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Había sido San Petersburgo; la guerra hizo de él Petrogrado; la Revolución, Leningrado.
Era una ciudad de piedra, y los que la habitan no piensan en ella como en una ciudad erigida sobre un suelo verde, con piedras ordenadas unas encima de otras, sino en una inmensa roca viva socavada en la que se hubieran practicado casas, calles y puentes, llevando luego la tierra a grandes paletadas y echándola para que se mezclase con la piedra y evocase a la memoria el mundo viviente que existe más allá. Sus árboles son exóticos: unos extranjeros enfermos de nostalgia en un clima de granito, desolados y super-fluos. Sus jardines son concesiones hechas de mala gana a la naturaleza. En primavera, algún "diente de león" aislado levanta su cabeza de vivo color amarillo a través de las piedras de los diques, y los hombres sonríen ante él, incrédulos y condescendientes como ante las impertinencias de un niño. La primavera de Petrogrado no surge del suelo; sus primeras violetas, sus tulipanes tan encarnados, sus jacintos tan azules, florecen en las manos de los hombres, por las esquinas de las calles.
Petrogrado no nació; fue creado. La voluntad de un hombre lo hizo surgir en un lugar donde los hombres no hubieran pensado nunca establecer una vivienda. Un emperador inexorable impuso la creación de la ciudad y designó el punto en que debía elevarse. Los hombres llevaron la tierra para colmar un pantano, donde sólo se movían los mosquitos. Y, como mosquitos, los hombres fueron muriendo y cayendo en el lodo mismo en que hormigueaban. Ninguna mano voluntaria contribuyó a la construcción de la nueva capital; surgió del trabajo de millares de soldados, de regimientos que recibían órdenes y que no podían negarse a hacer frente a un enemigo mortal, el pantano o el fusil. Fueron cayendo, y la tierra que habían llevado fue formando, al mezclarse con sus mismos huesos, el suelo de la ciudad. Petrogrado, como dicen sus habitantes, está cimentado en esqueletos. Petrogrado no tiene prisa. No es una ciudad perezosa, pero sí lenta y graciosa como conviene al abierto horizonte de sus anchas calles. Es como una ciudad que se tendiese voluptuosamente, con los brazos abiertos, por entre pantanos y pinares. Sus calles son campos empedrados; sus calles son anchas como los afluentes del Neva, el río más ancho que jamás haya atravesado una gran ciudad.
En la Nevsky, la principal avenida de la capital, las casas fueron construidas por las generaciones pasadas con destino a las futuras. Son sólidas e inmutables como fortalezas y, como en las fortalezas, las paredes son gruesas y las ventanas parecen hileras de nichos profundos que corren a lo largo de espaciosas aceras de granito rojo oscuro. Del pie del monumento de Alejandro III, un enorme hombre gris sobre un caballo, también gris, salen argentados rieles que se prolongan, en línea recta, hasta el lejano Palacio del Almirantazgo, cuyas blancas columnas y fino campanario dorado se elevan como una corona y un símbolo; el símbolo de la Nevsky. Las alturas de ésta, en línea quebrada, eterna e inmutable, parecen una cadena de montañas en la que cada torre, cada balcón, cada gárgola que se proyecta sobre la calle representan una imagen sin edad de una fisonomía de helada piedra. Una cruz dorada, sobre una cúpula dorada también, se eleva a las nubes, a la mitad de la avenida, sobre el palacio Aninchkovsky, un liso cilindro rojo cortado por desnudas ventanas grises. Y más hacia abajo, pasado el palacio, un carro recorta sobre el cielo las negras cabezas de sus caballos encabritados, con sus cascos levantados sobre el paseo, en lo alto de la majestuosa columna del teatro Alexandrinsky. El palacio parece un cuartel, y el teatro parece un palacio.
A sus pies, la Nevsky queda cortada por un río y por las arcadas de un puente tendido sobre sus aguas turbias y fangosas de color tinta.
En las esquinas del puente hay cuatro estatuas. Son tal vez un ornamento casual, pero tal vez son un trasunto del verdadero espíritu de Petrogrado, la ciudad creada por el hombre contra la voluntad de la naturaleza. Cada una de ellas representa un hombre y un caballo. En la primera, las furiosas pezuñas de un caballo encabritado se alzan amenazando aplastar al hombre desnudo arrodillado, cuyos brazos se tienden en un primer esfuerzo hacia las bridas del monstruo. En la segunda, el hombre se apoya sobre una rodilla y echa su cuerpo hacia atrás; todos los músculos de sus piernas, de sus brazos, de su cuerpo, parecen a punto de romper la piel, tensos en el momento supremo de la lucha. En la tercera, el hombre y el bruto están cara a cara; el hombre en pie, con la cabeza al nivel del hocico del animal, asombrado al darse cuenta por primera vez de la fuerza de su amo. En la cuarta, el bruto está ya dormido: anda obediente, llevado de la brida por el hombre alto, erguido, sereno en su victoria. El hombre camina seguro, con la cabeza alta y los ojos fijos en un porvenir impenetrable.
En las noches de invierno, centellean sobre la Nevsky hileras de grandes globos blancos, y en los escaparates de las tiendas relucen niveas muñequitas de blanco algodón espolvoreado de sal brillante. La nieve se refleja sobre las luces blancas como sobre un cristal, mientras las luces de colores de los tranvías pasan a lo lejos flotando en una dulce penumbra, y, a través de las pestañas humedecidas por el hielo, unas y otras se ven como crucecitas deslumbrantes sobre el cielo negro.
La Nevsky empieza a las orillas del Neva: muelle elegante y perfecto como un salón, con un parapeto de granito rojo y una hilera de palacios de ángulos rectos y de columnas puras, de balaustradas severas y armoniosas como el cuerpo de una estatua suntuosamente austera en su gracia varonil.
Los edificios más considerados de Petrogrado están separados por el Neva. El Palacio de Invierno se halla frente a la mayor de las prisiones de Estado, la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Los zares vivían en el Palacio de Invierno: cuando morían atravesaban el Neva. En la catedral de la fortaleza, blancas moles de piedra se elevaban sobre sus tumbas. Detrás de la catedral estaba el presidio, de modo que los muros de la fortaleza guardaban a la vez a los zares muertos y a los más temibles enemigos vivientes de los zares. En las espaciosas y calladas salas del palacio, altos espejos reflejaban los bastiones, detrás de los cuales vivían hombres olvidados por largos años en abandonabas tumbas de piedra. El río está cruzado por numerosos puentes, que parecen jorobas de hierro por las que se arrastran lentamente los tranvías hasta llegar a la mitad, para precipitarse luego velozmente por la pendiente opuesta. La margen derecha del río, detrás de la fortaleza es una victoria diferida del campo sobre la ciudad. El Kamenostrovsky, una ancha y quieta avenida de la que no se alcanza a ver el fin, parece un río lleno de las fragancias del mar cercano, una avenida cada uno de cuyos pasos parece una insinuación del campo vecino. Avenida, ciudad y río terminan todos en las "Islas", donde el Neva se divide entre brazos de tierra unidos por pequeños puentes y donde, en medio del silencio profundo de la nieve, pesados conos blancos se elevan en hilera, terminados por una mancha de oscuro color verde, y ramas de abeto y huellas de pájaros son las únicas cosas que rompen la blanca y monótona desolación, mientras más allá de la última isla, el cielo y el mar parecen una inmensa extensión de agua de pálido gris, con sólo una leve franja verdosa que marca el horizonte lejano.
Pero en Petrogrado hay también calles secundarias. Estas son de una piedra incolora que la lluvia ha reducido por arriba al color gris de las nubes y por abajo al pardusco del barro. Son calles desiertas como los corredores de una cárcel, y se cortan unas a otras en esquinas rectas, netas, con edificios que parecen presidios. Negras cancelas se cierran por las noches sobre umbrales cubiertos de barro; exiguas tiendas miran ceñudas, con sus descoloridos rótulos sobre escaparates opacos, y estrechos jardines agonizan, cubiertos de hierbas tísicas que durante más de un siglo no han tenido por suelo más que barro y polvo y luego polvo y barro. Barandillas de hierro contemplan canales llenos de basura, y en las oscuras esquinas se ven mohosos iconos de la Virgen, encima de olvidados cepillos de estaño destinados a recoger las limosnas para los orfanatos.
Más al norte del curso del Neva, se levantan bosques de chimeneas de ladrillo rojo que vomitan una negra neblina sobre viejas y ruinosas casuchas de madera y sobre una pasarela de carcomidas tablas que atraviesa el río plácido e indiferente. Y a menudo la lluvia cae lentamente a través del humo, y lluvia, humo y piedra constituyen el motivo predominante de la ciudad.
A veces, los mismos habitantes de Petrogrado no se explican los extraños lazos que les mantienen unidos a la capital. Después del largo invierno, todos maldicen el barro y la piedra, y suspiran por los pinares. Huyen de la ciudad como de una odiada madrastra, para refugiarse en la hierba verde, en la arena, o en las deslumbradoras capitales europeas. Pero, como un amante que no logra vencer su pasión, regresan al otoño deseosos de volver a su anchas avenidas, a sus tranvías estridentes, a sus calzadas de piedra, serenos y contentos como si la vida volviera a empezar. Petrogrado, dicen, es la "Ciudad Única".
Las ciudades crecen como los bosques, como las hierbas de los campos. Porque, lo mismo que los bosques y las hierbas de los campos, las ciudades y los pueblos son algo viviente. Petrogrado, en cambio, no crece; cuando lo construyeron, quedó terminado y completo. Petrogrado no tiene nada que ver con la naturaleza. La naturaleza comete errores e imprevisiones, mezcla los colores y desconoce la línea recta; Petrogrado, en cambio, es obra del hombre, que sabe lo que quiere.
Nada turba la grandiosidad de Petrogrado, nada alivia su palidez. Sus caras están talladas de una manera neta y decidida; son algo seguro y perfecto, con la perfección de la obra humana. Las ciudades crecen con un pueblo, luchan para conquistarse un lugar de preferencia sobre otras ciudades. Y van subiendo lentamente, sobre los escalones de los años. Petrogrado no crece. Fue construido para estar ya en la cumbre; le fue ordenado mandar. Ya antes de que echasen sus cimientos era una capital. Es un monumento erigido al espíritu del hombre.
Los pueblos no saben nada del espíritu del hombre, porque los pueblos sólo son naturaleza, y "hombre" es una palabra que carece de plural. Petrogrado no es pueblo. No tiene leyendas, no tiene folklore, no es una ciudad celebrada por anónimos cantores a lo largo de anónimos caminos. Petrogrado es un extranjero, solo, incomprensible, austero. Nunca se dirigió a sus muros de piedra ningún peregrino; sus puertas no se abrieron nunca, en cálida comprensión, a los débiles, a los heridos, a los mutilados, como se abrieron las puertas de la gentil Moscú. Petrogrado no necesita tener alma: tiene una mente.
Y tal vez sea una casualidad, pero, en ruso, Moscú es un nombre
femenino y Petrogrado masculino.
Y tal vez una casualidad, pero siempre, los que subieron al po
der en nombre del pueblo trasladaron su capital desde la más
soberbia y aristocrática de las ciudades a la amable Moscú.
En 1924 murió un hombre, llamado Lenin, y se dispuso que aquella ciudad tomase el nombre de Leningrado. La Revolución llevó sus pasquines por las paredes y sus banderas rojas en las ventanas y sus cascaras de semilla de girasol por las calles. Grabó un poema proletario sobre el pedestal del monumento a Alejandro III y puso una cinta roja en la mano de Catalina II, en una plaza cercana a la Nevsky. Dio a la Nevsky el nombre de "Avenida del 25 de Octubre", y a la Sadovaia, una de sus travesías, el de "Calle del 3 de Julio", en honor de fechas que quería conmemorar. Y en el cruce de una y otra las garridas cobradoras del tranvía gritaban, en los coches llenos de gente: "¡Cruce del 25 de Octubre con el 3 de Julio! ¡Final del billete amarillo!
A principios de verano de 1925, el Trust de las industrias textiles del Estado puso en venta nuevas telas de algodón estampado. Por las calles de Petrogrado se veía sonreír a las mujeres que por primera vez desde hacía muchos años estrenaban un traje.
Pero los estampados se reducían a media docena de modelos. Mujeres vestidas de cuadritos blancos y negros pasaban junto a otras mujeres vestidas de cuadritos negros y blancos. Mujeres en trajes blancos con motas rojas se cruzaban con mujeres en trajes blancos con motas verdes; otras mujeres con trajes grises con espirales azules se encontraban con mujeres que llevaban aquellas mismas espirales en marrón sobre fondo amarillo. Circulaban por las calles como alumnas de un inmenso hospicio, ceñidas, y sus trajes nuevos no les daban ningún contento.
En una tienda de la Nevsky el Trust estatal de la porcelana presentaba un escaparate deslumbrador de porcelanas de valor incalculable, un servicio de té con raras flores modernas grabadas, en finas líneas negras, por la mano de un artista célebre. Hacía ya varios meses que el servicio de té estaba expuesto, pero nadie había tenido bastante dinero para comprarlo.
Otros escaparates ofrecían vistosas joyas extranjeras de imitación; collares de falsas perlas de colores, pendientes de brillan tes de celuloide: objetos de última hora protegidos por sus altísimos precios de la avidez de las mujeres que se detenían ansiosas a contemplarlos.
Más lejos se había abierto una librería extranjera; en un escaparate de dos pisos podían verse las abigarradas, alegres y maravillosas cubiertas de los libros venidos de más allá de las fronteras.
Brillantes toldos sombreaban las anchas y caldeadas aceras de la Nevsky, y los barómetros resplandecían al sol, con el claro destello del cristal limpio. Sobre una fachada campeaba un inmenso anuncio en el que se veía el rostro decidido, los ojos enormes y las finas manos de un actor famoso pintadas a grandes brochazos debajo del título de un film alemán.
Retratos de Lenin -rostro suspicaz, barba breve y rasgados ojos orientales semicerrados-, orlados de banderas rojas con crespones negros, parecían contemplar a los transeúntes. En las esquinas de las calles, bajo el sol, había hombres harapientos que vendían sacarina y bustos en yeso de Lenin. Sobre los hilos telegráficos gorjeaban los pájaros.
A la puerta de las cooperativas había largas colas. Las mujeres se quitaban la chaqueta, y las mangas cortas de sus blusas descoloridas dejaban asomar a los primeros rayos del sol estival sus flacos brazos pálidos.
En una pared, a bastante altura, se veía un cartel representando a un enorme obrero agitando un martillo contra el cielo, y la sombra del martillo caía como una enorme cruz negra sobre los pequeños edificios de la ciudad, debajo de las botas del hombre.
Debajo del cartel, Kira Argounova se detuvo un momento. Del bolsillo de su viejo vestido sacó una cajetilla, y con dos dedos expertos, sin mirar, se puso un cigarrillo en la boca. Abrió luego su bolso de imitación de piel y sacó un lujoso encendedor extranjero en el que había sus iniciales grabadas. Brilló una llamita, y casi antes de que ésta tocase el cigarrillo, Kira exhaló una bocanada de humo y guardó el encendedor en el bolso, que cerró con fuerza. Levantándose un poco el arrugado puño del vestido miró a su reloj, sujeto por una estrecha pulsera de oro. Aceleró el paso. Su traje, al andar ondeaba tras ella dejando adivinar la curva de sus rodillas. Los altos tacones de sus zapatos corrían apresuradamente, ruidosos, por la acera de piedra. Uno de los zapatos tenía un agujero cuidadosamente disimulado por una venda que le rodeaba el tobillo por encima de una tirante media extranjera de seda natural.
El antiguo palacio hacia donde se dirigía ostentaba sobre la puerta una estrella roja de cinco puntas y esta inscripción en letras doradas: "Centro de distrito del Partido Comunista."
La puerta de cristales era limpia, inmaculada, pero la cerradura de la puerta del jardín estaba rota. En las que en otro tiempo fueron avenidas cubiertas de grava crecían las malas hierbas, y numerosas colillas flotaban lentamente en la pila de una fuente abandonada, alrededor de un profanado Cupido de mármol, sobre cuyo vientre se veía una mancha verdosa de moho.
Kira atravesó con paso rápido las desiertas avenidas, bordeadas por una espesa y descuidada vegetación que apenas dejaba llegar hasta ella el ruido de los tranvías de la calle. Al oír sus pasos, blancas palomas se movían perezosamente entre las ramas: Una abeja zumbaba sobre una espesa mata de trébol florido, y un grupo de gigantescas encinas tendía sus brazos escondiendo el edificio a los ojos de los que pasaban por la calle.
En lo más profundo del jardín, se elevaba un pabellón de dos pisos, unido al cuerpo principal de edificación por el puente de una breve galería. Los cristales de las ventanas del primer piso estaban rotos, y un gorrión estaba posado sobre la aguda punta de uno de los fragmentos, ladeando la cabeza para mirar a las salas desiertas y mohosas. Pero en el antepecho de una de las ventanas del segundo piso se veía un gran montón de libros.
La pesada puerta esculpida a mano no estaba cerrada. Kira entró y subió corriendo la escalera. Esta era muy larga y subía en línea recta hasta el segundo piso, como una interminable serie de peldaños de desnuda piedra, en los que se veían leves huellas de tierra. En otro tiempo había habido una magnífica balaustrada blanca, pero ahora estaba rota, y sobre los destrozados pedestales de las columnas de mármol, cuyos blancos restos yacían todavía al pie de la escalera, se abrían oscuros boquetes. Profundos ecos repercutían en las paredes, cubiertas de raras pinturas representando graciosos cisnes blancos en lagos azules, guirnaldas de rosas, lascivas ninfas que huían de faunos sonrientes, todo ello descolorido, mutilado, desconchado en muchos puntos.
Al llegar a la puerta del segundo piso, Kira llamó.
Andrei Taganov abrió y, sorprendido, retrocedió un paso. Sus ojos se abrieron con la lenta mirada incrédula de un hombre que viera un increíble milagro. Sin acertar a moverse, se quedó junto a la puerta, estupefacto, con el blanco cuello de su camisa abierto sobre el pecho bronceado.
– ¡Kira!
Ella se rió con una sonrisa clara, metálica.
– ¿Qué tal, Andrei?
Las manos del joven se cerraron lenta, dulcemente, sobre los hombros de Kira, con tal suavidad que ella no sintió que la tocase, sino que advirtió únicamente su fuerza, su voluntad de estrecharla, de plegarla hacia atrás. Pero los labios de Andrei, sobre los suyos, eran brutales. Sus ojos estaban cerrados, mientras los de Kira permanecían abiertos, contemplando el techo con indiferencia.
– No te aguardaba hasta la noche, Kira.
– Ya lo sé, pero supongo que no vas a echarme. Fue ella quien pasó adelante, atravesando el rellano, hasta la habitación; allí echó su bolso sobre una silla y su sombrero sobre la mesa, con imperiosa familiaridad.
Sólo ella sabía por qué Andrei Taganov había debido hacer economías aquel invierno, y por qué había abandonado su cuarto en la pensión para ir a habitar, en el palacio de la sede del Partido, el pabellón abandonado que éste le había cedido gratuitamente.
Había sido el nido secreto de los amores de un príncipe. Muchos años antes, un soberano ya olvidado había aguardado allí unos pasos ligeros y el crujido de una falda de seda a lo largo de la escalera, de mármol. Sus magníficos muebles habían desaparecido, pero quedaban las paredes, la chimenea, el techo. Las paredes estaban tapizadas de un blanco brocado, bordado a mano, con delicadas guirnaldas de hojas azules y plateadas. Adornaba la cortina una blanca hilera de cupidos llevando coronas de flores y cuernos de abundancia. Encima de la chimenea, una Leda de mármol se inclinaba voluptuosamente bajo la caricia de unas blancas alas. Y del tenue azul del cielo pintado en el techo, entre pálidas y densas nubes, las blancas palomas que en otro tiempo habían contemplado largas noches de lujuriosas orgías, miraban ahora una cama de hierro y unas cuantas sillas rotas, una larga y basta mesa cubierta de libros de vistosa cubierta roja, cajas de embalaje amontonadas para suplir una cómoda, estampas de soldados rojos que cubrían los desgarrones del blanco brocado, y una chaqueta de cuero colgada de un clavo, en un rincón.
Kira dijo en tono breve:
– Vengo ahora para avisarte de que esta noche no podré venir.
– ¡Oh…! ¿De veras no puedes, Kira?
– No; no puedo. ¡No pongas esta cara trágica! Mira, te traigo algo para consolarte.
Y sacó de su bolsillo un juguete de vidrio, un tubo que terminaba en una esfera llena de un líquido encarnado en el que se movía una figurita negra y temblorosa. -¿Qué es eso?
Kira cogió el juguete por la parte esférica, pero la figurita no se movió.
– No sé hacerlo. Prueba tú; cógela así.
Cerró los dedos de Andrei en torno a la bola. Ningún gesto de su rostro, ningún movimiento se lo dijo, pero Kira se dio perfecta cuenta de que Andrei no era indiferente al contacto de sus dedos; que no había bastado todo un invierno para acostumbrarle y saciarle de él. De pronto, el líquido del tubo burbujeó furiosamente, y el muñeco negro subió de un salto por él.
– ¿Has visto? Le llaman "el embajador americano". Lo compré en una esquina. Es gracioso, ¿no?
– Muy gracioso… ¿ Y por qué no puedes venir esta noche, Kira?
– Se trata… de un asunto de que tengo que ocuparme. Nada importante. ¿Te sabe mal?
– No, si es cosa que te convenga. ¿Puedes quedarte ahora? Kira se quitó el abrigo y lo echó sobre la cama.
– Sólo un momento.
– ¡Oh, Kira!
– ¿Te gusta? ¡Tuya es la culpa! ¡Insististe tanto en que me hiciera un traje nuevo!
El vestido era encarnado, muy sencillo, con aplicaciones de charol negro, un cinturón, cuatro botones, un cuello redondo, un gran nudo de corbata. Kira estaba apoyada en la puerta, un poco inclinada hacia delante, súbitamente frágil y joven: un traje de niña sobre un cuerpo débil e inocente, unos desordenados cabellos echados hacia atrás, unos brazos desnudos y delgados en unas mangas cortas, una falda breve sobre unas piernas esbeltas, fuertemente apretadas una contra otra, unos ojos muy abiertos y candidos, pero una sonrisa irónica, segura de sí misma, en unos labios húmedos y entreabiertos. Andrei la contemplaba asombrado al ver a una mujer todavía más peligrosa, más excitante de lo que él había creído jamás.
Kira sacudió la cabeza con impaciencia. -¿Qué? ¿No te gusta?
– Kira… estás… este traje es… ¡tan hermoso! Nunca había visto otro igual.
– ¿Qué entiendes tú en trajes de mujer?
– Ayer estuve mirando una colección completa de figurines de París, en la Oficina de la Censura.
– ¿Tú estuviste mirando figurines?.
– Pensaba en ti. Quería saber qué era lo que gustaba a las mujeres.
– ¿Y qué aprendiste?
– Lo que quisiera poder darte. Sombreros elegantes, zapatos como sandalias, y joyas. ¡Brillantes…!
– Andrei, supongo que no dirás nada de eso a tus camaradas de la Censura, ¿verdad?
– No, no se lo dije.
– ¿Quieres dejar de mirarme de ese modo? ¿Qué te pasa? ¿No te atreves a acercarte?
Los dedos de Andrei tocaron el traje encarnado, siguiendo ligeramente uno de sus pliegues, luego sus labios se posaron de pronto en el hoyuelo del codo desnudo.
Andrei se sentó en el marco de la ventana, y Kira se quedó junto a él, entre sus brazos. Su cara estaba inmóvil y sólo sus ojos, dilatados, extáticos, sonreían en silencio y en silencio le decían todo cuanto sus labios no acertaban a expresar.
Luego Andrei habló, apoyando su cabeza en el regazo de Kira.
– ¿Sabes? Me alegro de que hayas venido ahora, en lugar de esta noche. Tenía que aguardar todavía tantas horas… nunca te vi así… he intentado leer y no lo he logrado… ¿Te pondrás este mismo traje cuando vuelvas? ¿Es idea tuya este adorno de charol? Me gusta. Te he echado terriblemente de menos, Kira, ¿sabes? Incluso mientras estoy trabajando…
Los ojos de Kira eran dulces, suplicantes, un poco asustados. -No tienes que pensar en mí mientras trabajas, Andrei.
El dijo lentamente, sin sonreír:
– Quizás es sólo el pensar en ti lo que me ayuda en mi trabajo.
– ¿Qué te pasa, Andrei?
– ¿Por qué no quieres que piense en ti? ¿Te acuerdas la última vez que viniste? Me diste un libro que estabas leyendo; el héroe se llamaba Andrei, y tú me dijiste que te había hecho pensar en mí. Me lo he estado repitiendo desde aquel momento, Kira, y he comprado el libro. Ya sé que no es mucho, Kira, pero… tú no acostumbras decir cosas de éstas.
Ella se echó hacia atrás, con las manos cruzadas en la nuca, irónica, provocativa.
– ¡Oh, pienso en ti tan raras veces, que ya había olvidado tu nombre! ¡Por eso sólo me acuerdo si lo leo en algún libro! ¡Mira! Incluso he llegado a olvidar tu cicatriz aquí, junto al ojo. Y sus dedos acariciaban levemente la línea de la herida que bajaba de la frente y temperaba su rudeza. Kira reía como si no hubiera comprendido la súplica de Andrei, a pesar de que se había dado perfecta cuenta de lo que éste deseaba.
– Kira, ¿te costaría mucho instalar el teléfono en tu casa?
– Es que… en casa… en el piso no hay electricidad. Es completamente imposible.
– Muchas veces he pensado que deberías tenerlo… podría llamarte… A menudo es tan doloroso estar aguardando… estar aguardándote…
– ¿No vengo a verte con tanta frecuencia como tú quisieras, Andrei?
– No se trata de eso. A veces, ¿sabes?, quisiera verte de pronto… aunque aquel mismo día hayas estado aquí. A veces no hace más que un minuto que te has marchado. Y me da pena tener la sensación de que ya no existes, de que no tengo manera de llamarte, de encontrarte, de que no tengo ni el derecho de acercarme a la casa en que habitas, como si te hubieras marchado de la ciudad.
Alguna vez, mirando al gentío que pasa por las calles, me asusta el pensar que te he perdido, quién sabe dónde, en medio de la muchedumbre, y que no hay medio de alcanzarte, que no puedo llamarte a gritos por encima de sus cabezas.
– No olvides que me prometiste no ir nunca a mi casa, Andrei -repuso Kira, implacable.
_ Pero, si se pudiese instalar el teléfono, ¿tampoco me permiti
rías telefonear?
_ No. Mis padres podrían adivinar, y… no, Andrei; debemos ser prudentes, muy prudentes, y ahora más que nunca.
– ¿Por qué ahora especialmente?
_ ¡Oh! ¡No más que de costumbre! Por otra parte, tampoco veo que sea tan dura esta condición, si de ella depende la tranquilidad de mi vida.
– ¡No querida!
– Vendré a menudo. Antes te cansarás tú de mí que yo de estar contigo.
– ¿Por qué dices eso, Kira?
– Porque no cabe duda de que un día u otro te cansarás de mí.
– Tú no crees eso, Kira. Ella se apresuró a decir:
– Naturalmente que no… ya sabes que te quiero. Pero no debes tener la sensación… de que estás atado a mí… la sensación de que tu vida…
– Kira, ¿por qué no me dejas que te diga que mi vida…?
– Por eso mismo: porque no quiero que digas nada.
E inclinándose hacia él, le dio un beso que le hizo daño. Al otro lado de la ventana, en el Centro, alguien tocaba lentamente La Internacional con una sola mano, en un sonoro piano de concierto.
Los labios de Andrei buscaron con avidez el pecho, las manos, los hombros de Kira. Logró desprenderse de ella, sin embargo, con un esfuerzo, y con un esfuerzo le dijo alegremente, con fingida desenvoltura, como para escapar a su hechizo:
– Tengo una cosa para ti, Kira. Era para esta noche, pero… Y tomando una cajita de un cajón del escritorio, se la dio. Ella protestó débilmente:
– No debieras hacerlo, Andrei. Después de todo lo que ya has hecho por mí…
– No he hecho nada por ti. Eres demasiado altruista. He pensado siempre en tu familia. Para lograr que te hicieras este traje, he tenido casi que reñir contigo…
– Y las medias, y el encendedor… ¡Oh, Andrei, te lo agradezco tanto…!
– No tengas miedo: puedes abrir este paquete. Era un frasquito aplastado, lleno de auténtico perfume francés. Ella contuvo su aliento. Intentó protestar, pero no tuvo fuerzas para ello, al ver la sonrisa de él, y también se rió, feliz.
– ¡Oh, Andrei!
La mano de éste se movía ligeramente en el aire, sin tocarla, siguiendo el contorno de su cuello, de su pecho, con cuidado, con la misma atención que si estuviera modelando una estatua.
– ¿Qué haces, Andrei?
– Procuro recordarte.
– ¿Cómo?
– Quiero recordar tu cuerpo. Tal como estás en este momento. A veces, cuando estoy solo, intento dibujarte así, en el aire, para hacerme la ilusión de que estás verdaderamente junto a mí. Quisiera llevarte conmigo, en el movimiento de mis manos, conmigo para siempre.
Ella se le acercó aún más. Sus ojos le miraban con mayor seguridad, su sonrisa era dulce, leve.
Le tendió el frasquito diciendo:
– Ábrelo. Quiero que seas tú quien me dé la primera gota.
Le atrajo hacia ella, sobre la cama, mientras él preguntaba:
– ¿Dónde quieres que te lo ponga?
Y las puntas de sus dedos, humedecidos por la maravillosa fragancia que venía de otro mundo, tocaban tímidamente sus cabellos.
Ella dijo, retadora:
– ¿Y luego?
Las puntas de sus dedos acariciaron levemente sus labios.
– ¿Y luego?
Su mano recorrió su cuello, deteniéndose un instante sobre el adorno de charol.
Kira fijó sus ojos en los de él y, desabrochándose el vestido, siguió preguntando:
– ¿Y luego?
El murmuraba, mientras la besaba en el pecho:
– ¡Kira, Kira! ¡Te deseaba tanto esta noche! Ella se echó hacia atrás, mirándole implacable, sin que asomase a su rostro el más leve signo de compasión: -Ya me tienes aquí.
– Pero…
– ¿Por qué no?
– Si tú no…
– Sí; por esto he venido.
Y como él intentara levantarse, sus brazos le retuvieron a su lado…
Junto a la puerta se detuvo de pronto, abrochándose el abrigo sobre el arrugado traje encarnado, y murmuró, en un tono de súplica y de misterio lleno de infinita ternura:
– No me echarás mucho de menos hasta la próxima vez, ¿no es verdad? ¿Te he hecho feliz, Andrei?
Subió corriendo la escalera de su casa, aquella casa que había sido la del almirante Kovalensky. Abrió la puerta con impaciencia, mientras miraba la hora en su reloj de pulsera. En la habitación que había sido salón, Marisha Lavrova estaba recitando de memoria, mientras, inclinada sobre su "Primus", iba removiendo con una mano una marmita de sopa y en la otra sostenía un libro:
– "Las relaciones entre las distintas clases sociales deben estudiarse desde el punto de vista de la distribución de los medios económicos de producción en todos los momentos de la historia…"
Kira se paró delante de ella:
– ¿Cómo va la teoría marxista, Marisha? -la interrumpió en alta voz mientras se quitaba el sombrero y sacudía sus cabellos
– . ¿Tienes un cigarrillo? Los he terminado ahora mismo, mientras venía a casa.
Marisha señaló con un gesto la cómoda:
– En el cajón -contestó-. ¿Quieres encender uno para mí? ¿Cómo te va la vida?
– Bien. Hace un tiempo espléndido. Un verdadero verano. ¿Tienes quehacer?
– ¡No poco! Mañana tengo que dar una conferencia en el Centro sobre el materialismo histórico. Kira encendió dos cigarrillos y puso uno en la boca de Marisha.
– Gracias -le dijo ésta, sin dejar de remover su sopa-. Materialismo histórico y fideos. Esto es para un invitado -y sonrió maliciosamente-. Creo que le conoces. Se llama Víctor Dunaev.
– ¡Que tengáis mucha suerte, tú y Víctor!
– Gracias. ¿Y tú? ¿Has tenido noticias de tu amigo?
– Sí; una carta y un telegrama -replicó Kira de mala gana.
– ¿Cómo está? ¿Cuándo regresa?
Por un momento, Marisha creyó ver que el rostro de Kira se endurecía, con una reverente expresión de calma; creyó volver a ver el rostro austero, enérgico, de la Kira de ocho meses antes. Kira contestó.
– Esta noche.
Encima de la mesa, frente a Kira, había un telegrama. No contenía más que cuatro palabras: "Llegaré 5 junio. Leo." Lo había estado leyendo una y otra vez, pero todavía faltaban dos horas para la llegada del tren, y tenía tiempo para releerlo todavía muchas otras veces. Lo desplegó sobre la descolorida seda gris del edredón y se arrodilló junto a la cama, alisando con cuidado todos los pliegues del papel. No había más que cuatro palabras, una para cada dos meses transcurridos; Kira se preguntó cuántos días había pagado por cada letra, pero no quiso saber cuántas horas, ni sobre todo, qué horas habían sido. Sólo se acordó de la frecuencia con que se había repetido a sí misma:
– No importa. Volverá salvado.
Todo le había parecido fácil y sencillo: basta reducir la vida a un solo deseo para que se hiciese serena, clara y soportable. Tal vez había aún quien pensase en la existencia de la gente; quien se acordase de que había caminos y sentimientos; ella ya lo había olvidado; no sabía sino que Leo regresaría sano. Esta idea había obrado en ella como una droga y como un desinfectante: la había purificado, destruyendo todas las impurezas y dejándola fresca, limpia y sonriente.
Su habitación, de pronto, se había quedado tan vacía que Kira se preguntaba maravillada cómo era posible que entre cuatro paredes pudiera caber un vacío tan inmenso. Habían pasado mañanas en que ella se había despertado únicamente para vivir absorta, durante todo un día húmedo, gris y triste como el cuadrado gris de la nieve que se recortaba en su ventana. Y el mero hecho de levantarse le había exigido un esfuerzo considerable. Otros días, cada uno de sus pasos por la estancia había representado una conquista de su voluntad, y cada objeto -el "Primus", la mesa, el aparador- era un enemigo que la atormentaba recordándole a gritos lo que había compartido con Leo y lo que había perdido. Pero Leo estaba en Crimea. Allí, cada minuto era un rayo de sol y cada rayo de sol una nueva gota de vida.
Habían pasado días en que Kira se había escapado de su cuarto para refugiarse entre el gentío, en medio del ruido, y luego había huido de la gente porque se sentía tan sola, tan desesperadamente abandonada que le parecía haber quedado súbitamente desnuda. Había huido a vagabundear por las calles, con las manos en los bolsillos y los hombros encorvados, mirando los trineos, los gorriones, la nieve que caía en lentos copos alrededor de las luces, tratando de evocar en medio de todo esto algo a lo que no sabía dar un nombre. Luego volvía a casa, encendía la bourgeoise y comía una cena medio cruda, sobre una mesa sin manteles, perdida en una habitación oscura y vacía, casi aterrada por el crujido de los muebles, el latido del reloj o el rumor sordo de los pasos sobre la nieve, al otro lado de la ventana.
Pero mientras, Leo bebía leche caliente y comía fruta fresca, sabrosa, llena de jugo. Habían pasado noches en que Kira escondía la cabeza bajo las sábanas, hundiendo su cara en la almohada, como si quisiera huir de su propio cuerpo, aquel cuerpo en el que ardían todavía las huellas de las manos de un extraño, de la carne de un extraño, en aquella cama que era la cama de Leo. Pero Leo, entretanto, estaba tendido en la playa y sus miembros eran de color de bronce.
Habían pasado momentos en que Kira había visto súbitamente, con el mismo asombro que si nunca se hubiera dado cuenta de ello, lo que estaba haciendo con su cuerpo; pero había cerrado los ojos y había olvidado la razón de que no se pudiera permitir este pensamiento: el hecho de que detrás de él había otro todavía más espantoso y amenazador: el de lo que estaba haciendo con una alma que no era la suya.
Pero Leo había aumentado cinco kilos y los médicos estaban satisfechos de su estado.
Habían pasado momentos en que había sentido súbitamente junto a ella el movimiento de unos labios sonrientes, el gesto rápido y perentorio de unas manos delgadas, tan claramente como si por un segundo las hubiera iluminado el resplandor de un relámpago. Y todo, en ella, había gritado de tal modo que le había parecido que no era ella sola la única que oía los gritos y había sentido, con un dolor que la cegaba, lo horrible que es el que un solo pensamiento se apodere de todo el cuerpo.
Pero Leo le escribía. Le escribía todas las semanas, tal como le había prometido. Kira leía sus cartas esforzándose en recordar las inflexiones de su voz y la manera como él habría pronunciado cada palabra. Esparcía a su alrededor las cartas de Leo, y le parecía sentir en la habitación una presencia viva.
Leo regresaba curado, fuerte, sano. Kira había vivido ocho meses para un telegrama. Nunca había querido ver más lejos. Más allá del telegrama no había porvenir.
El tren de Crimea llevaba retraso. Kira estaba en el andén, inmóvil, con los ojos fijos en los rieles vacíos, dos largas cintas de acero que luego parecían volverse de cobre, allá a lo lejos, bajo la clara luz estival, fuera de los arcos de la estación. No se atrevía a mirar al reloj, para no descubrir lo que ya temía, esto es, que el tren llevaba un retraso desesperado, infinito. El andén temblaba bajo las pesadas ruedas de un carretón de equipajes. En un punto, bajo la bóveda de hierro, una voz gritaba tristemente a intervalos regulares unas mismas palabras que se confundían en una sola como el grito de un ave nocturna: "Ponió encima, Grishka". Junto a ella oía arrastrarse unas pesadas botas. Cerca de la vía, una mujer estaba sentada sobre un fardo, con la cabeza inclinada sobre sus manos cruzadas. Encima de sus cabezas, los vidrios de la claraboya se volvían de un desolado color anaranjado. Y aquella voz repetía tristemente: "Ponlo encima, Grishka."
Cuando Kira interpeló al jefe de estación, éste le contestó bruscamente que el tren llevaba un gran retraso: un retraso inevitable, a consecuencia de un error en un cruce. Probablemente no llegaría hasta la mañana siguiente.
Kira se quedó todavía en el andén unos momentos, sin objeto, únicamente porque le dolía abandonar aquel lugar en que había casi sentido la presencia de Leo. Por fin dio la vuelta, salió lentamente, y bajó la escalera; los brazos le caían inertes a lo largo del cuerpo, y a cada peldaño su pie permanecía un momento indeciso, para caer luego pesadamente, como si cada peldaño señalase el fin de algo y ella no estuviese segura de tener que bajar el siguiente.
A lo lejos, al final de la calle, el cielo parecía una estrecha cinta de un vivo y puro color amarillo, mientras la calle misma parecía ancha y oscura, en el cálido crepúsculo estival. Kira echó a andar lentamente.
Pasó de largo por una esquina que le era familiar, y luego cambió de dirección para dirigirse hacia casa de los Dunaev. Tenía una noche entera ante sí, y necesitaba encontrar algún modo de pasarla.
Irina salió a abrirle. Sus cabellos estaban por peinar, pero llevaba un vestido nuevo de batista, a listas blancas y negras, y su cara fatigada estaba empolvada cuidadosamente.
– ¡Kira! ¡Quién iba a imaginarlo! ¡Qué sorpresa! Entra, quítate el abrigo. Tengo algo… alguien a quien quiero que conozcas. ¿Te gusta mi traje nuevo?
Kira se echó a reír; también ella llevaba un traje de batista a listas blancas y negras.
Irina balbució: -¡Oh! ¡Maldita sea!
– Gracias, Irina. -¿Cuándo te lo hiciste?
– Hace cosa de una semana.
– Ya ves tú: yo creí que si elegía un traje de listas sencillas no era tan probable que encontrase otros a mi alrededor, ¡y ahí tienes! El mes pasado papá me regaló tres metros de tela para un vestido: era precioso, blanco y gris. Pues el primer día que me lo puse, en sólo un cuarto de hora, encontré a tres señoras que llevaban el mismo… ¡Es inútil! Si no se logra tener un trozo de tela estampada extranjera, como Vava Milovskaia… ¡aquélla sí que es bonita! Y por lo menos no se encontrará con nadie que lleve otra igual, aparte de que a tres kilómetros se adivina que es un género extranjero… En fin; pasa.
Las ventanas del comedor estaban abiertas, y la habitación era fresca, amplia, animada por los ruidos callejeros. Vasili Ivanovitch se levantó en seguida. Víctor se levantó con un gracioso movimiento y se inclinó con gesto precioso, elegante: y un joven alto y rubio se quedó de pie, muy rígido, mientras Irina le presentaba.
– ¡Dos pensionistas gemelos del reformatorio soviético! Kira, ¿me permites que te presente a Sasha Chernov? Sasha, mi prima Kira Argounova.
La mano de Sasha era grande y firme y su apretón tan fuerte que casi hizo daño a Kira. Sonrió tímidamente, con aire simpático, algo pueril.
– Esta, Sasha, es una rara suerte -dijo Irina-; Kira es la reclusa de Petrogrado.
– De Leningrado -corrigió Víctor.
– La reclusa de Petrogrado -repitió Irina-.
¿Qué tal estás, Kira? Siento tener que reconocer que tu visita me alegra mucho.
– También yo celebro conocerla -murmuró Sasha-. He oído hablar mucho de usted.
– Hablamos de ti muy a menudo, Kira -dijo Vasili Ivanovitch tiernamente, casi con orgullo.
– No cabe duda -dijo Víctor- de que Kira es la mujer de quien más se habla en la ciudad, incluso en los círculos del Partido.
Kira le miró bruscamente, pero él sonreía, cortés.
– Las mujeres fatales fueron siempre el tema de los murmullos de admiración. Como madame de Pompadour. Su encanto desvirtúa la teoría marxista: realmente ignora las diferencias de clase.
– Cállate -dijo Irina-, no sé de qué estás hablando, pero estoy segura de que no dices nada bueno.
– Nada de eso -dijo Kira, mirando fijamente a su primo-. Víctor exagera, pero me hace un cumplido.
Confuso, tímido, Sasha ofreció una silla a Kira con un gesto de la mano y una sonrisa.
– Sasha estudia historia -dijo Irina- o, mejor dicho, la estudiaba. Le expulsaron de la Universidad por haber intentado pensar en el país del libre pensamiento.
– Quisiera que te dieras cuenta, Irina -interrumpió Víctor-, de que no tolero semejantes discursos en mi presencia. Quiero que se respete al Partido; y, con el Partido, a mí, que lo represento.
– No recites más la lección, Víctor; el Partido no puede oírte -dijo Irina.
Kira observó la silenciosa y larga mirada de Sasha a Víctor: los ojos de color de acero de Sasha no eran por cierto ni tímidos ni afectuosos.
– Lamento de veras que le expulsaran de la Universidad -dijo Kira, que sintió de pronto una gran simpatía por aquel joven tímido y confuso.
– No me importa -dijo Sasha con serena convicción-. En realidad no es una cosa de absoluta necesidad. Hay circunstancias exteriores que un poder autocrático no logrará vencer ni sojuzgar jamás.
– Como puedes ir viendo, Kira -dijo fríamente Víctor-, entre tú y Sasha hay muchos puntos de contacto. Uno y otro tenéis una lamentable tendencia a olvidar los más elementales principios de cautela.
– ¿Víctor, quieres…? -empezó a decir Vasili Ivanovitch.
– Papá, puesto que doy de comer a esta familia, considero que tengo el derecho a que se respeten mis ideas…
– ¿A quién dices que das de comer? -chilló una voz aguda desde el cuarto de al lado. Asha apareció en el umbral, con las medias caídas, las hojas de una revista rasgada en una mano y unas tijeras en la otra-.
Ya quisiera yo que alguien nos diera de comer. Todavía tengo hambre. Irina no quiere darme otro plato de sopa.
– Papá, habrá que ocuparse de esta chiquilla -dijo Víctor-. Está creciendo como una golfilla. Si frecuentase una organización infantil como los " pioneros "…
– No empecemos a discutir de nuevo, Víctor -le interrumpió Vasili Ivanovitch con voz serena, pero enérgica.
– ¿Quién va a ser un asqueroso pionero? -preguntó Asha.
– Vete a tu cuarto, Asha, o te meteré en la cama -ordenó Irina.
– ¿Tú, y quién más? -observó Asha, y desapareció dando un portazo.
– Verdaderamente -observó Víctor-, si yo soy capaz de estudiar y al mismo tiempo trabajar para mantener a la familia, no comprendo por qué Irina no ha de poder ocuparse eficazmente de esta arrapieza.
Nadie contestó. Vasili Ivanovitch se inclinó sobre un pedazo de madera, que iba tallando cuidadosamente. Irina, con la punta de un cuchillo, trazaba dibujos sobre el viejo mantel. Víctor se levantó.
– Lamento tener que abandonar una visita tan grata y tan rara, Kira, pero debo marcharme. Estoy invitado a comer.
– Sí -añadió Irina-. Pero procura que la señora de la casa no se lleve las servilletas del cuarto de Kira.
Víctor salió.
Kira contempló las herramientas que manejaba con sus rugosas manos Vasili Ivanovitch.
– ¿Qué haces, tío Vasili?
– Un marco -Vasili Ivanovitch levantó la cabeza mostrando orgullosamente su trabajo-. Para uno de los dibujos de Irina. Son tan hermosos que es una lástima dejarlos que se pierdan, abandonados en un cajón.
– Ese es muy bonito, tío Vasili. No sabía que tuviesese tanta habilidad.
– Oh, en otro tiempo lo hacía bastante bien. Pero hace años que no me ocupaba de ello. Era bastante mañoso en… los viejos tiempos, cuando estaba en Siberia, de joven.
– ¿Y cómo te va el empleo, tío Vasili?
– Lo perdió -replicó Irina-.
¿Cuánto tiempo crees tú que puede durar un empleo en un comercio particular?
– ¿Qué sucedió?
– ¿No lo sabías? Cerraron el establecimiento por retraso en el pago de los impuestos. Y el dueño está aún peor que nosotros…
¿Quieres un poco de té, Kira? En un momento te lo hago. Cumplo bastante bien con mis deberes de ama de casa. Los vecinos nos robaron el "Primus", pero Sasha me ayudará a encender el " samovar" en la cocina. Vamos, Sasha -dijo imperiosamente. Sasha se levantó con docilidad.
– No sé por qué le pido que me ayude -dijo Irina sonriendo a su prima-; es el ser más inútil y más hábil que existe- pero sus ojos brillaban de felicidad. Tomó al joven del brazo y se lo llevó a la cocina.
Oscurecía, y la ventana abierta era de un azul vivo. Vasili Ivanovitch no encendió la luz, sino que se inclinó más sobre su trabajo. -Sasha es un excelente muchacho -dijo de pronto-, pero me preocupa. -¿Por qué?
Vasili Ivanovitch murmuró:
– Política. Sociedades secretas. ¡Pobre loco predestinado!
– ¿Víctor sospecha algo?
– Lo temo.
Irina encendió la luz cuando volvió con una bandeja llena de tazas, seguida de Sasha que llevaba un humeante "samovar".
– Ahí estamos -dijo Irina.
Con la cadera empujó una mesita, extendió sobre ella un mantel, que alisó con una mano y con el codo, mientras con la otra sostenía en vilo la bandeja; luego, rápidamente, dejó resbalar las tazas y los platos sobre la mesa y puso los cubiertos, que tintinearon alegremente.
– Y ahí está el té. Y algunos pasteles. Yo misma los hice. Ya me dirás si te gustan, Kira; han sido preparados por una artista.
– ¿Cómo te va el arte, Irina?
– ¿Mi trabajo, quieres decir? Sigo con él. Pero temo que no tengo grandes disposiciones para esos carteles. Me han reprendido dos veces en el Diario Mural. Me dicen que mis campesinas parecen bailarinas y que mis obreros parecen señoritos. Inconvenientes de mi ideología burguesa, ¿comprendes? Y bien, ¿qué quieren? No es mi especialidad. A veces me echaría a llorar: no tengo manera de encontrar ideas para esos malditos carteles.
– Y ahora viene el concurso -dijo tristemente Vasili Ivanovitch, ofreciendo una taza de té a Kira.
– ¿Qué concurso?
Irina vertió distraídamente un poco de té sobre la mesa. -Un concurso interior. A ver quién hace los carteles más hermosos y más rojos. Hay que trabajar dos horas más al día, gratis, por la gloria del Centro.
– Bajo el régimen soviético -dijo Sasha con ironía- no se explota a nadie.
– Estaba pensando -dijo Irina volcando una taza y cogiéndola al vuelo- que había encontrado una buena idea para ganar el concurso. Un obrero y una campesina subidos a un tractor. ¡Malditos sean! Pero he oído decir que el Sindicato de Impresores está haciendo uno simbólico, la unión de un tractor y un aeroplano, que es una especie de espiritualización de la electricidad y de las construcciones del Estado proletario.
– ¡Y qué sueldos! -exclamó Vasili Ivanovitch-. Ha gastado todo el del mes en unos zapatos para Asha.
– Sí -dijo Irina-, pero no podía dejarla ir descalza.
– Trabaja usted demasiado, Irina -dijo Sasha-, y se toma su trabajo demasiado en serio. ¿Para qué estropearse los nervios? Todo esto es transitorio.
– ¡Claro! -dijo Vasili Ivanovitch.
– También lo creo -dijo Kira.
– Sasha es mi ancla de salvación -sonrió, trémula y sarcástica a la vez, la cansada boca de Irina, como si no quisiera dejar ver la involuntaria ternura que acusaba su voz-. La semana pasada me invitó al teatro. Y la otra semana fuimos al Museo Alejandro III y estuvimos un tiempo infinito mirando cuadros.
– Leo regresa mañana -dijo Kira de pronto, como si no pudiese guardar la noticia por más tiempo.
– ¡Oh! ¡Cuánto me alegro! -dijo Irina dejando caer la cucharilla-. ¿Por qué no lo habías dicho? ¿Está restablecido ya?
– Sí; tenía que llegar esta noche; pero el tren llevaba retraso.
– ¿Cómo sigue la tía de Berlín? -preguntó Vasili Ivanovitch-. ¿Continúa ayudándole? Este sí que es un ejemplar cariño familiar. Aunque nunca le haya visto, siento por esa señora una gran admiración. El que, estando lejos y a salvo, sabe hacerse cargo de lo que estamos sufriendo nosotros en esta tumba soviética, tiene que ser forzosamente una persona maravillosa. Esta mujer ha salvado la vida a Leo.
– Tío Vasili -dijo Kira-, cuando veas a Leo, ¿te acordarás de no hablarle de ello? Me refiero al auxilio de su tía de Berlín; ya os dije cuánto le humillaba tener que aceptarlo.
– Claro, niña, lo comprendo muy bien. No te preocupes. Es así; un ser humano socorre a otro ser humano. Pero creo que ahora nos costaría entender lo que en otro tiempo se llamaba "ética". Pero somos bestias que estamos luchando bestialmente. Pero nos salvaremos antes de perdernos completamente.
– No tendremos que aguardar mucho tiempo -dijo Sasha.
Kira observó la mirada furtiva, asustada, implorante de Irina.
Era ya tarde cuando Sasha y Kira se levantaron para marcharse. Sasha vivía lejos, al otro extremo de la ciudad, pero se brindó a acompañar a Kira, porque las calles estaban oscuras. Llevaba un gabán viejo, y caminaba de prisa, inclinado hacia adelante, al lado de Kira, a la luz de un crepúsculo dulce y transparente, por la ciudad impregnada de las fragancias de la tierra cálida bajo el asfalto y los adoquines.
– Irina no es feliz -dijo de pronto.
– No -dijo Kira-. No lo es. Nadie lo es.
– Vivimos en tiempos duros, pero las cosas cambiarán. En realidad ya están cambiado. Todavía quedan hombres para quienes la libertad es algo más que la palabra de los carteles.
– ¿Cree usted que hay posibilidades de éxito, Sasha?
La voz del joven era baja, henchida de apasionada convicción, de una fuerza quieta que obligó a Kira a reconocer que se había equivocado al creerlo tímido.
– ¿Cree usted que el obrero ruso es un animal que lame el yugo mientras le destruyen los sesos a garrotazos? ¿Cree usted que se deja engañar por el ruido que hace un grupo de tiranos? ¿Sabe usted lo que lee? ¿Tiene usted idea de los libros que circulan clandestinamente de mano en mano? ¿Sabe usted que el pueblo está despertando, y que…?
– Sasha, está usted jugando a un juego muy peligroso. El no contestó. Contempló los viejos tejados de la ciudad, que se destacaban sobre un cielo lechoso y azulado.
– El pueblo ha querido ya muchas víctimas… como usted -prosiguió Kira.
– Rusia tiene una larga historia revolucionaria -dijo el joven- y ellos lo saben. Incluso lo enseñan en las escuelas, pero ahora creen que se terminó ya. Y no es cierto. No hace más que empezar. Y nunca han faltado hombres que despreciasen el peligro. En tiempo de los zares y siempre.
Kira se detuvo, le miró en la oscuridad, y desesperadamente, olvidando que no hacía más que unas horas que le había conocido, murmuró:
– ¡Oh, Sasha! ¿acaso todo ello vale la pena del peligro a que se expone?
– El la dominaba con su alta estatura, y sonreía levemente, por encima del cuello de su gabán, y de su viejo sombrero se escapaban rubios mechones de pelo.
– No tiene que preocuparse, Kira. Ni Irina tampoco. No hay peligro. No me cogerán. No creo que me cojan en mucho tiempo.
Por la mañana Kira tenía que ir a su trabajo.
Había insistido en trabajar, y Andrei le había buscado un empleo. Había tenido que sufrir un examen, y la habían nombrado guía en el Museo de la Revolución. Su trabajo consistía en aguardar las llamadas del "Centro de Excursiones y Visitas". Cuando la llamaban corría al Museo y guiaba a un grupo de personas atónitas a través de las salas de lo que en otro tiempo fuera el Palacio de Invierno. Le daban unos cuantos rublos por visita, pero este trabajo le confería la consideración de funcionaría soviética a los ojos del Upravdom de su casa, y esto le evitaba el tener que pagar un alquiler exorbitante y el pasar por una burguesa. Durante la mañana había telefoneado a la estación Nikolaevsky; no se esperaba el tren de Crimea hasta muy entrada la tarde. Luego la llamaron del Centro de Excursiones, y tuvo que ir. En las salas del Palacio de Invierno había descoloridas fotografías de los jefes de la Revolución, proclamas amarillas, mapas, diagramas, maquetas de cárceles zaristas, fusiles herrumbrosos, trozos de cadena de deportados… Treinta obreros aguardaban en el vestíbulo del Palacio a la "camarada guía". Estaban de vacaciones, pero su Centro educativo había combinado la visita y ellos no podían dejar de atender a las indicaciones que se les hacían. Respetuosamente se quitaron la gorra y siguieron a Kira, arrastrando tímidamente los pies, escuchándola atentamente y rascándose la nuca, con la boca abierta.
– … y esta fotografía, camaradas, fue tomada poco antes de la ejecución. Le ahorcaron por haber asesinado a un tirano, uno de los pajes del zar. Este fue el fin de otra víctima en el áspero camino de la Revolución obrera y campesina… y este diagrama, camaradas, nos da una clara visión de los movimientos de huelga en la Rusia de los zares. Fijaos en que la curva roja decrece rápidamente a partir del año 1925.
Kira recitaba la lección mecánicamente, con monotonía. Ya ni se daba cuenta de lo que decía. Para ella, sus palabras no eran más que una sucesión de sonidos aprendidos de memoria, cada uno de los cuales parecía arrastrar al siguiente, automáticamente, sin que la voluntad tuviera que intervenir para nada. Kira no sabía lo que decía; sabía sólo que su mano se levantaría en el momento oportuno señalando el grabado adecuado; sabía perfectamente a qué momento de su discurso la mancha gris e impersonal de sus oyentes se echaría a reír, y cuándo se estremecería con un murmullo de sorda indignación; sabía que ellos estaban deseando que terminase cuanto antes, mientras que el Centro de Excursiones y Visitas, por el contrario, quería que la conferencia fuera lo más detallada y lo más larga posible.
– … y ésta, camaradas, es la auténtica carroza en que iba Alejandro III el día que le asesinaron. La parte posterior fue destruida por la bomba arrojada por…
Pero Kira estaba pensando en el tren de Crimea: tal vez habría llegado; tal vez aquella habitación que ella había odiado se había convertido ya en un santuario.
– Camarada guía, ¿podría usted decirme si Alejandro III estaba pagado por el imperialismo internacional…?
Cuando regresó a casa, la habitación estaba vacía. -No -dijo Marisha-, no ha llegado.
– No -contestó al teléfono una voz ronca-, el tren no llegó todavía-. ¿Es otra vez usted, ciudadana? ¿Qué le pasa? Los trenes no circulan para su comodidad personal. No le esperamos hasta esta noche.
Kira se quitó el abrigo, levantó la mano, y miró la hora en su reloj de pulsera. La mano se detuvo en el aire; Kira se acordó de quién se lo había regalado. Se quitó la pulsera y la guardó en un cajón. Se acurrucó en un gran sillón junto a la ventana e intentó leer el periódico. Pero no tardó en dejarlo caer al suelo, y permaneció quieta, con la cabeza inclinada sobre el hombro y los cabellos caídos sobre el brazo.
Una hora más tarde oyó pasos al otro lado de la puerta y ésta se abrió sin que nadie llamase. Lo primero que vio fue una maleta polvorienta, y luego la sonrisa, los labios plegados hacia abajo, abiertos sobre una dentadura blanquísima, en una cara bronceada por el sol. Kira se quedó inmóvil, cubriéndose la boca con el dorso de la mano.
– ¡Hola, Kira! -dijo Leo.
Ella no le besó; sus manos cayeron sobre los hombros del joven y fueron deslizándose a lo largo de sus brazos, mientras en las puntas de los dedos se concentraba toda la fuerza de su cuerpo; de pronto se inclinó y su rostro resbaló a lo largo del pecho de Leo, rozando su vestido; y cuando él intentó levantarle la cabeza, su boca se hundió desesperadamente en la mano de él; sus hombros se agitaron y prorrumpió en histéricos sollozos.
– ¡Kira, loquilla!
El reía por lo bajo, y sus dedos acariciaban sus cabellos, con un ligero temblor. La levantó entre sus brazos y la llevó al sillón, se sentó y la acomodó sobre sus rodillas, obligándole a besarle. -¡Esta es aquella Kira tan valiente que no llora nunca! ¡Pero si tendrías que estar contenta de verme, Kira…, déjalo, Kira… tontuela mía… querida… querida mía…!
Kira intentó levantarse:
– Quítate el abrigo, Leo, y…
– Estáte quieta.
El la estrechaba contra sí y ella se echaba hacia atrás, sintiéndose de pronto sin fuerzas para levantar los brazos ni moverse; como si no tuviera voluntad ni músculos, débil y abandonada bajo las manos de él. Y aquella Kira que despreciaba la femineidad sonrió tiernamente, radiante, confiada, con la sonrisa de una mujer, con la sonrisa de un niño atónito y maravillado, con los ojos empañados por las lágrimas.
Leo la miraba bajando los párpados, y su mirada era insultante, dejando al descubierto la comprensión de su poder; una mirada más voluptuosa que la caricia de un amante. Luego se volvió y preguntó: -¿Te costó mucho pasar este invierno?
– Un poco. Pero vale más no hablar. Ya pasó. ¿Ya no toses, Leo?
– No.
– ¿Y te encuentras bien? ¿Con ánimos de vivir?
– Me encuentro bien; sí. En cuanto a los ánimos de vivir… Se encogió de hombros; su cara era bronceada, sus brazos fuertes, sus mejillas ya no estaban hundidas; pero Kira observó en sus ojos algo que no se había curado, algo que tal vez estaba más allá de todos los tratamientos.
– Leo, ¿no pasó ya lo peor? ¿No vamos a empezar de nuevo…?
– ¿A empezar con qué? No te traigo nada; sólo un cuerpo sano.
– ¿Qué más puedo desear?
– Nada más que un gigoló.
– ¡Leo!
– ¿Qué? ¿Acaso no lo soy?
– ¿Ya no me quieres, Leo?
– Sí te quiero, te quiero demasiado. Quisiera no amarte. ¡Entonces sería tan fácil! Pero amar a una mujer y verla arrastrarse en este infierno que llamaban vida sin poder ayudarla, sino, por el contrario, hacerse ayudar por ella, cuando ya le es tan difícil procurar por sí misma… ¿te parece que he de bendecir esta salud que me has devuelto? La odio porque me la has devuelto tú, y porque te amo…
Ella dijo, dulcemente. -¿Preferirías odiarme también a mí?
– Sí; lo preferiría. Tú representas lo que perdí hace tanto tiempo. Pero te quiero tanto que me esfuerzo en seguir siendo lo que tú quieres que sea, aunque ya haya dejado de serlo. He aquí todo cuanto puedo ofrecerte, Kira.
Ella le miró con calma; sus ojos estaban secos, su sonrisa no era ya la de un niño; era una sonrisa más intensa que la de una mujer. Luego dijo:
– No hay más que una cosa que no debemos olvidar; es lo único que importa. Lo demás es sólo un detalle. No me interesa saber qué es la vida, ni qué hará la vida con nosotros. Pero no nos arrollará. Ni a ti ni a mí. Esta es nuestra alma, la única bandera que podemos levantar contra todos cuantos nos rodean. He aquí todo cuanto debemos saber del porvenir.
El le dijo con mayor ternura, con mayor energía que nunca:
– Kira, quisiera que no fueras como eres.
Ella escondió la cabeza en los hombros de él y murmuró: -No hablemos más de ello. Ya no tenemos nada que decir, ¿verdad? Tengo que levantarme y empolvarme la nariz, y tú debes mudarte y tomar un baño. Te prepararé algo que comer… pero antes déjame estar contigo, sólo unos segundos… déjame estar aquí, quieta… no te muevas, Leo…
Y su cabeza fue resbalando poco a poco sobre el pecho, las rodillas y hasta los pies de Leo.
Una tarde, tres días después de la llegada de Leo, sonó la campanilla.
Kira abrió a medias la puerta, sin quitar la cadena. En el rellano había una señora gruesa con un abrigo elegante y suntuoso. Su cara, que parecía esconderse detrás de una barbilla prominente, se levantaba en un estudiado movimiento de graciosa interrogación, dejando al descubierto un grueso cuello blanco; sus labios gruesos y mal pintados, se abrían a medias sobre unos dientes blancos y fuertes. Su mano se posaba en un amplio chal de seda verde. Arrastrando las palabras con voz estudiada y pronunciando cada sílaba con precisión, preguntó:
– ¿Está Leo Kovalensky?
Kira contempló con incredulidad las sortijas de brillantes que resplandecían en aquellos dedos cortos y blandos y contestó: -Sí… desde luego…
Pero no quitó la cadena, y siguió mirando fijamente a aquella mujer.
Con una amanerada sonrisa, pero no sin que su acento denotara cierto aplomo, ésta añadió:
– Deseaba verle.
Kira la hizo pasar. La recién llegada la miró con curiosidad, entornando los ojos con aire interrogativo. Cuando entraron en la habitación Leo se puso en pie, sorprendido y frunciendo el entrecejo. La visitante le tendió las dos manos en un saludo teatral:
– ¡Leo, qué contenta estoy de volver a verle! No he olvidado mi amenaza de venir a encontrarle. Me propongo llegar a cansarle a usted de veras.
Leo no sonrió en respuesta a su leve risa de espera. Se limitó a inclinarse con gracia y dijo:
– Kira, te presento a Antonia Pavlovna Platoshkina. Kira Alexondrovna Argounova.
– ¿Argounova? ¡Oh…! -dijo Antonina Pavlovna. Tendió el brazo en línea recta con los dedos pendientes como si diese su mano a besar a un hombre.
– Antonina Pavlovna y yo éramos vecinos en el sanatorio -explicó Leo.
– Y por cierto, él era un vecino muy poco amable. Estoy muy quejosa de él -dijo Antonina con una ronca sonrisa-. No quiso aguardarme. ¡Y yo tenía tantos deseos de volver con él! Es más, Leo: ni siquiera me dio usted el número de su casa. De modo que perdí un buen rato en obtener del Upravdom sus señas exactas. Los Upravdom son una de las calamidades inevitables de esta época, y todo lo que nosotros, la gente de las clases altas, podemos hacer es soportarlos con una sonrisa de condescendencia.
Se quitó el abrigo. Llevaba un vestido sencillo, de seda nueva, de excelente calidad, a la última moda, y ostentaba unos pendientes extranjeros de celuloide verde. Peinaba sus cabellos severamente hacia atrás, por la parte de la frente, y a los lados llevaba dos trenzas relucientes, pegadas a las mejillas, cubiertas de finos polvos blanquísimos. Sus cabellos eran de un inverosímil color anaranjado, del mismo color que el magnífico collar de ámbar que batía su pecho como un péndulo cada vez que ella se movía. El traje era muy elegante y bajaba bruscamente desde unas caderas muy anchas hasta unas gruesas piernas de delgados tobillos y unos pies tan pequeños que parecían haber de quedar aplastados por aquel peso desproporcionado. Se sentó, y su pecho se dilató en un ancho pliegue sobre su regazo.
– ¿Cuándo ha vuelto usted, Tonia? -preguntó Leo.
– Ayer. ¡Y qué viajecito! -suspiró-. ¡Esos trenes soviéticos! Verdaderamente creo que he perdido todo lo que gané en el sanatorio. Estuve haciendo cura de reposo para mis nervios -explicó apuntando la barbilla contra Kira-, porque, ¿qué persona razonable no tiene los nervios agotados, en estos tiempos que corremos? ¡Pero Crimea me ha salvado la vida!
– Era hermoso -asintió Leo.
– Sí; pero lo cierto es que el lugar perdió todo su encanto desde que se marchó usted, Leo. ¿Sabe usted? Era el enfermo más simpático de todo el sanatorio, y todo el mundo le admiraba. ¡Oh, sólo platónicamente, querida, si esto la preocupa! -añadió sonriendo a Kira.
– ¡Oh, claro! -dijo ésta.
– Leo ha sido muy amable y me ha ayudado a estudiar el francés que estaba perfeccionando. Naturalmente, lo aprendí de pequeña, pero, por desgracia, los medios de mi familia no me permitieron alcanzar la perfección que deseaba… ¡y es un alivio tan grande encontrar a una persona como Leo, en estos tiempos! ¡Tiene usted que perdonarme, Leo! Tal vez soy una visitante inoportuna, lo reconozco, pero será excesivo pretender que una mujer renuncie a una amistad tan atractiva en una ciudad donde son tan escasas las personas de valía.
– De ningún modo, Tonia; estoy encantado de que se haya usted tomado la molestia de buscarme.
– ¡Ah, la gente de aquí! Conozco a mucha. Una les encuentra, habla con ellos, les estrecha la mano. Pero ¿qué significa todo ello? Nada. Nada más que un gesto inútil. ¿Quién hay entre todas estas personas que conozca el valor profundo del espíritu, aquella misteriosa llama interior que es el verdadero sentido de nuestra vida?
La ligera sonrisa de Leo no era precisamente de comprensión, pero le contestó amablemente:
– Si estos tiempos lo permitieran, podría intentarse olvidar estas preocupaciones en alguna actividad interesante. -¡Qué verdad tan profunda! Naturalmente, la mujer intelectual moderna es orgánicamente incapaz de permanecer inactiva. Tengo un programa tremendo para este invierno. Me propongo estudiar el antiguo Egipto.
– ¿Cómo? -preguntó Kira. -El antiguo Egipto -repitió Antonina Pavlovna-, quiero captar su espíritu en toda su integridad. Un lazo misterioso con el presente que nosotros los modernos no apreciamos enteramente. Estoy segura de que en precedentes encarnaciones… ¿no le interesa la filosofía, Leo?
– Francamente, no; no me ha interesado jamás. -Aprecio su punto de vista, naturalmente. Pero yo la he estudiado a fondo y he dedicado a ella muchos de mis pensamientos. Hay en ella una verdad trascendental, una explicación de muchos de los fenómenos complicados de nuestra existencia. Naturalmente, yo tengo uno de esos caracteres propensos al misticismo. Pero no deben ustedes juzgarme anticuada por ello, ni tienen que asombrarse de que estudie también Economía Política.
– ¿Usted, Tonia? ¿Y para qué?
