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Capítulo octavo

Sí, si se quiere, eso es triste, como todo es triste en la Naturaleza cuando se lo mira de cerca. Sucederá así mientras no sepamos su secreto o si tiene alguno. Y si algún día averiguamos que no tiene ninguno o el que tiene es horrible, entonces nacerán otros deberes que quizá aún no tienen nombre. Mientras tanto, que nuestro corazón repita si quiere: «Eso es triste», pero que nuestra razón se contente con decir: «Eso es así».

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Tercero, Cap. XXIV.

No me desperté temprano, ni mucho menos. Sospecho que, a mi edad, debiera de haberlo hecho y que, aun por encima, debiera de haberme despertado de buen humor, ligero de ánimo, feliz de ver un día más; pero no suele sucederme ser así. Duermo mucho; mucho y de forma muy pesada, de manera que acostumbro a despertarme malhumorado y con unas ganas, algo más que sublimes, de gruñir y de deleitarme en mis propios gruñidos en lo que, al menos para mí, significa una de las más peculiares expresiones del sentido del humor que me domina. Nadie me lo creería, de poder explicárselo, pero lo cierto es que me divierte el comportarme así, cuando me dejo invadir, sin prevención de ningún tipo, por el placer de observar los ojos atónitos de quienes me contemplan, recién levantado de la cama, apenas entreabiertos los párpados, hasta aproximadamente la hora de comer o, justo antes, de tomarme un aperitivo. Durante ese tiempo gruño y disfruto haciéndolo, creando tensión innecesaria en quienes tienen la desgracia de permanecer cerca de mí, mientras me debato entre el malhumor y el goce de saber que, a mis años, disfruto de la cama, de no menos de ocho horas de sueño y que, gracias a eso y a pesar del mal que me consume, me mantengo todavía joven.

Me incorporé e instintivamente busqué el olor de Xana como si, desde mi habitación, pudiese ventearlo de igual modo que un perdiguero lo hace con su presa. Me apoyé sobre mi codo derecho y permanecí con la cabeza levantada, manteniendo la nariz en la orientación de la puerta que comunicaba mi cuarto con el suyo, mientras imaginaba los olores que le serían propios, agridulces los más, tibios casi todos a esta hora de la mañana. ¿Permanecería aún en el lecho? Consulté el reloj y deduje que difícilmente; por eso me levanté con alguna precipitación, pero no con la necesaria como para haber eludido el sonar del teléfono mientras me duchaba: llevaban esperándome tiempo más que suficiente como para estar hartos de hacerlo y preocupados de tener que continuar haciéndolo: la orquesta me esperaba para mi primer ensayo con ella.

Desperté por fin a la realidad. ¿Por qué había aceptado dirigir aquel concierto, después de haber decidido no volver a dirigir ninguna orquesta durante el resto de mis días? ¡Y yo qué sé! Posiblemente porque me guste el hacerlo y porque en ello ha consistido mi vida durante casi toda mi existencia; acaso porque estaba Xana delante y el inconsciente suele gastarnos jugarretas de ese tipo; quién sabe si porque se trataba de hacerlo en Turín y ello me permitía recobrar gran parte de mi pasado más plácido y lleno de esperanza.

El caso es que acepté y allí estaba, en la habitación más noble del Gran Hotel Sitea, esperando ser conducido de nuevo delante de decenas y decenas de maestros músicos que me esperaban con curiosidad e impaciencia, con rencor por mi tardanza e indulgencia hacia mi estado, mientras yo temblaba, como un novato y no sólo de emoción, sino también de Parkinson.

Bajé y, en la conserjería, pregunté si Xana había bajado ya. El conserje se volvió para comprobar en el casillero si estaba depositada la llave de la habitación de ella y, al observar que sí lo estaba y que había una nota en el mío, me alargó el papel; al tiempo que me respondía que debía de haber salido o bien encontrarse en la cafetería. Hacia ella me fui, mientras desdoblaba el papel para poder leerlo.

La nota decía que iba a dar una vuelta y que nos veríamos a la hora de comer en el vestíbulo del hotel. Terminaba enviándome, ya que no dándome, un beso y no pude evitar el sentirme feliz con el envío, sonriente en la expresión, esperanzado e inconsciente como un colegial. Luego me dirigí hacia la gente que me estaba esperando.

Y dimos un paseo. Comprendo que es absurdo no coger un taxi o no haber dispuesto previamente de un coche que me llevase hasta el teatro, máxime si se trata de un día lluvioso y de un anciano y enfermo director, pero tengo que reconocer que me apeteció caminar el breve tramo que separa el hotel de la Piazza Castello en la que, en su lado oriental, se encuentra el teatro Regio. Ni siquiera habían dispuesto de un paraguas, pero en mi retraso hallaron su disculpa: había amanecido con un sol radiante y nadie hubiera supuesto aquella llovizna invadiendo la mañana de forma tan insólita; por eso pude disfrutar del contacto de la tibia agua de la lluvia sobre mi rostro durante el tiempo justo como para que no acabase por resultar molesto y necesario para calmar mi nerviosismo. Iba a enfrentarme, acaso o ciertamente por última vez en mi vida, con una orquesta sinfónica e iba a hacerlo en la ciudad que, si no era la que más amaba, era, al menos, en la que más había amado; aunque fuese a tanto la hora y libre de mayores compromisos que los estrictamente derivados de una transacción comercial realizada en un país de economía libre de mercado.

