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(…las abejas son como los hombres: una desgracia y una desesperación prolongada rompen su inteligencia y degradan su carácter.)
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Segundo, Cap. XVII.
Me puse excesivamente nervioso al llegar al primer semáforo. Lo que yo pretendía era acercarme hasta la estación de ferrocarril y, desde allí, subir por el Hórreo a la Plaza de Galicia; pero no pude hacerlo. Cuando creí que me había detenido en el lugar correcto después de haberme entretenido en la observación de un muro de piedra de más que dudoso gusto, erigido en loor de no se sabe qué y desconozco con qué objeto (el muro se halla a la izquierda del semáforo y en la entrada al campus universitario) me aturullaron los claxonazos de unos cuantos acémilas que mostraban así su disconformidad con mi escasa capacidad de reacción a la hora de echar a andar de nuevo el automóvil. ¡La que hubiera armado de no tener cambio automático!
Con todo y con eso pretendí seguir de frente, pero otro claxonazo, esta vez de un camión de no sé cuántos ejes, me decidió a girar impulsiva e instintivamente a la izquierda; así, en vez de continuar por la carretera de circunvalación como había pensado, me vi impelido, a fuerza de claxonazos y también de carencia de espacio, a enderezar mi camino hacia el Camino Novo. Lo hice con todo el nerviosismo del mundo, intuyendo los gestos agrios de los otros conductores, la displicencia de algunos, la curiosidad de los peatones y mi rostro aterrorizado y, sin saber cómo, me vi girando a la derecha, en la primera ocasión que tuve, para entrar en una plaza que desconocía. La rodeé y la existencia de un aparcamiento subterráneo en el centro, me decidió a dejar abandonado allí el coche para continuar a pie un camino que, el temor metido dentro del cuerpo a base de claxonazos y otros adelantos modernos, me impedía afrontar conduciendo.
Caminé por la plaza, sin dejar de hacerme preguntas, sorprendido, como si me encontrase en una ciudad extraña, hasta que la inscripción que ocupa un monolito y el reconocimiento de la casa de comidas de Vilas, me devolvieron la noción de la realidad y del territorio que pisaba.
Medianamente orientado fui descendiendo con lentitud hacia donde suponía que habían estado las brañas de Ramírez, en la parte baja de los campos del mismo nombre, hacia el lugar en el que, a causa de la lluvia, se solía acumular tal cantidad de agua que era suficiente como para que los niños construyésemos balsas con troncos, o con tablones de madera, y navegásemos aventuras imposibles por un pequeño mar en el que, muchos de nosotros, se hubiesen podido ahogar de haber tenido la poca fortuna de venirse de la balsa abajo. Nada de aquello quedaba. Una plaza, extraña en su concepción, ocupa ahora el lugar que yo supongo el de la laguna de mi infancia más niña. La Plaza es un espacio vivo, ocupado por las gentes. Decenas de chiquillos de ambos sexos, se deslizan en patines por zonas que, si no fueron pensadas para tal uso, debieron haberlo sido; tan idóneas resultan para ellos. Los que no utilizan patines, montan sobre esas tablas deslizantes que, dotadas de ruedas y de la habilidad precisa de quien las maneja, sirven para que los muchachos desciendan a velocidades increíbles, dueños de equilibrios portentosos, por las cuestas que confluyen en La Plaza -aquellas por las que antes descendían, veloces, las aguas de las lluvias- mientras compiten con los automóviles que, lentos y avisados, se dirigen a rodear el cáliz central posado sobre el agua estancada y tal una patena.
Decidí sentarme. Lo hice a la mesa de una de las terrazas que cubren las aceras amplias de las calles adyacentes y de los márgenes de la plaza, que la voz popular llama Roxa, dispuesto a la contemplación del incesante ir y venir de gente de un lado a otro.
Una vez sentado y después de un rato de observar lo que me rodeaba (la eclosión de muchachas hermosas que tanto me conturbaban, los enormes edificios, la muchedumbre circulando como en una gran ciudad) caí en la cuenta de que aquél era el regreso a la laguna de mi infancia. Su lugar se hallaba ahora ocupado y transformado en algo que antes no existía. Una ciudad y sus gentes ocupaban el espacio que la laguna tenía reservado en mi memoria. Intuí que, a fuerza de ascender por aquellas nuevas rampas llenas de coches acabaría por encontrar La Ciudad que, ahora, me había sido usurpada. Pero no supe afrontar el reto y me senté en la terraza de la cervecería «El Choop», un establecimiento más de los muchos que por allí hay, probablemente en el mismo lugar en el que me encontraron en aquel ya lejano día en el que murió mi padre, cuando vinieron a buscarme con el propósito de decirme que era huérfano: «¿Oyes tocar a muerto en la Catedral?». Me preguntaron. «Pues es por tu padre. Corre.»
