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Seguimos y yo me sentía inmensamente bien ante el aspecto en cierto modo inmortal que tenía el sendero, ahora en las primeras horas de la tarde, con las laderas cubiertas de hierba que parecían envueltas en nubes de polvo de oro viejo, y los insectos revoloteando sobre las piedras v el viento suspirando en temblorosas danzas por encima de las piedras calientes, y el modo en que de pronto el sendero desembocaba en una zona sombría y fresca con grandes árboles por encima de nuestras cabezas y luz mucho más profunda. Y también el lago allá abajo convertido en un lago de juguete con aquellos agujeros negros perfectamente visibles todavía y las sombras de la nube gigante sobre el lago, y el trágico caminito que se alejaba serpenteante por el que el pobre Morley regresaba.

– ¿Puedes ver a Morley allá abajo? Japhy miró largamente.

– Veo una pequeña nube de polvo, a lo mejor es él que ya está de vuelta.

Me parecía que ya había visto antes el antiguo atardecer del sendero; los prados, las rocas y las amapolas de pronto me hacían revivir la rugiente corriente con el tronco que servía de puente y el verdor del fondo, y había algo indescriptible en mi corazón que me hacía pensar que había vivido antes y que en esa vida ya había recorrido el sendero en circunstancias semejantes acompañado por otro bodhisattva, aunque quizá se tratara de un viaje más importante, y tenía ganas de tenderme a la orilla del sendero y recordar todo eso. Los bosques producen eso, siempre parecen familiares, perdidos hace tiempo, como el rostro de un pariente muerto hace mucho, como un viejo sueño, como un fragmento de una canción olvidada que se desliza por encima del agua, y más que nada como la dorada eternidad de la infancia pasada o de la madurez pasada con todo el vivir y el morir y la tristeza de hace un millón de años, y las nubes que pasan por arriba parecen testificar (con su solitaria familiaridad) este sentimiento, casi un éxtasis, con destellos de recuerdos súbitos, y sintiéndome sudoroso y soñoliento me decía que sería muy agradable dormir y soñar en la hierba. A medida que subíamos nos sentíamos más cansados, y ahora, como dos auténticos escaladores, ya no hablábamos ni teníamos que hablar y estábamos alegres y, de hecho, Japhy lo mencionó volviéndose hacia mí tras media hora de silencio:

– Así es como más me gusta, cuando no se tienen ganas ni de hablar, como si fuéramos animales que se comunican por una silenciosa telepatía.

Y así, entregados a nuestros propios pensamientos, seguimos subiendo; Japhy usando ese paso que ya he mencionado, y yo con mi propio paso, que era corto, lento y paciente, y me permitía subir montaña arriba kilómetro y medio a la hora; así que siempre iba unos treinta metros detrás de él y cuando se nos ocurría algún haiku ahora teníamos que gritárnoslo hacia atrás o hacia adelante. En seguida llegamos a la parte más alta del sendero donde dejaba de haberlo, al incomparable prado de ensueño que tenía una laguna en el centro y después del cual había piedras y nada más que piedras.

– La única señal que tenemos ahora para saber el camino que debemos seguir son los hitos.

– ¿Qué hitos?

– ¿Ves esas piedras de ahí?

– ¿Esas piedras de ahí, dices? ¡Pero, hombre, si sólo veo kilómetros de piedras que llevan a la cima!

– ¿Ves ese montoncito de piedras de ahí, junto al pino? Se trata de un hito puesto por otros escaladores. Hasta podría ser uno que puse yo mismo en el cincuenta y cuatro, pero no estoy seguro. Ahora iremos de piedra en piedra atentos a los hitos y así sabremos más o menos por dónde ir. Aunque, claro está, que sabemos por dónde ir; esa ladera de ahí delante, ¿la ves?, es la meseta que debemos alcanzar.

– ¿Meseta? ¡Dios mío! ¡Yo creía que eso era la cima de la montaña!

– Pues no lo es, después de eso hay una meseta y después un pedregal y después más rocas y luego llegaremos a un lago alpino no mayor que esta laguna y después todavía viene la ascensión final, unos trescientos metros casi en

vertical hasta la cima del mundo desde donde se ve toda California y parte de Nevada y donde el viento sopla que te levanta.

