen del de la señora Simpson. Me limité a entrever a esa gente, porque había llegado a la conclusión de que hacer de carabina de la americana de demasiado cerca era inútil en tanto conservara el título de asesino patentado que me había otorgado la víspera por la noche Donovan Phibes, la hidra de trece cabezas y centenares de manos procedentes de «once naciones diferentes repartidas por los cinco continentes», citando las palabras textuales de Hardens. Subí, pues, a mi habitación para descansar. Apenas había dormido en el curso de las últimas cuarenta y ocho horas, y la falta de sueño, añadida a la tensión generada por los últimos acontecimientos, empezaba a cobrarse un pesado tributo sobre mi estado físico. Me tendí y me dormí enseguida. No había tenido la sensación de dormitar más que un momento cuando un roce en mi mejilla me despertó bruscamente. A pesar de que la habitación estaba envuelta en sombras, distinguí los rasgos de Laüme Galjero inclinada sobre mí. Me encogí súbitamente, como si un tizón me hubiera quemado, y con un gesto rudo me cubrí el pecho con la sábana sin prestar atención a los latidos de mi corazón. La Galjero me sonreía, pero no decía palabra. Su vestido negro, profundamente escotado, descubría impúdicamente sus hombros, sus brazos, el surco tierno entre sus senos, y una lengua fina y rosada asomaba entre sus labios entreabiertos. Me cogió el mentón con la mano y acercó lentamente su rostro al mío. El olor de su carne saturó mi ser, penetró en mi espíritu, lo encadenó como lo hubiera hecho el filtro de una bruja.
Casi petrificado, creí que era la propia muerte la que avanzaba hacia mí, tan incapaz me sentía de reaccionar, de pensar siquiera. Luego, cuando la boca de Laüme ya iba a posarse sobre la mía, una última chispa de lucidez se reavivó en mí y me hizo rechazar con todas mis fuerzas a la criatura que se ofrecía. Durante un instante muy breve, mi rechazo provocó una especie de combate. Nuestras manos se entrelazaron, nuestros brazos batieron el aire, sentí sus largas uñas duras marcando mi torso y vi relámpagos de odio surgiendo de los ojos, tan hermosos, de esta mujer. Pero la batalla cesó enseguida, y nos apartamos el uno del otro sin mirarnos ya. Laüme se incorporó y abandonó mi habitación. Sin tomarse el trabajo de volverse, me enunció una suerte de sentencia:
– Si se hubiera abandonado esta noche, yo no hubiera puesto límites a lo que le hubiera concedido, David. Tanto peor para usted… Sí, realmente es un lástima que haya frustrado así mi deseo.
Luego cerró la puerta y a mi alrededor se cernió la oscuridad absoluta. Una negrura espantosa, abisal, una oscuridad que nunca antes había atravesado, ni siquiera cuando Darpán y Ananda me habían sumergido en un estado cataléptico en la roca en medio del río hirviente para liberarme de las prácticas nefastas que Keller había tejido en torno a mí. Permanecí un buen rato sentado en mi cama, desconcertado y tembloroso, escuchando los ruidos de fiesta y de orgía que subían de los salones. No quería bajar, no quería ver. Demasiado bien imaginaba lo que estaba ocurriendo allí para herirme el alma siendo testigo directo de esa escena. No tenía ninguna necesidad de aquello… no, realmente ninguna.
Al alba, los invitados partieron, un poco ebrios, un poco tambaleantes. Los hombres iban en camisa, y las mujeres, todavía medio desnudas. Los coches los recogían en la escalera de entrada, y nadie parecía sentir ningún reparo en que criados, chóferes y sirvientes pudieran ser testigos de tanta disolución y abandono.
Como había esperado, durante toda la mañana reinó la calma en la propiedad, de modo que aproveché la ocasión para comunicar a Habid Swamy a través del correo interno que deseaba que se presentara urgentemente en la verja de la villa. Menos de una hora más tarde, el caporal hindú hacía chasquear reglamentariamente sus talones en mi presencia.
– ¡Espero sus órdenes, señor oficial!
Swamy y yo no nos habíamos visto desde hacía varios días. Y aunque no tuviera ninguna consigna que darle, su compañía fue un bálsamo para mí. En aquel momento necesitaba hablar. Sin embargo, estaba fuera de cuestión hacerle la menor revelación o comentario sobre la existencia de Donovan Phibes o la alianza tácita que ligaba ahora a Keller con los hombres de Bose; y estaba también fuera de cuestión revelarle que los brahmanes Darpán y Ananda estaban compinchados con los sanghatanistas. En lugar de eso, preferí preguntarle por Khamurjee y la Thomson Mansion.
– Ninguna novedad, mi teniente. Kham sigue componiéndoselas para transmitirme sus informes. Aparentemente no hay ningún elemento que desentone en la organización de su fundación. Creo incluso que el chico pronto me pedirá que le deje seguir con el juego y le deje partir a su pritaneo de Berlín.
La incongruencia de esta perspectiva me hizo reír, a pesar mío. ¿Hasta ese punto me había engañado sobre la gente de Thomson Mansion? ¿Qué había imaginado? ¿Que eran unos monstruos devoradores de niños? No, todo aquello era ridículo. Pregunté a Swamy por los rumores que corrían sobre la muerte de Zacharias Gibbet y Eric Arthur Blair, pero el caporal no sabía más de lo que el ordenanza de los Red Caps me había comunicado la víspera.
– ¿En qué puedo serle útil, mi teniente? -acabó por preguntarme Swamy, que se daba perfecta cuenta de que los temas de conversación que yo elegía no eran sino pretextos para ocultar mis verdaderas preocupaciones.
– En nada… O mejor dicho, sí… ¡Encuéntreme a Darpán!
La orden no agradó al hombrecillo. El caporal me dirigió una mirada extraña antes de decidirse a partir hacia el templo de Kalighat Road, de donde madame de Réault había hecho venir al sacerdote del turbante negro para que cuidara de Khamurjee en el Harnett, y donde, una noche de tormenta, yo mismo había sorprendido a Darpán celebrando la abyecta ceremonia del maithuna.
Esperando febrilmente que el Bon Po se dignara presentarse, volví hacia el edificio principal. La víspera, Jaywant se había referido a la posibilidad de una salida, pero la casa no presentaba señal alguna de que esto sucediera.
– Creo que mis amos y la señora Simpson prefieren descansar hoy también, oficial Tewp. Deben de querer reservar fuerzas para la caza del tigre que el sultán Muradeva organiza dentro de tres días.
– ¿Esta actividad reviste algún peligro? -pregunté.
– No para los cazadores, señor. Los tigres no atacan a los elefantes sobre los que están instalados los tiradores. En cambio, puede ocurrir que se produzcan víctimas entre los porteadores o los ojeadores. Sí, a veces sucede. Incluso a menudo. Se diría que es el tributo que hay que pagar…
Con la mente agitada por visiones de muerte y de sangre, volví a mi habitación, de la que había decidido no salir hasta que anocheciera. Dejé la puerta entreabierta para no perderme ninguno de los ruidos domésticos. Ya había conseguido familiarizarme lo suficiente con el lugar para distinguir los sonidos corrientes que revelaban una actividad en la que Wallis Simpson estuviera implicada. Pero durante toda la tarde sólo oí murmullos de conversación, entrechocar de tazas y teteras, risas ahogadas, y luego, al caer la noche, el tintineo del hielo en los vasos. Si se había programado una excursión para este día, a cada minuto se hacía más evidente que había sido anulada. Nadie subió a preguntar por mí. De todos modos bajé para cenar en el saloncito que me habían reservado y, en cuanto pude, volví a enterrarme en mis aposentos, vivamente contrariado por la negativa con que Darpán parecía responder a mi deseo de encontrarme con él lo más pronto posible. Tal vez Swamy no le había encontrado. Tal vez el Bon Po había juzgado preferible abandonar la ciudad mientras esperaba que la crisis se resolviera de un modo u otro… O bien… o bien Diarmuid ya había empezado a dar caza a los sanghatanistas implicados en la lucha contra Donovan Phibes. Porque en mi loca pérdida de control la noche pasada en el hotel Ascot, en aquel momento de absoluto desprendimiento de mí mismo que me había llevado a adherirme al monstruoso plan de los trece conjurados, yo había tenido la debilidad de confiarles las identidades de Darpán y de su aprendiz. Al escuchar estos nombres, el rostro de Diarmuid se había deformado por un instante en un rictus espantoso, ¡una especie de mueca de jabalí que le había hecho descubrir todos sus dientes, mostrándonos que se los había hecho cortar todos en punta! ¿Tal vez el escocés había empezado a buscar a Keller siguiendo esta pista? En tal caso, a pesar de los talentos de los Bon Po y de su afición por la crueldad, juzgué que no tendrían ninguna oportunidad ante el monstruo acorazado de las Highlands.
Así pasé las dos horas previas a la medianoche, atormentándome con estos pensamientos. Fuera, la luna brillaba, llena y redonda en un cielo sin nubes, bañando el césped con una extraña luz, gris e intensa, que proporcionaba singulares relieves a todos los volúmenes de la fronda, de las fuentes y los edificios. Mis ojos se habían abismado desde hacía varios minutos en esta vana contemplación cuando de pronto un movimiento irregular que agitaba el fondo arbolado me llamó la atención. Tuve el tiempo justo de coger mi viejo catalejo -que por fortuna había tenido la precaución de incluir en mi equipaje- para ver a un cortejo que se dirigía directamente hacia la zona salvaje del parque. Encabezando la fila, reconocí la alta silueta de Dalibor Galjero, seguido por Laüme, Simpson, y una tercera silueta femenina, vestida con un largo chal a la moda hindú que la cubría de la cabeza a los pies. Creí identificar a Madurha, la más estilizada de las bailarinas del sultán Muradeva. Ante ella caminaba otra figura más, una minúscula sombra triste, cubierta de harapos. ¡Un niño! Como en la noche de la primera orgía, estaba seguro de que el destino del grupo sólo podía ser esa famosa stupa negra que se levantaba en medio de la maleza como un dedo de carne flaca.
Exaltado, corrí al piso superior, a una de las ventanas del pasillo desde donde sabía que disfrutaría de una inmejorable visión del parque. Era mi única oportunidad de descubrir el camino oculto que utilizaban los Galjero para abandonar la zona ordenada de los jardines. Con los pies descalzos, corrí tan deprisa como pude hacia mi puesto de observación. Al enfocar de nuevo la lente, vi que el grupo llegaba al lindero del bosque. La luna iluminaba la escena como en pleno día. ¡Lo veía todo! Dalibor se acercó, solo, a un arbolillo plantado por delante de los otros y se arrodilló respetuosamente ante él como si fuera un ídolo, una especie de pequeño dios silvestre. Luego sacó de su bolsillo un frasquito que contenía no sé qué líquido, que vertió respetuosamente en la tierra que rodeaba al árbol enano. Podía ver cómo movía los labios; pero era incapaz de adivinar las palabras que pronunciaba. ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Era una especie de ritual? ¿Un acto mágico? ¿Un acto de pura superstición para impresionar a Simpson y a la bailarina? Imposible decirlo. Me apresté a examinar más detenidamente al grupo de las mujeres y el niño, pero un temblor en las ramas bajas más próximas al rumano atrajo mi atención. ¡Sin poder creerlo, vi cómo las ramas de espinos se apartaban como por arte de magia y en unos segundos dejaban al descubierto un camino perfectamente rectilíneo, un sendero limpio y recto que se hundía en el corazón de la jungla! ¿Qué artificio de prestidigitador había podido producir este milagro? Lo atribuí a un gran despliegue de medios y esfuerzo para controlar la retirada de las ramas y los matorrales artificiales, tal vez mediante una red de cables y poleas enterrada en el suelo. Era la única explicación lógica, y yo sabía que los Galjero eran suficientemente excéntricos para concebir un mecanismo como aquél. Eso debía asegurar a los rumanos un temible ascendiente sobre las almas simples a las que ofrecían este espectáculo. Wallis y la bella Laüme fueron las primeras en desaparecer bajo las sombras negras de los grandes árboles. La bailarina las siguió, empujando con rudeza al niño ante ella. Finalmente, Dalibor cruzó también la linde, y los matorrales se cerraron sobre él tejiendo una rejilla de espinas infranqueable para quien desconociera la existencia del pasaje secreto. Todo volvió a quedar como antes. La ilusión era perfecta. Aun sabiendo que existía, el ojo no podía discernir nada de ese porche vegetal.
Bajé mi telescopio y volví discretamente al piso inferior. Por primera vez desde hacía muchos días, tenía la sensación de que por fin progresaba en mi investigación. Con mayor razón aún porque un detalle me daba vueltas en la cabeza. Sentía que se trataba de algo importante. Aguzada por la lente, mi mirada había captado algo en la escena del paso hacia el bosque salvaje. Un ínfimo fragmento de información que mi cerebro, demasiado ocupado en comprender las maniobras de Galjero para abrirse paso a través de los zarzales, había decidido relegar momentáneamente para un análisis posterior. Pero este detalle se me escapaba, como una mariposa ante la mano de un niño… ¡La mano de un niño! O, mejor dicho, ¡la mano de la bailarina que había empujado al niño hacia los árboles! Yo había visto esa mano durante una fracción de segundo. Y no era morena como hubiera debido de ser la de Madurha. ¡Era blanca! ¡Blanca y fina como la de Ostara Keller! La sangre se me heló en las venas. ¡Keller estaba aquí! ¡Y su refugio era la stupa en el fondo del parque de los Galjero! Ante esta perspectiva, mi mente se desbocó. ¡La agente de élite del SD Ausland, la protegida de Heydrich, la mujer que perseguía desde hacía casi un mes, esa austríaca pretendidamente nacida hacía veintitrés años en Graz de la relación carnal entre Althus Keller y Sabrina Ginter, esa bruja que acariciaba cráneos y entrenaba serpientes, esa furia que plantaba sin asomo de duda su daga en la garganta de soldados aguerridos, esta muchacha, en fin, acosada por un gigante pelirrojo con el cuerpo recubierto de acero, se encontraba a sólo unas yardas de mí! Este descubrimiento me situaba ante una encrucijada. Bastaba una llamada, enviar una nota, para que el escocés se lanzara contra su presa. Dentro de una hora todo habría terminado para Keller y ya nadie estaría en situación de oponerse al plan de Donovan Phibes. Pero si, al contrario, optaba por callar, si me guardaba para mí lo que sabía, todo sería distinto. ¡La historia del mundo cambiaría! Esta idea, esta elección, esta decisión que debía tomar, era embriagadora, turbadora… ¡Yo no era nada, no valía nada, y sin embargo, en este instante se concentraba un poder inmenso en mis manos! Me acometió el vértigo. Cerré los ojos y me dejé caer pesadamente sin ninguna retención, sin ningún control. El impacto fue violento. Mi cráneo chocó con tanta fuerza contra el suelo que casi perdí el conocimiento, pero el dolor, paradójicamente, interrumpió de golpe el sortilegio de mi embrutecimiento. ¡Abrí los ojos de nuevo como si me despertara de una larga pesadilla y me incorporé, feliz casi! ¡Por fin sabía qué debía hacer! En primer lugar, cogí una pluma y papel, y de un tirón y sin tachaduras, plasmé sobre el papel todo lo que sabía de Donovan Phibes. No omití nada, ni los nombres de los conjurados ni el alcance de sus palabras, la antevíspera, en la Suite de los Príncipes del Ascot. Luego procedí del mismo modo con los sanghatanistas, describiendo todo lo que sabía de Bose, Darpán, Ananda. Describí el asesinato de Küneck y puse negro sobre blanco las revelaciones del alemán antes de morir. Bastó poco más de una hora para terminar el trabajo. Introduje el expediente en un sobre, lo sellé y anoté la dirección del procurador del virrey en Nueva Delhi. Al día siguiente confiaría el documento a Habid Swamy, que tendría por misión entregarlo a quien correspondía si llegaba a sucederme una desgracia de aquí al final de la estancia en las Indias del rey Eduardo VIII. ¡Porque estaba firmemente decidido a que ni nuestro soberano ni la señora Simpson morirían aquí mientras yo fuera oficial del MI6 con destino en Calcuta!
Acababa de guardar el sobre en un cajón del secreter que se cerraba con llave, cuando oí el sonido de una puerta que se abría suavemente en la planta baja. Apagué la luz, desenfundé instintivamente mi Webley y pegué la espalda a la pared, justo detrás de la puerta de entrada de mi suite. ¡Una voz interior me advertía de que el hombre o la mujer que entraba a escondidas en la casa había venido por mí! Agucé el oído y oí crujir un peldaño bajo un peso humano. Luego reinó un completo silencio durante tres minutos, cuatro tal vez. Y después vi cómo el pomo de mi puerta giraba… Contuve la respiración para no alertar al intruso, mientras mi pulgar levantaba muy despacio el percutor del revólver. Coloqué mi índice sobre el gatillo cuando una silueta alta se perfiló en el umbral. Aquel turbante negro… ¡reconocí al momento a Darpán! El brahmán avanzaba encorvado, como un felino al acecho, temiendo caer en una trampa. Aún no se había vuelto, y juzgué preferible dejar que se adelantara un poco más antes de revelar mi presencia, ante el temor de que desencadenara una reacción irracional por su parte. Cuando estimé que la distancia entre nosotros era bastante grande para garantizar nuestra seguridad mutua, permití que un ligero soplido pasara entre mis dientes. El brahmán se volvió al instante. ¡En su mano brillaba un largo puñal de dos hojas!
– ¡Tewp! -murmuró mientras yo apuntaba el cañón de mi arma contra su frente-. ¡Tewp! ¡He visto a su ordenanza Swamy! ¿Qué quiere de mí?
Sin bajar el revólver, permanecí frente a él un momento sin decir nada todavía, tratando de adivinar por el brillo de su mirada el carácter de sus intenciones, si eran hostiles o si realmente había acudido en respuesta a mi llamada. El Bon Po debió de comprender el sentido de mi inmovilidad porque enfundó el arma. Recobrada la calma, también yo dejé caer mi brazo a lo largo del cuerpo.
– Dios mío, ¿cómo ha entrado aquí, Darpán? -siseé.
El brahmán se contentó con dirigirse hacia un sillón e instalarse en él cómodamente.
– ¿Sabe que los británicos han puesto a Netaji bajo arresto, Tewp? -me dijo por fin en tono relajado mientras yo me acercaba a él devolviendo el percutor de mi arma a la posición normal.
A mí me importaba bien poco lo que pudiera sucederle a Bose: en ese momento tenía en la cabeza preocupaciones de mayor envergadura.
– ¡No he enviado a Swamy a buscarle, Darpán, para pedirle noticias de su Netaji! ¡Tengo muchas cosas de que informarle! ¡Y muy poco tiempo para hacerlo!
Lo mejor que pude y, sobre todo, lo más rápidamente posible, le esbocé un cuadro de estos últimos días. No omití ningún detalle. Ni la introducción de Khamurjee en el seno de Thomson Mansion, ni la visita al coronel Zacharias Gibbet, ni, desde luego, el encuentro con Donovan Phibes, y ni siquiera el reciente descubrimiento del lugar donde se ocultaba Ostara Keller. Cuando hube acabado mi relato, vi que una extraña sonrisa se dibujaba en el rostro del sacerdote.
– Me alegra constatar que por fin ha elegido en qué bando jugar, Tewp. Ha hecho bien en advertirme. Estábamos a punto de proceder a su eliminación. Espero que no nos dé la ocasión de aplicar esta directriz. En cuanto a estos hombres que se ocultan bajo el seudónimo de Phibes, me atrevo a esperar que nos dará sus nombres…
– Aparte de Hardens, no conozco a ninguno por su nombre -mentí-. Se presentaron bajo simples números, del 1 al 13. Pero no es eso lo que importa. ¡La información capital es que es a mí a quien han confiado la misión de eliminar al rey y a su amante!
– Lo he comprendido, Tewp. Y he comprendido también que usted se niega a cometer este crimen, ¿no es así?
– Así es. ¡Pero necesito su ayuda para neutralizar el complot de Phibes!
– ¿Mi ayuda, Tewp? ¿Para qué?
Describí para Darpán al monstruo de las Highlands que habían lanzado tras su pista y la de Keller. El dibujo que tracé de él no pareció impresionar excesivamente al brahmán.
