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Tercer libro de David Tewp

LOS IVANES

Apoyé la nuca contra la lava de hormigón frío y traté de distender los músculos de mi cuerpo, rígido por la intensa helada que reinaba en el exterior. A pesar del estrépito que me rodeaba en el refugio, de las idas y venidas de los hombres a mi alrededor, de las órdenes y los cantos estruendosos, y del olor a sudor, tabaco negro y col que saturaba el aire confinado del reducto de mando, conseguí cerrar los ojos y dormir un momento. Como cada vez que mi mente se relajaba, volví a verme años antes, cuando todavía estaba en la India. En este instante preciso, helado y extenuado, con mi battledress blanco cubierto de cristales de nieve y de placas de fango, deseé estar allí, bajo las cálidas tormentas de Calcuta, más aún que en los barrios elegantes de Londres o sobre una escollera de Brighton. Había permanecido ocho años en la India, al servicio del MI6, antes de ser enviado, en el otoño de 1944, a la delegación que la Firma mantenía en Moscú, entre estos aliados contra natura en que se habían convertido temporalmente los soviéticos. Lo paradójico de la situación residía en el hecho de que yo no era ni espía ni clandestino. Mi misión personal, de carácter plenamente oficial, era de sobras conocida por las autoridades del Ejército Rojo, que le daban un apoyo que yo no calificaría de absoluto, pero sí, como mínimo, de «diplomático», y eso me bastaba. Desde luego, no gozaba de una total libertad de movimientos, y desde el momento en que había puesto el pie en el suelo de su madre patria, me habían asignado un comisario político que ya no me había abandonado y que nos había acompañado, a Habid Swamy y a mí, en todas nuestras tribulaciones; porque yo había conservado a mi lado al pequeño sudra hindú. No puedo negar que me había beneficiado de algunos privilegios desde el día en que Sebastian Piggot me había propuesto aprovechar la ayuda de lord y lady Bentham. Y gracias a ellos, había podido aumentar considerablemente mis conocimientos sobre los rumanos. Si no hubiera estallado la guerra, creo incluso que hubiera acabado por ceder a su demanda de abandonar el ejército para consagrarme por entero a la persecución de los Galjero. Pero el destino había decidido que mi vida tomara otros derroteros.

En 1939, los ejércitos alemanes cruzaron la frontera polaca, provocando una respuesta dubitativa de Gran Bretaña y Francia que no hizo sino precipitar la catástrofe. El incendio se desató en varios puntos, de Narvik a El Cairo. Poco a poco el mundo entero se oscureció y yo no era el único en pensar que atravesábamos el Kali Yuga, la edad sombría de los últimos tiempos. En la India, sin embargo, el conflicto no nos alcanzó de lleno. Si bien es cierto que se enviaron, para mantener las formas, algunos regimientos a Europa, donde fueron literalmente destrozados en Dunkerque, el grueso de las tropas coloniales permaneció en su puesto y se limitó a efectuar un redesplegamiento estratégico destinado a prevenir una tentativa de desembarco japonés. De 1941 a 1945, los grandes combates que el Imperio mantenía en Asia contra su adversario nipón nunca alcanzaron directamente al subcontinente indio. Aun así, Bose, el principal adversario de la presencia inglesa en las Indias, no dudó en pactar abiertamente con los alemanes. Gracias a complicidades bien establecidas, Netaji, el Guía, consiguió escapar de la residencia vigilada donde se encontraba confinado y llegó a Berlín a finales de marzo de 1941. Allí organizó los primeros dispositivos de un pretendido ejército de liberación, compuesto principalmente por nuestros propios soldados indios del VIII Ejército capturados por Rommel en África del Norte. Bose y sus lugartenientes trabajaron tanto y tan bien que lograron persuadir a alrededor de cuatro mil de sus compatriotas de que se unieran a su causa, y de este modo, bajo el emblema de un tigre lanzándose al ataque, la legión india fue incorporada a la Wehrmacht y se convirtió en su 950 regimiento de infantería. Los avatares de la guerra pronto escindieron este cuerpo en dos divisiones: una fue destinada a Holanda, y luego a Francia, y la otra al frente del Este, donde los hindúes combatieron valerosamente a los soviéticos en una proporción de uno a cien. Hubo muchas bajas en sus filas. Y también prisioneros. El Ejército Rojo no tenía por costumbre cuidar de los desventurados que caían en sus manos, y nosotros, los británicos, sabíamos que había indios que combatían contra nuestros aliados soviéticos. Desconozco la razón exacta, pero un alma caritativa del Alto Mando se sintió conmovido por el destino de estos hombres y se las compuso para que asumiéramos la vigilancia de los prisioneros hindúes del frente del Este en lugar de que se les deportara a los campos de Siberia. También albergábamos la intención de encontrar a Bose entre ellos; teníamos aún esta esperanza, aunque por aquel entonces ignorábamos que había abandonado Alemania en submarino con destino a Japón, donde contaba con convencer al emperador de que desembarcara en las Indias. Nosotros aún creíamos que estaba en Europa para dirigir a su legión de renegados, y queríamos apresarlo para conducirlo ante la justicia, porque no confiábamos en que los comunistas nos lo entregaran si le capturaban. Tal vez madame de Réault hubiera llamado a esto «predestinación». Por mi parte, si bien no me gusta calificar así este azar, lo cierto es que fue a mí a quien se dirigieron para que ejerciera de intermediario entre los prisioneros de la legión india y las autoridades del Ejército Rojo. Mi tarea oficial consistía en interrogar a los cautivos hindúes, centralizar sus testimonios y tratar de sacar conclusiones en cuanto al paradero exacto de Netaji. También me habían pedido que, en la medida en que me fuera posible, recogiera las placas de identificación de los muertos y organizara el retorno a la India de los soldados de la Legión que pudiera recuperar. Insistí para que Habid Swamy fuera ascendido a sargento antes de nuestra partida, ¡del mismo modo que yo había ascendido de golpe, con este motivo, dos grados en la jerarquía y me había convertido en coronel del MI6!

– Los rusos no le respetarán si sólo es un simple comandante -me había dicho El Prisionero, convertido a su vez en general, mientras con mano temblorosa (había contraído el paludismo al bañarse imprudentemente en un brazo muerto del río) me prendía mis nuevos galones.

Así, vía Afganistán, el Cáucaso y Ucrania, había llegado a Moscú, de donde me habían trasladado en un vuelo especial a la sección del frente donde los rojos se enfrentaban a la brigada de los Tigres de Netaji, en la frontera occidental de Ucrania. Estábamos en noviembre de 1944 y hacía tiempo que los soviéticos habían recuperado el control de la situación sobre el terreno, no después de la caída de Stalingrado, como acostumbra a decirse, sino después de la gigantesca batalla de blindados que se había desarrollado en las cercanías de Kursk y que había partido literalmente la espina dorsal del ejército alemán en territorio soviético. La continuación de la campaña se limitó a una larga retirada agónica para todos estos soldados perdidos, enrolados de grado o por fuerza bajo la cruz de Malta. La Legión india de Bose formaba parte de este grupo, integrado asimismo por españoles, italianos, cosacos, flamencos, franceses, suecos, e incluso irlandeses o ingleses que se habían alistado voluntarios en el bando enemigo. No comentaré en detalle nuestro libro de ruta, ya que esto no aportaría ningún elemento nuevo sobre el fin de la guerra en el Este. El caso es que, con el único respaldo de Habid Swamy, obtuve resultados suficientemente convincentes en mi misión de «recuperación» de los hindúes de la Legión, para que Londres y Moscú se pusieran de acuerdo en dejarme acabar mi trabajo en paz.

El comisario político que los rusos me habían asignado se llamaba Grigor Tenidzé. Su madre era polaca, y su padre georgiano. A pesar de que a menudo me recitaba pasajes enteros de El capital como otros balbucean su catecismo, era un joven bastante bonachón, con unas grandes manos terminadas en unos extraños dedos aplanados cuya visión causaba cierta incomodidad. Aunque no puedo decir que nuestro acompañante diera muestras de poseer una inteligencia particularmente brillante, hablaba un inglés muy correcto, estropeado sólo por un mal acento, y nos soportábamos aceptablemente bien. ¡Creo que tenía una opinión bastante buena de mí, lo que fortaleció mi posición única de mediador patentado del ejército inglés en el seno de las tropas de la Unión Soviética! Un día de enero de 1941, visité un campo improvisado donde los Ivanes -como se llamaba a los rojos- habían agrupado a un centenar de combatientes alemanes y extranjeros que habían caído en una zona pantanosa en la frontera ucraniano-búlgara. Me habían informado de que unos hombres de piel morena formaban parte del lote y de que su compañía tenía un tigre por emblema. Entre los prisioneros macilentos, ateridos de frío y muertos de miedo y de hambre, que estaban encerrados como animales en un campo fangoso bajo unos cobertizos de tela alquitranada, encontré efectivamente a un puñado de legionarios del Azad Hind Fauj, la denominación oficial del Ejército de la India libre creado bajo la égida alemana. Siguiendo mi costumbre y conforme a mi orden de misión, sometí a estos hombres a un completo interrogatorio y redacté una ficha en la que se recogían los datos biográficos que me habían comunicado. Su suerte dependería en gran parte de la opinión que me forjara de ellos. Si los consideraba simples soldados perdidos, que habían pasado, sin saber cómo, de las tropas de Montgomery a las de la división de choque Gross Deutschland, organizaría su retorno al país, donde serían encarcelados durante un tiempo antes de proceder a su reinserción en la vida civil. Si juzgaba, al contrario, que habían actuado por convicción política y que su inclusión en las filas enemigas no era sólo fruto de la mala suerte, les destinarían a las alambradas del Campo 20, un centro de jurisdicción especial instalado en la Gran Bretaña donde reagrupábamos y reteníamos en secreto a los opositores a la Corona. Allí se recluía tanto a prisioneros del Irish Republican Army, el IRA, como a espías nazis capturados en territorio inglés, cuadros nacionales del movimiento fascista de Oswald Mosley, traidores británicos enrolados en las SS y luego capturados en el frente Oeste o rebeldes iraquíes proalemanes del partido de Rachid Ali Al Qalaini.

De entre los hindúes que vi ese día, dos eran nativos de Ceilán, uno de Delhi, otro de Bombay y el último de Calcuta. Entre ellos no había ningún oficial ni suboficial. Eran sólo unos pobres tipos sin educación que prácticamente sólo habían conocido el orden militar y a los que una trágica jugada del destino había precipitado de los ergs sobrecalentados del desierto libio a las taigas rusas barridas por los vientos helados. Llevaban varios días sin comer nada y eran blanco constante de las vejaciones de los Ivanes, que se burlaban de su piel oscura y de sus grandes ojos dulces. Como yo me sentía feliz de poder proporcionarles un poco de calor y de tranquilidad, procuraba que mis interrogatorios durasen el mayor tiempo posible y aprovechaba la ocasión para reavituallarlos de té, galletas o margarina. De los cuatro primeros no obtuve ninguna información valiosa, pero las declaraciones del quinto hicieron que Habid Swamy y yo saltáramos de nuestras sillas. El hombre se llamaba Khanansu y era miembro del cuerpo sanitario de su compañía. Mientras se retiraba en medio de un convoy víctima del incesante acoso de los partisanos y ametrallado por los aviones Yack, habían requerido sus servicios para atender a una mujer y unos niños que acababan de resultar heridos cuando el half-track blindado que les transportaba había volcado en la cuneta. En varios meses de debacle, era la primera vez que veía a una alemana y a unos niños entre la tropa. Todo el mundo sabía lo que les ocurría a las mujeres que caían en manos de los soviéticos, y hacía tiempo que el Alto Mando había dejado de enviar personal femenino al frente ruso. Khanansu les había socorrido en la medida que lo permitía el magro contenido de su macuto, y ya se disponía a regresar a su unidad cuando un oficial le anunció que quedaba momentáneamente asignado al servicio exclusivo de la mujer y los niños. Debía velar por su estado, con exclusión de cualquier otro herido, hasta que le relevaran de sus funciones y pudiera reintegrarse a su compañía. Así, a partir de ese momento se encontraría bajo las órdenes directas de la mujer, que, por más que vistiera ropas civiles, ocupaba la posición de un oficial de alto rango. Durante varios días había acompañado, pues, a ese extraño grupo por las carreteras socavadas de la Europa oriental. La mujer era rubia, delgada, bastante joven. Nunca se separaba de su cámara fotográfica en los combates que se habían desarrollado en la zona en el curso de los diez últimos días. Yo esperaba un rechazo categórico por su parte, o al menos una interminable retahíla de preguntas, pero nos dio su aprobación inmediata y su espontaneidad me dejó desarmado. Pasamos la noche entera, y hasta el mediodía del día siguiente, trabajando sobre el emplazamiento supuesto de las unidades del sector, las direcciones de avance y de rodeo, las horas de fuego de artillería y los registros de los muertos y desaparecidos contabilizados entre las unidades regulares. Era imposible realizar un cálculo semejante en relación con las tropas de partisanos que hormigueaban en la retaguardia de la Wehrmacht en desbandada y le infligían daños considerables sin que, evidentemente, fuera posible obtener un recuento fiable de estas operaciones de los francotiradores. De todos modos, por lo que pudimos averiguar, la columna de Keller había sido víctima de un importante ataque por parte de un grupo blindado con la estrella roja en el lugar descrito por Khanansu, pero una unidad de pánzeres salida súbitamente de un bosque infligió un severo castigo a los Ivanes, cubriendo así la fuga de la columna alemana. No se había encontrado ningún cadáver de mujer o de niño entre las bajas enemigas cuando los regulares rusos recuperaron el terreno. Tenidzé no comprendió el suspiro de alivio que el sargento Swamy lanzó cuando comprendimos que Ostara y los chiquillos habían sobrevivido al menos a este ataque. Al ver que éramos incapaces de sacar nuevas conclusiones de las informaciones de que disponíamos, optamos por dirigirnos a la línea del frente para seguir la pista de la columna Keller costara lo que costase, aunque tuviéramos que perder la vida en el intento.