– Hay que ponerse al unísono con los tiempos, ¿comprenden? Para criticar hay que comprender. Y a mí me parece enormemente interesante. Hay cierto romanticismo especial en el trabajo, el comercio, las máquinas. A propósito, ¿ha leído usted el último libro de poesías de Valentina Sirkina?
– No; no lo he leído.
– Verdaderamente delicioso. ¡Una profundidad de emoción! Y, sin embargo, ¡tan completamente moderno… tan esencialmente moderno! Hay unos versos sobre… ¿cómo dice? Sobre "mi corazón que es como el amianto y permanece frío en la ardiente hoguera de mis emocioTies", o algo parecido… Es realmente soberbio.
– He de reconocer que no he seguido a los nuevos poetas. -Se lo traeré, Leo. Sé que lo comprenderá usted y que le gustará. Y estoy segura de que también Kira Argounova lo encontrará muy hermoso.
– Gracias -dijo Kira-, pero nunca leo poesías.
– ¿De veras? ¡Qué raro! Pero sin duda le gustará la música.
– Los fox-trots -dijo Kira.
– ¿De veras? -y Antonina Pavlovna sonrió con condescendencia.
Cuando sonreía, su barbilla avanzaba todavía más, en la misma medida en que retrocedía su frente; se le entornaban los ojos como si fuera miope y los labios se abrían lentamente, como independientemente de su voluntad.
– A propósito de música -dijo volviéndose de nuevo hacia Leo, -hay otro punto interesante en mi programa invernal. He logrado que Koko me prometiera un palco para todos los conciertos de la Filarmónica del Estado. ¡Pobre Koko! En el fondo es realmente un artista, pero temo que su desgraciada educación primaria no le puso en condiciones de apreciar la música sinfónica. Probablemente estaré sola en mi palco. A menos que quisiera usted compartirlo conmigo, Leo… y usted también, naturalmente, Kira Alexandrovna.
Sonrió a Kira y se volvió de nuevo a mirar a Leo.
– Gracias, Tonia -dijo éste sonriendo-, pero temo que no tendremos mucho tiempo disponible este invierno.
– Leo, querido -y abrió los brazos en un amplio gesto de simpatía-, ¿cree usted que no me hago cargo? Su posición financiera es… ¡ah!, estos tiempos no son para hombres como usted. Pero aun así, no hay que desanimarse. Con mis relaciones… Koko no puede negarme nada. Sintió mucho verme partir a Crimea, ¡y me echó tanto de menos! No pueden creer lo contento que se puso al volver a verme. No me querría más si fuera mi marido: seguro que ni siquiera me querría tanto. El matrimonio es un prejuicio pasado de moda… ya lo sabe usted… -y sonrió a Kira.
– Estoy seguro de que Crimea ha contribuido mucho a su salud -se apresuró a decir fríamente Leo.
– ¡Ah! No hay nada en Rusia comparable a aquello. ¡Cielo de terciopelo, estrellas de brillantes, el mar, aquel divino claro de luna…! ¿Sabe usted? Siempre me extrañó que pudiera usted permanecer tan indiferente a aquel mágico encanto. Le creí antirromántico. Naturalmente, ahora comprendo la razón.
Miró rápidamente a Kira. La mirada se le heló como si los ojos de Kira la hubieran recogido y sujetado. Luego los labios de Antonina Pavlovna se entreabrieron en una fría sonrisa y se volvió suspirando.
– Ustedes, los hombres, son unas criaturas muy raras. El comprenderles es una verdadera ciencia y constituye el primer deber de una mujer. Por mi parte la he aprendido en la más amarga escuela de la experiencia -y suspiró profundamente, encogiéndose de hombros-. He conocido a los heroicos oficiales del Ejército Blanco, he conocido a feroces y brutales comisarios… -y rió con una risa estridente-. Lo confieso abiertamente. Y ¿por qué no? Todos nosotros somos modernos. He conocido a muchas personas que no me han comprendido. Pero no me importa: se lo perdono. Ya saben ustedes: Noblesse oblige.
Mientras hablaban, Kira se había sentado en el brazo de un sillón, contemplando los tacones de sus viejas zapatillas y estudiándose las uñas. El cielo, al otro lado de las ventanas, era ya oscuro cuando Antonina Pavlovna miró su reloj de pulsera montado en brillantes y agitó sus cortas manos.
– ¡Oh, qué tarde es ya! Ha sido tan delicioso que no me di cuenta de cómo pasó el tiempo. Tengo que correr a casa. Koko estará probablemente preocupado por mí. ¡Pobre Koko! Abrió su bolso, sacó un espejito y, sosteniéndolo delicadamente entre sus dedos se estudió cuidadosamente la cara, entornando los ojos. Tomó un frasquito escarlata con un pincelito y se pintó una mancha roja en los labios.
– Es algo delicioso -explicó enseñando el frasquito a Kira-, infinitamente mejor que todos los lápices. Veo que no emplea usted mucho colorete, Kira Argounova. Pero se lo recomiendo. De mujer a mujer, le diré que no hay que descuidar nunca el aspecto exterior… especialmente… -rió con aire amistoso y confidencial- cuando se tiene una propiedad tan valiosa.
– Gracias -dijo Kira-, agradezco su interés.
Ya en la puerta, Antonina Pavlovna se dirigió a Leo. -No se preocupe usted por este invierno, Leo. Con mis relaciones… Koko, naturalmente, conoce a los principales… me daría miedo murmurar los nombres de las personas que conoce. Y, naturalmente… yo hago de Koko cuanto quiero. Tiene usted que conocerle, Leo. Podremos hacer mucho por usted. Ha de procurar que un magnífico joven como usted no se pierda en este pantano soviético.
– Gracias, Tonia, aprecio su oferta, pero espero que no me hallaré por completo sin recursos.
– ¿A qué se dedica exactamente? -preguntó Kira.
– ¿Quién? ¿Koko? Es subdirector del Trust de la Alimentación… oficialmente… -y Antonina Pavlovna guiñó misteriosamente un ojo, con una leve sonrisa, al mismo tiempo que bajaba la voz; luego, agitando una mano adornada por un brillante que lanzó vivos destellos a la luz de la bombilla eléctrica, añadió-: Au revoir, mes antis. No tardaremos en vernos.
Mientras volvía a poner la cadena a la puerta, Kira murmuró: -Estoy estupefacta, Leo.
– ¿De qué?
– De que hayas podido trabar relación con una…
– Yo no he criticado nunca a tus amigos.
En aquel momento atravesaban la habitación de Marisha; ésta, que se hallaba junto a la ventana, levantó la cabeza y miró a Leo con curiosidad, asombrada ante el tono de su voz.
Leo cerró tras sí, rudamente, la puerta de su habitación, y observó:
– Por lo menos, hubieras podido ser cortés con ella.
– ¿Qué quieres decir?
– Que hubieras podido decir algo de vez en cuando.
– No vino para oírme hablar.
– Yo no la invité. Ni es amiga mía. No tienes por qué ponerte trágica.
– Pero, Leo, ¿dónde la conociste?
– Estaba en el mismo sanatorio que yo, y casualmente tenía libros extranjeros. Lo cual resulta muy atractivo, cuando no se tiene otra distracción que pasarse los días leyendo esas porquerías soviéticas. Ahí tienes cómo nos conocimos. ¿Qué mal hay en ello?
– Pero, Leo, ¿no ves qué es lo que busca?
– Claro está que lo veo, pero ¿temes que lo logre?
– ¡Leo!
– Entonces, ¿por qué no podemos hablar de ello? Es una tonta inofensiva que quiere que la tomen por alguien. Y realmente tiene muchas relaciones.
– ¡Pero apoyarse en un tipo semejante!
– ¡No es peor que toda esa gentuza roja que hay que conocer en estos tiempos! Y por lo menos ella no es roja.
– Bien, como te parezca.
– Olvídala, Kira. No volverá.
Le sonreía, de pronto, afectuosamente, con ojos brillantes, como si no hubiera ocurrido nada, alegre e irresistible, y ella se sentó y, apoyando las manos en sus hombros, murmuró:
– ¿No ves, Leo? Sólo es porque nadie parecido debe atreverse ni siquiera a mirarte.
– Déjale que mire. No puede hacerme ningún mal -dijo él, golpeándole ligeramente la mejilla.
Leo había dicho:
– Escribe en seguida a tu tío de Budapest; dale las gracias y dile que no envíe más dinero. Ya estoy bien. Lucharemos solos. He tomado nota de la cantidad exacta que tú me has enviado, y supongo que tú, por tu parte, habrás anotado, como te dije, lo que has gastado aquí. Ahora tenemos que empezar a devolver esa suma. Si tiene paciencia… porque sólo Dios sabe cuánto tardaremos.
– Sí, Leo -había dicho ella, sin mirarle.
Leo se había dado cuenta de su reloj y había fruncido el entrecejo.
– ¿De dónde lo sacaste?
– Es un regalo… de Andrei Taganov -había contestado Kira.
– ¡ Ah! ¿De modo que aceptas regalos de él?
– ¡Leo! -le había mirado retadoramente, pero luego había dicho, con aire suplicante-: ¿Por qué no, Leo? Era mi cumpleaños y no quise ofenderle rechazándolo. El se encogió despectivamente de hombros.
– No creas que me importa. Es cosa tuya. Por mi parte no me gustaría llevar alhajas pagadas con el dinero de la G. P. U.
Kira había escondido las medias, el encendedor y el frasquito de perfume; y había dicho a Leo que se había hecho el vestido encarnado para recibirle. Pero Leo se extrañaba de que no quisiera llevarlo más a menudo.
De día, Kira recitaba ante los atónitos visitantes de las salas del Palacio de Invierno, tapizadas de rojo: "… es un deber de todo ciudadano consciente el conocer la historia de nuestro movimiento revolucionario, a fin de poder llegar a ser un técnico ilustrado, combatiente en las filas de la Revolución mundial del proletariado, que constituye nuestra más alta meta". Por la noche, intentaba decir a Leo:
– Hoy tengo que salir, se lo prometí a Irina… -o bien-… no tengo más remedio que salir. Hay una asamblea de las organizaciones turísticas… Pero Leo la obligaba a quedarse en casa.
A veces se miraba al espejo, contemplando con estupor sus ojos, que todo el mundo había proclamado siempre límpidos y honrados.
No salía por la noche. No podía alejarse. No podía saciarse de mirar a Leo, de permanecer sentada en silencio, muy quieta, acurrucada en su sillón, observando a Leo que, de pie junto a la ventana, estaba de espaldas a ella, con las manos en las caderas, el cuerpo ligeramente inclinado hacia atrás, los músculos del cuello tensos, bronceados, salientes bajo los negros cabellos en desorden, como una conmovedora promesa del rostro que no alcanzaba a ver. Luego Kira se levantaba, se dirigía lentamente hacia él, y pasaba poco a poco por los duros tendones de su cuello sus manos acariciadoras, sin decir una palabra, sin darle un beso. Entonces pensaba con fría curiosidad en otro hombre que la estaba esperando; pero sabía que debía ir a ver a Andrei. Una noche se puso el traje encarnado y dijo a Leo que había prometido a su familia que iría a verles.
– ¿Puedo ir contigo? No les he visto todavía desde mi regreso, y les debo una visita.
– No, Leo; no esta vez -contestó ella con calma-. Prefiero que no. Mamá ha cambiado tanto… que no sé si te entenderías con ella.
– ¿Y tienes que ir precisamente esta noche, Kira? Siento que te marches y me dejes solo en casa. He pasado tanto tiempo lejos de ti.
– Les prometí ir hoy. No tardaré. En seguida estoy de vuelta. Estaba poniéndose el abrigo cuando sonó la campanilla. Marisha fue a abrir, y no tardó en oírse la voz de Galina Petrovna.
– ¡Oh, cuánto celebro que estén en casa! Si hubiese pensado que iban a ver a los demás y se olvidaban de sus viejos padres…
Entró la primera, seguida por Lidia. Detrás de las dos, arrastrando los pies, iba Alexander Dimitrievitch.
– ¡Leo, querido hijo! -y Galina corrió hacia él y le besó en las dos mejillas-. ¡Estoy contentísima de verte! ¡Bien venido a Leningrado!
Lidia le estrechó la mano con indiferencia; se quitó el viejo sombrero deformado, se dejó caer sobre una silla y empezó a hurgarse el pelo entre las horquillas, porque un gran mechón de cabello le caía fuera de la descuidada trenza que llevaba caída sobre la nuca. Estaba muy pálida, no llevaba polvos y su nariz relucía; se pasó la mayor parte del tiempo contemplando el suelo con aire melancólico.
Alexander Dimitrievitch murmuró:
Estoy contento de verte restablecido, muchacho -y dio tímidamente una palmada en el hombro de Leo, con una mirada insegura y asustada, como la de un animal que temiera que le pegaran.
Kira les recibió con calma, diciendo con frío aplomo:
– ¿Por qué habéis venido? Iba a salir para ir a veros como… como os había prometido.
– ¿Cómo…? -intentó decir Galina, pero Kira no la dejó hablar.
– En fin, puesto que ya estáis aquí, quitaos los abrigos.
– Estoy muy contenta de que te hayas puesto bien, Leo -dijo Galina Petrovna-. Me parece que eres hijo mío. Y realmente lo eres; todo lo demás son prejuicios burgueses.
– ¡Mamá! -protestó débilmente Lidia, dejando caer sus manos inertes.
Galina Petrovna se instaló en un cómodo sillón. Alexander Dimitrievitch se sentó con aire confuso en una silla, junto a la puerta.
– Gracias por la visita -dijo Leo sonriendo cortésmente-. Mi única excusa por no haber ido a verles es…
– Leo -concluyó por él Galina Petrovna-. ¿Ya sabes que mientras has estado fuera sólo la hemos visto tres veces?
– Tengo una carta para ti, Kira -dijo de pronto Lidia.
– ¿Una carta? -y la voz de Kira tembló imperceptiblemente.
– Sí; llegó hoy.
En el sobre no había ninguna indicación del remitente, pero Kira conocía la letra. La dejó con indiferencia sobre la mesa.
– ¿No la abres? -preguntó Lidia.
– No corre prisa -contestó afectando no darle importancia-, no es nada urgente.
– Bien, Leo -la voz de Galina Petrovna sonaba más fuerte, más clara-, ¿qué proyectos tienes para este invierno? ¡Este año va a ser interesantísimo! Lleno de oportunidades, especialmente para los jóvenes… -¿Lleno de… qué?
– ¡Un campo de actividades tan vasto…! No sucede como en las decrépitas ciudades europeas, en las que los pueblos viven toda su vida en la esclavitud a cambio de míseros salarios y de una existencia triste y llena de estrecheces. Aquí cada uno de nosotros puede ser un miembro creador de la una sociedad organizada y magnífica. Aquí el trabajo no es únicamente el vano esfuerzo de satisfacer una mezquina necesidad, sino una contribución al gigantesco edificio del porvenir de la humanidad.
– Mamá -preguntó Kira-, ¿dónde has leído todo eso?
– Verdaderamente, Kira -contestó Galina Petrovna encogiéndose de hombros-, no sólo eres impertinente con tu anciana madre, sino que tu actitud puede tener una pésima influencia sobre el porvenir de Leo.
– En su lugar, no me ocuparía de ello, Galina Petrovna -dijo el joven.
– Y naturalmente, Leo, espero que serás lo bastante moderno para superar los viejos prejuicios que todos teníamos.
– ¿Dónde trabaja usted ahora, Galina Petrovna? -preguntó Leo.
– ¿No lo sabes? Soy profesora de la Escuela de Trabajo. Las que antes llamábamos Escuelas Superiores. Enseño costura y bordado. Todos nos damos cuenta de que las cosas prácticas como la costura son mucho más importantes para nuestros ciudadanos futuros que las cosas inútiles y muertas que se les enseñaban antes, como por ejemplo, el latín. ¿Y nuestros métodos? Llevamos sobre Europa un adelanto de varios siglos. Por ejemplo, el método complejo que…
– Mamá -interrumpió Kira, cansada-, todo esto no puede interesar a Leo.
– ¡No digas tonterías! Leo es un joven moderno. Como decía, el método actual… Por ejemplo, ¿qué se hacía antes? Los niños tenían que aprender de memoria, mecánicamente, una serie de asignaturas áridas e inconexas: historia, física, aritmética. ¿Qué hacemos ahora? Seguimos el método complejo. Así, por ejemplo, la semana pasada tomamos por tema "la fábrica". Cada profesor debía basar sus enseñanzas en este tema central. En la clase de historia se explicó el nacimiento y desarrollo de las fábricas; en la de física, se dieron nociones de mecánica; el profesor de aritmética puso problemas sobre la producción y el consumo; en la clase de arte se dibujaron proyectos e interiores de fábricas. Y en mi clase hicimos blusas de trabajo y monos. ¿No os dais cuenta de la inmensa ventaja de este método? ¿De la indeleble impresión que tiene que dejar en el ánimo del niño? Monos y blusas de trabajo, algo práctico, concreto, en lugar de enseñarles una serie de cosas teóricas y de bordados.
La cabeza de Lidia se inclinaba con impaciencia. ¡Había oído tantas veces estas mismas palabras!
– Celebro que esté usted contenta con su trabajo, Galina Petrov-na -dijo Leo.
– Y yo celebro que tengas racionamiento -dijo Kira. -Realmente, lo tengo -dijo con orgullo Galina Petrovna-. Naturalmente, la distribución no ha llegado todavía a la perfección, y el aceite de girasol que me dieron la semana pasada estaba tan rancio que no hubo manera de utilizarlo. Pero éste es un período transitorio de…
– … construcción estatal -gritó de pronto Alexander Dimitrievitch, de prisa, como si recitase una lección de memoria.
– ¿Y usted, qué hace, Alexander Dimitrievitch? -preguntó Leo. -Yo trabajo -y Alexander Dimitrievitch dio un salto hacia delante como para defenderse de algún ataque peligroso-. Sí; trabajo. Soy funcionario soviético.
– Naturalmente -dijo con afectación Galina Petrovna- la posición de Alexander no es una posición de responsabilidad como la mía. Es contable en una oficina cerca de la isla Vasilievsky; tiene que hacer todo un viaje para ir, ¿no es cierto, Alexander? Pero, sea como sea, tiene racionamiento de pan, siquiera no le den el suficiente ni para él solo.
– Pero trabajo -dijo humildemente Alexander Dimitrievitch.
– Naturalmente -reconoció su esposa-. Pero mi ración es mayor porque pertenezco a la clase selecta de los pedagogos. Tengo una gran actividad social. ¿Ya sabes, Leo, que me han nombrado vicesecretaria del Consejo de Maestros? Verdaderamente es un consuelo el saber que este régimen aprecia las cualidades de los dirigentes. Incluso di una conferencia sobre los métodos de la educación moderna, en una reunión de un Centro, en la que Lidia tocó La Internacional muy bien.
– ¿Qué dice que hizo Lidia?
– Es verdad -dijo Lidia con voz sorda-. La Internacional. Yo también trabajo. Directora musical y pianista acompañante en el Centro Obrero. Una libra de pan cada semana y algunas veces incluso dinero, lo que queda después de pagados los impuestos mensuales.
– Lidia no es maleable -suspiró Galina Petrovna.
– Pero toco La Internacional , y la marcha fúnebre roja Caíste como una víctima y los cantos del Centro. Incluso me aplaudieron cuando toqué La Internacional después de la conferencia de mamá.
Kira se levantó perezosamente para preparar el té. Encendió el "Primus", puso la tetera y la estuvo vigilando, pensativa, mientras a través del silbido de la llama la voz de Galina Petrovna resonaba rítmica, como si estuviese dando clase. -… sí, por dos veces, figúrate, he sido elogiada en el diario mural como una de las maestras más modernas y más inteligentes. Sí; tengo cierta influencia. Cuando aquella insolente maestra joven quiso dirigir la escuela, no tardaron en destituirla. Y podéis tener la seguridad de que yo intervine…
Kira no oyó más. Miraba la carta, encima de la mesa, y reflexionaba. Cuando volvió a escuchar, era la voz de Lidia la que estaba diciendo en tono agudo:
– … consuelo espiritual. Lo sé. Tuve una revelación. Son secretos inaccesibles a nuestra comprensión mortal. La salvación de la Santa Rusia está en la fe. Así fue predicho. Soportando con paciencia nuestros largos sufrimientos redimiremos nuestros pecados…
Al otro lado de la puerta, Marisha tocaba John Gray. El. disco era nuevo, y las rápidas notas resonaron alegremente, con breves e imprevistos floreos:
"John Gray -era bravo y valiente. – Kitty – era una preciosidad."
Kira estaba sentada con la barbilla entre las manos y la llama del "Primus" debajo de su nariz; de pronto, sonrió y dijo:
– Me gusta esta canción.
– ¿Esta horrible vulgaridad que todo el mundo toca tanto que ya no se puede oír? -preguntó Lidia, admirada.
– Sí; aunque todo el mundo la toque… tiene un ritmo tan simpático… estridente… como si estuviesen remachando hierro. Hablaba dulcemente, con sencillez, con un poco de tristeza, como raras veces hablaba a su familia. Levantó la cabeza y miró a su alrededor; pero los suyos se habían dado cuenta de su expresión melancólica, suplicante.
– ¿Todavía te acuerdas de la ingeniería? -preguntó Lidia.
– A veces -murmuró Kira.
– No logro comprenderte, Kira -gritó su madre-; nunca estás satisfecha. Tienes un excelente empleo, fácil y bien pagado, y te estás consumiendo por esta tonta ambición infantil. Los "cicerones", lo mismo que los maestros, son considerados actualmente tan importantes como los ingenieros. Es una posición muy honrosa, de responsabilidad, y que contribuye mucho a la construcción social. ¿Acaso no es más interesante construir mentalidades vivas e ideologías que edificios de hierro y ladrillo?
– Es culpa tuya, Kira -dijo Lidia-, siempre serás desgraciada porque rechazas el consuelo de la fe.
– ¿A qué pensar más en ello, Kira? -dijo Alexander Dimitrievitch.
– ¿Quién ha dicho que soy desgraciada? -preguntó Kira en alta voz, sacudiendo bruscamente los hombros. Luego se levantó, tomó un cigarrillo y lo encendió en el "Primus".
– Kira fue siempre difícil de manejar -dijo Galina Petrovna-, pero podría creerse que los tiempos actuales bastarían para hacer bajar de las nubes a cualquiera.
– ¿Qué proyectos tienes para este invierno, Leo? -preguntó Alexander Dimitrievitch, de pronto, con indiferencia, como si no aguardase respuesta.
– No tengo ninguno, ni para este invierno ni para los inviernos futuros -dijo Leo.
– He soñado con un gallo y una liebre -dijo Lidia-. La liebre atravesaba el camino, y esto es mala señal, pero el gallo estaba posado sobre un árbol que parecía un enorme cáliz blanco.
– Fijaos, por ejemplo, en Víctor, mi sobrino -dijo Galina Petrovna-, aquél sí que es nn joven moderno e inteligente. Este año termina la carrera en el Instituto y ya tiene un empleo magnífico. Mantiene a toda su familia. No se entiende de misticismos, sino que abre los ojos a la realidad. Es un muchacho que irá lejos.
– Sí; pero Vasili no trabaja -observó Alexander Dimitrievitch
con serena melancolía.
– Vasili nunca tuvo sentido práctico -afirmó Galina Petrovna.
– Lo mismo que su adorada Irina -observó venenosamente Lidia.
Fue Alexander Dimitrievitch quien, de pronto, observó en tono indiferente:
– Es bonito este traje encarnado, Kira.
Ella sonrió con aire de cansancio.
– Gracias, papá.
– Pero no tienes buen aspecto, pequeña. ¿Estás cansada?
– No; estoy bien.
Luego la voz de Galina Petrovna cubrió el ruido del " Primus".
– … ¿sabéis? Sólo los mejores profesores han sido elogiados en el diario mural. Nuestros alumnos son muy severos y…
Más tarde, cuando las visitas se hubieron marchado, Kira se llevó la carta al cuarto de baño y la abrió. Sólo contenía dos líneas:
Perdona que te escriba, queridísima Kira, pero, ¿quieres telefonearme? - Andrei.
Al día siguiente, Kira acompañó a dos grupos de visitantes al Museo. De vuelta a su casa dijo a Leo que la despedirían si aquella noche no asistía a una reunión de guías. Se puso el traje encarnado. En el rellano, besó ligeramente a Leo, que la miraba marcharse, y le saludó con la mano mientras bajaba rápidamente la escalera, con una sonrisa fría y alegre. En la esquina abrió el bolso, sacó el frasquito de perfume francés y se puso unas gotas en el pelo. Saltó a un tranvía que pasaba a toda velocidad y se quedó cogida a una correa, mirando correr las luces de la calle. Cuando bajó del tranvía echó a andar con desenvoltura, con determinación fría y precisa, hacia el palacio ocupado por la sede del Partido. Subió sin hacer ruido la escalera de mármol del pabellón, y llamó con fuerza a la puerta.
Cuando Andrei salió a abrir, ella le besó riendo.
– Ya lo sé, ya lo sé… no tienes que decirme nada. Antes quiero que me perdones; luego te explicaré.
– Ya estás perdonada, no tienes que explicarme nada -murmuró él, feliz.
Kira no dio explicaciones ni consintió que Andrei se quejara. Corrió alrededor de la estancia; él intentó cogerla y bajo sus manos sintió el tacto fresco de su vestido, que olía a noche veraniega. Andrei sólo pudo balbucir:
– Ya sabes que hace dos semanas… -pero no logró terminar la frase.
Kira observó que iba en traje de calle.
– ¿Ibas a salir, Andrei? -preguntó.
– Sí… pero no importa. -¿Adonde ibas?
– A una reunión de la célula del Partido.
– ¿Una reunión de célula? ¿Y dices que no tiene importancia? Pero no puedes dejar de ir.
– Claro está que puedo. No voy.
– Prefiero volver mañana, Andrei, y dejarte…
– No.
– Bien, entonces salgamos juntos. Llévame al Café de Europa.
– ¿Esta noche? -Sí; ahora.
Y él no se atrevió a rehusar, ni ella se atrevió a mirarle a los ojos.
Se sentaron a una mesa impecablemente puesta, en el roof-garden del Hotel Europa. Estaban en un rincón algo oscuro, y, de toda la sala, sólo alcanzaban a ver los desnudos hombros de una mujer, sentada no lejos. Un rizo de cabellos rubios le caía sobre la nuca, huyendo de la cuidadosa ondulación de su peinado; una sombra ligera corría sobre sus hombros; sus largos dedos, que temblaban levemente, sostenían una copa de un líquido del mismo color que sus cabellos. Más allá, al otro lado de una niebla de luces amarillas y de humo azulado, una orquesta tocaba el fox-trot de La bayadera. Los violinistas se movían acompasadamente, al ritmo de la música y de las copas doradas. Andrei dijo:
– Hace dos semanas, Kira y… te has olvidado… y probablemente hacía falta…
Y le puso en la mano un fajo de billetes; su sueldo mensual. Ella murmuró, rechazándolo, cerrando sobre el dinero los dedos de él:
– No, gracias, Andrei, no lo necesito… y… tal vez no volveré a necesitarlo más. -Pero…
– ¿Sabes? Tengo mucho trabajo, ahora, y mamá pasa en la escuela más horas que antes… de modo que tenemos vestidos y todo lo que nos hace falta. -Pero, Kira, quisiera que…
– Te lo ruego, Andrei, no discutamos. Nada de eso. Hazme el favor… guárdalos… si los necesito te lo diré.
– ¿Me lo prometes? -Sí.
Los violines se oían graves, y de pronto la música estalló en un fuego artificial de rápidas notas risueñas, que parecían deber verse subir como cohetes.
– Ya sé -dijo Kira- que no debía haberte pedido que me trajeras aquí. No es un sitio para ti. Pero a mí me gusta. Es una caricatura, aunque bastante mala, de Europa. ¿Conoces esto que están tocando? Es La bayadera. La he oído. También en Europa la tocan… como aquí… casi igual que aquí…
– Kira -preguntó Andrei-. Leo Kovalensky ¿está enamorado de ti, o algo parecido?
Ella le miró y el reflejo de una bombilla eléctrica puso dos relámpagos en sus ojos, dibujando sobre su cuello de charol un óvalo brillante.
– ¿Por qué me lo preguntas?
– He visto a tu primo, Víctor Dunaev, en una reunión del centro y me dijo que Leo Kovalensky había vuelto, y se sonrió como si la noticia hubiera debido tener para mí algún significado particular. Yo ni siquiera sabía que Leo Kovalensky se hubiera marchado.
– Sí; está de regreso. Ha estado en Crimea; creo que por cuestión de salud. No sé si él está enamorado de mí; lo que sé es que Víctor lo estuvo una vez, que no me lo ha perdonado nunca.
– Comprendo. No me gusta ese hombre.
– ¿Quién? ¿Víctor?
– Sí. Y Leo Kovalensky tampoco. Espero que no os veréis a menudo. Es de una clase de hombres que no me inspiran confianza.
– ¡Oh, le veo alguna vez! -la orquesta había dejado de tocar-. Andrei, pídeles una cosa para mí. Una cosa que me gusta. Es la Canción de la copa rota.
Andrei la observó mientras la música prorrumpía de nuevo en un rocío de notas. Era la música más alegre que él había oído jamás; y nunca había visto a Kira tan melancólica. Estaba inmóvil, mirando melancólicamente al infinito, sin ver, con los ojos turbados.
– Es muy bonito, Kira -murmuró él-. ¿Por qué estás así?
– Es algo que me gustaba… hace mucho tiempo… cuando era una niña… Andrei, ¿no sentiste nunca la impresión de que de niño te habían prometido algo, y luego te miras y piensas: "Entonces no sabía que me sucedería todo eso", y te das cuenta de que todo es extraño, y ridículo, y un poco triste a la vez?
– No; a mí no me prometieron nada. Había tantas cosas que entonces no conocía y me resultaba tan extraño aprenderlas ahora… ¿Sabes?, la primera vez que vinimos aquí me daba vergüenza entrar; pensaba que no era un sitio para un hombre del Partido, pensaba… -y rió dulcemente, como excusándose- pensaba que estaba haciendo un sacrificio por ti. Y ahora me gusta.
– ¿Por qué?
– Porque me gusta estar en un sitio sin otra razón que la de poderte mirar por encima de una mesa. Porque me gusta el reflejo de estas luces sobre tu cuello, porque tienes una boca muy cruel, pero que yo quiero, que de repente se pone muy alegre, como si también ella escuchase cuando tú escuchas la música. Y todo esto no tiene sentido para nadie más que para mí. Y cuando se ha vivido una existencia de la que cada hora debía tener un objeto, y de pronto se descubre lo que es disfrutar de sensaciones que no tienen otra finalidad que ellas mismas, y se da uno cuenta de lo sagrado que puede ser esto, hasta el punto de no poderse discutir, ni dudar, ni combatir, y cuando uno se persuade de que es posible una vida sin otra justificación que la propia alegría, entonees todo lo demás se ve bajo una luz completamente diferente. -No debes decir eso, Andrei -murmuró ella-. Me parece arrancarte a tu propia vida, a todo cuanto fue tu vida hasta ahora.
– ¿Y no lo quieres?
– Pero ¿no te asusta? ¿No crees que puede llegar un día en que tengas que enfrentarte con un dilema que no tienes el derecho de plantear?
Andrei contestó con una convicción tan absoluta que su palabra pareció ligera e indiferente, con una calma que superaba a todas las violencias.
– No.
Y luego, inclinándose hacia Kira por encima de la mesa, murmuró, con mirada serena y voz dulce y firme: -Parece que estás asustada, Kira. Pero verdaderamente no es un problema serio. No he tenido que enfrentarme con muchos problemas en mi vida. Los individuos se crean cada uno sus problemas propios, porque tienen miedo a mirar hacia adelante. Pero sólo es menester mirar adelante y ver el camino, y una vez se ha visto, no reflexionar más… sino ir caminando. Me inscribí en el Partido porque sabía que debía hacerlo. Te amo, porque sé que debo hacerlo. En cierto sentido, tú y mi trabajo sois una misma cosa. Ya ves qué sencillo.
– No siempre, Andrei. Tu conoces tu camino, y sabes que yo no formo parte de él.
– Esto no cuadra con lo que me has enseñado.
– ¿Qué es lo que te he enseñado? -murmuró ella con voz grave. La orquesta tocaba la Canción de la copa rota, pero nadie la cantaba. Las voces de Kira y Andrei parecían ser la letra de la canción. El decía:
– ¿No te acuerdas? Una vez me dijiste que creías en la vida, como yo, y que por esto los dos teníamos unas mismas raíces. Es una suerte rara. Y no puede explicarse a aquellos para quienes esta palabra, la vida, no evoca un género de sensación parecida al evocado por una marcha militar, la vista de un templo o del cuerpo perfecto de una estatua. Por este sentimiento es por lo que me hice del Patrido, que, en aquel tiempo, sólo podía llevarme a Siberia. Por este sentimiento es por lo que he querido luchar contra los monstruos más arrogantes, más absurdos y más inútiles que obstaculizaban la vida humana. Y en mi vida no hubo más que lucha y porvenir, hasta que tú viniste a enseñarme lo que es el presente.
– ¿Yo?
– Sí; tú. El amor de una mujer como tú es eso.
– ¿Y qué es una mujer como yo?
– Pues lo mismo que un templo, o que una marcha militar…
– Bebamos, Andrei.
– ¿Quieres beber?
– Sí; ahora.
– Bien.
La satisfizo. Observó el brillo de la copa que Kira llevaba a sus labios, una línea fina de luz que ondeaba entre sus dedos, que parecían dorados por el reflejo. Dijo:
– Brindemos por algo que sólo pueda ofrecer en un sitio como éste. ¡Brindemos por mi vida!
– ¿Por tu nueva vida?
– ¡Por mi vida única!
– Andrei, ¿y qué sucedería si debieras perderla?
– No puedo perderla.
– ¡Pero pueden ocurrir tantas cosas…! No quiero tener tu vida en mis manos.
– Pero la tienes. De modo que será mejor que no la dejes caer.
– Andrei, debes pensar… alguna vez… que es posible que… ¿Qué sucedería si a mí me pasase algo?
– ¿Por qué pensar en ello?
– Porque es posible.
Ella se dio cuenta, de pronto, de que cada palabra de él era el eslabón de una cadena que ella no podría romper.
– También es posible que cada uno de nosotros tenga que enfrentarse con una sentencia de muerte. ¿Y acaso esto significa que tengamos que prepararnos a morir?
Se marcharon temprano del Roof-Garden, y Kira pidió a Andrei que la acompañara a su casa. Estaba cansada y no le miraba. El dijo:
– Muy bien, querida.
Llamó a un taxi, y respetó su silencio mientras la cabeza de Kira reposaba sobre su hombro, y él, cogiendo una de sus manos, le iba acariciando los dedos sin decir una palabra.
La dejó a la puerta de la casa de sus padres. Ella aguardó en un rellano oscuro hasta que oyó alejarse los pasos de él; luego siguió aguardando todavía unos minutos, apoyada en una fría vidriera; más allá se veía un tubo de desagüe y una desnuda pared de ladrillo con una ventana, en la que vacilaba convulsivamente una vela amarilla y subía y bajaba la sombra gigantesca de un brazo de mujer, sin razón aparente, como una máquina. Luego Kira bajó y tomó el tranvía.
De vuelta a su casa, al pasar por el cuarto de Marisha oyó la voz de un desconocido en su propia habitación, una voz lenta, profunda, arrastrada, que se detenía con mucho cuidado a cada sílaba. Abrió la puerta.
La primera persona a quien vio fue Antonina Pavlovna, con un turbante de brocado verde y la barbilla echada hacia adelante con aire inquisitivo; luego vio a Leo, y finalmente, al hombre de la voz arrastrada, y sus ojos se helaron mientras él, levantándose, le echaba una rápida mirada de apreciación y de sospecha.
– Bien, Kira; creía que pasabas la noche en la reunión de cicerones. ¡Y eso que dijiste que no ibas a tardar!
– le dijo con brusquedad Leo, mientras Antonina Pavlovna murmuraba:
– Buenas noches, Kira Alexandrovna.
– Lo siento, me escapé en cuanto pude -contestó Kira mirando al hombre.
– Kira, permítame que le presente a Karp Karpovitch Morozov, Kira Alexandrovna Argounova.
Kira no se dio cuenta de que el grueso puño de Karp Karpovitch se cerraba sobre su mano. Le miraba- a la cara. Su cara estaba cubierta de grandes pecas rubias; sus ojos eran azules y semicerrados, su boca muy roja y su nariz muy corta, con las fosas verticales. Kira le había visto dos veces. Se acordó del especulador de la estación Nikolevsky y del vendedor de salchichones en el mercado.
Se quedó inmóvil, sin quitarse el abrigo, sin decir una palabra, fría de miedo, un miedo súbito e inexplicable.
– ¿Qué te pasa, Kira? -preguntó Leo.
– Leo, ¿no hemos visto antes al ciudadano Morozov? '
– No lo creo.
– Nunca he tenido este placer, Kira Alexandrovna -dijo Morozov, mirándola con ojos a la vez astutos y complacientes.
Mientras Kira se quitaba lentamente el abrigo, Morozov se volvió a Leo:
– Y la tienda, Lev Sergeievitch, la pondremos en los alrededores del mercado Kousnetzky, uno de los mejores puntos. Tengo ya puestos los ojos en un establecimiento por alquilar que es exactamente lo que necesitamos. Un escaparate, una tienda pequeña, pocos metros cuadrados que pagar. He dado una buena suma al Upravdom, y éste nos permitirá disponer de un buen sótano; esto es lo que nos conviene. Mañana iremos; le gustará. El abrigo de Kira cayó al suelo. Leo se inclinó a recogerlo. Sobre la mesa había una lámpara, y a su luz Kira pudo ver la cara de Morozov inclinada hacia la de Leo, y sus gruesos labios que susurraban lentamente a su oído palabras astutas y culpables. Miró atentamente a Leo, pero Leo no la miraba a ella; sus ojos eran fríos y se abrían con una extraña excitación. Kira permanecía en la penumbra, fuera de la luz de la lámpara, y los dos hombres no se fijaban en ella. Antonina Pavlovna le echó una mirada larga e inexpresiva y luego se volvió hacia la mesa dejando caer la ceniza de su cigarrillo.
– ¿Qué clase de tipo es el Upravdom?
– No puede ir mejor -sonrió Morozov-, es un tipo cordial, fácil, práctico. Bastarán algunos billetes de diez rublos y un poco de vodka de vez en cuando, y cierto cuidado al tratar con él; no nos costará mucho. Le he dicho que dejase la tienda limpia para usted. Y mandaremos hacer rótulos nuevos: "Productos alimenticios, Lev Kovalensky."
– ¿De qué hablan ustedes? Kira lanzó estas palabras a Morozov con la violencia de una explosión. Estaba junto a él, con el pelo desordenado y la cara cubierta de trecho en trecho por la sombra proyectada por la lámpara. Morozov se apartó un poco, acercándose a la mesa. -Estábamos discutiendo un asuntillo, Kira Alexandrovna -dijo en tono conciliador.
– Yo te lo explicaré después, Kira -dijo Leo, y sus palabras encerraban una orden.
En silencio, Kira acercó una silla a la mesa, y se sentó frente a Morozov, inclinada hacia adelante, apoyándose en sus rodillas cruzadas. Morozov prosiguió, esforzándose en no mirar aquellos fijos, ojos que parecían escrutarle y cribar cada una de sus palabras:
– Ya comprende la ventaja de esta combinación, Lev Sergeievitch. El título de comerciante privado no es fácil de llevar en estos tiempos. Considere, por ejemplo, el alquiler. Si decimos qu«el único propietario es usted, el alquiler no será muy grande, porque usted sólo tiene una habitación, mientras nosotros tenemos tres habitaciones grandes. Tonia y yo, y si llegasen a considerarme a mí comerciante privado
– ¡Dios Todopoderoso!-, el alquiler solo ya nos arruinaría.
– Está bien -dijo Leo-; ya daré yo el nombre. Lo mismo me da que me llamen comerciante privado que Nicolás II o que Mefistófeles.
– ¡Magnífico! -Morozov rió demasiado fuerte, y su barba y su vientre temblaron convulsivamente-. ¡Magnífico! Y usted, señor Lev Sergeievitch, no se arrepentirá de ello. Las ganancias -¡que Dios las bendiga!- las ganancias dejarán a los llamados antiguos burgueses a la altura de unos pobres miserables. Con nuestro pequeño proyecto nadaremos en dinero, con tanta facilidad como si lo recogiéramos por la calle. Un año o dos, y llegaremos a ser los dueños de nosotros mismos. Algunos cientos de rublos distribuidos oportunamente nos permitirán ahuecar el ala, a París, a Niza, a Montecarlo; en fin, a cualquiera de esos deliciosos puntos del extranjero.
– Sí -dijo Leo con voz cansada-, al extranjero. Luego sacudió la cabeza como para librarse de un pensamiento insoportable, y volviéndose imperiosamente a Morozov, le preguntó en un tono casi de mando:
– Pero ¿y aquel amigo suyo, el comunista? Este es el punto peligroso. ¿Ya está usted seguro de él?
Morozov abrió los brazos en un amplio gesto, sacudió levemente la cabeza con aire de reconvención y sonrió tranquilizadoramente: -Pero, Lev Sergeievitch, alma mía, ¿acaso se figura usted que soy un niño inocente que da sus primeros pasos en los negocios? Estoy seguro de él, tan seguro como de la eterna salvación de nuestras almas; ya ve usted si estoy seguro. Es el muchacho más inteligente que se puede encontrar, listo y razonable. Y no es uno de estos pretenciosos que gustan de oírse hablar. No es tampoco de aquellos que no ven en la vida más que palabras vacías y arenques salados. No, señor. Sabe cuándo tiene pan con mantequilla y no lo deja escapar. Y, además, le gustan las grandes aventuras. Uno de nosotros, si le cogen, puede salirse del paso con diez años en Siberia; pero para un hombre del Partido es el piquete de ejecución, sin tiempo ni para decir adiós.
– No tiene usted que preocuparse -dijo sonriendo Antonina Pavlovna-; le conozco. Le invitamos al té, o, más exactamente, a caviar y champaña. Es un muchacho simpatiquísimo, inteligente, y digno de toda confianza. Puede usted hacer caso de la opinión de Koko en cosas de negocio.
– Por lo demás, su papel tampoco es difícil -y Morozov bajó la voz hasta hacer de ella un murmullo apenas perceptible-. Tiene un empleo de ingeniero en los ferrocarriles, con derecho de inspección sobre todas las líneas. Lo único que debe hacer es ver que los cargamentos de víveres estén algo averiados o que, por casualidad, vuelque algún vagón, o haya alguna partida que se moje un poco. Algo así; lo bastante para declarar inutilizado el cargamento. Eso es todo. Lo demás es muy sencillo. El cargamento va quietamente al sótano de la tienda de productos alimenticios de Lev Kovalensky, y nadie tiene nada que sospechar. Sólo se trata de mercancías para la tienda, ¿no es verdad? Las cooperativas del Estado se encontrarán con escasez de víveres, y los buenos ciudadanos no recogerán más que palabras a cambio de sus cartillas de racionamiento. Nosotros aguardamos un par de semanas, y luego damos salida al cargamento y se lo despachamos a nuestros clientes: una serie de comerciantes privados esparcidos por las provincias, toda una red de individuos razonables y discretos. Y eso es todo. ¿Quién sabrá nada? Si alguien va a husmear por la tienda, bien. Tendremos un dependiente que podrá despacharles una o dos libras de mantequilla, si la quieren, y he aquí todo cuanto haremos, por lo menos que se sepa: comercio al detall, abierto y legal.
– Y además -susurró Antonina Pavlovna-, si algo no marcha, el joven comunista…
– Sí -murmuró Morozov. Miró furtivamente a su alrededor y esperó un momento, por si oía algún ruido sospechoso al otro lado de la puerta. Luego, tranquilizado, añadió, pegando sus labios a los oídos de Leo-: Tiene influencia en la G. P. U. Un poderoso amigo que le protege. No me atrevo ni a pronunciar su nombre.
– Oh, por este lado no hay peligro -dijo Leo despectivamente-. La cuestión es tener bastante dinero.
– ¿Dinero? Pero, Lev Sergeievitch, alma mía, tendremos tanto que podrá usted liar sus cigarrillos en billetes de diez rublos. Lo dividiremos en tres partes: usted, yo y el amigo comunista. Tendremos que dar algo a sus amigos del ferrocarril y al Upravdom, y además pagaremos el alquiler del establecimiento; esto ya figura en el presupuesto de gastos. Pero no debe usted olvidar que cara al público, usted es el único propietario. El establecimiento es de usted, a su nombre. Yo tengo que pensar en mi situación en el Trust de la Alimentación. Si supieran que tengo un establecimiento particular me expulsarían inmediatamente. Y yo quiero conservar mi puesto. Ya verá lo útil que nos será -y guiñó el ojo a Leo. Este no le contestó con ninguna sonrisa, sino que se limitó a decir: -Esté usted tranquilo, no tenga miedo.
– Entonces, es cosa concluida, ¿no es verdad? ¡Ay, amigo mío, dentro de un mes vivirá usted como no puede ni siquiera imaginar! Podrá poner un poco de carne sobre estas mejillas tan enjutas y comprar hermosos vestidos para Kira Alexandrovna, y brazaletes de brillantes, y ¿quién sabe?, quizá incluso un auto…
– ¿Te has vuelto loco, Leo?
La silla de Kira dio contra la pared, y la lámpara vaciló, pero luego recobró el equilibrio tambaleándose con un ligero ruido de cristales. Kira se había puesto de pie, y tres cabezas se habían vuelto a mirarla.
– ¿Bromeas, o has perdido por completo la razón? Leo se apoyó en el respaldo de su silla, mirándola de hito en hito, y le preguntó fríamente:
– ¿Desde cuándo te permites hablarme en este tono?
– Leo, si éste es un nuevo medio de suicidarse, hay otros más sencillos.
– Realmente, Kira Alexandrovna, se pone usted inútilmente trágica -dijo con frialdad Antonina Pavlovna.
– Vamos, vamos, Kira Alexandrovna, alma mía -dijo Morozov-, siéntese, cálmese y hablemos tranquilamente. No hay razón para inquietarse.
– Pero, Leo, ¿no ves lo que están haciendo? Tú no eres para ellos más que una pantalla viviente. Ellos arriesgan el dinero; tú, la vida.
– Celebro que sirva para algo -dijo Leo con desenvoltura.
– Óyeme, Leo, me calmaré. Mira, me vuelto a sentar. Óyeme. No vas a hacer una cosa semejante a ojos cerrados; estudíalo bien, piensa en ello. Ya sabes lo difícil que es la vida en estos tiempos. Ya sabes ante qué Gobierno estamos. Ya cuesta bastante escapar a sus añagazas; ¿vas a provocarlo para que te aplaste? ¿No sabes que a todo el que sea descubierto tomando parte en una especulación culpable, criminal, no le aguarda más que el piquete de ejecución?
– Creía que Leo había dado a entender con bastante claridad que no necesitaba consejos -dijo Antonina Pavlovna levantando graciosamente el cigarrillo.
– Kira Alexandrovna -protestó Morozov-, ¿por qué emplear palabras tan fuertes para hablar de una sencilla proposición, de un negocio perfectamente permitido y casi legal…?
– Usted, cállese -interrumpió Leo. Y luego, volviéndose hacia Kira-: Oye, Kira. Sé muy bien que todo esto es lo más sucio y lo más perverso posible. Y me doy cuenta de que me juego la vida. Pero quiero hacerlo, ¿entiendes?
– ¿Aunque yo te rogase que no lo hicieras?
– Nada de cuanto puedas decirme cambiará la situación. ¿Es un negocio vergonzoso, bajo, vil? ¡Sin duda! Pero ¿quién me ha arrastrado a hacerlo? ¿Crees tú que estoy dispuesto a pasar el resto de mi vida arrastrándome, suplicando que me den trabajo, sufriendo hambre, muriendo poco a poco? Hace dos semanas que volví. ¿Acaso he encontrado trabajo? ¿Acaso alguien me lo ha prometido siquiera? ¡Ah! ¿Fusilan a los que especulan los víveres? Pues ¿por qué no nos dan otro medio de vivir? No tengo profesión, no tengo porvenir. No puedo hacer lo que Víctor Dunaev; no lo haría ni aunque me abrasaran vivo. No arriesgo gran cosa, al fin y al cabo, al arriesgar mi vida… -Lev Sergeievitch, alma mía -dijo Morozov con admiración-, ¡y qué bien sabe hablar!
– Ustedes dos pueden marcharse ahora -ordenó Leo-; le veré mañana, Morozov, e iremos a echar un vistazo a la tienda.
– Verdaderamente, estoy sorprendida, Leo -observó con dignidad Antonina Pavlovna, mientras se ponía en pie-, se deja usted influenciar, y pierde las maneras, sin apreciar la oportunidad que se le ofrece. Yo creía que quedaría tan agradecido…
– ¿Quién tiene que estar agradecido? -repitió Leo mirándole con dureza-. Ustedes me necesitan a mí y yo a ustedes. Es un negocio; eso es todo.
– Claro, claro; es exactamente como usted dice -dijo Morozov-, yo por mi parte aprecio su colaboración, Lev Sergeievitch. Muy bien. Tonia, alma mía, vamonos ahora. Mañana estipularemos los detalles.
Estiró las piernas y se levantó apoyando con fuerza las manos en las rodillas. Cuando se movió, su grueso vientre osciló dibujándose demasiado visiblemente bajo las arrugas de su traje. En la puerta se volvió hacia Leo:
– Bien, Lev Sergeievitch, ¿no quiere usted cambiar un apretón de manos conmigo? No podemos firmar ningún contrato, naturalmente, ya lo comprende usted, pero confiamos en su palabra. Con una mueca de desprecio, Leo tendió la mano, como si aquel gesto representase una victoria sobre sí mismo. Morozov se la estrechó largamente, con calor, y se inclinó hasta el suelo, a la manera de los campesinos rusos, al marcharse, Antonina Pavlovna le siguió sin mirar a Kira. Leo les acompañó hasta el rellano. Cuando volvió, Kira permanecía en el mismo sitio en que se había quedado. Leo le dijo, sin darle tiempo a volverse:
– No discutamos más, Kira.
– Sólo hay una cosa, Leo -murmuró ella-, y no quise decirla delante de ellos. Dijiste que no tenías nada en la vida. Yo creía que te quedaba… yo…
– No lo he olvidado. Y ésta es una de las razones de mí acto. Oye, ¿crees que quiero vivir a tu costa por todo el resto de mis días? ¿Crees que puedo quedarme aquí contemplándote mientras paseas a los paletos por el Museo o engulles humo de cara al "Primus"? Aquella imbécil de Antonina no tiene que hacer de cicerona. Y no se pondría tus trajes ni que fuera para fregar el suelo. Lo que ocurre es que no tiene que fregar el suelo. Y bien: tampoco tú tendrás que hacerlo. ¡Pobre ingenua! No sabes lo que es la vida. No la viste nunca; pero la verás. Óyeme: si estuviera seguro de que iban a fusilarme dentro de seis meses, haría lo mismo.
Kira se apoyó en la mesa. Estaba muy cansada, y murmuró: -Leo, si te lo pidiese por todo nuestro amor, si te dijera que cada día bendeciría mi trabajo, que bendeciría todos los suelos que tenga que fregar, todas las manifestaciones a que deba tomar parte, y todos los Centros y todas las banderas rojas, a condición de que no hicieras eso… ¿lo harías igualmente? -Sí -replicó él.
El ciudadano Karp Morozov encontró al ciudadano Pavel Syerov en un restaurante. Se sentaron a una mesa en un oscuro rincón.
El ciudadano Morozov pidió una sopa de coles; Pavel Syerov, té y pasteles franceses. Luego el ciudadano Morozov se inclinó por encima de la mesa y dijo entre el humo de su plato:
– Ya está todo listo, Pavlusha. Tengo al hombre. Ayer le vi.
Pavel Syerov levantó hasta sus labios pálidos la taza de té y, con un movimiento apenas perceptible de aquéllos, preguntó:
– ¿Quién es?
– Se llama Leo Kovalensky. Joven. Sin un céntimo. Desesperado y dispuesto a todo.
Los pálidos labios formularon otra pregunta:
– ¿De confianza?
– Completamente.
– ¿Fácil de manejar?
– Como un niño.
– ¿Tendrá la boca cerrada? -Como una tumba.
Morozov se metió en la boca una cucharada de sopa; un pedazo de col quedó colgando y él lo recogió con una fuerte chupada; luego, inclinándose todavía más, murmuró:
– Por añadidura, tiene su pasado social… Su padre fue ajusticiado por actividades contrarrevolucionarias. En caso de ocurrir algo… sería exactamente el hombre adecuado para hacer recaer la culpa sobre él. ¡ Imagínese usted, un aristócrata traidor…!
– Espléndido -susurró Syerov.
Hundió la cucharilla en un pastel de chocolate; un poco de crema amarilla salió del dulce, esparciéndose por el plato. A través de sus labios pálidos, Syerov murmuró en voz baja, sin expresión: -Ahora óigame bien; quiero mi parte por anticipado en todos los cargamentos. No admito retrasos ni quiero tener que reclamar las cosas más de una vez.
– Dios me ayude, Pavlusha, lo tendrá… no hay por qué… -Y otra cosa. Quiero prudencia. ¿Comprendido? Prudencia. A partir de este momento, no me conoce usted. Si por casualidad nos encontramos, haga como si no me hubiera visto jamás. Antonina me dejará el dinero en la casa que ella ya sabe.
– Muy bien, Pavlusha; no olvidaré ningún detalle.
– Y diga a Kovalensky que no tiene por qué verme. No quiero ni conocerle.
– No hay ninguna necesidad.
– ¿Tiene ya la tienda?
– Hoy firmaremos el contrato.
– Bien; ahora quédese aquí. Yo me marcharé primero. Aguarde usted veinte minutos. ¿Comprendido?
– Muy bien. ¡Que Dios le bendiga!
– Guárdese la frase para usted. ¡Adiós!
En la oficina de la estación, una secretaria estaba sentada detrás de una valla de madera y escribía a máquina, mordiéndose el labio inferior y echando el superior hacia afuera. Delante de la valla había un espacio sin barrer y dos sillas: seis visitantes aguardaban pacientemente, cuatro de ellos en pie. Detrás de la secretaria se veía una puerta sobre la que campeaba un rótulo: "Camarada Syerov".
El camarada Syerov volvió de comer. Atravesó rápidamente el patio, haciendo crujir sus lustrosas botas militares. Los seis visitantes se volvieron, siguiéndole con mirada tímida y ansiosa. El pasó como si la estancia estuviese vacía, y la secretaria le siguió a su despacho particular.
En la pared de éste, detrás de un escritorio nuevo y grande, había un retrato de Lenin, y en otra pared un gráfico indicando los progresos de las líneas férreas y un cartel que ponía: "Camaradas, exponed vuestros asuntos en pocas palabras. La eficiencia proletaria es la disciplina de la construcción revolucionaria en tiempo de paz."
Pavel Syerov sacó de su bolsillo una ancha petaca de oro, encendió un cigarrillo, se sentó en el escritorio y echó un vistazo al montón de cartas que le aguardaba. La secretaria esperaba, sin saber qué hacer.
Luego Syerov levantó la cabeza y preguntó: -¿Qué hay de nuevo?
– Aquellos ciudadanos, ahí fuera, están aguardando para hablar con usted, camarada Syerov.
– ¿Qué quieren?
– La mayor parte solicitan trabajo.
– Hoy no recibo a nadie. Dentro de media hora debo estar en una reunión del Centro. ¿Ha copiado usted mi informe sobre los ferrocarriles considerados como arterias del estado proletario?
– Sí, camarada Syerov, aquí está.
– Bien.
– Aquellos ciudadanos, camarada Syerov, llevan tres horas aguardando.
– Mándelos al infierno. Que vuelvan mañana. Si hubiera algo importante telefonéeme al Sindicato de Ferroviarios. Estaré después de la reunión del Centro. Y a propósito, mañana vendré tarde.
– Está bien, camarada Syerov.
Syerov volvió del Sindicato a pie, acompañado por un amigo. Syerov estaba de buen humor. Silbaba alegremente, guiñando el ojo a las muchachas que pasaban. Dijo a su amigo:
– Me parece que esta noche voy a tener fiesta. Llevo varias semanas sin divertirme y tengo ganas de juerga. ¿Qué te parece?
– Bueno.
– Una pequeña reunión. Nuestro grupo… ¿En mi casa?
– Bueno.
– A ver si encuentras a alguien que tenga vodka, pero vodka auténtico. Iremos a los "Gourmets" a comprar todo cuanto tengan.
– Soy de los vuestros, amigo.
– Vamos a celebrar algo.
– ¿Qué?
– No importa. Lo celebraremos, y no nos preocuparemos del gasto. ¿Para qué? No me gusta pensar en el gasto cuando tengo ganas de divertirme. -Muy bien, camarada.
– ¿A quién vamos a invitar? Veamos: a Grinhka y a Baxim con las muchachas, desde luego. -Y a Lisaveta.
– Bien, invitaremos a tu Lisaveta. Y a Valka Dourova; ¡vaya chica! Traerá media docena de personas. Luego a Víctor Dunaev con su amiga, Marisha Lavrova. Víctor es una liendre que no tardará en convertirse en un gran piojo. Hay que estar bien con el. Y… ¿qué te parece, tengo que invitar también a la camarada Sonia?
– ¿Por qué no?
– Te diré. Aquella imbécil está andando detrás de mí desde hace más de un año. Se ha propuesto pescarme, y yo tengo tantas ganas como de que me ahorquen…
– Entonces, Pavlusha, debes andarte con cuidado. Si la ofendes, la posición que ocupa…
– Ya lo sé. ¡Maldita sea! Dos Sindicatos y cinco Centros femeninos están en sus manos. ¡Qué diablo! La invitaré.
Pavel Syerov había corrido las cortinas de las tres ventanas de su cuarto. Una de las muchachas había cubierto la lámpara con un chal anaranjado, de modo que la habitación estaba casi a oscuras. Las caras de los invitados parecían manchas blancas encima de las sillas, de los divanes, del pavimento. En el centro de la estancia había un plato con un gran centro de chocolate, traído de los "Gourmets"; alguien había metido el pie en el pastel. Junto a la almohada de la cama de Pavel se veía una botella rota. Sobre la cama estaban sentados Víctor y Marisha. El sombrero de Víctor, en el suelo, servía de cenicero. Un gramófono tocaba John Gray. El disco estaba estropeado y repetía continuamente unas mismas notas estridentes; pero nadie se daba cuenta. Un joven estaba sentado en el suelo, apoyado en la cama, intentando cantar, pero no lograba más que murmurar una salmodia triste y monótona; de pronto levantó la cabeza y profirió una especie de chillido que hizo estremecerse a todo el mundo. Alguien le tiró un zapato y una almohada por la cabeza, gritando: " ¡Basta ya, Grishka!", y luego Grishka volvió de nuevo a su sopor. En un rincón, cerca de la escupidera, había una muchacha tendida… Estaba dormida. Los cabellos le caían a mechones sobre el rostro sudoroso y encendido.
Pavel Syerov daba vueltas por la estancia, tambaleándose, agitando en la mano una botella vacía y murmurando insistentemente, en voz quejumbrosa:
– Un trago… ¿Quién quiere un trago…? ¿Hay alguien que quiera un trago?
– Vete a paseo, Pavel, ¿no ves que la botella está vacía? -le gritó alguien desde la oscuridad.
Pavel se detuvo. Levantó la botella y la miró al trasluz, escupió y la arrojó encima de la mesa.
– ¿Creéis que ya no tengo más? -dijo amenazándoles con el puño-. ¿Creéis que soy un miserable que os quiere hacer morir de sed? ¿Que soy un pobre desgraciado que no puede permitirse el lujo de beber un poco de vodka? ¿Esto os figuráis? Bien, vais a ver… vais a ver si puedo permitirme ciertos lujos… vais a ver…
Hurgó en una caja debajo de la cama y se levantó vacilando y blandiendo una botella por descorchar. -Conque no puedo permitírmelo, ¿eh? -dijo riendo, y se precipitó hacia el rincón de donde había salido la voz. Rió a las blancas manchas que le contemplaban atónitas, agitó la botella haciéndole describir un ancho círculo, y la estrelló ruidosamente contra una estantería llena de libros. Una de las muchachas dio un grito. El cristal se esparció en una lluvia tintineante, y un hombre profirió una blasfemia.
– ¡Mis medias, Pavel, mis medias! -sollozó una joven levantándose la falda sobre sus piernas mojadas. La mano de un hombre la cogió, en la oscuridad.
– No importa, amor mío, quítatelas.
Pavel Syerov gritaba, triunfante:
– Conque no puedo permitírmelo, ¿verdad? ¿Puedo o no? Pavel Syerov puede permitírselo todo. ¡Todo, en esta tierra maldita! ¡No hay nada que Pavel no pueda permitirse…! ¡Os puedo comprar a todos, en cuerpo y alma!
Alguien se había arrastrado debajo de la mesa y andaba buscando otras botellas; se oyó llamar a la puerta.
– ¡Adelante! -gritó Pavel.
Nadie entró. Llamaron de nuevo.
– ¿Qué diablos sucede? ¿Qué diablos quiere usted?
Pavel corrió tambaleándose a la puerta y la abrió. Su vecina, una mujer pálida y gruesa, estaba en el corredor, tiritando de frío en su camisón de franela, envolviéndose los hombros en una vieja bufanda, con mechones grises de pelo sobre sus ojos ensoñados.
– Ciudadano Syerov -gritó indignada-, ¿quieren ustedes terminar con este escándalo? A estas horas resulta indecente… Ustedes, los jóvenes, no tienen, vergüenza ni temor de Dios… ni…
– ¡Fuera, abuela, fuera! -gritó Pavel Syerov-, esconda la cabeza bajo la almohada y cierre esta maldita boca. ¿Acaso prefiere que la lleve a la G. P. U.?
La mujer se retiró precipitadamente, persignándose. La camarada Sonia estaba sentada en un rincón junto a la ventana, fumando. Llevaba un traje sastre de color caqui, con bolsillos a los lados y sobre el pecho, de excelente paño extranjero; pero había dejado caer ceniza sobre su falda. A su lado, una voz de muchacha suplicaba con triste cantilena:
– Dime, Sonia, ¿por qué has echado de la oficina a Dashka? Necesitaba el empleo, y honradamente…
_ No discutamos asuntos de negocios fuera de las horas de ofi-
cina -replicó Sonia-; aparte de que mis decisiones obedecen
siempre al bien de la colectividad.
_ ¡No tengo la menor duda! Pero óyeme, Sonia…
La camarada Sonia observó a Pavel, que estaba todavía junto a la puerta, sin tenerse apenas en pie. Se levantó y se acercó a él, sin hacer caso de la muchacha, a la que dejó a media frase.
– Ven aquí, Pavel -le dijo arrastrándole con su fuerte brazo hacia una silla-, vale más que te sientes. Vamos: deja que te instale aquí.
– Eres una buena amiga, Sonia -murmuró él, mientras ella le acomodaba un almohadón detrás de la espalda-, una verdadera amiga. ¡No vas a reñirme porque haya metido un poco de bulla!
– ¡Claro está que no!
– Pero tú no crees que yo no pueda permitirme beber un poco de vodka, ¿verdad?, como creen algunos de esos cretinos.
– Claro está que no, Pavel. Pero hay gente que no te sabe apreciar.
– Esto es. Aquí está el mal. No se me aprecia. Pero yo soy un gran hombre; llegaré a ser un verdadero personaje. Pero ellos no tienen idea. Nadie tiene idea. Llegaré a ser un hombre poderoso. A mi lado, los capitalistas extranjeros no serán más que unos pordioseros. Esta es la palabra: unos pordioseros… daré órdenes incluso al camarada Lenin.
– Pavel, nuestro gran jefe murió.
– Es verdad. Tienes razón. El camarada Lenin murió, pero ¿qué importa? Quiero beber, Sonia. Estoy muy triste. El camarada Lenin ha muerto.
– Este sentimiento te honra, Pavel, pero ahora será mejor que no bebas más.
– Estoy muy triste, Sonia. Nadie me aprecia.
– Yo sí, Pavel.
– Tú eres una amiga, Sonia, una verdadera amiga… Encima de la cama, Víctor estrechaba a Marisha entre los brazos. Marisha reía en voz baja contando los botones de la chaqueta de Víctor, pero al llegar al tercer botón perdía la cuenta y tenía que volver a empezar. Murmuraba:
– Eres un caballero, Víctor; esto es lo que eres: un caballero…
Por esto te quiero, porque eres un caballero, mientras yo no soy más que una muchacha de la calle. Mi madre era cocinera antes de… antes de… En fin, antes. Me acuerdo de que hace muchos años trabajaba en una casa muy grande, en que había coches y caballos, y cuarto de baño, y yo ayudaba a mi madre a lavar la verdura en la cocina. Y había un joven elegante, el hijo de la casa, que llevaba un uniforme muy bonito, y hablaba lenguas extranjeras… Se parecía a ti, y yo no me atrevía ni siquiera a mirarle.
Y ahora… tengo a un caballero mío, todo para mí -dijo riendo
de felicidad-. ¿No es chocante? ¡Yo, Marisha, aquella que lim
piaba la verdura!
– ¡Cállate! -dijo Víctor, besándola, mientras su cabeza se caía de sueño.
Junto a ellos una muchacha rió en la oscuridad y preguntó:
– ¿Cuándo os casáis, vosotros dos?
– Déjanos en paz -dijo Marisha con un gesto de la mano-. Nos vamos a casar. Somos novios.
La camarada Sonia había acercado una silla a Pavel, y éste se ha bía tendido, con la cabeza en el regazo de ella, que le acariciaba los cabellos. La mano de Pavel vagaba por la chaqueta caqui de Sonia. Pavel murmuraba:
– Eres una mujer excepcional, Sonia… una mujer maravillosa…tú me comprendes…
– Sí, Pavel; siempre he dicho que tú eres el más inteligente y más brillante de todos los jóvenes de nuestra colectividad.
– Eres verdaderamente maravillosa, Sonia.
Y seguía besándola y repitiendo:
– Nadie me aprecia.
La había tendido en el suelo y se inclinaba sobre su cuerpo cálido y pesado, murmurando:
– Un hombre necesita una mujer… una mujer buena y robusta, inteligente y comprensiva. ¿Para qué sirven aquellas espantapájaros…? A mí me gusta una mujer como tú, Sonia.
Sin saber como, Pavel se encontró en la pequeña despensa que separaba su habitación de la del vecino. Una ventana cubierta de telarañas, bajo el techo, dejaba pasar un polvoriento rayo de luna sobre un alto montón de cajas y cestas. Pavel se apoyaba sobre el hombro de Sonia balbuciendo:
– Se figuran que Pavel Syerov es uno de esos desgraciados que se pasan la vida comiendo en el cubo de la basura. ¡Ya verán! Pavel Syerov les hará ver que tiene el látigo por el mango… tengo un secreto, Sonia, un gran secreto… pero no te lo puedo decir… Pero siempre te quise bien, Sonia. Siempre he deseado una mujer como tú, Sonia, fuerte y robusta.
Cuando quiso echarse sobre una gran canasta de mimbre, el montón de cajas se tambaleó y cayó con gran estrépito. Los vecinos protestaron, dandofuriosos golpes en la pared. Pero la camarada Sonia y Pavel Syerov, echados en el suelo, no hicieron caso.
El dependiente se secó la nariz con el dorso de la mano y envolvió una libra de mantequilla de un gran pedazo húmedo y amarillento que tenía ante él sobre un barril de madera. Luego se limpió el cuchillo en un delantal que había sido blanco. Tenía los ojos descoloridos y lagrimosos; su boca no era más que un bulto y una cavidad sobre una cara arrugada; su barbilla asomaba con dificultad por encima de un mostrador demasiado alto para el miserable esqueleto disecado que se ocultaba bajo su astroso jersey azul. Husmeó, dejando ver dos dientes negros y carcomidos, y sonrió a la elegante cliente de sombrero azul adornado con rojas cerezas.
– Es la mejor mantequilla de Leningrado ciudadana. La mejor de la ciudad.
Encima del mostrador se veía una pirámide de panes cuadrados, de un negro polvoriento y un blanco grisáceo. Y del techo colgaba un festón de embutidos, de pastas y de hongos secos. Las moscas se agolpaban sobre los grasientos pesos de una vieja balanza y sobre los sucios cristales de una única y estrecha ventana. En ésta, empañado por las primeras lluvias otoñales, pendía un rótulo: "Lev Kovalensky – Productos alimenticios".