– ¡Guau!… ¿Y cuánto nos llevará?

– Lo más que podemos esperar es establecer nuestro campamento en la meseta esta noche. La llamo meseta y de hecho no lo es, es sólo una plataforma entre riscos.

Pero en el extremo final más elevado del sendero había un lugar bellísimo y dije:

– Tío, mira eso… -Un prado de ensueño, pinos en un extremo, y la laguna, el aire limpio y fresco, las nubes de la tarde corriendo doradas-. ¿Por qué no nos quedamos a dormir aquí? Creo que nunca había visto un sitio tan hermoso.

– Esto no es nada. Es hermoso, claro, pero podríamos despertarnos mañana por la mañana y encontrarnos con tres docenas de maestros que subieron a caballo y están friendo bacon a nuestro lado. En el sitio adonde vamos no verás a nadie, y si hay alguien será un montañero, o dos, pero no lo creo en esta época del año. Puede nevar en cualquier momento. Si lo hace esta noche, tú y yo podemos decir adiós a la vida.

– Bueno, pues adiós, Japhy. En cualquier caso podemos descansar un rato aquí y beber un poco de agua y admirar el prado.

Nos sentíamos cansados y bien. Nos tumbamos en la hierba y descansamos e intercambiamos las mochilas y nos las sujetamos y reanudamos la marcha. Casi al tiempo la hierba se terminó y empezaron las piedras; subimos a la primera, y desde entonces todo consistió en saltar de piedra en piedra, ascendiendo de modo gradual, subiendo por un valle de piedras de unos ocho kilómetros que se hacía más y más escarpado con inmensos despeñaderos a ambos lados que formaban las paredes del valle, hasta cerca del risco donde avanzamos casi gateando.

– ¿Y qué hay detrás de ese risco?

– Hay hierba alta, matorrales, piedras dispersas, bellos arroyos con meandros que tienen hielo en los remansos incluso a mediodía, manchas de nieve, árboles tremendos y una roca tan grande como dos casas de Alvah una encima de la otra que se inclina hacia adelante y forma una especie de concavidad donde podemos acampar y encender un buen fuego que caliente la pared de piedra. Después de eso se termina la hierba y el bosque. Eso será a unos tres mil metros de altura, más o menos.

Con las playeras me resultaba facilísimo bailar ágilmente de piedra en piedra, pero al cabo de un rato noté que Japhy hacía lo mismo con mucha más gracia y que se movía sin esfuerzo de piedra en piedra, a veces bailando deliberadamente y cruzando las piernas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y yo traté de seguir sus pasos durante unos momentos, pero en seguida comprendí que era mejor que eligiera mis propias piedras y me dedicara a mi propia danza.

– El secreto de este modo de escalar -dijo Japhy- es como el zen. No hay que pensar. Hay que limitarse a bailar. Es la cosa más fácil del mundo. De hecho más fácil todavía que caminar por terreno llano, que resulta tan monótono. Se presentan pequeños problemas a cada paso y, sin embargo, nunca dudas y te encuentras de repente encima de otra piedra que has elegido sin ningún motivo especial, justo como en el zen. -Y así era.

Ya casi no hablábamos. Los músculos de las piernas se cansaban. Pasamos horas, quizá tres, subiendo por aquel valle tan largo. Por entonces llegó el atardecer y la luz se iba poniendo color ámbar y las sombras caían siniestras sobre el valle de piedras y eso, en lugar de asustarte, te proporcionaba una nueva sensación de inmortalidad. Los hitos estaban dispuestos de forma que se veían con facilidad: te subías a una roca y mirabas hacia adelante y localizabas un hito (normalmente eran dos piedras planas, una encima de otra, y a veces otra más redonda encima como adorno) y te dirigías en su dirección. El objetivo de estos hitos, dispuestos así por escaladores previos, era ahorrar un par de kilómetros o más andando de un lado a otro del inmenso valle. Entretanto, nuestro torrente rugía por allí cerca, aunque ahora era más fino y tranquilo, procedente de la propia cara del risco, en aquel momento distante un kilómetro y medio valle arriba, brotando de una mancha negra que distinguí en la roca gris.

