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En el día prescrito por el «espíritu de la colmena»
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Segundo, Cap IV.
– Tiemblo, pero no de emoción, sino de Parkinson.
Reconozco que no se lo debí decir así, de forma tan brusca, cuando, al bajar del coche, vi aquel montón de gente que estaba esperando por mí y que había, entre toda ella, incluso, quien lo hacía ostentando una cara de satisfacción que no venía a cuento, quien hacía manifiesta su alegría y quien, por si fuera poco, lo hacía de su asombro, cuando no de su incredulidad. Pero ¿qué podrá haber de asombroso, o de increíble en un viejo que llega a cualquier parte?
Lo cierto es que preferiría haber podido llegar solo, sin nadie que me estuviese esperando. Encontrarme con mi propia soledad, y ocupar la vieja casa de una forma tranquila y sosegada, que así no iba a ser nunca posible e ir valiéndome por mí mismo de forma paulatina, hubiera sido, de verdad, lo preferible. Pero no fue así y no sé si deberé de culparme por ello; al fin y al cabo, ¿quién avisó de mi llegada?
Puede que todo esto que digo resulte ser, a la postre, una manía de viejo; pero así es. Una vez llegado a la edad provecta en la que me hallo, tiendo, con facilidad manifiesta, a sentirme culpable de casi todo.
Y debe de ser cosa propia de la vejez esta desazón que me consume o, lo que es peor, acaso sea, la desazón la vejez misma. Protestar por todo, maldecir de todo y todo criticarlo, encontrarlo ruin o excelso, paradigmático o sublime, según lo haya previamente encontrado quien conmigo esté y con tal de llevarle la contraria, no es, ni más, ni menos, que un signo de afirmación propio de la edad tardía. Tan sólo me consuela el pensar que, al ser, como soy, consciente de ello y al ser capaz, como igualmente soy, de reflexionar al respecto, aún tengo alguna esperanza de vida y todavía me puedo ir librando de la desintegración final, esa entelequia.
– Tiemblo, pero no de emoción…
Fue, mi exabrupto, una manera, supongo que tan válida como cualquier otra, de enviarles aviso de lo que allí me había llevado; de ser yo quien les dijera mis propias palabras; yo quien les impusiera mi propia visión de los hechos o mi concepto de las cosas; de encaminarlos yo mismo, hacia la aceptación de mi triste realidad de viejo, ya que no de anciano, puesto que eso es lo que realmente me siento -un nombre prematuramente avejentado- y que fue mi voluntad, y no mis sentimientos, la que hasta allí me había determinado a ir. Mi propia decisión la que me había inducido; no la edad de la vida, ni tampoco ninguna otra razón de la que debiera sentirme avergonzado. Y así debía ser.
No conocía la casa y no me podía emocionar. Tampoco me conocían ellos a mí y, la noticia de un viejo que sale en los periódicos y se va a vivir no sé a dónde, no es razón suficiente como para que los conmovidos fuesen ellos. Pero lo cierto es que aquella gente estaba llena de curiosidad hacia mí y eso lo entiendo. Lo que no soy capaz de comprender es de quién había partido la convocatoria, puesto que de mí no había sido; de mí no había surgido ni la más leve insinuación al respecto para que alguien saliese a recibirme. Nada había dicho. Nada había deseado. Y entre toda aquella barahúnda de gente no conseguía identificar al matrimonio que había de atenderme. Sabía que se trataba de gente joven, pues así lo había indicado cuando me decidí al retiro. Incluso, entre bromas y veras, había sugerido que, de ser posible, se tratase de gente religiosa y bella; incluso de gente conservadora, es decir, de derechas; pues sabida es la resignada aceptación de la realidad que una religiosidad bien encauzada produce y, al mismo tiempo, se sabe, también, que la belleza ayuda a que la vida sea, al menos en un principio, más higiénica. ¿Qué decir del respeto a las indicaciones que, emanadas de la autoridad, la considerada gente de orden profesa? Pero no conseguía distinguirlos, a mis dos fámulos, y dilucidar a partir de su aspecto si mis indicaciones habían sido cumplidas.
– ¡Parkinson, Parkinson! ¡Baile de San Vito, carajo!
