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Llegó la primavera después de intensas lluvias que lo barrieron todo; había charcos marrones por todas partes en los húmedos y marchitos campos. Fuertes vientos calientes empujaron nubes blancas como la nieve por delante del sol y el seco aire. Eran días dorados con una hermosa luna por la noche; hacía calor y una rana valiente croaba a las once de la noche en el Arroyo del Buda, donde yo había instalado mi nuevo lecho de paja debajo de un par de árboles retorcidos junto a un claro del pinar y una extensión de hierba seca y un delgado arroyuelo. Allí, un día, mi sobrinito Lou me acompañó y yo cogí un objeto del suelo y lo alcé en silencio, sentado debajo del árbol, y Lou, mirándome, preguntó:

– ¿Qué es eso?

– Eso -le respondí y, con un movimiento nivelador de la mano, dije-: Tathata. -Repitiendo-: Eso… es eso.

Y sólo cuando le dije que era una piña consiguió formarse la idea imaginaria de la palabra "piña", pues, de hecho, como se dice en el sutra: "La Vacuidad es Discriminación."

Y él dijo:

– La cabeza me saltó y los sesos se me retorcieron y luego los ojos empezaron a parecer pepinos y el pelo un remolino y el remolino me lamió la barbilla. -Luego añadió- ¿Por qué no hago un poema? -Quería celebrar aquel momento.

– Muy bien, pero hazlo en seguida, al tiempo que caminas.

– De acuerdo… "Los pinos ondulan, el viento trata de susurrar algo, los pájaros dicen pío, pío, pío, y los halcones vuelan jark-jark-jark"…

– ¡Oye! ¡Estamos en peligro!

– ¿Por qué?

– El halcón… ¡jark, jark, jark!

– ¿Y qué?

– ¡Jark! ¡Jark!… Nada.

Tiré de mi silenciosa pipa, en paz y calma el corazón. Llamaba a mi nueva arboleda "La arboleda del árbol gemelo", debido a los dos troncos en los que me apoyaba y que se enredaban uno en otro; un abeto blanco brillando por la noche y que me mostraba a más de cien metros de distancia el sitio adonde iba, aunque el viejo Bob me mostraba el camino con su blancura a lo largo del oscuro sendero. Un sendero en el que una noche perdí el rosario que me había regalado Japhy, pero lo encontré al día siguiente justo en el sendero, imaginándome: "El Dharma no se puede perder, nada se puede perder en un sendero transitado." Entonces ya había mañanas de primavera con los perros felices, y yo olvidando la Senda del Budismo y limitándome a estar contento; observaba revolotear a los nuevos pajarillos todavía sin el grosor del verano; los perros bostezando y casi tragándose mi Dharma; la hierba meciéndose, las gallinas cloqueando. Noches de primavera practicando el Dhyana bajo la nebulosa luna. Veo la verdad:

"Aquí, esto, es Eso. El mundo, tal cual es, es el Cielo, y ando buscando un Cielo fuera de lo que hay, y sólo este mundo mezquino es el Cielo. ¡Ah, si pudiera comprender! ¡Si consiguiera olvidarme de mí mismo y encaminar mis meditaciones a la liberación, al despertar y a la bendición de todas las criaturas vivas, me daría cuenta de que lo que hay en todas partes es éxtasis!"

Tardes que se alargaban y yo simplemente sentado en la paja hasta que me cansaba de "pensar en nada" y me iba a dormir y tenía fugaces sueños como aquel tan raro que tuve una vez en que estaba en una especie de ático fantasmal v grisáceo arrastrando maletas de carne gris que me entregaba mi madre y yo me quejaba impaciente: "¡No quiero volver a bajar!" (a hacer ese trabajo mundano). Y sentía que entonces era un ser vacío llamado a disfrutar del éxtasis del auténtico cuerpo sin fin.

Días que seguían a días, y yo en mono, sin peinarme, casi sin afeitar, acompañada únicamente de perros y gatos, viviendo otra vez la felicidad de la niñez. Entretanto solicité v obtuve un puesto de vigilante de incendios para el verano en el Servicio Forestal, en el pico de la Desolación, en las Altas Cascadas, estado de Washington. Así que decidí que en marzo me instalaría en la cabaña de Japhy para estar más cerca de Washington cuando llegase el verano.

Los domingos por la tarde mi familia quería que fuera de paseo en coche con ellos, pero yo prefería quedarme en casa solo, y ellos se enfadaban y decían:

– Pero, ¿qué es lo que te pasa?

Y los oía discutir en la cocina sobre la inutilidad de mi budismo, y luego todos subían al coche y se marchaban y vo iba a la cocina y cantaba: "Las mesas están vacías, todos se han ido", con la música de "You're Learning the Blues", de Frank Sinatra.