Había llovido y navegábamos por la enorme charca. De un poco más arriba, de por A Rapa da Folla, nos llegaban los gritos agudos, histéricos, de una discusión entre las putas que nos distraían así de nuestra ocupación fundamental: la de impulsar la balsa con una pértiga mientras comentábamos si el agua de la traída habría de ser buena o no para las casas. Las palabras modernidad y progreso habían ocupado nuestras inteligencias y, gracias a ellas, nos imaginábamos un porvenir más luminoso para La Ciudad. Había incluso quien preconizaba las calles repletas de coches de punto como mayor medida de avance ciudadano y quien, atrevidamente, llegaba a proponer no sólo una estación de ferrocarril mucho mayor que la existente, sino las rúas ocupadas por automóviles que circularían, uno detrás de otro, de forma interminable. Pero todo pasaba por el servicio público de agua que abasteciera a La Ciudad. En esos términos se había establecido la discusión que, de un modo u otro, ocupaba todas las mentes ciudadanas. Un pueblo limpio era sinónimo de un pueblo sano y, por lo tanto, estaría en condiciones óptimas de afrontar el progreso.
Mi padre fue un decidido impulsor del servicio público de conducción de agua a La Ciudad. Ya no recuerdo su rostro, apenas lo recuerdo a él. Carezco ya de las sensaciones que, durante algún tiempo, me lo recordaron; así, sus manos cálidas, el olor de sus ropas, la barba áspera o su figura grave que caminaba con parsimonia y solemnidad, el recuerdo de todo ello, ya no me pertenece; hace años que se desvaneció y la laguna fue siendo ocupada por las imágenes de las mujeres que amé, los paisajes que viví, todo aquello que me trajo a esta soledad que habito hoy. Probablemente estaba sentado en este mismo sitio cuando me hablaron de su muerte y todos los niños suspendimos nuestros juegos. La noticia fue transmitida en voz baja de unos a otros y el silencio permitió que sonaran más graves los badajazos de la campana de nombre «Jesús, José y María» que colgaba desde hacía cientos de años del campanario de la torre Berenguela. Mi padre no era cualquiera, a la hora de morirse; ni siquiera a la de tratar el tema que, hasta justo ese momento, nosotros estábamos tratando; mi padre era el alcalde. Y si la polémica dividía a los habitantes de La Ciudad e incluso dividía a las familias, también nos afectaba a los niños que navegábamos balsas en los estanques que la lluvia nos dejaba. Suspendimos el juego y, cuando conseguimos la orilla, fui el primero en pisar tierra. Los demás me siguieron en silencio, pero me dejaron ir solo.
Me fui directamente a casa, pero no lo hice corriendo. Ascendí con lentitud, no sé si premeditada, hacia A Rapa da Folla para seguir por A Carreira do Conde, la antigua Vía Antonina, la del Camino Portugués, mientras oía, cada vez más próximas, las campanadas de la Berenguela. ¿Cómo describir el sonido grave de la más grave campana, cuando ésta toca a muerto y tú la escuchas sonando mientras te encaminas hacia la casa en la que tu padre agoniza? No me atrevía a llegar pronto, deseaba hacerlo cuando todo hubiese finalizado y empezaba a imaginarme todos los acontecimientos como si le estuviesen sucediendo a otro, como si le fuesen a ocurrir a otra persona. Lo hice así por primera vez en mi vida. Luego habría de hacerlo muy a menudo. Consistía en imaginarme lo todavía por acontecer de una forma distante y distanciada, como si no fuese conmigo, previéndolo todo, suponiéndolo todo; de manera que, cuando los hechos se producían en la realidad y no en mi mente, era capaz de vivirlos sin sorpresa e incluso con frialdad. Curiosamente no se producía sufrimiento, ni cuando me los imaginaba ni cuando sucedían. El sufrimiento venía después, cuando todo había pasado y me dejaba invadir por su recuerdo. Era en él, en el recuerdo, en donde los sentimientos que habían estado contenidos se desbordaban y me dejaban inerme e incapaz de reprimirlos. Y era entonces cuando ya podía llorar. Pero ya era tarde. Y ya nadie me veía para poder atestiguar que yo era tan sensible como cualquiera; la única diferencia consistía en que mi sensibilidad era un artefacto de espoleta retardada que solía explosionar cuando ya nadie se acordaba de ella.
Me sucedió así a lo largo de toda mi vida y, algunas de mis depresiones fueron atribuidas a causas tan pintorescas que ni mereció la pena desmentirlas. Me enfrenté siempre a mi destino ascendiendo hacia él con idéntica lentitud a la empleada, el día de la muerte de mi padre, en llegar a casa; una lentitud llena de contumacia que no tenía otro objeto que el de darme tiempo a imaginarme todo lo que en ella me esperaba; porque la elección era sencilla, o eso, o la locura. O la serenidad mesurada y ajena o la angustia surgiendo a borbotones.
Llegué a casa y encontré el silencio. No dejó de sorprenderme, porque mi padre siempre había vivido rodeado de gente y algo me hacía suponer que, igual de rodeado, se habría de ver a la hora de la muerte. Y no había nadie.
¿Quién había venido a darme el aviso? No lo recuerdo. Quizá alguien que pasaba por allí; en tales ocasiones siempre hay un alma caritativa deseando comunicarte una noticia de esta índole; una noticia que te haga reflexionar y ayude a convertirte en un hombrecito. En una persona mayor y madura. Recuerdo, por el contrario, que me acerqué al comercio de mi tío Álvaro, el mayor opositor a los planes de mi padre.