Y sin embargo no podía dejar de sentir cierta añoranza mientras caminaba. No era envidia con efecto retroactivo lo que sentía hacia los conspicuos varones que, durante toda su vida, habían visto ocupado su lecho por una compañera que, de entre las greñas ubicadas encima de un camisón generalmente ridículo, dejaban escapar lamentos definitorios de un desaire evidenciador de todo, incluso de desprecio, antes que de ternura: «¡Me duele este lado de la cabeza, a cualquiera que le suceda esto le puede asaltar la muerte en caso de que se insista en el débito conyugal, cariño!». ¡Cómo iba a sentir envidia de ellos! Por muchísimo menos dinero ocupé yo otros lechos o incluso el mío, desde mi juventud turinesa, con mujeres que me mentían amor y gozo sin atarme a las greñas y al camisón, al pijama de lunarcitos o a los rulos atroces que precedían a los períodos de greñas escasamente concupiscentes. No sentía envidia, pero sí me habían invadido la tristeza y la melancolía, cogidas de la mano, para alentarme hacia alguno de los estereotipos en contra de los que, yo mismo, había predicado en tiempos. Xana había abandonado el hotel a primera hora de la mañana, estaría de compras por la Vía Roma o aledaños y, nostalgia y ternura, se daban también la mano para conturbar mi ánimo.

¿Qué será lo que lleva al hombre a desear la continuidad del fluir de su sangre en cuerpos nacidos del suyo; porque seguro que no es la razón quien empuja la vehemencia del deseo? Estás solo cuando, por la noche, te invade la angustia y es fácilmente imaginable que, la presencia de una mujer en tu lecho, no sea suficiente para alejarla de ti. La llamarás, gimiendo de terror, y se dará la vuelta, de forma enérgica, mientras cualquier improperio surge de su boca; y te sentirás ridículo. Temerás a la muerte y su vacío te causará vértigo y el licor te acompañará de mejor grado y con más efectividad que la femenina mano de la esposa causándote un sosiego del que ella carece; porque son las tres de la mañana y estás histérico y mejor es que te zurzan o que te vayas a un psiquiatra o mejor, todavía, a un sacerdote que te libere de las extrañas culpas que te ocupan.

¡Oh, las hermosas noches con las putas! El placer de los cuerpos que gimen juntos y sudan y se agitan, sabiendo que nada ata y que esa noche no habrá angustia, es el único privilegio del que el ser humano dispone en virtud de su esfuerzo y su trabajo. En Turín las amé a todas, llegadas de todas partes, para olvidarlas y recobrar acaso su memoria, la de sus cuerpos, en el extraño y coincidente gesto de otra, en algún tic, acaso en la cadencia de un ritmo oceánico y lunar que conducía al gozo de forma indefectible.

No me valió nunca la posibilidad de amar a las más jóvenes miembros de las orquestas o de los conservatorios. Cuando me equivoqué y no supe resistirme a ello -ya se sabe que pene enhiesto no cree en Dios- vislumbré el compromiso y el fracaso, pues acaso el gozo no sea compañero del amor, y supe retirarme a tiempo. Para amar hay que darse y yo no supe nunca entregarme, sino tan sólo recibir; y no supe más que recibir aquello alejado de todo displacer. ¿Será mi enfermedad el castigo a mis pecados?

Y Xana estaba allí, caminando por la «Torino sabauda», ajena a mí y a mi ensayo, alejada de mí y de mis preocupaciones, ignorante de que me gustaría sementar un hijo en ella, en su cuerpo seguramente hermoso, para que por las venas de ese hijo fluyese mi sangre renovada.

Entré en el teatro Regio sin darme cuenta de que mi memoria me engañaba, haciendo persistir en mí imágenes que ya sólo son posibles en las memorias o en las fotografías antiguas, y algo aliviadas del color inicial con el que nacieron a luz y que yo había visto en innúmeras ocasiones. Es curioso como la memoria, a fuerza de haber visto espacios semejantes o idénticamente dispuestos, acaba por confundir la visión de lo real con la de lo dibujado o visto en imágenes producidas por la cámara fotográfica o por el pincel guiado por la voluntad del hombre. Y así iba yo, pensando en el espacio ocupado y distribuido por Alfieri en una sala circular, con seis órdenes de palcos y hermosas cariátides escrutándolo todo entero, atentas a los ecos antiguos del Manon Lescaut o de La Bohéme, sin acordarme de que, ese espacio y esos ecos ya nunca más serían posibles. Mi mente iba llena del recuerdo del Regio que no llegué a conocer nunca y me costó adaptarme a aquella cascada de estalactitas derramándose sobre un espacio no sé si falsamente futurista, si pretendidamente claustral o uterino, ¡quién lo sabe!