Me sentía loco de remate y de lo más feliz. Los domingos por la tarde, pues, iba a mi bosque con los perros y me sentaba y ponía las palmas de la mano hacia arriba y recibía puñados de ardiente sol en ellas.

"El nirvana es la pata que se mueve", decía, al ver la primera cosa que vi cuando abrí los ojos después de la meditación, y que era la pata de Bob moviéndose en la hierba mientras el perro soñaba. Después volví a casa por mi claro, puro, transitado sendero, esperando la noche en la que vería de nuevo a los innumerables budas ocultos en el aire a la luz de la luna.

Pero mi serenidad quedó definitivamente interrumpida debido a una curiosa discusión con mi cuñado; empezó a quejarse de que desataba a Bob y me lo llevaba al bosque.

– He gastado demasiado dinero en ese perro para que ahora vengas y lo sueltes.

– ¿Te gustaría a ti estar sujeto a una cadena el día entero y llorar como este perro? -le dije.

– A mí no me molesta -respondió.

– Y a mí no me importa -añadió mi hermana.

Me enfadé tanto que me largué al bosque, y era un domingo por la tarde y decidí quedarme sentado allí sin cenar hasta medianoche, y entonces volver y recoger mis cosas y marcharme. Pero a las pocas horas mi madre ya me estaba llamando desde el porche trasero para que fuera a cenar, yo no quería ir y, por fin, el pequeño Lou vino hasta mi árbol y me pidió que volviera.

En el arroyo había ranas que croaban en los momentos más raros interrumpiendo mi meditación como a propósito, y una vez en pleno mediodía una rana croó tres veces y se quedó en silencio el resto del día, como tratando de explicarme La Triple Vía. Ahora la rana croó una vez. Sentí que era una señal que significaba la única Vía de la Compasión, y volví decidido a olvidar todo el asunto; hasta mi pena por el perro. ¡Qué sueño tan triste e inútil! De nuevo en el bosque aquella misma noche, pasando las cuentas del rosario, formulé oraciones curiosas como éstas:

"Mi orgullo ha sido herido, eso es vacuidad; mi interés es el Dharma, eso es vacuidad; me siento orgulloso de mi afecto por los animales, eso es vacuidad; mi idea de la cadena, eso es vacuidad; la compasión de Ananda, hasta eso es vacuidad."

Quizá si hubiera estado por allí un viejo maestro zen le habría dado una patada al perro encadenado para que todos tuvieran un súbito atisbo de iluminación. Me esforzaba por librarme de la idea de personas y perros, y de mí mismo. Me sentía profundamente dolido debido al molesto asunto aquel de intentar negar lo que era evidente. En cualquier caso, fue un tierno y leve drama de domingo en el campo.

"Raymond no quiere encadenar al perro." Y entonces, de repente, bajo el árbol, de noche, tuve una idea asombrosa. "¡Todo está vacío, pero iluminado! Las cosas están vacías en el tiempo, el espacio y la mente."

Lo concreté todo, y al día siguiente, sintiéndome muy alegre, consideré que había llegado el momento de explicárselo todo a mi familia. Se rieron más que otra cosa.

– ¡Pero escuchad! ¡No! ¡Mirad! Si es muy fácil, dejad que os lo explique del modo más sencillo y conciso que pueda. Todas las cosas están vacías, ¿no es así?

– ¿Qué quieres decir con vacías? ¿Acaso no tengo esta naranja en la mano?

– Está vacía, todo está vacío, las cosas vienen pero para irse, todas las cosas hechas tienen que deshacerse, y tienen que deshacerse simplemente porque fueron hechas.

Ni siquiera admitió esto nadie.

– Tú y tu Buda, ¿por qué no sigues la religión con la que naciste? -dijeron mi madre y mi hermana.

– Todo se va, se ha ido ya, ya ha venido y se ha ido -grité-. ¡Ah! -me alejé unos pasos, regresando en seguida-, y las cosas están vacías porque se manifiestan, ¿no es así? Las veis, pero están hechas de átomos que no se pueden medir ni pesar ni coger; hasta los científicos más tontos lo saben ahora. No hay nada que encontrar en los átomos más lejanos, las cosas sólo son disposiciones de algo que parece sólido al aparecer en el espacio, ni son verdaderas ni falsas, son pura y simplemente fantasmas.

– ¡Fantasmas! -gritó asombrado el pequeño Lou. Estaba de acuerdo conmigo de verdad, pero le asustaba mi insistencia en los "fantasmas".

– Mira -dijo mi cuñado-, si las cosas están vacías, ¿cómo puedo sentir esta naranja? La saboreo v la trago, ¿no es así? Respóndeme a eso.