– Por lo que dice, Tewp, deduzco que ese Diarmuid Langleton debe de ser un buen pedazo de hombre. Pero sólo está hecho de carne y de sangre después de todo. Tal vez sea eficaz y goce de la confianza del grupo Phibes, pero por el momento aún no me ha llegado ningún rumor concerniente a este personaje. Por ahora considérelo un problema menor, ¿quiere?
¿El gigante Diarmuid, un problema menor? Yo que lo había visto con mis ojos y había sentido las callosidades de sus enormes manos aplastándome la garganta, no estaba seguro de poder compartir el tranquilo optimismo de Darpán.
– ¿Un problema menor, dice? Tal vez podría ser sólo eso al fin y al cabo… A condición de que sepa utilizar tan bien, o incluso mejor que Keller, las artes negras -repliqué con cierta complacencia.
– ¿Qué quiere decir exactamente, Tewp?
De las páginas de un libro donde lo había intercalado con sumo cuidado, saqué un largo y delgado hilo de color cobrizo.
– Uno de los cabellos del escocés se quedó enganchado en mi chaqueta. ¡Si es usted realmente lo que madame de Réault afirma, tal vez pueda debilitar a este monstruo hechizándolo!
Estas palabras enardecieron al sacerdote. En un segundo vi cómo su rostro cambiaba y se iluminaba ante la perspectiva de poder ejecutar su obra mortífera. Un hueso rebosante de médula lanzado a un perro famélico no hubiera producido más efecto.
– ¿Desde cuándo posee esta reliquia?
– Alrededor de setenta y dos horas. ¿Es importante?
– ¿Tres días? ¡Es perfecto! ¡Más que perfecto! ¿Quiere confiarme este fragmento, Tewp?
No sin cierta repugnancia, volví a colocar el cabello entre las páginas del volumen y tendí el libro a Darpán, que rápidamente lo hizo desaparecer bajo su ancho cinturón.
– Página 51 -precisé.
– Por monstruoso que sea, a partir de este momento este hombre ya está vencido -aseguró Darpán-. ¡El brazo armado de Donovan Phibes está a punto de ser cortado! Buen trabajo, oficial Tewp. ¡Ha demostrado poseer un gran sentido de la oportunidad! Netaji tenía razón al depositar su confianza en usted.
Preferí no responder e insistí en el problema Keller. Esta mujer estaba ahí, muy cerca, seguramente todavía en la stupa de los Galjero. ¡Y había un niño con ellos! Una criatura flaca y vestido con harapos, seguramente un chiquillo de los barrios bajos. Tal vez uno de esos que habían desaparecido sin dejar rastro y sin que nadie se preocupara realmente por su suerte…
– Me doy cuenta de que adivina y teme lo peor, oficial Tewp -dijo Darpán acariciándose la barba después de que yo hubiera llevado la conversación hacia este tema-. Y creo que tiene razón, porque yo también siento lo mismo… Si no hubiera hecho creer a Phibes que accedía a entrar en su juego, la presencia de Keller aquí hubiera representado una baza importante para nosotros, ya que ella lo hubiera intentado todo para proteger al rey y a su amante.
Pero ahora que sabemos de-dónde partirá el ataque que planean los conspiradores (es decir, de usted, Tewp), esta mujer ya no es útil a nuestra causa. Incluso sería prudente eliminarla cuanto antes para evitar que caiga en manos de los esbirros de Donovan Phibes. Porque preveo, evidentemente, que el escocés no es su único asesino en liza…
¿Eliminar a Keller? Sí. Aquello me parecía bien. Deseaba acabar con ella de una vez por todas. De hecho, eso formaba parte de mi plan general. Porque unas horas antes había encontrado por fin la solución a todos mis problemas. Durante ese vértigo que me había atacado hasta el punto de hacerme caer, había recibido como una iluminación, una revelación. En realidad, la vía de salida de ese maelstróm en que me había visto sumergido era tan simple, tan infantil, que a fin de cuentas incluso era normal que la hubiera descubierto antes. Estaba rodeado de enemigos por todas partes. Luciera lo que hiciese, tomara el partido que tomase, tropezaba con obstáculos imposibles de salvar, con contradicciones, con peligros innumerables e intereses definitivamente antagónicos. ¡El único modo de resolver estos conflictos era jugar solo contra todos! Donovan Phibes era un enemigo igual que lo eran los sanghatanistas. Había que abatir a Keller. A Hardens también. ¡Y a Darpán tanto como a Diarmuid! De un modo u otro, todos conspiraban. ¡Y todos debían ser neutralizados! ¡Era tan fácil como eso! Pero ¿cómo conseguir un éxito completo si no era utilizando las fuerzas de los unos para abatir a los otros? Sin duda, era una táctica excesivamente peligrosa, pero también eficaz y rentable. Por eso había pedido a Swamy que localizara a Darpán. El brahmán era la primera pieza que quería mover sobre el tablero bengalí. Sí, había encontrado la solución: ¡para vencer, debía rechazar obstinadamente el papel de peón que todos querían asignarme y reclamar el dominio de la totalidad del juego! Ya era capaz, gracias a la feliz casualidad que había hecho que el gigante de las Highlands depositara un poco de sí mismo sobre mi chaqueta, de utilizar al brahmán contra el escocés. La maniobra pronto daría sus frutos, de eso no me cabía ninguna duda. Pero no debía detenerme ahí. Darpán era una figura temible. La única tal vez, con excepción de Diarmuid, que podía enfrentarse eficazmente a Keller. Convenía aprovechar esta ventaja para lanzarlo también contra la austríaca.
– Sé cómo Galjero pasa al otro lado de la cortina de espinos que protege la stupa -murmuré al Bon Po en tono confidencial-. Aún faltan dos horas para el alba. Podemos tratar de penetrar en la torre. ¿Qué me dice?
Pero Darpán no mostró mucho entusiasmo. Evidentemente, quería saber qué hacían exactamente los Galjero, Simpson y Keller en este lugar, pero percibí que tenía ciertas reservas sobre mi plan que se resistía a formular. Tuve que insistir para que consintiera en hablar.
– ¿Visitar la torre? Sí… Pero no espere que sea fácil, Tewp. Sin duda está protegida de un modo que usted no puede siquiera imaginar. Si no estoy equivocado, esta construcción es un templo. ¡Un templo! ¿Sabe qué oculta en realidad esta palabra aparentemente inocente, Tewp?
No estaba seguro de comprender al brahmán. ¿Me estaba planteando una verdadera pregunta, o trataba de librarse de una aventura que le asustaba?
– ¡Un templo no es una construcción corriente, Tewp! ¡Es un lugar donde se convocan y se arremolinan fuerzas bien reales! Si penetramos en esta torre, tendremos que hacernos aceptar por las energías que contiene, o bien combatirlas y vencerlas. No es una excursión que se improvise. Se necesita tiempo, meditación, ritos, ayudas…
– ¡No podemos permitirnos el lujo de esperar, Darpán! Tenemos que actuar ahora -le apremié.
– ¡Excepto en caso de que le apetezca morir, le aseguro que es imposible que nos abramos paso hacia este lugar esta noche!
Al ver que me encolerizaba ante esta manifiesta falta de interés en aprovechar la ocasión que se nos presentaba, Darpán se levantó de un salto, me sujetó de la manga y me arrastró fuera de la habitación.
– Es sencillamente irrealizable, y se lo demostraré enseguida -dijo, harto de mis protestas.
Abandonamos la villa con cautela y atravesamos las vastas extensiones de césped desrizándonos de un rincón de sombra a otro. Darpán quería que le condujera al punto exacto donde había visto a Dalibor Galjero arrodillarse y realizar sus aspavientos ante el arbusto esmirriado. Llegamos al lugar tras algunos minutos de marcha tan prudente y silenciosa que no despertó a ninguno de los pavos reales que dormían entre las hierbas.
– Es justo lo que temía -anunció el brahmán ante aquel aborto vegetal.
– Pero ¿de qué está hablando? -repliqué enseguida, cada vez más irritado por las ínfulas, cargadas de sobreentendidos, que se daba mi compañero del turbante negro.
Por mi parte, yo sólo veía una miserable raíz retorcida con una vegetación rala y una copa que se elevaba penosamente a dos pies del suelo.
– ¿No siente nada, Tewp?
– ¡No!
– ¿Y sigue creyendo que este vegetal no es más que una palanca que dirige un mecanismo que provoca el desplazamiento de los espinos?
– ¡Sí!
– Entonces, ¡dígame cómo se supone que funciona!
Resignado, quise arrodillarme en el suelo para remover la tierra en torno al arbusto y dejar a la vista algunos de los engranajes que allí debían de ocultarse; pero de pronto, mientras me adelantaba, me acometió una espantosa crisis de angustia. Empecé a temblar y se me revolvió el estómago ante la simple idea de hundir las manos en la turba y las raíces. El ataque era tan fuerte que incluso me dominó un impulso irresistible de llorar. Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas mientras una tristeza infinita, inexplicable, se abatía sobre mí y me incapacitaba para efectuar el menor movimiento. ¡Estaba avergonzado, me sentía ridículo, pero pese a que era perfectamente consciente de mi estado, ningún pensamiento conseguía calmarme! Darpán me arrastró violentamente hacia atrás y me abofeteó. Poco a poco, la terrible tristeza que me oprimía aflojó su presa y recuperé el dominio de mí mismo.
– Este árbol no es lo que aparenta, Tewp. Es un guerrero vegetal. Un ser vivo que piensa y actúa, y que ha sido criado, educado para esto. Tiene una función. ¡Es el guardián del umbral! ¡Protege el acceso a la fronda y usted nada podrá hacer contra él si no sabe cómo combatirlo! Todo lo que intente empíricamente contra él se revelará inútil. Y muy peligroso para usted. Ahora acompáñeme, tenemos que regresar. ¡No deben sorprendernos aquí!
Caminando a paso ligero, volvimos a la villa. En el cielo, la luna llena brillaba baja en el horizonte y hacía vibrar todo el parque silencioso con andanadas renovadas de siete ondas de luz malva.
Darpán se había ido tal como había venido, furtivo y misterioso, apenas una hora antes de que se alzara el sol; pero antes aún había tenido que hablarme de lo que él denominaba, con tanto respeto como desconfianza, los «genios familiares».
– Es un conocimiento viejo como el mundo, y es la base esencial de toda magia auténtica. La escena de abertura de la maleza de que ha sido testigo hace un momento lo prueba: Dalibor Galjero conoce bien este arte sutil. ¡No cabe duda de que él fue el maestro de Keller, quien la formó en los hechizos de muerte! Habrá que matarle, como a la austríaca… Y a su mujer también. ¿Cómo la llama usted…?
– Laüme -respondí no sin esfuerzo, destrozado ante la perspectiva de la muerte de esta criatura tan hermosa, tan hechizadora y, sin embargo, tan perversa.
– Habrá que matarlos a los tres -afirmó despiadadamente el brahmán- Porque si su saber es tan grande que les da poder sobre los árboles, es tiempo de que alguien se alce contra ellos. El dharma quiere, al parecer, que yo sea ese hombre.
El dharma. Era una de las nociones más simples y más complejas que regía la metafísica hindú. A la vez destino universal y ley de equilibrio, el dharma era comparable al tao de los adeptos a la religión zen. No era un juez. No era un legislador. No era identificable con una persona e integraba en su seno todas las contradicciones que engendra el ciclo de la vida y la muerte, del amor y el odio, de la indiferencia y el apego. El dharma era el alma de las Indias. Mientras un hindú viviera para honrarle, este país con las dimensiones de un continente seguiría siendo la última gran ciudadela pagana del mundo.
Solo en mi habitación después de la partida de Darpán, me vi obligado a contener mi impaciencia durante buena parte de la jornada. Pero poco después del mediodía se me requirió que me presentara ante el coronel Hardens. El jefe felón del MI6 de Calcuta me esperaba fumando un cigarrillo en el asiento de atrás del coche de servicio que había hecho aparcar en Shapur Street.
– El rey Eduardo llega mañana, Tewp -me dijo sobriamente la voz de Donovan Phibes-. Esté dispuesto para actuar…
– ¿Cuándo ocurrirá?
– El día siguiente. Mientras se desarrolla la caza del tigre. En las tierras del sultán Muradeva. Es de lo más sencillo… Hubiera preferido que fuera antes; lo más pronto posible, de hecho. Pero tenemos que redoblar la prudencia.
El rostro de Hardens reflejaba una intensa angustia. En sólo unos días había perdido peso. Tenía las mejillas hundidas. Y también vi que iba mal afeitado. Olía a sudor y a miedo.
– ¿Qué se sabe de Keller? -pregunté hipócritamente-. ¿Diarmuid la ha encontrado?
El coronel soltó un «no» breve que parecía contener toda su ansiedad. Luego, después de un pesado silencio que no osé romper, empezó a hablar de nuevo.
– Dolester. El consejero de lord Linlithgrow… ¿Le recuerda, Tewp?
Asentí.
– Ha muerto. Una mala muerte; en su despacho sin ventanas y cerrado por dentro con tres vueltas de llave. Ha sido la austríaca, estoy seguro. Pero nadie comprende cómo ha dado el golpe. El pánico empieza a apoderarse de los otros. Ha llegado el momento de que esta historia se termine de una vez.
– Coronel, ¿aún no quiere decirme cómo se supone que tengo que eliminar al rey y a su amante? Esto me permitiría prepararme…
Hardens gruñó como un oso y luego, después de lanzar su colilla apagada por la ventanilla, se volvió hacia mí para hablarme cara a cara.
– Eduardo y Simpson estarán instalados en la barquilla del mismo elefante. Aparte del cornaca, usted será expresamente designado por el jefe de protocolo como la única persona autorizada a subir con ellos al animal. Oficialmente, cargará sus fusiles… En el curso de la partida de la mañana, el cornaca hará tomar un determinado sendero a la bestia. Es un camino de jungla que acaba bruscamente en un cenagal. Cuando el animal se haya hundido en la turbera, usted descargará dos balas de un arma que le confiaré en la cabeza del soberano, y otras dos en la de la americana. Luego saltará de la barquilla a la orilla, donde le recogerán hombres de nuestra confianza. Uno de ellos le conducirá a un lugar seguro mientras que los otros se encargarán de los últimos detalles…
– ¿Qué últimos detalles, mi coronel?
– Colocaremos en la barquilla un cadáver de su corpulencia y vestido con un uniforme parecido al suyo. Es fundamental que los investigadores no le identifiquen como el asesino. Oficialmente, los autores del golpe serán alemanes. Oficialmente, el teniente David Norman Tewp habrá encontrado la muerte al mismo tiempo que Eduardo y Wallis. Sin duda, amigo mío, tendrá derecho a unos funerales nacionales, pero para entonces estará demasiado lejos para asistir a ellos si no es porque alguien ocupe su lugar.
Hardens dobló su viejo cuerpo y me tendió un maletín de cuero que sacó de debajo de su asiento.
– En el interior encontrará una pistola automática Luger con tres cargadores llenos. Es obvio que no necesitará tantas municiones, pero es una precaución. Deberá disparar con esta arma. Sólo con esta arma, recuérdelo bien. Y cada vez en pleno rostro. Y sobre todo ¡no se ande con melindres!
Con un gesto brusco, Hardens me apretó el maletín contra el pecho antes de poner fin a la entrevista con estas palabras:
– Eso es todo, Tewp. Ya conoce lo esencial. Tanto si para entonces ha abatido ya a Keller como si no, Diarmuid estará constantemente cerca de usted la mañana de la caza. Le protegerá. Vamos, es hora de que vuelva a sus ocupaciones y no olvide la finalidad que nos motiva a todos. ¡Adiós, muchacho!
Aquello sonaba casi como una despedida. Aunque era totalmente estúpido por mi parte, yo estaba casi conmovido. Sin embargo, ese gran buda que era mi oficial superior se había manchado las manos con la sangre del agente Surey y de su compañero, con la de Gibbet y de Blair, y ahora se disponía a hacer derramar la de su propio soberano y sin duda maquinaba también mi muerte. Aun así, me resultaba imposible odiarle del todo. ¡Qué imbécil era, Dios mío!
Decididamente, Wallis Simpson no era una persona corriente. Aunque oficialmente todavía se encontraba unida a su segundo esposo, un agente marítimo de la costa este, en 1935 la señora Simpson había hecho de Londres su residencia principal. Atraída por el lujo y el dinero, dotada para las fiestas y persona mundana por encima de todo, pronto se había creado allí una reputación de mujer fatal a la altura de las calaveradas de sus más grandes amigas del círculo de americanas expatriadas: las incontrolables y deletéreas Gloria Vanderbilt, Consuelo Thaw o Thelma Furness. Wallis Simpson había robado solapadamente a esta última a su pretendiente actual, ¡un cierto personaje de mente estrecha y cabellos pálidos y quebradizos, actual príncipe de Gales y futuro rey de Inglaterra! A pesar de que no podían tener caracteres más diferentes -uno retraído y serio; la otra, expansiva y descarada-, los dos amantes ya no se habían separado. El día de su coronación, en enero de 1936, Eduardo había transferido un tercio de su fortuna a la cuenta de Wallis, trescientas mil libras esterlinas como mínimo, y le había ofrecido como anillo de bodas morganáticas una enorme esmeralda de la que se decía que había pertenecido al Gran Mogol en persona. Ya nada parecía poder separar al rey de su amante. Nada excepto tal vez el maquiavelismo de algunos que conocían sobradamente las tendencias germanófilas de esta pareja improbable pero terriblemente influyente, tanto que de su vida o su muerte podía depender el destino del mundo.
– Mi esposa y yo somos perfectamente conscientes de la posición en que hoy se encuentra Wallis -me había confesado Dalibor
Galjero mientras los dos íbamos en el coche que había pertenecido al bandido Legs Diamond-. La conocimos hace más de diez años. No era gran cosa en esa época. No era una lady. Sólo una mujer inteligente y que prometía mucho, pero que se encontraba bajo la férula de un marido alcohólico que le pegaba. Su vida no era fácil, y nosotros la ayudamos un poco. Y luego el azar hizo su trabajo, o algo más que el azar incluso, poco importa… ¡Y hete aquí que hoy se encuentra a las puertas de Buckingham Palace! ¿Quién lo hubiera pensado? No creo que nunca sea reina de Inglaterra, si le interesa mi opinión. Pero algunos lo temen. Y otros lo esperan. Debe usted saber que ocurra lo que ocurra, tendrá consecuencias…
Sí, lo sabía. Con la Luger que sólo esperaba cumplir su trabajo en la masa cervical de la señora Simpson y de su real amante, yo estaba particularmente bien situado para juzgar sobre la pertinencia de la aserción. La jornada precedente a la llegada del rey fue sin duda la que transcurrió con más exasperante lentitud de todas las que había vivido en la villa Galjero. Darpán me había prometido que volvería al caer la noche para que juntos intentáramos llegar sin tropiezos hasta la stupa, y todos mis pensamientos se centraban en este instante más que en la caza del tigre prevista para dos días más tarde; porque había decidido actuar día a día, sin anticipar el futuro. El brahmán era un hombre liberado de las angustias del tiempo. Todo lo contrario de mí…
Simpson, sin duda con los nervios de punta por la inminente llegada del soberano, estaba muy inquieta. El sonido de su voz, habitualmente grave y sorda y transformada ahora en un horrible chillido, llegaba hasta mí fuera cual fuese el lugar de la villa donde intentara refugiarme. Varias veces en el curso de la jornada se enfureció con los criados por zarandajas, e incluso el plácido e impecable Jaywant tuvo que sufrir injustamente sus reproches. Excitada como una mosca en un día de tormenta, esta mujer electrizaba el aire a su alrededor. Lo sentí en cuanto apareció por la mañana. Consciente de que yo mismo estaba sumamente irritable, me las arreglé para no cruzarme con ella. Cuando por fin anocheció pude, no sin alivio, volver a mi habitación. Darpán, que ya se había introducido en ella -nunca llegué a saber cómo-, me estaba esperando. Sus ojos brillaban como los de un ave de presa.
– Le alegrará saber que el cabello rojo ha sido utilizado con éxito, Tewp. El hombre al que pertenece no vivirá más de cinco días. Ni su corpulencia de coloso podrá evitarlo.