La sala estaba iluminada y vacía y su silencio me hizo daño; un daño que sólo fue mitigado por el ruido que hicieron los arcos tensos al ser batidos contra las cuerdas de los instrumentos, por los músicos que me esperaban sobre el escenario. Yo no había querido ensayar en la sala pequeña, en la del «Piccolo Regio», y los arcos, sostenidos por los maestros hartos de esperar por mí y de considerar el cansancio de mis años, batían rítmicamente descubriéndome, al hacerlo, el valor de unas condiciones acústicas que había deseado conocer. Y también el del número de mis años y del cansancio que, con ellos, traen: tantos y suficientes como para haberme ayudado a olvidar en el hotel la batuta de madera de boj tan amorosamente construida por mí en mi casa de Brión, en mi Casa de la Santa.

Apenas hice otra cosa que subirme a la tarima, inclinarme parsimoniosa y temblequeantemente; sonreír y agradecer los aplausos además de disculpar la tardanza producto de la estupidez de un viejo y de la desazón del ánimo; lo que de forma harto curiosa les hizo reír complacidos y atentos.

Luego les expliqué, mal que bien, lo que esperaba de ellos y lo que entendía como una interpretación correcta de lo que se esperaba de nosotros. Pero en ningún momento hice alusión alguna a mi enfermedad; en ningún otro al homenaje que la ciudad pretendía rendirme, ni a lo ya muy avanzado del número de mis años. Creo que me lo agradecieron.

Decidí que volvería a ensayar por la tarde y consideré que, con un ensayo más, el del día siguiente por la mañana, ya estaríamos en condiciones de afrontar el concierto. Maldita la falta que les hacía, a aquellos profesionales, que yo les dijese por dónde debían de ir y cuáles deberían ser sus intenciones interpretativas.

Un director no es un marcador de compás, ni mucho menos; está al frente de la orquesta tan sólo para conformar el sentimiento de muchos y fundirlo en uno solo que es el suyo propio. Y no es poco. Cuando esos sentimientos se aúnan, cuando la armonía mana, surge el milagro y, quien lo contemple, puede llegar al sollozo o al silente fluir de las lágrimas. Si los sentimientos de autor, orquesta, director y espectador llegan a ser el mismo, si eso llega a suceder, el tiempo entonces se detiene y el universo mundo queda pendiente de una nota, acaso de un silencio, quizá de un crescendo que galopa el aire como una estampida de alientos largamente contenidos. ¡Ah, la música! Es el agua vivificante que todo lo envuelve; es la frescura que la abstracción propone y, en ella, todo queda suspendido.

¿Qué pensar del hermoso y maternal claustro para mil ochocientas personas en el que se había dispuesto que se celebrase una despedida más, acaso la última? Quien entre en él, y lo observe en su desnudez, sabrá de la cascada de luz que envuelve un escenario listo para que la música lo penetre, inundándolo; para que surja, brote de él, parida a la par que el gozo, y siembre el éxtasis sobre el rojo nada tenue del terciopelo que todo lo recubre; y luego se apague, consumida y sin ecos, en la diafanidad más individualizada que la música haya conseguido jamás. Volví a pasar por él, por el claustral ámbito del Teatro Regio, de regreso del Piccolo Regio, y valoré la inconsciencia que nos lleva a aceptar proposiciones que, nuestra más mínima reflexión, nos obligaría a rechazar. Pero debe de existir una ley no escrita, apenas sabida, que algunos llegan a intuir y no se atreven a formular, inundados de espanto o de impotencia, que nos obliga a hacer cosas que nunca ocuparon el área de nuestros deseos más profundos.

De repente brota la necesidad de hacer o de eludir, de sentir o de necesitar la sencillez de una huida y de proyectarla hacia una dirección que no te ofrece más que la intuición de una luz diáfana, realizada con el más indispensable bagaje que nunca pudiste imaginar: tú mismo. Y entonces huyes y regresas enseguida con la mirada atónita del que descubre, una vez más, que, a la vuelta de todo está la nada y que no hay ninguna luz. Por eso aceptas la música. Al regreso de ella, no hay nada. Nada queda, porque todo fluye en ese río interminable.

Tenía nuevamente necesidad de andar. Había cesado de llover y, otra vez más, el efecto Fohn dejaba sentir el peso del aire caliente sobre nuestros organismos. A pesar de ello yo quería andar; quería recorrer las calles que habían sido, y eran, objeto de mi devoción más asentada. Creo que me lo agradecieron los fotógrafos.

Con la disculpa de volver a ver de cerca la Mole Antonelliana, caminamos buscando la Vía Rossini, para pasar por delante del Teatro Gobetti y torcer al llegar a la Vía Ferrari. Cuando llegamos a la Mole, los fotógrafos que nos acompañaban se empeñaron en obtener los escorzos más pretendidamente insólitos, aquellos que, a la postre, resultan de una habitualidad incluso grosera. Tan sólo uno de ellos perseguía mi rostro a la altura que le era común y necesaria para desnudarlo de toda la nostalgia que lo recubre. No vi las fotografías que resultaron de su búsqueda y prefiero ignorarlas. Prefiero no saber de la inexpresividad de mi rostro, de lo apagado de mi mirada, por si, en ese momento, no soy capaz de recordar los pensamientos que ocupaban mi mente en el justo instante en el que el fotógrafo disparó el objetivo en la caza de mi imagen, sobre la que seguramente se estaba posando la luz gris y alba que descendía de la Mole.

