38980.fb2 Los otros d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

Los otros d?as - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

Capítulo noveno

Es curioso ver que tantas cosas, tantos órganos, tantas ideas, tantos deseos, tantos hábitos, todo un destino, se hallan así en suspenso, no en una simiente -esto sería el milagro ordinario de la planta, del animal y del hombre- sino en una sustancia extraña e inerte en una gota de miel.

Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Cuarto.

Al llegar a Brión no había nadie esperándonos. Cuando aparcamos el coche, delante de la casa, hicimos sonar el claxon de manera estrepitosa y oímos ladrar a los perros; pero nadie salió a recibirnos. No recuerdo si nos sorprendió o no el hecho de que no hubiese nadie. Supongo que no. Veníamos los dos muy cansados, yo más que ella, lógicamente, y decidimos dejar las maletas dentro del automóvil, en espera de que Paco las transportase, en cualquier otro momento, al interior de la vivienda; mientras tanto esperaríamos sentados en el salón, o lo haríamos paseando por la finca, a que Elisa y Paco regresasen. Reconozco que fue una estratagema, tan válida como cualquier otra, de retener a Xana a mi lado. Quiso ser ella quien descargase mi equipaje, pero no se lo consentí; a pesar de que yo mismo hubiese podido soportar perfectamente el peso de las maletas y el esfuerzo de acarrearlas hasta el interior de la vivienda.

Supuse no sin razón, que, una vez puestos en tierra los equipajes, ella se iría en el coche con la disculpa de devolverlo en la agencia de alquiler y pagar la factura correspondiente; y yo no podía consentir tal cosa. Pude retenerla gracias a esto.

Entretuvimos la espera comiendo alguna fruta que encontramos en la nevera y, luego, caminamos hasta la iglesia de la Santa; pero no pudimos visitarla. Había que avisar a la señora que guarda las llaves y, tan sólo el pensarlo, me causaba un incomodo más que suficiente como para no intentar nada y dejar nuevamente pospuesta la visita; decididamente la haríamos en otra mejor ocasión.

De regreso a casa, caminando por la carretera asfaltada, le conté cómo, en una oportunidad que me parecía lejana, me había parecido verla pasar fugazmente a bordo de un coche y ella, esta vez, se sonrió. Apenas se sonrió, pero no dijo nada. Con lo que me quedé con las ganas de saber si, efectivamente, había sido ella a quien yo había visto; si le hacía ilusión que la hubiese visto o, bien, de lo que se trataba era de lo grato que resultaba el que lo recordase con tanta nitidez y lujo de detalles. Bajó la mirada y se sonrió.

Al llegar a la entrada de la finca, Yakin y Boaz, estaban esperándonos. Habían permanecido al pie de la puerta por la que habíamos salido y, al vernos regresar, nos volvían a hacer tal número de fiestas que llegué a suponer que lo que tenían, más que ningún otro sentimiento, era el que produce el vacío de estómago.

Pudimos comprobar que era, precisamente, ese sentimiento el que maceraba sus cuerpos jóvenes. Les vertimos pienso para perros en sus vasijas y lo comieron con voracidad que me preocupó. ¿Cuánto tiempo llevarían Paco y Elisa fuera de casa?

Decidí observar todo con algún detenimiento, pero el hacerlo no sirvió de nada. De forma habitual todo estaba ordenado en aquella casa y no podría constatar nunca, en algún inopinado desorden o en cualquier otro rastro producto de una decisión momentánea, si la casa habría sido abandonada de manera precipitada o no.

La espera se prolongó lo suficiente como para que acordásemos ser nosotros quienes descargásemos las maletas. Me molestaba el tener que llamar a casa de mi tío Álvaro para preguntar si sabían algo de mis fámulos, ya que ello sería tanto como reconocer que, de forma tan despreocupada como evidente, no sabía nada de ellos desde hacía ya demasiados días. Por eso decidimos que Xana se fuese a La Ciudad, devolviese el coche y se acercase luego a saludar a mi tío para, con tal motivo, poder preguntar por ellos, así como de pasada, e informarme a mí, acto seguido, por teléfono de todo lo que hubiese podido averiguar. Xana se fue y me quedé solo.

Debí de quedarme dormido al poco tiempo de permanecer dueño de toda la soledad que, después de marchar Xana, fue invadiendo la casa de forma paulatina. Tan pronto como ella partió me dediqué a recorrerla, a visitar los rincones que había aprendido a habitar durante todos los meses que precedieron al concierto de Turín, y sentí, acaso por primera vez, que aquélla era realmente mi morada. Identifiqué los olores que la poblaban, reconocí la luz cenital que entraba en mi taller de lutería y no me resultaron extrañas las sombras de los árboles, ni los musgos de las piedras del jardín y supe que empezaba a amar aquel ámbito y que ya era mío en idéntica manera a la que yo ya era de él.

Subí a mi dormitorio y me tumbé encima de la cama. No puedo, pues, decir que me invadió el sueño estando sentado en un sillón, pero tampoco que lo busqué de forma deliberada; aunque ciertamente el sueño suele invadirme cada vez con mayor frecuencia desde que regresé de Italia. Se apodera de mí y yo me abandono a él sin pudor ninguno, incluso con cierta voluptuosidad que no sé si es muy propia de mis años.