– ¡Ese extravagante!
Me dijo nada más verme y mientras me posaba una mano sobre el hombro, en lo que supuse que quería ser un abrazo. «¡Ese extravagante!», repitió. «¡Mira que no le advertí que ya no estaba en edad de andar montado a caballo!» y siguió murmurando durante algún rato que si «estaba gordo en exceso», que si «maldita la necesidad que tenía de ir de paseo», que si el que mi madre lo hubiese dejado viudo no lo justificaba en absoluto o si, ya en un tono que me sorprendió, «aquellas historias de si tu madre tenía cuatro tetitas de más, no tenía por qué haberlas comentado ni conmigo, por muy borracho que estuviese, y máxime teniendo en cuenta que yo ya lo sabía».
Con la mano de mi tío posada sobre mi hombro paseamos un buen rato por la trastienda del local. De vez en cuando Álvaro se acercaba al cristal del escaparate, apoyaba la frente en él y -a través de unas raspaduras que tenía hechas en la pintura, blanca y ya, de tan marchita, acastañada- observaba el ir y venir de la gente por la Praza do Toural. Sospeché, en aquella ocasión, que lo hacía con ánimo de ocultar su emoción y alguna lágrima que lo velado de su voz denunciaba; pero estoy convencido de que la pena por la muerte de mi padre, la emoción que lo embargaba y el sentido de la discreción que, desde pequeño, lo había distinguido no le impedían, sin embargo, aprovechar tales momentos para atisbar las piernas de las muchachas que se inclinaban sobre la fuente intentando llenar de agua los recipientes que portaban. Mientras el General Quiroga, compañero de Riego, disfrazado de dios Marte y subido a lo alto de la fuente que le servía de se supone que merecido homenaje esperaba, impasible, el día de ser desbancado de su altivo pedestal, reclamado de su altura ciudadana por tiempos de mayor bajeza.
Mi padre se había caído del caballo, mejor dicho, el caballo había tropezado, se habían caído los dos y, la peor fortuna consistió en que fue mi padre quien se quedó debajo, aplastado por el peso del animal, señor de una agonía que imagino terrible y llena de desesperación e impotencia, deseablemente breve. A duras penas conseguí entenderlo y, aún hoy, una bruma espesa se cierne sobre mi memoria cuando intento recordar la conversación con Álvaro. En ella se mezclan los razonamientos acerca de la oportunidad del servicio de conducción de aguas -que Álvaro dejó de cuestionar casi inmediatamente después del fallecimiento de su cuñado, una vez que montó un próspero negocio de materiales de construcción y saneamiento en el que, como tutor mío en que se vio convertido, invirtió una parte de mi herencia para que se multiplicase de forma rápida y llena de inusitado fervor rentista- con las críticas a la equitación, la manía de montar cualquier tipo de jacas, mi pobre y prematuramente fallecida madre, una retahíla interminable de quiebros hacia el cristal del escaparate, alusiones a las modernidades extravagantes de mi progenitor y, por fin, el anuncio de que la capilla ardiente había sido instalada en el salón de plenos del Palacio Municipal.
Sin saber cómo, con el recuerdo, empezó a invadirme la tristeza. Una sensación de indolencia se fue apoderando de mí, y el deseo de permanecer postrado, ajeno a todo aquello que no fuera la contemplación de mi propia inanidad, se convirtió en el objetivo fundamental de aquella mañana que terminaba sin nada nuevo que aportarle a mi estado, como no fuese la recuperación del dormido recuerdo de la laguna tersa de mi infancia. ¿Qué me había llevado a aquella postración? Quizá el recuerdo, quizá la contemplación de aquel entorno joven que transcurría, ajeno a mí, a través de espacios que habían invadido el de mi conocimiento. El ser humano es así: incapaz de admitir que nada sea como él no lo pensó; incapaz de comprender que, si bien es cierto que la realidad existe porque existimos nosotros, cada uno tiene la suya propia y no debe imponérsela a nadie. ¿Cuándo se acaba el mundo? ¿De golpe? ¿Se va a acabar de golpe el mundo? ¡Y un cuerno! El mundo se va acabando, gota a gota, con cada vida que se extingue y lo demás son gaitas.
Me deprimió el entorno, la constatación de mi mediocridad, mi propia decrepitud. ¿En qué notas el transcurso de los años, en un gesto? Quizá. Pero también en su ausencia. De pronto descubres que tu pensamiento y tus actos no están sincronizados; que la sensación previa a la mirada deslumbradora que vas a dirigir a una muchacha hermosa, no encuentra su continuidad en el hecho físico de transformar aquella actitud mental en una fugaz visión que trascienda a tu propio entorno y que haga patente que tu deseo se vehicula, se transmite, materializado, en la intencionalidad que tus ojos le descubren al mundo que te rodea. En ese momento el mundo se extingue un poco y eres consciente de la falta de luz que tu mirada insulsa, indolente y abúlica, de enfermo, transmitió al objeto del deseo. No eres capaz de coordinar la juventud de tus afanes con la laxitud que tus músculos padecen; y te penetra la tristeza, una explicable tristeza.