¿Se me estaría poniendo cara de mastín? Sabido es que los perros adoptan las expresiones de sus amos y que, éstos, acaban por parecerse, en alguna medida, a sus animales. Si es así espero que mi cara inexpresiva resulte, al menos, dulce y que, mi mirada, sea serena. De regreso de la Mole, camino de una imposible visita al Auditorio de la RAI, me sentí fuerte y sereno, como Yakin y Boaz pudieron serlo, por primera vez en muchos días y recordé lo avanzado de la hora, lo tarde que ya era para realizar una comida. ¿Qué habría sido de Xana? Decidí que mejor sería no preocuparme más de ella, al fin y al cabo nada me ataba, ningún tipo de obligación me debía preocupar y mi mente debía de empezar, definitivamente, a preocuparse tan sólo del concierto que me había llevado a Turín.

No pudimos visitar el Auditorio y me quedé sin cumplir mi capricho de recuperar todos los ámbitos que me eran propios, por lo que protesté mi hambre y nos fuimos a comer, a orillas del Po, en el Ristorante S. Giorgio, un plato de «agnolotti alia piemontese» y «un carré di sanato allo spiedo», poca cosa. «Bounêt» de postre, café y regreso al ensayo.

Apenas ensayé, eso es lo cierto, no porque me fatigase, ¡qué va!, sino más bien en razón del pánico que me invadía y en el que preferí no pensar. Temía incluso el racionalizarlo y supuse que lo más conveniente y confortable sería la ignorancia. Como pude, les di las gracias a los músicos; los alabé cuanto se me ocurrió, para engatusarlos y poder conseguir de ellos todo lo que sabía que no podría obtener gracias a mis gestos; y, así, estuve habiéndoles, durante un largo rato, acerca de todo lo que se me vino a la cabeza referente al concierto que abría el programa y a la sinfonía que lo cerraba. También les hablé de mí mismo, de mi enfermedad, pero sin aludir directamente a ella, sin llamarla nunca por su nombre, llevado de un falso pudor que causó muy buen efecto y que enlacé con un largo excurso sobre la música que me emocionó como a un viejo chocho y provocó una ovación; tan cerrada que acabó por desarbolarme totalmente.

Mi propósito de ir a cabalgar en automóvil, una «langhe» detrás de otra, para empaparme de la especial serenidad que tiene el verde piamontés, se vio frustrado por mi larga permanencia en el teatro a lo largo de toda aquella tarde. Después de los aplausos, permanecí hablando con los músicos, dialogando con la prensa, atendiendo a los amigos que habían supuesto mi presencia allí y que, por ello, habían acudido a saludarme, acaso a darme el definitivo adiós.

Tengo que reconocer que, el espectáculo, fue bastante variopinto. Si el mundo de la música es, por sí solo, lo suficientemente heterogéneo y dispar, lleno de personas con una sensibilidad muy por encima de la considerada normal, con el ego algo más que desarrollado, y proclives, casi todos nosotros, a llamar constantemente la atención de una forma u otra, no es de extrañar lo florido del conjunto.

Allí estaban gentes que hablaban la especial jerga de la música; esa que, en ocasiones, no consiste más que en hablar arrastrando cadenciosamente las eses, al tiempo que se gesticula con las manos y todo es más muelle y dulce; allí las cabezas leonadas, agitándose convulsas y rítmicas, movidas por extraños resortes obtenidos a base de tics cuidadosamente elaborados y transmitidos a lo largo de generaciones; hasta el punto de que hay quien sospecha que no se debe ser músico, enteramente, si es que se carece de ellos; allí los lazos y las melenas blondas, los pelos tirantes resbalando hasta las nucas; allí estábamos todos. Pero yo notaba ausencias. Observaba a mi alrededor e intentaba recordar rostros que se habían esfumado, nombres que se habían diluido en el recuerdo.

Lo que había surgido como una reunión improvisada concluyó en una pequeña fiesta en la que, quien fuere el que la organizase, no rehuyó la convocatoria de gentes que para mí hubiesen sido algo. Poco a poco fueron llegando meretrices; algunas de ellas, las más finas prostitutas que habían visitado los más conspicuos salones; otras, escandalosas ruinas consumidas por las drogas, o por el alcohol, cuando no por la propia vejez que las había degradado hasta convertirlas en unas bellezas que, habiendo sido generosas, ahora resultaban patéticas y tristes. Creo que las besé a todas y que, con todas, bebí brindando por nosotros mismos, por el placer que nos habíamos dado, por la discreción de la que tanto alarde habíamos hecho y que no había servido para nada, o, al menos, había servido para que todos nos conociésemos y pudiésemos estar allí, convocados por no se sabía quién, ya que nadie reconocía haber recibido ninguna indicación para asistir a algo que, posiblemente, no fuese más que la respuesta a la llamada que suele hacer, en estos casos, lo que se acostumbra a llamar el espíritu de la colmena.