Me gusta estar dormido, permanecer semialetargado en esa duermevela que te permite constatar el estado de vigilia, a la vez que el de inconsciencia, y reconocer, al mismo tiempo, en tus miembros la laxitud de los músculos relajados, la inexistencia de temblor junto con el temor a que comience de nuevo ya que no fue suficientemente anulado por la voluntad de volver a sumirse en el sopor. Seré ya un enfermo hasta el final de mis días. Moriré, al menos eso espero, por causa de la enfermedad que me invade. Hace tiempo que lo sé. Lo que ignoro es cómo la muerte se hace presente en el cuerpo de un parkinsoniano. ¿Será una temblequera catárquica, la que me lleve?

Y sin embargo me refugio en el sueño, convencido de que mientras duermo prolongo, por causas que no sabría explicar, la duración de mi vida. Temo la vigilia acaso porque tema la consciencia, y el sueño me permite la escapada sistemática, el encuentro con realidades que añoro o que deseo, el cumplimiento de las voluptuosidades que, mi edad y el mal que me consume, me niegan de forma casi sistemática.

Me gusta despertarme despacio, ir entreabriendo los ojos lentamente y, también con toda lentitud, ir alertando los sentidos de uno en uno. Primero el tacto, sintiendo el roce de las sábanas sobre la piel; luego, el oído, reconociendo los ruidos de la casa, los ladridos de los perros, el ulular del viento o el batir del agua de la lluvia sobre los cristales; más tarde, recuperar los olores, adivinando el de la hierba que asciende hasta la ventana o el de la flor del naranjo que flota en el aire desde temprano y, con el tiempo, olvidar el endemoniado sabor de boca con el que me despierto y que debo agradecer, casi seguro, a la medicación que me trae no sólo el sueño, sino que a la vez entretiene esta maldita enfermedad y me permite indagar, cuando no averiguar a plazo fijo, cuánto me queda de disfrute, precisamente, de los sentidos.

Y así voy redescubriéndolo todo a cada despertar. Las distancias que hay entre las cosas, su ubicación en el espacio, o yo mismo que soy, quiéralo o no, el centro del mundo y el dueño de todo lo que mi cuerpo abarca; puesto que todo es porque yo soy.

Me despertó el sonar urgente e impositivo del teléfono. Era Xana y lo primero que me dijo, con la voz más plena de naturalidad que pudo, fue que Elisa y Paco acababan de salir hacia Brión cuando ella había llegado al Policlínico en el que estaba, fuera ya de cualquier peligro, internado mi tío Álvaro. Una crisis hipertensiva, según me afirmó ella, fue lo que lo había llevado hasta el sanatorio. No debía preocuparme y, para demostrármelo, iba a pasarle el auricular a mi tío quien, además, estaba deseando hablar conmigo.

– ¿Cómo te va golfante?

Me dijo el muy canalla nada más posar el teléfono en su oreja, no sé si realmente preocupado por cómo me iba, por cómo me había ido, o si no se trataba más que de una oportunidad, cogida al vuelo, para llamarme golfo.

– ¡¿No reventarás, cacho cabrón?!

Le dije con toda simpatía, a la vez que me reía, y oí cómo se reía él al otro lado de la línea telefónica. Daba toda la impresión de que la risa, forzadamente cómplice, iba dirigida a Xana más que a mí y eso logró enfurecerme. Era en exceso jovial e impropia de un hombre de sus años y de la situación en la que se hallaba.

En ese momento sentí llegar a la pareja dedicada a mi cuidado y me despedí, sin darle tiempo a decirme nada más, prometiéndole una visita tan pronto como me fuese posible hacerla.

Bajé y saludé al matrimonio fijándome, instintiva e ingenuamente, en el vientre de Elisa que no acusaba en absoluto la presencia de un nuevo ser dentro de ella. Lo hice con cierto aire de superioridad respecto del padre de la criatura, a quien no recordaba informado del resultado del análisis. La mente comenzaba a mostrárseme confusa desde algunos días antes y ahora empezaba a ser consciente de que las lagunas en mi memoria eran cada vez más frecuentes y profundas. Cuando Paco aludió con toda naturalidad a nuestra condición de primos mi confusión fue infinita. No recordaba si Álvaro me había indicado que no lo comentase, si acerca de lo que me había rogado silencio era sobre el tema del embarazo e, incluso, llegué a preguntarme si el primo era él o de quien en realidad se trataba era de ella. En cualquier caso no supe cómo reaccionar y guardé un silencio, en absoluto prudente, y sí expectante que no nos llevó a ningún sitio.

Es curioso constatar como nuestra memoria es selectiva. Continúo siendo capaz de hacer memoria sobre cosas sin importancia -pero que a mí me la ofrecen, y suma- a la vez que soy incapaz de recordar todo aquello que no se refiere a mí, de una forma directa, o no me ofrece un interés mayor e inmediato. Al sucederme esto, al no acordarme de cosas o al tener dudas acerca de ellas, mi entendimiento se nubla y soy incapaz de reaccionar con prontitud; balbuceo frases inconexas que pronuncio entre dientes y, cada vez, soy menos capaz de llenarme de indignación e, incluso, de autocompadecerme.