– ¡Cinco días! ¡Es demasiado tiempo! ¿No sería posible reducir este plazo?
El brahmán me fulminó con la mirada antes de aconsejarme fríamente que me ocupara yo mismo de eliminar al gigante Diarmuid Langleton si consideraba que los métodos Bon Po no eran bastante eficaces.
– Este hombre no llegará al próximo mes, Tewp. Aún le queda un poco de tiempo, pero un gusano le roe ya desde dentro. Cada minuto que pasa le debilita un poco más. Aunque tengamos que enfrentarnos a él con las manos desnudas, nuestras oportunidades de vencerle aumentan a cada instante, mientras que las suyas disminuyen en la misma medida.
– En lo que concierne a la neutralización de ese «guardián del umbral» que tanto teme, ¿cree que se encuentra ya en condiciones de actuar?
– Este punto quedará establecido en cuanto podamos deslizarnos hasta los jardines sin llamar la atención, oficial.
Tuvimos que armarnos de paciencia durante un poco más de una hora, y luego, tan silenciosamente como la víspera, fuimos al lindero del bosque. Allí, el brahmán me pidió que me tendiera plano sobre la hierba a su lado y que no me moviera ni hablara hasta que él no me autorizara expresamente a hacerlo. Él mismo fue a arrodillarse en el lugar donde Galjero lo había hecho una noche antes, y de una bolsa de tela que llevaba colgada al hombro sacó una maceta en la que germinaba una minúscula plantita. Darpán empezó entonces a salmodiar muy suavemente palabras incomprensibles para mí. Tal vez fuera hindi, pero el tono de su voz era tan bajo que me era imposible reconocer las sonoridades que modulaba con gracia. ¿Qué estaba haciendo exactamente? ¿Encantaba al guardián vegetal? ¿Le halagaba? ¿Le persuadía de lo bien fundado de nuestra causa? El canto de Darpán se prolongó más de diez minutos. Era una salmodia lenta, larga, terriblemente aturdidora, tanto que acabó por adormecerme. Y tal vez hubiera acabado por dormirme sobre la hierba fresca si de pronto la voz del hindú no hubiera adoptado un tono amenazador. ¡Cuando abrí de nuevo los ojos, vi que arrancaba súbitamente con un gesto violento el brote que se erguía en la maceta, se lo llevaba a la boca y lo masticaba salvajemente! El guardián vegetal se estremeció. Aunque en ese instante ni un soplo de viento pasaba sobre el parque, el matorral tembló como si una corriente de aire agitara sus ramas. Al mismo tiempo percibí un susurro de hojas a mi espalda. Al volverme, vi que las zarzas más próximas se separaban unas de otras… ¡Darpán acababa de abrirnos el camino hacia la torre negra!
– ¿Cómo lo ha hecho? -pregunté mientras avanzábamos uno junto a otro por el sendero despejado.
– No he querido perder el tiempo con halagos u ofrendas, porque sabía que no podía proponerle nada mejor que el alimento que le ofrece el que la ha traído a la vida. De modo que le he contado quién era yo, el daño que había infligido a otras criaturas vivas… ¡Sin embargo, ha sido necesaria una pequeña demostración para convencerle definitivamente!
– ¿Me está diciendo que ha amenazado al árbol?
– El miedo al sufrimiento, Tewp, es una llave universal a la que todas las criaturas son sensibles. Es un secreto simple, pero que puede abrir casi todas las puertas del mundo… Casi todas…
Las palabras del Bon Po eran terribles; pero esta primera prueba, ahora superada, probaba también su valor. Si teníamos que matar a Ostara Keller esta misma noche, ya no dudaba de que este sacerdote estaba capacitado para triunfar sobre la agente del SD. Nos dirigimos caminando a grandes zancadas hacia la torre, cuyos perfiles se iban haciendo cada vez más precisos a medida que avanzábamos. Y de pronto, a la vuelta de un recodo del camino, desembocamos en un foso. ¡La stupa se encontraba ahí, a unas decenas de yardas de nosotros, pero aparentemente inaccesible! La torre se levantaba en el centro de una isla artificial, una loma herbosa que emergía en el centro de un lago cuyas aguas lisas estaban sembradas de nenúfares y de flores acuáticas multicolores. Un puente la unía a tierra firme, pero era una pasarela telescópica dotada de un mecanismo, un ingenioso entramado de cables, poleas y manivelas, que posibilitaba que desde la isla se pudiera recoger una parte para impedir así cualquier intrusión desde la orilla. Rápidamente Darpán y yo rodeamos el foso con la esperanza de descubrir un vado, otro puente, una estrecha lengua de tierra o tal vez una barca que nos permitiera acceder a la torre. Finalmente tuvimos que rendirnos a la evidencia: ¡si queríamos llegar a la isla, tendríamos que entrar en el agua! Resignados a nuestra suerte, nos desnudamos, dejamos nuestras ropas dobladas en el suelo y entramos, desnudos, en el agua negra y helada. En mis manos apretaba mi cuchillo y un encendedor que siempre llevaba conmigo, aunque no tuviera la costumbre de fumar. La distancia que teníamos que franquear no era muy importante, pero perdimos contacto con el suelo fangoso al cabo de unos pasos y tuvimos que mojarnos del todo y luego nadar una veintena de brazadas antes de izarnos a la otra orilla. Después de salir del agua, recuperamos el aliento y nos secamos como pudimos frotándonos con puñados de hierbas secas. Con su turbante negro como única vestimenta, Darpán hubiera resultado casi cómico si la punta amenazante de la stupa no se hubiera levantado por encima de nosotros. La extraña construcción era una torre redonda, de una decena de yardas de circunferencia y una treintena de altura. Su superficie exterior estaba enteramente esculpida con figuras humanas masculinas y femeninas lúbricamente entrelazadas. Encima de la puerta, sonriendo burlonamente, creí reconocer el rostro de la diosa Durga, sacerdotisa de la muerte y de la metamorfosis de la que me había hablado Réault y de la que ya había visto una representación similar en el templo de Kalighat Road, el mismo en que había oficiado Darpán.
– Esta figura es su ídolo, la diosa Durga, ¿no es verdad? -dije al sacerdote.
– Durga no es una diosa dé la que uno pueda apropiarse o que se apropie de sus fieles -me corrigió al instante el Bon Po-. Es demasiado cambiante y demasiado exigente para eso. ¡Venga, tratemos de entrar!
Avanzamos juntos en dirección a la torre, con el corazón en un puño, fascinados por las esculturas que adornaban el tronco del edificio. Aunque estaba desnudo y alguien -pero ¿quién?- podía observarme, empecé a describir un círculo lento alrededor de la construcción, a una buena distancia, primero, y luego de más cerca, para observar los detalles de los frescos, de los que me resultaba difícil apartar la mirada. Todos mostraban cuerpos humanos en las poses más explícitas. Sólo pude descubrir escenas de orgía, y a pesar de la indudable atracción que ejercían sobre mí, pronto me cansé de ellas. Darpán ya había franqueado el único portal que daba acceso al corazón del edificio. Decidí no perder más tiempo observando los relieves lujuriosos y fui tras él. El interior, sin ventanas, estaba oscuro. Encendí mi mechero y paseé la llama en torno a mi persona. Por suerte, en el suelo había una vieja tea reseca, y no tuve ninguna dificultad en encender la punta. Con esta antorcha barrí la entrada. Vimos un espacio vacío, de techo bajo, sin hueco de escalera. Aparentemente la torre había sido construida sin ningún medio que facilitara el acceso a los niveles superiores, si es que en realidad existían. El suelo estaba compuesto por una gran losa de piedra lisa, brillante y dura, sin ninguna junta visible, pero con ranuras talladas que se entrelazaban formando espirales y volutas de las que era imposible distinguir el esquema general. Mis ojos se deslizaron por una línea profunda de esta red y la siguieron a mi pesar. Mi cabeza quedó como atrapada en una tenaza. Mi cerebro pareció encogerse en la caja craneal y mi respiración se aceleró. No podía dejar de seguir esta línea grabada que se enrollaba sobre sí misma como una serpiente, la cabeza me daba vueltas y empecé a sentir un vértigo irrefrenable. Se me revolvió el estómago y sentí una náusea irreprimible. Vomité durante largo rato: Me zumbaban las sienes, tenía los ojos en blanco y mis músculos habían perdido toda su fuerza. Me tambaleé. Darpán me sujetó vigorosamente por los hombros y me empujó para que saliera al aire libre. Durante unos minutos, sin embargo, seguí sintiendo los efectos de este vértigo paralizante. Mis ojos ya sólo captaban un vapor anaranjado en el que palpitaban luminiscencias lechosas y mi cráneo resonaba con un ruido de huracán. Lentamente empecé a recuperar el dominio de mí mismo y pude arrastrarme hasta la orilla, donde hundí las palmas en el foso y me rocié el rostro con abundante agua.
– Ya se lo advertí, oficial Tewp. Este lugar es un templo. Un verdadero templo. Esto significa que lo recorren energías. ¡Vive! Es él el que le hace esto. ¡No quiere saber nada de un profano como usted!
¡Después de que los árboles sintieran miedo, ahora el brahmán prestaba un alma a los edificios! Decididamente yo ya no era receptivo al mundo que me rodeaba. A pesar de todas las preguntas que se acumulaban en mi cabeza, me contenté con sentarme en la hierba en silencio, con la cabeza entre las rodillas. Me sentía decepcionado, desanimado. Esta torre no era más que un señuelo. La habitación que habíamos descubierto tan sólo era un inútil callejón sin salida, sin puerta, sin ventanas, sin trampillas ni escaleras. Keller no podía haberse escondido aquí. ¡Había que buscar en otra parte!
– ¿Se siente mejor? ¿Podemos seguir ahora? -me preguntó mi compañero poniéndome la mano en el hombro.
– ¿Seguir, Darpán? Pero ¿hacia dónde? Aquí no hay nada, y el parque es demasiado grande para vagar al azar…
El brahmán se inclinó hacia mí, con evidente sorpresa.
– Hay una escalera en la torre, Tewp. ¿No se ha fijado?
Al ver que no respondía, Darpán me ayudó a levantarme y me obligó a volver hacia la entrada. Instintivamente, todo mi ser se resistía a franquear de nuevo la puerta de este edificio, y tuve que apelar a todos los recursos de mi racionalidad para no liberarme y huir lejos de este lugar donde el ala del ángel de la muerte me había rozado. No era mi cuerpo el que se negaba a avanzar hacia esta torre, sino mi espíritu el que no podía soportar la idea. Allí, en esa pequeña habitación redonda, me había visto sumergido en una terrible oleada de emociones oscuras que me había trastornado. Mis tripas habían reaccionado vaciándose, pero eso sólo había sido el síntoma físico de un malestar mucho más grave, casi metafísico. Allí, unos segundos después de que mi mirada se perdiera en la línea grabada en el suelo de piedra, me había invadido una desesperación sin nombre que se había precipitado sobre mí como una avalancha y me había lanzado a lo más profundo de mí mismo. ¡En mi vida quería volver a sentir algo como aquello! Temblando, levanté los ojos hacia la torre, que me pareció como una aguja negra plantada en un suelo eléctrico. Tenía la sensación de que toda la tierra en torno a mí vibraba con un lamento atroz emitido por centenares, por millares de voces. ¡Era una impresión de pesadilla! Darpán se dio cuenta de que flaqueaba y recurrió, como la víspera por la noche, al ancestral método de la bofetada dolorosa para devolverme a la conciencia.
– Esto constituye otro secreto de magia práctica que abre también numerosas puertas -comentó fríamente después de que su palma me hubiera hecho arder la mejilla.
El laconismo del comentario casi me provocó una carcajada, lo que en cierto sentido me liberó y me permitió recuperar el dominio de mí mismo. En un instante el miedo desapareció casi por completo, hasta el punto de que volví a sentirme con fuerzas para volver a la torre. Sin embargo, en cuanto franqueé el umbral de la oscura habitación, tuve la tentación de dirigir de nuevo la mirada a las líneas del suelo.
– ¡Sobre todo no mire los dibujos! -me ordenó Darpán-. ¡Esto acabaría por matarle! Venga, ahora tenemos que bajar…
– ¿Bajar? Pero ¿por dónde? -pregunté, estupefacto y furioso; por más que examinara el lugar, no distinguía el menor pasaje.
– ¡Pues por esta escalera, oficial! -gritó el sacerdote señalando un vago emplazamiento a mis pies-. ¿Sigue sin verla?
Bajé los ojos y, como antes, sólo la roca plana, perfectamente lisa si no hubiera sido por los pequeños grabados serpenteantes que la cortaban en toda su superficie, se ofreció a mi vista.
– ¡Aquí no hay nada! -exclamé, terriblemente irritado y sintiendo cómo volvían los síntomas de malestar.
– Ya hemos hablado bastante. ¡Ahora hay que bajar! -me espetó el brahmán, y sin ningún miramiento me dio un fuerte empellón que me lanzó hacia delante.
En lugar de caer al suelo, como esperaba, mi pie se hundió y tuve la sensación de un rápido descenso en ascensor. Sin saber cómo, me encontré tendido sobre un tramo de peldaños. Me quedé con la boca abierta. ¡No podía creer lo que estaba sucediendo! ¡Ni aunque hubiera asistido al milagro de Nuestro Señor caminando sobre las aguas en el Tiberíades me hubiera quedado más estupefacto! Miré alrededor y tuve que rendirme a la evidencia: ¡en efecto, me encontraba en el segundo o tercer peldaño de una escalera que se hundía en el suelo de la torre! ¡Y yo no había visto nada, no había adivinado nada que me hiciera sospechar su presencia en la habitación de entrada!
– ¡No pierda el tiempo preguntándose cómo es posible que esto esté ocurriendo, oficial! ¡Baje!
Darpán ya se encontraba a mi espalda y, por el tono imperioso de su voz, interpreté que estaba ansioso por recorrer los meandros de los subterráneos. Iluminado por la antorcha que sostenía el sacerdote, descendí hasta el final de esta escalera pendiente, sin barandilla, resbaladiza como los cantos rodados de la playa en la marea baja. Hice un cálculo aproximado de la distancia recorrida contando el número de peldaños y estimé que debíamos haber descendido una veintena larga de yardas por debajo del nivel de la torre, después de lo cual llegamos a un rellano final de donde partían dos pasillos. El más ancho era el de la derecha, e instintivamente seguimos por él. Pasamos bajo un dintel de piedra adornado con esculturas que representaban monstruos que despedazaban a unas figuras humanas acurrucadas, de las que no supe discernir si eran enanos o niños, y luego desembocamos en una sala de geometría irregular, llena de aristas y ángulos vivos. En cada uno de estos ángulos se levantaba una estatua de Durga la Negra, a cuyos pies había cuencos de cobre depositados como ofrenda que contenían harina, miel y aceite, y el suelo de la estancia estaba surcado de canales estrechos en los que se estancaba un líquido viscoso, que, a la débil luz de nuestra humeante antorcha, nos pareció de un color marrón claro y como salpicado de zonas grises enmohecidas. Darpán se inclinó para hundir su dedo en el charco.
– ¡Sangre! -exclamó el Bon Po-. Y vertida hace poco. No esta misma noche, pero sí, tal vez, en la de ayer.
Exploramos la habitación pero no encontramos ningún cadáver. ¿De dónde procedía, pues, toda esta sangre? A ojo calculamos que había una docena de litros esparcidos por el suelo de la sala, aproximadamente la que podían contener los cuerpos de dos adultos, o los de tres o cuatro niños. Ya no teníamos nada que hacer aquí. Volvimos sobre nuestros pasos y tomamos el pasillo de la izquierda. Después de recorrer unas docenas de yardas en condiciones penosas debido a que los muros del pasaje se estrechaban en forma de embudo y el techo se iba haciendo cada vez más bajo, vimos una forma humana tendida en el suelo. Era una niña de unos ocho años, que sólo llevaba un cinturón de tela roñosa en torno a los riñones. Darpán se precipitó hacia ella, pero ya nadie podía ayudarla. La chiquilla había sido desangrada y la habían dejado allí para que muriera. Su corazón ya no latía y tenía los ojos en blanco. Su cuerpo se había vaciado de sangre por dos heridas: una en la yugular y otra en la muñeca izquierda, como si la primera no hubiera sido suficiente. La pequeña se había debatido y había buscado apoyos en el muro, donde, a largos intervalos, se veían marcas rojas todavía frescas.
– ¿Es ésta la niña que vio ayer noche con su lente, Tewp? -me preguntó Darpán mientras examinaba el cadáver palpándolo con gestos propios de médico forense.
– A esta distancia no era más que una sombra de la que no pude distinguir bien los rasgos -respondí trastornado-. Pero es probable, sí…
– Este sótano es un matadero, Tewp. Prepárese para ver cosas difíciles de soportar. ¡Sigamos adelante!
Tragué saliva con dificultad. Desnudo, sin mi arma -había tenido que dejar el revólver en seco, con mi ropa, en la otra orilla-, avanzando encorvado por esta galería de piedra, me sentía tan frágil e inerme como un embrión germinando en su matriz de entrañas hediondas. Darpán, por su parte, parecía mucho menos turbado que yo. El sacerdote sujetó con firmeza la empuñadura de su daga de hojas gemelas, nuestro único medio de ataque y de defensa, y reanudamos en silencio nuestra laboriosa progresión. Finalmente desembocamos en una sala de altas bóvedas, de aspecto semejante al de la primera nave. Las mismas estatuas de la diosa de las metamorfosis y la misma disposición aproximada del lugar. Sin embargo, había un detalle que la distinguía: había anillas de bronce corroído -tal vez una cuarentena- encajadas a flor de suelo.
– ¡No toque nada, Tewp! -me previno el sacerdote, que se había erguido para examinar atentamente la geografía del lugar.
Esperé un instante a que el brahmán acabara de pasear la llama de la antorcha por los rincones más oscuros de la sala. Excepto por el chisporroteo seco de la tea, el silencio era absoluto, denso, impresionante. Un silencio de capilla ardiente. Darpán volvió hacia mí y, con una leve inclinación de cabeza, me indicó que tirara de una de las anillas. Angustiado, sujeté al azar uno de los círculos de metal y ejercí sobre él una fuerte tracción. Se abrió una trampilla. Las anillas estaban fijadas a unas delgadas tapas de piedra que cubrían unas fosas de un pie cuadrado de superficie aproximadamente y con una profundidad apenas mayor que la mitad de un cuerpo de adulto. El sacerdote del turbante negro hundió la luz en el orificio, donde distinguimos una masa encogida y reseca, de forma vagamente humana. Como no podíamos ver bien de qué se trataba, nos decidimos a extraer esa cosa de su agujero. De rodillas, la sujetamos entre los dos; pero en cuanto estuvo bastante liberada para poder desalojarla, los músculos de nuestros brazos se relajaron y el objeto se nos escapó de las manos y cayó en su nicho, produciendo un ruido mate y levantando una nube de polvo. Nos vimos obligados a volver a iniciar la operación para observar con más detalle el cadáver depositado en la cavidad, porque, ya no había duda posible, estábamos exhumando un muerto, una momia de un niño indígena de una decena de años. La textura del cuerpo era quebradiza y se desmenuzaba como ceniza bajo nuestros dedos. Los rasgos del rostro parecían expresar un intenso sentimiento de horror. Dos manchas amarillas brillaban débilmente donde deberían haber estado los ojos.
– Se diría que… -resopló Darpán señalando las órbitas del cadáver, que es oro -proseguí yo, incrédulo-. ¡Han vertido oro fundido en sus ojos!
Furiosamente, tiramos de otras anillas y sacamos a la luz otros cadáveres igualmente resecos. ¡El subsuelo de esta torre era una necrópolis de niños cuyas cavidades oculares habían sido saturadas de oro líquido!
Era la primera vez, desde que lo conocía, que me pareció ver que Darpán perdía el control de sí mismo. Su mirada pasaba de una a otra de las momias, tratando de comprender qué habían hecho realmente con estos desventurados niños. No era necesario que me lo confesara para constatar que este macabro hallazgo le sumergía en abismos de perplejidad.
– ¡Desconozco el rito que se ha practicado aquí, oficial Tewp! Desconozco la práctica y desconozco la finalidad. A decir verdad, nunca había visto nada semejante…
– Pero estos cadáveres son antiguos -le hice notar-. Datan de varios siglos al menos. Vea si no lo resecos que están. Sólo el tiempo ha podido hacerlos tan quebradizos.