La cliente echó sobre el mostrador unas cuantas sonoras monedas de plata y recogió su paquete. Iba a salir cuando se detuvo involuntariamente asombrada, para contemplar al joven que entraba. No sabía que era el dueño de la tienda, pero comprendía que pocas veces tendría ocasión de admirar por las calles de la ciudad un tipo de hombre como aquél. Leo llevaba un gabán extranjero nuevo, con un cinturón ceñido a su esbelto talle, el ala del sombrero caída por un lado sobre su perfil arrogante, un cigarrillo sostenido en la comisura de los labios por dos dedos afilados, enfundados en unos magníficos guantes de cabritilla de marca extranjera, y se movía con toda la gracia segura, rápida, consciente de sí misma, de un cuerpo nacido para vestir con elegancia. La muchacha le miró fijamente, dulcemente, con aire provocativo. El le contestó, con una mirada que era una invitación, una ironía y casi una promesa. Luego se volvió y se acercó al mostrador, mientras ella salía lentamente del establecimiento. El dependiente le recibió con una profunda inclinación, que le hizo tocar con la barba en el pedazo de mantequilla.
– Buenos días, Lev Sergeievitch; buenos días, señor.
Leo hizo caer en un vaso vacío la ceniza de su cigarrillo y preguntó:
– ¿Tienes dinero?
– Sí, señor. No puedo quejarme. Buenos negocios, señor, y…
– Dámelo.
El dependiente se frotó la barbilla con su mano sarmentosa y murmuró vacilando:
– Pero, señor, Karp Karpovitch dijo la última vez que…
– Te he dicho que me lo des. -Bien, señor.
Leo guardó con indiferencia los billetes en su cartera. Luego preguntó, bajando la voz.
– ¿Ha llegado el cargamento?
El dependiente asintió, guiñando confidencialmente un ojo y sonriendo con aire de complicidad.
– ¡Silencio! -dijo Leo-. Es más prudente.
– Sin duda, señor. Ya sabe usted que yo soy la discreción en persona, como dicen en la buena sociedad, si puedo expresarme así, señor. Karp Karpovitch sabe que puede fiarse de un viejo sirviente que ha trabajado para él desde…
– Podrías poner papel matamoscas aquí.
– Sí, señor. Yo…
– Hoy no volveré. No cierres hasta la hora de costumbre.
_ Bien, señor. Buenos días, señor.
Leo salió sin contestar.
La muchacha del sombrero azul adornado con cerezas le estaba aguardando en la esquina. Sonreía con una expresión de esperanza y de incertidumbre. Leo dudó un segundo, pero luego sonrió y se fue en otra dirección; su sonrisa provocó una oleada de rubor bajo el ala azul. Pero aún así, la muchacha siguió mirándole mientras él subía a un coche y se alejaba.
Se dirigió al mercado Alexandrovsky. Pasó rápidamente por delante de los viejos objetos expuestos en la acera, sin prestar atención a las intensas miradas de súplica de sus vendedores, y se detuvo ante un barracón en que había jarrones de porcelana, relojes de mármol, lámparas de bronce, una colección de objetos de valor incalculable que sin duda había ido a parar a la polvorienta penumbra del mercado después de haber adornado los salones de algún suntuoso palacio ahora destruido.
– Quiero algo para hacer un regalo -dijo al dependiente, que se inclinaba muy cortés al ver su gabán de aspecto extranjero-. Un regalo de boda.
– Muy bien – y el dependiente se inclinó de nuevo-. ¿Para su esposa, señor? -No; para un amigo.
Contempló con indiferencia, con desprecio, los delicados tesoros polvorientos y descalabrados que hubieran debido reposar en estuches de terciopelo en las vitrinas de un museo, y dijo:
– Quiero algo mejor que todo eso.
– Muy bien, caballero -replicó el dependiente, volviendo a inclinarse-; algo espléndido para regalar a algún amigo querido.
– No. Es para un hombre a quien odio. -Señaló un jarrón azul y oro que estaba en un rincón y preguntó:
– ¿Qué es aquello?
– ¡Ah, aquello, caballero! -dijo el dependiente tomando tímidamente el jarrón y dejándolo con mucho cuidado sobre el mostrador. Se trataba de un objeto de tal precio que no se había atrevido a enseñárselo siquiera a un cliente de tan elegante aspecto-. Sévres auténtico, caballero -susurró quitando las telarañas del jarrón y volviéndolo boca abajo para enseñar a Leo la marca de fábrica-. Es un objeto regio, caballero, algo verdaderamente regio.
– Me quedo con él -dijo Leo.
El dependiente se tragó la saliva y jugueteó con su corbata mientras contemplaba con admiración la repleta cartera entre los dedos enguantados de aquel generoso cliente que ni siquiera había preguntado el precio.
– Camaradas, en estos días de pacífica construcción del Estado, los trabajadores de la cultura proletaria constituyeron el batallón de choque de las fuerzas de la Revolución. La educación de las masas obreras y campesinas es el gran problema de nuestras heroicas jornadas rojas. Nosotros, los guías de los museos, formamos parte de los educadores de nuestro gran ejército de paz. No somos predicadores ni muñecos burgueses sentimentales, profesionales de una civilización de salón. Nosotros estamos clavados en el suelo de un país nuevo, empapado en la metodología práctica del materialismo histórico, de acuerdo con el espíritu de la realización soviética.
Kira estaba sentada en la novena fila, y su silla amenazaba a cada momento hundirse bajo ella. La asamblea de guías de museos estaba por terminar. En torno a Kira, las cabezas pendían cansadas, y los ojos miraban furtivos y ansiosos a un gran reloj de pared, encima de la cabeza del orador. Pero Kira se esforzaba en seguir escuchando: no quitaba los ojos de los labios del conferenciante, para no perder ni una palabra. Hubiera querido que las pronunciase en voz más alta; pero tal como eran no lograba cubrir las que repetidamente martilleaba su cerebro; una voz por teléfono que imploraba, procurando no parecer implorar: "Kira, ¿cómo es que no te veo casi nunca?; y una voz imperiosa en la oscuridad: "¿Qué enredo es ése de tus salidas, Kira? Ayer me dijiste que habías ido a ver a Irina, y no era verdad." ¿Cuánto podía durar? Llevaba tres semanas sin ver a Andrei.
Junto a ella, las sillas se movieron con estrépito: la conferencia había terminado. Bajó corriendo la escalera, diciendo a uno de sus colegas:
– Verdaderamente, ha sido una conferencia interesantísima. Naturalmente, nuestro deber cultural para con el proletariado es algo de la mayor importancia.
Esto no era difícil de decir. Nada era difícil después de haber mirado a Leo cara a cara y de haberle dicho riendo: "¿A qué vienen ahora estas preguntas absurdas, Leo? ¿No tienes confianza en mí?"
Volvió a casa corriendo. En medio del cuarto de Marisha había dos baúles y una canasta de mimbre: los cajones vacíos habían quedado abiertos; las estampas habían sido arrancadas de la pared y estaban amontonadas sobre la mesa; en la habitación no había nadie.
La camarera abandonó el ruidoso "Primus" junto a la ventana y se precipitó a ayudar a Kira a quitarse el abrigo.
– ¿Ha vuelto Leo? -preguntó ésta.
– No, señora.
El abrigo era viejo y raído por los codos. El traje que llevaba debajo tenía todo el cuello manchado de grasa, el borde deshilacliado. Con un rápido movimiento, Kira se lo sacó por la cabeza y lo echó a la camarera, sacudiéndose el pelo desordenado. Luego se sentó en la cama y se quitó los zapatos de gastados tacones y las zurcidas medias de algodón; la camarera se arrodilló junto al lecho y le calzó unas medias de seda natural y unos elegantes escarpines de tacón alto. Luego se puso en pie para ayudarla a ponerse el elegante traje de paño oscuro. Finalmente, guardó el traje y los zapatos viejos en un armario en que había cuatro trajes nuevos y seis pares de zapatos, nuevos también.
Pero Kira necesitaba su empleo para conservar su título de "funcionaría soviética", y, para conservar el empleo, tenía que seguir llevando sus trajes viejos.
Un espléndido ramo de lirios blancos, último regalo de Leo, adornaba la mesa. Sobre los blancos pétalos se veía alguna mancha de hollín del "Primus", porque Kira tenía camarera, pero no tenía cocina. La camarera iba cinco horas al día y cocinaba en el "Primus" al lado de la ventana.
Leo llegó, con el jarrón de Sévres envuelto en un periódico bajo el brazo.
– ¿Todavía no está lista la comida? -preguntó-. ¿Cuántas veces os he dicho que no quiero ver humo cuando llego a casa?
– En seguida se la sirvo, señorito -se apresuró a decir la camarera. Corrió a cerrar el "Primus", con evidentes muestras de respeto y miedo sobre su rostro.
– ¿Compraste el regalo, Leo? -preguntó Kira.
– Aquí está. No lo desenvuelvas. Es frágil. Comamos, de lo contrario, llegaremos tarde.
Después de la comida, la camarera lavó los platos y se marchó. Kira se sentó al espejo y se avivó cuidadosamente los labios con un auténtico lápiz francés.
– Supongo que no vas a ir en este traje -dijo Leo.
– ¿Por qué no?
– Porque no. Ponte el de terciopelo negro.
– No tengo gana de vestirme para ir a la boda de Víctor. Y si no fuera por tío Vasili, ni siquiera iría.
– Pero desde el momento que vas, quiero que estés lo más elegante posible.
– ¿No será una imprudencia, Leo? Habrá muchos de sus amigos del Partido. Para qué darles a entender que tenemos dinero?
– ¿Por qué no? Claro está que tenemos dinero. Pues que lo sepan. Yo no cometo una villanía por el solo placer de cometerla.
– Bien, Leo. Como quieras.
Leo la miraba con aire de aprobación, cuando la vio con su traje negro, severa como una religiosa, graciosa como una marquesa del siglo dieciocho, con sus manos blancas y finas resaltando sobre la morbidez del terciopelo. Sonrió satisfecho, la tomó de la mano como si fuera la de una dama de la Corte en una recepción oficial, y se la besó con gesto cortesano.
– ¿Qué compraste, Leo?
– Oh, nada, un jarrón; puedes mirarlo, si quieres. Ella lo desempaquetó, y se quedó sin aliento.
– Pero, ¡Leo! ¡Esto cuesta una fortuna!
– Claro. Es de Sévres.
– No podemos regalárselo, no. No es por el precio, sino que me parece que no nos conviene dar a entender que lo podemos comprar. Verdaderamente, es peligroso.
– ¡Todo eso son tonterías!
– Leo, estás jugando con fuego. Para qué hacer esos alardes a los ojos de todos aquellos comunistas?
– Precisamente porque quiero que lo vean.
– Pero ellos comprenderán muy bien que un comerciante privado no puede permitirse tales lujos.
– ¡No me importa! ¡Déjate de tonterías!
– Devuélvelo, Leo; cambíalo.
– No.
– Pues no voy a la boda.
– Kira…
– Leo, por favor…
– No hablemos más del asunto.
Cogió el jarrón y lo arrojó al suelo. El jarrón se hizo añicos; Kira se quedó estupefacta, pero Leo se rió.
– Anda, vamos, por el camino compraremos cualquier otra cosa. Kira contemplaba melancólicamente los fragmentos del jarrón; no pudo evitar el decir:
– Con todo ese dinero, Leo…
– ¿No vas a poder olvidar esa palabra? ¿Acaso no se puede vivir sin pensar constantemente en el dinero?
– Me prometiste ahorrar, Leo. Podemos necesitarlo. Las cosas pueden cambiar…
– ¡Es absurdo! Nos queda tiempo de sobra para empezar a hacer economías.
– Pero, ¿no sabes lo que significan estos cientos de rublos que has arrojado por el suelo? ¿Olvidas que te juegas la vida por cada uno de estos rublos?
– Claro está que no lo olvido. Esto es precisamente lo que no debo olvidar. ¿Quién sabe si tengo porvenir? ¿Para qué ahorrar? Tal vez no lo necesite nunca. Ya me costó bastante fatiga ganarlo; ¿no puedo, pues, arrojarlo por la ventana si quiero… por lo menos mientras me dejan?
– No hablemos más de eso, Leo. Vamonos. Llegaremos tarde.
– Anda, pues, y no pongas cara de mal humor. Estás demasiado bonita.
En el cuarto de los Dunaev se veía un ramo de nardos sobre la mesa, unas macetas de margaritas sobre el aparador y una de campánulas sobre el piano vertical que había sido pedido en préstamo a los vecinos, como lo atestiguaban todavía las huellas de su traslado en el pavimento.
Víctor llevaba su modesto traje negro y mostraba en su semblante una modesta expresión de sencillez juvenil. Estrechaba manos, sonreía, se inclinaba graciosamente y aceptaba las felicitaciones. Marisha llevaba un traje de lana de color de púrpura, con una rosa blanca sobre el hombro. Parecía estupefacta: observaba todos los movimientos de Víctor con un tímido orgullo algo inseguro; se ruborizaba y respondía con precipitadas inclinaciones de cabeza a los cumplidos de los invitados, estrechaba manos desconocidas, y a cada momento volvía los ojos hacia Víctor como si temiera perderle.
Los invitados iban entrando, murmuraban una frase de enhorabuena y se sentaban como podían. Los amigos de la familia tenían un aspecto turbado y suspicaz; su afabilidad tenía mucho de cautela, sobre todo cuando hablaban con miembros del Partido. Estos también se mostraban tímidos e inseguros, principalmente con los amigos burgueses de la familia Dunaev, con los que apenas lograban parecer amables. Ninguno de ellos parecía espontáneo al felicitar en alta voz a la pareja, mientras observaba la figura encorvada y silenciosa de Vasili Ivanovitch, en cuyos ojos se reflejaba una evidente expresión de angustia, o la de Irina en su mejor traje remendado, con sus movimientos rápidos y nerviosos y su estridente tono de la mal fingida alegría.
La pequeña Asha llevaba un lazo rojo en el pelo, que continuamente se le caía sobre la nariz. Reía sin motivo, de vez en cuando, a un invitado cualquiera, sin dejar ni un momento de roerse las uñas. Miraba a Marisha con insolente curiosidad. Iba dando vueltas alrededor de la mesa en que se habían expuesto los regalos: un surtido de objetos usados, un reloj de bronce, un cenicero de porcelana en forma de cráneo, un "Primus" nuevo y una colección de las obras completas de Lenin, encuadernada en tela roja. Irina vigilaba a su hermana para que no se acercara demasiado al buffet ni a los pasteles.
Galina Petrovna seguía a Víctor como si fuera su sombra, dándole palmadas en el hombro y repitiendo sin cesar: "¡Estoy muy contenta, Víctor, muy contenta!" Los músculos de la cara de Víctor se habían quedado rígidos, en una sonrisa amplia, que hacía ver sus dientes blancos y brillantes. Ya no necesitaba hacer ningún esfuerzo para sonreír; la sonrisa había quedado estereotipada sobre sus labios. Se limitó a volver la cabeza y a saludar a su tía con una inclinación.
Cuando Víctor hubo logrado desembarazarse de ella, Galina Petrovna palmoteo el hombro de Vasili Ivanovitch, repitiendo:
_ ¡Qué contenta estoy, Vasili! ¡Estoy muy contenta! Víctor es un muchacho del que puedes estar orgulloso.
Vasili Ivanovitch sacudió la cabeza como si no la hubiera oído. Irina acudió a llevarse a su tía.
Cuando entró Kira, la primera persona a quien vio fue a Andrei, que estaba solo junto a una ventana. Se paró en el umbral. Los ojos de Andrei se posaron en ella, y luego, lentamente, se volvieron hacia el hombre que la acompañaba. Leo sonrió levemente, con aire de superioridad.
Kira se dirigió en seguida hacia Andrei, muy erguida, graciosa, supremamente segura de su magnífico traje, y le tendió la mano diciéndole en alta voz:
– Buenas tardes, Andrei. Estoy muy contenta de verle. Los ojos de él le dijeron que la había comprendido, que sería prudente, y al mismo tiempo, su mano estrechaba la de ella, sonriéndole con una sonrisa amistosa e impersonal. Leo se les acercó lentamente, con aire de indiferencia. Saludó a Andrei, y le preguntó cortésmente, en voz mesurada, pero sin dejar de sonreír con insolencia:
– ¿Cómo? ¿De modo que también es usted amigo de Víctor?
– Lo mismo que usted -repuso Andrei.
Kira se alejó sin prisa para ir a felicitar a los novios. De paso saludó a sus conocidos, sonriente, y habló un momento con Irina. Sabía que la mirada del hombre que estaba junto a la ventana la seguía, y por lo mismo, no quiso volverse.
Había hablado ya con muchos otros invitados antes de volver a acercarse, como por casualidad, a Andrei. Leo, al otro lado de la sala, estaba escuchando a Lidia.
Andrei susurró rápidamente:
– Víctor me había invitado muchas veces, pero nunca había aceptado. Vine porque sabía que tú estarías. Hace tres semanas…
– Ya lo sé, Andrei, y lo siento; pero no he podido. Luego te explicaré. Estoy contenta de verte, pero sé prudente.
– Pierde cuidado, Kira. ¡Qué hermoso traje! ¿Nuevo?
– Sí. Es un regalo de mamá.
– Kira, ¿siempre vas con él a las fiestas? -¿Te refieres a Leo?
– Sí.
– Supongo que no vas a querer imponerme los amigos con quienes…
– Kira -dijo él, desconcertado por la firme expresión de ella-, lo siento… Naturalmente, no quería… perdóname. Sé que no tengo derecho a decir nada; pero, ¿ves tú?, nunca me ha gustado ese muchacho.
Ella sonrió alegremente, afectuosa, como si no hubiese ocurrido nada, e, inclinándose a la sombra de la ventana, le estrechó los dedos entre los suyos. -No te atormentes -murmuró.
Y al alejarse de él, se volvió y, sacudiendo la cabeza, le dirigió, entre los rizos desordenados de su pelo, una mirada de comprensión tan cálida y centelleante, que Andrei contuvo el aliento, conmovido por el secreto que guardaban para ellos dos solos, en medio de gente extraña, por primera vez en su vida. Vasili Ivanovitch estaba sentado solo, en un rincón, debajo de una lámpara, y a través de la seda de la pantalla, la luz coloreaba de púrpura su rostro y su cabeza cana. Miraba los pies que se arrastraban por el pavimento, las botas de militares de los jóvenes comunistas, las nubes de humo azulado que subían hasta el techo en densas oleadas, como una espesa mezcla que fuese hirviendo poco a poco; la cruz de oro que pendía del cuello de Lidia, como un destello de luz en medio del humo que llenaba la estancia. Kira se acercó y se sentó a su lado. El le dio una palmada en la mano, sin hablar, seguro de que ella le comprendía. Luego dijo, como si ella hubiera estado siguiendo todos sus razonamientos silenciosos:
– … pero no me importaría si la quisiera. Pero no la quiere… Kira, ¿sabes?, cuando era pequeño, con aquellos ojazos negros, yo miraba a mis clientes, aquellas damas que parecían emperatrices, y me preguntaba a cuál de ellas se parecería la mujer de mi hijo; cuál de aquellas señoras sería la madre de mi futura hija… ¿Conoces a los padres de Marisha, Kira?
Galina Petrovna había acaparado a Leo y le decía con gran entusiasmo:
– ¡No sabes cuánto celebro tu éxito! Siempre dije que un joven brillante como tú no debería encontrarse nunca en apuros. El traje de Kira era magnífico. ¡No sabes cuánto me alegra el ver lo amable que eres con mi hija! Los comerciantes privados constituyen una parte indispensable de la reconstrucción del Estado. Todos aportamos nuestro pequeño tributo al porvenir de la humanidad… Víctor estaba sentado en el brazo de un sillón ocupado por la rubia Rita Eksler. Se inclinaba hacia ella, acercando su cigarrillo al que ella tenía entre los labios. Rita se había divorciado recientemente de su tercer marido; entornaba los ojos bajo sus largas pestañas y murmuraba consejos confidenciales. Uno y otro reían en voz baja.
Marisha se acercó tímidamente y tomó la mano de Víctor con un torpe gesto de ternura.
El retiró la mano y dijo con impaciencia: -No podemos abandonar a nuestros invitados, Marisha. Fíjate: la camarada Sonia está sola… Vete a hacerle compañía.
Marisha obedeció humildemente mientras Rita la seguía con los ojos por entre una nube de humo y su corta falda dejaba ver las largas piernas cruzadas.
– Verdaderamente -dijo la camarada Sonia con frialdad y en tono autoritario-, no puedo decirle que me felicito de su elección, camarada Lavrova. Un verdadero proletario no se casa fuera de su clase.
– Pero, camarada Sonia -protestó Marisha estupefacta-, Víctor es miembro del Partido.
– Siempre he dicho que las normas de admisión al Partido no eran muy rigurosas -replicó la camarada Sonia.
Marisha andaba como perdida por entre la multitud de los invitados. Nadie la miraba y ella no sabía qué decir. Vio a Vasili Ivanovitch solo, junto al aparador, ocupado en alinear botellas y copas. Se le acercó y le sonrió con aire confuso. Vasili Ivanovitch la miró sorprendido, y ella dijo con firmeza, bruscamente, comiéndose las palabras y con el rostro encendido:
– Ya sé que no le gusto a usted, Vasili Ivanovitch, pero, ¿sabe usted?, ¡le quiero tanto…! Vasili Ivanovitch la miró y dijo con voz inexpresiva:
– Esto está bien, hija mía.
La familia de Marisha se hallaba sola, en un rincón oscuro, muy solemne, muy tiesa y con aire de gran embarazo. El padre, un hombre encorvado de cabellos grises, en blusa de obrero y pantalones remendados, apoyaba las manos en las rodillas, sin saber qué hacer con ellas; su rostro, en el que la boca parecía una hendidura de amarga expresión, se inclinaba hacia adelante, y sus ojos, brillantes y altivos, oscuros y jóvenes, en contraste con las arrugas que surcaban la cara, escrutaban la estancia con la mayor atención. Su mujer se acurrucaba tímidamente detrás de él, pálida e informe en un traje de algodón, como la fachada de un edificio que hubiera soportado muchas lluvias. El hermano menor de Marisha, un muchacho de unos ocho años, no se movía de al lado de su madre y echaba de vez en cuando iracundas miradas a Asha. Al pasar junto a Irina, Kira le preguntó:
– ¿Cómo no está aquí Sasha?
– Es natural -replicó Irina con una amarga sonrisa-. Víctor no iba a invitarle, precisamente a él.
Víctor se reunió con Pavel Syerov y otros tres hombres en chaquetas de cuero. Rodeó con un brazo los hombros de Syerov, y con el otro los del secretario de su célula, y luego se inclinó hacia ellos con aire confidencial, mirándoles corr ojos límpidos, en los que parecía asomar la más entrañable amistad. La camarada Sonia, acercándose, le oyó murmurar:
– Verdaderamente, estoy orgulloso de la familia de mi mujer y de la parte que ha tomado en la revolución. El padre, ¿sabéis? estuvo desterrado en Siberia, en tiempo del zar.
La camarada Sonia observó en voz alta:
– El camarada Víctor es un muchacho muy brillante. El tono de su voz no gustó ni a Víctor ni a Syerov.
Este último protestó:
– Víctor es uno de nuestros mejores elementos, Sonia.
– Lo que yo digo -insistió ella- es que el camarada Víctor Dunaev es un muchacho muy brillante. -Y añadió:- Desde luego, no dudo de su lealtad de clase. Naturalmente, no tiene nada que ver con un caballerete del tipo de aquel ciudadano Kovalensky, que está allí abajo.
– Dime, Víctor -preguntó Syerov observando la alta figura de Leo, que en aquel momento se inclinaba hacia Rita Eksler-, aquel hombre es Leo Kovalensky, ¿no es cierto?
_ Sí. Leo Kovalensky. Es un buen amigo de mi prima. ¿Por qué me lo preguntas? -Oh, por nada, por nada…
Leo observó a Kira y Andrei, que estaban sentados uno junto a otro al lado de una ventana. Dejó a Rita, saludándola con una inclinación y mientras ella se encogía de hombros con evidente impaciencia, se dirigió poco a poco hacia la pareja.
– ¿Les estorbo? -preguntó.
– De ningún modo -repuso Kira.
Leo se sentó a su lado, sacó su pitillera de oro, la abrió y les invitó a fumar. Kira sacudió negativamente la cabeza. Andrei tomó un cigarrillo. Leo se inclinó para darle fuego.
– Puesto que la sociología es la ciencia favorita de su partido -dijo Leo-, ¿no cree usted que estas bodas son interesantes?
– ¿Por qué, ciudadano Kovalensky?
– Porque ofrecen una oportunidad para observar la inmutabilidad esencial de la raza humana. El matrimonio por razón de Estado es una de las más antiguas instituciones de la humanidad. Siempre se ha considerado prudente el casarse con una persona de la clase dirigente.
– No olvide usted -dijo Andrei- la clase a que pertenece la persona en cuestión.
– ¡Todo eso son tonterías! -dijo Kira-. Esos dos se quieren, y no hay más.
– El amor -observó Leo- no forma parte de la filosofía del Partido del camarada Taganov, ¿no es verdad?
– No creo que esto le importe a usted -contestó Andrei.
– ¿Ah, no? -preguntó lentamente Leo, mirándole-. Precisamente esto es lo que estoy intentando descubrir.
– ¿Acaso esta cuestión plantea algún conflicto con su teoría personal… sobre el particular? -interrogó Andrei.
– No, no; más bien creo que la confirma. ¿Ve usted? En mi opinión, los miembros de su partido tienen una tendencia a situar por encima de su clase social el objeto de sus deseos sexuales.
– Y al decir estas palabras, señalaba con el cigarrillo a Marisha, pero miraba fijamente a Andrei.
– Si lo hacen -replicó éste- no siempre quedan desengañados.
– Y, al decirlo, miraba a Kira, pero señalaba a Víctor Dunaev.
– Marisha parece feliz -dijo Kira-. ¿Qué mal hay en ello, Leo?
– Yo sólo censuro las arrogantes presunciones de los amigos… -empezó a decir Leo.
– … que no conocen los límites de los derechos de la amistad -terminó Andrei.
– Andrei -dijo Kira-, somos muy poco amables con Marisha.
– Verdaderamente, lo siento -dijo Andrei-. Estoy seguro de que el ciudadano Kovalensky no interpretará mis palabras en mal sentido.
– No -dijo Leo.
Irina había colocado las copas en las bandejas, y Vasili Ivanovitch las iba llenando.
Irina las ofrecía a los invitados, con una vaga sonrisa a cada uno: su sonrisa era resignada, indiferente; cosa extraña en ella, permanecía callada.
Las bandejas quedaron rápidamente vacías; los invitados sostenían cada uno su copa con impaciencia. Víctor se puso en pie, y en el acto las charlas cesaron y se produjo un silencio solemne.
– Queridos amigos -la voz de Víctor era clara, vibrante, y su fono el de la más cálida y dulce persuasión-: no tengo palabras para expresaros a todos mi más profunda gratitud por la amabilidad que habéis tenido conmigo en este día, el más grande de mi vida. Brindemos por una persona que merece el mayor afecto de mi corazón, no sólo como pariente, sino como hombre que representa a mis ojos un espléndido ejemplo para todos nosotros, jóvenes revolucionarios que iniciamos una vida al servicio de la causa del Proletariado. Un hombre que ofreció a esta causa lo mejor de sus años, un hombre que desafió valientemente la tiranía del zar, que sacrificó su juventud en las frías estepas de Siberia, donde le habían desterrado por haber luchado por la causa de la libertad de los obreros. Puesto que éste es el principal objetivo que todos nosotros perseguimos, puesto que éste es el más elevado de todos los pensamientos de felicidad personal, ¡levantemos nuestras copas, en primer lugar, por uno de los primeros combatientes de la causa obrera y campesina soviética, por mi querido suegro, Glib Ilytch Lavrov!
Sonaron ruidosos aplausos, y se levantaron las copas; todas las miradas se volvieron hacia el rincón en que se ponía lentamente en pie la encorvada y enflaquecida figura del padre de Marisha. Lavrov tenía la copa en la mano, pero no bebía. Pidió silencio, con un gesto de su mano rugosa, y dijo con energía, firmemente, sin apresurarse:
– Oídme, muchachos. He pasado cuatro años en Siberia. Los pasé porque veía a la gente muriéndose de hambre y de miseria bajo una bota y buscaba su libertad. Sigo viendo a la gente morir de hambre y de miseria bajo una bota. La única diferencia está en que ahora la bota es roja. Yo no fui a Siberia para unos locos, ebrios de poder y sedientos de sangre, que estrangulan al pueblo como no se les estrangulaba ni en tiempos del zar, y que están menos dispuestos que el mismo zar a oír hablar de la libertad. Haced lo que queráis, bebed cuanto queráis, hasta ahogar en vino la última chispa de conciencia que quede en vuestros cerebros enloquecidos, bebed por lo que os parezca. Pero cuando brindéis por los Soviets, ¡no brindéis por mí!
En el absoluto silencio que siguió a estas palabras, un hombre rió de pronto, con una carcajada fuerte, cristalina, resonante. Era Andrei Taganov.
Pavel Syerov se puso en pie y abrazando a Víctor gritó agitando su copa:
– Camaradas, incluso entre las filas de los proletarios hay traidores. ¡Bebamos a la salud de los hombres leales! Hubo un ruido, mucho ruido. Sonaron las copas, se elevaron las voces, las manos dieron palmadas sobre los hombros, todo el mundo gritó a la vez. Pero nadie se volvió a mirar a Lavrov. Sólo Vasili Ivanovitch se le acercó poco a poco y se paró a mirarle. Sus ojos se encontraron, y Vasili Ivanovitch, levantando su copa, le dijo:
– Bebamos a la felicidad de nuestros hijos, aunque usted no crea, como tampoco lo creo yo, que vayan a ser felices. Los dos ancianos bebieron.
En medio del rumor de la gente, Víctor cogió a Marisha por la muñeca, clavándole las uñas en la carne y murmuró a su oído, con los labios lívidos: -¡Maldita estúpida! ¿Por qué no me lo advertiste?
Ella murmuró, bajando los ojos anegados en llanto: -Tenía miedo, no debías…
– ¡Cállate!
Hubo muchos otros brindis. Víctor se había provisto de una buena cantidad de botellas, y Syerov le ayudaba a descorcharlas. Las bandejas de dulces habían quedado vacías. Sobre la mesa se amontonaban los platos sucios. Se "habían roto algunas copas. El humo de los cigarrillos formaba una nube azul, espesa e inmóvil bajo el techo.
La familia de Marisha se había marchado. Galina Petrovna estaba sentada en un rincón, esforzándose en no dejarse vencer por el sueño y en conservar erguida la cabeza. Alexander Dimitrievitch roncaba suavemente, con la cabeza apoyada en el brazo de un sillón. Asha no había querido irse a la cama; se había quedado dormida sobre un baúl, en el pasillo, con la cara sucia de chocolate. Irina, sentada en un rincón, observaba a toda aquella gente con indiferencia. La camarada Sonia, inclinada bajo la pantalla roja, leía un periódico. Víctor y Pavel Syerov estaban en el centro de un grupo que seguía brindando y esforzándose en entonar con ronca voz canciones revolucionarias. Marisha iba de grupo en grupo, con la nariz brillante y la rosa blanca manchada sobre el hombro de su vestido.
Lidia se acercó vacilando al piano y rodeó con su brazo el talle de Marisha.
– Es hermoso -dijo en voz baja-, es hermoso.
– ¿Qué es lo que es hermoso? -preguntó Marisha.
– El amor, el romanticismo. ¡Esto sí que es romántico! ¡Ah, en nuestros días el amor es tan raro! Son pocos los elegidos. Los demás andamos por un mundo sin alma, sin romanticismo… Ya no quedan en el mundo sentimientos hermosos. ¿Lo hubieras creído jamás?
– Es una lástima -dijo Marisha.
– Es triste -suspiró Lidia-. Esto es lo que es… triste… Pero tú eres una muchacha con suerte… sin embargo, es triste. Oye: voy a tocar algo hermoso para ti, algo hermoso y triste. Pasó vagamente la mano por el teclado. Luego tocó una canción de amor tzigan. Bajo sus dedos surgían trinos agudos y súbitos; luego la melodía se arrastraba en notas largas y tristes, que se resolvían en arpegios disonantes, mientras la cabeza de Lidia iba meciéndose al compás de la música.
Andrei dijo por lo bajo a Kira: -Vamonos; te acompañaré a tu casa.
– No puedo, Andrei; yo…
– Ya lo sé. Has venido con él, pero no creo que esté en condiciones de acompañarte a tu casa -dijo señalando a Leo, que, en el otro extremo de la habitación, estaba arrellanado en un sillón, rodeando con un brazo la cintura de Rita Eksler y con el otro los hombros de una hermosa rubia que sonreía sumisamente a todas sus palabras. La cabeza de Rita se apoyaba en su hombro y su mano le acariciaba los cabellos. Kira se dirigió hacia él y le dijo:
– Será mejor que nos vayamos a casa, Leo.
– ¡Déjame! ¡Vete! -replicó él, despidiéndola con un ademán. Kira se dio pronto cuenta de que Andrei la había seguido. Andrei dijo:
– Haría usted bien en fijarse en lo que dice, Kovalensky. Leo rechazó a Rita y a la rubia, y resbaló hasta el suelo, riendo.
– Y usted hará bien en alejarse de ella. Y hará bien en dejar de regalarle relojes y otras cosas. No quiero -dijo en tono irritado, señalando a Kira.
– ¿Con qué derecho pretende impedírmelo?
– preguntó Andrei. Ahora Leo se había puesto en pie, tambaleándose y sonriendo con aire amenazador.
– ¿Qué derecho? ¡Ya le daré yo derecho…! ¡Vaya…!
– ¡Leo! -le interrumpió Kira con firmeza, pesando las palabras, en alta voz y fijando los ojos en los de él-. La gente le está mirando.
¿Qué iba usted a decir?
– Nada -dijo Leo.
– Si no estuviera borracho… -decía Andrei.
– Si no estuviera borracho, ¿qué haría usted? No parece que usted lo esté, y, sin embargo, hace el tonto con una mujer a la que no tiene el derecho de acercarse.
– Oiga usted…
– Vale más que le haga usted caso, Leo. Andrei cree oportuno decirle algo.
– ¿De qué se trata, compañero G. P. U.?
– De nada -dijo Andrei.
– Entonces vale más que la deje usted tranquila.
– No, mientras no parezca que ha recobrado usted el sentido del respeto que le debe.
– ¿La defiende usted contra mí?
– Leo prorrumpió en una carcajada, más insultante aún que su sonrisa o que una bofetada.
– Vamos, Kira -dijo Andrei-, la acompañaré a su casa.
– Bien -dijo Kira.
– No la va usted a acompañar a ninguna parte -gritó Leo-, es usted un…
– Sí; es todo eso -interrumpió Irina poniéndose de pronto entre los dos. Leo la contempló estupefacto. Con una fuerza que nadie hubiera sospechado en ella, le empujó hacia la ventana, al par que hacía a Andrei seña de marcharse de prisa. Andrei tomó a Kira del brazo y la acompañó a la calle. Kira le siguió en silencio, obedientemente, mirando fijamente a Leo hasta que estuvieron fuera de la habitación. Irina murmuró, mirando a Leo cara a cara.
– ¿Estás loco? ¿Qué ibas a hacer? ¿Quieres proclamar a gritos que es tu amante, para que todos se enteren?
– Bien; que se vaya, pues -dijo Leo encogiéndose de hombros con aire indiferente-. Que vaya con quien quiera. Si se figura que estoy celoso, se equivoca.
Kira estaba sentada en el coche, en silencio, con la cabeza reclinada hacia atrás y los ojos cerrados.
– Kira -murmuró Andrei-, ese hombre no es amigo tuyo. No deberías frecuentarlo. Ella no contestó.
Cuando pasaron junto al jardín del palacio, él preguntó:
– Kira, ¿estás demasiado cansada para… detenerte en mi casa?
– No. Subamos -dijo ella con indiferencia.
Cuando Kira llegó a su casa, Leo estaba dormitando en un diván.
Levantó la cabeza y la miró.
– ¿Dónde has estado, Kira? -preguntó algo avergonzado.
– De paseo… por ahí -contestó ella.
– Temía que te hubieras marchado para siempre… ¿Qué te he dicho esta noche, Kira?
– Nada -contestó ella arrodillándose a su lado.
– Deberías separarte de mí, Kira… Quisiera que me dejaras…pero tú no quieres dejarme, ¿verdad, Kira?
– No -murmuró Kira-. Leo, ¿por qué no dejas tu trabajo?
– Es demasiado tarde. Pero antes… antes de que me cojan… te tengo todavía a ti, Kira… Kira… Kira… te quiero… todavía eres mía.
– Sí -murmuró ella, apretando el rostro de Leo contra el negro terciopelo de su vestido.
"Camaradas, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas está rodeada por un círculo hostil de enemigos que acechan y traman su ruina. Pero ningún enemigo exterior, ninguna odiosa conspiración capitalista resulta tan peligrosa para nosotros como el enemigo interno, como las disensiones en nuestras filas mismas."
Las altas ventanas, con sus cristales divididos en pequeños cuadros, estaban cerradas contra la gris extensión de un cielo otoñal. Las altas bóvedas se apoyaban en esbeltas columnas de pálido mármol dorado. Cinco retratos de Lenin, oscuros como iconos, contemplaban desde lo alto una multitud inmóvil de chaquetas de cuero y pañuelos rojos. En el fondo de la sala se elevaba una alta tribuna semejante a una antorcha; y sobre ella, como la llama de la antorcha, surgía hasta el techo una enorme bandera de terciopelo escarlata, con la inscripción en letras de oro: "La unión general del partido comunista ocupa el primer puesto en la lucha mundial por la libertad."
El local había sido en otro tiempo la sala de un palacio; ahora parecía un templo, y los que lo ocupaban parecían un ejército silencioso y rígido, pronto a recibir órdenes. Se estaba celebrando una asamblea del Partido. Un hombre hablaba desde el estrado. Llevaba una barba negra y unos lentes que brillaban en la penumbra; agitaba sus largos brazos terminados en unas manos diminutas. Nada se movía en la sala delante de él; sólo se oía el tamborileo de las gotas de lluvia sobre el cristal de la ventana.
"Camaradas, durante estos últimos años ha surgido contra nosotros un nuevo y grave peligro: le llamaremos el peligro del super-idealismo. Todos hemos oído las acusaciones de sus víctimas desengañadas. Andan gritando que el comunismo ha fracasado, que hemos renegado de nuestros principios, que desde la introducción de la N. E. P. el Partido Comunista ha retrocedido ante una nueva forma de capitalismo victorioso que domina a nuestro país. Claman que nosotros detentamos el poder por amor al poder en sí mismo, y que hemos olvidado todos los principios comunistas. Esos son los gemidos de los débiles y los cobardes que no saben encararse con la realidad. Es cierto que hemos tenido que abandonar la política del comunismo militar de los tiempos de la guerra civil. Es cierto que hemos debido hacer concesiones a los comerciantes privados y a los capitalistas extranjeros. ¿Y qué? ¿Qué significa esto? Una retirada no es una derrota. Un compromiso temporal no es una capitulación. Constituimos un oasis en un mundo regido por el capitalismo. Hemos sido traicionados por los socialistas de los países extranjeros, hombres sin espina dorsal, sin fuerza en las rodillas, anémicos, que venden sus masas obreras a la burguesía. La revolución mundial que tenía que hacer posible el establecimiento de un comunismo mundial puro ha quedado retrasada, y de aquí que nosotros, de momento, nos hayamos visto obligados a acceder a determinados compromisos. ¿Qué significa el que haya en la U. R. S. S. comercios privados? ¿Qué significa el que empleemos los métodos capitalistas de producción? ¿Qué significa el que mantengamos la desigualdad de salarios? ¿Qué significa el que haya entre nosotros especuladores desaprensivos y criminales que realicen ganancias fabulosas, a pesar de nuestra lucha implacable contra ellos? Nuestros tiempos son un período transitorio de construcción del Estado proletario. Hemos tenido que abandonar nuestras bellas teorías militantes de comunismo puro y bajar hasta la tierra para la tarea prosaica de organizar nuestra reconstrucción económica. Habrá tal vez quienes consideren que ésta es una tarea lenta, pesada y poco digna, pero los comunistas leales no ignoran la épica grandeza de nuestro nuevo frente económico. Los comunistas leales saben muy bien cuál es el valor revolucionario y el significado profundo de nuestras cartillas de racionamiento, de nuestros "Primus", de las colas ante las cooperativas, de las privaciones y de los sacrificios. Los comunistas leales no temen nuestra lealtad. Nuestro gran jefe, el camarada Lenin, con su habitual clarividencia, ya nos puso en guardia hace años contra los peligros del super-idealismo. Esa peligrosa manía ha sido la ruina de algunas de nuestras mejores inteligencias. Ha alejado de nosotros al hombre que en otro tiempo fue uno de nuestros primeros jefes: me refiero a León Trotzky. Ninguno de los precedentes servicios prestados por él al proletariado pueden redimir su aserción de que nosotros hemos traicionado el comunismo. Sus secuaces han sido expulsados de nuestras filas; ésta es la razón de la depuración del Partido, y ésta es la razón de que todavía sigamos depurándolo. Somos un ejército y nuestra disciplina debe ser la de un ejército. Seguiremos todos unidos nuestro programa, y no nos dejaremos llevar por las miserables y lacrimosas dudas y opiniones personales de unos pocos que todavía piensan en sí mismos y en la que ellos llaman su conciencia en los términos del individualismo burgués. No necesitamos a los que no saben servir más que con un fusil o una bayoneta en la mano; necesitamos a los que no temen hacerse comerciantes, a los que no temen llegar a un compromiso si las necesidades del momento así lo aconsejan. No necesitamos al comunista de hierro, duro, obstinado e intransigente: el comunista de nuestros días debe ser de goma. El idealismo, camaradas, es algo hermoso, pero dentro de los límites oportunos. En demasía, es como el buen vino: puede hacer perder la cabeza. Que esto sea una advertencia para quienquiera que tácitamente simpatice con Trotzky dentro de nuestro Partido: ningún servicio prestado, ninguna gloria pasada lo salvará de la guadaña en la próxima depuración del Partido. ¡Será un traidor, y como a un traidor se le expulsará, quinquiera que sea, quienquiera que haya sido!"
Las manos aplaudieron calurosamente y luego la masa de chaquetas de cuero se disolvió y los hombres se pusieron en pie: la reunión había terminado. Se dividieron en grupos, murmurando con excitación. Algunos sonreían con disimulo, cubriéndose la boca con la mano, mirando a algunas pocas figuras solitarias. Detrás de los altos ventanales de marco de plomo el cielo iba volviéndose de un oscuro color de acero azulado.
– ¡Enhorabuena, amigo! -dijo alguien dando una palmada en el hombro de Pavel Syerov-. Me han dicho que has sido elegido presidente del comité del sindicato ferroviario Lenin.
– Sí -contestó modestamente el interpelado.
– Buena suerte, Pavlusha: eres un ejemplo de actividad para todos nosotros. Lo que es tú no tienes por qué preocuparte de la depuración del Partido.
– Siempre he mantenido mi lealtad al Partido por encima de todas las demás consideraciones, y lejos de todas las sospechas -contestó Syerov con modestia.
– Un momento, amigo… ¿sabes?, faltan todavía dos semanas para fin de mes, y yo… en fin, ando algo escaso de fondos… y, ¿sabes?, creí que tal vez tú…
– Desde luego -repuso Pavel Syerov abriendo su cartera-, con mucho gusto.
– Tú no abandonas nunca a un amigo, Pavlusha. Y siempre parece que tengas dinero…
– Ahorro una parte de mi sueldo -dijo Syerov con humildad. La camarada Sonia agitaba sus cortos brazos intentando abrirse paso a través de la gente que la rodeaba, impaciente. Gritaba bruscamente:
– Lo siento, camarada. No es posible… Sí, camarada. Con mucho gusto le recibiré. Telefonee a mi secretaria al Zhenotdel… Mi consejo le será útil, camarada… Estaría encantada de hablar en su Centro, camarada, pero desgraciadamente a la misma hora tengo una conferencia en el Rabfac…
Víctor se había llevado aparte al barbudo orador y murmuraba, exaltado y persuasivo:
– Hace dos semanas que he concluido mis estudios en el Instituto de Tecnología, camarada. Ya comprende usted que el puesto que ocupo es muy poco satisfactorio para un ingeniero diplomado, y que…
– Ya lo sé, camarada Dunaev; sé de qué empleo me habla. Personalmente no conozco a nadie más indicado que usted para ocuparlo. Y haré cuanto pueda por el marido de mi amiga Marisha Lavrova. Pero… -miró cautelosamente a su alrededor por encima de los lentes y dijo bajando la voz- dicho sea entre nosotros, camarada, hay un gran obstáculo. Ya comprende usted que aquel proyecto hidroeléctrico es el trabajo más importante de la República en este momento y que todos los nombramientos que tengan relación con él se confieren con gran cuidado, y… -bajó todavía más la voz-… su estado de servicios en el Partido es magnífico, pero ya sabe usted cómo son las cosas, camarada Dunaev…, nunca falta gente suspicaz… Francamente, he oído decir que su pasado social… su padre… su familia… ¿sabe usted…? Con todo, no hay que perder la esperanza. Haré por usted cuanto esté en mi mano.
Andrei Taganov estaba solo en una fila de sillas vacías, abrochándose lentamente la chaqueta de cuero. Sin él darse cuenta, sus ojos permanecían fijos en la bandera escarlata del estrado.
En la escalera, mientras salían, la camarada Sonia se le acercó y le dijo en alta voz, de modo que todo el mundo se volvió a mirarle:
– Bien, camarada Taganov, ¿qué te ha parecido ese discurso?
– Muy claro -dijo Andrei dejando caer las palabras como si fueran balines de plomo.
– ¿No estás de acuerdo con el orador?
– Prefiero no discutirlo.
– ¡Oh, para ti no será necesario! -sonrió Sonia amablemente-. Desde luego, todos sabemos cómo piensas. Pero lo que yo quisiera saber es por qué crees tener derecho a pensar como te parezca, y contra la mayoría de la colectividad. O la voluntad de la mayoría es suficiente para ti, camarada Taganov, o debemos concluir que el camarada Taganov se está volviendo individualista.
– Lo siento, camarada Sonia, pero tengo prisa.
– Por mí, camarada Taganov, está perfectamente. No tengo nada más que decir. Únicamente un consejo de amiga: no olvides lo que se ha dicho en ese discurso, bien claramente, acerca de lo que aguarda a los que se creen superiores al Partido.
Andrei bajó lentamente la escalera. Estaba oscura. Abajo, a lo lejos, un leve resplandor azul iluminaba el pavimento de pulidas losas de mármol. Un farol, a otro lado del alto ventanal, proyectaba un cuadrado de luz azul turquí, subdividido por los cristales enmarcados en plomo y reflejado en la pared junto a la escalera; sobre ésta se deslizaban lentamente algunas gotitas de lluvia. Andrei iba con la cabeza erguida, sin prisa; todo su cuerpo, que en siglos lejanos hubiera llevado la loriga de un soldado romano o la cota de mallas de un cruzado, se mantenía firme y seguro. Ahora, en lugar de la loriga o de la cota de mallas, llevaba la chaqueta de piel, y su alta sombra negra se movía poco a poco a través del cuadrado azul de la luz y de las gotas de lluvia sobre la pared.
Víctor volvió a casa. Arrojó el gabán sobre una silla del recibidor y tiró los chanclos a un rincón, derribando de paso un paragüero que cayó con gran estrépito al suelo; pero él no se cuidó de volver a levantarlo.
En el comedor, Marisha estaba sentada ante un montón de libros abiertos, con la cabeza inclinada hacia un lado, y escribía con gran atención, mordiendo nerviosamente la contera del lápiz. Vasili Ivanovitch estaba sentado junto a la ventana y tallaba una cajita de madera. Asha estaba sentada en el suelo y mezclaba polvo, mondaduras de patata y semillas de girasol en una cazuela. -¿Está lista la comida? -gritó Víctor. Marisha se puso en pie y le abrazó.
– No, todavía no, querido -dijo excusándose-. Irina ha tenido quehacer y yo tengo que terminar estas tesis para mañana y… Víctor la rechazó con impaciencia y salió del comedor dando un portazo. Atravesó un oscuro pasillo y llegó al cuarto de Irina. Abrió la puerta, sin llamar, y se encontró a su hermana abrazada estrechamente con Sasha, sus labios sobre los de él. Irina se separó bruscamente y gritó con voz sofocada por la indignación: -¡Víctor!
Este se volvió sin pronunciar palabra y salió bruscamente de la habitación.
Volvió al comedor y gritó a Marisha:
– ¿Por qué no se ha hecho la cama en nuestro cuarto? Aquello parece una pocilga. ¿Qué has estado haciendo durante todo el día?
– Pero, Víctor… -balbució ella-, he ido… al Rabfac, luego a la reunión de la biblioteca Lenin y a la Oficina Editorial del Periódico Mural, y luego tengo que preparar este trabajo sobre la electrificación, que mañana tengo que leer en el Centro, y no sé nada todavía; tengo que leerlo otra vez… y…
– Bien, mira a ver si calientas algo en el "Primus". Cuando llego a casa quiero que la comida esté a punto.
– Sí, querido.
Recogió sus libros precipitadamente, nerviosa; se los llevó estrechando el montón contra su pecho, pero no pudo evitar que se le cayeran dos volúmenes al pasar la puerta, y tuvo que inclinarse, no sin dificultad, a recogerlos. Luego salió del comedor.
– Papá -dijo Víctor-, ¿por qué no buscas un empleo?
Vasili Ivanovitch levantó lentamente la cabeza y le miró:
– ¿Qué pasa, Víctor? -preguntó.
– Nada; absolutamente nada. Sólo que es estúpido que nos señalen como burgueses sin trabajo y que tengamos que estar continuamente despertando suspicacias.
– Víctor, ya sabes que hace mucho tiempo que no hemos discutido acerca de nuestras opiniones políticas, pero, puesto que te interesa saberlo… no estoy dispuesto a trabajar por tu Gobierno soviético mientras me quede vida.
– Pero, papá, supongo que no esperas que…
– Lo que yo espero no es para discutirlo con un miembro del Partido. Y si estás cansado de sostener los gastos de la casa…
– No, papá; no se trata de eso.
Sasha, al marcharse, atravesó el comedor. Estrechó la mano de Vasili Ivanovitch apartándose con la otra mano un mechón de rizos rubios que le caía sobre los ojos, acarició la cabeza de Asha, y salió sin decir una palabra ni dirigir una mirada a Víctor.
– Irina, deseo hablarte -dijo Víctor cuando se hubo marchado Sasha.
– ¿De qué se trata?
– Quisiera hablarte a solas.
– Papá puede oír todo cuanto tengas que decirme.
– Muy bien. Se trata de ese hombre -dijo Víctor señalando la puerta por donde Sasha acababa de salir.
– ¿Sí?
– Espero que te darás cuenta de lo infernal de esta situación.
– ¿De qué situación?
– ¿Tienes idea de la índole de hombre con quien andas en amoríos?
– No se trata de amoríos. Sasha y yo estamos prometidos.
Víctor dio un salto hacia delante, abrió la boca, la volvió a cerrar y luego dijo lentamente, haciendo un esfuerzo por contener su ira:
– Irina, esto es absolutamente imposible.
Irina estaba frente a él, mirándole con ojos firmes y amenazadores, y su rostro expresaba el más profundo desdén. Se limitó a preguntarle'
– ¿Ah, sí? ¿Por qué?
Víctor se inclinó hacia ella y le dijo, temblándole los labios:
– Óyeme. Es inútil que lo niegues. Sé quién es tu Sasha Chernov. Está engolfado hasta el cuello en conspiraciones contrarrevolucionarias. No me importa. Pero no pasará mucho tiempo sin que se enteren los demás miembros del Partido. Ya sabes el fin que aguarda a los jóvenes brillantes de este tipo. ¿Crees que yo soportaré que mi hermana se case con un contrarrevolucionario? ¿Qué consecuencias crees tú que puede tener una cosa semejante para mi posición en el Partido?
– Lo que esto pueda significar para ti y para tu Partido -dijo Irina con estudiada frialdad- me importa menos que las suciedades que pueda hacer el gato en la escalera del servicio.
– Irina… -balbució Vasili Ivanovitch.
Víctor se volvió bruscamente hacia él.
– Díselo tú -gritó-, ya es bastante difícil lograr algo con esta piedra de mi familia colgada al cuello. Os.podéis ir todos al infierno, tan noblemente como queráis, si eso os gusta, pero por mi parte no estoy dispuesto a dejarme arrastrar con vosotros.
– Pero, Víctor -dijo con calma Vasili Ivanovitch-, ni tú ni yo podemos hacer nada. Tu hermana le quiere. Y ella tiene también derecho a su parte de felicidad. ¡Dios sabe que le ha tocado poca durante estos últimos años!
– Si tanto miedo tienes por tu maldita situación en el Partido -dijo Irina- me iré de aquí. Gano lo bastante por mí misma para poder morir de hambre a gusto mío con un salario de esos que tus organizaciones rojas consideran suficientes para vivir. Y te advierto que me habría marchado ya si no fuera por papá y por Asha.
– Irina… -gimió su padre-, ¡ tú no harás eso!
– En otras palabras -concluyó Víctor-, ¿te niegas a deshacerte de este insignificante boquirrubio?
– Y me niego a discutir contigo sobre el particular -añadió Irina.
– Está muy bien. Ya te he advertido.
– Víctor -gritó Vasili Ivanovitch-, no… no vas a hacer nada contra Sasha.
– No te preocupes, no lo hará -silbó Irina-. Sería demasiado comprometedor para su posición en el Partido.
Kira se encontró por la calle con Vava Milovskaia y apenas la reconoció. Fue Vava quien se acercó a ella murmurando:
– ¿Cómo estás, Kira?
Vava llevaba un viejo sombrero de fieltro hecho con uno de su padre, con un ala arrugada que parecía llevar mucho tiempo sin que la cepillaran. Un rizo negro le caía sobre la mejilla derecha y la boca estaba pintarrajeada de cualquier modo con un lápiz de mala calidad. Su nariz relucía, y oscuras ojeras bordeaban sus ojos: sus párpados estaban hinchados y su mirada parecía indiferente, como si hubiera envejecido muchos años.
– ¿Cómo te va? ¡Cuánto tiempo sin verte! -dijo Kira.
– Me he… me he casado, Kira.
– Te… te felicito, Vava. ¿Cuándo ha sido?
– Gracias. Hace dos semanas. Y luego murmuró mirando a la calle:
– Yo no… no hemos querido dar publicidad a la boda. Por eso no invitamos más que a los padres. Fue un matrimonio religioso, ¿comprendes? Y Kolya no quería que se supiera en su oficina.
– ¿Kolya?
– Sí… Kolya Smiatkin; probablemente le recordarás. Lo encontraste en aquella fiesta en casa, aunque… Y ahí me tienes convertida en la ciudadana Smiatkina. El trabaja en el Trust del Tabaco, y no tiene ninguna gran situación, si bien espera ascender pronto… es muy bueno… ¡y me quiere tanto…! ¿Por qué no había de casarme con él?
– No he dicho que no debieras hacerlo, Vava.
– ¿Qué podía esperar? ¿Qué podemos hacer de nosotras en estos tiempos, si no es… si no es…? Lo que más te agradezco, Kira, es que eres la primera persona que no me ha deseado felicidades.
– ¡Claro está que te las deseo!
– Bien, pues soy feliz -y sacudió la cabeza con aire de desafío-. Soy completamente feliz y estoy satisfecha.
– Lo celebro, Vava.
La mano de ésta, enfundada en un guante raído, se posó sobre el brazo de Kira. Vava dudó como si la presencia de la otra le desagradase, pero luego oprimió el brazo, como si temiera que se alejara y ella quisiera agarrarse desesperadamente a algo que no quería expresar. Luego susurró mirando a otro lado:
– ¿Crees… que él es feliz, Kira?
– Víctor no es hombre para preocuparse por la felicidad -repuso Kira con calma.
– No me dolería… -murmuró Vava-, no me dolería si ella fuese hermosa, pero la he visto… En fin, todo eso ya no me importa. En absoluto. Quisiera que fueras a verme, Kira, tú y Leo. Pero… pero no tenemos casa todavía. Me fui a vivir a casa de Kolya, porque… porque… mi cuarto… papá no me aprueba, ¿comprendes? De modo que decidí marcharme. Y el cuarto de Kolya es una exdespensa de un gran piso, y es tan pequeño que… en fin, cuando tenga casa espero verte. Tengo que marcharme, ahora. Adiós, Kira.
– Adiós, Vava.
– No está -dijo la mujer de cabellos grises.
– Le aguardaré -replicó la camarada Sonia.
La mujer se apoyó primero sobre un pie, luego sobre el otro y dijo, después de morderse los labios:
– No sé cómo podrá usted hacerlo, ciudadana. No hay salón. Y no soy más que una vecina del ciudadano Syerov, y mi casa…
– Aguardaré en el cuarto del camarada Syerov.
– Pero, ciudadana…
– He dicho que aguardaré en el cuarto del camarada Syerov.
La camarada Sonia se fue resueltamente corredor abajo. La vieja la seguía sacudiendo la cabeza con aire contrariado, observando el rápido taconeo de sus zapatos bajos y masculinos.
Al verla entrar, Pavel Syerov se puso en pie de un salto. Abrió los brazos en un gesto de sorpresa y de bienvenida.
– ¡Queridísima Sonia! -dijo riendo muy fuerte-. ¿Tú aquí? Lo siento mucho, querida… Había dado orden de que no me estorbaran, pero de haber sabido que se trataba de ti…
– Está bien. -La camarada Sonia no le dejó seguir. Arrojó sobre la mesa una pesada cartera y se desabrochó el abrigo mientras se quitaba también una gruesa bufanda masculina. Miró a su reloj de pulsera y dijo:
– Tengo media hora. Luego me voy al Centro. Hoy inauguraremos la casa-cuna Lenin. Necesitaba verte para una cosa importante.
Syerov le ofreció una silla y se puso la chaqueta, ajustándose la corbata ante el espejo, dándose algunos toques al peinado y sonriendo con aire deferente.
– Pavel -dijo Sonia-, vamos a tener un hijo.
Las manos de Syerov cayeron a lo largo de su cuerpo y se quedó con la boca abierta. -Un…
– Un hijo -repitió con firmeza la camarada Sonia.
– Pero…
– Lo sé hace tres meses ya -añadió ella.
– ¿Y por qué no lo dijiste antes?
– No estaba segura.
– Pero, ¡rayos!, ¿por qué no…?
– Era demasiado tarde.
El se dejó caer sobre una silla y la contempló, estupefacto de su calma.
– ¿Estás segura de que es mío? -preguntó con voz ronca.
– Pavel -dijo ella sin levantar la voz-, me estás insultando.
Pavel se puso en pie, fue hasta la puerta, volvió, se sentó y volvió luego a sentarse.
– ¿Y qué diablos vamos a hacer?
– Casarnos, Pavel.
El se inclinó hacia ella, cerrando los puños sobre la mesa.
– Sonia, tú te has vuelto loca -dijo con energía.
Ella le miró esperando.
– Estás loca, te digo. No tengo la menor intención de casarme.
– Pero vas a tener que hacerlo.
– ¿Ah, sí? ¡Sal de aquí!
– Pavel -dijo ella, tranquila-, no digas cosas de las que luego te podrías arrepentir.
– Óyeme… no… no estamos en un ambiente burgués. ¡Qué diablo! Tú no eres una muchachita seducida… ni siquiera eras… En fin, si quieres llevar el asunto a los tribunales puedes hacerlo, pídeles su protección. ¡Que el diablo te lleve! Pero no hay ninguna ley que me obligue a casarme contigo… ¡Casarme! ¡Qué diablos! ¿Tal vez te figuras que vives en Inglaterra, o algo parecido?
– Siéntate, Pavel -dijo la camarada Sonia abotonándose el gemelo del puño-, y no interpretes torcidamente mis palabras. Mi manera de obrar no tiene nada de anticuada; la moral pública, la vergüenza y todas esas tonterías me tienen completamente sin cuidado. Se trata únicamente de nuestro deber.
– ¿De nuestro… qué?
– De nuestro deber para con un futuro ciudadano de nuestra República.
Pavel ahogó una carcajada.
– Deja eso -dijo-, aquí no estás hablando en una reunión del Centro.
– ¿Realmente? -preguntó la camarada Sonia-. ¿De modo que la lealtad de tus principios no se extiende hasta la vida privada?
De nuevo él se puso en pie.
– Vamos, Sonia, no me interpretes mal. Yo siempre soy leal, desde luego… y nuestros principios… no cabe duda de que tus sentimientos son excelentes y los aprecio… pero ¿qué importancia tiene todo ello para… para el futuro ciudadano?
– El porvenir de nuestra República está en la generación futura. La vida de nuestra juventud es un problema vital. Nuestro hijo debe tener una madre y un padre del Partido que guíen sus pasos.
– ¡Déjate de monsergas, Sonia! Hoy ya no es necesario eso. Para algo están las guarderías infantiles, la educación colectiva, en fin… ya lo sabes. Una gran familia, el espíritu de colectividad aprendido en los primeros años de la vida y…
– Las guarderías del Estado serán una gran cosa en el porvenir, pero de momento son imperfectas. Nuestro hijo debe recibir una educación que le haga un perfecto ciudadano de nuestra gran República. Nuestro hijo…
– Nuestro hijo… ¡al diablo con él! ¿Cómo puedo saber…?
– Pavel, ¿debo creer que insinúas que…?
– ¡Oh, no! Yo no insinúo nada. ¡Pero… diablo, Sonia! Estaba borracho; tú hubieras debido comprender…
– ¿De modo? que te arrepientes, Pavel?
– ¡Oh, no! No, naturalmente. Ya sabes que te quiero, Sonia… Óyeme, Sonia… de veras no puedo casarme ahora. Te aseguro que no quisiera otra cosa y que estaría orgulloso de ello. Pero, ¿ves tú?, ahora empiezo y tengo que pensar en mi porvenir. He empezado con buen pie, y… mi deber para con el Partido me obliga a estudiar, a perfeccionarme, a mejorar…
– Puedo ayudarte, Pavel, o…
– Pero, Sonia -gimió desesperado.
– Lo lamento tanto como tú -dijo ella amablemente-. Para mí fue una sorpresa más penosa que para ti mismo. Pero yo estoy dispuesta a cumplir con lo que considero mi deber.
El cayó pesadamente en la silla y dijo sordamente, sin mirarla: -Oye, Sonia, concédeme dos días, ¿quieres? Para volver a reflexionar y acostumbrarme a la idea, y…
– Desde luego -dijo Sonia, levantándose-, piénsalo… De todos modos ya es hora de que me marche. Tendré que correr. ¡Hasta luego!
– ¡Hasta la vista! -murmuró él sin mirarla, mientras su mano se agitaba incesantemente. No se levantó cuando Sonia se fue. Aquella noche, Pavel Syerov se embriagó. Al día siguiente se dirigió al Centro del Sindicato ferroviario. El presidente le dijo: -Te felicito, camarada Syerov. Sé que te casas con la camarada Sonia. No podías elegir mejor.
En la célula del Partido, fue el secretario quien le dijo: -Vamos, Pavel, ya está todo a punto para tu éxito en el mundo, ¿eh? Con una mujer como ésa…
En el círculo marxista un imponente funcionario a quien no conocía, le sonrió y le dijo, dándole palmadas en el hombro: -Venga usted a verme, camarada Syerov; siempre fui amigo de su futura esposa.
Aquella noche, Pavel telefoneó a Antonina Pavlovna, blasfemó contra Morozov, pidió una participación mayor en los beneficios, se la hizo anticipar y compró unas cuantas botellas para bebérselas luego con una mujerzuela que encontró por la calle.
Tres días más tarde, Pavel Syerov y la camarada Sonia se casaron. Se presentaron ante un funcionario en la desnuda sala de los Zags y firmaron en un gran registro. La camarada Sonia manifestó su intención de seguir usando su nombre de soltera. No debía celebrarse ceremonia religiosa ninguna, manifestó al empleado. Y aquella noche, la camarada Sonia se trasladó a la habitación de Pavel Syerov, que era mayor que la suya.
– Querido -dijo-, ¡vamos a tener que pensar en un hermoso nombre revolucionario para nuestro hijo!
Alguien llamó a la puerta de Andrei con mayor fuerza que de costumbre. Un golpe fuerte, seguido de un ruido más atenuado, como si un puño se apoyase pesadamente contra el panel. Andrei estaba sentado en el suelo con una lámpara al lado de unos grandes papeles extendidos delante de él y rodeado por numerosos libros abiertos. Estaba estudiando; los cabellos le caían hacia adelante proyectando un festón de sombra sobre su rostro. Levantó la cabeza y preguntó con impaciencia: -¿Quién es?
– Soy yo, Andrei -contestó alguien en voz baja-. Abre la puerta. Soy yo, Stepan Timoshenko.
Andrei se puso en pie y abrió la puerta. Stepan Timoshenko, que había servido en la flota del Báltico y en los guardacostas de la G. P. U., estaba en el rellano, tambaleándose un poco y apoyándose en la pared. Llevaba gorra de marinero, pero en la cinta no había ni estrella roja ni nombre de buque. Iba de paisano, con una chaqueta corta con un cuello de piel de conejo bastante apolillado y unas mangas demasiado estrechas para él, con los codos muy gastados. El cuello de pieles estaba abierto y dejaba asomar los robustos tendones bronceados por el sol. Sonreía, y la luz hacía resaltar la blancura de sus dientes y lo oscuro de sus ojos. -Buenas noches, Andrei. ¿Tienes inconveniente en que entre?
– Pasa. Estoy contento de verte.
Creía que habías olvidado a tus viejos amigos.
– No -dijo Timoshenko-, no les he olvidado.
– Entró, sin dejar de tambalearse, y cerró la puerta.- No, no les he olvidado. Pero alguno de los viejos amigos ha estado endemoniadamente contento de olvidarme a mí… No hablo por ti, Andrei… no; no hablo por ti.
– Siéntate -dijo Andrei- y quítate la chaqueta, si no tienes frío.
– ¿Quién? ¿Yo? ¡No! ¡No tengo nunca frío, yo! Y aunque lo tuviese, paciencia, porque éste es el único traje que me ha quedado. Me quitaré esta maldita chaqueta. Y desde luego me voy a sentar. Adivino que quieres que me siente porque crees que estoy borracho.
– No -dijo Andrei-, pero…
– Bien, sí; estoy borracho, pero no mucho. No tienes inconveniente en que esté un poco alegre, ¿verdad?
– ¿Dónde has estado, Stepan? No te veía hace meses.
– Oh, de paseo. Me han expulsado de la G. P. U. ¿Lo sabías?
Andrei hizo con la cabeza una lenta señal afirmativa y clavó la mirada en sus papeles.
– Sí -dijo Stepan Timoshenko estirando cómodamente los pies-, no soy digno de confianza. No. No soy digno… No soy bastante revolucionario, yo, Stepan Timoshenko, de la Flota Roja del Báltico.
– Lo siento -dijo Andrei.
– Cállate. ¿Quién te ha pedido tu simpatía? ¡Es ridículo! Eso es lo que es. ¡Ridículo, completamente ridículo…! -Contempló los amorcillos del friso de la estancia:- Y tu habitación también es ridicula. ¡Vaya un condenado sitio para vivir un comunista!
– No me importa. Podría cambiar, pero ¡es tan difícil encontrar casa en estos tiempos!
– Desde luego -dijo Timoshenko, riendo fuerte-, desde luego es difícil para Andrei Taganov. No lo sería tanto para la camarada Sonia, por ejemplo. No lo sería para todos esos individuos que usan el carnet del Partido como si fuera el cuchillo de un carnicero. A ellos no les costaría nada echar a un pobre diablo sobre el hielo del Neva.
– Estás diciendo cosas absurdas, Stepan. ¿Quieres… quieres comer algo?
– No. ¿Para qué? ¿Te figuras que me muero de hambre, acaso?
– Nada de eso, no tengo…
– Bien. Todavía me queda bastante para comer y para beber. Tengo mucho que beber. Vine porque creí que el pequeño Andrei necesitaría quizá a alguien que le tutelase. El pequeño Andrei lo necesita. Y lo necesitará todavía mucho más. -¿Qué estás diciendo?