Y agité las manos delante de ellos, por si no me habían comprendido y para que viesen bien de qué iba la cosa. Se lo dije sonriendo, ése fue mi pecado. Siempre me perdió este afán mío de hacerme querer, de necesitar hacerme agradable y simpático. Así llegué a la casa, a lo que llaman la Casa de la Santa que es en realidad un conjunto de tres edificaciones, interrelacionadas entre sí por un jardín que ocupa el espacio que antes llenaba otra vivienda, de la que hoy sólo se conservan los muros por los que ascienden enredaderas diversas, hiedras, pasionarias, incluso una buganvilla y madreselvas, que no llegan, sin embargo, por muy tupidas que estén a cubrir los huecos de las ventanas por los que es fácil ver volar los pájaros, atravesándolos. Es un jardín hermoso y decadente.
Hubo quienes intentaron ayudarme a transportar las maletas y, si no lo impido a tiempo, lo hubiesen conseguido. Pero pronuncié un «No, gracias» lo suficientemente seco y sonoro como para disuadir de su empeño a los más decididos. Negativa que, de inmediato, suavicé con una sonrisa y la convincente expresión de que dentro habría quien podría hacerlo. Pero no había nadie. A pesar de ello reiteré mi negativa a ser ayudado. Quería valerme por mí mismo.
– ¿Podrá quedar todo en el coche? -pregunté.
Casi a coro me confirmaron que sí, que no habría problemas y que, si los hubiese, allí estarían ellos para solucionarlos. Di las gracias. Cogí, con mi mano más torpe, una maleta que venía en el asiento trasero del vehículo, cerré la puerta como pude, y me dirigí hacia la de la casa que abrí con el pulso inseguro, pero suficiente, que, al menos de momento, me proporciona el coger algo con fuerza. Entré. Aquélla era mi casa.
– Tiemblo…
Me reconocí a mí mismo e, incluso, en otro plano del pensamiento, añadí: («… de emoción»); pero no había nadie para llevarme la contraria.
Conocía el interior someramente, gracias a las fotografías que me habían sido enviadas e inducido a la compra, y lo fui identificando con idéntica sensación a la que se experimenta cuando regresas a un lugar del que faltas desde hace muchos años.
La buganvilla, aun sin estar florecida en aquellos días, llegaba, en cascada, al pequeño recinto de la entrada cayendo, desparramada, desde el tejado. Había llegado hasta allí ascendiendo desde el jardín, trepando por los muros de lo que había sido un edificio, y al hacerlo, se mezclaba, se mezcla, con un abutilón que tiene su pie en el propio recinto. Entre los dos cubren, para protegerlo, un banco de piedra en el que, es de suponer, los antiguos moradores de la vivienda, habrán consumido las horas crepusculares del verano, viendo volar las golondrinas en su vuelo más rasante y anunciador de un cambio de tiempo.
En el vestíbulo y nada más entrar, una hermosa talla barroca muestra una virgen, manca y policromada, que sonríe como pueda hacerlo cualquiera de las del pórtico de la catedral de Colonia; quién sabe si de las sabias, quién sabe si de las necias.
Es sencilla esta primera planta del edificio principal. Si sigues de frente y dejas la estatua de la virgen a tu derecha, accedes a la cocina y, de ella, sales ya al jardín de la casa, el que tiene camelias y naranjos, un limonero y también un pozo. Desde él puedes ver la torre, barroca y hermosa, de la iglesia en la que, ahora, se custodia el cuerpo incorrupto de la Santa. Pero si, en vez de entrar en la cocina, te desplazas a tu izquierda, puedes entrar en un hermoso salón de estar, dueño de una enorme lareira que está ocupada por un grandísimo ramo de flores tropicales que alguien, posiblemente la hembra de mi matrimonio guardián, dispuso allí. El ramo se halla iluminado por unos focos que envían su luz desde el interior de la chimenea y el efecto es notable.
En una de las cuatro ventanas por las que penetra la luz en el interior del salón, en la que está justo al lado de la lareira, sobre lo que fue la pila de piedra del fregadero, un pequeño y frondoso bosque de helechos y de otras plantas consigue que los dos espacios existentes a ambos lados del cristal se confundan. Una mesa camilla, una torre de música y un tresillo de madera de caoba labrada a mano, completan la estancia en la que tendré que aprender, de una vez, a dejar transcurrir las tardes del invierno, mientras leo o mientras recuerdo, amodorrado, la historia de un tiempo que ya se fue. Mientras pienso la historia de este tiempo que se va.