Y las mañanas te descubren progresivamente el deterioro de tu rostro, la ausencia de tu gesto más frecuente, de tu mirada más llena de elocuencia y ya ni parpadeas, sino que te dejas ir, indolente, inexpresivamente, en el recuerdo que te perfora como tú nunca supusiste que pudiera hacer un recuerdo.
La capilla ardiente de mi padre estaba en el salón de plenos del Ayuntamiento y me acerqué hasta allí con idéntica falta de apresuramiento que me había llevado, primero, a mi casa. ¿Cómo es posible que se pueda caminar tan ajeno a la evidencia? Acaso sea por el deseo de ignorarla. Quizá mi padre no estuviese muerto mientras yo no pudiese confirmar la frialdad de su cadáver, la inalterabilidad de su rostro, su mano derecha amoratada y deforme por efecto del peso del caballo. ¿Qué más le había dañado? ¿Se le había ido la vida por aquella mano a la que yo solía asirme cuando, en las mañanas de los domingos, me acercaba al paseo de la Alameda a escuchar las interpretaciones musicales de la banda de música municipal, mientras los hombres se llevaban los dedos de su mano diestra a los sombreros, en actitud salutatoria y llena de respeto? ¿Por dónde se le fue la vida a mi padre?
Es indudable que hubo gente que se alegró con su muerte, como lo es que gente hubo que se llenó de tristeza. La Ciudad que ahora no está, porque no la encuentro más que en mi memoria, se había dividido. Álvaro se había dedicado a recorrer las trastiendas de los comercios, las reboticas más influyentes, las sacristías más llenas de clérigos poderosos, destilando el veneno que serviría para paralizar las obras de la conducción de agua a los domicilios de La Ciudad. La sociedad dedicada a la explotación del servicio de agua corriente, creada por el reputado financista foráneo Palavea, a quien asistía, en condición de socio, el ingeniero Zamoarzo, era una entidad que funcionaba a partir de unos presupuestos que mi tío interpretó de acuerdo con sus propios intereses. Financista e ingeniero no habían aportado dinero alguno a la constitución de la sociedad, sino que, lo que a la postre habían sumado, era el valor de las acciones de otras sociedades semejantes que con anterioridad, se habían establecido en otras ciudades que ya disfrutaban del servicio público de la traída de aguas. El dinero tenían que aportarlo, por una parte, los usuarios, que gracias a ello podrían conectar la de sus domicilios con la conducción general, y, por otra, el Ayuntamiento, que sería el que así podría construir, precisamente, esa conducción general a través de las calles y desde el embalse próximo. Palavea y Zamoarzo lo diseñaban y lo proyectaban todo, incluso hasta su participación en la sociedad y el porcentaje en los beneficios. Mi tío se encargó de explicarlo todo esto tan bien y tan a su modo que el contrato estaba sin firmar en el momento de morir mi padre.
¿Qué es la verdad, sino la interpretación de unos hechos, la valoración que de ellos se haga, la consideración que se realice de los efectos que de ellos se hayan derivado? Pongamos a un prudente y a un indiscreto, a un sabio y a un necio, a un violento y a un ser entera y eternamente sosegado; pongamos a un ser lleno de cautela y a otro invadido de un ímpetu acometedor y justiciero; a otro dueño de la mayor astucia y al más lleno de ingenuidad que nos podamos imaginar. Los unos, querrán llegar a la conclusión de que mi padre estaba de acuerdo con los Palavea y Zamoarzo para forrarse el bolsillo a cuenta de los sufridos ciudadanos; los otros, querrán hacerlo en sentido contrario, en el de que sólo pensaba en el bien común e incluso, existirán sin duda alguna los poseídos por la indiferencia, los que considerarían procedentes cualquiera de las dos posturas; o los que tendrían deseos de encarcelarlo; o los que se decidirían por elevarlo a los altares. Y habría también quienes juzgarían el accidente del caballo como obra de inducción divina para evitar el que pecase un hombre justo, o bien el justo castigo por haber pecado, precisamente. Juntemos éstas y otras muchas y sucias y limpias e interminables posibilidades más, ¿qué nos quedaría como resultante, pues cualquiera de ellas siempre es posible? Depende. Depende. No hay nada escrito.
A veces todo depende de lo insólito, de que palabras nuevas que nadie suponía, que nadie esperaba, lo invadan todo, empezando por las conciencias, de forma que la conmoción establezca unas pautas que se impongan sin que nadie sepa cómo. ¿Será lo insólito, «el espíritu de la colmena»?
Mi padre quedó, en la conciencia ciudadana, como un buen hombre y yo me vi convertido de por vida en el hijo de un hombre honesto y, por lo tanto, condenado a la honradez mientras viviese: «Ya su padre…» oiría decir en ocasiones. «Tú que heredas y eres continuador de…» oiría en muchas otras. Pudo no haber sido así, es cierto. Hubiese bastado con que yo permaneciese en La Ciudad durante más años de los que en ella consumí, pero escapé a tiempo. Me evadí y realicé lo no acostumbrado. Es la maldita necesidad de huir la que gobierna todo.