LOS TIGRES DE NETAJI

Nos sumergimos en el infierno. Aunque Tenidzé había intentado disuadirnos de intentar siquiera semejante aventura, sus esfuerzos habían sido en vano. Resignado, se embarcó con nosotros en el vehículo oruga ZIS-42, un camión todoterreno extraordinariamente resistente que nos servía de vehículo de servicio. El comisario político no había estado nunca antes en el frente, y creo que la perspectiva le asustaba y le excitaba al mismo tiempo. Como nosotros, no paraba de recorrer las líneas de retaguardia y constataba el espantoso resultado de los combates encarnizados que se entablaban no muy lejos de allí. Había visto a hombres casi seccionados en dos por la metralla que se aferraban aún a la vida. Había visto a otros con los cuatro miembros amputados, algunos con quemaduras en todo el cuerpo, con sus humores fluyendo sobre un jergón de crin sin que pudieran darles ningún fármaco que paliara su dolor. Había visto manos hinchadas por congelaciones que tenían el triple de su tamaño normal, había visto rostros medio arrancados, entrepiernas sin genitales, cráneos reventados que dejaban ver el cerebro aún activo… Había visto todo esto en los campos de prisioneros, los hospitales, los osarios… Había visto todo esto, y sin embargo, sabía que le faltaba algo. Quería saber si podía soportar más, confrontarse con sus límites. Por esta razón nos acompañó. Nosotros le dábamos un pretexto. A fin de cuentas, creo que nos estaba casi agradecido.

Partimos una mañana a mediados de febrero. Habíamos cargado con todas las provisiones posibles: piezas de recambio para el motor y bidones de gasolina, conservas, barras de tocino envueltas en papel aceitado. Y algunas armas, claro está. No teníamos orden de misión, pero esto carecía de importancia. La zona a la que pretendíamos acceder no se encontraba ya bajo ninguna jurisdicción. Era zona de guerra, el territorio del enfrentamiento, un lugar de verdad, de peligro, pero también de libertad. Estaba en nuestras manos sobrevivir. Sólo nos quedaba averiguar si seríamos capaces de hacerlo…

Nos bastaron unas pocas horas de trayecto para saber que acabábamos de cambiar de mundo. Todo aquí parecía más verdadero. En primer lugar remontamos una hilera de trescientos T-34 retenidos en la estepa y luego seguimos un ancho curso de agua helada hasta que encontramos un puente. Swamy conducía. Rápido, como de costumbre. No había tardado mucho en dominar las sutilezas de la conducción sobre la nieve, frenando los derrapajes con aceleraciones enfebrecidas y negociando los virajes mediante el bloqueo de las ruedas motrices y la utilización de las orugas fijas como patines de trineo. Las pesadas planchas del ZIS rugían de placer. Las horas de luz eran escasas, y el sargento exigía duramente a su mecánica. Sin dejar de avanzar, nos hundíamos en la guerra. El sol se alzaba hacia las nueve de la mañana y brillaba, con luz mortecina, hasta las 15 horas. Entonces la luz viraba al anaranjado durante unos veinte minutos, viraba luego hacia el violeta y a continuación se teñía de un gris cada vez más denso, hasta que la noche se instalaba completamente antes de las cinco de la tarde. Esa hora fijaba el momento de detenernos, porque la temperatura caía bruscamente de un aceptable -20 °C en pleno mediodía a unos mortales -35 o -40 °C en cuanto anochecía. Esas eran las horas más peligrosas. No porque temiéramos un ataque alemán, sino porque el frío entumecía y dejaba helado a un hombre inmóvil en apenas unos minutos. Debíamos permanecer en el vehículo sin parar el motor para que las piezas no se rompieran a causa del hielo, que lo resquebrajaba todo, dormir por turnos de veinte minutos y luego despertarnos para mover los músculos y frotarnos la nariz y los dedos, las partes del cuerpo más expuestas a la congelación. Siguiendo estas pautas, sólo recorrimos unas sesenta millas en tres días. Tenidzé aún hacía sus cálculos en verstas, como en la época de los zares, y contaba aproximadamente noventa. Durante el recorrido preguntábamos a los jefes de puesto con los que nos cruzábamos, a los comandantes de las unidades que dejábamos atrás, si habían combatido con elementos de la brigada Azad Hind Fauj o habían detectado un blindado ligero alemán lleno de niños. No obtuvimos ninguna respuesta positiva hasta que el capitán de un grupo de los exploradores que acababa de tener un encuentro con una sección de la retaguardia enemiga nos informó de que había visto a unos tipos de piel morena entre los combatientes adversarios y que aquello le había sorprendido. Había renunciado al enfrentamiento -su misión no era entablar un combate serio con los enemigos que encontraba, sino simplemente valorar su potencial de resistencia- tras calibrar que estas extrañas figuras exóticas eran soldados bien entrenados y armados, y asimismo resueltos a vender cara su piel. Por eso había permitido que se replegaran a un bosque, a dos horas de marcha del lugar donde ahora nos encontrábamos. En cambio, nada sabía de un grupo de niños y una mujer que viajaban en un half-track. Amablemente nos mostró el lugar de la escaramuza en un mapa del estado mayor, pero nos desaconsejó que nos dirigiéramos allí antes de que la infantería asegurara la zona, una acción prevista para varios días más tarde.

– No sólo está a punto de oscurecer, sino que el parte meteorológico pronostica tempestad para esta noche. Yo, de ustedes, buscaría un refugio donde pasar tranquilamente las próximas cuarenta y ocho horas. De todos modos, la ventisca fijará a todo el mundo en su posición, tanto a sus malditos hindúes como a los demás…

– Tiene razón -dijo Tenidzé-. ¡Volvamos al último pueblo y pongámonos cómodos mientras esperamos a que amaine!

Era lo más razonable. Curiosamente, acepté la propuesta sin que Swamy protestara. Sabía que teníamos que ahorrar energías. Retrocedimos pues hasta alcanzar una aldea que había sido escenario de intensos combates en los días pasados, pero en la que aún se mantenían en pie algunas fábricas y hangares con las paredes hechas de fibras de girasol trenzadas. Había incluso un refugio de mando en el que pudimos resguardarnos entre las dotaciones de tres grupos de carros KV14, unos monstruos de movilidad detestable pero equipados con un cañón que escupía obuses de ochenta libras. El convoy formaba parte de una brigada de la Guardia, la élite del Ejército Rojo. Mientras calentaba mi cuerpo helado al calor de una estufa por primera vez desde hacía seis días y aprovechando una pausa para descansar, me adormecí sin preocuparme por los rudos cantos de los tanquistas, oyendo cómo la tempestad se intensificaba fuera y sintiendo cómo se recrudecía el frío de la noche. Me encontraba hundido ya en las tinieblas, mecido por los recuerdos de la India, cuando una serie de explosiones sacudió los muros del bunker. Me desperté sobresaltado y miré alrededor. El pánico se había apoderado del refugio. Las tres lámparas de gas que constituían toda la iluminación del recinto no permitían ver gran cosa, y los hombres tenían que tantear para encontrar su arma y se pisaban unos a otros tratando de abandonar el fortín cuanto antes para contener el ataque, ya que en el exterior podía oírse el crepitar de las ametralladoras que presagiaba el inminente inicio de la refriega. En contra de lo esperado, los alemanes habían aprovechado el recrudecimiento de la tormenta para intentar un audaz golpe de fuerza y dinamitar la cuarentena de carros parados del regimiento soviético que les pisaba los talones. Habid Swamy, Tenidzé y yo dejamos que el bunker se vaciara antes de movernos. Entonces cogí una pistola ametralladora de una mesa, y ya me disponía a dirigirme a la salida cuando Swamy me gritó:

– ¡No se mueva, mi coronel! ¡Escuche! ¡Ametralladoras pesadas Spandau y morteros del 50! ¡Fritz ha atrapado a Iván! ¡Están barriendo a las dotaciones! ¡Si salimos, nos encontraremos atrapados en un fuego cruzado!

Tenidzé se había retirado a un rincón y no parecía querer dar prueba de un heroísmo exagerado. Por muy comisario político que fuera, parecía apreciar más su piel que la victoria del proletariado, lo que acabó de hacérmelo simpático. Esperamos. El intenso tiroteo se prolongó durante cinco, ocho minutos tal vez. Aún se oyeron algunas explosiones, gritos, órdenes frenéticas en ruso, y luego escuchamos muy cerca de nosotros exclamaciones en alemán. Aterrado, me icé al nivel de una de las troneras del bunker y eché una ojeada al exterior. Los carros ardían como pajares, iluminando el pueblo con una luz de día de verano. Vi a hombres cubiertos con sudarios blancos que corrían por todas partes y remataban sin piedad a siluetas tendidas en el suelo. Había empezado a nevar, y los grandes copos vellosos se balanceaban impulsados por las ráfagas del viento del norte. Al contacto con esta humedad, los armazones de los carros en llamas despedían chorros de un vapor que se depositaba a ras de suelo formando nubes compactas. La tempestad se cernía sobre el lugar, y los rusos habían cometido el error de tratar de protegerse de ella demasiado pronto, dejando el campo libre a un puñado de alemanes resueltos para intentar un golpe devastador. En unos minutos, el material y los hombres de las compañías blindadas que nos habían acogido habían sido reducidos a la nada. Saliendo de una capa de humo cual ángel del Apocalipsis, un soldado que llevaba un lanzallamas se dirigió con pasos pesados hacia nuestro bunker. Esporádicamente el hombre hacía rugir su arma, que vomitaba un espantoso chorro azulado. Ante la seguridad de lo que iba a ocurrir si no reaccionaba con rapidez, me llevé mi arma al hombro, afiné la puntería y descargué tres salvas de tres cartuchos para detenerlo. Le alcancé, y se derrumbó en la nieve sin que llegaran a explotar las bombonas de nitrógeno y aceite que llevaba a la espalda. Lancé un suspiro de alivio. Si la idea de mi propia muerte me resultaba a fin de cuentas tolerable, la perspectiva de una infame agonía en la hoguera me resultaba insoportable. Resonó un pitido y los enemigos abandonaron el campo. Habían causado suficientes destrozos para no insistir y arriesgarse a provocar un contraataque que sin duda no hubieran podido repeler. El ataque debía de haber sido obra de una treintena de hombres como mucho, que sin duda se hubieran ganado su Cruz de Hierro de primera clase en caso de que aún existiera, en Berlín, un servicio capaz de otorgar tales condecoraciones. Cuando comprobamos que fuera ya sólo se oía el silbido del viento y el crepitar de las llamas, abandonamos el bunker y nos limitamos a constatar los daños. Había muertos por doquier, un centenar tal vez, casi todos vestidos con el uniforme soviético. La nieve recubría ya parcialmente sus cadáveres. Dentro de unos minutos quedarían totalmente sepultados por un manto blanco. La curiosidad fue más fuerte que el frío intenso que me desgarraba los músculos, y me dirigí hacia el lugar donde había abatido al hombre del lanzallamas. Lo encontré ya rígido por el hielo, con la boca de su arma apagada bajo el cuerpo. Me apoderé de ella y luego le di la vuelta. Era un hombre de tez morena, y en la manga llevaba el emblema de un tigre saltando sobre un fondo blanco, verde y azafrán, los tres colores de la India.

– No hay nada que podamos hacer excepto esperar -dijo Tenidzé-. La tempestad es demasiado intensa. ¡Es imposible mantenerse en pie fuera!

El georgiano tenía razón. Unos minutos después de que hubiéramos vuelto al bunker, la ventisca se desencadenó y la nieve empezó a caer en cataratas. De golpe, el termómetro bajó aún más, para alcanzar los -50 °C, la barrera física a partir de la cual las piedras estallan. Lo único que podíamos hacer era apretujarnos lo más cerca posible de la estufa de carbón y, sobre todo -¡sobre todo!-, agradecer la ironía del destino que acababa de designarnos como únicos poseedores de un refugio relativamente bien aislado, provisto de un sistema de calefacción rudimentario pero equipado con suficiente carburante. Habíamos heredado además un lote de cajas de víveres e incluso el alambique artesanal del destacamento de la Guardia con el que los hombres se preparaban un brebaje frente al cual el vodka parecía sólo una leche dulzona. Así aprovisionados, hubiéramos podido esperar a la primavera para abandonar nuestro nido. Permanecimos tres días en el refugio antes de que la tempestad amainara lo suficiente para salir de nuestro refugio. Tenidzé y yo hablamos largo y tendido de historia y de política. Él me preguntó sobre la India, que le inspiraba curiosidad, y sobre las costumbres inglesas, de las que parecía envidiar el lujo burgués sin mala conciencia proletaria. Animado por su actitud, le confesé que había imaginado a un comisario político soviético como alguien fanático, una persona intransigente y llena de certidumbres.

– Los comisarios políticos son como los curas o como los pastores de su país -me dijo-. A veces pierden la fe…

– ¿Es lo que le ha ocurrido?

– Sí. He perdido la fe un poco a causa de ustedes. Quiero decir, a causa de los ingleses.

Una vez más, Grigor había conseguido despertar mi curiosidad. El hombre tenía ganas de hablar, y no tuve necesidad de animarle para que siguiera.

– En septiembre de 1939, la Unión Soviética y Alemania aún eran países aliados, ¿recuerda?

– Sí -asentí-. ¿Y qué quiere decir con eso?

– Pues que el primer día de septiembre los alemanes invaden Polonia, el país de mi madre, y ustedes, los ingleses, les declaran la guerra. Pero cuando un poco más tarde la URSS entra también en Polonia y acaba de aplastar lo que quedaba de este desgraciado país, ni los franceses ni los británicos expresan la menor crítica. ¡Lo que estaba mal hecho por los alemanes no parecía tener ninguna importancia si lo hacían los soviéticos! ¡Pues bien, eso es precisamente lo que no les perdono a ustedes, los occidentales!

– ¡Pero no veo por qué motivo esto ha podido hacerle perder la fe en el comunismo!

– ¡Me ha hecho perder la fe en la honestidad! En la palabra dada. ¡En la justicia de una causa! ¡Eso me ha hecho perder! El día en que los soviéticos entraron en Polonia sin provocar ninguna reacción, me dije que la gran camaradería universal prometida por Marx y Lenin nunca podría rivalizar con la apatía inherente a la especie humana. Desde entonces he dejado de ser comunista porque he dejado de creer en el hombre. El hombre no es más que una abstracción. Un puro concepto. ¡Sin ninguna relación con la realidad! Pero esta revelación no me volvió loco. ¡Al contrario! Tenía mi carné del partido desde hacía tiempo, mis responsables me respetaban y ocupaba un buen puesto que me daba derecho a compartir un piso con sólo dos personas. De modo que actué como si nada ocurriera. Sigo siendo comisario político y conservo las ventajas del cargo. ¡Pero ya no estoy ciego y me siento mejor! Si un día puedo abandonar la URSS y probar suerte en otro sitio, lo haré sin ningún remordimiento. Por eso aprendí a hablar su lengua.