– Nada. Nada, camarada. Hablaba por hablar. ¿Acaso no puedo ni hablar? ¿Eres como los otros? ¿Quieres hablar…, sin darles el derecho de decir alguna cosa?
– Ven -dijo Andrei-. Ponte una almohada debajo de la cabeza. Descansa. No te encuentras bien. -¿Quién? ¿Yo?
Timoshenko tomó la almohada, la arrojó contra la lámpara y se rió cuando Andrei se bajó a recogerla.
– Nunca en mi vida me sentí mejor. Estoy magníficamente. Libre y suelto. Sin preocupaciones. Sin ninguna otra preocupación.
– Stepan, ¿por qué no vienes más a menudo? En otro tiempo éramos amigos. Todavía podemos ayudarnos uno a otro.
Timoshenko se inclinó hacia delante, miró fijamente al hombre que tenía ante los ojos y sonrió en silencio:
– No puedo ayudarte, hijo mío. Sólo podría ayudarte si tú pudieras cogerme por el pescuezo, echarme de tu habitación y, al mismo tiempo, deshacerte de todo cuanto va de acuerdo conmigo. Y luego ir a inclinarte muy profundamente y lamer las grandes botas. Pero tú no harás eso. Por esto te odio, Andrei. Y por esto quisiera que fueras mi hijo. La lástima es que yo no tendré nunca hijos. Mis hijos están repartidos por los burdeles de la U. R. S. S. Miró los papeles sobre el pavimento, dio un puntapié a uno de los libros y preguntó:
– ¿Qué estás haciendo, Andrei?
– Estudiaba. No tengo mucho tiempo para estudiar. He tenido que hacer en la G. P. U.
– ¿Estudias, eh? ¿Cuánto tiempo tienes que ir todavía al Instituto?
– Tres años.
– ¡Uh, uh! ¿Crees que te hace falta?
– ¿Qué?
– Instruirte.
– ¿Y por qué no?
– Óyeme, amigo. ¿Te he dicho que me han expulsado de la G. P. U.? Sí, ya te lo he dicho. Pero todavía no me han expulsado del Partido. Ni me expulsarán. A la próxima depuración me marcharé.
– No empieces a pensar ya en ello
¿Quién sabe…?
Sé lo que digo. Y tú también lo sabes. ¿Y sabes quién se irá inmediatamente después que yo?
– No -dijo Andrei.
– Tú -dijo Timoshenko.
Andrei se levantó, se cruzó de brazos, miró a Timoshenko y dijo con calma:
– ¿Quién sabe?
– Óyeme, amigo -dijo Timoshenko-, ¿tienes algo que beber?
– No -dijo Andrei-, y tú bebes demasiado, Stepan.
– ¿De veras? -Timoshenko sonrió y movió lentamente la cabeza, de forma que su enorme sombra en la pared se movió también como un péndulo-. ¿Bebo demasiado? ¿Y no tengo razón para beber? Oye, quiero decirte… -se levantó tambaleándose, más alto que Andrei, y su sombra se elevó hasta el techo-, te voy a decir por qué bebo, y entonces dirás que no bebo bastante, ¡pobre polluelo mojado!, esto es lo que vas a decirme. Se agarró a su camiseta, demasiado estrecha sobre su brazo musculoso, se rascó la espalda y gritó de pronto:
– Una vez hicimos una revolución. Dijimos que estábamos cansados de barrigas vacías, de sudor y de piojos. De modo que destripamos, degollamos y vertimos sangre, sangre nuestra y sangre de ellos, para lavar un camino que nos llevase hacia la Libertad. Y ahora, ¡mira a tu alrededor, mira a tu alrededor, camarada Taganov, miembro del Partido desde el año 1915! ¿Ves dónde viven los hombres, unos hombres que son hermanos nuestros? ¿Ves lo que comen? ¿Has visto alguna vez a una mujer caerse por la calle, y vomitar sangre sobre los adoquines y morirse de hambre? ¡Yo sí! ¿Has visto los autos elegantes que circulan por las noches? ¿Has visto quién iba dentro? Un elegante camarada que está en nuestro Partido. Un guapo muchacho que tiene un brillante porvenir. Se llama Pavel Syerov. ¿Le has visto alguna vez abrir la cartera para pagar el champaña? ¿Te has preguntado de dónde saca el dinero? ¿Estuviste alguna vez en el foom-garden del Café de Europa? Aseguraría que no vas a menudo. Si has estado, habrás visto el respetable ciudadano Morozov que se estaba indigestando de caviar. ¿Sabes quién es? Un vicedirector del Trust de la Alimenta ción, del Trust Rojo de la Alimentación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¡Nosotros marchamos a la cabeza del proletariado mundial y hemos de llevar la libertad a toda la humanidad que sufre! Fíjate en nuestro Partido. Fíjate en sus leales miembros, que todavía tienen húmeda la tinta de sus carnets. Obsérvales mientras siegan las mieses de una tierra que nosotros hemos hecho fructificar con nuestra sangre. Nosotros no somos bastante rojos para ellos. Nosotros no somos revolucionarios. Se nos expulsa por traidores. Se nos expulsa por trotzkistas. Se nos expulsa porque no perdimos la vista y la conciencia cuando el zar perdió el trono, la vista y la conciencia que ellos le hicieron perder. Se nos expulsa porque les hemos gritado que han perdido la batalla, estrangulado la revolución, vendido al pueblo para hacerse dueños del poder y de la suciedad. No nos quieren. Ni a mí ni a ti. No hay sitio para hombres como tú, Andrei; no hay sitio en este mundo. Y tú no lo ves. Y yo me alegro de que no lo veas. ¡Lo único que quiero es no estar aquí el día que te des cuenta!
Andrei permanecía en silencio, con los brazos cruzados.
Timoshenko agarró su chaqueta y se la puso rápidamente, tambaleándose.
– ¿Adonde vas? -preguntó Andrei. -A cualquier parte. No quiero quedarme aquí.
– Stepan, ¿crees que no me doy cuenta? Pero el gritar no sirve para nada. Ni sirve de nada el beber hasta morir. Todavía se puede luchar.
– Desde luego, puedes seguir luchando. A mí no me interesa. Yo me voy a beber.
Andrei le observó mientras se abotonaba la chaqueta y se ponía la gorra sin estrella, inclinada sobre una oreja.
– ¿Qué vas a hacer, Stepan?
– ¿Ahora?
– No; en los años que vendrán.
– ¿En los años que vendrán? -Timoshenko se rió, echando la cabeza hacia atrás con un movimiento que hizo saltar sobre sus hombros el cuello de conejo apolillado-. Me gusta la frase: ¡los años que vendrán! ¿Por qué estás tan seguro de que vendrán?
– Inclinándose hacia Andrei le guiñó un ojo maliciosamente, con aire de misterio:- Camarada Taganov, ¿te has fijado alguna vez en una cosa rara: el gran número de miembros de nuestro Partido que mueren de agotamiento por exceso de trabajo? Sin duda lo habrás leído en los periódicos. "Una nueva víctima gloriosa caída en el sendero de la revolución, una vida consumida en un trabajo incesante…" Y ya sabes, ¿no es verdad?, lo que son esos camaradas que mueren agotados por un trabajo incesante. Suicidas. Lo que ocurre es que los diarios no lo dicen nunca. ¡Es raro lo que la gente se llega a suicidar en estos tiempos! ¡Quién sabe por qué será!
– Stepan -dijo Andrei estrechando entre sus manos frías y fuertes una gruesa mano cálida y sudorosa-, no piensas en…
– No pienso en nada. ¡Que no! Lo que quiero es beber. Y en caso de que lo pensase vendría a decirte adiós. Te lo prometo.
A la puerta, Andrei le detuvo de nuevo.
– Stepan, ¿por qué no te quedas aquí? ¿Por lo menos por algún tiempo?
Stepan Timoshenko agitó la mano con el gesto majestuoso de quien se echa una capa sobre los hombros y sacudió la cabeza mientras salía tambaleándose al rellano.
– No. Aquí no. No quiero verte, Andrei. No quiero verte esta maldita cara, porque… ¿ves tú?, yo soy un barco viejo a punto de naufragar, con las entrañas averiadas y marchitas. Pero no me importa. Y daré todo cuanto me queda de ellas para ayudar al único hombre que queda en el mundo… y este hombre eres tú. Pero, ni eso me importa. Lo que me importa es que sé que aunque me arrancara las entrañas para dártelas a ti, no podría salvarte.
Kira estaba contemplando un edificio en construcción. Sobre un celaje gris, que lentamente iba oscureciendo en un precoz crepúsculo, se elevaban las recortadas paredes de ladrillos rojos, nuevos, rugosos, encuadernados por una red de fresco cemento blanco. En lo alto, hacia las nubes, se veía a unos obreros arrodillados en el andamiaje; la calle repercutía con el estrépito del hierro, el ronquido de las máquinas y el silbido del vapor en medio de un bosque de vigas, tablones y andamios manchados de cal. Kira seguía mirando, con los ojos muy abiertos y los labios sonrientes. Un muchacho de bronceado semblante, con una pipa en la comisura de la boca, andaba rápidamente por los tablones del andamiaje, y los movimientos de su mano eran breves, implacables, seguros como martillazos. Kira había olvidado el tiempo que llevaba detenida allí. Lo había olvidado todo excepto el trabajo que se estaba haciendo ante ella. Había perdido toda conciencia, todo sentido excepto la vista. Luego, de pronto, como un relámpago, su mundo volvió a apoderarse de ella, en un minuto cegador de percepción rápida y clara como si unos ojos nuevos mirasen por primera vez su universo nuevo y se dieran cuenta de cuanto habían olvidado ver; y Kira se preguntó, maravillada, por qué no estaba allí, en la obra en construcción, dando órdenes como aquel hombre de la pipa, y por qué razón había debido abandonar el único trabajo que la atraía. Y en su mente, tres palabras llenaban un vacío que sentía surgir de lo más íntimo de su alma-: Quizás… algún día… en el extranjero… Una mano la tocó en el hombro.
– ¿Qué hace usted aquí, ciudadana?
Era un miliciano que la miraba con aire de sospecha. Llevaba un gorro de pico con una estrella roja sobre su frente deprimida; en uno de sus ojos tenía una mancha, era estrábico y sus labios eran blandos e informes.
– Lleva usted media hora aquí, ciudadana. ¿Qué desea?
– Nada -dijo Kira.
– Entonces, ciudadana, haga el favor de circular.
– Miraba, no más- añadió Kira.
– No tiene usted por qué mirar -decretó el miliciano abriendo sus labios informes.
Ella se volvió y se alejó lentamente.
Contra su epidermis, cosida en la camisa, llevaba una bolsita que, semana tras semana, iba poco a poco aumentando de volumen. En ella guardaba el dinero que lograba salvar de las dispendiosas locuras de Leo. Era un fondo para el porvenir, y, ¿quién sabe…? tal vez… para el extranjero…
Kira volvía de una reunión de guías de museos. Se habían celebrado unos exámenes políticos en el Centro. Un hombre de cabello rojo estaba sentado detrás de una ancha mesa, y las guías, con los labios pálidos de angustia, habían ido desfilando uno a uno ante él y habían ido contestando a sus preguntas con voz aguda, extrañamante vivaz. Kira había recitado adecuadamente su lección sobre la importancia de las visitas a los museos históricos en vistas a la educación política y a la conciencia de clase de la masa obrera; había contestado satisfactoriamente a las preguntas que le hizo el examinador acerca de la última huelga de los obreros del arte textil en Inglaterra; había explicado con todo detalle los últimos decretos del Ministerio de Educación Popular respecto a las escuelas de analfabetos en el Turquestán, pero no había sabido decir cuántas toneladas de carbón se había extraído de las minas de la cuenca del Don.
– ¿No lee usted los periódicos, camarada? -había preguntado severamente el examinador.
– Sí, camarada.
Pues le aconsejo que lo haga con mayor atención. No queremos especialistas limitados ni esos anticuados burócratas que lo ignoran todo fuera del área estrecha de su profesión. Nuestros obreros modernos deben ser políticamente expertos y demostrar un interés activo por la realidad de nuestros soviets y por todos los detalles de nuestra construcción estatal. Puede usted retirarse.
Tal vez la despedirían, pensaba Kira con indiferencia mientras volvía a casa. No la preocupaba. Ya no la preocupaba nada. No quería verse en la situación de la camarada Nesterova, una guía que durante más de treinta años había sido maestra. La camarada Nesterova, entre las visitas a los museos, las clases, las reuniones políticas y el trabajo de la casa y los cuidados de su madre política, aprovechaba los escasos momentos que le quedaban libres para leer los periódicos y prepararse para los exámenes, aprendiendo todo de memoria, palabra por palabra. La camarada Nesterova tenía una terrible necesidad de su empleo, pero al encontrarse ante el examinador no había sido capaz de pronunciar ni una palabra. Había abierto la boca, pero ni una sílaba había salido de ella. Luego de pronto le había dado un ataque y se había puesto a chillar entre lágrimas y sollozos histéricos: había habido que llamar a una enfermera, y el nombre de la camarada Nesterova había sido borrado de la lista oficial de guías de museos. Kira, mientras subía la escalera de su casa, olvidó el examen para pensar en Leo y preguntarse cómo le encontraría aquella noche. Esta pregunta se la planteaba con un ligero estremecimiento cada vez que volvía tarde a casa y sabía que él estaría ya allí. A veces le veía marcharse por la mañana, sonriente, alegre, lleno de actividad, pero no sabía lo que le aguardaba al final de la jornada. A veces le encontraba leyendo un libro extranjero, contestando apenas a su saludo y negándose a comer, pero sonriendo de vez en cuando, para sí mismo, fríamente, a la viva pintura de un mundo tan distinto de aquel en que vivían ambos. Otras veces le encontraba ebrio, tambaleándose por la habitación, riendo amargamente y rasgando ante sus ojos los billetes de Banco en cuanto ella le hablaba de hacer economías. Otras veces estaba discutiendo de arte con Antonina Pavlovna, bostezando y hablando como si ni siquiera oyera sus propias palabras. Otras veces, muy raras, le sonreía con ojos límpidos y jóvenes como en otro tiempo ya lejano, en la época de sus primeras citas, y entonces le ponía el dinero en la mano murmurando
– : Toma, escóndelo… para huir… a Europa… un día nos escaparemos, si logras que hasta entonces no piense en nada, si logramos no pensar en nada ni tú ni yo…
Kira había aprendido a no pensar, a no pensar más que en aquel hombre que para ella había llegado a ser más que una religión; habían olvidado cómo se juzgan las cosas y los actos, para no acordarse más que del movimiento de sus manos y de las líneas de su cuerpo, y de que ella debía permanecer en guardia entre Leo y aquel algo inmenso e inevitable que avanzaba inexorablemente hacia él y que había engullido ya a tantas gentes. Estaría en guardia; esto era lo único que importaba; Kira no pensaba nunca en el pasado, y, por lo que respecta al porvenir… nadie se preocupaba de él, entre la gente que vivía a su alrededor. No pensaba nunca en Andrei, nunca se permitía preguntarse lo que podían ser los días, y aún más los años futuros. Sabía que había ido demasiado lejos y que no podía volver atrás. Era lo bastante prudente para saber que no lo podía dejar y lo bastante valerosa para no intentarlo siquiera. Evitando un golpe que él no hubiera podido soportar, compensaba, en silencio, lo que él le había hecho. Un día, tal vez -sentía confusamente Kira- podría saldar su deuda, cuando quizá el extranjero se hubiera hecho accesible para ella y para Leo; entonces podría romperlo todo sin vacilar, porque Leo la necesitaría: entonces Leo estaría salvado: todo lo demás no tenía importancia.
– ¿Kira? -la llamó desde el cuarto de baño una voz alegre, en cuanto entró.
Leo salió con el torso desnudo y una toalla en la mano, sacudiéndose las gotas de agua de la cara y echándose hacia atrás los cabellos que le caían sobre la frente.
– Estoy contento de que estés de vuelta, Kira. Siento mucho que no estés en casa, ¿sabes?, cuando vuelvo yo.
Parecía que acabase de salir de un río después de una larga y cálida jornada de verano, y se hubiera dicho que se veía el reflejo del sol en las gotas de agua de sus hombros. Parecía un cachorro lleno de salud y de vida. Se movía como si su cuerpo fuera una voluntad tensa, arrogante, poderosa, una voluntad y un cuerpo que no podían ceder jamás porque uno y otra habían nacido sin póSer ceder; porque habían nacido para mandar, lo mismo que habían nacido para vivir.
Ella permanecía inmóvil, sin atreverse a acercársele, temiendo estropear uno de los pocos momentos en que él se le aparecía como lo que realmente era, como aquello para que había nacido. Fue él quien se le acercó; sus manos se cerraron sobre el cuello de Kira, y le echaron la cabeza hacia atrás para acercar sus labios a los de él. En sus movimientos había una ternura un poco despectiva, una orden, y un deseo, no era un amante, sino un dueño, y ella sentía la impresión de que en sus dedos llevaba un látigo. Los brazos de Kira se cerraron en torno a Leo, su boca bebió las gotas que relucían sobre su piel. Ahora Kira sabía la respuesta, la razón de todos sus días, de todo cuanto tenía que soportar y olvidar de aquellos días; la única razón que ella necesitaba.
Irina iba de vez en cuando a ver a Kira, las pocas noches en que podía escapar al trabajo del Círculo. Reía sonoramente y esparcía ceniza y colillas por toda la habitación mientras le refería las más recientes y más peligrosas anécdotas políticas, o dibujaba sobre el blanco mantel caricaturas de todos sus amigos, o empezaba de pronto a contarle los chistes más verdes que había oído a Víctor y que ella no comprendía, pero que la hacían mirar a Leo con un aire de impertinente inocencia. Pero cuando Leo tenía trabajo en su almacén, Kira e Irina permanecían sentadas junto al fuego y no siempre Irina se reía. A veces permanecía largo rato en silencio, y cuando levantaba la cabeza para mirar a Kira, sus ojos eran implorantes y extraviados. Entonces murmuraba, contemplando el fuego con obstinación:
– Tengo miedo, Kira… No sé por qué… a veces el terror se apodera de mí… ¡tengo mucho miedo! ¿Qué será de todos nosotros? Esto es lo que me asusta. No la pregunta en sí misma, sino el que sea una pregunta que no se puede hacer a nadie. Pruébalo y fíjate en la persona a quien se lo hayas preguntado; miras a los ojos y comprenderás que reflejan el mismo miedo que sientes y que de esto no hay que hablar y que, aunque lo hicieras, no podrían decirte más de lo que tú misma les dirías. Lo sabes tan bien como yo. Todos nos esforzamos enérgicamente en no pensar en nada, en no ver más allá de mañana, de la hora que sigue a ésta en que vivimos. ¿Sabes qué creo? Pues creo que lo hacen adrede. Ellos no quieren que pensemos. Por esto tenemos que estar trabajando como trabajamos. Y como después de haber trabajado todo el día todavía nos queda un poco de tiempo, hemos de ocuparnos de nuestras actividades sociales. ¿Ya sabes que la semana pasada me expulsaron del Círculo? Me preguntaron por los nuevos pozos de petróleo de Bakú, y no supe qué contestar. ¿Por qué tengo que saber nada de los nuevos pozos de petróleo de Bakú, si tengo que ganarme mi ración de mijo dibujando carteles horribles? ¿Por qué tengo que aprenderme de memoria los periódicos como si fueran poemas? Claro está que necesito el petróleo para encender el "Primus". Pero ¿acaso es necesario que para que me den petróleo para cocer el mijo tenga que saber el nombre de cada uno de los cochinos obreros de cada cochino pozo de petróleo de Rusia? ¿Dos horas diarias de leer noticias sobre las construcciones estatales para cocinar después quince minutos en el "Primus"? Y no hay nada a hacer. Si se intenta algo, es peor. Fíjate en Sasha, por ejemplo… ¡Oh, Kira! ¡Tengo un miedo…! Sasha… Sasha… en fin, contigo no hay necesidad de mentir. Ya sabes lo que hace. Pertenece a una sociedad secreta que cree poder derribar al Gobierno. Liberar al pueblo. Este es su deber para con el pueblo -dice Sasha-. Pero tú y yo sabemos que cada uno de los que constituyen este pueblo estaría encantado de denunciarles a la G. P. U. a cambio de una libra suplementaria de aceite de linaza.
Y además recibiría por ella el agradecimiento proletario. Celebran reuniones secretas, imprimen folletos y los distribuyen por las fábricas. Sasha dice que no podemos esperar la ayuda extranjera, que debemos ser nosotros mismos quienes luchemos por nuestra liberación…
¡Oh!, ¿qué puedo hacer, Kira? Quisiera frenarle, pero no tengo derecho a hacerlo. Y ya sé que le prenderán. ¿Te acuerdas de los estudiantes que entraron a Siberia el año pasado? Eran centenares, miles de ellos. No se ha sabido nada más. Sasha es huérfano, y no tiene en el mundo a nadie más que a mí. Intentaría persuadirle, pero no me escucharía, y además tendría razón, y yo le quiero. Le quiero. Un día u otro terminará en Siberia, y ¿para qué, Kira, para qué?
Sasha Chernov dio la vuelta a la esquina; se apresuraba a volver a casa. Era una noche oscura de octubre, y la manecita que agarró el cinturón de su gabán pareció haber surgido de pronto de la oscuridad. Luego distinguió un chal echado sobre una cabecita, un par de ojos que le miraban, enormes, fijos, aterrados.
– No vayas a tu casa, ciudadano Chernov -dijo la niña apoyando en sus piernas todo su cuerpecito tembloroso, para no dejarle andar.
Sasha reconoció a la hija de su vecina, sonrió y le acarició la cabeza, pero instintivamente, se refugió en la sombra de la pared.
– ¿Qué sucede, Katia?
– Dice mamá -la niña tragó saliva-, dice mamá que te advierta que no vayas a casa. Hay unos hombres raros… Han echado todos tus libros por el suelo.
– Da las gracias a tu madre de mi parte, niña -susurró Sasha. Se volvió rápidamente y desapareció al otro lado de la esquina. Apenas había tenido tiempo de darse cuenta de que frente a la puerta de su casa estaba parado un coche negro. Apretó el paso en otra dirección. Bajo una densa nevisca, corrió hasta otra casa. En el domicilio de su amigo no había luz; pero Sasha vio a la mujer del portero que hablaba en voz baja, animadamente con un vecino. Sasha se alejó antes de llegar a la puerta. Sopló sobre sus manos heladas y sin guantes. Se dirigió a otra casa. Por la ventana se veía luz, pero sobre el antepecho había un tiesto de forma especial, que era la señal convenida para indicar el peligro.
Tomó un tranvía. Era ya tarde, y el coche estaba casi vacío. La iluminación era demasiado brillante. A la primera parada subió un hombre en uniforme militar. Sasha bajó.
Se apoyó en una pilastra oscura y se enjugó el sudor de la frente, un sudor frío, más que la nieve que caía, y que, no obstante, le quemaba.
Caminaba apresuradamente por una calle oscura cuando vio a un hombre con un ajado sombrero que andaba lentamente por la otra acera. Sasha dio la vuelta a una esquina, anduvo un trecho, se volvió, anduvo otro poco y de nuevo volvió la cabeza. Miró aún, con cautela, detrás de sí, por encima del hombro. El hombre del sombrero ajado estaba parado ante el escaparate de una farmacia, tres casas más allá.
Sasha aceleró el paso. Una nieve grisácea flotaba contra las luces amarillas que iluminaban los canceles. La calle estaba desierta. No se oía otro ruido que el de sus pasos al pisar rumorosamente el barro, y a Sasha le pareció que estaba andando por entre fuegos de artificio. Pero a través del ruido de sus pasos, a través del rumor lejano de las ruedas, a través de las sordas palpitaciones de su corazón, oyó también el ligero roce de unos pies que caminaban detrás de él.
Se paró de golpe y miró hacia atrás. El hombre del sombrero ajado estaba inclinado, atándose un zapato. Sasha levantó los ojos. Estaba ante una casa que conocía bien. De un salto atravesó el umbral y se coló en el vestíbulo oscuro, donde aguardó inmóvil, conteniéndose el aliento. Vigiló el oscuro cuadro de cristal de la puerta. Vio pasar al hombre del sombrero ajado, oyó alejarse sus pasos, le oyó acortar la marcha, detenerse, alejarse, volverse atrás, vacilar. Los pasos resonaron ora más fuertes, ora más débiles, arriba y abajo, muy cerca de Sasha.
El joven subió silenciosamente la escalera y llamó sin hacer apenas ruido a una puerta. Irina abrió.
El se puso un dedo sobre los labios y preguntó:
– ¿Está Víctor?
– No -contestó ella con un murmullo.
– ¿Y su esposa? -Está durmiendo.
– ¿Puedo entrar? Me andan siguiendo.
Ella le empujó hacia adentro y cerró la puerta poco a poco, resueltamente, durante un minuto que pareció eterno. La puerta no hizo el menor ruido.
Galina Petrovna entró con un paquete bajo el brazo.
– Buenas tardes, Kira… ¡Dios mío, qué olor!
Kira se levantó, indiferente, dejando caer un libro.
– Buenas tardes, mamá. Son los Lavrov, aquí al lado. Están haciendo choucroute.
– Virgen Santa, debía ser aquello que estaban mezclando en aquel barril cuando pasé. Por cierto que el viejo Lavrov no tiene modales. Ni siquiera me saludó. Y después de todo, en cierto modo somos parientes.
Al otro lado de la puerta, una pala de madera se agitaba ruidosamente en un barril lleno de coles, y se oía el borboteo del agua bajo unas manos que frotaban ropa en un recipiente de estaño.
La esposa de Lavrov suspiraba acompasadamente, como una cantilena-: Graves son nuestros pecados, graves son nuestros pecados…- El muchacho hacía astillas en un rincón, y la araña de cristal tintineaba a cada uno de sus golpes. Los Lavrov se habían establecido en la habitación que había dejado libre su hija. Antes compartían una buhardilla con otra familia obrera; de modo que estaban muy contentos con el cambio.
Galina Petrovna preguntó: -¿Está Leo en casa?
– No -contestó Kira-. Le estoy aguardando.
– Voy a la escuela nocturna -exclamó Galina Petrovna- y he entrado sólo un momento.
Vaciló, jugueteó con su paquete, sonrió con aire algo embarazado y acabó por decir, simulando indiferencia: -He venido a enseñarte una cosa. Mira si te gusta… Tal vez te interesaría… comprarlo.
– ¿Comprarlo? -preguntó Kira sorprendida-. ¿Qué es, mamá? Galina Petrovna había abierto el paquete, y con los brazos en alto, sostenía un anticuado vestido de encaje blanco. La larga cola del vestido se arrastraba por el suelo. La sonrisa de Galina Petrovna era tímida, indecisa.
– ¡Pero, mamá! -exclamó Kira-, ¡si es tu traje de boda! -¿Sabes? -se apresuró a decir Galina Petrovna-, es a causa de la escuela. Ayer cobré la mensualidad… y me dedujeron tanto dinero para pagar la cuota de la Sociedad Proletaria de Defensa Química… yo ni siquiera sabía que fuera miembro de ella… ¿Sabes? A tu padre le están haciendo falta unos zapatos; el zapatero no quiso remendarle los viejos, y yo esperaba comprárselos este mes… pero con eso de la Defensa Química… ¿Ves tú? No lo he llevado más que una vez… Y pensé que quizá te gustaría para hacerte un traje de noche, o…
– Mamá -dijo Kira casi con severidad, y sin lograr dominar un leve temblor de voz-, ya sabes que si necesitas algo…
– Ya sé, niña, ya sé -la interrumpió su madre mientras las arrugas de su rostro se ponían súbitamente de color de fuego-. Te has portado divinamente con nosotros, pero… después de todo cuanto nos has dado ya, me parecía que no podía volver a pedirte… Claro que si el vestido no te gusta…
– Sí -dijo resueltamente Kira-, me gusta. Me quedo con él.
– A mí, verdaderamente, no me hace ninguna falta -murmuró Galina Petrovna-, ni me importa nada.
– De todos modos tenía que comprarme un traje de noche -mintió Kira.
Tomó su bolso. Estaba lleno de billetes, nuevos y viejos. La noche anterior Leo, al volver a casa, ya tarde y tambaleándose algo, había besado a Kira, y metiéndose la mano en el bolsillo, había arrojado por el suelo un montón de billetes arrugados; luego, riendo, había llenado de ellos el bolso de Kira, y le había dicho:
– Toma, gástalos. Todavía quedan muchos. Otro negocio con el camarada Syerov. ¡Este brillante camarada Syerov! ¡Gástalos, te digo!
Kira vació el bolso en la mano de su madre.
– Pero, por Dios, hija mía -protestó ésta-; ¡no todo! No necesito tanto. Y no vale tanto dinero.
– Claro está que lo vale. ¡Un encaje tan hermoso! No lo discutamos, mamá. Y muchas gracias.
Galina Petrovna se guardó los billetes en su viejo monedero, con temerosa precipitación. Miró a Kira y dijo, sacudiendo melancólicamente la cabeza: -Gracias, niña.
Cuando se hubo marchado, Kira se probó el traje de novia. Era largo, sencillo, como un vestido de la Edad Media. Las mangas, lisas, bajaban hasta el dorso de la mano; el cuello, liso también, subía hasta la barbilla; todo el vestido era de encaje, sin ningún adorno ni aplicación.
Kira estaba ante un alto espejo, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, las palmas de las manos vueltas hacia afuera, la cabeza echada hacia atrás, los cabellos, en desorden, cayéndole sobre los hombros, y su cuerpo parecía como si de pronto se hubiera vuelto más alto y delgado; una cosa frágil bajo los solemnes y largos pliegues de un encaje delicado como una tela de araña que iba desde la barbilla hasta el suelo, donde la cola del traje se extendía majestuosamente a sus pies. Kira creyó ver en el espejo a una figura extraña, de muchos siglos de antigüedad. De pronto, sus ojos le parecieron más grandes, más oscuros, asustados. Se quitó el vestido y lo arrojó a un rincón del armario. Recogió el libro, pero se le habían pasado las ganas de leer: el libro hablaba de un dique construido por los heroicos obreros rojos a pesar de las nefandas maquinaciones de los pérfidos blancos que se habían propuesto destruirlo.
Leo volvió a casa con Antonina Pavlovna. Esta llevaba un abrigo de pieles y un turbante de seda violeta. Su penetrante perfume francés se mezclaba extrañamente con el olor del choucroute de los Lavrov.
– ¿Dónde está la camarera? -preguntó Leo.
– Se fue ya, Leo. Te estábamos aguardando, pero es ya muy tarde.
– Bien. Hemos comido en el restaurante, Tonia y yo. ¿Cambiaste por fin de idea, Kira? ¿Te vienes con nosotros a esa inauguración?
– Lo siento, Leo, pero no puedo. Esta noche tenemos reunión de guías… Y, dime, Leo, ¿tienes que ir, realmente?
Es la tercera vez que se inaugura un cabaret en dos semanas.
– Pero hoy es distinto -dijo Antonina Pavlovna-. Se trata de un casino elegante de verdad. Tan elegante como un casino extranjero; como el casino de Montecarlo.
– Leo -suspiró Kira melancólicamente-, ¿otra vez el juego?
– ¿Por qué no? -rió él-. No tenemos que preocuparnos por perder unos cuantos centenares de rublos más o menos. ¿No es cierto, Tonia?
Antonina Pavlovna sonrió, adelantando la barbilla. -Claro está está que no. Ahora acabamos de dejar a Koko, Kira Alexandrovna. -Y, bajando la voz, añadió con aire confidencial:- Pasado mañana llega un nuevo cargamento de harina blanca de esos de Syerov. ¡Cómo sabe hacer negocios ese muchacho! Verdaderamente, le admiro.
– Un momento y me pongo el frac -dijo Leo-. Sólo un segundo. ¿Quiere volverse por un segundo de cara a la ventana, Tonia?
– Como querer -dijo con coquetería Tonia-, la verdad es que no quiero. Pero prometo no mirar, por muchas ganas que tenga. Y dirigiéndose a la ventana, puso amistosamente la mano sobre el hombro de Kira y suspiró:
– ¡Pobre Koko! ¡Trabaja tanto! Esta noche tiene una reunión en el Centro Educativo de funcionarios del Trust de la Alimentación. El es vicepresidente. Debe hacer alarde de actividad social, ¿comprende usted? -y guiñó maliciosamente un ojo-. Siempre tiene reuniones, juntas, sesiones, ¡qué sé yo…! Verdaderamente me moriría de aburrimiento si nuestro amigo Leo no tuviera la galantería de acompañarme de vez en cuando.
Kira contempló la alta figura negra de Leo en su impecable frac, como se había contemplado a sí misma en su blanco traje medieval; como si fuera una imagen de una época lejana; no se explicaba que estuviera allí, junto a la mesa en que estaba el" Primus". Leo tomó el brazo de Antonina Pavlovna con un gesto que parecía sacado de una película extranjera y salió con ella.
Cuando la puerta se cerró, Kira oyó refunfuñar a la esposa de Lavrov.
– ¡Y luego dicen que los comerciantes privados no ganan dinero!
– Es la dictadura del proletariado -contestó entre dientes Lavrov, y escupió en el suelo.
Kira se puso su traje viejo. No iba a ninguna reunión de guías, sino que se dirigía a un pabellón perdido en medio de un jardín abandonado. Había faltado a tres citas, y no podía faltar a ésta.
En la chimenea de Andrei ardía el fuego. Los leños crujían con pequeñas explosiones bruscas; los largos troncos se convertían en brasas rojas, transparentes y luminosas, sobre las que unas llamas anaranjadas ondeaban, se movían, se encontraban, se enroscaban poco a poco para morir luego súbitamente y renacer en forma de llamitas azuladas que parecían lamer las ascuas ardientes. Más arriba, como suspendidas en el aire grandes y rojas lenguas de fuego se elevaban en la oscuridad de la chimenea, y, en lo alto, surgían amarillas chispas que iban a morir contra los ladrillos negros de hollín. Una luz anaranjada bailoteaba temblando, entre sombras, sobre las paredes tapizadas de brocado blanco y sobre los grabados de soldados rojos, chimeneas y tractores, que había clavados en la pared. Uno de esos grabados se había desprendido en parte, y la blanca hoja de papel se enroscaba sobre las alas llameantes de un aeroplano rojo, descubriendo en el damasco blanco de la pared un oscuro desgarrón. Uno de los pies de Leda pendía sobre la chimenea, y a la luz de las llamas la carne del talón parecía más rosada.
Kira estaba sentada sobre una caja delante de la chimenea. Andrei estaba a sus pies, con la cara entre sus rodillas; la mano del joven acariciaba lentamente el mórbido arco de su pie, luego los dedos bajaban hasta el suelo y volvían a subir para pasearse lentamente por la reluciente media de seda.
– … y luego, cuando tú estás aquí -murmuraba Andrei- quedo compensado de todas mis torturas, de todas mis impaciencias… y ya no pienso nada más…
Levantó la cabeza, la miró, y dijo una cosa que ella no le había oído decir jamás. -Estoy muy cansado, Kira…
Kira le cogió la cabeza y le preguntó, apoyando las palmas de las manos sobre sus sienes: -¿Qué te pasa, Andrei? El se volvió hacia el fuego y dijo:
– Mi Partido… -pero no siguió, sino que, mirándola de nuevo dijo, con ojos encendidos como brasas-: Ya lo sabes, Kira. Ya sé que lo sabes. Puedes decirlo. Tal vez hace ya tiempo que lo sabías. Tal vez tengas razón en muchas de aquellas cosas que nos habíamos prometido no discutir jamás.
Ella le acarició tiernamente la cabeza, como a un niño, se inclinó sobre él y murmuró, mientras le sentía respirar junto a su pecho. -¿Quieres hablar de ello conmigo, Andrei? No temas que hiera tus sentimientos.
– Tú no puedes herirme. ¿Crees que no me doy cuenta de todo, igual que tú misma? ¿Crees que no comprendo a qué ha quedado reducida nuestra revolución? Por un especulador que fusilamos, hay centenares que se pasean toda la noche por la Nevsky en magníficos coches de su propiedad. Arrasamos aldeas, disparamos nuestras ametralladoras contra docenas de campesinos porque enloquecidos por la miseria han dado muerte a un comunista, y entretanto, diez camaradas de la víctima vengada se pasan la noche bebiendo champaña en casa de un hombre que lleva botones de brillantes en la camisa. ¿De dónde han salido esos brillantes? ¿Quién los paga? ¿Quién paga el champaña? No insistimos lo bastante para saberlo.
– Andrei, ¿no has pensado alguna vez que los que han arrastrado a los especuladores a hacer lo que hacen sois tú y tus compañeros, que les habéis dejado sin posibilidad de elegir otro medio de vida?
– Lo sé. Sin embargo, nosotros debíamos elevar a los hombres a nuestro nivel. Son ellos los que no quieren elevarse. Los hombres que nosotros guiamos no mejoran, sino que van bajando, bajando hasta un nivel que ninguna criatura humana había alcanzado jamás, y nosotros vamos lentamente poniéndonos a la misma altura. Vamos derrumbándonos como paredes viejas, uno detrás de otro. Kira, yo no he tenido nunca miedo y ahora lo tengo. Es un sentimiento raro: siento miedo de pensar.
– Quisiera poder decir lo que no quiero decirte, Andrei. Quisiera poder ayudarte, pero nadie es menos indicado que yo para hacerlo, ya lo sabes.
– ¡Pero si eres la única persona del mundo que me ayuda! -rió dulcemente él.
– ¿Por qué? -murmuró ella.
– Porque, suceda lo que suceda, sé que puedo contar contigo. Porque, sea el que fuere el naufragio humano a que tenga que asistir, te tengo a ti. Y en ti veo siempre lo que puede ser una criatura humana.
– ¿Estás seguro de que me conoces, Andrei? -preguntó Kira en voz baja.
– Kira, la más alta concepción de un hombre no es su dios, sino aquello que despierte en él la veneración debida a un dios. Y el objeto más alto de mi veneración, Kira, eres tú.
– Soy yo: Marisha -murmuró una voz detrás de la puerta-. ¿Quieres dejarme pasar, Irina?
Irina abrió la puerta, insegura, vacilando. En el umbral estaba Marisha con un pedazo de pan en la mano.
– Toma -dijo-, te he traído algo que comer. Para los dos.
– ¡Marisha! -dijo Irina.
– ¡Cállate! -murmuró Marisha, mirando con prudencia al pasillo-. ¡Claro está que lo sé! Pero no tengas miedo, no diré una palabra. Toma. Es mi ración de pan. Nadie se dará cuenta. Sé que es por eso que esta mañana no desayunaste. Pero no puedes seguir así.
Irina la agarró por el brazo, la hizo entrar, cerró la puerta y dijo nerviosamente:
– No… no esperaba esto de ti, Marisha -y sus cabellos le caían en desorden sobre los ojos, y sus ojos estaban anegados en lágrimas.
Marisha susurró:
– Sé cómo están las cosas. Tú le quieres… Está bien. Oficialmente, yo no sé nada; de modo que si me preguntan no tengo nada que contestar. ¿De acuerdo? Pero, por el amor de Dios, no le tengas aquí mucho tiempo. No estoy nada segura de Víctor.
– ¿Crees que… Víctor sospecha algo?
– No sé. Se porta de una manera extraña. Y si lo sabe… Irina, Víctor me da miedo.
– Sólo estará hasta esta noche -murmuró Irina-; esta noche se va…
– Procuraré vigilar a Víctor por vuestra cuenta.
– No sé cómo agradecértelo, Marisha…
– Déjalo y no llores; no hay razón de llorar.
– No lloro… es que… llevo dos noches sin dormir… y, Marisha, no sabes cuánto te lo agradezco, y…
– ¡No es nada! No quiero entretenerme aquí. Adiós. Una vez se hubo cerrado la puerta, Irina escuchó atentamente hasta que los pasos de Marisha se alejaron por el pasillo; luego siguió escuchando por si oía algún otro ruido; pero la casa estaba silenciosa. Cerró la puerta echando la llave y atravesó la estancia de puntillas; sin hacer ruido entró en el chiribitil que se abría junto a la cama. Sasha estaba allí, sentado sobre un viejo baúl, y observaba a un gorrión posado sobre el antepecho del ventanuco, al otro lado del polvoriento cristal.
– Irina, creo que sería mejor que me marchase en seguida -dijo en voz baja.
– Oh, no. No te dejo salir. -Óyeme, llevo ya dos días aquí. No era ésta mi intención. Siento mucho haberte dado todas estas preocupaciones. Si sucediera algo, ¿sabes qué te harían?
– Si a ti te sucede algo -murmuró ella rodeando con sus brazos
los hombros de Sasha- no me importa lo que puedan hacerme.
– Tenía que llegar un día u otro. Pero tú… ¡no quiero arrastrarte
a ti!
– No sucederá nada. Tengo ya el billete y el traje que debes ponerte para marchar a Bakú. Esta noche Víctor tiene una reunión del Partido, de modo que no será difícil escapar. En todo caso no hay que pensar en marcharse a la luz del día. La calle está vigilada.
– Casi preferiría que me hubieran detenido antes de llegar aquí,
Irina. Lo siento mucho.
– En cambio yo estoy contenta, ya ves -dijo ella con una leve
sonrisa-. Verdaderamente creo que te he salvado. Han detenido
a todos los de tu grupo, según me ha dicho Víctor; a todos me-
nos a ti.
– Pero si…
– Oh, ahora ya estamos salvados. Sólo quedan algunas horas de
espera. -Irina se sentó en el baúl junto a Sasha, apoyando la ca-
beza en su hombro, echándose hacia atrás los cabellos y mirándo-
le con ojos febriles, brillantes.
– Cuando estés en el extranjero, me escribirás el primer día, ¿ver-
dad? Acuérdate bien: el primer día.
– Te lo prometo -dijo él sordamente.
– Entonces buscaré la manera de escaparme yo también. ¡Imagínate tú! ¡El extranjero! Iremos a los cabarets, ¡y tú estarás tan gracioso en traje de etiqueta! Estoy segura de que los sastres se negarán a vestir a un enorme oso ruso como tú.
– Es probable -intentó sonreír él.
– Y veremos bailarinas en trajes raros como aquellos que yo dibujo. ¡Figúrate! Podré dibujar figurines de modas y de teatro. ¡Se acabaron los manifiestos! ¡Ni uno más! En mi vida volveré a dibujar un proletario.
– ¡Ojalá!
– Pero, ¿sabes?, he de advertirte que soy una pésima ama de
casa. A la hora de comer, el asado se habrá quemado… porque ten-
dremos asado todos los días… y tus calcetines no estarán zurci-
dos… y no te dejaré quejar. Si lo intentas, te daré de garrotazos
hasta la muerte, ¡pobre criatura delicada! -y rió nerviosamente,
escondiendo la cabeza en su hombro y mordisqueándole la cami-
sa, para evitar que se oyera aquella risa que ya había dejado de
serlo.
El la besó en los cabellos y dijo valientemente: -No me quejaré si con tus dibujos logras hacerte un nombre. He aquí otra de las cosas que no perdono a este país. Creo que podrías ser un gran artista. Y, a propósito, ¿sabes que nunca me has dado ninguno de tus dibujos? ¡Con las veces que te lo he pedido!
– Oh, sí -suspiró ella-, he prometido a mucha gente, y nunca he tenido tiempo para dejar ninguno bien acabado. Pero te aseguro una cosa. Cuando estemos en el extranjero, pintaré una docena de cuadros, y los colgaremos en casa, ¡ en "nuestra casa"!
Los grandes brazos de Sasha se cerraron sobre un cuerpo tembloroso, mientras una cabeza despeinada se volvía hacia el lado opuesto.
– Esto está quemado -dijo Víctor.
– Lo siento -dijo Irina-, tal vez no lo vigilé bastante…
– ¿No hay otra cosa?
– No, Víctor; y lo lamento. No hay nada en casa, y… -¿No hay nada en casa? ¡Es extraordinario lo de prisa que desaparece la comida en casa en estos días!
– No más que de costumbre -dijo Marisha- y no olvides que esta semana no me dieron mi ración de pan.
¿Y por qué no?
– No tuve tiempo de hacer cola, y…
– ¿Y por qué no fue Irina a recogerlo en tu lugar?
– Víctor -dijo Vasili Ivanovitch-, no se encuentra bien.
– Ya lo veo.
– Ya me comeré yo lo tuyo, si no lo quieres -dijo Asha, probando de quitarle a su hermana el plato.
– Ya has comido bastante, Asha -protestó Irina-. Lo que tienes que hacer es irte corriendo a la escuela.
– ¡Ya me lo parece! -dijo Asha.
– Asha, ¿dónde aprendiste a hablar de esta manera?
– No quiero ir -lloriqueó la pequeña-. Esta tarde tenemos que decorar la "casa-cuna Lenin". ¡Me da una rabia tapar las manchas de sus viejas tapicerías rojas con recortes de periódico! Me han reñido dos veces, por haberlo hecho mal.
– Anda, termina y ponte el abrigo. Llegarás tarde.
Asha suspiró. Dio una mirada de resignación a los platos vacíos y salió arrastrando los pies.
Víctor se recostó en el respaldo de su silla, se metió las manos en los bolsillos y preguntó, mirando a Irina con fijeza:
– ¿No vas a trabajar hoy, Irina?
– No; ya he telefoneado. No me siento bien. Creo que tengo un poco de temperatura.
– Vale más que no se aventure a salir, con un tiempo tan horrible -añadió Marisha-. Mira: está nevando.
– Sí; vale más que Irina no se aventure -dijo Víctor.
– No tengo miedo -dijo Irina-, pero creo que valdrá más que me quede en casa.
– Ya sé que tú nunca has tenido miedo a nada -dijo Víctor-. Es una cualidad admirable; pero alguna vez puede llevarte demasiado lejos.
– ¿Qué quieres decir?
– Tendrías que andar con más cuidado… por tu salud. ¿Por qué no llamas al médico?
– ¡Oh! No es necesario, no estoy tan mal, dentro de unos días ya habrá pasado.
– También lo creo -dijo Víctor, poniéndose en pie.
– ¿Qué haces hoy, Víctor? -preguntó su mujer.
– ¿Por qué quieres saberlo?
– ¡Oh, por nada…! Es que… ¿ves tú?, pensaba que, si tienes tiempo, me gustaría que nos dieses una conferencia en el Centro. Todo el mundo ha oído hablar de mi famoso marido, y no he tenido más remedio que prometerles que irías a hablarles de la electrificación, o de los aviones modernos, o de algo parecido.
– Lo siento -dijo Víctor-, pero tendrá que ser otro día. Hoy tengo que hacer una visita. Para un empleo. Para hablar de aquel empleo en las presas del salto hidroeléctrico.
– ¿Puedo ir contigo, Víctor?
– Claro está que no. ¿Qué te pasa? ¿Acaso vas a seguirme los pasos? ¿Estás celosa?
– Oh, no, de ningún modo, querido.
– Bien; entonces cállate. No quiero estar llevando a mi mujer continuamente a cuestas.
– ¿Buscas un nuevo empleo, Víctor? -preguntó su padre.
– Pues ¿qué te figuras? ¿Crees que estoy dispuesto a resignarme a la esclavitud de una cartilla de racionamiento para todo el resto de mi vida? ¡Ya lo veréis!
¿Está usted seguro? -preguntó el funcionario. -Absolutamente -replicó Víctor.
– ¿Quién más es responsable? -Nadie más, excepto mi hermana.
– ¿Quién más vive con ustedes, camarada Dunaev? -Mi mujer, mi padre y mi hermana menor, una niña. Mi padre no sospecha nada. Mi mujer es una tonta que no ve más allá de su nariz. Por otra parte, es miembro del Komsomol. Hay otros inquilinos, pero no tienen ninguna relación con nosotros.
– Comprendido. Gracias, camarada Dunaev.
– No he hecho más que cumplir con mi deber.
– Camarada Dunaev, en nombre de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas le doy las gracias por su valor. Aprecio su manera de obrar. Todavía son pocos los que anteponen el sentimiento de sus deberes con el Estado a los lazos de la sangre y la familia. Esta es una de nuestras aspiraciones para el porvenir, y en este sentido nos esforzamos en educar a nuestro anticuado pueblo. Esta es la más alta prueba de lealtad que puede dar un miembro del Partido. Procuraré que su heroísmo no permanezca ignorado.
– No merezco tales elogios, camarada -dijo Víctor-. El único mérito de mi acto es el de servir de ejemplo para el Partido, para que se considere a la familia como una institución del pasado que no debe tenerse en cuenta para nada al juzgar la lealtad de un miembro de nuestra gran colectividad.
Sonó la campanilla.
Irina se estremeció y dejó caer el periódico.
Marisha dejó el libro.
– Ya voy yo -dijo Víctor.
Irina miró al reloj del comedor. Faltaba una hora para la salida del tren, y Víctor no había ido a la reunión del Partido. No había querido alejarse de casa.
Vasili Ivanovitch, sentado junto a la ventana, cincelaba una plegadera, y Asha, debajo de la mesa, chillaba, mientras iba hojeando antiguas revistas:
– Dime, ¿éste es Lenin? Tengo que recortar diez para la casa-cuna y no llego a encontrarlos. ¿Es Lenin, éste, o es el general checoslovaco? ¡Maldita sea…!
En el recibidor se oyeron los pasos de unas pesadas botas. Se abrió la puerta y en el umbral apareció un hombre que vestía chaqueta de cuero y llevaba en la mano una hoja de papel; a su lado estaban dos soldados con gorro de pico y la mano en la culata de la pistola que pendía de su cinturón. En la puerta del piso, apostado en el rellano, estaba un tercer soldado que llevaba un fusil con la bayoneta calada.
Se oyó un grito: era Marisha, que se puso en pie, cubriéndose la boca con una mano. Vasili Ivanovitch se levantó también poco a poco. Asha, sin moverse de debajo de la mesa, contemplaba la escena con los ojos muy abiertos. Irina permanecía erguida, muy erguida, casi doblegada hacia atrás.
– Tengo orden de registrar la casa -dijo el hombre de la chaqueta de cuero arrojando el papel encima de la mesa. Y añadió, haciendo una seña a sus soldados-: Por aquí. Siguieron por el pasillo hasta el cuarto de Irina. Abrieron el cuartito de al lado. Sasha estaba en el umbral, mirándoles con una desdeñosa sonrisa.
Vasili Ivanovitch contuvo el aliento; en el pasillo, detrás de los soldados, Asha gritó:
– Ahora comprendo por qué no querías que abriera… Marisha le dio un pisotón. Un dibujo que había sobre la mesa se cayó revoloteando hasta el suelo.
– ¿Cuál de ustedes es la ciudadana Irina Dunaevna? -preguntó el hombre de la chaqueta de cuero.
– Soy yo -contestó Irina.
– Óigame -dijo Sasha adelantándose-, ella no tiene ninguna culpa en todo eso… Ella… yo la amencé y…
– ¿Con que la amenazó? -preguntó con voz inexpresiva el hombre de la chaqueta de cuero. Un soldado registró rápidamente a Sasha.
– No lleva ningún arma -afirmó.
– Muy bien -dijo el hombre de la chaqueta de cuero-. Llévenlo. Y a la ciudadana Dunaevna también. Y al viejo. Ahora registraremos el piso.
– Camaradas -Vasili Ivanovitch se acercó, y prosiguió con voz firme pero temblándole las manos-: Camaradas, mi hija no puede ser culpable de…
– Hablará usted más tarde -dijo el hombre, y, volviéndose a Víctor preguntó-: ¿Es usted miembro del Partido?
– Sí.
– Muy bien. Ustedes dos pueden quedarse. Tomen sus abrigos, ciudadanos.
Las botas de los soldados dejaron sobre el pavimento huellas de nieve derretida. Una lámpara, con la bombilla torcida, alumbraba mezquinamente el pasillo y la cara pálida hasta parecer verdosa, de Marisha, que miraba fijamente a su marido, con ojos muy abiertos y bordeados de oscuras ojeras.
El soldado que estaba de guardia en el rellano abrió la puerta para dejar pasar al Upravdom. Este se había echado precipitadamente la chaqueta sobre los hombros, dejando ver una camisa sucia y sin abrochar. Se retorcía las manos hasta hacerlas crujir, y gimoteaba:
– ¡Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío…! Camarada comisario, no sabía nada de todo eso. Se lo juro, camarada comisario… El soldado cerró de un portazo, dejando fuera a un grupo de vecinos curiosos.
Irina besó a Asha y a Marisha. Víctor se le acercó con cara preocupada y frío.
– Lo siento, Irina… -dijo-. Veré qué puedo hacer… Los ojos de su hermana le hicieron callar: le miraban fijamente, y de pronto le pareció ver los de su madre, en el retrato de antaño. Irina se volvió, y sin decir una palabra, siguió a los soldados. Salió la primera, y Sasha y Vasili fueron tras ella.
A los tres días, Vasili Ivanovitch fue puesto en libertad. Sasha Shernov fue condenado a diez años de presidio en Siberia por actividades contrarrevolucionarias.
Irina Dunaevna fue condenada a diez años de presidio en Siberia por haber prestado auxilio a un contrarrevolucionario. Vasili Ivanovitch intentó hablar con los magistrados. Obtuvo algunas cartas de presentación para algún secretario; pasó horas y horas de angustiosa espera en antesalas sin calefacción; cuando tenía que hablar por teléfono se esforzaba en vano en evitar que le temblase la voz. Pero no había nada a hacer, y él lo sabía. Cuando volvió a casa no dijo ni una palabra a Víctor; no le miró; no le pidió nada. Víctor, por su parte, tampoco se ofreció a ayudarle.
La única que saludó a Vasili Ivanovitch, a su regreso a su casa, fue Marisha. Le dijo tímidamente:
– Venga, Vasili Ivanovitch, coma usted algo. He hecho una sopa de fideos adrede para usted -y se ruborizó de gratitud y de confusión cuando él le dio las gracias con una triste sonrisa, silenciosa y distraída.
Vasili Ivanovitch vio a Irina en una celda de la G. P. U. Luego se encerró en su cuarto, llorando de felicidad porque por lo menos había logrado poder satisfacer la última petición de su hija. Irina había solicitado permiso para contraer matrimonio con Sasha antes de salir para Siberia.
La ceremonia se celebró en una sala vacía de la G. P. U. A la puerta había centinelas armados. Vasili Ivanovitch y Kira actuaron de testigos. Los labios de Sasha temblaban. Irina permanecía serena. Desde el momento de su detención había conservado imperturbablemente la calma. Había enflaquecido ligeramente; su cutis parecía transparente, sus ojos demasiado grandes; pero sus dedos, al apoyarse en el brazo de Sasha, eran firmes y seguros. Después de la ceremonia levantó la cabeza para que él la besara, con una sonrisa tierna y compasiva como la de una madre por un hijo atormentado por la angustia.
El funcionario a quien Vasili Ivanovitch se dirigió le dijo: -Bien; ya ha obtenido usted lo que deseaba. Aunque no veo qué beneficio sacarán de esta ridicula farsa. ¿Ignora usted que sus cárceles se hallan a trescientos cincuenta kilómetros una de otra?
– Efectivamente -dijo Vasili Ivanovitch cayendo pesadamente sobre una silla-, lo ignoraba.
Pero Irina lo había sospechado. Con todo, esperaba que, una vez casados, quizá hubiera sido posible lograr que les destinasen a un mismo presidio. No fue así.
Esta fue la última cruzada de Vasili Ivanovitch. No cabía apelación contra una sentencia de la G. P. U., pero cabía la posibilidad de que se transfiriese a uno de los dos a la cárcel del otro. Si pudiese encontrar a alguien con bastante influencia…
Vasili Ivanovitch se levantó al amanecer. Marisha le obligó a tomarse una taza de café mientras salía a acompañarle al rellano, poniéndole la taza en las manos, tiritando de frío en su largo camisón. La noche sorprendió a Vasili Ivanovitch en la antesala de un casino, esforzándose en abrirse paso entre el gentío, con su viejo sombrero en la mano, intentando retener por un momento la atención de un imponente personaje al que había estado aguardando horas y horas y diciéndole humildemente…
– Sólo dos palabras, camarada comisario… se lo ruego… Pero un criado de uniforme le puso violentamente en la calle, y el pobre Vasili Ivanovitch perdió su sombrero.
Pidió audiencia a un personaje y obtuvo una cita. Entró en un solemne despacho, con un raído abrigo remendado y cepillado con esmero, los zapatos muy lustrosos, el cabello cuidadosamente peinado. Sus hombros, que en otros tiempos habían llevado un pesado fusil durante las largas y oscuras noches siberianas, estaban desesperadamente encorvados mientras, de pie ante una mesa, decía a un comisario de ceñudo aspecto:
– He aquí todo cuanto pido, camarada comisario; no solicito nada más que esto. No es mucho, ¿verdad? Únicamente que les envíen a un mismo lugar. Sé que han actuado contra la revolución y que tenían ustedes el derecho de castigarles. No me quejo por el castigo, camarada comisario. Son diez años, ¿sabe usted?, pero es una pena justa. Pero lo que le ruego es que les envíe a un mismo penal. ¿Qué diferencia representa para el Estado? Son jóvenes y se quieren. Son diez años, pero usted ya sabe, como lo sé yo, que no volverán jamás, con lo que es la Siberia, el frío, el hambre…
– ¿Qué quiere usted decir? -le interrumpió una voz brusca.
– Camarada comisario… no quería decir nada…'No, nada absolutamente… Pero supongamos que cayesen enfermos. Irina no es muy fuerte. No están condenados a muerte, ¿verdad? Y mientras vivan, ¿no puede dejárseles juntos? ¡Para ellos esto significa tanto y para los demás, tan poco! Yo ya soy viejo, camarada comisario, y conozco la Siberia. Me consolaría mucho el saber que no está sola allá abajo; que con ella está un hombre… su marido. No sé si me dirijo correctamente a usted, camarada comisario, pero tiene usted que perdonarme. ¿Sabe usted?, nunca en mi vida he pedido ningún favor a nadie. Tal vez cree usted que le tengo odio, en el fondo de mi corazón. No es así. Concédame esto, sólo esto: envíelos, a una misma cárcel y le bendeciré a usted por todos los días de mi vida.
La respuesta fue negativa. Kira habló con Andrei y le refirió lo acaecido.
– Ya he oído hablar de ello -dijo Andrei-. ¿Sabes quién denunció a Irina?
– No -dijo Kira, y volviendo la cabeza añadió-: No lo sé, pero lo sospecho. No me lo digas, prefiero seguir ignorándolo.
– No te lo diré, pues.
– No te pido ayuda. Sé que no puedo pretender que intercedas por un contrarrevolucionario; pero ¿no podrías pedir que les enviasen a una misma cárcel? Por tu parte no sería ninguna traición, y verdaderamente la cosa no implica una diferencia tan grande, ¿no te parece?
– Sin duda. Lo probaré.
En la oficina de la G. P. U., el funcionario miró fríamente a Andrei y le preguntó:
– ¿Intercedes… por un pariente tuyo, camarada Taganov?
– No te comprendo, camarada -contestó Andrei con calma, mirándole fijamente.
– Oh, sí; me comprendes muy bien, y creo que debes comprender que el tener por amante a la hija de un expatrono no es precisamente el mejor medio de robustecer tu posición en el Partido. No te extrañe, camarada Taganov. No creías que lo supiéramos, ¿verdad? ¿Y tú trabajas en la G. P. U.? Me sorprende.
– Mis asuntos personales…
– ¿Qué clase de asuntos, camarada?
– Si te refieres a la ciudadana Argounova…
– Me refiero exactamente a la ciudadana Argounova. Y quisiera sugerirte que usaras alguno de nuestros métodos y un poco de autoridad que te confiere tu posición para indagar acerca de la ciudadana Argounova… en interés tuyo, ya que hablamos de este asunto.
– Sé todo cuanto tengo que saber acerca de la ciudadana Argounova. No hay necesidad de implicarla en lo otro. Desde el punto de vista político, es absolutamente irreprensible.
– ¡Oh, desde el punto de vista político! ¿Y desde otros puntos de vista?
– Si hablas como superior mío, me niego a escuchar nada referente a la ciudadana Argounova excepto aquello que tenga relación con su posición política.
– Muy bien. No tengo nada más que decir. Hablaba únicamente como amigo. Anda con cuidado, camarada Taganov. No te quedan muchos amigos… en el Partido.
Andrei no pudo hacer nada en favor de Irina.
– ¡Qué diablo! -exclamó Leo metiendo la cabeza en una palangana de agua fría, porque la noche anterior había regresado muy tarde a casa-, iré a encontrar a ese indecente Syerov. El tiene un amigo muy influyente en la G. P. U., y si yo se lo digo tendrá que hacer algo.
– ¡Son unos bellacos! ¿Qué diferencia puede representar para ellos el que aquellas dos pobres criaturas se pudran juntas o no en sus infernales cárceles. De todos modos saben que no saldrán con vida.
– No se lo digas así, Leo. Pídeselo cortésmente.
– Se lo pediré cortésmente.
En la antesala del despacho de Syerov la secretaria de éste escribía a máquina con aire preocupado, mordiéndose el labio inferior. Delante de la valla de madera había diez visitantes aguardando. Leo atravesó la estancia con resolución, abrió la puerta de la valla y dijo a la secretaria:
– Deseo ver al camarada Syerov, en seguida.
– Pero, ciudadano -balbució la secretaria-, no está permitido…
– He dicho que necesito verle en seguida.
– El camarada Syerov está muy ocupado, ciudadano, y ahí están todos estos ciudadanos que aguardan para verle, de modo que no puede usted pasar antes de que le toque el turno.
– Vaya a decirle que está Leo Kovalensky. Verá usted cómo me recibe inmediatamente.
La secretaria se levantó y entró en el despacho de Syerov, sin dejar de mirar a Leo, andando hacia atrás, como si esperara verle sacar un revólver. Al volver estaba aún más asustada; dijo, tragándose la saliva con dificultad:
– Entre usted, ciudadano Kovalensky.
Cuando se hubo cerrado la puerta, Leo y Syerov se encontraron solos. Syerov se puso de pie y dijo, en un rugido sofocado: -¡Maldito estúpido! ¿Está usted loco? ¿Cómo se atreve a venir aquí?
Leo se rió, con una risa helada, que parecía la bofetada de un señor a un esclavo insolente:
– Supongo que no está hablando conmigo, ¿verdad?
– Márchese. No podemos hablar aquí.
– No hay necesidad. Soy yo quien tiene que hablar -dijo Leo sentándose cómodamente.
– ¿Se da usted cuenta de con quién está hablando? ¿O es que se ha vuelto loco? En toda mi vida no he visto insolencia semejante.
– Puede usted repetírselo a sí mismo de mi parte -dijo Leo.
– Bien -exclamó Syerov volviendo a sentarse-, ¿qué quiere?
– Usted tiene un amigo en la G. P. U. -Celebro que lo recuerde.
– Desde luego lo recuerdo. Por eso he venido. Tengo a dos amigos condenados a diez años en Siberia. Se acaban de casar. Les envían a cárceles que distan una de otra centenares de kilómetros. Deseo que haga usted lo necesario para que les envíen al mismo presidio.
– Ah, ah -dijo Syerov-, he oído hablar de este asunto. Es un hermoso ejemplo de lealtad al Partido por parte del camarada Víctor Dunaev.
– ¿No le parece un poco ridículo, eso de que usted me hable a mí de lealtad al Partido?
– Bueno; ¿y qué hará usted si le digo que no moveré ni un dedo para ayudarle?
– Sepa usted -dijo Leo- que puedo hacer muchas cosas.
– Desde luego -reconoció complaciente Syerov-, ya sé que puede. Pero también sé que no hará nada, porque, ¿ve usted?, para ahogarme a mí usted tiene que ser la piedra atada a mi cuello, y realmente no creo que su noble generosidad llegue tan lejos.
– Óigame -dijo Leo-. Puede usted dejar esos aires de autoridad. Uno y otro somos unos sinvergüenzas, y usted lo sabe, y nos odiamos, cosa que sabemos los dos, pero vamos en la misma barca y no es una barca muy sólida. ¿No le parece que valdría más ayudarnos cuanto sea posible?
– Indudablemente; estoy seguro. Y por su parte, la ayuda consiste en andar tan lejos de mí como pueda. Y si su anticuada arrogancia aristocrática no le cegase en la maldita forma en que le ciega, no se dirigiría a mí para pedirme que interceda por su prima. Equivaldría a proclamar lo que es usted para mí.
– ¡Maldito bellaco!
– ¡Psch!, tal vez lo sea. Y tal vez no le iría mal parecérseme un poco. Será mejor que no venga a pedirme favores. Será mejor que no olvide que, si bien es verdad que de momento estamos encadenados uno a otro, yo tengo más oportunidades que usted de romper la cadena.
Leo se puso en pie. Al llegar a la puerta se volvió y dijo:
– Como quiera. Sólo creía que le hubiera valido más, por si acaso, que la cadena estuviera todavía en mis manos… -Sí; y a usted le hubiera valido más no venir por aquí, por si acaso estuviera todavía en las mías… Y óigame -bajó la voz-, usted puede hacer algo por mí, y será mejor que lo haga. Diga a aquel bribón de Morozov que envíe el dinero. Aún no me pagó mi última comisión. Ya le he dicho que no quiero que me haga esperar.
Marisha dijo tímidamente, procurando no mirar a Víctor: -Oye, ¿no crees que si procurases ver a alguien y le pidieras… ¿sabes?, no más que les mandaran a la misma cárcel… no representaría ninguna diferencia para nadie y…?
Víctor la agarró por la muñeca con tanta fuerza que ella lanzó un grito de dolor.
– Mira -le dijo apretando los dientes-, procura mantenerte tan lejos de este asunto como tus piernas te lo permitan. ¡No faltaría más que eso! ¡Mi mujer intercediendo por unos contrarrevolucionarios!
– Pero no se trata más que…
– Fíjate bien: si dices una sola palabra, ¿entiendes?, una sola palabra a cualquier amigo tuyo, me divorcio al día siguiente.
Aquella noche, Vasili Ivanovitch volvió a casa más sereno que de costumbre. Se quitó el abrigo, dobló los guantes cuidadosamente, con toda meticulosidad, y los dejó en el perchero del recibimiento. No miró siquiera la comida que Marisha había dispuesto para él en el comedor.
Únicamente dijo: -Víctor, necesito hablarte.
Víctor le siguió de mala gana a su habitación.
Vasili Ivanovitch no se sentó. Permaneció de pie, con las manos a lo largo del cuerpo, mirando a su hijo.
– Víctor -dijo-, ya sabes lo que podría decirte. Pero no lo diré. No te preguntaré nada. Vivimos en unos tiempos muy extraños. Hace muchos años yo estaba seguro de mi pensamiento, sabía cuándo tenía razón y cuándo tenía que reprender. Ahora no lo sé. No sé si puedo censurar a nadie por nada. Hay tanto horror y tanto dolor en derredor nuestro que no creo que nadie sea culpable. Todos somos criaturas descuidadas que podemos sufrir mucho y entender muy poco. No puedo vituperarte por lo que hayas hecho. Ni sé tus razones ni quiero saberlas. Sólo sé que no las comprendería. Nadie comprende a los demás, en estos tiempos, y por esto nadie puede juzgar. Tú eres mi hijo, Víctor. Yo te quiero. No puedo dejar de quererte, como tú no puedes dejar de ser lo que eres. ¿Ves tú? Desde cuando era aún más joven de lo que tú eres ahora, he estado deseando tener un hijo. Nunca tuve confianza en los hombres. Por esto quería tener un hombre que fuera algo mío, para poderle mirar con orgullo como ahora te miro a ti. Cuando eras pequeño, Víctor, un día te hiciste un corte en un dedo; un corte profundo hasta el hueso. Entraste del jardín para que te lo vendaran. Tenías los labios amoratados, pero no lloraste. No proferiste ni una queja. Tu madre se quedó muy preocupada al verme reír de felicidad. Pero, ¿comprendes?, era porque estaba orgulloso de ti… ¿Sabes? ¡Estabas tan gracioso cuando tu madre te ponía tu traje de terciopelo con aquel gran cuello de puntilla! Te caía malísimamente. ¡Y tú te ponías tan furioso y estabas tan hermoso! Tenías el pelo rizado. Pero todo esto no viene al caso. Lo que quiero decir es que no puedo quererte mal. Por esto no te preguntaré nada. Sólo quiero pedirte un favor: ya sé que tú no puedes salvar a tu hermana; pero pide a tus amigos -sé que los tienes que podrían hacerlo- que logren que la envíen al mismo presidio que a Sasha. Sólo esto. No afecta a la sentencia ni te perjudica en nada. Es un último favor, a tu hermana; un favor en el lecho de muerte, Víctor, porque ya sabes que no la volverás a ver jamás. Hazlo y no volveremos a hablar del asunto. No miraré nunca hacia atrás. Nunca intentaré leer ninguna de las páginas que no deseo ver. Con esto quedarán saldadas todas las cuentas. Seguiré teniendo un hijo, y aunque es cierto que abstenerse de pensar es difícil, en estos tiempos puede lograrse; debe lograrse, y tú me ayudarás a ello. Hazme este último favor a cambio… a cambio del pasado…
– Padre -dijo Víctor-, créeme, haría cuanto pudiera, y lo he intentado, pero…
– Víctor, no discutamos. No te pregunto si puedes hacerlo. Sé que lo puedes. No me expliques nada: dime sólo "sí" o "no", Víctor, tú y yo hemos concluido. No tendré ningún hijo. Hay un límite, Víctor, a cuanto puedo perdonar.