Álvaro también se hizo perdonar abriendo el comercio de materiales de construcción y saneamiento que nos habría de hacer todavía más ricos de lo que éramos; acaso porque hizo lo que nadie esperaba. Escapó hacia adelante y le salió bien; pero pudo hacer lo mismo, exactamente lo mismo que hizo y salirle mal; y así habría sucedido si no se hubiese opuesto previamente, si no hubiese sido el primero en calumniar a mi padre y si, el homenaje tributado a su hermano y lo que durante su realización sucedió, no hubiesen tenido lugar. Por eso nunca nada es igual a nada y nada es previsible. ¡Oh, si lo fuera!
Llegué al salón de plenos y vi el féretro con el cadáver de mi padre reposando en él, dispuesto de forma curiosa y bastante sorprendente. Cuatro blandones le daban una escolta escasamente luminosa y un sí lúgubre que, sin embargo, no llegó a producirme inquietud. Acaso porque estaba ocupado en averiguar dos cosas: la razón de que el ataúd estuviese inclinado de forma tan pronunciada, tanta que casi disfrutaba de la verticalidad; y el motivo por el que lo hubiesen colocado, precisamente, en el mismo lugar de la presidencia que mi padre solía ocupar en vida cuando se trataba de las sesiones plenarias de la cámara municipal.
¿Qué hace un niño en una situación como ésa? No lo sé; de hecho puede ocurrírsele cualquier cosa. Llorar o huir; esconderse o darle un beso al cadáver; reír o pensar obscenidades. Cualquier cosa. Yo lo acepté impertérrito. ¿Qué hacía mi padre muerto y puesto casi en pie? Acepté la situación como se me presentaba. No tenía un recuerdo muy firme de ello, pero ¿no se había muerto mi madre? ¿No era, entonces, natural que lo hiciese mi padre? Ya lo harían la abuela, y la tía Trinidad y el tío Álvaro y todos. No. El tío Álvaro, no. El tío Álvaro no se moriría nunca. De hecho aún estaba ahí y yo, más que probablemente, me iría antes que él.
El muy cabrón no sólo no padecía de Parkinson sino que ni el más leve temblor agitaba ni siquiera uno de sus párpados, a pesar de que existiesen veinte años de diferencia de edad entre él y yo. ¿Y lo insólito? Lo insólito no tardó en producirse. Poco a poco fueron llegando gentes de toda laya y condición; representantes de los obreros municipales, de la Liga de Amigos, del Colegio de Abogados, el Círculo Mercantil, el Claustro Universitario, la Escuela Normal, la de Artes y Veterinaria; personas distinguidas, prensa local, un General de Brigada y el Coronel-Comandante Militar de la Plaza. El Deán-Presidente del Cabildo Catedralicio, el Rector del Seminario y el de la Universidad, el Juez de Instrucción, el Director de la Sociedad Económica, el Presidente de la Cámara de Comercio, el Director de la Caja de Ahorros; los Concejales, también se hicieron presentes. Todos, todos, estaban allí. Sé de memoria lo que vieron mis ojos durante la sesión mortuoria y lo que mis ojos leyeron, cientos de veces, en la copia del acta que, pasados unos años, conseguí para saber que era definitivamente cierto lo que de niño había presenciado, pues llegué a creerme que había sido yo mismo quien lo había imaginado y dotado de coherencia a fuerza, precisamente, de imaginármelo.
Con el cadáver de mi padre presidiendo el pleno convocado en su honra, el Notario dio lectura a la escritura de contrato para el abastecimiento de aguas potables a La Ciudad y al proyecto de saneamiento de la urbe ciudadana. Cuando terminó la lectura, se adelantó el Alcalde Interino y dijo algo referente a la voluntad del muerto y a su deseo de firmar, él mismo y de su propia mano, con su puño y letra, el contrato, que el Interino desplegó de forma ostentosa y un algo dotada de ampulosidad, también de inusitado histrionismo, delante de los asistentes. Con tono compungido añadió que todo se había dispuesto para que así sucediese, pero que el Señor había llamado a su seno a tan preclaro hijo de La Urbe. No obstante, dijo, y no por acto de rebeldía contra la voluntad de Dios, que juró acatar, puesto que sería quimera pensar de otro modo, se había dispuesto todo de forma que, a modo de homenaje a su memoria, fuese el difunto quien firmase el documento.
Mis ojos de niño asistieron sin parpadear a lo que sucedió acto seguido. Y Dios me perdone, pero tengo el acta que atestigua que así sucedió. El que interinamente desempeñaba las funciones que habían sido de la responsabilidad de mi padre, sacó una caja de no sé dónde y, de la caja extrajo una pluma de oro, con mango de plata, dedicada por los amigos a nombre de mi padre (Q.D.H.). Aún conservo la estilográfica, tiene una inscripción que dice: «Abastecimiento de aguas y saneamiento de La Ciudad» y la fecha del día de la firma de la escritura. Con ella en alto como si fuese un estandarte, se adelantó hacia el cadáver de mi padre, le cogió la mano derecha, sin acordarse de que mi padre había sido zurdo durante toda su vida, y, como pudo, le colocó la pluma entre los dedos pulgar, índice y corazón. Acto seguido, extendiendo el contrato sobre una carpeta, o sobre un vade que le habían facilitado previamente, le fue deslizando la mano sobre el papel de manera que su firma o algún extraño garrapateado que cumpliese las veces de tal, quedase plasmado al final del contrato.