– Se equivoca, Tewp. Son muertos recientes. Muy recientes. Mire éste…
Su mano tendida señalaba un cuerpo que no era el de un niño, aunque poseyera su delgadez. Era un cadáver de mujer, de muchacha. Aunque había muerto desnuda, aún llevaba en las muñecas y los tobillos unos brazaletes brillantes con campanillas. ¡Ningún rastro de corrosión deslucía estas joyas, cuyos motivos y ornamentos eran idénticos a los que había visto adornando los cuerpos de las bailarinas Rajiva y Madurha!
– ¡La reconozco! -exclamé-. ¡Es una de las cortesanas que el sultán Muradeva ofreció a Simpson como presente! ¡Vi cómo los Galjero la traían aquí, a ella y a una de sus compañeras, hace cuatro noches!
Fuera de mí, me precipité hacia los otros cuerpos para examinarlos mejor. Muchos no eran más que un amasijo de cenizas, irrisorias contracciones de seres humanos que una combustión sobrenatural había achicado y desarticulado hasta el punto de convertirlos en grotescos peleles, secos y ennegrecidos. Pero en algunos de ellos, el infernal procedimiento de desecación que habían empleado para drenarlos de todos sus fluidos no había sido suficiente para borrar todos los detalles de algunas prendas de ropa que todavía conservaban.
– ¡Mire estos fragmentos de tejido! -le señalé a Darpán mientras se deshacía entre mis dedos la trama de una tela gruesa- ¡Se parecen a los que llevan los niños recogidos en Thomson Mansion!
Y por desgracia, ¡así era! A la luz de la antorcha que el brahmán colocó entonces a mi lado, reconocí sin asomo de duda los bordados de los uniformes de la primera promoción Galjero, el grupo cuya foto había visto en el despacho del desventurado archivista Blair, el mismo al que pertenecía el hijo único de la viuda herborista que Swamy y yo habíamos encontrado en los barrios bajos. ¿Qué suerte se había reservado a estos niños? ¿Y por qué habían conservado sus cuerpos de este modo? Con la garganta seca y la mente y el corazón convulsos por el descubrimiento que acabábamos de hacer, me volví hacia Darpán. Su rostro tenso parecía haberse cubierto repentinamente de sudor, y el tono de su piel había pasado del pardo al gris.
– Debe de haber algo más -dijo entre dientes-. Una razón que explique por qué les han hecho esto. ¡Justamente aquí, en este lugar! ¡Busque, Tewp! ¡Busque!
Buscar, sí, pero ¿qué? Darpán ya había dado la vuelta a la sala sin obtener ningún resultado. ¿Cómo se suponía que iba a descubrir algo, cuando me había mostrado incapaz de distinguir una escalera que se abría a mis pies?
– Otro guardián. ¡Siento que hay otro guardián que nos impide ver! -aulló casi el Bon Po, al borde de una crisis nerviosa-. Hay que encontrarlo y destruirlo para poder avanzar. ¡Es la única solución!
Yo no sabía de qué estaba hablando, pero no me quedaba otra alternativa que seguirle. El sacerdote se puso a palpar frenéticamente los muros con manos temblorosas, rozando la piedra en busca de una abertura o de un mecanismo oculto. Pero el registro no duró mucho tiempo. Sumergido en una especie de trance, a Darpán le bastaron unos minutos para encontrar lo que buscaba. En la palma de su mano sostenía una piedra, un simple guijarro gris, de dimensiones muy pequeñas, redondo y sin ninguna marca, que había sacado de algún intersticio entre dos peldaños.
– Es esto -anunció sin siquiera mirarme- ¡Esto protege el lugar! Mientras esté viva, no podremos ver lo que realmente se oculta aquí…
¡Una piedra viva! Aunque aquello superara toda comprensión, ya no me sorprendía una nueva locura después de haber sufrido en mi carne la horrible realidad de un hechizo y de haber visto con mis propios ojos cómo se retiraban unos espinos después de una sencilla amenaza del sacerdote. En cualquier caso, Darpán ya había sacado su daga de dos hojas del cinturón y raspaba la superficie del guijarro con la punta.
– La piedra está hueca. Contiene un líquido en su interior, que recibe el nombre de condensador. El vult que Keller había elaborado para matarle también contenía uno, recuérdelo.
¡Cómo podía olvidarlo! Aparte de mi fotografía, mis papeles oficiales y un puñado de cabellos, el cráneo preparado por la austríaca contenía una especie de aceite conservado en una ampolla de vidrio.
– Tewp -prosiguió Darpán con una voz sin entonación-, tendremos que actuar deprisa. ¡Si quiere tener una oportunidad de salir vivo de este lugar, tendrá que respetar escrupulosamente mis instrucciones!
El rostro del brahmán estaba cada vez más crispado. Podía percibir cómo una gigantesca tensión crecía en su interior, una tensión que resonaba también en mí y que me hacía castañetear los dientes de miedo.
– Para desactivar esta piedra guardiana es necesario practicar un sacrificio. Podría conseguirlo sin necesidad de recurrir a ello, pero me llevaría tiempo. Mucho tiempo. Rituales repetidos como mínimo a lo largo de una luna. Y esto no es posible ahora. Sólo me queda el método intenso. Lo que, si no causa mi muerte, al menos me dejará sin capacidad de reacción durante un cierto tiempo. Le seré franco, teniente: no sé exactamente qué ocurrirá una vez haya abierto esta piedra y derrame su contenido en el suelo. Experimentaré una conmoción, eso es evidente. Y tal vez también le afecte a usted, aunque, de todos modos, es poco probable. Haga lo que haga, cualesquiera que sean los síntomas que experimente, aunque sean espectaculares, no se preocupe por mí, perdería el tiempo. En lugar de eso, será mejor que empiece a buscar por los pasillos. Creo que hemos pasado ante la entrada de un tercer pasaje, que se le revelará una vez que el guardián haya sido desactivado. Regístrelo y encuentre lo que hay que encontrar… Luego, no sé… deberá improvisar. Si aún soy capaz de hacerlo, le ayudaré lo mejor que pueda. Elimine a Keller y a los Galjero. Alerte incluso a las autoridades británicas. Ahora ya dispone de suficientes pruebas para eso.
Antes de que pudiera hacer o decir nada para oponerme a su plan, la mano de Darpán golpeó la piedra con la punta de la daga en un lugar donde la vi hundirse casi sin resistencia a través de una especie de tapón de cera. Del orificio abierto salió entonces un olor infecto, casi corrosivo de tan intenso. Instintivamente retrocedí. Darpán, en cambio, se puso en tensión y, con un gesto decidido, volvió del revés el guijarro, del que cayeron lentamente al suelo unas gotas de un líquido claro. El brahmán agitó la piedra para asegurarse de que estaba totalmente vacía y luego la lanzó con todas sus fuerzas contra el rostro de la estatua de la diosa Durga, donde literalmente explotó en una nube de polvos cortantes.
– ¡Darpán! -exclamé preocupado-. ¿Va todo bien?
Pero el brahmán ya no me oía. Ajeno a todo, daba vueltas por la habitación como un león enjaulado, mientras su rostro se deformaba bajo el efecto de una angustia terrible, sus ojos se inyectaban en sangre y sus labios se encogían sobre sus dientes blancos. Yo no sabía qué le estaba ocurriendo, pero a cada instante que pasaba su figura se alejaba un poco más de toda apariencia humana. Con la mirada de un loco y unas flemas espantosas resbalándole de la comisura de los labios, el Bon Po parecía estar siendo víctima de una crisis epiléptica fulminante. Su cuerpo, sacudido por temblores cada vez más violentos, se mantenía, sin embargo, erguido, pese a las increíbles convulsiones que lo agitaban. Hubiera querido acercarme a él, atarle los miembros con mi cinturón y hundirle un pañuelo en la boca para que no se ahogara al tragarse la lengua, ¡pero estaba desnudo, sin recurso alguno para acudir en su ayuda! Mientras mis ojos buscaban desesperadamente un objeto que me fuera útil, Darpán empezó de pronto a correr hacia la salida de la necrópolis. Le llamé, exhortándole a que volviera junto a mí, pero fue en vano. Blandiendo la antorcha, el brahmán se hundía ya en la galería cuando comprendí que tenía que seguirle si no quería quedarme solo aquí, sumergido en tinieblas, rodeado de cadáveres resecos que me inspiraban horror. Me lancé tras él, pero Darpán era más ágil que yo y había adquirido una confortable ventaja que no pude recuperar. Ante mí, los reflejos de la antorcha bailaban sobre los muros. Ellos constituían mi única referencia, mi único faro a lo largo de este pasillo bajo, estrecho y resbaladizo donde se acumulaba un aire denso que alimentaba mi cuerpo con una energía maligna. Sin aliento, sentí que perdía terreno. La luz de la antorcha se alejaba tanto que, de un segundo a otro, tendría que proseguir mi camino sumido en la más completa oscuridad. Y entonces vi que la claridad aumentaba de nuevo. El brahmán debía de haberse detenido para esperarme. Aliviado, obligué a mis músculos agarrotados a realizar un nuevo esfuerzo para alcanzar a mi compañero, pero cuando al fin le encontré, ya no era más que un cadáver. A sólo unas yardas del lugar donde, un instante antes, habíamos descubierto el cuerpo de la pequeña desconocida, yacía ahora el Bon Po. Presa de un terror incontrolable, se había atravesado el corazón con su daga de doble hoja.
Horrorizado, cubierto de sudor, con el corazón palpitando a un ritmo infernal, le arranqué el arma de la mano y cogí la antorcha, que escupía una humareda negra cerca del cuerpo. Sabía que ya no podía hacer nada por él y que, por misterioso y poderoso que hubiera sido, Darpán, el sacerdote hechicero, había dado cumplimiento, él también, a su dharma. Pero ¿por qué había hecho esto? Para permitirme liberar un paso que la magia de la piedra redonda ocultaba al profano. ¿Y era posible hacer algo así? En todo caso, un hombre había sacrificado su vida por esta posibilidad.
Cerré los ojos del hindú y me puse en marcha. Para que su muerte cobrara sentido, era preciso, al menos, que me lanzara a recorrer de nuevo los subterráneos de la stupa. Aunque no creía que fuera a descubrir nada, lo debía a su memoria, así que, tras enjugarme con el dorso de la mano el sudor que me caía sobre los ojos, caminé recto hacia delante, y tuve que volver a pasar, a pesar de mi repugnancia, cerca del cadáver de la chiquilla degollada. Mientras salvaba su cuerpo, la llama de mi antorcha vaciló y se inclinó de lado bajo el efecto de un soplo que me dejó helado hasta los tuétanos. ¡Al volver la cabeza, vi una cavidad oscura, de la altura de un hombre, que marcaba el inicio de un pasaje! ¿Cuánto tiempo habíamos estado Darpán y yo junto al cadáver de la pequeña sin atisbar siquiera esta entrada? Cinco, ocho minutos tal vez… ¡Y no habíamos visto nada! ¡Imposible! Imposible a menos que Darpán estuviera en lo cierto y existiera una magia con tanto poder como para ocultar partes enteras de un edificio a un ignorante como yo pero también a un maestro en magia como el Bon Po. Con mi mano derecha crispada sobre la guarda de la daga, hundí mi antorcha en las tinieblas y avancé. El pasillo no era muy largo. De hecho se trataba de un nicho amplio más que de un pasaje. Y lo que descubrí en él me sorprendió mucho, con mayor razón aún porque me había preparado para afrontar nuevas atrocidades. Pero no. Lo que allí había sido depositado con tanto esmero y protegido con tanta eficacia no era ni más ni menos que un contenedor de madera como los que se ven en todos los puertos del mundo, una caja de transporte de tamaño modesto -el de una mesa de cocina aproximadamente-, abierta y desbordante de virutas de madera amontonadas. Tenía una etiqueta medio rasgada pegada al flanco de la caja. Descifré algunas palabras alemanas impresas en alfabeto gótico: «Deutsche Lufthansa, Tempelhof…».
Yo sabía que Tempelhof era el nombre del mayor aeródromo de Berlín. Ubicado cerca del centro, era el que preferentemente acostumbraban a utilizar los dignatarios del Partido Nacionalsocialista. Sabía también -Blair me lo había dicho- que los Galjero habían llegado a Calcuta directamente desde la capital alemana, en un vuelo de larga distancia de la Lufthansa. Así pues, esta caja debía de haber viajado con ellos. Esta caja que ocultaban en el sótano de un matadero… Me incorporé y me pegué a las planchas de madera; oprimí mi vientre contra ellas con tanta fuerza que una fina astilla me pinchó en el abdomen haciendo brotar una gota de sangre. Dejé caer la daga, y con el corazón desbocado, removí las primeras virutas de madera para descubrir el contenido de la caja. Bajo la superficie de protección, mis dedos rozaron una placa de mármol negro, que cogí con ambas manos. Debía de pesar unas diez libras y tenía las dimensiones aproximadas de un volumen de gran formato. No supe descifrar las inscripciones nieladas con plata esculpidas tanto en el anverso como en el reverso; los signos me eran completamente desconocidos. Sin embargo, estaba casi seguro de que se trataba de una escritura, porque observé que todos los glifos se repetían con una regularidad de alfabeto. Al volver la losa del revés, oí una especie de chapoteo en el interior, y aquello me asustó. Pensé en la piedra guardiana que Darpán había vaciado unos instantes antes delante de mí y en las terribles consecuencias que esto había provocado. Aterrado por este objeto que adivinaba habitado por una fuerza maligna, dejé la piedra negra sobre su lecho de virutas y retrocedí hasta la salida de la stupa, dejando a regañadientes tras de mí el cadáver del brahmán, exangüe en los fríos subterráneos. «Esta torre está protegida de un modo que usted no puede siquiera imaginar…», me había prevenido la víspera. ¡Qué ironía! ¡No había sido yo, el «profano», como me había llamado en un tono de desprecio, el que yacía ahora en lo más oscuro del templo, sino él, el «iniciado» con cuyo concurso había contado para vencer a Ostara Keller! Desafiando toda previsión, Darpán había abandonado el gran juego por su cuenta. No podía negar las implicaciones de su muerte en tanto que significaba un enemigo menos sobre el tablero, pero el brahmán era asimismo una pieza poderosa con la que momentáneamente había querido establecer una alianza y que ahora me era sustraída al inicio de la partida. Sólo cabía esperar que el opus nefas, el hechizo de muerte lanzado contra Diarmuid el escocés, se revelara finalmente eficaz, porque yo sabía que era demasiado débil para enfrentarme al verdugo de Donovan Phibes además de a la agente de Heydrich.
Abrumado por la fatiga y lleno de amargura, tuve que atravesar de nuevo el foso helado a nado antes de emprender el camino de regreso a la villa Galjero. No sabía si el «guardián del umbral» que controlaba el acceso a la jungla consentiría en dejarme franquear la cortina de espinos, pero cuando me acerqué a la frontera, los matorrales se abrieron por sí mismos sin que tuviera que hacer nada. Una puerta mecánica no hubiera cumplido mejor su cometido. La noche se aclaraba peligrosamente. En menos de una hora amanecería… Partí corriendo hacia la villa y volví a mi habitación sin cruzarme con nadie por el camino, a excepción de un boy que empezaba su jornada al salir el sol. Hardens me había prevenido: hoy era el día en que Eduardo VIII debía llegar a Calcuta. El soberano estaría junto a su amante a última hora de la tarde. Si quería actuar, esto no me dejaba mucho tiempo. ¿Actuar? Pero ¿de qué modo exactamente? ¿Denunciar a los Galjero como asesinos de niños? Evidentemente era mi deber. Pero ¿era el momento? Tal vez no. Porque ¿quién sería el destinatario de mi denuncia sobre unas personas que se disponían, precisamente hoy, a acoger bajo su techo a la figura más importante del Imperio? ¿A quién podía dirigirme para que la operación se desarrollara sin problemas? Hardens y los miembros del grupo Phibes, que estaban interesados en que el programa del soberano no sufriera la menor variación hasta que se celebrara la caza del tigre, quedaban descartados. ¿A los agentes de Scotland Yard en Calcuta? Yo no les conocía, y todo parecía indicar que también ellos habían sido corrompidos o había infiltrados en sus filas. ¿A los miembros del entorno directo del rey? No, porque yo sabía que su jefe de protocolo estaba del lado de Phibes. Y seguramente este tipo no era el único traidor. Una vez más, la constatación final era simple: con excepción del caporal Habid Swamy, con cuya colaboración podía contar indefectiblemente, ¡me encontraba completamente solo!
El 20 de octubre, hacia las cinco de la tarde, Eduardo VIII hizo su entrada en la propiedad de Shapur Street al volante de su pesado Daimler blindado. A pesar de las apariencias, nada le gustaba tanto al rey como deshacerse del corsé de las convenciones en cuanto se presentaba la ocasión y liberarse de las rigideces que le imponía su papel. Eduardo, niño frágil educado en la asfixiante atmósfera de la era posvictoriana, nunca había tenido, con toda evidencia, madera de rey. El nuevo soberano no poseía ni la gestualidad ni el carisma de una majestad que le había sido impuesta. Embutido en unas ropas siempre un poco demasiado estrechas, con esos famosos pantalones con vueltas que había puesto de moda, el monarca nunca había querido renunciar a su parte de humanidad. Esta característica de su personalidad, si bien causaba inmediatas simpatías, próximo a las clases bajas incluso, era también su perdición en Buckingham. El trono de Inglaterra exige, para quien lo pretende, el abandono de las pequeñeces humanas. Pocas veces un soberano había querido olvidar, tanto como Eduardo, esta norma bella y terrible. Victoria, su bisabuela, la había comprendido de un modo impecable. Jorge V, su padre, antiguo oficial superior de la Navy, también se había ceñido bastante bien al papel. Pero Eduardo, a nadie se le escapaba, no poseía la fuerza de carácter necesaria para semejante renuncia. Con Simpson, más que con cualquier otra, Eduardo no era un rey. Ni tampoco un hombre. Porque, al lado de Wallis, Eduardo se convertía en un niño. Lo vi enseguida cuando se precipitó inmediatamente hacia ella después de detener su vehículo ante la terraza de los Galjero. Sin prestar atención a nadie, casi corrió a lanzarse a sus brazos, a apretarse como un garito perdido contra el cuerpo flaco de aquélla a la que había decidido entregar toda su confianza y que se había convertido en su único horizonte, su único faro, su esencial razón de vivir. La propia Simpson debió de acabar por encontrar inconveniente esta escena de reencuentro, porque, después de una inacabable serie de abrazos y melindres, rechazó con el brazo a su amante, que se había pegado a ella con la fuerza de un crustáceo adherido a su roca. Con signos de contrariedad en su largo rostro, el rey simuló, de todos modos, interesarse por fin por los Galjero. Saludó a Laüme, estrechó la mano de Dalibor y consintió en entrar en la villa. Desde luego, yo no tuve derecho a que me dirigiera una mirada, ni al menor signo de interés por parte del soberano. Sabía que había visto mi uniforme porque me había plantado cerca de la puerta vidriera por la que había tenido que pasar para instalarse en el gran salón, pero para él yo era tan importante como los criados hindúes de la casa de los Galjero. En visita privada, el rey no había tolerado que le acompañaran la horda habitual de empleados, pajes, guardias y camareros que componían su casa directa. Aparte de un secretario y de su butler particular, Eduardo ya había enviado a toda esa gente a Inglaterra. La opinión pública, por su parte, no debía saber nunca que el rey pasaba todavía unos días en las Indias. Oficialmente, el soberano estaba de camino a Londres para consagrarse a preparar la ceremonia que le imponía la inminente apertura de la Cámara de los Lores. Pero por horripilantes que fueran, estos detalles de la vida y los amores reales apenas me perturbaban. Todos mis pensamientos se centraban en la jornada del día siguiente y en los acontecimientos que tendrían lugar. Me esforcé, pues, en hacerme transparente y dejar que la velada siguiera su curso evitando en lo posible la proximidad inmediata de estas dos parejas cuya existencia, a decir verdad, me inspiraba casi un mismo desagrado.