Saltar de piedra en piedra y sin caer nunca, con una mochila a la espalda, es más fácil de lo que parece; es imposible caerse cuando se sigue el ritmo de la danza. Miré valle abajo varias veces y me sorprendió comprobar lo altos que estábamos y ver más lejos aún horizontes de nuevas montañas. Nuestro hermoso valle en lo alto del sendero era como un pequeño calvero en el bosque de Arden. Luego la ruta se hizo más empinada, el sol se puso más rojo, y muy pronto empecé a ver manchas de nieve en la sombra de algunas rocas. Llegamos a un lugar donde el risco de enfrente parecía echársenos encima. En ese momento vi que Japhy dejaba a un lado su mochila y me acerqué a él.

– Bien, dejaremos nuestra carga aquí y subiremos esos pocos metros por la ladera de este paredón, por aquel sitio que parece más accesible. Encontraremos el sitio donde acampar. Lo recuerdo bien. En realidad, puedes quedarte por aquí y descansar o meneártela mientras doy una vuelta. Me gusta andar solo.

De acuerdo. Me senté y me cambié los calcetines mojados y la camiseta empapada por prendas secas y crucé las piernas y descansé y silbé durante una media hora; una ocupación realmente agradable, y Japhy volvió y dijo que había encontrado el sitio. Yo creía que sólo quedaba un breve paseo hasta el lugar donde descansaríamos, pero casi nos llevó otra hora trepar unas piedras y saltar por encima de otras hasta llegar al plano de la plataforma, y allí, sobre una zona de hierba más o menos llana, caminar unos doscientos metros hasta donde había una gran roca gris rodeada de pinos. El lugar era esplendoroso: nieve en el suelo, manchas blancas en la hierba, y murmurantes arroyos y las enormes y silenciosas montañas de piedra a ambos lados, y el viento soplando y el olor a brezos. Vadeamos un adorable arroyuelo de un palmo de profundidad, agua transparente con pureza de perla, y llegamos a la enorme roca. Había troncos carbonizados de otros montañeros que habían acampado allí.

– ¿Dónde está el Matterhorn?

– Desde aquí no se puede ver, aunque… -señaló una gran plataforma lejana y una cañada con maleza que doblaba a la derecha-… dando la vuelta por allí, un par de kilómetros o así más allá, nos encontraremos al pie del Mattherhorn. -¡Coño, tío! ¡Eso nos va a llevar otro día entero! -No cuando se viaja conmigo, Smith.

– Bien, Ryderito, me parece bien.

– De acuerdo, Smithito, y ahora vamos a descansar y disfrutar de todo esto y prepararemos la cena y esperaremos al viejo Morleyto.

Así que abrimos las mochilas y sacamos las cosas y fumamos y lo pasamos bien. Ahora las montañas tenían un matiz rosado. Quiero decir las rocas, porque sólo había rocas sólidas cubiertas por los átomos de polvo acumulados desde el tiempo sin principio. De hecho me asustaban aquellas dentadas monstruosidades que teníamos alrededor y por encima.

– ¡Qué silencio!

– Sí, tío, ¿sabes?, para mí una montaña es un Buda. Piensa en su paciencia; cientos de miles de años inmóvil aquí en un perfecto silencio y como rezando por todos los seres vivos esperando que se terminen nuestras agitaciones y locuras.

Japhy sacó el té, un té chino, y echó un poco en un bote de hojalata, y el fuego se había avivado entretanto, aunque todavía era pequeño porque no se había puesto el sol, y clavó un largo palo entre unas rocas y colgó de él la tetera y el agua hirvió en seguida y la vertió en el bote de hojalata y tomamos nuestro té en vasos de estaño. Yo mismo había traído el agua de un arroyo, y era un agua fría y pura como la nieve y como los ojos con párpados de cristal del cielo. Y nuestro té era con gran diferencia el más puro y tonificante que había tomado en toda mi vida y daba ganas de tomar más y más y nos quitó la sed, v, desde luego, nos proporcionó un delicioso calor en el estómago.

– Ahora entenderás la pasión oriental por el té -dijo Japhy-. Recuerda ese libro del que te hablé sobre el primer sorbo que es alegría, el segundo goce, el tercero serenidad, el cuarto locura, el quinto éxtasis.

– Sí, es un buen compañero.