¿Qué pensé en aquel momento? Ni lo sé. Si algo se me ocurrió fue diluido en mi memoria por la constante presencia de los sucesivos párrafos del acta que, tan repetitivamente, leí durante distintas épocas de mi vida. De tal forma lo hice que ahora no recuerdo de una manera exacta si lo que mi memoria guarda, es lo que leí o lo que personalmente viví; sé que, una vez que con tan insólito procedimiento fue obtenida la firma de mi padre, se adelantó el financista Palavea y dijo algo muy parecido a: «En el momento solemnísimo en el que el sentimiento embarga a todos los asistentes, es preciso recordar el interés que movía al fallecido y que motiva este homenaje. La Ciudad estaba distraída en lo referente a la urbanización de su suelo y esto no es un reproche; es que, como La Ciudad vive en una vida espiritual, esencialmente científica, estaba muy alto su pensar y descuidaba por eso los movimientos de progreso que las urbes modernas trazan para atender a la vida material. El fallecido fue el nexo entre esa vida espiritual y la necesidad de progreso de La Ciudad querida y, traduciendo en hechos su pensamiento, creyó, mirando al porvenir con la serenidad del hombre inteligente, que la base del engrandecimiento de La Urbe era su higienización, ya que así lograría unir, a su espiritualidad y elucubración intelectual, la perfección de los elementos de vida indispensable para la higiene». Aún insistió Palavea un poco más, antes de solicitar que el acta fuese refrendada con la firma de todos los concejales asistentes «en emotivo homenaje al fallecido» ya que así «como ya tiene la ingente Iglesia, modelo del arte religioso, donde la pátina del tiempo selló los fervores de la nación entera y ya tiene también monumentos encantadores, inspiración del genio y donosura del arte, habrá completado cuanto necesita una ciudad para ser próspera».
Es indudable que se refería a La Ciudad, aunque se pudiera sospechar que el término «prosperidad» fuese, a partir de entonces, algo que le preocupase un poco menos; el pleno municipal, al completo, había estampado su firma en un documento que sólo precisaba de una y mi padre había sido convertido en un héroe que ganaba batallas después de muerto. Y así era.
¿Y lo insólito? Lo insólito acaso sea la afirmación de la individualidad a través de todo cuanto de casual nos sucede; pues, aunque Einstein decía que Dios no juega a los dados, sí debe de hacerlo con frecuencia extrema; acaso desde el comienzo de los tiempos no haya dejado de hacerlo.
Ocupé muchas de las horas de aquel día en permanecer así, contemplando el deambular de las gentes, sentado en la terraza de la cervecería «El Choop», atiborrándome de cerveza y forrándome de patatas fritas y cacahuetes. No creo que mi inexpresiva mirada no filtrase odio por culpa de la enfermedad en lento asentamiento, sino más bien porque carecía de él. Todavía hoy me enternecen las muestras de afecto que, apasionada o desapasionadamente, se dan, unos a otras, otros a unas, los jóvenes. Y cuando lamento el no poder hacer yo lo mismo; cuando echo en falta un cuerpo joven al que poder acariciar; o el hermoso cuerpo de una joven que me acaricie el mío, dejando que su piel desnuda preste a la mía el trémulo calor que, el deslizamiento de una piel sobre otra, siempre proporciona; cuando sé que la serenidad que dos cuerpos unidos genera en las mentes poseídas por la pasión me estará ya para siempre negada; en ese momento recuerdo los otros días y aquellas sensaciones que aún en mí perduran y sonrío melancólico y también entristecido, pero nunca airado, sino feliz de haber podido vivir como lo hice.
Los otros días… una acumulación inmensa de sensaciones me invadió durante mi permanencia en «El Choop» y me invade todavía ahora si dejo que los poros de mi piel transpiren, exuden, toda la sabiduría que en ellos se halla integrada formando ya parte de mí. Pero temo que si los dejase salir serían ya irremplazables; ninguna otra posibilidad me estaría dada y hoy como ayer, como en los otros días, necesito saberme aunque sólo sea en el recuerdo. ¿Qué es lo que va quedando de mí, que apenas me reconozco en mis actos y nada más que mi mente me pertenece? Mi permanencia en la terraza de La Ciudad, ¿pertenece también a los otros días? Si es así estoy salvado, porque me trascenderé a mí mismo, ya que cada minuto que transcurra será incorporado a mi memoria y nadie ni nada podrá arrebatármelo, ni me causarán tristeza, nunca jamás, ni los abrazos ajenos, ni las sonrisas lejanas y distantes.