¿Qué fue lo que me trajo hasta aquí, hasta esta soledad verde en la que ahora habito? Al principio fue una sensación de temblor generalizado, que se hacía más patente al llegar la noche; temblor que sólo yo sentía y que nadie era capaz de observar por mucho tiempo que, a instancias mías, permaneciese mirándome. «Cosas del genio», argüían resignándose a una contemplación a todas luces inútil; y yo me quedaba tranquilo, satisfecho en mi vanidad, reposado en mi hipocondría. «Neuras de artista», sentenciaban, y, en tan estúpidas conclusiones, descansaba mi espíritu abatido y semiconsciente de que algo se avecinaba sin que yo pudiese alcanzar a saber su procedencia y a sospechar su magnitud. Eso fue todo durante meses.
Llegó un momento en que decidí consultar con un médico. De aquella sensación de temblor, que no era más que eso -una sensación, tan sólo- pues nada en mi cuerpo se alteraba visiblemente, pasé a poder contemplar yo mismo un ligero temblequeo que, la verdad, me negué a admitir y, por ello, concluí por atribuirlo a la tensión en la que constantemente vivía; de aquella sensación, decía, pasé, antes de llegar a obsesionarme con temblor alguno, a sentir un dolor real distribuido por todo mi cuerpo; uniformemente en ocasiones, caprichosamente repartido a veces; pero generalizado, casi siempre, que fue el que me llevó al galeno.
Estaba en Nápoles. Por la mañana había visitado el Teatro San Cario, recorrido incansablemente los lujosos e interminables pasillos; había observado, lleno de asombro, la estructura de madera en la que se sostiene todo el escenario y que, probablemente, sea la causa de que esté dotada, la música que allí suena, de una especial cualidad que la distingue, incluso de sí misma, cuando es interpretada en otro ámbito cualquiera y distinto de aquél. Después, había salido a pasear por la Via Caracciolo; acogiéndome a la sombra de los árboles, posiblemente con ánimo de que, en ella, mis entumecidos músculos descansasen, al ser postrado mi cuerpo sobre algún banco próximo a la Riviera de Chiaia, vecino ya de la Piazza de Nápoli.
Así sucedió, pero no descansó mi dolorido cuerpo y seguí caminando hasta que un indescriptible estado de placidez se apoderó de mí cuando, extenuado por el dolor, conseguí un taxi al que me subí, no sin dificultad.
De qué manera influyen en tu vida y con qué facilidad se toman determinadas decisiones de las que ya no es posible volverse atrás. Vas en taxi por el centro de Nápoles, te acuerdas de un amigo, lo llamas, te lleva a otro que va a serlo porque es médico y va a diagnosticarte y, cuando el día está mediado, tienes una definición de lo que te atosiga: polimialgia reumática. En realidad un diagnóstico erróneo de cuya fiabilidad me advirtió el propio doctor De Cesare al decirme que debería consultar posteriormente con un especialista y no contentarme con su primera catalogación del mal: Reuma a todo pasto.
A la vuelta de los años el reuma volvía a habitarme. Parecía una devolución de la jugada: si durante algún tiempo de mi vida, yo había fingido casi exactamente el mismo mal, para ocultar aquello que prefería velado, éste, ahora, fingía, a través de las palabras del doctor De Cesare, una existencia que era falsa, para enmascararme la realidad del mal de Parkinson y permitirme una prolongación, no sé si del sufrimiento o de la dicha. Y es que el miedo todo lo envuelve.
Les conté cómo mi primera gran crisis -antes había tenido otras, pero fácilmente dominables, es decir, de pequeña entidad- me había llevado a cumplir el servicio militar y a hacerlo en la Legión Extranjera, en los prolegómenos del conflicto de Sidi-Ifni, permaneciendo en el Tercio que se acuartelaba en El Aaium. No fui ni el primero ni el último, de los de mi estado, en hacer tal cosa. ¡Dios, qué tiempo! Cuando empecé a sentir silbar las balas en torno a mi cabeza, quedé clavado a la tierra con decisión tal que ni las más fuertes amenazas consiguieron que me incorporase. No sollocé. Tampoco dejé traslucir el pavor que me tullía, sino que con total impasividad, cuando vi que todo peligro había desaparecido, me levanté de forma lenta y trabajosa y, al serme requerida una explicación acerca de mi actitud, repliqué que padecía de reumatismo muscular en forma tal que no era prácticamente capaz de moverme.