La roca junto a la que habíamos acampado era una maravilla. Tenía unos diez metros de alto por otros diez de base, un cuadrado casi perfecto, v unos árboles retorcidos inclinándose sobre ella v como mirándonos desde arriba. Desde la base avanzaba hacia adelante formando una concavidad, así que si llovía estaríamos parcialmente cubiertos.

– ¿Cómo llegaría esta inmensa hija de puta hasta aquí? -Probablemente fue dejada por el glaciar en retirada. ¿Ves aquel campo de nieve de allí?

– Sí.

– Es lo que queda del glaciar. No se puede comprender si cayó hasta aquí desde montañas prehistóricas inconcebibles, o si aterrizó aquí cuando la tierra estalló durante el levantamiento del jurásico. Ray, estar aquí no es como estar sentado en un salón de té de Berkelev. Esto es el comienzo v el fin del mundo. Fíjate en estos pacientes budas mirándonos sin decir nada.

– Y viniste aquí totalmente solo…

– Anduve por aquí semanas interminables, justo como John Muir, iba de un lado para otro siguiendo las vetas de cuarcita o recogiendo amapolas, o simplemente caminando sin parar, cantando, desnudo v preparando la comida v riendo.

– Japhy, tengo que decírtelo; me pareces el tipo más feliz del mundo y eres grande, te lo aseguro. Me alegra tanto aprender tantas cosas… Este sitio, además, hace que sienta una profunda devoción. ¿Sabes que hice una oración?

– ¿Cuál?

– Me siento y digo… bueno, paso revista a todos mis amigos y parientes y enemigos uno a uno, sin alimentar odio o agradecimiento alguno, y digo algo como: "Japhy Ryder, igualmente vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente un próximo Buda", luego sigo y digo: "David O. Selznick, igualmente vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente un próximo Buda", aunque la verdad es que no utilizo nombres como David O. Selznick, sólo los de la gente que conozco porque cuando digo las palabras: "Igualmente un próximo Buda", quiero pensar en los ojos, como en los de Morley, esos ojos azules tras las gafas, y cuando uno piensa "igualmente un próximo Buda", piensa en esos ojos y de hecho de pronto ve el auténtico secreto de la serenidad y la verdad de su próxima budeidad. Luego, uno piensa en los ojos del enemigo.

– Eso es estupendo, Ray. -Y Japhy sacó su cuaderno de notas y escribió la oración y movió la cabeza admirado-. Es realmente estupendo, voy a enseñarles esta oración a todos los monjes que conozca en el Japón. Todo te va bien, Ray, el único problema que tienes es que nunca aprendiste a venir a sitios como éste y dejas que el mundo te ahogue en su mierda y has sido ultrajado…, aunque como digo las comparaciones son odiosas, lo que ahora decimos es cierto.

Sacó el bulgur, trigo sin refinar desmenuzado, y lo mezcló con un par de paquetes de legumbres y vegetales secos y lo puso todo en la cacerola para que estuviera bien cocido al caer la tarde. Empezamos a escuchar tratando de oír los gritos de Morley, que no llegaban. Comenzamos a preocuparnos por él.

– El problema es que, joder, si se ha caído de una piedra y se ha roto una pierna, nadie podrá ayudarle. Es peligroso… Yo he hecho este camino solo, pero soy muy bueno escalando, soy como una cabra montesa.

– Tengo hambre.

– Yo también, joder, quisiera que llegara en seguida. Vamos a pasear un poco por ahí, comeremos bolas de nieve y beberemos agua y esperaremos.

Hicimos eso, explorando el extremo superior de la lisa plataforma, y volvimos. Por entonces el sol ya se había puesto detrás de la pared occidental de nuestro valle, y oscurecía, y todo se volvía más rojo, más frío, y surgían haces púrpura detrás de las dentadas cumbres. El cielo era profundo. Incluso empezamos a ver unas pálidas estrellas, por lo menos una o dos. De repente oímos un distante "¡Alaiu!" y Japhy se puso en pie de un salto y subió a una piedra y gritó: "¡Ju! ¡Ju! ¡Ju!"

Llegó otro "¡Alaiu!". -¿Está muy lejos?

– ¡Dios mío! Por el sonido se diría que ni siquiera ha empezado. No está ni al comienzo del valle de piedras. No puede pasar por allí de noche.

– ¿Qué podemos hacer?