Permanecí sentado en la acera vecina de la Praza Roxa más tiempo del debido; tanto que empezó a resultar improcedente la visita a casa de mi tío. En realidad empezó a dejar de apetecerme la posibilidad de encontrarme con alguien todavía más decrépito que yo, todavía más senil e iluminado, y la fui posponiendo de diez en diez minutos hasta llegar un momento, no sé en cuál, en el que decidí levantarme y, con paso no tan vacilante por culpa del baile de San Vito, como de la mucha cerveza ingerida, dirigirme a solicitar el teléfono en la barra interior de la cervecería.
No sé si fue que me reconocieron unas chicas o que les reclamó su atención mis torpes pasos de borracho, pero lo evidente es que hablaron de mí, sin dejar de mirarme, sin apear unas sonrisas que no supe entender malévolas, hasta conseguir azararme en el corto lapso de tiempo que lleva el recorrer la barra de una cafetería. Lo hicieron de tal manera que abandoné la idea de llamar a mi tío y me dirigí directamente al servicio de caballeros en el que trasvasé mucho del líquido hasta entonces ingerido. Oriné con lentitud y sin apremios, procurando no salpicarme el pantalón, para así evitar cualquier posible atisbo de lo que estaba haciendo, y pensando en las sonrisas de las muchachas que, lo más seguro, permanecerían expectantes. Subí la cremallera sin prisas, después de habérmela sacudido con energía, y volví a ocupar mi sitio en la terraza. Pedí una nueva cerveza y el camarero me miró conmiserativo, pero silencioso, al tiempo que asentía.
De allí a poco se acercaron las muchachas. Las vi venir y aproveché para recorrerlas, de arriba abajo, con mirada que es de suponer estuviese cargada de ensueños por culpa de la cerveza y a causa de mi lascivia de viejo, pero que tendría apagado, según yo intuía, su brillo lujurioso a causa de la enfermedad para poder quedar así reducida a una inteligente y comprensiva mirada de ancianito, mucho más inofensiva y menos pretenciosa y que podría resultar, incluso, amable.
– ¿Usted no es…?
– ¡No! Hoy ya es la segunda vez que me confunden.
– Pero…
– ¡Pues no!
– ¡Que sí, que usted es…!
La debí de mirar con tal cara de tristeza que prefirió no insistir más; si lo hubiera hecho, si hubiese porfiado, no sabría yo negarme a la evidencia y hubiese aceptado su reconocimiento e incluso, es posible que ellas y yo hubiésemos quedado convertidos en amigos aquella tarde. Pero no fue así. Temí dejar constancia de mi estado, temí confiarme a alguien y resolví levantarme e irme. Pagué lo que debía y marché.
Durante un rato deambulé por las calles que no eran las propias de La Ciudad, sino un extraño conjunto de muros habitados, de rampas pronunciadas que vertían su empuje en aquella Praza Roxa que antes había ocupado la laguna de mi infancia. También durante algún tiempo sentí las miradas del grupo de muchachas clavadas en mi espalda y pude oír sus bisbiseos nerviosos, sus risas ostentosas y llamativas, gorjeando detrás de mí, acosándome. O al menos así consiguieron que me sintiese. Tanto y tan acosado me sentí que me encaminé al aparcamiento y, dominado aún por la modorra producida por la cerveza, desestacioné el coche, accedí a la superficie y cuando era media tarde regresé a la Casa de la Santa.
Abandoné La Ciudad por el mismo lugar por el que había accedido a ella y sin haberla visitado. Ni a ella, ni a mi tío. Los escasos lugares por los que había transitado nada tenían que ver con los que tenían un espacio en mi memoria, nada de relación con el objeto de mis recuerdos y de mis sensaciones y un nuevo vacío se había introducido en el lugar que, inconscientemente, había reservado durante años para el emotivo momento del reencuentro. Nada se había producido. Nada había. Tan sólo la sonrisa de la muchacha rubia y de pelo lacio, que se destacaba en el grupo me había llevado de La Ciudad cuando, carretera de Noia adelante, regresé a mi recién estrenado hogar.
Al sentir el coche salieron a abrirme el portalón y pude ver a Yakin y a Boaz nerviosos ante el ruido del motor, agitando incrédulos sus rabos como temerosos o indecisos de si era aquélla o no la ocasión indicada para hacerlo. Cuando me vieron descender del automóvil, decidieron que sí lo era y brincaron a mi alrededor, buscando mis manos para lamerlas o me mordieron los bajos de los pantalones para reclamar mi atención. Supe así de lo indicadas que habían estado mis caricias del día anterior y de aquella misma mañana, y me agaché entonces a jugar con ellos, dejando que lamiesen mi cara, consintiendo en que me empujasen con sus cabezas enormes hasta dar conmigo sobre la hierba.
Fue una sensación agradable. La hierba olía. El sol, aunque mortecino, era suficiente como para que yo aún sintiese su fuerza tibia sobre mí; acaso porque estuviese retenida en el calor acumulado por las paredes del edificio, todas de piedra. Me revolqué con ellos y, con ellos, jugué a esas peleas inocentes que, en tantas y tantas ocasiones, se establecen entre cachorros de una misma carnada. Y su vigor era el mío.