Esta conversación me sumió en abismos de circunspección. Después de la confesión que acababa de hacerme, consideré conveniente confiar a Tenidzé lo que Swamy y yo habíamos vivido en Calcuta. En el transcurso de una noche le narré, pues, cómo perseguíamos a unos asesinos de niños y por qué extraordinario azar acabábamos, aquí mismo, de recuperar el rastro de uno de ellos. La historia le fascinó y se adhirió sin dudar a nuestra cruzada. ¡Inesperadamente, en un refugio perdido en medio de un pueblo devastado, mientras una tempestad aullaba en torno a nosotros sus vientos mortales, acababa de armar a un nuevo caballero!

– Esos niños que, al parecer, viajan con la chica… ¿quiénes cree que son? -me preguntó.

– Lo ignoro. Niños perdidos capturados al azar de los caminos, me imagino. Seguramente quiere llevarlos con los Galjero… ¡Tenemos que capturarla antes de que contacte con ellos!

– Corren rumores en los pueblos, en las ciudades, ¿sabe? Al parecer los alemanes han seleccionado a niños en los territorios invadidos. Chiquillos elegidos conforme a criterios físicos, pero también por sus capacidades intelectuales. Sencillamente se los llevan, o a veces también los compran a sus familias. Dicen que los han trasladado a Alemania. El NKVD ha conseguido averiguar que los Krauts le han dado el nombre de Operación Lebensborn… ¿Le dice algo esto?

Nada en absoluto. Interrogué a Swamy con la mirada, pero el hindú movió la cabeza para indicarme que nunca había oído este nombre en código.

– Selecciones de niños -dije pensativo- Como en la India, en Dakar o en Buenos Aires…

– Tal vez esa Keller esté a cargo del Lebensborn -prosiguió Tenidzé-. ¡Esto explicaría que se pasee por aquí ejerciendo de niñera!

– Es posible, sí. Aunque los niños asesinados por los Galjero no se correspondían en absoluto con los criterios físicos que persiguen los teóricos de Rosenberg.

– Entonces, ¿qué es esta gente? ¿Son ogros, como los de los cuentos? ¿Comen niños? -aventuró Tenidzé, medio en broma medio en serio.

No supe qué responderle. Desde hacía años me encontraba frente a un muro. Estaba persuadido de que el relato del georgiano sobre raptos de niños realizados por los alemanes en tierra conquistada sólo guardaba una relación periférica con los asesinatos de las Indias. Pero era altamente probable que los Galjero y Keller hubieran ideado esta Operación Lebensborn para aprovisionarse de «materia prima» para sus tenghern, maithuna o cualquier otro descenso a los infiernos que hubiera nacido de sus mentes perversas. Al fin y al cabo, era algo plausible. Al ser la guerra en sí misma una operación criminal de gran envergadura, ofrece infinitas oportunidades a las mentes enfermas y una relativa garantía de impunidad. Por lo que a estas alturas sabía ya de ellos, los rumanos y la austríaca no hubieran dejado pasar una ocasión como ésta sin reaccionar. En cuanto a saber si esas personas eran monstruos salidos de un cuento, creo que mi opinión estaba definida desde hacía tiempo. Y era sí.

Después de casi tres días de intensa tempestad, vino la calma. Tardamos varias horas en encontrar y luego liberar a nuestro ZIS de los seis pies de nieve que lo cubrían. Por fortuna, el vehículo no había sido destruido durante los combates, pero perdimos un día completo en conseguir que arrancara. En primer lugar tuvimos que encender fogatas en torno al vehículo para calentar las planchas, luego cambiar las piezas del motor y del tren quebradas por el hielo, y a continuación dejar el motor en marcha toda la noche, para estar en condiciones de salir a la mañana siguiente. El frío, que seguía siendo extremo, hacía dolorosos cada uno de nuestros movimientos, hasta tal punto que nos era imposible permanecer más de treinta minutos fuera del bunker, al que teníamos que volver regularmente para calentarnos y evitar congelaciones mutiladoras. Trabajamos por turnos y al fin, con las primeras luces del alba del cuarto día, emprendimos de nuevo la marcha directamente hacia el oeste, donde sabíamos que se encontraban las columnas alemanas en fuga. Hacia la mitad de la jornada, hicimos un alto en lo que quedaba de una aldehuela con cuatro o cinco isbas derruidas. En los muros de una de ellas habían pintado «Proletarios de todo el mundo, uníos», en letras cirílicas rojas chorreantes. No sé por qué, juzgamos conveniente registrar los escombros. Ojalá no hubiéramos tomado nunca esta decisión, porque hicimos descubrimientos espantosos. En la esquina de una barraca, vimos cuerpos humanos groseramente apilados, ataviados con el uniforme alemán. Los rostros de algunos habían sido hendidos con un hacha.

– Seguramente para recuperar los dientes de oro -explicó Tenidzé.

Otros tipos, acaso solamente heridos cuando habían sido hechos prisioneros, estaban atados y con la cabeza hundida en el vientre abierto de sus camaradas muertos, condenándolos a una atroz asfixia entre el amasijo de vísceras. Detrás de un cobertizo encontramos a una docena de soldados desnudos, medio hundidos en toneles de agua ahora congelada. La muerte que habían reservado a estos desventurados nada tenía que ver con las leyes de la guerra. Era pura barbarie, el placer de regocijarse en la humillación y el sufrimiento ajeno.

– Los partisanos… -susurró tristemente Grigor- Nadie los controla. Y nadie los juzgará nunca por esto.

Abrumados por el horror de estas escenas, seguimos avanzando en silencio, y luego, al salir de un inmenso campo de nieve helada, encontramos de nuevo al grupo de exploradores cuyo capitán nos había informado de la presencia de unos hindúes en la zona unos días antes. El cuadro de la situación que nos dibujó nos alarmó. Su unidad no había tenido que recorrer grandes distancias para encontrar a los alemanes, ya que un ejército de partisanos había bloqueado la huida de éstos obligándoles a fijar su posición. Según estimaciones del capitán, calculaba en ochocientos el número de enemigos atrincherados en una prominencia boscosa rodeada por dos o tres mil francotiradores armados hasta los dientes que no tardarían en pedir refuerzos de artillería pesada para acabar cuanto antes con esta bolsa de resistencia. En cuestión de horas, los últimos restos de la columna Keller serían crucificados con un tiro escalonado que nivelaría el paisaje en decenas de hectáreas. Así que, tan cerca ya de nuestro objetivo, acabábamos de fracasar. A menos que franqueáramos la doble línea de fuego de los sitiadores y los sitiados, nos sería imposible sustraer a Keller y a los niños que ella custodiaba de su aniquilación programada. Todas las preguntas que nos atormentaban a Swamy y a mí desde hacía años estaban a punto de quedar para siempre sin respuesta.

– ¿Quién lidera a estos partisanos? -preguntó Tenidzé al capitán.

– He hablado con un jefe que parece ejercer cierto control sobre ellos. Son unos locos, unos salvajes. Una pandilla de saqueadores, de antiguos desertores de 1941 – 1942, de tramperos y campesinos que no han visto un libro en su vida…

– ¿Ni siquiera El capital? -soltó Tenidzé con un punto de ironía.

– ¿El qué? -replicó con sarcasmo el capitán.

Me pareció admirable el coraje de este hombre que se permitía el lujo de burlarse abiertamente de un comisario político al que había reconocido perfectamente por las insignias que llevaba cosidas a su uniforme. Si no hubiéramos estado tan cerca del frente y si Tenidzé hubiera estado realmente imbuido de la trascendencia de su papel, sin duda el capitán hubiera recibido un severo castigo por su descaro. Pero Grigor se limitó a esbozar una vaga sonrisa teñida de laxitud antes de llevársenos a un aparte, a Swamy y a mí.

– Si el que los dirige nos lo permite, tal vez haya un medio de hablar con los alemanes y de ofrecer a Keller y a los niños una oportunidad de salir de ésta. ¡Yo me ocuparé!

Grigor se puso al volante del vehículo oruga y nos condujo hasta el primer puesto de partisanos, donde se dio a conocer y solicitó hablar con el comandante. Pronto, un tipo corpulento vestido con una piel de cordero golpeó el vidrio de nuestro vehículo. No dudamos ni por un instante que este hombre era el responsable de las atrocidades que habíamos visto unas horas antes. Tuve que contenerme para no abatirlo allí mismo.

– ¡General Tetéiev! ¿Qué queréis, camaradas? -empezó, mostrándonos una horrible sonrisa verde.

Una infecta dentadura de cobre totalmente oxidada deformaba su rostro en un rictus abominable.

– ¡Estamos aquí para ayudarte, camarada general! -dijo en tono serio Tenidzé- Daremos orden de machacar este reducto a cañonazos para que no tengáis que tomarlo por asalto, pero antes veremos si estos perros quieren rendirse. Necesitamos una hora para negociar. Te pido que ordenes un alto el fuego a tus hombres durante este tiempo.

– ¿Por qué hacer prisioneros? -preguntó Tetéiev- ¡Hay que alimentarlos y vigilarlos! ¡Es más caro que matarlos!

– El camarada Stalin quiere prisioneros, general. Quiere prisioneros para mostrarlos en Moscú. En su avance, el Ejército Rojo sólo deja tras de sí un terreno sembrado de cadáveres. ¡Eso no es bueno! El proletariado moscovita quiere poder escupir a la cara a los enemigos de la madre patria, ¿comprendes? Ya tenemos bastantes alemanes muertos. Lo que necesitamos ahora son alemanes vivos. ¡Los pondremos en jaulas, corno en el circo! ¡Hay que humillarles! ¡Por la victoria total, camarada! ¡Si nos das tu permiso, te prometo que serás recibido en el Kremlin! ¡Imagínate! ¡El propio Stalin te hará los honores! ¡Será como el triunfo de un general romano!

Los ojos de Tetéiev brillaron de excitación. Sin duda no sabía lo que era un general romano, pero Tenidzé acababa de encender en su alma de niño una llama que tardaría mucho en extinguirse.

– ¿Stalin? ¿El Kremlin? ¿El triunfo? Bien… ¡Adelante, pues! ¡Traedme la rendición de estos hijos de puta capitalistas! ¡Decreto el alto el fuego durante una hora! ¡Por la victoria!

– ¡No lo lamentarás! Una última cosa, camarada… ¿Tienes tela verde y amarilla?

Cooperativo, sin hacer preguntas, Tetéiev nos proporcionó lo que Tenidzé reclamaba. Sobre la parte delantera de nuestro vehículo oruga blanco fijamos las tiras de tela de colores en una tosca imitación de la bandera de la India. En este paisaje uniforme era bastante probable que los sitiados no nos permitieran avanzar hasta ellos y abrieran fuego antes de avistar la bandera blanca que ondeaba sobre nuestra carlinga; los colores vivos, en cambio, atraerían suficientemente su atención para que un oficial utilizara sus prismáticos para observar nuestra máquina y descubriera en ella la señal de tregua. Ésa era nuestra táctica, nuestra esperanza.

Conteniendo el aliento, hicimos avanzar al ZIS a velocidad moderada a través de la cortina de partisanos soviéticos que acababan de recibir, sin saber por qué, la orden de interrumpir sus disparos de desgaste. La loma a la que se aferraban los alemanes de la columna Keller estaba situada a trescientas yardas; pero el terreno era tan intransitable a causa de los cráteres de los obuses, los desniveles traidores y las placas de hielo, tan lisas, que nuestras cadenas no conseguían morderlas, que necesitamos casi veinte minutos para franquear esta distancia.

– Esperemos que a los Krauts no les queden más minas con las que sembrar el terreno -dijo de pronto Tenidzé sonriendo con todos sus dientes.

El peligro parecía desvelar en él una nueva naturaleza, más feroz y más viva. Swamy me dirigió una mirada de pánico. No fue necesario hablar. ¡Qué lejos quedaban, para nosotros, los cálidos paisajes de la India, la ciudad húmeda de monzones fértiles y la apacible rutina de la vida colonial! Entramos a marcha lenta en un pasillo hecho de árboles negros, troncos tronchados, raíces levantadas del suelo por los obuses de las últimas piezas de artillería alemanas. Un hombre surgió ante nosotros. Agitaba los brazos para indicarnos que nos detuviéramos. Otros cinco se unieron a él con las armas en la mano, los rostros tensos, los ojos brillantes de agotamiento.

– ¡Atentos! -exclamó Tenidzé-. Estos tipos no están acostumbrados a que la gente tenga el detalle de preguntarles si quieren rendirse. Se mostrarán muy desconfiados. ¡Tendremos suerte si no nos liquidan antes de que hayamos abierto la boca!

Obedientes, bajamos del vehículo con los brazos en alto. Tal como habíamos esperado, entre los alemanes se encontraba también un oficial de baja graduación de la legión Netaji, atraído por los colores hindúes de nuestra bandera. Nos dirigimos a él para tratar de explicar nuestra oferta.

– No tengo el poder de hacer nada por ustedes -respondió el suboficial, aún sin recobrarse del asombro por ver llegar, en plena batalla, una misión de socorro de tres almas buenas que hablaban inglés-. Les llevaré hasta al Hauptmann Linden. El es quien manda aquí. Yo les serviré de intérprete. Acompáñenme…

Escoltados por cuatro tipos de aspecto patibulario, seguimos al hindú hacia lo alto de la loma por una pequeña carretera encajonada. Apenas habíamos avanzado unos pasos cuando oímos cómo se abrían las puertas de nuestro vehículo. Teníamos la certeza de que el saqueo de nuestras reservas era cosa hecha, pero aquello no nos preocupaba. Estábamos a punto de encontrarnos cara a cara con la pieza que llevábamos tantos años persiguiendo, y todos nuestros pensamientos apuntaban sólo a este objetivo. No nos habíamos puesto de acuerdo sobre cómo proceder cuando nos encontráramos frente a Keller. De todos modos, de nada hubiera servido. Actuábamos pensando sólo en el momento presente, como animales. Así hay que comportarse ante una fiera, sin calcular nada, prescindiendo de la razón y dejando paso a la inspiración, a los instintos solamente. Son ellos los que vienen a nuestro auxilio en los peores momentos.

De camino hacia la cima de la colina, pudimos ver que las tropas alemanas se habían enterrado metódicamente, cavando trincheras, amontonando montículos de nieve para formar reductos, cortando árboles y acumulando rocas para proteger las ametralladoras pesadas y las últimas unidades de PAK, con los cañones con el alza a cero para barrer, no el cielo, sino el inmediato horizonte. Estos hombres sabían que estaban atrapados y que probablemente aquélla sería su tumba, que sus cuerpos pronto se abrirían sobre la nieve, manchando el blanco manto con el rojo oscuro de sus vísceras, despreciados, malditos, olvidados de todos. Sin embargo, sus rostros no reflejaban amargura. Su combate estaba perdido antes de empezar la lucha, e iban a ser machacados por una artillería que nunca llegarían a ver o bombardeados por una escuadrilla contra la que no podrían defenderse; pero aquello apenas les importaba. Creo que nada sostenía ya a estos hombres. Ningún compromiso, ninguna creencia; ninguna esperanza tampoco. Sólo les quedaba la certidumbre de una muerte próxima. Pero eso no les asustaba. No sabía muy bien por qué, pero me recordaban a madame de Réault. Todos los hombres a los que veía tenían la mirada clara, tranquila, como si ya hubieran entrado en el otro mundo. No había pánico. Cada uno permanecía en su puesto sin mostrar un particular nerviosismo. El bosque era una catedral asediada, y nosotros caminábamos por ella con el mismo recogimiento con que hubiéramos avanzado por la nave de un templo.