Me consolé pensando que, la torpeza de mi actitud, haría pensar a Paco en que yo ya era conocedor de nuestra relación familiar con anterioridad al momento de él darme la noticia, sin necesidad de mayores explicaciones; pero ello no me tranquilizó, ya que no estaba seguro de quedar bien parado el concepto que, mi comportamiento, mereciese en su consideración. Por el contrario me pregunté cuál debería ser, a partir de aquel momento, la relación que habría que instaurar entre nosotros. Cierto que durante los meses que llevábamos juntos jamás se había establecido una estricta relación de amo-empleados entre nosotros y que la existente había sido más bien de juvenil camaradería. Pero yo era quien ingresaba en sus nóminas, a fin de mes, el dinero obtenido con su trabajo y éste consistía en cuidarme a mí y a mi propiedad. ¿Deberían permanecer en mi casa, en qué condición deberían de hacerlo, deberían seguir ganando su sueldo, contrataría otros criados, los alimentaría yo? Todo era una pura pregunta. Álvaro debería comer menos copiosamente, así no tendría crisis hipertensivas y no me complicaría la vida con confesiones inoportunas, tal y como me estaba haciendo.

Aunque bien pensado era mejor así. Habría sido un problema mucho mayor, en el caso de que hubiese sucumbido a la crisis, y fuese yo el llamado a resolver una situación en términos que deberían ser establecidos por mi tío y no por mí. Maldita la falta que me hacía a mí la herencia de Álvaro y maldito lo que me importaba compartirla con nadie; incluso la mía propia adquiría a partir de entonces un sentido del que había carecido. Mira tú por donde mis discos iban a continuar teniendo quien recibiese los derechos de autor a mi muerte.

Todo esto lo pensé después de haber balbuceado torpezas delante del matrimonio; pero fue en esos duros instantes cuando sentí que la situación había sido superada, gracias a sus respuestas y por las explicaciones que ellos me ofrecían, compungidos, respecto de la salud de Álvaro, de las circunstancias del internamiento, de lo mucho que comía, los años de los que disfrutaba y el tiempo que le podía quedar de vida. Ellos también estaban sobrepasados por las circunstancias, por las noticias y por las realidades que se habían volcado sobre todos nosotros, de manera irreversible, en el curso de las últimas horas.

Ese día consumí lo que restaba de tarde encerrado en mi habitación, haciendo que hacía, saliendo de ella de vez en cuando para acercarme a la lutería; dormitando encima de la cama y, en todo caso, evitando el encontrarme con mis primos. ¿Cómo llevarían éstos la nueva situación? Es difícil meterse en la piel de los demás, tanto que nunca me atreví a opinar sobre situaciones y circunstancias que afectasen a otros, por miedo a ser injusto y preferí, siempre, juzgarlo todo desde mí mismo e incluso tan sólo sobre mí mismo, también. Acaso todo se reduzca a una simple cuestión de egolatría, pero así ha sido siempre y no veo la razón para empezar ahora un nuevo aprendizaje que sé, positivamente, que en ningún caso concluiría.

De vez en cuando ocupé el tiempo en observar y oír, a media voz, los programas de televisión. No era capaz de concentrarme en ellos y lo que se me ocurría a propósito de lo que estaba viendo era todo referido a la mediocridad imaginativa de unos realizadores, incluso de unos locutores, que tienen tamaña responsabilidad en sus manos; pero posiblemente este juicio también esté viciado en su origen: el día no era bueno para nada, no lo había sido, jamás lo recordaría con apego.

La noche la pasé sumido en la inquietud. La figura de mi tío, de la que había prescindido de forma harto elocuente a lo largo de toda mi vida, se me ofrecía ahora imprescindible. Se había convertido en una referencia que me unía a un excesivo número de cosas como para consentir su desaparición sin ningún expresivo lamento por mi parte, ¿Pero en realidad me importaba? Creo honestamente que no. Al menos en la misma medida que no me importaba mucho la continuidad familiar a través de aquel hijo espurio.

La vejez nos dota de un extraño cinismo. El que yo disfruté, al menos durante esa larga e insomne noche, me hacía considerar, incluso, que ni de la juventud de mis primos estaba necesitado yo para ayudarme de ella en mi decrepitud. Ya estaba siendo vivida esa decrepitud y era evidente que me moriría sin tener necesidad de nadie. Además, ya aparecería alguien poseedor de los dones del espíritu de los que yo siempre carecí, dispuesto a ganar el cielo a costa de malgastar en mí su ayuda, su tiempo, su afecto; su dinero, no; porque ése lo tenía yo y eso siempre ayuda bastante. Al menos en una medida razonable.

Lo cierto es que por la noche, añoré a mi tío y me prometí visitarlo a primera hora de la mañana siguiente. Pero no lo hice. No pude hacerlo.

A última hora de la madrugada conseguí quedarme profundamente dormido y me desperté tarde. Paco y Elisa, afectados de un intratable y repentino ataque agudo de filialismo, habían acudido a La Ciudad y comprendí que ya era posible que todo se desmoronase a partir de entonces. ¿A quién recurrir? Pensé en llamar a Xana, pero me contuve. Casi siempre es preferible esperar que todo suceda y consentir en que sean los demás los que tomen posiciones, los que se equivoquen o los que acierten. Es mucho más cómodo equivocarse por omisión, pues los hechos consumados generan más y mayores evidencias que las silentes abstenciones de los que nos amparamos en nuestra timidez o en nuestra mojigatería. Ya vendrían y ya se explicarían.

Así fue, pero no se explicaron en absoluto. Con toda naturalidad me informaron del estado de mi tío y, acto seguido, me sirvieron la comida. Excepto en el desayuno que, de haberlo necesitado, tendría que habérmelo servido yo mismo, su ausencia no se notó en absoluto.