– Pero, papá, es absolutamente imposible…
– Te he dicho "sí" o "no", Víctor, o ya no tengo hijo. Piensa cuánto he perdido durante estos últimos años. ¿Qué me contestas?
– No puedo hacer nada.
Vasili Ivanovitch irguió lentamente los hombros, y las dos líneas que surcaban sus mejillas, desde la nariz hasta las comisuras de los labios, plegados hacia abajo, permanecieron firmes e inmóviles. Se volvió lentamente y se dirigió a la puerta.
– ¿Adonde vas? -preguntó Víctor.
– Esto -contestó su padre- ya no te importa.
En el.comedor, Marisha y Asha estaban sentadas a la mesa, delante de una cena ya fría, que ninguna de las dos había tocado.
– Asha -dijo Vasili Ivanovitch-, ponte el abrigo y el sombrero.
– ¡Padre!
– Marisha se levantó con viveza, empujando ruidosamente su silla hacia atrás y haciendo caer al suelo un tenedor. Era la primera vez que Marisha le llamaba de aquel modo.
– Marisha -dijo el anciano-, te telefonearé uno de estos días, en cuanto haya encontrado aposento. ¿Querrás enviarme entonces todas mis cosas… en fin, todo lo mío que haya aquí?
– No debe usted marcharse -dijo Marisha con voz entrecortada- sin empleo, sin dinero, y…
– Esta es la casa de tu marido -dijo Vasili Ivanovitch-. Vamonos, Asha.
– ¿Puedo llevarme la colección de sellos? -murmuró la pequeña.
– Llévatela.
Marisha se apoyó en el antepecho de la ventana, con la nariz pegada al cristal, con los hombros agitados por silenciosos sollozos, mirando al anciano y a la niña mientras se marchaban. Los hombros de Vasili Ivanovitch estaban encorvados y, a la luz del farol de la calle, Marisha pudo ver la mancha blanca de su nuca descubierta, entre el cuello del viejo abrigo y el negro gorro de pieles que cubría su cabeza. Llevaba a Asha de la mano; la criatura estiraba el brazo para llegar a la mano de su padre, y, al lado de éste, su cuerpecito parecía aún más pequeño. Se esforzaba en seguirle, obediente, hundiendo los tacones en el barro y apretando junto a su pecho el grueso álbum de sellos.
Kira vio a Irina en una celda de la G. P. U., la misma tarde de su marcha. Irina sonreía plácidamente; su sonrisa era dulce y resignada; sus ojos, en un rostro que parecía de cera, miraban a Kira amablemente, con vaguedad, como si estuvieran fijos, en quieto estupor, en un más allá que se esforzaba en comprender.
– Te mandaré guantes -decía Kira-, unos hermosos guantes de lana, bien calientes. Pero tendré que hacértelos yo misma, de modo que no te extrañe si te cuesta ponértelos.
– No -dijo Irina-, pero puedes mandarme una instantánea: estará muy linda Kira haciendo calceta.
– ¿Sabes? -dijo Kira-, todavía no me has dado el dibujo que me prometiste.
– Es verdad, no te lo di. Papá los tiene todos. Dile que te deje elegir. Dile que yo te lo he dicho. Pero el que te había prometido no está. Yo te había prometido el verdadero retrato de Leo.
– En fin, aguardaremos a que vuelvas.
– Sí -sacudió la cabeza y rió-. Es muy amable de tu parte, Kira, pero no debes burlarte de mí. Yo tengo miedo. Pero ya lo sé. ¿Te acuerdas de cuando enviaron a Siberia a aquellos estudiantes de la Universidad? ¿Sabes de alguno que haya vuelto? Hay el escorbuto y la consunción, o las dos cosas…, oh, es así; pero no me importa.
– Irina…
– ¡Bah! No nos pongamos sentimentales, aunque sea la última vez que nos veamos… Quisiera preguntarte una cosa, Kira; si no quieres, no me contestes. Sólo es una curiosidad. ¿Qué hay entre tú y Andrei Taganov?
– Soy su amante desde hace más de un año -dijo Kira-. ¿Sabes?, la tía de Leo en Berlín…
– Ya me lo figuraba. Pues bien, pequeña, no sé cuál de las dos necesita mayor valor para enfrentarse con el futuro.
– No tendré miedo más que un día… un día que no llegará jamás -dijo Kira-; y el día en que mis fuerzas cedan.
– Las mías han cedido ya -dijo Irina- y no tengo miedo. Sólo hay algo que quisiera comprender y que nadie, me parece, logrará explicarme. ¿Ves tú? Ya sé que todo ha terminado para mí. Lo sé, y, sin embargo, no logro verdaderamente creerlo, no llego a sentirlo. ¡Es tan extraño! Es tu vida. La empiezas creyendo que es algo precioso y delicado, tan hermosa que te parece un tesoro sagrado. Y ahora ha terminado y a nadie le importa nada; y no porque sea indiferente, sino porque no se sabe nada de ella. ¿Quién tiene alguna idea de lo que es este tesoro nuestro? Sin embargo, en todo ello debe haber algo que todo el mundo debería comprender. Sólo que… ¿qué es, Kira?
Los condenados políticos viajaban en un coche aparte, y junto a las ventanillas había hombres armados de bayonetas. Irina y Sasha estaban sentados uno frente a otro en los bancos de madera; habían estado juntos durante una parte del camino y ahora iban a llegar al punto en que Irina debía transbordar. Las ventanillas del coche eran oscuras y relucientes, como si detrás del cristal se hubieran pegado pedazos de hule; sólo los copos de nieve que de vez en cuando se aplastaban contra ellos indicaban que más allá había tierra y viento, y un cielo negro. Del techo pendía una lámpara que temblaba como si cada sacudida de las ruedas empujase la amarillenta llama hacia afuera y luego ésta oscilase y se volvida para atrás, vacilante, a cogerse de nuevo al cabo de vela de donde procedía. Un muchacho con un viejo gorro verde de estudiante, solo junto a una ventanilla, cantaba a media voz como en una lamentación fúnebre, entre dientes; y su voz se oía como una amarga sonrisa, a pesar de que su rostro no se movía:
Oh, manzaníta. - ¿Hacia dónde vas rodando?
Sasha tenía la mano de Irina entre las suyas. Ella sonreía, con la barbilla metida en una vieja bufanda de lana. Sus manos estaban frías. De sus labios salía un blanco vapor, mientras decía:
– No debemos pensar en esos diez años. Parecen tan largos, ¿verdad? Pero en realidad no lo son. ¿Sabes? ¿Quién fue aquel filósofo que dijo que el tiempo no era más que una ilusión, o algo parecido? ¿Quién fue? En fin, no importa. El tiempo pasa de prisa si uno no piensa en él. Seremos jóvenes cuando… saldremos. Prometámonos, pues, que no pensaremos en otra cosa. ¿Prometido?
– Sí -murmuró él mirándole las manos-. Irina, si yo no…
– Esta es una cosa que ya me habías prometido no volver a decir jamás, ni aun a ti mismo. ¿No comprendes, querido, que es más fácil para mí eso que el haberme quedado en casa sabiendo que tú te ibas solo allá abajo? De este modo siento que hay algo común entre nosotros, que compartiremos alguna cosa. ¿No es cierto?
El escondió la cara entre las manos de Irina, sin decir una palabra.
– Óyeme -dijo ella inclinándose sobre sus rubios cabellos-. Sé que no siempre será fácil mantenerse serenos. Alguna vez se piensa: ¿vale la pena ser valiente sólo por el orgullo de serlo? Establezcamos una cosa: seremos valientes uno para el otro. Cuando te sientas más triste, sonríe y piensa que lo haces por mí. Yo haré igual. Esto nos mantendrá unidos. Y, ¿sabes?, es muy importante conservar la serenidad. Resistiremos más.
– ¿Para qué? De todos modos no resistiremos bastante.
– ¡No digas tonterías, Sasha!
– Irina movió la cabeza y se echó hacia atrás un rizo que le caía sobre la cara y dijo, mirándole a los ojos, como si creyese en las palabras que salían de sus labios:- ¡Dos personas sanas y fuertes como nosotros! Además, todo lo que dicen del hambre y de la consunción, estoy segura de que es exagerado. Nunca es tan fiero el león como lo pintan. Las ruedas chirriaron, como si el tren fuera a detenerse.
– ¡Dios mío! -gimió Sasha-, ¿ya es la estación? El coche dio un salto hacia adelante. Debajo de los pies de los dos jóvenes, volvió a oírse como antes el estrépito de las ruedas sobre los rieles, como un martillo que cayese cada vez a mayor velocidad.
– No… -susurró Irina- todavía no.
El estudiante de la ventanilla cantó, como si sonriese amargamente, al ritmo de las ruedas:
Manzanita - ¿hacia dónde vas rodando?
y fue repitiendo lentamente el estribillo, acentuando cada palabra como si cada palabra fuera una respuesta a una pregunta, o como si fuera la pregunta misma, y expresase la mortal certidumbre de una respuesta no formulada:
Oh, manzanita… ¿hacia dónde… vasrodando?
Irina murmuraba:
– Oye, podemos hacer una cosa. De vez en cuando podemos mirar a la luna; la luna ¿sabes? es la misma en todas partes. De este modo los dos veremos una misma cosa, ¿comprendes?
– Sí -dijo Sasha-. Será muy hermoso.
– Iba a decir el sol, pero supongo que no habrá mucho. La interrumpió un acceso de tos: tosió sordamente, a sacudidas, cogiéndose la garganta con la mano.
– Irina -gritó él-, ¿qué tienes?
– No es nada -contestó ella sonriendo, parpadeante e intentando recobrar el aliento-. No es más que un poco de resfriado. Las celdas de la G. P. U. no están muy bien caldeadas. Una linterna brilló a través de la ventanilla. Luego no hubo más que silencio, el lento caer de los húmedos copos contra el cristal. Irina y Sasha se quedaron inmóviles, con los ojos fijos en la ventanilla.
Irina murmuró:
– Creo que nos vamos acercando.
Sasha se irguió: su cara bronceada parecía más oscura que sus cabellos. Dijo, con voz enérgica:
– Si nos permiten escribir, Irina, ¿me escribirás… todos los días?
– ¡Claro! -contestó ella en tono alegre.
– ¿Y me dibujarás algo en cada carta?
– Con mucho gusto. Mira -dijo tomando un poco de carbón del marco de la ventana-, ahora mismo voy a hacer un dibujo. Con pocos trazos ligeros y seguros como los movimientos del bisturí de un cirujano, dibujó una cara en el respaldo de su asiento; la cara de un diablillo, con las orejas en alto, y guiñando maliciosamente un ojo: una risa loca, contagiosa, irresistible, que no se podía mirar sin sonreír.
– Ya está -dijo Irina-. Te hará compañía después… después de la estación.
Sasha sonrió, respondiendo a la sonrisa del diablillo y de pronto, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los puños, gritó, de tal modo que el estudiante del gorro verde le miró sobresaltado-: ¿Por qué hablan de honor, de ideales, de deberes para con la Pa tria? ¿Por qué nos enseñan…?
– No grites de ese modo, amor mío. No pienses en cosas inútiles. ¡Tantas veces se piensa en balde, en este mundo!
En la estación, otro tren estaba ya aguardando en una vía paralela. Unos centinelas con bayoneta calada escoltaron a los presos fuera del coche. Sasha estrechó a Irina sobre su pecho, y los huesos de ella crujieron bajo su abrazo; la besó en los labios, en la barbilla, en los cabellos, en el cuello, con un grito que no era ni un gemido ni un rugido. Murmuró roncamente, furiosamente, junto a su cuello, ruborizándose, sofocado, las palabras que nunca había sabido decir:
– ¡Te… te quiero!
Un guardia tocó a Irina en el codo. La joven, desprendiéndose de Sasha, siguió al guardia en el pasillo. Al llegar a la puerta, Sasha empujó al guardia a un lado, con un movimiento salvaje, furioso, y agarrando de nuevo a Irina la abrazó sin besarla, mirándola como si hubiera perdido el sentido, mientras sus grandes manazas estrechaban el cuerpo de la esposa que no había poseído jamás. El centinela le arrancó de sus brazos y la empujó hacia la puerta. Irina se volvió por un segundo a dar a Sasha una última mirada, y le sonrió con la sonrisa franca y maliciosa del diablillo, arrugando la nariz y guiñando un ojo. Luego se cerró la puerta. Los dos trenes salieron juntos. Sasha, aplicando el rostro al cristal de la ventanilla, pudo ver el oscuro contorno de la cabeza de Irina destacándose sobre el fondo amarillo de la iluminada ventanilla de otro coche, en una vía paralela. Ambos trenes siguieron un rato uno al ladn de otro, mientras iba aumentando la velocidad del rítmico martilleo de las ruedas sobre los rieles y las luces de la estación iban desapareciendo lentamente, por encima de la oscura techumbre del coche en que Sasha tenía clavada la vista. Luego, las verdosas franjas de nieve que separaban un tren del otro se fueron ensanchando; Sasha pensó que si la ventanilla hubiese estado abierta tal vez le hubiera bastando extender el brazo para llegar al otro coche; luego pensó que tendría que sacar todo el cuerpo fuera de la ventanilla. Apartó la mirada del tren para fijarla ferozmente en la blanca extensión que aumentaba entre ellos, y sus dedos se crisparon sobre el cristal, como si, con la tensión de todos sus músculos, quisiera agarrar y detener aquella masa de nieve. Los rieles iban distanciándose: al nivel de sus ojos, Sasha veía ahora el brillo azulado de las ruedas del tren que se llevaba a Irina, corriendo a lo largo de las oscuras cintas tendidas sobre la nieve.
Luego no miró más a la nieve; lanzó una mirada, como quien arroja un garfio, a aquel cuadradito amarillo en que se destacaba una sombra negra que era una cabeza lejana. Y sus ojos se negaron a abandonarla, mientras el cuadradito amarillo desaparecía rápidmente, y Sasha sentía que tras él se le iba la mirada, tensa en un agudo e intolerable sufrimiento. En medio de una amplia llanura nevada, dos negras orugas se arrastraban alejándose cada vez más una de otra; dos sutiles hilos de plata las precedían como si tirasen de ella, para desaparecer en un negro abismo. Por fin Sasha no pudo ver ya el cuadro amarillo, y sí únicamente una hilera de puntos que conservaban la forma cuadrada, y por encima de ellos algo negro que se movía sobre el fondo del cielo y que se parecía al techo de unos vagones. Luego, no hubo más que una serie de puntitos amarillos que caían en un pozo negro, y por fin sólo quedó el polvoriento cristal de su ventanilla, con aquel hule negro pegado al otro lado; pero Sasha no sabía si aún seguía viendo en alguna parte una hilera de luces, o si era algo que ardía en sus ojos absortos y dilatados.
No quedó más que el diablillo, en el respaldo del asiento vacío junto al suyo, sonriéndole con su boca de media luna y guiñándole maliciosamente un ojo.
"El camarada Víctor Dunaev, uno de nuestros más jóvenes e inteligentes ingenieros, ha sido destinado al Volkhovstroy, la gran construcción hidroeléctrica de la Unión Soviética. Se trata de un cargo de responsabilidad que nunca se había confiado a ninguna persona de su edad."
El recorte de la Pravda estaba en la nueva y reluciente cartera de Víctor junto con otro parecido de la Krasnaia Gazeta y, cuidadosamente doblado entre los dos, uno de la Izvestia de Moscú, siquiera en este último sólo se dedicaba una línea al "camarada Dunaev".
Víctor llevaba esta cartera consigo al dirigirse a los trabajos de construcción de la presa del lago Volkhov, a pocas horas de distancia de Petrogrado. Una comisión de su Centro del Partido fue a despedirle a la estación. Desde la plataforma del coche pronunció un breve, pero interesante discurso sobre el porvenir de las construcciones proletarias, y, al arrancar el tren, se olvidó de besar a su esposa. Al día siguiente, su discurso fue publicado en el Diario Mural de su Centro.
Marisha tuvo que quedarse en Petrogrado; tenía que terminar el curso en la Rabfac y no podía descuidar sus actividades sociales. Ella había insinuado tímidamente que hubiera podido dejarlas para ir con su" marido, pero éste había insistido para que se quedase en la ciudad.
– Querida -le había dicho-, no hay que olvidar que nuestros deberes sociales deben anteponerse a todas las consideraciones de comodidad personal.
Le prometió que cada vez que su trabajo le llamase a la ciudad, iría a su casa. Pero Marisha le vio una vez, inesperadamente, en una asamblea del Partido. Víctor se apresuró a explicarle que no podía acompañarla porque debía tomar el tren de medianoche para regresar al trabajo, y Marisha, aunque sabía que no había ningún tren de medianoche, no replicó nada.
Había aprendido a ser extraordinariamente silenciosa. En las reuniones de su Komsomol leía sus informes con voz algo chillona, pero en tono indiferente: por poco que se distrajera podía vérsela mirando vagamente hacia adelante con ojos sin expresión. Se había quedado sola en las grandes habitaciones vacías del piso de los Dunaev. Víctor había hablado en secreto con algún funcionario influyente para obtener que no les enviasen ningún in-quilino a ocupar las habitaciones vacantes, que él esperaba utilizar algún día. Pero el silencio de la casa asustaba a Marisha, que prefería pasar la noche entre reuniones de su Centro y visitas a sus padres, en su antigua habitación junto a la de Kira. Cuando llegaba Marisha, su madre suspiraba y murmuraba contra las raciones de la Cooperativa, y luego se inclinaba en silencio sobre su labor. El padre decía:
– Buenas noches -sin dar ninguna otra señal de haberse dado cuenta de su presencia.
Su hermanito le decía-: ¿Ya vuelves a estar aquí?
– Y ella no decía nada; se sentaba en un rincón detrás del gran piano de cola, y se quedaba leyendo hasta muy entrada la noche; entonces observaba:- Creo que tengo que marcharme -y se volvía a su casa.
Una noche vio a Vasili Ivanovitch que iba a casa de Kira. El anciano atravesó la estancia sin levantar la vista del suelo y sin darse cuenta de Marisha.
Vasili Ivanovitch tenía'que vender lo último que le quedaba: la piel del oso blanco que había matado en Siberia tantos años antes. -¿Ves, tú, Kira? -explicó con cierta vacilación-. Me han hecho una oferta, pero pensé que, si te gustaba preferiría que fueras tú quien se quedase con ella… Siempre me gustó tanto tenerla… que pensé que sería mejor que acabase en tus manos que en las de un extraño… Me ofrecen veinte rublos. Te la dejaría por este mismo precio.
Kira se quedó con la piel. Puso cincuenta rublos en la mano de Vasili Ivanovitch y no le permitió discutir. Vasili Ivanovitch ob-serbó que los hombros de Kira temblaban y le dijo afectuosamente, cogiéndola por los codos:
– Anda, vamos, Kira, no hagas eso. ¡Tú, mi valiente soldadito! ¡Valor niña, no todo es tan asqueroso!
Marisha aguardó pacientemente a que volviese a pasar Vasili Ivanovitch; aunque no sabía por qué le aguardaba ni qué le habría dicho. Cuando por fin se abrió la puerta de Kira y Vasüi Ivanovitch volvió a atravesar la estancia para salir, Marisha se puso en pie sonriendo tímidamente, dio un paso hacia adelante y se paró ante el anciano; pero éste salió sin mirarla siquiera, y Marisha se dejó caer en su silla sonriendo todavía, mecánicamente.
La nieve llegó temprano. Al barrer las aceras la amontonaban formando una cadena de escarpadas montañas, atravesadas por delgados y oscuros hilillos de suciedad y manchadas por oscuras pellas de tierra, colillas de cigarrillo, y pedazos de periódico amarillentos y descoloridos. Pero junto a las paredes de las casas la nieve había ido formando poco a poco un capa blanca, espesa y pura como una colcha de plumas que subía hasta el dintel de las ventanas de los sótanos.
Los antepechos de las ventanas se proyectaban sobre las calles como estanterías cargadas de blanca nieve. Las colillas brillaban, bordeadas por un helado encaje de largos carámbanos. Por un cielo frío, de un azul primaveral, subían pequeñas espirales de humo rosado que se abrían como los pétalos de una flor de manzano. En los tejados, la nieve se acumulaba formando una amenazadora muralla blanca detrás de las balaustradas de hierro. Unos hombres con gruesos guantes de lana manejaban sus palas por encima de la ciudad, echando grandes montones de nieve helada, que semejaban rocas, sobre el pavimento de la calle. Las paletadas de nieve, al caer, se deshacían con un sordo rumor y levantando una ligera nube blanca; los trineos se veían obligados a virar bruscamente, y, para evitarles, los gorriones, hambrientos y con el plumaje erizado, huían asustados. En las esquinas había grandes calderas, encajadas en bastos armazones de vigas. Otros hombres armados de palas iban echando en ellas la nieve, y por un boquete de las calderas salían las blancas aceras en largas cintas parduzcas. Por la noche, las hogueras que ardían bajo esas calderas llameaban en medio de la oscuridad; eran hogueras pequeñas, de color entre púrpura y anaranjado, muy a ras del suelo. Al compás de las palas se veía moverse, saliendo de la oscuridad, a unos hombres harapientos que de vez en cuando acercaban al fuego sus manos heladas.
Kira andaba en silencio por el jardín del palacio. Huellas de pasos, medio borradas por polvo reciente, indicaban el camino hacia el pabellón; eran las huellas de los pasos de Andrei, y Kira las conocía; por otra parte, pocos eran los visitantes que atravesaban el jardín. Los troncos de los árboles estaban desnudos, negros y muertos como postes telegráficos; las ventanas del palacio estaban oscuras, pero, en el extremo del jardín, a través de las rígidas ramas desnudas brillaba en medio de la oscuridad un luminoso cuadrado amarillo, y bajo la ventana de Andrei la nieve tenía color rosa dorado.
Kira subió lentamente la majestuosa escalinata de mármol. No había luz; su pie buscaba los peldaños uno por uno, tanteando en la oscuridad el mármol helado y resbaladizo. Hacía más frío que en la calle: un frío mortal, húmedo e inmutable como el de un mausoleo. La mano de Kira iba recorriendo, vacilante, la barandilla medio desbrozada. No veía nada ante sí, y le parecía que la escalera no iba a terminar jamás.
Cuando llegó al punto en que la barandilla faltaba, se detuvo y llamó desesperadamente, con una ligera nota de risa en su voz asustada: -¡Andrei!
En lo alto, un rayo de luz rasgó la oscuridad cuando Andrei abrió la puerta:
Corrió riendo a su encuentro y dijo en son de excusa: -¡Cuánto lo siento! ¡Son estos malditos hilos eléctricos que se han roto!
La tomó en sus brazos y la llevó hasta su cuarto, mientras ella le decía, riendo:
– Me da vergüenza, Andrei; me estoy volviendo miedosa. El la dejó junto a la chimenea llameante. Le quitó el abrigo y el sombrero, y sus dedos quedaron humedecidos por la nieve que se derretía sobre su cuello de pieles. La hizo sentar al lado de la chimenea, le desabotonó los guantes, frotó entre las fuertes palmas de sus manos las heladas manos de Kira, le quitó los chanclos nuevos de fieltro y sacudió la nieve, que produjo al caer.sobre las brasas un chirrido como de fritura.
Andrei tenía un regalo para Kira. Le puso en el regazo una larga y estrecha cajita y aguardó, mirándola y sonriendo.
– ¿Qué es, Andrei? -preguntó ella.
– Una cosa que viene del extranjero.
Kira rasgó el papel y abrió la cajita: se quedó con la boca abierta, sin acertar a pronunciar una palabra. Era un camisón de noche negro, de un crespón tan transparente que a través de sus sutiles pliegues podían verse danzar las llamas de la chimenea. Kira se quedó sosteniéndolo entre sus dedos con aire de incredulidad y timidez.
– Andrei… ¿de dónde lo has sacado?
– De un contrabandista.
– ¿Pero tú compras cosas de contrabando?
– ¿Por qué no?
– ¿Compraste a un… especulador?
– ¿Por qué no? La quería. Sabía que te gustaría.
– Pero en otro tiempo… -Era otro tiempo. Ahora es distinto. Los dedos de Kira arrugaban el negro crespón.
– ¿Qué? -dijo él-. ¿Te gusta?
– Andrei -gimió ella-. Andrei, ¿en el extranjero llevan estas cosas?
– Evidente.
– ¡Ropa interior negra! ¡Qué cosa más absurda y más deliciosa!
– Ya ves tú lo que hacen en el extranjero. No temen hacer cosas absurdas y deliciosas. Basta con que algo sea delicioso para que se considere una razón para hacerlo. -Andrei, si te oyeran te expulsarían del Partido -rió ella.
– Kira, ¿te gustaría ir al extranjero?
El negro camisón cayó a sus pies. Andrei se inclinó a recogerlo, sereno y sonriente. -Lo siento, Kira; ¿te he asustado? -¿Qué has dicho, Andrei?
– Óyeme -dijo el joven arrodillándose de pronto a su lado y rodeándole el talle con sus brazos, mientras en sus ojos brillaba una mirada ávida, inquieta, que ella no había visto jamás-. Es una idea que tengo desde hace algún tiempo; al principio creía que era una locura, pero no pienso en otra cosa: si tú quisieras, Kira… podríamos… ¿comprendes? Al extranjero… para siempre…
– Pero, Andrei…
– Es factible. Todavía puedo lograr que me envíen fuera con alguna misión secreta de la G. P. U. Podría lograr un pasaporte para ti en concepto de secretaria mía. Una vez pasada la frontera no pensaríamos más en la misión, ni en nuestros pasaportes rojos, ni en nuestros nombres, y huiríamos tan lejos que no podrían encontrarnos jamás.
– ¿Ya sabes lo que estás diciendo, Andrei?
– Sí. Lo único que no sé es qué haría una vez en el extranjero. Todavía no lo sé. No me he atrevido a pensarlo, cuando estaba solo. Pero cuando tú estás conmigo puedo pensar, puedo hablarte de ello. Siento la necesidad de huir antes de comprender demasiado claro lo que adivino a nuestro alrededor, antes de romper definitivamente con todo. Sería como volver a empezar la vida desde el principio, como si detrás de nosotros no hubiera más que el vacío. Te tengo a ti; lo demás no me importa. Acabaré por entender todo eso que gracias a ti estoy empezando a vislumbrar.
– Pero Andrei- balbució ella-, tú que eres lo mejor que tu Partido puede mostrar al mundo…
– No te detengas; dilo. Di que soy un traidor. Quizá tengas razón. O quizás hasta ahora no he empezado a dejar de serlo. Quizá durante todos estos años he estado traicionando algo más grande que todo cuanto el Partido puede ofrecer al mundo. No lo sé ni me importa. Me siento como después de una ducha fría. Porque, ¿ves tú?, en medio de esta infinita confusión que llaman la vida, lo único de que estoy seguro es de ti. Y mirándola a los ojos añadió dulcemente:
– ¿Qué te pasa, Kira? No he dicho nada que pueda asustarte, ¿verdad?
– No, Andrei -murmuró ella sin mirarle.
– Además, hay lo que te dije una vez, ¿recuerdas? Una vez que te hablé del más alto objeto de mi veneración…
– Sí, Andrei.
– Kira, ¿quieres casarte conmigo?
Las manos de Kira cayeron inertes, y la mirada que dirigió en silencio a Andrei fue triste y suplicante.
– Kira, querida, ¿no te das cuenta de lo que estamos haciendo? ¿Por qué tienes que esconderte y mentir? ¿Por qué tenemos que vivir con la continua congoja de estar contando las horas, los días, las semanas que separan nuestras entrevistas? ¿Por qué no he de tener el derecho de buscarte en los momentos en que creo volverme loco, si no te veo? ¿Por qué he de callar, por qué no puedo decir a todo el mundo, a los hombres como Leo Kovalens-ky, que eres mía, que eres mi mujer?
Kira no parecía ya estar asustada. El nombre que él había pronunciado le había devuelto todo su frío valor combativo. -No puedo, Andrei.
– ¿Por qué?
– ¿Serías capaz de hacer cualquier cosa por mí, si yo lo deseara?
– Sí, Kira; todo. -No me preguntes por qué.
– Está bien.
– Yo no puedo ir al extranjero, pero si tú quieres ir solo…
– No hablemos más de ello, Kira. No te preguntaré nada. ¿Pero verdaderamente crees que yo sería capaz de irme solo?
– Ea, no hablemos más. Intentaremos tener aquí un rinconcito de Europa. De momento voy a probarme tu regalo. Vuélvete y no mires.
Andrei obedeció. Cuando se volvió de nuevo, Kira estaba junto a la chimenea, con los brazos cruzados sobre la nuca, y detrás de la sombra de su cuerpo se veía vacilar la llama a través del sutil velo negro.
Andrei la abrazó doblegándole el cuerpo hacia atrás, de tal modo que sus cabellos parecían rojos a la luz del fuego. -No me quejo, Kira. Soy feliz, feliz de no tenerte más que a ti -murmuró.
– ¡No digas eso, Andrei! -rogó ella-. No lo digas, te lo suplico.
No volvió a decirlo. Pero sus brazos, su carne, todos sus músculos, que ella sentía junto a los suyos, gritaban silenciosamente: -No tengo más que a ti… no tengo nada… nada… sólo te tengo a ti.
Cuando Kira volvió a su casa era ya muy tarde. El cuarto estaba vacío y oscuro. Se sentó, fatigada, encima de la cama, aguardando a Leo. Y se durmió agotada, acurrucada en su arrugado traje encarnado, con la cabellera suelta, un brazo extendido con la palma vuelta hacia arriba y los dedos fatigosamente cerrados. La despertó el teléfono. Se levantó de un salto. Era de día, pero la lámpara seguía ardiendo todavía en la mesita de noche. Leo no había vuelto.
Vacilando, se dirigió al teléfono, con los ojos todavía cerrados, como si un enorme peso abrumara sus párpados. -¿Quién es? -murmuró apoyándose a la pared.
– ¿Es usted Kira Alexandrovna? -preguntó una untuosa voz masculina que arrastraba meticulosamente las vocales, pero en la que se adivinaba una nota de ansiedad bajo la inflexión cortés.
– Sí -dijo Kira-, ¿con quién hablo?
– ¡Aquí Karp Morozov, Kira Alexandrovna, alma de mi alma… si tuviera usted la bondad de venir a llevarse a ese… a llevarse a su casa a Lev Sergeievitch. Verdaderamente no conviene que se dé un espectáculo en mi casa. Parece que ha habido una fiesta, y…
– Voy en seguida -dijo Kira, colgando el aparato. Se vistió en un instante. Pero no acertaba a abrocharse el abrigo: los dedos le temblaban tanto que no lograba hacer entrar los botones en los ojales.
Cuando llegó, Morozov en persona le abrió la puerta. Estaba en mangas de camisa, y su chaleco, demasiado estrecho, marcaba profundos pliegues sobre su grueso abdomen. Se inclinó profundamente, a la moda campesina.
– Ah, Kira Alexandrovna, alma mía, ¿cómo está usted? Siento mucho haber tenido que molestarla por esta tontería. Pero… entre, por favor.
El amplio recibimiento de blancos paneles olía a lilas y a naftalina. Al otro lado de una puerta Kira oyó reír a Leo con risa alegre, argentina, serena.
Sin aguardar la invitación de Morozov, Kira entró directamente en el comedor. La mesa estaba puesta para tres. Antonina Pavlov-na, con el meñique levantado, sostenía en la mano una taza de té. Llevaba un quimono oriental; sobre su nariz se acumulaban los polvos, entre la nariz y la barbilla se había esparcido el rojo de sus labios, y sus ojos, sin maquillar, parecían hinchados, cansados y pequeñísimos. Leo estaba sentado a la mesa en mangas de camisa y pantalón negro; llevaba el cuello desabrochado, la corbata sin anudar, los cabellos en desorden. Reía sonoramente mientras intentaba hacer sostener en equilibrio un huevo sobre la punta de un cuchillo.
Levantó la cabeza y miró con sorpresa a Kira. Su cara era fresca y joven, radiante como una mañana de primavera. Una cara que nada parecía alterar. -¿Qué haces aquí, Kira?
– Kira Alexandrovna, por casualidad… -empezó a decir tímidamente Morozov, pero ella le interrumpió bruscamente:
– El me ha telefoneado.
– ¿Cómo…? ¿Usted…? -Leo se volvió a Morozov con una mueca de enojo, y luego dijo moviendo la cabeza y volviendo a reír:- ¡Está bueno eso! ¿Os figuráis que tengo un ama que me vigila?
– Lev Sergeievitch, alma de mi alma, no quise…
– ¡Basta! -gritó Leo-. Bien, Kira -añadió-, puesto que has venido, siéntate y desayuna. ¡Mira a ver si tienes todavía un par de huevos, Tonia!
– Vamonos a casa, Leo -dijo Kira con calma. El la miró y se encogió de hombros.
– Si te empeñas en ello… -dijo, levantándose poco a poco. Morozov tomó la taza de té que no había terminado de beber. Vertió el té en el plato y sosteniendo éste con la punta de los dedos sorbió el líquido a borbotones. Luego dijo, mirando alternativamente a Leo y a Kira:
– Yo… ¿sabe usted?, he aquí lo que ha sucedido: he telefoneado a Kira Alexandrovna porque temía que… que no se sintiera usted bien, Lev Sergeievitch, y que…
– … estuviera borracho -concluyó Leo.
– Oh, no es eso, pero…
– Ayer lo estaba, pero esta mañana ya no. Y no tenía usted ninguna maldita razón para…
– Estuvimos en una fiesta, Kira Alexandrovna -explicó con voz insinuante Antonina Pavlovna-, se nos hizo algo tarde y… -Eran las cinco cuando viniste a la cama -refunfuñó Morozov-. Lo sé porque oí ruido y vi que habías derramado la botella del agua.
– Leo me había acompañado a casa -prosiguió diciendo Antonina Pavlovna sin hacerle caso- y creo que estaba algo cansado.
– Un poco… -empezó a decir Morozov.
– … borracho – terminó Leo encogiéndose de hombros.
– ¡Borracho como una cuba, si quiere que se lo diga! -explotó con rabia Morozov, poniéndose tan colorado que las pecas de su rostro desaparecieron-. Estaba tan tan borracho que esta mañana al levantarme lo encontré tendido en el diván, completamente vestido, y durmiendo tan fuerte que ni un terremoto le hubiera despertado.
– ¿Y qué? -dijo Leo con indiferencia.
– Fue una fiesta magnífica -dijo Antonina Pavlovna- y ¡qué espléndido es Leo! Al ver cómo tira el dinero no se puede reprimir un estremecimiento de emoción. Pero esta vez, querido Leo, exageró usted.
– ¿Qué dice? No me acuerdo.
– Bien. Cuando perdió tanto dinero en el juego, no me importó;y me pareció muy chistoso el que pagase diez rublos por cada copa que había roto. Pero verdaderamente, dar propinas de cientos de rublos a los camareros… eso no hubiera debido hacerlo.
– ¿Por qué no? Deja que se den cuenta de la diferencia entre un caballero y esta gentuza roja de hoy.
– Sí, pero no tenía que dar cincuenta rublos a la orquesta para que dejara de tocar cada vez que la música no era de su gusto. Y luego eligió a la muchacha más hermosa que había, una muchacha a quien no había visto nunca, y le ofreció lo que quisiera para que se desnudase delante de todos, y le metió todos aquellos cientos de rublos por el escote.
– ¿Y qué? -dijo Leo-. Tenía un cuerpo bien formado, realmente.
– Vamonos, Leo -dijo Kira.
– Aguarde usted un momento, Lev Sergeievitch -dijo Morozov, dejando el plato-. ¿De dónde saca tanto dinero? -No lo sé -dijo Leo-. Tonia me lo dio. -Antonina, ¿de dónde…?
– ¡Oh! -la mujer frunció el ceño con aire ofendido-. Tomé el montón que tenías bajo la papelera.
– Tonia -exclamó Morozov con una violencia que hizo temblar la mesa-, ¿tocaste aquel dinero?
– Claro está que lo tomé -dijo ella echando adelante la barbilla con aire de desafío- y no estoy acostumbrada a que se me riña por razones de dinero. Lo tomé, y eso es todo. ¿Qué pasa? -¡Dios mío, Dios mío, Dios del cielo! -se lamentó Morozov cogiéndose la cabeza con ambas manos y agitándosela como si fuera un juguete con el resorte roto-. ¿Qué haremos ahora? Era el dinero que debíamos a Syerov. Teníamos que habérselo dado ayer. Y ahora no nos queda ni un rublo… y Syerov… me matará si no se lo que entrego hoy. ¿Qué voy a hacer…? Syerov no quiere aguardar, y…
– ¡Ah, no quiere aguardar! -dijo Leo-. Pues tendrá que tener paciencia. Deje de gimotear de este modo, Morozov; ¿de qué tiene miedo? No puede hacer nada contra nosotros y lo sabe bien. -Me deja usted asombrado, Lev Sergeievitch -refunfuñó Morozov, más encendido que nunca-. Se ha cobrado usted su parte, ¿eh? Y cree que es honrado tomar…
– ¿Honrado? -Leo se echó a reír con su más alegre y más impertinente carcajada.- ¿Habla usted conmigo? Pero, amigo mío, he conquistado el inmenso privilegio de no impresionarme en lo más mínimo por esta palabra. En lo más mínimo. Queríamos divertirnos y nos divertimos. Y por lo demás, si hay algo que le parezca especialmente deshonroso, tenga usted la seguridad de que lo haré. Y cuanto más vil mejor. ¡Buenos días! Vamonos, Kira. ¿Dónde está mi sombrero?
– ¿No se acuerda, Leo -dijo amablemente Antonina-, de que lo perdió al volver a casa?
– Es verdad. No importa: compraré otro. Compraré tres. Hasta luego.
Kira llamó un trineo y volvieron a casa en silencio. Una vez en su cuarto, Leo dijo bruscamente:
– No quiero críticas ni de ti ni de nadie. Tú, especialmente, no tienes por qué quejarte. No me he acostado con ninguna otra mujer, si es que esto te preocupa. Y esto es todo cuanto tienes derecho a saber.
– No estaba preocupada, Leo. No tengo que quejarme de nada, ni he de criticar nada. Pero quisiera hablarte. ¿Quieres oírme? -Claro está que sí -contestó él con indiferencia. Kira se arrodilló delante de él, y le abrazó, y, echándose atrás los cabellos y mirándole con los ojos muy abiertos le dijo, en un esfuerzo supremo:
– No puedo censurarte, Leo, no puedo reñirte. Sé lo que haces y por qué lo haces. Pero óyeme; todavía es tiempo, todavía no te han cogido, todavía puedes hacerme caso. Hagamos un esfuerzo, el último; ahorremos cuanto podamos y procurémonos un pasaporte. Y huyamos al punto del globo más lejano de esta tierra maldita.
Leo la miró a los ojos, que echaban llamas, como espejos que reflejan un incendio. -¿Por qué preocuparte? -preguntó.
– Leo, sé lo que quieres decir. No deseas vivir. Ya no te interesa. Pero, óyeme, hazlo aunque no lo desees. Aunque te parezca que nunca más querrás volver a vivir. Por lo menos, cuando estés fuera. Cuando estés en libertad, en un país humano, verás cómo deseas vivir.
– ¡Tontuela! Pero ¿tú te figuras que conceden pasaportes a hombres con mi historia?
– ¡Probemos, Leo! ¡No renunciemos así! ¡No podemos vivir sin una esperanza ante nosotros! ¡No tienen que cogerte, Leo! ¡No dejaré que te cojan!
– ¿Quién? ¿ La G. P. U.? ¿Cómo puedes evitarlo? -No. No se trata de la G. P. U. Es algo peor, mucho peor. Se ha llevado a Víctor, se ha llevado a Andrei… se ha llevado a mamá… no debe llevarte a ti, ahora.
– ¿Qué quieres decir con "se ha llevado a Víctor"? ¿Me crees capaz de ponerme a lamer botas como aquel bellaco? -Leo, el lamer botas y todo lo demás no es nada. Lo que se ha apoderado de Víctor es algo peor, algo más profundo, más decisivo; el lamer botas no es más que una consecuencia. Lo que yo quiero decir es algo que puede ser mortal. ¿No has visto nunca crecer a una planta sin sol y sin aire? No deben hacer eso contigo. Deja que se lo hagan a ciento cincuenta millones de almas, pero no a la tuya, Leo, no a ti, que eres el más alto objeto de mi veneración. -¡Vaya expresión exagerada! ¿De dónde la sacaste? -¿De dónde…? -repitió ella, mirándole fijamente. -Verdaderamente, Kira, a veces me admira el ver que no has logrado todavía vencer tu inclinación a tomar ciertas cosas demasiado en serio. No hay nada que se apodere de mí; no hay nada que me alcance. Hago lo que me parece, y esto es bastante más de lo que puedes decir a cualquier otro, en estos tiempos.
– Óyeme, Leo. Quiero hacer algo, intentar algo. Entre nosotros hay muchas cosas por resolver, y no de las más fáciles. Concluyamos de una vez con ellas. -¿Cómo?
– Casémonos, Leo.
– ¿Eh? -Leo la miró con aire incrédulo.
– Casémonos -repitió ella.
Leo echó la cabeza hacia atrás, riendo. Su risa era sonora, clara, fría, como cuando se había reído a la cara de Andrei Taganov o de Morozov.
– ¿Qué sucede, Kira? ¿Te ha dado la estúpida manía de hacerte la mujer honrada?
– No se trata de esto.
_ Es un poco tarde, para nosotros, ¿no te parece?
– ¿Por qué no, Leo?
_ ¿Y por qué sí? ¿Acaso nos hace falta?
– No.
– ¿Por qué entonces?
– No lo sé, pero te lo pido.
– Esta no es una razón suficiente para cometer una tontería. No tengo vocación de marido respetable. Si temes perderme, ningún papelucho garrapateado por ningún funcionario rojo podrá detenerme.
– No tengo miedo de perderte. Tengo miedo de que te pierdas.
– ¿Y unos cuantos rublos al Zag y la bendición del Upravdom me salvarían el alma, acaso?
– No tengo que darte explicaciones, Leo. Sé que tienes razón, pero te lo pido.
– ¿Es un ultimátum?
– No -contestó ella con una serena sonrisa de abandono y de resignación. -Entonces, dejémoslo.
– Sí, Leo.
La cogió por los sobacos y levantándola entre sus brazos le dijo: -¡Pobre chiquilla histérica! ¡Qué temores más absurdos te asaltan! ¡No pienses más en ello! De ahora en adelante, si así lo deseas, ahorraremos rublo por rublo. Podrás guardarlos para un viajecito a Montecarlo, San Francisco o a la luna. Y no hablemos más del asunto. ¿De acuerdo?
Sonreía con su arrogante sonrisa que iluminaba un rostro increíblemente hermoso, un rostro que embriagaba como una droga inefable, indiscutible, profunda como la música. Ella escondió la cabeza sobre su hombro repitiendo desoladamente un nombre: -Leo… Leo… Leo…
Antes de ir a la oficina, Pavel Syerov bebió; bebió de nuevo por la tarde. Se había peleado con la camarada Sonia a la hora del desayuno. Luego ella había debido correr a una reunión de obreros. Pavel había telefoneado a Morozov, y una voz, que había reconocido perfectamente como la de este mismo, le había dicho que Morozov no estaba en casa. Pavel Syerov estuvo paseándose largo rato arriba y abajo de la estancia, y rompió un tintero. Encontró una palabra equivocada en una carta que había dictado y, en el colmo de la indignación, arrugó la carta hasta hacer con ella una bola y se la echó a la cara a la secretaria. Volvió a llamar a Morozov y no obtuvo respuesta. Luego le telefoneó una mujer, y una voz sumisa y. algo vacilante le dijo con dulzura, insistentemente: "Pero, Pavlusha, amor mío, me prometiste aquel brazalete…" Un especulador le llevó un brazalete envuelto en un pañuelo sucio, y se negó a dejarlo si no se le pagaba antes todo su valor. Syerov volvió a llamar a Morozov al Trust de la Alimentación. Una secretaria le preguntó su nombre, y Syerov colgó el auricular sin contestar. A un hombre haraposo que le pedía una colocación, le chilló que le denunciaría a la G. P. U., y dio orden a su secretaria de que despidiese a todos los que estaban aguardando. Se marchó de la oficina una hora antes de lo acostumbrado, y salió dando un gran portazo.
De vuelta a su casa, pasó por el domicilio de Morozov. Iba a subir, cuando vio a un miliciano de plantón en la esquina, y prefirió pasar de largo.
A la hora de comer, mientras le ponía delante los platos preparados en una cocina pública dos puertas más abajo -una sopa fría en la que sobrenadaba la grasa-, la camarada Sonia le dijo: -Verdaderamente, Pavel, necesito un abrigo de pieles. Ya sabes que no puedo exponerme a resfriarme, para no perjudicar a nuestro hijito. Y no lo quiero de piel de conejo. Sé que puedes darme este gusto. Oh, yo no tengo por qué meterme en los negocios ajenos, pero estoy al tanto, ¿sabes?
Pavel echó la servilleta en el plato y se fue sin decir palabra. Volvió a llamar a casa de Morozov, y el teléfono estuvo sonando más de cinco minutes sin que nadie contestara.
Se sentó en la cama y apuró una botella de vodka. La camarada Sonia salió; tenía que asistir a una reunión del consejo de maestros de una escuela nocturna de mujeres analfabetas de los Centros obreros. Syerov vació otra botella.
Luego se levantó resueltamente, pero no sin tambalearse un poco; se puso el cinturón sobre la chaqueta de cuero y volvió a casa de Morozov.
Llamó tres veces sin que nadie saliera a abrir. Durante largo rato mantuvo el dedo en el timbre, mientras él se apoyaba con indolencia en la pared. Pero detrás de la puerta no se oyó ningún ruido; en cambio, se oyeron pasos por la escalera y Syerov se retiró el rincón más oscuro. Los pasos se detuvieron en el piso de abajo, donde se oyó abrir y cerrar una puerta. Syerov se acordó confusamente de que no le convenía que le vieran en aquel lugar. Sacó de su bolsillo un bloc de notas y, apoyándolo en la pared, escribió a la luz de la lámpara:
Morozov, maldito sinvergüenza:
Si antes de mañana por la mañana no vienes a traerme lo que me debes desayunarás en la G. P. U. Ya sabes lo que significa esto.
Tuyo afectísimo,
Pavel Syerov
Arrancó la hoja, la dobló y la metió por debajo de la puerta. Un cuarto de hora más tarde, Morozov salió silenciosamente del cuarto de baño y se dirigió de puntillas al recibimiento, donde se dio cuenta de la blanca mancha de papel sobre el pavimento oscuro. Tomó el billete y lo leyó a la luz de la lámpara del comedor. A medida que lo leía, se iba poniendo lívido.
Sonó el teléfono. Morozov se estremeció y se quedó inmóvil, helado, como si unos ojos invisibles, detrás del aparato telefónico, pudieran verle con aquella esquela en la mano. Se la guardó en el bolsillo y contestó al teléfono, ya más tranquilo. Era una vieja tía suya que le pedía un préstamo en tono quejumbroso. Morozov la llamó vieja bruja, y cortó la comunicación. Desde su habitación, donde estaba peinándose sentada ante el tocador, Antonina Pavlovna le afeó su lenguaje. El dijo ferozmente, volviéndose hacia la puerta:
– Si no fuera por ti y por ese maldito amante tuyo… -No lo es, todavía -gritó ella-. Si lo fuera, ¿crees tú que seguiría con un viejo imbécil asqueroso como tú? Empezaron a disputar y Morozov se olvidó completamente de la carta que llevaba en el bolsillo.
El roof garden del Café de Europa estaba cubierto por un techado de cristal que parecía tener que aplastar bajo su negra capa a cuantos estaban debajo, más inexorablemente que si fuera una bóveda de acero. Había muchas luces, unas luces amarillas, que parecían empañadas por una pesada atmósfera de humo de cigarrillos y de calor humano, y oprimidas por la negrura de la techumbre. Y bajo las luces amarillas, se veían las blancas manchas de los manteles y los vivos reflejos de los cubiertos. Alrededor de aquellas mesas estaban sentados unos hombres; la luz arrancaba coloridos destellos a los botones de brillantes de sus blancas pecheras y pálidos reflejos a las gotas de sudor de sus rojos rostros congestionados. Comían; se inclinaban ávidamente sobre los blancos platos, masticando de prisa, como si tuvieran miedo de perder un bocado; no estaban allí para pasar alegremente la noche en un establecimiento elegantt, sino para comer. En un rincón, una cabeza calva y amarillenta se inclinaba sobre un rojo bistec en su plato blanco. El hombre cortaba el bistec rascando la porcelana con su cuchillo; luego se llevaba un pedazo a la boca, y, por lo rojos y carnosos que se veían sus labios, no parecía sino que lo hubiera dejado colgando de ella. Al otro lado de la mesa, una muchacha de unos quince años comía apresuradamente, con la cabeza hundida entre los hombros; cada vez que levantaba la cabeza se ruborizaba intensamente desde la punta de la nariz hasta el cuello, y contraía la boca como si estuviera a punto de echarse a llorar.
Junto al cristal de una ventana ondeaba una espesa nube de humo: un individuo flaco, cuya descarnada cabeza anunciaba cómo había de ser una calavera, se balanceaba en su silla fumando sin cesar, sosteniendo el cigarrillo entre unos dedos largos, huesudos y amarillentos, y echando el humo por una nariz de anchas aberturas y una boca de enfermiza y sardónica expresión.
Por entre las mesas circulaban algunas mujeres con aire de afectada insolencia. Bajo una lámpara, una cabeza de rubios y suaves rizos exhibía unos grandes ojos azules rodeados de profundas y oscuras ojeras, y una boca joven y fresca, pero envilecida por una sonrisa desengañada y viciosa. En otra mesa, una mano de marfil surcada por pálidas venas azuladas levantaba una copa llena de un líquido dorado, transparente como el agua. A través del vino se veía resplandecer sobre el pálido cuello de la mujer un pesado collar de brillantes; por encima de la copa, unos ojos oscuros parecían inmóviles como los de una Dolorosa absorta en la contemplación de su eterna tragedia. En medio de la sala, una extenuada mujer morena, de hombros salientes, clavículas hundidas y cutis de color de café sucio reía demasiado fuerte, abriendo unos labios y unas encías que parecían de sangre.
La orquesta tocaba John Gray. Las notas del foxtrot de moda parecían surgir de las cuerdas antes de haber acabado de formarse, y bajo el ritmo convulsivo se encerraba una alegría demasiado exuberante para ser sincera. Mientras, los rostros de los músicos permanecían tan graves como los de un contable sobre su libro de caja.
Los camareros se deslizaban silenciosamente por entre la gente exageradamente corteses y serviciales, y en sus mejillas flacas y rugosas se adivinaba una expresión de respeto, de sarcasmo y de compasión a la vez por aquellos infelices que hacían tan grandes esfuerzos para parecer alegres.
Morozov estaba pensando que antes de la mañana tenía que encontrar el dinero para pagar a Syerov. Había ido solo al Café de Europa. Se sentó en tres mesas distintas, fumó cuatro habanos diferentes y destiló confidenciales murmullos en cinco orejas, pertenecientes a otros tantos individuos corpulentos que no parecían llevar ninguna prisa. A las dos horas tenía en su poder el dinero. Se secó la frente, se sentó por fin, aliviado, en una mesa en un rincón y pidió un coñac.
Stepan Timoshenko se inclinaba tanto sobre su plato que más que estar sentado parecía estar tendido sobre la mesa. Apoyaba el codo sobre la mesa, y la cabeza en la palma de la mano, con los dedos sobre la nuca; en la otra mano sostenía una copa. Cuando ésta quedó vacía, la levantó con aire de duda, como si se preguntase cómo podría componérselas para llenarla de nuevo con una sola mano: por fin resolvió el problema arrojando la copa al suelo con gran estrépito y acercando sus labios al gollete de la botella mientras echaba la cabeza hacia atrás. El gerente le miró furtivamente con aire inquieto y nervioso: se fijó en la chaqueta, con su apolillado cuello de piel de conejo, en la vieja gorra de marinero que le caía de través sobre la oreja, y en sus botas llenas de barro, que estaban pisando la cola del traje de seda de una señora sentada a la mesa vecina. Pero el gerente tenía que andar con cuidado. Stepan Timoshenko había estado otras veces en el establecimiento, y el gerente sabía que era miembro del Partido. Un camarero se deslizó disimuladamente hasta su mesa y recogió los pedazos de cristal. Otro le llevó una segunda copa, limpia y reluciente, y le preguntó cortésmente mientras la dejaba sobre la mesa:
– ¿Puedo servirle en algo, ciudadano?
– ¡Vete al infierno! -dijo Timoshenko; y empujó lejos de sí la copa que vaciló un instante al borde de la mesa y cayó luego ruidosamente-. Quiero hacer lo que me dé la gana -siguió gritando el marinero-; quiero cogerme a la botella si me parece; ¡quiero cogerme a dos botellas! -Pero, ciudadano…
– ¿Quieres verlo? -preguntó Timoshenko con mirada amenazadora.
– No, ciudadano; verdaderamente no hay necesidad. -¡Vete al infierno! -dijo en tono bajo y persuasivo el marinero-. No me gusta tu pinta, ni me gusta la pinta de ninguno de los que hay aquí. -Se levanfó tambaleándose y gritó:- No; no me gusta ninguna de todas esas pintas malditas. Pasó vacilante entre dos mesas. El gerente le dijo amablemente: -Si no se siente usted bien, ciudadano…
– ¡Fuera de aquí! -tronó Timoshenko pisando el escarpín de una señora. Estaba ya junto a la puerta cuando se detuvo de pronto y su cara se alegró con una amplia sonrisa-. ¡ Ah! -exclamó-, allí está un amigo. Un amigo querido.
Se acercó tambaleándose a Morozov, cogió una silla, y haciéndola girar peligrosamente por encima de la cabeza de un señor sentado a la mesa de al lado, la puso ante Morozov y se sentó.
– Perdone usted, ciudadano -murmuró Morozov levantándose. -Siéntate, camarada -dijo Timoshenko, y su enorme manaza bronceada cayó como un martillo sobre el hombro de Morozov, haciéndole caer de nuevo sobre su silla con un ruido sordo-; no te vas a escapar de un amigo, camarada Morozov. Porque tú y yo somos amigos, bien lo sabes, viejos amigos. ¡Psch!, quizás no te acuerdas de mí… Me llamo Stepan Timoshenko. Stepan Timoshenko… de la Flota Roja del Báltico… -añadió después de un instante de reflexión.
– ¡Oh, no! -dijo Morozov-. ¡Muy bien!
– Sí un viejo amigo y adorador tuyo. ¿Y sabes qué pasa?
– No.
– Bueno; de momento bebamos juntos como buenos amigos. ¡Tenemos que beber! ¡Camarero! -y su grito fue tan estentóreo que uno de los violinistas perdió una nota de John Gray. -Tráenos dos botellas -ordenó Timoshenko cuando el camarero se inclinó con cierta vacilación ante él-. No; mejor será que nos traigas tres.
– ¿Tres botellas de qué, ciudadano? -preguntó tímidamente el camarero.
– De cualquier cosa. No; ¡aguarda! ¿Qué es lo más caro que tenéis? ¿Qué es lo que los capitalistas más gordos tragan más a gusto?
– Champaña, ciudadano.
– ¡Anda, trae champaña, y no te entretengas! Tres botellas y dos copas.
Cuando el camarero trajo el champaña, Timoshenko llenó las copas y puso una delante de Morozov.
– Aquí está -dijo con una amistosa sonrisa-; bebamos, amigo.
– Sí, camarada -dijo el otro, asustado-. Gracias, camarada.
– A tu salud, camarada Morozov -dijo Timoshenko levantando su copa con solemnidad-. ¡A la salud del camarada Morozov, ciudadano de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas! Chocaron sus copas.
Morozov miró furtivamente a su alrededor, pero no vio a nadie que pudiera prestarle auxilio. Bebió, pero la copa temblaba contra sus labios. Luego sonriendo a Timoshenko, se levantó y dijo: -Has sido muy amable, camarada, y te lo agradezco mucho, camarada. Pero ahora, si no tienes inconveniente, debo marcharme.
– Siéntate y no te muevas -mandó Timoshenko. Llenó nuevamente la copa y se levantó, recostándola en la silla y sonriendo; pero su sonrisa había dejado de ser amistosa y sus ojos oscuros miraban a Morozov de hito en hito y con irónica expresión.
– ¡Al gran ciudadano Morozov, el hombre que derrotó a la revolución! -dijo.
Y riendo estrepitosamente vació de un trago su copa.
– Camarada -logró decir Morozov despegando con gran esfuerzo los labios-, ¿qué quieres decir?
Timoshenko rió más fuerte aún y se inclinó a través de la mesa hacia Morozov, con los brazos cruzados y la gorra sobre la nuca, como si estuviera pegada a sus negros rizos. De pronto, la risa cesó, como cortada por el hacha del verdugo, y Timoshenko, dijo, con un acento dulce y persuasivo y sonriendo de una manera que hizo estremecer a Morozov:
– No tengas miedo, camarada Morozov. No debes tenerme míedo. No soy más que una ruina miserable y pisoteada, pisoteada por ti, camarada Morozov, y mi único deseo es decirte humildemente que merezco que me pisotees, y que no me quejo de ello. ¡Qué diablo! La verdad es que siento una profunda admiración por ti, camarada Morozov. Has tomado la mayor revolución que el mundo ha visto jamás, y has sabido hacerte con ella unos remiedos para los fondillos de tu pantalón.
– Camarada -repuso Morozov con labios lívidos, pero sin que le temblase la voz-. No sé de qué estás hablando.
– ¡Oh, sí! -dijo Timoshenko burlonamente-, ya lo creo que lo sabes. Lo sabes mejor que yo; mejor que tantos millones de jóvenes de todo el mundo que nos están contemplando con ojos de adoración y con la boca abierta. Debes decírselo, camarada Morozov. Tienes muchas cosas que decirles.
– Honradamente, camarada, yo…
– Por ejemplo, tú sabes cómo has logrado medrar. Yo no. Lo único que sé es que has medrado. Nosotros hicimos la revolución. Llevábamos unas banderas muy rojas. En las banderas ponía que hicimos la revolución por el proletariado mundial. Con nosotros había muchos estúpidos que en el fondo de sus corazones doloridos estaban convencidos de que obrábamos por el bien de los desgraciados que sufren en este mundo. Pero tú y yo, camarada Morozov, sabemos un secreto. Lo sabemos, pero no lo queremos revelar. ¿Para qué? El mundo no debe oírnos. Tú y yo sabemos que la revolución se hizo para ti, camarada Morozov, y delante de ti tenemos que descubrirnos.
– Camarada, seas quien fueres, camarada -gimió Morozov-, ¿qué quieres de mí?
– Únicamente decirte que ya es tuya.
– ¿Qué?
– Le revolución -repuso alegremente Timoshenko-, ¡nada más que eso! ¿Tú sabes lo que es la revolución? Ya te lo diré. Cogimos a nuestros oficiales y les arrancamos las charreteras. Luego pusimos otras nuevas, rojas, sobre sus hombros. Pero no sobre el uniforme, no sobre la piel. Abrimos barrigas y sacamos tripas a puñaladas, y los dedos de aquellos hombres se movían todavía, abriéndose y cerrándose como los de una criatura. Les arrojamos todavía vivos a las calderas, de cabeza. ¿Has sentido jamás el olor de la carne humana que arde…? Había uno…; no debía de tener más de veinte años. Se persignó, como su madre debía de haberle enseñado. Echaba sangre por la boca. Me miró… sus ojos no tenían miedo; sólo parecían asombrados de contemplar algo que su madre no le había enseñado. Me miró. Fue la última cosa que hizo: mirarme…
Por las mejillas de Timoshenko resbalaban gruesas gotas. Llenó una copa que se llevó maquinalmente a los labios con mano temblorosa y bebió sin darse cuenta de lo que hacía, sin apartar la mirada de Morozov.
– He aquí lo que hicimos en 1917. Y ahora te diré para qué lo hicimos. Para que el camarada Morozov pueda levantarse tarde, y rascarse la barriga porque el colchón no estaba bastante blando y le ha lastimado el ombligo. Lo hicimos para que el camarada Morozov pueda pasearse en un gran auto de asientos bien cómodos con un jarrito de flores…, a ser posible de muérdago. Para que el camarada Morozov pueda beber coñac en establecimientos elegantes como éste y eructar mientras el camarero le dice: "Sí, señor, servidor de usted, señor"; para que el camarada Morozov, los días de fiesta, pueda hacerse ver en un estrado cubierto de paño rojo y echar discursos al proletariado. He aquí la razón de nuestros actos, camarada Morozov, y he aquí por qué nos inclinamos ante ti. No me mires de ese modo. No soy más que tu humilde servidor. He hecho cuanto he podido por ti y creo que deberías corresponder con una sonrisa, por lo menos. Realmente, deberías darme las gracias.
– Camarada -dijo Morozov-, déjame marchar.
– ¡Quieto ahí! -gritó Timoshenko-; llena tu copa y bebe. ¡Bebe, te digo! Bebe y óyeme.
Morozov no tuvo más remedio que obedecer y se oyó el tintineo de su copa al chocar con la botella.
– ¿Ves tú? -siguió diciendo el otro como si cada una de las palabras que pronunciaba le hiciera sangrar la garganta-, no me importa haberme batido; no me importa haber cometido los peores delitos para dejarme escapar luego de las manos los resultados; nada de eso me importa si hubiéramos sido derrotados por un gran guerrero con el casco de acero, un dragón humano que echase fuego por la boca; pero es que hemos sido derrotados por un piojo, por un piojo rubio, grande, gordo, asqueroso. ¿Has visto un piojo alguna vez? Los rubios son los más gordos… La culpa es nuestra. En otro tiempo, los hombres obedecían a los rayos enviados por un dios; luego fueron mandados por una espada; ahora les manda un "Primus". En otro tiempo les dominaba la fe, luego les dominó el miedo, ahora les domina el hambre. Los hombres han llevado cadenas en el cuello, en las muñecas, en los tobillos. Pero ahora están encadenados por la barriga. Lo que sucede es que por la barriga no se coge a los héroes. La culpa es nuestra.
– Pero, camarada, por el amor de Dios, ¿a qué viene todo esto?
– Queríamos construir un templo, ¡y si por lo menos hubiéramos logrado terminar una capilla! Pero no; ni siquiera hemos construido un garaje: hemos debido quedarnos con una cocina mugrienta, con unos fogones de segunda mano. Pusimos un caldero al fuego y lo llenamos de sangre y acero, bien mezclados y meneados. ¿Y qué hemos sacado de esta nueva mezcla? ¿Una nueva humanidad? ¿Unos hombres de granito? No. Sólo unos inmundos insectos que se arrastran por el suelo; unos seres sin nervio, ni forma, ni nada, que ni siquiera saben inclinarse humildemente para que les den latigazos. No; toman el látigo y se los dan ellos mismos. ¿Has estado alguna vez en alguna reunión de uno de nuestros círculos de actividades sociales? Deberías ir. Te interesaría. Aprenderías muchas cosas sobre el espíritu humano.
– Camarada -imploró Morozov-, ¿qué es lo que quieres? ¿Quieres dinero? Te lo daré. Pero…
Timoshenko se rió tan estrepitosamente que mucha gente se volvió a mirarle.
Morozov hubiera querido hacerse invisible.
– ¡Piojo! ¡Piojo estúpido, ciego y bobalicón! ¿Con quién te figuras que estás hablando? ¿Con el camarada Víctor Dunaev? ¿Con el camarada Pavel Syerov? ¿Con el camarada…?
– Camarada -gritó a su vez Morozov, de modo que ahora las cabezas se volvieron hacia él, pero sin que él se preocupase ya de ello-, no… no tienes derecho a hablar de ese modo. ¡Yo no tengo nada que ver con el camarada Syerov! Yo…
– Oye -observó Timoshenko-, ¿quién te ha dicho eso? ¿Qué te pasa, que estás tan excitado?
– Creía que… tú…
– No dije que tuvieras nada que ver con él; sólo dije que deberíais conoceros. Tú, él, Víctor Dunaev, y un millón más de miembros del Partido, con el carnet en regla y todos los timbres y membretes necesarios. Los vencedores, en una palabra; los que se arrastran. ¡Ah, amigo! Esta es la gran consigna del porvenir: arrastrarse. Oye. ¿Sabes cuántos millones de ojos nos están observando desde el otro lado de las fronteras, desde la otra orilla del Océano? Están algo lejos y no pueden vernos bien. Sólo ven una sombra que se mueve, y les parece ver un enorme animal. Están demasiado lejos para darse cuenta de que esta mole inmensa es blanda, fofa, sin fuerza. No pueden darse cuenta de que no es más que un enorme montón de escarabajos: un sinfín de escarabajos minúsculos, negros y brillantes, que se amontonan formando una muralla. Minúsculos escarabajos que corren de un lado para otro, dándose empellones y rizándose los bigotes. Pero el mundo está demasiado lejos para ver los bigotes. He aquí el error del mundo, camarada Morozov: no ve los bigotes.
– Camarada, camarada: ¿qué quieres decir con eso? -Sólo ven una nube negra y oyen los truenos. Les han dicho que detrás de la nube hay ríos de sangre; hombres que mueren, hombres que matan, hombres que luchan. ¿Y qué? Los que nos observan no temen a la sangre. La sangre es honrosa. Pero ¿y si supieran que no es en sangre que estamos sumergidos, sino en pus? ¿Quieres un consejo de amigo? Si quieres ser el dueño de esta tierra, di al mundo que tu distracción favorita es cortar cabezas y que matas los hombres a centenares. Haz que el mundo te crea un enorme monstruo que inspira temor, respeto, odio, pero a quien haya que combatir honrosamente. Pero no dejes que se sepa que tu ejército no es un ejército de héroes, ni siquiera una pandilla de bandidos; no dejes que se enteren de que es un ejército de chupatintas esmirriados y herniados, que han aprendido a tomar actitudes arrogantes. No dejes que se enteren de que lo que hay que hacer contigo no es combatirte, sino desinfectarte; que la guerra no se te debe hacer con cañones, sino con ácido fénico.
La servilleta de Morozov no era más que una bola húmeda, en su mano insegura. Una vez más se enjugó la frente y dijo, procurando dar a su voz un tono firme y persuasivo mientras intentaba levantarse poco a poco:
– Tienes toda la razón, camarada. Tus sentimientos son muy nobles y estoy totalmente de acuerdo contigo. Ahora, si me lo permites…
– Siéntate -gritó Timoshenko-, siéntate y brinda conmigo. Bebe o te mato como a un perro. Todavía me queda una pistola, ¿sabes?
– Llenó las copas, y un arroyuelo espumoso y dorado corrió por el mantel hasta el suelo-. ¡Bebe a la salud del hombre que tomó'una bandera roja y se limpió con ella! Morozov bebió. Luego sacó maquinalmente el pañuelo del bolsillo para secarse la frente y un arrugado pedazo de papel cayó al suelo. La extraordinaria rapidez con que Morozov se inclinó a cogerlo hizo que Timoshenko detuviera su mano.
– ¿Qué es eso, amigo? -preguntó.
El pie de Morozov empujó el papel bajo una mesa cercana, vacía, y Morozov intentó decir con indiferencia, mientras le brotaban las gotas de sudor por debajo de la nariz:
– ¿Eso? Oh, no es nada, camarada, nada absolutamente. ¡Un sencillo pedazo de papel usado!
– ¡Ah, no es más que eso! -dijo Timoshenko mirándole con unos ojos espantosamente serenos-; no es más que un pedazo de papel inútil… Bien; podemos dejarlo allí. Diremos al camarero que lo eche a la basura.
– Esto es- asintió precipitadamente Morozov-, a la basura. Será lo mejor, camarada, que el camarero lo eche a la basura. -Y esforzándose en sonreír, añadió:- ¿Quieres beber un poco más, camarada? La botella está vacía. Ahora me toca a mí invitarte. ¡Otra botella, camarero!