Cuando Xana apareció, supe que a quien había estado echando de menos era a Massimo; pero sabía que Massimo ya no podría venir, ya no estaba entre nosotros, que, el amigo, el consejero, había desaparecido para siempre. Y sentí angustia ante su ausencia definitiva. A Massimo me lo recordó, sin ella saberlo, la mirada ausente y curiosa de Xana, observándome, desde la distancia, mientras coqueteaba con aquellas viejas y decrépitas glorias, haciéndoles chistes y bromas que podrían llegar a parecer soeces, pero que no lo eran bajo ningún concepto. Algunas de ellas habían llegado acompañadas de sus pupilas e, incluso, alguna esporádica amante que tuve entre la gente que, de manera habitual, se considera decente, lo hizo haciéndose escoltar por hijas e hijos que levantaron, en mi conciencia, terribles y gratas sospechas que jamás tendrán comprobación; porque jamás sugeriré ninguna pregunta, ni admitiré ninguna insinuación que las confirme o las destruya. Pues no sabría vivir, a partir de entonces, con ninguna de las dos certezas. Y mientras, Xana, me observaba desde lejos

La esperé pacientemente, pero no vino. Durante la espera, imaginé los comentarios que habrían de surgir, los chistes que se habrían de hacer e, incluso, la actitud de ella que, una vez llegada hasta mí, se habría de frotar contra mi cuerpo haciendo ver, a la integridad de aquel gineceo recobrado, que ella era la nueva favorita, la definitiva dueña de mi alma. Pero no acudió. La vi salir por la puerta, ajena a mi mirada, ajena a todo y llena de calma y parsimonia. Me acosté tarde aquel día y no miré en su habitación para comprobar si se había acostado. La puerta que comunicaba nuestros dos cuartos estaba cerrada y no la abrí, aunque deseé vehementemente hacerlo.

Lo cierto es que me acosté muy tarde y también con algo de mareo ocupando mi cerebro; a pesar de que no bebí con insistencia y sí, en cambio, de forma prudente y controlada; pero todo había sido demasiado intenso, todo había sucedido sin que lo esperase, en medida tal como para que no me hubiese afectado en absoluto.

Aquella noche añadí alguna pastilla a las habituales, algo que me relajase los músculos y que me permitiese dormir sin tensión, ajeno al día del concierto y ayuno de emociones o de sueños que disturbasen mi ánimo, apenas recobrado en la reunión del teatro. Creo que lo conseguí y lo cierto es que volví a despertarme tarde; pero la orquesta ya sabía que no iba a haber ningún otro ensayo, al menos en el que yo estuviese presente.

No sé si ensayaron ellos solos o si no lo hicieron. No lo pregunté. Desde el momento en el que me desperté no hice otra cosa más que intentar calmarme, sabiendo que era punto menos que imposible. Mi aspecto era sereno, pero mi cerebro era una caldera de vapor hirviendo a punto de estallar. Ni cuando dirigí mi primer concierto estuve tan nervioso, tan reflexivo acerca de lo que dirigir una orquesta sinfónica significa.

Dirigir es como respirar. Y respirar habrá veces en las que lo hagas con el vientre; y otras en las que sea la caja del pecho la que suba y baje, acompasadamente, para llenar de aire tu organismo; y siempre habrá un flujo y un reflujo oceánicos en los que la acción de respirar se resuma. Pues así también la dirección de una orquesta; ya que ese fluir y refluir es el que, a través de tus manos, quizá de una sola de ellas, acaso de las dos, es inducido en su movimiento. Y esto es así puesto que, la inmensa marea que es la música, viene de donde se fue, regresa de donde vino, y así sucede eternamente. Y si una mano contiene, otra es la que empuja ese vendaval que invade la consciencia y la transporta. Por eso no debe, una mano, imponer un crescendo por designio arbitrario; ni, otra, hacerlo con un solo ritardando; ni, ambas, conseguir un rubato por la fuerza. Por la fuerza de las manos.

¡Por la fuerza de las manos, Dios mío! ¿Cómo hacer eso, cómo hacer ni tan siquiera eso, con estas manos de las que no tengo, siempre, el dominio; el dominio necesario y preciso, para que mis disquisiciones puedan tener, a través de ellas, su justificación más elocuente? Yo sé muy bien que no llega con las manos, que son necesarios los ojos, que es imprescindible la libertad de la mirada, para que el milagro pueda ser apenas iniciado. Sé, de forma muy precisa, que se debe tener algo que decir, «cosas» para comunicar; no es suficiente con saber decirlas, sino que hay que poder decirlas y, para eso, es precisa su posesión, su conocimiento. Por eso no desconozco que no llega sólo con tener oficio; como también sé que, si el oficio está ausente por alguna razón, o en alguna medida, no hay que echarlo de menos de una manera total. Pues si con él solo no basta; sin él se puede llegar también a la frontera del milagro, ya que nada es exacto, nada es definitivo y todo está en la frontera de todo.