– Tu mente crea la naranja al verla, oírla, tocarla, olerla, gustarla y pensar en ella, pero sin esa mente, como tú la llamas, la naranja no sería vista, ni oída, ni gustada ni tan siquiera mentalmente apreciada, porque de hecho ¡esa naranja depende de tu mente para existir! ¿No lo ves? Por sí misma es una no-cosa, en realidad es algo mental, sólo la ve tu mente. En otras palabras: está vacía y despierta.

– Bien, aun siendo así, sigue sin interesarme.

Volví aquella noche al bosque lleno de entusiasmo v pensé: "¿Qué significa que me encuentre en este mundo sin fin, pensando en que soy un hombre sentado bajo las estrellas en el techo del mundo y, sin embargo, en realidad vacío y alerta en medio de la vacuidad e iluminación de todo? Significa que estoy vacío e iluminado, que sé que estoy vacío, iluminado, y que no hay diferencia entre yo v todo lo demás. En otras palabras, significa que me he convertido en lo mismo que todo lo demás. Significa que me he convertido en un Buda."

Lo sentí de verdad y creí en ello v me regocijé pensando en que tenía que contárselo a Japhy en cuanto volviera a California.

– Por lo menos, me escuchará -murmuré y sentía una gran compasión por los árboles: éramos la misma cosa; acaricié a los perros que nunca discutían conmigo. Todos los perros aman a Dios. Son más listos que sus amos. Se lo dije a los perros también, y me escuchaban con las orejas tiesas y lamiéndome la cara. Les daba igual una cosa que otra con tal de que yo siguiera allí. San Ramón de los Perros, eso es lo que fui aquel año, a no ser que fuera nadie o nada.

A veces en el bosque me limitaba a sentarme v a mirar las cosas tratando de adivinar el secreto de la existencia. Miraba los santos, los largos, los amarillos hierbajos doblados que ante mí constituían una estera de hierba Sede del Tathagata de la Pureza mientras señalaban en todas las direcciones y charlaban volubles cuando el viento dictaba Ta, Ta, Ta, en grupos chismosos con algunos de estos hierbajos solitarios orgullosos de mostrarse aparte, o enfermos y medio muertos y caídos, la entera congregación de los hierbajos vivos al viento de pronto sonando como campanas y saltando excitados y todo amarillo y pegado a la tierra y pienso Esto es.

– Rop rop rop -grito a los hierbajos, y se muestran a barlovento alargando sondas inteligentes para señalar y tentar y engañar; algunos introduciendo en la florecida imaginación la perturbadora idea, húmeda de tierra, de que habían convertido en karma sus propias raíces y tallos… Era mágico. Me duermo y sueño las palabras: "Gracias a estas enseñanzas, la tierra llegará a su fin", y sueño que mamá asiente solemnemente con toda la cabeza, ejem, y los ojos cerrados. ¿Qué me importaban todas aquellas molestas heridas y aburridas inquietudes del mundo? Los huesos humanos no son más que vanas líneas que se desvanecen, el universo entero un vacío molde de estrellas.

"Soy una Rata Bikhu Vacía", soñé.

¿Qué me importaba el graznido del pequeño uno mismo que vaga por todas partes? Me ocupaba de la manifestación, desasimiento, separación, surgimiento, aparición, rechazo, inanidad, alejamiento, extinción del rompimiento con todo, fuera, fuera, atrás, chas, chas.

"El polvo de mi pensamiento reunido dentro de un globo -pensé-, en esta soledad sin tiempo", y en realidad sonreí porque al fin estaba viendo la blanca luz en todas partes, en todas las cosas.

El viento cálido hizo hablar profundamente a los pinos una noche en que empezaba a experimentar lo que se llama "Samapatti", que en sánscrito significa Visitas Trascendenta les. Tenía la mente un tanto adormecida, pero físicamente estaba despierto del todo allí sentado derecho bajo mi árbol cuando, de repente, vi flores, montañas de ellas color rosa, rosa salmón, en el chisss del silencioso bosque (conseguir el nirvana es como localizar el silencio) y vi una antigua visión del Dipankara Buda que era el Buda que nunca decía nada, a Dipankara como una enorme y nevada Pirámide Buda con espesas y negras cejas enmarañadas, igual que John L. Levis, y una mirada terrible, todo en un sitio antiguo, un campo antiguo nevado como Alban ("Un nuevo campo", había gritado la predicadora negra), toda la visión erizándome el pelo. Recuerdo el extraño y mágico grito final que evocó en mí, signifique lo que signifique: Colyalcolor. Y aquélla, la visión, estaba desprovista de cualquier sensación de ser yo mismo, era pura ausencia de ego, simplemente unas actividades etéreas e indómitas desprovistas de cualquier predicado dañino… desprovistas de esfuerzo, desprovistas de error.

