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Hay ahí el espíritu y la materia, la especie y el individuo, la evolución y la permanencia, el pasado y el porvenir, la vida y la muerte, acumulados en un recinto que nuestra mano levanta y que abarcamos de una mirada, y se puede preguntar si la fuerza de los cuerpos y el puesto que ocupan en el tiempo y el espacio modifican tanto como creemos la idea secreta de la Naturaleza, que procuramos descubrir en la historia de la colmena, secular en algunos días, como en la gran historia de los hombres, de los cuales tres generaciones llenan más de un siglo.
Maurice Maeterlinck, La vida de las abejas, Libro Tercero, Cap. XI.
La verdad sea dicha, no recuerdo muy bien cómo comenzó todo. Tengo una vaga idea, vaga y somera, de una visita, realizada en compañía de mi abuela, al entonces cardenal Don Servando Virola, un hombre grande y afable, al que, un convecino suyo, en vista de que, empezando de monaguillo en la pequeña parroquia de una aldea remota, había llegado a príncipe de la Iglesia, profetizara que, de seguir así, llegaría a dios. No se sabe a ciencia cierta si se trataba de una afirmación llena de ironía, hay quien dice que sí; pero Don Servando no era un hombre endiosado, ni mucho menos. Por el contrario era bondadoso y, parece ser, padecía de todos los defectos propios de la carne: era glotón, lento de movimientos, amante de los buenos vinos y gustaba de, al menos, contemplar la hermosura femenina en la medida que, su ministerio y las circunstancias, se lo consintiesen. Espero que su espíritu haya sobrevivido a su carne; seguro que así ha tenido que suceder, sin duda. Carecía de los defectos que corrompen el espíritu: no era soberbio, ni irascible, ni avaro, egoísta o carente de piedad. Creo que nos había recibido poco después de la muerte de mi padre y que, el motivo fundamental, era precisamente ése: el de acoger bajo su sombra protectora al hijo del fallecido alcalde.
Todo tenía una explicación y la afabilidad del cardenal, cierta y reconocida, se extremó en la ocasión que cito. Mi padre había sido un hombre liberal, en absoluto piadoso ni frecuentador de los sacramentos, lo que, en La Ciudad anterior a la guerra civil no era precisamente un timbre de gloria y sí más bien un baldón que podría ser recordado en cualquier instante. Hoy causa risa el hacer memoria de las cosas que se podían escuchar como verdades de fe siendo yo niño; pero por aquel entonces se afirmaba, sin rubor, que «una vez al mes, hay que lavar los pies» y era, en aquel contexto mental, en el que la voluntad de mi padre, había llevado el agua corriente a los domicilios particulares. Por citar tan sólo un ejemplo.
Yo era hijo de un réprobo. Un réprobo en ciernes. No para Don Servando, es cierto, pero sí para muchos miembros de su rebaño y él lo sabía. Por eso la visita fue difundida y comentada. Si la doble moral consentía en alabar la memoria del fallecido alcalde en unos ámbitos propicios a ello, y en silenciar los comentarios en otros que no lo eran tanto, asintiendo con leves oscilaciones de la cabeza, mientras se dejaban deslizar las manos, la una sobre la otra, de forma que el dedo pulgar de la izquierda resbalase, al final del ciclo y en el instante de iniciar otro, por entre el índice y el pulgar de la derecha, y vuelta a empezar. Y mientras que eso sucedía, las cejas enarcadas y los ojos atónitos, posaban una mirada absolutamente inexpresiva sobre las cosas más alejadas, indefinidas y distantes; si eso era así, y lo era, nada de particular tenía que la visita fuese valorada de muy distintas formas.
En unos lugares, se sospechó que era un triunfo habido sobre el liberalismo decadente: yo ya nunca sería masón como mi padre; en otros, que se había manipulado a un pobre y tierno huérfano en aras de oscuros y reaccionarios intereses; en otros más, que la caridad cristiana no hacía distingos entre inocentes y sí entre los adultos corruptos, lo que no era el caso; en todos, se supo que el señor cardenal había recibido a la madre política y al huérfano del fallecido alcalde. La verdad es que Don Servando fue muy amable y me invitó a churros con chocolate.
Mientras hablaban él y mi abuela, me entretuve en hojear en «El Mensajero del Corazón de Jesús» las páginas dedicadas al Padre Damián, conocido también como el Apóstol de Molokai, un santo en trance de serlo, que había dedicado su vida al cuidado de los leprosos. Recuerdo vivamente la impresión que me produjo el leer que, uno de los primeros síntomas de la lepra, era la insensibilidad de las extremidades inferiores ante el agua caliente. Durante mucho tiempo, todavía hoy a veces lo hago, pienso en que no padezco la enfermedad, cuando, al entrar en el baño lleno de agua hirviendo, compruebo que me escalda y entonces me alegro de ello, ¿cómo no? ¿Cuántos años viví obsesionado con el mal que produce el bacilo de Hansen? No lo sé, pero muchos. Me tranquilicé algo cuando supe que se transmitía a través de los mocos de la nariz y no por el aire, como se afirmaba. Todo había consistido en miedos propios de un niño, es lo más probable.