Aquella noche no pude dormir. Hubiera debido hacerlo, pero a medida que pasaban las horas sentía crecer en mí un nerviosismo incapaz de dominar. ¿Qué ocurriría durante la caza? ¿Me había dicho Hardens toda la verdad? ¿Era realmente yo la persona que Donovan Phibes había elegido para asesinar al rey, o todo esto no era más que una nueva trampa? ¿Y cómo conseguiría atravesar esta prueba conservando mi integridad, mi honor? ¿Qué sacrificios debería hacer? Estos pensamientos me llevaron a evocar a la diosa Durga. A juzgar por los acontecimientos espantosos y sangrientos que habían sucedido desde que franqueara la pasarela del Altair, seis semanas antes, la terrible divinidad me había acogido bajo su sombra. Me pregunté si mi destino no estaría ahora en manos de la diosa del dolor y de los cambios. Finalmente llegó el alba. Resignado, deslicé la Luger que me había confiado Hardens en la funda donde habitualmente descansaba mi revólver inglés Webley y bajé a esperar órdenes. Un tráfico incesante de sirvientes animaba ya los pasillos de la mansión. Por un lado, los criados traían de las cocinas las bandejas del desayuno que Eduardo y Simpson se habían hecho servir en su habitación; por otro, un emisario del sultán Muradeva perdía los nervios dando instrucciones a una cohorte de subalternos cuya principal cualidad no era, al parecer, la capacidad de concentración; y un poco más lejos, el secretario del rey en persona verificaba el contenido de algunos baúles que serían cargados en los maleteros de los vehículos que transportarían a la compañía hasta las inmediaciones de la jungla. Aquel hombre en la treintena, de ojos azules y con la nuca rapada, debía ser el confidente que Phibes había colocado en el primer círculo de allegados del rey. Yo no sabía cuál era su función exactamente, pero Hardens me había indicado que la gestión de los detalles protocolarios era de su competencia. Era él quien debía designarme como la única persona autorizada a trepar a la barquilla del elefante junto al soberano y su flaca americana. El tipo me lanzó una nociva mirada cuando me acerqué a él, y vi que ya estaba empapado en sudor, que le chorreaba literalmente de la frente. ¡Tampoco él debía de haber pasado una buena noche! ¿Actuaba este hombre por convicción, como se suponía que hacía yo mismo, o sufría presiones que le obligaban a colaborar en el complot? Nunca llegué a saberlo; porque en el momento en que me disponía a iniciar la conversación, una voz sorda gritó mi nombre en la escalinata.
– ¡Oficial Tewp! ¡Acérquese aquí!
Era la señora Simpson la que me llamaba, y su tono no hubiera podido ser más autoritario si se hubiera dirigido a un vulgar perro de compañía. Aquello me irritó a tal punto que un estremecimiento recorrió mi cuerpo. De todos modos tuve que obedecer, ya que oficialmente era el ordenanza particular de esa arpía. Me volví. Wallis, en lo alto de la escalera, ya iba ataviada para la caza: chaqueta y pantalón safari con bolsillos cosidos y botas de cuero rojizo atadas hasta las rodillas. A su lado distinguí a una pálida silueta en pijama azul. ¡El rey Eduardo! Le dirigí un saludo reglamentario y luego subí hasta ellos, con el corazón latiendo desaforado, temiendo que el soberano rechazara la invitación de Muradeva mientras yo me veía obligado a seguir a su amazona a la caza. Lo que más temía en el mundo era que se anulara el plan previsto, ya que ahora sólo quería acabar lo más rápido posible. Hoy mismo, costara lo que costase, tenía que entregar a la policía a los conjurados del grupo Phibes, y luego, una vez desbaratado el intento de atentado, proceder al arresto inmediato de los Galjero y obligarles a confesar el motivo de todos estos asesinatos de niños.
– Éste es el teniente David Tewp -dijo sobriamente Wallis a Eduardo, mientras yo me cuadraba ante ellos-. El teniente es un muchacho absolutamente delicioso que ha hecho todo lo que estaba en su mano para que mi estancia aquí fuera… realmente divertida… Es el perfecto ejemplo de un joven inglés sobrio y recto, con la cabeza bien plantada sobre los hombros. ¿No es cierto, teniente?
Las palabras de Wallis eran corteses, pero su entonación, que a estas alturas ya conocía bien, contenía, como era habitual en ella, una ironía sutil que me ofendió. ¿Qué quería ahora de mí esta mujer?
– Teniente -continuó, mientras yo sentía la mirada del rey posada sobre mi rostro-. Usted, en tanto hombre de gran agudeza y que sabe expresar el fervor de sus convicciones, debe persuadir al rey de que nos acompañe a esta caza tan divertida. ¡Ha decidido ponerse terco!
Las palabras de Wallis daban cuerpo a mis temores. Si el rey no respondía a la invitación de Muradeva, sólo Dios sabía qué podía inventar Donovan Phibes como alternativa para ejecutar su plan. Si esta opción fructificaba, ya podía irme despidiendo de que los conjurados contaran de nuevo conmigo para sus confidencias, ¡y entonces me sería imposible intervenir para hacer fracasar la tentativa de asesinato!
Como de costumbre, me lancé a balbucear confusamente unas palabras torpes; pero impulsado por la necesidad, que de pronto hizo su efecto en mí, gané luego en elocuencia, inventando bajo el influjo de una súbita inspiración las más grandes mentiras para influir en la decisión del rey.
– El sultán es un hombre delicioso, sire. Estoy seguro de que le agradará mucho su compañía. Creo saber también…, aunque tal vez no debería mencionar esto ante la señora Simpson…
Interrumpí la frase para suscitar la curiosidad de la pareja. Wallis me miraba con los ojos abiertos de par en par. Creo que aún no había comprendido que mentía, y pensaba que efectivamente Muradeva le había ocultado sus verdaderas intenciones.
– ¿Un secreto? -dijo Eduardo, que se había animado de pronto-. ¿Hay un secreto?
– Un secreto. Sí. O mejor, una sorpresa, sire. Una gran sorpresa destinada a los dos y que perdería su sentido si sólo uno se beneficiara de ella…
Vestido con su pijama con las armas reales delicadamente bordadas en el bolsillo del pecho, Eduardo dio dos o tres brincos palmoteando, sorprendiendo incluso a Wallis, que no esperaba semejante demostración.
– ¡Qué bien, qué bien! ¡Si hay una sorpresa, no hay más que hablar: iré!
Y salió casi corriendo hacia su habitación para vestirse. Wallis me miraba con los labios fruncidos, dudando de si debía pensar mal o bien de mis talentos para la improvisación.
– Espero, por su bien, que esta historia no sea una invención, Tewp. ¡Porque si Eduardo no tiene la sorpresa que acaba de prometerle, no doy ni un céntimo por su futuro, muchacho!
– No tengo temor alguno, señora. ¡Le prometo que ni nuestro soberano ni usted misma vivirán hoy una jornada corriente!
Hacía más de una hora que las sacudidas del enorme animal sobre el que el rey, Wallis y yo nos habíamos instalado, machacaban, aplastaban, trituraban literalmente los músculos de mi cuerpo. La parte trasera de una barquilla fijada sobre un elefante de las Indias no es precisamente el lugar más confortable del mundo. En esta posición se pueden sentir todas las sacudidas y balanceos de la marcha lenta de la bestia, lo que resulta casi tan agotador como si uno mismo se abriera camino en la maleza a golpes de machete. Tal como Donovan Phibes había previsto, fui designado como único acompañante de la pareja real, con evidente disgusto del butler, guardia de corps habitual de Su Majestad, que había sido relegado al simple papel de seguidor. Encaparazonado de oro y sedas, nuestro elefante era el más grande y fuerte del grupo. Los otros -aproximadamente una quincena de paquidermos- eran de menor tamaño y no estaban tan ricamente engalanados.
– Este animal es la perla de mi cuadra -había anunciado con orgullo Muradeva- ¡Sólo una real bestia es digna de llevar a una real pareja!
La caza del tigre es siempre un acontecimiento social de una extrema importancia en Bengala. Rodeada de ritos y tradiciones, la partida da, a quien la organiza, la ocasión de mostrar todo su poder y de exhibir su pompa ante los ojos de sus súbditos y también de sus rivales. Yo no había podido descubrir si Muradeva era cómplice de Donovan Phibes o una simple marioneta en manos de los conjurados; pero si el sultán era uno de los numerosos eslabones de la maquinación, Phibes había debido de hacerle una propuesta irrechazable para que aceptara participar en esta aventura, porque la muerte programada del rey en sus tierras mancharía su reputación de forma indeleble.
– ¿En qué piensa, Tewp? ¿Está soñando despierto?
La señora Simpson se había vuelto hacia mí y sus ojos, ocultos por unas gafas negras que la protegían de la violenta luz que caía del cielo en líneas casi verticales, me apuntaban. Respondí con una media sonrisa, tratando de disimular lo que realmente estaba haciendo mientras nuestro elefante aceleraba el paso para situarse en cabeza del grupo de cuatro o cinco animales que transportaban a príncipes y gentilhombres de la casa Muradeva. Porque, contrariamente a lo que creía Simpson, yo no soñaba con los ojos abiertos, sino que estaba en plena actividad: con la punta de un cuchillo me esforzaba en inutilizar los cartuchos de fusil, separando las balas de plomo de su casquillo de cobre. Por encima de todo, pretendía que las armas que el soberano y su amante tenían a su alcance no fueran aprovechables de ningún modo. ¡Y tanto peor si se quedaban sin su caza del tigre! Con unos hábiles golpecitos propinados con su gancho de acero curvado, el cornaca pidió a su animal que acelerara la marcha. Lentamente pero con regularidad, el elefante empezó a distanciarse de la manada. Los balanceos de la barquilla se hicieron cada vez más amplios, lo que pareció divertir a Wallis y Eduardo y que a mí me provocó, en cambio, un vértigo comparable al de un mareo en alta mar. Mi corazón empezó a palpitar con más fuerza porque presentía que la emboscada se cerraba sobre nosotros. El elefante avanzó rápidamente por la trocha, levantando una nube de polvo en torno a su enorme cuerpo caparazonado con banderolas y ornamentos de toda clase. Oí una voz que no reconocí llamándonos desde atrás, tal vez de alguien que se inquietaba al ver al elefante real alejándose del grupo principal. Pero el cornaca no redujo el paso, sino que, bien al contrario, optó por aumentarlo para alcanzar cuanto antes un bosquecillo de bambús donde yo sabía que iba a hacernos desaparecer. Mantuvo el ritmo del paquidermo durante cien yardas largas todavía, y luego entramos bajo la cobertura de los árboles.
Wallis y Eduardo se sonreían el uno al otro mostrando toda su dentadura, como chiquillos enamorados en una atracción de feria, mientras que yo ya era sólo un manojo de nervios en tensión. Las ramas ligeras que nos rodeaban por doquier empezaron a azotar nuestro dosel, forzándonos a esconder la cabeza entre los hombros para protegernos el rostro. Wallis se sacó rápidamente el casco ligero que llevaba y prefirió colocárselo ante la cara a modo de máscara. Eduardo la imitó enseguida. El cornaca se volvió entonces, para observar cómo soportaban sus distinguidos pasajeros la travesía del bosque bajo. Al constatar que no podían verle, me sonrió y, dirigiéndose sólo a mí, se pasó el pulgar por la garganta mientras señalaba a Simpson y Eduardo con el mentón. Luego se concentró en su tarea para hacernos llegar por fin a un sendero trazado despejado, donde las ramas no alcanzaban nuestra barquilla. A buen paso, avanzamos en nuestra marcha durante minutos que a mí me parecieron horas. Nos hundíamos en el corazón de una jungla donde la luz, tamizada por una vegetación de increíble densidad, era la de un constante crepúsculo. A nuestro alrededor se elevaba por todas partes un muro verde que nos separaba a cada instante un poco más del mundo de los vivos. Despreocupados y felices, Wallis y Eduardo se acariciaban las manos balbuceando nimiedades. ¡Y luego, de pronto, se produjo un gran choque que nos lanzó hacia delante! Caí pesadamente contra la espalda de mi soberano, que gimió bajo el impacto, mientras sentía cómo el elefante se hundía con toda su masa en una especie de fosa. ¡El cenagal! Azorado, atrapado en el fango, que ya le succionaba, el animal levantó la trompa y barritó, emitiendo una llamada que resonó sobre los troncos de los árboles e hizo alzar el vuelo a una bandada de pájaros rojos. Wallis y Eduardo trataban de incorporarse de nuevo. Yo, más rápido que ellos, y consciente de que los acontecimientos iban a desencadenarse ahora a una velocidad frenética, ya había conseguido recuperar mi posición. Desde ella vi cómo el cornaca, vuelto hacia mí, me animaba a gritos a actuar.
– ¡Pistola! ¡Pistola! ¡Ahora! -gritó remedando el gesto de apuntar un arma de fuego contra el rey.
Fingiendo que respondía a su demanda, empuñé la Luger, pero en lugar de dirigirla contra las dos siluetas que tenía ante mí, apunté al cornaca e hice fuego casi a quemarropa. Mezclada con los barritos del elefante que se hundía inexorablemente en el pantano, la detonación apenas se oyó. El hombre, herido de muerte, se deslizó como un saco de grano a lo largo de la cruz de su montura y cayó de cabeza en el fangal, donde desapareció por completo en unos segundos. Wallis gritó, mientras que Eduardo, petrificado, me miraba sin saber qué hacer. Con las últimas fuerzas que le quedaban, el elefante trataba de avanzar por el fango para liberarse; pero hubiera tenido que retroceder, en lugar de seguir adelante. Sus esfuerzos no hacían sino apresurar su desaparición en el cenagal al tiempo que nos conducían a nosotros cada vez más lejos de tierra firme. Había que actuar, y rápido. Con una salva de tres disparos resueltos, perforé el cráneo de la bestia. Volaron sangre y pedazos de piel y hueso, y el animal, detenido en seco, dejó inmediatamente de moverse. Como un barco que naufraga, su cuerpo seguía hundiéndose, pero ahora más lentamente. Calculé que el sacrificio de la bestia apenas nos había hecho ganar poco más de un minuto. Era poco y mucho a la vez. Poco porque el repentino silencio me permitía oír unos ruidos entre la vegetación -sin duda, los hombres de Phibes que se acercaban para asegurarse de que había hecho mi trabajo antes de asesinarme y lanzarme también a la fosa de fango-, y mucho porque yo aún quería creer que la sorpresa derivada de mi traición me iba a proporcionar una ventaja decisiva sobre ellos.
– ¡Sire, señora! -susurré en dirección a la pareja acurrucada sobre el suelo de la barquilla-. ¡Sobre todo no se muevan, no hablen y no se levanten! ¡Es un complot para eliminarles! Pero tenemos cierta ventaja sobre ellos. ¡Confíen en mí y dentro de unos minutos estarán a salvo!
Por prudencia, introduje un nuevo cargador lleno en mi pistola y me agaché para acechar el exterior detrás de un panel de la barquilla, asomando sólo los ojos por encima de la pared de mimbre trenzado. Fue precisándose el ruido de un grupo que avanzaba hacia nosotros. ¿Cuántos podían ser? ¿Tres? Cinco como mucho, a juzgar por los sonidos. Detrás de nosotros, exactamente en el lugar donde el elefante había atravesado los árboles para precipitarse súbitamente en el fango, vi dos siluetas de occidentales, seguidas a poca distancia de otras dos. Cuatro hombres en total, vestidos con traje de camuflaje y armados con pistolas ametralladoras Sten. El primero, un tipo bastante alto, el jefe aparentemente, gritó mi nombre:
– ¡Tewp! ¡Phibes nos envía! ¿Ha acabado el trabajo, amigo? ¡Salga, le sacaremos de ahí!
¿Qué debía hacer? ¿Representar una comedia confiando en poder abatir a estos renegados a bocajarro, o actuar de inmediato? «¡Actuar rápido! ¡Sin dudar! ¡Ése es el secreto!», me gritó mi voz interior. Renunciando a toda reflexión, olvidando todo temor, inspiré profundamente, bloqueé mi respiración y me levanté de un salto para abrir fuego sobre los esbirros de Phibes. Sabía que la Luger sólo contenía nueve cartuchos y que debía alcanzar al menos con dos balas el cuerpo de cada asaltante para asegurarme de que realmente estuviera fuera de combate. De modo que debía acertar ocho disparos. Sólo podía perder una bala, una sola… Era poco. Demasiado poco. Pero también era la única forma de vencer, porque era consciente de que no tendría tiempo de introducir un nuevo cargador en la pistola antes de que los supervivientes acribillaran la barquilla con sus ráfagas. En un combate declarado, de frente y a esta distancia, las Sten tendrían las de ganar. Lo había comprendido desde el preciso instante en que había visto llegar a esos tipos. Pero ahora no era cuestión de reflexionar. Ya era demasiado tarde para eso. Metódicamente, procurando aunar rapidez y precisión, apreté el ligero gatillo de mi Luger. Disparé en series de dos disparos sobre el mismo objetivo. Mi potencia de fuego era muy pobre. Despilfarrarla hubiera supuesto cometer un error fatal. Tenía, al contrario, que organizaría, dirigirla, concentrarla con una implacable determinación. Mis dos primeras balas estaban evidentemente destinadas al vientre o el torso del cabecilla. Era mejor conseguir un doblete fácil en esta zona ancha que intentar un dificilísimo disparo único en plena cabeza. Creo que el mercenario alto ni siquiera tuvo tiempo de verme surgir de detrás de la pared de la barquilla. Las dos balas que recibió en el estómago le tumbaron sin que pudiera reaccionar. Con el mismo éxito apunté al hombre a su izquierda, que, como su compañero caído, no debió de comprender de dónde procedían los disparos. Derribé al tercer tipo en el momento en que tiraba de la palanca de armado de su pistola ametralladora. Mi brazo ya temblaba un poco, porque el arma me pesaba en el puño y la angustia del fracaso volvía a minar mi determinación. Vi cómo la segunda bala se desviaba completamente a un lado e iba a dar en un tronco, haciendo surgir una lluvia de fibras de corteza. Aunque ya estuviera en el suelo, disparé por tercera vez sobre él y le alcancé en plena garganta. Había recuperado el aplomo, y apuntaba ya al último hombre. Este, asustado por el giro de los acontecimientos, me miraba fijamente sin moverse. Blandía su Sten al extremo del brazo, sujetándola por el cañón. Me negué a convencerme de que ya no constituía una amenaza para mí y, mientras soltaba su arma en señal de rendición, disparé contra él mis dos últimas balas. Cayó lentamente, de cara, en el límite del charco de fango donde el elefante seguía hundiéndose. El tiroteo apenas había durado quince segundos, y aún disponíamos de un tiempo valioso antes de que la barquilla se sumergiera también. Por precaución, coloqué el último cargador en mi arma, no fuera que tuviera que enfrentarme a otras sorpresas desagradables, y luego bajé los ojos hacia el soberano y su compañera.
– Ahora tenemos que salir de este cenagal. La tierra firme está bastante lejos y no podremos alcanzarla saltando. Habrá que emplear otro medio. ¿Podrían situarse los dos sobre el cuello del elefante, exactamente en el lugar donde se sentaba el cornaca?
Eduardo y Wallis tenían la palidez de un espectro. Al contemplar su expresión vacía, comprendí que mi rey no entendía nada de lo que le pedía; pero Simpson, cuyo instinto de supervivencia estaba sin duda más desarrollado, recuperó pronto el aplomo. La americana recogió las piernas bajo su cuerpo para incorporarse y tiró a su amante de la manga.
– Rápido -les apremié-. Pasen por encima del panel y sujétense a los arreos. ¡Sobre todo no resbalen!