"Todo es perfecto -pensé-. La forma es vacuidad y la vacuidad es forma, y estamos aquí para siempre en una u otra forma, que es vacía. Lo que los muertos han conseguido: este rico murmullo silencioso de la Pura Tierra Iluminada. "

Tuve ganas de gritar por encima de los bosques y los techos de Carolina del Norte anunciando la verdad simple y gloriosa. Luego dije:

– Tengo la mochila preparada y es primavera, voy a ir al Sudoeste, a las tierras secas, a la extensa y solitaria región de Texas y Chihuahua y a las alegres calles nocturnas de México, con música saliendo por las puertas, chicas, vino, yerba, grandes sombreros, ¡viva! ¿Qué importa? Como las hormigas, que no tienen nada que hacer y se pasan el día entero atareadas, yo no tengo que hacer nada más que lo que quiera y ser amable y, con todo, mantenerme sin influencias de las consideraciones imaginarias y rezar por la luz.

Sentado, pues, en mi árbol-Buda, en aquel "colyalcolor" de flores rosas y rojas y blanco marfil, entre bandadas de mágicas aves transcendentes reconociendo la iluminación de mi mente con suaves y misteriosos cantos (la alondra sin rumbo), en el perfume etéreo, misteriosamente antiguo, y la beatitud de los campos-Buda, vi que mi vida era una resplandeciente página en blanco y que podía hacer todo lo que quisiera.

Algo extraño sucedió al día siguiente que ilustró el auténtico poder que había obtenido de estas mágicas visiones. Mi madre llevaba cinco días tosiendo y la nariz le chorreaba y ahora empezaba a dolerle la garganta tanto que sus toses resultaban penosas y me sonaban muy mal. Decidí sumirme en un profundo trance y autohipnotizarme, recordándome: "Todo está vacío e iluminado", para averiguar el origen y curar la enfermedad de mi madre. Al instante, en mis ojos cerrados, tuve la visión de una botella de brandy que luego vi que era Heet, un medicamento para friegas, y encima de eso, superpuesto como en un fundido cinematográfico, distinguí claramente un cuadro de unas florecillas blancas, redondas, de pétalos pequeños. Al instante me levanté, era medianoche, mi madre tosía en la cama, y salí y cogí varios floreros con capullos que mi hermana había colocado por la casa la semana anterior y los saqué fuera. Luego cogí un poco de Heet del armario de las medicinas y le dije a mi madre que se frotara la garganta. Al día siguiente la tos había desaparecido. Posteriormente, cuando ya me había ido al Oeste haciendo autostop, una enfermera amiga nuestra oyó la historia y dijo:

– Sí, eso suena como a alergia a las flores.

Durante esa visión y esas actividades comprendí de modo perfectamente claro que la gente enferma al utilizar las coyunturas físicas para castigarse a sí misma, debido a su naturaleza autorreguladora de Dios, o su naturaleza de Buda, o su naturaleza de Alá, o de cualquier nombre que se quiera dar a Dios, y que todo funciona automáticamente de esa manera. Éste fue el primer y último "milagro" porque temí interesarme demasiado por estas cosas y envanecerme. También estaba un poco asustado de tanta responsabilidad.

Todos los de mi familia se enteraron de mi visión y de lo que había hecho, pero no pareció interesarles demasiado; de hecho, tampoco me interesó a mí. Y eso estaba bien. Ahora era muy rico, un supe multimillonario en gracias transcendentales Samapatti, a causa de un karma bueno y humilde, quizá porque me había compadecido del perro y perdonado a los hombres. Pero también sabía que era un heredero bienaventurado, y que el pecado final, el peor, es la integridad. Así que terminaría con aquello y me lanzaría a la carretera e iría a ver a Japhy. "No dejes que las penas te vuelvan malo", canta Frank Sinatra. Durante mi última noche en el bosque, la víspera de mi marcha a dedo, oí la palabra "cuerpo astral", que se refería a que las cosas no deben hacerse desaparecer, sino que debe hacerse que despierten a su auténtico cuerpo, a su cuerpo astral, supremamente puro. Vi que no había que hacer nada porque nunca pasa nada ni nunca pasará nada: todas las cosas son luz vacía. Así que me fui muy fortalecido, con mi mochila, dando un beso de adiós a mi madre. Se había gastado cinco dólares en poner unas medias suelas nuevas de goma con refuerzo a mis viejas botas y ahora estaba perfectamente preparado para el trabajo del próximo verano en la montaña. Nuestro viejo amigo Tom, el tendero, un auténtico personaje, me llevó en su vehículo hasta la autopista 64 y allá nos dijimos adiós con la mano y empecé a hacer autostop para recorrer los cinco mil kilómetros de vuelta a California. Regresaría de nuevo a casa las próximas Navidades.