La lepra, su apóstol, la reliquia del mismo que venía adjunta a una página de la revista -un trozo de tela blanca que asomaba a través de un papel de celofán de corte circular, pegado a una estampa que se regalaba con la misma-; la lectura interminable de favores recibidos por su mediación, me distrajeron de la conversación principal de aquella tarde, en la que es muy posible que se decidiese mi destino; así que todo lo que puedo hacer al respecto son suposiciones. Pero es casi seguro que se habló de mi entrada en el seminario.
Recuerdo, en cambio, con mayor nitidez otra conversación, que tuvo lugar delante de San Martín, entre mi abuela y el Vicerrector del centro, don Samuel Parrado, un hombre curioso, de quien se afirmaba que, durante la celebración de la Misa y en el momento de la consagración, padecía unas dudas terribles que le producían enormes crisis y le obligaban a arrodillarse temblando, mientras sudaba a mares y hacía continuas confesiones de fe. En aquella ocasión se habló ya del día de mi incorporación al régimen más o menos normal en el que habría de vivir en aquel pétreo recinto de veintidós mil metros cuadrados de superficie en planta que, después de El Escorial y la Fábrica de Tabacos de Sevilla, constituía el tercer edificio urbano de España y el primero de Galicia.
Asistí a la conversación ajeno prácticamente, si no a ella, sí a lo que significaba para mi futuro. Los seminaristas eran algo habitual en el paisaje urbano de mi niñez y mis diez años no me permitían colegir nada de lo que se me avecinaba. Incluso el tipo de vida que se me consintió llevar no tuvo, ni mucho menos, la dureza habitual que sí padecían el resto de mis compañeros.
Los vi salir aquella tarde, debió ser por lo tanto la de un domingo, embutidos en sus sotanas con beca azul y esclavina bordeada del mismo color, en filas de a dos, camino de algún paseo hacia alguno de los bosques vecinos que, después, habría yo de frecuentar con ellos. Don Samuel llamó a un grupo y les dijo que pronto yo sería uno más, con ellos, en el camino de perfección y servicio al Señor que habían emprendido. Me observaron indolentes y luego que fueron autorizados se reincorporaron a las hileras que semejaban interminables.
Durante dos o tres años, hasta que se descubrió el enredo, fingí ser sobrino de Don Samuel y llegué a asumir mi mentira con tal naturalidad que incluso llegué a creérmelo yo mismo. Me valió la consideración de mis compañeros y significó la consolidación de mi estatus entre mis iguales, puesto que, supongo que a instancias de mis apellidos y del señor cardenal, junto con los dineros de mi abuela, ya lo tenía asentado, de forma bien sólida, entre los profesores del centro de formación de sacerdotes de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en La Ciudad.
Aquella tarde incluso me alegró la idea de ser uno más entre todos aquellos niños ensotanados que lucían hermosas becas azules portadoras de un aro, también azul, y se tocaban con bonetes emborlados y relucientes. Entre las muchas creencias que profesaba en aquel entonces, junto con la de que los niños los traía la cigüeña de París, estaba la de que, en el Seminario, se jugaba al fútbol y se rezaba como ocupaciones principales que se desarrollaban mientras se permaneciese en él. Además yo iba para obispo, según me había asegurado mi abuela, y eso ayudaba bastante a imaginarse una vida llena de colorines y de boato litúrgico que, a mí, me agradaba sobremanera.
Todo lo que fuesen procesiones, actitudes solemnes y pausadas, cánticos languidecientes y de fácil memorización, eran argumentos a favor de entrar en aquel recinto en el que, lo único que podía molestarme, era la idea de competir futbolísticamente con niños que basasen en su fuerza física su concepción del juego. Había sido educado casi entre algodones, ésa es la verdad, aunque dueño de un espíritu de libre-pensador, heredado de mi padre, que me permitía desear e incluso soñar en la aventura no exenta de riesgo. Podía navegar en una balsa, hecha de forma tosca, por una laguna formada por la sucesiva acumulación de agua de la lluvia y con riesgo de ahogarme, pero aceptaba el riesgo porque suponía que, en el último instante, habría de salvarme gracias a la aplicación inteligente de alguna artimaña surgida de mi mente, de suyo calenturienta y activa, ágil y, quería creerlo, poderosa cuando no segura.
Aquella tarde de domingo vi salir a los niños seminaristas y casi deseé ser ya uno de ellos, aunque no pude evitar el sentimiento de separación que habría de permanecer en mí durante toda mi estancia en San Martín Pinario y que, lo más probable, es que fuese consecuencia del distanciamiento en el que, con respecto a todo, había sido educado. La ausencia de mi madre, el predominio de mi abuela, que era una mujer habituada a la frase corta y apenas susurrante de órdenes que se cumplían de inmediato. La buena predisposición de ánimo de la anciana para salpicar toda conversación de contundentes afirmaciones de índole semejante a las de «qué asco me produce», «menudo sinvergüenza», «ya su madre era un pingo» que, habitualmente, solían entronizarla a ella por encima del bien y del mal dejando, a los demás mortales, el primero su propio hijo, muy por debajo del nivel mínimo de aceptación exigible para competir, ésa era la palabra, con ella. Mi abuela era un gran hombre. Oí como así lo afirmaba Don Manuel González Rajo, director del Seminario Menor, el primero que yo tuve, durante los cinco años que permanecí de filósofo, estudiando humanidades, bajo su férula. Y llegué a creerlo.