Llegamos al último bastión, un perímetro despejado donde los vehículos marcados con la cruz de Malta y el casco blanco, signo distintivo de la Gross Deutschland, habían sido dispuestos en filas corridas, como una postrer e irrisoria barricada contra un asalto que tal vez nunca se produciría. En el centro crepitaba una gran fogata. El equipo de una cocina de campaña calentaba raciones de comida en el fuego. Si no hubiera sido por las armas que se levantaban por todas partes, uno hubiera podido creer que se encontraba en un campamento de exploradores. Un hombre enfundado en una doble capa de capotes blancos inspeccionaba la instalación de un Nebelwerfer, un lanzacohetes de ocho cilindros que apuntaba al camino por donde llegábamos, listo para despedazar a la primera oleada de partisanos que Tetéiev lanzara al ataque. El hindú nos condujo hasta el verificador y se mantuvo en posición de firmes, dos pasos por detrás, para ejercer las funciones de intérprete.

– Soy el Hauptmann Linden, el militar de mayor graduación aquí. ¿Quieren hacer el favor de presentarse?

El Hauptmann no tenía, sin duda, más de treinta años, lo que le confería un estatus de anciano entre esta tropa con una media de edad extremadamente baja. Sus ojos eran vivos, y su voz firme. Recité nuestros tres nombres y nuestra graduación, y luego le pregunté si había niños entre los refugiados que escoltaba. Rompió a reír al oír la pregunta.

– ¡Prácticamente sólo hay niños aquí, coronel Tewp! ¡Mire! -me dijo, mostrando con el dedo a dos artilleros que se encontraban muy cerca de nosotros.

Eché un vistazo a los soldados que señalaba. No creo que tuvieran siquiera diecisiete años.

– ¿Tiene niños de corta edad que no combatan? -continué con un suspiro.

– Sí. Por desgracia. ¿Qué quiere de ellos?

– Quiero proponerle que les haga salir de este campamento atrincherado antes de que sea demasiado tarde.

– ¿Me propone salvarlos? Sería la primera vez que los aliados dan pruebas de magnanimidad. Pensaba que tenían por costumbre licuar a los civiles con fósforo bajo los raids de sus bombarderos. Si no es ninguna encerrona, acepto sin duda.

– ¿Les acompaña una mujer, verdad?

– Sí.

– Queríamos proponerle que viniera también con nosotros.

Hubo un momento de silencio, y luego Linden pidió que fueran a buscar a Keller.

– No puedo responder por ella. No tiene un estatus militar. Es miembro de un extraño instituto del partido. Y tiene derecho a disponer de sí misma. ¿Cómo sabe que está aquí?

– Es una larga historia que no deseo confiarle, Hauptmann. Pero puedo prometerle que, si viene con nosotros, se encontrará, como los niños, bajo responsabilidad británica, y no soviética.

– Ése es un buen punto a su favor… -señaló Linden, pensativo-. Trate de convencerla, pero le prevengo que es una fanática…

Esperamos mientras Grigor intercambiaba un cigarrillo con Linden. Con sus rostros inclinados uno hacia el otro para encender su tabaco con la llama del mismo encendedor, los dos hombres me parecían casi gemelos. No por sus rasgos, evidentemente, sino por el espíritu que les animaba. En el fondo, ¿qué diferencia había entre el georgiano y el alemán? Y justo en ese momento comprendí que el conflicto que desgarraba a Europa desde hacía seis años no era un combate ideológico que enfrentara a un imperio del mal con una coalición de hombres puros, como los políticos pretendían hacernos creer. No. Este conflicto era una abominable guerra civil, y fuera cual fuese el resultado final, todos la acabaríamos física y espiritualmente exangües, amputados para siempre de una parte esencial de nosotros mismos. Me hallaba en este punto de mis reflexiones cuando una delgada silueta blanca apareció junto a Linden. Reconocí a Ostara Keller. Mi corazón dejó de latir por un instante. Ya no me atrevía a respirar. No había vuelto a verla desde hacía casi diez años, cuando se me había escapado, en el otro extremo del mundo, aquella mañana de la caza del tigre organizada por el sultán Muradeva. A juzgar por sus rasgos, sin embargo, hubiera podido ser ayer mismo. Si bien es cierto que sus mejillas estaban hundidas por la fatiga, y sus ojos subrayados por cercos profundos, las líneas de su rostro seguían siendo tan simétricas, tan lisas y armoniosas como entonces. De su capucha forrada salían dos o tres mechas de un rubio pálido que ondeaban al viento. Sus guantes de cuero grueso sujetaban una pistola ametralladora. Linden le transmitió nuestra propuesta. Keller nos miró de arriba abajo, con una expresión de profundo desprecio, y luego se dirigió directamente a nosotros en inglés.

– ¿Creen que soy de esos que se dejan atrapar? Vuelvan por donde han venido y acabemos con esto. ¡En cuanto a los niños, son míos y no se los confiaré! ¡No tengo nada más que decirles, excepto que pueden considerarse afortunados de que no les vacíe mi cargador en el vientre!

Su boca de labios rosados escupía las amenazas con un fuerte acento de ultramar; hubiera podido jurar que se había criado en

Nueva York o en Chicago. En todo caso, su respuesta no me sorprendía. Me volví hacia Linden. Sólo él podía encontrar las palabras para convencerla. El Hauptmann vio mi mirada de desesperación. Se pasó la mano por la frente, pero no dijo nada. Se plantó ante la joven y, con todas sus fuerzas, descargó un puñetazo contra su sien. Ostara cayó tendida sobre la nieve blanda y no se volvió a levantar. Linden le ató inmediatamente las manos con un trozo de cordón que guardaba en el bolsillo. La escena nos dejó estupefactos.

– Ordenaré que traigan a los niños -nos dijo el alemán-. Se irán con ustedes. Ella también. Espero que mantengan su palabra y no la entreguen a estos bárbaros, porque preferiría matarla yo mismo antes que hacerla pasar por eso. Es todo lo que puedo hacer. Y ahora, ¡lárguense de aquí!

Tenidzé me palmeó el hombro y me mostró su reloj de pulsera. Tetéiev nos había concedido una hora de plazo y no quedaba mucho tiempo antes de que diera la orden de reanudar las hostilidades. Si nos retrasábamos, nos arriesgábamos a quedar bloqueados en territorio enemigo. Por fortuna, los chiquillos llegaron pronto. Eran una quincena, todos de sexo masculino, de edades comprendidas entre los siete y los doce años aproximadamente. Estaban un poco delgados, pero parecían encontrarse en buen estado de salud, a pesar de que algunos presentaban señales de pequeñas contusiones en los pómulos o la frente. Ninguno hablaba inglés, pero todos escucharon con gran atención lo que les dijo Linden, que me señaló como el hombre a quien deberían obedecer a partir de este momento. Vi cómo treinta ojos se volvían hacia mí en bloque, y sentí que se me encogía el corazón. Esperamos al soldado que había recibido la orden de recoger las cosas de Keller, y luego Tenidzé amordazó a la chica, que todavía yacía en la nieve, se la echó al hombro como si fuera un fardo de ropa sucia y abrió la marcha. Swamy puso en fila a los niños, y se colocó el último para supervisar la marcha. Impotente, con un nudo en la garganta, miré a Linden por última vez, y luego me decidí a abandonar yo también aquel lugar. Caminamos lo más rápido posible. De las trincheras excavadas por todas partes en la nieve, vimos levantarse delgadas siluetas vestidas de blanco. Una de ellas blandió una bandera y la agitó en el aire. El tigre del Ejército de la India libre chasqueó salvajemente en el viento invernal.

– Auf wiedersehen, Kinder! -clamaron los últimos supervivientes del Azad Hind Fauj.

Los chiquillos se detuvieron y les saludaron a su vez. Algunos lloraban. Uno de los más pequeños salió corriendo de la fila y, a pesar de la nieve, en la que se hundía hasta la cintura a cada paso, se lanzó a los brazos del soldado más próximo, como si hubiera sido el miembro más querido de su propia familia. A Swamy le costó trabajo arrancarlo del hombre, al que se aferraba como un loco. El niño lloraba a lágrima viva, inconsolable. Los otros se contenían, pero parecían tan trastornados como él.

– Compréndalos, oficial -explicó el sargento-. Los críos han viajado durante semanas enteras con estos hombres. Les han tomado afecto finalmente. Harán lo mismo con nosotros, pero eso llevará algo de tiempo…

Sabía que tenía razón, y aunque la emoción de esta separación me sorprendía, no me preocupaba. Más bien me preguntaba por los lazos que esta banda de chiquillos perdidos había podido establecer con Keller. ¿Cómo debían de juzgar a esta mujer que había ordenado secuestrarlos? ¿Habían adivinado la atrocidad del destino que les reservaba? Estos pensamientos me ocuparon el tiempo que necesitamos para volver a nuestro camión, que, en contra de lo que había temido, no había sido saqueado. No faltaba nada. Hicimos subir a los niños a la plataforma, donde Grigor les acompañó. Até a Keller, aún inconsciente, en la cabina, y avanzamos penosamente en dirección a las posiciones soviéticas, abandonando a su suerte a los alemanes y a sus extraños aliados, los Tigres de Netaji. Descendimos hacia las posiciones que ocupaban los partisanos rojos. Blandiendo su arma, Tetéiev vino a nuestro encuentro, obligándonos a detenernos. Me hubiera gustado ordenar a Swamy que acelerara y cruzara por entre sus líneas para ahorrarme explicaciones, pero temí que ese bruto ordenara disparar contra nuestro vehículo si sospechaba nuestras intenciones de huir. Grigor saltó del camión y le anunció que habíamos fracasado en nuestro intento de obtener la rendición de las tropas enemigas, lo que provocó en el general una cólera furiosa. El sueño de convertirse en un héroe nacional le había durado exactamente una hora, y el despertar que le proponíamos no era de su agrado. Su cólera creció aún más al ver a Keller en la cabina y a los niños atemorizados que se apretujaban en la plataforma. Cuando se disponía a gritar para hacerlos bajar un largo silbido desgarró el aire. Alzamos los ojos al cielo. Partiendo de las posiciones alemanas, una estela de condensación cruzó la bóveda celeste sobre nosotros, y luego un terrible abanico de explosiones estalló a doscientas yardas a nuestra izquierda. Haces de tierra, piedras y nieve saltaron formando hermosas elipses lentas, y nuestras miradas se volvieron hacia la pequeña loma que acabábamos de abandonar, de donde ahora se elevaba un canto:

Márkische Heide,

Márkische Sand

Sind des Márkers Freude

Sind mein Heimatland… <strong>[7]</strong>

Minúsculas siluetas descendían por la pendiente corriendo, cantando y disparando a la vez. El crepitar de las armas de fuego estalló por todas partes en torno a nosotros. ¡Como un lobo que se revuelve para lanzarse contra la jauría, así Fritz había elegido atacar a Iván! Tetéiev lanzó un abominable juramento y nos dejó plantados para reunir a sus hombres, de entre los cuales algunos, presas del pánico, iniciaban la desbandada. Swamy arrancó tan rápido como pudo, y mal que bien, conseguí subir al camión con Grigor. Durante unos minutos, todavía pudimos observar los furiosos combates que se desarrollaban a nuestras espaldas. En el retrovisor vi claramente la bandera de la India ondeando a la cabeza de la oleada de asalto del Hauptmann Linden, y luego la niebla y la noche lo cubrieron todo…

Nunca conocimos el desenlace de este combate. Aquello ya no nos concernía. Estábamos satisfechos de haber podido sacar a quince niños de aquel infierno, y eso era todo lo que nos importaba. Avanzamos, con todas las luces encendidas, durante dos o tres horas, sin hablar, sin sonreír. Keller se había despertado y había comprendido la situación. No se movía. Parecía resignada. Nos dirigimos directamente hacia el este, lejos, muy lejos por detrás de la línea del frente.

EL PALACIO DE VIDRIO

Era una hipnosis. En primer lugar estaba la fatiga, desde luego. El frío. La tensión constante de estos últimos días en que habíamos estado en contacto continuo con la muerte. Pero ante todo influía ese desconcierto que nos invade cuando por fin toma cuerpo un acontecimiento al que durante años hemos consagrado nuestros pensamientos más íntimos, los más fervientes. Ostara Keller estaba ahí, prisionera, a nuestro lado. Swamy y yo no nos atrevíamos a mirarla. Manteníamos la mirada fija hacia delante, a la frágil brecha amarillenta que los faros del camión conseguían abrir en el corazón de la noche. Ahora, lo más importante del mundo era no abandonar la estrecha y traidora carretera que habíamos encontrado. Aquello duró mucho tiempo. Y luego hubo un primer hipido del motor, otro, más siniestro, y un tercero aún tras el cual nos detuvimos definitivamente. Teníamos que reabastecernos. Salté al suelo y di unos pasos por la nieve para desentumecer las piernas. Nos hallábamos en un bosque. El cielo estaba despejado. La luna estaba casi llena. Fui a echar una ojeada a la parte trasera del camión. Los niños dormían, acurrucados, apretados unos contra otros, enterrados bajo montones de mantas que habíamos recuperado en el bunker de la Guardia. Grigor velaba por ellos, con ternura. Eché a andar mientras Swamy trasvasaba el queroseno de un barril al depósito. En la luz azul que bañaba el paisaje, distinguí una verja de hierro por debajo del camino. Me adelanté, empujé la puerta y distinguí, detrás de una fina cortina de árboles, un gran edificio que brillaba suavemente bajo las estrellas. Avancé un poco más para verlo mejor. Era una especie de palacete bastante bajo, de estilo deciochesco, tal vez la finca de recreo de una importante familia noble de la región, y sin duda estaba deshabitado.

– ¡Es perfecto para pasar el resto de la noche, coronel Tewp! ¡Todos estamos derrengados!