Aún no me explico cómo, pero mi argumentación fue aceptada y me vi atado a ella como a un suplicio que llegué a suponer de peor entidad que el de Tántalo. Cuando todos avanzaban, a través de aquellos interminables y pedregosos desiertos, o lo hacían por las dunas que, iguales, se sucedían unas a otras, yo debía permanecer rezagado, caminando con la dificultad propia del reumático, en el que, voluntariamente, me había convertido, mientras gritaba «¡Esperad por mí!» y blasfemaba, al ver que no lo hacían, con potencia de voz lo suficientemente alta como para ser oído por ellos. Cierto que más de una vez, también me decía a mí mismo, o en voz no demasiado alta, «¡No corráis que es peor!», divertido por mi ocurrencia y feliz de evitar así los rigores de la primera línea.
Cuando empezaron a sonar los tiros en ambas direcciones, mis compañeros regresaban corriendo con más velocidad de lo que yo hubiese deseado. No estaba en relación la velocidad que llevaban a la ida con la que traían a la vuelta y yo, en cambio, tenía que mantener el mismo ritmo de marcha durante todo el tiempo: Si para acudir al frente, tenía que demostrar que corría todo cuanto mi enfermedad me permitía, al regresar a la base no podía hacerlo con mayor afán, sino más bien con menos, pues sería fácil colegir que me hallase mucho más cansado que a la ida. Así empecé a ser el último en reintegrarme al campamento. Y así llegó la ocasión en la que, mientras regresaba cansinamente al campamento, pude oír suspirar de forma lastimera y entrecortada la expresión "¡Dios mío, Dios mío!" y, a continuación, de modo ya más enérgico una rotunda blasfemia que incluía al anteriormente aludido; blasfemia que me permitió saber que se trataba de alguien que, al menos por un instante, merecía que yo levantase mi cabeza, hasta entonces decididamente pegada al suelo.
Comprobé aterrorizado que quien tan lastimeramente se quejaba, era el capitán de la compañía y, al ver que me observaba, sintiéndome obligado, me incorporé y, sin encomendarme, ni a Dios ni al diablo, empecé a pegar tiros, los primeros de mi vida en el frente de batalla, con una vehemencia propia de neófito y una abundancia semejante a la que, un judío converso, pone en ejecución a la hora de afirmar las razones de su nueva verdad asimilada, y de forma tal que, por un momento, se hizo el silencio alrededor del ruido que brotaba de mi fusil ametrallador. Lo aproveché para, insensatamente, echarme el doliente cuerpo de mi capitán al hombro, es decir, de mi supuestamente dolorido hombro, y sin dejar de disparar, y de hacerlo de forma espaciada y sincrónica, hacia todo lo que se movía o asomaba detrás de las piedras de la hammada, irme acercando despaciosa, dificultosamente hasta nuestras líneas.
A partir de entonces fui el reumático más famoso y venerado de la Legión y mi nombre comenzó a traspasar las fronteras del frente de batalla. El hecho de que fuese el último en regresar y que siempre lo hiciese erguido, unido al del episodio del capitán, es cierto, fue suficiente hazaña como para conseguir con ella que nadie se acordase de que era también el último en avanzar; y así mi miedo me indujo al valor de forma tan temeraria como reconocida; que de tal modo se escribe la historia en tantas y tantas ocasiones.
Recordar esto, al tiempo que contemplaba a un mirlo dando saltos al otro lado de la ventana, fue uno de los primeros ejercicios de evocación que realicé en la Casa de la Santa. ¡Ah, qué tiempos los del Aaium! Pensar que, gracias a esta supuesta hazaña, conseguí reintegrarme a mi vida cotidiana no dejó de causarme estupor, en el momento de estar contemplando los desplazamientos del mirlo de pico tan de color naranja que resultaba insultante. Tan insultante al menos como la enfermedad extendiéndose por mi cuerpo en sentido inverso a mis deseos de vivir. Casi igual que en los tiempos del Aaium.