Wallis trepó como pudo por el lomo de la enorme montura, cuya cruz estaba ahora a menos de tres pies de la superficie del pantano. Mal que bien, Eduardo consiguió unirse a ella, mientras yo, con la pistola en la cintura, me sujetaba a los ornamentos chorreantes sobre el flanco de la bestia muerta para tratar de encontrar el modo de soltar la barquilla y hacerla caer al cenagal lo más cerca posible de la orilla; esta operación requirió un largo minuto de esfuerzos para obtener un pobre resultado, ya que me fue imposible controlar la caída de la pesada cesta, que se aplastó en el fango con un ruido de esponja mojada de muy mal augurio. ¿Qué distancia nos había hecho ganar mi maniobra? Aproximadamente seis pies. Ocho a lo sumo. Me coloqué en bandolera, en torno al torso, una larga tira de cuero que acababa de recuperar y luego me lancé sobre la barquilla, donde aterricé bastante bien, aunque mi peso la hizo hundirse al menos dos pies en el fango. Febrilmente fijé la correa entre la red de fibras de mimbre de la barquilla y acto seguido lancé el cabo hacia la orilla, donde el extremo quedó enganchado en la maleza. Ahora tenía que saltar de la isla improvisada a tierra firme. Aunque no podía darme impulso y sólo tenía una ínfima oportunidad de conseguir alcanzar la orilla sin que el fango me succionara, tenía que intentarlo. Mientras tensaba ya los músculos de mis piernas y me disponía a saltar, vi que la maleza se abría muy cerca de mí. Silenciosamente, una forma humana salió de ella. Una forma fina, de aire candido, con los cabellos rubios recogidos en un moño. ¡Ostara Keller! Instintivamente, mi mano se cerró sobre la culata de mi arma, con la que encañoné a la muchacha inmóvil en la orilla. Disparé, pero como la noche en que había apuntado a su rostro a quemarropa, ¡inexplicablemente no ocurrió nada! A pesar de todos mis esfuerzos, el gatillo se negaba a moverse, como si estuviera soldado. Sin preocuparse por mí, la agente del SD se dirigió hacia la tira de cuero que yo había atado a la barquilla y verificó su solidez. Comprendí que quería ayudarnos. ¡Así que de momento estábamos en el mismo campo! Hice una seña a Wallis y al rey para que se reunieran conmigo en la barquilla. En cuanto estuvieron a mi lado, Keller se puso a tirar con todas sus fuerzas de la brida. La austríaca hubiera tenido que estar dotada de una fuerza hercúlea para conseguir arrastrar el peso de tres adultos en una barquilla que, además, era aspirada por un sifón de fango. Y de hecho, no fue capaz de hacerlo. Pero el pequeño avance que efectuó nuestra embarcación fue suficiente para que pudiera saltar hacia ella con más éxito que antes. Tomé impulso y aterricé a dos pies del borde del fangal, de modo que Keller ni siquiera tuvo que ayudarme a salir a tierra firme. Juntos, trabajamos codo a codo sin pronunciar palabra y tiramos de la brida para acercar tanto como fuera posible a Eduardo y a Wallis. Cuando ya nos vimos incapaces de traerlos más cerca, me decidí a ir a buscarlos. Avancé por el lodazal y grité a Wallis que saltara a mis brazos, lo que la americana hizo sin vacilar. Era ligera como una mantis. Cargué con ella para evitarle el riesgo de una caída en el fango y luego la lancé a la orilla, donde aterrizó de rodillas a los pies de Keller. Luego le tocó el turno a Eduardo, que, muy digno, se atusó el pelo para arreglárselo antes de lanzarse hacia mí. El soberano, de constitución delgada, endeble casi, era mucho más pesado de lo que parecía. Bajo su peso, me hundía casi hasta los muslos en el fango. Sacando fuerzas de flaqueza, propulsé finalmente al real fardo hacia la orilla, donde cayó con las manos por delante y su cabeza chocó contra el suelo con un ruido mate.
Ahora era yo quien tenía que salir de aquella trampa pegajosa que tiraba de mí hacia abajo entre un borboteo atroz. Keller no me ayudó. Sabía quién era yo, y mi vida poco le importaba. ¡El SD le había confiado la misión de hacer todo lo necesario para preservar la vida de Eduardo, no la de David Tewp! Tampoco podía contar con la ayuda del rey o de su amante, demasiado preocupados por su propia persona para tener conciencia de la situación en que me encontraba. Pero nada de eso revestía excesiva gravedad ya que, criado en las peligrosas playas de Brighton, había aprendido de mi padre la única técnica eficaz para salir de los cenagales. Con los brazos en cruz, me dejé caer de espaldas llevando a la superficie mis piernas enviscadas, y rodando luego sobre mí mismo, conseguí arrancarme del pantano, negro de fango e inmundicias, agotado y febril, ¡pero vivo! Jadeando en la orilla, me disponía a levantarme de nuevo cuando otro ruido llegó hasta mí a través de la brecha entre los árboles. En un principio lo atribuí a que uno de los elefantes del cortejo nos había localizado y se dirigía hacia nosotros, pero no fue un animal el que apartó las ramas con vigor y rabia, sino el gigante Diarmuid Langleton, el asesino al que Donovan Phibes había encargado eliminar a Keller para ofrecer su cadáver como justificación del atentado cometido contra el rey y Wallis Simpson. Su masa monstruosa desgarró la maleza y el escocés surgió ante nosotros, rojo de cólera, feroz y obcecado, pero desprovisto de armas. ¡Vi que la piel de su rostro estaba salpicada de abscesos sanguinolentos, como los que yo había padecido cuando Keller había ejecutado en mí su obra de muerte! Así pues, Darpán había conseguido, con la ayuda del cabello rojo que yo le había dado, elaborar un hechizo contra el gigante que sin duda ya había empezado a debilitarle. Durante un segundo, el coloso permaneció inmóvil para evaluar la situación. Ante él, casi a sus pies, yacían, muertos, los cuatro mercenarios de Phibes que yo acababa de abatir. Un poco apartados, a apenas unas yardas, Wallis y Eduardo se habían acurrucado el uno contra el otro, sin comprender nada del torbellino que se había desencadenado en torno a ellos y les había lanzado, enfangados, débiles y temblorosos, al centro de una arena donde el número de muertos superaba al de los vivos. Keller también seguía allí. La austríaca, igual que el escocés, no iba armada. A seis pies de ella, una Sten yacía en el fango.
– ¡Diarmuid! -grité al gigante-. ¡Deténgase! Phibes ha fracasado. ¡No intente nada o morirá!
El monstruo no me escuchó. No porque fuera estúpido, sino porque era un pretoriano, un fanático dispuesto a combatir como un lobo para que triunfara la voluntad de sus amos, y había comprendido perfectamente que aún tenía la posibilidad de invertir la situación si conseguía matarnos a los cuatro. Su cerebro procesó durante una fracción de segundo el orden de prioridades entre sus objetivos, y luego abandonó toda reflexión para lanzarse como un tornado contra Ostara Keller, el enemigo que había juzgado más peligroso para él. La agente de Heydrich comprendió que la primera carga le estaba destinada y que ni siquiera tendría tiempo de coger la Sten que yacía no muy lejos de sus pies. Esbozó un movimiento de detener el golpe, pero había subestimado la agilidad del escocés. Al contrario que yo, ella no había sido testigo, en la Suite de los Príncipes, de la extraordinaria agilidad de este hombre que tenía la facultad de mover su masa de búfalo con la gracia y la ligereza de un gato. El impacto que sufrió la joven debió de ser espantoso. Ni un caballo a todo galope que la hubiera golpeado de lleno la hubiera proyectado a más distancia que la carga del escocés. Keller se aplastó contra un charco de fango muy cerca de la orilla del pantano.
Diarmuid era perfectamente consciente del partido que podía sacar del cenagal en el que acababa de desaparecer el cuerpo del elefante. Aturdida, inconsciente tal vez, Keller no se levantaba. Yo tenía que tomar una decisión inmediata, una decisión cruel. ¿Debía dejar que Diarmuid se apoderara de la chica y la lanzara a la turba, o debía salvar a la bruja del SD? Desde hacía tiempo, me había trazado una línea de conducta al decidir que jugaría esta partida en solitario y dejaría que mis adversarios se mataran entre sí. Hubiera debido ser cínico y atenerme a ello. Sí, sé que hubiera debido hacerlo. Pero para mi desgracia, no pude soportar ver a Keller terminar así, porque sabía que si moría ahora, todos sus secretos desaparecerían con ella. Saqué, pues, mi Luger y descargué dos balas contra el cuerpo de Diarmuid antes de que se apoderara de la austríaca. Sin embargo, había olvidado que una piel de hierro protegía el cuerpo del asesino. Diarmuid se contrajo por el impacto, pero se mantuvo firme sobre sus piernas. Aunque los proyectiles habían penetrado en su carne, las anillas que el gigante se había hecho coser habían amortiguado enormemente los balazos. Mis disparos sólo lograron atraer su atención sobre mí. Con Keller momentáneamente fuera de combate, yo me convertía en su segundo objetivo. Se lanzó en mi dirección y en cuatro zancadas estuvo sobre mí. No tuve tiempo de ajustar el disparo. A ciegas, vacié mi cargador sobre él, más o menos a la altura de su rostro, apretando el gatillo con frenesí. La concentración de fuego era tan fuerte que una nube de polvo azul ascendió ante mis ojos, velándome por un momento la visión. Luego oí como el ruido de un árbol cayendo. Ante mí, apenas a un pie de distancia, la enloquecida carga de Diarmuid Langleton acababa de terminar en un charco de fango. Alcanzado de lleno por mi ráfaga, el gigante pelirrojo ya casi no tenía cabeza, y todas sus mallas de acero no habían servido para protegerle. Lancé al suelo la Luger vacía, recogí la primera Sten que encontré, y quise acercarme a Keller para hacerla prisionera. ¡Pero no había ni rastro de ella! Incrédulo, por espacio de un segundo creí que la turbera se la había tragado, pero al acercarme para examinar el lugar donde hacía un instante yacía inconsciente, descubrí unas marcas de pasos que conducían directamente hacia el bosque. ¡Una vez más la austríaca se me había escapado! No tuve ocasión de lanzarme en su persecución. Gritos, llamadas, ascendían de todas partes en torno a nosotros. Llegaban, por fin, refuerzos auténticos. Del sendero emergieron hombres del séquito del rey que me apuntaron ordenándome que me tendiera en el fango, con las manos cruzadas sobre la nuca. Trastornado, temblando casi, Eduardo reunió, sin embargo, fuerzas suficientes para intervenir en mi favor y explicar que su amante y él mismo me debían la vida. Me soltaron, y casi al instante empecé a relatarle a mi soberano los pormenores del complot Phibes.
– Majestad -dije-, presiento que le resultará penoso escuchar esto, pero creo que hay un segundo asunto que reclama su atención. Un asunto que implica, por desgracia, de muy cerca a sir y lady Galjero.
Después de que hubieran cubierto los hombros de Eduardo con una manta de viaje seca y limpia, me permití llevarlo a un aparte para que la señora Simpson no oyera las revelaciones que iba a hacerle. No recuerdo cómo me las ingenié para presentar las cosas del modo más conciso y más sobrio posible, pero me bastaron unas pocas palabras para evocar los cuerpos de niños calcinados y embutidos en nichos que yo mismo había descubierto en el subsuelo del templo de los rumanos, es decir, de sus propios anfitriones.
– Hay que proceder inmediatamente al arresto del matrimonio Galjero, sire -dije en tono imperioso-. Y también investigar Thomson Mansion para proteger a los niños que están albergados allí.
Durante todo el tiempo que tardé en transmitirle los increíbles detalles de mi historia, Eduardo me estuvo mirando con sus ojos impasibles y fríos, balanceando la cabeza sin decir nada. Cuando hube terminado mi relato y enunciado todas mis peticiones, ordenó venir a un comodoro de la Navy, el oficial de mayor graduación entre los que se encontraban disponibles.
– Acompañe a este teniente del MI6, estará provisionalmente bajo su mando. Le concedo toda la autoridad policial para que proceda al arresto del matrimonio Galjero y de cualquier persona relacionada con ellos que considere oportuno designarle. No permita que nadie se interponga en su camino. ¿Está claro?
Sin preocuparse en absoluto por el fango, que reducía penosamente el efecto marcial del gesto, el comodoro entrechocó los talones y saludó a su soberano con profundo respeto antes de volverse hacia mí para reiterar su impecable saludo, a pesar de las salpicaduras de suciedad que saltaban de sus suelas. Ni él ni yo perdimos el tiempo en formalidades. Le ordené que me asignara una decena de hombres de su plena confianza y avanzamos rápidamente, a través del bosque, en busca del elefante de los Galjero, confiando a otros la tarea de dejar en lugar seguro a Eduardo y a Wallis. A pesar de nuestros esfuerzos, no encontramos ni rastro de los rumanos. Los notables locales, que no entendían nada de lo que ocurría, afirmaron que la pareja se había perdido de vista ya en los primeros minutos de la caza, e incluso Muradeva, que estaba pálido como un fantasma y temblaba como una hoja, aseguró que no tenía ni idea de su paradero.
– ¡Le aseguro, oficial, que no sé gran cosa de estas personas! De hecho lo ignoro todo sobre ellos. Son simples conocidos de salón… ¡E incluso eso ya es mucho decir!
Dejé de prestar atención a las miserables denegaciones del príncipe. Sonaban tan falsas que resultaban penosas de escuchar.
– Comodoro -dije-, sin duda los rumanos han vuelto a Calcuta. ¡Tendremos que detenerles en su propia villa! ¡Sígame!
Reunimos a nuestros hombres y les ordenamos subir a los coches civiles más rápidos que pudimos requisar, mientras el comodoro y yo cogíamos el Daimler del rey. Rodando a toda velocidad por las pistas polvorientas de Bengala, malgastamos estúpidamente una hora perdiéndonos por el camino cuando creíamos haber tomado un atajo, de modo que, cuando nuestros neumáticos chirriaron por fin sobre el asfalto caliente de Shapur Street, ya eran, por desgracia, casi las cinco de la tarde. Al detenernos junto al piquete que seguía de guardia en la entrada, nos enteramos de que los Galjero habían llegado casi tres horas antes y luego habían partido al volante de dos coches, hacía unos treinta minutos. Ordené a un estafeta motorizado que se encontraba allí que fuera a buscar al caporal Swamy y lo trajera a la villa, y antes incluso de que el motociclista hubiera apoyado el pie sobre el pedal de arranque, el comodoro, siguiendo mis instrucciones, volvió a dar gas para atravesar el parque a toda velocidad. Era cierto -acababan de comunicármelo y yo no tenía ninguna razón para creer que el guardia me había mentido- que los rumanos ya no estaban allí; pero dado que no tenía idea de la dirección que habían podido tomar los Galjero, sólo me quedaba una última carta por jugar: la de los sirvientes de la villa. Todas mis esperanzas se centraban, en particular, en el segundo mayordomo Jaywant. Lo encontramos en un salón, embalando objetos en una caja. Nuestra irrupción, armas en ristre, no pareció sorprenderle demasiado.
– Jaywant-pregunté excitado-, ¿sabe adonde han ido sus amos?
– No, sahib. Lo ignoro. Pero aunque lo supiera, no se lo diría.
– ¡Jaywant! -aullé sacudiéndole violentamente por los hombros-. ¿Sabe qué prácticas realizan sus amos en la sala de la torre negra? ¿Sabe lo que hacen a las muchachas? ¿A los niños?
Sí, Jaywant sabía. Lo sabía desde siempre, pero eso no le impedía, por alguna oscura razón, preferir el silencio y la complicidad criminal a traicionar a sus amos. Volviendo la mirada a un lado, el sirviente se encerró en un mutismo del que supe que nada podría sacarle. Me entraron ganas de molerle a palos para obligarle a hablar, pero me contuve y me contenté con empujarlo con rudeza a un sillón.
– Debe de haber un medio de adivinar adonde ha ido esa gente -sugirió el comodoro-. ¿Galjero tiene un despacho? Tal vez deberíamos registrarlo.
Yo no sabía dónde se encontraba el despacho de Dalibor Galjero. Durante mi estancia en la villa sólo había recorrido algunas habitaciones, y me habían mantenido cuidadosamente alejado de la parte principal del edificio. Mientras trataba de evaluar mentalmente las oportunidades que teníamos de descubrir un indicio que nos fuera útil entre los eventuales documentos abandonados por Galjero, Jaywant descargó un fulgurante puñetazo contra la corva del comodoro. El golpe alcanzó un nervio y obligó al oficial de marina a doblar la rodilla, al tiempo que sus dedos se aflojaban súbitamente y dejaban caer el arma. Jaywant fue bastante rápido para apoderarse de la pistola antes de que tocara el suelo y, levantando el percutor con el pulgar, le disparó una bala en la nuca.
– ¡Jaywant! ¡No! -grité.
Pero ya no podía hacer nada, ni para salvar a mi pobre compatriota ni para evitar abrir fuego a mi vez sobre el segundo mayordomo de la villa Galjero. En un segundo, crispé dos veces el índice sobre el gatillo de mi pistola y alcancé al hindú en plena frente, casi a bocajarro. Su cráneo, doblemente reventado, estalló como un sol rojo. Por sexta vez en ese día acababa de arrebatar una vida humana. No perdí el tiempo en lamentarme por ello. Jadeando, salí corriendo del salón donde se entrelazaban trágicamente los cadáveres del brit y del hindú. Los criados presentes en la habitación gritaron y trataron de cortarme el paso, pero la visión de mi arma con el cañón aún humeante bastó para mantenerlos a distancia. Mi presencia aquí ya no era necesaria. Hubiera sido preciso registrar la villa de arriba abajo, pero no disponía de tiempo para consagrarme a un trabajo policial. Una tarea más urgente me esperaba, una labor más importante que cualquier otra: sacar cuanto antes a Khamurjee de Thomson Mansion.
Volví a coger el Daimler del rey, y esta vez me vi obligado a conducirlo yo mismo. La tensión, la cólera, la impotencia, contribuían paradójicamente a concentrar mi energía y a canalizarla, por lo que no me resultó difícil poner en marcha la pesada máquina y alcanzar la salida de la propiedad. Cuando ya llegaba casi al extremo de Shapur Street, me crucé con el estafeta que había enviado a buscar a Swamy. Reconocí al pequeño hindú sentado a la grupa de la moto, con los brazos cruzados en torno al torso del piloto. Frenamos para colocarnos a la misma altura.
– ¡Coja el volante, Swamy! De momento ya no hay nada que hacer en casa de los Galjero. Ahora quiero recuperar a Khamurjee lo más rápido posible.
Mientras el caporal se deslizaba, con delectación de experto, en el asiento de cuero del automóvil de lujo, indiqué con un gesto al motociclista que nos precediera para despejar el camino.
– Durham Lane -grité con todas mis fuerzas para imponerme al estrépito de los dos motores-, ¡Vamos a Durham Lane!
El soldado levantó el pulgar en el aire, se ajustó las gafas de conducir manchadas de polvo e hizo rugir su máquina. Swamy, con los dientes apretados y el busto tan inclinado que tocaba el volante, le siguió de cerca. A pesar de la potencia de nuestros vehículos, tardamos casi treinta minutos en llegar a Thomson Mansion. Allí nos detuvimos ante una verja que permaneció obstinadamente cerrada a pesar de nuestras llamadas y de los golpes que descargamos con la palma de la mano contra la chapa vibrante. Una pesada cadena engrasada bloqueaba el portal.
– ¡Tengo unas tenazas en mis alforjas, mi teniente! -chilló el motociclista.
Con sus cizallas, el private atacó uno de los eslabones; pero aunque apretó con todas sus fuerzas, no consiguió morder suficientemente el acero para que cediera el conjunto. Volvió a empezar. Yo me impacientaba. A pesar de que estábamos armando un escándalo de mil demonios en la entrada, no se apreciaba ninguna señal de movimiento en la casa. Consideré todo aquello de muy mal augurio.
– Estamos perdiendo el tiempo. ¡Será mejor que haga estribo con las manos para ayudarme a saltar! -ordené.