Por eso yo estaba nervioso y preocupado. Sabía que nunca más se produciría el pasmo; pero quería llegar, al menos, hasta su orilla más diáfana, asentarme en ella y contemplar la luz que se irradia desde el otro e inaccesible lado. Abarcar así lo que va de Tomás de Aquino a Duns Scotto. Aquél, te da el oficio, el tomismo de los años de educación en el seminario, tan imprescindible en mi formación; éste, te da la luz sobre la que asentar el oficio, cubriéndolo, tapándolo enteramente para que permanezca oculto y olvidado, mientras se deja asomar la verdad necesaria, incluso la verdad conveniente, en las que toda comunión es posible. Toda orquestación es realizable.

Y a partir de ahí diriges el mundo, organizas el cosmos armónico y equilibrado, aprendes de forma definitiva y concluyente que, el «regisseur» que la representación dramática exige, no tiene equivalente en la orquestada representación sinfónica, porque en ella la armonía fluye, pues en ella existen unas leyes inconculcables.

Y las leyes están ahí. Pero, a pesar de ellas, Schonberg nunca puede ser interpretado con igual cadencia, con igual tempo o con igual sentimiento que los que deben de ser seguidos y contemplados para con ellos mostrar a Stravinski. Y Kfenek no ha de ser transcrito al ámbito de lo sonoro lo mismo que Hindemith, porque sus sentires tampoco lo son; como no lo son los de Busoni o Pfitzner, o los de Webern, o los de Kaminski, o los de Honegger, o los de Strauss… o los de tantos otros; porque por encima, o por debajo de esas leyes, fluyendo y refluyendo con plenitud oceánica y lunar, está la voluntad del hombre, el aliento que lo anima, el hálito que lo conturba.

¿A qué suena o a qué debe sonar la Flauta Mágica de Mozart? Para nosotros es la expresión de lo sublime, al menos lo es para muchos, o para algunos de nosotros. Pero ¿es eso realmente así? o, por otra parte, de lo que en verdad, se trata es de los restos del naufragio que, la marea de la Historia, aquella que refluye con el tiempo y se llevó consigo los ideales de los nuevos burgueses, encarnados en la francmasonería, depositó en alguna de las playas de nuestra orilla oscura. Y estos ideales ¿eran sublimes o simplemente confortables?

Acaso la música sea lo indescifrable y eso, precisa y aunque no exclusivamente, sea lo que nos conmueve. Quizá la conmoción lo sea en el instante de encarnar, de interpretar lo confortable o lo plácido, lo abrupto o lo solemne, y trasladarlo a sonidos armoniosos; acaso sea así, porque lo que puede cambiar con la marea de la Historia, lo que con ella va y viene, sea únicamente la expresión de los sentimientos, su traducción en símbolos; pero no los sentimientos, no el hombre que los transporta, precisamente, a través de esa Historia que construye, de forma inconsciente, en su expresión colectiva; y, consciente y deliberadamente, en lo que atañe a los individuos que saben, en carne propia, porque así fueron nacidos a la vida, del valor de un sollozo levantado por la angustia. Acaso Beethoven entre ellos.

De ese sollozo, cuando surge encarnado en alguien como el Sordo, nace, al menos en ocasiones, la voz colectiva que nos ampara a todos; así en el «Concertó», en sol mayor para violín, por él escrito, en sus momentos sucesivos, se condensa la expresión de esa tortura, evidenciada entre el afán de salvarse uno mismo -de afirmarse, incluso, a costa de los otros- y la necesidad de que sea la especie, la colectividad, la que se salve del naufragio. ¿Quién posee el espíritu de la colmena? ¿Quién es la abeja reina y quién tan sólo, ¿tan sólo?, Maurice Maeterlinck? ¿Somos todos Maurice Maeterlinck?

Y esa pugna también está establecida en el «Allegretto» de la Séptima Sinfonía, como está en todos nosotros aunque sólo algunos lo sepamos.

Yo soy de los que lo sabe. Por eso temía la hora de comienzo del concierto, la del inicio de la interpretación de esas obras, del «Concertó» y del «Allegretto» en mi concierto de homenaje, a pesar de no ignorar que, la orquesta, respondería por mí y de mis limitaciones. Tenía la certeza de que la música llenaría todo aquel ámbito ocupándolo en sus últimos y más recónditos rincones. Pero no era eso. No era suficiente con eso. Necesitaba que todos los músicos supiesen lo que yo sabía, lo que yo sé, y eso no siempre es así, no siempre es posible. Por eso, más que nunca, precisaba ser dueño de mis ademanes, de mis gestos, para empezar a andar sobre los primeros acordes y poder hacerlo con el único objeto de encaminar la accesis por el sendero correcto, por la vía que sigue a la purgativa y continúa por la iluminativa hasta llegar, en ocasiones y porque el milagro se produce, el don gratuito se realiza, a la unión del espíritu de la colmena con la corporeidad que nos contiene y delimita. Necesitaba aproximar la orquesta hasta la orilla oscura de la luz y, una vez allí, dejarla abandonada a su aire, al aire de su vuelo, como los místicos quedaban, en la soledad sonora establecidos. Ya que el verbo hecho música habitaba entre ellos y, a través de ellos, en nosotros. Nada menos, carajo.