– Vamos hasta el borde del risco y nos sentaremos allí y le llamaremos durante una hora. Llevaremos los cacahuetes y las pasas y comeremos eso mientras esperamos. Quizá no esté tan lejos como pienso.

Subimos al promontorio desde donde podíamos ver el valle entero y Japhy se sentó en la postura del loto con las piernas cruzadas encima de una roca y sacó su rosario de madera y rezó. Es decir, simplemente mantuvo las cuentas en las manos puestas hacia abajo y los pulgares juntos. Y se quedó mirando hacia adelante sin mover ni un solo músculo. Me senté lo mejor que pude encima de una roca y estuvimos así sin decir nada y meditando. Sólo que yo meditaba con los ojos cerrados. El silencio era un inmenso ruido. Desde donde estábamos, el rumor del arroyo, el gorgoteo y parloteo del arroyo, llegaba bloqueado por las rocas. Oímos algunos "Alaius" melancólicos más, pero parecía que se alejaban más y más cada vez. Cuando abrí los ojos el rosa era mucho más púrpura. Las estrellas empezaron a brillar. Caí en una profunda meditación, sintiendo que las montañas eran realmente budas y amigas nuestras y tuve la extraña sensación de que había algo raro en que sólo hubiera tres hombres en todo aquel inmenso valle: el místico número tres. Nirmanakaya, Sambhogakaya y Dharmakaya. Pedí la salvación y la felicidad eterna para el pobre Morley. En una ocasión abrí los ojos y vi a Japhy sentado allí rígido como una piedra y sentí ganas de reír porque me pareció muy divertido. Pero las montañas eran poderosas y solemnes, y lo mismo Japhy, y debido a eso, de hecho, la risa tendría que ser solemne.

Era algo hermoso. Los tintes rosados se desvanecieron y entonces todo era una oscuridad púrpura y el rumor del silencio era como un torrente de olas de diamante que atravesaran los pórticos líquidos de nuestros oídos y fueran capaces de tranquilizar a un hombre durante mil años. Pedí por Japhy, por su futura salvación y felicidad y eventual budeidad. Todo era completamente serio, completamente alucinante, completamente feliz.

"Las rocas son espacio -pensé-, y el espacio es ilusión." Tuve un millón de pensamientos. Japhy hacía lo mismo. Me extrañaba el modo en que meditaba con los ojos abiertos. Y ante todo estaba humanamente asombrado de que ese muchacho que estudiaba con tanta intensidad poesía oriental y antropología y ornitología y todas las demás cosas y que era un recio aventurero en senderos y montañas también sacara de repente su enternecedor y hermoso rosario de madera y se pusiera a rezar allí con solemnidad, como un viejo santo del desierto, aunque resultara tan curioso en Norteamérica, con los altos hornos y los aeropuertos. El mundo no debe ser tan malo cuando producía tipos como Japhy, pensé, y me sentí contento. El dolor de todos mis músculos y el hambre eran bastante desagradables, y las oscuras rocas que nos rodeaban, el hecho de que no hubiera nadie que te calmara con besos y palabras suaves, de que estuviera allí sentado meditando y pidiendo por el mundo con otro joven vehemente… era algo bueno haber nacido para morir, aunque sólo fuera para eso, como nos ocurría a nosotros. Algo saldrá de todo esto, amigos míos, en las Vías Lácteas de la eternidad desplegándose ante nuestros mágicos ojos sin envidia. Tuve ganas de contarle a Japhy todo lo que pensaba, pero comprendí que no importaba y además, en cualquier caso, él ya lo sabía, y el silencio es la montaña de oro. -¡Alaiu! -gritaba Morley, y ahora era de noche, y Japhy dijo:

– Bueno, parece que todo indica que todavía está lejos. Creo que tendrá la suficiente cordura como para instalar su propio campamento por ahí abajo, así que regresemos al nuestro y preparemos la cena.

– De acuerdo. -Y gritamos "¡Ju!" un par de veces para tranquilizar a Morley. Sabíamos que tendría la cordura precisa.

Y así fue, como luego supimos. Acampó y se envolvió en las dos mantas que había alquilado, encima de su cama neumática, y durmió la noche entera en aquel incomparable prado con la laguna y los pinos, según nos contaría al reunirse con nosotros al día siguiente.