No había oído a Tenidzé, que se había deslizado tras de mí. Le miré. Tenía una pinta espantosa. Cada parcela de su rostro revelaba agotamiento. Me estremecí al pensar que yo no debía de tener mucho mejor aspecto. Llamamos a Swamy, que hizo avanzar el vehículo oruga hasta las inmediaciones de la casa señorial, y luego partí de exploración con Tenidzé. Rompimos la puerta de entrada y penetramos en el interior. Tuve la impresión de que ante mí se abría un grabado de cuento de hadas. El palacio conservaba todavía su mobiliario, pero todo estaba cubierto de una especie de escarcha, una capa blanca inmaculada que recubría cada habitación, cada objeto, hasta el menor fragmento de la decoración. Nadie vivía aquí desde hacía mucho tiempo, pero pensé que hubiera bastado un rayo de luz para que todo resucitara en un instante. Recorrimos apresuradamente algunos salones de gala con cuadros colgados en las paredes, una biblioteca completa con todos los volúmenes bien alineados, desde el suelo hasta el techo, repartidos en trescientos o cuatrocientos estantes, una sala de música con un clavicémbalo, un arpa y partituras sobre los atriles, y luego una inmensa cocina con innumerables pilas de platos de porcelana traslúcida y altos vasos de cristal rojo y oro. Encontramos una reserva de leña seca en una bodega y encendimos fuego en la chimenea del gran salón. Luego fuimos a buscar a los niños y los instalamos en semicírculo ante el fuego. Todo se efectuó en silencio. Creo que, como nosotros, los niños habían comprendido instintivamente que este momento y este lugar no pertenecían por entero a la realidad sino a otro tiempo, a otra historia distinta a ésta en la que los países de todo el mundo se precipitaban unos contra otros para desgarrarse como fieras. No se oía un solo ruido, aparte del crujir de los troncos de encina y de abedul en el hogar, ni un murmullo, ni un soplo en el exterior. El viento había amainado y por las altas ventanas podíamos ver que el cielo estaba ahora inmóvil.

Los niños se apretujaban unos contra otros y los mayores daban la mano a los más pequeños. Todos nos miraban sin temor aparente y obedecían nuestras indicaciones, que Tenidzé les traducía, sin tratar de rebelarse. Muchos incluso nos sonreían.

– ¿Qué hacemos con Keller, señor oficial? -me preguntó Swamy cuando todos los niños estuvieron preparados para pasar la noche.

– La traemos aquí, evidentemente. Es el lugar más caliente. Pero no la desataremos.

El sargento esbozó una mueca de disgusto. Creo que hubiera preferido que la abandonáramos en el camión, pero en ese caso hubiera muerto de hipotermia en sólo dos o tres horas. Dejé al hindú y a Tenidzé velando por los niños y fui a buscar a Keller, con el corazón latiendo desaforado ante la idea de vivir nuestro primer cara a cara sin testigos. Abrí la puerta de la cabina del ZIS y la encontré tendida, acurrucada sobre el asiento del conductor. Trataba de calentarse como podía, pero vi que su rostro había virado al azul y que le costaba respirar. Le quité la mordaza de la boca y la ayudé a caminar hasta el interior de la casa. Sus miembros estaban entumecidos por el frío, y su circulación sanguínea lentificada por los cordones estrechamente anudados por Linden. El Hauptmann no había hecho trampa: no le había dejado ninguna oportunidad de deshacerse de sus ligaduras. Al verla tan debilitada, juzgué que no era demasiado peligroso dejarla unos instantes sin ataduras cerca del fuego, bajo la vigilancia armada de Swamy, y me llevé a Tenidzé conmigo al camión para descargar cajas de raciones. La hora que siguió la ocupamos en alimentarnos.

Nuestras provisiones no daban para montar un festín, pero hay ocasiones en que un simple pedazo de col sobre una rebanada de pan negro parece más sabroso y reconforta más que todas las exquisiteces de un maestro de cocina parisino. Con el estómago lleno, los niños se durmieron uno a uno, mecidos por la cancioncilla hindú que Swamy se había puesto a canturrear para ellos. Cuando el último de los chiquillos hubo cerrado los ojos, até a Keller de la forma menos incómoda que pude y, con una pistola ametralladora soviética sobre las rodillas, me instalé en un gran sillón cerca de la reserva de leña para hacer el primer turno de guardia y alimentar el fuego. Tenía que reflexionar. En pleno invierno de guerra, me había convertido súbitamente en responsable de una quincena de huérfanos extranjeros, así como de una mujer de la que todo me llevaba a creer que había participado en una serie de secuestros y de asesinatos de niños en, al menos, dos continentes. ¿A quién podía confiar a los pequeños? ¿Cómo podía asegurarme de que volvieran a su país? ¿Y qué sería luego de ellos? ¿Los colocarían en instituciones competentes donde disfrutarían de una educación adecuada, o los dejarían a su merced en este mundo atormentado que la guerra estaba creando? Y en cuanto a Ostara Keller, ¿dónde juzgarla? ¿Cómo podía acusarla siquiera ante un tribunal ordinario? Swamy y yo sólo teníamos un expediente compuesto de sospechas, de dudas, de presentimientos… Aunque sabía que durante un tiempo había encontrado refugio en la torre de los Galjero, ninguna prueba tangible me aseguraba que hubiera sido cómplice de los crímenes de los rumanos. Después de todo, nunca habíamos visto con nuestros propios ojos a Keller apuñalando a un niño ni bebiendo su sangre… Durante un largo rato posé mi mirada en Swamy. Uno de los chiquillos descansaba su cabeza en el hueco de sus rodillas y, somnoliento, hacía balancear las placas de identificación militar que el hindú llevaba colgadas al cuello. El sargento le pasaba la mano por la frente, con la misma dulzura de que había dado prueba a la cabecera de Khamurjee años antes. Tenidzé, por su parte, había tendido su gran cuerpo huesudo al borde del grupo de niños y se había sumergido inocentemente en el sueño. Replegada sobre sí misma, Keller permanecía inmóvil. Transcurrieron dos horas sin que encontrara solución a los problemas que agitaban mi espíritu, y luego fui a despertar a Tenidzé para su turno de guardia.

– ¿Keller no se ha movido? -me preguntó en un murmullo.

– No. Parece tranquila.

– ¿La ha registrado?

Sacudí negativamente la cabeza.

– No se me ha ocurrido.

– Mañana por la mañana tendremos que hacerlo. Por seguridad. Mientras tanto, deberíamos echar una ojeada a su petate. ¿Dónde está?

Volví al camión a buscar la bolsa de Keller. Debían de ser las tres o las cuatro de la madrugada. La luna brillaba. A lo lejos, en alguna parte en el bosque, oí aullar a los lobos. Tenidzé y yo fuimos a la cocina para examinar el contenido de la bolsa sin despertar a los niños. Sobre la gran mesa de trabajo depositamos una cámara fotográfica y una decena de carretes de película sin revelar, algunas piezas sueltas de uniforme, diversos pequeños objetos sin interés, un portacartas del modelo que utilizan los oficiales alemanes, una gran cartera de cuero que aparentemente contenía los expedientes médicos de los niños, así como medio centenar de documentos oficiales estampados con el sello de varios ministerios de Berlín.

– En su opinión, ¿qué debe de haber en esta condenada caja de hierro? -pregunté a Tenidzé mientras cogía un cofrecillo metálico con las paredes reforzadas y cerrado con un gran candado de acero.

– Ni idea, pero será difícil abrirlo sin el código. Hay seis ruedecillas de diez cifras. ¿Sabe cuántas posibilidades representa esto?

– No tengo tiempo que perder en acertijos -dije al mismo tiempo que sacaba mi arma y disparaba contra el candado, que estalló como un globo.

Abrí la caja. Había visto muchas cosas relacionadas con Keller, pero el contenido de este recipiente blindado me dejó estupefacto. Aparté aproximadamente medio centenar de largas agujas de un material que parecía ámbar, una bola de resina virgen que desprendía un perfume meloso muy agradable, pedazos de vela de diversos colores, saquitos de hierbas de olor y también dos figuritas de cera en forma de hombrecillos. Al mirarlas de más cerca, distinguí sin asomo de duda fragmentos humanos -uñas, cabellos, pelos, un amasijo de secreciones diversas- empotrados en su masa. Había clavos oxidados plantados por toda su anatomía. El conjunto inspiraba una intensa repugnancia. Había una tercera estatuilla, muy diferente de las precedentes. Ésta era gruesa, de tierra cocida esmaltada, con una vaga forma de feto humano, cuyo contorno tenía grabados complicados diseños geométricos. Me vinieron a la mente las líneas espirales que había visto en otro tiempo en el suelo de la stupa de los Galjero. Un tapón sellado cerraba el objeto por la parte superior. Al agitarlo junto al oído, pude percibir una especie de líquido que se movía en su interior.

– ¡Esto es RE-PUG-NAN-TE, mi coronel! -dijo Swamy masticando las palabras; había acudido junto a nosotros al oír la detonación.

– ¡Maldita bruja! -escupió Tenidzé-. ¡Hembra del demonio! ¡Todas estas porquerías sólo son buenas para echar al fuego!

Yo estaba también profundamente horrorizado por todos estos hallazgos que me recordaban demasiado al vult que en otro tiempo había descubierto bajo la bañera de la habitación 511 del Harnett. Aún conservaba vivas en la memoria las espantosas jornadas en el curso de las cuales había visto cómo esta peste inmunda corroía lentamente mi cuerpo, y que sólo una ceremonia de exorcismo celebrada en medio de un río de aguas agitadas había podido detener. Las dos figuritas de cera acribilladas de sucias agujas me hacían compadecer interiormente a las dos desgraciadas víctimas de los conjuros de Keller. ¿Quiénes eran? ¿Y cómo podía ayudarles? ¿Destruir estas muñecas diabólicas bastaría para salvarles? Sólo Keller podía responder a esta pregunta.

– Esperemos a saber qué puede contarnos sobre estos objetos -dije- Quiero saber a qué los destina.

– ¿Acaso pretende defender una tesis de psiquiatría sobre su caso? -dijo Tenidzé, sorprendido-. ¡Le garantizo que obtendrá un enorme éxito en la facultad!

Me disponía a sonreír cuando una voz fina resonó atrozmente en la habitación donde habíamos dejado a Keller y a los niños. Temiendo lo peor, nos precipitamos fuera de la cocina y corrimos hacia el salón. Lo que acabábamos de oír no era el grito de un niño presa de una simple pesadilla: era un grito de terror, un grito de puro pánico que helaba la sangre. Con las armas en la mano, irrumpimos en la habitación. Los niños estaban ahí, apretujados en grupo en un rincón oscuro, lejos de la chimenea. El lugar que había ocupado Ostara Keller estaba vacío, y lo que todavía era peor, había dos pequeñas siluetas tendidas, inertes, ante el fuego.

– ¿Dónde está la mujer? -preguntó Tenidzé a los niños petrificados de miedo, mientras Swamy y yo nos lanzábamos hacia los cuerpos tendidos.

Sólo pudimos constatar nuestra impotencia para devolver a la vida a los dos chiquillos, que habían sido salvajemente degollados. Ya no podíamos hacer nada por ellos. Swamy no pudo reprimir las lágrimas ante los cadáveres: uno de ellos era el pequeño que se había dormido sobre sus rodillas.

Oí a uno de los niños, el mayor, creo, que respondía brevemente a Tenidzé.

– El chico dice que se ha despertado al oír a uno de los más pequeños, que se agitaba porque Keller quería cogerle algo de las manos. Luego la mujer se ha puesto nerviosa y le ha rajado la garganta con un cuchillo que se había sacado de la bota. Entonces ha gritado. ¡La mujer ha tenido tiempo de matar a otro y de llevarse a un tercero antes de que llegáramos! Ha salido por esta puerta -dijo señalando un pasaje que se abría al fondo de la sala.

– ¡Dios bendito! ¡Llevaba un cuchillo en su bota! -exclamé, maldiciéndome por no haberme atrevido a registrarla-. Pregúntele al niño qué quería cogerle -ordené al georgiano.

– ¡Es estúpido! ¡Dice que era el collar del sargento! -respondió éste sin comprender.

Nuestros ojos se volvieron hacia Swamy. Él sí había comprendido.

– ¡Me había sacado mis placas de identificación para divertir al niño! Se durmió sosteniéndolas en la mano… -confesó el sudra desconsolado-. ¿Qué querrá hacer con eso esta mujer? -añadió en un tono sombrío.

– ¡Poco importa eso ahora! Swamy, cubra estos cadáveres con una manta y quédese con los niños. Tenidzé, acompáñeme. ¡Keller no puede haber ido muy lejos!

Avanzamos por la boca de sombra del pasillo. Mi corazón latía desbocado. Volví a verme en el subterráneo de la stupa, en Calcuta. Me ahogaba, me faltaba aire para respirar, sentía el mismo sudor húmedo deslizándose por el hueco de mis riñones. Acababa de sumergirme en lo más profundo de una antigua pesadilla. Grigor se encontraba detrás de mí. También él parecía dominado como yo por una náusea, a todas luces impropia en dos hombres bien armados que daban caza a una mujer por los pasillos de un palacio desierto. Se suponía que éramos nosotros los cazadores, y sin embargo, oscuramente, nos sentíamos presas. Cruzamos con cautela varias salas que aún no habíamos visitado, pero que también estaban cubiertas de una fina capa blanca cristalina. El pavimento crujía bajo nuestros pasos. Me volví y bajé los ojos.

– ¿Qué hace? -preguntó Tenidzé.

– ¡Por todos los demonios, mire! -exclamé-. Al andar, dejamos huellas bien visibles sobre la escarcha. A ella debería ocurrirle lo mismo. ¡Pero no es así! ¡No hay nada, desde el principio! ¡Es imposible!

– ¡No creo que el chiquillo haya mentido! Aparte del pasillo que hemos tomado para ir de la cocina al salón, sólo hay otro pasillo que salga de esta sala. ¡Y es éste precisamente!

– ¡Se ha escondido muy cerca y la hemos pasado de largo! ¡Es la única explicación! ¡Tenemos que volver sobre nuestros pasos!

Rehicimos el recorrido en sentido inverso registrándolo todo meticulosamente a nuestro paso y, sobre todo, poniendo cuidado en no dejar marcas en el suelo. Pero no vimos ninguna huella aparte de las nuestras y no encontramos ningún indicio que revelara la presencia de Keller o del niño. Volvimos al lugar donde nos esperaban Swamy y los chiquillos.

– ¿Y bien? -preguntó ansiosamente el sargento.

Le respondimos con gestos de impotencia. Estábamos desorientados.

– Voy a verificar el camión -dije-, y a desmontar el carburador. Tenidzé, vaya a la cocina a recuperar el contenido de la caja. Esperaremos a que se levante el día para efectuar un registro en mejores condiciones. Hay demasiadas zonas en sombra donde ha podido esconderse.