Necesitaba llegar allí y precisaba tener el contenido y preciso dominio de mis gestos para poder indicar el curso métrico de la obra y dejar expuesta, a la vista de toda la orquesta, su mayor fuerza expresiva; aquella que es generadora de la forma; aquella que ha de conformar el ámbito que, por una sola vez, todos habitamos mientras el concierto dura, mientras la huidiza sonoridad, esa única realidad de la obra musical, permanece en la cuenca de nuestras manos, escurriéndose como agua entre los dedos. Licuar el aire en el que la música suena y dejar que ese agua nos recubra los sentidos, incluso y de ser posible, también los cuerpos; eso es lo que yo quería hacer en la huidiza sonoridad de mi último concierto; para ello necesitaba mi dominio del gesto. Y no lo tenía.

La sala estaba atestada de gente. La salida de la orquesta fue aplaudida de forma estentórea y cuando yo salí, cuando yo salí… ¡ah, cuando yo salí!… desfallecí de tal modo que ni fuerzas me quedaron para poder sollozar a gusto. Tan sólo mi garganta estrangulada existía en mi cuerpo.

Mientras caminaba hacia la tarima, iba recordando el comienzo de la partitura, intentando visualizar el golpe al aire que debía de dar para que diera comienzo a todo; el golpe al aire que expresase, sucinta y escuetamente, el valor metronímico del primer movimiento, el gesto de articulación al principio de la frase. ¿Cómo darlo, el golpe al aire, si mi mano torpona no me respondía?

Apresaba en ella la batuta de madera de boj y la sabía dispuesta a establecer su punto de partida, una vez elevada hasta la altura de mi espalda, extendido mi brazo hacia adelante en la mitad de su longitud. ¿Me temblaría entonces? ¿Serviría el temblor para que la orquesta empezase a andar por senderos que no deberían ser nunca transcurridos? ¡Dios, cómo me temblaba el corazón!

Agradecí los aplausos, agradecí a la orquesta su simpatía, me dispuse a iniciar el concierto, a dar el primer golpe al aire. Se hizo el silencio.

Entonces me volví. Me acordé de Massimo y me volví hacia el público. Los músicos de la orquesta permanecieron en la expectante posición que precede al nacimiento del sonido. El público guardó silencio y, con toda la voz que fui capaz de acumular en mi pecho, dije:

– Massimo Mila, in memoriam.

Y me volví de nuevo hacia la orquesta. No hay nada mejor que desviar el homenaje que se rinde a un moribundo hacia otro que dejó de serlo por óbito. Una ovación cerrada espantó todo el aire que ocupaba el recinto, nadie respiró entonces. Reteniendo la cuota de aliento que había permanecido en mi pecho, reteniéndola toda, llamé la atención de la orquesta. Según mis brazos se alzaron, se hizo un silencio repentino y seco, tenso, restallante y único. Y di el primer golpe al aire. Ningún temblor fue observable. Hubo uno, apenas perceptible, que sirvió para que la música fuese, a partir de él, una vibración tenue como un lamento interminable y dulce. Y dejé que la orquesta siguiese aquel camino.

Supe que la orquesta ya podía ir sola y me limité a dirigirla suavemente. Vi que mi mano derecha volaba, lejos de mí, ajena, dotada de entidad propia, sostenida en el aire sobre el sonido que, en capas sucesivas, se iba posando sobre la orquesta, sobre el patio de butacas, ascendiendo, hasta llenarlo todo. Y cuando todo estuvo lleno de música, cuando ya nada más cabía ni dentro, ni fuera de nosotros, supe que todo estaba suspendido y que, el fluir y el refluir, no eran perceptibles y que flotábamos en el cosmos, llevados de la armonía, suspendidos.

Y lloré. Lo hice en medio de sollozos que me atenazaban la garganta, produciéndome un dolor que me devolvió a la realidad. Cuando lo hice y fui consciente de lo que allí estaba sucediendo, bajé los brazos suavemente y consentí en que la orquesta continuase sola. Podía hacerlo. Para dirigirla bastaba con mi mirada llena de libertad, con mi cuerpo rítmica e imperceptiblemente convulso, acaso con las últimas lágrimas que fluían de mis ojos.

Me dieron ganas de manifestar el movimiento de una manera extrañamente ruidosa, de hacerlo con las divisiones del compás y de contar los tiempos en voz alta, marcándolos con golpes que asegurasen su cohesión y la perfecta unidad del movimiento. Quería la catarsis.

¿La tuve? ¿Tuve la catarsis? No lo sé. La verdad es que lo ignoro. El concierto siguió su curso normal, pero no recuerdo nada. Abandoné el Teatro Regio, en medio de los aplausos de quienes me esperaban a la salida, llevado en volandas y, la verdad, es que medio levitando aún de resultas de lo acontecido. Algo debió de suceder en mi mente, no sé si en mi cerebro, durante el concierto. Algo que se rompió o que se configuró de otra manera porque, realmente, alguna catarsis debió de ocurrir aquella noche.

Lo que sé, pude leerlo en la prensa. Hablaban, escribían los comentaristas, con la vehemencia y el fervor que caracteriza a los melómanos; un fervor que les lleva a idolatrar a algunos músicos, sean cantantes, instrumentistas, directores o conjuntos.