Al terminar de comer comuniqué que no me encontraba bien y pude observar sus ojos alarmados, alargando las miradas más allá de mí mismo, y eso me asustó y me dejó preocupado. ¿Estaría mal sin darme cuenta? ¿Tendría mala cara y lo que para mí era una consecuencia de mi cómodo egoísmo, sería para ellos determinado por alguna oculta causa debida a mi dolencia? ¡Qué suspicaz se vuelve el corazón de un viejo y cuánto miedo, cuánta inseguridad lo habita! Me levanté de la mesa temblándome no sólo la mano sino que, al menos esa fue mi impresión, la totalidad de mi cuerpo macerado y triste también lo hacía.

Me quedé dormido en la hamaca del jardín, recibiendo el sol tibio de la tarde, sintiendo el cuerpo de Boaz sobre el empeine de mis pies, malhumorado y tenso. Había permanecido en el taller a lo largo de minutos más que suficientes como para convencerme de que no tenía ni ganas ni fuerza, ni acaso ya la habilidad necesaria, precisa para ponerme a trabajar en construir instrumento alguno y quizá fue esa certeza la que motivó el sueño intenso de aquella tarde.

Me supe entrando en la catedral de La Ciudad por la puerta de las Platerías, camino del archivo catedralicio, con un ánimo investigador y erudito que no sé de qué rincón de mi memoria habrá sido traído a la superficie de mi sueño. Iba en la búsqueda de un motete, a ocho voces y con acompañamiento de arpa, del que es autor un Antonio Carreira, maestro de capilla en la catedral en la primera mitad del siglo XVII. Me vi, ya en el archivo musical, descendiendo por una especie de escotilla de barco que permite penetrar la oscuridad silente del sótano en el que se encuentran depositados los fondos documentales del cabildo.

Y de allí, ya sin saber cómo, seguramente transportado por arte de magia, me vi elevado a la altura de los ancianos del Pórtico; llevado hasta ellos en un vuelo y levitando, con mi rostro pegado a los suyos, mientras que alguien, ignoro quién, me susurraba al oído palabras que decían aseveraciones inconexas acerca de la creencia de los ofitas.

¿En qué otro rincón de mi cerebro, en qué circunvolución extraña e inaccesible, reposó durante tantos años como para que yo ignorase su existencia, a lo largo de toda mi vida, la convicción de que el inspirador del nuevo testamento es el demonio y que son, los suyos, textos apócrifos? ¿Era yo uno de ellos, era yo un ofita?

Mis ojos los sentí fijos sobre un arpa en la que, una culebra, muerde, con su boca enorme, la garra que le es propicia y supe que la sonrisa de todos los ancianos es una sonrisa llena de ironía, cuando no de escepticismo. Están esperando todos ellos, impertérritos, a que suene el momento de iniciar la sinfonía del fin del mundo, pero no se deciden a hacerlo. Esperan la señal que se lo indique. Llevan así la mar de tiempo. Oyen algún estrépito de forma esporádica, pero es evidente que no se trata de la, ¿ansiada?, señal.

También yo en mi sueño oí un fragor; bajaba del cielo y era parecido, a la vez, al estruendo del océano y al estampido de un trueno fuerte: se trataba, quién lo diría, del son de los instrumentistas que tañían sus cítaras delante del trono, delante de los cuatro vivientes y de los ancianos, mientras que con sus voces roncas, se entretenían cantando un cántico nuevo. Pero nada. No se trataba de nada serio. Al menos de nada tan serio como lo que los ancianos están esperando, ya un poco aburridos de hacerlo.

Y eso que, al ruido de las cítaras, le había precedido el momento en el que el ángel se decidió, por fin, a coger el incensario, enorme y plateado. Tan grande y hermoso que yo, en mi sueño, juraría que era el Botafumeiro. Lo cogió, lo llenó de ascuas del altar y lo trasladó, de malos modos y a través de La Puerta, al medio y medio de la plaza del Obradoiro, afortunadamente vacía de gente a aquella hora de mi sueño; aunque creí adivinar, detrás de los visillos que velan su despacho, apartándolos para poder observar discretamente, al presidente del gobierno de Galicia que estaba hecho un lío gracias a sus ministros, como siempre, y un algo emocionado, como casi siempre.

Cuando el ángel ciscó el Botafumeiro, en realidad lo que hizo fue baquetearlo contra el suelo, con gran estruendo, en medio y medio del Obradoiro no es de extrañar que hubiese truenos, estampidos, relámpagos y un terremoto que, en mi angustia, no consiguió despertarme. ¡Quién me diera! Porque, en ese momento, los siete ángeles que tenían las siete trompetas, sin encomendarse, ni a Dios ni al diablo, comenzaron a tocarlas.

En el momento en que el ángel había llegado con el incensario, aleteando torpe y cansinamente, pues el Botafumeiro debe de pesar unos sesenta y ocho quilos, más o menos, se dedicó a balancearlo a la vez que le daba algún golpe que otro contra el suelo, los veinticuatro ancianos se dedicaron a meter en sus redomas los aromas que emanaban de él, mezclándolos con las oraciones de los consagrados. Dios sabe con qué objeto lo hacían, o al menos a mí se me escapaba en ese momento la razón de tan parsimonioso proceder y, ahora, en el estado en que estoy, no me voy a poner a dilucidarlo.

Y empezaron a tocar sus trompetas cuatro de los angelitos. Digo angelitos porque en ese instante, las aladas apariciones se habían convertido en unos gordezuelos infantes, dueños y portadores de unas generosidades cárnicas muy propias del barroco, y las trompetas se habían reducido de tal forma que más bien semejaban punteiros de gaita, sin fol, por supuesto, generadores de un sonido estridente y nada propio del recinto cerrado en el que sonaban, a través de los que soplaban de forma que pretendía ser ciertamente solemne y no pasaba de inoportuna; cuando no ridícula. Los ancianos, entretanto, mantenían su sonrisa impertérrita y demoledora. Yo no sabía qué hacer.