– Muy bien -dijo impasible Timoshenko-; beberé de muy buen grado.
El camarero les sirvió una nueva botella.
Morozov llenó las copas inclinándose solícitamente sobre la mesa. Recobrando la seguridad en la voz a medida que iba hablando, dijo: -¿Sabes, camarada? Tú no me comprendes, pero no tengo por qué censurarte. Comprendo los motivos que te guían y estoy completamente de acuerdo contigo. Pero hay tantos tipos sospechosos y, ¿por qué no decirlo?, poco honrados, que conviene andar con mucha prudencia. Debemos conocerles mejor, camarada. Como tú sabes muy bien, no hay que fiarse de las apariencias, sobre todo en un lugar como éste. Apostaría a que me tomaste por un especulador o algo parecido. ¿Tengo razón o no? ¡Es gracioso!
– Mucho -dijo Timoshenko-. ¿Por qué miras al suelo, camarada Morozov?
– Oh -repuso Morozov, intentando sonreír-, estaba mirándome los zapatos. Me hacen daño, ¿sabes? Debe de ser porque paso tanto tiempo de pie en la oficina.
– ¡Ah! Haces bien en cuidarte los pies. Cuando llegues a casa, deberías bañártelos en agua caliente con un chorro de vinagre. Es lo mejor para los pies cansados.
– ¿De veras? Me alegro de que me hayas dado este consejo. No sé cómo agradecértelo. En cuanto llegue a casa haré lo que me dices.
– Ya debe de ser hora de volverte a casa, ¿no es verdad, cama-rada Morozov?
– Oh… ya… creo… en fin, no sé, no es muy tarde aún. -Hace poco parecía que llevabas prisa…
– ¿Yo? ¡No! No puede decirse que tenga realmente mucha prisa. Además, es tan agradable…
– ¿Qué sucede, camarada Morozov? ¿Hay algo que no quieres dejar aquí?
– ¿Quién, yo? No sé qué quieres decir, camarada, camarada… ¿cómo me dijiste que te llamas?
– Timoshenko, Stepan Timoshenko. ¿Sería acaso aquel pedazo de papel que está allí debajo de aquella mesa?
– ¿Aquello? Pero, camarada Timoshenko, te aseguro que ni me acordaba. ¿Qué puede importarme aquel pedazo de papel?
– ¿Sucede algo debajo de la mesa, camarada Morozov?
– No, no, camarada Timoshenko, me bajaba a atarme el zapato. Se me había desatado.
– ¿Dónde?
– ¡Oh, qué curioso! ¡Me había parecido que se había desatado! Ya sabes lo que pasa con esos cordones soviéticos… estos cordones de hoy no valen nada; no hay manera de estar tranquilo con ellos.
– Verdaderamente, se rompen como ramas secas. -Eso es; igual que ramas secas. Tienes toda la razón, camarada Timoshenko. Pero ¿qué buscas debajo de la mesa? Estás incómodo. ¿Por qué no vienes aquí? Estarías mejor, más…
– No, gracias -replicó Timoshenko-. Estoy perfectamente, y disfruto de una vista estupenda sobre la mesa de al lado. ¡Me gusta esta mesa! ¡Qué patas tan bien torneadas! Son artísticas, ¿no?
– Muy artísticas, camarada. Y por el otro lado, camarada, ¿te has fijado en esta rubia tan hermosa, cerca del estrado de la orquesta? Es un verdadero cuadro, ¿no te parece?
– Realmente. ¡Y qué zapatos más elegantes llevas, camarada Morozov! ¡De charol, nada menos! Apuesto a que no los compraste en la cooperativa.
– No… es decir… lo cierto es que…
– Lo que más me gusta es ese saliente que tienen… precisamente en la punta. Como si dijéramos sobre la frente. ¡Oh, y también es de charol! ¡Verdaderamente hay que reconocer que esos extranjeros hacen bien los zapatos!
– A propósito de la eficiencia de la producción, camarada, estoy seguro de que en los países capitalistas… en… en… -¿Qué hay con los países capitalistas, camarada Morozov?
Morozov dio un salto para apoderarse del pedazo de papel, pero Timoshenko anduvo más listo y le agarró la muñeca con unos dedos que parecían de hierro. Los dos se agacharon a la vez y, a gatas, se miraron con unos ojos que parecían los de dos rieras antes de un combate a muerte. Luego la mano libre de Timoshenko se apoderó del papel, y el marinero se puso lentamente en pie, dejando a Morozov. Se sentó ante la mesa y leyó la carta mientras Morozov, todavía en pie, le miraba con igual expresión que la del reo que aguarda la sentencia de muerte.
Morozov, maldito sinvergüenza:
Si antes de mañana por la mañana no vienes a traerme lo que
me debes, desayunareis en la G. P. U. Ya sabes lo que significa
esto.
Tuyo afectísimo,
Pavel Syerov
Morozov estaba también sentado a la mesa cuando Timoshenko levantó los ojos del papel. Timoshenko se rió como Morozov no había nunca oído reír a nadie.
Timoshenko se levantó lentamente sin dejar de reírse. Su vientre oscilaba lo mismo que el cuello de piel de conejo apolillada y que los duros tendones de su cuello desnudo. Vacilaba un poco y sostenía la cara con las dos manos. Luego la risa murió en sus labios poco a poco, suavemente, como un disco de gramófono que, al soltarse un resorte, se reduce a una sola nota baja y entrecortada. Se metió la carta en el bolsillo y se volvió lentamente, encorvando los hombres y moviéndose con dificultad. Arrastrando los pies, se dirigió hacia la puerta. El gerente le miró con aire de sospecha, pero la mirada que Timoshenko le devolvió era muy amable.
Morozov permaneció sentado ante su mesa; una de sus manos se había quedado inmóvil en el aire, en una posición absurda como la de una mano paralítica. Oyó desvanecerse por la escalera la risa de Timoshenko, aquella risa que le recordaba un acceso de tos, el ladrido de un perro y el sollozo de un hombre. De un salto se puso en pie. -¡Dios mío! -exclamó-. ¡Dios mío!
Y echó a correr, olvidando el sombrero y el abrigo, escalera abajo, hasta salir a la nieve. Pero en la ancha calle silenciosa no se veía ni rastro de Timoshenko.
Morozov no envió el dinero a Syerov, ni acudió a su oficina del Trust de la Alimentación. Se quedó en casa toda la mañana y toda la tarde, encerrado en su cuarto, bebiendo vodka. Cuando oía el timbre del teléfono o el de la puerta, se acurrucaba, hundiendo la cabeza entre los hombros y mordiéndose las uñas. Pero no sucedió nada.
A la hora de comer, Antonina Pavlovna le dejó el diario de la noche y se lo arrojó gritando: -¿Qué diablos te sucede hoy? Morozov abrió el periódico. En la primera página leyó:
En el pueblo de Vasilkino, provincia de Kama, los campesinos, arrastrados por los elementos acaparadores y antirrevolucionarios, han incendiado el local del Círculo Carlos Marx. Los cadáveres del presidente y el secretario del Centro, cantaradas procedentes de Moscú, aparecieron carbonizados entre los escombros. Una sección de la G. P. U. ha salido para Vasilkino.
En el pueblo de Sverskoe fueron detenidos anoche veinticinco campesinos por el asesinato del corresponsal del Partido en el pueblo, un joven camarada del Sindicato comunista de Periodistas de Samara. Los detenidos se negaron a confesar el nombre del asesino.
En la última página del diario había un breve entrefilete:
A primeras horas de esta mañana se encontró en el hielo, bajo uno de los puentes que cruzan el canal Obukhobsky, el cadáver de Stepan Timoshenko, ex marinero de la flota del Báltico. El camarada Timoshenko se había dado muerte de un tiro de revólver en la boca. Sobre el cadáver no se encontró otro documento que su carnet del Partido. Hasta aquí se ignoran las razones de su desesperada determinación.
Morozov se enjugó la frente, como si le hubieran librado de un nudo corredizo que le hubiera estado apretando la garganta, y se bebió dos vasos de vodka.
Cuando poco rato después sonó el teléfono, se puso al habla con aire decidido, y Antonina Pavlovna se asombró viéndole sonreír. -¿Morozov…? -murmuró en el otro extremo del hilo una voz ahogada.
– ¿Es usted, Pavlusha? -dijo Morozov-. Óigame, querido amigo. Lo siento mucho, pero hasta hoy no he podido disponer del dinero…
– No se trata del dinero, ahora -masculló Syerov-. Óyeme. Ayer te dejé una esquela.
– Sí. Lo merecía y…
– ¿La destruíste?
– ¿Por qué?
– Oh, por nada… pero ya comprendes que… en fin. ¿La destruíste, sí o no?
Morozov miró al diario, sonrió siniestramente y respondió:
– Desde luego, la destruí. No tiene usted que pensar más en ella.
Durante toda la noche no soltó el periódico.
– ¡Qué tonto! -murmuró una vez, con tal expresión que Antonina Pavlovna le miró con aire interrogativo, adelantando la barbilla-. ¡Qué tonto! ¡La perdió! ¡Dios sabe por dónde anduvo toda la noche, el muy imbécil, y la perdió!
Morozov ignoraba que Stepan Timoshenko, al regresar a su casa, se había sentado ante una vacilante mesa y, penosamente, había logrado escribir sobre un pedazo de papel de envolver, a la moribunda luz de una bujía encajada en el gollete de una botella, verde, una carta que luego había doblado cuidadosamente y metido en un sobre junto con un arrugado pedazo de papel; que había escrito en el sobre las señas de Andrei Taganov y que luego, con paso seguro, había vuelto a salir de casa y había echado la carta al correo. Aquella carta decía:
Querido amigo Andrei, te prometí decirte adiós y dejarte un recuerdo: ahí está. No es exactamente lo que te prometí, pero espero que me perdones. Estoy harto de ver lo que veo y no puedo resistirlo más. A ti, como único heredero mío, te dejo la carta que encontrarás adjunta. Ya sé que es una herencia difícil, pero tengo la esperanza de que no me seguirás… demasiado pronto.
Tu amigo,
Stepan Timoshenko.
Pavel Syerov estaba sentado ante su escritorio; en la oficina, corrigiendo la copia mecanografiada de su último discurso acerca de "los ferrocarriles en la lucha de clases". Su secretaria estaba de pie junto a la mesa, observando ansiosamente el lápiz que Pavel tenía en la mano. La ventana de la oficina daba a una de las naves laterales de la estación. Syerov levantó la cabeza, y alcanzó todavía a ver una alta figura en chaqueta de cuero que desaparecía a lo largo de las vías. Se asomó a la ventana, pero ya no vio a nadie.
– ¿Ha visto usted a aquel hombre? -preguntó con brusquedad a su secretaria.
– No, camarada Syerov, ¿dónde?
– No importa… no importa. Me había parecido reconocerle. No entiendo qué puede estar haciendo por aquí.
Una hora más tarde Pavel salió de la oficina, y bajó la escalera masticando semillas de girasol y escupiendo las cascaras por el suelo. Al salir a la calle volvió a ver al hombre de la chaqueta de cuero y comprendió que no se había equivocado en su impresión anterior: aquel hombre era Andrei Taganov.
Syerov se detuvo, escupió la última cascara y luego, frunciendo el ceño, echó de nuevo a andar, poco a poco, hacia Andrei.
– Buenas tardes, camarada Taganov -le dijo.
– Buenas tardes, camarada Syerov.
– ¿Piensas hacer algún viajecito?
– No.
– ¿Quizá te han trasladado a la Sección de Transportes de la G.P.U.? -No.
– En fin, lo mismo da; me alegro mucho de verte. No se te ve con frecuencia, ¿verdad? Estás tan ocupado que no te queda tiempo para tus viejos amigos. ¿Quieres semillas de girasol?
– No, gracias.
– ¿No tienes este vicio? No tienes ningún vicio, tú, ¿verdad? O mejor dicho, no tienes más que uno, ¿no es así? Bien, hombre; celebro que te interese esta estación, que en cierto modo es mi casa. Hace casi una hora que andas por ahí, ¿no?
– ¿Tienes algo más que preguntarme?
– ¿Quién? ¿Yo? No te pregunto nada. ¿Para qué tendría que hacerte preguntas? Sólo intentaba ser amable. Hay que serlo alguna vez, si no se quiere pasar por un burgués individualista; lo sabes tan bien como yo. ¿Por qué no vienes a verme, ya que estás por estos andurriales?
– Quizás vaya -dijo Andrei lentamente-. Adiós, camarada Syerov.
Syerov se quedó con una semilla de girasol todavía intacta entre los dientes, observando a Andrei que se alejaba.
El dependiente se limpió la nariz con el pulgar y el índice, pasó su delantal por el gollete de la botella de aceite de linaza y preguntó:
– ¿Nada más por hoy, ciudadano? -Nada más -contestó Andrei Taganov.
El dependiente envolvió la botella en un pedazo de papel de periódico, que quedó manchado de aceite. -¿Qué tal? ¿Se hacen buenos negocios?
– Pésimos -contestó el dependiente encogiéndose de hombros bajo su viejo jersey azul-. Es usted el primer cliente a quien despacho en tres horas. Estoy contento de oír una voz humana; porque puede usted creer que me aburro de lo lindo, aquí sin más quehacer que estarme sentado o perseguir de vez en cuando a algún ratón.
– Entonces diga usted que esta tienda más bien le da gastos que ganancias.
– ¿A quién? ¿A mí? No soy el dueño, yo.
– Entonces, me temo que no tardará usted en perder la colocación. El dueño vendrá a despachar él mismo.
– ¿Quién? ¿Mi patrono? -el dependiente soltó una especie de ronquido que quería ser una carcajada y abrió una ancha boca oscura, dejando al descubierto dos dientes negros y carcomidos-. ¿Mi patrono? ¡Verdaderamente, me gustaría verle, al elegante ciudadano Kovalensky, vendiendo arenques y aceite de linaza! -¡No le durará mucho tiempo la elegancia, si los negocios andan tan mal!
– Puede que no -dijo el dependiente-, pero también puede que sí.
– Claro… -dijo Andrei. -Son cincuenta copecs, ciudadano. -Muy bien. Buenas noches.
Antonina Pavlovna tenía localidades para ir a ver el nuevo ballet del teatro Marinsky. Era una función "reservada", y Morozov había obtenido las localidades en su oficina del Trust de la Alimen tación. Pero a él, el ballet no le interesaba, y por otra parte, tenía que asistir a la reunión de una escuela de adultos, donde debía pronunciar una conferencia sobre la "distribución proletaria de productos alimenticios". Por lo tanto, dio las entradas a Antonina Pavlovna, y ésta invitó a Leo Kovalensky.
– Naturalmente -le explicó-, se trata de un ballet revolucionario. El primer ballet rojo. Ya conoce usted mis ideas políticas, pero cuando se trata de arte hay que ser comprensivo, ¿no le parece? Por lo menos será un experimento interesante.
– Muy bien -dijo Leo con indiferencia-, iré con usted.
Kira se había excusado, de modo que Leo y Antonina Pavlovna fueron solos. Antonina Pavlovna llevaba un traje de color verde jade, con bordados de oro, algo estrecho para su busto, y unos gemelos de madreperla con un largo mango.
Kira había prometido a Andrei ir a su casa. Pero cuando bajó del tranvía y se dirigió por las calles oscuras hacia el palacio, se dio cuenta de que acortaba el paso contra su voluntad y de que todo su cuerpo, tenso y hostil, luchaba con ella como un vendaval que se hubiera opuesto a su camino. Parecía que su cuerpo quisiera recordarle lo que ella deseaba precisamente olvidar; la noche anterior, una noche parecida a la primera que pasó tres años antes en la estancia gris y plata de Leo. Su cuerpo se sentía puro y santificado por el contacto de unas manos y unos labios que de nuevo habían sido apasionados, ávidos y jóvenes. Sus pies andaban cada vez más despacio, como para retrasar su llegada a algo que le parecía un sacrilegio. Cuando llegó al último rellano de la oscura escalinata y Andrei le abrió la puerta, le dijo, sin darle tiempo a saludarla:
– ¿Quieres hacerme un favor, Andrei?
– ¿Antes de besarte?
– No; inmediatamente después. ¿Quieres llevarme al cine, esta noche?
Andrei la besó. Sobre su rostro se veía la trémula, casi incrédula alegría de volver a verla. Luego dijo:
– De acuerdo.
Salieron del brazo. La nieve fresca crujía bajo s,us pies. Los tres cines más importantes de la Nevsky ostentaban llamativos carteles de lustrina con letras rojas como tomates: "El éxito de la temporada." "La nueva obra maestra de Sovkino." Guerreros rojos. Una gigantesca epopeya de la lucha de los héroes rojos. Una gesta del proletariado. Un drama titánico de las heroicas masas anónimas de obreros y soldados.
En uno de los cines se leía además: "El camarada Lenin dijo: De todas las artes, la más importante para Rusia es la cinematografía."
Los vestíbulos estaban inundados por verdaderos ríos de luz deslumbradora. Pero los empleados observaban bostezando a los transeúntes que pasaban por delante de los cines sin detenerse ni siquiera a mirar las fotografías expuestas.
– Supongo que no querrás ver eso -dijo Andrei.
– No.
En el cuarto cine, el menor, proyectaban una película extranjera. Era una cinta antigua, desconocida, sin nombre de autor; tres fotografías pegadas a los cristales del establecimiento mostraban una señora exageradamente maquillada, vestida a la moda de diez años antes.
– Podemos quedarnos aquí -dijo Kira. La taquilla estaba cerrada.
– Lo siento, ciudadanos -les dijo un empleado-. Todo está vendido para esta sesión y para la próxima. La sala está llena.
– Bien -dijo con resignación Kira-, vamos a ver los guerreros rojos.
La sala del gran cine "Parisiana", con su blanca columnata, estaba vacía. La proyección había empezado ya, y en principio no se permitía la entrada a nadie durante ella, pero el acomodador se inclinó profundamente y les dejó pasar.
La sala estaba oscura y fría, y bajo el rumor de la orquesta parecía adivinarse que reinaba en ella un absoluto silencio, aquella especie de silencio lleno de ecos de las salas enormes y desiertas. Pocas cabezas punteaban las largas filas grises de butacas. En la pantalla, una muchedumbre de uniformes grises corría por el barro agitando sus bayonetas. Otra masa de uniformes grises estaba acampada cociendo la comida alrededor de unas hogueras. Un largo tren pasó lentamente durante unos minutos interminables, con los vagones abiertos y llenos de compactos grupos de uniformes grises y harapientos. "Un mes después", rezaba el título. Una muchedumbre de uniformes grises corría por el barro agitando sus bayonetas, y un mar de brazos se agitaban por una interminable línea de trincheras, sobre un fondo de celaje oscuro, y el título explicaba: "La batalla de Zavrashino". Una multitud de botas de charol disparaba sus fusiles contra otra muchedumbre de alpargatas, alineada contra una pared, y el título indicaba: "La batalla de Samsonovo." Una muchedumbre de uniformes grises corría por el barro agitando sus bayonetas, y el título aclaraba: "Tres semanas después." Un largo tren pasaba lentamente a la luz del ocaso. El título decía: "El proletariado imprime su fuerte bota sobre los pies traidores de los depravados aristócratas." Y se veía a una multitud de botas de charol bailando, en un alegre cabaret, con mujeres medio desnudas, entre botellas rotas. "Pero el espíritu de nuestros combatientes rojos ardía en llamas de lealtad hacia la clase proletaria", decía el título. Una muchedumbre de uniformes grises corría por el barro, agitando sus bayonetas. No había argumento, ni protagonista, ni personajes.
"La meta del arte proletario -explicaba un cartel- es el drama y el color de la vida de las masas."
En el entreacto, antes de que empezase de nuevo la película, Andrei preguntó: -¿Quieres ver el principio?
– Sí -dijo Kira-; todavía es temprano.
– Ya veo que no te gusta.
– Ya veo que tampoco te gusta a ti. Es curioso, Andrei. Hubiera podido ir a ver el nuevo ballet del Marisky, esta noche, y no fui porque era un ballet revolucionario; y ahora ahí me tienes contemplando esta epopeya.
– ¿Con quién hubieras ido?
– Con un amigo.
– ¿Con Leo Kovalensky?
– ¿No te parece que eres algo indiscreto, Andrei?
– Kira, entre todos tus amigos él es el único…
– … que no te gusta. Ya lo sé. Pero ¿no te parece que lo dices con demasiada frecuencia?
– Kira, tú no te metes en política, ¿verdad?
– No; ¿por qué?
– No has pensado nunca en sacrificar tu vida porque sí, en perder una serie de años sin ninguna razón, en el destierro o en la cárcel, ¿verdad? ¿Lo has pensado alguna vez?
– ¿Por qué lo dices?
– No vayas mucho con Leo Kovalensky.
Kira se quedó con la boca abierta y la mano suspendida en el aire durante un largo segundo. Luego preguntó haciendo un esfuerzo como en toda su vida no había debido hacer jamás para hablar: -¿Que quieres decir?
– No te conviene que se sepa que eres amiga de un hombre que anda en tratos con gentes indeseables.
– ¿Conquián?
– Varias personas. Por ejemplo, con nuestro camarada Syerov, sin ir más lejos.
– Pero ¿qué ha hecho Leo?
– Tiene una tienda de productos alimenticios, ¿no es verdad?
– Andrei, ¿estás obrando como agente de la G. P. U. conmigo o…?
– No es ningún interrogatorio, Kira. No necesito que tú me informes. Lo único que quisiera saber es hasta qué punto estás al corriente de sus asuntos, para poderte proteger.
– ¿De que… asuntos?
– No te lo puedo decir. No hubiera debido decirte ni lo que ya sabes. Pero quería estar seguro de que no dejarías que tu nombre se mezclase en…
– ¿En qué, Andrei?
– Kira, contigo o cuando se trata de ti, no soy un agente de la G. P. U.
Se apagaron las luces y la orquesta atacó La Internacional. En la pantalla una multitud de botas polvorientas marchaba por un terreno árido y desconocido. Una masa enorme, gris de oscilantes botas de gruesas suelas claveteadas, de viejo cuero corroído, deformado y arrugado por los músculos y el sudor que había habido dentro; unas botas que no andaban ni de prisa ni despacio, que no eran cascos de bruto ni parecían pies humanos, sino que iban avanzando como grises carros armados que se tambaleaban, aplastando y pisoteando todo cuanto hallaban a su paso, levantando montones de polvo; unas botas grises sin vida, sin fin, inexorables…
– Andrei, ¿estás ocupándote de algún nuevo asunto para la G. P. U.? -murmuró Kira a través de las últimas notas de La Inter nacional.
– No; se trata de un asunto personal.
En la pantalla, sombras en uniformes grises estaban sentadas alrededor de una hoguera bajo un cielo negro. Unas manos callosas manejaban vasijas de hierro; una boca sonriente descubriendo unos dientes mal puestos; un hombre tocaba la armónica, balanceándose y sonriendo lascivamente; otro se contorsionaba en una danza cosaca; sus pies se agitaban rápidamente mientras sus manos marcaban el compás. Un hombre se rascaba la barba; otro, el cuello; otro, la cabeza; otro, masticaba una corteza de pan, y las migajas caían por el cuello entreabierto de su guerrera hasta su pecho velloso y oscuro. Celebraban una victoria. Kira murmuró:
– ¿Tienes algún informe secreto?
– Sí -repuso Andrei.
En la pantalla desfilaba una manifestación por las calles de una ciudad, celebrando una victoria. Banderas y rostros pasaban lentamente, moviéndose como figuras de cera que obedecían a hilos invisibles: semblantes jóvenes enmarcados por pañuelos oscuros, semblantes viejos arrebujados en bufandas hechas a mano; rostros bajo gorras militares, rostros bajo gorras de pieles, todos iguales, impasibles y sombríos, con la mirada vacía, los labios sin forma ni expresión. Desfilaban sin alterarse, sin músculos, sin más voluntad que los adoquines que pisaban sus pies que parecían inmóviles, sin más energía que las banderas rojas semejantes a velas izadas al viento, sin más fuego que el calor sofocante de millares de epidermis, de millones de músculos relajados y débiles; sin más aliento que el olor a sobaco sudado, a nuca inclinada, a pies cansados: desfilaban, desfilaban en un incesante y monótono movimiento que no parecía vivir.
Kira levantó la cabeza con un estremecimiento que la recorrió hasta las rodillas y dijo:
– Vamonos, Andrei.
El se levantó en seguida, obediente.
Una vez en la calle, al ir a llamar a un trineo, Kira propuso: -Vayamos a pie, ¿quieres?
– ¿Qué te ocurre, Kira? -preguntó él, mientras pasaba su brazo por el de ella.
– Nada; esta película no me ha gustado -dijo ella, escuchando el crujido de la nieve bajo sus pasos.
– Lo siento, querida. Tienes razón. Por su bien, yo también preferiría que no hicieran películas como ésta.
– Andrei, tú estabas dispuesto a dejarlo todo y huir al extranjero, ¿no es cierto? -Sí.
– Entonces, ¿para qué empezar una campaña… contra alguien, en servicio de unos jefes a quienes no deseas obedecer más? -Quiero saber si todavía merecen mis servicios.
– ¿Qué te importaría?
– De ello puede depender toda mi vida; ya ves tú.
– ¿Qué quieres decir?
– Me concedo a mí mismo una última esperanza. Tengo algo que ofrecerles. Sé lo que deberían hacer, pero también temo saber lo que harán. Hasta ahora sigo siendo miembro del Partido. Dentro de poco sabré por cuanto tiempo.
– ¿Quieres hacer una prueba, Andrei? ¿A costa de las vidas de otros?
– A costa de algunas vidas que merecen ser destruidas.
– ¡Andrei!
Andrei se quedó sorprendido al ver el pálido semblante de la joven.
– ¿Qué te pasa, Kira? Nunca me has interrogado acerca de mi trabajo; nunca hemos hablado de él. Sabes que decide la vida… y tal vez la muerte de alguien, si es necesario. Y nunca te asustaste por ello. Es algo de que no se debe hablar entre nosotros.
– ¿Me lo prohibes?
– Sí; y tengo que decirte todavía otra cosa. Óyeme bien, te lo ruego, y no me contestes, porque no quiero saber tu respuesta, sea la que fuere. Quiero que te calles porque prefiero no saber hasta qué punto estás informada del asunto que investigo. Temo haber comprendido que estás demasiado enterada de él. Espero de los hombres con quienes debo tratar una integridad absoluta; no quieras que por mi parte tenga que tratar con ellos en un plan de integridad inferior.
Kira dijo, esforzándose en mantenerse serena, pero sin poder evitar que le temblase la voz, una voz con una vida y un terror propios, que ella no podía contener:
– No te contestaré, Andrei. Pero ahora óyeme tú, y no me preguntes nada. Por favor, no me preguntes nada. Lo único que tengo que decirte es que te ruego, ¿comprendes? te lo ruego por todo cuanto hay en mí, si soy algo para ti, y ésta es la primera vez que te lo recuerdo, te ruego que, ahora que todavía está en tus manos, renuncies a investigar este asunto. Te lo pido por una sola razón: por mí.
Andrei se volvió, y Kira vio un rostro que no había visto jamás: el rostro del camarada Taganov de la G. P. U., una cara capaz de contemplar a sangre fría, dura e implacablemente, las ejecuciones secretas en las oscuras celdas de una checa.
Lentamente, le preguntó: -¿Qué es para ti ese hombre, Kira?
La voz de Andrei le dio a entender que para proteger mejor a Leo era preferible seguir guardando su secreto. Por esto replicó, encogiéndose de hombros:
– Sólo un amigo. No hablemos más del asunto, Andrei. ¿Quieres acompañarme a casa? Pero en cuanto él la hubo dejado en casa de sus padres, ella aguardó sólo a que se desvaneciese el rumor de sus pasos y echó a correr hasta encontrar un taxi. Entró en el coche y ordenó:
– Al teatro Marinsky, lo más de prisa que pueda.
En el vestíbulo desierto y oscuro del teatro, oyó el rumor de la orquesta al otro lado de las puertas cerradas, en una confusión de sonidos violentos y desordenados.
– No se puede entrar ahora, ciudadana -le dijo severamente un acomodador.
Kira le puso un billete en la mano, murmurando: -Tengo que encontrar a una persona, camarada. Se trata de un caso de vida o muerte. Su madre está agonizando. Entró silenciosamente entre cortinas de terciopelo a una sala oscura y casi desierta. En el escenario, un grupo de esbeltas bailarinas en breves trajes de tul rojo evolucionaban agitando sus finos brazos empolvados, adornados de cadenas de cartón dorado: era una Danza del trabajo.
Leo y Antonina Pavlovna estaban sentados en cómodas butacas en una fila casi vacía. Antonina Pavlovna tenía entre las suyas una mano de Leo. Al ver entrar a Kira, los dos se pusieron de pie, y algunos espectadores murmuraron: " ¡sentarse!"
– Ven en seguida, Leo -murmuró Kira-. Ocurre algo grave.
– ¿Qué?
– Vamos y te lo contaré. ¡Salgamos!
Leo la siguió por el corredor desierto. Antonina Pavlovna, echando la barbilla hacia adelante, se apresuraba tras ellos. En un rincón, Kira expuso en breves palabras:
– Es la G. P. U., Leo. Están investigando acerca de tu comercio. Saben algo.
– ¿Qué dices? ¿Cómo lo sabes?
– He visto a Andrei, y…
– ¿Has visto a Andrei Taganov? ¿Dónde? Creía que ibas a tu casa.
– Le encontré por la calle, y…
– ¿Por qué calle?
– ¡Oh, Leo, déjate de tonterías ¿no comprendes que no tienes tiempo que perder?
– ¿Qué ha dicho?
– No mucho. Sólo he adivinado algo. Me dijo que si no quería que me detuvieran procurase no ir contigo. Habló de tu comercio y de Pavel Syerov, y dijo que presentaría un informe a la G. P. U. Creo que lo sabe todo.
– ¿De modo que te dijo que no fueras conmigo?
– ¡Leo! Te niegas a…
– Me niego a dejarme asustar por los celos de un imbécil.
– No le conoces, Leo. Cuando se trata de la G. P. U. no bromea. Y no tiene por qué estar celoso de ti.
– ¿En qué sección de la G. P. U. trabaja?
– En el servicio secreto.
– ¿Entonces no está en la sección de economía?
– :No. Investiga por su propia cuenta.
– Vamos, pues. Iremos a ver a Syerov y a Morozov. Syerov se pondrá al habla con su amigo de la sección económica y descubriremos qué es lo que está tramando tu querido Taganov. No te me pongas histérica; no hay motivo de asustarte. El amigo de Syerov se encargará de todo. Vamos.
– Leo -dijo con precipitación Antonina Pavlovna, corriendo detrás de la pareja mientras se dirigían al taxi-, Leo, yo no tengo nada que ver con la tienda. Si hacen un registro, acuérdate de que yo no tengo nada que ver. Yo sólo llevaba el dinero a Syerov, pero ignoraba de dónde salía. ¡No lo olvides, Leo!
Una hora después, un trineo llegaba silenciosamente a la puerta trasera del local ocupado por la tienda de Leo. Dos hombres bajaron furtivamente por los oscuros peldaños que conducían al sótano, donde Leo y el dependiente, a la luz de una vieja linterna, les estaban aguardando. Los recién llegados no hicieron ruido ninguno. Leo, sin pronunciar una palabra, señaló las cajas y los sacos, y ellos, rápidamente, fueron llevándolos al trineo, que cubrieron luego con una manta de pieles. En menos de cinco minutos el sótano quedó vacío.
– ¿No ha ocurrido nada? -preguntó ansiosamente Kira cuando Leo regresó a casa.
– Vete a la cama -repuso éste- y no pienses más en la G. P. U.
– ¿Qué has hecho?
– Todo está resuelto. Nos hemos desembarazado de la mercancía. En estos momentos está saliendo de la roja Leningrado. Syerov esperaba otro cargamento mañana por la noche, pero ya se ha dado contraorden. Ahora, durante algún tiempo, no tendremos más que una tienda de comestibles. Hasta que Syerov arregle las cosas.
– Leo… me parece…
– No me vengas con esos discursos. Ya te lo dije una vez: no quiero dejar la ciudad. Sería lo más peligroso, lo más comprometedor y no tenemos por qué preocuparnos. Syerov tiene en la G. P. U. una posición demasiado sólida para quienquiera que se entrometa…
– Leo, tú no conoces a Andrei Taganov.
– No; no le conozco, pero me parece que tú le conoces demasiado.
– No podrán sobornarle, Leo.
– Quizá no. Pedro podrán hacerle callar.
– Si no tienes miedo…
– Naturalmente que no tengo miedo -pero su rostro estaba más pálido que de costumbre, y Kira observó que al desabrocharse el abrigo sus dedos temblaban.
– Leo, por favor, óyeme… Leo… -rogó.
– ¡Cállate!-replicó él.
El jefe de la Sección económica de la G. P. U. mandó llamar a su despacho a Andrei Taganov.
La oficina estaba en el palacio de la Dirección de la G. P. U., un edificio al que no se acercaba ningún visitante y donde apenas algunos empleados tenían acceso. Los que iban hablaban en voz baja y respetuosa, y nunca acababan de sentirse tranquilos. El funcionario estaba sentado ante su escritorio. Vestía guerrera militar y pantalón muy bien planchado, calzaba botas, y tenía sobre las rodillas una pistola. Llevaba el pelo muy corto, y su cara, cuidadosamente afeitada, no delataba ninguna edad. Sonreía enseñando unos dientes cortos y anchos y unas anchas encías. Su sonrisa no era ni alegre ni expresiva; únicamente se comprendía que era una sonrisa por la contracción de los músculos de sus mejillas.
– Camarada Taganov, me han dicho que estás terminando una investigación acerca de un asunto que incumbe a la Sección económica.
– Sí -contestó Andrei.
– ¿Quién te ha dado autorización para hacerla?
– Mi calidad de miembro del Partido.
El funcionario rió, descubriendo las encías, y siguió preguntando: -¿Qué te impulsó a empezar la investigación?
– El haber encontrado una base evidente de acusación contra alguien.
– ¿Contra un miembro del Partido?
– ¿Por qué no te dirigiste inmediatamente a nosotros?
– Porque quería poder presentar un informe completo.
– ¿Estás en disposición de hacerlo?
– Sí.
– ¿Piensas presentarlo al jefe de tu sección?
– Sí.
– Te aconsejo que renuncies a este asunto, camarada -sonrió el funcionario.
– Si esto es una orden, camarada -replicó Andrei-, me permito recordarte que no eres mi jefe; si es un consejo, no lo necesito. El otro le miró en silencio, y luego dijo:
– Una disciplina estricta y una absoluta lealtad son indudablemente cualidades estimables, camarada Taganov, pero no hay que olvidar que, como dijo el camarada Lenin, un comunista debe adaptarse a la realidad. ¿Has considerado las consecuencias que puede acarrear tu informe?
– Sí.
– ¿Te parece oportuno provocar, en estos momentos, un escándalo público en el que resulte complicado un miembro del Partido?
– Me parece que quien debía haberse hecho esta reflexión es el miembro del Partido que aparecería como culpable.
– ¿Conoces mi… interés por la persona en cuestión?
– Sí.
– ¿Y esto no te lleva a modificar tu decisión?
– En lo más mínimo.
– ¿Has pensado alguna vez en que mi apoyo podría serte útil?
– No, nunca lo he pensado.
– ¿Y no crees que es una idea que merece la pena de ser tenida en consideración?
– No lo creo.
– ¿Cuánto tiempo llevas en tu cargo, camarada Taganov?
– Dos años y tres meses.
– ¿Con la misma retribución que al principio?
– Sí.
– ¿No te interesaría un ascenso?
– No.
– ¿No crees en el espíritu de asistencia mutua y de cooperación con tus camaradas del Partido?
– Sí; pero no por encima de la disciplina del Partido.
– ¿Eres fiel cumplidor de tu deber para con él?
– Sí.
– ¿Por encima de todo?
– Sí.
– ¿Cuántas veces has asistido a una asamblea de depuración?
– Tres.
– ¿Sabes que se anuncia otra para dentro de poco?
– Sí.
– ¿E insistes en presentar a tu jefe el informe en cuestión?
– Esta tarde, a las cuatro.
– Es decir, dentro de una hora y media. Está muy bien.
El funcionario miró su reloj.
– ¿Deseas algo más, camarada?
– No, camarada Taganov.
Algunos días más tarde, Andrei fue llamado a la oficina de su jefe. Este era un hombre alto y flaco, con una barba rubia en punta, y unos quevedos montados en una nariz larga y flaca. Llevaba un elegante traje marrón, como un turista extranjero. Sus manos eran largas y huesudas, y su aspecto general el de un profesor fracasado.
– Siéntate -dijo al entrar Andrei. Luego se levantó y cerró la puerta. -Camarada Taganov, te felicito.
Andrei se inclinó.
– Has hecho un trabajo excelente y has prestado al Partido un gran servicio, camarada Taganov. No hubieras podido elegir un momento más indicado. Has puesto en nuestras manos precisamente el asunto que se necesitaba. Dada la difícil situación económica que estamos atravesando y la peligrosa competencia que se manifiesta en la opinión, el Gobierno tiene interés en poder mostrar a las masas quiénes son los responsables de sus sufrimientos, y hacerlo en forma tal que nadie pueda olvidarlo. Las actividades traicioneras y contrarrevolucionarias de los especuladores que despojan a nuestros obreros de las raciones que tanto trabajo les cuestan serán llevadas ante la justicia proletaria. Es necesario que los obreron tengan presente en todo momento que los enemigos de su clase conspiran día y noche para minar las bases del único gobierno obrero que existe en el mundo, y que nuestras masas proletarias comprendan que hay que soportar con paciencia las dificultades que momentáneamente atravesamos y prestar su pleno apoyo al gobierno que lucha por su interés contra tantas dificultades como podrán verse gracias a tu importante informe. He aquí, en substancia, lo mismo que he dicho esta mañana al director de Pravda, acerca de la campaña que hemos iniciado. Este caso nos servirá para hacer un ejemplo. Para ello movilizaremos todos los periódicos, todos los centros políticos, todas las tribunas públicas. El proceso del ciudadano Kovalensky será conocido hasta el último rincón de la U. R. S. S.
– ¿El proceso de quién, camarada?
– Del ciudadano Kovalensky. ¡Ah! a propósito, camarada Taganov; aquella carta del camarada Syerov que acompaña tu informe, ¿era la única copia existente?
– Sí, camarada.
– ¿Quién la ha leído, además de ti?
– Nadie.
El jefe cruzó sus largas y flacas manos y dijo lentamente: -Camarada, olvida que leíste esa carta.
Andrei le miró, sin pronunciar una palabra.
– Es una orden del comité que ha estudiado tu informe, camarada Taganov. Con todo, te dará las explicaciones pertinentes, porque aprecio tu esfuerzo. ¿Lees los diarios, camarada Taganov?
– Sí, camarada.
– ¿Sabes lo que sucede ahora en los pueblos de nuestro país? -Sí, camarada.
– ¿Te das cuenta de lo precario del equilibrio de nuestra opinión pública? -Sí, camarada.
– Pues en este caso no será necesario que te explique por qué el nombre de un miembro del Partido debe mantenerse apartado de toda relación con un delito de actividades contrarrevolucionarias. ¿Está claro? -Perfectamente, camarada.
– Debes andar con cautela y no olvidarte de que no sabes nada en absoluto que tenga que ver con el camarada Syerov. ¿Me has comprendido?
– Perfectamente, camarada.
– El ciudadano Morozov presentará la dimisión de su cargo en el Trust de la Alimentación, por razones de salud. No se le complicará en la causa, porque esto redundaría en desprestigio del Trust de la Alimentación y provocaría una serie de comentarios inoportunos. Pero el verdadero culpable, el espíritu de la conspiración, el ciudadano Kovalensky, será detenido esta noche. ¿Te parecen bien estas decisiones, camarada Taganov?
– Mi posición no me permite aprobar ni censurar, camarada, sino únicamente recibir órdenes.
– Bien dicho, camarada Taganov. Naturalmente, el ciudadano Kovalensky es el único propietario legal de aquella tienda de comestibles; lo sabemos pertinentemente. Es un aristócrata, y ya su padre fue fusilado por actividades contrarrevolucionarias. Hace algún tiempo, se le detuvo por tentativa de salir del país; de modo que constituye un símbolo viviente de la clase que nuestras masas obreras consideran la peor enemiga del régimen soviético. Estas masas, justamente irritadas por las infinitas privaciones, las largas horas de espera ante las cooperativas, la carencia de artículos de primera necesidad, sabrán quién es el culpable de sus sufrimientos. Sabrán quién es el que asesta golpes mortales al corazón mismo de nuestra vida económica. El último descendiente de una burguesía explotadora y ávida sufrirá la pena que merecen todos los individuos de su clase.
– Comprendo, camarada: se trata de organizar un proceso público, con grandes titulares en los periódicos y micrófonos en la sala de audiencia.
– Exactamente, camarada Taganov.
– ¿Y si el ciudadano Kovalensky hablase demasiado y demasiado cerca del micrófono? ¿Si pronunciase algún nombre?
– ¡Oh, por ese lado no hay nada que temer! Esos señores son fáciles de manejar: se le prometerá la vida a cambio de no decir más que lo que se le mande decir, y él seguirá esperando el indulto aún después de pronunciada la sentencia de muerte. Se pueden hacer promesas, como tú sabes, y no siempre es necesario cumplirlas.
– Y cuando le lleven ante el pelotón de ejecución, ¿no habrá ningún micrófono cerca?
– Claro está que no.
– Y, naturalmente, no habrá necesidad de explicar que cuando entró al servicio de esos desconocidos estaba sin trabajo y muriéndose de hambre, ¿verdad?
– ¿Qué quieres decir?
– Es una idea que me parece digna de ser tenida en cuenta, camarada. Como también me parecería oportuno explicar de qué modo un aristócrata sin un céntimo ha podido llegar a herir el corazón mismo de nuestra vida económica.
– Camarada Taganov, tienes aptitudes muy notables para la oratoria pública, demasiado notables. No siempre es una cualidad para un miebro de la G. P. U. Procura que no la aprecien demasiado y que un buen día no te encuentres destinado a algún puesto excelente… por ejemplo, en el Turquestán, donde tengas todas las oportunidades para desarrollarla. Como le sucedió, por ejemplo, al camarada Trotzky.
– He servido en el ejército rojo a sus órdenes, camarada.
– En tu lugar, yo no lo mencionaría con demasiado frecuencia, camarada Taganov.
– Muy bien, camarada. Haré cuanto pueda por olvidarlo.
– Esta tarde, a las seis, camarada Taganov, harás un registro en el domicilio del ciudadano Kovalensky, para obtener todas las pruebas o los documentos que puedan encontrarse en relación con este asunto. Luego le detendrán.
– Sí, camarada.
– Nada más, camarada Taganov.
– A tus órdenes, camarada.
El jefe de la Sección económica de la G. P. U. dijo a Pavel Syerov, sonriéndole fríamente y enseñándole las encías:
– En adelante, camarada Syerov, limitarás tus esfuerzos literarios a las materias relacionadas con tu cargo en los ferrocarriles.
– Ciertamente, camarada, no te preocupes por ello.
– No soy yo quien debe preocuparse; no lo olvides.
– ¡Qué diablo! Ya me he preocupado hasta ponerme enfermo. ¿Qué quieres? Al fin y al cabo no se tiene más que un número determinado de cabellos que pueden volverse blancos.
– Sí; pero debajo de ellos no se tiene más que una cabeza.
– ¿Qué… qué quieres decir? ¿Tienes la carta, no?
– Ya no la tengo.
– ¿Dónde está?
– Quemada.
– Gracias, amigo mío.
– Realmente, puedes agradecérmelo.
– ¡Oh, claro está que te lo agradezco! Amor con amor se paga. Ojo por ojo… Yo me callaré ciertas cosas y tú te callarás otras. Como dos buenos amigos.
– No es tan sencillo como te figuras, Syerov. Por ejemplo, tu aristocrático compañero de juegos, el ciudadano Kovalensky, deberá ser procesado y…
– ¿Crees que esto me va a hacer llorar. Esto sólo ya me compensa de todos los malos ratos. Estaré contentísimo de ver cómo le returcen el pescuezo a ese imbécil orgulloso e insoportable.
– Tu salud, camarada Morozov, exige una larga temporada de descanso en un clima más cálido -dijo el funcionario-; y en agradecimiento a tus servicios y como compensación a tu dimisión, se te ofrece un puesto en un sanatorio; ¿comprendes?
– Sí -contestó Morozov enjugándose la frente-, lo comprendo perfectamente.
– Se trata de un hermoso sanatorio en Crimea, muy tranquilo, lejos de la agitación de la ciudad, que convendrá a las mil maravillas a tu salud. Y creo que lo mejor será que disfrutes de todas estas ventajas por… digamos seis meses. Te aconsejo que no lleves prisa en volver, camarada Morozov.
– Bien; no tendré prisa.
– Y todavía quisiera darte otro consejo, camarada Morozov. Verás que los periódicos hablarán mucho del proceso del ciudadano Kovalensky por actividades contrarrevolucionarias. Pues bien; creo que sería muy prudente que dieras a entender bien claramente a tus compañeros de sanatorio que por tu parte no sabes una palabra de este asunto.
– Naturalmente, camarada. Yo no sé nada, ni tengo la menor idea de ello.
El funcionario murmuró, acercándose con aire confidencial a Morozov:
– Y en tu lugar, no intentaría dar ni un paso por ese Kovalensky, aunque le lleven ante el pelotón de ejecución. Morozov miró a la cara del funcionario y dijo arrastrando las palabras, comiéndose las vocales y reduciéndolas a un sencillo gemido, mientras sus anchas fosas nasales palpitaban: -¿Qué? ¿Yo, dar un paso por él? ¿Por él? ¿Para qué, camarada? No tengo nada que ver con él. Era el propietario de aquella tienda; él y nadie más: el contrato de alquiler lo dice bien claro. No puede probar que yo estuviera enterado de nada, absolutamente de nada. El, y sólo él, era el dueño del establecimiento: pueden comprobarlo.
La esposa de Lavrov salió a abrir la puerta. Al ver la chaqueta de cuero de Andrei, la funda de su pistola colgando de su cinturón, y detrás de él las hojas de acero de cuatro bayonetas, no pudo contener una exclamación sofocada, como un sollozo, y se llevó en seguida las manos ante la boca.
Detrás de Andrei entraron cuatro soldados. El último cerró la puerta de un imperioso portazo.
– ¡Oh, Dios misericordioso! ¡Dios misericordioso! -gimoteó la mujer retorciéndose el delantal con ambas manos.
– ¡Silencio! -ordenó Andrei-. ¿Dónde está el ciudadano Kovalensky?
La mujer señaló una puerta con un dedo tembloroso y se quedó estúpidamente en la misma actitud mientras los soldados, detrás de Andrei, se dirigían hacia ella. Mientras tres delgadas hojas de acero pasaban lentamente por delante de ella, y seis botas golpeaban pesadamente el suelo de su habitación, que resonaba como un tambor con sordina, la mujer de Lavrov no acertaba a apartar la vista del perchero del recibimiento, con sus viejos abrigos colgados que parecían guardar todavía el calor y la vida de los cuerpos humanos. El cuarto soldado se quedó en la puerta del piso. Lavrov, al verles, se puso en pie de un salto. Andrei atravesó rápidamente la estancia sin mirarle siquiera. Un movimiento rápido y brusco de la mano de Andrei, un movimiento seco e imperioso como un latigazo, hizo que uno de los soldados se quedase vigilando en la puerta de comunicación del salón con la habitación de Kovalensky. Los otros dos soldados entraron en ella en pos de Andrei.
Leo estaba solo, sentado en un sillón, en mangas de camisa, leyendo un libro. El libro fue lo primero que se movió cuando se abrió la puerta: bajó lentamente hasta el brazo de la poltrona y una mano segura lo cerró. Luego Leo se levantó sin prisa, y la luz del fuego de la chimenea iluminó a trechos su blanca camisa sobre sus anchos hombros. Dijo sonriendo, con aquella sonrisa irónica que le caracterizaba:
– Bien, camarada Taganov; ¿no sabía usted que un día u otro deberíamos encontrarnos en esta situación?
La cara de Andrei no tenía expresión; era firme y rígida como una fotografía de pasaporte, como si sus pliegues y sus músculos hubiesen sido endurecidos por alguna substancia que no tuviera nada de humano, como si no tuvieran de humano más que la forma. Tendió a Leo un papel con muchos membretes oficiales y dijo con una voz que no tenía de humano más que los elementos que componían sus sonidos:
– Es una orden de registro, ciudadano Kovalensky.
– Entre usted y sea bienvenido -replicó Leo inclinándose con gracia, como si invitase a bailar a una dama. Dos movimientos de Andrei, precisos y secos, indicaron a un soldado la cómoda y al otro el lecho. Los cajones se abrieron ruidosamente, y montones de ropa interior cayeron al suelo bajo una mano morena y pesada que después de hurgar rápidamente y con destreza volvió a cerrarlos con fuerza uno tras otro. Sobre el pavimento quedó un montón blanco, alrededor de unas botas relucientes a causa de la nieve que se iba derritiendo. Otra mano rápida arrancó el cubrecama de seda, luego la manta de lana, luego las sábanas: una bayoneta abrió con un relampagueo el colchón, y dos manos desaparecieron por la abertura.
Leo permanecía solo en medio de la habitación. Los hombres no le miraban, no se cuidaban de su presencia, como si fuera un mueble más, el último que deberían abrir. Leo estaba medio sentado y medio apoyado en una mesa; las dos manos sobre el borde, los hombros encorvados, las largas piernas tendidas hacia adelante. En medio del silencio se oía el crepitar de la leña en el fuego, el apagado ruido de los objetos a medida que los soldados iban echándolos al suelo, y el crujido de los papeles que Andrei iba examinando.
– Siento no poder ofrecerle el descubrimiento de los planos secretos para hacer volar el Kremlin y el Gobierno soviético, camarada Taganov -dijo Leo.
– Ciudadano Kovalensky -dijo Andrei como si no le hubiera visto nunca-, está usted hablando con un representante de la G. P. U.
– ¿Cree tal vez que lo he olvidado?
Un soldado hundió su bayoneta en una almohada, y volaron por la habitación, como si fueran copos de nieve, montoncitos de blancas plumas. Andrei abrió un armario, y platos y copas tintinearon mientras él iba dejándolos cuidadosamente sobre la alfombra. Leo abrió su petaca de oro y se la tendió a Andrei.
– No, gracias -repuso éste.
Leo encendió un cigarrillo. La cerilla tembló entre sus dedos. Se quedó sentado sobre el borde de la mesa, moviendo una pierna, mientras el humo iba subiendo lentamente en una esbelta columna azulada.
– Es el superviviente -dijo Leo-, el mejor de todos. Con todo, no siempre los filósofos tienen razón. Una tendencia a la reflexión trascendental puede enturbiar nuestra percepción de la realidad. A propósito, ¿cuáles son sus convicciones filosóficas, camarada Taganov? Nunca hemos discutido este punto, y este momento me parece tan indicado para ello como otro cualquiera. -Le aconsejo que guarde silencio -dijo Andrei.
– Y el consejo de un representante de la G. P. U. -dijo Leo- equivale a una orden, ¿no es cierto? Comprendo que hay que saber respetar la dignidad y la grandeza de la autoridad en cualquier momento y en cualquier circunstancia, por mucho que ello hiera el orgullo de la persona afectada.
Andrei abrió otro armario. Emanaba de él un perfume francés. Andrei vio vestidos femeninos.
– ¿Qué sucede, camarada Taganov? -preguntó Leo. Andrei tenía en la mano un traje encarnado. Era un vestido sencillo, con un cinturón y botones de charol y un cuello de niña con un gran lazo de corbata. Andrei, sosteniéndolo con las dos manos, lo miraba estupefacto. La tela, entre sus dedos, se fruncía en dos rizos. Luego sus ojos se movieron lentamente y su mirada pasó revista a todo el armario. Vio un traje de terciopelo negro que conocía bien, un abrigo con cuello de pieles, una blusa blanca.
– ¿De quién son estos trajes? -preguntó.
– De mi amante -replicó Leo, mirando de hito en hito a Andrei y dando a sus palabras todo el desprecio de la ironía y toda la infamia de la obscenidad.
La cara de Andrei era inexpresiva: miraba el vestido con ojos absortos, y sus cejas parecían dos medias lunas negras excavadas sobre sus mejillas. Luego lo desplegó lentamente, con cuidado, con cierta vacilación, como si fuese de frágil vidrio, y volvió a colgarlo en el armario.
Leo sonrió malévolamente, con una mirada sombría y contrayendo los labios:
– Una desilusión, ¿no es así, camarada Taganov? Andrei no contestó. Sacó los vestidos uno a uno y con calma, sin precipitarse, fue pasando los dedos por los bolsillos, por los pliegues que olían a perfume francés.
– Le repito a usted que no se puede pasar, ciudadana -se oyó gritar al guardia al otro lado de la puerta. Luego se oyó ruido de una breve lucha, como si un brazo hubiera empujado a un lado a alguien.
Una voz gritó, y no era una voz de mujer, sino el gemido de un animal en la agonía: -¡Dejadme pasar, dejadme pasar!
Andrei miró a la puerta, se dirigió lentamente hacia y ella y la abrió.
Andrei Taganov y Kira Argounova quedaron frente a frente. Andrei preguntó lentamente, y las sílabas fueron cayendo iguales y mesuradas como gotas de agua. -¿Vive usted aquí, ciudadana Argounova?
– Sí -contestó ella con la cabeza muy erguida, sin el menor temblor en la voz, mirándole fijamente.
Luego entró en la estancia y se apoyó en la pared, mientras un soldado volvía a cerrar la puerta.
Andrei Taganov se volvió lentamente, con el hombro derecho encorvado, tendiendo todos los músculos de su cuerpo en el esfuerzo de moverse, como si entre las paletillas llevase un cuchillo clavado y debiese andar con cuidado para no sacudirlo. Su brazo izquierdo colgaba de su cuerpo con naturalidad, algo doblado por el codo, con la muñeca vuelta hacia el cuerpo y los dedos semice-rrados como si tuviese entre ellos algo que no quisiera dejar caer. -Registrad aquel cuartito y esos baúles -dijo volviéndose hacia los soldados.
Luego volvió al armario abierto, y sus pasos crujieron en el silencio, como la leña de la chimenea.
Kira seguía adosada a la pared con el sombrero en la mano. Luego el sombrero se le cayó.
– Lo siento, querida -dijo Leo-. Creía que a tu regreso todo esto habría terminado.
Ella no miraba a Leo, sino a la alta figura en chaqueta de cuero y la funda de la pistola colgaba a su cintura.
Andrei se dirigió a la cómoda en que ella guardaba su ropa interior; la abrió, y Kira vio pasar por sus manos la camisa de batista negra, y vio sus encajes arrugados entre los dedos fuertes y serenos de Andrei.
– Registrad el diván -ordenó Andrei-. Levantad la alfombra. Kira seguía apoyada en la pared, con las rodillas temblando, todo el peso de su cuerpo concentrado sobre sus caderas, como si las piernas no pudieran sostenerla.
– Nada más -dijo Andrei, a los soldados, y cerró cuidadosamente el último cajón, sin hacer ruido.
Luego tomó la cartera que había dejado encima de la mesa y, dirigiéndose a Leo, le dijo, moviendo apenas los labios: -Ciudadano Kovalensky, queda usted detenido. Leo se encogió de hombros y tomó su abrigo en silencio. Su boca se plegaba hacia abajo con aire despectivo, pero él mismo se dio cuenta de que le temblaban los dedos. Levantando la cabeza, dijo a Andrei, en su tono más insolente:
– Estoy seguro, camarada Taganov, de que es la orden que cumple usted más a gusto.
Los soldados cogieron de nuevo sus fusiles, apartando a uno y otro lado los objetos que habían dejado por el suelo. Leo se acercó al espejo, se arregló la corbata, se alisó los cabellos con la meticulosa precisión de un hombre elegante que se viste para una cita, vertió unas gotas de agua de colonia en su pañuelo, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo superior de la americana. Andrei le estaba aguardando. Al salir, Leo se detuvo delante de Kira.
– ¿No me dices adiós, Kira? -Y tomándola entre sus brazos la besó largamente.
Andrei seguía aguardándole.- Sólo quiero pedirte un favor, Kira -dijo Leo-; espero que me olvidarás.
Kira no contestó.
Un soldado abrió la puerta y salió. Andrei salió detrás de él, y luego Leo. El otro soldado cerró la puerta.
Capítulo trece
Leo había quedado preso en una celda de la G. P. U. y Andrei había vuelto a casa. Al atravesar el jardín, un camarada del Partido que corría al Centro del distrito le preguntó:
– Esta noche lees tu informe sobre la situación del campo, ¿no?
– Sí.
– A las nueve, ¿no? Lo aguardamos con impaciencia, camarada Taganov. Hasta las nueve, pues.
– Hasta las nueve.
Atravesó lentamente la espesa capa de nieve del jardín y subió la larga escalinata oscura hasta su oscura habitación. Una de las ventanas del palacio, se veía iluminada, y un cuadrado amarillo se rellenaba en el pavimento, Andrei se quitó la gorra, la chaqueta de cuero, la pistola. Se quedó junto a la chimenea, pisoteando distraídamente los carbones grises. Puso un leño sobre el carbón y encendió una cerilla. Luego tomó una de las cajas de embalaje que le servían de muebles y se sentó al lado del fuego, con las manos abandonadas sobre las rodillas. En la oscuridad, los reflejos del fuego daban a sus manos y a su rostro un vivo color rosado.
De pronto oyó llamar a la puerta del rellano; llamaban con fuerza. Había dejado la puerta abierta, de modo que dijo sencillamente: -¡Adelante!
Entró Kira. Cerró de un portazo, atravesó el vestíbulo y se detuvo en el umbral de la habitación. Andrei, en la oscuridad, no podía verle los ojos: dos sombras negras le manchaban la frente y las órbitas; pero la luz roja caía de lleno sobre su boca, ancha, dura y brutal.
Andrei se levantó, mirándola en silencio.
– Bueno -gritó ella salvajemente-, ¿y ahora qué piensas hacer?
– En tu lugar -contestó él lentamente-, me marcharía de aquí.
Ella se apoyó en el quicio de la puerta y preguntó: -¿Y si no me marchara?
– Vete -repitió él.
Kíra se quitó el sombrero y lo arrojó a la oscuridad. Se quitó el abrigo y lo tiró al suelo.
– Sal de aquí… -repitió Andrei. -No quiero.
– ¿Qué deseas? No tengo nada que decirte.
– Pues yo sí. Y tú tendrás que oírme. De modo que me has cogido, ¿verdad, camarada Taganov? ¡Y quieres vengarte! Fuiste a casa con tus soldados, con una pistola al cinto, ¿no es verdad, camarada Taganov de la G. P. U.? Y le detuviste. Y ahora procurarás que no se escape de la pena de muerte, te valdrás de toda tu influencia, de tnda tu gran influencia en el Partido para que le lleven ante el piquete de ejecución, ¿no es así? ¿Tal vez solicitarás el privilegio de mandar el fuego? ¡Continúa, sigue vengándote! ¡Pero ahora me vengo yo! No vengo a implorarte por él. No puedo temer nada peor; pero por lo menos puedo hablar, y hablaré. Tengo tanto que decirte, a ti y a los tuyos, y llevo tanto tiempo callándome que me parece que ya no hubiera podido soportarlo más. Ya no tengo nada que perder, no; pero tú sí.
– ¿No te parece inútil? -preguntó él-. ¿Para qué decir nada? Si tienes alguna excusa…
Ella se rió, con una carcajada inhumana, y en frases breves, cortantes como cuchillos, insultantes como latigazos en el rostro, le refirió la historia de sus dos últimos años. Luego le miró a los ojos: no reflejaban cólera ni indignación, sino espanto.
– Kira… -se limitó a decir Andrei-, yo… yo… no lo sabía.
Ella se echó hacia atrás, cruzando los brazos, clavando los dedos en sus codos, y dijo con una breve sonrisa de amargura: -¿De modo que me amabas? Yo era la más noble de las mujeres, la mujer parecida a un templo, a una marcha militar, a la estatua de una diosa. ¿Te acuerdas? ¡Mírame, pues! ¡Ya no soy más que una cualquiera, y tú eres el primero que me has comprado! Y ahora, ¡al barro contigo! ¡Allí está tu sitio! ¡Allí me ha echado tu gran amor! Creí que te alegrarías de saberlo. ¿No te alegras? ¿De modo que te figurabas que te quería? Cuando tú me besabas pensaba en Leo, cuando te hablaba de amor le hablaba a él. Soy suya, y sólo suya; ¿comprendes?, y nunca le quise tanto como cuando estaba contigo. Y ahora, ¡mátale! Nada de cuanto le hagas podrá compararse a lo que yo te estoy haciendo a ti en este momento. Y tú lo sabes, ¿no es cierto?
Desoladamente, como si ella no estuviera presente, como si se quisiera apoyar en cada sílaba, Andrei repetía: -Yo no lo sabía…
– No lo sabías… ¡Y era tan sencillo! ¡Y no tan raro! Ve a los sótanos y a las buhardillas donde viven los hombres de tus ciudades rojas y verás cuántos casos parecidos a éste. El quería vivir. ¿Crees tú que a un ser humano le basta respirar para vivir? Piensas de otro modo, ya lo sé. Pero él hubiera podido vivir; no hay muchos que pueden decirlo, y ya sé que para ti no cuentan. El doctor me dijo que moriría. Y yo le amaba. Sabes lo que significa esto,
¿no es verdad? No necesitaba mucho: sólo reposo, aire puro y alimentos. No tenía derecho a ello, ¿verdad? Tu gobierno así lo determinó. Intentamos rogar. Rogamos humildemente. ¿Y sabes qué nos contestaron? Había un médico, en un hospital, que nos dijo que eran centenares los que estaban aguardando para poder ingresar.
Se inclinó hacia adelante, y su voz se hizo confidencial; abrió las manos para explicarse, como si de pronto se hubiera calmado, y amablemente, puerilmente, con insistencia, con los labios entreabiertos y algo asombrados, pero con los ojos fijos y en ellos un horror indecible, siguió diciendo:
– ¿Ves tú? Debes comprenderme completamente. Nadie lo comprende. Nadie lo ve, pero yo sí, y quiero que también tú lo veas. ¿Te das cuenta? Centenares, millares, millones. ¿Millones de qué? De estómagos, de cabezas, de piernas, de lenguas y de almas. Y no importa que se combinen entre ellas. Sólo millones: sólo carne, carne humana. Y todo ello está numerado, registrado, como si fueran botes en las estanterías de una tienda, por un empleado que se rasca la cabeza y bosteza de aburrimiento. A veces me pregunto si les cuentan por piezas o al peso. Y éstos tenían una posibilidad de vivir. Pero Leo, no. El no era más que un hombre. Para vosotros todas las piedras son guijarros, y los diamantes son inútiles porque brillan demasiado a la luz del sol y molestan a la vista, y porque son demasiado duros para los zuecos y para las botas de los que marchan hacia el porvenir proletario. Vosotros no empedráis las calles con diamantes. Claro está que pueden servir para algo más, en este mundo, pero eso a vosotros ya no os interesa. He aquí por qué le condenaron a muerte, y como él a tantos otros: a una muerte sin piquete de ejecución. Había un comisario del pueblo muy poderoso, y fui a encontrarle. Y me dijo que en la guerra civil habían muerto cien mil obreros, y que no veía por qué no podía morir un aristócrata frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. ¿Y qué es la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas frente a un hombre? Pero esta pregunta tú no puedes contestarla. Estoy verdaderamente agradecida a aquel comisario, porque él fue quien me dio permiso para hacer lo que he hecho. No le odio; quien debe odiarle eres tú. Esto que estoy haciendo, él me lo hizo antes a mí.
Andrei no decía nada, no se movía, no apartaba su mirada de Kira.
Kira se le acercó, cruzando las piernas con lenta decisión, echando el cuerpo hacia atrás. Le miraba con semblante repentinamente sereno e inexpresivo, con los ojos medio cerrados, la boca sin expresión ni color. Mientras hablaba, Andrei pensaba que su boca no se abría, sino que las palabras se escapaban de sus labios, y su voz le parecía espantosa de tan natural y segura como era. -Ahí está el problema, pues; ¿por qué no puede morir un aristócrata frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas? Tú no lo comprendes, ¿verdad? Ni tú ni tu poderoso comisario, ni millones de hombres como tú o como él. He aquí lo que habéis traído al mundo. Esta pregunta es vuestra respuesta. Un hermoso regalo, ¿no es verdad? Pero uno de vosotros ha encontrado su recompensa. En ti, os he pagado a todos. He pagado todo el dolor que tus camaradas han traído a este mundo de almas vivientes. ¿Estás satisfecho, camarada Taganov, de la Federación de todas las organizaciones comunistas? Puesto que nos habéis enseñado que nuestra vida no es nada frente a la del Estado, no debéis sufrir, ¿verdad? Ahora que yo te he hecho sentir las torturas más horribles que podías imaginar, ¿seguirás diciendo todavía que la vida no tiene importancia?
– La voz de Kira se elevaba de tono, como una fusta que le golpease las mejillas.- Tú has amado a una mujer, y ella te ha arrojado tu amor por la cara, ¿no es verdad? No importa: durante el mes pasado, las minas de la cuenca del Don han producido varios miles de toneladas de carbón. Tenías dos altares, y de pronto te has dado cuenta de que sobre el uno habías puesto a una mujerzuela y sobre el otro estaba el ciudadano Morozov. Pero no importa: durante el mes pasado, el Estado proletario ha exportado diez mil toneladas de trigo. ¿Has visto derrumbarse bajo tus pies todo aquello que sostenía tu vida? No importa: la República proletaria construye una nueva fábrica de electricidad en el Volga. ¿Por qué no te sonríes y no entonas un himno a la colectividad? Allí la tienes, a tu colectividad. Puedes ir a reunirte con ella. ¿Hay algo que no va como tú quieres? ¿Te ha sucedido realmente algo? No es más que un problema personal de una vida privada, una de esas cosas de las que sólo se ocupaba el antiguo régimen, ¿no es así? ¿Acaso no te queda algo más grande -"más grande" es la expresión favorita de tus camara-das- que constituye el verdadero objetivo de tu vida? ¿Acaso no te queda eso, camarada Taganov?
Andrei no contestó.
La muchacha había abierto los brazos, y bajo el raído vestido se erguían sus pechos, y a Andrei le parecía ver uno por uno todos los músculos de aquel cuerpo de mujer vibrante de ira.
– Ahora, mírame, mírame bien -gritó ella-. He nacido para vivir, y podía vivir, y sabía lo que quería. ¿Qué es lo que crees tú que vive en mí? ¿Por qué crees que vivo yo? ¿Porque tengo un estómago, y como y digiero? ¿Porque respiro y trabajo y soy capaz de ganar con qué comer? ¿O bien porque sé lo que quiero y cómo lo quiero? ¿No es eso la vida? ¿Y quién hay, en todo este universo maldito, que sea capaz de decirme por qué tengo que vivir, si no es por lo que yo quiero? ¿Quién es capaz de contestar con palabras humanas que hablen a la razón humana? Nadie, ni tú. Pero vosotros habéis intentado decirnos lo que debemos querer. Habéis venido como un solemne ejército a traer a los hombres una vida nueva. Les habéis arrancado de las entrañas aquella otra vida de la que no sabías nada, aquella vida palpitante que no os interesaba, y les habéis dicho qué debían pensar y qué debían sentir. Les habéis arrebatado todas las horas, todos los minutos, todos los nervios, todos los pensamientos, todos los sentimientos hasta lo más profundo de su alma, y luego les habéis dictado lo que debían pensar y sentir. Habéis venido a negar la vida a los vivientes. Nos habéis encerrado a todos en una jaula de hierro y luego habéis sellado las puertas; nos habéis dejado sin aire, hasta que las arterias de nuestro espíritu han estallado. Entonces habéis abierto los ojos y os habéis asombrado al ver lo que sucedía. Y bien, ¡mírame! Todos vosotros, si todavía os quedan ojos, ¡miradme bien! Rió, sacudiendo los hombros, y acercándose a él, le gritó a la cara: -¿Qué haces aquí? ¿Por qué no hablas? ¿No tienes nada que decir? Bien; ¡ahí estamos, tú y yo! Es hermoso, ¿no? ¿Te asombra no haber comprendido quién era yo? ¡Pues aquí me tienes! ¡He aquí lo que queda después que tú me robaste el corazón de mi vida, después que le asestaste el golpe mortal! ¿Y sabes qué significa esto? ¿Sabes lo que significa el haber profanado el más alto objeto de mi veneración…?