¿Cómo no iba a creerlo? O mi memoria no era lo necesariamente fiel y consistente, o mi voluntad era débil y fácilmente conformable. En tal medida esto debía de ser así que yo, que tenía voluntad suficiente como para doblegarme a los rigores del estudio y de la disciplina (probablemente por escaso espíritu de rebeldía, por desarrollado sentido de la sumisión) carecía de ella en absoluto para evadirme de las afirmaciones que me conturbaban y que conseguían que mi razón las rechazase de forma insuficiente como para que no permaneciese un rescoldo de duda, alumbrando en el interior de mi torturado cerebro.
En aquellos tiempos se afirmaba que, la gente de izquierdas, tenían cuernos y rabo, y los niños nos lo creíamos. Cuando se lo he comentado a los músicos más jóvenes de las orquestas que he dirigido, conseguí de ellos sonrisas afectuosas y complacientes para con el exquisito sentido del humor que profesaba el viejo director de orquesta o para la ironía de la que hacía gala; nunca conseguí ser creído. Pero era así. Mi memoria pugnaba con mi sentido común y mi inteligencia lo hacía con mi voluntad; no conseguía recordar ningún tipo de siquiera someras protuberancias en la frente de mi padre y me costaba imaginármelo con rabo entre las piernas; pero lo cierto es que, en algún lugar de mi mente, nunca lo rechacé del todo.
¿Mi abuela se lavaba por partes? No lo recuerdo. En su casa jamás vi una bañera y sé, seguro, que los familiares que venían de visita, solían ir a bañarse, pues hablaban de ello delante de mí sin recato alguno, a una casa de baños; lo que para mí constituía una exquisitez inalcanzable. En casa de mi padre sí teníamos baño y lo utilizábamos. Unos depósitos de agua y un motor que la impulsaba por el interior del edificio, luego de extraerla del pozo que había en la huerta, lo permitían. Pero no recuerdo haberme bañado durante los pocos meses que permanecí en casa de mi abuela.
Recuerdo, en cambio, a mi tío dándole cuenta diaria de las ventas de la camisería y ocultándole al principio el nuevo negocio de ventas de material de porcelana para los cuartos de baño caseros. Mi abuela solía escucharlo con cierto aire de desprecio iluminándole la comisura de los labios, al tiempo de alumbrar una semisonrisa indescifrable que a todos inquietaba y que nadie tenía por costumbre soportar durante mucho tiempo. Tal era el desprecio que de ella emanaba.
Pues de aquel gran hombre que era mi abuela, de la muy grande probabilidad de haber tenido un padre rabilargo y de la presencia de un tío habituado a predicar y llevar el trigo a su granero, debí de aprender yo, de manera totalmente inconsciente, a distanciarme de las cosas y pasar sobre ellas levitando sin que, el polvo que de ellas a menudo proviene, llegara a posárseme en los flecos de la sotana que, inmediatamente, vestí apenas enterrado mi padre.
Don Manuel González Rajo me tomó también bajo su protección; la fe de mi abuela era de las que movía montañas y, de ser algo, aquel director no pasaba de ser una duna fácilmente trasladable. En tal medida lo era que, siendo como era director de la Scola Cantorum, bastó una leve indicación de la matriarca para que yo fuese incluido en ella como tiple primero, lo que no tuvo efectos beneficiosos que redundasen en favor del coro o de mi atribulada garganta, pero sí, en cambio, sirvió para que durante el primer año de mi estancia en el enorme edificio y prácticamente a diario Don Manuel me llamase a su despacho para enseñarme fotografías pertenecientes a los tiempos de su estancia en Roma y frotarme la barba con una dedicación enfermiza.
La capacidad de distanciamiento fue la que me salvó, una vez más, de sucumbir ahora sé muy bien a qué. Pero entonces no lo sabía.
Tengo que agradecerle a Don Manuel que me enseñase las fotografías de Roma. También que pretendiese hacerme cantar. No aprendí. Pero sus esfuerzos sirvieron para que, consciente de que mi garganta no respondía a lo que mis oídos y mi cerebro le sugerían, pusiese mi empeño en ir desentrañando todo lo que, el papel pautado, me indicaba. Así fui llenando de música mi cerebro. Fue un ejercicio que inicié muy temprano el de imaginarme los sonidos y almacenarlos en mi mente. El de saber cómo tenían que sonar una voz y otra y otra y otra y conjuntarlas, a todas ellas, un instante antes de que se produjese el milagro de sus consonancias. Aprendí a escuchar la música dentro de mi caja de la memoria sin necesidad de que estuviese sonando fuera de ella.