Por el mismo camino que me había conducido hasta allí, es decir, volando a través del aire, había conseguido acogerme al seno maternal de Santa Inés que, extrañas virtudes de los sueños, había recobrado sus formas, generosas y bien dotadas de volumen, anteriores a haber quedado tabula in rasa; desde el recuperado y muelle seno podía observarlo todo, aunque no tan ajeno a ello como deseaba.

Tocó el primer angelito su gaita o, mejor dicho, su punteiro y desafinó terriblemente; aquella palleta decididamente no servía, pero fue más que suficiente como para que se produjesen granito y centellas en cantidades de alta producción industrial como para que un tercio de la tierra se abrasase, un tercio de los árboles se abrasase y toda la hierba verde se abrasase. Pero, a pesar de ello y de todas formas, no me alarmé mucho. Eso sucedía todos los veranos y ardía bastante más de un tercio de la tierra que habitaba sin que nadie se preocupase lo más mínimo. Ni siquiera el Presidente del Gobierno.

Entonces vino el segundo angelito, le dio a su sonsonete, y un tercio del mar se volvió del color de la sangre. Ni me inmuté. «Marea Roja», me dije, «mal va a andar el sector del mejillón». La mitad de los mejillones que se producen en el mundo se verían afectados, gracias al trompetazo, o lo que fuese aquel sonido, e innumerables diarreas, de apocalípticas diarreas, darían fe del evento ante la total pasividad e indiferencia.

Cuando fui informado, en medio de mi sueño, de que, gracias a la broma del segundo angelito, un tercio de los habitantes de la mar se morirían y de que un tercio de la flota iba a naufragar gracias al trompetazo, o lo que fuese, propinado por el infante, nada alteró mi rostro, parkinsoniano o no; pues ese don, en el sueño, no sé si lo disfrutaba. «Otro superpetrolero que se escangalló en la Costa da Morte», fue todo mi comentario y me consolé, así, reflexivamente. ¡No pasaba nada!

Mi sueño continuaba, pero yo estaba aprendiendo a tomármelo con calma y sin la angustia de un principio. No se puede discutir que el sueño no fuera apocalíptico, porque lo era, pero tampoco negar que la cosa no fuera para tanto. Él tercer ser alado dio su bocinazo, un «piiiiiiiiiiiiiii» algo jocoso que consiguió alterar las sonrisas irónicas de los ancianos, para mudarlas en unas abiertas y un algo procaces carcajadas. En ese momento un bólido incandescente fue a dar con sus restos sobre un tercio de los ríos y sobre los manantiales: Era el Botafumeiro que, en una jugada de rebote, a fuerza de ser golpeado contra el suelo, se había desprendido y, convertido en cachitos, chirriaba al tiempo de emponzoñar todas las aguas terrestres. No sé quién me musitó al oído, supongo que Santa Inés, que no era el Botafumeiro, sino que se trataba de un cometa llamado Ajenjo y que, lo que de él se esperaba, era que al volver las aguas tan amargas, consiguiese matar a mucha gente. Eso me tranquilizó sobremanera. Más estragos había venido causando la supuesta cosecha de Ribeiro que se expendía, año tras año, en las tascas de La Ciudad, con gran contento de todos, y, un tercio de los ríos estropeados, aunque fuese en un sueño, era una cifra muy por debajo de la real.

Empezaba a resultar aburrido y poco emocionante el sueño en el que yo estaba habitando. En sueños bastante peores me tengo visto y, por poner un ejemplo comparativo, aunque no venga mucho al caso, pero por entendernos, peor lo había pasado en el concierto de Turín; por no decir en sus vísperas y por mucho que lo disimulase y la presencia de Xana colaborase a ello.

Cuando el cuarto gaiteiriño sopló su arma sonora, provocadora de desastres, un tercio del sol, otro de la luna y otro más de las estrellas, se entenebreció y al día le faltó un tercio de su luz. Con toda parsimonia Santa Inés me susurró: «¡Lo que faltaba, ahora eclipse!» y decidí que lo mejor sería despertarme. ¡Sabe Dios lo que me reservaba el sueño, con los tres angelitos que aguardaban su turno, en la sacristía, para salir a interpretar su correspondiente solo de trompeta!

Aún tuve tiempo para oír a un águila que volaba por la mitad del cielo e iba clamando: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la Tierra por los restantes toques de trompeta, por los tres ángeles que van a tocar!». Pero ya no me asusté en absoluto; por muy apocalíptico que el sueño fuese, bastante peor era la realidad que la ficción y, a la Tierra, a fin de cuentas, nada la había perturbado más de lo que habitualmente la perturban incidentes de semejante índole y condición.

Me despertó Elisa de mi sueño. Lo hizo agitándome suavemente al observar que sudaba de una manera abundante y que gesticulaba frunciendo los labios como un conejo. Supuso que no me estaba divirtiendo y reaccionó posando su mano en mi antebrazo derecho, balanceándome con dulzura. Lo cierto es que, bromas aparte, soñar con el fin de los tiempos no siempre resulta grato. ¿Estábamos al final de los tiempos, por cierto? Todo era peor que en mi sueño, todo era peor que en el Apocalipsis. ¡Qué extraños vericuetos tiene el alma humana para avisar sin que nos demos cuenta del aviso! ¿Será Dios el espíritu de la colmena?