Se detuvo de pronto, conteniendo el aliento, como si la hubiesen abofeteado, se cerró a sí misma la boca con el dorso de la mano. Se quedó inmóvil en medio de un silencio de muerte, con la vista fija en algo que, de pronto, había visto claro por primera vez.
Andrei sonrió muy lentamente, con una gran dulzura; tendió las manos con las palmas hacia arriba, como si fuera a dar una explicación que ella ya no necesitaba.
– ¡Oh, Andrei! -gimió ella, y se alejó de su lado, mirándole llena de espanto.
– En tu lugar -dijo poco a poco Andrei- hubiera obrado exactamente igual que tú por la persona amada, por ti.
– ¡Oh, Andrei, Andrei, qué te he hecho! -se lamentó ella, con la mano sobre la boca.
Ahora estaba a su lado, con el cuerpo inclinado, esbelto y frágil como el de una niña asustada, con los ojos muy abiertos, demasiado abiertos para un rostro tan pálido.
El le cogió la mano con que se tapaba la boca y la estrechó, fría y temblorosa, entre sus dedos fuertes. Luego le habló, y sus palabras eran como los pasos de un hombre que hace un esfuerzo inmenso para andar con seguridad.
– Me has hecho un gran favor al hablarme como has hablado. Porque, ¿ves tú?, me has devuelto lo que yo ya creía haber perdido. Sigues siendo como yo te creía. Más aún; eres superior a la idea que tenía de ti. Pero… no se trata de lo que tú me hayas hecho; hay lo que tú has debido de sufrir. Y he sido yo… yo… quien te ha hecho padecer de ese modo. Y todos aquellos momentos eran para ti… para ti… -y la voz de Andrei se quebró en un sollozo, y Andrei inclinó la cabeza; pero en seguida se sobrepuso y siguió diciendo, en tono sereno como el de un médico-: Óyeme, niña; no hablemos más. Quiero que guardes silencio, incluso en el fondo de tu corazón. ¿Comprendes? Debes procurar no pensar nada. ¿Tiemblas? Debes descansar. Quédate aquí; siéntate; estáte quieta unos minutos.
La llevó hasta una silla. La cabeza de la joven cayó sobre el hombro de Andrei, y ella murmuró: -Pero… tú… Andrei…
– Olvídalo, olvídalo todo. Todo se arreglará. Estáte quieta y no pienses nada.
Acercó la silla al fuego. Kira no resistió, sino que se abandonó a los cuidados; al sentarse, sus rodillas quedaron al descubierto, y Andrei se dio cuenta de que todavía temblaban; se quitó la chaqueta de cuero y se la echó sobre las piernas, diciendo: -Así estarás mejor. Hace frío, aquí; el fuego no lleva mucho tiempo encendido. Procura calmarte.
Kira no se movió. Con los ojos cerrados, con la cabellera suelta, ensortijada como si cada cabello fuera un hilo de bronce, dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre el respaldo de la silla. Un brazo le caía inerte a lo largo del cuerpo, y la rojiza luz de las llamas oscilaba suavemente sobre su fina mano inmóvil. Andrei, junto a la chimenea, la miraba en la oscuridad. En una de las salas del Centro, alguien tocaba La Internacional.
– ¿Te sientes mejor? -preguntó Andrei, cuando Kira, una vez pasado su momentáneo desfallecimiento, levantó la cabeza. Kira asintió con un leve movimiento de cabeza. -Ahora volverás a ponerte el abrigo y te acompañaré a tu casa. Quiero que te vayas a la cama. Descansa y no pienses en nada. Ella no resistió. Observó los dedos del joven mientras le abrochaba el abrigo; le miró a los ojos. Los de él le sonrieron en un silencioso asentimiento, tal como le habían sonreído la primera vez que se encontraron en el Instituto. Luego, Andrei la ayudó a bajar la escalinata oscura. Llamó un trineo, en cuanto llegaron a la puerta del jardín, y dio al conductor las señas de la casa de Leo. Mientras el trineo se ponía en marcha, le abotonó el oscuro abrigo de pieles sobre las rodillas, y le pasó el brazo por detrás de la nuca, para sostenerla. Guardaron silencio hasta que el trineo se detuvo; entonces él dijo:
– Ahora deseo que descanses unos días. No vayas a ninguna parte. No te preocupes por… él. Deja que me preocupe yo. La nieve se amontonaba en la acera. Andrei tomó a Kira en sus brazos y la llevó hasta la puerta de su casa, arriba, en el piso. Ella murmuró, sin que sus labios llegasen a pronunciarlo:
– … Andrei…
– Todo saldrá bien- contestó él.
Volvió al trineo solo, y dio al conductor las señas del Centro, donde sus compañeros estaban aguardando la lectura de su informe sobre la situación del campo.
– … y nos habéis encerrado, dejándonos sin aire, hasta que han estallado las arterias de nuestro espíritu. Habéis cargado sobre vuestros hombros un peso como nadie había llevado jamás en toda la Historia. Tenéis derecho a hacerlo si el objeto que os proponéis lo justifica. Pero, ¿cuál es este objeto, camarada, cuál es este objeto?
El presidente del centro golpeó la mesa con su regla.
– Te llamo al orden, camarada Taganov -dijo con voz atronadora-. Haz el favor de ceñirte al informe sobre la situación agraria. Por la amplia sala se propagó una onda entre las cabezas apiñadas de los asistentes. En las últimas filas se oyeron risas mal reprimidas.
Andrei Taganov ocupaba la tribuna reservada a los oradores. La sala estaba en la oscuridad; sólo una lámpara brillaba en la mesa presidencial. La negra chaqueta de cuero de Andrei se confundía con la negra pared, detrás de él. Tres manchas claras se destacaban en la sombra: sus dos largas y flacas manos y su rostro. Las manos se movían lentamente sobre un abismo oscuro, y en el rostro se marcaban profundos surcos oscuros en torno a los ojos, y en el centro de las mejillas. Siguió diciendo, en voz opaca, como si no oyera las palabras que estaba pronunciando:
– Sí; la situación agraria, camaradas… En los dos últimos meses, veintitrés miembros del Partido han sido asesinados en los distritos agrarios de esta región, cinco Centros han sido incendiados, así como tres escuelas y los almecenes de una fábrica colectivizada. El elemento anturevolucionario de los campesinos acaparadores ha debido ser castigado inexorablemente. Nuestro jefe de Moscú cita el ejemplo del pueblo de Petrovshino, donde, en vista de que se negaron a entregar a los culpables, los campesinos fueron alineados en fila y se fusiló a uno por cada tres, mientras los demás eran obligados a contemplar la ejecución. Esos campesinos habían encerrado a tres camaradas procedentes de Moscú en el local del Centro de Lenin del pueblo; habían cerrado herméticamente las ventanas, y luego habían prendido fuego al edificio. Mientras éste ardía, los campesinos se habían puesto a cantar a grandes gritos, para no oír los lamentos de sus víctimas. Unos cantaban, otros tocaban la armónica… estaban hechos unas fieras. Unas fieras enloquecidas, enloquecidas por la miseria. Tal vez, en aquel pueblo perdido, también tenían muchachas jóvenes y buenas, más preciosas a sus ojos que nada en el mundo, reducidas a la desesperación… mientras aquellos hombres, que las querían más que a sus propias vidas, se veían obligados a permanecer inactivos, sin poder hacer nada por ellas. Tal vez también…
– Te llamo de nuevo al orden… camarada Taganov. -Sí, camarada presidente… Nuestro jefe de Moscú cita… ¿qué estaba diciendo, camarada presidente…? Sí, hablaba de los acaparadores de los pueblos; de las medidas que el Partido debe tomar contra los elementos contrarrevolucionarios del campo, que amenazan el éxito de nuestra gran empresa. Hemos venido como un solemne ejército y hemos negado la vida a los vivientes. Hemos pensado que bastaba respirar para vivir. ¿Y es verdad esto? ¿Acaso los hombres que tienen una vida no son demasiado preciosos para que pueda imponérseles nada, en nombre de lo que sea? Hemos muerto hombres a millares. Entre ellos, ¿no habría quizás algunos que merecían y podrían haber vivido? ¿Acaso una batalla justifica la muerte de un buen soldado? ¿Qué causa es digna de los que combaten por ella? ¿Acaso los que combaten no constituyen por sí mismos su propia causa, y no únicamente los medios para servirla?
– Te llamo nuevamente al orden, camarada Taganov. -Estoy aquí para hacer un informe a mis camaradas del Partido, camarada presidente; un informe muy serio, que merece que se le preste atención. Sí; se trata de nuestra obra en el campo y en las ciudades, de nuestra obra entre millones y millones de seres vivientes. Pero hay unos problemas, unos problemas que exigen solución, y ¿cómo se les puede encontrar solución si no se nos permite ni siquiera plantearlos? ¿Por qué tener miedo de contestar, si podemos hacerlo? Pero, ¿y si no podemos? Si no podemos… ¡Camaradas! ¡Hermanos! Oídme. ¡Oídme, guerreros consagrados a una nueva vida! ¿Estáis seguros de lo que estamos haciendo? Nadie puede decir a los hombres para qué viven. Nadie puede arrogarse este derecho si no quiere encontrar ante sus ojos a un monstruo, un horror que ninguna mirada humana puede soportar. Porque, ¿veis, camaradas?, en los hombres, en los mejores de nosotros que están por encima de cualquier estado y de cualquier colectividad, hay cosas demasiado preciosas, demasiado sagradas, cosas que ninguna mano extraña debe atreverse a tocar. Miraos a vosotros mismos, sinceramente, sin miedo; miraos y no se lo digáis a nadie, a nadie más que a vosotros mismos: ¿para qué vivís? ¿Acaso no vivís por vosotros mismos, para vosotros mismos, única y exclusivamente para vosotros mismos? ¿Para una verdad más alta que ninguna, que es "vuestra" verdad? Llamadla como queráis: vuestra razón de vivir, vuestro amor, vuestra causa… ¿no es siempre ésta? Dais la vida, morís por vuestro ideal; ¿pero acaso este ideal no es "vuestro"? Todo hombre honrado vive para sí mismo, y quienes no viven así no pueden decir que vivan. Contra esto no podéis hacer nada. No lo podéis cambiar, porque el hombre nació así: sólo, completo, como un fin en sí mismo. No podéis cambiarlo, del mismo modo que no podéis lograr que nazcan hombres con un solo ojo, o con tres piernas y dos corazones. No hay ninguna ley, ningún libro, ninguna G. P. U. que puedan hacer crecer una nariz suplementaria a ningún rostro humano. No hay decisión de Partido que pueda matar en un hombre aquello que es capaz de decir "yo". Podéis intentarlo. Es decir, lo habéis intentado; pero ved lo que se saca de ello. Ved qué es lo que habéis dejado triunfar. Negáis la parte mejor del hombre, y mirad lo que queda. Verdaderamente, ¿nos proponíamos obtener estos monstruos rastreros, mutilados e incompletos que estamos creando? ¿No estaremos castrando la vida, en nuestro afán de perpetuarla? -CamaradaTa…
– Oídme, hermanos. Tenemos que contestar a esta pregunta. Sus dos manos, blancas y luminosas, se agitaron sobre el negro abismo, y su voz se elevó sonora como se había elevado años antes en una oscura hondonada sobre las trincheras blancas: -Tenemos que contestar a esta pregunta o, de lo contrario, la Historia contestará por nosotros. ¡Y nosotros caeremos agobiados por un peso que nunca más se podrá olvidar! Todo nos está permitido si tenemos razón. Pero, ¿cuál es nuestro objetivo? ¿Cuál es nuestro objeto, camaradas? ¿Qué estamos haciendo? ¿Queremos saciar a una humanidad hambrienta para que viva? ¿O queremos estrangular su vida para saciarla después?
– Camarada Taganov -chilló el presidente-, te retiro la palabra.
– No… no tengo nada más que decir -balbució Andrei, bajando de la tribuna.
Atravesó la sala en dirección a la puerta, como una alta figura esbelta y solitaria.
Muchas cabezas se volvieron a mirarle. En la última fila, alguien silbó, chancero y triunfante. Y cuando se hubo cerrado la puerta tras él, se oyó murmurar: -Veremos cómo saldrá el camarada Taganov de la próxima depuración del partido.
La camarada Sonia estaba sentada ante una mesa, envuelta en un descolorido quimono de color de espliego, con el lápiz detrás de la oreja. El quimono no se cerraba por delante, porque Sonia había alcanzado unas proporciones que ya no se lo permitían. Estaba inclinada bajo una lámpara, y hojeaba un calendario; de vez en cuando tomaba el lápiz y escribía apresuradamente una nota sobre un pedazo de papel.
Pavel Syerov estaba sentado en el diván, en calcetines y con los pies apoyados en un brazo del mueble; estaba leyendo un periódico y masticando semillas de girasol, cuyas cascaras iba escupiendo en un montón sobre un diario doblado que había en el suelo. Al salir de sus labios, las cascaras de semilla de girasol, producían una especie de silbido peculiar. En general, Pavel Syerov daba la impresión de estar de mal humor.
– Nuestro hijo -decía la camarada Sonia- será un ciudadano nuevo de un Estado nuevo. Podrá educarse en la ideología libre, sana, del proletariado, sin que ningún prejuicio burgués venga a obstaculizar su natural desarrollo. -Sí -dijo Syerov sin levantar los ojos del periódico.
– Le inscribiré en los pioneros desde el día de su nacimiento. ¿No estarás orgulloso de tu tributo viviente al porvenir de los Soviets, cuando le veas desfilar con los demás pioneros, con su pantalón azul y su pañuelo rojo al cuello?
– ¿Qué duda cabe? -contestó Syerov escupiendo una cascara. -Celebraremos un auténtico bautizo rojo. Ya comprendes lo que quiero decir: nada de curas estúpidos; sólo nuestros camaradas del Partido. Una ceremonia privada con discursos adecuados al acto. Estoy buscando un nombre… ¿me escuchas Pavel? -Claro -dijo Pavel aplastando una semilla entre sus dientes. -Aquí en el calendario hay un sinfín de buenas ideas para darle un nombre nuevo, bien revolucionario, en lugar de los absurdos nombres de santos que se daban antiguamente. He copiado algunos excelentes. ¿A ti qué te parece? Si fuera varón, creo que Ninel estaría muy indicado.
– ¿Ninel? ¿Qué diablos quiere decir eso?
– Pavel, no puedo tolerar ese lenguaje y esa ignorancia. Estoy segura de que ni por un momento has pensado en el nombre de tu hijo; ¿tengo razón o no?
– Un poco. Todavía me queda tiempo, ¿no?
– No te interesa, he aquí lo que ocurre. No me engañes, Pavel Syerov, ni vayas a creer que no me dé cuenta ni que esté dispuesta a olvidarlo.
– Vamos, Sonia, ya sabes que eso del nombre te lo confío a ti; tú entiendes más que yo de esas cosas.
– ¡Claro! ¡Como de costumbre! Pues bien; Ninel es el nombre de nuestro gran jefe Lenin vuelto al revés. Es un nombre muy adecuado. También podríamos llamarle Vil, las iniciales del nombre completo de nuestro gran jefe: Vladimiro Ilytch Lenin. ¿No te parece?
– Por lo que a mí se refiere, uno y otro me parecen de perlas.
– Si es una niña, y espero que lo sea, porque la mujer nueva es la dueña de sí misma, y el porvenir pertenece mucho más de lo que vosotros os figuráis a la mujer proletaria libre; si es una niña, digo, tengo nombres excelentes para ella. Pero el que me parece mejor es Octubrina, que sería un monumento viviente a nuestra gran revolución de octubre.
– Es algo… largo, ¿no te parece?
– Y aunque lo fuera. Es un nombre hermosísimo, y muy popular. ¿Sabes? El otro día Fimka Popoya, bautizó a su hija y le puso Octubrina. Incluso los periódicos trajeron la gacetilla sobre la ceremonia. Su marido estaba encantado. ¡Vaya estúpido ciego!
– Sonia, no vas a querer insinuar que… -¡Vamos! ¡Ya salió el respetable moralista! ¡Valiente santita está hecha la tal Fimka…! En fin, ¡qué se vaya al diablo…! Pero si se figura que va a ser la única que salga en los periódicos por el bautizo de una hija… He copiado otros nombres; hermosos nombres modernos; hay Marxina, de Carlos Marx, Comunera… Se oyó un ruido bajo la mesa.
– ¡Oh, qué asco de zapatillas! -exclamó la camarada Sonia, y doblándose sobre su asiento, alargó una pierna, mientras tanteaba el suelo con el pie, en busca de su zapatilla. Por fin la encontró, y cogiéndola por el tacón, viejo y gastado, se la enseñó a su marido-. Fíjate qué porquería tengo que llevar -se lamentó-, como si no me faltaran ya bastantes cosas para el hijo que tiene que nacer. ¡Verdaderamente, has elegido un buen momento para ponerte a escribir tus obras literarias y echarlo todo a perder, borracho imbécil!
– No vuelvas a empezar, Sonia. Ya sabes que, al fin y al cabo, no me puedo quejar de la forma en que han ido las cosas. -En fin, espero que por lo menos tu amigo Kovalensky será fusilado con todos los requisitos, y que su proceso será algo que meta ruido. Procuraré que las mujeres de Zhenotdel organicen una manifestación de protesta contra los especuladores y los aristócratas. Siguió hojeando el calendario, y añadió:
– ¿Ves tú? Otro excelente nombre moderno para una niña sería Tribuna o Barricada, o, si lo preferimos algo adecuado al espíritu de la nueva ciencia, Universidad.
– Me parece demasiado largo Universidad -dijo Pavel. -Por mi parte, prefiero Octubrina. Es más simbólico.
– Si, como espero, tenemos una niña, Octubrina Syerov me parece un nombre estupendo para una mujer que ha de ser la dueña del porvenir. ¿Tú qué prefieres, Pavel, un varón o una niña?
– Mientras no sean dos gemelos -dijo Pavel-, lo mismo me da.
– Esta observación no me gusta. Demuestra que tú…
Llamaron a la puerta en una forma inusitadamente violenta.
Syerov levantó la cabeza y contestó, dejando caer el periódico:
– ¡Adelante!
Andrei Taganov entró y cerró la puerta.
La camarada Sonia dejó caer su calendario.
Syerov se levantó lentamente:
– Buenas noches -dijo Andrei.
– Buenas noches -contestó Pavel, de pie, mirándole con fijeza.
– ¿Qué buen viento te trae, camarada Taganov? preguntó!a camarada Sonia en voz baja, ronca y amenazadora.
Andrei fingió no haberla oído. Dijo sólo, dirigiéndose a Syerov:
– Necesito hablarte, Syerov.
– Puedes hacerlo -contestó Syerov sin moverse.
– He dicho que deseo hablarte a solas.
– Te digo que hables.
– Di a tu mujer que salga un momento.
– Entre mi marido y yo no hay secretos -dijo la camarada Sonia.
– Sal de aquí -dijo Andrei sin levantar la voz -y aguarda en el pasillo.
– Pavel si él…
– Vale más que te vayas, Sonia -asintió Pavel sin mirarla, con los ojos fijos en Andrei.
La camarada Sonia dejó oír una tosecita que parecía una sonrisa irónica.
– Por lo visto, el camarada Taganov sigue dándoselas de fuerte, ¿eh? Bien; dentro de poco veremos en qué para todo eso.
Se cruzó el quimono, cubriéndose el vientre como pudo, tomó un cigarrillo y salió al pasillo, arrastrando las zapatillas.
– Me figuraba -dijo Syerov- que durante estos últimos días habías aprendido una lección.
– En efecto, la he aprendido -contestó Andrei.
– ¿Pues qué más quieres?
– Vale más que mientras hablamos te pongas los zapatos. Vas a tener que salir, y no se puede perder tiempo.
– ¡Ah, sí! Celebro que me comuniques este secreto, porque de otro modo te hubiera dicho que no tengo la menor intención
de salir. Quizá no la tenga, realmente. ¿Y adonde tendría que ir, según el camarada Taganov?
– A hacer poner en libertad a Leo Kovalensky.
Pavel Syerov se dejó caer pesadamente sobre una silla, y sus pies esparcieron las cascaras de semillas de girasol por toda la estancia.
– ¿Qué te pasa, Taganov? ¿Te has vuelto loco?
– Será mejor que te estés quieto y me escuches. Te diré lo que debes hacer.
– ¿Me dirás lo que debo hacer? ¿Por qué?
– Después te diré la razón. De momento, te vestirás y te irás a encontrar a tu amigo; ya sabes a quién me refiero: al alto funcionario de la G. P. U.
– ¿A estas horas?
– Si es necesario, hazle levantar de la cama. Lo que le dirás y cómo se lo dirás no es cosa mía. Lo único que quiero es que Leo Kovalensky sea puesto en libertad dentro de cuarenta y ocho horas.
– Y ahora, ¿quieres enseñarme la varita mágica de virtudes que me hará hacer eso?
– Es una varita hecha de un pedazo de papel, Syerov; o mejor dicho, de dos.
– ¿Escritos por quién?
– Por ti.
– ¿Cómo?
– Para hablar con más exactitud, son unas fotografías de una esquela tuya.
Pavel Syerov se levantó lentamente y se apoyó con ambas manos sobre la mesa.
– Taganov, maldito animal, el momento no me parece indicado para bromear.
– Celebro que puedas creer que se trata de una broma. Pero no me parece una opinión prudente.
– ¿Ah, sí? Bueno; voy en seguida a ver a mi amigo. Y tú verás a Leo Kovalensky, y mucho antes de cuarenta y ocho horas. Procuraré que te encierren en una celda al lado de la suya, y ya veremos qué documentos puedes…
– Te he dicho que hay dos fotografías. Lo que sucede es que yo no tengo ni siquiera una.
– ¿Qué? ¿Qué has hecho?
– Tengo dos amigos en quienes puedo confiar. Es inútil que te esfuerces en buscar sois nombres, y supongo que me conoces lo suficiente para descartar la idea de la cámara de tortura de la G. P. U., si por casualidad se te ha ocurrido. Las instrucciones que les he dado son de que, si me sucediera algo antes de que Leo Kovalensky fuera puesto en libertad, envíen las fotografías a Moscú. Lo mismo deberán hacer si me sucediera algo después de su liberación.
– ¡Maldito…!
– Supongo que no querrás que esas fotos lleguen a Moscú. Si llegara ese caso, tu amigo no podría salvar tu vida, ni quizás la suya. Por lo demás, no tienes que preocuparte de que yo te pueda ocasionar ninguna molestia. Lo único que tienes que hacer es obtener la libertad de Kovalensky y no hablar más del asunto. No oirás hablar más de las fotos, ni tendrás por qué verlas. Pavel Syerov se pasó el pañuelo por la frente.
– ¡Estás mintiendo! -dijo con voz ronca-. No tomaste ninguna foto.
– Quizá no -repuso Andrei-. ¿Quieres hacer la prueba?
– Siéntate -dijo Syerov cayendo sobre el diván. Andrei se sentó al borde de la mesa y cruzó las piernas.
– Óyeme, Andrei; entendámonos -dijo Syerov-. Tienes el látigo por el mango, lo reconozco. Pero ¿sabes lo que pides?
– Tan bien como tú mismo.
– Pero, Andrei, por el amor de Dios, se trata de un caso grave, y hemos organizado una campaña de propaganda formidable: los diarios ya tienen a punto los grandes titulares para…
– No tienes más que detenerlos.
– Pero, ¿cómo puedo hacerlo? ¿Cómo puedo pedírselo? ¿Qué puedo decirle a ese hombre?
– Eso no es cosa mía.
– Pero, después que me ha salvado a mí…
– No olvides que también él tiene interés en el asunto. Puede tener amigos en Moscú, pero también puede tener enemigos.
– Pero, óyeme…
– Y cuando un miembro del Partido no puede salvarse, su situación es peor que la de un especulador particular; lo sabes tan bien como yo. Y también puede servir para una propaganda de primer orden.
– Andrei, uno de nosotros dos se ha vuelto loco. No sé comprender… ¿Por qué quieres que pongan en libertad a Kovalensky?
– Eso no te importa.
– ¿Y a qué santo te metes ahora a ser un Ángel de la Guarda, después que fuiste tú quien empezó la investigación en todo este asunto? Porque sabes muy bien que fuiste tú quien empezó.
– Tú mismo me has dicho que había aprendido una lección. -Pero, Andrei, ¿ya no sientes la dignidad del Partido? Necesitamos hacer un ejemplo contra los especuladores, ahora más que nunca, con lo grave que es la situación de los abastos…
– Todo esto ya no me interesa.
– ¡Maldito traidor! ¡Cuando devolviste la carta, tú mismo aseguraste que no había copia ninguna!
– Quizá mentí en aquel momento.
– Veamos; hablemos con calma. Toma un cigarrillo.
– No, gracias.
– Óyeme, Andrei, hablemos como buenos amigos. Retiro todo lo que te he dicho, y te ruego que me excuses. Debes reconocer que tengo razón: la situación es para hacer perder la cabeza a cualquiera. Bien. Tú juegas tu partida, y yo la mía; reconozco que he cometido una equivocación, pero ni tú ni yo somos angelitos inocentes, de modo que podemos entendernos. Eramos buenos amigos antes: ¿no te acuerdas? Podemos hablar en confianza.
– ¿De qué?
– Puedo hacerte una proposición, Andrei; algo que vale la pena. Mi amigo puede hacer mucho si yo le digo dos palabras, y creo que tú lo sabes. También creo que sabes que tengo bastante influencia con él para poder llevar o no a alguien ante el piquete de ejecución. Tú, por lo visto estás aprendiendo estas mismas artes, y sabes valerte estupendamente de ellas: lo reconozco. En fin, ya nos entendemos. Ahora vamos a otra cosa. Supongo que ya sabes que tu posición en el Partido no es muy brillante; mejor dicho, es francamente mala, especialmente después del discursito que nos has echado esta tarde. En fin, cuando llegue la próxima depuración, no lo vas a pasar muy bien.
– Ya lo sé.
– El resultado puede darse por seguro, ¿sabes?
– Sí.
– Entonces, ¿qué dirás del siguiente contrato? Tú dejas este asunto, y yo haré que conserves el carnet, e incluso que obtengas el cargo que quieras en G. P. U., con el sueldo que tú mismo fijes. No habrá preguntas, ni disputas, ni mal humor. Cada uno tiene que hacer su camino. Y tú y yo… podemos ayudarnos mucho. ¿Qué dices a esto?
– ¿Qué te hace suponer que tengo interés en permanecer en el Partido?
– ¡Andrei!
– No te preocupes por ayudarme en la próxima depuración. Pueden expulsarme del Partido, pueden llevarme ante el piquete, o puede atropellarme un auto. El resultado, por lo que se refiere a ti, será el mismo, ¿comprendes? ¡Pero no toques a Kovalensky! ¡Procura que nadie lo toque! Guárdalo como si fuera tu hijo, y no tengas cuidado por lo que me pueda ocurrir a mí. No soy yo su Ángel de la Guarda, sino tú.
– Andrei -gimió Syerov-, ¿qué es para ti ese maldito aristócrata?
– Ya te he contestado una vez a esta pregunta. Syerov se levantó vacilando, e intentó un supremo esfuerzo:
– Oye, Andrei; tengo que decirte una cosa. Creía que ya estabas enterado, pero ahora comprendo que no. Prepárate a oírme y no me mates a la primera palabra. Sé que hay un nombre que tú no quieres que lo pronuncie, pero yo lo voy a pronunciar. Se trata de Kira Argounova.
– ¿Qué tienes que decirme?
– Óyeme; no son horas de andarse con rodeos, ¿verdad? ¡Qué diablo! ¡Es evidente que ahora no se trata de eso! Pues bien: tú la quieres y te acuestas con ella desde hace más de un año… Espera: déjame acabar. Durante todo este tiempo ha sido la amante de Leo Kovalensky. Y si no quieres creerlo, investiga y lo sabrás.
– ¿Para qué investigar? Ya lo sé.
– ¡Ah! -dijo Syerov, balanceándose y mirando a Andrei. Luego prorrumpió en una carcajada.
– Realmente -continuó- hubiera debido comprenderlo.
– ¿Qué más? -dijo Andrei.
– Sí; hubiera debido comprenderlo -prosiguió Syerov-, he aquí por qué el santo del Partido se pone a redentor: ¡Imbécil! ¡Pobre visionario virtuoso y loco! De modo que ésta es la gran obra que estás cumpliendo. Hubieras debido tener presente que el heroísmo avasallador es una enfermedad incurable. Adelante, Andrei. Pero ¿no te queda ya ni pizca de sentido común? ¿Ni una migaja de orgullo?
– Oye -replicó Andrei-. Ya hemos hablado bastante. Parece que estás muy bien informado de mis asuntos. Pues podrías saber también que no cambio de opinión.
Pavel Syerov tomó el abrigo, y se lo puso poco a poco, mientras sus labios sonreían sarcásticamente.
– Muy bien, rey Arturo, o quienquiera que seas; sí, rey Arturo de la espada redentora. Por esta vez, has vencido. Es inútil amenazarte con represalias. Aunque no lo hiciera yo, ya se encargaría otro. Dentro de un año nadie se acordará de este asunto. Yo dirigiré los ferrocarriles de la U. R. S. S. y compraré pañales de seda para mi criatura. Y tú tendrás que hacer cola para que te den de limosna un plato de sopa, y tal vez te lo darán. Pero en cambio tendrás la satisfacción de saber que tu amada vive con el hombre que odias.
– Sí -dijo Andrei-, estoy de acuerdo contigo, camarada Syerov, te deseo mucha suerte.
– Lo mismo te digo, camarada Taganov.
Kira estaba sentada en el suelo, doblando la ropa blanca de Leo y volviéndola a guardar en los cajones de la cómoda. Sus vestidos estaban hechos un montón delante del armario abierto. Cada vez que se movía, volaban a su alrededor papeles de los que los soldados habían echado por el suelo. De las almohadas seguían cayendo plumas, como copos de nieve.
Kira llevaba dos días sin salir de casa. No había sabido nada del mundo más allá de las cuatro paredes de su cuarto. Galina Petrovna había llamado una vez por teléfono, y había gimoteado un poco. Kira le había dicho que no se preocupara y que le hiciera el favor de no ir a verla, y Galina Petrovna no había ido. Los Lavrov estaban convencidos de que su vecina no se había afectado por la tragedia. No la oían llorar, ni observaban nada de especial en la esbelta figura que de vez en cuando atravesaba su estancia para dirigirse al cuarto de baño; lo único que veían era que parecía cansada, porque sus miembros caían con abandono y permanecía en extrañas posiciones, dando la impresión de que para moverlos se necesitaba un gran esfuerzo; en cuanto a sus ojos, estaban persistentemente fijos en un punto, y sólo gracias a un esfuerzo todavía más considerable lograba mover sus pesados párpados. Kira estaba sentada en el suelo, y doblaba las camisas, alisando las arrugas; luego las guardaba cuidadosamente en el cajón, sosteniéndolas sobre las palmas de las manos. En una de las camisas, se veían las iniciales de Leo bordadas sobre el pecho. Cuando oyó abrirse la puerta, Kira no levantó la cabeza.
– ¡Hola, Kira! -dijo una voz.
Y Kira cayó hacia atrás, contra el cajón que se cerró violentamente. Leo la estaba mirando, y sus labios plegados hacia abajo no sonreían ni acusaban rastro alguno de color; y los surcos que bordeaban sus ojos eran azules y profundos como si los hubiera pintado un pintor aficionado.
– Por favor, Kira, nada de histerismo… -dijo con aire fatigado. Kira se levantó lentamente, y se quedó con los brazos colgados; luego se pasó los dedos por la sien derecha, mirándole con incredulidad, sin atreverse a tocarle.
– Leo… Leo, ¿de veras estás en libertad?
– Sí. En libertad. Me han echado.
– Pero, Leo… ¿cómo…cómo ha podido ser?
– ¿Qué sé yo? Creía que tú sabrías algo.
Kira le besó los labios, el cuello, los músculos que asomaban por el arrugado cuello de la camisa, las manos. El le acariciaba los cabellos, y miraba con indiferencia, por encima de su cabeza, la estancia en desorden.
– Leo -murmuró ella mirándole a los ojos sin expresión-, ¿qué te han hecho? -Nada.
– ¿Te han… te han…? Me habían dicho que alguna vez… -No; no me han torturado. Dicen que tienen una celda para esto, pero no he tenido el privilegio de conocerla. Tenía una celda para mí solo y tres comidas al día, pero lo que nos daban era horrible. Me he pasado dos días pensando qué diría ante el pelotón de ejecución. Un pasatiempo como otro cualquiera… Kira le quitó el abrigo, le quitó los chanclos, apoyando por un momento la cabeza sobre sus rodillas; luego, inclinándose todavía más ató el lazo de su zapato con dedos temblorosos.
– ¿Me queda todavía ropa limpia? -preguntó él.
– Sí… Te la doy en seguida… pero, aguarda, Leo… quisiera saber… no me has dicho…
– ¿Qué quieres que te diga? Creo que el asunto está concluido.
Me recomendaron que procurase no ir por tercera vez a la G. P. U. -y añadió con indiferencia-: Creo que tu amigo Taganov ha tenido que ver con mi libertad.
– ¿El?
– ¿No se lo pediste?
– No -dijo ella levantándose-. No se lo pedí. -Estropearon la cama y los muebles.
– ¿Quiénes? ¡Ah, quieres decir cuando vinieron a hacer el registro…! o… sí… creo que sí… ¡Leo! -gritó de pronto, tan de pronto que él la miró sorprendido-. Leo, ¿no tienes nada que decirme?
– ¿Qué quieres que te diga?
– ¿No estás… no estás contento de volver a verme?
– Claro está que sí. Eres muy bonita, pero deberías peinarte.
– Leo… ¿pensabas en mí, allí?
– No.
– ¿No… no pensaste en mí?
– No. ¿Para qué? ¿Para facilitar las cosas?
– Leo… ¿me quieres?
– ¡Qué pregunta! ¡Vaya un momento para preguntarme si te quiero…! Kira, te estás volviendo una pobre mujer vulgar… No te sienta bien… realmente no te sienta bien…
– Perdona, querido; tienes razón. Es absurdo. Ni sé por qué te lo he preguntado. ¡Eres tan raro! Te preparo la ropa y algo de comer. No has comido, ¿verdad?
– No; no tengo apetito. ¿Tienes algo que beber?
– Leo… ¿No vas a volver a empezar?
– Déjame solo. ¡Por favor, vete al infierno! Vete a casa de tus padres… o donde quieras…
– ¡Leo! -le miró fijamente, incrédula, con la mano todavía en los cabellos-. Leo, ¿qué te han hecho?
La cabeza de Leo se reclinaba sobre el respaldo del sillón, y Kira miraba el vacilante triángulo blanco que formaba su barbilla y su cuello; luego Leo habló, sin mover más que los labios, en voz incolora y monótona.
– Nada ni nadie puede hacerme nada ya. Nadie, ni tú, ni los demás. Nadie podía hacerme daño, excepto tú; y ahora ni siquiera tú lo puedes… Nadie…
– ¡Leo! -Kira sacudió furiosamente, sin compasión, el blanco rostro abandonado-. ¡No debes dejarte vencer de este modo, Leo!
El la tomó de la mano y la apartó.
– ¿Quieres volver a la tierra de una vez? ¿Qué quieres? ¿Que entone himnos a la vida, mientras de vez en cuando me llevan a pasar unos días a la G. P. U.? ¿Temes que me hayan descuartizado? ¿Temes que se hayan apoderado de mí? ¿Quieres que todavía me quede algo que ellos no puedan alcanzar, para poder sufrir mejor? ¿Acaso me haces un favor, queriéndome tanto? ¿No crees que serías más amable si me dejases caer, y todavía mejor si me ayudases en mi caída? De este modo me pondría al unísono con estos tiempos, y no sentiría ya jamás nada… nada… nunca más.
Llamaron a la puerta.
– ¡Adelante! -gritó Kira.
Entró Andrei Taganov. -Buenas noches Andrei- contestó Kira.
Leo, con un esfuerzo, levantó la cabeza y se quedó asombrado al ver a Andrei.
– No sabía que ya hubiera salido -dijo éste, mirándole. -Sí; ya estoy fuera. Creí que lo esperaba usted. -Sí, pero no pensé que llevasen tanta prisa. Siento haber venido así. Comprendo que preferirán no ver a nadie.
– No importa, Andrei -dijo Kira-. Siéntese.
– Debo decirle algo, Kira -y añadió, volviéndose hacia Leo-: ¿Tiene usted inconveniente en que hable un momento a solas con Kira?
– Sí -dijo Leo con calma-. ¿Tiene usted secretos con Kira?
– ¡Leo! -exclamó ella, y su voz resonó violenta como una explosión-. Venga, Andrei.
– No -dijo tranquilamente éste, sentándose-. No es necesario. No se trata de ningún secreto. -Y aclaró, volviéndose hacia Leo:- Quería sencillamente evitarle a usted la necesidad… de quedarme agradecido. Pero tal vez vale más que lo sepa. Siéntese, Kira. No hay inconveniente. Se trata de cómo ha podido salir de la G. P. U.
Leo le miraba fijamente, en silencio, un poco inclinado hacia delante.
Kira estaba de pie, con los hombros encorvados, las manos cogidas detrás de la espalda como si se las hubieran atado. Sus ojos se encontraron con los de Andrei. Los de éste eran limpios y serenos.
– Siéntese, Kira -dijo Andrei, casi amablemente. Ella obedeció en silencio, sin dejar de mirarle. -Hay algo que los dos deben saber para su defensa. No he podido decírselo antes, Kira; quería estar seguro del éxito. Ha salido bien. Ya supongo que sabrá usted a quién debe su libertad: a Pavel Syerov. Pero también quiero que sepa quién está detrás de él, para el caso de que fuera necesario.
– Supongo que es usted, ¿no es verdad? -preguntó Leo.
– ¡Leo, por favor, cállate! -dijo Kira volviendo la cabeza para no encontrar sus ojos.
– Se trata de una carta -prosiguió Andrei con calma-, una carta que escribió Syerov, ya sabe usted en qué ocasión. Aquella carta me fue enviada por otra persona. Pero Syerov tiene amigos poderosos, y esto le ha salvado. Ahora bien. Syerov no es muy valiente, y esto le ha salvado a usted. Aquella carta fue destruida. Pero yo le he dicho que poseía dos fotografías y que se las había entregado a dos amigos míos de toda confianza, con el encargo de enviarlas a Moscú, a las autoridades superiores, en caso de que usted no hubiera sido puesto en libertad. El asunto está concluido y no creo que le molesten más; pero quiero que sepa esto para que en caso de necesidad pueda utilizarlo para con Syerov. Procure que crea que está usted enterado de que las dos fotos están en manos seguras, y a punto de ser remitidas a Moscú en cuanto él haga algo contra usted. Y nada más. Espero que no habrá necesidad de recurrir a ello; pero siempre es una protección útil en estos tiempos… y sobre todo con un pasado social como el suyo.
– ¿Y… las fotografías? -murmuró Kira-. ¿Quién las tiene, en este momento?
– No existen -dijo Andrei.
Un camión pasó con gran estrépito por debajo de la ventana, y los cristales temblaron, rompiendo el silencio.
Los ojos de Andrei encontraron los de Kira, pero se separaron en seguida porque Leo les estaba mirando.
Fue Leo quien habló primero. Se levantó, se acercó a Andrei, y dijo, mirándole:
– Supongo que debo darle las gracias. Hágase cargo de que se las he dado. Pero no puedo decirle que se lo agradezco desde el fondo de mi corazón, porque en el fondo de mi corazón, hubiera preferido que me hubiera dejado donde estaba.
– ¿Porqué? -preguntó Andrei, mirándole a su vez.
– ¿Cree usted que Lázaro agradeció a Jesús que le hiciera resucitar de la tumba? Por mi parte, no creo que se lo agradeciera más que yo a usted.
– Recobre usted el tino -dijo Andrei. Leo se encogió de hombros y no contestó. Andrei prosiguió:
– Ahora tendrá usted que cerrar su establecimiento. Procure encontrar empleo, a ser posible poco destacado. Será una cosa antipática, pero no habrá otro remedio.
– ¡Si puedo!
– Puede y debe. ¡Le queda a usted tanto en este mundo!
– Sí -dijo Leo, y Kira le observó mientras él miraba a Andrei. Luego se levantó y preguntó:
– Andrei, ¿por qué nos ha contado esto de la carta de Syerov?
– Para que lo sepan en el caso… en el caso de que me ocurriera algo.
– ¿Qué puede ocurrirle, Andrei?
– Nada… nada que yo sepa -contestó él poniéndose en pie-. Supongo que me expulsarán del Partido.
– Pero para usted el Partido tenía una gran importancia, ¿no es así?
– Sí… mucha importancia.
– Y cuando se pierde algo que vale mucho… ¿cree usted que lo mismo da?
– No. Para mí sigue teniendo importancia.
– ¿Odiará usted al Partido porque le expulsa?
– No.
– ¿Se lo perdonará algún día?
– No tengo nada que perdonar. Porque, ¿sabe usted?, tengo mucho que agradecer al Partido por lo que hizo antes, cuando… cuando pertenecía a él. No quisiera que tuvieran la impresión de que han sido injustos conmigo. Nunca podré decirles que les comprendo, pero quisiera que lo supieran.
– Tal vez se preocupen… aunque no tengan ya derecho a interrogarle… por una vida que pueden haber destrozado…
– Si pudiera pedirles un favor, cuando me expulsen, les pediría que no se ocupasen más de mí. De modo que… en los anales del Partido… No quisiera ser una herida, sino un recuerdo soportable. De ese modo, también mis recuerdos se podrían soportar.
– Creo que… si lo supieran… le darían esta satisfacción.
– Se lo agradecería… si pudiese.
Y volviéndose, tomó la gorra de encima de la mesa y añadió mien
tras se abotonaba la chaqueta:
– Ahora tengo que marcharme. ¡Ah! Otra cosa. No vea a Morozov. Me han dicho que va a salir de la ciudad; pero volverá y urdirá alguna nueva combinación. No se le acerque usted. El siempre encontrará la manera de salirse de apuros, y a usted le tocará sufrir las consecuencias.
– ¿Volveremos a verle… Andrei? -preguntó Kira.
– Claro que sí. Durante algún tiempo estaré muy ocupado; pero luego volveré. Buenas noches.
– Aguarde un momento -dijo Leo de pronto-, quiero preguntarle una cosa.
Y acercándose a Andrei, con las manos en los bolsillos, preguntó
poco a poco, como dejando escapar las palabras entre sus labios
apretados:
– ¿Por qué ha hecho usted todo esto? ¿Qué representa exactamente Kira para usted?
Andrei miró a Kira, que permanecía inmóvil, erguida y silenciosa, esperando que fuera él quien contestase a la pregunta.
– Precisamente una amiga -dijo Andrei volviéndose hacia Leo.
– Buenas noches -dijo éste.
La puerta se cerró, y poco después oyeron cerrarse también la del cuarto de los Lavrov, y sucesivamente abrirse y cerrarse tras de Andrei la puerta del rellano. Entonces Kira dio de pronto un salto hacia adelante. Leo no le vio la cara, pero la oyó prorrumpir en un gemido que parecía un grito. Y antes de que él se diera cuenta, Kira estaba ya fuera de la estancia, y la puerta se cerraba violentamente en pos de ella, haciendo temblar la lámpara del techo.
Kira bajó la escalera corriendo y salió a la calle. Estaba nevando. Sintió el aire frío, como un chorro hirviente de vapor que hiriese su cuello desnudo; los pies, en sus ligeras zapatillas, le parecieron volverse ligeros e inmateriales al contacto de la nieve. Vio alejarse la alta figura de Andrei, y le llamó:
– ¡Andrei!
– ¡Kira… sin abrigo, con esta nieve! -dijo él volviéndose súbitamente. Y cogiéndola del brazo la llevó de nuevo hasta su casa, dejándola en el pequeño y oscuro vestíbulo, al pie de la escalera. -Vuélvete arriba, inmediatamente -ordenó.
– Andrei -balbució ella-; Andrei, yo…
A la luz de un farol de la calle, Kira le vio sonreír con dulzura, tiernamente, mientras le secaba la nieve de los cabellos. -¿No crees que está mejor… así, Kira? -murmuró-. ¿No crees que vale más no decir nada, y dejarlo todo en… nuestro silencio, en este sentimiento de que los dos lo comprendemos y de que todavía siguen uniéndonos tantas cosas?
– Sí, Andrei -murmuró ella.
– No te preocupes por mí. Me lo has prometido, ¿te acuerdas? ¡Ahora vete! Te resfriarás.
Kira levantó la mano, y sus dedos rozaron la mejilla de Andrei, lentamente, casi sin tocarla, desde la cicatriz de la sien hasta la barbilla, como si sus dedos temblorosos pudieran decir algo que ella no era capaz de expresar. El la tomó de la mano y puso sus labios en la palma, por un largo momento. Por la calle pasó un carro, y por los cristales del portal entró de súbito un poco de luz en la portería, tocó sus cabezas, y desapareció. Andrei soltó su mano. Kira se volvió y subió lentamente la escalera. Oyó abrirse y cerrarse tras sí la puerta, pero no miró hacia atrás.
Cuando entró en la habitación, Leo estaba telefoneando. Le oyó decir:
– ¿Tonia? Sí; acabo de salir ahora mismo. Ya se lo contaré todo. Claro; venga en seguida y traiga algo que beber… En casa no tengo ni una gota de nada…
Andrei Taganov fue trasladado de la G. P. U. a la biblioteca de la casa-cuna Lenin del Centro de amas de casa del arrabal de Lesnoe. El centro estaba instalado en una antigua iglesia. Las paredes eran de madera vieja, y el viento penetraba en el interior, agitando los pasquines. Una viga de madera basta sostenía una techumbre que amenazaba ruina; una sola ventana, parte de cuyos cristales habían sido sustituidos por tablas, iluminaba el local, y una vieja bourgeoise de hierro colado lo llenaba de humo. En lo que en otro tiempo había sido altar, había una bandera de algodón rojo, y las paredes estaban cubiertas por retratos de Lenin, sin marco, recortados de periódicos ilustrados: Lenin niño, Lenin estudiante, Lenin en el Consejo de Comisarios del pueblo, Lenin en su ataúd. Había unos cuantos estantes con libros en rústica, un gran cartel con la consigna "Proletarios del mundo entero, unios" y un busto en yeso de Lenin, con una herida de cola a través de la barba.
Andrei Taganov se esforzaba en resistir su nueva situación. A las cinco, cuando se encendían las luces en los escaparates de las tiendas, y empezaban a correr por las calles oscuras las brillantes perlas de colores de los tranvías, Andrei salía del Instituto y se dirigía a Lesnoe. En el vehículo lleno de gente, se sentaba junto a una ventanilla, comía un bocadillo para sustituir el almuerzo que no había podido tomar, y tendía a la ceñuda cobradora un billete blanco, arrancado del taco de treinta que le habían dado juntamente con su sueldo mensual. De seis a nueve permanecía en la biblioteca de la casa-cuna Lenin del Centro de amas de casa; solo, catalogando libros, pegando cubiertas desgarradas, echando leña a la bourgeoise, ordenando los libros en los estantes, y diciendo, cada vez que, sacudiendo la nieve de sus pesadas botas de fieltro, entraba la figura de una mujer envuelta en un oscuro mantón gris:
– Buenas tardes, camarada. No, El abecé del comunismo no ha llegado todavía. Sí, camarada; le guardo a usted el libro que me encargó. Sí; es un excelente libro, camarada Samsonova, muy instructivo y estrictamente proletario… Sí, camarada Danilova, el Consejo del Partido lo recomiendo como muy útil para la educación política de los obreros conscientes… Camarada, de ahora en adelante haga el favor de no hacer dibujos en los libros de la Biblioteca… Sí, camarada; ya lo sé, la estufa no funciona bien; no tenemos ninguna estadística de nacimientos… Desde luego, camarada Selivanova, es aconsejable leer todas las obras de Lenin para comprender la ideología de nuestro gran jefe… Camarada, ¿quiere hacer el favor de cerrar la puerta…? Lo siento, camarada, no tenemos retretes… No, camarada Ziablova, no tenemos novelas de amor… No, camarada Ziablova, no puedo acompañarle al baile el domingo… No, camarada, El abecé del comunismo no ha llegado todavía…
En las oficinas de la G. P. U. se murmuraba: -Deja que el camarada Taganov aguarde la próxima depuración. Pero el camarada Taganov no la aguardó.
Un sábado por la tarde estaba haciendo cola ante la cooperativa del distrito para que le dieran su ración de víveres. La cooperativa olía a petróleo y a cebolla podrida. Junto al mostrador había un barril de choucroute, un saco de guisantes secos, una lata de aceite de linaza y un montón de pedazos de jabón azulado; sobre el mostrador humeaba una lámpara de petróleo y por la espaciosa sala desnuda zigzagueaba una hilera de clientes. No había más que un dependiente, con un orzuelo en un ojo y un aire de insuperable pereza en todo su cuerpo.
Delante de Andrei, en la cola, había un hombrecito con una mancha verdosa sobre la nuca, que el cuello raído de su viejo abrigo dejaba al descubierto. Jugueteaba nerviosamente con su cartilla, y se volvía constantemente a mirar a los que formaban la cola detrás de él. Su cuello era flaco y rugoso, y su nuez de Adán, prominente y del mismo color que las patas de una gallina. Continuamente estaba rascándosela y husmeando ruidosamente, porque estaba resfriado.
Volviéndose a Andrei, dijo, con un amistoso guiño: -Camarada del Partido, ¿verdad? -y señaló la estrella roja que Andrei llevaba en el ojal-. Yo también. Sí. Miembro del Partido. Aquí está mi estrella. Hace frío, ¿verdad, camarada? Mucho frío. Espero que no habrán terminado los guisantes antes de que nos toque el turno, camarada. Van muy bien para la sopa. Verdaderamente, la carne también hace falta; pero le enseñaré un truco: los deja usted en remojo toda la noche, luego los hace hervir en agua clara, y cuando estén casi cocidos, echa una cucharada de aceite de linaza; la sopa queda con unas lunas de grasa que no parece sino que haya usted echado carne de veras. Realmente, es una sopa sabrosísima, y espero que no habrán terminado los guisantes cuando nos llegue la vez. No es muy listo que digamos el dependiente ese, pero en fin, no hay que quejarse. No; no crea usted que me quejo.
Miró a la cola, contempló su cartilla, contó los cupones, se rascó la nuez, y murmuró confidencialmente:
– Espero que no habrán terminado los guisantes. Y otra cosa; quisiera que nos lo dieran todo de una sola vez, en lugar de tener que estar hoy dos horas haciendo cola aquí por los "varios", mañana otras dos horas por el pan, y pasado mañana otra vez aquí para el petróleo. La semana próxima dicen que darán manteca de cerdo. Será un acontecimiento, ¿verdad? Esta semana, en el distrito once han dado grasa vegetal, y a nosotros no nos dan. Pero en cambio a ellos hace dos meses que no les dan jabón, y nosotros lo hemos tenido, y no malo. ¡Fíjese! ¡Que me muera si no es jabón de primera calidad!
Cuando llegó la vez a Andrei, el dependiente le dio sus raciones, cogió los cupones con impaciencia y refunfuñó:
– ¿Qué es eso, ciudadano? Su cupón está medio rasgado.
– No sé -dijo Andrei-, debo haberlo rasgado por casualidad.
– ¡Pues hubiera podido no aceptárselo! No hay que rasgarlos. Luego a mí no me queda tiempo para comprobar todas las cartillas. Procure que el mes que viene no suceda eso, ciudadano.
– ¿El… mes que viene? -preguntó Andrei.
– Sí, el mes que viene, y el año que viene y todo, si no quiere quedarse con la barriga vacía… A ver, ¡el siguiente! Andrei salió de la cooperativa con una libra de choucroute, un litro de aceite de linaza, un pedazo de jabón y dos libras de guisantes. Anduvo lentamente por las calles cubiertas de una capa blanca y dura de nieve inmaculada, en la que sus tacones, al hundirse, dejaban profundas huellas. En los faroles, la nieve brillaba como cristales de sal, y en los amarillos conos de luz proyectados por los escaparates centelleaba como un polvillo de fuego. Bajo una densa cortina de hielo, un cartel ostentaba un gigante en traje encarnado que levantaba sus dos brazos imperiosamente, con aire de triunfo y de éxtasis, hacia una roja inscripción: "Somos los fundadores de una nueva humanidad."
Los pasos de Andrei eran seguros y serenos, porque Andrei Taganov, cuando había tomado una decisión, estaba sereno y seguro.
Cuando entró en su cuarto, dejó los paquetes encima de la mesa y encendió la luz. Se quitó la gorra y la chaqueta de cuero y las colgó de una percha, en un rincón. Un rizo se le caía sobre la frente; se lo echó hacia atrás con un movimiento largo y lento. La chimenea estaba encendida y la habitación caldeada. Andrei se puso en mangas de camisa.
Miró lentamente a su alrededor. Recogió los libros que estaban por el suelo y los amontonó cuidadosamente sobre la mesa. Encendió un cigarrillo y se paró en medio de la estancia, con los codos pegados al cuerpo como un figurín de cera, sin mover más que el brazo para llevarse a los labios apretados el cigarrillo que sostenía entre sus largos dedos. Nada se movía en la estancia excepto aquel brazo, el humo que subía lentamente desde los labios de Andrei, y la ceniza que iba cayendo al suelo.
Cuando sintió que se le quemaban los dedos y que el cigarrillo se había terminado, arrojó la colilla a la chimenea y se acercó a la mesa. Se sentó, abrió los cajones uno tras otro y fue repasando su contenido. Fue sacando todos los papeles y amontonándolos encima de la mesa.
Luego se levantó y se acercó a la chimenea. Se arrodilló, puso un par de periódicos sobre el fuego y sopló sobre los carbones hasta que salieron unas vivas llamas anaranjadas. Añadió dos trozos de leña y se quedó mirando hasta que ardieron. Entonces, tomando el montón de papeles de la mesa, lo echó al fuego. Luego abrió las cajas que le servían de armario. Había cosas que no quería que nadie encontrase en su cuarto. Tomó un vestido de mujer, de seda negra, y lo echó al fuego. Vio rizarse lentamente la tela y salir una espesa y acre columna de humo. Pero sus ojos permanecieron serenos, sólo un poco asombrados. Luego echó al fuego un par de escarpines de raso negro, un pañuelo de encaje y una blusa de puntilla adornada de cintas. Una manga se quedó sobre el guardafuego; Andrei se inclinó y cogiéndola delicadamente la echó sobre la leña y sopló luego. La ceniza voló hasta su rostro. El se lo limpió cuidadosamente con un pañuelo, que volvió a guardarse en el bolsillo.
Luego encontró el "embajador americano", el juguete de cristal con su diablillo negro nadando en el líquido encarnado. Lo miró, vaciló, y luego lo puso con cuidado sobre las puntillas en llamas. El tubo se rompió y el líquido silbó sobre los carbones al convertirse en un pequeño chorro de vapor, mientras el "embajador" rodaba por entre los carbones encendidos.
Por fin tomó la camisa de crespón. De pie ante la chimenea, la sostuvo un momento entre las manos; sus dedos acariciaban poco a poco, dulcemente, aquel tejido sutil como un puñado de humo, y sus ojos miraban los dedos a través del delicado velo negro transparente.
Se arrodilló y lo puso sobre el fuego. Por un segundo, los carbones ardientes quedaron como oscurecidos por el velo negro; luego la camisa se estremeció como agitada por el viento y empezó a rizarse por el borde, mientras una leve llama azul se deslizaba rápidamente hasta el cuello.
Andrei se levantó y se quedó mirando los rojos hilillos de fuego que recorrían la negra tela y las contorsiones de ésta, que parecían respirar y luego se enroscaba y desaparecía lentamente en una humareda sutil como su mismo cuerpo.
Largo rato estuvo mirando aquella cosa negra inmóvil, con sus relucientes bordes de fuego, que conservaba todavía la forma, pero había perdido toda transparencia.
Luego la tocó ligeramente con el pie, y la camisa se deshizo en sutiles copos negros que subieron por la chimenea. Se alejó y volvió a sentarse, con un codo apoyado sobre la mesa, el otro en una rodilla, con las manos inertes, los dedos rígidos e inmóviles, sin otra interrupción en su rigidez que las articulaciones; tan inmóviles que parecían haberse quedado detenidos en el aire. En un estante, un viejo despertador dejaba oír su lento tictac. El rostro de Andrei permanecía sereno, grave, y sus ojos miraban con dulzura, absortos y maravillados…
En la primera página de Pravda, enmarcadas por un gran cuadro negro, se leían estas palabras:
"El Comité Central de la Federación de todas las organizaciones comunistas hace constar su dolor por la muerte de un heroico combatiente de la Revolución, soldado que fue del Ejército Rojo y militante del Partido desde 1915, el camarada Andrei Taganov." Debajo, en otro grueso cuadro negro, se leía:
"El Comité de Leningrado de la Federación de todas las organizaciones comunistas tiene el dolor de anunciar la muerte del camarada Andrei Taganov. El entierro tendrá lugar mañana, en el Campo de las Víctimas de la Revolución, y el cortejo fúnebre saldrá del Instituto Smolny a las diez de la mañana." Un artículo de fondo de Pravda decía:
"Un nuevo nombre ha venido a sumarse a la gloriosa lista de los caídos en el campo del honor de la Revolución. Es un nombre que quizás muchos ignoren, pero que representa y simboliza las filas modestas de nuestro Partido, los héroes no cantados de nuestros días. En la persona del camarada Andrei Taganov pagamos el último tributo a los combatientes anónimos del ejército del proletariado. ¡El camarada Taganov ha muerto! Se ha dado a sí mismo la muerte, en una crisis de depresión nerviosa. Su salud, todo su cuerpo, ha sucumbido a la inmensa e incesante fatiga que le imponía su condición de miembro del Partido. Este ha sido su sacrificio por la Revolución. Este es el sacrificio de un Partido que no manda para recabar ninguna vanagloria personal, como los partidos que gobiernan en todos los países capitalistas, sino para tener el privilegio de asumir los trabajos más duros, las misiones más arduas al servicio de la colectividad. Y si se sintiera débil ante la empresa que le está confiada, que mire a la Federación de todas las organizaciones comunistas que nos guía y que no regatea ni esfuerzos, ni energías, ni vidas. Convirtamos el funeral rojo de un héroe del Partido en una ocasión de rendir tributo a nuestros jefes. Que todos los obreros de Leningrado asistan al cortejo que ha de llevar a su última morada al camarada Taganov." En una oficina de la G. P. U., un hombre que sonreía enseñando las encías hablaba con Pavel Syerov.
– Después de todo -decía-, nos ha dado ocasión para meter un poco de ruido. ¿Pronunciarás tú el discurso fúnebre?
– Sí -replicó Syerov.
– No te olvides de su pasado en el Ejército Rojo y de todo lo demás. Espero que con eso cerraremos la boca a todos esos malditos estúpidos, a todos esos viejos esperpentos de 1905 que parecían demasiado inclinados a sacar a relucir sus carnets anteriores a la Revolución de octubre y a hacer averiguaciones sobre otras cosas, como, por ejemplo, el asunto Kovalensky.
– Descuida -aseguró Syerov.
Todos los obreros de Leningrado desfilaban tras un féretro rojo. Una fila tras otra, equipados como soldados unidos, sin prisa, como un muro, como los travesanos de una escala sin fin, avanzaban engullendo la Nevsky en su oleada lenta, rumorosa, creciente, de cuerpos humanos y de banderas, de cuerpos en ceñidos jerseys, de cabezas erguidas, de miles de pies que marcaban el paso como un solo par de botas gigantescas que hiciera estremecerse a la Nevsky entera, desde la estatua de Alejandro III hasta las columnas del Almirantazgo. Eran millares de cuerpos humanos que desfilaban gravemente llevando en alto, en un gesto de postrero saludo, a sus banderas rojas.
Como una muralla de color caqui, una fila tras otra, los soldados del Ejército Rojo desfilaban también, con sus hombros anchos y rectos, sus botas firmes sobre la nieve, sus gorros de pico con la estrella roja sobre las frentes, y por encima de ellos ondeaba una bandera roja con la inscripción: "Gloría eterna a los camaradas caídos."
Los obreros de la fábrica Putilovsky, en ininterrumpidas filas grises, avanzaban detrás de una bandera roja sostenida en alto por fuertes puños, en la que se leía: "Había salido de las filas obreras y dio su vida por los obreros del mundo entero. El proletariado rinde su tributo de agradecimiento al camarada caído." Seguían los estudiantes del Instituto de Tecnología, rostros jóvenes y aplicados, ojos graves y límpidos, cuerpos erguidos y tensos; muchachas con sus pañuelos rojos, rojos como la bandera en que se leía: "Los estudiantes del Instituto de Tecnología están orgullosos de su sacrificio por la causa de la Revolución. " Los miembros de la Directiva del Partido, una hilera de chaquetas de cuero negro, desfilaban gravemente, austeros como monjes, majestuosos como guerreros, con su bandera desplegada, sin una arruga; una bandera que era una estrecha tira roja con letras negras, rígida y sencilla como los hombres que la llevaban: " La Federación de todas las organizaciones comunistas ofrece todas sus vidas al servicio de la revolución mundial."
Todas las fábricas de la ciudad, todos los centros, todas las oficinas, todas las células, por pequeñas que fueran, por olvidadas que estuvieran, desfilaban como un río gris, negro y rojo, a través de la ciudad; tres millas de calzada cubiertas de gorros y pañuelos rojos, de pies que hacían crujir la nieve y de banderas que parecían rojos cortes en la niebla; y los grises muros de los palacios de la Nevsky parecían las márgenes de un río enorme cuyas ondas entonaron una marcha fúnebre sobre un lecho de nieve dura como el granito. Hacía fro: un frío punzante e inexorable, "pesado como una niebla que penetrase a través de los muros, por las rendijas de las ventanas cerradas, hasta la médula de los huesos a pesar de los gruesos abrigos. El cielo estaba surcado por los nimbos grises sobre los cuales las nubes parecían caprichosas manchas de tinta, de una tinta desleída en un agua turbia, detrás de la cual parecía imposible que jamás hubiera existido el cielo azul. De las viejas chimeneas grises como las nubes salía un humo oscuro que parecía haberse extendido por toda la ciudad; o quizá se hubiera podido decir que eran las nubes las que habían dejado caer sobre las casas una madeja de hilo oscuro que volvía a salir de nuevo por las chimeneas. De vez en cuando volaban algunos copos de nieve que se posaban y se derretían sobre las frentes distraídas e indiferentes. A la cabeza del cortejo iba un féretro descubierto. Era un féretro rojo. Una espléndida bandera de terciopelo escarlata envolvía un cuerpo rígido, y sobre un almohadón encarnado reposaba una cabeza inmóvil, con un duro perfil que pasaba lentamente por entre los muros grises, y por unas negras guedejas de pelo que ocultaban un agujerito oscuro bajo la sien derecha. Su rostro era sereno, y los blancos copos que caían sobre él no se derretían. Cuatro jóvenes, los camaradas más distinguidos del Partido, llevaban el féretro en hombros.
Cuatro frentes inclinadas permanecían descubiertas en medio del frío. Y el féretro parecía aún más rojo entre los cabellos rubios de Pavel Syerov y los rizos negros de Víctor Dunaev. Una banda militar seguía al féretro. Las trompas de brillante cobre estaban cubiertas de negros crespones, y la banda tocaba Caíste como una victima.
Muchos años antes, en secretos antros escondidos a los ojos de los policías del zar en los helados caminos de los campos de concentración de prisioneros de Siberia, había nacido un himno dedicado a los héroes caídos por la libertad. Se cantaba en voz baja, sobre acompañamiento de cadenas y grilletes, a la memoria de unas valerosas víctimas anónimas. El himno circulaba por entre los barracones; nadie conocía su autor y no había ningún ejemplar impreso de él. Pero la Revolución lo puso en los escaparates de todas las tiendas de música y en el fragor de todas las bandas que seguían el entierro de un comunista. La Revolución había traído La Internacional a sus vivos y el Caíste como una víctima a sus muertos. Este último se había convertido en el himno fúnebre oficial de la nueva República.
Los obreros de Leningrado cantaban solemnemente mientras desfilaban detrás del féretro: "Caíste como una víctima – en tu combate fatal, – una víctima abnegada – de una abnegación sin par. – Has dado cuanto tenías – por ese pueblo que amabas: – tu honor, tu vida y tu libertad."
La música surgía con la majestad de la desesperación extrema y llegaba a un éxtasis que no era ni dolor ni alegría, sino un supremo saludo militar; era una música que cantaba un sentimiento de ternura impasible, un reverente amor que sabe honrar a un guerrero sin derramar lágrimas, una resonante sonrisa de dolor. Los pies marchaban sobre la nieve, las trompas retumbaban, los platillos de metal ritmaban los pasos de la comitiva, y las grises hileras de hombres se iban sucediendo unas a otras, lentamente, mientras las banderas escarlata ondeaban altivas y majestuosas con la misma grandiosidad con que iba discurriendo el canto, en un solemne adiós postrero.
"El tirano caerá, – el pueblo se levantará – ¡sublime, poderoso, sin cadenas! – Tú has recorrido ya – tu camino noble y valeroso."
Muy atrás de las filas de soldados, estudiantes y obreros, entre la multitud de desconocidos que no llevaban banderas, una muchacha caminaba sola, con la vista fija ante ella, a pesar de que el féretro estaba demasiado lejos para que pudiera verlo. Sus manos caían inertes a lo largo de su cuerpo, y entre sus bocamangas y sus guantes podían verse sus muñecas, enrojecidas por el frío cortante. Su semblante sin expresión, y sus ojos parecían atónitos.
Los que andaban a su lado no se fijaron en ella. Pero al principio de la ceremonia alguien la había reconocido. La camarada Sonia, que iba al frente de un batallón de obreras de Zenotdel, había pasado corriendo junto a ella para dirigirse a su sitio a la cabeza del cortejo. La camarada Sonia se había detenido con una irónica sonrisa.
– ¿Conque ha venido usted, camarada Argounova? ¡Hubiera dicho que usted era la única persona que no debía venir! Kira Argounova no le había contestado.
Algunas mujeres con pañuelos rojos habían pasado por su lado. Una había murmurado algunas palabras animadas y furtivas a sus compañeras, mientras la señalaba con el dedo. Alguna había reído en silencio.
Kira caminaba con la mirada delante de ella. A su lado, la gente cantaba Caíste como una víctima. Pero ella no cantaba. Una bandera roja proclamaba: "¡Proletarios del mundo entero, unios!"
Una mujer pecosa, con un sombrero de hombre del que salían greñas rojizas, murmuraba a su vecina:
– Dime una cosa, Mashka: ¿te han dado harina de avena esta semana, en la cooperativa?
– No; ¿dan?
– Sí; dos libras por cupón. Vale la pena ir antes de que la acaben.
Una bandera ponía:
"Sigamos por el camino del porvenir socialista bajo la guía del Partido de Lenin."
Una mujer masculló entre sus carcomidos dientes: -¡Han elegido un gran día para hacernos desfilar en otra de esas malditas manifestaciones! ¡Con el frío que hace! "Caíste como una víctima – en tu combate fatal, – una víctima abnegada…"
– Ayer estuve haciendo cola durante dos horas; pero las mejores cebollas…
– Dunka, no te dejes perder el aceite de girasol en la cooperativa. -Cuando no se hacen matar por otro, se matan ellos mismos; el caso es… "Has dado cuanto tenías – por ese pueblo que amabas…"
En una bandera roja se leía:
"Estrechad los lazos de la solidaridad de clase bajo los estandartes del Partido comunista."
– ¡Ay, Dios mío! ¡Y yo que dejé la sopa en el "Primus"! ¡Estoy viendo que va a derramarse por todo el cuarto!
– ¿Quieres dejar de rascarte, camarada?
"… tu honor, tu vida y tu libertad."
– Camarada, no mastiques semillas de girasol. No está bien en un entierro.
– Se hace del modo siguiente, Praskovia: se mondan las cebollas, se añade un poco de harina, si la puede encontrar, un poco de aceite de linaza…
– ¿Y para qué se suicidará esa gente?
Una bandera roja decía:
"El Partido comunista no regatea las víctimas en su lucha por la liberación de la humanidad."
– ¿Sabes? Debajo de la escalera hay un desván, y allí nadie puede oírnos… ¿Mi marido? ¡Valiente imbécil! ¡Qué va a figurarse que yo…!