¡Oh, la sonrisa de Don Manuel, su propia música! Una mañana, siendo muy niño, llegué a casa y, sorprendentemente, estaba mi padre en ella antes de haber llegado yo. Se lo agradecí mucho porque venía atemorizado, no recuerdo si por sor Julita o por sor Maximina, por alguien que nos había explicado, durante toda aquella mañana, los terribles padecimientos a los que estaría sometida el alma de quien, por haber pecado y muerto sin estar en gracia de Dios, fuese a dar con ella en el infierno. Realmente era terrible, tan sólo con pensarlo. ¡Durante toda la eternidad! Nada menos.
Interrogué a mi padre. «¿Pero es posible…?» le decía. «Sí», me confirmaba. «¿Toda la eternidad…?», insistía yo. «Toda», me reiteraba él. «¿Toda, toda, toda?», porfiaba yo nuevamente. «Sí, toda» asentía mi padre; y así hasta que supo de mi angustia y se conmovió. Entonces posó su mano sobre mi cabeza, me despeinó y, sonriéndome, me tranquilizó como supo y pudo: «Pero no te preocupes, hijo, que acaba uno acostumbrándose a todo».
Pues así el tormento de la sonrisa de don Manuel, siempre abierta. Hablaba sonriendo y luciendo una dentadura poderosa, los dientes apretados unos contra otros, la boca cerrada, los labios forzados en la amplia abertura que dejaba al aire las encías, la sonrisa eterna. El aire se introducía en sus pulmones después de atravesar los intersticios interdentales que quedaban, cerca de las comisuras de los labios, entre los colmillos. Se trataba de una introducción ruidosa, de bomba aspirante impelente, húmeda.
Fue su recuerdo el que me sacó de mi ensimismamiento. Contemplé de nuevo la fachada barroca y sentí irreprimibles deseos de penetrar en el interior del recinto. No supe sustraerme a ellos. Tampoco lo intenté y, decidido, me dirigí hacia el portalón de la entrada. Casi seguro que, la sombra de mi abuela, me llevaba de la mano.
El portal de entrada me produjo la misma sensación de entonces, sólo que acentuada. Me pareció incluso más pequeño que la primera vez que entré en él, lo que no es de sorprender. Cuando retornamos a los lugares de nuestra infancia, sus dimensiones, nos suelen empequeñecer, aquellas que, durante años, ocuparon nuestra mente y todo se aminora; se diría incluso que vemos la realidad mucho más reducida de lo que es. El portal de entrada en San Martín es pequeño, y lo es mucho más si se piensa que es el que pertenece a la inmensa fachada barroca; y todavía lo es más si uno entra en él llevado del recuerdo de su infancia.
Al fondo, a la izquierda, un portero observaba a la gente que entraba e ignoro si fue porque me reconoció, o simplemente porque no se atrevió a decirme nada, el caso es que me consintió entrar e, incluso, hizo ademán de salir de su guarida; pienso que con intención de ayudarme a subir las escaleras de acceso al claustro central. Yo tampoco me atreví a hablarle, pero cuando inició su ademán debí de mirarlo con desaprobación tal hacia su actitud que retrocedió y ni llegó siquiera a intentarlo. A lo mejor es que supo quién era yo, no lo sé.
Había un enorme silencio, ocupando entero el gran claustro de entrada, al contrario de la primera vez que entré en él. Entonces cientos de niños ensotanados jugaban, al fútbol en el patio, al marro en los claustros, o permanecían en corros hablando Dios sabe de qué. Sobre el silencio resbalaron, de pronto, las campanadas del reloj de la torre Berenguela; fueron recorriendo el claustro porticado, sus altas bóvedas, mientras yo permanecía estático sin osar, ni siquiera, apoyarme en una columna, atento como estaba al silencio, que permanecía incólume por debajo del sonido, superpuesto a todo excepto a los recuerdos. Así fueron llegando, graves y solemnes las campanadas. Se podría afirmar que continuaron vibrando durante un enorme lapso de tiempo en lo alto de las bóvedas del recinto sin llegar a extinguirse totalmente en el momento de llegar las siguientes. Y así hasta la eternidad.
Pero debajo del sonido que vibraba sobrevivía el silencio. Todo lo demás era silencio. Silencio y piedra. En las intersecciones de las losas del piso asomaban hierbajos similares a los que surgían en las de las paredes y no había pájaros revoloteando como entonces. Quizá porque no había restos de migas de pan de las meriendas de los niños seminaristas, quién lo sabe. En cambio estaba la hermosa fuente barroca de Casas Novoa ocupando un espacio que, en mi infancia le había sido negado. Pensada para estar allí, en donde estaba ahora, había sido desplazada al patio de abajo, al inferior, porque en el central no le llegaba el agua. Acaso ahora no hubiese pájaros porque la fuente estaba seca. Cuando yo era niño en sus bordes se posaban los mirlos, sobre todo mirlos, y otras aves. Pero ahora no. Pensada para allí, no era de allí la fuente.