Suelen expresar su idolatría con la escritura convulsa y con la voz desgarrada, en ocasiones histérica, que lleva a gritar los «¡bravo!», «¡bravo!» al final de los conciertos o a aplaudir, de forma frenética, durante minutos y minutos, prolongando en la atronadora salva de aplausos, el placer obtenido hasta muy poco antes; también a sustituirlo por él del dolor de las manos laceradas gracias al paroxístico batir de las palmas. Así somos los del mundo de la música. Tales convulsiones, tales alteraciones del ánimo, suele propiciar la contemplación de la belleza.

Decían los comentaristas que, era tal la fuerza que de mí emanaba, que, con sólo mi presencia, era más que suficiente para que una sinfónica supiese lo que debía hacer. Se expresaban con libertad y con generosidad que sólo es posible con alguien que ya no va a molestar más, con alguien que no va a poder agradecer, ni reprochar, lo que de él se diga. Con alguien que esté muerto. Se trataba de esa generosidad inane, que no genera nada y que odié siempre porque es inútil y casi siempre descomprometida. Porque nada vale, curiosamente. Sé que no me puedo quejar, que oí y leí en vida lo que otros no llegan nunca a leer o a oír, ya que sólo se dice de ellos una vez que desaparecieron. Y yo sé que, ni ellos, ni yo, tenemos vocación alguna de tubérculos, de patatas que necesitan ser enterradas para que, transcurrido el tiempo, se puedan adornar con flores.

Por eso odio la crítica elogiosa de quienes sólo saben referirla a los muertos o a los que llevan años sin dar frutos y no molestan, ni conturban, ni alteran nada, porque no se arriesgan a hacerlo y reciben elogios de badulaques como ellos que practican la ecuanimidad aisladamente con los muertos, los inanes o los débiles.

¿Sería ésa la crítica que se refería a mí? Es posible, yo ya estoy medio muerto; ya nunca más se le podrá reprochar, por mi culpa, a ningún crítico un elogio inmerecido o contradicho en virtud de una actuación posterior. Ya soy un mito y a pesar de que quisiese arriesgarme ya no tendré oportunidad de hacerlo. Esa evidencia fue la que hizo que algo dentro de mí se destruyese. Cuando me vine a vivir a Brión, tenía el ánimo dispuesto a la permanencia expectante de quien todavía aguardaba algo. Ahora sé que lo que estaba esperando fuese posiblemente el concierto en Turín, sin yo saberlo. Ahora ya no espero nada.

Me llevaron de vuelta al Hotel Sitea y todavía tuve que contemporizar con la gente que había acudido allí a felicitarme, a ver y a ser vistos, a participar en la liturgia inevitable y necesaria que permite que los relevos sean tomados, que a unas generaciones les sucedan otras, que unos nombres vengan a continuación de otros. Y todo hubo de ser presenciado por mí ya desde la otra orilla.

¿Y Xana? A Xana no la vi. En el Hotel no estaba cuando yo llegué, al acostarme todavía no había aparecido por su habitación. Tengo la vaga idea de que, una vez me hube acostado, en la agitada duermevela que precedió a mi sueño de aquel día, se acercó hasta mi cama, besó mi frente y acercó el embozo hasta cubrirme con él los hombros.

Cuando me desperté, tenía una nota de ella encima de mi mesilla de noche. Me comunicaba que nos veríamos ya a bordo del avión. Pensé que podría haber conocido a algún muchacho y, sorprendentemente, ninguna emoción conturbó mi ánimo. Era cierto que algo había sucedido en mi interior.

Nadie me preguntó por ella cuando salí del hotel, nadie lo hizo en el aeropuerto. Pero cuando me senté en el avión ella estaba sentada en el asiento próximo al mío y sonriéndome. Me felicitó por el éxito obtenido, comentó conmigo algunas de las referencias aparecidas en la prensa, pero no hizo ninguna alusión a dónde había ido ella, ni a qué había hecho, ni a ninguna otra cosa que me pudiera facilitar una idea que saciase mi curiosidad. Tampoco lo hizo respecto de las razones que la habían impulsado a obrar como lo hizo y a mí, aunque se me pasó por la cabeza, no se me ocurrió preguntarle nada. Ni siquiera cómo se las había arreglado para llegar hasta el aeropuerto de Milán o cómo había conseguido el asiento vecino al mío.

Al llegar a Madrid decidimos, a la vista de la gente que allí nos estaba esperando, que, en Lavacolla, habría demasiado alboroto organizado y que era preferible evitárnoslo llegando a Brión de la misma manera en que yo lo había hecho la primera vez. Por eso, sin salir de Barajas, alquilamos un coche sin chófer, cuando hubimos cancelado nuestro vuelo.

No tuve inconveniente en que fuese Xana quien sacase el coche de Madrid y en que, al llegar a la desviación que lleva hasta Segovia y puesto que ella no conocía la ciudad, nos acercásemos hasta ella.

Por eso llegamos a Brión al cabo de dos días y aunque nadie que no fuesen Elisa y Paco nos estaba esperando, ya todo el mundo tenía noticia de todo lo sucedido, de mi lugar de residencia e incluso la fotografía en el Baratti y Milano había sido ampliamente comentada.