– Antes de cocer el mijo, debes ponerlo en remojo un par de horas.
– ¡Dios mío, estoy de siete meses y ya puedes comprender que no estoy delgada como un alambre, precisamente!, y… ¡no me falta más que tener que andar de este modo! Es ya el quinto.
"El tirano caerá, – el pueblo se levantará, – ¡sublime, poderoso, sin cadenas…!"
– ¡Jesús! ¡Estoy segura de que los diarios se me han pegado a la piel!
– ¿Llevas diarios para abrigarte los pies, camarada? ¿Debajo de las medias? ¿No sabes que los pies te van a oler mal?
– Camarada, cuando tengas que bostezar así, ponte la mano delante de la boca.
– ¡Qué pejiguera, esta manifestación! A propósito, ¿quién era ese tío?
"Has dado cuanto tenías – por ese pueblo que amabas…" El Campo de las Víctimas de la Revolución era un gran recinto cuadrado en el centro de la ciudad. Sobre las orillas del Neva, constituía un vasto desierto blanco que se extendía por cosa de media milla como una herida, como una zona calva en la cabeza de Petrogrado; las casas que le rodeaban parecían más bajas, y los ■campanarios, desde allí, parecían más lejanos. A un lado del campo, montaban la guardia las lanzas de hierro de la verja del Jardín de Verano, detrás de las cuales asomaba la blanca desolación del parque, en la que los árboles desnudos parecían otras tantas lanzas de hierro.
Antes de la Revolución había sido el Campo de Marte, y por él habían desfilado largas teorías de uniformes grises al son de los tambores militares. Luego la revolución había tendido un vasto cuadro de losas de granito rosado, como una isla perdida en el centro del campo. Bajo aquellas losas se había sepultado a las primeras víctimas de los días de febrero de 1917. Había ido transcurriendo el tiempo, nuevos días de lucha habían sucedido a los de febrero de 1917, y la isla de granito se había ido ensanchando. Los nombres esculpidos sobre aquellas losas pertenecían a hombres cuya muerte había dado ocasión a una manifestación de duelo público, hombres para quienes el título de "víctimas de la Revolución " había sido la recompensa postuma.
Pavel Syerov subió a una de las losas de granito. Su esbelta figura, en su chaqueta de cuero nueva, pantalón corto y altas botas militares, se erguía orgullosa y dura contra el cielo plomizo. Sus rubios cabellos ondulaban al viento y sus brazos se levantaban solemnemente en un gesto de bendición y de exhortación, por encima de aquel mar inmóvil de cabezas y banderas.
– Camaradas -dijo Syerov en medio del silencio grave de todos aquellos miHares de individuos-: al asistir a este acto, nos unen un dolor común y el deber común de tributar nuestro último homenaje a un compañero caído. Quizá puedo decir que siento su pérdida más profundamente que ninguno de cuantos se unen a esta manifestación, pero que no tuvieron ocasión de conocer a nuestro compañero durante su vida. Yo era uno de sus amigos más íntimos, y tengo la sensación de que éste es un privilegio que debo haceros compartir. Andrei Taganov procedía de las filas obreras. Su adolescencia transcurrió en el taller, y por mi parte no olvidaré nunca aquellas horas, porque él y yo crecimos juntos y juntos compartimos las alegrías y las penas del trabajo, durante largos años, en la fábrica Pulitovsky. "Juntos nos inscribimos en el Partido, mucho antes de la Revolución, en aquellos días tenebrosos en que el carnet del Partido era un pasaporte para la Siberia o para las horcas de los verdugos del zar. Uno al lado del otro, el camarada Taganov y yo combatimos por las calles de esta ciudad en las gloriosas jornadas de octubre de 1917; uno al lado del otro, combatimos en el Ejército Rojo; y después, durante los años de paz, de reconstrucción, que siguieron a nuestra victoria, participamos juntos en aquellas tareas, tal vez más duras y más heroicas aún que las de ninguna guerra… Pero nuestro dolor por su muerte debe trocarse en alegría al considerar cuál fue su obra. El ya no existe, pero su trabajo, nuestro trabajo, sigue en pie. El individuo puede caer, pero la colectividad permanece… (Un aplauso cubrió la voz del orador). Andrei Taganov ha muerto, pero nosotros seguimos viviendo. ¡La vida, la gloria, el triunfo nos pertenecen!
Una tempestad de aplausos repercutió hasta las lejanas casas de la ciudad y hasta la nieve del Jardín de Verano, y las banderas rojas ondearon al rumor de las manos que aplaudían y se levantaban en el cielo gris. Y cuando las manos volvieron a bajarse y las cabezas volvieron atentamente los ojos a la losa de granito rojo, el camarada Syerov había cedido su puesto a la elegante figura, orgullosa y resuelta, de Víctor Dunaev, con sus negros rizos ondeando al viento, sus ojos brillantes, su boca ampliamente abierta sobre sus magníficos dientes, y una voz joven y potente lanzaba en medio del silencio sus notas límpidas y resonantes, llenas de ímpetu y de decisión.
– ¡Camaradas obreros! Nos hemos reunido en número de varios millares para honrar a un hombre solo. Pero un hombre solo, cualesquiera que hayan sido sus méritos, no significa nada frente a las masas de la colectividad proletaria; por esto nosotros no estaríamos aquí si aquel hombre no hubiera sido más que un individuo, si no viésemos en él el símbolo de algo mucho más grande, que merece nuestra admiración y nuestro culto. Esta ceremonia, cama-radas, no es un funeral, sino la celebración de un nacimiento. No solemnizamos la muerte de un camarada, sino el alumbramiento de una nueva humanidad de la que él fue uno de los primeros, pero no el último. Sí, camaradas: los Soviets están creando una nueva raza de hombres, una raza que llena de horror el viejo mundo porque trae consigo la desaparición de los antiguos ideales, ya gastados e inútiles. ¿Cuáles son, pues, los principios de nuestra nueva humanidad? El primero y fundamental es la desaparición de una palabra del lenguaje humano, sin duda la más peligrosa, la más insidiosa; la más baja: la palabra "yo". Nosotros la hemos rebasado; la palabra del porvenir no es "yo", sino "nosotros". La colectividad ha ocupado en nuestro corazón el lugar que en otro tiempo detentaba el "yo mismo". Nos hemos elevado por encima de la adoración de la cartera, del poder personal y de las vanidades arrogantes. Ya no damos importancia a las monedas de oro ni a las medallas; nosotros, camaradas, no conocemos más signo de honor que el orgullo de servir a la colectividad. Nuestra única finalidad es el trabajo honrado que aprovecha no a uno solo sino a todos. ¿Y cuál es hoy la lección que debemos aprender para enseñársela a su vez a nuestros propios enemigos, más allá de las fronteras? La lección que nos da este camarada del Partido al morir por la comunidad; la lección que nos da el Partido al guiar a los hombres por el camino de su propio sacrificio en provecho de sus compañeros. Fijaos en los asquerosos ministros de los caducos países capitalistas; ved cómo luchan, ved cómo se apuñalan por la espalda, en su sangriento combate por el poder. Pero ¿qué es el poder para ellos? Únicamente una oportunidad para aplastar a sus hermanos más débiles y llenarse la barriga. Mirad en cambio a los que os conducen a vosotros; a esos hombres que consagran su vida al servicio altruista de la colectividad, que llevan sobre sus hombros la abrumadora responsabilidad de la dictadura del proletariado. Al verles, comprenderéis hasta qué punto es verdad mi afirmación de que la Federación de todas las organizaciones comunistas es la única organización política honrada, valiente e idealista de nuestra época.
Los aplausos retumbaron como si los viejos cañones de la fortaleza de San Pedro y San Pablo, al otro lado del río, hubiesen disparado todos a la vez. Y volvieron de nuevo a resonar cuando desaparecieron los rizos negros de Víctor y ondearon al aire las lisas melenas de la camarada Sonia, mientras ella, con todas las fuerzas de su poderoso pecho, gritaba a las multitudes los derechos y deberes de la nueva mujer del proletariado. Después de ella, se alzó sobre la multitud un rostro flaco, consumido, sin afeitarse, con lentes, que tosió de su boca pálida unas palabras que nadie pudo oír; luego habló otra boca, una boca que podía oírse desde muy lejos, una boca que disparaba las palabras a través de una espesa barba negra. Luego habló un muchacho pecoso, en representación de la Federación Juvenil Comunista, tartamudeando y rascándose continuamente la cabeza. Luego una vieja solterona, con un sombrero deformado y pasado de moda, habló ferozmente, moviendo en dirección de la multitud un dedo flaco y apergaminado, como si se dirigiera a una clase de alumnos desaplicados. Habló un alto marinero con sus brazos en jarras, y los que estaban en las últimas filas se reían de vez en cuando, por contagio con los de las filas más próximas al orador, aunque no oyeran una palabra de su discurso.
Miles de individuos permanecían allí, moviéndose nerviosamente, taconeando todos a la vez para no enfriarse los pies, escondiendo las manos bajo los sobacos, dentro de las mangas de los abrigos, exhalando un aliento humeante que no tardaba en convertirse en carámbanos de hielo sobre las viejas bufandas subidas hasta la nariz; turnándose para sostener las banderas rojas, cuyas astas apoyaban fuertemente a sus costados mientras soplaban sobre los helados dedos para darles un poco de calor. De vez en cuando, alguien se escabullía discretamente por las calles laterales. Kira Argounova permanecía inmóvil, escuchando con atención cada una de las palabras que se pronunciaban desde la tribuna. En sus ojos había una muda interrogación al mundo, una pregunta a la que nadie había contestado. El cielo, sobre el vasto campo funerario, iba volviéndose de un color azul grisáceo, mientras en una ventana, a lo lejos, se encendía la primera luz calculando el precoz crepúsculo invernal. La voz del último orador se había extinguido, absorbida por la densa niebla helada que nadie podía ver, pero que todos sentían a su alrededor. El féretro rojo había sido cerrado y había desaparecido bajo la tierra. Se había colmado la fosa, y se había cerrado con una losa de granito. Y de pronto, aquel mar de apretadas figuras grises se había estremecido, las filas se habían roto y oscuros ríos de hombres habían empezado a fluir por las calles laterales, como si de improviso se hubiera derrumbado un dique. Y a lo lejos, difuminándose por el frío crepúsculo, se había oído La Internacional de la banda militar: aquel himno de los hombres que quedaban con vida, semejante al desfile de millares de pies mesurados y serenos como pies de soldados que ritmasen su canto sobre el corazón de la tierra.
Entonces Kira Argounova se acercó lentamente a la nueva tumba. El campo había quedado vacío. El cielo bajaba cerrando su oscura bóveda azul sobre la ciudad. Como a través de una rendija de aquella bóveda, centelleaba un punto bfülante de color de acero. Las casas, a lo lejos, ya no parecían casa?, sino sombras planas, recortadas, de papel negro, que se hubiesen pegado en una estrecha hilera contra un fondo que había sido rojo. Por numerosos agujeritos del papel, se veían temblar amarillas lucecitas. El campo de las víctimas de la revolución no parecía estar en una ciudad, sino que sobre él pesaba el silencio de los espacios infinitos, mientras los copos de nieve revoloteaban al azar del viento, disolviéndose después en una leve polvareda blanca.
Una esbelta figura solitaria permanecía arrodillada sobre una tumba de granito. Lentos copos de nieve caían perezosamente sobre su cabeza inclinada, posándose en sus cejas y en sus párpados, sus ojos secos de lágrimas miraban las palabras grabadas en la losa de granito:
¡Gloria eterna a las victimas de la Revolución!
Andrei Taganov
1896-1925
Y Kira se preguntaba si le había dado muerte ella, o la Revolu ción, o las dos.
Leo, sentado junto a la chimenea, estaba fumando. El cigarrillo, apenas sostenido por sus dedos inertes, se le cayó al suelo. El, maquinalmente, tomó otro; durante un rato lo tuvo en la mano sin encenderlo. Luego, buscó una cerilla, sin acertar a dar con ella a pesar de que la caja estaba en el brazo de su sillón. Cuando la encontró la contempló con aire absorto, porque se había olvidado ya de lo que buscaba.
Durante las últimas semanas había hablado poco. Las caricias que de vez en cuando había prodigado a Kira eran tan violentas que ella se había dado cuenta de su esfuerzo y había procurado evitar sus labios y sus brazos.
A menudo se iba de casa, sin dar explicaciones; Kira no le preguntó nunca adonde iba. A menudo se embriagaba, pero Kira fingía no darse cuenta. Cuando estaban juntos permanecían largos ratos en silencio; un silencio que decía a Kira, con mayor elocuencia que ninguna palabra, que entre ellos estaba muriendo algo. Leo gastaba su último dinero, pero Kira no le hablaba nunca del porvenir. Nunca le preguntaba nada, del mismo modo que no se preguntaba nada a sí misma, porque temía y sabía la respuesta: la batalla se había perdido.
El día del entierro de Andrei, Kira volvió a casa pensativa y silenciosa. Leo no se levantó; al entrar ella sólo la miró, con una mirada lenta, curiosa y grave entre sus párpados semicerrados. Ella se quitó el abrigo y lo colgó en el armario; estaba quitándose el sombrero cuando una carcajada amarga, ruda y brutal la hizo volverse.
– ¿Qué te pasa, Leo? -preguntó, mirándole con ojos asustados.
– ¿No lo sabes? -dijo él, en tono siniestro.
Ella negó con la cabeza.
– Bien; ¿quieres saber lo que sé yo, pues?
– Todo lo que sabes… ¿a propósito de qué, Leo?
– Tal vez no es momento oportuno de hablar de ello, ¿verdad?, inmediatamente después del entierro de tu amante.
– ¿De mi…?
Leo se levantó y se le acercó, con las manos en los bolsillos, mirándola con aquella expresión arrogante y despectiva que ella adoraba, con aquella sonrisa irónica que la fascinaba.
– ¡Desvergonzada! -murmuró lentamente.
Ella, pálida, se irguió sin moverse de su sitio.
– Leo…
– ¡Cállate! No quiero oír ni una palabra tuya. Si por lo menos fueras como todos nosotros, no me importaría. Pero que quisieras engañarme con esos aires de santa, con todos tus discursos heroicos, mientras… mientras te retorcías entre los brazos del primer vagabundo comunista que se tomó la molestia de…
– Leo, ¿quién…?
– ¡Silencio! No quiero dejarte hablar; sólo quiero que contestes a una pregunta: ¿fuiste o no la amante de Taganov?
– Sí.
– ¿Durante todo el tiempo que yo estuve fuera?
– Sí.
– ¿Y lo seguiste siendo después de mi regreso?
– Sí. ¿Qué más te han dicho, Leo? -¿Qué más querías que me dijeran?
– Nada.
El la miró, con ojos fríos y cansados.
– ¿Quién te lo ha dicho, Leo?
– Un amigo tuyo y de él. Vuestro camarada Pavel Syerov. Pasó por aquí al volver del entierro. Creía que yo ya lo sabía y venía a celebrarlo conmigo.
– ¿Ha sido… ha sido un golpe muy duro para ti, Leo?
– ¿Cómo? Ha sido la mejor noticia que me han dado desde la revolución. Nos hemos estrechado la mano y hemos bebido juntos, el camarada Syerov y yo. Hemos bebido a tu salud y a la de tu amante, y a la de todos los amantes que puedas tener. Porque, ¿ves tú?, ahora estoy libre.
– Libre, ¿de qué, Leo?
– Libre de una tonta a quien he tenido que estar fingiendo un gran amor eterno, una tonta a quien no me atrevía a ofender, a quien temía humillar. Verdaderamente, es algo cómico… ¡Vaya una pareja, tú y tu amigo comunista! Parecía que se hubiera suicidado después de haber hecho el gran sacrificio de salvarme la vida para ti. Y probablemente lo que le pasaba es que ya estaba harto de ti, y creyó quitársete de encima haciendo que me devolvieran la libertad. He aquí la sublimidad de la raza humana.
– Leo, no hablemos de él, ¿quieres?
– ¿Le amas todavía?
– Supongo que no te importa… ya… ¿no es cierto?
– En absoluto. Ni siquiera me interesa saber si me quisiste alguna vez. Tampoco me importa. Prefiero pensar que no: esto me facilitará el porvenir. -¿El porvenir, Leo?
– Claro, ¿qué te figuras que va a pasar?
– No…
– Sí, ya sé tu punto de vista. Aceptar un respetable empleo de los Soviets, pasarme la vida luchando con un "Primus" y una cartilla de racionamiento, y conservar la pureza de algo en mi imaginación, el espíritu, el alma, el honor… cualquier cosa de esas que no han existido jamás, que no pueden existir, que si existieran representarían la peor de las maldiciones para los hombres. ¡Ah, no! ¡No quiero volver a hablar de todo eso! Si es un asesinato lo que estoy haciendo, lo mismo me da mientras no vea la sangre… Pero tendré champaña, pan blanco, camisas de seda, coche, y ninguna preocupación… ¡Viva la dictadura del proletariado!
– ¿Qué te propones hacer, Leo?
– Me voy.
– ¿Dónde?
– Siéntate.
Leo se sentó encima de la mesa. Una de sus manos estaba en el círculo luminoso proyectado por la lámpara, y Kira se fijó en lo blanca que era, con una red de venas azules que no parecían de sangre viva. Se quedó mirándole fijamente hasta que no se movió ni un solo dedo. Entonces se sentó, a su vez. Su rostro era inexpresivo; sus ojos se abrían desmesuradamente. Leo observó que sus pestañas estaban húmedas de lágrimas.
– El ciudadano Morozov -dijo Leo- se marcha de la ciudad.
– ¿Y qué?
– Ha dejado a Tonia… no quiere relaciones que puedan parecer sospechosas; pero ha dado una suma de dinero respetable. ¡Una verdadera fortuna! Tonia se va al Cáucaso a pasar una temporada de descanso, y me ha rogado que la acompañara. Yo he aceptado. ¡Leo Kovalensky, el gigoló número uno de la U. R. S. S.!
– ¡Leo!
En los ojos de Kira, que se había puesto súbitamente en pie, se veía una expresión de verdadero horror, una expresión tan cruda y dolorosa que Leo abrió la boca, pero no logró reír.
– ¡Eso no, Leo!
– Sí; ya sé que es una vieja zorra y que huele mal; tu opinión no será peor que la mía. Sin embargo, he aceptado.
Y notando en Kira una desusada agitación, añadió:
– Supongo que no vas a desmayarte, ¿verdad?
– No, no; me encuentro perfectamente -repuso ella, sobreponiéndose.
Sólo sus manos siguieron agarradas al borde de la mesa con una crispación desacostumbrada. Pero los ojos de Leo parecían muertos, y Kira se volvió para no pensar que lo natural sería que estuvieran cerrados. Murmuró:
– Leo… si te hubiese asesinado la G. P. U… o si te hubieras vendido a una mujer hermosa y joven, yo… El se levantó y le dijo con una débil sonrisa:
– Vamos, ¿no te parece que no estás en condiciones de indignarte en nombre de la moral? Y puesto que ya nos hemos visto las caras y que sabemos quiénes somos uno y otra, ¿tienes inconveniente en decirme por qué seguiste conmigo mientras te entendías con él? ¿Únicamente porque te gustaba como hombre, lo mismo que a esos otras mujeres? ¿O por mi dinero y mi posición?
Kira se irguió y se echó los cabellos hacia atrás. Luego, serena, con voz firme, le preguntó:
– Leo, ¿cuándo le dijiste que te irías con ella?
– Hace tres días.
– ¿Antes de enterarte de eso de Andrei?
– Sí.
– ¿Cuando todavía creías que yo te quería?
– Sí.
– ¿Y no veías ningún inconveniente en ello?
– No.
– Si Syerov no hubiera venido hoy, ¿te hubieras marchado igual?
– Sí. Sólo que me hubiera encontrado con el problema de tener que decírtelo. Syerov me ha ahorrado este mal rato; de modo que se lo agradezco. Por lo menos ahora podemos despedirnos sin escenas.
– Leo… óyeme un momento, por favor… te lo pido por última vez, sé bueno conmigo: si ahora te enteraras, como fuera, de que yo te amo, de que no he dejado de quererte ni un momento, de que ni por un instante he dejado de serte fiel, ¿te marcharías?
– Sí.
– ¿Y si tuvieras… si tuvieras que quedarte conmigo? Si te enterases de algo que… que te obligase a seguir conmigo… ¿lo probarías, Leo?
– Si algo me obligase… ¡quién sabe! Podría hacer lo que hizo tu otro enamorado. No deja de ser una solución, ¿sabes?
– Comprendo.
– ¿Y por qué me lo preguntas? ¿Hay acaso algo que pueda obligarme?
Ella le miró de hito en hito, levantando su rostro hacia el de él; sus cabellos al caer atrás dejaron al descubierto una frente blanca como la cera, y sólo se movieron sus labios cuando contestó:
– No, Leo; nada.
Leo se sentó de nuevo, se cogió las manos, las tendió hacia adelante y dijo, encogiéndose de hombros:
– Eso es todo. Hay que reconocer que eres una mujer admirable, Kira. Tenía miedo de ataques de nervios, de escenas, ¿qué sé yo? Todo ha terminado del mejor modo posible… Dentro de tres días me voy. Pero si te parece puedo marcharme de aquí en seguida.
– No, Leo; soy yo quien me iré, esta misma noche.
– ¿Por qué esta noche?
– Será mejor. Por algunos días, podré dormir en el cuarto de Lidia.
– No tengo mucho dinero, pero no quisiera que tú… -No.
– Pero…
– No insistas, Leo, por favor. Sólo me llevaré mi ropa. Es lo único que necesito.
Estaba haciendo la maleta, de espaldas a él, cuando él le preguntó:
– ¿No tienes nada más que decirme, Kira?
– Sólo una cosa, Leo -contestó ella, volviéndose a mirarle con calma-. Estaba sola contra ciento cincuenta millones de individuos, y he perdido.
Cuando estuvo a punto de marcharse, él se levantó y le preguntó casi sin darse cuenta de sus palabras:
– ¿Me has querido verdaderamente alguna vez, Kira?
– Cuando una persona muere -repuso ella- no se deja de quererle, ¿verdad?
– ¿Lo dices por mí… o por Taganov?
– ¿Acaso no te daría lo mismo, Leo?
– Sí. ¿Puedo ayudarte a bajar la maleta?
– No, gracias; no pesa. Adiós, Leo.
Leo le tomó la mano y acercó su rostro al de ella, pero Kira sacudió negativamente la cabeza y él se limitó a decir: -Adiós, Kira.
Kira salió a la calle, doblando ligeramente el cuerpo hacia la izquierda para compensar el peso de la maleta en su brazo derecho. Una fría neblina cubría la ciudad, como una colcha, y un farol proyectaba su triste luz amarilla en medio de la niebla. Kira caminó lentamente, esforzándose en mantenerse erguida. La nieve crujía bajo sus pies; su pecho, paralelo a la acera, conservaba su firmeza, y su barbilla y su mirada se tendían hacia adelante, paralelas a su pecho.
Ante su familia -tres rostros silenciosos, pálidos y asombrados- Kira expuso brevemente la situación. Galina Petrovna tartamudeó:
– Pero ¿qué ha ocurrido para que…?
– Nada, mamá. Estábamos cansados uno de otro.
– ¡Pobre hija mía! Yo…
– No te preocupes por mí, por favor, mamá. Siento tener que molestaros, a ti y a Lidia, pero no será por muchos días; por tan pocas semanas me hubiera sido muy difícil encontrar habitación.
– Claro está que no estorbas, Kira; al contrario, después de todo lo que has hecho por nosotros… Pero, ¿por qué dices que sólo serán pocas semanas? ¿Adonde piensas ir?
– Al extranjero -repuso Kira. Y en el tono de su voz había algo de concentrado y tenso, como una obsesión.
Al día siguiente la ciudadana Kira Argounova presentó una instancia solicitando un pasaporte para el extranjero. La respuesta debía tardar algunas semanas.
– ¡Es una locura, Kira! -decía su madre-, ¡una sencilla locura! En primer lugar, no te lo darán; no puedes alegar ninguna razón que justifique tu salida… luego hay que tener en cuenta el pasado social de tu padre…, y por último, aun suponiendo que te lo dieran… en ningún país del mundo quieren rusos ahora, y en cierto modo tienen razón; y luego, aunque te aceptasen, ¿qué harías? ¿Lo has pensado?
– No -dijo Kira.
– No tienes dinero; no tienes profesión; ¿de qué vivirías?
– No lo sé.
– ¿Qué sería de ti?
– No me importa.
– ¿Y por qué te empeñas en irte?
– Lo necesito, mamá.
– … sin un amigo que pueda ayudarte, sin objeto, sin porvenir…
– Necesito irme.
Leo fue a despedirse antes de marchar al Cáucaso. Lidia les dejó solos en la estancia.
– No podía irme sin volver a verte, Kira
– dijo Leo-. Quería despedirme de ti, a menos que tú prefieras…
– No, Leo, me alegro de que hayas venido.
– Quisiera pedirte perdón por algunas frases que dije. No tenía derecho a decírtelas. No puedo censurarte. ¿Me perdonas:
– No tengo que perdonarte de nada, Leo.
– Quisiera decirte que… que… en fin, no tengo nada que decirte; pero… ¿no es cierto que entre nosotros habrá… muchos recuerdos, Kira?
– Sí, Leo.
– Tú estarás mejor sin mí.
– No te preocupes por mí, Leo.
– Volveré a Petrogrado. Volveremos a vernos. Habrán pasado años, y con ellos habrán cambiado muchas cosas, ¿no te parece?
– Sí, Leo.
– Y entonces no tendremos por qué estar tan serios. Será extraño volver a recordar el pasado, ¿no? Hasta la vista, Kira. Volveré.
– Si vives… y si no te has olvidado.
Fue como si hubiese tocado el cuerpo de un animal moribundo, provocando una suprema convulsión de dolor.
– No… Kira… -murmuró.
Pero ella ya sabía que no era más que la última convulsión.
– No diré nada, Leo -añadió.
El la besó; los labios de ella eran tiernos, incapaces de resistir. Luego Leo se fue.
Tuvo que aguardar varias semanas.
Por la tarde, Alexander Dimitrievitch volvía de su trabajo y se sacudía la nieve de los chanclos, que luego secaba cuidadosamente con un trapo especial, porque eran nuevos y costaban mucho dinero, y los dejaba en el recibimiento.
Después de cenar, si no tenía que asistir a ninguna reunión, se sentaba junto al fuego y trabajaba en un parafuego de madera sin desbastar, al que se entretenía en ir pegando etiquetas de distintos colores, arrancadas de las cajas de cerillas. Cuando terminaba un ángulo, se quedaba contemplando con ojos maravillados.
– Verdaderamente me queda muy hermoso, ¿no os parece? Estoy seguro de que no hay nadie más en Petrogrado que tenga uno semejante. ¿Qué opinas, Kira? ¿Pondrías las dos amarillas y una verde, en ese lado, o sólo tres amarillas?
Ella contestaba con calma: -La verde iría muy bien, papá.
Por la noche, Galina Petrovna llegaba como una tromba y arrojaba impetuosamente su cartera encima de la mesa. Había instalado teléfono, y hablaba por él apresuradamente, mientras se quitaba los guantes.
– ¿Camarada Fedorov? Aquí la camarada Argounova. Tengo una idea. Exactamente lo que se necesita para el Diario viviente, para la próxima exposición del centro… Al presentar a lord Chamberlain aplastando al proletariado inglés, podríamos poner a uno de los alumnos, uno de los más robustos, en camisa roja, tendido en el suelo, y encima le pondríamos una mesa, ¡oh, sólo las patas delanteras, claro!, y el gordo, el que hace de lord Chamberlain, sentado a la mesa comiéndose un filete con patatas. ¡Oh, no es necesario que sea un filete de veras…!
Luego cenaba de prisa, leyendo el periódico, mirando de vez en cuando al reloj; se levantaba antes de terminar, se empolvaba rápidamente la nariz y tomando de nuevo su cartera volvía a marcharse a una junta de su centro social. Las pocas noches que se quedaba en casa esparcía libros, recortes de periódico, hojas de papel y lápices por encima de la mesa, y redactaba una conferencia para su círculo marxista. De vez en cuando preguntaba, levantando la cabeza y parpadeando distraídamente: -¿Recuerdas la fecha de la Commune de París, Kira?
– En 1871, mamá -contestaba Kira tranquilamente. Lidia trabajaba por la noche. De día estudiaba La Internacional , Caíste como una victima y la Canción de la caballería roja en su viejo piano de cola, que llevaba más de un año sin afinar. Y si le pedían que tocase sus viejos clásicos, rehusaba con gesto de malhumor. Pero de vez en cuando se sentaba al piano y se pasaba horas seguidas tocando obstinadamente, sin detenerse, Chopin, Bach, Tchaikowsky… y cuando se le cansaban los dedos se echaba a llorar ruidosamente, sin motivo, como una criatura. Galina Petrovna no le hacía caso; se limitaba a decir: -¡Vamos! ¡Un nuevo ataque de Lidia!
Cuando Lidia regresaba de su trabajo, por la noche, Kira estaba ya tendida en su colchón sobre el suelo. Lidia pasaba largo rato desnudándose, y mucho más murmurando sus interminables plegarias ante los iconos. Alguna vez se acercaba a Kira, en su largo camisón de noche, y murmuraba confidencialmente, mientras un rayo de luz del farol de la calle le caía sobre el rostro envejecido, iluminándole los ojos cansados y las comisuras de los labios: -He vuelto a tener una visión, Kira; un llamamiento del más allá. Era una visión profética, no te quepa duda, y he oído una voz que me ha dicho que la salvación no se hará esperar. Es el fin del mundo y el reino del Anticristo, pero ya se acerca el día del Juicio Final. ¡Lo sé, me ha sido revelado!
Murmuraba estas palabras febrilmente, sin ocurrírsele ni por un momento que su hermana pudiera echarse a reír, sin mirarla siquiera, sin preocuparse de que la hubiera oído; tenía necesidad de hablar y prefería hacerlo ante alguien.
– Era un viejo, Kira, un enviado de Dios, el padre de su rebaño. Pero no digas nada, por favor, o me echarían del Centro. Es el elegido del Señor, y tiene la ciencia del Destino. Dice que las Escrituras lo han predicho. Nos han castigado como a Sodoma y Gomorra por nuestros pecados; pero las dificultades y los dolores no son más que una prueba para las almas puras. Sólo a través de largos sufrimientos nos haremos dignos del reino de los cielos. -No se lo diré a nadie, Lidia -contestaba con calma su hermana-, pero ahora vale más que te vuelvas a la cama, porque estás cansada y hace mucho frío. Kira seguía con su antiguo empleo de guía en el museo de la revolución, que le permitía pagar a su madre una pensión, a pesar de sus protestas. Por la noche, en su cuarto, Kira leía sus viejos libros. Hablaba raras veces y si alguien le dirigía la palabra contestaba con pocas palabras, exactas y serenas. Su voz, monótona, parecía haberse helado. Galina Petrovna hubiera deseado verla airada siquiera alguna vez, pero no lo lograba nunca. Una noche, en el comedor, Lidia dejó caer un vaso, que se rompió estrepitosamente. Galina profirió un grito, Alexander Dimitrievitch se sobresaltó; pero Kira permaneció impasible, como si nada hubiera ocurrido. Sólo le brillaban un poco los ojos cuando, al volver del museo, se detenía a contemplar los libros extranjeros expuestos en el escaparate de una librería, en la calle Liteiny, aquellos libros de cubiertas brillantes, con alegres letras exóticas, muchachas de largas piernas relucientes, columnas, reflectores, autos… también había un relámpago de luz en sus ojos cada vez que, al acostarse, tachaba con su lápiz una fecha más en el viejo almanaque colgado encima de su colchón.
El pasaporte le fue denegado.
Kira recibió la noticia con tranquila indiferencia; Galina Petrovna se asustó, porque hubiera preferido un estallido de cólera.
– Óyeme, Kira -le dijo, encerrándose con ella en su habitación-. Hablemos en serio. Si tienes la idea de…, en fin… ya me entiendes, quiero que sepas que no te lo permitiré. Después de todo eres mi hija, y tengo derecho a hablarte así. ¿Ya sabes lo que significaría el intentar, sólo el intentar, salir clandestinamente de aquí?
– Nunca he hablado de ello -dijo Kira.
– No; no lo has dicho, pero ya te conozco. Sé lo que piensas. Sé hasta dónde puede llegar tu imaginación inquieta y desenfrenada… Óyeme: hay cien probabilidades contra una de que no lograrás marcharte. En el mejor de los casos, te matarían en la frontera. Mucho peor sería si te detuvieran y te volvieran aquí. Pero en fin, aun suponiendo que lograses pasar al extranjero, hay cien probabilidades contra una de que no llegarás a atravesar los bosques de la frontera.
– ¿Para qué discutir, mamá?
– Óyeme. No te dejaré marchar aunque deba encadenarte. Después de todo, incluso la locura tiene límites. ¿Qué te propones? ¿Qué mal hay en quedarse en este país? No nos sobra nada; de acuerdo; pero, ¿crees que te va a sobrar en otra parte? En el mejor de los casos podrías hacer de camarera. En cambio, la U. R. S. S. es el país de los jóvenes. Ya conozco tu inquietud, pero sé que lograrás vencerla. Mírame a mí. A mi edad, he conseguido adaptarme. He perdido mucho más de lo que has perdido tú, y con todo no puedo decir que sea desgraciada. Tú no eres más que una niña y no puedes tomar decisiones que arruinarían tu vida aun antes de haber empezado a vivirla. Espero que se te pasarán estos antojos y que comprenderás que en nuestro país hay posibilidades para todos.
– Yo no discuto, mamá; ¿no es cierto? Pues dejemos eso.
Kira, al salir de su trabajo, no regresaba directamente a su casa. Veía a gente misteriosa en callejones oscuros, subía furtivamente por estrechas escaleras sin luz a tenebrosos cuchitriles; hablaba en voz baja a atentos oídos y entregaba sumas de dinero a manos cautelosas. Se enteró de que el embarcarse clandestinamente para el extranjero le costaría más de cuanto lograría ahorrar jamás, y de que los peligros de tal empresa serían muy grandes. En cambio, le aseguraron que había más probabilidades de éxito intentando huir sola, a pie, por la frontera de Lituania. Para ello se necesitaba un traje blanco: le dijeron que había quien, gracias a ese mimetismo, había logrado huir a través de la nieve hasta Lituania. Kira vendió su reloj de pulsera y el abrigo de pieles que Leo le había regalado para poder obtener los informes necesarios, un mapa de la región fronteriza, y un falso salvoconducto hasta la frontera. Pero todavía le faltaba dinero. Vendió el encendedor, las medías de seda, el frasco de perfume francés. Vendió sus zapatos nuevos y sus vestidos.
Vava, al saber que Kira tenía algún traje que vender, fue un día a verla. Llevaba un vestido viejo y sucio; iba despeinada; su rostro parecía hinchado, mal empolvado, con los labios pintados de cualquier modo y pesadas bol i as azules debajo de los ojos. Cuando se quitó el vestido, lentamente, con timidez, para probarse el de Kira, ésta observó la deformación de su talle, en otro tiempo tan esbelto.
– ¿Cómo, Vava? ¿Ya? -murmuró.
– Sí -dijo Vava con indiferencia-, espero una criatura.
– ¡Te felicito, querida! -exclamó Lidia palmoteando.
– Sí -repitió Vava-, tengo que cuidarme un poco, pasear un rato todos los días, seguir un régimen… Cuando nazca le inscribiremos en los pioneros.
– ¡Oh, no, Vava!
– ¿Por qué no? Hay que facilitarle la vida, ¿no os parece? Llegará un día en que tendrá que ir a la escuela, quién sabe si a la Universidad. ¿Qué queréis que haga? ¿Que se pase la vida fuera de la ley? ¿Para qué? Al fin y al cabo, ¿hay alguien que sepa de qué parte está la razón? Yo no sé nada, ni me importa.
– Pero, Vava, tu hijo…
– ¿Qué le vamos a hacer, Lidia? Cuando haya nacido, buscaré trabajo: no hay otro remedio. Kolya trabaja. Nuestro hijo será el hijo de unos empleados soviéticos. Más tarde quizá logrará ingresar en la Unión Comunista Juvenil… Kira, aquel vestido de terciopelo negro es muy hermoso… parece extranjero. Ya sé que me está algo estrecho, pero más tarde… dicen que vuelve a recobrarse la línea… Naturalmente, Kolya no gana mucho y yo no quiero aceptar nada de papá… pero por mi cumpleaños me ha regalado cincuenta rublos… de modo que quizá pueda comprártelo… Se quedó con el traje negro y otros dos más.
A su madre, Kira le había dicho: -¿Para qué los necesito, si no voy a ninguna parte?
– ¿Recuerdas? -había preguntado Galina Petrovna.
– Sí, mamá.
Después de haberlo vendido todo, no le quedó mucho dinero; no tenía todavía bastante para comprarse un traje y un abrigo blancos. Le quedaba todavía la piel de oso de Vasili Ivanovitch; un sastre le hizo con ella una chaqueta que le llegaba por encima de las rodillas. Ya no le faltaba más que un traje. Pero todavía tenía el de encaje blanco de Galina Petrovna. Un día que se encontraba sola en su casa, tiñó de blanco, con cal, sus botas de fieltro. Luego compró un par de guantes blancos y una bufanda blanca de lana. Por fin, adquirió un billete para una población cercana a la frontera de Lituania. Cuando lo tuvo todo a punto, cosió en el forro de la chaqueta los pocos billetes de banco que le quedaban. Si lograba atravesar la frontera, le harían falta.
Una tarde gris de invierno, cuando no había nadie en su casa, se marchó. No dejó ninguna carta; salió como si fuera a la tienda de la esquina. Llevaba un abrigo viejo, con un raído cuello de piel, y en la mano llevaba una maleta con una chaqueta de piel de oso blanco, un traje de novia, un par de guantes, un par de botas y una bufanda.
A pie, se dirigió hacia la estación. Una neblina gris cubría los tejados, y los hombres andaban encorvados, luchando contra el viento, con las manos en los sobacos para defenderse mejor del frío. Una blanca capa de hielo cubría los carteles, y las cúpulas de bronce de las iglesias se veían empañadas por la niebla. El viento levantaba torbellinos de nieve, y los quinqués de petróleo, en los escaparates, proyectaban sobre los cristales helados anchas cintas de nieve derretida.
– ¡Kira! -la llamó alguien en voz baja.
Ella se volvió. Era Vasili Ivanovitch. Debajo de un farol, con la cabeza hundida entre los hombros, el cuello del viejo abrigo levantado hasta las orejas y la cara medio cubierta por una bufanda, el anciano llevaba colgado del cuello, por medio de dos correas, una caja con tubos de sacarina, que sostenía en las dos manos, enfundadas en viejos y agujereados guantes de lana.
– ¡Buenas noches, tío Vasili!
– ¿Adonde vas, Kira, con esa maleta?
– ¿Cómo estás, tío Vasili?
– Muy bien, niña. Quizá te extrañe verme vendiendo sacarina, ya me lo figuro; pero no es tan duro como parece. ¿Por qué no vas a vernos, alguna vez?
– Yo…
– Estamos algo estrechos, porque en el mismo piso vive otra familia. Pero se va viviendo, Asha se alegrará de verte. No tenemos visitas. Asha es una buena niña.
– Sí, tío Vasili.
– ¡Y da tanta alegría verla crecer! En la escuela también progresa. Yo la ayudo a hacer sus deberes. Y el pensar que al volver a casa la veré me sostiene durante el día. No se ha perdido todo, aún. Todavía me queda Asha; es una niña inteligente, y llegará lejos.
– Claro, tío Vasili.
– Cuando tengo un rato, leo el periódico. ¡En el mundo suceden tantas cosas! No hay que perder la confianza.
– Tío Vasili… se lo diré… allí abajo… allí donde voy… Se lo diré todo. Será como un S. O. S Quizás alguien, en alguna parte, comprenderá…
– ¿Adonde quieres ir, niña?
– ¿Quieres venderme un tubo de sacarina, tío Vasili?
– No; no te lo venderé. Llévatelo, si quieres, pequeña.
– De ningún modo. ¿Por qué no puedes vendérmelo, si también hubiera debido comprárselo a otro? ¿No me quieres por cliente? A lo mejor te traigo la suerte.
– Como quieras, niña.
– Me quedo con 'este de los cristales tan grandes.
Toma -y le dio una moneda, antes de guardar en su bolso el tubo de sacarina-. Y ahora adiós, tío Vasili.
– Adiós, Kira.
Se alejó sin volver la vista. Anduvo en el crepúsculo por calles oscuras y blancas bajo banderas grisáceas que colgaban de las ventanas; banderas que en otro tiempo habían sido rojas. Atravesó una ancha plaza en la que empezaban a brillar las luces de los tranvías. Y, sin volver la vista hacia atrás, subió los peldaños de la escalera de la estación.
Las ruedas del tren, al correr, resonaban como una cadena de hierro violentamente sacudida; luego parecían rodar en silencio; luego se oía de nuevo un gran estrépito. Las ruedas parecían tener su ritmo, como un gigantesco reloj de hierro que fuera marcando los segundos, los minutos y las millas.
Kira Argounova estaba sentada en un banquillo de madera junto a la ventana; llevaba la maleta encima de las rodillas y la sostenía con ambas manos, cruzando los dedos. Su cabeza, apoyada en el respaldo del asiento, se estremecía con un ligero temblor, lo mismo que el cristal de la ventana. Sobre sus ojos, fijos en la ventanilla, le caían pesadamente los párpados, y sólo a costa de un gran esfuerzo lograba mantenerlos abiertos. Durante largas horas permaneció sentada, inmóvil, hasta el punto de que sus músculos llegaron a perder toda sensibilidad.
Cuando se acordó de que llevaba mucho tiempo sin probar bocado, pero sin que acertara a precisar si se trataba de horas o de días, únicamente consciente de que tenía que comer aunque ya se hubiera olvidado de tener hambre, masticó lentamente un pedazo de pan seco que había comprado en la estación. Sus compañeros de viaje, en una estación, salieron a buscar té caliente. Le ofrecieron una taza y Kira bebió maquinalmente, quemándose los labios en el borde de metal.
Los hilos del telégrafo parecían desafiar al tren a una carrera de velocidad; se alejaban, volvían a acercarse; y los hilos parecían volar siempre más de prisa que el coche.
De día el cielo parecía más oscuro que la tierra, como una pálida cinta de color gris transparente sobre un fondo de espesa blancura; pero por la noche la tierra parecía más clara que el cielo: como una pálida cinta azulada bajo un hueco negro. Kira durmió, sentada en su rincón, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la maleta, que por la noche ataba a su muñeca con un cordel. Había oído hablar de robos de equipajes y por nada del mundo hubiera querido perder el suyo. Dormía con una sola obsesión: la maleta. Y cada vez que una sacudida del tren hacía resbalar la maleta sobre sus rodillas, se despertaba sobresaltada.
Ya no pensaba. Se sentía vacía, tranquila, como si su cuerpo no fuera más que la forma de su voluntad y su voluntad una flecha vibrante, dirigida a una meta muy precisa: había que pasar la frontera. Lo único que sentía vivir era la maleta. Su voluntad latía con el mismo ritmo que el tren, y su corazón con el mismo ritmo que su voluntad.
Una vez, le pareció observar en el asiento de enfrente a una mujer que daba el pecho a un niño. De modo que todavía había vida, todavía había gente a su alrededor. No estaba muerta, pues; sólo le faltaba nacer.
Durante la noche, se pasaba horas y horas mirando por la ventanilla, sin ver más que el confuso reflejo de la luz del coche, el del banco y el del tabique de madera frente a su asiento, y la sombra de su cabeza que se movía sobre un negro abismo. Más allá, no había tierra, no había nada.
En alguna ocasión tuvo que bajar; incluso una vez tuvo que comprar otro billete y aguardar un nuevo tren que debía llevarla más lejos, a través de las tinieblas, en una ruidosa carrera detrás de la negra mole de la locomotora que lanzaba destellos de fuego. Luego vinieron otras estaciones; otro billete; otro tren. Pasaron muchos días y muchas noches, pero ella no se dio cuenta de nada. Los hombres del gorro de pico que examinaban los billetes de los pasajeros no podían saber que aquella muchacha del abrigo raído se dirigía a la frontera lituana.
La última estación, aquella en la que ya no tuvo que comprar más billetes, era pequeña y oscura; un humilde barracón de madera. Era la última del país antes de llegar a la frontera. Oscurecía. Sobre la nieve, se veían apenas huellas de ruedas, que morían a lo lejos, en un punto brillante. Había unos cuantos soldados soñolientos que no se fijaron en Kira. Oyó confusamente el crujido de un cesto de mimbre, mientras unas gruesas manos campesinas lo bajaban de la red de los pasajeros. A la puerta de la estación, alguien pedía agua caliente con voz lacrimosa. En las ventanillas del tren brillaban las luces.
Kira se alejó, siguiendo las huellas de las ruedas en la nieve, esbelta figura negra ligeramente inclinada, con la maleta en la mano, sola en medio de una inmensa llanura tenuemente iluminada por el rojizo reflejo del crepúsculo.
Era ya oscuro cuando vio delante de sus ojos las casas del pueblo y las manchas amarillentas de sus luces a través de las ventanas bajas. Llamó a una puerta. Un hombre salió a abrir; su cabello y su barba formaban un rubio y confuso amasijo del que salían unos vivaces ojos azules. Kira le puso un billete de Banco en la mano e intentó explicarle, en pocas palabras, su situación. No le fue necesario hablar mucho. Los que habitaban en aquella casa estaban al corriente de esa clase de asuntos.
Dentro de la casa, con los pies hundidos en la paja en que dormían dos cerdos, Kira se mudó de traje mientras los demás, como si ella no estuviera, seguían sentados a la mesa; cinco cabezas rubias, una de ellas con un pañuelo blanco. Las cucharas de madera golpeaban la mesa; en un rincón, junto a una estufa de ladrillo, una cabeza gris se inclinaba sobre su escudilla de madera. Sobre la mesa ardía una vela, y tres pequeñas lenguas de fuego brillaban ante unos iconos, como breves pinceladas rojas sobre el fondo de bronce de las aureolas.
Kira se puso las botas blancas y se quitó el vestido: sus brazos desnudos se estremecieron, a pesar de que en la estancia hacía un calor sofocante. Se puso el blanco traje de novia, y la larga cola se arrastró por el suelo, haciendo entreabrir un ojo a uno de los cerdos. Kira la recogió y la fijó a la cintura cuidadosamente, con ganchos imperdibles. Luego se puso la chaqueta de piel de oso. Se aseguró de que llevaba los billetes en el forro de la chaqueta: aquella era la última arma que necesitaría.
Cuando se acercó a la mesa, el gigante rubio le dijo, con voz inexpresiva:
•-Será mejor que aguarde usted una hora, hasta que se ponga la luna. Las nubes no son muy espesas, y se ve demasiado, ahora. Le hizo sitio en el banco y se lo señaló en silencio, con un gesto imperativo. Kira se recogió la falda de encaje y se sentó. Se quitó la chaqueta y la dobló sobre sus rodillas. Dos pares de ojos femeninos contemplaron con asombro el rico encaje de su traje de novia, y la muchacha del pañuelo blanco murmuró con aire incrédulo palabras al oído de la mujer más anciana.
En silencio, el hombre rubio puso ante Kira una escudilla de sopa humeante.
– No, gracias -dijo Kira-, no tengo apetito. -No importa; coma, porque lo va a necesitar. Y Kira, obediente, comió un plato de sopa de coles con tocino.
– Es un viaje de casi toda la noche -añadió sin mirarla el gigante rubio.
Kira asintió con la cabeza.
– ¡Tan joven! -murmuró moviendo la cabeza una de las mujeres, y suspiró.
Cuando llegó el momento de partir, el hombre abrió la puerta contra un viento helado que ululaba en medio de la oscuridad y murmuró entre sus barbas:
– Ande usted cuanto pueda, y cuando vea un centinela échese al suelo y arrástrese.
.-Gracias- susurró Kira mientras la puerta se cerraba tras ella.
La nieve le llegaba a las rodillas y cada paso parecía una caída hacia adelante, mientras mantenía con su mano cerrada la falda de encaje. A su alrededor, un azul que no era azul, un color que no era color, algo que parecía no haber existido jamás, se extendía hasta el infinito. A veces le parecía estar muy alta, sobre un círculo llano; otras veces creía que aquella blancura era una alta muralla que se cerraba sobre su cabeza.
El cielo era bajo, con manchas grises y negras y de vez en cuando listas azules que nadie hubiera recordado haber visto jamás a la luz del día, o puntos que ni tenían color ni eran tampoco simples rayos de luz. Kira, para no verlo, inclinaba la cabeza hacia el suelo.
Ante ella no había luces; sabía, sin necesidad de volver la cabeza, que las que había dejado tras sí habían desaparecido desde hacía mucho tiempo. No llevaba nada. Había dejado la maleta y los vestidos viejos en el pueblo; si lograba pasar al otro lado, le bastaría con el pequeño fajo de billetes que llevaba cosido en el forro de su chaqueta, que de vez en cuando tocaba cautelosamente. Las rodillas le dolían de la tensión de los músculos, como si llevase rato subiendo una escalera interminable. Estudiaba su dolor con curiosidad, como si fuera algo exterior a ella. En el rostro, le parecía sentir clavarse agudos alfileres; inútilmente intentaba frotarse las mejillas con sus guantes blancos.
Sólo oía el ligero crujir de la nieve bajo sus botas. Intentaba caminar más de prisa, no oír el rumor de sus pies, aislarse de lo desconocido que la rodeaba.
Sabía que debía andar durante horas; pero en medio de aquel desierto no había horas, no había más que pasos, pasos de unos pies que se hundían profundamente en una nieve sin fin. No debía pensar más que en que tenía que andar. Debía dirigirse hacia el Oeste; he aquí el problema fundamental. Pero ¿acaso tenía problema alguno? ¿Tenía alguna pregunta que formular? En todo caso, al otro lado de la frontera encontraría la respuesta. No debía pensar. Sólo tenía que salir del país; luego ya vería. Dentro de los guantes blancos, los dedos le dolían. Sentía sus huesos crispados, sus junturas cerradas como una tenaza. Debía de ser el frío -pensaba, y confusamente se preguntaba si haría mucho frío aquella noche.
Densas nubes de nieve pulverizada se levantaban en el viento y corrían por el cielo lejano. Kira veía encima de su cabeza líneas negras, y granitos brillantes como de níquel que centelleaban entre las nubes. Ella se inclinaba más para no ser vista. Había algo que le dolía en la cintura, como si cada paso empujase su espina dorsal hacia adelante, y sentía palpitar su corazón como si fuera a estallar junto a su espalda.
De vez en cuando palpaba el fajo de billetes, debajo de la chaqueta. Debía vigilar para no perderlo. Aquella bolsita y sus piernas eran en aquel momento las únicas cosas que le importaban en el mundo. Cuando veía un árbol -alta pirámide de un abeto irguiéndose súbitamente en medio de la nieve-, se detenía y permanecía por un momento sin aliento, con las rodillas dobladas, agazapada como un criminal en peligro, con todos los nervios en tensión. No oía nada. Debajo de las ramas no se movía nada. Kira seguía su camino, sin saber por cuánto tiempo se había detenido. No sabía si adelantaba; tal vez no hacía más que dar vueltas a un mismo punto. En la inmensidad del blanco desierto que la rodeaba no había ningún cambio. ¿Acaso cambiaría jamás? Era como una hormiga que se arrastrase por una mesa blanca, dura y brillante. A veces abría los brazos y volvía la vista a su alrededor, hacia la oscuridad del cielo, hacia la blancura de la tierra, y se preguntaba si en el mundo no habría realmente espacio para ella, si habría verdaderamente alguien que quisiera clavarse los pies en un sitio determinado. Pero ya lo había olvidado todo: sólo sabía que tenía que seguir andando.
Sus piernas ya no eran suyas. Se movían debajo de ella como una rueda, como palancas que se levantasen y se bajasen en un ritmo que repercutía por todo su ser como algo extraño a ella. De pronto, se dio cuenta de que no estaba cansada, de que estaba libre y podía seguir andando durante años. Y luego sintió, de pronto, un agudo dolor en medio de la espalda y vaciló; luego, una pierna rígida volvió a levantarse y a posar el pie en el suelo, y Kira echó a andar de nuevo, inclinada, con los brazos junto al pecho hecha un ovillo, como si quisiera ahorrar esfuerzo a sus piernas.
En algún punto estaba la frontera, y había que atravesarla. De golpe, se le ocurrió pensar en un restaurante alemán que había visto una vez en el cine: sobre la puerta de entrada había un cartel en letras blancas, muy sencillas que ponía: "Café Diggy-Daggy". En el país que abandonaba no había cafés como aquél, cafés aseados y relucientes, con un piso brillante como el de un salón de baile. E inconscientemente, sin oírlo, iba repitiendo como una plegaria: "Cafés Diggy-Daggy… Café… Dig… gy… Dag… gy…", intentando andar al ritmo de las sílabas. Ya no necesitaba mandar a sus piernas que corriesen; corrían por instinto, como un animal que huyese del acoso de los cazadores, con el afán desesperado de salvar su vida. Sus labios helados murmuraban: -Eres un buen soldado, Kira Argounova, eres un buen soldado…
Ante ella, la nieve azulada se levantaba confusamente, en suaves ondulaciones. Al acercarse, las ondulaciones no cambiaban, sino que seguían rígidas, como colinas en medio de la oscuridad. Blancos conos de negros puntos se erguían sobre el cielo. Luego, Kira vio una figura oscura que se movía en línea recta a través de las colinas, a través del horizonte. Vio sus piernas que se abrían y se cerraban como tijeras; vio una negra bayoneta que brillaba sobre el fondo oscuro del cielo.
Se tendió de bruces en el suelo. Vagamente, como bajo la influencia de un anestésico, sintió que la nieve helada le mordía las muñecas por debajo de las mangas del abrigo y entraba en sus botas. Pero se quedó quieta, con el corazón latiendo contra la nieve. Luego levantó un poco la cabeza y empezó a arrastrarse lentamente sobre el vientre, con la barbilla a ras del suelo. Se detuvo un momento; luego volvió a arrastrarse.
El ciudadano Iván Ivanovitch tenía seis pies de altura, una boca muy grande y una nariz muy corta, y cuando estaba perplejo tenía la costumbre de rascarse el pescuezo y guiñar un ojo. El ciudadano Iván Ivanovitch había nacido en 1900, en un sótano de un sórdido callejón de la ciudad de Vitebsk. Era el noveno hijo de la familia, y a los seis años había tenido que empezar a trabajar de aprendiz de zapatero. Su patrono le pegaba con una correa y le alimentaba de gachas. Tenía diez años cuando logró hacer por sí sólo su primer par de zapatos: se los puso con orgullo, y se paseó muy ufano de sentirlos crujir. Este era el primer gran recuerdo del ciudadano Iván Ivanovitch.
A los quince años sedujo a la hija del droguero vecino. La había llevado a una cuadra desierta. Ella no tenía más de doce años y un pecho plano como el de un muchacho, y había gritado desesperadamente. Pero Iván Ivanovitch le dio quince copecs y una libra de azúcar cande, y le hizo prometer que no diría nada a nadie. Este era el segundo gran recuerdo del ciudadano Iván Ivanovitch. A los dieciséis años hizo el primer par de botas para un general; lo limpió con todo esmero, escupiendo en la franela con que lo frotaba, y luego fue él mismo a llevárselo al general, que le dio un rublo de propina y una palmada en el hombro. Este era su tercer gran recuerdo.
El taller del zapatero estaba rodeado de una alegre vecindad: gente que se levantaba muy de mañana y trabajaban como negros durante todo el día; pero por la noche se divertían de lo lindo. En una esquina había un establecimiento donde se reunían a cantar alegres canciones, cogidos del brazo y balanceándose al compás de la música. Más allá había una casa donde un hombrecillo viejo y arrugado tocaba el piano; la favorita de Iván Ivanovitch era una rolliza alemana que se llamaba Gretchen; era rubia y llevaba un caprichoso quimono de color de rosa. Esas eran las noches que recordaba el ciudadano Iván Ivanovitch.
Luego sirvió en el Ejército Rojo; y mientras por encima de su cabeza silbaban las balas y estallaban las bombas, él cazaba piojos en el fondo de su trinchera.
Le hirieron, y alguien dijo que no saldría con vida. Mientras lo decían, él miraba a la pared con gran insistencia, completamente desinteresado de la conversación. Pero curó de su herida, y al cabo de poco se casó con una sirvienta de carnosas mejillas y opulento pecho, porque la había comprometido. Tuvieron un hijo rubio y gordo y le llamaron Iván. Los domingos iban a misa, y su mujer, si podía, les guisaba un pedazo de carnero con cebollitas. Los otros días, se arremangaba la falda sobre sus gruesos tobillos, se arrodillaba, y fregaba el suelo hasta dejarlo brillante como un espejo, y obligaba a Iván a tomar un baño cada mes en un establecimiento público. Y el ciudadano Iván Ivanovitch vivía feliz. Luego le trasladaron a la frontera, y su mujer y su hijo se volvieron al pueblo con los padres de ella.
El ciudadano Iván Ivanovitch no había aprendido a leer, y estaba de guardia en la frontera de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Caminaba lentamente, con el fusil colgado, soplando de vez en cuando sobre sus dedos ateridos de frío y maldiciendo el invierno y la nieve. El bajar la colina no le importaba, pero al subirla era más difícil y lo hacía refunfuñando. Había llegado ya casi a la cumbre, y no le quemaba la nariz. De pronto, le pareció ver algo que se movía, lejos, en medio de la nieve. Miró con más atención, pero el viento levantaba torbellinos de nevisca y no le permitía cerciorarse de si realmente había visto algo o si sólo se lo había parecido. Haciendo bocina con ambas manos, gritó: -¿Quién va?
Nadie le contestó; en la llanura no se movió nada. Volvió a gritar: -¡Salga o disparo! Pero tampoco obtuvo respuesta.
Vaciló, rascándose el pescuezo. Miró otra vez y no vio nada; pero, para mayor seguridad, se echó el fusil a la cara e hizo fuego. Una llama azul turquí rasgó las tinieblas, y un estampido resonó a través de la inmensa llanura. Pero cuando el eco murió no se oyó ningún ruido ni se vio el menor movimiento.
El ciudadano Iván Ivanovitch se rascó el pescuezo y pensó que hubiera debido ir a investigar el lugar donde le había parecido oír el ruido. Pero era demasiado tarde, la nieve estaba demasiado espesa, y el viento era demasiado frío. Iván Ivanovitch se alejó pensando:
– No debía de ser más que un conejo. Y siguió su ronda.
Kira Argounova yacía inmóvil sobre la nieve, de bruces, con los brazos echados hacia adelante. Sólo un rizo de su cabello se movía, escapando de la bufanda blanca. Sus ojos, a ras del suelo, siguieron la alta figura negra que desaparecía a lo lejos entre las colinas. Luego se fijó en la mancha roja que se iba extendiendo por la nieve, debajo de su cuerpo.
Pensaba con toda claridad, en palabras que le parecía oír: -Me ha herido. He aquí lo que se siente cuando uno está herido. No es tan espantoso, ¿verdad?
Poco a poco logró ponerse de rodillas. Se quitó un guante y metió la mano debajo de la chaqueta para asegurarse de que seguía llevando el fajo de billetes. Confiaba que la bala no lo habría atravesado. En efecto, no lo había ni tocado. El agujero que atravesaba la chaqueta estaba inmediatamente debajo. Los dedos de Kira sintieron el contacto de algo caliente y pegajoso. No le hacía mucho daño; sentía un agudo ardor en el pecho, pero no le dolía tanto como las piernas. Intentó ponerse en pie; vacilaba un poco, pero lo logró. En la chaqueta había una mancha oscura, y el sedoso pelo blanco se apelotonaba en grumos calientes y rojizos. No sangraba mucho; sólo de vez en cuando sentía gotear la herida.
Podía andar. Pensó que conteniéndose la herida con la mano, evitaría la pérdida de sangre. Ahora estaba ya cerca de la frontera; más allá encontraría quien la vendase. No era nada grave y podía soportarlo bien, tenía que soportarlo.
Anduvo unos pasos tambaleándose, y se extrañó al sentirse las piernas tan débiles. Se murmuró a sí misma, moviendo apenas los labios, cada vez más pálidos:
– Claro está; la herida te ha debilitado un poco. Ya era de esperar. No tiene importancia.
Vacilante, con la mano en el pecho, inclinándose hacia delante, siguió andando con paso incierto, haciendo eses como si estuviera ebria. Se fijó en las gotas de sangre que de vez en cuando caían sobre la nieve. Luego dejaron de caer, y Kira sonrió. No sentía ningún dolor. Su último resto de conciencia se había centrado en una voluntad, en dos piernas, cada vez más débiles. Tenía que seguir andando; tenía que pasar la frontera. Una vez habló consigo misma.
– Eres un buen soldado, Kira Argounova; eres un buen soldado, y ahora es el momento de probarlo… Sólo un esfuerzo… el último esfuerzo… no es tan difícil, ¿verdad? Puedes hacerlo, no se trata más que de andar otro poco… Sí, por favor, debes andar todavía un poco… marcharte… marcharte de una vez de este país… Oprimía con sus dedos el fajo de billetes; no podía perderlo. Había que tener mucho cuidado, ahora; apenas veía claro, y no debía olvidar que llevaba su dinero cosido en el forro de la chaqueta. La cabeza se le caía hacia adelante. Cerró los ojos, dejando únicamente dos rendijas entre los párpados para observar si sus piernas seguían andando.
De pronto, abrió los ojos y se encontró tendida en la nieve. Levantó la cabeza, asombrada, porque no se acordaba de haber caído. Debía haberse desvanecido, pensó, y se preguntó con estupor qué debía sentirse cuando uno se desvanece, porque no se acordaba de nada.
Le fue necesario largo tiempo para volver a levantarse. En el punto en que había caído, observó una gran mancha roja. Debía de haber permanecido bastante rato allí. Siguió vacilando hacia delante, mientras en su mente iba abriéndose lentamente camino una idea: la de volverse atrás para borrar la huella de su herida. Luego siguió su camino extrañada de que hiciera tanto calor y de que la nieve no se derritiese. Cada vez le era más difícil respirar. ¿Y si la nieve se hubiera derretido? Hubiera tenido que nadar, pero ella era buena nadadora, y le costaría menos nadar que andar, por lo menos descansaría un poco las piernas. Siguió adelante, vacilando. No sabía si había perdido la dirección. Se había olvidado de ello. No se dio cuenta de que la colina terminaba en un barranco, y cayó por la blanca pendiente, en una confusión de brazos, piernas y nieve.
Pudo mover una mano para limpiarse el rostro. Estaba en un blanco montón de nieve en el fondo de un precipicio. El tiempo que pasó para «levantarse le pareció durar horas, años. Primero logró acercar las palmas de las manos al cuerpo, luego los codos, luego estiró las piernas, logró liberar sus pies de la nieve que los cubría, luego se puso de rodillas, apoyándose en los brazos tensos y temblorosos, y respiró profundamente; pero cada respiro le hacía daño como una cuchillada. Por fin, jadeando, logró ponerse en pie.
Recorrió algunos pasos, tambaleándose, pero no pudo subir la otra vertiente del barranco. Se cayó, y se arrastró por la pendiente sobre las rodillas y las manos, hundiendo de vez en cuando el rostro en la nieve para refrescarse las mejillas ardientes. Al llegar arriba se puso nuevamente en pie. Había perdido los guantes. Sintió calor, se quitó la blanca bufanda que.le cubría los cabellos y la arrojó al barranco. El aire fresco la aliviaba. Anduvo de cara al viento. ¡Pero tenía tanto calor, y le costaba tanto respirar! Se quitó la chaqueta de piel de oso y la dejó caer en la nieve, sin volverse a mirar hacia atrás.
En el cielo las nubes corrían en torbellinos azules, grises y verdes. Ante ella, sobre la nieve, brillaba una línea pálida, de un blanco transparente que, sobre la nieve, por contraste, parecía verde pálido.
Siguió andando al azar; se paró un momento para echarse atrás los cabellos que le cubrían los ojos: vaciló, y emprendió de nuevo la marcha, temblando, tambaleándose como ebria en su traje de novia de encaje blanco como la nieve que la rodeaba. La cola del traje se había soltado y arrastraba tras ella, dificultándole los pasos. Kira vacilaba, sin ver nada, sin darse cuenta de nada, mientras el viento agitaba sus cabellos, y sus brazos se movían desacompasadamente, como si el viento los agitara también. Se doblegó un poco hacia atrás, y al hacerlo, de debajo de su pecho izquierdo brotó un hilo de sangre que fue tiñendo poco a poco la nieve y el blanco encaje de seda del traje de novia. De pronto, sus labios se abrieron para pronunciar dulcemente un nombre, como una invocación, como un ruego de auxilio:
– ¡Leo!
La repitió más fuerte, sin desesperarse, como si aquella palabra fuera la única cosa en el mundo que pudiera devolverle la vida: -¡Leo…! ¡Leo…! ¡Leo…!
Llamaba a aquel Leo que hubiera podido estar allí adonde ella iba, que hubiera debido estar al otro lado de la frontera. Leo la esperaba allí, y ella tenía que seguir adelante. Tenía que andar. Allí, en aquel mundo del otro lado de la frontera, la aguardaba una nueva vida, una vida a la que ella no había dejado de ser fiel en ningún momento de su existencia; la única bandera que nunca había arriado; una vida que no podía traicionar ahora, deteniéndose a respirar; una vida que exigía de ella que siguiera andando, andando todavía otro poco…
Entonces oyó una canción, una canción demasiado débil para ser un sonido humano, una canción que se oía como un lejano himno de batalla. No era ninguna marcha fúnebre, no era ninguna piegaria; era una melodía de una antigua opereta: la Canción de la copa rota.
Las notas ligeras temblaban vacilantes, luego estallaban y rodaban en rápidas cascadas con el claro tintineo del cristal, con una alegría humana, completa, sin límites.
Kira no sabía si cantaba o no. Tal vez aquella música flotaba en el espacio.
Pero aquella música había sido una promesa, una promesa que le habían hecho desde el amanecer de la vida. Y aquello que le había sido prometido no le iba a ser negado ahora. Tenía que seguir andando.
Y anduvo, frágil muchacha en su majestuoso y ondeante traje de sacerdotisa, mientras las manchas rojas iban siendo cada vez mayores sobre el delicado encaje blanco.
Al amanecer, se cayó, junto al borde de un barranco, y se quedó allí, inmóvil, sin poder levantarse.
Mucho más abajo, ante sus ojos, se extendía bajo la aurora la inmensa llanura nevada. El sol no había salido todavía; una aureola rosada y pálida como el aliento de un color, como un color naciente, empezaba a levantarse sobre la nieve y a brillar, temblorosa, transformándose poco a poco en un azul pálido, en una inmensidad azul de relucientes destellos, bajo un velo sutil como el incierto fantasma de un lago bajo el sol estival o como la superficie de un mar en el que acabase de hundirse el sol. Y la nieve, a medida que se iba alzando aquella llama líquida, parecía estremecerse, respirar, brillar dulcemente. Sobre la llanura se proyectaban largas sombras que parecían luces, como si fueran reflejos de otra luz más intenta, más azul, que empezaba a asomar por el horizonte como un maravilloso incendio.
En medio de la llanura se levantaba un árbol solitario. No tenía hojas. Sus escasas y delgadas ramas no habían detenido la nieve. Se tendía lleno de la vida de una futura primavera, y sus ramas se alzaban como brazos, a la luz de la aurora, sobre una tierra doliente donde hubieran sido posibles tantas cosas. Kira, tendida en el suelo, en lo alto de una colina, miraba al cielo. Una mano blanca e inmóvil pendía sobre el barranco, y pequeñas gotas de sangre roja iban cayendo lentamente sobre la nieve. Sonrió. Sabía que iba a morir. Pero ya no le importaba. Había conocido algo que ninguna palabra humana hubiera podido expresar. Ahora lo sabía. Había esperado eso y ahora lo sentía como si ya hubiera llegado, como si ella lo hubiera vivido. La vida había existido, siquiera porque ella había sabido cómo debía ser, y Kira la sentía ahora como un himno sin música, profunda, bajo la herida que goteaba sobre la nieve, más profunda que su misma sangre. ¿Un momento o la eternidad…? ¿Acaso tenía importancia? La vida, no vencida, existía y tenía que existir. Y Kira sonrió, en una última sonrisa a todo cuanto hubiera podido ser