Seguí caminando hacia el lado izquierdo, buscando la inscripción que tantos sueños de niño había alimentado: «Viva el rey Don Carlos», todavía dice. Hay que mirarla oblicuamente, pegando casi la cara a la pared, sabiendo dónde está como yo lo sabía. Sólo así se encuentra. San Martín fue un nido de carlistas, por él paseó López Ferreiro que murió estando suspendido «ad divinis» por causa de ello; por él paseó también Amor Ruibal, que no lo fue y, en cambio, encontró una bicicleta al final de su camino. Los dos habitaron ese espacio, pero sus fantasmas no se me aparecieron en el día de mi primer reencuentro; ni siquiera me acompañaron por encima del silencio, quizá porque, de niño, nunca supe de ellos y los ignoré en su entidad mental y única.
Qué sensación terrible es la de volver al lugar de tu infancia y recorrerlo en soledad, sin nadie con quien recobrar los ámbitos amados, sin nadie a quien decir de tus fantasmas. Durante años mi familia fueron los muchachos con los que conviví dentro de aquella enorme masa pétrea. ¿En dónde están ahora? ¿Dónde sus voces? ¿Dónde sus voces aldeanas? Tan sólo tres éramos de La Ciudad y, cierto, de los tres tan sólo yo pude, durante largos espacios de tiempo, salir a comer y a dormir a casa de mi abuela; unas veces gracias a una afonía, otras gracias a una oportuna gripe. Pero mi abuela poco a poco iba dejando de ser mi familia, después mi familia fui yo mismo y la presencia lejana de mi tío.
Bajé al patio que había acogido a la fuente y allí seguía el enorme tejo, el enorme y viejo árbol de mi infancia de seminarista. ¿Cómo pensará la gente que es la infancia de un niño que estudia para sacerdote? ¿En qué creen que se diferenciará de la del resto de los niños? No lo sé, no conocí la de los otros niños; pero supongo que la de todos los niños que viven en un internado debe de ser muy semejante. Siempre pensé así. Me sabía distinto en la medida en la que, cuando salíamos los domingos, ensotanados y tocados de bonete, camino del Carme de Abaixo, por la Rúa das Hortas y el Pombal, hacia la Poza de Bar o el Bosque da Condesa, a retozar entre los robles o a desahogar jugando al fútbol al aire libre, lejos del claustro, lejos de la organización del espacio alrededor del vacío al que se privó, incluso, de una fuente porque no había agua que a ella llegase; cuando salíamos los domingos y las niñas nos gritaban «¡Cro, cro, cro, ahí van los cuervos, mañana llueve!» Cuando se introducían, provocativas y vulgarmente soeces, por entre nuestras filas, disimulando de una forma tan ostentosa que hiciese aún más evidente su intención; cuando eso sucedía y se rozaban sus ropas con nuestras ropas talares o, sus cuerpos, con los nuestros que eran templos del Señor, entonces, entonces me sabía distinto. Pero el resto de la semana, apenas.
También me sabía distinto cuando pensaba en el alejamiento del mundo al que se nos inducía, prohibiéndonos asomarnos a las ventanas que daban a la calle; aquellas desde las que se podía otear el Valdedios, las parejas amándose al amparo de la antigua muralla de La Ciudad. Incluso me sabía doblemente distinto cuando escudriñaba los campos desde el interior de las estancias que estaban a continuación de las camarillas, ya en el extremo del edificio y a través de las ventanas de pequeños cristales enmarcados por barrotes de madera, porque no echaba en falta lo que tenía delante, como el resto de mis compañeros, sino que lo que yo echaba de menos era, precisamente, La Ciudad que estaba a mi espalda. En todo lo demás era, éramos niños normales; probablemente con más miedo que los otros, pero normales.
Eso quiero creer, aunque sepa que no es enteramente cierto. Nos masturbábamos como hacen todos los niños del mundo, pero no todos ellos tenían el sentimiento de culpa que nosotros profesábamos. Estaba prohibida la lectura de periódicos y, sin embargo, los anuncios de crema Nivea del ABC, fueron culpables de ríos de semen que nunca confluyeron en avalanchas que lo anegaran todo. Esther Williams en bañador circuló en trozos de negativo de películas que me proporcionaba Fortes, sobrino de un acomodador del Salón Teatro para que yo se los vendiese a precio módico a mis compañeros, igual que vendía caramelos, comprados a quince céntimos en las Casas Reales, a precio de veinticinco; si es que ese día estaba de buen humor, de lo contrario el precio era más alto. Y eso me causaba satisfacción, como me divertía el hecho de imaginarme a mis compañeros masturbándose con una mano, mientras con un ojo guiñado escrutaban las formas de Esther Williams en el negativo que, próximo al otro ojo, mantenían entre los dedos índice y pulgar de la otra. Era un niño normal; tan sólo la culpa era mayor, el arrepentimiento más inmenso y, por lo tanto, el placer de mayor intensidad.