En medio de los revolcones vi cómo sonreían los dos tórtolos que me habían caído en gracia en calidad de sirvientes y, desde el suelo, agradecí su alegría. Fue un bello momento. En seguida recordé que estaba enfermo y que debía sentirme fatigado, bien por la enfermedad, bien por causa de la edad provecta de la que, al parecer, disfrutaba y resolví que, aunque la verdad fuese que no estaba cansado en absoluto, sino feliz y ágil, lo mejor era incorporarse no fuese a suceder que me rompiese la cadera o cualquier parte de mi cuerpo frágil a causa de la edad y otras entelequias.
Me incorporé ya que no ágilmente sí, al menos, con una cierta presteza que me dejó satisfecho de mí mismo. Los perros aún porfiaban por seguir jugando y, Paco y Elisa, los criados, procuraban apartarlos de mí que, maldades de viejo, los reclamaba con señas apenas perceptibles, batiendo la mano sobre el muslo, triscando los dedos con suavidad, enarcando las cejas mientras los citaba con la mirada.
Jadeando indolentemente, me senté en el banco que hay al lado del pozo, apoyando la espalda en la camelia sobre la que suele brincar el mirlo, mientras Elisa y Paco permanecían de pie, observándome sonrientes.
– ¿Qué tal el día?
– Bien, bien. Francamente bien.
– ¿Y don Álvaro?
– ¿Don Álvaro?
– Sí. ¿Qué tal?
– Pues no lo vi.
– ¿No lo vio?
– No.
– ¿Y eso?
Levanté las manos para abrirlas a la altura de los hombros y debí de poner cara de niño cogido en falta porque no noté que se les endureciese el gesto. Quizá por eso me vi en la obligación de explicarme.
– Llegué a una ciudad distinta, me puse a dar vueltas, incluso me perdí. Aquello está desconocido.
Me acordé de la cerveza y me di cuenta de que se me había disipado completamente todo vestigio de ella.
– Voy a mear, ahora vuelvo.
Los abandoné con la palabra en la boca y me fui al cuarto de baño para regresar al poco tiempo.
– Iba a llamarlo por teléfono, pero no lo hice. No me acordaba del número.
Mentí al tiempo que caía en la cuenta de que no había podido olvidar ni el nombre ni los apellidos de mi tío Álvaro, ni siquiera la existencia de la guía de teléfonos o el número del servicio de información.
– Ahora mismo llamo.
¿Quiénes eran aquellas dos personas ante las que, a las pocas horas de conocerlas, ya me sentía en la necesidad de andar buscando disculpas y justificaciones de mis actos para agradarlas, para no decepcionarlas? Levemente irritado por la pregunta que me estaba haciendo me introduje en el interior de la casa y, en el salón de la lareira, descolgué el teléfono para marcar.
– ¿Qué maldito número tiene el viejo?
Grité agriamente y me respondió la voz de ella, entrando desde el jardín.
– Cincuenta y tres, dieciséis, cincuenta y uno. Marqué y esperé un momento.
– ¿Don Álvaro?
– No está.
– ¿No está?
– No.
– ¡Vaya!
– ¿Quién es?
– Su sobrino.
– ¿Su sobrino?
– ¡Uy, qué coño, sí, su sobrino!
– Bueno. ¿Quiere que le dé algún recado?
– Sí. Dígale que lo llamé.
– Bien. Se lo diré de su parte.
– Dígale que ya estoy aquí, que ya llegué.
– De acuerdo, se lo diré.
– Dígale que ya lo llamaré o que ya iré a verlo.
– Vale, adiós.
Iba a preguntarle «¡¿Y dónde coño está mi tío?!», pero colgó antes de que lo hiciese. Me sentí ridículo. Elisa entró con cierta expresión indescifrable en su rostro e insinuó una sonrisa leve y cómplice. Era indudable que había estado escuchando la estúpida conversación de un momento antes. Me había sentido algo irritado afirmándole, a una voz desconocida, que era el sobrino de mi tío; era como retrotraerme a una edad y a una condición que ya no me correspondían. Pude haberle dicho que era Don Joaquín, por ejemplo, o el señor Paraiva, o simplemente haberle proporcionado el número de mi teléfono y solicitado que me llamase Don Álvaro tan pronto como pudiese hacerlo. Pero no. Había infantilizado todo. Las preguntas y las respuestas. Sólo me había faltado haber preguntado por mi tío, en vez de hacerlo por Don Álvaro.
– No estaba.
– ¿No estaba?
– No.
Elisa puso cara de extrañeza y se acercó al televisor.
– ¿Quiere que lo encienda?
– Bueno.
De la pantalla del televisor surgió la cara hermosa, aunque no tan joven como me había parecido, de la muchacha rubia que me había abordado en la cervecería y, a continuación la de un vejete, todavía campechano y pulcro, atildado sin afectación y de voz firme. Era mi tío. Se le notaba satisfecho de su notoriedad, feliz de ser llamado a televisión, contento de estar allí en tan grata compañía.
– ¡Me cago en su santa madre!
Murmuré. Y me dispuse a contemplar el resto de la entrevista.