En un agravamiento repentino de su recientemente adquirido mal, Paco se había ido a visitar a su padre. Elisa me lo dijo sonriendo. Lo que me permitió que dialogásemos los dos, durante un buen rato, acerca de lo que podía significar el descubrimiento de la maternidad para ella, y no sólo el de la paternidad, sino también el de la filialidad, para Paco. Elisa se sonrió. Se había convertido en una mujer madura y responsable, segura de sí misma y del alcance de sus actos:

– Y de su primo, Joaquín, también de su primo… De una familia en suma.

¡Qué lista fue Doña Elisa! ¡Qué lista! Cuando le conté mi sueño y divagué, a continuación, por vericuetos priscilianistas no se alteró lo más mínimo y, con idéntica dulzura a la de antes, me afirmó que de eso nada, de eso ya nada, eran andanzas místico-esotéricas que nada tenían ya que ver con ellos, que si la inmadurez, la juventud y no sé cuántas garambainas más, que citó y supo entremezclar sabiamente con los lugares comunes, las frases hechas y las expresiones habituales y propias del caso. Estaba en buenas manos. No cabía duda, me cuidaría amorosamente hasta el final de mis días.

Permanecimos todavía un buen rato hablando, allí mismo, en tanto que el crepúsculo vespertino lo iba invadiendo todo. Un tercio, y aún más, de la tierra de Brión y, con ella, del resto del mundo, se ensombreció paulatina y tenuemente en la proximidad del Finisterre.

Me atreví a hablar, llevado de una curiosidad posiblemente insana, de contratar nuevos criados. No dije «otros criados» ni siquiera dije «nuevos», aunque en el fondo lo pensase. Me referí a unas personas que les ayudasen a llevar la casa y a llevarme a mí. Elisa se negó a tal posibilidad, afirmando que se valía por sí misma y que con ella era más que suficiente para llevarlo todo; que Paco era otra cosa, pero que ella se bastaba. Acto seguido concedió, sin ninguna propuesta por mi parte, que alguien para cuidar el jardín y los animales, no estaría de más y, antes de que me propusiese que su marido, es decir, mi primo me llevase mis asuntos, me levanté apresuradamente con la disculpa más tonta que encontré a mano:

– ¡Voy a mear un poquito!

Afirmé y me alejé con paso torpe. Pero aún tuvo tiempo para pronunciar su propuesta mientras yo me encaminaba hacia el cuarto de baño con paso cansino.

No sé si como consecuencia de la medicación, si motivado por el sueño apocalíptico o, simplemente, porque la próstata había tardado mucho en empezar a dar la lata y por fin se había decidido, lo cierto es que aún fui a orinar unas cuantas veces más: meadas pequeñitas y de corto alcance, meadas recurrentes, más dadas al goteo nada pretencioso que al chorro emblemático de la primera juventud (y todavía más allá, aunque no esté bonito presumir) que concluían siempre con la preocupación de no habérmela sacudido en la medida necesaria y la evidencia de que así, efectivamente, había sucedido. Solía pingarme la pernera del pantalón y sentir húmeda casi toda la cara interna de la extremidad inferior correspondiente o bien mojar el exterior de la pretina y sentirme, por ello, abochornado.

Puestos a elegir, entre una cosa y otra, prefería el frescor interno que el rubor externo. Pecado tapado, medio pecado. Además causa más goce el pecado discreto. Te hace sentir superior al resto de los semejantes que te rodean: «Voy con la pernera del pantalón toda mojada, porque a pesar del temblequeo de mi mano no me la sacudo del todo, y vosotros no os enteráis, so cabrones» es a menudo una reflexión mucho más gratificante que la que resulta de ocultar, por procedimientos varios e incluso curiosos, las salpicaduras y las manchas húmedas de la entrepierna: «¡Me mojé, sí, ¿qué pasa?! Los años y las fatigas…; pero si supieseis el uso que le saqué al aparatito». Reflexión, ésta que equivale casi siempre a decir que no se conforma quien no quiere y algunas otras lindezas del refranero que actúan a modo de consuelo de imbéciles y satisfacción de idiotas. ¡Ah, la sabiduría popular!

Según salí del baño apareció Paco. Nunca sospeché que, el beso de la princesa, tornase al asqueroso sapo en un príncipe tan apuesto y ufano, y lo hiciese de forma tan rápida y contundente. Aquel par de batracios que habían sido mis criados hasta hacía nada disfrutaban ahora del caminar, sereno y reposado, que sólo una larga educación proporciona. ¿Pero quién asegura que no se trata de una eternidad la que transcurre desde que haces un bingo hasta que lo cobras? Siglos, siglos son los que transcurren por tu alma desde que la vida te da la vuelta y doblas cualquier esquina que nunca sospechaste que pudiese estar tan cerca. La lógica es la nueva situación; la anterior se convierte, de inmediato, en algo lejano que le sucedió a otra persona que, evidentemente, no se trataba de ti mismo y a la que nunca conociste y, por ello, no le vas a prestar atención ahora.