La educación sentimental que recibíamos nos hacía más exaltados, convertía nuestro apasionamiento y nuestro fanatismo en algo dotado de una mayor exacerbación. Así pasamos de unos extremos a otros, así vivimos siempre no en el filo de la navaja, sino en su extremo, en su punta más afilada y temible: yo en la música; otros en las guerrillas sudamericanas; aquéllos en la más recalcitrante ortodoxia; los más en la más desolada soledad. También los hubo que habitaron las pasiones más puras, los amores más albos, los vicios más abyectos. Éramos tan normales que nos convertimos en hombres normales, dotados para cometer las más normales atrocidades que consuma el ser humano, sus mayores pecados y sus mayores virtudes; porque de entre nosotros también salieron santos.
Todo era así. Sublime o abyecto. Creo que, entre aquellos muros, jamás padecimos terror físico. Al menos yo no lo recuerdo. Sufríamos, en cambio, un terror psicológico inconmensurable en aquel mundo, cerrado en sí mismo, en el que funcionaba más la amenaza, aun la retórica, de un superior que cualquier otra causa que pudiese inducirlo. Siempre estábamos amedrentados, siempre; temiendo la llamada a la habitación de un prefecto, allá en lo alto, en la torreta izquierda o al pie de unas escaleras debajo de cuyos peldaños podían esperar, ocultos, el paso de las largas filas de niños ensotanados tan sólo para mirarlos acerbamente. Y desde que entrábamos todo eran superiores, siempre había encima de ti una larga, eterna lista de responsables de tu cuidado espiritual y disciplinario de forma que, el autocontrol, llegaba impuesto, normativizado de tal modo que abarcaba no sólo el aspecto individual, sino también el colectivo. Nos vigilábamos unos a otros, nos regulábamos mutuamente, mutuamente nos delatábamos. Era terrible.
Retrocedí sobre mis pasos y caminé hacia el lado derecho de la fachada. Mientras lo hacía supe que, detrás de mí, caminaban voces jóvenes que era posible que me hubiesen identificado. «No debe querer que se le moleste…» les oí decir y seguí caminando; espero que de una forma no excesivamente temblorosa ya que, en aquel entonces, todavía el mal no había progresado tanto como hoy lo está; aunque lo tenga adormecido y como latente gracias a ese invento, a ese descubrimiento, para mí maravilloso, que es la levodopa; una droga que ayuda a que, la carencia de dopamina en mi sistema nervioso, sea más llevadera. ¡Oh, qué tiempos!
Ascendí por unas escaleras, escasas de luz, por las que lo había hecho, a lo largo de innumerables ocasiones, durante mi primera infancia y juventud. ¿En qué piensa uno en esos momentos de reencontrarse con el pasado bajo una luz mortecina? Creo que en nada. Si acaso es un sentimiento el que nos invade, una sensación casi litúrgica, que se apodera de nosotros y nos produce una enajenación, entre temblorosa y placentera, que nos lleva a descubrir que, lo que realmente sentimos ante el reencuentro, no es apenas otra cosa que curiosidad.
Esa sensación de estar ante una guarida abandonada y llena de despojos que se experimenta delante de un barco desguazado, fue la que yo tuve al llegar al primer piso y ver el estado al que habían quedado reducidos los dormitorios de antaño, los tramos, como se les llamaba en el lenguaje del seminario. ¿Cuál era el nombre del tramo que visité en ruinas? ¿San José, Sagrado Corazón? No lo sé. Pero pude ver al aire el barrotillo de las mamparas que separaban, unas de otras, las camaretas de cada uno de nosotros. Eran habitáculos de unos dos por dos metros, abiertos por arriba, es decir, que concluían antes de alcanzar los altísimos techos del enorme salón abovedado, velados a la posibilidad de observación desde los pasillos por una cortina que no sé si recordar muy limpia.
Poco era lo que había dentro de cada celda. La cama, una mesita de noche, la silla, un pequeño armario donde guardar la brocha de afeitar, el cepillo de dientes y los demás útiles de aseo; también la palangana, una jarra con la que ir a por agua para lavarse, un pequeño espejo, la bacinilla. Cuando nosotros, los alumnos, nos íbamos a misa dos criados recorrían las enormes salas dormitorio transportando un caldero inmenso en el que iban vaciando el contenido de los orinales. Si simulabas, o realmente padecías, algún enfriamiento o proceso gripal podías oír, mientras permanecías en la cama durante la mañana, el rítmico ruido de la orina, resultante de la evacuación nocturna de cinco o seis docenas de vejigas, al ser vertida en el descomunal caldero y sentir de forma inmediata tu estómago medianamente revuelto con la tufarada olorosa que acababa por invadir todo el ámbito del dormitorio inmenso.
Una vez se me ocurrió defecar durante la noche en el orinal. Durante días permaneció el resultado de mi acción en el suelo de la bacinilla, sin que me lo retirasen de allí, hasta que me decidí a tirarlo por el balcón arriesgándome a Dios sabe qué. Calculé mal y, a lo largo de semanas, aquella huella de mi paso por el mundo, permaneció en la fachada de San Martín Pinario hasta que, el viento y la lluvia, consiguieron dar cuenta de ella.