– Es una decisión razonable, mi coronel -aprobó Swamy.

Me dirigí a la explanada donde habíamos dejado el ZIS, pero no conseguí desmontar el carburador. No me preocupó demasiado. Todas las piezas del motor estaban contraídas por el hielo y se necesitarían dos horas como mínimo de un calentamiento controlado para poder arrancar el vehículo. Era imposible que Keller pudiera apoderarse de él y huir sin llevar a cabo esta larga operación previa. Fuera cual fuese su escondrijo en el palacio, estaba atrapada. Si la austríaca hubiera estado sola, creo que gustosamente la hubiera abandonado a su suerte. Morir helada o devorada por los lobos en las estepas de la Europa oriental no hubiera sido un mal fin para el monstruo que era. Mi alma hubiera podido contentarse fácilmente con lo que, en otra época, algunos hubieran calificado como el juicio de Dios. Pero no podía dejar de pensar en el niño que había tomado como rehén. Teníamos que intentarlo todo para salvarle, para devolverle a la luz. No podíamos abandonarle. En estado de alerta, volví al interior del edificio. Al oírme, Tenidzé me llamó desde la cocina, donde le encontré ante la colección de los bienes de Keller.

– ¡Faltan objetos! -anunció en tono fúnebre-. La gran bola de cera ya no está aquí. Ni las agujas de ámbar…

– ¿Está seguro? ¿Cree que han podido llevárselos las ratas?

– No hay ratas en estas regiones en invierno. Y además, en el supuesto que las hubiera, podrían haberse zampado la cera, pero ¿las agujas…?

– ¿Ha visto marcas en el suelo?

– ¡Ninguna! ¡Pero no hay duda, la cera y las agujas han desaparecido!

Intercambiamos una muda interrogación. ¿Por qué motivo habría venido a buscar Keller precisamente estos objetos? ¿Y cómo podía desplazarse sin dejar huellas en el suelo helado?

Incapaces ambos de proporcionar respuestas satisfactorias a estas preguntas, reunimos lo que quedaba de la panoplia de Keller y volvimos con Swamy, que había conducido a los niños al salón de música para evitar que contemplaran los cadáveres de sus compañeros ejecutados. El hindú vigilaba el fuego que había conseguido encender en la chimenea.

– ¿La han visto, mi coronel?

– No, Swamy. No sabemos dónde está. Reemprenderemos la caza al alba, dentro de una hora más o menos. ¿Cómo están los niños? -pregunté echando una ojeada a los chiquillos, agrupados como una carnada de leoncitos atacados súbitamente por una hiena.

– No muy bien, creo. Imagine la impresión que esto ha debido de causarles…

Sí, imaginaba lo que podían estar pensando en este mismo instante. Uno de los pequeños se dirigió a Tenidzé.

– Pregunta si pueden ayudar a matar a Baba Yaga… -tradujo el georgiano con una media sonrisa.

– ¿Baba Yaga?

– Es la bruja mala de nuestros cuentos eslavos. Secuestra a los niños, se los come y fabrica lámparas con sus cráneos… ¡No hace falta que se siga preguntando qué piensan de Keller, mi coronel!

Agotado, helado hasta los huesos por la espantosa noche de invierno que nos rodeaba, me acerqué al fuego que ahora ardía con fuerza en la chimenea. Swamy estaba a mi lado y trataba de ahogar su tristeza en la contemplación de las llamas. Le miré con el rabillo del ojo, sin atreverme a turbar su dolor. Se mantenía inmóvil, casi petrificado. Apenas respiraba. Vi cómo una gruesa lágrima roja se deslizaba a lo largo de su sien. Al principio no comprendí de qué se trataba, pero pronto los resplandores del fuego disiparon todas mis dudas.

– Swamy, ¿está herido? -le pregunté con dulzura, volviéndome hacia él.

No me respondió, pero constaté que otros regueros rojos se habían deslizado ya por su rostro y lo recubrían como un sudario de sangre. Empezó a temblar. Lo sacudí y le llamé. Sin resultado. El hindú había entrado en una catatonía profunda y ahora podía ver cómo la sangre le traspasaba la ropa. Largas manchas oscuras se extendían sobre su battle-dress blanco, saturaban las fibras y caían en pesadas gotas al suelo. Un charco que se extendía rápidamente rodeaba ya al sudra. Un niño gritó. Swamy se desplomó y empezó a sufrir convulsiones, agitando las manos y las piernas, proyectando sangre a su alrededor. Le abrí las ropas para localizar la herida, pero ya sabía que no encontraría ninguna: todo su cuerpo expulsaba la sangre como un sudor maligno. Swamy agonizaba de un mal provocado por la bruja Keller, y yo presumía que la hemorragia general que le estaba exprimiendo hasta la última gota de su sangre, como a un vulgar animal en el matadero, no cesaría. Tenidzé se acercó, pero permaneció mudo. Instintivamente, creo que también él sabía que no había esperanzas de salvar al pequeño sargento de Calcuta. Swamy expiró en unos minutos sin haber recuperado el conocimiento. Los niños, que habían formado un círculo en torno a él, lloraban a su nuevo amigo desaparecido.

– Lleve a los niños al camión y proceda al calentamiento -le dije a Tenidzé-. Bloquee todas las puertas tras de sí. Si no he vuelto para cuando el ZIS esté listo para arrancar, coja el lanzallamas, incendie el palacio y luego lárguense de aquí. Es la única solución.

– ¿Y usted? ¿Qué hará usted? -preguntó el georgiano.

No respondí. Ya no estaba en condiciones de hablar. Sólo la emoción y la rabia que me embargaban dirigían mi voluntad y mi intelecto. Encajé un cargador lleno en mi pistola ametralladora, hice subir la primera bala a la cámara de percusión y partí solo a cazar a la austríaca en el oscuro laberinto de la inmensa residencia señorial. Mi cuerpo y mis sentidos se encontraban en un estado de tensión extrema. No sabía dónde registrar y, por más que me torturaba buscando algún elemento racional sobre el que basarme para orientar mi búsqueda, no conseguía encontrarlo. Apenas distinguía la derecha de la izquierda, las alturas del suelo, el delante del detrás. Temblando, con el arma en la mano, avancé como en un océano de algodón. Sin embargo, objetivamente, ¿qué tenía que temer de una mujer armada con un cuchillo? ¿Y qué era yo? Un hombre animado por un feroz deseo de venganza. Y mis dedos estaban crispados sobre una máquina que podía matar a cien metros. En buena lógica, Keller no disponía de ninguna oportunidad frente a mí, ya que no poseía ningún objeto que me perteneciera y pudiera utilizar para sus maleficios. Bastaba con que la localizara y la abatiera inmediatamente. Sin plantearme preguntas. Sin la sombra de una duda. Y si era así, ¿por qué sudaba de miedo mientras recorría los interminables pasillos de este palacio silencioso atrapado por la escarcha? ¿Acaso tenía miedo de que mis temores más íntimos se materializaran de repente? ¿Temía que los monstruos de la infancia se revelaran y llegaran para arrastrarme a su guarida donde pudieran devorarme lentamente, como una araña que se deleita con una mosca atrapada en su tela? La desesperación invadió todo mi ser, y luego, llegando como una marea irresistible, la cólera me dominó, y con ella volvió el coraje. De pronto dejé de mantenerme encorvado como un viejo. Erguí mi cuerpo, ensanché las espaldas e hice entrar tanto aire como pude en mis pulmones con largas y ávidas inspiraciones. Desaté la casulla blanca que me había colocado sobre el uniforme y que entorpecía mis movimientos, la lancé tras de mí, y me situé en el centro del pasillo para avanzar al descubierto, sin tratar ya de camuflarme. Fuera, empezaba a amanecer y una débil luz color pizarra ascendía poco a poco sobre los muros de la mansión. Avancé sin ocultarme ni tratar de enmascarar el ruido que hacía. Al contrario. Estaba harto de jugar al escondite. Quería acabar cuanto antes, fuera cual fuese el resultado del encuentro. Crucé la planta baja de un extremo a otro, abriendo las puertas ruidosamente, derribándolo todo a mi paso, volcando las mesas y los sillones tras los que podía ocultarse Keller. Rompí las sábanas blancas rígidas por el hielo que cubrían casi todos los muebles y verifiqué meticulosamente cada rincón. Sentía que mi oído, mi vista, eran más penetrantes que nunca. Percibía hasta los detalles más nimios del entorno, hasta los menores sonidos que se propagaban a lo largo de las salas abandonadas.

Regresé al vestíbulo de entrada, de donde partía una hermosa escalera de mármol negro que conducía a los pisos superiores. Subí y entré en la primera habitación que apareció ante mí, una larga galería en cuyas paredes había expuestos una serie de cuadros impresionantes por su tamaño y su belleza, también recubiertos por una fina escarcha. Curiosamente, el hielo formaba sobre ellos una capa de barniz transparente que avivaba sus colores. En algunos lugares incluso producía un efecto de lupa hasta el punto de resaltar detalles que el artista hubiera querido discretos pero que, bajo el efecto de este fenómeno inesperado, se propulsaban a un primer plano de la obra. En la primera tela, una mujer desnuda corría por un bosque, huyendo de un caballero de armadura negra que había lanzado en su persecución a una jauría de perros. Luego vi a un dragón repulsivo como un gusano que sucumbía bajo los golpes de un ejército de niños que agitaban cortas espadas con las hojas adornadas con extraños entrelazos en relieve. Más allá, una especie de Saturno ahíto, pintado a la manera del Bosco, parecía revolver sus propios excrementos en busca de un pedazo de carne de niño no digerida que aún podría masticar. Me detuve ante un gran san Jorge. Era una tela inmensa, instalada en un entrante del muro flanqueado a media altura por dos pequeñas hornacinas. Aún se veían restos de velas y residuos de lo que en un tiempo tal vez fueran flores silvestres. Ante la pintura había un reclinatorio, y el conjunto formaba como una capilla. Al adelantarme vi que la armadura del santo caballero reflejaba miríadas de rostros de niños, como imbricados unos en otros. Aunque mi mente no alcanzaba a comprender el significado de esta imagen, la contemplación de aquella obra que parecía desprender una energía poderosa me proporcionó un gran consuelo. Sentí el deseo de arrodillarme un instante en el reclinatorio y de recogerme para que mi alma pudiera empaparse de nuevo de un poco de fuerza sana en lugar de la cólera que me animaba, pero al instante vi una masa compacta no muy lejos sobre el suelo que atrajo mi atención. Se me encogió el corazón en un puño. Avancé con los cinco sentidos en alerta, tratando de que mi mirada penetrara en las tinieblas del fondo de la galería. Ciego de ira, me incliné sobre el cadáver del niño secuestrado por Keller. También había sido degollado, y su cuerpo ya era presa del rigor mortis, este estado de rigidez interna que adquiere el cadáver poco después de morir y que se produce cuando los músculos ya no reciben el influjo nervioso. La piel de su rostro se había retraído, comprimiéndose contra los huesos de la frente, los pómulos y las mandíbulas. En el extremo de su pequeña nariz, el cartílago ya se había fundido horriblemente y dejaba entrever los detalles del esqueleto de la cara. Estimé que había muerto hacía aproximadamente una hora, más o menos en el momento en que Swamy había empezado a sangrar. Observé con atención el lugar donde se encontraba: ningún rastro de pasos, excepto los míos, enturbiaba la virginidad de los cristales de escarcha que, como en la planta baja, recubrían uniformemente el suelo.

A dos o tres pies del cadáver distinguí un objeto de apenas unas pulgadas. Lo recogí y lo observé con una mezcla de repulsión y de inexplicable atracción. Era una masa de cera groseramente modelada en forma de hombre: un simple rectángulo para el tronco, cuatro rollos para los miembros y una bola para la cabeza. Ningún otro detalle. El muñeco podía representar a cualquiera, y estaba embadurnado con un líquido negro viscoso que despedía un olor metálico inconfundible: la marioneta estaba empapada de sangre del niño agonizante. Al palpar el inmundo simulacro, creí sentir una estructura rígida en su interior. Rasqué hasta llegar al corazón de la cera y apareció una placa fina de metal, como las que llevan los soldados en torno al cuello, recubierta por unos grumos negros que no me impidieron leer el nombre y matrícula de su propietario: el sargento Habid Swamy. Mi razón me abandonó, y olvidando toda prudencia, me agaché en el centro de la galería y permanecí allí inmóvil, ajeno al transcurrir del tiempo. Alelado, me quedé mirando fijamente tres pequeñas manchas de sangre que habían caído sobre la escarcha. Los nuevos cristales que se formaban constantemente frotaban las manchas rojas, las absorbían, las redimían… Saqué extrañas conclusiones de este espectáculo que me fascinaba. Tuve la intensa sensación de haber vivido ya este instante, o tal vez no era uno de mis propios recuerdos el que me volvía a la memoria, sino un instante arquetipo, un momento y una situación de un simbolismo primordial del que no llegaba a captar por completo el sentido. Un zumbido ascendió hasta mis sienes y me sentí dominado por un vértigo que me obligó a tenderme de espaldas. A la luz del alba, que a cada instante invadía un poco más la habitación, pude ver que el techo reproducía el firmamento y las estrellas. De la polar, sin embargo, no partía una única Osa Mayor, sino cuatro, orientadas hacia los puntos cardinales, equinoccios y solsticios de las estaciones. Era como si aquí las cuatro grandes estaciones del año se hubieran confundido en un solo punto, un único cubo de rueda celeste donde el tiempo dejaba de ser lineal para volverse sobre sí mismo y hacerse espiral, curvo, ciclo eterno. Un rayo de sol barrió la habitación y pasó de pronto sobre mi rostro, arrancándome de golpe de la letargia en que me ahogaba. Me puse en pie, abandoné la galería de los cuadros y volví a bajar la escalera. Fuera, Tenidzé esperaba cerca del camión. Aún no había hecho subir a los niños.

– No la ha encontrado, ¿verdad?

– No. Aún no. Tal vez haya optado por huir por los bosques.

– Sí, creo que eso es lo que ha hecho. ¡Mire!

El comisario político me tendió los prismáticos y me señaló la linde norte, donde un extraño resplandor atrapaba la luz del sol, a cuatrocientas o quinientas yardas de donde nos encontrábamos. No pude ver qué era lo que brillaba con tanta intensidad, pero sin duda no era algo natural.

– ¿Quiere que vaya a verificar de qué se trata? -propuso el georgiano.

Decliné la oferta. Keller me pertenecía sólo a mí y no permitiría que nadie se ocupara de darle caza. Cogí, pues, a toda prisa algunos efectos del ZIS -una brújula, raciones para un día y municiones- y partí sin volverme después de haber prevenido a Tenidzé:

– Déme tiempo hasta mañana al alba. Si para entonces no he vuelto con la cabeza de la ogresa, lárguese sin esperarme.