El soldado soltó sus tenazas, tendió las manos juntas para que apoyara el pie sobre ellas y me propulsó hasta lo alto del muro. Los cascos de botella que habían empotrado en el cemento me hicieron cortes en la palma derecha. Lastimado y dolorido, me dejé caer al otro lado y aterricé sobre un macizo de claveles. Mientras me enrollaba la mano manchada de sangre con un pañuelo que había sacado del bolsillo, Swamy apareció también sobre la pared, y oí cómo nuestro tercer hombre hacía entrar en acción sus músculos reiniciando furiosamente su trabajo de zapa sobre la cadena. Sin preocuparnos de él, mi caporal y yo subimos corriendo por la pendiente cubierta de césped que conducía al edificio principal, que tenía todos los postigos cerrados. Alcanzamos la puerta de entrada: cerrada también, probablemente con dos o tres cerrojos. Swamy cogió su arma y disparó ocho cartuchos de 45 milímetros contra el panel inferior, lo que melló y debilitó bastante la madera para que las violentas patadas que lanzó luego contra la puerta abrieran un paso suficientemente ancho para su escasa corpulencia. El hindú se hundió en el agujero de sombra que se abría ante él como un perro ratonero penetrando en la madriguera de un conejo, y luego abrió los cerrojos para dejarme entrar. En la calle, el soldado había conseguido por fin deshacerse de la cadena, y ya corría, sudoroso, hacia nosotros, ansioso por conocer la razón del tiroteo que había hecho que todos los pájaros de los alrededores salieran volando entre ruidosos graznidos. Mientras el caporal deslizaba un nuevo cargador en su automática, avancé a grandes zancadas por el vestíbulo de entrada, donde no brillaba ninguna luz. Durante unos instantes permanecí inmóvil en el centro de la sala, porque tenía dificultades para distinguir la geografía del lugar. Una gran escalera que conducía a los pisos altos, puertas cerradas, pasillos: eso era todo lo que percibía. No me pareció que hubiera ruido en el edificio. Entonces, ¿adonde podían haber llevado a los niños? ¿Seguirían con sor Marietta y Peter Talbot? Un rayo de luz barrió el lugar y la voz del motociclista resonó a mi espalda:
– ¡En lo alto de las escaleras, mi teniente! ¡Creo que hay algo!
El hilo de luz se había detenido en los últimos escalones, justo antes del rellano del primer piso. Allí, una masa inerte bloqueaba el paso. Subimos despacio, con cautela, cada uno sosteniendo su arma en la mano. Pero lo que nos esperaba en aquel rellano no era peligroso. O no lo era ya. Se trataba del cadáver de un hombre blanco al que yo nunca había visto antes. Debía de tener más o menos la misma edad que Talbot, y también iba vestido de un modo parecido al responsable de Thomson Mansion. Como no había ningún rastro de sangre sobre su cuerpo, no hubiera sabido establecer la causa de su muerte. Tal vez de una parada cardíaca. Pero después de todo, poco importaba; el hecho era que estaba indudablemente muerto, como me había confirmado la ausencia de pulso en su vena yugular, donde mis dedos se habían posado un instante para verificar el estado de esta nueva víctima.
– ¿Es Peter Talbot? -preguntó Swamy.
Al ver que yo hacía un gesto negativo con la cabeza, el caporal se lanzó hacia las escaleras llamando a Khamurjee con toda la fuerza de sus pulmones. El soldado corrió tras él. El hombre no sabía a quién buscábamos, pero sentía que este lugar estaba cargado de vapores mefíticos que presagiaban lo peor. Yo también subí a los pisos y les ayudé a registrar las aulas, pero todas estaban vacías, ordenadas y limpias.
Y al llegar al tercer piso, nos encontramos finalmente ante una escena que nunca podríamos olvidar, algo que marcaría nuestras vidas para siempre. Allí, en un vasto dormitorio de una veintena de camas, los niños de la segunda «promoción Galjero» habían sido reunidos y salvajemente degollados. No había supervivientes. Ni niños ni niñas. A la débil luz de una linterna eléctrica, el espectáculo de los cuerpos cubiertos de sangre y ya nimbados por una atroz nube de moscas me hizo desfallecer. Una ola de calor ascendió en mí y sentí que me mareaba. Tuve que salir de la habitación y me derrumbé en el pasillo, buscando desesperadamente en el enlosado un vestigio de frescor que calmara mi fiebre, que mitigara mi vértigo. El prívate tampoco había podido soportar esta horrible visión. Acurrucado en el suelo no muy lejos de mí, sollozaba, con el rostro oculto entre los brazos, mientras una larga mancha de orina se extendía por su entrepierna y goteaba sobre el suelo. Sólo Swamy había tenido el valor de quedarse. No sé cómo, sin luz y en medio de todos aquellos cuerpos, encontró a Khamurjee, lo sacó de entre el montón de cadáveres y lo cogió en brazos. Cuando salió con él de la habitación de la masacre, ya no era el mismo hombre. Algo, en lo más profundo de su ser, se había roto para siempre.
Los acontecimientos que siguieron, en el curso de esta espantosa jornada, apenas son dignos de mención. Yo había salvado la vida de un rey y la de una intrigante y desenmascarado a un trío de asesinos de niños. Sin embargo, aún quedaban muchas preguntas sin respuesta, muchos misterios impenetrables frente a los cuales los engranajes del complot urdido por Donovan Phibes parecían de una perfecta simplicidad. Había desvelado a los oficiales enviados expresamente desde Delhi todas las circunstancias del caso, les había dado todos los nombres y proporcionado todas las pruebas. Pero estas diligencias habían derivado en un escaso número de arrestos. La mayoría de los hombres que había visto en la Suite de los Príncipes habían optado por el suicidio a la infamia de una inevitable condena a la pena capital. En cuanto a los que habían sido lo suficientemente estúpidos o cobardes para dejarse atrapar, sus identidades se mantuvieron en secreto y la opinión pública nunca conoció ninguna circunstancia de su proceso ni de su fin. Oficialmente, el 21 de octubre de 1936 permaneció en blanco en la agenda real, y ya nadie volvió a hablar jamás de aquella fecha. La historia se escribe generalmente con este tipo de arreglos, mediante los cuales se resuelven del mejor modo los asuntos molestos: con un puro y simple olvido que contenta a todas las partes. Jamás volví a ver a Wallis Simpson, ni a encontrarme en presencia de Eduardo VIII.
En diciembre, dos meses después del incidente de Bengala, siguiendo los dictados de su corazón -en un hecho único en la historia de la monarquía británica-, el rey abdicó para casarse con su plebeya. La pareja, poseedora de una fortuna millonaria, eligió el exilio en Francia para llevar allí una vida de fiestas y ociosidad. Esto, evidentemente, encajaba mejor con el temperamento despreocupado de los protagonistas que la tormenta de las cuestiones políticas de orden internacional. El digno Jorge VI ascendió al trono y los cortesanos germanófilos que pululaban en torno a su hermano mayor desaparecieron para siempre de los pasillos helados de Buckingham Palace. Se nombró a un nuevo coronel para asumir el mando del MI6 de Calcuta en sustitución del traidor Hardens, que había sido encontrado colgado en su despacho la noche del fracaso de su complot. De las propias manos de Flecker, el nuevo superior -un tipo alto y calvo de nariz aguileña y ojos estrechos, al que pronto se conoció sólo con el dulce apodo de El Prisionero-, recibí mis galones de capitán y fui nombrado caballero de la orden de la Jarretera por decisión expresa del soberano, a quien habían informado de todos los detalles de mi aventura.
Unos días antes de esta ceremonia, recibí una carta de Londres con una escritura fina trazada con tinta azul. Era una nota de la señora Simpson. La americana me daba las gracias por lo que había hecho y me presentaba sus excusas por su mal comportamiento hacia mi persona. Pero aquello no era lo esencial de su mensaje. En realidad, éste no estaba plasmado expresamente sobre el papel, sino que debía leerse entre líneas. Lo que no tuve ninguna dificultad en hacer, ya que era perfectamente consciente de lo que quería pedirme. Desde la noche en que, con mi viejo catalejo, la había visto franquear con los Galjero la barrera de espinos que protegía el acceso a la stupa, yo tenía su destino en mis manos. Sin embargo, jamás llegué a utilizar esta formidable herramienta para exigir ningún trato de favor. Mal que bien hubiera actuado de ese modo; eso hubiera significado sacar partido de los cadáveres de los niños de Thomson Mansion, para mí, el peor de los sacrilegios. Y además, ¿qué sabía yo realmente de los pecados de la señora Simpson? ¿Qué le habían mostrado, de hecho, los Galjero? ¿Momias de niños? ¿Sacrificios? ¿Misas negras? A priori, dudaba de que los rumanos le hubieran permitido el acceso a sus horribles secretos. Y aunque la hubieran introducido en sus misterios, aún me parecía más dudoso que la señora Simpson accediera a comprometerse en estas misas negras. Por más que esta mujer poseyera una personalidad compleja, amante hasta el vértigo del lujo y la vida fácil, por más que fuera perversa y extremadamente hábil para manipular a la gente, era, lo sabía, una persona inteligente, y sin duda consciente de que había límites que no debía traspasar. Su especialidad eran la danza frenética, las orgías, las drogas mundanas incluso, todos vicios comunes que podían ser controlados… Evidentemente, no era el caso de los placeres por los que había que pagar el precio de los crímenes de sangre. La jugadora Simpson sabía que estaba a punto de ganar la apuesta de su vida al casarse con Eduardo. Y después de reflexionar intensamente sobre el asunto, había llegado a convencerme de que la americana no habría perdido la cabeza en el último momento, frecuentando a los Galjero, si hubiera sabido quiénes eran en realidad.
– ¿Quiénes son en realidad? ¡Honestamente, debo decir que lo ignoro! -había respondido yo al comisario del Yard que un día me interrogó sobre los rumanos.
Y era la verdad. Lo ignoraba todo sobre el verdadero rostro de esta gente. Dalibor, anfitrión frío y cortés, me había parecido francamente insulso en comparación con su esposa, sobre la que, por otra parte, a mi parecer no poseía una gran influencia. Laüme era, de hecho, mucho más interesante que su marido, mucho más atractiva. El vientre totalmente liso de esa mujer simbolizaba a la perfección el misterio que planeaba sobre ella, y a menudo me decía a mí mismo que su esposo no era a su lado más que una sombra que arrastraba como por costumbre, pero sin sentir por él un amor auténtico. La fuerza de la pareja era ella. Innegablemente. Su voluntad y su determinación de entregarse al Mal…
Igual que el caso Phibes, el expediente Galjero se cerró rápidamente. Hubo, desde luego, un remedo de investigación conjunta entre los servicios civiles del Yard y los nuestros, pero esta comunión sólo sirvió para que se perdieran elementos del expediente, para que se entremezclaran artificialmente las competencias y para que el asunto se convirtiera, al final, en el parto de los montes. Todo aquello, desde luego, había sido premeditado.
– ¿Y esto le sorprende, muchacho? -me había preguntado el capitán Nicol, al que, en una noche de tristeza, había ofrecido una copa en el comedor de oficiales-. ¡Ya sabe cuál es la suerte que se reserva a este tipo de cosas! Y es que ha levantado usted la liebre, amigo mío, y una liebre como se ven pocas. Una liebre tan grande, tan improbable, que ha asustado a todo el mundo. Piense un momento: un tipo y su costilla (no ingleses, cierto, pero de todos modos unos individuos que se encuentran en su salsa en los círculos de la buena sociedad británica de la ciudad desde hace una decena de años, que conocen todos los secretitos sucios, que incluso han sido su juguete favorito durante mucho tiempo), esta pareja, digo, en la que él es el amante de la mitad de las jovencitas, de las mujeres y tal vez de ciertos hombres de la alta sociedad colonial, y ella el mismo cuadro en sentido inverso, esta gente millonaria y dispensadora de favores incontables, se revela, de hecho, como una pareja de asesinos, de maníacos, de locos que han despedazado o reducido a cenizas a sesenta chiquillos sin que nadie se haya dado cuenta de nada. Ha sido necesario que usted, un pardillo (y perdóneme la expresión, no es nada personal), un pardillo, digo, que acaba de bajar del barco, tuviera la lucidez o la suerte suficiente para arrancarles la máscara. ¿Cómo quiere que todos estos personajes se traguen la píldora? ¡Imposible! ¡Absolutamente imposible! ¡Usted les plantea una cuestión indigerible, de modo que prefieren mirar a otro lado y considerar que no hay ningún problema! ¡Y ya está! ¡Visto y no visto! -concluyó frotándose las palmas una contra otra como un mago que hace desaparecer una paloma.
– De todos modos no puedo entenderlo -repliqué yo alzando la voz-. Ha habido muertos en esta historia. Y no sólo un comodoro de la Navy. ¡Han sacrificado a niños inocentes, por Dios! ¿No cree que merecen que se interesen por ellos? ¿Que la justicia se interese por ellos?
– En términos absolutos, sí… Tiene razón. Pero en la práctica no será así.
– ¡Pero esto es contrario a todas las normas de la moral! -me indigné, golpeando la mesa con el puño con tanta fuerza que la gorra de Nicol cayó al suelo.
– Sin duda -asintió el capitán mientras la recogía y la cepillaba con el codo-. Contra todas las normas. Excepto contra la única norma que cuenta realmente: ¡la de la inercia! Me apuesto lo que quiera a que el Prisionero ha recibido órdenes precisas del gobernador Linlithgrow en persona de correr un tupido velo sobre esta historia. A los cornudos no les gusta el escándalo, ¿sabe? Es una constante simple y segura de la naturaleza humana.
– ¿Los cornudos? Quiere decir que…
– ¡Que la mujer del gobernador se acostaba con los rumanos! ¡Sobre todo, guárdese esta información para usted, Tewp! ¡No es necesario que este cotilleo salga del subcontinente! -dijo Nicol sonriendo ampliamente y dramatizando el tono de sus palabras hasta la ironía más franca.
Así pues, el asunto estaba zanjado. Por atroces que hubieran sido sus crímenes, los Galjero quedarían libres para recorrer el vasto mundo liquidando a tantos niños como quisieran. Porque yo no dudaba ni por un segundo de que sus fechorías no se detendrían en los límites de Calcuta, y ni siquiera en las fronteras de Bengala. Bajo otros cielos, en otros continentes, ya habrían recomenzado sin duda su caza infernal. Pero ¿por qué exactamente? ¿Con qué objetivo? Y sobre todo, ¿cómo podía detenerlos? Porque era necesario detenerlos, evidentemente. Y esta labor me incumbía a mí, estaba persuadido de ello. Me incumbía no sólo porque el azar había hecho que mi camino se cruzara con el de esta gente, sino también, y sobre todo, porque se lo había prometido solemnemente a Habid Swamy la misma noche en que localizamos al pequeño Khamurjee entre los cadáveres de Thomson Mansion. En cuanto se nos presentaba la ocasión, y a espaldas de todos, el caporal y yo tratábamos de trenzar los hilos dispersos de los que yo había ido tirando imprudentemente desde el día en que, con tanta torpeza, había seguido a Keller a orillas del río Hoogly. Durante mucho tiempo permanecimos atascados, recogiendo aquí y allá informaciones dispares que parecían encajar tan poco como piezas provenientes de rompecabezas diferentes. Discretamente, a pesar de las instrucciones de no seguir ocupándome de este asunto, había conseguido hacer llegar una descripción grosera de los Galjero y de Ostara Keller a algunas de nuestras delegaciones en Madras, Goa, Delhi, e incluso a las de Sumatra, El Cairo o Bagdad; pero mis gestiones habían resultado infructuosas. Mis medios eran limitados y, aunque ahora tuviera el rango de capitán, no podía actuar con eficacia, porque mis superiores, después de asignarme definitivamente a Swamy como ordenanza, me habían destinado a un puesto administrativo sin contacto con el terreno.
Confinado en un despacho de los Grandes Apartamentos, mi tarea se limitaba a redactar breves memorándums para el Prisionero, esbozos de sus discursos o circulares que destinaba al servicio, un trabajo que apenas me ocupaba unas horas a la semana. Aquello se parecía mucho a una jaula dorada. El resto del tiempo me atormentaba pensando en los Galjero, preguntándome cómo podría encontrarlos para obligarlos a pagar por sus crímenes; pero estaba aislado y sabía que desconfiaban de mí. Me había convertido en una especie de paria, mucho más aún que en la época en que yo no era más que un novato ingenuo y torpe. Si bien es cierto que ya no se burlaban de mí a mis espaldas y que no se atrevían a cerrarme el paso cuando rondaba por el comedor de oficiales, aun así me hacían el vacío, porque -como había sabido por Nicol, el único colonial que no temía tratarme- corría el rumor de que tenía mal de ojo y traía mala suerte a cualquier británico que tuviera la desgracia de frecuentarme. Se suponía, claro está, que el capitán médico era la excepción que confirmaba la regla.
Por la fuerza del destino, me había cruzado varias veces con el capitán Gillespie e incluso con los asistentes Mog y Edmonds -este último, aunque se había recuperado bien de la herida que le había infligido en el hígado, todavía era incapaz de tragar ni una gota de alcohol, desde la noche terrible en que había estado a punto de abrirme la garganta con un casco de botella-, y en cada ocasión, los tres tipos habían preferido volver la cabeza antes que tener que saludarme. Con todo, los únicos pensamientos que ocupaban mi mente por entonces estaban relacionados con los rumanos y con la agente del SD. Durante mucho tiempo, pacientemente, traté de desenredar por mí mismo la enorme madeja de acontecimientos fantásticos de los que había sido testigo directo. Desde finales de 1936 y durante todo el año de 1937, me convertí, así, en una especie de ratón de archivo, recorriendo las librerías y las bibliotecas públicas de Calcuta. Decepcionado, insatisfecho por la escasa información que encontraba, llevé más allá mis investigaciones afiliándome a círculos de eruditos, como la Sociedad de Estudios Asiáticos o la Sociedad Teosófica. Allí, rabiosa y febrilmente, pasaba tardes enteras descifrando viejas notas de etnología o de historia de las religiones, para tratar de desvelar los secretos de los brujos Keller y Galjero. Porque para mí, ahora, la realidad efectiva de la magia no admitía duda. No podía negar que en otro tiempo había sido un hombre racional, pero siempre sin excesos y manteniendo un espíritu abierto; de modo que para mí no supuso un auténtico esfuerzo introducir lo sobrenatural y sus derivaciones dentro de mi sistema de pensamiento y de mi metafísica general. Nada se oponía seriamente a ello, ni mi sentido común, ya de por sí flexible, ni mi fe cristiana, cuya banalidad tranquila y escasa densidad dogmática eran, a fin de cuentas, bastante adaptables. Mi horizonte interior, enriquecido, no se vio profundamente modificado, y siguió orientándose en lo esencial por las banales brújulas del Bien, el Mal y la Mediocridad como principal diosa que regía al género humano en todas las latitudes y en todas las épocas. La revelación de que el universo era «mágico», atravesado por fuerzas desconocidas para los hombres corrientes, tampoco despertó en mí una especial ansia de poder ni una sorda esperanza en algún tipo de redención. Nací con la suerte, tan poco frecuente como inmensa, de no ser ni un apasionado ni un ávido. Esta buena disposición de espíritu, aliada a una perseverancia que a menudo pasa por obsesión maníaca a ojos de los que no me conocen bien, me permitieron avanzar durante los años 1937 – 1938 a una razonable velocidad de crucero por los extraños mares de los saberes secretos.
Sin embargo, al principio no todo fue tan simple. Al no estar ya madame de Réault para guiarme -la francesa había hecho las maletas y había abandonado Bengala-, me vi obligado a abrirme paso en la jungla de estas cuestiones con mi propio discernimiento como machete. Por fortuna, las Indias eran, desde hacía siglos, la tierra de elección de los cultos más extraños, de manera que, siempre que se tuviera un cierto interés en la materia, cada día era posible realizar sorprendentes descubrimientos. Dejando aparte a los faquires y otros prestidigitadores callejeros, era fácil encontrar a europeos imbuidos de misticismo con valores más o menos establecidos. En este sentido los teósofos, muy extendidos en todo el subcontinente -donde por otra parte había nacido su movimiento, a partir de las visiones de la rusa blanca Blavatsky en comunión con el genio publicitario del coronel americano Olcott-, aún podían mirar por encima del hombro a los masones, pese a la reciente defección del poeta Krishnamurti, su profeta anunciado. Los martinistas y los rosacruces, por su parte, en ocasiones se ponían de acuerdo sin llegar a alcanzar nunca la fusión; mientras que los recién llegados del movimiento antroposófico de Rudolf Steiner trataban, mal que bien, de echar raíces en una tierra de por sí saturada de injertos sectarios importados de contrabando de Occidente desde hacía tres siglos. En apenas unas semanas recorrí todas estas opciones, y pronto comprendí que de boca de estas gentes deseosas de hacerse perdonar no iba a descubrir lo que quería saber. Porque, como tuve ocasión de comprobar no una, dos o cinco veces, sino más bien diez o veinte, en cuanto empezaba a interrogar a estos hermanos pretendidamente situados en lo más alto del escalafón masónico, teosófico o martinista a propósito de la efectividad de la magia, estos buenos señores henchidos de importancia se lanzaban a hacer aspavientos como ancianitas escandalizadas. Era evidente que tan sólo buscaban y apreciaban la vaga excitación intelectual que va ligada al estudio de la filosofía y la teología -aunque estén teñidas por las aguas turbias de una metafísica entreverada de ocultismo-, y que su único interés radicaba en perorar en los salones y en los clubes y exhibirse en los palcos. Ninguna de ellas estaba dispuesta a arriesgarse de verdad para introducirse en una de las vías de la auténtica iniciación mágica.