Aún pude identificar, al menos esa convicción tengo, el lugar en el que transcurrieron tantas noches de mi infancia. ¿Aquel colchón desvencijado, sería el que yo llevé allí para yacer sobre él en los largos insomnios que padecí? No lo sé. Puedo afirmar que una tristeza enorme se apoderó de mí y que sentí ganas de sollozar. Tanta vida convertida en piltrafas, reducida a aquel espectáculo lamentable a través del que era difícil transitar; oculto a la vista de los transeúntes que caminaban, ajenos a todo ello, al otro lado de la imponente fachada barroca; tanta ruina en el interior de una fábrica grandiosa ¿querría significar algo? Seguro que no. Había que connotar tan sólo la evidencia de un mundo que se había consumido en sí mismo y ello había sucedido, ni para bien, ni para mal, para cumplir la inexorable ley histórica que obliga a que el hombre sea siempre el mismo y, sin embargo, mejor. Siempre habrá mediadores entre el hombre y todo aquello que su razón le vela; siempre habrá formas de re-ligar, de unir al hombre con la parte más oscura y oculta de sí mismo y habrá nombres para cada una de esas partes. A veces hasta podrá haber tantos nombres como hombres, porque Dios somos cada uno de nosotros, porque cada uno de nosotros somos su templo y habitáculo más amado. Templos del Espíritu Santo, eso nos afirmaron que éramos. Dios está en cada uno de nosotros y, cada uno de nosotros tenemos un dios, pequeño y accesible, que nos consuela de nuestras miserias, que nos reafirma en nuestras convicciones y nos fortalece en nuestras dudas.
¿Qué divinidad me aconsejó abandonar el tramo de San José y ascender a la torreta de Nuestra Señora de Lourdes? ¡Sabe Dios! Pero lo hice, subí a las torretas, al lugar en el que, en un tiempo, estuvieron los dormitorios para los más afortunados, o para los que gozaban de mayor recomendación; en cualquier caso, para los que disponían del privilegio de una mayor independencia, posible tan sólo en aquellos dos lugares en los que dormían seis personas, cada una de ellas en un dormitorio similar a los de los tramos. El abandono era exactamente el mismo. Idéntica la ausencia de luz, similar el deterioro, terrible su contemplación.
Fui de los más afortunados. Viví en una de las torretas, después de haber habitado los tramos, cuando hube superado las enfermedades de los primeros años, las ínfulas que siempre me guiaron hacia la ley del mínimo esfuerzo en todo aquello que no fuese de mi entera devoción. Por eso cuando decidí que la música era algo que no podía eludir y me vi en la posibilidad de compartir un espacio con dos de los compañeros más dotados para su ejercicio, dediqué mi tiempo a ser llenado con la amistad, la conversación y el estudio de aquellas dos personas. Hacerlo en su integridad significaba renunciar a dormir fuera del seminario con la frecuencia con la que siempre lo había hecho pues así se me había consentido.
Fue una época feliz. Dejé de vender la nata de la leche que ocupaba el gollete de la botella que, todos los días, me hacía llegar mi abuela y la compartí con mis dos condiscípulos. Solíamos bajar al primer piso a que, el organista de la catedral, nos diese clases de piano y lo hacíamos, a menudo, mordisqueando rebanadas de pan, que habíamos hurtado de la comida, untadas con la nata de mi botella. Éramos niños felices. Componíamos un buen trío. Emiliano López Xanela componía extrañas frases resultado de estrambóticas traducciones: «A solis orto usque ad ocasum» era el equivalente de «da sol en la huerta que es un caso…» y, cuando lo hacía, nos reíamos por los pasillos en los que, las risas, eran insolentes y, por ello, más gratas a nuestros oídos de niños. Mario Méndez Abalo, el otro de mis compañeros, podía afeitarse las cejas en un momento de depresión o euforia súbita, que ni se sabe, o pasarse el recreo cogiendo velocidad en una carrera que lo llevaba hasta la pared por la que conseguía ascender casi dos metros; o al menos eso creíamos.
¿Qué habrá sido de Emiliano? Mario murió estando en el seminario y siendo aún niños los tres. Apareció muerto una mañana y todavía hoy ignoro qué mal viento fue el que se lo llevó. Observé que se retrasaba y penetré en su camarilla. Estaba vuelto hacia la pared y posé mi mano sobre su hombro, para agitarlo, al tiempo que le decía «a solis orto usque ad ocasum»; pero no me respondió. Tiré de mi brazo, sin desasir mi mano, y su cuerpo se volteó hasta quedar boca arriba. Tenía los ojos abiertos y la mirada impasible y fría. Por su boca y por sus agujeros nasales asomaban unas enormes lombrices que huían del cuerpo muerto que hasta entonces habían parasitado.