El georgiano me conocía ya lo suficiente para darse cuenta de que mi decisión era irrevocable. Me dejó marchar, no sin antes prometerme que velaría por los niños, ocurriera lo que ocurriese.

Con mi pesada PA colgada del cuello y cruzada sobre el pecho, empecé a avanzar en dirección al bosque, directo hacia el norte. Mi cuerpo, lastrado por el equipo, se hundía penosamente en la nieve. Por fortuna ésta estaba tan endurecida por el hielo que no cedía del todo bajo mi peso y, después de unos minutos de tanteo, encontré el ritmo apropiado para propulsar mi cuerpo de forma eficaz y bastante rápida para que mi persecución tuviera alguna probabilidad de éxito. De todos modos, aún necesitaba asegurarme de que estaba siguiendo la pista adecuada, lo que no podría comprobar antes de haber alcanzado ese extraño resplandor que los rayos rasantes del sol invernal seguían enviando intermitentemente. Llegado al punto de donde partían los reflejos, vi que habían plantado una daga en el tronco de un árbol de modo que su hoja atrapara la luz el mayor tiempo posible. Inmediatamente reconocí la forma característica de esta arma. «Daga SS, forjada sobre el modelo de las espadas de las legiones romanas», había dicho en otro tiempo Hardens cuando yo había depositado sobre su escritorio un arma similar, la utilizada por Keller para tajar la tráquea del soldado Liman. Porque en efecto, este semáforo deliberadamente hundido en el bosque era de origen SS. La cruz gamada y las runas de combate que adornaban el mango no dejaban dudas al respecto. Con circunspección, tiré de la guarda y liberé la hoja. Un lento hilillo de savia fluida surgió en el canal, señal inequívoca de que hacía menos de media hora que la daga había hendido las fibras de madera. Con el corazón desbocado, empecé a buscar otros indicios y penetré en la espesura que inauguraba el bosque. ¡Muy pronto descubrí rastros sobre el suelo! Eran los pasos de un hombre solo. Las huellas, bastante hundidas en la nieve, revelaban que se trataba de un sujeto de elevada estatura y bastante pesado. ¡Las ramas rotas sobre el camino que había tomado formaban una especie de trocha de animal salvaje sobre el que podía deslizarme! Tras deshacerme del material superfluo, conservando sólo mi pistola ametralladora y un Thokarev con dos cargadores, me lancé a correr tan rápido como pude a lo largo de esta improvisada vereda que se abría ante mí casi tan claramente como lo hubiera hecho un camino vecinal. Mientras el aire frío me desgarraba el pecho, traté de adivinar la identidad del hombre que me señalaba su presencia de un modo tan inesperado. Pero por más que buceé en lo más profundo de mis recuerdos y me planteé todas las hipótesis posibles, fui incapaz de encontrar una respuesta satisfactoria, y me limité a constatar el hecho de que un cazador desconocido iba en pos de las huellas de Keller. En ningún momento me pasó por la cabeza que toda esta puesta en escena tuviera por fin despistarme. Al contrario, a medida que me abría camino por entre la maleza y los barrancos del bosque, me convencía de que el hombre que me precedía estaba en mi mismo bando, cualquiera que fuera el color del uniforme que llevara. Llegué a la conclusión de que si había querido que le siguiera, era porque reclamaba mi ayuda. Corrí, pues, levantándome cada vez que caía -lo que ocurría con frecuencia, porque me pesaban las piernas y tenía muchas dificultades para evitar las raíces o las rocas que afloraban en gran número del suelo-, obligándome a un esfuerzo que superaba en mucho mi capacidad de agotamiento.

Hacia el mediodía crucé un inmenso lago helado en medio de una llanura barrida por vientos violentos que provocaban un brusco descenso de las temperaturas, tan acusado que los bosques de pinos que acababa de abandonar parecían, en comparación, un baño turco. La luminosidad, sobre este lago, era terrible, tan intensa que las lágrimas me corrieron por las mejillas y tuve que avanzar cerrando completamente los ojos para no quemarme las retinas. Cuando llegué por fin al borde de la helada superficie de agua, creí que había perdido el rastro de mi predecesor y que éste había aprovechado esta encrucijada lisa para cambiar de dirección, pero después de unos minutos de búsqueda angustiada, volví a encontrar las huellas de sus pasos. Seguí así hasta media tarde, sin poder pensar y ni siquiera sentir miedo. Mi cuerpo no era sino una mecánica que repetía incansablemente la misma carrera hasta desgarrar mis músculos, hasta quebrar mis huesos.

La noche se anunciaba ya cuando llegué, después de haber atravesado una interminable lengua de taiga, a una nueva extensión forestal. Para entonces hacía mucho tiempo que había superado el punto de no retorno, y sabía que me sería imposible volver antes del alba al palacio de vidrio donde aún me esperaban Tenidzé y los niños. Ya no tenía fuerzas para hacerlo. Con toda probabilidad, sin víveres y sin un refugio donde pasar la noche, en el curso de las próximas horas caería para no levantarme nunca más. La esperanza de vivir me había abandonado. Sólo me quedaba la voluntad de atrapar a Keller antes de que la oscuridad sumergiera al paisaje en una opacidad impenetrable para el ojo humano. Me ajusté mi pistola ametralladora a la cadera y me deslicé al interior del bosque. El paso de la luz del día a las sombras del crepúsculo hacía crujir la madera y gemir las piedras, un cambio al que yo no prestaba atención. Mis pensamientos aún estaban concentrados en las huellas de las botas de mi guía, ahora apenas visibles en la nieve. Con el rostro inclinado casi a ras de suelo, alcancé un amplio calvero donde reinaba un oasis de claridad. ¡Las huellas se interrumpían bruscamente en la linde del claro! Presa de la desesperación, traté de localizarlas de nuevo, avanzando, inclinado como una anciana, hasta el centro del boquete; pero todos mis esfuerzos resultaron infructuosos. Un primer copo de nieve cayó suavemente sobre mi mano. Luego otro revoloteó ante mis ojos. La noche traía las nubes y, con ellas, una nueva nevada que en unos minutos acabaría por borrar cualquier pista… suponiendo que aún hubiera alguna. Mis últimas esperanzas de encontrar a Keller se desvanecieron del todo y me derrumbé pesadamente en el suelo, agotado, aturdido, helado y corroído por un sentimiento de impotencia absoluta. Durante unos minutos, mi mirada partió hacia el cielo negro, donde traté en vano de aferrarme al calor de una estrella; pero todo, por encima de mí, permaneció tan negro, glacial y silencioso como si ya estuviera sepultado bajo tierra. Cerré los ojos, me encogí como una bola contra el suelo y esperé que la muerte tomara posesión de mí…

Un soplo de aire caliente pasó de pronto como una llama sobre mi piel. Me incorporé bruscamente, pero un adversario había dejado caer ya todo su peso sobre mí, y con su rodilla hundida en mi espalda y su mano agarrada a mis cabellos, me estiraba hacia atrás con una fuerza diabólica. Un relámpago blanco pasó ante mis ojos y me debatí con todas mis fuerzas; al instante comprendí de qué se trataba: la hoja de un puñal buscaba mi carótida. Desesperado, peleando por mi vida sin saber contra quién luchaba, sólo conseguí sacudir mi cuerpo de forma desordenada, ineficazmente. Al ver el brazo delgado que se agitaba ante mí supe que pertenecía a la austríaca, la agente del SD Ausland, que pugnaba por perforar la delgada piel de mi garganta. Contraje los músculos para tratar de desequilibrarla, pero se había aferrado con fuerza a mí y resistía a los empujones frenéticos que le propinaba. ¡El pánico me cegó hasta tal punto que había olvidado que me hubiera bastado con desenfundar el Thokarev para hacer fuego sobre ella a quemarropa! ¡Pero yo estaba demasiado azorado para pensar en eso! De pronto sentí un dolor fulgurante en el rostro, que me llevó a gritar hasta casi desgarrarme las cuerdas vocales. Quise respirar a pleno pulmón, pero al inspirar, mi nariz se llenó de un líquido caliente y graso, con sabor a hierro, que entró en cascada en mi garganta y que a punto estuvo de ahogarme. El terror, la furia provocada por un dolor físico in crescendo que paralizaba una gran parte de mi rostro, decuplicó mis fuerzas y mi determinación por sobrevivir. Presioné con las piernas, apoyándome en los músculos de mis muslos hasta casi desgarrarlos, y me levanté lo suficiente para desequilibrar a Keller, que rodó por encima de mi hombro y cayó en la nieve. La sangre seguía brotando y aún no había tenido tiempo de localizar bien el corte. Toda la cara me dolía, pero ningún líquido caía sobre mis ojos. Me pasé la mano por las mejillas, los labios, la nariz, y allí sentí un espantoso vacío… ¡La hoja de la austríaca acababa de cortármela de cuajo! Aprovechando mi estupor, Keller se levantó con la agilidad de un gimnasta y volvió a la carga, blandiendo el arma en alto. Traté de esquivarla, pero mi pie resbaló sobre el hielo y caí pesadamente, sin poder hacer nada por detenerla. Moviéndose a una velocidad infernal, se arrodilló sobre mí, dejando caer todo su peso sobre mis costillas, algunas de las cuales se quebraron bajo el asalto y perforaron mis pulmones, aumentando aún más si cabe mis sufrimientos, mi angustia, mi locura… Vi cómo la hoja descendía sobre mi tórax sin que nada, salvo la gruesa capa de mis ropas de invierno, la detuviera. Un dolor fulgurante atravesó mi hombro derecho paralizándome del todo. Ya no podía oponer ninguna resistencia a Keller, me tenía completamente a su merced. Vi su rostro que sonreía, no a mí, desde luego, sino sin duda al demonio que alimentaba, al mismo al que estaba ofrendando mi vida. Cerré los párpados y esperé la liberación, en el pleno convencimiento de que ya sólo me quedaban unos segundos de sufrimiento antes de que una bienaventurada nada me envolviera por toda la eternidad. Pero en lugar del silbido de la hoja hendiendo el aire, oí un impacto terrible, el ruido de una culata abatiéndose con violencia contra un cráneo. A pesar de mi dolor, a pesar de mi miedo, abrí los ojos. Privada de conciencia por el golpe que acababan de asestarle, la austríaca se derrumbó a mi lado. Dominándonos a ambos con su altura, un gigante de cabellos rubios y ojos grises apretaba ferozmente las mandíbulas y levantaba ya la culata de su arma, sin duda dispuesto a asestarle un nuevo golpe a Keller si hacía el menor gesto de levantarse. ¡En la manga de su uniforme de combate brillaba el emblema negro con la doble runa de plata del ejército de los siniestros SS!

Nunca llegué a conocer los detalles de nuestro retorno hacia el palacio de vidrio. Porque después de la lucha con Keller en el calvero y de que la austríaca me hubiera cortado la nariz, me desvanecí, y mi último recuerdo fue el de la aparición repentina de un hombre cuyo uniforme llevaba las insignias de nuestros enemigos más feroces. Cuando recuperé el conocimiento, el día se había levantado y me habían instalado en un trineo improvisado del que tiraba la propia Keller, libre de ataduras pero vigilada de cerca por el gigante rubio. Quise hablar, preguntar a este hombre quién era, pero las punzadas de dolor que sentí al hacerlo fueron tan violentas que casi inmediatamente volví a caer en un estado de inconsciencia. El calor de un gran fuego me sacó definitivamente de este pozo sin fondo. Por encima de mí, Tenidzé se afanaba en atenderme, obligándome a tragar algunas cucharadas de una sopa ardiente que acababa de preparar.

– Seguimos en el palacio blanco -me dijo- Un hombre le salvó, y les trajo aquí, a usted y a Keller. Aún es noche cerrada. Descanse, coronel, partiremos mañana y se lo contaré todo…

Pero yo encontré fuerzas para levantarme e insistí en saber qué había ocurrido. Resignado, Grigor me refirió entonces lo poco que había conseguido sonsacar al extranjero. El hombre había aparecido tres días después de mi marcha, me había depositado ante la entrada del palacio y había llamado para que vinieran a buscarme. Ante el estupor de Tenidzé, que le había apuntado con su arma en cuanto había visto su uniforme, el tipo le había revelado que se llamaba Gärensen y que había trabajado durante mucho tiempo para el SD Ausland.

– Para nosotros, la guerra ya está perdida -le había dicho al georgiano- ¡Esta mujer era de los nuestros, pero ahora es imperioso que los vencedores la juzguen por sus crímenes! Sin embargo, aún queda algo por hacer para que esto sea posible…

Entonces, ante la sorprendida mirada del soviético y a pesar de las súplicas de la chica, que había empezado a gritar como una posesa en cuanto comprendió cuáles eran las intenciones de Gärensen, se había sacado del bolsillo la horrible muñeca esmaltada en forma de feto que habíamos descubierto en la caja blindada para, acto seguido, partirla con un preciso culatazo. Mientras Tenidzé seguía perplejo, sin comprender nada de lo que estaba pasando, y Keller se desplomaba sobre la nieve como si de pronto se hubiera visto privada de sus huesos y sus nervios, el alemán había girado sobre sus talones para irse, sin dar ninguna explicación, y sin reclamar nada tampoco.

Grigor no había tenido el valor de retenerlo, y ni siquiera la voluntad de abatirlo. ¿Para qué iba a hacerlo? Se había contentado con encogerse de hombros, asegurarse de que las ataduras de Keller eran firmes y arrastrarme al interior del edificio para lavar mis heridas y calentar mi cuerpo helado.

– Y eso es todo lo que puedo decirle, mi coronel -concluyó con un dejo de fatalismo, acabando su relato-. Si ha conseguido sacar algo en claro de esto, ya sabrá más que yo…

De hecho, yo no estaba en mejor situación que Tenidzé. Conocía el nombre de Thorün Gärensen. Lo había preservado en un lugar recóndito de mi memoria desde hacía casi diez años y, aunque no hubiera vuelto a oírlo desde entonces, recordaba perfectamente quién me había hablado de él un día, en una casa de la India, un hombre de gafas redondas y labios orlados al que muchos llamaban Netaji… «Gärensen es el oficial de referencia de Keller-había dicho Bose-. Es uno de los hombres de confianza de Heydrich, que es, a su vez, el brazo derecho de Himmler…» ¡Así pues, el hombre que me había salvado la vida y que había entregado a nuestros servicios a su propia acolita era una de las figuras más relevantes del organigrama nacionalsocialista! ¡Aquello me parecía increíble! ¿Por qué el responsable de una de las más poderosas redes de espionaje del mundo daba caza a uno de sus propios agentes? ¡No tenía ningún sentido!