Tu primer concierto, tu último triunfo, son acontecimientos que se produjeron hace siglos y que, de tan lejanos, se convierten en presente actuante sobre y a partir de tu propia vanidad. Así Paco y su recién adquirido acceso a la familia. ¡Él había sido siempre de la familia! Lo lógico era que se comportase así, la sinrazón estaba en la anterior ejecutoria vital y ese convencimiento proporciona, a quien lo disfruta, de un dominio del espacio que lo rodea, de tal magnitud y evidencia que, a modo de aura fácilmente connotable, tiene su reflejo en la forma de andar, en la impostación de la voz, en la gestualización toda, resumida en las manos que abarcan el aire de otro modo; en la mirada que se serena o endurece, de forma alternativa, según a quien se dirija; en el rictus de la boca que es irónico o compasivo, según a quien se tenga al alcance del oído. Y así, todo cambia.

Llegó Paco según yo salía del baño y supe que ya no hablaría con un igual nunca jamás. Tenía, por encima de la mía, su propia edad. Y no sólo gozaba sus mejores y más hermosos años, su más larga esperanza de vida, tenía también otras cosas. Disfrutaba de una salud entera, disfrutaba una hembra feliz a su lado, venía de un largo recorrido por caminos de los que no todos logran evadirse y poseía el don del escepticismo que, ya se sabe, es una forma de higiene mental muy necesaria.

Cuando vio que, con mano temblorosa, intentaba subirme del todo la cremallera y pudo observar las manchas que aureolaban mi entrepierna, me dijo:

– ¡¿Qué, te ayudo?!

De una forma tan jovial y campechana, lo dijo, que supe que, además de hijo de mi tío, era también un verdadero hijo de puta. Estuve por contestarle que incluso podría meneármela, pero me contuve. Gente así es capaz de pensar que se está hablando en serio; por eso preferí preguntarle por su padre y dudé brevemente cómo hacerlo. Me decidí pronto:

– ¿Qué tal Álvaro?

Me miró expectante. Hubiese preferido poder mostrar la cara ansiosa y feliz de quien es solicitado acerca del estado de salud de su padre; incluso deseado que la formulación se refiriese a un «Don Álvaro», distanciador e insultante, que le hubiese permitido fruncir el ceño; también la de un frío indagar acerca de «mi tío», consentidor de la mirada implorante y mimosa de quien desea ser integrado en el sitio que le corresponde y en el que ya lo está, sin necesidad de mayores reconocimientos. Pero se había encontrado con un impersonal, al menos en la apariencia, tratamiento lleno de cordialidad que lo reducía todo a la espectación y al silencio.

– Bien, muy bien. Gracias.

Me marché al jardín. Cuando lo hice, ya era de noche y paseé a la luz de una luna llena y dorada que proyectaba sombras y dejaba que la serenidad lo enseñorease si no todo, al menos sí una gran parte del ámbito total que podía abarcar mi mirada, es decir, todo el mundo; todo el mundo a mi alcance, todo.

Los perros vinieron a acompañarme en mi recorrido por el jardín. ¿Cómo estaría La Ciudad, vista bajo la misma luz? Seguro que nada había cambiado. Me senté sobre una piedra de granito a medio pulir que hacía de asiento, adosada a uno de los muros, a pesar de que no hubiese sido ésa la razón de que permaneciese allí abandonada, y dejé que me invadiese la nostalgia.

Sin saber cómo, ignorante de cuál había sido la necesaria asociación de ideas, me vi nuevamente de niño seminarista, recorriendo los claustros bañados por la luz de la misma luna, muchos años atrás; toda una vida atrás, que podía ser contemplada con nitidez lunar en la distancia. Quizá me viniese el recuerdo traído por el calor de los cuerpos de Yakin y Boaz que se frotaban contra mis piernas o permanecían apoyados contra ellas, al tiempo que reclamaban mi caricia.

En aquellas noches del seminario, sentías también el calor de otros cuerpos, próximos al tuyo y lo único que pedías era que tu calor no fuese reclamado como lo era el de los birichias, el de aquellos niños que hacían de niñas en una sociedad que así se lo reclamaba. Careciendo, como carecían los seminaristas, del complemento directo, incluso del indirecto, se aprovechaban del circunstancial y éste solía localizarse casi siempre en los escasos niños bien y de buena familia que habitaban los enormes tramos, las celdas privilegiadas, las torres exclusivas. Niños de piel blanca, todos ellos, niños finos y casi siempre esbeltos. Yo era uno de ellos. Por eso viví una infancia torturada entre el deseo de ser reclamado y el pánico a que eso sucediese. Siempre vencía el pánico, acaso empujado por el asco, pero yo viví esa tortura; yo quise ser objeto de deseo.

Las noches como la de ayer eran propicias para ello, para la urgencia de los cuerpos reclamados, para el fluir de la reflexión serena, mitigada por la luz; acaso por esa razón fuese por la que todo me vino a la memoria de la forma en la que lo hizo. También pudo ser porque estoy viviendo ahora un miedo equivalente a aquéllos y debido a que, en el fondo, todos los miedos sean el mismo. Vivo en el temor de ser llamado por la muerte y el ansia de descansar este maltratado y dolorido cuerpo, tan fatigado. Vivo entre la pulsión, el deseo de abandonar la vida y el temor a privarme de noches hermosas y llenas de luna y de recuerdos, en las que todos los sentidos se estremecen.