Emiliano entró detrás de mí y me halló pálido y atónito, observando el rostro de la muerte por segunda vez en mi vida; pero yo no observaba la cara de mi amigo muerto. Lo hacía tan sólo con el reducto por el que asomaban las lombrices, tenía mi atención concentrada en ellas como si surgiesen de un abismo al que yo me asomase a través de su contemplación. Y así debió de ser. Al poco tiempo me sentí retirado de allí por dos prefectos de disciplina que me auparon en volandas, sosteniéndome por los codos, para llevarme a la enfermería y, de allí, a casa de mi abuela.
Cuando regresé al seminario, Mario era nada más que un recuerdo. Todavía lo es hoy, con sus lombrices asomando por los agujeros de su nariz, debajo de una mirada opaca y de una enmarañada melena producto de un breve y convulso sueño que lo alejó de nosotros.
Todavía estaba reconocible el dormitorio de Mario. Los azulejos blancos que protegían la pared de las salpicaduras del agua con la que se lavaba en la jofaina. La desvencijada mesilla de noche. Un somier deteriorado y lleno de óxido por todas partes. Antes de huir despavorido de allí y del recuerdo de mi amigo muerto, pude ver la base románica de las torres de la catedral, también la torre Berenguela, el convento de San Paio de Antealtares. Luego bajé a trompicones, asustado y disminuido, hasta que conseguí verme en la calle empujado por la mala visión que, el recuerdo, para mí había recuperado.
¿Adónde ir? La fachada de la Azabachería, la del lado norte de la catedral de La Ciudad, tenía la misma luz del día en el que mi abuela tuvo la conversación que yo supe capitalizar en mi favor durante años. Todo era idéntico, excepto que los automóviles ocupaban enteramente los espacios de la plaza por los que, en aquel entonces, circulaban con entera libertad los viandantes; acaso fuesen distintas las vestimentas de éstos, pero es seguro que seguían siendo los mismos. Tan repetitiva es la especie humana, tan monótono su comportamiento.
Permanecí un buen rato observando la catedral, primero, la fachada de San Martín, después, sin decidirme a ir ni para un sitio, ni para otro. Sólo cuando me sentí observado desde el portal de acceso al que había sido mi primer centro de formación, recordé a mi tío Álvaro y la obligada visita tantas veces pospuesta.
Creo que el temblor se hizo más intenso mientras permanecí quieto sin ser capaz de tomar una decisión. Cuando así me lo pareció, cuando creí que mis convulsiones eran más evidentes de lo deseable, comencé a andar hacia la casa de mi tío. Lo hice por la Rúa da Moeda Vella, dejando a la izquierda los sótanos de San Martín en los que se había acuñado moneda gallega por última vez, camino de la plazuela de San Miguel.
Al pasar por delante de la fachada de la iglesia de San Martín, nuevamente me invadieron los recuerdos. La voz de Mario surgía poderosa sobre las de los demás de la Scola Cantorum. Eran vísperas solemnes las que traía el viento del recuerdo y de su mano, venían los rostros dormidos de los seminaristas niños cuando, en las tardes de los domingos, recién regresados del paseo, extenuante y liberador, teníamos que asistir a la solemnidad parsimoniosa de las vísperas.
Lo hacíamos desde el coro y, desde él, podíamos observar aquel teatro abierto que era el altar mayor. El último sol de la tarde entraba por detrás del retablo convirtiendo el espectáculo en algo todavía más grandioso. Todo resonaba más nítidamente, cualquier eco era más diáfano. El coro gregoriano cantaba y, los demás, respondían. Cantábamos los de la scola las antífonas y los demás, desde abajo, hacían llegar hasta nosotros sus respuestas al cantar los versos pares. Al final resonaba, grandioso, el Magnificat; el quinto salmo que precedía a la Exposición del Santísimo y al largo rezo final del Santo Rosario.
Cuando hube rebasado la plazuela de San Miguel y la propia fachada de la iglesia de San Martín se extinguió el eco de las voces; incluso declinó el de la de Mario que pasó a ser una vaga ausencia en el recuerdo. La casa de mi tío, al comienzo de la Porta Da Pena, justo en donde habían estado las casas de la Inquisición en pleno siglo dieciséis, se me ofrecía a la vista, no sé si como un puerto de arribada forzosa o como una bahía cálida por la que pasar distante de ella para poder añorarla desde lejos, que en ocasiones así se provoca a la nostalgia y se la obliga a acompañarnos.
Mi tío Álvaro ocupaba la planta baja del edificio. Se había trasladado allí, a una vivienda que no tenía menos de trescientos metros habitables, llenos de imágenes policromadas, de muebles antiguos y de recuerdos de familia, para evitar tener que subir las escaleras que sus noventa años largos le aconsejaban eludir.
No recuerdo quién me abrió la puerta. Recuerdo, eso sí, que dijo «¡Ah, es usted!», me franqueó la entrada y, con voz chillona, elevándola, gritó hacia adentro: «¡Es el señorito Joaquín!». Le respondió una voz, no del todo cascada, no del todo correspondiente a la avanzada edad del cuerpo del que surgía, que, dirigiéndose a mí, me indicaba.
– ¡Pasa, rapaz, pasa!