Este interrogante enseguida hizo nacer muchos otros, que me aturdieron hasta provocarme vértigo; pero de pronto, cuando al fin ya me creía en condiciones de poner en orden mis pensamientos y percibir algunas conexiones lógicas entre esta mezcolanza de acontecimientos dispersos, Tenidzé y yo oímos resonar un grito desgarrador que provenía de la habitación contigua. El georgiano se precipitó hacia ella, preocupado por los niños… Yo le seguí como pude, apoyándome en las paredes y en el marco de la puerta para avanzar sin caerme. Y cuando llegué junto al soviético, fui testigo de la escena más terrible que nunca he presenciado. En el pequeño salón donde el georgiano la había atado cuidadosamente en el suelo, Keller se retorcía, aullaba, se encabritaba como una mantis atacada por miríadas de hormigas. Sobre ella hervía una marea de niños que la mordían rabiosamente, la cortaban con sus uñitas, machacaban su carne con los puños, los pies, las rodillas, los codos… Tenidzé les dejaba hacer, como un cazador asiste, satisfecho, a la encarna de sus perros. La austríaca trataba de debatirse, pero la docena de niños que se agarraban a ella le impedía todo movimiento. Estaba atrapada. Y lo sabía. Aullaba… Sus ropas, desgarradas por los chiquillos, quedaron hechas jirones y su carne apareció, desnuda, frágil, ofrecida a la voracidad de los pequeños vengadores. Enloquecidos por la visión de este cuerpo tierno y liso entregado a sus dientes y sus garras, los niños descuartizaron a la chica a bocados, la pelaron como una fruta sin el menor escrúpulo, sin sombra de remordimiento. No se detuvieron hasta que no fue más que una pulpa, con la piel arrancada desvelando los nervios, los músculos, los tendones, como un cadáver descuartizado en la escuela de medicina. Sin embargo, Keller seguía con vida, y encontraba incluso fuerzas para agitarse, germen rojo y viscoso condenado a reptar por el suelo helado del palacio de vidrio. Tenidzé corrió por el pasillo, desapareció unos instantes, y luego volvió hacia mí para atarme un pedazo de tela en torno al rostro. Trastornado por lo que acababa de ver, no tuve fuerzas para reaccionar y no opuse resistencia. Después vi que reunía al rebaño de niños enloquecidos, bañados en sangre, y les indicaba que se alejaran del cuerpo palpitante de Ostara Keller. Oí cómo abría al máximo el tubo del lanzallamas que se había cargado a la espalda y aumentaba la presión de nitrógeno en el mecanismo de tiro. Hubo primero un largo bufido de aceite cayendo en gotitas finas y envolviendo el cuerpo de Keller con una película de grasa brillante, y luego, tomándose su tiempo y sabiendo que los ojos reventados de la austríaca no habían impedido que ésta comprendiera la suerte que le esperaba, Tenidzé conectó el encendedor al extremo del cañón. Todo se inflamó entonces en un segundo, y una atroz ola de calor mezclada con un indescriptible olor a carne carbonizada nos envolvió, a los niños y a nosotros. Keller aulló, pero ya no era más que una antorcha llevada a la incandescencia. Ni siquiera los Galjero hubieran sido capaces de hacer nada por ella.

– ¡Vida de bruja, muerte de bruja! -soltó sentenciosamente Tenidzé dejando caer su horrible instrumento al suelo-. Sólo espero que no haya otras como ella -dijo el georgiano antes de pasarme el brazo por los hombros y ayudarme a salir del palacio.

Los niños nos siguieron sin conceder una sola mirada a su víctima, que -tal vez demasiado pronto para ellos- ya no gritaba. Desde el salón, el fuego se propagó rápidamente al resto del edificio. Bastaron dos horas para que todo quedara reducido a cenizas.

HORIZONTES TRANSATLÁNTICOS

Lo que sucedió luego entra en el terreno de los detalles. No abandonamos las inmediaciones del palacio de vidrio antes de haber visto cómo la mole se derrumbaba sobre sí misma y se consumía todo lo que habían contenido sus muros. Todos rezamos una larga oración por Habid Swamy, cada uno en nuestro idioma. En mi fuero interno, yo sabía que se hubiera sentido feliz de saber que su cuerpo sería purificado por el fuego. Por un segundo deseé compartir las creencias de su pueblo. Entonces hubiera estado persuadido de que el pequeño sargento sudra de Calcuta pronto se reencarnaría y llevaría una existencia digna de su inteligencia, de su tenacidad, de su bondad. Tenidzé me instaló en la plataforma y colocó a su lado, en la cabina, a los dos niños mayores.

Sólo recuerdo vagamente las peripecias del retorno, porque, en cuanto el ZIS se puso en marcha, me hundí en un sueño comatoso. Cuando me desperté, estaba en la habitación de un hospital militar soviético. El cónsul británico se encontraba a mi cabecera. Estábamos a finales de enero de 1945, y los combates más mortíferos para la liberación de Europa aún no se habían producido. La guerra se prolongaría aún seis largos meses, en el curso de los cuales se cometerían atrocidades sin nombre. Sin embargo, para mí todo esto había acabado. Las palabras reconfortantes del diplomático inglés me importaban bien poco. El hombre me hablaba de Bose -todo el mundo parecía haber perdido definitivamente su pista- y de los hindúes de la Legión de la India libre que se habían implicado en el juego fúnebre de la guerra, pero yo no le escuchaba. No eran las noticias lo que yo quería oír. Mis pensamientos estaban exclusivamente centrados en los niños de la columna Keller. Después de haber perdido a Khamurjee, al menos había podido salvarles a ellos. Y mi conciencia me prohibía ahora abandonarlos cobardemente a su suerte de huérfanos de guerra. Aquí y allá preguntaba qué había sido de esos chiquillos, pero nadie sabía responderme. Una mañana, Tenidzé entró en mi habitación. El georgiano era todo sonrisas, parecía feliz, pero la emoción que me causó su visita me hundió y lloré largamente. Con mucha delicadeza, como se habla a un enfermo grave, Grigor me explicó que había conseguido confiar provisionalmente a los niños a algunas familias de una pequeña comunidad rural, no muy lejos de la ciudad donde yo estaba hospitalizado. Los chiquillos ya no querían separarse y esperaban con impaciencia el momento de volver a verme.

– ¡Se quedará pasmado, coronel Tewp! ¡Estos chicos son extraordinarios! ¡No dejan de sorprendernos! ¡Creo que todos sin excepción son unos superdotados, y ahora actúan como si realmente fueran hermanos!

Las revelaciones del georgiano no me sorprendieron. Yo también había percibido un fuego extraño brillando en los ojos de estos niños, el mismo que iluminaba las pupilas de Khamurjee cuando mordía una fruta, acariciaba a su mangosta o recitaba leyendas de los antiguos reinos de las Indias…

Antes de que me repatriaran a Gran Bretaña, escribí a lord y lady Bentham para informarles del increíble giro que habían dado los acontecimientos en nuestra caza de los monstruos. Desde principios de los años cuarenta, los Bentham ya no vivían en Londres y habían abandonado el Viejo Continente para instalarse en Nueva York, de modo que me propusieron que me reuniera con ellos allí, un deseo que incluía también a todos los niños a los que había salvado de las garras de Keller. No fue fácil acceder a su solicitud, porque el mundo todavía estaba en guerra y las relaciones entre soviéticos y aliados empezaban a ser tensas -cada uno desconfiaba del otro tal vez más aún de lo que desconfiaba de su enemigo del momento-; pero gracias a la fortuna de los Bentham y a algunas influencias que yo mismo puse en juego, conseguí, inmediatamente después de la caída de Berlín, hacer embarcar a los niños en un transporte civil con rumbo a América. Tenidzé nos acompañaba, porque el georgiano había decidido desertar de las filas del Ejército Rojo.

– ¡Quiero ver América! -me soltó triunfalmente mientras, sin remordimiento alguno, removía con un hurgón los restos de su uniforme marcado con la estrella roja, que había metido entero en una estufa esmaltada-. Y además, los niños me necesitan. ¡Soy el único que los entiende! ¿Cómo haría para enseñarles inglés sin mí?

Me reí a gusto con su ocurrencia. El hecho era que con la máscara de cuero que me veía obligado a colocarme sobre el rostro para ocultar su fealdad, me sentía muy débil y muy triste. La amistad del georgiano, la de los niños, y la confianza de los Bentham eran todo lo que me quedaba, aparte de mi odio por los Galjero.

En el puente del paquebote dimos, pues, nuestras primeras lecciones de vida occidental a los niños. Todos se revelaron extraordinariamente dotados para el aprendizaje, y la eficacia de las clases se vio acrecentada adicionalmente por la experiencia y el tacto del que hacía gala Grigor Tenidzé. Claro que el antiguo comisario político del NKVD había recibido una sólida formación en Moscú en materia de manipulación y adiestramiento pedagógico. Y la excelencia de esta enseñanza hacía maravillas. ¡En apenas unas semanas habíamos transformado a estos niños, que habían oído hablar inglés por primera vez en su vida en el tambaleante vehículo oruga que conducía Habid Swamy, en pequeños kiddos de los que se hubiera podido decir que no habían conocido más horizonte que el de la playa de Coney Island! Todas las noches, durante la travesía, los llevamos también al cine, para que se empaparan de las costumbres y los acentos del Nuevo Mundo. Los pequeños, tan maravillados como circunspectos, descubrieron en él las chaquetas con trabilla de Cary Grant, los sombreros indeformables de Spencer Tracy y la mueca de bebé de Sinatra. De vuelta en sus cabinas, los niños se divertían reproduciendo las mímicas de gánster de James Cagney y durante mucho tiempo repitieron, como ejercicio, el «Gimme a whiskey-ginger ale on the side, and don't be stingy, baby!» de Garbo en Anna Christie…

Por eso, cuando franqueamos la verja de la propiedad de los Bentham, todos pudieron presentarse y responder correctamente a las preguntas del matrimonio. Los Bentham se hicieron cargo encantados de su educación, y de ese modo los niños pudieron acceder a las más prestigiosas high schools de Nueva Inglaterra antes de entrar en la universidad y de construirse con sus propios medios brillantes carreras de abogados, investigadores, profesores. Durante mucho tiempo mantuve contacto con ellos, pero a la larga nuestras cartas se dilataron en el tiempo, se atenuaron y finalmente cesaron por completo.

Durante los primeros meses de su instalación con los Bentham me quedé, sin embargo, cerca de ellos, aprovechando yo también la hospitalidad de mis anfitriones. Oficialmente aún pertenecía al MI6 de Calcuta, pero esto -que ya no tenía mucho sentido diez años antes- ahora no tenía ningún significado. La India marchaba a todo vapor hacia la independencia, y la partición programada del subcontinente en varias entidades territoriales con el fin de separar a hindúes de musulmanes creaba disturbios de una profundidad que poca gente en Londres había previsto. En su calidad de último virrey de las Indias encargado de liquidar la «perla del Imperio», Mountbatten hacía lo posible para evitar las masacres, pero sus poderes eran escasos y se reducían paulatinamente a medida que crecían los de Gandhi. Hubo revueltas. Y masacres. Pero ni Europa ni América se interesaban realmente por la suerte del territorio. En cuanto a mí, seguía los acontecimientos con tristeza. Sabía que nunca volvería a ver Calcuta, su barrio colonial, sus jardines y sus templos. Pero mi mayor desolación era no haber podido estrechar entre mis brazos a Lajwanti, la esposa de Habid Swamy. ¿Qué sería de esta mujer privada del apoyo de su pequeño y orgulloso sargento del cuerpo de ingenieros? De todos modos, redacté para ella una larga carta e intrigué en el Ministerio de Antiguos Combatientes para que la pensión que la Corona le debía casi se doblara. Nunca volví a ver a Lajwanti. Ni tampoco a Gillespie, Mog, Edmonds, El Prisionero o el capitán médico Nicol. Esta etapa de mi vida había quedado atrás. Irremediablemente…

– ¿Qué desea hacer ahora, coronel Tewp? -me había preguntado lord Bentham una noche en que estábamos solos en el salón.

– Volver a ejercer mi oficio en algún lugar del mundo, sir. Creo que ya soy demasiado viejo para pensar en abandonar el ejército. Me reclaman en Londres. Pronto tendré que dejarles…

– ¿Y los Galjero? -preguntó el anciano en un susurro- ¿Abandonará su persecución? Yo no lo haré. La agencia Xander sigue teniendo el encargo de darles caza.

– No, sir. Yo tampoco abandono, y me cruzaré de nuevo en su camino. Estoy seguro. Una francesa me lo predijo…

– ¡Ah! ¡Las francesas! -suspiró el lord esbozando una media sonrisa-. Tiene razón. Siempre saben más que las otras mujeres. Por eso hay que creerlas.

Y luego, dos días antes de la fecha que había fijado para mi partida de Nueva York, dos visitantes solicitaron verme. Uno -desconocido para mí- era bajo y rechoncho, con unos cabellos grises que se rizaban sobre su grueso cuello y unos ojos negros como el carbón. El hombre, vestido con un abrigo de pelo de camello sobre un impecable traje de alpaca, se presentó como el senador Lewis Monti, recientemente elegido para la Cámara. El senador, moreno y achaparrado, formaba una extraña pareja con el hombre que le acompañaba, alto y rubio. Al verle el corazón me dio un vuelco e instintivamente me llevé la mano a la cadera para desenfundar mi viejo Webley, olvidando que mi puño sólo podía crisparse en el vacío. Mi gesto provocó que una sonrisa asomara en el rostro de Lewis Monti.

– Este hombre le ha salvado la vida. No es su enemigo, como ya le demostró. Permita que él y yo le ofrezcamos nuestra ayuda para dar caza a la gente que busca…

Ante mí, el Hauptmann Gärensen, que no llevaba ya su uniforme negro con las runas de plata, me sonreía como a un viejo amigo, con una luz muy clara brillando en el fondo de sus ojos azules.

– Tenemos muchas cosas que explicarle sobre los Galjero, coronel Tewp -dijo adelantándose hacia mí para tenderme una mano ancha y fuerte.

Lejos, muy lejos, en el otro extremo del mundo, una mujer con el vientre liso pellizcó con sus largos dedos blancos los miembros frágiles de tres muñecas de cera.


  1. <a l:href="#_ftnref7">[7]</a> «Brezales de la Marca, / arenas de mi país natal, / vosotros sois mi alegría, / vosotros sois mi hogar…» Versos del himno no oficial del actual estado federal de Brandenburg, compuesto por Gustav Büchsenschütz en 1923.