Cuando estas noches se producían, cuando recorríamos los claustros sintiendo nuestros alientos próximos y nuestros cuerpos juntos en los descansos de los recorridos, breves y rápidos, que iban de columna a columna, de sombra a sombra, Xanín nos esperaba siempre en la Sacristía. Nos reuníamos en la capilla de las reliquias, para comer lo que, las visitas de los jueves y los domingos, nos habían traído o lo que gente que como yo entraba y salía, había introducido de matute debajo de la sotana, dentro del paraguas, o en cualquier otro lugar que la imaginación indicase como idóneo. E imaginación teníamos mucha, porque era el recurso que, junto con el de la lectura, nos permitía huir de los horarios, evadirnos de la cotidianidad que no deseábamos.

Nos esperaba Xanín en la Sacristía y allí comíamos, bebíamos y fumábamos y, luego, ahítos, nos desplazábamos al interior de la iglesia de San Martín y, ya en el coro, levantábamos una trampilla que conduce al cementerio que está justo debajo de él.

Provistos de unos cabos de vela descendíamos para recorrer, ebrios de miedo o de valor, según los casos, los caminos estrechos que discurrían entre las laudas y las cruces, entre la fosa común y los enterramientos más significados. Y al salir de nuevo al claustro podíamos ver el altar coronado por el sol o el que lo estaba por la luna, según dirigieses tu mirada, a derecha o a izquierda, a Yakin o a Boaz, porque surgíamos a ello desde lo profundo de la tierra; podíamos recordar la mano de piedra que, emergiendo de lo profundo de una lápida, ase el báculo abacial con la fuerza terrible, inconmensurable, de quien se aferra a él desde el otro mundo, porque acaso fue de lo único de lo que disfrutó en toda una larga vida, y lo hace en la esquina más oculta de una iglesia que es la mejor expresión posible que jamás se haya dado de la más pura anti-Reforma: La Luna corteja al Sol de idéntica manera a como la Iglesia corteja a Cristo, es decir, con la vehemencia y la contumacia, más que con el amor, de quien sabe de antemano que no se puede, nunca, esperar un futuro independiente de la realidad del presente.

¡Ah! caray!, por eso, a veces, se llega a intuir por qué desciende Jerusalem y permanece mil años posada y por qué así ha de hacerlo también La Ciudad y no habrá nadie que sea capaz de impedir que levite, y flote, y se desplace, navegando a través de los tiempos; porque así está escrito y ése es el deseo.

Reconozco que, ayer, mi mente empezó a confundirse de nuevo, y a confundirme a mí, con recuerdos que no soy capaz de distribuir según sería necesario hacer para que todo tuviese el sentido del que, a estas alturas, todavía carece. La claridad lunar me hizo descender, anoche, al fondo de mí mismo, al fondo de mi temor más ancestral, para que, después, de igual forma a la que, cuando era niño, ascendía a la torre izquierda de San Martín, tras haber estado en la cima del horror del cementerio, intentase el ascenso que nunca me fue negado y que, también ayer, me resultó imprescindible para poder seguir viviendo.

Y es que cuando era niño, desde ella, desde la torre hasta la que había ascendido, una vez salido del fondo de la noche, bajo la dorada luz de la luna, me dedicaba a observar Santa Clara, Belvís, el Carme de Abaixo, San Paio do Monte, Cotolai, el Castro de Figueiras y los oteros de A Almaciga o del Carme de Arriba, porque todos esos nombres componían las referencias, únicas y precisas, de todo lo que entonces era todo el mundo.

Ayer pude hacerlo, en aquel momento nocturno, con semejante fortuna e intenté ascender así, y lo conseguí, al deseo de contemplarlo todo con apacibilidad y dulzura. Y de igual manera, ansié prolongar el horizonte de mi vida, como entonces lo hacía con los de los límites de La Ciudad, que quería ensanchar hasta donde nadie hubiese llegado nunca, porque, así y al tiempo, ensanchaba el universo… y también anoche pude conseguirlo. Remonté nuevamente mi propio y cansino vuelo. Contemplé el horizonte y supe, de forma definitiva, que horizontes los hay siempre y que, también siempre, hay más de uno.

Adelante, atrás, a derecha e izquierda, hay horizonte. En el centro del mundo, en el lugar geométrico que equidista de todos los puntos de esos horizontes limítrofes con la bóveda celeste estás tú. Y hay seres humanos afortunados que, como yo, pueden aprender esto en una noche; que pueden aprender que, en esa equidistancia con el pasado y con el futuro, se conforma toda la lisa, espejeante, acuosa superficie de la vida; que tú eres los horizontes que la limitan; que el futuro es el presente que se desea y que, de acuerdo con lo que nos enseñaron, ese futuro, nunca es independiente de la realidad del presente, porque es ella misma de forma ineluctable.

Eso fue ayer, una vez que bajé al jardín y permanecí en él durante horas, en medio de una temperatura amena e impropia quizá de esta época del año, mitigado sin duda algún rigor que ella pudiese haber traído consigo con el calor tierno de Yakin y Boaz. Y así, una vez más, pude ascender desde la oscuridad sobre la que se mantiene siempre el coro, hasta la luz crepuscular que aboveda la torre siempre inacabada de todas las iglesias a las que se acogen las infancias y desde la que todos los horizontes son posibles.

Nadie vino a buscarme, nadie me reclamó al calor tibio de mi hogar y permanecí sentado, despierto y lúcido, ensimismado en algún sueño, alternativamente consciente o abandonado a ese otro agridulce ensueño que es el del recuerdo, durante toda la no sé si interminable noche. Cuando me di cuenta de que pronto amanecería, me di cuenta igualmente de que estaba lleno de frío y de tristeza. Pero también de que tenía unas irreprimibles ganas de vivir. Unas terribles ganas de seguir viviendo.

Eso fue ayer.