Sin embargo, ésta existía. Centenares de horas de lectura, reflexión e investigaciones personales me habían convencido de ello. Con todo, tuve que esperar a un día de agosto de 1938 para tener ocasión de hablar seriamente de la cuestión con madame de Réault, que había vuelto por espacio de unas semanas a Calcuta para pasar el período del monzón. Nadie lo sabía aún, pero a Europa y al mundo apenas les quedaban por vivir doce meses de paz antes de que se desencadenaran los acontecimientos que iban a borrar para siempre el orden antiguo. Asia, como los otros continentes, pronto se vería arrastrada por el huracán.
La francesa, que lo ignoraba casi todo de los acontecimientos que se habían desarrollado justo después de su partida, me invitó a que le relatara con detalle lo que había vivido desde nuestro último encuentro. La anciana me dejó hilvanar mi historia sin expresar sorpresa o impaciencia, y luego, con una voz que se había vuelto un poco más ronca por la edad, habló:
– ¡Oficial Tewp, creo que puede considerarse afortunado! Poca gente hubiera sido capaz de vivir experiencias como las que ha descrito sin que naufragara su razón. En esto veo un signo. Veo incluso una predestinación. ¿Con qué fin? Lo ignoro. A usted le corresponderá descubrirlo solo un día; porque sobre este punto preciso no sabría serle útil. En cambio, si he comprendido bien lo que espera de mí, puedo iluminarle un poco sobre algunos de los puntos que ha mencionado. ¿Tiene usted alguna preferencia para empezar?
– Vayamos por orden -me atreví a sugerir- ¿Podría decirme si cree que es plausible que los Galjero hayan tratado de seguir una vía iniciática que implica a la vez el desenfreno sexual y los sacrificios de niños? ¿Creen firmemente en la posibilidad de adquirir poderes mediante ritos religiosos criminales, o son unos puros alienados?
– Considero un acierto empezar por esta distinción -dijo ella-. Si están locos, los Galjero siempre serán imprevisibles, volátiles, y renovarán constantemente sus dianas, igual que sus métodos de matar. Tratar de prever su comportamiento sería entonces propio de la cartomancia o de la lectura en los posos de café, porque sus motivaciones no estarían forjadas al fuego de un deseo único, sino que deberían remitirse al capricho del instante. Resumiendo: ¡en este caso no estaría en condiciones de atraparlos! Sin embargo, creo que podemos descartar esta hipótesis. Tal como me las ha descrito, estas personas son metódicas, frías, reflexivas. Es evidente que actúan con un esquema en la cabeza, con exigencias muy precisas con respecto a las víctimas y los rituales criminales. Si consigue definir sus objetivos y la tradición de la que extraen su saber, tal vez pueda anticipar sus movimientos, sus necesidades, sus aspiraciones. Entonces ya no estará haciendo predicción, como en el primer caso, sino previsión. Será más sencillo para usted. Sin duda le llevará tiempo y necesitará suerte, pero un día u otro tendrá ocasión de detenerlos, si es que ésa es su ambición.
Ese día, la francesa y yo conversamos largamente, mientras espesas cortinas de agua se abatían contra los cristales de la galería donde nos habíamos instalado. Aunque fuera plena tarde, la negrura de las nubes había hecho descender la temperatura de golpe y madame de Réault había pedido al boy un plaid de invierno, que se había colocado sobre las piernas esperando que la tempestad se calmara.
– Pero veamos, señora -había proseguido yo-, ¿tiene la menor idea de lo que esta gente busca con el sacrificio de niños? ¿Ha visto alguna vez algo parecido en el curso de sus viajes? ¿Estas momias cenicientas? ¿Estos ojos rellenos de oro? ¿Y la piedra negra grabada que fue transportada desde Alemania y que nuestros servicios no encontraron luego en los subterráneos de la stupa? ¿Qué significa todo esto?
– Francamente, capitán Tewp, no tengo la menor idea. Debe usted saber que en magia, a pesar de todo lo que se pueda leer, e incluso a veces entre los autores más honestos, no hay maestros. Sólo aprendices. Porque es un tema tan vasto como el universo. Nadie puede pretender tener una visión de conjunto más o menos completa y coherente. Quienes nos hemos adentrado por este camino (sea debido a una predestinación, como piensan los hindúes, o a nuestro libre arbitrio, como prefieren creer los occidentales) sólo somos ciegos que avanzan a tientas. Sí, nada más que eso…
Debo decir que el pesimismo de que daba prueba madame de Réault en el atardecer de su vida no era precisamente tranquilizador. Esa mujer que yo había conocido no hacía muchos años tan vivaz, tan enérgica, se había visto súbitamente como atrapada por la edad. Su cuerpo se había encogido y sus ojos ya no brillaban. Tuve la grosería de comentárselo.
– Es que ya hace mucho tiempo que hemos alcanzado las orillas del Kali Yuga, capitán Tewp, la edad de la discordia y la decrepitud. Yo misma sufro también las consecuencias. Aunque no es algo que ocurriera ayer, sino que se remonta al 3102 a.C. para ser precisos. Desde el fin de las guerras narradas en el Mahabhárata…
– ¿Kali Yuga? -pregunté.
Me parecía haber leído ese término, pero no recordaba su significado exacto.
– Al contrario que los monoteístas y los racionalistas, ¡que dicho sea de paso son los dignos hijos de los precedentes!, los hindúes sostienen que el tiempo no es lineal, ascendente, sino que evoluciona como todo en la naturaleza, según ciclos de expansión y de retractación. El Kali Yuga es el invierno del tiempo. Es también el invierno de la moral y el conocimiento. Un período de denegación y retractación antes del impulso de una nueva expansión. No es muy original, sólo un calco de todos los ritmos naturales…
Madame de Réault calló un instante, como absorta en sus pensamientos. Sentí que hacía un esfuerzo por rehacerse y retomar el hilo de la conversación, y la ayudé.
– Perdone que insista una vez más, señora, pero ¿no tiene idea de cuál puede ser el móvil de los Galjero?
– Si persevera en la necesidad de poner una etiqueta a esta gente, podría decir que se corresponden en cierta medida con lo que Migne, un eclesiástico enciclopedista del siglo pasado, llamó goetas, siendo la Goecia el arte de invocar a espíritus malignos en lugares subterráneos entregándoles como ofrenda a niños en cuyas entrañas el mago puede leer el porvenir o descubrir un secreto de naturaleza mágica. Lo que este hombre y su compañera buscan es accesorio y bastante banal. Tal vez imaginen que adquirirán la longevidad o alcanzarán la inmortalidad, tal vez quieren pasar vivos a alguna especie de más allá. Es difícil decirlo. En cualquier caso, drenar las energías vitales de seres vivos, de niños en particular, es un acto que puede desembocar en resultados sorprendentes. A tenor del número tan importante de víctimas en su activo, pienso que esta gente ya ha activado en sí misma centros sutiles que les han abierto abanicos de posibilidades vetadas al común de los mortales. ¡De los que usted forma parte, oficial Tewp! Creen que están purificando su alma al bañarla en la sangre de otros. ¡Es paradójico, pero es así! Y esto les confiere una enorme ventaja sobre nosotros. ¡Una ventaja casi decisiva!
– ¿Cuál?
– ¡Keller y los Galjero conocen bien las perversidades que les obsesionan, y adivino que a usted aún le falta mucho para eso, oficial Tewp!
La voz de la francesa había acabado por quebrarse como la de una vieja urraca. No sé si cabía atribuirlo al cansancio de sus últimos viajes, a los picotazos de la edad -que finalmente se había lanzado sobre ella y la iba minando poco a poco-, o a alguna otra razón que yo ignoraba, pero Garance de Réault ya no era la mujer de armas tomar que yo había conocido. La abandoné casi de puntillas, feliz por haber aprendido tantas cosas conversando con ella, pero también con cierto disgusto por mi fracaso en mi intento de sonsacarle algún dato concreto que pudiera utilizar en mi caza de los asesinos de niños.
Durante algún tiempo aún me obligué a llevar la vida austera de un oficial de la administración colonial ordinaria. Durante el día trabajaba con expedientes anodinos, y de noche me alegraba si llegaba el alba sin que el recuerdo de Khamurjee hubiera venido a atormentarme.
Con frecuencia, demasiada tal vez, cuando la melancolía y la desesperación se hacían casi insoportables, no podía evitar rondar por las inmediaciones de Shapur Street. La propiedad se encontraba abandonada. Nadie se ocupaba ya de ella. Hasta el punto de que un día la gruesa cadena que habían pasado por los barrotes de la verja, carcomida por la herrumbre, cedió bajo mi presión. Ansioso, desazonado, pero al mismo tiempo dominado por una curiosidad devoradora, caminé por las avenidas hasta la fachada de la mansión. La podredumbre lo invadía todo. El revoque de las paredes saltaba a pedazos, los postigos y las ventanas habían cedido a la fuerza destructora de las tempestades y los monzones, arañas enormes corrían por la terraza cubierta de hojas muertas y ramas rotas. No entré; me contenté con errar al azar por este lugar tan extraño, iluminado por una luz tenue. Vi de nuevo el laberinto de bambús y la fuente esculpida donde Laüme y Simpson se habían bañado desnudas en mi presencia, volví al lindero de la zona salvaje del parque, donde Darpán había obligado al «guardián del umbral» a abrirnos un pasaje. Apenas había rastros de los límites entre las otrora limpias extensiones de césped y la jungla. No sin mucho esfuerzo, encontré el arbusto mágico. Después de despejar la maleza que había crecido alrededor, no supe, de todos modos, obtener nada de él. Taciturno, con secreta nostalgia también, partí, pues, de Shapur Street sin haber conseguido desvelar los misterios y los sacrilegios que allí se habían perpetrado.
Y luego, después de todos estos horribles meses de languidez e impotencia, nació por fin ese día extraño de diciembre de 1938 en el que dos truenos estallaron con apenas unas horas de intervalo. Fue, en primer lugar, una simple lectura en la tranquila sala de estudio de la Sociedad de Estudios Asiáticos la que me hizo dar un brinco en mi silla. Desde finales del año 1936, yo era un habitual del centro, y acudía allí a menudo para investigar a mi aire el enorme fondo de archivos que generaciones de conservadores tan escrupulosos como sorprendentes habían constituido. Porque, bajo la muy conveniente apariencia de una congregación de humanistas de lo más probo y severo, se ocultaba una especie de infierno que encerraba, no una colección de obras licenciosas, sino más bien textos raros consagrados a la magia, a creencias diversas y variadas de la mayor parte de los pueblos que se extienden desde las riberas del Líbano hasta la costa de Coromandel. Y no eran bobadas de iluminados o fantasmagorías de mitómanos ansiosos de reconocimiento. Bien al contrario. ¡Todos los documentos clasificados y conservados por la Sociedad de Estudios Asiáticos, al abrigo del polvo, la luz y los ratones, eran auténticos y serios estudios de verdaderos eruditos, occidentales en su mayor parte e incluso británicos en una aplastante mayoría! Desde luego, yo lo había advertido ya hacía tiempo, y esta sala se había convertido en objeto de mis preferencias. Pero ese día en concreto la fortuna quiso que mi mano eligiera al azar, de entre una pila de viejas anotaciones no referenciadas, un opúsculo de tres páginas consagrado a la mitología de las piedras de guardia en las ciudades antiguas de los valles del Jordán, el Tigris y el Eufrates. El autor era un tal Constantin Alois Chadwick, aparentemente un oscuro cronista -textos y dibujos- de una campaña de excavaciones dirigida por un departamento del British Museum de 1847 a 1850. El texto describía a grandes rasgos la misión que había conducido a esta gente desde las colinas que rodeaban Jerusalén hasta los márgenes del desierto mesopotámico. Según rezaba en este breve informe, era tradición tanto en la Antigüedad europea como en la mediooriental consagrar piedras o estatuas a la protección de lugares específicos y casas de particulares pero también de edificios públicos, militares o religiosos. Ése había sido el caso en Grecia y en Judea. A fin de complementar el texto -estrictamente académico y en el que, por descontado, toda referencia a los ritos que entonces se empleaban para consagrar estos talismanes brillaba por su ausencia-, el autor había trazado el dibujo del supuesto palladium de Jerusalén. Se trataba de un vulgar cuadrado de piedra cocida grabado con glifos. Chadwick sugería que el interior estaba hueco y lleno, en su origen, bien de un líquido aceitoso consagrado según el dogma, bien de un polvo de cristales. No citaba las fuentes sobre las que se sustentaba para plantear estas hipótesis, pero esto carecía de importancia. Todo lo que retuve fue el paralelismo que podía establecer entre la descripción de estos antiguos palladia y la piedra negra que había visto en casa de los Galjero, en el sótano de la torre diabólica.
Presa de un frenesí creciente, orienté mis investigaciones en esta dirección, e incluso establecí contacto epistolar con un famoso profesor de filología de Cambridge; a raíz de ello, acabé por convencerme de que la piedra oscura cumplía una función equiparable a la de los antiguos palladla. Y tras extraer conclusiones de lo que había visto en la torre, estimé también que el líquido que había oído agitarse en su cavidad había podido estar constituido, no por un simple aceite consagrado, ¡sino por la sangre de los niños sacrificados! «¡El fluido sanguíneo posee extrañas virtudes, oficial Tewp! -me habían dicho Darpán y Réault-. Es el líquido de vida que todas las religiones adoran de manera directa o simbólica.» Por desgracia, no pude hacer otra cosa que acumular y seleccionar los escasos documentos disponibles sobre el tema -áridos estudios universitarios en su mayoría-, porque pronto otras consideraciones ocuparon mi mente. Esa misma noche, después de haber exhumado el opúsculo de Chadwick, fui abordado en plena calle por un civil con aire de asistente de notaría, que me preguntó si podíamos conversar en un lugar tranquilo. Como me pareció que el solicitante tenía aspecto de persona honesta y me complació la actitud reservada que había mostrado al presentarse, le llevé al bar del Harnett, que había convertido en una pausa obligada en mis salidas a la ciudad. Hasta que no estuvo instalado entre las caobas y los ébanos de un salón apartado, el individuo no consintió en revelarme la razón que le había conducido hasta mí.
– Me llamo Sebastian Piggot, oficial Tewp. He venido aquí para dar con usted, en cumplimiento de un mandato especial de la sociedad de investigaciones privadas Xander y asociados, de Londres, a la que pertenezco.
Era del todo evidente que hacía poco que Piggot había pisado el territorio de las colonias. Su tez clara y su regulación calorífica corporal estaban ajustadas al clima fresco de la metrópoli: sudaba a chorros aunque estábamos casi en la vertical de un enorme ventilador que batía el aire con sus resplandecientes palas de cobre con la fuerza de una brisa caledónica.
– Si no he comprendido mal, señor Piggot, es usted una especie de detective, ¿no es eso?
– No exactamente, sólo soy un comisionado, oficial Tewp, no un investigador en el sentido estricto del término. Si he venido a verle aquí, no es para sonsacarle informaciones, sino para entregarle en mano un expediente que uno de nuestros clientes desea que conozca.
Mientras hablaba, abrió la cartera de cuero que llevaba consigo, sacó un bonito expediente encuadernado que llevaba grabado en el lomo el símbolo de la casa Xander y me tendió gentilmente el documento.
– Nuestros clientes son lord y lady Bentham. ¿Le es familiar este nombre, capitán? -preguntó Piggot mientras yo empezaba a examinar las páginas del documento.
Me sobresalté. Había oído hablar en una ocasión de esta gente en el despacho del archivero Blair, mientras éste me desgranaba el dudoso pedigrí de los Galjero: «Un día encontraron el cadáver de los dos hijos de lord y lady Bentham en el jardín de los rumanos… La investigación concluyó que se trataba de un suicidio por una doble pasión adolescente… El asunto se archivó».
– Lord y lady Bentham se enteraron de lo que había ocurrido aquí en el curso del año 1936, aun cuando se hizo un trabajo magnífico para tapar el asunto, sí, realmente magnífico… Desde entonces, nuestros clientes están persuadidos de la culpabilidad directa de la señora y el señor Galjero en la trágica desaparición de su hijo y de su hija.- Por desgracia, hasta ahora no han podido probar nada, pero encargaron a nuestra agencia que recogiera el máximo de datos contra ellos. Y debo decir que, desde el asunto de las Indias, su expediente se ha hinchado considerablemente…
Mi corazón se puso a latir con más fuerza y advertí que yo también transpiraba copiosamente. Piggot era un personaje poco agraciado físicamente, pero en aquel momento me hubiera gustado estrecharlo entre mis brazos como a un viejo camarada para agradecerle de algún modo lo feliz que me hacían sus palabras: ¡Swamy y yo no éramos los únicos que queríamos neutralizar a los Galjero! ¡En el otro extremo del mundo, en la metrópoli, una pareja azotada por la desgracia también había emprendido la caza! El emisario de Xander y asociados me ahorró la lectura inmediata del expediente resumiéndomelo.
– Desde finales de 1936, los Galjero han desaparecido literalmente de la circulación. No se les ha visto en Nueva York, ni tampoco en Londres o París. Una fuente de información, cierto que poco digna de confianza, afirma haberlos localizado durante un tiempo en Berlín, y también en Venecia. Pero no tenemos ninguna certeza. Tal vez se hayan retirado a sus posesiones de Rumania. El caso es que la situación política que atraviesa este país dificulta y mucho el acceso a su territorio, y la presencia de observadores extranjeros conlleva un enorme riesgo. Actualmente estamos trabajando para establecer un contacto fiable en el lugar, pero aún no hay nada en firme. Sea como fuere, y eso es lo que realmente me ha llevado hasta usted, nuestra agencia ha podido saber que la obra caritativa que los Galjero mantenían en Calcuta no es en absoluto la única en su género. Desde los años veinte han existido centros parecidos en Borneo, Dakar, Ceilán, Damasco y Buenos Aires. Y todos funcionan según el mismo modelo: selección de niños pobres y pretendido envío de estos chiquillos a Occidente, donde no se les ha vuelto a ver. Cada vez que se empezaban a plantear quejas o a suscitar sospechas, los Galjero se las ingeniaban para untar a las autoridades, cerraban el centro y trasladaban sus actividades a otra parte. El asunto de Bengala, sin embargo, parecía haber puesto freno a estas prácticas.
Borneo, Dakar, Ceilán, Damasco, Buenos Aires, Calcuta… El relato de Piggot me turbaba enormemente. Desde hacía más de quince años, los Galjero seleccionaban por todo el planeta chiquillos con un cociente de inteligencia superior a la media. ¿De cuántos niños sacrificados por estos monstruos estábamos hablando? Cuatrocientos, quinientos tal vez… No tenía sentido imaginar que los rumanos hubieran actuado con los chiquillos de África o de América del Sur de un modo distinto que con los de la India. La extensión de sus crímenes producía náuseas…
– Pero ¿por qué lord y lady Bentham quieren que se me informe de todo esto? -pregunté a Piggot después de haber vaciado de un trago el vaso de licor que había pedido.
– Porque han conocido en detalle todo lo que le había ocurrido, y consideran que usted es hoy por hoy una de las mejores bazas para abatir a estos monstruos. ¿Quiere colaborar con lord y lady Bentham, capitán Tewp?
<a l:href="#_ftnref5">[5]</a> «Encontré a una dama en los prados / de gran belleza… como doncella de un cuento; / largo era su cabello, ligeros sus pies / y salvajes sus ojos…»
<a l:href="#_ftnref6">[6]</a> «Vi pálidos reyes, y princesas también, / pálidos guerreros, con la palidez de la muerte; / gritaban: ¡La Belle Dame sans Merci / te ha esclavizado!.»